Kitabı oku: «Coche»

Yazı tipi:


El término «maverick» procede del abogado, político y terrateniente tejano Samuel Augustus Maverick (1803-1870), uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de Texas. Aparece citado por primera vez en 1867 con el significado de «mentalidad independiente», según afirman diversas fuentes, referido a Samuel porque, según los demás rancheros, se negaba a marcar su ganado. En realidad aquello no era reflejo de una mentalidad independiente, sino más bien de su total falta de interés por la ganadería. A partir de entonces se empezó a utilizar el término «maverick» para referirse a las reses sin marcar que no formaban parte del ganado. La placa del Ford Maverick se estilizó para asemejarse a la cabeza de una vaca de cuernos largos, las famosas vacas Longhorn de Texas.

HARRY CREWS «Nací el 7 de junio de 1935 al final de un camino de tierra en el condado de Bacon, Georgia. Un camino muy largo. Mi padre murió cuando yo era un bebé y mi madre, sin otra cosa que simple coraje, tras toda una vida de desesperación y falta de alternativas, nos crió a mí y a mi hermano. Asistí a la Universidad de Florida. Tras dos años ahogándome entre la Verdad y la Belleza, dejé la Universidad por una moto Triumph. Me dirigí al oeste una clara mañana de primavera con siete dólares y cincuenta y cinco centavos en el bolsillo. Estuve en la cárcel de Glenrock, Wyoming; un indio blackfoot al que le faltaba una pierna me dio una paliza en una reserva de Montana; fregué platos en Reno; recolecté tomates en las afueras de San Francisco; un hombre que se creía Cristo me expulsó el demonio que llevaba dentro en Colorado Springs y en Chihuahua me hice amigo de un piloto obsesionado con las alforjas de motos… Volví cojeando a la Universidad de Florida, purificado y santificado, dispuesto a absorber todo lo que quedara de Verdad y Belleza. Y así están las cosas. Actualmente doy clases de inglés en Fort Lauderdale, Florida. Estoy casado con una chica muy guapa que sabe escribir a máquina. Hemos tenido dos hijos. El mayor se ahogó en 1964. El otro tiene cuatro años.»

Desde entonces Harry Crews bebió mucho, se drogó bastante y publicó más de veinte libros. Murió el 28 de marzo de 2012, a los 76 años, por complicaciones de una neuropatía. En su última entrevista puso las cartas sobre la mesa: «Mira, si tu intención es escribir sobre la dulzura, la luz y toda esa mierda, consíguete un trabajo en Hallmark».

COCHE

COCHE

Harry Crews

Traducción Javier Lucini


Título original:

Car

William Morrow, 1972

Primera edición Dirty Works:

Marzo 2018

© Harry Crews, 1972

All rights reserved including the right of reproduction in whole or in part in

any form by arrangement with John Hawkins & Associates, Inc., New York.

© 2018 de la traducción: Javier Lucini

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (con Tomás Cobos y Álex

Sánchez Peñate trucando el motor en boxes)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento», 2018

Maquetación: Marga Suárez

Correcciones: Marta Velasco Merino

ISBN: 978-84-19288-10-3

Produccion del ePub: booqlab

Por Mac

¿Por qué si no?


UNO

Hacía mucho tiempo que Mister, sentado encima del prensador de coches, no se sentía tan cerca de la felicidad. Había sido una tarde de Cadillacs. Parecía una buena señal, una señal estupenda. Y la necesitaba. Todos la necesitaban. La enorme máquina que manejaba para reducir los coches al tamaño de maletas latía y palpitaba a sus pies. En la pequeña garita amarilla situada a diez metros del suelo, Mister empuñó los mandos y revolucionó el motor. El asiento de cuero que ocupaba se sacudió y se balanceó. Esperó pacientemente a que se deslizase el siguiente coche a la plataforma.

La mañana había transcurrido sin pautas y no tenía importancia porque no las esperaba. Nunca las esperaba, aunque estaba preparado por si se daban. Hubo un momento, al mediodía –justo antes de comer– en que la cosa se puso interesante cuando aparecieron dos Hudson Hornets seguidos como por arte de magia. Claro que fue pura chiripa. Nada a lo que poder agarrarse. Así que Mister se limitó a machacarlos, los aplastó hasta transformarlos en dos sólidos cubos de metal que se deslizaron por la rampa hasta la zona de recogida junto al río.

Después, ya bien entrada la tarde, comenzó el desfile de Cadillacs. El primero fue un sedán de dos puertas del 47. Se aposentó en la plataforma, sin alerones, pero todo cromado. ¡Crash! Lo aplastó sin más. Le siguió uno del 57. Se deslizó hasta la plataforma y crujió levemente por su propio impulso, todo alerones fantásticos. El sueño alucinógeno de un borracho. ¡Crash! Con enorme satisfacción, Mister lo devolvió sin asomo de ternura a su estadio anterior, metal bruto e informe. Acto seguido, apareció un tercero. Y un cuarto. A Mister se le desbocó el corazón. Se sintió inundado por una pequeña oleada de calor. ¡Y un quinto! Ya iban cinco Cadillacs seguidos. Se encorvó sobre el asiento por encima de los mandos revestidos de caucho, a la espera…

Y, en efecto, un flamante Cadillac de 1970 se deslizó hasta la plataforma. Mister se sacó la bandana roja del peto y le indicó a Paul, a cargo de la grúa, que ya bastaba por hoy. Se quedó sentado contemplando afectuosamente aquel último Cadillac. El sexto consecutivo. Un récord.

Cadillac: el coche de los pobres (en cuanto te haces con uno de estos bellezones, puedes quedarte tranquilo; un Cadillac estándar es una máquina de pre-ci-sión; mantenimiento mínimo; depreciación casi nula).

Cadillac: el coche de los ricos (no he trabajado dieciocho horas al día y padecido tres úlceras con solo treinta y seis años para conducir un Volkswagen. Un hombre capaz de comprarse un Cadillac nuevo en octubre, todos los años, es lo que yo considero un americano de tomo y lomo).

Las voces latían calladamente en la cabeza de Mister. Y del mismo modo, quedamente, le hicieron partícipe de la evolución del coche. Vio los primeros Cadillacs; sólidos y cuadrados como tanques Sherman. Pero, poco a poco, el viento los fue atenuando, alargados y alisados como lágrimas. Entonces comenzó a sugerirse la primera evidencia de un alerón. Una pequeña protuberancia en el extremo más exiguo de la lágrima. Y de esa pequeña protuberancia brotó un alerón gigantesco cuyas dimensiones te dejaban sin aliento. El vehículo se deslizó por todos los garajes de la nación, de costa a costa, de Canadá a México. Remontó la corriente, salvaje e implacable, hasta las mismas fuentes del corazón americano. Y allí se quedó. Y ahí se quedará para siempre. ¿Quién lo duda?

Mister volvió a sacarse la bandana del peto y se enjugó la cara. Allí abajo, en la plataforma, reposaba el Cadillac en su nueva encarnación. Seguía luciendo los alerones, pero ya sin su fluidez ni su funcionalidad. Macizos, rotundos e inmóviles. Mister aceleró el motor de la prensa. Su estruendo era lo único que se oía en los alrededores.

Estaba sentado al borde de diecisiete hectáreas de coches destrozados. Por debajo, a su izquierda, se agitaba la corriente excrementicia del río Saint John. Tres metros de gasolina sobre quince metros de mierda, tal y como a su padre le gustaba describirlo. Claro que a su padre ya nada parecía gustarle mucho. Y al otro lado del río, en una bruma de fábrica de celulosa teñida de rojo por el atardecer, estaba Jacksonville, Florida. Era el momento de dar por concluida la jornada, el momento de aplastar el último coche y dejar que se deslizase por la rampa hasta donde, finalmente, alguien se encargaría de subirlo a una de las muchas gabarras ancladas al muelle de hormigón. Veinticinco toneladas de maquinaria a la espera, suspendidas en raíles a cada extremo del prensador, para comprimir el Cadillac, reducirlo a un bulto cuadrado manejable y sin el menor encanto.

El Cadillac ya había quedado reducido en cerca de una tercera parte cuando lo trajeron. Era un sedán verde claro de cuatro puertas con una cubierta de vinilo de cachemir. Pero ahora el resplandeciente parachoques cromado abrazaba las puertas. El capó se había vuelto sobre sí mismo hacia el vientre del coche, donde antes habían estado los asientos delanteros.

Por lo visto, quince kilómetros al norte, por la U.S.1, entre Jacksonville y Saint Augustine, el conductor se había quedado dormido al volante y había embestido el pilar de un puente de hormigón. La policía estatal había sacado al conductor con un soplete de acetileno y una espátula. Y lo depositaron en una cubierta de hule. Eso es lo que contó Junell cuando remolcó el Cadillac hasta Auto-Town.

Junell trajo el Cadillac en la parte trasera de Big Mama, su camión remolque de diez ruedas. Luego hizo que los chicos lo desguazasen. El Cadillac tenía un volante de madera de nogal tallado a mano y, aunque parezca extraño, como la columna de dirección se había deslizado por el lado izquierdo del asiento trasero, el volante de nogal seguía intacto. Ahora colgaba en una de las paredes del Hogar del Desguace. Lo había extraído ella misma, junto a los tapacubos traseros. Luego retiró el cristal de la ventanilla posterior, las manillas de las puertas y las luces traseras de vidrio; también afanó el gato y la rueda de repuesto del maletero. Al final, no quedó más que el esqueleto de metal saqueado que ahora reposaba en la plataforma, a sus pies.

Mister tocó la palanca recubierta de caucho rojo que tenía delante y el torno descomunal aprisionó al Cadillac. Al momento, un bloque sólido de metal del tamaño de una maleta se deslizó por la rampa. Mister suspiró y apagó el motor. Descendió por la escalinata metálica y se dirigió al muelle de hormigón. Salvo por el extremo que daba al río, el horizonte lo formaban montañas de coches destrozados. Todo tipo de coches en todo tipo de posturas: del revés, de lado, de punta, erectos, inclinados, recostados. El suelo no era de tierra, era una gruesa capa de misteriosos fragmentos de vidrio, vidrio de todos los colores, rosa, amarillo, transparente, tintado de azul y rosa, incluso negro. Y, mezclados con el vidrio, fragmentos desiguales de aluminio, trozos arañados de hierro fundido y otras piezas de metal desgastadas hasta formar una especie de arena fina. Tras muchos años de práctica, Mister caminaba sin vacilar sobre los trozos desiguales de vidrio y metal.

Se detuvo en el muelle y admiró con satisfacción el trabajo de la jornada. Hudson Hornets volatilizados, un Oldsmobile extinto modelo Youngmobile, un Pontiac reducido a su mínima exponencia, un Chevrolet cancelado, Buick Believers arruinados. Ahora solo maletas. Maletas enormemente pesadas. Mañana remontarían el río. Mister entornó los ojos y miró en la dirección por donde desaparecerían. Le ardieron los ojos y se le nubló la vista a causa del hálito palpable que desprendía la corriente. Estar tan cerca del río Saint John era como estar pegado a la puerta abierta de un horno. Enseguida se vio envuelto en una ligera ráfaga de gas, sustancias químicas y retretes obstruidos. Se subió el cuello de la camisa vaquera, encorvó los hombros contra la ráfaga ardiente y se dirigió de vuelta a Auto-Town.

Estaba a casi un kilómetro del Hogar del Desguace, un kilómetro por un camino serpenteante que atravesaba un valle entre abruptos acantilados de automóviles.

Ciento cincuenta metros antes de llegar al Hogar del Desguace, salió a un llano de coches aplastados y mutilados dispuestos esmeradamente en fila, uno detrás de otro, a lo largo de más de cuatro hectáreas, hasta donde la autopista se arqueaba por encima de Auto-Town camino de Jacksonville.

Mister se negó a mirar las hileras de coches y siguió caminando obstinadamente. Ahora que la montaña de coches se interponía entre él y el río no había viento. Era muy tarde. Seguro que tendrían que pagarle a Paul una hora extra, puede que más.

La entrada del Hogar del Desguace estaba cerrada y con la cadena puesta. Al otro lado de la malla metálica que cubría la fachada, los tapacubos, los espejos retrovisores y los volantes que colgaban expuestos en las paredes irradiaban sin demasiado entusiasmo. Big Mama estaba aparcada junto a la alta valla amarilla que ocultaba Auto-Town a quienes pasaban por la superautopista. O al menos ocultaba el Hogar del Desguace y el cartel de casi un metro de altura que indicaba que esto era Auto-Town, pero no llegaba a ocultar las montañas de coches desguazados.

Había un taxi detenido frente a la verja del portón, ya a esas horas cerrada con candado. Se acercaba la noche y el taxi tenía los faros encendidos. Una mujer con un amplio sombrero negro y un velo del mismo color aguardaba en la entrada aferrada a la verja. Mister suspiró. A saber quién sería. Estaba preparado para cualquiera que se presentase ante sus puertas. Si se tratase de una mujer que venía a llevárselo para descuartizarlo y vender su carne en el supermercado local, no le habría sorprendido. Pero, por supuesto, no sería nada tan interesante e inusual como eso, lo sabía de sobra.

–¿Dónde está el coche de Fred? –preguntó ella desde el otro lado de la verja.

Mister estaba lo bastante cerca para poder distinguir algo detrás de su velo a pesar de la penumbra. Unos ojos negros y hundidos, y una nariz roma en forma de cuchara. Sin responder, apartó la vista y la paseó por las diecisiete hectáreas de coches reventados, ahora oscuros, amontonados e indistinguibles unos de otros. Volvió a mirar a la mujer. ¿Por qué nadie entendía que eso era imposible?

–No tengo ni idea –dijo Mister.

Ella se balanceó levemente sobre sus delicados zapatos negros. Luego se soltó de la verja y del bolso negro que llevaba colgado al hombro sacó un trozo de papel que consultó entrecerrando los ojos en la penumbra.

–¿Esto es Auto-Town? –preguntó.

–Sí –dijo Mister.

–¿Es suyo este negocio? ¿Es usted el propietario? –Su vocecita resultaba melodiosa por efecto de la aflicción.

–Mi padre.

–Trajeron aquí su coche –dijo ella.

–¿El coche de quién?

–De Fred. Mi marido. El que estaba… Con el que tuvo el accidente. Me dijeron que lo trajeron aquí. Por favor. ¿Me dejaría verlo? Será solo un momento. Se lo ruego, ayúdeme.

–¿Y cuándo dice que lo trajeron, señora?

–Hace seis días. –A través del velo vio que se le crispaba el entrecejo–. Por la tarde.

–¿Marca?

–Cadillac. Cubierta de vinilo. Cubierta de vinilo de cachemir.

–¿Nuevo?

–De este año, sí, nuevo.

Naturalmente, no podría haber sido otro. ¿De qué otro podría tratarse? Ahora era una maleta maciza amontonada en el muelle junto a otras doscientas dieciséis maletas a la espera de la gabarra. Mister se sacó un llavero del bolsillo que llevaba unido a una correa de cuero prendida al cinturón. Abrió la verja.

–Por aquí, señora.

Ella se volvió hacia el taxi.

–Volveré enseguida. Puede apagar los faros.

Estaba anocheciendo pero ella le siguió sin la menor precaución. Apenas hacían ruido, como ratas correteando sobre grano seco. Mister sabía exactamente a dónde llevarla. A menos de cincuenta metros del Hogar del Desguace, bien a la vista, en una de las primeras filas, dieron con él, un Cadillac en perfectas condiciones salvo por el motor incrustado en el asiento delantero y el golpe en forma de estrella que lucía el parabrisas en el lado del conductor donde, sin lugar a dudas, había impactado una cabeza.

Se quedaron contemplándolo un momento en la oscuridad. Era del 69, no del 70, pero Mister sabía que ella no lo sabría distinguir ni a la luz del día. Las mujeres eran emotivas y gesticulantes.

Ella se acercó al Cadillac. Se detuvo junto a la puerta de atrás. Le miró. Él sabía muy bien lo que tenía que hacer. Agarró la manilla de la puerta y tiró. La bisagra estaba atascada. Tiró con más fuerza. Crujió y raspó, pero al final se abrió. Ella se embutió en el asiento trasero. Él cerró.

–Me quedaré aquí sentada un momento, si no le importa –dijo ella.

–Como usted guste –dijo él.

La dejó allí, regresó al Hogar del Desguace y ascendió la escalera exterior hasta la segunda planta donde vivía con su padre, su hermana Junell y su hermano gemelo, Herman.

Herman no estaba. Pero Mister no esperaba que estuviese. No había casi luz en el amplio espacio diáfano que les servía de cocina, comedor y salón. La pared que daba a las montañas de chatarra y al río era un largo ventanal. Su padre, Easton Mack, a quien todo el mundo llamaba Easy, estaba asomado. Junell también. Iba vestida con un mono de motera de cuero negro. El largo cabello rojo se le derramaba por la espalda y ardía como una llama contra el cuero oscuro. El padre de Mister se volvió para mirarle en cuanto entró por la puerta. Ojos estrechos como cuchilladas. Mister se situó junto a ellos. Estaban mirando el Cadillac 69 en el que se había sentado la reciente viuda de Fred. Los tres se quedaron mirando un rato. Las ventanas estaban abiertas al viento procedente del río. A aquella distancia resultaba agradablemente cálido, aunque venía cargado con una fragancia parecida a la del queso curado.

Desde abajo les llegó un ruido. Metal contra metal, un crujido. Easy Mack se giró, cruzó a toda prisa la estancia y volvió sobre sus pasos. Escrutó la creciente oscuridad de la que procedía aquel estrépito, ahora más imperioso, insistente. La viuda de Fred estaba intentando salir de lo que pensaba que era el Cadillac de su marido.

–No va a ser capaz de salir –dijo Junell.

–Saldrá –dijo Mister.

–¿Quién se mató ahí dentro? –preguntó Easy.

–Su marido –dijo Mister–. Un tal Fred.

–¿Fred? –dijo Easy.

–Fred.

Ahora podían oír su voz, débil, cadenciosa, llena de dolor.

–Baja y sácala de ahí –dijo Easy Mack.

–Lo va a conseguir –dijo Mister.

–Que bajes –dijo Junell–. Papá no puede soportarlo.

–Pues ya va siendo hora de que soporte algo –dijo Mister.

Los ojos como cuchilladas de Easy Mack se deslizaron fugazmente por el rostro de Mister, pero no dijo nada. Mister se arrepintió al instante de lo que había dicho. Sabía que su padre ya se sentía lo bastante mal por lo sucedido sin necesidad de que nadie le hiciese sentir peor. Había sido Easy Mack el que al final había hecho que el hermano gemelo de Mister, Herman, desistiera de su última empresa, a la que había llamado: EXPOSICIÓN DE COCHES: SU HISTORIA AL DESCUBIERTO. La viuda de Fred estaba ahora mismo sentada en una parte de esa exposición. Y debido precisamente a que Easy Mack no había podido soportarlo, no había podido soportar las multitudes, los arcos de luces por la noche, las risas, las lágrimas y las acusaciones furiosas, su hermano Herman se había perdido para siempre.

El problema de Herman era que no enraizaba. Nunca había sido capaz. Los demás enraizaban y encontraban su lugar, pero Herman no. Junell conducía la Big Mama y dirigía el Hogar del Desguace. Mister se ocupaba de la parte del negocio relativa a los desechos, manejaba el prensador de coches, dirigía el trabajo de Paul, el hombre que habían contratado para la grúa, y supervisaba la carga en el muelle. Su padre, que había fundado Auto-Town, llevaba la contabilidad y trataba de mirar al futuro. Pero Herman era un soñador. Eso era lo que su padre, que lo quería con locura, decía. Pero los sueños de Herman nunca llegaban a ninguna parte, o cuando llegaban siempre había alguien que le paraba los pies, alguien que le decía que no.

Por ejemplo, EXPOSICIÓN DE COCHES: SU HISTORIA AL DESCUBIERTO. Estaban sacando pasta a manos llenas cuando su padre decretó que tenían que parar.

–Hay que dejarlo –dijo una mañana–. No lo aguanto más.

Todo empezó el día que se presentó en Auto-Town un hombre muy bien vestido y preguntó si tenían un De Soto de 1949. Por supuesto, tenían uno. ¿Se lo podían enseñar? Mister y Herman le condujeron a la parte de atrás para que lo viese. El hombre ascendió la pendiente de coches arruinados hasta donde estaba plantado el De Soto de 1949. Mister y Herman le acompañaron y se sentaron a mirar en el guardabarros abollado de un Plymouth. El De Soto estaba en mal estado, no siniestrado ni mutilado, pero cubierto de una gruesa capa de óxido. El hombre examinó el interior por la ventana trasera. Se quedó mirando mucho tiempo. Cuando por fin se incorporó, tenía los ojos llenos de lágrimas.

–Acabo de perder a mi hijo en Vietnam –dijo.

Se bajaron del guardabarros del Plymouth. No supieron qué decir. Mister pensó que lo mismo estaba chalado.

–En 1950 tuve uno de estos –dijo el hombre, acariciando el coche oxidado–. Tenía un año y funcionaba como la seda. Veintitrés capas de pintura. Se las di yo mismo. Pulidas, a mano, capa a capa.

Los miró, pero en realidad no los miraba a ellos, la mirada los traspasó, miraba otra cosa.

–Podías peinarte con el reflejo de la tapa del maletero. –Volvió a posar la mirada en el asiento trasero. Su rostro se había alejado de ellos, la voz distante, apagada–. Y ese fue el único motivo por el que ella aceptó casarse conmigo. Siempre lo supe. Justo ahí, en el asiento trasero de este mismo coche, en la primera cita. Y bingo.

Se giró de repente hacia Mister.

–Vaya puntería, ¿eh? ¿Se lo puede creer? Tal cual. ¿No le parece increíble?

Mister no supo qué decir.

–La primera vez en la primera cita y ¡zas! Embarazada. Y ahora el pequeñín está muerto. –Volvió a mirar el coche–. Gracias. Quería volver a verlo una última vez.

Caminando de vuelta al Hogar del Desguace después de despedirse de aquel hombre, Mister estuvo a punto de echarse a llorar. Era la cosa más triste que había oído en su vida. Joder. Pero Herman no. Herman era un soñador.

–¿Cuántos americanos crees que concibieron a sus hijos follando en el asiento trasero de un coche? –preguntó Herman–. ¿Qué porcentaje?

–Joder, Herman –dijo Mister.

–Yo diría que el diez por ciento –dijo Herman. Herman sonrió a su hermano–. Coño, puede que el viejo nos tuviera a nosotros en uno de esos asientos traseros.

Ese era su hermano Herman, un soñador de proyectos locos. Pero Herman nunca estuvo dispuesto a que sus sueños locos se quedasen solo en sueños. Insistía en llevarlos a cabo. Y fue así que, cuando se le ocurrió lo de SU HISTORIA AL DESCUBIERTO, se puso a recorrer las montañas en busca de vehículos particulares.

–Todo lo que ha ocurrido en este puto país en los últimos cincuenta años –dijo Herman–, ha ocurrido encima, dentro o alrededor de un coche, se ha hecho con un coche o cerca de un coche. –Sonrió con su sonrisa soñadora–. Y todo el mundo quiere regresar a la escena del crimen.

Así que se puso a peinar las montañas en busca de coches, un modelo por cada uno de los últimos cincuenta años, despejó cuatro hectáreas de la propiedad de su padre y dispuso los coches en fila. Desde 1920 a 1970, una muestra de coches oxidados, rotos, mutilados, con piezas perdidas, pero aún reconocibles. Y, en efecto, todos quisieron regresar a la escena del crimen. Miles de personas.

Herman instaló una valla publicitaria: VENGA A VER EL COCHE DONDE SUCEDIÓ–EL ACONTECIMIENTO QUE CAMBIÓ SU VIDA. Y acudieron: para revivir la historia de amor, el accidente, el primer coche, el último coche, aquella vez que se pinchó la rueda, aquella vez que se quedó sin gasolina, aquella vez que él dijo que se había quedado sin gasolina, el sitio donde fue concebido el chaval («Tú tenías un pie apoyado en el salpicadero y el otro contra la manilla de la puerta, cariño. ¿Te acuerdas?»).

Pero, al final, su padre no pudo soportarlo. Easy Mack se sintió desbordado. Un hombre apuñaló a su cuñado en el capó de un Ford 47. Una mujer perdió la cordura cuando su marido abrió la puerta de un Studebaker 40 y dijo: «¡Mira!». Así que Easy Mack le dijo a Herman que no había más alternativa que retirar el cartel y clausurar aquellas cuatro hectáreas, clausurar su HISTORIA AL DESCUBIERTO.

–¿Pero por qué? –le preguntó su hijo.

–No hay alegría. No hay amor –dijo Easy Mack.

Mister lo recordó y volvió a sentirse invadido por la cólera. Insistir en el amor y la alegría les había hecho perder a Herman. Herman se había largado y esta vez no iban a poder recuperarlo. Tanto si vivía como si moría, se había largado.

Desde abajo les llegó un brusco chirrido de metal contra metal seguido de un seco ajetreo de pisadas sobre el patio sembrado de cristales.

–Gracias a Dios –dijo Easy Mack–. Salió.

–Ahora está bien –dijo Junell.

Escucharon cómo arrancaba el taxi y se alejaba rugiendo de la verja.

–Hay gente capaz de cualquier cosa –dijo Easy Mack–. Venir aquí y meterse en un Cadillac destrozado. La gente está loca. No entiendo nada.

Mister apretó los puños.

–Yo, en tu lugar, cerraría el pico –dijo Mister–. No diría una sola palabra si hubiese criado un hijo que ha anunciado en público que va a comerse un coche.

«Me comeré un coche. Me comeré un coche enterito, desde el parachoques delantero al trasero». Lo soltó en la radio. Y en la tele. Hasta salió publicado en el Times-Union de Florida.

Junell y el anciano negaron con la cabeza y miraron a Mister como si acabase de soltar una obscenidad inconcebible. Nunca habían abordado el tema de frente. Decían cosas como: «Herman está loco si se piensa que puede hacer eso». O: «Va contra natura y es imposible». Pero habían evitado las palabras exactas: «comerse un coche».

–Deberías al menos intentar decirlo, papá –dijo Mister con amargura–. Deberías al menos intentar decirlo sin rodeos. Has criado un hijo que va a comerse un coche.

Débil y apagado, como si fuese un ritual memorizado que no alcanzaba a entender del todo, Easy Mack lo dijo:

–He criado un hijo que va a comerse un coche.

Junell se puso colorada, tenía una gota de sudor oscilante en la punta de la nariz.

–¿Ya estás contento, capullo? –le escupió a Mister.

–No –dijo Mister–. Para nada.

DOS

Easy Mack se detuvo de camino al Hotel Sherman para examinar la valla. Lady Bird Johnson fue quien la hizo instalar. Como parte de su plan para embellecer América. Al menos eso es lo que le contaron a Easy. Lady Bird quería una valla alrededor de todos los desguaces del país. Bueno, en realidad no quería una valla alrededor de los desguaces, pero sí pensaba que tendría que haber una valla que separase los desguaces de las carreteras públicas. Pensaba que era lo más apropiado.

Eso fue lo que le contaron a Easy cuando aquel hombre vino a aplicar la ordenanza municipal. Así que Easy puso la valla, una valla alta de madera pintada de amarillo, trescientos setenta metros de valla entre su lugar de trabajo y la superautopista de acceso limitado que el estado había aprobado cinco años antes. Si Lady Bird quería la valla, la tendría. Ella era la mujer del presidente y él el único propietario de diecisiete hectáreas de coches desguazados. Pero eso no quería decir que Easy pensara que lo de la valla fuese una buena idea.

Pensaba que era una idea lamentable y una valla lamentable. Le resultaba ofensivo. Easy amaba los coches. Siempre los había amado. En todos los sentidos. Empezó a trabajar con Fords casi en el mismo instante en que Ford empezó a fabricarlos. Con la delicadeza de un amante había introducido las manos en sus misterios oscuros y grasientos y con el tiempo llegó a convertirse en el mejor chapuzas del condado de Lebeu, en Georgia. Posteriormente fue propietario de un pequeño garaje y aprovechó el solar que tenía al lado para vender coches usados. Tras eso consiguió un puesto de encargado en un concesionario de coches nuevos en Waycross, Georgia. Al final, vio su oportunidad, compró diecisiete hectáreas de tierra a orillas del río Saint John en 1939, poco después de que estallase la Segunda Guerra Mundial, y abrió Auto-Town. Era un desguace. Pero lo llamó Auto-Town. Ese nombre le otorgaba un poco de clase. Lo honraba. Él había tomado la determinación de honrar siempre lo que amaba. Uno no llega a poseer diecisiete hectáreas de lo que sea sin amor. En eso creía y eso era lo que siempre había intentado inculcarle a sus hijos, todos metidos en el negocio familiar.

–El amor es lo único que te devuelve lo que se lleva la corriente –les había dicho.

Lo que le devolvió la corriente fue un hijo que decía que se iba a comer un coche. Sobre una plataforma elevada delante del Hotel Sherman, en pleno centro de Jacksonville, Florida. Ahora mismo Herman estaba sentado en esa plataforma –Easy echó un vistazo a su reloj–, sí, ahora mismo, en la calle Forsyth, dos manzanas al oeste de Main, sobre una plataforma iluminada por un arco blanco de luz fluorescente, Herman estaba sentado en compañía de un nuevo y flamante Ford Maverick. Un Ford Maverick que tenía intención de zamparse.

Easy en realidad no lo había visto. Lo había leído en los periódicos. Oyó cómo lo describía Mister hasta el último detalle horripilante. Y ya había llegado el momento de ir a verlo con sus propios ojos. Había llegado el momento de hablar con Herman. Mister ya había ido varias veces a ver a su hermano gemelo, incluso Junell, que era probablemente el miembro más trabajador de la familia en Auto-Town, le había visitado en el Hotel Sherman.

Hacía más o menos una hora, justo después de que la viuda lograse escapar del Cadillac, interceptaron un aviso en la emisora de la policía que hizo que Junell saliese rugiendo al volante de Big Mama. Era una llamada de emergencia que solicitaba una ambulancia y refuerzo policial en el condado vecino de Saint John, porque a treinta kilómetros al norte de Saint Augustine se había producido una colisión frontal, seguida de diecisiete empotramientos. La emisora de la policía pedía la mayor cantidad posible de sopletes y palancas. La noticia de diecinueve coches devastados y espachurrados había hecho que Junell saliese volando de Auto-Town proyectando a su paso una lluvia de grava y cristal pulverizado. Al salir ni siquiera se detuvo a cerrar la verja y echar el candado.

Easy dejó su camioneta International-Harvester en marcha y bajó a asegurarse de que el cerrojo quedaba bien cerrado en la verja. Luego volvió a ocupar su asiento en la cabina y esperó a poder salir a la carretera. Asfalto negro a lo largo de doscientos metros junto a la alta valla amarilla antes de incorporarse a la autopista de acceso limitado que trazaba un arco por encima de Auto-Town en dirección a Jacksonville, en la otra orilla. La carretera era un constante río de luces fulgurantes que rugían, cambiaban de dirección y parpadeaban de brillante a oscuro a toda velocidad.

Easy aguardó tranquilo en el asiento de la cabina de su International-Harvester con las manos firmes, pero relajadas, al volante. Confiaba en su camioneta. Sabía de lo que era capaz. La había construido, literalmente, con sus propias manos, por amor. Había incorporado al vehículo piezas de otros coches no porque fuesen las piezas de más alto rendimiento que pudieran encontrarse, sino porque atesoraban recuerdos y asociaciones especiales.

Era una camioneta de 1937 y habían crecido juntos. Le había instalado guardabarros procedentes de un Ford sedán de 1940 y un motor de un Lincoln Continental del 65 que había logrado acomodar después de ampliar debidamente el chasis, también le instaló la transmisión de un Continental, amortiguadores y una barra protectora de acero templado y laminado, aparte de otras pequeñas modificaciones: un tacómetro suspendido de la cubierta interior, botones para accionar las puertas, bocinas de cromo en el techo, silenciadores Glaspak, parabrisas tintados, pletina, aire acondicionado, dirección asistida, tapicería Naugahyde imitando piel de cebra, y mil cosas más. La camioneta palpitaba y se sacudía detenida en el arcén mientras él aguardaba, revolucionando el motor.

No vio una brecha, sino una falla casi imperceptible en la vertiginosa corriente de faros –un parpadeo y un viraje, un pequeño rápido en el torrente de luz–, salió a la autopista, aceleró hasta casi alcanzar los ochenta en primera, bajó a segunda, sintió el agarre de los neumáticos lisos en la parte posterior y puso rumbo a Jacksonville.

El Hotel Sherman quedaba a tan solo ocho kilómetros de Auto-Town, pero era más del doble (un poco más de dieciséis kilómetros) si ibas por la autopista de acceso limitado, que era la única manera posible de ir un viernes por la noche porque el tráfico transformaba el camino más corto en el más largo. Así que fue por el camino más largo, atrapado en el flujo de faros, por encima del río Saint John hasta el Southside y luego por el puente de Main Street hasta el centro de Jacksonville. Como acababa de empezar el fin de semana había muchos jóvenes al volante de sus Cougars, Furys, Sting Rays y otros modelos potentes y aerodinámicos. Y Easy Mack conducía a la defensiva porque estaba convencido de que eran peligrosos.

Los jóvenes se negaban a verse atrapados en el tráfico y a mantener el paso. Muy al contrario, maniobraban para abrirse camino, sus motores sobredimensionados gemían y gruñían, desafiantes, haciendo valer su derecho a separarse y a dejar atrás la manada. Pero los coches iban casi pegados, parachoques contra parachoques, a lo largo de más de treinta kilómetros en cualquier dirección. No había manera de dejar atrás la manada. Y eso convertía la noche en peligrosa. Pero Easy Mack permanecía impasible y vigilante en su International-Harvester, mirando de vez en cuando por los enormes retrovisores cromados, atento a los jóvenes y a los dementes.

Cuando llegó al Hotel Sherman no encontró sitio para aparcar. Dio varias vueltas a la manzana, tratando en cada vuelta de no mirar a Herman, pero sin conseguirlo. Herman estaba sobre una plataforma elevada construida para la ocasión delante del Hotel Sherman, tras una placa de plástico transparente a prueba de balas. Había recibido varias amenazas de muerte. Decían que le matarían (a tiros) si osaba comerse el coche. Pero eso no había detenido a Herman. Allí estaba, sentado junto a un Maverick color rojo brillante. («Un Ford seis cilindros con palanca de cambios convencional y sin opciones», tal y como había anunciado el Times-Union de Florida).

Al final entró en el parking elevado que ocupaba la manzana contigua al Hotel Sherman. Era automatizado y no atendía nadie. Una pequeña máquina le escupió una tarjeta amarilla de registro al disponerse a subir por la rampa. Atrapó la tarjeta al pasar y rugió hacia la segunda planta porque una luz parpadeante le indicó que la primera estaba completa. Pero la segunda también estaba completa, así que Easy acabó aparcando en la duodécima planta y bajó en ascensor.

La acera frente al Hotel Sherman estaba atestada de gente que miraba a Herman. Una parte estaba acordonada y cuatro guardias especiales impedían que la gente cruzase el perímetro de seguridad. Easy Mack no sabía cómo proceder para ver a su hijo. La plataforma quedaba por encima de la marquesina y a primera vista no había manera de acceder a ella. Easy no quería hablar con el señor Edge, propietario del Hotel Sherman. Quería evitarlo a toda costa. Cruzó la doble puerta de cristal y entró al frío instantáneo del vestíbulo donde, al otro extremo de la alfombra roja, el jefe de botones hablaba con una chica muy joven y muy guapa que llevaba una minifalda azul. Tenía un collar de cuentas rojas. Easy se acercó a ellos. La chica sonrió. El jefe de botones hizo una pequeña reverencia y estuvo a punto de chocar los talones, al menos esa fue la impresión que le dio a Easy.

–¿Puedo ayudarle en algo, señor? –dijo el jefe de botones.

–Bueno, pues sí –dijo Easy. Entonces se calló. ¿Cómo decirlo? Maldijo al mundo que le había concedido un hijo sentado junto a un coche en lo alto de la marquesina de un hotel–. ¿Podría ayudarme a ver a mi hijo? –preguntó Easy–. Quisiera hablar con él.

La chica, sin dejar de sonreír, se despidió del jefe de botones y se alejó hacia los ascensores, al fondo del vestíbulo. El jefe de botones le rogó a Easy que le disculpase y Easy se lo volvió a repetir.

–¿Y quién es su hijo, señor?

Por algún motivo Easy pensó que el jefe de botones le identificaría enseguida como el padre de Herman Mack. Aun sabiendo que era imposible, pensó que todo el mundo, nada más mirarle, sabría que era el tipo que había criado un hijo que se iba a zampar un coche. Sentía un gran peso sobre la conciencia.

–Se llama Herman Mack –dijo. Easy señaló al techo del vestíbulo–. Y está ahí arriba…

–Por supuesto que sí –dijo el jefe de botones–. Por aquí, señor.

Pero el jefe de botones no le llevó a ver a su hijo. En su lugar, le llevó precisamente a donde Easy no quería ir. Le llevó a ver al señor Edge, algo de lo que no se dio cuenta (porque era la primera vez que entraba en el hotel) hasta que el jefe de botones abrió una puerta y dijo: «Es él, señor Edge. Easy Mack», y dejó a Easy en la puerta que conducía a un pequeño despacho de lo más corriente en el que había un hombre bajito sentado ante una mesa completamente vacía salvo por un teléfono negro.

El hombre bajito se puso en pie y sonrió rebosante de amabilidad.

–Ah, el señor Mack, qué bien que haya venido –como si hubiese sabido todo el tiempo que iba a presentarse y se hubiese sentado allí dentro a esperarle con la mirada fija en la puerta.

Pero Easy sabía que, por mucho que el señor Edge fingiera, aquello era mentira. El señor Edge había ido dos veces a Auto-Town para convencerles de que se pasaran por el Hotel Sherman para hacerse un retrato familiar. Quería que se pusieran todos detrás de Herman frente al Ford Maverick y utilizar la fotografía para fines publicitarios. Easy se lo agradeció en el alma, pero le dijo que iba a ser que no. En el fondo le caía bien el señor Edge. Era perturbador, pero sincero. Resultaba difícil que no te cayese bien el señor Edge. Era tranquilo y cordial y le dijo a Easy Mack que sabía muy bien cómo se sentía, pero que él, Homer Edge, solo estaba intentando sacar adelante un negocio (el hotel y el espectáculo) y que el público esperaba un cierto «algo», un poco del viejo estímulo, por parte del tipo que dirigía el hotel y se había metido en el mundo del espectáculo. El señor Edge iba vestido como siempre, traje de riguroso negro con una corbata negra sobre una camisa blanca. Zapatos Oxford negros punteados y calcetines cortos, también negros, que, al sentarse, revelaban diez centímetros de espinilla muy blanca y lampiña. A Easy le hacía pensar en un enterrador, y quería hablar lo mínimo con él y alejarse lo antes posible. Le resultaba embarazoso hablar con un extraño sobre su hijo Herman sentado en lo alto de la marquesina en compañía de un Ford Maverick.

–No he venido por lo del retrato familiar –dijo Easy.

–Oh –dijo el señor Edge. Su sonrisa se redujo y volvió a tomar asiento frente a su mesa–. ¿Cómo están Mister y Junell?

–Están bien –dijo Easy–. Junell ha salido a un servicio.

–He oído lo de ese accidente –dijo el señor Edge–. Cerca de Green Cove Springs. Cada treinta minutos dicen algo en las noticias. Se ve que ha sido uno de los feos.

–Bueno, bonitos nunca son –dijo Easy.

–Eso es indiscutible –dijo el señor Edge.

El señor Edge le había ofrecido una silla con un gesto de la mano, pero Easy se había quedado de pie. Easy le caía bien. Era sorprendente que él también le cayese bien a él y que los dos acabasen siempre hablando como si no se interpusiera entre ellos la espantosa realidad de Herman, como si no hubiesen sido el poder y la organización del señor Edge los que habían erigido la plataforma sobre la marquesina y logrado que la agencia Ford donase el Maverick con fines promocionales, como si el señor Edge no fuese a pagarle a Herman, un soñador inofensivo, trescientos dólares a la semana por comerse un coche.

–Me disponía a servirme una copa –dijo el señor Edge. Sacó una botella de uno de los cajones de la mesa–. ¿Se tomaría un whisky conmigo?

Se le ocurrían varias cosas que hubiese preferido hacer antes que eso, pero claramente era imposible.

–No, no creo –dijo Easy.

Una expresión de pena inundó el rostro del señor Edge.

–Easy, ojalá hiciese un esfuerzo por comprender.

A Easy le molestó que el señor Edge se dirigiese a él por su nombre de pila. Él sabía perfectamente que el nombre de pila del señor Edge era Homer, pero nunca se le hubiese ocurrido utilizarlo. Enseguida lo diagnosticó como un síntoma más del carácter enfermizo del negocio que se traía entre manos.

–Le he visto ahí delante al llegar –dijo Easy haciendo un vago movimiento con la mano hacia el techo.

–Sí, es para ir calentando motores, que la gente lo vea ahí arriba durante un tiempo.

–No parece haber forma de subir para verle.

–Oh, claro que hay una forma –se rió el señor Edge–. No irá a creerse que le subimos ahí cada noche con un camión de bomberos, ¿verdad?

Easy no se rió.

–No señor, no lo creo.

Los dos hombres se sostuvieron la mirada por encima de la mesa vacía.

–Se accede a la plataforma desde la segunda planta –dijo el señor Edge–. Cuando llegue el momento lo trasladaremos al salón de baile.

–¿Al salón de baile?

–Bueno, no le voy a hacer… –el señor Edge hizo una pausa– …bueno, actuar ahí fuera gratis para el público.

A Easy Mack le agradó comprobar que, en apariencia, al señor Edge también le costaba decir «comerse un coche». Trató de recordar si se lo había oído decir alguna vez. Hizo memoria, pero nada.

–Tengo que recuperar mi inversión –dijo el señor Edge–. Eso lo entenderá.

–Escuche –dijo Easy Mack echando el brazo hacia atrás y tratando de abrir la puerta–. He aparcado en la duodécima planta del edificio de al lado y no dispongo de mucho tiempo.

Eso era lo más cerca que iba a poder estar de expresar el motivo de su visita.

–¿Y quiere verle?

–Sí. Eso. Verle.

El señor Edge descolgó el teléfono y preguntó por Número Uno, acto seguido colgó y dijo:

–Mi jefe de botones le llevará. Está usted en su casa, quédese el tiempo que quiera.

Easy ya estaba franqueando la puerta cuando el señor Edge añadió:

–Por cierto, solo una cosa más.

Easy se detuvo.

–¿Sí?

–Que el jefe de botones le selle el ticket del parking. –El señor Edge sonrió como si le doliese algo y se encogió de hombros–. Es lo menos que puedo hacer. Tenemos un acuerdo con el parking.

TRES

Habían transformado una de las ventanas de la segunda planta del hotel en una puerta. El jefe de botones condujo a Easy por la moqueta roja del gélido pasillo hasta lo que, obviamente, había sido una ventana hasta hacía muy poco. Por el cristal de la parte superior, Easy vio a su hijo.

Herman estaba sentado en un taburete. Muy quieto. El asiento del taburete era rojo. Del mismo tono rojo que el Maverick que estaba expuesto a su lado con las ruedas bloqueadas sobre una rampa. La luz fluorescente proyectaba pequeños soles en el plástico a prueba de balas que habían instalado frente a Herman.

Al otro lado de la mampara de plástico, en la acera de enfrente, se habían reunido familias enteras para mirar a Herman. Muchos estaban comiendo: algodón de azúcar en conos de cartón, cacahuetes en bolsas de papel, y hasta había una familia que se había sentado en el bordillo a comer pollo de un cubo del Kentucky Fried Chicken. Pese a la distancia, Easy pudo distinguir el cabello blanco y la barba del Coronel Sanders. De vez en cuando los niños saludaban con la mano. Herman no les devolvía el saludo. Easy se preguntó cómo habrían subido el coche hasta allí.

–Ahí lo tiene –dijo con satisfacción el jefe de botones.

Easy franqueó la puerta y cerró al salir. Desde abajo rugía el estrépito del tráfico entremezclado con los gritos y los pateos de los mirones. Avanzó y se apoyó en el guardabarros del Maverick. Herman le miró y sonrió tímidamente de un modo que a Easy le rompió el corazón. ¡Qué chico más majo! Siempre había sido un chico de lo más majo.

–Qué bien que hayas podido venir, papá –dijo Herman.

–Bueno –dijo Easy Mack–. Bueno. –Deslizó la mano por el resplandeciente capó del Maverick. Se echó hacia atrás e inspeccionó la rueda antes de propinarle un puntapié al neumático–. Me han contado que estos cochecitos son buenos.

–Eso dicen –dijo Herman.

–Un Ford de serie nunca te sale malo –dijo Easy.

–Lo mejor de su gama, dicen –dijo Herman.

–Es lo que siempre he pensado –dijo Easy.

Un silencio se abatió sobre ellos, más estruendoso a oídos de Easy que el alboroto que ascendía desde la calle. Apoyó la pierna flacucha en el guardabarros del Maverick y se quedó mirando con Herman a la familia reunida en torno al cubo de pollo frito del Coronel Sanders. Cuando acabaron, la madre metió cuidadosamente los huesos, las servilletas y los recipientes vacíos de salsa en el cubo y lo dejó en la acera. El hijo pequeño lo volcó, dio un paso atrás, calculó con cuidado y le dio una patada. Los huesos de pollo, las servilletas y los recipientes de salsa volaron por la calle Forsyth.

–¿Qué te parece el hotel? –preguntó Herman. Herman llevaba dos semanas sin pasar por casa. Como parte del acuerdo, el señor Edge le había ofrecido una habitación en la decimoquinta planta.

–Ya había visto este sitio antes –dijo Easy.

–Digo por dentro. ¿Habías entrado alguna vez?

–Hasta esta noche no.

–¿Y qué te parece?

–Con el frío que hace se podría conservar una hamburguesa –dijo Easy.

–El aire acondicionado, menudo invento –dijo Herman.

Siguieron contemplando la calle. La multitud había crecido. Se había parado más gente a mirar desde el momento en que Easy salió a la marquesina. Easy se desplazó nervioso sobre el guardabarros del Maverick. No sabía cuánto tiempo podría soportar que le siguiesen mirando de aquella manera.

–No sé cómo puedes soportar que te miren así desde ahí abajo –dijo Easy.

–Oh, no pasa nada –dijo Herman–. No me molesta. Además, miran al Maverick tanto como a mí.

Easy se puso colorado y de un brinco se bajó del guardabarros. Acababa de darse cuenta de dónde había ido a sentarse. Se giró para volver a mirar el coche rojo como si no lo hubiese visto hasta entonces. Herman, de toda la vida un muchacho tímido, también se estaba poniendo colorado y parecía saber lo que estaba pensando su padre.

–No pasa nada por sentarse encima, papá –dijo Herman–. No creo que le duela.

Easy se volvió furioso hacia su hijo:

–Hijo, ¿cuándo coño vas a volver a casa?

–¿Perdón?

–Ya me has oído, y sabes perfectamente a qué he venido.

Easy se había propuesto por encima de todo no perder los estribos. Pero, a tomar por saco, no estaba llegando a ningún lado y la multitud no hacía más que aumentar por momentos.

–Y tú sabes perfectamente a qué he venido yo –dijo Herman sin levantar la voz ni perder la calma–. No paran de decirlo por la tele y por la radio y ha salido anunciado en todos los periódicos del estado.

Aparte de la calma y la compostura con que hablaba, la voz del muchacho sonaba llena de orgullo, y a Easy Mack le costaba creer que aquel fuese su Herman, se lo habían cambiado.

–Hijo, ¿te sientes orgulloso de esto?

–No creerás que me he instalado aquí por todo lo contrario –dijo Herman. Su voz había adoptado un tono desconocido.

–¿Has perdido la cabeza, Herman? ¿Se te ha fundido un plomo y te has vuelto majareta? Si es así dímelo y haré lo que sea para ayudarte. Tengo derecho a saberlo.

–No sé a qué tendrás derecho, papá. Pero lo que sí sé es que yo ya gasto treinta tacos y nunca he tenido nada, nada de nada. Hemos estado pudriéndonos entre esas montañas de coches oxidados y nunca hemos conseguido nada. Pero ahora, por fin, he encontrado algo.

–Y eso es lo que he venido a averiguar, hijo. ¿Qué es eso tan maravilloso que has encontrado?

–He encontrado algo que hacer. Por fin he encontrado algo que soy capaz de hacer.

–Pero por amor de Dios, ¿por qué? ¿Por qué vas a querer… por qué vas a querer…?

–¿Por qué voy a querer… comerme… un… coche? –Herman pronunció las palabras muy despacio, como si las estuviera saboreando–. Puedo responderte a eso. En América el coche es donde estamos. –Volvió a hacer una pausa antes de continuar lentamente–: Voy a comerme un coche porque es lo que está ahí.

Pero Easy ya había oído eso en los anuncios de la tele. Lo había leído en el Times-Union. Y al instante lo reconoció como una mentira. O si no una mentira, sí al menos algo que eludía la verdad.

–¿Y piensas comerte un árbol cuando acabes con el coche?

–¿Perdón?

–Un árbol. ¿Piensas zampártelo luego solo porque está ahí? Tiene el mismo sentido que lo del coche.

Estaba de pie junto al Maverick y Herman le dedicó una sonrisa afectuosa.

–Vamos, papá, no digas eso. No te hagas el tonto. ¿Cómo vas a meterme los árboles en el mismo saco que los coches? –Hizo un gesto con la mano en dirección a la calle–. Mira eso –dijo–, tú solo mira.

La calle Forsyth era de sentido único, hacia el oeste; y allí abajo, a sus pies, en los cuatro carriles, se había ido produciendo poco a poco un ruidoso embotellamiento de cláxones y motores. En parte se debía al ajetreo del fin de semana y en parte a la multitud que desbordaba las aceras para mirar a Herman. Pero, en cualquier caso, el tráfico estaba ahí, estancado, compacto y rugiente, sumido en una bruma de combustión gaseosa.

–Ahí abajo no verás un solo árbol –dijo Herman con total naturalidad–. Ni uno. Lo único que importa en esta vida es tu coche. –Se llevó las manos a las rodillas, hinchó el pecho e inspiró a fondo–. ¿Lo hueles? ¿Hueles eso?

El aire era azul. El día se había encapotado y un tapón térmico se cernía sobre la vida de la ciudad apremiando la respiración de los transeúntes y de los motores de gasolina desbocados que rugían por las calles. Cada vez más horrorizado, Easy se dio cuenta de que Herman estaba encantado, encantado con los coches que se amontonaban allí abajo, parachoques contra parachoques, encantado con las emisiones de los cientos de tubos de escape humeantes que te quemaban la nariz y te irritaban los ojos.

Fue como descubrir que a tu hijo le gustaba pasearse por los lavabos públicos y olisquear retretes, o que comía excrementos a hurtadillas.

¿Quién se hubiera imaginado que la cosa acabaría así? ¿Quién se hubiera imaginado que la cosa podría acabar así? Easy recordó el primer coche que vieron sus ojos. Alto, anguloso, resplandeciente y sin techo. Por supuesto, muy ruidoso. Pero hasta entonces todo lo demás había estado tan silencioso que el ruido le resultó bello y singular, aunque solo fuese por el hecho de haber sido producido por el hombre. También fue bastante humeante, pero el humo resultaba encantador en el prístino aire puro, casi quebradizo, del mundo.

Easy vio el fogonazo. Y luego lo volvió a ver antes de distinguir al señor Edge dando instrucciones a un hombre cargado con una cámara sobre un trípode que les apuntaba con el largo hocico expansible de un zoom. El muy hijoputa había conseguido al final su fotografía. Su Retrato Familiar. O al menos el retrato de lo que le interesaba de la familia. El señor Edge había dejado bien claro que lo único que de verdad le interesaba de la familia era el padre. Bueno, pues ya lo tenía, y en ese momento de desamparo y desesperanza, Easy supo que iban a hacerlo, que nada podría pararles. Daba igual que él, Easy Mack, lo entendiese. Lo mismo daba lo mucho o poco que amase a su hijo y sufriese por él. Y desde luego no tenía la menor importancia que estuviese o no de acuerdo con lo que iba a suceder. Iban a disponerlo todo para que su hijo se comiera el coche.

Con una voz desolada e inexpresiva, Easy Mack preguntó:

–¿Cómo piensas hacerlo?

–¿Hacer qué?

–Comértelo. ¿Cómo piensas comerte el coche?

–Si no lo sabes, es que no sabes nada –dijo Herman–. Lo hemos explicado mil veces en la tele y en los periódicos.

–Supongo que siempre apago el televisor o dejo de leer antes de llegar a esa parte.

–Pues tragándomelo pieza a pieza. Dados de quince gramos. Quemaremos antes los bordes para desafilarlos. El aceite, la gasolina y algunas cosas como el cristal, las fundas de los asientos y todo eso, tendrá que ir encapsulado.

Easy sintió una sacudida y se le revolvió el estómago.

–¿Encapsulado?

Herman sonrió.

–Eso me lo enseñó el señor Edge. Significa meterlo en cápsulas, cápsulas no digeribles, para poder evacuarlas. Te sorprendería todo lo que he aprendido del señor Edge. Si no se encapsulan sería imposible tragarse las fundas de los asientos, los parabrisas o el aceite del cárter.

Easy dio la espalda a la calle y a la multitud expectante de abajo.

–Creo que me voy a ir –dijo.

–¿Papá?

–Sí.

–Tú siempre has sabido que deseaba ser alguien. Nunca me atreví a decírtelo a la cara. Pero siempre lo has sabido, ¿verdad?

–Sí, es posible, supongo.

–Un hombre tiene que aprovechar las oportunidades que le salen al encuentro. Uno no puede limitarse a quedarse plantado ahí fuera, en una montaña de coches destrozados. Antes o después hay que dar un paso. Eso lo puedes entender, ¿verdad?

Easy echó otra buena mirada al Maverick. Una horrible oleada de náusea le subió desde el estómago y tuvo que tragarse el espeso y cálido aroma del vómito.

–Junell y Mister –dijo Herman–, salúdales de mi parte.

Easy abrió la puerta con brusquedad y se precipitó por el gélido pasillo. Prescindió del ascensor y optó por las escaleras. El señor Edge estaba en el vestíbulo hablando con el fotógrafo. Se dirigió directamente a él, que, al verle, le regaló una enorme sonrisa y le saludó con su mano rolliza.

–Vi perfectamente a su hombre con esa cámara –dijo Easy Mack.

–Hemos sacado unas fotos muy buenas –dijo el señor Edge–, algunas magníficas.

–Como se le ocurra hacer uso de esa foto mía junto al puto Maverick le demandaré. –Easy intentó no sofocarse, pero no pudo evitarlo y sintió náuseas tras su puño amenazante.

–Easy, me gustaría que tratase de recordar que fue él quien vino a mí –dijo el señor Edge con un ligero, obeso y blandengue encogimiento de hombros–. El muchacho vino a mí, no fui yo quien fue a buscarlo. –Se le endureció el seboso entrecejo pero no dejó de sonreír–. Intento sacar adelante un negocio. ¿Por qué no se ocupa usted del suyo?

Easy se dio la vuelta precipitadamente sin mirar y casi se llevó por delante al jefe de botones que se había puesto a charlar de nuevo con la chica de la minifalda azul y el collar de cuentas rojas.

–Y una cosa más, Easy –dijo el señor Edge.

Easy se detuvo y miró hacia atrás.

–En la fotografía salen usted, el Maverick y su hijo. Y él es un personaje público, Herman. Así que puedo publicar la fotografía donde quiera y cuando quiera. Y si me demanda lo único que va a conseguir es que aumenten las ventas cuando comience de verdad el espectáculo.

Esta vez Homer Edge no sonrió al hablar.

Tampoco lo hizo Easy al responderle:

–Hay otras cosas aparte de las demandas, cosas que no ayudarán una mierda a sus ventas.

Easy cruzó el vestíbulo y salió a la calle. El cálido y húmedo aire azul se le aferró a la cara, al cuello y al dorso de las manos. Torció el cuello para mirar a Herman, que sonreía como un demente sentado en el taburete rojo junto al Ford Maverick.

«¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Siempre quisiste ser alguien. Que Dios te ayude, ya lo has conseguido».

Easy bajó la cabeza y se alejó de la multitud hacia la duodécima planta del parking donde le aguardaba su International-Harvester.

Se le olvidó pedirle al jefe de botones que le sellase el ticket amarillo.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
10 temmuz 2025
Hacim:
152 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9788419288103
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