Kitabı oku: «Los que vieron... y creyeron»

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Los que vieron y creyeron

Relatos de personas que fueron testigos del don profético de Elena de White.

Compilado y redactado por Herbert E. Douglass


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenidos

Tapa

Dedicatoria

Prefacio

Introducción

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Segunda parte

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Fuentes

Los que vieron… y creyeron

Herbert Edgar Douglass

Título del original: They Were There, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, E.U.A., 2005.

Dirección: Walter E. Steger

Traducción: Claudia Blath

Diseño de tapa: Nelson Espinoza

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de la tapa: Shutterstock

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2005 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados.

Esta edición en castellano se publica con permiso del dueño del Copyright.© 2011, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-388-3


Douglass, Herbert EdgarLos que vieron... y creyeron / Herbert Edgar Douglass / Dirigido por Walter E. Steger. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Claudia BlathISBN 978-987-798-388-31. Profecías. 2. Cristianismo. I. Steger, Walter E., dir. II. Blath, Claudia, trad. III. Título.CDD 231.745

Publicado el 25 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicatoria

A diez preciosos nietos, candidatos para la vida eterna:

Vanessa, Vivyan, Emily, Cady, Cliff, Candi,

Britney, Ryan, Randy, Kelli

Prefacio

La Biblia está llena de historias maravillosas que describen la relación de Dios con las personas. A veces él daba consejos mediante sus profetas. Otras veces daba advertencias. Si las advertencias eran atendidas, como resultado caían bendiciones; pero si eran ignoradas, se obtenían consecuencias nefastas. Es evidente que nuestro Creador no quiere más que lo mejor para sus criaturas. Sin embargo, la obstinación humana y la falta de fe con frecuencia frustran los propósitos de Dios. Afortunadamente, a lo largo de los siglos hubo gente como Josué, Daniel, Pablo, Noemí, David y muchos otros que proveyeron pruebas positivas de que seguir la dirección de Dios siempre es lo mejor.

En 1903, Elena de White instó a que se reimpriman las historias que narran la conducción de Dios en los primeros días del movimiento adventista. En las siguientes páginas, el Dr. Herbert E. Douglass hace exactamente eso: no solo comparte las historias sino también revelaciones significativas sobre la importancia de los eventos de antaño que narra.

Como hizo Dios en los tiempos bíblicos, así también en los tiempos modernos envió a una profetisa para guiar y advertir a los que escuchen. Este libro está lleno de relatos, a veces asombrosos pero otras veces trágicos, de cómo reaccionaron los fundadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día a los consejos de Dios dados a través de Elena de White. A menudo les prestaban atención, y ellos y el movimiento del que eran parte prosperaban. Lamentablemente, otras veces se negaron a escuchar y a ser guiados, y los resultados nos advierten que, si ignoramos las instrucciones de Dios hoy, lo hacemos por cuenta y riesgo propios.

Cada persona o acontecimiento descripto en este libro se vio directamente afectado por una o más visiones de Elena de White. Los nombres de personajes casi olvidados, como Daniel Kress, Hiram Patch y Nathaniel Faulkhead, entre otros, cobran vida a medida que sus fascinantes historias se desarrollan para el lector. En cada caso, Elena de White, una constante ganadora de almas, es vista en su mejor momento, exhortando a la gente a cambiar de dirección y así evitar la ruina espiritual. En otras historias podemos alcanzar a ver de qué modo Dios obra a través de Elena de White para salvar a la iglesia en su conjunto.

Así como podemos aprender del estudio de las personas y los acontecimientos de los tiempos bíblicos, también podemos aprender del estudio de las personas y los acontecimientos de la historia del movimiento adventista. Tal como las historias de este libro lo demuestran sobradamente, la amonestación del rey Josafat que encontramos en 2 Crónicas 20:20 es tan aplicable hoy como cuando fue pronunciada por primera vez: “Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados”.

James R. Nix, director del Centro de Investigación White

Introducción

Las 24 historias incluidas en este libro son una muestra de los setenta años de servicio de Elena de White al mundo. Sin embargo, estas historias se centran solo en un aspecto de su extenso ministerio: su contribución directa a hombres y mujeres que tenían ansiedades, dudas y problemas como los que todos tenemos de tanto en tanto.

Los lectores modernos tienen poco o ningún acceso a estos momentos especiales que cambiaron vidas para siempre. No obstante, hoy podemos revivir esos acontecimientos e identificarnos con los protagonistas de las historias registradas en las páginas siguientes. Aun en el siglo XXI, podemos identificarnos con sus circunstancias y regocijarnos igual que ellos cuando de pronto se dieron cuenta de cuánto pensaba Dios en ellos, tanto como para interesarse en su vida personal, ya sea para consolarlos o a modo de advertencia.

Los años pasaron, pero no la condición humana: tenemos los mismos sueños, esperanzas y debilidades que los jóvenes y los ancianos que vuelven a vivir en estas páginas.

Traté de relacionar estas historias con la edad de Elena de White y sus circunstancias personales para mostrar de qué manera cumplió su rol como la mensajera del Señor a los veinte años, a los treinta, etc. Muchas de estas historias también se encuentran en mi libro Mensajera del Señor, pero sin muchos de los detalles fascinantes que he podido incluir en el presente libro.

Estas historias pueden ser usadas eficazmente en el culto familiar, en la Escuela Sabática y en sermones. Cada una puede ser fuente de mucha reflexión al revivir cada circunstancia. La mayoría de estas situaciones se repiten vez tras vez. Los principios dados en el pasado son tan actuales como el rocío de esta mañana.

Ninguno de nosotros ha tenido el privilegio de conocer personalmente a esta intrépida dirigente de la iglesia. Nunca hemos escuchado a esta mujer de 1,57 metros de altura hablando en público, donde podían escucharla veinte mil personas sin la ayuda de un sistema de amplificación. Solo podemos leer de su devoción hacia sus cuatro hijos y su amado esposo, y de la devoción que ellos le tenían a ella. Pero estas historias nos dicen mucho acerca de la mujer que ayudó a formar un movimiento mundial.

Esperamos que en estas 24 historias podamos revivir algunas de las contribuciones extraordinarias de Elena de White que han cambiado la vida de millones de personas en el mundo, que se sienten cercanos a ella como la mensajera del Señor, en aquel entonces y ahora.

Herbert E. Douglass

Lincoln Hills, EE.UU.

Primera parte

Capítulo 1
Huevo en jugo de uva
Cómo se salvó el Dr. Daniel Kress

En la lejana Australia, el Dr. Daniel H. Kress estaba agonizando, y apenas tenía cuarenta años.

Después de unirse a la Iglesia Adventista, Kress y su esposa, Lauretta, hicieron juntos la carrera de Medicina en la Universidad de Míchigan. Trabajaron durante tres años con el Dr. John Harvey Kellogg en el Sanatorio de Battle Creek antes de recibir un llamado en 1898 para establecer la obra médica en Inglaterra.

En 1900 fueron enviados a Australia para fomentar la obra médica allí. Un año después, Kress se estaba muriendo. El problema: Kress defendía fervientemente la dieta vegetariana estricta. Anteriormente, en Battle Creek, había sido un fiel seguidor del Dr. John Harvey Kellog y sus colegas. En Inglaterra, y ahora en Australia, Kress enseñaba sistemáticamente que la manteca, la leche y los huevos deberían ser omitidos de la dieta. Posteriormente escribió: “Aspiraba a practicar lo que enseñaba. Se me hacía difícil conseguir alimentos apropiados al viajar de un lugar a otro y, como resultado, mi alimentación carecía de algunos elementos esenciales. Mi salud se debilitó casi hasta el punto de morir”.

Ahora de regreso en California después de sus nueve años en Australia, Elena de White vio en visión que el Dr. Kress estaba en los umbrales de la muerte. Con su acostumbrada franqueza, le ordenó que “hiciese cambios inmediatamente. Incorpore a su dieta algo que ha excluido”.

Ella le dijo: “Por el hecho de que hay quienes están muy rezagados, usted no debe, a fin de servir de ejemplo para ellos, ser extremista. [...] Su devoción a los buenos principios lo induce a someterse a un régimen que lo hace pasar por una experiencia que contraría la reforma pro salud”.

Esta es la prescripción de Elena de White, basada en una visión, para que Kress recuperara la salud:

Obtenga huevos de aves sanas. Consúmalos cocinados o crudos. Mézclelos con el mejor jugo de uva sin fermentar que pueda obtener. Esto suplirá lo que es necesario para su organismo. Ni por un instante piense usted que este proceder no sería correcto...

Apreciamos su experiencia como médico, y sin embargo digo que la leche y los huevos deben incluirse en su menú.

Luego añadió: “Vendrá el momento cuando no se podrá usar la leche con tanta abundancia como se la emplea ahora; pero actualmente no es el momento para suprimirla. Y los huevos contienen propiedades curativas que contrarrestan venenos”.

Lo que Elena no sabía en ese entonces –pero nosotros sí lo sabemos ahora– es que el Dr. Kress se estaba muriendo de anemia perniciosa, una enfermedad a menudo fatal. Su dieta, sin una amplia variedad de verduras y frutas, carecía de ácido fólico y de las vitaminas B6 y B12.

El Dr. Kress siguió inmediatamente el consejo de Elena de White de comer huevos y jugo de uva, y en pocas semanas logró una rápida recuperación. Vivió 55 años más, y falleció a los 94 años de edad. Regresó a Norteamérica con su esposa en 1907 para pasar a ser el primer director médico del Sanatorio y Hospital de Wáshington, en Takoma Park, Maryland.

Vivió 55 años más porque Elena de White intervino en su vida con un mensaje de Dios.

Kress fue uno de los tantos hombres y mujeres a quienes Dios dio consejos, ánimo o amonestaciones individuales a través de su mensajera, Elena de White. Antes de leer las historias de las demás personas que recibieron consejos personales específicos de la mensajera de Dios, repasaremos el hecho –una visión– que inició las siete décadas de servicio de Elena como mensajera de Dios.

Capítulo 2
La visión que dio inicio a un movimiento
El camino angosto

¡1844! ¡Qué año! Samuel F. B. Morse transmite el primer mensaje telegráfico (“Lo que ha hecho Dios”). Se inventa el proceso de pasta de celulosa a partir de la madera, con lo que se reduce el precio del papel prensa. Un odontólogo de Boston, pionero de la anestesiología con óxido nitroso, se extrae su propia muela. Brigham Young es elegido para liderar a los mormones después de que Smith es asesinado en Carthage, Illinois. Karl Marx, de 26 años, escribe: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida... el opio de los pueblos”.

Y Dios se inclina para hablar con Elena Harmon, de 17 años, con una invalidez casi total, en Portland, Maine, durante la primera semana de diciembre.

Pocas semanas antes, Elena y aproximadamente otros cien mil metodistas, bautistas y presbiterianos sufrieron un triste chasco cuando, el 22 de octubre de 1844, Jesús no regresó como ellos esperaban. Ella recordó:

Fue un chasco muy amargo que sobrecogió al pequeño grupo cuya fe había sido tan fuerte y cuya esperanza había sido tan elevada. Pero quedamos sorprendidos al ver que nos sentíamos tan libres en el Señor y que éramos tan poderosamente sostenidos por su fortaleza y su gracia...

Aunque estábamos chasqueados no nos sentíamos desanimados.

La salud precaria de Elena empeoró rápidamente. Como apenas podía hablar con susurros, se le hacía difícil respirar acostada y a menudo se despertaba por la tos y las hemorragias pulmonares. Agonizante por la tuberculosis, Elena estaba tan debilitada que tenía que ser transportada en silla de ruedas y con frecuencia era alimentada por otros.

En esta condición, respondió a una invitación de una amiga íntima, la Sra. Elizabeth Haines, para que ella y otras tres mujeres la visitaran en su casa en Portland del Sur para una reunión de oración. Estas mujeres también estaban confundidas y desanimadas. Habían abandonado su confianza en la validez de la fecha de octubre, pero todavía esperaban que Jesús regresara en algún momento del futuro cercano.

Hoy podemos recordar un chasco amargo similar que afligió a los discípulos después de la crucifixión de su Señor. Cuán oprimido tenían el corazón cuando Jesús se les apareció a dos de ellos en el camino a Emaús, pocas horas después de su crucifixión. ¡Qué diferencia significó su presencia! ¡Qué manera totalmente nueva de ver el futuro!

Así es que, aquella mañana de diciembre de 1844, nuestro Señor visitó a esas creyentes turbadas con la misma clase de alimento que necesitaron aquellos turbados creyentes 18 siglos antes.

Más adelante, Elena recordó: “No había excitación... Mientras yo oraba, el poder de Dios descendió sobre mí como nunca lo había sentido. Quedé arrobada en una visión de la gloria de Dios. Me parecía estar elevándome cada vez más lejos de la Tierra, y se me mostró algo de la peregrinación del pueblo adventista hacia la Santa Ciudad”.1

Aunque Elena relató esta experiencia y la visión en forma oral, no la registró por escrito hasta más de un año después, porque no podía mantener la mano firme para sostener una pluma.

¿Cuál fue la visión que inició su ministerio de setenta años, una visión que se volvió más significativa a medida que pasaban los años?

Mientras estaba orando ante el altar de la familia, el Espíritu Santo descendió sobre mí, y me pareció que me elevaba más y más, muy por encima del tenebroso mundo. Miré hacia la Tierra para buscar al pueblo adventista, pero no lo hallé en parte alguna, y entonces una voz me dijo: “Vuelve a mirar un poco más arriba”.

El sendero recto y angosto

Alcé los ojos y vi un sendero recto y angosto trazado muy por encima del mundo. El pueblo adventista andaba por ese sendero, en dirección a la ciudad que se veía en su último extremo. En el comienzo del sendero, detrás de los que ya andaban, había una brillante luz, que, según me dijo un ángel, era el “clamor de media noche.” Esta luz brillaba a todo lo largo del sendero, y alumbraba los pies de los caminantes para que no tropezaran.

La vista fija en Jesús

Delante de ellos iba Jesús guiándolos hacia la ciudad, y si no apartaban los ojos de él iban seguros. Pero no tardaron algunos en cansarse, diciendo que la ciudad estaba todavía muy lejos, y que contaban con haber llegado más pronto a ella. Entonces Jesús los alentaba levantando su glorioso brazo derecho, del cual dimanaba una luz que ondeaba sobre la hueste adventista, y exclamaban: “¡Aleluya!”

Algunos negaron la luz que brillaba tras ellos

Otros negaron temerariamente la luz que brillaba tras ellos, diciendo que no era Dios quien los había guiado hasta allí. Pero entonces se extinguió para ellos la luz que estaba detrás y dejó sus pies en tinieblas, de modo que tropezaron y, perdiendo de vista el blanco y a Jesús, cayeron fuera del sendero abajo, en el mundo sombrío y perverso. Pronto oímos la voz de Dios, semejante al ruido de muchas aguas, que nos anunció el día y la hora de la venida de Jesús. Los 144.000 santos vivientes reconocieron y entendieron la voz; pero los malvados se figuraron que era fragor de truenos y de terremoto. Cuando Dios señaló el tiempo, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo, y nuestros semblantes se iluminaron refulgentemente con la gloria de Dios, como le sucedió a Moisés al bajar del Sinaí.

Los 144.000 estaban todos sellados y perfectamente unidos. En su frente llevaban escritas estas palabras: “Dios, Nueva Jerusalén”, y además una brillante estrella con el nuevo nombre de Jesús.

Los impíos se enfurecieron al vernos en aquel santo y feliz estado, y querían apoderarse de nosotros para encarcelarnos, cuando extendimos la mano en el nombre del Señor y cayeron rendidos en el suelo. Entonces conoció la sinagoga de Satanás que Dios nos había amado, a nosotros que podíamos lavarnos los pies unos a otros y saludarnos fraternalmente con ósculo santo, y ellos adoraron a nuestras plantas.

La nube en el este

Pronto se volvieron nuestros ojos hacia el oriente, donde había aparecido una nubecilla negra del tamaño de la mitad de la mano de un hombre, que era, según todos comprendían, la señal del Hijo del Hombre. En solemne silencio, contemplábamos cómo iba acercándose la nubecilla, volviéndose cada vez más esplendorosa hasta que se convirtió en una gran nube blanca cuya parte inferior parecía fuego. Sobre la nube lucía el arco iris y en torno de ella aleteaban diez mil ángeles cantando un hermosísimo himno.

En la nube estaba sentado el Hijo del Hombre. Sus cabellos, blancos y rizados, le caían sobre los hombros; y llevaba muchas coronas en la cabeza. Sus pies parecían de fuego; en la mano derecha tenía una hoz aguda y en la izquierda llevaba una trompeta de plata. Sus ojos eran como llama de fuego, y escudriñaban de par en par a sus hijos.

¿Quién podrá permanecer?

Palidecieron entonces todos los semblantes y se tornaron negros los de aquellos a quienes Dios había rechazado. Todos nosotros exclamamos: “¿Quién podrá permanecer? ¿Está mi vestidura sin manchas?” Después cesaron de cantar los ángeles, y por un rato quedó todo en pavoroso silencio cuando Jesús dijo: “Quienes tengan las manos limpias y puro el corazón podrán subsistir. Bástaos mi gracia”. Al escuchar estas palabras, se iluminaron nuestros rostros y el gozo llenó todos los corazones. Los ángeles pulsaron una nota más alta y volvieron a cantar, mientras la nube se acercaba a la Tierra.

Luego resonó la argentina trompeta de Jesús, a medida que él iba descendiendo en la nube, rodeado de llamas de fuego. Miró las tumbas de sus santos dormidos. Después alzó los ojos y las manos hacia el cielo, y exclamó: “¡Despertad! ¡Despertad! ¡Despertad los que dormís en el polvo, y levantaos!” Hubo entonces un formidable terremoto. Se abrieron los sepulcros y resucitaron los muertos revestidos de inmortalidad. Los 144.000 exclamaron: “¡Aleluya!” al reconocer a los amigos que la muerte había arrebatado de su lado, y en el mismo instante nosotros fuimos transformados y nos reunimos con ellos para encontrar al Señor en el aire. 2

¿Por qué Dios dio esta extraordinaria visión a una adolescente agonizante que apenas podía susurrar y que guardaba el domingo?

Podemos pensar en varias razones que nos dirían algo acerca de Dios mismo y de lo que piensa sobre los creyentes fieles dondequiera que estén en su experiencia espiritual.

Dios no está lejos de sus fieles

Así como él comprendía el amargo chasco de esos dos discípulos en camino a Emaús, entendía el pesar vacío de aquellas cinco mujeres de Portland, Maine. Y él no está lejos de los lectores de estas páginas que han sufrido una gran desilusión y quizás abandono.

Dios sabe cómo consolar

Aquellas primeras creyentes adventistas necesitaban ser consoladas. Estaban confundidas en cuanto a lo que parecían ser claras verdades bíblicas; la experiencia cristiana de ellas parecía ser auténtica. No habían abandonado su confianza en Dios; pero, aun así, estaban confundidas.

Esta visión les dio a esas cinco mujeres, y luego a un creciente grupo que posteriormente percibió los detalles de la visión, el consuelo intelectual y emocional de que los años de preparación para el regreso de Jesús en 1844 no habían sido desperdiciados en ardides teológicos. No habían sido engañados, solo estaban confundidos con respecto a lo que debía ocurrir el 22 de octubre. Y esta certidumbre de que el Señor los había estado guiando en su experiencia pasada los pudo ayudar a enfrentar mejor el ridículo de sus ex amigos.

Esta visión también les dio la seguridad de que, si eran fieles, un día verían a su Señor cara a cara. No importaba qué clase de dificultades pudieran surgir, si continuaban siguiendo la luz, ellos también terminarían en el mar de vidrio y caminarían por las calles de oro.

Dios sabe cómo instruir a los fieles

Durante varios años, estas cinco jóvenes habían creído que Jesús regresaría en 1843, y luego en 1844, basadas en una cuidadosa investigación bíblica. Pero, después del 22 de octubre, se habían hundido cada vez más en el desánimo porque Jesús no había venido. Su fe comenzó a vacilar, no en su experiencia cristiana sino en su confianza en el estudio de la Biblia.

Para diciembre, la mayoría de los creyentes adventistas habían abandonado su sólida creencia en que el 22 de octubre tenía importancia. En otras palabras, ellos creían que la profecía de los 2.300 días-años no había terminado; peor aún, algunos ahora creían que todo el cuadro profético había estado equivocado. Según escribió Elena en 1847: “En el momento en que tuve la visión del clamor de medianoche [diciembre de 1844], había abandonado la idea de que [el cumplimiento de la profecía] fuera en el pasado y la esperaba para el futuro, y también le pasaba lo mismo a casi todo el grupo”.3

Pero esta visión de diciembre les dio un panorama totalmente diferente a estos entristecidos creyentes adventistas. ¡Dios había estado guiando a su pueblo! El inolvidable “clamor de medianoche” del verano de 1844 ahora debía brillar como una luz sobre el sendero de quienes se dirigían gozosos hacia la Canaán celestial. La promesa: Si seguían confiando en esa luz y mantenían la vista fija en Jesús, entrarían a salvo en su recompensa.

¡Qué promesa! ¡Qué consuelo!

¿Qué nos dice esta visión a nosotros hoy?

Recuerdo el día cuando leí esta visión por primera vez. Estaba entrando en la adolescencia y me acababa de bautizar. Alguien pensó que me sería útil leer Primeros escritos. Ese sábado de tarde es tan vívido como ayer. Estaba atravesado en mi cama leyendo esas páginas asombrosas, página tras página, capítulo tras capítulo.

No supe hasta más adelante que me estaba introduciendo en el tema del gran conflicto, y de cómo piensa Dios llevar a su conclusión la historia del pecado y de este mundo. Mi lectura aquel sábado de tarde se convirtió en mis primeros pasos para captar la historia general de por qué se desarrolló el pecado y de qué manera Dios hace lo mejor de su parte para contar su versión de la historia.

“Mira un poco más arriba”

La instrucción de “mirar un poco más arriba” se convirtió en una de las frases que me ha ayudado a salir de la oscuridad y el desánimo desde entonces. Cuando las preguntas obvias parecían no tener respuestas fáciles, cuando mis amigos de confianza me decepcionaban, la voz tranquilizadora me hacía elevar la vista: “¡Mira un poco más arriba!”

“El sendero recto y angosto”

Las palabras “recto y angosto” traen a la mente las palabras de nuestro Señor en Mateo 7:13 y 14, donde nos recuerda que la vida ofrece elecciones. Tenemos un viaje que terminar, pero uno puede elegir la dirección. Todos sabemos que no transitamos automáticamente por el sendero recto y angosto. Por alguna razón, comenzamos a caminar por el sendero fácil, el camino ancho, con bastante compañía. De hecho, en realidad no sabemos que existe un camino mejor hasta que Jesús y el Espíritu Santo nos dan vuelta: el giro en U que llamamos conversión. Pero ese giro de 180 grados nos coloca en un sendero más angosto, un sendero que requiere elecciones y decisiones mientras caminamos.

Lamentablemente, algunas traducciones españolas sustituyen la palabra difícil por angosto. Jesús no se contradice a sí mismo. Cuando dice que su “yugo es fácil” y su carga es “ligera” (Mat. 11:30), nos está diciendo que el Espíritu Santo suaviza nuestro sendero, ilumina nuestra mente y potencia nuestras decisiones, y ¿qué enemigo puede igualar esa promesa? ¡La dificultad en la vida cristiana se da cuando la persona trata de andar por ambos caminos al mismo tiempo!

“La luz que brillaba tras ellos”

La referencia a la luz que brillaba tras ellos estremeció a las cinco mujeres y luego al creciente grupo de adventistas al ver la gran importancia de los acontecimientos del 22 de octubre de 1844. Sin esa “luz brillante” llamada “el clamor de medianoche”, aquellos primeros adventistas desanimados habrían cavado sus propias tumbas en desesperación. El clamor de medianoche había sido el tema de reunión durante el verano de 1844, una frase tomada de la parábola de Mateo 25. Había unido a muchos, muchos miles al centrarse en el 22 de octubre. En otras palabras, Dios estaba respaldando la confianza y el compromiso incondicional de ellos en la profecía de tiempo de Daniel 8:14. ¡Qué alivio! Qué motivo ahora para reunirse y comenzar el viaje en ese “sendero angosto”, buscando más luz a lo largo del camino.

“La vista fija en Jesús”

A los primeros adventistas no se les dio el cuadro completo de inmediato. Ese nunca ha sido el plan de Dios. A lo largo del ministerio terrenal de nuestro Señor, este guiaba a sus discípulos paso a paso: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 16:12). La gente no puede asimilar demasiada información o cambios simultáneamente. Pero lo que podemos hacer con toda seguridad es mantener la vista “fija en Jesús”.

Al aceptar esta sencilla instrucción, todos podemos encaminarnos por el sendero angosto. El Espíritu Santo nos conduce a diferentes velocidades, dependiendo del contexto intelectual, los hábitos sociales y las conexiones familiares. Incluso las esposas y los esposos devotos no están exactamente en el mismo lugar del sendero angosto. El secreto manifiesto es continuar leyendo la Palabra escrita, seguir relacionándose con los demás en ese sendero angosto y nunca retroceder.

“Iban seguros”

¡Preciosa promesa! Sigamos la luz que brilla a lo largo del sendero, la luz que fue afirmada en los acontecimientos de 1844, la luz de adelante que nos guía constantemente a la ciudad; ¡y estaremos seguros durante todo el camino! Quizá no vivamos lo suficiente como para entrar caminando por la puerta de la ciudad antes de descansar en la tumba, pero si hemos estado caminando constantemente en la luz brillante, ¡estamos seguros de que recibiremos la vida eterna!

La seguridad cristiana descansa en esta sencilla verdad: los que caminan en la luz que tienen, no siempre en la luz que puede estar guiando a otros, los que siempre confían y obedecen la luz, a medida que entienden cada vez más, estos tienen la tranquila fortaleza de la seguridad de la salvación.

“No tardaron algunos en cansarse”

Los primeros creyentes adventistas tenían la esperanza de que Cristo regresaría pronto. El mensaje de los últimos días para todo el mundo les fue revelado lentamente, paso a paso. Algunos no percibieron rápidamente que la calidad de la iglesia de los últimos días, como se la describe en Apocalipsis (2:17; 14:12; 19:7-9), llevaría tiempo para desarrollarse y que el desarrollo tenía que ver absolutamente con el tiempo del advenimiento. Lamentablemente, algunos realmente se cansaron, y pusieron sus esperanzas en caminos más cortos. Otros, a la larga, entendieron los planes de Dios para el tiempo del fin, juntaron fuerzas y escogieron pertenecer a los que seguían “la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Prov. 4:18). Eso es lo que ocurre cuando las personas fieles a Dios fijan la vista en Jesús.

“Negaron temerariamente la luz que brillaba tras ellos”

¿Que podría significar esto? Cualquiera que fuera la razón, algunos rechazaban el pensamiento de que Dios había estado guiando a los creyentes adventistas. Perdieron la confianza en la profecía de los 2.300 días de Daniel 8:14, y su fe ardiente se convirtió en amargura, al pensar que habían sido engañados. La luz se apagó y regresaron a los encantos que se desvanecen rápidamente en este mundo actual.

“Los impíos se enfurecieron”

La realidad se repite. Así como los primeros adventistas soportaron el ridículo y cierto grado de enojo por parte de los que rechazaban a los adventistas antes del 22 de octubre, también los adventistas de los últimos días afrontarán la misma ira al fin de la historia de este mundo, justo antes del regreso de Jesús. Esta vez la confrontación será espantosa y a nivel mundial; la única defensa de ellos serán las promesas de Jesús y la luz que los ha estado guiando. En el momento más desapacible de estos últimos días, recibirán señales celestiales de que la ayuda viene en camino. Los arcos iris, las nubes blancas, los coros angelicales: ¡todo valdrá la pena!

“Solemne silencio”

¿Podría haber un momento más cargado de sobrecogimiento en la historia del planeta Tierra? Los malvados están conmocionados y se quedan sin palabras; los justos se hacen una humilde pregunta: “¿Quién será digno?” Nadie, ni siquiera el más fiel de los creyentes, sabe si es digno de encontrarse con Jesús cara a cara. Entonces esa voz reconfortante, que han “oído” muchas veces en su caminar por el sendero angosto, les recuerda: “Bástate mi gracia”. El simple evangelio, pleno y completo, ha alcanzado su tremendo objetivo: la buena nueva del perdón y del poder finalmente los ha conducido a los pies de su amante y fiel Señor.

“Trompeta de plata”

Los primeros adventistas que escucharon esta visión revelada inmediatamente recordaron la trompeta de 1 Tesalonicenses 4, cuando las tumbas se abren y se reúnen los viejos amigos. Posiblemente hoy no existan palabras en la Tierra que puedan abarcar todo lo que los creyentes leales de todas las edades oirán, verán y pensarán. ¡Nuestra única respuesta a esta visión es reconsagrar nuestra vida para estar allí!

Durante sus setenta años de ministerio, Elena de White se refirió a la metáfora del sendero angosto al menos 135 veces. En el fragmento siguiente de una carta a un joven que estaba en peligro de desviarse del camino, Elena muestra su claridad mental y moral:

Se me han mostrado los peligros que acechan a los jóvenes. Sus corazones están llenos de altas aspiraciones y ven la carretera descendente sembrada de tentadores placeres de aspecto atractivo, pero la muerte es su final. La estrecha senda hacia la vida quizá les parezca desprovista de atractivos, llena de cardos y espinas, pero no es así. Es la senda que requiere la negación de los placeres pecaminosos; es estrecha, para que aquellos a quienes el Señor rescató puedan andar por ella. Nadie puede andar por esa senda y cargar con el fardo del orgullo, la obstinación, el engaño, la falsedad, la deshonestidad, las pasiones y las concupiscencias carnales. La senda es tan estrecha que quienes anden por ella deberán dejar esas cosas. Sin embargo, la carretera ancha y cómoda tiene la suficiente amplitud para que los pecadores viajen por ella con todas sus tendencias pecaminosas.

Joven, si rechazas a Satanás y todas sus tentaciones, podrás andar sobre las huellas del Redentor, y gozar la paz del cielo y el gozo de Cristo. La concupiscencia del pecado no traerá consigo la felicidad. Podrás engañarte y creer que eres feliz, pero no podrás conocer la verdadera felicidad. El carácter se deforma con la complacencia en el pecado. El peligro está al acecho en cada escalón que se desciende y los que podrían ayudar a los jóvenes no se dan cuenta de ello. No se manifiesta el tierno y amable interés que debiera mostrarse por los jóvenes. Muchos podrían ser protegidos de influencias pecaminosas si estuvieran rodeados de buenas amistades y escucharan palabras amables y amorosas. 4

Esta primera visión de unas dos mil que vendrían durante los siguientes setenta años fija el rumbo para millones de creyentes adventistas. Su claridad gráfica es difícil de olvidar. Nadie puede leerla cuidadosamente y alegar desconocimiento en la segunda venida.

Hoy podemos agradecer a Dios, al igual que aquellos primeros adventistas, porque él se inclina hasta los creyentes confundidos incluso de la actualidad, y enciende una luz en la senda de cada persona. Y continúa demostrándonos hoy cómo permanecer en ese sendero angosto. La luz se vuelve más fuerte y la seguridad se profundiza mientras anhelamos escuchar las trompetas y el sonido silbante de las alas de los ángeles cuando reúnan a los que estuvieron separados durante tanto tiempo, para aquel viaje a la Ciudad Santa.

1 Primeros escritos, p. 13.

2 Ibíd., pp. 14-16.

3 Carta 3, 1847.

4 Testimonios para la iglesia, t. 4, pp. 357, 358.

Capítulo 3
La visión más larga y esa Biblia pesada
Randolph, Massachusetts

La visión más larga de Elena de White (cuatro horas) ocurrió en 1845, un año antes de su casamiento con Jaime. Una de las acusaciones que se le hacían era que no podía tener una visión si Jaime White y Sara, hermana de Elena (ambos acompañaban a Elena en sus primeros viajes), no estuvieran presentes.

Otis Nichols, de Boston, con la esperanza de desenmascarar la acusación, “invitó a Elena y a Sara a su casa, dejando a Jaime en Portland. Entre los que se hallaban en el área de Boston que impugnaban la validez de la experiencia de Elena Harmon estaban dirigentes fanáticos, incluyendo a Sargent y a Robbins, que también sostenían que era un pecado trabajar”.

El mensaje de Sargent y Robbins a los adventistas milleritas era: “Vendan lo que tienen, y den limosnas”, queriendo decir, por supuesto, que les paguen sus gastos de mantenimiento. Sostenían que ahora estaban en el “jubileo, la tierra debía descansar y los pobres debían ser mantenidos sin trabajar”. Denunciaron las primeras visiones de Elena Harmon diciendo: “son del diablo”, porque ella había estado exponiendo los errores suyos.

Pocos días después de que Elena y Sara habían llegado a la casa de Nichols, Sargent y Robbins fueron invitados a ir y compartir estudios bíblicos, y a orar. Cuando llegaron y se enteraron de que ambas hermanas estaban en la casa, salieron a toda prisa en medio de un aluvión de excusas.

Pero, antes de irse, Nichols les dijo a ambos que Elena quería asistir a la reunión de su grupo de “No trabajar” en Boston el siguiente domingo. Cuando preguntó si los dos dirigentes tenían objeciones para oír el testimonio de ella, respondieron: “Ninguna en absoluto. Que venga el próximo domingo”.

Así que, se hicieron arreglos para que Elena y Sara Harmon asistieran a la reunión de este grupo para el domingo siguiente. “Pero la noche previa a la reunión propuesta, se le mostró en visión a Elena que esos hombres no tenían planes de encontrarse con ella; habían alertado a sus seguidores para reunirse en Randolph, veinte kilómetros al sur de Boston. En esa visión también se le dijo que debía encontrarse con este grupo en Randolph, que Dios le daría un mensaje que convencería a ‘los honestos y libres de prejuicios si sus visiones eran del Señor o de Satanás’ ”.

Cuando Elena, Sara y la familia Nichols llegaron al día siguiente a Randolph, encontraron un gran salón lleno de gente en la casa de Thayer. Elena escribió posteriormente: “Cuando entramos, Robbins y Sargent se miraron sorprendidos y comenzaron a refunfuñar. Me habían prometido que se encontrarían conmigo en Boston, pero pensaron que nos decepcionarían yendo a Randolph, y mientras nosotros estuviéramos en Boston, advertirían a los hermanos contra nosotros”.

Durante la reunión matinal, ¡“Robbins le dijo a Sarah [...] que Elena no podría tener una visión si él estaba presente”! En la reunión de la tarde, Elena tuvo la visión que supuestamente no podría haber ocurrido. Más tarde informó:

La bendición del Señor se posó sobre mí, y fui arrebatada en visión. Se me volvieron a mostrar los errores de estos hombres malvados y de otros que estaban unidos a ellos. Vi que no podrían prosperar, sus errores confundirían y distraerían; algunos serían engañados por ellos; pero que la verdad triunfaría finalmente, y el error sería abatido.

Se me mostró que ellos no eran honestos, y luego fui llevada al futuro y se me mostró que continuarían despreciando las enseñanzas del Señor, despreciando la amonestación y que serían dejados en oscuridad total, para resistir al Espíritu de Dios hasta que su capricho se hiciese manifiesto ante todos. Me fue presentada una cadena de verdad de las Escrituras, en contraste con los errores de ellos.

Cuando salí de la visión, las velas ardían. Había estado en visión casi cuatro horas.

Otis Nichols registró que cuando Elena comenzó a orar, pronto fue “arrebatada en visión... y continuó hablando en visión con una voz aguda que todos los presentes podían entender claramente, hasta alrededor de la puesta del sol”.

Es fácil comprender la consternación y la exasperación de Sargent, Robbins y los demás. ¿Cómo respondieron? Nichols dijo que estos dirigentes avergonzados “agotaron toda su influencia y sus fuerzas físicas para destruir el efecto de la visión. Se unieron para cantar en voz muy alta, y luego hablaban y leían de la Biblia alternadamente en alta voz a fin de que Elena no pudiera ser oída, hasta que se les agotó la fuerza y les temblaban las manos, de modo que no podían leer de la Biblia”.

Algunos de los seguidores de estos dirigentes humillados los reprendían, pidiéndoles que acabaran con su interferencia. Robbins respondió: “Ustedes están inclinados ante un ídolo. Están adorando a un becerro de oro”.

El señor Thayer, el dueño de casa, tuvo su propia forma de satisfacerse en cuanto a si la visión era del diablo. Había oído que al colocar una Biblia abierta sobre la persona en visión se podía detener a la gente bajo influencia satánica. Thayer le pidió a Sargent que colocara una Biblia sobre Elena, pero él se negó.

Thayer fue más allá. “Tomó una pesada y enorme Biblia familiar que estaba sobre la mesa y casi nunca se la usaba, la abrió y la colocó abierta sobre el pecho de Elena mientras esta estaba en visión, inclinada hacia atrás contra la pared en un rincón de la habitación”. Esto es lo que ocurrió a continuación:

Inmediatamente después de que la Biblia fue colocada sobre ella, se puso de pie y caminó hasta el medio de la sala, con la Biblia abierta en una mano y la levantó lo más alto que pudo, y con la vista fija mirando hacia arriba, declaró con solemnidad: “El testimonio inspirado de Dios”, o palabras de la misma importancia, y luego continuó durante mucho tiempo, mientras la Biblia era extendida en una mano y sus ojos miraban hacia arriba y no a la Biblia, dando vuelta las hojas con la otra mano y colocando el dedo sobre determinados pasajes y pronunciando correctamente las palabras con una voz solemne.

Si usted hubiese estado en esa habitación, ¿qué habría hecho? ¡Exactamente lo que muchos hicieron! ¡Se pusieron de pie y observaron aquellos textos bíblicos que Elena estaba señalando mientras mantenía la vista fija hacia arriba! Para el asombro de todos, ella citaba perfectamente esos textos.

¿Cuáles fueron algunos de esos textos? Nichols dijo que “algunos de los pasajes mencionados eran juicios contra los malvados y los blasfemos; y otras eran amonestaciones e instrucciones relacionadas con nuestra condición actual.

“En este estado continuó toda la tarde hasta casi la puesta del sol, cuando salió de la visión”.

Cuando Elena salió de la visión, Sargent, Robbins y su grupo estaban callados. Por el resto del tiempo estuvieron inquietos aunque desafiantes, y se negaban a reconocer la importancia de lo que habían experimentado.

¿Qué ocurrió con Sargent, Robbins y su grupo de “No trabajar”? Nichols informó que, pocas semanas después, Elena Harmon visitó Randolph por última vez y le dijo al grupo que mediante las visiones se había enterado de que la “maldición de Dios pronto seguiría su curso”.

¡Y así fue! En pocas semanas, el grupo se disolvió cuando algunos confesaron “actos de lo más vergonzosos” y los de corazón honesto se separaron para siempre. Unos veinte siguieron a Sargent y a Robbins, y continuaron denunciando las visiones de Elena Harmon y a los que se oponían a sus doctrinas de “No trabajar”. Un año después, incluso este grupo se desintegró, y muchos “¡se declaraban libres de todo pecado!”

Para Elena, de 18 años, era toda una responsabilidad enfrentarse con hombres tenaces, no solo de a uno por vez sino ¡con una sala llena de adultos desafiantes que la ridiculizaban! Pero, cuando una persona, sin importar la edad, ha visto la luz de la verdad, ninguna persona mala o terca puede desplazar esa luz.

¿Qué ocurrió con los pocos que se mantuvieron de parte de Elena aquel largo día observando su “visión más larga”? ¿Usted cree que alguna vez se olvidaron de Elena y de esa Biblia de entre ocho y nueve kilos sostenida en alto durante tanto tiempo? ¿O de sus descripciones perspicaces de la clase de oposición que la denunciaba a ella tan hipócritamente? ¿O su predicción enérgica de que este grupo de “No trabajar” pronto se desintegraría en sus propios pecados?

Pronto aprendieron que siempre es más seguro “cree[r] a sus profetas” (2 Crón. 20:20).

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
151 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789877983883
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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