Kitabı oku: «Trazos y rostros de la Fe»

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Copyright © 2020 by Harold Segura Carmona

Trazos y Rostros de la Fe

25 destellos de espiritualidad cristiana.

de Harold Segura. 2020, JUANUNO1 Ediciones.

All Rights Reserved. | Todos los Derechos Reservados.

Published in the United States by JUANUNO1 Ediciones,

an imprint of the JuanUno1 Publishing House, LLC.

Publicado en los Estados Unidos por JUANUNO1 Ediciones,

un sello editorial de JuanUno1 Publishing House, LLC.

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Library of Congress Cataloging-in-Publication Data

Name: Segura, Harold, author

Trazos y rostros de la fe: 25 destellos de espiritualidad cristiana / Harold Segura, Harold Segura.

Published: Miami : JUANUNO1 Ediciones, 2020

Identifiers: LCCN 2020949042

LC record available at https://lccn.loc.gov/2020949042

REL062000 RELIGION / Spirituality

REL012040 RELIGION / Christian Living / Inspirational

REL012120 RELIGION / Christian Living / Spiritual Growth

Hardcover ISBN 978-1-951539-49-8

Paperback ISBN 978-1-951539-50-4

Ebook ISBN 978-1-951539-64-1

Fotografía: Marilu Navarro

Diagramación y Realización Ebook: Ma. Gabriela Centurión

Director de Publicaciones: Hernán Dalbes

First Edition | Primera Edición

Miami, FL. USA.

-Noviembre 2020-

Dedicado con gratitud a Manfred Grellert PhD,

amigo, tutor y hermano mayor en la fe, con quien aprendí que la espiritualidad cristiana

se alimenta de fuentes antiguas, pero se practica en contexto actuales, sirviendo, amando y

comprometiéndose, como Jesús, con las personas más vulnerables.

(Romanos 14:17)

Contenido

Cover
Portada
Legales
Portada
Dedicatoria
Presentación

1- Antonio Abad

2- Padres y Madres del Desierto
3- Juan Crisóstomo
4- Benito de Nursia
5- Juan Clímaco
6- Simeón el Nuevo Teólogo
7- Hildegarda de Bingen
8- Francisco de Asís
9- Matilde de Magdeburgo
10- Maestro Eckhart
11- Juliana de Norwich
12- Catalina de Siena
13- Martín Lutero
14- Ignacio de Loyola
15- Hans Denck
16- Menno Simons
17- Teresa de Ávila
18- Casiodoro de Reina
19- Hermano Lorenzo
20- John Wesley
21- Teresa de Lisieux
22- Reinhold Niebuhr
23- Etty Hillesum
24- Dietrich Bonhoeffer
25- Óscar Arnulfo Romero

Bibliografía consultada

PRESENTACIÓN

En estos trazos y rostros combino dos de mis gustos personales: el dibujo y la historia. Son eso: gustos, porque en ninguno de ellos soy experto. De niño rayaba toda pared que encontraba y cualquier papel que ponían a mi alcance. Lo sigo haciendo (hace poco pinte un árbol de la vida en la pared de la oficina de Marilú, mi esposa). Así crecí, entre lápices de colores, cuadernos de dibujo y el deseo de llegar a ser un dibujante con estilo. No lo logré; de aficionado, no pasé. En la escuela, después en la universidad y en el seminario, me convertí en caricaturista ocasional. Por ahí en mis viejos archivos guardo algunos recuerdos de los dibujos de mis profesores(as) y compañeros(as). También ellos guardan algunos.

¿Y la historia? Bueno, en la escuela y el colegio la historia no fue mi principal afición (pocos asuntos lo fueron, aparte del baloncesto y el dibujo). El interés llegó siendo ya joven, casi adulto, cuando comencé a descubrir los caminos de la fe y sus vericuetos históricos. Primero como católico (lo fui hasta los 18 años) y después como protestante evangélico. En mis años de seminarista aparecieron algunos de los rostros que ahora trazo en este pequeño libro. Mientras atendía las clases de mis profesores(as), dibujaba el rostro de mis compañeros(as) —y atendía mejor cuando dibujaba, ¡créanmelo!— Desde esos tiempos viene la ocurrente mezcla entre el dibujo y la historia.

Pues bien, ya pasados mis sesenta años, ofrezco estos destellos con interlocutores de la fe que siguen iluminado mi vida espiritual y alentando el seguimiento de Jesús. La lista escogida proviene desde los primeros siglos del cristianismo (padres y madres del desierto antiguo) y llegan hasta bien entrado el siglo XX (Dietrich Bonhoeffer y Monseñor Romero). Incluye rostros definidamente católicos (Teresa de Ávila), otros protestantes y evangélicos (Martín Lutero) y varios que no se podrían asignar a una sola familia confesional dada su universalidad (Francisco de Asís). Los veinticinco, vistos desde mi vocación ecuménica pertenecen a todas las confesiones por igual. Son cristianos y cristianas, así no más, que “dejándolo todo lo siguieron” (Lucas 5:11) y que con ese entusiasta y valiente compromiso nos invitan hoy a que le sigamos también, de acuerdo con lo que nos reclaman los nuevos contextos de hoy.

Se puede leer y se pueden ver1. A cada dibujo2 le acompaña una breve reseña biográfica del personaje, un texto tomado de sus escritos originales, un texto bíblico que se conjuga con las palabras del personaje y, al final, una pregunta de aplicación espiritual. Los escribo como pastor, teólogo y, aún mejor, como simple creyente, que cree en la riqueza que nos ofrece la historia de la espiritualidad y sus grandes personajes.

¿Cómo se puede usar este libro? Se puede ver y leer en forma individual o en grupos. Y se puede leer como recurso devocional y como cuaderno de introducción a algunos de los grandes personajes de la fe. Una sugerencia práctica es usarlo como un cuadernillo de diálogos espirituales en pequeños grupos. La cita del personaje, junto con el texto bíblico y la pregunta espiritual, son en particular un recurso que he elaborado para este ejercicio comunitario.

Mis agradecimientos a JuanUno1 Ediciones y a su Director de Publicaciones mi amigo Hernán Dalbes, por animarme a terminar este proyecto e invertir en él parte de mis noches, fines de semana y horas de vuelo dibujando, escribiendo, orando…y orando mientras dibujaba.

Dice J. Amando Robles (sacerdote dominico), mi profesor al que admiro y aprecio, que “la experiencia espiritual auténtica solo puede ser expresada poéticamente, mediante metáforas”3. Y así interpreto estos “garabatos” y textos: como una expresión metafórica y por lo tanto parcial e imperfecta del ser espiritual que soy y de la espiritualidad que procuro cultivar cada día.

Harold Segura

San José, Costa Rica. 1ro. de Noviembre de 2020.

(Día de todos los Santos, incluidos los que no están en el santoral)

1 Los dibujos están inspirados en el estilo y la obra del artista gráfico Kreg Yingst (Pensacola FL, Estados Unidos), quien talla en madera (técnica: xilografía) figuras de grandes personajes de la fe y otros.

Antonio Abad

(251-356)

Dijo Antonio:

“Señor, quiero salvar mi alma, pero los pensamientos no me dejan. ¿Qué hacer en mi aflicción? ¿Cómo me salvaré?”

Semblanza personal:

A Antonio Abad, o Antonio el Grande, se le reconoce como fundador del movimiento eremítico que estaba conformado por personas que, como él, cultivaban su espiritualidad en el desierto. Lo habían decidido así porque querían vivir su fe lejos del agitado mundo de las ciudades de la antigüedad y, sobre todo, distanciados de los centros de poder eclesial. Ante el avance inusitado del cristianismo institucional, aliado al poder imperial y apegado a sus propios intereses, Antonio y un gran número de cristianos y cristianas, decidieron huir. Él fue el primero. Su huida no era evasiva; era una forma consciente de resistencia espiritual y de protesta valiente ante la avalancha de éxitos que ya pregonaba el cristianismo de Roma.

El movimiento iniciado por Antonio se amplió después, más allá de los desiertos, a las montañas de Siria y a los centros de Italia, entre otros lugares. Eremita significó, entonces, no solo quienes vivían en esos lugares particulares, sino, más bien, quienes habían decidido vivir alejados y buscar de esa manera su fe. Antonio optó por una fe sencilla y, de alguna manera, una vida cristiana discreta. Para él fue más importante salvarse a sí mismo (de las tentaciones del poder, la ambición y el desenfreno), antes de esforzarse por salvar a los demás.

Para él, la primera batalla que había que ganar era contra sí mismo. Esto era a lo que llamaba salvación: liberarse de los pensamientos que se oponían a la voluntad del Señor, de sus caprichos egoístas, en resumen, de los demonios de su propio corazón. Por eso se preguntaba “¿Cómo me salvaré?” Antonio encontró esa salvación en el desierto, donde vivió por quince años. Después, empezó una labor pastoral con decenas de discípulos que iban hasta el desierto para buscar orientación y consejo. Así vivió hasta su muerte, cerca del Mar Rojo, con más de cien años de edad, según se cree.

Atanasio (296-373), obispo de Alejandría, escribió Vida de Antonio1, una biografía considerada el documento más importante del movimiento monástico de aquellos siglos. A esta obra se debe acudir para conocer la vida del hombre de “sabiduría divina, lleno de gracia y cortesía”, según lo describió Atanasio.

De su cofre de joyas espirituales:

“Un día el santo padre Antonio, mientras estaba sentado en el desierto, fue presa del desaliento y de densa tiniebla de pensamientos. Y decía a Dios: «Oh, Señor, yo quiero salvarme, pero los pensamientos me lo impiden. ¿Qué puedo hacer en la aflicción?» Entonces, asomándome un poco, ve Antonio a otro como él, que está sentado y trabaja, después interrumpe el trabajo, se pone en pie y después se sienta de nuevo y se pone a trenzar cuerdas, y después se levanta de nuevo y ora. Era un ángel del Señor, enviado para corregir a Antonio y darle fuerza. Y oyó al ángel que decía: «Haz así y serás salvo». Al oír aquellas palabras, cobró gran alegría y aliento: así hizo y se salvó”2.

Enseña la Biblia:

“Riqueza efímera mengua; quien reúne poco a poco prospera. Esperanza aplazada oprime el corazón, deseo realizado es árbol de vida. Quien desprecia un precepto se pierde, el que respeta un mandato queda a salvo. La enseñanza del sabio es fuente de vida, sirve para huir de los lazos de la muerte”.
(Proverbios 13:11-14)3

Nos preguntamos hoy:

Ante el acrecentado individualismo consumista y una cultura orientada hacia la satisfacción personal. Preguntémonos: ¿de qué (o de quiénes) debemos huir para cultivar una vida más plena, equilibrada y en paz con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo?

Padres y Madres del Desierto

(Siglo III - IV)

Decían los padres y madres del desierto:

“Dijo un anciano: “Prefiero un fracaso soportado con humildad que una victoria obtenida con soberbia”1.

Semblanza personal:

A Antonio Abad, el primer ermitaño, lo siguieron muchos cristianos y cristianas ávidos de imitar su ejemplo de humildad y serenidad. Antes de terminar el siglo IV, los ermitaños poblaron muchos de los desiertos de Egipto y Siria. Escribieron poco, pero vivieron mucho, con intensidad y pasión evangélicas. De estos padres y madres nos quedan sus dichos e historias, conocidos como Apotegmas2.

¿Qué los condujo a vivir de esa manera el Evangelio? Quizá el recuerdo de las primeras comunidades cristianas, tal cual se muestran en el Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 2:42-47; 4:32-37). También el hecho de que por aquellos años la fe había decaído y muchas personas anhelaban revitalizarla. La vida solitaria en el desierto y las montañas ofrecían una oportunidad de seguimiento radical de Jesús. A comienzos del siglo IV “Constantino el Grande, junto a Licinio, habían decretado la tolerancia por medio del Edicto de Milán. A partir de ese momento, la iglesia quedó ligada a los beneficios del poder imperial. Los intereses políticos se unieron a los intereses eclesiásticos; las persecuciones cesaron, la fe se instaló en las poltronas del imperio, y los cristianos sucumbieron ante la tentación de la popularidad”3. Este contexto podría ser otra de las posibles explicaciones para que los nuevos monjes y monjas encontraran en los desiertos una alternativa de vida cristiana más vibrante y fiel al Evangelio, aunque las razones históricas siguen siendo materia de investigación.

La lista de Padres y Madres es extensa: Antonio, Teodora, Macario, Pacomio, Evagrio Póntico, Simón el Estilita, Sinclética, Agatón, Macrina y muchos más. Los asuntos de su mayor interés eran: la humildad (porque la fe se evidencia en la conducta), la caridad (el cristianismo consiste en vivir como vivió Jesús), la conversión (la fe es un camino de trasformación diario), Satanás y los demonios (porque la realidad del mal se hace más evidente cuando se busca practicar el bien), el silencio (porque necesitamos acallar nuestro ruidos interiores y no tener temor de encontrarnos con nosotros mismos), las Escrituras (fundamento de la fe), la salvación (la eterna, que comienza aquí y ahora) y la misericordia (diferente al legalismo detractor que destruye a los demás).

De su cofre de joyas espirituales:

“Un hermano había pecado y el sacerdote le mandó salir de la iglesia. Se levantó el abad Besarión y salió con él diciendo: «Yo también soy pecador».

El abad Isaac… vio cometer una falta a un hermano y lo juzgó. Vuelto al desierto, vino un ángel del Señor y se puso a la puerta de su celda diciendo: «No te dejaré entrar». El anciano preguntó la causa y el ángel del Señor le contestó: «Dios me ha enviado para que te pregunte: ¿dónde quieres que envíe a este hermano culpable al que has condenado?». Y al punto el abad Isaac se arrepintió y dijo: «He pecado, perdóname». Y el ángel le dijo: «Levántate, Dios te ha perdonado. Pero en adelante no juzgues a nadie antes de que lo haya hecho Dios»”4.

Enseña la Biblia:

“Ningún discípulo es más que su maestro, aunque un discípulo bien preparado podría igualar a su maestro. ¿Por qué miras la brizna que tiene tu hermano en su ojo y no te fijas en el tronco que tú mismo tienes en el tuyo? ¿Cómo podrás decirle a tu hermano: “¿Hermano, deja que te saque la brizna que tienes en el ojo”, cuando no ves el tronco que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero el tronco de tu ojo, y entonces podrás ver con claridad para sacar la brizna del ojo de tu hermano!”.
(Lucas 6: 40-42)

Nos preguntamos hoy:

Ante ciertas formas de religiosidad legalista, implacable y crítica hacia los demás. Preguntémonos: ¿cuáles son algunos errores y fallas personales que tratamos de ocultar cuando juzgamos tan implacablemente las fallas y errores de los demás?

Juan Crisóstomo

(347 - 407)

Dijo Juan Crisóstomo:

“Si no logras encontrar a Cristo en el mendigo a las puertas de la iglesia, no lo encontrarás en el cáliz”.

Semblanza personal:

El apelativo de Crisóstomo proviene de su reconocido talento como gran predicador de los primeros siglos del cristianismo. En griego, ese nombre significa “boca de oro” o “pico de oro” (jrysostomos) y fue llamado así poco después de su muerte. Nació en Antioquía (por lo que se le conoce también como Juan de Antioquía). Fue Obispo de Constantinopla y es considerado uno de los grandes padres de la Iglesia junto con Agustín de Hipona, Gregorio Magno, Ambrosio de Milán y Jerónimo de Estridón.

Antes de adoptar la vida religiosa había estudiado filosofía y retórica, esta última disciplina bajo la guía de Libanius quien era, por aquel entonces, uno de los retóricos más elocuentes de habla griega durante el Bajo Imperio romano (conocido como el pequeño Demóstenes). A partir del año 373 se hizo monje ermitaño y, como tal, se retiró a las montañas cercanas a Antioquía, aunque solo por seis años: dos con la guía de un viejo monje sirio y cuatro en una cueva. Por razones de salud regresó a Antioquía y allí fue nombrado diácono (381) y sacerdote (386). Entonces, recibió el encargo de ser el predicador en la catedral de su ciudad. Lo fue durante doce años y se ganó la fama de predicador, maestro y santo servidor de su pueblo. En sus sermones y discursos públicos denunció los abusos de las autoridades imperiales, así como el libertinaje del clero bizantino. Trabajó a favor de las personas más necesitadas y reivindicó sus derechos.

No fue, entonces, solo un mero predicador elocuente, sino también, y esto es lo más destacable, un predicador valiente que asumió el encargo de la predicación con la fuerza profética que se necesitaba en aquel entonces. Esto le ganó aplausos, reconocimientos, pero también persecuciones y muchas aflicciones. Se enfrentó al emperador Arcadio, a la emperatriz Eudoxia y a encumbrados clérigos. Como resultado de esas denuncias fue enviado al destierro. Le condenaron por treinta y nueve cargos, uno de ellos como enemigo de la fe y contradictor de la sana doctrina (hereje).

Murió en Comana, Ponto, a consecuencia de uno de los viajes forzados que se le habían impuesto como escarmiento. Hoy se conservan la mayoría de sus cartas y sermones, incluidas varias homilías acerca del bautismo, descubiertas no hace muchos años. Después de Agustín de Hipona, Crisóstomo es uno de los grandes Padres de la Iglesia que ha gozado de mayor prestigio como reformador de la fe.

De su cofre de joyas espirituales:

¡No te ordenó Dios que al pobre le echaras en cara su pereza, sino que le remediaras su necesidad! ¡No te hizo acusador de la perversidad, sino que te constituyó remedio y médico de su desgracia! ¡Y no para que lo reprendieses por su desidia, sino para que tendieras la mano al caído! ¡No para que condenaras sus costumbres, sino para que aliviaras su hambre!

Nosotros procedemos al revés. No nos dignamos consolar con la limosna de algunos dineros a quienes se nos acercan, pero en cambio les refregamos sus llagas con nuestras reprensiones… Porque dice la Escritura: Inclina hacia el pobre tu oído y con mansedumbre respóndele palabras amables. Plata y oro no tengo. Lo que tengo, eso te doy. En el nombre de Cristo levántate y anda…

¿No puedes sanar una mano árida? Pero puedes extender la tuya a la que la crueldad ha secado, mediante la benevolencia…”1.

Enseña la Biblia:

“Al ver que Pedro y Juan iban a entrar, les pidió una limosna. Pedro y Juan clavaron su mirada en él, y Pedro le dijo: — Míranos. El cojo los miró con atención, esperando que le dieran algo. Pedro entonces le dijo: — No tengo plata ni oro, pero te daré lo que poseo: en nombre de Jesús de Nazaret, comienza a andar. Y, tomándolo de la mano derecha, hizo que se incorporase. Al instante se fortalecieron sus piernas y sus tobillos, se puso en pie de un salto y comenzó a andar”.
(Hechos 3:3-7)

Nos preguntamos hoy:

La crisis de la predicación tiene poco que ver con la elocuencia. Hay predicadores(as) grandilocuentes, sin embargo, falta la integración de la palabra locuaz con la acción eficaz. Preguntémonos: ¿cómo lograr que nuestras comunidades de fe no solo prediquen bien, sino que demuestren el Evangelio con acciones de servicio a las personas más necesitadas?

Benito de Nursia

(480 - 547)

Dijo Benito:

“Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón”1.

Semblanza personal:

Benito (Benedictus) nació en Nursia, Italia, a finales del siglo V. Después de todos estos siglos, su vida y enseñanzas siguen siendo tenidas en cuenta como una de las fuentes de espiritualidad cristiana más vigentes para la actualidad. Joan Chittister, periodista, monja y escritora señala en uno de sus libros que “la espiritualidad benedictina es la espiritualidad del siglo XXI, porque aborda los problemas que afrontamos hoy: servicio, relaciones, autoridad, comunidad… y desarrollo espiritual y psicológico”2.

Nació en una familia de la pequeña burguesía rural y fue enviado a Roma para estudiar. Al ver la vida disoluta que caracterizaba a la ciudad, decidió irse al campo y vivir en una cueva como ermitaño. Huyó para vivir en Effide en una pequeña comunidad bajo la guía espiritual de un sabio sacerdote. Poco tiempo después se dirigió hacia el monte Subiaco, cerca de Roma, donde vivió como ermitaño. Muchas personas acudían a él para buscar aliento espiritual. Allí fundó doce pequeñas comunidades monásticas, cada una con doce monjes y un abad que los dirigía.

En el 529 abandonó los grupos y se trasladó hacia el Montecasino, a casi 130 kilómetros de Roma, donde estableció un monasterio que dio origen a la orden benedictina. También fundó un monasterio para su hermana Escolástica, dirigido para mujeres con la misma vocación de vida retirada. Benito vivió en Montecasino hasta su muerte, en el año 547.

Teniendo en cuenta las Reglas monacales escritas por Juan Caisiano (360-435) y Basilio de Cesaréa (330-379), Benito redactó su propia Regla, la que gozó de amplia difusión y aseguró su fama como “Patriarca del monaquismo occidental”. Ese es uno de los documentos más importantes de la historia de la espiritualidad cristiana.

La historia del santo de Nursia se conserva gracias a la biografía teológica escrita en la segunda parte de Diálogos, obra del papa Gregorio el Grande (540-604).

De su cofre de joyas espirituales:

No hagas en el monasterio discriminación de personas. No amarás más a uno que a otro, de no ser al que hallare mejor en las buenas obras y en la obediencia. Si uno que ha sido esclavo entra en el monasterio, no sea propuesto ante el que ha sido libre, de no mediar otra causa razonable. Más cuando, por exigirlo así la justicia, crea el abad que debe proceder de otra manera, aplique el mismo criterio con cualquier otro rango. Pero, si no, conserven toda la precedencia que les corresponde, porque «tanto esclavos como libres, todos somos en Cristo una sola cosa» y bajo un mismo Señor todos cumplimos un mismo servicio, «pues Dios no tiene favoritismos». Lo único que ante él nos diferencia es que nos encuentre mejores que los demás en buenas obras y en humildad. Tenga, por tanto, igual caridad para con todos y a todos aplique la misma norma según los méritos de cada cual3.

Enseña la Biblia:

“Pero ahora, una vez que la fe ha llegado, ya no estamos bajo el dominio de ningún acompañante. En efecto, todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios, pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido revestidos. Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno. Y si sois de Cristo, también sois descendientes de Abrahán y herederos según la promesa”.
(Gálatas 3:25-29)

Nos preguntamos hoy:

Vivimos en una sociedad jerarquizada, no solo en el mundo del trabajo, sino también en otros ámbitos del diario vivir. Las jerarquías, por necesarias que sean, no deberían llevarnos a olvidar lo que nos recuerda la Biblia y reiteró Benito: ante Dios, somos iguales. Preguntémonos: ¿Qué significa en la práctica vivir la igualdad entre todas las personas en el trabajo, la familia, la escuela y la comunidad?

Juan Clímaco

(575 - 649)

Dijo Juan Clímaco:

“El alma sosegada es un trono de sencillez; el espíritu colérico es creador de maldad”1.

Semblanza personal:

Juan Clímaco, también conocido como Juan el Sinaíta o Juan Escolástico nació en Palestina y fue un monje del Sinaí que decidió vivir en lugar apartado y dedicado por entero a la oración, el silencio y el ayuno (cristiano anacoreta). Fue maestro de la vida espiritual entre los siglos sexto y séptimo. Sus más preciosas enseñanzas quedaron registradas en su obra llamada La escalera del divino ascenso o, Escala espiritual. A este título se debe también su apellido, Clímaco (klimax: escalera para ascender).

Inició su práctica espiritual siendo muy joven, cuando tenía dieciséis años de edad; entonces se fue al Monte Sinaí después de cuatro años de intensa formación. Durante ese tiempo trató de encontrar respuestas a la pregunta que lo acompañó durante toda su vida: ¿cómo escalar en la fe y en la total consagración al Señor? En sus años juveniles aprendió que lo que debía hacer era dedicar tiempo a la oración, en lugar de las conversaciones inútiles, así como también estar cerca de un director espiritual que lo ayudara a reconocer sus imperfecciones y lo encaminara por las sendas de la fe. Los libros de Gregorio Nacianceno (329-389) lo guiaron en ese camino.

Por más de cuatro décadas vivió dedicado a la lectura de las Escrituras, a la oración y, como la mayoría de los monjes, al trabajo manual. Sus contemporáneos admiraban su consagración y el rigor de su moralidad, pero él, apegado a sus más caros valores de la sencillez (simplicidad) y la humildad, intentaba ocultar sus virtudes y parecer un monje más.

En la Escala divina se presentan treinta escalones (la edad de Cristo cuando fue bautizado); cada uno de ellos expone las virtudes que se deben cultivar y los vicios que se deben evitar en el arduo camino hacia la vida que agrada al Señor. Clímaco, basado en su propia experiencia, enseña cómo lograr esas virtudes y soslayar las tentaciones. En el último escalón, el número treinta, se resume en tres palabras todo lo dicho hasta entonces: Fe, esperanza y amor (1 Corintios 13:13).

De su cofre de joyas espirituales:

“Después de todo lo que hemos dicho, solo nos queda esta triada: fe, esperanza y caridad, que abrazan y aseguran la unión de todas las virtudes… La fe la comparo con un rayo; la esperanza con la luz y el amor con una esfera, juntas forman una sola claridad, un solo esplendor… Quien desee hablar de amor está ya hablando de Dios mismo, pero es peligroso hablar de Dios y podrías ser peligroso para los incautos. Los ángeles saben cómo hablar del amor, pero ellos hablan solo en la medida que reciben luz. Dios es amor (1 Juan 4:8,16). Pero el que tenga deseos de definirlo es un ciego que se empeña en contar la arena del mar2.

Enseña la Biblia:

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85 s. 26 illüstrasyon
ISBN:
9781951539641
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