Kitabı oku: «Un paso en falso»

Yazı tipi:

Título original: One False Move

© Harlan Coben, 1998

© Traducción de Alberto Coscarelli, 2010

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

OEBO055

ISBN: 978-84-9867-864-2

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Créditos

Dedicatoria

Prólogo: 15 de septiembre

Capítulo. 1: 30 de agosto

Capítulo. 2

Capítulo. 3

Capítulo. 4

Capítulo. 5

Capítulo. 6

Capítulo. 7

Capítulo. 8

Capítulo. 9

Capítulo. 10

Capítulo. 11

Capítulo. 12

Capítulo. 13

Capítulo. 14

Capítulo. 15

Capítulo. 16

Capítulo. 17

Capítulo. 18

Capítulo. 19

Capítulo. 20

Capítulo. 21

Capítulo. 22

Capítulo. 23

Capítulo. 24

Capítulo. 25

Capítulo. 26

Capítulo. 27

Capítulo. 28

Capítulo. 29

Capítulo. 30

Capítulo. 31

Capítulo. 32

Capítulo. 33

Capítulo. 34

Capítulo. 35

Capítulo. 36

Capítulo. 37

Epílogo: 15 de septiembre. Dos semanas más tarde

Agradecimientos

Notas

Otros títulos

En memoria de mis padres, Corky y Carl Coben

Y para sus nietos Charlotte, Aleksander, Benjamin y Gabrielle

prólogo
15 de septiembre

El cementerio daba al patio de una escuela.

Myron removió la tierra suelta con la puntera de su zapato Rocksport. Aún no había lápida, sólo un indicador de metal con una sencilla tarjeta con un nombre escrito en letras mayúsculas. Sacudió la cabeza. ¿Por qué se encontraba en ese lugar como un cliché de una serie mala de televisión? En su mente veía cómo se representaba toda la escena. La lluvia torrencial lo está empapando, pero él está demasiado angustiado para darse cuenta. Con la cabeza gacha, las lágrimas inundan sus ojos, confundiéndose con la lluvia en su recorrido por las mejillas. Suena una música conmovedora. La cámara se aparta de su rostro y retrocede poco a poco, muy lentamente, para mostrar sus hombros hundidos, la lluvia cae con más fuerza, más tumbas, no hay nadie más presente. Retirándose aún más, la cámara acabará por mostrar a Win, el fiel compañero de Myron, en la distancia, con una comprensión silenciosa, concediéndole a su compañero un tiempo para desahogar sus sentimientos. La imagen se congela de pronto y el nombre del productor ejecutivo aparece en la pantalla en letras mayúsculas amarillas. Un leve titubeo antes de que a los espectadores se les pida que no cambien de canal y vean las escenas del episodio de la próxima semana. Paso a los anuncios.

Pero nada de esto ocurrirá hoy. El sol brilla como si fuese el primer día de la creación y el cielo parece recién pintado. Win está en su despacho. Y Myron no llora.

Entonces ¿por qué está aquí?

Porque muy pronto llegará un asesino. Está seguro.

Myron buscó algún significado en el paisaje, pero sólo dio con más clichés. Habían pasado dos semanas desde el funeral. Los hierbajos y las margaritas ya habían comenzado a aparecer entre la tierra y se elevaban hacia el cielo. Esperó a que su voz interior comenzase con el típico rollo de que las hierbas y las margaritas representaban los ciclos y la renovación y la vida que continuaba, pero la voz permaneció piadosamente callada. Buscó la ironía en la radiante inocencia del patio escolar —las desvaídas marcas de tiza en el asfalto negro, los triciclos multicolores, los columpios con cadenas un tanto oxidadas— bañada por las sombras de las lápidas que observaban a los niños como silenciosas centinelas, pacientes, casi llamándolos. Pero la ironía no se aguantaría. En los patios de las escuelas no hay inocencia. Allí también hay matones y sociópatas a la espera, psicosis en vías de expansión y mentes jóvenes llenas de un odio prenatal sin diluir.

«Vale —pensó Myron—, ya está bien de charla abstracta por hoy.»

Pero en lo más profundo de su ser, reconoció que este diálogo era sólo una pura distracción, un juego de manos filosófico para impedir que su frágil mente se partiese como una rama seca. Deseaba tanto hundirse, dejar que sus piernas cediesen, caer al suelo y escarbar la tierra con las manos desnudas, suplicar perdón y pedirle a un poder superior que le diese una nueva oportunidad.

Pero eso tampoco ocurriría.

Myron oyó las pisadas que se acercaban por detrás. Cerró los ojos. Era tal como esperaba. Las pisadas se acercaron. Cuando se detuvieron, Myron no se volvió.

—Usted la mató —dijo Myron.

—Sí.

Un bloque de hielo se derritió en el estómago de Myron.

—¿Se siente mejor ahora?

El tono del asesino acarició la nuca de Myron con una mano fría y calculadora.

—La pregunta es, Myron, ¿y usted?

1
30 de agosto

Myron se encogió de hombros.

—No soy una niñera —dijo, arrastrando las palabras—. Soy un agente deportivo.

Norm Zuckerman pareció dolido.

—¿Se supone que eres Bela Lugosi?

—El Hombre Elefante —respondió Myron.

—Maldita sea, eso ha sido feo. ¿Quién ha dicho nada de una niñera? ¿Acaso he pronunciado la palabra niñera, canguro o cualquier otra variante? ¿He mencionado el verbo cuidar o algo parecido?

Myron levantó una mano.

—Vale, ya lo he pillado, Norm.

Estaban sentados bajo una de las canastas del Madison Square Garden, en una de aquellas sillas de director de lona y madera que tienen escrito el nombre de las estrellas en el respaldo. Las sillas estaban colocadas tan arriba que la red del aro casi tocaba el pelo de Myron. En mitad de la pista estaban celebrando una sesión fotográfica de modelos. Había montones de luces con paraguas, mujeres aniñadas, altas y huesudas, trípodes y personas que iban y venían por todos lados. Myron esperó a que alguien lo confundiese con un modelo. Pero siguió esperando.

—Una joven puede estar en peligro —declaró Norm—. Necesito tu ayuda.

Norm Zuckerman se acercaba a los setenta. Era director ejecutivo de Zoom, una gigantesca megacorporación fabricante de prendas deportivas, es decir, tenía más dinero que Trump. Sin embargo, parecía un beatnik que se había quedado colgado de un mal viaje de ácido. El estilo retro, le había explicado Norm antes, estaba en alza y él se había subido a ese tren vistiendo un poncho psicodélico, pantalones de fajina, un collar de cuentas y un pendiente con el símbolo de la paz. Mola, tío. La barba negra canosa era lo bastante espesa y desordenada como para criar huevos de cucarachas, y el pelo rizado parecía una mala versión de Godspell.

El Che Guevara vive y lleva permanente.

—No me necesitas a mí —afirmó Myron—. Necesitas un guardaespaldas.

Norm descartó las palabras con un gesto.

—Demasiado obvio.

—¿Qué?

—Ella nunca aceptará. Vale, Myron, ¿qué sabes de Brenda Slaughter?

—No mucho —admitió él.

Norm pareció sorprendido.

—¿Qué quieres decir con no mucho?

—¿Cuál es la palabra que no entiendes, Norm?

—Por todos los santos, tú eras jugador de baloncesto.

—¿Y?

—Pues que Brenda Slaughter es posiblemente la mejor jugadora de baloncesto femenino de todos los tiempos. Una pionera en su deporte, además de la belleza emblema, y perdona por la insensibilidad política, de mi nueva liga.

—Todo eso ya lo sé.

—Pues entérate bien de esto también: estoy preocupado por ella. Si algo le ocurriese a Brenda, toda la WPBA, y mi considerable inversión, podría irse inmediatamente por el retrete.

—Vaya, ahora te mueven razones humanitarias.

—De acuerdo, soy un codicioso cerdo capitalista. Pero tú, amigo mío, eres un agente deportivo. No existe mente más codiciosa, traidora, rastrera y capitalista.

Myron asintió.

—A mí me la suda —dijo—. No es más que trabajo.

—No me has dejado acabar. Sí, eres agente deportivo. Pero uno muy bueno. En realidad, el mejor. Tú y aquella tía española hacéis un trabajo excelente por vuestros clientes. Obtenéis lo mejor. Más de lo que se merecen. Cuando acabaste conmigo, me sentí violado. No te miento, así eres de bueno. Entraste en mi despacho, me arrancaste la ropa e hiciste conmigo lo que quisiste.

Myron torció el gesto.

—Por favor.

—Pero conozco tu pasado secreto con los federales.

Vaya secreto. Myron aún tenía la ilusión de cruzarse con alguien por encima del Ecuador que no lo supiese.

—Escúchame un segundo, Myron, ¿vale? Brenda es una chica preciosa, una fantástica jugadora de baloncesto, y un grano en mi nalga izquierda. No la culpo. Si yo hubiese crecido con un padre como el suyo, yo también sería como un grano en el culo.

—¿Así que el problema es su padre?

Norm hizo un gesto ambiguo.

—Es probable.

—Pues pide una orden de alejamiento —dijo Myron.

—Ya la he conseguido.

—¿Entonces cuál es el problema? Contrata a un detective privado. Si se acerca a menos de cien metros de ella, telefonea a la policía.

—No es tan sencillo.

Norm miró hacia la pista. Los participantes en la sesión de fotos se movían como partículas en una olla cuando el agua llega al punto de ebullición. Myron bebió un sorbo de café. Un café para exquisitos. Hasta hacía un año nunca lo había probado. Un día entró en uno de esos cafés que estaban apareciendo en la ciudad como las películas malas en la televisión por cable. Ahora Myron no podía enfrentarse a una mañana sin una taza de café del bueno.

Hay una línea muy delgada entre la pausa para el café y una casa de crack.

—No sabemos dónde está —añadió Norm.

—¿Perdón?

—Su padre —respondió Norm—. Ha desaparecido. Brenda no deja de mirar por encima del hombro aterrorizada.

—¿Crees que el padre es un peligro para ella?

—Este tipo es el Gran Santini con esteroides. Él también jugaba al baloncesto. En la Conferencia Pacific-10, creo. Su nombre es...

—Horace Slaughter —le interrumpió Myron.

—¿Lo conoces?

Myron asintió lentamente.

—Sí, lo conozco.

Norm observó su rostro.

—Eres demasiado joven para haber jugado con él.

Myron no dio ninguna explicación. Norm no captó la indirecta. Casi nunca lo hacía.

—¿Cómo es que conoces a Horace Slaughter?

—No te preocupes —dijo Myron—. Dime por qué crees que Brenda Slaughter está en peligro.

—Ha recibido amenazas.

—¿Qué clase de amenazas?

—De muerte.

—¿No podrías ser un poco más específico?

El frenesí de la sesión fotográfica continuaba en marcha. Ataviadas con lo último de la marca Zoom, las modelos pasaban por un ciclo de poses, mohínes, posturas y labios fruncidos. Venga a bailar. Alguien llamó a Ted, dónde demonios está Ted, esa prima donna, por qué Ted todavía no está vestido, Ted acabará por matarme, lo juro.

—Recibe llamadas telefónicas —prosiguió Norm—. Un coche la siguió. Ese tipo de cosas.

—¿Qué quieres que haga?

—Vigilarla.

Myron meneó la cabeza.

—Aunque dijese que sí, cosa que no he hecho, dijiste que no está dispuesta a tolerar la presencia de guardaespaldas.

Norm sonrió y palmeó la rodilla de Myron.

—Ésta es la parte en que yo te pesco. Como un pez en el anzuelo.

—Una analogía original.

—En este momento, Brenda Slaughter no tiene agente.

Myron no dijo nada.

—¿Se te ha comido la lengua el gato, guapo?

—Creía que había firmado un contrato exclusivo con Zoom.

—Estaba a punto de hacerlo cuando desapareció su viejo. Era su representante. Pero ella se lo quitó de encima. Ahora está sola. Confía en mi juicio, hasta cierto punto. Permíteme que te diga que esta chica no es ninguna tonta. Así que éste es mi plan: Brenda llegará aquí dentro de un par de minutos. Te recomendaré a ella. Ella dice hola. Tú dices hola. Luego le das con tu famoso encanto Bolitar.

Myron arqueó una ceja.

—¿Con toda la fuerza?

—Cielos, no. No quiero ver a la pobre chica desnudarse.

—Presté juramento sobre que sólo utilizaría mis poderes para hacer el bien.

—Eso está muy bien, créeme.

Myron siguió sin estar convencido.

—Incluso si aceptase seguir con esta locura, ¿qué pasa con las noches? ¿Esperas que la vigile las veinticuatro horas del día?

—Por supuesto que no. Win te ayudará con esa parte.

—Win tiene cosas mejores que hacer.

—Dile a ese niño bonito que se trata de mí —dijo Norm—. No podrá negarse, me ama.

Un fotógrafo agitadísimo se acercó a la carrera hasta su altura. Llevaba perilla y el pelo rubio erizado como Sandy Duncan en un día libre. Ducharse no parecía ser aquí una prioridad. Suspiró varias veces, para asegurarse de que todos en la vecindad supiesen que era importante y le estaban dejando de lado.

—¿Dónde está Brenda? —gimoteó.

—Aquí mismo.

Myron se giró hacia una voz como la miel tibia en los creps de los domingos. Con su paso largo y decidido —no el paso tímido de la chica demasiado alta o el desagradable pavoneo de las modelos—, Brenda Slaughter entró en la pista como un frente cálido de los que muestra el Meteosat. Era muy alta, más de un metro ochenta, con la piel del color del Mocha Java con una generosa cantidad de leche desnatada que Myron tomaba en el Starbucks. Vestía unos vaqueros descoloridos que se ajustaban deliciosamente pero sin ninguna obscenidad, y un suéter de esquiador que te hacía pensar en mimitos en el interior de una cabaña de troncos cubierta por la nieve.

Myron apenas consiguió reprimir un «tía buena» en voz alta.

Brenda Slaughter no era una belleza excepcional, sino más bien eléctrica. El aire a su alrededor crepitaba. Era demasiado alta y tenía los hombros demasiado anchos para ser modelo. Myron conocía a algunas modelos profesionales. Siempre estaban intentando ligar con él —las ganas— y eran ridículamente flacas, construidas como cordeles con globos de helio en la parte superior. Brenda no era ningún esqueleto. Notabas la fortaleza en ella, la sustancia, el poder, una fuerza si quieres, y sin embargo todo era femenino, sea lo que fuere lo que eso signifique, y de un atractivo irresistible.

Norm se inclinó para susurrar:

—¿Ves por qué es nuestra chica del calendario?

Myron asintió.

Norm se bajó de la silla de un salto.

—Brenda, cariño, ven aquí. Quiero presentarte a alguien.

Los grandes ojos castaños encontraron a los de Myron, y hubo un titubeo. Esbozó una sonrisa y se le acercó. Myron se levantó, el eterno caballero. Brenda caminó en línea recta hacia él y le tendió la mano. Él se la estrechó. Su apretón era fuerte. Ahora que ambos estaban de pie, Myron vio que él le sacaba tres o cuatro centímetros. Eso la situaba en el metro ochenta y cinco, quizá metro ochenta y ocho.

—Bueno, bueno —dijo Brenda—. Myron Bolitar.

Norm hizo un gesto como si los estuviese empujando para que se acercasen.

—¿Vosotros dos os conocéis?

—Oh, estoy segura de que el señor Bolitar no se acuerda de mí —contestó Brenda—. Fue hace mucho tiempo.

A Myron sólo le llevó unos pocos segundos. Su cerebro comprendió de inmediato que de haber conocido a Brenda Slaughter antes, sin duda lo recordaría. El hecho de que no lo recordase significaba que su anterior encuentro había sido en circunstancias muy diferentes.

—Solías esperar junto a la pista —dijo Myron—. Con tu padre. Debías de tener unos cinco o seis años.

—Y tú acababas de entrar en el instituto —añadió ella—. El único chico blanco que nunca faltaba. Conseguiste que el equipo de Livingston High fuera campeón del estado, jugaste en la All-American Basketball Alliance al entrar en Duke, te escogieron para los Celtics en primera ronda...

Su voz se detuvo. Myron ya estaba habituado.

—Me halaga que lo recuerdes —dijo.

Ya la estaba hechizando con su encanto.

—Crecí viéndote jugar —continuó ella—. Mi padre siguió tu carrera como si fueses su propio hijo. Cuando te lesionaste...

Ella se interrumpió de nuevo, y apretó los labios.

Él sonrió para demostrar que comprendía y apreciaba el sentimiento.

Norm se apresuró a romper el silencio.

—Pues Myron es ahora agente deportivo. Uno muy bueno. En mi opinión, el mejor. Justo, honesto, fiel como nadie... —Norm se interrumpió de golpe—. ¿Acabo de utilizar esas palabras para describir a un agente deportivo?

Meneó la cabeza.

El Sandy Duncan con perilla apareció de nuevo. Habló con un acento francés que sonaba tan real como el de Pepe la Mofeta.

—Monsieur Zuckermahn.

—Oui —respondió Norm.

—Necesito su ayuda, s’il vous plaît.

—Oui —dijo Norm.

Myron estuvo tentado de pedir un intérprete.

—Vosotros dos sentaos —dijo Norm—. Tengo que ocuparme de un asunto. —Palmeó las sillas vacías para dejar bien clara su intención—. Myron va a ayudarme a montar la liga. Algo así como un consultor. Así que habla con él, Brenda. De tu carrera, tu futuro, de lo que sea. Será un buen agente para ti. —Le dedicó un guiño a Myron. Sutil.

Cuando Norm se marchó, Brenda se sentó en la silla contigua.

—¿Así que todo eso es verdad? —preguntó.

—Una parte —dijo Myron.

—¿Qué parte?

—Que me gustaría ser tu agente. Pero en realidad no es por eso por lo que estoy aquí.

—¿Ah, no?

—Norm está preocupado por ti. Quiere que te vigile.

—¿Que me vigiles?

Myron asintió.

—Cree que estás en peligro.

Ella apretó las mandíbulas.

—Le dije que no quiero vigilancia.

—Lo sé —admitió Myron—. Se supone que debo hacerlo en secreto.

—¿Entonces por qué me lo dices?

—No soy muy bueno guardando secretos.

Ella asintió.

—¿Y?

—Si voy a ser tu agente, creo que no es muy útil para nuestra relación comenzar con una mentira.

Ella se echó hacia atrás y cruzó sus piernas, más largas que la cola en la Dirección General de Tráfico a la hora de la comida.

—¿Qué más te pidió Norm que hicieses?

—Que ponga en marcha mi encanto.

Ella parpadeó.

—No te preocupes —añadió Myron—. Presté un solemne juramento de que sólo lo utilizaré para el bien.

—Suerte que tengo.

Brenda acercó un largo dedo al rostro y se dio varios golpecitos en la barbilla.

—Bueno —dijo por fin—. Así que Norm cree que necesito una niñera.

Myron levantó las manos e hizo su mejor imitación de Norm.

—¿Quién ha dicho nada de una niñera? —Era mejor que su Hhombre Elefante, pero nadie corrió a llamar a Rich Little.

Ella sonrió.

—De acuerdo —asintió con un gesto—. Acepto el trato.

—Estoy agradablemente sorprendido.

—Pues no deberías sorprenderte. Si no lo hago, Norm podría contratar a algún otro que quizá no fuese tan sincero. De esta manera sé las reglas del juego.

—Tiene sentido —dijo Myron.

—Pero hay condiciones.

—Ya lo suponía.

—Poder hacer lo que quiera cuando lo desee. No va a ser un cheque en blanco para invadir mi intimidad.

—Por supuesto.

—Si te digo que te pierdas un rato, tú preguntas hasta dónde te pierdes.

—Correcto.

—Y nada de espiarme sin que yo lo sepa —añadió.

—Vale.

—Te mantienes fuera de mis asuntos.

—Aceptado.

—Si paso la noche fuera, no dices ni una palabra.

—Mudo.

—Si escojo participar en una orgía con pigmeos, no dices nada.

—¿Puedo mirar al menos? —inquirió Myron.

Eso produjo una sonrisa.

—No pretendo parecer difícil, pero ya he tenido demasiadas figuras paternas en mi vida. Quiero que quede bien claro que no vamos a estar juntos las veinticuatro horas del día o nada parecido. Ésta no es una película con Whitney Houston y Kevin Costner.

—Algunos aseguran que tengo cierto parecido a Kevin Costner.

Myron le dedicó una rápida imitación de aquella sonrisa cínica y traviesa, a lo Bull Durham.

Ella lo miró de pies a cabeza.

—Sí, quizás en la línea del pelo.

Ay. En mitad de la cancha, Sandy Duncan con perilla comenzó a llamar de nuevo a Ted. Su comitiva le imitó. El nombre de Ted rebotó en la cancha como bolas de plastilina.

—¿Entendido?

—Perfectamente —dijo Myron. Se removió en la silla—. ¿Y ahora quieres explicarme qué está pasando?

Ted —tenía que ser un tío llamado Ted— hizo su entrada triunfal por la derecha. Llevaba sólo un pantalón corto marca Zoom y su abdomen estaba cincelado como un mapa en relieve hecho en mármol. Tenía unos veinte y pocos años, guapo al estilo de los modelos y entrecerraba los ojos como un guardia de prisión. Mientras avanzaba contoneándose hacia la pista, no dejaba de pasarse las manos por su pelo negro azulado al estilo de Superman, el movimiento aumentaba su pecho y estrechaba su cintura, dejando a la vista las axilas afeitadas.

—Un gallito gilipollas —murmuró Brenda.

—Un comentario del todo injusto —señaló Myron—. Quizás es un erudito de Fulbright.

—He trabajado antes con él. Si Dios le diese un segundo cerebro, moriría de soledad. —Su mirada se dirigió a Myron—. Hay una cosa que no entiendo.

—¿Qué?

—¿Por qué tú? Eres un agente deportivo. ¿Por qué Norm te pediría que fueses mi guardaespaldas?

—Solía trabajar... —se interrumpió para mover la mano en un gesto vago—, para el gobierno.

—Nunca lo oí mencionar.

—Es otro secreto.

—Los secretos no duran mucho contigo, Myron.

—Puedes confiar en mí.

Ella se lo pensó.

—Bueno, eres un blanco que conseguía saltar —dijo—. Supongo que si podías hacer eso, quizá puedas también ser un agente deportivo de confianza.

Myron se echó a reír, y después mantuvieron un incómodo silencio. Él irrumpió con una nueva pregunta.

—¿Quieres hablarme de las amenazas?

—No hay gran cosa que decir.

—¿Es todo invención de Norm?

Brenda no respondió. Uno de los maquilladores aplicó aceite en el pecho lampiño de Ted, que continuaba mirando a la multitud con su expresión de tipo duro. Demasiadas películas de Clint Eastwood. Ted apretó los puños y continuó flexionando los pectorales. Myron decidió que podía dejarse de rodeos y comenzar a odiar a Ted ya mismo.

Brenda permaneció en silencio. Myron decidió enfocar el tema por otro lado.

—¿Dónde vives ahora? —preguntó.

—En una de las residencias de la Universidad de Reston.

—¿Todavía vas a la facultad?

—A la de medicina. Cuarto año. Acabo de conseguir una prórroga para jugar al baloncesto profesional.

Myron asintió.

—¿Has escogido especialidad?

—Pediatría.

Él asintió de nuevo y decidió aprovechar la coyuntura.

—Tu padre debe estar muy orgulloso de ti.

Una sombra cruzó su rostro.

—Sí, supongo. —Comenzó a levantarse—. Será mejor que me vaya a cambiar para la sesión.

—¿No querrías explicarme antes qué está pasando?

Ella permaneció en su asiento.

—Papá ha desaparecido.

—¿Desde cuándo?

—Hace una semana.

—¿Fue entonces cuando comenzaron las amenazas?

Brenda eludió la respuesta.

—¿Quieres ayudarme? Encuentra a mi padre.

—¿Es él quien te está amenazando?

—No te preocupes por las amenazas. A papá le gusta el control, Myron. La intimidación es sólo una herramienta más.

—No te entiendo.

—No tienes por qué entenderlo. Sois amigos, ¿no?

—¿De tu padre? Hace más de diez años que no veo a Horace.

—¿Y de quién es la culpa? —preguntó ella.

Las palabras, por no mencionar el tono amargo, le sorprendieron.

—¿Qué se supone que quieres decir con eso?

—¿Todavía le aprecias?

Myron no tuvo que pensárselo.

—Sabes de sobra que sí.

Ella asintió y se levantó de un salto.

—Tiene problemas —dijo—. Encuéntralo.

2

Brenda reapareció con un pantalón corto de lycra Zoom y lo que se llama comúnmente un sostén deportivo. Era puras piernas, brazos, hombros, músculos y sustancia, y si bien las modelos profesionales miraron furiosas su tamaño (no su altura porque la mayoría de ellas también medían un metro ochenta), Myron pensó que destacaba como una brillante supernova junto a, bueno, unos entes gaseosos.

Las poses eran atrevidas, y era obvio que a Brenda le incomodaban. No así a Ted. Se movía y la miraba con lo que suponía era la mirada de la más ardiente sexualidad. En dos ocasiones Brenda fue incapaz de aguantarse y se le rió en la cara. Myron todavía odiaba a Ted, pero Brenda comenzaba a gustarle cada vez más.

Sacó el móvil y marcó el número privado de Win. Éste era un importante consultor financiero en Lock-Horne Securities, una antigua firma financiera que ya vendía valores de renta variable a bordo del Mayflower. Su despacho estaba en el Lock-Horne Building, en Park Avenue y la 47, en el centro de Manhattan. Myron alquilaba un despacho allí. Un agente deportivo en Park Avenue; eso sí que era clase.

Después de tres timbrazos, el contestador automático se puso en marcha. El insoportable acento de superioridad de Win dijo: «Cuelgue sin dejar un mensaje y muérase». Bip. Myron meneó la cabeza, sonrió, y, como siempre, dejó un mensaje.

Cortó y marcó el número de su despacho. Respondió Esperanza.

—MB SportsReps.

La M correspondía a Myron, la B a Bolitar, SportsReps porque era representante de deportistas. El nombre se le había ocurrido a él solito, sin la ayuda de ningún profesional de marketing. Pero a pesar del ello, Myron continuaba mostrándose humilde.

—¿Algún mensaje? —preguntó.

—Más o menos un millón.

—¿Alguno crucial?

—Greenspan quería tu opinión sobre el aumento de los tipos de interés. Aparte de eso, nada más. —Esperanza, siempre tan lista—. ¿Qué quería Norm?

Esperanza Díaz —la «española lista» en palabras de Norm— llevaba en MB SportsReps desde su creación. Antes había sido luchadora profesional con el apodo de la «Pequeña Pocahontas»; para decirlo de forma sencilla, llevaba un bikini que recordaba al de Raquel Welch en la película Hace un millón de años y luchaba con otras mujeres delante de una horda que babeaba. Esperanza consideraba el cambio de su carrera como representante de deportistas como un paso atrás.

—Tiene que ver con Brenda Slaughter —comenzó Myron.

—¿La jugadora de baloncesto?

—Sí.

—La he visto jugar un par de veces —comentó Esperanza—. En televisión se la ve estupenda.

—También en persona.

Hubo una pausa. Después Esperanza preguntó:

—¿Crees que participa del amor de nombre impronunciable?

—¿Eh?

—¿Se mueve hacia las mujeres?

—Vaya —dijo Myron—. Me olvidé de mirar si tenía el tatuaje.

Las preferencias sexuales de Esperanza cambiaban como las de un político en un año sin elecciones. En estos momentos parecía haberse decantado por el sexo masculino, pero Myron suponía que era una de las ventajas de la bisexualidad: amar a todos. Él no tenía ningún problema al respecto. En el instituto había salido casi exclusivamente con chicas bisexuales.

—No importa —afirmó Esperanza—. En realidad me gusta David. —Su actual novio. No duraría—. Pero tienes que admitirlo, Brenda Slaughter está como un tren.

—Admitido.

—Puede ser divertida para una noche o dos.

Myron asintió al teléfono. Un hombre de menor categoría podría haber imaginado unas cuantas imágenes exclusivas de la ágil belleza española en las garras de la pasión con la extraordinaria amazona negra del sostén deportivo. Pero no Myron. Demasiado mundano.

—Norm quiere que la vigilemos —explicó Myron.

La puso al corriente. Cuando acabó, la oyó soltar un suspiro.

—¿Qué? —preguntó.

—Por Dios, Myron, ¿somos representantes o de la agencia Pinkerton?

—Es para conseguir clientes.

—No te lo crees ni tú.

—¿Qué demonios significa eso?

—Nada. ¿Qué quieres que haga?

—Su padre ha desaparecido. Su nombre es Horace Slaughter. A ver qué puedes averiguar sobre él.

—Voy a necesitar ayuda.

Myron se frotó los ojos.

—Creía que íbamos a contratar a alguien permanente.

—¿Y quién tiene tiempo?

Silencio.

—Bien —dijo Myron. Suspiró—. Llama a Big Cyndi. Pero hazle saber que sólo está a prueba.

—Vale.

—Y si entra algún cliente, quiero que Cyndi se esconda en mi despacho.

—Sí, vale, lo que tú quieras.

Colgó el teléfono.

Cuando acabó la sesión fotográfica, Brenda Slaughter se le acercó.

—¿Dónde vive ahora tu padre? —preguntó Myron.

—En el mismo lugar.

—¿Has estado allí desde que desapareció?

—No.

—Entonces comenzaremos por allí.

3

Newark. Nueva Jersey. La parte mala. Casi una redundancia.

Decadencia era la primera palabra que venía a la mente. Los edificios estaban más que ruinosos; en realidad se estaban cayendo, derretidos por una especie de ácido. Aquí la renovación urbana era un concepto tan conocido como el del viaje en el tiempo. El entorno se parecía más a un noticiario de guerra —Frankfurt después del bombardeo aliado— que a un lugar habitable.

El vecindario se veía incluso peor de lo que recordaba. Cuando Myron era un adolescente, él y su padre habían circulado por esas mismas calles; incluso las puertas del coche parecían cerrarse de pronto como si notasen el inminente peligro. El rostro de su padre se tensaba. «Un retrete», solía murmurar. Su padre había crecido no muy lejos de allí, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Él era el hombre que Myron amaba e idolatraba por encima de cualquier otro, el alma más amable que había conocido, y ahora apenas si podía contener la furia. «Mira lo que han hecho con el viejo barrio», decía.

Mira lo que han hecho.

Ellos.

El Ford Taurus de Myron pasó a poca velocidad junto a la vieja cancha. Los rostros negros lo miraron con furia. Estaban jugando cinco contra cinco con muchísimos chicos tumbados a los costados a la espera de enfrentarse a los vencedores. Las zapatillas baratas de los tiempos de Myron —Thom McAn, Keds o Kmart— habían sido reemplazadas por otras de más de cien dólares que los chicos de ahora a duras penas podían pagar. Sintió una punzada. Le hubiese gustado adoptar una postura noble sobre el tema —la corrupción de los valores, el materialismo y cosas por el estilo— pero era un agente deportivo que ganaba dinero con la publicidad de artículos deportivos, y eso pagaba parte de su comida. No se sentía bien al respecto, pero tampoco quería ser un hipócrita.

Ya nadie llevaba pantalón corto. Todos los chicos vestían tejanos azules o negros que apenas si enganchaban por encima del trasero, algo así como un payaso de circo que busca ganarse otra carcajada. La cintura bajaba por las nalgas para dejar a la vista los calzoncillos de diseño. Myron no quería parecer un vejete, quejándose por los gustos de las jóvenes generaciones, pero estos hacían que los pantalones acampanados y los zuecos pareciesen prácticos. ¿Cómo podías jugar bien si tenías que detenerte continuamente para subirte los pantalones?

Pero el mayor cambio estaba en las miradas. Myron se había asustado la primera vez que vino a estas canchas con quince años, cuando estudiaba en el instituto, pero sabía que si quería pasar al siguiente nivel, tenía que enfrentarse a los mejores competidores. Eso significaba jugar aquí. Al principio no había sido bienvenido. Ni mucho menos. Pero las miradas de curiosa animosidad que había recibido entonces no eran nada comparado con las miradas asesinas de estos chicos. Su odio era desnudo, en primera fila, cargado con una fría resignación. Resulta cursi decirlo, pero entonces —menos de veinte años atrás— se trataba de algo diferente. Quizás había más esperanzas. Difícil decirlo.

Como si le hubiese leído el pensamiento, Brenda dijo:

—Yo ya no vengo a jugar por aquí.

Myron asintió.

—¿No fue fácil para ti, verdad? Venir a jugar a estos lugares.

—Tu padre hizo que fuese fácil —respondió él.

Ella sonrió.

—Nunca comprendí por qué le caías bien. Por lo general, odiaba a los blancos.

Myron fingió una exclamación.

—¿Pero soy blanco?

—Como Pat Buchanan.

Ambos forzaron una risa. Myron lo intentó de nuevo.

—Háblame de las amenazas.

Brenda miró a través de la ventanilla. Pasaron por un lugar donde vendían tapacubos. Centenares, si no eran miles, de tapacubos resplandecían al sol. Un extraño negocio si te parabas a pensarlo. La única vez que alguien necesita un tapacubos nuevo es cuando te lo roban. Y los tapacubos robados acababan en lugares como éste. Un miniciclo fiscal.

—Recibo llamadas —comenzó ella—. Sobre todo por la noche. Una vez dijeron que me harían daño si no encontraban a mi padre. Otra, que más me convenía mantener a mi padre como agente o si no...

Se detuvo.

—¿Alguna idea de quiénes son?

—No.

—¿Alguna idea de por qué alguien busca a tu padre?

—No.

—¿O por qué tu padre desapareció?

Ella negó con la cabeza.

—Norm dijo algo de un coche que te seguía.

—No sé nada al respecto —afirmó ella.

—La voz en el teléfono —prosiguió Myron—. ¿Es la misma cada vez?

—No lo creo.

—¿Hombre o mujer?

—Hombre. Blanco. Al menos, suena a blanco.

Myron asintió.

—¿Horace juega?

—Nunca. Mi abuelo jugaba. Perdió todo lo que tenía, que no era mucho. Papá nunca jugó.

—¿Pidió dinero prestado?

—No.

—¿Estás segura? Incluso con ayuda financiera, tu enseñanza ha tenido que costar lo suyo.

—Tengo una beca desde que cumplí los doce años.

Myron asintió. Delante un hombre iba dando tumbos por la acera. Vestía ropa interior de Calvin Klein, botas de esquí diferentes, y uno de aquellos grandes sombreros rusos como el doctor Zhivago. Nada más. Ni camisa ni pantalones. Su mano sujetaba la boca de una bolsa de papel como si la estuviese ayudando a cruzar la calle.

—¿Cuándo comenzaron las llamadas? —preguntó Myron.

—Hace una semana.

—¿Cuando desapareció tu padre?

Brenda asintió. Tenía algo más que decir. Myron se dio cuenta por la forma de mirarlo. Guardó silencio y esperó.

—La primera vez —añadió ella en voz baja—, la voz dijo que llamase a mi madre.

Aguardó a que continuase. Cuando fue obvio que no lo haría, preguntó:

—¿Lo hiciste?

—No —respondió ella con una sonrisa triste.

—¿Dónde vive tu madre?

—No lo sé. No la he visto desde que tenía cinco años.

—¿Cuando dices que no la has visto...?

—Sólo me refiero a eso. Nos abandonó hace veinte años. —Brenda por fin se volvió hacia él—. Pareces sorprendido.

—Supongo que sí.

—¿Por qué? ¿Sabes cuántos de esos chicos que acabamos de dejar atrás han sido abandonados por sus padres? ¿Crees que una madre no puede hacer lo mismo?

Estaba en lo cierto, pero sonaba más a una hueca racionalización que a un verdadero convencimiento.

—¿Así que no la has visto desde que tenías cinco años?

—Así es.

—¿Sabes dónde vive? ¿La ciudad, el estado o lo que sea?

—Ni idea.

Ella intentó con todas sus fuerzas mostrarse indiferente.

—¿No tienes ningún contacto con ella?

—Sólo un par de cartas.

—¿Alguna dirección del remitente?

Brenda negó con la cabeza.

—El matasellos era de Nueva York. Es todo lo que sé.

—¿Puede saber Horace dónde vive?

—No. Ni siquiera ha pronunciado su nombre en estos veinte años.

—Al menos no a ti.

Ella asintió.

—Quizá la voz en el teléfono no se refería a tu madre —opinó Myron—. ¿Tienes una madrastra? ¿Tu padre se volvió a casar o vive con alguien?

—No. Desde mi madre no ha habido nadie más.

Silencio.

—¿Entonces por qué alguien preguntaría por tu madre después de veinte años? —preguntó Myron.

—No lo sé.

—¿Alguna idea?

—Ninguna. Durante veinte años para mí ha sido como un fantasma. —Señaló adelante—. Gira a la izquierda.

—¿Te importaría si pongo un rastreador en tu teléfono? ¿Por si llaman de nuevo?

Ella meneó la cabeza.

Condujo siguiendo sus indicaciones.

—Háblame de la relación con tu padre.

—No.

—No pretendo ser un entrometido...

—Es irrelevante, Myron. Da lo mismo que le quiera o le deteste, todavía tienes que encontrarlo.

—Conseguiste una orden de alejamiento para mantenerlo apartado, ¿no?

No dijo nada por un instante. Luego respondió:

—¿Recuerdas cómo era en la cancha?

Myron asintió.

—Un loco. Y quizás el mejor maestro que he tenido.

—¿Y el más apasionado?

—Si —admitió Myron—. Me enseñó a superar lo de no jugar con tanta delicadeza. No es siempre una lección fácil.

—Correcto, y tú eras sólo otro chico al que se aficionó. Pero imagínate ser su propio hijo. Ahora imagínate esa pasión en la cancha mezclada con el miedo a perderme. Que huiría y lo abandonaría para siempre.

—Como tu madre.

—Correcto.

—Sería paralizante —dijo Myron.

—Más bien diría asfixiante —le corrigió ella—. Hace tres semanas estábamos jugando un partido promocional en el instituto de East Orange. ¿Lo conoces?

—Claro.

—Un par de tipos entre los espectadores comenzaron a montar un escándalo. Dos chicos del instituto. Pertenecían al equipo de baloncesto. Estaban borrachos o drogados, o quizá no eran más que unos gamberros. No lo sé. Pero comenzaron a gritarme cosas.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas feas y muy gráficas. Sobre lo que les gustaría hacer conmigo. Mi padre se levantó y fue a por ellos.

—No puedo decir que lo culpe —dijo Myron.

Ella negó con la cabeza.

—Entonces eres otro neanderthal.

—¿Qué?

—¿Por qué ibas a ir a por ellos? ¿Para defender mi honor? Soy una mujer de veinticinco años. No necesito nada de toda esa mierda caballeresca.

—Pero...

—Pero nada. Todo este asunto, que tú estés aquí... yo no soy una feminista radical ni nada por el estilo, pero todo es un montón de mierda machista.

—¿Qué quieres decir?

—Si yo tuviese un pene entre las piernas, tú no estarías aquí. Si mi nombre fuese Leroy y recibiese un par de llamadas extrañas, no te interesaría tanto ir a proteger al pobrecito, ¿no?

Myron titubeó demasiado.

—¿Cuántas veces me has visto jugar? —prosiguió ella.

El cambio de tema lo pilló por sorpresa.

—¿Qué?

—Fui la jugadora número uno durante tres años seguidos. Mi equipo ganó dos campeonatos nacionales. Estábamos siempre en el canal de deportes y durante las finales aparecíamos en la CBS. Fui a la Universidad de Reston, que sólo está a media hora de tu casa. ¿Cuántos de mis partidos has visto?

Myron abrió la boca, la cerró.

—Ninguno —admitió.

—Así es. El baloncesto femenino no vale la pena.

—No es eso. Ya no miro mucho los deportes.

Comprendió lo pobre que sonaba la excusa.

Ella negó con la cabeza y permaneció en silencio.

—Brenda.

—Olvida todo lo que he dicho. Fue una tontería sacar el tema.

Su tono dejaba poco espacio para una continuación. Myron quería defenderse, pero no tenía idea de cómo. Optó por el silencio, una opción que probablemente debería escoger más a menudo.

—Gira a la derecha en la siguiente —le señaló ella.

—¿Entonces qué pasó después? —preguntó él.

Brenda lo miró.

—A los gamberros que te decían cosas. ¿Qué pasó después de que tu padre fuese a por ellos?

—Intervinieron los guardias de seguridad antes de que pasase nada. Expulsaron a los chicos del gimnasio. Y a papá también.

—No entiendo muy bien el sentido de la historia.

—Todavía no he acabado. —Brenda se detuvo, bajó la cabeza, reunió valor, y volvió a levantar la mirada—. Tres días más tarde los dos chicos, Clay Jackson y Arthur Harris, fueron encontrados en el terrado de un edificio de alquileres. Alguien los había atado y les había cortado el tendón de Aquiles con unas tijeras de podar.

Myron se puso pálido. Sintió náuseas.

—¿Tu padre?

Brenda asintió.

—Ha estado haciendo cosas así durante toda mi vida. Nunca nada tan grave. Pero siempre se lo hacía pagar a la gente que me molestaba. Cuando era una niña sin madre, casi agradecía la protección. Pero ya no soy una niña.

Myron, en un gesto distraído, bajó la mano y se tocó la parte de atrás del tobillo. Cortar el tendón de Aquiles con unas tijeras de podar. Intentó no parecer demasiado atónito.

—La policía debió sospechar de Horace.

—Sí, claro.

—¿Entonces cómo es que no lo arrestaron?

—No había pruebas suficientes.

—¿Las víctimas no pudieron identificarlo?

Ella se volvió hacia la ventanilla.

—Estaban demasiado asustados. —Señaló a la derecha—. Aparca ahí.

Myron aparcó. Los transeúntes lo miraban como si nunca hubiesen visto antes a un hombre blanco; en este barrio era del todo posible. Myron intentó mostrarse natural. Saludaba con cortesía. Algunas personas respondían, otras no.

Un coche amarillo —perdón, un altavoz con ruedas— pasó emitiendo una atronadora canción de rap. El bajo estaba puesto a tanto volumen que Myron sintió las vibraciones en el pecho. No entendía las palabras, pero parecían furiosas. Brenda lo llevó hasta una escalinata. Dos hombres estaban tumbados en los escalones como heridos de guerra. Brenda les pasó por encima sin pensarlo. Myron la siguió. De pronto comprendió que nunca había estado antes en ese lugar. Su relación con Horace Slaughter se había reducido siempre al baloncesto. Se quedaban en la cancha o en el gimnasio, o quizás iban a comer una pizza después del partido. Nunca había estado en la casa de Horace, y él nunca había estado en la suya.

No había portero, por supuesto, ni cerraduras, ni portero electrónico, ni nada por el estilo. La iluminación era mala en la entrada del edificio, pero no tanto como para ocultar que la pintura se caía como si las paredes tuviesen psoriasis. La mayoría de los buzones no tenían puerta. El aire parecía una cortina de cuentas.

Ella subió las escaleras de cemento. La barandilla era de metal. Myron oyó toser a un hombre como si intentase escupir un pulmón. Un bebé lloraba. Se sumó otro. Brenda se detuvo en el segundo piso y giró a la derecha. Ya tenía las llaves en la mano preparadas. La puerta también estaba hecha de acero reforzado. Había una mirilla y tres cerraduras.

Brenda abrió primero las tres cerraduras. Sonaron como en una escena de cárcel en una de aquellas películas cuando el celador grita: «Cerrar». La puerta se abrió. Myron fue asaltado por dos pensamientos a la vez. Uno era lo bonito que era el apartamento de Horace. El padre de Brenda había conseguido que todo lo que estaba fuera de su casa, todo lo sucio y podrido que había en las calles o incluso en la entrada del edificio, no pasara más allá de la puerta de acero. Las paredes eran blancas como el anuncio de una crema de manos. Los suelos se veían recién encerados. Los muebles eran una mezcla de lo que parecían antiguos muebles de familia y nuevas compras en Ikea. Desde luego era una casa cómoda.

La otra cosa que Myron advirtió tan pronto como se abrió la puerta era que alguien había puesto patas arriba la habitación.

Brenda entró a la carrera.

—¿Papá?

Myron siguió tras ella lamentando no haber llevado su arma. La escena lo requería. Él le hubiese dicho que guardase silencio, hubiese desenfundado, le hubiese pedido que se pusiese detrás de él, avanzado por el apartamento con ella muerta de miedo sujeta a su mano libre. Luego hubiese hecho aquello de mover la pistola a un lado y otro en cada habitación, con el cuerpo agachado y preparado para lo peor. Pero Myron no llevaba armas. No es que no le gustasen —cuando había problemas prefería tener una a mano—, pero un arma abulta bastante y molesta como un condón de fieltro. Y eso sin tener en cuenta que para la mayoría de sus posibles clientes, un agente deportivo inspira poca confianza si va armado, y a los que les parece adecuado, bueno, Myron prefería no tenerlos como clientes.

Win, en cambio, siempre llevaba armas, como mínimo dos, además de un prodigioso popurrí de armas ocultas. Era como un Israel con patas.

El apartamento consistía en tres habitaciones y una cocina. Las recorrieron deprisa. Nadie. Y ningún cuerpo.

—¿Falta algo? —preguntó Myron.

Ella lo miró, enfadada.

—¿Cómo demonios quieres que lo sepa?

—Me refiero a algo que destaque. El televisor está, también el vídeo. Quiero saber si crees que es un robo.

Ella echó una ojeada a la sala de estar.

—No. No tiene pinta de ser un robo.

—¿Alguna idea de quién lo hizo o por qué?

Brenda meneó la cabeza, asombrada todavía por aquel desorden.

—¿Escondía dinero en alguna parte? ¿En una caja de galletas, debajo de una tabla del suelo o algo así?

—No.

Comenzaron por la habitación de Horace. Brenda abrió el armario. Miró el interior durante un rato sin articular palabra.

—¿Brenda?

—Falta mucha de su ropa —dijo ella en voz baja—. También la maleta.

—Eso es bueno —opinó Myron—. Significa que con toda probabilidad ha escapado; hace menos probable que se haya encontrado con problemas.

Ella asintió.

—Pero es siniestro.

—¿Por qué?

—Es lo mismo que con mi madre. Todavía recuerdo a papá aquí, mirando las perchas vacías.

Volvieron al salón y luego se dirigieron a un pequeño dormitorio.

—¿Tu habitación? —preguntó Myron.

—No vengo mucho por aquí, pero sí, es mi habitación.

La mirada de Brenda de inmediato se fijó en un punto cerca de la mesita de noche. Soltó una suave exclamación y se lanzó al suelo. Sus manos comenzaron a buscar entre sus cosas.

—¿Brenda?

Sus manoteos se hicieron más fuertes, los ojos encendidos. Después de unos pocos minutos se levantó y salió corriendo hacia la habitación de su padre. Después se dirigió a la sala de estar. Myron la siguió.

—No están —dijo ella.

—¿Qué?

Brenda lo miró.

—Las cartas que me escribió mi madre. Alguien se las ha llevado.

4

Myron aparcó el coche delante de la residencia universitaria de Brenda. Excepto por algunas indicaciones monosilábicas, la chica no había abierto la boca en todo el trayecto. Myron no insistió. Aparcó el coche y se volvió hacia ella. Brenda continuó mirando a través del parabrisas.

La Universidad de Reston era un lugar apacible, con abundante césped, grandes robles, edificios de ladrillo, pañuelos y Frisbees. Los profesores aún llevaban el pelo largo, barba descuidada y americanas de pana. Aún se respiraba un aire de inocencia, de ilusión, de juventud, de sorprendente pasión. Pero era lo hermoso de esta universidad: los estudiantes debatiendo sobre la vida y la muerte en un entorno tan aislado como Disneylandia. La realidad no entraba en la ecuación. Eso estaba bien. De hecho, era como debía ser.

—Ella se marchó sin más —dijo Brenda—. Yo tenía cinco años, y me dejó sola con él.

Myron la dejó hablar.

—Lo recuerdo todo sobre mi madre. El aspecto que tenía. Su perfume. Su manera de volver a casa del trabajo, tan cansada que apenas si podía poner los pies en alto. Creo que se pueden contar con los dedos de una mano las veces que he hablado de ella en los últimos veinte años. Pero pienso en ella todos los días. Pienso en por qué me abandonó. Pienso en por qué todavía la echo de menos.

Se llevó una mano a la barbilla y volvió la cabeza. El silencio se prolongó unos instantes.

—¿Eres bueno en esto, Myron? —preguntó Brenda—. ¿Investigando?

—Eso creo —respondió él.

Brenda sujetó la manecilla de la puerta y tiró.

—¿Puedes encontrar a mi madre?

No esperó una respuesta. Salió del coche a toda prisa y subió las escaleras. Myron la observó desaparecer en el edificio colonial. Luego puso en marcha el coche y se fue a su casa.

Encontró un hueco en la calle Spring, delante mismo del ático de Jessica. Aún se refería a su nueva casa como el ático de Jessica, pese a que ahora vivía allí y pagaba la mitad del alquiler. Era extraño, pero funcionaba.

Subió las escaleras hasta el tercer piso. Abrió la puerta y de inmediato oyó a Jessica gritar:

—Estoy trabajando.

No la oyó teclear en el ordenador, pero eso no significaba nada. Fue hasta el dormitorio, cerró la puerta, y puso en marcha el contestador. Cuando Jessica escribía, nunca atendía el teléfono.

Myron apretó la tecla de play. «¿Hola, Myron? Soy tu madre.» Como si él no reconociese su voz. «Dios, detesto esta máquina. ¿Por qué no se pone ella? Sé que está ahí. ¿Es tan difícil para un ser humano atender el teléfono, decir hola y tomar el mensaje? Estoy en mi oficina, suena el teléfono, atiendo. Incluso si estoy trabajando. Si no, le digo a mi secretaria que tome el mensaje. No a una máquina. No me gustan las máquinas, Myron, ya lo sabes.» Continuó con la misma cantinela durante un rato. Myron añoró los viejos días cuando había un límite de tiempo en los contestadores automáticos. El progreso no siempre era algo bueno.

Por fin mamá acabó el discurso. «Sólo llamaba para saludarte, guapo. Ya hablaremos más tarde.»

Durante los primeros treinta y tantos años de su vida, Myron había vivido con sus padres en Livingston, un suburbio de Nueva Jersey. De bebé había ocupado una pequeña habitación en la parte izquierda de la planta alta. A partir de los tres años y hasta los dieciséis había vivido en el dormitorio de la parte derecha de la misma planta; y de los dieciséis hasta hacía unos pocos meses, había vivido en el sótano. No todo el tiempo, por supuesto. Había vivido en Duke, Carolina del Norte, durante cuatro años; había pasado dos veranos impartiendo clases de baloncesto en colonias, y en ocasiones había estado con Jessica o con Win en Manhattan. Pero su verdadero hogar siempre había sido la casa de sus padres por voluntad propia, por curioso que parezca, aunque algunos quizá sugerirían que una terapia seria podría sacar a la luz motivos más profundos.

Esto había cambiado desde hacía unos meses, cuando Jessica le pidió que se fuese a vivir con ella. Era algo totalmente inesperado en su relación: Jessica había hecho el primer movimiento, y Myron se había sentido feliz hasta el delirio, ebrio de alegría y asustado hasta la médula. Su inquietud no tenía nada que ver con el miedo al compromiso —esa fobia en particular afectaba a Jessica, no a él—, pero, por decirlo de una manera sencilla, en el pasado había experimentado momentos muy duros, y no quería volver a pasar por lo mismo nunca más.

Aún seguía viendo a sus padres una vez a la semana, iba a casa a cenar o les traía a la Gran Manzana. También hablaba con su madre o su padre casi todos los días. Lo curioso era que, aunque sin duda eran unos pesados, a Myron le gustaban. Por loco que pareciese, a él le gustaba estar con sus padres. ¿Anticuado? Por supuesto. ¿Fuera de onda como un acordeonista de polca? Totalmente. Pero es lo que había.

Sacó un Yoo-Hoo de la nevera, lo sacudió, quitó la tapa y bebió un buen trago. Dulce néctar. Jessica gritó:

—¿Qué te apetece?

—No me importa.

—¿Quieres que salgamos?

—¿Te importa si pedimos que nos traigan la comida? —preguntó él a su vez.

—No.

Ella apareció en el umbral. Vestía una sudadera de Duke que le iba enorme y pantalones negros de punto. Llevaba el cabello recogido en una coleta. Varios cabellos sueltos le caían sobre el rostro. Cuando le sonrió, él sintió que se le aceleraba el pulso.

—Hola.

Myron se enorgullecía de sus inteligentes gambitos de apertura.

—¿Te apetece un chino? —preguntó ella.

—Lo que sea. Hunanés, sichuanés, cantonés.

—¿Sichuanés?

—Vale. ¿Sichuan Garden, Sichuan Dragón o Sichuan Imperio?

Jessica lo pensó un momento.

—La última vez la del Dragón era grasienta. Probemos con el Imperio.

Jessica cruzó la cocina y le dio un beso en la mejilla. Su pelo olía a flores silvestres después de una tormenta de verano. Myron le dio un rápido abrazo y cogió el menú del restaurante pegado en un armario de cocina. Escogieron con calma —sopa agria caliente, un entrante de gambas y otro vegetal— y luego llamó. Entraron en funciones las habituales barreras idiomáticas —¿por qué nunca contrataban a una persona que hablase inglés al menos para tomar los pedidos telefónicos?— y después de repetir seis veces su número de teléfono, colgó.

—¿Has avanzado mucho? —preguntó.

Jessica asintió.

—El primer borrador estará acabado para Navidad.

—Creía que la fecha de entrega era agosto.

—¿Qué pretendes decir?

Se sentaron a la mesa de la cocina. La cocina, la sala de estar, el comedor, el salón, todo estaba situado en un mismo y amplio espacio. El techo estaba a cinco metros de altura. Aireado. Las paredes de ladrillo, con vigas de metal vistas, le daban al lugar un aspecto que era al mismo tiempo artístico y como una estación de ferrocarril. En una palabra, un ático espectacular.

Llegó la comida. Hablaron de sus actividades. Myron le habló de Brenda Slaughter. Jessica lo escuchó de aquella manera tan particular. Tenía la capacidad de hacerte sentir como si fueses la única persona viva cuando hablabas. Cuando acabó, le formuló unas pocas preguntas. Después se levantó y se sirvió un vaso de agua de una jarra.

Se sentó de nuevo.

—El martes tengo que volar a Los Ángeles —dijo.

Myron alzó la vista.

—¿Otra vez?

Ella asintió.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No sé. Una semana o dos.

—¿No acabas de estar allí?

—Sí, ¿y qué?

—Para aquello de la peli, ¿no?

—Sí.

—¿Entonces cómo es que vas de nuevo? —preguntó él.

—Tengo que buscar documentación para escribir.

—¿No pudiste hacer ambas cosas cuando estuviste allí la semana pasada?

—No. —Jessica le miró—. ¿Pasa algo?

Myron jugó con uno de los palillos. La miró, desvió la mirada, tragó saliva, y dijo:

—¿Funciona lo nuestro?

—¿Qué?

—Vivir juntos.

—Myron, sólo serán un par de semanas. Para buscar documentación.

—Y después será una gira por el libro. O un seminario de escritores. O la firma para una peli. O más documentación.

—¿Quieres que me quede en casa y haga pasteles?

—No.

—¿Entonces qué está pasando?

—Nada —dijo Myron. Después añadió—: Llevamos juntos mucho tiempo.

—Entre unas cosas y otras unos diez años. ¿Y?

Myron no sabía muy bien cómo continuar.

—Te gusta viajar.

—Demonios, sí.

—Te echo de menos cuando no estás.

—Yo también te echo de menos. Y te echo de menos cuando te vas por trabajo. Pero nuestra libertad es parte de la diversión, ¿no? Además —se inclinó un poco hacia delante— soy espectacular en los reencuentros.

Él asintió.

—En eso te doy la razón.

Ella apoyó una mano en su brazo.

—No quiero hacer ningún pseudoanálisis, pero este traslado ha sido un gran ajuste para ti. Lo comprendo. Pero hasta ahora creo que está funcionando muy bien.

Por supuesto, tenía razón. Eran una pareja moderna, con carreras en ascenso y mundos que conquistar. La separación formaba parte de ello. Las dudas que tenía eran un subproducto de su pesimismo innato. Las cosas iban muy bien —Jessica había vuelto y ella le había pedido que se mudase—, sólo él las complicaba esperando que algo saliese mal. Tenía que dejar de obsesionarse. La obsesión no busca los problemas y los corrige: los fabrica de la nada, los alimenta, los hace más fuertes. Myron le sonrió.

—Quizá todo esto no sea más que una llamada de atención.

—Vaya.

—O quizá sea una estratagema para conseguir más sexo.

Ella le dirigió una mirada que le curvó los palillos.

—Tal vez esté dando resultado.

—Posiblemente debería ponerme algo más cómodo.

—Por favor, la máscara de Batman no.

—Oh, venga, puedes ponerte tu cinturón de mecánico.

Ella se lo pensó.

—Vale, pero nada de interrumpirse en la mitad y gritar: ¡A la misma bathora, en el mismo batcanal!

—Hecho.

Jessica se levantó, se le acercó para sentarse en su regazo. Ella lo abrazó y bajó los labios hacia su oreja.

—Vamos muy bien, Myron. No la jodamos.

Tenía razón.

Se levantó.

—Venga, quitemos la mesa.

—¿Y después?

Jessica asintió.

—A la batescalera.

5

Tan pronto como Myron bajó a la calle a la mañana siguiente, una limusina negra aparcó delante de él. Un par de titanes —músculos en lugar de cerebro, prodigios sin cuello— se apearon del vehículo. Llevaban trajes que les quedaban mal, pero Myron no culpó a su sastre. Los tipos con ese físico siempre parecían mal vestidos. Ambos lucían el típico bronceado de gimnasio, y aunque no podía confirmarlo a simple vista, sus pechos estaban tan depilados como las piernas de Cher.

—Sube al coche —dijo uno de los bulldozers.

—Mi mamá me dijo que nunca suba a un coche con desconocidos —contestó Myron.

—Vaya —dijo el otro bulldozer—, si hemos topado con un gracioso.

—Sí. —Bulldozer número uno inclinó la cabeza hacia Myron—. ¿Es así? ¿Eres un comediante?

—También soy un extraordinario cantante —dijo Myron—. ¿Quieres escuchar mi muy apreciada versión de Volare?

—Cantarás por el otro extremo de tu culo si no subes al coche.

—El otro extremo de mi culo —repitió Myron. Miró hacia lo alto como si estuviese pensando a fondo—. No lo pillo. Por el extremo de mi culo, vale, eso tiene sentido. Pero ¿el otro extremo? ¿Cuál es el significado exacto? Me refiero a que, técnicamente, si seguimos el tracto intestinal, ¿el otro extremo de tu culo no es la boca?

Los bulldozers se miraron mutuamente, y después a Myron, que no parecía muy asustado. Esos matones eran chicos de reparto; y se suponía que no se podía entregar la mercancía en mal estado. Soportarían unas cuantas puyas. Además, nunca hay que demostrar miedo a tipos como ésos. Huelen el miedo, se alimentan de él y te devoran. Por supuesto, Myron podía estar equivocado. También podían ser unos psicóticos desequilibrados que se desquiciaban a la menor provocación. Uno de los pequeños misterios de la vida.

—El señor Ache quiere verte —dijo bulldozer uno.

—¿Cuál de ellos?

—Frank.

Silencio. Eso no pintaba bien. Los hermanos Ache eran mafiosos importantes en Nueva York. Herman Ache, el hermano mayor, era el líder, un hombre capaz de infligir sufrimientos envidiables incluso para cualquier dictador del tercer mundo. Pero al lado de su loco hermano Frank, Herman era tan inocente como el osito Winnie.

Los matones hicieron crujir sus cuellos y sonrieron ante el silencio de Myron.

—¿Ahora no te parece tan gracioso, eh tío?

—Testículos —dijo Myron, que avanzó hacia el coche—. Se encogen cuando tomas esteroides.

Era una vieja réplica Bolitar, pero Myron nunca se cansaba de los clásicos. En realidad no tenía elección. Tenía que ir. Se sentó en el asiento trasero de la limusina. Había un bar y una televisión sintonizada en el programa de Regis y Kathie Lee. Kathie obsequiaba a la audiencia con las más recientes aventuras de Cody.

—Basta, os lo suplico —dijo Myron—. Os lo diré todo.

Los bulldozers no lo pillaron. Myron se inclinó hacia delante y apagó el televisor. Nadie protestó.

—¿Vamos a Clancy’s? —preguntó Myron.

La taberna de Clancy’s era el lugar favorito de los Aches. Myron había estado allí con Win un par de años atrás. Había esperado no tener que volver nunca más.

—Siéntate y cierra la boca, gilipollas.

Myron permaneció quieto. Tomaron la autopista del West Side hacia el norte; la dirección opuesta a la taberna de Clancy’s. Giraron a la derecha en la 57. Cuando entraron en un parking de la Quinta Avenida, Myron comprendió adónde iban.

—Vamos a las oficinas de TruPro —dijo en voz alta.

Los bulldozers no dijeron nada. Carecía de toda importancia.

TruPro era una de las grandes agencias deportivas del país. Durante años había sido dirigida por Roy O’Connor, una serpiente con traje, que no había sido nada más que un experto en saltarse cualquier norma. Era un verdadero maestro en la contratación ilegal de atletas cuando apenas habían dejado atrás los pañales, en el uso de sobornos y sutiles extorsiones. Pero como muchos otros que pululaban por el mundo de la corrupción, inevitablemente acabó atrapado. Myron ya lo había visto antes. Un tipo calcula que puede estar un pelín pillado, un poco enredado con los bajos fondos. Pero los mafiosos no actúan de esa manera. Les das un dedo y te agarran todo el brazo. Era lo que le había ocurrido a TruPro. Roy debía dinero, y cuando no pudo pagar, los hermanos Ache asumieron el control.

—Muévete, gilipollas.

Myron siguió a Bubba y Rocco —si no eran sus nombres, tendrían que haberlo sido— al ascensor. Bajaron en el octavo piso y pasaron por delante de la recepcionista. Ella mantuvo la cabeza gacha, pero espió. Myron le dedicó un gesto de saludo y continuó caminando. Se detuvieron delante de la puerta de un despacho.

—Cachéalo.

Bulldozer uno comenzó a inspeccionarlo.

Myron cerró los ojos.

—Dios —dijo—. Sí que es agradable. Un poquito más a la izquierda.

Bulldozer se detuvo, le dirigió una mirada furiosa.

—Entra.

Myron abrió la puerta y entró en la oficina.

Frank Ache abrió los brazos y avanzó hacia él.

—¡Myron!

No importaba la fortuna que hubiera amasado Frank Ache, estaba claro que el hombre no se la gastaba en ropa. Le gustaba usar chándales de terciopelo brillante, parecidos a los que vestían los tipos en Perdidos en el espacio como prendas informales. Frank llevaba uno de color naranja oscuro con un ribete amarillo. La cremallera de la chaqueta bajaba más que la de los modelos de Cosmopolitan, y el vello gris del pecho era tan espeso que parecía un suéter. Tenía la cabeza enorme, los hombros minúsculos, y un neumático en la cintura que era la envidia del hombre Michelin; una figura de reloj de arena con toda la arena abajo. Era grande, fofo y exhibía una calva lisa.

Frank le dio a Myron un feroz abrazo de oso. Myron se quedó sorprendido. Por lo general, solía ser tan cariñoso como un chacal con herpes.

Apartó a Myron a la distancia del brazo.

—Caray, Myron, sí que tienes buen aspecto.

Myron intentó no pestañear.

—Gracias, Frank.

Frank le ofreció una gran sonrisa: dos hileras de dientes en forma de granos de maíz muy apretujados. Myron intentó no encogerse.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Poco más de un año.

—Estábamos en Clancy’s, ¿no?

—No, Frank, no estábamos allí.

Frank parecía extrañado.

—¿Dónde estábamos entonces?

—En la carretera a Pensilvania. Disparaste a los neumáticos del coche, amenazaste con matar a los miembros de mi familia, y luego me dijiste que bajase de tu coche antes de que utilizases mis pelotas como alimento de las ardillas.

Frank se rió alegremente y le dio a Myron una palmada en la espalda.

—Aquéllos sí que eran buenos tiempos.

Myron se mantuvo muy quieto.

—¿Qué puedo hacer por ti, Frank?

—¿Tienes prisa?

—Sólo quiero llegar al meollo del asunto.

—Eh, Myron. —Frank abrió los brazos de par en par—. Intento ser amistoso. He cambiado, soy un hombre totalmente nuevo.

—¿Has abrazado la religión, Frank?

—Algo así.

—Vaya, vaya.

La sonrisa de Frank se esfumó poco a poco.

—¿Te gustaban más mis viejas maneras?

—Eran más sinceras.

La sonrisa había desaparecido del todo.

—Lo estás haciendo de nuevo, Myron.

—¿Qué?

—Tocarme las pelotas. ¿Es cómodo tu nuevo nidito?

—Sí, es cómodo —dijo Myron con un gesto—. Es la palabra que utilizaría.

Se abrió la puerta detrás de ellos. Entraron dos hombres. Uno era Roy O’Connor, el presidente de TruPro sobre el papel. Entró en silencio, como si pidiese permiso para vivir. Probablemente era así. Cuando Frank estaba presente, lo más probable era que Roy levantase la mano antes de ir al baño. El segundo tipo tenía unos treinta y tantos. Iba vestido de veintiún botones y tenía el aspecto de un financiero que acaba de hacer un máster en económicas.

Myron saludó con un gesto ampuloso.

—Hola, Roy. Se te ve bien.

Roy asintió envarado, se sentó.

—Éste es mi chico, Frankie junior. Le puedes llamar FJ —dijo Frank.

—Hola —saludó Myron. ¿FJ?

El chico le dirigió una mirada dura y se sentó.

—Roy acaba de contratar a FJ —explicó Frank.

Myron le sonrió a Roy O’Connor.

—El proceso de selección tuvo que ser un infierno, ¿no, Roy? Buscar entre tantos currículums y antecedentes.

Roy no abrió la boca.

Frank caminó alrededor de la mesa.

—Tú y FJ tenéis algo en común, Myron.

—¿Ah, sí?

—Fuiste a Harvard, ¿no?

—A estudiar derecho —respondió Myron.

—FJ se licenció en administración de empresas allí.

Myron asintió.

—Como Win.

Su nombre silenció la habitación. Roy O’Connor cruzó las piernas. Su rostro perdió el color. Él había conocido a Win de cerca, pero todos sabían quién era. Win se sentiría complacido por la reacción.

La habitación se puso en marcha de nuevo poco a poco. Todos tomaron asiento. Frank apoyó las dos manos del tamaño de jamones sobre la mesa.

—Nos hemos enterado de que representas a Brenda Slaughter —dijo.

—¿Dónde lo has oído?

Frank se encogió de hombros como si dijese: una pregunta idiota.

—¿Es verdad, Myron?

—No.

—¿No la representas?

—Así es, Frank.

Frank miró a Roy. Roy permaneció quieto como una estatua de cemento. Luego miró a FJ, que meneaba la cabeza.

—¿Su viejo todavía continúa siendo su representante? —preguntó Frank.

—No lo sé, Frank. ¿Por qué no se lo preguntas a ella?

—Ayer estuviste con ella, ¿no? —dijo Frank.

—¿Y?

—¿Qué estabais haciendo?

Myron estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.

—Dime una cosa, Frank. ¿Qué es lo que te interesa?

Frank abrió mucho los ojos. Miró a Roy, luego a FJ, y después señaló a Myron con un dedo del grosor de una salchicha.

—Perdona, ¿pero tengo aspecto de estar aquí para responder a tus putas preguntas?

—Tu nuevo yo —comentó Myron—. Amistoso, cambiado.

FJ se inclinó hacia delante y miró a Myron a los ojos. Myron le devolvió la mirada. Allí no había nada. Si de verdad los ojos eran el espejo del alma, ahí había un cartel que decía vacante.

—¿Señor Bolitar?

La voz de FJ era suave.

—¿Sí?

—Que le follen.

Susurró las palabras con una curiosa sonrisa en su rostro.

No se echó hacia atrás después de decirlo. Myron sintió que algo frío le recorría la espalda, pero no desvió la mirada.

Sonó el teléfono de la mesa. Frank apretó un botón.

—¿Sí?

—El socio del señor Bolitar en la línea —dijo una voz femenina—. Quiere hablar con usted.

—¿Conmigo? —preguntó Frank.

—Sí, señor Ache.

Frank parecía confuso. Se encogió de hombros y apretó un botón.

—Sí —respondió.

—Hola, Francis.

El cuarto se quedó tan inmóvil como una fotografía.

Frank se aclaró la garganta.

—Hola, Win.

—Espero no interrumpir —dijo Win.

Silencio.

—¿Cómo está tu hermano, Francis?

—Está bien, Win.

—Tengo que llamar a Herman. Hace tiempo que no vamos a jugar al golf.

—Sí —dijo Frank—. Le diré que preguntaste por él.

—Bien, Francis, bien. Bueno, debo irme. Por favor, dale mis saludos a Roy y a tu encantador hijo. Qué descortés de mi parte no haber saludado antes.

Silencio.

—Eh, Win.

—Sí, Francis.

—No me gusta toda esta mierda críptica, ¿me oyes?

—Lo oigo todo, Francis.

Clic.

Frank Ache le dirigió una dura mirada a Myron.

—Lárgate.

—¿Por qué estás tan interesado en Brenda Slaughter?

Frank se levantó de la silla.

—Win asusta —dijo—. Pero no es a prueba de balas. Di una palabra más, y te ataré a la silla y te quemaré la polla.

Myron no se molestó en despedirse.

Myron bajó en el ascensor. Win —abreviatura de Windsor Horne Lockwood III— esperaba en el vestíbulo. Esa mañana vestía al estilo universitario tardío. Chaqueta azul, pantalón caqui claro, camisa Oxford blanca y una chillona corbata Lilly Pulitzer, con más colores que el público en un campo de golf. Los rizos dorados separados por una raya trazada con un tiralíneas, la mandíbula sobresaliente en ese estilo tan suyo, los pómulos altos, bonitos, la tez de porcelana, los ojos azul hielo. Myron sabía que mirar el rostro de Win era odiarlo, porque te hacía pensar en el elitismo, el esnobismo, el antisemitismo, el racismo, la conciencia de clase, el dinero del Viejo Mundo ganado a costa del sudor de las frentes de otros hombres, y todo eso. Las personas que juzgaban a Windsor Horne Lockwood III sólo por su apariencia siempre cometían un error. A menudo peligrosamente.

Win no miró en la dirección de Myron. Miraba a lo lejos como si estuviese posando para una estatua urbana.

—Estaba reflexionando —dijo Win.

—¿Qué?

—Si te clonas, y después tienes sexo contigo mismo, ¿es incesto o masturbación?

Win.

—Es bueno saber que no estás desperdiciando el tiempo —opinó Myron.

Win lo miró.

—Si aún estuviésemos en Duke —dijo—, probablemente discutiríamos este dilema durante horas.

—Ya, porque estaríamos borrachos.

Win asintió.

—Exactamente.

Ambos apagaron sus teléfonos móviles y caminaron por la Quinta Avenida. Era un truco reciente que Myron y Win utilizaban con gran efecto. Tan pronto como los machotes hormonados aparcaron el coche, Myron había encendido el móvil y apretado el botón de llamada rápida para comunicarse con el móvil de Win. Por lo tanto, Win había escuchado todas las conversaciones. Por ese motivo había dicho en voz alta adónde se dirigían. Por eso Win sabía dónde estaba y cuándo llamar. Win no tenía nada que decirle a Frank Ache, sólo quería que Frank supiese que sabía dónde estaba Myron.

—Atarte a una silla y quemarte la polla —repitió Win—. Eso debe hacer mucho daño.

Myron asintió.

—Para que después digas que notas una sensación ardiente cuando orinas.

—Así es. Venga cuéntame.

Myron comenzó a hablar. Como siempre, Win parecía no escuchar. Ni siquiera miró en su dirección; sus ojos recorrían las calles en busca de mujeres hermosas. Y el centro de Manhattan durante las horas de trabajo estaba lleno de ellas. Vestían trajes chaqueta, blusas de seda y zapatillas Reebok blancas. De vez en cuando Win obsequiaba a una con una sonrisa; y a diferencia de casi cualquier otro neoyorquino, a menudo recibía otra como respuesta.

Cuando Myron le dijo que haría de guardaespaldas de Brenda Slaughter, Win se detuvo de pronto y comenzó a cantar: «and i-i-i-i-i-i will always love you-ou-ou-ou-ou-ou-ou».

Myron lo observó. Win se interrumpió, recompuso la expresión y continuó caminando.

—Cuando lo canto —dijo Win—, es casi como si Whitney Houston estuviese en la habitación.

—Sí —dijo Myron—, es lo que me había parecido.

—¿Cuál es el interés de los Ache en este asunto?

—No lo sé.

—Quizá TruPro sólo quiere representarla.

—Bastante improbable. Puede proporcionar algunas ganancias, pero no es un bocado tan suculento.

Win asintió. Caminaron en dirección este por la calle 50.

—El joven FJ podría representar un problema.

—¿Lo conoces?

—Un poco. Tiene una historia un tanto intrigante. Su papaíto lo preparó para que se comportase de forma legal. Lo envió a Lawrenceville, después a Princeton, y por último a Harvard. Ahora se está introduciendo en el negocio de representar deportistas.

—Pero...

—Pero le molesta. Todavía es el hijo de Frank Ache y por lo tanto quiere su aprobación. Necesita demostrar que, a pesar de su buena crianza, todavía es un tío duro. Peor aún, genéticamente es el hijo de Frank Ache. ¿Mi opinión? Si indagas un poco en la infancia de FJ, te encontrarás con muchas arañas sin patas y moscas sin alas.

Myron sacudió la cabeza.

—Está claro que eso no es muy bueno.

Win no dijo nada. Llegaron al Lock-Horne Building en la calle 47. Myron salió del ascensor en el piso doce. Win permaneció en él, su despacho estaba dos pisos más arriba. Cuando Myron miró hacia la mesa de la recepción —el lugar donde Esperanza se sentaba habitualmente— casi dio un paso atrás. Big Cyndi lo miraba en silencio. Era demasiado grande para la mesa —en realidad, demasiado grande para el edificio—; la mesa se balanceaba sobre sus rodillas. Su maquillaje podía ser calificado de «demasiado exótico» por los integrantes de Kiss. Llevaba el pelo corto y teñido de color verde alga. La camiseta tenía las mangas rasgadas, para dejar a la vista unos bíceps del tamaño de pelotas de baloncesto.

Myron le dirigió un saludo tímido.

—Hola, Cyndi.

—Hola, señor Bolitar.

Big Cyndi medía un metro noventa y seis, pesaba ciento cincuenta kilos y había sido la compañera de equipo de Esperanza en la lucha libre, conocida en el cuadrilátero como Mamá Gran Jefe. Durante años Myron sólo la había oído gruñir, nunca hablar. Pero al parecer era capaz de modular su voz. Cuando trabajaba como gorila en el Leather-N-Lust en la calle 10, utilizaba un acento que hacía que Arnold Schwarzenegger sonase como una de las hermanas Gabor. Ahora mismo estaba haciendo su interpretación de la alegre Mary Richards no descafeinada.

—¿Está aquí Esperanza? —preguntó él.

—La señorita Díaz está en el despacho del señor Bolitar.

Ella le sonrió. Myron intentó no encogerse. Olviden lo que dijo de Frank Ache; esta sonrisa hizo que le doliesen los empastes.

Se disculpó y fue a su despacho. Esperanza estaba en su mesa, hablaba por teléfono. Vestía una blusa amarillo brillante que resaltaba su piel morena y que siempre le hacía pensar en estrellas reflejándose en el agua tibia de la bahía de Amalfi. Ella lo miró, le hizo un gesto levantando un dedo para que le diese un minuto. Era una perspectiva interesante ver lo que los clientes y los patrocinadores veían cuando estaban en su despacho. Los pósters de los musicales de Broadway detrás de su silla eran demasiado desesperantes. Como si él intentase ser irreverente sólo por la irreverencia.

Cuando acabó la llamada, Esperanza dijo:

—Llegas tarde.

—Frank Ache quería verme.

Ella se cruzó de brazos.

—¿Necesitaba un cuarto jugador para su partida de canasta?

—Quería información sobre Brenda Slaughter.

Esperanza asintió.

—Así que tenemos problemas.

—Quizá.

—Déjala.

—No.

Ella lo miró con ojos inexpresivos.

—Tatúame la palabra «sorprendida».

—¿Has encontrado algo sobre Horace Slaughter?

Esperanza cogió una hoja de papel.

—Horace Slaughter. Ninguna de sus tarjetas de crédito se ha utilizado en la última semana. Tenía una cuenta en el Newark Fidelity. Saldo: cero dólares.

—¿Cero?

—La vació.

—¿Cuánto?

—Once mil. En efectivo.

Myron soltó un silbido y se echó hacia atrás.

—Por lo tanto, está claro que pensaba largarse. Encaja con lo que vimos en el apartamento.

—Ajá.

—Tengo un asunto aún más difícil para ti —dijo Myron—. Su esposa, Anita Slaughter.

—¿Todavía están casados?

—No lo sé. Quizá legalmente. Ella se fugó hace veinte años. No creo que alguna vez se hayan tomado la molestia de divorciarse.

Esperanza frunció el entrecejo.

—¿Dijiste veinte años atrás?

—Sí. Al parecer nadie la ha vuelto a ver desde entonces.

—¿Qué es exactamente lo que estamos buscando?

—En dos palabras: a ella.

—¿No sabes dónde está?

—Ni una sola pista. Como dije, lleva desaparecida desde hace veinte años.

Esperanza aguardó un segundo.

—Podría estar muerta.

—Lo sé.

—Si ha conseguido permanecer oculta todo este tiempo, es probable que haya cambiado de nombre. O abandonado el país.

—Correcto.

—No debe haber muchos registros, si es que hay alguno, de hace veinte años. Desde luego nada en el ordenador.

Myron sonrió.

—¿No te pone frenética cuando te lo pongo tan fácil?

—Ya sé que sólo soy una miserable ayudante...

—No eres mi miserable ayudante.

Ella lo miró.

—Tampoco soy tu socia.

Eso lo hizo callar.

—Soy consciente de que sólo soy tu miserable ayudante —repitió ella—, ¿pero de verdad tenemos tiempo para ocuparnos de esta mierda?

—Sólo haz una búsqueda rutinaria. Mira a ver si tenemos suerte.

—De acuerdo. —Su tono era como el de una puerta que cierra—. Pero tenemos otras cosas que discutir.

—Dispara.

—El contrato de Milner. No quieren renegociarlo.

Analizaron el tema Milner, discutieron un poco más, desarrollaron y afinaron una estrategia, y después llegaron a la conclusión de que su estrategia no funcionaría. Detrás de ellos, Myron oyó cómo comenzaban las obras. Estaban quitando espacio a la sala de espera y la sala de reuniones para hacer el despacho privado que ocuparía Esperanza.

Después de unos pocos minutos, Esperanza se detuvo y lo miró.

—¿Qué? —preguntó Myron.

—Vas a seguir con esto hasta el final —respondió Esperanza—. Vas a buscar a sus padres.

—Su padre es un viejo amigo mío.

—Jesús, por favor no me digas: «Se lo debo».

—No es sólo eso. Es un buen negocio.

—No es un buen negocio. Estás fuera de la oficina mucho tiempo. Los clientes quieren hablar contigo en persona. También los patrocinadores.

—Tengo mi móvil.

Esperanza negó con la cabeza.

—No podemos continuar de esta manera.

—¿De qué manera?

—Si no me haces socia, me largo.

—No me vengas con esas ahora, Esperanza. Por favor.

—Ya lo estás haciendo de nuevo.

—¿Qué?

—Aplazándolo.

—No estoy aplazándolo.

Ella le dirigió una mirada dura y compasiva a partes iguales.

—Sé cuánto detestas los cambios...

—No detesto los cambios.

—... pero de una manera u otra, las cosas van a cambiar. Así que decídete de una vez.

Una parte de él quería gritar: ¿Por qué? Las cosas estaban bien tal como estaban. ¿No había sido él quien la había animado para que se licenciara en derecho? Desde luego que esperaba un cambio después de su graduación. Había ido dándole nuevas responsabilidades poco a poco. ¿Pero una sociedad?

Él señaló a su espalda.

—Te estoy construyendo un despacho.

—¿Y?

—¿Acaso eso no implica un compromiso? No puedes esperar que me apresure. Voy avanzando pasito a pasito en el tema.

—Das un pasito y después te caes de culo. —Ella se detuvo y negó con la cabeza—. No he sacado el tema desde que estuvimos en Merion.

Durante el U.S. Open de golf en Filadelfia, Myron estaba intentando resolver un caso de secuestro cuando ella le planteó que quería convertirse en socia. Desde entonces él había estado aplazando el tema.

Esperanza se levantó.

—Quiero ser socia. No plena. Lo comprendo. Pero quiero equidad. —Caminó hacia la puerta—. Tienes una semana.

Myron no tenía muy claro qué decir. Era su mejor amiga. La amaba. La necesitaba allí. Era una parte de MB. Una parte muy importante. Pero las cosas no eran tan sencillas.

Esperanza abrió la puerta y se apoyó en el marco.

—¿Irás a ver ahora a Brenda Slaughter?

Él asintió.

—Dentro de unos minutos.

—Comenzaré la búsqueda. Llámame dentro de unas horas.

Cerró la puerta. Myron fue a sentarse en su silla y cogió el teléfono. Marcó el número de Win.

Win atendió al primer timbrazo.

—Articula.

—¿Tienes planes para esta noche?

—Moi? Por supuesto.

—¿Otra típica noche de sexo degradante?

—Sexo degradante —repitió Win—. Te dije que dejases de leer las revistas de Jessica.

—¿Puedes cancelarlo?

—Podría —respondió Win—, pero la preciosa muchacha se llevará una gran desilusión.

—¿E incluso recuerdas su nombre?

—¿Qué? ¿Qué insinúas?

Uno de los obreros comenzó a dar martillazos. Myron se llevó una mano a la oreja libre.

—¿Podríamos encontrarnos en tu casa? Necesito comentar unas cuantas cosas contigo.

Win no titubeó.

—Soy la pared de ladrillo que espera tu juego verbal de squash.

Myron dedujo que eso significaba sí.

6

El equipo de Brenda Slaughter, los Dolphins de Nueva York, se entrenaba en el instituto Englewood, en Nueva Jersey. Myron sintió una opresión en el pecho cuando entró en el gimnasio. Oyó el dulce eco del peloteo, saboreó el olor del gimnasio del instituto, aquella mezcla de esfuerzo, juventud e incertidumbre. Myron había jugado en grandes escenarios, pero cada vez que entraba en un nuevo gimnasio, incluso como espectador, sentía como si hubiese pasado por un portal del tiempo.

Subió los escalones de una de aquellas gradas de madera retráctiles que ahorraban espacio. Como siempre, se sacudieron bajo su peso. Puede que la tecnología haya hecho avances en nuestras vidas cotidianas, pero no te percatas de ello al entrar en un gimnasio de instituto. Los banderines de terciopelo todavía colgaban en una de las paredes como un testimonio de los campeonatos ganados. En una esquina estaban las listas de las plusmarcas en las pistas y el campo de atletismo. El marcador electrónico estaba parado. Un conserje cansado barría el suelo de parquet, moviéndose de una manera zigzagueante, como una máquina Zamboni alisando una pista de hockey.

Myron vio a Brenda Slaughter lanzando tiros libres. Su rostro estaba absorto en el sencillo placer del más puro de los movimientos. La pelota se desprendía de las puntas de sus dedos, atravesaba el aro sin tocarlo y movía ligeramente la red. Llevaba una camiseta blanca sin mangas sobre lo que parecía un top negro. El sudor brillaba en su piel.

Brenda lo miró con una sonrisa. Era una sonrisa insegura, como la de un nuevo amante en la primera mañana. Avanzó hacia él y le lanzó un pase. Myron cogió la pelota y sus dedos buscaron instintivamente las costuras.

—Tenemos que hablar —le dijo.

Ella asintió y se sentó a su lado en el banco. Su rostro era ancho, sudoroso y real.

—Tu padre vació su cuenta bancaria antes de desaparecer —le informó.

La serenidad huyó de su rostro. Su mirada se desvió, y sacudió la cabeza.

—Eso es muy extraño.

—¿Qué? —dijo Myron.

Brenda tendió una mano y le cogió el balón. La sujetó como si la pelota fuese a echar alas y salir volando.

—Es tan parecido a lo de mi madre —comentó—. Primero desapareció la ropa. Ahora el dinero.

—¿Tú madre se llevó el dinero?

—Hasta el último centavo.

Myron la observó. Ella mantuvo los ojos en la pelota. Su rostro era inocente, tan frágil, que Myron sintió que algo se derrumbaba en su interior. Esperó un momento antes de cambiar de tema.

—¿Trabajaba en algo antes de desaparecer?

Una de sus compañeras de equipo, una mujer blanca con una coleta y pecas, la llamó para reclamar la pelota. Brenda sonrió y se la lanzó con un solo brazo. La coleta se movió mientras la mujer aceleraba llevando la pelota hacia el aro.

—Era guardia de seguridad en el hospital de San Barnabás —respondió Brenda—. ¿Lo conoces?

Myron asintió. San Barnabás estaba en Livingston, su ciudad natal.

—Yo también trabajo allí —añadió ella—. En la clínica pediátrica. Un programa de estudio y trabajo. Le ayudé a conseguir el trabajo. Fue así como me enteré de que había desaparecido. Su supervisor me llamó para preguntarme dónde estaba.

—¿Cuánto tiempo llevaba trabajando allí?

—No lo sé. Cuatro, cinco meses.

—¿Cómo se llama el supervisor?

—Calvin Campbell.

Myron sacó una libreta y lo anotó.

—¿Qué otros lugares frecuenta Horace?

—Los mismos lugares —respondió ella.

—¿Las canchas?

Brenda asintió.

—Y todavía arbitra partidos de los institutos dos veces por semana.

—¿Algún amigo cercano que haya podido ayudarle?

Ella negó con la cabeza.

—Nadie en particular.

—¿Qué hay de la familia?

—Mi tía Mabel. Si hay alguien en quien pueda confiar, es su hermana Mabel.

—¿Vive cerca de aquí?

—Sí. En West Orange.

—¿Podrías llamarla por mí? Dile que me daré una vuelta por su casa.

—¿Cuándo?

—Ahora. —Myron consultó su reloj—. Si me doy prisa, podré volver antes de que acabe el entreno.

Brenda se levantó.

—Hay un teléfono público en el pasillo. La llamaré.

7

En el trayecto hacia la casa de Mabel Edwards, sonó el móvil de Myron. Era Esperanza.

—Norm Zuckerman está al teléfono —dijo.

—Pásamelo.

Se escuchó un clic.

—¿Norm? —dijo Myron.

—Myron, encanto, ¿cómo estás?

—Bien.

—Bien, bien. ¿Has averiguado algo?

—No.

—Bien, vale, bueno. —Norm titubeó. Su tono jovial era un tanto forzado—. ¿Dónde estás?

—En el coche.

—Ya, ya, perfecto, vale. ¿Oye, Myron, vas a ir al entrenamiento de Brenda?

—Acabo de estar allí.

—¿La has dejado sola?

—Está en un entrenamiento. Hay decenas de personas con ella. Estará bien.

—Sí, supongo que tienes razón. —No parecía muy convencido—. Mira, Myron, tenemos que hablar. ¿Cuándo puedes volver al gimnasio?

—Debería estar de vuelta dentro de una hora. ¿Qué pasa, Norm?

—Dentro de una hora. Te veré entonces.

La tía Mabel vivía en West Orange, un suburbio en las afueras de Newark. West Orange era uno de aquellos suburbios en proceso de cambio, con un claro descenso del porcentaje de familias blancas. Era el efecto de la expansión. Las minorías conseguían salir de la ciudad y moverse a los suburbios más cercanos, y los blancos entonces salían de dichos suburbios y se movían todavía más lejos de la ciudad. En términos inmobiliarios esto se conoce como progreso.

Así y todo, la avenida arbolada de Mabel estaba a un millón de años luz del infierno urbano que Horace llamaba su casa. Myron conocía bien la ciudad de West Orange. Su ciudad natal, Livingston, era limítrofe. Livingston también comenzaba a cambiar. Cuando Myron estaba en el instituto, la ciudad había sido blanca. Muy blanca. Blanca como la nieve. Había sido tan blanca que de los seiscientos chicos que se graduaron con Myron, sólo uno era negro y eso porque estaba en el equipo de natación. No se podía ser más blanco.

La casa era de una sola planta —la gente que se da aires podría llamarla un rancho—, el tipo de casa que probablemente tenía tres dormitorios, un baño, un aseo, y un sótano con una mesa de billar. Myron aparcó el Ford Taurus en la entrada.

Mabel Edwards rondaba los cincuenta, quizás un poco menos. Era una mujer grande, con un rostro carnoso, pelo rizado suelto, y un vestido que parecía hecho con cortinas viejas. Cuando abrió la puerta, le dirigió a Myron una sonrisa que convirtió sus facciones vulgares en algo casi celestial. Las gafas de lectura colgaban de una cadena, apoyadas en su enorme pecho. Había una leve hinchazón en su ojo derecho, restos quizá de una contusión. Sujetaba en la mano algo que parecía ser una labor de punto.

—Dios bendito —dijo la mujer—. Pasa.

Myron la siguió al interior. La casa tenía el olor rancio de los abuelos. Cuando eres un crío, el olor te pone la carne de gallina; cuando eres adulto, quisieras embotellarlo y abrir la botella con una taza de chocolate caliente en un día malo.

—He preparado café. ¿Quieres una taza?

—Con mucho gusto, gracias.

—Siéntate. Ahora mismo vuelvo.

Myron se sentó en un sofá duro con un estampado de flores. Por alguna razón apoyó las manos en el regazo. Como si estuviese esperando a que llegase la maestra. Miró alrededor. Había esculturas africanas de madera como centro de mesa. La repisa de la chimenea estaba ocupada con fotos de familia. Casi todas mostraban a un joven que le resultaba vagamente conocido. El hijo de Mabel Edwards, supuso. Era el típico santuario materno: podías seguir la vida del retoño desde la infancia hasta la adultez con las imágenes de aquellos marcos. Estaba la foto de bebé, los retratos de la escuela con el fondo del arco iris, un gran jugador afro jugando al baloncesto, un baile de colegio, graduaciones, bla, bla, bla. Cursi, sí, pero estos montajes fotográficos siempre conmovían a Myron, se aprovechaban de su sensibilidad extrema como un ñoño anuncio de Hallmark.

Mabel Edwards entró en la sala con una bandeja.

—Nos hemos visto antes.

Myron asintió al tiempo que intentaba recordar. Tenía un difuso recuerdo, pero no conseguía enfocarlo.

—Tú estabas en el instituto. —Le alcanzó una taza con su platito. Después le acercó la bandeja con la crema y el azúcar—. Horace me llevó a uno de tus partidos. Jugabas contra Shabazz.

Myron lo recordó. El primer año, el torneo de Essex County. Shabazz era la abreviatura de Malcolm X Shabazz High School de Newark. En la escuela no había blancos. En el primer equipo había tipos que se llamaban Rhahim y Jalid. Incluso así la escuela estaba rodeada por una cerca de alambre de espino con un cartel que decía: atención, perros guardianes.

Perros guardianes en un instituto. Daba que pensar.

—Lo recuerdo —dijo Myron.

Mabel soltó una risita corta. Cuando lo hizo, todo su cuerpo se sacudió.

—Lo más divertido que he visto —comentó—. Todos aquellos chicos blanquitos muertos de miedo, los ojos grandes como platos. Tú eras el que se sentía como en casa, Myron.

—Eso fue gracias a su hermano.

Ella sacudió la cabeza.

—Horace decía que eras el mejor de todos con los que había trabajado. Que podías haber sido uno de los grandes. —Se inclinó hacia delante—. Vosotros dos teníais algo especial, ¿no?

—Sí, señora.

—Horace te quería, Myron. No dejaba de hablar de ti. Cuando te seleccionaron, te juro que nunca lo había visto tan feliz. Tú le llamaste, ¿verdad?

—Tan pronto como me enteré.

—Lo recuerdo. Vino aquí y me lo contó todo. —Su voz se volvió nostálgica. Hizo una pausa y se acomodó en el asiento—. Cuando te lesionaron, Horace lloró. Aquel hombretón grande y duro vino a esta casa y se sentó ahí mismo donde estás tú ahora, y lloró como un bebé.

Myron no dijo nada.

—¿Quieres saber algo más? —continuó Mabel.

Bebió un sorbo de café. Myron sostenía la taza, pero no se podía mover. Consiguió asentir.

—Cuando intentaste volver a jugar el año pasado, Horace estaba muy preocupado. Quería llamarte para decirte que no lo hicieses.

—¿Entonces por qué no lo hizo?

La voz de Myron sonó ronca. Mabel Edwards le dirigió una sonrisa amable.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Horace?

—Desde aquella llamada —dijo Myron—. Inmediatamente después de la selección.

Ella asintió como si aquello lo explicase todo.

—Creo que Horace sabía que estabas dolido. Creo que imaginaba que llamarías cuando estuvieses preparado.

Myron sintió algo se acumulaba en sus ojos. Las «lamentaciones» y los «tendría que haber» intentaron colarse, pero los apartó. Ahora no tenía tiempo para eso. Parpadeó unas cuantas veces y se llevó la taza a los labios. Después de haber bebido un sorbo, preguntó.

—¿Ha visto a Horace últimamente?

Ella bajó la taza y observó su rostro.

—¿Por qué quieres saberlo?

—No se ha presentado a trabajar. Brenda no le ha visto.

—Lo comprendo —dijo Mabel, ahora con un tono un tanto cauto—, pero ¿cuál es tu interés en todo esto?

—Quiero ayudar.

—¿Ayudar a qué?

—A encontrarlo.

Mabel Edwards esperó un segundo.

—No te lo tomes a mal, Myron, ¿pero a ti en qué te concierne?

—Intento ayudar a Brenda.

Ella se envaró un poco.

—¿Brenda?

—Sí, señora.

—¿Sabes que pidió una orden judicial para mantener a su padre alejado de ella?

—Sí.

Mabel Edwards se acomodó las gafas y recogió la labor. Las agujas comenzaron a bailar.

—Creo que quizá no tendrías que meterte en esto, Myron.

—¿Entonces usted sabe dónde está?

Ella meneó la cabeza.

—No he dicho eso.

—Brenda corre peligro, señora Edwards. Horace podría estar implicado.

Las agujas se detuvieron en seco.

—¿Crees que Horace haría daño a su propia hija?

Su voz sonó un tanto cortante.

—No, pero puede haber una relación. Alguien entró en el apartamento de Horace. Él hizo la maleta y vació su cuenta bancaria. Creo que puede tener problemas.

Las agujas se movieron de nuevo.

—Si tiene problemas —afirmó Mabel—, quizá lo mejor es que permanezca oculto.

—Dígame dónde está, señora Edwards. Me gustaría ayudar.

Ella permaneció en silencio un buen rato. Tiró de la hebra y continuó tejiendo. Myron echó una ojeada a la habitación. Sus ojos encontraron de nuevo las fotografías. Se levantó y las observó.

—¿Éste es su hijo? —preguntó.

Ella miró por encima de las gafas.

—Es Terence. Me casé cuando tenía diecisiete, y Roland y yo fuimos bendecidos con su nacimiento un año más tarde. —Las agujas ganaron velocidad—. Roland murió cuando Terence era un bebé. Le dispararon cuando estaba a punto de entrar en casa.

—Lo siento —dijo Myron.

Ella se encogió, mostró una sonrisa triste.

—Terence es el primer licenciado universitario de nuestra familia. La de la derecha es su esposa. Y mis dos nietos.

Myron levantó la foto.

—Una hermosa familia.

—Terence se costeó los estudios de derecho en Yale —continuó ella—. Le votaron para concejal del ayuntamiento cuando sólo tenía veinticinco años. —Por eso le resultaba conocido, pensó Myron. Las noticias de la televisión local o los periódicos—. Si gana en noviembre, será senador del estado antes de cumplir los treinta.

—Debe estar muy orgullosa —opinó Myron.

—Lo estoy.

Myron se volvió para mirarla. Ella le devolvió la mirada.

—Ha pasado mucho tiempo, Myron. Horace siempre confió en ti, pero esto es otra cosa. Nosotros ya no te conocemos. Esas personas que buscan a Horace —se interrumpió para señalar el ojo amoratado—, ¿ves esto?

Myron asintió.

—Dos hombres vinieron aquí la semana pasada. Querían saber dónde estaba Horace. Les dije que no lo sabía.

Myron sintió el calor en el rostro.

—¿Le pegaron?

Ella asintió, sin apartar su mirada.

—¿Qué aspecto tenían?

—Blancos. Uno era un hombre muy grande.

—¿Cómo de grande?

—Quizá de tu tamaño.

Myron medía un metro noventa, pesaba ciento diez kilos.

—¿Y el otro?

—Flacucho. No mucho mayor. Tenía tatuada una serpiente en el brazo.

Señaló uno de sus inmensos bíceps para indicarle el lugar.

—Por favor, dígame qué sucedió, señora Edwards.

—Tal como te dije. Vinieron a mi casa y querían saber dónde estaba Horace. Cuando les dije que no lo sabía, el grande me pegó en el ojo. El pequeño apartó al grandullón.

—¿Llamó a la policía?

—No. Pero no porque tuviese miedo. Cobardes como ésos no me asustan. Pero Horace me dijo que no lo hiciese.

—Señora Edwards —dijo Myron—, ¿dónde está Horace?

—Ya he dicho demasiado, Myron. Sólo quiero que lo entiendas. Esas personas son peligrosas. ¿Quién me asegura que tú no trabajas para ellos? Podría ser que tu presencia aquí sólo sea un truco para encontrarlo.

Myron no tenía muy claro qué decir. Afirmar su inocencia serviría de muy poco para calmar sus temores. Decidió dar marcha atrás y encarar el tema desde una perspectiva del todo diferente.

—¿Qué puede decirme de la madre de Brenda?

Mabel se puso rígida. Dejó caer la labor en el regazo, las gafas de media luna cayeron de nuevo sobre su pecho.

—¿Por qué demonios preguntas eso?

—Hace unos minutos le dije que alguien entró en el apartamento de su hermano.

—Lo recuerdo.

—Las cartas que le envió su madre a Brenda han desaparecido. Brenda ha estado recibiendo llamadas amenazadoras. En una de ellas le dijeron que llamase a su madre.

El rostro de Mabel se distendió. Sus ojos comenzaron a brillar. Después de pasados unos momentos, Myron lo intentó de nuevo.

—¿Recuerda cuándo se fugó?

Los ojos de Mabel volvieron a tornarse duros.

—Nunca olvidas el día en que muere tu hermano. —Su voz era poco más que un susurro. Negó con la cabeza—. No sé por qué importa nada de esto. Anita lleva ausente veinte años.

—Por favor, señora Edwards, dígame qué recuerda.

—No hay mucho que decir —manifestó Mabel—. Le dejó una nota a mi hermano y se fugó.

—¿Recuerda qué decía la nota?

—Algo referente a que ella ya no le amaba, que deseaba una nueva vida.

Mabel Edwards se interrumpió, agitó una mano como si estuviese haciéndose un espacio para ella misma. Sacó un pañuelo del bolso y lo sujetó apretado en una bola.

—¿Puede decirme cómo era?

—¿Anita? —Ahora sonrió, pero el pañuelo continuó preparado—. Yo les presenté. Anita y yo trabajábamos juntas.

—¿Dónde?

—En la mansión Bradford. Éramos doncellas. Por aquel entonces éramos jóvenes, apenas con veinte años. Yo sólo trabajé allí seis meses. Pero Anita permaneció durante seis años, matándose para aquellas personas.

—¿Cuando dice la mansión Bradford...?

—Me refiero a los Bradford. Anita en realidad era una sirvienta. Para la vieja dama la mayor parte del tiempo. Aquella mujer debe tener ahora alrededor de ochenta. Pero todos viven allí. Los niños, los nietos, los hermanos, las hermanas. Como en Dallas. Eso no puede ser sano, ¿verdad?

A Myron no se le ocurría ningún comentario al respecto.

—De todas maneras, cuando conocí a Anita, pensé que era una muchacha muy buena excepto —miró al aire, como si buscase las palabras correctas, luego meneó la cabeza porque no estaban allí—, bueno, era demasiado hermosa. No sé qué más decir. Una belleza así destroza el cerebro de un hombre, Myron. Ahora Brenda..., ella es atractiva, supongo, exótica, creo que lo llaman. Pero Anita... espera, te buscaré una foto.

Se levantó con agilidad y casi flotó fuera de la habitación. A pesar de su tamaño, Mabel se movía con la gracia de una atleta natural. Horace también se movía así, combinando el tamaño con la finura de una forma casi poética. Tardó menos de un minuto, y cuando volvió, le dio una foto. Myron la observó.

Una bomba. Era una bomba pura, sin diluir, que te dejaba sin aliento, con las rodillas temblando. Myron comprendió el poder que una mujer así debía tener sobre un hombre. Jessica tenía esa clase de belleza. Era embriagante y más que aterradora.

Observó la foto. Una joven Brenda —de cuatro o cinco años— sujetaba la mano de su madre y sonreía feliz. Myron intentó imaginarse a Brenda sonriendo ahora de esa manera, pero conseguía formar la imagen. Había un parecido entre madre e hija, pero como Mabel había señalado, Anita Slaughter era desde luego más hermosa —al menos en el sentido convencional—, con unas facciones más marcadas y definidas, mientras que las de Brenda parecían más largas y casi mal emparejadas.

—Anita clavó un puñal en el corazón de Horace cuando se fugó —señaló Mabel Edwards—. Nunca se recuperó. Brenda tampoco. Era una niña pequeña cuando su mamá se marchó. Lloró todas las noches durante tres años. Incluso cuando fue en el instituto, Horace me contó que llamaba a su mamá en sueños.

Myron por fin apartó la mirada de la foto.

—Quizá no se fugó.

Mabel entrecerró los ojos.

—¿A qué te refieres?

—Tal vez se trató de un crimen.

Una sonrisa triste cruzó el rostro de Mabel Edwards.

—Lo comprendo —dijo en voz baja—. Miras esa foto y no lo puedes aceptar. No puedes creer que una madre pueda abandonar a una criatura tan dulce. Lo sé. Es duro. Pero lo hizo.

—La nota bien pudo haber sido una falsificación —sugirió Myron—. Para desviar a Horace de la pista.

Ella meneó la cabeza.

—No.

—No puede estar segura...

—Anita me llama.

Myron se quedó de piedra.

—¿Qué?

—No muy a menudo. Quizás una vez cada dos años. Pregunta por Brenda. Le suplico que vuelva. Ella cuelga.

—¿Tiene idea desde dónde llama?

Mabel negó con la cabeza.

—Al principio sonaba como si fuese larga distancia. Había estática. Siempre he creído que estaba en el extranjero.

—¿Cuándo fue la última vez que la llamó?

Esta vez no hubo titubeos.

—Hace tres años. Le hablé de Brenda, de que había ingresado en la Facultad de Medicina.

—¿Nada desde entonces?

—Ni una palabra.

—¿Está del todo segura de que era ella?

Myron comprendió que estaba dando palos de ciego.

—Sí. Era Anita.

—¿Horace sabía de esas llamadas?

—Al principio se lo dije. Era como reabrir una herida que no se hubiese cerrado del todo. Así que dejé de hacerlo. Pero pensé que a lo mejor ella también lo había llamado.

—¿Por qué lo dice?

—Mencionó algo al respecto una vez que se había pasado de la raya con la bebida. Cuando se lo volví a preguntar, lo negó, y yo no insistí. Tienes que entenderlo, Myron. Nunca hablábamos de Anita. Pero ella siempre estaba ahí. En la habitación con nosotros. ¿Entiendes lo que te digo?

El silencio apareció como una cortina de nubes. Myron esperó a que se dispersasen, pero continuó allí, espesa y pesada.

—Estoy muy cansada, Myron. ¿Podemos continuar hablando de esto en otro momento?

—Por supuesto. —Se levantó—. Si su hermano vuelve a llamar...

—No lo hará. Cree que es posible que nos hayan pinchado el teléfono. No he vuelto a saber nada de él desde hace una semana.

—¿Sabe usted dónde está, señora Edwards?

—No. Horace dijo que era más seguro de esa manera.

Myron sacó una tarjeta y un bolígrafo. Escribió el número de su móvil.

—Se me puede encontrar en este número las veinticuatro horas del día.

Ella asintió, agotada, el sencillo acto de tender la mano para coger la tarjeta de pronto se le hizo un trabajo muy pesado.

8

—Ayer no fui del todo sincero contigo.

Norm Zuckerman y Myron estaban sentados solos en la última fila de las gradas. Abajo, las integrantes de los Dolphins de Nueva York practicaban cinco contra cinco. Myron estaba impresionado. Las mujeres se movían con finura y fuerza. Siendo en parte el machista que Brenda había descrito, había esperado que sus movimientos fuesen más torpes, más de acuerdo con el viejo estereotipo de «lanzar como una niña».

—¿Quieres oír algo divertido? —preguntó Norm—. Detesto los deportes. Yo, el propietario de Zoom, el rey de las prendas deportivas, detesto cualquier cosa que tenga que ver con una pelota, un bate, un aro, o algo por el estilo. ¿Sabes por qué?

Myron sacudió la cabeza.

—Siempre he sido muy malo en el deporte. Un torpe de cuidado, un «espástico», como dicen los chicos de ahora. Mi hermano mayor, Herschel, él sí que era un atleta. —Desvió la mirada. Cuando habló de nuevo, su voz era ronca—. Tan dotado, el dulce Herschel. Tú me lo recuerdas, Myron. No hablo por hablar. Todavía lo echo mucho de menos. Murió a los quince años.

Myron no necesitaba preguntar cómo. Toda la familia de Norm había sido asesinada en Auschwitz. Entraron todos, sólo Norm salió. Hoy era un día cálido, y Norm llevaba una camisa de manga corta. Myron veía el tatuaje con el número del campo de concentración y no importaba cuántas veces lo hubiera visto, siempre guardaba un respetuoso silencio.

—Esta liga —Norm señaló hacia la pista— es una apuesta a largo plazo. Lo comprendí desde el principio. Por eso vinculo tanto la promoción de la liga con las prendas. Si al final no funciona, bueno, al menos las prendas deportivas Zoom tendrán mucha publicidad. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí.

—Seamos sinceros: sin Brenda Slaughter, la inversión es un fracaso. La liga, los patrocinadores, las vinculaciones con las prendas, todo se va al garete. Si quieres destruir la empresa, sólo tienes que hacerlo a través de ella.

—¿Crees que alguien quiere hacerlo?

—¿Bromeas? Todo el mundo quiere hacerlo. Nike, Converse, Reebok, todos. Está en la naturaleza de la bestia. Si el zapato estuviese en el otro pie, como se suele decir, yo haría lo mismo. Se llama capitalismo. Es economía básica. Pero esto es diferente, Myron. ¿Has oído hablar de la PWBL?

—No.

—Se supone que no. Todavía. Corresponde a la Professional Women’s Basketball League.

Myron se irguió un poco.

—¿Una segunda liga de baloncesto femenino?

Norm asintió.

—Quieren ponerla en marcha el año próximo.

En la pista Brenda se hizo con la pelota y fue hacia la base. Una jugadora se levantó para bloquear el lanzamiento. Brenda hizo un amago, pasó por debajo de la canasta y lanzó de espaldas. Un ballet improvisado.

—A ver si lo adivino —dijo Myron—. Esa otra liga la está montando TruPro.

—¿Cómo lo sabes?

Myron se encogió de hombros. Las cosas comenzaban a encajar.

—Mira, Myron, es como te dije antes. Cuesta vender el baloncesto femenino. Lo estoy promocionando de mil maneras diferentes, entre los fanáticos de los deportes, las mujeres entre los dieciocho y los treinta y cinco años, las familias que quieren algo más distinguido, los entusiastas que quieren un acceso más directo a las atletas, pero al final hay un problema que esta liga nunca podrá superar.

—¿Cuál es?

Una vez más Norm señaló hacia la pista.

—No son tan buenas como los hombres. Al decir eso no estoy siendo chauvinista. Es un hecho. Los hombres son mejores. La mejor jugadora de este equipo nunca podría competir contra el peor jugador de la NBA. Y cuando las personas quieren ver deporte profesional, quieren ver a los mejores. No estoy diciendo que el problema nos destruya. Aún creo que podemos construir una buena base de público aficionado. Pero tenemos que ser realistas.

Myron se masajeó la cara. Notó que comenzaba a dolerle la cabeza. TruPro quería poner en marcha una liga de baloncesto femenino. Tenía sentido. Las agencias deportivas se estaban moviendo en esa dirección, apuntaban hacia los mercados laterales. IMG, una de las grandes agencias mundiales, organizaba los grandes torneos de golf. Si eres el propietario de un evento o llevas una liga, puedes ganar dinero de muchas maneras diferentes, por no mencionar la cantidad de clientes que puedes ganar. Si un joven golfista, por ejemplo, quiere entrar en los grandes eventos de la IMG para ganar dinero, lo natural sería que tuviese a la IMG como su representante deportivo.

—¿Myron?

—Sí, Norm.

—¿Conoces bien a los de TruPro?

Myron asintió.

—Sí, mucho.

—Tengo hemorroides más viejas que el chico al que van a nombrar inspector de la liga. Tendrías que verlo. Se acerca a mí, me da la mano y me dedica una sonrisa helada. Luego me dice que van a borrarme de la faz de la tierra. Como si nada. Hola, voy a borrarte de la faz de la tierra. —Norm miró a Myron—. ¿Están, ya sabes, vinculados?

—Se torció la nariz con el dedo índice por si acaso Myron no hubiese comprendido de dónde soplaba el viento.

—Oh, sí —repitió Myron. Luego añadió—: Y mucho.

—Fantástico. Cojonudo.

—¿Entonces qué quieres hacer, Norm?

—No lo sé. No juego al escondite, ya lo he hecho demasiado a lo largo de mi vida, pero si estoy poniendo a estas chicas en peligro...

—Olvídate de que son mujeres.

—¿Qué?

—Imagina que es una liga masculina.

—¿Crees que esto es por el sexo? Tampoco quiero poner a los hombres en peligro, ¿vale?

—Vale —dijo Myron—. ¿TruPro te ha dicho algo más?

—No.

—¿Ninguna amenaza, nada?

—Sólo ese chico y lo de que me van a eliminar. ¿Pero tú no crees que son ellos quienes hacen las amenazas?

Myron se dijo que tenía sentido. Los viejos mafiosos se habían desplazado a empresas más legítimas; ¿por qué limitarte a la prostitución, las drogas y la usura cuando había tantas otras maneras de ganar dinero? Pero incluso con la mejor de las intenciones, nunca había funcionado. Los tipos como los hermanos Ache no podían evitarlo. Comenzaban a comportarse legalmente, pero en cuanto las cosas se torcían un poco, cada vez que perdían un contacto, una venta o cualquier cosa por el estilo, volvían a las viejas maneras. No podían evitarlo. La corrupción también era una adicción terrible, pero ¿dónde encontrar grupos de terapia?

En este caso, TruPro había comprendido muy pronto la necesidad de apartar a Brenda de la competición. Así que habían comenzado a presionar. Apretarle los tornillos a su agente —su padre— y luego a la propia Brenda. Era la clásica estratagema de asustar. Sin embargo, este escenario no estaba exento de incongruencias. Por ejemplo, ¿dónde encajaba la llamada a la madre de Brenda?

La entrenadora hizo sonar el silbato que indicaba el final del entrenamiento. Reunió a las jugadoras, les recordó que debían regresar al cabo de dos horas para la segunda sesión, les dio las gracias por su dedicación y las despidió con una palmada.

Myron esperó a que Brenda se diese una ducha y se vistiese. No tardó mucho. Apareció vestida con una camiseta roja larga y tejanos negros, el pelo todavía húmedo.

—¿Mabel sabía algo? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Tiene alguna noticia de papá?

Myron asintió.

—Dijo que se ha largado. Dos hombres se presentaron en su casa buscándole. La golpearon.

—Dios mío, ¿está bien?

—Sí.

Brenda sacudió la cabeza.

—¿De qué huye?

—Mabel no lo sabe.

Brenda lo miró, esperó un segundo.

—¿Qué más?

Myron se aclaró la garganta.

—Nada que no pueda esperar.

Ella continuó observándolo. Myron se giró para ir hacia su coche. Brenda lo siguió.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

—Se me ocurrió que podríamos pasar por San Barnabás y hablar con el supervisor de tu padre.

Ella lo alcanzó.

—¿Crees que puede saber algo?

—Es dudoso. Pero no tenemos mucho más. Voy escarbando por aquí y por allá y espero que algo se mueva.

Llegaron al coche. Myron abrió las puertas y subieron.

—Tendría que estar pagándote por tu tiempo —comentó la muchacha.

—No soy un investigador privado, Brenda. No cobro por horas.

—De todas maneras, debería pagarte.

—Es parte del reclutamiento de un cliente —señaló Myron.

—¿Quieres representarme?

—Sí.

—No te pega mucho el rollo de las ventas o aplicar presión.

—¿Hubiese funcionado si lo hubiese hecho?

—No.

Myron asintió y puso en marcha el coche.

—Vale —dijo ella—. Tenemos unos minutos. Dime por qué debo escogerte a ti y no a uno de los grandes. ¿Servicio personal?

—Depende de tu definición de servicio personal. Si te refieres a alguien que te sigue permanentemente con sus labios firmemente pegados a tu culo, entonces no, los tipos grandes son los mejores haciendo pucheros. Tienen a personal que se encarga de ello.

—¿Entonces qué ofrece Myron Bolitar? ¿Un poco de lengua con esos labios?

Él sonrió.

—Un paquete total diseñado para maximizar tus ganancias mientras deja lugar a la integridad de una vida personal.

Ella asintió.

—Vaya rollo.

—Sí, pero suena bien. En realidad el sistema de MB Sports Reps es como un tridente. La primera punta es ganar dinero. Yo me encargo de negociar todos los contratos. Continuamente estaré buscando nuevos patrocinadores para ti y siempre que sea posible intentaré que pujen por tus servicios. Ganarás dinero jugando para la WPBA, pero ganarás muchísimo más con los patrocinadores. Tienes mucho potencial que ofrecer en ese campo.

—¿Como qué?

—A bote pronto se me ocurren tres razones de peso. Uno, eres la mejor jugadora femenina del país. Dos, estás estudiando medicina, quieres ser nada menos que pediatra, así que podemos aprovecharnos de todo ese rollo del modelo a seguir. Y tres, tampoco haces daño a los ojos.

—Te olvidas de una.

—¿Cuál?

—Cuatro, el eterno favorito del hombre blanco: lo bien que me expreso. ¿Alguna vez te has fijado en que nadie nunca describe a un atleta blanco como bien hablado?

—Ya que lo mencionas, sí. Por eso no lo he incluido en la lista. Pero en realidad, ayuda. No voy a entrar en el debate del inglés afro-americano y cosas por el estilo, pero si tú eres lo que se describe comúnmente como bien hablada, añade ganancias. Así de sencillo.

Ella asintió.

—Continúa.

—En tu caso necesitamos diseñar una estrategia. Está claro que tienes un gran atractivo para los fabricantes de ropa y calzado deportivo. Pero los productos alimenticios se volverán locos por ti. Las cadenas de restaurantes.

—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Por qué soy grande?

—Porque no eres un esqueleto —le corrigió Myron—. Eres real. A los patrocinadores les gusta lo real, sobre todo cuando viene en un envoltorio exótico. Quieren a alguien atractivo y al mismo tiempo accesible; una contradicción, pero así funciona. Las compañías de cosméticos querrán también entrar en el asunto. Podríamos conseguir un montón de contratos locales, pero no lo aconsejo al principio. Intentaremos mantenernos en los mercados nacionales mientras podamos. No vale la pena ir detrás de cada centavo. Pero eso dependerá de ti. Yo te expondré todo el abanico. La decisión final siempre es tuya.

—Vale —dijo ella—. Explícame la segunda punta del tridente.

—La punta dos es lo que haces con tu dinero después de ganarlo. ¿Has oído hablar de Lock-Horne Securities?

—Por supuesto.

—A todos mis clientes se les pide que firmen un contrato financiero a largo plazo con su director ejecutivo, Windsor Horne Lockwood III.

—Bonito nombre.

—Espera a conocerlo. Pero pregunta por ahí primero. Win está considerado uno de los mejores asesores financieros del país. Siempre insisto en que cada cliente se reúna con él cada trimestre, no por fax o por teléfono, sino en persona, para repasar su cartera de inversiones. Se aprovechan de muchos deportistas. Eso no va a ocurrir en nuestro caso, no porque Win o yo estemos vigilando tu dinero, sino porque lo vas a hacer tú misma.

—Impresionante. ¿Punta tres?

—Esperanza Díaz. Es mi mano derecha y se ocupa de todo lo demás. Mencioné antes que no soy muy bueno lamiendo culos. Es verdad. Pero la realidad de este negocio significa que utilizo muchas chaquetas: agente de viajes, consultor matrimonial, conductor de limusinas, lo que sea.

—¿Y Esperanza te ayuda con todo eso?

—Es crucial.

Brenda asintió.

—Parece como si le hubieses dado la peor parte.

—Esperanza acaba de licenciarse en derecho. —Intentó no mostrarse demasiado a la defensiva, pero sus palabras habían tocado un punto sensible—. Asume cada vez más responsabilidades.

—Vale, una pregunta.

—Dime —apuntó Myron.

—¿Me estás ocultando algo de la visita a Mabel?

Myron permaneció en silencio por un instante.

—Es por mi madre, ¿no?

—No es eso. Es sólo... —Dejó que su voz se apagase antes de hablar de nuevo—. ¿Estás segura de qué quieres que la busque, Brenda?

Ella se cruzó de brazos y sacudió la cabeza poco a poco.

—Ya está bien.

—¿Qué?

—Sé que crees que protegerme es algo loable. Pero no lo es. Es enojoso e insultante. Así que déjalo ya. Ahora mismo. Si tu madre se hubiese largado cuando tenías cinco años, ¿no querrías saber qué pasó?

Myron asintió después de meditarlo un momento.

—De acuerdo. No lo haré de nuevo.

—Bien. ¿Qué te contó Mabel?

Le hizo un resumen de la conversación con su tía. Brenda permaneció callada. Sólo reaccionó cuando Myron mencionó las llamadas telefónicas que Mabel y quizá su padre habían recibido de su madre.

—Nunca me lo dijeron —comentó Brenda—. Lo sospechaba, pero —miró a Myron— al parecer tú no eres el único en creer que no soy capaz de aceptar la verdad.

Guardaron silencio y continuaron el viaje. Antes de girar a la izquierda en la avenida Northfield, Myron se fijó en un Honda Accord de color gris en su espejo retrovisor. Al menos se parecía a un Honda Accord. A Myron casi todos los coches le parecían idénticos, y no había vehículo menos llamativo que un Honda Accord gris. No podía saberlo a ciencia cierta, pero sospechó que quizá les estaban siguiendo. Redujo la velocidad, memorizó la matrícula. Era de Nueva Jersey. 890UB3. Cuando entró en el aparcamiento del Centro Médico de San Barnabás, el coche continuó hacia delante. No significaba nada. Si el tipo que hacía el seguimiento era bueno, nunca hubiese entrado detrás de él.

San Barnabás era más grande que cuando él era niño, ¿pero qué hospital no lo era? Su padre lo había traído varias veces durante su infancia, para que le hicieran radiografías, suturas o a causa de torceduras; una vez la estancia duró diez días por fiebre reumática, cuando él tenía doce años.

—Deja que hable con ese tipo a solas —dijo Myron.

—¿Por qué?

—Tú eres la hija. Quizá pueda hablar con mayor libertad sin tu presencia.

—De acuerdo. De todas maneras tengo unos cuantos pacientes en el cuarto piso a los que estoy realizando el seguimiento. Nos encontraremos en el vestíbulo.

Calvin Campbell iba de uniforme cuando Myron lo encontró en el despacho de seguridad. Estaba sentado detrás de un mostrador vigilando varias pantallas. Las imágenes eran en blanco y negro y, por lo que Myron pudo observar, absolutamente normales. Campbell tenía los pies encima de la mesa. Se estaba comiendo un bocadillo un poco más largo que un bate de béisbol. Se quitó la gorra similar a la de la policía para dejar a la vista su pelo rizado blanco.

Myron le preguntó por Horace Slaughter.

—No se presentó durante tres días seguidos —dijo Campbell—. Ninguna llamada, nada de nada. Así que lo despedí.

—¿Cómo? —preguntó Myron.

—¿Qué?

—¿Que cómo lo despidió? ¿En persona? ¿Por teléfono?

—Bueno, intenté llamarlo. Pero nadie respondió. Así que le escribí una carta.

—¿Con acuse de recibo?

—Sí.

—¿Lo firmó?

Campbell se encogió de hombros.

—Aún no lo he recibido, si es a eso a lo que se refiere.

—¿Horace era un buen trabajador?

Calvin entrecerró los ojos.

—¿Es detective privado?

—Algo así.

—¿Trabaja para su hija?

—Sí.

—Ella tiene influencias.

—¿Qué?

—Influencias —repitió Calvin—. Me refiero a que yo nunca quise contratar a ese hombre.

—¿Entonces por qué lo hizo?

Campbell frunció el entrecejo.

—¿Es que no me escucha? Su hija tiene influencias. Está muy relacionada con alguno de los jefazos. Le cae bien a todo el mundo. Así que comienzas a oír cosas. Rumores, ya sabe. Así que me dije, qué diablos. Para ser guardia de seguridad no hace falta ser neurocirujano. Lo contraté.

—¿Qué clase de rumores?

—Eh, que yo no quiero líos. —Levantó las manos como si empujase los problemas—. Las personas hablan, es todo lo que digo. Llevo aquí dieciocho años. No soy de los que meten la nariz donde no le llaman. Pero cuando un tipo no se presenta a trabajar, entonces tengo que tomar cartas en el asunto.

—¿Alguna cosa más que me pueda contar?

—No. Vino, supongo que cumplió bien con su trabajo, después no se presentó y lo despedí. Final de la historia.

Myron asintió.

—Gracias por su tiempo.

—Eh, ¿puede hacerme un favor?

—¿Qué? —preguntó Myron.

—A ver si su hija puede vaciar la taquilla. Voy a contratar a otro hombre, y necesitaré el espacio.

Myron tomó el ascensor hasta la planta pediátrica. Pasó junto al puesto de enfermeras y vio a Brenda a través de una gran ventana. Estaba sentada en la cama de una niña pequeña que no podía tener más de siete años. Myron se detuvo y miró por un momento. Brenda llevaba una chaquetilla blanca y un estetoscopio alrededor del cuello. La niña dijo algo. Brenda sonrió y apoyó el estetoscopio en las orejas de la niña. Ambas se rieron. Brenda hizo una seña a espaldas de la niña, y los padres se unieron a ellas junto a la cama. Los padres tenían los rostros tensos; las mejillas hundidas, los ojos apagados de los que se enfrentan a una enfermedad terminal. Brenda les dijo algo. Más risas. Myron continuó observando la escena, hipnotizado.

Cuando por fin salió, Brenda se dirigió hacia él.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Sólo un par de minutos —respondió Myron. Luego añadió—: Te gusta estar aquí.

Ella asintió.

—Es incluso mejor que jugar a baloncesto.

No hacía falta decir más.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Hay que vaciar la taquilla de tu padre.

Bajaron en el ascensor hasta el sótano. Calvin Campbell les estaba esperando.

—¿Conoce la combinación? —preguntó él.

Brenda respondió que no.

—Ningún problema. —Calvin sostenía un tubo de plomo en la mano. Con una precisión que sólo da la práctica, golpeó el candado. Se rompió como si fuese de cristal—. Podéis utilizar aquella caja vacía que está en el rincón —dijo. Luego se marchó.

Brenda se giró hacia Myron, que asintió. Ella tendió la mano y abrió la taquilla. Un olor a calcetines sucios salió del interior. Myron hizo una mueca y miró adentro. Con el dedo índice y el pulgar a modo de pinzas, levantó una camisa para observarla. Tenía el aspecto de una prenda de un anuncio de jabón antes de lavarla.

—Papá no era muy bueno con la colada —comentó Brenda.

O con desprenderse de la basura, por lo que parecía. Toda la taquilla parecía una habitación de estudiantes condensada. Había prendas sucias, latas de cerveza vacías, periódicos viejos e incluso una caja de pizza. Brenda trajo la caja y juntos comenzaron a meter las cosas. Myron comenzó con unos pantalones de uniforme. Se preguntó si eran de Horace o si pertenecían al hospital, y después se preguntó por qué se preguntaba algo tan irrelevante. Buscó en los bolsillos y sacó una bola de papel.

Myron la alisó. Un sobre. Sacó una hoja de papel y comenzó a leer.

—¿Qué es? —preguntó Brenda.

—La carta de un abogado —contestó Myron.

Se la dio:

Querido señor Slaughter:

Acusamos recibo de sus cartas y tenemos constancia de sus repetidas comunicaciones con este despacho. Como se le explicó ya personalmente, el asunto que le interesa es confidencial. Le pedimos cordialmente que deje de llamarnos. Su comportamiento se aproxima cada vez más al acoso.

Atentamente.

Thomas Kincaid

—¿Sabes de qué se trata? —preguntó Myron.

Ella titubeó.

—No —respondió con voz pausada—. Pero el nombre, Thomas Kincaid, me suena. Sólo que no consigo ubicarlo.

—Quizá tu padre requirió de sus servicios hace algún tiempo.

Brenda negó con la cabeza.

—No lo creo. No recuerdo que mi padre contratase a ningún abogado. Y si lo hizo, dudo que hubiese acudido a Morristown.

Myron sacó el móvil y llamó a su despacho. Big Cyndi atendió la llamada y se la pasó a Esperanza.

—¿Qué? —preguntó Esperanza. Siempre tan amable.

—¿Lisa te pasó la factura telefónica de Horace Slaughter?

—La tengo delante de mí —dijo Esperanza—. Comenzaba a trabajar en ella.

Por siniestro que resulte, conseguir la lista de llamadas de larga distancia de una persona siempre ha sido bastante fácil. Casi todos los investigadores privados tienen un contacto en la compañía telefónica. Lo único que hace falta es un poco de dinero.

Myron requirió de nuevo la carta. Brenda se la pasó. Después se arrodilló y sacó una bolsa de plástico del fondo de la taquilla. Miró el número de teléfono del despacho de Kincaid que aparecía en la carta.

—¿El cinco-cinco-cinco-uno-nueve-cero-ocho aparece en la lista? —preguntó.

—Sí. Ocho veces. Todas menos de cinco minutos.

—¿Alguno más?

—Todavía estoy rastreando todos los números.

—¿Algo que destaque?

—Tal vez —respondió Esperanza—. Por alguna razón llamó a las oficinas electorales de Arthur Bradford un par de veces.

Myron sintió una conocida y no desagradable sacudida. El nombre de Bradford asomaba su fea cabeza una vez más. Arthur Bradford, uno de los dos hijos pródigos, se presentaba para gobernador en noviembre.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—Todavía no. No he encontrado nada, y lo subrayo, nada sobre Anita Slaughter.

No era ninguna sorpresa.

—Vale, gracias.

Colgó.

—¿Qué? —preguntó Brenda.

—Tu padre ha estado llamando a menudo a Kincaid. También telefoneó a las oficinas de la campaña electoral de Arthur Bradford.

Ella parecía confusa.

—¿Eso qué significa?

—No lo sé. ¿Tu padre tenía algún interés en la política?

—No.

—¿Conocía a Arthur Bradford o a alguien de la campaña?

—No que yo sepa. —Brenda abrió la bolsa de basura y miró en el interior. Su rostro se tensó—. ¡Oh, Dios!

Myron se agachó junto a ella. Brenda abrió bien la bolsa para que pudiese ver el contenido. Una camisa de árbitro, negra y blanca a rayas. En el bolsillo derecho había una insignia que decía Asociación de Árbitros de Baloncesto de Nueva Jersey. En el bolsillo izquierdo había una gran mancha roja.

Una mancha de sangre.

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