Kitabı oku: «Para mi biografía»
Para mi Biografía
Vida y obra del autor de Soy boyacense
Héctor José Vargas Sánchez
Compilador:
Héctor Adolfo Vargas Ruiz

© Héctor José Vargas Sánchez
© Para mi Biografía. Vida y obra del autor de Soy boyacense
ISBN papel: 978-84-685-6595-8
ISBN ePub: 978-84-685-6594-1
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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Nací muriendo,
viví sufriendo y
moriré viviendo.
Nací creyendo,
viví esperando y
moriré engañado.
Nací queriendo,
viví adorando y
moriré olvidado.
Nacer no es tan difícil,
vivir es un milagro y
morir es necesario.
Índice
AGRADECIMIENTOS
PRESENTACIÓN
PRÓLOGO Y PREFACIO
INTRODUCCIÓN
1. MI SITIO
2. MI PASADO
3. MI CUERPO
4. MIS DIFICULTADES
5. MIS ENTORNOS
6. MI PRÓJIMO
7. MIS OPORTUNIDADES
8. MIS FORTALEZAS
9. MIS AMENAZAS
10. MI PATRIA
11. LA CAPITAL
12. MI TIERRA
13. MIS LARES
14. MIS AMIGOS
15. MIS DEDICATORIAS
16. MI COSECHA
17. MI FINITUD
ANEXOS
CATÁLOGO DE PARTITURAS
CATÁLOGO DE COMPOSICIONES
AGRADECIMIENTOS
Este libro fue posible gracias a mi madre Ana Julia Ruiz Amaya por su permanente e incondicional respaldo, ánimo e interés en que se publicara. También por la disposición de los manuscritos de mi padre y de su álbum de fotografías.
Gracias a mi hija, la Doctora Naira Esperanza Vargas Galindo por animarme y ayudarme a dar los pasos en firme para lograr esta publicación.
A mi sobrina, la lingüista Luna Catalina Beltrán Vargas por la revisión de estilo y corrección lingüística.
A Carlos Mauricio Romero Romero por la portada, digitalización y restauración de las fotografías.
Al Maestro Fredy Fonseca por la transcripción musical de gran parte de la obra de mi padre y al maestro Francisco Cristancho por las primeras transcripciones.
A mis hermanos Elkin Yury y Julia Amparo por sus reflexiones sobre este proyecto.
A mi esposa Doris Galindo por su posición frente al libro.
A Viviana Romero por los retoques finales del texto.
La división por capítulos se basó en la obra del Doctor Jaime Escobar Triana “Dimensiones ontologicas del cuerpo” y en el sistema DOFA de Maxneef.
A todas las personas que de una u otra forma contribuyeron con la realización de este proyecto: Gracias.
PRESENTACIÓN
El libro que les presento a continuación es la compilación hecha por mi padre durante más de dos decenios: de la vida y obra artística musical de mi Abuelo, quién falleció ya hace 25 años y que este año cumpliría un centenario de vida, mismo que en vida inició este proyecto al que denominó: “Para mi biografía” escribiendo a puño y letra el contenido de estas páginas en un ahora viejo y desgastado cuaderno común (que reposa, gracias a la intervención de mi Abuelita Julia, en el archivo de la biblioteca nacional para su conservación) texto que mi padre ha trascrito inicialmente a máquina de escribir y recientemente ha digitalizado junto al contenido de otros tantos papeles, un “libro verde”, hemerotecas, libretas personales, pequeñas hojas sueltas que hemos atesorado en archivos familiares, como también grabaciones de audio domésticos guardados en cassettes, y algunos otros fonogramas encontrados en varias fonotecas nacionales como la de la radio nacional y otras grabaciones como las de caracol radio y de la ya extinta radio sutatenza, además de fotografías y partituras de las obras musicales.
En estas páginas se muestra la vida de un hombre extraordinario, a quién yo he conocido a través de amigos y admiradores, siendo el número uno: mi padre, y he reconocido aún mejor a través de estas palabras escritas en las que él expone en prosa, verso y melodía su intimidad en una especie de autoautopsia, suya y de muchos que compartieron su momento histórico y geográfico; por medio de su relato y obras yo he podido viajar en el tiempo y experimentar sus vivencias sensoriales: a través de sus ojos vi un grupo de casas moviéndose, así describió su primer encuentro con algo desconocido para él: un tren; Olí la caja de mierda que recibió disfrazada de regalo siendo un niño vendedor de tintos en la fría Bogotá de los años 30, he escuchado los versos cantados por los promeseros que pasaban por su pueblo vía Chiquinquirá, he degustado la gastronomía boyacense que exalta en sus composiciones y he sentido las manos ásperas y los fuertes músculos de nuestros campesinos, así como la suavidad de otras pieles gracias a sus innumerables alusiones a la sensualidad femenina.
En este libro se leen muchas de sus vivencias hechas canción y también se muestra su legado que perdura tras su inevitable deceso físico, legado que expande mi pecho al saberme orgullosa heredera: al oír a mi abuelo en las voces que cantan sus canciones y sentirlo vivo en las manos que las interpretan, o sonreír en su presencia al esperar el cambio de luz del semáforo en las intersecciones cercanas a la plazoleta de las nieves en Tunja, en programas de radio u homenajes varios desde los más sencillos a los más solemnes, como el que espero atestiguar cuando se abra la “Cápsula del tiempo” en 2052, de estas y muchas maneras reconozco que su legado no es sólo mío, sino que es nuestro: de mi familia, de mis pueblos y paisanos: Boyacenses y Colombianos todos.
La vida y obra de mi abuelo son en conjunto una invitación a sentir la dicha de ser quiénes y de dónde somos y a conocer y ser embajadores de nuestra: “Historia, raza y paisaje, cultura, clima y riqueza” teniendo la certeza que “No hay en el mundo otra tierra que encierre tanta grandeza” “con sus vivos, con sus muertos y los que están por nacer”.
Naira Esperanza Vargas Galindo
PRÓLOGO Y PREFACIO
Hiende el espacio con su voz sonora,
El tiple rasga con pausado ritmo,
Canta el bambuco que, cual patrio himno,
Tiene en sus notas lo que más se adora:
Olor de campo, atardecer, aurora,
Recuerdos idos del placer divino.
Vuelca su canto en alegre ambiente
Al compás de música olvidada,
Recuerda a todos nuestra edad pasada,
Gustando el néctar del amor ardiente
Ante la reja de la novia amada:
Serenatas, amigos y aguardiente.
(Tunja, agosto de 1978)
Hay un hombre como artista consagrado
En el canto, en la música, en el trago;
Con su tiple, que maneja como un mago,
Toca y canta con amor de colombiano.
Otras veces, bien mareado y sin centavo,
Revélase atrayente y sugestivo.
Vive siempre cabizbajo y pensativo
Al sentir los efectos del guayabo.
Recibe mil aplausos cuando arranca
Girones de la Patria con su canto,
Aplausos que se tornan en quebranto
Si la fiesta se termina en una “tranca”.
Pedro A. Rosas
(Aquitania, Boyacá)
Sutamarchán
Vengo de Leyva con gran anhelo,
donde turistas vienen y van:
quiero embriagarme bajo este cielo
que te cobija, Sutamarchán.
Vengo a postrarme feliz y en calma
a tu santuario santo y divino;
traigo canciones dentro del alma
para las fiestas del torbellino.
Cuna bendita de un trovador
que, de Colombia, palmas merece
y ha enriquecido nuestro folclor
con su famoso “Soy Boyacense”.
En mis guayabos los lunes sigo
tras tu cuchuco entre risa y risa
y cuando calmo, cantando digo:
¡Que viva Suta y su longaniza!
Luis Salazar Ojeda
(Cocuy, Boyacá: 1907)
Prefacio
No sé si será fortuna
la de nacer y crecer,
porque vivir pa’ sufrir
¿qué fortuna puede ser?
De cuatro, quedé sin padre,
porque un tifo lo mató;
sin madre, quedé a los cinco,
porque ella me abandonó.
Una abuela octogenaria
de maternal corazón
fue, de mi trágica infancia,
mi guía y mi protección.
Mis juguetes siempre fueron
pica, pala y azadón
y por manjares, guarapo,
maíz tostado o mojicón.
De monaguillo serví,
alternando con la escuela:
mi única preparación
que pudo lograr mi abuela.
Luego, a servirle a la Patria,
a lista fue la llamada:
media vida y un fusil
sin servirme para nada.
Luego, el hambre me empujó
dizque a hacer versos sin rima,
sin métrica y sin mensaje
para ganarme la vida.
Héctor José Vargas Sánchez
INTRODUCCIÓN
Sentado frente a un destartalado escritorio, tan viejo como mi partida de nacimiento, muchas veces cavilé, pensando en la proximidad de mi muerte, para tomar la decisión de escribir sobre mi biografía y algo más, ya que, estando a las puertas del siglo veintiuno, es conveniente que las nuevas generaciones del pequeño mundo que me rodea, lean y se enteren de lo que fue una vida de frustraciones, incomprensión y orfandad.
1. MI SITIO
Nací el cuatro de julio de 1921 en un paraje cerca de Tinjacá. Eran los primeros días de un caluroso mes, momentos en que nuestro decadente Gobierno celebraba un nuevo aniversario de la Independencia de Estados Unidos, el mismo que veinte años antes, con los yankees, había cercenado a Colombia y dado el zarpazo a la provincia de Panamá, mientras el Gobierno recibía a cambio su “plato de lentejas”. Estábamos pasando los umbrales de los primeros cinco lustros del siglo veinte con un inventario de hechos intrascendentes, unos, y trágicos e infortunados, los demás; no bien terminada la guerra que se llamó “De Los Mil Días”, el Presidente de turno le estaba dando los últimos plumazos a las reglas que enseñaban a memorizar “Con zeta se escribe azada, vergüenza, pezón, ...” y algo más, cuando al cabo de unos años debió suceder lo inevitable: Al liberalismo le cobraban, con el asesinato del caudillo Rafael Uribe Uribe, el atrevimiento y osadía de medir sus fuerzas con el partido de Dios.
Por aquellos tiempos, la comarca se debatía en una alarmante pobreza, primero, por los efectos de lo que llamaron la Primera Guerra Mundial, acontecimiento que, originado en Europa, le tocó a nuestro país sufrir sus consecuencias en lo que concierne a la economía y a las pestes que, implacables, diezmaban los pueblos con la presencia del tifo, el sarampión, la viruela, la difteria y la malaria, entre las más terribles; segundo, por la prolongada ausencia de las lluvias y la violencia de los vientos; tercero, por el flagelo del piojo, el pito, la nigua, la pulga, la cuesca, el chirivico y el mismís, insectos éstos que no dejaban tranquilos ni a los santos de las iglesias, todo esto debido a la ausencia total de programas de saneamiento ambiental; y cuarto, a la modorra que se apoderaba de la población humana que, por ser descendiente de la nobleza española, le era humillante el trabajo material y un poco difícil el intelectual, por lo cual el ingenio popular producía coplas como éstas:
El juez pregunta al alcalde,
y ambos preguntan al cura,
llama el cura al sacristán
y el sacristán a Resura.
Son los jurungos de Turca
bichos, chivatos, patojos,
que abundan, pican y ofenden
como la nigua y el piojo.
Cuando el destino fatal
se adueña de una persona,
por más conjuros que se haga,
el piojo no la abandona.
Ni la abandonan tampoco
los odiosos chirivicos,
si no son niguas y pulgas,
cuescas, manetas y pitos.
En un tiempo era Guatoque
lo que hoy es Santa Sofía
desde que Segundo Sáenz
lo volvió carnicería.
A Muzo voy por el uso,
a Coper, por devoción,
a Maripí, por desgracia
y a Pauna, por maldición.
Pero ya pronto estaremos
ante la Virgen bendita
pa’ que nos haga el milagro
a cambio ‘e la limosnita.
Estas coplas rompían la monotonía de la región al paso de los promeseros que se desplazaban hacia el santuario de la Virgen más bella y milagrosa que el cielo y la tierra hayan tenido en los tiempos pretéritos, en los presentes y puedan tenerla en los venideros: la Virgen del Rosario de Chiquinquirá. En medio de esta danza de la pobreza, de la pereza y de la torpeza, nació este niño predestinado a ser durante su larga existencia, protagonista de una serie interminable de hechos insólitos, siendo primogénito del matrimonio entre Adolfo Vargas Sanabria, de diecinueve años de edad y Ana Elisa Sánchez Castellanos, de catorce. La criatura ya había sido sometida a una dura prueba desde el vientre de la madre, quien, en uno de esos arrebatos propios de la inexperta juventud, ante una ligera desavenencia conyugal, salió a veloz carrera y se lanzó al río que bajaba crecido, con tal suerte que fue rescatada a poca distancia por un cazador que acechaba una guagua. Una vez rescatada viva la joven esposa, fueron necesarios muchos remedios para evitar el aborto del primogénito.
A pesar de la escasez imperante en la región, en aquel hogar de Tinjacá había buena provisión, debido a la no poca heredad y a las actividades comerciales del jefe de familia, lo que permitía que allí se congregara una buena parte de la parentela paterna y la vida trascurriera en ambiente de camaradería y colaboración en los diferentes oficios propios del campo. Zapateaban grandes ollas de tiesto sobre fogones de piedra en el piso de tierra, dentro de las cuales, abundaban cereales, tubérculos y carne de ovejo, cuyos olores mezclados con el humo de los tizones traspasaban los techos y tejados y se metían preciso en las narices de los moradores, como preludio de una suculenta cena. El guarapo, más chicha que guarapo, era ingrediente indispensable tanto para quitar la sed como para templar el ánimo desgastado por la rudeza del trabajo diario. Así que, bajo el influjo de esta agradable bebida, y antes de apetecer la cena, el jefe del hogar sacaba su tiple, que tocaba con destreza, para entonar las últimas guabinas y torbellinos que había compuesto. Es grato recordar la sencillez de las cosas, el calor humano y la lentitud de los sucesos, no obstante el gran atraso en que se vivía en aquella región; así, mientras las muchachas se encargaban de arrimar el agua y la leña de los quehaceres de la cocina y el lavado de ropas, los muchachos se entregaban al manejo del ganado y de las labranzas.
En su corta existencia, mi padre fue muy afortunado, pues desde adolescente se distinguió como buen administrador de los bienes de sus progenitores; era tiplista y cantador, muy aficionado a la caza y a mantener muy bien amaestrada su jauría. Prestó el servicio militar y dejó varios hijos extramatrimoniales. Cuentan que, estando sentado cerca de unas matas de olivo entonando guabinas, acompañado de su tiple, de repente empezaron a gruñir y a danzar con un raro compás unos marranos que estaban amarrados muy cerca del lugar y sólo se aquietaron cuando mi padre suspendió su concierto, no sin antes observar que los tales cerdos, en el furor de su danza, habían reventado sus lazos y se habían defecado y orinado de la emoción experimentada. Por supuesto, este relato me llevó a interesarme desde muy niño por la música y el canto, aunque no por el extraño comportamiento de los cerdos.
Como el tiempo corría veloz en la casa de La Resaca, que así se llamaba la heredad, llegó la hora de bautizar al primogénito de aquel joven matrimonio, pero hubo que esperar un poco más, mientras se acordaba el nombre adecuado para el nuevo ser, pues mientras unos opinaban que debía llamarse Moisés, por haber sido salvado de las aguas, otros opinaban que no le campeaba ese nombre, porque no le veían la aureola del Espíritu Santo y, además, porque, por línea materna, era anticlerical, si se tenía en cuenta que al abuelo le gustaba leer todos los libros de José María Vargas Vila, por cuya mala maña había sido excomulgado por el cura de la parroquia. Al fin, sobre esta disputa, llegaron a un acuerdo las partes en litigio y le acomodaron un nombre que, para fortuna del recién nacido, estaba fuera del santoral. Para que las cosas no se fueran a complicar con el párroco del lugar, fue preciso celebrar el sacramento en la parroquia vecina de Sutamarchán, pero eso sí, con padrinos con las mismas inclinaciones vargasvilistas del abuelo: -Porque tengo con qué educarte – le decía el padre al recién bautizado- tendrás que ser un gran hombre para honra de la familia. Ya verás que pronto pasarán estos malos tiempos, mejorarán las cosechas, engordarán los ganados y mejorarán los negocios para que no nos falte nada. ¡Ah! pero será preciso que tengas hermanitos para que te acompañen.- Mientras transcurría esta plática, la criatura no hacía nada más que patalear en el canto del padre y mirarlo fijamente a la cara como queriendo darle las gracias por tan buenas y sinceras intenciones, además de que, con sus diminutas manecitas, trataba de arrancarle la nariz.
Mi feliz infancia quedó trunca a los cuatro años de nacido, pues mi padre murió de tifo en el año veinticinco, quedando mi madre viuda a la edad de diecinueve años. En aquella misma época, mi madre me abandonó para contraer segundas nupcias.
2. MI PASADO
Abuela Carlina Castellanos
Mi anciana abuela materna me recogió y se encargó de mi crianza en Sutamarchán, dentro de unas mendicantes circunstancias económicas, mientras mi madre dilapidaba en su nueva vida la no muy despreciable fortuna recibida de mi padre. Aquel pueblo, como toda esa comarca, se debatía entre una pobreza enfermiza y una somnolencia colectiva que parecía no tener remedio. Mi inolvidable abuela, quien estimulaba mis asomos de trovero desde cuando oyó ésta, mi primera copla,
Por la mañana cantó el curruco
y por la tarde bailé un bambuco,
me llevó a la escuela del pueblo donde me recibieron sin haber cumplido aún los cinco años de edad y desde aquel instante quedé involucrado en un revoltillo de edades que iban desde la mía hasta la de adultos que parecían ser mis padres.
Mi vida no podía ser más desastrosa: desde el maestro hacia abajo me maltrataban, porque, de todo lo malo que sucediera dentro del aula o fuera de ella, el responsable necesario era yo, pues a la vista estaba que era muy pobre, huérfano de padre, abandonado de mi madre, mi abuela entrando a la senectud y, lo que es más grave, nací zurdo, que para el profesor era lo mismo que haber cometido un pecado mortal. Entonces, por este grave pecado, llovían sobre mi infantil humanidad, muy frecuentemente, veintiocho ferulazos divididos entre mis manos y mis nalgas y cuando la férula se partía, entonces se recurría a la vara de rosa. Recuerdo que en una ocasión, aparecí con una gran cantidad de chichaguyes en las nalgas, lo que impedía sentarme cómodamente y, al hacer un imprevisto movimiento, regué un frasco de tinta sobre el cuaderno de mi compañero de pupitre. Ante tamaño disparate, me sacó el profesor y, delante de todo el alumnado, me dio tantos varazos que me reventó todos los forúnculos, dejándome inconsciente del dolor.
De este castigo, a la postre, me resultaron dos beneficios: el primero fue que alenté de los chichaguyes y el segundo fue que, desde el día siguiente a mi castigo y por el resto de mi año lectivo, el profesor me daba las suculentas onces que le llevaban todos los días a las tres de la tarde.
Por aquella época, la visita del cura a la escuela era muy frecuente para persuadir a los educandos de los peligros que corría la iglesia frente a esos ateos de la izquierda que siempre estaban en contra del partido de Dios. En esas pláticas se intercalaban algunos cantos que dieron pauta para que el cura me incorporara a la iglesia por mi buena voz y la facilidad para cantar el miserere y el pater noster, elevándome a continuación a la categoría de monaguillo, dignidad ésta que, misteriosamente, cuando acompañaba la misa vistiendo mi atuendo de mini proyecto de cura, hacía que yo anduviera unas cuartas arriba del suelo y hablara con Dios muy a menudo, hasta el punto de pedirle que no me dejara morir cuando una vez me hubo picado un alacrán, a lo cual me replicó diciendo que bien podía hacerme picar dos veces más de ese bicho, ya que yo estaba predestinado a soportar estoicamente el ataque de toda clase de alimañas hasta bien entrado a mi tercera edad.
Transcurría así mi vida, siempre pendiente de los cinco centavos por acompañar las misas dominicales y veinte por cada entierro de primera, hasta el día en que el cura me hizo comparecer ante su despacho, no para indagar, sino para dictarme la más injusta sentencia proferida por un Ministro de Dios: -Usted es un ladrón y no merece el honor de ser monaguillo, porque se ha robado la cabeza del Cordero Pascual que se estaba exhibiendo en el Monumento de Jueves Santo; por lo tanto queda destituido desde ahora mismo. -El Cordero Pascual era un monigote de azúcar que para saber que era un cordero se necesitaba ponerle su letrero y quien lo había descabezado para su propio beneficio era uno de mis compañeros de oficio, quien, para encubrir su falta, se anticipó a sindicarme a mí, porque así lo había dispuesto Dios.
Por supuesto, este hecho se sumó a otro que tuve que afrontar meses antes, cuando llegaron mis padrinos de bautismo un día de mercado, quienes, en un acto de gran generosidad, me regalaron la fabulosa cantidad de diez centavos, con los cuales tuve suficiente para llevar a la casa cuanto quise comprar: bananos, guayabas, naranjas, aguacates, panela, mogollas, bocadillos y panelitas de leche, lo que sorprendió a mi abuelita, quien no quiso creer que con tanto mercado hubieran sido tan generosos mis padrinos y, acto seguido, se dirigió a la alcancía donde tenía reservados los centavos del mercado y, al no encontrarlos, todas sus sospechas recayeron sobre mí. Entonces, fui aprehendido, castigado severamente, encerrado en un cuarto oscuro por espacio de tres días y amenazado tanto de llevarme a la capilla del cementerio para hacerme dormir con los muertos, como de quemárseme las manos por ladrón. Pocos días después, se descubrió que, quien había robado los centavos, era una muchacha que visitaba muy frecuentemente la casa. Pero mi castigo no tuvo reverso, porque así lo había dispuesto Dios. Después de que mi inolvidable abuela me absolviera del castigo por el imputado robo de sus centavos, fue mucho más el cariño y la compasión que le inspiré, más sin comprender el trauma que en adelante me debía sobrevenir.
Con un amigo decidimos un día volarnos de la casa hacia Chiquinquirá. Allí me desmayé al ver una hilera de casas que poco a poco con ruido estrepitoso se iban deslizando de costado vertiginosamente. Cuando recobré el sentido pregunté por las casas que había visto y me explicaron que no eran casas, sino los vagones del ‘tren’ (del que hasta ese momento oía hablar). Respecto al plan, quedó frustrado, pues nuestros parientes en Suta habían dado aviso a las autoridades y fuimos enviados de regreso al pueblo.
En la época de las grandes romerías al Santuario de la Virgen de Chiquinquirá, Sutamarchán era paso obligado para los peregrinos procedentes de toda la región nororiental, desde Venezuela, los Santanderes y los Llanos. El oficio que antes era de acólito lo cambié por el de proveedor de avena y alpiste para alimentar las recuas de los viajeros que pernoctaban en el pueblo. Estos viajeros, antes de su justo descanso y mientras apacentaban sus jumentos, se reunían a interpretar, al son de sus variados instrumentos, las más bellas canciones oídas hasta entonces y yo no desaprovechaba ocasión para tratar de aprenderlas y tratar de repetirlas a toda hora y en todas partes. Recuerdo el día en que pasé cantando ante un grupo de señores que pontificaban sobre los aconteceres de esta vida y de la otra también, quienes al oírme, interrumpieron la charla para invitarme a que repitiera las coplas que acababan de oír y que yo había aprendido el día anterior:
Dale duro a esa maraca,
dale duro pa’ que suene,
dale duro que, aunque truene,
yo no me habré de callar.
Mi mujer está en la cama
y yo estoy en la cabecera
con el rosario en la mano
rogando a Dios que se muera.
- Ese muchacho -dijo uno de los señores- tiene buena voz, pero si sigue inclinado por esa profesión del canto y de la música, muy pronto lo vamos a ver alcoholizado, cantando en las tiendas por un vaso de chicha. –
Por supuesto ese comentario me impactó en forma muy negativa, pues desde aquel día y por mucho tiempo después, no concebía cómo me iba a alcoholizar, si todavía no me había tomado el primer trago. Esa era una forma muy peculiar de decir cosas, al parecer, intrascendentes, sin percatarse del daño que podrían ocasionar en un niño que grababa en su memoria lo que veía y oía para evaluarlo años después, cuando la vida le diera la razón.
Retorno Pasillo Lento
Estrofa 1
Esas cuatro manzanas que en mi aldea
enmarcan la placita del lugar
forman los cuatro puntos cardinales
que aprendí en mi primer año escolar.
Estrofa 2
Esos cuatro montones de casitas
que de niño pudiéronme orientar
son bellos cofrecitos que conservan
de siglos un fantástico historial.
Pueblo que me recuerda quijotescas
aventuras de grande ingenuidad,
en que correr solía tras la luna,
tras el sol, queriéndolo alcanzar.
Hoy peregrino de otros mundos quiero
en mi viejo poblado descansar
de tantas aventuras quijotescas
en que luna ni sol pude alcanzar.
Retorno

Pero algo más imprevisto tenía que acontecerme y fue un día en que, por causas extrañas, me encontraba totalmente solo en la casa, cuando en forma imprevista se presentó mi madre, quien, desde el día de sus segundas nupcias, había separado casa: me tomó de la mano, me condujo hacia una columna, me ató a ésta y, sacando una navaja de esas que en su época las llamaban “Castel”, se preparó a degollarme. En aquel instante, sin yo comprender el motivo que inducía a mi madre a tomar tal decisión, toda vez que nunca se había interesado por mí, se oyó un ruido raro proveniente de la calle, lo que hizo que mi madre se apresurara a desatarme, exigiéndome la promesa de no comentar a nadie lo sucedido. Entonces, desde aquel momento, sucedió un cambio favorable en aquellas interrumpidas relaciones madre e hijo, bajo el compromiso de no contar a nadie el anterior episodio. Sin embargo, se interponía la autoridad de mi padrastro, a quien no le caía muy bien mi presencia en su hogar, de suerte que mi padrastro resultó pegándome por faltas que supuestamente yo cometía, cuando la realidad era diferente: era la parte económica la que lo atormentaba. Ya habían dilapidado la parte hereditaria de mi madre. Mi padrastro era un trotamundos sin iniciativas y sin amor al trabajo y su unión con ella sólo había tenido un fin: la herencia.
Es así como, acabada la primera parte de lo que le había correspondido a mi madre, era urgente recurrir a lo que quedaba de la hijuela de los herederos y, para satisfacer esta necesidad, era indispensable matar al hijo, pues, matándolo, quedaría ese otro recurso económico para la subsistencia del nuevo hogar. Luego esa fue la conclusión que los llevó a todo lo que se urdió para mi degollamiento. Mas, como se frustró ese programa y entraba ya el año treinta en que todo el panorama sociopolítico, económico, religioso, intelectual y cultural empezó a evolucionar y el pueblo, ávido de oportunidades, a servirse de él, entrando yo a mis nueve años, mi madre, de modo inesperado, nos llevó a vivir a Tunja, porque a mi padrastro le habían dado trabajo en el trazado del Ferrocarril del Nordeste y mis servicios eran indispensables para cuidar las hijas del segundo matrimonio.
En aquella corta estadía en la ciudad de Tunja, fui matriculado en una escuela a la que llamaban “Modelo” (hoy sección primaria del Colegio de Boyacá), de donde me escapaba muy frecuentemente sólo por correr detrás del carruaje en que se paseaba Monseñor Crisanto Luque para besarle la mano y así sentirme santificado. Luego, en aquel mismo año, le suspendieron el contrato al padrastro y fue preciso trasladarnos a Fusagasugá en busca de mejor vida y allí me tocó alternar mi oficio de niñero con el de vendedor ambulante de tinto y cigarrillos, actividad que ejercía entre las tres y las seis de la mañana alrededor de las agencias de transporte.
En agosto del año en referencia, se posesionó de la Presidencia el Doctor Enrique Olaya Herrera, quien era propietario de la quinta llamada “Tierra Grata” y, en uno de sus paseos veraniegos, tuve la gran emoción de estrecharle la mano al “Mono”. Entonces, para no sentirme un muchacho cualquiera, ya registraba, en mi corta existencia, los tres más grandes acontecimientos: primero, el de haber sido acólito (casi cura); el segundo, el de haberle besado la esposa a Monseñor y, el tercero, el de estrechar la mano del primer Presidente liberal del siglo. Todo esto me fue creando un algo de independencia y de rebeldía: recordé la prematura muerte de mi padre, el despilfarro de la herencia, las malas intenciones de mi madre, los maltratos de maestros y padrastro y, un día cualquiera, boté a la basura el cajón del tinto, me trepé en un camión y, camuflado entre la carga, llegué a San Victorino, el lugar más comercial del viejo Bogotá.
3. MI CUERPO
Desprovisto de plata y de ropa adecuada para protegerme del intenso frío sabanero, empecé a llorar en el umbral de un portón, cuando un señor de aspecto bonachón se me acercó para preguntarme por qué lloraba y cuando le espeté toda mi historia me tuvo compasión y me llevó a su casa que quedaba en un lugar más bien periférico, un poco abajo del Hospital San José. La familia se componía de los esposos y dos hijos ya entrados en la adolescencia, pues empezaban a usar pantalón largo. Para alojarme, fue necesario arreglar un rincón en el cuarto de San Alejo y, para que me cambiara de ropa, me pasaron unos raídos vestiditos ya fuera de servicio. Aunque se observaba que la familia era de aquellas caídas en desgracia económica, acusaban una buena cultura. Parece que eran de las que llamaban “vergonzantes”, porque me mandaban con un portacomida de cuatro tazas hasta una casa como de beneficencia que quedaba en la calle diez entre la octava y novena para recibir la comida que luego era repartida entre todos; solamente el desayuno lo preparaba yo, y consistía en una porción de ‘aguadepanela’ y un pan de medio centavo.
Todo marchaba más o menos bien hasta cuando me ordenaron que me pusiera uno de los vestidos que me habían dado, cuando rompí en llanto por pretender obligarme a vestir ropa ajena. Entonces, me rebelé y me fui en busca de unos parientes de los que tenía una vaga idea de que vivían en “La Perseverancia”. Como yo era ya un veterano bogotano, porque había ido varias veces a echar barquitos de papel y a mirarle las piernas a las lavanderas en el río San Francisco, conocía también el Circo de Toros y el parque San Diego o de ‘La Independencia’, no me fue difícil encontrarme con mis parientes, los que me trataron con generosidad, por el momento; así que, pocos días después, un señor que decía ser de Rusia me contrató para vender ambulantemente paqueticos de maní revuelto con cocoa. Pero mi patrón desapareció poco después sin cancelarme ni un centavo por mi trabajo.
Después, me coloqué en una ebanistería para el oficio de taponador, pero mi patrón me resultó igual que el anterior, no obstante haberme explotado por un tiempo mayor. Todas estas experiencias me decepcionaron tanto que opté por volver al seno de mi inolvidable abuela. Ahora recuerdo que antes de tomar la decisión de volver, me hice el propósito de asistir a la primera misa que se celebraba en la Iglesia de las Nieves un día domingo, para pedirle con fervor a la Virgen que me diera mejor suerte y me protegiera de los malos hados. Así que, subiendo por la calle veinte cuando empezaban a despuntar los claros del día, me sorprendí al ver abandonado al pie de un portón un envoltorio artísticamente liado y, al darme cuenta de que nadie me observaba, opté por levantar el paquete; después de asegurarlo aprisionándolo debajo del brazo, continué mi marcha hacia la iglesia para agradecerle a la Virgen también mi afortunado hallazgo, cuando ya listo a pasar el umbral de la entrada de la iglesia, percibí un olor nauseabundo y una rara humedad que invadía mi pobre indumentaria. ¡Era física mierda! Así que, mi afortunado hallazgo me impidió cumplir con la promesa que llevaba a la Virgen y me obligó a devolverme para mi piezucha a desodorarme con un inevitable baño y lavado de ropa.
Retacito De Suelo Boyacense Valse
Retacito de suelo boyacense
oloroso a arrayanes y mortiños,
a cerezos, curubos y duraznos,
a manzanos, geranios y tomillos.
Retacito de suelo boyacense,
circundado de ranchos blanquecinos
sobre tu caprichosa geografía
con su laberinto de caminos.
Condúceme por todos tus parajes,
ésos que me enseñaste desde niño,
para volver a ser un rapazuelo
robando frutas y acechando nidos.
Quiero echarme a rodar por tus potreros
y dormirme a la sombra de tus pinos,
capar escuela y al salir de misa
sonsacarles el centavo a los padrinos.
Quiero volver a oír de los abuelos
los cuentos de los beatos baladrones,
de duendes persiguiendo las doncellas
y demonios en forma de cabrones.
Quiero volver con flecha y bodoquera
a matar indefensos copetones
o a simular patrióticas batallas
contra una legión de chapetones. (Coro)
Retacito De Suelo Boyacense


Decidido, a comienzos del año treinta y dos, a terminar mis interrumpidos estudios primarios al lado de mi abuela, los aprobé y me dieron más seguridad y libertad para trabajar y así ayudar en algo a la abuelita. Por aquella época llegaba a la región la prolongación de la carretera que debía unir a Chiquinquirá con Tunja y la única oportunidad que se me presentó fue la del ingreso a una cuadrilla de jornaleros a echar pica, pala y carretilla por una asignación de 40 centavos diarios.
Dentro de aquellas limitaciones, todo transcurría en un ambiente bastante monótono hasta el día en que volvieron al pueblo mi padrastro, mi madre y sus tres hijas a rematar los pocos bienes que quedaban. Entonces, entrando yo en los trece años y sintiéndome ya hombre, intervine con entereza para asumir el control directo de mi pequeña herencia consistente en dos pequeñas fincas. Aquella actitud me sirvió para neutralizar de ahí en adelante la dictadura de mi padrastro.
Pero un tiempo después volvió a picarme la fiebre de la aventura y volví a Bogotá en busca de mejores oportunidades y, en llegando, me coloqué en el almacén de abarrotes llamado “El Centavo Menos” ubicado en el costado sur de la calle trece con carrera quince, cuyo dueño era un argentino casado con catalana, de cuya unión había una hija única y, por lo mismo, muy consentida. Sucede que en una ocasión la niña rompió un jarrón de fina porcelana y, por supuesto, ante el temor del castigo, me rogó que no fuera a denunciarla; pero el problema no tardó en formarse:
-“Che, -me gritó el argentino- ¿Quién rompió el jarrón?” -“No me di cuenta, Don Alberto”. –le contesté.-“Entonces, sino se dio cuenta, tengo que descontárselo de su sueldo, porque aquí no hay nadie a quién más culpar.”
Una calumnia más no la tolero, dije en mi interior y me decidí a renunciar, pero no sin antes revelar el secreto, a manera de desahogo, provocando así una reacción demasiado violenta en el padre, pues castigó muy severamente a la niña hasta obligarla a confesar su falta. Nada de esto impidió que yo persistiera en mi decisión, no obstante haber recibido una buena gratificación por el buen comportamiento durante el tiempo en que serví y como desagravio por mi prejuzgamiento. Poco tiempo después, Don Alberto se fue de Colombia y, por mi rebeldía, me perdí de irme con él, pues así me lo había prometido varias veces.
Mis Remolachas Bambuco
Estrofa 1
Ya el sol asoma por Monserrate
y la sabana en luz se baña
y por la cuesta cantando un indio
baja al mercado del parque España.
Estrofa 2
Lleva en su pecho mil ilusiones,
porque a vender lleva sus remolachas
y comprar quiere vestido nuevo
pa’ hacerles fieros a las muchachas.
Ya el sol declina allá a lo lejos
y en manto negro se torna el cielo
y cuesta arriba regresa el indio
cansado y triste sin traje nuevo.
Lleva en su pecho gran desconsuelo,
aunque vender pudo sus remolachas,
porque el dinero no le alcanzó
pa´ hacerles fieros a las muchachas.
(Fómeque 1956)
Mis Remolachas


Pasaba un día cualquiera muy cerca del edificio Liévano (Alcaldía de Bogotá) y la curiosidad me llevó a preguntar por la larga cola que se formaba. Un señor me contestó que se trataba de un enganche para ir a trabajar en las diferentes obras de la ciudad, próximas a iniciarse con motivo del Cuarto Centenario de la Fundación de Bogotá. Luego me incorporé a la fila y poco rato después quedé incluido en la planilla de obreros con destino a la carretera circunvalar. Los pagos eran puntuales en las primeras semanas, pero en las siguientes no llegaban sino disculpas pidiendo paciencia, mientras el Gobierno giraba los dineros, hasta que se supo que el contratista había desaparecido, llevándose todo el dinero adeudado, así que volví a quedar sin trabajo y sin recursos.
Bien sabido es que vivir en “La Perseverancia” es vivir en el centro de la ciudad; luego bajar de la carrera quinta, donde yo me alojaba, al parque de San Martín o de Bavaria no demandaba sino un par de minutos. De pronto, en una fecha que se me escapa de la memoria, el radio a alto volumen anunciaba la gran revista militar que para ese día estaba programada con la asistencia del Presidente López y su sucesor Eduardo Santos. Por supuesto, el entusiasmo fue un contagio general, y, en el acto, me encaminé hacia la carrera séptima con la esperanza de poder transportarme al sitio anunciado; pero el trasporte era imposible y por ese “imposible” me salvé de figurar entre el sinnúmero de muertos que dejó ese aviador loco que quiso hacer una proeza, no se sabe si por coger al vuelo una bandera o por matar a las dos figuras del Gobierno y la política.
Amanecer Boyacense Bambuco
Estrofa 1
Dime, niña de alpargatas,
linda cara de lucero,
la de blusa descotada,
tú, la del rosario al cuello
con ese Cristo de plata
que bendice tus dos senos.
Estrofa 2
¿Qué andas haciendo solita
tan temprano en el potrero
sin hacer caso al rocío
que hace perlas en tu pelo?
si para ver tu hermosura
se ha despejado hasta el cielo.
Dame pues la gracia, niña,
de ser yo tu compañero
y, si a ordeñar te han mandado,
te ayudaré con esmero,
pues, mientras la vaca ordeñas,
yo cuidaré del ternero.
Dime, campesina hermosa,
que llevas rosario al cuello
con ese Cristo de plata
que bendice tus dos senos,
¿por qué no me das la gracia
de ser yo tu compañero?
Amanecer Boyacense


Nuevamente de regreso a mi terruño, otro interés no menos importante me llevaba: era el amor secreto que le profesaba a una hermosa niña a quien yo no era capaz de declararle mi pasión, porque su belleza me paralizaba todos los sentidos y opté por seguir el consejo de algunos amigos que me dijeron:
-Si no es capaz de declararle el amor a esa china, regálese para el cuartel que allá le hacen perder el miedo.-
Servicio Militar
El consejo cuajó, porque, cumpliendo mis dieciséis, llegó el oficial de reclutamiento y, al ver que mi estatura era aceptable, no reparó en la edad y así me enroló entre los conscriptos del Batallón Sucre de Chiquinquirá y a la Guardia de Honor fui a pagar mi servicio como integrante de la Banda de Guerra para hacerle honores al Presidente Santos y a Doña Lorencita.
Un año después fui desacuartelado y regresé nuevamente a mi pueblo a declarármele a mi “hermosísima Dulcinea”, con tan mala suerte que ella ya se había casado. En silencio yo la seguí amando mientras ella vivió y la seguiré amando hasta más allá de mi muerte.
No Te Culpo
He querido olvidarte como tú lo has hecho,
he querido borrarte de mi mente;
olvidar tus recuerdos es mi anhelo
y dejar para siempre de quererte.
He querido olvidarte y sólo ansío
que otra sea la imagen de mis sueños,
porque nunca cumpliste tus promesas,
pagando con desprecios mis desvelos.
Pero ahora, después de tanto empeño,
te confieso, mujer, que estoy vencido,
porque fue tu amor mi cautiverio
y seré para siempre tu cautivo.
Más no por eso a rogarte vengo
a que cumplas promesas que has fingido,
porque sé que tu amor no fue sincero
y no te culpo a ti: culpo al destino.
Cómo Olvidarte
No quisiera quererte, porque me odias,
no quisiera mirarte, por esquiva,
no quisiera seguirte, porque me huyes,
cuando ansioso estoy de que me sigas.
Pero ¿cómo olvidarte, diosa mía?
sí acá en mi pecho estás entronizada,
cómo está para siempre en los altares,
del Señor, la Madre Inmaculada.
Apiádate de mí, sutil princesa,
y alimenta mi vida con tu amor,
con la luz de tus ojos, ilumíname,
que es sólo para ti mi corazón.
Te Esperé
Te esperé hasta donde pude,
pero no llegaste a tiempo;
tu lugar ya está ocupado,
ya pasó mi sufrimiento.
Mal hado te hizo pensar
en ambición tan mezquina,
pues mi horizonte es muy amplio:
tú ya volteaste la esquina.
Te llevas la bolsa llena
de monedas devaluadas,
pero a mi cofre de ensueños
no podrás robarle nada.
Porque en él guardo mi orgullo,
mi altivez y mi nobleza
que nada tienen que ver
con tu ruindad y vileza.
Vestía de Verde
Fue un día de aquellos de primavera
cuando la vi por última vez
y desde entonces sufro por ella
y me hastía el mundo sin su querer.
Un bello traje vestía aquel día
la robadora de mis amores,
un traje verde que, desde entonces,
por donde quiera llevo en visiones.
La esperanza, dicen, viste de verde
y ese verde esperanza era mi sueño,
pero la que antes era tan mía
ya ¡ni esperanzas! era otro el dueño.
Más sus recuerdos siempre los llevo
como una espina en el corazón,
porque sus besos y sus promesas
fueron la causa de su traición.
Hoy de la ingrata me compadezco
porque ella sufre, bien lo sé yo,
pues su cariño cambió a dinero
siendo tan mío su corazón.
En las postrimerías del año 1939 me trasladé a la población de Ráquira tras los encantos de una niña. El lapso de tiempo que permanecí allí fue muy corto, pero el romance sí fue intenso, apasionado y con sinceras intenciones de matrimonio, pues así lo teníamos planeado, aunque hubiera alguna resistencia por parte de la pre-suegra. Entonces, sucedió lo que sospechábamos: en forma misteriosa y sin dejar huella ninguna, la niña desapareció y solamente vine a saber seis meses después en Tunja que la niña había muerto de pena moral por los lados de Paipa, adonde la había transpuesto la mamá.
Bajo el Sauzal Bambuco
Estrofa 1
Si piensas que soy ingrato, piensas muy mal;
si piensas que te he olvidado, eso jamás;
tú misma me enseñaste la cualidad
de ser, antes que todo, noble y leal.
Si piensas que te he olvidado, piensas muy mal,
teniendo tantas cosas por recordar,
desde aquel primer beso tierno y sensual
que tímidos nos dimos bajo el sauzal.
Estrofa 2
Y después, encendidos por la pasión,
perdido el equilibrio de la razón,
¿cómo olvidar podríamos lo que pasó
sobre aquel verde prado de sombra y sol?
Y de aquel cataclismo estremecedor,
repuestos los sentidos y la razón,
tatuajes indelebles dejáronme
tus ardientes caricias, plenas de amor.
Ahora que vuelvo al paso de aquel lugar
en que aprendimos juntos el don de amar,
parece que llorara el viejo sauzal
añorando aquel beso tierno y sensual.
Y yo, como los sauces, sentimental,
tendido sobre aquel breve lecho nupcial,
impaciente y frustrado porque no estás,
inconsolable lloro mi soledad (bis).
(Bogotá, marzo 2 de 1990)
Bajo El Sauzal


Humanamente
Pasillo lento
Estrofa 1
Humanamente, mujer, te estoy queriendo
con los cinco sentidos de la vida,
pues al verme en tus ojos me deslumbras
y al percibir tu aliento me fascinas.
Estrofa 2
Tu voz a mis oídos es arrullo,
es canto celestial, es oración
y al degustar el néctar de tus labios,
en tus labios se va mi corazón.
Mas al tomar tu cuerpo entre mis manos
para estrechar tu frágil escultura,
sangre y nervios se agitan en mi cuerpo
con pasión desbordante con locura.
Más allá de lo humano también te amo,
porque estás en mi ser divinizada
y en altar de fantástica hermosura
para siempre te tengo entronizada.
Humanamente


Resignado con mi suerte, pero bien documentado con mi libreta de reservista del Batallón Guardia Presidencial, después de golpear en muchas puertas en procura de trabajo, al fin me incorporaron a la Policía Municipal de Tunja, pero a la mitad del año cuarenta, no pudiendo resistir el intenso frío, me retiré de ese honroso cargo para pasar a otro no menos importante: la Policía Departamental en el que tuve la oportunidad de conocer una buena parte del departamento, junto con su historia y su idiosincrasia.
Historia, Raza y Paisaje Bambuco
Estrofa 1
Nada tengo de africano,
tal vez de asiático un poco,
de europeo, “pu’ ahí” un toco
y el resto de americano.
Estrofa 2
Americano del sur,
¡eso sí que quede claro!
y, para honor boyacense,
de este suelo colombiano.
¿Quién en el mundo no sabe
que, en Colombia, es Boyacá
emporio de inteligencia,
“Taller de la libertad”?
Es Boyacá una despensa
de la espiritualidad
que surte a Colombia entera
y un poquito más allá.
Soy de espíritu emigrante
en pos de triunfo y de gloria
y a donde quiera que vaya
dejo un reguero de historia.
Llevo la frente bien alta
y mi pecho ancho y erguido:
Lo mismo labro la tierra
que hago una industria o un libro.
En el amor soy sincero
y en la amistad, consecuente
y me apasionan las hembras
y los hombres bien valientes.
Historia, raza y paisaje,
cultura, clima y riqueza:
no hay en el mundo otra tierra
que encierre tanta grandeza. (bis)
(Tunja; 1977)
Historia, Raza Y Paisaje


Luego, la rasquiñita de las aventuras me indujo a renunciar a ese nuevo cargo para enrumbarme hacia el Viejo Caldas adonde ya se encontraba radicada mi madre, quien había quedado viuda nuevamente y sin recursos económicos, pues el único capital que heredó de mi padrastro fue el de cinco hijas, todas menores de edad. Entonces, localizados en Armenia, mi primera preocupación fue la de salir a buscar trabajo para convertirme en jefe de hogar; pero sucede que en aquella región la más fácil fuente de empleo era la recolección de café y yo, hasta entonces, no conocía ni sabía qué era una mata de café. Así que hube de dirigirme hacia Manizales que, por ser la ciudad capital, debía ofrecer muchas otras perspectivas. Entonces, recorriendo sus empinadas calles, al abrirme paso por entre un tumulto de gente joven, alcancé a entender que se trataba de un enganche para la Policía Departamental y como mi suerte ya estaba echada para ser policía por secula seculorum, no me demoré mucho en recibir un formulario para entregarlo luego con los datos personales y en un tiempo no mayor de ocho días fui destinado a prestar mis servicios en la ciudad de Pereira. Por ser tan próximas las dos ciudades, Pereira y Armenia, se me facilitaba el transporte para llevarle ayuda económica a mi familia.
Pero la situación se iba haciendo cada vez más pesada por cuanto el único que producía era yo, así que, cumpliendo mis veintiún años y olvidándome del lejano intento de mi degollamiento por la ambición de mi exigua herencia, la vendí a un pariente cercano, a la vez que renunciaba al cargo que tenía para radicarme en Armenia y montar allí un negocio con participación de toda la familia. Realizado este propósito, todo marchaba más o menos bien, porque en el hotel que adquirí hubo ocupación para todos y algo de bonanza económica; pero un día inesperado sucedió algo que echó por tierra el noble propósito de mantener la unidad familiar. El cuatro de julio, día en que estaba cumpliendo mis veintidós años, me llegó una citación de una Inspección de Policía con presentación inmediata. Acatando la orden, no tardé en presentarme ante el Inspector y mi sorpresa fue desconcertante al ver que quien me demandaba era mi mamá.
-Su mamá lo demanda, –me dijo el Inspector- porque el negocio que usted tiene demanda mucho trabajo y ni ella ni sus hermanas se sienten capaces de ayudárselo a administrar; que lo que ella desea es que usted busque empleados para su negocio, pero que se obligue a pasarle dinero suficiente para su subsistencia y la de sus hijas.-
El impacto que me produjo semejante despropósito fue demoledor. En ese momento rememoré todo lo que el sino adverso me había deparado desde mi nacimiento: la prematura muerte de mi joven padre, el abandono a que fui condenado por la nuevas nupcias de mi madre, el despilfarro de los bienes hereditarios y la consiguiente ruina, el intento de mi degollamiento por parte de mi madre y, en este caso, la afrenta ante un funcionario de la Policía, lo que me hizo tomar la inmediata y radical decisión de entregarle al Inspector las llaves del establecimiento, con la autorización de darle posesión sin reserva alguna de todo lo que hubiera de puertas para adentro a mi Señora Madre y al instante tomé un bus que me condujo a Ibagué, lugar donde pasé el resto del día de mi cumpleaños en medio de una congoja que por poco me conduce al suicidio.
El Misterioso Artista
Se arriscó el sombrero y se alisó el bigote
y de un vistazo escrutó el ambiente;
templó las cuerdas de su viejo tiple
y el ánimo templó con aguardiente.
Carraspeó fuerte y preparó garganta;
revisó el cinto y encontró el trinquete
y así, seguro y con cara alegre,
veíase romántico y valiente.
Los circundantes de la vieja tienda
brindaban por la vida y la alegría
y ansiaban de su voz y de su tiple
música, entonación y poesía.
Se oyeron luego, desgranando arpegios,
cuerdas y voz en trova enamorada
que, cual dardo, surcaban el espacio
buscando el corazón de su adorada.
Mezcla de sentimiento y alegría,
la fiesta en histeria se convierte
y el misterioso artista en un instante
de un trinquetazo sorprendió a La Muerte.
Al día siguiente, llegué a Bogotá a buscar consuelo entre mi parentela y a ver qué más sorpresas me deparaba el destino. Habrían transcurrido unos veinte días después de mi arribo a Bogotá, cuando me encontré frente a frente con una dama muy encopetada y de una elegancia admirable, pero que ante el impacto momentáneo no la podía ubicar en el lugar donde la había conocido antes y fue ella quien se adelantó a saludarme por mi nombre con un acento de auténtica antioqueña. Repuesto de tamaña confusión, la saludé por su nombre de pila, tras de un emocionado abrazo: -¡Amelia Reyes!-. Amelia era una campesina sutana de una rara y embrujadora hermosura, unos pocos años mayor de mí, a quien los mancebos del pueblo asechaban con locura. Por esa razón, la muchacha se marchó para Bogotá por la vía de Chiquinquirá, sin saber leer ni escribir y sin saber tampoco del destino que le esperaba. Así que cuando el tren terminó su recorrido en la estación de la Sabana y Amelia se disponía a salir, alguien le tendió la mano con algo de cortesía para ayudarla a bajar de esa hilera larga de casas sobre ruedas de hierro. Entonces, era una pareja de recién casados de origen antioqueño que al interrogarla por su procedencia y la razón de su viaje, ahí mismo quedó contratada para el servicio doméstico y la mucha ocupación, pero no en Bogotá, sino en Medellín, adonde viajaron inmediatamente después.
Amelia captó con una impresionante rapidez tanto el dialecto como la elegancia en el vestir, adornado todo esto con una locuacidad de auténtica paisa. Su estadía en Medellín con la familia Arango, apellido de sus patrones, no duró más de un año, pues regresó a Bogotá bien ataviada, no sólo con la ropa y las fantasías que le habían regalado los Arango, sino que trajo también su apellido, precedido por el sugestivo nombre de Nena. Por supuesto, en aquel momento en que nos reconocimos, me dijo al oído:
-Yo soy la Nena Arango de Salazar Ferro. ¿Conoces a Daniel? Él es el comandante de La Guardia de Cundinamarca y en este momento me debe estar esperando en el despacho del Gobernador Parmenio Cárdenas, con quien mantenemos una inmensa amistad. Si quieres, te invito a que me acompañes y antes te presento con ellos.-
En aquel instante pensé lo bien que me podría ir con tan ocasional encuentro, si lo que acababa de oír era cierto o, por el contrario, era esto producto de alguna rara locura; así que, a poco trecho, hicimos presencia en la sala de espera donde se hallaban muchas personas y la recepcionista en el acto se incorporó para darle la bienvenida a la Señora Nena y para hacerle compañía en su entrada al despacho.
El saludo de la Nena con el Gobernador fue de estrecho abrazo, con un tuteo muy desabrochado y con el Comandante Salazar Ferro el saludo con beso fue el correspondiente a dos enamorados. El tema de orden público entre el Gobernador y el Comandante fue suspendido abruptamente para darle prioridad al debate sobre la fiesta de gala que debía tener lugar en los próximos días con motivo de la presentación en la sociedad bogotana de la Señora Nena Arango de Salazar Ferro. Entretanto, la Nena se anticipó a presentarme ante los dos personajes como un pariente pobre y calavera que no sabía qué hacer con él, de donde nació la conveniencia de mandarme a hacer curso a la G. de C., Guardia de Cundinamarca,
-…porque lo que el Gobierno se propone es conformar una fuerza pública de entera confianza.-
Para lo cual, quedé nuevamente incorporado a la Policía, sin decir ni pío, porque el hambre acosaba. Luego esto fue el resultado de aquel feliz encuentro con mi ‘paisa’ paisana, la Nena Arango de Salazar Ferro.
Conforme con mi suerte, volví nuevamente con mi fusil terciado y el bolillo a discreción hasta cuando llegó “El Nueve de Abril”, luctuosa fecha en que no sabía qué hacer con bolillo y fusil ante el magnicidio que frustró a Colombia de ver triunfante “La Restauración Moral de la República“. Desde aquel instante, la Policía distinguida con el remoquete de “nueve abrileña” de inmediato fue reemplazada por la Policía Chulavita, con la que el Gobierno de turno implantó la modalidad de genocidio, el corte de franela, la castración y el despojo violento de las propiedades muebles e inmuebles a lo largo y ancho del país.
Laureanito Parodia de El Pescador Guabina Cesáreo Rocha Castilla y Patrocinio Díaz
Estrofa 1
Laureanito del alma, vente a Palacio, yo te convido
pa’ entregarte el Gobierno y así zafarme ya de este lío.
Allí cantas tus trinos enternecidos de son muy quedo,
que contra liberales es la consigna de “Sangre y Fuego”.
Estrofa 2
No vas a España y te posesiono
de ese trono que anhelas pa’ gobernarlo nosotros solos.
No te me escapes, que, muy discreto, mataré liberales
para cumplirte lo que prometo.
Estrofa 3
Laureanito, sordito, Alzatico, Chepito, ya tus ideas
las llevamos muy dentro e implantaremos sea como sea:
desconocemos las vías legales,
porque nuestra consigna es acabar con los liberales.
No nos importa el ser ya justos,
porque estos liberales, ¿pa’ qué negarlo?
siempre son muchos.
4. MIS DIFICULTADES
Con estos últimos sucesos, la desocupación era casi general y la miseria catastrófica. Pero un día, a mediados del año cuarenta y nueve, me encontré con Evangelista Rodríguez, ex-compañero, quien, al comentar nuestra precaria situación, al calor de un tinto, me invitó muy ingenuamente a que fuéramos a las dependencias del detectivismo a llenar unos formularios, para solicitar el ingreso a esa institución, invitación que acepté sólo por no decepcionarlo, pues yo intuía que allí nos podían tender una trampa, lo que así sucedió. A Evangelista no le dieron el anunciado formulario, pero lo mandaron volver al día siguiente. Tres días más tarde, los periódicos de la capital registraban el hallazgo de un hombre muerto en el Salto de Tequendama, bárbaramente mutilado y sin rostro, cuya identificación sólo fue posible por algunos documentos hallados en la hora del levantamiento del cadáver. Así que Evangelista siguió el mismo suplicio del Doctor Uriel Zapata, quien días antes había corrido la misma suerte y en el mismo sitio. Si de estos dos crímenes macabros se deduce la inseguridad reinante en todo el país, entonces la vida se hacía por demás angustiosa, porque a la inseguridad se le agregaba el desempleo y comenzaba el hacinamiento humano en las ciudades. Así que para subsistir había que ingeniarse muchas cosas.
Al Tequendama
Desde los altos de Tena
se divisa el Tequendama
y allá en el fondo del río
parece que alguien me llama.
Y en la columna de niebla
que sube por la cañada
parece que se aproxima
la imagen de mi adorada.
Dime, Tequendama cruel
que guardas tantos secretos,
¿qué más te contó la ingrata
y en dónde encuentro sus restos?
Mira que, aunque muerta esté,
siempre sigue siendo mía
desde que la conocí
en La Mesa de Juan Díaz.
Si puedes hablar con ella,
dile que es deseo mío
ser su eterno compañero
allá en el fondo del río.
Un día cualquiera me encontré en un céntrico sector de la capital con un viejo músico de la Guardia de Honor y entre tinto y charla este viejo amigo me contó que en su casa guardaba como vieja chatarra unas pistolas y revólveres incompletos que ya le estorbaban y, entonces, al manifestarle mi interés por verle su guardado, me llevó a su casa, me mostró lo que en realidad era un revoltijo de piezas de armas deterioradas y entrando en negociación las adquirí por la fantástica suma de treinta pesos ($30.oo). En ese mismo instante me trasladé a un taller de armería que quedaba contiguo al Palacio de Nariño por la carrera octava y, armando piezas, el armero logró cotejarme dos pistolas y siete revólveres que, arreglados y niquelados, me salieron a razón de treinta pesos cada uno y, así, de la noche a la mañana, me convertí en comerciante de armas, pues el negocio me resultó tan jugoso que cada vejete lo vendía a quinientos pesos ($500,oo). Así marchaba mi negocio, hasta cuando la Policía me cogió por sorpresa, me decomisó mi mercancía, me condujo a la cárcel, me multó y, desde entonces, quedé en la mira de las autoridades por traficante de armas.
Con la moral por el suelo y sin recursos económicos, me interesé por una invitación radial que la Dirección de la Policía hacía a los reservistas, para que acudieran a la Escuela General Santander a concursar para el ingreso a la Policía Militar, una nueva organización, tal vez con el propósito de borrar la imagen de la Policía Chulavita, y hacia allí me encaminé, porque no tenía más carta que jugar y me sonó la flauta, porque a los pocos días ingresé al curso con 700 hombres más, de donde salimos la gran mayoría con destino a Bucaramanga. Una vez instalado allí, el Comandante, con hojas de servicio en mano, en la distribución que hizo del personal, me destinó a la Secretaría del Comando, en donde me mantenía en permanente contacto con toda la oficialidad.
Aroma de Pomarrosa Bambuco
Estrofa 1
Aroma de pomarrosa
transpiras de tus encantos
y de tu boca sabrosa (bis)
asoma el fuego a tus labios.
Estrofa 2
La luz de tus grandes ojos
vuelve diáfanas las noches
para saciar mis antojos (bis)
y amarte con gran derroche.
Dos opulentas magnolias
me hacen volver a ser niño
para sentirme en la gloria (bis)
bajo tu suave corpiño.
De hormiga santandereana
formáronse tus caderas
y por esbelta y lozana (bis)
está en ti mi vida entera.
Aroma De Pomarrosa

Estando en esta actividad, hubo, no sé con qué motivo, una cordial reunión de oficiales, celebrada con tragos, reunión a la cual fui invitado, pues ya había indicios de que yo tocaba y cantaba; así que pronto apareció un tiple cuando el ambiente estaba comenzando a alegrarse. Después de interpretar mi repertorio, los aplausos y las felicitaciones no se hicieron esperar. Desde aquel instante, las reuniones culturales eran más frecuentes que el trabajo y la simpatía hacia mí mejoraba notablemente sin dificultad para entenderlo, porque para representar artísticamente a la Institución, se me escogía con alguna frecuencia para cantar en Radio Bucaramanga. Así transcurrió algún tiempo, hasta el día en que, tras de unos fuertes quebrantos de salud, me llevaron a internarme en la Clínica Bucaramanga para una apendicetomía. Fue entonces cuando nació la idea de hacer un acróstico para la única niña que me visitó en mi lecho de enfermo, pues yo la galanteaba desde mucho antes y ella con su visita me correspondió, al verme sin acudiente en tierra extraña. Estos son los versos del acróstico:
Évila Galvis
En estas largas noches de interminables horas,
Vencido de dolor, de insomnio y de fatiga,
Inundan mi cerebro recuerdos que algún día
Latentes me dejaran tus gracias seductoras.
Ahora, ¡qué me importa que mi dolor prosiga!
Gustoso esperaría otras noches más largas;
Aún me siento fuerte y así mis esperanzas
Las veo florecer en ti con fe más viva.
Vuelco así mis pesares sobre el mar del olvido, pues
Invocando tu nombre e imagen divina
Siente valor mi alma, siento amor y alegría.
(Bucaramanga, mayo 1949)
Évila Galvis
Recuperado ya de mis quebrantos, regresé a mi trabajo. El ambiente para mí seguía satisfactorio, más no así para Bucaramanga y para el resto de Santander. Los genocidios, las muertes atroces, la zozobra, la angustia y la desconfianza general iban en ascenso, pues en Bucaramanga, una vez localizadas las futuras víctimas, los sicarios esperaban a que entrara la noche, llamaban a la puerta, desocupaban sus mortales armas en la humanidad de quien saliera a abrir y al día siguiente no se daba abasto de hacer levantamientos de cadáveres, mientras que en los púlpitos, ahincadamente los sacerdotes exhortaban a los feligreses a acabar con los ateos comunistas, enemigos de la iglesia.
Cuatro Lustros Parodia de Cuatro Milpas Valse Víctor Cordero Aurecoechea
Estrofa
Cuatro lustros tan sólo han pasado
del gobierno que era mío ¡ay, ay, ay, ay!
de aquel gobiernito
que hacía justicia y daba libertad.
Los potreros dejó sin ganado
el bribón conservador ¡ay, ay , ay, ay!
y quemó viviendas
y quemó hasta El Tiempo y El Espectador.
Coro
Si me prestan atención los llevo
a la Ceiba, a Enciso, al Playón y a Galán
a que miren escombros y ruinas
y todos los muertos que hay sin enterrar.
Los culpables de toda esta tragedia
los tienen con sueldo ¡qué barbaridad!
y llevan fusiles
y hasta gasolina pa’ todo arrasar.
Hoy los pueblos lloran por la ausencia
de buena administración ¡ay, ay, ay, ay!
ya no hacen justicia
y la democracia toda se acabó.
Nuestra Patria se siente agobiada,
pues ya en sus gobiernos no puede confiar,
porque mandan matar a sus hijos
que a Ella le han dado tanta dignidad. (Coro)
De pronto, oí la voz del Comandante que me ordenaba presentarme al instante en su despacho.
-¡A sus órdenes! mi Comandante.—
-Vargas, - me dijo- te he llamado para comunicarte que la Dirección General me acaba de autorizar para ascender al grado de Tenientes a dos de mis mejores Policías Militares y, entre ésos, tú tienes muy bien ganado ese derecho; así que lo único que tienes que hacer es llenar este formulario que pongo en tus manos.- Lleno de emoción, me puse a llenar el formulario, pero cuando llegué al espacio para la filiación política, el Comandante me vio titubear y, al notar que yo pasaba por alto tan importante requisito, me preguntó el porqué de esa omisión:
-Mi comandante –le dije- es que yo soy liberal.-
Esa confesión me bastó para que al día siguiente estuviera de nuevo en la fila, despojado de toda consideración y tildado, además, de conspirador.
Por aquellos días se difundía la noticia de que la Policía Militar iba a ser relevada por una legión de chulavitas, gentes reclutadas en la región norteña de Boyacá, que se caracterizaban por su sectarismo político-religioso, noticia que no tardó mucho tiempo en verificarse, porque a los pocos días fuimos sacados sorpresivamente casi la mayoría de los 700 policías militares con destino a Bogotá, despojados de armamento y demás prendas y hacinados en camiones descarpados y fuertemente vigilados y así, en una sola jornada y sin permitírsenos parar para tomar una gaseosa, llegamos ante la presencia del Coronel Cuervo Araos, que en esos momentos era el Director de la Escuela General Santander, quien, enterado de nuestra situación política, nos recibió con una arenga tan acusadora que por poco nos manda fusilar.
Ana Elisa Sánchez Castellanos, Madre
Luego, en lo que a mí respecta, me tocó volver al asfalto, pero en este caso con más temores que antes y con menos porvenir, pues, como si fuera poco lo que me acababa de suceder, me sorprendió la llegada de mi mamá a la ciudad, después de haber acabado con lo que dejé en Armenia, para que yo la siguiera ayudando.
Volviendo un poco al pasado, o sea cuando anduve por la región del viejo Caldas, recuerdo que mis compañeros y relacionados me ridiculizaban, no sólo por mi acento boyacense, sino por ser tan seco el aborigen nombre de Suta, mi tierra natal, y eso me producía tanto enojo que decidí hacer unas coplas para recitarlas antes que empezaran las burlas. Estas coplas con ritmo de torbellino las hice a comienzos de la década del 50, como queriendo con esto suavizar el seco nombre de Suta, y a la vez resaltar sus costumbres:
Coplas Sutanas Torbellino
Yo soy de Sutamarchán,
del ‘mesmo’ “Sutapelao” (bis),
donde se toma la chicha
y se come el maíz ‘tostao’.
y ¡hurra! y ¡ay! si la guabina.
De allá de ‘onde’ son los hombres
del pantalón bien ‘cintao’(bis),
donde se labra la tierra
con los bueyes y el ‘arao’.
y ¡hurra! y ¡ay! si la guabina.
Donde se cantan guabinas
y se pelea mano a mano (bis),
pero no en valentonadas
como hacen los mexicanos.
y ¡hurra! y ¡ay! si la guabina.
De esa tierra boyacense
de mujeres sin ‘pecao’ (bis),
que por muchas que uno tenga
siempre queda ‘provocao’.
y ¡hurra! y ¡ay! si la guabina.
Hembras como la esmeralda
de ese Muzo tan ‘mentao’ (bis),
tan lindas como la Virgen,
tan ‘güenas’ como el cacao.
y ¡hurra! y ¡ay! si la guabina
(Bogotá 1949)
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