Kitabı oku: «La Cabaña del Tío Tom»

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Harriet Beecher Stowe

La Cabaña del Tío Tom

e-artnow, 2021

EAN 4064066498160

Índice

CAPÍTULO PRIMERO

En El Que Se Presenta Al Lector A Un Hombre Humanitario

CAPÍTULO II

La Madre

CAPÍTULO III

Marido Y Padre

CAPÍTULO IV

Una Tarde En La Cabaña Del Tío Tom

CAPÍTULO V

Donde Se Explican Los Sentimientos De Las Mercancías Humanas Al Cambiar De Dueño

CAPÍTULO VI

El Descubrimiento

CAPÍTULO VII

La Lucha De La Madre

CAPÍTULO VIII

La Huida De Eliza

CAPÍTULO IX

En El Que Parece Que El Senador Es Solo Humano

CAPÍTULO X

Se Llevan La Mercancía

CAPÍTULO XI

En El Que La Mercancía Humana Adopta Un Estado De Ánimo Poco Recomendable

CAPÍTULO XII

Un Incidente Propio Del Comercio Legítimo

CAPITULO XIII

La Colonia Cuáquera

CAPÍTULO XIV

Evangeline

CAPÍTULO XV

Sobre El Nuevo Amo De Tom Y Varios Otros Asuntos

CAPÍTULO XVI

El Ama De Tom Y Sus Opiniones

CAPÍTULO XVII

La Defensa Del Hombre Libre

CAPÍTULO XVIII

Las Experiencias Y Opiniones De La Señorita Ophelia

CAPÍTULO XIX

Más Experiencias Y Opiniones De La Señorita Ophelia

CAPÍTULO XX

Topsy

CAPÍTULO XXI

Kentucky

CAPÍTULO XXII

«La Hierba Se Seca, La Flor Se Marchita»

CAPÍTULO XXIII

Henrique

CAPÍTULO XXIV

Presagios

CAPÍTULO XXV

La Pequeña Evangelista

CAPÍTULO XXVI

La Muerte

CAPÍTULO XXVII

«Esto Es Lo Último De La Tierra»

CAPÍTULO XXVIII

Reencuentro

CAPÍTULO XXIX

Los Desamparados

CAPÍTULO XXX

El Almacén De Esclavos

CAPÍTULO XXXI

La Travesía

CAPÍTULO XXXII

Lugares Oscuros

CAPÍTULO XXXIII

Cassy

CAPÍTULO XXXIV

La Historia De La Cuarterona

CAPÍTULO XXXV

Señales

CAPÍTULO XXXVI

Emmeline Y Cassy

CAPÍTULO XXXVII

La Libertad

CAPÍTULO XXXVIII

La Victoria

CAPÍTULO XXXIX

La Estratagema

CAPÍTULO XL

El Mártir

CAPÍTULO XLI

El Joven Amo

CAPÍTULO XLII

Una Auténtica Historia De Fantasmas

CAPÍTULO XLIII

Resultados

CAPÍTULO XLIV

El Libertador

CAPÍTULO XLV

Comentarios Finales

Harriet Beecher Stowe
La Cabaña del Tío Tom

CAPÍTULO PRIMERO

Índice

En El Que Se Presenta Al Lector A Un Hombre Humanitario

Índice

A mediados de una fría tarde de febrero, dos hombres estaban sentados solos con una copa de vino delante en un comedor bien amueblado de la ciudad de P. de Kentucky. No había criados, y los caballeros estaban muy juntos y parecían estar hablando muy serios de algún tema. Por comodidad, los hemos llamado hasta ahora dos caballeros. Sin embargo, al observar de forma crítica a uno de ellos, no parecía ceñirse muy bien a esa categoría. Era bajo y fornido, con facciones bastas y vulgares, y el aspecto fanfarrón de un hombre de baja calaña que quiere trepar la escala social. Vestía llamativamente un chaleco multicolor, un pañuelo azul con lunares amarillos anudado alegremente al cuello con un gran lazo, muy acorde con su aspecto general. Las manos eran grandes y rudas y cubiertas de anillos; llevaba una gruesa cadena de reloj repleta de enormes sellos de gran variedad de colores, que solía hacer tintinear con patente satisfacción en el calor de la conversación. Ésta estaba totalmente exenta de las limitaciones de la Gramática de Murray, y salpicada regularmente con diversas expresiones profanas, que ni siquiera el deseo de dar una versión gráfica de la conversación nos hará transcribir.

Su compañero, el señor Shelby, sí parecía un caballero; y la organización y el aparente gobierno de la casa indicaban una posición cómoda si no opulenta. Como hemos apuntado, estaban los dos inmersos en una seria conversación.

—Así dispondría yo el asunto —dijo el señor Shelby.

—No puedo hacer negocios de esa forma, de verdad que no, señor Shelby —dijo el otro, alzando su copa entre él y la luz.

—Pues el caso es, Haley, que Tom es un muchacho poco común; desde luego que vale ese precio en cualquier parte, pues es formal, honrado, eficiente y me lleva la granja como la seda.

—Quiere usted decir honrado para ser negro —dijo Haley, sirviéndose una copa de coñac.

—No, quiero decir que Tom es un hombre bueno, formal, sensato y piadoso. Se convirtió a la religión hace cuatro años en una reunión, y creo que se convirtió de verdad. Desde entonces, le confío todo lo que tengo: dinero, casa, caballos, y lo dejo ir y venir por los alrededores; y siempre lo he encontrado honrado y cabal en todas las cosas.

—Algunas personas no creen que haya negros piadosos, Shelby —dijo Haley, con un movimiento candoroso de la mano—, pero yo sí. Había un tipo en este último lote que llevé a Orleans: era como un mitin religioso oír rezar a ese individuo; y era bastante tranquilo y callado. Me dieron un buen precio por él también, pues lo compré barato a un hombre que tuvo que venderlo todo; así pues gané seiscientos con él. Sí, creo que la religión es una cosa valiosa en un negro, cuando es de verdad, he de decirlo.

—Bien, Tom tiene religión de verdad, sin duda —respondió el otro—. El otoño pasado, le dejé ir solo a Cincinnati a hacer negocios en mi lugar y me trajo a casa quinientos dólares. «Tom», le dije, «me fío de ti porque creo que eres buen cristiano y se que no me engañarías». Tom volvió, desde luego, como ya lo sabía yo.

Cuentan que algunos tipos rastreros le dijeron: «Tom, ¿por qué no te largas al Canadá?» y él respondió: «El amo confía en mí y no podría hacerlo», eso me contaron. Me da pena desprenderme de Tom, he de confesarlo. Debería usted cogerle por toda la deuda, Haley; y si tuviera usted conciencia, lo haría.

—Pues tengo tanta conciencia como se puede permitir cualquier hombre de negocios, sólo un poco para ir tirando, como si dijéramos —dijo chistoso el comerciante—; y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa razonable para contentar a mis amigos, pero lo que pide usted es un poco excesivo —el comerciante suspiró pensativo y se sirvió más coñac.

—¿Cómo quedamos, entonces, Haley? —preguntó el señor Shelby, después de una pausa incómoda.

—¿No tiene usted un niño o una niña que pueda meter en el lote con Tom?

—Bien, ninguno que me sobre; a decir verdad, si no fuera absolutamente necesario, no vendería a ninguno. La verdad es que no me hace gracia desprenderme de ninguno de mis muchachos.

En este momento, se abrió la puerta y entró en la habitación un pequeño cuarterón de entre cuatro y cinco años. Había algo hermoso y atractivo en su aspecto. El cabello negro, suave como la seda y de color azabache, caía en rizos brillantes alrededor de su rostro redondo con hoyuelos en las mejillas, mientras que unos grandes ojos negros, llenos de fuego y dulzura, se asomaban bajo unas pestañas largas y pobladas y miraban con curiosidad por el aposento.

Un alegre traje de cuadros rojos y amarillos, cuidadosamente cortado y entallado, resaltaba su belleza exótica; y un curioso aire de seguridad mezclado con timidez demostraba que estaba acostumbrado a que su amo se fijara en él y le hiciera mimos.

—Hola, Jim Crow—dijo el señor Shelby, silbando y lanzando un racimo de pasas en dirección al niño—, recoge esto, vamos.

El muchacho salió corriendo en pos de su premio mientras se reía su amo.

—Ven aquí, Jim Crow —dijo. Se acercó el muchacho y el amo le dio golpecitos en la cabeza y le acarició la barbilla.

—Vamos, Jim, demuestra a este caballero lo bien que sabes bailar y cantar.

El muchacho comenzó a cantar con voz clara y rica una de esas canciones salvajes y grotescas de los negros, acompañando su canción con muchos movimientos cómicos de las manos, los pies y el cuerpo entero, todo al compás de la música.

—¡Bravo! —gritó Haley, echándole un cuarto de naranja. Vamos, Jim, anda como el viejo tío Cudjoe cuando le da el reuma —dijo su amo.

En el acto las flexibles extremidades del muchacho adoptaron la apariencia de la deformidad y la distorsión mientras, con la espalda encorvada y el bastón de su amo en la mano, andaba a trompicones por la habitación con su rostro de niño dibujando una mueca de dolor, escupiendo a diestro y siniestro como un viejo.

Los dos caballeros se rieron estrepitosamente.

—Ahora, Jim, muéstranos cómo el viejo Robbins canta el salmo —el muchacho rechoncho alargó la cara de manera sorprendente, con gravedad imperturbable, y comenzó a entonar nasalmente un salmo —¡Hurra, bravo! ¡Qué chico! —dijo Haley—; que me aspen si ese muchacho no es todo un caso. ¿Sabe lo que le digo? —dijo de repente, golpeando al señor Shelby en el hombro—, incluya usted a este muchacho y cerraremos el trato, se lo prometo. Venga ya, no diga usted que no es un buen trato.

En ese momento se abrió suavemente la puerta y entró en la habitación una joven cuarterona de unos veinticinco años. Sólo hacía falta una mirada al muchacho para identificarla como su madre.

Tenían los mismos ojos oscuros y expresivos con largas pestañas, los mismos rizos de cabello sedoso y negro. Su cutis moreno mostraba un rubor perceptible en las mejillas que se oscureció cuando se percató de la mirada osada de franca admiración del desconocido fija en ella. Su vestido se ceñía perfectamente a su cuerpo resaltando sus formas armoniosas; la mano de delicada factura y el pie y el tobillo pequeños no escapaban a la mirada perspicaz del comerciante, acostumbrado a evaluar con una mirada las ventajas de un buen ejemplar femenino.

—¿Y bien, Eliza? —preguntó su amo cuando ella se detuvo para mirarlo vacilante.

—Buscaba a Harry, señor, si no le importa —y el muchacho se le acercó de un salto mostrándole su botín, que había recogido en la falda de su vestido.

—Pues llévatelo, entonces —dijo el señor Shelby; y ella se retiró deprisa con su hijo en brazos.

—Por Júpiter —dijo el comerciante, mirándolo con admiración— ¡ése sí que es un buen artículo! Podría usted hacerse rico cuando quisiera con esa muchacha en Nueva Orleans. He visto a más de cien hombres pagar al contado por muchachas menos guapas.

—No quiero hacerme rico con ella —dijo secamente el señor Shelby; y, para cambiar de tema, descorchó otra botella de vino y pidió la opinión de su compañero al respecto.

—¡Excelente, señor, de primera! —dijo el tratante; y volviéndose y dando palmaditas en el hombro de Shelby, añadió—: Vamos, ¿qué me dice de la muchacha? ¿Qué le doy? ¿Cuánto quiere?

—Señor Haley, ella no está en venta —dijo Shelby—. Mi esposa no se desprendería de ella ni por su peso en oro.

—¡Bah! Las mujeres siempre dicen esas cosas, porque no entienden de números. Usted demuéstrele cuántos relojes, plumas y chucherías pueden comprar con su peso en oro, y cambiará de idea, me figuro.

—Ya le digo, Haley, que no se hable más del asunto; he dicho que no, y es que no —dijo Shelby con decisión.

—Bueno, pero me dará al muchacho, ¿verdad? —dijo el comerciante—. Tiene que reconocer que me porto bien al conformarme con él.

—¿Para qué demonios quiere usted al niño? —dijo Shelby.

—Bueno, pues, un amigo mío se va a dedicar a este negocio y quiere comprar muchachos guapos y criarlos para el mercado. Sólo de primera calidad, para venderlos como camareros y cosas así a los ricos, a los que pueden pagar por los guapos. Realza la calidad de una de estas casas solariegas tener a un muchacho realmente guapo para abrir la puerta y servir. Se pagan bien; y este diablillo es un niño tan gracioso y dotado para la música, que sería perfecto.

—Prefiero no venderlo —dijo el señor Shelby pensativo—. El caso es que soy un hombre humanitario y no me gustaría quitarle el hijo a su madre, señor.

—No me diga; vaya, algo parecido, ya, lo comprendo perfectamente. Es muy desagradable tener tratos con las mujeres a veces, a mí no me gusta nada que se pongan a gritar y a chillar. Son muy desagradables; pero yo, como soy hombre de negocios, evito tales escenas. Bien, aleje usted a la muchacha un día, o una semana o así; se hace la operación discretamente y todo habrá acabado antes de que vuelva. Su esposa podría comprarle pendientes, o un vestido nuevo, o algo así, para compensarle.

—Me temo que no.

—¡Dios me ampare, le digo que sí! Estas criaturas no son como la gente blanca, desde luego; superan las cosas, sólo hay que saberlos llevar. Pues dicen —dijo Haley con un aire franco y confidencial— que este tipo de negocios endurece los sentimientos; pero a mí no me lo parece. A decir verdad, nunca he podido hacer las cosas como algunos tipos las hacen en este negocio. He visto a quien arrancaba al hijo de brazos de su madre para ponerlo a la venta, con ella chillando como loca todo el rato; es muy mala política, pues daña el género y a veces los estropea para el servicio. Conocí a una muchacha muy guapa una vez en Nueva Orleans que se echó a perder del todo por un trato así. El tipo que la vendía no quería a su hijo, y ella era altiva cuando se enfadaba. Le digo que estranguló a su hijo con sus manos y siguió hablando de manera terrible. Me hiela la sangre recordarlo; y cuando se llevaron al hijo y a ella la encerraron, se volvió loca de atar y al cabo de una semana estaba muerta. Un desperdicio, señor, de mil dólares, sólo por no saber hacer negocios, esa es la verdad. Siempre es mejor hacer lo humanitario, señor, en mi experiencia —y el comerciante se repantigó en la silla y cruzó los brazos, con un aire decidido y virtuoso, considerándose como un segundo Wilberforce.

El tema parecía interesar mucho al caballero; mientras que el señor Shelby pelaba pensativo una naranja, empezó a hablar de nuevo, con decoroso apocamiento, como si la fuerza de la verdad le empujara a decir unas palabras más.

—No está bien visto que uno se elogie a sí mismo, pero lo digo porque es la verdad. Se dice que importo los mejores rebaños de negros de todos, por lo menos eso se dice; me lo han dicho más de cien veces, en cualquier caso, gordos y prometedores, y pierdo menos que cualquier otro comerciante. Y yo lo achaco todo a la organización, señor; y la humanidad, señor, si me permite, es el pilar de la organización.

El señor Shelby, al no saber qué decir, dijo simplemente:

—¡Vaya!

—Mis ideas han sido motivo de escarnio, señor, y de críticas. No son bien vistas, ni son corrientes; pero yo sigo en mis trece; yo sigo en mis trece y así me va; sí, puedo decir que he amortizado su pasaje —y el comerciante se rió de su broma.

Había algo tan provocativo y original en estas dilucidaciones de humanidad, que el señor Shelby no pudo menos que reír también.

Quizás te rías tú, también, querido lector; pero sabes que la humanidad se presenta hoy día de muchas maneras peculiares, y no hay límite a las cosas extrañas que dice y hace la gente humanitaria.

La carcajada del señor Shelby animó al comerciante a seguir.

—Es raro pero nunca he podido meterlo en la cabeza de la gente. Veamos el caso de mi viejo socio, Tom Loker, de Natchez; era un tipo muy listo, aunque era el mismísimo diablo con los negros, pero sólo por principio, porque jamás ha existido hombre con mejor corazón; era su sistema, señor. Yo lo comentaba con Tom. «Bueno, Tom», le decía, «cuando se ponen a llorar tus muchachas, ¿de qué sirve darles en la cabeza o pegarles una paliza? Es ridículo», decía yo, «y no sirve para nada. A mí no me parece mal que lloren», decía yo, «es la naturaleza», decía, «y si la naturaleza no se desahoga de una forma, lo hará de otra. Además, Tom», decía yo, «estropea a tus muchachas; enferman y se ponen tristes; y a veces se ponen feas, sobre todo las amarillas se ponen feas, y cuesta mucho trabajo que se domestiquen. Ahora bien», decía yo, «¿por qué no las engatusas y les hablas con amabilidad? Puedes creerme, Tom, una pequeña dosis de humanidad remedia más que tus regaños y golpes; y es más rentable, puedes creerme». Pero Tom no alcanzaba a comprenderlo; y me echó a perder a tantas que tuve que romper con él, aunque tenía buen corazón y era un hombre de negocios honrado.

—¿Y cree usted que su manera de hacer negocios es mejor que la de Tom? —preguntó el señor Shelby.

—Ya lo creo. Verá usted, cuando puedo, cuido de la parte desagradable, como la venta de los niños; alejo a las madres, pues ojos que no ven, corazón que no siente, ya sabe, y cuando la cosa está hecha y no tiene remedio, se resignan. No es como si fuera gente blanca, educada para quedarse con sus hijos y sus esposas y todo eso. Los negros bien criados no tienen expectativas de ninguna clase, así que aceptan más fácilmente todas estas cosas.

—Me temo que los míos no están bien criados entonces —dijo el señor Shelby.

—Supongo que no; ustedes los de Kentucky miman mucho a sus negros. Tienen ustedes buena intención, pero no es bueno para ellos. Verá, a un negro que tiene que ir de aquí para allá en el mundo y soportar que lo vendan a Mengano y a Zutano y a Dios sabe quién más, no es bueno llenarle la cabeza de ideas y expectativas y educarle demasiado, porque la dureza de la vida es mucho más difícil de soportar después. Estoy seguro de que los negros de usted estarían muy tristes en un lugar donde algunos negros de plantación cantarían y vitorearían como posesos. Es natural, señor Shelby, que cada hombre crea que sus propias maneras de hacer las cosas son las mejores; y yo creo que trato a los negros tan bien como merecen.

—Es una felicidad estar satisfecho —dijo el señor Shelby, encogiéndose ligeramente de hombros y dando muestras de incomodidad.

—Entonces —dijo Haley, después de que ambos hombres pasaran un rato comiendo frutos secos en silencio—, ¿qué me dice?

—Me lo pensaré y lo hablaré con mi esposa —dijo el señor Shelby—. Mientras tanto, Haley, si usted quiere que se maneje el asunto con la discreción que ha mencionado, más vale que lo mantenga en secreto en este vecindario. Correrá la voz entre mis muchachos, y no será un asunto nada discreto llevarse a alguno de mis muchachos si se enteran, se lo aseguro.

—¡Desde luego, naturalmente, ni una palabra! Pero mire usted, tengo muchísima prisa y quiero saber cuanto antes qué decide usted —dijo él, levantándose y poniéndose el abrigo.

—Pues venga esta tarde entre las seis y las siete y le contestaré —dijo el señor Shelby, mientras el tratante salía de la habitación con una reverencia.

«Me hubiera gustado echarlo de una patada», se dijo cuando vio que se había cerrado la puerta, «con ese aplomo descarado; pero sabe que me tiene a su merced. Si alguien me hubiera dicho que iba a vender a Tom a uno de estos bribones tratantes del sur, yo habría dicho: “¿Es un perro tu sirviente para que hagas eso?” Y ahora parece ser que tendrá que ser así. ¡Y el hijo de Eliza, también! Sé que tendré un problema con mi esposa por eso, y, de hecho, por el asunto de Tom también. Mala cosa tener deudas, ¡vaya! El tipo ve la ocasión y se aprovecha».

Quizás la forma más suave del sistema de la esclavitud es la del estado de Kentucky. El predominio general de los quehaceres agrícolas tranquilos y paulatinos, que no necesitan de esas prisas y presiones periódicas que tienen lugar en los asuntos de los estados de más al sur, hace que la tarea del negro sea más sana y razonable; mientras que el amo, satisfecho de seguir un estilo más gradual de adquisición, no siente la tentación de la crueldad que siempre vence a las naturalezas débiles cuando lo que está en la balanza es la posibilidad de una ganancia repentina y rápida, sin más contrapeso que los intereses de los indefensos y desvalidos.

Quien visita alguna finca de allí y observa la complacencia de algunos amos y amas y la lealtad cariñosa de algunos esclavos, podría caer en la tentación de pensar en la popular leyenda poética de la institución patriarcal; pero por encima de esta escena pende una sombra ominosa —la sombra de la ley—. Mientras que la ley considere a todos estos seres humanos, con sus corazones que laten y sus sentimientos vivos, como una serie de objetos que pertenecen a un amo, mientras que el fracaso, la desgracia, la imprudencia o la muerte del amo más amable pueda hacer que cambien una vida protegida e indulgente por otra desesperada de miseria y trabajos, es imposible hacer nada bello ni deseable dentro de la administración mejor regida de la esclavitud.

El señor Shelby era un hombre bastante común, amable y de buen corazón y bien dispuesto hacia los que lo rodeaban, y nunca había faltado nada que pudiera contribuir al bienestar físico de los negros de su finca. Sin embargo, se había dedicado a la especulación, se había endeudado mucho y sus pagarés por una gran suma habían caído en manos de Haley; esta pequeña información es la clave de la conversación precedente.

Bien, dio la casualidad de que, al acercarse a la puerta, Eliza había escuchado bastante de la conversación para saber que el comerciante quería que su amo le vendiera a alguien.

De buena gana se habría quedado escuchando detrás de la puerta al salir, pero tuvo que marcharse deprisa porque la llamó su ama en ese momento. Sin embargo, le parecía haber oído al comerciante hacer una puja por su hijo; ¿podía equivocarse? Se le encogió el corazón y comenzó a latir deprisa, y sin querer apretaba tanto al niño que éste le miró atónito a la cara.

—Eliza, muchacha, ¿qué te pasa hoy? —preguntó su ama, después de que ésta le volcara la jarra del lavabo, derribara el bastidor y le ofreciera distraída un camisón largo en lugar del vestido de seda que le había pedido que le trajera del armario.

Eliza dio un respingo.

—¡Oh, señora! —dijo, alzando los ojos y, rompiendo a llorar, se sentó en una silla y se puso a sollozar.

—Eliza, hija, ¿qué te ocurre? —preguntó su ama.

—¡Oh, señora, señora! —dijo Eliza—. ¡Había un tratante hablando con el amo en el salón! Lo he oído.

—Bueno, tonta, ¿y qué?

—Oh, señora, ¿usted cree que el amo vendería a mi Harry? —y la pobre criatura se lanzó a una silla y se puso a sollozar convulsivamente.

—¿Venderlo? ¡Qué va, tontita! Sabes que el amo no hace negocios con esos tratantes sureños y que nunca querrá vender a ninguno de sus criados, siempre que se porten bien. Vamos, tonta, ¿quién crees que querrá comprar a tu Harry? ¿Crees que todo el mundo lo quiere como tú, gansita? Venga, anímate y abróchame el vestido. Vamos, arréglame el pelo con esa trenza bonita que aprendiste el otro día, y deja de escuchar detrás de las puertas.

—Señora, usted nunca permitiría...

—¡Tonterías, niña! Por supuesto que no. ¿Cómo puedes hablar así? Antes dejaría vender a uno de mis propios hijos. Pero, Eliza, te estás enorgulleciendo demasiado de ese niño. No puede asomar la nariz un hombre por la puerta sin que creas que ha venido a comprarlo.

Reconfortada por el tono seguro de su ama, Eliza siguió ágil y mañosa con el tocado, riéndose de sus propios temores.

La señora Shelby era una dama de clase alta, hablando tanto intelectual como moralmente. Además de la magnanimidad y generosidad mentales que a menudo tipifican el carácter de las mujeres de Kentucky, tenía grandes sensibilidades y principios morales y religiosos, que se plasmaban en resultados prácticos realizados con gran energía y habilidad. Su marido, que no profesaba ninguna religión en particular, reverenciaba y veneraba la consistencia de la religiosidad de su esposa y su opinión le imponía respeto. Era verdad que le daba carta blanca en todos sus esfuerzos benévolos para el confort, instrucción y mejora de sus criados, aunque él personalmente no intervenía en ello. De hecho, si no creía exactamente en la doctrina de la eficiencia del excedente de las buenas obras realizadas por los santos, sí parecía pensar que su esposa tenía suficiente piedad y benevolencia para los dos y albergaba una vaga esperanza de entrar en el cielo gracias a la sobreabundancia de cualidades de ella que él mismo no pretendía poseer.

Lo que más le pesaba a él, después de su conversación con el tratante, era tener que informar a su esposa del negocio propuesto, y enfrentarse a las objeciones y oposición que sabía que le esperaban.

La señora Shelby, totalmente ignorante de las deudas de su marido y conociendo sólo la bondad habitual de su temperamento, era sincera al reaccionar ante las sospechas de Eliza con absoluta incredulidad. De hecho, había descartado la idea sin pensarlo dos veces; y, ocupada como estaba con los preparativos de una visita por la tarde, se le fue totalmente de la mente.

CAPÍTULO II

Índice

La Madre

Índice

Eliza había sido criada desde pequeña como favorita de su ama.

El viajero del sur debió de notar ese peculiar aire de refinamiento, la dulzura de voz y de modales, que parecen ser un don especial de las cuarteronas y mulatas. Estas gracias naturales de la cuarterona a menudo van parejas con la belleza más deslumbrante y casi siempre con un aspecto atractivo y agradable. Eliza, como la hemos descrito, no es un bosquejo imaginario sino el dibujo de memoria de una mujer que vimos hace años en Kentucky. Segura bajo los cuidados protectores de su ama, Eliza había llegado a la madurez sin las tentaciones que convierten la belleza en una herencia fatal para una esclava. La habían casado con un inteligente mulato de talento que era esclavo en una finca colindante y se llamaba George Harris.

El amo había alquilado a este joven para que trabajara en una fábrica de bolsas, donde era considerado el mejor trabajador por su destreza e ingenuidad. Había inventado una máquina para limpiar el cáñamo que, teniendo en cuenta la educación y las circunstancias del inventor, mostraba un genio mecánico parecido al de la despepitadora de algodón de Whitney.

Era guapo y tenía modales agradables, y era muy querido en la fábrica. Sin embargo, como a los ojos de la ley este joven no era un hombre sino una cosa, todas sus cualidades superiores estaban sujetas al control de un amo tiránico, intolerante y vulgar. Al oír hablar de la fama del invento de George, este caballero se acercó a la fábrica para ver la obra de este esclavo inteligente. Lo recibió con gran entusiasmo el empresario, que lo felicitó por poseer un esclavo tan valioso.

Le acompañó a ver la fábrica, donde, al mostrarle la máquina, George, animado, hablaba tan fluidamente y tenía un aspecto tan bello y viril, allí erguido, que su amo comenzó a tener una desagradable sensación de inferioridad. ¿Cómo se atrevía su esclavo a andar por el país inventando máquinas e irguiendo la cabeza entre caballeros? No pensaba tolerarlo. Lo llevaría de vuelta, lo pondría a trabajar con la azada y la pala y «a ver si se iba a pavonear tanto entonces». En consecuencia, el patrón y los trabajadores se quedaron de piedra cuando reclamó de repente el salario de George y anunció su intención de llevárselo a casa.

—Pero, señor Harris —objetó el patrón—, ¿no es un poco repentino?

—¿Y qué, si es así? ¿No es mío el hombre?

—Estaríamos dispuestos a aumentar el pago de compensación.

—No sirve de nada, señor. No tengo necesidad de alquilar a mis trabajadores si no quiero.

—Pero, señor, parece estar muy bien adaptado a este negocio.

—Puede que sí; no se adaptaba muy bien nunca a nada de lo que yo le mandaba, sin embargo.

—Pero dese cuenta de que ha inventado esta máquina —interrumpió uno de los obreros, algo inoportuno.

—¡Oh, sí! Una máquina para ahorrar trabado, ¿verdad? No me extraña que inventara eso; un negro es especialista en eso. Todos ellos son máquinas para el ahorro del trabajo. No, ¡se marchará!

George se quedó como paralizado al oír a una potencia que sabía irresistible pronunciar su condena. Se cruzó de brazos, comprimió los labios, pero un volcán de sentimientos amargos ardió en su pecho, enviando ríos de fuego por sus venas. Jadeaba y sus grandes ojos negros llameaban como brasas ardientes, y hubiera podido estallar en algún tipo de ebullición peligrosa si el bondadoso patrón no le hubiera tocado el brazo, diciendo en voz queda:

—Déjate llevar, George; ve con él de momento. Intentaremos ayudarte más adelante.

El tirano vio este susurro y adivinó su significado aunque no oyó lo que se dijo; y le fortaleció aún más en su empeño interno de mantener el poder que ejercía sobre su víctima.

George fue llevado a casa y puesto a trabajar en las tareas más humildes y fatigosas de la granja. Había conseguido reprimir cada palabra irrespetuosa; pero los ojos llameantes y la frente triste y preocupada formaban parte de un lenguaje natural que no podía reprimir: señales inequívocas de que un hombre no se podía convertir en una cosa.

Fue durante la época feliz de su trabajo en la fábrica cuando George conoció y se casó con su esposa. En ese período, como su patrón confiaba en él y lo trataba bien, tenía libertad para ir y venir a su antojo. La señora Shelby aprobó totalmente la boda y, con algo de la satisfacción de casamentera típica de una mujer, se alegró de unir a su guapa favorita con uno de su misma clase que parecía digno de ella; de modo que se casaron en el salón del ama, que adornó personalmente con azahar el hermoso cabello de la novia y le echó por encima el velo nupcial, que no hubiera podido posarse en una cabeza más bella; y no faltaban guantes blancos, ni tarta, ni vino, ni invitados que admiraron la belleza de la novia y la indulgencia y generosidad de su ama. Durante un año o dos, Eliza vio a menudo a su marido y nada interrumpió su felicidad salvo la pérdida de dos niños, que ella amaba apasionadamente y que lloró con una pena tan intensa que su ama le riñó dulcemente, procurando, con solicitud maternal, mantener sus sentimientos, tan apasionados por naturaleza, dentro de los límites de la razón y la religión.

Después del nacimiento del pequeño Harry, sin embargo, se tranquilizó y sosegó; y cada lazo sangrante y cada nervio palpitante, entretejidos de nuevo con la nueva vida, parecieron restablecerse y sanar, y hasta el momento en que su marido fue alejado tan bruscamente de su bondadoso patrón y puesto bajo el dominio de hierro de su propietario legal, Eliza era una mujer feliz.

El fabricante cumplió su palabra y fue a visitar al señor Harris una semana o dos después de la partida de George con la esperanza de que se le hubiera pasado el enfado a aquél, y probó todos los argumentos para persuadirle de que volviera a colocar a éste en su puesto anterior.

—No se moleste en hablar más —dijo tercamente—, conozco bien mis propios asuntos, señor.

—No pretendía inmiscuirme en sus asuntos, señor. Sólo pensaba que podía considerar de su interés alquilarnos a su hombre bajo las condiciones propuestas.

—Entiendo perfectamente lo que ocurre. Ya le vi guiñar el ojo y susurrarle al oído el día en que lo saqué de la fábrica, así que no me engaña en absoluto. Es un país libre, señor; el hombre es mío, y haré con él lo que me plazca, eso es todo.

Así se esfumaron las últimas esperanzas de George; ya no le quedaba nada más que una vida de trabajo y monotonía, amargamente intensificada por cada gesto vejatorio y humillante que era capaz de idear el ingenio tiránico de su amo.

Una vez dijo un jurista muy humanitario: «Lo peor que se puede hacer con un hombre es ahorcarlo». Pues, no; ¡hay otro destino que es aun peor!

CAPÍTULO III

Índice

Marido Y Padre

Índice

La señora Shelby se había marchado de visita y Eliza se hallaba en el porche mirando acongojada el carruaje que se alejaba, cuando sintió una mano en el hombro. Se giró y una alegre sonrisa iluminó sus bellos ojos.

—George, ¿eres tú? ¡Qué susto me has dado! Pero me alegro de que hayas venido. La señora se ha ido a pasar la tarde fuera, así que ven a mi cuarto y podemos pasar un rato a solas.

Al decir esto, tiró de él hacia la puerta de un pequeño cuarto que daba al porche, donde solía dedicarse a la costura al alcance de la voz de su ama.

—¡Qué contenta estoy! ¿Por qué no sonríes? Mira a Harry, qué grande se está haciendo —el niño miró vergonzoso a su padre a través de los rizos, cogido de la falda de su madre.

—¿No es hermoso? —preguntó Eliza, levantando sus largos rizos para besarlo.

—¡Ojalá no hubiera nacido él! —dijo George con amargura—. ¡Ojalá no hubiera nacido yo!

Sorprendida y asustada, Eliza se sentó, apoyó la cabeza en el hombro de su marido y rompió a llorar.

—Anda, anda, Eliza, no tenía derecho a hacerte sentir así, pobrecita —dijo cariñosamente él—; no tenía derecho. ¡Ojalá no me hubieras echado la vista encima nunca! Así hubieras podido ser feliz.

—George, George, ¿cómo puedes hablar así? ¿Qué cosa terrible ha ocurrido o va a ocurrir? Yo creo que hemos sido muy felices, hasta hace poco.

—Así es, cariño —dijo George. Luego sentó a su hijo en su regazo, miró fijamente sus hermosos ojos negros y pasó la mano por sus largos rizos.

—Es igual que tú, Eliza, y tú eres la mujer más guapa que he visto jamás y la más buena que espero ver nunca; pero ¡ojalá no te hubiera visto nunca, ni tú a mí!

—¡Oh, George! ¿Cómo puedes decir eso?

—Sí, Eliza, todo es miseria, miseria y más miseria. Mi vida es tan amarga como el ajenjo; se me está consumiendo la vida. Soy un esclavo pobre, miserable y desesperado; sólo puedo arrastrarte conmigo y nada más. ¿Para qué sirve que intentemos hacer algo, saber algo o ser algo en la vida? ¿Para qué sirve vivir? ¡Ojalá estuviera muerto!

—Vamos, George, eso es malo de verdad. Sé cómo te sientes por haber perdido tu puesto en la fábrica y es verdad que tienes un amo duro; pero ten paciencia, por favor, y quizás algo...

—¡Paciencia! —dijo él, interrumpiéndola—. ¿Acaso no he tenido paciencia? ¿Dije algo cuando fue a arrancarme del lugar donde todos me trataban con amabilidad? Le había dado cada centavo de mis ganancias, y todos decían que trabajaba bien.

—¡Es terrible, lo reconozco! —dijo Eliza—; pero después de todo, es tu amo, lo sabes.

—¡Mi amo! ¿Y quién lo convirtió en mi amo? Eso es lo que me atormenta: ¿qué derecho tiene a poseerme? Yo soy tan hombre como él. Sé más de los negocios que él; soy mejor administrador que él; leo mejor que él; mi caligrafía es mejor que la suya, y todo esto lo he aprendido por mí mismo y no gracias a él; he aprendido a pesar de él, así que ¿con qué derecho me convierte en caballo de tiro? ¿Para apartarme de las cosas que sé hacer y hago mejor que él y ponerme a hacer lo que puede hacer cualquier caballo? Lo hace adrede; dice que me abatirá y humillará y ¡me pone a hacer las tareas más duras, desagradecidas y sucias adrede!

—¡Oh, George, George, me asustas! Nunca te he oído hablar así; tengo miedo de que hagas algo terrible. No me extraña que te sientas como te sientes, pero, por favor, ten cuidado, por mí y por Harry.

—He tenido cuidado y he sido paciente, pero las cosas se están poniendo peor; ya no lo aguanta mi cuerpo; él aprovecha cada oportunidad para insultarme y atormentarme. Creía que podría hacer bien mi trabajo y seguir tranquilamente y tener algún tiempo libre para leer y aprender fuera de las horas de trabajo; pero cuanto más ve que puedo hacer, más me carga de trabajo. Dice que aunque no digo nada, ve que tengo el diablo dentro y que él va a sacármelo; pues un día de éstos saldrá de una forma que no le va a gustar nada, te lo aseguro.

—¡Vaya por Dios! ¿Qué vamos a hacer? —dijo Eliza con tristeza.

—Ayer mismo —dijo George—, cuando estaba ocupado cargando piedras en un carro, el joven señorito Tom estaba allí, chasqueando su látigo tan cerca del caballo que se asustó la pobre bestia. Le pedí que lo dejara, tan gentilmente como pude, pero siguió. Se lo pedí de nuevo, y se volvió contra mí y empezó a pegarme. Le sujeté la mano, y gritó y pataleó y corrió hacia su padre y le dijo que yo me peleaba con él. Este vino furioso y dijo que ya me enseñaría quién era mi amo; y me ató a un árbol y cortó varillas para el señorito, y le dijo que podía azotarme hasta cansarse, y así lo hizo. ¡Ya se lo recordaré, alguna vez! —se oscureció la frente del joven, cuyos ojos ardían con una expresión que hizo temblar a su joven esposa—. ¿Quién convirtió a este hombre en mi amo? ¡Eso es lo que quisiera saber! —dijo.

—Pues yo siempre he creído que debía obedecer a mi amo y a mi ama o que no sería buena cristiana —dijo Eliza, afligida.

—Eso tiene algo de sentido, en tu caso; te han criado como a una hija, te han dado de comer y te han vestido, te han mimado y te han enseñado para que estuvieras bien instruida; esos son motivos por los que pueden pretender poseerte. Pero a mí me han pateado y golpeado e insultado y lo mejor que me han hecho ha sido dejarme en paz; ¿qué les debo yo? He pagado cien veces por todo lo que me han enseñado. ¡No pienso tolerarlo y no lo toleraré! —dijo apretando los puños y frunciendo el ceño con fiereza.

Eliza tembló y calló. Nunca antes había visto a su marido de un talante parecido, y su suave sentido de la ética pareció doblarse como un junco ante la fuerza de su pasión.

—¿Sabes? El pequeño Carlo que tú me regalaste —añadió George—, esa criatura ha sido el único consuelo que he tenido. Ha dormido conmigo por la noche y me ha seguido durante el día, mirándome como si entendiera cómo me siento. Bueno, pues el otro día le daba de comer algunas sobras que recogí en la puerta de la cocina, cuando apareció el amo y dijo que lo alimentaba a su costa, que él no podía permitirse el lujo de que todos los negros tuviéramos nuestro propio perro, y me mandó atarle una piedra al cuello y echarlo al estanque.

—¡Ay, George, no lo harías!

—Yo no, pero él sí. El amo y Tom tiraron piedras a la pobre criatura mientras se ahogaba. ¡Pobrecito! Me miraba tan triste como si no pudiera comprender por qué no lo salvaba. Tuve que aguantar que me azotaran por no hacerlo yo mismo. No me importa. El amo se enterará de que a mí los azotes no me amaestran. Ya llegará mi momento, si no se anda con cuidado.

—Pero ¿qué vas a hacer? Oh, George, no hagas nada malo. Si confías en Dios e intentas hacer lo correcto, Él te amparará.

—Yo no soy cristiano como tú, Eliza. Tengo el corazón lleno de amargura; no puedo confiar en Dios. ¿Por qué permite que las cosas sean como son?

—Oh, George, debemos tener fe. La señora dice que cuando todas las cosas nos van mal, debemos creer que Dios está haciendo lo que más nos conviene.

—Es fácil que los que se sientan en sofás y viajan en carruajes digan eso; pero si estuvieran donde estoy yo, les sentaría algo peor, me imagino. Quisiera poder ser bueno; pero mi corazón está encendido y no consigo reconciliarme de ninguna forma. Tampoco tú podrías. No podrías ahora, si te dijera todo lo que tengo que decir. Aún no lo sabes todo.

—¿Qué puede pasar ahora?

—Últimamente, el amo anda diciendo que fue tonto al dejar que me casara con una de fuera; que odia al señor Shelby y a toda su tribu, porque son orgullosos y se creen mejores que él, y que tú me has dado ideas altivas; y dice que no me va a dejar venir más aquí, y que me casará con otra y me tendré que quedar en su finca. Al principio sólo despotricaba y refunfuñaba estas cosas; pero ayer me dijo que debía casarme con Mina y vivir en una cabaña con ella, o que me vendería río abajo.

—Pero estás casado conmigo; nos casó el sacerdote, ¡como si fueras blanco! —dijo simplemente Eliza.

—¿No sabes que un esclavo no puede casarse? No hay leyes al respecto en este país; no puedo reclamarte como esposa, si a él se le antoja separamos. Por eso quisiera no haberte visto nunca, por eso quisiera no haber nacido; más nos hubiera valido a los dos, más le hubiera valido a este pobre niño no haber nacido. ¡Todo esto también puede pasarle a él!

—¡Pero mi amo es tan amable!

—Sí, pero ¿quién sabe? El amo puede morir, y pueden venderlo a Dios sabe quién. ¿De qué sirve que sea guapo, inteligente y alegre? Te digo, Eliza, que por cada cosa buena o agradable que tenga o sea tu hijo, una daga atravesará tu corazón; lo hará demasiado valioso para que tú te lo quedes.

Estas palabras calaron hondas en el corazón de Eliza; apareció ante sus ojos la imagen del tratante y se puso pálida y comenzó a jadear como si le hubiesen asestado un golpe mortal. Miró nerviosa hacia el porche, donde se había retirado el niño, aburrido con la conversación seria, y donde iba de un lado a otro montado en el bastón del señor Shelby. Estaba a punto de comunicar sus temores a su marido, pero se contuvo.

«No, no, bastante tiene que aguantar el pobre», pensó. «No se lo contaré. Además, no es verdad. El amo no nos engaña jamás».

—Así pues, Eliza, hija —dijo abatido el marido—, no te amilanes. Y adiós, porque me marcho.

—¿Marcharte, George? ¿Marcharte adónde?

—Al Canadá —dijo él, irguiéndose—; y cuando llegue allí, te compraré: es la única esperanza que nos queda. Tienes un amo bondadoso, que no se negará a venderte. Os compraré a ti y al niño, ¡con la ayuda de Dios, lo haré!

—Pero será terrible si te cogen.

—No me cogerán, Eliza; antes moriré. Seré libre o moriré.

—¡No te matarás!

—No hará falta. Ellos no vacilarán en matarme; no me cogerán vivo río abajo.

—Oh, George, ¡ten cuidado, hazlo por mí! No hagas nada malo; no te hagas daño ni a ti mismo ni a otro. Las tentaciones son fuertes, muy fuertes; pero no..., debes irte..., pero ve con cuidado y prudencia; reza a Dios para que te ayude.

—Escucha mi plan, entonces, Eliza. Al amo se le ha ocurrido mandarme pasar por aquí con una nota para el señor Symms, que vive una milla más adelante. Creo que sabía que vendría aquí a contarte las noticias. Eso le gustaría, si creyera que iba a molestar a «la gente de Shelby», como los llama. Me iré a casa resignado del todo, ¿sabes? como si todo hubiera acabado. He hecho algunos preparativos, y tengo a algunas personas que me ayudarán. Un día u otro, de aquí a una semana o así, estaré entre los desaparecidos. Reza por mí, Eliza; quizás el Señor te escuche a ti.

—Reza tú también, George, y confía en Dios; así no harás nada malo.

—Entonces, adiós —dijo George, cogiéndole las manos a Eliza y mirándole, inmóvil, los ojos. Se quedaron callados; luego hubo palabras de última hora, y sollozos, y amargo llanto, pues las esperanzas de un reencuentro tras la partida eran tan frágiles como una telaraña, y se separaron marido y mujer.

CAPÍTULO IV

Índice

Una Tarde En La Cabaña Del Tío Tom

Índice

La cabaña del tío Tom era un edificio pequeño de madera, cerca de «la casa», como ese negro par excellence llamaba la vivienda de su amo. Tenía una huerta pulcra delante, donde en verano medraban, con esmerados cuidados, fresas, frambuesas y abundantes frutas y verduras. Toda la parte delantera estaba cubierta por una gran bignonia escarlata y una rosa de pitiminí que, enroscándose y entrelazándose, apenas dejaban vislumbrar los ásperos troncos de la fachada. También en verano multitud de vistosas plantas anuales, como caléndulas, petunias y dondiegos de noche, encontraban un rincón donde desplegar su esplendor y eran el deleite y el orgullo de la tía Chloe.

Entremos en la vivienda. Ya ha acabado la cena en la casa y la tía Chloe, que presidía su preparación como cocinera principal, ha delegado en los oficiales subalternos de la cocina los quehaceres de la recogida y el fregado de la vajilla, y ha salido a su propio territorio acogedor para «hacerle la cena a su viejo»; por lo tanto, no dudéis que es ella la que veis junto al fuego, vigilando con solícito esmero los alimentos que están friéndose en una sartén y levantando después con grave deliberación la tapadera de una marmita de asar, de donde se elevan vapores sugerentes de «algo bueno». Tiene la cara redonda, negra y reluciente, tan brillante que hace pensar que la han untado con clara de huevo, tal como hace ella con sus galletas de té. Todo su rostro regordete muestra una sonrisa de satisfacción y contento bajo el almidonado turbante a cuadros, aunque, si hemos de ser sinceros, delata ese vestigio de cohibición que corresponde a la primera cocinera del vecindario, puesto universalmente concedido a la tía Chloe.

Cocinera era, desde luego, hasta los huesos y el mismo centro de su alma. No había pollo ni pavo ni pato en el corral que no se pusiese serio cuando la veía aproximarse con aspecto de estar reflexionando sobre su próximo fin; y era cierto que siempre pensaba en embroquetar, rellenar o asar, hasta tal punto que era inevitable que inspirase terror en cualquier ave que se preciara. Sus tortas de maíz, con todas sus variedades de bollos, bizcochos, homazos y otras clases demasiado numerosas para mencionarlas todas, eran un misterio sublime para todas las pasteleras inferiores; y solía mover su grueso cuerpo con honrado orgullo y júbilo al relatar los infructuosos esfuerzos de alguna de sus comadres por elevarse a las mismas alturas que ella.

La llegada de compañía a la casa, con la preparación de comidas y cenas «con estilo» despertaba todo el afán de su alma; y no había visión que le gustase más que un montón de baúles apilados en el porche, porque le hacía prever nuevos esfuerzos y nuevos triunfos.

En este momento, sin embargo, la tía Chloe se asoma a la marmita de hornear, y la dejaremos ocupada en esta encantadora operación mientras acabamos nuestra descripción de la caseta.

En un rincón había una cama, cubierta por una colcha blanca como la nieve, y al lado un pedazo de moqueta de gran tamaño. La tía Chloe consideraba esta moqueta una muestra inequívoca de pertenecer a la clase superior, por lo que ésta, la cama y, de hecho, todo el rincón eran tratados con una consideración distinguida y eran denominados sagrados y protegidos, en lo posible, de las incursiones y profanaciones de la gente menuda. En realidad, ese rincón era el salón del domicilio. En el otro rincón había una cama con pretensiones más humildes, claramente designada al uso. Decoraban la pared de encima de la chimenea unas pintorescas láminas bíblicas y un retrato del General Washington, dibujado y coloreado de una forma que hubiese dejado atónito a aquel héroe si por casualidad se lo topara.

En un tosco banco del rincón, un par de niños de cabeza lanuda, centelleantes ojos negros y mejillas rellenas y relucientes vigilaban los primeros intentos de andar del bebé, que consistían, como suele suceder, en ponerse de pie, mantenerse un momento en equilibrio y desplomarse de nuevo, y cada fracaso recibía un entusiasta aplauso como si de una gran hazaña se tratara.

Una mesa de patas algo endebles colocada delante de la chimenea y cubierta con un mantel mostraba tazas de diseño marcadamente alegre con sus platillos correspondientes junto con otros síntomas de una colación inminente. En esta mesa se hallaba sentado el tío Tom, el mejor trabajador del señor Shelby, a quien debemos daguerrotipar para nuestros lectores, pues es el protagonista de nuestra historia. Era un hombre grande y fornido, de complexión fuerte, de un negro negrísimo y brillante y un rostro cuyas facciones genuinamente africanas se caracterizaban por una expresión de sensatez seria y constante, junto con una gran cantidad de bondad y benevolencia. Tenía un aire de pundonor y dignidad en su porte, unido a una sencillez confiada y humilde.

En este momento estaba muy ocupado con una pizarra que tenía delante, donde procuraba copiar unas letras lenta y cuidadosamente bajo la vigilancia del señorito George, un chico listo de trece años de edad, con todo el aspecto de darse cuenta de la dignidad que le confería su puesto de profesor.

Así no, tío Tom, así no —dijo enérgicamente, cuando el tío Tom levantó con grandes esfuerzos el rabo de la q en sentido contrario—; así es una q, ¿no lo ves?

—Dios me ampare, ¿será posible? —dijo el tío Tom, mirando con aire de respeto y admiración cómo su joven profesor garabateaba vigorosamente innumerables cus y ges para su beneficio; luego, cogiendo el lápiz entre sus grandes dedos torpes, se puso a comenzar de nuevo.

—¡Con qué facilidad los blancos hacen siempre las cosas! —dijo la tía Chloe, parando un momento de engrasar una sartén con un pedazo de tocino pinchado en un tenedor y mirando orgullosa al joven señorito George—. ¡Qué manera de escribir y de leer! Y luego viene aquí por las tardes y nos lee la lección, ¡qué interesante!

—Pero, tía Chloe, tengo muchísima hambre —dijo George—. ¿No está casi hecho el pastel del caldero?

—Casi hecho, señorito George —dijo la tía Chloe, levantando la tapadera para mirar adentro—, dorándose que da gusto, poniéndose precioso. ¡Bah! Nadie los hace como yo. El otro día la señora dejó a Sally hacer un pastel, sólo para que aprendiera, dijo. «Calle, calle, señora», le dije, «¡me duele en el alma ver que se echen a perder de esa forma los buenos alimentos! El pastel ha subido sólo por un lado, no tiene más forma que mi zapato, ¡vaya, vaya!».

Y con estas últimas palabras de desprecio por la ineptitud de Sally, la tía Chloe quitó la tapadera del caldero para mostrar un precioso pastel de una libra del que hubiera estado orgulloso cualquier pastelero de la ciudad. Al hacerse patente cuál era el punto central de la diversión, la tía Chloe se puso a trajinar en serio en los preparativos de la cena.

—¡Eh, vosotros, Mose y Pete! ¡Quitaos de en medio, negritos! Mericky, cariño, vete de ahí. La mamá le dará algo luego a su nena. Señorito George, coja usted esos libros y siéntese con mi viejo, y yo cogeré las salchichas y tendré la primera tanda de bollos en sus platos en menos que canta un gallo.

—Querían que fuera a cenar a la casa —dijo George—, pero sabía demasiado bien lo que me convenía, tía Chloe.

—De veras que sí, cariño —dijo la tía Chloe, llenándole el plato con una pila de bollos humeantes—; sabía que su vieja tía Chloe guardaría lo mejor para usted. ¡Si sabe lo que le conviene! ¡Anda ya! —y la tía Chloe tocó con el dedo a George de una manera que pretendía fuera de lo más cómico, y se volvió hacia su sartén con gran energía.

—Y ahora, el pastel —dijo el señorito George cuando hubo amainado un poco la actividad de la zona de la sartén; y al mismo tiempo, el joven blandía un gran cuchillo por encima de dicho objeto.

—¡Que Dios le bendiga, señorito George! —dijo la tía Chloe, muy seria, cogiéndole del brazo—. ¡No irá a cortarlo con ese enorme cuchillo pesado! ¡Lo destrozará, estropeará la forma tan bonita que tiene! Tome, aquí tengo un cuchillo fino que mantengo afilado aposta. ¡Mírelo, pues, se corta como si fuera mantequilla! Coma, coma, no encontrará nada mejor que eso.

—Dice Tom Lincoln —dijo George con la boca llena— que su Jinny es mejor cocinera que tú.

—¡Esos Lincoln no son nadie, desde luego! —dijo con desprecio la tía Chloe—; quiero decir, comparados con nuestra gente. Son bastante respetables, a su manera sencilla, pero no tienen idea de lo que es la elegancia. Pongamos al señor Lincoln al lado del señor Shelby, pues. ¡Dios mío! Y la señora Lincoln, ¿puede entrar en una habitación como mi señora, tan majestuosa? ¡Calle, calle! ¡No me hable de esos Lincoln! —y la tía Chloe sacudió la cabeza como una entendida del mundo.

—Pues yo te he oído decir —dijo George— que Jinny era buena cocinera.

—Sí que lo he dicho —dijo la tía Chloe— y lo mantengo. Comida buena y sencilla, eso es lo que prepara Jinny. Hace buen pan de maíz, hierve bien sus patatas, sus tortas de avena no son extraordinarias, pero están bien; pero si hablamos de cosas más elevadas, ¿qué sabe hacer? Pues hace empanadas, ya lo creo, pero ¿con qué clase de corteza? ¿Sabe hacer un milhojas ligero como una pluma que se deshace en la boca? Bien, pues, yo fui allí cuando se iba a casar la señorita Mary, y Jinny me mostró las empanadas de la boda. Jinny y yo somos buenas amigas, ¿sabe? No dije palabra, pero, ¡vaya, señorito George! Yo no hubiera podido dormir en una semana si hubiera hecho unas empanadas así. No valían nada en absoluto.

—Supongo que Jinny pensó que estaban estupendas —dijo George.

—¡Pues ya lo creo que lo pensó! ¿No las mostraba a todo el mundo, la muy inocente? Ahí está la cuestión: Jinny no sabe. Dios, si la familia no son nadie, ¿cómo se puede esperar que ella sepa? ¡No es culpa suya! Señorito George, no sabe usted cuántos privilegios tiene por su familia y su educación —suspiró la tía Chloe, haciendo girar los ojos con la emoción.

—Desde luego, tía Chloe, conozco todos mis privilegios en cuanto a pasteles y empanadas —dijo George—. Pregúntale a Tom Lincoln si no presumo de ellos cada vez que nos vemos.

La tía Chloe se recostó en su sillón y se permitió soltar una espontánea carcajada ante la gracia del señorito, y siguió riendo hasta que empezaron a correr las lágrimas por sus negras mejillas relucientes, alternando este ejercicio con golpecitos y codazos dirigidos al señorito Georgey, diciéndole que callara y que era un caso, que seguro que la iba a matar, un día de aquellos; y entre una predicción sanguinaria y otra, soltaba otra carcajada más fuerte y de más duración que la anterior, hasta que George empezó a creer que era verdad que era un individuo muy peligroso por lo ocurrente, y que le convendría tener cuidado con su manera de expresarse «con tanta gracia».

—Conque se lo dijo usted a Tom, ¿eh? ¡Dios de mi vida! ¡Las cosas que hacen los jóvenes! ¿Presumió ante Tom? ¡Dios de mi alma! Señorito George, haría usted reír a una sabandija.

—Sí —dijo George—, le dije: «Tom, tendrías que ver las empanadas de la tía Chloe, ésas sí que son buenas», le dije.

—Es una pena que no las pueda ver Tom —dijo la tía Chloe, cuyo buen corazón parecía sufrir mucho con la idea de tamaña ignorancia por parte de Tom—. Debería usted invitarle a cenar un día de éstos, señorito George —añadió—; sería un bonito gesto. ¿Sabe, señorito George? No debería sentirse por encima de nadie por los privilegios que tiene, pues los privilegios nos son dados; debemos recordar siempre eso —dijo la tía Chloe, con aspecto bastante serio.

—Bueno, tengo la intención de invitar a Tom un día de la semana que viene —dijo George—; y tú, esmérate mucho, tía Chloe, y lo dejaremos de piedra. Le haremos comer tanto que no se recuperará en quince días, ¿verdad?

—Sí, sí, desde luego —dijo, encantada, la tía Chloe—; ya lo verá. ¡Señor, señor, cuando pienso en algunas de nuestras cenas! ¿Se acuerda de la empanada de pollo que hice cuando dimos la cena para el General Knox? Yo y la señora por poco nos peleamos por culpa de la costra. No sé qué les pasa a las señoras, pero a veces, cuando una tiene muchísima responsabilidad, podríamos decir, y está muy seria y ocupada, ¡a las señoras les da por dar vueltas por ahí metiendo las narices! Y la señora quería que lo hiciera así y que lo hiciera asá, hasta que al final me puse un poco impertinente y le dije: «Señora, mire esas manos suyas tan blancas con sus dedos largos, relucientes de sortijas, como azucenas salpicadas de rocío; y ahora mire mis grandes manos negras y gordotas. ¿No le parece que el Señor me creó a mí para hacer las empanadas y a usted para quedarse en el salón?» Vaya, así de descarada me puse, señorito George.

—¿Y qué dijo mamá? —preguntó George.

—¿Decir? Bueno, se rió con los ojos, esos grandes y hermosos ojos suyos, y dijo: «Bien, tía Chloe, creo que tienes razón», dijo; y se marchó al salón. Tenía que haberme dado en la cabeza por ser tan descarada, pero así están las cosas. ¡No puedo hacer nada con una dama en la cocina!

—De todas formas, te luciste con aquella cena, recuerdo que lo dijo todo el mundo —dijo George.

—¿Verdad que sí? Como que me quedé detrás de la puerta del comedor ese mismo día y vi cómo el general pasó el plato tres veces para que le pusieran más de esa misma empanada, y dijo: «Señora Shelby, usted debe de tener una cocinera fuera de lo común». ¡Señor! ¡No cabía en mí de gozo! Y el general sabe lo que es cocinar —dijo la tía Chloe, irguiéndose ufana—. Un hombre muy agradable, el general. Es de una de las primerísimas familias de Virginia. El general sí que entiende, tanto como yo. Verá, cada empanada tiene sus secretos, señorito George; pero no todo el mundo sabe cuáles son o cómo deben ser. Pero, él sí, el general sí; lo sé por los comentarios que hizo. Sí, él conoce los secretos.

El señorito George había llegado ya a aquella situación a la que puede llegar incluso un muchacho (en circunstancias excepcionales, cuando no se puede comer ni un bocado más) y, por lo tanto, tenía tiempo de fijarse en el montón de cabezas lanudas y ojos brillantes que los observaban, hambrientos, desde el rincón contrario.

—¡Eh, vosotros, Mose y Pete! —dijo, rompiendo generosos trozos de comida y tirándoselos— queréis un poco, ¿verdad? Vamos, tía Chloe, hazles algunos bollos.

Se retiraron George y Tom a un banco cómodo junto a la chimenea mientras la tía Chloe, después de hacer una buena cantidad de bollos, colocó la nena en su regazo y comenzó a llenar de bollos la boca de ésta y la suya propia y distribuir otros a Mose y a Pete, que parecían preferir tomárselos mientras rodaban por el suelo debajo de la mesa, haciéndose cosquillas y tirándole de los pies al bebé de vez en cuando.

—Dejadlo ya, ¿queréis? —dijo la madre, dando patadas bajo la mesa de cuando en cuando, cada vez que el revuelo se hacía excesivo—. ¿No sabéis portaros cuando vienen los blancos a veros? Callad ahora, ¿queréis? ¡Más vale que andéis con cuidado u os bajaré un ojal cuando se marche el señorito George!

Es difícil saber qué significado escondía esta terrible amenaza; lo cierto es que su horrible ambigüedad no parecía impresionar en absoluto a los jóvenes pecadores a los que iba dirigida.

—¡Bueno, bueno! —dijo el tío Tom—, están tan llenos de vida que no se pueden estar quietos.

En este momento salieron los muchachos de debajo de la mesa y, con las caras y las manos embadurnadas de melaza, empezaron a besar enérgicamente al bebé.

—¡Idos ya! —dijo la madre, apartando las cabezas lanudas—. ¡Quedaréis pegados y no habrá manera de separaros, si seguís así! ¡Id a la fuente a lavaros! —dijo, secundando sus amonestaciones con un bofetón, que resonó de manera formidable aunque sólo consiguió arrancar más carcajadas a los muchachos, que salieron atropelladamente, chillando de alegría.

—¿Habéis visto alguna vez unos muchachos más molestos? —dijo la tía Chloe, bastante complacida, mientras sacaba una vieja toalla, que guardaba para tales emergencias, la mojaba con agua de una tetera agrietada y empezaba a limpiar de melaza la cara y las manos de la pequeña; después, habiéndole sacado tanto brillo que relucía, la depositó en el regazo de Tom y se dispuso a recoger la cena. El bebé llenó el intervalo tirándole a Tom de la nariz, rascándole la cara y hundiendo las manos regordetas en su cabello lanoso; esta última ocupación parecía brindarle una satisfacción especial.

—¿No es una criatura perfecta? —dijo Tom, apartándola de sí para verla de cuerpo entero. Después se levantó, la colocó en su amplio hombro y se puso a brincar y bailar con ella, mientras el señorito George le chasqueaba el pañuelo, y Mose y Pete, ya de vuelta, rugían como osos hasta que la tía Chloe declaró que «le reventaban la cabeza» con su ruido. Como, según decía ella misma, esta operación quirúrgica era un acontecimiento cotidiano en la cabaña, su declaración no mitigó en absoluto la diversión hasta que todos no hubieron rugido, revoloteado y bailado hasta quedarse tranquilos por lo extenuados.

—Bueno, pues, espero que hayáis acabado —dijo la tía Chloe, ocupada en sacar una carriola rudimentaria—; vosotros, Mose y Pete, meteos ahí, porque nosotros tenemos una reunión.

—Oh, mamá, no queremos. Queremos ver la reunión, las reuniones son tan curiosas. A nosotros nos gustan.

—Venga, tía Chloe, métela de nuevo y déjalos que se queden levantados —dijo el señorito George terminantemente, dando un empujón a la burda máquina.

La tía Chloe, una vez salvadas las apariencias, parecía encantadísima de guardar la cama, diciendo al mismo tiempo:

—Bueno, quizás les sirva para algo.

En esto, los presentes se convirtieron en un comité para deliberar sobre los arreglos y preparativos de la reunión.

—Lo que no sé es dónde se va a sentar todo el mundo —dijo la tía Chloe. Ya que la reunión se celebraba todas las semanas en casa del tío Tom desde hacía muchísimo tiempo, sin más sillas que ahora, parecía haber esperanzas de encontrar una solución en esta ocasión.

—El viejo tío Peter rompió las patas de la silla más vieja la semana pasada con sus cantares —intervino Mose.

—¡Anda ya! No me sorprendería que las hubieras arrancado tú, que fuera una travesura tuya —dijo la tía Chloe.

—Bueno, se sostendrá si se apoya en la pared —dijo Mose.

—Entonces, no debe sentarse ahí el tío Peter, porque siempre se mueve cuando se pone a cantar. Casi cruza la habitación de un salto la semana pasada —dijo Pete.

—¡Señor, señor! Haz que se siente en ella, entonces —dijo Mose—, y cuando empiece «Venid, santos y pecadores, oíd lo que cuento», se irá al suelo —y Mose imitó a la perfección el timbre nasal del viejo, desplomándose en el suelo para ilustrar la supuesta catástrofe.

—Vamos ya, pórtate bien —dijo la tía Chloe—; ¿no te da vergüenza?

Sin embargo, el señorito George se unió a las carcajadas del trasgresor y dijo convencido que Mose era «todo un tipo», por lo que la reprimenda materna pareció perder fuerza.

—Bueno, viejo —dijo la tía Chloe—, tendrás que traer esos barriles.

—Los barriles de mamá son como los de la viuda sobre los que leía el señorito George en el buen libro: nunca fallan —dijo Mose al oído de Pete.

—Pues uno de ellos se vino abajo la semana pasada, desde luego —dijo Pete—, y los tiró a todos en mitad de los cantos; eso sí era fallar, ¿no?

Durante este aparte entre Mose y Pete, los demás habían metido dos toneles vacíos en la cabaña, los habían asegurado con piedras a cada lado para evitar que rodaran y habían colocado tablas encima; esta operación, junto con la colocación de algunos cubos y palanganas y la distribución de unas sillas desvencijadas, dio fin a los preparativos.

—El señorito George lee tan bien que estoy segura de que se quedará a leer para nosotros —dijo la tía Chloe—; así será mucho más interesante.

George consintió de buena gana, pues siempre estaba dispuesto a hacer lo que ponía de relieve su importancia. Pronto se llenó la habitación de un grupo abigarrado de gente, desde el patriarca canoso de ochenta años a la muchacha y el muchacho de quince.

Chismorrearon sobre varios temas sin importancia, como dónde la tía Sally había conseguido su nuevo pañuelo rojo y que «la señora iba a regalarle a Lizzie el vestido moteado de muselina en cuanto le preparasen su nuevo traje», y que el señor Shelby pensaba comprar un nuevo potro alazán, que sería otra contribución a la gloria del lugar. Unos cuantos de los devotos que pertenecían a familias del vecindario tenían permiso para asistir y traían un interesante surtido de noticias sobre lo que se decía y hacía en tal o cual casa, que circulaba con la misma libertad que el mismo tipo de información circula en ambientes más elevados. Después de un rato, comenzaron las canciones, para el evidente deleite de todos los reunidos.

Ni siquiera la entonación nasal era capaz de estropear el efecto de unas voces buenas por naturaleza cantando unas melodías salvajes y briosas a la vez. Algunas de las letras eran de los himnos comunes y conocidos que se cantaban en las iglesias de los alrededores, y a veces de tipo más primitivo e indefinido, aprendido en los campamentos.

El estribillo de una de ellas, que cantaron con gran energía y devoción, decía así:

Morir en el campo de batalla, morir en el campo de batalla, gloria para mi alma.

Otra favorita repetía muchas veces las palabras:

Oh, voy a la gloria. ¿No quieres venir conmigo? ¿No ves cómo los ángeles me llaman? ¿No ves la ciudad de oro y el día interminable?

Hubo otras que mencionaban sin cesar «las orillas del Jordán», «los campos de Canaán» y «la nueva Jerusalén», pues la mente de los negros, apasionada e imaginativa, es siempre atraída por himnos y expresiones de naturaleza vívida y pintoresca; y, mientras cantaban, algunos se reían, algunos lloraban y algunos batían palmas o se estrechaban las manos con alegría, como si realmente hubieran alcanzado el otro lado del río.

Siguieron varias exhortaciones o relaciones de experiencias y se entremezclaron con las canciones. Una anciana de pelo cano, que hacía tiempo no trabajaba pero era muy venerada como una especie de crónica del pasado, se levantó y dijo, apoyada en un bastón:

—Bien, hijos míos, bien, me alegro de oíros y veros a todos de nuevo, pues no sé cuándo me iré a la gloria; pero estoy preparada, hijos; tengo mi atado todo preparado y mi sombrero puesto, sólo espero que venga la diligencia para llevarme a casa; a veces, durante la noche, creo que oigo el traqueteo de las ruedas y siempre estoy ojo avizor; vosotros, preparaos también, porque os digo a todos, hijos —dijo, golpeando el suelo fuertemente con el bastón—, ¡que la gloria es una cosa tremenda! Es una cosa tremenda, hijos, no sabéis nada de ella, es maravillosa —y se sentó la vieja, rendida del todo, con lágrimas cayéndole a chorro, mientras todo el grupo empezó a cantar:

Oh, Canaán, luminoso Canaán, me voy a la tierra de Canaán.

El señorito George, a petición, leyó los últimos capítulos del Apocalipsis, interrumpido constantemente por frases como: «Oh, Señor», «Escuchad eso», «Imaginadlo» o «¿De veras vendrá todo eso?».

George, que era un muchacho espabilado y bien instruido por su madre en cuestiones religiosas, al verse objeto de la admiración general, contribuyó, con loable seriedad, con comentarios propios de vez en cuando, por lo que lo respetaron los jóvenes y lo bendijeron los viejos; y todos estuvieron de acuerdo en que «un sacerdote no lo haría mejor que él» y que «era realmente asombroso».

El tío Tom era una especie de patriarca de asuntos religiosos en el vecindario. Dotado de un temperamento en el que predominaba la ética, junto con una mayor amplitud de miras y una educación superior a la de la mayoría de sus compañeros, era tratado con gran respeto por ellos, como una especie de sacerdote; y el estilo sencillo, espontáneo y sincero de sus exhortaciones hubiera podido edificar a personas más instruidas. No había nada que pudiera superar la sencillez conmovedora y la sinceridad candorosa de sus oraciones, enriquecidas con el lenguaje de las Sagradas Escrituras, que parecía haber absorbido de tal manera que ya formaba parte de su ser y salía de sus labios de manera inconsciente; en términos de un viejo negro pío, «rezaba que daba gusto». Y tal efecto tenían sus oraciones sobre la devoción de su público que a menudo parecía existir peligro de que se perdieran del todo entre las abundantes respuestas que suscitaban a su alrededor.

Mientras se desarrollaba esta escena en la cabaña de un hombre, otra muy diferente ocurría en las salas del amo.

El comerciante y el señor Shelby estaban sentados juntos en el comedor antes mencionado, en una mesa cubierta de papeles y utensilios de escritorio.

El señor Shelby estaba ocupado con unos fajos de billetes que, una vez contados, empujaba en dirección al comerciante, que los contaba también.

—Está bien —dijo el comerciante—; ahora hay que firmar.

El señor Shelby cogió apresuradamente los contratos de compra y venta y los firmó, con el aire de un hombre que realiza deprisa un asunto desagradable, y luego los empujó junto con el dinero. Haley sacó un pergamino de una gastada valija y, después de mirarlo un instante, lo pasó al señor Shelby, quien lo cogió con un gesto de ansia reprimida.

—¡Ya está hecho! —dijo el señor Shelby con tono meditabundo; y con un gran suspiro, repitió—: ¡Ya está hecho!

—No parece usted muy satisfecho, me da la impresión —dijo el comerciante.

—Haley —dijo el señor Shelby—, espero que recuerde usted que prometió, por su honor, que no vendería a Tom sin saber qué clase de gente lo compra.

—Pues usted lo acaba de hacer, señor —dijo el comerciante.

—Obligado por las circunstancias, como bien sabe usted —dijo, arrogante, Shelby.

—Bueno, a lo mejor me obligan a mí, también —dijo el comerciante—. Sin embargo, haré lo posible por conseguir un buen puesto para Tom; en cuanto a tratarlo yo mal, descuide usted. Si hay alguna cosa por la que doy gracias al Señor, es por no ser una persona cruel.

Después de las descripciones que había hecho anteriormente de sus principios humanitarios, al señor Shelby le tranquilizaron poco estas manifestaciones; pero como era lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias, permitió que se marchase el comerciante en silencio, y se puso a fumar a solas un cigarro.

CAPÍTULO V

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Donde Se Explican Los Sentimientos De Las Mercancías Humanas Al Cambiar De Dueño

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Los señores Shelby se habían retirado a sus aposentos a pasar la noche. Él se encontraba repantigado en una gran poltrona, revisando algunas cartas que habían llegado en el correo de la tarde, y ella estaba de pie ante el espejo, deshaciendo ella misma los complicados rizos y trenzas con los que la había peinado Eliza, porque había mandado a ésta a la cama al ver su aspecto ojeroso y su rostro pálido. Esta tarea naturalmente trajo a su mente la conversación que había sostenido con la muchacha por la mañana; volviéndose hacia su marido, dijo con indiferencia:

—Por cierto, Arthur, ¿quién era ese tipo vulgar que has plantado en nuestra mesa hoy?

—Se llama Haley —dijo Shelby, moviéndose inquieto en el sillón y sin levantar los ojos de la carta.

—Haley. ¿Quién es, y qué quería aquí, si puedo preguntártelo?

—Pues es un hombre con el que hice algunos negocios la última vez que estuve en Natchez —dijo el señor Shelby.

—¿Y por eso se sintió libre de venir aquí a cenar, como Pedro por su casa?

—No; lo invité yo. Tenía algunas cuentas pendientes con él —dijo Shelby.

—¿Es tratante de negros? —preguntó la señora Shelby, al notar cierta turbación en la actitud de su marido.

—¿Qué te ha hecho pensar eso, querida? —preguntó Shelby, levantando la vista.

—Nada; sólo que vino Eliza después de cenar, muy agitada, llorando y gimiendo, y dijo que hablabas con un comerciante y que lo oyó hacer una oferta por su hijo. ¡Qué tonta es!

—Conque eso dijo, ¿eh? —dijo el señor Shelby, volviendo a ocuparse de su papel, lo que pareció absorber del todo su atención durante algunos momentos, sin darse cuenta de que lo llevaba boca abajo.

«Tendrá que saberse», se dijo mentalmente, «¿qué más da ahora que después?».

—Le dije a Eliza —dijo la señora Shelby, cepillándose aún el cabello— que era más tonta que tonta, y que tú no tenías tratos con ese tipo de personas. Claro que yo sabía que tú no pensabas vender a ninguno de nuestra gente, y menos a un tipo así.

—Bien, Emily —dijo su marido—, eso es lo que siempre he pensado y hecho, pero el caso es que ahora no tengo más remedio por el estado de mis negocios. Tendré que vender a algunos de mis braceros.

—¿A ese individuo? ¡Imposible! Señor Shelby, no hablarás en serio.

—Siento decirte que sí —dijo el señor Shelby—. He accedido a vender a Tom.

—¿Qué? ¿A nuestro Tom, esa criatura buena y fiel, tu leal criado desde niño? ¡Oh, señor Shelby! Y además le has prometido la libertad, tú y yo le hemos hablado de ello cien veces. Puedo creer cualquier cosa ahora, hasta puedo creer que serías capaz de vender al pequeño Harry, el único hijo de la pobre Eliza —dijo la señora Shelby, en un tono entre la tristeza y la indignación.

—Pues, ya que quieres saberlo, así es. He acordado vender tanto a Tom como a Harry; y no sé por qué me tienen que recriminar, como si fuese un monstruo, por algo que hace todo el mundo todos los días.

—Pero, ¿por qué a éstos, entre todos los que hay? —dijo la señora Shelby—. Si tienes que vender a alguno, ¿por qué a éstos?

—Porque se venderán más caros que ninguno, por eso. Pero podría elegir a otro, si tú quieres. El tipo hizo una oferta por Eliza, si eso te viene mejor —dijo el señor Shelby.

—¡Qué canalla! —dijo la señora Shelby fogosamente.

—No quise oír hablar de ello, ni por un momento; por respeto a tus sentimientos, sería incapaz, así que no me juzgues tan mal.

—Querido —dijo la señora Shelby, dominándose—, perdóname. Me he precipitado. Me ha sorprendido la noticia, no estaba preparada, pero me dejarás interceder por estas pobres criaturas. Tom es un hombre noble y fiel, aunque sea negro. Creo, señor Shelby, que llegado el caso, incluso daría su vida por ti.

—Lo sé, estoy seguro. ¿Pero de qué sirve todo esto? No puedo remediarlo.

—¿Por qué no hacer un sacrificio monetario? Yo estoy dispuesta a sobrellevar las desventajas que me correspondan. Ay, señor Shelby, he intentado, de todo corazón, he intentado cumplir con mi deber de mujer cristiana con estas pobres criaturas dependientes y sencillas. Los he cuidado, los he instruido, los he vigilado, y hace años que conozco todas sus pequeñas alegrías y desgracias; ¿cómo voy a ir con la cabeza alta entre ellos si, por unas miserables ganancias, vendemos a un ser tan buenísimo, fiel y confiado como el pobre Tom, arrancándole en un momento todo lo que le hemos enseñado a amar y apreciar? Les he inculcado los deberes familiares, de padres e hijos, de maridos y mujeres; ¿cómo puedo dejar que se sepa que no nos importa ningún vínculo, ningún deber, ninguna relación, por sagrado que sea, comparado con el dinero? He hablado con Eliza de su hijo, de sus deberes para con él como madre cristiana, para cuidarlo, rezar por él y educarlo según el cristianismo; ¿qué puedo decir ahora, si tú lo arrancas de aquí y lo vendes a un hombre profano y sin principios sólo por ahorrar un poco de dinero? Le he dicho que un alma vale más que todo el dinero del mundo; ¿cómo va a creerme cuando ve que nosotros vendemos a su hijo? Y su venta quizás lleve a la destrucción de su cuerpo y de su alma.

—Lamento que lo veas así, de verdad que lo lamento —dijo el señor Shelby—, y respeto tus sentimientos, también, aunque no pretendo compartirlos del todo; pero te digo ahora, solemnemente, que es inútil, no tiene remedio. No quería decirte esto, Emily pero, hablando claro, es una cuestión de vender a estos dos o venderlo todo. O se van ellos, o se va todo. Haley se ha hecho con una hipoteca que, si no la saldo inmediatamente, se llevará todo por delante. He rascado y arañado y pedido prestado y he hecho de todo menos mendigar, y aun hacía falta el precio de estos dos para cubrir la deuda, por lo que tuve que cederlos. A Haley le hacía gracia el niño; quiso arreglar el asunto de esta forma y ninguna otra. Yo me hallaba en su poder y tuve que ceder. Si te sientes así por la venta de ellos dos, ¿te sentirías mejor si se vendiera todo?

La señora Shelby se quedó de pie como si la hubieran golpeado.

Finalmente, volviéndose al tocador, apoyó la cara en las manos y soltó una especie de gemido.

—¡Es la maldición de Dios sobre la esclavitud! ¡Una cosa cruel, cruel y maldita, una maldición para el amo y una maldición para el esclavo! Estaba loca al pensar que podía sacar algo bueno de un mal tan devastador. Es pecado tener un esclavo bajo leyes como las nuestras, siempre me ha parecido que era así, de niña siempre lo pensaba, y aun más después de abrazar la religión; pero pensaba que podía dorar la píldora; pensaba que con la bondad y los cuidados y la instrucción, podría hacer que la condición de los míos fuese mejor que la libertad, ¡que loca estaba!

—Eh, esposa, ¡te estás volviendo abolicionista!

—¡Abolicionista! Si supieran ellos lo que sé yo sobre la esclavitud, ¡podrían hablar! No nos hace falta que nos digan nada ellos; tú sabes que yo nunca he pensado que estuviera bien la esclavitud, que nunca he querido poseer esclavos.

—Pues en eso te diferencias de muchos hombres sabios y píos —dijo el señor Shelby—. ¿Te acuerdas del sermón del señor B. del domingo pasado?

—No quiero oír tales sermones; nunca quiero volver a oír al señor B. en la iglesia. Quizás los sacerdotes no puedan remediar el mal, no puedan curarlo, pero ¡defenderlo!, no me parece de sentido común. Y creo que a ti tampoco te pareció gran cosa ese sermón.

—Bien —dijo Shelby—, tengo que decir que estos clérigos a veces llevan las cosas más allá de lo que nos atreveríamos los pobres pecadores. Los hombres del mundo debemos cerrar los ojos ante una serie de cosas y tragar con cosas que no nos convencen del todo. Pero no nos hace ninguna gracia cuando las mujeres y los clérigos nos quieren llevar la delantera en cuestiones de humildad o moral, esa es la verdad. Pero ahora, querida, espero que comprendas que es necesario y te des cuenta de que he hecho el mejor trato que permitían las circunstancias.

—Sí, sí —dijo la señora Shelby impaciente, tocando distraída su reloj de oro—. No tengo muchas joyas buenas —añadió pensativa—, pero ¿este reloj no sirve para nada? Fue caro en su día. Si por lo menos pudiera salvar al hijo de Eliza, daría todo lo que tengo.

—Lo siento mucho, muchísimo, Emily —dijo el señor Shelby—, siento que te lo tomes así, pero no sirve de nada. El caso es, Emily, que ya está hecho; ya se han firmado los papeles de la venta y los tiene Haley en su poder; y debes dar gracias de que las cosas no estén peor. Ese hombre ha tenido la posibilidad de arruinamos a todos, y ahora está bastante bien de dinero. Si lo conocieras como lo conozco yo, creerías que nos habíamos librado por los pelos.

—¿Tan duro es, entonces?

—No exactamente un hombre cruel, pero un hombre inflexible: un hombre que vive sólo para el comercio y las ganancias, frío, decidido y tan inexorable como la muerte y la tumba. Vendería a su propia madre por un buen precio, y eso sin desearle ningún mal.

—¡Y este desgraciado es el dueño del bueno de Tom y del hijo de Eliza!

—Bien, querida, el caso es que me resulta bastante duro; odio pensarlo. Y Haley quiere apresurar las cosas y tomar posesión mañana mismo. Voy a sacar el caballo a primera hora y marcharme. No puedo ver a Tom, de verdad que no; y tú harías bien si prepararas un paseo a algún sitio y te llevaras a Eliza contigo. Que ocurra mientras ella no esté.

—¡No, no! —dijo la señora Shelby—; ¡me niego a ser cómplice o ayudante en esta empresa cruel! ¡Iré a ver al pobre Tom, que Dios lo ampare, en su desgracia! Verán, por lo menos, que al ama le importan y que sufre por ellos. En cuanto a Eliza, no quiero pensarlo. ¡Que el Señor nos perdone! ¿Qué hemos hecho, para tener que pasar por esta necesidad cruel?

Ni por un momento sospecharon los señores Shelby que había alguien escuchando esta conversación. Había un gran armario en su dormitorio, con una pequeña puerta que daba al corredor exterior. Cuando la señora Shelby despachó a Eliza, le vino a la mente febril y nerviosa de ésta la idea de este armario y ahí se había escondido y, con el oído pegado a la abertura de la puerta, no perdió ni una palabra de la conversación.

Cuando se apagaron las voces, se levantó y se alejó furtivamente.

Pálida, tiritando, con las facciones rígidas y los labios comprimidos, parecía un ser diferente de la mujer suave y apocada que había sido hasta entonces. Se deslizó cuidadosamente por el pasillo, se detuvo un instante en la puerta de su ama, donde elevó las manos en una plegaria silenciosa, y después se volvió y se escabulló a su cuarto. Era una habitación discreta y ordenada en la misma planta que la de su ama. Había una ventana agradable por la que entraba el sol, donde solía sentarse a coser; había una pequeña librería, y varios adornos alineados junto a los libros, regalos de Navidad; su ropa sencilla estaba en el armario y la cómoda: resumiendo, éste era su hogar, y, en conjunto, había sido un hogar feliz. Pero allí en la cama yacía su hijo dormido, los largos rizos envolviendo su rostro inconsciente, la boca rosada semiabierta, las manos gordezuelas extendidas por encima de la colcha y una sonrisa de oreja a oreja iluminándole la cara.

«¡Pobre hijo, pobre mío!» se dijo Eliza, «¡te han vendido! ¡Pero tu madre te salvará!».

No cayó ni una lágrima sobre la almohada; en circunstancias como éstas, el corazón carece de lágrimas: sólo gotea sangre, y va perdiéndola poco a poco en silencio. Cogió un papel y un lápiz y escribió deprisa:

«Ay, señora, querida señora, no me considere ingrata, no piense mal de mí, pero he oído todo lo que han dicho usted y el señor esta noche. Voy a intentar salvar a mi hijo, ¡no me culpará usted! ¡Dios la bendiga y le pague toda su bondad!» Después de doblar esta nota y escribir el nombre, se acercó al cajón y preparó un paquete de ropa para su hijo y se lo ató firmemente a la cintura con un pañuelo; y la memoria de una madre es tal que, incluso con los terrores de la ocasión, no se le olvidó incluir en el paquete uno o dos de sus juguetes preferidos, dejando fuera un loro de vivos colores para distraerlo cuando tuviera necesidad de despertarlo. Le costó trabajo despertar al pequeño dormilón; pero, tras algún esfuerzo, éste se incorporó y se puso a jugar con el pájaro, mientras su madre se ponía el sombrero y el chal.

—¿Adónde vas, madre? —preguntó, al acercarse ella a la cama con su abriguito y su gorro.

Su madre se acercó y le miró tan seria a los ojos que adivinó enseguida que ocurría algo extraño.

—Calla, Harry —dijo ella—. No debes hablar fuerte o nos oirán. Iba a venir un hombre malo a robarle a su madre al pequeño Harry y llevárselo en la oscuridad, pero su madre no le dejará. Va a ponerle el abrigo y el gorro a su hijito y van a salir corriendo para que el hombre feo no lo coja.

Diciendo estas palabras, había abrochado el abrigo del niño y, cogiéndolo en brazos, le susurró que se estuviera muy callado.

Abriendo la puerta de su cuarto que daba al porche exterior, salió silenciosamente.

Hacía una noche brillante y fría, cuajada de estrellas, y la madre envolvió bien con el chal a su hijo, que se colgó de su cuello paralizado por un miedo impreciso.

El viejo Bruno, un gran perro de Terranova que dormía al fondo del porche, se levantó gruñendo al acercarse Eliza. Ésta pronunció su nombre con voz queda y el animal, gran favorito suyo y compañero de juegos, movió la cola y se dispuso a seguirla inmediatamente, aunque se veía que daba muchas vueltas, dentro de su rudimentaria cabeza de perro, al posible significado de una expedición tan indiscreta a medianoche. Parecía estorbarlo mucho alguna vaga idea de imprudencia o impropiedad, pues se paraba a menudo y miraba pensativo primero a ella y después a la casa, y, después, como si la reflexión lo hubiera tranquilizado, emprendía nuevamente el camino en pos de ella. Unos minutos más tarde llegaron a la ventana de la casita del tío Tom y Eliza se detuvo y golpeó suavemente en el cristal de la ventana.

La reunión religiosa de casa del tío Tom se había prolongado hasta muy tarde con el canto de los himnos y, como el tío Tom se había permitido entonar unos cuantos largos solos después, el resultado era que, aunque era entre las doce y la una, él y su respetable esposa no estaban aún dormidos.

—¡Señor, señor! ¿Qué es eso? —dijo la tía Chloe, levantándose de un salto para correr la cortina—. ¡Que me aspen si no es Lizy! Ponte la ropa rápido, hombre. Está el viejo Bruno, también, husmeando por ahí. ¿Qué demonios pasará? Voy a abrir la puerta.

Y, fiel a su palabra, abrió de golpe la puerta y la luz de la vela de sebo que había encendido Tom apresuradamente iluminó el rostro desencajado y los oscuros ojos extraviados de la fugitiva.

—¡El Señor te bendiga! ¡Da miedo verte, Lizy! ¿Te has puesto enferma o qué te ha pasado?

—Me escapo, tío Tom y tía Chloe... me llevo a mi hijo... el amo lo ha vendido.

—¿Vendido? —preguntaron ambos al unísono, levantando las manos desconcertados.

—¡Sí, lo han vendido! —dijo firmemente Eliza—. Me he escondido en el armario del cuarto del ama esta noche y he oído cómo el amo le decía que había vendido a mi Harry y a ti, tío Tom, a un tratante; y que él se marchaba esta mañana a cabalgar y que el hombre venía a tomar posesión hoy.

Tom se quedó durante este discurso con las manos levantadas y los ojos dilatados como soñando. Lenta y paulatinamente, al comprender su significado, más que sentarse se dejó caer en su vieja silla y apoyó la cabeza sobre las rodillas.

—¡Que el buen Señor tenga piedad de nosotros! —dijo la tía Chloe—. ¡Parece mentira que haya ocurrido esto! ¿Qué ha hecho, para que lo venda el amo?

—No ha hecho nada, no es por eso. El amo no quiere vender, y el ama... siempre es buena. La he oído rogar y suplicar por nosotros. Pero él le ha dicho que era inútil; que tenía deudas con este hombre, y que lo tenía en su poder. Y que, si no saldaba la deuda, acabaría teniendo que vender la casa y a toda la gente y marcharse. Sí, le he oído decir que no tenía elección entre vender a estos dos o venderlo todo, que el hombre lo había puesto entre la espada y la pared. El amo ha dicho que lo siente, pero tendríais que haber oído al ama. ¡Si ella no es cristiana y un ángel, nunca ha habido ninguno! Soy mala por dejarla de esta manera, pero no tengo más remedio. Ella misma ha dicho que una sola alma valía más que todo el mundo; y este muchacho tiene alma y, si dejo que se lo lleven, ¿quién sabe que será de ella? Debe de ser lo correcto, pero si no lo es, ¡que Dios me perdone, porque no tengo más remedio que hacerlo!

—Bien, viejo —dijo la tía Chloe—, ¿por qué no te vas también? ¿Vas a esperar a que te embarquen río abajo, adonde matan a los negros de trabajo y hambre? ¡Antes me moriría que ir allí! Tienes tiempo... márchate con Lizy... tienes salvoconducto para ir y venir cuando quieras. ¡Venga, date prisa! Yo juntaré tus cosas.

Tom levantó despacio la cabeza, miró triste pero serenamente alrededor y dijo:

—¡No, no! Yo no me voy. Que se vaya Eliza, está en su derecho. Yo no le diría que no se fuera, no está en su naturaleza quedarse; pero has oído lo que ha dicho. Si hay que venderme a mí o a toda la gente de la casa, y todo se tiene que ir al traste, pues ¡que me vendan a mí! Supongo que puedo soportarlo como cualquiera —añadió, el pecho sacudido convulsivamente por una especie de suspiro o sollozo—. El amo siempre me ha encontrado dispuesto, y siempre me encontrará. Nunca he traicionado su confianza, ni he usado el salvoconducto para nada que no fuera honorable, y nunca lo haré. Es mejor que me vaya yo solo que disolverlo y venderlo todo. No es culpa del amo, Chloe; él te cuidará a ti y a los pobres...

En esto se volvió hacia la burda carriola repleta de cabecitas lanudas y se desmoronó. Se apoyó en el respaldo de la silla y se cubrió el rostro con las grandes manos. Unos sollozos roncos, fuertes y desgarrados sacudieron la silla y grandes lágrimas cayeron al suelo a través de sus dedos; lágrimas como las tuyas, lector, que regaron el ataúd de tu primogénito; lágrimas como las tuyas, lectora, cuando oíste el llanto de tu hijo moribundo. Porque él era un hombre, lector, y tú eres otro. Y tú, lectora, aunque lleves seda y joyas, no eres mas que una mujer y, en las grandes desgracias y adversidades, todos sentimos la misma pesadumbre.

—Y ahora —dijo Eliza de pie en la puerta—, he visto a mi marido esta misma tarde y no me imaginaba lo que iba a suceder. Lo han empujado al límite de sus fuerzas y hoy me ha dicho que se va a escapar. Intentad comunicaros con él, si podéis. Decidle cómo me voy y por qué, y decidle que voy a intentar llegar a Canadá.

Decidle que lo quiero y si no lo veo nunca más —se volvió y se quedó con la espalda vuelta hacia ellos durante un momento, y después añadió, con voz cascada—, decidle que sea tan bueno como pueda y que procure reunirse conmigo en el reino de los cielos. Llamad a Bruno —añadió—. Cerrad la puerta detrás. El pobre animal no debe ir conmigo.

Con unas cuantas últimas palabras y lágrimas, con unos cuantos adioses y buenos deseos, aferrando a su pecho a su hijo sobresaltado y asustado, se alejó silenciosamente.

CAPÍTULO VI

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El Descubrimiento

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Los señores Shelby no se durmieron enseguida después de su dilatada conversación de la noche anterior y, en consecuencia, se levantaron algo más tarde de lo normal por la mañana.

—Me pregunto qué estará haciendo Eliza —dijo la señora Shelby, después de tocar el timbre repetidas veces sin obtener respuesta.

El señor Shelby estaba de pie ante el espejo del tocador afilando su navaja cuando se abrió la puerta y entró un muchacho de color con el agua para que se afeitara.

—Andy —dijo su ama—, acércate a la puerta de Eliza y dile que la he llamado tres veces. ¡Pobrecita! —añadió suspirando para sus adentros.

Andy regresó inmediatamente con los ojos muy abiertos por el asombro.

—¡Cielos, señora! Los cajones de Lizy están todos abiertos y sus cosas todas tiradas por ahí. ¡Creo que se ha largado!

El señor Shelby y su esposa se dieron cuenta de la verdad en el mismo instante. Él exclamó:

—Entonces es que sospechaba algo y se ha marchado.

—¡Gracias a Dios! —dijo la señora Shelby—. Espero que así sea.

—¡Hablas como una loca, esposa! Estaré en un buen apuro si se ha marchado. Haley se dio cuenta de que vacilaba al venderle a este niño, y creerá que lo he planeado yo para quitarlo de en medio. ¡Empañará mi honor! —y el señor Shelby salió apresuradamente de la habitación.

Durante un cuarto de hora, hubo carreras de aquí para allá, exclamaciones, puertas que se abrían y cerraban y rostros de todos los colores asomándose por todas partes. Sólo una persona, que hubiera podido esclarecer los hechos, se quedó callada: la cocinera jefe, tía Chloe. En silencio y con una turbia nube ensombreciendo sus facciones generalmente alegres, seguía con la preparación de las galletas del desayuno como si no oyera ni viera nada del bullicio de su alrededor.

Poco después, una docena de diablillos se posaron como cuervos en la barandilla del porche, cada uno empeñado en ser el primero en dar parte de su desgracia al nuevo amo.

—Estará furioso, apuesto lo que sea —dijo Andy.

—¡Lo que va a renegar! —dijo el pequeño y negro Jake.

—Sí, porque ya lo creo que le gusta renegar —dijo Mandy, la de los rizos—. Lo oí ayer en la cena. Lo oí todo entonces, pues me metí en el armario donde guarda el ama las jarras grandes y oí cada palabra —y Mandy, que en su vida había pensado en lo que significaba cada palabra que oía más que si fuera un gato negro, adoptó un aire de sabiduría superior y se pavoneaba por ahí, olvidando añadir que, aunque se encontraba realmente enroscada entre las jarras a la hora mencionada, estuvo profundamente dormida todo el tiempo.

Cuando por fin apareció Haley con sus botas y sus espuelas, le llovieron las malas noticias de todas partes. No decepcionó a los bribonzuelos del porche, que esperaban oírlo «renegar», al hacerlo con una fluidez y un calor que deleitaron a todos sobremanera, mientras saltaban de un lado a otro fuera del alcance de su fusta; y, todos gritando, se desplomaron en un revoltijo de risotadas sobre el marchito césped de debajo del porche, donde patalearon y dieron voces hasta hartarse.

—¡Si pudiera coger a esos pequeños diablos! —murmuró Haley entre dientes.

—¡Pero no nos puede coger! —dijo Andy con un aspaviento de triunfo, dirigiendo una sarta de muecas indescriptibles a la espalda del desgraciado tratante, fuera ya del alcance de sus oídos.

—¡Vaya, Shelby, es un asunto extraordinario! —dijo Haley, entrando bruscamente en el salón—. Parece ser que se ha escapado esa muchacha con su hijo.

—Señor Haley, se halla presente la señora Shelby —dijo el señor Shelby.

—Le ruego me perdone, señora —dijo Haley, con una pequeña reverencia, el ceño aún fruncido—; pero digo, como ya he dicho, que es un asunto extraño. ¿No es verdad, señor?

—Señor, si quiere usted comunicarse conmigo, debe guardar las formas de un caballero. Andy, llévate el sombrero y la fusta del señor Haley. Tome asiento, señor. Sí, señor; lamento decir que la joven, alterada al enterarse directa o indirectamente de este asunto, ha cogido a su hijo durante la noche y se ha marchado.

—Tengo que decirle que esperaba recibir un trato justo en este caso —dijo Haley.

—Bien, señor —dijo el señor Shelby, volviéndose bruscamente hacia él—, ¿cómo debo interpretar ese comentario? Si cualquier hombre cuestiona mi honor, sólo le puedo dar una respuesta.

Esto azoró un poco al comerciante, que dijo con un tono de voz algo más bajo que «era condenadamente injusto embaucar a un hombre que ha hecho un trato correcto».

—Señor Haley —dijo el señor Shelby—, si no creyera que tiene motivos para sentirse decepcionado, no habría tolerado la manera descortés en que ha entrado en mi salón esta mañana. Sin embargo, le diré lo siguiente, puesto que lo requieren las apariencias: no permitiré que haga ninguna insinuación sobre mí, como si fuera cómplice de cualquier injusticia en este asunto. Además, me siento obligado a proporcionarle toda la ayuda que pueda en cuanto al uso de caballos, sirvientes, etc., para que recupere su propiedad. Así que, en resumidas cuentas, Haley —dijo, cambiando de pronto su tono de frialdad mesurada por el habitual de cordial franqueza—, lo mejor que puede hacer es mantener el buen humor y desayunar, y ya veremos lo que podemos hacer.

En esto se levantó la señora Shelby y dijo que sus compromisos impedían que pudiera estar presente en la mesa del desayuno aquella mañana; delegó en una mulata muy respetable para que le sirviera el café al caballero desde el aparador, y salió de la habitación.

—A su vieja no le cae muy bien este su humilde servidor —dijo Haley, en un torpe intento de mostrarse campechano.

—No estoy acostumbrado a que hablen de mi esposa con semejante libertad —dijo secamente el señor Shelby.

—Perdón, perdón, sólo bromeaba —dijo Haley, con una risa forzada.

—Algunas bromas son menos agradables que otras —replicó Shelby.

«Se siente condenadamente libre, ahora que he firmado aquellos papeles, ¡maldita sea su estampa!», murmuró Haley para sí, «se ha crecido mucho desde ayer».

La caída de un primer ministro en la corte nunca provocó ondas de reacción más grandes que la noticia de la suerte de Tom entre sus iguales de la finca. Era el tema de conversación que estaba en boca de todos, y no se hacía nada en la casa o en el campo sino discutir el probable resultado. La huida de Eliza —un hecho sin precedentes en el lugar también contribuía a estimular la excitación general.

El negro Sam, como se le solía llamar por ser unos tres tonos más negro que ningún otro hijo de ébano del lugar, daba vueltas al asunto en todas sus fases y desde todos los puntos de vista, con un alcance de visión y un esmero por cuidar de su propio bienestar dignos del mejor patriota blanco de Washington.

«No hay mal que por bien no venga, ésa es la verdad», sentenció Sam, subiéndose más los pantalones y colocando hábilmente un largo clavo en lugar del botón que faltaba en sus tirantes, operación de genialidad mecánica que pareció encantarle. «Sí, sí, no hay mal que por bien no venga», repitió. «Bien, si Tom ha caído, queda sitio para que suba otro negro, y ¿por qué no este negro? Esa es la idea. Tom va cabalgando por el país con las botas limpias y un pase en el bolsillo, tan elegante como Cuffee, pero ¿quién es? Ahora, ¿por qué no puede hacerlo Sam? Eso es lo que yo quisiera saber».

—¡Sam, eh, Sam! El amo quiere que prepares a Bill y Jerry —dijo Andy, interrumpiendo el soliloquio de Sam.

—¿Eh? ¿Qué pasa ahora, hijo?

—Pues supongo que no estás enterado de que Lizy se ha largado con su hijo.

—¡Cuéntaselo a tu abuela! —dijo Sam con un desprecio infinito—; si lo sabía yo bastante antes que tú; este negro no se chupa el dedo, ¿qué te crees?

—De todas formas, el amo quiere que aparejes a Bill y Jerry, y que tú y yo vayamos con el señor Haley a buscarla.

—¡Bien, así se hacen las cosas! —dijo Sam—. Hay que acudir a Sam para estos menesteres. Él es el negro apropiado. A que la cojo yo; ¡ya verá el amo de lo que es capaz Sam!

—Pero, Sam, más vale que te lo vuelvas a pensar, porque el ama no quiere que la cojan, y te despellejará.

—¡Caramba! —dijo Sam, abriendo mucho los ojos—. ¿Cómo lo sabes?

—Se lo he oído decir esta bendita mañana al llevarle al amo el agua para afeitarse. Me ha mandado ir a ver por qué no había ido Lizy a vestirla, y cuando le he dicho que se había marchado, se ha levantado y ha dicho simplemente: «Dios sea alabado»; y el amo parecía estar furioso de verdad y le ha dicho: «Esposa, hablas como una loca». ¡Pero, señor, señor, ella le convencerá! Sé bien lo que pasará. Siempre es mejor estar de parte de la señora, te lo digo con conocimiento.

Al oír esto, el negro Sam se rascó el cuero cabelludo que, si no contenía gran sabiduría, sí contenía gran cantidad de una cualidad muy apreciada por los políticos de todas las inclinaciones, llamada vulgarmente «saber lo que a uno le conviene», por lo que se detuvo a pensar muy serio y volvió a tirar de sus pantalones, que era el método habitualmente adoptado por él para aclarar sus dudas mentales.

—Nunca se puede saber nada seguro sobre ninguna cosa de este mundo —dijo por fin.

Sam habló como un filósofo, enfatizando este como si hubiera tenido gran experiencia en diferentes tipos de mundos, por lo que sacaba sus conclusiones con conocimiento de causa.

—Yo habría estado seguro de que el ama hubiera movido cielo y tierra para encontrar a Lizy —añadió, pensativo, Sam.

—Así es —dijo Andy—; pero, ¿es que no ves tres en un burro, negro negrísimo? El ama no quiere que el señor Haley se lleve al hijo de Lizy, eso es lo que pasa.

—¡Vaya! —dijo Sam, con una entonación inenarrable, conocida sólo por los que la han oído utilizar entre los negros.

—Y te diré más —dijo Andy—; creo que debes darte prisa en aparejar esos caballos, pero mucha prisa, porque he oído al ama preguntar por ti, así que ya has perdido bastante tiempo.

Al oír esto, Sam empezó a moverse con gran ahínco, y apareció al poco rato, dirigiéndose gloriosamente hacia la casa como un tornado, con Bill y Jerry al galope; luego, saltando hábilmente a tierra antes de que ellos tuvieran intención de detenerse, los hizo parar en el apeadero. El caballo de Haley, que era un potro espantadizo, reculaba y brincaba y tiraba fuertemente del cabestro.

—¡So, so! —dijo Sam—, conque asustado, ¿eh? —y se iluminó su negro rostro con un extraño brillo travieso—. ¡Ya te arreglaré yo! —dijo.

Había un gran haya dando sombra al lugar y muchos pequeños hayucos afilados y triangulares yacían dispersos por el suelo. Con uno de ellos entre los dedos, se acercó Sam al potro y le dio palmadas y golpecitos, aparentemente empeñado en calmar su excitación.

Fingiendo ajustar la silla, deslizó debajo hábilmente el hayuco puntiagudo, de tal manera que el menor peso sobre ella molestaría la sensibilidad nerviosa del animal sin dejar ningún roce ni herida perceptible.

—¡Ya está! —dijo, girando los ojos con una sonrisa de aprobación—; ¡ya lo he arreglado!

En este momento, apareció la señora Shelby en el balcón, haciéndole un gesto de que se acercara. Sam se aproximó, tan empeñado en medrar como cualquier aspirante a un puesto vacante en Washington.

—¿Por qué holgazaneas de esa manera, Sam? He mandado a Andy a decirte que te dieras prisa.

—¡El Señor la bendiga, señora! —dijo Sam—, los caballos no se dejan coger en un minuto; ¡se habían alejado hasta la dehesa sur y Dios sabe adónde!

—Sam, ¿cuántas veces te he de decir que no digas «El Señor la bendiga» y «Dios sabe» y esas cosas? Es perverso.

—¡Ay, el Señor tenga piedad de mi alma, se me ha olvidado! No diré nada parecido en adelante.

—Pero, Sam, si acabas de hacerlo de nuevo.

—¿Sí? ¡Ay, Señor! Quiero decir... no he querido decirlo.

—Debes tener cuidado, Sam.

—Espere usted que recupere el aliento, señora, y lo haré bien. Tendré mucho cuidado.

—Bien, Sam, has de ir con el señor Haley, para mostrarle el camino y ayudarle. Cuida de los caballos, Sam; sabes que Jerry cojeaba un poquito la semana pasada; no dejes que vayan demasiado deprisa.

La señora Shelby dijo las últimas palabras con voz queda y gran énfasis.

—¡Puede confiar en este chico! —dijo Sam, girando los ojos con un gesto cargado de intención—. ¡El Señor lo sabe! ¡Vaya! ¡No he dicho eso! —dijo boqueando de repente con un ridículo ademán de aprensión que hizo reír a su ama a su pesar—. Sí, señora, cuidaré de los caballos.

—Ahora, Andy —dijo Sam, volviendo a su puesto bajo los hayas—, no me sorprendería nada que el animal de este caballero se encabrite luego, cuando lo monte. Sabes, Andy, los animales hacen estas cosas y Sam dio un codazo a Andy en un costado con un gesto lleno de intención.

—¡Vaya! —dijo Andy, con aspecto de haberle comprendido en el acto.

—Sí, verás, Andy, el ama quiere ganar tiempo —eso está claro para cualquier observador. Yo sólo gano un poco por ella. Ahora, pues, suelta a todos aquellos caballos y déjalos corretear a sus anchas alrededor de éstos y hasta el bosque, y creo que el señor no se marchará demasiado deprisa.

Andy sonrió de oreja a oreja.

—Verás —dijo Sam—, verás, Andy, si algo ocurriera como que el caballo del señor Haley empezase a actuar de forma extraña y dar guerra, tú y yo simplemente soltamos los nuestros para ayudarle, ¡y le ayudaremos, ya lo creo que sí! —y Sam y Andy echaron hacia atrás las cabezas y soltaron una carcajada grave y descomedida, chasqueando los dedos y dando saltitos encantadísimos.

En este momento, apareció Haley en el porche. Algo apaciguado por unas tazas de excelente café, salió sonriendo y charlando, con el humor bastante recuperado. Sam y Andy, levantando unas maltrechas hojas de palmera que solían llevar a guisa de sombreros, se fueron corriendo al apeadero para estar a punto para «ayudar al señor».

La hoja de palmera de Sam se había desembarazado de cualquier intento de parecer entretejida en la zona del ala; y las mechas, separadas y tiesas, le conferían una flamante apariencia de libertad y rebeldía, digna de la de cualquier jefe fiyiano; mientras que, al haberse desprendido el ala entera de la de Andy, éste se encasquetó la copa con un golpe experto y un aire de satisfacción como diciendo: «¿Quién dice que yo no tengo sombrero?»

—Bien, muchachos —dijo Haley—, espabilaos, que no hay tiempo que perder.

—Claro que no, señor —dijo Sam, acercándole a Haley las riendas mientras le sujetaba el estribo, a la vez que Andy desataba los otros dos caballos.

En el mismo instante en que Haley tocó la silla, el brioso animal dejó el suelo con un brinco repentino que dejó tendido al amo, a unos pies de distancia, sobre el césped blando y seco. Sam, exclamando frenéticamente, se lanzó a cogerle las riendas, pero sólo consiguió que el susodicho sombrero flamante rozara los ojos del caballo, cosa que no ayudó a aplacarle los nervios. Así que derribó a Sam con gran vehemencia y, soltando un par de resoplidos, movió los pies en el aire y se alejó haciendo cabriolas al otro extremo del césped, seguido por Bill y Jerry, que Andy no había olvidado soltar, según lo acordado, sino que los espantaba con varias exclamaciones tremendas. Siguió una escena de confusión miscelánea.

Sam y Andy corrían y voceaban, los perros ladraban aquí y allá, y Mike, Mose, Mandy, Fanny y todos los especimenes menores del lugar, tanto masculinos como femeninos, correteaban, batían palmas, vitoreaban y chillaban con terrible oficiosidad e inagotable energía.

El caballo de Haley, que era blanco y muy rápido y animoso, pareció adoptar el espíritu de la ocasión con gran entusiasmo, y, disponiendo para la cacería de un césped de casi media milla de extensión, rodeado por todas partes de tupido bosque, parecía deleitarse sobremanera permitiendo que sus perseguidores se acercasen y, cuando estaban a punto de cogerlo, se alejaba con un salto y un relincho para adentrarse en algún recoveco del bosque. Nada había más lejos de la intención de Sam que dejar prender a alguno de la recua hasta que a él le pareciese el momento idóneo, y los esfuerzos que hacía eran, sin duda, heroicos. Como la espada de Ricardo Corazón de León, que siempre resplandecía en la línea de combate más reñida, la hoja de palmera de Sam se veía en todos los sitios donde menos posibilidad había de coger un caballo; allí se lanzaba a toda velocidad gritando: «Ahora sí; ¡lo he cogido, lo he cogido!», de tal manera que producía un alboroto indiscriminado en el acto.

Haley corría arriba y abajo, porfiando y blasfemando y pateando a la vez. El señor Shelby intentaba en vano gritar instrucciones desde el porche, y la señora Shelby se reía y se admiraba alternativamente desde su balcón, con alguna sospecha en torno a la causa de tanta confusión.

Por fin, alrededor de las doce, apareció triunfante Sam montando a Jerry, con el caballo de Haley a su lado, bañado en sudor pero con los ojos llameantes y los belfos dilatados, en señal de que no se había aplacado del todo su espíritu de libertad.

—¡Está cogido! —exclamó triunfante—. De no ser por mí, todos hubieran reventado; ¡pero yo lo he cogido!

—¡Tú! —rezongó Haley, de un humor de perros—. De no ser por ti, esto no hubiera ocurrido.

—¡Que el Señor nos ampare, señor! —dijo Sam, con voz de gran preocupación—, ¡si no he parado de corretear y acosar hasta que estoy hecho un mar de sudor!

—¡Vaya, vaya! —dijo Haley—, me has hecho perder casi tres horas con tus tonterías. Vámonos ya, sin más pérdida de tiempo.

—Pero, señor —dijo Sam con tono suplicante—, creo que pretende matarnos a todos, caballos incluidos. Aquí estamos a punto de desfallecer, y todos los animales bañados en sudor. No pensará el señor salir hasta después de comer. El caballo del señor necesita un cepillado, mire cómo se ha manchado, y Jerry está cojo; no creo que la señora permita que salgamos de esta manera, de ningún modo. ¡Que el Señor le bendiga, señor! Podremos alcanzarla aunque paremos. Lizy nunca ha sido gran cosa caminando.

La señora Shelby, que había oído esta conversación desde el porche con gran diversión, decidió aportar su grano de arena. Se aproximó y, expresando cortésmente su preocupación por el accidente de Haley, le instó a que se quedara a comer, diciendo que la cocinera serviría la comida inmediatamente.

Así, después de sopesarlo todo y un poco a regañadientes, Haley se dirigió al salón, mientras Sam, girando los ojos con un significado inefable, se dirigió gravemente a los establos con los caballos.

—¿Lo has visto, Andy? ¿Lo has visto? —preguntó Sam, una vez que estuvieron más allá de la protección del granero y hubo atado el caballo a un poste—. Oh, Señor, si era tan bueno como una reunión verlo bailando y pateando e insultándonos. ¡Cómo lo he oído! Tú porfía, viejo (decía yo para mí); ¿quieres tener tu caballo ahora, o esperarás hasta cogerlo? (decía yo). Dios, Andy, creo verlo todavía —y Sam y Andy se apoyaron en el granero y se rieron hasta hartarse.

—Tendrías que haberle visto la cara furiosa, cuando le he traído el caballo. Oh, Señor, me hubiera matado, si se hubiera atrevido; y ahí estaba yo, tan inocente y humilde.

—Señor, si te he visto —dijo Andy— eres todo un caso, ¿verdad, Sam?

—Creo que lo soy —dijo Sam—. ¿Has visto al ama arriba en la ventana? La he visto reírse.

—Pues yo corría tanto que no he visto nada —dijo Andy.

—Bueno, verás —dijo Sam, empezando a lavar el caballo de Haley con gran seriedad—, yo he adquirido lo que se podría llamar el hábito de la oservación, Andy. Es un hábito muy importante; y te recomiendo que lo cultives, ahora que eres joven. Levántame esa pata trasera, Andy. Verás, Andy, la oservación es importantísima para los negros. ¿No me he dado cuenta de lo que pasaba esta mañana? ¿No me he dado cuenta de lo que quería el ama, aunque ella no lo dejó entrever? Eso es oservación, Andy. Creo que se puede llamar un don. Los dones son diferentes en las diferentes personas, pero cultivarlos ayuda mucho.

—Creo que si yo no te hubiese ayudado en tu oservación esta mañana, no lo hubieras visto tan claro —dijo Andy.

—Andy —dijo Sam—, eres un muchacho prometedor, no hay duda. Tengo una gran opinión de ti, Andy; y no me da ninguna vergüenza cogerte las ideas. No debemos menospreciar a nadie, Andy, porque hasta el más listo tropieza a veces. Así que vamos a la casa ahora, Andy. Estoy seguro de que el ama nos dará algo especialmente bueno de comer esta vez.

CAPÍTULO VII

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La Lucha De La Madre

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Es imposible concebir a un ser humano más desconsolado y triste que Eliza mientras se alejaba de la cabaña del tío Tom.

Los sufrimientos y apuros de su marido y el peligro de su hijo se mezclaron en su mente con un sentido confuso y aturdido del riesgo que corría ella al dejar el único hogar que había conocido y separarse de la protección de una amiga a quien quería y reverenciaba. Además, se separaba de todos los objetos conocidos, del lugar donde había crecido, los árboles bajo los cuales había jugado, las arboledas donde había paseado muchas tardes en tiempos más felices, al lado de su joven marido; todo lo que yacía allí bajo la escarchada luz de las estrellas parecía reprocharle y preguntarle adónde iba a huir de un hogar como aquél.

Pero más fuerte que todo lo demás era el amor maternal, elevado a un paroxismo de frenesí por la proximidad de un peligro terrible. Su hijo tenía bastante edad para caminar a su lado, y, en otras circunstancias, lo hubiera llevado de la mano; pero ahora sólo pensar en soltarlo de sus brazos le hacía estremecer y lo apretaba convulsivamente contra su pecho al avanzar rápidamente.

El suelo escarchado crujía bajo sus pies y el sonido le hacía temblar; el revoloteo de cada hoja y la agitación de cada sombra entorpecía el flujo de su sangre y le hacía apretar el paso. Le sorprendía la fortaleza que parecía emanar de dentro de ella, pues sentía el peso del muchacho como si fuera una pluma, y cada aleteo de miedo parecía aumentar su fuerza sobrenatural, a la vez que se escapaban de sus labios frecuentes oraciones dirigidas al Amigo del Cielo:

«¡Señor, ayúdame! ¡Señor, sálvame!»

Si fuera tu Harry, lector, o tu Willie, que un tratante brutal iba a arrancar de tus brazos mañana por la mañana; si tú hubieses visto al hombre y te hubiesen dicho que los papeles estaban firmados, y que tenías sólo desde las doce de la noche hasta la mañana para escaparte, ¿a qué velocidad serías capaz de caminar? ¿Cuántas millas podrías andar en esas pocas horas, con tu hijito junto al pecho, su cabecita somnolienta apoyada en tu hombro, los bracitos confiados rodeándote el cuello?

Porque el niño dormía. Al principio, la novedad y el susto lo mantuvieron despierto; pero su madre reprimía enseguida cada susurro y cada sonido, asegurándole que sólo si no se movía podría salvarlo, de modo que se quedó callado cogido de su cuello; sólo le preguntó, al notar que le vencía el sueño:

—Mamá, no hace falta que esté despierto, ¿verdad?

—No, cariño; duerme si quieres.

—Pero, mamá, si me duermo, ¿no dejarás que me cojan?

—¡No, que Dios me ayude! —dijo su madre, con el rostro más pálido y un brillo más fuerte en sus grandes ojos negros.

—Estás segura, ¿verdad, mamá?

—¡Sí, segura! —dijo la madre, con una voz que la asustó a ella misma, pues parecía proceder de un espíritu interior; y el niño dejó caer la cabecita cansada sobre su hombro y pronto se quedó dormido.

¡Qué fuego y qué ánimo infundieron a sus movimientos el tacto de aquellos cálidos brazos y el suave aliento contra su cuello! Tenía la impresión de que la fuerza le llegaba en chorros eléctricos desde cada movimiento del niño dormido y confiado. El dominio de la mente sobre el cuerpo es sublime, capaz de hacer inexpugnables la carne y los nervios y de templar con acero los tendones para convertir en poderosos a los débiles.

Pasó vertiginosamente los confines de la granja, del huerto y del bosque; y siguió adelante, dejando un objeto familiar tras otro, sin aflojar el paso, sin detenerse, hasta que el rojo amanecer la encontró en carretera abierta, a muchas millas de cualquier huella de estos objetos conocidos.

Había ido con su ama a visitar a algunos parientes de ésta a la pequeña aldea de T., cerca del río Ohio, por lo que conocía bien la carretera. La primera parte precipitada de su plan de huida era ir allí, cruzando el río Ohio; después, sólo le restaba confiar en el Señor.

Cuando empezaron a circular por la carretera caballos y vehículos, se dio cuenta, con esa percepción aguda propia de un estado de excitación y que parece ser una especie de inspiración, de que su paso acelerado y su aspecto perturbado podían despertar sospechas y suscitar comentarios. Por lo tanto, dejó al muchacho en el suelo y, ajustándose el vestido y el sombrero, siguió caminando a una velocidad que le pareció correcta para salvar las apariencias. Había puesto en el pequeño atado pasteles y manzanas, que utilizó como recursos para acelerar el paso del niño, haciendo rodar las manzanas unas yardas delante de ellos para que el muchacho fuera corriendo con todas sus fuerzas para alcanzarlas; esta treta, repetida muchas veces, les hizo adelantar muchas millas.

Después de algún tiempo, llegaron a un espeso bosque atravesado por el murmullo de un límpido arroyo. Ya que el niño se quejaba de tener hambre y sed, cruzó con él la valla y, sentándose tras una gran roca que les ocultaba de la carretera, le sacó el desayuno de su pequeño paquete. El niño se sorprendió y lamentó de que no comiera ella; pero cuando, abrazándola, intentó introducir en su boca un trozo de su pastel, ella creyó que la garganta se le cerraba y que la iba a asfixiar.

—¡No, no, Harry, mi amor; la mamá no podrá comer hasta que tú estés a salvo! Debemos caminar más y más hasta llegar al río —y se apresuró a salir a la carretera y una vez más se reprimió para caminar a un paso regular y sosegado.

Estaba a muchas millas de cualquier lugar donde la conocieran personalmente. Si por casualidad se encontrase con algún conocido, pensaba que la bondad de la familia conocida por todos acallaría cualquier sospecha, puesto que nadie supondría que ella era una fugitiva. Como además era lo bastante blanca como para que no se supiera, sin examinarla detenidamente, que era negra, y su hijo también era claro, era más fácil que pasaran desapercibidos.

Con este presupuesto, se paró al mediodía en una bonita granja para descansar y comprar algo de comida para el niño y ella, porque, al disminuir el peligro, se aminoró la tremenda tensión de su sistema nervioso y se dio cuenta de que estaba cansada y hambrienta.

La buena mujer de la casa, amable y charlatana, estaba más bien contenta de tener a alguien con quien hablar, y aceptó sin cuestionar la declaración de Eliza de que «iba un poco más allá, para pasar una semana con unos amigos», cosa que, en el fondo de su corazón, esperaba que resultara ser la pura verdad.

Una hora antes de la puesta del sol, entró en la aldea de T., junto al río Ohio, cansada y con dolor de pies pero aún animada. Primero miró el río, que, como el río Jordán, se interponía entre ella y el Canaán de libertad del otro lado.

Era el principio de la primavera y el río estaba crecido y turbulento; grandes moles de hielo flotaban de un lado a otro en las aguas turbias. A causa de la forma peculiar de la orilla de la parte de Kentucky, donde la tierra forma un gran recodo, había grandes cantidades de hielo acumuladas, y el estrecho canal que rodeaba este recodo se hallaba lleno de placas de hielo amontonadas unas encima de otras, haciendo de barrera temporal para el hielo que flotaba río abajo, que se apilaba creando una gran masa flotante que llenaba todo el río y llegaba casi a la orilla de Kentucky.

Eliza se quedó quieta un momento mirando este aspecto poco favorable de las cosas. Se dio cuenta enseguida de que esa situación debía de impedir que cruzara el trasbordador habitual, y se dirigió a una pequeña posada que había en la orilla para hacer averiguaciones.

La posadera, ocupada en diferentes operaciones de freír y estofar encima del fuego, en preparación de la cena, se quedó tenedor en mano cuando la dulce voz lastimera de Eliza la detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—¿No hay un trasbordador o una barca que lleve a la gente a B.? —preguntó.

—Pues, no —dijo la mujer—; las barcas han dejado de funcionar.

La cara de decepción y consternación de Eliza le llamó la atención y preguntó, solícita:

—¿Es que quiere usted pasar? ¿Hay alguien enfermo? Parece usted preocupada.

—Tengo un hijo gravemente enfermo —dijo Eliza—. No me enteré hasta anoche y he andado mucho hoy, con la esperanza de coger el trasbordador.

—¡Vaya, qué mala suerte! —dijo la mujer, cuya compasión maternal se había despertado—; la compadezco de veras. ¡Solomon! —gritó desde la ventana en dirección a un pequeño cobertizo en la parte de atrás. En la puerta apareció un hombre con delantal de cuero y las manos muy sucias.

—Oye, Sol —dijo— ¿aquel hombre va a cruzar los barriles esta noche?

—Dijo que lo intentaría, si la prudencia lo permitía —dijo el hombre.

—Hay un hombre que vive cerca de aquí que va a cruzar esta noche con un carretón, si se atreve; vendrá a cenar esta noche, así que siéntese a esperar. Qué niño más mono —añadió la mujer, ofreciéndole un pastel a éste.

Pero el niño, agotado del todo, lloraba de cansancio.

—¡Pobre criatura! No está acostumbrado a caminar, y le he metido mucha prisa —dijo Eliza.

—Llévelo a este cuarto —dijo la mujer, abriendo un pequeño dormitorio donde se veía una cómoda cama. Eliza tendió al muchacho cansado en ella y le cogió la mano hasta que se quedó dormido del todo. Ella no había de descansar. Como fuego en los huesos, la idea de su perseguidor le infundía prisas por seguir adelante, y miró con ojos anhelantes las aguas turbulentas que se extendían entre ella y la libertad.

En este punto debemos despedimos de ella de momento para seguir los pasos de sus perseguidores.

Aunque la señora Shelby había prometido que la comida iría enseguida a la mesa, pronto se vio, como muchas veces se ha visto, que el hombre propone y Dios dispone. Así que, aunque la orden fue dada en presencia de Haley y transmitida a la tía Chloe por lo menos por media docena de mensajeros juveniles, esta dignataria sólo respondió con algunos resoplidos muy serios y una sacudida de cabeza y se puso a realizar cada operación de una forma inusitadamente pausada y minuciosa.

Por algún motivo extraño, los sirvientes parecían compartir la impresión general de que al ama no le molestaría mucho alguna tardanza; y fue asombroso el número de accidentes que ocurría uno tras otro para retrasar la marcha de las cosas. Una criatura desgraciada logró derramar la salsa, por lo que hubo de prepararla de novo, con todo esmero y cuidado, con la tía Chloe vigilándola y removiéndola con tenaz precisión, respondiendo, cada vez que le metían prisa, que «ella no iba a servir una salsa a medio ligar en la mesa a instancias de nadie». Alguien se cayó al llevar el agua, y tuvo que volver a la fuente a por más; otro, en medio del caos, dejó caer la mantequilla; y de vez en cuando llegaban a la cocina, entre risitas, noticias de que «el señor Haley estaba muy inquieto; que no sabía estarse sentado en la silla, sino que paseaba a zancadas hasta las ventanas y por el porche».

—¡Se lo tiene merecido! —dijo, indignada, la tía Chloe—. Estará peor que inquieto un día de éstos, si no se enmienda. Lo mandará llamar su Amo, y veremos cómo queda.

—¡Irá al infierno, seguro! —dijo el pequeño Jake.

—¡Se lo merece! —dijo la tía Chloe, ceñuda—; ha destrozado muchísimos corazones, os lo aseguro —dijo, deteniéndose con un cuchillo en la mano—; es como lo que leyó el señorito George en el Libro de la Revelaciones: las almas llamando y llamando desde debajo del altar, pidiendo venganza al Señor para semejante gente, y tarde o temprano el Señor va a oírlas, ¡ya lo creo!

A la tía Chloe la admiraban mucho en la cocina y la escucharon con la boca abierta; ahora que la cena estaba servida, todos estaban libres para charlar con ella y oír sus comentarios.

—Esa gente arderá para siempre, seguro, ¿verdad? —dijo Andy.

—Y yo me alegraré de verlo, ya lo creo —dijo el pequeño Jake.

—¡Niños! —dijo una voz que les sobresaltó. Era el tío Tom, que había entrado y se había quedado en la puerta escuchando la conversación.

—¡Niños! —dijo—, me temo que no sabéis lo que decís. Para siempre son palabras terribles, niños; es tremendo pensar en ello. No deberíais desearlo a ningún ser humano.

—No se lo desearíamos a nadie más que a los tratantes de almas —dijo Andy—; nadie puede menos que deseárselo a ellos, son tan malvados.

—¿No los denuncia la misma naturaleza? —dijo la tía Chloe—. ¿No arrancan a los bebés del pecho de sus madres para venderlos? Y a los pequeños que lloran y se agarran a la ropa de sus madres, ¿no los apartan de ellas para venderlos? ¿No separan a maridos y mujeres —dijo la tía Chloe, echándose a llorar— cuando significa quitarles la vida? Y mientras tanto, ellos beben y fuman y no se exaltan por nada. Señor, si no se los lleva el diablo, ¿para qué sirve éste? —y la tía Chloe se tapó la cara con el delantal de cuadros y se puso a sollozar en serio.

—Reza por aquellos que te tratan mal, dice el buen libro —dijo Tom.

—¡Rezar por ellos! —dijo la tía Chloe—; ¡Señor, es demasiado difícil! Yo no puedo rezar por ellos.

—Es la naturaleza, Chloe, y la naturaleza es fuerte —dijo Tom—, pero la gracia del Señor es más fuerte; además, deberías pensar en el estado del alma de una pobre criatura capaz de hacer esas cosas, deberías dar gracias al Señor porque tú no eres como él, Chloe. Yo sé que preferiría que me vendieran diez mil veces a tener que rendir cuentas por lo mismo que esa pobre criatura.

—Yo también lo preferiría —dijo Jake—. Señor, ¿no lo preferimos, Andy?

Andy se encogió de hombros y silbó en conformidad.

—Me alegro de que no se haya marchado el amo esta mañana, como tenía pensado —dijo Tom—; eso me dolió más que el venderme, ya lo creo. Puede que fuera lo natural para él, pero a mí me hubiera resultado durísimo, que lo conozco desde que era un niño; pero he visto al amo y empiezo a reconciliarme con la voluntad de Dios. El amo no pudo remediarlo; hizo bien, pero tengo miedo de que las cosas se echen a perder cuando yo no esté. No se puede esperar que el amo ande husmeando por todas partes, como yo hago, para tenerlo todo bajo control. Los muchachos tienen muy buenas intenciones, pero son muy descuidados. Eso me preocupa.

En esto sonó la campana llamando a Tom al salón.

—Tom —dijo amablemente el amo—, quiero que sepas que a este señor le doy un pagaré por mil libras por si no estás cuando te reclame; hoy va a ocuparse de otros asuntos, así que puedes cogerte el día libre. Ve a donde quieras, muchacho.

—Gracias, amo —dijo Tom.

—Y cuidado —dijo el comerciante— que no engañes a tu amo con ninguno de tus trucos de negro, pues yo le cobraré cada centavo, si no estás allí. Si él me hiciera caso, no se fiaría de ninguno de vosotros; sois escurridizos como anguilas.

—Amo —dijo Tom, muy erguido—, yo tenía apenas ocho años cuando la vieja ama lo puso a usted en mis brazos, y usted no tenía ni uno. «Toma, Tom» me dijo, «éste va a ser tu joven amo; cuídalo bien», dijo. Y ahora yo le pregunto, amo, ¿he faltado a mi palabra o le he llevado la contraria alguna vez, sobre todo desde que soy cristiano?

El señor Shelby se emocionó y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mi buen muchacho —dijo—, bien sabe el Señor que dices la pura verdad; y si yo pudiera remediarlo, nadie en el mundo te compraría.

—Y tan seguro como que soy cristiana —dijo la señora Shelby—, te recuperaremos en cuanto consiga reunir el dinero. Señor —dijo a Haley—, fíjese bien a quién lo vende, y comuníquemelo.

—Sí, señor; a lo mejor —dijo el tratante—, de aquí a un año puede que lo traiga de vuelta, no muy estropeado, y se lo vuelva a vender.

—Yo se lo compraré, entonces, y se lo pagaré bien —dijo la señora Shelby.

—Por supuesto —dijo el comerciante—, a mí me da igual, no me importa a quién los venda, siempre que haga un buen negocio. Lo único que quiero es ganarme la vida, ¿sabe, señora? Supongo que eso es lo que queremos todos.

Tanto el señor como la señora Shelby se sintieron molestos por la familiaridad impertinente del comerciante, y, sin embargo, ambos veían la necesidad de frenar sus sentimientos. Cuanto más mezquino e insensible parecía, más miedo tenía la señora Shelby de que consiguiera atrapar a Eliza y su hijo y, por supuesto, más motivos encontraba para detenerle con todas las tretas femeninas. Por lo tanto, sonrió, asintió, charló amistosamente e hizo todo lo que pudo por hacer correr imperceptiblemente el tiempo.

A las dos, Andy y Sam acercaron los caballos al apeadero, aparentemente muy reanimados y fortalecidos por los correteos de la mañana.

A Sam le había reavivado la comida, y estaba lleno de fervorosa oficiosidad. Al acercarse Haley, presumía ante Andy, con un estilo floreciente, del éxito evidente y notable de la operación, ahora que él «se empeñaba de verdad».

—¿Supongo que vuestro amo no tendrá perros? —preguntó pensativo Haley al ir a montar.

—Montones —dijo Sam, triunfante—; está Bruno: ¡es estupendo!

Y, además, casi todos los negros tenemos un cachorro de alguna clase.

—¡Bah! —dijo Haley, y dijo algo más también, refiriéndose a los perros, que hizo murmurar a Sam:

—No veo el sentido de maldecirlos, de cualquier forma.

—¿Pero vuestro amo no tiene perros (ya me supongo que no) para cazar a los negros?

Sam sabía perfectamente a lo que se refería, pero mantuvo desesperadamente una apariencia de simpleza grave.

—Nuestros perros tienen todos muy buen olfato. Creo que son buenos, aunque no hayan tenido práctica. Sin embargo, son buenos perros para casi todo, una vez que los pones. Ven, Bruno —llamó en un susurro al pesado perro de Terranova, que se abalanzó tumultuosamente en dirección a ellos.

—¡Que te ahorquen! —dijo Haley, levantándose—. Vamos, ponte en marcha.

Sam se puso en marcha en el acto, ingeniándoselas para hacerle cosquillas a Andy al mismo tiempo, lo que provocó que Andy rompiese a reír, con gran indignación de Haley, que le golpeó con la fusta.

—Me asombras, Andy —dijo Sam, con formidable gravedad—. Éste es un asunto serio, Andy. No debes tomarlo a broma. Así no ayudarás al amo.

—Tomaré el camino del río —dijo Haley con decisión, cuando llegaron a los confines de la hacienda—. Conozco las costumbres de éstos: siguen las pistas de la ruta clandestina.

—Desde luego —dijo Sam—, así es. El señor Haley ha dado en el clavo. Bien, hay dos caminos para ir al río, la carretera de tierra y la cañada, ¿cuál va a tomar el señor?

Andy miró inocente a Sam, sorprendido por este nuevo dato geográfico, pero confirmó inmediatamente lo que dijo, repitiéndolo con vehemencia.

—Porque —dijo Sam—, yo me inclino a creer que Lizy iría por el camino de tierra, ya que va menos gente por él.

Haley, aunque era un pájaro viejo y desconfiaba por naturaleza de la broza, estaba bastante impresionado con esta visión del asunto.

—Si no fuerais tan embusteros los dos... —dijo, al deliberar contemplativo durante un momento.

El tono pensativo y reflexivo con el que pronunció estas palabras le hizo tanta gracia a Andy que se rezagó un poquito y temblaba de tal manera que parecía correr un gran riesgo de caerse del caballo, mientras que el rostro de Sam había adoptado una expresión de lastimosa gravedad de lo más inconmovible.

—Por supuesto —dijo Sam—, el amo puede hacer lo que prefiera; puede tomar el camino recto, si le parece mejor; a nosotros nos da lo mismo. La verdad es que, si lo pienso, creo que el camino recto es el mejor, sin duda.

—Es lógico que cogiera un camino poco transitado —dijo Haley, pensando en voz alta y haciendo caso omiso del comentario de Sam.

—No hay forma de saberlo —dijo Sam—; las chicas son raras; nunca hacen lo que se espera que hagan, sino generalmente todo lo contrario. Las chicas son contradictorias por naturaleza, de modo que si uno piensa que han ido por un camino, hay que ir por el otro y seguro que las encuentras. Ahora, personalmente creo que Lizy habrá ido por la carretera, así que deberemos ir por el camino recto.

Esta profunda visión genérica del sexo femenino no pareció predisponer a Haley a optar por el camino recto; y declaró tajantemente que tomaría el otro, preguntándole a Sam cuándo llegarían allí.

—Está un poco más adelante —dijo Sam, guiñando el ojo que estaba en el lado de su cabeza donde se hallaba Andy; y añadió muy serio—, pero he estudiado el asunto y estoy seguro de que no deberíamos ir por ahí. Nunca lo he recorrido. Es muy solitario y podríamos perdernos; Dios sabe dónde acabaríamos.

—No obstante —dijo Haley—, iré por ahí. Ahora que lo pienso, creo que he oído decir que ese camino está todo vallado a la altura del arroyo, ¿no es así, Andy?

Andy no estaba seguro; sólo «había oído hablan» de ese camino, pero nunca lo había pisado. En resumen, su respuesta fue estrictamente evasiva.

Haley, acostumbrado a sopesar las probabilidades entre mentiras de mayor o menor magnitud, creyó que el balance caía a favor de la carretera de tierra ya nombrada. Le pareció percibir que Sam lo había mencionado involuntariamente en primer lugar, y achacó los intentos desesperados de éste de disuadirle de usarla a que había recapacitado posteriormente por no querer comprometer a Liza.

Entonces, cuando Sam señaló el camino, Haley se precipitó por él, seguido de Sam y Andy.

De hecho, era una vieja carretera, antiguamente el camino principal al río, aunque abandonada hacía muchos años tras el trazado de la nueva carretera. Quedaba abierta durante una hora de cabalgadura, más o menos, y después quedaba cortada por varias granjas y vallas. Sam conocía perfectamente este hecho, a decir verdad, llevaba tanto tiempo cerrada la carretera que Andy ni siquiera había oído hablar de ella. Por lo tanto iba montando con un aire de sumisión concienzuda, simplemente murmurando y quejándose de vez en cuando de que «era muy accidentado, y hacía daño a la pata de Jerry».

—Os advierto —dijo Haley—, que os conozco; no me haréis desviarme de este camino con ninguna de vuestras tretas, ¡así que callaos!

—El amo va por donde quiere —dijo Sam, con pesarosa sumisión, guiñándole prodigiosamente el ojo al mismo tiempo a Andy, cuyo goce estaba ya a punto de estallar.

Sam estaba de excelente humor; fingía buscar con gran diligencia, y tan pronto exclamaba que veía «un sombrero de mujer» en lo alto de alguna loma lejana, como gritaba a Andy «allí abajo está Lizy en la hondonada», cuidando de hacer estas exclamaciones siempre cuando se encontraban en un trecho muy rugoso o difícil del camino, donde apresurarse suponía una inconveniencia especial para todos y de esta forma manteniendo a Haley en un estado de conmoción permanente.

Después de cabalgar alrededor de una hora de esta manera, toda la cuadrilla desembocó precipitada y tumultuosamente en el corral de un gran rancho. No se veía ni un alma, pues todos los braceros estaban trabajando en el campo; pero era evidente que habían llegado al final del camino, puesto que el granero se extendía de manera notoria de parte a parte de la carretera.

—¿No se lo decía yo al amo? —dijo Sam, con aire de inocencia ultrajada—. ¿Cómo va a saber más un caballero forastero del país que un nativo?

—¡Sinvergüenza! —dijo Haley—; sabías esto todo el tiempo.

—¿No le he dicho que lo sabía, y no ha querido creerme? Le he dicho al amo que estaba todo vallado y todo cerrado y que no creía que pudiésemos pasar; me ha oído Andy.

Era todo demasiado cierto para disputarlo, y el desgraciado comerciante no tuvo más remedio que aguantarse la ira con el mejor talante posible, y los tres hombres dieron la vuelta y se encaminaron a la carretera principal.

Gracias a las diferentes demoras, hacía unos tres cuartos de hora que Eliza había acostado a su hijo en la taberna de la aldea cuando llegó el grupo al lugar. Eliza se hallaba de pie mirando por la ventana en otra dirección, cuando el ojo rápido de Sam la captó. Haley y Andy estaban unas tres yardas atrás. Ante la crisis, Sam consiguió que el viento se le llevara el sombrero, por lo que soltó en voz alta una interjección característica que la alertó en el acto; se retiró rápidamente; la cuadrilla pasó delante de la ventana y se acercó a la puerta principal.

A Eliza le dio la impresión de que se concentraron mil vidas en ese instante. El cuarto que ocupaba tenía una puerta que daba al río. Cogió a su hijo y se lanzó escaleras abajo hacia la corriente. El comerciante la vio plenamente en el momento en que desaparecía por el barranco; y, saltando del caballo y gritando a Sam y a Andy, se abalanzó tras ella como un perro tras un ciervo. En ese momento vertiginoso, los pies de Eliza apenas parecían tocar el suelo, y en un momento se halló junto al agua. Ellos la seguían de cerca; ella, armada de esa fortaleza que Dios dispensa sólo a los desesperados, con un grito salvaje y un salto descomunal, pasó por encima de la corriente turbulenta para alcanzar la placa de hielo. Fue un salto desesperado, imposible sin padecer locura o desesperanza; Haley, Sam y Andy gritaron instintivamente, alzando las manos, al verlo.

La enorme mole verde de hielo sobre la que cayó arfó y crujió al recibir su peso, pero ella no se detuvo ni un momento. Gritando alocada, con una energía desesperada, saltó a otra placa y a otra; ¡tropezando, brincando, resbalando, levantándose de nuevo! Sus zapatos han desaparecido, las medias ya no están, huellas de sangre marcan cada paso; pero no vio ni sintió nada hasta que, borrosamente, como en un sueño, vio la orilla de Ohio y a un hombre que la ayudaba a subir por el barranco.

—¡Eres una muchacha valiente, seas quien seas! —dijo el hombre, con un juramento.

Eliza reconoció la voz y el rostro de un granjero que vivía cerca de su antiguo hogar.

—¡Oh, señor Symmes, sálveme, por favor, sálveme, escóndame! —dijo Eliza.

—¿Qué ocurre? —dijo el hombre— ¡pero si es la muchacha de Shelby!

—¡Mi hijo, este niño... lo ha vendido! Ahí está su amo —dijo, señalando la otra orilla—. Oh, señor Symmes, usted tiene un hijito.

—Lo tengo —dijo el hombre, al subirla, ruda aunque amablemente, por el empinado barranco—. Además, eres una muchacha muy valiente. Me gusta el coraje, venga de donde venga.

Cuando llegaron a lo alto del barranco, se detuvo el hombre.

—Estaría encantado de hacer algo para ayudarte —dijo—, pero no tengo a donde llevarte. Lo mejor que puedo hacer es decirte que te dirijas allí —dijo, señalando una gran casa blanca que se alzaba sola, junto a la calle principal de la aldea—. Vete allí; son personas amables. Te ayudarán en cualquier tipo de peligro, son de esa clase de gente.

—¡Que el Señor le bendiga! —dijo Eliza de corazón.

—¡No hay de qué, no hay de qué! —dijo el hombre—. Lo que he hecho no tiene importancia.

—Y, señor, ¿no se lo contará a nadie?

—¡Demonios, muchacha! ¿Quién te crees que soy? Por supuesto que no —dijo el hombre—. Venga ya, márchate como muchacha sensata que eres. Te has ganado la libertad y, por lo que a mí atañe, la tendrás.

La mujer apretó a su hijo contra el pecho y se alejó firme y velozmente.

El hombre se quedó mirándola.

«Puede que a Shelby esto no le parezca de buenos vecinos pero, ¿qué iba uno a hacer? Si él coge a alguna de mis muchachas en la misma situación, puede pagarme con la misma moneda. Nunca he podido ver a ninguna criatura esforzándose y jadeando para escapar, con los perros detrás persiguiéndola. Además, no veo motivo por el que deba hacer de cazador de los demás». Así habló este pobre kentuckiano medio pagano, al que el no haber recibido instrucción en relaciones constitucionales llevó a actuar de manera casi cristiana, que, si hubiera sido de clase más elevada y mejor enseñado, no se le hubiera permitido.

Haley se quedó viendo asombrado la escena hasta que desapareció Eliza tras el barranco; entonces se volvió hacia Sam y Andy con una mirada interrogativa.

—Esa ha sido una hazaña considerable —dijo Sam.

—¡Creo que esa muchacha lleva los demonios dentro! —dijo Haley—. ¡Ha saltado como un gato salvaje!

—Bueno, pues —dijo Sam, rascándose la cabeza—, espero que el amo nos permita no coger ese camino. Desde luego, yo no me siento lo bastante ágil como para hacer eso, ¡ni hablar! —y Sam soltó una áspera risotada.

—¡Te ríes tú! —dijo el comerciante gruñendo.

—¡Que el Señor le bendiga, amo, no podía remediarlo! —dijo Sam, entregándose a la alegría de su alma, largo tiempo reprimida—. Tenía un aspecto tan curioso... saltando y brincando... el hielo rajándose... ¡bum, paf, plas! ¡Qué saltos! ¡Señor, cómo salta! —y Sam y Andy se rieron hasta que cayeron las lágrimas por sus mejillas.

—¡Ya os haré reír yo! —dijo el comerciante, dándoles en la cabeza con la fusta.

Los dos se escabulleron, subieron gritando el barranco y montaron antes de que él pudiera alcanzarlos.

—¡Buenas noches, amo! —dijo Sam, muy serio—. Estoy seguro de que la señora estará preocupada por Jerry. Al señor Haley ya no le haremos falta. ¡La señora no toleraría que cruzáramos el puente de Lizy esta noche! y dándole jocosamente a Andy en las costillas, emprendió la marcha a toda velocidad, seguido por Andy, oyéndose durante un rato sus carcajadas transportadas por el viento.

CAPÍTULO VIII

Índice

La Huida De Eliza

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Era la hora del crepúsculo cuando Eliza cruzó tan desesperadamente el río. La niebla gris del anochecer, que ascendía lentamente del río, la envolvió en cuanto subió la ribera, haciéndola invisible, y la fuerte corriente y las masas basculantes de hielo formaban una barrera infranqueable entre ella y su perseguidor.

Por lo tanto, Haley, disgustado, regresó lentamente a la pequeña taberna para pensar qué tendría que hacer a continuación. La mujer le abrió la puerta de una pequeña sala, adornada con una alfombra de trapos y con una mesa cubierta con un hule negro brillantísimo, diversas sillas de madera de respaldo alto y unas figuras de escayola de colores chillones en la repisa de la chimenea, encima de un débil fuego humeante; aquí se sentó Haley para meditar sobre la inestabilidad de las esperanzas y la felicidad humanas.

«¿Qué he hecho yo», se dijo a sí mismo, «para que me tomen el pelo como si fuera un patán, como lo han hecho?», y Haley se desahogó repitiendo varias veces para sí una letanía de maldiciones que, aunque todo parece dar fe de su veracidad, preferimos, por cuestiones de buen gusto, omitir.

Le sobresaltó la voz fuerte y disonante de un hombre que parecía desmontar en la puerta. Acudió apresurado a la ventana.

«¡Dios mío! Si esto no es ciertamente lo que le da a la gente por llamar Providencia», dijo Haley. «Creo que ése de ahí es Tom Loker».

Haley salió deprisa. De pie en la barra, en un rincón de la habitación, se encontraba un hombre musculoso y fornido, de seis pies de altura y complexión corpulenta. Vestía un abrigo de piel de búfalo con la lana hacia fuera, lo que le daba una apariencia tosca y fiera, muy en armonía con el aire de su fisonomía. En la cabeza y el rostro, todos los órganos y líneas, que delataban una violencia brutal y tenaz, estaban en un estado de desarrollo muy avanzado. De hecho, si nuestros lectores fueran capaces de imaginar un buldog hecho hombre paseándose con sombrero y abrigo de hombre, no estarían lejos de visualizar el estilo y la estampa general de su físico. Tenía un compañero de viaje que era, en muchos aspectos, todo lo contrario de él. Era bajo y delgado, ágil y felino de movimientos, con una expresión inquisitiva y fisgona en sus inquietos ojos negros, con los que cada rasgo de su cara parecía afilarse por simpatía; la nariz fina y larga parecía prolongarse como si quisiera penetrar en la naturaleza de todas las cosas; el cabello negro, fino y lacio estaba peinado hacia adelante y todos sus movimientos y gestos expresaban una agudeza seca y precavida. El hombre grande llenó hasta la mitad un gran vaso de licor y se lo tragó sin pronunciar una palabra. El hombre pequeño se puso de puntillas y, ladeando la cabeza primero en una dirección y luego en la otra, tras olisquear pensativo las diferentes botellas, pidió por fin, con voz fina y temblorosa y un aire de gran prudencia, un whisky con hierbabuena. Una vez servido, lo cogió y lo examinó con expresión aguda y complaciente, como un hombre que considera que ha hecho lo correcto y ha dado en el clavo, y se puso a beberlo con sorbos cortos y medidos.

—Bueno, bueno, ¿quién hubiera pensado que yo iba a tener esta suerte? Loker, ¿cómo está usted? —dilo Haley, acercándose con la mano extendida hacia el hombre grande.

—¡Demonios! —fue la educada respuesta—. ¿Qué le ha traído a estas partes, Haley?

El hombre inquisitivo, que se llamaba Marks, dejó de sorber en el acto y, adelantando la cabeza, examinó sagazmente al recién llegado, como un gato mira una hoja seca en movimiento o cualquier otro objeto digno de perseguir.

—Vaya, Tom, éste es el mejor golpe de suerte del mundo. Estoy en un condenado apuro, y debe usted echarme una mano.

—¿Eh? ¡Pues seguro! —gruñó su conocido complaciente—. Uno puede estar seguro, si usted se alegra de verlo, de que algo tiene que ganar con ello. ¿Cuál es el asunto esta vez?

—¿Éste es amigo suyo? —preguntó Haley, mirando a Marks dudoso—, ¿un socio, quizás?

—Sí, lo es. Oye, Marks, éste es el tipo con el que estuve en Natchez.

—Encantado de conocerle —dijo Marks, alargando una mano larga y delgada, semejante a la garra de un cuervo—. El señor Haley, creo.

—El mismo —dijo Haley—. Ahora, caballeros, ya que nos hemos encontrado con tan buena fortuna, creo que me corresponde convidarles en este establecimiento. Entonces, viejo mapache —dijo al hombre de la barra—, tráiganos agua caliente, azúcar y cigarros y gran cantidad del espíritu de la vida, y nos divertiremos.

Observen, entonces, a nuestros tres próceres, a la luz de las velas y con un buen fuego ardiendo en la chimenea, sentados alrededor de una mesa repleta con todos los ingredientes ya enumerados de la buena camaradería.

Haley inició una relación patética de sus cuitas peculiares. Loker calló y le escuchó con atención, ceñudo y desabrido. Marks, que mezclaba, ansiosa y nerviosamente, un vaso de ponche según su peculiar gusto, levantaba de vez en cuando la mirada de su ocupación y escuchaba con gran interés la historia, metiendo la afilada nariz casi en el rostro de Haley. El final de la historia pareció hacerle muchísima gracia, pues se sacudieron en silencio sus hombros y sus costados y sus finos labios se distendieron en señal de enorme diversión.

—Así que le han fastidiado de veras, ¿eh? —dijo—, ¡Ji, ji, ji! Y, además, lo han hecho con gracia.

—El asunto de los niños causa muchos problemas en este negocio —dijo Haley con tristeza.

—Si pudiéramos conseguir una raza de muchachas a las que no les importase su prole —dijo Marks—, les digo que creo que sería la mejora más grande de los tiempos modernos —y Marks celebró su broma con una risita discreta a modo de introducción.

—Es verdad —dijo Haley—. Nunca lo he entendido; los niños les suponen un montón de problemas; sería lógico que se alegraran de deshacerse de ellos, pero no es así. Es más, cuánto más problemático es un hijo y cuánto más inútil, más se aferran a él.

—Bien, señor Haley —dijo Marks—, páseme el agua caliente. Sí, señor, lo que usted dice es lo que siento yo y todos nosotros. Una vez compré a una muchacha cuando era tratante, una muchacha guapa y era bastante lista además, y tenía un hijo muy enfermizo, con la columna torcida o algo así; y se lo di a un hombre que decidió arriesgarse a criarlo, ya que no le costaba dinero; nunca se me ocurrió que la muchacha fuera a protestar, pero, ¡Dios mío! Hay que ver cómo se puso. A decir verdad, parecía valorar más al niño por ser enfermizo y quejoso y engorroso; y no fingía, no: lloró y se lamentó como si hubiera perdido a todos sus amigos. Era muy gracioso verlo. ¡Señor, no hay quién entienda las ocurrencias de las mujeres!

—A mí me ocurre lo mismo —dijo Haley—. El verano pasado, allá en el río Rojo, me vendieron a una muchacha con un hijo de bastante buen aspecto, con unos ojos tan brillantes como los de usted; pero, cuando lo miré de cerca, vi que era ciego. Es la verdad, ciego como un topo. Entonces, verán ustedes, pensé que no había nada de malo en darlo sin decir nada, y lo cambié provechosamente por un barril de whisky; pero, llegado el momento de separarlo de la muchacha, ésta se puso como una tigresa. Era antes de ponernos en camino, y no los tenía encadenados todavía; pues ella se sube encima de una bala de algodón, como un gato, y coge un cuchillo de la mano de uno de los braceros y durante un momento sembró el pánico a su alrededor, hasta que vio que no había nada que hacer; entonces se vuelve y, se tira de cabeza al río, con el hijo en brazos; cayó ¡plas! y nunca salió.

—¡Bah! —dijo Tom Loker, que escuchó estas historias con una aversión apenas reprimida—, ¡son unos inútiles los dos! Mis muchachas no organizan semejantes espectáculos, se lo aseguro.

—¿De veras? ¿Cómo lo consigues? —preguntó vivamente Marks.

—¿Conseguirlo? Pues compro a una muchacha y, si tiene un hijo para vender, me acerco a ella y le planto el puño en la cara y le digo:

«Oye, tú, si me dices una sola palabra, te romperé la cara. No quiero oír ni una palabra, ni una sílaba». Les digo: «Este niño es mío y no tuyo; no tiene nada que ver contigo. Voy a venderlo a la primera oportunidad; y ¡no me vengas con ningún escándalo al respecto o te haré desear que no hubieras nacido!». Les aseguro que se dan cuenta de que no hay nada que hacer conmigo. Las tengo tan calladas como los peces; y si a una de ellas se le ocurre soltar un grito, pues... —y el señor Loker dio un golpe con el puño que explicaba perfectamente la interrupción.

—Eso se puede llamar énfasis —dijo Marks, dándole a Haley en el costado y soltando otra risita—. Tom es único, ¿eh? ¡ji, ji! Creo, Tom, que tú consigues que entiendan que todas las cabezas negras son lanudas. Nunca dudan de tus intenciones, Tom. Si no eres el diablo, Tom, eres su hermano gemelo, ¡ya lo creo!

Tom tomó el cumplido con la debida modestia y adoptó un aspecto tan afable como era consistente, en palabras de John Bunyan, «con su naturaleza perruna».

Haley, que consumía liberalmente la materia prima de la noche, empezó a sentir un aumento y una elevación de sus facultades morales, fenómeno no poco frecuente en caballeros de condición seria y reflexiva en circunstancias similares.

—Bueno, bueno, Tom —dijo—, es usted terrible, como siempre le he dicho; ¿se acuerda, Tom? Usted y yo solíamos hablar de estas cuestiones en Natchez, y yo solía demostrarle que ganábamos lo mismo, y nos hacíamos igual de ricos, tratándoles bien, además de tener más posibilidades, cuando llegue lo inevitable y no quede nada más, de ir al reino de los cielos.

—¡Bah! —dijo Tom—. ¡Si lo sabré yo! No me ponga enfermo con sus tonterías, que ya tengo el estómago revuelto —y Tom se tragó medio vaso de coñac puro.

—Bueno —dijo Haley, echándose atrás en el sillón y gesticulando de forma impresionante—, yo digo que siempre he querido llevar el negocio para ganar dinero, en primer lugar, como cualquiera; pero el negocio no lo es todo, pues todos tenemos alma. No me importa quién me oiga decirlo; pienso mucho en ello, así que lo voy a decir sin más. Creo en la religión y, un día de éstos, cuando tenga todos los asuntos bien atados, pienso atender a mi alma y esas cuestiones; así que, ¿para qué hacer más maldades de las necesarias? A mí no me parece nada prudente.

—¿Atender a su alma? —repitió, desdeñoso, Tom—, habría que tener buenos ojos para encontrarle alma a usted, ahórrese las molestias de buscarla. Si el diablo le pasara por una criba fina, no encontraría un alma.

—Vaya, Tom, se ha enfadado —dijo Haley—; ¿por qué no lo toma usted de buen grado, si hablo por su bien?

—Detenga esa mandíbula suya, pues —dijo Tom, arisco—. Puedo aguantar toda su charla menos la religiosa, ésa me da asco. Después de todo, ¿qué diferencia hay entre usted y yo? No es que usted se preocupe ni un átomo más, ni que tenga más sentimientos; es mezquindad pura y simple; quiere engañar al diablo para salvarse el pellejo; yo le veo el plumero. Y esta religión, como usted la llama, es demasiado para cualquier criatura creérselo. ¡Toda la vida acumulando una deuda con el diablo, para escabullirse a la hora de pagar! ¡Bah!

—Calma, caballeros, por favor; esto no son negocios —dijo Marks—. Saben ustedes que hay diferentes maneras de ver todas las cosas. El señor Haley es un hombre muy agradable, sin duda, y tiene su propia conciencia; y tú, Tom, también tienes tu propia manera de hacer, y muy buena, Tom; pero reñir, saben, no conduce a ninguna parte. Hablemos de negocios. Bien, señor Haley, ¿qué es lo que pretende? ¿Quiere que nos comprometamos a coger a esta muchacha?

—La muchacha no es asunto mío, ella es de Shelby; sólo el niño. ¡Qué tonto fui al comprar al diablillo!

—Suele ser tonto —dijo Tom, hosco.

—Vamos, vamos, Loker —dijo Marks, mojándose los labios—. Mira, el señor Haley está a punto de ofrecemos un buen negocio, creo; espera un momento —estos preparativos son mi especialidad—. Esta muchacha, señor Haley, ¿cómo es?

—Está muy bien: blanca y guapa y bien educada. Yo le hubiese dado a Shelby ochocientos o mil, y me hubiera sacado un buen pico.

—¡Blanca, guapa y bien educada! —dijo Marks con los agudos ojos, la nariz y la boca llenos de resolución—. Ya lo ves, Loker, empezamos bien. Haremos negocio por nuestra cuenta: nosotros los atraparemos; el niño, por supuesto, será para el señor Haley, y llevaremos a la muchacha a Nueva Orleans para venderla. ¿No es maravilloso?

Tom, que había estado con la boca abierta durante esta comunicación, la cerró de golpe, como un perro cierra la boca con un pedazo de carne dentro, y pareció digerir la idea despacio.

—Verá usted —dijo Marks a Haley, removiendo el ponche al mismo tiempo—, verá usted, tenemos jueces en muchos puntos de la ribera, que hacen trabajitos de los que nos convienen a nosotros sin demasiados problemas. Tom se encarga de regatear y todo eso; después yo llego todo arreglado, las botas relucientes y todo de primera, a la hora del juramento. Tendría que ver —dijo Marks, enardecido de orgullo profesional— cómo doy el pego. Un día, soy el señor Twickenham de Nueva Orleans; otro día, acabo de llegar de una plantación en el río Pearl, donde tengo setecientos negros trabajando para mí; otra vez, soy pariente lejano de Henry Clay, o cualquier viejo importante de Kentucky. Las personas tenemos diferentes talentos. Por ejemplo, Tom es estupendo cuando hay que golpear o pelear; pero, en cambio, no sirve para mentir; no lo hace con naturalidad; pero, si hay un hombre en el país capaz de jurar cualquier cosa del mundo, añadiendo detalles y toques realistas con cara muy seria, que sea más convincente que yo, me gustaría verlo, ya lo creo. Estoy convencido de que conseguiría mi propósito aunque los jueces fueran más cuidadosos de lo que son. A veces hasta quisiera que fuesen más cuidadosos, pues sería más satisfactorio mi trabajo, más divertido, sabe usted.

Tom Loker, que, como hemos dado a entender, era un hombre lento de pensamientos y de movimientos, interrumpió a Marks en este punto dejando caer pesadamente el puño sobre la mesa, haciendo tintinear las copas.

—¡Ya basta! —dijo.

—¡Dios te proteja, Tom! ¡No hace falta que rompas todos los vasos! —dijo Marks—. Guarda los puños para un momento de necesidad.

—Pero, caballeros, ¿no me va a corresponder una parte de las ganancias? —preguntó Haley.

—¿No le basta que le cojamos al niño? —dijo Loker—. ¿Qué más quiere?

—Pero —dijo Haley— si les proporciono el trabajo, debe valer algo, quizás un diez por ciento de los beneficios, una vez pagados los gastos.

—Vaya —dijo Loker, con un grandísimo juramento, golpeando la mesa con su pesado puño—, si no le conozco bien a usted, Dan Haley. ¡A mí no me va a engañar! ¿Se cree que Marks y yo nos dedicamos al negocio de atrapar negros sólo para hacer favores a señores como usted, sin sacar nada para nosotros? ¡Por nada del mundo! Nos quedaremos con la muchacha sin discusión, y usted se callará o nos quedaremos con los dos... ¿qué nos lo impide? ¿No nos ha mostrado usted el camino? Nosotros somos tan libres como usted para hacer lo que nos dé la gana. Si usted o Shelby nos quieren perseguir, busque donde estaban las perdices el año pasado; si las encuentra, ¡mejor para usted!

—Bueno, bueno, olvidémoslo —dijo Haley, alarmado—. Ustedes cojan a la mujer a cambio del trabajo; siempre me ha tratado con justicia, Tom, y ha cumplido su palabra.

—Ya lo sabe —dijo Tom—; no asumo ninguna de sus mojigaterías, pero llevo honradamente mis cuentas hasta con el mismísimo diablo. Lo que digo que haré, lo hago, y usted lo sabe, Dan Haley.

—Así es, así es, ya lo he dicho, Tom —dijo Haley—; y si promete tener al niño dentro de una semana en cualquier lugar que usted diga, eso es lo único que quiero.

—Pero no es todo lo que yo quiero, ni muchísimo menos —dijo Tom—. No por nada tuve tratos con usted en Natchez, Haley; he aprendido a aguantar a una anguila cuando la cojo. Tiene que soltar cincuenta dólares al contado, o puede olvidarse de ese niño. Yo lo conozco a usted.

—Pero, cuando tiene un trabajo que le puede proporcionar un beneficio limpio de mil o mil seiscientos dólares, Tom, eso es poco razonable —dijo Haley.

—Sí, pero tenemos trabajo contratado para las próximas seis semanas, más de lo que podemos hacer. Si lo dejamos todo para ir tras los muchachos suyos y no cogemos a la muchacha al final —y siempre es dificilísimo coger a las muchachas—, ¿entonces, qué? ¿Nos iba a pagar un centavo usted? Creo que lo imagino pagando, sí. No, no; al contado los cincuenta. Si conseguimos el trabajo y es rentable, se los devolveré; si no, esto es por las molestias. Eso es justo, ¿verdad, Marks?

—Desde luego, desde luego —dijo Marks con tono conciliatorio—; sólo es una provisión de fondos, ¿verdad? ¡ji, ji, ji! pues somos abogados, ¿eh? Bueno, tenemos que mantener el buen humor, estar tranquilos, ya sabe. Tom le tendrá al niño donde usted diga, ¿verdad, Tom?

—Si encontramos al pequeño, se lo llevaré a Cincinnati y lo dejaré en casa de la abuela Belcher, cerca del desembarcadero —dijo Loker.

Marks había extraído del bolsillo una libreta grasienta y, sacando un papel alargado, se sentó y, fijando la vista en él, empezó a murmurar sobre su contenido:

—Barnes... Condado de Shelby... muchacho, Jim, trescientos dólares, vivo o muerto. Edwards, Dick y Lucy, marido y mujer... seiscientos dólares; Polly con dos hijos, seiscientos dólares por ella o su cabeza. Sólo repaso nuestros asuntos, para ver si podemos hacer este encargo sin problemas. Loker —dijo, tras una pausa—, debemos poner a Adams y Springer sobre la pista de éstos; hace tiempo que nos contrataron.

—Cobrarán demasiado —dijo Tom.

—Yo me encargaré de eso; son nuevos en el negocio, y deben esperar cobrar poco —dijo Marks, mientras continuó leyendo—. Estos tres son casos fáciles, pues lo único que hay que hacer es matarlos de un tiro o jurar que los has matado; claro que no pueden cobrar mucho por eso. Los otros casos —dijo, doblando el papel— pueden retrasarse un tiempo. Así que ahora vayamos con los detalles. Bien, señor Haley, ¿usted vio a esta muchacha cuando llegó a la orilla?

—Desde luego, tan claro como lo veo a usted.

—¿Y a un hombre que la ayudó a subir por el barranco? —preguntó Loker.

—Desde luego que sí.

—Lo más probable —dijo Marks— es que la hayan acogido en algún lugar; pero la cuestión es ¿dónde? ¿Qué opinas, Tom?

—Debemos cruzar el río esta noche, sin duda —dijo Tom.

—Pero no hay ninguna barca —dijo Marks—. El hielo se mueve mucho, Tom, ¿no es peligroso?

—No sé nada de eso, sólo que hay que hacerlo —dijo Tom con decisión.

—Vaya por Dios —dijo Marks, inquieto—, pues, yo creo —dijo, acercándose a la ventana— que está tan oscuro como boca de lobo y, Tom...

—Resumiendo, que tienes miedo, Marks, pero no puedo remediar eso; tienes que ir. Supongo que quieres esperar un día o dos antes de emprender el camino, hasta que a la muchacha la hayan llevado clandestinamente a Sandusky.

—Yo no tengo nada de miedo —dijo Marks—, es sólo...

—¿Sólo qué? —preguntó Tom.

—Pues la cuestión de la barca. Ya ves que no hay ninguna barca.

—He oído decir a la mujer que venía una esta noche y que iba a cruzar un hombre en ella. Por peligroso que sea, debemos ir con él.

—Supongo que tienen buenos perros —dijo Haley.

—De primera —dijo Marks—. ¿Pero de qué sirven? No tiene usted nada de ella para darles a oler.

—Sí, tengo —dijo Haley, ufano—. Aquí está el chal que dejó en la cama por las prisas; también dejó el sombrero.

—¡Qué suerte! —dijo Loker—; tráigalos aquí.

—Pero los perros podrían dañar a la muchacha, si la encuentran de sopetón —dijo Haley.

—Es una posibilidad —dijo Marks—. Nuestros perros medio destrozaron a un tipo una vez, allá en Mobile, antes de que pudiéramos apartarlos.

—Pues en el caso de éstos que se venden por su aspecto, no es solución, ¿no creen? —dijo Haley.

—Sí, creo —dijo Marks—. Además, si la han acogido, tampoco es solución. Los perros no sirven en los estados donde protegen a esas criaturas, porque no puedes encontrar la pista. Sólo sirven en las plantaciones, donde los negros, cuando corren, corren por sí solos, sin que nadie les ayude.

—Bien —dijo Loker, que había salido al bar para hacer indagaciones—, dicen que ha venido el hombre con la barca; así, pues, Marks...

Este gran personaje echó una mirada desconsolada al confortable aposento que tenía que abandonar, pero se levantó despacio para obedecer. Después de intercambiar unas palabras más sobre los planes, Haley, de muy mala gana, dio a Tom los cincuenta dólares y se despidieron los tres prohombres.

Si algunos de nuestros lectores refinados y cristianos se molestan por la sociedad en la que esta escena les introduce, les rogamos que hagan un esfuerzo por vencer sus prejuicios. El negocio de cazar negros, nos atrevemos a recordarles, está en vías de convertirse en una profesión legal y patriótica. Si toda la tierra que va de Misisipí al Pacífico deviene un gran mercado de cuerpos y almas y la propiedad humana refrena las tendencias progresistas del siglo XIX, puede que el tratante y el cazador aún se conviertan en parte de nuestra aristocracia.

Mientras transcurría esta escena en la taberna, Sam y Andy iban camino de su casa en un estado de felicidad extrema.

Sam estaba de muy buen humor y expresaba su júbilo mediante toda suerte de aullidos y exclamaciones sobrenaturales, y varios extraños movimientos y contorsiones del cuerpo entero. A veces se sentaba al revés, con la cara vuelta hacia la cola del caballo y, con un hurra y una voltereta, se volvía a colocar del derecho y, poniendo una cara muy seria, se ponía a sermonear a Andy con un tono altisonante por reírse y hacer el tonto. Luego, golpeándose los costados con los brazos, rompía a reír con unas carcajadas que resonaban en los bosques a su paso. Con todas estas maniobras, consiguió mantener los caballos a la máxima velocidad hasta que, entre las diez y las once, chacolotearon sus pasos en la gravilla del extremo del balcón. La señora Shelby acudió veloz a la barandilla.

—¿Eres tú, Sam? ¿Dónde están?

—El señor Haley está descansando en la taberna; está muy fatigado, ama.

—¿Y Eliza, Sam?

—Ella está al otro lado del Jordán. Como si dijéramos, en la tierra de Canaán.

—Oh, Sam, ¿qué quieres decir? —preguntó la señora Shelby, sin aliento y casi desmayada al darse cuenta del posible significado de estas palabras.

—Bueno, ama, el Señor cuida de los suyos. Lizy ha cruzado el río hasta Ohio, de manera tan espectacular como si el Señor la hubiese transportado en un carro de fuego con dos caballos.

La vena beata de Sam siempre se agudizaba sobremanera en presencia de su ama, y se servía liberalmente de figuras e imágenes de las Sagradas Escrituras.

—Sube aquí, Sam —dijo el señor Shelby, que había seguido a su esposa al porche—, y cuéntale a tu ama lo que desea saber. Anda, anda, Emily —dijo, rodeándola con el brazo—, tienes frío y estás temblando; te dejas impresionar demasiado.

—¡Impresionar demasiado! ¿Acaso no soy mujer y madre? ¿No somos responsables los dos ante Dios de esta pobre muchacha? ¡Dios mío! No nos adjudiques este pecado.

—¿Qué pecado, Emily? Tú misma debes ver que sólo hemos hecho lo que nos hemos visto obligados a hacer.

—Tengo una terrible sensación de culpa, que, sin embargo —dijo la señora Shelby—, la razón no logra desvanecer.

—¡Vamos, Andy, negro, espabílate! —gritó Sam desde debajo del porche—, lleva los caballos al establo; ¿no oyes cómo llama el amo? —y enseguida se presentó Sam con la hoja de palmera en la mano en la puerta del salón.

—Ahora, Sam, cuéntanos exactamente lo que ha pasado —dijo el señor Shelby—. ¿Dónde se encuentra Eliza, si es que lo sabes?

—Bien, señor, la vi con mis propios ojos cruzar sobre el hielo flotante. Cruzó de forma extraordinaria; fue nada menos que un milagro; y vi cómo la ayudó un hombre a subirse por el barranco de la parte de Ohio, y se perdió en la oscuridad.

—Sam, creo que es algo imaginado este milagro. No es tan fácil cruzar sobre el hielo flotante —dijo el señor Shelby.

—¡Fácil! Nadie lo hubiera podido hacer sin la ayuda del Señor. Pero —dijo Sam— fue así exactamente. Haley y yo y Andy nos acercamos a una pequeña taberna junto al río, y yo iba un poco adelantado (estaba tan ansioso por coger a Lizy que no me podía refrenar por nada) y cuando llego a la ventana de la taberna, allí estaba ella a la vista de todo el mundo y ellos estaban justo detrás de mí. Entonces, pierdo el sombrero y armo bastante escándalo como para despertar a los muertos. Claro que me oye Lizy y se echa hacia atrás cuando pasa el señor Haley por la puerta; y después, le digo, salió por la puerta lateral; se fue a la orilla del río; el señor Haley la vio y gritó y él y yo y Andy fuimos detrás de ella. Se acercó al río y la corriente se extendía hasta diez pies de la orilla y al otro lado el hielo se sacudía y zarandeaba, como si fuera un gran islote. Nosotros nos acercamos y yo creía que ya la tenía, cuando soltó un alarido como nunca he oído antes y allí estaba, al otro lado del agua, sobre el hielo, y entonces siguió chillando y saltando, ¡el hielo crepitaba y crujía y rechinaba y ella saltaba como un gamo! Señor, los saltos que es capaz de dar esa muchacha no son una cosa normal, me parece a mí.

La señora Shelby se quedó sentada inmóvil y pálida de emoción mientras Sam contaba su historia.

—¡Bendito sea Dios, no está muerta! —dijo—, pero ¿dónde está la pobre criatura ahora?

—El Señor proveerá —dijo Sam, haciendo girar los ojos de manera pía—. Como iba diciendo, esto ha sido la providencia, ya lo creo, tal como siempre nos lo ha explicado el ama. Siempre hay instrumentos que se ponen a cumplir la voluntad de Dios. Pues hoy, si no llega a ser por mí, la hubieran apresado una docena de veces. Porque ¿no he sido yo quien ha vuelto locos a los caballos esta mañana, y quien los ha tenido correteando hasta la hora de comer? ¿Y no he llevado al señor Haley a cinco millas de la carretera buena esta tarde? Que, si no, hubiese cogido a Lizy tan rápido como un perro coge un mapache. Todas estas cosas son providencias.

—Tendrás que usar poco este tipo de providencias, señorito Sam. No permitiré que se utilicen estas estratagemas con ningún caballero en mi casa —dijo el señor Shelby, todo lo serio que pudo ponerse, dadas las circunstancias.

Es tan inútil hacer creer a un negro que uno está enfadado como a un niño; ambos ven instintivamente la verdad del caso, a pesar de todos los esfuerzos por mostrarles lo contrario; por lo tanto, a Sam no le descorazonó en absoluto esta reprimenda, aunque adoptó un aire de lastimosa gravedad y se quedó con una expresión compungida de penitencia.

—El amo tiene razón, ya lo creo; ha sido feo por mi parte, no hay duda: y, por supuesto, el amo y el ama no alentarían tales prácticas. Soy consciente de eso; pero un pobre negro como yo se siente muy tentado a comportarse de forma fea a veces, cuando la gente arma tanto escándalo como aquel señor Haley; él no es un caballero, de todas formas: una persona que ha sido criada como yo lo he sido no puede menos que ver eso.

—Bien, Sam —dijo la señora Shelby—, ya que pareces tener una idea adecuada de tus propios errores, puedes ir a decirle a la tía Chloe que te prepare un poco del jamón frío que ha sobrado de la comida de hoy. Tú y Andy debéis de tener hambre.

—La señora es demasiado buena con nosotros —dijo Sam, y, haciendo una rápida reverencia, se marchó.

Se podrá percibir, como antes hemos dado a entender, que el señorito Sam tenía un talento natural que, indudablemente, le hubiera podido elevar a una posición de eminencia en la vida política: un talento para capitalizar todo lo que ocurre e invertirlo en acciones que redundaran en su propio beneficio y gloria; así que, después de hacer alarde de piedad y humildad ante los del salón, se plantó la hoja de palmera en lo alto de la cabeza con aire gallardo y despreocupado y se encaminó a los dominios de la tía Chloe, con la intención de vanagloriarse abundantemente en la cocina.

«Pronunciaré un discurso para estos negros», dijo Sam para sí, «ahora que tengo la oportunidad. ¡Señor, les arengaré hasta que se queden patidifusos!».

Debe observarse que uno de los mayores placeres de Sam había sido acompañar a su amo en todo tipo de reuniones políticas, donde, sentado en alguna valla o encaramado a algún árbol, solía quedarse viendo a los oradores con el mayor regocijo para reunirse después con los hermanos de su propio color, congregados por el mismo motivo que él, y deleitarles con las parodias e imitaciones más ridículas, realizadas con la solemnidad y pompa más imperturbables; y, aunque los oyentes más cercanos a él solían ser de su mismo color, no era raro que hubiese un gran número de personas más claras de tez que escuchaban, se reían y disfrutaban, por lo que Sam se felicitaba sobremanera. De hecho, Sam consideraba que la oratoria era su vocación y nunca dejaba pasar una oportunidad para mejorar su ejecución.

Pues bien, entre Sam y la tía Chloe había habido, desde antiguo, una especie de lucha encarnizada o más bien una frialdad acusada; pero como ahora Sam estaba interesado en cuestiones de aprovisionamiento como base necesaria y patente de sus operaciones, decidió que en esta ocasión se comportaría de forma especialmente conciliatoria; pues sabía que, aunque sin duda se cumplirían al pie de la letra las «instrucciones del ama», ganaría mucho si además se hacía con la simpatía de todos. Por lo tanto, apareció ante la tía Chloe con una expresión conmovedoramente alicaída y resignada, como alguien que ha padecido fatigas inconmensurables en nombre de un semejante perseguido, se dilató explicando que el ama le había mandado acudir a la tía Chloe para que le repusiera lo que fuera menester para compensar la pérdida de sólidos y líquidos de su organismo, y así reconocía inequívocamente su derecho y su supremacía en la cocina y todo lo referente a ella.

Funcionó a la perfección. Ningún ser pobre, sencillo y virtuoso fue engatusado nunca por las atenciones de un político en plena campaña electoral más fácilmente que la tía Chloe fue embaucada por la afabilidad del señorito Sam; y si hubiera sido el mismísimo hijo pródigo, no lo hubiesen colmado de más munificencia maternal; y pronto se encontraba sentado, feliz y glorioso, delante de una gran cazuela que contenía una especie de olla podrida con todo lo que se había servido en la mesa durante los últimos dos o tres días.

Sabrosos bocados de jamón, dados dorados de torta, fragmentos de pastel de cada forma geométrica imaginable, alones, mollejas y muslos de pollo: todo aparecía en una mezcla pintoresca; y Sam, monarca de todo lo que veía, con la hoja de palmera alegremente ladeada, mirando condescendiente a Andy, sentado a su derecha.

La cocina estaba repleta de compadres suyos que habían llegado corriendo de las diferentes cabañas y se habían apretujado para enterarse del final de las proezas del día. Había llegado la hora de gloria para Sam. Se ensayó la historia del día con toda suerte de adornos y barnices que pudieran realzar su envergadura; pues Sam, como algunos de nuestros diletantes de moda, jamás permitía que una historia perdiese brillo al pasar por sus manos. La narración arrancaba grandes carcajadas, que eran retomadas y prolongadas por los más menudos, que yacían, en gran número, en el suelo y se posaban en cada rincón. En el apogeo del alboroto y las risas, sin embargo, Sam se mantuvo inmutable y serio, y sólo hacía girar los ojos de cuando en cuando y echaba diversas miradas burlonas a su público, sin abandonar la altura ampulosa de su discurso.

—¿Veis, compatriotas —dijo Sam, alzando enérgicamente un muslo de pavo—, veis lo que hace este negro para defenderos a todos, sí, a todos vosotros? Porque el que intenta coger a uno de nosotros es como si intentara cogernos a todos, es el mismo principio, eso está claro. Y cualquiera de estos negreros que vienen olisqueando por aquí, se las tendrá que ver conmigo, yo soy con el que tiene que tratar; es a mí a quien tenéis que acudir, hermanos; yo defenderé vuestros derechos, ¡los defenderé con mi último aliento!

—Pero, Sam, me has dicho esta misma mañana que ibas a ayudar a este señor Haley a coger a Lizy; me parece a mí que lo que dices no cuadra —dijo Andy.

—Te digo ahora, Andy —dijo Sam, con tremenda superioridad—, que no hables de lo que no entiendes; los chicos como tú, Andy, tenéis buenas intenciones, pero no se puede esperar que colusitéis los grandes principios de acción.

Andy puso cara de increpado, especialmente por la dificilísima palabra «colusitar», que, para la mayoría de los miembros juveniles de la compañía, pareció dar punto final al argumento, mientras que Sam prosiguió.

—Eso era conciencia, Andy; cuando pensé en ir tras Lizy, creía realmente que lo quería el amo. Cuando me di cuenta de que el ama quería lo contrario, era más conciencia todavía, pues siempre se saca más quedándose de parte de las señoras, así que ya ves que soy persistente de cualquier forma y sigo la conciencia y me adhiero a los principios. Sí, principios —dijo Sam, agitando entusiasta un cuello de pollo—, ¿para qué sirven los principios si no somos persistentes? Quiero saberlo. Toma, Andy, puedes tomarte este hueso; queda algo de carne.

Ya que el público de Sam estaba pendiente de sus palabras, no tuvo más remedio que seguir.

—Este asunto de la persistencia, compañeros negros —dijo Sam, con aspecto de tocar un tema incomprensible—, la persistencia es una cosa que casi nadie ve clara. Pues, veréis, cuando un tipo defiende algo un día y lo contrario al día siguiente, la gente dice (y con razón) que no es persistente —acércame ese pedazo de torta, Andy—. Pero examinémoslo de cerca. Espero que los caballeros y el sexo bello me perdonen por utilizar una comparación algo vulgar. ¡Bien! Pues quiero subir a lo alto de un pajar. Bien, pongo mi escalera en un lado, pero no funciona; entonces, porque ya no lo intento más ahí, sino que apoyo la escalera en el lado contrario, ¿no soy persistente? Sí que soy persistente al querer subir al pajar por el lado donde esté mi escalera; ¿no lo entendéis todos?

—Es para lo único que has sido persistente, bien lo sabe el Señor —murmuró la tía Chloe, que empezaba a estar algo nerviosa; pues la diversión de la noche le parecía algo así como lo que llaman las sagradas escrituras: «vinagre después de sal».

—Desde luego que sí —dijo Sam, levantándose repleto de cena y gloria, para la perorata final—. Sí, camaradas y damas del sexo contrario en general, tengo principios, y estoy orgulloso de tenerlos; pues son necesarios en esta época y en todas las épocas. Tengo principios y me adhiero a ellos muy fuerte, sigo cualquier cosa que me parece un principio; no me importaría que me quemaran vivo; me acercaría a la hoguera y diría: «aquí estoy para derramar mi sangre por mis principios, por mi patria, por los intereses de la sociedad en general».

—Bueno —dijo la tía Chloe—, uno de tus principios tendrá que ser acostarte a alguna hora de la noche y no tener a todo el mundo levantado hasta el amanecer; vamos, todos los pequeños que no queráis cobrar, más vale que os esfuméis deprisa.

—Negros todos —dijo Sam, moviendo la hoja de palmera con benignidad—, os doy mi bendición; idos a la cama, ahora, como buenos muchachos.

Y, con esta patética bendición, se dispersó la reunión.

CAPÍTULO IX

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En El Que Parece Que El Senador Es Solo Humano

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La luz de un fuego alegre iluminaba la alfombra de una sala acogedora y refulgía en las tazas de té y la tetera bruñida mientras el senador Bird se quitaba las botas para introducir los pies en un hermoso par de zapatillas nuevas, que le había hecho su esposa cuando él se encontraba ausente en circuito senatorial. La señora Bird, que tenía aspecto de estar encantadísima, supervisaba los preparativos de la mesa y dirigía comentarios exhortativos de vez en cuando a unos cuantos jovencitos juguetones que se entregaban a todas aquellas modalidades de inenarrables cabriolas y travesuras que han consternado a las madres desde el diluvio universal.

—¡Tom, sé bueno y deja en paz el picaporte! ¡Mary, Mary, no tires de la cola del gato, pobre minino! ¡Jim, no debes subirte a esa mesa, no, no! No sabes, querido, qué sorpresa nos has dado presentándote aquí esta noche —dijo por fin, cuando encontró un hueco para dirigirse a su marido.

—Sí, sí, se me ocurrió hacer una escapadita para pasar la noche y disfrutar de la comodidad del hogar. ¡Estoy muerto de cansancio y me duele la cabeza!

La señora Bird miró una botella de alcanfor que se veía tras la puerta entornada del armario y parecía meditar la posibilidad de acercarse a ella, pero se interpuso su buen esposo.

—¡No, no, Mary, nada de medicinas! Una taza de tu buen té casero y un poco de vida familiar es lo único que quiero. ¡Legislar es una ocupación cansada!

Y sonrió el senador como si le hiciera gracia la idea de sacrificarse en bien de su país.

—Bien —dijo su esposa, una vez hubo amainado un poco la actividad de la mesa—, ¿qué habéis estado haciendo en el Senado?

Era una cosa bien rara que la bondadosa señora Bird se calentase la cabeza sobre qué ocurría en la casa del estado, ya que consideraba, muy sensatamente, que tenía bastante con los asuntos de la suya propia. Por lo tanto, el señor Bird, sorprendido, abrió mucho los ojos y dijo:

—Nada de gran importancia.

—Bien; pero ¿es verdad que han aprobado una ley prohibiendo a la gente dar de comer y beber a las pobres personas de color? He oído decir que pensaban hacer una ley así, ¡pero no creí que ninguna legislatura cristiana fuera a aprobarla!

—¡Vaya, Mary, te estás convirtiendo en político de repente!

—¡Tonterías! Me importa un comino toda tu política en general, pero esto me parece una cosa muy cruel y poco cristiana. Espero, querido, que no se haya aprobado semejante ley.

—Sí, se ha aprobado una ley prohibiendo ayudar a los esclavos que vienen aquí desde Kentucky, querida; esos abolicionistas han armado tanto escándalo que han puesto muy nerviosos a nuestros amigos de Kentucky, y parece necesario, además de benévolo y cristiano, que nuestro estado haga algo para aplacar su nerviosismo.

—¿Y cómo es la ley? ¿No nos prohibirá cobijar por una noche a aquellas pobres criaturas o darles algo bueno de comer y un poco de ropa vieja antes de ponerlos tranquilamente en camino?

—Pues, sí, querida; eso sería ayudar y encubrir a un criminal.

La señora Bird era una mujercita tímida y vergonzosa de unos cuatro pies de altura, con mansos ojos azules, un cutis de melocotón y la voz más dulce y suave del mundo; en cuanto a valor, era bien sabido que un pavo la podía asustar al primer graznido y que un simple perro casero la subyugaba nada más enseñarle los dientes.

Su marido y sus hijos eran todo su mundo, y reinaba sobre ellos más con súplicas y persuasión que mandando o riñendo. Sólo una cosa era capaz de excitarla y era una provocación contra su naturaleza inusitadamente dócil y compasiva: cualquier cosa que se aproximaba a la crueldad le despertaba un apasionamiento aún más alarmante e inexplicable por la suavidad habitual de su carácter.

Aunque generalmente era la madre más complaciente y fácil de convencer del mundo, sus hijos recordaban con respeto un castigo ejemplar que les había impuesto una vez porque los encontró conchabados con varios niños desvergonzados del vecindario tirando piedras a un gatito indefenso.

—¿Sabes qué? —solía contar el señorito Bill—, estaba asustado en esa ocasión. Madre vino hacia mí de tal forma que la creí loca, y me zurró y mandó a la cama sin cenar antes de que pudiera saber qué había pasado; y después la oí llorar en mi puerta, lo que me hizo sentir peor que lo demás. ¿Sabes qué? —decía— ¡nosotros no volvimos a tirar piedras a un gato jamás!

En esta ocasión, se levantó rápidamente la señora Bird con las mejillas encendidas, cosa que mejoró considerablemente su aspecto general, se acercó a su marido con aire resuelto y le dijo con tono decidido:

—Bien, John, quiero saber si tú crees que semejante ley es correcta y cristiana.

—No me matarás si digo que sí, ¿verdad?

—Nunca lo hubiera creído de ti, John; ¿no lo habrás votado tú?

—Así es, mi bello político.

—¡Vergüenza debería darte, John! ¡Pobres criaturas sin hogar! Es una ley malvada, ultrajante y abominable y yo, por mi parte, la quebrantaré a la primera oportunidad que tenga; y ¡espero tener oportunidad, de veras que lo espero! ¿Adónde irán a parar las cosas si una mujer no puede ofrecer una cena caliente y una cama a unas pobres criaturas hambrientas por el mero hecho de ser esclavos, y que hayan abusado de ellos y los hayan oprimido toda su vida? ¡Pobres!

—Pero, Mary, escúchame. Tus sentimientos son buenos, querida, e interesantes, y yo te quiero por tenerlos; pero, querida, no debemos dejar que nuestros sentimientos dominen nuestro juicio; debes considerar que son sentimientos privados y aquí se trata de intereses públicos; existe tal estado de agitación pública, que debemos relegar nuestros sentimientos privados.

—Bien, John, no sé nada de política pero sé leer la Biblia, y en ella leo que debo dar de comer al hambriento, vestir al desnudo y consolar al desesperado; y ¡pienso seguir la Biblia!

—Pero en los casos en los que obrar así puede suponer un mal público...

—Obedecer a Dios jamás acarrea un mal público. Sé que no es posible. Siempre es lo más seguro, en conjunto, hacer lo que Él nos manda.

—Escúchame ahora, Mary, y te expondré un razonamiento muy claro para demostrarte...

—¡Tonterías, John! Puedes hablar toda la noche y no podrás demostrarlo. Yo te pregunto, John, ¿tú echarías de tu puerta a una pobre criatura temblorosa y hambrienta por ser un fugitivo? ¿Lo harías?

Si hemos de decir la verdad, nuestro senador tenía la desgracia de ser un hombre con una naturaleza especialmente humanitaria y accesible y nunca había sido su fuerte echar a alguien que tuviese problemas; y lo peor para él en este momento de la discusión era que su mujer lo sabía y por supuesto dirigía su asalto a un punto indefendible. Por lo tanto él recurrió al medio habitual y común de ganar tiempo en tales casos: dijo «ejem» y tosió varias veces, sacó el pañuelo y se puso a limpiar las gafas. A la señora Bird, cuando vio la condición indefensa del territorio del enemigo, su conciencia no le impidió aprovecharse de su ventaja.

—¡Me gustaría verte hacerlo, John, de verdad que sí! Echar a una mujer de casa durante una nevasca, por ejemplo; o quizás preferirías meterla en la cárcel, ¿no? ¡Sí que servirías para eso!

—Desde luego, sería una obligación muy penosa —comenzó a decir el señor Bird con tono moderado.

—¡Obligación, John, no utilices esa palabra! ¡Sabes que no es una obligación, que no puede serlo! Si la gente no quiere que se escapen los esclavos, que los traten bien: esa es mi doctrina. Si yo tuviera esclavos (y espero no tenerlos nunca), correría el riesgo de que quisieran escaparse de mí o de ti, John. Te digo que las personas no se escapan cuando son felices; y cuando se fugan, pobres criaturas, ya padecen bastante con el frío y el hambre y el miedo, sin que todo el mundo se vuelva contra ellos; así que, con ley o sin ley, yo no lo haré nunca, ¡lo juro por Dios!

—Mary, Mary, deja que razone contigo.

—Odio el razonamiento, John —especialmente en temas de este estilo—. Vosotros los políticos tenéis una forma de darle la vuelta a una cosa sencilla; y no lo creéis ni vosotros mismos a la hora de ponerlo en práctica; tú no serías más capaz que yo de hacerlo.

En este punto crítico, el viejo Cudjoe, el factótum negro, se asomó a la puerta y pidió que la señora se acercase a la cocina; nuestro senador, bastante aliviado, miró a su mujer con una mezcla caprichosa de diversión y fastidio y se sentó en el sillón y empezó a leer los periódicos.

Un momento más tarde se oyó la voz de su mujer en la puerta, diciendo con un tono vivo y urgente: John, John, quiero que vengas aquí un momento.

Éste dejó el periódico y se dirigió a la cocina, donde lo sobresaltó lo que apareció ante sus ojos: una mujer joven y esbelta, aterida de frío, con la ropa rota y un zapato de menos, dejando ver un pie sin media herido y sangrante, yacía inconsciente entre dos sillas. Su rostro tenía la estampa de la odiada raza, pero nadie quedaría indiferente ante su belleza triste y patética, y su pétrea delgadez, su aspecto frío, inmóvil y cadavérico hicieron estremecer al senador.

Aguantó la respiración y se quedó quieto. Su esposa y su única criada negra, la vieja tía Dinah, estaban ocupadas en hacerla volver en sí, mientras que el viejo Cudjoe tenía al muchacho sobre el regazo y le estaba quitando los zapatos y los calcetines y frotándole los piececitos helados.

—¡No me digan que no es digna de ver! —dijo, compasiva, la vieja Dinah—; parece ser que el calor ha hecho que se desmayara. Tenía un aspecto razonable cuando ha entrado a preguntar si podía calentarse un rato aquí; y mientras yo le preguntaba de dónde venía, se ha desplomado. Creo que nunca ha hecho trabajos duros, a juzgar por el aspecto de sus manos.

—¡Pobrecita! —dijo la señora Bird compasivamente, y en ese momento la mujer abrió lentamente los ojos oscuros y grandes y la miró sin verla. De repente cruzó su rostro una expresión de sufrimiento y se levantó de un salto, preguntando:

—¡Oh! ¿Han cogido a mi Harry?

Al oír esto, el niño se levantó y corrió hacia ella con los brazos levantados.

—¡Oh, está aquí, está aquí! —exclamó ella—. ¡Oh, señora! —dijo enloquecida a la señora Bird ¡protéjanos, no permita usted que lo atrapen!

—Nadie les hará daño en esta casa, pobre mujer —dijo alentadora la señora Bird—. Está usted a salvo, no tema.

—¡Que Dios la bendiga! —dijo la mujer, tapándose la cara entre sollozos; el pequeño, al verla llorar, intentó encaramarse en su regazo.

Con los muchos y bondadosos cuidados femeninos que nadie dispensaba mejor que la señora Bird, la pobre mujer se calmó por fin.

Le prepararon el sofá a modo de cama, cerca del fuego, y poco después quedó profundamente dormida, con el niño, que parecía estar igualmente agotado, durmiendo en sus brazos, porque la madre resistió los intentos bien intencionados de apartárselo e, incluso dormida, lo tenía cogido con un férreo abrazo como para evitar que le burlasen la vigilancia.

El señor y la señora Bird habían vuelto al salón, donde, por extraño que parezca, no se hizo ninguna referencia por parte de ninguno de los dos a la conversación anterior, sino que la señora Bird se entregó a su labor de calceta y el señor Bird fingió leer el periódico.

—Me pregunto quién será —dijo el señor Bird por fin, soltando el periódico.

—Cuando se despierte después de descansar un poco, nos lo dirá —dijo la señora Bird.

—¡Oye, esposa! —dijo el señor Bird después de contemplar en silencio el periódico.

—¿Sí, querido?

—Supongo que no le vendría alguno de tus vestidos, ni sacando la orilla, ¿verdad? Parece bastante más grande que tú.

Se dibujó una sonrisa apenas perceptible en los labios de la señora Bird al contestar: «Ya veremos». Otra pausa, y el señor Bird empezó de nuevo:

—¡Oye, esposa!

—¿Qué quieres?

—¿Sabes? Esa vieja capa de fustán que sólo usas para taparme cuando duermo la siesta después de comer, podrías dársela, pues necesita ropa.

En ese momento se asomó Dinah para decir que la mujer estaba despierta y quería ver a la señora.

Los señores Bird se fueron a la cocina, seguidos por los dos hijos mayores, porque a esa hora la más pequeña ya había sido depositada sana y salva en la cama.

La mujer estaba incorporada en el sofá junto a la chimenea. Miraba fijamente las llamas con una expresión sosegada y descorazonada, muy diferente de la agitación enloquecida de antes.

—¿Me ha llamado? —preguntó la señora Bird con tono suave—. Espero que se encuentre usted mejor ahora, pobre mujer.

La única respuesta fue un suspiro largo y tembloroso; pero alzó los oscuros ojos y los fijó en ella con una expresión tan desvalida y suplicante que a la pequeña dama le saltaron las lágrimas.

—No debe usted temer nada; aquí somos sus amigos, pobre mujer. Dígame de dónde viene y qué quiere —dijo.

—He venido de Kentucky —dijo la mujer.

—¿Cuándo? —preguntó el señor Bird, haciéndose cargo del interrogatorio.

—Esta noche.

—¿Cómo ha venido?

—Cruzando sobre el hielo.

—¡Cruzando sobre el hielo! —dijeron todos los presentes.

—Sí —dijo la mujer lentamente—. Lo he hecho. Con la ayuda de Dios, he cruzado por el hielo, porque me perseguían, me pisaban los talones, y no había otro remedio.

—¡Diablos, señorita! —dijo Cudjoe— el hielo está todo roto y se balancea y tambalea en el agua.

—¡Lo sé, lo sé! —dijo ella frenética—, ¡pero lo he hecho! Nunca me hubiera creído capaz; no pensaba poder conseguirlo, pero no me importaba. Sólo hubiera muerto si no lo conseguía. El Señor me ayudó; nadie sabe lo que puede ayudar el Señor hasta que lo intenta —dijo la mujer con los ojos llameantes.

—¿Era usted esclava? —preguntó el señor Bird.

—Sí, señor; pertenecía a un hombre de Kentucky.

—¿La trataba mal?

—No, señor; era buen amo.

—¿Y su ama la trataba mal?

—No, señor; mi ama siempre ha sido buena conmigo.

—¿Qué la ha impulsado a dejar una buena casa, entonces, y fugarse, para pasar todos estos peligros?

La mujer dirigió a la señora Bird una mirada aguda y escrutadora, y no se le escapó que vestía de luto.

—Señora —le dijo de repente— ¿ha perdido usted a un hijo?

La pregunta era inesperada, y cayó sobre una herida abierta, pues hacía sólo un mes que habían enterrado a un hijo queridísimo de la casa.

El señor Bird se volvió y se acercó a la ventana, y la señora Bird rompió a llorar; luego, recobrando el habla, dijo:

—¿Por qué lo pregunta? He perdido a un pequeño.

—Entonces puede comprenderme. Yo he perdido a dos, uno tras otro, y los he dejado allí enterrados al marcharme; sólo me quedaba éste. Nunca me dormía sin tenerlo cerca; era todo lo que tenía. Era mi consuelo y mi orgullo, día y noche; y, señora, me lo iban a quitar, lo iban a vender, allá en el sur, señora. Iba a estar solo, un niño que nunca en la vida se ha separado de su madre. No podía soportarlo, señora. Sabía que yo no iba a servir para nada si lo vendían; así que, cuando me enteré de que habían firmado los papeles y que ya estaba vendido, lo cogí y salí por la noche; y me dieron caza, el hombre que lo compró y algunos hombres de mi amo, y estaban justo detrás de mí, y los oí. Salté sobre el hielo; y cómo crucé no lo sé, pero cuando me di cuenta, había un hombre ayudándome a subir por el barranco.

La mujer no sollozó ni lloró. Estaba en un estado donde se secan las lágrimas; pero todos los que la acompañaban, cada uno a su estilo, daban muestras de sincera compasión.

Los dos chiquillos, después de hurgar desesperadamente en los bolsillos en busca de los pañuelos que las madres saben que nunca se encuentran allí, se habían lanzado desconsolados a las faldas del vestido de su madre, donde sollozaban y se limpiaban los ojos y narices a sus anchas. La señora Bird tenía la cara oculta tras el pañuelo.

La vieja Dinah, el honrado rostro negro surcado por las lágrimas, exclamaba «¡Que el Señor tenga piedad de nosotros!» con el fervor de una reunión religiosa, mientras que el viejo Cudjoe, frotándose los ojos enérgicamente con los puños y haciendo una cantidad descomunal de muecas variopintas, le respondía en la misma clave, con gran fervor. Nuestro senador era un hombre de estado y por supuesto no se podía esperar que él llorase, como los demás mortales, por lo que dio la espalda a los reunidos y miró por la ventana y parecía estar muy ocupado en carraspear y limpiarse las gafas, sonándose la nariz de vez en cuando de una forma altamente sospechosa si hubiera habido alguien en condiciones de observarlo de forma crítica.

—¿Por qué me ha dicho que tenía un amo bondadoso? —exclamó de repente, ahogando una especie de sollozo y volviéndose rápido a mirar a la mujer.

—Porque era un amo bondadoso, tengo que decirlo, y mi ama era bondadosa también, pero no pudieron remediarlo. Debían dinero, y de alguna forma los tenía en su poder un hombre al que se vieron obligados a complacer. Yo los escuché y oí al amo decírselo al ama, mientras ella rogaba y suplicaba en mi nombre, y él le dijo que no podía evitarlo y que los papeles ya estaban firmados, y entonces cogí al niño y me fui de casa y vine aquí. Sabía que era inútil intentar vivir si seguían adelante, porque este hijo es lo único que tengo.

—¿No tiene usted marido?

—Sí, pero pertenece a otro hombre. Su amo lo trata muy mal y casi nunca le deja ir a verme; se porta cada vez peor con él y ahora amenaza con venderlo en el sur; parece que no lo voy a ver más.

El tono sosegado con el que la mujer pronunció estas palabras podía hacer creer a un observador indiferente que era apática del todo; pero sus grandes ojos negros delataban una angustia profunda y arraigada que desmentía esta impresión.

—¿Y adónde piensa dirigirse, pobre mujer? —preguntó la señora Bud.

—Al Canadá, si por lo menos supiera dónde está. ¿Está muy lejos el Canadá? —preguntó, mirando la cara de la señora Bird con un aire confiado y sencillo.

—¡Pobrecita! —dijo involuntaria la señora Bird.

—Está lejísimos, ¿no? —dijo la mujer con intensidad.

—Mucho más lejos de lo que usted cree, ¡pobre hija! —dijo la señora Bird—; pero intentaremos pensar qué podemos hacer por usted. Bien, Dinah, prepárale una cama en tu propio cuarto junto a la cocina y yo pensaré en lo que podremos hacer por ella mañana.

Mientras tanto, no tema, pobre mujer; confíe en Dios; Él la protegerá.

La señora Bird y su marido regresaron al salón. Ella se sentó en su pequeña mecedora ante el fuego, donde se balanceaba. El señor Bird paseaba arriba y abajo por la habitación, murmurando para sus adentros: «¡Vaya! ¡Caramba! ¡Mal asunto! ¡Difícil asunto!» Finalmente se acercó a su mujer y le dijo:

—Oye, esposa, tendrá que marcharse de aquí esta misma noche. Ese hombre le seguirá la pista mañana por la mañana a primera hora. Si se tratara sólo de la mujer, podría esconderse aquí hasta que se acabe todo; pero al pequeño estoy seguro de que ni un regimiento podría mantenerlo quieto. Él los delatará asomando la cabeza por una puerta o ventana. ¡En buen apuro me encontraría yo si los cogieran aquí ahora precisamente! No, no; se tienen que marchar esta noche.

—¿Esta noche? ¿Cómo es posible? ¿Adónde?

—Bien, ya sé yo adónde —dijo el senador, poniéndose las botas con aire reflexivo; se detuvo con la pierna a medio calzar, se cogió la rodilla entre ambas manos y pareció sumirse en una profunda meditación.

—Es un asunto condenadamente difícil y feo —dijo, por fin, tirando de nuevo de las correas de la bota—, y ésa es la pura verdad.

—Después de ponerse una bota, el senador se quedó sentado con la otra en la mano, escudriñando con atención el dibujo de la alfombra—. Pero hay que hacerlo, no veo otra solución, ¡maldita sea! —y se puso ansiosamente la otra bota y miró por la ventana.

Ahora bien, la señora Bird era una mujer discreta que en la vida había dicho: «¡Ya te lo dije!» y, en esta ocasión, aunque era perfectamente consciente del derrotero que seguían los pensamientos de su marido, se abstuvo prudentemente de entrometerse, y se quedó sentada en silencio en su mecedora con aspecto de querer enterarse de las intenciones de su señor y amo cuando éste tuviese a bien comunicárselas.

—Verás —dijo él—, mi antiguo cliente, Van Trompe, ha venido de Kentucky, ha liberado a todos sus esclavos y ha comprado una propiedad a siete millas río arriba en un lugar apartado donde no va nadie si no lo conoce, pues es un sitio difícil de encontrar. Allí estaría a salvo, pero lo peor del caso es que no hay nadie que pueda conducir un coche hasta allí excepto yo mismo.

—¿Por qué? Cudjoe es un excelente conductor.

—Sí, pero así es. Hay que cruzar dos veces el río, y la segunda vez es muy peligrosa si no se conoce el camino tan bien como yo lo conozco. Lo he cruzado cien veces a caballo y sé exactamente dónde pisar. Así que, ya ves, no hay otro remedio. Cudjoe debe preparar los caballos tan silenciosamente como pueda alrededor de las doce, y yo la llevaré; y después, para dar verosimilitud al asunto, él debe llevarme a mí a la siguiente taberna para que coja la diligencia a Columbus, que pasa a las tres o las cuatro, para que parezca que ése era el motivo de sacar el coche. Me pondré a trabajar a primera hora de la mañana. Pero se me ocurre que me sentiré bastante mal allí, después de todo lo que ha ocurrido; pero, ¡maldita sea! no puedo evitarlo.

—Tu corazón funciona mejor que tu cabeza en este caso, John —dijo su mujer, posando su blanca mano sobre la suya—. ¿Hubiera podido amarte si no te conociera mejor que tú mismo? —y la pequeña dama tenía un aspecto tan bello, con los ojos brillantes de lágrimas, que el senador pensó que debía ser un tipo de lo más inteligente para conseguir que lo admirase tan frenéticamente un ser tan bonito; así que no le quedó más remedio que marcharse muy serio para dar instrucciones sobre el coche. Sin embargo, se detuvo un momento en la puerta y, volviendo a entrar, dijo vacilante:

—Mary, no sé qué opinas tú al respecto, pero hay un cajón lleno de cosas... del pequeño Henry... —y, con estas palabras, se volvió rápidamente, cerrando la puerta a sus espaldas.

Su esposa abrió el pequeño dormitorio que estaba junto al suyo y colocó una vela encima de un escritorio que había allí; luego sacó una llave de un escondrijo y la insertó, pensativa, en la cerradura de un cajón y se quedó parada de repente, mientras que los dos muchachos que la habían seguido de cerca, como suelen hacerlo los niños, se quedaron contemplando a su madre con unas miradas silenciosas y significativas. Y tú, madre que lees esto, ¿nunca ha habido en tu casa un cajón o un armario que, al abrirlo, es cómo si abrieras de nuevo una pequeña tumba? Madre feliz eres, si no es así.

La señora Bird abrió lentamente el cajón. Había chaquetas de muchas formas y hechuras, pilas de delantales, hileras de medias; incluso un par de zapatitos, algo gastados en la punta, se asomaban entre pliegues de papel. Había un caballo y un carro de juguete, una peonza, una pelota... recuerdos juntados entre muchas lágrimas y dolor de corazón. Se sentó al lado del cajón y, apoyando la cabeza en las manos, lloró hasta que las lágrimas resbalaron desde sus dedos al cajón; entonces, levantando súbitamente la cabeza, comenzó con una prisa nerviosa a juntar las cosas más sencillas y más prácticas y colocarlas en un atado.

—Mamá —dijo uno de los niños, tocándole suavemente el brazo—, ¿vas a regalar esas cosas?

—Queridos niños —dijo ella seriamente en voz queda—, si nuestro querido Henry mira desde el cielo, estará encantado de que lo hagamos. No sería capaz de regalarlas a una persona cualquiera... a una persona feliz, pero las regalo a una madre más triste y desconsolada que yo, y espero que Dios la bendiga también.

Existen en este mundo algunas almas benditas, cuyas penas se convierten en alegrías para los demás y cuyas esperanzas terrenales, colocadas en la tumba con abundantes lágrimas, son una semilla de la que brotan flores y bálsamos curativos para los desolados y los afligidos. Se contaba entre ellas esta mujer delicada que está ahí sentada junto a la lámpara, derramando lágrimas mientras prepara los recuerdos de su hijo perdido para la nómada desterrada.

Después de un rato, la señora Bird abrió un armario y, sacando un par de vestidos sencillos y prácticos, se sentó a la mesa de labores armada con una aguja, unas tijeras y un dedal e inició el proceso de «sacar»» que había recomendado su marido, y siguió ocupada en estos menesteres hasta que el viejo reloj del rincón dio las doce y oyó el traqueteo de las ruedas en la puerta.

—Mary —dijo su marido, entrando con el abrigo en la mano—, debes despertarla ahora; tenemos que marchamos.

La señora Bird se apresuró a poner los diversos objetos que había juntado en un pequeño y sencillo baúl, que cerró con llave y pidió a su marido que lo llevase al coche, después de lo cual fue a despertar a la mujer. Esta apareció poco después en la puerta, vestida con una capa, un sombrero y un chal que habían pertenecido a su benefactora, y con su hijo en brazos. El señor Bird la acompañó apresuradamente al coche y la señora Bird la siguió hasta los peldaños del mismo. Eliza se asomó y alargó la mano, una mano tan bella y delicada como la que la estrechó. Fijó sus grandes ojos negros llenos de gratitud en el rostro de la señora Bird y parecía a punto de decir algo. Se movieron sus labios, lo intentó una o dos veces, pero no salió ningún sonido; señaló hacia lo alto con una mirada inolvidable, se echó hacia atrás en el asiento y se cubrió la cara. Se cerró la puerta y se alejó el coche.

¡Qué situación para un senador patriota que había pasado toda la semana anterior espoleando la legislatura de su estado natal para que aprobara unas leyes más estrictas contra los esclavos fugados y los que les ayudaban a escapar!

¡A nuestro buen senador no le había hecho sombra en su estado natal ninguno de sus homólogos de Washington en el ejercicio de la clase de elocuencia que les ha granjeado el renombre inmortal!

¡Con qué majestuosidad se quedó sentado con las manos en los bolsillos burlándose de la debilidad sentimental de los que anteponían el bienestar de unos cuantos fugitivos miserables a los importantes intereses del estado!

Estuvo tan fiero como un león y consiguió convencer no sólo a sí mismo, sino a todos los que le oyeron hablar; pero en ese momento su idea de lo que era un fugitivo no iba más allá de las letras de las que se componía la palabra; o, como mucho, la imagen vista en un periódico de un hombre portando un bastón y un atado con las palabras «Fugado de casa del subscriptor» al pie. La magia de presenciar la verdadera aflicción, el suplicante ojo humano, la débil y temblorosa mano humana, la desesperada petición de ayuda: todo eso no lo había experimentado jamás. Nunca se le había ocurrido pensar que el fugitivo podía ser una madre desafortunada, un niño indefenso, como el que ahora llevaba puesta la gorra de su hijo muerto, tan familiar para él. Así, ya que el pobre senador no estaba hecho de acero ni de piedra sino que era un hombre y, además, un hombre bastante noble de corazón, como todo el mundo puede ver, se sintió bastante incómodo con su patriotismo. Y no hace falta que os burléis de él, hermanos de los estados sureños, pues tenemos la idea de que muchos de vosotros, en un caso similar, no lo hubierais hecho mucho mejor. Tenemos razones para creer que, tanto en Kentucky como en Misisipí, viven personas de corazón noble y generoso, que nunca han oído en vano una historia de sufrimientos.

Buen hermano, ¿es justo que esperes de nosotros servicios que tu mismo corazón noble y valiente no te permitiría prestar si estuvieras en nuestro lugar?

Sea como fuere, si nuestro buen senador pecó en lo político, estaba haciendo méritos para expiar su pecado con su penitencia nocturna.

Había habido una larga temporada de lluvias y la tierra fértil y blanda de Ohio, como todo el mundo sabe, se presta fácilmente a la manufactura del fango, y el camino había sido una antigua vía férrea de ese estado.

—Díganme, ¿qué tipo de carretera es esa? —preguntan los viajeros del este, acostumbrados a asociar las vías férreas solamente con la suavidad o la velocidad.

Quiero que sepas, entonces, inocente amigo del este, que en las regiones salvajes del oeste, donde el barro alcanza profundidades sublimes e incalculables, las carreteras se fabrican con troncos redondos y bastos, colocados transversalmente uno al lado de otro, y cubiertos en el primer momento con tierra, turba y todo lo que se encuentra a mano, y a eso los nativos embelesados le llaman carretera y se disponen en el acto a circular por encima. Con el paso del tiempo, las lluvias se llevan toda la turba y la tierra y zarandean los troncos hasta dejarlos colocados de forma pintoresca, con toda clase de huecos y surcos de barro negro entremedias.

Así era la carretera por la que iba tambaleándose el senador, haciendo reflexiones morales tan constantemente como lo permitían las circunstancias. El coche iba más o menos ¡tran, tran, tran, tran! por el barro, haciendo que el senador, la mujer y el niño cambiasen de posición para dar, sin orden ni concierto, contra las ventanillas del lado opuesto. Se atasca el coche y se oye a Cudjoe pasar revista a los caballos en la parte de fuera. Después de varios infructuosos meneos y tirones, cuando el senador está a punto de perder la paciencia, el coche se endereza de pronto; las dos ruedas delanteras caen en otro surco y el senador, la mujer y el niño se precipitan promiscuamente hacia el asiento delantero; el sombrero del senador se le encasqueta de mala manera sobre los ojos y la nariz y cree que ha llegado su hora; el niño llora y Cudjoe, desde fuera, infunde ánimos a los caballos, que patalean y forcejean y se esfuerzan bajo repetidos chasquidos del látigo. El coche se rectifica con un salto y caen las ruedas de atrás; el senador, la mujer y el niño son proyectados al asiento de atrás, con los codos de él contra el sombrero de ella y los dos pies de ella golpeando el sombrero de él, que sale volando por la patada. Después de unos momentos, se pasa el «lodazal» y se detienen, jadeantes, los caballos; el senador recupera el sombrero, la mujer se arregla el suyo y tranquiliza al niño y se preparan para lo que aún tienen que pasar.

Durante un rato el continuo ¡clan, clan! sólo se mezclaba, para variar, con unos botes laterales y unas sacudidas tremendas; empezaron a congratularse de que las cosas no iban tan mal, después de todo. Por fin, con un zarandeo que los pone a todos primero de pie y después sentados con increíble rapidez, se detiene el coche, y después de mucha conmoción en el exterior, aparece Cudjoe en la puerta.

—Por favor, señor, es un lugar terrible, éste. No sé cómo vamos a salir. Creo que vamos a necesitar barrotes.

Se apea desesperado el senador, buscando tierra firme para apoyar los pies; se le hunde un pie hasta una profundidad tremenda, intenta sacarlo, pierde el equilibrio y se cae en el fango, de donde lo pesca Cudjoe en un estado lamentable.

Pero desistimos aquí, por compasión hacia los huesos de nuestros lectores. Los viajeros del oeste que hayan pasado las horas de la noche ocupados en la interesantísima tarea de tirar verjas con el fin de conseguir barrotes para sacar sus carruajes de agujeros de barro respetarán y compadecerán a nuestro héroe desventurado. Les rogamos que derramen una lágrima silenciosa y seguimos.

Era una hora muy avanzada de la noche cuando el coche salió, sucio y maltrecho, del barranco del río y se paró en la puerta de una larga casa.

Hizo falta muchísima perseverancia para despertar a los ocupantes, pero apareció por fin el respetable propietario, que abrió la puerta. Era un tipo grande, alto e hirsuto, de más de seis pies de alto sin zapatos, y vestía una camisa de caza de franela roja. Una abundantísima mata de cabello de color arena bastante enmarañada y una barba de varios días le conferían al noble hombre un aspecto muy poco atractivo. Se quedó unos minutos con la vela levantada, pestañeando a nuestros viajeros con una expresión lúgubre y desconcertada extremadamente cómica. Le costó bastante trabajo a nuestro senador hacer que comprendiese del todo la situación, y mientras que él se halla ocupado en esta tarea, a nuestros lectores les haremos la presentación del hombre.

El honrado John van Trompe había sido un importante terrateniente y propietario de esclavos del estado de Kentucky. Como «de oso no tenía más que el pellejo» y la naturaleza le había dotado de un gran corazón honrado y justo, en armonía con su complexión, estuvo años viendo con una inquietud reprimida el funcionamiento de un sistema tan pernicioso para el opresor como para el oprimido. Por fin, un día el corazón de John se hinchó demasiado para soportar sus ligaduras; entonces sacó la cartera y se fue a Ohio, donde compró un campo de buena tierra fértil, preparó los papeles de libertad para toda su gente —hombres, mujeres y niños—, los metió a todos en carretas y los llevó allí a vivir. Después el honrado John se fue otra vez río arriba y se instaló en una cómoda granja retirada para disfrutar de su conciencia y sus reflexiones.

—¿Es usted el hombre que acogerá a una pobre mujer y a su hijo que huyen de cazadores de esclavos? —preguntó explícitamente el senador.

—Creo que soy yo —dijo el honrado John, con bastante énfasis.

—Ya me parecía —dijo el senador.

—Si viene alguien —dijo el buen hombre, irguiendo su cuerpo musculoso—, estoy preparado para recibirlo; y tengo siete hijos, cada uno de seis pies de altura, y ellos también estarán preparados.

—Presénteles nuestros respetos —dijo John—; dígales que no importa cuándo vienen, a nosotros nos da lo mismo —dijo John, pasando los dedos por la melena que le coronaba la cabeza y rompiendo a reír a carcajadas.

Fatigada, rendida y sin vigor, Eliza se arrastró hasta la puerta con su hijo profundamente dormido en brazos. El hombretón acercó la vela a su rostro y, soltando una especie de gruñido de compasión, le abrió la puerta de un pequeño dormitorio que daba a la gran cocina donde se encontraban y le hizo un gesto de que pasara. Cogió otra vela, la encendió y la coloco en la mesa y luego se dirigió a Eliza.

—Bien, muchacha, no debe tener miedo, venga quien venga. Estoy acostumbrado a ese tipo de cosas —dijo, señalando dos o tres buenos rifles que colgaban sobre la chimenea—; y la mayoría de las personas que me conocen saben que no es saludable intentar sacar a alguien de mi casa si yo me opongo. Así que usted duérmase sin más, tan tranquila como si la estuviera meciendo su madre —dijo, cerrando la puerta—. Vaya, ésta es muy guapa —dijo al senador—. Pues las guapas a veces tienen más motivos para fugarse, si tienen sentimientos dignos de mujeres decentes. Lo sé bien.

El senador le contó con pocas palabras la historia de Eliza.

—¡Oh, oh! ¿Cree que quiero saberlo? —dijo compasivo el buen hombre—; calle, calle. ¡Es la naturaleza, pobre criatura, cazada como un ciervo! Cazada por tener sentimientos naturales y hacer lo que cualquier madre no podría evitar. ¿Sabe lo que le digo? Pues que estas cosas me hacen querer blasfemar más que ninguna otra cosa —dijo el honrado John, frotándose los ojos con el dorso de una gran mano pecosa y amarillenta—. ¿Sabe lo que le digo, forastero? Tardé años en hacerme de la iglesia, porque los sacerdotes de estas partes predicaban que la Biblia estaba a favor de estas cosas, y yo no me fiaba de su griego y su latín y me puse en contra, de ellos y de la Biblia. No me hice de la iglesia hasta que conocí a un cura que podía con ellos hasta en griego, que decía todo lo contrario; entonces me hice de la iglesia, y esa es la verdad —dijo John, que llevaba todo este tiempo descorchando una botella de sidra peleona, que ofreció a su huésped.

—Más vale que se quede hasta el amanecer —dijo enérgicamente—; yo despertaré a mi vieja y le preparará una cama en un periquete.

—Gracias, amigo —dijo el senador—, pero debo marcharme para coger la diligencia nocturna a Columbus.

—Bien, si debe marcharse, le acompañaré un trecho, para enseñarle una carretera alternativa que le llevará mejor que la que ha cogido para venir aquí. Esa carretera es muy mala.

John se preparó y, linterna en mano, pronto se le pudo ver guiando el carruaje del senador hacia una carretera que iba por una hondonada detrás de su vivienda. Cuando se despidieron, el senador le tendió un billete de diez dólares.

—Es para ella —dijo escuetamente.

—Ya, ya —dijo John, con la misma parsimonia.

Se estrecharon la mano y se separaron.

CAPÍTULO X

Índice

Se Llevan La Mercancía

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A través de la ventana de la cabaña del tío Tom se veía la mañana gris y lluviosa de febrero. Los rostros abatidos reflejaban unos corazones pesarosos. La pequeña mesa estaba colocada delante de la chimenea, cubierta con un trapo de planchar; una o dos camisas, bastas aunque limpias, colgaban del respaldo de una silla cerca del fuego, y la tía Chloe tenía otra extendida ante ella en la mesa. Frotaba y planchaba cuidadosamente cada pliegue y cada dobladillo con la más meticulosa exactitud, y alzaba la mano de vez en cuando para apartar las lágrimas que caían a chorro por sus mejillas.

Tom estaba sentado cerca, con la Biblia en las rodillas y la cabeza en la mano; ninguno de los dos hablaba. Era temprano aún y los niños dormían todos juntos en la rudimentaria carriola.

Tom, plenamente dotado del corazón tierno y doméstico que ¡para su desgracia! es característico de su malhadada raza, se levantó y se aproximó silenciosamente a mirar a sus hijos.

—Es la última vez —dijo.

La tía Chloe no respondió, sólo planchaba y planchaba una y otra vez la burda camisa, ya tan lisa como las manos podían lograr; y, finalmente, dejando caer la plancha con un golpe de desesperación, se sentó en la mesa y «alzó la voz y lloró».

—Supongo que debemos resignarnos pero ¡ay, Señor!, ¿cómo vamos a conseguirlo? ¡Si por lo menos supiera adónde vas o qué van a hacer contigo! El ama dice que intentará recuperarte en un año o dos; ¡pero, Señor!, no vuelve ninguno de los que van allá abajo. ¡Los matan! He oído hablar de la manera en que los tratan en esas plantaciones.

—Tendrán el mismo Dios allí que tenemos aquí, Chloe.

—Bueno —dijo la tía Chloe—, supongo que sí, pero el Señor permite que ocurran cosas terribles a veces, así que eso no me consuela.

—Estoy en manos del Señor —dijo Tom—; las cosas no pueden ir más lejos de lo que permite, y de eso puedo dar gracias. Soy yo el que ha sido vendido y se va al sur, y no tú o los niños. Estáis a salvo aquí. Lo que vaya a ocurrir me ocurrirá sólo a mí, y el Señor me ayudará, lo sé.

¡Ay, hombre valiente, que ahogas tu propia pena para consolar a tus seres queridos! Tom habló con voz apagada y un nudo en la garganta, pero habló fuerte y gallardamente.

—Pensemos en nuestras bendiciones —añadió tembloroso, como si supiera muy bien que le convenía pensar en ellas.

—¡Bendiciones! —dijo la tía Chloe—. ¡Yo no veo ninguna bendición! ¡Está mal que las cosas ocurran de este modo! El amo nunca hubiera debido permitir que las cosas llegaran al extremo donde tú tuvieras que saldar su deuda. Ya le has hecho ganar el doble de lo que le pagarán por ti. Te debía la libertad, hace años que tenía que habértela concedido. Quizás ahora no tiene otro remedio, pero creo que no está bien. Nada me hará pensar otra cosa. ¡Una criatura tan fiel como tú lo has sido, siempre poniendo sus intereses antes que los tuyos, y que lo apreciabas más que a tu propia mujer y a tus propios hijos! Los que venden el afecto o la sangre de un corazón, ¡no se librarán de la ira del Señor!

—¡Chloe, si me amas, no hables así! ¡A lo mejor es la última vez que estamos juntos! Y te digo, Chloe, me duele oír siquiera una palabra en contra del amo. ¿No lo pusieron en mis brazos cuando era un bebé? Es natural que tenga buena opinión de él. No se puede esperar que él tenga para el pobre Tom la misma estima. Los amos están acostumbrados a que se lo den todo hecho, y es natural que no lo aprecien. No se puede esperar que lo hagan. Ponlo al lado de otros amos y dime, ¿a quién han tratado como a mí y quién ha vivido mejor que yo? Y no habría dejado que me sucediese esto si lo hubiera sabido de antemano, estoy convencido.

—De todas formas, algo de malo tiene el asunto —dijo la tía Chloe, de quien una característica predominante era un sentido obstinado de la justicia—. No sabría decir exactamente lo que es, pero tiene algo de malo, lo tengo claro.

—Debes mirar al Señor que está en el cielo, por encima de todos; ni un gorrión cae sin que Él lo sepa.

—No me consuela, aunque supongo que debería —dijo la tía Chloe—. Pero no sirve de nada hablar; mojaré la torta de maíz y te prepararé un buen desayuno, porque ¿quién sabe cuándo te darán otro?

Para comprender los sufrimientos de los negros vendidos para el mercado del sur, hay que tener en cuenta que los afectos instintivos de esta raza son especialmente fuertes. Su querencia por el lugar de nacimiento es muy duradera. No son atrevidos ni emprendedores por naturaleza, sino hogareños y cariñosos. Añadamos a esto los terrores que la ignorancia confiere a lo desconocido, y luego sumemos el hecho de que venderse en el sur es el castigo más severo con el que se atemoriza a los negros desde su infancia. La amenaza que les asusta más que los latigazos o las torturas de cualquier tipo es la de mandarlos río abajo. Nosotros personalmente les hemos oído expresar estos sentimientos y hemos visto el horror genuino con el que se reúnen en sus horas de ocio para contar historias de «río abajo» que es, para ellos:

Ese país desconocido, de cuyos linderos no vuelve ningún viajero.

Un misionero que se ocupa de los fugitivos del Canadá nos contó que muchos de éstos confesaron haberse escapado de amos relativamente bondadosos, y que lo que les había instigado a afrontar los peligros de la fuga, en casi todos los casos, era el horror de ser vendidos en el sur, destino que pendía sobre sus cabezas, o las de sus maridos o de sus mujeres o de sus hijos. Esto infunde al africano, paciente, tímido y carente de iniciativa por naturaleza, un valor heroico y le induce a pasar hambre, frío, dolor, los peligros de la naturaleza salvaje y las penalidades más temidas al ser capturado de nuevo.

La sencilla colación matutina humeaba sobre la mesa, pues la señora Shelby había dispensado a la tía Chloe de trabajar en la casa grande aquella mañana. Esta pobre alma había gastado sus escasas energías en este banquete de despedida: había matado y aderezado su mejor pollo y preparado una torta de maíz con esmerado cuidado, según el gusto de su marido, y había colocado varios tarros misteriosos sobre la repisa de la chimenea, que contenían confituras que no se sacaban nada más que en las ocasiones más excepcionales.

—¡Señor, Pete —dijo Mose triunfante—, qué desayuno nos espera! —a la vez que cogía un pedazo de pollo.

La tía Chloe le dio un cachete.

—¡Toma! ¡Mira que aprovecharte de la última comida que va a hacer tu padre en casa!

—¡Vamos, Chloe! —dijo Tom con ternura.

—Pues no puedo evitarlo —dijo la tía Chloe, escondiendo la cara en el delantal—; estoy tan disgustada que me hace portarme mal.

Los niños se quedaron totalmente quietos, mirando primero a su padre y después a su madre, mientras la niña, trepando por sus faldas, empezó a soltar un aullido urgente e imperioso.

—¡Ya está! —dijo la tía Chloe, secándose los ojos y cogiendo a la nena—, ya se me ha pasado, espero. Ahora comed algo. Éste es mi mejor pollo. Tomada, niños, comed un poco, pobrecitos. Vuestra madre os ha regañado.

Los niños no necesitaron una segunda invitación y se lanzaron con gran energía sobre la comida; y más valía que fuera así, porque si no es por ellos, poco provecho se habría sacado de la ocasión.

—Ahora —dijo la tía Chloe, trajinando alrededor después del desayuno—, debo prepararte la ropa. Lo más probable es que él se la quede toda. Los conozco bien: ¡mezquinos y tacaños todos!

Bien, la camisa de franela para el reuma está en este rincón; así que cuídala, porque nadie te va a hacer otra. Y ahí están tus camisas viejas y aquí las nuevas. Te arreglé los calcetines anoche y te pongo el huevo de zurcir, aunque, Señor, ¿quién te los va a zurcir en el futuro? —y la tía Chloe, sucumbiendo una vez más, apoyó la cabeza en la caja y lloró—. ¡Cuando pienso que nadie te va a cuidar, sano o enfermo! ¡Creo que no es necesario que me porte bien, después de todo!

Los niños, después de comerse todo lo que había encima de la mesa del desayuno, comenzaron a pensar en la situación y, viendo llorar a su madre y a su padre poner cara de tristeza, se pusieron a lloriquear y se llevaron las manos a los ojos. El tío Tom tenía a la niña en el regazo, donde se divertía de lo lindo, rascándole la cara y tirándole del pelo, de vez en cuando estallando en ruidosas manifestaciones de gozo, que evidentemente surgían de sus reflexiones más íntimas.

—¡Ay, ríe, ríe, pobrecita! —dijo la tía Chloe— ¡a ti también te llegará la hora! ¡Vivirás para ver cómo te venden al marido, o quizás a ti misma; y estos niños también serán vendidos, supongo, en cuanto valgan para algo; no sé para qué nosotros los negros tengamos nada!

En esto uno de los niños gritó:

—¡Que viene el ama!

—Ella no puede hacer nada; ¿para qué viene? —dijo la tía Chloe.

Entró la señora Shelby. La tía Chloe le puso una silla con unos modales claramente rudos y ásperos. Aquélla no pareció darse cuenta ni de la acción ni de los modales. Estaba pálida y ansiosa.

—Tom —dijo—, he venido para... —y deteniéndose de pronto y mirando al grupo silencioso, se sentó en la silla y, tapándose la cara con un pañuelo, rompió a llorar.

—¡Señor, señor, no llore usted, ama! —dijo la tía Chloe, rompiendo a llorar también; durante unos momentos todos lloraron al unísono. Y en esas lágrimas derramadas en compañía, los importantes y los humildes juntos, se disolvieron todas las penas y la ira de los oprimidos. Ay, vosotros que visitáis a los afligidos, sabed que todo lo que puede comprar vuestro dinero, donado con la mirada fría y distante, no vale lo que una sola lágrima derramada sinceramente.

—Mi buen amigo —dijo la señora Shelby—, no te puedo dar nada que te sirva. Si te doy dinero, te lo quitarán. Pero te digo solemnemente, ante Dios, que seguiré tu rastro y te traeré de vuelta en cuanto reúna el dinero. Hasta entonces, ¡confía en el Señor!

En este momento los niños avisaron que venía el señor Haley, y enseguida la puerta se abrió de una patada descortés. Ahí estaba Haley de muy mal humor después de haber pasado la noche anterior a caballo y nada contento del fracaso de sus esfuerzos por capturar a su presa.

—Ven, negro —dijo— ¿estás listo? Su servidor, señora —dijo, quitándose el sombrero al ver a la señora Shelby. La tía Chloe cerró y ató la caja y, al levantarse, miró ceñuda al tratante, y sus lágrimas parecieron convertirse en chispas de fuego.

Tom se levantó manso para seguir a su nuevo amo y se puso la pesada caja al hombro. Su mujer cogió a la niña en brazos para acompañarlo al carro, y los niños, llorando aún, fueron a la zaga.

La señora Shelby se acercó al tratante y lo entretuvo unos momentos hablándole de forma intensa, y mientras ella hablaba, toda la familia llegó hasta un carro que se encontraba enjaezado en la puerta. Había una multitud de braceros jóvenes y viejos reunidos alrededor para despedirse de su antiguo compañero. A Tom lo apreciaban todos tanto en calidad de sirviente jefe como de instructor cristiano, y sentían una sincera pena y tristeza por su partida, especialmente las mujeres.

—¡Vaya, Chloe, lo soportas mejor que nosotras! —dijo una de las mujeres, que había estado llorando desenfrenadamente, al observar el triste sosiego de que daba muestras la tía Chloe ahí de pie junto al carro.

—¡Ya no me quedan más lágrimas! —dijo, mirando ceñuda al traficante, que se aproximaba—. No tengo ganas de llorar delante de ese individuo, de ninguna manera.

—¡Sube! —dijo Haley a Tom, cruzando a zancadas por entre la multitud de sirvientes, que lo miraban con el ceño fruncido.

Tom subió y Haley sacó de debajo del asiento del carro un par de grilletes y le colocó uno en cada tobillo.

Un ahogado murmullo de indignación recorrió todo el círculo, y la señora Shelby, desde el porche, dijo:

—Señor Haley, le aseguro que esa precaución es totalmente innecesaria.

—No lo sé, señora; ya he perdido quinientos dólares en este lugar y no puedo permitirme correr más riesgos.

—¿Qué otra cosa se podía esperar de él? —dijo, indignada, la tía Chloe, mientras que los dos niños que parecieron comprender, por fin, el destino de su padre, se le agarraron al vestido, sollozando y lamentándose enérgicamente.

—Siento —dijo el tío Tom— que se halle ausente el señorito George.

George se había marchado a pasar dos o tres días con un compañero de una hacienda vecina y, como se había ido por la mañana temprano, antes de que se hubiera hecho pública la desgracia de Tom, no se había enterado de ella.

—Despedidme cariñosamente del señorito George —dijo muy serio.

Haley fustigó el caballo y se llevó rápidamente a Tom, que dedicó una mirada serena y triste a su viejo hogar hasta el último momento.

A esta hora, el señor Shelby no estaba en casa. Había vendido a Tom por una necesidad acuciante, para librarse del poder de un hombre a quien temía, y su primera sensación después de finalizar la negociación había sido de alivio. Pero las recriminaciones de su esposa habían despertado sus remordimientos latentes y la generosidad varonil de Tom había aumentado su sentimiento de malestar.

En vano se decía a sí mismo que estaba en su derecho al actuar así, que todo el mundo lo hacía, y algunos sin verse siquiera obligados a ello. Pero no lograba acallar sus sentimientos y, para no presenciar las desagradables escenas de la consumación, había emprendido un pequeño viaje de negocios, con la esperanza de que todo hubiera acabado antes de su regreso.

Tom y Haley se fueron traqueteando por el camino polvoriento, pasando velozmente por todos los lugares familiares, hasta traspasar los límites de la finca y encontrarse en la carretera abierta.

Después de avanzar aproximadamente una milla, Haley paró de pronto a la puerta de un herrero, y, sacando unas esposas, entró en la forja para que les hicieran una pequeña modificación.

—Son demasiado pequeñas para él —dijo Haley, mostrando las esposas y señalando a Tom.

—¡Señor, si es el Tom de Shelby! ¿No lo habrá vendido? —preguntó el herrero.

—Sí —dijo Haley.

—¡Vaya, vaya! —dijo el herrero—. ¿Quién iba a decirlo? Pero no hace falta que lo encadene de esta manera. Es el hombre más leal y bueno...

—Sí, sí —dijo Haley—, pero los leales y buenos son precisamente los que quieren escaparse. Los tontos, a los que no les importa adónde vayan, y los vagos y los borrachos, a los que no les importa nada, ellos se quedan e incluso les hace gracia que los lleven de aquí para allá. Pero estos hombres de calidad nos odian a muerte. No hay más remedio que encadenarlos; si tienen piernas, las usarán, sin duda.

—Bueno —dijo el herrero, hurgando entre sus utensilios— esas plantaciones del sur no son exactamente el sitio adonde quiere ir un negro de Kentucky. Se mueren muy rápido, ¿verdad?

—Pues, sí, se mueren bastante rápido; mientras que se aclimatan y entre una cosa y otra, se mueren lo bastante rápido para mantener ágil el mercado —dijo Haley.

—Pues, no puede uno más que pensar que es una lástima que un tipo agradable y tranquilo como Tom vaya a que lo machaquen a una de aquellas plantaciones de azúcar.

—Pues tendrá una oportunidad. He prometido tratarlo bien. Lo colocaré como sirviente con alguna buena familia y entonces, si aguanta el clima y las fiebres, tendrá un puesto tan bueno como puede desear un negro.

—Su mujer y sus hijos se quedan aquí, supongo.

—Sí, pero le darán otra allí. Señor, si hay mujeres de sobra en todas partes —dijo Haley.

Tom estaba sentado en la puerta de la forja durante esta conversación.

De repente oyó los pasos rápidos de un caballo detrás de él, y, antes de poder reaccionar de la sorpresa, el señorito George saltó al carro, le rodeó el cuello con los brazos y se puso a sollozar y renegar enérgicamente.

—¡Es imperdonable, no me importa lo que digan! ¡Es una verdadera vergüenza! Si yo fuera hombre, no lo harían, desde luego que no —dijo George con una especie de aullido reprimido.

—¡Ay, señorito George, cómo me alegro! —dijo Tom—. No podía soportar irme sin verlo. ¡No puede imaginarse cuánto me alegro! —al decir esto, Tom hizo algún movimiento con los pies, y George vio los grilletes.

—¡Qué vergüenza! —exclamó, alzando las manos—. ¡Voy a darle su merecido a ese tipo, ya lo creo!

—¡Ni hablar!, señorito George, y no hable usted tan alto. A mí no me hará ningún bien que se enfade.

—Pues, no lo haré, entonces, por tu bien. Pero sólo pensarlo... ¿no es una vergüenza? A mi no me llamaron ni me dijeron una palabra y, si no hubiera sido por Tom Lincoln, no me habría enterado. Te digo ¡menuda bronca les he metido a todos en casa!

—Eso no estaba bien, me temo, señorito George.

—No pude remediarlo. ¡Digo que es una vergüenza! Mira, tío Tom —dijo, volviendo la espalda a la forja y hablando con un tono misterioso— ¡te he traído mi dólar!

—¡Ay, no se me ocurriría cogérselo, señorito George, de ninguna manera! —dijo el tío Tom, bastante emocionado.

—¡Pero lo tienes que coger! —dijo George—. Mira, le dije a la tía Chloe que iba a hacerlo, y ella me aconsejó que hiciera un agujero en medio y pasara un cordel para que te lo puedas colgar al cuello y mantenerlo oculto; si no, este sinvergüenza te lo quitaría. Oye, Tom, quiero darle una paliza, ¡me vendría bien!

—¡No lo haga, señorito George, porque a mí no me vendría bien!

—Pues entonces no lo hago, por ti —dijo George, ocupado en atar su dólar alrededor del cuello de Tom—. Pero abróchate la chaqueta para taparlo, y guárdalo y acuérdate, cada vez que lo mires, de que yo iré a buscarte para traerte de vuelta. La tía Chloe y yo hemos hablado de ello. Le he dicho que no tema, que yo me ocuparé y no dejaré en paz a mi padre hasta que acceda.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
27 şubat 2026
Hacim:
640 s.
ISBN:
4064066498160
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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