Kitabı oku: «Vestido negro y collar de perlas»

Yazı tipi:

Vestido negro
y collar de perlas

Helen Weinzweig

Epílogo de Sarah Weinman

Traducción de Vanesa García Cazorla


Título original: Basic Black with Pearls

Por acuerdo con House of Anansi Press, Toronto (Canadá)

y CASANOVAS & LYNCH LITERARY AGENCY, S. L.

© del texto: Helen Weinzweig, 2015

© del epílogo: Sarah Weinman, 2018

© de la fotografía de cubierta: World History Archive / Alamy

Primera edición en Muñeca Infinita: enero de 2022

© Muñeca Rusa Editorial, S. L. U., 2022

Calle del Barco, 40, 3.° D ext.

28004 Madrid

editorial@munecainfinita.com

www.munecainfinita.com

© de la traducción: Vanesa García Cazorla, 2022

Diseño de colección y cubierta: Juan Pablo Cambariere

Maquetación: Carmen Itamad

Edición y corrección: Esther Aizpuru

ISBN: 978-84-123937-1-2

eISBN: 978-84-123937-5-0

Código BIC: FA

Impresión: Kadmos

Depósito legal: M-27244-2021

Impreso en España

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.

Le dije que se quitara la máscara, pero si es lo único que tengo, me respondió. Quítatela, le ordené. Obedeció. No sirve de nada, sigo sin reconocerte —ponte la máscara de nuevo—, así está mejor, ahora que sé que no te conozco podemos hablar más fácilmente.

Passages, ANN QUIN

Contenido

Vestido negro y collar de perlas

Epílogo

La noche llega como una sorpresa en el trópico. No hay crepúsculo ni preparación para la desaparición de la luz. En un momento hay que protegerse los ojos de un sol despiadado, y al siguiente parece que todas las formas se desvanecen en la noche negra. Estaba desvelada en Tikal. En cuanto oscureció, los perros parias se pusieron a ladrar y así continuaron toda la noche, hasta el primer rubor del alba, cuando cesaron tan bruscamente como habían comenzado. Aquella mañana, temprano, visité las ruinas. Estaba con un grupo de turistas fingiendo ser una más al tiempo que trataba de mantenerme al margen mientras, preparada, aguardaba una señal para apartarme de ellos. Escuché atentamente al guía autóctono, cuyo inglés era extraordinario. ¿Sería mi amante? Me moví con los demás, atenta todo ese tiempo a las posibles señales del National Geographic, volumen 148, número 6, «Los mayas», que había memorizado.

Coenraad y yo tenemos un código para nuestras citas en virtud del cual interpretamos las palabras impresas conforme a fórmulas matemáticas. Nuestra seguridad reside en la regularidad inherente a los sistemas de páginas y líneas que se suceden en una simple secuencia numérica, como página-dos-seguidade-la-línea-dos, página-cuatro-seguida-de-la-línea-cuatro o, a veces, secuencia-de-números-impares. Estos sencillos códigos, combinados con una pizca de imaginación, pueden despistar incluso al agente más astuto. Nadie está preparado para lo evidente. La clave también me permite comprobar si el día señalado estoy donde tengo que estar, y también si las circunstancias son propicias para nuestra cita. Por poner un ejemplo: en Washington, hace dos años, en el hotel Mayfair, me entregaron el volumen 144, número dos, del National Geographic. En la página 246, en un artículo sobre el charrán común, al leer entre las líneas tres, cinco y siete que «durante el cortejo las parejas vuelan en zigzag», deduje que debía ser precavida debido a la comintern de la capital, y que mi amante tendría que zigzaguear, como quien dice, para reunirse conmigo. El código funciona la mayoría de las veces.

Observé al guía más detenidamente. Era de la misma altura y tenía la misma complexión que mi amante. El hecho de que tuviera los ojos marrones, mientras que los de Coenraad son de un gris acerado, no me desanimó. Hoy en día es tan fácil alterar el color del pelo, de la piel y de los ojos que este ya no sirve de pista para identificar a nadie. Cuando llegamos a lo alto de la amplia escalera de piedra que lleva al templo del Gran Jaguar, el guía se volvió para hacer un recuento de su pequeña tropa. Dijo que sus antepasados mayas eran expertos en la ciencia de los números. Me puse alerta.

Ellos, añadió, no distinguían el pasado del futuro.

¿Lo dijo por mi bien?

De vuelta en la gran plaza, la visita terminó donde había empezado: en la tumba del poderoso Pacal. El guía señaló una enorme losa frente al sarcófago. Y cuando la sombra de Kukulkán caiga en diagonal sobre el altar, el sumo sacerdote raptará a una virgen, dijo. Los demás se encaminaron lenta y desordenadamente hacia la fresca sombra del bar. Yo me rezagué. Pero al final no era Coenraad; no se tenía en pie como lo hace mi amante: con firmeza, con un obstinado apego al suelo. Cuando veo a Coenraad en esa postura, se disipan todos mis miedos: los bebés no mueren, los coches no colisionan, los aviones siguen su curso, se silencia el hilo musical, reina la certidumbre. Así es como siempre reconozco a mi amor: por su manera de tenerse en pie, por lo que siento al verlo.

Esa vieja e intolerable añoranza por la noche. No puedo soportarla. A menudo me doy la vuelta y me pongo del lado izquierdo, ya que he descubierto que al tenderme sobre ese costado se borran las devastadoras imágenes que anidan en mi cabeza. El lado izquierdo debe de ser el que se ocupa de lo posible; la política de la izquierda, esa en la que las ilusiones se desvanecen y los hechos se vuelven irrefutables. En Tikal los precios son altos. Tendría que haber contado el dinero del que disponía. Pero mi costado izquierdo me falló. A mi alrededor oía los chirridos secos de los insectos y empecé a pensar en aquella vez en Celaya, cuando conseguimos burlar a las cucarachas durmiendo en una hamaca. Después de haber vencido sus peligros tumbándonos a lo ancho, aquella noche se convirtió en una de las más gratificantes de mi vida. Ahora me enfrentaba a la constatación de que el mensaje que me trajo a Guatemala debía de ser el penúltimo y que el definitivo aún estaba por llegar. Tuve la tentación de tenderme del lado derecho y no enfrentarme al problema. En lugar de eso, me puse bocarriba con la esperanza de que esa posición permitiera un equilibrio entre el deseo y la realidad. Se me ocurrió que, mientras esperaba a Coenraad, lo más práctico sería estudiar la artesanía de la región.

De pronto los perros se callaron y los insectos cesaron sus chirridos. Sabían que algo estaba a punto de ocurrir. Cuando llamaron a mi puerta, di un salto y fui corriendo a abrirla. Un muchacho enjuto había venido a buscarme. Era demasiado joven para ser un empleado nocturno. Pero sus resignados ojos oscuros eran los de un hombre maduro. En el minúsculo vestíbulo de la planta baja señaló el teléfono, cuyo auricular estaba sobre el mostrador de formica, y volvió a su catre de hierro junto a la puerta de la calle: se quedó profundamente dormido antes de que yo dijera «¿Sí?»1 al teléfono. Las operadoras tuvieron mucho que contarse en un español vehemente antes de que Coenraad y yo pudiéramos hablar.

—Escúchame con atención: olvida el mensaje.

—¿Qué pasa?, ¿han descifrado nuestra clave?

—No, es que mi superior la quiere.

—Pues que se haga una para él; hemos tardamos años en perfeccionarla.

—Es mi jefe. No me queda otra.

—No pienso dársela.

—No puedo hacer nada.

—¿Para qué quiere un hombre de su posición una clave de segunda mano?

—Porque ha conocido a una señora de segunda mano.

—No tiene ninguna gracia.

—Sin ánimo de ofender…

—Habíamos conseguido convertir esto en una ciencia.

—Solicitaré un traslado a The American Scholar.

—Demasiado provinciano.

—Si te vas a poner quisquillosa…

—No no; aceptaré cualquier cosa impresa.

—Encontrarás las instrucciones en el bolsillo del respaldo del asiento de delante en el próximo avión a Toronto.

—¡Toronto! No puedo volver allí.

—Es una ciudad más.

—Pero es donde vivo.

—O lo tomas o lo dejas. Esa es mi próxima misión.

En el avión examiné el contenido del bolsillo del respaldo del asiento de delante; pero, por más que forcé mi imaginación, no encontré ningún mensaje en clave en el folleto sobre el uso de la máscara de oxígeno, ni en la cartulina que mostraba la ubicación de las salidas de emergencia ni tampoco dentro de una bolsa de papel vacía. La revista En Route, en francés y en inglés, contenía hermosas fotografías del lago Louise y de esquiadores en Quebec, así como de frascos de perfume que se vendían libres de impuestos. Seguí pasando las páginas hasta que di con un folleto, suelto, entre las páginas 25 y 26. Como era 25 de noviembre, mis esperanzas crecieron: al fin y al cabo, Coenraad nunca me había fallado. Era un panfleto, un tratado político, titulado «¡Canadá primero!», impreso en un papel barato por el Canada First Committee. En las primeras frases se afirmaba que a Canadá se la estaba tratando como si fuera una mantenida, y la palabra «abdicar» se empleaba tres veces en la primera página. A mi entender, ese era el mensaje, que apuntaba tanto al rey Eduardo VII y sus mantenidas como al monarca Eduardo VIII, que había abdicado, y, por deducción, señalaba el hotel de Toronto llamado King Edward. Seguí leyendo a sabiendas de que Coenraad y yo discreparíamos sobre el nacionalismo, al que él se opone. Se me aceleró el pulso al visualizar cómo sería el primer momento de nuestro encuentro: él cerraría la puerta, se quitaría el disfraz; habría besos salvajes, abrazos apasionados, un primer clímax rápido.

En Malton, o en cualquier otro aeropuerto, es imposible evocar imágenes de Coenraad. Por un lado, las emociones de otras personas invaden la atmósfera; sus pensamientos ocupan todo el aire disponible. Además, las rutinas del aeropuerto me aturden. Hago cola, paso el control de billetes; hago cola para la aduana, para la inspección de seguridad; hago cola para sentarme en la sala de espera, y, si tengo suerte y no hay un retraso imprevisto, hago cola y embarco. En los aeropuertos mis sentidos me abandonan: ya no oigo el hilo musical; los rostros flotan como en el agua. Durante horas leo y no leo; como y no pruebo bocado; bebo té, café, ginebra. En el aire, confinado y abarrotado, estoy preparada para el desastre en dos idiomas.

Una vez le pregunté a Coenraad cómo lo soportaba: los cambios de husos horarios, las largas horas de encierro… Gracias a la fuerza, me respondió, esa oleada de fuerza que levanta la aeronave del suelo. Cuando la tierra se inclina y el avión inicia su largo y brioso empuje hacia arriba; cuando los coches y las casas se empequeñecen hasta desaparecer del todo; cuando nos elevamos por encima de las nubes y vemos ese cielo inmaculado, entonces esa fuerza es mía. En ese momento siento el palpitar de los motores; las vibraciones comienzan en las plantas de los pies, suben por la parte posterior de las piernas y me llegan hasta la columna vertebral; y, a menos que haga algo para distraerme, a menos que haga mi cuenta de gastos o me concentre en la revista Fortune, estaré dispuesto a raptar a la mujer sentada a mi lado. Quiero rugir como los motores.

Su confesión me sorprendió y me conmovió. Nunca lo había oído hablar de un modo tan poético.

Ahora estaba haciendo cola en el pasillo para desembarcar. Me dieron las gracias por volar con la compañía. Luego comenzó el paseo por interminables pasillos desiertos, una escalera mecánica de subida, otra cola.

—¿Cuál es el motivo de su visita? —me pregunta un agente de Inmigración uniformado.

Corren tiempos extraños y he de tener cuidado. Me toco el collar de perlas; mi abrigo abierto deja entrever un vestido negro básico. Ahora que soy una mujer de mediana edad tengo una ligera ventaja en estas situaciones. Intento irradiar esa mezcla de desconcierto e infelicidad que hará que el tipo no quiera pararme porque en ese estado le recuerdo a su madre.

—Vacaciones —respondo.

Mientras me sella el pasaporte, ya está juzgando a la siguiente persona de la fila.

Una larga espera para la maleta, una cola para la aduana y, finalmente, la cola para el autobús. El viaje de un confín del mundo a otro ha sido silencioso e imperceptible. Mi viaje no ha significado nada para nadie.

No salí de mi aturdimiento hasta que ya íbamos conduciendo por la orilla del lago. Había aprendido a nadar en aquellas aguas grises. Va a ser difícil guardar el anonimato en esta ciudad, donde en 1942 grabé el nombre de Lola en el cemento húmedo de la fachada de la biblioteca de Saint George Street, encima del elegante sello del contratista, «Felucci». Lola —que no es mi nombre— permanece en mi imaginación entre las hileras de coches que circulan a toda velocidad; patina frente a los rascacielos; se apoya en las señales de tráfico. La observo: lleva unos vestidos que no son de su talla y unos abrigos ridículos. Siento lástima por esa niña que —todavía— vaga por las calles al anochecer llevando dos o tres libros de la biblioteca, cambiándoselos de vez en cuando del brazo izquierdo al derecho y viceversa. A veces los aprieta con ambos brazos contra el pecho, como si fueran un escudo. Ella y sus libros son uno y lo mismo, y estará a salvo mientras los lleve consigo. Los escritores se convertirán en su familia y la protegerán de la traición. Durante los años que la veo, sigue pálida y delgada; apenas parece crecer; su pecho no se desarrolla de forma apreciable, aunque poco después de su decimotercer cumpleaños lleva un sujetador para ocultar sus pezones. La veo salir de la calle ancha, repleta de ultramarinos, pescaderías, mercerías y pequeñas fábricas, y girar hacia el sur —siempre hacia el sur—, donde las hileras de casas estrechas, separadas por sumideros de hojalata, no tienen luz, sus puertas se cierran deprisa. Las puertas son de madera maciza y pesada, con vetas oscuras, y encajan perfectamente en sus marcos. Se acerca a una de esas casas. La puerta cede al empujón que da con el hombro. Todos viven allí entre la ira y el dolor, son proclives a peleas violentas y a silencios de impotencia. A veces tienen algún grado de parentesco; esta es una pareja escocesa cuyo marido trabaja en los establos de la CNR. La casa huele a estiércol. No es un olor desagradable. Antes fue la casa de un hombre gordo que casi se convierte en su padrastro. Son casas en las que hay tres cocinas, un retrete y colchones por todas partes. La veo subir las escaleras a oscuras. Alguien surge de algún lugar para echar el pestillo de la puerta una vez que ella ha entrado. Esa es la única señal de que alguien ha notado su regreso a casa. Así pues, continúa subiendo los escalones hasta el segundo piso o hasta el tercero; durante dos inviernos se la ve por un pasillo que conduce a un cuarto sin calefacción situado detrás de la cocina, donde su catre se halla en medio de las patatas y las cebollas. Su madre es propensa a los ataques repentinos de histeria y las dos se mudan cada dos por tres. Ahora su madre, agotada, duerme profundamente, ronca. Mientras observo a aquella niña, se sube una y otra vez, pasando de niña a joven, a un catre, a un sofá, a una cama. Nadie ha pronunciado su nombre. Nadie le ha dado las buenas noches.

Los primeros minutos en un hotel son siempre iguales. Mis acciones siempre se suceden siguiendo este orden: me acerco al mostrador y relleno una pequeña tarjeta con el nombre —falso— que aparece en mi pasaporte. Excepto cuando estoy en Nueva York, doy la dirección de la sede de las Naciones Unidas como si fuera la de mi domicilio. En la línea prevista para indicar la ocupación, solía escribir «voluntaria»; luego, con el tiempo, quizá como una forma infantil de autoafirmación, empecé a poner la verdad: «Ver a Coenraad». Es extremadamente difícil dejar en blanco ese espacio cuyo objetivo es albergar la confesión de una existencia gris. El bolígrafo está suspendido en el aire. En realidad, da igual lo que escriba en la tarjeta. Al empleado le interesan los números: los de mi pasaporte y los de mi tarjeta de crédito. En la parte inferior, mi firma, Lola Montez, debería dar fe de la veracidad de las afirmaciones anteriores. Tocando un timbre con la palma de la mano, el recepcionista llama a un botones y le da la llave de mi habitación, y este recoge mi única bolsa. No lo sigo. Aguardo. Me quedo inmóvil, expectante. En esa pausa de la rutina —del empleado— se establece una conexión. Es entonces cuando, tras un momento de vacilación y tras una nueva mirada a mi tarjeta de registro, el recepcionista se dirige al casillero de la pared que hay detrás de él y localiza, a su derecha, un sobre de papel de estraza, cerrado y con mi nombre —falso—, que me entrega sin decir una palabra. Nada más llegar a mi habitación, con todos los cerrojos y pestillos echados, abro el sobre y extraigo un número del National Geographic en cuyas páginas encuentro el mensaje (en clave) de Coenraad. Dentro hay también un sobre más pequeño que contiene dinero en la moneda del país.

Este es el punto hacia el que me dirijo: ese exquisito instante en el que recibo la noticia de nuestro próximo encuentro. Hago y deshago las maletas; me las ingenio para llegar a los aeropuertos, las estaciones de autobús y las terminales de ferrocarril; tiemblo de frío o me aso de calor; paso hambre o vomito en los aseos públicos. A veces recorro medio mundo para descifrar un mensaje que me ordena partir al día siguiente hacia otro destino lejano.

Aquella noche, en el hotel King Edward, entre mi sobre y yo, había una larga fila de gente, una especie de convención. Hombres con jerséis de cuello vuelto y pipas; mujeres con pantalones informales y bolsos al hombro, todos ellos con tarjetas de identificación plastificadas en el lado izquierdo del pecho. Los que no estaban en la fila pululaban por ahí; las mujeres se acercaban al pecho de los hombres para leer sus nombres, mientras que, para leer los de las mujeres, los hombres mantenían la cara a distancia del busto de estas y, si era necesario, bajaban un poco la cabeza. Un empleado atosigado pidió refuerzos, y, desde un despacho que tenía a su espalda y que vislumbré fugazmente cuando se abrió la puerta, salió una joven para ponerse a su lado. La fila se movía despacio. Me figuré que aquellos dicharacheros hombres y mujeres, un tanto excitados por sentirse liberados —temporalmente— del polvo académico, no tenían prisa por meterse en sus habitaciones. Luego me enteré de que eran botánicos. Poco a poco fui avanzando en la fila. Cuando por fin me entregaron el sobre, me alarmó lo delgado que era. Para disimular mi pánico, adopté un aire hastiado fingiendo estar aburrida de todo lo que veía, y seguí al botones con el abrigo echado a los hombros como si fuera de visón.

Traspasé el umbral y dejé la puerta abierta mientras él encendía todas las luces, regulaba el termostato —imposible de regular—, descorría las cortinas, encendía la televisión, señalaba las toallas del cuarto de baño. Con las monedas preparadas en la mano, le di una propina, cerré la puerta con llave y apagué las risas grabadas del televisor. Mientras abría el sobre me temblaban las manos. El contenido parecía pegarse a los lados. Con el pulgar y el índice extraje un pliego de cuatro páginas que resultó ser un artículo sobre la enfermedad holandesa del olmo, publicado en The Canadian Journal of Botany (volumen 6, número 4). En la portada había una fotografía de un árbol solitario y sin hojas, con sus desnudas ramas recortándose contra un paisaje árido. Debajo de la imagen aparecía la palabra «¡Víctima!». El texto sorprendía por lo emotivo que era su lenguaje, con alusiones a la muerte, a lo moribundo, a los hongos mortales, a la enfermedad mortal, a la consunción, al estado terminal, a lo in extremis, a lo agonizante, a lo desesperado. En ese maremagno de decadencia se mencionaba a un Salvador del Olmo que aún no estaba a la vista. Había una nota de esperanza: «Una nueva variedad conocida como “olmo de Quebec”, […] que resiste la plaga».

¿Qué se suponía que debía hacer yo con todo aquello? Quizás Coenraad me estaba pidiendo que estuviera atenta a los problemas de nuestra situación y que hiciera las debidas interpretaciones. En ese sentido, él admira mi inteligencia. Por ejemplo, en un artículo del National Geographic sobre la libertad nómada de los bereberes del Sáhara, había una foto de una niña de unos diez años, absorta en la extraña tarea de balancear un morral de piel lleno de leche de cabra hasta convertirla en mantequilla. Me di cuenta de que era ciega aunque el texto no hacía referencia a esa desventura. Mi interpretación me llevaba a una clínica para niños ciegos en Tánger, donde Coenraad estaría haciéndose pasar por vendedor de una empresa farmacéutica. Con todo, me seguía asediando la misma pregunta: ¿en qué parte del problema de los olmos muertos estaba su mensaje para mí? Conté las palabras de una línea, las líneas de una página, el número de latinismos: no revelaban nada. El cansancio ahuyentó un temor creciente. Tal vez por la mañana tendría la cabeza más despejada.

Puesto que duermo sola, he cogido la costumbre de leer la literatura de nuestras citas. Por un lado, utilizar el National Geographic a modo de clave me procuraba siempre algo que leer la primera noche en una cama extraña. Por el otro, podía familiarizarme con el ambiente de nuestra cita, de suerte que, si nos veíamos obligados a permanecer a cubierto —bajo las sábanas, por ejemplo—, tendría cosas que contarle sobre la región para entretenerlo. En Bangkok le dije a Coenraad que cada terreno tiene su espíritu. Cuando construyes una casa, no debes alejar al espíritu, pues, de hacerlo, te perseguirá el infortunio. Así que tienes que darle al espíritu un hogar para vivir, al aire libre, en la esquina oriental.

Una vez discrepamos rotundamente en la interpretación de la costumbre matrimonial en Botsuana. Desnuda de cintura para arriba en señal de humildad, la princesa baila para el novio. La muchacha lleva prendida una vesícula de buey en el pelo para desearle buena suerte, y en las manos sostiene dos lanzas delgadas y un cuchillo, signo de que está preparada para entrar en otro clan. Mientras el sol poniente baña la cordillera de Mdzimba, el padre de la novia, el rey Sabhusa, observa en silencio la lenta danza, acompañada de un conmovedor canto fúnebre. Mi amante dijo que la humildad en una mujer era un buen comienzo para el matrimonio, mientras que a mí me pareció que la referencia a un canto fúnebre mostraba aprensión ante el futuro. En la víspera de las bodas jasídicas, le dije, se contrataba a mujeres para que se pasaran el día llorando.

A raíz de aquello, solo guardo en mi memoria historias de carácter impersonal. Si se hubiera reunido conmigo en Tikal, le habría repetido una historia que contaba el sacerdote de la aldea de Xcobenhaltun, que también practicaba la magia negra. «Fui llamado por los dioses antes de nacer. Mientras mi madre me llevaba en su vientre, mi padre le hizo algo abominable, y desde el vientre le di un golpe mortal». Mientras leía cualquier revista a solas en una habitación de hotel, siempre veía los categóricos dedos de Coenraad pasando las mismas páginas, sus ojos siguiendo las mismas líneas que seguían en ese momento los míos. Lo imaginaba bolígrafo en ristre reflexionando sobre el fragmento del mensaje y luego introduciendo la revista en el sobre de estraza que yo recibiría en nuestra próxima cita. El boletín botánico que tenía en las manos esa noche se cayó al suelo. No tenía ningunas ganas de volver a leer sobre la muerte de los olmos.

Ahora estaba lista para la parte final de mi ritual nocturno. Bajo un pequeño anillo de luz en la mesilla de noche estaba mi paquete de postales, sujeto con una ancha banda elástica que, aparentemente, estaba estirada al máximo, pues se rompió al retirarla. Primero barajé las postales. Luego me recosté en las almohadas, cerré los ojos y extraje al azar tres de ellas.

La primera postal que saqué tenía una fotografía en sepia de una estatua ecuestre. Era la única que tenía para que me recordara el hotel Paralelo de Barcelona. A mitad de la noche habían llamado a la puerta, había susurros en el vestíbulo y oí una suave orden para que me diera prisa y me vistiera: debíamos marcharnos inmediatamente. En nuestra apresurada salida, en el vestíbulo conseguí hacerme con una postal de un estante en el mostrador. Como salidas de una película de Fellini, dos prostitutas vestidas con unas faldas y unas blusas ceñidas que les marcaban el busto y los muslos entraban a esa hora con sus clientes, se quedaron mirando con incredulidad mi robo y siguieron observándome, sin sonreír, mientras los dos tipos bromeaban y reían, hasta que las puertas del ascensor ocultaron sus caras de desaprobación.

No me cuesta mucho recordar los detalles de nuestra fugaz pasión en Barcelona, pero apenas me producen placer. Quizá se deba a lo incómoda que me sentí en aquel sórdido hotel. El agua goteaba por las paredes; la ropa de cama estaba húmeda. La guerra de Vietnam no estaba yendo de perlas precisamente. Me figuré que habrían dado la orden de que extremáramos las medidas de seguridad, ya que habíamos empezado a reunirnos en barrios obreros. En aquella habitación asfixiante, estrecha, con un bidé agrietado frente a una cama hundida, tuve una corazonada, un presentimiento, como en la infancia, de que algo iba mal o de que había hecho algo malo sin ser consciente de ello y del consiguiente castigo, inminente, durante el cual se me informaría de mi delito.

—Quiero tener un hijo tuyo —le dije.

—¡Dios mío, ¿para qué?!

—Para que, pase lo que pase, tenga a nuestro hijo y me recuerde siempre nuestro amor.

—En Hiroshima dijiste que le tenías respeto a tener hijos, que era una responsabilidad enorme o algo así.

—Se me había olvidado.

La habitación era agobiante. La mitad inferior de la única ventana estaba tapada por un aparato de aire acondicionado que no funcionaba; la mitad superior no se podía abrir. La puerta, por supuesto, estaba cerrada. Y entonces Coenraad me hizo jurar, por los hijos que ya tengo, que no estaba embarazada y que evitaría estarlo. De él.

—Vamos, no te enfades —añadió. Se apartó para mirarme largamente y pronunció un breve discurso sobre cómo las mujeres cazaban a los hombres teniendo hijos. Creo que utilizó la palabra «endosar».

En cualquier caso, Coenraad se puso luego un preservativo, especialmente diseñado, dijo, para aumentar mi placer. La descripción exacta de la caja era 148 puntos de placer en relieve y once anillos. A veces me preguntaba si el verdadero propósito de los condones era la profilaxis contra la traición.

El resto de aquella breve noche lo pasamos disfrutando de la música. Coenraad llamó a recepción y enseguida apareció un joven con una guitarra. Rasgueó una melodía como para que Coenraad apreciara el sonido de aquel instrumento. El muchacho estuvo haciendo gala de su virtuosismo durante un buen rato y, tras la avalancha final de acordes, le entregó el instrumento a Coenraad inclinando la cabeza. Curiosamente, la guitarra no fue un mero objeto de utilería, como lo había sido una corneta en una noche bochornosa de Nueva Orleans. Coenraad tocó de maravilla, con tempo rubato, controlando la melodía con un seductor énfasis al final de cada frase. Luego tocó entera de memoria Recuerdos de la Alhambra, de Tárrega, sosteniéndome la mirada hasta que se me saltaron las lágrimas ante toda aquella belleza.

A las dos de la madrugada, como si hubiera anticipado ese golpe en la puerta, Coenraad me dijo:

—Se sobrentiende que, si no te llega un sobre mío, eso significa que no puedo reunirme contigo.

—Te refieres a que te habrá pasado algo.

—No necesariamente. Sea cual sea el motivo, significará simple y llanamente que no puedo verte.

—¿Que no puedes o no quieres?

—Da lo mismo.

El jinete que aparecía en la postal robada reclamaba mi atención. En el reverso, en tres idiomas, decía que era un rey catalán, Ramón Berenguer. Estaba sentado a horcajadas sobre su montura, erguido y arrogante, con la capa echada hacia atrás, sujetando las riendas con una mano enguantada y la otra levantada en señal de mando. El escultor había esculpido en su rostro una expresión de superioridad frente a cuanto lo rodeaba. Yo sabía que aquel noble semblante podía mudar repentinamente en rabia. Me recordaba a Zbigniew, mi marido.

Enseguida saqué otra postal.

Mientras contemplaba la segunda postal, me pregunté si merecía la pena seguir viendo las postales y arriesgarme así a no pegar ojo esa noche, pues en todas ellas asomaba la desolación. Al mirar la foto de la casa donde Cristóbal Colón pasó su infancia, recordé mis sentimientos por Génova. En sus decadentes callejuelas me había cruzado con hombres y mujeres sombríos. Incluso los niños que iban a la escuela caminaban con paso lento y serio. En el hotel, la camarera, vestida de negro de la cabeza a los pies, apartaba de mí su rostro, con la cabeza inclinada hacia un montón de ropa blanca. Sin embargo, sabía que la tenía encima. Sospeché que había examinado el contenido de mi maleta. Mi vestido negro extra no debió de impresionarla: ella estaba obligada a vestir de negro. Pobre, sobrecargada de trabajo, alimentando a sabe Dios cuántas bocas, volviendo a casa a las tantas de la noche, y las camas aún sin hacer. Le ofrecí un par de medias de nailon. Me las cogió de la mano sin decir palabra, con gesto indiferente. No puedo soportar la indiferencia de nadie.

Yo me regalaba con perfumes; ella me caló: vio que me sentía sola. Además, adivinó que no tenía ni suficiente dinero ni clase, o lo que fuera necesario, para ser su superior. En italiano le pregunté su nombre y le dije el mío. Ella siguió haciendo la cama, sustituyendo las sábanas limpias y lisas por otras igual de limpias y lisas, sin levantar la cabeza. Me dio la sensación de que, a pesar de estar sentada en un rincón en una silla con los pies en alto, la estaba estorbando. En el cuarto de baño, la pastilla de jabón de muestra, ya reducida a la mínima expresión, se quedó en su charco. Me dije: No tienes agallas para comprarte una pastilla de jabón perfumado de un tamaño normal para demostrar tu independencia. Esta noche te las verás y te las desearás intentando hacer espuma con ese resto de jabón y usando las manos para lavarte, ya que se han llevado las manoplas de baño y las toallas sin remplazarlas después. Te han dejado, eso sí, una minúscula toalla para el bidé. No mereces más, pues tu falta de autoridad anima a la pobre chica a quitarte el jabón que te han asignado. ¿Por qué no te impones y exiges lo que te corresponde para que ambas os respetéis más a vosotras mismas? En lugar de eso, fingí leer.

A la mañana siguiente de la visita de Coenraad, vino a nuestra habitación la misma camarera. Sonreía y levantaba la vista de vez en cuando mientras cambiaba las sábanas, esta vez arrugadas y manchadas. Rápidos estallidos de información. No le respondí porque estaba en la ventana, ciega, sorda a cuanto no fuera el eco de los recuerdos de la noche anterior. Me condujo hasta una silla y me sentó en ella con la mayor delicadeza. Cuando se marchó, caminó hacia atrás, acunando las sábanas en los brazos. En el baño había dos pastillas de jabón con sus envoltorios, dos manoplas de ducha y cuatro toallas grandes. Demasiado tarde: quería conservar todos los fluidos y todos los olores. No quería volver a lavarme nunca más.

La última postal de la noche era una del puerto de Aberdeen, en Hong Kong, que mostraba una masa de juncos y sampanes en sus aguas, así como dos restaurantes, pintados de color bermellón, en apariencia flotantes. Recordé que solo me había dado tiempo a dar un paseo de cinco minutos en una de esas embarcaciones, conducida por una mujer menuda, de edad indefinida, concentrada en el espacio acuático que iba surcando y cuyos hijos pequeños se apiñaban en una esquina, lo cual una y otra vez me hacía mirar atrás y sostener la mirada acusadora de aquellos tres pares de ojos. A pesar de la brevedad de aquella vivencia, tengo la impresión de saber mucho sobre las personas que se pasan toda la vida en una diminuta embarcación sin cubierta. De hecho, el mozo de la undécima planta de nuestro hotel había nacido y se había criado en un barco de juncos. Me contaba un sinfín de historias durante aquellas tardes ociosas en que tomábamos té mientras él estaba de servicio en su puesto, frente a los ascensores.

Fue en el Hilton de Hong Kong donde hice otro intento de conquistar un lugar más seguro en la vida de Coenraad. Una noche estábamos cogidos del brazo junto al ventanal, desde el que se dominaba el puerto, contemplando las luces rojas, verdes y blancas de los transbordadores, de los barcos de vapor y de la Séptima Flota estadounidense. Precisamente pensaba en los domingos en casa, cuando Zbigniew regresa de las caballerizas, cuelga su fusta junto a la repisa de la chimenea y se acomoda para enfrascarse en la lectura de los periódicos de la semana. El recuerdo de lo que sigue, cada domingo del año, año tras año, me provocó un escalofrío. En aquel preciso instante, estando junto a la ventana, le anuncié a mi amante que quería mudarme a Boston. ¿Tal vez, algún día… él y yo podríamos…? Se volvió y me miró con los ojos entornados, las palmas de las manos juntas en el pecho. Agachó la cabeza.

—Está escrito que un encuentro vale más que diez despedidas. Sin embargo, una despedida tiene mayor trascendencia que diez encuentros, pues si los amantes llevan una vida ordenada, los encuentros y las despedidas son como las idas y venidas al supermercado.

Por suerte no llevo mal que me respondan con evasivas. De lo contrario, nos enzarzaríamos en un toma y daca de acusaciones y negaciones, de negaciones y acusaciones, interminablemente. Aun así, me gustaría que tuviera en cuenta mi punto de vista. O un sí o un no rotundos. Estoy harta de tener que interpretar. Con todo, mi instinto me aconseja evitar los ultimátums. Ya he vivido derrotas de sobra como para buscarme más. Puede que le dijera:

—Ya lo sabes, vivo en una bonita casa en una zona preciosa de Toronto. Odio el desorden. Cada vez que salgo, limpio y ordeno los cajones. Dejo la colada hecha; las plantas regadas. Cada vez que me voy, dejo la casa impecable. Echo de menos ordenar las cosas.

Tal vez respondió:

—Mi trabajo es peligroso, pero queda una buena pensión después de veinte años con la Agencia. Creo que me dedicaré al golf cuando me jubile. Para entonces los niños ya no estarán; probablemente me sentiré solo, pero tendré nietos. Estoy deseando que llegue ese momento. Elfrida se casa en junio, ¿no te lo había dicho?, una semana después de su graduación.

De repente, una puerta se cierra de un portazo y tengo once años. Es febrero y me encuentro bajo una lluvia fría. La casera está en la puerta. Ya no vives aquí; ve a buscar a tu madre, dice. Y cierra de un portazo.

En el ardor del momento, Coenraad y yo nos habíamos desnudado tan rápido que nuestra ropa andaba desperdigada por toda la habitación. Empecé a ordenarla. Coloqué los zapatos debajo de la cama, colgué su traje inglés, unos pantalones de franela gris con americana azul. Puse su bombín encima del tocador. Doblé, colgué y alisé todo hasta restablecer el orden. Solo entonces pude volver a los placeres de aquella habitación de hotel.

No obstante, a pesar de los apasionados abrazos de Coenraad, a pesar de los besos y los cariños, a pesar de todo, lo único en lo que se concentraba mi mente era el mobiliario de la habitación. Me quedé mirando el contrachapado de nogal de las cómodas, el punto de luz en la pantalla del televisor, la esfera sueca en el techo y las cinco lámparas cromadas de diferentes tamaños colocadas estratégicamente en la habitación. Al compás del cuerpo de Coenraad moviéndose encima de mí, aparecían y desaparecían de la pared de enfrente tres acuarelas pintadas en papel de arroz: una con unas flores de loto bajo la lluvia, otra con dos pajaritos en una rama nevada y una tercera con una arboleda de bambú. La decoración era un tema intrigante en el que se fundían Oriente y Occidente, o, como Auden definía la poesía, una yuxtaposición de elementos irreconciliables. Estaba a punto de explayarme sobre el fenómeno de la paradoja cuando recordé que mis indagaciones filosóficas hacen que Coenraad pierda la erección. Guardé silencio. Pronto pude girarme sobre el costado izquierdo. A través de la ventana se veían las estrellas, silenciosas.

Debí de quedarme dormida con la postal en la mano, pues me desperté en mitad de la noche al sentir una de sus esquinas contra mi cara. Por la mañana supe que mis sueños habían sido gratos, aunque no los recordaba. Me desperté con pensamientos vagos y felices. Que yo existía. Que Coenraad existía. Que todo era necesario. Tal certeza se evaporó cuando me disponía a marcharme de la habitación. Antes de aventurarme a salir, volqué el contenido de mi bolso encima del tocador. Uno a uno fui cogiendo los objetos y los coloqué en los bolsillos de seguridad con cremallera: mi pasaporte —falso—, que dice que me llamo Lola Montez y que nací en Nueva York, en los Estados Unidos de América, el 11 de mayo de 1925, y que muestra una foto mía tomada hace tres años, con la que sigo teniendo un parecido razonable; mi tarjeta de crédito internacional, válida para otros ocho meses; mis cheques de viaje en distintas cantidades de dólares estadounidenses. En el bolsillo central, de fácil acceso, iba un peine, un espejo de mano y un lápiz de labios, un cepillo de dientes, un paquete de pañuelos de papel, unos chicles y un par de medias de repuesto, así como el folleto que me habían dado en el hotel, «Claves para visitar Toronto», que examinaría durante el desayuno. Coloqué el boletín botánico en el compartimento exterior, donde también había una pluma y una libreta, en cuya primera página estaba el comienzo de una carta: «Mis queridos hijos…».

Continuaría escribiéndola cuando hubiera decidido qué decir. Había que decir algo. Tenían derecho a un mensaje de su madre. Si la redactaba con precisión, podría evitarles un remordimiento que siempre sentirían aunque la culpa fuera mía. Oculto en el fondo de ese bolsillo exterior había otro, más pequeño y con cremallera, en el que guardaba sus fotos, tomadas cuando eran pequeños y cuando yo estaba llena de determinación.

En ese lugar secreto también había un recorte de periódico, con la impresión descolorida a lo largo de sus pliegues, que había arrancado de la edición parisina de la primavera anterior de The New York Herald Tribune. Mostraba a Coenraad siendo condecorado por el presidente De Gaulle. Este le sacaba una cabeza a mi amante, pero, al mirar con aquella firmeza más allá del hombro derecho de De Gaulle, que estaba agachado, Coenraad daba la impresión de tener la misma altura que el hombre que le estaba imponiendo la medalla. Supuse que los dos jóvenes y la joven que aparecían, más altos que los demás, excepto el presidente, eran los hijos de Coenraad, y que la mujer de aire aristocrático que estaba a su lado era su mujer. Ella, la mujer de Coenraad, de facciones delicadas, melena frondosa y tobillos delgados. Si Coenraad supiera que tengo esta foto, me exigiría que la destruyera, ya que no debe haber ninguna prueba que lo relacione conmigo.

Antes de salir, miré la habitación para recordar aquello a lo que tenía que regresar. La pequeña habitación estaba bien distribuida y contenía, con holgura, una cama doble, dos sillas, dos mesillas de noche, un gran tocador y tres lámparas. El televisor ocupaba un rincón entero y estaba colocado justo enfrente de la puerta, de modo que era lo primero que se veía al entrar. Se podía ver cómodamente mientras se estaba tumbado en la cama. Me planteé vivir en una habitación de hotel como esta, en la que pudiera entrar y salir pasando desapercibida, pero habría que cambiar las cortinas desvaídas de color mostaza y verde oliva, así como la colcha y la alfombra de pelo largo a juego. Por otra parte, en el momento en que uno piensa en mejoras, siempre afloran otros motivos de descontento, y entonces uno ya no quiere vivir allí. La alargada y anticuada ventana, sujeta, por lo que se veía, por una malla de diminutos hexágonos de alambre, daba a dos rascacielos, a la Canadian National Tower y a un trozo de lago.

A esa hora de la mañana, en todos los hoteles el ascensor automático se detiene en cada planta para recoger a hombres con trajes grises, camisas blancas y corbatas azules o granates, que huelen a lociones y pomadas, que agarran con fuerza sus maletines, que se agolpan unos contra otros y contra mí.

—La cantante esa tan sexy actúa de nuevo esta noche, ¿quieres ir?

—No. Creo que sobreactúa.

—Todo el mundo sobreactúa.

—Sí, bueno, pero ya la he visto una vez y con eso tengo más que suficiente.

Entonces, un momento antes de aterrizar en el vestíbulo, sus rostros, que desde el principio habían mostrado cierta irascibilidad, se demudan: unos segundos antes de que el ascensor se detenga, sus cabezas se inclinan hacia delante, sus pies se mueven. Ahí, en ese instante, en el King Edward, a las ocho de la mañana, me quedé sola en el ascensor durante todo el trayecto desde la decimocuarta planta hasta la principal. El vestíbulo estaba vacío salvo por un hombre que, luciendo un traje marrón y sentado en una gran butaca de cuero, miraba su puro y se lo llevaba a la boca lenta y periódicamente. Coenraad nunca fuma, ni siquiera por motivos profesionales.

Fue un alivio salir a la calle, a esa hora abarrotada de gente que iba a trabajar o que regresaba a casa después de un turno de noche. Fue un alivio, casi, verme asediada por los humos de los monstruosos camiones. Me detuve en el quiosco de la acera frente al O’Keefe Centre, leí los anuncios de obras de teatro y conciertos, y miré las fotografías de unos actores y unos músicos que desconocía. Solo voy al cine, ya que puedo meterme y pasar desapercibida en la oscuridad en cualquier momento. Fuera de la Union Station me vinieron a la memoria las imágenes de aquellos tiempos de guerra en que, a mis dieciséis años y apremiada por mi curiosidad de voyeuse, iba los sábados, los domingos y los festivos a ver las despedidas y los rencuentros llorosos. Recordaba especialmente a los niños. Con los ojos fulgurando de miedo, revoloteaban cerca del padre o la madre. Fingían estar orgullosos del equipaje y decían que lo vigilarían, guiados por la intuición de que donde hay posesiones, hay un hogar; de que no los abandonarían mientras permanecieran cerca de las maletas. Se me saltaron las lágrimas al contemplar mi actual soledad, similar a la de mi juventud; al igual que entonces, eran lágrimas de añoranza por un amante ausente.

En ese cabal instante creí descubrir cuál era el mensaje de Coenraad: la calle era Elm2 y el número de páginas del boletín botánico, cuatro, lo cual apuntaba a que el número de la calle era posiblemente el cuatro o el cuarenta o el cuatrocientos. De inmediato, la ansiedad dio paso a las acometidas del hambre. Al otro lado de la calle estaba el hotel Royal York, que tenía un aspecto tan formidable como en aquellos tiempos en que los grandes edificios me sobrecogían. Por culpa del intenso tráfico, me costó cruzar el amplio bulevar; en un momento dado, mientras los coches y los taxis circulaban a ambos lados, me hallé en una isla imaginaria donde reinaba la seguridad.

Enseguida vi que aquellos recuerdos traían consigo la memoria de miedos olvidados. Tuve la impresión de que me pedirían que abandonara aquel enorme y silencioso vestíbulo, con sus numerosas lámparas y su madera oscura, su moqueta de color rojo intenso sepultada bajo unos mullidos sofás y unas sillas. Entonces me llamó la atención un tablero situado en un extremo del largo mostrador de recepción. Había en este una secuencia numérica, probablemente los números de las habitaciones, y, sobre algunos de ellos, una pequeña luz que parpadeaba a toda velocidad. Los mismos números sobre las ranuras de las teclas también se iluminaban. Así pues, de un vistazo, cualquiera podía saber de inmediato si tenía un mensaje o una carta. Por primera vez preferí lo mecánico a lo personal: la humillación de tener que acercarme servilmente a un empleado indiferente para comprobar, durante muchos días y varias veces a diario, si tenía noticias de Coenraad, esa forma de degradación quedaría obviada.

Aquí, como en todas partes, si no daba muestras palmarias de lo que se consideraba riqueza, posición o, cuando menos, respetabilidad, me sometía al escrutinio, directo e indirecto, de todo el mundo. No era el momento de imponerse. ¿Dónde está la cafetería?, pregunté. Y aquí, como en todas partes, la respuesta me produjo un evidente alivio: Debe bajar las escaleras, siga las señales. Las rotondas del sótano estaban iluminadas con luces fluorescentes en el techo y una práctica alfombra de círculos naranjas y rojos dentro de unos cuadrados de un estridente azul. Aquello confirmó mi teoría de que todas las alfombras de los hoteles del mundo entero eran naranjas o rojas, o una combinación de ambos colores, y que todas tenían motivos geométricos. El papel pintado de la cafetería era una réplica del suelo. En la entrada había un letrero apoyado en un soporte de suelo: «Por favor, aguarde su turno para sentarse».

Seguí a la encargada, que lucía, al igual que yo, un vestido negro y un collar perlas. Llevaba un taco de menús sujetos contra el pecho. La seguí mientras se abría paso entre unas mesitas cuadradas hacia la pared de enfrente y giraba a la izquierda. Vi que me llevaba a la mesa del fondo, junto al office, donde las camareras trajinaban haciendo ruido con las cucharas y llenando de agua los vasos. Llevo mucho tiempo abrigando la sospecha de que, cuando llego sola a un restaurante, me van a sentar justo al lado de las puertas batientes de la cocina o detrás de los cubos de la vajilla sucia. En cambio, cuando Coenraad y yo entramos en un comedor, hay un chasquido de dedos y una carrera para sentarnos a la mejor mesa. La encargada se detuvo ante una mesa cargada de platos sucios; había una colilla en el kétchup. Decidí dejar de pisarle los talones y retrocedí. Debió de intuir lo que para mí era una especie de rebelión, porque de repente se dio la vuelta y me condujo a un asiento junto a una ventana en el otro extremo. Dejó uno de los menús sobre la mesa antes de volver a su puesto detrás del letrero.

Delante de mí apareció un vaso de agua; a mi derecha se levantó la taza y se llenó de café caliente, incluso mientras leía la carta. Advertí que había alguien con un delantal blanco sobre un vestido azul, de pie junto a mi silla, probablemente la camarera, lapicero y libreta en ristre, pero vacilé a la hora de pedir. La verdad es que sentía que no debía estar allí. Hay algo impúdico en desayunar en público. Es como salir de la cama en una habitación llena de extraños. Sin perder de vista la cartulina impresa, pedí el desayuno número cuatro, que consistía en zumo, gachas de avena, huevos con beicon, tostadas, mermelada y café. Mi madre solía decir que un buen desayuno te ayuda a sobrellevar el día, sea lo que sea aquello con lo que tengas que lidiar. Todas las mañanas, con los ojos puestos en el reloj, se impacientaba por mi falta de atención; unas veces me instaba a comer más, y otras, a dejar de comer, pues por mi culpa llegaría tarde al trabajo. Cuando alcé la vista para pedir el desayuno, pensé que la camarera debía de haberse levantado muy temprano, antes del amanecer, con el fin de estar lista, toda repeinada y almidonada, y con los zapatos blancos limpios, para servirme a esa hora. Tal vez tuviera que llevar a un niño a la guardería de camino al trabajo. Veo a la madre y a la hija todavía somnolientas, ella tirando de la niña, a quien le cuesta un horror seguir el ritmo de su madre. Se montan en autobuses y en el metro, la niña subiendo y bajando arrastrada por la madre. Habrá un viaje de vuelta, en sentido inverso. En invierno volverá a oscurecer mientras regresan a casa: la madre cansada y caminando a paso no tan ligero, la niña hablando con su lengua de trapo, la madre sin escucharla, de suerte que lo que en ese momento es significativo para la niña de cuatro años desaparecerá de su memoria para siempre o quizás lo recordará en unos sueños que se le antojarán carentes de significado.

Cuando la mesa estuvo despejada, excepto la taza de café, que pedí que me rellenaran, extendí el mapa. El listado de calles aparecía en el reverso. Sentí que la confianza en mí misma se quebraba. ¿Cuál de las calles llamadas Elm debía localizar? No solo había dos calles Elm, sino un sinfín de lugares más: una cañada y una arboleda, una cima y un edificio, una plaza, un banco, una avenida, un valle, una mansión, un callejón y una carretera. Conté veintiséis en total. Saqué el boletín botánico con la esperanza de acertar con unas palabras o con una oración que revelaran una ubicación más precisa. El único lugar que se nombraba era Quebec. «La nueva variedad, conocida como “olmo de Quebec” por sus orígenes en L’Assomption, al norte de Montreal, resiste la plaga que acabará con el olmo americano». Pensé que Coenraad podría haberse equivocado al dirigirme a Toronto cuando, en realidad, quería decir Montreal. Sin embargo, dudar de su conocimiento de la geografía canadiense sería dudar de su persona: él es su obra, y su obra es, en cierto sentido, global. Cualquier ilusión que pudiera haber abrigado sobre mi capacidad superior para leer, interpretar y deducir se disipó ante la desesperanza expresada en aquella publicación científica. Entonces me vino al pensamiento la idea de que el amor no tiene nada que ver con la ciencia, y que aquel primer pálpito que había tenido era acertado. El mapa mostraba una calle Elm en el centro, al norte de Queen, entre Yonge y Bay, a poca distancia.

Mientras me bebía de un trago el último café y arrugaba el mapa, me preguntaba cómo podría esperar a Coenraad en Toronto. Para mí esta ciudad está minada con los artefactos explosivos de la memoria. En otros lugares espero a mi amante con cierta ecuanimidad porque sé lo que he de desear. Puedo esperar en cualquier sitio. He aprendido a sentarme, a quedarme quieta, a permanecer en silencio. Como, duermo y callejeo. Mientras espero, hago tiempo dando largos paseos. Dondequiera que esté salgo pensando que el aire me hará bien, algo que, desde luego, no sucede ni en Londres, ni en Ciudad de México ni en Los Ángeles, pero es una costumbre que tengo muy arraigada y camino creyendo que la excursión será saludable. No suelo utilizar mapas: no me preocupa perderme. Me desvío a cada paso de manera imprudente: aquí tuerzo a la derecha, allí tuerzo a la izquierda. Caminar en círculos se ha convertido en una destreza. Así evito la monotonía de limitarme a subir y bajar los bordillos.

Venecia me proporcionó un sinfín de desvíos, muchos de los cuales conducían a pequeños puentes curvos en los que me detenía exactamente a mitad de camino y contemplaba la vista desde ambos lados. En las ciudades europeas, siempre que salgo de la vía principal me topo con estrechas callejuelas empedradas. En Norteamérica es más difícil desviarse mientras se camina, ya que las calles están dispuestas en simples manzanas que a menudo solo conducen a una gasolinera o a un centro comercial. Los domingos, sin embargo, no suelo dar ningún paseo: los domingos me invade la desesperación. Me quedo en el hotel, en mi habitación o en el vestíbulo hasta que abren los museos. El domingo es un día familiar. Es el día en que marido, mujer e hijos salen a pasear, la hija menor al lado de su padre. En París, según he observado, el marido y la mujer dan un paseo cuando son mayores, el brazo de él enlazado con el de ella, y descansan en un café, donde piden deliciosos pasteles.

En otras ciudades camino durante horas por palacios y galerías de arte, bibliotecas y museos. En los edificios públicos me siento como en casa. Sus puertas, por ley, deben estar abiertas en días y horas determinados. Sus puertas, viejas o nuevas, tienen bisagras bien engrasadas y solo esperan un leve empujón o un ligero tirón para abrirse. Una vez dentro, estoy libre de toda responsabilidad: lo único que se me pide es que no fume ni escupa en el suelo.

Me rindo a la seducción del aire viciado y a las sutiles creencias de los difuntos. Se me invita a amar la Biblia de Gutenberg, el Guernica o un santo japonés de madera de alrededor de 1132. Me convierto en árbitro del gusto, en mecenas. Y soy libre de irme cuando mis ojos ya no pueden enfocar y mi mente ya no tiene preferencias.

Coenraad es incapaz de comprender el arte de la espera. A menudo, cuando estamos sentados en la cama, con nuestros hombros y piernas tocándose, me pregunta:

—¿Cuándo has llegado?

—Hace tres días.

—¿Y qué has estado haciendo?

—Esperar.

—Sí, pero ¿qué has hecho?

—Ya te he dicho que he estado esperando.

—Algo habrás hecho: comer, dormir, ducharte, ¿qué más?

—Caminé hasta el Louvre. Tomé el tren a Versalles.

No es consciente del ajetreo que supone esperarlo.

Para esperar es necesario estar pletórico de energía. Aunque estoy tranquila, me siento como si corriera todo el tiempo hacia un punto lejano, jadeando para respirar. Todo mi ser se esfuerza por llegar a ese momento en que él aparecerá. El tiempo se suspende; continúa su curso sin mí. Entonces, al verlo, en una fracción de segundo, la espera llega a su fin: los relojes comienzan su salvaje repicar, sus manecillas corren hacia la hora en que él volverá a salir por la puerta. Entonces, en el instante en que se marcha y cierra la puerta, en el instante en que vuelvo a estar sola, al ver la almohada vacía a mi lado, aflora ese exquisito anhelo de volver a estar con él. El anhelo comienza y termina mis días. En cuanto a Coenraad, comentó en una ocasión que, cada vez que estaba en peligro, se decía a sí mismo: Si salgo vivo de esta, nunca la abandonaré. Pero, por supuesto, lo hizo. Una y otra vez. Aun así, me he acostumbrado a esperar. No es tan malo: de ese modo siempre abrigo alguna ilusión.

A pesar de lo deprimente que se presentaba aquella mañana, bajo un cielo del color de la ceniza, la gente que se apresuraba a trabajar mostraba un brío y una vitalidad que me resultaban estimulantes. Los hombres estaban recién afeitados, el lápiz de labios de las mujeres estaba impecable, todos llevaban camisas y blusas limpias. Un impulso los llevaba hacia uno u otro edificio, en el que desaparecían con un entusiasmo que yo sabía que no podrían conservar más allá de la primera pausa para el café. La tenacidad persiste en sus empleadores de mediana edad, que por la mañana llegan una hora antes y se marchan una hora después de que ellos se hayan ido. Estas reflexiones me vinieron al pensamiento cuando empecé a pasar por delante de unos edificios que me eran familiares. Caminaba hacia el norte por Bay Street, en el lado este, manteniéndome a mi derecha. Al otro lado de la calle se habían producido muchos cambios. Se estaba levantando otro rascacielos. De la esquina de King Street había desaparecido la oficina del Canadian Pacific Railway and Steamship, donde, justo antes de la guerra, fui con mi madre a comprar un billete para navegar en un transatlántico de la compañía Cunard hasta Marsella. Viajé sola para ver a un padre al que no recordaba. En cambio, la Bolsa seguía en el mismo lugar. Volví a sonreír al ver su friso de robustos obreros perforando, cavando, martilleando. Ahora había un restaurante de pollo frito al lado.

Unos pasos más me condujeron al 335 de Bay Street, a la Herbert House, donde años atrás yo también entraba a esa hora de la mañana. Aquí, en el noveno piso, me pasaba escribiendo direcciones a máquina el día entero entre semana y hasta la una los sábados. La vista de la entrada art déco me hizo recordar el estado de ánimo de aquel entonces, una vaga infelicidad, no muy distinta de la melancolía que ahora me atenaza cuando estoy sola por las noches. Me detuve a mirar la ventana del sótano de la cafetería donde conocí a Max, pero ahora era una peluquería. Desde mi escritorio en la Herbert House alcanzaba a ver el cartel de enfrente, Savarin, con las letras dispuestas verticalmente a lo largo del letrero. Pasé muchas horas contemplando las grandes y redondeadas ventanas del Savarin después de que Max me llevara a cenar y a bailar allí una noche. Bajo una cúpula pintada de azul marino nos abrazamos toda la noche haciendo como si bailáramos. Bajo aquel mismo techo pintado, con sus rosetas de yeso, sus hojas de parra y sus guirnaldas, en una de esas mismas ventanas curvas, al cabo de un mes, la madre de Max me invitó allí un mediodía. El camarero me llevó a través de la pista de baile, durante el día abarrotada de mesas y sillas. Bordeando una balaustrada de hierro forjado y subiendo dos escalones, me condujo hasta una pequeña mesa donde nos esperaba la madre de Max. Nos saludó con una sonrisa y dio las gracias al camarero, cuyo nombre de pila conocía. Estaba sentada de espaldas a la ventana; su exuberante melena castaña, recogida alrededor de la cabeza, parecía un halo. La luz del mediodía me daba de lleno. Mirando en dirección a Herbert House, conté los pisos hasta el noveno (¿el vestíbulo contaba como el primero?) e intenté adivinar cuál sería la ventana de mi despacho, ¿la cuarta o la quinta desde el final? Recuerdo que traté de cortar por la mitad con un cuchillo un panecillo blanco y tierno. Permíteme, dijo la madre de Max, y partió el bollito delicadamente con los dedos y me lo devolvió. La mantequilla estaba dura y yo intentaba untarla a pegotes en aquella blanda masa. El asiento de la silla era profundo y, para alcanzar la comida, tuve que sentarme en el borde. Me comí los dos panecillos de una vez, sin mantequilla, hasta la última miga, para mostrar mi gratitud por su amabilidad.

La madre de Max me habló de la guerra, de los problemas sociales, de la amistad y de la juventud. De joven mi voz se proyectaba aún menos que ahora y mis meditados comentarios se perdían en el bullicio. Aunque no había mostrado mucho apetito durante el almuerzo —unas gambas al curry—, se bebió tres tazas de café solo. Al terminarme el plato, vi que se trataba de una delicada vajilla blanca con una cenefa de flores de color rosa. Cuando estudié sus facciones, descubrí que sus ojos profundos y melancólicos eran exactamente iguales a los de su hijo. Mi primogénito, dijo refiriéndose a Max con una sonrisa clavadita a la de él, dos sonrisas iguales incluso en sus enormes dientes delanteros y el resto mucho más pequeños y de diferente color. En aquel instante sublime, en el que reconocí que aquella era la —querida— progenitora de mi —querido— Max, en aquel preciso momento en el que habría caído a sus pies y la habría llamado «madre», comenzó a hablar de Maximilian, y sus palabras tuvieron el singular efecto en mí de que aquella pesada puerta se volvía a cerrar de un portazo en mis narices. No puedo citar literalmente sus palabras porque pierdo el hilo de los acontecimientos cada vez que oigo un portazo, pero creo que, en esencia, fue algo así: Maximilian tiene un gran porvenir y no pienso permitir que nada ni nadie se interponga en su camino, mucho menos personas como tú; es un idiota redomado por haberse enredado contigo, cree que está enamorado, está en edad de estarlo, personalmente no tengo nada en contra de ti, ni siquiera te conozco, es más: no tengo intención de hacerlo, no le convienes, tu entorno no es el apropiado, tu madre trabaja en una fábrica, vive con hombres que no son tu padre; cógete un pañuelo, de tela o de papel, o lo que encuentres en ese bolso barato que llevas: ya se te pasará; por si acaso estás pensando en algún ardid para verlo pese a todo, te lo digo ya: estoy dispuesta a hacer cualquier cosa para evitarlo, aunque tenga que mandarlo con su tío a Nueva York.

Nunca volví a ver a Max. Ni siquiera se me permitió verlo después de que su tío lo enviara de vuelta en una silla de ruedas: al tirarse al agua, se había estrellado con una roca sumergida y se había roto la espalda.

En ese momento, Bay Street era un hervidero de oficinistas que salían a última hora. Me sentí bien dejándome arrastrar por la multitud. Hice muecas para imitar los rostros que me rodeaban, cuyas expresiones no puedo sino describir como una mezcla de angustia e indiferencia. Cruzamos en bloque los semáforos de Adelaide Street y de nuevo Richmond Street. Los coches eran incapaces de hacer ningún giro contra nuestra sólida masa. Una ráfaga de viento en la esquina de Queen Street me obligó a resguardarme en un hueco de piedra gris. En ese lugar exacto hubo en el pasado una casa de empeños cuya puerta nunca se abría y a través de cuya ventana ennegrecida no se veía nada. Todo el mundo sabía que los dos viejos hermanos solterones, a los que nadie había visto nunca, rechazaron ofertas millonarias por su miserable tienda de la esquina. (Cuando nos obligaron a abandonar una casa declarada no apta para vivir tras haber perdido la batalla contra las cucarachas y las ratas, mi madre gritó: No quiero dejar mi palacete). En aquel resguardo que ofrecía la Simpson Tower se me unió la figura tambaleante de un hombre que, con una incipiente barba cana y los ojos entornados, murmuraba algo para sí mismo. Era un fantasma del mendigo de la Gran Depresión que iba a Child’s a por un plato de sopa caliente con la moneda que alguien le había dado. De buenas a primeras reparé en que, obsesionada como estaba por encontrar unos vestigios ya desaparecidos, había olvidado por qué vagaba por aquellas viejas calles. Había olvidado aguzar el ojo —el tercer ojo— para Coenraad. Miré al hombre que tenía a mi lado. Estaba dormitando apoyado en la piedra erosionada. Para darle una mejor oportunidad de desenmascararse, me alejé lentamente de la torre hacia la multitud congregada en la acera, sin dejar de observarlo. Los disfraces de Coenraad son tan variados e inventivos como los de los artistas en un baile de la facultad de Bellas Artes. Junto con los demás, esperé a que una policía soplara por el silbato y detuviera el tráfico para cruzar. Cuando llegué al otro lado, miré hacia atrás. El hombre había desaparecido. A lo mejor era un borracho que se había metido en Simpson’s para entrar en calor.

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