Kitabı oku: «Muerte en el hoyo 18»
Título original: Back Spin
© Harlan Coben
© Traducción de Borja Folch Permanyer
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
OEBO054
ISBN: 978-84-9867-863-5
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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Créditos
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Agradecimientos
Otros títulos
Para los Armstrong,
los mejores suegros del mundo,
Jack y Nancy,
Molly, Jane, Eliza, Sara, John y Kate.
Gracias por todo, Anne
1
Myron Bolitar examinó con el periscopio de cartón aquella multitud ridículamente ataviada. Trató de recordar la última vez que había utilizado un periscopio de juguete. La imagen de los comprobantes de compra de una caja de cereales Cap’n Crunch parpadeó ante sus ojos como esas manchas que aparecen después de mirar hacia el sol y que suelen producir dolor de cabeza.
A través del reflejo en el espejo, Myron observó a un hombre vestido con bombachos (¡bombachos, por amor de Dios!) que miraba fijamente una minúscula esfera blanca. Los espectadores murmuraban con entusiasmo. Myron contuvo un bostezo. El hombre de los bombachos se puso de cuclillas. Los espectadores ridículamente ataviados intercambiaron codazos antes de sumirse en un silencio imponente, al que siguió una quietud absoluta, como si hasta los árboles, los arbustos y las repeinadas briznas de hierba estuvieran conteniendo la respiración.
Entonces, el hombre de los bombachos golpeó la esfera blanca con un palo.
El público empezó a comentar el golpe en una jerga indescifrable. El volumen del murmullo aumentó a medida que la bola fue ascendiendo. Algunas palabras se hicieron inteligibles. Luego, frases enteras. «Bonito estilo.» «Espléndido golpe.» «Buen golpe.» «Un estilo realmente bueno.» Enfatizaban la palabra «estilo» como si alguien pudiera pensar que se referían a un estilo de natación o a un estilo arquitectónico.
—Señor Bolitar.
Myron apartó el periscopio de su rostro. Tuvo la tentación de gritar «Arriba periscopio», pero temió que algún socio del exclusivo Club de Golf de Merion lo considerase un acto de inmadurez. Sobre todo durante la disputa del Open de Estados Unidos. Miró por encima del hombro a un hombre de rostro rubicundo que debía de rondar los setenta y comentó:
—Vaya pantalones.
—¿Disculpe?
—¿Qué pasa?, ¿tiene miedo de que le atropelle uno de los carros eléctricos?
Los pantalones eran anaranjados y amarillos, de un tono algo más brillante que una supernova en el instante mismo de la explosión. Sin embargo, en aquel hombre apenas si destacaban. Parecía como si todos se hubiesen levantado aquel día preguntándose qué indumentaria desentonaría más en el llamado mundo libre. Muchos lucían tonos de verde y anaranjados típicos de los rótulos de neón más vulgares. El amarillo y unos tonos púrpura sumamente raros también abundaban, por lo general juntos, en una combinación de colores que resultaría estrafalaria hasta al equipo de animadoras de un instituto del Medio Oeste. Era como si al verse rodeada por toda aquella belleza natural la gente se empeñara en hacer cuanto estuviera en su mano para compensarla. O quizá fuese otra cosa la que estaba en juego. Quizá la fealdad de la ropa tuviese un origen más funcional. Tal vez en los viejos tiempos, cuando había animales en libertad, los golfistas se vestían de aquella manera para ahuyentar a las bestias peligrosas.
Era una buena teoría.
—Tengo que hablar con usted —susurró el anciano—. Es urgente.
Las mejillas, redondas y joviales, contradecían a sus ojos suplicantes. De pronto, tomó a Myron por el brazo.
—Se lo ruego —añadió.
—¿De qué se trata? —preguntó Myron.
El hombre movió el cuello como si la camisa le apretara demasiado.
—Usted es agente deportivo, ¿verdad? —preguntó.
—Sí.
—¿Ha venido a captar clientes?
Myron entrecerró los ojos.
—¿Cómo sabe que no he venido aquí a presenciar el espectáculo cautivador de un puñado de adultos dando un paseo?
El anciano no sonrió, aunque ya se sabe que los golfistas no son famosos precisamente por su sentido del humor. Volvió a estirar el cuello y se aproximó.
—¿Le dice algo el nombre de Jack Coldren? —le preguntó con un ronco susurro.
—Por supuesto —respondió Myron.
Si el anciano le hubiese hecho la misma pregunta el día anterior, Myron no habría tenido ni idea de quién le hablaba. No era muy aficionado al golf (en realidad, no lo era en absoluto), y Jack Coldren había sido un jugador de tercera fila durante los últimos veinte años, pero se había convertido en el inesperado líder tras la primera jornada del Open, y ahora, cuando sólo quedaban unos pocos hoyos del segundo recorrido, iba en cabeza con una extraordinaria ventaja de nueve golpes.
—Pero ¿por qué me lo pregunta? —quiso saber Myron.
—¿Y Linda Coldren? —inquirió el hombre—. ¿Sabe quién es?
Aquella pregunta era más fácil. Linda Coldren era la esposa de Jack y la mejor golfista de la última década.
—Sí, sé quién es —respondió Myron.
El hombre se inclinó más hacia él y repitió el gesto con el cuello. Resultaba francamente molesto, además de contagioso. Myron tuvo que luchar contra el deseo de imitarlo.
—Están metidos en un buen lío —susurró el anciano—. Si los ayuda, tendrá dos nuevos clientes.
—¿De qué clase de lío se trata?
El anciano miró alrededor.
—Aquí hay demasiada gente —le dijo—. Venga conmigo.
Myron se encogió de hombros. No existía ninguna razón que le impidiera acompañarlo. El anciano era la única posibilidad de hacer negocio que había descubierto desde que su amigo y socio Windsor Horne Lockwood III (Win, para abreviar) lo había arrastrado hasta allí contra su voluntad. Dado que el Open de Estados Unidos se celebraba en el Merion, club al que pertenecía la familia Lockwood desde hacía aproximadamente un millón de años, a Win se le había ocurrido que era una gran oportunidad para que Myron consiguiera algún cliente selecto. Myron no lo tenía tan claro. A su juicio, el rasgo principal que lo distinguía de las hordas de agentes que pululaban como cigarras por los verdeantes prados del Club de Golf de Merion era su clara aversión al golf, lo cual con toda probabilidad distaba mucho de constituir un punto a su favor a la hora de ofrecer sus servicios profesionales.
Myron Bolitar dirigía MB SportsReps, una firma de representación de deportistas con sede en Park Avenue, Nueva York. El local lo alquilaba a su antiguo compañero de cuarto de la facultad, Win, un influyente banquero e inversionista cuya rancia y acaudalada familia era propietaria de Lock-Horne Securities, situada en la misma Park Avenue de Nueva York. Myron se ocupaba de las negociaciones mientras Win, uno de los corredores de bolsa más respetados del país, se ocupaba de las inversiones y las finanzas. El tercer miembro del equipo de MB, Esperanza Diaz, se ocupaba de todo lo demás. Tres ramas con controles y balances. Igual que el Gobierno estadounidense. De lo más patriótico.
Eslogan: «MB SportsReps: los demás son mariquitas rojos».
Mientras el anciano intentaba abrirse paso entre el gentío para que Myron pudiera avanzar, varios hombres con chaquetas de esport de color verde, otro atuendo que suele lucirse en los campos de golf, quizá para confundirse con la hierba, lo saludaron en voz baja con frases como «Qué tal, Bucky», o «Qué bien se te ve, Buckster» o «Buen día para el golf, Buckaroo». Todos ellos tenían acento de ricos repipis, con esa inflexión gangosa que prefiere «mami» a «mamá» y para la que tanto verano como invierno son sinónimos de vacaciones. Myron estuvo a punto de criticar que llamaran Bucky a un hombre hecho y derecho, pero cuando uno se llama Myron..., ya se sabe, más vale no arrojar piedras contra el propio tejado.
Como en cualquier otro acontecimiento deportivo del mundo libre, la zona de juego parecía más una cartelera gigante que un campo de competición. El marcador principal lo patrocinaba IBM. Canon repartía periscopios. Empleados de American Airlines despachaban en los puestos de comida (unas líneas aéreas manipulando alimentos, ¿a qué lumbrera se le habría ocurrido?). El village estaba atestado de empresas que aflojaban más de cien mil dólares por cabeza para plantar una tienda de campaña por unos días, con la finalidad principal de proporcionar a sus ejecutivos una excusa para acudir al torneo. Travelers Group, Mass Mutual, Aetna (a los golfistas deben de gustarles los seguros), Canon, Heublein. Heublein. ¿Qué diablos era Heublein? Parecía una buena empresa. Myron probablemente hubiese comprado un Heublein de haber sabido lo que era.
Lo curioso del caso era que, de hecho, el Open de Estados Unidos estaba menos comercializado que la mayor parte de los torneos. Al menos todavía no habían vendido el nombre, como otros torneos, que adoptaban el de sus patrocinadores con resultados un tanto ridículos. ¿Quién podría aspirar a ganar el JC Penney Open, o el Michelob Open, o siquiera el Wendy’s Three-Tour Challenge?
El anciano lo condujo hasta un aparcamiento reservado. Mercedes, Cadillac, limusinas. Myron reconoció el Jaguar de Win. La Asociación de Golf de Estados Unidos había colocado hacía poco un cartel en el que podía leerse: aparcamiento sólo para socios.
—Usted es socio del Merion —afirmó Myron, siempre tan intuitivo.
El anciano transformó su gesto característico de torcer el cuello en una especie de asentimiento.
—Mi familia se remonta a los orígenes del club —explicó, exagerando su acento esnob—. Igual que la de su amigo Win.
Myron se detuvo y miró al anciano.
—¿Conoce a Win?
El anciano esbozó algo parecido a una sonrisa y se encogió de hombros. Nada de compromisos.
—Aún no me ha dicho cómo se llama —señaló Myron.
—Stone Buckwell. Pero todo el mundo me llama Bucky —respondió el anciano, tendiéndole la mano—. Por lo demás —añadió mientras Myron se la estrechaba—, soy el padre de Linda Coldren.
Bucky abrió la portezuela de un Cadillac azul celeste al que subieron. Metió la llave en el contacto. En la radio pasaban música ambiental; peor aún, la versión ambiental de Raindrops Keep Falling on My Head. Myron se apresuró a bajar la ventanilla en busca de aire fresco y de algo de ruido que neutralizara aquella música.
Sólo los socios estaban autorizados a aparcar en los jardines del Merion, de modo que salir del recinto no supuso ningún problema. Torcieron a la derecha al final del sendero de entrada y luego otra vez a la derecha. Bucky, por suerte, apagó la radio. Myron volvió a meter la cabeza dentro del coche.
—¿Qué sabe sobre mi hija y su marido? —preguntó Bucky.
—Poca cosa —respondió Myron.
—Usted no es aficionado al golf, ¿verdad, señor Bolitar?
—La verdad es que no.
—El golf es un deporte realmente magnífico —sentenció el anciano. Luego añadió—: Aunque la palabra deporte no le hace justicia.
—Ajá —asintió Myron.
—Es el juego de los príncipes. —El rostro rubicundo de Buckwell resplandeció levemente; los ojos, muy abiertos, reflejaban el arrobamiento propio de las almas más devotas. Hablaba en voz baja, no sin cierta reverencia—. No hay nada comparable. Tú solo contra el campo. Sin excusas. Sin compañero de equipo. Sin llamadas inoportunas. Es la más pura de las actividades.
—Ajá —repitió Myron—. Mire, no quisiera parecerle grosero, señor Buckwell, pero ¿de qué va todo esto?
—Llámeme Bucky, por favor.
—De acuerdo... Bucky.
Buck asintió con aprobación y dijo:
—Tengo entendido que usted y Windsor Lockwood son algo más que meros socios.
—¿A qué se refiere?
—Creo que hace tiempo que se conocen. Compartieron habitación mientras estudiaban en la universidad. ¿Me equivoco?
—¿Por qué me pregunta sobre Win?
—El caso es que fui al club para intentar dar con él —explicó Bucky—. Pero me parece que será mejor así.
—¿Así cómo?
—Hablando antes con usted. Tal vez luego... Bueno, ya veremos. Prefiero no crearme demasiadas expectativas.
Myron asintió.
—No tengo ni idea de qué me está hablando.
Bucky se desvió por un camino adyacente al campo, el camino de la casa club. Los golfistas, siempre tan creativos.
El campo quedaba a la derecha. A la izquierda se alzaban imponentes mansiones. Un minuto después, Bucky tomó un camino circular. La casa era bastante grande y estaba construida de un material conocido como roca de río. La roca de río era muy abundante en aquella región, y Win siempre se refería a ella como «la piedra esencial». La mansión estaba rodeada por una valla blanca, varios parterres de tulipanes y dos arces, uno a cada lado del sendero. En el lado derecho se abría un amplio porche. El coche se detuvo y, por un instante, ambos permanecieron inmóviles.
—¿De qué va este asunto, señor Buckwell? —le preguntó al fin Myron.
—Nos encontramos ante una situación muy delicada —dijo el anciano.
—¿Qué clase de situación? —inquirió Myron.
—Prefiero que sea mi hija quien se lo explique. —Bucky sacó la llave del contacto y se dispuso a abrir la puerta.
—¿Por qué acude a mí? —quiso saber Myron.
—Nos han dicho que quizá podría ayudarnos.
—¿Quién se lo ha dicho?
Buckwell empezó a torcer el cuello con renovado vigor. Cuando por fin recuperó el control de su cabeza, miró a Myron a los ojos y declaró:
—La madre de Win.
Myron se estremeció. Abrió la boca, la cerró, esperó. Buckwell se apeó y se dirigió hacia la puerta de la casa. Myron lo siguió diez segundos después.
—Win no le servirá de nada —le advirtió.
Buckwell asintió.
—Por eso he acudido antes a usted.
Recorrieron un camino de ladrillos hasta alcanzar la puerta, que estaba entornada. Buckwell la empujó y llamó:
—¡Linda!
Linda Coldren estaba de pie ante el televisor del estudio. Vestía pantalones cortos de color blanco y blusa amarilla sin mangas que dejaban al descubierto unos miembros ágiles, propios de una atleta. Era alta, tenía el pelo negro, muy corto, y lucía un bronceado que realzaba sus músculos lisos y largos. De acuerdo con las finas arrugas en las comisuras de sus labios y sus ojos, debía de tener unos treinta y cinco años, tal vez más. Myron intuyó de inmediato por qué se la disputaban los patrocinadores. Aquella mujer irradiaba un esplendor salvaje. Su belleza transmitía más fortaleza que delicadeza.
Estaba viendo el torneo por televisión. Encima del aparato había fotografías familiares enmarcadas. Dos grandes sofás cubiertos de cojines formaban una uve en un rincón. Discreto mobiliario para un golfista. Nada de putting green, nada de alfombra AstroTurf, nada de esas obras de arte de tema golfístico que se hallaban uno o dos escalones por debajo de la categoría estética de, pongamos por caso, los cuadros de tahúres jugando a póquer. Ninguna gorra con la imagen de un tee y una bola colgada de la cabeza de un alce.
De repente, Linda Coldren los miró; primero a Myron, con expresión airada, y luego a su padre.
—Pensaba que ibas a traer a Jack —le espetó.
—Todavía no ha terminado el recorrido.
Linda señaló con la mano el televisor.
—Ya está en el hoyo 18. Pensaba que ibas a esperarlo.
—He traído al señor Bolitar en su lugar.
—¿A quién?
Myron dio un paso al frente y sonrió.
—Soy Myron Bolitar.
Linda Coldren le echó un vistazo y volvió a mirar a su padre.
—¿Quién diablos es éste?
—Es el hombre de quien me habló Cissy —repuso Buckwell.
—¿Quién es Cissy? —preguntó Myron.
—La madre de Win.
—Oh —exclamó Myron—. Entiendo.
—No pinta nada aquí —dijo Linda Coldren—. Deshazte de él.
—Escucha, Linda. Necesitamos ayuda.
—Pero no la suya.
—Él y Win tienen experiencia en esta clase de cosas.
—Win —sentenció ella con parsimonia— es un psicópata.
—Vaya —intervino Myron—, veo que lo conoce bien.
Linda Coldren por fin se dignó prestar atención a Myron. Sus ojos, profundos y pardos, se encontraron con los de él.
—No he hablado con Win desde que tenía ocho años —dijo ella—. Pero no es preciso saltar por encima de las llamas para saber que el fuego quema.
Myron asintió.
—Bonita analogía.
Linda Coldren soltó un bufido de desaprobación y volvió a mirar a su padre.
—Ya te he dicho que nada de policía. Haremos lo que dicen.
—Pero si no es policía —arguyó Bucky.
—Y no debías contárselo a nadie.
—Sólo se lo he contado a mi hermana —protestó Bucky—. No dirá una palabra.
Myron sintió que volvía a estremecerse.
—Espere un momento —le dijo dirigiéndose a Bucky—. ¿Su hermana es la madre de Win?
—Sí.
—Entonces, usted es el tío de Win. —Myron miró a Linda Coldren.— Y usted su prima hermana.
Ella lo miró con expresión de desdén.
—Con tamaña sagacidad —repuso en tono burlón—, me alegra tenerlo de nuestra parte. Si aún no le ha quedado claro, señor Bolitar, puedo traer una pizarra y dibujarle nuestro árbol genealógico.
—¿Lo haría con varios colores? —preguntó Myron—. Me encantan los colorines.
Ella hizo una mueca y le dio la espalda. En el televisor, Jack Coldren se disponía a dar un putt de tres metros y medio. Linda observó atentamente. El golpe fue suave, la bola describió un arco y fue a dar justo en el hoyo. La tribuna aplaudió con entusiasmo moderado. Jack cogió la bola con dos dedos y saludó. El marcador de IBM centelleó en la pantalla. Jack Coldren iba en primera posición con una fabulosa ventaja de nueve golpes.
—Pobre cabrón —masculló Linda Coldren.
Myron guardó silencio. Bucky hizo lo mismo.
—Ha esperado este momento durante veintitrés años —prosiguió ella—. Y ahora va y lo consigue.
Myron echó un vistazo a Bucky, que lo miró y sacudió la cabeza.
Linda Coldren siguió con los ojos fijos en el televisor hasta que su marido salió en dirección a la casa club. Entonces dejó escapar un profundo suspiro y se volvió hacia Myron.
—¿Sabe, señor Bolitar?, Jack jamás ha ganado un torneo profesional. Lo más cerca que estuvo de lograrlo fue cuando empezaba, hace ya veintitrés años, con sólo diecinueve. Fue la última vez que se celebró el Open de Estados Unidos en el Merion. Quizá recuerde los titulares.
La verdad es que no le resultaban del todo desconocidos. Los periódicos de la mañana habían publicado algunas crónicas de la época.
—Perdió el liderazgo, ¿verdad?
—Eso suena a eufemismo, pero así es —admitió Linda Coldren—. A partir de entonces su carrera ha sido cualquier cosa menos espectacular. Ha habido años en los que ni siquiera ha pasado el corte de un solo torneo.
—Le ha llevado mucho tiempo enganchar una buena racha —dijo Myron—. En el Open de Estados Unidos, quiero decir.
Ella lo miró con cierta curiosidad y se cruzó de brazos.
—Su nombre me suena —dijo—. Usted jugaba al baloncesto, ¿verdad?
—Así es.
—En la ACC. ¿Carolina del Norte?
—Duke —la corrigió.
—Eso es, Duke. Ahora lo recuerdo. Se rompió la rodilla poco después de que lo seleccionaran para la NBA.
Myron asintió.
—Aquello puso fin a su carrera, ¿no es así?
Myron asintió de nuevo.
—Tuvo que ser un duro golpe —agregó ella.
Myron no contestó.
Ella trató de quitarle importancia al asunto con un gesto de la mano.
—Lo que le ha pasado a usted no es nada comparado con lo que le ha ocurrido a Jack —dijo.
—¿Por qué?
—Usted se lesionó. No dudo que le resultase duro, pero al menos no fue culpa suya. Jack llevaba una ventaja de seis golpes en el Open de Estados Unidos, a falta de sólo ocho hoyos. ¿Sabe lo que significa eso? Es como tener una ventaja de diez puntos cuando sólo queda un minuto de juego en el séptimo partido de los play off de la NBA. Es como fallar un lanzamiento a canasta en el último instante y perder el campeonato. Jack no volvió a ser el mismo después de aquello. Creo que aún no lo ha superado. Desde entonces se ha pasado toda la vida esperando la ocasión de redimirse. —Se volvió hacia el televisor. El marcador aparecía de nuevo en la pantalla. Jack Coldren seguía en cabeza con nueve golpes—. Si vuelve a perder...
No se tomó la molestia de acabar la frase. Todos guardaron silencio. Linda mantuvo la vista fija en el televisor. Bucky estiró el cuello, con los ojos húmedos y el rostro tembloroso, al borde del llanto.
—¿Qué ha sucedido, Linda? —preguntó Myron.
—Nuestro hijo —respondió—. Lo han secuestrado.
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—No debería contarle nada de esto —prosiguió Linda Coldren—. Dijo que lo mataría.
—¿Quién lo dijo?
Ella respiró profundamente varias veces, como un niño en lo alto de un trampolín. Myron esperó. Le llevó unos segundos, pero por fin dio el paso decisivo.
—Esta mañana he recibido una llamada —explicó. Sus grandes ojos no paraban de moverse—. Un hombre me ha dicho que tenía a mi hijo y que si llamaba a la policía lo mataría.
—¿Le ha dicho algo más?
—Sólo que volvería a llamar para darnos instrucciones.
—¿Eso es todo?
Asintió con la cabeza.
—¿A qué hora ha llamado? —preguntó Myron.
—Serían las nueve, o las nueve y media.
Myron se acercó al televisor y contempló una de las fotografías enmarcadas.
—¿Es un retrato reciente de su hijo?
—Sí.
—¿Qué edad tiene?
—Dieciséis. Se llama Chad.
Myron examinó la fotografía. El risueño adolescente presentaba los mismos rasgos rollizos de su padre. Llevaba una gorra de béisbol con la visera hacia atrás, al estilo de los chavales. El palo de golf, que apoyaba con orgullo en el hombro, le confería el aspecto de un miliciano con la bayoneta calada. Tenía los ojos entrecerrados como si se hallara de cara al sol. Myron inspeccionó el rostro de Chad como si éste pudiera proporcionarle alguna pista o iluminar su discernimiento. Pero no fue así.
—¿Cuándo se ha percatado de la ausencia de su hijo?
Linda Coldren dirigió una mirada rápida a su padre y luego irguió la cabeza, como si se preparara para que éste le propinara un cachete.
—Chad lleva dos días fuera —respondió lentamente.
—¿Fuera? —interrogó Myron Bolitar en tono de gran inquisidor.
—Sí.
—Cuando dice fuera...
—Quiero decir exactamente eso —lo interrumpió—. No lo he visto desde el miércoles.
—¿Y el secuestrador no ha telefoneado hasta el día de hoy?
—Así es.
Myron abrió la boca, la cerró, templó la voz. «Anda con tiento, Myron —pensó—, sé amable, ve paso a paso.»
—¿Usted conocía su paradero?
—Supuse que estaría en casa de su amigo Matthew —respondió Linda Coldren.
Myron asintió, como si ese gesto revelara una brillante perspicacia. Volvió a asentir y preguntó:
—¿Se lo dijo Chad?
—No.
—Así pues —concluyó él, fingiendo no darle importancia—, estos dos últimos días usted no sabía dónde se encontraba su hijo.
—Acabo de decirle que creía que estaba en casa de Matthew.
—No llamó a la policía.
—Claro que no.
Myron estuvo a punto de hacerle otra pregunta complementaria, pero la actitud de Linda Coldren le obligó a replantear el discurso. Linda aprovechó ese instante de indecisión. Se encaminó hacia la cocina con aire distinguido. Myron la siguió. Bucky salió de repente de su estado de trance y fue tras ellos.
—Permítame asegurarme de que he entendido bien —dijo Myron, que había decidido enfocar el asunto desde un ángulo distinto—. ¿Chad se esfumó antes del torneo?
—Correcto —respondió ella—. El Open comenzó el jueves. —Abrió la nevera y añadió—: ¿Por qué? ¿Acaso es importante?
—Elimina una de las posibles causas —explicó Myron.
—¿Cuál?
—La de alterar los resultados del torneo —aclaró Myron—. Si Chad hubiese desaparecido hoy, cuando su marido va en cabeza de la clasificación, podría conjeturarse que alguien pretende impedir que gane el Open. Pero hace dos días, antes de que el torneo hubiese comenzado...
—Nadie habría apostado un centavo por Jack —Linda Coldren terminó la frase por él—. Tenía una posibilidad entre cinco mil de vencer, y eso en el mejor de los casos. —Asentía con la cabeza al hablar, como si enfatizara la lógica del argumento—. ¿Le apetece una limonada? —preguntó.
—No, gracias.
—¿Papá?
Bucky negó con la cabeza. Linda Coldren se inclinó hacia el interior de la nevera.
—Muy bien —dijo Myron, haciendo lo posible por mostrarse despreocupado—. Hemos descartado una posibilidad. Probemos con otra.
Linda Coldren lo observó. Con una mano sostenía una jarra de cristal de cuatro litros sin que su antebrazo diera muestras de realizar un gran esfuerzo. Myron se debatía buscando la manera de abordar la cuestión, lo cual no resultaba nada sencillo. Finalmente, se animó a preguntar:
—¿Es posible que su hijo esté detrás de todo esto?
—¿Qué?
—Se trata de una pregunta inevitable —adujo Myron—, dadas las circunstancias.
Linda dejó la garrafa sobre el mostrador de madera.
—¿Qué diablos pretende decir? ¿Cree acaso que Chad está simulando su propio secuestro?
—No he dicho eso. He dicho que quería comprobar esa posibilidad.
—Lárguese.
—Llevaba dos días fuera y nadie ha avisado a la policía —dijo Myron—. Una conclusión posible es que aquí se haya producido alguna clase de tensión. Que Chad ya se hubiese escapado antes.
—O bien —contraatacó Linda Coldren, cerrando con fuerza los puños—, podría sacar la conclusión de que confiamos en nuestro hijo. Que le otorgamos un grado de libertad acorde con su nivel de madurez y responsabilidad.
Myron dirigió una mirada a Bucky, que mantenía la cabeza gacha.
—Si tal es el caso...
—Tal es el caso.
—Pero dígame, ¿acaso los chicos responsables no dicen a sus padres adónde van, para asegurarse así de que no van a preocuparse en vano?
Linda Coldren sacó un vaso del armario con excesiva delicadeza. Lo puso sobre el mostrador y, mientras lo llenaba lentamente, dijo:
—Chad ha aprendido a ser muy independiente. Su padre y yo somos jugadores de golf profesionales, lo cual, voy a serle franca, significa que ni él ni yo pasamos mucho tiempo en casa.
—Sus prolongadas ausencias —aventuró Myron—, ¿no han dado pie a cierta... tirantez?
Linda Coldren negó con la cabeza.
—Todo esto no tiene ningún sentido.
—Sólo intento...
—Mire, señor Bolitar, Chad no está detrás de esto. De acuerdo, es un adolescente. No es perfecto, como tampoco lo son sus padres, pero eso no significa que haya simulado su propio secuestro. Y aun suponiendo que lo hubiese hecho, aunque sé que no es así, pero supongámoslo de todos modos, entonces está sano y salvo y podemos prescindir de usted. Si se trata de un engaño cruel, no tardaremos en descubrirlo. Pero si mi hijo está en peligro, seguir en este plan es una pérdida de tiempo que no me puedo permitir.
Myron asintió. La señora se saldría con la suya.
—Comprendo —dijo.
—Bien.
—¿Ha telefoneado a su amigo después de hablar con el secuestrador? Me refiero al amigo en cuya casa pensaba que estaría.
—Se llama Matthew Squires. Sí, he telefoneado.
—¿Y Matthew tenía idea de dónde puede estar?
—No.
—Son amigos íntimos, ¿verdad?
—Sí.
—Estarán muy unidos.
Ella frunció el entrecejo.
—Sí, mucho.
—¿Matthew llama aquí a menudo?
—Sí. O se comunican por correo electrónico.
—Necesito el número de teléfono de Matthew —dijo Myron.
—Pero si acabo de decirle que ya he hablado con él.
—Sea complaciente —le rogó Myron—. Muy bien, ahora retrocedamos un poco en el tiempo. ¿Cuándo vio a Chad por última vez?
—El día en que desapareció.
—¿Qué ocurrió?
Linda Coldren volvió a fruncir el entrecejo.
—¿Qué pretende decir con eso de qué ocurrió? Se fue a la escuela de verano. No he vuelto a verlo desde entonces.
Myron la observaba. Ella se calló y le sostuvo la mirada, se diría que con demasiada tranquilidad. Allí había algo que no encajaba.
—¿Ha telefoneado a la escuela para saber si fue a clase ese día? —preguntó.
—No se me había ocurrido.
Myron miró la hora en su reloj de pulsera. Viernes. Las cinco de la tarde.
—Dudo que todavía haya alguien allí, pero nada perdemos con intentarlo. ¿Dispone de más de una línea telefónica?
—Sí.
—No llame por la que utilizó el secuestrador. No quiero que encuentre la línea ocupada en caso de que vuelva a llamar.
Ella asintió.
—De acuerdo.
—¿Su hijo tiene tarjetas de crédito, o de cajero automático o algo por el estilo?
—Sí.
—Necesito una lista. Y los números, si los tiene.
Ella volvió a asentir.
—Voy a telefonear a un amigo —añadió Myron— para ver si puede instalar un identificador de llamadas en esta línea, para cuando el secuestrador vuelva a telefonear. Me figuro que Chad tendrá ordenador.
—Sí —respondió Linda Coldren.
—¿Dónde está?
—Arriba, en su habitación.
—Voy a traspasar toda la información que contenga a mi oficina a través de su módem. Tengo una ayudante que se llama Esperanza. La estudiará a fondo; tal vez encuentre algo.
—¿Algo como qué?
—Si le soy franco, no tengo la menor idea. Correo electrónico, servicios de noticias a los que esté suscrito... no sé, cualquier cosa que pueda suponer un indicio. No se trata de un procedimiento muy científico. Hay que comprobar cuanto esté en nuestra mano, y así tal vez demos con algo.
Linda meditó en ello por un instante.
—De acuerdo —concedió.
—¿Y qué hay de usted, señora Coldren? ¿Tiene algún enemigo?
—Soy la jugadora de golf número uno del mundo —declaró ella con una sonrisa—. Eso me genera un montón de enemistades.
—¿Alguien a quien crea capaz de hacer esto?
—No —respondió—. Nadie.
—¿Y su marido? ¿Hay alguien que deteste lo bastante a su marido?
—¿A Jack? —Linda forzó una risa entre dientes—. Todo el mundo adora a Jack.
—¿Qué quiere decir?
Ella se limitó a menear la cabeza y se desentendió de Myron con un ademán.
Myron hizo unas cuantas preguntas más, pero ya le quedaba poco donde hurgar. Pidió permiso para subir a la habitación de Chad, y ella lo precedió por las escaleras.
Lo primero que Myron vio tras abrir la puerta del dormitorio de Chad fueron los trofeos. Había montones. Todos de golf. Todos coronados por una estatuilla de bronce que representaba a un hombre ejecutando un swing, con el palo de golf por encima del hombro y la cabeza erguida. Unas veces el hombrecillo llevaba una gorra de golf. Otras, el pelo corto y ondulado. Había dos bolsas de golf de piel en el rincón de la derecha, ambas repletas de palos. Los retratos de Jack Nicklaus, Arnold Palmer, Sam Snead y Tom Watson cubrían las paredes. Esparcidos por el suelo, varios ejemplares de Golf Digest.
—¿Chad juega a golf? —preguntó Myron.
Linda Coldren lo miró sin decir palabra. Myron topó con su fija mirada y asintió solemnemente.
—En ocasiones mis facultades deductivas intimidan a ciertas personas —explicó.
Casi logró que sonriera.
—Procuraré no dejarme impresionar —dijo ella.
Myron dio un paso hacia los trofeos.
—¿Es bueno?
—Muy bueno. —Linda se volvió bruscamente, dando la espalda a la habitación—. ¿Necesita algo más?
—Ahora mismo, no.
—Estaré abajo.
No esperó a que la bendijera.
Myron entró en la habitación. Comprobó el contestador automático del teléfono de Chad. Había tres mensajes. Dos de ellos eran de una chica llamada Becky. A juzgar por lo que oyó, se trataba de una buena amiga. Sólo llamaba para decir, bueno, hola, y ver si quería, bueno, hacer algo aquel fin de semana, ya sabes. Ella y Millie y Suze iban a, bueno, se pasarían por el Heritage, y si le apetecía verlas, bueno, pues ya sabes. Myron sonrió. Los tiempos estarían cambiando, pero aquellas palabras podía haberlas pronunciado una muchacha que hubiese ido al colegio con Myron, con su padre o con el padre de su padre. Las generaciones pasan por un ciclo. La música, las películas, el lenguaje, la moda; todas esas cosas cambian, pero no son más que estímulos externos. Tanto en el interior de unos pantalones con rodilleras como bajo un corte de pelo atrevido existen los mismos temores, necesidades y sentimientos de inadaptación propios de la adolescencia.
La última llamada era de un muchacho llamado Glen. Quería saber si a Chad le apetecía jugar al golf en «el Pine» aquel fin de semana, ya que el Merion estaría a rebosar por culpa del Open. «Papi —aseguraba a Chad la voz repipi de Glen en la grabación— nos conseguirá hora en el tee, sin problemas.»
Ningún mensaje de Matthew Squires, el gran camarada de Chad.
Conectó el ordenador. Windows 95. Perfecto. Era el mismo que empleaba Myron. Enseguida se dio cuenta de que Chad recibía el correo electrónico a través de America Online. Tanto mejor. Myron pulsó flashsession. El módem estableció conexión y emitió un breve chirrido. Una voz dijo: «Bienvenido. Tiene correo». Docenas de mensajes se fueron cargando automáticamente. La misma voz dijo: «Adiós». Myron repasó el directorio de direcciones de correo electrónico y dio con la de Matthew Squires. Echó una ojeada a los mensajes cargados. Ninguno era de Matthew.
Interesante.
No descartaba en absoluto la posibilidad de que el señor Matthew y Chad estuvieran menos unidos de lo que Linda Coldren creía. También era muy probable que, aunque no fuera así, Matthew no se hubiese puesto en contacto con su amigo desde el miércoles, a pesar de que éste, según cabía suponer, había desaparecido sin previo aviso. Mera casualidad.
En conjunto, resultaba un caso interesante.
Myron descolgó el teléfono de Chad y pulsó el botón de rellamada. Después de la cuarta señal se oyó una voz grabada en el contestador automático: «Has llamado a Matthew. Deja un mensaje si te apetece».
Myron colgó sin dejar ningún mensaje. No le apetecía. Mmm. Matthew era la última persona a la que Chad había llamado. Aquello bien podía ser significativo. O no tener nada que ver con nada. En cualquier caso, Myron estaba yendo muy deprisa hacia ninguna parte.
Sirviéndose otra vez del teléfono de Chad, marcó el número de su oficina. Esperanza contestó tras la segunda señal.
—MB SportsReps.
—Soy yo.
La puso al corriente. Ella escuchó sin interrumpirle.
Esperanza Diaz trabajaba en MB SportsReps desde la fundación de la empresa. Diez años atrás, cuando Esperanza sólo tenía dieciocho, era la reina de la Sunday Morning Cable TV. No, no aparecía en ningún publirreportaje, aunque su programa competía con un montón de ellos, sobre todo con aquel del aparato de ejercicios abdominales que guardaba un parecido impresionante con un instrumento medieval de tortura; en su lugar, Esperanza había sido una luchadora profesional conocida como Pequeña Pocahontas, la sensual princesa india. Cubría su ágil y menuda figura con tan sólo un bikini de ante. Esperanza fue elegida la participante más popular del campeonato de lucha libre americano durante tres años consecutivos. Pese a su éxito, a Esperanza no se le subieron los humos.
—¿Win tiene madre? —preguntó Esperanza con incredulidad cuando Myron puso fin al relato del secuestro.
—Sí.
—Pues mi teoría del engendro surgido de un huevo diabólico se va al traste —repuso ella tras una pausa.
—No tienes remedio.
—¿Y quién lo tiene? —respondió Esperanza—. Win me cae bien, eso ya lo sabes, pero el chico es un poco... ¿Cuál es el término psiquiátrico oficial? ¡Ah, sí! Lelo.
—Pues ese lelo una vez te salvó la vida —observó Myron.
—Sí, ya, pero imagino que recordarás cómo —repuso ella.
Myron lo recordaba. Un callejón oscuro. Las certeras balas de Win esparciendo materia gris como confeti tras un desfile. Típico de él. Eficaz pero excesivo. Como aplastar un insecto con un martillo de demolición.
—Como dije antes —continuó ella con parsimonia—, un lelo.
Myron deseaba cambiar de tema.
—¿Algún recado?
—Cerca de un millón, pero ninguno urgente. —Hizo una pausa y preguntó—: ¿La has visto alguna vez?
—¿A quién?
—A Madonna —le espetó—. ¿A quién va a ser? A la madre de Win.
—Sólo en una ocasión —respondió Myron. Hacía más de diez años de eso. Él y Win cenaron en el Merion. Win no dirigió la palabra a su madre durante toda la velada. Pero ella sí le habló. El recuerdo hizo que Myron se estremeciera una vez más.
—¿Ya le has hablado de este asunto a Win? —preguntó ella.
—No. ¿Qué me aconsejas?
Esperanza reflexionó por un instante.
—Hazlo por teléfono —dijo—. Mantén una buena distancia de seguridad.
3
Decidieron darse un respiro.
Myron seguía en el estudio de los Coldren en compañía de Linda cuando Esperanza telefoneó. Bucky había regresado al Merion en busca de Jack.
—La tarjeta de crédito del chico fue utilizada ayer a las seis y dieciocho de la tarde —notificó Esperanza—. Un reintegro de ciento ochenta dólares. En una sucursal del First Philadelphia de la calle Porter, en la zona sur de Filadelfia.
—Gracias.
Informaciones de ese tipo no eran difíciles de obtener. Cualquiera que tuviese el número de la cuenta estaba en condiciones de hacerlo por teléfono; bastaba con fingir ser el titular. Incluso sin el número, cualquiera que hubiese trabajado en un cuerpo oficial de seguridad tendría los contactos, o los números de acceso, o por lo menos los recursos suficientes para untar a la persona adecuada. Gracias a la superabundancia de tecnología disponible, aquello ya no constituía una tarea excesivamente complicada. La tecnología hacía algo más que despersonalizar; dejaba tus entrañas al descubierto, te destripaba, te despojaba de toda pretensión de vida privada.
Pulsando las teclas adecuadas podías averiguarlo casi todo.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Linda Coldren.
Él se lo explicó.
—Eso no significa necesariamente lo que está usted pensando —repuso ella—. El secuestrador puede haberle sonsacado el número secreto a Chad.
—Puede —repuso Myron.
—Pero usted no lo cree así, ¿verdad?
Se encogió de hombros.
—Digamos, sencillamente, que soy bastante escéptico.
—¿Por qué?
—Por la cantidad, para empezar. ¿Qué límite tiene asignado Chad?
—Quinientos dólares al día.
—En ese caso, ¿a cuento de qué un secuestrador sacaría sólo ciento ochenta dólares?
Linda Coldren reflexionó por un instante.
—Si sacara demasiado, quizá levantaría sospechas.
Myron frunció el entrecejo.
—Suponiendo que el secuestrador fuese tan cuidadoso —razonó—, ¿por qué arriesgar tanto por ciento ochenta dólares? Todo el mundo sabe que los cajeros automáticos están equipados con cámaras de seguridad. Todo el mundo sabe, también, que hasta la operación electrónica más sencilla deja un rastro localizable.
—Usted no cree que mi hijo esté en peligro —le dijo ella en tono gélido.
—No he dicho eso. Puede que todo parezca una cosa y luego resulte ser otra. Quizá tenga usted razón. Es más seguro considerar que se trata de un secuestro real.
—Así pues, ¿cuál va a ser su siguiente paso?
—No estoy seguro. El cajero automático estaba en la calle Porter de la zona sur de Filadelfia. ¿Acaso Chad frecuenta ese lugar?
—No —respondió con calma Linda Coldren—. En realidad, nunca hubiera imaginado que fuera por allí.
—¿Por qué lo dice?
—No hay más que tugurios. Es la parte más sórdida de la ciudad.
—¿Tiene un plano? —le pidió Myron.
—En la guantera.
—Estupendo. Necesito que me preste el coche por un rato.
—¿Adónde va?
—Voy a darme una vuelta por las inmediaciones de ese cajero.
—¿Con qué propósito?
—No lo sé —admitió Myron—. Tal como le he dicho antes, la investigación tiene poco de científica. Hay que moverse un poco, pulsar cuatro botones y esperar a que suceda algo.
Linda Coldren sacó las llaves de un bolsillo.
—Tal vez los secuestradores se lo llevaron allí —dijo—. Quizás encuentre su coche o alguna otra pista.
Myron reprimió darse una palmada en la frente. Un coche, claro. Había olvidado lo más elemental. En su mente, la desaparición de un chaval camino de la escuela evocaba imágenes de autobuses amarillos y caminatas a paso vivo con la cartera repleta de libros. ¿Cómo podía haber pasado por alto algo tan evidente como el rastro que deja un coche?
Preguntó marca y modelo. Un Honda Accord gris. No podía decirse que fuese un coche de los que destacan entre el tráfico. Matrícula de Pensilvania 567-AHJ. Llamó a Esperanza y le pasó los datos. A continuación le dio a Linda Coldren el número de su teléfono móvil.
—Llámeme si hay alguna novedad.
—De acuerdo.
—No tardaré en volver —dijo.
El trayecto no fue demasiado largo. Tuvo la impresión de viajar en un instante desde el esplendor verde hasta la inmundicia del hormigón; como cuando en Star Trek cruzan una de aquellas puertas del tiempo.
El cajero automático era de esos a los que se puede acceder sin bajar del coche, y estaba ubicado en lo que sólo la generosidad permitía calificar como distrito financiero. Había un montón de cámaras. Ni una caja atendida por seres humanos. ¿Realmente se arriesgaría tanto un secuestrador? Cabía ponerlo en duda. Myron se preguntó cómo podría hacerse con una copia de la cinta de vídeo sin poner sobre aviso a la policía. Tal vez Win conociese a alguien. Las instituciones bancarias solían mostrarse ansiosas por cooperar con la familia Lockwood. La cuestión era si Win accedería a cooperar.
La calle estaba flanqueada por almacenes abandonados (o al menos ése era el aspecto que ofrecían). Camiones de cinco ejes pasaban zumbando. A Myron le recordaron la moda de los radiotransmisores que conoció en la infancia. Su padre, como todo el mundo, había comprado uno; era un hombre nacido en el barrio de Flatbush, en Brooklyn, que terminó como propietario de una fábrica de ropa interior en Newark y que vociferaba «corto y cambio al canal diecinueve» imitando el acento que había oído en la película Deliverance. Su padre avanzaba en coche por Hobart Gap Road, desde su casa hasta el Centro Comercial Livingston (un trayecto de unos dos kilómetros), preguntado a sus «buenos camaradas» si había rastro de polis. Myron sonrió al recordarlo. Ah, los radiotransmisores. Estaba convencido de que su padre aún debía de conservar el suyo, guardado en alguna parte. Probablemente junto al reproductor de ocho pistas.
A un lado del cajero automático había una gasolinera que ni siquiera tenía nombre. Vio coches herrumbrosos apoyados sobre pilas de ladrillos a punto de desmoronarse. Al otro lado, un mugriento motel llamado Court Manor Inn daba la bienvenida a los clientes con un rótulo verde que rezaba: 19.99$ la hora.
Consejo de viaje de Myron Bolitar n.º 83: Es evidente que usted no se halla ante un establecimiento de cinco estrellas ni tampoco de gran lujo si éste anuncia a bombo y platillo tarifas por horas.
Debajo del precio, en letra negra más pequeña, el cartel anunciaba: techo de espejo y habitaciones temáticas con suplemento. ¿Habitaciones temáticas? Myron no quería ni imaginárselas. En el último renglón, de nuevo en grandes caracteres se leía: pregunte por el club de clientes habituales. Vaya por Dios.
Myron se preguntó si intentarlo merecía la pena y decidió que por qué no. Lo más probable era que no llegara a ninguna parte, pero si Chad estaba escondido (e incluso si lo habían secuestrado) una casa de citas era un lugar tan bueno como cualquier otro para desaparecer.
Entró en el aparcamiento. El Court Manor, un edificio de dos pisos, era un tugurio de manual. La escalera y los pasillos exteriores eran de madera carcomida. Los muros de hormigón carecían de enlucido, por lo que uno corría el riesgo de rasparse las manos si se apoyaba en ellos. El suelo estaba sembrado de restos de mortero. Una máquina dispensadora de refrescos, desenchufada, custodiaba la puerta como un guardia real. Myron pasó junto a ella y entró.
Se había preparado para encontrarse con el típico vestíbulo de casa de citas, a saber: un neandertal sin afeitar vestido con una camiseta sin mangas demasiado estrecha, mascando un palillo, eructando por el exceso de cerveza, sentado tras un cristal blindado. O algo por el estilo. Pero no fue ése el caso. El Court Manor Inn tenía un mostrador alto de madera, detrás del cual un letrero de bronce anunciaba: concierge. Myron procuró que no se le escapara la risa. Detrás del mostrador, un hombre elegante de unos treinta años y cara de niño se cuadró. Llevaba la camisa impecablemente planchada, el cuello almidonado y corbata negra con un nudo Windsor perfecto.
—¡Buenas tardes, caballero! —exclamó con una sonrisa, dirigiéndose a Myron—. ¡Bienvenido al Court Manor Inn!
—Hola —dijo Myron.
—¿Puedo servirle en algo, señor?
—Eso espero.
—¡Espléndido! Me llamo Stuart Lipwitz. Soy el nuevo director del Court Manor Inn. —Miró a Myron con expectación.
—Enhorabuena.
—Vaya, gracias, señor, muy amable de su parte. Si tiene alguna dificultad, si hay algo en el Manor Inn que no esté a la altura de sus expectativas, le ruego que me lo comunique de inmediato. Me ocuparé personalmente de arreglarlo. —Amplia sonrisa, pecho henchido—. En el Court Manor garantizamos su satisfacción.
Myron se quedó contemplándolo, a la espera de que aquella sonrisa de alto voltaje disminuyera su intensidad; pero no fue así, de modo que decidió mostrarle la fotografía de Chad Coldren.
—¿Ha visto a este muchacho?
Stuart Lipwitz ni siquiera bajó la vista. Sin dejar de sonreír, dijo:
—Lo siento, señor, pero ¿es usted de la policía?
—No.
—Entonces me temo que no puedo ayudarlo. Lo lamento mucho.
—¿Cómo dice?
—Tendrá que perdonarme, caballero, pero en el Court Manor Inn nos enorgullecemos de nuestra discreción.
—No está metido en ningún lío —dijo Myron—. No soy un detective privado a la caza de un marido infiel ni nada por el estilo.
La sonrisa no se alteró en absoluto.
—Lo lamento, señor, pero esto es el Court Manor Inn. Nuestra clientela contrata nuestros servicios para actividades diversas y con frecuencia prefiere mantenerse en el anonimato. Nuestro deber es respetar su voluntad.
Myron escrutó el rostro del hombre en busca de algún signo de afectación. Nada. Todo en él resplandecía. Myron se inclinó sobre el mostrador para inspeccionarle los zapatos. Pulidos como un par de espejos. Llevaba el pelo peinado hacia atrás. La viveza de sus ojos parecía auténtica.
Myron tardó en reaccionar, pero por fin se dio cuenta de lo que aquella situación exigía. Sacó la cartera y extrajo un billete de veinte dólares. Lo deslizó por encima del mostrador. Stuart Lipwitz lo miró sin moverse.
—¿Para qué es esto, señor?
—Es un regalo —respondió Myron.
Stuart Lipwitz no lo tocó.
—A cambio de cierta información —prosiguió Myron. Sacó un segundo billete y lo sostuvo en el aire—. Hay otro, si lo quiere.
—Caballero, en el Manor Court Inn tenemos una norma: el cliente ante todo.
—¿No es ésa la misma norma de las prostitutas?
—¿Cómo dice, señor?
—No tiene importancia —masculló Myron.
—Soy el nuevo director del Court Manor Inn, señor.
—Eso ya lo sé.
—Además, poseo el diez por ciento de la empresa.
—Su madre debe de ser la envidia de sus amigas.
La misma sonrisa impertérrita.
—En otras palabras, señor, estoy en esto a largo plazo. Así es como veo el negocio. A largo plazo. No sólo hoy y mañana, sino el futuro. A largo plazo. ¿Entiende?
—Por supuesto —contestó Myron categóricamente—. Quiere decir a largo plazo.
Stuart Lipwitz chasqueó los dedos.
—Exactamente. Y nuestro lema es: hay muchos sitios donde puede disfrutar de su adulterio, pero nosotros queremos que lo haga aquí.
Myron esperó un momento. Luego dijo:
—Muy franco.
—En el Court Manor Inn trabajamos de firme para ganarnos su confianza, y la confianza no tiene precio. Cada mañana, al levantarme, me lo repito ante el espejo.
—¿Ese espejo está en el techo?
Seguía sonriendo.
—Permítame que se lo explique de otra manera —dijo—. Si el cliente sabe que el Court Manor Inn es un lugar seguro donde consumar una indiscreción, es más probable que regrese. —Se inclinó hacia delante; le brillaban los ojos—. ¿Lo comprende?
Myron asintió.
—El negocio está en que repitan.
—Exactamente.
—Pero también en las referencias —agregó—; Myron ya sabe: «Eh, Bob, conozco un sitio estupendo para echar una cana al aire».
—Veo que lo comprende.
—Todo eso me parece muy bien, Stuart, pero este chaval tiene quince años. Quince. —En realidad, Chad tenía ya dieciséis, pero ¡qué demonios!—. Eso va contra la ley.
La sonrisa permaneció imperturbable, pero adquirió un cierto matiz de decepción para con el alumno favorito.
—Lo lamento, pero debo comunicarle que no tiene razón, señor; en este estado la edad penal es de catorce años. Y, en segundo lugar, no hay ninguna ley que prohíba que un chaval de quince años alquile una habitación de motel.
Aquel tipo estaba mareando la perdiz más de la cuenta, pensó Myron. No había motivo para prolongar la situación si el muchacho nunca había estado allí. Así pues, una vez más debía hacer frente a los hechos. Lo más probable era que Stuart Lipwitz se lo estuviera pasando en grande. Seguro que de ordinario se aburría como una ostra. En cualquier caso, pensó Myron, ya iba siendo hora de sacudir un poco el árbol.
—La hay cuando lo agreden en su motel, Stuart —dijo Myron—. La hay cuando declara que alguien consiguió una copia de la llave en recepción para luego irrumpir en su habitación. —Vaya farol.
—No tenemos copias de las llaves —le replicó Lipwitz.
—Pues de un modo u otro entró.
La misma sonrisa. El mismo tono cortés.
—Si tal fuera el caso, señor, la policía ya estaría aquí.
—Ése será mi próximo paso —amenazó Myron—, si usted no coopera.
—Y quiere saber si este joven —Lipwitz señaló la fotografía de Chad— se alojó aquí.
—Sí.
La sonrisa se hizo más radiante. Myron casi se tuvo que proteger los ojos.
—Pero señor, si lo que usted dice es verdad, este joven estaría en condiciones de declarar por sí mismo si se alojó aquí, con lo que no me necesitaría para obtener esa información.
Myron mantuvo el rostro impasible. El flamante director del Court Manor Inn había sido más listo que él.
—Así es —reconoció, cambiando de táctica al vuelo—. De hecho, me consta que estuvo aquí. No era más que una pregunta rutinaria, como cuando la policía te pregunta cómo te llamas aunque lo sepa perfectamente. Sólo para empezar la conversación. —Vaya modo de improvisar.
Stuart Lipwitz empezó a escribir deprisa y sin cuidado en un trozo de papel.
—Aquí tiene el nombre y el número de teléfono del abogado del Court Manor Inn. Él le ayudará a resolver cualquier problema que usted le plantee.
—Pero ¿qué hay de lo de ocuparse personalmente? ¿Qué me dice de la satisfacción garantizada?
—Señor. —El hombre se inclinó hacia delante sin quitarle el ojo de encima. Su rostro y su voz no traslucían ni una pizca de impaciencia—. ¿Puedo ser atrevido?
—Adelante.
—No me creo ni una sola palabra de lo que está diciendo.
—Gracias por el atrevimiento —dijo Myron.
—No, gracias a usted, señor. Y vuelva cuando guste.
—¿Otra norma de la casa?
—¿Cómo dice?
—Nada —respondió Myron—. ¿Puedo ser atrevido yo, ahora?
—Sí.
—Le daré un puñetazo muy fuerte en la cara como no me diga si ha visto a este muchacho. —Don Improvisador ya estaba perdiendo la calma.
La puerta se abrió de par en par. Una pareja abrazada entró dando un traspié. La mujer frotaba sin ningún pudor la entrepierna del hombre.
—Necesitamos una habitación con urgencia —urgió el hombre.
Myron se volvió hacia ellos y dijo:
—¿Tiene tarjeta de cliente habitual?
—¿Qué?
Stuart Lipwitz no perdió la sonrisa.
—Adiós, señor. Que tenga un buen día —dijo, y volviéndose a la pareja, añadió con una sonrisa aún más amplia—: Bienvenidos al Court Manor Inn. Me llamo Stuart Lipwitz. Soy el nuevo director.
Myron salió en busca del coche. En el aparcamiento suspiró profundamente y miró hacia atrás. Aquella visita había tenido algo de irreal, como una de esas descripciones de abducciones alienígenas, aunque sin exploración anal. Entró en el coche y marcó el número del teléfono celular de Win. Sólo tenía intención de dejarle un mensaje en el contestador pero, para sorpresa de Myron, Win contestó.
—Diga.
—Soy yo —dijo Myron.
Silencio. Win aborrecía lo evidente. «Soy yo» era una construcción gramatical dudosa (en el mejor de los casos) y una absoluta pérdida de tiempo. Win hubiera adivinado de quién se trataba sólo por la voz. En el caso de que la voz no le hubiera resultado conocida, el hecho de oír «Soy yo» sin duda le hubiera servido de muy poca ayuda.
—Creía que no contestabas las llamadas telefónicas cuando estabas en el campo —prosiguió Myron.
—Voy a casa a cambiarme de ropa —explicó—. Luego cenaré en el Merion. —Las personas influyentes nunca comían; siempre cenaban—. ¿Te apetece venir?
—¿Por qué no? —respondió Myron.
—Aguarda un momento.
—¿Qué?
—¿Vas bien vestido?
—No llevo nada de colores chillones —contestó Myron—. ¿Crees que aun así me dejarán entrar?
—Eso ha sido muy gracioso de tu parte, Myron. Lo voy a anotar. En cuanto se me pase el ataque de risa buscaré un boli y lo apuntaré. Temo que de tanto reír acabe estampando el Jaguar contra un poste telefónico. ¡Ay de mí! Al menos moriré con el corazón rebosante de jocosidad.
Típico de Win.
—Tenemos un caso —anunció Myron.
Silencio. Win solía proceder de ese modo.
—Te lo contaré mientras cenamos.
—Hasta entonces —dijo Win—, no tendré más remedio que sofocar mi creciente emoción y expectación con una copa de coñac.
Win se hacía querer.
No había recorrido más de dos kilómetros cuando el teléfono móvil sonó. Myron lo conectó.
Era Bucky.
—El secuestrador ha vuelto a llamar.
4
—¿Qué ha dicho? —preguntó Myron.
—Quieren dinero —contestó Bucky.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—¿Qué quiere decir con que no lo sabe? ¿No han fijado una suma? —Myron estaba desconcertado.
—Creo que no —dijo el viejo. Se oía un ruido de fondo.
—¿Dónde está? —inquirió Myron.
—Estoy en el Merion. Verá, Jack contestó la llamada. Todavía está conmocionado.
—¿Que Jack contestó?
—Sí.
—¿El secuestrador llamó a Jack al Merion?
—Sí. Por favor, Myron, ¿puede volver aquí? Será más fácil explicárselo en persona.
—Voy para allá.
Condujo desde el sórdido motel hacia la autopista y de allí al verde. Cantidades desorbitantes de verde. Los suburbios de Filadelfia estaban alfombrados de un verde lujurioso, arbustos altos y árboles que daban sombra. Resultaba sorprendente la proximidad (al menos geográfica) de las calles más pobres de Filadelfia. Como en la mayoría de las ciudades, en Filadelfia la segregación era alarmante. Myron recordó la ocasión en que había acompañado a Win a ver un partido de los Eagles en el Veterans Stadium un par de años atrás. Pasaron por un una zona italiana, una zona polaca, una zona afroamericana; era como si un potente campo magnético invisible (una vez más, como en Star Trek) aislara a cada una de las comunidades. Parecía una pequeña Yugoslavia.
Myron torció por la avenida Ardmore. El Merion quedaba a unos dos kilómetros. Pensó en Win. Se preguntó cómo reaccionaría su viejo amigo ante la implicación de su madre en el caso. Probablemente, no muy bien. En los años que llevaban siendo amigos, Myron sólo había oído que Win mencionara a su madre en una ocasión. Fue durante su penúltimo año en Duke. Eran compañeros de habitación, acababan de regresar de una fiesta salvaje en el club de estudiantes. Había corrido la cerveza. Myron no era lo que se dice un buen bebedor. Se tomaba dos copas y terminaba besando a una tostadora. Él se justificaba apelando a la genética, pues en su familia nadie había aguantado jamás el alcohol.
Win, por el contrario, parecía que se hubiese destetado con aguardiente. El licor nunca le había afectado, pero en aquella fiesta en particular el ponche a base de bourbon hizo que incluso él se tambaleara un poco al caminar. Hasta el tercer intento no logró abrir la puerta de su cuarto.
Myron se desplomó de inmediato sobre la cama. El techo daba vueltas en el sentido contrario a las agujas del reloj a una velocidad escalofriante. Cerró los ojos y se sintió morir. Se agarró a la cama, aterrorizado. Sintió unas náuseas espantosas, se preguntó cuándo vomitaría y rezó para que se produjera de inmediato.
¡Ah, el encanto de las borracheras universitarias!
Ambos guardaron silencio durante un buen rato. Myron dudaba si Win se habría dormido. Quizás hubiera decidido largarse, perderse en la oscuridad de la noche. A lo mejor no se había agarrado lo suficiente a su cama y la fuerza centrífuga lo había lanzado por la ventana hacia el más allá.
La voz de Win rasgó la oscuridad.
—Échale un vistazo a esto.
Una mano dejó caer algo sobre el pecho de Myron. Myron se arriesgó a soltar una mano de la cama. Hasta allí, todo iba bien. Buscó a tientas hasta que lo encontró; después desplazó el objeto hacia un lugar donde pudiera examinarlo. Una farola de la calle (los campus están iluminados como árboles de Navidad) derramaba la suficiente luz en la habitación para darse cuenta de que se trataba de una fotografía. Los colores estaban desvaídos, pero Myron acertó a distinguir lo que parecía un automóvil caro.
—¿Es un Rolls-Royce? —preguntó Myron, que no sabía nada de coches.
—Un Bentley Continental Flying Spur —lo corrigió Win—, de 1962. Un clásico.
—¿Es tuyo?
—Sí.
La cama seguía dando vueltas en silencio.
—¿Cómo lo conseguiste? —inquirió Myron.
—Me lo regaló un tipo que se follaba a mi madre.
Punto final. Después de aquello, Win echó el cerrojo. El muro que levantó era tan impenetrable como inaccesible, protegido por un campo de minas, un foso y una alambrada electrificada. Durante los siguientes quince años Win no volvió a mencionar a su madre. Ni siquiera cuando los paquetes que le mandaba cada semestre llegaban a su dormitorio. Ni cuando luego llegaron a su oficina el día de su cumpleaños. Ni siquiera cuando la vieron en persona, diez años atrás.
Un sencillo letrero de oscura madera anunciaba: merion golf club. Nada más. Nada de «Reservado a los socios». Nada de «Somos elitistas y a usted no lo queremos». Nada de «Las minorías étnicas por la entrada de servicio». No era preciso. Se daba por sentado.
La última partida a tres del Open había terminado poco antes y la mayor parte del público ya se había marchado. El Merion sólo tenía capacidad para diecisiete mil personas (menos de la mitad de la capacidad de la mayoría de los campos), pero, aun así, durante los torneos aparcar seguía resultando trabajoso. Los espectadores se veían obligados a hacerlo en el vecino Haverford College y tomar uno de los autobuses que iban y venían constantemente.
Al final del camino de entrada un guarda le indicó que se detuviera.
—Vengo a ver a Windsor Lockwood —anunció Myron.
El hombre lo invitó a pasar de inmediato.
Bucky corrió a su encuentro antes de que le diera tiempo a aparcar el coche. Se lo veía avejentado.
—¿Dónde está Jack? —preguntó Myron.
—En el campo del oeste.
—¿Dónde?
—En el Merion hay dos campos —le explicó el anciano, estirando el cuello con su gesto característico—. El del este, que es el más famoso, y el del oeste. Durante el Open, el del oeste se emplea como campo de prácticas.
—¿Y su yerno está allí?
—Sí.
—¿Lanzando bolas?
—Por supuesto. —Bucky lo miró sorprendido—. Siempre se hace después de un partido. Todo jugador del circuito lo sabe. Usted jugaba al baloncesto. ¿No solía practicar sus lanzamientos al finalizar los encuentros?
—No.
—Bueno, como le decía, el golf es muy especial. Los jugadores deben revisar su juego inmediatamente después de cada partida. Aunque hayan jugado bien. Se fijan en los golpes buenos y procuran explicarse dónde reside el error de los golpes fallidos. Resumen la jornada, vaya.
—Entiendo —dijo Myron—. Hábleme de la llamada del secuestrador.
—Lo acompañaré hasta donde está Jack —repuso Bucky—. Es por aquí.
Recorrieron la calle del hoyo 18 y luego bajaron por la del dieciséis. El aire olía a hierba recién cortada y a polen. Había sido un buen año para el polen en la Costa Este; los alérgicos estaban de parabienes.
—Mire esa hierba alta —indicó Bucky con gesto de desaprobación—. Imposible.
Señalaba hacia los prados. Myron no tenía la más remota idea de lo que le estaba diciendo, de modo que asintió y siguió caminando.
—La maldita Asociación de Golf quiere este campo para poner a los jugadores de rodillas —masculló Bucky—. Así que dejan crecer la hierba alta a su antojo. Es como jugar en un arrozal, por amor de Dios. Luego dejan los greens tan pelados que se podría jugar al hockey sobre hielo en ellos.
Myron permaneció callado. Y siguieron caminando.
—Éste es uno de los famosos hoyos de la cantera —explicó Bucky, más sosegado.
—Ajá —repuso Myron, y pensó que algunas personas hablaban sin cesar cuando se ponían nerviosas.
—Cuando los constructores del campo llegaron al dieciséis, el diecisiete y el dieciocho —prosiguió Bucky, no sin que su voz sonara como la de un guía turístico en la Capilla Sixtina—, toparon con una cantera. En lugar de darse por vencidos, siguieron avanzando, incorporando la cantera al hoyo.
—¡Santo Dios! —dijo Myron quedamente—, sí que eran valientes en aquel entonces.
Hay quien habla a destajo cuando está nervioso. Los hay que se ponen sarcásticos.
Llegaron al tee y torcieron a la derecha por Golf House Road. A pesar de que el último grupo había terminado de jugar hacía más de una hora, aún quedaba una docena de jugadores realizando lanzamientos. El campo de prácticas. Allí era donde los golfistas profesionales comprobaban la eficacia de los diferentes tipos de palos. Disponían de una variada gama: palos con la cabeza de madera, palos con la cabeza de metal, y otros a los que llamaban niblicks, wedges y cosas por el estilo; pero eso era sólo una parte. Casi todos los profesionales del circuito se daban cita en el campo de prácticas para elaborar estrategias con sus cadis, comprobar el estado del equipo con sus patrocinadores, conversar con los colegas, fumar un cigarrillo (una sorprendente cantidad de profesionales fumaba sin parar) e incluso hablar con los agentes.
En los ambientes golfísticos, el campo de prácticas se conocía como «la oficina».
Myron reconoció a Greg Norman y a Nick Faldo. También divisó a Tad Crispin, la mejor «joven promesa» desde la aparición de Jack Nicklaus; en pocas palabras, el cliente soñado. El muchacho tenía veintitrés años, era bien parecido, tranquilo y estaba comprometido con una mujer muy bonita. Además, todavía no tenía agente. Myron procuró no babear. Eh, era tan humano como cualquiera. Al fin y al cabo era agente deportivo, y por ende merecedor de cierta indulgencia.
—¿Dónde está Jack? —preguntó Myron.
—Bajando por ahí —indicó Bucky—. Ha preferido practicar a solas.
—¿Cómo ha dado con él el secuestrador?
—Ha llamado a la centralita del Merion y ha dicho que se trataba de una emergencia.
—¿Y le han hecho caso?
—Sí —respondió Bucky—. De hecho, fue Chad quien llamó. Dijo que era el hijo de Jack quien hablaba.
Aquello era muy curioso.
—¿A qué hora se ha producido la llamada?
—Unos diez minutos antes de que yo le telefoneara a usted. —Bucky se detuvo y señaló con la barbilla—. Allí está.
Jack Coldren era un poco rechoncho y barrigudo, pero tenía unos antebrazos como los de Popeye. El cabello lacio se le revolvía con la brisa, dejando a la vista zonas sin pelo que habían pretendido disimularse. Golpeó la pelota con furia extraordinaria. Habrá a quien esto le parecerá un poco raro. Acabas de enterarte de que tu hijo ha desaparecido y te vas a lanzar pelotas de golf. Pero Myron lo comprendió. Golpear con rabia le servía de consuelo. Cuanto más estrés soportaba Myron, más ansiaba jugar al baloncesto. Cada cual tiene sus recursos. Hay quien bebe. Quien toma drogas. Hay quien prefiere dar un largo paseo en coche o enfrascarse en un juego de ordenador. Cuando Win necesitaba relajarse, solía ver cintas de vídeo de sus propias hazañas sexuales. Así era Win.
—¿Quién está junto a él? —preguntó Myron.
—Diane Hoffman —contestó Bucky—. Es su cadi.
A Myron le constaba que un cadi femenino no era nada fuera de lo común en el circuito profesional masculino. Algunos jugadores contrataban incluso a sus esposas. Era una forma de ahorrar dinero.
—¿Está al corriente de la situación?
—Sí. Diane se hallaba presente cuando le avisaron de que tenía una llamada. Están bastante unidos.
—¿Se lo ha dicho a Linda?
Bucky asintió con la cabeza.
—Le telefoneé de inmediato. No le importará presentarse usted mismo, ¿verdad? Me gustaría regresar al club para comprobar cómo se encuentra.
—Descuide.
—¿Cómo le aviso si sucede algo?
—Llámeme al móvil.
Bucky lo miró boquiabierto.
—Los teléfonos móviles están prohibidos en el Merion.
Como una bula del Papa.
—«Me gusta ir contra las normas» —dijo Myron—. No deje de llamar si es preciso.
Myron se aproximó a ellos. Diane Hoffman estaba erguida, con los pies separados y los brazos cruzados, atenta al backswing de Coldren. Tenía entre los labios un cigarrillo casi en posición vertical. No se molestó en echar siquiera una ojeada a Myron. Jack Coldren dio un fuerte golpe y la bola salió disparada hacia las colinas lejanas.
Jack Coldren se volvió, miró a Myron, forzó una sonrisa y lo saludó con una inclinación de cabeza.
—Usted es Myron Bolitar, ¿verdad?
—En efecto.
Se dieron la mano. Diane Hoffman seguía estudiando todos y cada uno de los movimientos de su jugador y frunció el entrecejo como si hubiese detectado un defecto en la técnica que empleaba para estrechar la mano.
—Le agradezco mucho que nos preste su ayuda —dijo Jack.
Myron vio la desolación pintada en el rostro de aquel hombre. Una palidez enfermiza había sustituido el rubor jubiloso que presentaba tras golpear el putt en el hoyo 18. Sus ojos reflejaban la sorpresa e incomprensión de un hombre que acaba de recibir su primer puñetazo en la boca del estómago.
—Trató de volver a las pistas hace poco, ¿no es cierto? —preguntó Jack.
Myron asintió con la cabeza.
—Lo vi en las noticias —agregó Jack—. Un paso atrevido, después de tantos años.
Estaba claro que no sabía por dónde empezar. Myron decidió facilitarle las cosas.
—Hábleme de la llamada.
Jack Coldren desvió la vista hacia la vasta extensión verde.
—¿Está seguro de que es lo más prudente? —preguntó—. El tipo me ha dicho que nada de policías, que actuara con normalidad.
—Soy un agente deportivo a la caza de clientes —arguyó Myron—. Que hable conmigo es de lo más normal.
Coldren lo meditó un momento y asintió. Todavía no le había presentado a Diane Hoffman. A ella parecía traerle sin cuidado. Se mantuvo a unos tres metros de distancia, inmóvil, como una roca. Seguía entrecerrando los ojos con suspicacia; su rostro curtido revelaba cansancio. La ceniza del cigarrillo había alcanzado una longitud increíble, que desafiaba la ley de la gravedad.
Llevaba gorra y uno de esos chalecos típicos de los cadis, semejantes a los dorsales reflectantes que se ponen los corredores por la noche.
—El presidente del club ha venido a mi encuentro y me ha dicho en voz baja que tenía una llamada urgente de mi hijo —explicó Jack—. De modo que he ido a la casa club y me he puesto al aparato. —Guardó silencio y parpadeó varias veces. Respiraba con dificultad. Lucía un jersey muy ceñido, amarillo y con cuello de pico. Su cuerpo se expandía bajo el tejido de algodón a cada inhalación. Myron esperó—. Era Chad —soltó por fin—. Apenas tuvo tiempo de decir «papá» cuando alguien le arrebató el teléfono. Entonces se puso un hombre con la voz grave.
—¿Muy grave? —preguntó Myron.
—¿Cómo dice?
—Que si la voz era muy grave.
—Mucho.
—¿Le pareció extraña? ¿Semejante a la de un autómata, quizá?
—Ahora que lo dice, sí.
Un modulador electrónico de voz, supuso Myron. Aquellos aparatos podían hacer que Barry White cantara como una niña de cuatro años. O viceversa. No era difícil hacerse con uno. Los vendían en cualquier bazar. El secuestrador o los secuestradores podían ser de cualquier sexo. La descripción que Linda y Jack Coldren daban de una «voz masculina» era un dato irrelevante.
—¿Qué le ha dicho?
—Que tenía a mi hijo —respondió Jack—, y que si llamaba a la policía o a cualquiera por el estilo Chad pagaría por ello. Ha dicho que me estarían vigilando constantemente. —Enfatizó este detalle volviendo a mirar alrededor. No se veía a ningún sospechoso al acecho, sólo a Greg Norman, que los saludó con la mano, sonriente, y les dedicó un gesto de aprobación. Un gran día, colega.
—¿Qué más? —preguntó Myron.
—Me ha dicho que quería dinero —respondió Coldren.
—¿Cuánto?
—Sólo ha dicho que mucho. Todavía no estaba seguro de cuánto, pero quería que estuviera preparado. Ha dicho que volvería a llamar.
Myron hizo una mueca.
—Pero ¿no le ha dicho cuánto?
—No. Sólo ha dicho que sería una suma importante.
—Y que se fuera preparando.
—Exacto.
Aquello no tenía sentido. ¿Un secuestrador que no estaba seguro de cuánto pedir por el rescate?
—¿Puedo serle franco, Jack?
Coldren se irguió cuan alto era, embutido en su chaleco. Tenía el aspecto de lo que algunos considerarían el típico joven encantador. Su rostro era ancho y amable, de rasgos suaves, como de algodón.
—No quiero que me dore la píldora, Bolitar. Dígame la verdad.
—¿Podría tratarse de una broma de mal gusto?
Jack lanzó una rápida mirada a Diane Hoffman, que hizo un movimiento casi imperceptible que bien podía interpretarse como de asentimiento. Volvió a mirar a Myron.
—¿Qué quiere decir?
—¿Es posible que Chad esté detrás de todo esto?
Los largos cabellos lacios cayeron sobre sus ojos movidos por la brisa. Se los apartó con la mano. Su rostro adquirió una expresión sombría. ¿Reflexionaba, tal vez? A diferencia de Linda Coldren, la idea no lo puso a la defensiva. Ponderaba la posibilidad, aunque quizá lo que estaba haciendo era aferrarse a una alternativa que significaba seguridad para su hijo.
—Había dos voces distintas —señaló Coldren—. En el teléfono, quiero decir.
—Podía tratarse de un modulador de voz. —Myron le explicó lo que era.
Coldren sacudió la cabeza.
—No sé qué decir.
—¿Se imagina a Chad haciendo algo así?
—No —contestó Coldren—; ¿quién se imaginaría a su propio hijo haciendo algo semejante? Estoy procurando ser imparcial en este asunto, y no es fácil. Por supuesto que yo tampoco podría creer que el mío hiciera algo así, pero, claro, no sería el primer padre que está equivocado con respecto a su hijo, ¿no es cierto?
«Desde luego», pensó Myron.
—¿Chad se ha fugado alguna otra vez? —preguntó.
—No.
—¿Han tenido algún problema familiar que pudiera empujarlo a hacerlo?
—¿Hasta el punto de fingir su propio secuestro?
—No tiene por qué ser algo tan extremo —aclaró Myron—. Quizás usted o su esposa hicieran algo que lo disgustase.
—No —repuso Jack, súbitamente ausente—. No se me ocurre nada. —Levantó la vista. El sol estaba bajo y ya había perdido intensidad, pero aun así miró a Myron con los ojos entrecerrados, llevándose la mano a la frente a modo de visera. Aquella postura recordó a Myron la fotografía de Chad que había visto en la casa—. A usted se le ha metido algo en la cabeza, ¿verdad? —añadió.
—No exactamente.
—Aun así me gustaría oírlo.
—¿Hasta qué punto desea ganar este torneo, Jack?
Coldren esbozó una sonrisa.
—Usted era deportista, Myron; puede figurárselo.
—Sí —admitió Myron.
—Entonces ¿adónde quiere llegar?
—Su hijo es deportista. Es probable que él también lo sepa.
—Sí —dijo Coldren. Y agregó—: Aunque sigo sin saber adónde pretende ir a parar.
—Si alguien quisiera hacerle daño —explicó Myron—, ¿qué mejor que echar a perder su oportunidad de ganar el Open?
Jack Coldren, cuyos ojos adquirieron de nuevo la expresión de quien acaba de recibir un puñetazo, dio un paso atrás.
—Sólo se trata de una suposición —se apresuró a aclarar Myron—. No estoy afirmando que su hijo esté haciendo eso...
—Pero debe tener en cuenta todas las posibilidades.
—En efecto.
Coldren dejó escapar un suspiro.
—Aun suponiendo que lo que sugiere sea cierto —dijo—, no tiene por qué ser obra de Chad. Cualquiera puede haberlo hecho para desconcertarme. —Volvió a echar un vistazo a su cadi. Sin dejar de mirarla, añadió—: No sería la primera vez.
—¿Qué quiere decir?
Jack Coldren no contestó de inmediato. Miró de reojo hacia donde había lanzado las bolas. Allí no parecía haber nada interesante.
—Me figuro que sabe que hace mucho tiempo perdí el Open.
—Sí.
Jack permaneció en silencio.
—¿Ocurrió algo raro en aquella ocasión? —inquirió Myron.
—Quizá —respondió Jack—. Ya no sé qué pensar. El caso es que podría haber alguien que quisiera fastidiarme. No tiene por qué ser mi hijo.
—Es posible —convino Myron. No mencionó que había descartado en buena medida aquella posibilidad dado que Chad había desaparecido antes de que Coldren encabezara la clasificación. No había ningún motivo para hacerlo en aquel momento.
Coldren se volvió hacia Myron.
—Bucky me comentó algo sobre una tarjeta bancaria —dijo.
—La tarjeta de su hijo fue empleada anoche. En un cajero automático de la calle Porter.
El rostro de Jack se ensombreció por un instante.
—¿En la calle Porter?
—Sí —contestó Myron—. En una sucursal del First Philadelphia Bank, en la zona sur de Filadelfia. ¿Está familiarizado con esa parte de la ciudad?
—No —dijo Coldren. Echó un vistazo a su cadi. Diane Hoffman seguía como una estatua. Aún mantenía los brazos cruzados y los pies separados. La ceniza de su cigarrillo ya se había caído.
—¿Está seguro?
—Por supuesto.
—La he visitado esta mañana —informó Myron.
—¿Ha descubierto algo? —quiso saber Jack, imperturbable.
—No.
Jack Coldren hizo un gesto señalando detrás de él.
—¿Le importa que siga practicando mientras hablamos?
—En absoluto.
Jack se puso el guante.
—¿Cree que debo jugar mañana? —preguntó.
—La decisión está en sus manos —opinó Myron—. El secuestrador le ha dicho que actuara con normalidad. Si no juega, sin duda levantará sospechas.
Coldren se agachó para poner una bola en el tee.
—¿Puedo hacerle una pregunta, Myron?
—Claro.
—Cuando jugaba al baloncesto, ¿cuánta importancia otorgaba al hecho de ganar?
Curiosa pregunta.
—Mucha.
Jack asintió como si hubiese esperado esa respuesta.
—Un año ganó el campeonato de la NCAA, ¿no es verdad?
—Sí.
—Debió de ser algo extraordinario.
Myron no respondió.
Jack Coldren escogió un palo y cerró los dedos en torno al mango. Se puso en posición junto a la bola. Repitió el grácil movimiento del swing. Myron observó la bola alejarse. Por un momento se limitaron a mirar en silencio a lo lejos y contemplar cómo los últimos rayos de sol teñían de púrpura el cielo.
Coldren se decidió por fin a hablar.
—¿Quiere oír algo verdaderamente espantoso?
Myron se acercó a él. Coldren tenía los ojos arrasados en lágrimas.
—Todavía me importa ganar —confesó.
Myron lo miró. El dolor que reflejaba su rostro era tan patente que poco faltó para que le diera un abrazo. Imaginó que podría ver el pasado de aquel hombre plasmado en sus ojos, los años de tormento pensando en lo que habría podido lograr, el tener por fin la oportunidad de redimirse, el ver cómo le arrebataban esta oportunidad...
—Pero ¿qué clase de hombre es el que sigue pensando en ganar en un momento como éste? —añadió Coldren.
Myron no dijo nada. No conocía la respuesta. O quizá temiera conocerla.
5
La sede del Club de Golf de Merion era una enorme casa de campo blanca con las contraventanas negras. La única nota de color la ponían los toldos verdes que daban sombra al famoso porche trasero, e incluso ésta desmerecía dado el verdor circundante. Uno esperaba encontrarse con algo que produjera una mayor impresión, que incluso llegara a intimidar; pero pese a tratarse de uno de los clubes de campo más exclusivos del país, la sencillez parecía decir: «Esto es Merion. No precisamos más».
Myron cruzó el sector de los jugadores. Las bolsas de golf estaban alineadas sobre una repisa metálica. La puerta del vestuario de hombres quedaba a su derecha. Una placa de bronce recordaba que el Club de Golf de Merion había sido declarado lugar de interés histórico. En un tablón de anuncios colgaban las listas con los hándicaps de los socios. Myron echó un vistazo a los nombres buscando el de Win. Hándicap tres. Myron no sabía mucho de golf, pero le constaba que aquello estaba condenadamente bien.
El porche tenía el suelo de piedra; en él se disponían unas dos docenas de mesas. La legendaria zona del comedor no sólo disfrutaba de una vista privilegiada sobre el primer tee; de hecho, parecía cernirse sobre él. Desde allí, los socios observaban a los golfistas dar el primer golpe con la misma mirada experta y airada de los senadores romanos en el Coliseo. Poderosos hombres de negocios y líderes políticos sucumbían con frecuencia bajo semejante escrutinio. Ni siquiera los profesionales se libraban de ello, pues el comedor del porche se mantenía abierto durante el Open. Jack Nicklaus, Arnold Palmer, Ben Hogan, Bobby Jones y Sam Snead habían tenido que soportar el ruido procedente del pequeño restaurante, el irritante tintineo del cristal y la plata, mezclado de la forma más disonante con el rumor amortiguado del público y los vítores distantes.
El porche estaba atestado de socios. La mayoría eran hombres entrados en años, coloradotes y bien alimentados. Vestían chaquetas de esport azules y verdes con distintas insignias. Sus corbatas eran llamativas y la mayor parte de las veces a rayas. Muchos se cubrían la cabeza con sombreros flexibles blancos o amarillos. Sombreros flexibles. Y a Win le había preocupado la forma en que Myron fuese vestido.
Myron divisó a Win sentado a una mesa de un rincón rodeada por seis sillas. Estaba solo. Su expresión era a un tiempo glacial y serena, todo él emanaba la más absoluta tranquilidad. Como un puma que esperara pacientemente a su presa. Al verlo, uno se inclinaba a pensar que el cabello rubio y los hermosos rasgos patricios le brindaban una clara ventaja en la vida. En muchos aspectos, así era; pero en muchos otros, lo estigmatizaban. Todo en su apariencia rezumaba arrogancia, dinero y elitismo. La mayoría de las personas no reaccionaba bien ante aquello. Cuando veían a Win experimentaban una hostilidad contenida hacia él. Era imposible no odiarlo de inmediato. Win estaba acostumbrado. Las personas que juzgaban por las apariencias le traían sin cuidado. Las personas que juzgaban por las apariencias a menudo se llevaban sorpresas.
Myron saludó a su viejo amigo y tomó asiento.
—¿Te apetece tomar algo? —dijo Win.
—Claro.
—Como pidas un Yoo-Hoo, te pego un tiro en el ojo derecho.
—El ojo derecho —repitió Myron, asintiendo—. ¡Qué precisión!
Un camarero que debía de tener cien años apareció como surgido de la nada. Lucía chaqueta y pantalones verdes; hasta el servicio armonizaba con el entorno, pensó Myron.
—Tomaré un té helado, Henry —dijo Win.
—Para mí, lo mismo —señaló Myron.
—Muy bien, señor Lockwood.
Henry se retiró. Win miró fijamente a Myron.
—Cuéntame.
—Se trata de un secuestro —anunció Myron. Win enarcó una ceja.
—El hijo de uno de los jugadores ha desaparecido. Los padres han recibido dos llamadas.
Myron resumió los acontecimientos. Win lo escuchó en silencio. Cuando Myron hubo terminado, dijo:
—Has omitido un detalle.
—¿Cuál?
—El nombre del jugador.
—Jack Coldren. —Myron procuró que su voz sonase firme.
El rostro de Win no reveló nada, pero aun así Myron sintió que una ráfaga de aire frío le atravesaba el corazón.
—Habrás conocido a Linda —dijo Win.
—Sí.
—Y sabrás que está emparentada conmigo.
—Sí.
—Entonces ya te habrás imaginado que no voy a intervenir.
—No.
Win se retrepó en la silla y juntó las yemas de los dedos.
—Pues vete haciéndote a la idea.
—Puede que ese crío esté de veras en peligro —arguyó Myron—. Tenemos que ayudarles.
—No —insistió Win—. Yo no.
—¿Quieres que lo deje?
—Lo que tú hagas es asunto tuyo.
—¿Quieres que lo deje? —repitió Myron.
Llegaron los tés helados. Win bebió un sorbo con calma. Apartó la vista y tamborileó con un dedo en la barbilla. Era su señal para dar por concluido cualquier asunto. Myron sabía que no debía presionarlo.
—Dime, ¿para quién son los demás asientos? —le preguntó.
—Me estoy trabajando un filón de primera.
—¿Un cliente nuevo?
—Para mí, casi seguro. Para ti, apenas una remota posibilidad.
—¿Quién es?
—Tad Crispin.
Myron abrió los ojos como platos.
—¿Vamos a cenar con Tad Crispin?
—Y también con Norman Zuckerman y su última ingénue; bastante atractiva, por cierto.
Norm Zuckerman era el propietario de Zoom, una de las mayores empresas de zapatillas y prendas deportivas que había en el país. También era una de las personas predilectas de Win.
—¿Cómo has establecido contacto con Crispin? Tenía entendido que se representaba a él mismo.
—Y así es. —Win asintió—. Pero necesita un asesor financiero.
A los treinta y tantos años Win ya era considerado casi una leyenda en Wall Street. Que Zuckerman acudiera a él tenía todo el sentido del mundo.
—Lo cierto es que Crispin es un muchacho bastante sagaz —prosiguió Win—. Por desgracia, cree que los agentes son un hatajo de ladrones con la moral de una prostituta metida en política.
—¿Dijo eso? ¿Una prostituta metida en política?
—No, ésta se me ha ocurrido a mí solito. —Win sonrió—. Es bastante buena, ¿eh?
Myron asintió.
—En efecto.
—Sea como fuere, los de Zoom le van detrás como perros falderos. Están a punto de lanzar una nueva línea de palos y prendas de golf para hombre y quieren los servicios de Crispin.
Tad Crispin iba en segundo lugar, a una considerable distancia de Jack Coldren. Myron se preguntó cuán contenta estaría Zoom ante la posibilidad de que Coldren la privara del éxito perseguido. No mucho, supuso.
—¿Qué te parece la gran actuación que está teniendo Jack Coldren? —preguntó Myron—. ¿Te ha sorprendido?
Win se encogió de hombros.
—Ganar siempre ha sido muy importante para Jack.
—¿Hace mucho que lo conoces?
—Sí —respondió Win con rostro inexpresivo.
—¿Lo conocías cuando perdió aquí siendo un principiante?
—Sí.
Myron calculó que por entonces Win debía de estar en la escuela elemental.
—Jack Coldren me ha insinuado que alguien se ocupó de que no ganase.
Win soltó un bufido.
—Todo eso son cuentos —masculló.
—¿Cuentos?
—¿No recuerdas lo que ocurrió?
—No.
—Coldren afirma que su cadi le dio un palo equivocado en el hoyo 16 —explicó Win—. Pidió un hierro del seis y supuestamente el cadi le pasó uno del ocho. La bola cayó cerca. Para ser más exactos, en una trampa de arena. No logró recuperarse.
—¿El cadi admitió su error?
—No hizo comentario alguno, que yo sepa.
—¿Cómo reaccionó Jack?
—Lo despidió.
Myron registró aquella información.
—¿Qué fue de él?
—No tengo la menor idea —respondió Win—. No era joven en aquel entonces, y de eso hace ya más de veinte años.
—¿Recuerdas cómo se llamaba?
—No. Y con esto doy oficialmente por concluida nuestra conversación.
Antes de que Myron tuviera ocasión de preguntar por qué, unas manos le taparon los ojos.
—¿Quién soy? —preguntó una voz que le resultó familiar—. Te daré un par de pistas: soy listo, guapo y me sobra talento.
—¡Caramba! —exclamó Myron—. Antes de la última pista habría pensado que eras Norm Zuckerman.
—¿Y con la pista?
Myron se encogió de hombros.
—Si hubieses añadido «adorado por mujeres de todas las edades», habría pensado que era yo.
Norman Zuckerman soltó una carcajada. Se inclinó y estampó un sonoro beso en la mejilla de Myron.
—¿Qué tal estás?
—Bien, Norm. ¿Y tú?
—Más a gusto que un ricachón en un nuevo coupé de ville.
Zuckerman saludó a Win con un brioso apretón de manos. Los comensales miraron extrañados y con cierta aversión. Las miradas no acallaron a Norman Zuckerman. A Norman Zuckerman no lo acallaba ni un rifle de caza mayor. Por supuesto, en gran parte era mera actuación. Pero se trataba de una actuación genuina. El entusiasmo de Norm por cuanto lo rodeaba resultaba contagioso. Era pura energía.
Norm acercó a una mujer joven que había permanecido detrás de él.
—Permitid que os presente a Esme Fong —dijo—. Es una de mis «vices» de marketing. Está a cargo de la nueva línea de golf. Es una mujer absolutamente brillante.
La atractiva ingénue. Veintipocos, calculó Myron. Esme Fong era asiática, aunque por sus venas debía de correr alguna gota de sangre caucasiana. Era menuda y de ojos rasgados. El cabello largo y sedoso parecía un abanico negro con reflejos castaños. Vestía un traje chaqueta beige y medias blancas. Esme saludó con una leve inclinación de la cabeza y se aproximó. Se comportaba con la seriedad propia de una muchacha atractiva que teme no ser tomada en serio por el mero hecho de serlo.
Tendió la mano.
—Es un placer conocerlo, señor Bolitar —dijo resueltamente—. Señor Lockwood.
—¿Verdad que da la mano con firmeza? —preguntó Zuckerman. Se volvió hacia ella y añadió—: ¿A qué viene tanto «señores»? Éstos son Myron y Win. Son como de la familia, por amor de Dios. De acuerdo, Win es quizá demasiado gentil para ser de mi familia. O sea, sus antepasados llegaron en el Mayflower, mientras que la mayoría de los míos huyó de un pogromo del zar a bordo de un carguero. Pero aun así somos familia, ¿verdad, Win?
—Desde luego —repuso Win.
—Siéntate ya, Esme. Me pones nervioso con tanta formalidad. Intenta sonreír, por favor. —Zuckerman le mostró cómo hacerlo, señalándose los dientes. Luego se volvió hacia Myron y abrió las manos con gesto implorante—. Dime la verdad, Myron. ¿Qué aspecto tengo?
Norman ya había cumplido los sesenta. Su acostumbrada ropa vistosa, acorde con su personalidad, apenas llamaba la atención, pues se lo veía pálido y ojeroso; además, llevaba barba de tres días y el cabello despeinado y demasiado largo.
—Pareces un hippy trasnochado —dijo Myron.
—Es lo que se lleva hoy en día —repuso Norm.
—Pues Tad Crispin no tiene esa pinta —ironizó Myron.
—Los golfistas no saben nada de modas y tendencias. Cualquier judío ortodoxo es más audaz en el vestir que un jugador de golf. Te pondré un ejemplo: Dermis Rodman no es jugador de golf. ¿Sabes qué quieren los golfistas? Lo mismo que han querido desde los albores de la mercadotecnia deportiva: a Arnold Palmer. Eso es lo que quieren. Quisieron a Palmer, luego a Nicklaus, luego a Watson; siempre buenos chicos. —Señaló a Esme Fong con el pulgar—. Ha sido Esme quien ha fichado a Crispin. Es su chico.
Myron la miró.
—Buen golpe de efecto —dijo.
—Gracias —respondió ella.
—Ya veremos lo bueno que resulta —señaló Zuckerman—. Zoom está invirtiendo en el golf una cantidad formidable de dinero. Qué digo formidable, enorme, inmensa, gigantesca.
—Monumental —intervino Myron.
—Descomunal —agregó Win.
—Colosal.
—Tremenda.
—Titánica.
Win sonrió.
—Mastodóntica —remató.
—¡Ésa ha estado muy buena! —exclamó Myron.
Zuckerman meneó la cabeza.
—Tíos, sois más divertidos que los Hermanos Marx sin Groucho. Da igual, es una campaña de órdago. Esme la dirige por mí. Línea de hombre y de mujer. Y no tenemos sólo a Crispin, ya que Esme ha conseguido a la golfista número uno del mundo.
—¿Linda Coldren? —preguntó Myron.
—¡Caray! —Norm dio una palmada—. ¡El jugador de baloncesto judío entiende de golf! Por cierto, Myron, ¿qué clase de nombre es «Bolitar» para un miembro de la tribu?
—Se trata de una larga historia —repuso Myron.
—Mejor; en realidad, no me interesa. Sólo pretendía ser amable. ¿Por dónde iba? —Zuckerman cruzó las piernas, se reclinó en la silla, sonrió y echó un vistazo alrededor. Un hombre de tez rubicunda sentado a una mesa cercana lo miró airadamente—. ¡Hola! —exclamó Norm, saludándolo con la mano—. Tiene muy buen aspecto.
El hombre resopló, enfadado, y apartó la mirada.
Norm se encogió de hombros.
—Se diría que nunca ha visto a un judío.
—Es muy probable —apostilló Win.
Norm volvió a mirar al hombre de tez rubicunda.
—¡Mire! —gritó Zuckerman, señalándose la cabeza—. ¡Sin cuernos!
Incluso Win sonrió.
Zuckerman volvió a fijar su atención en Myron.
—Veamos, dime, ¿pretendes firmar con Crispin?
—Todavía no lo conozco —dijo Myron.
Zuckerman se llevó la mano al pecho, fingiéndose sorprendido.
—En ese caso, Myron, es una extraña coincidencia que estés aquí cuando nos disponemos a compartir el pan con él. ¿Cómo están las apuestas? Espera. —Norm hizo una pausa y se puso una mano detrás de la oreja—. Me parece que oigo la sintonía de En los límites de la realidad.
Myron rió.
—Venga, Myron, cálmate. Estoy tomándote el pelo. Alegra esa cara, por amor de Dios. Pero permíteme que sea sincero contigo. No creo que Crispin te necesite, Myron. No es nada personal, pero el chaval ya ha firmado el contrato conmigo. Sin agente. Sin abogado. Se ocupó de todo en persona.
—Y lo timaron —añadió Win.
Zuckerman se llevó una mano al pecho.
—Me ofendes, Win.
—Crispin me confió las cifras —dijo Win—. Myron le habría conseguido un negocio mucho mejor.
—Aun considerando todo el respeto que merecen tus siglos de endogamia con la alta sociedad, perdona que te diga que no tienes ni idea de qué estás hablando. El chaval dejó algo de dinero en caja para mí, eso es todo. ¿Acaso es delito que un hombre consiga beneficios? Myron es un tiburón, ¡por Dios! Me deja en pelotas cada vez que hablamos. Cuando sale de mi despacho no me quedan ni los calzoncillos. Ni siquiera los muebles. Ni siquiera el despacho. Empiezo con mi hermoso despacho y termino desnudo en un comedor de beneficencia quién sabe dónde.
Myron miró a Win.
—Conmovedor.
—Me parte el corazón —dijo Win.
Myron dirigió su atención a Esme Fong.
—¿Estás contenta con la actuación de Crispin en el Open?
—Por supuesto —contestó ella con premura—. Éste es su primer grande, y ocupa el segundo puesto.
Norm Zuckerman puso una mano sobre el brazo de la chica.
—Reserva el discurso para los imbéciles de la prensa. Estos dos tipos son como de la familia.
Esme Fong se aclaró la voz y dijo:
—Linda Coldren ganó el Open de Estados Unidos hace unas semanas. Saldremos en la televisión, en la radio y en la prensa; ambos estarán en todas partes. Es una línea nueva, completamente desconocida para los aficionados al golf. Está claro que el que dos ganadores del Open anunciaran la nueva línea de Zoom sería muy útil para nosotros.
Norm volvió a señalarla con el pulgar.
—¿No es extraordinaria? «Útil.» Bonita palabra. Ambigua. Escucha, Myron, tú sueles leer la sección de deportes, ¿estoy en lo cierto?
—Desde luego.
—¿Cuántos artículos leíste sobre Crispin antes de que comenzara el torneo?
—Muchos.
—¿Cuánta atención le han prestado en los dos últimos días?
—No mucha.
—Por no decir ninguna. No hacen más que hablar de Jack Coldren. En dos días ese pobre hijo de perra se convertirá en un hombre prodigio de proporciones mesiánicas o en el más lamentable perdedor de la historia del mundo. Piensa en ello por un instante. La vida entera de un hombre, tanto su pasado como su futuro, depende de cómo le dé a una bola con un palo. De locos, si te paras a pensarlo. ¿Y sabes qué es lo peor de todo?
Myron negó con la cabeza.
—¡Que deseo con toda mi alma que la pifie! Me siento como un grandísimo cabrón, pero es la pura verdad. Si mi chico reacciona y gana, espera y verás el partido que le saca Esme. Ya puedo leer los titulares: «El deslumbrante juego del recién llegado Tad Crispin fuerza la derrota de un veterano». «La joven revelación planta cara a un doble desafío: Palmer y Nicklaus juntos.» ¿Sabes lo que eso significaría para el lanzamiento de la nueva línea? —Zuckerman miró a Win y lo señaló—. Dios, ojalá tuviera tu aspecto. Miradlo, por amor de Dios. ¡Qué guapo!
Win forzó una sonrisa. Varios hombres de tez rubicunda volvieron airados la mirada hacia ellos. Norman los saludó con la mano y, dirigiéndose a Win, dijo:
—La próxima vez que venga me pondré un solideo.
Win rió esta vez a carcajadas. Myron trató de recordar la última vez que había visto a su amigo reírse con tantas ganas. Hacía mucho tiempo. Norm solía provocar en la gente este tipo de sensaciones.
Esme Fong echó un vistazo a su reloj de pulsera y se puso en pie.
—Sólo he pasado para saludarlos —explicó—. Ahora he de marcharme.
Los tres hombres se levantaron. Norm dio un sonoro beso en la mejilla a la muchacha.
—Cuídate, Esme, ¿de acuerdo? Nos veremos por la mañana.
—Sí, Norm. —Esme dedicó sendas sonrisas remilgadas a Myron y a Win, acompañándolas de una tímida inclinación de la cabeza. Un poco al estilo de lady Di, pero con algo más de sinceridad—. Encantada de conocerlo, Myron. Win.
Se marchó. Los tres hombres volvieron a sentarse. Win juntó las yemas de los dedos.
—¿Qué edad tiene? —preguntó.
—Veinticinco. Matrícula de honor en Yale.
—Impresionante.
—Ni se te ocurra, Win —le advirtió Norm.
Win sacudió la cabeza. Desde luego que no. Los negocios están ante todo. Cuando se trataba del sexo opuesto, Win prefería los finales rápidos y definitivos.
—Se la robé a esos hijos de perra de Nike —explicó Norm—. Era un pez gordo del departamento de baloncesto. No me malinterpretes. Estaba ganando un montón de pasta, pero se espabiló. Oye, es tal como le dije: en la vida no todo es dinero. ¿Sabes a qué me refiero?
Myron se contuvo para no poner los ojos en blanco.
—Además, trabaja como una condenada. Siempre comprobando y volviendo a comprobar. De hecho, ahora mismo va a ver a Linda Coldren. Han quedado para una merienda cena o no sé qué zarandaja típica de chicas.
Myron y Win cruzaron una mirada.
—¿Dices que va a casa de Linda Coldren?
—Sí, ¿por qué?
—¿Cuándo la ha llamado?
—¿Qué quieres decir?
—¿Fijaron la cita con mucha antelación?
—Pero, bueno, ¿tengo pinta de recepcionista?
—Olvídalo.
—Olvidado.
—Perdonadme un momento —dijo Myron—. ¿Os importa que haga una llamada?
—¿Acaso soy tu madre? —Zuckerman hizo ademán de espantarlo—. Anda, ve y llama.
Myron estuvo tentado de emplear su teléfono móvil, pero decidió no enfurecer a los dioses del Merion. Encontró un teléfono público en el vestíbulo del vestuario de hombres y marcó el número de los Coldren. Utilizó la línea de Chad. Linda Coldren contestó.
—¿Diga?
—Sólo quería comprobar si había sucedido algo más —dijo Myron.
—Pues no —repuso Linda.
—¿Sabe que Esme Fong va hacia su casa?
—No he querido cancelar la cita —explicó Linda Coldren—. No pienso hacer nada que pueda llamar la atención.
—Entonces ¿todo va bien?
—Sí —afirmó ella.
Myron vio a Tad Crispin dirigirse hacia la mesa de Win.
—¿Ha podido hablar con la escuela?
—No; no había nadie —contestó Linda—. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—No lo sé —reconoció Myron—. Ya hemos conectado el identificador de llamadas a su teléfono. Si vuelve a llamar, en teoría, tendríamos que poder descodificar su número.
—¿Y qué más?
—Trataré de hablar con Matthew Squires, a ver qué me cuenta.
—Ya he hablado con Matthew —repuso Linda con impaciencia—. No sabe nada. ¿Qué más?
—Podría involucrar a la policía. Con discreción. No puedo hacer mucho más por mi cuenta.
—No —replicó ella con firmeza—. Nada de policías. Jack y yo somos inflexibles en ese punto.
—Tengo amigos en el FBI...
—No.
Recordó su reciente conversación con Win.
—Cuando Jack perdió el Open, ¿quién era su cadi?
Ella titubeó.
—¿Por qué quiere saberlo? —preguntó.
—Tengo entendido que Jack culpó al cadi de su fracaso.
—En parte, sí.
—Y lo despidió.
—¿Y qué?
—Pues que pregunté por sus enemigos. ¿Cómo le sentó aquello al cadi?
—Está hablando de algo que sucedió hace más de veinte años —dijo Linda Coldren—. Aunque guardara un profundo rencor a Jack, ¿por qué iba a esperar tanto tiempo?
—Es la primera vez que el Open se celebra en el Merion desde entonces. Quizás esto haya servido para despertar en él una cólera latente. No lo sé. Es probable que no haya nada de esto, pero merece la pena comprobarlo.
Myron oyó que alguien hablaba al otro extremo de la línea. Era la voz de Jack. Ella le pidió que no colgara.
Unos instantes después, Jack Coldren se puso al teléfono. Sin más preámbulos, inquirió:
—¿Cree que existe una conexión entre lo que me sucedió a mí hace veintitrés años y la desaparición de Chad?
—No lo sé —respondió Myron.
—Pero usted cree...
—No sé lo que creo —lo interrumpió Myron—. Estoy intentando tener controlada la situación desde todos los ángulos.
Se produjo un silencio sepulcral. Luego:
—Se llama Lloyd Rennart —le informó Jack Coldren.
—¿Sabe dónde vive?
—No. No he vuelto a verlo desde aquel día.
—¿El día en que lo despidió?
—Sí.
—¿Desde entonces nunca se ha topado con él en el club, en un torneo o en otra parte?
—No —respondió Jack Coldren—. Nunca.
—¿Dónde vivía Rennart en aquella época?
—En Wayne. Es el pueblo vecino.
—¿Qué edad tendría ahora?
—Sesenta y ocho —contestó Jack sin titubear.
—Antes de lo ocurrido, ¿estaban muy unidos?
—Eso creía yo —dijo Jack en voz baja—. No en el plano personal. No teníamos trato social. No conocí a su familia, ni visité su casa ni nada por el estilo. Pero en el campo de golf... —hizo una pausa— siempre creí que estábamos muy unidos.
—¿Por qué haría algo semejante? —preguntó Myron—. ¿Por qué querría arruinar su posibilidad de vencer?
Myron podía oírle respirar.
—Llevo veintitrés años buscando la respuesta a esa pregunta —contestó al fin Jack con voz ronca.
6
Myron llamó a Esperanza para darle el nombre de Lloyd Rennart. Quizá no le costara demasiado localizarlo. Una vez más, la tecnología moderna simplificaría las cosas. Cualquiera que dispusiese de un módem podía teclear la dirección www.switchboard.com, una página web que era como quien dice el directorio telefónico del país entero. Si aquella página no daba resultado, había otras. En principio no tenía por qué llevar mucho tiempo, siempre y cuando Lloyd Rennart perteneciera todavía al mundo de los vivos. En caso contrario..., bueno, también había páginas web para eso.
—¿Se lo has dicho a Win? —preguntó Esperanza.
—Sí.
—¿Cómo ha reaccionado?
—No piensa colaborar.
—No me sorprende.
—A mí tampoco.
—Tú no trabajas bien a solas, Myron —dijo Esperanza.
—No te preocupes —la tranquilizó él—. ¿Ansiosa por la graduación?
Esperanza había asistido durante seis años a las clases nocturnas de la facultad de derecho de la Universidad de Nueva York. Se graduaba el lunes siguiente.
—Seguramente no iré.
—¿Por qué?
—No me gustan las ceremonias —pretextó.
El único pariente próximo de Esperanza, su madre, había fallecido pocos meses antes. Myron sospechaba que la decisión de Esperanza tenía más que ver con esa muerte que con la aversión a las ceremonias
—Vaya, pues yo pienso ir —dijo Myron—. Me sentaré en primera fila. No quiero perder detalle.
Se produjo un silencio.
—Ahora viene la parte en que ahogo el llanto porque le importo a alguien, ¿no es eso? —dijo al cabo Esperanza.
Myron negó con la cabeza.
—Olvida lo que te he dicho.
—No, en serio. ¿Qué se supone que debería hacer? ¿Derrumbarme entre sollozos o limitarme a sorber un poco? O todavía mejor, podría ponerme sólo un poco lacrimosa, como Michael Landon en La casa de la pradera.
—Eres insoportable.
—Sólo cuando te pones condescendiente.
—No me pongo condescendiente. Me importas. Denúnciame si quieres.
—Da igual —dijo ella.
—¿Algún recado?
—Un millón, aproximadamente, pero nada que no pueda solucionar yo misma de aquí al lunes —respondió Esperanza—. Ah, una cosa.
—¿Qué?
—La zorra me ha invitado a almorzar.
«La zorra» era Jessica, de quien Myron estaba locamente enamorado. Lo que ocurría era que a Esperanza no le caía bien Jessica. Muchos eran los que daban por sentado que se trataba de una cuestión de celos, de una especie de atracción latente entre Esperanza y Myron. Pero no era así. Para empezar, a Esperanza le gustaba gozar de, digamos, cierta flexibilidad en su vida amorosa. Durante un tiempo había estado saliendo con un muchacho llamado Max, luego con una mujer llamada Lucy y en ese momento estaba saliendo con otra llamada Hester.
—¿Cuántas veces te he pedido que no la llames así? —preguntó Myron.
—He perdido la cuenta.
—¿Y vas a ir?
—Es probable —respondió ella—. Al fin y al cabo, es una comida gratis. Aunque tenga que mirarla a la cara.
Colgaron. Myron sonrió. Estaba un poco sorprendido. Si bien Jessica no correspondía a la animosidad de Esperanza, Myron jamás hubiese esperado una cita para almorzar con la intención de poner punto final a la guerra fría que existía entre ambas. Quizás, ahora que vivían juntos, Jess consideraba que había llegado el momento de ofrecer un ramo de olivo. Qué diablos. Myron marcó el número de Jessica.
Respondió el contestador. Oyó su voz. Cuando sonó la señal, dijo:
—¿Jess? Contesta.
Lo hizo.
—Dios mío, ojalá estuvieras aquí ahora mismo. —Jessica sabía cómo comenzar una conversación.
—Vaya. —Myron podía verla tumbada en el sofá, con el cable del teléfono enroscado entre los dedos—. ¿Y eso?
—Estoy a punto de tomarme un respiro de diez minutos.
—¿Diez minutos enteros?
—Sí.
—¿Y deseas un poco de estimulación erótica?
Ella rió.
—¿Estás cachondo? —preguntó.
—Lo estaré si continúas hablando de ello...
—Quizá deberíamos cambiar de tema —concedió ella.
Pocos meses atrás Myron se había mudado al apartamento de Jessica en el Soho. Para la mayoría de la gente aquello habría supuesto un cambio bastante drástico (mudarse desde un barrio residencial de Nueva Jersey a una de las zonas con más prestigio de Nueva York, iniciar la convivencia con una mujer a la que se ama, etcétera), pero para Myron semejante cambio tenía que ver con un paso definitivo de la pubertad a la adultez. Había vivido toda la vida con sus padres en la típica localidad suburbana de Livingston, Nueva Jersey. Toda la vida. Desde que nació hasta los seis años en el dormitorio de arriba, a la derecha. De los seis a los trece en el dormitorio de la izquierda, también arriba. De los trece a los treinta y pico en el sótano.
Después de tanto tiempo, los lazos familiares eran como abrazaderas de acero.
—Me he enterado de que has invitado a Esperanza a almorzar —dijo.
—Así es.
—¿A qué se debe?
—A nada.
—¿A nada?
—Me cae bien. Me apetece salir con ella a almorzar. No seas entrometido.
—Supongo que sabes que te detesta.
—Puedo soportarlo —repuso Jessica—. Dime, ¿qué tal el torneo de golf?
—De lo más raro —respondió él.
—¿Y eso?
—Es una historia demasiado larga para que te la cuente ahora, bombón. ¿Puedo llamarte más tarde?
—Claro. —Contestó ella, y al cabo de una pausa agregó—: ¿Me has llamado bombón?
Después de colgar, Myron frunció el entrecejo. Algo no iba bien. Él y Jessica nunca habían estado tan unidos, su relación nunca había sido tan sólida. Vivir juntos había sido una decisión acertada y, en última instancia, les había servido para exorcizar muchos de sus demonios del pasado. Se amaban, tenían en cuenta los sentimientos y necesidades del otro y casi nunca discutían.
Entonces, ¿por qué Myron se sentía como si estuviesen en el borde de un abismo insondable?
Apartó de su mente aquellos pensamientos, que no eran sino fruto de una imaginación sobreexcitada. Que un barco navegara por aguas tranquilas, conjeturó, no significaba forzosamente que se dirigiese derecho hacia un iceberg.
Caramba, ¡qué profundo!
Cuando regresó a la mesa, Tad Crispin estaba bebiendo té helado. Win hizo las presentaciones. Crispin iba vestido de amarillo; es decir, con toda la gama de amarillos. Todo en él era amarillo, hasta sus zapatos de golf. Myron tuvo que reprimir una mueca.
Como si estuviera leyéndole la mente, Norm Zuckerman dijo:
—Ésta no es nuestra línea.
—Me alegra oírlo —dijo Myron.
Tad Crispin se puso en pie.
—Encantado de conocerlo, señor.
Myron le dedicó una sonrisa abierta.
—Es un verdadero honor, Tad.
Su voz destilaba la sinceridad de, pongamos por caso, el dependiente de una tienda de electrodomésticos. Ambos se estrecharon la mano. Myron no dejó de sonreír. Crispin empezó a mostrarse precavido.
Zuckerman señaló con el pulgar a Myron y se inclinó hacia Win.
—¿Siempre es tan meloso?
Win asintió con la cabeza.
—Tendrías que verlo tratar con mujeres.
Todos se sentaron.
—No puedo quedarme mucho rato —anunció Crispin.
—Lo comprendemos, Tad —dijo Zuckerman—. Estás cansado, tienes que concentrarte para mañana. Ve y duerme un poco.
Crispin esbozó una sonrisa y miró a Win.
—Quiero que lleve mi cuenta —declaró.
—Yo no «llevo» cuentas —le corrigió Win—. Me dedico a dar consejos sobre ellas.
—¿Acaso hay diferencia?
—Por supuesto, y mucha —respondió Win—. Tú ejercerás en todo momento el control sobre tu dinero. Yo te daré recomendaciones. Directamente a ti. A nadie más. Las discutiremos. Y entonces tú tomarás la decisión final. No compraré, venderé ni negociaré nada sin que estés por completo al corriente de ello.
Crispin asintió con la cabeza.
—Me parece muy bien.
—Confiaba en que así fuera —dijo Win—. Por lo que veo, tienes previsto vigilar de cerca tu dinero.
—Sí.
—Sabia decisión. —Win asintió con la cabeza—. Habrás leído sobre muchos casos de deportistas que se retiran arruinados por culpa de administradores sin escrúpulos y demás aprovechados.
—Así es.
—Mi trabajo consistirá en ayudarte a incrementar al máximo tus ganancias, ¿de acuerdo?
Crispin se inclinó un poco hacia delante.
—De acuerdo.
—Muy bien, pues. Mi tarea será contribuir a aumentar tus oportunidades de inversión con el dinero que hayas ganado. Pero no estaría velando como es debido por tus intereses si además no te indicara cómo ganar más.
Crispin entrecerró los ojos.
—No sé si le sigo.
—Win... —intervino Zuckerman.
Win hizo caso omiso de él.
—Como asesor financiero, incurriría en negligencia si no te hiciera la siguiente recomendación: necesitas un buen agente.
Crispin desvió la vista hacia Myron, que permaneció inmóvil, sosteniéndole la mirada con firmeza. Se volvió de nuevo hacia Win.
—Me consta que trabaja con el señor Bolitar —le dijo Crispin.
—Sí y no —repuso Win—. Si contratas sus servicios, yo no gano ni un centavo más. —Hizo una pausa—. Bueno, en realidad, no es del todo cierto. Si te decides por Myron, ganarás más dinero y por consiguiente tendré más activos tuyos para invertir. De modo que, en cierto sentido, ganaré más.
—Gracias —dijo Crispin—, pero no estoy interesado.
—La decisión es tuya —concedió Win—, pero permíteme que lo explique un poco mejor. Administro bienes por un valor aproximado de cuatrocientos millones de dólares. Los clientes de Myron representan menos del tres por ciento del total. No soy empleado de MB SportsReps ni Myron Bolitar lo es de Lock-Horne Securities. Tampoco somos socios. Yo no he invertido en su empresa ni él en la mía. Myron nunca ha indagado, preguntado o comentado la situación financiera de ninguno de mis clientes. Somos absolutamente independientes. Salvo por una cosa.
Todos los ojos estaban puestos en Win. Myron, que no era conocido precisamente por saber mantener la boca cerrada, no la abrió.
—Soy el asesor financiero de todos y cada uno de sus clientes —añadió Win—. ¿Sabes por qué?
Crispin negó con la cabeza.
—Porque Myron insiste en ello.
Crispin parecía algo perplejo.
—No lo entiendo. Si no saca nada a cambio...
—No he dicho eso.
—¿Cómo...?
—Él también fue deportista; ¿lo sabías?
—Algo he oído.
—Sabe lo que les ocurre a los deportistas. Sabe cómo los timan. Cómo despilfarran sus ganancias, sin acabar nunca de aceptar que su carrera puede verse truncada en un abrir y cerrar de ojos. De modo que insiste, fíjate bien, insiste en no hacerse cargo de sus finanzas. Lo he visto rechazar clientes por este motivo. Además, insiste en que sea yo quien se ocupe de sus fortunas. ¿Por qué? Por la misma razón por la que has acudido a mí. Sabe que soy el mejor. Presuntuoso, pero el mejor. Asimismo, Myron insiste en que me vean en persona al menos una vez por trimestre. No basta con unas cuantas llamadas telefónicas. No basta con los faxes, el correo electrónico y la correspondencia. Insiste en que repase personalmente cada uno de los asientos contables.
Win se reclinó en la silla y juntó las yemas de los dedos. Le encantaba aquel gesto. Le otorgaba cierto aire de hombre sabio.
—Myron Bolitar es mi mejor amigo —prosiguió—. Me consta que daría su vida por mí, y yo haría lo mismo por él. Pero si alguna vez tuviera el presentimiento de que yo no estoy haciendo lo mejor por el interés de un cliente, se llevaría la cartera sin pensárselo dos veces.
—Bonito discurso, Win —comentó Norm—. Me ha llegado aquí. —Se señaló la barriga.
Win le lanzó una mirada asesina. Norm dejó de sonreír.
—Cerré el trato con el señor Zuckerman por mi cuenta —dijo Crispin—. Podría hacer otros.
—No voy a comentar nada sobre el negocio con Zoom —dijo Win—, pero te voy a decir una cosa. Eres un muchacho despierto. Un hombre listo conoce tan bien sus capacidades como sus puntos flacos, y les otorga la misma importancia. Yo, por ejemplo, no sabría cómo negociar un contrato de promoción. Conozco los rudimentos, pero no es a lo que me dedico. No soy fontanero. Si se revienta una tubería en mi casa, soy incapaz de arreglarla. Tú eres jugador de golf, uno de los mejores que he visto en mi vida. Deberías concentrarte en el juego.
Tad Crispin bebió un sorbo de té helado. Cruzó las piernas. Hasta sus calcetines eran amarillos.
—Le está haciendo mucha publicidad a su amigo —dijo.
—Te equivocas —repuso Win—. Sería capaz de asesinar a alguien por mi amigo, pero en términos financieros no le debo nada. Tú, por otra parte, eres mi cliente, y por ello tengo una seria responsabilidad fiscal para contigo. Seamos francos, me has pedido que incremente tus ganancias. Te propondré varias posibilidades de inversión. Aunque ésta es la mejor recomendación que puedo hacerte.
Crispin se volvió hacia Myron. Lo observó de arriba abajo con mirada escrutadora. Myron estuvo a punto de rebuznar para que pudiera examinarle la dentadura.
—Según parece es usted muy bueno —le dijo Crispin a Myron.
—Lo soy —convino Myron—, pero no quiero que te lleves de mí una impresión equivocada. No soy tan altruista como Win ha dado a entender. No trato de convencer a mis clientes de que cuenten con él porque yo sea un tipo fenomenal. Me consta que el hecho de que se encargue de mis clientes es un valor añadido a los servicios que presto. Contribuye a que estén satisfechos. Ése es el beneficio que obtengo. Sí, es cierto que insisto en que mis clientes participen en la toma de decisiones relacionadas con su dinero, pero lo hago para proteger tanto sus intereses como los míos.
—¿Y eso?
—Me imagino que habrás oído hablar de mánagers y agentes que roban a los deportistas que representan.
—Sí.
—¿Sabes a qué se debe en gran parte?
Crispin se encogió de hombros.
—A la codicia, supongo.
Myron ladeó la cabeza en un ademán que afirmaba y negaba al mismo tiempo.
—La mayor culpable es la apatía. La escasa implicación de los deportistas. Se vuelven perezosos. Les parece más fácil confiar a ciegas en su agente, y eso es malo. Que el agente pague las facturas, dicen. Que el agente invierta el dinero. Ese tipo de cosas. Ahora bien, eso no sucederá jamás en MB SportsReps. Y no será porque yo vigile las operaciones, ni porque las vigile Win, sino porque las vigilarás tú mismo.
—Eso ya lo hago —dijo Crispin.
—Vigilas tu dinero, es cierto, aunque dudo que vigiles todo lo demás.
Crispin meditó sobre aquello por unos instantes.
—Le agradezco la charla —dijo—, pero creo que me basto por mí mismo.
Myron señaló la cabeza de Tad Crispin.
—¿Cuánto ganas por esa gorra? —preguntó.
—¿Cómo dice?
—Llevas una gorra sin ningún logotipo —explicó Myron—. Para un jugador como tú, eso supone, por lo menos, una pérdida de un cuarto de millón de dólares.
—Pero voy a trabajar con Zoom —arguyó Crispin tras una pausa.
—¿Han adquirido los derechos de la gorra?
—Creo que no.
—La parte frontal vale un cuarto de millón. También podemos vender los laterales, si quieres. Valen menos. Quizás obtendrías en total unos cuatrocientos mil dólares. La camiseta ya es harina de otro costal.
—Eh, aguarda un momento —intervino Zuckerman—. Vestirá camisetas Zoom.
—Muy bien, Norm —dijo Myron—, pero tiene derecho a llevar logotipos. Uno en el pecho y otro en cada manga.
—¿Logotipos? —preguntó Crispin.
—De cualquiera. De Coca-Cola, quizá. De IBM. Incluso de Home Depot.
—¿Logos en mi camiseta?
—Sí. Y dime, ¿qué sueles beber en el campo?
—¿Beber? ¿Mientras juego?
—Sí. Es probable que te consiga un acuerdo con Powerade o con un fabricante de refrescos. ¿Qué me dices del agua mineral Spring Poland? Podría estar bien. Y luego la bolsa. Tienes que negociar un trato para tu bolsa de golf.
—No lo entiendo.
—Eres una cartelera, Tad. Sales en televisión. Montones de seguidores te ven. Tu gorra, tu camiseta, tu bolsa de golf son soportes donde fijar anuncios.
—Un momento, un momento —dijo Zuckerman—. Él no puede...
Un teléfono móvil empezó a sonar, pero no fue más allá del primer timbrazo. Myron lo desconectó con una celeridad que habría desbancado al mismísimo Wyatt Earp. Reflejos rápidos. Resultaban de lo más práctico de vez en cuando.
No obstante, aquel breve sonido suscitó la ira de los socios del club que se hallaban más cerca. Myron echó un vistazo alrededor. Se había convertido en el blanco de varias miradas afiladas como puñales, incluida la de Win, quien dijo con mordacidad:
—Ve fuera y escóndete donde nadie te vea.
Myron saludó con arrogancia y salió a toda prisa como si acabara de sufrir un colapso en la vejiga. Cuando llegó a una zona segura próxima al aparcamiento, contestó la llamada.
—Diga.
—Oh, Dios mío... —Era Linda Coldren.
—¿Qué ocurre? —preguntó Myron, a quien el tono de la voz de la mujer había conmovido.
—Ha vuelto a llamar.
—¿Lo ha grabado?
—Sí.
—Voy vol...
—¡No! —gritó ella—. Está vigilando la casa.
—¿Lo ha visto?
—No. Pero... No venga. Por favor.
—¿Desde dónde está hablando?
—Desde la línea de fax del sótano. Oh, por Dios, Myron, tendría que haberle oído.
—¿Ha salido su número en el identificador de llamadas?
—Sí.
—Démelo.
Linda así lo hizo. Myron sacó una pluma de su cartera y lo anotó en un recibo viejo de Visa.
—¿Está sola?
—Jack está aquí, conmigo.
—¿Hay alguien más? ¿Qué ha pasado con Esme Fong?
—Está arriba, en el salón.
—Muy bien —dijo Myron—. Tendría que oír esa llamada.
—No cuelgue. Jack está conectando el contestador. Acercaré el auricular para que pueda oírla.
7
El magnetófono se puso en marcha con un chasquido. Myron oyó primero las llamadas del teléfono. El sonido era de una claridad sorprendente. Luego oyó a Jack Coldren:
—¿Diga?
—¿Quién es la zorra china?
Era una voz grave y amenazante, manipulada mediante algún sistema artificial. Hombre o mujer, niño o adulto, podía tratarse de cualquiera.
—No sé a qué...
—¿Intentas joderme, cabrón hijo de puta? Te empezaré a mandar al maldito mocoso en pedacitos.
—Por favor... —suplicó Jack Coldren.
—Dije que nada de avisar a nadie.
—No lo hemos hecho.
—Entonces dime quién es esa zorra china que acaba de entrar en tu casa.
Silencio.
—¿Crees que somos estúpidos, Jack?
—Por supuesto que no.
—Entonces ¿quién es?
—Se llama Esme Fong —respondió Coldren—. Trabaja en una empresa de confección. Ha venido a fijar las condiciones de un contrato de publicidad con mi esposa, eso es todo.
—Y una mierda.
—Es la verdad, se lo juro.
—No sé, Jack...
—No tengo por qué mentirle.
—Bueno, Jack, eso todavía está por ver. Tendrás que pagar por esto.
—¿A qué se refiere?
—Cien mil dólares. Considéralo una penalización.
—¿Por qué?
—¿Quieres al chico con vida? Pues esto te va a costar cien mil más, y...
—Espere un momento. —Coldren se aclaró la garganta. Trataba de recuperar el control sobre sí mismo.
—¿Jack?
—¿Sí?
—Como vuelvas a interrumpirme le perforaré la polla a tu retoño con un tornillo.
Silencio.
—Ten el dinero a punto, Jack. Cien mil dólares. Te volveré a llamar para decirte qué tienes que hacer. ¿Entendido?
—Sí.
—Pues no me jodas, Jack. Me encanta hacer daño a la gente.
Un breve silencio anticipó la estridencia súbita de un chillido agudo, un chillido que crispaba los nervios y ponía la piel de gallina. La mano de Myron apretó el teléfono.
La línea se cortó. Se oyó el tono de marcar. Luego, nada.
Linda Coldren apartó el auricular del altavoz.
—¿Qué vamos a hacer?
—Llamar al FBI —respondió Myron.
—¿Ha perdido el juicio?
—Creo que es lo mejor.
Jack Coldren dijo algo ininteligible. Linda reapareció en el auricular.
—Definitivamente, no. Sólo queremos pagar el rescate y recuperar a nuestro hijo.
No tenía sentido discutir con ellos.
—No hagan nada. Volveré a llamar lo antes posible.
Myron cortó la comunicación y marcó el número de Lisa en New York Bell. Era uno de sus contactos desde los tiempos en que él y Win trabajaron para el Gobierno.
—Un identificador de llamadas me ha dado un número de Filadelfia —dijo—. ¿Puedes localizarme la dirección?
—Enseguida.
Le dio el número. La gente que ve demasiada televisión cree que esta clase de cosas requiere mucho tiempo. Las cosas habían cambiado. El rastro se seguía de modo instantáneo. Nada de «haz que siga hablando» o cualquier otra forma de retenerlo al aparato. Lo mismo sucedía cuando se trataba de dar con la ubicación de un número de teléfono. Cualquier operadora, prácticamente desde cualquier lugar, podía introducir el número en su ordenador, o emplear uno de esos directorios inversos, y asunto resuelto. ¡Demonios!, ni siquiera era preciso contar con una operadora. Los programas de ordenador en CD-ROM y las páginas web daban el mismo resultado.
—Es un teléfono público —dijo Lisa.
No era una buena noticia, aunque no le sorprendió.
—¿Sabes dónde está?
—En el centro comercial Grand Mercado, en Bala-Cynwyd.
—¿Un centro comercial?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Eso es lo que pone.
—¿En qué sección del centro comercial?
—No tengo ni idea. ¿Crees que en el listado pone «entre Sears y Victoria’s Secret»?
Aquello carecía de lógica. ¿Un centro comercial? ¿El secuestrador había arrastrado a Chad Coldren hasta un centro comercial para que chillara por teléfono?
—Gracias, Lisa.
Colgó y se volvió hacia el porche. Win estaba de pie justo detrás de él. Permanecía con los brazos cruzados y, como siempre, se lo veía muy relajado.
—El secuestrador ha llamado —dijo Myron.
—Eso me ha parecido oír.
—Podrías ayudarme a esclarecer este asunto.
—No —repuso Win.
—No tiene nada que ver con tu madre.
Win no se inmutó; sin embargo, algo alteró su mirada.
—Cuidado —fue todo lo que dijo.
Myron sacudió la cabeza.
—Tengo que irme. Discúlpame ante los demás.
—Has venido aquí en busca de clientes —dijo Win—. Antes te has justificado con el argumento de que habías aceptado ayudar a los Coldren con la esperanza de representarlos.
—¿Y?
—Y estás tremendamente cerca de conseguir al jugador de golf más codiciado del mundo. El sentido común dicta que te quedes.
—No puedo.
Win descruzó los brazos.
—¿Harías una cosa por mí? —preguntó Myron—. Sólo quiero saber si estoy perdiendo el tiempo o no.
Win permaneció inmóvil.
—¿Recuerdas que te he contado que Chad utilizó su tarjeta bancaria?
—Sí.
—Consígueme la cinta de la cámara de seguridad del cajero automático —dijo—. Así tal vez descubra que todo esto no es más que una broma de mal gusto que nos está gastando Chad.
Win se encaminó hacia el porche.
—Te veré en la casa esta noche.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.