Kitabı oku: «Los últimos»

Yazı tipi:

Título original: The Last

© Hanna Jameson, 2019.

© de la traducción: Pilar de la Peña Minguell, 2019.

© de esta edición digital: RBA Libros, S. A., 2019.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO543

ISBN: 9788491874577

Composición digital: Newcomlab, S. L. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Anotaciones desde L’Hôtel Sixième, Suiza

Día 3

Día 6

Día 6 (2)

Día 8

Día 18

Día 20

Día 21

Día 22

Día 26

Día 27

Día 40

Día 48

Día 49

Crónica de los primeros meses

Día 50

Día 50 (2)

Día 50 (3)

Día 51

Día 52

Día 53

Día 54

Día 54 (2)

Día 55

Día 58

Día 58 (2)

Día 59

Día 60

Día 60 (2)

Día 60 (3)

Día 61

Nathan

Día 62

Día 62 (2)

Día 62 (3)

Día 63

Día 63 (2)

Día 63 (3)

Día 64

Día 64 (2)

Día 64 (3)

Días 64/65

Día 66

Día 66 (2)

Día 66 (3)

Día 66 (4)

Día 66 (5)

Día 67

Día 68

Día 68 (2)

Día 68 (3)

Día 68 (4)

Día 69

Día 70

Día 70 (2)

Día 70 (3)

Día 70 (4)

Día 70 (5)

Día 70 (6)

Día 70 (7)

Día 71

Día 71 (2)

Día 72

Día 73

Día 73 (2)

EN MEMORIA DE LEE

Siempre se renovarán los enemigos dispuestos a destrozar, poco a poco, nuestro hermoso mundo, como si se tratara de las ruinas de una civilización antigua por entre cuyos muros medio derruidos silban el viento y la lluvia. Cada día se desgajará un nuevo pedazo, hasta que solo un montón de piedras señale el lugar donde una vez, en tiempos mejores, estuvo. Mientras, nosotros participamos en ese juego cruel, pues creemos que podremos reconducirlo. Me entristece pensar en cuál será el final.

HANS KEILSON,

La muerte del adversario

Anotaciones desde L’ Hôtel Sixième, Suiza

Día 3

Nadia me contó, en una ocasión, que pasaba las noches en vela pensando en que algún día llegaría a enterarse del fin del mundo por medio de una notificación en el móvil. Aunque no fue precisamente el célebre discurso de Kennedy sobre la espada de Damocles, recuerdo ese momento palabra por palabra.

A mí me pasó justo hace tres días, mientras disfrutaba de un desayuno de cortesía.

Estaba sentado junto a la ventana, contemplando el bosque invasor, así como el sendero despejado que bordeaba el edificio y conducía al aparcamiento de la parte trasera.

Había un murmullo de fondo, de varias parejas y de una o dos familias que se marchaban temprano del hotel, pero yo era el más madrugador de los asistentes al congreso. Aunque la noche anterior nos habíamos quedado bebiendo hasta tarde, había procurado no alterar mi rutina, por mucho que me fastidiara.

No estaba previsto que nos alojáramos en ese hotel: el congreso iba a celebrarse en un lugar situado un poco más cerca de Zúrich, más al norte, pero ocho meses antes se había producido un incendio en el establecimiento elegido. El traslado se organizó sin grandes complicaciones a L’Hôtel Sixième, del que habíamos comentado en broma que se hallaba en medio de la nada y que era un tostón llegar hasta allí.

Yo estaba leyendo el primer capítulo de En qué consiste el fotorreconocimiento: evolución jurídica y operativa del espionaje aéreo y tomando notas para una serie de ponencias que iba a impartir, con el móvil en silencio.

Junto a mí, un zumo de naranja a mi izquierda y un café solo. Había derramado un poco de café en el mantel tras bebérmelo deprisa para que me rellenaran la taza. Esperaba a que me trajeran unos huevos Benedict.

Lo que más me apena es lo trivial de la situación.

Nadia me había mandado su último mensaje de texto a las once y media de la noche. Decía: «Me parece que mis compañeros de profesión están haciendo más mal que bien. ¿Cómo puede seguir gustándole esto a alguien? Te echo muchísimo de menos: tú siempre sabes qué decirme cuando estoy así. Me siento mal por cómo lo dejamos. Te quiero».

No respondí a su crisis de fe porque pensé que mi tardanza no le extrañaría. Ella sabía que por la diferencia horaria probablemente ya estuviera durmiendo. Quería meditarlo y contestarle algo prudente y tranquilizador por la mañana: que aún era necesario un periodismo de excelencia, que todavía podía mejorar las cosas... Algo por el estilo. A lo mejor era preferible que le mandara un correo electrónico.

Todos pensábamos que teníamos tiempo. Ahora ya no podemos enviar correos electrónicos.

Un ruido extraño estalló en una de las mesas cercanas, un aspaviento agudo. Aquella mujer no dijo nada, solo gritó.

Levanté la mirada y la vi sentada con su pareja, supuse, observando el móvil.

Como todos los que estábamos en el comedor, pensé que se había emocionado con algún mensaje o alguna foto y retomé la lectura de mi libro. Pero, al cabo de pocos segundos, añadió:

—¡Han bombardeado Washington!

Yo ni siquiera había querido asistir al maldito congreso.

No recuerdo bien lo que sucedió en las horas siguientes, pero cuando empecé a indagar en el móvil, a mirar las notificaciones y consultar las redes sociales, vi que Nadia había acertado de pleno. Había ocurrido tal y como ella temía. De hecho, los titulares son casi lo único que recuerdo ahora mismo.

ÚLTIMA HORA: ATAQUE NUCLEAR EN CURSO SOBRE WASHINGTON. SEGUIREMOS INFORMANDO.

ÚLTIMA HORA: LOS EXPERTOS CALCULAN UNAS DOSCIENTAS MIL VÍCTIMAS.

ÚLTIMA HORA: CONFIRMADO, EL PRESIDENTE Y SU EQUIPO ENTRE LOS FALLECIDOS POR LA EXPLOSIÓN NUCLEAR. A LA ESPERA DE MÁS INFORMACIÓN.

Luego llegaron imágenes aéreas, de Londres, y todos vimos, en tiempo real, cómo los edificios se desvanecían bajo la clásica columna de nubes. Eran las únicas imágenes disponibles, así que las vimos una y otra vez. No parecían ni mucho menos tan reales como los titulares. Puede que un exceso de películas sobre el tema nos hubiera insensibilizado a todos. Costaba creer que una ciudad entera pudiera evaporarse así, tan rápido, tan silenciosamente.

Cayó un avión a las afueras de Berlín, y solo supimos que dicha ciudad había desaparecido porque una de las pasajeras subió a internet un vídeo del desplome. Entraría polvo en los motores. No recuerdo lo que decía porque lloraba y no hablaba inglés. Seguramente se estaba despidiendo.

ÚLTIMA HORA: ESTALLA UNA BOMBA NUCLEAR EN WASHINGTON; SE TEME QUE HAYA CIENTOS DE MILES DE MUERTOS.

ÚLTIMA HORA: EL PRIMER MINISTRO CANADIENSE PIDE CALMA ANTE EL ATAQUE NUCLEAR EN ESTADOS UNIDOS.

ÚLTIMA HORA: ESTADOS UNIDOS SIN GOBIERNO MIENTRAS LA BOMBA NUCLEAR DEVASTA WASHINGTON.

A lo mejor debía considerarme afortunado de poder presenciar el fin del mundo por internet en lugar de tener que vivirlo, reaccionar a una explosión o a la sirena que la anunciara.

Nosotros aún no hemos desaparecido. Han pasado tres días e internet no funciona. Desde que me enteré de la noticia he estado encerrado en mi habitación, observando lo que alcanzo a ver del horizonte a través de mi ventana. Si pasa algo, haré lo que pueda por describirlo. Más allá del bosque diviso kilómetros y kilómetros, así que supongo que, cuando nos toque, recibiré algún aviso. Aunque tampoco tenga de quién despedirme aquí.

¿Cómo es posible que no respondiera al mensaje de Nadia? ¿Cómo pude pensar que aún tenía tiempo?

Día 6

Supongo que debería seguir anotándolo todo. Las nubes tienen un color extraño, pero puede que las vea así por la conmoción. A lo mejor son normales.

También he empezado a señalar los días que llevamos sin sol y sin lluvia. Ya van cinco.

La probabilidad de que se nos eche encima el fin del mundo parece menor ahora, pero como internet no funciona, ni tampoco hay cobertura móvil, ignoramos lo que está ocurriendo en el resto del mundo. En cualquier caso, ya no me paso el día mirando por la ventana. Tengo que comer.

He hablado con unos conocidos en el comedor, donde algunos empleados siguen sirviendo comidas, y me han dicho que tienen pensado marcharse a pie. Yo voy a esperar a que vengan a buscarnos o a que se haga público algún protocolo oficial de evacuación. Sin internet ni televisión no hay forma de saber cuándo será eso. Pero alguien vendrá.

Día 6 (2)

Lo que he escrito antes era mentira: sí quería venir al congreso. Me apetecía alejarme un poco de Nadia y de mis hijas. Sería absurdo mentir ahora, sabiendo que podría morir en cualquier momento.

Si alguna vez lees esto, Nadia: lo siento. Lo siento muchísimo.

No tengo claro que vayan a venir a buscarnos.

Día 8

El tiempo sigue igual.

He ido a dar una vuelta por el hotel y me he encontrado con dos personas que se habían suicidado colgándose del hueco de la escalera. Dos hombres. No sé quiénes eran. Dylan, el jefe de seguridad del hotel, me ha ayudado a enterrarlos en el jardín. Otros huéspedes nos han acompañado con velas, a modo de funeral improvisado.

Cuando volvíamos del entierro le he preguntado a Dylan si vendría alguien a recogernos. Me ha dicho que no, que probablemente no, pero que no quería que cundiera el pánico. Mientras tanto, al menos mantenemos una especie de rutina. Bajamos a desayunar, a comer y luego nos encerramos en nuestras respectivas habitaciones.

Me pregunto si seguirá habiendo bombardeos, si alguno de ellos nos alcanzará. ¿No sería preferible? Es esa incertidumbre lo que llevo peor.

Hoy he caído en la cuenta de que puede que no vuelva a ver a Nadia, a Ruth, a Marion. Ni a mi padre y a su mujer, ni a mis alumnos, ni a mis amigos. Ni siquiera están ya mis compañeros de congreso. Se han ido.

Siento náuseas. No sé si por la radiactividad o por qué.

Día 18

De momento, la radiactividad no ha matado a nadie.

No van a venir a buscarnos. Está clarísimo que no habrá evacuación.

Dylan y un par de hombres más han salido esta mañana armados con rifles de caza y han vuelto con un ciervo. Deduzco que pasaremos aquí un tiempo. He contado cuántos estábamos en el comedor a la hora del desayuno y somos veinticuatro. Hay, por lo menos, dos niños pequeños y una pareja de ancianos, uno de los cuales no oye nada.

¿Eso es todo? Me refiero para la humanidad. ¿Soy el único superviviente que toma notas sobre el fin del mundo? No estoy seguro de si preferiría haber muerto.

Día 20

El tiempo no mejora.

Hay una médica en el hotel. Aún no sé cómo se llama.

Me he enterado de su existencia porque una mujer francesa se ha tirado por la escalera. Se ha atado los cordones de un zapato con los del otro y ha rodado escaleras abajo con su pequeña en brazos. Por desgracia, la doctora no ha podido salvar a la madre, pero la niña ha sobrevivido. Una pareja de japoneses ha estado cuidando de ella.

He mantenido otra conversación con Dylan. Está pensando en cortar la luz y el gas en los últimos pisos cuando termine esta semana. No sabe cuánto tardaremos en quedarnos sin suministro y prefiere reservar la electricidad para conservar la comida congelada en los próximos meses, y el gas para cocinar.

Hace un rato, mientras cenábamos, hemos votado la propuesta. Cuando Dylan ha expuesto el asunto de la comida, todos han secundado la decisión y se ha cortado la luz y el gas de todas nuestras habitaciones. Aun a principios de julio, lo primero que he notado ha sido el frío que hace ahora.

Día 21

Han muerto dos más. La pareja de ancianos ha saltado por la ventana de la última planta. Dadas las circunstancias, no se lo censuro, salvo por la odisea que supuso para nosotros tener que limpiarlos y enterrarlos.

Día 22

He observado que los huéspedes han empezado a charlar en las comidas. Hasta ahora nadie había hablado con nadie.

Creo que conozco a uno de ellos: una chica rubia. No tengo claro de qué, porque no estaba en el congreso. Que yo sepa, ella es el otro único estadounidense que queda, pero no hemos hablado. Parece que prefiere estar sola.

Hay un hombre, Patrick, que se aloja en mi planta. A veces corre por el pasillo y pasa por delante de mi puerta. Resulta algo desconcertante oírlo trotar en plena noche.

Día 26

Hoy, el joven barman australiano me ha dicho: «No es así como imaginaba que sería morir en una guerra nuclear, pero me alegro de que haya barra libre».

Día 27

Estoy seguro de que anoche oí a alguien tocar la guitarra. Fui a dar un paseo, aterrador aun a la luz de las velas, e intenté localizar la habitación de donde venía la música. No pude. De hecho, no encontré a nadie. Catorce plantas, casi mil habitaciones y no vi ni oí a una sola persona. Este sitio es mucho más grande de lo que pensaba. Me inquieta.

Querida Nadia:

Ya ha pasado un mes y supongo que jamás leerás esto. Ni siquiera sé si seguirás viva, pero, mientras haya una mínima esperanza de que leas estas notas, quiero que sepas que te merecías algo mucho mejor que yo. Puede que hasta tú lo hayas visto claro al final.

Siento no estar a tu lado ni siquiera cuando se acaba el mundo. Llego tarde, ¡para variar! Nunca se me ha dado bien estar donde debo estar en el momento oportuno. Lamento que hayas tenido que soportar todos mis defectos. Todo lo que admiro en nuestras hijas lo han heredado de ti.

Por favor, mantente a salvo como puedas, el tiempo que sea posible.

Siento haber dado por supuesto que hubiera tiempo.

Te quiero. No dejaré de hacerlo. Te prometo que, aunque no sea en esta vida, de algún modo te encontraré.

Tuyo,

JON

Día 40

Llevo un tiempo sin salir de la habitación. Estaba demasiado deprimido para escribir ni ver a nadie. Hoy he salido después de una semana. He ido a dar un paseo por el jardín.

Le he preguntado por el cielo al barman, Nathan, y coincide conmigo en que las nubes tienen un color raro.

—Color de herrumbre —me ha dicho.

La médica, que ahora sé que se llama Tania, había salido a correr por los alrededores del bosque. Se ha detenido a nuestro lado y ha mirado al cielo también. Hace muchísimo frío. Ninguno de nosotros había traído suficiente ropa de abrigo para adaptarse al brusco final de este verano, y de la civilización.

—¿Habláis de las nubes?

—Sí, son raras, ¿verdad? —ha dicho Nathan.

—Anaranjadas —ha respondido ella, tapándose los ojos como solía hacerse, aunque ahora no haya sol.

—Me alegra no ser el único que lo ve así —he dicho yo—. Creía que la conmoción me provocaba alucinaciones.

—¿Pensáis que es por... la radiactividad? —ha preguntado Nathan.

—No. Será por el polvo y los escombros de las explosiones. Pasaría lo mismo si un asteroide se estrellara contra la Tierra. —Hemos seguido mirando las nubes hasta que ella ha empezado a tener frío y a temblar—. Espeluznante —ha dicho, mientras se dirigía hacia el interior—. Pronto empezarán a morir los árboles.

El tiempo no mejora.

Día 48

«¡No te derrumbes!».

Día 49

Voy a seguir escribiendo. Tengo la sensación de que, si no lo hago, me sentaré a esperar la muerte.

Crónica de los primeros meses
posnucleares, posiblemente a cargo del último historiador vivo

Por el doctor Jon Keller

Día 50

Hace tiempo que el agua sale algo turbia y sabe rara, así que Dylan, Nathan y yo hemos subido a la azotea a echar un vistazo a los depósitos.

Dylan es uno de los pocos empleados del hotel que no ha salido huyendo. Negro y alto, de cuarenta y muchos años, con una sonrisa contagiosa y el pelo rapado por los lados y por detrás, se ha convertido en nuestro líder por defecto después de la explosión. Conoce el hotel y los alrededores mejor que nadie porque lleva más de veinte años trabajando aquí. Cuando habla inglés, lo hace con una potente voz de barítono y casi sin acento. No sé de dónde es. Puede que suizo.

—Algún pájaro muerto —ha dicho mientras subíamos los quince tramos de escalera—. Andarán buscando agua también.

Ojalá hubiera sido solo un pájaro muerto.

He tenido que parar en el rellano de la décima planta y sentarme en mi caja de herramientas. Nathan ha hecho lo mismo.

A Dylan no le ha importado esperar a que recobráramos el aliento.

—¿Cómo te mantienes en forma? —le ha preguntado Nathan.

—Con mucho esfuerzo.

—Eso lo explica todo. ¿Y tú, Jon? —me ha preguntado a mí.

—Ah, yo mantengo esta impresionante ausencia de músculo sin esfuerzo alguno —he dicho, mirándome el cuerpo—. Mi trabajo era muy sedentario. Tenía que leer y pensar mucho.

—Ni me imaginaba lo mal que se nos iba a dar esto hasta que intenté encender un fuego sin la ayuda de un mechero —ha soltado Nathan—. No podía creer que nadie supiera hacerlo. A ver, sabía que yo no, pero pensaba que alguien podría.

—Yo siempre he odiado ir de acampada —ha dicho Dylan—. Para mí, unas vacaciones no lo son del todo si no puedes sentarte en albornoz y tomarte en paz un aguardiente.

—A mí tampoco me han gustado nunca las acampadas —he coincidido yo.

—Pues yo siempre he detestado el aguardiente —ha terciado Nathan.

He sonreído.

—Me parece que ir de acampada solo les encanta a los críos. Yo tengo dos niñas y me ha tocado ir más veces de lo que me hubiera gustado.

—¿Cuántas habrían sido? —me ha preguntado Dylan.

—Ninguna.

Nathan ha reído. Es un australiano delgaducho, mestizo, que antes llevaba el bar del hotel. Tiene unos párpados muy gruesos y una voz extrañamente monótona que, de buenas a primeras, lo hace parecer apático, aunque sea una de las personas más animadas y optimistas del grupo. Aún consigue hacernos reír, algo muy difícil ahora mismo.

—No sabía que tuvieras hijos —ha dicho Dylan, dejando por fin su caja de herramientas en el suelo—. Yo tengo una hija.

—¿De qué edad? —le he preguntado.

—De treinta.

—¿Dónde... eh, dónde está?

—Vivía en Múnich con su marido. —No ha hecho falta que nos explicara lo que eso significaba—. ¿Las tuyas?

—Están en San Francisco con su madre. Tienen seis y doce años.

—¿Y qué hacías tú aquí? ¿Habías venido al congreso?

—Sí.

—Pensaba que se habían ido todos.

—Sí, muchos de los que han intentado llegar al aeropuerto eran compañeros míos, conocidos de otras universidades.

—Pensé que la mayoría de ellos volvería —ha dicho Nathan, levantándose otra vez—. Cuando se dieran cuenta de que... Nunca he entendido por qué se fueron. Dijeron que no había vuelos, que las carreteras iban a ser una locura. Tendrían que haber vuelto más.

—No, yo creo que una vez que te vas, ya no vuelves —ha opinado Dylan, cogiendo su caja de herramientas.

—A mí me sorprendió que se fueran todos —ha dicho Nathan—. Tantos. ¿Adónde pensaban volar?

Me he levantado, he apoyado la caja de herramientas en la cadera y he seguido subiendo las escaleras.

—Muchas personas confunden movimiento con progreso —ha dicho Dylan—. A mí me pareció mala idea, pero ¿qué íbamos a hacer: retenerlos a la fuerza? No estaban preparados para enfrentarse a la verdad.

Mientras Dylan sacaba su juego de llaves, me he recostado en la pared. El aire allí arriba era demasiado denso, repleto de polvo y de últimos suspiros. Apestaba. Detestaba las escaleras, pero, claro, los ascensores hacía dos meses que habían dejado de funcionar, desde el primer día.

—Confundir movimiento con progreso. Ojalá unos cuantos hubieran pensado como tú mucho antes —he dicho—. Nos habríamos evitado todo esto.

—No andas desencaminado, Jon. ¿Dónde estabas tú cuando la gente necesitaba un candidato cuerdo al que votar?

No he sabido qué decir.

Nos hemos dispersado por la azotea y dirigido cada uno a un depósito. Había cuatro cilindros inmensos con escalerillas laterales. Me he metido una pala por el cinturón y he empezado a subir la mía.

He tenido que quitarme los guantes para poder agarrarme bien a los peldaños y hacía un frío horrible. Pensaba que ya sabía lo que significaba pasar frío, pero ninguno era comparable con este. Resultaba constante e invasivo. Te recomponía la estructura del cuerpo y de pronto te veías caminando con la cabeza gacha, los hombros encogidos, encorvado, todo el tiempo.

Al llegar arriba me he vuelto para contemplar el bosque, los jardines de abajo. Se respiraba un aire limpio, pero las nubes eran muy bajas y todo estaba a oscuras. Durante mi primera noche en el hotel, oía el zumbido de los insectos desde la tercera planta. Ahora los árboles estaban en silencio, secándose y marchitándose, a pesar de ser agosto. No había pájaros, la quietud era absoluta. Se tardaba más de una hora en llegar a la ciudad más próxima y después no había más que kilómetros y kilómetros de bosque.

No recordaba la última vez que había visto un sol en condiciones. A veces lo vislumbraba entre las nubes, como si se escondiera, danzarín, solo visible en forma de triste esfera bidimensional tras una veladura gris.

Me pregunté cuáles de mis compañeros habrían logrado llegar al aeropuerto y qué habrían encontrado allí. No todos habían cogido el coche enseguida. Los que se marcharon a pie más tarde, solos o en grupos de dos o tres, habían subestimado muchísimo la frondosidad del bosque y el frío que hacía. Yo había intentado detener a algunos, pero ya nadie atendía a razones.

Tampoco antes, la verdad. Por eso estábamos así.

Se me ha hecho un nudo en la garganta que me ha cortado la respiración.

He tragado saliva para deshacerlo.

—¿Vas bien por ahí? —me ha gritado Dylan.

He agarrado el asa de la tapa y me han dolido los dedos, pues se me estaban entumeciendo. No podía sentir ni los labios ni la nariz.

—¡Sí, sí! ¡Es que está muy dura! ¡No cede!

—¡Espera, que voy! Esta se abre bien —me ha dicho Dylan, y ha empezado a bajar por la escalerilla.

—¡No, creo que ya lo tengo!

He cogido la pala que llevaba a la espalda y la he clavado entre la tapa de la trampilla y el depósito. El ruido y el rechinar metálicos me han dado dentera. Luego, la tapa ha empezado a ceder y la he levantado cruzando la pala y haciendo palanca.

Oscuridad.

Tras reacomodarme en la escalerilla y procurar no pensar en la altura ni en el frío, he hundido la pala en el depósito con la mano derecha y he hurgado un poco. El agua estaba tan baja que apenas he rozado la superficie, pero no me ha parecido que hubiera animales muertos ni escombros dentro.

Pronto nos quedaríamos sin agua.

Esa discreta sensación de pánico que llevo instalada de forma permanente en el pecho desde hace dos meses ha aumentado de pronto, y me he mareado. Me pasa cada vez que me distraigo de lo que estuviera haciendo en ese momento. He tenido que atrincherarme en el presente y olvidarme del pasado y del futuro. Ha sido la única forma de mantenerme cuerdo.

—¡En este no hay nada! —he gritado, pero el viento se ha llevado mi voz.

He oído un «¡Joder!» aterrado y he mirado al otro lado de la azotea justo a tiempo para ver a Nathan resbalar y caer desde lo alto de la escalerilla.

De manera instintiva, he hecho ademán de socorrerlo y he pisado en falso. Al caer, he perdido de vista a Nathan, me he enganchado de un peldaño con el brazo derecho y, colgado del pliegue del codo, me he estampado ruidosamente contra el depósito.

Me ha recorrido el pecho y la clavícula un dolor tan agudo que he pensado que me habría dislocado el hombro. Pero no. Ha aguantado el tirón. Con los dedos ensangrentados, he recuperado el equilibrio y he visto que la pala había salido volando.

Nathan se estaba levantando del suelo. Se encontraba bien. Dylan se hallaba a su lado, tratando de recuperar el equilibrio también.

He bajado todo lo rápido que he podido y he cruzado corriendo la azotea.

—¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien?

—Hay algo ahí dentro, en serio —ha dicho Nathan, remangándose las tres prendas para mirarse los brazos—. El depósito está casi vacío, pero hay algo dentro.

A Dylan parecía que le hubieran dado una paliza. Seguramente Nathan se le había caído encima.

—Creo que es un cadáver —ha dicho.

—¿Humano?

—Sí, eso me ha parecido... No sé, o de algún animal o algo así. Me he asomado para intentar sacarlo —ha dicho, luego se ha tapado la boca con la mano—. Era pequeño, pero no es un puto animal porque tenía pelo. Pelo de niña. Joder. ¿Cómo ha podido subir una niña ahí arriba?

—Una niña —ha repetido Dylan—. Por Dios.

He levantado la vista al depósito. Mide al menos seis metros. Puede que diez.

—¿Quién tiene las llaves de la azotea?

—Hay varias copias, pero solo las tienen los empleados —ha contestado Dylan, extrañado.

Nathan se ha sentado en el suelo, masajeándose los antebrazos y el tobillo derecho.

—Hay que cerrar el depósito, sacar esa cosa y limpiarlo porque..., mierda, estamos bebiendo de esa agua. Joder. ¡Joder! Voy a vomitar, no me puedo creer que hayamos estado bebiendo de ahí.

He tenido que apoyarme con una mano en el depósito para no desmayarme. Se me ha revuelto el estómago.

Incluso Dylan parecía alterado, pero se ha recompuesto antes que yo.

—Hay que abrir los otros depósitos —ha dicho—, abrirlos del todo, serrar la parte superior para que recojan el agua de la lluvia.

—Pero ¿aún llueve? —he preguntado.

Nos hemos mirado, pero ninguno parecía seguro. La verdad es que no podía recordar si había visto llover desde que empezó todo. Ese día hacía sol. Desde entonces, mi memoria no había registrado ningún cambio en el medio ambiente. Hemos estado viviendo bajo un manto permanente de nubes, unos días menos negruzcos que otros. Nada más.

—Bueno, hay que hacerlo igual. Si el tiempo no acompaña, tenemos un lago cerca, otros recursos. Pero antes que nada hay que sacar de ahí a esa cría. Nath, ve a por una lona o un plástico grande. Ve a buscar a Tania también. Jon, voy a necesitar la pala.

He ayudado a Nathan a incorporarse, se ha marchado de la azotea y al poco ha vuelto con una lona de plástico. Por el leve brillo de sus mejillas he sabido que había estado llorando.

Dylan ha cogido la pala y ha subido la escalerilla con la lona colgada del hombro. Menos mal que se ha ofrecido él y no lo hemos echado a suertes. Dudo que yo hubiera podido hacerlo.

Ya de regreso, mientras bajaba despacio, con el cuerpecillo envuelto en plástico debajo del brazo, me ha asaltado de nuevo la tristeza, y esta vez casi me tumba.

Nathan se ha apartado.

—¿Una cría? Por el tamaño, tendría siete u ocho años. No sé. —Dylan ha dejado el cadáver en el suelo—. ¿Dónde está Tania?

Cuando Nathan ha querido responder, no le salía la voz y ha tenido que carraspear.

—Está... Está atendiendo a alguien, pero me ha dicho que le bajemos el cadáver a su habitación.

—Una niña tan pequeña no ha podido subir ahí sola —he dicho sin poder apartar la vista de ella—. Alguien la ha metido.

—A lo mejor subió a buscar...

—No ha podido subir ahí sola —lo ha interrumpido Dylan—. A los tres nos ha costado levantar esas tapas, y somos hombres adultos.

—¿Cuánto tiempo crees que llevaba allí? —he preguntado.

—No sé. ¿Qué piensas tú?

—No sabría decirte.

El cuerpo se había deformado un poco, pero a mí la niña seguía pareciéndome humana. Casi viva, como preservada de algún modo. Tenía la piel con motitas grises y amarillas, algunos trozos verdes, pero no se había descompuesto mucho. Era lógico, teniendo en cuenta el notable descenso de las temperaturas. Lo único que se había podrido era su ropa.

—Entonces la han matado —he dicho al ver que nadie se atrevía a verbalizarlo—. La han asesinado.

Nathan ha empezado a temblar y me ha contagiado.

Me he envuelto el cuerpo con los brazos.

Dylan ha suspirado.

—Puede. Pero seamos realistas: no disponemos de medios para averiguar quién era. Sus padres debieron de marcharse hace tiempo. Por aquí nadie ha hablado de una niña desaparecida. Quienesquiera que fuesen, podrían haber dejado el hotel incluso antes de que empezara todo esto.

—¿Sin su hija? —Me he imaginado a mi hija Marion huyendo de la playa de Fort Funston y riendo—. No parece lógico.

Para quitarme esa imagen de la cabeza, me he acercado y he cogido a la niña en brazos, envolviéndola con el plástico duro como si durmiera. Ya la tenía en brazos cuando me he dado cuenta de que aún me sangraban las manos. Hacía un buen rato que no me las sentía.

—Ya la bajo yo —he dicho.

No pesaba casi nada.

Día 50 (2)

Tania es el único médico del hotel y hemos tenido suerte de que se alojara aquí. Con el deterioro de nuestra alimentación y la demanda constante de medicamentos (como es lógico, casi todo el mundo ha pedido unos antidepresivos que no tenemos), está desbordada. Pero ¿quién iba a imaginarlo? Ella se muestra siempre muy digna. Tiene la piel morena y ahora lleva el pelo afro teñido de color púrpura, aunque he visto cambiar su estilo semana a semana.

En una de nuestras primeras conversaciones me dijo que se había criado en varias casas de acogida en Inglaterra y luego en Suiza, pero que también tenía familia en Nigeria y en Jamaica.

Me contó que su novio se había marchado el primer día, arriesgándose a huir por carretera, en contra de lo que aconsejaban los servicios de alerta, además de llevarse el coche consigo. Ella decidió no acompañarlo y se atiene a las consecuencias con un silencio regio. Desde entonces, no ha vuelto a hablar de él. Por eso no recuerdo su nombre.

Ha examinado el cadáver en una habitación que ha convertido en un quirófano improvisado y ha confirmado que, en efecto, era una niña de nueve años pero menuda y que llevaba muerta unos dos meses.

Me he sentado en una silla junto a la cama —la camilla de exploración improvisada por Tania— y me he envuelto una de las manos doloridas con la otra.

Dylan y Nathan han ido en busca de herramientas más pesadas con las que recortar la parte superior de los depósitos. Sería una obra colosal capaz de llevarles varios días, quizás incluso una semana. A mí me ilusionaba. Menos tiempo para pensar.

—¿Cómo murió? —he preguntado.

—No puedo saberlo. Tendría que hacerle una autopsia y nunca he hecho una, solo he visto hacerla. En realidad, nunca ha sido mi cometido.

Salvo que se emocione, cosa infrecuente, habla bajito, con voz suave. Para parecer más profesional, a lo mejor.

—No aprecio ninguna marca.

—Podría ser engañoso. El agua produce alteraciones curiosas en la carne, y aquí y aquí se ve cómo la piel se le ha empezado a abrir y a levantar. Pero estoy de acuerdo: no se aprecian marcas que pudieran sugerir un golpe en la cabeza o una estrangulación. Tampoco parece que sufriera ninguna agresión sexual, aunque eso es más difícil de saber.

—¿Hay alguna forma de comprobarlo? ¿Ahora?

Me ha mirado a los ojos.

—Sí.

He inspirado hondo.

—Entonces, murió más o menos hace alrededor de...

—Un par de meses, seguro, probablemente justo antes de que ocurriera todo, o poco después. Los cuerpos se descomponen más despacio en el agua, mucho más cuando hace frío, pero no hay forma de determinar el momento exacto de la muerte. Estoy convencida de que no ha sido recientemente. Me gustaría ver si hay agua en los pulmones.

—¿No sería eso lo normal?

Ha negado con la cabeza y ha seguido hablando sin mirarme.

—No, salvo que entrara en el depósito cuando aún respiraba.

Tania ha inspeccionado el material que tenía alineado en el tocador: una selección de todo el instrumental de primeros auxilios del hotel, más algunos cubiertos especiales. He visto un cuchillo de pescado y me he preguntado si lo habría usado ya.

Ha suspirado y se ha frotado la cara.

—Ojalá tuviera algunas de mis cosas. Me facilitaría mucho el trabajo.

—Haz una lista; podríamos buscarlas la semana que viene.

Dylan había organizado otra expedición para buscar comida, una en condiciones, a la ciudad, en vez de una cacería por el bosque. Según sus cálculos, en los próximos tres meses empezarían a escasear los víveres. También necesitábamos medicinas, más incluso que la comida. La farmacia más próxima estaba bastante lejos, cruzando el bosque, en un hipermercado, y no podíamos garantizar que no la hubieran saqueado ya.

Dylan dirigiría la expedición, y Tania se había ofrecido voluntaria, pero la habían rechazado por ser demasiado valiosa. Sí iba, en cambio, Patrick Bernardeaux, un francés musculoso y práctico que antes era dentista y que ahora pasaba buena parte de su tiempo corriendo. Adam, un joven inglés muy serio y que parecía fuerte, se había ofrecido también, al igual que Rob, otro joven inglés menos serio. También Tomi, la otra única estadounidense, estudiante de historia y urbanismo.

—Tenéis que centraros en conseguir las medicinas de todo el mundo.

—Si necesitas bisturís y...

—¿Y...? —me ha dicho con una sonrisa burlona.

—Esas cosas que usáis los médicos —he contestado, sonriente, luego me he acordado de que estábamos en presencia de una niña muerta y me he contenido—. En serio, haz una lista y echaré un vistazo. De todas formas, no es que yo sea el imprescindible del equipo. Soy mejor con mis ojos que...

—Sí, está claro que no vas a ser el músculo del grupo —me ha dicho, mirándome de arriba abajo—. Ibas en bici al trabajo tres o cuatro veces por semana, nadabas un poco quizá, pero, por lo demás, te pasabas la vida con un libro delante, ¿no?

—¿Cómo lo has sabido?

—Por cómo te sientas y caminas. Un ochenta por ciento de los pacientes que venían a mi consulta padecían dolores crónicos de espalda y de cuello por mala postura. Tú podrías haber sido uno. Aun así, a tu columna no le vendría mal un cambio de estilo de vida. ¿Qué te pasa en las manos? —me ha dicho, apartando la mirada del tocador y señalándome.

—Nada. He tenido que quitarme los guantes para poder subir la escalerilla, y no soy un buen alpinista.

Ha tapado a la niña con la lona de plástico, despacio, como una madre, y se ha acercado una silla.

—Déjame ver.

—Es poca cosa.

—Ya no podemos quitarle importancia a nada. No contamos con antibióticos suficientes para arriesgarnos a que se infecte. —Me ha cogido las manos, las ha vuelto por ambos lados, me ha examinado los nudillos despellejados y las palmas en carne viva, las uñas mordidas—. Vas a tener que limpiártelas muy bien. A saber qué bacterias habrá alrededor de esos depósitos. No es de extrañar que tengamos a gente enfermando.

He hecho una mueca.

Ella ha entrado en el baño de la habitación y ha titubeado.

—No estamos usando ahora el agua de ese depósito, ¿verdad?

—No, Dylan ha ido a cortarla.

—Bien. Ven aquí. Tengo que limpiarte con alcohol; te va a doler —ha dicho, encogiéndose de hombros, y con la cadera apoyada en el lavabo, lo ha llenado con un poco de agua y jabón.

El agua estaba helada. Cuesta expresar con palabras lo mucho que puede llegar a pesarte el hecho de que todo esté siempre tan frío. Desde hace dos meses no conozco otra cosa que el frío. Me he lavado las manos a conciencia y he vuelto a sentarme al lado de la niña muerta. Tania me ha cogido la mano derecha y ha empapado en alcohol una torunda de algodón.

—Entonces, ¿estabas aquí por el congreso? —me ha preguntado, iniciando una ensayada conversación intrascendente para distraerme—. ¿A qué te dedicabas?

—Era historiador. Daba clase en Stanford.

—¿Y de dónde es tu acento?

—Del sur. He vivido mucho tiempo en San Francisco, por eso es menos fuerte.

—¿A qué se dedicaba tu mujer? —me ha preguntado al verme la alianza.

—Es... Nadia era periodista. Era complicado, sobre todo con las niñas. Pero teníamos que trabajar los dos porque los alquileres eran carísimos. —De pronto he sonreído—. Se me hace raro hablar de cosas como el alquiler.

Ella se ha reído.

—Creo que una de cada dos conversaciones de las que antes solía tener era sobre precios de alquiler.

—O sobre las elecciones.

—Manifestaciones. Yo he ido a muchas.

—Sí, yo también, al final. —He sentido un calambre en la mano, una quemazón muy fuerte, y he estado a punto de retirarla—. No bromeabas cuando has dicho que me iba a doler. ¡Madre mía!

—Bueno, habéis sido vosotros los que lo habéis jodido todo —me ha dicho sin inmutarse, como si aquello fuera mi castigo—. Aquí, en Europa, estábamos bien, rezando para que no hicierais ninguna estupidez. Lo cierto es que el mundo entero ha sido bastante estúpido. Solo esperábamos que esa estupidez no fuera de la clase que podía acabar con el mundo.

He puesto cara de dolor y he retirado la mano. Nos hemos quedado sentados los dos un momento mientras el alcohol penetraba en mis nudillos. El mundo del que estábamos hablando parecía, con perdón por el tópico, un sueño. El presente era, en cambio, mucho más real que cualquier cosa que hubiera ocurrido antes. Me sentía muy despierto, dolorosamente despierto en comparación con el modo en que había vivido tan solo dos meses atrás.

—Dame la otra mano —me ha dicho, indicándola con un gesto.

—Necesito un segundo.

—¿Quieres escuchar un poco de música?

Al oír la palabra, he aspirado una porción grande de aire, porque mi portátil lleva semanas muerto y no he podido convencer a nadie para que me dejara cargarlo abajo.

—¿Tienes música?

—Sí, me he estado racionando la batería. Solo escucho una canción cuando siento... Para serte franca, solo escucho algo cuando siento que podría volverme loca si no lo hago.

—¡Sí! Me encantaría, si estás segura de que quieres malgastar la batería conmigo.

—No es malgastarla.

La última vez que oí música fue hace una semana, cuando sorprendí a Nathan escondido detrás de la barra escuchando algo, sentado en el suelo, donde nadie lo veía. Paró en cuanto me vio, avergonzado de estar gastando la batería del móvil en algo tan frívolo. Me dejó escuchar una canción. No recuerdo cuál, pero era country. Antes odiaba la música country, pero ahora me vale cualquier cosa. Ya no soy tan exigente.

No debería haberse sentido culpable cuando lo sorprendí: los que aún tienen móviles operativos saben, aunque se nieguen a reconocerlo, que no van a localizar a nadie con ellos. Yo ya no tengo el mío, pero porque soy imbécil.

Tania ha vuelto con un reproductor de MP3, uno de esos antiguos, pesados y rectangulares, y me ha pasado uno de los auriculares de botón. Me he inclinado hacia delante, con la cabeza a menos de treinta centímetros de la suya, mientras ella me cogía la otra mano en el regazo y me limpiaba con las torundas de algodón.

Hacía semanas que no me sentía tan a gusto. Para bochorno mío, me han dado ganas de llorar y me he puesto tenso.

—Lo sé —me ha dicho ella—. Se te mete muy adentro. Si quieres desahogarte, prometo no contárselo a nadie.

—¿Aún se aplica la confidencialidad entre médico y paciente?

—Claro, ¿por qué no?

—Es bonita, como un... —De nuevo ese dolor, agudo, aunque esa vez me lo esperaba—. Una especie de vals. ¿Es antigua?

—Tú sí eres antiguo. Es Rihanna.

—¿Esto es de Rihanna?

—Sí.

—No sabía que Rihanna sonara así.

—¿La has escuchado alguna vez?

—¿Es posible dar una respuesta que sea menos que nunca? —He conseguido no retirar la mano y Tania ha empezado a envolvérmela en un vendaje mínimo—. Cumplo treinta y ocho dentro de poco. Es posible que ya los tenga.

—A mí me rondan los cuarenta. Eso no es excusa.

Ha terminado de vendarme las manos y hemos esperado a que acabara la canción. Un escalofrío me ha recorrido los hombros, pero no tenía nada que ver con el frío. Ha sido agradable. La canción ha terminado y ella ha recuperado el auricular.

—Avísame si necesitas ayuda con la autopsia —le he ofrecido.

—¿En serio?

—Sí.

—Gracias, igual te tomo la palabra. Voy a procurar hacerla hoy. Una vez que está fuera del agua, ya no es muy higiénica; habría que enterrarla cuanto antes. —Se ha puesto en pie y ha levantado el plástico por el borde para echar otro vistazo—. De hecho, ¿me ayudas a trasladarla a otra habitación para que pueda recibir a mis pacientes por la mañana? Esto los va a desmoralizar.

—Claro.

Me ha mirado a los ojos, algo raro en ella.

—Eres una de las personas más serviciales de por aquí, ¿lo sabías? Te ofreces voluntario para todo. Ojalá los demás fueran así.

Me he encogido de hombros.

—¿Qué otra cosa se puede hacer?

—No padeces nada más, ¿verdad? ¿Algún otro síntoma?

—No.

Me ha mirado de arriba abajo, pero no ha insistido.

Me ha estado doliendo un poco una muela desde hace un día o dos, una del fondo, en el lado derecho de la boca, pero no lo he mencionado. No quería causarle más molestias. Además, me ha dado miedo que me propusiera sacármela, porque ya había tenido dolor para rato.

He preferido echarme una siesta. Indagaré más sobre la niña en otro momento.

La historia es solo la suma de su gente y, que yo sepa, podríamos ser los últimos.

Día 50 (3)

Debería hablar un poco del hotel. L’Hôtel Sixième tiene trece plantas. Las dos o tres últimas están cerradas por obras, unas obras que ya nunca se terminarán. Hubo un tiempo en que la fachada era dorada, como también lo era el espléndido rótulo que hay sobre la entrada. En los ochenta y los noventa, atrajo a muchos huéspedes ricos, que utilizaban sus salas de conferencias. Pero había dejado atrás sus tiempos dorados y el número de huéspedes disminuyó muchísimo en los últimos diez años. Hay una escalera de incendios que se añadió durante un intento de remodelación hace unos pocos años. Por esa época se modernizó la mitad de las habitaciones, que ahora se abren con tarjeta; el resto, con llaves de las de antes.

Cuando cortamos la luz de las últimas plantas, los que seguíamos en el hotel (casi treinta al principio y unos veinte ahora) nos mudamos de las habitaciones remodeladas a las antiguas, con llave y cerrojo, por cuestión de seguridad. Las puertas que funcionaban con tarjeta llevaban unos imanes que las mantenían cerradas, de modo que nadie ha sido capaz de lograr que funcionen otra vez.

He observado que Dylan dispone de un registro de los que permanecemos en el hotel y que lo repasa todas las mañanas para hacer un seguimiento. Lo incluyo aquí como referencia propia, junto con las nacionalidades y ocupaciones que conozco. El único nombre que no figuraba era el suyo, claro. Lo he añadido al final.

Nathan Chapman-Adler, australiano, barman (empleado)

Tania Ikande, anglosuiza, médico

Lauren Bret, francesa, ocupación desconocida

Alexa Travers, francesa, ocupación desconocida

Peter Frehner, francés, ocupación desconocida

Nicholas van Schaik, holandés, ocupación desconocida

Yuka Yobari, japonesa, ocupación desconocida

Haru Yobari, japonés, ocupación desconocida

Ryoko Yobari, japonesa, menor

Akio Yobari, japonés, menor

Chloë Lavelle, francesa, menor

Patrick Bernardeaux, francés, dentista

Coralie Bernardeaux, francesa, dentista

Jon Keller, estadounidense, historiador

Tomisen Harkaway, estadounidense, estudiante universitaria

Adam Warren, inglés, ocupación desconocida

Rob Carmier, inglés, estudiante

Mia Markin, rusosuiza, recepcionista (empleada)

Sasha Markin, rusosuizo, camarero (empleado)

Sophia Abelli, suiza, chef (empleada)

Dylan Wycke, suizo, jefe de seguridad (empleado)

Tomi, la estudiante estadounidense, que residía en Leiden, Países Bajos, me dijo que estaba escribiendo una tesis sobre el hotel. Antes del fin del mundo llevaba un mes viviendo ahí, entrevistando a los empleados, sacando fotografías. Está bronceada, es alta, atlética, guapa, pero de una forma agresiva y brusca que me incomoda. Creo que le gusta incomodar a la gente para tenerlo todo bajo control.

O, a lo mejor, yo pretenda justificar mi incomodidad insinuando que es algo general. No me hagáis mucho caso.

Antes de enterrar a la niña fui a hacerle unas preguntas sobre el hotel. Ella conoce mejor que yo la historia de este lugar y quiero darle a esta crónica cierta solidez. Que si alguien lo lee, sepa que hemos estado aquí.

Hablamos un rato en el bar. Observé que aún tenía los dientes perfectos.

—He visto que tú también escribes —me dijo, sosteniendo su propia carpeta de apuntes—. Te hace sentir más normal, ¿verdad?

—Podría ser importante.

—No lo va a leer nadie —me replicó.

—Eso no lo sabemos.

—Claro que sí. —Cruzó las piernas—. ¿De dónde es tu acento?, ¿de Misisipi?

—Me crie en Misisipi, pero vivía en San Francisco.

—Eso lo explica todo. Yo soy de Ohio. Creo que he oído hablar de ti. ¿Diste una ponencia en la estatal de California?

Cierto: la había dado.

—Trabajaba en Stanford, podría ser.

—¡Lo sabía! Yo me gradué en Berkeley.

—Puede que diera una charla sobre...

—El vuelo fallido del U-2.

No sé por qué, me irritó que me recordara.

—Sí, me parece que sí.

Se rio de mí.

—Oye, que se habló mucho de lo mono que eras, pero, por lo que recuerdo, también dijiste cosas muy interesantes. —No contesté. Rio—. Venga, relájate. Va, ¿qué querías preguntarme? No te quedes ahí exhibiendo tu desaprobación académica.

—¿Qué te llamó la atención de la historia del hotel?

—Bueno, ya sabes que este establecimiento es conocido por sus suicidios y sus muertes inexplicables. Incluso por un par de asesinatos que hubo en los ochenta y los noventa. Los últimos dueños son bastante sospechosos, difíciles de localizar. Este sitio se ha vendido y revendido mucho a consecuencia de su mala prensa. También porque una vez se alojó aquí un asesino en serie. Mi trabajo... Bueno, lo que pretendía hacer durante mi estancia era, más que nada, escribir biografías de personas que hubieran muerto aquí.

—¿Se alojó aquí un asesino en serie?

—No mató a nadie en el hotel. Aquí fue donde lo atraparon.

Hablaba con soltura y mirándote a los ojos más de lo natural. Habría sido una gran presentadora de telediarios y probablemente habría terminado convirtiéndose en una famosa historiadora televisiva.

Por inercia, fui a coger una bebida que no tenía y enseguida aparté la mano vendada.

—¿Qué te ha pasado? —me preguntó.

—He estado echándole una mano a Dylan con una cosa.

—¿Con qué? ¿El Club de la Lucha?

—¿Quién es el actual propietario del hotel?

Puso un poco los ojos en blanco.

—Eran dos: Baloche Braun y Erik Grosjean. Braun le compró a Grosjean su parte, y llevaba un tiempo intentando venderlo, pero nadie se lo había querido comprar. No pude averiguar mucho de Grosjean; de ninguno de los dos, en realidad, pero Braun procedía de una antigua familia de petroleros, hijo de ricachones. Casi todos sus negocios fracasaron discretamente hasta que compró este sitio.

—Las muertes inexplicables y los asesinatos... —dije—. ¿Qué pasó? Quiero decir, ¿cómo murieron esas personas?

—Hubo muchos ahogamientos, personas que morían en la bañera, que se metían en un lago y no se las volvía a ver jamás. Una cantidad sorprendente de sobredosis, un montón, y algunos accidentes de caza. Muchos maridos y novios a los que un día se les cruzaba un cable y mataban a sus mujeres y novias, aunque por aquella época apenas se le diera difusión.

Fui a coger otra vez la bebida y me encontré de nuevo con el hueco vacío. Éramos las dos únicas personas que había en el bar, sentados en cómodos sillones verdes, rodeados de caoba y oro, de galas raídas por los bordes. Casi todos se quedaban en su habitación durante el día para estar más calentitos. Solo a aquellos a los que aún nos preocupaba la organización, el edificio y la compañía se nos veía deambulando por el hotel o reunidos en el bar y el comedor. Me apetecía muchísimo una copa, pero Nathan guardaba el alcohol como oro en paño.

—Creo que tengo lo que buscas —me dijo Tomi, y sacó una petaca y la puso en la mesa entre los dos.

—¿Qué es?

—¿Te importa?

Desenrosqué el tapón y me lo puse debajo de la nariz. Whisky.

—¿Lo has robado?

—Cuando todo se fue a la mierda, tuve claro que yo me quedaría aquí hasta el final. No soy imbécil, aunque lo parezca —dijo, señalándose el pelo rubio y la cara—. Así que, mientras todo el mundo iba corriendo de un lado a otro, intentando ponerse en contacto con sus seres queridos y coger aviones que no iban a despegar, yo fui recolectando cosas que sabía que necesitaría.

Caí en la cuenta de que a lo mejor tenía más antibióticos.

—Una reacción extremadamente serena ante el fin del mundo.

—Es la conmoción lo que atonta a la gente. Además, no creo que esto sea el fin del mundo. Estamos siendo bastante civilizados, ¿no te parece?

—¿No has intentado ponerte en contacto con nadie?

Enarcó las cejas.

—Como he dicho, no soy imbécil. Puede que necesite la batería del móvil para sobrevivir en algún momento. Tenía claro que todos los que se encontraban en grandes ciudades o cerca de ellas seguramente habrían muerto.

Me dejó sin respiración y di un sorbo para no tener que contestar. Ni siquiera saboreé el primer trago.

Estaba casi convencido de que ella había votado a ese tío.

—Lo siento, sé que algunos aún no lo habéis digerido —dijo, cruzando de nuevo las piernas. Yo dejé la petaca en la mesa, consciente de que no lo sentía en absoluto—. ¿Tu mujer y tú tenéis hijos? —me preguntó, mirándome de pronto la alianza y de nuevo a la cara.

—Sí —contesté.

—Lo siento.

Estuve a punto de volcar la maldita mesa para estrangularla. Hacía meses que no tenía un arrebato así y odié la parte animal de mi ser de la que procedía. Ella también lo notó. Me lo vio en la cara y me miró con altivez. En lugar de sucumbir a la ira, agarré de nuevo la petaca y bebí un buen trago de whisky.

El líquido que me bajó ardiendo por la garganta hasta el estómago vacío me relajó. Cerré los ojos un segundo y esperé a que el alcohol neutralizara la rabia.

Me dieron ganas de preguntarle si le gustaba provocar a la gente o si la razón por la que no había llamado a nadie era que no quería a nadie, pero no quise dejarle claro que me desconcertaba.

—El que muera el último de los dos debería incorporar a su proyecto el trabajo del otro —dijo.

—¿Y por qué iba a hacer yo algo así?

—¡Vaya, tienes claro que voy a morir primero! —No me lo había planteado. Lo había dicho sin pensar—. Entre dos narradores de poco fiar, podríamos conseguir un relato medio preciso —dijo.

—Yo no soy de poco fiar. Es mi deber ser todo lo objetivo posible.

—Los hombres siempre os creéis objetivos y pensáis que los demás albergamos algún interés especial. Me encantaría leer tu trabajo para ver lo mucho que te estás esforzando por convencer a tus futuros lectores de que eres un tío cojonudo. Bueno, da igual, era solo una idea —dijo con indiferencia.

Piqué el anzuelo.

—¿No haces tú lo mismo?

—¿El qué?

—Intentar convencer a tus futuros lectores de que eres buena persona.

—Una vez muerta, me preocupará aún menos que ahora lo que la gente piense de mí. Déjame adivinarlo: cuando escribas sobre esta conversación me pintarás como una chica rubia, de ojos azules y sexi, porque los escritores tenéis que hacer eso por ley. Después admitirás que, a pesar de todo, te desagrado y que eso me resta atractivo a tus ojos y, por último, procurarás diluir esa reacción universalizándola o justificando tu sesgo. Crees que eso te convertirá en un tío liberal y digno de confianza, pero no hará más que poner de manifiesto que te avergüenzas demasiado de tu legado. Llevas escrito «Este es mi momento» en la cara.

Con aquel comentario consiguió arrancarme una sonrisa, lo reconozco.

—¿Y cómo me has descrito tú a mí? —pregunté.

Echó un vistazo a sus apuntes.

—«Lleva un palo metido por el culo. Una especie de Harrison Ford jovencito pero en plan empollón. Me da que no echó ni un polvo en el instituto por rarito, por su educación religiosa y/o porque seguramente estaba gordo». Luego lo redactaré. Dime, ¿he dado en el clavo?

—Ni te has acercado —mentí.

Me excusé porque quería ayudar a Tania con la autopsia. Cuando me volví a mirar a Tomi, la vi sentada en el sillón, con las piernas cruzadas, garabateando algo. Entonces caí en la cuenta de que, en algún momento, nos quedaríamos sin bolígrafos y de que, posiblemente, ella ya lo hubiera pensado: seguro que tenía un montón escondidos.

Vomité cuando no llevábamos siquiera ni un minuto y medio de autopsia y tuve que marcharme. Quedé fatal. Oí a Tania reírse mientras estaba inclinado sobre su lavabo, sujetándome con brazos temblorosos.

En mi defensa diré que no encuentro palabras para describir el olor que despidió el cadáver cuando Tania abrió a la niña con una sierra, del pecho al ombligo, y retiró las dos grandes solapas de carne. Jamás había visto un cuerpo humano tan descompuesto.

Cogí una silla y me senté a la puerta de la habitación, inspirando hondo repetidas veces. Dylan y Nathan esperaban abajo para ayudarnos a enterrarla cuando hubiéramos terminado.

Al cabo de una hora o así, apareció Tania, acalorada, con los guantes manchados de porquería y de sangre ennegrecida. Ese día la notaba cansada.

—Vale, esta no es mi especialidad —dijo, frotándose la frente con el dorso de la mano—. No tengo claro lo que la mató, pero, por el estado de sus pulmones, concretamente por la ausencia de agua en ellos, parece improbable que se ahogara. No puedo hacer un análisis de tóxicos, pero es posible que estuviera drogada. Puede que sufriera un infarto inducido químicamente o algo por el estilo. No veo traumatismos reseñables en la cabeza ni en la garganta. Mi única certeza es que no pudo subir a la azotea y meterse en el depósito ella sola. Solo tengo conjeturas. Lo siento.

—No lo sientas. Con eso sabemos que probablemente estuviera muerta cuando entró en el depósito.

Sonrió y se quitó los guantes.

—No vas a averiguar quién lo hizo. Sabes que hace tiempo que se fueron.

—Puede que sí y puede que no. —Me levanté—. ¿Nos la podemos llevar?

—Sí, ya la he cosido.

—Gracias por tu ayuda. No tenías por qué hacerlo. Bastante tienes con atender a los vivos.

—Es mi trabajo. No pretendo heroicidades, créeme.

Se quitó el poncho que llevaba, lo examinó y se dispuso a meterlo en una bolsa de basura.

Miré más allá, a través de la puerta, al cadáver que estaba en la mesa e intenté recordar un pasaje de las Escrituras o cualquier texto religioso para darle sentido a aquellas manitas sin vida que me daban ganas de estrechar porque no soportaba pensar en el miedo que debía de haber pasado la pobre. En cambio, me vino a la cabeza una frase de Graham Greene: «A fin de cuentas, ¿por qué habríamos de esperar que Dios castigue a los inocentes prolongándoles la vida?».

Tania volvió a la puerta y me miró preocupada.

—¿Te encuentras bien? Te están rechinando los dientes. No te duele nada, ¿verdad?

—No, estoy bien —mentí, mientras me llevaba la mano a la mandíbula para masajearme la zona de la muela que me dolía—. Es el estrés.

Supe entonces que tendría que preguntarle a Tomi dónde escondía su alijo de pasta de dientes. A mí me quedaba poquísima y ya solo la usaba en días alternos. Me fastidiaba porque, para eso, tendría que volver a hablar con ella, y yo ya la había tachado de mercenaria despiadada. Además, había dado en el blanco con respecto a su evaluación biográfica, y eso también me reventaba.

Bajamos a la niña y la enterramos en el jardín, junto con los demás. Cada tumba está marcada con una pequeña cruz de madera. Un par de palitos sujetos con un trocito de cuerda, nada espectacular, y el nombre escrito con rotulador indeleble. Las flores que las adornan son de pega, de nuestras habitaciones. Van envueltas en lazos blancos con la siguiente frase: «Disfrute de su estancia en nuestro hotel».

Día 51

He convencido a Dylan para que me deje las llaves de los despachos de recepción a fin de que pueda empezar mi investigación. Esta mañana ha ido a asegurarse de que el depósito donde encontramos a la niña seguía cerrado, lo que resulta un alivio: ya no estamos bebiendo de esa agua.

Me he encerrado en el despacho y he sacado todas las carpetas y los libros de registro que he encontrado, los he apilado en un escritorio y me he sentado. Estaba todo en silencio. El ambiente me resultaba familiar.

Primero he buscado el listado de reservas de un par de semanas antes de que terminara todo, justo la semana anterior a que los asistentes a nuestro congreso empezaran a registrarse en el hotel. Nosotros habíamos contado con un montón de reservas que tuvieron lugar a principios del verano, no en temporada alta. He marcado todas las reservas que hubo con niños, he descartado las que incluían una cuna supletoria y he terminado con una breve lista de seis familias.

Luego ha venido la parte difícil. He vuelto a subir a la azotea, pero esta vez me he llevado a Nathan conmigo, junto con una cuerda, una muda de ropa y una linterna.

—¿Qué crees que vas a encontrar? —me ha preguntado mientras ascendíamos por la escalerilla de nuevo.

—Puede que nada. Solo quiero ver si hay alguna evidencia que pasáramos por alto la primera vez.

—De modo que te ocupas de la investigación... Me gusta.

—¿No crees que deberíamos averiguar quién era la niña? Fue asesinada. La persona que lo hizo podría seguir entre nosotros.

—¡Venga ya!

He mirado por encima del hombro y he detectado su escepticismo.

—¿Por qué no?

—Casi todos se largaron enseguida. Si hubieras asesinado a alguien, ¿te habrías quedado con un grupo pequeño arriesgándote a que te descubrieran?

He abierto la puerta de la azotea, que estaba cerrada con llave. Por suerte, hoy hacía más calor. Y no soplaba el viento. No he tenido que fruncir el ceño ni poner cara de frío.

—Piénsalo bien: ¿por qué no ibas a quedarte? —le he dicho mientras me ayudaba a atarme la cuerda a la cintura—. Es el fin del mundo. Dudo mucho que la policía vuelva a venir por aquí. El asesino ni siquiera debió de pensar que alguien fuera a encontrar el cadáver. Se cree a salvo. ¿Eso no te... inquieta un poco?

Ha puesto una cara rara.

—¿No? ¿Eso es malo?

—¿Y entonces? ¿El bien y el mal ya no existen?

—No, es solo que, a menos que a alguien le diera por empezar a asesinar a gente ahora, a mí no me va a quitar el sueño.

—Alguien ha sido asesinado.

—Vale, de acuerdo, he subido contigo, ¿no? —me ha dicho como rindiéndose—. Venga, terminemos con esto cuanto antes. Tengo un poco de maría que te vendrá bien.

He trepado por la escalerilla lateral y me ha costado menos abrir la trampilla que la otra vez. Me he asomado al interior a oscuras y me he asegurado de que llevaba la cuerda bien sujeta a la cintura. Puesto que no había pensado mucho en cómo entrar, solo se me ha ocurrido hacer un rápel de aficionado, el único que conocía.

—¿Seguro que vas a poder con mi peso? —le he gritado.

—Creo que sí. Démosle una oportunidad.

De pronto, he perdido la confianza en mi plan. No tenía ni idea de cómo entrar en el depósito y volver a salir. He cogido la linterna y he iluminado a mi alrededor, pero no he podido ver mucho en el agua. Si la ropa de la niña se encontraba allí abajo, cualquier prueba o forma de identificarla, tendría que meterme en el agua para sacarla.

—¿Estás seguro? —le he vuelto a gritar.

—Lo único que podemos hacer es intentarlo.

—No paras de decir eso, pero es que son unos diez metros, Nath. ¡Si salto y me sueltas, me puedo quedar seco del golpe!

—¡Si la cago, te prometo que voy a buscar a Dylan y él te saca con sus potentes brazos masculinos!

He mirado al fondo, y Nathan se ha contoneado y me ha hecho reír.

—Vale —le he dicho—. Dame un segundo, que tengo que...

—Tranquilo, tómate todo el tiempo que necesites. No voy a llegar tarde a ninguna cita.

Me he subido a la tapa del depósito y he puesto un pie a cada lado de la trampilla. Al iluminar de nuevo el interior he visto que había una escalerilla de mantenimiento por dentro, una que no se veía de buenas a primeras desde el otro lado.

—¡Oye, Nath, no pasa nada: hay una escalerilla aquí dentro!

—¡Genial, tío, porque la verdad es que no tengo fuerza para aguantar el peso de un adulto: te habrías caído de todas todas!

—¡Eres un capullo!

—Pues sí. Lo soy.

He inspirado hondo un par de veces, me he metido por el hueco y he buscado a tientas la escalerilla. Con la linterna en la boca, me he agarrado al borde del depósito y he ido descendiendo hasta que he podido asirme al primer peldaño. He parado un segundo, he cogido la linterna con la mano derecha y he seguido bajando.

La cuerda que llevaba atada a la cintura se ha tensado y ha vuelto a aflojarse en cuanto Nathan la ha soltado un poco.

—¡Lo estás haciendo muy bien! —he oído que me gritaba.

He dado unos golpecitos en la pared del depósito. Son asombrosamente espaciosos. Si los vaciáramos, nos vendrían de maravilla como búnkeres.

El agua oscura olía muy fuerte, peor cuanto más adentro. Me he detenido a escasa distancia de la superficie y he intentado calcular cuánto había descendido y cuánto iba a cubrirme el agua. La cuerda estaba muy suelta. He dado un par de golpes en la pared del depósito y Nathan la ha tensado.

—Tranquilo —me he dicho por lo bajo, examinando el contenido del depósito, con la superficie completamente quieta y tranquila—. Tranquilo, tú puedes. No pasa nada.

La escalerilla se adentraba hasta el fondo. Me he metido y he hecho una mueca cuando el agua gélida me ha inundado los zapatos. Estaba tan fría que dolía. Conteniendo la respiración, he bajado un peldaño más, y otro, y el agua me ha llegado hasta la cintura. He reprimido las ganas de vomitar y he seguido bajando hasta tocar el suelo. Con el agua por el pecho, he sostenido la linterna por encima de la cabeza, mientras me castañeteaban los dientes.

Consciente de que no iba a encontrar gran cosa moviéndome por allí con una sola mano, he apoyado la linterna en uno de los travesaños metálicos de la escalerilla y he agitado los pies por el agua con la esperanza de detectar algún tejido con las piernas. Conteniendo de nuevo la respiración, he sumergido los brazos y he palpado el interior del depósito en busca del extremo de la tubería que suministraba el agua al hotel, difícil de localizar sin la orientación que proporcionaba la sensación de succión.

El hedor era intenso. Olía como cuando dejas un caldo de pollo mucho tiempo en la nevera, con ese toque dulzón, fuerte, como de albaricoques podridos. Me ha dado una arcada, pero no he vomitado.

El pie se ha resbalado hacia un desnivel lateral y he sumergido de nuevo ambas manos en el agua para buscar a tientas el extremo de la tubería. El agua me llegaba hasta cuello, lo que me ha hecho jadear; entonces he notado una tela empapada atrapada en la abertura y he metido la cabeza entera. He soltado la prenda de un tirón y me la he echado al hombro y, entusiasmado por el hallazgo, me he vuelto a zambullir en busca de alguna otra cosa. Me he topado con algo blando, una especie de animalito y, sin querer, me he apartado enseguida de él.

Me he obligado a mirarlo, lo he sacado del agua y he visto que, en efecto, se trataba de un animal. Al darle la vuelta, horrorizado, me ha consolado comprobar que era de peluche, un conejo.

Abrumado por el peso de mi propia ropa y con los pies completamente entumecidos, he vuelto a la escalerilla. Con el conejo de peluche bajo el brazo y la prenda al hombro, he subido hacia la luz. Durante el ascenso, me ha parecido que pesaba tres veces más.

—Joder, ¿has encontrado algo? —me ha gritado Nathan en cuanto me ha visto.

He intentado protegerme del aire cortante que me azotaba la ropa mojada y la piel.

Sin mediar palabra, he soltado la prenda y el peluche y he procurado concentrarme en la tarea de bajar al suelo sin resbalar. En cuanto he aterrizado de nuevo en la azotea, Nathan me ha envuelto en una toalla.

—Hueles a cloaca, colega, ¡qué horror! —me ha dicho.

No me salían las palabras. Me he quitado la ropa mojada, me he desatado la cuerda con dificultad y he intentado secarme bien antes de ponerme los pantalones, la camisa y los zapatos que había traído para cambiarme. Aun con tres pares de calcetines, me ha costado recuperar la sensibilidad en los pies.

Luego lo hemos recogido todo en un montón empapado de agua sin prestar mucha atención a lo que había encontrado y hemos bajado en silencio directamente hasta el sótano. Allí, Nathan ha encendido las calderas durante una media hora para que pudiera sentarme cerca y reconfortarme. No sabíamos cuánto más seguiría funcionando la calefacción, así que ha sido un detalle por su parte.

La mayor parte de la electricidad que nos quedaba procedía de una central hidroeléctrica, pero no teníamos forma de saber cuándo cortarían el suministro. Si eso ocurría, aún nos iba a quedar algo de corriente del generador de emergencia, pero no duraría eternamente.

Envuelto en una manta de piel que Nathan se había traído de su alijo del bar, rodeado por cajas de vasos y menaje de cocina, y algo de alcohol que había escondido allí, he señalado con la cabeza la prenda empapada que estaba en el suelo, junto a mi ropa a medio secar.

—Parece un vestido.

Nathan se ha sentado a mi lado y ha liado un par de porros.

—La presión del agua se lo succionaría de algún modo. Menos mal que no terminó en las tuberías. Jamás lo habríamos encontrado.

He alargado el brazo y he apartado un poco más mi ropa para ver mejor el vestido. Era de cuadritos amarillos y blancos, con un anticuado cuello de encaje blanco. Una de esas prendas que pondrías a tus hijas para que pareciesen muñecas. Yo no se lo habría comprado a Marion. Ruth no se lo habría puesto ni loca.

Al mirar la etiqueta he visto algo escrito con rotulador negro que se había borrado casi del todo.

Podría haber sido un nombre que empezara por «H», por «M» o por «N». No estaba seguro.

Me he sentado contra la pared, al lado de la caldera, y he apartado el vestido con el pie.

Nathan me ha pasado un porro y hemos fumado en silencio un rato.

—Y cuando Tania la examinó, ¿no encontró ninguna marca?

—Nada. Me dijo que no parecía que se hubiera ahogado —he contestado, recapitulando—, que posiblemente la drogaran o la incapacitaran de algún modo antes de tirarla al agua.

Se ha estremecido.

—Suena tortuoso.

—Me cuesta creer que no te preocupe que ese tío pueda seguir por aquí.

—¿Qué te hace pensar que es un tío? Y claro que me preocupa, lo que pasa es que... —Exhaló—. Mi barómetro de preocupación está algo descompensado ahora mismo.

—No podemos dejar de preocuparnos por lo que está bien y lo que está mal solo porque...

—¿Porque haya llegado el fin del mundo?

—Seguimos aquí —repliqué.

La maría me estaba empezando a surtir efecto. Era agradable.

—Aún no me creo que probablemente vaya a morir —me dijo con tristeza—. De hambre o algo así. Es una putada.

—Nos va a entrar el hambre en cuanto terminemos de fumarnos esto. Eso no lo hemos tenido en cuenta.

—Mira, ahí sí has tenido gracia —dijo riendo.

—¿No suelo tenerla?

—No, solo que eres mayor que mis colegas.

—¿Cómo terminaste trabajando aquí? —le he preguntado.

Vi su reacción cuando encontramos el cadáver, así que dudo mucho que haya tenido nada que ver con el asesinato. En cualquier caso, quiero recabar tantos datos biográficos como me sea posible sobre quienes se hayan quedado en el hotel.

—Tampoco llevo aquí tanto tiempo. Unos seis meses. Pero es que fue tan raro que, si te lo cuento, no te lo vas a creer.

—Seguro que sí. Ahora todo es raro.

—Fue por mi padre. Bueno, mi padrastro. Pero, sí, mi padre. Por eso estoy aquí.

—Eso no me parece raro.

—Jo, tío, ni te lo imaginas —me ha dicho sonriendo.

La caldera ha emitido un sonido que le ha recordado a Nathan que igual era hora de apagarla, pero, como el sótano ha seguido caldeado durante un buen rato, nos hemos quedado allí sentados, fumando, unas cuantas horas más, hasta que se ha secado la ropa.

Mientras aún estábamos colocados, me lo ha contado. Era una historia curiosa e interesante y yo no le haría justicia si intentara reproducirla con mis palabras, así que le he pedido que la escribiera; ha prometido hacerlo. La añadiré cuando pueda.

Día 52

Esta mañana le he pedido a Dylan que me dejara usar las llaves maestras para registrar el hotel. Estaba a punto de salir a correr hasta el río y luego volver, unos cinco kilómetros según sus cálculos, y parecía más interesado en realizar sus estiramientos a la entrada del hotel que en ayudarme a lograr mi recién descubierta meta personal.

—Tardarás días en registrar todas las habitaciones tú solo, Jon.

—Ya, pero si alguien del hotel subió a una niña a la azotea y la...

—Sabes que ya se fueron.

—¡No lo sabemos!

—Es probable que pudieras encontrar una mejor manera de gastar tu energía —me ha dicho, llevándose los brazos al pecho alternativamente, al compás de unas respiraciones hondas y controladas.

—¿Te has molestado siquiera en registrar el establecimiento?

—¿Para qué?

—No sé. Por si encuentras algo útil.

—Aún no.

—Pues déjame que lo haga yo. Así te ahorras tener que entrar en cientos de habitaciones, y a lo mejor encuentro algo de comida, armas, medicinas...

En ese momento, he sospechado que estaba deseando que me largara.

—No comentes con nadie que tienes las llaves —me ha dicho.

—Para poder subir a la azotea, el asesino tuvo que tener un juego. Pero tú me dijiste que solo tenían llaves los empleados.

—Si la niña murió más o menos ese día, el día en que empezó todo, no creo que le resultara difícil robar unas llaves —me ha dicho suspirando—. Pero no le cuentes a nadie que las tienes.

—No lo haré.

—Lo digo en serio, a nadie en absoluto.

—¿Por qué?

—Porque no los conozco —ha dicho, mirándome mientras estiraba los tendones de las corvas.

He pensado en Tomi y en todo lo que debía de haber ido recogiendo por ahí y he entendido a qué se refería.

—¿Y por qué confías en mí? —le he preguntado.

—Porque necesito que te ofrezcas voluntario para la siguiente expedición —me ha contestado con una sonrisa triste.

Me ha entregado el abultado juego de llaves, ha echado un vistazo al bosque —ruidoso hoy, perturbado por el fuerte viento—, ha salido corriendo y se ha perdido entre los árboles.

Yo he seguido con mi lista de reservas. Solo dos familias de las que había marcado con un círculo, aparte de los Yobari, pidieron que les adaptaran la habitación para los niños: los Luffman y los Lavelle, de la 377 y la 101, respectivamente. Florence Lavelle había muerto y su hija se encontraba ahora al cuidado de los Yobari. Solo quedaban los Luffman.

Una corriente de aire procedente de algún sitio azotaba el interior del hotel. Me he subido la cremallera del abrigo y he enfilado las escaleras. Rara vez subía a esa planta, ni siquiera cuando merodeaba por ahí. Los Yobari vivían en ella y también Sophia, la chef del hotel, quien, milagrosamente, seguía haciéndonos la comida.

Creo que algunas mujeres jóvenes se alojaban, asimismo, en esa planta, reconfortadas quizá por la presencia de los dos hijos de los Yobari y de la pequeña de la difunta Florence Lavelle, a la que habían adoptado. Las mujeres eran Mia, una chica rusosuiza que primero había trabajado de gobernanta y, más recientemente, de recepcionista; Lex (Alexa), una joven francesa con la que no he hablado nunca; y Lauren, otra chica francesa con la que tampoco he hablado.

Mia tiene un hermano gemelo, Sasha, que también era empleado del hotel. Que yo sepa, aún se aloja en una de las habitaciones de la zona de personal, en la primera planta, al lado de la de Dylan. Aparte de Patrick, no sé bien quiénes son los otros hombres. Nosotros estamos más dispersos, mientras que las mujeres se han agrupado.

He ido a la 377 y me he colado dentro. Por el olor, la habitación parecía ocupada, pero no por un muerto, gracias a Dios. Había un par de maletas enormes en el suelo, a los pies de la cama. El armario estaba abierto y dentro solo había perchas vacías. He visto una cajetilla de tabaco en una de las mesillas y tengo que confesar, aunque me avergüence, que me la he guardado en el bolsillo.

Al parecer, los Luffman habían estado haciendo las maletas, lo que me ha llevado a preguntarme por qué no se habían llevado todas sus cosas consigo.

He repasado lo que hice yo ese día. No fui mucho más racional, me dejé llevar por la conmoción. Muy posiblemente habían huido del hotel sin todo su equipaje movidos por el pánico. Quizás hubieran cogido alguna bolsa más ligera, prescindiendo de las maletas más pesadas.

Algo parecido a un espasmo mioclónico me ha sacudido el cuerpo entero y, sobresaltado, he tenido que buscar asidero en la cómoda. Me pasa siempre que pienso con detenimiento en ese día. En este momento, la única sensación que he podido captar ha sido el recuerdo de estar sentado en el suelo del vestíbulo del hotel, apoyado en la pared, incapaz de ver nada, con el móvil pegado al pecho.

Me he sentado en la cama de los Luffman y he pensado que me iba a echar a llorar, pero he logrado mantener la compostura. Ha durado un buen rato, demasiado, y la idea de estar a punto de perder el control me ha asustado. No sabía qué más podía terminar haciendo si sucumbía al miedo.

Tras recobrar el ánimo, me he acuclillado junto a las maletas a medio hacer y he empezado a hurgar en ellas.

—¿Qué estás haciendo?

—¡Jo-der!

Me he levantado, perdiendo el equilibrio momentáneamente.

Era Sophia, la chef. Es una pelirroja alta y muy blanca de treinta y tantos años, nariz aguileña y pose seria y digna. Me parece que antes hablaba francés suizo, pero ahora habla inglés, como la mayoría de los empleados del hotel, porque es lo que hablamos casi todos. Y ya se encarga ella de reprochárnoslo.

—¿Cómo has entrado aquí? —me ha preguntado.

—Dylan me ha dejado las llaves —he contestado, lamentándolo enseguida—. Aunque te agradecería que no se lo dijeras a nadie.

—¿Por qué? —me ha dicho con recelo.

—Estoy investigando una cosa. Dylan no quiere que lo sepa demasiada gente. Pero seguro que se fía de ti. Te conoce.

No sé por qué he empezado a comportarme como si hubiera hecho algo malo. Supongo que Sophia me estaba poniendo nervioso. Como era de esperar, no le ha impresionado ninguna de mis respuestas, y yo he suspirado.

—Cierra la puerta, anda.

—¿Por qué?

He juntado las manos para pedírselo por favor y me ha obedecido.

—¿Te has enterado de lo del cadáver del depósito de agua? —le he preguntado para asegurarme.

—Sí, Dylan me lo contó ayer. Creo que nos lo va contando por separado para que la cosa no se desmadre.

—Bueno, pues era una niña pequeña, una huésped del hotel. Tania le hizo la autopsia al cadáver y no extrajo ninguna conclusión definitiva sobre la muerte, pero parece ser que podrían haberla asesinado antes de tirarla al depósito, quizás antes de que... empezara todo esto.

—¿Quién era?

—No estoy seguro, tengo que ver si puedo acceder al archivo de reservas, pero dependerá de si el hotel guarda esos registros en un sistema que no precise de acceso a internet.

Se ha quedado mirándome un momento.

—Entonces..., ¿qué haces aquí?

—Ah, sí. He deducido de quién podría tratarse revisando los registros del hotel. Creo que podría tratarse de Harriet Luffman. Esta era su habitación. He pensado que al menos tendría que averiguar qué le paso.

—¿Piensas que el asesino sigue en el hotel?

—Puede.

—Ya te digo yo que no.

—¿Cómo lo sabes?

—Si tú fueras el asesino, ¿te habrías quedado en el hotel?

La he mirado ceñudo.

—Me habría quedado si pensara que nadie iba a averiguar jamás quién soy, sí.

Ha guardado silencio de nuevo, luego se ha encogido de hombros.

—Entiendo lo que dices. ¿Qué buscas?

—Aún no lo sé.

—Yo te ayudo.

Muy seria, ha pasado por delante de mí y ha abierto la cremallera de la otra maleta, que estaba llena de ropa de adulto.

Yo he seguido hurgando en la mía, y estaba a punto de hacerle una pregunta cuando se ha dirigido a mí.

—He observado que andas escribiendo cosas —me ha dicho—. ¿Por qué? ¿Llevas un diario?

—No es un diario; más bien es una crónica escrita en tiempo real.

—¿A qué te dedicabas antes? ¿Viniste por el congreso?

—Sí, era historiador.

—¿Y estás entrevistando a la gente? ¿Buscando historias?

—No solo historias, no soy periodista...

—Dices «periodista» como si fuera algo malo.

Me he reído.

—Bueno...

No era mala idea, entrevistar a la gente. Nathan ya me había contado una historia. ¿Por qué no todos los demás? Me daría una percepción más precisa sobre los que aún seguíamos aquí, por qué ellos se habían quedado y los otros, no. Puede que incluso alguien recordara algo que me facilitara una pista.

—Yo llevo cuatro años en este hotel —me ha dicho mientras sacaba unas prendas, las ponía en montoncitos y miraba en los bolsillos—. No estaba aquí cuando ocurrió ninguno de los incidentes, los asesinatos y los suicidios.

—¿Por qué decidiste trabajar aquí?

—Había una vacante, pagaban bien. Mi marido estaba en este lugar.

—¿Ya no está aquí?

Me ha mirado.

—No.

No me ha dado más detalles.

Yo le he mirado las manos y he visto que no llevaba alianza, pero me ha contestado tan rotundamente que no he querido indagar más.

—¿Viste a esta familia o hablaste con ellos?

—No me acuerdo. Trabajo en la cocina y no tengo que hablar con la gente.

—Es comprensible —he dicho, y he cogido otro vestido, de niña, y he mirado la etiqueta del cuello.

H. L.

Como me dolían los tobillos de estar en cuclillas, me he sentado en el suelo, con las piernas cruzadas.

—Esto no tiene sentido —he dicho.

—¿Por qué?

—Pensamos que la tiraron al depósito antes de que huyeran todos. ¿Por qué no alertaron sus padres a nadie?

—A lo mejor no les dio tiempo. Cuando nos enteramos de la noticia, la mayoría de nosotros no pensaba en otra cosa que en sobrevivir. A lo mejor no tuvieron tiempo de buscarla. A lo mejor tuvieron que aprovechar la oportunidad.

—No, no se habrían ido sin ella —le he dicho, levantando la vista del vestido—. ¿Tienes hijos?

—No.

—Si yo supiera que una de mis hijas ha desaparecido, preferiría morir buscándola antes que intentar salvarme llegando a un aeropuerto.

—¿Aunque pensaras que se acababa el mundo?

—Sobre todo, entonces. —Se me ha hecho un nudo en la garganta, pero he seguido—. Si una de mis hijas desapareciera y el mundo fuera a acabarse, al menos lo último que vería sería a mí intentando encontrarla, protegerla. Tendría que saber que, por lo menos, procuraba encontrarla.

Ha ladeado la cabeza y se ha sentado en el suelo, como yo.

—Entonces, ¿por qué te has quedado aquí?

He vuelto a sentir una punzada de remordimiento, pero de otro tipo.

—Oí los avisos. Dijeron que no había vuelos. Pensé que, al final, vendría alguien: la Cruz Roja, el Ejército o algo así.

—Yo también.

—¿Tu marido se fue, si no te importa que te lo pregunte? ¿Se marchó del hotel?

Ha seguido hurgando en la maleta y ha encontrado una bolsa de aseo.

—¡Mira, pasta de dientes!

—¿Hay dos?

—Sí. No se lo decimos a nadie, ¿vale? ¿Necesitas una cuchilla de afeitar?

—Claro. ¿Tú necesitas productos para el cabello? Aquí hay unos cuantos.

Hemos intercambiado algunos artículos y los hemos guardado en las bolsas de aseo. Le he dado a Sophia un estuche de maquillaje y ella ha probado otro color de lápiz de labios con la ayuda de un espejito, luego me ha mirado por encima de él.

—Era el dueño del hotel —me ha dicho.

—¿Cómo dices?

—Mi marido. Se fue del hotel, sí. Era el dueño. —Se ha levantado y ha recogido sus cosas—. Ya me contarás si averiguas algo nuevo. He de trabajar.

—Oye, ¿Tomi sabe lo de tu marido? —le he preguntado mientras abría la puerta—. Estaba escribiendo la historia de este sitio.

—Seguramente.

No ha parecido inmutarse y ha salido al pasillo. Yo me he levantado y he cerrado la puerta en cuanto se ha ido.

Había estado evitando hablar con algunos empleados del hotel porque no sabía seguro si llegarían a entenderme, y lo cierto es que Sophia me intimidaba bastante. Me alegro de haber podido conocerla y superar ese prejuicio. A lo mejor pensaba eso porque solo la había oído dar órdenes en la cocina, y por ser alta.

Para ser mujer no ha mostrado mucho interés en la niña muerta. Claro que las perspectivas de entonces se hallan sesgadas ahora. Lo sucedido antes, nuestra vida anterior, apenas importa ya. Vivimos el día a día y ya no recordamos a todas las personas a las que odiábamos, las cosas que nos irritaban, que nos enfadaban en internet, los estados de Facebook que nos hacían poner los ojos en blanco, los vídeos cucos de animales que nos enternecían, las venganzas contra periodistas, los presentadores de telediarios, los políticos, los famosos, los parientes..., todo ha desaparecido. Asesinaron a una niña, pero ocurrió antes. Y el antes ya no existía. La gigantesca pizarra del mundo estaba en blanco. Como tampoco existían las consecuencias.

He vuelto a meterlo todo en las dos maletas y me las he llevado a mi habitación, después he cerrado la puerta con llave. Los Luffman no se dejaron ningún documento de identidad, lo que parece señalar que huyeron al aeropuerto sin su hija. Aun así, quería echar otro vistazo a sus pertenencias sin sentirme observado.

Día 53

Tengo que escribir sobre el primer día antes de que pase demasiado tiempo y mis recuerdos queden enterrados. Eso es lo que hace la mente con los traumas: los borra, te los devuelve de vez en cuando en forma de flashbacks y sueños, con vértigos, hiperventilación y ataques de pánico. Pero el recuerdo en sí se convierte en una obra de ficción.

He dedicado mi vida entera al tiempo, aunque ninguno de nosotros sepa con exactitud qué es. ¿Una invención social? ¿Una ilusión? ¿Algo cíclico o que avanza en línea recta? A mí me parece lineal, porque debo creer en el progreso para que tenga sentido lo que estudio: las civilizaciones. Pero si pienso ahora en él, me recuerda más bien a una goma, como un intento de alargar el brazo, de avanzar, hasta que un suceso te devuelve de golpe al punto de partida.

Así que tendré que afrontarlo en algún momento, abordarlo de una vez por todas para poder olvidarlo definitivamente. Todos preferimos eludirlo, pensar que estamos progresando para no perder la cordura, pero esa cordura no nos va a salvar, y sé que no avanzaré hasta que me obligue a escribirlo todo.

Ocurrió durante el desayuno. Un grito. La mujer que miraba el móvil. «¡Han bombardeado Washington!».

Sería fácil escribir que, a partir de ese momento, todo sucedió como en una nebulosa, porque así fue. Pero este es mi recuerdo más nítido de lo que pasó luego.

Me levanté; primer instinto fue ir a por el móvil de aquella mujer. Un par de personas más hicieron lo mismo.

Ella lloraba, miraba el móvil y lloraba.

Eché un vistazo alrededor, a los otros que se habían levantado, y al recordar que tenía el móvil en la mesa, volví a sentarme. Me había llegado un mensaje.

Me pregunté si el remitente habría terminado arrepintiéndose de enviarme el que probablemente fuera el último mensaje de su vida.

Alguien gritó: «¡Madre mía!», pero no vi quién.

Me levanté de mi sitio, con el móvil en la mano, y salí corriendo al vestíbulo. Había cola en recepción, de unas tres personas. Miré el móvil, a recepción y a la puerta. No sé cuánto tiempo me quedé allí plantado, pero fue un rato. No tenía ni idea de qué hacer: si marcharme, intentar llamar a alguien o pedir más información al personal del hotel. Así que me quedé allí hasta que alguien que se dirigía a toda velocidad hacia la salida me golpeó el hombro.

El sobresalto me puso en marcha. Intenté llamar a Nadia, pero comunicaba o estaba fuera de cobertura. Ni siquiera conectaba, no daba tono. No sé por qué, probé a llamar a Luke, el alumno de doctorado que me había mandado el mensaje, pues figuraba el primero en el registro, aunque tampoco conseguí conectar.

Noté que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico, pero me dije que no. No dejaba de decírmelo. Sería un atentado terrorista, seguro, ya habíamos padecido alguno antes. Egoístamente, me dije que, de todas formas, no tenía familiares ni amigos en Washington. Era algo malo, pero todo el mundo al que conocía estaba a salvo. Podría tratarse de otro 11-S, pero todos mis conocidos estaban bien.

Me aparté de recepción, donde la gente discutía a voces en un batiburrillo ininteligible de idiomas extranjeros, abrí las aplicaciones de las redes sociales en el móvil y me recosté en la pared del vestíbulo, lejos del bullicio. Estaba pensando en volver al comedor cuando vi un titular.

ÚLTIMA HORA: ATAQUE NUCLEAR EN CURSO SOBRE WASHINGTON. SEGUIREMOS INFORMANDO.

Fue como si una mano helada me agarrara por el cuello. Se me entumeció la mandíbula. Un escalofrío me sacudió el cuerpo entero, desde el estómago hasta los hombros, y luego se extendió por la espalda. Me empezaron a temblar las manos. No podía leer. Lo único que veía era la palabra NUCLEAR.

Me recompuse. No podía ser nuclear. No, en ese sentido. «Nuclear» significaba el fin. Estarían usando esa palabra como ciberanzuelo.

Recuperé el control de mi móvil mientras me desplazaba por los titulares de la secuencia de sucesos.

ÚLTIMA HORA: ESTALLA UNA BOMBA NUCLEAR EN WASHINGTON. SEGUIREMOS INFORMANDO.

ÚLTIMA HORA: ATAQUE NUCLEAR EN ESTADOS UNIDOS.

ÚLTIMA HORA: LOS EXPERTOS CALCULAN UNAS DOSCIENTAS MIL VÍCTIMAS.

ÚLTIMA HORA: CONFIRMADO, EL PRESIDENTE Y SU EQUIPO ENTRE LOS FALLECIDOS POR LA EXPLOSIÓN NUCLEAR. A LA ESPERA DE MÁS INFORMACIÓN.

Había otros titulares, sobre el silencio informativo de Reino Unido y otro ataque en Alburquerque.

Recordé que había un televisor en mi habitación.

Pero, de pronto, dejé de ver. Se me fue la vista como se va la luz. Todo se puso negro y solté el móvil. Creo que vomité, pero no estoy seguro. Quise volver al comedor a tientas, pero decidí que era inútil, así que me senté en el suelo, con la espalda pegada a la pared.

Por un momento me sentí parte de El día de los trífidos. Pensaba que me había quedado ciego de verdad. Oía actividad en torno a mí, a personas corriendo y llorando, y alguien gritó, una vez. Nadie se detuvo, sin embargo, a hablar conmigo.

Recobré la vista después de lo que me parecieron horas, aunque probablemente no fueran más que treinta minutos. Gateando por el suelo, había rescatado el móvil y me lo había pegado al pecho, abrazándolo, hasta que pude volver a ver.

Alguien se detuvo a mi lado cuando parpadeaba, intentando recobrar la visión, y entonces vi que una mujer se alzaba sobre mí. Ahora sé que era Tania. Entonces, no.

—¿Se encuentra bien? —me preguntó—. ¿Necesita ayuda?

Otra persona, un hombre, le dijo que se diera prisa, que tenían que llegar al coche.

No contesté, o a lo mejor le dije que estaba bien. No lo sé. Siento no poder ser más preciso.

Entonces, me sorprendí de nuevo en el comedor. O, por lo menos, me recuerdo en la entrada, mirando fijamente mi libro, mi café y mi mesa. Había dos personas en la puerta del bar, cogidas de la mano: Mia y Sasha, creo, los gemelos. Todos los demás se habían ido.

Vi que miraban un televisor montado en la esquina superior del salón y corrí hacia ellos. No entendía lo que decían, claro, pero no dejaban de reproducir un vídeo breve en bucle. El presentador tartamudeaba, visiblemente sudoroso.

Alguien había estado grabando algo, uno de sus amigos, hasta que una luz cegadora había inundado la pantalla entera y la emisión se había cortado. Ruido blanco.

—¿Qué está diciendo? —les espeté.

—No hay más que luz —contestó el joven Sasha—. La ciudad se ha evaporado.

Otro vídeo, filmado desde lejos y procedente de Twitter, captaba las luces del contorno de Nueva York en el instante mismo del apagón: con los edificios sumidos en la oscuridad o absorbidos por ella, y a la izquierda de la imagen, una nube gigantesca que latía mientras se elevaba. Eso era lo único que veía todo el mundo. Un destello cegador, la nube, la nube más colosal que jamás hubiera visto, y las luces apagándose.

—¿Cuántas ciudades estadounidenses? —pregunté.

—De momento hablan de tres.

—¿Tres?

—Una en algún lugar de Texas —dijo Mia, llorando.

Empezó a hablar frenética con Sasha en un idioma que desconocía.

De pronto, me flojearon las piernas y me alejé tambaleándome y chocando con una mujer a la que estuve a punto de tirar al suelo.

—Perdón, perdón... —mascullé, sin dejar de correr.

Ella iba gritando, pero no creo que fuera a mí.

Subí a mi habitación y, de pronto, estaba allí, haciendo las maletas. Encendí la tele, pero los principales canales estadounidenses ya no emitían. Solo funcionaban los suizos, y casi me vuelvo loco intentando averiguar cómo ponerle subtítulos a aquel vídeo que se repetía una y otra vez. Cuando lo conseguí, intenté llamar de nuevo a Nadia, pero no había señal. Probé con el fijo de la habitación, preguntándome si serían solo los móviles los que no funcionaban, pero tampoco obtuve nada.

Me dieron ganas de estampar el teléfono, pero no lo hice. Se me ocurrió la idea absurda de que me iban a cargar los desperfectos. La conmoción casi me había dejado ciego, pero aún conservaba la presencia de ánimo suficiente para preocuparme por la cuenta.

No terminé de hacer la maleta porque, sinceramente, no sabía qué hacer. Salí de la habitación y empecé a deambular por los pasillos, buscando a los compañeros del congreso. Supuse que alguno de ellos llevaría mejor la noticia y me diría qué hacer. Necesitaba desesperadamente que alguien me dijera qué hacer. Era como volver a ser un chiquillo, y lo único que deseaba era que un adulto se hiciera cargo de todo.

Buscando obsesivamente titulares en el móvil que estuvieran en inglés, no paraba de ver la palabra NUCLEAR. Seguía pensando que la estaba leyendo mal. Washington no podía haber sufrido un ataque nuclear, porque eso no había pasado nunca. Si hubiera habido un ataque nuclear, aquello sería el fin, pero el mundo que conocíamos no se acababa sin más. No se acababa porque eso no había pasado nunca antes.

ÚLTIMA HORA: ESTALLA UNA BOMBA NUCLEAR EN WASHINGTON; SE TEME QUE HAYA CIENTOS DE MILES DE MUERTOS.

ÚLTIMA HORA: EL PRIMER MINISTRO CANADIENSE PIDE CALMA ANTE EL ATAQUE NUCLEAR EN ESTADOS UNIDOS.

ÚLTIMA HORA: ESTADOS UNIDOS SIN GOBIERNO MIENTRAS LA BOMBA NUCLEAR DEVASTA WASHINGTON.

La única foto de Washington que tenían de momento estaba hecha con un móvil. En ella solo se veía la oscuridad y la nube. Nada más.

Yo no estaba capacitado. Necesitaba a alguien que me orientara. En mi planta, se abrían y cerraban puertas. Vi a algunas personas correr hacia las escaleras. Un hombre salió de su habitación y se volvió a mirarme. Sabía quién era, pero había olvidado momentáneamente su nombre.

Joe Fisher, un profesor de la Universidad Estatal de Pensilvania. Ahora sé quién era. Hacía siete años que lo conocía.

—Jon, hay que pedir un taxi —me dijo, recolocándose las gafas—. Escocia ha desaparecido.

—Escocia... ¿ha desaparecido?

—Sí, hay que pedir un taxi. ¿Tienes algún número?

Tardé un momento en comprender lo que me decía. Ninguno de nosotros tenía coche. Todos habíamos venido de la estación en taxi.

Me eché a reír, como si me hubiera vuelto loco. Desde luego, eso fue lo que pensó de mí. Me miró como si hubiera perdido el juicio, y me dejó allí. Yo no podía dejar de reír. Tuve que sentarme mientras mantenía la cabeza entre las manos, mirando fijamente el móvil y las noticias que iban apareciendo en él. Me pareció absurdo que, en un momento así, lo único que se le ocurriera fuese pedir un taxi. Escocia había desaparecido, de modo que, por supuesto, había que pedir un taxi.

Al cabo de un rato, la risa cesó. No se transformó ni en lágrimas ni en nada. Simplemente, se desvaneció y me dejó confundido a causa de mis propias reacciones.

Me levanté, fui a por mi maleta a medio hacer y cogí el ascensor al vestíbulo. Todo el mundo gritaba, en muchísimos idiomas distintos. Una de las recepcionistas intentaba hacerse oír, pero nadie le hacía caso. Ella y un compañero se subieron al mostrador y se alzaron sobre la multitud.

—¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio! —gritó. El hombre, más joven, se puso a su lado y, temblando, tradujo al inglés lo que ella decía. Todo el mundo guardó silencio un segundo—. ¡No salen vuelos de ningún aeropuerto! ¡Es muy improbable que hoy funcione ningún otro medio de transporte público! ¡Por favor, procuren mantener la calma y los ayudaremos en lo que podamos! ¡Les aconsejamos que no se vayan ahora en coche!

Pero la gente se marchaba, salía en tropel del edificio. Los observé, pegado a la pared, parcialmente oculto por una planta. Empecé a caer en la cuenta de que nadie iba a decirme qué hacer. Mi país no tenía gobierno. Escocia había desaparecido. Cientos de miles de personas habían muerto y todo el mundo esperaba que un gobierno que ya no existía les informara del protocolo que debían seguir en una situación que nunca había ocurrido antes.

Intenté llamar a Nadia al móvil otra vez, pero no había señal.

Estarían en casa. Allí era medianoche.

Pensé en el destello de luz, en aquella nube gigantesca y el amanecer artificial que había generado, y en las luces de la ciudad apagándose después.

Probé a llamar al fijo, y me dio tono.

El corazón...

No, no puedo escribirlo así.

Pensé que si lograba hablar con Nadia, si una de mis hijas cogía el teléfono, todo iría bien. Perdí de vista lo demás, salvo el tono del teléfono. Sonó y yo me imaginé el aparato en el pasillo de casa. Estaba a punto de oír la voz de Nadia y todo se iba a arreglar. Me iba a decir que ella y las niñas estaban bien y, luego, decidiríamos qué hacer. Podríamos coordinarnos y hablar por el fijo.

Siguió sonando y no contestó nadie. La voz que me hizo polvo fue la del contestador. No era la de Nadia, ni la de Marion, ni la de Ruth. Era la mía, yo mismo pidiéndome que dejara un mensaje.

Ese fue el momento en el que el tiempo se detuvo para mí. Da igual cuántos días hayan pasado. Todo se remonta a ese instante que arrasó mis cimientos.

Perdí el control y lancé el teléfono, que golpeó contra la pared que había a la izquierda del segundo ascensor. Oí que se rompía la pantalla, y ese fue el fin. Me tapé la cara con las manos y lloré, allí mismo, en el vestíbulo, delante de todo el mundo, aunque nadie me prestara la más mínima atención, y apenas pasó un momento cuando me di cuenta de que la gente hablaba de más bombas que habían estallado en China, y otra cerca de Múnich, o en algún lugar de Alemania. No me acuerdo bien.

Luego empezó a resultar más difícil informarse en otra parte que no fueran las redes sociales, porque la mayoría de las cadenas de televisión ya no emitían. Más tarde, oí a alguien hablar de bombardeos en Rusia y, más concretamente, en Jerusalén. Tengo por ahí una lista que hice deprisa y corriendo antes de que internet dejara de funcionar. No sé por qué intento recordar el orden preciso aquí. Ni siquiera sé si importa. Oí decir: «¡Han bombardeado Washington!», y, aun ahora, sigo sin saber quiénes fueron.

Ese fue el verdadero principio de todo, el primer día.

Día 54

La pareja de la 27 se ha suicidado esta mañana. O, por lo menos, eso parece.

Yo llevaba un rato en pie porque ahora me levanto en cuanto me despierto. Ya no remoloneo en la cama. Cuando remoloneaba, sin querer, empezaba a pensar en Nadia, en Ruth, en Marion. Inventaba una fantasía detrás de otra y las imaginaba conduciendo por la carretera de la costa, tomando desvíos, incluso compartiendo vehículo con autostopistas amables también con hijos. Llegaba a imaginar escenas tremendas en las que Nadia se enfrentaba a bandas enteras de ladrones de coches.

Era horrible. Me fastidiaba hacerlo. Me fastidiaba aún más refugiarme en ello, apartarme de la realidad cotidiana.

He visto que los Bernardeaux no estaban en el comedor a la hora del desayuno y he subido a ver si se encontraban bien.

Cuando he llegado a nuestra planta, Dylan y Nathan se me habían adelantado y enseguida han supuesto lo que había pasado. En el primer mes desde que empezó todo, hubo un aluvión de suicidios y la escalera, que siempre permanecía a oscuras y apestaba, era el sitio más propicio para hacerlo. Hacía unas semanas que no se suicidaba nadie, pero los tres primeros me habían impactado tanto que cada vez que usaba la escalera esperaba encontrarme otro cadáver.

—J, no entres —me ha advertido Dylan—. No es agradable.

—¿Y qué lo es a estas alturas? —le he contestado, y he entrado de todos modos.

Nathan estaba plantado en la puerta del baño, con los brazos cruzados.

—Parece que él la ha matado a ella y luego se ha quitado la vida —ha dicho.

Tenía razón.

Patrick estaba tirado boca abajo y sin camisa sobre el borde de la bañera, con los brazos hacia delante en un pequeño charco de sangre. Era un hombre musculoso de cuarenta y muchos años; se mantenía en forma. A menudo me cruzaba con él en mis paseos por el hotel. A veces bajaba corriendo descalzo de la decimocuarta planta a la primera y luego volvía a subir; otras, corría solo por el pasillo de nuestra planta. Corría descalzo (y nunca fuera, como Tania o Dylan) porque no quería gastar su último par de zapatos.

En el suelo, detrás de Patrick, yacía su mujer, Coralie, con el rostro vuelto hacia la puerta, hacia nosotros, los ojos bien abiertos por la sorpresa y un moretón oscuro alrededor del cuello. No me ha quedado claro si la muerte de ella había sido consensuada. Puede que hubiera sido idea suya, pero se habría visto incapaz de llevarla a cabo.

—No hay indicios de juego sucio, ¿verdad? —he preguntado para asegurarme de que ninguno de los dos detectaba en el escenario algo que a mí se me escapara.

—Yo no veo nada —ha contestado Dylan.

Los dos eran dentistas, de Lyon. Aunque fueran bastante reservados, yo había hablado con Coralie unas cuantas veces en el comedor. Su inglés no era estupendo, pero la entendía. Con Patrick no había tenido ocasión de charlar mucho, salvo por una conversación inusualmente franca que habíamos mantenido hacía poco, cuando él volvía de una cacería con Dylan. Me habló de un verano que había pasado en la granja de su tío en Rumanía. Por entonces tenía catorce años. Su tío se lo había llevado consigo de caza, pero no como diversión, ni tampoco para comerse las piezas después. Habían estado siguiendo rastros de sangre para rematar de un tiro a las víctimas de un oso rabioso, de modo que habían pasado siete horas en el bosque acabando con el sufrimiento de ciervos y oseznos mutilados. Me dijo que era un recuerdo que no dejaba de venirle a la memoria en los últimos dos meses.

Me pareció que quería contármelo porque sabía que yo lo anotaba todo. Muchos han empezado a hablar conmigo y a contarme sus cosas.

Patrick y Coralie tenían tres hijos adultos, la mayor de los cuales ya era madre también. Por desgracia, no me acuerdo de los nombres.

—¿También notasteis que no habían bajado a desayunar? —he dicho.

Dylan ha asentido con la cabeza.

—Por eso paso lista. No solo por seguridad.

—¿Los conocías? —me ha preguntado Nathan.

—Eran dentistas —le he contestado, porque era lo único que sabía en realidad.

—Supongo que sabes que tienen una tasa de suicidio altísima.

Dylan y yo nos lo hemos quedado mirando.

Se ha encogido de hombros.

—¿Qué? Es verdad. Los dentistas tienen una tasa de suicidio mucho más elevada que cualquier otra profesión, míralo en Google.

—¿Que lo mire en Google? —le ha replicado Dylan, enarcando las cejas.

—Sé que no puedes... Ya sabes a lo que me refiero. Pero es cierto.

—Que lo mire en Google... —ha repetido Dylan, riendo.

—Me enfrento al abismo con humor, ¿se puede saber qué hay de malo en eso?

—«Cuando miras al abismo...».

—Me parto, ja, ja —ha terminado la frase Nathan mientras mostraba las palmas de sus manos en ademán de rendición.

Me ha sorprendido que tuvieran ganas de reír.

Mientras hablaban, no he podido dejar de mirar a Coralie Bernardeaux. La tristeza y la desesperanza se han apoderado de mí. Me he vuelto a sentir como el primer día, o el segundo, o el tercero.

—¿Los llevamos al jardín? —he preguntado.

—Preferiría no hacerlo mientras estén todos abajo —ha contestado Dylan, mirándome a los ojos—. Me preocupa que desencadene un efecto dominó.

Tenía razón.

—Pues ven a buscarme luego y te ayudo a sacarlos.

Nathan y Dylan han salido del baño. Ninguno de los dos parecía alterado. A lo mejor por todo lo que han visto ya. A lo mejor mi desesperación se deba a que aún no he visto lo suficiente.

He entrado en el baño y me he acuclillado para cerrarle los ojos a Coralie. Estaba fría. Lo que fuera había ocurrido durante la noche. He intentado recordar si había oído algo, algún forcejeo, algún grito, pero, que yo sepa, he dormido toda la noche de un tirón.

Una vez, Coralie se ofreció a mirarme los dientes. Me recosté en la silla del comedor y, asomándose a mi boca, me escudriñó el interior a la escasa luz del restaurante, hurgándome con un palillo, mucho más cómoda con los dedos en mi cavidad bucal de lo que había estado intentando darme conversación. El pelo no paraba de caerle por la cara.

—Bebes demasiado café —me dijo.

Yo contuve una carcajada.

Hizo una pausa y sonrió fugazmente.

—Supongo que voy a dejar de tener ese problema: el café de aquí es horrible.

Tenía bien los dientes por entonces, antes de que todos empezáramos a racionarnos la pasta dentífrica.

—Jon, ¿te encuentras bien? —me ha preguntado Dylan, tocando ligeramente con los nudillos en la puerta.

—Esto es un asco —he dicho en voz alta, levantándome.

—Lo sé, tío.

—En serio, es una mierda.

—Lo sé.

—A lo mejor han salido ganando —ha terciado Nathan.

Meneando la cabeza, me he ido con ellos, y Dylan ha cerrado la puerta del baño.

En un edificio tan grande, los Bernardeaux podrían quedarse allí para siempre, no habría que volver a abrir ni ocupar su habitación, pero por costumbre y por humanidad, o quizá solo por higiene, seguíamos enterrando los cadáveres. Alguien tenía que decir siempre unas palabras, y nunca se proponía a otra persona que no fuera yo. Era el único de los que quedaban que aún recordaba las Escrituras.

Al parecer, cuando nos abandonamos a nuestra suerte controlamos muy poco lo que somos capaces de recordar. Se me olvidan los nombres (los de los compañeros de clase de mis hijas, los de sus profesores, los de los compañeros de trabajo de Nadia) y se me están olvidando también las caras. Hasta el recuerdo de mi propio padre parece borroso. Pero aún puedo recitar las Escrituras. Son como la memoria muscular.

Nathan ha vuelto al comedor; yo, en cambio, me he entretenido abriendo y cerrando cajones en la habitación, pero he visto que no tenían muchas pertenencias.

—¿Buscas algo? —me ha preguntado Dylan, que me esperaba en el pasillo.

—Sí... Pasta de dientes, analgésicos, lo que sea.

He mirado en el armario y he visto una maleta. En el compartimento delantero con cremallera estaban sus pasaportes. Los he abierto y he confirmado su identidad, procurando fingirme indiferente.

La única otra cosa interesante que he encontrado ha sido una cajetilla de puritos, algo que me ha sorprendido. Luego he salido por fin de la habitación y Dylan la ha cerrado con llave.

—Deberías comer algo —me ha dicho.

—No tengo hambre.

—Es comprensible —ha contestado, asintiendo con la cabeza—. Yo he tenido que impedir una pelea hace un momento. Nicholas, ya sabes, el holandés, ha empezado a provocar a Nathan, buscando bronca.

—¿Por qué?

—¿Porque está cabreado y quiere pelea? No sé. No me fío de los tíos que se han quedado en el hotel. Los ingleses, Adam y Rob, bueno, pero Peter, aunque ha estado tranquilo, no me gusta... Y tampoco ese holandés, Nicholas. Los he tenido muy vigilados, pero me agotan, ¿sabes?

—Adam es majo —le he dicho—. A Rob lo he saludado unas cuantas veces. Con Peter y Van Schaik no he hablado... Con ninguno de los dos.

—Bueno, te aseguro que no quieren hablar con estadounidenses —me ha dicho, sonriente—. Voy a trabajar en los depósitos y a fumar. ¿Te vienes?

Ya iba caminando a su lado antes de que terminara de plantearme la pregunta.

Día 54 (2)

Dylan y yo hemos pasado casi todo el día en la azotea. Por la mañana algunos de los otros hombres jóvenes nos han estado ayudando, pero, cuando ha empezado a atardecer y han caído en picado las temperaturas, nos han dejado solos. Entre ambos hemos conseguido retirar parcialmente la parte superior de uno de los depósitos. Había chatarra esparcida por todas partes y me sangraban las manos otra vez, al igual que a Dylan.

Me ha propuesto que fumáramos y he accedido. A lo mejor, así podría empezar con él esas entrevistas más largas.

Me ha dicho que la azotea se quedaba muy tranquila a última hora, y tenía razón. Hacía un frío que pelaba, pero con las vistas del bosque hemos podido imaginarnos que volvíamos a estar en un auténtico complejo turístico en el que el suave murmullo del viento no venía cargado con nombres de muertos, ni de relaciones rotas, de familiares y amigos desaparecidos. Por un momento me ha hecho sentir como si hubiera vuelto al congreso.

Dylan me ha hablado de los años que llevaba trabajando aquí, de las habitaciones reservadas para drogadictos y de algunos de los huéspedes más infames.

—Solíamos usar las habitaciones libres. El tío que lo llevaba seguía un pequeño plan, años antes de que a mí me ascendieran. Nos permitía sacarnos un dinero extra que repartíamos con los demás empleados. Trabajar aquí era bastante ingrato, pero entonces podíamos hacer lo que quisiéramos, siempre y cuando la clientela fuera decente. Daba igual que consumieran drogas, mientras fueran de las caras.

—¿No era arriesgado?

—Hubo una época en que tuvimos un aluvión de sobredosis y las ambulancias venían por aquí demasiado a menudo según la dirección. A mi jefe anterior lo despidieron, discretamente. Entonces, me volví más prudente. Con los años, creo yo. Maduré y empecé a pensar a largo plazo, en mi familia, más que en comerme un buen chuletón y tomarme una buena cerveza. Hay cosas más importantes en la vida. Las había.

Me ha pasado nuestro segundo canuto y yo le he dado una buena calada.

Estábamos sentados el uno al lado del otro, con las piernas colgando por el borde del edificio. No era tan peligroso como parecía, con la serpentina escalera de incendios de hierro forjado justo debajo. Habría sido increíble ver la puesta de sol desde allí arriba, pero obviamente ya no había puestas de sol.

Me ha parecido que la brisa era casi cálida, aunque puede que hayan sido imaginaciones mías. Iba bastante colocado.

—¿Llegaste a conocer a alguno de los asesinos? —le he preguntado—. Tomi me dijo que se alojó aquí uno famoso.

—Sí, Victor Roux... Bueno, podría decirse que se las tuvo que ver conmigo.

—¿Y eso?

—Lo conocí como a ti. También deambulaba por los pasillos, aunque sobre todo por la noche. Por entonces, no me pareció extraño. A muchos huéspedes, por lo visto, les gusta pasearse por el hotel cuando todo está tranquilo, si no quieren andar por el bosque. Victor y yo hasta nos fumamos una vez un porro juntos, como me lo estoy fumando ahora contigo, fuera de las cocinas. Era un hombre encantador y se las llevaba a todas de calle, pero supongo que eso ya lo sabes si me estás preguntando por él.

—No sé mucho. Es Tomi la que está escribiendo la historia del hotel. ¿Lo viste alguna vez acercarse a una mujer?

—No acostumbro a beber en el bar del sótano, pero sé que él solía bajar a ver algún espectáculo musical y, a veces, salía de allí en compañía de alguna mujer. En una ocasión me contó que de joven había conseguido participar en un reality de citas, no recuerdo cuál... Pero que el programa no llegó a emitirse.

—¿En serio? ¿Victor Roux concursó en un programa de citas?

—Ya sabes cuáles digo; esos en los que una fila de hombres compite por salir con una mujer y nadie habla como lo hace en la vida real. Según él, ganó. Pero luego no lo pusieron por la tele.

—¿Te explicó por qué?

—Él dijo que la mujer armó la gorda, que se quejó de que era rarito y se negó a salir con él. El premio eran unas vacaciones en Grecia o algo parecido, así que debía de ser verdad que no quería ir con él. Muy fuerte, si lo piensas. La intuición de esa mujer seguramente la libró de convertirse en una de sus primeras víctimas.

—¿Qué edad tenía él por entonces? ¿Había empezado ya a matar?

—Nadie sabe cuándo empezó a hacerlo.

Se me ha puesto la carne de gallina y le he pasado el canuto. He pensado que daría lo que fuera por ver la grabación de ese programa. Claro que probablemente nunca volveríamos a ver ningún otro entretenimiento en una pantalla.

La constatación ha sido dura y me ha entristecido más de lo que querría reconocer.

—¿Lo viste con Natalie du Morel? —le he preguntado.

Dylan ha enarcado las cejas y ha puesto cara de asco un segundo.

—Una vez. Ella me caía bien, llamaba la atención. Era muy menuda, una dama diminuta de pelo corto. Tenía todas las de perder con él, que era alto, aún más alto de lo que parecía en los periódicos. Y fuerte, como si no fuera del todo humano.

—¿Lo viste la noche en que...?

—Lo tumbé yo.

—¿Qué?

—Lo que oyes —ha dicho, asintiendo con la cabeza mientras le daba una fuerte calada al canuto—. Mi jefe llegó como tres minutos después y se apuntó el tanto. Este era otro director, no el tío al que echaron. Antes de que me ascendieran vi pasar por aquí a varios.

—¿Cómo que se apuntó el tanto? ¿Quieres decir que se atribuyó el mérito?

—Le preocupaba que, si la prensa local se enteraba de que un negro le había dado una paliza a ese blanco, al final me culparan a mí de todo. De los asesinatos..., de todo. A nadie se le iba a ocurrir tergiversar la heroicidad de un blanco, pero conmigo la cosa habría terminado mal. Por entonces, era distinto. No tan diferente de lo de ahora, como os pensáis, pero sí lo bastante para que yo prefiriera no hacerme famoso por haber estado a punto de matar a un hombre.

—Guau. ¿Y qué pasó?

Ha dado otra calada al porro y ha hecho un gesto con la mano como para indicar que volvía al principio de la historia. Luego se ha llevado la mano al estómago, como si se agarrara con fuerza una herida reabierta.

—Ella desapareció un tiempo, Natalie, la mujer a la que intentó..., pero pensamos que se habría refugiado en la ciudad, en casa de algún amigo. Entonces, al día siguiente, alguien oyó gritos en la sexta planta, donde se alojaba Victor. Me llamaron por radio y subí corriendo. No tenía miedo. Ignoraba qué estaba pasando. A veces había altercados, peleas, así que esas cosas, de buenas a primeras, no me asustaban. Pero, entonces, me topé con ellos.

Un par de pájaros han pasado rozándonos la cara, graznándose el uno al otro, y yo me he asustado y he pegado los talones a la fachada del edificio.

—¡Pájaros! —he exclamado—. ¡Madre mía!

—Mola —ha coincidido, y hemos observado cómo trazaban círculos el uno alrededor del otro hasta que han descendido a unos árboles de por allí.

—Perdona, ¿qué me estabas diciendo?

Me ha pasado el canuto.

—¿Sabes? Ahora, siempre que pienso en esa época me viene a la cabeza una canción. Cuando me llamaron, yo venía de un descanso y había estado escuchando a Billy Ocean en mi viejo reproductor de casete, un walkman.

—Ostras, un walkman.

—¿Los recuerdas?

—Sí, aunque yo pasé directamente al reproductor de cedés. Me crie escuchando los vinilos de mi padre. Tenía veintitantos años cuando oí por primera vez algo distinto.

Al mencionar a mi padre, me he callado en seco. Se me ha borrado la sonrisa de la cara y se me ha hecho un nudo en la garganta. No sé por qué, últimamente no he pensado mucho en mi padre ni en su mujer, Barbara. Puede que lograran escapar de la onda expansiva. He intentado calcular si mi padre estaría trabajando en Memphis ese día y si eso habría importado siquiera, pero no hay forma de saber nada con certeza.

Demasiado en lo que pensar.

—Así que justo antes estaba escuchando Love Really Hurts Without You, y aún me la estaba cantando cuando eché a correr. Estuve días sin poder quitármela de la cabeza. Ahora, cada vez que la oigo me dan ganas de vomitar. Me produce escalofríos. Total, que llegué a la sexta planta. Como los ascensores no funcionaban, tuve que subir por las escaleras, y antes de llegar ya oí los gritos y supe que era ella. Enseguida caí en la cuenta de que hacía una o dos noches que no la veía. Victor la había echado de su habitación y llevaba un cuchillo enorme, una especie de machete. Prácticamente le había cortado la mano; no tenía más que colgajos de piel y sangre por todas partes. Perdona que sea tan gráfico.

—No, continúa.

—La tenía en el suelo y le estaba atizando con ese cuchillo espantoso de casi medio metro de largo. De no haber estado tan furioso, le habría cortado la cabeza, pero no atinaba. Ella se tapaba la cara con la mano para protegerse y la tenía... destrozada.

—¿Qué hiciste?

—No vi lo que había hecho hasta que estuve encima de él, y recuerdo que pensé: «Serás imbécil: te va a matar». Pero me había abalanzado sobre él y yo creo que ni lo notó hasta que empecé a darle puñetazos. Me atacó con el machete, pero no tenía ángulo para acertar. Lo retuve en el suelo y empecé a sacudirlo en la cara. Jamás se me pasó por la cabeza que pudiera convertirme en un héroe. Ni siquiera pensé en la pobre mujer. Solo podía pensar en que tenía que acabar con aquel animal pues, de lo contrario, él acabaría conmigo.

He vuelto a pasarle el canuto. Sujetándolo con los dientes, Dylan se ha sacado de la cinturilla del pantalón la camisa beis que llevaba debajo del abrigo y me ha enseñado el vientre. De un lado a otro del torso, justo por encima del estómago, tenía una cicatriz profunda. Se ha subido la manga y, en la parte superior del bíceps, tenía otras dos.

—El caso es que ella sobrevivió al ataque —ha dicho—. Vivía en Marsella, así que puede que haya sobrevivido a esto también. No sabemos qué ha pasado en Francia, ¿verdad? He oído algo de París, pero... No sé.

—Es una historia increíble.

No he sabido qué más añadir. No se me ha ocurrido hacerle un comentario que estuviera a la altura de las circunstancias.

—Seguramente por eso me dejaron llevar a mi equipo como quisiera, hacer lo que me apeteciera mientras mantuviera el hotel, y a los huéspedes, a salvo. Podía ganar dinero por mi cuenta, elegir mi horario y a todos mis empleados. Cuando te la juegas por tu trabajo, la dirección te trata con respeto.

—¿Adónde se fue tu jefe, tu antiguo jefe?

—Murió de cáncer de páncreas. Sería en... —ha dicho, meneando la cabeza—. ¿Te lo puedes creer? No me acuerdo. Fui a su funeral, pero no recuerdo ahora el año. Aunque tendría. Siento que debería recordarlo. —El canuto se ha apagado. Ha intentado volver a encenderlo, pero no prendía. Lo ha tirado y ha empezado a liar otro—. ¿Has averiguado algo de la niña? —me ha preguntado.

—No. Solo su nombre.

—¿Aún sigues queriendo registrar el hotel entero?

—No sé. ¿Puedo quedarme las llaves de momento?

Se ha encogido de hombros.

—Supongo. Dudo mucho que encuentres algo.

Día 55

Se me ha ocurrido una idea, pero necesito un cómplice, o dos, y no tengo confianza suficiente con nadie para pedírselo. Esta mañana, en el desayuno, he pasado un buen rato explorando el comedor, escudriñando a la gente. Hay personas con las que ni siquiera he hablado aún.

Aparte de mí, la única persona que se encontraba sola era Tomi. Yo estaba esperando a Tania, pero no ha bajado. Mi primera opción, antes que cualquiera de las dos, habría sido Patrick, por su fortaleza física y porque el hecho de que formara parte de una pareja lo hacía más fiable que ningún otro que estuviera allí solo.

Me he levantado y me he acercado a Dylan.

—¿Tania está bien?

—He pasado a verla. Se ha subido comida a su habitación a primera hora, antes de que llegara nadie al comedor. No se te escapa una, ¿eh? —me ha dicho sonriente.

—Me alegra saberlo —le he contestado yo, verdaderamente aliviado.

He vuelto a mi mesa y me he terminado el café. Llevamos un tiempo tomándolo soluble y estaba amargo y casi frío. Bebo todo lo que me dejan de esa cosa, aunque no sea mucho.

Al fondo del comedor, Tomi se ha levantado y se ha ido. En ese instante, he decidido que se lo iba a pedir a ella primero. Dudo que esté implicada en el asesinato (es una mujer joven, y las mujeres jóvenes rara vez comenten delitos) y, con lo bien que se le dan el hurto y el psicoanálisis, podría resultarme una aliada muy útil.

Como no quería llamar mucho la atención, la he seguido a cierta distancia.

Dylan me ha visto marcharme, así que he esperado a alcanzar la escalera antes de llamarla.

—¡Oye, Tomi!

Se han detenido un instante los pasos que oía por encima de mi cabeza y, al acercarme a la barandilla, la he visto asomarse.

—Ah, eres tú —me ha dicho divertida.

—¿Podemos hablar?

—Claro.

La he oído subir trotando un par de tramos más y luego alejarse de la escalera. La he seguido y, cuando he llegado a la sexta planta, me la he encontrado esperándome en el pasillo. Aún sostenía en la mano la taza de café.

—Me repugna esa cosa —le he dicho.

—Está asqueroso, pero a veces le añado un chupito —me ha dicho, incómoda—. ¿Vamos... a mi habitación o...?

—Sí, mejor en privado.

—Ah, «en privado».

—No es nada de eso, te lo aseguro.

Ha reído.

—Como si yo te fuera a invitar a mi habitación si lo creyera...

Tomi se aloja en la 505. No creo que esa fuera su habitación original. Como los demás, se ha mudado de una de las habitaciones con la caprichosa tarjeta-llave a otra de las que puedan cerrarse manualmente. Me he preguntado si elegiría ese número por ser capicúa y también por qué no se habrá mudado a la cuarta planta, más baja y con más compañía femenina.

He pensado que tenía que estar al tanto de lo ocurrido con Victor Roux. Debía de saber que habían estado a punto de matar a hachazos a una mujer a escasos metros de donde estábamos, y aun así había decidido alojarse en esa planta, ella sola.

Supongo que no es tan extraño, si no es supersticiosa. Pero yo no habría querido instalarme en la sexta.

—Bueno, ¿qué es tan urgente como para que me sigas desde el comedor? —me ha preguntado.

He cerrado la puerta y ella se ha sentado en el borde de la cama.

—Quería hablarte del cadáver del depósito de agua.

—¿El de esa niña?

—Sí. —He retirado la banqueta de su tocador y me he sentado en ella y, mientras lo hacía, he explorado la habitación en busca de objetos—. No sé cuánto sabes ni qué rumores corren por ahí.

—Que la asesinaron, pero que fue antes.

—Eso parece.

Entonces se ha levantado, se ha inclinado sobre mí y ha alargado la mano sorteándome para abrir los cajones del tocador.

—Si lo que quieres es ver si guardo algo aquí que te apetezca, dímelo sin más. No hace falta que te inventes un pretexto solo porque te dije que tengo un alijo de whisky.

Para fastidio mío, no he podido resistir la tentación de bajar la mirada y he visto que guardaba varios tubos de pasta de dientes, montones de botecitos de gel de baño y algunos cepillos plegables. Estaba demasiado cerca y me he tenido que levantar.

—Mira, no me malinterpretes. Me llama la atención todo lo que has robado, pero no he venido por eso. La verdad es que necesito tu ayuda.

—¿Para qué?

He observado que su habitación olía bien. Ya no olía bien ninguna habitación.

—Para investigar —le he contestado, acomodándome para sentarme en el suelo.

Tras poner un poco los ojos en blanco, se ha vuelto a sentar en la cama.

—¿Quieres encontrar al asesino?

—Quiero saber qué pasó. Lo raro es que nadie más quiera.

—¿Y por qué me lo pides a mí?

—¿Por qué no?

—Ni siquiera te caigo bien.

—Eso no es... —He suspirado y he mirado su café—. ¿Puedo tomar un poco?

Riendo, me ha pasado la taza, ha cogido una botella de whisky y ha añadido un chorrito.

—Si has venido a la habitación de una chica que no te cae bien a por un carajillo, eres un pelín gilipollas.

Me lo he bebido de golpe y he notado cómo el whisky hacía más soportable el café.

—Gracias. Y no me caes mal, simplemente no te conozco. Lo cierto es que nadie conoce bien a nadie.

—Me agobia no conocer a nadie. Pensé que sería al contrario, que me resultaría liberador, pero más bien es como estar encerrada en una habitación a solas contigo misma —me ha dicho, señalando alrededor—. A ver, a mí me gusta estar sola, pero también hace que todo parezca mucho más preocupante.

—Tienes razón.

—Antes no valoraba lo bastante a mis amigos.

—Pensaba que no habías querido llamar a nadie cuando todo esto empezó...

Me ha arrebatado la taza de café.

—¿Qué quieres que haga?

—No sé si es cosa mía, pero los empleados del hotel: Dylan, Sophia..., cuando menciono el cadáver, actúan de forma extraña.

—Estábamos bebiendo todos caldo de cadáver y el mundo se ha vuelto radiactivo. Es normal que la gente se muestre rara. Bastante mierda llevamos ya encima —me ha dicho, mirando a otro lado mientras se encendía un cigarrillo.

—No, yo me refiero a que se muestran esquivos. No es que no quieran hablar de ello, sino que ni siquiera me dejan investigar. Y allí arriba hay cuatro depósitos. No teníamos por qué estar bebiendo... caldo de cadáver.

—A lo mejor les parece inútil.

—No, hay algo más, estoy seguro. ¿Crees que podrías ayudarme a averiguarlo? —Me he llevado la mano al bolsillo y le he enseñado las llaves en señal de confianza—. Tengo las llaves maestras. Puedo registrar todas las habitaciones que quiera. Aunque esto deba parecer cosa de una sola persona, necesito que alguien tenga vigilado a todo el mundo, sobre todo a los empleados.

Una diminuta sonrisa.

—¿Y qué es lo que he de vigilar?

—Aún no lo sé, pero ¿lo harías?

Ha agarrado la botella y se ha servido otro chupito. Le ha dado igual que fuera de día. Cuando se ha agachado para dejar la botella en el suelo, le ha resbalado el pelo por encima del hombro derecho y, justo entonces, los finísimos rayos de sol del amanecer renqueante que se colaban por la ventana lo han hecho brillar.

—Oye, que esto es el fin del mundo —ha dicho, riendo—. Cada uno tiene sus aficiones, ¿no?

Camino de mi habitación, he parado delante de la consulta de Tania y me he quedado allí un buen rato. No tengo ni idea de qué hace ahí dentro cuando no está con algún paciente. Las costumbres de cada cual son privadísimas, sobre todo las suyas.

De pronto, ha abierto la puerta.

—¿Puedo ayudarte en algo? —me ha dicho. Como no me lo esperaba, no me ha dado tiempo a inventarme una excusa—. ¿Es por lo de la muela? —me ha preguntado, enarcando una ceja.

No sé si con ello pretendía buscar una salida que me ahorrara la situación de apuro, pero la he aprovechado. Me ha sentado en su sillón y, de espaldas a mí, se ha puesto unos guantes de látex. La he notado distraída y cansada.

—Apoya la cabeza en el respaldo del sillón. Voy a tener que usar una linterna.

He seguido sus instrucciones. Ha descorrido las cortinas de la ventana todo lo posible, pero no se ha notado mucho la diferencia. Cuando se ha inclinado para alumbrarme la boca, he observado que tenía los labios cortados, como si se los hubiera estado mordiendo.

He notado un pinchazo en la nuca, pero no lo he mencionado.

Tras emitir un suspiro, se ha apartado de mí.

—Tiene pinta de estar muriéndose.

Me he incorporado con dificultad.

—¿Por qué?

—No soy odontóloga, pero está descolorida. Desconozco qué lo ha causado; podría ser por montones de cosas. Probablemente haya que extraerla, me temo. —Ha debido de verme la cara que he puesto, porque enseguida ha añadido—: No tiene que ser ahora. Puede que se caiga sola, o a lo mejor te la arrancas sin querer cuando aprietes los dientes; tienes pinta de ser de esos tipos a los que les rechinan los dientes. Aunque, si empieza a parecer que podría infectarse o te empieza a doler la zona de alrededor, habrá que sacarla.

—¿Tienes anestesia aquí?

—No, pero ya se nos ocurrirá algo. —Se ha quitado los guantes y los ha encestado en la papelera del otro extremo de la habitación—. No digo que vaya a ser agradable.

—¿Te encuentras bien? No te he visto durante el desayuno.

Se ha sentado desanimada al borde de la cama, que ahora tiene pegada a la pared del fondo.

—A veces pienso demasiado en el día en que ocurrió todo. No creo que sea bueno hacerlo.

—¿Quieres que charlemos?

—No me apetece que me entrevistes para tu proyecto.

He sonreído.

—No te lo he preguntado por eso.

—No, pero sí has venido a verme por eso.

Se ha hecho un breve silencio y he pensado en marcharme, pero, en realidad, no me ha importado que haya podido ver el plumero . Me resulta extrañamente reconfortante el hecho de que alguien me vea siquiera.

—Quizá no eres la única persona que necesita hablar de vez en cuando —le he dicho mostrando las palmas de las manos en ademán de franqueza—. No voy a escribir nada que no quieras que comparta.

—Seguramente se trata de una buena terapia para ti —ha musitado cruzando las piernas y apoyando la cabeza en una mano—. ¿Por qué te quedaste en el hotel? Todos los demás del congreso se fueron. ¿Por qué tú no?

—¿Te soy sincero? No me acuerdo. Ese día está lleno de lagunas en mi caso. Y en cuanto a ti, ¿por qué te quedaste?

—Yo me iba a marchar —me ha dicho al final—. Fui hasta el coche, pero luego cambié de opinión. Me acordé de lo que pasó con aquel avión que se estrelló, creo que fue un avión, y de esa niña que, después de haber sobrevivido, bajó corriendo a la pista de aterrizaje y fue atropellada por una ambulancia. Murió. No sé por qué me vino eso a la cabeza, pero caí en la cuenta de que, a lo mejor, marcharse no era lo más sensato. Igual moríamos todos camino del aeropuerto o en la misma estación, porque podía ser ahí perfectamente donde cayera la siguiente bomba, mientras que me pareció poco probable que nadie quisiera atacar el hotel, así que... —ha terminado, encogiéndose de hombros.

—Tiene su lógica —le he dicho yo.

—¿Sí?

—Más que el que te hubieras marchado solo porque se fuera tu novio. —He decidido ir a por todas y preguntar—: ¿Cuánto tiempo llevabais juntos?

Para mi sorpresa, no se ha cerrado en banda.

—Habríamos cumplido los tres años hace... unos dos meses. Por eso estábamos aquí. A solo una semana de nuestro aniversario, con una bonita ciudad cerca, un lago, ya sabes.

—¿Tres años?

Ha asentido con la cabeza.

—Y no era mi novio. Era mi prometido.

Me ha afectado su respuesta.

—¿Y se fue?

De nuevo, ha hecho que sí con la cabeza.

No he sabido qué decir. Me he sentido fatal por haber sacado el tema. No había razón para intentar pillarla así. Es evidente que Tania no guarda ninguna relación con el asesinato de Harriet Luffman.

—Estaba convencida de que volvería cuando se diera cuenta de que no iba a llegar a ninguna parte, de que terminaría volviendo de todos modos. Como puedes ver, ni se le pasó por la cabeza —ha dicho, señalando muy seria la habitación.

Me ha dado mucha rabia y he tenido ganas de volver al vestíbulo del hotel a darle un puñetazo en la cara a ese tío.

—Lo siento.

—No, lo siento yo —ha replicado, mirándose las uñas—. Siento haber malgastado los últimos tres años. Podría haberlos pasado durmiendo sola, saliendo siempre que hubiera querido, comiendo más, teniendo mi propia casa, acostándome con quien hubiera deseado.

—A lo mejor, algo le impidió volver —he dicho, no sé muy bien por qué.

—Espero que esté muerto —ha soltado, mirándome fijamente a los ojos como si yo no hubiera entendido nada.

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Yaş sınırı:
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Hacim:
370 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788491874577
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Telif hakkı:
Bookwire
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