Kitabı oku: «Desnudo en Garden Hills»
HARRY CREWS «Nací el 7 de junio de 1935 al final de un camino de tierra en el condado de Bacon, Georgia. Un camino muy largo. Mi padre murió cuando yo era un bebé y mi madre, sin otra cosa que simple coraje, tras toda una vida de desesperación y falta de alternativas, nos crió a mí y a mi hermano. Asistí a la Universidad de Florida. Tras dos años ahogándome entre la Verdad y la Belleza, dejé la Universidad por una moto Triumph. Me dirigí al oeste una clara mañana de primavera con siete dólares y cincuenta y cinco centavos en el bolsillo. Estuve en la cárcel de Glenrock, Wyoming; un indio blackfoot al que le faltaba una pierna me dio una paliza en una reserva de Montana; fregué platos en Reno; recolecté tomates en las afueras de San Francisco; un hombre que se creía Cristo me expulsó el demonio que llevaba dentro en Colorado Springs y en Chihuahua me hice amigo de un piloto obsesionado con las alforjas de motos… Volví cojeando a la Universidad de Florida, purificado y santificado, dispuesto a absorber todo lo que quedara de Verdad y Belleza. Y así están las cosas. Actualmente doy clases de inglés en Fort Lauderdale, Florida. Estoy casado con una chica muy guapa que sabe escribir a máquina. Hemos tenido dos hijos. El mayor se ahogó en 1964. El otro tiene cuatro años.»
Desde entonces Harry Crews bebió mucho, se drogó bastante y publicó más de veinte libros. Murió el 28 de marzo de 2012, a los 76 años, por complicaciones de una neuropatía. En su última entrevista puso las cartas sobre la mesa: «Mira, si tu intención es escribir sobre la dulzura, la luz y toda esa mierda, consíguete un trabajo en Hallmark».
DESNUDO EN GARDEN HILLS
DESNUDO EN GARDEN HILLS
Harry Crews
Traducción Javier Lucini

Título original:
Naked in Garden Hills
William Morrow and Company, Inc., 1969
Primera edición Dirty Works: Febrero 2020
Segunda edición Dirty Works: Abril 2021
© Harry Crews, 1969
© 2020 de la traducción: Javier Lucini
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Javier Lucini (con el respaldo de Tomás González
Cobos en el hoyo, respirando fosfato y removiendo el barro)
Diseño de cubierta: Nacho Reig
Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»
Maquetación y correcciones: Marga Suárez
ISBN: 978-84-19288-20-2
Producción del ePub: booqlab
Este libro es para Sally Ellis Crews
cuyo talento es el amor
1
En una cabaña de la ladera desarbolada de Phosphate Mountain, Jester dormía sobre su montura. Soñaba con el Derby de Kentucky entre las piernas de su mulata. Era la «Carrera por las Rosas» y el aroma del dinero impregnaba la atmósfera. Los orificios nasales se le dilataban y sus diminutas y férreas manos de palmas amarillentas asían con fuerza las riendas aceitadas. Su casaca verde y amarilla de jockey aleteaba sobre un semental de cola y crin color negro fuego. Un caballo enorme que avanzaba de lado, a medio galope, hacia el cajón de salida, pateando el suelo y dando resoplidos, respirando como un fuelle. Jester lo montaba erguido y ligero, como una hoja a lomos del viento. No conocía el miedo.
La multitud estaba presente, apartada, desparramada, su blanco rostro aullante vuelto hacia él, implorando la victoria del semental negro. Hombres y mujeres contra las barreras y en las gradas que agitaban los brazos enloquecidos, aferrados a sus boletos de apuestas y suplicándole la salvación, rogándole que hiciese de aquella carrera la carrera de sus vidas. Pero Jester no tenía la menor intención de girarse hacia ellos. ¿Para qué? Él y su caballo conformaban una unidad indivisible. Por los formidables músculos de aquella bestia corría una sangre negra. Entre sus piernas hervía una potencia capaz de ganar, de ganarlo todo. Era invencible.
Estaban en el cajón de salida. El juez los miró y posó el pulgar sobre el botón que abriría de golpe las verjas de hierro para dar inicio a la carrera.
De pronto, el caballo se encabritó y Lucy hizo rodar a Jester a un lado para dirigirse al cuarto de baño. Él la observó cruzar la habitación sin hacer ruido, luego cerró los ojos y trató de reengancharse al sueño. Pero ya se había desvanecido. Volvió a abrir los ojos a regañadientes y fijó la vista en el hipopótamo enfurecido. Emergía del póster que había en la pared al pie de la cama. Con sus orejillas inclinadas hacia delante y la enorme boca roja abierta en un bostezo que ponía al descubierto unos dientes como estacas blancas incrustadas en las encías. El polvo se arremolinaba a su alrededor. La tierra se estremecía. Jester apartó la vista. Un jaguar agazapado a punto de saltar. Ojos fulgurantes en mitad de una jungla densa como la noche. Los colmillos rojos; los labios retraídos en un frenesí devorador. Un hombre con dos cabezas lo miraba maliciosamente desde el rincón más alejado y, justo sobre el cabecero de la cama, un feto humano flotaba cabeza abajo en un tarro sellado. Los ojos inquietos de Jester barrieron la habitación. Nunca se acostumbraría a aquellos despertares entre animales salvajes, norias y monstruos de feria.
Se bajó de la cama, se dirigió a la ventana y subió la persiana. La luz inundó la habitación y los pósteres recuperaron al momento su satinada unidimensionalidad, nada más que papel y pintura. Abrió la ventana. Un nubarrón amarillo se cernía a baja altura sobre la tierra. El olor a trapo quemado emanaba de las charcas verdosas de agua estancada. Jester respiró hondo y tosió.
Phosphate Mountain, casi hasta donde alcanzaba la vista, estaba plagada de montículos de tierra color potasa parcialmente recubiertos por un ribete irregular de hierbajos y piezas oxidadas de maquinaria. Al fondo, en los valles, hebras rotas de alambre de espino caídas entre postes podridos e inclinados. Cintas transportadoras metálicas, corroídas y en desuso, deformadas y partidas entre la maleza. Desde la ventana, Jester se enfrentaba directamente al hoyo profundo de Garden Hills. En lo más hondo de la empapada excavación se extendían seis filas de seis viviendas. Una única calle ancha, de tierra, descendía por un lado del hoyo, pasaba entre las dos filas centrales de casas, y ascendía luego por el otro extremo.
A mano derecha, con las chimeneas destacándose entre la bruma amarillenta como las agujas de una catedral, se alzaba la refinería de fosfato abandonada, con los ladrillos ennegrecidos por el paso del tiempo. Y a unos ochocientos metros, justo al otro lado de la excavación de Garden Hills, sobre una alta planicie, la casa de Fat Man. Estaba hecha del mismo ladrillo y había adquirido el mismo color; a distancia, parecía una réplica reducida de la refinería. El camino que atravesaba Garden Hills partía por un extremo de la refinería y acababa al otro lado frente a la residencia de Fat Man.
Por encima y más allá de la casa de Fat Man, pasaba la autopista de cuatro carriles que conectaba Orlando con Tampa. La nube amarilla que se cernía perpetuamente sobre Garden Hills no llegaba tan lejos. La autopista, resplandeciente al sol de la mañana, ascendía hasta perderse en el horizonte. Los automóviles, bajos, potentes y de líneas puras, irrumpían a toda velocidad, como destellos de luz.
Pero no todos pasaban de largo. Pese a la distancia, Jester vio que algunos turistas ya se habían detenido junto a la autopista en Reclamation Park. Había coches relucientes estacionados entre los arbustos. Niños chillones correteando por los senderos entre padres equipados con gorras de béisbol, gafas de sol y cámaras Kodak Instamatic colgadas al cuello. Una pequeña multitud que merodeaba ya en torno al gris TELESCOPIO DE A VEINTICINCO CENTAVOS LA VISTA que habían montado sobre un pivote con vistas a Garden Hills. Cada día llegaban más temprano. Jester no recordaba haber visto nunca a tantísima gente tan de buena mañana. Fat Man ya estaría despierto. Tenía que darse prisa si pretendía pegar la hebra un rato con el caballo.
La mulata ya estaba de vuelta. Se había sentado desnuda al borde de la cama y observaba cómo se vestía. A Jester no le hacía falta mirarla para saber que sonreía al admirar cómo se enfundaba el conjunto verde de seda, hecho a medida, de la talla de un disfraz de Halloween para niño. A todo el mundo se le escapaba la sonrisa al verle. Siempre había sido así. Era guapo.
–Eres guapo –dijo la mulata.
Él siguió a lo suyo, haciendo como que la ignoraba.
–Y también eres bueno –insistió–. Mejor que el resto.
Él sonrió. Su sonrisa lucía un corazón de oro y una esquirla de diamante engarzados al esmalte de los dos incisivos centrales.
–No tienes por qué irte ya –dijo ella.
–Sí –dijo él–. No me queda otra.
–Es pronto. Ni siquiera has desayunado.
–Comeré algo en el caserón.
Se anudó la corbata verde de seda sobre la camisa amarilla sin mirarse al espejo.
–Madre mía, realmente da gusto ver cómo te arreglas –dijo ella.
Se levantó con intención de tocarlo. Él se apartó ligeramente, ajustándose el nudo al cuello. Ella volvió a sentarse. Pero ya no sonreía. Jester no se había quitado los calcetines por la noche y, sin apartar los ojos de Lucy, se sentó en una silla con respaldo de listones y se calzó las botas de jockey. Unas botas alzadas con tacones de madera y ojales de acero que en las carreras se ceñían perfectamente a sus tobillos en los estribos de hierro.
–Fat Man ni se habrá despertado –dijo ella.
–Seguro que sí, ya estará en pie y a la espera –dijo él.
–¿Es que le tienes miedo? ¿Te da miedo hacerlo esperar?
–Sabes muy bien que no –dijo Jester–. Tengo que ver a la señorita Dolly.
–No lo decía en serio –dijo ella–. Pero quiero alimentarte. Tienes que alimentarte.
–Me abro –dijo él, y se levantó. Con las botas de tacón alto de jockey medía casi un metro veinte.
Lucy lo vio dirigirse a la cómoda para coger el reloj y el clip de billetes. Era la cosa más perfecta que había visto en su vida. Aquel rostro terso y negro azulado, de pómulos altos, siempre joven. El cabello denso y abundante, corto, como un casquete. Y el reflejo de la camisa amarilla en el diamante incrustado en su sonrisa.
–Ay, eres lo más de lo más –dijo ella–. Ven aquí, jinete mío.
Él la miró desde donde estaba, junto a la cómoda, haciendo girar nerviosamente el anillo con forma de silla de montar que llevaba en el dedo corazón de la mano izquierda.
–No tengo tiempo para tonterías –le dijo, pero no pudo evitar acercarse. Ella le posó las manos en los hombros y él irguió sus piernas cortas y arqueadas. Ella sabía que él detestaba que lo toquetease, pero le resultaba imposible contenerse. Era como tocar algo labrado con asombrosa precisión que te hubieses encontrado un día en medio del bosque, como una piedra exquisitamente pulida, un trozo de madera suavizado por la intemperie o un huevo de pájaro. Él soportó el tacto de sus manos sin moverse, mirando por encima de sus hombros hacia algún punto impreciso de la pared del fondo, entre el hipopótamo y el jaguar. Ella le acarició el culo, los músculos redondos de sus nalgas, duros como piedras.
–¿Volverás a pasarte por aquí esta tarde? –preguntó ella.
–Echan la carrera de Belmont por la tele. No voy a poder.
–Yo también quiero ver lo de Belmont.
–Pues enciendes el RCA Victor –dijo señalando el televisor del rincón–. Le costó sus buenos cuatrocientos dólares a Fat Man. Lo enciendes y listo.
–Quiero verlo contigo –replicó ella con hosquedad.
–Fat Man no quiere ver bajo su techo nada que se te parezca.
–Aun así, pregúntaselo, ¿quieres?
–Se lo he preguntado ya un millón de veces. Y no. No quiere ver nada que se te parezca bajo su techo. –Retrocedió medio paso y la miró–. ¿Acaso esto no le da mil vueltas a la carpa del circo? –Agitó la mano–. Mira todo lo que he logrado. –La cabaña estaba recubierta con paneles de caoba prefabricada. Había una alfombra de fibra acrílica en el suelo y sábanas de seda en la cama–. En Phosphate Mountain no nos falta de nada.
Ella se frotó contra él.
–Bueno, tanto como de nada...
–Hago lo que puedo –dijo él–. Ahora déjame ir. No me arrugues.
Sin levantarse de la cama, ella tiró de él, lo aprisionó entre sus piernas y lo besó.
–¿Cuándo piensas volver?
–No sé decirte. Lo mismo mañana. Cuenta esto cuando me vaya.
Se sacó el clip de billetes con forma de herradura y desprendió unos cuantos. Ella dejó el dinero a un lado sin molestarse en mirarlo.
–Pregúntaselo otra vez, anda –dijo ella.
Él se detuvo en la puerta.
–Fat Man dice que no quiere ver nada que se te parezca bajo su techo.
El coche estaba aparcado delante de la cabaña, de cara al camino empinado que bajaba la colina. Era un viejo Buick Sedan con enormes guardabarros abombados, faros cromados y cortinas en las ventanas traseras. Subido al estribo del coche, Jester contempló Garden Hills en toda su extensión. De las chimeneas de las doce casas que seguían habitadas, seis a cada lado del camino, salía un fino hilo enroscado de humo de leña. Delante de una de las cabañas había un carro con un caballo. Pertenecía al vendedor de hielo. Jester abrió la puerta de un tirón y arrancó el motor. Era tan bajito que habían tenido que modificar los pedales y el asiento para poder conducirlo. Oyó que la mulata le decía adiós y supo que le estaría haciendo un gesto con la mano, pero él ya solo tenía ojos para el caballo y no se giró. Estaba solo a unos trescientos metros ladera abajo, Phosphate Mountain no era ni siquiera una montaña, no era más que el promontorio de tierra más alto que había dejado a su paso la explotación minera. Jester dirigió el enorme vehículo hacia Garden Hills, despacio, manteniendo las riendas cortas, porque sabía que a la gente no le gustaba verlo al volante del Buick a no ser que Fat Man viajase a su lado. Era lo bastante temprano para que no hubiese nadie en los porches desnivelados que daban al camino ni en los desnudos jardines blancos que se extendían más allá. Había un perro famélico con una sola oreja tumbado en una zanja que ni se inmutó al verlo. Y un pollo solitario con un largo cuello encrespado que se apresuró a cruzar el camino por delante del coche.
El caballo estaba solo. Inmóvil junto a la cuneta donde habían dejado caer las riendas. Una amplia lona negra, todavía húmeda del hielo del día anterior, cubría la parte superior del carro. Hacía más calor allí, al fondo del hoyo, que en la ladera de Phosphate Mountain, y la lona estaba empezando a emitir vapor. Jester redujo la marcha hasta detenerse junto al caballo. Dejó el Buick al ralentí en medio del camino sin preocuparse de que pudieran pasar otros coches, porque no había más coches en Garden Hills. Se apeó y se quedó en el camino. El caballo seguía sin moverse. Tenía los ojos cerrados. El largo cuello huesudo hundido, los ollares casi a ras del suelo. Jester estaba ahora lo bastante cerca para oler el almizcle vaporoso de su piel y los arreos.
–Ahhhhhh, caballo –dijo, hundiendo las botas de jockey de tacón alto en la tierra blanca como ceniza.
Volvió a sentir el calor del sueño entre las piernas. Y se quedó quieto y medio agachado en el polvo para recibir la arremetida del galope. La multitud rugió. Iba a ser una victoria fácil. No tendría más que aguantar hasta la línea de meta. Estaba empezando a alzarse sobre los estribos, dispuesto a echar mano de la fusta, cuando el vendedor de hielo salió de la cabaña hurgándose los dientes con un trozo de paja de una escoba.
Jester se incorporó al oír el golpe de la puerta mosquitera. Sus músculos rígidos se relajaron. Volvió a posarse sobre los talones y dejó que el caballo se escabullese. Pero el hombre del hielo ni lo miró. Tenía la mirada clavada en el Buick Sedan. A velocidad de vértigo hizo girar varias veces el trozo de paja con la lengua y, a continuación, sin apartar en ningún momento los ojos del coche, bajó los escalones y cruzó el jardín hasta la cuneta. Era un hombre alto y delgado de rostro tenso, labios finos y bastante bizco. Tenía la cara, el cuello y el dorso de las manos rojos y en carne viva a causa del viento. El del hielo, que se llamaba Westrim y al que en algún momento se habían dirigido como Wes, pero al que ahora la gente solo se refería como Iceman1, hasta su propia mujer, había tenido en el pasado un Buick Sedan. Ahora estaba abandonado detrás de la cabaña, casi oculto por la maleza, sobre bloques de hormigón, con los neumáticos podridos y descompuestos por la carcoma; había desatornillado el asiento delantero para usarlo de sofá en el salón de la cabaña.
Pero, en su día, había sido nuevo. Iceman se acordaba como si lo estuviese viendo en ese mismo instante: el poderoso zumbido del motor, la exquisita suavidad de los asientos, el buen olor de las alfombrillas de goma del suelo unido al de la gasolina y, por último, el recuerdo de cómo lo sacaba de Garden Hills por la superautopista de cuatro carriles y lo llevaba a la ciudad de Beverly. Ahora se disponía a hacer ese mismo trayecto para recoger el hielo con el carro, y no estaría de regreso hasta las doce o puede incluso que hasta la una.
–¿Cómo se ha levantado Fat Man esta mañana?
–Bien –dijo Jester.
Y sin perder el aplomo, tenso, apartó lentamente los ojos del caballo a la vez que Iceman desviaba fugazmente los suyos del coche y sus miradas se encontraron, apenas un segundo, antes de volver a desviarse; la de Jester de vuelta al caballo, que seguía dormitando bajo el arnés, y la de Iceman al Buick, que seguía al ralentí en medio del camino.
Pero, por un momento, los dos hombres se balancearon dentro y fuera del mismo milagro, del mismo sueño imposible. Y el sueño –llámese historia o incluso, al final, la verdad– siguió de este modo su curso sin que ninguno de los dos se percatase, porque ni el uno ni el otro estaban al corriente de sus pormenores.
Hubo un tiempo en el que en Garden Hills no había colinas. No eran más que quince kilómetros cuadrados de tierra yerma en el centro de la península de Florida que sustentaban a unas cuantas familias sin trabajo ni esperanza. Una o dos contaban con pequeños huertos de berzas. Otra destilaba whisky ilegal. Y al menos había una que rezaba.
Luego llegó el auge inmobiliario. Unos hombres identificaron el paraíso en aquel puñado de tierra de Florida. Se despertaron en mitad de la noche con el nombre en los labios. Los precios se dispararon. Uno se adelantó y compró aquellos quince kilómetros cuadrados sin haberlos visto porque, al fin y al cabo, el terreno estaba en Florida y no era un humedal. ¿Qué más necesitaba saber? El nuevo propietario, especulador inmobiliario, lo bautizó como Garden Hills y le encargó a otro tipo que plantara un cartel a tal efecto, pese a no haber ni una sola colina digna de tal nombre al sur de Jacksonville. Pero fue plantar el cartel y hundirse el mercado, todo se desmoronó y los hombres comenzaron a arrojarse por las ventanas a lo largo y ancho de todo el país. Y uno de los saltadores fue aquel especulador inmobiliario. Desde la ventana de un quinto piso sobre un coche aparcado delante del Hotel Giaconda de Nueva York. Se mató y dejó el coche para el desguace.
Y aunque aquellos quince kilómetros cuadrados de la península de Florida siguieron sin tener nada que se pareciera siquiera remotamente a una colina, se quedaron con ese nombre que afirmaba todo lo contrario: GARDEN HILLS. El cartel, de la altura de un hombre de estatura media y pintado con letras negras sobre fondo blanco, se alzaba en medio del terreno... una suerte de profecía.
Al final, cuando el mercado se recuperó por sí mismo, otro hombre fue el encargado de hacer cumplir la profecía, aunque nadie en Garden Hills llegó a conocerlo en persona. Se llamaba Jack O’Boylan. Lo miró por encima y vio que la cosa prometía.
–La cosa promete –exclamó, presionando el dedo sobre el informe que le entregó su equipo de geólogos–. Voy a construir.
Y eso hizo. Sin haber puesto jamás los pies en Garden Hills, operando a través de sus hombres, los que hicieron el descubrimiento en primer lugar, los que fueron a examinarlo, a evaluarlo, a analizarlo, y lo pasaron todo a máquina para entregarle el informe; operando a través de aquellos hombres, Jack O’Boylan puso en marcha la explotación minera de fosfato más grande del mundo.
Pero primero tuvo que tomar posesión de la tierra.
–¿Dónde?
Uno de sus muchachos, siempre atento, se agazapó, dio un brinco y desplegó el mapa que estaba enrollado en la pared.
–Aquí –exclamó–. En el pene –porque era un joven brillantísimo– que cuelga del vientre del continente. ¡FLORIDA!
–Comprad y construid –sentenció Jack O’Boylan.
Y así fue como sus hombres regresaron a Garden Hills, llano y ardiente bajo el sol de Florida. Llegaron en coches negros estampados con el sello de la compañía, con sus chaquetas y sus camisas con el monograma. Se plantaron entre las espinas del zacate cadillo y gastaron cajas de pañuelos de la empresa. Tras ellos llegaron los buldóceres, los tractores y las niveladoras sobre camiones de plataforma. Los geólogos hicieron nuevas pruebas, examinaron más superficies, analizaron los estratos y los sustratos, perforaron, pulverizaron y detonaron. El estruendo hizo salir a los hombres de sus casuchas en varios kilómetros a la redonda y comenzaron a aparecer de entre los palmitos salvajes y los encinillos. Al principio se aproximaron con timidez, pero enseguida, al ver que nadie les hacía caso, se envalentonaron y se fueron situando cada vez más cerca para curiosear, en silencio, con sus petos desteñidos.
–¿Qué es esto? –preguntó uno al final.
Nadie lo sabía. Pero continuaron mirando y, al final, acabaron por averiguarlo.
–Una refinería –dijo un hombre con zapatos–. Van a cavar.
–Habrá trabajo para todo el mundo –dijo otro–. Van a cavar.
En ningún momento se les ocurrió preguntar por qué iban a cavar. Eso era lo de menos. Fuese lo que fuese, era esperanza.
Pero el padre de Fat Man estuvo a punto de arruinarlo todo. No le pertenecía ni un solo metro de aquella extensión de quince kilómetros cuadrados a la que habían bautizado como Garden Hills, pero era el propietario de una hectárea adyacente. Y después de perforar, pulverizar y detonar, los hombres de Jack O’Boylan señalaron su hectárea y dijeron: «La clave está ahí». Por algún motivo que solo los geólogos conocían, los quince kilómetros cuadrados no valían nada sin aquella hectárea. Y cometieron el error de mostrarse demasiado ansiosos. No dijeron que querían comprarlo; dijeron que iban a comprarlo. ¿Cuánto pedía a cambio? Y el padre de Fat Man, que por aquel entonces aún no era padre de nadie ni estaba siquiera casado, apoltronado en la mecedora del porche de la casucha de una sola estancia plantada en medio de aquella hectárea, se balanceó, escupió a través de una grieta que había entre los tablones mal ensamblados del suelo y dijo que su hectárea no estaba en venta.
Pero sí que lo estaba. El padre de Fat Man se había criado entre los palmitos salvajes y la arena. Sabía tan bien como cualquiera lo que era robar, aunque jamás hubiese tenido la oportunidad de robar a nadie. Y, como no tenía ni idea de lo que podía llegar a rascar por su hectárea, se limitó a decir que no estaba en venta.
–¡Que no está en venta! –tronó Jack O’Boylan cuando se lo transmitieron. Como sabía perfectamente que todo tenía un precio, le dijo a su secretaria que le dijera a su secretaria que telegrafiase a sus hombres para que le hicieran una oferta que no pudiera rechazar.
Y así fue como, sentado en la mecedora y escupiendo por la grieta del suelo, el padre de Fat Man se alzó por encima de la ordinaria condición humana. Los agentes de Jack O’Boylan le construyeron la casa más grande que había visto en su vida. Pero se negó a aceptarla. Se limitó a mecerse y a escupir. Entonces Jack O’Boylan firmó un documento de su propio puño y letra en el que se comprometía a que el padre de Fat Man obtuviese un décimo del uno por ciento de los beneficios totales en cuanto se iniciase la explotación. Pero al no saber de fosfato ni de porcentajes, el padre de Fat Man se meció, escupió y continuó sin decir esta boca es mía. Al final, Jack O’Boylan ingresó cincuenta mil dólares en una cuenta bancaria a su nombre y le prometió cincuenta mil más cada año mientras la mina estuviese en funcionamiento.
¿Podía Jack O’Boylan ponérselo por escrito? Podía y así lo hizo, incluso se aseguró de que quedase atestiguado y certificado ante notario en Beverly. El padre de Fat Man metió el papel en una lata vacía de tabaco Prince Albert, se guardó la lata en el bolsillo y, sin nada más que lo que llevaba puesto, abandonó la casucha y se fue a vivir a la inmensa casa de ladrillos que le habían construido.
A los geólogos les llevó seis meses darse cuenta de su error –descubrieron que, en realidad, no necesitaban aquella hectárea– y otros tres meses para reunir el valor y comunicarle a Jack O’Boylan que se había gastado aquel dineral para nada; pero, hasta entonces, hubo gran alborozo en las habitaciones del motel de Beverly donde se registraron los geólogos. Jack O’Boylan les ofreció una prima (que les haría devolver nueve meses más tarde). Y tendrían que pasar diecinueve largos años para que Jack O’Boylan pudiera vengarse del padre de Fat Man, por estar vivo y por ser el propietario de aquella hectárea inservible en la que sus geólogos cometieron el error que le costó la friolera de un cuarto de millón de dólares.
Pero, hasta entonces, cundió la alegría. Y la semana posterior al acuerdo no existió la noche en Garden Hills. La obra prosiguió sin interrupción, las veinticuatro horas del día. Instalaron un tendido eléctrico y, al anochecer, se encendían unas deslumbrantes lámparas de arco y los hombres de Jack O’Boylan seguían dándole que te pego.
Garden Hills obtuvo sus colinas. Derribaron y enterraron el cartel que proclamaba su nombre. Los buldóceres rascaron y presionaron, los camiones transportaron la carga hasta la refinería. Cribaron quince kilómetros cuadrados de tierra, separaron el fosfato y luego volvieron a volcar la tierra cribada en pilas que no tardarían en convertirse en montículos y después casi en montañas. El proceso de extracción originó una nube amarilla que se quedó suspendida en el aire luminoso que se cernía sobre Garden Hills. Las aguas subterráneas se filtraron por los valles raspados y formaron charcas pútridas y estancadas.
La refinería de fosfato de Jack O’Boylan atrajo a hombres desde cientos de kilómetros a la redonda. Llegaron a pie, en carromatos, haciendo autoestop o como quiera que se las ingeniaran. Arribaron a Garden Hills en oleadas, como hormigas al azúcar. Se establecieron dos oficinas de empleo para gestionar el trasiego, seleccionar a los hombres y atribuirles un puesto. Wes Westrim viajó hasta Orlando, Florida, en un vagón de mercancías, desde allí hizo el resto del trayecto, cerca de ochenta kilómetros, a pie. Al llegar no tenía zapatos, ni dinero, ni, a decir verdad, la más mínima esperanza, al fin y al cabo se había dejado llevar por el rumor de que iba a haber trabajo para todo el mundo.
–Habrá trabajo para todo el mundo –aseguraba el rumor–. Van a cavar.
Apestaba a chivo. Y después de rellenar por duplicado los formularios y de que le tomasen las huellas dactilares, el capataz le pidió que se desnudase. Se duchó a la intemperie, en una tina de zinc, con agua fría y una pastilla de jabón marrón dura como una piedra. Al terminar, el capataz le entregó unos vales que podía canjear por zapatos en el economato. Después le hizo meterse en un agujero.
–Te quedas ahí dentro –le dijo el capataz–. Y cada vez que se hunda la broca, la desentierras. A las seis vendrá otro hombre a sustituirte.
Y, en efecto, a las seis fue otro hombre a sustituirle. Y al salir del agujero se topó con otro más que le dijo que caminase doscientos metros en línea recta y se colocase en la primera fila que viese. Eso hizo y le dieron de comer. Era la cocina de campaña de Jack O’Boylan. Wes Westrim jamás había visto nada parecido a aquellos fogones a cielo descubierto y aquellos gigantescos calderos de comida humeante.
Pero luego resultaría que, en realidad, Wes jamás había visto nada parecido a nada de lo que le acabaría sucediendo en Garden Hills. Su vida cambió de golpe y por completo. Le daban de comer, le daban ropa, le pagaban y le decían dónde tenía que dormir y que cavar. Le cortaron el pelo, le examinaron los dientes y le dijeron que tenía que ganar peso.
–¡Come! ¡Come! –le exigía el capataz sin separarse de él en la fila que se formaba a la hora del rancho frente a la cocina de campaña–. Un perforador tiene que estar como un toro. ¡COME!
Y mientras Wes Westrim se atiborraba, todos sus deseos y necesidades estaban previstos.
–¿Tienes familia? –le preguntó el capataz con el bolígrafo listo sobre algún tipo de formulario.
–Querrás traértela, ¿no? –le preguntó.
De nuevo, Wes solo pudo asentir con la cabeza.
–Bien –dijo el capataz–. Los hombres con familia tienen derecho a casa. Los solteros se quedan en el barracón. –Agarró a Wes por la nuca y señaló con el formulario–. Allí, en cuanto explotemos aquel punto. Allí estarán las casas.
Y, en efecto, allí las construyeron. Jack O’Boylan los tuvo viviendo en barracas temporales hasta que explotaron aquella planicie de diez hectáreas y la convirtieron en un agujero de diez hectáreas. Fue entonces cuando se erigió el pueblo de Garden Hills en el fondo del agujero. Las casas eran prefabricadas, las trajeron en camión una a una y las fueron montando según fueron llegando. Y aunque los hombres no manifestaron la menor objeción, sus objeciones se tomaron en cuenta.
–Tiene sentido –dijo el supervisor–. Instalamos sumideros para evitar que se inunde. Hemos venido para extraer fosfato y el primer emplazamiento que agotemos será el sitio lógico para construir vuestras viviendas mientras seguimos explotando el resto del terreno. Tiene sentido.
Los hombres echaron un vistazo a su alrededor y vieron que Garden Hills tenía mucho más sentido que cualquier otra cosa que pudieran haber soñado en sus vidas. Todos tenían puestos de trabajo, un lugar donde dormir y comida para alimentarse. Todo crecía: los niños, los bienes y los montículos de tierra. Sobre todo los montículos de tierra. Daba la impresión de que Garden Hills desaparecía día a día de la vista. El horizonte se estrechaba cada vez más. Al final uno tenía que mirar directamente hacia arriba, en vertical, si quería distinguir el cielo.
Y a nadie se le pasó jamás por la cabeza que aquello pudiera acabarse. Desde luego, no a Wes Westrim. No podía imaginarse su final por la simple y buena razón de que tampoco había podido imaginarse su principio. La tierra se estremecía con la maquinaria rugiente. Los hombres necesitaban ponerse gafas de sol a medianoche para soportar la luminosidad de las lámparas de arco. Y la refinería misma, donde se separaba el fosfato de la tierra, era demasiado grande para haber sido construida por seres humanos. Crecía por voluntad propia. Se justificaba a sí misma. Permanecería allí y les pertenecería eternamente.
Y, entonces, una mañana, al amanecer, se hizo un horrible silencio. Los habitantes de Garden Hills salieron a sus porches y alzaron la vista más allá de la excavación, hacia el lugar donde la enorme refinería alzaba sus intrincadas espirales y resplandecía al sol de la mañana. Dentro de las instalaciones, los hombres que estaban bajo los techos abovedados miraban incrédulos las cintas transportadoras inertes y las trituradoras congeladas. No había corriente. Ningún motor en marcha; ninguna bombilla encendida.
Wes Westrim acababa de comprarse un Buick. Aquel día casi se le reventó una rueda. Desde entonces nada volvió a ser lo mismo.
Se aproximó y tocó el coche de Fat Man. Jester se estiró y tocó el costado oscuro del caballo. El animal se estremeció e hizo temblar el arnés. De repente, en medio del aire tranquilo de la mañana, sonó una campana. Jester y Iceman se volvieron a la vez al oírla. Divisaron a lo lejos a la mujer que la había hecho sonar, desde aquella distancia tenía el tamaño de una muñeca. Llevaba un vestido blanco y un amplio sombrero del mismo color, en la mano derecha blandía una campana de plata. Volvió a hacerla sonar por encima de su cabeza y seis jovencitas, como otras seis muñecas, en bañador de una sola pieza, comenzaron a desfilar delante de ella. Por encima del borde de Garden Hills, sus siluetas quedaban enmarcadas contra la fachada oscura de la refinería.
–Ahí la tenemos –dijo Jester–. Sale con el sol.
–Puta loca –dijo Iceman. Pero al momento se volvió hacia Jester–. No vayas a decirle a Fat Man que he dicho eso. Lo mismo no es una puta loca. Puede que no haya otra más sensata en el mundo, qué sabré yo, hay gente con la que nunca se sabe.
–Yo no me dedico a decirle cosas a Fat Man –dijo Jester–. Conduzco su coche, le compro su Metrecal2 y hago lo que me dice que haga.
La campana de plata sonaba ahora sin parar y Iceman contempló el desfile de las chicas en tándem, hacia atrás y hacia delante, hacia atrás y hacia delante, sobre los tablones de la plataforma de carga en la parte frontal de la refinería. Jester aprovechó la oportunidad para volver a tocar el caballo.
–Mi hija está allí arriba con ella –dijo Iceman–. Salió esta mañana en bañador, sin desayunar siquiera. Si esa no está como una puta cabra, poco le falta.
–Ayer vaciamos el telescopio en cuanto se puso el sol –dijo Jester arteramente–. Había quince dólares.
Iceman se giró y miró por encima del techo del Buick, más allá de la casa de Fat Man, hacia Reclamation Park. Ya había una cola de gente frente al TELESCOPIO DE A VEINTICINCO CENTAVOS LA VISTA. El débil griterío de los chiquillos llegaba hasta ellos.
–Se puede estar como una puta cabra y, aun así, sacar pasta. Pero no le vayas a decir a Fat Man que yo voy diciendo por ahí que esa tía está como una puta cabra, porque a mí jamás se me ocurriría decir tal cosa.
Jester palmeó al caballo una última vez.
–Tengo que irme –dijo.
Rodeó el capó, abrió la puerta y se puso al volante. Wes Westrim lo siguió.
–¿Crees que Fat Man dejará que esa descere...? ¿Crees que le dejará hacerlo?
–Yo no hablo en nombre del señor Fat Man. Solo conduzco su coche, le compro su Metrecal y hago lo que me dice que haga.
Se alejó y dejó a Iceman plantado junto a la cuneta. Acto seguido, sin apresurarse, con el polvo de las minas hinchándose a ambos lados del vehículo, Jester puso rumbo a la casa de Fat Man en lo alto de la colina.
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1 «El Vendedor de Hielo», «el Hombre del Hielo», «el del Hielo». (N. del T.)
2 Marca de alimentos para perder peso que se puso en circulación a principios de los años sesenta, inicialmente como polvos que se mezclaban con agua. Fueron muy criticados por su sabor repulsivo, pese a los laboriosos esfuerzos de sus creadores por mejorarlos. En 1978 se retirarían del mercado, junto a otros productos similares, después de que la FDA (Administración de Medicamentos y Alimentos), relacionara con su consumo 59 muertes acaecidas entre finales de 1977 y principios de 1978. (N. del T.)
2
La oscuridad reinaba en la habitación en la que estaba tumbado Fat Man. Apoyado en almohadones en un ángulo de cuarenta y cinco grados porque esa era la única posición que le permitía respirar. Si se ponía completamente horizontal, los pulmones dejaban de funcionarle. Tenía algo que ver con el hecho de medir poco más de un metro cincuenta y pesar más de doscientos sesenta kilos. El médico se lo explicó un día.
Tenía los párpados cerrados, pero no había logrado conciliar el sueño. Llevaba desde las tres de la madrugada con los ojos cerrados, fingiendo. Fingiendo que dormía, fingiendo que no se había pasado la noche en vela, sumido en un estupor ebrio. Pero incluso con los ojos cerrados, oyó el sonido del motor del Buick cuando arrancó en Phosphate Mountain, delante de la cabaña de la puta. Lo oyó descender hacia Garden Hills y lo oía ahora acercándose por el camino empinado hacia la casa.
Se forzó a abrir los ojos. Había latas de aluminio por todas partes: ocho o seis en la cómoda, varias más en la cama a su lado y muchas más de las que podía contar esparcidas por el suelo. Pensaba que se había bebido las dos cajas enteras. Eso sumaba cuarenta y ocho latas. Miró al techo e hizo el cálculo mentalmente, no le supuso ningún esfuerzo porque estaba de lo más habituado. Cuarenta y ocho latas... doscientos treinta y seis mililitros por lata... más de once litros. ¿Calorías? ¿A cuántas calorías ascendía eso? Se le estremeció todo el cuerpo. Pero realizó el cálculo automáticamente: doscientas veinticinco calorías por cuarenta y ocho. ¡Seguro que no eran tantas! Aun así, ahí estaban las latas, esparcidas por todas partes, la mayoría aplastadas en pequeños discos, como si hubiesen recibido el impacto de una fuerza sobrenatural, lo que en efecto había ocurrido: la de su puño apretado.
Con una portentosa explosión de aliento, se impulsó hacia delante para sentarse al borde de la cama. Diez mil ochocientas calorías en una sola noche. En el aire pesaba el aroma cremoso del Metrecal. De su estómago llegaban sonidos oceánicos: romper de olas, embates impetuosos, gorgoteos. Con pesadez, igual que se movería una montaña, se puso en pie y separó sus enormes piernas para mantener el equilibrio. Se llevó los puños a los ojos y se frotó el rostro colgante. Se sacudió distraídamente la parte frontal del pijama, salpicada y veteada de Metrecal seco. Los ojos se le empezaron a acostumbrar a la penumbra de la habitación. En la silla, junto a la ventana, había unos prismáticos negros. Se acercó a la ventana, cogió los prismáticos y separó las pesadas cortinas. La luz lo cegó. Entornó los ojos y se los protegió con una mano hasta amoldarse. Miró hacia la autopista, hacia Reclamation Park. Allí estaban. El sol se reflejaba sobre los coches alineados. Alzó los prismáticos. Los niños revoloteaban entre los arbustos y los árboles. Desplazó los prismáticos para encuadrar el telescopio y le sorprendió descubrir que el telescopio lo estaba apuntando. A una distancia de unos quinientos metros, se encontró cara a cara con un hombre que llevaba una gorra de béisbol azul de los Yankees de Nueva York, varios puros en el bolsillo de la camisa y un anillo resplandeciente en la mano con la que ajustaba la lente del telescopio. La mano con la que enfocaba dejó de hacer lo que estaba haciendo y comenzó a moverse de arriba abajo muy excitada. Al momento, se agrupó más gente alrededor del telescopio. Fat Man blasfemó en voz baja.
Estaba atrapado en la lente de un turista. Dolly había insistido en lo de comprar el telescopio más potente que pudiesen encontrar. A Fat Man le había costado cuatrocientos cincuenta y tres dólares con diecisiete centavos, y lo tuvieron que traer desde Chicago, nada menos que desde Illinois. Y todo para ser humillado en pijama. Pero se emperró y no quiso dar su brazo a torcer, le devolvió la mirada a través de los prismáticos. Y entonces el hombre de la gorra de béisbol agarró a un crío –un niño pelirrojo de cabeza redonda– y lo alzó para que pudiera mirar por el telescopio. Fat Man se apartó de la ventana para volver a las sombras de la habitación, al retroceder pisó una lata y la aplastó, estuvo a punto de perder el equilibrio. Los niños excedían lo tolerable. Los adultos miraban por el rabillo del ojo. Los niños señalaban. Gritaban.
La puerta se abrió a sus espaldas. Oyó los tacones de madera de las botas de jockey tamborileando sobre el suelo. Un sonido agudo, nítido. Luz. Jester se había puesto a recoger las latas, las iba metiendo en una bolsa de papel.
–Jester –dijo Fat Man–. No pude evitarlo.
Jester lo miró con la bolsa de papel marrón en el hueco del codo. Fat Man era tan grande que cuando se le acercaba era como estar rodeado. A Jester no le gustaba esa sensación. Dio un paso atrás.
–Me lo bebí todo, Jester –dijo Fat Man.
–¿Las dos cajas enteras? –preguntó Jester.
Fat Man no respondió y Jester, que era tan bueno con las cifras como Fat Man, se miró los dedos, movió los labios en silencio y dijo:
–Eso hacen diez mil. Más de diez mil.
–No pude evitarlo, Jester. Lo llevaba bien hasta que empezó el telediario de las once.
–¿El telediario?
–Un reportaje sobre la barbacoa anual del gobernador. Quinientos invitados. Lechones enteros dando vueltas, chorreantes de jugo. Costillares de ternera. Pensé que me bastaría con un Metrecal.
Jester sacudió la cabeza.
–Dos cajas –dijo–. Es un récord.
–No había nadie para impedírmelo –dijo Fat Man–. Tú andabas retozando en esa cabaña con...
–Lo mejor sería que te pesaras –dijo Jester.
–¿Crees que servirá de algo? –preguntó Fat Man ansioso.
–Son diez mil –dijo Jester–. Más de diez mil.
–¿Qué piensas?
–No sé.
–¿Piensas que habré superado los doscientos sesenta kilos?
–Puede que medio kilo.
–No pude evitarlo –dijo Fat Man–. Y no estabas aquí para ayudarme.
–De noche un hombre no puede quedarse solo aquí arriba.
–Yo me quedo –dijo Fat Man.
–Tú no tienes lo que yo tengo.
–Acabarás en el infierno en los brazos de esa puta.
Jester dejó en el suelo la bolsa llena de latas vacías y lo miró. Fat Man sonrió.
–Ahora lo mejor es que vayas al baño y te peses antes de que se nos haga tarde para ir a ver a la señorita Dolly.
Fat Man se bamboleó hasta la cama y se dejó caer en el borde.
–La has visto, ¿a que sí?
–Sí. Todo Garden Hills la ha visto.
–Señor –dijo Fat Man–. Santo cielo. ¿Está haciendo sonar la campana?
–Y ensayando. En la plataforma de carga. Arriba, en la mina.
–No sé qué vamos a hacer –dijo Fat Man.
–Pesarte –dijo Jester–. Pesarte y salir para allá antes de que se nos haga tarde.
Fat Man extendió un brazo al frente. Jester se acercó a la cama, agarró el dedo índice con una mano y el meñique con la otra. Sus manos apenas llegaban a abarcarle los dedos. Plantó bien los pies en el suelo y tiró. Se le ennegreció aún más el rostro oscuro. Por increíble que pudiera parecer, Fat Man se puso en pie.
El cuarto de baño daba a la habitación. Como le gustaba decir a Jester, era lo bastante grande para dar cabida a una manada de caballos. El suelo era de mármol de Georgia. Las paredes de espejo. El techo estaba cubierto con un mosaico de La Creación de Miguel Ángel. Adán languidecía, sus enormes músculos inertes, entre dos fluorescentes empotrados. Y Dios, con la barba batida por el viento, estirándose para tocarlo. En un extremo, unos escalones descendían a una bañera hundida en la que el padre de Fat Man, sin éxito, había intentado criar truchas, y en la que Fat Man se sentaba a veces durante horas para refrescarse en los días de mucho calor.
Jester ayudó a Fat Man a quitarse el pijama de seda. Le llevó su tiempo. Por parte de Fat Man hubo una buena ración de jadeos y gruñidos, pero al final se quedó desnudo. El cuerpo se le derramaba desde la cabeza en capas hinchadas de grasa cada vez más voluminosas. Era muy blanco. Mientras Jester sacaba la báscula especial de debajo del lavabo, Fat Man se contempló desde varios ángulos en las paredes de espejo. Estaba intentando determinar el daño que se había infringido a sí mismo durante la noche desenfrenada de apurar hasta la última gota. ¿Podía identificar el medio kilo que había ganado? ¿O incluso los varios kilos? Ese montículo de carne de ahí... ¿ayer era tan grueso? ¿Se le había hinchado algún michelín?
–Súbete –dijo Jester.
Fat Man se subió y Jester se puso debajo de su barrigón para leer la báscula. Fat Man lo miraba en el espejo.
–¿Y bien? –dijo Fat Man.
–Bueno –dijo Jester, devolviéndole la mirada en el espejo–. Ya está. Lo has conseguido. Doscientos sesenta y uno. –Sonreía, pero muy levemente, lo mínimo para dejar que destellase el diamante.
Fat Man se bajó de la báscula y se volvió a mirar en los espejos. Sí, sus michelines parecían haber crecido. De pronto se sintió muy pesado. Más pesado de lo que se había sentido en toda una larga vida de sentirse muy pesado. Se le ensombreció la cara. Los rasgos se le comprimieron como un puño. Abrió la boca. La lengua, blanca como el resto de su cuerpo, se le descolgó un momento al jadear.
–Jester, súbete a la báscula –dijo Fat Man. Su respiración era corta, rápida, extenuada, como la de un chihuahua acalorado.
Jester seguía de rodillas después de arrastrarse por debajo de su barrigón para ver lo que marcaba la báscula. Se balanceó para volver a plantar la botas de jockey en el suelo, en cuclillas, y acto seguido enderezó su metro diez.
–No quiero pesarme en ninguna báscula –dijo Jester.
–Joder, Jester, súbete a la puta báscula.
–Sé lo que peso –dijo Jester–. Y tú también.
–Ah, vamos, Jester.
–Me has faltado al respeto. Has dicho «joder» y «puta».
–Lo siento, Jester. Es el kilo de más. No soy yo mismo.
–Sé muy bien lo que peso. Siempre he pesado lo mismo. Vestido para montar, cuarenta kilos.
Mientras hablaba se subió a la báscula. No tuvo necesidad de mirar hacia abajo. Pero Fat Man sí lo hizo. Y vio cómo oscilaba y se detenía la aguja como por arte de magia. Cuarenta kilos. Fat Man volvió a sentir la misma incredulidad que siempre lo asaltaba cuando Jester se subía a la báscula. Fat Man no recordaba haber pesado jamás cuarenta kilos. Pensó que lo mismo los habría pesado cuando tenía tres años. O puede que al nacer. Miró a Jester y le puso la mano en el hombro. Jester se quedó completamente inmóvil, mirando su reflejo en la pared de espejo. Tenía a Fat Man justo detrás y ya le había plantado las dos manos en los hombros. Ahora respiraba mejor. La cara se le había distendido. La lengua blanca había vuelto a su sitio. Sentía los huesos de Jester. Eran finos, frágiles y prominentes. Estaba palpando un milagro. Inhaló la imposible eventualidad de pesar cuarenta kilos, la olisqueó, la hizo rodar con la lengua, la atesoró en sus pulmones. Jester y él conformaban una unidad. Él caminaba con botas de jockey con tacones de madera y tenía resortes de hierro en las rodillas.
–Ya está –dijo Jester sin dejar de mirar al frente, ignorando la aguja congelada en cuarenta–. Nunca ha sido más, ni menos. Vestido para montar, cuarenta kilos.
Se desembarazó de las manos de Fat Man y se bajó de la báscula.
Lo mismo Jester ya pesaba cuarenta kilos a los tres años. O puede que al nacer. Fat Man suspiró. Al margen de sus orígenes, ahora entre ellos se interponían doscientos veintiún kilos. Y la grasa corporal era un hecho con el que había que lidiar. Siempre. Era algo que un hombre no podía pasar por alto. Aunque lo intentases, el mundo no te lo permitiría. Y tampoco es que lo hubiese intentado alguna vez. Todo lo contrario. Había insistido en llevar registros pormenorizados. Incluso en aquel momento, Jester se disponía a consignar una nueva entrada. Abrió la puerta de caoba tallada del vestidor que daba al baño. La cara interior de la puerta estaba cubierta de papeles grapados a la madera. Era el historial de peso de Fat Man, mantenido a diario desde hacía años. La puerta entera cubierta por una caligrafía enmarañada de color verde. Había dos columnas: ganancias y pérdidas. La historia de una continua progresión ascendente, de una dilatación, de una hinchazón más allá de toda razón. Pero al mismo tiempo era una biografía. A Fat Man le bastaba con echar un vistazo al peso registrado en cualquier fecha y aparecían rostros, brotaban lugares de la superficie, soplaban los vientos, los hombres sonreían y morían.
–Vístete –dijo Jester de pie ante la puerta. Solo se le distinguía la cabeza detrás de los enormes calzoncillos de seda que le tendía.
–Quiero darme un baño –dijo Fat Man–. Me duele la cabeza. Tengo resaca.
–Le dijimos a la señorita Dolly que a las nueve. Y ya vamos con el reloj pegado al culo.
Fat Man regresó al dormitorio y se dejó caer en un butacón acolchado de cuero equipado con un motor eléctrico que le permitía reclinarse. Jester le lavó la cara. Lo rasuró. Le empolvó los pliegues de los inmensos michelines. Le engrasó las articulaciones. Lo roció. Lo ungió. Lo peinó. Luego presionó el botón para enderezar de nuevo el respaldo del butacón.
–Arriba –dijo Jester.
Fat Man se levantó y para vestirse no tuvo que levantar los pies del suelo. No tenía que meterse en nada, ni en los calzoncillos ni en los pantalones. Todo iba con cremalleras. Era como levantar una carpa de circo. Cuestión de que quedara todo bien ensamblado y cerrar luego las costuras tirando de las cremalleras. Tallas extragrandes hechas a medida en Nueva York. Cuanto más sencillo, mejor. Jester dio un paso atrás y, sin calcetines, Fat Man introdujo los pies en sus pantuflas personalizadas de piel de terneros en gestación. Eran la cosa menos práctica que cabía imaginarse, apenas le duraban un mes y eran terriblemente caras. Pero era el único calzado que sus pies toleraban porque sus dedos suaves y rosados eran tan tiernos como los pezones de una virgen.
–¿Has comido algo? –preguntó Fat Man.
–No –dijo Jester.
–Yo tampoco –dijo Fat Man–. Y me muero de hambre.
–No tenemos tiempo –dijo Jester–. Ya llegamos tarde.
–¿No te tomarías alguna cosilla antes de salir? ¿Lo mismo unos huevos?
–No tengo hambre –dijo Jester, se giró suavemente sobre los talones y salió con paso marcial (daba la impresión de que siempre desfilaba) de la habitación.
A Fat Man le gorjearon las tripas a causa de los casi doce litros de Metrecal que se había embutido y, al mismo tiempo, le gruñeron de hambre. Su boca anhelaba algo sustancioso: una buena barra de pan, un señor entrecot con su huesazo. Pero, aun así, rodó (daba la impresión de que siempre rodaba: un paso corto, medido y oscilante) detrás de Jester.
Desde el porche frontal vieron a Iceman a lo lejos, camino de la autopista. Los saludó. Fat Man le devolvió el saludo. El sonido de las ruedas chirriantes y sin engrasar del carro resonaban por todo Garden Hills. Dolly había dejado de tocar la campana, pero podían verla al otro extremo de la excavación, vestida de blanco, pequeña como una muñeca, haciendo desfilar a sus chicas de un lado a otro sobre los tablones de la plataforma de carga de la refinería de fosfato abandonada. Varias personas subían de Garden Hills, unas hacia la tienda de Fat Man y otras hacia la mina.
–Va a salir a pedir de boca –dijo Fat Man–. Todo va a salir a pedir de boca.
Al llegar al Buick, Jester le abrió la puerta y esperó pacientemente a que se situase en la posición correcta para derribarse sobre el asiento de atrás. Era la única forma. Fat Man no podía subirse a nada. Así que se las ingenió para dejarse caer y luego pugnó, se impulsó y resopló hasta acomodarse. Una vez encaramado al asiento delantero elevado, con los piececillos pulcros y duros apuntalados sobre los pedales extendidos del embrague y el acelerador, Jester miró a Fat Man por el espejo retrovisor. Cuando el coche dejó de bambolearse y encabritarse por las sacudidas de Fat Man, tocó el botón de arranque y el Buick se puso en marcha con un rugido.
Dolly tenía un megáfono en un mano y la campana plateada en la otra. Se había subido a una caja de madera al fondo de la plataforma de carga. Se llevó a los labios el megáfono de cartón enrollado en forma de embudo y gritó: «Y MEDIA VUELTA y uno y dos y tres y cuatro y cinco y seis y siete y ocho y MEDIA VUELTA...». Y ante ella, al borde de la plataforma, desfilaban las seis jovencitas. Sincronizadas e hipnotizadas por el retumbo de la voz de Dolly y por sus propios sueños de llegar a ser La Reina Fosfato de Garden Hills.
Jester detuvo el coche y Fat Man descorrió las cortinas que había cerrado durante el trayecto. Dolly dejó el megáfono en el suelo y dijo: «Hola, querido». Las chicas se inmovilizaron juntando los pies en posición de reanudar la marcha.
–Eso es todo, chicas. Eso es todo por ahora. Haré sonar la campana para avisaros del próximo ensayo.
Bajó los escalones de la plataforma y se dirigió al coche con las chicas siguiéndola al paso y en fila india.
–Decidle hola a Mayhugh, niñas.
Le dedicaron sus sonrisas lentas y tímidas sin decir nada. Eran altas y delgadas. Tenían las piernas cubiertas hasta las rodillas de un fino polvo blanco. Estaban húmedas y sobreexcitadas. Fat Man, que por lo general habría admirado su delgadez, no podía pensar en otra cosa más que en el hecho de haber salido de casa sin desayunar.
–Caramba, Mayhugh, se te han debido pegar las sábanas –dijo Dolly. Se abanicó los muslos con el vestido blanco y Fat Man, a pesar de su apetito, la olió–. Te esperaba más temprano. Pensé que llegarías a tiempo de ver el ensayo de las niñas. Sabes el interés que tienen en que vengas al ensayo.
–Dolly, tienes que dejar de meterles ideas extrañas en la cabeza a esas chicas –dijo Fat Man.
–De extrañas nada, querido. Sal de ahí y te lo mostraré.
–Aún no he desayunado. No me encuentro bien. Hace calor. Díselo tú, Jester.
–Tiene calor, no se encuentra bien y está hambriento –dijo Jester rígido ante el volante y sin apartar la mirada del parabrisas.
–Oh, vamos, sal de ahí. No nos llevará ni un minuto, y te lo tengo que mostrar.
–No va a funcionar.
La sonrisa roja de Dolly se volvió aún más roja y más amplia.
–Ayer sacamos quince dólares del telescopio. Hoy sacaremos treinta y mañana sesenta. Para cuando acabe la semana tendremos para otro telescopio. Solo que no necesitamos otro telescopio. Los turistas bajarán, los tendremos aquí mismo –le abrió la puerta–. Venga, es solo un segundo.
Fat Man, con el sudor chorreándole por todo el cuello, se desacopló del coche. Las flacuchas se le acercaron rodeándolo como si se dispusieran a ponerle las manos encima. Dolly apartó ligeramente a una de ellas, agarró a Fat Man del codo y lo condujo por delante del coche.
–Ha sido maravilloso –dijo Dolly–. Nos han estado observando toda la mañana. –Señaló hacia Reclamation Park, más allá de la casa de Fat Man–. Esta noche ese telescopio va a estar repleto.
–No se puede saber si te miran –dijo Fat Man–. Están muy lejos.
–Pude sentir el telescopio mientras ensayábamos esta mañana –dijo Dolly. Lo llevó a un lado del edificio, a la sombra, lejos del resplandor del sol–. Bien. –Señaló la parte superior del enorme edificio–. Rojo, ¿de acuerdo? ¿Te haces a la idea, Mayhugh? Todo el condenado edificio rojo sangre. Se les saldrán los ojos de las órbitas, ya verás. ¿Cuánta pintura crees que hará falta para un edificio de este tamaño?
–Ni puñetera idea –dijo Fat Man–. De todas formas, no va a funcionar. Es una idiotez.
–Jester ¿cuánta pintura le echas? –preguntó Dolly.
Jester ni se molestó en mirar, ni a ella ni al edificio. Habló con el cigarrillo Benson & Hedges en la boca.
–Mogollón.
–Perfecto entonces –dijo Dolly–. Mogollón. Hará falta mogollón de pintura roja. Usaremos de la barata, y solo pintaremos los tres lados que se ven desde la autopista, más los quince ventiladores de techo y el letrero que pondremos delante. Ven, verás. –Lo agarró del brazo y lo sacó de la sombra–. Ahí encima, sobre la plataforma de carga irá el letrero. Tiene que poder leerse desde la carretera a simple vista. Y una valla publicitaria. Necesitaremos una valla publicitaria cuando desmontemos el telescopio.
–¿Y qué vamos a hacer con el telescopio? No nos podemos merendar un telescopio de cuatrocientos cincuenta y tres dólares con diecisiete centavos –dijo Fat Man.
–Bueno, lo instalaremos aquí –dijo Dolly, señalando a sus pies–. Justo aquí.
–¿Y para qué? –preguntó Fat Man.
–Para que puedan ver de dónde han venido, por supuesto. Podrán mirar la autopista.
Entonces hasta Jester la miró. Con el cigarrillo plantado hábil y firmemente entre el corazón de oro y el diamante, miró primero a Dolly y luego desvió la mirada hacia Reclamation Park y la superautopista de cuatro carriles que pasaba por detrás.
El sudor había alcanzado la fase de inundación en Fat Man. Le corría por el cuello, por la espalda y por los costados. Cuando cambiaba el peso de un pie a otro, todo su cuerpo emitía sonidos acuáticos: chapoteos en las nalgas y succiones en los sobacos. Se sentía obsceno, como algo escrito en la pared de unos baños. Las seis jovencitas, cautivadas, no le quitaban ojo de encima. Sintió que no iba a ser capaz de seguir soportándolo y nada le habría agradado más en aquel momento que llevarse a Dolly a las sombras del interior de la refinería y estrangularla. Pero se limitó a suspirar y a desmoronarse.
–De acuerdo, Dolly, te lo preguntaré –dijo Fat Man–. ¿Por qué demonios van a querer mirar por el telescopio la autopista que acaban de dejar atrás?
Dolly sonrió.
–Mayhugh, está claro que nunca has estado en Nueva York. Lo harán por el mero hecho de que esté ahí. Es la misma vieja historia de siempre. También dijiste que no utilizarían el de Reclamation Park, pero ayer sacamos quince dólares, a veinticinco centavos por vista.
Era cierto, él no había confiado. Y ayer se habían sacado quince dólares. Él no era rival para Dolly y lo sabía. Ella era un prodigio. Escapaba totalmente a su comprensión, estaba más allá de cualquier explicación. Tenía la impresión de pesar una tonelada. ¿Y qué iba a hacer alguien que pesaba una tonelada frente a una chica tan rápida y tan bonita que ni siquiera sudaba? Además, ella había estado en Nueva York. Él sabía el punto preciso en la tabla de peso en que ella se fue. El día que se marchó, él pesaba ciento ochenta y un kilos y luchaba desesperadamente por no llegar jamás a los doscientos. El día que regresó había superado los doscientos treinta.
–Señor Mayhugh. –Los dedos de la niña fueron como el roce de una mariposa en su brazo. Tenía el cabello rubio y liso, y la boca azulada y pálida. Bajo la piel del color de la leche se le destacaban los huesecillos del tórax. Lo volvió a tocar, pero esta vez no apartó los dedos–. Señor Mayhugh, ella puede hacerlo. La señorita Dolly puede hacerlo.
Llevaba puesto el conjunto negro de una sola pieza que Dolly le había comprado con el dinero de Fat Man. Se acercó más a él. Le clavó en los ojos su mirada abrasadora. No debía pesar más de quinientas calorías. Quinientas calorías al día probablemente la harían engordar. En comparación con él, aquella chiquilla era transparente. Podía distinguir dónde se le juntaban los huesos, dónde le latía el corazón. El roce de su mano le hizo apretar las mandíbulas. No podía hablar. Dejó de secarse el sudor y lo dejó correr.
–Las jaulas que colgarán del techo, una con la Reina Fosfato de Garden Hills dentro, serán lo que marque la diferencia –dijo la chica. Su boca emitía una leve pestilencia dulzona a comida a medio digerir.
–¿Jaulas? –dijo Fat Man.
–Para las gogós. Las vio en Nueva York –dijo la chica.
–Pensamos instalar una jaula para la Reina. La Jaula de la Reina –dijo Dolly–. Quedará genial en la valla publicitaria.
Jester arrojó su cigarrillo por la ventanilla y se puso a silbar suavemente el aviso para la línea de salida.
–Solo es una de mis ideas –dijo Dolly–. Tengo más. Y se nos irán ocurriendo muchas más a medida que vayamos avanzando. Nos volverá a situar en el mapa.
–Nos volverá a situar en el mapa. Ella puede hacerlo –dijo otra de las chicas.
Fat Man miró a las seis chicas que lo rodeaban. Estaban completamente hechizadas por Dolly. Estaban sometidas y superadas por su labia. Quizá todos lo estaban. Quizá iban a hacer lo que Dolly quería que hiciesen, sin importarles lo que ellos quisiesen.
–Vale –dijo Fat Man–. Lo veo. Entiendo lo que quieres y lo que estás haciendo con el dinero. –Mientras hablaba se giró y se inclinó hacia el Buick. Rodó.
–Un momento, espera –dijo Dolly–. Te he mostrado solo el esqueleto. Nada más que el esqueleto. Ahora falta rellenarlo.
–Lo entiendo. Lo sé –dijo Fat Man. Se le habían manchado los pantalones beis con el polvo blanco del fosfato. Tenía polvo en el pelo y en la boca. Sus tiernos pies lo estaban matando. El aire inundaba sus narices con lonchas de jamón frito, mantequilla derretida y pan recién horneado. Tenía que alejarse de ella porque sabía que si no comía algo pronto corría el peligro de que le diese por vender Garden Hills, su casa y su alma por un sándwich de mantequilla de cacahuete.
Se dejó caer en el asiento trasero del Buick. El coche corcoveó y se sacudió mientras él se recolocaba. Ellas lo miraban. Los ojos de las jovencitas se deslizaron como rastrillos por su espalda mientras él se revolvía en un océano de carne y sudor. Cuando por fin logró incorporarse, Dolly se montó a su lado y el motor rugió. Las chicas se dieron la vuelta y descendieron en fila india hacia Garden Hills. A Fat Man se le nubló la vista por el esfuerzo y el sudor, pero le dio la impresión de que seguían manteniendo el paso cuando desaparecieron por el borde de la excavación.
–A casa –susurró Fat Man a la nuca de Jester.
–A Reclamation Park –dijo Dolly.
Al llegar a la gran superautopista, a Fat Man ya le costaba menos trabajo respirar. Se metieron bajo los gruesos árboles verdes y aparcaron a la sombra. Ante ellos se extendían unos setos con diseños geométricos. Había una fuente de agua cristalina que brotaba de un león de mármol en el centro del parque entre dos palmeras doradas de Malasia. Los pájaros cantaban. Al otro extremo del parque, justo enfrente de donde habían dejado el Buick, se alzaba un busto de bronce de Jack O’Boylan con una inscripción ilegible desde donde estaban. Pero Fat Man se la sabía de memoria; no le hacía falta leerla.
JACK O’BOYLAN RECLAMATION PARK
EL JARDÍN EN EL QUE SE ENCUENTRA AHORA SE EXTENDERÁ ALGÚN DÍA POR TODAS LAS COLINAS. JACK O’BOYLAN RECLAMA LO QUE LE PERTENECE. MIENTRAS CONTINÚEN LAS OPERACIONES MINERAS, CONTINUARÁ ASIMISMO EL PROGRAMA DE EMBELLECIMIENTO DEL PAISAJE. LA GENTE SE LO MERECE.
Era el cartel estándar de Jack O’Boylan. Se los producían en serie en Elmira, Nueva York. Lo plantaron al mismo tiempo y de la misma forma que el parque: instantáneamente. Después de abrir el agujero de diez hectáreas y de levantar Garden Hills al fondo, trajeron el parque sobre una caravana de cincuenta camiones y lo tendieron como si fuese una alfombra. Era el parque estándar de Jack O’Boylan. Se los producían en serie en Peoria, Illinois. Fue un acto de magia: la hierba creció, brotaron las flores, los árboles comenzaron a mecerse y el olor de la primavera flotó y se expandió por Garden Hills. Perforaron un pozo e instalaron un sistema de riego. En mitad de la noche, cada noche, llovía. Y luego, a lo largo de los largos y sofocantes días de intenso calor, bajo aquel sol abrasador que hacía que te saliesen ampollas, cuando el aire se transformaba en ceniza y la nube que cubría Garden Hills se volvía amarillenta, en días semejantes, la gente alzaba la mirada y contemplaba Reclamation Park, húmedo e imposiblemente fresco en el horizonte. Y más adelante se extendería por todas las colinas. Los protegería y los mantendría. Es lo que decía el cartel. Para ellos era un acto de fe.
Y ahora era propiedad de Fat Man. El estado se encargaba de desmochar, podar y cortar el césped, y –con el consentimiento de Fat Man– permitía su uso público como área de descanso. Pero Fat Man era el dueño, igual que de la refinería de tres plantas y de los quince kilómetros cuadrados de terreno minado con trescientas quince lagunas sin peces y doscientos trece montículos de tierra, uno de ellos tan pronunciado que habían acabado bautizándolo como Phosphate Mountain.
–Mira la cola que hay para el telescopio –dijo Dolly–. ¿Es o no es una pasada? –Consultó el reloj de su muñeca–. Las once y cuarto, un lunes por la mañana, y mira.
Trece personas, una detrás de otra, cada cual con su moneda de veinticinco centavos lista en la mano. Y no dejaban de llegar más coches. Las familias desplegaban sus merendolas sobre las mesas de cemento de pícnic que había bajo los árboles. Las cortinas de las ventanillas traseras del Buick estaban echadas y Dolly miraba por la rendija abierta entre dos pliegues.
–Descorre la cortina, corazón, y echa un buen vistazo.
–Ya lo veo por ahí delante –dijo Fat Man.
–No te importa que me baje y me acerque un momento al telescopio, ¿verdad? –preguntó Dolly–. Nos sería de gran ayuda que pudiese escuchar lo que dicen. Nos daría claves para la promoción.
No esperó su respuesta, se bajó.
En cuanto se hubo ido, Jester, sin darse la vuelta, dijo:
–Iceman dice que es una puta loca.
–¿Cuándo?
–Esta mañana. Me paré a ver el caballo.
–No me sorprende.
–Me dijo que no te lo dijese.
–Vale. –Fat Man respiró hondo–. ¿Estás conmigo, Jester? ¿Sigues estando de mi lado?
–Claro –dijo Jester sin apartar la mirada del parabrisas.
–Antes, en la refinería, dije que a casa. Y me has traído aquí.
–La señorita Dolly dijo que a Reclamation Park.
–Pero yo dije que a casa. Y yo soy el que paga. Instalé a tu putilla en la cabaña y te puse electricidad. Pago yo. Dolly no puede hacer nada por ti. No puede hacer nada a no ser que yo le diga que lo haga.
–Vale –dijo Jester.
–Solo quiero advertirte de que te andes con ojo. No te vendas barato.
–Vale –dijo Jester.
Dolly se había puesto a hablar con la gente de la cola. Sonreía. Sonreían. A pesar de la distancia, podía distinguir sus bocas y sintió un escalofrío en la nuca, un estremecimiento involuntario. De repente, uno de ellos estalló en carcajadas y toda la cola se sacudió. El que había rebuznado señalaba el cartel que había debajo del telescopio. Las LOCALIZACIONES. Acto seguido, dirigió el dedo hacia la laguna más grande de Garden Hills. La capa de verdín que la cubría era lo bastante densa como para caminar por encima. Como hielo verde. Allí estaba enterrada la madre de Fat Man. Era el punto catorce de las localizaciones. Desde donde estaban y con el telescopio parecía una esmeralda. Y por eso Dolly le había puesto ese nombre en las localizaciones: LA ESMERALDA.
–¿Tienes cambio, amigo?
Era un hombre delgado con medio halo de pelo muy rojo alrededor de un cráneo resplandeciente. Ladeaba la cabeza con los codos apoyados en la puerta para mirar a Jester.
–¿Cambio? –dijo Jester.
–Para el telescopio, amigo. Monedas de veinticinco. ¿No tendrás...? –Bajó la vista y se fijó en los pedales extendidos del freno y del acelerador adaptados a las piernecitas de Jester–. Digo que si... –Y entonces se fijó en Fat Man en el asiento de atrás. Con las cortinas echadas quedaba casi en la sombra. Se inclinó un poco más hacia el interior. Se le pusieron los ojos como platos. Se quedó con la boca abierta. Al momento, se recompuso y volvió a respirar–. ¿Tenéis... monedas... telescopio... de veinticinco?
–No –dijo Fat Man.
–Bueno –dijo el hombre. Parecía estar tratando de encontrar qué decir–. Yo... esto... lo siento... de veras que lo siento.
Se retiró.
–Wes dio en el clavo, ¿sabes? –dijo Fat Man–. Es una puta loca.
–Normal no es, eso seguro –dijo Jester.
–Pero no le vayas a decir a Wes que yo lo he dicho.
–De acuerdo –dijo Jester.
La cabeza de un niño apareció en la ventanilla de Jester. Una cabeza redonda de cabellos rojos. Lo había alzado un hombre para que se asomase. Fat Man vio las manos que sostenían al niño. El niño miró a Jester. Luego a Fat Man.
–AYLAVIRGEN –gritó el niño.
–Toca el claxon, Jester –dijo Fat Man.
Jester tocó el claxon y el niño siguió gritando con toda su alma: «¡AYLAVIRGEN!». Todos los que estaban en la cola del telescopio se giraron hacia ellos. Dolly sacudió los brazos y señaló hacia Garden Hills. Pero los de la cola siguieron con la mirada clavada en el Buick y en el niño pelirrojo enloquecido. La gente que estaba en las mesas de pícnic se levantó. «Rápido, rápido», gritó alguien. «¡Ha pasado algo!». «¡AcciDENTE, acciDENTE!», aulló otra voz. Y el coche comenzó a mecerse sobre sus suspensiones cuando la gente, para mirar más de cerca, se precipitó sobre la carrocería. El parabrisas se llenó de caras. Colaban la cabeza por las ventanillas. Los que no podían ver pedían explicaciones desde atrás. Los que veían algo respondían a gritos que había que verlo para creerlo. Al final, se abrió la puerta y Dolly saltó al interior del coche junto a Fat Man. Había perdido el sombrero. Se le había desgarrado la costura del vestido blanco a la altura del hombro. Jester había puesto el coche en marcha, pero tuvo que avanzar despacio por miedo a espachurrar y matar a algún turista.
–¿Por qué no viniste? –exclamó Fat Man– ¿Por qué no viniste cuando Jester hizo sonar el claxon, maldita sea?
–La multitud me lo impedía –dijo ella. Sonreía. Apretó sus pechos contra él y le enlazó el brazo–. Venga, Mayhugh, vamos a comer. Ahora sí que nos vamos a poner hasta arriba.
3
El aviso para la línea de salida del hipódromo de Belmont resonó en la casa silenciosa. La larga nota punzante del clarín saltaba desde la habitación y rebotaba por las paredes y el techo. Para Jester era el mejor sonido del mundo. Era la batalla. Era la victoria. Era el rostro blanco de la multitud suplicándole que dejase ganar al semental, que lo hiciese ganar. Daba vueltas y más vueltas, y se le enrollaba en la cabeza hasta que el mundo se transformaba en un caballo y él era el jockey. La sangre se le ennegrecía con el esfuerzo.
Y ese era el motivo por el que había puesto el televisor a todo volumen, para recibir aquel sonido. Y al estar tan alto, Fat Man podía oírlo a través de la pared del cuarto de baño donde estaba a remojo en la bañera, flotando, medio sumergido, como un extraño hipopótamo blanco, y también podía oírlo Wes Westrim desde lo más hondo de Garden Hills, que acababa de llegar de Beverly con el cargamento de hielo para encontrarse con su hija en el salón, enfrente del sofá (el sofá hecho con el asiento delantero del Buick), con su bañador negro y la cara hundida en un libro de Killer Joe Piro3, mientras se catapultaba por encima de los muebles, y también Lucy creyó oírlo desde la cabaña en la ladera de Phosphate Mountain, porque sabía a qué hora empezaba la carrera de Belmont y porque amaba a Jester más de lo que se amaba a sí misma.
Jester había juntado dos sillas y las había cubierto con una manta doblada. Se montó a horcajadas sobre la manta con las botas bien enganchadas a los respaldos. Los caballos desfilaban hacia sus puestos. Su montura se hinchó entre sus piernas. Apretó sus diminutas manos de acero. La pista oval del hipódromo formaba un iris en el ojo resplandeciente de la pantalla del televisor. Por la mañana, justo antes de que saliera el sol, en una pista como esa reinaría el mismo silencio que en el interior de un ataúd enterrado. Una bruma gris cubriría la zona interior. Luego, de la mañana húmeda surgiría una procesión silenciosa de hombres y animales: purasangres cubiertos y mozos de cuadra, entrenadores, ejercitadores e incluso –de vez en cuando– un jockey famoso. Los hombres se acodarían en las barandillas con el cronómetro en la mano. Retirarían las coberturas de los grandes caballos antes de conducirlos a las pistas, con las orejas rígidas y las narinas inflamadas. Los ejercitadores con sudaderas y gorras de equitación, pequeños como monos, se subirían a los estribos de hierro. Jester tenía catorce años y lo llevaba en la sangre. Era bajito, duro, comprometido y estaba muy bien entrenado. Llevaba toda la vida rodeado de caballos, porque había nacido en Ocala, Florida, lo había descubierto una agencia de jockeys a los diez años y se lo habían llevado a vivir al boyante Criadero de Caballos Ponce de León. Se encargaba de abrevar y de dar de comer a los caballos, de almohazarlos y cepillarlos, los sacaba a pasear y dormía con ellos en los establos. Metía los brazos hasta los codos en vasijas de barro, alzaba los brazos y abría y cerraba las manos entre cinco y diez minutos, hasta que los músculos de los antebrazos y las muñecas se le abultaron y se le volvieron nudosos. Hablaba con los ejercitadores, con los entrenadores, con los jockeys y, al final, con los caballos. Pasaba por delante del establo oscuro de un purasangre de doscientos mil dólares en mitad de la noche y se detenía para susurrarle cosas, para suplicar y conversar con el instrumento de su salvación.
–Ah, caballo negro –canturreaba–. Caballo, caballo.
El caballo lo sacaría de Ocala, de la pobreza, de ser la mitad de grande y el doble de negro que cualquiera que hubiese conocido hasta entonces. No le cabía la menor duda, jamás lo había dudado. Todo el mundo lo sabía. Tenía la confianza de un propietario, los conocimientos de un entrenador y la constitución de un jockey. Con fe hizo que su dentista le pusiera un diamante y un corazón de oro en la boca. Una predicción.
Jester se sabía perfecto. Lo supo la mañana en que ocupó con catorce años su puesto en la solemne procesión que se dirigía a la pista la primera vez que montó a lomos de un purasangre en calidad de ejercitador. Lo supo al observar a los hombres que tomaban posiciones en la barrera con los cronómetros preparados. Lo supo al ver cómo le quitaban la manta a Roman Lover.
El propietario en persona fue quien lo ayudó a montarse en la silla. El señor Griggs no estaba allí para ver a Roman Lover, que ya había ganado cerca de un cuarto de millón de dólares el año anterior, sino para ver a Jester, que por aquel entonces ganaba veinte dólares a la semana en régimen de pensión completa. Pero el señor Griggs ya lo tenía bajo contrato. La agencia de jockeys se había encargado de arreglarlo y era el mejor contrato que el señor Griggs había acordado hasta entonces con un jinete.
–Lo llevas en la sangre, chaval –le dijo el señor Griggs, dándole palmaditas en la pierna–. Vas a ser de los grandes.
Pero Jester no lo escuchaba. Estaba sintiendo el caballo. Ascendía desde la embocadura y recorría las riendas hasta llegarle a las manos, se le transmitía por los brazos y le llegaba al corazón. Era como si supiera que acabaría siendo así. No había absolutamente nada comparable con el hecho de haber nacido y haberse criado para hacer lo que, al final, un buen día, te sorprendías haciendo: un caballo en la línea de salida con él a las riendas. Las horas de entrenamiento con las vasijas de barro habían dado su fruto. Sus antebrazos lucían sólidas maromas de músculo palpitante y se le distinguían los tendones, como cables de acero, en el dorso de las manos. Dominaba al caballo y lo manejaba como si fuese el propietario.
Condujeron a Roman Lover hasta el cajón de salida portátil. Iban a ser dos kilómetros en poco más de dos minutos.
–No lo deis todo –le había advertido el entrenador–. Mantén la velocidad con la mano y déjalo que corra a su aire.
Roman Lover respiraba con ráfagas cortas y agitadas. Se estremecía.
La portezuela de hierro se abrió de golpe y se lanzaron a la carrera. Un impulso aéreo y poderoso que no se parecía a nada que Jester hubiese experimentado hasta entonces, pero, al mismo tiempo, exactamente como había sabido que sería. Roman Lover corría sin anteojeras, como de hecho hacía en las carreras de verdad, porque no era un caballo asustadizo al que le pudiese dar por girar bruscamente. Encontró enseguida el ritmo y ya no lo abandonó. Y ese fue uno de los motivos por los que Jester no pudo prever lo que iba a suceder en la última recta.
Sin ni siquiera alterar el paso ni alzar las orejas, como habría hecho de haberse asustado por algo, Roman Lover se desvió de su trayectoria y embistió la barrera de tres rieles; lo que le hizo salir proyectado al cielo en un ángulo de cuarenta y cinco grados y aterrizar de lado sobre las cuatro líneas de alambre de espino que rodeaban las paredes de hormigón de un almacén de equipamiento para, al final, tras recuperar parcialmente el equilibrio, estamparse de lleno y a velocidad de vértigo contra la pared de cemento. Roman Lover se mató en el acto, del mismo modo que las esperanzas de Jester de llegar a ser un jockey célebre algún día.
Roman Lover fue el último caballo que montó: acabó con una pierna rota, una clavícula fracturada y una conmoción cerebral. Se pasó dos meses sin poder dormir más de dos horas seguidas sin despertarse a gritos ante la visión de aquella pared de hormigón que se le venía encima a cerca de cincuenta kilómetros por hora. Pero, poco a poco, el sueño remitió. La pierna y la clavícula sanaron. Sanó todo menos el miedo. Y el miedo era una cosa viva que crecía en su interior día y noche. Lo sujetaba igual que él al caballo. Y cada vez que lograba calmarse, el miedo lo agarraba con más fuerza.
–Sigues siendo mi jinete –dijo el señor Griggs–. No fue culpa tuya.
–No hubo ningún motivo para que Roman Lover hiciera lo que hizo –dijo el entrenador–. No hay nada que pudieras haber hecho, ni tú ni nadie.
Los caballos no se suicidan, pero eso era lo que había hecho Roman Lover. Ningún perro se había colado de pronto en la pista. Ninguna bandada de perdices había salido volando de la pista interior. Nada había espantado a Roman Lover. Lo había hecho y punto: se había suicidado, y ya de paso casi había matado a Jester.
Y al no haber causa ni manera que explicase lo sucedido, Jester fue incapaz de mirar un purasangre sin imaginarse la pared de hormigón y el instante del impacto a cincuenta kilómetros por hora. Si un caballo lo había hecho, ¿por qué no lo haría cualquier otro? ¿Por qué no todos los caballos? ¿Qué podía hacer un hombre cuando no existía ninguna causa? ¿Cómo defenderse ante eso?
Y así fue como Jester dejó el Criadero de Caballos Ponce de León la noche en que debería haber vuelto a montar. Y esa era la razón por la que, a horcajadas sobre las sillas con respaldo de listones, había puesto la televisión a todo volumen, para recibir el aviso de salida al que ya jamás respondería.
El volumen estaba tan alto que hacía temblar el agua en la que Fat Man yacía inmerso y medio inconsciente a causa de la comilona que Dolly le había hecho ingerir antes de irse con el Buick a Beverly para indagar sobre los precios de la pintura roja y los ventiladores de techo. Para Fat Man, darse un baño fresco después de una comilona era una de los máximos placeres imaginables. Sumergirse lo aligeraba y le proporcionaba una libertad que no podía encontrar ni experimentar en ninguna otra parte. Y aunque no le gustaba que le disturbase el aviso de salida de la carrera de Belmont, en realidad, no había nada que pudiese hacer al respecto.
Jester era un lujo extravagante e increíblemente caro. Pero ningún milagro resulta barato. Y este salía el doble de caro porque tenía que vestirlo con trajes de seda cortados a medida y con botas especiales de jockey cosidas a mano. Fat Man alzó la mirada hacia la puerta abierta del armario donde estaba su tabla de peso, su biografía. Ciento treinta y tres kilos y ciento trece gramos. Ahí estaba, el peso, la primera vez que vio a Jester. Un día oscuro y sulfuroso. Fat Man acababa de regresar de la Universidad del Norte de Florida, de la que escapó vivo por muy poco. Su coche, el asiento de atrás, el asiento de delante, el suelo, el maletero, incluso la baca: el coche entero cargado de libros. Si no podía volver a la universidad, se llevaría la universidad con él. Al detenerse junto a la casa se encontró a su padre agachado al lado de un rosal del jardín delantero. Del rosal nunca brotaban rosas a causa de la nube amarilla que sobrevolaba permanentemente la casa y de aquella arenilla como ceniza que se arremolinaba desde la explotación minera; pero, de alguna manera, se las ingeniaba para sobrevivir. Fat Man se bajó del coche y entró en el jardín. En aquellos días era ligero de pies. Casi delicado. Su padre alzó la vista para mirarlo.
–Está muerta –dijo–. No pudo soportarlo y está muerta.
–Sí, papá, está muerta. No pudo soportarlo y está muerta.
Estaban hablando de su madre. Llevaba diecinueve años muerta, desde la noche en que Fat Man vino al mundo con un peso más o menos corriente de cuatro kilos. Su muerte hizo que su padre enloqueciese discretamente. Muy discretamente. Nunca gritaba. No despotricaba. Se acercaba al pueblo en coche, hacía la compra y volvía sin contratiempos; podía batir unos huevos y hacerse una tostada y un café para desayunar. Pero estaba loco de remate. A veces le daba por pasearse desnudo por Garden Hills. Alrededor de una vez al mes intentaba lanzarse a las trituradoras de la mina para transformarse en fosfato. Al final, lo logró. Nunca lo encontraron. Nadie llegaría jamás a decirlo en voz alta, pero se dio por sentado que lo vendieron en una bolsa. Y de haber sido así, se hizo justicia. Era su sueño más anhelado hecho realidad. Fue su castigo.
Su mujer le había enseñado todo a propósito del castigo. Procedía de un nido de religión en lo más profundo de los palmitos salvajes, donde se supone que no tendría que haber gente. Vestía de negro, siempre llevaba consigo una Biblia negra y el padre de Fat Man, que se llamaba Mayhugh, jamás la vio desnuda, lo que constituía una de las grandes decepciones de su vida. Era una mujer de caderas anchas y piernas poderosas, con unos pechos que atormentaban los sueños de cualquier hombre hambriento. Y él llevaba años soñando con ella antes de que Jack O’Boylan llegase a Garden Hills. Y entonces, con el dinero de Jack O’Boylan, pudo casarse con ella y llevarla a Garden Hills. Pero a ella nunca le gustó. Le repugnaba la reproducción de La Creación de Miguel Ángel en el techo del baño. No conocía el nombre del cuadro ni quién lo había pintado, pero saltaba a la vista que Adán estaba en pelotas. Era la primera entrepierna que veía en su vida, y jamás volvería a levantar la vista hacia el techo.
–Es obra del diablo –decía.
Pero el padre de Fat Man, tendido en la bañera, se limitaba a reírse de ella superponiendo la cabeza de su mujer sobre los hombros de Adán, imaginándose que el Adán en pelotas era ella.
–El cuerpo es obra del diablo –decía ella.
Engendró a su hijo con su mujer completamente vestida y calzada en una habitación a oscuras en mitad de la noche, con las mandíbulas apretadas, haciendo rechinar los dientes y comprimiendo la Biblia con las dos manos sobre sus pechos. Y a medida que se le fue hinchando la panza, su convencimiento de que Garden Hills era el Infierno no hizo sino aumentar.
–¡Huélelo! –le gritaba en mitad de la noche–. ¡Azufre! ¡El fuego y la ira de Dios!
Para entonces, la operación de Jack O’Boylan estaba en pleno apogeo. De la campiña circundante llegaban estruendos de guerra. Explosiones de pólvora como cañonazos. El olor acre del gasóleo, la gasolina y el aceite ardiendo en el aire. Se habían cavado trincheras. Los hombres se lanzaban órdenes a gritos y se batían en retirada ante el paso de bestiales camiones y buldóceres que se escoraban y avanzaban como tanques. También se habían instalado puestos de socorro para tratar las manos mutiladas y los muñones ensangrentados de las piernas y los brazos de los hombres que se jugaban la vida para cumplir con el calendario de Jack O’Boylan.
El padre de Fat Man se vio atrapado entre Jack O’Boylan por un lado y su hinchada mujer obsesa de Dios por el otro. La tenía encima día y noche. Ya no disfrutaba de su casa. Dejó de amar su cuenta bancaria. El hombre en pelotas del techo de su cuarto de baño empezó a apestar. Metió truchas en la bañera. Se le enrojecieron los ojos. Comenzaron a temblarle las manos. Y entonces, el día previo a la muerte de su mujer en un clímax de oraciones y hemorragias sobre el lecho del parto, ella le lanzó un último argumento irrefutable. Se dirigió a él con andares de pato y el vientre balanceándose como la trompa dilatada e hipertrofiada de un elefante y alzó su Biblia hacia Garden Hills.
–¡Ni un solo hombre sabe lo que está haciendo ahí fuera! –exclamó–. ¡Ni uno!
Lo agarró de los hombros y le dio un meneo.
–¡Ni uno solo sabe por qué hace lo que hace en este lugar dejado de la mano de Dios! –Lo sacó a trompones de la casa–. Ve y pregúntales si saben lo que están haciendo. ¡Pregúntales!
Y fue. Preguntó a los hombres que cavaban al fondo de los hoyos por qué cavaban; preguntó a los hombres de los buldóceres que amontonaban tierra formando montañas por qué amontonaban tierra formando montañas; preguntó a los hombres que tendían los cables por qué tendían cables. Y nadie tenía la más remota idea. A todos les habían dicho que lo hicieran, pero nadie sabía por qué.
–Nadie sabe por qué –dijo su padre, agachándose y soplando la ceniza del rosal.
–No, ni uno –dijo Fat Man.
Hasta donde alcanzaba la memoria de Fat Man, al igual que la muerte de su madre, aquel había sido otro tema de conversación recurrente. Su padre subía enfurecido de Garden Hills, gritando: «¡Nadie lo sabe! ¡Nadie lo sabe!». Al momento, hacía una pausa y se volvía para mirar el lugar donde las máquinas giraban y colisionaban, y se le iluminaba el rostro.
–Jack O’Boylan sí que lo sabe, pero no está aquí, y no suelta prenda.
Luego estallaba en carcajadas y acababa hecho un mar de lágrimas a causa de todos aquellos hombres que cavaban, apilaban y tendían cable.
Pero Fat Man sabía que su padre estaba como un cencerro y que Garden Hills era un sitio ordinario de un mundo ordinario. Era verdad que nadie sabía lo que estaban haciendo en la explotación minera; pero en una cadena de montaje nadie necesita saberlo. Cada cual se encarga únicamente de la tarea que tiene delante –cortar un cable, apretar un tornillo, cavar un agujero o cubrirlo–, y alguien en alguna parte hace que todo eso combine para obtener un resultado final: fosfato. Todo era de lo más sencillo. Fat Man lo entendía. Hasta sabía que un sucio anciano de barba piojosa que vivía a un océano de distancia, en Florencia, Italia, fue el primero en ver a Dios extendiendo el brazo para tocar a Adán hacía unos seiscientos años, y que esa visión había llegado a alojarse por intermediación de Jack O’Boylan en el techo de su cuarto de baño. Y él, Fat Man, lo había heredado todo. Claro que, por supuesto, no podía contarle eso a su padre, agachado allí como estaba, desempolvando el rosal.
–Venga, papá. Vamos a comer –dijo Fat Man. Sujetó al anciano por el codo y lo ayudó a incorporarse.
–¿Ya quieres comer otra vez? –preguntó su padre.
Su última comida juntos había sido hacía tres meses, la mañana en que Fat Man se fue para cursar su primer semestre en la Universidad del Norte de Florida. Y en ese tiempo Fat Man descubrió los libros, perdió la virginidad con el campeón de los corredores de fondo de la universidad y estuvieron a punto de matarlo. Pero aquellos tres meses no habían sido más que una mañana en la mente del loco, una sinapsis centelleante entre el desayuno y el almuerzo.
–Jester ya nos lo tendrá preparado –dijo su padre–. Si ya es hora, Jester lo tendrá listo.
Fat Man sabía que era mejor no perturbar la tranquilidad de la locura de su padre preguntándole quién era Jester. Así que lo siguió desde el jardín por los escalones de mármol, atravesaron el suelo de pizarra del porche y cruzaron el alto vestíbulo cubierto con paneles de ciprés hasta la cocina. Y allí estaba Jester, con un peto apretado de niño y botas de jockey gastadas fulminándolo con la mirada por encima de una bandeja de jamón frito.
–A comer –dijo Jester–. ¿Tú también?
Y sin esperar respuesta, Jester comenzó a lanzar más lonchas de jamón a la sartén grasienta que crepitaba en el fuego.
Fat Man comió durante aquella velada más de lo que había comido en toda su vida. Permaneció sentado, paralizado y mudo, mientras su padre mantenía un diálogo consigo mismo, lleno de interjecciones de su mujer muerta y palabras reveladoras de Jack O’Boylan. Fat Man, sin oír una sola palabra, se dedicó a seguir a Jester con los ojos. Tenía una gracia, un aplomo y una musculatura que Fat Man podía sentir en la lengua y degustar en el paladar. Jester era más bello que un campeón de carreras de fondo; pero lo mejor de todo era que estaba concentrado, condensado. La suya era una definición corporal más allá de la cual nada podía existir.
El padre de Fat Man, que hablaba sin comer, que estaba en aquel entonces más demacrado que cuando Jack O’Boylan le entregó los primeros cincuenta mil dólares, se levantó de la mesa sin dejar de hablar, se marchó en pelotas a Garden Hills y jamás se volvió a saber de él.
Fat Man se sumergió y emergió con el último toque del aviso de salida que hizo que Wes Westrim se volviese en el porche delantero de su casa y sacudiese el puño en dirección a la residencia de Fat Man. Wes odiaba aquel sonido. No pertenecía al Garden Hills que amaba y anhelaba. Un sonido como aquel jamás se habría escuchado en los buenos viejos tiempos y Fat Man lo detestaba porque fue poco después de que se presentara Jester con ese sonido cuando se abatió sobre Garden Hills aquel horrible silencio, aquel silencio que aún persistía sin interrupción desde entonces.
Wes abrió la puerta y le faltó muy poco para ser atropellado por su hija volante. Llevaba un libro en la mano, una sonrisa de cemento incrustada en la cara y una increíble vibración en la curvatura de la pelvis.
–¿Qué? ¿Qué? –exclamó Wes.
Su hija se detuvo. Su pétrea boca azul se desprendió de la sonrisa.
–El libro –dijo ella.
–¿Qué? –quiso saber Wes. Se refería al baile, a los brincos.
–El libro –dijo su mujer, que estaba sentada en el asiento delantero del Buick. Era un pequeño montículo con un vestido de percal y una cara blanca y grumosa.
–Es como se hace en una jaula –dijo su hija.
–¿Como se hace qué en una jaula? –preguntó su padre.
–Bailar. Verás, se cuelga una jaula del techo y si gano me tocará meterme en ella. Todas tenemos que entrenar, por si ganamos.
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