Kitabı oku: «Boda de sociedad»

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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Helen Bianchin
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Boda de sociedad, n.º 1089 - octubre 2020
Título original: A Convenient Bridegroom
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-890-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
BUENAS noches, cariño. Y hasta mañana, me imagino.
Muy sutil, reconoció Aysha. Seguía asombrándola la capacidad de su madre para dar una orden con forma, no ya de sugerencia, sino de hipótesis. Como si la que decidiera fuera Aysha. Llevaba toda la vida, o toda la vida que recordaba, siguiendo el guión que le habían ido escribiendo. El colegio más exclusivo, profesores particulares, vacaciones en el extranjero, esquí, ballet, clases de equitación, idiomas… hablaba con fluidez el italiano y el francés.
Aysha Benini era el escaparate de la inversión en educación de sus padres. Atractiva, elegante, prueba viviente de la riqueza y la posición social de su familia, cosas todas ellas que era preciso mantener a toda costa. Hasta la carrera de decoradora que había elegido entraba dentro de ese juego.
–¿No es así, cara?
Aysha atravesó la sala y rozó con los labios la mejilla de su madre:
–Probablemente.
–Tu padre y yo no te esperamos esta noche –dijo Teresa Benini, arqueando con elegancia una ceja.
Caso cerrado. Aysha revisó el contenido de su bolsito de fiesta, sacó la llave del coche, y se dirigió a la puerta.
–Hasta luego.
–Que te diviertas.
¿Qué entendería Teresa Benini por «divertirse»? ¿Tomar una cena exquisitamente servida en un restaurante de moda con Carlo Santangelo, y a continuación hacer el amor toda la noche en la cama de Carlo?
Aysha se sentó al volante de su Porche, puso en marcha el motor, y se deslizó por el camino de salida, rebasó la puerta electrónica, y condujo por la tranquila calle bordeada de árboles en la que se encontraba su casa hacia la avenida que comunicaba la zona residencial de Vaucluse con el centro de la ciudad.
Un rayo de sol se reflejó en el anillo de oro cuajado de diamantes, con un espléndido solitario, que llevaba en el dedo corazón de la mano izquierda. Tenía un diseño magnífico, había costado una cantidad escandalosa, y era un símbolo perfecto del enlace previsto entre la hija de Giuseppe Benini y el hijo de Luigi Santangelo.
Benini-Santangelo, se repitió Aysha mientras se incorporaba a la arteria que la llevaría a la ciudad. Eran dos inmigrantes que procedían del mismo pueblo del norte de Italia, que habían emigrado antes de cumplir los veinte años a Sydney, y trabajaron allí pluriempleados todos los días de la semana, ahorraron hasta el último centavo, y consiguieron establecer una empresa cementera al cumplir los veinticinco.
Transcurridos cuarenta años, Benini-Santangelo era uno de los grandes nombres del sector de la construcción en Sydney, con una fábrica enorme y toda una flota de hormigoneras propias.
Los dos se habían casado convenientemente, aunque por desgracia no habían tenido más que un descendiente cada uno; vivían en casas hermosas, tenían coches caros, y habían dado a sus hijos la mejor educación posible. Las dos familias habían sido amigas y tenido amigos comunes toda la vida. Había un lazo muy fuerte entre ambas, algo más que amistad, prácticamente parentesco.
La avenida por la que circulaba bordeaba ahora la bahía Rose Bay, y redujo un poco la velocidad para admirar el paisaje. Eran las ocho y media de una hermosa tarde de verano, y el océano tenía el color y el brillo de un zafiro, reflejándose en un cielo limpio de nubes o contaminación. Había villas fantásticas en las numerosas calas y entrantes, con muchos veleros y otros barcos anclados. Al fondo, se veía una serie de rascacielos, torres de acero y cristal de diferentes alturas y diseños, enmarcando el Teatro de la Ópera de Sydney y el soberbio arco del puente Harbour Bridge. El tráfico se fue haciendo más denso a medida que se acercaba al centro urbano, con las consabidas esperas en los cruces regulados por ordenador, así que eran casi las nueve cuando por fin llegó a la entrada del hotel y dejó las llaves del coche a un empleado para que lo aparcara. Por supuesto, podría, y quizá debería, haber esperado en casa a que Carlo la recogiera, o podría haber ido ella a su apartamento. Habría sido más práctico, más sensato.
Sólo que esa noche no le apetecía ser sensata.
Aysha hizo un ademán de saludo al portero al entrar, y no le había dado tiempo a recorrer más de tres pasos del vestíbulo del hotel cuando reconoció una figura masculina que se erguía y se adelantaba hacia ella. Carlo Santangelo.
Le bastó con verlo para sofocarse y sentir que el corazón se le aceleraba. Tuvo que esforzarse para seguir respirando regularmente. Carlo tenía unos treinta y ocho años y medía un metro noventa. Sus anchos hombros y apariencia musculosa atestiguaban su cuidada forma física. Tenía un rostro de rasgos muy marcados y angulosos, en el que destacaban la firmeza de la mandíbula y el mentón, y la sensualidad de los labios. Llevaba el pelo castaño oscuro perfectamente cortado y peinado, y sus ojos eran tremendamente oscuros, casi negros.
Aysha no recordaba ninguna muestra del genio de Carlo, pero no le cabía duda de que debía de tenerlo, porque aquellos ojos podían llegar a cobrar aspecto de obsidiana, la boca endurecerse hasta reducirse a dos finas rayas, y la voz adquirir la temperatura de un témpano.
–Aysha –le dijo al inclinarse a besarla levemente en los labios, para después tomarle ambas manos entre las suyas al volverse a enderezar.
Era impresionante. Hasta ella llegó su limpio olor masculino, mezclado con una suave loción para después del afeitado. Aysha sentía que el corazón le latía tan fuerte, que se podía oír. ¿Sería posible que Carlo se sintiera tan afectado como ella por él?
Era dudoso, tuvo que responderse, porque no ignoraba cuál era el papel que él le atribuía. Su primer amor había sido una muchacha muy joven y bella, Bianca, con la que se había casado hacía ya diez años, y a la que perdió en un accidente de automóvil a las pocas semanas de la luna de miel. Aysha había llorado en secreto cuando se casaron, y públicamente en el funeral de Bianca.
Después de aquello, Carlo se había entregado al trabajo, convirtiéndose en un as de los negocios, con una gran reputación como estratega y como hábil negociador. Había salido con muchas mujeres, y se había limitado a disfrutar de lo que cada una podía ofrecer, sin pensar nunca en sustituir a la hermosa muchacha que había llevado tan brevemente su apellido.
Y así hasta el año pasado, en el que empezó a fijarse en Aysha, permitiendo que el cariño que existía entre ambos se convirtiera en algo mucho más personal e íntimo. Cuando le pidió que se casara con él, se había sentido desbordada, porque Carlo era el único hombre con el que había soñado desde la adolescencia, y el paso de la admiración al amor por él marcaba uno de los hitos de su existencia. Amor que siempre había sabido unilateral. Comprendía que se trataba de apuntalar la alianza Benini-Santangelo para la siguiente generación.
–¿Tienes hambre?
La respuesta de Aysha vino acompañada de una sonrisa encantadora y un brillo pícaro en la mirada al contestarle:
–Me estoy muriendo.
–Pues vamos a cenar, ¿quieres? –y Carlo le pasó un brazo por la cintura y la condujo hacia los ascensores.
Aysha no rebasaba la altura de su hombro, y su figura menuda y frágil no se correspondía con la fortaleza de mente y de cuerpo que en realidad poseía. Carlo pensó, al pulsar el botón de llamada, en lo sumamente fácil que habría sido que Aysha se convirtiera en una niña mimada, puesto que la habían consentido mucho. Pero ni tenía malicia, ni se consideraba el centro del universo. Era una joven simpática, inteligente, lista y muy atractiva, que al sonreír se convertía en una mujer realmente bella.
El restaurante estaba situado en el último piso, y ofrecía unas vistas magníficas de la ciudad y del puerto. Era caro, exclusivo, y uno de sus sitios preferidos. Se abrieron las puertas del ascensor, Aysha entró por delante de Carlo en la cabina, y luego se quedaron en silencio mientras ascendían.
–¿Conque así de mal?
Aysha le dirigió una rápida mirada, vio su expresión de cinismo ligero, y no supo si alegrarse o resignarse a que él hubiera intuido que su silencio obedecía a lo horroroso que había sido el día. Se preguntó si tan fácil era adivinarla, pero no creía que fuera así con la mayor parte de la gente, sólo que Carlo no era como la mayoría, y hacía ya tiempo que se había dado cuenta de que no era mucho lo que ella podía ocultarle.
–¿Por dónde quieres que empiece? –le preguntó, con un mohín, y, levantando una mano, empezó a contar con los dedos–: Un cliente rabioso, un jefe de planta aún más rabioso, un cargamento de tejidos de importación sin poderse descargar por una huelga, o la prueba del condenado traje. Puedes elegir.
El ascensor se detuvo, y ambos pasaron juntos a la recepción del restaurante.
–Señor Santangelo, señorita Benini, sean bienvenidos.
El maître los acogió con una sonrisa servil, tratándolos con toda la deferencia debida a los clientes apreciados. Ni siquiera les propuso una mesa, sino que se limitó a acompañarlos hasta la que preferían, al lado del ventanal que ocupaba toda la pared. Aysha se dijo que una buena posición social tenía sus ventajas, por ejemplo, un servicio impecable.
El sumiller se presentó en cuanto se hubieron sentado, y Aysha dejó en manos de Carlo la selección de un vino blanco.
–Y agua con hielo, por favor –pidió también mientras Carlo se acomodaba para escucharla.
–¿Qué tal Teresa? –le preguntó.
–Vaya pregunta global –contestó alegremente Aysha–; ¿no podrías concretar un poco?
–O sea, que te está volviendo loca –Carlo hablaba imitando ligeramente la forma de arrastrar las palabras de las señoras de sociedad, y Aysha no podía evitar el sonreír.
–Pues sí –reconoció con sarcástica admiración.
Él levantó una ceja, con expresión divertida y maliciosa.
–¿Intento adivinar el conflicto actual? –se aventuró–. ¿O me lo vas a contar tú?
–El traje de novia –le contestó, y, al recordar la escena, Aysha volvió a sentir la tensión de haber tenido que escuchar las recomendaciones de Teresa y las respuestas corteses y envaradas de la modista.
–¿Hay problemas? –Carlo no dudaba de que los habría, y muchos, y la gran mayoría aportados por Teresa.
–A la modista no le hace mucha gracia la ingerencia de mamá en el dichoso vestido –contestó Aysha, con cierto remordimiento, porque la verdad era que el vestido era una maravilla de seda y encaje.
–Ya veo.
–No –le corrigió ella–, qué vas a ver –y se interrumpió, mientras el sumiller servía el vino, y realizaba el resto del ritual de la cata con Carlo.
Una vez se hubo retirado, él volvió a preguntarle, con su tono de broma:
–¿Qué es lo que no veo, cara? ¿Que Teresa, como casi toda mamma italiana, quiere que la boda de su niña sea perfecta? El sitio, el servicio, la comida, el vino, la tarta, los recuerdos, los coches, todo perfecto. Y el vestido tiene que ser esplendoroso.
–Te olvidas de las flores –le recordó serenamente Aysha–. El florista está que se sube por las paredes. El cocinero amenaza con dimitir porque, según él, su tiramisú es una obra de arte, y no piensa permitir que le impongan la receta de mi abuela, por muy italiana que sea.
Carlo hizo una mueca humorística, y luego dijo suavemente:
–Teresa cocina estupendamente.
Teresa lo hacía todo estupendamente; y ése era precisamente el problema. Esperaba que todo el mundo fuera tan estupendo como ella. El problema consistía en que, naturalmente, Teresa Benini apreciaba mucho el poder contratar a los mejores profesionales que el dinero pudiera proporcionarle, pero no por ello renunciaba a revisar personalmente hasta el último detalle, para que todo resultara conforme a sus imposibles expectativas.
Aysha no recordaba ninguna época en la que conservar a los empleados domésticos no supusiera un problema en su casa. Empezaban a trabajar y se despedían a una velocidad pasmosa, puesto que su madre nunca delegaba del todo ninguna tarea.
Se les acercó un camarero con la carta, y, como era nuevo, y muy joven, permanecieron en silencio mientras él se explayaba sobre las complejidades de cada plato, les recomendaba algunos, y tomaba solícita nota de su comanda antes de retirarse con la debida deferencia para comunicarla a la cocina.
Aysha levantó su copa, tomó un sorbito de agua, y se quedó mirando a Carlo:
–¿Habría alguna posibilidad de que accedieras a casarte en secreto?
Él giró su copa para mover el vino, y luego se la llevó a los labios y lo saboreó:
–¿Tienes alguna razón de peso para despertar la ira de Teresa, estropeándole la boda del año?
–No se lo tomaría bien, desde luego –convino ella–; pero casi preferiría conservar la salud mental y soportar su ira.
Carlo la miraba asombrado y divertido.
Llegó el camarero con los primeros platos: sopa minestrone y unos excelentes linguini a la marinera.
–No quedan más que dos semanas –le recordó.
A ella le parecían una cadena perpetua. Si por ella fuera, se habría ido a vivir a un apartamento, pero Teresa había sentenciado que era una estupidez, puesto que en la casa de sus padres disponía de toda un ala para su uso exclusivo, que incluía gimnasio, sauna, y un amplio salón. Tenía su propio coche, su garaje con entrada independiente, y, en principio, podía entrar y salir sin dar cuentas a nadie.
Aysha empuñó el tenedor, enroscó en torno a él una porción de pasta y se lo llevó a la boca. Deliciosos.
–¿Están buenos?
Como respuesta, enrolló hábilmente otra porción y le acercó el tenedor.
–Prúebalos –le dijo, sin pensar en lo íntimo que podía resultar el gesto, y tuvo un sobresalto cuando Carlo puso sus dedos sobre los de ella, guió su mano, y sin dejar de mirarla a los ojos, se llevó la pasta a la boca.
Se le hizo un nudo en el estómago, y, cuando se deshizo, Aysha sentía que le retumbaba el corazón en los oídos.
Sonriendo, Carlo tomó un poco de minestrone con la cuchara, y se lo ofreció.
–¿Quieres probarla?
Probó un poquito, y le dijo que «no» con la cabeza cuando le ofreció más. ¿Se daría cuenta de lo mucho que le costaba conservar la serenidad en momentos como ése?
–Tenemos ensayo mañana por la tarde en la iglesia –le recordó Carlo.
La expresión de Aysha se ensombreció, y dejó el tenedor, sin apetito por el momento.
–Ya, a las ocho –corroboró, sin darles ninguna expresión a las palabras–. Y después cenamos todos los del ensayo.
Es decir, los padres de los contrayentes, los propios novios, las damas de honor con sus parejas, los niños y niñas portadores de las arras, y los papás de los niños. Y al día siguiente, tendría la despedida de soltera, que no iba a consistir precisamente en unas cuantas amigas, que se reúnen con algo para picar y una botella de champán. Habría cincuenta invitados, camareros contratados, y una actuación elegida por Teresa.
Para redondear la situación, Aysha no había querido tomarse antes de la boda más que dos semanas del total de seis de sus vacaciones. Seguir trabajando agravaba el estrés al que estaba sometida, aunque tuviera un lado bueno, al mantenerla ocupada con otras cuestiones, y distraerla de la tensión que se iba acumulando con su madre. El lado negativo eran las horas que tenía que sacar antes de entrar a trabajar y después de salir del trabajo para elegir diseños y colores y supervisar la instalación de alfombras, cortinas y muebles en la enorme casa que Carlo había hecho construir cerca del puerto. Sin dejar de batallar con Teresa cada vez que sus gustos no coincidían, y Teresa olvidaba que su papel era de asesora. Cosa que sucedía continuamente.
–Un penique por tus pensamientos.
Aysha levantó la vista y vio la sonrisa socarrona de Carlo.
–Estaba pensando en la casa –dijo, sin mentir–; está quedando todo muy bien.
–¿Te gusta?
–¿Y cómo iba a no gustarme? –le contestó sencillamente, evocando el moderno diseño que el arquitecto había dado al edificio, formado por cinco alas independientes, con aislamiento acústico, que convergían en un patio central. La luz y el espacio eran los protagonistas del interior de la casa, que contaba con una galería balconada para las obras de arte, un pequeño auditorio, y una sala de juegos. Había una zona construida más baja, con piscina, sauna y jacuzzi. Era un escaparate, un espacio en el que agasajar a los invitados y seguir haciendo negocios. Aysha pensaba convertirlo en un hogar.
El sumiller volvió para rellenar las copas, seguido del camarero joven, que retiró los platos e inmediatamente llevó los segundos.
Aysha miró a su prometido, mientras comían en silencio. Le pareció la encarnación de la masculinidad, elegante, decidido, y dueño de una sensualidad primitiva que era un auténtico imán para las mujeres. Otros hombres envidiaban su mezcla de contundencia y encanto, una combinación absolutamente irresistible.
Aysha era muy consciente de todas y cada una de sus cualidades, y se preguntaba si sería ella mujer suficiente para retenerlo.
–¿Le apetece tomar postre, señorita Benini?
El deseo de complacer del joven camarero resultaba casi agobiante, y ella le sonrió amablemente al contestarle:
–No, gracias, prefiero café.
–Parece que lo tienes conquistado –dijo Carlo cuando el camarero se retiró.
–Qué cosas tan bonitas dices –le contestó, con ganas de enredar.
–¿Tú crees que debería ponerme celoso?
A ella le habría gustado que la pregunta fuera sincera, pero no lo creía probable, así que le siguió el juego.
–Bueno, es joven y guapo –hizo como que reflexionaba–. Será seguramente un universitario que trabaja por la noche para pagarse los estudios. Y eso quiere decir que es alguien con empuje –y continuó, sin dejar de sostener la mirada de Carlo, ni de sonreír–, así que no sé si querría dejar la habitación que tendrá alquilada, vender su vehículo, que me imagino que será una Vespa, y dedicarse a ser un gigoló.
Carlo se rió suavemente, y Aysha sintió escalofríos por todo el cuerpo, como si cada una de las terminaciones nerviosas de su piel lanzara una descarga.
–Creo que será mejor que te lleve a casa.
–Acuérdate de que he venido en mi coche.
Sus ojos parecieron oscurecerse, y su mirada se hizo más intensa:
–¿Como gesto de independencia, o como aviso de que no piensas compartir mi cama esta noche?
La sonrisa de ella volvió a ser deslumbrante, y sus ojos relampaguearon burlones:
–Teresa opina que mi objetivo número uno debería ser ocuparme de tus necesidades físicas.
–¿Y la opinión de Teresa es la que cuenta? –preguntó él con una voz suave como la seda, sin que eso la engañara ni por un instante.
–Mi madre cree que hay que cubrir todos los frentes –le contestó alegremente.
Seguía mirándola fijamente, y casi se diría que leyéndole el pensamiento.
–¿Y tú también lo crees?
–Yo no tengo ninguna estrategia –le contestó, ya seria.
¿Se daba cuenta de que estaba enamorada de él? ¿De que llevaba toda la vida enamorada de él? Esperaba que no lo supiera, porque le habría dado una ventaja excesiva.
–Acábate el café –dispuso Carlo con gentileza– y nos marchamos.
Levantó la mano y el camarero se materializó con la cuenta. Firmó la nota, dejó una generosa propina, y se volvió a acomodar en su asiento para observar a Aysha, que se puso tensa, pero supo disimularlo. Carlo preguntó:
–¿Tenemos algo para el próximo fin de semana?
–Mi madre tiene algo previsto para cada día hasta el día de la boda –declaró con inusitada franqueza.
–Pues que Teresa reajuste esos compromisos.
–¿Y si no quiere? –preguntó Aysha con verdadero interés.
–Le dices que he organizado una escapada a la playa por sorpresa, y que ya tengo los billetes de avión y el alojamiento reservado para pasar el fin de semana.
–¿Y los tienes?
Sonreía en parte por la broma al responderle:
–Llamaré para hacer las reservas en cuanto lleguemos a mi apartamento.
El resplandor de su mirada fue directamente al corazón de Aysha.
–Ya me darás las gracias.
Atravesaron juntos el salón y, al pasar por el mostrador de recepción, el maître indicó obsequiosamente que ambos coches les aguardarían a la puerta.
Allí estaban cuando llegaron a la puerta principal del hotel. Aysha fue detrás del Mercedes durante todo el recorrido por el centro de la ciudad, siempre en dirección este, hasta que llegaron a Rose Bay, al edificio de su ático.
Entraron en el aparcamiento subterráneo y ella dejó su coche en la plaza inmediata a la de Carlo; luego caminaron juntos, en amistoso silencio, hacia los ascensores. Cuando, al cabo de unos minutos, entraron en el lujoso vestíbulo del apartamento, Aysha pensó que la verdad era que no les hacía ninguna falta una casa.
Las cortinas estaban abiertas, y la vista del puerto desde aquella altura era magnífica. Un fantástico paisaje de luces, las de los edificios de la ciudad, las farolas, los anuncios de neón, del que disfrutar a través del ventanal que ocupaba una pared completa.
Lo oyó entre tanto descolgar el teléfono y encargar los billetes de avión y las reservas de hotel para el siguiente fin de semana.
–Podríamos vivir aquí –murmuró al acercársele Carlo por detrás.
–Claro que podríamos –dijo él, rodeándole la cintura y haciendo que reclinara la espalda contra él.
Aysha sintió cómo apoyaba el mentón sobre su cabeza, sintió el calor de su aliento que jugaba con su pelo, y no pudo evitar un leve escalofrío al descubrir los labios de él en el delicado hueco de debajo del lóbulo. Estuvo a punto de cerrar los ojos para creer que aquello era auténtico. Que se trataba de amor, no de deseo.
Un gemido brotó y quedó ahogado en su garganta al recorrer él el borde de su cuello con los labios, la lengua, convertidos en instrumentos eróticos con los que jugaba a acelerar su pulso. Llevó una mano a su pecho, buscando el punto más sensible, y la otra la extendió en la parte baja de su vientre.
Aysha sentía el impulso de exigirle que fuera más deprisa, que le quitara la ropa mientras ella le arrancaba la suya hasta que no quedara barrera alguna entre los dos. Sentía el deseo de que la levantara en sus brazos, de hundirse contra él, de agarrarse a él mientras la llevaba a cabalgar como nunca en su vida.
Pero había en él demasiado control. Ni siquiera en la cama perdía del todo el dominio de sí mismo, como le sucedía a ella. Había momentos en los que tenía ganas de gritar que, aunque aceptara a Bianca como parte importante de su pasado, ella era su futuro. Pero no se atrevía a decir esas palabras. Seguramente, porque temía oír su respuesta.
En ese momento, se volvió hacia él, abrazándolo, buscando su boca, entregándose por completo al fuego de la pasión. Carlo captó su apremio y, sin esfuerzo aparente, la tomó en brazos y la trasladó al dormitorio.
Aysha iba soltándole los botones, le desabrochó el cinturón, y lo despojó de la camisa. Le lamió los pezones, que estaban duros, y luego los mordisqueó, mientras Carlo le iba quitando la ropa. Oyó luego dos golpecitos, al caer los zapatos de él contra el suelo, seguidos por sus pantalones.
–Espera –dijo con su voz grave y algo ronca, mientras ella le acariciaba las costillas, su plano estómago, y seguía bajando–, ¿así que quieres jugar, eh?
Capítulo 2
CARLO le sujetó los brazos y deslizó sus manos hasta abrazar los hombros de Aysha mientras posaba los labios en el vulnerable hueco de la clavícula. Su tenue perfume lo incitaba a recorrer la sensible piel del límite del cuello, saborearla, pellizcarla apenas con los dientes, percibiendo a cambio el ligero espasmo con el que el cuerpo de Aysha reaccionaba a sus caricias. Era una amante generosa, apasionada, con una entrega a la aventura y al juego que él encontraba sumamente atractiva.
Siguió explorando con los labios la curva de uno de sus pechos, para acabar succionándolo, y, una vez degustado, pasar a estimular del mismo modo a su gemelo. Aysha se preguntaba si Carlo era consciente de lo que sus caricias despertaban en ella. Al pensar que podía tratarse de una técnica ensayada sentía un dolor insoportable. Que estuviera aplicando con ella el fruto de una larga experiencia…
Le bastaría con una sola vez que sintiera que él temblaba de deseo… de ella, y nada más que de ella. Con saber que también ella podía hacerle perder todo autocontrol. ¿Era pedir demasiado, el aspirar a tener su amor? Él le había puesto un anillo, y pronto iba a darle su apellido. Quizá debería bastarle con eso.
Pero quería ser para él mucho más que una compañera sexual satisfactoria, o una anfitriona perfecta, y, al mismo tiempo, oía dentro de sí una voz que recomendaba «Acepta lo que él esté dispuesto a dar, y agradécelo; un vaso medio lleno es mejor que un vaso vacío.»
Cruzó las manos en la nuca de Carlo, y atrajo su cabeza hacia ella, excitándose con el contacto de su boca al pegarse a la suya. Hizo deslizar su lengua contra la de él, y luego realizó un círculo lento y amplio, antes de iniciar una danza exploratoria que era casi tan provocativa como el propio acto sexual.
Con una mano Carlo sujetaba firmemente a Aysha por la nuca, mientras iba deslizando la otra por una cadera, hasta aferrar una nalga, y apretarla así con fuerza contra él. Ella lo deseaba ahora, duro y rápido, sin preliminares. Deseaba sentir su fuerza, sin barreras ni precauciones. Como si él ya no pudiera resistir ni un segundo más sin poseerla.
El tacto ya familiar de sus dedos, explorando con delicadeza el centro de su feminidad, le arrancó un suspiro, al que siguió un torturado gemido cuando empezó a estimularla. Era desesperante que él tuviera un conocimiento íntimo tan exacto de cómo hacer enloquecer a una mujer.
La boca de Carlo se apretó contra la suya, haciéndola moverse al mismo ritmo. Aysha se aferraba a sus hombros mientras sus dedos se adentraban en ella. Cuando ya creía que no iba a poder soportarlo más, se produjo una variación, y Aysha gritó, sin que el sonido llegara a salir de su garganta, al deslizarse Carlo dentro de ella en un único envite.
El placer era exquisito, y le arrancó un murmullo de deleite, truncado al retirarse Carlo súbitamente, a la vez que la echaba sobre la cama. Sus labios se apartaron de los de ella, para dedicarse a recorrer su garganta, los delicados huecos de las clavículas, la carne suave y temblorosa de cada pecho, la concavidad del ombligo. Estaba claro qué perseguía, y Aysha sentía encenderse chispas en todas sus terminaciones nerviosas, a punto de convertirse en un incendio devorador. Ya había perdido parte del control de sus movimientos, y, aunque trató de decirle que se detuviera, las palabras brotaban tan roncas de su garganta que eran ininteligibles.
Carlo era un maestro en el arte de dar placer. Sus dientes mordían, su lengua presionaba, con la suavidad o la insistencia precisas, en los puntos exactos, para llevarla al límite, y para mantenerla en él, hasta que fuera ella quien suplicara la consumación. Volvió a besarla en la boca, y Aysha se arqueó contra él al penetrarla con un único y rápido movimiento, inmediatamente seguido por otros, suaves y lentos al principio, que fueron aumentando en intensidad y profundidad, incendiándola de deseo por él.
La piel de ambos ardía y estaba rociada de sudor, la sangre circulaba como azogue por las venas de Aysha. La unión iba más allá de lo físico: ella le hacía entrega de su corazón, de su alma, de todo su ser. Se le entregaba, era suya. En ese momento, estaba dispuesta a morir por él, tal era el grado de su entrega.
«Un grado aterrador», pensó Aysha largo rato después, cuando yacía contra el cuerpo de él, puesto que suponía prácticamente la negación de su identidad. Pero, a la vez, el ritmo constante de la respiración de Carlo, el poderoso latido de su corazón, iban tranquilizándola. No se había dormido aún, puesto que sus dedos le recorrían perezosamente la espina dorsal, y la sutil presión en cada vértebra resultaba sedante. Aún pudo sentir en su pelo el suave roce de sus labios, antes de quedarse profundamente dormida.
Habían hecho el amor fantásticamente, y había llegado el momento de susurrarse que se amaban, pensó Aysha al despertarse, de jurarse amor eterno. Quería hacer esas promesas, y quería oír las de él, pero, al mismo tiempo, prefería la muerte a pronunciar esas palabras y que Carlo no las correspondiera. Así que lo besó suavemente en el pecho y dibujó un círculo con la punta de la lengua. Sabía a perfume, mezclado con su propio olor masculino. Lo mordió, percibiendo la dureza de los músculos, y luego volvió a besar donde había mordido, y siguió, acercándose al pezón.
Fue deslizando de los dedos sobre una cadera, se detuvo en la cara interna del muslo, y notó cómo se tensaba su pelvis.
–Cuidado con lo que haces –le advirtió Carlo, al seguir ella acariciándolo delicadamente. No más que la yema de un dedo, tan ligera como un ala de mariposa, y el resultado sobre el miembro masculino era increíble. Daba casi un poco de miedo, ver la velocidad a la que se transformaba, recuperando su potestad como instrumento de placer.
Aysha deseaba provocarlo, liberar su parte salvaje, hacerle olvidar los límites y la separación entre ambos, hasta que dejasen de ser dos y no formasen más que una sola persona, en perfecta armonía espiritual, mental y física. Pero Carlo le arrancó un grito de sorpresa al tomarla por la cintura con ambas manos y sentarla encima de él. La excitación se disparó por todo su cuerpo al levantar él las caderas y caer ella contra su pecho. Una mano sujetó su nuca, y la obligó a ofrecerle su boca. El beso ardiente de Carlo la forzó a reconocer que era ella quien le pertenecía, en cuerpo, mente y alma. De su cabeza desapareció todo pensamiento ajeno a la tormenta que ese hombre desataba en ella.
Todo lo que había sucedido entre ellos hasta entonces palideció a su lado. Bien sabía Dios que Carlo la había hecho arder de deseo antes, pero lo que ahora sentía era… primitivo, grosero, potente, voraz. Empezó a moverse al mismo ritmo que él, impulsada por un hambre que eclipsaba todo recuerdo del momento o lugar en que se encontraban.
Ni siquiera se dio cuenta de en qué momento cambiaban de postura. No fue consciente de nada hasta notar la alteración de su tacto, la gradual disminución del ritmo, que consiguieron hacerla recuperar parcialmente la cordura. La dominaba ahora una especie de encantamiento, un deseo desesperado de hacer durar aquel momento, no fuera a fracturarse y desaparecer.
En aquel estado, no tuvo conciencia de las lágrimas rodando por su cara, ni del calor emanado por su piel, ni del temblor de su cuerpo cuando las manos y los labios de Carlo la llevaron al orgasmo.
Después, él bebió los restos de las lágrimas y la besó en los párpados, ahora cerrados. Cambió de postura, tendiéndose de espaldas, sin soltarla, así que Aysha quedó acurrucada sobre su cuerpo. Quedaba en ella un leve resto de agitación, y él la besó suavemente, mientras deslizaba los dedos dibujando el perfil de su esbelta figura, sus gráciles curvas, la finura del talle, la redondez de las nalgas.
Fue Carlo quien al cabo de muchos minutos se separó, mientras ella dejaba resbalar una mano siguiendo el contorno del rostro masculino.
–Paso la primera a la ducha. Tú haces el café –le propuso entonces en un susurro.
–Compartimos la ducha –repuso él, con una sonrisa que volvió a desintegrar la paz en que se encontraba Aysha– y luego yo me encargo del café, y tú preparas algo sólido.
–Machista –comentó ella, con distraída indulgencia.
Carlo le acarició el pecho con los labios, y la saeta del deseo volvió a quemarla por dentro, mientras él sugería:
–Siempre podemos dejar lo del desayuno y concentrarnos en la ducha.
La propuesta iba acompañada de hechos contundentes, y Aysha les prestó su más retozona atención.
–Es una oferta muy tentadora, pero la verdad es que necesito comida para seguir funcionando –contestó, con lo que de momento concluyeron las escaramuzas eróticas.
Luego, Aysha se dio la ducha más rápida de la historia, se vistió, se recogió el pelo en la nuca, y se aplicó colorete, sombra de ojos y rímel. Cuando Carlo volvió a verla, su aspecto era como de haber dedicado media hora a arreglarse, en lugar de cinco minutos.
–Siéntate y come –le ordenó, sirviéndole una tortilla francesa–; ya está el café.
–Qué joyita de hombre –lo alabó ella al probar el café, que estaba delicioso, al igual que la tortilla.
–Ésta sí que es la evolución del hombre: de machista a joyita en el transcurso de veinte minutos –comentó él con buen humor.
Ella sonreía sin dejar de masticar, y, entre bocado y bocado, le dijo:
–No se te vaya a subir a la cabeza.
Mientras él desayunaba, Aysha lo miraba, y, sin darse cuenta, se encontró con la vista clavada en el cinturón de su albornoz. El lo notó y le dijo con guasa:
–No tienes tiempo para quedarte a hacer tus comprobaciones.
Ella le sonrió, se puso enseguida en pie, y se acabó de golpe el café:
–Es el último día que voy a la oficina. Pero, a partir de mañana …
–Promesas –dijo Carlo, aún más burlón.
Aysha se puso de puntillas para darle un beso en la cara, y él giró la cabeza para que sus labios se encontraran.
–Tengo que darme prisa –le dijo con auténtico pesar–. Te veo esta tarde.
Después de esta despedida, se marchó, porque le interesaba de verdad su trabajo. La tarea de seleccionar y combinar colores y formas para convertir las casas en hogares la fascinaba. Dar con los muebles, las telas, los objetos adecuados en cada caso, para que cada pieza potenciara el conjunto y el resultado fuera a la vez singular y cómodo. Se había ganado una reputación profesional gracias a su búsqueda de la perfección para cada cliente.
Pero, naturalmente, había días en los que con muchas llamadas telefónicas apenas conseguía resultado alguno, y ese último día de trabajo fue uno de ésos. Sin contar con que tuvo que hacer un repaso del estado en que se encontraba cada uno de los pedidos pendientes que se servirían mientras ella estuviera fuera, y ésa era una gestión como para ocupar la jornada completa.
Luego, se fue a almorzar con algunos compañeros, que le entregaron su regalo de bodas, una exquisita fuente de cristal tallado. Por la tarde hubo que rematar infinidad de cosas, y eran más de las siete y media cuando entraba en el apartamento de Carlo, exclamando:
–¡Estaré en diez minutos! –mientras se iba descalzando sin detenerse en su camino a la ducha.
Al cabo de nueve minutos, ya salía otra vez disparada, cuando él la detuvo, pasándole un brazo encima del suyo:
–Más despacio.
–Pero si es muy tarde. Ya tendríamos que haber salido –le dijo ella con urgencia, a la vez que trataba de soltarse, sin conseguirlo–. Vamos a hacer esperar a toda esa gente.
Él se acercó más e inclinó la cabeza hacia ella:
–Pues que esperen un poco más.
Sus labios rozaron los suyos con tan increíble dulzura, que ella sintió que se le derretían las entrañas, y que sus labios se entreabrían con un suspiro bajo la presión de su boca. Al cabo de unos minutos, Carlo levantó la cabeza para poder examinar la expresión de Aysha. No dijo nada, pero debió de satisfacerle la languidez que suavizaba ahora sus hermosos ojos grises. «Misión cumplida», al menos una parte de la tensión acumulada había desaparecido. En voz alta, dijo:
–Ya podemos irnos.
–Estaba todo calculado –fue la conclusión, más bien melancólica, de Aysha, mientras bajaban al aparcamiento en el ascensor directo, al verlo sonreír con aire de experto.
–Confieso que sí.
Lo que estaba reconociendo era que había procurado llevarla de un galope desbocado, que es el ritmo que había llevado del trabajo, a un trotecillo cómodo, así que Aysha le sonrió con agradecimiento al subir al Mercedes.
–¿Qué tal has pasado el día? –le preguntó una vez sentada en el asiento del copiloto mientras se abrochaba el cinturón.
–Reuniendo ofertas, revisando cifras, visitando una obra. Con muchas llamadas.
–Todo asuntos en los que eras imprescindible, ya veo.
Carlo puso el coche en marcha, y salió a la calle, antes de contestarle, con un punto de ironía:
–Es un buen resumen.
La iglesia era un hermoso edificio de piedra antigua, separado de la calle por jardines con amplias praderas e hileras de árboles, un rincón de sosiego. Aysha tuvo que respirar hondo cuando vio los muchos coches aparcados en el acceso. Ya había llegado todo el mundo. La verdad era que asistir a una boda, o verla en el cine o en la televisión, era muy diferente de participar en la propia, y eso que no era más que un ensayo.
–Quiero llevar la cesta –estaba porfiando Emily, que era la más pequeña de las dos niñas del cortejo, y no sólo de palabra, sino intentando quitársela a Samantha.
–Yo no quiero llevar un cojín. Eso es de nenas –declaró Jonathan, el mayor de los pajes.
Oírle eso en el ensayo auguraba lo peor. Si creía que sostener una almohadilla de raso con puntilla suponía un menoscabo de su hombría, ¿qué no diría cuando lo disfrazaran con un traje, chaleco de raso y pajarita incluidos?
–Es de nenas –confirmó el menor de los pajes.
–Pues tenéis que hacerlo –dijo Emily, dándoselas de autoridad.
–Pues no.
–Pues sí.
Aysha no sabía si reír o llorar:
–¿Qué tal si Samantha lleva la cestita de los pétalos de rosa, y Emily la almohadilla?
Casi se podían ver los engranajes mentales moverse, mientras cada una de las niñas sopesaba la importancia de una y otra tarea.
–Para mí la almohadilla –fue la conclusión de Samantha, al comprender que las arras eran de más valor que los pétalos de rosa que había que esparcir delante de la novia.
–Te puedes quedar con la cesta –dijo Emily, que había hecho sus propios cálculos.
Teresa puso los ojos en blanco, las madres de las niñas trataron de persuadirlas, primero, y luego de sobornarlas. Las cuatro damas de honor estaban descorazonadas, puesto que, durante la ceremonia, cada una tenía que ocuparse de uno de los niños.
–Bien –dijo Aysha, levantando las manos como para rendirse–. Éste es el nuevo reparto: habrá dos cestas, una para Emily y otra para Samantha. Y –mirando a los dos niños con severidad– dos almohadillas.
–¿Cómo dos? –Teresa no daba crédito a lo que oía, pero Aysha asintió con la cabeza:
–Dos.
Las dos niñas quedaron encantadas, y los dos chicos agacharon la cabeza sin atreverse a manifestar su desacuerdo.
Aysha consideraba ahora que más valdría no haber llevado a los niños al ensayo, sino haberles explicado simplemente qué tenían que hacer el gran día, y confiar en que pondrían tanto interés en lucirse que no habría ningún fallo. Mientras atendía a las instrucciones del sacerdote, pensaba que habría que encomendarse a la divina providencia.
Una hora más tarde, estaban todos sentados a una mesa muy larga en un restaurante de los que no ponían objeciones a los niños. Como la comida y el vino eran buenos, todos se fueron relajando, y Aysha disfrutó mucho de la informalidad de la ocasión, por contraste. Se reclinó contra el brazo de Carlo, que preguntó:
–¿Cansada?
–Ha sido un día muy largo –le contestó ella, mirándolo a los ojos, con una insinuación de intimidad.
–Mañana podrás dormir hasta la hora que quieras –le dijo él, besándola en la sien.
–Sería estupendo, pero tendré que llegar temprano a casa para ayudar a Teresa con los preparativos de la merienda. Ya sabes, lo que ha organizado como despedida de soltera.
Eran casi las doce cuando los comensales empezaron a moverse, y transcurrió otra media hora hasta que Aysha y Carlo consiguieron marcharse, porque las damas de honor no acababan de despedirse nunca, y Teresa tenía instrucciones que no podían esperar hasta el día siguiente.
Así que era la una más o menos cuando Aysha entró la primera en el ático, se quitó los zapatos, se soltó el pelo, y se fue directa a la cocina.
–¿Te apetece un café?
Más que oírlo, lo sintió acercarse por detrás, y ponerse inmediatamente a masajearle la espalda. Dio un suspiro de alivio, porque las manos de Carlo hacían maravillas con la tensión de sus hombros, y él preguntó:
–¿Te gusta?
Ya lo creo que le gustaba. Estaba dispuesta a suplicarle, si era preciso, para que continuara.
–No lo dejes, por favor –dijo, cerrando los ojos, para abandonarse mejor a aquel regalo celestial.
–¿Algún plan para mañana por la noche? –preguntó Carlo con entonación indolente, y ella sonrió con asombro al responder:
–¿Quieres decir que tenemos una noche libre?
–Te llevaré a cenar.
–No –le contestó sin dudarlo–, prefiero comprar algo para cenar aquí.
–El masaje se da mejor con el cliente tumbado.
La distensión que había ido ganando a Aysha dio paso a una oleada de excitación. Su corazón se puso a latir más deprisa.
–Eso a lo mejor es peligroso.
–Podría acabar siéndolo –corroboró Carlo–; pero es preferible que el masaje sea completo.
–¿Me estás seduciendo? –preguntó Aysha, sintiendo una nueva aceleración del pulso.
–¿Te sientes seducida? –preguntó él, a su vez, y su risa sonó suave y profunda junto a su oído.
–Ya te lo diré –fue la respuesta de ella, llena de picardía–. Digamos que de aquí a una hora.
–¿Una hora?
–Tu recompensa dependerá del efecto del masaje –le informó Aysha con gran solemnidad, que se transformó en carcajada al levantarla él en brazos y llevarla al dormitorio.
Los minutos durante los cuales Carlo iba extendiendo lentamente aceite aromático por cada centímetro de su piel, mientras ella yacía boca abajo sobre una toalla, constituyeron la más deliciosa forma de tortura sensual. «¿Cómo se me pudo ocurrir que iba a resistir una hora?» Al cabo de treinta minutos, el placer era tan dolorosamente intenso, que a duras penas conseguía no darse la vuelta y rogarle que la tomara.
–Me parece –dijo, de forma no muy audible– que ya es suficiente.
Los dedos de Carlo se deslizaron subiendo por sus muslos, y apretaron con firmeza ambas nalgas antes de detenerse rodeando su cintura.
–Te recuerdo que hablamos de una hora –dijo, haciéndola volverse.
–Pagarás por esto –lo amenazó Aysha, sintiendo que un fuego líquido le recorría las venas.
Lo miraba con los ojos entornados, lo cual acentuaba la longitud de sus pestañas. Carlo se inclinó y se apoderó de su boca con un breve y duro beso.
–Con ello cuento –le dijo.
Sometida a la dulce brujería de su tacto, creyó volverse loca, pero luego fue ella quien lo empujó hasta el límite, siempre consciente de que sus oscuros ojos no perdían su expresión de acecho, por mucho que ella intentara hacerlo perder el control. El deseo, esa fuerza primitiva e insolente, acabó por adueñarse de su cuerpo, dejando a su mente desnuda y vulnerable, haciendo estallar en mil pedazos su propia sensación de control.
Aysha no recordaría luego las lágrimas que rodaron por sus mejillas hasta que Carlo le rodeó la cara con ambas manos y las barrió con los pulgares. La cubrió los labios de besos delicados, y después su beso se convirtió en un acto de posesión. Más tarde, siguieron simplemente abrazados, hasta que la respiración de ella se normalizó y el corazón volvió a latirle con regularidad, momento en el que él la acomodó a su lado, sin despertarla, para pasar toda la noche enlazados.
Aysha apenas se movió cuando él se levantó a las ocho, pasó a la ducha, se vistió y fue a preparar el desayuno. Lo que consiguió hacerla luchar contra las brumas del sueño fue el aroma a café recién hecho que llegó hasta el dormitorio.
–Qué guapa estás despeinada –la saludó Carlo mientras instalaba la bandeja que llevaba en la mesilla. Era verdad que tenía las mejillas suavemente rosadas, que el sueño hacía parecer maquillados sus párpados, y que, con las pupilas dilatadas, los ojos se le comían la cara.
–Hola –dijo ella, tirando de la sábana hacia arriba, con lo que provocó su carcajada.
–Qué adorable modestia.
–Me has traído el desayuno a la cama –murmuró ella con sincero reconocimiento–; eres maravilloso.
–Procuro complacer.
Aysha estaba plenamente de acuerdo con eso.
–Claro que es de suponer que, ahora mismo, estarás más pendiente de la comida que de mí, ¿verdad? –dijo él, inclinándose para besarla en la garganta, y pellizcar luego la piel, primero con los labios, y después con los dientes, para recorrer luego la suave curva de sus pechos.
«Baja un poco más, y ya verás qué interés tengo por la comida», pensó Aysha, y dijo, muy formalita:
–Por supuesto. Voy a necesitar toda la energía posible para el día que me espera.
–La despedida de soltera –dijo Carlo, mirándola a los ojos.
–Eso es –declaró ella, sosteniéndole la mirada–: una ocasión que debe resultar memorable, según Teresa.
–Pues entonces, aquí tienes zumo de naranja, y una dosis de cafeína para ponerte en marcha –anunció Carlo, sentándose en la cama.
De las tostadas, los croissants, la mermelada, el queso, y las finísimas lonchas de salami y de jamón no dijo nada, pero allí estaban. Era un auténtico festín.
Aysha se incorporó, con cuidado de seguir con la sábana sujeta bajo los brazos, y tomó el vaso de zumo que le ofrecía. Bebió después una taza de café, acompañada de un croissant con mermelada, y luego un sandwich de jamón y queso.
–¿Más café?
Dudó un instante, miró la hora, y renunció a la segunda taza:
–Dije que estaría en casa hacia las nueve.
Carlo se puso en pie y recogió todo.
–Me llevo la bandeja.
Diez minutos después, Aysha estaba duchada, arreglada, y dispuesta a afrontar el día. Vestida con unos vaqueros que subrayaban la esbeltez de sus piernas y con un top ajustado que acentuaba la delicada curva de sus pechos, pasó por la cocina para despedirse.
–Muchas gracias por el desayuno –le dijo, empinándose para depositar un beso en la mandíbula.
Él le rodeó la cintura y se apoderó de tal modo de su boca con sus propios labios, que la dejó momentáneamente sin sentido del equilibrio. Luego, poco a poco, suavizó la presión, fue recorriendo el contorno de sus labios hinchados con los suyos, la besó en las comisuras, y la soltó.
–De nada, cariño.
Aysha parpadeó varias veces, porque le costaba enfocar. Aquello había sido… «cataclísmico» era la palabra. Ah, y apasionado, sin duda. Quizá después de todo estaba limando poco a poco el autocontrol de Carlo. No pudo dejar de pensar en ello durante todo el trayecto en coche hasta la casa de sus padres.
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