Kitabı oku: «El bosque»
Título original: The Woods
© Harlan Coben, 2007
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF: OEBO308
ISBN: 978-84-9006-781-9
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
PRÓLOGO
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EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
Notas
Este libro está dedicado a
Alek Coben
Thomas Bradbeer
Annie van der Heide
Las tres alegrías a las que tengo la suerte de llamar ahijados.
PRÓLOGO
Veo a mi padre con aquella pala.
Las lágrimas le resbalan por las mejillas. Un sollozo horrible y gutural surge del fondo de sus pulmones y se escapa entre sus labios. Levanta la pala y la hunde en la tierra. La hoja desgarra la tierra como si se tratara de carne húmeda.
Tengo dieciocho años, y este es mi recuerdo más vivo de mi padre: él, en el bosque, con aquella pala. No sabe que estoy mirando. Me escondo tras un árbol mientras él cava. Lo hace con rabia, como si la tierra le hubiera enfurecido y buscara venganza.
Nunca había visto llorar a mi padre, ni cuando murió su padre, ni cuando mi madre se marchó y nos abandonó, ni cuando se enteró de lo de mi hermana, Camille. Pero ahora está llorando. Llora sin ninguna vergüenza. Las lágrimas le resbalan en cascada por la cara. Los sollozos resuenan entre los árboles.
Es la primera vez que le espío de esta manera. Casi todos los sábados finge que se va de pesca, pero yo nunca me lo he creído. Creo que siempre supe que este lugar, este horrible lugar, era su destino secreto.
Porque a veces también es el mío.
Me quedo detrás de los árboles observándolo. Lo haré ocho veces más. Nunca le interrumpo. Nunca me dejo ver. Creo que no sabe que estoy aquí. De hecho, estoy seguro. Y entonces un día, cuando se va a coger el coche, mi padre me mira con los ojos secos y dice:
—Hoy no, Paul. Hoy voy yo solo.
Le miro alejarse. Es la última vez que va al bosque.
Dos décadas después, en su lecho de muerte, mi padre coge mi mano. Está muy medicado. Tiene las manos ásperas y callosas. Ha trabajado con ellas toda la vida, incluso en los años más prósperos en un país que ya no existe. Tiene uno de esos exteriores endurecidos en los que toda la piel parece quemada y dura, casi como su propio caparazón de tortuga. Ha sufrido un dolor físico inmenso, pero no tiene lágrimas.
Sólo cierra los ojos y aguanta.
Mi padre siempre me ha hecho sentir seguro, incluso ahora, que ya soy un adulto con una hija. Hace tres meses fuimos a un bar, cuando él todavía tenía fuerzas para ello. Se montó una pelea. Mi padre se colocó frente a mí, dispuesto a detener a cualquiera que se me acercara. Todavía. Así es como es.
Le miro en la cama. Pienso en aquellos días en el bosque. Pienso en cómo cavaba, en cómo lo dejó por fin, en que pensé que se había rendido después de que mi madre se fuera.
—¿Paul?
Mi padre se agita de repente.
Quiero suplicarle que no se muera, pero no estaría bien. Ya he pasado por esto. Las cosas no mejoran, para nadie.
—Tranquilo, papá —digo—. Todo se arreglará.
No se tranquiliza. Intenta incorporarse. Quiero ayudarle, pero me aparta. Me mira fijamente a los ojos y veo claridad, o tal vez sea una de esas cosas que deseamos creer al final. Un último falso consuelo.
Se le escapa una lágrima. La veo resbalar lentamente por su mejilla.
—Paul —dice mi padre, todavía con un fuerte acento ruso—. Todavía necesitamos encontrarla.
—La encontraremos, papá.
Me mira fijamente otra vez. Asiento con la cabeza para calmarlo. Pero no creo que quiera que le tranquilice. Creo que, por primera vez, busca culpabilidad.
—¿Lo sabías? —pregunta, con una voz apenas audible.
Siento que todo mi cuerpo se estremece, pero no parpadeo, no aparto la mirada. Me pregunto qué ve, qué cree. Pero nunca lo sabré.
Porque entonces, justo entonces, mi padre cierra los ojos y muere.
1
Tres meses después
Estaba sentado en el gimnasio de una escuela elemental, observando a Cara, mi hija de seis años, que se desliza nerviosamente por una barra de equilibrio que está a unos diez centímetros del suelo, pero en menos de una hora estaré mirando la cara de un hombre que ha sido perversamente asesinado.
Eso no debería sorprender a nadie.
Con los años —y de las formas más horribles que se pueda imaginar— he aprendido que la pared que separa la vida de la muerte, la belleza extraordinaria de la fealdad apabullante, es tenue. Sólo se necesita un segundo para atravesarla. Durante un momento la vida parece idílica. Estás en un lugar tan casto como el gimnasio de una escuela elemental. Tu hijita está haciendo piruetas. Su voz es atolondrada. Tiene los ojos cerrados. Ves la cara de su madre en ella, su madre solía cerrar los ojos y sonreír así, y recuerdas lo endeble que es esa pared.
—¿Cope?
Era mi cuñada, Greta. Me volví a mirarla. Como siempre, Greta me miró con cariño. Le sonreí.
—¿En qué piensas? —susurró.
Ya lo sabía. Mentí de todos modos.
—En las cámaras de vídeo —dije.
—¿Qué?
Todas las sillas plegables estaban ocupadas por otros padres. Yo estaba de pie atrás, con los brazos cruzados, apoyado en la pared de cemento. Había reglamentos pegados en la puerta y esa clase de aforismos supuestamente estimulantes, pero tan irritantes, como «No me digas que el cielo es el límite cuando hay huellas en la luna» por todas partes. Las mesas del almuerzo estaban plegadas. Me apoyé en una, sintiendo el frío del acero y el metal. Nosotros envejecemos, pero los gimnasios de escuela elemental no cambian. Sólo parecen empequeñecer.
Hice un gesto hacia los padres.
—Hay más cámaras de vídeo que niños.
Greta asintió.
—Los padres lo filman todo. Absolutamente todo. ¿Qué harán con todo eso? ¿Es posible que alguien vuelva a mirarlo todo de principio a fin?
—¿Tú no?
—Preferiría parir.
Sonrió.
—No —dijo—, seguro que no.
—Vale, no, puede que no, pero ¿no crecimos todos con la generación MTV? Tomas cortas. Muchos ángulos. Pero filmar esto tal cual, someter a un inocente amigo o a un familiar a este…
Se abrió la puerta. En cuanto los dos hombres entraron en el gimnasio, supe que eran policías. Aunque no hubiera tenido mucha experiencia —soy fiscal del condado de Essex, que incluye la ciudad más violenta de Newark—, me habría dado cuenta. Al menos en esto la televisión acierta. La forma como se visten los policías, por ejemplo, no es la forma como se visten los padres de una urbanización de lujo como Ridgewood. No nos ponemos traje cuando vamos a ver a nuestros hijos haciendo gimnasia. Nos ponemos pantalones de pana o vaqueros con un jersey de cuello de pico o una camiseta. Esos dos hombres llevaban trajes de mala confección de un tono marrón que me recordó las astillas de madera después de una tormenta.
No sonreían. Sus ojos repasaron la habitación. Conozco a casi todos los policías de la zona, pero a esos dos no los conocía. Eso me preocupó. Algo me olía mal. Sabía que yo no había hecho nada, por supuesto, pero seguía sintiendo un hormigueo del tipo «soy inocente pero me siento culpable en el estómago».
Mi cuñada Greta y su marido Bob tienen tres hijos. La pequeña, Madison, tenía seis años e iba a la misma clase que Cara. Greta y Bob han sido una inmensa ayuda para mí. Tras la muerte de Jane, mi esposa y hermana de Greta, se mudaron a Ridgewood. Greta asegura que ya tenían pensado hacerlo. Lo dudo. Pero estoy tan agradecido que no me lo cuestiono. No puedo imaginar cómo sería mi vida sin ellos.
Normalmente, los otros padres se quedan atrás conmigo, pero como este acontecimiento era en horario diurno, había muy pocos. Las madres —excepto la que me estaba mirando furiosamente a través de su videocámara porque había oído mi diatriba antivideocámara— me adoran. No es por mí, evidentemente, sino por mi historial. Mi esposa murió hace cinco años, y estoy criando solo a mi hija. Hay otros progenitores solos en la ciudad, básicamente madres divorciadas, pero yo soy la estrella. Si me olvido de escribir una nota o me retraso para recoger a mi hija o me olvido su almuerzo en la cocina, las otras madres o el personal de la escuela intervienen y me echan una mano. Mi indefensión masculina les parece encantadora. Si alguna madre sola hace una de estas cosas, se la acusa de negligente y recibe todo el peso del sarcasmo de las demás madres.
Los niños seguían saltando o tropezando, dependiendo del punto de vista. Miré a Cara. Estaba muy concentrada y lo hacía bien, pero me dio la sensación de que había heredado la falta de coordinación de su padre. Había algunas chicas del equipo de gimnasia del instituto ayudando. Las chicas ya eran mayores, probablemente tenían diecisiete o dieciocho años. La que recogió a Cara durante su intento de salto mortal me recordaba a mi hermana. Mi hermana, Camille, murió cuando tenía más o menos la edad de esta chica, y los medios de comunicación nunca me permiten olvidarlo. Pero tal vez eso no sea tan malo.
Ahora mi hermana se acercaría a los cuarenta, la misma edad que cualquiera de estas madres. Es raro pensar en ella así. Yo siempre recordaré a Camille como una adolescente. Es difícil imaginar qué estaría haciendo ahora, dónde estaría, sentada en una de esas sillas, con esa sonrisa tonta-feliz-preocupada de «ante todo soy madre», filmando sin parar a su retoño. Me pregunto qué aspecto tendría ahora, pero lo que veo siempre es a la adolescente que murió.
Puede parecer que estoy obsesionado con la muerte, pero hay una diferencia enorme entre el asesinato de mi hermana y la muerte prematura de mi esposa. El primero, el de mi hermana, me empujó hacia el trabajo que hago ahora y a mi proyecto de carrera. Puedo luchar contra esa injusticia en los tribunales. Y lo hago. Intento que el mundo sea más seguro, intento meter entre rejas a las personas que podrían hacer daño a otras, intento que otras familias tengan lo que la mía nunca llegó a tener, una conclusión.
Frente a la segunda muerte, la de mi esposa, me sentí indefenso y estafado y, por mucho que me esfuerce, nunca llegaré a asumirla.
La directora de la escuela se colocó la sonrisa de falsa preocupación en su boca excesivamente pintada y se dirigió hacia los dos policías. Se puso a hablar con ellos, pero ninguno de los dos se molestó ni siquiera en mirarla. Observé sus ojos. Cuando el policía alto, sin duda el jefe, vio mi cara, se detuvo. Ninguno de los dos se movió durante un segundo. Ladeó muy ligeramente la cabeza, convocándome fuera de aquel paraíso seguro de risas y volteretas. Mi asentimiento fue igual de insignificante.
—¿A dónde vas? —preguntó Greta.
No quiero parecer desagradecido, pero Greta es la hermana fea. Ella y mi amada y difunta esposa se parecían. Saltaba a la vista que eran familia. Pero todo lo que funcionaba físicamente en Jane no lograba el mismo resultado en Greta. Mi esposa tenía una nariz prominente que la hacía parecer sexy. Greta tiene una nariz prominente que sólo parece eso, grande. Los ojos de mi esposa, bastante separados, le daban un atractivo exótico. En Greta, tanta separación la hace parecerse a un reptil.
—No estoy seguro —dije.
—¿Trabajo?
—Podría ser.
Echó un vistazo a los probables policías y después me miró.
—Iba a llevar a Madison a almorzar a Friendly’s. ¿Quieres que me lleve a Cara?
—Sí, le encantará.
—También puedo recogerla de la escuela.
—Sería de gran ayuda —contesté.
Greta me besó suavemente en la mejilla, algo que hace muy pocas veces. Me marché. Las carcajadas infantiles salieron conmigo. Abrí la puerta y salí al pasillo. Los dos policías me siguieron. Los pasillos de las escuelas tampoco cambian nunca. Tienen una especie de eco de casa encantada, un extraño semisilencio y un vago pero perceptible olor que al mismo tiempo calma y enerva.
—¿Es usted Paul Copeland? —preguntó el alto.
—Sí.
Miró a su compañero, más bajo, que era robusto y no tenía cuello. Tenía una cabeza en forma de ladrillo. Su piel también era curtida, lo que redondeaba el conjunto. Una clase que podía ser de cuarto dobló una esquina. Estaban todos rojos de hacer ejercicio. Probablemente venían del patio. Pasaron junto a nosotros, seguidos por la agobiada maestra que nos dirigió una sonrisa forzada.
—Quizá sea mejor que hablemos fuera —dijo el alto.
Me encogí de hombros. No tenía ni idea de sobre qué quería hablar. Tenía de mi parte la inocencia, pero la experiencia me decía que con la policía nada es lo que parece. No querían hablar del gran caso en el que trabajaba, que ocupaba los titulares. De haber sido eso, me habrían llamado a la oficina. Me habrían avisado al móvil o la BlackBerry.
No, estaban allí por otra cosa, por algo personal.
Insisto en que era consciente de no haber hecho nada malo. Pero he visto a toda clase de sospechosos y toda clase de reacciones. Les sorprendería. Por ejemplo, cuando la policía tiene bajo custodia a alguien que considera un sospechoso razonable, a menudo lo dejan horas encerrado en la sala de interrogatorios. Sería de esperar que los culpables se subieran por las paredes, pero en general sucede precisamente lo contrario. Son los inocentes los que se ponen más nerviosos y se angustian. No tienen ni idea de por qué están allí o qué cree erróneamente la policía que han hecho. Los culpables a menudo se duermen.
Salimos fuera. El sol caía de lleno. El alto entornó los ojos y levantó una mano a modo de pantalla. Ladrillo no pensaba dar esa satisfacción a nadie.
—Soy el detective Tucker York —dijo el alto. Sacó la placa y después señaló a Ladrillo—. Él es el detective Don Dillon.
Dillon también sacó su identificación. Me las mostraron. No sé por qué lo hacen. ¿Cuánto puede costar conseguir identificaciones falsas?
—¿En qué puedo ayudarles? —pregunté.
—¿Le importaría decirnos dónde estuvo anoche? —preguntó York.
Ante una pregunta como ésta deberían haber sonado sirenas. Debería haberles recordado inmediatamente quien era yo y que no respondería a ninguna pregunta sin un abogado presente. Pero yo soy abogado. Un abogado muy bueno. Y evidentemente eso hace que hagas más el tonto cuando te representas a ti mismo. También era humano. Cuando la policía te acosa, lo sé por experiencia, tu reacción es desear complacerlos. No lo puedes evitar.
—Estaba en casa.
—¿Puede confirmarlo alguien?
—Mi hija.
York y Dillon miraron hacia la escuela.
—¿La niña que daba volteretas ahí dentro?
—Sí.
—¿Alguien más?
—No lo creo. ¿De qué se trata?
York era el que llevaba la voz cantante. Ignoró mi pregunta.
—¿Conoce a un hombre llamado Manolo Santiago?
—No.
—¿Está seguro?
—Bastante seguro.
—¿Por qué sólo bastante seguro?
—¿Sabe quién soy?
—Sí —dijo York. Tosió tapándose la boca con el puño—. ¿Quiere que nos arrodillemos o le besemos el anillo?
—No quería decir eso.
—Bien, entonces estamos en la misma onda. —No me gustó su actitud, pero lo dejé pasar—. ¿Por qué está sólo bastante seguro de no conocer a Manolo Santiago?
—El nombre no me suena. Creo que no le conozco. Pero podría ser alguien a quien he procesado o un testigo en uno de mis casos, o yo qué sé, puedo haberlo conocido en alguna asociación benéfica hace diez años.
York asintió, animándome a seguir hablando. No lo hice.
—¿Le importa acompañarnos?
—¿A dónde?
—No tardaremos mucho.
—No tardaremos mucho —repetí—. No parece un sitio.
Los dos policías intercambiaron una mirada. Intenté que diera la impresión de que no pensaba ceder.
—Anoche fue asesinado un hombre llamado Manolo Santiago.
—¿Dónde?
—Su cadáver se encontró en Manhattan. En la zona de Washington Heights.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Creemos que puede ayudarnos.
—¿Ayudar cómo? Ya se lo he dicho, no le conozco.
—Ha dicho... —York llegó a consultar su cuaderno, pero era sólo teatro, porque no había escrito nada mientras yo hablaba— que estaba «bastante seguro» de no conocerle.
—Pues estoy seguro. ¿Vale? Estoy seguro.
Cerró de golpe el cuaderno con un gesto teatral.
—El señor Santiago sí le conocía.
—¿Cómo lo sabe?
—Preferiríamos que lo viera.
—Y yo prefiero que me lo digan.
—El señor Santiago —York vaciló como si eligiera sus siguientes palabras— llevaba algunos objetos encima.
—¿Objetos?
—Sí.
—¿Puede ser más concreto?
—Objetos —dijo—, que lo señalan a usted.
—¿Me señalan como qué?
—¿Es fiscal del distrito?
Por fin Dillon, el Ladrillo, había hablado.
—Soy fiscal del condado —dije.
—Lo que sea. —Adelantó el cuello y señaló mi pecho—. Empieza a tocarme las pelotas.
—¿Disculpe?
Dillon se acercó a mi cara.
—¿Le parece que estamos aquí para una lección de semántica o qué?
Creí que se trataba de una pregunta retórica, pero él esperó. Finalmente dije:
—No.
—Pues escuche. Tenemos un cadáver. El tipo está relacionado con usted de una forma consistente. ¿Quiere venir y ayudarnos a aclarar esto o quiere seguir con los juegos de palabras que le hacen parecer tan sospechoso?
—¿Con quién cree que está hablando exactamente, detective?
—Con alguien que se presenta a las elecciones y no desearía que nosotros fuéramos con esto directamente a la prensa.
—¿Me está amenazando?
York intervino.
—Nadie está amenazando a nadie.
Pero Dillon había dado en el clavo. La verdad era que mi designación en el cargo sólo era temporal. Mi amigo, el actual gobernador de Nueva Jersey, me había nombrado fiscal en funciones del condado. También se hablaba en serio de que me presentara al Congreso, tal vez incluso a un escaño vacante en el Senado. Mentiría si dijera que no tenía ambiciones políticas. Un escándalo, aunque sólo fuera la percepción de un escándalo, no me ayudaría en absoluto.
—No sé en qué puedo ayudar —dije.
—Tal vez no pueda o tal vez sí. —Dillon hizo rotar el ladrillo—. Pero desea ayudar si puede, ¿no?
—Por supuesto —dije—. Vaya, no deseo tocarle las pelotas más de lo estrictamente necesario.
Casi le hizo sonreír.
—Pues suba al coche.
—Esta tarde tengo una reunión importante.
—Ya habrá vuelto para entonces.
Esperaba encontrarme un Chevy Caprice desvencijado, pero el coche era un Ford nuevo. Me senté detrás. Mis dos nuevos amigos se sentaron delante. No hablamos en todo el trayecto. Había tráfico en el puente George Washington, pero encendimos la sirena y nos colamos entre los coches. Al cruzar al lado de Manhattan, York habló.
—Creemos que Manolo Santiago podría ser un alias.
—Ya —dije, porque no se me ocurrió nada mejor que decir.
—La verdad es que no tenemos una identificación positiva de la víctima. Le encontramos anoche. En su permiso de conducir dice Manolo Santiago. Lo hemos investigado. No parece ser su nombre auténtico. Hemos buscado sus huellas dactilares. Nada. Así que no sabemos quién es.
—¿Pero creen que yo sí?
No se molestaron en responder.
La voz de York era tan informal como un día de primavera.
—¿Es usted viudo, señor Copeland?
—Sí —dije.
—Debe ser difícil criar a una hija solo.
No dije nada.
—Sabemos que su esposa murió de cáncer y que usted ha creado una fundación para promover la investigación de esa enfermedad.
—Ajá.
—Admirable.
Como si pudieran saberlo.
—¿Debe sentirse raro? —dijo York.
—¿Por qué?
—Por lo de estar al otro lado. Normalmente es usted el que hace las preguntas, no el que las responde. Tiene que parecerle raro.
Me sonrió por el retrovisor.
—¿Eh, York? —dije.
—¿Qué?
—¿Tiene un cartel o un programa? —pregunté.
—¿Un qué?
—Un cartel —dije—. Para que vea sus anteriores papeles, sabe, antes de que le tocara el codiciado papel de «poli bueno».
York soltó una risita.
—Sólo digo que es raro. ¿Le ha interrogado alguna vez la policía?
Era una pregunta con trampa. Debían saberlo. Cuando tenía dieciocho años, trabajé como monitor en un campamento de verano. Cuatro campistas —Gil Pérez y su novia, Margot Green, Doug Billingham y su novia, Camille Copeland (es decir, mi hermana)— se adentraron en el bosque una noche.
Nunca volvieron a verles.
Sólo se hallaron dos de los cuatro cadáveres. Margot Green, de diecisiete años, fue hallada degollada a cien metros del campamento. Doug Billingham, también de diecisiete, apareció a un kilómetro de distancia. Tenía varias puñaladas, pero la causa de la muerte era el degollamiento. Los cadáveres de los otros dos —Gil Pérez y mi hermana, Camille— nunca aparecieron.
El caso salió en los titulares. Wayne Steubens, un monitor de buena familia del campamento, fue arrestado dos años más tarde —tras su tercer verano de terror—, pero no hasta que hubo asesinado a cuatro adolescentes más. Le bautizaron como «Monitor Degollador» y otras tonterías por el estilo. Las siguientes dos víctimas de Wayne fueron halladas cerca de un campamento de exploradores en Muncie, Indiana. Otra de las víctimas estaba en uno de esos campamentos omnipresentes cerca de Vienna, Virginia. Su última víctima había estado en un campo de deportes de Poconos. Casi todas las víctimas fueron degolladas. A todas las habían enterrado en el bosque, a algunas antes de morir. Sí, enterradas vivas. Se tardó mucho en localizar los cadáveres. Al chico de Poconos, por ejemplo, tardaron seis meses en encontrarlo. Los expertos creen que en las profundidades del bosque pueden haber todavía más enterrados.
Como mi hermana.
Wayne no ha confesado nunca, y a pesar de estar en una cárcel de máxima seguridad desde hace dieciocho años, insiste en que no tuvo nada que ver con los cuatro asesinatos que fueron el principio de todo.
Yo no le creo. El que todavía quedaran dos cadáveres por descubrir daba pie a especulaciones y a un halo de misterio. Daba más protagonismo a Wayne. Creo que le gusta. Pero esa incertidumbre, ese atisbo de esperanza, duele una barbaridad.
Quería a mi hermana. Todos la queríamos. La gente suele pensar que la muerte es lo más cruel. Pero no lo es. Al cabo de un tiempo, la esperanza es un sentimiento mucho más doloroso. Cuando se lleva tanto tiempo conviviendo con ella, con el cuello todo el tiempo en la tabla de cortar, con el hacha levantada sobre ti desde hace días, después meses, y luego años, anhelas que caiga y te seccione la cabeza. Todos creen que mi madre se marchó porque mi hermana fue asesinada. Pero la verdad es precisamente lo contrario. Mi madre nos dejó porque nunca pudimos probarlo.
Deseaba que Wayne Steubens nos dijera qué había hecho con ella. No sólo para darle sepultura como es debido y todo eso. Estaría bien, pero aparte de esto, la muerte es una pura y destructiva bola de demolición. Te golpea, te aplasta y empiezas a reconstruir.Pero no saber —esa duda, ese rayo de esperanza— convierte a la muerte en algo parecido a las termitas o a alguna clase de germen implacable. Te devora desde dentro. No puedes detener la podredumbre. No puedes reconstruir porque la duda sigue consumiéndote.
Creo que a mí todavía me consume.
Esa parte de mi vida, por mucho que quiera mantenerla en privado, siempre ha sido tema para los medios. Incluso una somera búsqueda en Google haría figurar mi nombre en relación con «el misterio de los campistas desaparecidos», como lo bautizaron inmediatamente. Vaya, la historia todavía aparecía en esos programas de «crímenes reales» del Discovery o de la Court TV. Yo estaba aquella noche en ese bosque. Mi nombre estaba allí, a la vista de todos. Fui interrogado por la policía. Incluso fui sospechoso.
Así que tenían que saberlo.
Decidí no contestar. York y Dillon no insistieron.
Cuando llegamos al depósito, me guiaron por un largo pasillo. Nadie habló. No sabía qué conclusión sacar de eso. Ahora cobraba sentido lo que había dicho York. Yo estaba en el otro lado. Había observado a muchos testigos haciendo este recorrido. Había visto toda clase de reacciones en el depósito. Normalmente los identificadores se muestran estoicos. No sé exactamente por qué. ¿Se están preparando para lo peor? O todavía existe una pizca de esperanza, otra vez esa palabra. En todo caso, la esperanza se desvanece enseguida. No nos equivocamos jamás con las identificaciones. Si creemos que es su ser querido, lo es. El depósito no es lugar para milagros de última hora. Nunca.
Sabía que me estaban observando, que estudiaban mi reacción. Tomé conciencia de mis pasos, mi postura, mi expresión facial. Me esforcé por parecer neutral y después me pregunté porqué.
Me acercaron a una ventana. No se entra en la habitación. Se ve desde detrás de un cristal. La sala estaba embaldosada para poder limpiarla a manguerazos; no había necesidad de gastar en decoración o servicios de limpieza. Todas las camillas estaban vacías, menos una. El cadáver estaba tapado con una sábana, pero se veía la etiqueta colgada del dedo del pie. Es verdad que las usan. Miré el gran dedo gordo asomando por debajo de la sábana, totalmente desconocido. Eso es lo que pensé. No reconozco el dedo gordo de este hombre.
Con la tensión la mente te juega malas pasadas.
Una mujer con mascarilla empujó la camilla acercándola a la ventana. Entonces me acordé del día que mi hermana nació. Recordé la maternidad del hospital. La vidriera era más o menos igual, con tiras finas de hojas en forma de diamante. La enfermera, una mujer con una constitución parecida a la mujer del depósito, empujó el carrito con mi hermanita hacia la ventana. Igual que ahora. Es de suponer que en circunstancias normales habría pensado en algo conmovedor como el principio y el final de la vida, pero no pensé nada de eso.
La mujer levantó el extremo de la sábana. Miré la cara. Todos los ojos estaban posados en mí. Lo sabía. El difunto tenía más o menos mi edad, treinta y tantos. Llevaba barba. La cabeza afeitada. Tenía puesto un gorro de ducha que me pareció un poco grotesco, pero sabía para qué lo llevaba.
—¿Un disparo en la cabeza? —pregunté.
—Sí.
—¿Cuántas veces?
—Dos.
—¿Calibre?
York se aclaró la garganta, como si intentara recordarme que no se trataba de un caso mío.
—¿Le conoce?
Volví a mirar.
—No —dije.
—¿Está seguro?
Estaba a punto de confirmarlo. Pero algo me detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó York.
—¿Por qué estoy aquí?
—Queríamos saber si le conocía...
—Ya, pero ¿qué les hizo pensar que podía conocerle?
Desvié la mirada a un lado y vi que York y Dillon intercambiaban una ojeada. Dillon se encogió de hombros y York recogió el testigo.
—Llevaba su dirección en el bolsillo —dijo York—. Y llevaba un puñado de recortes sobre usted.
—Soy un personaje público.
—Sí, lo sabemos.
Se calló. Me volví a mirarlo.
—¿Qué pasa?
—Los recortes no hablaban de usted. En realidad, no.
—¿De qué hablaban entonces?
—De su hermana —dijo—. Y de lo que pasó en el bosque.
La temperatura de la sala bajó diez grados, pero estábamos en el depósito. Intenté mantener la calma.
—Puede que fuera un fanático de los crímenes. Hay muchos de estos.
York vaciló. Vi que volvía a intercambiar una mirada con su compañero.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¿A qué se refiere?
—¿Qué más llevaba encima?
York se volvió hacia un empleado del que yo ni siquiera había advertido la presencia y dijo:
—¿Puede mostrar al señor Copeland los efectos personales?
Seguí mirando la cara del difunto. Tenía marcas de viruela y arrugas. Intenté imaginármelo sin ellas. No le conocía. Manolo Santiago era un desconocido para mí.
Alguien trajo una bolsa de pruebas de plástico rojo. La vaciaron sobre una mesa. Desde lejos distinguí unos vaqueros y una camisa de franela. Había una cartera y un móvil.
—¿Han mirado el móvil? —pregunté.
—Sí. Es desechable. El directorio está vacío.
Aparté la mirada de la cara del difunto y me acerqué a la mesa. Las piernas me temblaban.
Había hojas de papel dobladas. Desdoblé una con cuidado. El artículo del Newsweek. La foto de los cuatro adolescentes muertos, las primeras víctimas del «Monitor Degollador». Siempre empezaban con Margot Green porque su cuerpo fue localizado enseguida. Se tardó un día más en localizar a Doug Billingham. Pero el interés de verdad estaba en los otros dos. Se había encontrado sangre y ropa desgarrada perteneciente tanto a Gil Pérez como a mi hermana, pero no los cuerpos.
¿Por qué no?
Es sencillo. Los bosques son inmensos. Wayne Steubens los había escondido bien. Pero algunas personas, esas que aman las conspiraciones, no lo creían así. ¿Por qué sólo no habían localizado a dos? ¿Cómo podía Steubens haber trasladado y enterrado los cuerpos tan rápidamente? ¿Tenía un cómplice? ¿Cómo lo había hecho? ¿Qué estaban haciendo esos cuatro en el bosque?
Incluso ahora, dieciocho años después de que arrestaran a Wayne, la gente habla de los «fantasmas» del bosque, o de que hay una secta secreta viviendo en una cabaña abandonada o de pacientes escapados de un sanatorio u hombres con garfios en vez de manos o extraños experimentos médicos que salieron mal. Hablan del coco y de los restos de su campamento, todavía con los restos de huesos de los niños que se ha comido. Dicen que de noche todavía pueden oír aullar a Gil Pérez y a mi hermana, Camille, buscando venganza.
Pasé muchas noches solo en ese bosque. Nunca oí aullar a nadie.
Mis ojos pasaron de la foto de Margot Green a la de Doug Billingham. La fotografía de mi hermana era la siguiente. Había visto esa foto millones de veces. Los medios la adoraban porque en ella mi hermana parecía maravillosamente normal. Era una chica cualquiera, la canguro favorita, la adolescente encantadora que vivía a una manzana. Camille no era así. Era maliciosa, tenía unos ojos vivos y una sonrisa de niña mala que hacía perder la cabeza a los chicos. Esa foto no era ella. Ella era mucho más. Y tal vez eso le había costado la vida.
Iba a coger la última fotografía, la de Gil Pérez, pero algo hizo que me detuviera.
Se me detuvo el corazón.
Sé que suena dramático, pero fue lo que sentí. Miré el montón de monedas que Manolo Santiago tenía en el bolsillo y lo vi, y fue como si una mano se introdujera en mi pecho y me estrujara el corazón tan fuerte que no le permitiera latir.
Retrocedí.
—Señor Copeland.
Mi mano avanzó como si tuviera vida propia. Vi que mis dedos lo cogían y lo acercaban a mis ojos.
Era un anillo. Un anillo de chica.
Miré la foto de Gil Pérez, el chico que había sido asesinado junto a mi hermana en el bosque. Volví atrás veinte años. Y recordé la cicatriz.
—¿Señor Copeland?
—Enséñeme su brazo —dije.
—¿Cómo dice?
—El brazo. —Me volví hacia el cristal y señalé el cadáver—. Enséñeme su brazo, maldita sea.
York hizo una seña a Dillon. Éste apretó el intercomunicador.
—Quiere ver el brazo del fallecido.
—¿Cuál? —preguntó la mujer del depósito.
Me miraron.
—No lo sé —dije—. Los dos, supongo.
Parecían confundidos, pero la mujer obedeció. Bajó la sábana.
Ahora su torso era peludo. Estaba más gordo, al menos catorce kilos más que en aquella época, pero eso no era sorprendente. Había cambiado. Todos habíamos cambiado. Pero no era eso lo que buscaba. Yo miraba el brazo en busca de una cicatriz irregular.
Estaba allí.
En el brazo izquierdo. No me sobresalté ni nada parecido. Era como si me hubieran despojado de parte de mi realidad y estuviera demasiado entumecido para hacer nada al respecto. Me quedé allí quieto.
—¿Señor Copeland?
—Le conozco —dije.
—¿Quién es?
Señalé la foto de la revista.
—Se llama Gil Pérez.
2
Hubo una época en la que a la profesora Lucy Gold, doctora en Lengua y Psicología, le gustaban las horas de consulta.
Era una oportunidad para hablar con los alumnos y llegar a conocerlos. Le gustaba que los más callados, que se sentaban al fondo con la cabeza baja, tomando notas como si se tratara de un dictado, los que llevaban los cabellos en la cara como si fueran una cortina protectora, llamaran a su puerta, levantaran la cabeza y le contaran lo que pensaban.
Pero casi todo el tiempo los alumnos que iban a verla eran los lameculos, los que creían que sus notas dependían únicamente del entusiasmo que mostraran, que cuanto más se hicieran ver más alta sería su calificación, como si ser extrovertido no estuviera ya suficientemente recompensado en ese país.
—Profesora Gold —dijo la chica llamada Sylvia Potter.
Lucy se la imaginó de niña, en el instituto. Debía de ser la alumna insufrible que los días de examen llegaba a la escuela gimoteando porque no sabía nada y acababa siendo la primera en entregarlo, después de ser la primera en presentar su trabajo de sobresaliente, y utilizaría el resto de la clase para revisar sus apuntes.
—Sí, Sylvia.
—Hoy, cuando ha leído ese fragmento de Yeats, me ha conmovido mucho. Entre las palabras en sí y la forma como usted las declama, parece una actriz profesional…
Lucy Gold estaba a punto de decir: «Hazme un favor y prepárame unos brownies», pero en cambio sonrió. Y no le fue fácil. Miró el reloj y después se sintió fatal por haber hecho eso. Sylvia era una alumna que se esforzaba mucho. Nada más. Cada uno hace lo que puede para adaptarse y sobrevivir. El estilo de Sylvia probablemente era más prudente y menos autodestructivo que el de la mayoría.
—Lo pasé bien escribiendo ese artículo —dijo.
—Me alegro.
—Trataba de… bueno, de mi primera vez, usted ya me entiende.
Lucy asintió.
—Tranquila, todos son confidenciales y anónimos.
—Sí, ya.
Miró al suelo. Lucy se preguntó por qué. Sylvia nunca hacía eso.
—Cuando haya terminado de leerlos todos —dijo Lucy— quizá podríamos hablar del tuyo si quieres. En privado.
Seguía con la cabeza baja.
—¿Sylvia?
La voz de la chica era muy baja.
—Vale.
El horario de consulta había terminado. Lucy deseaba irse a casa. Intentó no parecer desinteresada cuando preguntó.
—¿Quieres hablar de él ahora?
—No.
Sylvia seguía cabizbaja.
—Bien, pues —dijo Lucy, mirando descaradamente el reloj—, porque tengo una reunión dentro de diez minutos.
Sylvia se puso de pie.
—Gracias por recibirme.
—Es un placer, Sylvia.
Parecía que Sylvia quisiera decir algo más. Pero no lo hizo. Cinco minutos después, Lucy estaba de pie junto a la ventana mirando hacia la explanada. Sylvia salió por la puerta, se secó las lágrimas, levantó la cabeza y se obligó a sonreír. Comenzó a cruzar el campus esquivando a la gente. Lucy vio que saludaba a algunos compañeros, se unía a un grupo y se mezclaba con otros hasta que Sylvia fue un punto borroso entre la masa.
Lucy se volvió. Se vio reflejada en el espejo y no le gustó lo que vio. ¿La chica le estaba pidiendo ayuda?
Probablemente, Lucy, y no has respondido. Muy bonito, superestrella.
Se sentó a la mesa y abrió el cajón de abajo. El vodka estaba ahí guardado. El vodka estaba bien. No se podía oler, el vodka.
La puerta del despacho se abrió. El hombre que entró llevaba los cabellos largos recogidos detrás de las orejas y varios pendientes. Iba sin afeitar, a la moda, y era guapo con un estilo «chico enrollado madurito». Llevaba la perilla canosa, un detalle que desvirtuaba su look, pantalones bajos que se sostenían apenas con un cinturón de tachuelas y un tatuaje en el cuello que decía: «Engendra a menudo».
—Hoy estás como un queso —dijo el chico, lanzando su mejor sonrisa en dirección a Lucy.
—Gracias, Lonnie.
—No, en serio, como un quesazo.
Lonnie Berger era su ayudante a pesar de tener la misma edad que Lucy. Estaba atrapado permanentemente en la trampa de la educación, sacándose otro título, moviéndose por el campus, con la señal delatora de la edad en sus ojos. Lonnie estaba más que harto de la tontería de lo políticamente correcto que reinaba en el campus y hacía lo que podía para poner a prueba sus límites y meterse con todas las mujeres que se le ponían a tiro.
—Deberías ponerte algo que enseñara más el escote, con uno de esos sostenes que levantan —añadió Lonnie—. Así los chicos te prestarían más atención en clase.
—Sí, eso es precisamente lo que necesito.
—En serio, jefa, ¿cuándo fue la última vez que lo hiciste?
—Hace ocho meses, seis días y… —Lucy miró el reloj— cuatro horas.
Él se rió.
—Me tomas el pelo, ¿no?
Ella se limitó a mirarle.
—He impreso los diarios —dijo.
Los diarios confidenciales y anónimos.
Lucy daba una clase que la universidad había bautizado como Razonamiento Creativo, una combinación de trauma psicológico avanzado y escritura creativa y filosofía. A decir verdad, a Lucy le encantaba. Tarea actual: cada estudiante debía escribir sobre un suceso traumático de su vida, algo que normalmente no contaría a nadie. No se darían nombres. No se puntuaría. Si el alumno anónimo daba su permiso en el pie de página, Lucy podría leer alguno en voz alta para la clase con la intención de discutirlo, siempre manteniendo en el anonimato al autor.
—¿Has empezado a leerlos? —preguntó.
Lonnie asintió y se sentó en la silla que ocupaba Sylvia hacía unos minutos. Apoyó los pies sobre la mesa.
—Lo de siempre —dijo.
—¿Erótica mala?
—Yo diría más bien porno suave.
—¿Qué diferencia hay?
—Y yo qué sé. ¿Te he hablado de mi nueva novia?
—No.
—Es una delicia.
—Ya.
—En serio. Es camarera. La tía más enrollada con la que he salido hasta ahora.
—¿Y a mí me interesa por?
—¿Celos?
—Sí —dijo Lucy—. Será eso. Dame los diarios, por favor.
Lonnie le entregó un puñado. Los dos se pusieron a hojearlos. Cinco minutos después, Lonnie meneó la cabeza.
—¿Qué? —dijo Lucy.
—¿Cuántos años tienen estos chicos? —preguntó Lonnie—. Veinte, ¿no?
—Sí.
—Y sus escapadas sexuales duran... ¿cuánto? ¿Dos horas?
Lucy sonrió.
—Una imaginación activa.
—¿Duraban tanto los chicos cuando eras joven?
—No duran tanto ahora —dijo ella.
Lonnie arqueó una ceja.
—Eso es porque estás muy buena. No pueden controlarse. En el fondo es culpa tuya.
—Ya. —Se golpeó el labio inferior con la goma del lápiz—. ¿No es la primera vez que usas esa frase, no?
—¿Crees que necesito otra? ¿Qué te parece: «Es la primera vez que me pasa, lo juro»?
Lucy soltó un bufido.
—Lo siento, inténtalo de nuevo.
—Mierda.
Leyeron un rato más. Lonnie silbó y meneó la cabeza.
—Puede que creciéramos en una época equivocada.
—Está clarísimo.
—¿Luce? —Levantó la cabeza de los papeles—. De verdad necesitas hacerlo.
—Ya.
—Estoy dispuesto a echarte una mano. Sin ataduras.
—¿Qué le parecería a la Deliciosa Camarera?
—No somos exclusivos.
—Claro.
—Lo que yo te propongo es algo puramente físico. Una limpieza de tuberías mutua, por decirlo gráficamente.
—Calla, que estoy leyendo.
Entendió la indirecta. Media hora después, Lonnie se echó un poco hacia delante y la miró.
—¿Qué?
—Lee este —dijo.
—¿Por qué?
—Tú lee, ¿vale?
Ella se encogió de hombros, dejó el diario que estaba leyendo, una historia más de una chica que se había emborrachado con su nuevo novio y había acabado haciendo un trío. Lucy había leído muchas historias de tríos. Ninguna parecía producirse sin ingesta de alcohol.
Pero un minuto después se había olvidado de todo. Había olvidado que vivía sola y que no le quedaba familia y que era profesora de universidad o que estaba en su despacho con vistas al patio o que Lonnie seguía sentado frente a ella. Lucy Gold se había esfumado. Y en su lugar había una mujer joven, de hecho una chica, con un nombre diferente, una adolescente a punto de entrar en la edad adulta, pero todavía con mucho de adolescente:
Esto sucedió cuando yo tenía diecisiete años. Estaba en un campamento de verano. Trabajaba de CIT, que es un monitor en prácticas. No me costó mucho encontrar el trabajo porque mi padre era el dueño del campamento...
Lucy paró. Miró la primera página. No había nombre, evidentemente. Los estudiantes mandaban los diarios por correo electrónico. Lonnie los había impreso. No debía haber forma de identificar a la persona que lo había mandado. Era necesario para que los alumnos estuvieran cómodos. Ni siquiera te arriesgabas a dejar tus huellas dactilares en el papel. Sólo tenías que apretar la tecla «Enviar»:
Fue el mejor verano de mi vida. Al menos lo fue hasta aquella última noche. Incluso ahora creo que nunca volveré a vivir algo así. Es raro, ¿no? Sé que nunca, jamás, volveré a ser tan feliz. Nunca. Ahora mi sonrisa es diferente. Es más triste, como si estuviera rota y no pudiera arreglarse.
Aquel verano estaba enamorada de un chico. Le llamaré P para este relato. Era un año mayor que yo y era monitor junior. Toda su familia estaba en el campamento. Su hermana trabajaba allí y su padre era el médico del campamento. Pero yo apenas les frecuenté porque en cuanto conocí a P, se me encogió el estómago.
Sé lo que estaréis pensando. Que sólo fue un romance tonto de verano. Pero no lo fue. Y ahora me da miedo no volver a amar a nadie como le amé a él. Parece una tontería. Es lo que piensa todo el mundo. Puede que tengan razón. No lo sé. Soy tan joven todavía. Pero no me siento así. Me siento como si hubiera tenido una oportunidad de ser feliz y lo hubiera estropeado.
Un agujero en el corazón de Lucy empezó a abrirse, a expandirse.
Una noche fuimos al bosque. No debíamos hacerlo. Había normas estrictas sobre eso. Nadie conocía esas normas mejor que yo. Había pasado los veranos allí desde que tenía nueve años. Fue entonces cuando mi padre compró el campamento. Pero P hacia el turno de «noche». Y como mi padre era el dueño del campamento, yo podía entrar en todas partes. Qué bien pensado, ¿no? Dos chicos enamorados encargados de vigilar a los demás campistas. ¡Por favor!
Él no quería ir porque creía que debía vigilar, pero vaya, yo sabía cómo tentarlo. Ahora me arrepiento, por supuesto. Pero lo hice. Así que nos adentramos en el bosque, los dos solos. Solos. El bosque es enorme. Si coges un desvío equivocado, te puedes perder para siempre. Había oído cuentos de niños que habían entrado allí y no habían vuelto nunca. Algunos dicen que todavía merodean por allí, viviendo como animales. Algunos dicen que han muerto o algo peor. Bueno, lo típico de las historias alrededor de la hoguera del campamento.
Yo me reía de estas historias. Nunca me habían dado miedo. Ahora me estremezco sólo de pensarlo.
Caminamos. Yo conocía el camino. P me cogía la mano. El bosque estaba muy oscuro. No se podía ver más allá de tres metros delante de ti. Oímos un crujido y nos dimos cuenta de que había alguien más en el bosque. De repente me detuve, pero recuerdo a P sonriendo en la oscuridad y meneando la cabeza burlonamente. Bueno, la única razón de que los campistas se adentraran en el bosque era que se trataba de un campamento mixto. Había un lado para los chicos y un lado para las chicas y esa franja de bosque nos separaba. Ya os lo podéis imaginar.
P suspiró. «Vamos a ver qué pasa», dijo. O algo parecido. No recuerdo sus palabras exactas.
Pero yo no quería. Quería estar a solas con él.
Mi linterna estaba baja de pilas. Todavía recuerdo cómo me latía el corazón al entrar en el bosque. Allí estaba yo, en la oscuridad, cogida de la mano del chico que amaba. Me tocaría y yo me derretiría. ¿Conocéis esa sensación? Cuando no puedes soportar separarte de un chico ni cinco minutos. Cuando todo existe en función de él. Haces lo que sea, cualquier cosa, y te preguntas «¿Qué pensará de esto?». Es una sensación increíble. Es maravillosa, pero al mismo tiempo duele. Eres vulnerable y estás al desnudo, y eso te aterra.
—Chitón —susurra él—. Para.
Lo hacemos. Nos paramos.
P me arrastra detrás de un árbol. Me coge la cara con ambas manos. Tiene unas manos grandes y me encanta su contacto. Me levanta la cabeza y me besa. Lo siento por todas partes, un aleteo que empieza en el centro de mi corazón y después se difumina. Aparta la mano de mi cara. La pone sobre mi caja torácica, justo al lado de mi pecho. Estoy expectante. Gimo.
Seguimos besándonos. Fue tan apasionado. No podíamos estar más cerca el uno del otro. Sentía que me ardía todo el cuerpo. Me metió la mano por debajo de la blusa. No diré más sobre esto. Me olvidé del crujido en el bosque. Pero ahora lo sé. Deberíamos haber avisado a alguien. Entonces deberíamos haber dejado de adentrarnos en el bosque. Pero no lo hicimos. En lugar de eso, hicimos el amor.
Estaba tan perdida en nuestro mundo, en lo que estábamos haciendo, que al principio ni siquiera oí los gritos. Creo que P tampoco los oyó.
Pero los gritos siguieron y ¿sabéis cómo describe la gente las experiencias cercanas a la muerte? Pues fue algo así, pero al revés. Era como si los dos nos dirigiéramos hacia una luz maravillosa y los gritos fueran una cuerda que tirara de nosotros de vuelta, a pesar de que no deseábamos volver.
Dejó de besarme. Y esto es lo terrible.
Ya no volvió a besarme.
Lucy volvió la página, pero no había más. Levantó la cabeza de golpe.
—¿Y el resto?
—No hay más. Dijiste que lo mandaran por partes, ¿te acuerdas? No hay más.
Lucy volvió a mirar las páginas.
—¿Estás bien, Luce?
—¿Entiendes de ordenadores, no es así Lonnie?
Él volvió a arquear la ceja.
—Soy mejor con las mujeres.
—¿Te parece que estoy de humor?
—Vale, vale, sí, entiendo de ordenadores. ¿Por qué?
—Necesito saber quién ha escrito esto.
—Pero...
—Necesito —repitió— saber quién ha escrito esto.
Él la miró fijamente un segundo. Lucy sabía lo que quería decirle. Era ir en contra de todo lo que predicaban. Habían leído historias horribles en esa habitación, ese mismo año incluso una de un incesto padre-hija y nunca habían intentado identificar a la persona que lo había escrito.
—¿Quieres explicarme de qué va esto?
—No.
—Pero quieres que me cargue toda la confianza que hemos conseguido construir.
—Sí.
—¿Tan grave es?
Ella se limitó a mirarle.
—Ah, bueno —dijo Lonnie—. Haré lo que pueda.
3
—Se lo aseguro —repetí—. Es Gil Pérez.
—El chico que murió con su hermana hace veinte años.
—Evidentemente, no murió —dije.
No creo que me creyeran.
—Puede que sea su hermano —dijo York.
—¿Con el anillo de mi hermana?
—Ese anillo es muy común —dijo Dillon—. Hace veinte años estaban de moda. Creo que mi hermana tenía uno. Se lo regalaron al cumplir los diecisiete, creo. ¿Estaba grabado el de su hermana?
—No.
—Pues no podemos estar seguros.
Hablamos un rato, pero no había mucho más que añadir. La verdad es que yo no sabía nada.
Dijeron que estarían en contacto. Localizarían a la familia de Gil Pérez, para que hicieran una identificación positiva. No sabía qué hacer. Me sentía perdido, atontado y confundido.
Mi BlackBerry y mi móvil estaban enloquecidos. Ya llegaba tarde a una cita con el equipo de la defensa en el caso más importante de mi carrera.
Dos universitarios ricos y jugadores de tenis de la lujosa población de Short Hills acusados de violar a una afroamericana de dieciséis años de Irvington llamada —no, su nombre no ayudaba nada— Chamique Johnson. El juicio ya había empezado, se había aplazado y ahora esperaba poder cerrar un trato de condena en prisión antes de que volviera a empezar.
Los policías me acompañaron a mi oficina en Newark. Sabía que los abogados de la defensa pensarían que mi retraso no era más que una táctica, pero no podía remediarlo. Cuando entré en el despacho, los dos abogados de la defensa ya estaban sentados.
Uno de ellos, Mort Pubin, se levantó y se puso a aullar.
—¡Hijo de puta! ¿Sabes la hora que es? ¿Lo sabes?
—Mort, ¿has adelgazado?
—No me vengas con esa mierda.
—Espera. No, no es eso. Estás más alto. Has crecido. Como un chico de verdad.
—Ya está bien, Cope. ¡Llevamos una hora esperando!
El otro abogado, Flair Hickory, siguió sentado, con las piernas cruzadas, como si no tuviera ninguna preocupación en la vida. Era de Flair de quien yo estaba pendiente. Mort era ruidoso, mal hablado y exagerado. Flair era el abogado defensor que yo más temía. No era lo que uno esperaba. De entrada, Flair (juraba que era su nombre real, aunque yo tenía mis dudas) era gay. Vale, no es para tanto. Hay muchos abogados gays, pero Flair era gay gay, como el hijo natural de Liberace y Liza Minnelli, criado sólo con Streisand y musicales.
Flair no lo disimulaba en los juzgados, más bien le sacaba partido.
Flair dejó que Mort se desahogara un rato, flexionó los dedos y se miró las uñas. Pareció satisfecho. Después levantó la mano e hizo callar a Mort con un gesto elegante.
—Ya está bien —dijo Flair.
Llevaba una camisa de color púrpura. O puede que fuera berenjena o vincapervinca, un color de esos. No entiendo mucho de colores. La camisa era del mismo color que el traje. El mismo que la gran corbata. El mismo que el pañuelo de bolsillo. El mismo —Dios nos ampare— de los zapatos. Flair reparó en que me estaba fijando en su ropa.
—¿Te gusta? —preguntó Flair.
—El dinosaurio Barney imita a Village People —dije.
Flair hizo una mueca.
—¿Qué pasa?
—Barney y Village People —dijo, apretando los labios—. ¿No se te ha ocurrido una referencia pop más anticuada y sudada?
—Iba a decir el teletubbie púrpura, pero no recordaba el nombre.
—Tinky Winky, y también está anticuado. —Se cruzó de brazos y suspiró—. Bueno, ahora que estamos todos en este despacho con decoración tan hetero, ¿podemos dejar marchar a nuestros clientes y acabar de una vez?
Le miré a los ojos.
—Lo hicieron, Flair.
No me lo negó.
—¿De verdad vas a subir a declarar a esa estríper combinada con prostituta trastornada?
Iba a defenderla pero él sabía de lo que hablaba.
—Sí.
Flair intentó no sonreír.
—La destruiré —dijo.
No dije nada.
La destruiría y yo lo sabía. Y eso era lo que tenía su forma de actuar. Podía seccionar y desmenuzar y seguía cayéndote bien. Yo le había visto hacerlo. Se podría pensar que algunos miembros del jurado serían homófobos y que le odiarían o le temerían. Pero con Flair no funcionaba así. Las mujeres juristas querían ir de compras con él y hablarle de los fallos de sus maridos. Los hombres no le consideraban un peligro y creían que no podía hacerles ningún daño.
Esto lo convertía en un defensor letal.
—¿Qué estás buscando? —pregunté.
Flair sonrió.
—Estás nervioso, ¿no?
—Sólo quiero ahorrarle tu acoso a una víctima de violación.
—¿Moi? —Se llevó una mano al pecho—. Me siento insultado.
Sólo lo miré. Mientras lo hacía se abrió la puerta. Entró Loren Muse, mi investigadora jefe. Muse tenía mi edad, treinta y tantos, y ya era investigadora de homicidios con mi predecesor, Ed Steinberg.
Muse se sentó sin decir palabra, ni siquiera un gesto.
Me volví a mirar a Flair.
—¿Qué quieres? —volví a preguntar.
—Para empezar —dijo Flair—, quiero que la señora Chamique Johnson se disculpe por destruir la reputación de dos chicos estupendos.
Le miré un rato más.
—Pero nos conformaremos con que se retiren los cargos inmediatamente.
—Sigue soñando.
—Cope, Cope, Cope. —Flair meneó la cabeza y emitió ruiditos tranquilizadores con la boca.
—He dicho que no.
—Eres encantador cuando te pones macho, pero eso ya lo sabes, ¿no? —Flair miró a Loren Muse. Una expresión afligida cruzó su cara.
—Cielos, ¿qué llevas puesto?
Muse se incorporó un poco.
—¿Qué?
—Tu ropa. Es como un programa de telerrealidad de la Fox. Cuando las policías se visten ellas mismas. Por Dios. Y esos zapatos...
—Son prácticos —dijo Muse.
—Cariño, regla de moda número uno: Las palabras «zapatos» y «prácticos» nunca deben encontrarse en la misma frase. —Sin parpadear, Flair se volvió hacia mí—: Nuestros clientes se declaran culpables de falta y salen libres con la condicional.
—No.
—¿Puedo decirte dos palabras?
—Esas dos palabras no serán «zapatos» y «prácticos», ¿verdad?
—No, algo bastante más calamitoso para ti, me temo: Cal y Jim.
Calló. Miré a Muse. Ella se agitó en la silla.
—Esos dos nombrecitos —siguió Flair con un tonillo en la voz—, Cal y Jim. Música para mis oídos. ¿Sabes a qué me refiero, Cope?
No mordí el anzuelo.
—En la declaración de la supuesta víctima... has leído su declaración, supongo... en su declaración ella afirma claramente que sus violadores se llamaban Cal y Jim.
—No significa nada —dije.
—Verás, cielo, e intenta prestar atención ahora porque creo que esto podría ser importante para tu caso: nuestros clientes se llaman Barry Marantz y Edward Jenrette. Ni Cal ni Jim. Barry y Edward. Repetid conmigo. Venga, adelante. Barry y Edward. A ver, ¿esos nombres se parecen en algo a Cal y Jim?
Mort Pubin respondió a la pregunta. Sonrió y dijo:
—No, no se parecen, Flair.
Seguí callado.
—Y ya ves, esa es la declaración de tu víctima —siguió Flair—. Es maravilloso, ¿no crees? Espera que te lo busco. Me encanta leerlo. Mort, ¿lo tienes? Espera, aquí está. —Flair llevaba puestas gafas de lectura de medialuna. Se aclaró la garganta y cambió de voz—. Los dos chicos que lo hicieron. Se llamaban Cal y Jim.
Dejó el papel y nos miró como si esperara un aplauso.
—Se encontró el semen de Barry Marantz en ella —dije.
—Ah, sí, pero Barry era un chico guapo, todo hay que decirlo, y los dos sabemos que eso influye, admite un acto sexual consensuado con tu joven y ansiosa señora Johnson aquella tarde. Todos sabemos que Chamique estuvo en su fraternidad, eso no se discute, ¿no?
No me gustó, pero dije:
—No, eso no se discute.
—De hecho, los dos sabemos que Chamique Johnson había trabajado allí como estríper la semana anterior.
—Bailarina exótica —corregí.
Sólo me miró.
—Y por eso volvió. Sin que hubiera intercambio de dinero. En eso también estamos de acuerdo, ¿no? —No se molestó en esperar que contestara—. Y puedo presentar cinco o seis chicos que dirán que se comportó afectuosamente con Barry. Vamos, Cope. Tú ya has pasado por esto. Es una estríper. Es menor. Se coló en una fiesta de una fraternidad. Se ligó al chico rico y guapo. Él se la quitó de encima, no la llamó o lo que fuera. Y se enfadó.
—Y muchas abrasiones —dije.
Mort pegó contra la mesa con un puño que parecía capaz de aplastar un animal.
—Sólo busca ganar dinero —dijo Mort.
—Ahora no, Mort —dijo Flair.
—¡Cómo que no! Todos sabemos de qué va esto. Les está acosando porque están forrados. —Mort me dedicó su mejor mirada pétrea—. Sabes que la puta tiene antecedentes, ¿no? Chamique —alargó su nombre de una forma burlona que me sacó de quicio— también tiene su abogado para exprimir a nuestros chicos. Para esa zorra esto sólo es día de cobro. Nada más. Un puto día de cobro.
—¿Mort? —dije.
—¿Qué?
—Calla y deja que hablen los adultos.
Mort me miró despreciativamente.
—No eres mejor, Cope.
Esperé.
—La única razón de que los proceses es que son ricos. Y lo sabes. Estás jugando a esa mierda de ricos contra pobres ante los medios. No finjas que no lo haces. ¿Sabes lo que da más asco? ¿Sabes lo que realmente me jode?
Ya había tocado unas pelotas aquella mañana y ahora había jodido a un abogado. Menudo día llevaba.
—Dime, Mort.
—Que nuestra sociedad lo acepta —dijo.
—¿Qué?
—Odiar a los ricos. —Mort levantó las manos, indignado—. No paro de oírlo. «Le odio, es tan rico.» Fíjate en Enron y todos esos escándalos. Ahora es un prejuicio fomentado, odiar a los ricos. Si yo dijera que odio a los pobres, me lincharían. Pero ¿insultar a los ricos? Adelante, vía libre. Todo el mundo es bienvenido para odiar a los ricos.
Le miré.
—Tal vez deberían crear un grupo de apoyo.
—A la mierda, Cope.
—No, en serio. Trump, los chicos de Halliburton. El mundo no ha sido justo con ellos, caramba. Un grupo de apoyo. Eso es lo que se merecen. Tal vez un maratón televisivo o algo así.
Flair Hickory se levantó. Teatralmente por supuesto. Casi me esperaba que hiciera una reverencia.
—Creo que hemos terminado. Nos vemos mañana, guapo. Y tú —miró a Loren Muse, abrió la boca, la cerró, se estremeció.
—¿Flair?
Me miró.
—Eso de Cal y Jim —dije—. Sólo demuestra que dice la verdad.
Flair sonrió.
—¿Cómo es eso, exactamente?
—Tus chicos fueron listos. Se llamaron a sí mismos Cal y Jim, para que ella dijera eso.
Arqueó una ceja.
—¿Crees que colará?
—¿Por qué iba a decirlo ella si no, Flair?
—¿Disculpa?
—A ver, si Chamique deseaba jugársela a tus clientes, ¿por qué no utilizar los nombres correctos? ¿Para qué se iba a inventar el diálogo con Cal y Jim? Ya has leído su declaración: «Dale la vuelta hacia aquí, Cal», «Dóblala hacia allá, Jim», «Uau, Cal, le encanta». ¿Para qué iba a inventarse eso?
Mort me respondió:
—Porque es una zorra sedienta de dinero y encima es estúpida.
Pero me di cuenta de que le había metido un gol a Flair.
—No tiene sentido —dije.
Flair se inclinó hacia mí.
—La cuestión, Cope, es que no tiene que tenerlo. Y tú lo sabes. Puede que lleves razón. Puede que no tenga sentido. Pero eso da lugar a confusión. Y la confusión me da muchos puntos para mi táctica favorita: la duda razonable. —Sonrió—. Puede que tengas algunas pruebas físicas. Pero si haces subir a esa chica a declarar, no me reprimiré. Será pan comido. Los dos lo sabemos.
Se fueron hacia la puerta.
—Nos vemos en el juzgado, colega.
4
Muse y yo permanecimos un rato callados.
Cal y Jim. Esos nombres nos desanimaban.
El puesto de investigador jefe normalmente lo ostentaba algún hombre de por vida, un tipo brusco, que soltaba suspiros profundos y bastante quemado por todo lo que había visto con los años, con un buen barrigón y un abrigo gastado. Era tarea de ese hombre ayudar al candoroso fiscal del condado, un cargo político como yo, a esquivar los escollos del sistema legal del condado de Essex.
Loren Muse medía metro y medio y pesaba como un alumno normal de cuarto. Mi elección de Muse había causado bastante conmoción entre los veteranos, pero yo tenía mis propios prejuicios: prefiero contratar a mujeres solteras de cierta edad. Trabajan más y son más leales. Lo sé, lo sé, pero he descubierto que casi siempre es cierto. Encuentras a una mujer soltera de, digamos, más de treinta y cinco años y vive para su carrera y te dedicará horas y la devoción que las casadas con hijos nunca te darán.
Para ser justo, Muse era también una investigadora increíblemente preparada. Me gustaba discutir los casos con ella. Diría que los «musitábamos» juntos, pero es malísimo. En ese momento estaba mirando fijamente el suelo.
—¿Qué estás pensando? —pregunté.
—¿Tan feos son mis zapatos?
La miré y esperé.
—En resumidas cuentas —dijo—, si no encontramos una forma de explicar lo de Cal y Jim, estamos jodidos.
Miré al techo.
—¿Qué? —dijo Muse.
—Esos dos hombres.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué? —pregunté por enésima vez—. ¿Por qué Cal y Jim?
—No lo sé.
—¿Has vuelto a interrogar a Chamique?
—Lo hice. Su historia es terriblemente consistente. Utilizaron esos dos nombres. Creo que tienes razón. Lo hicieron para disimular, para que la versión de ella pareciera más tonta.
—Pero ¿por qué esos nombres?
—Probablemente porque sí.
Hice una mueca.
—Estamos pasando algo por alto, Muse.
Ella asintió.
—Lo sé.
Siempre he sido muy bueno compartimentando mi vida. Todos lo hacemos, pero yo soy especialmente bueno. Puedo crear universos separados en mi propio mundo. Puedo afrontar un aspecto de mi vida sin que interfiera en otro de ninguna manera. Algunas personas ven una película de gángsteres y se preguntan cómo puede el mafioso ser tan violento en la calle y tan cariñoso en casa. Yo lo entiendo. Tengo esa habilidad.
No es que esté orgulloso. No es necesariamente una gran virtud. Te protege, eso sí, pero también he visto los actos que esto puede justificar.
Así que durante la última media hora había apartado la pregunta obvia: si Gil Pérez había estado vivo todo ese tiempo, ¿dónde había estado? ¿Qué había sucedido aquella noche en el bosque? Y por supuesto, la pregunta más importante: si Gil Pérez había sobrevivido a aquella horrible noche...
¿Había sobrevivido también mi hermana?
—¿Cope?
Era Muse.
—¿Qué pasa?
Quería contárselo. Pero no era un buen momento. Primero tenía que aclararme yo. Entender qué era qué. Asegurarme de que ese cadáver era realmente el de Gil Pérez. Me levanté y me acerqué a ella.
—Cal y Jim —dije—. Debemos descubrir de qué va esto y rápidamente.
La hermana de mi esposa, Greta, y su marido, Bob, vivían en una mansión como tantas de una rotonda nueva sin salida que era exactamente igual a cualquier otra rotonda sin salida de Estados Unidos. Las parcelas son demasiado pequeñas para los enormes edificios de ladrillo que les han colocado encima. Las casas tienen una variedad de formas y contornos y aun así parecen iguales. Todo está demasiado limpio, intenta parecer antiguo y sólo parece falso.
Antes que a mi esposa, conocí a Greta. Mi madre se marchó antes de que yo cumpliera los veinte, pero recuerdo algo que me contó unos meses antes de que Camille se adentrara en ese bosque. Nosotros éramos los más pobres de aquella ciudad más bien variopinta. Éramos inmigrantes llegados de la antigua Unión Soviética cuando yo tenía cuatro años. Empezamos bien, porque llegamos a Estados Unidos como héroes, pero las cosas se pusieron feas muy rápidamente.
Vivíamos en el piso más alto de una finca de tres plantas de Newark, aunque íbamos a la escuela en Columbia High, en West Orange. Mi padre, Vladimir Copinsky (lo adaptó al inglés y se puso Copeland), que era médico en Leningrado, no pudo obtener la licencia para ejercer en el país. Acabó trabajando de pintor de casas. Mi madre, una belleza frágil llamada Natasha, antes la hija bien educada de un aristocrático profesor de universidad, cogió varios trabajos de asistenta para las familias ricas de Short Hills y Livingston, pero nunca le duraron mucho tiempo.
Ese día en particular, mi hermana Camille volvió de la escuela y dijo, en su tono burlón habitual, que la chica rica de la ciudad estaba loca por mí. A mi madre le emocionó la noticia.
—Deberías invitarla a salir —me dijo mi madre.
Hice una mueca.
—¿Que no la has visto?
—La he visto.
—Pues ya sabes que no la invitaré —dije, con todo el orgullo de mis diecisiete años—. Es una bruta.
—En Rusia tenemos un dicho —contraatacó mi madre, levantando un dedo para apoyar su postura—: Una chica rica es bonita cuando está sobre su dinero.
Eso fue lo primero que me vino a la cabeza cuando conocí a Greta. Sus padres —mis ex suegros, supongo, y todavía abuelos de Cara— están forrados. La familia de mi esposa era rica. Todo está puesto en una cuenta para Cara. Yo soy el albacea. Jane y yo discutimos mucho a qué edad debía poder cobrar su herencia. Por un lado no es deseable que una persona muy joven herede tanto dinero, pero por otro es su dinero.
Mi Jane se volvió muy práctica cuando los médicos le comunicaron su sentencia de muerte. Yo no podía escucharla. Aprendes mucho cuando alguien a quien amas empieza su cuenta atrás. Aprendí que mi esposa tenía una fuerza y un valor asombrosos que no habría podido imaginar antes de su enfermedad. Y descubrí que yo también.
Cara y Madison, mi sobrina, estaban jugando en el jardín. Los días empezaban a alargarse. Madison estaba sentada en el asfalto y dibujaba con pedazos de tiza que parecían puros. Mi hija jugaba con uno de esos minicoches lentos que están tan de moda últimamente entre los menores de seis años. Los niños que los tienen nunca juegan con ellos. Sólo juegan las visitas en las Citas de Juegos. Citas de Juegos. Qué espanto de término.
Bajé del coche y grité:
—¡Hola, niñas!
Esperé a que las dos niñas de seis años dejaran lo que estaban haciendo y se lanzaran sobre mí para comerme a besos. Sí, y qué más. Madison miró de soslayo, pero no habría parecido menos interesada si le hubieran practicado cirugía de desconexión cerebral. Mi propia hija fingió que no me oía. Cara conducía el Jeep de Barbie en círculos. La batería se estaba gastando rápidamente, y el vehículo eléctrico avanzaba a menos velocidad que mi tío Morris para ir a cobrar su talón.
Greta abrió la puerta mosquitera.
—¡Eh!
—Eo —dije—. ¿Cómo ha ido el resto de la función?
—No te preocupes —dijo Greta, haciendo visera con la mano a modo de saludo—. Lo tengo todo en vídeo.
—Qué bien.
—¿Qué querían esos dos polis?
Me encogí de hombros.
—Trabajo.
No se lo tragó, pero no insistió.
—Tengo la mochila de Cara dentro.
Dejó que se cerrara la puerta. Había obreros por todas partes. Bob y Greta estaban instalando una piscina y arreglando el jardín. Llevaban años pensándolo, pero querían esperar a que Madison y Cara fueran mayores para saber nadar.
—Venga —dije a mi hija—, tenemos que irnos.
Cara volvió a ignorarme, fingiendo que el zumbido del Jeep Barbie rosa le obstaculizaba las facultades auditivas. Fruncí el ceño y me dirigí hacia ella. Cara era ridículamente terca. Ojalá hubiera podido decir «como su madre», pero mi Jane era la mujer más paciente y comprensiva que se pueda imaginar. Era asombroso. Uno ve cualidades buenas y malas en los hijos. En el caso de Cara, todas las cualidades negativas parecían proceder de su padre.
Madison dejó la tiza.
—Venga, Cara.
Cara también la ignoró a ella. Madison se encogió de hombros y suspiró como una niña de mundo.
—Hola, tío Cope.
—Hola, cariño. ¿Has disfrutado de la cita de juegos?
—No —dijo Madison en jarras—. Cara nunca juega conmigo. Sólo juega con mis juguetes.
Intenté parecer comprensivo.
Salió Greta con la mochila.
—Ya hemos hecho los deberes.
—Gracias.
Hizo un gesto tranquilizador.
—Cara, cielo. Tu padre está aquí.
Cara la ignoró también a ella. Supe que se avecinaba una pataleta. Eso también le viene por parte de padre, supongo. En nuestro mundo inspirado por Disney, la relación de un padre viudo con su hijo es mágica. Sólo hace falta ver películas infantiles —La sirenita, La bella y la bestia, La princesita, Aladín— para entender lo que digo. En las películas, no tener madre parece algo más bien positivo, lo cual si se piensa bien es bastante perverso. En la vida real, no tener madre es casi lo peor que puede pasarle a una niña.
—Cara, nos vamos —dije en mi tono de voz firme.
Su expresión era obstinada y me preparé para la confrontación, pero afortunadamente los dioses intercedieron. La batería del Jeep de Barbie se acabó del todo. El Jeep rosa se paró. Cara intentó impulsar con el cuerpo el vehículo un metro más, pero Barbie no se movió. Cara suspiró, bajó del Jeep, y se fue hacia el coche.
—Despídete de la tía Greta y de tu prima.
Lo hizo con una voz tan malhumorada que habría sido la envidia de cualquier adolescente.
Cuando llegamos a casa, Cara encendió la tele sin pedir permiso y se puso a mirar un episodio de Bob esponja. Me da la sensación de que lo ponen a todas horas. Me pregunto si habrá un canal de Bob esponja. Encima parece que sólo existan tres episodios diferentes de la serie. Pero eso no parece desanimar a los niños.
Iba a decir algo, pero lo dejé pasar. En ese momento sólo quería que estuviera distraída. Todavía estaba intentando aclarar el caso de violación de Chamique Johnson y ahora tenía la repentina aparición y asesinato de Gil Pérez. Confieso que mi gran caso, el más importante de mi carrera, estaba sacando la pajita más corta.
Empecé a preparar la cena. Casi todas las noches cenábamos fuera o encargábamos la comida. Tengo una niñera-ama de llaves, pero era su día libre.
—¿Te apetecen perritos calientes?
—Me da igual.
Sonó el teléfono y lo cogí.
—¿Señor Copeland? Soy el detective Tucker York.
—Sí, detective, ¿qué se le ofrece?
—Hemos localizado a los padres de Gil Pérez.
Sentí que apretaba más fuerte el teléfono.
—¿Han identificado el cuerpo?
—Todavía no.
—¿Qué les ha dicho?
—Mire, sin ánimo de ofender, señor Copeland, pero esta no es la clase de cosa que se puede decir por teléfono, ¿no le parece? «Su hijo muerto puede haber estado vivo todo este tiempo, pero mire, acaban de asesinarle.»
—Lo comprendo.
—Así que hemos sido más bien vagos. Vamos a traerlos aquí para ver si pueden identificarle. Pero hay otra cosa, ¿hasta qué punto está seguro de que se trata de Gil Pérez?
—Bastante seguro.
—Comprenderá que esto no es suficiente.
—Lo comprendo.
—De todos modos es tarde. Mi compañero y yo hemos terminado el turno. Así que mañana enviaremos a alguien a recoger a los Pérez por la mañana.
—¿Y esto qué es? ¿Una llamada informativa?
—Algo parecido. Comprendo que tiene interés en el asunto. Tal vez usted también debería venir mañana, por si surgen nuevas preguntas.
—¿Dónde?
—En el depósito. ¿Necesita que le recojan?
—No, iré por mi cuenta.
5
Unas horas después acosté a mi hija.
Nunca he tenido problemas con Cara a la hora de acostarla. Tenemos una rutina estupenda. Le leo. No lo hago porque todas las revistas de padres lo recomienden. Lo hago porque le encanta. Nunca se duerme. Le leo cada noche y lo máximo que he conseguido es que se adormezca un momento. En cambio yo sí me duermo. Algunos de esos libros son espantosos. Me duermo en la cama de ella. Y ella me deja dormir.
No podía estar a la altura de su deseo voraz de libros para leer y empecé a comprar audiolibros. Yo le leía y después ella podía escuchar una cara de una cinta, unos cuarenta y cinco minutos, antes de que fuera la hora de cerrar los ojos y dormir. Cara entiende esta norma y le gusta.
Ahora mismo le estoy leyendo a Roald Dahl. Tiene los ojos muy abiertos. El año pasado, cuando la llevé a ver la producción teatral de El rey león, le compré un muñeco, Timon, excesivamente caro. Lo tiene cogido con su brazo derecho. Timon también es un ávido oyente.
Acabé de leer y besé a Cara en la mejilla. Olía a champú de bebé.
—Buenas noche, papá —dijo.
—Buenas noches, bicho.
Niños. Un momento son como Medea en plena ira, y al siguiente son como ángeles tocados por la gracia de Dios.
Encendí el reproductor y apagué la luz. Bajé a mi despacho y encendí el ordenador. Tengo una conexión con mis archivos del trabajo. Abrí el caso de violación de Chamique Johnson y me puse a repasarlo.
Cal y Jim.
Mi víctima no era de las que despiertan la simpatía de un jurado. Chamique tenía dieciséis años y tenía un hijo sin padre. La habían arrestado dos veces por prostituirse, y una por posesión de marihuana. Trabajaba en fiestas como bailarina exótica, y sí, eso es un eufemismo de estríper. La gente se preguntaría qué había ido a hacer a aquella fiesta. Esa clase de cosas no me desaniman. Hacen que me esfuerce más. No porque me preocupe la corrección política, sino porque me importa —me importa mucho— la justicia. De haber sido Chamique una rubia vicepresidenta del consejo de estudiantes del idílico Livingston y los chicos negros, el caso estaría ganado.
Chamique era una persona, un ser humano. No se merecía lo que Barry Marantz y Edward Jenrette le habían hecho.
Y yo pensaba encerrarlos por ello.
Volví al principio del caso y lo repasé de nuevo. La fraternidad era un lugar lujoso con columnas de mármol, letras griegas, la pintura fresca y alfombras. Revisé las facturas del teléfono. Había muchísimas, porque cada chico tenía su línea privada, por no hablar de móviles, mensajes de texto, correos electrónicos y BlackBerrys. Uno de los investigadores de Muse había rastreado todas las llamadas salientes de aquella noche. Había más de cien, pero no había sacado nada en limpio. El resto de las facturas eran corrientes: electricidad, agua, la cuenta de la tienda de bebidas, servicios de limpieza, televisión por cable, servicios de telefonía, alquiler de vídeos Netflix, entrega de pizzas vía Internet...
Un momento.
Pensé en eso. Pensé en la declaración de mi víctima... no necesitaba volver a leerla. Era repugnante, y bastante específica. Los dos chicos habían obligado a Chamique a hacer cosas, la habían puesto en diferentes posiciones, habían hablado todo el rato. Pero algo de aquello, la forma cómo se movían, la colocaban...
Sonó mi teléfono. Era Loren Muse.
—¿Buenas noticias? —pregunté.
—Sólo si es cierta la expresión «No tener noticias son buenas noticias».
—No lo es —dije.
—Vaya. ¿Has encontrado algo? —preguntó.
Cal y Jim. ¿Qué se me estaba escapando? Estaba allí, fuera del alcance. Es esa sensación, cuando sabes que algo está a la vuelta de la esquina, como el nombre del perro de una película o cómo se llamaba el boxeador que interpretaba Mr. T en Rocky III. Era esa sensación. Fuera del alcance.
Cal y Jim.
La respuesta estaba allí, en alguna parte, oculta, a la vuelta de esa esquina mental. Maldita sea, pensaba seguir corriendo hasta que pillara a esa hija de puta y la acorralara contra la pared.
—Todavía no —dije—. Pero sigamos buscando.
A primera hora de la mañana, el detective York estaba sentado frente a los señores Pérez.
—Gracias por venir —dijo.
Hacía veinte años, la señora Pérez trabajaba en la lavandería del campamento, pero desde la tragedia sólo la había vuelto a ver una vez. Hubo una reunión de familiares de las víctimas —los ricos Green, los más ricos Billingham, los pobres Copeland, los más pobres Pérez— en un lujoso bufete de abogados no muy lejos de donde estábamos ahora. Presentábamos el caso de las cuatro familias contra el propietario del campamento. Aquel día los Pérez apenas hablaron. Se quedaron callados, escuchando y dejaron que los otros se desahogaran y llevaran la voz cantante. Recuerdo que la señora Pérez tenía el bolso en el regazo y lo estrujaba. Ahora lo tenía sobre la mesa, pero seguía agarrándolo con ambas manos.
Estaban en una sala de interrogatorios. A petición del detective York, yo observaba al otro lado del cristal. No quería que me vieran todavía. Me pareció lógico.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó la señora Pérez.
Pérez era robusto, y llevaba una camisa demasiado pequeña y abotonada hasta arriba oprimiéndole el cuello.
—No es fácil de decir. —El detective York miró hacia el cristal y aunque su mirada no estaba enfocada supe que me miraba a mí—. O sea, que tendré que decirlo sin tapujos.
Los ojos del señor Pérez se entrecerraron. La señora Pérez apretó más fuerte el bolso. Me pregunté tontamente si sería el mismo bolso de hacía quince años. Es increíble las cosas que se piensan en momentos así.
—Ayer se cometió un asesinato en la sección de Washington Heights de Manhattan —dijo York—. Encontramos el cadáver en un callejón cercano a la calle 157.
Mantuve los ojos fijos en sus caras. Los Pérez no delataban nada.
—La víctima es un hombre y parece estar entre los treinta y cinco y los cuarenta años. Mide metro sesenta y pesa setenta y seis kilos. —La voz del detective York había adquirido una cadencia profesional—. El hombre utilizaba un alias, así que tenemos dificultades para identificarlo.
York calló. Técnica clásica para ver si decían algo. La señora Pérez lo hizo.
—No entiendo qué tiene que ver eso con nosotros.
Los ojos de la señora Pérez fueron hacia su marido, pero el resto de su cuerpo no se movió.
—Enseguida se lo explico.
Casi pude ver las ruedas de York poniéndose en marcha, decidiendo cómo enfocarlo, si empezar hablando de los recortes, del anillo, o de qué. Me lo podía imaginar ensayando las palabras en su cabeza y comprobando lo tontas que parecían. Recortes, un anillo, no demuestran nada de nada. De repente yo mismo tuve dudas. En aquel momento el mundo de los Pérez iba a ser destripado como el de un ternero en el matadero y me alegraba de estar detrás del cristal.
—Trajimos a un testigo para identificar el cuerpo —siguió York—. Ese testigo cree que la víctima podría ser su hijo Gil.
La señora Pérez cerró los ojos. El señor Pérez se puso tenso. Por un momento nadie habló, nadie se movió. Pérez no miró a su esposa. Ella no le miró a él. Se quedaron paralizados, como si las palabras siguieran suspendidas en el ambiente.
—A nuestro hijo lo mataron hace veinte años —dijo por fin el señor Pérez.
York asintió, no sabiendo qué decir.
—¿Nos está diciendo que finalmente han hallado su cadáver?
—No, no es eso. Su hijo tenía dieciocho años cuando desapareció, ¿no es así?
—Casi diecinueve —dijo el señor Pérez.
—Este hombre, la víctima, como he dicho antes, probablemente se acercaba a los cuarenta.
El señor Pérez se echó hacia atrás. La madre todavía no se había movido.
York aprovechó para intervenir.
—Nunca hallaron el cuerpo de su hijo, ¿correcto?
—¿Intenta decirnos que...?
A la señora Pérez le falló la voz y nadie intervino para decir: «Sí, eso es precisamente lo que intentamos decir, que su hijo Gil ha estado vivo todo este tiempo, veinte años, y no se lo dijo ni a ustedes ni a nadie, y ahora que por fin tenían la posibilidad de volver a reunirse con su hijo desaparecido, le han asesinado. La vida es bella, ¿eh?»
—Esto es una locura —dijo el señor Pérez.
—Sé que les parecerá una locura...
—¿Por qué cree que es nuestro hijo?
—Como he dicho antes, tenemos un testigo.
—¿Quién?
Era la primera vez que oía hablar a la señora Pérez. Casi me agacho.
York intentó mostrarse tranquilizador.
—Sé que están angustiados...
—¿Angustiados?
Otra vez el padre.
—¿Sabe lo que es... se puede imaginar...?
No pudo acabar. Su esposa le puso una mano en el brazo y se sentó un poco más erguida. Se volvió un momento hacia el cristal y tuve la sensación de que podía verme. Después miró a York a los ojos y dijo:
—Doy por supuesto que tienen un cadáver.
—Por eso les hemos hecho venir. Queremos que le vean y nos digan si es su hijo.
—Sí.
La señora Pérez se puso de pie. Su esposa le miró y parecía pequeño e indefenso.
—De acuerdo —dijo ella—. ¿Por qué no hacemos eso?
El señor y la señora Pérez bajaron por el pasillo.
Los seguí a una distancia discreta. Dillon iba conmigo. York iba con los padres. La señora Pérez mantuvo la cabeza alta. Seguía agarrando con fuerza el bolso como si temiera que le dieran el tirón. Caminaba un paso por delante de su marido. Es muy sexista pensar que debería ser al revés, que la madre debería hundirse y el padre aguantar el tipo. El señor Pérez había sido el fuerte durante la parte «expositiva». Ahora que la granada había explotado, la señora Pérez tomaba las riendas mientras su marido parecía encogerse un poco más a cada paso.
Con su suelo de linóleo gastado y las paredes de cemento desconchadas, el pasillo no podría haber parecido más institucional ni con un funcionario aburrido apoyado en la pared tomando un café. Oía el eco de sus pasos. La señora Pérez llevaba brazaletes pesados. Los oía sonar al ritmo de su balanceo.
Cuando giraron a la derecha hacia la misma ventana en la que yo había estado el día anterior, Dillon colocó una mano frente a mí, casi de forma protectora, como si yo fuera un niño en el asiento delantero y él me amortiguara el golpe. Nos quedamos unos diez metros atrás, y nos colocamos de forma que no estuviéramos en su campo visual.
Era difícil verles las caras. El señor y la señora Pérez estaban de pie, uno al lado del otro. No se tocaban. Vi que el señor Pérez bajaba la cabeza. Llevaba una americana azul. La señora Pérez llevaba una blusa oscura casi del color de la sangre seca. Llevaba mucho oro. Vi que una persona diferente, esta vez un hombre con barba, empujaba la camilla hacia el cristal. El cadáver estaba cubierto con una sábana.
Cuando lo tuvo colocado, el hombre miró a York y éste asintió. El hombre levantó la sábana con cuidado, como si debajo hubiera algo muy frágil. Me daba miedo hacer ruido, pero aun así incliné el cuerpo un poco a la izquierda. Quería ver algo de la cara de la señora Pérez, al menos una parte del perfil.
Recuerdo haber leído que las víctimas de tortura quieren controlar algo, lo que sea, y por eso se esfuerzan por no gritar, por no hacer muecas, por no mostrar nada, por no dar a sus torturadores ninguna satisfacción. Algo en la cara de la señora Pérez me hizo pensar en ello. Se había preparado para el momento. Recibió el golpe con un ligero estremecimiento, pero nada más.
Miró un rato. Nadie habló. Me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Volví mi atención hacia el señor Pérez. Tenía los ojos posados en el suelo. Los tenía húmedos. Vi que le temblaban los labios.
Sin apartar la mirada, la señora Pérez dijo:
—No es nuestro hijo.
Silencio. No me esperaba eso.
—¿Está segura, señora Pérez? —dijo York.
Ella no contestó.
—Era un adolescente la última vez que le vio —continuó York—. Entonces llevaba los cabellos largos.
—Sí.
—Este hombre va rapado. Y lleva barba. Han pasado muchos años, señora Pérez. No se apresure.
Por fin, la señora Pérez apartó los ojos del cadáver. Volvió la cabeza hacia York y éste calló.
—No es Gil —volvió a decir.
York tragó saliva y miró al padre.
—¿Señor Pérez?
Él asintió con la cabeza y se aclaró la garganta.
—Ni siquiera se parecen. —Cerró los ojos y otro temblor le sacudió la cara—. Sólo es...
—Sólo coincide la edad —acabó la señora Pérez.
—No sé si le entiendo —dijo York.
—Cuando pierdes a un hijo de esta manera, siempre haces cábalas. Para nosotros siempre será un chico. Pero de haber vivido, sí, tendría la misma edad que este hombre fornido. Te preguntas cómo sería. Si estaría casado. Si tendría hijos. Qué aspecto tendría.
—¿Y están seguros de que este hombre no es su hijo?
Ella sonrió de la forma más triste que había visto en mi vida.
—Sí, detective, estoy segura.
—Siento haberles hecho venir —se disculpó York.
Iban a darse la vuelta, cuando yo dije:
—Enséñeles el brazo.
Todos se volvieron a mirarme. La mirada de láser de la señora Pérez se clavó en mí. Había algo en ella, una extraña expresión de astucia, casi de desafío. El señor Pérez habló primero.
—¿Quién es usted? —preguntó.
Yo tenía los ojos puestos en la señora Pérez. Volvió a sonreír tristemente.
—Es el chico de los Copeland, ¿no?
—Sí, señora.
—El hermano de Camille Copeland.
—Sí.
—¿Es usted quien ha hecho la identificación?
Quería hablarles de los recortes y del anillo, pero tenía la sensación de que se me acababa el tiempo.
—El brazo —dije—. Gil tenía esa fea cicatriz en el brazo.
Asintió.
—Uno de nuestros vecinos tenía llamas y las guardaba dentro de una verja de alambre espinoso. Gil siempre había sido bueno escalando. Cuando tenía ocho años intentó meterse en el corral. Resbaló y el alambre se le clavó en el hombro. —Se volvió a mirar a su marido—. ¿Cuántos puntos le pusieron, Jorge?
Jorge Pérez también sonrió tristemente.
—Veintidós.
Aquello no era lo que nos había contado Gil. Se había inventado un cuento de una pelea con navajas que sonaba como una mala producción de West Side Story. Entonces no le creí, ni siquiera de niño, así que esa inconsistencia no me sorprendió.
—La recuerdo del campamento —dije. Señalé con la barbilla hacia el cristal—. Miren su brazo.
El señor Pérez meneó la cabeza.
—Pero si ya hemos dicho...
Su mujer le puso una mano en el brazo, haciéndole callar. Estaba claro que ella era la que llevaba la voz cantante. Movió la cabeza en mi dirección antes de girarse hacia el cristal.
—Enséñemelo —dijo.
Su marido parecía confundido, pero se colocó al lado de ella, tras el cristal. Esta vez ella le cogió la mano. El hombre barbudo ya se había llevado la camilla. York golpeó el cristal. El hombre barbudo se sobresaltó. York le hizo señas para que volviera a traer la camilla a la ventana y el hombre obedeció.
Me acerqué más a la señora Pérez. Olía su perfume. Me resultaba vagamente familiar, pero no recordaba de dónde. Me coloqué a un palmo de ellos, mirando entre sus cabezas.
York apretó el botón blanco del intercomunicador.
—Por favor, enséñeles sus brazos.
El hombre barbudo retiró la sábana, con la misma técnica respetuosa de antes. La cicatriz estaba allí, un mal corte. La señora Pérez volvió a sonreír, pero una sonrisa indefinible: ¿triste, contenta, confundida, falsa, ensayada, espontánea? Ni idea.
—El izquierdo —dije.
—¿Qué?
Se volvió hacia mí.
—Esa cicatriz en el brazo izquierdo —dijo—, la tenía Gil en el derecho. Y la de Gil no era tan larga ni tan profunda.
El señor Pérez se volvió hacia mí y me puso una mano en el brazo.
—No es él, señor Copeland. Comprendo que desee que sea Gil. Pero no lo es. No volverá con nosotros. Y su hermana tampoco.
6
Cuando volví a casa, Loren Muse se paseaba arriba y abajo como un león acechando a una gacela herida. Cara estaba en el asiento de atrás. Tenía clase de danza en una hora. No la acompañaba yo, sino Estelle, la niñera, que conducía. Pagaba mucho a Estelle y no me importaba. Si encuentras a alguien que es bueno y además conduce, le pagas lo que te pida.
Paré en la entrada. La casa era de una sola planta, con tres dormitorios y tanta personalidad como el pasillo del depósito. Se suponía que iba a ser una casa «para empezar». Jane quería que nos mudáramos a una mansión, tal vez en Franklin Lakes. A mí no me importaba mucho donde vivía. No estoy pendiente de las casas o los coches y dejaba que Jane se saliera con la suya en estos temas.
Echaba de menos a mi esposa.
Loren Muse tenía una sonrisa depredadora en la cara. Muse no serviría como jugadora de póquer, eso estaba claro.
—Tengo todas las facturas. Y los registros del ordenador también. Todo. —Después se volvió hacia mi hija—. Hola Cara.
—¡Loren! —gritó Cara.
Bajó del coche. A Cara le caía bien Muse, que era buena con los niños. Muse nunca había estado casada, nunca había tenido hijos. Hacía unas semanas me había presentado a su último novio. El chico no estaba a su altura, pero esa parecía ser la norma con las mujeres de una cierta edad.
Muse y yo lo esparcimos todo en el suelo del estudio: declaraciones de testigos, informes de la policía, registros telefónicos, todas las facturas de la fraternidad. Comenzamos con las facturas de la fraternidad, y había una tonelada. Todos los móviles. Todos los pedidos de cerveza. Todas las compras a través de Internet.
—Bueno —dijo Muse—, ¿se puede saber qué buscamos?
—No tengo ni idea.
—Creía que tenías algo.
—Sólo una sensación.
—Oh, por favor. No me digas que sigues una corazonada.
—Jamás —dije.
Seguimos buscando.
—Bueno —dijo ella—, ¿básicamente estamos mirando estos papeles buscando un rótulo que diga: «Gran pista por aquí»?
—Buscamos un catalizador —dije.
—Bonita palabra. ¿En forma de qué?
—No lo sé, Muse. Pero la respuesta está aquí. Es como si pudiera verla.
—Vaaaale —dijo, haciendo un gran esfuerzo por no levantar los ojos al cielo.
Seguimos buscando. Pedían pizza prácticamente cada noche, ocho, de Pizza-To-Go, que cargaban directamente a su tarjeta de crédito. Tenían Netflix para poder alquilar películas en devedé regularmente, de tres en tres, entrega a domicilio, y a algo llamado HotFlixxx, para hacer lo mismo con las porno. Habían encargado camisetas de golf con el logo de la fraternidad. El logo de la fraternidad también lo tenían en las pelotas de golf, a montones.
Intentamos ordenarlos de alguna manera. No tengo ni idea de por qué.
Levanté la factura de HotFlixxx y se la enseñé a Muse.
—Barato —dije.
—Internet ha vuelto accesible el porno y las masas pueden permitírselo.
—Es bueno saberlo —dije.
—Pero podría ser algo —dijo Muse.
—¿El qué?
—Chicos jóvenes, mujeres a tope. O en este caso, mujer.
—Explícate —dije.
—Quiero que contratemos a alguien de fuera.
—¿A quién?
—A una investigadora privada llamada Cingle Shaker. ¿Has oído hablar de ella?
Asentí. Ya lo creo.
—Qué digo oído —insistió—. ¿La has visto?
—No.
—Pero ¿has oído?
—Sí, he oído —dije.
—Pues no es una exageración. Cingle Shaker tiene un cuerpo que no sólo hace parar el tráfico, sino que levanta el asfalto y arrasa las medianas de la autopista. Y es muy buena. Si alguien puede hacer hablar a los chicos de la fraternidad, es Cingle.
—De acuerdo —dije.
Horas después, ni siquiera sé cuántas, Muse se levantó.
—Aquí no hay nada, Cope.
—Eso parece, ¿no?
—¿Mañana preparas el testimonio con Chamique?
—Sí.
Me miró desde arriba.
—Aprovecharás más el tiempo trabajando con ella.
Le dediqué un saludo militar burlón.
Chamique y yo ya habíamos trabajado en su testimonio, pero no tanto como se podría imaginar. No quería que sonara ensayado. Tenía pensada otra estrategia.
—A ver qué puedo conseguirte —dijo Muse.
Salió por la puerta con su mejor pose amenazadora.
Estelle nos preparó la cena: espaguetis y albóndigas. Estelle no es una gran cocinera, pero se podía comer. Después llevé a Cara a Van Dyke’s a tomar un helado, como un premio. Estaba más charlatana. Por el retrovisor, la veía atada a su asiento. Cuando yo era niño, se nos permitía sentarnos delante. Ahora teníamos que tener la edad legal para beber antes de poder sentarnos delante.
Intenté escuchar lo que me decía pero Cara sólo decía una tontería tras otra, como hacen los niños. Parece que Brittany había sido mala con Morgan y por eso Kyle le había tirado un borrador y después Kylie, no Kylie G, Kylie N —había dos Kylies en la clase— Kylie N no quería ir a los columpios a la hora del patio a menos que Kiera también fuera. Yo miraba de vez en cuando su cara animada, arrugada como imitando la de un adulto. Me atacó esa sensación abrumadora. Se infiltró dentro de mí. A los padres les asalta de vez en cuando. Estás mirando a tu hijo y es un momento cualquiera, no está en un escenario ni en una competición, sólo está ahí y le miras y sabes que es toda tu vida y eso te conmueve y te asusta y te gustaría detener el tiempo.
Había perdido a una hermana. Había perdido a una esposa. Y más recientemente, había perdido a mi padre. En las tres ocasiones me había hundido. Pero al mirar a Cara, a la forma como gesticulaba y abría mucho los ojos, supe que había un golpe del que no me recuperaría nunca.
Pensé en mi padre. En el bosque. Con aquella pala. Su corazón roto. Buscando a su hijita. Pensé en mi madre. Se había ido. No sabía dónde estaba. A veces todavía pienso en buscarla. Pero ya no tan a menudo. Durante años la odié. Puede que todavía la odie. O puede que ahora que tengo una hija comprenda un poco mejor el dolor que debió de experimentar.
Entramos en casa y sonó el teléfono. Estelle se llevó a Cara y yo respondí diciendo:
—Diga.
—Tenemos un problema, Cope.
Era mi cuñado, Bob, el marido de Greta. Era presidente de la asociación benéfica JaneCare. Greta, Bob y yo la fundamos después de la muerte de mi esposa. Me había dado una prensa estupenda. Un homenaje a mi hermosa y amada esposa.
Vaya, a todos debía parecerles que había sido un esposo maravilloso.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Tu caso de violación nos está costando caro. El padre de Edward Jenrette ha hecho que varios de sus amigos se retracten de sus compromisos.
—Qué elegante.
Cerré los ojos.
—Peor, está diciendo por ahí que hemos echado mano a los fondos. EJ Jenrette es un hijo de puta muy bien relacionado. Ya estoy recibiendo llamadas.
—Que nos inspeccionen —dije—. No encontrarán nada.
—No seas ingenuo, Cope. Competimos con otras asociaciones por las subvenciones. El más mínimo indicio de escándalo y estamos acabados.
—No podemos hacer nada, Bob.
—Lo sé, pero es que... estamos haciendo un buen trabajo, Cope.
—Lo sé.
—Pero conseguir fondos siempre es difícil.
—¿Qué propones?
—Nada. —Bob vaciló e intuí que tenía algo más que decir. Así que esperé—: Pero vamos Cope, siempre estáis haciendo tratos, ¿no?
—Lo hacemos, sí.
—Dejáis pasar una injusticia menor para poder castigar un delito más grave.
—Cuando es necesario.
—Esos dos chicos. Me han dicho que son buenos chicos.
—Te han dicho mal.
—Mira, no digo que no merezcan ser castigados, pero a veces hay que negociar. El bien mayor. JaneCare está avanzando mucho. Podría ser el bien mayor. Es lo único que quiero decir.
—Buenas noches, Bob.
—No te enfades, Cope. Sólo quería ayudar.
—Lo sé. Buenas noches, Bob.
Colgué. Me temblaban las manos. El hijo de puta de Jenrette no había ido a por mí. Había ido a por la memoria de mi esposa. Subí la escalera. La rabia me consumía. La canalizaría. Me senté a la mesa. Sólo había dos fotos encima. Una era la foto escolar actual de mi hija, Cara. Tenía un lugar preferencial en el centro de la mesa.
La segunda fotografía era una granulada de mis abuelos en la vieja patria, Rusia, o como lo llamaban cuando ellos murieron en ese gulag, la Unión Soviética. Murieron cuando yo era muy pequeño, cuando todavía vivíamos en Leningrado, pero conservo un vago recuerdo de ellos, especialmente de la mata de cabellos blancos de mi abuelo.
A menudo me pregunto por qué tengo esa fotografía sobre la mesa.
Su hija, mi madre, me había abandonado, ¿no? Es una idiotez si te paras a pensarlo, pero a pesar del dolor que evocaba, la fotografía tenía una extraña importancia para mí. Miraba a mis abuelos y pensaba en las vueltas que da la vida y en las maldiciones familiares y en donde había empezado todo.
Antes tenía fotos de Jane y Camille. Me gustaba tenerlas a la vista. Me consolaban. Pero que a mí me consolaran los muertos no significa que consolaran a mi hija. Era difícil encontrar un equilibrio con una niña de seis años. Quieres hablarle de su madre. Quieres que lo sepa todo de Jane, de su estupendo espíritu, de cuanto había querido a su niña. También quieres ofrecerle algún consuelo, de que su madre está en el cielo observándola. Pero yo no creía en eso. Me gustaría. Me gustaría creer que existe una maravillosa vida eterna y que desde arriba, mi esposa, mi hermana y mi padre nos sonríen. Pero no logro creerlo. Y cuando le cuento estas cosas a mi hija, tengo la sensación de estar mintiéndole. Lo hago de todos modos. Por ahora es como una especie de Santa Claus o conejito de Pascua, algo temporal y tranquilizador, pero al final ella, como todos los niños, sabrá que no es más que otra mentira paterna con muy poca justificación. O puede que me equivoque y estén allí arriba mirándonos. Puede que esta sea la conclusión a la que llegue Cara algún día.
A medianoche por fin me permití pensar en lo que quería pensar: mi hermana, Camille, Gil Pérez, y aquel verano mágico y horrible. Volví mentalmente al campamento. Pensé en Camille. Pensé en aquella noche. Y por primera vez en varios años, me permití pensar en Lucy.
Una sonrisa triste cruzó mi cara. Lucy Silverstein había sido mi primera novia de verdad. Nos iba de maravilla, un romance de verano de cuento de hadas, hasta aquella noche. No tuvimos ocasión de romper, los asesinatos nos separaron. Nos alejaron cuando todavía estábamos enredados el uno en el otro, en un punto en que nuestro amor, por tonto e inmaduro que representara que fuera, estaba aumentando y creciendo.
Lucy era el pasado. Me había dado un ultimátum a mí mismo y la había apartado de mi vida. Pero el corazón no entiende mucho de ultimátums. A lo largo de los años, he intentado descubrir a qué se dedica Lucy, introduciendo su nombre y otros datos en Google, aunque dudo que nunca tenga valor para ponerme en contacto con ella. Nunca descubrí nada. Me imagino que, después de lo que pasó, se habrá cambiado el apellido por prudencia. Probablemente ahora estaba casada, como yo lo estuve. Probablemente era feliz. Esperaba que lo fuera.
Me sacudí el pensamiento. Ahora mismo necesitaba pensar en Gil Pérez. Cerré los ojos y volví atrás. Pensé en él en el campamento, cuando montábamos a caballo, cuando le pegaba puñetazos en broma en el brazo, y en cómo solía decir: «¡Enclenque! Ni me he enterado».
Le veía con el torso delgado, los pantalones cortos demasiado grandes antes de que se pusieran de moda, la sonrisa que necesitaba ortodoncia con urgencia, la...
Abrí los ojos. Algo estaba mal.
Bajé al sótano. Encontré la caja de cartón enseguida. Jane era buena etiquetando las cosas. Vi su extrapulcra letra en un lado de la caja. Me hizo parar. La letra es algo tan personal. La rocé con los dedos. Toqué su letra y la imaginé con el gran rotulador en la mano, el capuchón en la boca mientras escribía en letras grandes: FOTOGRAFÍAS - COPELAND.
En mi vida había cometido muchos errores. Pero Jane... fue mi único gran acierto. Su bondad me transformó, me hizo mejor y más fuerte en todos los sentidos. La amaba y éramos apasionados, pero más que eso, tenía la capacidad de hacerme mejor. Yo era neurótico e inseguro, un niño con beca en una escuela donde había muy pocos, y ella era un ser casi perfecto que vio algo en mí. ¿Cómo? ¿Cómo podía ser horrible e inútil si un ser tan magnífico me amaba?
Jane era mi roca. Y un día se puso enferma. Mi roca se desmenuzó. Y yo también.
Encontré las fotografías de aquel verano de hacía tanto tiempo. No había ninguna de Lucy. Había tenido la sensatez de tirarlas todas hacía años. Lucy y yo también teníamos nuestras canciones —Cat Stevens, James Taylor— temas tan empalagosos como para vomitar. Me cuesta escucharlas. Todavía hoy. Procuro que no se introduzcan en mi iPod. Si las ponen en la radio, cambio de emisora a la velocidad del rayo.
Repasé un montón de fotos de aquel verano. La mayoría eran de mi hermana. Fui mirándolas hasta que encontré una que se tomó tres días antes de su muerte. En la foto salía Doug Billingham, su novio. Un chico rico. Mi madre estaba encantada, evidentemente. El campamento era una rara mezcla de privilegiados y pobres. Dentro del campamento, las clases altas y bajas se mezclaban al nivel más equitativo que es posible imaginar. Así lo quería el hippie que dirigía el campo, el encantador padre hippie de Lucy, Ira.
Margot Green, otra niña rica, estaba metida en medio. Siempre estaba en medio. Era la tía buena del campamento y lo sabía. Era rubia y desarrollada y lo explotaba a todas horas. Siempre salía con chicos mayores, al menos hasta Gil, y para los meros mortales que la rodeaban, la vida de Margot era como algo salido de la tele, un melodrama que todos observábamos con fascinación. La miré y me imaginé el corte en su garganta. Cerré los ojos un segundo.
Gil Pérez también estaba en la foto. Para eso había bajado al sótano.
Enfoqué la luz de la mesa y miré más de cerca.
Una vez arriba, recordé algo. Soy diestro, pero cuando pegaba puñetazos a Gil en el brazo, utilizaba la mano izquierda. Lo hacía para evitar tocar su horrible cicatriz. Estaba curada, pero me daba miedo tocarla. Como si pudiera abrirse y empezar a sangrar. Por eso utilizaba la mano izquierda y le pegaba en el brazo derecho. Entorné los ojos y me acerqué más.
Veía el extremo de la cicatriz asomando por debajo de la camiseta.
La habitación empezó a dar vueltas.
La señora Pérez había dicho que la cicatriz de su hijo estaba en el brazo derecho. Pero entonces yo le habría golpeado con la mano derecha, ergo le habría dado en el hombro izquierdo. Pero yo no hacía eso. Yo le pegaba con la mano izquierda... en el hombro derecho.
Ahora tenía la prueba.
La cicatriz de Gil Pérez estaba en el brazo izquierdo.
La señora Pérez había mentido.
Y ahora debía preguntarme por qué.
7
Aquella mañana llegué temprano a mi despacho. En media hora tendría a Chamique Johnson, la víctima, en el estrado. Estaba repasando las notas, pero cuando dieron las nueve ya había terminado. Así que llamé al detective York.
—La señora Pérez mintió —dije.
Escuchó mis explicaciones.
—Mintió —repitió York en cuanto terminé de hablar—. ¿No cree que es un poco fuerte?
—¿Cómo lo llamaría usted?
—¿Que se equivocó?
—¿Se equivocó en el brazo en el que su hijo tenía la cicatriz?
—Pues sí, por qué no. Ya sabía que no era él. Es natural.
No me lo tragaba.
—¿Tienen algo nuevo en el caso?
—Creemos que Santiago estaba viviendo en Nueva Jersey.
—¿Tiene su dirección?
—No. Pero tenemos una novia. O creemos que es la novia. Al menos una amiga.
—¿Cómo la han encontrado?
—Por el móvil vacío. Llamó buscándole.
—¿Y quién era en realidad? Me refiero a Manolo Santiago.
—No lo sabemos.
—¿La novia no se lo ha dicho?
—La novia sólo le conocía como Santiago. Ah, una cosa importante.
—¿Qué?
—Su cadáver fue trasladado. Ya estábamos seguros de esto al principio. Pero ahora nos lo han confirmado. Nuestro forense dice, basándose en el sangrado o algún detallito por el estilo que ni entiendo ni quiero entender, que Santiago estaba muerto probablemente una hora antes de que lo tiraran allí. Han hallado fibras de alfombra y cosas así. La investigación preliminar cree que proceden de un coche.
—¿Así que a Santiago lo asesinaron, lo metieron en un maletero y lo abandonaron en Washington Heights?
—Es nuestra hipótesis de trabajo.
—¿Tienen la marca del coche?
—Todavía no. Pero el forense dice que es algo antiguo. Por ahora sólo sabe esto, pero siguen investigando.
—¿Cómo de antiguo?
—No lo sé. No es nuevo. Por favor, Copeland, tómeselo con calma.
—Tengo un gran interés personal en este caso.
—Hablando de Roma.
—¿Qué?
—¿Por qué no nos echa una mano?
—¿En qué?
—En que tengo una cantidad de casos de locura. Ahora tenemos una posible conexión en Nueva Jersey: probablemente Santiago vivía allí. O al menos vive allí su novia. Y allí es exclusivamente donde le veía, en Nueva Jersey.
—¿En mi condado?
—No, creo que en el Hudson. O puede que en Bergen. Mire, ni idea. Pero está muy cerca. Y permita que añada algo al batiburrillo.
—Le escucho.
—Su hermana vivía en Nueva Jersey, ¿no?
—Sí.
—No es mi jurisdicción. Probablemente usted podría reclamar el caso, aunque no sea en su condado. Abrir el caso antiguo, no creo que nadie más lo reclame.
Lo pensé un momento. En parte me estaba camelando. Esperaba que yo hiciera parte de su trabajo de campo y después llevarse él la gloria, pero me parecía bien.
—Esa novia —dije— ¿tiene un nombre?
—Raya Singh.
—¿Y una dirección?
—¿Va a hablar con ella?
—¿Le importa?
—Mientras no se cargue mi caso, puede hacer lo que le plazca. Pero ¿puedo darle un consejo de amigo?
—Por supuesto.
—Ese perturbado, el Monitor Degollador. He olvidado su nombre.
—Wayne Steubens —dije.
—Usted le conoció, ¿no?
—¿Ha leído el expediente del caso? —pregunté.
—Sí. Le investigaron a fondo por culpa de eso, ¿no?
Todavía recuerdo al sheriff Lowell, y su expresión de escepticismo. Comprensible, por supuesto.
—¿A dónde quiere ir a parar?
—Sólo esto: Steubens sigue intentando anular su condena.
—Nunca le juzgaron por esos cuatro primeros asesinatos —dije—. No los necesitaban, tenían pruebas más sólidas en los otros casos.
—Lo sé. Aun así estaba relacionado con ellos. Si realmente se trata de Gil Pérez y Steubens se enterara, no sé, podría ayudarle. ¿Entiende a qué me refiero?
Me estaba diciendo que fuera discreto hasta que tuviera algo seguro. Estaba de acuerdo. Lo último que quería era ayudar a Wayne Steubens.
Colgamos. Loren Muse asomó la cabeza en mi despacho.
—¿Tienes algo nuevo para mí? —pregunté.
—No, lo siento. —Miró su reloj—. ¿A punto para tu gran presentación?
—Totalmente.
—Pues vamos. Empieza el espectáculo.
—El pueblo llama a Chamique Johnson.
Chamique iba vestida de modo conservador pero no de una forma exagerada. Se le veía el estilo. Se le veían las curvas. Incluso hice que se pusiera tacones. A veces uno intenta obstruir la visión del jurado. Y hay veces, como ésta, en que tu única posibilidad es que vean todo el panorama, verrugas incluidas.
Chamique mantuvo la cabeza alta. Sus ojos iban de derecha a izquierda, no de una forma deshonesta, al estilo Nixon, sino como si estuviera alerta por si le caía algún golpe. Llevaba un poco de exceso de maquillaje. Pero eso tampoco importaba. La hacía parecer una chica haciéndose pasar por una adulta.
Había gente en mi oficina que no estaba de acuerdo con mi estrategia. Pero yo creía que si tienes que hundirte, es mejor hundirte con la verdad. Y eso es lo que estaba dispuesto a hacer.
Chamique dijo su nombre y juró sobre la Biblia antes de sentarse. Le sonreí y la miré a los ojos. Chamique me saludó con una inclinación de cabeza, como dándome el visto bueno para empezar.
—Trabaja de estríper, ¿no?
Que empezara con una pregunta como ésta, sin ningún preliminar, sorprendió al público. Se oyeron algunas exclamaciones. Chamique pestañeó. Tenía una idea aproximada de lo que yo pretendía hacer, pero no había sido muy concreto intencionadamente.
—A tiempo parcial —dijo.
No me gustó esta respuesta. Era demasiado cautelosa.
—Pero se desnuda por dinero, ¿no?
—Sí.
Eso me gustó más. Sin vacilación.
—¿Se desnuda en clubes o en fiestas privadas?
—En los dos.
—¿En qué club se desnuda?
—En el Pink Tail. Está en Newark.
—¿Cuántos años tiene? —pregunté.
—Dieciséis.
—¿No es necesario tener dieciocho para hacer estriptís?
—Sí.
—¿Cómo lo hace entonces?
Chamique se encogió de hombros.
—Conseguí un carné falso, pone que tengo veintiuno.
—¿Así que ha vulnerado la ley?
—Supongo que sí.
—¿Ha vulnerado la ley o no? —pregunté.
Lo dije con una voz un poco dura. Chamique lo entendió. Quería que fuera sincera. Quería que —perdón por la bromita, que se desnudara— fuera totalmente honesta. La dureza fue un recordatorio.
—Sí, vulneré la ley.
Miré hacia la mesa de la defensa. Mort Pubin me miraba como si me hubiera vuelto loco. Flair Hickory tenía las palmas de las manos apretadas, y el dedo índice apoyado en los labios. Sus dos clientes, Barry Marantz y Edward Jenrette, llevaban americanas azules y estaban pálidos. No parecían presuntuosos, seguros de sí mismos, ni perversos. Parecían contritos y asustados y muy jóvenes. Un cínico diría que era intencionado, que sus abogados les habían aconsejado cómo sentarse y qué expresiones poner. Pero yo sabía que no. Aun así no permití que eso me afectara.
Sonreí a mi testigo.
—No es la única, Chamique. Encontramos un montón de carnés falsos en la fraternidad de sus violadores, para poder salir y disfrutar de fiestas para adultos. Al menos usted lo hizo para ganarse la vida.
Mort se puso de pie.
—Protesto.
—Aceptada.
Pero ya estaba dicho. Como dice el refrán: «Lo dicho, dicho está».
—Señorita Johnson —continué—, no es virgen, ¿no es así?
—No.
—De hecho, tiene un hijo y es soltera.
—Sí.
—¿Cuántos años tiene?
—Quince meses.
—Dígame, señorita Johnson: ¿El hecho de no ser virgen y tener un hijo siendo soltera la convierte en un ser humano inferior?
—¡Protesto!
—Aceptada. —El juez, un tal Arnold Pierce, de cejas pobladas, me miró con mala cara.
—Sólo pongo de relieve lo obvio, señoría. Si la señorita Johnson fuera una rubia de clase alta de Short Hills o Livingstone...
—Resérvelo para las conclusiones, señor Copeland.
Lo haría. Y lo había usado para la apertura. Me dirigí a la víctima.
—¿Le gusta ser estríper, Chamique?
—¡Protesto! —Mort Pubin estaba de pie otra vez—. Irrelevante. ¿A quién le importa si le gusta ser estríper o no?
El juez Pierce me miró.
—¿Y bien?
—Hagamos una cosa —dije, mirando a Pubin—. Yo no le preguntaré por el estriptís si usted tampoco lo hace.
Pubin se quedó inmóvil. Flair Hickory todavía no había hablado. No le gustaba protestar. En general a los jurados no les gustan las protestas. Creen que estás ocultando algo. Flair quería caer bien. Por eso hacía que Mort se encargara del trabajo sucio. Era la versión abogado de poli bueno, poli malo.
Volví a mirar a Chamique.
—La noche que la violaron no estaba haciendo estriptís, ¿verdad?
—¡Protesto!
—Presunta violación —corregí.
—No —dijo Chamique—. Me invitaron.
—¿La invitaron a una fiesta en la fraternidad donde viven el señor Marantz y el señor Jenrette?
—Sí.
—¿Le invitó el señor Marantz o el señor Jenrette?
—No.
—¿Quién la invitó?
—Otro chico que vivía allí.
—¿Cómo se llama?
—Jerry Flynn.
—Ya. ¿Cómo conoció al señor Flynn?
—La semana anterior había trabajado en la fraternidad.
—Cuando dice que trabajó en la fraternidad...
—Hice un estriptís para ellos —acabó Chamique.
Me gustó. Estábamos cogiendo el ritmo.
—¿Y el señor Flynn estaba allí?
—Estaban todos.
—Cuando dice «estaban todos»...
Señaló a los dos acusados.
—Ellos también estaban. Y un puñado de chicos.
—¿Cuántos calcula usted?
—Veinte, puede que veinticinco.
—De acuerdo, pero ¿fue el señor Flynn quien la invitó a la fiesta una semana después?
—Sí.
—¿Y usted aceptó la invitación?
Ya tenía los ojos húmedos, pero mantuvo la cabeza alta.
—Sí.
—¿Por qué decidió ir?
Chamique lo pensó un momento.
—Era como si un multimillonario te invitara a su yate.
—¿Estaba impresionada con ellos?
—Sí, claro.
—¿Y por su dinero?
—Eso también —dijo.
Me encantó esta respuesta.
—Y Jerry fue bueno conmigo cuando fui a hacer estriptís —continuó.
—¿El señor Flynn la trató bien?
—Sí.
Asentí. Me estaba adentrando en territorio muy peligroso, pero me lancé.
—Por cierto, Chamique, volviendo a la noche que la contrataron como estríper... —Noté que la voz se me volvía más profunda—. ¿Realizó otros servicios para alguno de los hombres del público?
La miré a los ojos. Tragó saliva, pero aguantó el tipo. Habló en voz baja, sin desafíos.
—Sí.
—¿Fueron favores de carácter sexual?
—Sí.
Bajó la cabeza.
—No se avergüence —dije—. Necesitaba el dinero. —Señalé la mesa de la defensa—. ¿Cuál es su excusa?
—¡Protesto!
—Aceptada.
Pero Mort Pubin no había terminado.
—Señoría, ¡esa afirmación ha sido una ofensa!
—Es una ofensa —acepté—. Debería castigar a sus clientes inmediatamente.
Mort Pubin se puso rojo. Su voz era un gimoteo.
—¡Señoría!
—Señor Copeland.
Levanté una mano hacia el juez en señal de reconocimiento y contrición. Soy un ferviente creyente en sacar a la luz todas las malas noticias durante mi interrogatorio, es decir a mi manera. Le quitas mucho hierro al asunto.
—¿Estaba interesada en el señor Flynn como posible novio?
Mort Pubin otra vez:
—¡Protesto! ¿Qué relevancia tiene?
—¿Señor Copeland?
—Sin duda es relevante. Ellos dirán que la señorita Johnson está inventando los cargos para aprovecharse económicamente de sus clientes. Intento establecer el estado de ánimo de la señorita Johnson aquella noche.
—Lo permitiré —dijo el juez Pierce.
Repetí la pregunta.
Chamique hizo una mueca y eso delató su edad.
—Jerry estaba fuera de mi alcance.
—¿Pero?
—Pero... no sé. Nunca había conocido a alguien como él. Me abrió una puerta para que pasara. Era tan amable. No estoy acostumbrada.
—Y es rico. Comparado con usted.
—Sí.
—¿Eso era importante para usted?
—Claro.
Me encantó su sinceridad.
Los ojos de Chamique fueron rápidamente hacia el jurado. La expresión desafiante había vuelto.
—Yo también tengo sueños.
Dejé que esto calara antes de continuar.
—¿Y qué sueños tenía esa noche, Chamique?
Mort estaba a punto de protestar otra vez, pero Flair Hickory le contuvo poniéndole una mano en el brazo.
Chamique se encogió de hombros.
—Es una tontería.
—Dígamelo de todos modos.
—Pensé que quizá... era una tontería... pensé que quizá podía gustarle, ¿entiende?
—Entiendo —dije—. ¿Cómo fue a la fiesta?
—Cogí un autobús en Irvington y después caminé.
—Y cuando llegó a la fraternidad, ¿el señor Flynn estaba allí?
—Sí.
—¿Seguía mostrándose amable?
—Al principio sí. —Se le escapó una lágrima—. Estuvo muy amable. Fue...
Calló.
—¿Fue qué, Chamique?
—Al principio —le resbaló otra lágrima por la mejilla— fue la mejor noche de mi vida.
Dejé que las palabras calaran. Se le escapó otra lágrima.
—¿Se encuentra bien? —pregunté.
Chamique se secó la lágrima.
—Estoy bien.
—¿Seguro?
Su voz volvía a ser dura.
—Formule su pregunta, señor Copeland —dijo.
Lo hacía estupendamente. El jurado estaba atento, pendiente de todas sus palabras, y le creía.
—¿Hubo un momento en el que el comportamiento del señor Flynn hacia usted cambió?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Le vi susurrar algo a ese otro de allí. —Señaló a Edward Jenrette.
—¿El señor Jenrette?
—Sí, él.
Jenrette intentó encogerse ante la mirada de Chamique. Lo consiguió a medias.
—¿Vio que el señor Jenrette susurraba algo al señor Flynn?
—Sí.
—¿Y qué pasó a continuación?
—Jerry me preguntó si quería dar un paseo.
—¿Se refiere a Jerry Flynn?
—Sí.
—De acuerdo. Cuente lo que sucedió.
—Salimos. Tenían un barril de cerveza. Me preguntaron si quería una. Dije que no. Se comportaba de una forma nerviosa.
Mort Pubin se levantó.
—Protesto.
Hice un gesto de exasperación.
—Señoría.
—Lo permitiré —dijo el juez.
—Adelante —dije.
—Jerry sirvió una cerveza del barril y se quedó mirándola fijamente.
—¿Mirando la cerveza?
—Sí, algo así. Ya no me miraba. Algo había cambiado. Le pregunté si estaba bien. Dijo que sí, que todo iba de maravilla. Y entonces —no se le quebró la voz, pero estuvo a punto— me dijo que estaba muy buena y que le gustaba ver cómo me quitaba la ropa.
—¿Eso la sorprendió?
—Sí, nunca me había hablado así antes. Hablaba con voz ronca. —Tragó saliva—. Como los otros.
—Continúe.
—Dijo: «¿Quieres subir a ver mi habitación?»
—¿Qué contestó usted?
—Dije que bueno.
—¿Quería ir a su habitación?
Chamique cerró los ojos. Le cayó otra lágrima. Negó con la cabeza.
—Debe responder en voz alta.
—No —dijo ella.
—¿Por qué subió?
—Quería gustarle.
—¿Y creía que le gustaría si subía con él a su habitación?
—Sabía que no le gustaría si le decía que no —dijo Chamique en voz baja.
Me volví y me acerqué a la mesa. Fingí que consultaba mis notas. Sólo quería que el jurado tuviera tiempo de asumirlo todo. Chamique tenía la espalda recta, la barbilla alta. Intentaba que no se le notara, pero toda ella emanaba dolor.
—¿Qué pasó cuando subió?
—Crucé una puerta. —Volvió a mirar a Jenrette—. Y él me agarró.
De nuevo le hice señalar a Edward Jenrette e identificarle por el nombre.
—¿Había alguien más en la habitación?
—Sí. Él.
Señaló a Barry Marantz. Me fijé en las dos familias detrás de los acusados. Los padres tenían esas expresiones mortuorias en las que parece que les tiran la piel desde atrás, los pómulos parecen demasiado prominentes, los ojos hundidos y rotos. Eran los centinelas, a punto para refugiar a sus vástagos. Estaban destrozados. Me sentí mal por ellos. Lástima. Edward Jenrette y Barry Marantz tenían personas que les protegían.
Chamique Johnson no tenía a nadie.
Parte de mí entendía lo que había sucedido. Empiezas a beber, pierdes el control, olvidas que habrá consecuencias. Tal vez no volverían a hacerlo nunca más. Tal vez ya habían aprendido la lección. Pero, de nuevo, lástima.
Había personas que eran malas hasta el meollo, que siempre serían crueles y desagradables y harían daño a otros. Había otras, tal vez la mayoría de los que pasaban por mi oficina, que sólo metían la pata. Mi trabajo no es diferenciarlo. Eso lo dejaba para el juez cuando dictara la sentencia.
—Bien —dije—, ¿qué sucedió entonces?
—Él cerró la puerta.
—¿Cuál de los dos?
Señaló a Marantz.
—Chamique, para facilitar las cosas, ¿podría llamarle señor Marantz y al otro señor Jenrette?
Ella asintió.
—Así que el señor Marantz cerró la puerta. ¿Qué sucedió entonces?
—El señor Jenrette me dijo que me pusiera de rodillas.
—¿Dónde estaba el señor Flynn en ese momento?
—No lo sé.
—¿No lo sabe? —Fingí sorpresa—. ¿No subió con usted la escalera?
—Sí.
—¿No estaba a su lado cuando el señor Jenrette la cogió del brazo?
—Sí.
—¿Entonces?
—No lo sé. No entró en la habitación. Dejó que se cerrara la puerta.
—¿Volvió a verle?
—Hasta más tarde no.
Respiré hondo y me lancé. Le pregunté a Chamique qué había pasado después. La guié para que contara la agresión. El testimonio fue gráfico. Habló con claridad, como si no fuera con ella. Había mucho que explicar, lo que habían dicho, cómo se habían reído, lo que le habían hecho a ella. Necesitaba detalles. No creo que el jurado quisiera oírlos. Lo comprendía. Pero necesitaba que ella fuera lo más explícita posible, que recordara todas las posiciones, quién estaba presente, quién había hecho qué.
Fue agotador.
Cuando terminamos el testimonio de la agresión, le dejé unos segundos antes de afrontar nuestro mayor problema.
—En su testimonio, afirma que los agresores utilizaron los nombres de Cal y Jim.
—Protesto, señoría.
Fue Flair Hickory, hablando por primera vez. Su voz era tranquila, la clase de tranquilidad que llama la atención.
—No afirmó que se utilizaran los nombres de Cal y Jim —dijo Flair—. Afirmó, tanto en su testimonio como en las declaraciones preliminares, que eran Cal y Jim.
—Lo reformularé —dije en un tono exasperado, como diciéndole al jurado: «No sé por qué se pone tan quisquilloso». Volví mi atención a Chamique.
—¿Quién era Cal y quién era Jim?
Chamique identificó a Barry Marantz como Cal y a Edward Jenrette como Jim.
—¿Se presentaron? —pregunté.
—No.
—¿Cómo supo sus nombres, entonces?
—Los utilizaban entre ellos.
—Según su testimonio, por ejemplo, el señor Marantz dijo: «Inclínala, Jim». ¿Cosas así?
—Sí.
—¿Es consciente de que ninguno de los acusados se llamaba Cal o Jim? —dije.
—Lo sé —dijo ella.
—¿Puede explicárselo?
—No. Sólo digo lo que decían.
No vaciló, no intentó poner una excusa, fue una buena respuesta. Abandoné el tema.
—¿Qué pasó después de que la violaran?
—Hicieron que me lavara.
—¿Cómo?
—Me metieron en una ducha. Me enjabonaron. La ducha tenía un mango con teléfono. Me hicieron limpiarla.
—¿Y a continuación?
—Me quitaron la ropa, dijeron que iban a quemarla. Me dieron una camiseta y unos pantalones cortos.
—¿Y después?
—Jerry me acompañó a una parada de autobús.
—¿El señor Flynn le dijo algo durante el trayecto?
—No.
—¿Ni una palabra?
—Ni una palabra.
—¿Usted le dijo algo?
—No.
Fingí sorpresa otra vez.
—¿No le dijo que la habían violado?
Sonrió por primera vez.
—¿Cree que no lo sabía?
Lo dejé aquí. Quería volver a cambiar de marcha.
—¿Ha contratado un abogado, Chamique?
—Más o menos.
—¿Qué significa más o menos?
—No le contraté exactamente. Me buscó él.
—¿Cómo se llama?
—Horace Foley. No se viste tan bien como el señor Hickory.
Eso hizo sonreír a Flair.
—¿Va a demandar a los acusados?
—Sí.
—¿Por qué va a demandarlos?
—Para que paguen —dijo.
—¿No es lo que estamos haciendo aquí? —pregunté—. Intentar que sean castigados.
—Sí. Pero la demanda es por dinero.
Hice una mueca como si no comprendiera.
—Pero la defensa va a argumentar que se ha inventado estos cargos para extorsionarlos. Va a decir que su demanda lo demuestra, que sólo le interesa el dinero.
—Me interesa el dinero —dijo Chamique—. Nunca he dicho lo contrario.
Esperé.
—¿No le interesa el dinero, señor Copeland?
—Me interesa —dije.
—¿Entonces?
—Entonces la defensa argumentará que es un motivo para mentir —dije.
—No lo puedo evitar —dijo—. Mire, si digo que no me interesa el dinero, eso sí sería una mentira. —Miró hacia el jurado—. Si dijera que el dinero no me interesa, ¿se lo iban a creer? Está claro que no. Lo mismo que si usted me dijera que no le interesa el dinero. Ya me interesaba el dinero antes de que me violaran. Me interesa ahora. No miento. Me violaron. Quiero que vayan a la cárcel. Y si puedo conseguir algo de dinero de ellos, ¿por qué no? Lo necesito.
Retrocedí. La sinceridad, la sinceridad verdadera, tiene un olor característico.
—He terminado —dije.
8
El juicio se aplazó hasta después del almuerzo.
La hora del almuerzo normalmente es el momento de discutir la estrategia con mis subordinados. Pero no era lo que quería hacer ahora. Quería estar solo. Quería repasar mentalmente el interrogatorio, descubrir qué había olvidado, imaginar lo que haría Flair a continuación.
Pedí una hamburguesa y una cerveza a la camarera que parecía desear estar en uno de esos anuncios de: «¿Necesita una escapada?». Me llamó guapo. Me encanta que las camareras me llamen guapo.
Un juicio es como dos narraciones que compiten por llamar la atención. Tienes que convertir a tu protagonista en una persona real. Ser real es mucho más importante que ser puro. Los abogados lo olvidan. Creen que tienen que hacer que sus clientes parezcan encantadores y perfectos. No es verdad. Así que nunca intento engañar al jurado. Las personas son buenos jueces de los caracteres. Es mucho más probable que te crean si muestras tus debilidades. Al menos en mi bando, el de la fiscalía. Cuando eres defensor, te conviene remover las aguas. Como Flair Hickory había dejado muy claro, quieres presentar a esa bella dama denominada «Duda Razonable». Para mí era lo contrario. Necesitaba claridad.
La camarera reapareció, dejó la hamburguesa frente a mí y dijo:
—Aquí tienes, guapo.
Miré mi comida. Era tan grasienta que estuve a punto de pedir una guarnición de angiograma. Pero la verdad es que aquella porquería era lo que realmente deseaba. La cogí con ambas manos y sentí cómo mis dedos se hundían en el pan.
—¿Señor Copeland?
No reconocí al joven que estaba de pie a mi lado.
—Si no le importa, intento almorzar —dije.
—Esto es para usted.
Dejó una nota sobre la mesa y se marchó. Era una hoja de un cuaderno amarillo doblada en un pequeño rectángulo. Lo desdoblé.
Por favor, reúnase conmigo en el último reservado a su derecha.
EJ Jenrette
Era el padre de Edward. Miré mi amada hamburguesa. Me devolvió la mirada. No soporto comer la comida fría o recalentada. Así que me la comí. Me moría de hambre. Intenté no devorarla. La cerveza estaba buenísima.
Cuando terminé, me levanté y fui hacia el último reservado a mi derecha. EJ Jenrette estaba a la mesa. Tenía un vaso de algo que parecía whisky delante de él. Rodeaba el vaso con ambas manos, como si intentara protegerlo. Tenía los ojos clavados en el líquido.
No levantó la cabeza cuando me senté frente a él. Si estaba preocupado por mi tardanza —vaya, si es que la había notado— lo disimulaba muy bien.
—¿Quería verme? —pregunté.
EJ asintió. Era un hombretón, del tipo atlético, con una camiseta de diseño que parecía estrangularle el cuello. Esperé.
—Tiene una hija —dijo.
Esperé.
—¿Qué haría para protegerla?
—De entrada, nunca la dejaría ir a una fiesta en la fraternidad de su hijo.
Levantó la cabeza.
—No tiene gracia.
—¿Hemos terminado?
Dio un buen trago a su bebida.
—Le daré a la chica cien mil dólares —dijo Jenrette—. Donaré a la asociación benéfica de su esposa otros cien mil.
—Estupendo. ¿Quiere extender los cheques ahora?
—¿Retirará los cargos?
—No.
Me miró a los ojos.
—Es mi hijo. ¿De verdad quiere que pase los próximos diez años en la cárcel?
—Sí. Pero el juez decidirá la sentencia.
—Sólo es un chico. Como mucho, se dejó llevar.
—Tiene una hija, ¿no, señor Jenrette?
El señor Jenrette miró su bebida.
—Si un par de chicos negros de Irvington la cogieran, la metieran en una habitación y le hicieran esas cosas, ¿le gustaría que el asunto se escondiera debajo de la alfombra?
—Mi hija no es estríper.
—No, señor, no lo es. Tiene todos los privilegios en la vida. Tiene todas las ventajas. ¿Para qué iba a desnudarse?
—Hágame un favor —dijo—. No me venga con rollos socioeconómicos. ¿Está diciendo que porque era pobre no tenía otra salida que dedicarse a la prostitución? Por favor. Es un insulto para las personas desfavorecidas que han trabajado para salir del gueto.
Arqueé las cejas.
—¿El gueto?
No dijo nada.
—¿Vive en Short Hills, no, señor Jenrette?
—¿Y?
—Dígame —dije— ¿cuántas de sus vecinas eligen desnudarse o, como dice usted, prostituirse?
—No lo sé.
—Lo que Chamique Johnson haga o no haga es totalmente irrelevante respecto a que la hayan violado. Eso no lo decidimos nosotros. Su hijo no decide quién merece ser violado. Pero la verdad es que Chamique se desnudaba porque tenía unas opciones limitadas. Su hija no. —Meneé la cabeza—. Ya veo que no lo entiende.
—¿Entender qué?
—Que ella se vea obligada a desnudarse y vender su cuerpo no hace menos culpable a Edward. En todo caso, lo hace más culpable.
—Mi hijo no la violó.
—Para esto tenemos los juicios —dije—. ¿Hemos terminado?
Por fin levantó la cabeza.
—Le puedo hacer la vida más difícil.
—Diría que ya lo está intentando.
—¿La retirada de fondos? —Se encogió de hombros—. Eso no ha sido nada. Un calentamiento.
Me miró a los ojos y sostuvo la mirada. Había ido muy lejos.
—Adiós, señor Jenrette.
Alargó la mano y me cogió el brazo.
—No les condenarán.
—Ya veremos.
—Ha ganado algunos puntos hoy, pero todavía tienen que contrainterrogar a esa puta. No puede explicar por qué dio esos nombres. Eso será su ruina y lo sabe. Escuche mi propuesta.
Esperé.
—Mi hijo y el chico de los Marantz se declararán culpables de cualquier cargo siempre que no implique ir a la cárcel. Cumplirán servicios en la comunidad. Pueden estar en libertad condicional estricta tanto tiempo como le plazca. Me parece justo. A cambio financiaré económicamente a esa mujer y me aseguraré de que JaneCare recibe fondos. Todos ganamos.
—No —dije.
—¿De verdad cree que esos chicos volverán a hacerlo?
—¿Sinceramente? —dije—. Seguramente no.
—Creía que el objetivo de la cárcel era la rehabilitación.
—Sí, pero a mí no me interesa tanto la rehabilitación —dije. Me interesa la justicia.
—¿Y cree que mandar a mi hijo a la cárcel es hacer justicia?
—Sí —dije—. Pero se lo repito: para eso están los juicios y los jurados.
—¿Se ha equivocado alguna vez, señor Copeland?
No dije nada.
—Porque voy a buscar. Buscaré hasta que encuentre ese error que cometió. Y lo utilizaré. Tiene secretos, señor Copeland. Ambos lo sabemos. Si sigue con esta caza, voy a sacarlos a la luz para que todo el mundo los vea. —Parecía estar recuperando la confianza y no me gustó—. Como mucho, mi hijo cometió un error. Intentemos encontrar una forma de enmendar lo que hizo sin arruinarle la vida. ¿Puede entenderlo?
—No tengo nada más que decir —dije.
No me soltó el brazo.
—Última advertencia, señor Copeland. Haré lo que sea para proteger a mi hijo.
Miré a EJ Jenrette e hice algo que me sorprendió: sonreí.
—¿Qué? —preguntó.
—Es bonito —dije.
—¿Qué es bonito?
—Que su hijo tenga tantas personas luchando por él —dije—. En la sala también. Edward tiene a mucha gente a su lado.
—Le queremos.
—Es bonito —repetí y me solté—. Pero cuando veo a todas esas personas sentadas detrás de su hijo, ¿sabe lo que no puedo evitar notar?
—¿Qué?
—Que Chamique Johnson no tiene a nadie sentado detrás de ella —dije.
—Me gustaría leer este fragmento de diario a la clase —le dijo Lucy Gold.
A Lucy le gustaba que los alumnos se sentaran formando un círculo. Ella se colocaba en el centro. Era duro, sí, pasear alrededor del «círculo de aprendizaje» como si fuera el luchador malo, pero funcionaba. Al poner a los alumnos en círculo, por grande que éste fuera, todos estaban en primera fila. No había forma de ocultarse.
Lonnie estaba en el aula. Lucy había pensado en hacerle leer el diario para poder estudiar ella las caras de los alumnos, pero el narrador era una mujer. No sonaría bien. Además, el que lo hubiera escrito sabía que Lucy estaría observando las reacciones. Tenía que saberlo. Tenía que estar jugando con ella mentalmente. Así que Lucy decidió que lo leería ella y que Lonnie controlara las reacciones. Y por supuesto, Lucy levantaría la cabeza a menudo, haciendo pausas en la lectura, con la esperanza de captar algo.
Sylvia Potter, la lameculos, estaba directamente delante de ella. Tenía las manos dobladas y los ojos muy abiertos. Lucy la miró a los ojos y le sonrió. Sylvia se iluminó. A su lado estaba Alvin Renfro, un gandul sin remedio. Renfro estaba sentado como tantos alumnos, como si no tuviera huesos y fuera a caerse de la silla y convertirse en un charco en el suelo.
—Esto sucedió cuando tenía diecisiete años —leyó Lucy—. Estaba en un campamento de verano. Trabajaba de CIT, es decir de ayudante de monitor...
Mientras seguía leyendo sobre el incidente en el bosque, el narrador y su novio, «P», el beso contra el árbol, los gritos en el bosque, Lucy paseaba por el cerrado círculo. Ya había leído el fragmento al menos una docena de veces, pero ahora, al leerlo en voz alta, sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Notaba las piernas flojas. Lanzó una mirada a Lonnie. Él también había notado algo en su tono y la miraba. Ella le miró como diciendo «se supone que debes observarlos a ellos, no a mí», y se volvió enseguida.
Al terminar, Lucy animó a los alumnos a hacer comentarios. Esta petición casi siempre seguía la misma rutina. Los alumnos sabían que el autor estaba allí, en aquel mismo aula, pero como la única manera de construirte a ti mismo es hundiendo a los demás, se lanzaban a destriparlo con furia. Levantaban la mano y empezaban siempre con alguna clase de negación, como «¿Soy sólo yo o...?» o «Podría equivocarme, pero...» y a continuación:
—La escritura es plana...
—No noto su pasión por el tal «P», ¿y vosotros?
—¿La mano bajo la blusa? Por favor...
—A mí me ha parecido una tontería.
—El narrador dice: «Nos besamos y fue tan apasionado...» No digas que fue apasionado, demuéstralo.
Lucy moderó. Aquella era la parte más importante de la clase. Era difícil enseñar. A menudo pensaba en sus días de estudios, las horas de lecturas pesadas y no era capaz de recordar absolutamente nada de ellas. Las lecciones que realmente había aprendido, las que había interiorizado y recordaba y utilizaba, eran los comentarios breves que el profesor hacía durante la discusión. Enseñar era cuestión de calidad, no de cantidad. Si hablas demasiado, acabas siendo como el hilo musical, una molesta música de fondo. Si dices muy poco, puedes hacer un gol.
A los profesores también les gusta la atención. Eso también puede ser peligroso. Uno de sus primeros profesores le había dado un consejo muy claro sobre esto: no todo gira en torno a ti. Lucy intentaba tenerlo presente siempre. Por otro lado, a los estudiantes tampoco les gusta que te mantengas distante. Así que siempre que tenía ocasión de contar una anécdota, intentaba que fuera una en la que hubiera metido la pata —no tenía que pensar mucho para encontrarlas—, pero al final había acabado bien.
Otro problema era que los alumnos no decían lo que realmente creían, sino lo que esperaban que causara buena impresión. Eso también era lo habitual en las reuniones del claustro, la prioridad era parecer bueno, no decir la verdad.
Pero esta vez Lucy se mostró más agresiva de lo normal. Quería reacciones. Quería que el autor o la autora se manifestara. Así que insistió.
—Representa que se trata de un recuerdo —dijo—. Pero ¿alguien ha creído que esto sucedió?
Eso los hizo callar a todos. Había unas reglas no escritas en el aula y Lucy prácticamente había llamado mentiroso al autor. Aflojó un poco.
—Lo que he querido decir es que parece ficción. Normalmente sería algo bueno, pero ¿lo es en este caso? ¿Te cuestionas la veracidad?
La discusión fue animada. Se levantaron manos. Los chicos debatieron entre ellos. Era el momento álgido del trabajo. La verdad era que tenía pocas cosas en su vida. Pero le gustaban estos chicos. Cada semestre volvía a enamorarse de nuevo. Eran su familia, desde septiembre a diciembre o de enero a mayo. Entonces la abandonaban. Algunos volvían. Muy pocos. Y ella siempre se alegraba de verlos. Pero ya no volvían a ser su familia. Sólo los estudiantes actuales tenían ese estatus. Era raro.
En determinado momento, Lonnie salió. Lucy se preguntó adónde iba, pero estaba inmersa en la clase. Algunos días la clase duraba demasiado poco. Este fue uno de ellos. Cuando acabó la hora y los alumnos empezaron a recoger sus cosas, seguía sin tener ni idea de quién le había mandado aquel diario anónimo.
—No lo olvidéis —dijo Lucy—. Dos páginas más del diario. Quiero tenerlas mañana. —Después añadió—. Bueno, si queréis mandar más de dos páginas, adelante. Lo que tengáis está bien.
Diez minutos después, estaba en su despacho. Lonnie ya estaba allí.
—¿Has visto algo en sus caras? —preguntó.
—No —dijo.
Lucy empezó a recoger, metiendo papeles en la bolsa del portátil.
—¿A dónde vas? —preguntó Lonnie.
—He quedado.
El tono de ella le impidió seguir preguntando. Lucy «quedaba» un día a la semana, pero no le confiaba a nadie adónde iba. Ni siquiera a Lonnie.
—Oh —dijo Lonnie.
Miraba al suelo. Lucy se detuvo.
—¿Qué pasa, Lonnie?
—¿Estás segura de que quieres saber quién ha escrito el diario? No sé qué decirte pero este asunto me parece una traición.
—Necesito saberlo.
—¿Por qué?
—No puedo decírtelo.
—Está bien —se conformó él.
—¿Está bien qué?
—¿A qué hora volverás?
—Dentro de una o dos horas.
Lonnie miró el reloj.
—Para entonces puede que ya sepa quién lo ha enviado —dijo.
9
El juicio se pospuso hasta el día siguiente.
Algunos dirán que esto jugaba a mi favor en el caso, que el jurado tendría toda la noche para meditar sobre mi interrogatorio y que esto lo cambiaría todo, bla, bla, bla. Esta clase de especulación era inútil. Era el ciclo de vida de un caso. Si había algo positivo en esta situación, se compensaría con el hecho de que Flair Hickory tendría más tiempo para preparar el contrainterrogatorio. Los juicios funcionan así. Te pone enfermo de los nervios, pero estas cosas tienden a igualar las partes.
Llamé a Loren Muse con el móvil.
—¿Ya tienes algo?
—Sigo trabajando en ello.
Colgué y vi que tenía un mensaje del detective York. No sabía qué pensar de que la señora Pérez mintiera sobre la cicatriz en el brazo de Gil. Si se lo preguntaba directamente, seguro que me diría que se había equivocado. Qué se le va a hacer.
Pero ¿por qué lo habría dicho?
¿Estaba diciendo, en realidad, lo que creía que era verdad? ¿Qué ese cuerpo no era el de su hijo? ¿Los señores Pérez simplemente estaban cometiendo una equivocación grave (pero comprensible), eran tan incapaces de asumir que Gil había estado vivo todo ese tiempo que no podían aceptar lo que tenían ante sus propios ojos?
¿O mentían?
Y si mentían, ¿por qué lo hacían?
Antes de hablar con ellos, necesitaba estar en posesión de más datos. Tenía que tener la prueba definitiva de que el cadáver del depósito con el alias de Manolo Santiago era realmente el de Gil Pérez, el chico que había desaparecido en el bosque con mi hermana y Margot Green y Doug Billingham hacía casi veinte años.
El mensaje de York decía: «Perdone que haya tardado tanto. Me preguntó por Raya Singh, la novia de la víctima. Sólo teníamos un móvil de ella, aunque parezca increíble. En fin, la llamamos. Trabaja en un restaurante indio de la Ruta 3 cerca del túnel Lincoln». Me dio su nombre y dirección. «Se supone que está allí todo el día. Si se entera del nombre auténtico de Santiago, comuníquemelo. Por lo que parece, llevaba mucho tiempo usando este alias. Hemos encontrado indicios de él de hace seis años en la zona de Los Ángeles. Nada importante. Le llamaré».
No sabía cómo interpretar el mensaje. Nada importante. Me fui al coche, y en cuanto subí, vi que había algo raro.
Había un sobre grande sobre el asiento del conductor.
Sabía que no era mío. Sabía que no lo había dejado yo. Y sabía que había cerrado el coche.
Alguien había entrado en mi coche.
Cogí el sobre. Sin dirección, ni sello. Estaba totalmente en blanco. Me pareció fino. Me senté delante y cerré la puerta. El sobre estaba cerrado. Lo abrí con el dedo índice. Metí la mano y saqué el contenido.
Se me heló la sangre en las venas cuando vi lo que era.
Una fotografía de mi padre.
Fruncí el ceño.
—¿Qué co...?
En el pie, escrito a máquina en el borde blanco, estaba su nombre y el año: «Vladimir Copeland». Nada más.
No entendía nada.
Me quedé quieto un momento mirando la fotografía de mi amado padre. Pensé en que había sido médico en Leningrado, en todo lo que le habían arrebatado, en que su vida había acabado siendo una serie interminable de tragedias y decepciones. Le recordé discutiendo con mi madre, los dos hechos polvo y sin nadie más a quien gritar que el uno al otro. Recordé a mi madre llorando sola. Recordé a Camille conmigo algunas de aquellas noches. Ella y yo no nos peleábamos nunca, algo raro entre hermanos, pero tal vez es que habíamos vivido mucho. A veces me cogía de la mano y me decía que saliéramos a dar un paseo. Pero casi siempre íbamos a la habitación de Camille y ella ponía una de sus canciones pop favoritas y me hablaba de ella, de por qué le gustaba, como si tuviera un significado oculto, y después me hablaba de algún chico de la escuela que le gustaba. Yo la escuchaba y sentía aquella curiosa sensación de satisfacción.
No entendía nada. ¿Por qué aquella fotografía...?
Había algo más en el sobre.
Le di la vuelta. Nada. Metí la mano hasta el fondo. Parecía una ficha. La saqué. Sí, era una ficha. Con rayas rojas. Ese lado, el pautado, estaba en blanco. Pero en el otro lado, el que era liso, alguien había mecanografiado tres palabras en letras mayúsculas:
EL PRIMER SECRETO
—¿Sabes quién envió el diario? —preguntó Lucy.
—Todavía no —dijo Lonnie—. Pero lo sabré.
—¿Cómo?
Lonnie mantuvo la cabeza baja. El vacilón seguro de sí mismo había desaparecido. Lucy se sintió mal por él. No le gustaba lo que le obligaba a hacer. A ella tampoco le hacía gracia. Pero no tenía más remedio. Se había esforzado mucho por ocultar su pasado. Se había cambiado el nombre. No había permitido que Paul la encontrara. Se había deshecho de sus cabellos rubios naturales. A ver, ¿cuántas mujeres de su edad tenían los cabellos rubios naturales? Y ahora llevaba ese color castaño anodino.
—De acuerdo —dijo—. ¿Estarás aquí cuando vuelva?
Él asintió. Lucy bajó la escalera hacia su coche.
En la tele parece muy fácil obtener una nueva identidad. Puede que lo fuera, pero para Lucy no había sido así. Era un proceso lento. Había empezado por cambiarse el apellido Silverstein por Gold. Plata por oro. Está bien, ¿no? No lo creía, pero a ella le gustaba, le daba la sensación de mantener un vínculo con el padre que tanto quería.
Se había mudado por todo el país. El campamento no existía desde hacía tiempo. Lo mismo que los bienes de su padre. Y al final, también su padre prácticamente.
Lo que quedaba de Ira Silverstein, su padre, se alojaba en una casa de convalecencia a quince kilómetros del campus de la Universidad de Reston. Condujo y disfrutó de ese rato a solas. Escuchó a Tom Waits cantando que esperaba no volver a enamorarse, pero por supuesto sí se enamoraba. Dejó el coche en el aparcamiento. La casa, una mansión reformada que ocupaba una gran extensión de terreno, era más agradable que la mayoría. Prácticamente todo el sueldo de Lucy iba a parar a ella.
Aparcó junto al viejo coche de su padre, un VW Escarabajo amarillo oxidado. El Escarabajo estaba siempre en el mismo sitio. Dudaba de que se hubiera movido de allí en el último año. Aquí su padre tenía libertad. Podía marcharse siempre que quisiera. Podía ingresar o salir. Pero lo triste era que casi nunca salía de la habitación. Las pegatinas izquierdistas que adornaban el vehículo estaban descoloridas. Lucy tenía una copia de la llave del VW y de vez en cuando lo ponía en marcha, para que la batería no dejara de funcionar. Sólo sentarse en el coche y hacer eso, le traía recuerdos. Veía a Ira conduciéndolo, con su gran barba, las ventanas abiertas, la sonrisa, el saludo y el bocinazo a todos los que pasaban.
Nunca tuvo el valor de sacarlo a dar una vuelta.
Lucy se presentó en recepción. Era una residencia muy especializada, para personas mayores con historial de drogas y problemas mentales. Eso parecía incluir un amplio abanico de situaciones, desde los que parecían totalmente «normales» hasta los que podrían aparecer como extras en Alguien voló sobre el nido del cuco.
Ira era un poco de las dos cosas.
Lucy paró en el umbral. Ira estaba de espaldas a ella. Llevaba el consabido poncho de alpaca. Sus cabellos grises salían disparados en todas direcciones. «Let’s Live for Today» de The Grass Roots, un clásico de 1967, sonaba en lo que su padre todavía denominaba un «hi-fi». Lucy escuchó a Rob Grill, el vocalista, contando «1, 2, 3, 4» antes de que el grupo se lanzara a otro «sha-la-la-la, let’s live for today». Cerró los ojos y cantó silenciosamente.
Absolutamente genial.
En la habitación había cuentas y tapices y un póster de «Where Have All the Flowers Gone». Lucy sonrió, pero con poca alegría. Una cosa era la nostalgia, y otra, una mente deteriorada.
La demencia precoz se había infiltrado, por la edad o por el consumo de drogas —no se podía asegurar—, y se había quedado. Ira siempre había estado mentalmente ausente y siempre había vivido en el pasado, por eso era tan difícil determinar el avance de la decadencia. Eso era lo que decían los médicos. Pero Lucy sabía que el punto inicial, el empujón cuesta abajo, se había producido ese verano. Ira cargó con gran parte de la culpa por lo que pasó en el bosque. Era su campamento. Debería haber hecho más para proteger a los campistas.
Los medios se le echaron encima, pero no con tanta furia como las familias. Ira era demasiado buena persona para aguantarlo. Le destrozó.
Ahora Ira apenas salía de la habitación. Su mente rebotaba de una década a otra, pero esta —la de los sesenta— era la única en la que se sentía cómodo. La mitad del tiempo creía que todavía estaba en 1968. Otras veces sabía la verdad —se le notaba en la expresión—, pero era incapaz de enfrentarse a ella. Así que, como parte de la nueva «terapia de validación», sus médicos le permitían tener la habitación en 1968, aposta.
El médico había explicado que esta clase de demencia no mejoraba con la edad, de modo que era preferible que el paciente se sintiera lo más feliz y tranquilo posible, aunque eso representara vivir en una especie de mentira. En resumen, Ira quería vivir en 1968. Allí era donde era más feliz. ¿Para qué amargarle la vida?
—Hola, Ira.
Ira, quien nunca había querido que le llamara «papá», se volvió con la lentitud que provoca la medicación hacia la voz de Lucy. Levantó la mano, como si estuviera bajo el agua, y la saludó.
—Hola, Luce.
Lucy se sacudió las lágrimas. Siempre la reconocía, siempre sabía quién era. Si vivir en 1968 y que su hija no hubiera nacido en esa fecha parecían una contradicción es porque lo eran. Pero eso nunca hacía tambalear la ilusión de Ira.
Ira le sonrió. Siempre había tenido un gran corazón, era demasiado generoso, demasiado infantil e ingenuo para un mundo tan cruel. Ella se refería a él como un «ex hippie» pero eso implicaba que en un cierto punto Ira había dejado de ser hippie. Mucho después de que todos abandonaran las camisas teñidas y las flores y las cuentas, cuando ya todos se habían cortado los cabellos y se habían afeitado la barba, Ira se mantuvo fiel a la causa.
Durante la magnífica infancia de Lucy, Ira nunca le había levantado la voz. Apenas ponía filtros ni límites, porque quería que su hija viera y experimentara todo, incluso cuando seguramente era inapropiado. Curiosamente, esa falta de censura había hecho que su única hija, Lucy Silverstein, fuera más virtuosa de lo normal en su época.
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