Kitabı oku: «El coronel Puigdengolas y la batalla de Badajoz (agosto de 1936)»

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Lo que hacen los mejores estudiantes de universidad

KEN BAIN

Lo que hacen los mejores estudiantes de universidad

Traducción

Óscar Barberá

Universitat de València

2014

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

Título original: What the Best College Students Do

© The President and Fellows of Harvard College, 2012

© Ken Bain, 2012

© Publicacions de la Universitat de València

Primera edición, 2014

© De la traducción: Óscar Barberá, 2014

puv.uv.es

publicacions@uv.es

Maquetación: Textual IM

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Communico, C. B.

ISBN: 978-84-370-9538-7

A dos futuros estudiantes de universidad,

Adam Bain y Nathan Bain,

a todos los futuros nietos,

y a Andra Looper,

la niña que tan fascinada estaba con la astronomía

Sumario

PRÓLOGO

1. Las raíces del éxito

2. ¿Qué convierte a alguien en un experto?

3. Organizarse uno mismo

4. Aprender a aceptar el fracaso

5. Problemas enrevesados

6. Ánimo

7. Curiosidad y educación sin límite

8. Tomar las decisiones difíciles

9. Epílogo

Agradecimientos

Índice

Prólogo a la edición en castellano

No se aprende de la experiencia. Se aprendereflexionando sobre la experiencia.

Frase multitudinariamente atribuida a John Dewey

Hace aproximadamente diez años Ken Bain publicó un libro titulado Lo que hacen los mejores profesores de universidad.1 Aquel libro, basado en un número importante de entrevistas a profesores y profesoras, y también a estudiantes, trataba de indagar en las prácticas, en los comportamientos y en las competencias profesionales de aquellos docentes que podían ser calificados de excelentes. ¿Que cuáles fueron los criterios que utilizó para definir la excelencia? Bain, en el capítulo introductorio de ese libro, explica el camino que siguió para concretar aquellos factores capaces de ir esbozando un modelo de excelencia docente que identificaba la enseñanza como una actividad que crea situaciones de aula con la potencialidad de generar tanto aprendizaje como entusiasmo por seguir aprendiendo en el mayor número de estudiantes.

Muchas de las entrevistas fueron dirigidas a estudiantes para indagar y delimitar puntos de vista diferentes sobre qué se considera un «buen docente». Lo cierto es que la figura del estudiante, desde su aparición en aquel capítulo introductorio de su primer libro hasta el protagonismo absoluto que cobra en el presente, surge como constructor o artífice de un tipo de aprendizaje que puede encuadrarse en alguna de las siguientes categorías: aprendices superficiales (reproducen lo que han leído o escuchado), aprendices estratégicos (cuyo objetivo se centra en las notas) y aprendices profundos (se introducen en la complejidad de las materias con la intención de entenderlas). Si gran parte de Lo que hacen los mejores profesores de universidad está dedicado a qué pueden hacer –y pensar– los docentes para diseñar situaciones de aula que deriven a sus estudiantes hacia un aprendizaje profundo, el libro que tiene en sus manos, Lo que hacen los mejores estudiantes de universidad, viene justamente a profundizar en las prácticas, formas de ver el mundo –y, dentro de él, la propia universidad–, hábitos mentales y maneras de aprender, individualmente y en colaboración, de personas, hombres y mujeres, habitualmente jóvenes, en todo caso estudiantes universitarios, que decidieron asumir el control y la responsabilidad de su propia formación y desarrollo en el marco de una carrera universitaria.

Si la pretensión del lector fuera encontrar en un libro como éste un conjunto de reglas bien definidas, lo que podríamos llamar «trucos del oficio» para «sacar buenas notas», más vale que lo devuelva al estante de donde lo tomó, o que si acaba por comprarlo sea para regalarlo; pero aún le resultaría mejor si le diera una oportunidad, si lo leyera para descubrir lo mucho que de provechoso contiene. Y le garantizo que le cautivará, que lo encontrará altamente interesante, y ello porque habla de historias de vida, de personas que, en su momento, se detuvieron a pensar sobre sus intereses y, a veces con la ayuda de sus profesores (algunos incluidos en Lo que hacen los mejores profesores de universidad, o que merecían haberlo sido), a veces a pesar de ellos (¿quizás alguno de los que continúan pensando que aprender consiste básicamente en escuchar y repetir?), decidieron convertirse en protagonistas de su propio aprendizaje.

Si aprender es crecer, Ken Bain, de nuevo a través de sus relatos de un caso tras otro, va ofreciéndonos claves en la búsqueda de la excelencia... ¿académica?; bueno, quizás a fuerza de «manosear» el concepto de «excelencia académica» desde claves de eficacia y eficiencia por parte de las diversas estancias gestoras y evaluadoras de la universidad española, ahora se identifique más con «conseguir las mejores calificaciones» que con la idea que sobrevuela permanentemente todos los capítulos del libro de Bain: excelencia como capacidad de descubrir la complejidad del mundo a través de la parcela de la realidad que se está estudiando, de relacionar esa parcela con otras, de abordar lo desconocido, de reconocer fracasos y de emprender a partir de ellos búsquedas nuevas, de reconocerse y avanzar a través de la evaluación, de apreciar el trabajo de otros. En realidad, el libro de Bain no trata de «buenos estudiantes», sino de «buenas personas» y de cómo estas buenas personas y magníficos profesionales o, en su caso, grandes artistas, encararon su tarea de «hacerse estudiantes» en la universidad.

Para la investigación, Ken Bain, con la colaboración de Marsha Bain, ha buscado e identificado a sus protagonistas, que define como «altamente productivos» en los ámbitos social, académico y profesional, en su momento estudiantes que fueron a la universidad y que tras su paso por ella llegaron a ser personas creativas e innovadoras en sus ámbitos profesionales; pero no sólo eso, también se convirtieron en personas comprometidas con las desigualdades y con su entorno social, algo en lo que Bain pone un énfasis especial. El libro es un ejercicio de descripción e indagación sobre cómo fueron construyendo ese aprendizaje profundo mientras eran estudiantes en la universidad.

Lo cierto es que el estilo de aprendizaje profundo, cuando el estudiante toma el control de su propia educación, vincula lecturas, ideas, debates y lecciones a mil aspectos de la vida, del currículum y del propio desarrollo, es precisamente lo que nos hace apreciar como estudiantes, y también como profesores, que enseñar y aprender en una aula es una actividad compartida, asombrosa y con grandes dosis de creatividad, que tiene que ver con la vida y no tanto con el expediente académico.

Es un libro que al estudiante de universidad le puede ofrecer algunas de las claves para entender que una cosa es aprobar, sacar notables y sobresalientes –y que eso, por supuesto, está bien–, pero que otra distinta es convertir la experiencia del aprender, individualmente y con otros, en un proyecto con sentido, un proyecto presidido por la pasión, la curiosidad y la superación del fracaso, y que es posible que ambas puedan darse al mismo tiempo.

¿Que qué puede ofrecernos el libro a los docentes? A buen seguro nos recordará que delante nuestro, en el aula, se sientan personas que, además de escuchar, leer y repetir, tienen capacidad de pensar, de organizar ideas, de relacionar asuntos de asignaturas diferentes, de escucharse entre ellos, de equivocarse, de aprender de esas equivocaciones... ¿Nuestro problema?... el de siempre: crear situaciones, las mejores situaciones, para que todo ello resulte posible.

Bernardino Salinas,

profesor de la Facultad de Magisterio de la Universidad de Valencia.

1. What the Best Teachers College Do, Harvard University Press, 2004. La Universitat de València publicó las traducciones al catalán y al castellano (El que fan els millors professors d’universitat, Publicacions de la Universitat de València, 2005 y Lo que hacen los mejores profesores de universidad, Publicacions de la Universitat de València, 1.ª ed. 2005, 2.ª ed. 2007), y la Universidade de Vigo publicó la traducción al gallego (O que fan os mellores profesores universitarios, 2007)

1
Las raíces del éxito

Sherry Kafka procedía de un pueblo pequeño de las montañas Ozark de Arkansas. Su pequeña comunidad rústica, perdida en un remoto lugar de ese estado básicamente rural, carecía por completo de los recursos artísticos que más tarde definirían su vida y harían de ella una de las más celebradas diseñadoras y urbanistas del país. De hecho, contó con posterioridad que en su pueblo ni siquiera había un cine. Semanalmente llegaba «un señor» con una tienda, la plantaba en la plaza y pasaba una película, «si es que esa semana no se emborrachaba».

Su familia no tenía mucho dinero, y a menudo cambiaba de residencia para buscarse el sustento. En doce años fue a dieciséis escuelas y, a mitad de su último curso, se cambió de un instituto bastante grande en Hot Springs a un caserío minúsculo que sólo tenía seis estudiantes a punto de graduarse. «Creo que al final únicamente cinco de nosotros lo conseguimos», contó más tarde. «Fui incluso a escuelas que ya ni existen, pues eran tan pequeñas que fueron incapaces de retener profesores suficientes». Pero todo ese ajetreo no la desalentó. «Hizo que me forjara mis propios métodos para poder aprovechar lo que las escuelas me ofrecían», concluyó. «Entendí muy pronto que cada escuela es una cultura, y que mi trabajo era entrar en esa escuela y comprender cómo funcionaba esa cultura».

Nadie de su familia había ido a la universidad1 directamente desde el instituto, si bien su padre sí que asistió ulteriormente a un seminario baptista. Rara vez leían algo distinto de la Biblia y, a excepción de las sagradas escrituras, en las casas en las que se crio no había libros –sólo relatos–. Cuando tenía cuatro o cinco años, su bisabuelo le contaba historias que él había escuchado de sus padres, o algunas que iba ideando directamente sobre la marcha. Tras inventarse una historia que dejaba encantada a la niña, la señalaba con su dedo y le decía: «Ahora cuéntame tú un cuento». Y ella empezaba. El anciano le hacía preguntas sobre los personajes y los animales que aparecían en sus cuentos, obligándola así a inventar más detalles acerca de ellos. Cuando Sherry estaba en octavo,2 algunos años después de que muriese su bisabuelo, decidió que ella era un «personaje del cuento» y que quería ser escritora. Se dio cuenta de que tenía que aprender más para llegar a ser escritora, y eso quería decir que finalmente tendría que ir a la universidad.

Como su familia era pobre, sabía que no sería fácil, y empezó a buscar la manera de poder pagarse su educación superior. En su último año de instituto ganó un concurso nacional de escritura que prometía correr con todos los gastos de su primer año de universidad. Cuando preguntó a sus padres a qué universidad podría ir con la beca, le dijeron que podría acudir a una universidad de Texas porque conocían allí al director de una residencia que cuidaría de ella si caía enferma.

Ese otoño se presentó en el campus, eufórica por su nueva aventura en esa distante ciudad, y le dieron una lista con las asignaturas obligatorias. No obstante, antes de irse de casa se había prometido a sí misma que cada semestre haría al menos una asignatura «sólo para mí», algo con lo que disfrutara. Cuando vio la lista de obligatorias encontró una feliz coincidencia, una asignatura que parecía interesante y que además era un requisito para los estudios de Bellas Artes.

Se trataba de una asignatura del Departamento de Teatro llamada «Integración de capacidades». Su nombre le traía a la memoria un recuerdo de la infancia. Cuando era pequeña, su padre le había dicho que la gente con más éxito, las personas «más interesantes», las personas que «logran más de la vida», son las «personas que están mejor integradas». Él le había dicho que debía establecer vínculos entre todas las asignaturas que cursase y que debía encontrar en qué coinciden, así como las maneras en que se solapan. «Cuando estudiaba», concluyó ella, «solía pensar en lo que pasaba en biología y cómo eso se podía aplicar en inglés o en música».

Decidió matricularse en ella, lo que cambiaría su vida.

Sus clases tenían lugar en un extraño teatro con escenarios en los cuatro costados y sillas que podían girarse en todas las direcciones. El primer día de clase, nada más sentase en una de esas sillas de respaldo alto, entró en la sala un hombre de pelo oscuro y rizado y se sentó en el borde de uno de los escenarios. Comenzó a hablar sobre creatividad y personas. «Esta es una asignatura para descubrir vuestra propia capacidad creativa –dijo a los estudiantes–, y toda la ayuda que tendréis en vuestro descubrimiento será vosotros mismos y lo que consigáis saber sobre cómo trabajáis».3

Sherry contó después que jamás se había encontrado con nada parecido a este hombre extraño que se sentó en el borde del escenario con su chaqueta y su corbata. «Vamos a plantearos algunos problemas –comentó–, y algunos de ellos son bastante disparatados, pero todos funcionan». Mientras Sherry se retorcía un tanto en su silla giratoria, él continuó: «Lo que traéis a esta clase es a vosotros mismos y vuestros deseos de participar, y lo que aquí haréis dependerá en última instancia de ello».

En ese primer encuentro y en los días que vendrían, su profesor, Paul Baker, invitó a Sherry y a todos los demás estudiantes a participar en una nueva clase de aprendizaje. «Para algunos –decía–, crecer consiste casi exclusivamente» en mejorar la memoria, nada más. Para otros, «es lo que hay detrás de cómo funcionan las cosas –cómo montar un motor, ajustar cañerías, combinar fórmulas, resolver problemas, etc.–». El propósito de ese tipo de crecimiento, seguía apuntando, «nunca es desarrollar un método nuevo sino convertirse en un gran experto en los métodos antiguos». Para un tercer grupo crecer significa desarrollar «cultos» y «sistemas» mediante los cuales se pueda apreciar «lo lejos que otros se encuentran de los niveles que ellos mismos establecen». «Se reúnen, dan órdenes, palmaditas en la espalda, fuman puros en trastiendas, pertenecen a comités importantes, se convierten en una especie de artistas, músicos, actores, profetas, predicadores, políticos... Dejan caer nombres de personajes importantes y se cubren a sí mismos de estatus».

Sólo para unos pocos, concluía Baker, «crecer es el descubrimiento del poder dinámico de la mente». Es descubrirse a uno mismo, quién eres y cómo puedes hacer uso de ti. Ese es todo tu bagaje personal. Baker enfatizaba que en toda la historia humana nadie ha tenido nunca tu conjunto de químicas corporales y experiencias vitales. Nadie ha tenido nunca un cerebro exactamente como el tuyo. Tú eres único en tu clase. Puedes contemplar los problemas desde un ángulo desde el que nadie más puede verlos. Pero debes descubrir quién eres y cómo trabajas si confías en poder liberar las facultades de tu propia mente.

Sherry Kafka seguía sentada en esa silla giratoria, escuchando muy atentamente, mientras su profesor la invitaba a penetrar en ese nivel de crecimiento, el más alto. «Todos sois únicos», seguía diciendo, y tenéis mucho que ofrecer a este mundo. «Cada uno de vosotros tiene su propia filosofía, su propio punto de vista, sus propias presiones materiales y su propia formación», enfatizaba. «Procedéis de un lugar determinado, de una familia concreta con o sin antecedentes religiosos; habéis nacido en un determinado hogar de una familia determinada en una determinada época. Nadie más en el mundo ha hecho eso mismo». «Podéis –aseguraba Baker–, crear de una manera como nadie más puede hacerlo».

Este es un libro sobre personas creativas y sobre cómo llegaron a serlo. Estas personas creativas fueron a la universidad y salieron de esa experiencia como hombres y mujeres dinámicos e innovadores que cambiaron el mundo en el que vivían. ¿Cómo sus experiencias universitarias, particularmente sus interacciones con los profesores, pudieron cambiar sus patrones de razonamiento? Si bien estas cuestiones pueden ser del máximo interés para actuales y futuros estudiantes universitarios, también profesores y padres encontrarán aquí soluciones para fomentar el desarrollo de la creatividad y el aprendizaje en profundidad.

¿A QUIÉN ESTUDIAMOS Y POR QUÉ?

He comenzado con la historia de Sherry Kafka porque su experiencia en ese curso de Paul Baker refleja muchos de los conceptos y enfoques básicos con los que nos encontraremos en repetidas ocasiones, y porque ese curso transformó la vida de cientos de personas que más tarde fueron científicos, músicos, médicos, carpinteros, historiadores, pintores, peluqueros, filántropos, editores, líderes políticos, profesores, filósofos, escritores, diseñadores, ingenieros, y toda una serie de personas creativas de cualquier tipo imaginable. Lo que hicieron aquellos que fueron los «mejores estudiantes» fue cursar una asignatura extraordinaria, frecuentemente muy alejada de su área de estudio principal, y utilizar las experiencias obtenidas en esas clases para cambiar sus vidas.

Persiguieron el desarrollo del poder dinámico de la mente –ni las matrículas de honor ni tampoco dedicarse simplemente a sobrevivir en la universidad– y ese objetivo se convirtió en su meta principal. En el curso de Baker aprendieron un lenguaje nuevo de creatividad que se centraba en lo que uno hacía con el espacio, el tiempo, el movimiento, el sonido y el contorno. Sherry y sus compañeros de clase llegaron a entenderse mejor a ellos mismos y, partiendo de ese conocimiento, consiguieron apreciar las cualidades y experiencias únicas que podían ofrecer a cualquier proyecto. A su vez, conforme iban sabiendo más sobre ellos mismos, más crecía su confianza y más estimaban las cualidades especiales y los logros de todos los demás. Se convirtieron en estudiantes de las historias de otras personas –en ciencias, en humanidades y en artes–. Y lo más importante, encontraron una manera de motivarse a sí mismos para trabajar.

Debería decir ahora que este libro no trata sobre personas que sacaron las notas más altas en la universidad. La mayoría de los libros y artículos escritos acerca de cómo ser el «mejor estudiante» se concentran únicamente en cómo conseguir buenas notas. Pero mi compañera entrevistadora, Marsha Bain, y yo íbamos detrás de un premio mayor. Queríamos saber cómo le iba a la gente después de terminar sus estudios en la universidad, y las personas que acabamos eligiendo lo fueron únicamente en el caso de que hubieran aprendido en profundidad y de que se hubieran convertido luego en individuos altamente productivos que continuaban creciendo y creando. Queríamos encontrar a personas interesantes conocedoras de este mundo, difíciles de engañar, curiosas, humanitarias, con pensamiento crítico, creativas y felices. Buscábamos a hombres y mujeres que disfrutaran de un reto, ya fuera aprender una lengua nueva o resolver un problema, que se sintieran cómodos con lo extraño y lo desafiante, que se divirtieran buscando soluciones nuevas y que se sintieran a gusto con ellos mismos.

Queríamos saber cómo habían llegado a ser así, cómo encontraron su pasión, cómo consiguieron lo máximo de su educación, cómo podemos aprender de ellos. En algunos casos, estos creativos en la resolución de problemas, absolutamente seguros de sí mismos, aprendieron a pesar de la universidad; en otros, prosperaron gracias a las maravillosas experiencias con las que allí se encontraron. Algunos de ellos tuvieron éxito siempre; otros pasaron la mayor parte de sus años de instituto sobreviviendo a duras penas para acabar escapándose del pelotón ya en la universidad, o incluso más tarde.

Buscábamos a personas que se hubieran distinguido por hacer grandes descubrimientos o por haber encontrado formas nuevas de pensamiento, que tomaran buenas decisiones y que tuvieran suficiente confianza en sí mismas para explorar, inventar, cuestionar... Un médico que hubiera puesto a punto una práctica pionera, un profesor capaz de transformar completamente las vidas de sus estudiantes, un actor que cambiara la manera en la que el público se ríe, un escritor que cautivara a sus lectores, un músico que redefiniera la música, un albañil innovador o un diseñador de moda, ejemplos todos de personas que se adaptan con facilidad a situaciones nuevas y que son capaces de resolver problemas que nunca antes se les habían presentado.

¿Amasaron una gran forturna? En algunos casos sí, pero eso no formaba parte de nuestros criterios. Si algunas de las personas que hemos entrevistado habían acumulado una riqueza considerable, pusimos interés en saber qué habían hecho con ella y cómo habían llegado a ser creativas, originales. En otros casos en los que la recompensa financiera se había ido acumulando con lentitud, queríamos saber a qué se habían dedicado en sus vidas y qué produjeron en ellas.

¿Consiguieron buenas notas en la universidad? La mayoría sí, pero también lo hicieron muchas otras personas que en realidad no consiguieron el mismo provecho a su educación. Las calificaciones altas, por sí mismas, no dicen demasiado. Consideremos por un momento la historia de las calificaciones. No siempre han formado parte de la escolarización formal. Hace unos doscientos años, la sociedad comenzó a pedir a los educadores que le contaran cuánto habían aprendido los estudiantes. Alguien en alguna parte –posiblemente en Oxford o en Cambridge a finales del siglo XVIII – dio con el sistema de poner a los mejores estudiantes una A, a los siguientes una B, etc. No se trataba más que de un sistema taquigráfico del que se pretendía que describiera lo bien que piensan las personas. A lo largo de casi todo el siglo XIX, las escuelas en Inglaterra y en Estados Unidos utilizaron únicamente dos calificaciones. O se superaba una determinada asignatura, o no. Pero hacia finales de ese mismo siglo, las escuelas ya habían adoptado un rango de calificaciones de la A a la F,4 o del uno al diez, o de alguna otra escala. En el siglo XX añadieron signos más y menos, o decimales.

¿Y qué nos dicen estas letras y símbolos? A menudo no mucho. Neil deGrasse Tyson, el astrofísico que dirige el Hayden Planetarium, nos comentó: «Ya de adulto, nadie te pregunta qué notas sacaste. Las calificaciones devienen irrelevantes». Y por buenas razones. Es muy difícil meterse en la cabeza de alguien y acabar sabiendo qué piensa, por no hablar de anticipar lo que será capaz de hacer con ese pensamiento. Como resultado, las calificaciones han sido con frecuencia pésimos predictores de éxitos o fracasos futuros. Por ejemplo, a Martin Luther King Jr. le pusieron una C en oratoria pública.5

Hace unos cuantos años, dos físicos de una universidad estadounidense llevaron a cabo un experimento que muestra el sinsentido en el que pueden llegar a convertirse las calificaciones y las puntuaciones en las pruebas.6 Querían saber si un curso de física básica en la universidad cambiaría la manera en que los estudiantes comprenden cómo se comporta el movimiento. Para averiguarlo, idearon una prueba que denominaron Inventario del Concepto de Fuerza. Ese examen medía la manera en que los estudiantes comprendían el movimiento, pero no era el tipo de examen que se acostumbraba a hacer para calificar a los estudiantes en física y, debido a múltiples razones que no trataré ahora, en realidad no podía utilizarse regularmente para ese propósito.

Pasaron esa prueba a seiscientos estudiantes matriculados en la asignatura «Introducción a la física». La mayoría de ellos la hicieron bastante mal debido a que no comprendían el movimiento. Sin entrar en demasiados detalles, digamos que jamás habrían podido poner un satélite en órbita dado como pensaban que se comportaba el movimiento. Pero eso fue antes de que cursaran la asignatura. Después, los estudiantes tomaron sus apuntes, y algunos sacaron una A, otros una B, otros una C, unos cuantos una D y algunos suspendieron.

Varios meses después de que terminase el curso, volvieron a pasar la misma prueba a los estudiantes. Unos cuantos demostraron que habían conseguido una mejor comprensión del movimiento. No obstante, la mayoría de ellos se aferraba a sus ideas antiguas. Y lo más notable fue que las calificaciones obtenidas por los estudiantes en la asignatura no predecían quiénes habían entendido los principios newtonianos del movimiento. Era igual de probable –o improbable– que hubieran cambiado su comprensión los estudiantes calificados con A que los estudiantes calificados con C. Consecuentemente, algunos de los estudiantes de A no habían aprovechado más de la asignatura que los que la habían suspendido. Los mejores de la clase sólo resultaban mejores memorizando fórmulas, colocando la cifra adecuada en la ecuación y calculando la solución correcta para el examen, pero todo eso no proporcionaba reflejo alguno de lo que habían entendido acerca de los principios del movimiento. Esto tampoco significa que las calificaciones bajas produzcan resultados mejores. Sólo quiere decir que, por lo general, las calificaciones nos dicen bien poco del aprendizaje de los estudiantes.

Hace no mucho comí con un destacado ingeniero químico que me contó que había cursado dos veces una asignatura, la primera vez en sus estudios de grado y otra vez más en una escuela de postgrado. «Aun hoy –me dijo–, no he entendido esa materia, pero saqué una A en las dos asignaturas. Aprendí a estudiar de la manera adecuada y a que me fuera estupendamente en los exámenes, pero en realidad no aprendí nada». En otras asignaturas aprendió con mucha profundidad, y en su campo consiguió un éxito notable. Pero imaginemos por un momento que su experiencia en esa asignatura en concreto hubiera resultado más frecuente, y que hubiera pasado por la facultad jugando a la estrategia de sacar buenas notas en todas las asignaturas: podría haber obtenido altas calificaciones sin haber aprendido absolutamente nada.

Puede que el interés se tenga en la ingeniería química, en la física o en poner satélites en órbita. Pero no es este el asunto. Independientemente de las metas personales que se puedan tener, las calificaciones altas no desvelan necesariamente lo que se sabe o lo que se podría hacer con esa comprensión. Más adelante, en el libro exploraremos cómo se puede sacar una A y seguir sin comprender el movimiento, pero, por ahora, limitémonos a mantener en mente que las buenas calificaciones no significan en absoluto que se haya comprendido algo. En la universidad se pide a menudo memorizar una gran cantidad de materia que no ejerce influencia alguna en las vidas futuras.

Imaginemos por un momento un mundo diferente, un lugar en el que los estudiantes encuentran significados profundos en todo lo que aprenden. En ese universo, el aprendizaje cambia la forma de ser de las personas y la manera en la que contemplan el mundo. Se convierten en individuos que resuelven mejor los problemas, que son más creativos y humanitarios, más responsables y más seguros de sí mismos. Los estudiantes son capaces de razonar sobre las implicaciones y aplicaciones de lo que aprenden. Sin temor a cometer errores y repletos de preguntas e ideas, los ciudadanos de ese lugar suelen disfrutar explorando con facilidad áreas nuevas, a la vez que experimentan un sentimiento de profunda humildad ante la complejidad que el mundo puede llegar a mostrar. El aprendizaje sigue siendo una aventura. Se pueden olvidar unos cuantos hechos y seguir sabiendo cómo encontrarlos de nuevo cuando hagan falta.

Para algunas personas existe un mundo así. Pero en la universidad y en la vida, todos sentimos cada vez más la presión para aprender únicamente con vistas al examen o para satisfacer a otra persona. Sacar A en el instituto o en la universidad es magnífico, pero –y esta sí que es una magnífica nota– dice poco sobre lo que tú eres, sobre lo que puede que hagas en la vida, sobre lo creativo que puede que seas o sobre lo que llegues a comprender. Por supuesto, también en el caso de que no te dieran buenas notas seguiríamos sin saber demasiado acerca de ti.

En la universidad hemos tipificado cinco categorías de estudiantes:

1. Los que reciben buenas notas, pero no llegan a ser más productivos que sus compañeros que sacan C o D.

2. Los que reciben buenas notas y consiguen aprender en profundidad, a ser expertos flexibles, a resolver problemas con solvencia y a ser personas muy creativas y humanitarias.

3. Los que reciben notas mediocres, pero que algún día consiguen un éxito fenomenal debido a que aprendieron en profundidad, a pesar de lo que dicen sus expedientes académicos.

4. Los que reciben malas notas, lo dejan y llevan una vida en gran parte dependiente de otros.

5. Los que reciben malas notas, pero que se dicen a sí mismos (a menudo sin demasiada evidencia disponible) que llegará el día en que brillarán.

Naturalmente, las calificaciones altas tienen su recompensa. Un expediente académico brillante puede ser de mucha utilidad a cualquiera en nuestra sociedad. Más adelante en este libro dedicaré un tiempo a ayudar a saber cómo sacar una A, pero si tuviera que elegir entre buenas notas y un aprendizaje en profundidad, siempre elegiría este último.

Básicamente, lo que deseamos es promover un aprendizaje profundo, apasionado, dichoso y creativo. Las calificaciones son importantes, pero cualquiera que se centre únicamente en conseguir Aes acabará muy probablemente sin aprender en profundidad. Sin embargo, cualquiera que se concentre en aprender de forma profunda podrá sacar calificaciones altas. Mostraremos cómo puede conseguirse.

Nuestro consejo se fundamenta en dos fuentes principales. La primera es una lectura atenta de la literatura sobre teoría e investigación acerca de los buenos estudiantes. Treinta o cuarenta años de investigación nos han revelado muchas cosas. Parte de esa literatura mide a los buenos estudiantes por la media de sus calificaciones y, como ya hemos visto, eso no nos dice demasiado. No obstante, otro conjunto de investigadores ha considerado a los estudiantes que consiguieron aprender en profundidad. Aquí encontrarás reflejo de esos estudios y de sus ideas.

La segunda fuente son las entrevistas que hemos realizado a varias docenas de personas que han llegado a tener mucho éxito y a ser creativas, que resuelven bien los problemas y que son humanitarias: médicos, abogados, líderes políticos y empresariales, expertos en informática y artistas, músicos, madres, padres, vecinos, laureados con el Nobel, beneficiarios de «Becas Genius» MacArthur, ganadores de premios Emmy y unos pocos aún hoy estudiantes de universidad. Compartiremos algunas de sus historias; unas divertidas, otras tristes, pero todas inspiradoras.

INTEGRAR TUS CAPACIDADES Y ENCONTRAR TU PASIÓN

«Este es un curso –siguió diciendo Paul Baker–, en el que se asume que vosotros estáis interesados en el trabajo de la mente». Sherry apenas era consciente del muchacho que se sentaba a su lado –un futuro jugador profesional de fútbol americano– dada la intensidad con que ambos atendían. La creatividad puede aparecer en cualquier área, explicó Baker, no únicamente en las artes. «Puede encontrarse en un sermón, en una fórmula científica o en un libro, pero también en algo que construyáis, en un trazado urbano bien planificado, en un plato maravilloso o en una gasolinera bien gestionada». Ingenieros, científicos, músicos, agentes de la propiedad, abogados, historiadores, estilistas del cabello y tantos otros, todos, han conseguido ser creativos en su campo. Un trabajo de la mente, concluyó Baker, podía ser cualquier cosa original e innovadora.

Su profesor dijo algo ese día que sorprendió a casi toda la clase, y que intrigó a Sherry. «Muchas personas que conozco estaban muertas ya antes de llegar al último curso del instituto», afirmó Baker. «Mantenían los mismos conceptos, las mismas formas de contemplar sus circunstancias, las mismas respuestas, las mismas imágenes emocionales y visuales de siempre; en la práctica, ninguna de esas personas ha experimentado cambio alguno».

Invitó a Sherry y a sus compañeros de clase a un futuro diferente, a uno en el que llegasen a conocerse a sí mismos y en el que gracias a ese conocimiento aprendieran a crear y a crecer. «Confío en que todos en esta clase os decidáis a tomar el control de vuestras vidas, a llegar al fondo de vosotros mismos, a explorar quiénes sois y qué tenéis, y a aprender a utilizar esas facultades interiores». Se detuvo y miró a los que estaban sentados en la última fila. «No por el éxito, no por hacerse notar; eso no es importante. Lo que es importante es que cumpláis con vuestra necesidad personal de seguir creciendo».

Para ser creativo, repetía una y otra vez, es necesario comprenderse a uno mismo, incluidas las fortalezas y debilidades personales. Se debe aprender a integrar las capacidades propias, a adiestrarlas para que se respalden unas a otras. Para ello, se debe abrir un diálogo con el yo interior. Baker pedía a los estudiantes que tuvieran siempre a mano un cuaderno para anotar sus reacciones a los ejercicios. «Escribid la historia de vuestra vida hasta hoy, y escribid vuestras reacciones a todo lo que hacemos». Escribid a lápiz, les decía, «o con ceras de colores. Con lo que queráis». Lo más importante es que os examinéis a vosotros mismos y la manera en que trabajáis. «Habituaos a las pautas que hacen que broten cosas de vuestra mente y de vuestra imaginación. Descubrid cuándo y en qué momentos del día trabajáis mejor y qué es lo que os motiva». ¿Es el enojo o el sosiego? ¿El deseo de demostrar que otro está equivocado? «¿Qué tipo de necesidades interiores queréis satisfacer?», les preguntaba.

Baker decía a la clase que todo lo que llegasen a crear procedería del interior de cada uno de ellos, y que por eso es por lo que debían conocerse a sí mismos. Esa era la razón por la que tenían que escribir la historia de sus vidas y aprender a conversar con ellos mismos, para así encontrar lo que hay en su interior; y para descartar las partes que se han hecho viejas y han quedado obsoletas; y para mejorar y poner en uso los elementos personales que son únicos, hermosos y útiles.

A partir de ahí, todos los días empezaban las clases con ejercicios físicos, «para hacer que fluya la sangre», les decía Baker. «No puedo trabajar con vosotros si estáis cansados y con desgana», añadía. «Quiero que la sangre fluya y que vuestra mente se muestre aguda».

Años más tarde, mucho después de que Sherry hubiera ayudado a rediseñar ciudades, publicado una novela, realizado documentales de televisión y trabajado en proyectos por todo el mundo, rememoró cómo había empezado a desarrollarse esta experiencia excepcional de aprendizaje. Baker hablaba a los estudiantes del trabajo y les decía que tenían que encontrar lo que provocaba que dejasen de trabajar. Escribid un ensayo, les decía, sobre vuestra resistencia a poneros a trabajar; sondead vuestras costumbres; pensad en alguna tarea realmente creativa que hayáis hecho anteriormente, y preguntaos qué tuvisteis que hacer antes de abordarla: ¿qué circunstancias os rodeaban?, ¿cuál era vuestro estado de ánimo?, ¿os tumbasteis a la bartola?, ¿os fuisteis a dar una vuelta?, ¿mirasteis por la ventana?, ¿os hizo falta un lugar cerrado, sin distracciones?, ¿un espacio abierto?, ¿a dónde fuisteis? Visualizaos trabajando y después poneos manos a la obra. «Yo lo primero que necesito es comerme un helado», confesó Baker.

«Faulkner –contó a la clase– se subía a menudo a un árbol. También pasaba horas con los zapatos quitados, sentado en la tienda local junto al mostrador de las revistas, escuchando a la gente entrar y salir. Y se cuenta que escribió entera Mientras agonizo tumbado sobre una carretilla puesta boca abajo que se hacía servir para transportar leña y alimentar una caldera en la University of Mississippi».

El objetivo no es hacer lo que Faulkner hizo, sino comprenderse a uno mismo: explorar quién eres, cómo funciona tu mente y lo que te aleja del trabajo. Decía a los estudiantes que el curso trataba fundamentalmente sobre ellos mismos; que en él se explorarían las formas en que reaccionaban al trabajo y que llegarían a familiarizarse con ellos mismos de manera que acabarían sabiendo lo que podrían aportar a la mesa de trabajo. «Muchas veces os despertaréis a las tres de la mañana, y deberíais levantaros y poneros a trabajar. Si vuestra mente se encuentra despierta y con energía, levantaos y trabajad. ¿Qué son unas horas de sueño perdidas comparadas con poder hacer algo?».

«Puede que incluso tengáis que llegar a amenazaros para poneros a trabajar», reflexionaba Baker. Pensad cómo será cuando seáis viejos, cuando os acerquéis a la muerte. ¿Ya habréis muerto en vuestro interior, o vuestra mente se mantendrá viva con ideas nuevas que sin lugar a dudas serán vuestras?

En primer lugar, debéis aprender sobre vosotros mismos. A continuación, encontrad una gran tarea creativa de vuestra mente que sea capaz de entusiasmaros: ved su reflejo en otros y en vosotros mismos, investigad lo que hay detrás de esa tarea, buscad su naturaleza interna y explorad las posibilidades que sugiere. Después, descubrid vuestra pasión y dejaos llevar por ella. «Si no sois capaces de entusiasmaros, nunca produciréis nada», les advertía Baker.

Sherry apenas se volvió en su silla giratoria para poder dar un vistazo fugaz al lugar extraño en el que se encontraba. En los años siguientes, sobre esos cuatro escenarios, ella llegaría a ver un deslumbrante despliegue de luces y sonidos, un popurrí de escenas capaz de hacer estallar las mentes y de agitar a la audiencia con una colección de colores y texturas, líneas y ritmos, contornos y sonidos. Esas actuaciones mezclarían películas y actores en directo, quebrantarían todas las reglas del teatro y distorsionarían sus sentidos. Hamlet aparecería como tres personajes, todos ellos trotando por esos escenarios girados que se levantaban desde el fondo y que permitían a los espectadores retroceder en el drama girándose a su vez en sus sillas para seguir el desarrollo de la obra. No caería telón alguno para detener el movimiento. No existirían barreras para el espacio o el tiempo, sólo acción derramándose sin parar sobre la sala.

Pero, por el momento, ella seguía absorta en las palabras de un único hombre, sentado en el borde de uno de esos cuatro escenarios y hablando de una forma que la incomodaba tanto como la complacía. Baker advertía a los estudiantes de que las buenas ideas o los buenos resultados no llegan pronto, y que si lo hacen es únicamente a unas pocas personas selectas. «Si queréis aprender algo –les confesaba–, debéis poneros a trabajar firmemente en ello. Debéis explorar, probar, cuestionar, relacionar, hacer caso omiso al fracaso y perseverar, para finalmente acabar rechazando las primeras respuestas fáciles y los enfoques sencillos. Debéis seguir buscando algo mejor. No os preocupe –continuaba– que vuestros primeros intentos resulten “raquíticos”. Cosas mejores llegarán con el trabajo». «Cuando era un chaval –les contó– jugaba de receptor en el equipo de béisbol del barrio. Antes de haber acabado en el instituto debí de haber efectuado cientos de lanzamientos a la segunda base para conseguir acertar en el sitio», con precisión. «Pero tuve que seguir practicándolo una y otra vez hasta que al fin eché músculos. Pensad la de veces que tiene que costar llegar a producir una obra valiosa y “auténticamente madura”».

Ese primer día, después de la clase, Paul Baker pidió a Sherry Kafka y a algunos estudiantes más que lo acompañasen a tomar un café. Fueron muy cerca, hasta una de esas tiendas pasadas de moda con un mostrador en forma de U, donde unos pocos estudiantes sorbían brebajes de soda sentados en taburetes redondos de color rojo.7 Baker sacó un formulario que Sherry había rellenado sobre ella misma. «Veo que quieres ser escritora», le comentó.

«No, señor –le replicó–. Soy escritora». Baker rio, pero no a modo de burla, sino sólo como reconocimiento y aprecio de la confianza mostrada por ella. «Yo no estaba intentando hacerme la estudiante sabelotodo ni nada parecido –declaró ella posteriormente–, sólo intentaba ser exacta. No fui yo la que escogió ser escritora; sencillamente es en lo que me había convertido».

Pero ¿cómo lograron Sherry y otros estudiantes que hicieron el curso convertirse en gente tan creativa? ¿Qué se puede aprender de sus experiencias sobre su yo creativo? Para Sherry y para cientos de estudiantes que pasaron por ese curso mágico, las ideas más poderosas surgieron de un nuevo vocabulario que Baker les había dado, de la validación de su propia singularidad y de los ejercicios que hicieron para explorar esas ideas. Compartiré contigo, lector, algunos de los detalles de esos ejercicios y conceptos para ayudarte a ver lo inusual que puede llegar a ser el camino que conduce al desarrollo creativo y para presentarte una sencilla pero poderosa forma de razonar sobre la creatividad. Lo que aprendieron los estudiantes en el curso de Baker resume algunas de las ideas principales con las que nos encontraremos a lo largo del libro.

Cada acto creativo, insistía Baker, trabaja con cinco elementos: espacio, tiempo (o ritmo), movimiento (dirección o línea), sonido (o silencio) y contorno (o color). «Estos cinco elementos siempre han formado parte de mi pensamiento en cualquier proyecto que desarrollo –comentaba–. Se convierten en un lenguaje universal para el proceso creativo». Veremos estos mismos elementos en el trabajo creativo de todas las demás personas que hemos estudiado, independientemente de que procedan de las artes, las empresas, las ingenierías, las ciencias o las leyes.

Para ayudar a las personas a explorar esos elementos y para comprenderse a sí mismas con respecto a ellos, el curso «Integración de capacidades» invitaba a los estudiantes a participar en una serie de ejercicios llevados a cabo durante un semestre de quince semanas, y en cada uno de los casos a escribir acerca de sus reacciones internas ante ellos. Para empezar, simplemente cruzaban andando el escenario dos veces, una vez expresando tragedia y la otra expresando comedia, utilizando los momentos de esa experiencia para reflexionar sobre cómo ellos mismos pensaban acerca de lo que estaban haciendo y cómo utilizaban el espacio. «No hay maneras correctas o incorrectas de hacerlo –informaba Baker–, y sólo fracasareis en el caso de que no utilicéis el ejercicio para aprender algo sobre vosotros mismos».

En segundo lugar, Baker daba a los estudiantes una palabra y solicitaba de ellos que escribieran cualquier cosa que les pasase por la cabeza: les pedía que dejaran fluir como una arroyada los pensamientos de su mente consciente y que recogieran esos pensamientos sin importarles las reglas de la escritura. También les mostraba un boceto muy simple y les decía que comenzasen a dibujar. «Haced ambas cosas todos los días –insistía–, y fechad las páginas de manera que podáis volver a ellas y estudiar vuestro patrón de razonamiento».

Para el tercer ejercicio, Baker pedía a los estudiantes que analizaran a alguien que conociesen desde hacía mucho tiempo. Los estudiantes debían examinar los antecedentes y orígenes de sus protagonistas, cómo vivían y cuál era su ritmo de vida y, por último, sus principios y filosofías básicas. ¿Procedían sus protagonistas de una ciudad o de una granja, de un pueblo grande o de uno pequeño? ¿Qué les hacía ser como eran? ¿Qué hacían para divertirse? ¿Cómo trabajaban, caminaban, se sentaban y hablaban? ¿Qué colores vestían? «Tomad todo lo que sepáis sobre esa persona –les pedía Baker– y reducidlo a un ritmo que podáis palmear con vuestras manos. La capacidad de comprender el ritmo ya la tenéis», recordaba a la clase. «Habéis estado haciéndolo toda vuestra vida; desde que estabais en la cuna, por el ritmo de cada persona ya sabíais cuál era la que acabaría cogiéndoos en brazos».

Pero no os limitéis a seguir el ritmo, advertía a la clase. Cualquiera puede dar palmas con sus manos de alguna forma. Eso es fácil. En lugar de ello, utilizad el estudio para explorar vuestra propia forma de pensar. ¿Cómo reaccionáis ante las personas, y cómo se integran todos los elementos que habéis descubierto en la vida de un individuo? Y lo más importante, ¿cómo creasteis algo original? Para poder avanzar en este cometido, debéis dejar de preocuparos por los resultados. Sumergíos en el proceso y construid mediante esta tarea una vida completamente nueva.

En el cuarto ejercicio, los estudiantes elegían un objeto natural inanimado y comenzaban a escribir adjetivos descriptivos sobre él –sobre su color, textura, líneas, masa y puede que hasta su ritmo–. Lo observaban desde diferentes ángulos y con estados de ánimo distintos, y escribían tantas palabras como podían imaginar. Desde ahí, empezaban a darle un ritmo y a partir de ese ritmo creaban un personaje, una persona que comenzaba a actuar. Escribían un diálogo para su personaje y creaban una escena con texto, un espacio que era reflejo de la naturaleza del personaje. «Después de someterlo quince o veinte veces a un proceso de destilación –les decía Baker– conseguiréis tener listo un resultado. Cada vez que lo proceséis, escribidlo, y retroceded obligándoos a empezarlo de nuevo». Les recordaba de nuevo que tenían que dejar de preocuparse por los resultados y comprometerse con el proceso. «Cuando se está construyendo una clase de vida nueva para uno mismo, este proceso de descubrimiento es la clave del crecimiento. No tengáis prisa por obtener una respuesta rápida o un resultado», concluía.

En el quinto y culminante ejercicio, los estudiantes descubrían un objeto que contenía muchas clases diferentes de líneas, y dibujaban en papel las que les gustaban; una rama de árbol, una piedra irregular o una flor, cualquier cosa con líneas complejas servía. Después empezaban a abandonar las líneas y a sentir el ritmo con el que se encontraban, y los colores y sonidos que eran capaces de asignar a los diferentes trazos. Comenzaban a descubrir qué líneas les complacían y cuáles podrían descartar. Puede que remarcaran algunas dependiendo de la respuesta de sus músculos a las líneas, y que abandonaran otras, las menos atractivas. Baker pedía a los estudiantes que prestasen atención a sus músculos, que dejasen que sus respuestas físicas a las líneas y al ritmo dominasen sus reacciones y que evitasen por completo cualquier tipo de intelección. Este ejercicio final duraba varias semanas, durante las cuales los estudiantes producían diversas obras de arte que eran derivaciones de esas líneas que ellos habían conservado y sobre las que hacían sus desarrollos. Unos escribían música, otros pintaban y otros esculpían. Pero no importaban los productos. «Es un ejercicio en el que vais a escuchar a vuestros propios músculos», les decía Baker.

En todos estos ejercicios, Sherry y sus compañeros de clase encontraron recompensas, no en los resultados que produjeron, sino en la oportunidad que cada ejercicio les proporcionó para explorar su propio pensamiento y la manera en que respondían al espacio, al tiempo, al color, al sonido y al contorno. A ninguno le importó lo que representaban sus ejercicios, pues sólo los utilizaban para mantener consigo una conversación interior. Gracias a estas actividades extravagantes, poco a poco se fueron dando cuenta de las cualidades únicas que podían aportar a cualquiera de estas dimensiones. Empezaron a valorar el proceso creativo como el núcleo central de su propia educación y a considerar que si bien puede expresarse mediante las artes, también puede aparecer en una fórmula química, en una nueva forma de contemplar la historia, en un método novedoso de proporcionar servicios médicos, en una nueva técnica quirúrgica, en una cura para el cáncer, en un parque bien diseñado, en un plato creativo e incluso en lo que haces con tu dinero.

Cada ejercicio ayudaba a los estudiantes a ver que el ingenio creativo comenzaba tanto en su interior como en su capacidad de reconocer las grandes obras de la mente de otros. «Me di cuenta –dijo años después uno de ellos– de que una parte importante de ser creativo era la capacidad de reconocer buenas ideas y bellas creaciones cuando te encontrabas con ellas y descubrías formas de apropiártelas. Pero eso también significaba –y esto era crucial– rechazar las primeras respuestas obvias que nos facilita lo convencional, y tomar impulso para poder ir más allá en la búsqueda de algo original».

En los ejercicios de Paul Baker los estudiantes cultivaban cierto sentido del asombro y del entusiasmo, cualidades que hemos encontrado repetidamente en las personas que entrevistamos. Estaban sencillamente embelesados por el mundo, por el aprendizaje, ante la posibilidad de alcanzar niveles nuevos de excelencia, de descubrir formas nuevas de comprender o de hacer. Y su entusiasmo no se extendía únicamente a un campo especializado de estudio o a una profesión, sino a cualquier conjunto de materias que combinara a menudo las artes y las ciencias, el latín y la medicina, la historia y la comedia o el periodismo y la justicia, por nombrar algunos de esos conjuntos. Con una fascinación prácticamente infantil, nuestros mejores y más creativos estudiantes abordaban lo desconocido, rechazaban lo banal e iban en busca de sus propias creaciones personales fruto de sus mentes. Encontraban la motivación para hacerlo en ellos mismos y asumían el control de su propio aprendizaje. Más adelante también exploraremos el poder de lo que los psicólogos denominan motivación intrínseca, eso que procede del fondo de uno mismo. Un poder así –y aquí reside el asunto– puede marchitarse y morir si permitimos que motivadores extrínsecos –calificaciones, recompensas, premios– nos abrumen y nos hagan sentir que somos manipulados.

Los mejores estudiantes aprenden también que no hay nada fácil. Crecer implica trabajar duro. El mundo es un lugar complejo. Todos nos convertimos en animales de costumbres en lo que concierne a las formas en que pensamos y actuamos. Aprender es arrancar esos hábitos mentales profundamente arraigados. Conseguirlo exige que nos esforcemos, que nos mantengamos construyendo y reconstruyendo, cuestionando, bregando y buscando.

De hecho, esta es una de las diferencias principales entre los estudiantes con mucho éxito y los mediocres: los estudiantes corrientes piensan que deben darse cuenta inmediatamente si van a ser buenos en algo. Si no, lo abandonan enseguida, bajan los brazos y se dicen: «No puedo hacerlo». Sus compañeros de clase más destacados muestran una actitud completamente diferente –y se trata sobre todo de un asunto de actitud, más que de capacidad–. Perseveran manteniéndose manos a la obra durante mucho más tiempo y siempre son reacios a abandonar. «Aún no lo he pillado», suelen decir, mientras que otros se desgañitan diciendo: «No valgo para» escribir, la historia, la música, las matemáticas, o lo que sea. La escolarización tradicional recompensa las respuestas rápidas –a quien primero levanta la mano–, pero un trabajo innovador de la mente, algo que perdura y que cambia el mundo, exige un progreso lento y firme. Requiere tiempo y devoción. No puedes saber qué podrás hacer hasta que te enfrentes a ello repetidas veces.

Las personas de mucho éxito que hemos estudiado aprendieron que para perseverar con lo que se proponían debían creer que podían conseguirlo –incluso se visualizaban a ellos mismos haciéndolo– y que debían comprenderse a sí mismos. ¿Cómo se trabaja mejor?, se preguntaban. ¿Cómo puede uno motivarse? Todos conocían el poder de la motivación intrínseca, muy superior al de trabajar para conseguir recompensas como calificaciones o títulos. «Los títulos nunca importaron», nos dijeron. Todo procedía de un deseo interior por aprender, por crear y por crecer. «Según mi experiencia en la vida –apuntó Neil deGrasse Tyson– la ambición y la innovación están siempre por encima de los títulos».

Sherry y sus compañeros de clase comenzaron a darse cuenta de que eran responsables de su propia educación. No lo hagas por el profesor, aprendieron, hazlo por ti mismo. Hazlo porque sirve para lo que tú necesitas, crecer. Años después ella nos dijo: «Salí de esa clase comprendiendo que no iba a la facultad por mis profesores. Ellos no vivían mi vida. Yo era la única responsable de aquello en lo que acabaría por convertirme».

CULTIVAR LA VIDA CREATIVA

Podemos comenzar a ver el desarrollo de esta vida creativa en personas que nunca asistieron al curso de Baker, pero que en última instancia experimentaron algo similar. Liz Lerman se convirtió en una de las más célebres e innovadoras coreógrafas del teatro estadounidense al combinar política y ciencias, introspección y construcción personal de significados, lo experimental y lo onírico. En miles de actuaciones de danza por todo el mundo, el Dance Exchange (Intercambio de Danza) borró las fronteras que separan las artes y las ciencias, el público y los intérpretes, el aprendizaje y el entretenimiento. Hasta hace poco ella no había oído hablar nunca de Paul Baker, pero ha desarrollado de manera independiente ejercicios parecidos para desatar la imaginación y la creatividad de líderes empresariales, políticos, educadores, etc. En el contexto de los ejercicios de Liz, tal y como lo expresó el premio Nobel de Economía Paul Samuelson, «las buenas preguntas tienen un rango muy superior al de las respuestas sencillas».

Liz procedía de un hogar determinado y de una tierra determinada, de una familia determinada y de una época determinada. Creció en Milwaukee, donde su padre le infundió el afán por ir en pos de la justicia, y donde aprendió danza y quedó fascinada por la historia de la política y por sus interminables disputas entre privilegios e igualdad. De niña, construyó un rico mundo de fantasía con muñecas y más tarde con personajes de novelas históricas. «Leía todos esos libros –nos dijo–, biografías y novelas históricas, y por la noche, antes de dormir, recreaba historias increíbles con sus personajes».

En ese mundo a lo largo de las orillas del lago Michigan, donde se amontona la nieve en invierno como el glaseado en un pastelillo, y donde también los niños juguetean en plena calle con los chorros de agua en un tórrido mediodía de agosto, Liz se esforzaba por encontrar sentido y propósito a la vida, por forjar sus propios principios y por encontrar un sitio y una forma de pensar que terminarían por llenar su vida de significado. Sus líneas vitales fueron casi siempre rectas, como la cuadrícula formada por las calles que se entrecruzan en Milwaukee, si bien en ocasiones se cortan en ángulos extraños, como en Muskego Avenue, o se curvan suavemente siguiendo las orillas de la bahía de Milwaukee. Sus ritmos procedían de las estaciones, del grupo de políticos del distrito electoral que mantenía ocupado a su padre, de los sonidos de la ciudad, de las clases de danza y de los ritos antiguos de preceptos religiosos.

Liz fue a la universidad con una beca de danza para el Bennington College en Vermont, donde las líneas corren colinas arriba, no como en el paisaje liso como una tabla de tierra y agua que acogió su juventud. Milwaukee y el lago habían sido como un escenario en el que los actores de su vida real y de la de fantasía bailaban al son de la política y la religión, donde Liz se había esforzado por averiguar cómo podría bailar a la vez que «hacer todas las cosas que mi padre esperaba que yo hiciera en este mundo, como combatir los problemas sociales o hacer justicia», donde había estado forcejeando durante «bastantes años» con «todo el asunto de Dios». En el Bennington College, las líneas y las pautas cambiaron, al igual que el espacio y el contorno, los sonidos y los ritmos.

«Tuve una carrera universitaria con altibajos –recordó–; a los dos años cambié a la Brandeis University, me casé y poco después me divorcié antes de dejar los estudios durante un año». Liz volvió a la University of Maryland, en la que se graduó después de otro año más, y posteriormente obtuvo un título de máster en la George Washington University. En el camino, se encontró con unas cuantas experiencias de aprendizaje memorables. En el Bennington College, un profesor de historia le planteó una pregunta y le proporcionó unas cuantas fuentes históricas, y le pidió que sacara sus propias conclusiones y que escribiera un ensayo sobre todo ello. «En eso consistió todo el curso», recordó ella. «Mi profesor quedaba conmigo dos veces a la semana para ver si tenía alguna pregunta que hacerle. Ahí es donde aprendí a coreografiar, a encontrar mi propia voz». Posteriormente, hizo un curso de improvisación en la University of Maryland que la ayudó a liberarse de sus errores y a aprender de ellos. Y por encima de todas las cosas, le encantaba explorar: «Solía pasar horas en las estanterías del fondo de la biblioteca sólo sacando libros de los estantes, dejándome llevar».

En los años posteriores a la universidad, Liz encontró su propia creatividad en las experiencias de su vida y en su capacidad para explorarlas. Reconoció la combinación única de líneas, espacio, movimiento, tiempo y contorno que se derramaba sobre su existencia y que le permitía abordar «asuntos de importancia cultural, social e histórica». Puso en escena aclamadas coreografías sobre «el presupuesto de defensa y otros asuntos militares», y su compañía celebró el centenario de la Estatua de la Libertad con una producción mastodóntica en un escenario al aire libre en Manhattan. En lugar de negar y reprimir el mundo de fantasía de su juventud, lo liberó definitivamente para que pudiera elevarse hasta lo más alto.

¿Cómo hizo todo eso? Exploraremos en los próximos capítulos la manera en que nuestros exitosos individuos hicieron realidad lo que habían imaginado.

En general, las personas que escogimos reconocieron su singularidad, definieron sus principios y encontraron un propósito y un significado para sus estudios y sus vidas. Veremos cómo utilizaron ese propósito y significado para construir motores de motivación poderosos que dieron resultados magníficos. Descubrieron en sí mismas una forma para motivarse en su trabajo. Esa motivación intrínseca se convirtió en su fuerza motriz. Llegaremos a entender el poder de los propósitos y hasta qué punto determinan los resultados en la vida. Desarrollaron para sí mismas una mentalidad flexible con la que llegaron a apreciar sus cualidades únicas, sus fortalezas y debilidades y su capacidad para crecer. Exploraremos cómo esas ideas sobre el crecimiento ayudaban a las personas a seguir probando, incluso tras cometer errores y dar pasos en falso. Veremos cómo llegaron a afrontar el fracaso y cómo consiguieron utilizarlo de forma productiva.

Estos individuos tremendamente productivos y creativos reflexionan sobre su propio razonamiento mientras están pensando. Ese proceso, denominado metacognición, facilita que entablen una valiosa conversación consigo mismos, que exploren su contexto, que cuestionen y corrijan su razonamiento sobre la marcha y que persigan las facultades dinámicas de sus propias mentes. También aprecian la complejidad de la vida y lo complicados que se muestran sus grandes interrogantes, así como las dificultades a la hora de sacar conclusiones sobre ellos. Examinaremos un enfoque de razonamiento crítico que permite a los mejores estudiantes enfrentarse a problemas difíciles y pensar en ellos comprendiéndolos, además de conseguir hacer flexible y adaptativa su pericia, y experimentar de esta forma el más alto nivel de crecimiento del que hablaba Baker.

Son capaces de confortarse a sí mismos y de encontrar tranquilidad personal, incluso frente a los acontecimientos más angustiosos y potencialmente depresivos. Poseen también una gran capacidad de empatía. La capacidad de hallar consuelo en sí mismos –superior a cualquier noción de autoestima– les permite enfrentarse a sus debilidades y buscar áreas de crecimiento. Todos llevan vidas equilibradas y aprenden de una rica variedad de campos, no de una única disciplina angosta. Analizaremos el poder de una educación amplia y general, y cómo nuestros protagonistas utilizaron esa clase de experiencias de aprendizaje para conseguir que crecieran sus mentes y convertirse en individuos muy creativos, humanitarios, curiosos y capaces de pensar de manera crítica, especialmente aptos para enfrentarse con flexibilidad a cualquiera de los desafíos de la vida.

Por último, las personas a las que hemos estudiado se enfrentaban siempre a las preguntas que a la postre acabarían haciendo que muchos de ellos brillaran en lo académico, jamás las evitaban. En un capítulo final indagaremos cómo las personas pueden aprender en profundidad a la vez que sacan calificaciones altas. Pero más que eso, examinaremos cómo leen, cómo estudian y cómo aprenden a escribir de forma que les capacite para conseguir que sus mentes crezcan, para hacer contribuciones importantes a este mundo y para encontrar significado en sus vidas.

ABRIR UN MUNDO NUEVO

Ernest Butler se crio en varios pueblos pequeños del centro y el este de Texas, donde sus padres daban clase en las escuelas municipales. Como muchos de los chicos de pueblos pequeños de ese estado, creció muy apegado a la tierra, ayudando a sus padres a cultivar unos cuantos acres en las afueras del pueblo. Cuidaba de una o dos vacas, y absorbía los ritmos, las líneas y las texturas de un territorio llano. Aprendió a levantarse temprano, para dar de comer a los animales y realizar demás quehaceres (un hábito, el de madrugar, que llevó consigo a la universidad), y también a tocar el clarinete porque le encantaba la música de Benny Goodman.

Sarah Goodrich creció en San Antonio, Texas, una ciudad con fuerte herencia y cultura españolas. Casi la mitad de la población de la ciudad habla español. Debido a ese ambiente, Sarah sintió mucha curiosidad por la cultura y la lengua españolas y quiso ser maestra de escuela, como su madre. Era hija única, y en los veranos solía viajar con sus padres bajando hasta Saltillo, en lo alto de las montañas de Sierra Madre, en el norte de México.

Cuando Sarah y Ernest acabaron en el instituto fueron a la universidad y se encontraron finalmente haciendo juntos el curso «Integración de capacidades» de Paul Baker. «Nos abrió a un mundo completamente nuevo», nos contaron. «Descubrimos el teatro, la música, la arquitectura y la creatividad». En la universidad, Sarah estudió educación y español. Ernest se centró en la química, se matriculó en más asignaturas de historia de las que le eran estrictamente necesarias y planeó entrar en la Facultad de Medicina. Finalmente, ambos encontraron en ese curso una experiencia capaz de cambiar su vida, una exploración de las artes y la creatividad que influyó en prácticamente todo lo que hicieron después. Como tantos otros estudiantes que llegaron a las clases de Baker, comenzaron a ver cómo una obra de arte desafía el pensamiento, cómo estimula la mente. Y lo más importante, empezaron a descubrirse a sí mismos y sus capacidades creativas.

Ernest acabó matriculándose en la Facultad de Medicina tras obtener su graduación en la universidad,8 y él y Sarah se casaron. Se hizo otorrinolaringólogo y abrió una clínica en Austin, Texas, donde crearía lo que se convirtió en la mayor clínica especializada en oído, nariz y garganta de la región. Tras unos años de ejercicio, compró una compañía en quiebra que se dedicaba a fabricar cámaras insonorizadas para explorar el oído de los pacientes, y llegó a convertirla en una de las mayores empresas del mundo en su clase. La compañía se diversificó fabricando cabinas de ensayo para músicos y cabinas de radiodifusión para emisoras. Sarah enseñó español en el instituto y llegó a pasar unos cuantos veranos en España. Ernest y ella mantuvieron en la comunidad local una actividad intensa relacionada con las artes; ambos disfrutaron analizando obras de arte que desafiaban su pensamiento. Ernest y Sarah, juntos, ayudaron a transformar el mundo de la música, la danza, el teatro, la ópera y los museos en el centro de Texas. Dedicaron su tiempo y gastaron su dinero, y anegaron con millones de dólares museos, fondos para becas, salas de conciertos y premios a la excelencia en la enseñanza de las ciencias, entre otras iniciativas. En un único y magnífico gesto filantrópico, donaron a la University of Texas en Austin cincuenta y cinco millones de dólares para dotar la School of Music (Facultad de Música). Regalaron gran parte de su fortuna para apoyar la belleza, la integración y el desafío que siempre proponen las obras de arte.

Sin embargo, las lecciones que aprendieron en la universidad sobre ellos mismos y la creatividad que desarrollaron en un curso que les «abrió a un mundo completamente nuevo» alcanzaron su máxima expresión no en la cantidad de dólares que vertieron a raudales sobre la sociedad, sino en las personas en que se convirtieron, en los principios y actitudes que desarrollaron, en la humildad con la que accedieron a su riqueza y buena estrella y en la creativa manera mediante la que hicieron llegar el poder y la belleza de las artes a otras personas. Desde sus días sentados en esas butacas giratorias del Studio One Theater (Teatro Estudio Uno), Ernest y Sarah habían aprendido a integrar las artes en todos los aspectos de su ser y a sentir la armonía entre diversas formas artísticas, sus propias vidas y su entorno social. Cuando le pregunté a Sarah si tenía una gran colección de obras de arte en su casa, ella respondió con suavidad: «Oh, no. Eso no ocurrirá nunca. Hemos vivido en el mismo modesto adosado desde hace muchos años, y allí no podría contemplar una gran colección un número elevado de personas. Nosotros queríamos compartir el arte con todos. La pusimos en un museo y así pudo pasar a formar parte de la comunidad».

GENIO IDENTIFICADO

Un día, mientras Will Allen cosechaba lechugas en su jardín, sonó el teléfono. Cuando el espigado horticultor urbano y antiguo jugador profesional de baloncesto contestó, al otro extremo del hilo un hombre le formuló la siguiente pregunta: «¿Ha oído hablar usted del Premio “Genius” MacArthur?». Will le confesó que no. «Hemos estado siguiéndole desde hace unos tres años –continuó diciendo el hombre– y usted es uno de los ganadores de este año. Recibirá a lo largo de los próximos cinco años medio millón de dólares; y podrá hacer con él lo que desee». Bastantes años después, Will admitió que estuvo a punto de colgarle el teléfono. No sabía que la MacArthur Foundation seleccionaba anualmente a unas cuantas personas que habían estado llevando a cabo trabajos altamente creativos, que los llamaba sin previo aviso y que les ofrecía 500.000 dólares.

Will, al igual que Liz, procedía también de una tierra determinada y una familia determinada, y utilizó sus raíces en esa tierra para crear uno de los más ingeniosos y prometedores experimentos urbanos del mundo. Sus padres habían sido aparceros en Carolina del Sur pero se mudaron al sur de Maryland, a las afueras de Washington, D.C., donde se las arreglaron modestamente en una pequeña finca agrícola. «No teníamos mucho dinero –nos dijo– y no podíamos comprar cosas, pero siempre teníamos abundancia de las sabrosas y nutritivas hortalizas que cultivábamos». Cuando tenía trece años, aprendió a jugar al baloncesto lanzando a una caja de melocotones que colgó de un viejo roble. El larguirucho adolescente de un metro y noventa y ocho centímetros mejoró muy rápido en el deporte, y se convirtió pronto en uno de los mejores jugadores juveniles del país, elegido durante tres años para participar en el High School All-American Game.9 Con ofertas de más de cien universidades del país para jugar en las ligas universitarias, eligió la University of Miami. Fue el primer afroestadounidense que jugó en un equipo de baloncesto universitario por la South Florida School.

Una vecina le había enseñado a leer incluso antes de que fuera a la escuela. Años después, todavía recordaba haber ido con ella a una representación del Otelo de Shakespeare, y todavía le conmovía el poder de esa historia. Hasta que llegó a sexto, asistió a escuelas segregadas del condado de Montgomery, Maryland. «Teníamos libros usados de las escuelas de blancos», recordó. «Faltaban algunas de las páginas y otras muchas tenían marcas. No se podían leer demasiado bien». Cuando llegó a la University of Miami, unas «cuantas personas del Klan10 se opusieron, pero la mayoría fue muy diplomática». Obtuvo su título en Educación Física y Sociología, pero también hizo más asignaturas de historia de las requeridas sólo porque descubrió que le encantaban. «Cuando jugué profesionalmente al baloncesto en Bélgica –comentó– ese conocimiento de la historia de Europa me vino muy bien».

Tras abandonar la finca familiar de sus padres para acudir a la universidad, se juramentó que jamás volvería a hacer esa clase de trabajo. De joven, todos los días, antes de poder irse a practicar cualquier deporte, tenía siempre tareas que hacer –cortar leña, arrancar malas hierbas– y esperaba librarse de esa clase de vida al marcharse a la universidad. Pero tuvo que aprender a hacer uso de su herencia labriega para encontrarse con la actividad creativa por la que acabarían galardonándole con los premios MacArthur Fellowship Award y Theodore Roosevelt Award, el «máximo honor» que confiere la National Collegiate Athletic Association (NCAA) (Asociación Atlética Universitaria Nacional). Cuatro presidentes de Estados Unidos han recibido este último premio, conocido popularmente como «Teddy», así como también senadores, secretarios de Estado, astronautas y un famoso cirujano cardiaco; su primer receptor fue el presidente Dwight D. Eisenhower; Will Allen lo obtuvo por ser un horticultor urbano.

Mientras jugaba profesionalmente al baloncesto en Bélgica, fue con un compañero de equipo a una granja familiar para ayudar a plantar patatas, y allí descubrió «una pasión oculta por cultivar». Después de volver a Estados Unidos y pasar algún tiempo haciendo negocios con una compañía de Cincinnati, comenzó a cultivar en las afueras de Milwaukee, donde se había criado su esposa, y finalmente se quedó con la última finca disponible en los alrededores de esa ciudad del Medio Oeste de Estados Unidos. En ese terreno de dos acres desencadenó una revolución que afloró de su propia historia y de sus principios.

Will fundó Growing Power (Poder de crecimiento) y se convirtió en su director ejecutivo, una empresa sin ánimo de lucro dirigida a resolver uno de los principales problemas de la vida urbana. En las grandes ciudades de todo el mundo, las personas no saben cómo cultivar su propio alimento, y lo normal es que crean que son incapaces de hacerlo. Dependen de grandes empresas que les proveen de los alimentos que comen, cultivados muchas veces en condiciones que no son sostenibles debido a que producen daños en el medio ambiente. Con un sistema así, la gente que vive en las ciudades se alimenta de productos sintéticos, que resultan ser más mezcolanza química que nutrición orgánica. Por si fuera poco, en un área urbana las personas sin trabajo carecen de medios para su sustento. La compañía sin ánimo de lucro de Will les enseña cómo producir su propia comida, incluso en una gran ciudad.

Con sus oficinas principales en el centro de Milwaukee, ese terreno de dos acres acabaría conteniendo el primero de una serie de centros de alimentación comunitarios. Estos centros experimentaron con nuevas formas de cultivar alimentos y de conseguir asociar a la gente local para ayudarla a producir los suyos. «En un espacio no mayor que un supermercado pequeño –proclama la página web– viven unas 20.000 plantas y hortalizas, miles de peces y un inventario ganadero que incluye pollos, cabras, patos, conejos y abejas». Tanto en Milwaukee como en Chicago, Growing Power forma a las personas para que cultiven su propia comida, y para ello utiliza tanto métodos transmitidos durante generaciones como enfoques de tecnología punta adaptados a un entorno urbano. Se han creado centros satélite de formación en varios estados del Sur y de Nueva Inglaterra. «Estos sistemas –afirma la organización– proporcionan alimentos de alta calidad, seguros, saludables y asequibles para todos los residentes de la comunidad». Los proyectos actuales se centran en la creación de un innovador huerto vertical de cinco alturas.

El genio creativo que hay tras esta revolución simplemente sigue el mismo patrón que se enseñaba a los estudiantes en el curso «Integración de capacidades». Will Allen se volvió a mirar hacia el interior de su propia vida y sacó de allí esa experiencia. Analizó el espacio urbano y el tiempo que lleva cultivar y distribuir alimentos, y pensó en maneras de emplear ese espacio y ese tiempo como nunca nadie había imaginado antes que él. Comenzó el espectacular experimento de Growing Power después de que unos chicos de un gigantesco plan de viviendas para familias con pocos recursos le pidieran ayuda para producir sus propios alimentos. Se maravilló de la dedicación que mostraban y encontró inspiración tanto en el valor de ayudar a los demás, algo que sus padres le habían inculcado, como en la determinación de esos chicos del barrio. Pero también aprendió a reconocer las buenas ideas cuando se tropezaba con ellas. En el proceso de construir su huerto urbano, exploró una amplia variedad de tecnologías, desde la hidroponía, que cultiva peces y plantas en un sistema cerrado, hasta un digestor anaeróbico que produce energía con sobras de comida. Will ha desarrollado nuevos métodos de producir abono orgánico vegetal para reciclar la mayoría de los desechos y conseguir así un sistema sostenible de horticultura independiente de fertilizantes químicos, y ahora enseña esos métodos a otras personas. Este «hortelano en jefe» está al mando de una compañía con un presupuesto anual de seis millones de dólares –y continúa en expansión.

El hijo de aparceros que creó y dirige la empresa sin ánimo de lucro Growing Power formó parte de la lista de las cien personas más influyentes del mundo que publica la revista Time. Fue invitado a la Casa Blanca para ayudar a la Primera Dama Michelle Obama a lanzar un programa para reducir la obesidad en los adolescentes, y ahora aconseja en materia de cultivos urbanos a universidades y líderes comunitarios. Es una voz tremendamente respetada en política alimentaria nacional e internacional y en tecnologías agrícolas emergentes. Cuando recibió el Teddy, le dijo a un reportero:11 «Valoro de verdad el premio, porque demuestra que los estudiantes deportistas pueden llegar a ser considerados algo más que meros símbolos del entretenimiento». Sin duda alguna, valoraba sus días de jugador en un equipo deportivo, y me dijo que utilizó esa experiencia para aprender la manera de construir las relaciones personales que hicieron de Growing Power un jugador básico en un importante movimiento urbano. «Fue –concluyó– la experiencia singular más influyente de cuantas me ocurrieron en la universidad». Pero, no obstante, después añadió: «Se puede hacer algo positivo con tu vida para impactar en la de otras personas de una manera distinta a la de que te contemplen únicamente como practicante de un deporte». Sin embargo, cuando le pregunté sobre su creación más importante, no mencionó ni sus aportaciones a la horticultura urbana ni su carrera en el baloncesto. «Ayudé a mi mujer a criar tres niños maravillosos». La creatividad llega en múltiples formas.

1. College en el original; en Estados Unidos un college es una institución de educación superior que puede ofrecer títulos de grado y de postgrado, y en la práctica no existe diferencia alguna entre las denominaciones university y college. Si bien originalmente la calificación de university sólo la tomaron las instituciones con muchas facultades y escuelas con una oferta amplia de especializaciones distintas, algunas de las más prestigiosas universidades que imparten gran variedad de grados y de postgrados en sus muchos centros han conservado su denominación de college por razones históricas, por lo que no se puede asegurar que un college en Estados Unidos tenga siempre una oferta más reducida de títulos de grado y de postgrado que una university. (N. del t.)

2. En Estados Unidos los cursos de primaria y secundaria se enumeran del uno al do ce y suelen comenzar a los seis años y durar hasta los diecisiete. (N. del t.)

3. Todas las citas textuales de Paul Baker proceden de, al menos, una de las siguientes fuentes: unos apuntes de clase tomados en el curso de 1962; los recuerdos de Sherry Kafka y de compañeros suyos que cursaron la asignatura, y un libro publicado en la década de los setenta del pasado siglo que recogió comentarios hechos por Baker en sus clases durante esos años (Paul Baker: Integration of Abilities: Exercises for Creative Growth, Nueva Orleans, Anchorage Press, 1977).

4. En muchos países, incluido Estados Unidos, las calificaciones siguen el sistema A-F, donde «A» es la mejor nota y «F», la peor; la letra «E» suele omitirse, ya que se utilizaba tradicionalmente para la calificación «Excellent». Una nota «F» es suspenso, y una «D» es la más baja que se puede otorgar para aprobar. La mayoría de las facultades estadounidenses exigen calificaciones «C» o superior para aprobar las asignaturas troncales. En algunos casos se usan los modificadores más (+) y menos (−) aplicados a cada letra para establecer valores intermedios. Por ejemplo, una A− es más baja que una A pero superior a una B+. Algunas instituciones educativas incluyen notas A+, mientras que otras no. Además, estos modificadores no siempre se aplican a la calificación F. En ocasiones se usa una nota «F−» –que también puede ser «FF» o «G»– para calificar resultados extremadamente bajos, académicamente deshonestos o cuando no se ha recibido la tarea para calificar. (N. del t.)

5. Una de estas famosas historias la protagoniza Fred Smith, que escribió en la universidad un ensayo que acabó siendo la génesis de Federal Express, la empresa de mil millones de dólares que fundó en Memphis, Tennessee. La leyenda cuenta que a Smith le pusieron una C por el ensayo, si bien él actualmente mantiene que no recuerda la nota que le dieron («Fred Smith on the Birth of FedEx», Businessweek, Online Extra, 20 de septiembre, 2004. Disponible en: <http://www.businessweek.com/stories/2004-09-19/online-extrafred-smithon-thebirth-offedex> [Última consulta, mayo de 2013]).

6. Ver I. A. Halloun y D. Hestenes: «The Initial Knowledge State of College Physics Students», American Journal of Physics 53, n. 11, 1985, pp. 1043-1055.

7. En estas tiendas, denominadas drugstores en Estados Unidos, se despachaban recetas, se vendía prensa, regalos, comestibles, artículos para el hogar, etc.; a principios del siglo XX, eran los únicos establecimientos autorizados a abrir los domingos, y en ellos se servían comidas sencillas y baratas en una barra de cafetería provista de un grifo de soda, en el que algunas bebidas carbónicas encontraron el mostrador que las hizo mundialmente famosas. En su momento sirvieron de lugares de reunión para artistas, gentes del espectáculo o trabajadores sin empleo. (N. del t.)

8. En Estados Unidos se suele acceder a las facultades de medicina (medical schools) tras haber obtenido un grado universitario (bachelor’s degree, habitualmente de cuatro cursos), o tras haber completado algunos cursos de una universidad acreditada para ello. (N. del t.)

9. Partido de exhibición anual de las ligas de baloncesto de institutos de Estados Unidos. (N. del t.)

10. Klan en el original; así es como informalmente se conoce en Estados Unidos al Ku Klux Klan, a menudo abreviado como KKK, una organización reaccionaria que defiende extremos como la supremacía blanca y el nacionalismo blanco, y que se muestra contraria a la inmigración. Desde su aparición en 1866, se ha destacado por el uso de la violencia y del terror en la reivindicación de sus insostenibles propuestas. (N. del t.)

11. Michelle Brutlag Hosick: «Growing Power CEO Is NCAA’s Theodore Roosevelt Recipient», NCAA Latest News, 1 de diciembre, 2011. Disponible en: <http://www.ncaa.org/wps/wcm/connect/public/NCAA/Resources/Latest+News/2011/November/Growing+Power +CEO+is+NCAAs+Theodore+Roosevelt+recipient> (Última consulta, mayo de 2013).

2
¿Qué convierte a alguien en un experto?

A la par que Jeff Hawkins crecía en la orilla norte de Long Island, años antes de que diseñara un pequeño aparato informático que cambió el mundo, él, sus dos hermanos y su padre inventaban cosas, principalmente disparatados artilugios flotantes. «Mi casa era un poco como esa película antigua, Vive como quieras»,1 declaró posteriormente. A la hora de la cena, los chicos y su padre engullían la comida y se bajaban rápidamente al gigantesco garaje que parecía más grande que el resto de la casa junto. En ese espacio mágico jugueteaban con plásticos, metales y maderas, creando una locura de barca que se parecía más a una nave alienígena que a cualquiera de las embarcaciones habituales que los domingos a mediodía surcaban las aguas del estrecho de Long Island.

Cuando no estaba construyendo cosas, se iba con su bicicleta a la biblioteca para buscar información sobre historia, sociedad o ciencias. Le fascinaron los libros de juegos matemáticos, y en el instituto se unió al equipo de matemáticas. A Jeff le intrigó también la magia, no sólo para aprender a hacer trucos desconcertantes con los que confundir a sus amigos, sino también para entender cómo se podía engañar a las personas con algo que contravenía con tanta claridad toda su comprensión del universo. Construyó modelos mentales sobre el funcionamiento del mundo, y si había algo que desafiaba esos modelos quería saber por qué. Este futuro gigante de la industria informática llegó a interesarse por la música en gran parte por las mismas razones –no tanto como intérprete como para averiguar las razones por las que diversos sonidos resultan atractivos a personas diferentes–. ¿Por qué conmueve determinada música? ¿Por qué se desea escuchar algunos patrones de sonido y no otros?

Para cuando Jeff ingresó como novato en la Cornell University a los dieciocho años, ya tenía hecha una lista de cuatro grandes preguntas a las que quería dedicarse. Mucho después de haber alumbrado el primer artilugio informático portátil que tuvo éxito y de haber ayudado a convertir a Palm y a Handspring en compañías de miles de millones de dólares, nos contó que la primera pregunta era: ¿por qué existe algo?; la segunda, dado que existe un universo: ¿por qué tenemos las particulares leyes de la física que tenemos?, es decir, ¿por qué hay un campo electromagnético, o por qué E=mc2?, nos explicó; la tercera: ¿por qué hay vida y cuál es su naturaleza?; y la cuarta y última, dado que la vida existe: ¿cuál es la naturaleza de la inteligencia? Nos confesó: «Esperaba al menos hallar respuesta a esta última a lo largo de mi vida».

Jeff sacó buenas calificaciones pero nunca estuvo entre los mejores de la clase. «Yo hacía lo que tenía que hacer en las clases –dijo– pero no me volvía loco por sacar las mejores notas». Se sentaba habitualmente en la primera fila, prestaba atención y hacía las tareas, pero se concentraba en lo que le fascinaba. Debido a que las respuestas sencillas nunca le dejaban satisfecho, probó con explicaciones más profundas. «En magia eso significa preguntarse no sólo cómo se hace el truco, sino también cómo se engaña a la gente». En historia, significa ir en busca de causas y consecuencias; en ingeniería, de cómo y por qué funcionan las cosas. Pero también descubrió que para muchos de los asuntos que le interesaban no había dónde «buscar», no había respuestas simples.

En la universidad no tuvo grandes profesores ni asignaturas que le cambiaran la vida, pero disfrutó de su libertad y descubrió pronto dos amores: la física y la chica con la que se casaría más adelante. «Tener a alguien más en mi vida hizo que todo fuera completamente diferente», nos dijo.

También descubrió algo más sobre la universidad: eran otras personas las que mandaban en gran parte de su agenda. «El problema en la universidad –observó– es que tus intereses no siempre se alinean con lo que tienes obligación de hacer». Por tanto, hacía lo que tenía que hacer, incluso si no se trataba de su primera elección. Cuando lo tenía hecho, se dedicaba entonces a perseguir las preguntas que le fascinaban. «Si tenía una tarea que hacer, la hacía, pero lo que perseguía a fondo eran las cosas que de verdad me intrigaban».

Fue en esas persecuciones cuando adoptó un enfoque profundo para el aprendizaje, se preguntó en todos los campos por qué y cómo, e intentó conectar todas las cosas entre sí. Y lo más importante, siguió construyendo en su mente modelos del mundo. «Se pueden construir modelos en matemáticas –afirmó– pero también se puede hacer en música, en negocios y en ingeniería». Jeff ha estado construyendo esos patrones, esas abstracciones que le permitían comprender el mundo, desde la infancia. Ahora, con el conocimiento mejorado que adquirió en la universidad, podía construirlos incluso más sofisticados. Empezó a teorizar a partir de lo que había aprendido, a desarrollar conceptos, a imaginar posibilidades y probabilidades. Jeff jugueteó con la vida, dispuso las piezas de una forma y otra hasta que –desde el enigmático mundo de las impresiones, las confusiones y las contradicciones– comenzaron a emerger conocimientos nuevos.

ESTILOS DE APRENDIZAJE

Estamos asistiendo a algunos cambios prodigiosos en todo lo que creíamos saber sobre aquellos a quienes les va bien en la universidad y en la vida. Hace treinta y cinco años, creíamos que personas como Jeff Hawkins eran una rareza, que estaban más allá del alcance de los estudiantes mortales y que eran posiblemente fruto de una personalidad especial, de la inteligencia superdotada o de alguna singularidad misteriosa que la mayoría de nosotros jamás entendería. Sin embargo, un voluminoso y creciente corpus de investigación sugiere no sólo que la mayoría de estudiantes puede seguir el estilo de aprendizaje de Jeff, sino que en caso de no hacerlo su experiencia universitaria puede llegar a carecer de significado para ellos. Este cambio sísmico en el pensamiento no ha tenido lugar de la noche a la mañana, y aún no está ampliamente aceptado. Comenzó con las ideas de Paul Baker, entre otros, que comprendían la esencia de las tareas de la mente, y continuó con investigaciones y teorías relevantes sobre la pericia, los propósitos de los estudiantes, el aprendizaje en la universidad y la motivación humana. En nuestras investigaciones sobre los «mejores estudiantes», intentamos atar estos cabos y ofrecer así un instrumento poderoso para conseguir el éxito en la universidad y después de ésta.

La investigación sobre estos asuntos comenzó hace más de treinta años con un único experimento en una universidad sueca. En ese y ulteriores trabajos, algunos psicólogos descubrieron que los estudiantes universitarios adoptan en sus estudios –a menudo incluso sin darse cuenta– uno de los tres enfoques básicos posibles, y esta adopción resulta determinante para lo que acabarán consiguiendo de la facultad. Además –y aquí están las buenas noticias–, todos los estudiantes pueden desarrollar el mejor de estos estilos de aprendizaje. Aun así, la mayoría nunca utiliza el enfoque más efectivo debido a que las personas están condicionadas a actuar de otra forma. Las razones de por qué esto es así las dejamos para más adelante. De momento, intentemos comprender en qué consisten esos tres estilos o propósitos.

En esa original investigación en la Göteborg University, unos psicólogos dieron a un grupo de estudiantes un artículo y pidieron que lo leyeran.2 Los voluntarios universitarios se lanzaron sobre la composición, unos más rápidamente que otros. Pero la velocidad con la que devoraron la pieza importó muchísimo menos que otro factor que empezó a aparecer. Conforme los investigadores fueron entrevistando a cada uno de los estudiantes, escucharon a algunos de ellos declarar que se habían dedicado únicamente a intentar memorizar la mayor parte posible del texto. Estos «estudiantes superficiales», como los denominaron los psicólogos, buscaban hechos y palabras que pudieran memorizar, intentando anticiparse a cualquier pregunta que alguien pudiera hacerles. En estudios posteriores hemos sabido que los estudiantes superficiales normalmente se centran sólo en aprobar los exámenes y nunca utilizan nada de lo que leen.3

Mientras tanto, otros estudiantes expresaron propósitos muy diferentes. Querían comprender el significado que había tras el texto y pensar sobre sus implicaciones y aplicaciones, buscar razones y distinguir entre evidencias a favor y conclusiones. Estos estudiantes intentaban comprender la diferencia producida por una idea, una línea de razonamiento o un hecho, y cómo se relacionaba con lo que ya conocían. En pocas palabras, estos «estudiantes profundos» se aproximaban al texto con todo el entusiasmo que pone un niño de cinco años al encontrar un tesoro, pero con la adición de destrezas para el análisis, la síntesis, la evaluación y la especulación para construir teorías.

En los años posteriores a este primer estudio, algunos científicos sociales han identificado un tercer estilo de aprendizaje que pueden adoptar los estudiantes. Los estudiantes «estratégicos» se limitan a conseguir buenas notas, a menudo para obtener el título de grado de la facultad o de la escuela profesional. Estas personas suelen brillar en el aula y hacer que sus padres se sientan orgullosos de sus altas calificaciones. En muchos aspectos se parecen a los estudiantes profundos, pero su preocupación fundamental es diferente. Se centran casi exclusivamente en cómo descubrir lo que el profesor quiere y en cómo sacar sobresaliente en el examen. Si por el camino aprenden algo que cambie su forma de pensar, actuar o sentir, se deberá en gran medida a un accidente. Jamás se plantean algo así, nunca tienen ese propósito. Sólo persiguen el reconocimiento que llega con la consecución del título con distinción, con honores.

LOS PELIGROS DE LOS PROPÓSITOS SUPERFICIALES Y ESTRATÉGICOS

Si bien suena fantástico aparecer en el cuadro de honor, los estudiantes estratégicos apenas corren riegos ya que temen que algo novedoso o extraordinario pueda estropear la media de su expediente académico. Por ello, rara vez se embarcan en un viaje intelectual a través de esas selvas inexploradas de la vida, cabalgando sobre su curiosidad por una tierra maravillosa de aventura intelectual e imaginación. Enfocan la universidad como un orden del día en lugar de darle un sentido de asombro y de fascinación. Como resultado, estos estudiantes aprenden a menudo con los procedimientos en lugar de con los conceptos, siguen los pasos de un problema de cálculo pero comprendiendo muy poco de las ideas que subyacen en él, pues nunca es ése su propósito. Para ser justos, hay que decir que algunos de estos estudiantes son inocentemente estratégicos porque se les ha enseñado a pensar de esta forma sobre el aprendizaje. Todos ellos han llegado a su enfoque estratégico debido al condicionamiento, como veremos en breve. Como resultado, son incapaces de transferir esa resolución de un problema a un ejemplo diferente que maneje los mismos conceptos. Los estudiantes estratégicos saben colocar la cifra correcta en la fórmula adecuada en un examen de química o de física, o poner las palabras convenientes en un ensayo correctamente construido, pero todo eso ejerce muy poca influencia en su forma de pensar, actuar y sentir.

Posteriormente en su vida, pueden convertirse, en el mejor de los casos, en lo que algunos teóricos japoneses denominan «expertos en la rutina»: pueden aprender todos los procedimientos de su trabajo pero casi nunca consiguen ser inventivos.4 Cuando los problemas de la vida no siguen la norma, los expertos en la rutina rara vez son capaces de adaptarse. Tienen dificultades a la hora de manejarse en situaciones nuevas y en muy pocas ocasiones se convierten en pioneros, en personas que inventan nuevos caminos para el razonamiento y la acción. Cuando se enfrentan a tipos de problemas diferentes, a veces se refugian en la frustración. Por el contrario, los expertos flexibles conocen también todas esas rutinas convencionales, pero tienen algo más que veremos en todos nuestros mejores estudiantes y, en general, en todos aquellos que aprenden en profundidad. Poseen tanto la capacidad como la actitud para reconocer e incluso regodearse con la ocasión y la necesidad de inventar. Expertos de esta clase gozan enfrentándose a lo desconocido e intentando resolver problemas de los realmente difíciles. Disfrutan y saben cómo improvisar, cómo inventar y cómo sortear obstáculos inesperados. Nuestra sociedad necesita expertos flexibles, ya sea para enfrentarse a los estragos del cambio climático, para arreglar una economía hundida o para acabar con las guerras, ya que los que aprenden estratégicamente rara vez pueden aportar esa flexibilidad imaginativa.

Pero los problemas con los estudiantes estratégicos y superficiales no terminan ahí. Pueden aburrirse de la facultad y padecer fuertes ataques de ansiedad e incluso depresión. Casi nunca disfrutan enfrentándose a problemas nuevos. Y lo más importante, apenas aprenden. ¿Recuerdas esos estudiantes de física del capítulo anterior, los que sacaban A pero seguían sin entender el movimiento? Eran estudiantes estratégicos. Habían descubierto cómo colocar la cifra correcta en la fórmula correcta para obtener el resultado correcto en el examen, pero tenían una idea muy vaga de lo que eso significaba. Sus homólogos en clases de inglés o de historia pueden escribir un ensayo de cinco párrafos durmiendo, pero la mayor parte de lo que escriben no tiene ningún significado valioso para ellos. Como mucho, su educación ejerció una leve influencia en la forma en que acabarían pensando, actuando y sintiendo. Con razón se tomaron la universidad como una serie de vallas que había que saltar en lugar de como un excitante viaje que se emprende una única vez en la vida.

Quizás deba hacer aquí alguna aclaración. Si pruebas a recordar algo a la vez que intentas comprenderlo y relacionarlo con otros temas y cuestiones, resulta completamente diferente a si únicamente intentas incrustarlo en tu cerebro para aprobar un examen. Adoptar un enfoque en profundidad significa tomar el control de tu propia educación, decidir que deseas comprender, crear algo nuevo, buscar el significado que hay tras el texto, darte cuenta de que las palabras de una página no son más que símbolos, pero que tras esos símbolos subyace un significado que está vinculado a otros mil aspectos de la vida y a tu propio desarrollo personal. Propósitos como estos se entretejen con la motivación, crecen de un impulso interior que también alimentan con un buen combustible y lo dotan de dirección. Las personas que examinamos no sólo asumían el control de sus estudios: se creaban para sí mismas una educación que cambiaría su forma de pensar y su propia vida.

Me reuní hace poco con un estudiante universitario que tuve tiempo atrás. «Vas a tener un examen importante –le dije–. Pareces nervioso». A lo que respondió: «Oh, lo estoy, pero creo que me irá bien. Todo lo que tengo que hacer es aprenderme de memoria unos veinte términos. Un amigo mío que hizo la asignatura el año pasado me ha dicho que eso es todo lo que va para el examen. Si al final no saco más que una B en esta asignatura, no se estropeará demasiado la media de mi expediente».

Date cuenta de este patrón. Cuando los estudiantes temen fracasar, a menudo no pueden conciliar el sueño. Se preocupan, y entonces deciden memorizar hechos aislados pensando que así salvarán el día. Puede que lo consigan, que aprueben el examen y que superen el curso. Puede que no. Pero en cualquier caso, todo esto carece de sentido. Nada en este proceso va a tener una influencia duradera. Así, a nadie sorprende que los estudiantes superficiales pierdan su interés. ¿Quién puede mantener la fascinación cuando le obsesiona la mera supervivencia?

Esto no significa que los estudiantes superficiales nunca hagan nada en profundidad, ni tampoco que los estudiantes en profundidad no se las arreglen de vez en cuando con conocimiento poco profundo, ni que los estudiantes estratégicos nunca comprendan nada. La investigación llevada a cabo en los últimos treinta años, más o menos, sólo indica que los estudiantes desarrollan propósitos firmes que guían generalmente su estudio y su aprendizaje. Desarrollan un estilo que es predominantemente profundo, superficial o estratégico, y este propósito primordial es el que conforma sus vidas. Muchos estudiantes nunca aprenden en profundidad sencillamente porque nunca intentan nada más que sobrevivir o sobresalir en el mundo académico.

¿TAN IMPORTANTES SON LOS PROPÓSITOS?

Son muchas las personas que al parecer creen todavía que la manera de enfocar el aprendizaje carece de importancia, y que si se enseña a los estudiantes buenos métodos de lectura y estudio, utilizarán esas estrategias en su quehacer escolar. Se puede ver esa actitud en cientos de libros sobre «cómo ser un buen estudiante». Tales manuales muestran multitud de trucos para el estudio y demás secretos para el éxito académico sin decir ni una sola palabra acerca de los propósitos y de la motivación. Por supuesto que se deben desarrollar unas buenas destrezas para la lectura, la escritura y el cálculo, y que aprender implica mucho trabajo duro, pero si no se tiene el propósito de aprender en profundidad, todas las destrezas del mundo no evitarán que te quedes corto, tal y como lo expresó hace ya algunos años la psicóloga estadounidense Susan Bobbitt Nolen.

En una serie de experimentos,5 Nolen preguntó a los estudiantes: «¿Qué hace que te sientas orgulloso?». Algunos dijeron cosas como «Me siento más triunfador cuando saco una nota más alta que los demás y demuestro a la gente que soy inteligente». Ella denominó a estos individuos «orientados al ego», y son los que se corresponden con nuestros estudiantes estratégicos. Otros respondieron que se sentían con más éxito cuando tenían una idea nueva, cuando algo que aprendían provocaba en ellos el deseo de saber más. Denominó a estos individuos «orientados a la tarea»; nosotros los hemos llamado «estudiantes profundos».

Cuando Nolen observó los hábitos de lectura de los estudiantes, se dio cuenta de que los orientados al ego utilizaban frecuentemente estrategias superficiales incluso cuando se les había enseñado que era mejor utilizar otras. Generalmente elegían limitarse a memorizar lo que leían, repasando una y otra vez e intentando retener las palabras nuevas. Por el contrario, los estudiantes «orientados a la tarea», esas personas que disfrutaban aprendiendo en su propio beneficio, utilizaron enfoques mucho más profundos incluso en el caso de que nadie los hubiera inducido a hacerlo así. Buscaban argumentos básicos y decidían qué información era la más importante. Pensaban mucho acerca de cómo la información nueva daba soporte o cambiaba algo que ellos ya creían, y se preguntaban constantemente a sí mismos hasta qué punto comprendían la materia. En resumen, utilizaban estrategias que era más fácil que produjeran comprensión, razonamiento crítico, creatividad y pericia flexible.

Nolen descubrió también otro tipo de estudiante. Denominó a esos individuos «escaqueadores»; los hemos visto antes como estudiantes superficiales. Le dijeron que se sentían más exitosos cuando podían «quitarse algún trabajo de en medio», cuando todas las «tareas eran fáciles» o cuando «no tenían que trabajar demasiado duro». ¿Qué clase de estrategias utilizaban estas personas? En gran parte las mismas que habían empleado los estudiantes orientados al ego. Resumiendo, tanto los estudiantes superficiales o escaqueadores como los orientados al ego –nuestros estudiantes estratégicos– utilizaban estrategias de lectura y estudio que difícilmente conducían a comprensión alguna ni, sospechamos, a ningún trabajo creativo.

CÓMO SE LLEGA A PENSAR DE LA MANERA EN QUE SE PIENSA

Si te reconoces en cualquiera de estas descripciones de estudiantes superficiales o estratégicos, no desesperes. No estás condenado a esos tipos de aprendizaje. Si crees que eres demasiado listo para caer en los propósitos más débiles, piénsalo antes dos veces. Todos somos víctimas potenciales de los enfoques superficiales y estratégicos, pero también todos podemos escapar de ellos. Ni la inteligencia ni la personalidad determinan la clase de estudiante que acabará por desarrollarse. Investigadores de todo el mundo han descubierto que algunas personas muy capaces pueden cultivar tendencias superficiales o estratégicas, mientras que estudiantes normales pueden armarse con las profundas. Entre nuestros protagonistas, algunos se movían desde los enfoques estratégicos hasta los profundos, lo que indica que el estilo no viene marcado como un estigma. Tanto apocados como audaces pueden aparecer en cualquiera de estos tres tipos de estudiantes.

Un complejo conjunto de factores parece ser responsable de conducir a muchos estudiantes hacia enfoques superficiales o estratégicos, y si esperas escapar de ellos para encontrar un enfoque en profundidad, deberás entender estas fuerzas. Algunas de ellas aparecen ya en la escuela. Si te enfrentas, por ejemplo, a una dieta estricta de exámenes con preguntas de opción múltiple que únicamente te piden reconocer hechos aislados, no resultará sorprendente que acabes concluyendo que tu papel en la vida es memorizar hechos aislados y no buscar significados. Los exámenes escritos que no esperan de los estudiantes otra acción que la de devolver lo mismo que pone en el libro o lo que les dijo el profesor fomentan el aprendizaje poco profundo, el que no proporciona significado. Como lo expresó un antiguo colega: «Si una antropóloga de Marte aterrizara en este campus e intentara averiguar el propósito de la educación universitaria, podría concluir acertadamente que se trata de aprender a hacer exámenes sobre catálogos y directorios».

El empeño por cubrir la asignatura apresura a los estudiantes en la materia, y no les deja tiempo suficiente para contemplarla en profundidad. Las clases que suponen grandes cantidades de trabajo pueden obligar a las personas a buscar atajos superficiales para poder sobrevivir a la experiencia. Los estudiantes llenan a menudo sus vidas con un conjunto de distracciones que también les niegan el tiempo para proceder en profundidad, y con el coste de la educación superior en aumento y las ayudas financieras en retroceso, muchos han de trabajar muchas horas fuera de la facultad para pagar las facturas. Las presiones financieras para finalizar pronto su carrera universitaria, obtener el título y conseguir un trabajo son tremendas. Pero toda la responsabilidad no es de las universidades. Estamos instalados en una sociedad que empuja constantemente a las personas hacia lo superficial y anima a los estudiantes a valorar los honores y el reconocimiento por encima de la comprensión en profundidad.

MOTIVADORES INTRÍNSECOS Y EXTRÍNSECOS

No obstante, hay algo incluso más fundamental en la educación formal que tiende a fomentar los enfoques superficiales y estratégicos y que propina el peor de los golpes al aprendizaje en profundidad. Gran parte de ese algo está detrás de un problema hipotético y del consiguiente experimento que dos jóvenes psicólogos, Edward Deci y su colega Richard Ryan, idearon hace años.6 Es algo así: piensa en algo que te guste hacer –jugar a béisbol, leer novelas románticas, preparar lasaña, hacer problemas de matemáticas o estudiar historia–; supón que alguien te paga por dedicarte a tu actividad favorita, y que más tarde deja de darte esa recompensa. ¿Qué le ocurrirá a tu nivel de interés original, interno, al enfrentarse a este motivador externo y a su posterior retirada? ¿Se elevará debido a que tuviste ese aliciente externo, se mantendrá igual o disminuirá? En otras palabras, ¿de qué manera las recompensas y los castigos acaban por influir a la larga en tus deseos?

La sabiduría convencional y las ciencias sociales imperantes en el momento decían que si se deseaba que alguien hiciera algo, había que darle una recompensa por su trabajo, y así resultaría más fácil que volviera a hacerlo en el futuro. Como ratas en un laberinto, según esta popular doctrina, los humanos trabajarán más duro y lo harán mejor si tienen un motivador externo esperándolos. Pero los dos profesores mantenían sus dudas y se fueron a su laboratorio de psicología para encontrar respuestas.7 Tras numerosas investigaciones, los científicos sociales de la University of Rochester, entre otros, concluyeron que los motivadores externos pueden incluso menguar el interés, especialmente si uno se siente manipulado por ellos. En el más espectacular de los experimentos, estudiantes a los que les habían pagado por hacer una tarea perdieron absolutamente todo el interés, mientras que los que la hacían por voluntad propia continuaron haciéndola. Estos descubrimientos tienen una enorme importancia ya que inciden en que si careces de interés por estudiar, es muy poco probable que adoptes un enfoque en profundidad.

No se puede pensar en un modelo mejor para el problema hipotético de Deci y Ryan que la mayor parte de la educación formal. Incluso cuando los niños comienzan la experiencia llenos de excitación mental, asombro y fascinación, la escuela les echa encima recompensas extrínsecas perfectamente diseñadas para aniquilar cualquier motivación interna. A edad muy temprana, la gente aprende a trabajar por una estrellita dorada o una buena nota, y, como dijo un colega de Deci, sienten «una pérdida del centro neurálgico del control». En otras palabras, se sienten manipulados. Conforme se les va escapando su sensación de ser una persona independiente, sus intereses perecen bajo una avalancha de «obligaciones» y «deberes». Dejan de estar a cargo de su propia educación. Su curiosidad infantil suele languidecer y morir.

Incluso la misma estructura de la educación formal tiende a reforzar este proceso.8 Resulta más fácil adoptar un enfoque en profundidad para aprender cuando se considera que las preguntas que se deben responder o los problemas que hay que resolver son importantes, intrigantes o sencillamente bellos, y además cuando puede hacerse sin necesidad de sentir que es otra persona la que ejerce el control de nuestra educación. No obstante, en la mayoría de las clases, los estudiantes no están realmente al cargo de las preguntas, lo que abre un abismo entre la realidad de los estudios y las condiciones que promueven enfoques profundos. Si bien todos podemos esgrimir buenas razones para que los profesores sean quienes controlen las preguntas, sencillamente porque saben más y pueden imaginar cuestiones que de otra forma sus estudiantes jamás considerarían, es cierto que esta estructura fomenta el aprendizaje superficial y estratégico.

Consideremos el caso de mi sobrina. Cuando tenía cinco años, hicimos los dos un viaje en automóvil desde Austin hasta San Antonio, Texas. En las setenta y ocho millas que recorrimos por la Interestatal 35, esa chiquilla me hizo unas setenta y ocho preguntas, acribillándome con un interrogante tras otro. En la mayor parte de ellas, quería saber cosas de astronomía. «¿Dónde está el Sol por la noche?», me preguntó. «¿Dónde están las estrellas durante el día?». Su apetito por saber, al igual que el de tantos niños de cinco años, no tenía límites.

Adelantemos unos quince años. Mi sobrina acababa de empezar el penúltimo año en la universidad, y yo estaba ansioso por saber del semestre que estaba a punto de comenzar.

–¿De qué te has matriculado este semestre? –le pregunté cuando la vi en una reunión familiar.

–De un montón de obligatorias –respondió entre dientes.

–Ah, ¿como cuáles?

–Debo hacer algunas asignaturas de ciencias –retrocedió con una mueca y dando un suspiro.

–Y ¿qué has decidido cursar?

–Me he matriculado en Astronomía.

–Fantástico –exclamé–. Sabía que te interesabas mucho por la astronomía.

Me miró como si estuviera completamente loco. «¿De dónde has sacado esa idea?», me preguntó incrédula. Algo trágico le había pasado desde ese viaje en auto de hacía ya muchos años. Había ido a la escuela. En el proceso, había perdido esa curiosidad infantil que tanto animaba su vida diaria cuando tenía cinco años. Es una historia que conocemos bien, demasiado familiar.

A pesar de que todos los miembros del grupo que hemos estudiado fueron a la universidad, todos ellos se revelaron finalmente como personas muy inquisitivas y productivas. Además, su capacidad para seguir siendo curiosas, o para comenzar a serlo, a pesar de la educación formal, se convirtió en un ingrediente clave de su prosperidad como expertos que razonaban críticamente, que eran creativos y flexibles. ¿Cómo lo consiguieron? De las conversaciones que mantuve con individuos extraordinariamente exitosos, quedó claro que se las habían arreglado para ignorar los motivadores extrínsecos como las calificaciones altas, y para encontrar razones intrínsecas para sus estudios. Muchos de ellos me dijeron que no les importaban las calificaciones, excepto en aquello que podían decir sobre su aprendizaje. «Me mueve –confesó Neil deGrasse Tyson– la curiosidad, el interés y la fascinación, pero no el hecho de alcanzar la máxima puntuación en una prueba». Muchos de los hombres y las mujeres que entrevistamos habían conseguido fama y fortuna considerables, pero ninguna de esas dos diosas parecía haber dirigido su trabajo de manera alguna.

Permíteme clarificar algo. Los estudiantes estratégicos y superficiales muestran poco interés por comprender nada; sólo pretenden sobrevivir o bien brillar y, para ellos, las calificaciones no representan nada más que un pasaporte para alguna otra cosa, un vale para la supervivencia, para la fama o para la gloria. Las medias de las notas son para ellos como los puntos de un juego de naipes, que pueden acabar haciendo que ganen algo. En el juego de la escuela, cada uno juega sus bazas para ganar la partida, no para aprender. A nadie extraña que estos estudiantes se sientan manipulados por las calificaciones. Tienen muy poca sensación de control sobre su propia educación. Por el contrario, puede que, en general, los estudiantes profundos pongan algún interés en las calificaciones, pero sólo hasta el punto de utilizarlas como estimaciones útiles de su trabajo y de las capacidades que desean mejorar. Con un profesor al que aprecien y respeten, esperarán con ansiedad las notas que les pueda dar por lo que éstas representan, pues ponen muchísimo interés en la crítica sustantiva a su razonamiento y su trabajo. No les interesan las calificaciones per se sino por lo que revelan acerca de la calidad de sus razonamientos e interpretaciones. «Seguir sacando buenas notas» significa mantener altos los niveles intelectuales o artísticos. Las calificaciones ofrecen una clave sencilla para algo más sustancial, y los estudiantes profundos se centran en ese significado de orden superior más que en el propio símbolo o en el «valor de sus puntos» en un juego competitivo. La motivación permanece intrínseca.

Incluso cuando alguna de las personas de nuestro grupo de estudio que aprendían en profundidad prestaba atención a la media de calificaciones de su expediente, tal y como confesó Debra Goldson, una médica de New Jersey, ni siquiera entonces perdía de vista su objetivo primordial de aprendizaje. Las notas nunca se convirtieron en su motivación. Debra seguía concentrada en comprender lo que podría ayudarla a convertirse en una excelente facultativa, y eso es lo que la había llevado a la universidad.

¿Cómo consiguieron estas personas eludir el azote de las recompensas extrínsecas o escapar de él antes de verse obligadas a rendirse ante su presencia? Parte de su secreto, sin duda, radicó en el examen de sus vidas y en la apreciación de las cualidades y perspectivas que sólo ellas podían reunir. El autoexamen llevó a los estudiantes a comprender esas pasiones que podían estimular su entusiasmo e incluso a darse cuenta del daño que podían infligir los motivadores extrínsecos si seguían ignorando su poder. Eran capaces de liberar un manantial de entendimiento sobre aquello que llegarían a alcanzar, sobre la naturaleza excepcional de sus historias vitales y sobre el potencial de sus contribuciones especiales. Poseían una perspectiva motivadora y autorizada del proceso educativo.

¿Qué descubrieron sobre ellos mismos? Si bien cada uno de nuestros mejores estudiantes descubrió su combinación personal de motivos, en la vida de casi todos ellos aparecían tres factores clave.

El más básico consistía en redescubrir la curiosidad de la infancia. Trataban de comprender lo que desconocían y admiraban el mundo en que vivían. Apreciaban la singularidad de sus percepciones individuales. Encontraban placer en situarse ante un objeto material o una experiencia y preguntarse qué significaba, qué vínculos tenía con otros asuntos, qué implicaba o cómo podrían aplicarlo a alguna otra pregunta o problema. A la vez que descubrían sus pasiones personales, nuestros personajes encontraban maneras de construir a partir de esos intereses iniciales mediante la integración constante de las materias previas en las nuevas, lo que les permitía ampliar el mundo que les concernía. Estos estudiantes excelentes descubrían cómo explorar la sociedad humana, las artes, la naturaleza y cómo encontrar conexiones entre sus intereses. Experimentaban con lo desconocido, jugaban con la vida y disfrutaban enormemente tanto de los propios quehaceres como de los frutos finales de sus trabajos. Casi todo en su vida les resultaba interesante y relevante.

En segundo lugar, disfrutaban mucho aprendiendo cómo ser creativos, descubriendo lo que Paul Baker había llamado el poder dinámico desus mentes. «Estudié en gran parte –nos dijo una persona– porque todo lo que aprendía, todas las ideas y conocimientos, me ayudaba a encender mi imaginación y me hacía más productivo». Estaban muy motivados simplemente por saber más acerca de ellos mismos y sobre cómo podrían cultivarse. Muchos de nuestros estudiantes incluso quedaban intrigados por el proceso de descubrimiento e investigaban cómo funcionaban sus mentes y cómo podían aprender a mejorar su forma de razonar. Cada paso en ese crecimiento –exitoso o fallido– les proporcionaba maravillosas ideas nuevas sobre cómo podrían ser más productivos y creativos. Sin embargo, no se encaminaban a ser creativos buscando su propio beneficio. Esa vida productiva tenía un propósito que dirigía sus esfuerzos. Perseguían crecer y utilizar su creatividad para afrontar algún asunto o conseguir algún objetivo que para ellos se había convertido en importante.

Debido al hecho de que comprendían el principio de que todos nosotros somos únicos, también habían captado que cada uno nos beneficiamos de las especiales contribuciones de otras personas. «Parte del proceso creativo –había insistido Paul Baker– es la capacidad de reconocer las ideas buenas cuando te las encuentras». Así, esencialmente, la motivación llega en parte del mero hecho de maravillarse incluso de los logros menores de otras personas, haciendo de cada triunfo un desafío e inspiración. «Llegué a apreciar las obras de arte –declaró Ernest Butlerque cuestionaban y tonificaban mi manera de pensar».

ENCONTRAR UN PROPÓSITO PARA UNA EDUCACIÓN

A medida que estos estudiantes fuera de lo común seguían desarrollando las facultades de sus mentes y dejando que la curiosidad dirigiera sus vidas, esas búsquedas se convertían en una parte poderosa de su motivación en la universidad, muy por encima de calificaciones y honores. Pero eso por sí solo no era capaz de explicar lo que guio a la mayoría de nuestros protagonistas. Casi todas las personas que entrevisté sin duda habían pensado detenidamente las cuestiones más profundas de la vida. Perseguían un significado y un propósito para su existencia. ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es mi papel? De esa búsqueda sacaron conclusiones sobre aquello a lo que daban valor, sobre la clase de personas que querían llegar a ser y sobre cómo querían que fuera el mundo que esperaban ayudar a conformar. Escuchamos relatos de personas que habían desarrollado un agudo sentido de la justicia y de la humanidad, así como capacidad para la empatía. Sus principios, que tan profundamente sentían, definían su sentido de la responsabilidad ante una comunidad más amplia y las ayudaban a guiar su trabajo. Para algunos, tales pensamientos descansaban en convicciones religiosas; para otros, brotaban de principios estrictamente personales y familiares.

Investigaciones recientes sugieren que la mayoría de los estudiantes llegan a la universidad con principios e inquietudes similares. Un estudio llevado a cabo durante siete años en Estados Unidos puso de manifiesto que el ochenta por ciento de los estudiantes que ingresan en la universidad esperan que su experiencia universitaria los ayude a abordar asuntos inmateriales sobre su propósito en la vida, y dos tercios declaran que es «muy importante» o «esencial» que la universidad «te ayude a desarrollar tus principios individuales» y «mejore la comprensión sobre ti mismo».9 Gran parte del mismo patrón era prevalente entre las personas altamente creativas que analizamos. Sus vidas rebosaban de inquietudes acerca de la razón y el propósito y, como veremos repetidamente, encontraban a menudo la mayor satisfacción luchando en pos de la justicia social. Se distinguían por no perder nunca esos principios y por dejar que los guiaran en sus éxitos académicos y profesionales.

«Crecí en una familia que ponía el acento en la generosidad –declaró Joel Feinman, un abogado del Turno de Oficio en Arizona–. Éramos bastante afortunados y habíamos acumulado considerable riqueza, y mis padres y mis abuelos siempre acentuaban la responsabilidad que teníamos contraída con otras personas. Eso es lo que me llevó a la universidad y a la facultad de derecho».

Mientras él y su hermano crecían en Tucson, recibió de parte de sus padres ese mensaje constantemente, tanto de palabra como de obra. Lo animaban a leer tanto como a evitar la televisión, e insistían en el valor de una buena educación para comprender mejor el mundo y poder aportarle algo. Para cuando llegó al instituto, ya mostraba un interés, que resultó creciente, por los asuntos políticos y sociales relacionados con la historia de su ciudad.10

«Mi padre –recordó Joel– procede de una familia rica de Nueva York, pero nos enseñó a comprender las injusticias a las que se enfrentan muchos hispanos y a hacer algo al respecto. Éramos inmigrantes del Hudson Valley, pero éramos ricos y no habíamos tenido que cruzar ninguna frontera internacional para llegar aquí». Las desigualdades que vio entre ricos y pobres le parecieron injustas, incluso crueles, y ese sentimiento le ayudó a alimentar una preocupación por la justicia social que se fue haciendo cada vez más importante en la dirección que tomó su carrera universitaria.

No todos los miembros de nuestro grupo de estudio se dedicaron a la política como finalmente le ocurrió a Joel, pero muchos de ellos sí mostraron motivaciones similares. Desarrollaron una fuerte preocupación por los asuntos relacionados con la justicia, por la clase de mundo que deseaban conformar y por el tipo de persona que querían llegar a ser. Mantuvieron curiosidad por el mundo, y esos asuntos los ayudaron a guiar sus estudios independientemente del campo que decidieran explorar. No siempre salían victoriosos en sus luchas contra las fuerzas extrínsecas que se presentaban en sus vidas, pero, como veremos en muchas ocasiones, cuando triunfaban era únicamente cuando ignoraban todas las recompensas procedentes de honores académicos y demás sobornos externos y permitían que sus actuaciones se guiaran por el puro goce del aprendizaje y por su preocupación por la sociedad en un sentido amplio. Veremos de nuevo a Joel en el capítulo 8 para conocer la increíble historia que desató su pasión por la justicia.

TOMAR EL CONTROL DE LA PROPIA EDUCACIÓN

En parte, el éxito no llega más que del hecho de ejercer el control sobre la propia educación, de darse cuenta de que se está al mando. Las oportunidades para aprender son importantes, y nadie puede alcanzar el éxito sin ellas; pero una vez llegada la oportunidad, nuestros protagonistas tenían que encontrar la motivación para trabajar.

Stephen Colbert me dijo que se hizo con el control de su educación y comenzó a decidir qué áreas quería explorar cuando tenía diez años, mucho antes de que le cambiara la cara al humor con su programa nocturno en la televisión. Se había criado en una familia numerosa y feliz en James Island, a las afueras de Charleston, Carolina del Sur. En su casa, aprender y mostrar curiosidad era valioso. Sus padres, ambos católicos devotos, enseñaron a sus hijos a hacer preguntas. Su padre fue el primer vicerrector de asuntos académicos de la Medical University de Carolina del Sur.

Puesto que Stephen fue el último de una familia de once vástagos, recibió la constante atención y cariño de sus hermanos y hermanas mayores. «Usaban el término adorable tan a menudo que casi se convirtió en peyorativo», reflexionó años después. «Estaban siempre recogiéndome y llevándome a todas partes con ellos. Me hacían sentir importante».

En los días calurosos y húmedos de verano, él y su padre bajaban a veces hasta el embarcadero de Folly Beach, se sentaban en el muelle y se ponían a pescar después de preguntar a los lugareños por el mejor lugar donde lanzar el sedal. Sin embargo, recién cumplidos los diez años, esos placeres desaparecieron para siempre. Su padre y dos de sus hermanos perecieron en un accidente de avión en las proximidades de Charlotte, Carolina del Norte. «Después de eso –dijo una vez– supe que mi deber era hacer reír a mi madre». Una casa que en su momento estuvo repleta de tantas voces como huevos le ponían al fraile en su docena se mostraba ahora callada excepto por las bromas que un chiquillo se empeñaba en gastar para confortar al único progenitor que le quedaba.

Stephen creció en ese Sur de Estados Unidos que tan a menudo sufría las pullas del ridículo nacional. En la televisión y en las películas, el acento «sureño» se había convertido en sinónimo de bufonadas e ignorancia. En la mentalidad popular, cuando se actúa hablando con el acento sureño de Carolina del Sur, no queda duda alguna de que se está interpretando una mente que no está del todo acabada. Para compensar, él solía protegerse de esta burla, que a veces llegaba a convertirse en un estereotipo miserable, poniendo en escena deliberadamente una versión completamente remodelada de sí mismo, imitando con determinación y gran esmero los ritmos y los tonos que había oído en las voces de los presentadores de noticias más respetados a nivel nacional. Esta fue una de sus primeras aventuras en la creación de personajes que tanto le ayudaría a definir su lugar en el humor y la sátira política estadounidenses.

Stephen siempre leyó mucho –no para sus estudios, sino porque le encantaba–. «Sólo hacía lo que me interesaba –recordó–. Leía tanto que, sin proponérmelo, aprendí todo lo que necesitaba para aprobar mis cursos». Leía historia antigua y medieval, ponía interés en un amplio abanico de sucesos y reflexionaba sobre causas y consecuencias. Se empapó de ciencia ficción, se divirtió con juegos de rol y coqueteó brevemente con la idea de convertirse en biólogo marino. Ese sueño murió en una mesa de operaciones. La cirugía intentó reparar un tímpano perforado que lo había dejado sordo del lado derecho, y lo dejó sin esperanzas de acceder a una profesión que incluía el buceo.

Para ir a la universidad eligió un lugar en el que pensaba que podría estudiar filosofía, pero su interés por el teatro siguió creciendo y, después de dos años como universitario en el Hampton-Sydney College, se fue a la Northwestern University para matricularse en su mundialmente reconocido programa de teatro. Dentro de un programa amplio de artes liberales,11 la universidad ofrecía unos estudios de tres años en interpretación que comenzaban en el segundo curso. Incluía todos los clásicos, desde Shakespeare a Shaw, y ofrecía muchas horas de «trabajo de tramoyista» para proporcionar experiencia de primera mano. Eso significó, tal y como explicaría posteriormente, que trabajaba prácticamente todo el tiempo que permanecía despierto y que le quedaba muy poco para confraternizar, pero también significó la posibilidad de sumergirse en una de las épocas más divertidas de su vida. «Guardo recuerdos fantásticos de la Northwestern University –dijo–, pero hice pocos amigos duraderos aparte de mi profesora».

En la Northwestern University, que está situada en un extenso campus dispuesto a lo largo de la orilla del lago Michigan, justo al norte de Chicago, conoció y estudió con Ann Woodworth, una profesora maravillosa sobre la que he escrito en mi libro What the Best College Teachers Do (Lo que hacen los mejores profesores de universidad).12 «Ann se convirtió en amiga y valiosa tutora –recordó–. Fue un gran apoyo para mí; ella creía en mi capacidad». Y lo más importante, dijo, «me animaba a ser sincero conmigo mismo acerca de mis emociones y eso era algo que me resultaba, a mí y a cualquiera, muy difícil de conseguir. Pero en eso ella era implacable, y le estoy muy agradecido por ello».

Siendo todavía estudiante en la Northwestern University, comenzó a trabajar en teatro de improvisación en Chicago. «Eso me abrió caminos que en verdad no esperaba». En ese teatro aprendió a aceptar –incluso a abrirle los brazos y hasta a gustarle– el fracaso». Todas las personas a las que hemos estudiado transmitían un mensaje parecido. «Debes sentirte bien bajo un bombardeo. Debe gustarte. Esa es una gran experiencia liberadora», concluyó Stephen.

Para Colbert, la naturaleza liberadora del fracaso cristalizó en el teatro. «La improvisación es una gran educadora cuando se lleva hasta el fracaso –afirmó–. No hay manera alguna de que siempre te vaya bien». Pero esa capacidad de sentirse a gusto en un bombardeo tiene sus raíces en lo que su madre tantas veces le dijo, quizás incluso antes de ese trágico día, cuando tenía diez años: «Las decepciones puntuales pueden considerarse –como decía mi madre cuando sufríamos alguna desilusión– a la luz de la eternidad. Este instante no es nada a la luz de la eternidad», y eso te prepara para el instante siguiente siempre que no le des excesiva importancia precisamente a ese momento en el que te está yendo mal.

«Si no piensas las cosas de esa manera –nos dijo sentado en su oficina del centro de Manhattan, mientras se preparaba para su programa televisivo nocturno–, entonces te quedas pegado exclusivamente a ese momento, pero un fracaso no perdura más allá del momento en que dejas de darle importancia». Eso no quiere decir –añadió rápidamente– «que no se deba aprender de él, pero lo principal que se debe aprender es a no preocuparse en demasía». Como en la vida, «si no lo has hecho antes, ¿cómo pretendes que te salga perfecto?». Quizás esa actitud le ayudó a considerar las calificaciones no como algo que ejercía control sobre él, sino como una crítica que ponían a su disposición.

Stephen había moldeado una filosofía que derivó de su educación en el teatro, del consejo que le había dado su madre y de la literatura con la que se encontró, incluidos los evangelios, y fue esa filosofía la que lo liberó para asumir riesgos, explorar, probar en profundidad, encontrar motivación en sí mismo y en lo que quería hacer, y para deshacerse de todo lo que le podía distraer de sus energías creativas. Encontramos los mismos enfoques básicos en ingenieros y periodistas, médicos y economistas, y en un conjunto de personas que aprendieron en profundidad y que trabajaron de manera creativa, que encontraron sosiego en los grandes trabajos intelectuales que produjeron. No obstante, las visiones del mundo de cada una de las personas que entrevistamos contaban con ingredientes particulares, al igual que las producciones a las que dieron vida, y en todos los casos se enraizaban en circunstancias individuales.

Para Stephen, el «no te preocupes» se convirtió en una especie de mantra. «Jesús dijo: “Por tanto te digo, no te preocupes” –citó–.13 “¿Quién de entre vosotros puede, por más que se preocupe, añadir una sola hora a su vida (...) O un único codo a su altura?”». Además, lo que para él significaba ese pasaje elegido se había filtrado a través de una vida repleta de aprendizaje, con mucho trabajo duro en el teatro y en el aula, a través de su experiencia y de su convicción de que él podía aprender de cada episodio, de cada error y de cada tragedia, incluso en el caso de que únicamente significase aprender a reírse por no llorar.

En su último año en la Northwestern University, hizo un curso con Lee Roloff, un psicólogo jungiano que ayudó a Stephen a explorar la literatura desde una perspectiva psicológica. «Fueron unas clases fantásticas, y tuvieron una fuerte influencia en mí», recordó. En algún momento leyó la obra de teatro de Robert Bolt14 Un hombre para la eternidad y el ensayo que el premiado dramaturgo había escrito para la versión publicada de la obra. «Debo de haber leído ese ensayo cien veces –confesó la estrella de la televisión nocturna–. Influyó profundamente en mí». Gracias a ese ensayo exploró lo que significaba poseer algunos principios básicos capaces de definir a una persona, así como las formas en que la sociedad moderna ha despojado a muchos humanos de cualquier esencia básica, convirtiéndolos en poco más que consumidores de bienes materiales. Esa búsqueda de principios dirigió muchos de los propósitos educativos de Colbert, y moldeó la persona en que se convirtió y el humor que llegó a desarrollar.

Se puede apreciar esa influencia en cientos de sus sátiras breves, en su comparecencia ante un comité del Congreso a favor de los emigrantes que trabajan en granjas, incluso en los invitados que escoge para su programa nocturno de televisión. Cuando se sentó una noche frente a Sean Kelly, profesor de filosofía de la Harvard University, para discutir con el erudito de la Liga de la Hiedra15 sobre algunas obras clásicas de occidente y la búsqueda de significado en nuestra época laica, los fantasmas de esa experiencia lectora universitaria reverberaron a lo largo de toda la conversación.

Escuché relatos similares a los de Stephen Colbert en entrevistas con todas las personas creativas de nuestro estudio. No buscaban progreso material o fama, sino un crecimiento interior, una curiosidad sobre el mundo que las llevaba a explorar las humanidades, las artes y el universo de las ideas. Muy a menudo esto significaba que ponían mucho más interés en su propio desarrollo como seres humanos y en los principios que tenían que en la obtención de saberes o riquezas. Todo ello formaba parte de su enfoque profundo en el aprendizaje.

EVITAR AL DIABLO

Pensemos por un momento en otros resultados posibles de la autorreflexión. Para algunos, centrarse en uno mismo puede conducir a esa arrogancia que tan poco productiva resulta y que deviene en una insensibilidad destructiva. Puede también derivar en una especie de autoengaño. Por ejemplo, muchos estudiantes que triunfaron en su paso por instituciones de enorme prestigio piensan a menudo que son los únicos responsables de su éxito académico, una idea que tiene muchísima influencia en su sentido de la justicia. Llegan a creer que merecen su buena fortuna mientras que otras personas no. Con una arrogancia así, con frecuencia parece que no comprenden las fuerzas complejas que moldearon sus propias vidas y las de todos los que los rodean. En ocasiones esa importancia que se atribuyen puede resultarles contraproducente en el caso de que no lleguen a cumplirse sus propias expectativas sobre ellos mismos. Pueden llegar a deprimirse, a padecer gran ansiedad, incluso a convertirse en suicidas; o pueden llegar a abusar del alcohol, de las drogas y de otras personas. La confianza puede convertirse en lo contrario, en lástima o en un egoísmo propio de un niño de dos años. Incluso en el caso de que no llegue a amargárseles la vida, estas personas pueden carecer de empatía, humanidad y sentido de la justicia. La gente que, sobreponiéndose a grandes dificultades como la pobreza o la discriminación racial, alcanza grandes cotas de riqueza y fama, a veces muestra la mayor incapacidad para comprender a otras personas y las dificultades a las que éstas se enfrentan.

Sin embargo, aquellos que se mortifican con las contrariedades y desventajas que se les presentan en la vida, pueden quedar atrapados en una existencia de autocompasión y fracaso, y echar siempre las culpas a algún defecto ajeno sin reconocer jamás responsabilidad alguna sobre su propia educación. Pueden desarrollar una condición que el psicólogo Martin Seligman denominó por primera vez «impotencia aprendida», según la cual las personas que se han enfrentado repetidas veces a obstáculos que impiden que tengan éxito siguen actuando como si no pudiesen ayudarse a sí mismas, incluso cuando esos obstáculos desaparecen.16 Pueden llegar incluso a culpar a sus defectos de su situación, y hundirse en una destructiva complacencia con sus presuntas incapacidades.

Al descubrir el poder de la motivación intrínseca y tomar el control de sus propios intereses, ¿cómo se las arreglan las personas que entrevistamos para evitar tanto la arrogancia ciega como ese sentido de impotencia? La respuesta a esta pregunta es extraordinariamente importante para comprender su desarrollo como personas creativas. Fundamentalmente, aprendieron a utilizar su pasado en lugar de encumbrarlo o repudiarlo. Además, una parte importante de ese autoexamen se convirtió en una manera de encontrar formas de convertir esos factores en algo constructivo. Como resultado, vivieron asombrados por la gran complejidad de la vida y por la manera en que todos sus recovecos, sus corrientes históricas y sociales, son capaces de moldear su perfil. Reconocían la necesidad de crecimiento en ellos mismos a la vez que apreciaban el trabajo de otros. Esa combinación albergaba una mezcla de humildad y confianza característica de sus logros como personas creativas.

Dudley Herschbach, el jugador de fútbol americano de la Stanford University que posteriormente obtuvo un Premio Nobel de Química, expresó perfectamente esta confianza y humildad: «La ciencia auténtica –dijo en cierta ocasión– reconoce que tienes una ventaja sobre prácticamente cualquier otra empresa humana, ya que lo que tú persigues (lo llames realidad o como quiera que lo llames) te espera pacientemente mientras sigues hecho un lío». Hablaba de la humillante experiencia de plantarse ante la naturaleza e intentar una y otra vez comprenderla. «La naturaleza –dijo– habla en muchas lenguas, pero todas nos son ajenas. Lo que la ciencia intenta hacer es descifrar uno de esos dialectos». «Si los científicos progresan algo –concluyó–, lo consiguen porque la naturaleza no cambia y nosotros perseveramos. No es porque seamos especialmente inteligentes sino porque somos testarudos». Vimos esta misma clase de humildad y determinación muchas veces en las vidas de nuestros estudiantes extraordinarios.

UN VIAJE MUSICAL

Cuando llegó a los estudios de grabación de Sony en una cálida tarde de junio, Tia Fuller se encontró en la acera con una fila de unas setecientas personas que desembocaba en el edificio. La joven saxofonista de Colorado ya había pasado ese mismo día casi ocho horas ensayando su primer álbum de jazz, Healing Space (Espacio de curación), pero había ido allí por la misma razón que todos los que se juntaron en esas calles de Manhattan: para asistir a una audición y tratar de conseguir un puesto en el grupo que acompañaría a Beyoncé en su gira. Si conseguía hacerse un sitio en el conjunto de la internacionalmente famosa cantante de rhythm and blues, comenzaría una vida vertiginosa y tocaría para audiencias de veinte mil personas, noche tras noche. Su incipiente carrera recién comenzada en el jazz se beneficiaría sin duda de una experiencia como esa. Aprendería. En los días siguientes, el calor siguió apretando cada vez más, y volvería hasta tres veces para tocar ante la famosa diva y su gente, que entraba y salía continuamente de salas repletas de mujeres que ansiaban ocupar un puesto en esa banda exclusivamente compuesta por féminas.

Tia había comenzado su viaje hasta ese lugar y momento en el seno de una familia dedicada a la música en Aurora, Colorado. Sus padres, ambos educadores y músicos, llenaron la casa y el patio de sonidos de John Coltrane, Cannonball Adderley y Charlie Parker. Su padre y su madre, ambos, cantaban y tocaban. «Tanto si estábamos de limpieza en casa como si preparábamos una barbacoa –recordó en determinada ocasiónla música siempre estaba sonando». A los tres años comenzó a tomar lecciones de piano, pero un día, a los trece, sentada en un taburete de la cocina de su niñez, anunció: «Voy a tocar el saxofón».

Años más tarde, el hecho de ver una grabación en vídeo de esa declaración de la infancia la ayudó a identificar el inicio de un viaje al que ella no se había apuntado conscientemente. En el instituto tocaba el saxofón, pero su vida se convirtió en un barullo de bandas para animadoras, bandas para desfiles, actos sociales y, naturalmente, sus tareas escolares. Le fue bien en la escuela, pero no sentía pasión alguna por sacar buenas notas. Carecía de lo que más tarde llamaría una «visión cristalizada» de lo que ella quería hacer y ser.

En su último año, Tia consiguió ser admitida en el Spelman College de Atlanta. Eligió la Facultad de Humanidades en lugar del conservatorio porque deseaba una educación amplia, si bien su ánimo inicial no era más que «hacerlo bien en la universidad», sin ningún objetivo o interés concreto. «En mi primer curso –admitió años después– estudié principalmente por las notas que pudiera conseguir. Nada más, ni nada menos».

Todos los estudiantes de primer año del Spelman College cursan una asignatura anual sobre la diáspora africana, la historia de la propagación de los pobladores de África por todo el mundo, obligados a menudo a emigrar como esclavos forzosos. La asignatura presenta a los estudiantes el análisis histórico, promueve un conocimiento más profundo sobre ellos mismos y les ayuda a trabajar su escritura, ya que deben redactar un breve ensayo semanal y reciben muchas críticas y comentarios sobre sus esfuerzos. A Tia le fue pareciendo cada vez más fascinante esta historia, pero tenía dificultades con su escritura. Al final, sacó una D.

Se sintió deshecha y vencida, pero esa experiencia se convirtió en un punto de inflexión importante en su educación. La asignatura era anual, le quedaba aún un semestre por cursar y la previsión era sacar notas aún más bajas. Cuando volvió al campus por primavera, fue a ver a su profesora y le pidió ayuda. «Me dijo que faltaba organización en mi escritura y que no daba apoyo a mis ideas», recordó.

En ese momento, algo extraordinario comenzó a ocurrir. Tia se apoderó del control de su educación, responsabilizándose de su escritura y de su aprendizaje. Con la ayuda de sus amigos, trabajó con diligencia, construyendo argumentos, jugueteando con las frases, poniéndolas del derecho y volviéndolas del revés. Exploró su propia forma de razonar, preguntándose constantemente lo que intentaba decir y cuestionando las razones que había detrás de una determinada línea argumental. ¿Qué asumo aquí? ¿Qué conceptos utilizo? ¿Qué tal si cambio esta sección de sitio? Con cada prueba, conseguía comentarios y críticas de otros compañeros de residencia. «Fui afortunada –afirmó un día mientras sorbía un té–. Tenía un montón de amigos a los que les importaba mucho su propio trabajo y que estaban dispuestos a ayudarme».

En los meses y años siguientes, la fascinación de Tia fue en aumento gracias a la amplia variedad de asignaturas que cursó de ciencias, matemáticas, ciencias sociales, humanidades, lengua y arte. En una clase de psicología se quedó intrigada con los estudios sobre el sueño y el subconsciente. En una asignatura de música occidental aprendió a integrar ese estudio en su pasión por el jazz y también cómo la exploración de cualquier música aumentaba su comprensión de todo ello. La cautivaron las grandes preguntas, los conceptos importantes y las conexiones que podía establecer. Su dormitorio se convirtió en una especie de seminario permanente, con vigorosas y animadas discusiones sobre un amplio abanico de temas. La pasión y fascinación de Tia por sus asignaturas aumentó, y cuando estudiaba la acompañaba ese hechizo. Cargaba siempre con un diccionario, un cuaderno y un rotulador fluorescente, fuera donde fuese. «Cuando leía –recordó un día en West Orange, Nueva Jersey, no lejos de donde un siglo antes Thomas Edison había construido su laboratorio de innovación– siempre tomaba notas y pensaba en cómo se conectaban unas cosas y otras».

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