Kitabı oku: «Borealis»
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Para los amigos. Para los hermanos. Para los padres. Para los amantes. Para los guías y ancestros. Pero, ante todo, para la vida.
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«Et il revint vers le renard:
—Adieu, dit-il…
—Adieu, dit le renard. Voici mon secret. Il est très simple: on ne voit bien qu’avec le cœur. L’essentiel est invisible pour les yeux.
—L’essentiel est invisible pour les yeux, répéta le petit prince, afin de se souvenir».
Le Petit Prince. ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY
Prólogo
Cuenta una historia, que aquellas preciosas mujeres, protectoras de los cielos y los hombres, cabalgaban por la grandiosa bóveda celeste encima de enormes caballos alados, en busca de aquellos valerosos guerreros vikingos caídos en batalla, listos para ser acompañados al tan deseado Valhalla.
Estas poderosas guerreras llamadas Valkirias eran las que descendían al mundo de los hombres para recoger a los elegidos, y estos podían descubrir su llegada tan solo mirando al cielo, iluminado por la magnífica danza de luces de colores que creaban el reflejo de sus extraordinarias armaduras celestiales. A estas luces se las conoce como auroras boreales.
1
El sueño que no era sueño
Eran las 3 a. m., se despertó exaltado por aquel sueño. ¿Era un sueño realmente? Parecía tan real que le dificultaba precisar si era uno o no. Llevaba días despertándose a la misma hora sin explicación alguna, lo único de lo que era consciente es de esa fuerte presión en su estómago, como si algo muy profundo de sí mismo quisiese expandirse. Los nervios y esa sensación de ansiedad sin saber muy bien de donde se originaba le tenían inquieto.
Estaba en la cama intentando retomar el sueño, sin embargo, le era totalmente imposible, no podía quitarse de su cabeza esa experiencia que había tenido minutos atrás. ¿U horas? Era difícil saberlo, ya que había perdido la noción del tiempo durante ese episodio. Había leído alguna vez sobre ese tipo de experiencias, las llamaban «viajes astrales» o «experiencias fuera del cuerpo». Sin embargo, le costaba reconocer que él fuese capaz de tener esas habilidades psíquicas; desde que era niño había tenido interés en todo lo que fuese esotérico, pero de eso a que realmente llegase a tener vivencias como tal, era otra historia, o al menos es lo que él se contaba a sí mismo.
Tras todo ese revoloteo, tan solo había transcurrido quince minutos. «Será una noche eterna dándole vueltas a algo que no puedo explicar con lógica», eran sus palabras. Decidió levantarse de la cama ya que recordó una conversación con un viejo amigo: «Si por alguna razón te despiertas en la madrugada y no puedes volverte a dormir, sal de la cama, tómate una infusión o lee algo, ya que, si te quedas tumbado, solo darás vueltas en tu mente y te enfangarás en tus propios problemas mentales. Puede llegar a ser una tormenta muy incómoda, llegando a ensuciar tu estado interno».
Era invierno, hacía mucho frío, su casa no era precisamente la más adaptada para combatir esas crudas borrascas siberianas o polares que en ocasiones azotaban su ciudad. Sin embargo, le gustaba donde vivía, era un lugar tranquilo y seguro, la gente era amable, no solía ocurrir nada rocambolesco como se leía en los periódicos, y lo más importante para él era la gran cantidad de parques que se podía encontrar a los alrededores. Eran preciosos, llenos de vida, la vegetación era de tal magnitud que dificultaba mantener la atención en un solo punto. Aquellos parques le invitaban a observar cada elemento con mucha profundidad; cada planta, flor u árbol poseía su propia consciencia, estaban vivos, era muy obvio no darse cuenta de ello, o al menos es lo que él percibía tras estar ante su presencia.
Llegó a la cocina con la intención de prepararse una infusión u algo caliente, seguiría las recomendaciones de su viejo amigo, el cual era un hombre muy equilibrado y seguro de lo que decía. Por lo tanto, no le habría dado ese consejo sin más, tenía su sentido. Después de prepararse su infusión aromática, se sentó en la primera silla que tuvo a mano dispuesto a disfrutar de su bebida. En ese momento, pudo sentir la calidez que provenía de la taza, recorriéndole toda esa vibración a través de sus manos hacia el resto del cuerpo. Era magnífico cómo algo tan sencillo y cotidiano como beber una taza de té podría crear semejante impacto y confort en el cuerpo. Entonces, recordó todo con claridad, como si hubiese tenido una descarga automática.
Todo empezó con una fuerte presión en el estómago de la cual no tenía control. Cuanto más intentaba evitarla, más se intensificaba, hasta que, de repente, se vio salir disparado hacia delante; era consciente de su cuerpo, el cual lo podía ver tumbado en la cama, una situación bizarra verse de pie en frente de sí mismo. Intentar salir de esa experiencia, le producía una presión e incomodidad en la cabeza que hacía más daño que bien, de modo que decidió dejar de forzar, y buscar tranquilizarse. Era muy extraño, ya que podía controlar su cuerpo etérico a través de su mente viendo su cuerpo dormido. Si lo contase a alguien seguramente lo internarían en un psiquiátrico. Se dio cuenta de que no podía hablar, tan solo pensaba en algo y se escuchaba a sí mismo, como tener una voz de fondo que le diese instrucciones, solo que esta era la suya. Empezó a caminar por las habitaciones de su casa, y aunque había algunas diferencias, podía reconocer las estancias, solo que había elementos que estaban ausentes o desaparecidos. Era una mezcla entre lo conocido y desconocido, más o menos como él se sentía en ese instante, no sabía quién era realmente.
Cuando llegó a la sala, estaba allí, sentada, observándole de frente, con una mirada profunda, la cual lo traspasó totalmente. Se sintió paralizado e intimidado, sus ojos eran como un escáner que podían saber todo sobre él. No había agresión en su presencia, simplemente podía sentir que ella entraba en él y no sabía si era algo bueno o malo. Entonces escuchó una voz dentro de su cabeza:
—Acércate, no te haré daño —dijo la voz.
Se estaba acostumbrando a la idea de caminar fuera de su cuerpo, pero encontrarse a alguien más, sentada en su sofá hablándole telepáticamente, le pareció demasiado. Caminó con pequeños pasos para ir teniendo visibilidad de aquella mujer, no podía verla con claridad, ya que se encontraba sentada en la oscuridad de la sala. Lo más singular de todo era que había podido ver sus ojos en el momento en que se la encontró. Sin embargo, no alcanzaba a ver sus facciones ni su fisonomía, ¿era joven? ¿Mayor? ¿Caucásica?, ¿latina? Una cosa tenía clara, su voz era preciosa como la de un ángel, y sus ojos, de un verde esmeralda, tan claros que uno podía verse reflejado en ellos.
—¿Quién eres? —preguntó él.
—Acércate, no te haré daño —volvió a repetir ella.
Se armó de valor, dio un paso largo y se sentó junto a ella. En ese momento, la estancia se iluminó, como si alguien hubiese encendido la luz, solo que no había nadie para hacerlo. No era el tipo de luz artificial proveniente de un foco, sino como el de la luz natural de una mañana soleada. Allí estaba ella, frente a él, nunca había visto a una mujer como aquella, no era diferente del resto, pero tampoco ordinaria, lo que emanaba era fuera de este mundo.
Era bella, su pelo largo rizado, el cual le llegaba probablemente hasta la cintura, era de un color rubí muy peculiar, el cual daba un contraste llamativo con la clara tez de su piel. Sus ojos eran de un verde tan intenso que dificultaban quitar la mirada, era como si todo el universo se reflejase en ellos. Sus rasgos eran finos y delicados, no parecía medir más de un metro setenta, su estructura era delgada, llevaba un sencillo vestido blanco, holgado, seguramente no superaría los treinta años. A pesar de toda esa delicadeza y dulzura que transmitía, su cuerpo estaba lleno de símbolos que representaban algún tipo de origen o etnia, un tipo de tatuajes que no había visto nunca, o al menos no los conocía.
Ella lo miraba con serenidad aunque fijamente, no parecía tener intención de hablar, aun cuando le había invitado a acercarse. Por el contrario, él se sentía un poco inquieto, no porque ella le diese incomodidad, al contrario, al estar en su presencia había entrado en un estado de calma, pero era ese silencio, al cual no estaba acostumbrado a estar, lo que le tenía desconcertado. De modo que se preguntaba: «¿Era momento de hablar o decir algo?». Le intrigaba mucho esa mujer, ¿qué hacía en su sala?, ¿por qué podía verla fuera de su cuerpo o en ese sueño que tenía? Aún no tenía la certeza de si soñaba o no, así que, inhalando profundamente, se atrevió a preguntar:
—¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? —preguntó mentalmente, ya que no podía articular palabras.
—Tú sabes quién soy. —Sonrió—. Me conoces hace mucho tiempo, pero lo importante es saber: ¿tú quién eres? ¿Aún crees que estás soñando?
Ella lo miraba con calma y segura de lo que decía, sin embargo, él se quedó desconcertado, no esperaba ese tipo de respuesta. De repente, volvió a sentir esa intensa presión en el estómago, que no sabía muy bien su significado, y todo se oscureció. Finalmente pudo abrir los ojos, estaba tumbado en su cama, había regresado de su «sueño».
2
La pelirroja misteriosa
Los días habían pasado, y Lear aún se encontraba en un estado de desajuste entre lo que era real y lo que no. No terminaba de integrar lo que había experimentado por el simple hecho de que todavía no sabía si toda aquella vivencia con esa mujer había sido real.
Sus hábitos de sueño se habían normalizado, y no había tenido ninguna otra visita, incluso ni el recuerdo de algún sueño, de manera que eso le generaba duda. Al mismo tiempo, esa experiencia había cambiado algo en él, se sentía distinto, no sabía en qué concretamente, tan solo podía percibir que en su interior algo era diferente, y eso también le angustiaba.
Tenía la necesidad de compartirlo con alguien más para poder conseguir una visión más amplia, o alguna opinión que le diese otra perspectiva, pero no tenía un entorno precisamente «abierto de miras». Apreciaba a su familia y amigos, aunque sabía que ellos no creían en los asuntos esotéricos o paranormales. Cualquier ocasión en la que había intentado plantear esa temática, lo miraban extraño, o lo catalogaban de «loco», y en cierto modo, así se había sentido prácticamente toda su vida, como un freak. Desde temprana edad había tenido inquietud por las brujas, la magia, magos, dragones, etc. Para él eran tan reales como sus padres o sus amigos.
Cuando uno es niño los adultos no les dan tanta importancia a esos asuntos, lo ven como una etapa que forma parte de la edad, sin embargo, cuando uno se va haciendo adulto y se mantienen esos mismos gustos, empiezan a juzgar como si fuese inmadurez o alguien que vive en la luna. Básicamente esos eran los adjetivos que lo definían según la mirada del resto de adultos: «Un raro e inmaduro» que no distingue la realidad de la ficción.
Esas opiniones le dolían en lo más profundo de sí, ya que, aunque no se consideraba como algo habitual en un hombre de 35 años, para él, ese mundo, esa realidad, le daban vida, era el único espacio en el cual se sentía real, en donde no tenía que fingir ser alguien «normal». Por eso cada libro o película en donde la magia estaba representada, él se transportaba, y todos sus problemas desaparecían por un momento. Era un tiempo en donde no había tiempo, ya que podía pasarse horas sumergido en esa frecuencia, y el mundo de las formas no era relevante en ese preciso instante.
Ese era su gran dolor: tratar de encontrarse en un mundo donde no encajaba, y el resto le veían como un perdido sin rumbo. Era muy consciente de que en un planeta donde habitan miles de millones de personas habría muchas como él, en una situación similar, en la que no encuentran su lugar, y tampoco quería creerse que era el único en el mundo sufriendo por esa diferencia.
Sin embargo, se le hacía muy pesado y denso cargar con ello él solo. El no tener aunque sea una persona que no le juzgase o le dijese que abandonara esos temas que no llevan a ningún lado es algo que él anhelaba muy en el fondo de su corazón. No pedía más, tan solo poder compartir con otra persona sus percepciones, sus ideas o sus sueños sin aparentar nada. Así de simple, mientras que hay gente que busca desesperadamente ganar dinero o tener fama, él solo quería estar junto a una persona con la cual poder ser él mismo sin ocultarse.
No todo era negativo, dentro de su soledad y falta de apoyo emocional, tenía un trabajo que le agradaba y le permitía tener tiempo suficiente para él. No habría imaginado que estudiar literatura en la universidad le llevaría a trabajar en una revista como columnista en la sección de opinión. Solo tenía que asegurarse de que cada dos semanas se requería tener listo para publicar, un artículo que la revista le haya demandado en ese tiempo, de modo que tenía que hacer alguna que otra investigación, escribirlo y enviarlo a redacción para que pudiesen darle el visto bueno antes de sacarlo a la luz.
Así que disponía de mucho tiempo para dedicar a su mundo, el cual se encontraba un poco patas arriba. El encuentro con aquella mujer etérea tan peculiar y misteriosa le tenía trastocado, ni tan siquiera le había dado su nombre. «No eres capaz de pedirle el nombre a una chica ni en tus sueños», se decía a sí mismo.
Era cierto que no destacaba por sus dotes de Romeo, pero tampoco había tenido problemas para hablar con chicas, en especial con aquellas que le atraían. Siempre encontraba la forma de entablar conversación, aunque no terminaban en nada, ya que siempre le daban largas o terminaban huyendo. «Quizás las presiono demasiado, o hablo mucho de mí, o planteo temas que no son muy ordinarios o convencionales», solía decirse en voz alta con frecuencia.
Él sabía que no era muy común, y que en ocasiones sus temas de conversación generaban mucha incomodidad y controversia, o no gustaban a otros, pero no por eso dejaría de plantearse esas preguntas que tanto le rondaban a lo largo de su vida, y en especial una: «¿Quién eres en realidad?». Esa pregunta era «la gran cuestión de todas», la que ha hecho a muchos pensadores a lo largo de la historia crear corrientes o enfoques en distintos lugares del planeta.
Probablemente eso era lo que más lo tenía desconcertado, el hecho de que aquella pelirroja sin nombre le hubiese preguntado: «¿Tú quién eres?». Así es, lo que le había dejado muy inquieto era que ella le había planteado su pregunta favorita, y no supo qué decir, aunque tampoco dispuso de tiempo a más, aquel encuentro había sucedido sin esperarlo y de modo espontáneo, pero llevaba varios días dándole vueltas a todo ese asunto, y lo que lo hacía más inquietante es que no sabía nada de ella.
*
Al cabo de tres semanas del evento, sin noticia alguna o señal de algo más, lo dejó pasar. Lear se dedicó a su vida cotidiana, a sus amistades, como si nada hubiese ocurrido. Era un viernes de noche, llevaba retrasado el artículo que tenía que entregar a primera hora del sábado. Lo había dejado pasar ya que el tema no le entusiasmaba demasiado, y sin darse cuenta, el tiempo se le había venido encima. Llevaba horas buscando información sobre «los bocadillos más sabrosos de la ciudad». La verdad era que le generaba mucho rechazo tener que estar perdiendo su tiempo en leer sobre bocadillos, no le hacía gracia en absoluto estar pegado a su ordenador para crear un artículo sobre pan, jamón o queso…
Toda aquella investigación lo había dejado muy agotado mentalmente, y sin darse cuenta, cayó en un profundo sueño que lo llevó a un encuentro inesperado.
—Lear, despierta, ¡venga, despierta! —exclamó la voz.
Él se sobresaltó y volvió a verse fuera de su cuerpo. Esta vez había sido sencillo, no había notado ninguna presión en su estómago. Allí estaba ella, una vez más «la pelirroja misteriosa» se encontraba delante de él, mirándolo con esa profunda serenidad que emanaba.
—¿Tú otra vez? Pero… —No encontraba las palabras adecuadas.
—Me has llamado, y he venido a verte, como lo has pedido. —Sonrió.
—No recuerdo haberlo hecho, ni tan siquiera sé cuál es tu nombre, además, has tardado tres semanas en regresar.
—El tiempo y el espacio no funcionan del mismo modo en el lugar en el cual me encuentro. Lo que tú llamas tres semanas para mí es un instante.
Lear aún no sabía muy bien cómo entablar conversación con aquella mujer tan enigmática. Pasaron de una simple frase a mantener una charla más fluida, eso le desconcertaba mucho.
—Bien, si yo te he llamado y has venido, será porque es algo importante, ¿no? Pero antes de eso, me gustaría saber tu nombre. ¿De dónde vienes?, ¿cómo es que puedo verte?, o ¿estoy perdiendo la cabeza? —Estaba nervioso por la cantidad de dudas y preguntas que tenía con respecto a ella.
—Eres muy gracioso, no quieras saberlo todo tan deprisa o te quemarás. Cada cuestión a su tiempo. Lo que tienes que entender por ahora es que estoy ante ti porque tú y yo somos uno, somos lo mismo en esencia, y si me ves es porque represento una parte de ti en otra frecuencia, no soy alguien ajeno. Llevo contigo desde que naciste, y si no me has visto es porque no estabas preparado. Deja de decirte que te lo estás inventando todo, o que alucinas, hay muchas realidades en este universo como para solo limitarse a una. Que no lo vean otros no significa que no existan. Es lo que sueles decir, ¿no?
Ahora sí que estaba alucinando, no solo era preciosa, atractiva y misteriosa, sino que también sabía mucho sobre los temas que le fascinaban, además que utilizaba frases similares a las suyas.
—Entonces, ¿estás aquí para ayudarme porque te lo he pedido? ¿O por alguna otra razón?
—Estoy ante ti porque es momento de que despiertes y sepas quién eres en realidad. Llevas años atormentándote por no saberlo y sufriendo por no poder compartir lo que hay en ti. Pero hay algo muy importante que tienes que saber: no tienes que esperar a que los demás te lleguen a comprender, debes abandonar la idea de que hallarás tu felicidad una vez conozcas alguien que pueda compartir tus ideas o visión. Nadie va a hacerlo, porque tú eres tú, y ellos son ellos. Cada individuo tendría que comprender que las respuestas y la claridad se encuentran en sí mismos. Mientras busques en lo exterior tu sentido de vida, te hallarás en un viaje interminable que siempre te llevará al mismo lugar: a ti. Allí debes encontrar tus respuestas. A quien debes dejar expresarse de manera transparente es a tu naturaleza verdadera. Mientras sigas ocultándote o fingiendo, te seguirás hundiendo cada vez más en un hueco del cual te será difícil salir. Deja de culpar al mundo por no entenderte, tu tarea es conocerte a ti mismo, y luego sabrás cómo expresarlo a los demás.
Sus palabras fueron como una bofetada en la cara. Era doloroso escuchar esas ideas que tanto había escuchado en otros, y que ahora salían de la perfecta boca de esa pelirroja misteriosa. No sabía si gritar o salir corriendo, pero eso no iba a impedir dejar de sentir lo que sentía en ese momento.
—Llevo intentándolo toda mi vida, encontrar la forma de ser yo sin ser juzgado o tachado de raro. Pero en realidad no sé por dónde empezar, no sé muy bien qué hacer o por dónde empezar.
—No te preocupes por ello, nadie nace sabiéndolo todo, es un proceso, y ante todo requiere de mucha consciencia en todo lo que vives y experimentas. No tienes que hacer cosas extraordinarias ni convertirte en alguien especial. Es más sencillo que eso, lo importante es que tu intención esté enfocada en ir al encuentro de tu verdad. Esto no es un logro ni un objetivo, no lo veas como una carrera o una meta la cual debes alcanzar. Es un camino de vida, el cual debes andarlo día a día durante toda tu existencia hasta el final de tu viaje en este planeta. No es un «saber quién eres» y todo termina, y finalizan tus problemas. Cada etapa de vida te traerá nuevos retos y nuevas aventuras que debes enfrentar aun sabiendo quién eres de manera esencial. La única diferencia es que mientras vivas, la ignorancia de tu naturaleza, ese andar, se vuelve doloroso y pesado, y en cambio, cuando eres consciente de ella, vives en sincronía y fluidez con tu vida; no te librarás de tener que tomar decisiones o asumir responsabilidades. Vivirías con alegría, ya que cada evento será una oportunidad para ir más allá de tu conocimiento limitado. Hay tantas posibilidades que cualquier cosa que te cuente se queda en nada, lo esencial es que emprendas tu camino y no te rindas pase lo que pase.
Empezó a sentirse muy abrumado por toda esa charla, y al mismo tiempo super emocionado ya que por una vez alguien le estaba dando una respuesta clara y concisa de qué es lo que le ha tenido atormentado tantos años. Sentía que sus palabras eran honestas y sinceras, en el fondo querían ayudarle a descubrir lo que hay en lo profundo de su ser. Pero seguía intrigado por ella, no había mencionado su nombre: o esquivaba la pregunta, o quizás no tenía uno.
—Creo que lo entiendo, o al menos algo de ello, sin embargo, no sé por dónde empezar. ¿Cómo sé que estoy en el camino correcto?
Ella le miró directamente sonriendo una vez más, generando una sensación muy eléctrica dentro de Lear. Podía sentir como si ella estuviese dentro de él, como si estuviesen fusionados.
—Ya lo has empezado, siempre has estado en él, solo que ahora serás más consciente de ello. No hay marcha atrás, una vez te quitas el velo, lo ves todo con claridad, y por mucho que quieras hacerte el ciego ya sabes que hay en realidad. Esa es una verdad con la que tendrás que vivir: «Las cosas son como son, no como tú crees que son». Si quieres comenzar por algún lado, empieza por asumir tu vida de la manera que es, deja de juzgar y desear otra, y ante todo, mira tus miedos de frente.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que todo el peso de su cabeza se posaba en el teclado, marcando una innumerable cantidad de letras sin sentido, haciéndole tomar consciencia de que se había quedado dormido.
Eran las 6 de la mañana, no había terminado su artículo, solo tenía el recuerdo de la charla que mantuvo con aquella pelirroja misteriosa. No le produjo preocupación alguna, se sentía sereno, recordaba al cien por ciento la conversación, pero sabía que tras esa charla habría un antes y un después. En ese momento sus problemas sobre bocadillos eran insignificantes, había algo más grande y profundo que se había despertado en su interior que lo estaba llamando a revolucionar su vida. ¿El qué? No lo sabía, aunque estaba dispuesto a andarlo, eso lo tenía claro. De pronto sintió como un chispazo entraba por la parte superior de su cabeza, recorriendo todo su cuerpo, hasta que finalmente una palabra brotó repentinamente en su mente como si esa energía la hubiese plantado allí mismo.
—¡Aurora! Así que ese es tu nombre. —Sonrió en sus adentros.
3
Un viejo amigo
Habían pasado tres meses desde aquel encuentro con Aurora. Así la llamaba Lear, o al menos lo que creía. No sabía nada sobre ella, no tenía absolutamente ningún tipo de señal o medio para contactar. Había intentado utilizar diversas técnicas para entrar en trances y diferentes modos de lectura con energías sutiles, pero nada surgió efecto. Solo le daba la sensación de que lo empeoraba, además se sentía más solo que nunca, desde aquella última visita, su mundo emocional se había complicado.
Estaba como en un estado depresivo, le angustiaba todo y no sabía muy bien de dónde se originaba. Antes encontraba cobijo en sus libros o películas, y en esta ocasión no le ayudaban en nada. Aparte, sentía que el trabajo que hacía lo estaba consumiendo y apagando, como si no estuviese realmente dando lo mejor de sí. Aunque le era cómodo hacerlo, sabía que podía realizar algo más grande, más significativo que escribir opiniones sobre «chorradas» que no le aportaban nada.
Solo lo hacía por el dinero, y porque le gustaba escribir, eso era todo. Aun así, estaba apagándose esa chispa entre su oficio y él, eso tampoco le hacía gracia, ya que era algo más que añadir a su lista de dilemas internos y, para más inri, su familia y amigos, por alguna razón que desconocía, le exigían respuestas acerca de su vida. Detestaba que la gente se metiese en sus asuntos, por eso le gustaba vivir solo, para no tener que estar dando explicaciones sobre lo que hace y lo que no. Parecía que se habían aliado para atosigarlo a preguntas: «¿Qué te pasa? ¿Te veo distinto? ¿Estás triste? ¿Ya tienes novia? ¿Cuándo vienes?», decían una y otra vez.
Era horroroso y molesto estar recibiendo casi cada día mensajes de los fastidiosos de sus familiares, y cuanto más los evitaba, más acosado se sentía. Tenía ganas de gritar y mandar todo al traste, pero algo le impedía hacerlo, y no tenía claro si era por miedo a que se enfadasen o porque no quería destruir su «cómoda situación».
Lear sabía que si empezaba a decirles las cosas directamente tendría que ponerse a discutir o debatir sobre su vida, sus historias, bla, bla, bla. Eso es lo que precisamente deseaba evitar a toda costa, tan solo quería que lo dejasen en paz, así de fácil; en su cabeza sonaba sencillo, pero en realidad se encontraba ante una gran dificultad para llevarlo a cabo, era terrible, se veía en un momento delicado de su vida.
Al no tener a alguien con quien confesarse abiertamente sin juicio alguno, le quedaba Aurora, pero esta no parecía encontrarse muy disponible, de modo que estaba cargándose mucho y no sabía cómo canalizar y transmutar toda esa energía. Lo último que le había dicho es: «Asume tu vida como es, y déjala de juzgar. Mira tus miedos de frente». Desde entonces, todo se había puesto patas arriba, y se preguntaba si esto era a lo que se refería con asumir su vida.
Tras mucha divagación mental, Lear decidió que llamaría a su viejo amigo y lo invitaría a cenar. Seguro que él tendría alguna idea o frase que le daría luces a todo eso. Solo había un problema: llevaba 3 años sin hablar con él. Desde que su vida se había centrado en sí mismo, su viejo amigo le había dado ese espacio, y le dijo que podía llamarlo cuando estuviese preparado. No sabía si realmente lo estaba, tres años era mucho, le daba un poco de vergüenza llamarlo sin más para contarle sus problemas, pero no tenía a nadie más a quien acudir, así que dejaría el orgullo atrás y le echaría valor.
—Hola, Lear, ¡qué gusto saber de ti! —contestó.
—Hola, Prince —sonó dudoso—. El gusto es mío, me alegra escuchar tu voz.
—¿Todo bien? Suenas preocupado.
—Sí, bueno, verás, no sé. Sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez, me gustaría verte, hablar un poco. ¡Puedo invitarte a cenar si te apetece!
—No has cambiado. —Se rio—. Siempre con tus dudas. Por supuesto, ¿cuándo te iría bien?
—Si te parece, el sábado por la noche, sobre las 8 puedes venir. Vivo en el mismo lugar de siempre.
—Estupendo, ¡hasta el sábado! —Había colgado, sin dar tiempo a decir nada más.
Un brote de luz había surgido. Prince se había comportado como si nada hubiese ocurrido entre ellos, como si llevasen viéndose desde siempre. A decir verdad, eso era algo que le fascinaba de Prince, no vivía con rencor, tenía una capacidad de perdonar fuera de este mundo, no solía tomarse las cosas tan personales, eso lo convertía en un hombre muy sencillo y agradable al trato. Ahora, no entendía, ¿por qué lo había alejado de su vida sin más? Ese tipo de personas no aparecen muy a menudo en la vida. Se sentía un poco estúpido por haberse dado cuenta de ello después de su conversación telefónica.
Despejó esos pensamientos por un momento, la buena noticia era que acudiría a su cita y podría verlo. Lo único que no sabía era qué cocinar, había pasado mucho tiempo, quizás había cambiado de dieta, o se había pasado al vegetarianismo, estaba de moda, ¿quién sabía? Era una posibilidad, ya lo miraría más adelante, lo relevante es que volverían a encontrase, y eso le producía muchísima alegría.
*
Empezó a sonar el teléfono, Lear se levantó sin saber muy bien dónde lo tenía puesto ni qué hora era. Se puso la bata por el frío que hacía en su habitación, continuó buscando el teléfono, que no paraba de sonar. Finalmente lo encontró en el bolsillo de su chaqueta.
—Diga. —Miró el reloj, marcaba las 6 a. m.
—Lear, soy yo, Douglas.
—Hola, jefe, un poco pronto para llamar, ¿no?
—Necesito que vengas a primera hora, tenemos que hablar. —Había colgado.
Esas palabras no sonaron muy animadas ni tranquilizadoras, escuchar «tenemos que hablar» no suele ser buena señal. «Menudo inicio de día», se decía para sí mismo en voz alta.
Llegó a las 8 a. m. al despacho de su jefe, estaba acojonado, no había desayunado, estaba muerto de sueño e intrigado por lo que tenía que hablar con Douglas.
—Hola, Lear —dijo su jefe al llegar 15 minutos tarde, con una expresión muy sería en su rostro.
—Hola, jefe —contestó con tono nervioso.
—Voy a ir al grano. Te he llamado para darte un toque de atención. Tus últimos artículos están siendo una basura, así de claro te lo digo. No sé qué carajo te pasa, pero estás escribiendo estupideces. Solo recibimos críticas negativas de tu sección, y eso está bajando las ventas, además de comprometer la imagen de la revista. Te doy un ultimátum: tu próximo artículo ha de recomponer todo este follón. Si sigues escribiendo bobadas, ya puedes recoger tus cosas. ¿Queda claro? —Dio un golpe en la mesa—. Lo que sea que te pase, ¡arréglalo! Y aterriza a tierra, parece que vives en otra galaxia. Puedes irte. —Le señaló la puerta para que saliese.
Estas últimas palabras le habían caído como una piedra en la cabeza. No sabía qué era peor, si el hecho de que su trabajo peligraba o que le había dicho que estaba en otra galaxia.
—¡Menudo follón! ¿Y ahora qué rayos voy a escribir?
*
Tenía la cena con Prince a las 8 p. m. Había decidido que haría una picada de diversos platos, así no se pillaría los dedos eligiendo el equivocado. Ya sea vegetariano u omnívoro, tendría varias opciones. Aparte de eso, debía entregar para el lunes su «posible último artículo» y no lo tenía empezado. La verdad era que le parecía una tontería crear un artículo sobre «marcas de jabones en el uso doméstico». No le extrañaba estar escribiendo absurdeces cuando tenía temas como ese. Estaba perdido, no iba a escribir más que bobadas como había dicho Douglas, y perdería su trabajo. ¿Qué iba a hacer a partir de ahora? ¿De dónde sacaría el dinero? Todo eso le generaba mucha ansiedad y miedo, y no quería reconocerlo. Intentaba hacerse el fuerte, pero en realidad estaba muy preocupado y angustiado.
Se estaba acercando la hora del encuentro, había preparado todo, se aseguró de que la comida estuviese lista. Había arreglado la casa para que no se viese el desorden en el que vivía últimamente. Estaba un poco cansado, entre todos los preparativos y los nervios de su artículo, no había dormido mucho, quizás se tomaría un café y así podría pasar la velada sin problema.
En ese preciso momento, sintió como una brisa cálida acompañada de una delicada fragancia a Fresia le acariciaba su mejilla derecha, escuchó un movimiento entre las estanterías de la sala y se dirigió deprisa a ver qué sucedía: allí estaba Aurora, sentada en el sofá. Sonreía, mirándole como de costumbre.
—¿Tú? ¿Dónde estabas? —preguntó con sorpresa.
Sonó el timbre. Cuando dirigió su mirada otra vez al sofá, ella ya no estaba allí, había desaparecido.
Tenía a su viejo amigo en frente, con un aspecto desgastado, más bien cansado, parecía mayor de lo recordaba. En realidad, tenían la misma edad, le llamaba la atención ese semblante tan distinto. Aunque había algo que seguía siendo igual: su mirada seguía transmitiendo esa paz y tranquilidad de siempre. No le encajaba esa apariencia física con esa presencia que Prince emanaba desde que eran niños.
—¡Qué gusto verte, Lear! Te veo más flaco de lo normal. ¿Estás comiendo bien? —Lo había dicho a modo de broma.
—Sí, tranquilo, ando muy liado con mis asuntos últimamente, pero nada. ¿Tú qué tal? Te veo distinto.
—Como sabes, tengo a mis pequeñas conmigo. Lucía me ayuda como siempre, juntos vamos sacando adelante nuestra pequeña familia. Qué alegría me dio saber de ti, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. Tendrás mucho que contar. ¿Sigues trabajando en esa revista? ¿Alguna novia por ahí? —Se sentó en el sofá.
—Sí, ha pasado mucho tiempo, no estaba seguro si ibas a querer hablar conmigo. Me venías mucho a la cabeza últimamente, y me animé a retomar el contacto. Te cuento que sigo en la revista, aunque la cosa anda rara… En fin, una larga historia. Y en cuanto a novias, nada —soltó una carcajada—. Ya sabes que soy un poco raro y me gusta estar solo.
Prince sonrió como si supiese que no le estaba diciendo la verdad del todo.
—Si no has cambiado es porque no has querido, siempre tenemos la posibilidad de cambiar nuestro rumbo. Solo requiere de valor para emprender esa nueva aventura. Aunque insistes en mantener tu viejo yo, el mismo trabajo y el gusto por estar solo, en el fondo sigues siendo el mismo chico que siempre ha anhelado aventuras y compartirlas con otros. Si quisieses, podrías dar mucho más a este mundo, otra cuestión es que tú lo veas. Tienes para ofrecer grandes cosas, siempre te lo he dicho y sigo viéndolo a día de hoy.
Esas palabras llegaron como un bálsamo que por alguna razón hicieron que toda esa angustia que cargaba tras todos esos días pasados se desvaneciera y pudiese volver a respirar con tranquilidad. Era su gran amigo, al cual había echado de menos, más de lo que habría imaginado, ahora se había dado cuenta. Últimamente no dejaba de tomar consciencia de muchos aspectos de su vida, era increíble lo dormido que había estado esos últimos años. Sin embargo, le seguía inquietando el aspecto de Prince. Ya que había sido muy directo, él también lo sería.
—Gracias por tus palabras, te lo agradezco. Me gustaría preguntarte algo.
—Claro —respondió—, dime.
—Te veo distinto, como si algo no marchase. ¿Va todo bien? —vaciló.
Prince lo miró con seriedad y directamente a los ojos.
—Será mejor que comamos, y luego te lo cuento. —Sonrió—. Dime, ¿qué has hecho para comer? Estoy muerto de hambre. Más te vale darme algo delicioso. Por cierto, ¡he traído vino! —Le guiñó un ojo.
Habían cenado como reyes, Prince no era vegano ni nada de nueva tendencia, con lo cual había disfrutado de la comida sin problema, y con respecto a él, compartir con su amigo como en los viejos tiempos lo llevó a relajarse y olvidar sus problemas. Se habían contado anécdotas de los últimos años, además Prince le enseñó fotos de sus dos pequeñas, las cuales eran preciosas. Se parecían tanto a él, se le veía orgulloso y satisfecho de su familia, era su gran tesoro y se alegraba tanto por su amigo.
—Dime, Prince, ¿cómo es que estás tan avejentado? No es que yo esté en plena forma, pero te veo un poco cascadito —dijo con un tono sarcástico.
—Mira que eres bruto. Me cuido como puedo, pero la edad pasa a todos, quizás se perciba en menor medida a otras personas, pero nadie se libra de hacerse mayor. Es un destino que todos compartimos. Pero lo que me está consumiendo es otro asunto, y creo que, ya que estamos sincerándonos, te lo voy a contar. —Se aclaró la garganta—. Aunque nuestros caminos se han separado por un tiempo, la vida nos vuelve a poner juntos una vez más, probablemente la última. De manera que será lo mejor aprovechar el tiempo que tenemos y cerrar nuestro ciclo.
—¿Cómo que la última vez? ¿Qué ciclo? No lo entiendo.
—Cada persona cumple un propósito en tu vida, nadie está por accidente en tu camino. Ya sean unos días o años, esas personas están para aportarte algo, y al mismo tiempo tú a ellas. Cuando esto se cumple, el ciclo termina, así es la vida, un cúmulo de ciclos que van y vienen hasta el momento de nuestra partida. Si no lo tienes claro, pregúntaselo a tu amiga pelirroja, que lo sabe muy bien. —Sonrió.
—¿Disculpa? ¿Qué sabes tú de ella? —Se había puesto pálido.
Lear empezó a sentirse mareado, no sabía si era por el vino o por las palabras que acababa de escuchar. Así es, había dicho «amiga pelirroja» no era posible, quizás no estaba tan loco como pensaba. Se encontraba confundido.
—Sí, Lear, siempre ha estado contigo. Hace años que lo sé. Tú eres el único que no lo sabía, bueno, no estabas preparado, no es tu culpa, pero eso es otro tema. No contaré tu secreto, está a salvo conmigo.
—¿Tú puedes ver otras realidades? ¿Desde cuándo? ¿Cómo es que no me lo has contado? —Le miraba sorprendido.
—Como he dicho, no estabas preparado, tenía que respetar esa parte de tu vida. Y el hecho de que hayas querido tiempo para ti estos años también era parte de ello. De manera que ahora es momento de cerrar nuestro ciclo, estás preparado, por eso la ves, y por eso estoy en frente de ti. A lo que iba, Lear, me han diagnosticado una enfermedad terminal hace unos meses. Mi vida concluye, aunque pienso utilizar mi tiempo restante para cerrar mis ciclos, y tú eres uno de ellos. —Levantó su copa bebiéndose el último trago de vino.
4
El dragón azul
Prince se había criado en lo que llaman una «familia desestructurada», no tenía hermanos ni hermanas, de modo que todos los conflictos que hubo entre sus padres los tuvo que lidiar él solo. Afortunadamente era un chico espabilado y lleno de optimismo pese a sus fortunas y desdichas. No se dejaba hundir fácilmente con cualquier cosa, siempre se decía a sí mismo que tenía que ser fuerte por él, era su responsabilidad encargarse de su vida, y aunque sus padres se habían olvidado de cuidarlo y protegerlo, él tuvo que aprenderlo como pudo y sin ayuda de ellos.
Su madre vivía lamentándose por la fuga de su marido con otra mujer. Se dedicaba a trabajar, fumar y ver telenovelas románticas, que parecían hundirla más que ayudarla, ya que por alguna razón terminaba enfadada, desanimada o desquitándose con Prince. Se había desentendido de su hijo a nivel emocional, como ella le daba el alimento y la vivienda, le dejó claro que ya cumplía como madre. De manera que con cualquier reproche o discusión siempre salía el tema en cuestión, así que Prince se dedicó expresamente a sí mismo y a aprender a buscarse la vida.
Él se calentaba su desayuno, comida y cena, además de encargarse de todo lo relacionado con la escuela. En ocasiones había una chica que lo cuidaba, aunque no era lo suficientemente responsable como para cumplir los horarios y cuidados que él necesitaba. Al ser buen estudiante no tuvo grandes problemas ni llamadas por parte del director o su profesorado. Si en alguna ocasión llamaban a su madre, él buscaba alguna excusa para defenderla por su ausencia, no quería que sus profesores supiesen sobre la realidad de su situación doméstica.
En cuanto a su padre, el día que decidió marcharse, Prince tenía 7 años, desde entonces no había vuelto a saber nada de él, vivo o muerto, era algo que él desconocía totalmente. Con los años se fue haciendo a la idea de que no volvería a verlo: quizás vivía en otro país, tenía otra familia, o estaba muerto. Ya era indiferente una u otra, había decidido dejar atrás esa etapa de su vida.
Como no todo en la vida es oscuridad, Prince había hecho una amistad con un chico de la escuela llamado Lear. Este había llegado al pueblo cuando tenían 8 años, era muy tímido y poco sociable, todo lo que Prince no era. Lo que les diferenciaba era su ámbito familiar: el de Lear era muy unido, se veía a unos padres preocupados y amorosos con su hijo, además de su otra hija, la cual era mayor que Lear, pero también muy pendiente de su hermano. Era muy evidente la sensibilidad que tenía, de modo que todos le protegían o buscaban cuidarlo, no solo su familia, sino todo su alrededor, incluido los mismos profesores de ambos.
Al principio le fue muy complicado acercarse a Lear, este no daba opciones para entablar conversación o juego. Se pasaba la mayor parte del tiempo solo, con sus libros o muñecos. Para Prince era todo un reto y una curiosidad saber sobre ese chico tan raro y misterioso. Se preguntaba: ¿a qué se debía tanta soledad y aislamiento? Tenía todo: familia cariñosa y la atención de los profesores, ¿él? Nada de eso, y no por eso era tan antipático.
Sin embargo, es curioso cómo las cosas y los eventos de la vida pueden dar un giro, y unir a dos personas. Habían pasado seis meses desde la llegada de Lear al pueblo. Solo lo veía en clase y cuando sus padres lo llevaban o recogían de la escuela en coche, el resto le era desconocido. Le daba la sensación de conocer a su hermana mucho más a pesar de ir tres cursos por delante de ellos. Era muy diferente, todo lo que Lear no era: sociable, graciosa y amistosa. Solía pasar mucho con un grupo de chicos con los que había hecho amistad en el colegio, no había tenido dificultad para hacer amigos, cosa que a su hermano se le daba muy mal, vivía en un mundo distinto y solo hablaba con sus juguetes.
Era increíblemente curioso como estos, parecían darle un sentido y propósito a su vida. Cada día traía un juguete distinto, Prince se preguntaba cuántos tendría. Él recordaba tener algunos, pero desde que su padre se había ido, no tenía tiempo para muñecos.
Cada día Prince iba y volvía de la escuela es su bicicleta, no vivía lejos pero tampoco cerca. De modo que era el medio de transporte más práctico para su día a día salvo aquellos de lluvia o extremo calor, donde lo recogía su niñera. Un día, mientras se dirigía hacia casa, encontró un muñeco tirado en el pavimento, lo pudo reconocer al instante, y a su propietario también. Era un dragón azul eléctrico que mediría unos veinte centímetros aproximadamente, los detalles de aquel juguete estaban tan bien detallados que parecía real, eran realmente impresionantes los vivos colores que desprendía del rostro, el cuerpo y sus amplias alas azuladas. Prince se sintió afortunado por tener la oportunidad de tener ese muñeco, ya que sabía que si lo pidiese para él, no tendría opción alguna de tenerlo. Tuvo la tentación de quedárselo, nadie lo sabría, pero algo dentro de él se lo impidió, sabía que para su dueño era importante, lo solía llevar consigo muy a menudo. Seguramente se le habría caído de regreso a casa, no se imaginaba que lo hubiese tirado a propósito; los había visto aquella tarde caminar de regreso a casa, seguramente no se habrían dado cuenta. Esa era su oportunidad de conocer algo más sobre su compañero, no esperaba que lo invitase, pero sí que estaba intrigado con esa nueva aventura, así que se desvió en dirección a casa de Lear Kelt.
Era un chalé precioso, quizás el más bonito del pueblo, estaba situado en la zona más lujosa, en donde las casas eran más modernas y disponían de una cierta tranquilidad debido a la lejanía del centro del pueblo. Habían decorado la entrada con una cantidad importante de plantas exóticas y objetos curiosos que Prince nunca había visto en su vida. Le daba buenas vibraciones estar en frente de aquella casa, solo que la idea de enfrentarse al silencio de Lear le incomodaba bastante, pero, aun así, se armó de valor y tocó el timbre.
Delante de él tenía a la simpática hermana de Lear, la cual le sonrió al verlo y preguntó:
—Hola, ¿te puedo ayudar? —Lo miraba con curiosidad.
—Hola, soy Prince, compañero de Lear. Estaba de regreso a casa cuando me encontré esto en el suelo. —Sacó el muñeco de su mochila.
Ella lo miró sorprendida y al mismo tiempo aliviada, y sin esperarlo, se abalanzó sobre él, dándole un fuerte abrazo.
—¡Gracias, gracias! No tienes ni idea de lo feliz que estoy. Esta situación me estaba poniendo nerviosa, no sé cómo agradecértelo.
—No pasa nada —contestó dudando de su respuesta—. Cuando lo vi, al momento pensé que Lear lo estaría echando de menos.
—¡Ni te digo! Está en su habitación encerrado. No se lo digas, pero es un poco llorica. —Se rieron con complicidad.
Prince estaba asombrado por la facilidad que tenía para hablar con ella, y la dificultad con su hermano. Se sintió alegre al saber que le ayudaba y que sabía un poco más sobre su compañero.
—¿Quieres quedarte a comer? ¿Beber algo? ¿Quieres que llame a Lear? —dijo ella con seguridad.
—No hace falta, ya me voy, tengo que ir a casa, mi madre me estará esperando, y se enfadará si llego tarde —mintió.
—¡Oh, vaya! Qué pena. Le diré a mi hermano que lo has encontrado. Oye, me llamo Ofelia, no te lo había dicho.
*
Al día siguiente, le costaba no sentirse observado. Lo que empezó con indiferencia en los primeros meses se había convertido en una fijación constante. Era Lear, no le quitaba los ojos de encima, lo estaba analizando y observando desde la distancia, vigilaba todo paso que Prince daba, era muy incómodo para él. Había querido llamar su atención, pero no de esa manera, así que pensó en acercarse a él y romper el hielo una vez saliese al recreo.
Poco después, sin esperárselo, vio a Lear acercarse, le miró fijamente y dejó un papel doblado sobre su pupitre. Acto seguido, regresó a su puesto con el mismo silencio de siempre. Prince miró el papel con sorpresa, intrigado por lo que podría haber en su interior, lo abrió para leer su contenido: en una escritura clara, estilizada, y muy artística para un niño de ocho años, decía: «Gracias por salvar a mi amigo, te estaré agradecido por siempre. ¿Quieres venir a jugar esta tarde a mi casa?». No podía creerse lo que estaba leyendo, fijó su mirada en Lear, y este lo miraba esperando una respuesta. Prince asintió, su cita había quedado cerrada, y así volvieron cada uno a sus tareas.
Ahora sí que estaba nervioso, no sabía por qué. Nunca le había preocupado la idea de conocer alguien nuevo, pero esta vez era distinto, nadie le había invitado nunca a jugar. No se llevaba mal con sus compañeros, pero no tenía amigos como tal. ¿Qué tenía que hacer? ¿Qué diría? ¿Le preguntarían algo sobre su familia? Seguramente, la cuestión era saber si decir la verdad o una mentira. Era difícil de saberlo, no le importaba que supiesen su historia, lo que no le gustaba era tener que dar explicaciones. Decidió que lo averiguaría sobre la marcha, iba a ver a Lear, no a sus padres, así que se centraría solo en eso. ¿Y de qué hablarían? No sabía nada de él.
Cuando entró en casa de los Kelt, se quedó fascinado por lo grande y lujosa que era en comparación con su pequeña casa de pueblo. Tenían buen gusto, además de tener un gran número de esculturas y objetos provenientes de diversos países, ya que viajaban mucho, de allí encontrar toda esa gran colección. Los padres de Lear eran muy amables, se les veía como una pareja muy unida y comprometida con el cuidado de sus hijos. Se mostraron muy atentos e interesados por saber quién era ese nuevo amigo que había invitado su pequeño hijo.
Sucedió lo que había temido: dar explicaciones, pero la amabilidad y cordialidad que emanaban hizo que Prince fuese honesto contestando a cada una de sus preguntas, sin tener que mentir pero tampoco dando muchos detalles. Estuvieron conversando hasta que Lear apareció quince minutos más tarde al encuentro con su invitado. Se saludaron, y finalmente lo invitó a subir a su habitación como si se conociesen de siempre. Para Prince era muy extraño, ese niño no era en absoluto nada parecido al que veía en su escuela, algo no encajaba.
Una vez entró al «templo de Lear» no podía creer lo que había en él, nunca había presenciado una habitación como aquella: era amplia, llena de estanterías que guardaban muchas figuras, libros y juguetes de temática mitológica y mágica. No solo dragones, sino hadas, duendes, elfos, además de magos y hechiceros que ocupaban cada rincón de las estanterías. Sus paredes, decoradas con pósteres que representaban bosques o animales que él nunca había visto. Todo le era nuevo y sorprendente, ese chico era un misterio, y en ese instante, pudo saber que era lo que tanto ocultaba.
—No tengas miedo, no te harán daño. Tienes permiso para sentarte —dijo Lear señalándole el lugar donde sentarse.
Prince se sentía un poco cohibido, ya que no había conocido a alguien que hablase con sus juguetes o que pudiese comunicarse con ellos. Así que, sin decir nada, se sentó en la cama. Era extensa, dos personas podían dormir perfectamente en ella, y por el tacto de su colchón parecía que se dormía muy a gusto. Levantó su cabeza en dirección al techo, y se dio cuenta de que, en él, se encontraban planetas y estrellas fluorescentes que brillan cuando se está en la oscuridad de la noche. La habitación parecía una juguetería, el sueño de cualquier niño de ocho años, aunque para Lear parecía ser otra cosa distinta.
—Quería decirte gracias por salvar a Troy, es muy importante para mí, no veo mi vida sin él.
—No es nada, pensé que querrías recuperarlo, por eso te lo traje de vuelta. Me alegro de que esté a salvo.
Lear le sonrió con sinceridad e hizo un gesto para que se pusiese de pie.
—Te voy a presentar a todos mis amigos, están muertos de ganas por conocerte.
—Sí, claro. —Se levantó sin estar seguro de lo que iba a pasar.
Aunque no estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones, se sentía bien. Por una vez en su vida era invitado a formar parte de algo, y aunque no era lo que hubiese imaginado, Lear le había hecho sentirse como en casa. Por alguna razón, presintió que eso era el inicio de una gran amistad. De repente, vio pasar una sombra en dirección a la puerta, al seguirla con su mirada pudo ver que, delante de él, había una mujer mirándolo. Nunca había visto a alguien como ella: tenía los cabellos color rubí, la tez de su piel era tan blanca como el color de la leche, tenía el cuerpo tatuado de símbolos extraños, era muy bella, pero lo más llamativo eran sus ojos: eran de un verde esmeralda tan intenso que podían traspasar con solo mirarle. Ella colocó un dedo sobre sus labios como diciéndole que mantuviese silencio. Cuando Prince volvió su mirada hacia su amigo, este no parecía haberse percatado de la presencia de aquella pelirroja misteriosa.
Ella había desaparecido sin más, le había mostrado algo muy íntimo y secreto que se encontraba en la vida de su nuevo amigo, y para no estropear esa amistad, haría honor a aquello que había presenciado. Consciente o no, Lear era un ser especial, y aunque parecía vivir en un mundo paralelo, era muy real para él, y eso es lo que le fascinaba de su nuevo amigo: era único, y pese a toda esa fachada silenciosa, en el fondo, tenía un gran corazón que quería compartir con otros su gran mundo interior.
5
Un viaje inesperado
Había pasado una semana desde su encuentro con Prince, no podía quitarse de la cabeza lo que le había contado: una enfermedad terminal. Le estaba costando digerir la noticia, su viejo amigo estaba de camino a la muerte, y él no podía hacer nada para impedirlo, se sentía impotente ante esa situación.
Sin embargo, le sorprendió que, pese a la noticia, su amigo no había perdido el optimismo por la vida, lo cual era de admirar, muchos caen derrotados o se hunden sin más, pero él, como gran luchador que siempre había sido, no se había dejado tumbar. Prince había elegido un tratamiento holístico y natural, dejando de lado tratamientos tan fuertes e invasivos como los químicos. Prefería vivir los últimos meses de su vida de manera más consciente y presente junto a su familia. Sabía que no iba a ser sencillo, pero es la decisión que había tomado. Era un tipo de tratamiento distinto, pero que también era conocido por su eficacia en muchos casos. Se había informado mucho acerca de la vía alternativa antes de lanzarse sin más y había dado con gente muy profesional y experimentada.
Conocía bien a Prince, sabía que no era tonto y no se precipitaría en tomar una decisión como aquella, de modo que lo apoyaba al cien por cien en su camino actual. Con respecto a él, había decidido dejar la revista, no tenía ningún sentido continuar en un lugar en el cual ya no creía ni confiaba. Le fue más sencillo de lo que imaginó. Llevaba más de cinco años trabajando allí, de modo que en ese momento no sabía hacia dónde se dirigía su vida, pero no era algo a lo que quería darle muchas vueltas, el reencuentro con Prince había cambiado las cosas, además de saber que él también era consciente de la existencia de Aurora, lo cual era muy peculiar y llamativo. Esto le llevaba a centrarse en ¿quién era esa mujer? ¿Por qué estaba junto a él en ese periodo de su vida?
Desde que apareció en aquella fría noche, todo se había revolucionado, su castillo de naipes se había ido al traste, de modo que no quería seguir insistiendo en mantener lo que había sido destruido, sino centrarse en su nueva etapa, en su nuevo camino. Solo que no sabía por dónde empezar, no sabía qué quería hacer con su vida. Si alguna vez lo supo o creyó saberlo, en ese instante no tenía ni la menor idea, eso era intimidante y apasionante al mismo tiempo. Llevaba años apalancado en la misma rutina y con las mismas ideas fijas, y todo eso ya no tenía sentido alguno, así que le obligaba a girar en otra dirección. Al menos no estaba completamente solo, tenía a Prince de nuevo y a Aurora, por supuesto, así que con su ayuda iría construyendo su nuevo andar.
Mientras seguía centrado en sus pensamientos e ideas, recibió una llamada que lo sacó de su estado, sobresaltándolo:
—¡Qué pasa, Lear!
—Hola Prince, qué gusto escucharte, ¿cómo estás?
—Bien, bien. Mira, te llamo para pedirte un favor.
—Claro, lo que necesites, Prince.
—Hoy tengo una cita con mi médico y luego una sesión con mi terapeuta. Como me llevará toda la tarde, y Lucía se quedará con las pequeñas, necesito alguien que me acompañe. ¿Te importaría ser mi piloto?
—¡Sin duda!, no te preocupes. ¿Cómo quedamos?
—Venme a buscar en una hora y te lo cuento todo. ¡Hasta luego!
—¡Chao!
Lear colgó sintiendo una presión en el pecho. Tenía que acompañar a su amigo a que le hicieran revisión y una sesión rutinaria. Aunque solo tenía que acompañarlo, le asustaba que pudiese pasar algo, o empeorase. Nunca se había visto en una situación similar, no tenía ni idea de cómo actuar o qué decir en esos casos.
Cuando llegó a casa de Prince volvió a ver a Lucía, llevaba mucho tiempo sin saber nada de ella. Desafortunadamente, su semblante no ocultaba la dificultad por la que estaban pasando. No solo por el tener que criar dos hijas pequeñas, sino también por la situación de su marido, que no sería fácil llevarlo en el día a día. Estaba delgada, se le marcaban los pómulos de la cara, además de unas ojeras muy grandes que delataban la falta de sueño. Sin embargo, seguía transmitiendo esa dulzura que siempre la caracterizó. Cuando Prince conoció a Lucía en un viaje, habían quedado hechizados el uno por el otro inmediatamente: ella cayó rendida ante la valentía de ese hombre, y él, por la dulzura que ella emanaba. Desde entonces habían sido inseparables.
—¡Lear, qué alegría saber de ti! Cuánto tiempo. —Le abrazó.
—Yo también estoy contento de verte, te echaba de menos.
—Gracias por ayudarnos. Hoy tengo mucho lío con las locas de mis hijas, y no podré con todo. Voy a llamarlas para que veas cómo han crecido. —Se retiró.
—Te veo muy pensativo, amigo, ¿hay algo que te inquieta? —dijo Prince.
—Simplemente me cuesta creerlo, ¿sabes? Mira tu vida, todo lo que tienes. Tu mujer, tus hijas, tu casa, y de repente esto…
—Eso mismo me dije cuando me diagnosticaron la enfermedad, pero con el paso de los días me di cuenta de que no servía de nada vivir lamentándome. Sigo vivo, aún tengo la oportunidad de seguir ofreciendo mi presencia, de manera que estoy centrado en ello, en dar lo mejor de mí aun cuando la situación no sea sencilla. Uno ha de aprender a ser agradecido ante cualquier circunstancia. Por un lado, está la idea que uno tiene de la vida: las cosas que desea, o sueños que anhela. Y por otro lado la vida en sí, la naturaleza e inteligencia de lo que llamamos existencia, y no siempre casa con la imagen que tenemos de ella, de allí tanto sufrimiento y frustración. Pero si aprendes a verla como es y no como tú crees que es, podrás captar lo esencial y lo que tiene en el fondo pese a las circunstancias —sonrió—. Entonces ahí aparece el agradecimiento por estar vivo.
Las palabras de Prince le recordaron tanto a la primera conversación que tuvo con Aurora. Volvieron a darle un toque de atención. ¿Qué estaba diciéndole su vida con todo eso? Cada vez volvía a esa misma incertidumbre de no saber qué tenía que hacer ante todo lo que estaba ocurriendo en su vida.
—Te presento a mis pequeñas: Clara y Luz —dijo Prince orgulloso de ellas.
Eran preciosas, ambas tenían los rasgos muy claros de su padre y la dulzura de su madre. En ese instante pudo captar esa imagen familiar, y sintió un gran agradecimiento por ser parte de ese momento tan bello, tan íntimo. Ahora entendía lo que Prince le había transmitido hace un momento, por qué era tan agradecido por su vida pese a saber que estaba en sus últimas fases. Lo tenía todo y su amigo era consciente de ello, por eso no sufría por su situación.
Lo que no entendía era por qué él no era capaz de captar esa belleza en su propia vida. ¿Qué es lo que no veía?
*
Acompañó a Prince a la visita del médico, no fue muy larga como esperaba, sin embargo, su amigo no salió muy hablador. Había mantenido silencio desde que partieron hacia su nuevo destino. La clínica a la cual se estaban dirigiendo se encontraba situada a las afueras de la ciudad, una hora aproximadamente de viaje hacia las montañas. Pese al silencio que mantenía Prince, él decidió disfrutar del viaje, respetando a su amigo, de manera que le daría su espacio, y así él se centraría en el paisaje que estaba presenciando.
Hacía muchos años que no visitaba esa área de la ciudad, no recordaba lo espectacular que era observar toda esa pureza salvaje del bosque. Siempre había tenido mucha sensibilidad por la naturaleza, no sabía por qué había alejado esa parte de su vida y se había conformado con los parques de la ciudad: «Qué ingenuo, como si la majestuosidad de las montañas y los árboles que tienes en frente fuesen menos», se decía para sí mismo.
Cuando llegaron, se sorprendió por la edificación de esa clínica poco usual. Si no le hubiesen dicho que era una, habría pensado que era algún tipo de albergue u hotel rural. Eso no quitaba el hecho de que era muy grande y se la veía acogedora, además de estar rodeada por una gran cantidad de zona verde. Era un paraíso, un lugar idóneo para desconectar y fundirse con la presencia de la madre Tierra. Prince le había dicho que le llevaría unas horas estar allí, de manera que le aconsejó darse una vuelta y aprovechar la belleza que les envolvía. No le importó mucho, había suficiente campo para explorar, además que había más gente, quizás podría entablar una charla con alguien de allí, era algo que desconocía, así que se dejaría llevar por las circunstancias.
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