Kitabı oku: «Sin un adiós»
Título original: Play Dead
© Harlan Coben, 1990,, 1993.
© de la traducción: Alberto Coscarelli, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO237
ISBN: 9788491870692
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Prólogo
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Epílogo
PRÓLOGO
29 DE MAYO DE 1960
Sería un error mirarla mientras hablaba. Sabía que sus palabras no podrían afectarle; su rostro y su cuerpo, sí.
Sinclair se dio la vuelta para mirar a través de la ventana mientras ella cerraba la puerta. Era un día caluroso, y fuera vio a muchos estudiantes haraganeando al sol. Unos pocos jugaban al fútbol americano, pero la mayoría estaban tumbados sobre mantas; parejas acurrucadas, con los libros de texto desparramados a su lado, ignorados, ofreciendo la ilusión de que al menos habían tenido la voluntad de estudiar.
Los reflejos dorados de una melena rubia llamaron su atención. La joven se volvió, y Sinclair reconoció a la bonita estudiante que asistía a su clase de las dos de la tarde. Media docena de chicos la rodeaban, todos ellos afanándose por captar su atención, todos ellos deseosos de atraer su sonrisa. De una de las habitaciones salía la música del último disco de Buddy Holly, que se desparramaba por todo el campus. Sinclair miró una vez más a la atractiva rubia. Distaba mucho de ser tan guapa como la morena que se hallaba tras él.
—¿Y bien? —preguntó.
La despampanante belleza asintió desde el otro lado de la habitación, pero se dio cuenta de que él evitaba mirarla.
—Sí.
Sinclair soltó un fuerte suspiro. Debajo de su ventana, algunos muchachos se apartaron de la rubia con rostros desilusionados, como si los hubieran eliminado de una competición; lo que, supuso, era exactamente lo que había sucedido.
—¿Estás segura?
—Por supuesto que estoy segura.
Sinclair asintió, aunque no sabía por qué lo había hecho.
—¿Qué vas a hacer ahora?
Ella lo miró incrédula.
—Corrígeme si me equivoco —comenzó muy enfadada—, pero creo que tú también estás implicado en esto.
Una vez más, él asintió sin ningún motivo. En el campus, otro chico había sido expulsado del cuadrilátero, lo que solo dejaba a dos luchando por los presuntos favores de la rubia. Volvió su atención al partido de fútbol, y vio cómo un pase flotaba lentamente a través del aire húmedo. Un muchacho con el pecho desnudo alzó los brazos. El balón dio vueltas hacia él, le rebotó en la punta de los dedos y cayó al suelo.
Sinclair, concentrado en el juego, intuyó la desilusión del muchacho y continuó esforzándose por no hacer caso del poder que ella ejercía sobre su mente. Su mirada se volvió de nuevo hacia la chica rubia. Había escogido a un ganador y el perdedor se marchaba, cabizbajo y malhumorado.
—¿Quieres hacer el favor de darte la vuelta y mirarme?
Una sonrisa apareció en los labios de Sinclair, pero no era tan tonto como para caer en la trampa. No se expondría a sus increíbles armas. No permitiría que ella lanzase sobre él su hechizo sensual. Observó al joven que había conquistado a la rubia. Incluso desde su ventana del primer piso, podía ver el deseo en los grandes ojos del muchacho, que ahora se acercaba a ella para reclamar la presa ganada con tanto esfuerzo. El muchacho la besó, y sus manos comenzaron a moverse.
El vencedor tomaba su trofeo.
Sinclair desvió la atención hacia el edificio de la biblioteca. Tenía la sensación de estar invadiendo la intimidad de la joven pareja, ahora que la situación se había convertido en algo físico. Se puso un cigarrillo entre los labios.
—Vete.
—¿Qué?
—Que te vayas. Haz lo que prefieras, pero no quiero verte aquí nunca más.
—No puedes decirlo en serio.
—Claro que puedo. —Encendió el cigarrillo—. Y lo hago.
—Pero yo iba a decir...
—No le digas nada a nadie. Esto ya ha ido demasiado lejos.
Se produjo un silencio. Cuando ella habló de nuevo, su voz era suplicante y su tono lo exasperó.
—Pero yo creía...
Sinclair le dio una larga calada al cigarrillo, como si quisiera acabarlo de una vez. Oyó un fuerte bofetón procedente del campus. La rubia había frenado de golpe las hormonas del joven cuando este estaba intentando ir más allá del inocente magreo.
—Es obvio que has cometido un error. Ahora vete.
—Eres un cabrón... —susurró ella.
Él asintió de nuevo, pero esta vez en total acuerdo con lo dicho.
—Haz el favor de largarte de mi despacho.
—Cabrón... —repitió ella.
Oyó el portazo. Los tacones altos resonaron en el suelo de madera, mientras la mujer más hermosa que había conocido salía del edificio cubierto de hiedra.
Siguió mirando a través de la ventana sin fijarse en nada en particular. Con la visión desenfocada, su mundo se convirtió en una borrosa masa de hierba verde y edificios de ladrillos, y su mente se llenó con una serie de «¿y si...?».
El rostro de la mujer flotó delante de sus ojos. Los cerró, pero la imagen no desapareció.
«He hecho lo correcto. He hecho lo correcto. He hecho lo...».
Abrió los ojos. El miedo lo dominó. Tenía que encontrarla, tenía que decirle que nada de lo que había dicho tenía sentido. Estaba a punto de girar la silla, levantarse y correr tras ella, cuando sintió que algo metálico se apoyaba en su nuca.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—Cabrón.
El disparo retumbó en el aire inmóvil.
1
17 DE JUNIO DE 1989
Laura abrió la ventana y dejó que la suave brisa tropical refrescase su cuerpo desnudo. Cerró los ojos mientras el aire fresco de las palmeras le hacía cosquillas en la piel. Todavía le temblaban los músculos de las piernas. Se volvió hacia la cama y sonrió a David, el responsable de que sus piernas estuviesen en esa precaria situación.
—Buenos días, señor Baskin.
—¿Buenos días? —repitió David, y miró el reloj que había en la mesilla de noche, en medio de un silencio solo roto por el rumor de las olas al otro lado de la ventana—. Ya es media tarde, señora Baskin. Hemos pasado casi todo el día en la cama.
—¿Y te quejas?
—Desde luego que no, señora B.
—Entonces no te importará hacer un poco más de ejercicio.
—¿Qué tienes en mente?
—¿Qué tal ir a nadar?
—Estoy agotado —respondió él, y se dejó caer sobre las almohadas—. No podría moverme ni aunque la cama estuviese ardiendo.
Laura sonrió, seductora.
—Bien.
Cuando ella empezó a acercarse lentamente hacia la cama, David abrió los ojos como platos y recordó la primera vez que había visto aquel cuerpo; de hecho, la primera vez que el mundo había visto aquel cuerpo. Fue hace una década, casi ocho años antes de que se conocieran. Laura había debutado a los diecisiete como chica de portada del Cosmopolitan vestida con... ¿Quién demonios vio lo que fuera que llevara? Por aquel entonces, él era estudiante de primer curso en la Universidad de Michigan, y aún recordaba cómo todos los miembros del equipo de baloncesto se habían quedado boquiabiertos cuando vieron la portada en un quiosco de Indiana, antes del partido de la Final Four.
—¿Adónde vas? —le preguntó, fingiendo miedo.
La sonrisa de ella se ensanchó.
—Vuelvo a la cama.
—Por favor, no. —Levantó una mano para detenerla—. Harás que acabe en el hospital.
Ella continuó acercándose.
—Vitamina E —suplicó David—. Por favor.
Ella no se detuvo.
—Voy a gritar que me violan.
—Grita.
—Ayuda —dijo él con una voz apenas audible.
—Relájate, Baskin. No voy a atacarte.
En el rostro de David se reflejó la desilusión.
—¿Ah, no?
Ella negó con la cabeza, se volvió y comenzó a alejarse de nuevo.
—Espera —la llamó él—. ¿Adónde vas?
—Al jacuzzi. Te invitaría a que me acompañases, pero sé lo cansado que estás.
—Noto que recupero las fuerzas.
—Tu capacidad de recuperación es realmente increíble.
—Gracias, señora B.
—Pero todavía estás en baja forma.
—¿En baja forma? —repitió David—. Jugar contra los Lakers no es tan agotador.
—Necesitas hacer ejercicio.
—Lo intentaré, entrenador, lo intentaré. Solo dígame qué debo hacer.
—Al jacuzzi —ordenó Laura.
Se echó una bata de seda sobre los hombros, cubriendo solo en parte la preciosa figura que la había convertido en la modelo mejor pagada del mundo, hasta su temprano retiro acaecido cuatro años antes, a la tierna edad de veintitrés. David salió de debajo de las sábanas de satén. Medía casi metro noventa y cinco, un poco por debajo de lo recomendable para ser un jugador de baloncesto profesional.
Laura contempló con admiración su cuerpo desnudo.
—No me extraña que digan que has revolucionado el juego.
—¿Qué quieres decir?
—Tu culo, Relámpago Blanco. Las mujeres van a los partidos solo para ver cómo se mueve por la cancha.
—Haces que me sienta vulgar.
David empezó a llenar la bañera circular con agua caliente y puso en marcha los chorros. Descorchó una botella de champán y sumergió su musculoso cuerpo en el agua. Laura se aflojó la bata y comenzó a quitársela. Aquello era el paraíso. Todo era perfecto. Sonó el teléfono.
Laura puso los ojos en blanco.
—Será mejor que lo coja —dijo a regañadientes. Se anudó de nuevo el cordón de seda y volvió al dormitorio.
David se echó hacia atrás, dejando que sus piernas flotaran en el agua. Sentía el cálido masaje de los chorros en su agotado cuerpo. Sus músculos todavía estaban doloridos por los duros partidos finales, pese a que habían acabado hacía un mes. Sonrió. Los Celtics habían ganado, así que se trataba de un dolor agradable.
—¿Quién era? —preguntó cuando ella volvió.
—Nadie.
—¿Nadie nos llama a Australia?
—Solo era el Grupo Peterson.
—¿El Grupo Peterson? —repitió David—. ¿No es la compañía que quieres que represente la línea Svengali en el Pacífico Sur?
—La misma.
—¿La compañía con la que has estado intentando por todos los medios fijar un encuentro durante los últimos seis meses?
—Así es.
—¿Y?
—Quieren reunirse conmigo hoy.
—¿Cuándo vas?
—No iré.
—¿Qué?
—Les he dicho que no podía reunirme con ellos mientras estoy de luna de miel. Ya sabes, mi marido es muy posesivo.
David soltó un suspiro.
—Si pierdes esta oportunidad, tu marido te dará una patada en el culo. Además, ¿cómo va a mantener el tren de vida al que está acostumbrado si su mujer deja pasar las grandes oportunidades?
La bata de Laura cayó al suelo, y aunque él había visto su cuerpo muchas veces desde que se habían enamorado dos años antes, descubrió que todavía lo dejaba boquiabierto. Laura se unió a él en la bañera y cerró los ojos mientras soltaba un largo suspiro de placer. David observó cómo el agua rodeaba sus pechos. Su cabello negro caía sobre sus hombros y enmarcaba aquel rostro de una increíble belleza europea.
—No te preocupes —dijo ella, y al abrir sus resplandecientes ojos azules con chispas de gris plateado, le dirigió una mirada capaz de atravesar el acero—. Te prometo que estarás bien atendido.
Él negó con la cabeza.
—¿Qué se ha hecho de aquella zorra despiadada de los negocios de la que me enamoré?
Ella metió un pie entre sus piernas, buscándolo.
—A ella le encanta que digas palabrotas.
—Pero...
—Olvídalo, Baskin. No estoy dispuesta a dejar a mi marido ni por un momento.
Él soltó un gemido.
—Mira, llevamos tres semanas juntos. Si paso veinticuatro horas al día contigo durante tres semanas, me volverás loco. Aunque solo sea por mi bien, ve a esa reunión. Ya has empezado a ser una plasta.
—Tienes un pico de oro. No me extraña que me enamorase de ti. —Se inclinó hacia delante y le masajeó las fuertes piernas—. ¿Alguna vez te he dicho que tienes unas piernas preciosas?
—Con mucha frecuencia. ¿A qué vienen tantos cumplidos? ¿Quieres que se me suban a la cabeza?
Su pie se movió y luego se apoyó contra él.
—A mí me parece que ya lo he conseguido.
Él la miró, asombrado.
—¿Ese es el lenguaje de la mujer empresaria del año pasado? Estoy sorprendido, avergonzado... y cachondo. Sobre todo, cachondo.
Laura se acercó más a él, y presionó sus firmes senos contra su pecho.
—¿Por qué no hacemos algo al respecto?
—Solo si me prometes que después te reunirás con el Grupo Peterson.
Los labios de Laura encontraron su oreja.
—A veces no te entiendo —susurró—. Se supone que los hombres se sienten amenazados por las mujeres con carrera.
—Una carrera plagada de triunfos —la corrigió él, orgulloso—. Y si yo fuese uno de esos hombres, me habrías dejado hace tiempo.
—Eso nunca... —replicó ella con voz suave—. Y si voy, ¿qué harás para mantenerte ocupado mientras estoy fuera?
David le sujetó las nalgas con sus fuertes manos y la puso encima de él; sus labios quedaron a unos centímetros de los pezones.
—Practicaré unos cuantos lanzamientos —respondió—. Como has dicho, estoy en baja forma. ¿Me lo prometes o no?
Laura sintió su aliento sobre la piel.
—¡Hombres! Siempre están utilizando sus cuerpos para salirse con la suya.
—¿Lo prometes?
Su erección estaba justo debajo de ella. Laura lo deseaba; su cuerpo temblaba tanto que apenas consiguió asentir.
David la penetró. Laura jadeó y después gritó, mientras le rodeaba la cabeza con los brazos. Movió el cuerpo adelante y atrás, sus dedos se hundieron en su pelo, sus pechos se apretaron contra su rostro...
Laura se levantó de la cama, besó a David, que estaba dormido, y se duchó. Se secó sus largas y ágiles piernas y comenzó a vestirse. Usaba muy poco maquillaje, solo un ligero toque alrededor de los ojos, pues su piel morena no necesitaba cosméticos para realzar su brillo natural. Se vistió con un traje de chaqueta gris con el logotipo de Svengali, y se abrochó la blusa blanca.
Siempre había tenido los pechos grandes; no lo que la mayoría consideraba enormes, pero cuando comenzó a desfilar, hacía ya diez años, eran demasiado grandes para una modelo convencional, excepto para los bañadores y las fotos faciales. Su agencia quiso que se aplastara el pecho durante los desfiles, algo a lo que Laura se negó, afirmando que era como pedirle a un hombre que se atase los testículos al muslo. Sin embargo, en cuanto apareció en Cosmopolitan nada pudo detener su carrera. Laura era el rostro y el cuerpo que no te cansabas de ver y, junto con algunas de sus colegas, como Paulina Porizkova y Elle Macpherson, ayudó a que el escote volviese a estar de moda, si es que alguna vez había dejado de estarlo.
David se despertó, se sentó en la cama y contempló a quien era su esposa desde hacía cuatro días.
—La transformación es completa.
—¿Transformación?
—De ninfómana a empresaria despiadada. Lo siento por los tipos de Peterson.
Laura se echó a reír.
—No tardaré más de una hora o dos. —Se puso los pendientes y se acercó para darle un beso a David—. ¿Me echarás de menos?
—Ni siquiera un poquito.
—Cabronazo.
David apartó las mantas y se levantó.
—¿Besas a tu madre con esa boca tan sucia?
Ella miró su musculoso cuerpo y negó con la cabeza.
—Increíble —murmuró—. ¿De verdad esperas que deje ese cuerpo aunque solo sea unos segundos?
—Oh, oh.
—¿Qué?
—Un problema en la transformación, capitán. Todavía intuyo algunas moléculas de ninfómana ocultas bajo la fachada de empresaria.
—Intuyes bien.
—¿Laura?
—¿Sí?
David la cogió de la mano.
—Te quiero —comenzó, con los ojos empañados en lágrimas—. Me has convertido en el hombre más feliz del mundo.
Ella lo abrazó con los ojos cerrados.
—Yo también te quiero, David. No podría vivir sin ti.
—Envejece conmigo, Laura, y te prometo que siempre te haré feliz.
—Trato hecho —dijo ella con voz suave—, y más vale que cumplas tu promesa.
—Lo juro —aseguró David.
Laura le dio un beso, sin comprender aún que la luna de miel se había acabado.
—Buenos días, señora —la saludó el recepcionista.
—Buenos días —le respondió Laura con una sonrisa.
Se alojaban en el Reef Resort Hotel de Palm’s Cove, a unos treinta kilómetros de Cairns, en Australia. El hotel era un apacible trozo de paraíso aislado con vistas al Pacífico, oculto por las centenarias palmeras y la exuberante vegetación del norte tropical australiano. Si navegabas en cualquier dirección, te quedabas hechizado por la multitud de colores de la Gran Barrera de Coral, la obra de arte más exquisita de la naturaleza, hecha de coral y exótica vida marina; un parque sumergido que el hombre exploraba y preservaba. Si viajabas por tierra, te encontrabas paseando por frondosos bosques llenos de imponentes saltos de agua o a las puertas del famoso outback, el árido interior australiano. No había un lugar semejante en el mundo.
El recepcionista no podía evitar su fuerte acento australiano.
—Su taxi llegará enseguida, señora. ¿Su marido y usted están disfrutando de la estancia?
—Muchísimo.
—Es un sitio encantador, ¿verdad? —manifestó él con orgullo. Como la mayoría de los lugareños, su piel tenía un tono bronce rojizo por la constante exposición al sol.
—Sí, lo es.
El hombre comenzó a golpear con el lápiz en el mostrador, y su mirada recorrió la sala iluminada por el sol.
—¿Le importa si le hago una pregunta un tanto personal, señora?
—Supongo que no.
Él titubeó.
—A su marido lo reconocí de inmediato gracias a la tele. Incluso por estos andurriales, vemos algunos de sus grandes partidos de baloncesto, sobre todo con los Boston Celtics. Pero usted, señora, también me resulta familiar. Usted salía en las portadas de las revistas o algo así, ¿no?
—Sí que salía —respondió Laura, asombrada por la difusión que tenían algunas revistas y por cuánto podía abarcar la memoria de una persona normal. Habían pasado cuatro años desde que dejó de aparecer en las portadas de las revistas, aunque el pasado noviembre había salido en la del Business Weekly.
—Sabía que la había visto antes. Pero no se preocupe, señora, no diré nada. De ninguna manera permitiré que nadie los moleste a usted y al señor Baskin.
—Gracias.
Se oyó un claxon.
—Ahí está su taxi. Que tenga un buen día.
—Lo intentaré.
Laura salió del vestíbulo, saludó al taxista y se sentó en el asiento trasero. El aire acondicionado estaba al máximo, por lo que en el interior del coche hacía incluso demasiado frío. Aun así, teniendo en cuenta el calor exterior era un cambio agradable.
Se reclinó en el asiento y observó cómo el follaje tropical se convertía en una pared verde a medida que el taxi aceleraba rumbo a la ciudad. De vez en cuando, un pequeño edificio blanco asomaba en medio de la naturaleza, pero durante los diez primeros minutos del viaje solo vio unas pocas casas medio ocultas, una oficina de correos y un colmado. Sujetó el maletín en el que llevaba los catálogos con los últimos productos Svengali. Su pierna derecha no dejaba de moverse arriba y abajo.
Laura había comenzado a posar cuando apenas tenía diecisiete años. Tras su debut en Cosmopolitan, apareció en las portadas de Mademoiselle y Glamour del mismo mes, y después la portada en bañador de Sports Illustrated hizo que su nombre fuese conocido en todas partes. La foto había sido tomada durante un atardecer en la Gold Coast de Australia, a unos ochocientos kilómetros de Palm’s Cove. En ella, Laura, con el agua hasta las rodillas, miraba a la cámara mientras se sujetaba el pelo mojado. Vestía un bañador negro sin tirantes que modelaba sus curvas y mostraba los hombros desnudos. Acabó siendo el ejemplar de Sports Illustrated más vendido de toda su historia.
A partir de entonces, las portadas y campañas de publicidad crecieron sin parar, igual que la cuenta bancaria de Laura. En ocasiones, aparecía en las portadas de una misma revista durante cuatro o cinco meses seguidos, pero, a diferencia de otras modelos, su continua aparición nunca resultó molesta ni excesiva. La demanda nunca bajaba.
Aquello le resultaba muy extraño. De niña, Laura había sido gorda y poco atractiva. Sus compañeras se burlaban despiadadamente de su peso, de su cabello graso, de las gruesas gafas, de la falta de maquillaje y de su forma de vestir. Le ponían apodos y la provocaban con los dolorosos insultos propios de los niños crueles. Sus ataques verbales nunca cedieron ni desaparecieron. En la cafetería, en los pasillos, en el patio o en clase de educación física, las compañeras de Laura eran implacables en sus salvajes agresiones a la víctima indefensa.
Convirtieron su infancia en un verdadero infierno.
En ocasiones, las chicas más populares le pegaban en el bosque que había detrás del patio. Pero el maltrato físico nunca lastimaba a la pequeña Laura tanto como sus crueles palabras. El dolor provocado por un puntapié o un puñetazo desaparecía, las palabras crueles, en cambio, permanecían con ella.
En aquella época, Laura solía volver de la escuela llorando, y su madre, que debía de ser la mujer más hermosa del mundo, no podía entender cómo era posible que su hija no fuera la niña más querida de la clase. Mary Simmons Ayars siempre había sido muy hermosa, y siempre había sido muy popular entre sus compañeros. Las otras chicas siempre habían querido ser sus amigas, y los chicos siempre habían querido llevarle los libros y, quizá, cogerla de la mano.
El padre de Laura, su querido y dulce padre, sufría por aquella situación. Al doctor James Ayars se le encogía el corazón al ver que su hija se pasaba muchas noches llorando sola en un rincón de su dormitorio, a oscuras. Él también intentaba ayudarla, pero ¿qué podía hacer un padre en circunstancias como aquellas?
Una vez, cuando ella estaba en séptimo, el doctor Ayars le compró un vestido blanco muy caro de un conocido diseñador. A Laura le encantó; estaba segura de que aquel vestido le cambiaría la vida. Se veía muy guapa con él, y su padre así se lo dijo. Laura quería ponérselo para ir a la escuela, y así las chicas más populares creerían que ella también era bonita. A todas les gustaría; incluso a Lisa Sommers, la más guapa de la clase. Le pedirían que se sentase con ellas durante la comida, en lugar de hacerlo sola en el fondo del comedor. Le pedirían que jugase a la rayuela con ellas durante el recreo, en lugar de mantenerla apartada para que nadie le dirigiese la palabra... Y, ¿por qué no?, incluso era posible que Lisa Sommers la invitara a ir a su casa después de la escuela.
Laura estaba tan nerviosa que apenas pudo dormir. A la mañana siguiente, se levantó muy temprano, se duchó y se puso el vestido nuevo. Gloria, su hermana mayor, que era muy popular entre los chicos, la ayudó a prepararse; le arregló el pelo, se lo rizó e incluso le dio algunos toques de maquillaje. Cuando Gloria acabó, se apartó y dejó que Laura se mirase en el espejo.
La niña intentó ser crítica, pero no pudo evitarlo: se veía bonita.
—¿De verdad que estoy bien? —le preguntó a su hermana, ilusionada.
Gloria la abrazó y le acarició el pelo.
—Estás perfecta.
Cuando bajó a desayunar, su padre sonrió.
—Vaya, vaya, mirad a mi princesita.
Laura se rio, feliz.
—Estás preciosa —añadió su madre.
—Los chicos se pelearán por ti en el patio —afirmó su padre.
—¿Quieres que te acompañe a la escuela? —preguntó Gloria.
—¡Sería fantástico!
En el camino a la escuela, Laura irradiaba felicidad. Cuando llegaron al patio, Gloria se volvió hacia su hermana menor y la abrazó. Laura se sintió segura y querida entre sus brazos.
—Hoy tengo ensayo con las animadoras después de clase —dijo Gloria—. Te veré esta noche en casa, ¿de acuerdo?
—Vale.
—Entonces podrás contarme cómo te ha ido el día.
Laura observó a su hermana, que caminaba colina abajo hacia el instituto. Luego se volvió para mirar el patio de la escuela. No veía la hora de oír los comentarios de sus compañeras cuando viesen a la nueva Laura. Por fin iba a ser su día. Respiró hondo y se dirigió hacia donde estaban jugando sus compañeras.
Los primeros comentarios llegaron antes de que sonara el timbre.
—¡Eh, mirad! ¡La gorda Laura se ha vestido con una carpa de circo!
Las voces crueles llegaron de todas partes.
—¡Parece una gran ballena blanca!
—¡Eh, gorda cuatro ojos! ¡Como vistes de blanco, podemos usarte como pantalla de cine!
Lisa Sommers se le acercó, la miró de arriba abajo y luego se tapó la nariz.
—¡Qué repugnante eres! —le gritó.
Risas crueles. Risas crueles que rasgaron el joven corazón de Laura como si fueran cristales afilados.
Volvió a su casa llorando. Se armó de valor, e intentó ocultar el siete que Lisa Sommers le había hecho en el vestido nuevo durante el recreo. Pero los padres son muy sensibles al dolor de sus hijos, y cuando James Ayars vio el vestido roto, se puso furioso y fue al despacho del director para informar de lo ocurrido.
Las chicas responsables fueron castigadas.
Por supuesto, aquello solo consiguió que las otras chicas la odiasen todavía más.
Durante su angustiada infancia, Laura se aplicó en los estudios a fondo. Si no podía ser popular o ni siquiera caer bien, al menos intentaría ser una chica inteligente.
Y además tenía a Gloria. Laura solía preguntarse si habría podido sobrevivir durante todos aquellos largos años sin sus dos únicos amigos: los libros de texto y su hermana mayor. En el aspecto físico, Gloria era la belleza que todos los estudiantes perseguían, pero también tenía un corazón enorme y era extremadamente bondadosa. Cuando Laura sentía que el mundo se acababa, Gloria la reconfortaba con palabras cariñosas y tiernos abrazos, y le decía que todo iba a salir bien. Y durante un tiempo fue así. A veces, Gloria incluso cancelaba alguna cita con un chico para quedarse en casa y consolar a su hermana pequeña. La llevaba al cine, a los grandes almacenes, al parque, a la pista de patinaje o adonde fuese. Laura sabía que tenía la mejor hermana del mundo. La quería muchísimo.
Por esa razón, el mundo se le vino abajo cuando Gloria se fugó de casa. Estuvo a punto de suicidarse.
La metamorfosis física de Laura se produjo durante el verano anterior a su entrada en el instituto. Sí, es cierto que había hecho deporte y empezado a usar lentillas. Sí, se había puesto a dieta (en realidad, dejó de comer). Pero aquello no bastaba para explicar aquel cambio. Quizá había acelerado el proceso, pero la transformación se habría producido de todas formas. Era su momento, así de sencillo. De pronto floreció, y nadie en la escuela daba crédito a lo que veía. Un poco más tarde, una agencia de modelos la descubrió y Laura inició su carrera.
Al principio, Laura no se podía creer que fuese lo bastante hermosa como para ser modelo. ¿La gorda y fea Laura Ayars, modelo? Ni hablar. De ninguna manera.
Pero Laura no era ciega ni estúpida: se miraba en el espejo y veía todo aquello de lo que hablaba la gente, y no tardó en acostumbrarse a la idea de que era atractiva. Por alguna retorcida jugarreta del destino, la niña fea de primaria se había convertido en una supermodelo que cobraba sueldos astronómicos. De pronto, las personas querían estar con ella, vestirse como ella, ser su amiga. Solo porque ahora era físicamente atractiva, aquellos que la habían rechazado y se habían burlado de ella creían que era especial. Laura comenzó a sospechar más que nunca de los motivos de la gente.
Ser modelo era una manera fácil de conseguir dinero —a los dieciocho, ya había ganado más de medio millón de dólares—, pero no era algo con lo que disfrutase. Si bien en ocasiones las jornadas resultaban agotadoras y tediosas, no podía calificar el trabajo de exigente. Posar para una serie de fotos no suponía un gran reto; en realidad, era bastante aburrido. Quería hacer algo más, pero el mundo parecía haberse olvidado de que ella tenía cerebro. Aquello resultaba de lo más ridículo... Cuando era una chica fea con gafas, todos la tomaban por una empollona. Ahora que era hermosa, todos la consideraban una cabeza hueca.
Por aquel entonces, Laura no hacía muchas sesiones en exteriores —solo había hecho una en Australia y dos en la Riviera francesa— porque, a diferencia de muchas de sus colegas, no dejó de estudiar. No fue una tarea fácil, pero consiguió acabar el instituto y licenciarse en la Universidad Tufts cuatro años más tarde. En cuanto obtuvo la licenciatura, estuvo preparada para enfrentarse a la industria de la moda y la cosmética.
Este sector, sin embargo, no estaba preparado para su agresiva irrupción en el mundillo. En junio de 1983 apareció por última vez en la portada de una revista femenina, porque Laura se retiró a la avanzada edad de veintitrés años. Entonces invirtió sus considerables ganancias en desarrollar su propio concepto, Svengali, una empresa para la mujer activa en la que mezclaba la apariencia práctica, inteligente y sofisticada con lo femenino y sensual.
Su eslogan era «Sé tu propio Svengali».
Decir que el concepto triunfó en la moda de los años ochenta sería quedarse corto. Al principio, los críticos se burlaron del éxito de la modelo que jugaba a empresaria, afirmando que solo era otra de las numerosas modas pasajeras y que desaparecería en cuestión de meses. Pero después de pasarse dos años promocionando prendas y cosméticos femeninos, Laura incorporó a Svengali una línea de calzado y perfumes. Para cuando cumplió los veintiséis, la empresa salió a bolsa con Laura como accionista mayoritaria y directora ejecutiva de un conglomerado multimillonario.
El taxi giró a la derecha.
—Las oficinas de Peterson están en el paseo marítimo, ¿no es así, mademoiselle?
Laura se rio.
—¿«Mademoiselle»?
—Solo es una expresión —explicó el taxista—. No pretendía ofenderla.
—No lo ha hecho. Sí, están en el paseo marítimo.
Las compañías imitadoras comenzaron a crecer como la mala hierba junto a una próspera flor. Todas querían obtener una parte de los muy rentables negocios de Svengali, todas buscaban el secreto del éxito de Laura. Sin embargo, como la mala hierba que eran, fueron arrancadas de cuajo del mundo corporativo antes de que pudiesen enraizar. Los administradores de Laura sabían cuál era el secreto que los competidores buscaban, el elemento que hacía a Svengali único: Laura. Su continuado trabajo, su determinación e inteligencia, su estilo e incluso su calidez dirigían cada fase de la organización. Tal vez sonara a algo manido, sí, pero también era cierto. Ella era la compañía.
Todo había ido según los planes previstos, hasta que conoció a David Baskin.
El taxi se detuvo.
—Ya hemos llegado, cielo.
El Pacific International Hotel de Cairns no estaba lejos de las oficinas de Peterson. Se hallaba cerca del centro de la ciudad y al otro lado de la calle del muelle Marlin, desde donde zarpaban la mayoría de los barcos turísticos y las embarcaciones de los submarinistas. El hotel era un destino vacacional muy popular, ideal para aquellos que querían disfrutar de los trópicos de Australia, pero sin estar en un aislamiento absoluto.
Sin embargo, el inquilino de la habitación 607 no estaba allí de vacaciones.
El hombre miraba a través de la ventana, pero ignoraba por completo la sorprendente belleza del paisaje. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse. Cosas terribles.
Cosas de las que debía ocuparse sin importar lo trágicas que fuesen las consecuencias. Cosas que eran tan horribles que incluso él mismo desconocía su verdadero alcance. Y había que resolverlas de inmediato.
El inquilino de la 607 se apartó de la maravillosa vista que los anteriores visitantes habían contemplado durante innumerables horas y se acercó al teléfono. Había tenido muy poco tiempo para trazar un plan. Ahora, mientras levantaba el auricular, se preguntó si aún había alguna alternativa.
No. No la había.
Marcó el número.
—Reef Resort. ¿En qué puedo ayudarlo?
El inquilino se tragó el miedo.
—Con David Baskin, por favor.
La reunión proseguía en la misma línea. Las dos primeras horas habían transcurrido sin sobresaltos, y el acuerdo estaba casi cerrado. Pero ahora estaban ultimando los detalles y, como siempre, algunos imprevistos complicaban el asunto. Laura consultó su reloj y se dio cuenta de que iba a llegar más tarde de lo que había pensado. Preguntó si podía utilizar el teléfono, se disculpó y llamó a su hotel. En su habitación, sin embargo, nadie cogió la llamada, de modo que volvió a marcar el número del hotel para hablar con recepción.
La atendió el mismo recepcionista, que estaba de servicio.
—Su marido salió hace unos minutos —le informó—. Dejó una nota para que se la diese.
—¿Podría leérmela?
—Por supuesto. ¿Le importa esperar un momento?
Laura oyó que dejaba el teléfono sobre el mostrador de madera, y luego los sonidos de alguien que se movía.
—Aquí está. —Ruido de papel al desplegarse. Un titubeo—. Es..., es un tanto personal, señora Baskin.
—No pasa nada.
—¿Aun así quiere que la lea?
—Ya lo ha hecho —respondió Laura.
—Es verdad. —Hizo una pausa y luego, a regañadientes, leyó las palabras de David—: «Salgo un momento. Volveré enseguida» —el recepcionista carraspeó antes de continuar—: «El liguero negro y las medias están sobre la cama. Póntelos y espérame... mi», eh..., «mi pequeña gatita sexual».
Laura contuvo una carcajada.
—Muchísimas gracias. ¿Le importaría darle a mi marido un mensaje cuando vuelva?
—Preferiría no hacerlo, señora. Ya sabe... Es un tipo bastante... corpulento.
Esta vez, Laura se rio con ganas.
—No, no es nada de eso. Solo dígale que llegaré un poco más tarde de lo que había pensado.
—Eso puedo hacerlo —respondió el hombre, claramente aliviado—. Sí, claro, ningún problema.
Laura colgó, respiró hondo y volvió a la mesa de negociaciones.
Dos horas más tarde, cerraron el acuerdo. Habían salvado los obstáculos iniciales, y las tiendas de Australia y Nueva Zelanda no tardarían en verse inundadas con nuevos productos de Svengali, quizá incluso antes de que comenzase la temporada de Navidad. Laura se acomodó en el asiento del taxi y sonrió.
Se habían acabado los negocios.
Cuando el taxi la dejó delante del hotel comenzaba ya a anochecer, y el crepúsculo robaba los últimos rayos de sol que todavía alumbraban Palm’s Cove. Pero Laura no estaba cansada. Los negocios la rejuvenecían; los negocios y pensar que David la esperaba allí, a pocos metros de ella...
—¿Señora Baskin?
Era el recepcionista. Laura caminó hacia el mostrador con una gran sonrisa.
—Otra nota de su marido.
—¿Quiere leerme esta también? —preguntó ella.
El hombre sonrió y le dio el sobre.
—Creo que podrá arreglárselas usted, pero gracias por la confianza, de todas formas.
—Gracias a usted. —Rasgó el sobre y leyó.
LAURA:
VOLVERÉ PRONTO. HE IDO A NADAR AL MAR. TE QUERRÉ SIEMPRE. RECUÉRDALO: SIEMPRE.
DAVID
Extrañada, Laura volvió a doblar la nota y fue a la habitación.
Las medias negras estaban sobre la cama.
Laura se las puso y las deslizó por encima de los tobillos, subiéndolas poco a poco por sus esbeltas piernas. Se desabrochó la blusa y se la quitó. Llevó sus manos a la espalda y se desabrochó el sostén de encaje, que cayó hacia delante y se le deslizó por sus brazos. Luego se puso el liguero y enganchó las medias.
Se levantó para mirarse en el espejo. Y entonces hizo lo que pocas personas que hubiesen tenido tan magnífica visión hubiesen hecho.
Se rio.
«Este hombre está volviéndome loca», se dijo, y negó con la cabeza al recordar lo diferente que era ella antes de que David entrase en su vida, algo más de dos años atrás. Al pensarlo, recordó que no habían conectado de inmediato; para ser más precisos, su primer encuentro había sido tan romántico como un accidente entre dos coches.
Se habían conocido en Boston, una húmeda noche de julio de 1986, en una fiesta de gala en honor de la orquesta Boston Pops. El gran salón se hallaba abarrotado. La flor y nata de la sociedad bostoniana estaba allí.
Laura odiaba ese tipo de fiestas, y sobre todo odiaba la razón por la que asistía a ellas (se sentía obligada). Detestaba las sonrisas falsas y las frases también falsas que todo el mundo intercambiaba. Pero aún eran peores los hombres que las frecuentaban: insolentes, cargantes y pesados neoplayboys, con un ego tan grande como sus inseguridades. Habían intentado ligar con ella tantas veces en aquellas fiestas que a menudo se sentía como si la hubieran manoseado. A lo largo de los años, su manera de hacer frente a tales aproximaciones comenzaba a acercarse a la rudeza. En ocasiones, solo una frase cortante podía frenar la carga de un toro enardecido.
Laura había construido un muro a su alrededor, algo parecido al foso de una fortaleza lleno de tiburones. Además, sabía que se estaba labrando la reputación de ser una «zorra fría y calculadora», una mujer que «sabía que estaba muy buena y que pensaba que su mierda olía a flores». Esa reputación era bien conocida y, en su opinión, absolutamente falsa, pero Laura hacía muy poco para desmentirla, dado que la ayudaba a mantener a raya a algunos de aquellos animales.
En aquella fiesta en particular, al acercarse a la mesa del bufé se quedó absolutamente pasmada al ver la forma en que los emperifollados asistentes atacaban la comida, como si fueran mendigos de Bangladesh. Fue entonces cuando se volvió y chocó con David.
—Perdón —se excusó, sin mirarlo.
—Un espectáculo lamentable —respondió David, y señaló hacia los hambrientos salvajes que se amontonaban junto a la mesa—. Bienvenida al Día de la Langosta.
Ella asintió y comenzó a alejarse.
—Espere un momento —la llamó David—. No pretendo parecer un friki, pero ¿no es usted Laura Ayars?
—Sí.
—Permítame que me presente. Me llamo David Baskin.
—¿El jugador de baloncesto?
—El mismo. ¿Es aficionada al baloncesto, señorita Ayars?
—Ni lo más mínimo, pero sería imposible vivir en Boston y no conocer su nombre.
—Hará que me ruborice.
—Seguro que sí. Ahora, si me disculpa...
—¿Ya me rechaza? Antes de que se vaya, señorita Ayars, permítame que le diga que esta noche está usted encantadora.
—Una frase de lo más original, señor Baskin —replicó Laura en un tono rebosante de sarcasmo.
—David —respondió él con calma—. Y, para que conste, no estoy intentando ligar con usted. —Hizo una pausa—. ¿Puedo preguntar por qué no le gusta el baloncesto?
«El deportista típico —pensó Laura—. Cree que el planeta Tierra no podría girar sin que unos hombres adultos suden y griten mientras corren adelante y atrás montados en una absurda ola sin sentido. No me costará mucho quitármelo de encima. Lo más probable es que no esté habituado a mantener conversaciones que requieran frases excesivamente complejas».
—Es inconcebible, ¿no? —comenzó—. Me refiero a que debe de resultarle difícil imaginar a una persona con cerebro que no disfrute viendo cómo unos hombres analfabetos, cuya capacidad mental es inversamente proporcional a su altura, intentan meter un objeto esférico a través de un aro de metal.
La expresión de David no cambió.
—Hoy estamos de mal humor, ¿eh? —le respondió—. Toda esa grandilocuencia... Impresionante. ¿Alguna vez ha estado en el Boston Garden para ver a los Celtics?
Laura negó con la cabeza, en una falsa muestra de autocompasión.
—Supongo que aún no he vivido de verdad. —Miró su reloj, pero en realidad ni siquiera vio la hora—. Vaya, vaya, el tiempo vuela. He disfrutado con esta pequeña charla, pero debo irme...
—No tenemos por qué hablar de baloncesto, ¿sabe?
—¿Ah, no? —El sarcasmo continuaba presente.
La sonrisa de David no cambió.
—No, no es necesario. Lo crea o no, soy capaz de hablar de temas un tanto más profundos: economía, política, la paz en Oriente Medio, lo que usted prefiera. —Chasqueó los dedos, y su sonrisa creció—. Tengo una idea. ¿Por qué no hablamos de algo que realmente precise de una gran capacidad intelectual como... ¡ser modelo!? Pero no, claro... Es decir, debe de resultarle difícil imaginar a una persona con cerebro que no disfrute viendo cómo unas mujeres cuya capacidad mental es directamente proporcional a su cantidad de grasa corporal intentan parecerse en todo lo posible a un maniquí.
Por un momento sus miradas se cruzaron, y entonces Laura agachó la cabeza. Cuando lo miró de nuevo, David le sonreía como si quisiera suavizar sus palabras.
—Anímese, Laura —dijo con voz suave, una expresión que ella oiría muchas veces en el futuro—. Solo quería hablar con usted. He leído mucho sobre Svengali... Sí, algunos jugadores de baloncesto sabemos leer... Y supuse que sería interesante conocerla. No buscaba nada más, pero, si tenemos en cuenta su aspecto, estoy seguro de que creerá que todo esto es una excusa. Y no la culpo. En cierto modo, puede que lo sea.
Hizo una ligera inclinación de cabeza y comenzó a darse la vuelta.
—No la molestaré más. Que disfrute de la fiesta.
Laura observó cómo se alejaba, y se odió a sí misma por haberse mostrado tan a la defensiva, por no pensar ni por un segundo que un hombre pudiera acercarse a ella por otros motivos. Le había dicho lo que ella pensaba como si su frente fuese una ventana por la que podía ver sus pensamientos. En fin, ¿qué importaba eso?, aquel hombre no era adecuado para ella. ¿Un deportista? Ni en sueños. Decidió apartar a David Baskin de su mente, pero no lo logró.
De nuevo en Australia, una Laura casi desnuda se inclinó y buscó el reloj.
Las diez y cuarto.
El sonido de la vegetación penetró a través de la oscuridad que ahora cubría su ventana. De haber sido cualquier otra persona, Laura estaría muy preocupada, pero David era un nadador extraordinario, casi un profesional, y, por otro lado, resultaba del todo imprevisible: siempre sorprendía a quienes lo conocían, siempre hacía cosas inesperadas. Esa era una de las razones por la que los periódicos deportivos lo querían. Era el jugador a cuya taquilla los reporteros corrían después de un partido, el hombre que solía darles el titular perfecto para la edición de la mañana. Era la superestrella amable y orgullosa que siempre conseguía hacer honor a sus predicciones subidas de tono.
Laura se cubrió con una manta. El fresco aire nocturno le acariciaba los pies con suavidad, y le provocaba escalofríos. Las horas llegaron y pasaron, llevándose con ellas las excusas que habían controlado el miedo y los temores de Laura.
Después de la medianoche, se vistió y bajó al vestíbulo. El mismo recepcionista continuaba de servicio. Laura se preguntó si dormía alguna vez.
—Perdón —comenzó—, ¿ha visto a mi marido?
—¿El señor Baskin? No, señora, no lo he visto desde que se fue a nadar.
—¿Le dijo algo antes de marcharse?
—Ni una palabra, señora. Solo me dio las llaves y la nota que le entregué. Ni siquiera me miró. —El recepcionista se fijó en su expresión angustiada—. ¿Todavía no ha vuelto?
—No.
—Bueno, yo no me preocuparía mucho. Por lo que dicen los periódicos, su pareja tiene fama de ser un tipo un tanto alocado. Volverá por la mañana.
—Tiene razón —dijo ella, aunque no estaba convencida en absoluto de que fuera así.
Pensó en buscarlo, pero comprendió que no serviría de nada, excepto para satisfacer su necesidad de hacer algo, aparte de estar sentada en la habitación. Además, estaba claro que una estadounidense solitaria paseándose por el bosque australiano en medio de la más completa oscuridad no podía considerarse una partida de rescate competente, y lo más probable es que David volviera al hotel mientras ella se perdía en territorio salvaje.
Laura se dirigió a su habitación, decidida a no dejarse llevar por el pánico hasta el día siguiente.
Cuando el reloj digital de la habitación marcó las siete de la mañana, Laura comenzó oficialmente a dejarse llevar por el pánico.
2
—Le pasarán la llamada enseguida, señora.
—Gracias.
Laura se recostó y miró el teléfono. Si se tenía en cuenta la diferencia horaria, en Boston eran casi las nueve de la noche del día anterior, y se preguntó si T. C. ya estaría en su casa. Por lo general acababa el turno poco después de las ocho, pero ella sabía que a menudo se quedaba hasta más tarde.
Las manos le temblaban, y su rostro y sus ojos estaban hinchados después de la terrible e interminable noche que acababa de soportar. Miró a través de la ventana y vio brillar el sol. Los resplandecientes rayos y el reloj de la mesita, junto a la cama, eran las únicas pruebas de que la noche se había convertido en un nuevo día, de que, en efecto, la noche había dado paso a la mañana. Pero, para Laura, la noche continuaba; su corazón seguía apresado en una pesadilla que no cesaba.
Cerró los ojos y recordó la segunda ocasión en que David apareció en su vida. Había sido tres semanas después de su primer encuentro en la fiesta de gala en honor de la Boston Pops; tres semanas en las que su breve conversación había estado aguijoneando su mente con un dolor sordo, pero lo bastante molesto como para hacer sentir su presencia cada vez que intentaba olvidarse de él.
De un modo inconsciente (o eso habría afirmado ella), comenzó a leer algunos de los numerosos artículos que hablaban de él. Aunque la prensa no tenía palabras suficientes para alabar el talento, la deportividad y la influencia positiva de David en el juego, Laura estaba más fascinada (bueno, fascinada no, se dijo: más bien interesada) por algunos retazos de información sobre su educación, sus logros académicos en la Universidad de Michigan, el tiempo que pasó en Europa con una beca Rhodes y su desinteresado trabajo con minusválidos. Comenzó a sentirse culpable por la manera en que lo había tratado, como si tuviese que arreglar las cosas o de lo contrario seguiría estando en deuda con él. Quizá sería agradable verlo de nuevo, se dijo; podría disculparse, y David vería que no era tan fría como se decía.
Fue entonces cuando comenzó a aceptar invitaciones a funciones y fiestas a las que era probable que él asistiese. Laura, por supuesto, nunca habría admitido que David Baskin tuviera algo que ver con su calendario social. «Solo es una coincidencia», habría asegurado; Svengali necesitaba de su presencia en dichos acontecimientos, y si David Baskin estaba allí..., bueno, como suele decirse, a veces la vida es así.
Pero, para su consternación, David solo hacía breves apariciones, sonriendo de oreja a oreja mientras la gente se reunía a su alrededor para estrecharle la mano y palmearle la espalda. A Laura le pareció ver muecas o pequeños gestos de rechazo en su rostro cuando esos hipócritas intentaban tocarlo, pero quizá solo fueran imaginaciones suyas.
David nunca se acercó a ella, ni siquiera miró en su dirección. Al final, Laura decidió hacer algo un tanto infantil: al verlo en el bar en una de esas fiestas, hizo lo que las adolescentes llaman «caminata estratégica»: caminó con despreocupación y «chocó» por casualidad con él. Funcionó. Él la vio, le sonrió cordialmente (¿o había algo más en la sonrisa, algo parecido a la burla?) y se alejó sin decir palabra. A ella se le cayó el alma a los pies.
Laura volvió a su despacho. Estaba furiosa. Se avergonzaba de su conducta y se sentía molesta por haber actuado como una adolescente enamorada del capitán del equipo de fútbol. No comprendía por qué sentía esa necesidad de encontrarse con él de nuevo. ¿Era porque la había superado? ¿Porque la había hecho reconsiderar su conducta y sus mecanismos de defensa habituales? ¿O había una atracción —aunque sin duda se trataría de una atracción oculta— que provocaba esa electricidad estática en su cerebro? La verdad es que no estaba nada mal; de hecho, era guapo de una forma poco convencional. Tenía la piel morena y el cuerpo musculoso, como un leñador en un anuncio de cerveza. Sus ojos verdes resultaban cálidos y amistosos, y le gustaba como se cortaba el pelo. En realidad, era muy atractivo, más natural y auténtico que los guapísimos modelos masculinos con quienes ella solía trabajar.
Aun así, aunque Baskin no fuera el típico deportista inmaduro y egocéntrico, era un deportista de todas formas. Un hombre al que adoraban las adolescentes de todas las edades, y cuya carrera consistía en practicar un juego infantil. Sin lugar a dudas, era un atleta ligón, siempre rodeado de muchachas bonitas y tontas que buscaban la luz de las candilejas y deseaban salir en televisión, sentadas en las gradas junto a las esposas de los demás jugadores. Laura no quería que la consideraran otra cabeza hueca, otra conquista de la estrella de los Celtics. David Baskin era la antítesis de todo lo que ella quería de un hombre... En caso de que hubiese estado interesada en mantener una relación, por supuesto. Por aquel entonces, no había lugar en su vida para ningún hombre: Svengali era su ambición, su sueño y su compañero.
Laura echó la silla hacia atrás y apoyó los pies en la mesa. Su pierna derecha se agitaba como siempre que estaba tensa o sumida en sus pensamientos. Su padre tenía el mismo hábito, y era de lo más irritante. Ambos volvían locos a los demás, porque aquel movimiento no era un simple temblor, sino una sacudida en toda regla. Cuando ella o su padre comenzaban a mover la pierna derecha, la silla, la mesa e incluso la habitación parecían vibrar con el tenaz asalto de la pierna. Para aquellos que estaban cerca era un espectáculo inquietante, y Laura había intentado (sin éxito) evitarlo a toda costa.
Las vibraciones hicieron que el portalápiz se cayese de la mesa, pero ella no se agachó para recogerlo. Después de unos pocos minutos más de tembleques, Laura consiguió apartar al jugador de baloncesto de su mente cuando Marty Tribble, el director de marketing, entró en el despacho con una sonrisa.
Marty no era un hombre que sonriese en el trabajo. Laura lo observó entrar con confianza en su despacho; su rostro resplandecía como el de un chico de la liga infantil que acaba de completar su primera carrera, mientras con una mano se apartaba los pocos mechones de pelo gris que le quedaban tras cinco décadas de vida.
—¡Acabamos de conseguir el bombazo publicitario del año! —exclamó Marty.
Laura nunca lo había visto actuar de esa manera. Marty había trabajado con ella desde que creó Svengali. Era un ejecutivo de rostro serio, un conservador con los pies en el suelo en una empresa un tanto liberal y volátil. Su sentido del humor era famoso en el despacho solo porque nadie creía que lo tuviese. Contabas un chiste delante del viejo Marty, y obtenías la misma reacción que si le hubieses hecho cosquillas a un archivador. Era la roca de la oficina, no un hombre que se entusiasmara con trivialidades.
—¿Qué producto? —preguntó Laura.
—Nuestra nueva línea.
—¿Las zapatillas deportivas y el calzado informal?
—Así es.
Laura miró a Marty y sonrió.
—Siéntate y suéltalo todo.
El laborioso Marty (quería que lo llamaran Martin, pero todo el mundo lo llamaba Marty por esa misma razón) se sentó en la silla casi de un salto, mostrando una agilidad hasta entonces nunca vista en el cuartel general de Svengali.
—Vamos a realizar una campaña de ámbito nacional en televisión a partir del otoño. Presentaremos al público la nueva línea completa.
Laura esperó que dijese algo más, pero Marty no lo hizo; solo continuó sonriendo como el animador de un concurso de preguntas que intenta aumentar el suspense al no dar la respuesta hasta después del último anuncio.
—Marty, no se puede decir que sea algo espectacular.
Él se inclinó hacia delante y habló pausadamente:
—Lo es cuando tu portavoz es el ídolo deportivo de la década. Y es aún más espectacular cuando dicho ídolo deportivo nunca ha patrocinado ningún producto.
—¿De quién hablamos?
—De David Baskin, alias el Relámpago Blanco, la superestrella de los Boston Celtics, nombrado jugador más valioso del campeonato durante tres temporadas consecutivas.
El nombre golpeó a Laura como una sonora bofetada.
—¿Baskin?
—¿Has oído hablar de él?
—Por supuesto. Pero... ¿has dicho que nunca había patrocinado ningún producto?
—Solo aquellos anuncios para los niños minusválidos.
—Entonces ¿por qué nosotros?
Marty Tribble se encogió de hombros.
—¿Cómo quieres que lo sepa? Pero, Laura, todo lo que tenemos que hacer es montar una gran campaña publicitaria durante los partidos de baloncesto en otoño, y los anchos hombros de David Baskin llevarán las zapatillas Svengali a lo más alto del mundo del deporte. Eso nos dará un reconocimiento inicial instantáneo en el mercado. No puede fallar. El público lo adora.
—Bueno, ¿y cuál es el próximo paso que tenemos que dar?
Marty metió una mano en el bolsillo de su chaqueta, donde llevaba su pluma y su lápiz de oro Cross, y sacó dos entradas.
—Esta noche tú y yo iremos al Boston Garden.
—¿Qué?
—Vamos a ver el partido de los Celtics contra los Nuggets. Los contratos se firmarán cuando acabe el encuentro.
—Y, entonces, ¿por qué tenemos que ir al partido?
De nuevo se encogió de hombros.
—No lo sé. Por alguna extraña razón, el propio Baskin insistió en ello. Dijo que sería bueno para tu espíritu o algo así.
—Bromeas.
Marty negó con la cabeza.
—Es parte del trato.
—Espera un momento. ¿Estás diciendo que si no voy a ese partido...?
—Entonces el contrato no se firma. Exacto.
Laura volvió a recostarse en la silla, con los dedos entrelazados y los codos apoyados en los reposabrazos. La pierna derecha comenzó su irritante baile. Poco a poco, se dibujó una sonrisa en sus labios y asintió con la cabeza, riéndose para sí.
Marty la miró, preocupado.
—¿Qué, Laura?, ¿qué dices?
Por un momento, en la habitación reinó el silencio. Entonces Laura volvió la mirada hacia su director de marketing.
—Es hora de jugar.
La experiencia en el Boston Garden fue sorprendente. Laura no las tenía todas consigo cuando entró en el viejo edificio situado en North Station. ¿El Garden? ¿Ese viejo y decrépito estadio era el Boston Garden? Se parecía más bien a la prisión de Boston. La mayoría de los estadios del país eran modernos conglomerados de cristal y cromo, resplandecientes y elegantes, con aire acondicionado y butacas acolchadas. La sede de los Celtics, por el contrario, era una vieja y ruinosa mole de cemento que olía a cerveza rancia y desprendía un calor opresivo. Los desgastados asientos eran duros e incómodos. Al mirar a su alrededor, a Laura aquel ambiente le recordó más a una novela de Dickens que a un encuentro deportivo.
Pero entonces se fijó en los miles de aficionados que llenaban el Garden como feligreses en una mañana de Navidad. Para ellos, la climatización era una utopía; el aroma, el de las rosas, y los asientos, cómodos y lujosos. Aquellas personas parecían disfrutar escapando de las comodidades de la vida para entrar en el maravilloso hogar de su equipo, los Celtics. Aquel era el Boston Garden, el cénit de millones de canchas de baloncesto de escuelas y universidades y de canastas situadas en paredes de garajes, el lugar donde innumerables niños habían imaginado que anotaban la canasta ganadora o capturaban el rebote del triunfo. Miró las viejas vigas y vio las banderas de los campeonatos ganados y las camisetas retiradas, que colgaban con orgullo como medallas en el pecho de un general. Por ridículo que pareciese, el lugar formaba parte de la historia de la ciudad de Boston, tanto como el monumento a la batalla de Bunker Hill o la casa de Paul Revere, pero había una gran diferencia: los Celtics eran historia viva, cambiaban constantemente, siempre imprevisibles, siempre mimados y amados por su bella ciudad.
La frenética multitud comenzó a aplaudir cuando los jugadores salieron a la cancha para el calentamiento. Laura vio a David de inmediato. Desde su asiento en la tercera fila intentó captar su mirada, pero era como si estuviese solo en la pista, como si los miles de personas que lo rodeaban no existieran. Sus ojos eran los de un hombre poseído, un hombre con una misión de la que no podía desviarse. Sin embargo, Laura también creyó percibir paz en el verde brillante de aquellos ojos, la calma de un hombre que estaba donde quería estar.
Luego, el salto inicial.
El escepticismo de Laura se disolvió poco a poco, como el ácido que se come una cadena de acero. Hacia el final del primer cuarto, se descubrió sonriendo. Después, riendo. Luego, gritando, y, por último, asombrada. Cuando se volvió y le dio al hombre que tenía detrás un «choca esos cinco», se había convertido oficialmente en seguidora del equipo. Aquel partido de baloncesto le recordó el día en que, a los cinco años, vio por primera vez el ballet de Nueva York en el Lincoln Center, con los ojos como platos. Había una destreza similar en los movimientos de los jugadores, como si ejecutaran una complicada danza muy bien coreografiada, solo interrumpida por obstáculos imprevisibles que hacían que el espectáculo fuese todavía más fantástico para el espectador.
Y David era el primer bailarín.
De inmediato comprendió las alabanzas. David era poesía en movimiento; saltaba, giraba, corría, se retorcía, se agachaba, hacía piruetas, perseguía... Había una gracia tenaz y agresiva en sus gestos. En un momento dado, era el tranquilo líder de la pista, y al siguiente, un temerario que intentaba lo imposible, como un héroe de cómic. Iba hacia la canasta solo para que un hombre le cerrase el paso y, en ese momento, se convertía en un artista que creaba, a menudo en el aire. Al lanzar observaba el borde del aro con tal concentración que Laura estaba segura de que el tablero se rompería. Parecía tener un sexto sentido en la cancha: nunca miraba adónde daba un pase, nunca le echaba un vistazo a la pelota en la punta de sus dedos. Cuando driblaba, era como si la pelota formase parte de él, una extensión de su brazo con la que había nacido.
Y entonces llegó el final.
Quedaban pocos segundos de juego, y el resultado era más que incierto. Los amados chicos de Boston perdían por un punto. Un jugador con el verde y blanco de los Celtics le pasó la pelota a David. Dos hombres del equipo contrario lo cubrieron como una manta. Solo quedaba un segundo. David se revolvió y realizó su inconfundible tiro en suspensión con arco elevado. El lanzamiento alzó la esfera naranja muy alto, buscando su objetivo desde un ángulo imposible. La multitud se levantó como un solo hombre. El pulso de Laura se aceleró mientras veía cómo la pelota comenzaba a descender hacia la canasta, con el juego y los corazones de la multitud palpitando con ella. Sonó la sirena. La pelota tocó suavemente la parte superior del tablero de cristal, y luego el fondo de la red bailó cuando entró anotando dos puntos. La multitud gritó. Laura gritó.
Los Celtics habían ganado otro partido.
—Su llamada, señora Baskin —dijo alguien con acento australiano.
—Gracias.
Laura se tumbó boca abajo con el teléfono bien sujeto en la mano. Aún se preguntaba si había comenzado a enamorarse de David en aquel salto. Oyó un clic y el sonido originado en Boston viajó a través de medio mundo hasta Palm’s Cove.
En el otro lado, levantaron el auricular al tercer timbrazo. Una voz llegó a través de la estática.
—¿Hola?
—¿T. C.?
—¿Laura? ¿Eres tú? ¿Qué tal la luna de miel?
—Escucha, T. C., necesito hablar contigo.
—¿Qué pasa?
Ella le hizo un rápido resumen de los acontecimientos de la víspera. T. C. la escuchó sin interrumpirla y, como Laura suponía, asumió el control de inmediato.
—¿Has llamado a la policía local? —le preguntó.
—Sí.
—Bien. Tomaré el primer avión que salga para allí. De todas maneras, el comisario me dijo que necesito unas vacaciones.
—Gracias, T. C.
—Una cosa más: dile a la policía lo importante que resulta llevar este asunto con la máxima discreción posible. Lo que menos necesitas es que una horda de periodistas se presente ante tu puerta.
—Vale.
—¿Laura?
—¿Sí?
T. C. percibió la tensión en su voz.
—Estará bien.
Ella titubeó. Temía decir lo que pensaba.
—No estoy segura. Supón que haya tenido uno de sus... —Las palabras permanecieron en su garganta; aquel pensamiento era demasiado desagradable para expresarlo en voz alta. Pero T. C. comprendería a qué se refería, él era una de las pocas personas en quienes David confiaba.
«T. C. es mi mejor amigo —le había dicho David el año anterior—. Sé que parece un tío rudo y que te cuesta confiar en los demás, pero, cuando hay un problema serio, T. C. es la persona a la que hay que llamar».
—¿Qué pasa con tu familia? —le había preguntado Laura.
David se encogió de hombros.
—Solo tengo a mi hermano mayor.
—¿Qué ocurre con él? Nunca lo mencionas.
—No nos hablamos.
—Pero es tu hermano.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué no os habláis?
—Es largo de contar —contestó David—. Tuvimos un problema. Pero es agua pasada.
—En ese caso, ¿por qué no lo llamas?
—Lo haré, pero todavía no; no es... el momento.
«¿No es el momento?». Laura no lo había entendido, y seguía sin hacerlo.
—Ven aquí cuanto antes, T. C. —dijo ahora con voz temblorosa—. Por favor.
—Voy de camino.
En Boston, Massachusetts, el hogar de los amados Celtics, T. C. colgó el teléfono. Miró su cena —un Whopper del Burger King y patatas fritas que había comprado de camino a casa—, y decidió que ya no tenía hambre. Buscó un puro y lo encendió con un mechero Bic. Luego cogió el teléfono y marcó un número. Cuando atendieron en el otro extremo, pronunció tres palabras:
—Acaba de llamar.
Transcurrieron veintisiete horas. Terry Conroy, conocido por sus amigos como T. C., el apodo que le había dado David Baskin, se abrochó el cinturón cuando el vuelo 008 de Qantas hizo su aproximación final antes de aterrizar en Cairns, Australia. El largo viaje se había iniciado con un vuelo de American Airlines desde Logan a Los Ángeles, y después desde Los Ángeles a Honolulu con Qantas, y, por último, el vuelo desde Honolulu a Cairns. Casi veinte horas en el aire.
T. C. levantó la persiana de la ventanilla y miró hacia abajo. El agua del Pacífico Sur no se parecía a ninguna otra que hubiese visto. El color no era simplemente azul; describirlo como azul sería como describir la Pietà de Miguel Ángel como un trozo de mármol. Era mucho más que un simple azul; demasiado azul en realidad, resplandeciente en su pureza. T. C. estaba seguro de que podía ver a través de miles de metros de profundidad hasta el mismísimo fondo abisal. Las pequeñas islas salpicaban la tela del océano, rodeadas de hermosos paisajes formados por los corales multicolores de la Gran Barrera de Coral.
Se aflojó el cinturón, que le apretaba la incipiente barriga. Demasiada comida basura. Se miró los michelines y negó con la cabeza. Comenzaba a engordar. «Bah, afronta la realidad, T. C. Estás demasiado fofo para tratarse de un tipo que aún no ha alcanzado la treintena». Quizá comenzara un programa de ejercicios cuando volviese a Boston. Sí, claro. Y quizá conocería a un político honesto.
Se apoyó en el respaldo.
«¿Cómo lo sabes, David? ¿Cómo lo sabes a ciencia cierta?». Había cumplido veintinueve años la semana anterior, la misma edad que David. Durante cuatro años, habían sido compañeros de habitación en la Universidad de Michigan, los mejores amigos, compañeros y socios; sin embargo, David siempre lo había impresionado. No solo por su talento como jugador de baloncesto —que era excepcional—, sino también como hombre, un hombre que siempre parecía lograr que los problemas y las desgracias le resbalasen. La mayoría creía que David vivía con despreocupación porque todo le iba bien, que nunca había sufrido ni tenido conflictos, pero T. C. sabía que aquello era una estupidez, que David había sobrevivido a las palizas de su infancia hasta acabar en la cima, y que todavía padecía momentos de infierno privado que la fama y la fortuna no podían solucionar.
—No es real, T. C. —le dijo David durante su primera temporada con los Celtics.
—¿Qué no es real?
—La fama. Las chicas. Las admiradoras. La adulación. Las personas que quieren estar contigo porque eres famoso. No puedes permitirte creerlo.
—Bueno, entonces, ¿qué es?
—El juego lo es —respondió él, con un brillo en la mirada—. La sensación en la cancha. La competición. El momento en que el partido pende de un hilo. El pase perfecto. El salto para el lanzamiento. El mate. El bloqueo limpio. De eso es de lo que se trata, T. C.
Y años después, pensó ahora T. C., Laura estaba en lo alto de aquella lista. El Boeing 747 aterrizó con una sacudida y rodó hacia el pequeño edificio de la terminal. David... T. C. negó con la cabeza. Creía que lo había visto casi todo en los últimos años, pero aquello... Demonios, no le correspondía a él hacer preguntas. Lo suyo solo era ayudar.
Las explicaciones llegarían más tarde.
Rellenó el formulario de la cuarentena, cogió su maleta de la cinta transportadora, pasó por la aduana y se dirigió al vestíbulo de espera, donde Laura le había dicho que lo esperaría. Las puertas automáticas se abrieron, y T. C. se encontró ante una pared de rostros. A su derecha, los chóferes sostenían carteles con nombres escritos en mayúsculas. A su izquierda, los guías locales vestían pantalones cortos y camiseta, y sus carteles ponían el nombre de un hotel o una agencia de turismo. T. C. buscó a Laura con la mirada.
Unos segundos después, la distinguió entre la multitud.
T. C. sintió que algo afilado le atravesaba el estómago.
Laura seguía siendo la mujer más hermosa que había visto en su vida, tan despampanante que cualquier hombre caería de rodillas ante ella, pero la desaparición de David había hecho mella en su rostro. Estaba casi irreconocible: los altos pómulos parecían hundidos, y sus ojos eran círculos que miraban con asombro y miedo, con un azul terriblemente opaco.
Corrió hacia él, y T. C. la abrazó para consolarla.
—¿Alguna novedad? —preguntó él, pero la respuesta estaba escrita en su rostro.
Laura negó con la cabeza.
—Han pasado dos días, T. C. ¿Dónde puede estar?
—Lo encontraremos —afirmó él, y deseó tener tanta confianza como aparentaba. Le cogió la mano. No había ningún motivo para atrasar la investigación; debía comenzar de inmediato—. Pero debo saber algo, Laura. Antes de desaparecer, ¿David tuvo...?
—No. —Laura se apresuró a interrumpirlo; no quería oír aquella palabra—. No desde hace más de ocho meses.
—Bien. ¿Dónde puedo encontrar al oficial a cargo de la investigación?
—Palm’s Cove solo tiene dos agentes. El sheriff te espera en su despacho.
Cuarenta minutos más tarde, el taxi se detuvo delante de un edificio de madera con un cartel que decía AYUNTAMIENTO y COLMADO. No había otros edificios en la calle. La solitaria y rural distribución parecía sacada de la serie Petticoat Junction, si no fuera por la tupida vegetación tropical.
—Laura, creo que será mejor que hable con el sheriff a solas.
—¿Por qué?
—Mira este lugar —respondió él—. Por amor de Dios, parece salido de Bonanza. Dudo que el sheriff sea un intelectual progre. Aquí, la liberación femenina debe de ser un concepto perteneciente al futuro más lejano. Puede que esté más dispuesto a hablar si estamos solos; ya sabes, de poli a poli.
—Pero...
—Te informaré en cuanto sepa algo.
Laura titubeó.
—Si crees que es lo mejor...
—Lo creo. Tú espérame aquí, ¿vale?
Ella asintió con los ojos húmedos y vidriosos. T. C. salió del coche y caminó por el sendero con la cabeza gacha, observando los hierbajos que crecían entre las grietas del cemento gastado. Alzó la mirada y se fijó en el edificio de madera. Era viejo, la pintura estaba desconchada y parecía que un buen empujón lo derribaría. Se preguntó si eran los años o el clima de los trópicos lo que hacía que la madera pareciese tan vieja. Lo más probable es que fuesen ambas cosas.
La puerta principal estaba abierta. T. C. asomó la cabeza.
—¿Puedo entrar? —preguntó.
—¿El inspector Conroy? —dijo el hombre a modo de saludo. Eran las primeras palabras que oía con acento australiano.
—Así es.
—Graham Rowe —se presentó el hombre al tiempo que se levantaba—. Soy el sheriff de esta ciudad.
Si bien sus palabras eran las de un sheriff en una película del Oeste de serie B, el acento y el tamaño no lo eran. Graham Rowe era enorme, una montaña humana que recordaba a Grizzly Adams o a un luchador profesional. Una tupida barba, rubia y canosa, llenaba la cara, y sus ojos castaños eran serios y penetrantes. Su uniforme verde con pantalón corto lo hacía parecer un boy scout crecidito, pero T. C. no era ningún suicida, así que se calló ese pensamiento. Sobre su cabeza descansaba un sombrero con el ala derecha doblada hacia arriba, y un arma bastante grande junto a un cuchillo enorme adornaban su cinturón. Tenía la piel correosa y arrugada, pero no era viejo. T. C. calculó que tendría unos cuarenta y tantos años.
—Llámeme Graham —dijo, y extendió una mano tan grande que parecía una zarpa. T. C. se la estrechó. Era como darle la mano a un guante de béisbol.
—Me llaman T. C.
—Estará cansado después de un vuelo tan largo, T. C.
—Pude echar una cabezada en el avión —respondió el inspector—. ¿Qué puede decirme de su investigación?
—Un tanto ansioso, ¿no?
—David es mi mejor amigo.
Graham volvió a su silla detrás de la mesa y le hizo un gesto a T. C. para que se sentara. En la habitación, no había nada más que un ventilador de techo y un montón de fusiles colgados en las paredes. En el rincón de la izquierda, se veía un pequeño calabozo.
—En realidad, poca cosa —comenzó el sheriff—. David Baskin le dejó una nota a su esposa diciendo que iba a nadar, y desde entonces no se lo ha visto. Interrogué al socorrista de la piscina del hotel. Recuerda haber visto a Baskin practicando el baloncesto solo alrededor de las tres de la tarde. Dos horas después, lo vio caminar por la playa en dirección norte.
—¿Así que David no fue a nadar?
Graham se encogió de hombros.
—Quizá sí. Aquí hay muchos lugares donde nadar, pero no hay vigilancia y la corriente es muy fuerte.
—David es un gran nadador.
—Es lo que dice su esposa, pero he vivido aquí toda mi vida, y le aseguro que una de esas malditas corrientes puede arrastrarte hacia abajo, y nadie puede hacer nada al respecto, sino ahogarse.
—¿Han comenzado a buscar el cuerpo?
Graham asintió.
—Claro que sí, pero, hasta el momento, ni rastro del muchacho.
—De haberse ahogado, ¿el cuerpo no tendría que haber aparecido ya?
—Es lo más frecuente, pero, amigo, esto es el norte de Australia. En este océano, a un hombre pueden ocurrirle más cosas que en el metro de Nueva York. Puede haber acabado en alguna de las muchas islas deshabitadas, haberse quedado atrapado en la Gran Barrera de Coral o haber sido devorado por Dios sabe qué. Puede haberle pasado un millón de cosas.
—¿Cuál es su teoría?
El gigantesco australiano se levantó y cruzó la habitación.
—¿Café?
—No, gracias.
—Con este calor no le culpo. ¿Qué tal una Coca-Cola?
—No estaría mal.
Graham abrió la pequeña nevera detrás de su mesa, sacó dos botellas y le dio una a T. C.
—Dice que es amigo de David Baskin, ¿no?
—Desde hace muchos años.
—¿Cree que puede ser objetivo?
—Supongo que sí.
El sheriff se sentó con un largo suspiro.
—Soy el sheriff de una pequeña y tranquila comunidad. Y me gusta que sea así: bonita, discreta y tranquila. ¿Sabe a qué me refiero?
T. C. asintió.
—No pretendo ser un héroe. No espero ninguna gloria y no me gustan los casos complicados como los que tienen ustedes en Boston. ¿Comprende lo que le digo?
—Claro.
—Bien, siendo como soy un hombre sencillo, déjeme decirle cómo lo veo. No creo que Baskin se ahogara.
—¿No?
Graham negó con la cabeza.
—Puedo haber hecho un bonito discurso sobre todas las probabilidades que tiene un hombre de morir en el Pacífico, pero la verdad siempre es mucho más sencilla. De haberse ahogado, su cuerpo ya tendría que estar aquí. No ocurre siempre, pero sí la mayoría de las veces.
—Entonces ¿qué...?
El gigante bebió un trago de Coca-Cola.
—¿Tal vez a última hora le entró miedo? No sería la primera vez que un hombre se fuga en plena luna de miel. Yo mismo estuve a punto de hacerlo en una ocasión.
T. C. le respondió con una sonrisa.
—¿Ha visto usted a su esposa?
Graham expresó su aprecio con un silbido.
—Nunca había visto nada igual en toda mi vida, amigo. Casi se me saltaron los ojos de las órbitas. —Bebió otro sorbo de Coca-Cola, bajó la botella y se secó los labios con el antebrazo, que tenía el grosor de un roble—. Creo que podemos dar por sentado que no se fugó, pero, déjeme que le pregunte otra cosa, inspector. Estuve haciendo algunas averiguaciones acerca de David Baskin, parte de mi trabajo, ya sabe, y parece ser un tipo bastante juerguista. ¿Hay alguna posibilidad de que se haya ido de parranda o algo por el estilo?
—¿Y preocuparla a ella de esta manera? No sería propio de él.
—Bien. He dado aviso a todas las ciudades cercanas y a la guardia costera. Nadie quiere a los periodistas rondando por aquí, así que guardan silencio. Aparte de eso, no estoy seguro de que podamos hacer mucho más.
—Querría pedirle un favor, Graham.
—Diga.
—Estoy fuera de mi jurisdicción, pero, si me lo permite, me gustaría ayudarlo con la investigación. David Baskin es mi mejor amigo y lo conozco mejor que...
—Eh, eh, no tan rápido —lo interrumpió Graham, levantándose. Su mirada viajó de norte a sur, desde el rostro de T. C. a sus gastados mocasines Tom McAn. Sacó un pañuelo del bolsillo y se enjugó el sudor de la frente—. Ahora mismo ando escaso de personal —continuó con voz lenta—, y supongo que no le haría ningún daño a nadie si lo nombrase mi asesor en este caso. —Sacó una hoja de papel y se la dio—. Aquí tiene una lista de los lugares a los que quiero que llame. Infórmeme si se entera de algo.
—Gracias. Le estoy muy agradecido.
—No hay de qué. Pero deje que le haga una última pregunta: ¿le pasa algo a Baskin?
T. C. sintió que el pulso se le aceleraba, y los recuerdos lo asaltaron.
—¿A qué se refiere?
—Ya sabe, si padece algún trastorno, algún problema del corazón..., lo que sea.
—No, que yo sepa —mintió T. C.
—¿Quién podría saberlo mejor? —Graham sonrió—. Al fin y al cabo, usted es su mejor amigo, ¿no?
La mirada de T. C. se cruzó con la del gigantesco sheriff por un instante. Ninguno de los dos revelaba nada.
Laura y T. C. permanecieron en silencio durante el corto trayecto de regreso al hotel. T. C. se inscribió en la recepción, dejó el equipaje y acompañó a Laura a la suite nupcial.
—¿Qué hacemos ahora?
Él respiró hondo y se rascó la cabeza con la punta de los dedos. Todavía no tenía canas, y, aunque esperaba que su pelo le durara lo bastante como para tenerlas, lo dudaba. El cabello castaño claro suele perder terreno rápidamente, y su frente avanzaba hacia su coronilla como el general Sherman a través de Atlanta.
T. C. se acercó a la ventana de la habitación y buscó un puro en el bolsillo. No le quedaban.
—Unas cuantas llamadas, inspeccionar la zona...
La voz de Laura sonó sorprendentemente firme y práctica:
—Con hacer llamadas te refieres a los depósitos de cadáveres.
—Los depósitos de cadáveres, los hospitales... Esa clase de sitios.
—Y por inspeccionar la zona te refieres al océano y las playas para ver si ha aparecido el cuerpo de David.
T. C. asintió.
Laura se acercó al teléfono.
—¿Quieres cambiarte o descansar antes de que comencemos? Tienes un aspecto horrible.
Él se volvió con una sonrisa.
—Acabo de llegar de un largo vuelo. ¿Cuál es tu excusa?
—No estoy precisamente para una foto de portada, ¿verdad?
—Todavía puedes avergonzar a la competencia.
—Gracias. Ahora, hazme un favor.
—Dime.
—Baja a la recepción y cómprate un par de cajas de sus mejores puros baratos.
—¿Eh?
Ella levantó el auricular.
—Acumula provisiones. Quizá estemos aquí mucho tiempo.
Primero llamó a los depósitos de cadáveres.
Laura quiso llamar primero a las distintas morgues de la zona para descartar esa posibilidad cuanto antes. Mejor pasar a toda prisa por el valle de las sombras de la muerte que dar un plácido paseo. Su cabeza se acomodaba en la guillotina desde que el forense decía: «Espere un momento, señorita», hasta que una infernal década más tarde, o así le parecía a ella, volvía para afirmar: «Aquí no hay nadie que encaje con esa descripción».
Entonces el alivio fluía por sus venas durante unos segundos, hasta que T. C. le daba el siguiente número.
La habitación apestaba tanto a humo de puro que parecían estar sentados a una mesa de póquer después de una larga noche de juerga, aunque Laura apenas se daba cuenta. Se sentía atrapada y sofocada, pero no por el humo, sino por cada sonido del teléfono. Ahora que había empezado a llamar a los hospitales, su cuerpo pasaba constantemente de la esperanza al miedo. Quería saber —necesitaba saber—, pero al mismo tiempo tenía miedo de saber. Era como vivir en una pesadilla de la que temes despertarte, porque entonces la pesadilla puede convertirse en realidad.
Una hora más tarde, habían acabado con las llamadas.
—Y ahora ¿qué?
T. C. tiró la ceniza sobre la mesa. Había fumado muchos puros en su vida, pero con aquellos puros australianos eran como fumar mierda de pato. Una calada de aquellas tagarninas le habría hecho a Fidel aquello que Kennedy y la bahía de Cochinos no habían logrado. Decidió que aquel sería el último.
—Bajaré y buscaré en la guía unos cuantos números más a los que llamar —contestó—. Después comenzaré a interrogar al personal. No tiene sentido que ambos estemos junto al teléfono.
Se levantó, caminó hasta la puerta, suspiró y se volvió sin prisas. Cogió los puros australianos. Qué demonios, sus papilas gustativas ya estaban muertas.
Un poco más tarde, mientras permanecía sola en su habitación esperando a que T. C. (o, mejor aún, David) volviese, Laura decidió llamar a casa. Al mirar el reloj, se dio cuenta de que en Boston eran más o menos las once de la noche. Su padre, el doctor James Ayars, estaría sentado en su inmaculado despacho delante de su inmaculada mesa. Los historiales médicos de las visitas de la mañana siguiente estarían perfectamente apilados, el lado derecho para los que ya había repasado, el izquierdo para los que aún debía revisar. Vestiría su bata de seda gris sobre el pijama perfectamente abrochado, y llevaría las gafas de leer bien sujetas en la punta de la nariz para que no se le deslizasen durante uno de sus frecuentes suspiros.
Su madre, la encantadora Mary Ayars, debía de estar en la planta superior, esperando la visita nocturna de su marido al dormitorio. Estaría sentada en la cama, leyendo la última novela provocadora elegida por su grupo de lectura, que en realidad era un clan del que formaban parte algunos de los supuestos intelectuales más influyentes de Boston. Todos los jueves por la noche, analizaban los libros de moda y les atribuían significados que ni siquiera los más creativos de los autores podrían haberse imaginado después de consumir la más potente de las drogas alucinógenas. Laura había ido a una sesión (eran sesiones, le había dicho su madre, no reuniones), y decidió que el diccionario Webster’s tendría que poner una foto de ese grupo junto a la palabra «gilipollez». De todos modos, aquel no era más que el último de una larga serie de intentos de su madre para establecer vínculos afectivos con otras mujeres, que iban desde el bridge hasta los grupos de encuentro de concienciación sexual.
—¿Hola?
Por primera vez desde la desaparición de David, de pronto las lágrimas asomaron a sus ojos. La voz de su padre fue como si se viera llevada de pronto por una máquina del tiempo. Laura deseó envolverse en el pasado, esconderse bajo la fuerte y segura voz de su padre, con la que siempre se había sentido a salvo y feliz.
—Hola, papá.
—¿Laura? ¿Cómo va todo por allí? ¿Qué tal Australia?
Ella no sabía por dónde empezar.
—Es hermoso. Siempre hace sol.
—Bueno, eso es fantástico, cariño. —Su tono adquirió un tono práctico—. Y ahora, ¿por qué no nos saltamos los preliminares? Dime qué ocurre.
Así era su padre. Nada de charlas ni demoras. Directo al grano.
—A David le ha pasado algo.
Su voz, como siempre, sonó autoritaria.
—¿Qué ha ocurrido, Laura? ¿Está bien?
—No lo sé —respondió, a punto de romper a llorar.
—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?
—Ha desaparecido.
Se produjo un largo silencio que asustó a Laura.
—¿Desaparecido?
Su voz denotaba más miedo que auténtica sorpresa. Como cuando te dicen que tu amigo, el que se fuma tres paquetes al día, padece un cáncer de pulmón. Trágico y, a pesar de todo, predecible. Ella quería seguir hablando, pero esperó a que su padre añadiese algo más, a que pidiese todos los detalles, como solía hacer. Sin embargo, James Ayars permaneció en silencio.
—Me dejó una nota avisándome de que se iba a nadar —dijo ella al fin—. De eso hace ya dos días.
—Oh, Dios... —murmuró Ayars.
Sus palabras se convirtieron en una afilada aguja que penetró en la piel de Laura. La voz firme y confiada de su padre había desaparecido. Lo imaginó luchando por recuperar su tono normal, pero el sonido de sus palabras era hueco, distante:
—¿Por qué no has llamado antes? ¿Has hablado con la policía?
—Están buscándolo. Llamé a T. C. Llegó hace unas horas.
—Cogeré el próximo vuelo. Estaré allí...
—No, no, papá, tranquilo. Aquí no puedes hacer nada.
—Pero...
—De verdad, papá, estoy bien. Pero, por favor, no se lo digas a mamá.
—¿Qué podría decirle? Ni siquiera sabe que estás en Australia. Todo el mundo se está preguntando dónde estáis David y tú.
—Tú mantén el secreto de nuestra fuga un poco más. ¿Está mamá en casa?
El doctor Ayars contestó gélidamente.
—No.
—¿Dónde está?
—Esta semana está en Los Ángeles —mintió—. Laura, ¿seguro que no quieres que vaya?
—Sí, de verdad, estoy bien. No tardaremos en encontrarlo. Es probable que solo esté gastándonos una broma.
De nuevo se hizo el silencio. Laura esperó que él se mostrase de acuerdo, que dijese que por supuesto que volvería y que dejase de preocuparse como una esposa típica. Pero no lo hizo. ¿Dónde estaban sus razonables palabras y su reconfortante voz? ¿Dónde estaba el hombre que tranquilizaba a todo el mundo? Curiosamente, su padre, la persona que siempre mantenía la calma y el control, el hombre que había visto la muerte y el sufrimiento tanto a nivel profesional como personal durante toda su vida y nunca había permitido que afectasen a su plácida imagen exterior, se había quedado sin palabras.
—Te llamaré en cuanto sepa algo... —añadió Laura, mientras una pequeña voz en su cabeza le decía que su padre no necesitaba que lo informasen, que ya sabía cuál iba a ser el resultado. Pero aquello era ridículo. Laura estaba cansada y asustada, y esa situación le estaba haciendo puré el cerebro.
—De acuerdo... —respondió el doctor James Ayars derrotado, destrozado.
—¿Ocurre algo, papá?
—No —respondió él enseguida—. Seguro que todo acabará resolviéndose para bien.
Laura escuchó sus palabras, intrigada. ¿Para bien? De pronto sintió un frío intenso.
—¿Está Gloria en casa?
—No, tu hermana está trabajando de nuevo hasta tarde. Deberías sentirte muy orgullosa de ella.
—Lo estoy —contestó Laura—. ¿Cuándo vuelve mamá a casa?
—Dentro de unos días. ¿Seguro que no quieres que vaya?
—Sí, estoy segura. Adiós, papá.
—Adiós, Laura. Si necesitas algo...
—Te lo haré saber.
Laura oyó cómo su padre colgaba el teléfono.
Intentó no dejar que aquella conversación la preocupase. Al fin y al cabo, no había nada en especial en sus palabras, su padre no había dicho ni hecho nada que ella pudiera considerar de verdad preocupante. Aun así, no podía evitar la sensación de que algo iba mal, muy mal. Abrió la cartera y buscó en su interior, pero no encontró lo que buscaba.
Dios, ¿por qué había dejado de fumar?
Volvió a mirar a través de la ventana, lejos de la playa, hacia las estribaciones de las montañas australianas. Recordó una ocasión en que David y ella habían decidido escaparse de la ciudad e irse a un bosque de Nueva Inglaterra. David, que se había criado en Michigan, estaba acostumbrado a ir de acampada y, entusiasmado, se lo había vendido como un fin de semana lejos del mundanal ruido. Laura, que siempre había sido una urbanita feliz, lo veía más bien como una ocasión para dormir en suelo junto a un montón de insectos.
—Te encantará —insistió David.
—Lo odiaré.
Fueron a Vermont, se cargaron las pesadas mochilas a la espalda, y caminaron a través del sombrío bosque durante lo que a Laura le pareció un milenio hasta que, por fin, llegaron a su solitario lugar de acampada.
Laura se lavó en un arroyo cercano, desenrolló el saco de dormir y se acostó.
Entonces David se metió en el saco con ella.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó—. Pensaba que tenías tu propio saco.
—Lo tengo. Pero debemos acurrucarnos para entrar en calor.
—¿Calor corporal?
—Así es.
—Hay un problema.
—¿Eh?
—El termómetro marca treinta grados.
—¿Tanto?
Ella asintió.
David se lo pensó durante unos segundos.
—Entonces, sugiero que durmamos desnudos.
Hicieron el amor con una intensidad ferozmente inusitada, y después yacieron desnudos el uno en los brazos del otro.
—¡Madre mía! —exclamó David, cuando por fin comenzó a recuperar el aliento.
—¿Qué?
—Me encanta estar en contacto con la naturaleza. No sé, Laura, este entorno..., me hace sentir muy vivo, muy integrado con la naturaleza, muy...
—¿Cachondo?
—Bingo.
—Yo también comienzo a sentirme una amante de la naturaleza —declaró Laura.
—Ya me he dado cuenta. Pero tendrás que ser más cuidadosa.
—¿Por qué?
—Por todos esos gritos... Harás que nuestros amigos peludos se mueran del susto.
—Te encanta.
—Es verdad.
—Además, tú tampoco eres Marcel Marceau precisamente.
—Moi?
—Ha sonado como el bramido de un alce. Esperaba que la hembra apareciese en cualquier momento entre los árboles.
—Mala suerte. Supongo que tendré que apañármelas contigo.
—Eres un vicioso, David.
Buscó en sus vaqueros arrugados, y sacó un paquete de cigarrillos.
David gimió.
—¿Vas a fumar ahora?
—No, voy a alimentar a los animales.
—El Oso Smokey, la mascota del Servicio Forestal, dice que es la gente la que provoca los incendios en los bosques.
—Tendré cuidado.
—Escucha, Laura, no me importa que fumes cuando estás en casa...
—Y una mierda.
—De acuerdo, sí me importa. Pero aquí, en la naturaleza, tenemos que pensar en nuestros amigos peludos.
—¿Por qué detestas tanto que fume?
David se encogió de hombros.
—Aparte del hecho de que es un hábito repugnante, terrible para tu salud y carente de cualidad redentora alguna, supongo que no me gusta besar a un cenicero.
—Pero es que tengo una fijación oral.
—Lo sé. Es una de las razones por las que te quiero.
—Pervertido. Además, ya tendrías que estar acostumbrado al humo. Has vivido con T. C. durante cuatro años. ¿Y qué me dices de Clip? Esos dos siempre están fumando puros apestosos.
—Sí, pero casi nunca los beso. Bueno, quizá a T. C. de vez en cuando...
—Ya lo sospechaba.
—Además, T. C. nunca sobreviviría sin sus puros. Son parte de él, algo así como un apéndice de su personalidad. Y Clip tiene setenta años y es mi jefe. Uno no suele criticar a su jefe. Además, me gusta cuando Clip fuma.
—¿Por qué?
—Es el puro de la victoria. Significa que vamos a ganar el partido.
Ella lo abrazó.
—Mi cigarrillo es algo así como el cigarrillo de la victoria.
—¿Eh?
—A Clip le gusta fumar después de los partidos. A mí me gusta fumar después de un extraordinario e impresionante orgas...
—No lo digas, Ayars.
—Lo siento.
David se sentó.
—¿Quieres saber la verdadera razón por la que quiero que lo dejes?
Ella negó con la cabeza.
David la abrazó, y sus manos le acariciaron el pelo con ternura.
—Porque no quiero que te pase nada malo —le susurró—. Y porque quiero estar contigo para siempre.
Ella lo miró esperanzada.
—¿Lo dices de verdad?
—Te quiero, Laura. Te quiero más de lo que nunca llegarás a saber.
Ella dejó el tabaco al cabo de dos meses. Y nunca hasta ese momento había vuelto a pensar en fumar.
La llamada a la puerta la devolvió al presente.
—¿T. C.?
—Sí.
—Está abierto.
T. C. entró. La expresión de su rostro era tensa.
—¿A esto lo llaman civilización? Aquí no hay ni McDonald’s ni Roy Rogers.
—¿Alguna novedad?
Laura vio a T. C. negar con la cabeza con movimientos extrañamente temblorosos.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—Nada. Supongo que estoy algo cansado y hambriento.
—Puedes pedir que te suban algo.
—Dentro de un momento.
—¿Para qué esperar? Si tienes hambre...
Sonó el teléfono.
T. C. se adelantó a Laura y atendió la llamada.
—¿Diga?
Laura intentó leer su expresión, pero T. C. se dio la vuelta y mantuvo el rostro pegado al auricular, como haría un apostador en un teléfono público. Pasaron unos minutos antes de que T. C. dijera algo:
—De acuerdo. Voy para allá.
—¿Qué pasa?
—Volveré enseguida.
—¿Adónde vas? ¿Quién ha llamado?
T. C. fue hacia la puerta.
—Solo es una posible pista. Te llamaré si se confirma algo.
—Voy contigo.
—No, necesito que te quedes aquí. Podría llamar alguien más.
Ella cogió el bolso.
—El recepcionista puede coger el recado.
—No basta con eso.
—¿A qué te refieres? Aquí no hago nada.
—Ni tampoco lo harás si vienes. No quiero tener que preocuparme de... Escucha, Laura, quiero conocer todos los hechos, y no puedo tener que lidiar con consideraciones...
—¿Consideraciones? —lo interrumpió ella—. Eso es una tontería, T. C., y lo sabes.
—¿Me vas a dejar que acabe? Uno de esos Cocodrilo Dundee ve a la nueva esposa y se cierra en banda o suaviza sus palabras.
—Entonces me quedaré en el coche.
—Escúchame por un segundo. En unos minutos, recibiremos una llamada importante y necesito que estés aquí para atenderla. Te llamaré en cuanto sepa algo, te lo prometo.
—Pero...
T. C. negó con la cabeza y salió a toda prisa. Laura decidió no seguirle. En Boston ella nunca habría tolerado un trato tan brusco y paternalista de nadie, pero aquello no era Boston, y T. C. era el mejor amigo de David. Si alguien podía traerlo sano y salvo, ese era él.
En el otro extremo de la línea, la persona que había llamado oyó colgar a T. C. y esperó. El tono de llamada siguió sonando con su monótono pitido, pero la persona continuó allí, como hipnotizada, y no colgó el teléfono.
Ya estaba hecho. T. C. había sido informado. Todo estaba en marcha. No había vuelta atrás.
Cuando por fin colgó, la persona se tumbó en la cama y comenzó a llorar.
Laura permaneció sola en la habitación del hotel, perdida en sus pensamientos. El teléfono no sonó y nadie llamó a la puerta. El tiempo transcurría con ritmo lento y desigual, y comenzó a sentirse cada vez más aislada del mundo, de la realidad, de David.
Su mirada se paseó por la preciosa suite, y se detuvo en un objeto que le resultó tranquilizador, conocido y cómodo. Un par de zapatillas de baloncesto verdes de David, reforzadas en el tobillo derecho desde que se lo había fracturado cuando estaba en la facultad. Se hallaban sobre la alfombra. Una estaba ladeada, como una barca volcada; la otra estaba perpendicular a su compañera.
Laura vio la etiqueta de Svengali en la zapatilla derecha. En la izquierda, un calcetín tapaba la etiqueta. Desvió la mirada, y encontró el otro calcetín más o menos a un metro, retorcido en la alfombra como un hombre que duerme en posición fetal. David no era precisamente el tipo más ordenado del mundo. Utilizaba las sillas y los pomos de las puertas como perchas, y la alfombra era la cómoda perfecta para las camisetas y pantalones, mientras que el suelo del baño servía de cajón para la ropa interior, los calcetines y los pijamas. Su apariencia personal siempre era impoluta, pero su apartamento se parecía más a un edificio en ruinas que a una vivienda habitada.
—Es hogareño —afirmaba él.
—Es asqueroso —aseguraba ella.
Una vez más, llamaron a la puerta y las imágenes del pasado desaparecieron de su mente. Laura consultó su reloj y vio que T. C. llevaba casi dos horas fuera. Oyó los cantos de los pájaros salvajes de las costas de Australia, que revoloteaban entre las palmeras, al otro lado de la ventana. El sol picaba fuerte, a pesar de la hora.
—¿Quién es? —preguntó, aunque imaginaba que era T. C.
—Soy yo.
La voz de T. C. fue como un puñal en el estómago de Laura, que se levantó y se dirigió hacia la puerta como una autómata. Pasó por delante de un espejo, se vio por el rabillo del ojo y descubrió que vestía una de las camisas de David con sus pantalones vaqueros de Svengali. Laura se ponía sus prendas a todas horas: su sudadera de los Celtics en las noches frías de Boston, la camisa de su pijama como camisón... Un tanto extraño para una mujer que dirigía un imperio de la moda. Borró el pensamiento de su mente, desconcertada por la manera en que su cerebro podía centrarse en algo tan trivial en un momento como aquel.
Dedicó otro segundo a preguntarse si aquellos pensamientos eran un mecanismo defensivo que bloqueaba la terrible realidad, y finalmente abrió la puerta.
Su mirada buscó de inmediato la de T. C., pero este miró en otra dirección, como si los ojos de ella le quemasen, y observó el suelo para escapar a su oleada de esperanza. En el rostro de T. C. empezaba a aparecer una barba incipiente.
—¿Qué pasa? —preguntó Laura.
T. C. no dio un paso adelante ni habló. Permaneció frente a ella sin moverse, como si intentara armarse de valor, y se obligó a levantar la cabeza. Su mirada titubeó al encontrarse con la de Laura, expectante.
Permanecieron en silencio. Laura lo miró y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿T. C.? —preguntó perpleja.
T. C. levantó una mano hasta ponerla a la altura de los ojos de Laura. La expresión de perplejidad se transformó en otra de absoluta angustia.
—Oh, Dios, no... —gimió ella—. Por favor, no.
T. C. levantó el bañador multicolor y la camiseta verde de los Celtics.
Las prendas no eran más que harapos.
3
Gloria Ayars cerró su maletín, apagó las luces y caminó por el pasillo desierto. Los otros ejecutivos de la compañía se habían ido a casa hacía horas, pero no pasaba nada: todos habían pagado sus deudas, Gloria no.
Consultó su reloj. Los números digitales marcaban las veintitrés horas y doce minutos.
—Buenas noches, señorita Ayars —la saludó el guardia de seguridad.
—Buenas noches, Frank.
—Hoy ha trabajado hasta tarde.
—Así es —respondió ella con una alegre sonrisa.
Gloria se dirigió hacia su coche. Negó con la cabeza, con una sonrisa todavía jugueteando en la comisura de sus labios. Resultaba tan difícil de creer... Gloria había oído algunos comentarios antes de que Laura se marchase de viaje (en realidad, de luna de miel, pero eso era un secreto): «No puedes hacerlo —la habían advertido sus subalternos—. Echarás a perder el negocio». Pero Laura no les había hecho caso. Prefería arriesgarse. Arriesgarse mucho. Había decidido dejar Svengali en manos de Gloria durante su ausencia, una decisión que había asombrado a la propia Gloria, que se había preguntado si su hermana se había vuelto loca al dejar el control de una compañía multimillonaria en manos de alguien como ella.
Pero ahora Gloria sabía que la respuesta era que no. Había respondido bien a la confianza de Laura.
Mientras caminaba por la acera, los hombres que pasaban en coche reducían la velocidad para silbarle o por lo menos para mirarla de arriba abajo. Gloria estaba acostumbrada a que los hombres se fijaran en ella. Desde luego, no era tan hermosa como su hermana, pero todavía era capaz de hacer que a cualquier tipo le hirviese la sangre al verla. Había cierta inocencia en su aspecto, una dulzura hacia un mundo que siempre la había golpeado y había abusado de ella. Pero toda aquella dulce inocencia estaba encerrada en un cuerpo que solo podía definirse como una dinamo sexual a lo Marilyn Monroe, porque todo en él eran curvas voluptuosas, y, vistiera lo que vistiese, parecía gritar sensualidad, más que insinuarla.
Se subió al coche, acomodó el espejo retrovisor y se miró en él. Sonrió de nuevo, y se preguntó si en realidad estaba mirando a la misma Gloria Ayars que hasta hacía muy poco había sido una adicta a la heroína, una cocainómana, una porrera, una mujer fácil para cualquier hombre que quisiera explotarla. Resultaba difícil creer que, apenas unos meses atrás, se clavaba agujas en las venas y había estado a punto de hacer películas porno. Mientras conducía de regreso a casa, Gloria le agradeció a su hermana por enésima vez que la hubiera salvado. De no haber sido por Laura, ella estaría muerta. Muerta... o algo peor. Apartó aquel pensamiento de su mente y entró en el camino privado de los Ayars. Aparcó el coche junto al de su padre y sacó la llave de la casa. Un minuto más tarde, estaba en el vestíbulo.
En otro tiempo, Gloria no habría sido bienvenida. Durante años, el rostro de su padre se volvía rojo de furia con solo escuchar su nombre, y la habría echado de la casa en la que creció sin dudarlo un instante.
Y se lo habría merecido.
Dejó el maletín en el suelo del vestíbulo a oscuras, se quitó el abrigo y guardó las dos cosas en el armario.
—¿Papá? —llamó. No obtuvo respuesta. Fue hacia el despacho. Él nunca se acostaba antes de la medianoche; además, su madre estaría en Los Ángeles toda la semana, así que James Ayars se quedaba trabajando hasta más tarde de lo habitual.
La puerta del despacho estaba abierta, y la lámpara de la mesa iluminaba levemente el pasillo cercano. Entró y echó un vistazo a la estancia. Su padre no estaba allí. Apagó la lámpara y caminó hacia las escaleras.
—¿Papá? —llamó de nuevo, pero siguió sin obtener respuesta. Su coche estaba en la entrada, lo que significaba que él tenía que estar en casa. Probablemente ya estaría acostado, de modo que Gloria subió las escaleras, fue por el pasillo y se detuvo de repente.
—¿Qué...?
La luz de la vieja habitación de Laura estaba encendida, y eso era muy extraño. Nadie había estado en aquella habitación en años, excepto la propia Laura, cuando venía a visitarlos, y la asistenta. Gloria avanzó a paso lento, llegó a la puerta y se asomó.
De pronto se quedó helada.
Su padre estaba sentado en el filo de la cama de Laura, de espaldas a la puerta. Se sujetaba la cabeza con las manos, en un gesto que denotaba una angustia evidente. Aquella visión sorprendió a Gloria. James Ayars nunca le había parecido tan pequeño y tan vulnerable.
—¿Papá?
Gloria se dio cuenta de que apenas podía contener un último sollozo mientras levantaba la cabeza. No se volvió para mirarla.
—Gloria..., me... alegra que hayas venido a casa.
«Me alegra que hayas venido a casa». Palabras textuales. Hubo un tiempo en que sin duda le habría resultado más fácil imaginarse el Armagedón que a su padre pronunciando esas palabras:
—¿Estás bien? —preguntó ella.
El doctor James Ayars no respondió de inmediato. Sus hombros subían y bajaban con cada respiración.
—Tengo una mala noticia.
Con treinta años cumplidos, Gloria ya había experimentado lo que era el terror. La mayoría de las veces se lo había autoinfligido. En cierta ocasión, había consumido LSD de pésima calidad en una fiesta de la Costa Oeste, y su mente había conjurado tales horrores que a punto estuvo de saltar por la ventana de un décimo piso. Ahora recordó aquella misma sensación, la manera en que su corazón latía en su pecho... Aunque también recordaba otro momento —«¡Mamá! ¡Mamá!». «Gloria, ¡sal de aquí! ¡Sal de aquí ahora!»— en que había tenido que enfrentarse al terror. Pero entonces era muy joven, apenas una niña. No recordaba casi nada, excepto...
«Sangre. Mucha sangre».
La misma sangre que veía en sus pesadillas.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Laura acaba de llamar desde Australia —comenzó él con voz lenta. Sus fuerzas desaparecían a cada palabra—. David está muerto. Se ha ahogado en el mar. Lo atrapó una fuerte corriente y se lo llevó.
La desesperación se adueñó de Gloria. No era posible. Sencillamente, no era posible. David no. No el único hombre de quien su hermana había estada enamorada. No el único hombre que había tratado a Gloria como a una persona, el único amigo verdadero que había tenido. Se derrumbó y corrió hacia su padre. Las piernas le temblaban, y las lágrimas corrían ya por sus mejillas.
No era posible.
T. C. se sentó junto a Laura en el avión. Apenas habían hablado desde que le dio la noticia. Solo había hecho una pregunta:
—¿Cuándo podré ver el cuerpo?
T. C. había rezado para que ella no le hiciese aquella pregunta.
—No es necesario —le respondió él con voz suave.
—Pero quiero...
—No, no quieres.
T. C. se había ocupado sin demora del resto de los detalles. Sabía que David no tenía ninguna auténtica familia a la que llamar. Su único pariente vivo era Stan, esa mierda de hermano a quien nadie veía desde hacía más de una década, y que probablemente celebraría la muerte de David. No era necesario llamar a esa escoria. También se había ocupado de que la prensa no molestase mucho a Laura. Sabía que, en cuanto ella regresase a Boston, los buitres de la prensa se le echarían encima, deseosos de saber con pelos y señales cómo era que te arrancasen el corazón de cuajo. Decidió que lo mejor sería que Laura se instalara en el apartamento de Serita durante un tiempo para pasar desapercibida, pero T. C. sabía por experiencia propia que a la prensa solo se la podía parar durante un tiempo.
Se volvió hacia ella. Se había devanado los sesos buscando desesperadamente la manera de aliviar parte de su dolor. La observaba con detenimiento, concentrado en cada uno de sus movimientos, como si estos pudiesen darle una pista de lo que debía hacer. Era un ejercicio inútil, y T. C. lo sabía.
«Maldito seas por haberle hecho esto, David. Maldito seas».
También sabía que, por debajo de aquel velo de angustia, Laura estaba pensando que él era una de las pocas personas que conocían la verdad acerca de David y su aflicción. Había sido testigo de primera mano de sus horribles efectos. Había visto cómo había estado a punto de matar a su mejor amigo.
Pero, gracias a Dios, Laura había hecho que todo eso desapareciese.
De alguna manera, ella había dado con el demonio que había atormentado a David Baskin durante buena parte de su vida, y había acabado destruyéndolo. Aun así, a ambos los atenazaba el miedo de que aquel demonio regresase algún día. Se preguntaban si estaba muerto de verdad, si habían conseguido destruirlo, pero en el fondo temían que —como si de una mala secuela de Godzilla se tratara— solo estuviera escondido para reponer fuerzas y prepararse para atacar con tal saña que acabaría destruyendo a David de una vez por todas.
La pregunta más inmediata que T. C. sabía que Laura se estaba formulando a sí misma era si la criatura podría haber paralizado el cuerpo de David en una ola de insoportable agonía, mientras intentaba enfrentarse a las traicioneras corrientes. De haberse quedado con él, ¿podría haber hecho algo por proteger a su amado David de la cruel criatura que habitaba en su interior?
T. C. le cogió la mano. Quería decirle que dejase de pensar en esas cosas. Quería decirle que David no había sufrido otro ataque, y que ella no habría podido hacer nada por cambiar lo ocurrido.
Por supuesto, no podía decirle nada de eso. Laura nunca aceptaría sus explicaciones. Le exigiría que le contase por qué sabía tanto del accidente de David.
Y él no podría contárselo nunca.
El doctor James Ayars se había planteado muy en serio cancelar todas sus citas del día. Era algo que no había hecho en más de veinte años. Nunca se había permitido caer enfermo durante todo aquel tiempo, y siempre se había enorgullecido de ser estrictamente puntual. De lunes a viernes —salvo en sus tres semanas de vacaciones anuales—, comenzaba la ronda en el hospital a las siete y media de la mañana, seguida de su primera visita a las nueve, y así durante toda la jornada. Recibía a su último paciente a las cuatro y media de la tarde, y hacía otra rápida visita a los enfermos ingresados en el hospital. Solo entonces volvía a su casa, en las afueras de Boston. Si debía ausentarse por razones personales, avisaba a sus pacientes y al personal por lo menos con dos meses de antelación.
Apenas se había apartado de esa rutina durante las dos últimas décadas, pero la llamada telefónica que había recibido de Laura el día anterior era motivo suficiente para romper cualquier tipo de rutina. Lo había entristecido y confundido hasta tal punto que, incluso un hombre tan disciplinado como él, se estaba planteando no ir a trabajar. Solo quería quedarse en la cama y capear el temporal.
Al final comprendió que quedarse en casa no serviría de nada. Solo le daría más tiempo para pensar, cuando lo que necesitaba era mantenerse ocupado. Una vez en el hospital, decidió llamar a la psiquiatra de Gloria —su hija todavía necesitaba terapia, a pesar de su notable mejoría— y le explicó lo ocurrido. La psiquiatra le había dicho que quería ver a Gloria de inmediato.
James apartó la silla de su mesa. Algunos pacientes esperaban: el señor Campbell en el consultorio cinco, y la señora Dalton en el tres.
Sonó el intercomunicador.
—¿Doctor Ayars? —dijo una voz.
—Sí.
—Su esposa por la línea dos.
—Gracias. —Se tragó el miedo, levantó el auricular, y apretó el botón encendido—. ¿Mary?
—Hola, James.
—¿Dónde demonios estás? —preguntó—. Me he pasado toda la noche tratando de hablar contigo. Creía que te alojabas en el Four Seasons.
—Celebraban una convención tan ruidosa que me fui al Hyatt.
James cerró los ojos y se los frotó. No le mencionó que tampoco la había encontrado en el Hyatt.
—Tengo una mala noticia.
Hubo una pausa.
—¿Sí?
—Se trata de David.
—¿Qué ha pasado?
—Está muerto.
—¡Oh, Dios mío! ¿Cómo...? ¿Se ha... suicidado?
«Qué respuesta más previsible», pensó James.
—Se ahogó en la costa australiana.
—Pero si era un nadador extraordinario...
—Supongo que subestimó las corrientes.
—¿O...?
—¿O qué?
—Es terrible —continuó ella—. ¿Cómo lo lleva Laura?
—No creo que sea consciente todavía de la trascendencia de lo sucedido. T. C., el amigo de David, está con ella. Se está encargando de todos los trámites.
—Acabará totalmente destrozada, James. Tendremos que ayudarla a superar esto.
—Por supuesto que lo haremos.
—Saldrá de esta —añadió Mary, esperanzada—. Siempre ha sido una chica muy fuerte.
—Estoy seguro de ello —respondió él sin mucho entusiasmo.
—Cogeré un vuelo de regreso mañana mismo.
—¿No quieres que vaya a buscarte al aeropuerto?
—No es necesario, James, cogeré un taxi en Logan.
—De acuerdo, te veré entonces.
Colgó el teléfono, se echó hacia atrás y respiró hondo. A Mary nunca se le había dado bien mentir. Ni siquiera se había molestado en preguntar por qué Laura y David estaban en Australia. James Ayars se miró las manos. Con cierta sorpresa, se dio cuenta de que le temblaban.
Stan Baskin se despertó sobresaltado. Intentó recordar el sueño que le había hecho despertar, pero, al ver que le resultaba imposible, se dio por vencido sin esforzarse mucho más. La mujer sin nombre que tenía a su lado en la cama continuaba durmiendo, gracias a Dios con el rostro vuelto hacia el otro lado. Intentó recordar cuál era su aspecto, y, al ver que le resultaba imposible, se dio por vencido.
Sin duda su pesadilla tenía que ver con el partido de los Red Sox de la noche anterior. Maldita sea, aquello había sido algo seguro. Stan había analizado el partido con mucho cuidado, y había llegado a la conclusión de que era imposible que los Brewers pudiesen derrotar a los Sox. Milwaukee carecía de recursos para enfrentarse a un lanzador zurdo que tenía un récord de siete a cero. Si a eso le sumaba la forma en que los Sox habían derrotado a los Brewers en los lanzamientos, y después añadía que jugaban en Fenway Park, era pan comido.
Pero los Sox habían perdido por seis a tres.
Stan había apostado mil dólares en aquel partido. Y lo que era aún peor, RH (así apodado por su afición a romper huesos) lo estaba buscando porque Stan se había demorado en algunos pagos. Stan sabía que solo necesitaba una oportunidad más. Sabía que el partido de aquel día entre los Houston Astros y los Saint Louis Cardinals, que iba a disputarse en casa de los Cardinals, era algo seguro. Mike Scott estaba listo para dar el salto definitivo. Incluso podía arreglárselas el solo para que los Cardinals no consiguiesen completar ni una sola carrera. Además, estaba seguro de que cierto caballo iba a ganar la quinta carrera de Yonkers.
Se deslizó en silencio de debajo de las sábanas, echó una meada, tiró de la cadena y después miró su cuerpo desnudo en el espejo. No estaba mal para un hombre que estaba llegando al final (muy al final) de la treintena. Todo seguía bien firme aquella mañana (incluso el señor Rabo), y su apuesto rostro todavía atraía a las mujeres. Ahí estaba la noche anterior, la primera que pasaba en Boston, para corroborarlo.
Volvió al dormitorio. La mujer sin nombre seguía durmiendo. Bien, mucho mejor. Buscó en su cómoda unas aspirinas, encontró Tylenol y se apresuró a tomar tres píldoras con la ilusión de que le curarían la resaca. Encendió el televisor y fue cambiando de canal hasta que encontró el que buscaba, y se sentó en el borde de la cama. La mujer sin nombre por fin comenzó a salir de su hibernación a medida que el televisor la calentaba.
El presentador volvía a hablar de su hermano. ¡Por amor de Dios, cualquiera que viese la cantidad de tiempo que dedicaban a esa noticia pensaría que se había muerto el presidente de Estados Unidos! Recogió un cigarrillo del suelo (no tenía ni idea de cómo había acabado allí), y lo encendió mientras la charla en el televisor continuaba:
El mundo del deporte todavía está conmovido y asombrado por la trágica muerte del gran jugador de baloncesto, David Baskin. Hoy, nuestra ciudad presenta sus últimos respetos a la leyenda de los Celtics, que nos ofreció grandes y extraordinarios momentos y varios títulos mundiales. Las exequias tendrán lugar a las doce del mediodía en Faneuil Hall. Se espera que asistan miles de personas para darle su adiós a David Baskin. Entre los oradores, estarán el senador Ted Kennedy; el presidente de los Celtics, Clip Arnstein, y dos de los compañeros de David, el pívot Earl Roberts y el escolta Timmy Daniels.
Stan negó con la cabeza. Toda una ciudad llorando a semejante imbécil. Increíble. De pronto, abrió los ojos de par en par cuando apareció una foto de Laura en la pantalla.
Un portavoz del equipo ha declarado que la hermosa viuda de Baskin, Laura Ayars Baskin, directora ejecutiva de la gran empresa de moda Svengali, saldría de su reclusión para la ceremonia y el sepelio privado que se celebrará después. La señora Ayars Baskin y su marido estaban disfrutando de su luna de miel en secreto cuando se produjo la tragedia. Nadie la ha visto desde su regreso...
Stan se quedó hechizado por la imagen. Tal vez no le gustara su hermano (en realidad, lo odiaba), pero, ¡joder!, su esposa era otro cantar. ¡No había más que mirar aquel cuerpo! Por Dios, sin duda tenía que ser algo extraordinario en la cama. No había la menor duda.
Una chica como ella se estaría subiendo por las paredes si no se la follaban a diario. Una chica como ella querría tener por fin a un hombre de verdad calentándole la cama.
Y el querido hermano mayor de David, Stan, era el hombre más indicado para aquella tarea.
Se levantó.
—¿Adónde vas?
Así que por fin se había despertado. Stan intentó recordar el nombre que había utilizado la noche anterior, pero, al ver que le resultaba imposible, se dio por vencido.
—¿Eh?
—¿Has dormido bien, David?
Contuvo la carcajada. ¡David! Había utilizado el nombre del hijo de puta de su hermano.
—Muy bien.
Se volvió para mirarla, y la vio por primera vez desde la noche anterior.
Oh, mierda...
Primero la derrota de los Red Sox, y ahora aquella bestia. Habría jurado que la noche anterior era mucho más guapa.
—¿Qué quieres que te prepare para desayunar?
Joder, pero si era una vaca.
—Tengo que irme.
—¿Me llamarás?
Muuu.
—Claro, cariño.
Ella bajó la cabeza.
—Quiero decir que si no quieres...
Mira cómo se queja la vaca. ¿Qué había hecho para acabar con ella? Si Stan no se conociese mejor, habría jurado que iba rodando cuesta abajo.
Volvió a mirarla. Comprobó que tenía las tetas grandes. De hecho, eran muy grandes. Bueno, menos daba una piedra, pero ahora había llegado el momento de darle una lección, la hora de mostrarle quién era el jefe.
—¿Qué te parece si salimos esta noche? —le preguntó.
Sus ojos se iluminaron. Su rostro brilló, radiante.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Cena, baile, vestido formal... Todo. Sal y cómprate un vestido nuevo. ¿Qué te parece?
Ella se sentó en la cama, entusiasmada.
—Me encanta la idea. ¿A qué hora?
Él contuvo otra carcajada. La vaca se lo creía.
—¿Qué tal a las ocho? Pero antes tengo que atender un asunto de negocios, y podría demorarme un poco.
—De acuerdo.
Se imaginó a la vaca embutida en su vestido nuevo y esperando su llamada durante toda la noche. Una llamada que no llegaría nunca. Sus labios apenas pudieron contener una carcajada.
—¿Pasa algo, David?
David. Stan volvió a reírse.
—No. Se me ha ocurrido en una cosa divertida.
Volvió a mirarla, y se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Tal vez estuviera siendo injusto. Tal vez estuviera cometiendo un error. Tal vez debería pensárselo mejor. Al fin y al cabo, tenía unas buenas tetas...
No.
Sería mucho más divertido darle plantón. Además, ya tenía grandes planes para esa noche. Era hora de presentar a Stan Baskin a la ciudad de Boston, a la prensa...
... Y a Laura Ayars.
Apareció en las portadas de la prensa internacional.
La historia de la muerte de David era un caramelito para cualquier periodista. Más que cualquier otro atleta, David Baskin había ganado fama internacional, no solo por sus cualidades como jugador de baloncesto, sino también por sus gestas olímpicas, por su dominio del baloncesto europeo durante su temporada como becario de Rhodes y, por encima de todo, por su infatigable labor con los niños minusválidos. Si a ello se le añadía el hecho de que estaba casado con la supermodelo Laura Ayars, la fundadora de la línea Svengali, era lógico que los reporteros babeasen ante aquella noticia.
¿Qué podía hacer que aquella historia fuese todavía más interesante? La tragedia que golpeaba a la feliz pareja. Durante la fuga a Australia para disfrutar de una luna de miel en secreto, el gran Relámpago Blanco se ahogaba en un extraño accidente y dejaba atrás a su hermosa viuda para llorar por la crueldad de lo sucedido.
Todos los periódicos, desde Varsovia a Nueva York y desde Bangkok a Leningrado, le daban prioridad absoluta a la historia. Todo el espectro del mundo periodístico, desde los tabloides que vendían sus ejemplares en los supermercados hasta los boletines de noticias patrocinados por el gobierno, se ocupaban del triste suceso.
Había todo tipo de titulares ingeniosos sobre cómo el Relámpago Blanco no brillaría más, o sobre cómo la naturaleza había sido capaz de detener por fin a David, cosa que nadie había podido hacer en el mundo del baloncesto. Sin embargo, más que ningún otro, Laura pensaba que el Boston Globe, el periódico de la ciudad de los Celtics, era el que golpeaba más cerca de la herida. En sencillas y enormes letras mayúsculas, la primera plana gritaba de dolor:
EL RELÁMPAGO BLANCO HA MUERTO
Laura dejó el periódico en la cama, se recostó en la almohada y miró hacia el techo. Tenía un tic en los ojos, un leve espasmo que no podía controlar. Serita había intentado mantener los periódicos fuera de su alcance, pero Laura había insistido y su amiga no era la más indicada para decirle qué podía o no podía hacer. Acostada en el dormitorio de invitados del apartamento de Serita por tercer día consecutivo, recordó un párrafo en particular que había leído y en el que se afirmaba que habían encontrado el cuerpo de David «hinchado» y «mutilado más allá de cualquier identificación posible».
Volvió a derramar unas lágrimas que, sin embargo, no parecían provenir de ella. Estaba demasiado aturdida y angustiada como para limitarse a llorar. Llorar no le servía de nada. El dolor iba mucho más allá de cualquier cosa que las lágrimas consiguiesen ahogar. Era consciente de que los periodistas la buscaban, pero muy pocas personas sabían dónde se encontraba, y Serita vigilaba a Laura como un guardia de seguridad en un aeropuerto israelí.
También era consciente de que ese día tendría que levantarse de la cama, que ese día tendría que abandonar la protección del apartamento de Serita y enfrentarse al mundo por primera vez desde que David había...
No podía estar muerto. No era posible.
«Por favor, dime que no es verdad. Por favor, dime que no es más que una broma estúpida y que cuando lo pille le voy a dar una paliza que recordará toda su vida por haberme asustado de esta manera. Por favor, dile que ya es suficiente, que sé que está bien, que el coral y las rocas no destrozaron su cuerpo».
—¿Laura?
Laura miró a su amiga. Serita era un bellezón, una de las pocas mujeres que podían competir con Laura en esa categoría. Medía casi un metro ochenta, y tenía un cuerpo delgado y musculoso con una preciosa piel de color ébano. Serita (que nunca utilizaba apellido) era la top model negra por antonomasia desde que los caminos de Laura y ella se cruzaran hacía ya seis años en el circuito de modelos. Serita se había convertido también en la mejor amiga de David durante los dos últimos años. De hecho, a David le había gustado tanto que no había parado hasta conseguir que saliese con su mejor amigo de los Celtics, Earl Roberts, el pívot de dos metros diez.
—¿Sí?
—Cariño, tienes que levantarte. Ha llamado Gloria. Vendrá con tu padre a recogerte dentro de una hora.
Laura no respondió.
—Gloria quiere hablar primero contigo.
—¿De qué?
Serita hizo una pausa.
—De tu madre.
La furia asomó a la mirada de Laura por primera vez desde la muerte de David.
—¿Qué pasa con mi madre?
—Quiere venir al funeral.
—Que le den.
—¿Esa es tu respuesta?
—Esa es mi respuesta.
Serita se encogió de hombros.
—Yo solo soy una mandada. Ahora, saca el culo de esa cama.
Aunque Laura se había pasado los últimos tres días en aquella cama, no le había servido para conciliar el sueño, y tampoco le había dado la oportunidad de escapar de la pesadilla en que se había convertido la realidad. No quería salir de la cama, ni vestirse, ni asistir al funeral en Faneuil Hall.
«Te quiero, David. Sabes que nunca volveré a enamorarme. Por favor, vuelve a mi lado. Por favor, vuelve y abrázame con suavidad y dime otra vez cuánto me quieres y cuán maravillosa será nuestra vida juntos. Háblame otra vez de todas las cosas que vamos a compartir, de los niños que vamos a criar».
—Hoy se esperan grandes atascos de tráfico —continuó Serita—. Creo que todo Boston estará metido en el Quincy Market para asistir. Espero que Earl no eche a perder su discurso.
A pesar de sus esfuerzos, Laura sintió que las lágrimas se escapaban de nuevo y rodaban por las mejillas.
—Vamos, Laura. —Serita apartó las sábanas y la ayudó a sentarse—. Tienes que estar allí.
—Lo sé. —Se enjugó las lágrimas con la manga—. Me alegro de que Earl vaya a dar el discurso. Y me alegro de que vosotros dos estéis juntos.
—No estamos juntos —afirmó Serita—, solo follamos.
Laura forzó una carcajada.
—Maravilloso.
Serita era la mejor amiga que tenía Laura, aparte de su hermana Gloria —eso suponiendo que las hermanas cuenten como amigas—. Laura había trabado amistad con muy pocas colegas durante sus días como modelo de portada. Aquello no se debía al ridículo estereotipo de que las modelos son tontas. No lo son. En realidad, son un grupo inteligente y bastante astuto, aunque en ocasiones su propia imagen les impide mostrar cómo son de verdad. Sin embargo, como Laura era la indiscutible modelo número uno del mundo, casi todas las demás estaban celosas de ella. Laura dudaba que Serita hubiese estado celosa alguna vez. No parecía una emoción que cuadrara con su carácter.
Aquel día, la ciudad de Boston iba a dedicarle una estatua de bronce a David. La emplazarían en Faneuil Hall, cerca de la estatua de Clip Arnstein. Septuagenario ya, Clip era el presidente de los Celtics, un hombre a quien David había amado y respetado. También iba a dedicarle un discurso a su marido, junto con el alcalde de Boston, el senador Kennedy (un hombre que nunca le había importado gran cosa a David), Earl y Timmy Daniels, otro compañero de los Celtics.
La estatua estaba proyectada desde hacía meses, aunque por un propósito muy diferente. En un principio iban a erigirla en el pequeño patio de una escuela para niños minusválidos, como reconocimiento a la labor de David. Pero ahora la habían acabado a toda prisa, y la habían llevado a Faneuil Hall para conmemorar su prematura muerte. Laura suspiró. No podía evitar pensar que David habría preferido que la estatua estuviese en el pequeño patio.
Después de las honras fúnebres, habría un sepelio privado. Sepelio. Funeral. Laura negó con la cabeza mientras Serita la acompañaba al baño. Oyó cómo su amiga abría los grifos.
—Vamos, una ducha te sentará bien.
Laura entró en la ducha, y el agua corrió por su cuerpo desnudo.
«No me hagas ir a la ceremonia, Serita. No hay ningún motivo. Verás, David no está muerto. Todo esto es mentira. David está bien. Lo sé. Me prometió que no me dejaría nunca. Me prometió que estaríamos juntos para siempre. David nunca rompe una promesa. Lo sabes. Así que ya lo ves, no puede estar muerto. No puede estar muerto. No puede...».
Su cuerpo se deslizó poco a poco por la pared alicatada de la ducha, hasta que se quedó acurrucada en un rincón de la cabina. Luego se llevó las manos a la cara y lloró.
El cirujano miró el reloj en la pared más alejada.
Las cinco menos cuarto de la madrugada.
Respiró hondo y siguió suturando. Apenas unos minutos más tarde, todas las heridas estaban cerradas.
La operación había durado seis horas.
El cirujano salió del improvisado quirófano, se desató la mascarilla y dejó que le cayese sobre el pecho. Se acercó a su amigo y socio. El cirujano advirtió que su amigo esta vez estaba mucho más nervioso de lo habitual.
Era comprensible.
—¿Cómo ha ido? —le preguntó su amigo.
—Sin complicaciones.
El hombre pareció muy aliviado.
—Te debo una, Hank.
—Pues espérate a ver mi factura.
El hombre rio la broma, pero su risa era nerviosa.
—Y ahora ¿qué?
—Lo habitual. No permitas que haga nada durante al menos dos semanas. Entonces vendré a visitarlo.
—Vale.
—Dejaré a una enfermera con él.
—Pero...
—Ya ha hecho este tipo de cosas. Es de confianza.
—Esto es un poco diferente, ¿no crees?
Al cirujano no lo quedó más remedio que asentir. Aquello era muy diferente.
—Te aseguro que se puede confiar en ella. Lleva unos cuantos años conmigo. Además, necesita a una enfermera.
El hombre se quedó pensativo.
—Supongo que tienes razón. ¿Algo más?
Un millón de preguntas pasaron por la mente del cirujano, pero llevaba en ese negocio lo suficiente como para saber que las respuestas a tales preguntas podían ser peligrosas. Incluso fatales.
Negó con la cabeza.
—Te veré en dos semanas.
4
Judy Simmons, la tía de Laura, estaba haciendo la maleta para el viaje a Boston cuando sonó el teléfono.
«David está muerto, Judy. Finge todo lo que quieras, pero tú eres la responsable».
Cerró los ojos, luchando por apartar esa voz cruel, pero las acusaciones continuaron resonando en su mente.
«Podrías haberlo evitado, Judy, y ahora es demasiado tarde. David está muerto y tú tienes la culpa».
Se negó a seguir escuchándola. Judy acababa de cumplir cuarenta y nueve años y vivía sola. Siempre había vivido sola. Y nunca había querido vivir sola. Ella no tenía la culpa. Solo que cuando se trataba de hombres tenía la misma suerte que el Coyote persiguiendo al Correcaminos. Para ser más precisos, sus relaciones con el sexo opuesto acababan convertidas en desastres de la magnitud del Hindenburg. Aunque no era despampanante como su hermana Mary, sin duda era muy atractiva. Su rostro era hermoso, aunque un tanto anodino, y tenía una bonita figura. Su rasgo más notable era su melena castaño rojiza, que llevaba larga hasta los hombros. Siempre les había gustado a los hombres. El problema era que, por alguna razón, siempre atraía a los hombres equivocados.
«Eso no es del todo cierto. Casi tuviste al mejor. En dos ocasiones».
Pero de eso hacía ya mucho tiempo. Mejor olvidarlo. Además, ahora era feliz. Era profesora de inglés en la Universidad Colgate y, si bien los inviernos eran muy fríos, le gustaba el estilo de vida de una comunidad pequeña. Estaba contenta, satisfecha...
... Y aburrida.
Quizá, pero un poco de aburrimiento tampoco era tan malo. En ese momento, echaba de menos el aburrimiento, lo pedía a gritos.
No quería más sorpresas.
Su pobre y hermosa sobrina. Que a Laura le hubiera sucedido algo tan terrible... Quizá hubiera una mano divina, pensó Judy, aunque aquella idea le resultaba extraña a una mujer como ella, en absoluto religiosa; una mujer que siempre había despreciado las palabras de «consuelo» que se referían a la tragedia como voluntad de Dios.
«Aun así, quizá se trata de eso. De la voluntad de Dios. Por favor, que sea eso. Que la muerte de David sea la voluntad de Dios. O alguna extraña y trágica coincidencia. O...».
La alternativa era tan horrible que no podía pensar en ella.
El teléfono volvió a sonar mientras guardaba un grueso jersey en la maleta. Alargó la mano hacia el aparato.
—Hola.
—¿Judy?
Era su hermana.
—Hola, Mary. ¿Cómo te encuentras?
Le respondieron unas lágrimas.
—Fatal —admitió Mary—. Laura sigue sin hablarme. Me odia, Judy. No sé qué hacer.
—Dale tiempo.
—Siempre me odiará. Lo sé.
—Laura está sufriendo mucho ahora mismo.
—¡Ya lo sé! —replicó Mary, tajante—. ¿Acaso crees que no lo sé? Soy su madre, por el amor de Dios. Me necesita.
—Por supuesto.
—¿Judy?
—¿Sí?
Hubo una pausa.
—No te lo conté todo.
—¿A qué te refieres?
Sonaron más llantos en el teléfono.
—Tendría que haberte llamado antes. Quería hacerlo. De verdad. Pero sabía que habrías intentado convencerme de que no lo hiciese.
A Judy le dio un vuelco el corazón.
—¿Qué ha pasado, Mary? Tú no...
Más llantos.
—¿Y qué habrías hecho tú? ¿No ves que no tenía alternativa? Es mi hija. No podía quedarme de brazos cruzados. Pero ahora... Oh, Dios, yo no quería que llegáramos a esto.
Los dedos de Judy retorcieron nerviosamente el cable del teléfono.
Hizo memoria. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cuántas personas habrían de pagar antes de que todo aquello terminara? ¿Por qué tenían que sufrir también los inocentes? ¿Por qué debían pagar por los pecados de los demás?
Judy se esforzó por mantener la voz tranquila.
—Simplemente, cuéntame lo que pasó.
Las gafas de sol de Laura la ayudaban a paliar el cálido resplandor del verano. Pero no las llevaba por eso. Servían a un propósito más importante: ocultar sus ojos hinchados al mundo y a las cámaras que la rodeaban. Se sentó en el estrado, con T. C. a la derecha y Serita a la izquierda. Earl estaba al otro lado de su amiga. Los fotógrafos se daban empujones para acercarse a la pálida viuda, y las cámaras tomaban fotos a velocidades supersónicas. Laura advirtió que T. C. los miraba furioso, con los puños apretados en el regazo.
Se encontraban en Faneuil Hall, uno de los centros de ocio más populares de Boston. Tendría que haberse llamado Food Hall. No cabía duda de que Faneuil Hall tenía una gran variedad de tiendas. Había tiendas de ropa, librerías e incluso un Sharper Image. Pero estaba claro que la razón de ser de Faneuil Hall era la comida, tremendas cantidades de comida, una exageración de comida. La variedad era interminable. Había un restaurante indio junto a un chino, junto a un italiano, junto a un griego, junto a un mexicano, junto a un japonés, junto a un libanés, junto a... Diga un país, y probablemente encontrará un restaurante allí especializado en su comida. Faneuil Hall era las Naciones Unidas de la comida.
Y si, por alguna misteriosa razón, aún hay alguien a quien le apetezca alguna otra cosa, puede acabar su fiesta internacional en un bar de zumos tropicales, en una heladería, en un quiosco de yogur helado, en una pastelería o en una tienda de golosinas. David había comentado una vez que uno podía engordar solo con pasear por allí.
Tampoco había asientos suficientes en el mercado (en realidad, casi ninguno), lo que ayudaba a hacer la experiencia todavía más divertida. Laura recordó cómo a David le encantaba mirar a algún pobre tipo que se veía obligado a permanecer de pie, intentando mantener el equilibrio con un souvlaki en una mano, servilletas en la otra, un batido de fresas debajo del brazo, un taco debajo del otro, y solo Dios sabía qué entre las rodillas.
«A David le encantaba...».
No se podía creer que estuviese hablando de David cuando utilizaba esa frase.
«Le encantaba».
Faneuil Hall atraía a mucha gente, pero Laura no lo había visto nunca tan abarrotado. Desde su asiento en el estrado, Laura miraba a miles, quizá centenares de miles de rostros, un mar de gente que se extendía en el horizonte lejano, una manta de humanidad que llenaba cada rincón de los alrededores.
Todos los restaurantes, bares, negocios y salones estaban cerrados a cal y canto. Incluso el Boston Garden se alzaba triste a lo lejos, el viejo estadio que lo observaba todo como un padre dolido en el funeral de un hijo amado. Los edificios coloniales y los modernos rascacielos de cristal bostonianos lloraban con las cabezas gachas. Era como si toda la ciudad —los habitantes, los edificios, las calles y los monumentos— se hubiese detenido por un momento para llorar la muerte de David Baskin.
Parapetada tras sus gafas, Laura miraba a izquierda y derecha: los amigos de David, los admiradores, los compañeros de equipo, Faneuil Hall y los viejos carteles amarillos y azules que decían BOSTON GARDEN. Era demasiado para ella, un ataque en toda regla a sus sentidos. Le daba vueltas la cabeza. Las fuerzas escapaban de su cuerpo. Apenas conseguía entender las elocuentes palabras que se pronunciaban. Solo algún retazo de los tristes pasajes llegaba a través del filtro que su mente había creado. Se dijo que aquel filtro era un mecanismo de defensa que la salvaba de la crisis total, pero en realidad apenas tenía energía para pensar en ello de verdad.
David era de una lealtad extrema. Si un amigo tenía un problema, era un problema de David. Recuerdo que en cierta ocasión...
Laura se volvió hacia T. C. No lo veía desde que la dejó en el apartamento de Serita, pero tenía toda la pinta de no haber dormido ni haberse afeitado desde que llegó a Australia, hacía ya casi una semana. Él la miró también. La preocupación se adivinaba en sus ojos inyectados en sangre. Ella le sonrió, en un intento de demostrarle que estaba bien, y miró en otra dirección.
Era una de las pocas personas que he conocido que no necesitaba pisotearte para destacar. Si lo felicitabas por un buen partido, te hablaba del gran juego de sus compañeros de equipo. Si mencionabas su trabajo con los minusválidos, él te hablaba de la valentía de los chicos. Pero con David eso no era falsa modestia...
El asiento situado junto a Serita se había quedado vacío mientras Timmy Daniels leía su discurso y Earl ocupaba el podio. Intentó centrarse con todas sus fuerzas en las palabras de Earl. Las que pudo escuchar eran hermosas, conmovedoras, salidas directamente del dolor de su alma. Advirtió que Earl se venía abajo, que su voz se ahogaba, que su corpachón de dos metros diez de altura se sacudía, y recordó que David le había dicho en cierta ocasión que Earl era el tipo más emotivo que había conocido.
Pero, conociendo su pasado, ¿quién podría haberse imaginado que Earl y David acabarían siendo grandes amigos?
Laura no sabía nada de baloncesto en los días en que David coincidió por primera vez con Earl en una cancha, pero sabía que el hecho de que se hicieran amigos había supuesto una conmoción para todo el mundo..., salvo para Clip Arnstein, que lo había organizado todo.
David y Earl siempre habían sido grandes rivales ya desde sus días en el instituto, en Michigan. Los periódicos habían alimentado la rivalidad porque siempre estaban analizándolos a los dos, y ofrecían razones para explicar cuál de ellos era el mayor talento de la liga universitaria. Los periodistas se presentaban en todos sus partidos, sobre todo en las tres ocasiones en que se habían enfrentado en los campeonatos estatales. Earl había superado a David en esos encuentros. Su equipo había ganado dos de los tres partidos.
Cuando entraron en la universidad, ambos jugadores fueron las promesas mejor valoradas de la nación. David acabó en la Universidad de Michigan. Earl entró en Notre Dame. La rivalidad aumentó todavía más. Los aficionados al baloncesto debatían los méritos de ambos jugadores, y todos afirmaban que su favorito era el mejor. La prensa siguió comparando al jugador blanco que medía un metro noventa y dos con el negro de dos metros diez. Todas las conversaciones sobre baloncesto universitario giraban alrededor de las dos superestrellas.
Los dos guerreros no les decepcionaron. La Universidad de Michigan y la de Notre Dame se encontraron en dos Finals Four de la NCAA durante aquellos años. Cuando estaban en primer año, David se perdió el primer encuentro porque se había roto un tobillo la noche anterior al partido. Por fortuna para todos los aficionados al baloncesto del país, sus carreras universitarias culminaron tres años más tarde, cuando David se encontró frente a Earl en el encuentro que decidía el campeonato.
Estaba clarísimo que era el partido más esperado de la historia del baloncesto universitario, y se convirtió en el tema estrella del mundo del deporte. Todas las revistas y los periódicos deportivos dedicaron páginas y más páginas a lo que se consideraba como la competición del baloncesto universitario de la década. La portada de Sports Illustrated publicó una foto de David y Earl, que se miraban el uno al otro con gesto agresivo. El titular decía:
¿QUIÉN ESTÁ MÁS HAMBRIENTO POR EL CAMPEONATO DE LA NCAA?
El partido satisfizo todas las expectativas. Desde el inicio, resultó una competición de grandes genios. Los equipos se movían con la precisión de grandes maestros del ajedrez. Pero fue el final lo que figuraría para siempre en los anales de la historia del baloncesto universitario. Cuando quedaban veinte segundos de juego, Notre Dame iba ganando por ochenta y siete a ochenta y seis. David lanzó a canasta con un tiro en suspensión, y puso a la Universidad de Michigan un punto arriba: ochenta y ocho a ochenta y siete.
El reloj marcaba diecisiete segundos.
Notre Dame pidió su último tiempo muerto. El entrenador dibujó una jugada que debía acabar en Earl, que estaba realizando un partido brillante. Earl ya había anotado treinta y cuatro puntos. Solo necesitaba hacer dos más para su equipo, y se harían con el premio más codiciado del baloncesto universitario.
Era una jugada sencilla: tenían que pasarle la pelota a Earl a unos pocos pasos de la canasta, fuera de la zona de tiros libres. Luego había que hacer los bloqueos esperados y dejar que él hiciese su parte.
Notre Dame sacó de banda. Los jugadores se movieron alrededor del perímetro, intentando como locos llevar la pelota hacia dentro y pasársela a Earl. Pero Earl estaba bien cubierto.
Quedaban ocho segundos.
El base de Notre Dame encontró un hueco por fin. Amagó con pasar a la izquierda, pero luego pasó la pelota hacia dentro. Earl la atrapó.
Tres segundos.
Hizo un amago, se revolvió, vio un claro, dribló, se preparó para encestar la canasta ganadora y... la pelota desapareció.
Earl se volvió de inmediato mientras sonaba la sirena que marcaba el final del partido. David sujetaba la pelota. Había conseguido robársela al gran pívot, con lo que garantizaba la victoria de la Universidad de Michigan.
Y Earl se derrumbó. Los periódicos no dejaban de repetir la historia. Afirmaban que había serios problemas entre las dos superestrellas, que su rivalidad comenzaba a adquirir matices desagradables, que en realidad se detestaban el uno al otro. La verdad era que David y Earl apenas se conocían fuera de la pista de baloncesto. Los comentarios sobre sus mutuas rencillas fueron en aumento cuando los periodistas comenzaron a centrarse en qué jugador iba a ser el primero del draft para la liga profesional, la NBA. Una vez más, el público se dividió entre David y Earl.
Fue entonces cuando Clip Arnstein, un ciudadano bajito y calvo que tenía pinta de estar trabajando en una charcutería en lugar de dirigir un equipo de baloncesto profesional, hizo el trato.
Le había costado lo suyo. Se cuestionó mucho el riesgo que conllevaba cambiar a tres jugadores veteranos por dos novatos, pero Clip no había dejado de acertar con los fichajes desde finales de los años cuarenta, y no estaba dispuesto a dejar que los escépticos se entrometieran.
La mañana anterior al draft, los Celtics anunciaron que se habían asegurado los derechos para seleccionar a los dos mejores jugadores de la liga universitaria. Cuando el comisionado de la NBA llamó al presidente de los Celtics para seleccionar al primer jugador, Clip Arnstein se levantó con calma, encendió un puro, metió la mano en el bolsillo y le gritó a Earl Roberts:
—Tú eliges. ¿Cara o cruz?
—¿Perdón, señor Arnstein? —preguntó Earl.
—He dicho que tú eliges. ¿Cara o cruz?
Earl se encogió de hombros.
—Cara.
Clip arrojó la moneda.
—Cara. Tú eres el número uno del draft. Baskin, tú eres el número dos.
La multitud se quedó atónita. De pronto, los eternos rivales de la liga universitaria eran compañeros de equipo.
Y ahora Earl estaba acabando su discurso. Lo hizo mirando a Laura con una sonrisa, y diciendo sin más:
—Te quiero, David. Te querré siempre.
Le cedió el podio a Clip Arnstein. Su rostro era un poema. Cualquier escéptico habría afirmado que Clip había perdido su principal activo financiero, y que esa era la razón de su pesar. Pero Laura los había visto juntos demasiadas veces como para creer semejante tontería.
Observó a Clip acercándose a la zona acordonada, donde su propia imagen de bronce se alzaba en un pedestal: la sonrisa en su rostro cincelado contrastaba con la mueca de dolor que había en su auténtico rostro. Apartó la sábana situada junto a su estatua, y descubrió la nueva figura de bronce. Laura y toda la multitud soltaron una exclamación. De alguna manera, el artista había conseguido capturar la esencia de David a la perfección, su pícara sonrisa, su espíritu que volaba...
Laura deseó estar muerta, deseó no poder sentir otra cosa que el dolor de perder a David.
«Por favor, no quiero seguir con todo esto. Solo quiero estar con mi David, mi hermoso David. Por favor, no puedes haber muerto. No dejes que mi David esté muerto».
Por suerte, la ceremonia había terminado. La multitud se dispersó poco a poco, vagó hacia los vehículos que la llevarían de vuelta a la seguridad de sus hogares. Laura permaneció sentada, envuelta en una espesa niebla mientras se le iba acercando gente.
Las voces. Demasiadas voces...
«Lo siento mucho». «Una verdadera tragedia». «Qué pena». «Siempre se van los mejores». «¿Por qué él?». «Es tan triste».
Laura se limitaba a asentir, exhausta. Las palabras se mezclaban en una ola de sonidos carente de significado. Entonces alguien dijo algo que realmente la sacudió.
—Soy Stan, el hermano de David.
De alguna forma, Laura consiguió sobrevivir al entierro.
De alguna forma, las tristes palabras se pronunciaron y aquellas horas interminables pasaron. El ataúd fue sepultado. De alguna forma, Laura consiguió adormecer el cerebro lo suficiente como para que la realidad no se colase a través de la bruma. De no haber sido así —si ella hubiese sido totalmente consciente de lo que estaba pasando—, sin duda habría comenzado a gritar, habría gritado hasta que su mente y sus cuerdas vocales se hubiesen roto.
Su padre la ayudó a salir del coche y la llevó a su casa entre muestras de inmenso cariño. Otra media docena de coches ocupaban el camino de entrada circular. Habían instalado una barrera en la calle para mantener apartada a la prensa, pero Laura podía oír los chasquidos de las cámaras con teleobjetivos, los incesantes clics como de insectos, que parecían zumbar en sus oídos. Sintió que las piernas le fallaban de nuevo, pero su padre estaba allí para evitar que cayese al suelo. Le sujetó el brazo con fuerza, y casi la arrastró a la sala de estar.
Como se trataba de un sepelio privado, solo estaban presentes las personas más allegadas. Laura vio a los compañeros de equipo de David, a sus entrenadores, a Clip, Serita, Gloria, Judy... A su padre y, por supuesto, a la aparición sorpresa, Stan Baskin. Era curioso que, de todo ese grupo, la única persona a quien Laura no conocía fuera el único pariente vivo de David. Es más, David solo había mencionado a Stan una o quizá dos veces en todo el tiempo que había compartido con ella. Sabía que no se llevaban bien, pero también era consciente de que, fuese cual fuese el motivo del distanciamiento de los dos hermanos, ya era cosa del pasado. Stan era de la familia, y estaba allí para llorar la muerte de su hermano. En la muerte, mucho se perdona y se olvida, y eso al menos era algo bueno.
Al cabo de unos veinte minutos, Laura se encontró sentada sola en el sofá, mirándose los pies. Un par de zapatos bien lustrados aparecieron en su campo de visión. Laura vio el rostro del hermano de David. Los dos hermanos no eran idénticos ni por asomo, pero tenían un inequívoco aire familiar. Mirar el rostro de Stan le retorció el corazón, hasta el punto que sintió que iba a echarse a llorar de nuevo.
—¿No te sientas? —preguntó ella.
—Gracias.
Laura hizo una pausa. Tragó saliva.
—Me alegra mucho que hayas venido.
Stan asintió despacio.
—Lo siento mucho. Hay tanto que decir, tantas cosas que debería haber dicho hace tiempo...
—No es necesario.
—No, Laura, de verdad que necesito desahogarme con respecto a algunas cosas que he hecho. —Respiró profundamente, su rostro apuesto tomó una expresión grave—. David era mi hermano menor. Todavía recuerdo el día en que nació. Yo tenía entonces diez años. De hecho, David fue un pequeño accidente.
Una risa discreta.
—En cualquier caso, siempre lo quise con locura, y él me seguía como si yo fuese su héroe. Allá adonde iba, él venía conmigo. Tal vez se debiera en gran parte a que nuestro padre había muerto, pero tendrías que habernos visto entonces. Éramos inseparables. Jugábamos en el patio, hacíamos muñecos de nieve, íbamos juntos caminando a la escuela, recogíamos orugas... ¿Cómo es posible que dos personas que han compartido tantas experiencias puedan alejarse de esa forma? ¿Cómo pueden cambiar las cosas de un modo tan drástico? Nunca dejé de quererle, Laura. No importa lo que sucediera entre nosotros. Nunca dejé de quererle...
Le temblaron los hombros y luego comenzó a sollozar.
Laura le sujetó las manos.
—Estoy segura de que él lo comprende, Stan. Estoy segura de que nunca dejó de quererte.
Stan continuó llorando.
«Oh, Stan, tío, eres el más grande. Se lo está tragando todo. Ahora no exageres, muchacho, no exageres y en cuanto menos te lo esperes te estará quitando los pantalones».
Miró hacia lo alto y se rio, pero solo sonó como si estuviese llorando más intensamente. La mano de Laura sujetó las suyas con más fuerza.
«¿Cómo puede estar tan cachonda? ¡Acaba de enterrar a su marido, y ya me está cogiendo de la mano!».
Laura lo miraba.
Era muy triste. Stan nunca podría perdonarse no haberle dicho a su hermano cómo se sentía. Ahora era demasiado tarde. Habían perdido demasiado tiempo en mezquindades.
Detrás de Stan, en el pasillo, un rostro asomó a la habitación, un rostro atormentado por las lágrimas y la tortura de las noches de insomnio. El pelo hecho un desastre, la piel blanca como la de un espectro. Laura pensó en la relación de David con su hermano mayor, el tiempo que habían desperdiciado en alguna ridícula discusión cuyo origen no podía precisar ninguno de los dos. Laura miró entonces el rostro normalmente hermoso de su madre, y se cuestionó su propio comportamiento.
Todo el mundo creía que Laura y David se habían fugado a Australia para evitar la atención de los medios. Era una verdad solo a medias. La verdadera razón de aquella fuga acababa de asomar la cabeza por la puerta. Laura se preguntó qué debía hacer. Quería de verdad aprender del error de Stan, sacudirse la rabia de encima y tenderle los brazos a su madre, pero...
—Laura, quiero hablar contigo.
—Claro, mamá. ¿Qué pasa?
—Es sobre el chico con el que estás saliendo.
—¿David?
—Creía haberte dicho que no quiero que le veas más.
—Ya lo has hecho. Unas cuantas veces.
—Entonces ¿por qué no me haces caso?
—Porque ya no tengo dieciocho años. Puedo ver a quien me apetezca.
—Pero a mí no me gusta ese chico.
—Entonces, me parecerá muy bien que no salgas con él.
—No te hagas la listilla conmigo, Laura. No quiero que lo veas más.
—¿Por qué no te cae bien? Ni siquiera has hablado con él.
—No me hace falta. Conozco a ese tipo de gente.
—¿Qué tipo de gente? ¿Qué demonios significa eso?
—Los playboys con un montón de dinero. No está hecho para ti.
—Sabes que, en tal caso, no estaría con él.
—Te sorprendería saber de lo que son capaces los hombres.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Lo que acabo de decir.
—David no es así.
—Tienes que dejar de verlo, Laura. Aquí se acaba la discusión.
—No voy a dejar de verlo. Estoy enamorada de él.
Una pausa.
—Oh no, Laura. Por favor, dime que no lo has dicho en serio.
—¿Por qué? No comprendo...
—¡Eso es! No lo comprendes. Limítate a confiar en mí en esta ocasión. No es el chico adecuado para ti, y ya está. Mira su historia familiar. Su padre...
—¡Él no es como su padre! De todos modos, ¿qué demonios sabes tú de eso?
—Por favor, Laura, te lo suplico. Esto solo puede conducir al desastre. Corta con él antes de que sea demasiado tarde.
Y entonces la mirada de Laura se fijó en su madre por un instante. Casi todo el mundo comentaba lo mucho que se parecía a Mary y la forma que tenía Laura de ver las cosas. Aquello era todo un cumplido. Ella quería levantarse, acercarse, abrazar a su madre y perdonarla. Pero el dolor era todavía demasiado grande. La necesidad de culpar a alguien por lo ocurrido —por mucho que fuese injusto— era demasiado fuerte como para hacer cualquiera de esas cosas.
Laura bajó la mirada y miró en otra dirección.
Gloria estaba sentada en un rincón. Movía las manos con nerviosismo delante del rostro. Miró a su hermana a través de la habitación. ¿Por qué le había ocurrido una cosa así a alguien como David y Laura? Gloria se había pasado la vida tentando a la muerte, burlándose de ella y poniendo su vida a su alcance. Por alguna razón, no se la había arrebatado; tal vez nunca había valido la pena el esfuerzo. Era a los buenos a quienes la muerte quería, a aquellos que importaban, a aquellos que eran como David. La muerte no tenía tiempo para la gente insignificante.
Se volvió hacia el bar que su padre había hecho instalar para los invitados. Por primera vez desde que Laura se la llevara a la clínica, necesitaba un trago de verdad, un chute o una rayita, cualquier paraíso artificial que aplacase sus nervios. Su padre era consciente de ello. Ni él ni la doctora Jennifer Harris, la psiquiatra de Gloria, la habían dejado sola, y ella se lo agradecía.
Gloria era cada vez más fuerte. Casi todo el mundo se asombraba al ver hasta dónde había conseguido llegar. Pero todavía le quedaba un buen trecho que recorrer. Estaba lo bastante bien como para ser consciente de que le faltaba mucho para recuperarse del todo, que sus progresos y, desde luego, la esencia en que se sustentaba su vida, todavía eran frágiles.
Por lo tanto, apenas le importaba que su padre posase en ella aquella mirada vigilante incluso mientras hablaba con Timmy Daniels, uno de los compañeros de equipo de David. De hecho, resultaba agradable. Gloria le sonrió y se volvió hacia donde estaba sentada su hermana.
Todo su cuerpo se sacudió. Se mordió el labio... Solo un chute. Una rayita. Era todo lo que necesitaba. Entonces estaría bien. Entonces conseguiría mantenerse firme el resto del día. Entonces podría dormir hasta el día siguiente.
Pero ¿qué pasaría luego? ¿Quizá dos chutes y dos rayitas? ¿Y después qué? Lo sabía. Continuaría cayendo, cayendo hasta que no le importase si se levantaba por la mañana, cayendo hasta que, una vez más, se estrellase en el fondo. Sabía perfectamente que, si volvía a caer, ya no encontraría las fuerzas para remontar el vuelo.
Un dedo le tocó el hombro. Se volvió de inmediato. El hombre que la había tocado era muy apuesto, y ella reconoció el rostro de inmediato, aunque no al hombre. Su voz era suave.
—Perdona si te molesto. Si quieres estar sola...
—No, no pasa nada.
—Tú debes de ser Gloria.
Ella asintió.
—Me llamo Stan Baskin. Soy el hermano de David.
—Siento mucho lo de tu hermano. Lo quería muchísimo. Era una persona maravillosa.
Stan agachó la cabeza en un gesto de aceptación.
—Yo también lo quería, Gloria.
—No es justo.
—No puedo creer que esté muerto de verdad. No dejo de preguntarme por qué ocurrió, si hice algo...
—¿Tú?
—La verdad es que nos peleamos mucho durante los últimos años. No te imaginas cuánto me arrepiento del pasado. Me pregunto si, de haber sido mejor hermano...
—No puedes hacer eso, no debes torturarte.
—Nunca tuve la oportunidad de decirle cuánto lo sentía —continuó él—, ni de decirle cuánto lo quería.
Stan le cogió una mano, y su mirada llorosa buscó la de ella. Pese a que era lo último en lo que Gloria quería pensar en ese instante, no pudo evitar sentirse atraída por él. Era muy apuesto, y tenía el mismo aire que David. Además, la manera en que se había abierto a ella... La manera en que había tenido miedo de mostrar sus emociones delante de ella... Era igual que David. Y entonces vio que él estaba a punto de echarse a llorar de nuevo. Tendió una mano para sujetar la suya, pero él se apartó.
—Siento molestarte de esta manera, Gloria.
—No seas tonto.
—Eres una mujer muy guapa y has sido muy bondadosa conmigo. Espero que podamos volver a vernos pronto.
—Yo también.
—Soy forastero en Boston, y me siento muy a gusto contigo y tu hermana. Espero..., espero que no te importe si te llamo alguna vez.
¿Por qué le dio un brinco el corazón cuando él pronunció aquellas palabras?
—Me encantaría, Stan. Me gustaría mucho.
Stan se volvió y comenzó a alejarse.
«¿Has visto ese cuerpo, tío? ¡Creía que el viejo Stan iba a desmayarse! Una montaña rusa no tiene tantas curvas. Y a Gloria le gusto, de eso no cabe duda. Siempre sé cuando...».
¡Bam!
Alguien acababa de chocar con él, y aquel golpe lo sacó de sus ensoñaciones.
Cuando enfocó la mirada, vio un rostro que no veía desde hacía casi una década.
T. C. lo miraba furioso.
—¿Qué coño estás haciendo aquí? —susurró.
Stan se recuperó deprisa.
—Vaya, es el pequeño Terry Conroy. Cuánto tiempo sin verte. Has engordado un poco, muchacho.
—Te he hecho una pregunta.
—¿Acaso un hombre no puede llorar la muerte de su único hermano?
—Un hombre, sí. Un mierda como tú, no.
—Vaya discurso de poli. Ahora eres poli, ¿no, T. C.?
—¿Qué haces aquí?
—¿Es un interrogatorio oficial?
—Llámalo como quieras.
—¿Qué te parece si te digo que no es asunto tuyo?
—¿Qué tal si aplasto tu cabeza contra una ventana?
—Buena idea, T. C. ¿Por qué no montas un gran escándalo delante de todos y fastidias el duelo? ¿Qué te parece?
—Como te atrevas a molestar a alguien...
—Por favor, T. C., ¿me crees capaz de hacer algo así?
—Lárgate de aquí.
—Oh, lo siento. Creía que esta era la casa de los Ayars. No sabía que era tuya. La Policía de Boston debe de pagar muy bien.
—Por cierto, ¿qué estás haciendo en Boston?
—He venido para manifestarle mi profundo pesar a mi preciosa cuñada.
—Déjame que te avise, cabronazo: si le haces daño de alguna manera...
—T. C., ¿no ves que he cambiado? Soy un hombre nuevo.
—La mierda no cambia su olor. Solo se deshace hasta desaparecer.
—Muy bien expresado. No lo olvidaré. De todos modos, por mucho que haya disfrutado de esta conversación, ahora debo irme.
—¿Vuelves a Michigan?
—Todavía no. Creo que me quedaré en Boston por un tiempo.
—No te lo recomiendo, Stan. Esta ciudad puede ser muy dura con los forasteros.
—¿Una amenaza? Qué bonito. Ahora, si me perdonas...
T. C. le sujetó el brazo.
—Te lo advierto, Stan. No intentes aquí ninguna de tus jugarretas. Recuerdo muy bien lo que le hiciste a David.
La furia afloró por primera vez a los ojos de Stan.
—No sabes nada de lo que pasó entre David y yo.
Intentó apartarse, pero T. C. no le soltó. Tiró con más fuerza.
—Suéltame ahora, saco de mierda —medio susurró, medio gritó—. Resulta que soy su hermano. Soy parte de su familia. Tú, sin embargo, solo eres una más de la larga hilera de personas que le daban coba a mi hermano para obtener un beneficio personal.
T. C. lo soltó.
—Lárgate, Stan. Vete ya.
Stan se apartó, se despidió de Laura y salió. Mientras se dirigía hacia la puerta, se enjugó una lágrima. Era curioso lo fácil que le resultaba adoptar el papel de doliente por un hermano a quien tanto había odiado.
Aquella noche, Judy Simmons volvió sola a su hotel. Se sentía vacía y extenuada por los acontecimientos del día. Se sentó en la cama y cogió el billetero de su bolso. Sus manos buscaron detrás del carné de conducir, y sacó una fotografía de hacía treinta años.
Judy levantó la foto, con los ojos hechizados por las imágenes en blanco y negro de 1960. Se recostó y sostuvo la vieja foto en el aire por encima de su cabeza. Contempló la imagen de la hermosa e ilusionada estudiante y el apuesto hombre mayor.
«¿Por qué te torturas?».
Pero la verdad era que su pasado la torturaba. Los había torturado a todos, seguía torturándolos y continuaría torturándolos.
«No necesariamente. Podría decir la verdad».
Pero ¿de qué serviría? ¿Acabaría con el tormento? ¿La libraría de la culpa? En realidad, no. Era mejor mantenerlo en secreto, confiar en que todo acabaría saliendo bien. Además, no estaba segura de lo que había pasado de verdad en Australia. Tal vez había sido como ellos decían. Tal vez había sido solo un accidente. Un triste y trágico accidente...
«Pero no lo es».
Se sentó en la cama y dejó la foto en la mesita de noche. ¿Y si no había sido un accidente? ¿Y si...? Apartó aquel pensamiento de su mente. David estaba muerto. La hermosa y maravillosa sobrina de Judy estaba destrozada. Eso no podía cambiarse. Pertenecía al pasado. La verdad no podía funcionar como una máquina del tiempo que dejara que ella retrocediese y lo arreglase para que todo fuera bien. La verdad no podría devolverle la vida a David.
Miró el reloj y recogió la maleta. La verdad. La única cosa que la verdad podía hacer ahora...
«... Es matar».
5
Laura consiguió por fin levantarse de la cama.
Aquellas tres semanas habían transcurrido lentamente. Tres semanas de tortura en las que Laura se había limitado a pasar el día en la habitación de invitados de Serita. Dios, cuánto odiaba estar tan irascible e irritable, cuánto odiaba quedarse en la cama y sentir lástima de sí misma.
Apartó las sábanas. Tenía el pelo embarullado; su piel, casi siempre morena, comenzaba a adquirir un tono grisáceo, y tenía unas buenas ojeras. Sí, habían pasado tres semanas; pero, en lo que se refería al dolor, era como si solo hubiese pasado un terrible segundo. El dolor, la angustia de saber que David estaba muerto no había disminuido, no había aflojado su garra ni siquiera por una fracción de segundo.
Recibía visitas. Gloria siempre estaba con ella y, en muchos sentidos, era el mejor de los consuelos; no porque sus palabras o su compañía fuesen más reconfortantes que las otras, sino porque la preocupación de Laura por su hermana era un medio eficaz para escapar de su propio tormento. La manera en que el cuerpo de Gloria se estremecía y temblaba le recordaba los terribles días del síndrome de abstinencia, cuando vio por primera vez el cuerpo desnudo de su hermana con marcas de pinchazos en los brazos.
Stan también era un firme apoyo y un triste ejemplo de las oportunidades perdidas. La visitaba a diario, a menudo a la misma hora en que lo hacía Gloria. Laura se fijó en que su hermana se sentía atraída por Stan. No estaba muy segura de cómo reaccionaba él al respecto, pero hasta el momento solo parecía tener detalles con ella. Sin duda, era buena gente. En momentos como aquel, un fracaso amoroso con un miembro del sexo opuesto podría ser catastrófico para Gloria.
Había otros. Earl también iba mucho a verla. Igual que Clip Arnstein y Timmy Daniels, el escolta defensivo que siempre había considerado a David como un hermano mayor.
Laura realizaba una interpretación digna de la mejor actriz cuando los visitantes llamaban a la puerta. Fingía ser fuerte y afirmaba estar bien, y les decía que salía a pasear todos los días, que no tenían por qué preocuparse tanto. En otras palabras, mentía. No estaba muy segura de que funcionase, pero prefería eso a permitir que la gente le lanzase esas miradas llenas de piedad. Aquello le resultaba intolerable.
—¡Vaya! ¡Los milagros existen!
Laura se volvió hacia Serita.
—¿Perdón?
—¡El público se pone en pie! ¡Laura se ha levantado de la cama! Y, oh, Dios mío, ¿puedes creer lo que estoy viendo? Va vestida con algo que no es un camisón o una bata.
—Qué graciosa.
—¿Vuelves al trabajo? Di que sí.
—No.
—¿Pues adónde vas?
—A la casa.
Serita hizo una pausa.
—No, hagamos otra cosa. Vayamos al campo de batalla y pongámonos a silbar a los tíos.
—Me voy a la casa.
—Cariño, ¿estás segura?
—Estoy segura.
—Pero ¿por qué?
—Tengo que arreglar unas cuantas cosas.
—Pueden esperar.
—No —respondió Laura—. No creo que puedan.
—Entonces iré contigo. Si me lo propongo, puedo ser de mucha ayuda.
—¿Con la limpieza? No me hagas reír.
—Se me da muy bien improvisar,
—Tienes que ir a trabajar, Serita. Hoy tienes el rodaje para la campaña de International Health Spas.
—Eso sí puede esperar.
—¿Con todo el dinero que te pagan por hacer esos anuncios de televisión?
—Te digo que puede esperar.
—Deja que sea un poco menos sutil —dijo Laura—. Quiero ir sola.
—Bien, pues que te den.
Laura exhibió una sonrisa triste.
—Eres una buena amiga.
—La mejor.
—Pero me estoy aprovechando. Tendría que marcharme.
—De ninguna manera. Necesito que te quedes aquí. Tú eres mi excusa para Earl.
—Lo quieres, ya lo sabes.
Serita se apoyó las manos en las caderas.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que...?
—Lo sé, lo sé. No es más que un buen polvo.
—Lo has pillado. Pero le encantan los anuncios del Spas. Dice que verme toda sudorosa en aquellas máquinas Nautilus lo pone cachondo.
—Me alegro mucho por los dos.
—Anda y que te den.
Laura le dio un beso en la mejilla y salió. Subió a su coche, y, mientras conducía, intentó mantener la mente en blanco y concentrarse en la carretera que tenía ante ella. Pero la mente no hacía caso de sus órdenes. Regresaba a David una y otra vez. Su forma de caminar, su forma de abrazarla mientras dormían, la sensación de su rostro sin afeitar contra su piel cuando la besaba...
David la había cambiado de muchas maneras y, sin embargo, ahora que ya no estaba, sabía que muchos de aquellos cambios no tardarían en desaparecer. Recordó lo maravilloso que había sido descubrirse el uno al otro, aprender a amar juntos. Por supuesto, les había llevado su tiempo. A ninguno de los dos le resultó fácil alcanzar el amor y la confianza.
Durante el segundo mes de relación, Laura se dio cuenta de que por fin comenzaba a bajar las defensas y a abrirse a él. Hasta ese momento, había tenido miedo de exponerse a la devastadora fuerza del amor, a verse herida de una manera de la que nunca se podría recuperar. Pero en aquella fría noche de diciembre, Laura comprendió que David y ella estaban predestinados a estar juntos. Lo cierto es que no se habían hecho ni promesas ni juramentos el uno al otro, pero Laura lo sabía. Y ahora que era consciente de ello, quería ver a David, no podía esperar a estar con él para decirle por fin qué era lo que sentía. Pero ¿tendría el coraje de dar ese paso? ¿Sería capaz de decirle y oír las palabras que siempre había soñado, pero que nunca se había permitido expresar? Probablemente no. Probablemente no estaba preparada. Pero si no lo intentaba...
Estaba sentada a la mesa y agitaba la pierna, como siempre. Con una sonrisa tonta y feliz en su rostro —la sonrisa de una mujer que comienza a enamorarse a fondo de un hombre— que no desaparecía. Laura se preparó y reunió el coraje para hacerlo. Por fin, cogió el teléfono, llamó a David al Garden, y lo invitó a cenar un viernes.
—¿Cocinas tú? —preguntó David.
—Por supuesto.
—Déjame ver si tengo pagada la cuota de la mutua.
—Deja de hacerte el imbécil.
Él hizo una pausa.
—Me encantaría, pero...
—¿Pero?
—El viernes no puedo. ¿Puedo pedir un vale a cuenta?
La desilusión la sacudió.
—Claro —consiguió decir.
—Tengo que ir a una gala benéfica.
El corazón le latía desbocado. Se reprochó para sus adentros su conducta, por esperar que la invitase a ser su acompañante a esa fiesta. ¡Pero deseaba tanto verlo...!
—Escúchame —continuó él—. Tengo que volver al entrenamiento. Te llamaré más tarde.
Laura oyó el chasquido cuando cortó. Esperó a que volviese el tono de marcar, y luego el irritante sonido que dice que tienes el teléfono descolgado. Después de uno o dos minutos, ella colgó también.
David no le había pedido que la acompañase.
Aquella noche de viernes, Laura no consiguió conciliar el sueño. ¿Por qué no la había invitado David a la gala?
¿Acaso no necesitaba verla? ¿O era que ella estaba yendo demasiado deprisa? Después de todo, solo llevaban viéndose dos meses. Quizá no estaba preparado para comprometerse. Quizá sus sentimientos no coincidían con los de ella.
A primera hora de la mañana de aquel sábado, Laura se duchó y vistió rápidamente. Necesitaba hacer algo para apartar a David de su cabeza, así que se dirigió a su despacho y comenzó a repasar las operaciones financieras del mes. Las ganancias habían subido casi un diez por ciento con respecto al ejercicio anterior; es decir, un cuatro por ciento por encima de las previsiones de Laura. Satisfecha con el resultado, se reclinó en la silla y cogió el Boston Globe. Cuando llegó a la página de sociedad, vio una foto de David en la gala.
Estaba con otra mujer.
Laura sintió como si una mano se metiese en su pecho y le apretase el corazón. La misteriosa mujer era una rubia despampanante y algo mayor, que el Globe identificaba como Jennifer van Delft. La señora Van Delft le pasaba un brazo por detrás a un David vestido de esmoquin que sonreía como si le hubiera tocado la lotería. El periódico lo describía como el acompañante de Jennifer.
Acompañante. Menudo hijo de puta.
Las lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos. Continuó mirando la foto. ¿Por qué lloraba? ¿Por qué demonios estaba tan alterada? ¿De verdad había sido lo bastante estúpida como para creer que había algo especial entre ellos, que a David le importaba más que otras amigas?
Llamaron a la puerta. Laura se movió deprisa. Dejó el periódico, se enjugó las lágrimas, se arregló su chaqueta Svengali y recuperó la compostura.
—Adelante.
David entró con una sonrisa en su apuesto rostro. Era una sonrisa muy parecida a la de la fotografía que Laura acababa de ver.
—Buenos días, preciosa.
—Hola —replicó ella con frialdad.
David cruzó la habitación para darle un beso, pero Laura se apartó ligeramente y solo le dejó espacio para que le rozase la mejilla.
—¿Pasa algo? —preguntó él.
—Nada. Solo que estoy ocupada. Tendrías que haber llamado.
—Creí que quizá podríamos comer juntos.
Laura negó con la cabeza.
—Demasiado trabajo.
David, intrigado, la vio volver al trabajo como si él no estuviese.
—¿Estás segura de que no pasa nada?
—Del todo.
Él se encogió de hombros, y entonces vio el Boston Globe en el suelo. Una sonrisa apareció en su rostro.
—¿Te ha molestado eso? —preguntó, señalándole el periódico.
Ella miró el titular.
—¿Qué? ¿El incendio en Boston sur?
—Hablo de mi foto en el interior.
—¿Por qué demonios iba a molestarme? —preguntó ella—. No soy tu dueña y señora. Puedes hacer lo que te plazca.
Él se rio.
—Comprendo.
—Pero creo que será mejor que dejemos de vernos durante un tiempo —continuó ella.
—¿Eso crees?
—Sí.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Esta relación se está descontrolando.
David se sentó en la silla delante de su mesa.
—Entonces quieres algo más relajado, una de esas relaciones abiertas.
—¿Relaciones abiertas?
—Sí. Ningún compromiso. Ver a otras personas. Ese tipo de cosas.
La pierna de Laura no dejaba de moverse.
—Pues sí.
—Comprendo —continuó él—. O sea, ¿no estás molesta por el hecho de que estuviera en la gala con otra mujer...?
—¿Yo? —contestó ella—. En absoluto.
—Laura, supón por un momento que no me gusta la idea de la relación abierta. Supón que no quisiera ver a otras mujeres. Supón —continuó David— que te digo que, por primera vez en mi vida, estoy enamorado.
Su corazón remontó el vuelo y cayó al suelo. Tragó saliva y evitó su penetrante mirada.
—Entonces quizá diría que no estás preparado para ese tipo de relación.
—¿Lo de anoche es una muestra? —preguntó David.
Ella asintió, con sus ojos húmedos todavía con miedo de moverse hacia los suyos.
—¿Laura?
Ella no dijo nada.
—Mírame, Laura.
Con un esfuerzo, ella levantó la mirada hacia David y sus ojos se encontraron con los de él.
—La mujer de la foto es Jennifer van Delft. Su marido es el señor Nelson van Delft. ¿No te suena el nombre?
A Laura le sonaba, pero no terminaba de ubicarlo.
Negó con la cabeza.
—Es el propietario principal de los Celtics. Todos los años, su esposa me pide que la ayude con la gala para recaudar fondos para la distrofia muscular. Su marido estaba fuera de la ciudad, y ella me pidió que la acompañase. Eso es todo.
Laura no dijo nada.
—Pero déjame continuar para que disipe cualquier posible duda —continuó—. Déjame decirte algo que nunca le he dicho a otra mujer. Te quiero. Te quiero más que a nada en el mundo.
Las olas de emoción la sacudieron, pero continuó sin poder abrir la boca.
—¿No me respondes, Laura? ¿No entiendes lo que te estoy diciendo? Te quiero, Laura. No quiero volver a estar nunca lejos de ti.
Su pierna se sacudía como un martillo neumático. «No puede ser cierto. Tiene que ser una trampa, un juego».
—Ahora mismo estoy muy ocupada, David. ¿No podemos hablar de esto más tarde?
David negó con la cabeza.
—Sigo sin poder llegar hasta ti, ¿no? Creía que sí. Creía que de verdad lo había conseguido. Pero sigues siendo aquella niña gordita que no puede manejarse siendo un bellezón. Sigues siendo aquella niña gordita que tenía miedo de perder el control de la situación, miedo de dejar entrar a alguien más porque quizá le harían daño de nuevo. ¿Qué me dices de ahora, Laura? ¿Todavía controlas la situación?
Ella intentó responder. De verdad que quería responder...
El rostro de David se sonrojó y el tono se hizo más fuerte.
—Nadie puede amarte de verdad, ¿no es así, Laura? Crees que tu belleza me ciega y me oculta tu verdadero ser, que la gente solo puede amar tu imagen exterior, pero eso es una estupidez. ¿De verdad eres tan insegura, Laura? ¿De verdad crees que no sé de qué va todo esto, que no he conocido a un centenar de mujeres guapas que solo me querían porque soy capaz de encestar una pelota?
Se interrumpió. Su respiración era agitada. Negó con la cabeza. La furia le consumía. Se dirigió hacia la puerta.
—¿David?
Él apartó la mano del pomo, pero no se volvió para mirarla.
—¿Qué?
Una vez más, no hubo ninguna respuesta. David se volvió hacia ella y vio que lloraba.
—¿Laura?
Ahora las lágrimas corrían deprisa.
—Estoy muy asustada.
—Laura...
—Lo que siento me da miedo —confesó ella, con su pecho estremeciéndose por los sollozos—. Me da miedo quererte como te quiero.
Él se apresuró a volver junto a Laura y la abrazó.
—Yo también te quiero, amor mío. Yo también.
—Por favor, no me hagas daño, David.
—Nunca, mi amor. Te lo prometo.
«Nunca, mi amor. Te lo prometo». Las palabras del pasado resonaron en el presente: «Por favor no me hagas daño, David... Nunca, mi amor, te lo prometo».
Pero David había mentido. Él la había dejado, y eso, después de todo, era lo que más había temido siempre. Laura apartó de la mente la imagen de su rostro, y siguió conduciendo, concentrada en lo posible en la carretera que tenía ante ella. Quince minutos más tarde, puso el intermitente y giró.
La casa.
¿Por qué había ido allí? ¿Por qué se hacía aquello a sí misma? Notó que las lágrimas corrían de nuevo. ¿Por qué? No era más que un edificio. Un edificio no podía hacerla llorar. No era más que una casa de tres dormitorios con dos baños y un aseo. Nada por lo que llorar, a menos que pensases en todos los sueños destrozados que yacían hechos añicos por los suelos.
Se bajó del coche y se dirigió hacia la puerta principal. Hacía otro precioso día de verano, la humedad no era tan alta como podía llegar a ser en algunas ocasiones. Caminó por el sendero, sacó la llave...
La puerta principal estaba cerrada sin llave. Ella sabía que David había cerrado antes de que se fugaran a Australia. Giró el pomo, entró y quitó la alarma. Si la alarma estaba puesta, ¿cómo era posible que...? Conjuró la preocupación con un resignado encogimiento de hombros. Si habían entrado a robar, en realidad no le importaba mucho. Entró en la sala de estar. La casa estaba en orden. El silencio la envolvió. En la habitación no había nada. Así la habían dejado antes de marcharse.
David y ella habían comprado la casa hacía apenas dos meses, y ni siquiera habían tenido tiempo de comprar los muebles. Solo unas pocas cosas; las suficientes como para poder instalarse de inmediato cuando regresasen de Australia. Después de todo, se suponía que tendrían toda una vida por delante para hacer el resto.
Fue hacia las escaleras. Todavía faltaban muchas cosas, y aún quedaban muchos lugares sin pintar. Ella sonrió apenada al recordar que David había insistido en que debían pintar los interiores ellos mismos. La experiencia había resultado un desastre mayúsculo: había pintura por todas partes, excepto donde se suponía que debía estar. La mano de Laura acarició con suavidad la pared en la zona que David había pintado. Luego miró hacia arriba y subió un par de peldaños. Sería difícil quedarse en aquella casa, vivir allí sin David. Aún no había muchos recuerdos, pero lo peor de todo era que allí estaban los sueños no cumplidos, los recuerdos en potencia de una vida que ella y David deberían haber compartido.
Ese era el lugar donde su amor habría continuado creciendo, donde los niños que ella tanto deseaba no nacerían ni se criarían nunca.
—¿Cuántos hijos quieres, David?
—¿Ahora? ¿Hoy? ¿No crees que deberíamos esperar?
—Hablo en serio. ¿Cuántos?
—No quiero hijos.
—¿Qué?
—Quiero conejos.
—¿Conejos?
—Así es, Laura. Conejos. Tres, para ser exactos. Uno por cada sexo. Y creo que deberíamos educarlos como hindúes.
—Pero yo soy católica y tú eres judío.
—Exacto. Así no discutiremos.
—¿No puedes hablar en serio ni por un instante? Esto es importante para mí.
—Por supuesto, amor mío.
—¿Cuántos hijos quieres?
—¿Cuántos quieres tú?
—Quiero muchos —respondió Laura—. Cinco, diez.
—¿Tuyos?
—Quiero tener hijos contigo, David. Quiero tener hijos de inmediato.
—Hoy no. Estoy exhausto.
—Hablo en serio. Piensa en lo divertido que será. Unos preciosos Davids en miniatura corriendo por toda la casa.
—Suena bonito —admitió David.
—Y también pequeñas Lauras.
—Ay. Pobres chicos.
—Sigue así, Baskin, y te la ganarás.
Él la cogió en brazos.
—Laura, vamos a tener la mejor familia del mundo. Tú, yo, los pequeños, una pareja de peces de colores, un perro, una barbacoa en el patio... Parecerá una ilustración de Rockwell.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, lo digo en serio. —La abrazó más fuerte—. Te prometo que tendrás un montón de pequeños Davids y Lauras corriendo por aquí.
Laura continuó subiendo las escaleras. Al llegar arriba, se dirigió al dormitorio principal, sin hacer caso de la habitación del final del pasillo que algún día iba a ser el cuarto de los niños. Vio la enorme cama que nunca más volverían a compartir, y un escalofrío le atravesó el corazón. Miró a la izquierda, y abrió los ojos en una mueca de dolor. Todo su cuerpo se estremeció. Cerca de la ventana, debajo del alféizar, David había dejado una de sus zapatillas rotas. Caminó hacia ellas. Eran las zapatillas que David había usado en una ocasión, y que ya no volvería a usar nunca más. Nunca más volvería a ver aquella casa, nunca más sonreiría, nunca más reiría. Nunca. Era esta la palabra que aplastaba a Laura como un insecto indefenso.
Nunca.
«Oh, Dios, haz que David vuelva a mí. Por favor, deja que me abrace de nuevo. Haré todo lo que me pidas. Por favor...».
El sol de la mañana pareció reírse cruelmente de su plegaria.
Dejó atrás la zapatilla, y fue entonces cuando advirtió que alguien había estado en su mesa.
Así pues, finalmente alguien había entrado en la casa. No le preocupaba. No había gran cosa que robar. David y ella habían comprado la cama, la mesa, la nevera, una mesa de cocina y unas cuantas sillas. Eso era todo. Cosas poco fáciles de llevarse. Además, ¿a quién le importaban aquellos muebles?
El ladrón había buscado en la mesa.
Todo estaba desordenado. Sin duda habían estado buscando dinero, talonarios o... Se acercó a la mesa y abrió el cajón de arriba. Trescientos dólares en efectivo y el anillo de David del campeonato de la NCAA encima de los billetes. No habían tocado nada. Un tanto extrañada, Laura vio el álbum de fotos de David. ¿Por qué lo habrían sacado del cajón? Lo abrió. Nada fuera de lo común. Todo estaba en su...
Un momento.
Miró con atención. Había pequeños trozos de una fotografía entre las páginas. Alguien había roto una de las fotos de David. Cerró el álbum y vio otros dos trozos en el suelo.
Buscó en el resto del escritorio. Incluso habían hurgado en la agenda. ¿Por qué? ¿Por qué querían buscar sus citas? Laura miró la página que estaba abierta. David había escrito las palabras «¡Nos casamos!» en varios de los días de la semana anterior. También había escrito el número del vuelo en Qantas Airlines, y el nombre del hotel en Palm’s Cove.
No tocó la agenda. En vez de eso, cogió el teléfono, agradecida de haberlo contratado para que lo pusiesen en marcha y poder tenerlo todo preparado cuando llegasen a casa como el señor y la señora Baskin.
Marcó el número de T. C., pero le dijeron que no estaba. La operadora le explicó que estaría unas horas fuera. Dejó un mensaje y miró la tapa del álbum de fotos. No. Todavía no tenía fuerzas para abrir el álbum y ver su imagen. Laura bajó las escaleras y entró en el coche.
El hombre estaba junto a la cama del paciente.
—Mira todos esos malditos vendajes. ¡Si pareces una momia, o aquel tipo de la película del hombre invisible!
El paciente no reaccionó.
El hombre se preguntó si debía hablarle de la última sorpresa. Decidió no hacerlo. El paciente necesitaba todas sus fuerzas para recuperarse. Sería un error inquietarlo con algo sobre lo que no tenía control alguno.
—¿Te sientes bien?
En esa ocasión, el paciente respondió con un leve asentimiento.
Iba progresando.
—¿Te molestan las vendas?
Una sacudida de la cabeza.
La enfermera estaba sentada en la silla junto a la cama.
—Así es como se ha comportado durante toda la semana. No habla nunca.
—Tal vez no tenga por qué hacerlo —replicó el hombre—. Quizá no sea bueno para sus cuerdas vocales.
La enfermera negó con un gesto.
—En eso se equivoca. He vigilado a un millón de tipos como este. A estas alturas, todos ellos hablaban como locos; ya sabe, de sus problemas y de cosas por el estilo. Pero ¿este tipo? No dice ni mu. Hace que mi trabajo resulte muy aburrido.
El hombre asintió y volvió la atención hacia el paciente.
—Debo regresar, o de lo contrario la gente comenzará a hacerse preguntas. ¿Necesitas algo?
Otra sacudida de cabeza.
—Volveré con el doctor dentro de unos días. Cuídate.
Debajo del vendaje, una lágrima se deslizó desde el ojo del paciente.
6
T. C. giró el pomo de la puerta.
—¿Has dejado la cerradura como estaba?
Laura asintió.
—¿Quién más tiene la llave?
—Nadie.
—¿Estaba cerrada cuando te marchaste a Australia?
—Sí.
Entraron en el recibidor.
—¿Y aquí abajo no han tocado nada?
—Nada.
—Enséñame la planta superior.
La siguió escaleras arriba, y entraron en el dormitorio.
—Aquí está la mesa —dijo ella.
—¿Estás segura de que David no tocó nada? —preguntó T. C.—. Nunca fue lo que se dice un dechado de pulcritud.
—Estoy segura —respondió Laura—. Recuerdo muy bien que, antes de marcharnos, abrí el cajón para sacar los billetes de avión. Todo estaba en orden y en su sitio.
T. C. observó la mesa. Estaba claro que quienquiera que hubiese hecho aquello tenía prisa. El intruso había buscado en el primer cajón y había sacado los documentos, los libros o lo que fuese. En cambio, había dejado el dinero y el anillo. ¿Por qué? T. C. observó los pocos trozos que quedaban de la foto. ¿Dónde estaba el resto de la fotografía? Por lo visto, el intruso la había destrozado y, con las prisas, dejó caer unos pocos trozos accidentalmente. ¿Por qué? ¿De quién podía tratarse?
Sacó una lupa, y se sintió como un pobre imitador de Sherlock Holmes. La acercó a los trozos pequeños. Era una fotografía vieja, en un blanco y negro que había comenzado a amarillear con los años.
—¿Sabes lo que había en esta foto? —preguntó.
Laura negó con la cabeza.
—Podría repasar todo el álbum e intentar deducirlo.
—Si te sientes capaz...
—Creo que podré hacerlo —mintió Laura.
—Entonces, llévatelo. Podemos repasarlo más tarde.
T. C. exploró el lugar a toda prisa. Primero recorrió la planta alta, luego la cocina y el estudio.
Por último, bajó al sótano. No había nada fuera de lugar. Ninguna señal de que hubiesen forzado la entrada. Cuando acabó, se reunió con Laura en la puerta principal.
—No es por insistir, pero esta cerradura tiene un sistema de alarma un tanto sofisticado. ¿Cuántas llaves mandaste hacer?
—Solo dos. Dejé una en mi apartamento antes de marcharme.
—¿Y la otra?
Ella tragó saliva.
—David se llevó la otra con él a Australia.
Judy miró a su hermana. A pesar de los años y de la reciente angustia que había hecho estragos en su rostro y su cuerpo, cualquier hombre seguiría considerándola preciosa.
Las dos hermanas estaban en el dormitorio de Mary. Estaba decorado con muy buen gusto al estilo de moda, fuese este cual fuese. Judy se fijó en que los muebles parecían haber sido esculpidos en algún tipo de plástico. Eran como de ciencia ficción. Había una estantería llena a rebosar de novedades literarias. Mary leía sin parar, aunque Judy sabía que en realidad no disfrutaba leyendo. Los libros eran mera fachada para ella, su manera de decirle al mundo que era algo más que un rostro bonito y un cuerpo espectacular. Desde que Judy tenía memoria, Mary siempre había estado preocupada por su imagen. Estaba convencida de que la tenían catalogada como una cabeza hueca debido a su perfección física.
En realidad, Mary Ayars no era ni una intelectual ni solo una cabeza bella y hueca. A Judy le habían dicho una vez que todo el mundo tiene algún don especial. Si eso era verdad, el de Mary era la belleza, y sabía aprovecharlo demasiado bien. Aun así, aunque era cierto que la belleza le había dado mucho y gracias a ella siempre había sido el centro de atención, también la había hecho superficial y, a la postre, había desencadenado un desastre incontrolable.
¡Oh, cuánto le gustaría poder volver atrás y empezar de nuevo! Si le ofrecieran la posibilidad de hacerse con una máquina del tiempo, viajaría a los días en que su hermana y ella eran las pequeñas Simmons. Entraría en el dormitorio de Mary en plena madrugada mientras todo el mundo dormía, se acercaría a su hermana dormida y le cortaría la cara con una botella de Coca-Cola rota. O tal vez emplearía la navaja de su padre. O acaso utilizaría ácido, y fundiría las impecables facciones de Mary para convertirlas en una horrible masa amorfa. Algo, cualquier cosa con tal de destruir la maldad antes de que esta pudiese florecer, antes de que consiguiera salir siquiera del útero.
Aquel pensamiento la hizo palidecer.
«También es culpa mía. Soy tan culpable como cualquiera».
Estaba siendo demasiado dura consigo misma, pero era comprensible. Judy se había encontrado con Laura unas horas antes. La vivaracha Laura, la mujer que era todo lo que Mary quería ser, todavía estaba conmocionada. La mirada de su sobrina parecía anodina, vacía. Sus ojos se preguntaban por qué el mundo había decidido de pronto aplastarla en cuerpo y alma.
«¿Qué te he hecho, Laura? ¿Que he ayudado a provocar?».
Judy permaneció en silencio, dejó que su hermana se desfogase y observó cómo lloraba a moco tendido mientras hablaba. Entonces Judy le formuló la única pregunta importante.
—¿Lo sabe James?
Aquellas palabras frenaron tan en seco el arrebato histérico de Mary, que parecía que le hubieran dado un bofetón.
—¿Qué?
—Que si lo sabe tu marido.
—Por supuesto que no. ¿Por qué iba a saberlo?
Judy ignoró la pregunta de su hermana.
—¿Se comporta de manera diferente desde que volviste?
—Por el amor de Dios, nuestra hija acaba de perder a su marido. Por supuesto que está algo tenso.
—Me refiero contigo.
Mary se encogió de hombros, preocupada, y las lágrimas asomaron de nuevo.
—Me trata como si no estuviese ante él. No me ha mirado ni una sola vez desde que murió David. Pero está destrozado. James quería mucho a David.
—David era un hombre maravilloso.
Mary hizo una pausa.
—Quería mucho a Laura.
—Lo sé.
—¿Qué debo hacer, Judy?
—¿Hacer? —repitió ella, sin poder frenar el recuerdo de la última vez que su hermana le había pedido consejo. Aquello había conducido a la tragedia, incluso a la muerte—. Esta vez, es mejor que no hagas nada.
Laura le sirvió a Stan otra taza de café.
—¿Cuándo vuelves a Michigan?
—Te mueres de ganas de librarte de mí, ¿no?
—Por supuesto que no. No me refería...
Stan la hizo callar con un gesto.
—Solo estaba bromeando, Laura.
—Me alegro de que hayas venido a verme. Tus visitas han sido muy importantes para mí.
—Pues me alegra saberlo —contestó él, antes de beber otro sorbo de café—, porque me estoy planteando muy en serio quedarme en Boston.
—¿De verdad?
Stan se encogió de hombros.
—No se me ha perdido nada en Michigan. Cerré un negocio allí antes de marcharme, así que no tengo nada que me retenga. Además, estoy intentando hacer algo en Boston. Verás, tengo un proyecto para el que espero reunir algo de dinero. Un centro comercial vinculado al baloncesto o algo así. Pero más importante que eso... —se interrumpió para mirarla—. Espero no ser demasiado directo.
—En absoluto.
—Verás, para serte sincero, la razón más importante por la que quiero quedarme es que no tengo familia en Michigan. Y la manera en que me habéis tratado tu familia y tú... No sé, quizá no debería decirlo, pero me siento parte de la familia. Me siento bien cuando estoy con todos vosotros.
—Tú eres de la familia, Stan.
Él le sujetó la mano.
—Gracias. Me gusta mucho oírte decir esas palabras. Llevo mucho tiempo sin oírlas.
Laura sonrió con tristeza.
—Todavía no puedo creer que David haya desaparecido de verdad. No dejo de esperar que Earl y él entren por esa puerta con sus chándales, con David haciendo girar una pelota en su dedo y Earl haciendo todo lo posible por distraerlo.
Stan se acercó más, y le pasó un brazo por los hombros.
—Lo superarás, Laura...
Sonó el teléfono.
Laura se puso de pie.
«¡Mierda! Ya la tenía en el bote. ¡Maldita sea el puto teléfono!».
Ella cogió el supletorio de la cocina. Sentado en el estudio, Stan apenas podía oírla. Tres minutos más tarde, Laura colgó.
—Era Gloria. Vendrá a recogerme dentro de una hora.
—Es una mujer maravillosa.
—Sí que lo es.
—Y me gusta mucho.
—Me alegro.
—Parece una persona muy interesante. Por lo que sé, ha vivido un montón de experiencias interesantes.
—Y ha pagado por ello.
—¿Pagado?
—Nada, Stan. No tendría que haber dicho nada.
—Me dijo que está yendo al psiquiatra. Y también me contó que tú le salvaste la vida...
—Eso es un tanto melodramático.
—En realidad, te está muy agradecida.
—No tiene por qué agradecerme nada.
—¿Lo pasaste muy mal cuando ella volvió...? Oh, Dios, lo siento. No es asunto mío. Por favor, olvida esa pregunta. Supongo que hablar de la familia me ha nublado las entendederas.
Laura se sentó de nuevo en el sofá.
—No, Stan. Como ya te he dicho, eres de la familia. Y parece ser que Gloria no quiere ocultarte nada... —jugueteó, nerviosa, con la taza de café vacía—. Al principio fue muy duro. Necesitaba atención constante. Incluso contratamos a una enfermera interna.
—¿La ingresaron?
Laura asintió. A pesar de lo que acababa de decir, se sintió más o menos cómoda al hablar de su hermana en esos términos.
—Estuvo en un lugar en el que podría decirse que la ley seca aún está vigente.
A juzgar por el tono de su voz, Stan comprendió que era mejor no insistir.
—Lo siento, no debería haberme metido donde no me llamaban.
—No, no pasa nada.
Se hizo un tenso silencio entre ellos.
—Bueno, será mejor que me vaya, Laura.
—Gracias por la visita, Stan.
Se levantaron y fueron hasta la puerta. Ella la abrió. Stan se inclinó para darle un beso de despedida en la mejilla. Cuando se volvió dispuesto a marcharse, encontró el umbral bloqueado.
Stan sonrió, alegre.
—Hola, T. C.
Los ojos de T. C. brillaban de rabia.
—¿Qué cojones haces a...? —Entonces vio a Laura y cerró la boca.
Stan palmeó la incipiente tripa de T. C.
—Nos vemos, grandullón.
T. C. cerró los ojos e intentó controlar su rabia. Stan se alejó a toda prisa.
—¿Estás bien, T. C.? —preguntó Laura.
—Sí... estoy bien.
—Pasa.
—Laura, ¿ha venido aquí con frecuencia?
—¿Stan? Ha sido un gran apoyo.
—Ajá.
—¿Qué pasa, T. C.?
—Solo que debes tener cuidado con Stan Baskin.
—Sé cuidar de mí misma. Además, ha sido muy bondadoso.
—Vale. Es un dechado de bondad.
—Stan ya me ha contado que vosotros dos no os lleváis muy bien.
—Es agradable saber que no siempre miente.
—¿Qué pasó entre ellos, T. C.? ¿Qué puede separar a unos hermanos de esa forma?
—No soy yo quien debe contarte esa historia.
—¿Por qué no?
—No me corresponde hablar de ello. Eso es todo.
—Ah, ya comprendo —dijo Laura sin ocultar su enfado—. Tu único cometido es ensuciar la reputación de la gente, y después no presentar ni una sola prueba para demostrar tus acusaciones.
—No sabía que estuviera declarando ante un juez...
—Escucha, T. C. —lo interrumpió ella—, no necesito toda esta mierda. Resulta que Stan Baskin es de la familia...
—No es más que escoria.
—No quiero oírlo.
—Es bastante obvio.
—Y no me lo creo. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él?
—En tu casa, después del funeral.
—Ya sabes a lo que me refiero. Me refiero a antes.
—Laura...
—¿Cuándo?
—Yo tampoco necesito que me sometas a un interrogatorio.
—¿Cuándo?
—Durante mi primer año en la facultad, hace diez años. ¿Contenta?
—Un hombre puede cambiar en diez años.
—Él no, Laura. Es un enfermo. Odiaba a David.
—Te equivocas de medio a medio. Se te saltarían las lágrimas si vieras cuánto lo quiere.
—Vaya, parece que te has creído sus mentiras.
—Era su hermano. Da igual lo que haya hecho: eso no hay quien lo cambie.
—¿Y qué?
—Que ha cambiado. Está arrepentido de su pasado. Se siente culpable por lo que sea que pasara entre David y él.
—Joder, Laura, hablas como uno de esos psicólogos chalados que siempre se las arreglan para soltar a los asesinos. ¿Cómo puedes ser tan condenadamente ingenua?
—Que te jodan, T. C.
—Que te jodan a ti.
Ambos se detuvieron y se miraron. Él abrió la boca pero, antes de que pudiese decir nada, ella lo abrazó.
—Lo siento —comenzó Laura—. No pretendía...
—Yo he tenido la culpa.
Ella sintió que las lágrimas comenzaban a abrirse paso.
—Sé que solo quieres ayudar. No podría haber salido de esta de no haber sido por ti.
—Olvídalo —T. C. la apartó con suavidad—. ¿Estás segura de que quieres repasar el álbum de fotos?
Ella asintió. No se había atrevido a abrirlo desde que se lo había llevado de la casa. En realidad, todavía no estaba segura de tener fuerzas suficientes para ver las fotografías estando sola.
Se sentaron y empezaron a examinar detenidamente el álbum de fotos de David.
T. C. observó a Laura mientras pasaban las páginas. Se sentía confuso por sus propios sentimientos de culpa y por hacer lo correcto para ayudar a Laura. Le sorprendió la rapidez con que dejó de llorar, después de su discusión. Y tampoco lloró mientras miraba las fotos. No había ninguna emoción en su rostro, tan solo un pálido gesto neutro, como si el estallido anterior la hubiese vaciado. La falta de emociones asustó a T. C. más que si hubiera estado llorando desconsoladamente.
Laura se detuvo en una página durante varios minutos. T. C. miró por encima del hombro de ella la foto de la madre de David.
—¿Cómo era, T. C.?
—¿La madre de David? No llegué a conocerla antes de que enfermara. Se enteró de que tenía cáncer durante nuestro primer año en la universidad. Sé que David y ella estaban muy unidos. De hecho, cuando ella murió, David se vino abajo.
Laura miró la fotografía unos largos segundos más. Después pasó a la página siguiente. Estaba vacía.
La mano de T. C. se apoyó en la página en blanco.
—¿Aquí estaba la foto de...?
Ella asintió.
—El padre de David.
—Joder. Qué cosa tan siniestra.
—No lo entiendo, T. C. ¿Por qué rompieron la foto de un hombre que lleva muerto casi treinta años?
—No lo sé.
—No tiene el menor sentido.
—¿Había algo más en la foto?
—No lo creo. Solo era una de aquellas fotos que utilizan en la facultad para el anuario.
—Debemos asegurarnos de que es la única fotografía que falta.
Examinaron el resto del álbum, pero no había más páginas en blanco.
—¿De qué puede tratarse, T. C.?
—Dame un segundo, Laura. No soy de los que piensan rápido. Más bien soy un tanto lento... —Sacó un puro—. ¿Te importa?
—Adelante, fuma.
Él lo encendió lentamente.
—Vale. Vayamos paso a paso. Primero, alguien entra en tu casa. ¿Es un ladrón? No. De haberlo sido, se habría llevado el dinero. Segundo, ¿es un admirador que quiere algunos recuerdos de David? Tampoco. De haberlo sido, se habría llevado el anillo de la NCAA de David con las fotos de sus tiempos de jugador.
—Eso ya lo sabemos.
—Ten un poco de paciencia.
—Lo siento.
—Quienquiera que entrase venía para llevarse la foto del padre de David.
—Y mirar en nuestra agenda —añadió Laura.
—Así es... Entonces ¿cuál es la relación? ¿Por qué querría nadie romper una foto del padre de David y qué relación puede tener con el hecho de que mirasen en vuestra agenda?
—Ni idea.
T. C. hizo una pausa y se rascó la barbilla.
—¿Qué sabemos del padre de David?
—Se suicidó —respondió Laura.
—Exacto. Puedo entender hasta cierto punto que alguien quiera una foto de él.
—¿Qué?
—Bueno, David siempre ha sido muy reservado al hablar de esa parte de su vida. Tal vez alguien esté escribiendo algún artículo referente a David y no podía encontrar una foto de su padre.
—Estás desvariando.
—Lo sé. Además, no cogió la foto. La rompió.
—¿Y adónde nos conduce eso, T. C.?
T. C. dio una fuerte calada y exhaló el humo por encima de su cabeza. Necesitaba entender por qué entraron y por qué querían mirar la agenda. La segunda parte más o menos tenía lógica, pero ¿destrozar la foto del padre de David? Negó con la cabeza.
—Esto no hay quien lo entienda —respondió.
El hombre observó al cirujano atentamente. Ya le había visto hacer eso, pero nunca le había prestado demasiada atención. Ahora no perdía detalle de los movimientos de sus manos, de la manera en que cortaba las vendas poco a poco, las retiraba y quitaba la gasa. En aquella ocasión, sin embargo, el hombre estaba interesado en ver el producto terminado.
—Quédese quieto —le ordenó el cirujano a su paciente—, y acabaré en un instante.
El hombre intentó mirar por encima del hombro del cirujano para ver el rostro, pero aún había demasiados vendajes. Con infinito cuidado, el cirujano fue quitando el esparadrapo blanco.
Una capa tras otra. Empapaba trozos de tela en alcohol y limpiaba la cara del hombre con ellos. Cuando dio la operación por terminada, el cirujano se apartó para que el hombre viese al paciente.
—¡Dios santo! —exclamó el hombre.
El cirujano sonrió.
—Uno de mis mejores trabajos.
—No bromeas, Hank. Es fantástico.
Por primera vez desde la operación, el hombre oyó la voz del paciente.
—Por favor, ¿pueden darme un espejo?
—Y la voz. Es del todo increíble, Hank.
—¿Y el espejo?
El cirujano llamado Hank le hizo un gesto a la enfermera.
—Antes de que se lo dé, joven, permítame que le advierta algo: esto va a ser una sorpresa mayúscula. No tenga miedo. La mayoría de la gente se queda muy desorientada la primera vez que ve los cambios. Muchos sufren una crisis de identidad.
—Muchas gracias —dijo el paciente con una voz indefinida—. Y, ahora, ¿podría darme el espejo?
Fue la enfermera quien se lo dio. El paciente lo sujetó entre las manos y miró su reflejo. El hombre, el cirujano y la enfermera observaron su reacción. No hubo ninguna. El paciente vio su reflejo como si tal cosa. No cambió el gesto.
—¿Qué le parece? —preguntó el cirujano.
—Ha hecho un excelente trabajo, doctor. Supongo que su factura ya ha sido pagada.
—Así es, gracias.
—¿Cuándo podré levantarme de la cama?
—Creo que bastará con otro día de descanso.
—¿Cuánto tiempo pasará antes de que pueda hacer un ejercicio extenuante?
—¿Un ejercicio extenuante? Pero ¿por...? —Se contuvo, al recordar lo peligroso que resultaba formular demasiadas preguntas—. Si todo va bien, dentro de una semana o poco más.
7
Stan encontró un teléfono público cerca de Filene’s Basement. Metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de monedas. Puso unas cuantas en la rendija y marcó. Después de tres tonos, una recepcionista atendió la llamada.
—Charles Slackson, abogado. ¿En qué puedo ayudarle?
—Pásame con Charlie.
—¿Quién le llama?
—Un viejo amigo —respondió Stan, tajante.
—Lo siento. Necesito...
—Mira, guapa, pásame a Charles o te arranco la lengua de esa cabeza hueca.
Sobrevino un silencio asombrado. Stan oyó un clic cuando ella lo puso en espera. Apenas unos segundos más tarde, un hombre atendió el teléfono.
—¿Hola?
—¿Charlie? Soy yo, Stan.
—Por Dios, Stan, le has pegado un susto de muerte a mi secretaria.
—Lo siento. No quería darle mi nombre.
—No te culpo, colega.
—¿A qué te refieres?
—RH te está buscando. No parece estar de muy buen humor.
—Ya me lo figuraba.
—¿Dónde demonios te has metido, Stan?
—No te preocupes por eso. Tengo que formularte una pregunta legal.
—¿Legítima?
—Sí.
—Por lo general, no me ocupo de casos legítimos. Mi especialidad son las estafas.
—A mí me lo vas a contar.
—No me digas que has encontrado una manera legítima de que ganemos algún dinero, Stan. Prefiero pensar en ti como el astuto estafador que eres.
—Intentaré no cambiar.
—Vale, ¿cuál es la pregunta?
—Doy por supuesto que sabes que mi hermano la palmó en Australia.
—¿Estás de coña? Llevan semanas taladrando con la noticia.
—Mi pregunta tiene que ver con la herencia. No hizo testamento, así que, ¿quién se queda con la pasta?
—Eso depende. ¿Es verdad que tu hermano se fugó con Laura Ayars unos pocos días antes de ahogarse?
—Sí.
—Tío, está tremenda. Tenía uno de sus calendarios en mi cocina.
—Fantástico, Charlie. ¿Y qué pasa con el dinero de mi hermano?
—Vale, vale, se me había ido el santo al cielo. ¿Estaban legalmente casados antes de que él muriera?
—Sí.
—Pues entonces me temo que no puedo darte buenas noticias, Stan.
—¿A qué te refieres? Soy su único pariente biológico.
—A los juzgados no les importa mucho la biología. Es lo que llamamos sucesión intestada.
—Háblame en cristiano, Charlie.
—Para lo que te interesa, es tan sencillo como esto: si no hay testamento, la viuda se queda con todo.
—¿Todo?
—Todo.
—¿Incluso si ya es millonaria?
—Incluso si es el Aga Khan.
—¡Mierda!
—Lo siento, colega. ¿Cómo te tiene atrapado RH?
—Con una soga al cuello —murmuró Stan.
—Será mejor que pienses cuanto antes en una buena estafa o aprendas el secreto de la invisibilidad. A RH no le gusta que sus deudores se escondan de él.
—Lo sé, Charlie.
—¿Estás bien?
—Supongo que bastante bien. Tan solo necesito unos pocos días más. Oye, Charlie, hoy hay una apuesta segura en Aqueduct...
—Eso ya lo he oído antes, amigo.
—No, de verdad. Basta con que apuestes por mí y...
—Ni lo sueñes, Stan. RH ha hecho correr la voz. Nadie te va a cubrir.
—Pero, Charlie...
—Mira, Stan, a mí no me metas en esto. Tú ve por tu cuenta. Ahora tengo que colgar, lo siento colega.
Charlie colgó el teléfono. Stan se quedó pensativo. Entonces sonrió. Sacó otra moneda e hizo una segunda llamada.
Gloria Ayars se sentía con la cabeza en las nubes mientras bajaba las escaleras. No podía evitarlo. Por primera vez desde la muerte de David, había una razón para sonreír. Sí, era cierto que ella y su familia aún estaban de luto. Seguía queriendo llorar a todas horas por la pérdida de Laura. Pero por fin le había ocurrido algo agradable, y no tenía nada de malo sentirse feliz.
Stan acababa de llamarla y le había propuesto que cenaran juntos mañana por la noche. En realidad, no era una cita, como no dejaba de repetirse Gloria. Solo era una cena amistosa. Nada más. No había absolutamente ninguna razón para convertirlo en algo que no era.
Entonces ¿por qué sentía ese calor interno?
Hacía mucho tiempo que Gloria no estaba con ningún hombre. Ni siquiera había tenido citas. Se había pasado un año entero sin querer estar cerca de hombre alguno. En concreto, desde... Cerró los ojos. ¿Por qué tenía que pensar en esas cosas ahora? ¿Por qué debía recordar que ella no se merecía estar con alguien como Stan? ¿Por qué tenía que pensar que solo servía para que la escoria abusara de ella?
«¡No! ¡Yo no soy escoria! Aquello ha quedado atrás. Aquella Gloria Ayars ya no existe. Está muerta y enterrada, gracias a Dios...».
—¡Solo dime qué pasó!
El grito autoritario de su padre la devolvió a la realidad. Estaba al teléfono y discutía con alguien. Parecía furioso, tal vez estaba hablando con uno de los nuevos internos del hospital. Gloria comenzó a caminar por el pasillo, alejándose del despacho para no oír lo que decía.
—¿Ella mató a David o no?
Gloria se detuvo.
La voz de su padre sonó todavía más fuerte.
—¿Que no pudiste detenerla?
James Ayars guardó silencio, para dejar que quien fuese que estuviera al otro lado de la línea respondiese a su pregunta. Cuando habló de nuevo, su voz era más calmada, más controlada.
—Lo sé. Lo sé... Lo siento. No tendría que haber gritado de esa forma. —Pausa—. Estoy de acuerdo. Lo más probable es que fuese un suicidio.
Gloria sintió que el corazón se le subía a la garganta. Aguantó la respiración.
—No, eso no serviría de nada ahora —continuó él—. ¿Crees que ella decía la verdad? Ajá. De acuerdo. Supongo que no hay nada que podamos hacer. —Pausa—. No hables de esa forma. —Ahora su voz recuperó la rabia—. ¿Me oyes? Te dije que no dijeras nada. No es verdad. Ni una sola palabra. —Pausa—. ¡Nunca!
El doctor James Ayars colgó con todas sus fuerzas. Gloria contuvo el aliento y apoyó la espalda en la pared. Se dijo que debía de haber un millón de personas que se llamaban David. Seguro que su padre tenía muchos pacientes con ese nombre.
Los detalles de la muerte.
Laura sujetó con fuerza la mano de su hermana. Observó el despacho y sus paneles de madera oscura. Las butacas eran grandes y cómodas. Unas pinturas que representaban la cacería del zorro adornaban las paredes.
La gran mesa de escritorio que tenía ante ella era de roble pulido, y en la estantería de detrás había libros de derecho muy bien ordenados.
Clip estaba allí con ellas. Y también T. C., Earl, Timmy y su padre. A su madre, por supuesto, no la habían invitado.
Sin embargo, Laura sí había invitado a Stan. Y el hecho de que él no hubiera aparecido por allí le parecía un tanto extraño.
El señor Averall Thompson, el abogado de los Celtics y amigo de toda la vida de Clip Arnstein, se inclinó hacia delante.
—Intentaré que este trámite sea lo más rápido y sencillo posible. ¿Le parece bien, señora Baskin?
Laura asintió.
—En primer lugar, le ruego acepte mis más sinceras aunque tardías condolencias por su pérdida.
—Gracias.
—Y, en segundo lugar, permítame disculparme por la demora en arreglar estos asuntos. Cuando alguien fallece sin dejar testamento suelen producirse confusiones... en mayor o menor medida.
—Me hago cargo, señor Thompson. No tiene por qué disculparse.
—De acuerdo. —El socio principal de la firma se colocó las gafas de leer—. En casos como este, la viuda recibe todas las propiedades del difunto. Con arreglo a nuestros informes, ustedes poseen la mayor parte de sus bienes en cuentas conjuntas, por lo que los trámites serán más rápidos. Compraron juntos la casa de Brookline. Tienen tres cuentas conjuntas, dos en bancos y una en una institución financiera. Además, David dejó unos cuantos fondos de inversiones y acciones, así como su apartamento. Y eso es todo.
—También está su cuenta en el Banco Heritage de Boston —añadió Laura.
—¿Disculpe, señora Baskin?
—David tenía una cuenta en el Banco Heritage de Boston. Hay más o menos medio millón de dólares en ella.
El señor Thompson pareció intrigado.
—¿Está segura de que no la ha liquidado?
—Del todo.
El abogado miró en la carpeta que tenía delante.
Laura miró a su alrededor. T. C. se miraba los zapatos. La mayoría de los rostros mostraban una ligera extrañeza, más de curiosidad que de preocupación. La excepción era su padre. El rostro de James Ayars estaba pálido, su mirada parecía asustada y confusa.
—No veo nada al respecto en el expediente. ¿Tiene usted el número de cuenta?
—Los estados de cuenta están en el apartamento de David.
Thompson se inclinó hacia delante y apretó el botón para llamar a su secretaria.
—¿Beatrice?
—Sí, señor Thompson.
—Llame a nuestro contacto en el Banco Heritage de Boston. Vea si tienen alguna cuenta a nombre del señor David Baskin.
—De inmediato, señor Thompson.
El abogado se acomodó en su silla.
—Lo siento mucho, señora Baskin. No comprendo cómo pudimos haber pasado por alto algo así. De verdad que me siento muy avergonzado.
—Estoy segura de que se aclarará de inmediato.
—Yo también.
Un momento más tarde, sonó el teléfono en la oficina.
—¿Señor Thompson?
—Sí, Beatrice.
—He llamado al Banco Heritage de Boston. No tienen constancia de que el señor David Baskin tuviera ninguna cuenta allí.
Laura se irguió en la silla.
—Eso no es posible.
Averall Thompson lanzó una sonrisa comprensiva.
—Tal vez pueda proporcionarnos el número de cuenta...
Quizá fuera la expresión de su padre o la manera en que T. C. seguía mirando el suelo, pero de pronto Laura se sintió muy inquieta. El dinero no significaba nada para ella. Ya tenía mucho más de lo que sabría hacer con él. Pero todo aquello era muy extraño. Algo iba muy mal.
—Gracias, señor Thompson.
Laura consiguió encontrar la llave con manos temblorosas. T. C. se había ofrecido a acompañarla, pero ella había decidido que prefería ir sola. Ahora, delante de la puerta del apartamento de David, se preguntó si había hecho lo correcto.
Colocó la llave en la cerradura y la giró. La puerta se abrió al apartamento a oscuras. Laura titubeó.
Tenía miedo de encender las luces. Miedo de enfrentarse a los dolorosos recuerdos que estaban dispuestos a saltarle encima.
David y ella habían pasado allí muchos momentos felices, momentos de pura alegría que Laura sabía que no volvería a experimentar. No era justo. Era una blasfemia, pero Dios la había estafado. Estafado y lastimado de la peor manera. La había hecho feliz y la había llevado al máximo, y luego le había arrancado las alas y la había dejado caer hasta la dura superficie. En un momento, David estaba vivo y era fuerte. Y un instante después, había desaparecido. ¿Cómo podían haberle arrebatado a alguien como David? ¿Cómo era posible que, de pronto, todo lo que tenía sentido se convirtiera en nada?
No era más que una treta sádica y cruel del destino.
Entró, pero decidió no encender las luces. De repente, recordó la última vez que ella había entrado en su apartamento sola.
David y ella llevaban saliendo tres meses y ya estaban perdidamente enamorados.
Laura había ido a visitarlo de camino a casa desde el trabajo, llamó a la puerta y esperó. Nadie acudió a abrir.
Le pareció muy extraño.
Había hablado con David unos minutos antes. ¿Por qué había salido si sabía que ella iba a verlo? Trató de abrir la puerta y, para su sorpresa, comprobó que no estaba cerrada con llave. Ella sonrió. Él nunca dejaría la puerta abierta si hubiera salido. Era demasiado obsesivo cuando se trataba de ese tipo de cosas. Debía de estar en la ducha.
Abrió la puerta. El apartamento estaba a oscuras, igual que ahora, dos años y medio después, cuando había ido allí para buscar los extractos de las cuentas del Banco Heritage de Boston. Recorrió con la mirada la habitación en penumbras. Allí no había nadie. Prestó atención para ver si oía el sonido de la ducha, pero en el apartamento reinaba el silencio.
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