Kitabı oku: «Cuentos selectos»
Hermann Hesse
CUENTOS SELECTOS
Selección, prólogo y traducción de Ariel Magnus

“Para poder escribir así, primero hay que haber vivido así”. La frase es de Hermann Hesse y se refiere a sus cuentos. Es una declaración de carácter autobiográfico de estos relatos. Escribió cuentos a lo largo de toda su carrera (ocupan seis volúmenes de sus obras completas) y parece haber recurrido a este formato para aquellos sucesos que lo implicaban personalmente. Muchos de los oficios de sus personajes fueron ejercidos por él en su juventud.
Ese origen explica la impresión tan vívida que estos relatos producen en el lector. Como toda la literatura de Hesse, por ejemplo Demian, Siddharta o Narciso y Goldmundo, destacan por la agudeza psicológica y un lirismo contenido; a diferencia de esas novelas, aquí sorprenden el sentido del humor y las paradojas. Esta brillante selección de Ariel Magnus ofrece un Hesse en cierto modo desconocido o poco frecuentado. Más fresco y cercano, siempre capaz de encontrar la palabra justa, la que es precisa y mágica al mismo tiempo.
Hesse, Hermann
Cuentos selectos / Hermann Hesse. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Ariel Magnus.
ISBN 978-987-628-627-5
1. Narrativa Alemana. 2. Cuentos. I. Magnus, Ariel, trad. II. Título.
CDD 833
Las historias de esta colección son todas tomadas de Hermann Hesse, Gesammelte Werke. Band 6-8. Erzählungen 1-3. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 2001/2002
Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz
Edición en formato digital: septiembre de 2021
© de la traducción Ariel Magnus, 2017
© del prólogo Ariel Magnus, 2017
© de la presente edición Edhasa, 2021
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Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Cuentos de vida, Prólogo de Ariel Magnus
El Novalis. De los papeles de un bibliófilo
Karl Eugen Eiselein
El constructor de ciudades
Un inventor
Recuerdo de Mwamba
La primera aventura
Sacrificio de amor
El amor
Decir adiós
La despedida
De la correspondencia de un autor
Un hombre llamado Ziegler
Regreso al hogar
Wärisbühel
El final del doctor Knölge
La velada literaria
Si la guerra dura dos años más
Si la guerra dura cinco años más
Conversación con el hogar
La ciudad turística del sur
Parodia suaba
Sobre el autor
Sobre Ariel Magnus
Cuentos de vida
Aunque quizá no sean lo más conocido de su obra, los cuentos de Hermann Hesse ocupan un lugar prácticamente tan vasto como sus novelas. La frontera entre ambos géneros igual es algo difusa. Como Hesse se sentía muy cómodo con lo que él mismo llamaba novellen o novela corta, muchos de los que están catalogados como “cuentos” tienen la misma extensión que los libros autónomos que circulan bajo el rótulo de novelas, como en el caso de Siddhartha. Sin contar esos libros, son más de cien los relatos –desde muy breves hasta muy largos– que Hesse publicó en el transcurso de su vida, la amplia mayoría entre 1900 y 1914, y solo un tercio en los casi cincuenta años restantes.
Hesse escribía estos textos para que fueran publicados en diarios y revistas, pero apenas una parte pasaba luego al formato libro, en antologías de ficción o de escritos autobiográficos. Las Obras reunidas que él mismo preparó y publicó algunos años antes de morir no contienen ni la mitad del total del corpus. La primera edición completa de los cuentos que ya habían salido en forma de libro vio la luz quince años después de su muerte, y tuvieron que pasar varias décadas más para que al fin aparecieran sus relatos completos, incluidos los que nunca habían sido publicados dentro de sus antologías y hasta los que no llegó a terminar.
Como explica Volker Michels, que estuvo a cargo de la edición de sus obras completas, la vida y obra del segundo Nobel alemán de literatura –luego de Thomas Mann– se comportan como los componentes de una ecuación matemática, por lo que todo “análisis exacto” de sus escritos se topa necesariamente con su correspondencia en la vida del autor. A esta identidad entre experiencia y escritura le debe Hesse “la claridad y simpleza” de sus escritos: “Para poder escribir así, primero hay que haber vivido así”.
Con la atención puesta de este modo en la propia biografía, Hesse decía apreciar “la reaparición de un recuerdo infantil” más que el descubrimiento de unas ruinas romanas. Aproximadamente la mitad de sus relatos se refieren consecuentemente a su infancia y juventud, la mayoría en su ciudad de nacimiento a orillas del Nagold, Calw (Baden-Wurtemberg, Alemania), transmutada en sus escritos en Gerbersau, por las curtiembres (Gerber) que constituían por aquella época la manufactura principal de su pequeña pero variopinta población.
Por supuesto que este deliberado regionalismo estaba lejos de ser chauvinista. Para Hesse, Calw/Gerbersau era un “prototipo y arquetipo de todas las patrias y destinos humanos”, y lo que tendiera hacia el lado contrario solo despertaba su hilaridad. Buena muestra de ello es su “Parodia suaba”, en la que satiriza un libro regional que realmente apareció en 1926 (las otras referencias del texto también tienen correlato en la realidad). En la misma línea se podría ubicar el relato “La ciudad turística del sur”, que ya adelanta en 1925 ese monstruo aún en ciernes que luego sería el turismo. La ciudad meridional en la que Hesse pudo ver el futuro con tanta claridad no es otra que Lugano, próxima a Montagnola, donde ya vivía desde 1919.
Así como no eligió el lugar en el que le tocó pasar su infancia, y por lo tanto el escenario de los relatos que se remiten a ella, Hesse adscribió durante toda su vida a una suerte de determinismo respecto también a los temas de sus cuentos y novelas, que según él nunca buscaba, sino que le llegaban por sí solos (razón por la cual casi no aceptó escribir por encargo). Cuando estos surgían de su biografía, como ocurre tantas veces, apenas si les hacía algunos cambios. “La historia… es verdadera y vivida –le contestó por ejemplo a Erika Mann, la hija mayor de Thomas, cuando esta le preguntó cuál era la relación entre realidad y ficción en ‘La primera aventura’–. Solo las personas están cambiadas: no fue la dama del cuento la que me hizo avances, sino otra mujer, a la que yo no amaba.”
Gerbersau aparece por primera vez en “Karl Eugen Eiselein”. Al igual que su protagonista, también Hesse soñaba con ser escritor desde muy temprana edad. Y si bien el desenlace de su propia historia fue feliz, no estuvo exento de dramatismo. “Quiero romperme el cráneo contra estos muros que me separan de mí mismo”, escribió en una carta cuando tenía quince años, época en que también intentó suicidarse (y fue derivado a un sanatorio para dementes y epilépticos). Había logrado entrar en el seminario evangélico de Maulbronn, pero al poco tiempo supo que la teología no era lo suyo. “Ya por entonces –apunta en sus Anotaciones biográficas– tenía en claro que no quería ser otra cosa que escritor, aunque a la vez sabía que ese no era un oficio reconocido ni servía para ganarse el pan”.
Entre los oficios que practicó con la idea de asegurarse un sustento estuvo el de cerrajero. Luego de escapar de la escuela-convento en la que recaló tras rendir libre el último año de la secundaria, y mientras planeaba exiliarse en Brasil, Hesse volvió con diecisiete años a su Calw natal y estuvo durante un año y medio trabajando en una fábrica de relojes de torre. El relato “Un inventor” pertenece al pequeño grupo de historias (entre las que habría que incluir algunos capítulos de su novela Bajo las ruedas) en el que el hijo de un reputado teólogo, destinado a la universidad pero devenido aprendiz de un oficio manual, recrea sus vivencias entre la clase obrera.
Más tarde, y más cerca de sus inclinaciones, Hesse estudió para librero y ejerció por un tiempo en Basilea, en un sitio que luego definiría como un “asilo para descarriados de todo tipo”. A esta época remite “Víctimas del amor”, y a su modo también “El Novalis”. En el posfacio a una edición de este último cuento, publicado en forma de libro autónomo en 1940, Hesse contó que, pese a describirse como un bibliófilo, la vida lo llevó finalmente por otros caminos, y de los libros que menciona en el cuento ya no poseía ninguno. “Debo confesar incluso que el Novalis en dos tomos que compré en Tubinga y del que trata el relato hace tiempo que ya no me pertenece… mi vida se ve hoy muy distinta a como me la imaginaba en mi fantasía de aquel entonces.” Al momento de publicar este cuento, Hesse había empezado a reseñar libros en un periódico de Basilea, y la primera reseña que le dedicó por entero a un poeta fue precisamente sobre Novalis, de quien se acababan de publicar unas obras completas.
De su vida ya como escritor se nutre el relato “De la correspondencia de un autor”, donde lo único inventado son los nombres propios. La correspondencia de Hans Schwab repite la que Hermann Hesse mantuvo con editores y redactores entre 1886 y 1908. El contenido de la misiva en la que Schwab ofrece su primera novela Paul Weigel es prácticamente idéntico al de la carta con que Hesse acompañó el envío de su primera novela Peter Camenzind; la revista que deja de publicarle los poemas a Schwab no bien este pide cobrar honorarios corresponde a Das deutsche Dichterheim, donde a fines del siglo XIX Hesse publicó sus primeros poemas (naturalmente gratis). Incluso son auténticos el pedido del redactor para que Schwab/Hesse se cambie el apellido por uno más extravagante y el chantaje de un colega que lo acusa de plagio para que escriba una reseña positiva de su novela.
En cuanto a “La velada literaria”, esta tuvo lugar el lunes 22 de abril de 1912 en Saarbrücken. “Y todo es literalmente cierto”, confesó Hesse en una carta de 1957.
Aunque no hace falta quizá saber que la “Conversación con el hogar” surgió de una estufa real (la que usó Hesse para sobrevivir a un invierno en la Casa Camuzzide Montagnola), otros relatos pierden espesura si no se conoce su trasfondo biográfico. “La despedida”, por ejemplo, responde a un episodio en la vida del autor que lo dejó al borde de la ceguera. En 1902, debido a fuertes dolores en los ojos, tuvo que someterse a una operación, que acabó empeorando las cosas. Como efecto secundario de esa intervención, sufrió de por vida calambres y neuralgias en la parte superior de la cara, que una y otra vez lo obligaban a pasarse semanas o meses sin poder leer y escribir. La ceguera no era por lo tanto una fantasía, sino un temor cercano.
Incluso el cuento sobre “El final del doctor Knölge”, por muy fantasioso que parezca a primera vista, se basa una vez más en sucesos reales. En abril de 1907, mientras se hacía construir su primera casa junto al Bodensee (ya tenía esposa y tres hijos), Hesse sufrió una crisis (“Había casi perdido la fe indispensable e instintiva en la libre voluntad”) y decidió hacer una especie de retiro espiritual, primero en Locarno y luego en el Monte Verità, cerca de Ascona, donde estaba instalada una colonia de vegetarianos y naturistas bajo la supervisión del excéntrico belga Henri Oedenkoven. El cuento se nutre de sus experiencias en el lugar, donde vivió siete días sin comer nada sólido; incluso la figura de Jonas está inspirada en una persona real, el doctor. Lerchel, un fugitivo que por miedo a ser atrapado vivía en los árboles.
Llamativamente, algunos de los textos no autobiográficos de entre los seleccionados aquí fueron también los que salieron con seudónimo. Por sus llamados a la unidad de los pueblos durante la Primera Guerra Mundial (a la que sin embargo se había presentado como voluntario), Hesse sufrió la acusación de “apátrida” y decidió empezar a publicar con otro nombre, en parte para evitarse más ataques, en parte también para que desde Alemania no le quitaran su puesto en una organización de ayuda a los prisioneros de guerra alemanes, que incluía la publicación de libros y revistas para los soldados. “Si la guerra dura dos años más”, publicado en noviembre de 1917 en el Neue Zürcher Zeitung de Suiza con el título “En 1920”, fue el (muy kafkiano) primer texto que publicó bajo el alias Emil Sinclair, el mismo que utilizaría para su célebre novela Demian. También la segunda parte, “Si la guerra dura cinco años más” –publicada en el mismo diario en 1919 bajo el título “Del año 1925”–, llevaba ese seudónimo, que Hesse habría seguido usando, como era su plan, si un periodista no hubiese revelado a quién pertenecía en realidad.
Hesse se sentía bien en ese segundo plano, como lo demuestra que prefiriese (al igual que su ya mencionado alter ego Schwab) que no se publicara su retrato en los libros, como quedó testimoniado en la carta del editor Samuel Fischer pidiéndole perdón por haberlo incorporado sin su autorización: “Mi experiencia con los autores de mi editorial es que si no publico su foto en el prospecto se sienten relegados”, se excusó. En este sentido, todos los personajes de Hesse tienden a ser como él, que más interesado por lo idílico que por lo dramático prefería dejarlos (dejarse) en un segundo plano. “A veces siento que solo existen los personajes secundarios –escribió en una carta de 1912–, y entre ellos incluyo al Fausto y a Hamlet”.
La estrecha relación entre la vida y la obra de Hermann Hesse hace que todo recorte de sus relatos, aunque resulte una restricción, conserve por fuerza su carácter representativo, tanto de su literatura como de su biografía, eximiendo al eventual antologador de obligaciones ilustrativas o aun didácticas. Ni la más caprichosa y limitada de las selecciones puede evitar dar un panorama fiel de la cuentística de Hesse. Con esa tranquilidad de base se realizó la que aquí presentamos, donde tal vez lo que Prima sea el Hesse con mayor sentido del humor, el rasgo mágico que ya había detectado quien ganaría el premio Nobel de Literatura el año inmediatamente posterior. Para su contemporáneo André Gide, Hesse poseía todas las cualidades que más valoraba en el arte, entre las cuales destacó la capacidad de reírse de sí mismo, “pero sin amargura ni cinismo, sino con distancia alegre e irónica”.
Ariel Magnus
El Novalis
De los papeles de un bibliófilo
1
Tras reflexionar acerca de qué característica sería la más adecuada para presentarme ante el eventual lector de estas notas, me doy cuenta de que lo mejor, de acuerdo con el tema de mi escrito, es definirme como un bibliófilo. Y es cierto que esta es mi peculiaridad más propia. Al menos no guardo con ninguna posesión más valiosa, ninguna que me dé más alegría ni de la que esté más orgulloso, que mi biblioteca. También me resulta más fácil orientarme en la diversidad del mundo de los libros que en el caos de la vida, y he sido más prudente y venturoso encontrando y reteniendo bellos libros antiguos que en mis intentos por unir amenamente el destino de otras personas con el propio.
Esto no obstante, una y otra vez me he esforzado por mantener un contacto vital con todo lo humano, y también mi afición por viejos mamotretos no está exenta de conexiones con la vida, aun cuando parezca el hobby de un solterón envejecido.
La simpatía y la alegría que me dan mis libros no proviene únicamente de su contenido, su presentación y su rareza, también siento especial necesidad y regocijo por conocer, si se puede, la historia de estos libros. No me refiero a la historia de su creación y difusión, sino a la historia privada de los ejemplares específicos que me pertenecen de momento.
Cuando hojeo a algún viejo poeta, una temprana edición de Claudius, de Jean Paul, de Tieck o de Hoffmann, sintiendo entre el pulgar y el índice el simple papel impreso con su acogedora anacronía, nunca puedo abstenerme de pensar en las generaciones pasadas, para las que estas hojas de papel envejecido significaron alguna vez presente, vida, emoción y novedad. ¡Si uno pudiera saber en cuántas manos, temblorosas de entusiasmo o de fiebre lectora, ha estado uno de estos viejos ejemplares del Titán o del Werther, y cuántas veces habrán encendido durante noches enteras, en habitaciones chapadas a la antigua e iluminadas por lámparas colgantes, las lágrimas y los gritos de júbilo de un alma joven!
Cuán caros son para uno los libros que se fueron heredando desde los antepasados a través de la familia, esos que ya de niños veíamos dentro del viejo armarito y que encontramos mencionados en los intercambios epistolares y en los diarios íntimos de nuestros abuelos que hemos conservado. Y en algunos libros adquiridos de manos extrañas hallamos los nombres de sonoridad extraña de los antiguos dueños, dedicatorias de hace dos siglos, y cada vez que nos topamos con un trazo de pluma, un doblez, una anotación al margen o un viejo señalador, pensamos además en estos dueños fallecidos hace décadas, honorables señores y señoras de rostros familiares y serios, vestidos con curiosas y muy anticuadas polleras, puños y gorgueras, gente que fue contemporánea de la aparición del Werther, del Götz von Berlichingen y del Wilhelm Meister de Goethe, así como del estreno de las obras de Beethoven.
Entre los viejos volúmenes preferidos de mis bibliotecas hay muchos cuyas presuntas historias constituyen para mí un rico campo para deliciosas y curiosas investigaciones y suposiciones. Al llevarlas a cabo no ahorro demasiado en fantaseos e invenciones, en parte por el gusto de divertirme, en parte porque estoy convencido de que la voluntad de atrapar la historia íntima y verdadera de los tiempos pasados es una obra de la fantasía y no del conocimiento científico. Desde los volúmenes aldinos en octavo del Renacimiento italiano, impresos en lujosa antiqua, hasta las primeras ediciones de Mörike, Eichendorff y la Bettina, para casi cada uno de los tomos de mi colección tengo un primer dueño imaginario. Las guerras, las festividades, las intrigas, los robos, la muerte y el asesinato juegan de vez en cuando algún papel; parte de la verdadera historia mundial, y de las historias familiares inventadas, se relaciona con los antiguos mamotretos, cuyas encuadernaciones, aun cuando se encuentren algo dañadas, no he dejado que toque ningún encuadernador moderno.
Poseo además algunos libros cuyo pasado conozco entero o al menos por algunas décadas. Conozco los nombres de sus antiguos lectores y del encuadernador que los encuadernó en su momento; conozco la mano y el año en que surgieron las anotaciones escritas allí dentro. Conozco las ciudades, las casas, las habitaciones y las bibliotecas en las que estuvieron; conozco las lágrimas que se derramaron sobre ellos, y sé también sus motivos.
A ese par de libros los estimo por sobre todos los otros. Tratar con ellos me ha iluminado más de una hora melancólica; pues a menudo, como el hombre solitario que soy, me veo atacado por la tristeza en medio de la silenciosa compañía de mis bibliotecas, al ver cómo todo aquello que alguna vez fue moderno y nuevo e importante cae víctima del interés frío y compasivamente sonriente de otra época o del olvido, y con cuánta rapidez se extingue el recuerdo de cada uno de ellos.
Entonces este par de volúmenes me habla consoladoramente del misterio del amor, de lo que permanece entre los cambios de épocas. Me ofrece la vecindad, cuando me siento solo, de los elevados retratos de sus amigos fallecidos, a cuya cadena me sumo agradecido y de buena gana. Pues en estos momentos, sentir que uno pertenece, como un miembro subordinado y menor, a una comunidad y a una serie firmes, siempre es mejor y más consolador que la cruel y absurda soledad en el infinito.
De estos libros queridos he elegido ahora uno del que quiero contar su historia, a fin de que acaso se vuelva más valioso para un dueño posterior.
Entre las varias ediciones de Novalis que fui juntando poco a poco, se encuentra una “cuarta, aumentada” del año 1837, una reimpresión en Stuttgart en papel secante en dos tomos. Desde su primer dueño, el abuelo de uno de mis amigos, ha quedado constantemente en manos de gente conocida o emparentada conmigo, de modo que fue tarea fácil averiguar su historia.
2
Era la primavera del año 1838. El jefe de la librería Witzgall en Tubinga ponía cara agria. Su ayudante principal estaba parado a su lado ante el atril y sostenía entre los dedos una esquela del estudiante Rettig, mientras que en el atril estaba abierta la cuenta de libros de dicho estudiante. En esta cuenta estaba asentada, con una letra simpática y números claros, la considerable lista de libros que el estudioso Rettig venía adquiriendo desde hacía siete semestres. Al principio estaban acreditados de cuando en cuando los pagos aislados de algunos florines, pero desde hacía tiempo no había nada escrito del lado del haber, y la suma final, tras restar aquello que había a favor, sobrepasaba por lejos los doscientos cincuenta florines. Al margen de la hoja decía en lápiz: “Dice que pagará en marzo de 1838”. Pero ya era siete de abril, y la esquela manuscrita del estudiante decía:
¡Estimado señor! Acabo de leer su advertencia de estilo algo rudo. ¿Es que soy un perro? ¿Un estafador? No, soy un estudiante de filología y un hombre de honor, aunque sin dinero. Dicho sea de paso, considero una infamia llamar al metal sin alma nervus rerum.1 ¿Usted no? Así que voy a pagarle, solo que no ahora. A fin de que vea usted una prueba concreta de mi buena voluntad, le propongo devolverle como piezas de anticuario la parte de mi biblioteca que ya no necesito y que a cambio usted me acredite una suma adecuada. Con este fin, lo espero mañana entre las dos y las cuatro en mi pieza de Neckarhalde número 8.
El dueño de la librería estaba sumamente disgustado y jugaba con la idea de encargarle el cobro de la vieja deuda al alguacil. Pero el inteligente ayudante lo convenció de aceptar la propuesta de Rettig. Calculaba correctamente que Rettig, como hijo de una familia respetable y persona de talento, debía ser tratado con deferencia, en la medida de lo posible, puesto que sin duda daría un gran examen y tal vez en pocos años ya estaría brillando como filólogo y literato. Se decidió, pues, a tomar en devolución los libros del deudor al precio más bajo que fuera posible, y el ayudante recibió el encargo de efectuar la tasación al día siguiente a la hora señalada y de arreglar todo lo necesario con el estudiante.
A esa misma hora, Rettig estaba sentado en su habitación con un humor sombrío. Su ventana daba, pasando el “Convento” y el “Infierno”,2 a las avenidas y a las suaves cadenas montañosas del Jura de Suabia, sobre cuyas laderas más cercanas ya empezaba a resplandecer el primer matiz verde claro de la nueva primavera. El día estaba despejado por el viento cálido del sur; el cielo azul y las líneas ralas de nubes brillaban con colores fuertes a través del aire transparente y extraordinariamente diáfano. En la calle retumbaban a menudo canciones de camaradería, conversaciones en voz alta, el rodar de los coches y el golpe de cascos de los jinetes que pasaban cabalgando, porque era el primer día soleado de abril.
Nada de esto percibía Rettig. La tienda Witzgall no era algo que lo preocupara sobremanera, pero por estos días le habían llegado advertencias parecidas y aun peores de diferentes lados, de modo que, como centro de atención de diversos acreedores, se sentía como el mosquito en la telaraña. A eso se añadía la preocupación por el examen que debía rendir ese semestre, el miedo al cargo y a la vida laboral que amenazaban para el después, así como el presentimiento de estar despidiéndose de Tubinga, idea que lo atormentaba.
Dándole breves y enfadadas pitadas a la larga pipa de guindo, medio sentado y medio acostado sobre el desgastado canapé, miraba con la frente arrugada las formaciones fantásticas de las nubes de humo que se movían lentas y arremolinadas hacia la ventana abierta. Entre pipas colgadas, litografías y retratos de siluetas, había sobre la pared de la puerta de la luminosa pieza una imponente biblioteca, que junto a clásicos y compendios contenía una colección nada insignificante de obras históricas y literarias. Rettig tenía una marcada inclinación por las letras y participaba desde hacía un tiempo de la vida literaria, en parte mediante reseñas, en parte con pequeños artículos en revistas.
Se levantó suspirando de su cómodo asiento y, con la pipa en la mano izquierda, empezó a examinar su biblioteca. La sección de filología, que de todos modos se reducía a lo estrictamente necesario, debía permanecer intacta. Con enconado dolor, el pobre estudiante fue tomando libro a libro de los estantes inferiores, arrancándose del corazón a uno más querido que el otro, hojeando algunos largo rato y en cada caso reservándose internamente a último momento el derecho a no devolverlo. Por su memoria desfilaron todos los fructíferos semestres en los cuales había ido juntando esta colección volumen a volumen, en los que su espíritu lúcido se había abierto paso rápidamente desde el entusiasmo ingenuo del principiante a la crítica independiente del conocedor.
Sobre el suelo se había apilado ya una moderada montaña de obras escogidas cuando se oyó la puerta y entró un hombre grande y rubio, que se quedó riendo frente al desorden. Era el amigo y colega de Rettig Theophil Brachvogel, actualmente profesor particular de los hijos de la viuda de un profesor.
–¡Salud, Rettig! ¿Qué hechizos, por Estigia, andas practicando ahí? ¿No estarás pensando en hacer las maletas otra vez?
El estudiante dejó tirados sus libros con rabia y llevó a su amigo hasta el canapé. Entre cuantiosas maldiciones y fórmulas clásicas de juramento, le relató el asunto de los libros.
Meneando la cabeza, el profesor particular observaba la diezmada biblioteca, por la que también él sentía lástima. Se puso de pie y tomó entre sus manos el último volumen de los que estaban apilados sobre el suelo.
–¿Qué? –exclamó vivamente–. ¿También el Novalis? ¿En serio, hermano? ¿El Novalis?
–También el vidente de los bellos rizos, en efecto. ¿Qué puedo hacer? Cada volumen que retengo es demasiado.
–No es posible, querido. ¡El Novalis! Justo por estos días te lo quería pedir prestado.
–¡Tómalo prestado de Witzgall! No me voy a quedar con nada, con nada. El rayo no selecciona sobre quién trona.3
–Ah, ahora se me ocurre: te lo compro. El mercachifle te va a dar por esto tanto como nada. ¿Cuánto cuesta?
–Te lo regalo.
–Tonterías, muchacho. ¡Ahora también regalas! Digamos un tálero. Un florín te doy ya ahora, el resto el día de los grandes dineros.
–Bueno, dame. Aquí tienes el segundo tomo.
Brachvogel, que debía irse a lo de sus alumnos, agarró los dos tomitos bajo el brazo y bajó con pocos saltos la escalera angosta y en ruinas, hacia la ciudad. Rettig miró caviloso por la ventana a su amigo y a su Novalis. Ya veía en mente a toda su bella colección dispersándose a los cuatro vientos.
Al día siguiente apareció con puntualidad el amable ayudante de la tienda Witzgall. Examinó todo, evaluó libro por libro y propuso una magra suma, con la que Rettig se declaró irritadamente de acuerdo; luego un mocito cargó todo el tesoro en una carretilla de mano y se lo llevó impasible. Mirando la lista de estos libros, a algunos coleccionistas actuales el corazón les daría un salto. Primeras ediciones, que la moda actual paga en táleros, salieron por treinta o cuarenta cruceros, y hasta más baratas aún.
Triste y enfadado dejó el estudiante su profanada habitación, deambuló malhumorado por las calles y cerró ese día negro bebiéndose en soledad en el León el florín que había recibido el día previo por el Novalis.
3
Por la tarde. En el pesado cielo, el viento cálido del sur arrastraba las rápidas nubes. Reclinado sobre la ventana de una confortable pieza, la fina mano derecha abrazando la cruz de la ventana, Theophil Brachvogel observaba el infinito y tímido vuelo de las nubes, entregado y conmovido, con el alma llena de un gran poema.
Sobre el amplio escritorio, junto a cuadernos, papeles de carta y utensilios de escritura, estaba abierto el segundo tomo del Novalis. Con mucha mayor frescura que el crítico Rettig, el apacible profesor particular había conservado la habilidad juvenil de saborear las obras de los poetas como si fueran un vino dulce, entregándose sin resistencia al río embriagador de su lenguaje sublime, el alma como una cáscara bamboleante repleta hasta el borde de profundo sentimiento, del cual rebasaba de cuando en cuando una pesada y henchida gota e iba desapareciendo como un poema propio.
Hacía unos días lo había atrapado la suave violencia del más profundo y dulce de los románticos, cuyo lenguaje de tonos oscuros, saturado de aromas y presentimiento, arrastraba a su obediente corazón hacia sus blandos ritmos. Es algo que sonaba tan místicamente melodioso como una tempestad lejana en lo profundo de la noche, abovedada por la fuga de nubes y la luz azul de las estrellas, henchida de la tímida sabiduría de todos los misterios de la vida y de todos los tiernos secretos del pensamiento.
Regresó a la mesa y leyó nuevamente el maravilloso pasaje: “Bajo hacia la noche sagrada, inefable, misteriosa. En lo remoto yace el mundo, hundido en una profunda cripta: yerma y solitaria es su ubicación. En las cuerdas del pecho sopla una profunda melancolía. Las lejanías del recuerdo, los deseos de juventud, los sueños de la niñez, las breves alegrías y las vanas esperanzas de toda una larga vida se acercan en vestidos grises, como la niebla nocturna tras la puesta del sol”.
La nostálgica belleza de los himnos nocturnos pasó por el pecho del joven soñador como pasa un relampagueo por una oscura y terrible noche de principios de verano.
Se quedó todavía una hora solo en la habitación silenciosa, ya fuera leyendo, ya fuera andando de un lado al otro, ya fuera observando por la ventana la irrupción de la negra noche de abril. Después salió por la puerta, que dejó abierta, hacia el pasillo oscuro, fue tanteando la pared y luego las escaleras. Arriba golpeó despacio una puerta, detrás de la cual vivía su amigo Hermann Rosius. Encontró al aplicado amigo leyendo su libro preferido, el Gnomon de Bengel.4 El piadoso y sereno estudiante saludó contento al viejo amigo, a quien se sentía apegado con admiración y ternura, y le liberó rápidamente la silla que sostenía los restos de una magra cena. Brachvogel sacó del bolsillo el volumen de Novalis que había traído, lo apoyó sobre la mesa bajo la luz y señaló el título.
–¿Lo conoces? –le preguntó al teólogo.
Rosius negó con la cabeza.
–Solo de nombre –dijo–. Creo que está relacionado de alguna manera con Schleiermacher. ¿Lo estás leyendo ahora?
–Quiero leerte un tramo.
Le leyó el primer himno a la noche. Su armónica voz se adaptaba de manera simple y noble al severo pathos de la poesía. No hay efecto más sublime y puro para cualquier poeta que el instante en que un alma joven y entusiasta comparte su obra con el amigo.
Ambos muchachos se abstuvieron de emitir juicios. En silencio esperaron a que resonase hasta el final el profundo tono de nostalgia del hogar que les había despertado en su interior. La pequeña lámpara de estudio brillaba rojiza a través de la modesta habitación.
Al fin, Rosius rompió el silencio. Habló despacio y con timidez, sonrojándose en la penumbra.
–Creo que es la hora indicada para hacerte una confesión.
Brachvogel no contestó. Solo asintió y dirigió la mirada al rostro abochornado y amable del amigo, que prosiguió en voz baja:
–Hace tiempo que quería contártelo, pero nunca encontraba el momento indicado. Espero comprometerme este verano.
–¡Qué dices! Aunque en realidad no me sorprende, ustedes los teólogos tienen la costumbre de asumir sus cargos ya casados. ¡Pero igual! ¿Y con quién, eh?
–Con una señorita…
–¿Ah, sí? Había supuesto algo parecido.
–Helene Elster. Es una hija adoptiva del administrador de nuestra pequeña ciudad. Pero no hablemos mucho de eso, todo es aún tan incierto.
–¿Y has hablado con ella sobre el asunto? ¿Se mandan cartas?
–¡Qué te piensas! No, no. Pero en las vacaciones de verano le quiero preguntar, y creo que ella va a decir que sí. Incluso tengo la esperanza certera.
–¿Es bonita?
–Oh, sí.
–¡Cuenta! ¿Es rubia? ¿Con sentido musical? ¿Canta? ¿Grande? ¿Pequeña? ¿De espíritu heroico? ¿Un alma mansa?
–¡Así eres siempre, Theo!
–Sí, sí, pero lo que quiero saber es cómo se ve. ¿Tienes un retrato?
–¿Un retrato? ¿Cómo lo podría haber conseguido? No. Tiene pelo castaño y es bastante delgada. Y tiene un corazón… un carácter…
–Rosius, no eres un artista. Pero empiezo de a poco a hacerme una idea de ella.
–Bueno, lo que quería contarte. La vi por primera vez en un café en la casa del asistente. Hace apenas un par de meses que volvió del instituto. Tú sabes lo tímido que siempre soy con las chicas. ¡Y ahora estaba sentada justo a mi lado en la mesa! Quedé completamente hechizado por su voz. Hablaba con la que estaba enfrente sobre música, y de un viaje, y de historias de mujeres. Sabes, una voz… una voz tan especial, clara como una campana y sin embargo con un velo encima. Así es como tengo en la memoria la voz de mi madre. ¡Y además tan bella! No la podía ver bien, pero su mano izquierda estaba todo el tiempo al lado de la mía sobre la mesa. No sabía que una mano así sola también podía ser una cosa tan hermosa.
–¿De qué hablaste con ella?
–Vaya pregunta. Ay, Dios, todo el tiempo estaba deseando que me dirigiera la palabra.
–Pero esa debería haber sido tu tarea.
–No lo sé. Hablaba de una fiesta. De repente giró hacia mi lado y preguntó: “¿Estuvo usted también presente?”. Pensé que me hablaba a mí, pero la pregunta era para el asistente. Contesté: “No”, al mismo tiempo contestó el asistente, vi que me había equivocado y me avergoncé.
–¿Y eso ha sido todo?
–¡Espera! Ese fue nuestro primer encuentro. Después fui invitado a lo del administrador y volví a verla. Ahí me podía mover con mayor libertad que en la casa del asistente, y logré entablar con ella una conversación. Claro que no corrió de manera muy fluida, pues ella hablaba mucho más rápido que yo y salía siempre con algo nuevo cuando yo acababa de preparar una frase adecuada sobre el tema anterior. Es una perfecta dama. Dirigió la conversación para un lado y para el otro, hasta dejarme totalmente mareado. Más tarde la vi en un concierto, un cuarteto de cuerdas en el que tocaba el administrador y también mi tío. Ahí conversó conmigo en confianza, yo estaba muy alegre y agudo, fue un buen día. Desde entonces creo que ha notado mi interés por ella. Empezó a ponerse un poco colorada cada vez que la saludaba en la calle. También pasé con frecuencia por el frente de su casa, y da la impresión de que no le disgusta verme…
No se había hecho tarde aún cuando el profesor particular volvió a tomar su volumen de Novalis y regresó a su pieza en el piso inferior. Allí terminó de leer los himnos, y volvió a leerlos, hasta bien entrada la noche.
A partir de ese momento, la música de cuerdas del tierno y misterioso poeta acompañó su vida a diario durante semanas. Llegó la primavera, los castaños de la avenida reverdecieron, en el parque Schönbuch sonaron los cantos de los pinzones y de los mirlos, y se hizo más grave el murmullo de las copas que se iban colmando de follaje. Durante algunas tardes libres y luminosas, Brachvogel se echaba en el bosque. Las sombras de las hayas y las manchas de sol caían sobre las hojas desplegadas de su libro preferido, las flores interpuestas entre ellas y las hojas utilizadas como señaladores imprimían sus leves huellas. Al margen de los “Fragmentos” surgieron anotaciones reflexivas, insertadas con suaves trazos de lápiz, y las fechas de varios días especialmente bellos y felices en el bosque están inscriptas en la última hoja vacía, algunas también en el texto mismo. Aún hoy se lee en la página 79, junto a la fábula de Jacinto y Flor de Rosa, el siguiente comentario: “Leído por primera vez el 12 de mayo a la vera del bosque sobre Bebenhausen”. En la misma página se conservaron impresas, en líneas pardas, las finas nervaduras de una joven hoja de haya intercalada. La hoja misma ya no está.
También Hermann Rosius leía con frecuencia, en soledad o en compañía de su amigo, de los dos tomos, y le tomó un profundo cariño al refinado poeta. Sin embargo, su espíritu severo y piadoso no siempre podía abstenerse de críticas y reproches frente a los más audaces de entre los “Fragmentos”. Junto a dos aforismos de contenido religioso, su mano escribió al margen pasajes de la Biblia. Muchas veces he pensado en cuáles de los lectores posteriores habrán tenido el suficiente amor y la curiosidad piadosa como para buscar los pasajes correspondientes.
4
El verano llegó inesperadamente rápido, como siempre. Los estudiantes se marcharon en todas las direcciones rumbo a sus hogares o de viaje a lo de amigos o parientes. El aplicado profesor particular, aunque también él había obtenido algunas semanas de vacaciones, se había quedado en Tubinga para trabajar. El tórrido agosto ardía sobre los techos y hervía en los callejones estrechos y adoquinados de la ciudad. El estudiante Rettig había dado su examen y el último día del semestre había ido a lo de Brachvogel, en busca del resto de su tálero por el Novalis.
Brachvogel habitaba ahora, algo aislado, una pieza de vacaciones en el callejón Münz y se sentaba a trabajar en su escritorio o en la biblioteca. En eso llegó una carta de Hermann Rosius trayendo un trozo de vida fresca a su silenciosa existencia. La carta decía así:
¡Amigo del alma!
¿Cómo va tu vida en Tubinga? Me imagino que estará todo muy tranquilo. ¿Fomenta eso tu trabajo? En cuanto a mí, hasta ahora casi que no he tocado un libro. Pero ahora siento un gran deseo de leer a Novalis entero y con calma. Debes traérmelo, o al menos un tomo.
¡Sí, traérmelo! Pues espero que me visites en los próximos días, te lo pido de corazón. El asunto con la muchacha parece progresar, y quiero tenerte aquí, en principio para que compartas mi alegría, pero también para que me prestes apoyo con tu carácter más habilidoso y con tu gran experiencia en sociedad. Soy tan torpe en todo eso… Mi querido padre tiene sitio para un huésped, si nos acomodamos un poquito. ¡Por favor ven sin falta y tan pronto como te sea posible!
El profesor particular leyó la invitación con alegría y decidió aceptarla sin demoras. Riendo y cantando canciones de caminata, empacó ese mismo día su morral. Al solicitado Novalis decidió, tras algunos titubeos, no solo llevárselo al amigo, sino también dedicárselo.
A la mañana siguiente se puso en camino a pie hacia la pequeña ciudad de nacimiento del camarada, ubicada a un par de millas subiendo por el Neckar. La blanca carretera brillaba magníficamente bajo el sol matinal, las bellas orillas del Neckar estaban verdes y fecundas bajo la luminosidad de ese día de pleno verano. Desde alturas de caluroso ascenso, el caminante vio el recorrido reluciente y sinuoso del río extendiéndose a través de los campos de frutas que se iban amarilleando y las huertas en sombras, a menudo rodeadas de empinados viñedos. Las agujas de los campanarios lanzaban centelleos encandiladores desde los pueblos lejanos, en los campos y en las laderas con viñedos se trabajaba intensamente, las montañas más altas del Jura de Suabia, calmas y boscosas, le ponían coto a la vista panorámica.
En el alma fresca y receptiva del joven viajero se reflejaba todo este mundo alegre y colorido de manera abundante y feliz. El recuerdo, la intuición y la esperanza lo fundían imperceptible y armoniosamente con la belleza del mundo visible, y las canciones futuras conmovían, en germen, el sentimiento del alegre muchacho. Era un paseador de nacimiento, vigoroso, ágil, resistente y predispuesto para contemplar desde el lado amable todas las cosas que le salían a su encuentro. También su ojo estaba abierto para las bellezas del paisaje y perceptivo para los delicados encantos de las cumbres montañosas, de la iluminación, de los colores del follaje y de las tonalidades azules de la lejanía.
Mientras avanzaba, recordaba con regocijo las imágenes de viaje en Heinrich von Ofterdingen de Novalis, que ya había leído dos veces. Recordó los conceptuosos y tiernos versos de la “Dedicatoria”, con su enigmática y dulce gracia y su armonía profundamente musical. Tal vez no sabía lo parecido que era él mismo al joven Ofterding de aquel poema. Lo que aún le faltaba para ser un hombre era precisamente lo que le confería a su ser la frescura inofensiva y encantadora. Sobre él reposaba el perfume de la juventud temprana, a la que ningún gran dolor le ha quitado aún la despreocupación para darle a cambio la solemnidad de la madurez.
Bien entrada la tarde llegó a la pequeña ciudad, donde lo esperaba Rosius. Por sobre la maraña de los viejos y los nuevos techos sobresalía el plácido campanario de la iglesia, coronado por una cebolla que le daba un efecto humorístico. Manadas de gansos y patos poblaban las callejas y los rincones de los patios, así como también la suave corriente del Neckar, que cruzaba un puente de piedra de un gris venerable.
El viejo Rosius había sido un pequeño comerciante, o en rigor un mercachifle, pero hacía años que se había jubilado y ahora vivía en una casita nueva de la que alquilaba la mitad, a la que Brachvogel llegó tras preguntar un poco y finalmente entró.
El sorprendido amigo lo recibió con gritos de júbilo, también el viejo y silencioso padre le dio la mano, mientras movía sus labios muy arrugados para componer un anticuado saludo de bienvenida. Hermann llevó luego al huésped a la habitación que debían compartir. Conversando alegremente, el profesor particular desempacó su morral de caminata, que además de ropa interior y una chaqueta contenía los dos tomos de Novalis.
–¡Ah, el Novalis! –exclamó Rosius contento, y tomó uno de los volúmenes, aquel en el que Brachvogel ya había escrito su dedicatoria en Tubinga.
La vio enseguida y abrazó agradecido al donante.
Ni él ni el que recibió el regalo están hoy con vida, pero la dedicatoria de puño y letra de Brachvogel aún se puede leer en la cara interior de la tapa del volumen:
Theophil B. a su amigo Hermann Rosius, en el verano de 1838.
Y abajo:
“El verdadero poeta es omnisciente: es un auténtico mundo en miniatura.” (Novalis)
5
Si en lugar de la historia de mi Novalis escribiera la de Theophil Brachvogel y su amigo, tendría que exponer y contar ahora su estadía de vacaciones, la primera visita y el café con el señor administrador, el primer encuentro de Brachvogel con aquella bella Helene Elster y muchas otras cosas, de lo cual me abstengo de mala gana. Pero debo rechazar la exposición exhaustiva de estos y otros acontecimientos. De lo contrario, me harían falta tomos completos hasta poder llevar mi historia ordenadamente hasta su transitorio final, es decir, hasta el día de hoy.
De modo que observo mi Novalis y busco en él más huellas de la vida de entonces.
La dedicatoria de Brachvogel citada al final del capítulo anterior, que figura en el primer volumen, presenta rastros de que alguien intentó borrarla. La buena tinta había penetrado demasiado profundamente en el papel y resistió la intención de elidirla. Tanto la dedicatoria como el apotegma sobrevivieron.
¿Qué significa para el comprador, el dueño y el lector de un libro antiguo la primera letra raspada con un cortaplumas en una dedicatoria escrita hace sesenta años? Nada. Un afeamiento mínimo, que fácilmente puede subsanarse pegándole algo encima.
Pero yo no dejé que le pegaran nada encima. Para mí y para nuestro relato significa un capítulo entero, uno oscuro y doloroso, cuya redacción se me hace difícil, puesto que hace tiempo que guardo un silencioso amor por las manos y los destinos con los que por entonces entró en contacto mi libro.
Tres semanas después de aquella entretenida tarde de su arribo, el profesor particular Brachvogel ya no era la misma persona juvenilmente despreocupada e ingenuamente alegre de antes. Había experimentado alguna de esas cosas que, vividas a toda velocidad, nos envejecen más que toda una serie de años tranquilos. Había ganado una felicidad, una culpa y una pena, pero perdido un amigo y una juventud. El Novalis había vuelto a ser de él, y él mismo había intentado borrar la dedicatoria aún fresca.
Se había comprometido con Helene Elster, y el pobre Hermann Rosius había perdido a su amigo y a su amada el mismo día. O no el mismo día; pues después de que se rompió la amistad, se desató por la bella muchacha una breve pelea, oculta y desesperada. La victoria quedó en manos del apuesto y vital Brachvogel, y la encarnizada rivalidad de los amigos del alma ahora enemistados se transformó, sobre todo del lado del pobre teólogo, en un amargo y triste devenir de renuncia y pérdida.
¿Había cometido Theophil una traición? Él mismo padecía esta pregunta, y su respuesta era sí y no al mismo tiempo. Sí, porque ya al primer día después de haber hablado con la muchacha él podría haber huido, dejando al amigo con su antiguo derecho. Más tarde ya no se podía hablar de traición o de algún pecado consciente, lo justo y lo injusto y también la amistad se habían fundido y olvidado en el fuego de la pasión imperiosa.
A veces he reflexionado sobre cuánta culpa le cabe; y en mi opinión, su culpa no es pequeña, porque no sé de nada más sagrado e intocable que una amistad profunda entre muchachos. Pero Theophil era joven, y puede que todo su ser haya estado apremiado durante aquellos años por el decisivo amor de una mujer. ¿Y quién quiere hacer el cálculo de con cuánta fuerza, pese a su felicidad, se vengó de él la amistad traicionada?
Tengo para mí que su corazón, no acostumbrado al sufrimiento y a no tener razón, debe haber temblado cuando Rosius le mandó de vuelta, con otras pequeñas reliquias de su amistad, el libro que le había regalado, ese libro con el que habían pasado juntos tantas horas de ricas ensoñaciones. Y tengo para mí que su corazón tembló cuando estuvo de nuevo sentado en soledad en su vivienda de Tubinga e intentó en vano borrar la dedicatoria de la tapa del libro, tan en vano como borrar de su corazón el recuerdo envenenado de su antiguo lazo de amistad. Pienso también que le debe haber leído uno de los poemas o fábulas de Novalis a su prometida, que a menudo se quedaba de visita en Tubinga. ¿Cómo se habrán sentido él y ella, cuando ella agarró por primera vez el libro y vio la dedicatoria y aquel nombre y el intento de borrarla?
Rosius encontró dos años más tarde otro amor, y el casamiento tuvo lugar pocos meses después del de Brachvogel, en el año 1842. La vida del cargo público y de la familia ocupó el tiempo de ambos amigos, los recuerdos se hicieron más suaves y pálidos, pero ellos no volvieron a verse, y el uno solo escuchaba del otro por casualidad de tercera mano.
Debido a la vida hogareña satisfactoria y ocupada, también es probable que el sereno poeta haya quedado casi en el olvido, muchos años pasó con poco uso en la biblioteca de la casa de Brachvogel. En esas décadas empezaron a morir paulatinamente los viejos admiradores de aquella poesía del primer romanticismo, sin que los siguieran nuevos. Entre la juventud que surgía por aquel tiempo, pocos conocían de Novalis más que el nombre, incluido el hijo adolescente de Brachvogel, que a pesar de ser lector dejó los dos modestos tomos intactos en la biblioteca paterna. Parecía que al poeta enterrado hacía cincuenta años se le había pasado su momento de gloria. Le había llegado a todas luces la época de anticuarse, ese veloz y triste hundimiento que comporta pasar de ser ridículo a ser aburrido y de ahí a ser definitivamente olvidado.
Así quedó nuestro libro durante diez, veinte años. Sus hojas adquirieron una suave pátina cremosa, ese noble óxido de los libros envejecidos que precede al amarilleamiento. Pero el tan injuriado papel secante se mantuvo de manera magnífica. Tan poco noble como era, hoy se ve aun más fresco y blanco que la mayoría de las calamitosas impresiones de los años setenta y ochenta, que a uno se le vuelven marrones entre las manos.
6
Por alrededor de veinte años, los dos sencillos tomos en dieciseisavo permanecieron quietos en su estante de la biblioteca sin que nadie los quisiera. ¡Qué son veinte años en la historia de un buen libro! Tal vez no descansaban del todo, tal vez el muy ocupado profesor y padre de familia los tomaba de vez en cuando del estante y deslizaba sus ojos severos por las hojas ya envejecidas, cuando por las noches lo invadían en su mesa de estudio los recuerdos y la nostalgia de la juventud.
Quizá se sorprendía afligiéndose por lo rápido que el tierno poeta había desaparecido de la consideración del mundo y por lo poco que su nombre aparecía aún en boca de alguna persona; no sospechaba que décadas más tarde la seria belleza de esta poesía encontraría nuevos amigos y enérgicos admiradores y difundidores. Pienso que en una de estas horas de remembranzas fue que escribió en media página vacía del segundo tomo los versos que a menudo he leído allí con emoción:
Cómo sopla desde tus dulces rimas
un aroma de la juventud hacia mí,
que en coloridos sueños de poeta
tan fácil e imperceptible se me escurrió.
Eres para mí, como de los días de mayo
en otoño, el saludo tierno de las flores,
serio y en voz baja me quieres decir
cuán lejos ha quedado mi juventud.
A veces también la bella señora de la casa tomaba tal vez el Novalis. No lo sé, pero me gusta creerlo, pues en su retrato, que he visto algunas veces en mis épocas de muchachito, tiene en su noble rostro ese tierno rasgo soñador del espíritu en el que adivinamos el alma inclinada hacia lo bello. Me produce regocijo pensar que ha sostenido a veces los tomitos marrón claro con sus blancos dedos.
Como sea, el libro quedó en casa de Brachvogel y seguía estando allí cuando el hijo de la casa, en el año 1862, escribió sobre el tema desde Tubinga. Era filólogo como su padre, y en el transcurso de algún estudio sobre historia de la literatura debe haber oído hablar ocasionalmente sobre Novalis. Ahora le enviaron las obras desde su casa.
Nuestro ejemplar no presenta rastros que permitan deducir un fuerte uso por entonces, ante todo no hay ninguna anotación de aquellos años. Al parecer, el poeta causó poca impresión entre los estudiantes avanzados de aquella época antirromántica. Bajo su posesión, el libro dormitó como dormita una piedra preciosa, en tanto que ningún haz de luz despierte su fuego oculto. Incluso parece haber sufrido por momentos algunos abusos, pues a esa época en Tubinga le atribuyo el descuido de las encuadernaciones, que presentan algunos círculos y semicírculos borroneados, como si les hubieran apoyado vasos encima. De todos modos, mi Novalis estuvo aún algunos años en posesión del joven Brachvogel y hasta vivió su semiconversión.
Este Brachvogel hijo era un espíritu frío y crítico, una persona un poco especial ya desde joven. No bien rindió su examen en Tubinga, su padre murió repentinamente tras una breve enfermedad. La madre ya había fallecido un año antes, aún bella y admirada por sus amigos después de un matrimonio de veinticinco años. El joven estudioso se vio de pronto huérfano y dependiendo de sí mismo. Arrastrado por su inclinación, y gracias a la autonomía que le confirió una herencia considerable, abandonó enseguida su patria y viajó en soledad hacia el sur. Debe haber sido solo por casualidad que al vender la biblioteca paterna el Novalis quedara separado y terminara dentro de su maleta de viaje.
De los años sucesivos me dio exacta cuenta el diario íntimo que Brachvogel llevó adelante con bastante esmero durante su tiempo en Italia. Pero solo en las últimas páginas se habla al pasar de nuestro Novalis. Brachvogel estuvo varios años en Roma, visitó el sur de Italia y Sicilia y parecía pensar poco en su patria y en el pasado. Al menos su diario informa únicamente sobre cuestiones italianas, estudios y viajes, y roza el recuerdo de los padres casi exclusivamente cuando vuelven las fechas de sus respectivos decesos. En el quinto año de su ausencia, sin embargo, un soplo de nostalgia por el hogar parece conmover de cuando en cuando el corazón del solitario.
Por ese entonces se había instalado por varios meses en Venecia, donde investigaba en las bibliotecas, mientras que día a día el mundo era sacudido cada vez con mayor intensidad por las noticias de la guerra francesa. Aunque esto no haya conmovido con fuerza al peculiar erudito, el hecho de que se le recordara más que de costumbre su lejana patria hacía que hubiera horas en que se veía sorprendido por pensamientos sobre su juventud y recuerdos de su hogar. En uno de estos momentos, volvió a caerle en las manos por casualidad el poeta del todo olvidado. El diario informa de manera escueta y cruda:
Entre los novelones del cajón inferior encontré hoy el viejo Novalis y sentí ganas, después de años, de leer de nuevo algo de ese estilo. Entre los fragmentos me llamaron la atención algunos ingeniosos, entre mucha confusión y extravagancia. Luego empecé a leer el extraño Ofterdingen.
Y diez días más tarde:
Proseguí con la lectura del Novalis hasta el final de la primera parte de Ofterdingen. Hacía mucho que no leía a un poeta alemán y ahora no me puedo sustraer del todo a la extraña impresión que me ha dejado.
7
Parece que Brachvogel le guardó fidelidad al poeta por un largo tiempo. En todo caso, un día en que estaba en Florencia volvió a tomarlo en la mano y encontró la fábula de Jacinto y Flor de Rosa. Halló también aquel pasaje en el que más de treinta años antes su padre había inscripto la fecha de un día de mayo en Bebenhaus, y escribió al lado: “Settignano, junto a Florencia, 19 de junio de 1873”.
Ahora bien, en Florencia tenía un amigo. Era un alemán, de nombre Hans Geltner, que estaba casado con una toscana. Este amigo estuvo sentado en el invierno de 1874 junto a la cama de convaleciente de Brachvogel en el hospital y lo vio morir allí el 2 de marzo de 1875. Junto con un par de otros libros alemanes, heredó también el Novalis, que volvió a quedar olvidado y sin uso durante años en su estante.
Durante estos años, creció en la casa de Geltner una hija bella y rubia, que yo mismo he llegado a conocer bien. Era delgada y de una belleza totalmente alemana, y encontró puntualmente algunos admiradores.
También a mí, cuando por ese entonces llegué a Florencia y visité a los Geltner, me saltó a la vista su constitución bella y simple, de modo que muy rápidamente y sin vacilaciones preferí a ella antes que a las madonne del Quattrocento, por amor a las cuales había viajado hasta el lugar. Sucedió entonces que iba casi a diario a la casa, a menudo con amigos alemanes, a menudo solo.
Un día me topé con el Novalis en dos tomos. Geltner quedó sorprendido cuando le conté que en los últimos tiempos el romántico aparentemente desaparecido había vuelto a ser admirado y leído en Alemania. Pasábamos algunas tardes en el pequeño jardín cercado, sentados a la sombra alrededor de la mesa de piedra, y yo les leía en voz alta los finos y profundos poemas del viejo Novalis. A través de esta lectura solía entablar conversaciones con la hija María, y en estas conversaciones llegamos a intimar a tal punto, que de día a día me iba sorprendiendo a mí mismo por no haber hablado aún con ella sobre amor. Fueron bonitos días de cuentos de hadas, como no he conocido ninguno desde entonces.
Por esta época llegó a Florencia mi amigo Gustav Merkel. Nos saludamos con cariño y vivimos los primeros días el uno para el otro. Él era una persona querible y alegre, ágil, bonita, ingeniosa, a la vez que bondadosa, y juntos hemos bebido alegremente algunos vinos de campo en botellas fiasco mientras conversábamos y cantábamos.
Pronto la añoranza de Maria me llevó de vuelta a su casa. Llevé conmigo a Merkel, que les cayó bien y que pronto pasó a visitar a los Geltner casi a diario, como hacía yo.
Una tarde, leí allí en voz alta Los aprendices de Sais. En la conversación posterior, Gustav hizo un chiste poco respetuoso sobre Novalis y su poesía, que me dolió. Como para mi sorpresa Maria no lo contradijo, sino que incluso se rio con él, me contuve y guardé silencio. Pero cuando Gustav se marchó, me acerqué a ella en el jardín y se lo reproché. Maria mostró un poco de desconcierto y esquivó mi mirada.
–Tiene usted razón –dijo–. Pero mire, su amigo es demasiado listo y sobre todo demasiado gracioso como para que se lo pueda contradecir. No pude evitar reírme con él, así de simple. ¿Y para qué debería haber empezado una pelea con huéspedes tan respetables?
–¿Pero no fue como una traición, Maria?
–¡Qué raro es usted! –dijo. Y luego–: Andiamo!
No dijo nada más. Pero cuando le di las buenas noches y me encaminé lentamente por el Corso dei Tintori hacia mi casa, me sentí feliz de jamás haber hablado con Maria sobre mi amor, y pasé una mala noche.
Todo siguió su camino de manera rápida y tranquila, y yo lo observé con una curiosidad extrañamente tensa. Vi cómo Gustav era invitado cada vez con mayor frecuencia a quedarse a comer y cómo pasó a sentarse junto a Maria. Vi cómo paseaba con ella en las tardes por el jardín, lo vi en la Badia confeccionando una copia a lápiz de la bella cabeza de san Bernardo de Filippino Lippi y lo vi en las tiendas de antigüedades comprando viejos objetos esmaltados para luego regalárselos a ella. Y un día vi también, sobre mi escritorio, la tarjeta de invitación a su fiesta de compromiso, escrita por la propia Maria. Afuera se escuchaba el fuerte ajetreo urbano de la alegre ciudad de Florencia y a través del aire cálido corrían nubes claras y livianas jugando tiernamente, mientras que yo me quedé sentado largo rato leyendo una y otra vez las líneas amables, breves y escritas con encantadora simpatía de la tarjeta de invitación. A la tarde fui y los felicité.
Una vez más surgió en este contexto el Novalis, eso ocurrió a la tarde del día siguiente. No la he olvidado. Estábamos aún sentados comiendo frutas y charlando, aunque yo no participaba mucho. Desde hacía un cuarto de hora que cortaba, distraído y triste, un durazno grande con un diminuto cuchillo para frutas cuyo mango de bronce tenía la forma de la flor de lis del escudo de Florencia. Entonces Gustav se levantó de su silla, trajo el Novalis y empezó a hojearlo.
–Debo demostrar que no soy un bárbaro –dijo sonriendo–, sino que también le he encontrado su atractivo a su viejo simbolista. Por estos días estuve leyendo el libraco y me topé con un poema maravilloso, que ahora quiero leerles, y sobre todo a ti, Maria.
El corazón se me encogió, pues intuía qué poema sería: el mismo que alguna vez yo había pensado en leerle a la bella Maria cuando se diera la oportunidad. Pero nunca me había animado.
Y así fue. Él leyó, y Maria mantuvo sus ojos grandes y bellos fijos en él mientras sonreía, y yo, que no participaba, sufrí en ese minuto más que en todos los días precedentes. Leyó:
En mil cuadros yo te veo, María,
tan amorosamente dibujada,
pero ninguno de ellos dice nada
de cuán hondamente mi alma te admira.
Solo sé que este bullicio mundano
desde entonces se esfuma como un sueño
y un cielo indecible de azucarado
se hizo por siempre de mi ánimo dueño.
Mi crónica se acerca a su fin, y hubiera preferido cerrarla con los queridos versos de aquella bella canción a Maria. Pero aún debo contar que apenas tres meses más tarde tuvo lugar el casamiento. Gustav viajó con Maria a Suiza y se la llevó a fines de otoño a Alemania.
Para aquel momento, hacía mucho que yo me había despedido de Florencia y de Maria y le había pedido a Geltner que me diera como recuerdo el Novalis, que él me dejó con gusto. Desde entonces que está en mis manos, me ha acompañado en algunos viajes y se encuentra ahora ordenado dentro de mi colección de románticos, justo entre los poemas de Sophie Mereau y las obras del pintor Philipp Otto Runge.
Fue mi culpa que entre Gustav Merkel y yo tuviera lugar un distanciamiento, al que además contribuyó la separación geográfica. Al menos yo no tenía ánimos en aquel entonces para responder sus cartas, de modo que también él se cansó y guardó silencio.
Pero esto duró nada más que un año y medio. Después ocurrió lo horroroso: en medio de su felicidad, la bella Maria se accidentó durante una excursión de verano en góndola y falleció. Gustav volvió a acercarse a mí y desde entonces hemos compartido como hermanos el recuerdo de ella y de aquella época en Florencia, y de todo lo que nos fue caro de nuestros años de juventud y poco a poco se va perdiendo en la distancia.
(Hacia 1900)
Notas
1 “El nervio de las cosas”, frase de Cicerón. (Todas las notas son del traductor.)
2 El seminario donde se alojaban los estudiantes y el decanato, respectivamente.
3 Verso de “La canción de la campana” de F. von Schiller.
4 Versión anotada del Nuevo Testamento del pietista Johann A. Bengel publicada en 1742.
Karl Eugen Eiselein
Schorsch Eiselein, vendedor de mercancías de las colonias en Gerbersau, tenía una tienda que le permitía vivir de manera digna y confortable y que le generaba pocas preocupaciones. También tenía una mujer pequeña y lista, con la que estaba más que satisfecho, y aparte un pequeño hijo, predestinado a cosas grandes, tanto por el padre como por la providencia, y que por eso le generaba muchas preocupaciones.
Este hijo se llamaba Karl Eugen, y algo significaba que desde chico no fuera llamado Karl o Eugen sino siempre con el ostentoso doble nombre de Karl Eugen. Correspondiéndose con ello, el pequeño exigía trabajo y cuidados como para dos, gritaba por dos y necesitaba pañales y ropa para dos, hasta que de a poco llegó a la edad en que los progenitores desean experimentar alguna alegría con su retoño. El niño no los defraudó: quedó a la vista que no se contaba entre los tontos y que estaba capacitado para una educación superior.
El señor Eiselein estaba muy feliz. Los campos de la educación clásica le habían quedado dolorosamente vedados, por lo que tanto mayor era su deseo de ver a su hijo atravesando ese extraño mundo. De ahí que un día se puso su pantalón de fiesta, su chaqueta bordada y una camisa limpia de cuello, acarició con ternura la rubia cabellera del niño aplastada y peinada con raya y lo llevó a la escuela de latín, donde se lo entregó en custodia al ayudante de profesor Wurster.
Desde entonces, el joven Karl Eugen siguió el camino de un latinista normal de Gerbersau. Durante un año lo dirigió el ayudante Wurster, un hombre manso y sonriente de rizos anticuados y pantalones estrechos; luego se lo pasó al preceptor Dilger, un gordo de talante irritable con una larga caña de bambú y horribles arrugas en la frente; y al año siguiente se hizo cargo de él el doctor Müller, un elegante dandi de finos modales.
El muchachito mostró ser inteligente y pasaba sin problemas de una clase a la siguiente. No tan sin problemas, ni tan bien parado, salió de otros largos asuntos y pesquisas, que tenían por objeto el robo de manzanas, faltas de respeto frente a los profesores, faltazos a la escuela y mal comportamiento en la iglesia. Si bien dominaba de maravillas el arte de esconderse tras otros y de alegar circunstancias convincentemente atenuantes, igual tuvo que pasar algunos miércoles por la tarde en arresto escolar y volvía con bastante frecuencia apaleado y reprendido y lamentándose a casa, donde el padre lo recibía con consuelos y simpatía, volviéndole rápidamente a contraponer una mirada alegre de la vida.
Todo esto no obstante, a la edad de once años Karl Eugen Eiselein desapareció un día sin dejar rastros, junto con cuatro táleros de la caja de la tienda del padre, medio pan de azúcar y dos compañeros de escuela, cuyos consternados padres unieron sus lamentos a los del comerciante.
Cuando llegó la tarde y los niños seguían sin aparecer, se enviaron mensajeros a los cuatro vientos y se revisó el río entero clavándole palos, y cada vez que los palos se hundían, el grupo de niños espectadores se estremecía entero, a la espera de que al momento siguiente apareciera un ahogado clavado en la punta de la lanza. Pero no apareció ninguno.
En su desesperación, el señor Eiselein se había pasado toda la tarde dando vueltas. Volvió a altas horas a su casa, desconsolado, y dejó a un lado, con tristeza, el plato de sopa que le había calentado su mujer. Pero la pequeña mujer, por muy tranquila e indulgente que fuera en general, volvió enseguida a ponerle el plato adelante, le encajó la cuchara en la mano y le dijo con mucha determinación: “No quiero haber calentado la comida en vano, ahora comes. El granuja ya volverá, cuando le agarre hambre. ¡Sé bueno ahora y come!”. Y el padre estaba tan afligido e indefenso que ni siquiera se rebeló, sino que tomó en silencio la cuchara y comió hasta que no quedó nada. Esto es algo que la mujer no había esperado, y deduciendo de ello su desesperación, también ella se sintió oprimida y con miedo, y ambos se quedaron sentados la tarde entera a la mesa, sin decirse nada y entregados a pensamientos sombríos.
Por la noche, pasadas las once, la campana de la casa emitió un sonido breve y fuerte y enseguida uno más fuerte y osado, y delante de la puerta esperaba avergonzado Karl Eugen. Luego de averiguar que sus camaradas también habían vuelto y aún estaban con vida, lo dejaron irse a dormir. Antes de que el aliviado padre tomara el apagavelas desde la cama, su osada esposa tosió y dijo: “Schorsch, si mañana no le das al niño una buena lección, se la doy yo”. Él suspiró, apagó la luz y por largo rato no pudo dormir.
Al día siguiente, todo salió claramente a la luz y se descubrió que el principal instigador había sido el peligroso Fenimore Cooper. Los muchachitos habían decidido abandonar en grupo el viejo y aburrido mundo y visitar las tierras de los mohicanos, donde los compañeros de la juventud no son la caña de bambú y la gramática sino el cuchillo indio, el hacha de guerra y el fusil. Todo podría haber salido bien, pero la noche había sido demasiado fría y en el bosque ninguno sabía cómo seguir, aun cuando uno se llamaba Explorador de Caminos, el otro Ojo de Halcón y el tercero Caminante de los Bosques. De los cuatro táleros se habían invertido tres batzens en una pistola de lata y siete para una navaja espantosamente larga, el resto se encontró íntegro y solo permaneció como enigma el paradero del pan de azúcar.
Todo ese día, la madre de Karl Eugen estuvo dando vueltas tensamente, y cuando llegó la cena y aún no había pasado nada, bajó a la tienda del padre. “Hasta que el pequeño no reciba su tunda, tampoco recibe nada de comer”, dijo con énfasis, y el marido entendió que existen deberes a los que nadie puede sustraerse, y leyes universales a las que estamos sometidos sin que podamos resistirnos. Acto seguido también el hijito hizo la misma experiencia; pero mientras que el padre se conformó con suspiros, aquel dio rienda suelta a sus sentimientos y a sus lágrimas del modo que lo hace la juventud, elevando incluso unos gritos de aflicción tan estremecedores que el azotador se detuvo después de unos pocos golpes, feliz de que Karl Eugen volviera a ponerse de pie y se dejara convencer de comer algo.
La aventura tuvo como consecuencia que en la escuela de latín se confiscaran más de treinta libros sobre los indios, que a los tres americanitos el maestro del curso les impartiera un adecuado sermón de castigo con arresto y que luego también cayeran víctimas de la despiadada burla de los compañeros de escuela, y que el pequeño Eiselein hiciera por un tiempo examen de conciencia y durante varias semanas pasara a ser un alumno ejemplar. Poco a poco, los libros apropiados fueron reemplazados por otros, los castigados se sobrepusieron al sermón y al arresto y también el alumno ejemplar volvió a desaparecer como un espejismo; solo la mofa de los compañeros perduró por largo tiempo.
Llegaron los años en los que suele mostrarse si un alumno tiene ganas e idoneidad para los altos estudios o si es más aconsejable dejar que olvide su latín en una tienda de comercio o en una escribanía. Con el joven Eiselein no cabían dudas de que estaba destinado para lo primero. Sus cuadernos eran pulcros y presentaba buenos boletines, sus trabajos de redacción tenían ímpetu y fuego, al igual que sus declamaciones, y en la fiesta de fin de curso de la clase superior dio un discurso preparado por él mismo ya con quince años, que el rector escuchó con una sonrisa en los labios y que al comerciante, que lo escuchaba absorto, le hizo asomar una lágrima en su ojo paterno. Estaba decidido a ponerlo como residente en el liceo.
Antes de eso hubo un par de semanas de vacaciones, y en este tiempo Karl Eugen mostró los primeros testimonios de su talento como poeta. Es que tuvo lugar el cumpleaños de su tía abuela, la familia Eiselein estaba invitada y, durante el café, el joven presentó un poema, cuya belleza y extensión causaron asombro en todo el público de la fiesta. Al ser consultado por su padre, el pilluelo dijo que hacía ya un año o más que había compuesto un montón de poemas y que sabía desde hacía mucho que había nacido para ser poeta y nada más que poeta. El asombrado padre oyó esto con tanta extrañeza como orgullo. Pues si bien nunca había dudado de las dotes extraordinarias de su hijo, este temprano y osado vuelo de la joven águila le resultó curiosamente sorpresivo. En parte para recompensarlo, en parte tal vez también para ponerlo en la vía correcta, le compró y regaló al joven las obras de Theodor Körner, encuadernadas en tela roja, y una vieja biografía, igual de bellamente encuadernada, aunque de precio más reducido, de Gotthold Ephraim Lessing.
Por la época de estos acontecimientos, el ya confirmado Karl Eugen había perdido por completo el aspecto infantil, así como los mofletes y los pantalones cortos, y se había transformado en un jovencito delgado, silencioso y bien vestido, que se tenía en algo y que a cada uno que lo trataba aún como un niño y le hablaba de tú le sabía contraponer una postura irónica, cuyo efecto, aun cuando él mismo lo sobreestimara, resultaba innegable. Sus zapatos estaban siempre relucientes, su paso era parsimonioso, la raya del pelo lisa y cuidada. El liceo capitalino no iba a tener nada para avergonzarse de él. Adelantándose a los hechos, ya durante las vacaciones se había sumergido profundamente en el mundo homérico y había leído la mitad de la Odisea, aunque en la traducción de Voss. La habría leído completa si no se hubiera interpuesto el Körner encuadernado en tela roja.
Las vacaciones llegaron a su fin, esta vez no para desazón de Karl Eugen, que esperaba con alegre impaciencia el viaje a la ciudad y el ingreso al liceo. Mientras que en los últimos días el señor Eiselein trataba a su hijo con duplicada ternura y esmero, sintiendo ya de antemano un dolor de despedida mezclado con orgullo, la madre se mantenía callada y diligentemente ocupada comprando y empacando, lavando y planchando, remendando y cepillando lo más necesario. El anteúltimo día, el estudiante, vestido con su chaqueta negra de confirmación, hizo una serie de visitas de despedida a parientes, padrinos, profesores y buenos amigos, tomando consejos, regalos y felicitaciones, apretones de mano y bromas con una sonrisa cortés y llevándose en el pecho los sentimientos de un joven aspirante a oficial que marcha a cumplir su gloriosa misión en la guerra. La firme intención de ya en las primeras vacaciones volver a su casa cambiado, más adulto y distinguido, le confería una superioridad discreta de delicados matices.
Llegó entonces la hora de la despedida y de partir. Había venido a buscarlo el director de una pensión para muchachos de la capital, en cuya casa iba a alojarse Karl Eugen. La madre sonreía, le hacía señas de despedida con la mano y le dio aun algunos consejos, revisó el equipaje y lanzó miradas escudriñadoras al señor de la pensión. El padre en cambio estaba triste de perder a su favorito y a la vez también orgulloso de verlo encaminarse hacia una carrera y un futuro brillantes, y la mezcla de estos sentimientos le trabajaba con tanta fuerza las facciones, que su rostro se puso todo azulado y su aspecto parecía conmovido, como si el buen hombre se estuviera arrepintiendo de los desenfrenos más irresponsables.
–Pues bien, distinguido señor, no se preocupe usted, su hijo queda en buenas manos –le aseguró el amable y desconocido señor varias veces, mientras que Eiselein padre lo observaba como si aquel le hubiera transmitido su pésame por una defunción.
El forastero alzó gentilmente su sombrero, y un último y fervoroso apretón de manos hizo temblar al hijo. El tren se detuvo y ellos se subieron, y el tren lanzó un silbido y olía a humo y a aceite y volvió a partir, tan rápido que ya casi se había perdido de vista cuando Eiselein padre encontró su pañuelo de colores, lo extrajo y lo desplegó para saludar. Ahora el paño de dimensiones considerables ondeaba como una pequeña bandera en los aires, y con su fondo amarillo dorado y el estampado blanco y rojo se veía alegre y agradable, como si la casa de los Eiselein hubiera experimentado en el día de hoy nada más que alegría. Mientras que el muchacho resistía, no sin sentimientos desagradables, la conversación del señor, cuya amabilidad y sonrisa parecían haber quedado tirados en la estación que acababan de abandonar, los padres se volvieron despacio y sumidos en sus pensamientos, pero pensamientos de distinto tipo, hacia la ciudad y hacia su tienda de delicatessen.
–Oye, el señor de la pensión no me ha causado mala impresión –dijo ella.
–Sí, sí, fue muy amable. Sí, señor –dijo él.
Ella guardó silencio. En su interior cifraba sus esperanzas no en la amabilidad de aquel hombre, sino en lo que había creído notar en él de severidad y de carácter determinado. Y cuando también ella lanzó ahora un suspiro, pensaba sobre todo en la cantidad pecaminosa de dinero que les costaría su hijo, pues la pensión no era barata.
Tras la partida del muchacho, la casa se vio invadida por una gran tranquilidad, a la vez que por una tregua en el lento desplazamiento del reparto de poder, que ya había comenzado. Desde la historia con los indios, se había repetido con frecuencia el caso de que la señora Eiselein tratara al chico de manera más masculina que su esposo, plantando una lanza para el salvataje de la autoridad parental. Así, el poder hasta entonces indiscutido del señor de la casa había ido cediendo cada vez un granito del platillo de su marido hacia el platillo de ella, de modo que el fiel de la balanza acabó inclinándose de manera imperceptible pero segura hacia el lado de la mujer.
Tras una semana llegó la primera carta desde la capital. Contenía ante todo una enumeración de las calles y monumentos más bonitos, un apartado no muy claro sobre la lengua de Homero y el pedido de un poco más de dinero, puesto que eran necesarias algunas pequeñeces en la escuela y fuera de ella.
La madre lo creyó innecesario, pero el padre entendió perfectamente el deseo del hijo e insistió en no negarle enseguida su primer pequeño pedido, ahora que debía vivir entre gente extraña. La madre reclamó a cambio que Karl Eugen llevara un cuadernito con sus gastos e informara sobre estos mes a mes. Se lo dijo por escrito. El estudiante respondió que le resultaba imposible invertir su tiempo en contar centavitos, que él no era un mercachifle. Las expresiones mercachifle y contar centavitos estaban subrayadas.
A esto la madre respondió de manera concisa y clara, sin subrayados, que bajo estas circunstancias debía arreglarse con la suma anterior. No terminó en eso, sino que el hijito empezó entonces a llevar prolijamente sus cuentas y nunca se olvidaba de presentar a tiempo sus planillas, cuyo contenido sin embargo generaba por momentos dudas y sacudimientos de cabeza.
–Con los lápices y reglas que vuelve a decir que ha necesitado se podría calentar un hornito –suspiraba la madre.
Y suspiró de una manera muy distinta la primavera siguiente, cuando hubo que comprarle al hijo un traje nuevo y caro, que costaba el doble de lo que hubieran tenido que gastar si lo hacían en casa. Karl Eugen se lo había mandado a confeccionar sin consultarlo y respondió a la carta indignada de su madre con mucha tranquilidad, diciendo que la vestimenta era en nuestros climas nórdicos algo necesario y que él no podía andar por ahí desnudo ni con pinta de vagabundo.
Tampoco se veía en absoluto como un vagabundo cuando poco después regresó para las vacaciones de Pascuas. Al elegante traje nuevo lo completaban un fino sombrero blando, un par de puños y un cuello alzado duro. Cuando la mamá le reprochó estas cosas nuevas y al final le pidió que rindiera cuentas por ellas, el bribón se encogió de hombros y puso cara sumisa.
–¿Qué se le va a hacer? –lamentó–. Y eso que estas cosas son bastante simples. En mi pensión hay uno que paga por cada traje ochenta o noventa marcos.
Así logró el elegante encandilar al menos al padre, de modo que no se volvió a hablar del tema. Se comportó de manera grácil, conversó y contó cosas con suma simpatía y los boletines que había traído estaban en orden. Pasaba gran parte del día componiendo poemas, pero en secreto y sin mostrarle sus logros a nadie. En la calle saludaba a todos los conocidos con una amabilidad casi cariñosa y observaba las callejas, las casas y a la gente con un interés amistoso y despreocupado, en todo parecido a un forastero al que la casualidad ha conducido por un breve rato a esta localidad pequeña y anticuada.
Durante sus vacaciones de Pascuas tuvo lugar también el primer y curioso amorío de Karl Eugen. Un día le contó un compañero de escuela que en lo de su hermana estaba de visita una muchacha de dieciséis años de Karlsruhe, “una chica fina, te digo, y de una belleza colosal”. Desde ese momento se empeñó en vivenciar por sí mismo ese deleite para los ojos, y estaba ya de antemano completamente dispuesto a enamorarse de ella. Pero tuvo mala suerte, y cuando la bella de Karlsruhe volvió a marcharse unos días más tarde, ni había logrado verla. Pero su deseo se había despertado, sus pensamientos viajaban ya con aquella extraña, estar enamorado le parecía de todos modos algo loable y útil para un joven poeta, y así fue que se enamoró de la nunca vista, ni peor ni menos que otros muchachos se enamoran de sus chicas. La carpeta con los versos creció como un arroyo alpino en primavera, hasta que finalmente reventó y tuvo que ser reemplazada por una más grande.
No te vi y sin embargo te conocí.
No te conocí y sin embargo te amo a ti. Etcétera.
Algunas veces llegó incluso a llorar mientras escribía. Era una desgracia. Lo mismo creyó el señor Eiselein, cuando le cayeron por casualidad algunas de las hojas en las manos. Dos de ellas ya habían sido usadas para envolver salamines, con la tercera le llamó la atención la letra, la reconoció ex ungue leonem,1 y leyó los versos de amor de su hijo con creciente espanto, pues Karl Eugen hablaba allí de sí mismo como de alguien que ha caído irrecuperablemente en una pasión desdichada y deambula por el profundo valle de la desgracia, etcétera. El debate fue embarazoso para ambas partes. El padre tuvo que reconocer que dos de esos poemas, aunque más no fuera por su peculiar simpleza, podrían haber encontrado el camino hacia la popularidad; el hijo, por su parte, tuvo que fingir como si los testimonios de su pasión, ardientes y humedecidos por las lágrimas, no fueran más que ejercicios de estilo. La señora Eiselein no se enteró de nada. Una vez superado el primer susto, el poeta soñó, dulcemente avergonzado, en cómo sería si uno de los poemas ensalaminados hallaba de alguna manera su camino hacia alguna joven belleza que lo recibía con clemencia, en cuyo caso con todo gusto habría estado dispuesto a trasladarle sus sentimientos. Puesto que esto quedó como un sueño, se puso contento cuando terminaron las vacaciones. Empacó con cuidado su pesada carpeta y regresó, algo más callado de lo que había venido, a la ciudad y a la escuela.
Sus cartas empezaron por esta época a adoptar un lenguaje grandilocuente y a veces difícil de entender. A veces se hacían esperar largo tiempo, hasta que la madre lo intimaba.
Y de nuevo vino Karl Eugen durante las vacaciones. Había crecido, se vestía con elegancia y tenía modales completamente adultos. Entre otras cosas, ya al segundo día bajó sonriendo a la tienda, buscó con circunspección un cigarro y se lo encendió.
–Ajá, ¿y desde cuándo fumas tú? –preguntó el papá.
Karl Eugen se mostró sorprendido y casi indignado de que no se lo tomara por una obviedad. Mientras el padre le hablaba, se sirvió con liviandad y delicadeza un bíter de la botella, provocándole tanto asombro que enmudeció. En su habitación había tiradas obras de Heinrich Heine y un par de novelas modernas, y en lugar de las gruesas carpetas con poemas había traído ahora un cuadernito con el título: “Lodo. Una pieza teatral de K. E. Eiselein”. En la página siguiente había una larguísima lista de personajes.
Las vacaciones transcurrieron de manera tranquila y alegre. Pero el siguiente año escolar trajo consigo una pequeña tempestad. Llegó un escrito del señor de la pensión diciendo que el muchacho andaba por el mal camino, se había ausentado en reiteradas ocasiones de la casa, hacía poco lo habían encontrado en una taberna y hasta estaba bajo sospecha de estar en relaciones con una camarera. Y mientras que los asustados padres reflexionaban desconsolados y desconcertados sobre esta atrocidad, llegó una cartita del propio hijo, garabateada con descuido en un trozo de papel, en la que decía: “Necesito hasta el miércoles doce marcos con cincuenta centavos. Si no me los pueden dar, me pego un tiro. Karl Eugen”. Ese era entonces el lodo. Pero la cosa transcurrió de manera más tranquila de lo que se hubiera podido imaginar. La madre viajó a la capital, se pagaron en la taberna las deudas del muchacho, quien quedó bajo estricta vigilancia, mostró verdadero arrepentimiento y por un tiempo puso de manifiesto una modestia ejemplar. Después empezó paulatinamente a jugar otra vez el papel del fino, y en sus conversaciones y cartas describía a veces el affaire como una cómica y perdonable broma juvenil, similar a aquel viaje a Norteamérica.
Cuanto más se acercaba el final de los años de liceo, con mayor frecuencia y claridad les recordaba Karl Eugen que él había nacido para ser poeta y que por lo tanto le resultaba imposible seguir una carrera normal para ganarse la vida. Historia y filosofía eran las únicas materias a las que él podía concederles valor, con sus reservas. Pero en esto el padre se mostró duro por primera vez, y aun después de haber leído algunos poemas de su hijo, insistió en que este eligiera un estudio sólido y un oficio determinado. Al ver que esta vez a mal puerto había ido por leña, Karl Eugen dio un giro concesivo y se declaró dispuesto a estudiar filología, bajo la condición de poder ingresar a una asociación de estudiantes. Y aunque ahora la madre se metió en la pelea y se opuso con firmeza, igual lo logró. Los padres quedaron de todos modos preocupados. El negocio andaba de momento peor que nunca, desde que en cada rincón se abría una nueva tiendita, y tan ingentes eran las sumas que el hijo ya había demandado como alumno que los padres habían tenido que economizar bastante y miraban con intranquilidad los tiempos por venir.
El primer semestre, con el dinero para el estudio, los libros, la asociación estudiantil, el curso de equitación y el henil, se volvió imperdonablemente caro. Pero los padres se pusieron de todos modos orgullosos y contentos, incluida la severa madre, cuando el estudiante llegó durante las primeras vacaciones, bello y fuerte, alegre y caballeresco, con bigote y botas de montar. Todas las muchachas de la ciudad se mostraron inquietas, y el círculo de ciudadanos, a cuya noche de bolos el padre lo llevó consigo, lo recibió con respeto y felicitó al viejo por su imponente muchacho. Claro que no le pudieron ahorrar algunos hondos suspiros, tampoco una conversación embarazosa y titubeante sobre las altas sumas gastadas. Un semestre así de oneroso no podía volver a repetirse, los negocios andaban flojos y debía quedar algo para más tarde también.
El maldito dinero se fue convirtiendo en general más y más en el punto cardinal y crucial en el intercambio con los padres, ya fuera verbal o escrito. Muy pronto cualquier observador pudo notar que el señor Eiselein había hecho muy mal sus cálculos.
Existen pocas cosas más penosamente conmovedoras que cuando un ciudadano honrado, que se contaba hasta el momento entre la gente acomodada, debe paulatinamente empezar a ahorrar en nimiedades. Le vendría muy bien una nueva chaqueta negra, pero la vieja debe seguir prestando sus servicios y se va volviendo cada vez más en el símbolo de todo el retroceso de la economía hogareña. Poco a poco se va poniendo más marrón, más grasosa, las costuras en el hombro se vuelven más visibles y ásperas, como crecientes arrugas de preocupación, las mangas comienzan a deshilacharse, hasta que un galón cosido pone coto transitorio al desmoronamiento, interviniendo como primer remiendo de urgencia que desfigura el estilo de la vestimenta.
A tanto no había llegado el caso de Eiselein, pero los signos premonitorios se iban acumulando. Para su clase y su pequeña ciudad, había sido un hombre pudiente, la tienda podría haber alimentado cómodamente a un par de niños más, pero todo se lo comían las relaciones cada vez más ajenas y ampulosas con las que se iba familiarizando el único que había tenido. No dejó de ocurrir que el hijo tuviera que escuchar sobre estas cosas cada vez más a menudo y que la relación entre el hijo y los padres degenerara de a poco en una cautelosa, tenaz y casi encarnizada guerra por el dinero.
Al primer semestre le siguió el segundo, entre medio unas vacaciones llenas de un humor sofocante, y el gasto de dinero aumentó más que disminuyó. En el tercer semestre, el hijo informó de manera repentina que había renunciado a la asociación de estudiantes, cuya vida trivial lo había sustraído y distanciado en demasía de sus estudios. Los cursos de equitación, las donaciones, las excursiones, gorras y cintas y cosas por el estilo desaparecieron del presupuesto, haciéndole lugar a cuentas más altas en las librerías. Y un día llegó con faja el número actual de una curiosa revista que contenía un largo poema de Karl Eugen. La publicación se llamaba El abismo, aparecía dos veces por mes, costaba veinte marcos por año y se había puesto como tarea allanarles el camino hacia el público a los jóvenes talentos de relevancia dentro de las corrientes literarias más modernas. El señor Eiselein no entendió ni el poema de su hijo ni las otras colaboraciones, pero igual se alegró por ese primer triunfo y asumió que una revista tan distinguida, impresa en negrita y cara les debía pagar a sus empleados una suma respetable. Le escribió en este sentido al estudiante, pero no recibió respuesta alguna.
Cuando aquel volvió otra vez por un par de semanas, había sufrido un cambio considerable. La elegancia de la vestimenta había desaparecido y su lugar lo había ocupado una extraordinaria dejadez, que oscilaba entre lo vagabundo y lo artístico. No parecían molestarle en absoluto el par de grandes manchas en las mangas de la chaqueta, solo le daba valor a los colores y al lazo de sus corbatines, que se anudaba él mismo. Su sombrero era negro y blando y tenía bordes de una amplitud superior a la italiana. En lugar de cigarros, ahora fumaba unas pipas cortas y bastas de madera o arcilla. Su comportamiento era irónicamente modesto. Como también sus cuentas habían sido esta vez un poco más modestas, los padres no hallaron motivo para recriminarle estos cambios, sino que guardaron esperanza de verlo convertirse en un humilde y laborioso estudiante durante el último tramo de la carrera. Él se cuidó también de no perturbar esos sueños o incluso de contar qué caminos habían tomado las sumas recibidas en concepto de gastos de estudio. Cuando por ejemplo se hablaba del examen final y cosas por el estilo, una sonrisa seria y melancólica adornaba sus labios, enmarcados ahora por una descuidada barba de tres días. Cada dos semanas, el correo traía El abismo, que en varias oportunidades contenía poemas del estudiante. Era curioso: el joven parecía ser de todo punto sano, razonable e inofensivo, pero estos poemas eran en su mayoría insanos, incomprensibles y mortalmente desgraciados, como si de verdad hubiera sido devorado por un abismo. Los otros no eran mejores, todo sonaba a gimoteos fantasmagóricos e idiotas, cuyo significado solo era asequible para algunos iniciados. Retumbaban allí los templos, las soledades, los mares vacíos, los bosques de cipreses, siempre visitados por un jovencito vacilante que lanzaba profundos suspiros. Quedaba claro que era algo simbólico, pero con saber eso no se ganaba mucho.
En la ciudad universitaria, Karl Eugen solía pasar las tardes que la poesía le dejaba libres en la misma pequeña taberna próxima a la escuela de equitación en la que, entre vinos y dados, algunos estudiantes en bancarrota hacían duelo por su juventud. Eran todos tipos geniales, gente que compensaba auditorios llenos de arribistas, a los que no les importaba nada de Dios ni del mundo y que hacía tiempo le habían arrancado a la vida su par de misterios. Precisamente por eso no hacían otra cosa que estar ahí sentados, bebiendo y jugando, cada partida diez centavos.
El poeta estaba en el quinto semestre. Entonces llegó de pronto un día de angustia: adversarios, mujeres, deudas; los adversarios eran los profesores, a quienes la permanencia de Karl Eugen en la escuela superior no les parecía ni necesaria ni deseable. Y el abismado se sentó y le escribió una carta al señor Georg Eiselein, vendedor de mercancías de las colonias en Gerbersau:
Querido padre:
Por estos días –ya estoy empacando– llegaré a casa, donde pienso quedarme un largo tiempo. Es hora de que empiece a trabajar en serio, cosa que aquí no podré hacer nunca. Por favor alístenme un cuarto de vacaciones. ¿Sigues vendiendo ese fino tabaco holandés en tu tienda, o debo traerlo de aquí? Todo el resto, de mi boca. Tu hijo, K. E.
Jamás había llegado una carta tan mansa de su parte, tan decidida, serena y viril. El padre se puso muy feliz, encargó un envío del tabaco que no había querido seguir trabajando y le pidió a la señora Eiselein que preparase el cuarto para el hijo que regresaba al hogar. Se fregó, se cepilló, se movieron cosas y se martilló, retapizaron la silla, lavaron las ventanas y les colgaron cortinas renovadas. Ahora podían afrontar estos gastos, un alivio profundo y reconfortante atravesó al deprimido hogar, pues sus fuerzas ya no tendrían que desangrarse por el hijo lejano.
Llegaron un baúl con ropa y dos pesadas cajas de libros, y al día siguiente llegó el hijo en persona. El viejo estaba muy conmovido al ver lo sereno y serio que se había vuelto. Agradecido ocupó el hijo la acogedora habitación, ordenó libros y colgó pipas y cuadros en las paredes, y debajo el retrato de un poeta cuyas obras eran una especie de biblia para los jóvenes de El abismo. Era un busto en blanco y negro de estilo bien moderno, visiblemente exagerado al máximo, y representaba a un joven de ojos malvados, frente preocupada y una boca sobremanera soberbia, con el cuello y la corbata a la última moda. De fondo, sorprendía ver la reproducción de un conocido cuadro ecuestre de la bella y salvaje época de los condotieros, cuya fría audacia parecía mofarse del nervioso artista representado en primer plano. La voluminosa colección de libros incluía algunos griegos y latinos, un par de gramáticas y diccionarios de la época escolar, la historia de la filosofía griega de Zeller y dos volúmenes de un manual de filología clásica, todo el resto era de “bellas letras”. Se veían ahí obras de autores jóvenes, pero que ya habían escrito mucho, con sobrecubiertas de colores endemoniadamente flamígeros, cubiertas con misteriosos artes lineales de pintores igual de jóvenes y productivos, y quien no entendiera el idioma de estos colores y estas líneas podía deducir de los títulos la abundancia y la profundidad del contenido. El universo. Una trilogía; Noches violetas; Misterios del alma; Los catorce consuelos ocultos de la belleza. Esos eran algunos de ellos. La mayoría venían con la dedicatoria de un poeta al otro, aunque había uno que estaba dedicado a la serpiente de Zaratustra y otro al sexto continente. El par de acostumbradas chanchadas “de los bajos fondos” y cosas parecidas, que de alguna manera se habían colado en estas dignas filas y cuyas cubiertas eran menos bonitas, aunque mucho más explícitas que las otras, se apelmazaban entre sí en un grupo estrecho y avergonzado. Un Dante cortado en parte se apoyaba en un Boccaccio en alemán cortado hasta el final. Un par de volúmenes del Meyer de Zúrich2 despertaba en el espectador la sospecha de que debía haber más ejemplares de los difuntos poetas conservadores y sencillos de la época premoderna. Pero esto se revelaba como falto de fundamento.
Era pleno verano y Karl Eugen salía a veces, con un libro en el bolsillo, hacia el bosque de abetos, para leer allí a la sombra. El bosque en sí no le interesaba. El contento con la naturaleza pura, que nunca había sido demasiado fuerte en él, se lo había quitado por completo aquel poeta condotiero, y en la fina escuela del inglés Oscar Wilde había aprendido que la naturaleza solo lograba producir cosas mediocres, a diferencia del arte, de quien era su envidiosa enemiga. En casa se mantenía siempre apartado en su pieza; el entorno, es decir, la tienda con sus ruidos y olores, carecía de estilo y era vulgar. Sentado allí fumaba, escribía y leía los libros de títulos y tapas extrañas. Preferentemente, los dos libros de Oscar Wilde que poseía. Eran traducciones; no sabía inglés. Uno de ellos lo había conocido y comprado como miembro aún de la asociación de estudiantes, y una vez había tenido una encarnizada pelea con uno de la asociación, para quien el libro era una locura y que por un tiempo llamó a su autor “wilden Oskar”.3 No es posible decir todo lo que Karl Eugen le debía a este inglés.
Es probable que fuera por esta lectura que su propio trabajo no se desarrollara del todo. Su intención era escribir un libro extraordinariamente profundo y fino, en una suerte de prosa lírica cuyo modelo eran las canciones del Zaratustra. Pero el trato constante con libros tan refinados lo paralizaba una y otra vez, le robaba su tiempo y sus fuerzas y a veces lo dejaba completamente desalentado, pues le parecía que ya otros habían dicho hacía tiempo todo lo que existía de más selecto y exquisito. No le faltaban pensamientos, pero a uno ya lo había expresado Nietzsche, al otro Dehmel, al tercero Maeterlinck. Y también sus humores, sus sufrimientos, su anhelo, todo figuraba aquí y allí en los bellos libros, cantado, suspirado o balbuceado. Y cuando quería observarse a sí mismo con ironía, en lo que tenía buena práctica, aparecía de nuevo una imagen –ya fuera de Verlaine, ya fuera de Bierbaum o algún otro– que también era repetida y existía, bien delineada, hacía tiempo. Tal vez hubiera debido sacar de ello la conclusión de que no tenía nada nuevo para decir y por lo tanto haría mejor en ahorrar papel y dedicarse a otra cosa.
Pero eso tenía un inconveniente. De volver a estudiar una carrera para ganarse la vida no podía hablarse, porque no había habido ningún principio. Nunca había empezado a estudiar. Y se le helaba la sangre cuando pensaba en el día inevitable en el que esta dolorosa verdad dejara de ser su secreto. Hasta ahora siempre había guardado la esperanza de un día destacarse de pronto con “su obra” y de esa manera justificar los años desperdiciados. Todavía hoy seguía esperándolo, aunque con menos confianza. Si bien El abismo le seguía imprimiendo, de vez en cuando, sus poemas, no estaba pagando por la revista, y la condición de que solo se tomaban las colaboraciones de los abonados que enviaran el comprobante de pago ya no le parecía tan inofensiva como al principio. Otras revistas a las que se había dirigido no habían contestado o se apresuraron a devolverle sus versos, a veces hasta con algunas glosas burlonas.
Pensaba que si hubiera querido escribir como los anticuados fabricantes de novelas y ese tipo de gente, el éxito no le hubiera dado la espalda. Pero el que solo ofrecía lo más propio, íntimo y personal, el que ponía su orgullo en acuñar nuevas formas, en el cuidado de una lengua clericalmente pura y festiva, debía convertirse por supuesto en un mártir de su ideal. ¡No, aun cuando jamás fuera recompensado por el éxito y la fama, nunca hablaría ni cantaría otra cosa que no fueran los profundos y distinguidos ánimos y visiones de sus horas más íntimas!
Un día nació una nueva esperanza en él. Les escribió cartas a los dos poetas que más admiraba. En ellas les explicaba de qué modo sus obras habían sido para él una revelación, expresaba su adoración genuflexa y cerraba sus epístolas con el pedido de consejos para sus penurias de poeta, adosando también un número de El abismo y algunos de sus poemas.
Y hete aquí que ambas eminencias contestaron. Uno le escribió en el más festivo de los tonos diciéndole que el arte era un martirio, pero que era un honor poder cargar con ese inmenso peso y que lo que hoy no recibe reconocimiento será tal vez reconocido en una época posterior y elevado a la fama que le corresponde. Exhortaba al joven a mantenerse fiel y jamás olvidar el viejo ars longa, vita brevis. El segundo poeta le escribió una carta de estilo epistolar común y corriente. Le agradeció amablemente sus espléndidas palabras y le envió los bonitos versos de vuelta; por cierto, el señor Eiselein, si él no se equivocaba, parecía estar en la agradable posición de un rentista, que escribía poemas por placer y no conocía las miserias de aquellos que debían vivir de esto. En ese caso, él quería solicitarle al señor Eiselein, cuya carta y poemas revelaban al refinado amigo del arte, un préstamo de doscientos marcos, pues de momento se hallaba en severos apuros. La vida de un poeta era de una tristeza difícil de imaginar; por ejemplo, el libro que el señor Eiselein adoraba con tanto entusiasmo, El todo. Una trilogía, le había rendido en concepto de regalías por las ventas realizadas desde su aparición tres años atrás el importe en efectivo de 24 marcos y 75 centavos, y si él no le hubiese suministrado en paralelo las noticias deportivas a un periódico, hacía tiempo que se hubiera muerto de hambre.
El decepcionado Karl Eugen dejó las dos cartas en el fondo del cajón. Con frecuencia se había acoplado también él en el pasado a la queja de que el pueblo alemán dejara a sus poetas en la indigencia, pero era la primera vez que miraba a esta calamidad tan de cerca y con tanta nitidez. En su vida había hecho pocas cosas más que componer poemas, ¿cómo podía saber que la mayoría de la gente, aun si en verdad leía libros, conocía y quería leer cosas más importantes que las fantasías y los humores cambiantes de un par de soñadores? Claro que él creía conocer la vida; no sabía que vivía lejos de ella, en un desierto estéril, y que del otro lado, en la vida real, cada día producía sus milagros, comparados con los cuales las más refinadas artes de los simbolistas resultaban inofensivas y sin color.
Los días transcurrían sin que él hiciera mucho más que leer. El verano se tornó marrón y se inclinó hacia la época en que todo se marchita, las lluvias de septiembre lavaron el polvo de lo verde; había ya hojas coloridas, noches más frescas y amaneceres neblinosos. Y con el follaje que caía del gran arce llegó ondeando una carta a la puerta de la tienda, quedó junto al resto de la correspondencia sobre el mantel, el señor Eiselein se la llevó consigo a su oficina, la leyó, volvió a leerla, la dejó a un lado con un suspiro desconsolado y finalmente se la mostró en persona a la mamá. La carta era de un comerciante de la ciudad universitaria y contenía la revelación de que Karl Eugen aún tenía allí muchas deudas, de las que el padre no sabía nada.
El hijo había estado por la mañana en la tienda, con el fin de llenar su saquito de tabaco. Había visto la carta y la había reconocido, y había sufrido la fuerte tentación de sustraerla. Pero en algún momento debía salir a la luz, y le pareció mejor vivir ahora el derrumbe que seguir cargando por más tiempo con el miedo. Desde ese momento que estaba sentado en su pieza, esperando y temiendo que en cada instante entraran sus padres, cada minuto se le hacía tan largo como un semestre de invierno. Durante esa hora sintió, vivenció y padeció más de lo que figuraba en todos sus poemas, y su moral de artista, libre y alegre, se fundió en una obstinación melancólica y atormentada. Pero no vino nadie. Se hizo la hora del almuerzo y, tras algunos titubeos, se armó de coraje y cruzó hacia el comedor. Allí encontró solo a su padre, que hacía tiempo estaba ocupado con su sopa y que no levantó la vista. Retiraron la sopa, trajeron la carne de vaca y las verduras y comieron en silencio; Karl Eugen casi muere de miedo y nerviosismo.
–¿Dónde está madre? –preguntó finalmente, acongojado.
–De viaje.
–¿Y a dónde?
–Ya lo oirás.
No preguntó más. Pero en su mente vio a la madre pequeña y aguerrida caminando por las callejas de la ciudad universitaria, detectando sus omisiones, infamias y deudas, una tras otra. Ella fue a la antigua morada de su hijo, visitó a los comerciantes y dueños de restaurantes, al librero y al judío Werzburger y, ¡ay!, también a los profesores, cuyas declaraciones sellaron definitivamente el destino del hijo y le retorcieron la garganta.
El pobre hacedor de versos supo entonces que le había llegado la hora. ¡Si al menos hubiera viajado el padre! ¡Pero justo la madre! Ella no se olvidaría de nada, nada quedaría oculto para ella, sus luces rojo encarnado alcanzarían incluso hasta los olvidados y perdonados primeros semestres.
Pasaron cuatro días de silencios, penuria y recelo, cargados de desconfianza y de dudas para el padre, llenos de tensión y tormento para el muchacho. No hablaron entre sí, aun cuando ambos tenían el deseo de hacerlo. El hijo no quería decir nada hasta no saber cuántos de sus pecados habían quedado al descubierto. El padre se mostró por primera vez irreconciliable y profundamente indignado, puesto que en secreto había vuelto a erigir magníficas esperanzas a partir del aparente restablecimiento de Karl Eugen, que ahora se revelaba como una comedia.
Al quinto día regresó la señora Eiselein, y cualquier pequeña y oculta esperanza que aún hubieran alimentado el viejo y el joven se hizo añicos. No solo sabía con exactitud cuántas deudas tenía su hijo, también sabía todo el resto. Que el estudio era cosa del pasado y que lo invertido para todos los semestres había sido dinero tirado y perdido. Que el estudioso no había renunciado a la asociación de estudiantes sino que lo habían echado. Que había adornado su habitación con un tapiz japonés y cuadros obscenos, que había mantenido relaciones con mujeres de mala vida y le había comprado un broche a una del teatro. Y muchas otras cosas por el estilo.
Luego de informar y narrar todo de manera objetiva y simple delante del compungido pecador y del afligido padre, la madre se sentó en una silla, miró a su hijo de cabo a rabo y le dijo:
–Bien, ¿qué dices a todo esto? ¿Es verdad o no?
–Es verdad –confirmó en voz baja.
–¿Eres un canalla o no?
–¡Mamá!
–¡Sí o no!
–Sí –susurró él, poniéndose fucsia.
–Ahora puedes hablar con él, Schorsch –le dijo al papá, cuya indignación estalló ahora en toda su desesperación.
Todas las palabras fuertes que antes le había ahorrado al chico se precipitaron con retraso y vehemencia, al punto de que el malhechor casi no reconocía a su padre, mientras que para su sorpresa la madre se quedó tranquilamente sentada, siguiendo con extraños gestos el llanto, la furia y el tronar menguante de la gran bronca.
–Ahora puedes dejarnos solos –le dijo con calma a Karl Eugen, una vez que el padre calló y se hundió en su sillón, luchando contra la asfixia.
Se había vuelto a mover el fiel de la balanza y a partir de ese día el centro de gravedad del poder hogareño había quedado del lado de la inteligente y decidida mujer. Sin necesidad de conversarlo, Eiselein padre pasó a no hacer absolutamente más nada sin antes consultar silenciosamente a su mujer con la mirada, y el hijo presintió y entendió que desde ahora iba a tener que realizar y justificar su transformación solo ante los ojos de la madre. Por eso se sometió a ella sin decir palabra y esperó en silencio hasta que le tocara el turno de hablar con su madre.
Esto ocurrió poco después y a fondo. No le regalaron nada: desde la excursión a los indios hasta los tapices japoneses, Karl Eugen halló sus delitos y vicios fidedignamente contados y facturados, y la cuenta cerraba para él con un menos sin fondo. A la vez, su madre creyó conveniente comunicarle la situación desmejorada del comercio y el patrimonio paternos, no sin señalarle de manera expresa la considerable complicidad del hijo en esta decadencia.
–Así están las cosas –cerró al fin–, y por tus deudas vamos a tener que pagar aún cuatro o cinco años más. ¿Qué será ahora de ti?
Karl Eugen había hecho varias veces el gesto de interrumpir la exposición vivaz aunque objetiva de su madre, pero había sido llamado severamente a silencio. Ahora estaba sentado ahí, abatido y destruido, y debía dar una respuesta. Se puso de pie con gesto sombrío, corrió la silla y dijo:
–No sé qué decir, tú igual no me entenderías. Es mejor que me vaya. Cuando alcance mi objetivo, oirán de nuevo de mí, caso contrario, no seré el primero que se habrá arruinado de esta forma.
Y ya se acercaba a la puerta, casi orgulloso de su desgracia y del tono trágico que le había imprimido a sus palabras. Pero la madre lo hizo regresar.
–Hazme el favor de quedarte sentadito hasta que haya terminado –le dijo.
Él volvió a tomar asiento en silencio. Ella se reía sola.
–¿Es que el teatro no va a terminar nunca, tontín? ¿Adónde quieres ir? ¿Tienes dinero? No eres en absoluto quién para hacerme un espectáculo, y por el papel de desesperado no te doy ni un kreuzer. ¿O quieres acaso quitarte la vida? ¡Ay, sí! No lo harás, te conozco. Ahora bien, lamentablemente Dios quiso que fueras nuestro hijo y nosotros debemos ocuparnos aún de hacer algo de ti. De ahora en adelante no más irse, así que no hagas una comedia y dinos lo que tengas para decir. Si después lo entiendo o no es un asunto mío. ¿Por qué no he de entenderte completamente? Tanto no has estudiado mi alma. Así que, ¡adelante!
En el fondo, el joven se puso contento de que no lo dejaran huir, y pese a la vergüenza empezó a tenerle un poco de confianza a la madre. Tosió un poquito, lanzó un suspiro e hizo gestos de estar preparándose, luego de lo cual empezó a contar y a explicar que desde siempre había querido ser un poeta. Le creyeran o no, había hecho los estudios suficientes y aprendido mucho, y estaba a punto de plasmar su primera obra. Si la abandonaba ahora, todo el bello tiempo se habría perdido por partida doble; tal vez le salía bien y entonces todo quedaría compensado. Empezó a hablar de escritores que poseen casas de campo y viajan en primera clase; nada dijo en cambio de las cartas de los dos simbolistas. Ella lo interrumpió y le dijo que podía darse por satisfecho si alcanzaba con pagar sus deudas. ¿Cuándo pensaba terminar su trabajo, si no había terminado en todos esos semestres? Ahí él volvió a recobrar la vitalidad y le explicó la madurez que requería una labor como esa.
–¡Madurez! –sonrió ella.
Pero ahora le había llegado el momento. Si tan solo tenía este invierno libre para trabajar, terminaría.
–Quiero pensarlo –dijo ella–. Ahora no hace diferencia un día más o un día menos. Mañana seguiremos hablando. Pero lo que sí debe acabar hoy mismo es eso de tomarte tabaco y aguardiente de la tienda a discreción, ¡piensa en eso!
Sentado en su habitación, reflexionando sobre el asunto, el joven se sintió penosamente pequeño y humillado, avergonzándose casi de los orgullosos títulos de los libros alineados sobre la pared, a la vez que estaba contento de haberse sacado el miedo de la garganta y de volver a tener dónde pararse. Sacó el grueso cuaderno que contenía las primeras líneas de su gran poema. “El valle de las almas pálidas”, decía en la cubierta, y el título le pareció bueno, una pequeña obra de arte. Una revelación que se le había ocurrido hacía tres meses cuando regresaba a casa después de una noche de copas en soledad, y desde entonces creía en su obra y tenía la sensación de que con eso había quedado atrás lo más difícil y decisivo. También la dedicatoria estaba lista. Se dirigía a aquel poeta que le había escrito la carta de los mártires y era breve y bonita, una fina mezcla de orgullo y humildad, expresando la deferente inclinación ante el espíritu elegido.
El señor Eiselein tuvo esa misma tarde una segunda conversación con su mujer. No sabía qué hacer, gemía y maldecía por turnos y se sentía tanto más desgraciado cuanta mayor era la vivacidad con que su mujer insistía en que hiciera propuestas.
–¿No sabes entonces qué hacer? –dijo ella finalmente de manera cordial.
Él se puso en pie furioso y empezó a caminar de un lado al otro de la sala como un prisionero.
–¡Lo voy a mandar a América, al granuja! –gritó enojado.
–¿Para que termine siendo un canalla? ¿Y crees que el viaje es gratis? No, que se quede quietito aquí, hasta que haya pagado sus travesuras. Ya hubo peores que fueron encarrilados.
–La pregunta es cómo.
–Si estás de acuerdo, veré qué se puede hacer. Necesitaremos paciencia. ¡Déjamelo a mí!
En eso quedaron, pues el amo de casa no se opuso. Sin que ella dijera nada más, él presintió el sentido de este acuerdo.
–Tú lo has dejado venirse abajo –opinó ella–, yo quiero volver a curarlo, pero quita tus dedos del asunto.
Al día siguiente llamó al hijo, que esperaba con miedo e impaciencia, y le comunicó sus resoluciones.
–He discutido con papá sobre ti –le dijo–. No le tengo verdadera fe a tus poemitas. Pero para que no puedas decir que te hemos impedido a la fuerza el camino hacia tu felicidad, podrás hacer nuevamente tu voluntad, por última vez. Este invierno compone entonces todos los poemas que quieras. Estamos en octubre, hasta primavera puedes lograr algunas cosas. Pero si no sale nada de eso, el haraganeo se acabó y debes por fin darte cuenta y empezar un trabajo sólido. ¿Estás de acuerdo?
Estuvo de acuerdo y no ahorró palabras de agradecimiento. El corazón le latía de contento por la perspectiva de llevar la vida de un poeta ya no en secreto, sino de manera permitida y reconocida. Desapareció la presión del miedo y de la mala conciencia, volvió a respirar un legítimo aire vital, luego de caminar durante tanto tiempo por el delgado suelo de cristal de una falsa existencia privada de derechos. Esperaba ahora un nuevo impulso y saboreaba de antemano poder aplicarse al trabajo. Pues nadie habla con mayor gusto de trabajar que los poetas, los artistas y demás holgazanes. Feliz escaló los angostos peldaños hasta su cuarto, se tiró aliviado en su silla, se encendió una pipa y tomó Noches violetas, uno de sus libros preferidos, en cuyos versos oscuros y sin rima se hundía con voluptuosidad.
“El valle de las almas pálidas” seguía siendo por el momento un grueso cuaderno en cuarto con hojas en blanco. El poeta se cuidaba muy bien de profanar esta superficie expectantemente limpia de escritura. En ella solo debía hacerse sitio algo valioso, delicado, los rasgos de las almas pálidas debían estremecerla como nubes de otoño, tiernas y tétricas, alternándose con sueños graves y coloridamente ardientes al estilo de Gabriele D’Annunzio, que algún tiempo atrás jugaba para Karl Eugen el papel de mediador de la cultura románica. Nunca había tenido la suerte de ver en persona Italia u obras de arte italianas, pero la lectura de este italiano lo había instruido tanto que podía sin esfuerzo hacer uso de comparaciones e imágenes del tipo “distinguido como los gestos de una madonna de Carlo Crivelli”, u “osado como una figura del divino Benvenuto Cellini”, o “una sonrisa de gracia leonardesca”. Así iba amontonando lúdicamente las bellezas de culturas antiguas y foráneas, dándole a su estilo de pronto el ardor de D’Annunzio, de pronto la madurez marchita de Huysmans, de pronto el onírico color de fábula de Maeterlinck o la blanda dulzura de Hofmannsthal. Un poco más de tiempo, un poco más de madurez, y de todo ello debía surgir algo cautivadoramente exquisito.
Karl Eugen esperó, leyó sus libros, acariciaba el papel vacío y quedó en guardia con el objetivo de escoltar a las almas pálidas de manera digna y ceremoniosa a través de los simbólicos paisajes de los sueños. Debían hablar de todo lo que es hermoso y lejano y singular, y recordar todo aquello que en las noches solitarias ha conmovido y encantado y entristecido el alma estremecida de un esteta. Desde las paredes, lo miraban expectantes y bendiciéndolo las hileras de libros, las pipas de tabaco y el retrato del poeta con el condotiero. Por momentos le parecía como si todo eso fueran cosas que podían ser superadas o al menos sobrepujadas. Entonces se acariciaba suavemente el pelo con la mano derecha, bajaba la vista, reflexivo y sonriente, y soñaba con las horas maravillosas, ricas y creativas en las que, bajo el signo de las almas pálidas, habría de extraer todo lo maravilloso e inaudito del reino de la belleza para recrearlo en formas nobles.
Tras horas como esas, le daba el doble de vergüenza cuando en la tienda, donde buscaba proveerse de algún refresco, se topaba con la mirada severa del padre o incluso de la madre y debía volver a irse sin haber logrado su cometido, o luchar con largos y humildes ruegos y parlamentos por un par de cigarros o cosas por el estilo. Pero casi siempre sabía aparentar en estas dificultades sumisión y cordial tranquilidad, o utilizar los minutos en que no lo vigilaban para serenar sus necesidades.
Noviembre trajo consigo una serie de soleados días azules, y al borde de los bosques de abetos seguía reluciendo el follaje rojo y amarillo. Por esta época, El abismo empezó a exigirle a sus lectores la pronta renovación de sus abonos, lo que suscitó una charla entre madre e hijo, en la que él llevó las de perder, de modo que tuvo que resignarse a prescindir en el futuro del consuelo de verse publicado de cuando en cuando.
Luego vino una pesada lluvia de varios días, y una mañana yacía la primera leve escarcha sobre los matorrales completamente deshojados del jardín.
No bien el poeta lo vio, bajó al sótano y se subió un cubo lleno de carbón y una brazada entera de leña. Volvió a hacer lo mismo al mediodía y dos veces por día durante una semana, hasta que una tarde, mientras que el hogar daba chasquidos y crujidos, la señora Eiselein entró a la habitación.
–Debes estar loco –le dijo ella, señalando el hogar ardiente–. Calentar así se puede en caso de urgencia con diez grados bajo cero. Esta es otra de las modas estudiantiles. Probablemente ni sepas lo que cuesta el carbón. Abajo tenemos que ganarnos cada centavo con el sudor de nuestra frente y tú quemas la cosa de a montones.
Karl Eugen se había parado y la miraba abatido.
–Calentar exageradamente es insalubre, además –prosiguió ella–. No debes pasar frío, pero tampoco quemar el triple que el resto de la gente. De ahora en más, encontrarás cada mañana un brasero lleno de carbón y la madera necesaria ya lista. Con eso puedes arreglártelas, si eres sensato. Pero lo de buscarte el carbón tú mismo debe terminar.
Las objeciones del hijo fueron en vano y se quedó refunfuñando en su habitación. Durante dos semanas se las arregló con la ración asignada; pero como tenía la costumbre de calentar de más y quedarse despierto leyendo hasta bien entrada la noche, al poco tiempo ya no le alcanzó. Una mañana, creyendo que toda la casa dormía aún, se levantó tiritando de frío y bajó a hurtadillas al sótano, donde para su verdadero enfado y susto se encontró con que el depósito de carbón estaba bien cerrado. Mayor aún fue su perplejidad cuando al subir vio a su madre parada en la puerta, que le dio los buenos días.
–¿Estás haciendo un poco de movimiento? –exclamó sonriente–. Sí, sí, levantarse temprano es sano.
–Oye, madre –dijo él en tono suplicante–. Con el poquito que me dan no me alcanza. ¡Agrégale un par de palas!
–¡Lo lamento! –fue la respuesta–. Lo lamento, jovencito. El que no gana nada al menos tiene que poder ahorrar. Pero si realmente necesitas más, ya sabes el camino al bosque, donde de chico ya has recogido suficientes piñas de abeto. Si te levantas todas las mañanas así de temprano y en lugar de ir al sótano vas al bosque, fácilmente puedes juntar un canasto o dos. No es con otra cosa que calienta la gente pobre.
A la mañana siguiente, se quedó por despecho largo rato tirado en la cama. A la siguiente, se levantó bien temprano en silencio, tomó un saco y fue al bosque. La recolección le resultó terriblemente fatigosa, pero después de una buena hora el saco estuvo lleno y pudo llevárselo a su casa, antes de que las calles se llenaran de gente. Desde entonces fue a diario y la madre hizo como si no se diera cuenta. Pronto conocía en el bosque los buenos cotos, evitaba los pinos y las poblaciones jóvenes y se mantenía fiel a las zonas de abetos en las que el tupido musgo estaba lleno de piñas. Entraba tanto en calor haciendo este trabajo que luego casi no necesitaba calentar su pieza. El rudo aire matinal del otoño le hacía visiblemente bien y de a poco aprendió, por primera vez desde su época escolar, a tener otra vez un ojo para la vida del bosque. Veía subir el sol en la neblina, se acostumbró a prestarle atención al clima, despertaba a veces a una liebre, a veces a una gallina salvaje, y ya que tenía que vérselas con las malditas piñas, paulatinamente aprendió a reconocerlas por su forma y su procedencia y a diferenciar las oscuras y resinosas de las livianas y resecas, las del abeto blanco de las del abeto rojo. Al principio se escondía no bien aparecía una pobre mujercita, un guardabosques o un campesino, pero poco a poco se volvió menos tímido y al final, si era necesario, llevaba su saco, aunque a disgusto, a la vista de todo el mundo.
Llegó un día, aún en noviembre, en que gastó el último batzen que le había quedado de sus tiempos de opulencia. Titubeante se dirigió a su madre para pedirle un poco de dinero.
–¿Qué es lo que precisas? –le preguntó ella–. Si tienes todo lo necesario.
Bueno, en realidad no necesitaba nada, pero había que tener por las dudas un par de monedas en el bolsillo.
–Ah, entiendo –asintió la madre–. Para un vaso de cerveza o algo así, ¿verdad? Me parece muy bien. Por lástima no me sobra nada para cosas como esas. Pero si aparte de la poesía te queda una hora libre, puedes ganarte algo con facilidad. Por el saco de piñas de abetos que me traigas, te doy cincuenta centavos. O si mañana a la mañana quieres empacar cajas con tu padre, puedes también ganarte un marco.
Él estuvo de acuerdo, y cuando en el futuro tomaba un cuarto de litro en el Águila o el Estrellas con su dinero bien ganado, o participaba en una partida de dados, le sabía mejor que cuando lo hacía junto a los miembros de cierta asociación estudiantil.
Poco antes de Navidad, cayó un poco de nieve y enseguida la helada, poniendo fin al trabajo en el bosque. Al poeta casi que le dio pena por la acostumbrada tarea matinal, pero cuando llegó y pasó la Navidad, sintió de pronto en el alma lo rápido que transcurría el tiempo y lo necesario que se le hacía ahora que su poesía hiciera avances de verdad. Buscar sacos, empacar cajas, hachar madera y demás lo habían alejado de eso en el último tiempo.
Cuando volvió por primera vez a tomar en su mano “El valle de las almas pálidas”, el título ya no le gustó tanto e intentó encontrar uno nuevo, pero no se le ocurrió ninguno. Anduvo un tiempo dando vueltas malhumorado, salía con más frecuencia que antes a tomar una cerveza y a jugar al billar y muy pronto se quedó de vuelta sin dinero. Esta vez ayudó a escribir los balances anuales, para lo que estuvo tres días sentado con el papá detrás del mostrador. Recibió un par de marcos por ello, pero no por eso su poesía se vio favorecida. Antes bien, resultaba curioso cómo después de cada uno de esos trabajos los pensamientos permanecían ausentes, en lugar de venir. Releyendo la hoja de la dedicatoria y tratando de que eso lo estimulara, ocurrió que de repente no pudo dejar de pensar en que el rico director Selbiger aún le seguía debiendo a su padre el balance del último medio año. ¿Sería conveniente hacerle una advertencia? En la mesa habló con el padre sobre el tema, pero él se mostró decidido a esperar.
Cada vez con mayor frecuencia, Eugen notaba con desesperación que por cada paso que daba en la vida activa, su poesía se iba alejando y se veía perjudicada. Se obligó con violencia y escribió un par de hojas, pero que no lo conformaron. El lenguaje era forzado y rígido, no había vida en él. Arrojó el cuaderno enfadado en el cajón y fue a jugar a las cartas en el Lucio, perdió bastante y volvió a ofrecerse para ayudar en la tienda por dos días más.
Luego buscaba consuelo en sus libros, que había descuidado en el último tiempo. Y ahora experimentó por primera vez que estos lo abandonaban, no le mejoraban el humor y casi que le parecían aburridos. Hubiera necesitado una obra poética que comprendiera su penuria actual y la glorificara de manera manifiesta y consoladora. Pero D’Annunzio contemplaba camafeos griegos y acariciaba los hombros de bellas baronesas, Oscar Wilde olía flores exóticas y analizaba la vida de sus nervios, y el poeta condotiero le cantaba a una “hora azul” y a un muchacho que tañía la lira.
Amargamente empezó a subirle una primera intuición silenciosa de que todos esos bellos libros tal vez fueran nada más que libros, solo un lujo para gente feliz y rica y satisfecha, pero que no tenían ni querían tener ningún punto de contacto con la vida y sus penurias: olímpicos sentados a mesas doradas a los que no les llegaba ningún sonido desde el embrollo de lo humano allí abajo. Habían sido bonitos cuando los disfrutó en los tiempos de exuberancia y holgazanería. Y ahora que la vida extendía las manos hacia su persona, callaban y no querían saber nada con él. Se acordó del poeta de El todo, que ya no escribía trilogías, sino reportes deportivos para un periódico. Y arrojó el libro que justo tenía en las manos, furioso y triste, contra la pared.
En febrero, la señora Eiselein le preguntó con cautela por primera vez sobre el progreso de su poesía. Karl Eugen venía de traer un barril de petróleo para lámparas. Evitó dar una respuesta. Y cuando ella se mostró curiosa por al menos saber el título, él empezó de mala gana a correr y girar el barril y gruñó:
–El título es siempre lo último.
Pero se puso colorado al decirlo.
A fines de marzo, la madre volvió a tocar a la puerta, entró a lo del poeta, que estaba sentado en su escritorio, y exigió ver su obra.
–No está terminada– dijo él en tono desagradable.
–Entonces está terminada a medias –insistió ella–. No me voy de la pieza hasta no haberla visto. Sé sensato, ya me conoces.
Oh, sí que la conocía. Igualmente vaciló aún un buen rato antes de abrir el cajón y mostrar su cuaderno.
–¡El valle de las almas pálidas! Fíjate, de pronto tenemos ahí un título, aunque más no sea uno extraño.
Le seguían unas diez páginas escritas, pero en las que la mayor parte volvía a estar tachada.
–¿Esto es todo? –preguntó ella con calma.
–Eso es todo… Yo quería…
–Déjalo, está bien.
Al ver la cara de dolor del hijo, se contuvo y solo cuando llegó a la escalera soltó la risotada.
Más tarde, cuando le preguntó al poeta sin medias tintas hasta cuándo guardaba esperanza su obra de verse terminada, el hijo bajó la cabeza y confesó:
–Creo que nunca.
En abril, Karl Eugen entró a trabajar en el negocio de su padre. Al año siguiente, fue de practicante a una tienda en el extranjero, de donde volvió con buenos certificados, y cuando unos años más adelante el viejo señor empezó a ponerse achacoso, se hizo cargo de la tienda y le dejó al padre solo la correspondencia.
Durante estos años, el genio en él se desprendió en completo silencio como una piel de víbora, y quedó a la vista que debajo de la envoltura había estado dormitando sin extraviarse una buena parte de la herencia paterna y materna. La misma se reforzó ahora y muy pronto se puso de manifiesto. Así como cuando dejó de leer y de componer poemas desapareció el pesimismo, también con la corbata y los modales de genio quedaron sin efecto la falsa importancia y significancia en su conducta, y la peculiar astilla se reveló finalmente como muy cercana a su palo. Despertado de su sueño por el suave aguijoneo del trabajo cotidiano, el muchacho entendió de manera paulatina que su aparente adultez temprana había sido más bien una pirueta inusualmente larga de su juventud. Tanto más a conciencia se concentró en su trabajo y en su recuperación.
El tiempo pasó, Karl Eugen se casó y fue padre, al negocio no le iba mal y todas sus deudas habían quedado saldadas hacía tiempo. A veces tomaba por las noches uno de sus libros de antaño entre las manos, lo hojeaba un poco de un lado al otro, sacudía reflexivo la cabeza y volvía a colocarlo en su lugar. El retrato del poeta, sin embargo, seguía colgado en la pared: el muchacho con el cuello a la moda miraba orgulloso y despreciativo desde el marco, mientras que detrás de él estaba sentado, imperturbable, el osado condotiero sobre su caballo de bronce.
(1903)
Notas
1 Dicho latino: “por las garras se conoce al león”.
2 Conrad Ferdinand Meyer (1825-1898).
3 Oscar salvaje.
El constructor de ciudades
Creo que antes las cosas eran más bonitas que hoy; con antes me refiero a aquellos años de la espera y del hambre, en los que nuestra única posesión era un paquete de poemas inéditos, proyectos de construcción rechazados o artículos ilegibles. Ahora, los amigos de aquel entonces, siempre que sigamos con vida, hemos terminado “siendo algo”, uno editor, el otro profesor, el tercero maestro de dibujo y así. Nos hemos casado, pagamos nuestros impuestos y alquileres y comemos cada santo día bien y hasta saciarnos, incluso gozamos de lo que antes llamábamos “reconocimiento” y que sabe tan distinto, tanto más agrio y soso de lo que soñábamos por aquel entonces. En efecto, en parte nos hemos convertido hasta en señores célebres.
¡En aquel entonces! En aquel entonces todavía éramos unos granujas, unos perdidos abandonados a la buena de Dios y visitados por misioneros internos, el público habitual de mesones baratos y pequeñas tabernas sin nombre, muertos de hambre y deudores compulsivos. Todavía existía el “Club de los Descarriados”, que huía de una cantinita a la otra sin residencia fija y perseguido por los acreedores, para en todas partes volver a desaparecer tras agotar raudamente el crédito. Éramos lúmpenes y gitanos, pero no éramos ningunos bohémiens, no andábamos con rizos largos y rostros embusteros en los cafés haciéndonos los genios incomprendidos con el objetivo de sacarle dinero a alguno. Pues por muy vil que pudiera ser nuestro comportamiento en ciertos períodos, la desgracia no se había convertido para nosotros en una pose, y cada cual se sentaba en sus horas buenas a hacer su trabajo secreto y nunca perdió para sí la convicción de que lograría sacarse bueno y obligar al mundo a que lo reconociera.
Por aquel entonces, estaba sentado una noche en una pieza pequeña y sombría y abrí una carta gorda en la que una revista de Múnich me devolvía dos novelas cortas y algunas poesías por considerarlas lamentablemente impublicables, aunque me agradecían con deferencia el amable envío. Lejos de mí estaba guardarle rencor por eso al editor, pues me había acostumbrado a este tipo de cosas, además de que en nuestro círculo existía la idea de que un poema debía ser vergonzosamente malo para ser tomado por una revista popular y que pagara honorarios. Con orgullo algo amargo volví a meter mis manuscritos en el cajón, junto a los otros. Aquel día, más allá de un plato de papas, no me había dado ningún gusto corporal, y cuanto más pensaba en mi estado, más necesario me parecía beberme esa misma tarde un buen cuarto de litro de vino. En el Casco me tenían aún desde épocas de mayor abundancia en cierta consideración, no tenía allí más que algunas deudas insignificantes de tragos y decidí aumentarlas ese día un poco más. De modo que me dirigí al Casco, sin sospechar la alegría hacia la que me encaminaba.
En la estrecha y anticuada taberna alsaciana encontré extrañamente al entrar que mi mesa preferida estaba ocupada. Sobre el lado más ancho estaba sentado un joven delgado que había cubierto toda la superficie de la mesa con inmensos trozos de papel, en los que dibujaba afanosamente. Las hojas eran de papel marrón de embalar, y no bien las miré, supe de qué se trataba y le palmeé con alegría el hombro al dibujante.
–Constructor de ciudades, ¿qué haces aquí?
El constructor de ciudades terminó primero de trazar una línea antes de levantar la mirada. Luego resplandecieron cordialmente hacia mí sus buenos y grandes ojos de niño.
–Estoy trabajando en algo –dijo con timidez.
–Sí, ya lo veo. Pero ¿de dónde vienes? Pensé que ya estarías más o menos llegando a Roma.
–Uf, Roma. Roma nunca me atrajo, ¿sabes? Llegué hasta Milano y se me rompieron las botas. Un lugar miserable, Milano, nada más que kitsch. Tampoco me entendía del todo bien con los italianos.
–¿Y ahí te volviste?
–Sí, o sea, ¡deja que termine! Bueno, Milano, nada. Pero está cerca el así llamado Certosa, ahí entre Milano y Pavia, apenas a un par de horas, con una fachada terriblemente famosa, se supone que es la más bella de todo el norte de Italia. Eso sí que era algo que aún quería ver. Caminé entonces hasta allí, por la carretera más polvorienta, plana y aburrida del mundo, me perdí además, y al fin llegué al pueblo. Se llama Torre, y el Certosa está a unos diez minutos de allí. Bueno, la fachada, ¿qué decir? Románica o algo así, se dice. Está muy bien, en líneas generales, pero si no, un puro gabinete de curiosidades, lleno de esas figuras clásicas y retratos en relieve y ornamentos. Todo pequeño, delicado, miniaturizado, y detrás vienen una iglesia ostentosa y el monasterio. Yo pensaba que un monasterio así en Italia, tan grande y rico, tenía que tener algo adentro. ¡Pero nada! Una serie de cajas y ángulos rectos, con claustros como patios de cuarteles, grandes y planos y muertos y aburridos. ¡Y encima había pagado un franco por la visita! –sonrió enfadado–. Ahí me di la vuelta y volví a casa a través del Simplon. Era un desvío, pero estaba harto de los lagos y de todas las cosas pintorescas del norte de Italia. ¡En Wallis se puso bonito! Y ahora estoy de nuevo aquí.
–¿Y más allá de eso no has visto nada de Italia?
–No, en realidad no. Sabes, la arquitectura, eso me quitó las ganas, la mayor parte es puro Renacimiento. Y a pie uno no avanza de veras. Una cosa me hubiera gustado ver: ¡el mar! Me imagino una costa rocosa, amarilla y escarpada, algo tiene que tener eso, algo de lucha y de reconciliación, de brío, de estilo. Pero quedaba lejos, y alrededor de Génova todo está estropeado y edificado con complejos de hoteles, así que preferí renunciar.
–Hm. ¿Y ahora?
–Bueno, déjame hacer lugar así podemos beber algo.
–¿Ya tienes de nuevo algún trabajo en mente?
–Por supuesto. Ahora estuve tres meses de viaje y no llegué a nada.
–¿Qué estás haciendo de nuevo?
–Uf, mejor dejémoslo.
–No, ¡dime! ¿Otra vez una ciudad?
–¡No hagas bromas, eh! A fin de cuentas, no puedo planificar siempre ciudades.
–¿Y entonces qué?
Sonrió y se avergonzó, como siempre. Luego dijo en voz baja:
–Un monasterio.
–¡Dios santo! ¡¿Un monasterio?!
–Sí, ¿por qué no?
–¡Por qué no! Si ya no se construyen más monasterios.
–¿No? Pero eso daría igual. Se lo podría usar de escuela o algo así, como universidad o instituto, ¿no?
–Puede ser.
–¿No es cierto? Ves, lo más hermoso sería hacer toda una ciudad o un pueblo, pero a eso uno no llega nunca. ¡Una sola casa no es nada! Algo como un monasterio sería por eso la única posibilidad. Ahí uno podría construir algo entero, pensado y acabado, un complejo bien planificado, imponente y en el que cada cosa surja de la otra.
–¿Cómo se te ocurrió?
–Bueno, acabamos de hablar de ello. Allí en Milano.
–¿En el Certosa?
–Claro. Se puede hacer algo así de manera mucho más bonita. Una pena que no entiendas nada de planos. Tengo ahí uno con el que estoy la mar de contento.
–Lo vemos más tarde. Ahora nos podríamos beber una alsaciana. ¿Tienes dinero?
–¿Dinero? Un montón. Tenía trescientos marcos para el viaje, ¿sabes?
–¿Y te sobró algo de eso?
–¿Y dónde los pude haber gastado? Tengo como mínimo unos cien marcos en la bolsa.
–Entonces pide un litro.
Ordenamos las hojas y las pusimos a un lado, llegó el litro y brindamos. Ahí me surgió una sospecha por el dinero. El constructor de ciudades había recibido de manera totalmente inesperada por parte de una administración de becas trescientos marcos para realizar un viaje de estudios. Pero ahora solo había hecho un viaje a pie de apenas tres meses, no había estudiado nada y ni siquiera había visto cosa alguna más allá del Certosa y de Milano.
–Oye, vas a tener problemas con la comisión –le advertí–. Debes demostrar que has hecho estudios.
–Lo haré. Mañana empiezo.
–¿Has dibujado estando de viaje?
–Eso no. ¡Pero yo sé cómo se ve un palacio del Renacimiento! Otra cosa no quieren esos señores. De eso justamente estoy haciendo en casa con toda calma una pequeña carpeta con un par de vistas pintorescas, un par de portales, molduras, ornamentos y arcos de ventanas. Eso es lo que presentaré.
Me sentí tranquilizado y bebimos nuestro litro en paz, el constructor de ciudades me hizo traer incluso una porción de jamón, y cuando le insinué que seguía con sed, pidió sin protesta el segundo litro, aunque él mismo no era de empinar el codo. El sólido vino de Alsacia relucía opaco en las copas sin pie, mi amigo se había puesto animado y empezó a hablar. Volvió a sacar sus trozos de papel, los puso uno al lado del otro y me mostró el plano de su monasterio. Sus ojos de niño brillaban, sus dedos flacos se movían con pasión sobre el dibujo, levantando con sus gestos drásticos todo el edificio ante mí. Dos iglesias apoyadas la una en la otra, una grande y una más pequeña, formaban el centro y cerraban desde dos lados el claustro no muy grande. Se les añadían pórticos, refectorios, aulas, viviendas, edificios administrativos y dos fuentes, mientras que dos inmensas torres protegían y adornaban la entrada y por detrás un parque amurallado cerraba el conjunto.
Mientras estuvimos con los planos, también a mí me pareció inconcebible que hoy en día no se construyeran más monasterios. Pero mi amigo no desarrollaba solo sus planos de construcción. También hablaba de la vida que sería posible dentro de una colonia monacal como esa, que imaginaba poblada por artistas y eruditos con sus discípulos. Soñaba con personas más puras y de formación universal, con alianzas y lazos de amistad más nobles, con una vida social más bella y delicada, con un trabajo más vital y celebraciones más coloridas y alegres que las que se conocen hoy.
¡Nunca me olvidaré de cómo se iluminaba su rostro y lo tierna y seria y apasionada que sonaba su voz bajita! Esas eran las horas en las que él vivía de verdad. ¡Cuántos planos fantásticamente colosales habría podido dibujar, de ciudades, de pueblos, de islas y lagunas artificiales! Y todos habían surgido únicamente del afán por hacer visibles en una lámina sus ideales culturales y sus sueños futuristas; eran solo marcos de imágenes oníricas, ilustraciones al paso de sus pensamientos sobre la vida. Y nunca se le había ocurrido ceder ante los sucesos del mundo, recortar su ideal, reducir sus planos a lo posible y útil. Prefería pasar apuros, vivir de hacer dibujos para los periódicos, de dar clases de apoyo y de encargos temporales para revistas especializadas que ceder ante la realidad y ser simplemente un arquitecto como debía ser. ¡Qué le podía importar la construcción de “casas individuales”!
Nos quedamos juntos hasta tarde en la noche. Me habló de su viaje, de excursiones a pie por bosques y de pasos en altura, de los tipos de gente y su modo de vivir en zonas foráneas.
Luego nos separamos alegres, y cuando volvimos a vernos tras algún tiempo, se había acabado lo que le quedaba de su pequeña riqueza y había vuelto a vivir en la vieja estrechez. Yo lo había ido a visitar para conseguir que me pagara un café, pero a él tampoco le quedaba y no sabía dónde podría comer ese día. Algo decepcionado quería seguir con mi camino, cuando me retuvo del brazo y me sacó el sombrero.
–No, muchacho, tan sin nada no has de marcharte. ¡Espera!
Buscó un libro, me obligó a sentarme y me leyó un par de bellas páginas del Parzival de Wolfram von Eschenbach.
Quisiera saber dónde han ido a parar todos sus dibujos y bocetos. Él mismo murió temprano y en circunstancias tristes, y yo me enteré solo cuando ya estaba bajo tierra. A menudo, cuando pienso en aquellos bellos años descarados, lo veo a él y escucho su voz ferviente y tengo la sensación de que fue un alma buena para todos nosotros. Aún hoy, cuando estoy cansado y corro peligro de ceder y de tachar de sueños a nuestras esperanzas de aquel entonces, me basta con pensar en él para volver a saber que en el fondo teníamos razón y que es mejor ser fiel a uno mismo y soñar con ciudades del futuro que “construir casas individuales”.
(1905)
Un inventor
Mi amigo Konstantin Silbernagel se llevaba bien con todas las muchachas de la vecindad, pero no tenía ninguna querida. Donde veía a alguna mujer parada o caminando, siempre tenía a mano un saludo, un chiste o una chanza amistosa y en confianza, y las chicas se detenían, lo miraban y se complacían con él; podría haber tenido a cualquiera de ellas. Pero no quería. Y cada vez que en el taller se hablaba de muchachas y de historias de amor, él se encogía de hombros, y si alguno de nuestros compañeros le preguntaba qué pensaba del asunto, se reía y opinaba:
–¡Sigan para adelante, sigan para adelante, golosos! Ya los veré a todos casándose.
–Sí, ¿por qué no? –exclamaba alguno–. ¿O casarse es algo tan desgraciado?
–Puedes probarlo. Pero yo no. ¡Yo no!
A menudo nos reíamos de él, sobre todo porque no era ningún misógino. Si bien nunca había tenido una querida, allí donde podía haber un breve flirteo, un leve toqueteo o un beso robado a toda velocidad, Silbernagel no lo dejaba pasar. Tampoco creíamos adivinar mal cuando asumíamos que debía tener alguna muchacha en algún lugar lejano y que sería el primero de nosotros al que le alcanzaría para casarse. Ganaba bien y podía convertirse en maestro de la profesión no bien quisiera, además de que se decía que tenía abundantes ahorros.
Por lo demás, Konstantin era una persona querida por todo el mundo. Nunca nos dejaba notar que era más hábil y que entendía más que nosotros, sus colegas; solo cuando alguien le pedía consejo ayudaba con gusto y metía mano. Por lo demás, era como un niño, fácil de hacer reír y fácil de conmover, caprichoso pero inofensivo, y nunca he visto que por ejemplo le pegara a un aprendiz o lo increpara injustamente.
Por aquel entonces, yo creía aún que podría hacer carrera como mecánico, y por eso me juntaba cada vez más con Silbernagel, que superaba a todos los camaradas en talento y experiencia y que fácilmente podría haberse medido con el maestro mecánico. Verlo trabajar encendía en uno el gusto por el trabajo manual, tan fácil y alegre e infalible le salía todo. Siempre tenía que ocuparse de las tareas finas, en las que no se puede dormir o dormitar y uno debe estar completamente atento, y jamás había arruinado una pieza. Lo que más le gustaba era montar máquinas nuevas; también armaba máquinas con las que nunca había trabajado y las ponía en funcionamiento como si fuera un juego de niños, y al hacerlo tenía un aspecto tan noble y singular que en ese entonces entendí por primera vez de veras lo que significa que el espíritu domina a la materia y que la voluntad es más fuerte que toda la masa muerta.
Poco a poco descubrí también que mi camarada Konstantin no se conformaba con las tareas manuales que le encargaban. Me di cuenta de que a veces desaparecía al final de la jornada laboral y no se dejaba ver en ninguna parte, y pronto llegué a saber que se sentaba en su piecita de alquiler del callejón Senf y dibujaba. Al principio creí que quería practicar y no dejar que se oxidaran las artes de la escuela nocturna, pero una vez fui a visitarlo y vi por casualidad que estaba solucionando un problema de construcción, y al rato de seguir hablando y preguntando me enteré por él de que estaba trabajando en un invento. Desde que supe esto, entablé con él una relación de mayor confianza, y tras un tiempo conocí todos sus secretos. Había inventado dos máquinas, de las cuales una estaba aún en el papel, mientras que de la otra ya tenía un modelo listo. Era un placer mirar sus dibujos, realizados de manera tan impecablemente limpia y nítida.
Mis visitas vespertinas a lo de Konstantin sufrieron una interrupción cuando en otoño conocí a Fränze Brodbeck y entablé una relación con ella. Por aquel entonces había empezado a escribir mucha poesía una vez más, cosa que había dejado de hacer desde mis tiempos en la escuela de latín, y la muchacha bonita y desenvuelta me costó más de lo que quizá valía, aunque la terminé sacando barata.
Una tarde, después de haber estado ausente un tiempo largo, volví a pasar por el desván de Silbernagel a saludarlo. Pero él me echó una mirada crítica y me llenó tanto la cabeza por mi historia con aquella mujer que casi me voy corriendo de nuevo. Si me quedé fue porque en su enojado discurso había aparecido algo que halagó inmensamente mi vanidad juvenil.
–Eres demasiado para una muchacha como esa –había dicho–. Y en general demasiado para cualquier mujer. Nunca serás un gran mecánico si no te gusta escuchar esto que te digo. Pero hay algo dentro de ti que ya saldrá a la luz, si es que antes no le das la espalda tú mismo con historias de mujeres y cosas por el estilo.
Entonces le pregunté por qué hablaba con tanto encono del amor y del casamiento. Me miró un rato con severidad, luego se despachó:
–Eso es algo que puedo decirte de inmediato. Para contar no hay en realidad nada, es solo una experiencia o un episodio o como se lo llame. Pero ya lo vas a entender, si no escuchas solo con el lóbulo de las orejas. Una vez estuve muy cerca de casarme, y desde entonces que de eso tengo suficiente por mucho tiempo. Que se case el que quiera, pero yo no. ¡Yo no! ¿Entendido?
”Estuve trabajando dos años en Cannstatt. Había también una fundición, era una empresa bonita, y con mucho para aprender. Poco antes había inventado una maquinita para trabajar la madera, entarugar, ensamblar, etc., muy bonita, pero que no era práctica, necesitaba demasiada fuerza, así que volví a romper todo el trasto. Ahora quería aprender algo en serio, cosa que también hice, y después de un par de meses volví a empezar con otra cosa, esa pequeña máquina de lavar que ves allí. Esa va a quedar bien. Vivía en casa de la viuda de un fogonero, una pequeña buhardilla, y ahí me quedaba sentado casi todas las noches dibujando y haciendo cálculos. Fue una bella época. Dios mío, ¿para qué vivir si no es para crear y poder sacar algo de la cabeza de uno y ponerlo en el mundo?
”En la misma casa vivía una costurera que se llamaba Lene Kolderfinger y que tenía una bella figura, no era grande pero era de buenas proporciones y agradable. Por supuesto que enseguida la conocí, y porque está en la naturaleza que los jóvenes quieran divertirse con las muchachas, le sonreía y le decía a veces alguna cosa graciosa, ella me devolvía la sonrisa y no pasó mucho tiempo hasta que entramos en confianza y empezamos a tener una relación. Y como ella era una muchacha decente y no me dejaba hacer nada indebido, nuestro cariño mutuo se reafirmaba. Después del trabajo íbamos a pasear por las instalaciones y los domingos a la cantina de algún pueblo o a bailar. Un día en que llovía, vino también a mi piecita, y ahí le mostré mis dibujos para la máquina de lavar y le expliqué todo, porque naturalmente que en estas cosas era más tonta que una vaca. En medio de mi exposición y de mi explicación y cuando estaba más compenetrado, levanté de pronto la vista y vi cómo bostezaba tapándose la boca y ni miraba el papel, sino a sus botas debajo de la mesa. Ahí me frené de golpe y metí los dibujos en el cajón, pero ella no notó nada y empezó enseguida con los jugueteos y los besos. Esa fue la primera vez que estuve en desacuerdo con ella para mis adentros y que me enojé.
”Luego pensé: ¿por qué debe la chica ocuparse de tus dibujos, si no entiende nada? ¿No es cierto? Entonces me controlé, porque realmente era exigirle demasiado. Pues bien, con eso no había problemas. Ella me quería, y al poco tiempo empezamos a hablar de casamiento. Mis perspectivas no eran malas, podía llegar en breve a capataz, y Lene tenía una buena dote y además un par de cientos de marcos ahorrados. Y desde que nos habíamos dicho esto y pensábamos cada vez con mayor firmeza en celebrar la boda, ella se fue volviendo más cariñosa, y tampoco yo tenía nada más en mente que mi enamoramiento.
”Con todo este asunto, por supuesto que no pude seguir dibujando, porque estaba todo el tiempo con Lene y tenía la cabeza llena de la boda. Era algo bien bonito, de todos modos, y yo estaba muy feliz, como corresponde a un novio. Me hice traer documentos desde mi casa paterna y solo esperaba a que me ascendieran en el trabajo, cosa que no podía demorar mucho, tal vez solo un mes o un mes y medio.
”Por ese lado, todo en orden. Hasta que se abrió la exposición. ¡Santo cielo, muchacho! Era una exposición industrial, solo que bastante pequeña, y se inauguró un domingo. Había recibido una entrada de la fábrica y compré otra más para Lene. Teníamos descuento. Todo era un gran alboroto, como te podrás imaginar. Música y espectáculos y una multitud de gente. Le compré a la chica un paraguas de sol, hecho de una tela como seda, en todos los colores, y dimos vueltas y estábamos contentos. Al aire libre tocaba una orquesta militar de Ludwigsburg, el clima estaba bonito y todo lleno. Más tarde oí decir que habían ido a pérdida, pero eso es algo que no puedo creer.
”Paseamos por todas partes mirando cosas, y Lene se quedaba parada cada segundo en algún lugar, y yo con ella. Entonces llegamos también al sector de las máquinas, y al verlas me acordé de pronto que hacía muchas semanas que no trabajaba en mi lavadora. Y eso me atormentó de repente a tal punto que hubiera preferido irme a casa en ese mismo instante. Es imposible describir cómo me sentía en ese momento.
”–Ven, deja ya esas máquinas aburridas –dijo Lene, y quiso que siguiéramos.
”Y ahí, cuando me tiraba del brazo, sentí como si tuviera que avergonzarme y como si ella quisiera alejarme a la fuerza de todo lo que antes había sido importante y querido para mí. Lo percibí con toda claridad, como en un sueño: o te casas y te destrozas por dentro, o vuelves a tu máquina de lavar. Entonces le dije a Lene que quería quedarme un ratito más en el pabellón de las máquinas, ella se peleó conmigo y se fue sola.
”Así es y así fue, muchacho. Por la noche estaba sentado como un poseso en mi mesa de dibujo, el lunes a la mañana renuncié a la fábrica y dos semanas más tarde estaba bien lejos. Y ahora hago máquinas, una ya la tengo en la cabeza, y para esa de ahí me van a dar una patente, así como me llamo Silbernagel.
(1905)
Recuerdo de Mwamba
Desde que reinaba un clima gris y desde que el inglés divertido y tísico se había bajado en Puerto Saíd, los días se nos hicieron largos, los muchos días y semanas a bordo. Se propagó una melancolía tonta y un insípido afán de distracción y una cierta desmoralización de trotamundos; no me gusta rememorar aquellas dos o tres semanas.
Un día estábamos parados sobre cubierta, temblando de frío una vez más, escuchando el mar y el machacar del motor. El cielo estaba cubierto de capas de nubes azul grisáceas densamente amontonadas y lanudas, el mar nos rodeaba por todas partes, ondeando silencioso en largas olas, pálido y triste.
Delante de nosotros, sentado sobre un tonel, estaba Mwamba, el negro que tenía a bordo la función de entretenernos un poco en las horas de aburrimiento contándonos historias, diciendo pequeñas impertinencias y con su gracioso inglés de negro, que además adornaba adrede aquí y allá con faltas grotescas. Estaba sentado y fumaba cigarros, balanceándose al ritmo de la máquina, hacía girar los ojos y contaba en porciones pequeñas, avaras. Por cada historia recibía un cigarro, lo que por lo general estaba bien pago, pues muchas de sus historias no valían absolutamente nada, y en otras circunstancias ninguna persona le hubiera prestado oídos. Pero aquí todos lo rodeábamos escuchándolo y animándolo, todos aburridos, todos de mal humor.
–¡Cuenta! –exclamaba cada par de minutos uno de nosotros y le alcanzaba un cigarro.
–Gracias, señor. Cuento. Un hombre estaba enfermo y tenía dolores en su panza, de los dos lados, le dolía mucho. Gritaba continuamente, porque tenía dolores, este hombre. Ahí se le acercó otro hombre, que le trajo dos libras de grasa de mono. Y el hombre enfermo comió la grasa de mono. Se sintió mal y tuvo que vomitar. Pero después volvió a estar completamente sano.
Guardó silencio. Esa era toda su historia.
–Cuentas estupideces –exclamó uno–. Aquí, toma, y ahora cuéntanos algo mejor, alguna de tus propias travesuras, ¿sabes?
–Bien. Cuento. Hace mucho tiempo, cuando yo aún era un hombre malo, cometí yo, Mwamba, algunas travesuras. Ahora Mwamba es bueno, y les cuenta a los hombres blancos muchas historias. Cuando aún era un niño, no quería moler maíz y tampoco quería cargar los sacos. El trabajo no me parecía que fuera una cosa buena. Mi padre estaba disconforme y no me daba nada para comer. Entonces yo iba a dar vueltas por el pueblo y tomaba esto y aquello, y a la dulce leche la bebía en secreto de los recipientes o también de las cabras; cuando tomaba de los recipientes lo hacía con astucia, a la distancia, me sentaba en un escondite y la absorbía usando un junco reseco. Cuando tenía once años, mi padre oyó hablar de un ladrón que vivía en otro pueblo. Era un ladrón experto, célebre en su oficio, y mi padre decidió que yo debía ir con ese ladrón, a fin de aprender el oficio. Me llevó con él y prometió pagarle por mi aprendizaje, si hacía de mí un buen ladrón. Se pusieron de acuerdo, escupieron al suelo y se golpearon mutuamente las espaldas, y yo me quedé en lo de este hombre.
Mwamba se detuvo, bamboleando las piernas y mirándonos.
–¡Sigue! –le gritaron.
–Sigue, por favor –dijo ahora también él mismo, y extendió la mano, hasta que yo coloqué allí una pequeña moneda.
–Gracias, señor, Mwamba está agradecido. Cuento sobre el maestro ladrón. Era un maestro famoso, decía la gente. Me quedé con él, y él me enseñó a robar. Pero no aprendí nada nuevo de él. Dábamos vueltas y robábamos, pero a menudo también nos iba mal, y teníamos poco para comer. Una vez estábamos dando vueltas y llegamos al camino que atravesaba el bosque. De lejos vimos venir a un hombre que llevaba una cabra de la cuerda. Y nos escondimos a un costado del camino.
”El maestro suspiró mucho y dijo: “¡Si tan solo pudiera conseguir la cabra! Pero ¿cómo podría conseguirla? ¡La cabra nunca será mía!”. Me reí de él y le dije: “Voy a hacer que la cabra sea tuya”. Se puso contento y se consoló. Y yo le dije: “Camina detrás de este hombre por el sendero hasta que veas que ata a su animal y lo deja ahí parado. Luego se lo robas y lo sacas rápido del bosque”. El maestro me hizo caso. Por mi parte, me metí en el bosque y me escondí, y cuando apareció el hombre con la cabra, empecé a gritar como grita un macho cabrío. El hombre lo escuchó y pensó que un macho se había perdido en el bosque, y para cazar al macho, ató a su cabra a un árbol y se alejó del sendero. Entonces lo fui atrayendo con mis balidos, bosque adentro, hasta que mi maestro liberó a la cabra atada y se la llevó.
”Me encontré con el maestro ladrón en un sitio alejado. Matamos nuestra cabra y la despellejamos, y ahí me dio pena habérsela dejado a mi maestro y no haberla robado para mí mismo. Todo es verdad lo que dice Mwamba. Luego el maestro me envió hacia el río, para que lavara la carne y la piel. Se había hecho de noche y estaba oscuro. Y yo fui hasta el río. Ahí tomé la piel de cabra y empecé a golpearla con un palo, de modo que chasqueara, y al mismo tiempo daba gritos lastimeros en voz bien alta. ¿Quieren escuchar cómo gritaba Mwamba? ¿No? Bueno, entonces no.
”Mi maestro me gritó preguntando qué pasaba. Le respondí con quejas y pedidos de ayuda, diciéndole que el dueño de la cabra me había atacado junto con otro hombre y que amenazaba con matarme a golpes, que viniera rápido y me ayudara. Pero mi maestro, al escuchar esto, salió corriendo, para salvarse. Entonces yo me traje la piel y la carne de la cabra a casa de mi padre.
Hizo silencio. Lo instamos a seguir hablando.
–Tengo sed –dijo.
Se le prometió un whisky.
–Prosigo. Recibiré un whisky. Oh, señores, al día siguiente vino el maestro ladrón a nuestra casa para preguntar por mí. Al verlo venir, me unté la cara con sangre de cabra y me acosté en mi camastro. Llegó y me preguntó cómo me había ido, y yo me lamenté mucho, pero a la carne la habíamos escondido. Mi padre dijo que debía llevarme de nuevo. Pero el maestro se quejó de que no tenía nada para darme de comer, y que yo de todos modos ya había aprendido lo suficiente. Lo que no sabía era que yo le había birlado la cabra. Entonces mi padre le pagó algo por las lecciones, solo la mitad de lo acordado, y nosotros teníamos la cabra, y el maestro se volvió a su pueblo.
–¿Esa es toda tu historia, Mwamba?
–Eso es todo. He contado. Recibo un whisky.
Así contaba el negro, y nosotros lo escuchábamos, nos reímos un poco de su historia con la cabra y le servimos un whisky. Tenía un aspecto divertido al sonreírnos agradecido, mientras agitaba su ridículo sombrero hongo y tamborileaba contra el tonel con las perneras a cuadros amarillos y marrones. Sus zapatos eran de lona roja con correas laqueadas. No llevaba medias. A menudo me daba pena. A menudo me avergonzaba por él, y con la misma frecuencia me avergonzaba de nosotros. A menudo se nos burlaba abiertamente. ¡Ay, Mwamba, cuántas veces que he pensado en ti más tarde! ¡Y con cuánta frecuencia me ha arrastrado más tarde el desasosiego a países distantes, y con cuánta frecuencia me topé con la misma decepción de que tampoco el viaje, el extranjero y la nueva abundancia de imágenes pueden curar lo que ha enfermado la propia patria!
Le hicimos a nuestro negro una señal de asentimiento con la cabeza, y es probable que cada uno de nosotros haya tenido intenciones un poco mejores en su corazón, pero se esforzaba por mantener frente al bueno de Mwamba ese tono horrible con el que los blancos les hablaban a los negros en las colonias. Estiramos nuestras extremidades perezosas, deambulamos un poco de un lado al otro de la cubierta, nos frotamos las manos frías y volvimos a fijar largo tiempo la vista, silenciosos y malhumorados, en la yerma lejanía, en el cielo de nubes como lana y en el mar gris vidrioso que resplandecía lívido en la distancia.
(1905)
La primera aventura
¡Curioso cómo lo vivido puede volverse ajeno y escurrirse! A uno pueden perdérsele años enteros con mil experiencias. A menudo veo niños corriendo en la escuela y no pienso en mi propia época escolar, veo muchachos de la escuela secundaria y casi ni me acuerdo de que también yo fui alguna vez uno de ellos. Veo a los mecánicos en sus talleres y a los jactanciosos asistentes en sus oficinas y he olvidado por completo que alguna vez tomé esos mismos caminos y llevaba puesta la camisa azul y la chaqueta de escribiente con codos que relucían. Observo en las librerías curiosos libritos de versos de muchachos de dieciocho años, aparecidos en la editorial Pierson de Dresde, y no pienso en que también yo compuse alguna vez versos como esos y hasta caí en la trampa de los mismos cazadores de autores.
Hasta que en algún momento, durante un paseo o un viaje en tren, o en una noche en vela, vuelve a presentarse todo un pedazo de vida olvidado y brilla delante de mí con la luz cegadora de un decorado de teatro, con todas sus pequeñeces, con todos los nombres y lugares, ruidos y olores. Eso es lo que me ocurrió la noche pasada. Se me hizo presente una vivencia de la que en su momento supe con toda certeza que jamás olvidaría, y que sin embargo la tuve olvidada durante años sin rastro alguno. Del mismo modo que se pierde un libro o una navaja, se lo extraña y luego se lo olvida, y un día está en un cajón entre viejos trastos y vuelve a aparecer y a pertenecernos.
Tenía yo dieciocho años y estaba finalizando mi período de aprendizaje en el taller de mecánica. Hacía poco que me había dado cuenta de que no llegaría lejos en ese rubro, y estaba decidido a volver a cambiar de profesión. Hasta que se diera la oportunidad de decirle esto a mi padre, permanecí en la fábrica, haciendo mi trabajo medio a disgusto y medio contento, como quien ya ha renunciado y sabe que lo esperan todas las carreteras.
Por aquel entonces teníamos en la fábrica a un practicante cuya característica más sobresaliente era estar emparentado con una dama rica de una pequeña ciudad vecina. Esta dama, joven viuda de un fabricante, vivía en una pequeña mansión, tenía un coche elegante, un caballo de montar y fama de engreída y excéntrica, porque no participaba de las tertulias de señoras y en su lugar hacía equitación, pescaba, cultivaba tulipanes y criaba perros San Bernardo. Se hablaba de ella con envidia y exasperación, sobre todo desde que se sabía que en Stuttgart y Múnich, adonde viajaba con frecuencia, podía ser una persona muy sociable.
Esta maravilla de mujer ya había pasado tres veces por nuestro taller desde que su sobrino o primo estaba de practicante con nosotros, había saludado a su pariente y pedido que le mostraran las máquinas. En cada ocasión había tenido un aspecto magnífico y había hecho una gran impresión en mí, caminando por la sala llena de hollín con sus refinados vestidos y sus ojos curiosos y haciendo preguntas pícaras, una mujer alta y muy rubia con un rostro tan fresco e ingenuo como una niña pequeña. Nosotros estábamos ahí con nuestras aceitosas camisas de cerrajeros y nuestras manos y caras negras, y la sensación era que nos había visitado una princesa. Lo cual no se ajustaba a nuestras ideas socialdemócratas, como nos dábamos cuenta luego en cada ocasión.
Un día se me acerca el practicante durante la pausa de la merienda y me dice:
–¿Quieres venir conmigo el domingo a lo de mi tía? Te ha invitado.
–¿Invitado? Oye, no me gastes bromas estúpidas a mí, porque te hundo la nariz en la artesa.
Pero era en serio. Me había invitado para la tarde del domingo. Podíamos volvernos a casa con el tren de las diez, y si queríamos quedarnos más tiempo, tal vez nos prestara el auto.
Tener trato con la dueña de un auto de lujo, el ama de un mayordomo, dos criadas, un cochero y un jardinero era, según mi visión del mundo en aquel entonces, algo sencillamente vil. Pero eso solo se me ocurrió cuando ya había aceptado con entusiasmo y preguntado si mi traje amarillo de domingo era lo suficientemente bueno para la ocasión.
Hasta el domingo anduve en un estado de exaltación y alegría infernales. Luego me sobrevino el miedo. ¿Qué iba a decir allí, cómo comportarme, cómo hablarle? Mi traje, del que siempre había estado orgulloso, estaba de pronto lleno de arrugas y manchas, y mis cuellos tenían todos los bordes desflecados. Además, mi sombrero era viejo y estaba gastado, todo lo cual no alcanzaban a ser compensado por mis tres gemas, que eran el par de zapatos abotinados con punta aguja, una corbata de seda rojo brillante y un binóculo con marco niquelado.
El domingo a la tarde fui con el practicante a pie hasta Settlingen, muerto de agitación y vergüenza. La mansión estaba a la vista, nos quedamos parados frente a la verja, delante de pinos foráneos y cipreses, y los ladridos de los perros se mezclaron con el sonido de la campanilla del portón. Un mayordomo nos hizo pasar sin decir palabra y tratándonos con desprecio, apenas si se dignó a protegerme de los grandes San Bernardo que querían saltarme a los pantalones. Me miré con miedo las manos, hacía meses que no estaban tan meticulosamente limpias. Me las había lavado durante media hora la tarde anterior con petróleo y jabón verde.
La dama nos recibió en el salón, vestida con un sencillo vestido de verano celeste. Nos dio a ambos la mano y nos invitó a tomar asiento, la cena estaría lista en breve.
–¿Es usted miope? –me preguntó.
–Un poquito.
–El monóculo no le queda bien, ¿sabe?
Me lo saqué, lo guardé y puse cara altanera.
–¿Y también es un soci? –siguió preguntando.
–¿Quiere usted decir socialdemócrata? Sí, claro.
–¿Y por qué?
–Por convicción.
–Ah, mire usted. Pero la corbata es realmente simpática. Bueno, vayamos a comer. Trajeron hambre, ¿verdad?
En la sala aledaña habían puesto tres cubiertos. Con excepción de las tres copas para cada uno no hubo nada, en contra de mi expectativa, que me pusiera en apuros. Una sopa de sesos, lomo asado, verduras, ensalada y torta, todas cosas que sabía comer sin hacer el ridículo. Y a los vinos los servía la señora misma. Durante la cena, habló casi solo con el practicante, y como la buena comida junto con el vino me tenían agradablemente entretenido, enseguida empecé a sentirme bien y con ánimo bastante seguro.
Tras la comida nos llevaron las copas de vino al salón, y cuando me ofrecieron un fino cigarro y para mi sorpresa me lo encendieron con una vela roja y dorada, mi bienestar se elevó a placer. Ahora me animé también a mirar a la dama, que era tan fina y bella que con orgullo me sentí transportado al bendito terreno del mundo de la nobleza, del que me había hecho una idea vagamente anhelante leyendo algunas novelas y suplementos literarios.
Empezamos una conversación muy animada y yo me volví tan atrevido que osé hacer una broma sobre el comentario que madame había hecho anteriormente respecto a la socialdemocracia y a la corbata roja.
–Tiene usted toda la razón –dijo sonriendo–. Conserve su convicción. Pero a la corbata debería al menos llevarla torcida. Fíjese, así…
Se me paró delante y se inclinó hacia mí, tomó mi corbata con ambas manos y la estuvo moviendo un rato. En eso sentí de pronto con un fuerte susto cómo introducía dos dedos por una hendidura de mi camisa y me tocaba suavemente el pecho. Y al levantar espantado la mirada, volvió a hacer presión con ambos dedos mientras me miraba fijo a los ojos.
Oh, caramba, pensé, y empecé a sentir taquicardia, en tanto que ella retrocedía, haciendo como si me estudiara la corbata. Pero en lugar de eso, volvió a mirarme a mí, de lleno y con toda seriedad, asintiendo un par de veces con la cabeza.
–¿Podrías buscar la caja de los juegos arriba en la pieza del fondo? –le dijo a su sobrino, que estaba hojeando una revista–. Ve, sé bueno.
El sobrino se fue y ella se me acercó, despacio, abriendo grande los ojos.
–Ay, tú –dijo en voz baja y tierna–. Tú eres amoroso.
Me acercó su cara y nuestros labios se juntaron, silenciosos y ardientes, y de nuevo, y una vez más. La rodeé con los brazos y la atraje hacia mí, a la dama alta y bella, con tanta fuerza que debe haberle dolido. Pero ella solo volvió a buscar mi boca una vez más, y mientras me besaba, sus ojos se humedecieron y relucieron como los de una niña.
El practicante volvió con los juegos, nos sentamos y tiramos a los dados apostando por pralinés. Ella volvió a hablar animadamente, haciendo bromas en cada jugada, pero yo no pude decir palabra y me costaba respirar. A veces llegaba por debajo de la mesa la mano de ella a jugar con la mía o a posarse sobre mi rodilla.
Hacia las diez, el practicante declaró que era hora de irnos.
–¿Quiere usted irse también? –me preguntó ella mirándome.
Yo no tenía experiencia en asuntos de amor y tartamudeé que sí, que ya era hora, y me puse de pie.
–Pues bien –exclamó ella, y el practicante se puso en marcha.
Lo seguí hasta la puerta, pero justo cuando había cruzado el umbral, ella me tiró del brazo y me atrajo una vez más hacia ella. Y al salir me susurró:
–Sé prudente, eh, sé prudente.
Y eso tampoco lo entendí.
Nos despedimos y corrimos a la estación. Compramos los pasajes, y el practicante se subió. Pero yo no quería compañía en ese momento. Subí solo hasta el primer escalón, y cuando el guarda tocó el silbato, volví a bajarme de un salto y me quedé. Ya era noche cerrada.
Embotado y triste caminé a casa por la larga carretera, pasando por delante del jardín de ella y de su reja, como un ladrón. ¡Me quería una dama distinguida! Ante mí se abrieron países mágicos, y al encontrar por casualidad en mi bolsillo el monóculo niquelado, lo arrojé a la zanja de la calle.
Al domingo siguiente, el practicante estaba invitado de nuevo a comer, pero yo no. Y ella tampoco volvió al taller.
Durante tres meses seguí yendo con frecuencia a Settlingen, los domingos o al anochecer, y me quedaba escuchando junto a la reja y daba vueltas alrededor del jardín, oía ladrar a los San Bernardo y cómo corría el viento por entre los árboles foráneos, veía luz en las habitaciones y pensaba: quizá me ve alguna vez, a fin de cuentas me quiere. Una vez escuché música de piano en la casa, suave y arrulladora, y lloré apoyado sobre el muro.
Pero nunca más el mayordomo me guio hacia arriba ni me protegió de los perros, y nunca más la mano de ella rozó la mía, ni su boca mi boca. Solo en sueños me sucedió eso otra vez, en sueños. Y a fines de otoño renuncié a la cerrajería y me saqué la camisa azul para siempre y seguí camino hacia otra ciudad.
(1905)
Sacrificio de amor
Tres años trabajé como ayudante en una librería. Al principio recibía ochenta marcos por mes, luego noventa, después noventa y cinco, y estaba contento y orgulloso de ganarme el pan y de no necesitar pedirle prestado ni un centavo a nadie. Mi ambición era progresar dentro del anticuariado. Ahí se podía vivir como un bibliotecario entre libros antiguos, fechar incunables y xilografías, y en las buenas librerías anticuarias había puestos que pagaban doscientos cincuenta marcos y más. De todos modos, hasta allí el camino era largo aún, y había que trabajar y trabajar…
Entre mis colegas había tipos raros. Con frecuencia me parecía como si la librería fuera un asilo para descarriados de toda clase. A mi lado en el atril de la oficina había curas que habían perdido la fe, estudiantes eternos que se habían echado a perder, doctores en filosofía sin un puesto, editores que se habían tornado inservibles y oficiales dados de baja. Algunos tenían mujer e hijos y andaban en ropa desoladoramente gastada, otros vivían casi acomodados, pero la mayoría tenía la billetera gorda en el primer tercio del mes, para contentarse en el resto del tiempo con cerveza y queso y charlas vanidosas. Todos habían conservado de tiempos resplandecientes restos de modales finos y modos de expresarse cultos, y estaban convencidos de que habían caído en sus modestos lugares por culpa de una mala suerte inaudita.
Gente peculiar, como queda dicho. Pero nunca había visto a un hombre como Columban Huss. Llegó un día mendigando a la oficina y de casualidad encontró vacante un puesto menor de escribiente, que tomó agradecido y que mantuvo durante un año. En realidad no hacía ni decía nunca nada llamativo y no parecía vivir de manera distinta que otros oficinistas pobres. Pero se le veía que no siempre había vivido así. No podía estar muy por encima de los cincuenta y tenía una buena contextura, como la de un soldado. Sus ademanes eran nobles y de gran estilo, y su mirada era del tipo que por esa época yo creía que debían tener los poetas.
De vez en cuando Huss venía conmigo a la cantina, porque intuía que en secreto yo sentía admiración y cariño por él. Entonces hablaba con superioridad sobre la vida y me permitía pagarle sus tragos. Una noche de julio me dijo lo siguiente. Como era mi cumpleaños, había venido conmigo a una pequeña cena, habíamos tomado vino y luego habíamos paseado en la noche cálida río arriba por la avenida. Bajo el último tilo había un banco de piedra, sobre el cual él se repantigó, mientras que yo me recosté en el pasto. Y ahí contó lo siguiente.
Usted es un jovencito inexperto, escúcheme, aún no sabe nada de la vida mundana. Y yo soy un toro viejo, de lo contrario no le contaría esto que le voy a decir ahora. Si es usted un muchacho decente, se lo queda para usted y no lo anda chismoteando por ahí. Pero como usted quiera.
Cuando usted me mira, ve a un pequeño escribiente con dedos curvos y pantalones remendados. Y si quiere matarme a golpes, yo no tendría nada en contra. Es poco lo que aún queda para matar en mí. Y si le digo que mi vida ha sido un viento de tormenta y una llama, pues puede reírse usted, ¡adelante! Pero tal vez no vaya a reírse, jovencito, si un hombre viejo le cuenta un cuento de hadas en esta noche de verano.
Usted ya ha estado enamorado, ¿verdad? Algunas veces, ¿no es cierto? Sí, sí. Pero aún no sabe lo que es amar. Usted no lo sabe, se lo digo yo. ¿Tal vez haya llorado una noche? ¿Y dormido mal un mes entero? ¿Tal vez haya compuesto poemas e incluso una vez ha jugado un poquito con la idea de suicidarse? Sí, todo eso lo conozco. Pero no es amor, óigame bien. El amor es algo distinto.
Hace apenas diez años yo era un hombre respetable y pertenecía a la mejor sociedad. Era funcionario administrativo y oficial de reserva, tenía dinero y era independiente, mantenía un caballo de montar y un criado, tenía una casa cómoda y vivía bien. Un asiento de palco en el teatro, viajes de verano, una pequeña colección de arte, equitación y deportes de vela, noches de soltero con vino de Bordeaux blanco y tinto y desayunos con champán y jerez.
A todo esto estuve acostumbrado durante años, y sin embargo prescindo de ello con bastante facilidad. ¿Qué relevancia tienen a fin de cuentas las comidas y las bebidas, la equitación y los viajes en coche, verdad? Un poco de filosofía y todo se torna prescindible y ridículo. También la sociedad y la buena fama y que la gente se saque el sombrero ante uno, todo es en el fondo irrelevante, aunque decididamente agradable.
Pero queríamos hablar de amor, ¿no? Pues bien, ¿qué es el amor? Morir por una mujer amada es algo que hoy en día ocurre rara vez. Eso sería por supuesto lo más bello. ¡No me interrumpa, jovencito! Yo no hablo del amor de a dos, de besarse y dormir juntos y casarse. Hablo del amor que se ha convertido en el único sentimiento de una vida. Ese amor queda en soledad, aun cuando, como se dice, sea “correspondido”. Consiste en que toda la voluntad y la capacidad de una persona aspiren con toda su fuerza a un único objetivo y que cualquier sacrificio se vuelva un placer. Este tipo de amor no quiere ser feliz, lo que quiere es arder y sufrir y destruir, es una llama y no puede morir hasta no haber consumido hasta lo último que sea capaz de alcanzar.
Sobre la mujer que yo amaba no hace falta que sepa nada. Tal vez era hermosa, tal vez solo bonita. Tal vez una genia, tal vez no. ¡Qué diferencia hace, Dios mío! Ella era el abismo en el que yo debía sucumbir, era la mano de Dios que un día se metió en mi vida intrascendente. Y desde ese día, esta vida intrascendente se volvió grande y principesca, ¿entiende usted? De pronto ya no era la vida de un hombre bien situado, sino la de un dios y la de un niño, vertiginosa e imprudente, que quemaba y ardía.
Desde ese momento, todo lo que antes me había parecido importante se volvió baladí y aburrido. Empecé a perderme cosas que jamás me había perdido, inventé trucos y realicé viajes solo para ver a aquella mujer sonriendo por un instante. Por ella yo era todo lo que pudiera contentarla en ese momento, por ella yo me ponía alegre y serio, era locuaz y callado, correcto y loco, rico y pobre. Cuando ella notó lo que pasaba conmigo, me puso a prueba innumerables veces. Para mí era un placer servirla, imposible que inventara algo o concibiera un deseo que yo no le cumpliera como si fuera una nimiedad. Luego se dio cuenta de que yo la amaba más que cualquier otro hombre, y vinieron tiempos más tranquilos, en los que me comprendió y aceptó mi amor. Nos vimos mil veces, viajamos en pareja, hacíamos lo imposible para estar juntos y engañar al mundo.
Ahora yo debía estar feliz. Ella me amaba. Y por un tiempo fui de hecho feliz, tal vez.
Pero mi determinación no era conquistar a esa mujer. Tras haber gozado por un rato de aquella felicidad y de no tener que hacer más sacrificios, cuando recibía sin esfuerzo una sonrisa y un beso y una noche de amor de ella, empecé a ponerme inquieto. No sabía qué me faltaba, había alcanzado más de lo que jamás habían anhelado mis deseos más audaces. Pero yo estaba intranquilo. Como dije, mi determinación no era conquistar a esa mujer. Que hubiera ocurrido eso era una casualidad. Mi determinación era sufrir por amor, y cuando la posesión de la amada empezó a curar y a enfriar este sufrimiento, me invadió el desasosiego. Durante cierto tiempo lo soporté, pero luego sentí la necesidad de seguir mi camino. Abandoné a esta mujer. Me tomé vacaciones e hice un largo viaje. Mi patrimonio ya estaba por entonces fuertemente debilitado, pero ¿qué importaba? Viajé y volví un año más tarde. ¡Curioso viaje! No bien me marché, el fuego de antes empezó a arder de nuevo. Cuanto más lejos viajaba y cuánto más tiempo estaba ausente, tanto más atormentadora se volvía mi pasión, yo lo veía y me alegraba y seguía viajando, todo un año seguido, hasta que la llama se volvió intolerable y me impulsó otra vez a acercarme a mi amada.
Ahí estaba entonces, de nuevo en casa, y la encontré furiosa y muy resentida. ¿Y no era cierto que se me había entregado y me había hecho feliz, y que yo la había abandonado? Había vuelto a tener un amante, pero vi que no lo amaba. Se había juntado con él para vengarse de mí.
Yo no podía decirle o escribirle qué era lo que me había llevado a alejarme de ella y a volver otra vez. ¿Lo sabía yo mismo? De modo que empecé de nuevo a cortejarla y a pelear por ella. Volví a recorrer largos caminos, me perdía cosas importantes y gastaba grandes sumas para escuchar una palabra de ella o verla sonreír. Ella dejó a su amante, pero enseguida se juntó con otro, porque ya no confiaba en mí. Igualmente le gustaba verme de cuando en cuando. A veces en una mesa llena de gente o en el teatro, de pronto la veía alejar la vista de su entorno y dirigirme una mirada particularmente mansa e inquisitiva.
Ella siempre había creído que yo era muy, muy rico. Yo había generado esta creencia y la mantenía en vida solo para poder hacer siempre de nuevo algo que ella no le hubiera permitido a una persona pobre. Al principio le hacía regalos, pero eso había pasado ya, y debía encontrar nuevos caminos de hacerla feliz y de poder sacrificarme. Organizaba conciertos en los que músicos que ella apreciaba tocaban y cantaban sus piezas preferidas. Compré palcos, a fin de poder ofrecerle entradas para los estrenos. Ella volvió a acostumbrarse a dejar que yo me ocupara de mil cosas.
Yo vivía en un constante remolino de asuntos por ella. Mi patrimonio se había agotado, empezaron entonces las deudas y los artilugios financieros. Vendí mis pinturas, mis antiguas porcelanas, mi caballo de montar, a cambio de lo cual me compré un coche, que debía estar a su disposición.
Luego llegó el momento en que vi el final en el horizonte. Mientras guardaba esperanzas de volver a tenerla para mí, fui testigo de cómo mis últimas fuentes terminaron de agotarse. Pero yo no quería parar. Aún tenía mi puesto, mis influencias, mi posición reputada. ¿Para qué, si no estaban al servicio de ella? Así es como empecé a mentir y a malversar dinero, dejé de temerle al alguacil, porque tenía cosas peores que temer. Pero no fue gratis. Ella había despachado también al segundo amante, y yo supe que ahora no se juntaría con ningún otro que no fuera yo.
Y se juntó conmigo, en efecto. Es decir, se fue a Suiza y me permitió seguirla. A la mañana siguiente, presenté una solicitud de vacaciones. En lugar de la respuesta, lo que siguió fue mi detención. Falsificación de documentos, malversación de dinero público. No diga nada, no es necesario. Ya lo sé. Pero ¿sabe usted que ser deshonrado y castigado y perder hasta la chaqueta que llevaba puesta también fue llama y pasión y salario de amor? ¿Entiende eso, jovencito enamorado?
Le he contado un cuento de hadas, joven. El hombre que lo vivió no fui yo. Yo soy un pobre tenedor de libros, que se hace invitar por usted una botella de vino. Pero ahora quiero volverme a mi casa. No, quédese un rato, voy solo. ¡Quédese!
(1906)
El amor
El señor Thomas Höpfner, un amigo mío, es sin dudas, de entre todos mis conocidos, el que más experiencia ha tenido en el amor. Al menos la ha tenido con muchas mujeres, ha practicado largo tiempo el arte del cortejo y puede vanagloriarse de muchas conquistas. Cuando me cuenta de sus cosas, me siento como un chico en edad escolar. Así y todo, de vez en cuando tengo la sensación de que de la verdadera esencia del amor no entiende más que cualquiera de nosotros. No creo que en su vida haya velado y llorado a menudo noches enteras por una querida. En todo caso, fueron raras las veces en que lo necesitó, y es algo que celebro por él, pues pese a sus éxitos no es una persona alegre. Por el contrario, no son pocas las veces en que lo veo invadido por una leve melancolía, y toda su conducta tiene algo resignadamente tranquilo, atenuado, que no tiene aspecto de saciedad.
Ahora bien, estas son conjeturas y tal vez ilusiones. Con psicología se puede escribir libros, pero no indagar en las personas, y yo ni siquiera soy psicólogo. De todos modos, a veces me parece que mi amigo Thomas es un virtuoso del juego del amor solo porque le falta algo para ese amor que ya no es juego, y de ahí que sea un melancólico, pues conoce ese defecto propio y lo lamenta. Puras conjeturas, tal vez ilusiones.
Lo que me contó hace poco sobre la señora Förster me pareció curioso, aun cuando no se trate de un verdadero acontecimiento o incluso de una aventura, sino solo de un estado de ánimo, de una anécdota lírica.
Me encontré con Höpfner justo cuando se estaba yendo del Estrella azul y lo convencí de bebernos una botella de tinto. Con el fin de obligarlo a invitar una bebida mejor, pedí una botella de un vino común del Mosela, que yo mismo no suelo tomar. De mala gana llamó de nuevo al camarero.
–¡Ningún Mosela, espere!
Y se hizo traer una marca fina. Yo estuve de acuerdo, y con ese buen vino enseguida entramos en conversación. Con cautela fui llevando la charla hacia la señora Förster, una bella mujer de poco más de treinta años, que no hacía mucho que vivía en la ciudad y que tenía fama de haber vivido muchos amoríos.
El esposo era un cero. Desde hacía poco sabía que mi amigo la frecuentaba.
–Bueno, la Förster –dijo al fin, cediendo–, si tanto interés te despierta. ¿Qué decir? No he tenido nada con ella.
–¿Absolutamente nada?
–En fin, según se quiera. Nada que yo pueda contar. Habría que ser escritor.
Me reí.
–No tienes en mucho a los escritores, por lo general.
–¿Para qué? Los escritores son casi siempre personas a las que no les pasa nada. Puedo decirte que a mí ya me han pasado mil cosas en la vida que habría que haber puesto por escrito. Siempre pensé en por qué a estas cosas no las vivía alguna vez también un escritor, para que no se perdieran. Ustedes hacen siempre un ruido infernal por cosas obvias, cualquier porquería les sirve para una novela entera…
–¿Y lo que pasó con la señora Förster? ¿También una novela?
–No. Un esbozo, un poema. Un estado de ánimo, ¿sabes?
–Soy todo oídos.
–Bueno, la mujer me interesaba. Lo que se dice de ella, ¿no? Hasta donde podía observar a la distancia, debía tener mucho pasado. Me pareció que había amado y conocido a todo tipo de hombres, y que a ninguno lo había soportado por mucho tiempo. Además, es bonita.
–¿A qué llamas bonita?
–Muy simple, no le sobra nada, en ella no hay nada que esté de más. Su cuerpo está desarrollado, dominado, al servicio de su voluntad. Nada en él es indisciplinado, nada es deficiente, nada es indolente. No se me ocurre ninguna situación a la que ella no pueda sacarle el máximo posible de belleza. Eso era precisamente lo que me atraía, pues para mí la ingenuidad suele ser aburrida. Busco belleza consciente, formas educadas, cultura. ¡En fin, nada de teorías!
–Mejor no.
–Me hice presentar, pues, y la visité un par de veces. En esa época no tenía amante, eso se notaba con facilidad. El marido es una figura de porcelana. Empecé a acercarme a ella. Un par de miradas cruzando la mesa, una palabra bajito al brindar con una copa de vino, un besamanos que dura demasiado. Ella lo aceptó, a la espera de lo que viniera después. Así que la visité en un momento en que debía estar sola, y fui recibido.
Y continuó:
–Sentado frente a ella noté rápidamente que no era el sitio para poner en práctica ningún método. De modo que jugué va banque1 y le dije simplemente que estaba enamorado y a su servicio. A eso le siguió un diálogo que fue más o menos así:
–Hablemos de cosas más interesantes.
–No hay nada que pueda interesarme que no sea usted, estimada señora. He venido para decirle eso. Si le aburre, me voy.
–Pues bien, ¿y qué quiere de mí?
–¡Amor, estimada señora!
–¡Amor! Apenas si lo conozco, y no lo amo.
–Ya verá que no bromeo. Le ofrezco todo lo que soy y lo que puedo hacer, y es mucho lo que podré hacer, si lo hago para usted.
–Sí, eso dicen todos. Nunca hay nada nuevo en vuestras declaraciones de amor. ¿Qué planea hacer para seducirme? Si de verdad amase usted, hace tiempo que ya hubiese hecho algo.
–¿Qué cosa, por ejemplo?
–Eso es algo que debería saber usted mismo. Podría haber ayunado una semana o haberse pegado un tiro, o al menos componer unos poemas.
–No soy poeta.
–¿Por qué no? El que ama así, como solo debería amarse, se convierte en poeta o héroe por una sonrisa, por un guiño de ojos, por una palabra de aquella a la que ama. Si sus poemas no son buenos, al menos serán calientes y llenos de amor…
–Tiene usted razón, estimada señora. No soy ningún poeta ni ningún héroe, y tampoco me voy a pegar un tiro. Y si lo hiciera, sería por el dolor de que mi amor no sea lo bastante fuerte y ardiente como está usted autorizada a exigirlo. Pero en lugar de todo eso tengo una ventaja, una única pequeña ventaja respecto a ese amante ideal: yo la entiendo.
–¿Qué es lo que entiende usted?
–Que usted tiene las mismas ansias que yo. Que no pide usted un amante, sino que quiere amar, amar de manera total y sin sentido. Y no puede.
–¿Cree usted?
–Lo creo. Usted busca el amor tanto como lo busco yo. ¿No es así?
–Tal vez.
–Por eso yo no puedo serle de utilidad, y dejaré de molestarla. Pero quizá me diga usted, antes de que me vaya, si alguna vez, una única vez, se topó usted con el amor verdadero.
–Una vez, quizá. Ya que hemos llegado tan lejos, puede saberlo. Fue hace tres años. Ahí tuve por primera vez la sensación de ser amada de verdad.
–¿Puedo seguir preguntando cómo fue?
–Por mí… Vino un hombre y me conoció y se enamoró de mí. Y como yo estaba casada, no me lo dijo. Y cuando vio que yo no amaba a mi marido y que tenía un favorito, se me acercó y me propuso que rompiera mi matrimonio. Eso no se podía hacer, y desde ese momento ese hombre empezó a preocuparse por mí, nos vigilaba, me hacía advertencias y se convirtió en un buen apoyo y amigo. Y cuando por él dejé a mi favorito y estaba dispuesta a acceder a sus requerimientos, me rechazó y se fue y no volvió. Ese hombre me amó, y ningún otro.
–Entiendo.
–Entonces se va ahora, ¿verdad? Tal vez ya nos hemos dicho demasiado.
–Que tenga una buena vida. Será mejor que yo no regrese.
Mi amigo guardó silencio, llamó tras un rato al camarero, pagó y se fue. Y de este relato, entre otras cosas, concluí que le faltaba la capacidad para amar de verdad. Él mismo lo había dicho. Y sin embargo, nunca hay que creerle menos a la gente que cuando habla de sus defectos. Algunos se creen perfectos, solo porque son pocas las cosas que se exigen a sí mismos. Eso no era algo que hiciera mi amigo, y es posible que precisamente su ideal de lo que es el amor verdadero haya sido lo que lo convirtió en lo que es. También puede ser que ese hombre inteligente me haya tomado el pelo, y es probable que aquella conversación con la señora Förster haya sido nada más que un invento. Pues en secreto es un escritor, por mucho que diga lo contrario.
Puras conjeturas, tal vez ilusiones.
(1906)
Nota
1 Jugarse todo a una carta.
Decir adiós
Querido Theo:
Por favor, lee esta carta con atención, aun si llega a resultar un poco larga y monótona, y no la comentes con nadie. Si agrego que probablemente sea la última carta que te envíe, no te asustes, porque no es mi idea morirme, ni dejar de quererte.
Es un asunto realmente embarazoso. Para decirlo de inmediato con toda claridad: estoy a punto de quedarme ciego. Hace una semana fui por última vez al oculista en la ciudad, y desde ese momento sé y debo asumir que mis débiles ojos aguantarán como mucho alrededor de un año más. La cura que realicé este invierno no tuvo éxito.
No me tomes a mal que me dirija ahora justamente a ti. No quiero quejarme, pero siento la necesidad de hablar un poquito del tema. Aquí, como sabes, no tengo a nadie más que a mi mujer, a la que de momento no quiero decirle nada. Habíamos tomado mi problema de la vista como un cansancio pasajero, y prefiero que no sepa la verdad antes de que yo mismo me haya acostumbrado más o menos a ella. De lo contrario, quedaríamos ambos demasiado desconsolados. Además, si se lo dijera, ella querría convencerme de que veo las cosas muy negras y que no es tan grave, o si no me trataría ya ahora, antes de tiempo, con la compasión y la diligencia que se tienen con un ciego, y es probable que ambas cosas me resulten igual de insoportables.
Por eso es que me dirijo a ti para contarte sobre mi estado y sobre los pensamientos que me ocupan de momento, tal como antes compartíamos y hablábamos entre los dos sobre algunas experiencias. Y como pronto ya no me será posible escribir, has de ser el último con el que converse por este medio.
No debes preocuparte por mí. Tal vez pueda seguir trabajando más tarde también, con alguien que me lea, dictando, etcétera. Y aun si eso no funciona, no estaré en apuros.
Hasta ahora no he tenido que renunciar a nada, más allá de la lectura. Es cierto que esa era mi actividad principal, pero gracias a Dios he retenido muchas cosas bellas y edificantes en la cabeza y tampoco he sido nunca una persona de estar siempre encerrada y que no puede vivir sin sus libros. Igual es algo lamentable, y cuando paso por al lado de mis cuantiosos volúmenes, muchas veces no puedo resistirme y tomo uno para que mi mujer me lea media hora. Por supuesto que no puedo hacerlo demasiado seguido, para que no se dé cuenta cuál es mi situación. Por lo demás, mis ojos aún me permitirían leer, pero es algo que no va a durar mucho y por eso me los ahorro para cosas más importantes.
Esto es de lo que quería hablarte en realidad. Desde que quedé sentenciado, vivo aquí como alguien que se está despidiendo. Una situación peculiar, que da pie a algunas reflexiones y que curiosamente no solo genera cosas dolorosas. Tú conoces nuestra región, nuestras colinas y mi casita con vista a los amplios campos de granos y las praderas. Ahora miro todo esto y noto lo mucho que en todos estos años me quedó sin conocer. Pues lo cierto es que ahora tengo que conocerlo todo muy bien y al dedillo, para luego no vivir en un entorno extraño, sino poder seguir sintiéndome en casa aun sin ojos. Paseo por ahí y con frecuencia me asombro de cuánto es lo que hay para ver, si por una vez uno bebe de veras “lo que retienen las pestañas”.1 Y al hacerlo siento una vanidad tal vez ridícula. Pues fíjate que, durante esta despedida y este último escaso placer visual, no puedo evitar pensar siempre en que conmigo se va un verdadero artista, como si yo entendiese especialmente bien el arte de mirar. O tal vez es que ahora, en mi triste estado de emergencia, veo el mundo tal como lo ve siempre un artista. Y eso es algo que, aun entre dolores, me provoca alegría.
Un campo de avena y un árbol de aliso, que en un par de meses sé que no podré ver nunca más, se ven muy distintos a lo que me parecía antes. Todo, absolutamente todo, hasta la maraña de raíces sobre un camino de tierra al borde del bosque, tiene de pronto un valor, resulta exquisito y un deleite para los ojos. Cada rama de haya y cada avefría volando son bellos y asombrosos, expresan un pensamiento de la creación, existen, viven, están ahí y con ese mero estar ahí justifican su existencia, que es un milagro y una alegría. Y pensar en que todas estas cosas pronto se me van a esfumar las convierte en cuadros para mí, pierden su carácter de casualidad efímera y se elevan a símbolos, a ideas, obteniendo el valor eterno de las obras de arte. Esto es algo tan raro y grandioso que a menudo me distrae durante horas enteras del temor y de lo deplorable de mi situación. A veces veo un paisaje amplio y diverso tan compendiado, tan simplificado a lo esencial, como tal vez solo pueda representarlo un gran pintor. Y a veces observo cosas pequeñas, pastos e insectos, la corteza de un árbol o un guijarro, y no por eso dejo de extraer grandes impresiones de ello, veo colores y los estudio casi como un pintor, veo cuerpos y disfruto de esta mirada conmovedora como de un talento valioso.
A menudo pongo también a prueba mi memoria visual, y aunque hay infinidad de cosas olvidadas que debo dar lamentablemente por perdidas, igual me alegro de haber retenido tan bien muchas otras de manera involuntaria. Hay algunos pueblos, por los que he caminado hace años, de los que aún retengo una memoria fresca, así como algunos bosques y alguna que otra ciudad bonita, y en el recuerdo también guardo sin pérdida un Tiziano y un par de antigüedades y algunas otras obras de arte. Aún sé qué aspecto tienen los hilos de la semilla del diente de león cuando flotan por los aires, y de muchos días lejanos de juventud sé también cómo se reflejaba en aquel entonces el sol matinal en un arroyo de montaña, o cómo se levantaba una tormenta, o cómo paseaba por la tarde a través de las callecitas una fila de muchachas de pueblo tomadas del brazo. Si eso todavía está tan bien asentado y lleno de vida, también aquello que aún pueda grabarme no se perderá tan rápido, pienso yo.
Por supuesto que aún no puedo efectuar este tipo de pruebas con mi entorno si no quiero perder mi poquito de buen humor. Cuando observo de vez en cuando a mi mujer, su figura, su vestido, su rostro, sus manos, y luego empiezo a cavilar cómo ha de vivir más tarde su retrato detrás de mis ojos enceguecidos, me abandona toda sensatez y mi destino se me antoja horriblemente estúpido, insensato y cruel.
Pero no era de eso que te quería escribir.
Prefiero decirte que ahora te siento a ti y a tu amistad con mayor profundidad, y sé más emparentados y relacionados conmigo a nuestros recuerdos queridos y a todo aquello que me ha servido de consuelo en tiempos de insatisfacción. Como entenderás, ahora miro con algún temor ciertas cosas que podrían convertirse en consuelo y en una fuente de energía para una vida quebrantada, y creo que hay suficientes de ellas para responder a la desesperación. Puesto que ahora he de quedarme ciego, me parece por supuesto que la vista y todo lo que puede disfrutarse con los ojos es especialmente valioso y magnífico. Pero a la vez sé que también hay otras cosas.
De momento no hago nada de música. Por un lado, no tengo la tranquilidad suficiente, además de que la despedida consume todo mi tiempo, y por otro lado quiero ahorrarme eso para la época en que me sea más necesario. Soy solo un diletante y tengo muy pocos conocimientos en ese rubro, pero sé algunas cosas que ya me han hecho bien y me fueron caras en tiempos malos, y que quiero llevarme conmigo hacia ese lugar. Un par de composiciones de Beethoven y principalmente también un par de melodías de Schubert, en las que pienso como piensa un insomne en la morfina.
Además, hay tantas cosas finas y bellas para escuchar, dejando totalmente de lado la música. Les presto ahora una viva atención. Busco aprender a reconocer con mucha seguridad a los pájaros por su canto y a las personas conocidas por sus pasos y sus voces, por las noches escucho el viento y pienso que seguramente es posible adivinar de vez en cuando el clima y la estación del año de acuerdo con su tono. Y me alegro de que en la tierra haya algunas cosas agradables solo para el oído y no solo para el ojo, como los ruiseñores, las cigarras, etcétera.
Así y todo, me ocupo mayoritariamente de las cosas visibles. Uno valora diez veces más lo que ha de perder, y todo lo que aún puedo hacer que se refleje en mis ojos o pueda grabarme y hacer mío por esa vía me lo tomo como un botín.
Cuando me enteré de cuál era mi situación, y pasó el primer aturdimiento, se me vino a la cabeza la idea de hacer un gran viaje, tal vez contigo, a fin de saborear las bellezas de este mundo con plena conciencia y mucha hambre, ir una vez más a la alta montaña y una vez más a Roma y una vez más al mar. Pero para entonces ya habría sido una persona enferma, alguien hubiera tenido que leerme los horarios del tren y ocuparse por mí de algunas cosas, mientras que aquí sigo siendo un hombre libre y no preciso de ninguna ayuda sospechosa. Todo aquello ya llegará con la suficiente antelación. Aun así, me gustaría verte bien una vez más, querido Theo, antes de que empiece la verdadera oscuridad. Vas a venir, ¿no es cierto? ¿Lo harías por mí? Ahora es todavía demasiado temprano, no podríamos ocultarle a mi mujer que tenemos un secreto penoso. Pero no bien haya llegado el momento de poder decírselo sin lamentos, debes venir, ¿vale?
Con este pedido he aliviado mi corazón. Y no hables con nadie del asunto, porque de lo contrario los tendré enseguida encima con preguntas y condolencias. Por un ratito debe parecer como si conmigo todo siguiera igual. Ni siquiera he suspendido los abonos de las revistas, y los libreros siguen mandándome sus paquetes con novedades como siempre.
Pero acabé otra vez hablando de cosas actuales, cuando en realidad no quería más que charlar una vez más contigo por escrito como lo hacíamos antes. En caso de que guardes mis cartas y las hayas agrupado, tal como yo he hecho con las tuyas, el conjunto debe formar un paquete de proporciones. Espero también que se le vayan a agregar muchas más, pues más tarde voy a poder dictarlas. Pero de las escritas manu propia esta debería ser la última, y por consiguiente una especie de rareza autográfica. Pero basta ya, hombre, y también hoy de nuevo y como siempre sinceras gracias por tu cariño.
Tu amigo Franz
(1906)
Nota
1 Verso de Gottfried Keller.
La despedida
Un campesino, que era dueño de una finca en mi vecindad, y al que recuerdo como un hombre callado y algo tímido con una mirada bella a la vez que triste y pudorosa, se suicidó un día con apenas poco más de treinta años. Y como puede suceder a veces en esas ocasiones, no bien me llegó la noticia me pareció que esa muerte era la natural y probable para ese hombre, como si siempre hubiera sabido intuitivamente que moriría así. Más tarde me llegó a través del médico más información sobre este vecino, y también a través de ese mismo médico cayó en mis manos el escrito en el que el suicida se despedía y hacía el intento de explicar su decisión. El documento, del que hice una copia en aquel momento, es digno de atención y de ser compartido, creo yo. Dice así:
Cuando alguien muestra una pasión muy especial por algún arte o deporte, sin tener para ello la menor habilidad, es justo que lo consideren un ridículo. De un semiciego que se dedica a tirar al disco, o de un tartamudo al que le gusta dar discursos de sobremesa, solo podemos reírnos. Hay gente así. Parecen estar completamente de más y es probable que en su mayoría sean muy infelices; sin embargo, el tirador semiciego también se ríe cuando escucha hablar al tartamudo, y viceversa. Lo sé porque yo mismo tengo la desgracia de pertenecer a este tipo de personas.
Lo que más me hubiera gustado en la vida habría sido ser un pensador. A nada me he dedicado a toda hora y con tanta aplicación como al pensamiento, y sin embargo hace tiempo que sé perfectamente que carezco de todo talento para eso y que nunca lograré desarrollar ninguna teoría propia que merezca ser mencionada. ¿Por qué me han depositado esta sed de saber, si se me ha negado su realización? Un gato puede trepar y con eso se conforma. Un pájaro puede volar y con eso se conforma. En cambio yo no estoy conforme con aquello que me resulta fácil por naturaleza y busco continuamente algo que a mi naturaleza le resulta imposible alcanzar.
Todos tenemos un cierto vago interés por las preguntas filosóficas. Es parte de la educación. Tal vez ese hombre se asombra a veces de lo poco que sabemos. Pero no tiene la sensación de no poder vivir sin saber, y no se desespera por no entender la vida ni poder justificarla en términos teóricos. Pero yo sí tengo esa sensación, yo sí sufro ese desespero.
Por supuesto que he leído mucho. Hace tiempo que sé que no existe una verdad universalmente válida. Sé que cada sistema solo es una forma única y efímera y que una visión de mundo no es el resultado del don de un investigador, sino la obra de un talentoso para las combinaciones o de un espíritu artístico. Y precisamente eso es lo que me falta a mí. Yo puedo estudiar alguna doctrina cualquiera y entender y aprobar cada una de sus partes, pero lo que no puedo es aceptar esta doctrina en conjunto como consuelo y verdad. Cada doctrina tiene como eje al maestro, es decir, a la persona que posee la valentía, la confianza y el pathos suficiente como para ponerse a sí misma en el centro del mundo y desde ahí darle sentido y orden a la pluralidad de fenómenos. Un pensador que reúna este pathos y esta confianza puede construir un sistema, puede hallar regocijo en su pensamiento. Para eso no se necesita ni siquiera un gran espíritu: he conocido sistemas que eran bastante tontos y que sin embargo tenían el encanto de un todo y que sin dudas les dieron alegrías a sus creadores.
Quería decir muchas cosas, pero ahora noto que estoy escribiendo puras obviedades. ¡Este es el resultado después de más de diez años de reflexionar! Pero una cosa más debo decir aún: que no es por arrogancia que hablo así, sino únicamente por desesperación. Lejos de mí querer hacer pasar por desdeñables a aquellos hombres que emprendieron la tarea de interpretar el mundo desde su punto de vista. Lo único que digo es: para eso se precisa confianza en uno mismo, y tal vez también una cierta limitación. En todo caso se necesita algo que yo no tengo. Ciertamente, un pensador también puede construir su edificio a partir de la más profunda humildad, pero en ese caso el centro de su cosmovisión no es él, sino Dios. ¿Y quién sería capaz de algo así entre los contemporáneos, que haya pasado por la escuela de los nuevos filósofos? Pero no, con Dios ninguno de nosotros tiene otra relación que no sea la de un temor inmenso y una inmensa nostalgia. Esa relación, verdadera manifestación de nuestro ateísmo, es también el núcleo y la razón de mi desesperación.
¡Qué más da! Cuando uno quiere autorretratarse, es en definitiva lo mismo si expone su filosofía preferida o cuenta una anécdota. En ambas se percibirá su esencia, de ambas se podrá leer su idoneidad o su inferioridad. A su inferioridad no podrá ocultarla ni con todas las artes de la representación. Tal es mi caso. Así que paso a las anécdotas. Lo mismo podría dejar a un lado la pluma y desistir. Pero la sensación de que mi persona y mi vida, que alguna vez me parecieron tan inconmensurablemente importantes, carecen en efecto de cualquier valor, es algo que aún me sigue preocupando con demasiada fuerza. Cuando a un campesino se le quema la granja, puede volverse a menudo verdaderamente locuaz, a tal punto lo llena su pérdida y el recuerdo de aquello que alguna vez fue de él y que ahora le parece mucho más valioso y bello de lo que era.
Ya he dicho que sé lo ridículo que soy. Tal vez lo más ridículo sea sin embargo que ahora sienta la necesidad de explicar mi vida, habida cuenta de que mi vida es un fracaso precisamente por mi incapacidad para explicar la vida en general.
Va entonces mi anécdota: cuando era un niño, antes aún de que se desarrollara mi posterior afán por cavilar, tenía una pasión no menos fuerte. Era mi amor por la música. Una hermana mayor tocaba el piano, y aún recuerdo con precisión el placer casi doloroso con que la escuchaba desde la sala aledaña cuando practicaba por las tardes. Por aquel entonces, la música me parecía lo más maravilloso que podía existir. Al escuchar aquellas interpretaciones sentía una intensificación de la vida, en mí crecían decisiones heroicas y magníficos planes a futuro, cuando de lo contrario era tímido aun en mi interior y una persona de pocas aspiraciones. Cada vez que escuchaba música, tenía la sensación de ver a través de un portal repentinamente abierto un país de maravillas, donde los prados y los bosques eran mucho más exuberantes y las nubes y el aire más suaves, coloridos y agraciados que los que vemos a diario.
En aquella época, la sensación de ser un forastero en la vida me producía incluso un cierto orgullo juvenil. Aún recuerdo que esta sensación me era tan cara como dolorosa y que nunca pensé que pudiera ser una enfermedad, algo bajo y en el fondo vergonzoso. De eso me di cuenta mucho más tarde, solo en los últimos años.
O sea que en mi juventud, la música me parecía el portal a través del cual podía escabullirme de la desacreditada sobriedad de los asuntos cotidianos y huir hacia un más allá en el que pensaba encontrar las condiciones de vida para mi naturaleza especial. No sabía que no existen condiciones de vida para la gente gravemente enferma.
Me doy cuenta de que esto no es ningún relato. Para decirlo entonces brevemente: con doce años logré que me dieran clases de música. Quería a toda costa tocar el violín, así que mi padre hizo venir a un profesor. Después de más o menos un año, en el que me torturé de manera patética, el profesor abandonó mi instrucción por inconducente. Cuando lo oía tocar, temblaba de impaciencia por alcanzar yo también ese nivel, y estaba por completo enamorado de mi violín, pero para dominar el instrumento me faltaba todo, principalmente contar los compases me sumía casi en la desesperación.
A esto le siguió un pausa turbia y después un nuevo y desesperado intento con el piano, que terminó de la misma manera. Por aquel entonces estuve a punto de realmente conocerme a mí mismo. Un pastor muy cordial, que me preparó para la confirmación, cambió mi modo de pensar. Por un rato me volví piadoso hasta la superstición, pero con el tiempo encontré precisamente en mis lecturas religiosas las primeras tentaciones de la filosofía.
Esto fue hace quince años. Y ahora he llegado con la filosofía hasta donde lo había hecho por entonces con el piano y con el violín.
Desde que mi muerte es un asunto decidido, me siento un poco liberado del miedo abrumador que estuve sintiendo durante los últimos meses. Contento no estoy, más bien estoy bastante triste, pero es una tristeza sin gran inquietud. Uno solo se siente inquieto mientras aún guarda esperanzas. Mi cuenta está cerrada, y ha dado justo, ya no queda en ella ningún sentimentalismo.
Una vida de pensador, una vida espiritual –hoy lo sé–, solo es posible en Dios. Nosotros los ateos no tenemos nada que buscar aquí.
Cuando ahora veo a las personas de mi entorno vivir despreocupadamente, las observo con la misma envidia admirada con que miraba en aquel entonces a mi profesor de violín, que tocaba todo lo bello de manera tan pura y segura en sus cuatro cuerdas, mientras que yo con todo el suplicio no sacaba una sola nota limpia.
¡Cuánto virtuosismo en todas partes! ¡Cómo suena y ríe y tienta por todas partes la querida canción de la vida! Cada uno de mis jornaleros y cada una de mis criadas de establo tocan la canción de manera tan fresca y magistral y no piensan al hacerlo en cuántos obstáculos existen allí, cuántas semicorcheas deben contarse, cuántos errores hay que evitar. Su canción está afinada, el compás está en orden, todo va como por sí solo, todo es un juego de niños. ¡Loco aquel que quiere hallarlo difícil o incluso ver en ello un arte! Pero existen esos locos, yo soy uno de ellos, y para reconocerlo he necesitado treinta años.
(1908)
De la correspondencia de un autor
Hans Schwab a la editorial y librería E. W. Mundauf
B., 15 de abril de 1906
Muy distinguido señor editor:
Este paquete contiene una obra de mi autoría, la novela Paul Weigel. No sé si realmente le cabe la denominación de “novela”; el libro es menos narrativo que idílico-lírico. No es para consumo del gran público, y con él no se podrán hacer negocios considerables; pero tal vez reúna una pequeña y modesta cantidad de lectores, sobre todo si aparece en una buena editorial, como es la de usted. Eso sería una gran alegría y orgullo para mí. Hasta ahora solo he publicado un pequeño volumen de poemas, que ha pasado completamente desapercibido.
Para serle del todo honesto, debo confesar que ya he puesto el manuscrito a la consideración de otra editorial. Lo envié a la firma L. Biersohn y recibí como respuesta que el trabajo era adecuado y tenía perspectivas de ser bien recibido, pero que para el señor Biersohn el riesgo de imprimirlo seguía siendo demasiado alto, y por eso me proponía que yo pagara tres cuartas partes de los costos. Yo no estaba en condiciones de aceptar y quería comunicárselo también a usted por adelantado, en caso de que abrigue la intención de hacerme sugerencias similares.
Espero su respuesta con verdadera ansiedad. Los domingos y las silenciosas horas nocturnas, en las que nació el pequeño libro, ya están a mis espaldas y se me han vuelto extrañas e irreales, mientras que el manuscrito está allí y me mira con infelicidad, como un hijo ilegítimo a su irresponsable padre. En todo caso, quiero pedirle cordialmente que me exprese su juicio sobre el trabajo con toda franqueza; puedo tolerar la crítica y creo estar bastante exento de la vanidad de los autores.
Con mi mayor aprecio, su muy atento servidor,
Hans Schwab
Hans Schwab a la redacción de la revista El Placer del Poeta
B., 25 de abril de 1906
Muy estimado señor editor:
Hace dos años, usted fue tan amable de publicar en su periódico un poema de mi autoría. Me escribió en aquel entonces que esperaba cosas buenas de mí, y me dio esperanzas de más tarde poder cobrar honorarios por mis colaboraciones, en tanto que se disponía a imprimir aquel poema como una prueba de talento sin retribución monetaria.
No me atreví a molestarlo tan rápido otra vez. Pero ahora creo haber superado algunos errores de principiante y haber logrado una mayor seguridad en el formato, sobre todo por haberlo hecho más sencillo y abreviado. Entretanto he escrito una especie de novela (está siendo leída por un editor berlinés) y creo que ocuparme de manera intensiva de la prosa y de otro formato artístico me ha permitido aprender algunas cosas. En todo caso, luego de haber dejado de componer versos por un largo tiempo, he regresado a la lírica con ganas renovadas y espero que enriquecido.
Aquí están entonces los tres poemas que quería ofrecerle, todos de reciente composición. Me alegraría que contaran con su aprobación. Pero a la vez preferiría, en caso de que aún no se incline usted por remunerar el asunto, que por favor me los envíe de vuelta, puesto que vivo en condiciones bastante estrechas y de momento debo pensar menos en el honor que en el dinero. Incluso unos honorarios modestos serían bienvenidos, ya que cada marco significa para mí un salario anhelado y valioso.
Con mi mayor estima y muy atentamente,
Hans Schwab
La redacción de El Placer del Poeta a Hans Schwab
L., 4 de mayo de 1906
Estimado señor:
Adjunto le enviamos, con nuestro agradecimiento, los poemas que nos acercó oportunamente. Con gusto hubiéramos impreso el uno o el otro, pero no estamos en condiciones de pagarles honorarios a autores completamente desconocidos por composiciones líricas.
Para cualquier otro envío, le solicitamos encarecidamente que agregue el franqueo para la respuesta.
Atentamente,
La redacción de El Placer del Poeta
La redacción de Tiempo Nuevo a Hans Schwab
Múnich, 8 de mayo de 1906
Apreciado señor Schwab:
Gracias por el amable envío de su novela corta. Nos ha interesado oír que quiera usted dedicarse ahora más a la escritura en prosa. Pero somos de la opinión que su verdadero ámbito es la lírica. La novela enviada tiene sin dudas algunos encantos, pero es demasiado lírica y difícilmente sea adecuada para nuestro círculo de lectores. Tal vez le convenga intentarlo en otro lugar. Al mismo tiempo que esta carta, le estamos devolviendo el manuscrito por correo certificado.
El honorario por su último y bonito poema le llegará a principios del mes próximo. Nos alegraría que volviera a mandarnos algún trabajo lírico para que lo examinemos.
Atentamente,
La redacción de Tiempo Nuevo
La editorial E. W. Mundauf a Hans Schwab
Berlín, 23 de julio de 1906
Estimado señor Schwab:
Hemos demorado un poco en tener tiempo de examinar el manuscrito de la novela que nos envió en primavera. Tenga a bien disculparnos amablemente por el retraso.
El trabajo, pese a ciertas carencias propias de toda labor de un principiante, nos ha gustado mucho, y para nosotros será un gusto publicarlo en nuestra editorial. Tiene usted una cierta energía telúrica para el concepto y para la expresión que compensa algunos defectos técnicos y formales, y no sería imposible que su libro tenga éxito. En todo caso, nos esforzaremos por hacer nuestra parte para que ello ocurra. En cuanto a lo comercial, creo que nos pondremos de acuerdo con facilidad. En estos días le estará llegando un contrato editorial. Si le sirve que le hagamos un pequeño adelanto, por favor dígalo con franqueza.
Esto por hoy. Quisiéramos empezar ya mismo con la impresión, de modo que le pedimos encarecidamente que nos haga saber de inmediato cualquier propuesta respecto a la presentación del libro.
Saludos cordiales y atentos de su servidor,
Editorial E. W. Mundauf
Hans Schwab al editor E. W. Mundauf
B., 30 de julio de 1906
Muy distinguido señor:
Muchas gracias por su amable carta y por el contrato editorial, con el que por supuesto estoy completamente de acuerdo, y que le adjunto ya firmado.
Es para mí un honor y una alegría contarme desde ahora entre los autores de su editorial. Espero que no experimente usted una decepción demasiado grande conmigo. Pues, para admitirlo con franqueza, por la clase de libro que le he enviado no puedo creer en la posibilidad de que tenga mucho éxito. Además, ya ahora, puesto que han pasado algunos meses desde que el manuscrito salió de mis manos, me atormentan los muchos errores y torpezas que contiene. Y sin embargo, no podría escribirlo mejor, no al menos en este momento. Podré hacerle algunas pequeñas correcciones durante la impresión, pero el error principal del libro es lamentablemente incorregible. Pero bueno, el pícaro da más de lo que tiene,1 aun cuando esta sea una mala excusa.
Agradecido acepto su ofrecimiento de concederme un adelanto. El monto del mismo queda a su criterio. Estoy pasando ciertos apuros y me vendrían bien de 50 a 100 marcos, en caso de que no sea demasiado pedir.
Con afectuosos saludos
y renovado agradecimiento,
su muy atento servidor,
Hans Schwab
El editor E. W. Mundauf a Hans Schwab
Berlín, 1 de septiembre de 1906
Querido señor Schwab:
¡Gracias por el rápido despacho de las correcciones! En breve el libro estará impreso. ¿Algún deseo en especial para el envío de los ejemplares de reseña? En caso de que tenga conocidos en la prensa, por favor menciónenos sus direcciones.
Y una pregunta más. Usted se llama simplemente Hans Schwab. ¿No tiene ganas de escribir el Hans con dos “n”, es decir Hanns, como se ha hecho ahora costumbre entre los autores? ¿Y no tiene un buen retrato que podamos reproducir en el prospecto de propaganda?
Tengo fe, pese a su desconfianza, en que Paul Weigel tendrá mucho éxito. La prensa ya ha empezado a interesarse por el libro, y creo que vamos a estar conformes con la crítica. Es probable que imprima de inmediato una segunda edición. Así que no se haga problemas por el pequeño adelanto y dígame sin reparos cuando necesite otro más.
Cordiales saludos,
E. W. Mundauf
El editor E. W. Mundauf a Hans Schwab
Berlín, 20 de septiembre de 1906
Querido señor Schwab:
Muchas gracias por su carta del 4 del presente, que nos ha alegrado y divertido. Por supuesto que no tenemos el menor reparo en que escriba su nombre a la vieja usanza, y tal vez tenga usted razón cuando denomina aquella costumbre con alguna dureza como “hacerse estúpidamente el interesante”. Me apena que no quiera usted entregarnos un retrato. Tal vez con el tiempo cambie de parecer al respecto.
La segunda edición de su Paul Weigel ya se encuentra en imprenta. Hoy le envío impresas cuatro críticas de la primera edición, aparecidas en periódicos importantes. ¡En todas partes lo acogen con auténtico entusiasmo! Sin dudas que no quedará en estas dos ediciones. Aunque usted mismo con su exagerada autocrítica piensa en términos muy modestos sobre su obra, nosotros los del oficio tenemos otra opinión y lo consideramos un trabajo importante, incluso magistral.
Cordiales saludos,
E. W. Mundauf
La redacción de El Placer del Poeta a Hans Schwab
L., 28 de noviembre de 1906
Muy estimado señor Schwab:
Seguramente no se acuerde usted de que hace casi tres años figuraba en nuestra revista un muy bonito poema de su autoría. En aquel momento lo alentamos a hacernos llegar a la brevedad nuevos envíos, y hoy, puesto que parece habernos olvidado, queremos repetir con apremio dicha invitación. Sin dudas tendrá usted algún bello poema que pueda mandarnos.
Nos alegramos y estamos orgullosos de haberle acercado a nuestros lectores ya hace años, cuando era usted desconocido y no aún el célebre autor de Paul Weigel, una colaboración de su estimada pluma. Esperamos que nuestra relación se vuelva ahora firme y duradera.
Hasta donde recordamos, aquel poema suyo quedó en su momento sin su honorario. Son pocos los periódicos que están en condiciones de remunerar las colaboraciones líricas de autores desconocidos, por muy lamentable que pueda ser esto. Resulta innecesario mencionar que cualquier envío de su parte no solo será acogido con gusto e impreso a la máxima brevedad posible, sino que naturalmente también será remunerado como corresponde.
Con la más franca estima,
a su atento servicio,
La redacción de El Placer del Poeta
El escritor Fedor Pappenau a Hans Schwab
Würstlingen, 15 de diciembre de 1906
Estimado señor:
En estos días recibí de su editor la novela Paul Weigel, que me envía a fin de que la reseñe. He leído el libro y debo decir que quedé asombrado por la serenidad y la osadía con la que usted ha usado pensamientos y atmósferas, incluso personajes individuales de mi novela El diluvio, aparecida hace dos años en el Courier.
Como sea, los pensamientos no pagan impuestos aduaneros, y lejos de mí querer pasarle mezquinamente la factura respectiva, siempre que usted se muestre inclinado a mostrar buena voluntad también de su lado. El diluvio estará apareciendo en forma de libro con el editor Biersohn, que se lo enviará. Creo que le será fácil recomendar y reseñar extensamente el libro en algún periódico o revista importantes. No bien ocurra esto, también su novela recibirá de mi parte en el Observador local una valoración exhaustiva.
Atentamente,
Fedor Pappenau, escritor
La redacción de Tiempo Nuevo a Hans Schwab
Múnich, 18 de enero de 1907
Muy estimado señor Schwab:
Han pasado ya unos meses desde que usted nos alegró con el envío de unos poemas. ¿Podemos guardar la esperanza de recibir otros parecidos a la brevedad? Serán como siempre bienvenidos.
Y además tenemos en esta ocasión una nueva propuesta. Ya antes hemos pensado a veces, al leer sus poemas, que su importante talento debía funcionar también en el ámbito de la novela y de la novela corta. Cuánta razón teníamos nos ha demostrado su magnífica novela Paul Weigel, cuya lectura acabamos de hacer. Seguro que ha escrito otros relatos aún inéditos, que podría ofrecernos. Respecto a los honorarios, quedamos a la espera de sus propuestas.
Con el respeto de siempre,
La redacción de Tiempo Nuevo
La redacción del Cometa a Hans Schwab
H., 16 de febrero de 1907
Estimado señor:
Hemos leído con absoluto regocijo su novela Paul Weigel y queremos proponerle que nos confíe su próxima obra para publicarla por adelantado. Por una novela nueva de una extensión similar le ofreceríamos una remuneración de 3.000 marcos.
En la esperanza de que nuestro ofrecimiento no sea rechazado, y con la expresión de nuestra franca estima.
Atentamente,
La redacción del Cometa
La redacción de Tío de familia a Hans Schwab
S., 11 de marzo de 1907
Estimado señor:
Hemos leído con absoluto regocijo su novela Paul Weigel y queremos proponerle que nos confíe su próxima obra para publicarla por adelantado. Por una novela de una extensión similar le ofreceríamos una remuneración de 4.000 marcos.
En la agradable esperanza de que nuestro ofrecimiento no sea rechazado, lo saludamos, respetado señor, muy atentamente.
La redacción de Tío de Familia
El editor E. W. Mundauf a Hans Schwab
Berchtesgaden, 2 de junio de 1907
Querido y respetado señor Schwab:
Desde el majestuoso esplendor de las altas montañas le envío estas líneas a modo de saludo. Debo confesarle que solo aquí he leído su maravilloso Paul Weigel. Si ya por la opinión de mis editores y por el sorpresivo éxito del libro –estamos imprimiendo ahora la decimoctava edición– estaba completamente convencido del alto valor de su trabajo, leerlo me ha conmovido y me ha convertido en uno de sus admiradores. Ahora me ocuparé con el doble de energía en promocionar el libro. Sobre todo el magnífico personaje del viejo campesino me ha dejado impresionado.
Hace poco me escribió diciendo que está terminando de escribir un nuevo libro. ¿Puedo saber más? ¿Cuándo? ¿Cuán largo? ¿Qué género? Así podríamos preparar de antemano la novedad y crear expectativa por la nueva obra.
Muchos saludos de su sincero servidor,
E. W. Mundauf
Hans Schwab al editor E. W. Mundauf
B., 10 de junio de 1907
Estimado señor Mundauf:
Muchas gracias por sus amables líneas sobre Paul Weigel. En la novela no aparece ningún viejo campesino, pero poco importa. Hoy debo ser breve, mi tiempo es cada vez más escaso, sobre todo la mucha correspondencia me tiene muy ocupado. Aunque la mayoría de las cartas son falaces y no tienen más objeto que hacer negocios, pongo buena cara y me divierto de vez en cuando con la curiosa popularidad que he obtenido, y que acompaña la marcha de las crecientes ediciones del Weigel. El éxito del libro sigue siendo un misterio para mí; la novela no es lo bastante buena ni tampoco lo bastante mala como para tantas ediciones, y su popularidad me parece una y otra vez como un malentendido.
Pero basta de eso. De a poco, mi nuevo libro va cobrando forma y orden. Está listo hace tiempo, pero la organización y la revisión del mismo aún me dan mucho trabajo. Es un volumen de poemas. Creo dar con ello lo mejor de mí, en todo caso mucho más que con Weigel, y espero que el libro tampoco lo decepcione a usted. ¿Lo podrá publicar tal vez este invierno? La extensión es algo que aún no puedo calcular bien, pero serán seguramente unos diez pliegos.
Cordiales saludos de su servidor,
Hans Schwab
El editor E. W. Mundauf a Hans Schwab
Berchtesgaden, 3 de julio de 1907
Querido señor Schwab:
Me apena oír que justo ahora quiera usted publicar un volumen de poemas. Por supuesto que es para mí un gusto y un honor editar el libro, en caso de que insista en ello. Pero antes quiero pedirle que lo piense bien una vez más. No le hará mal recibir en este asunto el consejo de un profesional.
El bonito éxito de su novela es, para decirlo en términos figurativos, una base, un primer escalón sobre el que debemos empezar a construir. Ahora bien, sería un gran error si amedrentamos al público, cuya confianza usted apenas si acaba de ganarse, con una publicación tan inesperada como poco esperanzadora. Publique en breve otra novela, en el mejor de los casos del mismo género que la primera, y yo le garantizo un éxito aún mayor que el actual. Y más tarde, digamos en cinco, seis años, cuando tenga asegurada a su comunidad de lectores y se encuentre bien asentado sobre su montura, puede usted publicar poemas o lo que sea, sin por eso arriesgar nada. ¡Solo ahora no! Piense bien en esto, por favor, y deme sin apuro su respuesta.
Con el respeto de siempre y cordiales saludos,
E. W. Mundauf
(Alrededor de 1908)
Nota
1 “El pícaro da más de lo que tiene. Esos son en la literatura y en el arte los falsos idealistas” (Berthold Auerbach).
Un hombre llamado Ziegler
En un tiempo vivía en la Brauergasse un joven llamado Ziegler. Pertenecía a aquel tipo de persona que nos encontramos cada día y siempre de nuevo en la calle y cuya cara nunca logramos recordar bien, porque todas tienen la misma: una cara colectiva.
Ziegler era todo y hacía todo lo que ese tipo de gente siempre es y hace. No estaba desprovisto de talento, pero tampoco era talentoso, amaba el dinero y la diversión, le gustaba vestirse bien y era igual de cobarde que la mayoría de las personas: su vida y su quehacer estaban regidos menos por los impulsos y las aspiraciones que por las prohibiciones y el miedo a los castigos. Al mismo tiempo, tenía algunos rasgos honestos y era en líneas generales un hombre gratamente normal, para quien su propia persona era muy querida e importante. Como todos, se creía una personalidad, cuando en rigor solo era un ejemplar, y veía en sí mismo y en su destino el centro del mundo, como ocurre con cualquier persona. Dudas no tenía, y cuando los hechos contradecían su visión del mundo, cerraba disconforme los ojos.
En tanto hombre moderno, tenía un respeto infinito, además de por el dinero, por un segundo poder: la ciencia. No podría haber definido qué era exactamente la ciencia, pensaba en algo como la estadística y un poco también en la bacteriología, pero sabía muy bien la cantidad de dinero y de honra que el Estado ponía a disposición de la ciencia. Ante todo respetaba las investigaciones sobre el cáncer, pues su padre había muerto de esa enfermedad y Ziegler asumía que la ciencia, que entretanto se había desarrollado mucho, no iba a permitir que alguna vez le pasara lo mismo a él.
En el aspecto exterior, Ziegler se caracterizaba por el empeño en vestirse un poco por encima de sus medios, siempre en consonancia con la moda del año. A las modas del trimestre o del mes, que hubieran sobrepasado en demasía sus recursos, las despreciaba como una payasada estúpida. Le importaba mucho el carácter y no temía quejarse, entre sus iguales y en lugares seguros, de sus superiores y de los gobiernos. Me estoy demorando demasiado en esta descripción. Pero Ziegler era realmente un joven encantador, y es mucho lo que hemos perdido con él. Pues tuvo un fin temprano y extraño, a pesar de todos sus planes y justificadas esperanzas.
Poco después de haber arribado a nuestra ciudad, decidió pasarse un domingo a su placer. Aún no había trabado amistades verdaderas y por titubear no había entrado a ninguna asociación. Tal vez esa fue su desgracia. No es bueno que el hombre esté solo.
Así es como no le quedaba más que dedicarse a las atracciones turísticas de la ciudad, que estuvo indagando en detalle. Tras este detenido estudio, se decidió por el museo de historia y el jardín zoológico. El museo era gratis los domingos por la mañana, y el jardín zoológico se podía visitar por las tardes a una tarifa reducida.
En su nuevo traje de calle con botones forrados en tela, al que quería mucho, se dirigió Ziegler el domingo al museo de historia. Llevó consigo su bastón de paseo delgado y elegante, un bastón cuadrangular laqueado en rojo que le confería postura y brillo, pero que para su más profundo disgusto le fue quitado por el portero en la entrada.
En las salas de techo alto había mucho para ver, y el piadoso visitante elogió en su corazón a la todopoderosa ciencia, que también aquí demostraba su meritoria confiablidad, según dedujo Ziegler por las detalladas inscripciones junto a las vitrinas. Viejos cachivaches, como llaves herrumbradas de portones, cadenitas de cuello rotas y con cardenillo y demás cosas por el estilo obtenían gracias a estas inscripciones un interés sorprendente. Era maravilloso ver la cantidad de temas de los que se ocupaba la ciencia, cómo dominaba todo y sabía denominar cada cosa… Oh, no, sin dudas que en breve lograría abolir el cáncer y tal vez la muerte en general.
En la segunda sala, Ziegler encontró un armario de vidrio de cristales tan relucientes que en un minuto de tranquilidad pudo controlar con cuidado y satisfacción su traje, el peinado, el cuello, las líneas del pantalón y el nudo de la corbata. Respirando hondo con alegría siguió avanzando y honró con su atención algunos testimonios en madera de antiguos escultores. Tipos capaces, aunque tan ingenuos, pensó con benevolencia. Y también observó y aprobó pacientemente un viejo reloj de pie con figuritas de marfil que danzaban un minueto cuando sonaba la hora. Luego la cosa empezó a aburrirlo, bostezaba y sacaba con frecuencia su reloj de bolsillo, que bien podía mostrar, pues tenía mucho oro y era herencia de su padre.
Le quedaba aún bastante tiempo hasta la hora del almuerzo, notó con pena, así que entró a otra sala, que logró atrapar su atención una vez más. Reunía objetos de la superstición medieval, libros de hechicería, amuletos, vestimentas de brujas, y en un rincón todo un laboratorio de alquimista con chimenea, mortero, vasos abombados, vejigas de chancho resecas, fuelles y demás. Este rincón estaba separado por un hilo de lana, una pizarra prohibía tocar los objetos. Pero uno nunca lee esas pizarras con demasiada atención, y Ziegler estaba completamente solo en la sala.
De modo que extendió sin pensarlo el brazo por sobre el hilo y tocó algunos de esos curiosos objetos. Ya había oído y leído sobre esa Edad Media y sus graciosas supersticiones; le resultaba inconcebible que la gente de entonces pudiera ocuparse de cosas tan infantiles, y que simplemente no se prohibiera ese embuste de las brujas y todo ese asunto. En cambio, al menos la alquimia podía ser disculpada, puesto que de ella había surgido la tan útil química. ¡Dios mío, cuando uno pensaba en que esas marmitas para fabricar oro y todos esos estúpidos trastos de hechicería tal vez habían sido necesarios para que hoy existiesen las aspirinas y las bombas de gas!
Despreocupadamente tomó con la mano una bolita pequeña y negra, algo así como una pastilla, una cosa reseca sin peso, la hizo girar entre los dedos y estaba a punto de devolverla a su sitio cuando escuchó pasos detrás de él. Se dio vuelta, había ingresado un visitante. A Ziegler le dio vergüenza tener la bolita en la mano, porque naturalmente había leído la prohibición en la pizarra. Por eso la encerró en su puño, se la metió en el bolsillo y salió.
Solo en la calle volvió a pensar en la pastilla. La sacó y pensó en desecharla, pero antes se la llevó a la nariz y la olió. La cosa tenía un olor débil y resinoso que le gustó, de modo que se la volvió a guardar.
Fue entonces al restaurante, pidió comida, husmeó en algunos periódicos, estuvo manoseándose la corbata y le echaba a los comensales miradas respetuosas o altaneras según cómo estuvieran vestidos. Puesto que la comida se hizo esperar un rato, el señor Ziegler extrajo la pastilla de alquimista que se había robado por descuido y la olió. Luego la rascó con la uña del dedo índice, y al final, siguiendo con ingenuidad un deseo infantil, se la llevó a la boca; la pastilla se disolvió rápidamente, sin que su sabor fuera desagradable, y Ziegler la engulló con un trago de cerveza. Enseguida llegó la comida.
A las dos de la tarde, el joven saltó del tranvía, entró al patio delantero del jardín zoológico y compró una entrada de domingo.
Sonriendo amablemente, fue a la sección de los monos y tomó posición delante de la gran jaula del chimpancé. El mono grande parpadeó en su dirección, asintió benevolente y con voz grave le dijo las siguientes palabras:
–¿Cómo te va, hermano?
Asqueado y extrañamente asustado, el visitante se retiró a toda prisa, y al irse escuchó al mono echar pestes a sus espaldas:
–¡Y además es orgulloso, el tipo! ¡Pie plano! ¡Imbécil!
Ziegler pasó rápidamente hacia los macacos Cercopithecus de enfrente. Estos bailaban alegremente y exclamaron “¡Danos azúcar, camarada!”, y como él no tenía azúcar, se pusieron malos, empezaron a imitarlo, lo llamaron muerto de hambre y le mostraron los dientes. Ziegler no lo soportó; consternado y confundido, huyó de allí y dirigió sus pasos hacia los ciervos y los renos, de quienes esperaba un comportamiento más delicado.
Un alce grande y espléndido estaba parado cerca de la reja y observó al visitante. Entonces Ziegler se asustó hasta la médula. Pues desde que había tragado la vieja píldora mágica entendía el idioma de los animales. Y el alce hablaba con sus ojos, dos grandes ojos marrones. Su serena mirada expresaba majestad, sumisión y tristeza, y frente al visitante mostraba un serio desprecio altanero, un desprecio terrible. Para esa mirada serena y majestuosa, tal como la interpretó Ziegler, él era, con su sombrero y su bastón, su reloj y su traje de domingo, nada más que un bicharraco, una bestia ridícula y repugnante.
Del alce, Ziegler huyó hacia el macho cabrío, de ahí a las gamuzas, a las llamas, al ñu, a los cerdos salvajes y a los osos. Ninguno de ellos lo insultó, pero todos lo despreciaron. Escuchándolos, supo por sus conversaciones qué era lo que pensaban de los seres humanos. Y lo que pensaban era espantoso. Ante todo se sorprendían de que justo esos bípedos asquerosos, malolientes e indignos pudieran caminar libremente en sus vestimentas presumidas.
Oyó a un puma hablando con su hijo, una conversación repleta de dignidad y de sabiduría práctica, como rara vez se oye entre personas. Escuchó a una bella pantera manifestándose de manera breve y adecuada con expresiones aristocráticas sobre la chusma que visitaba el zoológico los domingos. Miró al rubio león a los ojos y supo lo amplio y maravilloso que es el lejano mundo donde no hay ninguna jaula ni ninguna persona. Vio un cernícalo triste y orgulloso posado en rígida melancolía sobre una rama muerta y vio a los arrendajos soportar su cautiverio con decencia, encogimientos de hombros y humor.
Aturdido y arrancado de todos sus pensamientos usuales, Ziegler se volvió a dirigir desesperadamente hacia las personas. Buscó un ojo que entendiera su urgencia y su miedo, escuchó conversaciones a escondidas para oír alguna cosa consoladora, entendible y agradable, observó los gestos de los muchos visitantes, a fin de encontrar también en ellos dignidad, naturaleza, nobleza, serena superioridad.
Pero se decepcionó. Oía las voces y las palabras, veía los movimientos, los gestos y las miradas, y como ahora lo observaba todo como desde los ojos de un animal, no hallaba más que una comunidad degenerada, fingidora, mentirosa y desagradable de seres animalescos, que parecían ser una mezcla presumida de todas las especies.
Ziegler dio vueltas desesperado, avergonzándose en exceso de sí mismo. Al bastoncito cuadrangular hacía tiempo que lo había arrojado entre los arbustos, seguido por los guantes. Pero cuando arrojó el sombrero, se sacó las botas, se arrancó la corbata y se apretó entre sollozos contra la jaula del alce, fue apresado con gran escándalo y llevado a un manicomio.
(1908)
Regreso al hogar
A los habitantes de Gerbersau no les disgusta viajar, y es habitual que los jóvenes vean un pedazo de mundo y costumbres foráneas antes de independizarse, casarse y entregarse para siempre a la magia de las rutinas hogareñas. Pero la mayoría suele reconocer las ventajas de la patria a poco de comenzar el viaje y emprende el regreso, es raro que alguien se quede en el extranjero hasta avanzada edad o incluso para siempre. Así y todo, de cuando en cuando esto sucede, transformando a aquel que lo hace en una celebridad involuntariamente reconocida, aunque muy polémica, en su ciudad de nacimiento.
Tal era el caso de August Schlotterbeck, el único hijo del curtidor de fino Schlotterbeck, que tenía su curtiembre junto a la Badwiese. Como otros jóvenes, también él salió a recorrer el mundo, en su caso como hombre de negocios, pues de chico había sido enfermizo y declarado no apto para la curtiembre. Más tarde quedó demostrado, sin embargo, que la delicadeza y la debilidad solo habían sido caprichos de la adolescencia y que este August era un muchacho bastante fuerte y tenaz. Pero ya había tomado el oficio de comerciante y en su traje de oficina miraba a los obreros con alguna compasión, sin excluir a su padre. Y sea porque eso le hizo perder su cariño paternal al viejo Schlotterbeck, sea porque a falta de otros hijos igual debía renunciar a que la vieja curtiembre de los Schlotterbeck quedara en la familia, en resumen, cuando se puso viejo empezó a desatender visiblemente el negocio y a darse una buena vida y terminó dejándole a su único hijo una empresa tan endeudada que August pudo darse por contento de poder liberarse de ella vendiéndosela por un monto mínimo a otra curtiembre más nueva.
Tal vez fue esta la causa de que August se quedara más tiempo del necesario en el extranjero, donde por lo demás le iba muy bien, y que finalmente dejara de pensar en su ciudad de nacimiento para siempre. Cuando cumplió algo más de treinta años, sin haber encontrado razón para fundar su propia empresa o para casarse, le sobrevino una tardía sed de viajar. Había estado trabajando los últimos años a cambio de un buen sueldo en una ciudad fabril del este de Suiza, renunció a ese puesto y se fue a Inglaterra, para aprender más cosas y no anquilosarse. Aunque Inglaterra y la ciudad de Glasgow, en donde había conseguido trabajo, no le gustaban especialmente, allí se acostumbró a ser un ciudadano del mundo y a la ilimitada liberalidad, por lo que perdió la pertenencia con su lugar de nacimiento o la extendió a todo el mundo. Y como nada lo ataba, le vino muy bien una oferta para dirigir una fábrica en Chicago, y rápidamente se sintió en Norteamérica tan en casa, o tan poco en casa, como en los otros lugares. Hacía tiempo que ya nadie notaba que era oriundo de Gerbersau, y cuando se encontraba con gente de su ciudad, cosa que ocurría cada par de años, los saludaba y los trataba con simpatía y amabilidad, como lo hacía también con el resto de las personas, por lo que en Gerbersau cundió el rumor de que se había vuelto rico y poderoso, pero también engreído y americanizado.
Cuando tras años de estar en Chicago creyó haber aprendido y ahorrado lo suficiente, siguió a su único amigo, un alemán del sur de Rusia, a su patria, donde al poco tiempo abrió una pequeña fábrica, que le daba de comer y gozaba de buen nombre. Se casó con la hija del amigo y pensó que ya estaba acomodado para el resto de su vida. Pero lo que siguió no respondió a su idea. En primer lugar, lo contrariaba y preocupaba que no llegaran los hijos, algo que le hizo perder mucha paz y satisfacción a su matrimonio. Luego murió su mujer, lo que pese a todo le dolió e hizo que el hombre enérgico se volviera un poco más viejo y caviloso. Pasados algunos años más, los negocios empezaron a empeorar y, como consecuencia de agitaciones políticas, acabaron estancándose de manera alarmante. Cuando un año más tarde murió su amigo y suegro, dejándolo completamente solo, Schlotterbeck perdió toda su tranquilidad y sedentarismo. Se dio cuenta de que no hay lugar en la tierra que sea igual a otro, no al menos para alguien cuya juventud y tiempo de felicidad se acercan a su fin. Empezó a pensar más y más en cómo podía asegurarse una vejez satisfactoria, y como los negocios tenían ya poco atractivo para él, y por el otro lado se habían perdido sus instintos viajeros y el empuje de los años anteriores, la nostalgia y la esperanza del envejecido fabricante giraban para su propia sorpresa cada vez más cerca y con mayor anhelo alrededor de su patria y de la pequeña ciudad de Gerbersau, en la que había pensado durante las últimas décadas solo muy rara vez y sin emoción.
Un día tomó la decisión, con la rapidez y la tranquilidad de pasados tiempos, de desprenderse de la fábrica, que casi no resultaba rentable, y abandonar el país. Sin precipitarse gestionó la venta de su empresa, luego de la casa y finalmente de todo lo que esta contenía, depositó transitoriamente el patrimonio liberado en bancos del sur de Alemania, levantó campamento y viajó a través de Venecia y Viena hacia Alemania.
Con deleite bebió en una estación de frontera la primera cerveza bávara después de muchos años, pero cuando los nombres de las ciudades le empezaron a sonar más familiares y el dialecto de los que viajaban con él indicaba cada vez con mayor claridad la cercanía de Gerbersau, el trotamundos se vio invadido por una fuerte inquietud, al punto de que, asombrado de sí mismo, escuchaba gritar el nombre de las estaciones casi con taquicardia y en los rostros de los que subían descubría rasgos bien conocidos y hasta algunos que casi parecían de parientes. El tren descendió por fin el último empinado tramo del valle, dando largas curvas, y abajo se mostró, primero pequeña, y con cada curva cada vez más grande y cercana y real, la ciudad junto al río, al pie de las montañas cubiertas de bosques de abetos. El viajero sintió una fuerte opresión en el pecho. La continuada existencia de todo ese mundo, del río y de la torrecita de la municipalidad, de las callejas y de los jardines, lo afligía con una especie de reproche, por haber descuidado y olvidado todo esto tanto tiempo y por haberlo perdido para su corazón. Pero la conmoción no duró mucho, y el señor Schlotterbeck se bajó en la estación y tomó su maleta de cuero amarillo como un hombre que está en viaje de negocios y se alegra de tener la ocasión de visitar otra vez un lugar que ya conocía de antes. En la estación encontró a los criados de tres posadas, lo que le dio la impresión de progreso y desarrollo, y como uno de ellos llevaba en la gorra el nombre de la vieja Posada del Cisne, de la que Schlotterbeck se acordaba del pasado, le dio a él su equipaje y caminó solo hacia el centro de la ciudad.
Con su lerda caminata, el forastero atrajo algunas miradas, sin prestarles atención. Se había reencontrado con el antiguo ánimo viajero y con su gusto por la observación, de modo que miraba con atención el viejo hogar sin sentir apuro por los saludos y las preguntas y las escenas de reencuentro. Primero paseó por la calle algo cambiada de la estación rumbo al río, en cuyo verde espejo seguían nadando como siempre los gansos y al que las casitas le daban como antaño sus descuidadas fachadas posteriores y sus diminutos jardines traseros. Luego cruzó el puentecito de más arriba y caminó por los callejones pobres, estrechos e inalterados de la zona en la que alguna vez había estado la curtiembre de fino de los Schlotterbeck. Pero en vano buscó allí la alta casa con frontispicio y el gran jardín con las curtiembres. La casa había desaparecido y el jardín y el sitio de las curtiembres estaban construidos. Algo turbado y enojado se retiró y siguió caminando, para visitar la plaza del mercado, que encontró en su estado antiguo, solo que parecía haberse achicado, y también el imponente edificio de la municipalidad era menos vistoso que como lo guardaba en la memoria.
El regresado había visto lo suficiente por el momento y encontró sin esfuerzo el camino de vuelta al Cisne, donde pidió una buena comida y quedó a la espera de la primera escena de reconocimiento. Pero no encontró a los antiguos posaderos y fue tratado como un huésped bienvenido, pero forastero. Solo entonces se dio cuenta de que su modo de hablar y su acento, que en todos esos años había tenido por un buen suabo casi sin cambios, aquí sonaban extraños y peculiares, al punto de que la camarera tuvo que hacer algún esfuerzo para entenderlo. También llamó la atención que rechazara la ensalada que venía con el plato principal y que pidiera una nueva que él mismo se condimentó, y que en lugar del pudding dulce, constitutivo de todo postre en Gerbersau, pidiera compota, de la que se comió todo un pote. Y cuando después de comer se acercó una segunda silla y apoyó los pies sobre ella, a fin de descansar un poco, la gente de la posada y los otros huéspedes se mostraron sumamente sorprendidos. Un comensal de la mesa aledaña, ofuscado por esta costumbre extraña, se puso de pie y limpió su silla con su pañuelo, al tiempo que decía:
–Me olvidé de limpiar. ¡Con qué facilidad alguien podría haber puesto ahí sus botas sucias!
Hubo risas contenidas, pero Schlotterbeck solo giró la cabeza hacia el lugar y volvió a girarla rápidamente, luego juntó las manos y se ocupó de su digestión.
Una hora más tarde, se puso en marcha y volvió a pasear por toda la ciudad. Con curiosidad miró a través de las vidrieras de algunas tiendas y algunos talleres, para ver si aquí o allí seguían estando los muy viejos que ya en su época eran viejos. De estos en principio solo vio, pasando por la calle, al maestro con el que había escrito su primer alfabeto en la pizarra. El hombre debía ya estar por lo menos bien avanzados los setenta años y andaba de manera aceptablemente erguida y satisfecha; aunque estaba envejecido y hacía tiempo que debía haberse jubilado, aún se lo reconocía con claridad por la curva de la nariz e incluso por sus movimientos. Schlotterbeck sintió ganas de hablarle, pero lo retuvo aún un ligero miedo ante la avalancha de saludos y apretones de manos. Siguió camino, sin saludar a nadie, observado por muchos pero sin ser reconocido por ninguno, y así fue que pasó el primer día en su ciudad de nacimiento como un forastero y un desconocido.
A falta de recibimiento humano, la ciudad misma le habló con claridad e insistencia a su recuperado hijo. En todas partes había cambios y novedades, pero el semblante de la pequeña ciudad no había envejecido ni cambiado y miraba al recién llegado de manera confiada y maternal, de modo que su ánimo se sintió a gusto y protegido y las décadas en el exterior, con sus viajes y aventuras, se encogieron y disolvieron extrañamente, como si tan solo hubieran sido una excursión y un pequeño rodeo. Había hecho negocios y ganado dinero aquí y allí, en el extranjero también había conseguido y perdido a una mujer, se había sentido bien y sufrido penas, pero solo aquí estaba su pertenencia y su hogar, y mientras lo tomaban por un extraño y era considerado incluso un extranjero, él mismo se sintió completamente en casa y de la misma naturaleza que esa gente, esas calles y esas casas.
Las novedades que presentaba la ciudad no le disgustaron. Se encontró con que también aquí habían crecido el trabajo y la necesidad, aunque con mesura, y aprobó tanto el establecimiento de gas como el nuevo edificio de la escuela primaria. A sus ojos, entrenados por recorrer el mundo, la población le pareció bien mantenida, si bien no tan nativa y sin mezcla como en tiempos pasados, cuando incluso los nietos de inmigrantes eran considerados extranjeros. Las tiendas más distinguidas parecían seguir estando en manos de la gente del lugar, solo entre los obreros podía percibirse claramente el crecimiento de la inmigración. La vida burguesa de antaño debía por lo tanto haberse mantenido en buen estado, y era de esperar que quien regresara pudiera enseguida familiarizarse y sentirse en casa aun después de una larga ausencia.
En resumen, la patria, que estando en el extranjero el hombre no había embellecido inútilmente mediante la nostalgia y el cultivo de los recuerdos, le pareció ahora amena, y respiraba una magia a la que no se resistió. Cuando regresó temprano por la tarde a la posada, estaba de buen humor y no se arrepentía de haber hecho este viaje. Se propuso quedarse un tiempo por aquí y esperar, y si la satisfacción se sostenía, instalarse en el lugar.
Le parecía maravilloso deambular como enmascarado entre amigos de la escuela, compañeros de la adolescencia y parientes. Pero el agradable incógnito lleno de expectativa del viejo trotamundos llegó rápidamente a su fin. Tras la cena, el dueño de la Posada del Cisne le trajo al huésped el registro de pasajeros y le solicitó amablemente que llenara las columnas. Lo hizo no tanto porque fuera indispensable sino porque estaba harto de romperse la cabeza tratando de adivinar el origen y el rango del forastero. El huésped agarró el grueso cuaderno, leyó por un rato los nombres de antiguos pasajeros, tomó luego de la mano del expectante dueño la pluma ya entintada y escribió con letras fuertes y claras, llenando con esmero todos los casilleritos. El posadero agradeció, esparció arenilla encima y se alejó con el libraco como con un botín, para saciar su curiosidad de inmediato detrás de la puerta. Leyó: Schlotterbeck, August, de Rusia, en viaje de negocios. Y aunque no conocía el origen ni la historia del hombre, el apellido Schlotterbeck parecía señalar a un habitante de Gerbersau. De regreso en el salón restaurante, el posadero dio inicio a una respetuosa conversación con el forastero. Habló del desarrollo y el crecimiento de la ciudad, habló de calles mejoradas y nuevas conexiones ferroviarias, aludió a la política local, opinó sobre los dividendos del año anterior de la sociedad de accionistas de la hilandería de lana y cerró, después de un cuartito de hora, con la pregunta inofensiva de si el señor no tenía parientes en el lugar. A esto Schlotterbeck respondió con calma que sí, que tenía parientes aquí, pero no preguntó por ninguno y mostró tan poca curiosidad, que enseguida la conversación cayó por sí sola y el posadero se vio obligado a retirarse. Sin dejarse molestar por las charlas en la mesa vecina, el huésped leyó un periódico y subió temprano a su pieza.
Las entradas en el registro de huéspedes y la conversación con el posadero del Cisne hicieron en silencio su trabajo, y mientras que August Schlotterbeck tenía, desprevenido y satisfecho, su primera noche y sus primeros sueños en tierra patria entre las buenas sábanas tendidas según el estilo vernáculo, el rumor de su llegada envalentonó a algunas personas y desató su verborrea, y hasta hubo una que no pudo dormir. Era este el primo carnal de August y su pariente más cercano, el comerciante Lukas Pfrommer de la Spitalgasse. En realidad, era encuadernador y antes había trabajado durante mucho tiempo reparándoles los manuales arruinados a los niños de la escuela y encuadernando cada medio año la revista El Cenador para la señora del juez de primera instancia, además de fabricar cuadernos y encuadrar frases religiosas para el hogar, salvar para el mundo xilografías en peligro de extinción pegándolas y fijándolas por la parte trasera y suministrándoles a los bufetes cubiertas para expedientes grises y verdes, carpetas y cintas para cajas de cartón. Con esos trabajos había podido ahorrar como sin darse cuenta y llevar a cabo varias cosas, viviendo sin preocupaciones. Pero luego los tiempos habían cambiado, casi todos los pequeños trabajadores manuales habían empezado algún tipo de negocio con tienda de venta al público, mientras que los más grandes se habían vuelto fabricantes. También Pfrommer derribó la pared delantera de su casita y puso allí una vidriera, sacó sus ahorros del banco y abrió una papelería y tienda de artículos de bisutería, en la que su mujer se ocupaba de atender a los clientes, desatendiendo la casa y los niños, mientras su marido seguía trabajando en su taller. Pero ahora la tienda era lo principal, al menos ante la gente, y aunque no diera más rédito que el oficio artesanal, costaba más y generaba mayores preocupaciones. Así es como Pfrommer se había convertido en un comerciante. Con el tiempo, se acostumbró a esta posición respetada y más imponente, dejó de mostrarse en la calle con su delantal verde y empezó a hacerlo siempre con una buena chaqueta, aprendió a operar con crédito e hipotecas y pudo seguir manteniendo la honra, aunque ahora le costara mucho más cara que antes. Las cantidades de tarjetas de año nuevo, dibujitos y álbumes que se habían vuelto invendibles, de cigarros que habían tenido que ser apartados y de trastos que empalidecían en la vidriera se fueron acrecentando y no pocas veces se le aparecían en sueños. Y su esposa, que antes era una mujercita divertida y agradable, se convirtió paulatinamente en una persona inquieta y preocupada, en quien la dulce y asentada sonrisa de tienda ya no se ajustaba a su rostro envejecido.
El día anterior, alrededor de las nueve, cuando leía el periódico a la luz de la lámpara, el primo de Schlotterbeck había recibido, para su gran sorpresa, la visita del posadero del Cisne. Lo atendió asombrado, pero aquel no quiso sentarse, sino que declaró que debía volver de inmediato a ocuparse de sus huéspedes, entre los que por cierto lamentaba no haber podido ver muy a menudo al señor Pfrommer últimamente. Pero él era de la opinión que entre conciudadanos y vecinos hacerse un pequeño favor de amistad era algo que se descontaba y constituía una cuestión de honor, de ahí que le quisiera comunicar, en absoluta confianza, que en su posada se alojaba desde ese mismo día un señor forastero, con modales de persona acomodada, que se hacía llamar Schlotterbeck y decía venir de Rusia. Lukas Pfrommer saltó de su asiento y llamó a su mujer, que ya estaba en la cama, jadeando se puso las botas, el bastón y el sombrero de domingo y hasta se lavó las manos a toda velocidad, para luego precipitarse tras el posadero a paso raudo hacia el Cisne. Allí sin embargo no encontró al primo ruso en el restaurante, y tampoco se animó a buscarlo en su habitación, pues tuvo que admitirse que si el primo había hecho ese gran viaje para visitarlo expresamente a él, ya lo habría pasado a saludar. De modo que bebió exaltado y algo decepcionado medio litro de Heilbronner a sesenta centavos, para hacerle el honor al posadero, escuchó la conversación de algunos comensales habituales y se cuidó de revelar nada sobre el verdadero motivo de su presencia en el lugar.
A la mañana siguiente, Schlotterbeck apenas había bajado a tomar el desayuno cuando un hombre mayor de estatura pequeña, que a todas luces había esperado ya un buen rato delante de su vasito de licor de cereza, se acercó tímidamente a su mesa y lo saludó con un cumplido avergonzado. Schlotterbeck le dio los buenos días y prosiguió untando su pan con manteca y miel; el visitante se quedó parado en su lugar, lo observó y se aclaró la garganta como un orador, aunque sin emitir nada claro. Solo cuando el forastero lo miró inquisitivamente, se decidió a acercarse a la mesa, con un segundo cumplido, y empezar con sus confidencias.
–Mi nombre es Lukas Pfrommer –dijo, y miró al ruso con grandes expectativas.
–Ajá –dijo el otro, sin mostrar emoción alguna–. ¿Es usted encuadernador, si puedo preguntarle?
–Sí, comerciante y encuadernador, de la Spitalgasse. Es usted…
Schlotterbeck se dio cuenta de que estaba entregado, y no trató de seguir ocultándose.
–Entonces eres mi primo –dijo sencillamente–. ¿Has desayunado ya?
–¡Así que eras tú! –exclamó Pfrommer triunfante–. Casi no te reconocí.
Le extendió la mano al primo con repentina alegría y solo después de algunos gestos de conmoción pudo sentarse a la mesa.
–Sí, Dios santo –dijo emocionado–, quién hubiera pensado que alguna vez volveríamos a verte. ¡Desde Rusia! ¿Es un viaje de negocios?
–Sí, ¿quieres un cigarro? ¿Qué te trajo aquí?
Ay, muchas cosas habían traído al encuadernador hasta aquí, de las que por el momento guardó silencio. Había escuchado el rumor de que el primo estaba de vuelta en el país, y desde entonces no había recuperado la tranquilidad. Gracias a Dios, ahora lo había visto y saludado; se habría lamentado la vida entera si alguien se le hubiese adelantado. ¿El primo estaba bien? ¿Y qué era de la querida familia?
–Gracias. Mi mujer falleció hace cuatro años.
Pfrommer se echó hacia atrás espantado.
–No, ¿cómo es posible? –exclamó con profundo dolor–. Y nosotros que no supimos nada y ni siquiera pudimos enviar nuestras condolencias. ¡Mi más sincero pésame, primo!
–Deja ya, ha pasado mucho tiempo. ¿Y cómo te va a ti? ¿Te has hecho comerciante?
–Un poquito. Uno trata de mantenerse a flote y en lo posible dejarles algo a los hijos. También vendo muy buenos cigarros. ¿Y tú? ¿Cómo anda la fábrica?
–La he vendido.
–¿En serio? ¿Pero por qué?
–Los negocios ya no funcionaban. Hemos tenido hambrunas y levantamientos.
–Sí, ¡esa Rusia! Siempre me sorprendió un poquito que hayas empezado un negocio justo en Rusia. Ya ese despotismo, y después los nihilistas, y toda la administración burocrática debe de ser algo duro. Siempre me mantuve un poco al tanto, entenderás, ya que tenía un pariente por allí. Ese Pobedonóstsev…
–Sí, ese sigue vivo. Pero perdóname, de política seguro que entiendes más que yo.
–¿Yo? Uno lee un poquito en el periódico, pero… Bueno, ¿qué negocios haces ahora? ¿Has perdido mucho?
–Sí, bastante.
–¡Y lo dice tan tranquilo! ¡Mis condolencias, primo! Aquí no teníamos ni idea.
Schlotterbeck sonrió un poco.
–Sí –dijo reflexivo–, en la peor época pensé en tal vez pedirles ayuda. Pero bueno, al final también anduvo así. Habría sido tonto. Quién le va a dar dinero a un pariente tan lejano, al que apenas si se conoce ya, para que encima lo meta en una quiebra.
–Sí, Dios mío. ¿Has dicho quiebra?
–Bueno, podría haber terminado en eso. Como dije, encontré ayuda en otra parte…
–¡Eso sí que no fue justo de tu parte! Mira, nosotros somos unos pobres diablos y lo poquito que tenemos buena falta que nos hace, pero que te hubiéramos dejado plantado, eso no, y no es justo de tu parte que hayas pensado en algo así.
–En fin, consuélate, así ha sido mejor. ¿Cómo le va a tu mujer?
–Bien, gracias. Qué burro, entre tanta alegría casi me olvido que debía invitarte a almorzar. Vienes, ¿no es cierto?
–Bueno. Muchas gracias. En el viaje compré algunas pequeñeces para los niños, podrías llevarlas y saludar mientras tanto a tu mujer de mi parte.
Con eso se lo sacó de encima. El encuadernador se encaminó hacia su casa, feliz con su paquetito, y puesto que el contenido se reveló como bastante noble, su opinión sobre los negocios del primo volvió a tomar impulso. Este, por su lado, estaba contento de no tener al locuaz hombre encima, y se dirigió a la municipalidad, para presentar su pasaporte y anunciar que se establecería en la localidad por tiempo indeterminado.
No habría sido necesario este trámite para que el regreso de Schlotterbeck se divulgara por toda la ciudad. Esto ocurrió sin su esfuerzo, mediante un sistema de telégrafo misteriosamente inalámbrico, de modo que ahora a cada paso le gritaban, lo saludaban o al menos lo miraban y le daban la bienvenida levantando el sombrero. Se sabía mucho de él, pero fue sobre todo su patrimonio lo que adquirió rápidamente un regio volumen en boca de la gente. En el apuro por transmitir la información, algunos confundían Chicago con San Francisco y Rusia con Turquía, solo la fortuna adquirida con negocios desconocidos permanecía como un artículo de fe inamovible, y en los días siguientes pulularon en Gerbersau versiones que oscilaban entre medio millón y diez millones, y entre tipos de negocios que iban de proveedor de armamento de guerra hasta traficante de esclavos, según el temperamento y la fantasía de quien lo contara. La gente se acordó del viejo curtidor de fino Schlotterbeck, muerto hacía tiempo, y de la historia de juventud de su hijo, aparecieron algunos que aún lo recordaban como aprendiz y como alumno de escuela y en su confirmación, y la fallecida esposa de un fabricante fue erigida en desgraciado amor de juventud.
Pocas de estas historias llegaron a sus oídos, pues no le interesaban. El día en que estuvo invitado a almorzar a lo de su primo, sintió frente a la esposa de este y a los niños un horror insuperable, tan mal disimuladas le parecieron las especulaciones acerca de su herencia. En pro de la paz del pariente, que tenía muchas cosas de las que quejarse, le garantizó un préstamo moderado, al tiempo que se volvió muy frío y lacónico y por el momento se excusó amablemente de antemano de más invitaciones. La esposa quedó decepcionada y ofendida, pero delante de testigos en la casa de los Pfrommer solo se hablaba del primo en términos respetuosos.
Este se quedó viviendo aún unos días en la Posada del Cisne. Luego encontró una vivienda que le agradó. Arriba de la ciudad, hacia el lado de los bosques, habían construido una nueva calle, en principio solo para uso de algunas canteras que estaban más al norte. Pero un arquitecto, que olió un negocio a futuro en esta ubicación hermosa a pesar de que resultaba un poco fatigoso llegar a ella, construyó al principio del nuevo camino, sobre ese suelo que aún costaba unos pocos kreuzers, tres pequeñas casitas, revocadas en blanco y con vigas marrones. Desde estas alturas se dominaba la ciudad vieja, y bajando el valle se veía el río que corría por la pradera y enfrente las rojas elevaciones de roca, mientras que atrás tenía uno bien cerca el bosque de abetos. De las tres casitas de los especuladores, una ya estaba lista, aunque vacía, a la otra la había comprado hacía años un alguacil jubilado y la tercera estaba aún en construcción. El alguacil ya no vivía más allí. No había soportado la vida pasiva y poco tiempo más tarde había sucumbido a un padecimiento que hasta entonces venía superando desde hacía algunas décadas a fuerza de trabajo y buen humor. En la casita vivía ahora, acompañada por una cuñada mayor que ella, la viuda del alguacil, una mujercita muy vivaz y pulcra, de la que volveremos a hablar.
Schlotterbeck se instaló en la casa del medio, que estaba a cien pasos de la vivienda de la viuda y de la nueva construcción. Alquiló el piso de abajo, que tenía tres habitaciones y una cocina, y como no tenía ganas de comer aquí arriba en soledad, compró y alquiló solo una cama, mesas, sillas y un canapé, dejó la cocina vacía y contrató para el servicio diario a una mujer que venía dos veces por día. Se hacía el café él solo por las mañanas utilizando alcohol vínico, como antes en sus largos años de soltería, y al mediodía y a la noche comía en la ciudad. Poner todo en orden lo mantuvo agradablemente entretenido por un rato, además llegaron los baúles desde Rusia, cuyo contenido pasó a llenar los armarios de pared vacíos. A diario recibía y leía algunos periódicos, entre ellos dos extranjeros, también se inició un animado intercambio epistolar, y entre una y otra cosa hacía sus visitas en la ciudad, parte a lo de parientes y viejos conocidos, parte a gente de negocios, sobre todo en las fábricas. Sin apuro, aunque con atención, buscaba la oportunidad de participar con dinero y trabajo en alguna empresa comercial. Con ello entró de a poco otra vez en relaciones con la sociedad burguesa de su ciudad de nacimiento. Lo invitaban aquí y allí, también a las asociaciones de amigos y a las tertulias de los notables. Con cordialidad y los modales del hombre de fortuna que ha viajado, participaba aquí y allí, sin comprometerse demasiado, pero sin saber tampoco cuánto se lo criticaba a sus espaldas.
August Schlotterbeck, pese a su mirada abierta, estaba atrapado en un engaño acerca de sí mismo. Creía estar un poco por encima de sus coterráneos, a la vez que vivía con la sensación de ser alguien del lugar y de caber bien otra vez dentro del viejo sitio en todo lo esencial. Y eso no era del todo así. No sabía hasta qué punto contrastaban su idioma y su modo de vida, sus pensamientos y sus costumbres respecto a los de sus conciudadanos. Esto es algo que ellos sentían mucho más que él, y aun cuando el buen nombre de Schlotterbeck estaba asegurado a la sombra de su billetera, aquí y allí se decían de él muchas cosas que no le hubiera gustado escuchar. Algunas actitudes desprevenidas que realizaba siguiendo viejas costumbres generaban críticas y disgustos, su lenguaje era tenido por demasiado liberal, sus expresiones por muy extrañas, sus ideas por americanas y su comportamiento desenvuelto con cualquiera por arrogante y poco fino. Hablaba con la mujer de la limpieza casi igual que con el alcalde de la ciudad, se dejaba invitar a comer sin rendir una así llamada visita de digestión en el plazo de una semana. Si bien no contaba chistes verdes en los círculos de hombres, decía con toda inocencia cosas que a él le parecían naturales, incluso cuando estaba en familia y en presencia de damas. Ante todo no se ganó amigos en los círculos estatales, que en la ciudad estaban por encima de todos los otros y dictaban el tono, en la esfera entre los funcionarios de cargos altos y el director general de correos. Este mundo pequeño y temerosamente defendido, el de las autoridades estatales y sus esposas, lleno de gran respetuosidad y consideración mutua, donde cada cual conoce la situación del otro hasta el último detalle y todos viven dentro de una caja de cristal, no hallaba motivo de regocijo con el trotamundos regresado a la patria, tanto más cuanto que no podían guardar esperanza de sacar ninguna ventaja de su legendaria riqueza. Y en Norteamérica, Schlotterbeck había adquirido el hábito de tomar a los funcionarios simplemente como empleados que hacían su trabajo por dinero, al igual que las otras personas, mientras que en Rusia los había conocido como una casta mala, con la que solo se conseguían cosas por medio de dinero. Se hizo por lo tanto difícil para él, a quien nadie le había dado instrucciones, comprender correctamente la santidad de los títulos y toda la tierna dignidad de este círculo, mostrar celos en el sitio adecuado, no confundir a los secretarios superiores con los secretarios inferiores y dar siempre con el tono justo en el trato social. Como extranjero, no conocía tampoco las intrincadas historias familiares, y de vez en cuando podía ocurrirle, sin que él tuviera la culpa, de mentar la soga en casa del ahorcado. Así se fueron sumando, bajo el manto de una amabilidad inquebrantable y de las sonrisas más corteses, los pequeños lotes de sus faltas, hasta formar sumas pulcramente contabilizadas de las que él no tenía idea, y el que podía se alegraba de su desgracia. También le tomaban a mal otras cosas inofensivas que Schlotterbeck llevaba a cabo con las mejores intenciones. Si le gustaban las botas de alguien, podía preguntarle sin mucho preámbulo cuánto le habían costado. Y a la mujer de un abogado, que pagaba para su pesar los pecados desconocidos de sus antepasados mediante la falta desde su nacimiento del dedo índice de la mano izquierda, y que buscaba ocultar esta carencia con arte y empeño, Schlotterbeck le preguntó con verdadera compasión cuándo y cómo había perdido su dedo. El hombre, que durante décadas había llevado adelante sus negocios y había defendido su pellejo en diversos países, no podía saber que a un juez de primera instancia no se le puede preguntar cuánto cuestan sus pantalones. Por supuesto que había aprendido a ser amable en su conversación con todo el mundo, sabía que algunos pueblos no comen carne de cerdo o palomas, que entre rusos, armenios y turcos hay que evitar reivindicar una única religión verdadera; pero que en medio de Europa hubiera grandes círculos y rangos sociales en los que se tiene por grosero hablar con franqueza sobre la vida y la muerte, la comida y la bebida, el dinero y la salud, eso es algo que le había permanecido oculto a este desnaturalizado habitante de Gerbersau.
A él le podía dar lo mismo si estaban conformes con su persona, pues esperaba poco de la gente, mucho menos que la gente de él. Le solicitaban aportes para todo tipo de buenas causas, y en cada caso lo hacía según su parecer. Le agradecían con la mayor amabilidad y pronto regresaban con nuevas peticiones, pero también ahora quedaban conformes a medias, esperando oro y billetes donde él solo aportaba monedas de plata.
Cada vez que bajaba a la ciudad, es decir varias veces por día, el señor Schlotterbeck pasaba por delante de la pequeña casa de la señora Entriss, la viuda del alguacil, que llevaba una vida muy tranquila en compañía de una cuñada silenciosa y algo tonta.
Esta viuda bien mantenida, para quien la vida no se había extinguido aún, podría haber pasado sus días de manera agradable y entretenida, disfrutando de su libertad y de un pequeño patrimonio. Pero se lo impedían tanto su carácter como la fama que se había hecho durante los años que había vivido en Gerbersau. Provenía de la región de Baden, y en su momento la habían recibido con cordialidad y expectativa, por consideración hacia su marido, un hombre muy querido en la ciudad. Sin embargo, con el tiempo fue adquiriendo una reputación desfavorable, cuyas raíces reales estaban en su carácter exageradamente ahorrativo. Las habladurías convirtieron esta propensión al ahorro en avaricia maliciosa, y como la señora no había caído bien, las charlas fueron hilvanando una cosa con la otra hasta que su mala fama no fue solo por tacaña y codito de oro, sino también por arpía de su hogar. El alguacil mismo no era alguien que fuese a hablar mal de su propia mujer, pero de todos modos no podía ocultarse que ese hombre alegre y sociable buscaba su regocijo y descanso menos en casa junto a su esposa que en reuniones nocturnas entre cervezas en el Corcel o el Cisne. No es que se hubiera vuelto bebedor, no había absolutamente ningún borracho en Gerbersau dentro de la burguesía distinguida. Pero sí se había ido acostumbrando a pasar parte de su tiempo libre en la taberna y también a tomarse ocasionalmente al paso un cuarto de litro durante el día. Pese a su mal estado físico, prosiguió con esta vida hasta que el médico y también la administración le sugirieron que renunciara a su esforzado puesto y se ocupase de su precaria salud. Pero luego de jubilarse, las cosas empeoraron, y ahora todos estuvieron de acuerdo en que la mujer le quitaba las ganas de estar en su casa y había sido desde el principio la que llevaba la culpa por la caída del buen hombre. Se quedó sola allí dentro con su cuñada y no encontró ni el consuelo de otra mujer ni la protección de algún hombre, a pesar de poseer una casa libre de deudas y algún patrimonio adicional.
La viuda impopular no parecía sufrir de manera intolerable su soledad. Mantenía en el mejor orden tanto la casa como el mobiliario, el cuadernito de cuentas y el jardín, y con eso tenía suficiente trabajo, puesto que la cuñada sufría un ligero oscurecimiento del intelecto y no hacía más que mirar y entretener sus callados días murmurando, rascándose la nariz y examinando con frecuencia un álbum de fotos. Los habitantes de Gerbersau, a fin de que las habladurías sobre la mujer no acabaran tras el fallecimiento del marido, se imaginaron que mantenía cortita a la pobre criatura, y hasta presa en un terrible cautiverio. Se decía que la enferma mental padecía hambre, era sometida a duros trabajos y que seguramente no soportaría eso mucho tiempo más, lo cual se correspondía con los intereses de la señora Entriss y era su objetivo. Como estos rumores se hicieron cada vez más públicos, al final hubo que hacer algo de oficio, y un día apareció en la casa de la sorprendida mujer el alcalde de la ciudad con el médico oficial, pronunció severas palabras de advertencia respecto a la responsabilidad, exigió ver cómo vivía y dormía la enferma, qué tareas realizaba y qué comía, y concluyó con la amenaza de que si encontraba cualquier irregularidad, la trastornada sería trasladada a un hospital del Estado y atendida allí, por supuesto que a costa de la señora Entriss. Esta se comportó con frialdad y respondió que podían revisar todo lo que quisieran. Agregó que su cuñada era mansa e inofensiva, y que si querían hacer atender a la enferma en otro lugar, por ella estaría más que bien, solo que debía ser a costa de la ciudad, y que dudaba que a la pobre criatura le fuera a ir mejor que quedándose con ella. La requisa dio como resultado que la enferma no sufría ningún tipo de carencia y al ser consultada con la mejor voluntad si quería vivir en otra parte, donde estaría muy bien atendida, se asustó horriblemente y se aferró con fervor a su cuñada. El médico la encontró bien alimentada y sin ninguna huella de trabajos duros, y se retiró desconcertado junto con el alcalde.
En lo que respecta a la avaricia de la señora Entriss, se pueden tener diversas opiniones. Es fácil criticar el carácter y modo de vida de una señora desprotegida. Que era ahorrativa es un hecho. Tenía un profundo respeto no solo por el dinero, sino también por todo tipo de propiedad y hasta por el valor más nimio, de modo que le resultaba difícil gastar en algo, y era imposible que lo tirase o dejase que se echara a perder. Hasta el día de hoy que sentía pena por cada kreuzer del dinero que en su tiempo llevaba su esposo a las cantinas, como si se tratase de una injusticia irredimible, y es probable que eso haya roto la armonía de su matrimonio. Tanto más empeño ponía ella en tratar de recolectar lo que su marido derrochaba de manera tan imprudente llevando las cuentas de la casa con toda escrupulosidad y trabajando con denuedo. Y ahora que él había muerto, que de la casa no salía ni un tálero que no tuviera su utilidad y que una parte de los intereses podían ser sumados año a año al capital, la buena ama de casa experimentaba una tardía holgura. No es que se permitiera nada fuera de lo necesario, antes bien ahorraba más que antes, pero la conciencia de que este ahorro daba sus frutos, y de que lentamente se iba acrecentando, le confería una satisfacción que estaba decidida a no poner nunca más en juego.
Especial alegría y satisfacción sentía la señora Entriss cuando podía darle valor a algo que no lo tenía, cuando encontraba o lograba conservar alguna cosa, o utilizaba lo que había sido descartado o aprovechaba lo despreciado. Esta pasión de ninguna forma estaba dirigida únicamente a la pura utilidad de los objetos, sino que su pensamiento y su deseo abandonaban en este punto el círculo estrecho de lo imprescindible para elevarse al terreno de lo estético. La mujer del alguacil no estaba en contra de lo bonito y del lujo, le gustaba embellecer las cosas y hacérselas agradables, solo que no debían costar dinero en efectivo. Su vestimenta era por eso modesta, pero limpia y decente, y desde que poseía junto con la casa también un trozo de tierra, su necesidad de belleza y regocijo había encontrado una meta provechosa. Se dedicó con afán a la jardinería.
Cada vez que August Schlotterbeck pasaba por delante de la cerca de su vecina, miraba con alegría y ligera envidia la pequeña magnificencia hortelana de la viuda. Canteros de verduras bonitamente cultivados se hallaban orlados de manera apetitosa por arriates con ajo y frutillas, pero también con flores, y las rosas, las matthiolas, los alhelíes y las resedas parecían anunciar una modesta felicidad.
No había sido fácil obtener semejante vegetación sobre ese terreno escarpado y arenoso. La pasión de la señora Entriss había logrado milagros y seguía lográndolos. Con sus propias manos traía del bosque la tierra negra y el follaje, por las tardes iba tras las huellas del pesado coche de las canteras y recolectaba con delicadas palitas el valiosísimo estiércol que dejaban los caballos. Detrás de su casa ponía cuidadosamente cada desperdicio y cada cáscara de papa en el montículo que mediante su descomposición debía enriquecer y endurecer la tierra cuando llegase la primavera siguiente. Del bosque traía también rosas silvestres y plantones de lirios de los valles y de campanillas blancas, y a lo largo del invierno cultivaba sus esquejes con cuidado en la habitación y en el sótano. El anheloso deseo de belleza que aromatiza ocultamente a todo ánimo humano, la alegría en la utilización de lo que está desaprovechado y en el uso de lo que se puede obtener gratis y también quizá, de manera inconsciente, un resto de feminidad insatisfecha, todo eso hacía de la señora Entriss una magnífica jardinera.
Sin saber nada de la vecina, el señor Schlotterbeck le echaba a diario muchas veces miradas de admiración a los canteros y senderitos limpios de cualquier tipo de maleza, deleitaba los ojos en el verde alegre de las verduras, el tierno rojo rosado y los colores divertidos de las enredaderas, y cuando soplaba un viento suave y al seguir su camino lo acompañaba un puñado de los dulces aromas del jardín, se alegraba de esta amena vecindad con creciente gratitud. Pues había horas en las que intuía que el terruño no le estaba facilitando echar raíces y se sentía algo solo y engañado.
En las ocasiones en que preguntaba entre sus conocidos por la dueña del jardín, oía la historia del bienaventurado alguacil y muchos juicios negativos sobre su viuda, de modo que por un tiempo estuvo observando la pacífica casa del jardín un poco asombrado de que esa encantadora hermosura fuera la residencia de un alma tan infame.
Ocurrió entonces que por primera vez vio a la vecina detrás de su cerca bajita y le dirigió la palabra. Hasta entonces, siempre que ella lo veía acercarse desde lejos, se retiraba hacia su casa. Esta vez, agachada sobre un cantero y trabajando con ahínco, no lo había oído llegar, y ahora él estaba junto a la cerca, sostenía el sombrero amablemente en la mano y le daba los buenos días. Ella devolvió el saludo, y él no parecía apurado, sino que le preguntó:
–¿Ya atareada, señora vecina?
–Un poquito –dijo ella.
Esto a él le infundió ánimos y prosiguió:
–Qué jardín más bello tiene usted.
La señora no respondió, y él miró asombrado cómo se ocupaba otra vez de arrancar sus pastitos. Se la había imaginado, por las habladurías, algo así como una furia, pero para su grata sorpresa resultaba ser de aspecto verdaderamente ameno, el rostro algo duro y asocial, pero fresco y sin insidia, y de figura para nada desagradable.
–Bueno, entonces sigo mi camino –dijo con amabilidad–. Adiós, señora vecina.
Ella levantó la vista y asintió, mientras él la saludaba con su sombrero, lo siguió con la mirada tres o cuatro pasos y luego continuó con su labor, sin pensar en su vecino. Pero él sí que estuvo pensando un rato en ella. Le resultaba sorprendente que esa persona fuera tan horrible, y se propuso mantenerla un poco bajo observación. La vio hacer su par de compras en la ciudad sin dar muchas vueltas ni charlar demasiado, la vio cuidar su jardín y poner su ropa al sol, comprobó que no recibía visitas y espió la vida reducida y solitaria de la diligente mujer con sumo respeto y emoción. Tampoco se le ocultaron sus tímidos paseos nocturnos detrás de las boñigas de caballo, por los que había adquirido muy mala fama. Pero no se le ocurrió burlarse de ello, aunque le arrancaba una sonrisa. Le pareció que la mujer se había vuelto un poco miedosa, pero que era honrada y valiente, y pensaba para sí que era una lástima que invirtiera tantos cuidados y atención en fines tan pequeños. Por primera vez, desconcertado por este caso, empezó a desconfiar de la opinión de los habitantes del lugar y a considerar como sospechosas algunas cosas que hasta ahora había asumido con credulidad.
Entretanto empezó a cruzarse con la señora vecina de vez en cuando y a intercambiar algunas palabras. Ahora se dirigía a ella por su apellido, y también ella sabía quién era él, y le decía señor Schlotterbeck. A él le gustaba demorar sus salidas hasta verla fuera de su casa, y no pasaba por delante sin entablar un pequeño diálogo sobre el clima y las perspectivas del jardín, regocijándose con sus respuestas honestas y sensatas.
Cierta noche en el Águila se puso a hablar de la señora con uno de sus conocidos. Le contó cuánto le gustaba su pulcro jardín, que había estado observando la vida tranquila de la señora y que no podía comprender que tuviera tan mala fama. El hombre lo escuchó con amabilidad y luego opinó:
–Mire, usted no conoció a su marido. Un tipo estupendo, ¿sabe?, siempre haciendo chistes, un camarada querido, ¡y bueno como un niño! A ese hombre ella lo tiene en su conciencia, así de simple.
–¿De qué murió?
–De una afección renal. Pero eso es algo que padeció durante años e igual mantuvo el buen humor. Después de jubilarse, en vez de que la mujer le hiciera la vida hogareña simpática y amena, a él le agarró aversión por su casa. ¡A veces salía a comer ya al mediodía, por lo mal que le cocinaba ella! Puede que por naturaleza él haya sido un poco irresponsable, pero que al final haya empinado demasiado el codo es culpa exclusivamente de ella. ¿Sabe qué? Ella es una arpía. Tiene por ejemplo a la cuñada en su casa, una pobre pequeña criatura que hace años sufre de melancolía. La trataba mal y le hacía pasar tanta hambre que tuvieron que intervenir las autoridades y empezar a controlarla.
Schlotterbeck no le terminó de creer al que le había contado esta historia, pero en todas partes en donde preguntó se la confirmaron. Le pareció asombroso y casi que le daba pena haberse confundido tanto con la mujer. Pero cada vez que volvía a verla e intercambiaba un saludo, las sospechas volvían a desaparecer por completo. Tomó la decisión y fue a lo del alcalde, para obtener información segura. Lo atendieron con amabilidad; pero cuando trajo a colación el asunto sobre cómo le iba a la señora Entriss con su cuñada, si realmente estaba bajo sospecha de maltrato y la estaban controlando, el alcalde hizo un gesto negativo y dijo:
–Muy amable de su parte preocuparse de esta forma por su vecina, pero creo que son cosas que no le incumben demasiado. Puede quedarse tranquilo de que estamos haciendo lo correcto. ¿O tiene alguna queja?
Entonces Schlotterbeck se volvió frío y enérgico, como a veces debía serlo en Norteamérica. Fue despacio hasta la puerta y la cerró, volvió a tomar asiento y dijo:
–Señor alcalde, usted sabe cómo se habla de la señora Entriss, y puesto que ha estado en persona en su casa, debe también saber qué hay de cierto en todo eso. No necesito más respuesta de su parte, todo es mentira y maledicencia. ¿O no? Pues bien. ¿Por qué lo tolera?
El alcalde se asustó en un principio, pero enseguida recobró la compostura. Alzó los hombros y dijo:
–Querido señor, tengo otros asuntos que atender antes que ocuparme de ese tipo de cosas. Es posible que aquí y allí se emitan de esa mujer juicios que no son correctos, pero de eso tiene que defenderse ella misma. Puede iniciar una demanda.
–Bien, con eso me basta –dijo Schlotterbeck–. ¿Me asegura entonces que la enferma está bien tratada, hasta donde sabe usted?
–Por ser usted, sí, señor Schlotterbeck. Pero le aconsejo dejar las cosas como están. Usted no conoce a la gente aquí y si se mete en sus asuntos solo va a lograr volverse impopular.
–Gracias, señor alcalde. Lo voy a pensar. Pero entretanto, cuando vuelva a oír hablar a alguien de esa forma de la señora, lo voy a tildar de difamador, remitiéndome al testimonio que usted acaba de darme.
–¡No haga eso! A la mujer no le sirve de nada, y usted solo ganará disgustos. Se lo advierto, porque me daría pena que…
–Sí, le agradezco mucho.
La primera consecuencia de esta entrevista fue que Schlotterbeck recibió la visita de su primo Pfrommer. Se rumoreaba que estaba mostrando un curioso interés por la viuda mala y tuvo miedo de que su primo loco quisiera hacer alguna tontería en sus días tardíos. Si pasaba lo peor y se casaba con la señora, sus hijos no recibirían ni un tálero de todos los millones. Con cautela le habló al primo sobre la bonita ubicación de su vivienda, lentamente pasó a referirse a la vecindad y al fin dejó entrever que tenía mucho para contar sobre la señora Entriss, en caso de que al primo le interesara escucharlo. Pero el primo hizo un gesto de negación sin inmutarse, le ofreció al encuadernador un coñac excelente y no le dejó ni llegar a todo lo que había venido a contarle.
Esa misma tarde vio aparecer a su vecina en el jardín y se cruzó para hablarle. Por primera vez tuvo con ella una charla larga y en confianza. Ella participó con inteligencia y humildad, y aunque no estaba acostumbrada a conversar en serio, se amoldó femeninamente a la situación y, según le pareció a él, hasta lo hizo con gracia.
Estas conversaciones se repitieron desde entonces a diario, siempre por encima de la empalizada, pues el pedido de él para que lo recibiera alguna vez en el jardín mismo o incluso en la casa fue rechazado con determinación.
–Eso no se puede –había dicho ella con una sonrisa–. Ninguno de los dos es ya joven, pero a los de Gerbersau siempre les ha gustado tener algo que chismear, y enseguida se armaría una habladuría tonta. Ya de por sí tengo mala fama, y también usted pasa por ser un bicho raro, ¿sabe?
Sí, eso ya lo sabía ahora, en el segundo mes de residencia, y su alegría con Gerbersau y con sus coterráneos había disminuido de manera significativa. Le divertía que sobreestimaran en mucho su patrimonio, y la miedosa diligencia de su primo Pfrommer y de otros artistas de la pesca le causaba un cierto regocijo, pero eso no le compensaba la incipiente decepción, y en secreto ya se había retractado de su deseo de instalarse aquí otra vez de forma permanente. Quizá hubiera debido marcharse de nuevo y habría saboreado otra vez recorrer el mundo como en sus años mozos, cosa que no le causaba ningún temor. Pero ahora lo retenía una fina espina, que le hacía sentir que no podría partir sin lastimarse ni dejar colgado un pedacito de su persona.
Por eso se quedó donde estaba, y pasaba a menudo por delante de la pequeña casa blanca y marrón de su vecina. El destino de la señora Entriss ya no le parecía tan oscuro, puesto que la conocía mejor y ella también le había contado algunas cosas. Ahora podía imaginarse con toda claridad al santo alguacil, del cual la viuda hablaba sin reproche, pero que debía haber sido un tiro al aire que no había sabido intuir y sacar a la luz la exquisita esencia que se ocultaba bajo lo acre y severo de esta mujer: el señor Schlotterbeck estaba convencido de que junto a un hombre razonable, dentro de una situación de completa abundancia, esa señora debía resultar una perla.
Cuanto más conocía a la mujer, mejor entendía que fuera imposible que la entendieran en Gerbersau. Pues también el carácter de los locales le parecía ahora más comprensible, aunque no por eso le causaba mayor cariño. En todo caso reconocía que él mismo no tenía o ya no tenía este carácter y que aquí había tan poco lugar para su crecimiento y desarrollo como para la señora Entriss. Pero estas reflexiones eran puras paráfrasis juguetonas de su silencioso anhelo por volver a contraer matrimonio e intentar que su solitaria vida diera al fin sus frutos y se volviera inmortal.
El verano había llegado a su pico, y en medio de esa zona arenosa y abrasadora el jardín de la viuda lanzaba triunfante su aroma mucho más allá de la pequeña cerca que lo rodeaba, sobre todo por las tardes, cuando desde el bosque cercano los pájaros alababan el bello día y desde el valle subía el murmullo bajito del río en el silencio posterior al fin de la jornada en las fábricas. Una tarde como esa, el señor Schlotterbeck se acercó a lo de la señora Entriss y entró sin preguntar no solo en el jardín, sino incluso hasta la puerta de su casa, donde lo anunció una campana angosta y asustada y el ama de casa le habló sorprendida y casi con un poco de disgusto. Él le aclaró que hoy sin falta debía entrar y ella lo hizo pasar a la vivienda, donde miró a su alrededor y la encontró un poco pelada y carente de ornamentos, pero limpia e iluminada por el sol vespertino. La señora se quitó rápidamente su delantal, se sentó sobre una silla junto a la ventana y lo invitó a sentarse también a él.
El señor Schlotterbeck dio inicio entonces a un largo y bonito discurso. Le contó toda su vida de manera simple y seca, sin excluir su primer y breve matrimonio, describió con un poco más de calidez su regreso a Gerbersau, la primera vez que la había visto a ella y recordó algunas conversaciones en que se habían entendido tan bien. Y ahora estaba allí, ella ya sabía para qué, y esperaba que no estuviera demasiado sorprendida.
–No soy ningún millonario, como rumorea la gente por aquí, pero algo tengo. Por lo demás, creo que ambos somos aún jóvenes y estamos con fuerza, como para creer que ya sea tiempo de renuncias y de encerrarse entre cuatro paredes. ¿Por qué una mujer como usted va a quedarse aquí sola, dándose por satisfecha con su jardincito, en lugar de empezar de nuevo y tal vez dejar que entre lo que antes faltó de felicidad verdadera?
La señora Entriss tenía ambas manos quietas sobre las rodillas y escuchaba con atención a su pretendiente, que poco a poco fue entrando en calor y repetidas veces extendía su mano derecha, como invitándola a que la tomara y la retuviera. Ella no hizo sin embargo nada de eso, sino que se quedó sentada bien quieta, disfrutando que hubiera venido alguien a mostrarle amistad y cariño, aunque sin aprehenderlo realmente con el pensamiento. Como ni respondía ni salía de sus extrañas sensaciones oníricas para alzar la vista, Schlotterbeck siguió hablando tras hacer una pausa. Con amabilidad y expectativa le hizo ver cómo sería y podría ser si ella se mostraba de acuerdo, cómo podían llevar una vida pacífica y laboriosa en otro sitio nuevo, libre de recuerdos ingratos, con mayores oportunidades, un jardín más grande y una mensualidad más abundante, sin por eso dejar de ir ahorrando algo año a año. Apaciguado por el aspecto que le presentaba ella y encandilado ligera y agradablemente por la luz roja y amarilla de la tarde, hablaba muy suave y a media voz, satisfecho de que al menos ella lo escuchara. Y ella escuchaba y callaba, levemente paralizada por un agradable cansancio del alma. No era del todo consciente de que la estaban cortejando y de que esto significaba una decisión de vida, y este pensamiento tampoco generaba en ella exaltación ni tormento, pues ni por un segundo pensó en tomárselo en serio. Pero los minutos se deslizaban con tanta suavidad y como transportados por una música, que ella escuchaba aturdida y no era capaz de tomar ninguna decisión, ni siquiera la pequeña que implicaba sacudir la cabeza o ponerse de pie.
Schlotterbeck volvió a hacer una pausa, la miró inquisitivo y vio que perseveraba en la misma posición, con los ojos gachos y las mejillas delicadamente ruborizadas, como si oyera música. No entendió su comportamiento, pues lo interpretó a su favor, pero igual sintió el mismo estado de transporte onírico y, al igual que ella, oía cómo esos curiosos instantes viajaban como sobre unas alas de murmullo melodioso a través de la luz vespertina de la piecita y a través de su propio ánimo.
Más tarde, a ambos les parecería que habían estado un largo tiempo sentados uno al lado del otro en un estado como de semiencantamiento, pero en rigor solo habían sido unos minutos, pues el sol seguía cerca de la cima de las montañas cuando de pronto los despertaron de su silencio.
En la pieza contigua estaba la cuñada enferma, ya temerosa por la inusual visita, y a la que la larga conversación en voz baja y la reunión de los dos había llenado de malos presentimientos y alucinaciones. Le parecía que estaba ocurriendo algo inusual y peligroso, y paulatinamente se vio invadida, ella que solo pensaba en sí misma, por un miedo creciente a que ese hombre extraño hubiera venido para llevársela. Este temor receloso era el resultado de aquella visita de los magistrados, pues desde entonces que no pasaba nada en la casa, por muy nimio que fuera, sin que la pobre solterona pensara con espanto en que sería desalojada a la fuerza.
Por eso es que ahora, tras haber luchado por un rato contra el horror, se precipitó en la habitación entre fuertes sollozos, se arrojó frente a su cuñada y abrazó sus rodillas entre gemidos y espasmos de llanto, al punto de que Schlotterbeck se puso de pie asustado y la señora Entriss, de repente arrancada de su obnubilación, volvió a percibir todo con sobriedad, avergonzándose involuntariamente de su anterior abandono.
Se puso de pie a toda prisa, alzó a la que estaba arrodillada, le acarició el pelo con mano consoladora y le habló a media voz y en tono monocorde como a un niño que llora.
–No, no, almita mía, no llores. ¿No es cierto que ya dejas de llorar? Ven, niñita, ven, estemos contentas y comamos algo rico de cena. ¿Pensaste que él te quería llevar? Eres tonta, nadie te va a llevar. No, no, puedes creerme que ninguna persona tiene derecho a hacerte nada. Ya no llores, tontita, basta de llorar.
August Schlotterbeck observaba la escena con desconcierto y también con emoción, la enferma ya lloraba menos y casi con un regocijo pueril, moviendo la cabeza de un lado al otro, se quejaba con voz cada vez más baja y bajo las lágrimas que aún rodaban por su cara de desesperación apareció de repente una sonrisa boba de niña pequeña. Ante todo este espectáculo, el visitante se sintió prescindible, por eso tosió un poco y dijo:
–Lo siento, señora Entriss, espero que termine bien. Me tomaré la libertad de volver mañana, si me lo permite.
Solo en ese instante la señora percibió en lo profundo de su ser que él la había cortejado y ella lo había estado escuchando y tolerando, aun cuando no estaba dispuesta a corresponderle. Se asombró de sí misma, pues podría haber parecido como si hubiera estado jugando con él. Comprendió que no lo podía dejar partir llevándose consigo esa ilusión y le dijo:
–No, quédese, ya ha pasado. Tenemos que hablar.
Su voz era tranquila y su rostro había permanecido imperturbable, pero el rojo del sol y el rojo de la amena exaltación se habían extinguido, y sus ojos miraban con inteligencia y frialdad, aunque con un pequeño y temeroso brillo de tristeza, al cortejante, que volvió a sentarse con el sombrero en la mano.
Mientras tanto, sentó a la cuñada en una silla y volvió a su lugar.
–Tenemos que dejarla aquí en la pieza –dijo bajito–, porque de lo contrario volverá a perder la calma y a hacer tonterías. Lo he dejado hablar antes, señor vecino, ni yo sé bien por qué, estaba un poco cansada. Espero que no lo haya malinterpretado. Hace tiempo que es una decisión tomada para mí no hacer ningún cambio en mi vida. Tengo casi cuarenta años, y usted seguramente esté bien avanzados los cincuenta, una edad en la que la gente prudente ya no se casa. Usted sabe que lo aprecio y le estoy agradecida como buen vecino que es, y si usted quiere, podemos seguir manteniendo esa relación. Pero con eso debemos darnos por satisfechos, de lo contrario podríamos salir perjudicados.
El señor Schlotterbeck la miró afligido, pero con amabilidad. En otras circunstancias, pensó, ahora se hubiera retirado en silencio y le habría dado la razón. Solo que el brillo que ella había mostrado en su rostro hacía un cuarto de hora había quedado en su memoria como una flor muy bella de fin de verano y sostuvo su deseo poderosamente con vida. De no haber sido por ese brillo, se habría marchado afligido, pero sin una espina en el corazón; en cambio ahora sentía que había tenido la felicidad en la mano, como un pájaro confianzudo, y que había perdido el momento de agarrarla. Y a los pájaros que uno ha tenido cerca no se los deja escapar sin una furiosa esperanza de contar con otra oportunidad de atraparlos. Además, y pese al enojo por verla escabullirse, luego de que ella ardiera tan piadosamente frente a su discurso cortejante, ahora la amaba mucho más que hasta hacía una hora. Hasta entonces, su idea era gestionar un ameno y productivo casamiento racional, pero esta hora vespertina lo había dejado enamorado por completo.
–Señora Entriss –dijo por eso con decisión–. Usted se ha asustado y tal vez haya quedado demasiado sorprendida por mi propuesta. Yo la amo, y como usted solo opone resistencia con la razón, no puedo darme por satisfecho, como un vendedor ambulante al que se manda a la casa de al lado. Mi idea, por el contrario, es continuar con esta guerra y acorralarla con las fuerzas que tenga, a fin de que quede en evidencia quién es aquí el más fuerte.
Ella no se esperaba este tono, que le sonaba cálido y halagüeño a su ánimo femenino y le hacía bien por dentro como el primer canto del mirlo en febrero, aun cuando no quisiera admitirlo. Pero no estaba acostumbrada a darle poder a movimientos de ánimo tan oscuros, y estaba firmemente decidida a resistir al ataque y conservar la libertad que había aprendido a querer. Dijo:
–¡Usted sí que me da miedo, señor vecino! Los hombres permanecen jóvenes más tiempo que nosotras, y me apena que no se dé por satisfecho con mi respuesta. Yo no puedo rejuvenecer y hacer como que estoy enamorada de nuevo, no saldría del corazón. Aparte, me gusta mi vida tal como es ahora y como me he acostumbrado a vivirla, tengo mi libertad y ninguna preocupación. Y está la pobre criatura, mi cuñada, que me necesita y a la que no puedo abandonar, se lo he prometido y quiero cumplirlo. ¡Pero no sé qué tanto hablo si no hay nada que decir! No quiero, y tampoco puedo, y si sus intenciones conmigo son buenas, entonces respete mi paz y no me amenace con sitiarme y cosas por el estilo. Si quiere, olvidamos lo que ocurrió hoy y quedamos como buenos vecinos. Caso contrario, no podría volver a verlo.
Schlotterbeck se puso de pie, pero sin despedirse aún, sino que, exaltado por sus pensamientos, empezó a caminar rápidamente de un lado al otro, como si estuviera en su propia casa, para hallar una salida a esta emergencia. Ella lo estuvo observando por un rato, en parte divertida, en parte conmovida y en parte ofendida, hasta que se le hizo demasiado. Entonces exclamó:
–No sea insensato, señor vecino: nosotras queremos cenar, y para usted también debe ser la hora.
Justo entonces él había encontrado su solución. Tomó elegantemente con la mano izquierda el sombrero que en la excitación había dejado por ahí, se inclinó y dijo:
–Bien, me voy, señora Entriss. Le digo ahora adiós y por un tiempo no volveré a importunarla. No debe sentir que soy una persona violenta. Pero regresaré, digamos en cuatro o cinco semanas, y lo único que le pido es que se tome ese tiempo para volver a reflexionar sobre este asunto. Me marcho de viaje, y cuando regrese será solo para buscar su respuesta. Si entonces dice no, le prometo darme por satisfecho y también liberarla de mi vecindad. Usted es lo único que aún podría retenerme en Gerbersau. Que esté bien, pues, y hasta la vista.
Tomó el picaporte, echó una última mirada a la habitación, que solo fue respondida por la cuñada, y salió sin ser acompañado de la casa hacia el crepúsculo aún luminoso. Blandió el puño en contra del débil sonido que subía desde la ciudad, a la que le atribuía toda la culpa por la obstinación de la señora Entriss, y decidió abandonarla para siempre lo más rápido posible, ya fuera con o sin la mujer. Despacio recorrió el breve tramo hasta su vivienda, no sin mirar repetidas veces hacia la casita vecina a sus espaldas. Muy a lo lejos había aún en el cielo apagado una pequeña nube, apenas una exhalación que florecía desfalleciente en un suave y rosado aroma dorado frente a la primera estrella. Ante este espectáculo, el hombre volvió a sentir la fina exaltación de la hora pasada y sacudió sonriente la vieja cabeza por los deseos de su corazón. Luego entró a su solitaria casa y empezó esa misma tarde a prepararse para su viaje.
Al mediodía del día siguiente estaba listo, le entregó la llave a su asistenta y el equipaje a un mozo, suspiró liberado y se marchó, bajando hacia la ciudad y en dirección a la estación del ferrocarril, sin animarse a mirar el jardín y las ventanas de la señora Entriss cuando pasó por enfrente de su casa. Pero ella sí que lo vio irse, acompañado por el mozo del equipaje. Le dio pena, y le deseó de todo corazón que tuviera un buen descanso.
Para la señora Entriss comenzaron ahora unos días tranquilos. Su modesta vida volvió a deslizarse hacia la soledad precedente, nadie la visitaba, ni nadie miraba ya por encima de la cerca de su jardín. En la ciudad se sabía perfectamente que ella había utilizado todas sus artes para tratar de pescarse al ruso rico, y creían que bien merecido tenía que él se hubiera ido de viaje, un hecho que por supuesto no permaneció oculto ni por un solo día. Ella no se preocupó por nada de esto, como era su estilo, sino que siguió tranquila con sus deberes y sus costumbres. Le daba pena que las cosas hubieran tomado ese rumbo con el señor Schlotterbeck. Pero no sentía ninguna culpa y en los largos años se había acostumbrado tanto a vivir en soledad, que su partida no le causó ninguna tristeza seria. Recolectó semillas de flores en los canteros ya marchitos, regaba a la mañana y a la tarde, cosechó las bayas, las puso en almíbar y realizó con satisfecha laboriosidad las tareas propias del verano. Hasta que su cuñada le dio un inesperado dolor de cabeza.
Desde aquella tarde se había mantenido tranquila, aunque parecía estar luchando más que antes contra un miedo que era una especie de delirio persecutorio y que consistía en sueños desconfiados de rapto y violencia. El caluroso verano, que había traído consigo una cantidad inusual de tormentas, tampoco le había hecho bien, y al final la señora Entriss no podía salir ni media hora a hacer las compras, pues la enferma no toleraba quedarse sola. La pobre criatura solo se sentía segura cuando estaba bien cerca de su cuidadora y rodeaba a la atormentada mujer con suspiros, mientras se retorcía las manos y lanzaba miradas hurañas de temor infundado. Al final, para renovado espanto de la enferma, la señora Entriss tuvo que buscar a un médico, que a partir de entonces empezó a visitarlas cada par de días con el fin de mantener a la enferma bajo observación. Lo cual les dio pie a los habitantes de Gerbersau para hablar otra vez de repetidos maltratos y del control oficial.
Entretanto, August Schlotterbeck había viajado a Wildbad, donde sin embargo sintió que hacía demasiado calor y había demasiado movimiento, de modo que pronto volvió a empacar y siguió viaje, esta vez hacia Freudenstadt, que conocía de su juventud. Allí se sintió muy bien, conoció a un fabricante suabo del que se hizo muy amigo y con el que podía hablar de asuntos técnicos y comerciales en los que tenía experiencia. Con este hombre, que se llamaba Viktor Trefz y que al igual que él había dado amplias vueltas por el mundo, daba a diario largos paseos por los frescos bosques. El señor Trefz poseía en el este del país una fábrica de artículos de cuero de antigua y renombrada reputación. Se estableció entre ambos una amable confianza y estima mutua, pues Schlotterbeck mostró tener conocimientos excelentes en el rubro del cuero y además una noción del mercado mundial que resultaba sorprendente para un particular. Así que no pasó mucho tiempo hasta que le contó al fabricante su historia y su situación actual con mayor precisión, y a los dos les pareció que llegado el caso también podrían convertirse alguna vez en muy buenos camaradas haciendo negocios juntos.
De esta forma, Schlotterbeck pudo descansar con creces; había ocasiones en que se olvidaba por medio día de sus negociaciones pendientes con la viuda de Gerbersau. Conversar con un colega experto revivió y estimuló no poco al viejo hombre de negocios que había en él, así como a sus perspectivas de nuevos emprendimientos posibles, por lo que las necesidades de su corazón, a las que nunca les había conferido demasiado espacio, se retrotrajeron humildemente. Solo cuando estaba en soledad, por ejemplo a la noche antes de dormirse, se le aparecía la imagen de la señora Entriss y volvía a enardecerlo. Pero incluso en esos momentos el asunto no le parecía ya tan importante. Pensaba en aquella tarde que había pasado en la casita de la vecina y concluía que al fin y al cabo ella no había estado tan equivocada. Se dio cuenta de que la falta de trabajo y el estar solo en su casa eran en gran parte culpables de sus ideas matrimoniales.
Durante un paseo, el señor Trefz lo invitó a que visitara y conociera su empresa ese otoño. Aún no habían hablado una sola palabra sobre mantener relaciones comerciales, pero ambos sabían cuál era la situación, y que la visita podía conducir a una participación societaria y a una ampliación del negocio. Schlotterbeck aceptó agradecido y le mencionó al amigo el banco en donde podía preguntar por sus finanzas.
–Gracias, eso está bien –dijo Trefz–. Del resto hablaremos, si usted tiene ganas, en el lugar mismo.
Con esto, August Schlotterbeck sintió que volvía a la vida. Ese día se metió contento en la cama y se durmió sin haber pensado ni una sola vez en su viuda durante toda la jornada. No sospechaba que ella estaba pasando precisamente en ese momento por una mala época y que bien podría haber necesitado su apoyo. La cuñada se había vuelto aun más huraña e inquietante bajo el examen del médico oficial y había convertido a la pequeña casita en un sitio de lamentos, ya fuera gritando de pronto como una posesa, ya fuera subiendo y bajando las escaleras y deambulando por la pieza entre suspiros profundos y continuos, o también encerrándose en su pieza y haciendo frente a acosos imaginarios con rezos y gemidos. La pobre criatura debía estar todo el tiempo bajo custodia, y el atemorizado doctor presionaba para que se la llevaran y la internaran en una institución. La señora Entriss se opuso a ello todo lo que pudo. Se había acostumbrado en todos esos años a la cercanía de la melancólica solterona, guardaba esperanzas de que ese mal estado no durara mucho tiempo y temía, por último, los gastos considerables que podían originársele. Con gusto le cocinaría a la infeliz por el resto de su vida, lavándola y atendiéndola, tolerando sus humores y haciéndose cargo de ella, pero la perspectiva de que sus ahorros se perdiesen y cayeran en un saco sin fondo en largos años de mantener esa vida arruinada le resultaba terrorífica. De modo que además de la preocupación cotidiana por la enferma mental, debía soportar también este miedo y esta carga, debido a lo cual, y pese a su tenacidad, empezó a perder peso y a envejecer de cara.
De todo esto Schlotterbeck no sabía ni una palabra. Suponía que la viuda andaba de lo más a gusto en su pequeña casa y hasta estaba quizá contenta de haberse librado por un tiempo del molesto pretendiente.
Pero eso ya no era cierto. Aunque la partida del señor Schlotterbeck no había tenido como consecuencia que su alejamiento despertase en ella ninguna nostalgia ni que se embelleciera tiernamente la imagen que tenía de él, en esta emergencia habría estado muy feliz de contar con un amigo y consejero. Y, en efecto, si las cosas con la cuñada empeoraban, también habría vuelto a considerar con mayor detalle y mejores ojos la propuesta del hombre rico.
La partida de Schlotterbeck, su posible duración y su presunto significado habían dejado entretanto de ser motivo de especulaciones en Gerbersau, pues por un rato todos volvieron a llenarse la boca con la viuda Entriss. Y mientras que bajo los abetos de Freudenstadt los dos hombres de negocios se entendían cada vez mejor y ya hablaban entre sí con mayor claridad de futuros emprendimientos conjuntos, el encuadernador Pfrommer pasó en su casa de la Spitalgasse dos largas tardes componiendo un escrito para su primo, cuyo bienestar y futuro tanto le importaban. Unos días más tarde, un sorprendido August Schlotterbeck sostenía entre sus manos esta carta, escrita en el mejor papel con un reborde dorado, y que leyó despacio dos veces seguidas. Decía así:
Querido y apreciado primo Schlotterbeck:
El señor secretario Schwarzmantel, que recientemente ha hecho una excursión por la Selva Negra, nos ha informado que te ha visto en Freudenstadt y que estás bien y alojado en El Tilo. Esto nos ha alegrado, y te deseo un buen descanso en ese bello sitio. Cuando se está en posición de hacerla, una cura veraniega de ese tipo es siempre algo bueno, yo también estuve un par de días en Herrenalb, porque había estado enfermo, y es algo que me sirvió magníficamente. Te deseo de nuevo el mayor de los éxitos, y estoy seguro de que nuestra Selva Negra con sus murmullos de abetos te gustará también a ti.
Querido primo, todos aquí te extrañamos, y cuando después de recuperarte bien vuelvas a casa, seguro que Gerbersau volverá a gustarte mucho. El hombre tiene una sola patria, y aunque en el mundo exterior pueda haber muchas cosas bellas, solo se puede ser verdaderamente feliz en la tierra natal. Te has hecho muy popular en la ciudad, además, todos estarán contentos cuando regreses.
Es muy bueno que te hayas ido de viaje justo ahora que tu vecindad atraviesa un momento tan difícil. No sé si ya te has enterado. La señora Entriss ha tenido que entregar finalmente a su cuñada enferma. La trataba de tal forma que la infeliz criatura ya no pudo seguir soportándolo y pedía ayuda día y noche, hasta que trajeron al médico oficial. Ahí se vio que la solterona enferma estaba en un estado calamitoso, pese a lo cual la Entriss siguió insistiendo y quería retenerla a cualquier precio, podemos imaginarnos por qué. Pero ahora le impidieron seguir con eso, le han quitado a la cuñada y tal vez deba responder por ella en otro sitio. A la cuñada la han internado en el manicomio de Zwiefalten y la Entriss debe pagar una bonita suma por ella. ¡Para qué ahorró antes tanto en la enferma!
Tendrías que haber visto cómo se llevaron a la pobre mujer, fue una calamidad. Habían tomado un coche, adentro iban la Entriss, el médico oficial, un guardián de Zwiefalten y la paciente. Ahí esta empezó a gritar y estuvo gritando todo el camino como una loca, la gente siguió al coche hasta la estación. De regreso a su casa, la Entriss tuvo que escuchar de todo, un muchacho incluso le tiró un piedrazo.
Querido primo, en caso de que pueda serte útil en algo, lo haré con gusto. Has estado treinta años lejos del hogar, pero eso no hace diferencia, y por mis parientes, como bien sabes, nada es demasiado. Mi mujer también te manda saludos.
Te deseo buen tiempo para tu cura de verano. Allí en Freudenstadt debe estar más fresco que en este agujero estrecho, donde tenemos mucho calor y muchas tormentas. En el Bayerischer Hof cayó un rayo anteayer, pero frío.
Si necesitas algo, estoy a tu completa disposición.
Tu fiel primo y amigo,
Lukas Pfrommer
El señor Schlotterbeck leyó esta carta con atención, se la metió en el bolsillo, volvió a sacarla y la leyó una vez más, traduciéndola del gerbersauriano al alemán y buscando imaginar los sucesos que allí se describían. Al hacerlo sintió vergüenza y rabia, vio a la pobre mujercita siendo víctima de las burlas y puesta en ridículo, luchando contra las lágrimas y abandonada sin consuelo. Cuanto más pensaba en el asunto, y cuanto más claro veía y entendía todo, más rápido desaparecía su silenciosa sonrisa por su primo como escritor de cartas. Se sentía profundamente indignado con él y con todo Gerbersau y ya quería jurar venganza, cuando paulatinamente se dio cuenta de lo poco que él mismo había estado pensando en la señora Entriss en este último tiempo. Había trazado planes y había pasado unos días bonitos, mientras que la mujer querida la pasaba mal, había tenido una época difícil y tal vez esperaba su apoyo.
Al pensar en esto, empezó a sentir vergüenza. ¿Qué debía hacer ahora? En todo caso, quería regresar de inmediato. Sin demoras, llamó al dueño de la posada, organizó su partida para la mañana siguiente y se lo comunicó también al señor Trefz. Mientras empacaba, se olvidó de la vergüenza y de la rabia y de todos sus pruritos y se vio invadido por una alegría que no lo abandonó en toda la tarde. Se había dado cuenta de que todas estas historias solo traían agua para su molino. La cuñada se había ido, gracias a Dios, la señora Entriss estaba sola y triste y seguramente tenía también problemas de dinero, era tiempo entonces de aparecer de nuevo frente a ella y de repetir su propuesta en la salita, bajo el sol vespertino. Pasó la noche entretenido con el señor Trefz, bebiendo un buen vino de la región de Markgräfler. Los hombres brindaron por un buen reencuentro y una amistad duradera, el posadero bebió con ellos y expresó su deseo de volver a ver a los dos buenos huéspedes al año siguiente.
Al otro día, Schlotterbeck se fue temprano por la mañana a la estación a esperar el tren. El posadero lo había acompañado y volvió a estrecharle la mano, el criado llevó la maleta hasta el vagón y recibió su propina, el tren partió, tras algunas horas impacientes el viaje llegó a su fin y Schlotterbeck pasó por delante del jefe de estación que lo saludaba y se metió en la ciudad.
Tomó solo un breve desayuno en el Águila, que le quedaba de paso, allí se hizo cepillar el traje y subió luego por el camino que llevaba hacia lo de la señora Entriss. La puerta estaba cerrada, tuvo que esperar un par de minutos hasta que llegara el ama de casa y le abriera la puerta con rostro desconcertado, pues no lo había visto llegar. Al reconocerlo, se ruborizó e intentó poner cara severa, pero él entró saludando con amabilidad y ella lo llevó hasta la sala.
Su venida la había tomado por sorpresa. No había podido pensar mucho en él en los últimos tiempos, pero eso no obstante su regreso no la asustaba ya, sino que era más bien un consuelo. Él también lo notó perfectamente, pese al silencio de ella y a su fingida frialdad, y le facilitó las cosas tanto a ella como a sí mismo tomándola con firmeza de ambos hombros, mirándole su rostro encarnado con una risa a medias y diciéndole:
–Ahora está bien, ¿verdad?
Ella quería sonreír y aun hacer un poco de requiebros y dar razones, pero aceptó la emoción, el recuerdo de tantas preocupaciones y amarguras de estas semanas, que hasta el momento había enfrentado con valentía y dureza, y para su sorpresa y la de Schlotterbeck de repente estalló en lágrimas. Pronto reapareció sin embargo en sus mejillas el tímido brillo de felicidad que el señor Schlotterbeck conocía de la última vez, ella se apoyó en él, se dejó abrazar y luego de darle un suave beso y de sentarla en su silla, dijo el novio de buen humor:
–Gracias a Dios que está bien así. Pero en otoño la casita se vende, ¿o quieres quedarte en este nido a cualquier precio?
(1909)
Wärisbühel
Hawang es un pueblo pequeño del que nunca habríamos oído hablar si en época reciente no se hubiera fundado allí una gran fábrica de tejas planas. Esta fábrica era también la culpable de que el tren local que iba de Bitrolfingen a Kempflisheim fuera extendido finalmente hasta Hawang. Y como antes yo tenía predilección por los lugares pequeños que quedaban al final del recorrido de ignotos trenes locales, llegué a Hawang un día a finales de primavera, me alquilé una pieza en lo de unos campesinos y me organicé como para quedarme. Quería escribir una obra que solo podía prosperar en el silencio y la tranquilidad de una estadía como esta en el campo, y cuyos variados planes de escritura y principios posibles aún conservo hoy como un recuerdo de bellos años de juventud.
Por supuesto que muy pronto quedó demostrado que tampoco Hawang era el sitio adecuado para terminar mi obra. Pero más allá de eso la región me gustaba, y puesto que empacar, partir y despedirse siempre son asuntos ingratos, decidí quedarme donde estaba y envejecer por el término de un bonito verano en Hawang. Pasé mucho tiempo recostado a la vera del bosque, observando a los campesinos en sus trabajos del mes de junio, pesqué a escondidas en el Tälisbach, estudié el funcionamiento de la fábrica de tejas y por las tardes les contaba a los cansados dueños de la casa donde vivía sobre mis viajes y mis planes, hasta que se hartaban y dejaban de escucharme.
Sobrevino entonces un tiempo de tedio. Cuando me levantaba por las mañanas de la cama, alrededor de las siete, deambulaba por el pueblo reflexionando largamente sobre qué camino debía tomar. A veces iba hacia el bosque que quedaba cuesta arriba, a veces bajaba por el valle hacia la izquierda, en dirección a la fábrica de tejas, a veces valle arriba para pescar y de vez en cuando pegaba también la vuelta al final de la calle principal del pueblo, volvía a mi casa y me sentaba en el jardín de los árboles frutales, donde me quedaba mirando madurar las pequeñas manzanas verdes entre el follaje y escuchando el zumbido de las abejas y de los abejorros entre las hierbas. Algunas veces iba también a la estación del ferrocarril, un edificio de unos tres metros de largo hecho de chapa acanalada y veía llegar e irse al único tren diario, con alguien que bajaba o nadie que bajara, según fuera el caso; precisamente aquí, en la estación, era donde más a menudo se me hacía evidente mi aburrimiento. Cierta vez inicié un diálogo con el jefe de la estación, averigüé la tarifa de carga del tren y la distancia de todas las estaciones en kilómetros y finalmente pregunté, solo porque el día era muy largo y no quería dejar morir otra vez la posibilidad de entretenerme, si también para este tren se vendían abonos. El responsable de la estación me dio toda la información necesaria. Había pasajes desde allí hasta Bitrolfingen que valían para veinticuatro viajes y costaban tanto. El descuento respecto a los pasajes normales era muy significativo, según calculó para mí el jefe de estación, y todos los que vivían aquí y tenían algo que hacer de vez en cuando en Bitrolfingen poseían naturalmente un abono de este tipo. No recuerdo ya con precisión cómo ocurrió, pero al final sentí la obligación, por el hecho de haber tenido ocupado tanto tiempo al amable funcionario, de comprarme un abono. Y ahora podía viajar todos los días a Bitrolfingen cuando se me viniera en gana, solo no ese día, pues el tren ya se había ido.
Al mediodía siguiente me aparecí en la estación con la agradable sensación de estar haciendo algo, de tener un objetivo por delante, y me dispuse a esperar la partida del tren. No había otros viajeros, pero al tren se le acoplaron dos vagones de tejas, y luego de que mi vagón quedara bonitamente caldeado por el sol del mediodía, partimos con estruendo. Enseguida apareció el guarda, hizo el primer agujero en mi tarjeta de abono y, puesto que ahora yo era un cliente habitual, entabló conmigo una conversación que me mantuvo entretenido de la mejor manera hasta Kempflisheim. Allí hicimos un alto y tomamos dos pasajeros. El primero se durmió de inmediato en su rincón. El otro, que supuse sería un tratante de ganado, acaparó la atención del guarda, que sin llevarme más el apunte se enfrascó tan diligentemente en la conversación con el cliente más antiguo que abandoné la esperanza de aferrarlo otra vez a mí, y pasé a mirar por la ventana.
Así conocí algunas cosas nuevas. Aún hoy podría repetir de memoria el nombre de las estaciones hasta Bitrolfingen, que no son pocas. Las estaciones de tren eran en parte otra vez de chapa acanalada, pero había también tres de piedra, entre ellas la de Wärisbühel, a la que volveré a referirme. De a poco nuestro vagón empezó a llenarse mucho, pero nadie se sentó a mi lado, pues era yo un forastero, y seguí contemplando las campiñas, los bosques y las poblaciones. En cada estación había una posada, y en todas colgaba el mismo cartel: “Posada del Ferrocarril”. En cada estación había un jefe con gorra roja, y detrás de la pequeña ventanilla polvorienta de su salita de un metro cuadrado se veía un aparato de telégrafo: una rueda de latón que tenía arriba un rollo de papel angosto e infinito.
Vi muchas cosas en este viaje, al punto de que no puedo describirlas a todas. Algunas cosas volví a olvidármelas, otras están ya flojas en mi memoria y con el tiempo van a empolvarse y hundirse, pero hay una que no he olvidado y es probable que tampoco olvide jamás. Se trata de la estación de Wärisbühel.
Esta estación llamaba la atención por el hecho de que estaba construida en piedra y no contaba solo con una planta baja, como las otras, sino también con un piso superior que tenía cuatro ventanas. Abajo estaba el jefe de estación, detrás de su puerta de cristal brillaba enigmática la pequeña rueda de lata, junto a la puerta colgaba un buzón y debajo estaba sentado en el suelo un niño pequeño con un perro spitz blanco. Vi todo esto pero solo de un rápido vistazo. Luego subí la mirada al lugar donde reían las cuatro ventanas. Daba alegría verlas, en cada una de las repisas había unos seis potes verdes, de los que colgaban grandes cantidades de claveles de muchos colores, pero sobre todo blancos y colorados. Uno creía incluso percibir su aroma a través del aire polvoriento y denso de la estación.
Era lo más bonito que había visto en todo el viaje. Desde hacía unas estaciones que me había invadido una cierta pesadez y angustia que se parecía de manera inquietante al tedio que había dejado en Hawang, y había pensado con pena en los veintitrés pasajes que aún me quedaban por usar. Al ver la imponente estación con sus ventanas adornadas por los claveles, mi alma volvió a llenarse de alegría y ganas de vivir, empecé a tejer fantasías filantrópicas y a no dar nada más por perdido.
Y así como una alegría rara vez llega sola, tras el milagro de los clave me salió al paso otra maravilla, aunque pasó un buen rato hasta que la descubrí. Por suerte estuvimos parados en esta estación importante más de un cuarto de hora, y luego de deleitar mis ojos con calma en estas flores queridas, otra cosa bella se me dio a conocer. En la tercera ventana, a medias oculta detrás de los potes con flores, estaba parada misteriosamente en la habitación a oscuras una hermosa muchacha de pelo negro y mejillas encendidas, mirando hacia abajo con atención y curiosidad. Esa amorosa niña, pensé yo, debe pararse ahí y mirar tal vez cada tren, aburriéndose y buscando una cara nueva y un breve destello desde el exterior, para luego pensar en ello durante todo el largo y silencioso día y así tener algo en lo que ocupar la mente. La chica me gustó y me dio lástima, aun cuando nada sabía sobre su persona, y me regocijé viendo cómo miraba desde detrás de su jardincito colgante.
En eso, su mirada recayó en mí, y yo retiré modestamente la mía, aunque después de un rato me animé a volver a alzar los ojos; ella seguía allí y me miraba, justo a mí, y ya no pude retirar enseguida la vista, sino que por un par de segundos la miré directo a sus ojos oscuros. No se movió y me sostuvo la mirada sin pestañear, de modo que fui el primero en quedar desconcertado y desviar la mía. Ahí el tren ya volvía a partir alegremente y lo hizo con prisa, y yo me quedé quieto en mi banquito pensando solo en cosas bonitas. De nuevo estaba contento con el día y el viaje y el abono. Traté de recordar si su pelo era negro o quizá solo marrón, y de imaginarme qué podría estar haciendo ahora, tal vez regar las plantas y poner un ramillete sobre la mesa, dónde tendría sus elementos de costura y sus pequeñas pertenencias, un libro y un par de fotografías, una cajita para alfileres de marfil y un perrito o un león de mármol.
Las estaciones pasaban sin que las notara casi, como si me encontrara sobre un tren rápido. Al final llegamos a Bitrolfingen y todos nos vimos obligados a bajarnos. Allí tuve tres horas para recorrer la pequeña ciudad, beber una cerveza y enterarme de que la sacristía con las viejas tallas en madera hoy estaba cerrada y que el sacristán no estaba en su casa. Poco importaba, pues pronto regresaría otra vez. Me bebí mi cerveza en el parque de un restaurante, bajo redondas copas de castaños, y para no perderme el regreso, volví temprano a la estación, donde me quedé mirando por la pequeña ventanilla al funcionario del ferrocarril que telegrafiaba. Enseguida me di cuenta de que la situación aquí era más enjundiosa. El jefe de estación echó varias veces miradas indignadas hacia el exterior, pues le enojaba que lo estuviera contemplando, y como yo igual me quedaba allí parado, abrió de un golpe la ventana y exclamó:
–¿Qué pasa? ¿Quiere un pasaje? ¡Falta aún media hora para que salga el tren!
Me saqué el sombrero y dije:
–No, gracias. Estoy abonado.
Entonces se volvió más amable y dejó que me quedara junto a la ventana, mientras que él puntuaba sus trozos de papel. El tiempo pasó, ya podíamos subirnos. Se hacía de tarde cuando partimos, pero los días son largos en junio, y cuando llegamos a Wärisbühel, el sol seguía en el cielo y hasta brillaba dorado y cálido sobre las ventanas de la estación y las coloridas plantas de claveles. La muchacha, que esta vez busqué con la mirada sin pérdida de tiempo, no estaba allí, por lo que todo el esplendor se me antojó superfluo y despilfarrado. Pero justo cuando adelante volvían a escucharse los bufidos y los silbidos y el guarda, ya cerca del fin de su jornada, cerraba las puertas con redoblada diligencia, apareció en la tercera ventana, grande y bonita, la muchacha de pelo negro, sonrió bajando la vista hacia el tren que echaba vapor y volvió a encender en mí la llamita de la alegría. Esta vez me pareció que su pelo no era del todo negro, sino que escondía un brillo claro, casi dorado, pero tal vez era efecto del sol vespertino.
Satisfecho con mi viaje y con el medio día que había pasado de esta manera, llegué a Hawang, donde volví a ser el único pasajero y fui saludado por el jefe de la estación con una camaradería estimulante, como si por mi abono tuviera ahora una relación estrecha con el ferrocarril en tanto institución. En mi pieza de campesino, todas las cosas me miraron desconsoladas, como si me hubiera ido mucho tiempo, y antes de dormirme me propuse volver a viajar al día siguiente a Bitrolfingen. Seguramente estaría entonces abierta la sacristía con sus rarezas de historia del arte, la cerveza bajo la sombra de los castaños volvería a saber magníficamente, el funcionario del ferrocarril de aquel lugar reconocería en mí a un cliente habitual y sería más amable conmigo, y tal vez hasta me mostrara cómo se usa el telégrafo, algo que me daba curiosidad desde hacía tiempo. Era probable que en Wärisbühel la señorita estuviera de nuevo parada detrás de los claveles, en todo caso podía estar seguro de que los claveles seguirían en su lugar, y el viaje igual no me costaba en cierto sentido nada.
Así y todo, al otro día me quedé en Hawang. Se me había ocurrido que a fin de cuentas aquella señorita podría darse cuenta de que volvía tan pronto solo por ella y haberse sentido ofendida o hacerse alguna otra idea errada sobre mí. De modo que me quedé, visité la fábrica de tejas y por la tarde me tiré sobre la paja con mi librito de la editorial Reclam, hasta que el hambre me arrastró hacia el pueblo.
Al mediodía siguiente, ya me pareció que tenía permitido viajar. Bien podía, en caso de que la bella muchacha no pusiera una cara amable, retirarme hacia adentro de mi vagón y mirarla solo con disimulo. Además, estaba decidido a ver alguna vez las reliquias de Bitrolfingen, aparte de aprovechar la oportunidad que me daba mi billete de conocer la región y realizar algunas observaciones y estudios. Por eso partí con buena conciencia, vi subir al durmiente y al comerciante de ganado y a la mayoría de los otros compañeros de viaje de dos días atrás, le di al guarda un cigarro y me sentí en el tren realmente aclimatado y afín. Me puse al acecho poco antes de llegar a Wärisbühel, y al poco tiempo vi aparecer el edificio de piedra, el buzón y las ventanas floridas, donde había erigido en mi interior un pequeño hogar y albergue de pensamientos. Tampoco me moví de mi lugar cuando apareció la muchacha en su antiguo sitio, observando el tren. Primero miró el pequeño compartimiento en el vagón delantero, nuestra segunda clase, que estaba vacío, luego a nuestras ventanas, donde me descubrió de verdad, volvió a mirarme a la cara y pareció ofrecerme una pequeña y bella sonrisa, que de ninguna manera tenía permitido relacionar conmigo, pero que festejé inofensivamente en el silencio como un suceso bonito y alegre. De nuevo estaba parada un poco adentro de la habitación, de modo que no cualquiera pudiera verla, y su cabello se veía ahora del todo negro otra vez, y también sus ojos se oscurecían profundamente en su rostro claro y pálido. Al partir, seguí mirando hacia arriba y la mantuve a la vista, y también ella se quedó parada, y seguí viéndola aun cuando se volvió bien pequeña y borrosa. Me dio la impresión de que ahora tenía una sonrisa sumamente cariñosa y cordial, dirigida directo a mí, pero era más un juego de mi imaginación que la verdad, pues a tanta distancia su cara solo se reconocía como una mancha luminosa.
Puesto que yo no sabía cómo se llamaba, y tampoco me animaba a preguntarle a nadie, durante todo el viaje pude reflexionar sobre el asunto e imaginarme nombres bellos para ella. Hedwig me pareció al principio el nombre correcto y más bonito, pero enseguida comprendí que Gertrud era mucho más hermoso y pertinente, y a partir de entonces se llamó Gertrud para mí, y si a mis pensamientos de hacía dos días se les agregaban las ideas de hoy y el nombre, podía decir que ya me había hecho una muy buena pintura de la desconocida.
En Bitrolfingen visité la sacristía, con los viejos tallados en los respaldos de las sillas y con las lápidas cinceladas de antiguos señores y clérigos, pero no aguanté demasiado tiempo y volví a presentarme temprano en la estación, donde estaban engrasando y poniéndole agua a nuestra locomotora. El jefe de la estación respondió amablemente a mi saludo y hasta me preguntó si venía de Wärisbühel. Cuando le dije que no, de Hawang, elogió el progreso de la fábrica de tejas y expresó la suposición de que yo debía ser un empleado de aquella. Lo dejé en su creencia, que solo podía serme de provecho, y al subirme al tren sentí como que ya lo había hecho cien veces, y como si realmente tuviera algo que hacer en ese tren local y en esa región.
El sol brillaba vespertino y dorado sobre los prados y los tejados rojos cuando llegamos a Wärisbühel, el niño pequeño también estaba ahí de nuevo, esta vez sin el perro, y arriba esperaba la muchacha, con un rayo de sol sobre el pelo y su reflejo en la cara, de modo que pude observarla con toda nitidez. Calculé que debía tener veinte años. Y esta vez no fue mi imaginación: cuando el tren arrancó y empezó a rodar, su boca rojo claro se iluminó con una sonrisa diáfana y afable, y con esa sonrisa me miró a los ojos de tal forma que mi corazón rio y tembló. ¡Mira, pensé, te ha reconocido y no te ha tomado nada a mal! Y me hizo bien al alma poder ahora imaginarme que acaso también ella pensara en mí como yo en ella y se hiciera preguntas sobre el joven desconocido.
Ahora estaba enamorado, y aunque no era la primera vez, se trataba de un estado que me gustaba en grado sumo. El aburrimiento se había disipado por completo, y me avergoncé ante mí mismo por haber estado deambulando por la bella zona hasta hacía poco de manera tan estéril y perezosa. Los bosques se extendían ahora por la mañana de manera tan majestuosa y pacífica detrás de los campos iluminados como no podría haberlo expresado ni el más espléndido de los poetas, y las montañas en la lejanía miraban hacia aquí de manera tan silenciosa y reflexiva que todo el tiempo me daban materia para mirar y pensar, de modo que el día siguiente se me pasó tan rápido y ligero como ninguno hasta ahora en este pueblo. En todas partes se veía la obra de Dios y todo relucía de luz y de alegría de vivir.
Pero todo este esplendor no me satisfizo largo tiempo y ya a los dos días volví a emprender el viejo camino. En efecto, ella estaba junto a la ventana, y si vi bien, casi que me había estado esperando y ahora se ponía contenta de volver a verme. Al menos había una alegría silenciosa en su cara y me miró con sus ojos oscuros de modo tal que me erizó la piel, como si me hubiera dado un beso. Y no bien pensé en esto, ya me picaron las ganas, y me propuse de corazón obtener, tarde o temprano, un beso de esa hermosa criatura, lo cual me pareció como un tesoro máximo de la dicha y a la vez un deseo que acaso no fuera demasiado audaz. Ser besado en la boca por una muchacha bonita y seria era algo que siempre había llevado en el alma como un sueño maravilloso, pero que nunca se me había cumplido. Ahora todo me parecía posible, y sentí que este asunto estaba a punto de convertirse en una verdadera aventura. Bien podría haberle hecho ahora una seña con la cabeza o haberla saludado a escondidas con la mano, pero me pareció demasiado atrevido, y decidí esperar al viaje de vuelta y hasta entonces reflexionar sobre este paso.
Con eso tenía suficiente para pensar durante el viaje, durante mi permanencia en Bitrolfingen y aun durante el regreso, y al final quedó en firme la decisión de saludarla ese día con algún tipo de señal o movimiento de la mano. Si entonces me respondía, estaría bien, y podía seguir mirando, y si no, significaría que no me soportaba y que podría seguir dando vueltas durante años sin que me besaran.
Logré llevar adelante mi decisión. En rigor, apenas si había vislumbrado a Gertrud cuando ya le asentía con la cabeza y la saludaba con la mano. Hice ambas cosas con cuidado y poca claridad, pero a ella no se le escaparon, y para mi alegría me respondió sonriendo y asintiendo dos veces.
Ahora bien, lo que más me hubiera gustado habría sido bajarme del tren de inmediato y atravesar la puerta y subir a los saltos las escaleras hasta ella. Volví a mirarla a la cara con gesto interrogativo y ella volvió a desplegar su sonrisa radiante como una ceremoniosa bandera de la alegría. Con eso se expandió por mi ánimo, al modo de un fuerte rayo matutino, la certeza de que me aceptaba y de que iba a tolerar con gusto mi veneración, y sentí que estaba dispuesto a tirarme por orden de ella bajo las ruedas del tren. En eso el tren volvió a partir, me despedí con un saludo mudo y viajé a través del esplendor vespertino hacia casa como si lo hiciera por unos campos rebosantes de felicidad.
Fue una bella hora, de hecho una de las más bellas que pueda recordar. Una hora que rio en su brillo dorado, caldeándome el joven corazón y dándole a mis pensamientos alas rosadas, a fin de que pudiera emprender un vuelo liviano y feliz a todos los paraísos de la juventud. Y declinó sin que yo le prestara atención, y se terminó antes de que pudiera darme cuenta, como pasa con toda felicidad.
La aventura me había encendido, a la tranquila sensación de felicidad y plenitud le siguieron el esbozo de planes y el deseo de más, a la vez que el miedo y el desánimo, pues no tenía ningún tipo de experiencia en cuestiones de amor. Perdí dos días enteros en reflexiones infructíferas. Mi deseo era viajar a Wärisbühel, bajarme allí y juntarme con ella de alguna forma. Sin abrigar esperanzas demasiado osadas, creía mi deber hacer la experiencia de que una bella muchacha me recibiera con amabilidad y me diera un beso. Pero no bien pensaba en cómo sería cuando estuviera parado en la estación, cómo iría a lo de ella y qué debía decirle, y que su padre y tal vez su madre estarían allí, todo era como tener una montaña enfrente y me parecía imposible. Mis certezas volvieron a abandonarme por completo. Es cierto que había asentido en mi dirección cordialmente y que me había sonreído, sí, pero ¿qué significaba eso? Al final se revelaría que ya lo había hecho con varias personas que estaban de paso, con toda inocencia, y si yo ahora iba y me plantaba ahí y deseaba más, ¿qué espectáculo daría? Ella no sabía nada sobre mí, menos aún que yo de ella. ¿Era ella responsable de mis sueños impertinentes? Ay, ella me había dado lo que daba con gusto, un saludo y un reflejo de su dulzura, ¡y yo quería ahora ir allí con pretensiones!
Al tercer día, no supe qué hacer, más que volver a viajar. Siempre podía bajarme en Wärisbühel o seguir con el tren, según cómo se dieran las cosas. Fui intranquilo a la estación y esperé. Me subí al tren, el guarda me saludó con familiaridad y me hizo un nuevo agujerito redondo en mi abono, también volvió el comerciante de ganado, y por delante de las ventanillas desfilaron las imágenes ya bien conocidas, de las que siempre una me parecía que me traería suerte y la próxima se me antojaba de mal augurio.
Al final, por muy largo que se me hiciera el viaje, llegamos a Wärisbühel. Creí que se me detendría el corazón cuando vi a Gertrud en un vestido marrón parada sobre el andén, con un gran bolso en la mano, y al lado de ella el jefe de la estación y el niño pequeño y una mujer bajita y delgada, probablemente la madre. Ella y la hija estaban vestidas como para viajar, y la muchacha tenía los ojos rojos y lágrimas en las mejillas.
Le dio un beso al jefe en su barba rubia y se subió junto con la madre. Entraron a mi vagón y se sentaron bien cerca de mí. No me atreví a mirarla hasta que el tren se puso en movimiento y ella saludó hacia atrás desde la ventanilla abierta. Entonces pude observarla y ver que era realmente bellísima. Su pelo era marrón oscuro, también sus ojos, entre las lágrimas de despedida ya sonreía de nuevo la misma boca rojo claro que aquella vez me había sonreído a mí. Se acomodó en su asiento y empezó a conversar con su madre; a mí no me vio, o pareció no reconocerme. Escuchando a medias la charla, supe que era de verdad la hija, luego habló de un Robert, luego de su esposo, y de a poco entendí que estaba casada y había estado de visita en lo de sus padres.
En Bitrolfingen desapareció con su madre dentro de la sala de espera, la de la segunda clase, aun cuando había viajado en tercera, y recordé cuántas veces me había indignado por ver a viajeros de la tercera clase aguardando en la sala de espera de la segunda. Ciertamente, ella era hija de un funcionario.
La vez siguiente en que volví a recorrer el mismo camino, llevaba conmigo mi maleta y seguí viaje hacia otra región. Le había regalado el abono al dueño de la posada. Y llegaron otras épocas, me olvidé de la mayoría de las cosas, pero no del nombre de las estaciones, ni tampoco de las ventanas con claveles. Seguí sin recibir un beso, y aunque entretanto eso ha cambiado, la bella Gertrud de mi tonta fantasía viajera no ha querido abandonar del todo mi alma, sino que se quedó viviendo allí a escondidas y en ciertos momentos casi que me parece un verdadero amor de juventud y una verdadera felicidad de aquellos tiempos.
(1909)
El final del doctor Knölge
El doctor Knölge, un ex maestro de escuela superior que se había jubilado a temprana edad y se había dedicado en privado a estudios filológicos, jamás hubiera entrado en contacto con los vegetarianos y el vegetarianismo si una propensión a la falta de aire y a los reumatismos no lo hubieran empujado en un momento de su vida a realizar una cura de dieta vegetariana. El éxito fue tan fenomenal que desde entonces todos los años el erudito pasaba unos meses en alguna pensión o sanatorio vegetarianos, por lo general en el sur, y pese a su antipatía por todo lo inusual y extraño terminó frecuentando círculos e individuos que no eran compatibles con él y cuyas raras visitas en su hogar no le agradaban para nada, pero que nunca podía evitar del todo.
Durante algunos años, el doctor Knölge había pasado la época de la primavera o del principio del verano o también los meses de otoño en una de las muchas y amenas pensiones vegetarianas de la costa del sur de Francia o junto al lago Maggiore. En estos sitios había conocido a muchas personas y se había acostumbrado a algunas cosas, como a andar descalzo y a los apóstoles de pelo largo, a los fanáticos del ayuno y a los gourmets vegetarianos. Entre estos últimos se había hecho algunos amigos, y él mismo, cuyo padecimiento le vedaba cada vez más el disfrute de comidas pesadas, se había ido convirtiendo en un modesto sibarita en el campo de las verduras y las frutas. No se conformaba en absoluto con cualquier ensalada de endivias y jamás hubiera comido una naranja californiana en lugar de una italiana. Por lo demás, se ocupaba poco del vegetarianismo, que para él solo era un medio de cura, y a lo sumo se interesaba ocasionalmente por todos los estupendos neologismos en ese campo, que como filólogo le resultaban curiosos. Había ahí vegetarios, vegetarianos, vegetabilistas, seguidores del régimen crudo, frugívoros y seguidores del régimen mixto.
El doctor mismo pertenecía, según el idioma de los iniciados, a los seguidores del régimen mixto, puesto que consumía no solo frutas y alimentos crudos, sino también verduras cocidas, incluso comidas a base de leche y huevo. No se le escapaba que esto era una atrocidad para los verdaderos vegetarianos, sobre todo los seguidores puros del régimen crudo de estricta observancia. Pero se mantenía alejado de las disputas fanáticas de las órdenes de estos hermanos y solo daba a conocer su pertenencia a la clase de los seguidores del régimen mixto en los hechos, mientras algunos colegas, sobre todo austríacos, se vanagloriaban de su condición en sus tarjetas de visita.
Como queda dicho, Knölge no era realmente compatible con esa gente. Ya por su cara pacífica y colorada y por su ancha figura se veía completamente distinto a los hermanos del vegetarianismo puro, en su mayoría escuálidos de miradas ascéticas y vestidos a menudo con atuendos fantásticos, algunos de los cuales se dejaban crecer el pelo hasta debajo de los hombros e iban por la vida como fanáticos, prosélitos y mártires de su ideal específico. Knölge era un filólogo y un patriota, no compartía ni los pensamientos humanitarios y las ideas sociales reformistas ni el singular estilo de vida de los otros vegetarianos. Tal era su aspecto, que en las estaciones de tren y en los puertos de Locarno o Pallanza, los criados de los hoteles mundanos, que de lo contrario olían ya a la distancia a cualquier “apóstol del colinabo”, le recomendaban con confianza sus posadas y quedaban muy asombrados cuando esa persona de aspecto tan decente le entregaba su equipaje al criado de un Talisia o de un Céres o al que guiaba el burro del Monte Verità.
Esto no obstante, con el tiempo llegó a sentirse muy a gusto dentro de ese ambiente extraño para él. Era un optimista, casi un epicúreo, y de manera paulatina fue encontrando entre los comedores de plantas de todos los países que visitaban esos lugares, y especialmente entre los franceses, algunos amigos de mejillas coloradas y amantes de la paz, a cuyo lado podía comer tranquilamente su ensalada fresca y su durazno, entre amenas conversaciones de mesa, sin que ningún fanático de la observancia estricta le echara en cara su carácter mixto ni ningún budista masticador de arroz lo increpara por su indiferencia religiosa.
Ocurrió así que el doctor Knölge escuchó, primero a través de los periódicos, luego por comunicación directa del círculo de sus conocidos, sobre la gran fundación de la Asociación Internacional de Vegetarianos, que había adquirido un inmenso terreno en Asia Menor e invitaba a todos los cofrades del mundo, a precios reducidos, para que se instalasen allí a modo de prueba o de forma permanente. Se trataba de un emprendimiento de aquel grupo idealista de herbívoros alemanes, holandeses y austríacos que aspiraba a una suerte de sionismo vegetariano y apuntaba a obtener para sus seguidores y para los prosélitos de su fe una tierra propia con su gobierno autónomo en algún lugar del mundo que contara con las condiciones naturales para una vida como la que a sus ojos era la ideal. Esta fundación en Asia Menor era el principio de eso. Sus convocatorias se dirigían “a todos los amigos del modo de vida vegetariano y vegetabilista, del nudismo y del reformismo”, y prometían tanto y sonaban tan bellas, que tampoco el señor Knölge pudo resistirse al tono de añoranza desde el paraíso y se inscribió como huésped para el otoño siguiente.
Se suponía que la tierra daba frutas y verduras de ternura y en abundancia maravillosas, la cocina de la gran casa central estaba dirigida por el autor de Paraísos y lo que muchos consideraban como especialmente agradable era la circunstancia de que allí se podría vivir del todo tranquilo, sin sufrir las mofas del mundo malo. Estaban permitidas todas las formas del vegetarianismo y del reformismo indumentario, y no existía más prohibición que la del consumo de carne y de alcohol.
De todas partes del mundo se fugó hacia allí todo tipo de gente rara, parte para encontrar finalmente en Asia Menor tranquilidad y satisfacción en el marco de una vida acorde a su naturaleza, parte para sacarles provecho y sustento a los ansiosos de salubridad que convergían en ese sitio. Llegaron curas y maestros que se habían fugado de toda clase de iglesias, falsos hindúes, ocultistas, profesores de idiomas, masajistas, magnetistas, magos, curanderos. Esta pequeña población de existencias excéntricas estaba conformada menos por estafadores y gente mala que por inofensivos embusteros en cosas pequeñas, pues no había grandes ventajas que obtener allí, y la mayoría tampoco buscaba otra cosa que su subsistencia, que para un herbívoro en los países meridionales es muy económica.
La mayoría de estas personas, que habían descarrilado en Europa y en Norteamérica, traían consigo como único vicio la aversión al trabajo, característica de tantos vegetarianos. No querían oro y placeres, poder y diversión, sino ante todo poder llevar adelante su modesta vida sin trabajo y sin molestias. Algunos de ellos habían atravesado Europa a pie repetidas veces como humildes lustradores de picaportes en las casas de correligionarios pudientes, como profetas predicadores o como sanadores milagrosos, y Knölge se encontró, al llegar a Quisisana, con algunos viejos conocidos que lo habían visitado de vez en cuando en Leipzig como mendigos inofensivos.
Sobre todo se encontró con grandes personalidades y héroes de todos los campos del vegetarianismo. Hombres tostados por el sol, con largos y ondulados cabellos y barbas, deambulaban bíblicamente en sandalias y albornoces blancos, mientras que otros vestían ropa deportiva de lienzos claros. Algunos hombres venerables andaban desnudos, con paños en la zona pélvica tejidos por ellos mismos con rafia. Se habían formado grupos e incluso asociaciones organizadas, en ciertos lugares se juntaban los frugívoros, en otros los ayunantes ascéticos, en otros los teósofos o adoradores de la luz. A un templo lo habían construido los devotos del profeta norteamericano Davis y había un pabellón que se usaba para los servicios religiosos de los neoswedenborgianos.
Al principio, el doctor Knölge se movía entre este curioso gentío no sin alguna timidez. Asistía a las conferencias de un antiguo maestro de Baden llamado Klauber, que en alemánico básico les explicaba a los pueblos del mundo lo que había sucedido con la isla Atlántida, y contemplaba asombrado al yogi Vishinanda, que en realidad se llamaba Beppo Cinari y que en décadas de trabajo había conseguido reducir voluntariamente el número de latidos de su corazón en más o menos un tercio.
En Europa, entre los acontecimientos de la vida comercial y política, esta colonia habría presentado el aspecto de un manicomio o de una comedia fantástica. Aquí, en el Asia Menor, todo esto parecía comprensible y para nada absurdo. De vez en cuando se veía deambular a los recién llegados en éxtasis por ver cumplidos sus sueños más queridos, los rostros espectralmente iluminados o sumidos en lágrimas de pura felicidad, con flores en las manos y saludando con el beso de la paz a todos los que se encontraban.
El grupo más llamativo era sin embargo el de los frugívoros puros. Habían prescindido de templo y de casa de organización de cualquier tipo y no manifestaban ninguna otra aspiración que ser cada vez más naturalistas para, según sus propias palabras, “estar más cerca de la tierra”. Vivían a cielo abierto y no comían nada que no se pudiera obtener de los árboles o los arbustos. Despreciaban infinitamente a todos los otros vegetarianos, y uno de ellos le dijo al doctor Knölge en la cara que comer arroz y pan constituía la misma asquerosidad que consumir carne, y que entre un así llamado vegetariano que tomaba leche y cualquier borracho y bebedor él no podía encontrar ninguna diferencia.
Entre los frugívoros se destacaba el venerable hermano Jonas, el representante más consecuente y exitoso de esta línea. Llevaba puesto un paño en la cintura, pero que casi no podía distinguirse del resto de su cuerpo peludo y marrón, y vivía en un pequeño bosquecillo, entre cuyas ramas se lo veía moverse con diestra celeridad. Sus dedos gordos de las manos y de los pies se encontraban en una maravillosa involución, y todo su ser y su vida representaban el regreso a la naturaleza más perseverante y logrado que se pudiera imaginar. Unos pocos socarrones lo llamaban entre sí el gorila, pero en general Jonas gozaba de la admiración y la veneración de toda la región.
El gran seguidor del régimen crudo había prescindido del uso del idioma. Cuando los hermanos o las hermanas charlaban al borde de su bosquecillo, se sentaba a veces en una rama sobre sus cabezas, sonreía alentador o reía desaprobatorio, pero no decía palabra y buscaba dar a entender mediante gestos que su idioma era el infalible de la naturaleza y que más tarde sería el lenguaje universal de todos los vegetarianos y naturalistas. Sus amigos más cercanos lo visitaban todos los días, disfrutaban de sus clases en el arte de masticar y de pelar nueces y miraban con profundo respeto su progresivo perfeccionamiento, aunque les preocupaba perderlo en breve, pues era probable que en poco tiempo, ya en completa unión con la naturaleza, se retirara hacia su hogar silvestre en las montañas.
Algunos soñadores proponían rendirle honores divinos a ese ser misterioso que había completado el ciclo de la vida y reencontrado el camino hacia el punto de partida del devenir humano. Pero cuando una mañana, a la salida del sol, visitaron con este objetivo el bosquecillo y empezaron su culto con unos cánticos, el celebrado apareció en su gran rama predilecta, hizo bambolear burlonamente su paño pélvico suelto por los aires y atacó a los adoradores arrojándoles piñas duras.
En lo más profundo de su modesta alma, nuestro doctor Knölge sentía repugnancia por este Jonas de los perfectos, este “gorila”. Todo lo que siempre se había agitado silenciosamente en su corazón contra las aberraciones de la visión del mundo vegetariana y de los seres fanáticos-locos se le manifestaba de manera espantosa en esta figura, que parecía burlarse estridentemente incluso de su propio mesurado vegetarianismo. En el pecho del recatado erudito se alzaba ofendida la honra del ser humano como especie, y él, que había tolerado con serenidad y paciencia a tanta gente de opiniones distintas, no podía pasar por delante del domicilio del perfecto sin sentir odio y rabia contra él. El gorila, por su parte, que había observado desde su rama a toda clase de correligionarios, adoradores y críticos con indiferencia, también sentía un creciente encono animal contra esa persona, cuyo odio seguramente había sido presentido por su instinto. Cada vez que pasaba el doctor, medía al morador de los árboles con miradas ofendidas llenas de reproche, que aquel respondía con rechinar de dientes y rabiosos gruñidos.
Knölge ya había decidido abandonar la provincia al mes siguiente y regresar a su patria cuando casi contra su voluntad un paseo lo llevó, una noche de reluciente luna llena, hacia la cercanía de aquel bosquecillo. Con nostalgia pensaba en los tiempos pasados, cuando aún gozaba de plena salud y vivía como carnívoro y hombre común entre sus iguales, y rememorando esos bellos años empezó a silbar involuntariamente una vieja canción de sus tiempos de estudiante.
Con un crujido emergió entonces el hombre del bosque desde la maleza, irritado por los silbidos y hecho una fiera. Se plantó amenazador frente al paseante, blandiendo una porra informe. Pero el sorprendido doctor estaba tan enfurecido y rabioso, que en lugar de emprender la fuga, sintió que había llegado la hora de enfrentarse con su enemigo. Con una sonrisa de sorna hizo una reverencia y dijo con el mejor tono de burla y de ofensa en la voz que pudo lograr:
–Permítame usted que me presente. Soy el doctor Knölge.
Entonces el gorila dejó caer la porra dando un grito de furia, se abalanzó sobre el débil y en un instante lo había ahorcado con sus tremendas manos. Lo encontraron a la mañana, algunos intuyeron lo que había ocurrido, pero nadie se animó a hacer nada en contra del mono Jonas, que pelaba sus nueces impasible en las ramas. Los pocos amigos que se había hecho el forastero durante su estancia en el paraíso lo enterraron cerca de allí y colocaron sobre su tumba una lápida simple con la breve inscripción: Dr. Knölge de Alemania, seguidor del régimen mixto.
(1910)
La velada literaria
Llegué hacia el mediodía a la pequeña ciudad de Querburg y me recibió en la estación de trenes un hombre de anchas patillas grises.
–Mi nombre es Schievelbein –dijo–, soy el presidente de la asociación.
–Mucho gusto –dije–. Es grandioso que haya aquí, en la pequeña Querburg, una asociación que organice veladas literarias.
–Bueno, aquí nos damos todos los gustos –confirmó el señor Schievelbein–. En octubre, por ejemplo, tuvimos un concierto, y en carnaval la cosa se pone muy movida. ¿Usted nos va a entretener entonces esta noche con unos recitados?
–Sí, voy a leer algunas cosas mías, pequeños textos en prosa y poemas.
–Ah, muy bien. Muy bien. ¿Tomamos un coche?
–Como usted quiera. Soy completamente extranjero aquí. Tal vez me pueda indicar un hotel donde alojarme.
El presidente de la asociación observó ahora la maleta que traía el cargador detrás de mí. Luego su mirada me estudió el rostro, el tapado, los zapatos, las manos, una mirada tranquilamente examinadora, como se mira a un compañero de viaje con el que debemos pasar la noche en el mismo compartimento. Su examen empezaba a parecerme evidente y a tornarse bochornoso cuando ya la simpatía y la amabilidad volvieron a expandirse otra vez por sus rasgos.
–¿Quiere parar en mi casa? –preguntó con una sonrisa–. Es tan buena como la pensión y de paso se ahorra el gasto de alojamiento.
El hombre empezaba a interesarme; sus gestos de patrocinador y su adinerada dignidad resultaban graciosos y queribles, y detrás del carácter algo autoritario parecía esconderse mucha bondad. De modo que acepté la invitación; nos sentamos en un coche abierto, y ahora al fin pude ver al lado de quién estaba sentado, pues en las calles de Querburg casi no había persona que no saludara devotamente a mi patrocinador. Tenía que llevar todo el tiempo la mano en el sombrero y me hice una idea de cómo debían sentirse los príncipes cuando pasaban saludando a su pueblo. Para empezar una conversación, le pregunté:
–¿Qué capacidad tiene la sala en la que voy a hablar?
Schievelbein me miró casi con reproche.
–Eso realmente no lo sé, querido señor. Yo no tengo nada que ver con esas cosas.
–Pensé que como usted era el presidente…
–Sin dudas, pero es solo un puesto honorífico, ¿entiende? De toda la parte organizativa se encarga nuestro secretario.
–Ese debe ser seguramente el señor Giesebrecht, con el que mantuve correspondencia.
–En efecto, es él. Ahora preste atención, ahí viene el monumento a los caídos en la guerra, y allí a la izquierda, ese es el nuevo edificio del correo. Elegante, ¿verdad?
–No parecen tener por la zona ninguna piedra propia –dije–, pues hacen todo con ladrillos.
El señor Schievelbein me miró con ojos grandes, luego estalló en una carcajada y me golpeó fuerte en la rodilla.
–Pero, hombre, ¡esa es precisamente nuestra piedra! ¿Nunca oyó hablar del ladrillo de Querburg? Si es famoso. De eso vivimos todos aquí.
Para entonces ya estábamos frente a su casa. Era por lo menos igual de bonita que el edificio del correo. Descendimos, y arriba de nosotros se abrió una ventana y una voz de mujer exclamó hacia abajo:
–Ah, ¿entonces al final te trajiste al señor? Bueno, está bien. Vengan, enseguida comemos.
Poco después apareció la dama en la puerta de la casa y mostró ser una persona redonda y divertida, llena de hoyuelos y con pequeños dedos salchicha, gorditos e infantiles. Si aún se podían guardar reparos contra el señor Schievelbein, esta mujer dispersó cualquier duda, pues no propagaba otra cosa que la más agradable inocencia. Con gusto estreché su mano cálida y acolchada.
Me estudió como a un animal de fábula y dijo luego, riendo a medias:
–¡Así que usted es el señor Hesse! Qué bueno, qué bueno. ¡Pero lleva anteojos!
–Soy un poco miope, estimada señora.
Igual los anteojos le parecieron muy extraños, cosa que no terminé de entender bien. Más allá de eso, el ama de casa me causó muy buena impresión. Esto era burguesía consolidada: seguro que la comida sería excelente.
Mientras tanto, me condujeron a la sala, donde había una palmera solitaria entre muebles en roble de imitación. Todo el mobiliario se mostraba sin fisuras en ese estilo malamente burgués de nuestros padres y hermanas mayores que pocas veces encontramos ya en tal estado de pureza. Mis ojos quedaron cautivados por un objeto resplandeciente, que enseguida reconocí como una silla cubierta de punta a punta en dorado de bronce.
–¿Siempre es usted tan serio? –me preguntó la dama tras una breve pausa.
–Oh, no –me apuré a exclamar–, pero discúlpeme usted: ¿por qué mandó a bañar en dorado esa silla?
–¿Nunca vio algo así? En una época estuvo muy de moda, por supuesto que solo como mueble decorativo, no para sentarse encima. A mí me parece muy bonita.
El señor Schievelbein tosió:
–Más bonita en todo caso que las cosas modernas y locas que hay que ver en lo de los jóvenes que acaban de casarse. ¿Pero no podemos comer ya?
El ama de casa se puso de pie cuando justo entraba la muchacha para invitarnos a pasar a la mesa. Le ofrecí mi brazo a la señora y caminamos a través de un aposento de aspecto igual de fastuoso hacia el comedor, hacia ese pequeño paraíso de paz, tranquilidad y cosas buenas que no me siento capacitado para describir.
Pronto entendí que aquí no estaban acostumbrados a fatigarse con conversaciones durante la comida y mi miedo a posibles charlas literarias se vio agradablemente decepcionado. Es ingrato de mi parte, pero no me gusta arruinarme una buena comida por parte de los anfitriones con preguntas sobre si ya leí el Jörn Uhl1 o si me parece más bonito Tolstoi o [Ludwig] Ganghofer.2 Aquí reinaba la seguridad y la paz. Se comía a conciencia y bien, muy bien, y también debo elogiar el vino, y entre objetivas conversaciones de mesa sobre clases de vino, carne de aves y sopas, el tiempo pasó beatíficamente. Fue maravilloso, y solo una vez hubo una interrupción. Me habían preguntado mi opinión sobre el relleno del ganso joven que estábamos comiendo y yo dije algo así como que esos eran terrenos del saber con el que nosotros los escritores teníamos por lo general demasiado poco contacto.
La señora Schievelbein bajó entonces su tenedor y me clavó sus ojos grandes y redondos de niña:
–Ah, ¿usted también es escritor?
–Por supuesto –dije yo también sorprendido–. Ese es mi oficio. ¿Qué había creído usted?
–Oh, yo pensaba que viajaba por ahí dando conferencias. Una vez estuvo uno aquí… Emil, ¿cómo se llamaba? Ya sabes, ese que recitó esas canciones populares de Bavaria.
–Ah, el de las coplas…
Pero tampoco él podía acordarse del nombre. Y también él me miró asombrado y en cierto sentido con un poco más de respeto. Luego se recompuso y cumpliendo con su deber social me preguntó con cautela:
–¿Y qué es lo que escribe usted? Cosas para el teatro, ¿no es cierto?
Dije que no, que eso nunca lo había probado aún. Solo poemas, novelas cortas y cosas por el estilo.
–Ah, entiendo –suspiró aliviado.
Y ella preguntó:
–¿No es algo tremendamente difícil?
Dije que no, que era algo aceptable. Pero el señor Schievelbein seguía abrigando aún algún tipo de desconfianza.
–Pero, a ver –empezó de nuevo entre titubeos–, libros enteros no escribe, ¿verdad?
–Sí –tuve que admitir–, he escrito libros enteros también.
Eso lo dejó muy pensativo. Siguió comiendo por un rato en silencio, luego alzó su copa y exclamó con una alegría algo forzada:
–Pues bien, ¡salud!
Hacia el final de la comida, las dos personas se volvieron visiblemente más calladas y graves, repetidas veces lanzaron suspiros profundos y serios, y ya el señor Schievelbein juntaba las manos sobre su chaleco y se disponía a echarse una siesta cuando su mujer le advirtió:
–Antes tomemos el café negro.
Pero también ella tenía los ojos bien pequeños.
El café ya estaba servido en la sala aledaña; nos sentamos sobre muebles de tapizado azul, entre numerosos retratos fotográficos de la familia que nos miraban en silencio. Nunca había visto una decoración que se correspondiera tan perfectamente con la esencia de sus habitantes y la pusiera de manifiesto. En medio de la habitación había una jaula inmensa, y dentro un gran papagayo inmóvil:
–¿Puede hablar? –pregunté.
La señora Schievelbein reprimió un bostezo y asintió.
–Tal vez lo escuche en breve. Después de la mesa es cuando siempre está más alegre.
Me hubiera interesado saber cómo estaba el resto del tiempo, pues nunca había visto un animal menos alegre. Tenía los párpados cerrados a medias y parecía como de porcelana.
Pero después de un rato, cuando el señor de la casa dormitaba y también la dama hacía ambiguos movimientos de cabeza en su sillón, el pájaro petrificado abrió su pico y dijo en un tono bostezante, y con una voz dilatada y sumamente parecida a la humana, las palabras que conocía:
–Ay, dios, aydios aydios aydios…
La señora Schievelbein se despertó asustada, creyendo que había sido su marido, y yo utilicé ese instante para decirle que quería retirarme un poco a mi habitación.
–Tal vez pueda darme alguna cosa para leer –añadí.
Salió y volvió con un periódico. Pero yo le agradecí y dije:
–¿No tiene algún libro? No importa cuál.
Entonces subió conmigo entre suspiros las escaleras que iban hacia la habitación de huéspedes, me mostró mi pieza y luego abrió con esfuerzo un pequeño armario en el pasillo.
–Por favor, sírvase usted mismo –dijo, y luego se retiró.
Pensé que se trataría de algún licor, pero delante de mí me encontré con la biblioteca de la casa, una pequeña serie de libros polvorientos. Los recorrí con avidez, en este tipo de casas se encuentra uno a menudo con tesoros insospechados. Pero solo había allí dos libros de cánticos, tres viejos volúmenes de la revista Sobre la tierra y el mar, un catálogo de la exposición universal de Bruselas de cierto año y un diccionario de bolsillo del francés coloquial.
Me estaba acicalando luego de una breve siesta cuando tocaron a la puerta y la criada hizo ingresar a un señor. Era el secretario de la asociación, que quería hablar conmigo. Se quejó de que la venta anticipada había sido muy mala, apenas si cubría los costos de alquiler de la sala. Y si no me conformaría con menos honorarios. Pero no quiso saber nada cuando le propuse que mejor suspendiéramos la lectura. Suspiró preocupado, y luego opinó:
–¿Debo encargarme de que haya un poco de decoración?
–¿Decoración? No, no es necesario.
–Habría como para poner dos banderas –me tentó, sumisamente.
Al fin volvió a irse, y mi ánimo solo empezó a recobrarse otra vez cuando me senté a tomar el té con mis anfitriones, ya repuestos. Había galletas de manteca, ron y benedictino.
Hacia el atardecer, fuimos los tres al Ancla de Oro. El público acudía en masa hacia el edificio, lo que me dejó pasmado; pero la gente desaparecía detrás de las puertas de dos hojas de una sala en la planta baja, mientras que nosotros subimos al segundo piso, donde todo estaba mucho más tranquilo.
–¿Qué pasa ahí abajo? –le pregunté al secretario.
–Uf, música cervecera. Está todos los sábados.
Antes de que los Schievelbein me abandonaran para irse a la sala, la buena mujer me tomó de la mano con repentina efervescencia, la apretó entusiasmada y dijo en voz baja:
–Ay, no sabe qué alegría tremenda siento por esta tarde.
–¿Pero por qué? –fue todo lo que pude decir, pues mi ánimo era muy distinto.
–Bueno –exclamó cordial–, no hay nada más bonito que cuando uno puede volver a reírse a carcajadas.
Y con esto se fue apresuradamente, contenta como un niño la mañana de su cumpleaños.
Esto sí que podía ponerse bueno.
Me abalancé sobre el secretario.
–¿Qué es lo que en realidad piensa la gente sobre esta conferencia? –exclamé a toda prisa–. Me parece que esperan algo muy distinto a una velada literaria.
Bueno, balbuceó a media voz, eso era algo que él no tenía forma de saber. Seguramente asumían que yo iba a recitar cosas divertidas, tal vez también cantar, el resto era asunto mío, y en general, con una concurrencia tan paupérrima…
Lo eché y esperé en soledad y con el ánimo angustiado en una piecita fría hasta que el secretario volvió a buscarme y me llevó a la sala. Había unas veinte hileras de sillas, de las que tres o cuatro estaban ocupadas. Detrás del pequeño podio había una bandera de la asociación clavada a la pared. Era horripilante. Pero yo ya estaba allí, la bandera resplandecía, la luz a gas se reflejaba en mi botella de agua, el par de personas esperaban sentadas, bien adelante el señor y la señora Schievelbein. No había nada que hacer: debía empezar.
De modo que, en el nombre de Dios, leí un poema. Todos me escuchaban expectantes, pero cuando llegué feliz al segundo verso, estalló debajo de nuestros pies, con timbales y platillos, la gran música cervecera. Me puse tan furioso que tiré el vaso con agua. Todos se rieron de buena gana por este chiste.
Cuando ya había leído tres poemas, alcé la vista hacia la sala. Me topé con una serie de rostros sonrientes, perplejos, decepcionados y furiosos que me miraban, unas seis personas se pusieron de pie perturbadas y abandonaron el desagradable espectáculo. Hubiera preferido irme con ellos. Pero solo hice una pausa y luego dije, hasta donde podía hacerme escuchar por sobre la música, que lamentablemente parecía haber habido un malentendido, que yo no era un recitador humorista sino un literato, una especie de rareza y un poeta, y que ahora, ya que estaban ahí, quería leerles una novela corta.
Volvieron a pararse algunas personas y se retiraron.
Pero los que se quedaron se corrieron de las filas vaciadas para juntarse más cerca del estrado; seguían siendo unas dos docenas de personas, y yo continué con la lectura y cumplí con mi deber, aunque acortando todo de manera considerable, de modo que después de una media hora habíamos terminado y podíamos irnos. La señora Schievelbein empezó a aplaudir rabiosamente con sus gordas manitos, pero así sola no sonaba muy bien, y se detuvo sonrojada.
La primera velada literaria de Querburg había llegado a su fin. Con el secretario tuve aún una conversación breve y grave; el hombre tenía lágrimas en los ojos. Eché un vistazo a la sala vacía, donde el dorado de la bandera brillaba solitario, y luego me volví junto a mis anfitriones para la casa. Estaban tan callados y ceremoniosos como después de un entierro, y de repente, mientras caminábamos estúpidamente mudos uno al lado del otro, no pude contener una risotada, a la que después de un momento le siguió otra de la señora Schievelbein. En la casa ya estaba servida una pequeña y selecta cena, y después de una hora los tres nos encontrábamos del mejor ánimo. La señora llegó incluso a decirme que mis poemas eran encantadores y que le copiara uno de ellos.
No lo hice, pero antes de acostarnos me metí a hurtadillas en la sala aledaña, prendí la luz y me paré delante de la gran jaula. Quería volver a oír al viejo papagayo, cuya voz y tonalidad parecían expresar simpáticamente toda esta muy querida casa burguesa. Pues lo que está adentro de un lugar cualquiera busca mostrarse; los profetas tienen caras, los poetas hacen versos, y esta casa era un sonido y se revelaba en el grito de este pájaro, a quien Dios le había dado una voz para que alabara la creación.
El pájaro se asustó cuando encendí la luz y fijó sus ojos somnolientos en mí con una mirada rígida y vidriosa. Luego se orientó, estiró las alas con un gesto indeciblemente adormilado y bostezó con una voz formidablemente humana:
–Ay, dios, aydios aydios aydios…
(1913)
Notas
1 Novela muy popular de Gustav Frenssen publicada en 1901.
2 Ludwig Ganghofer (1855-1920), escritor bávaro de novelas regionalistas.
Si la guerra dura dos años más
Desde mi juventud he tenido la costumbre de desaparecer de cuando en cuando y sumergirme en otros mundos con el fin de refrescarme; por lo general solían salir a buscarme, tras algún tiempo me reportaban como desaparecido y cuando al fin regresaba, siempre resultaba un placer escuchar las opiniones de la así llamada ciencia sobre mi persona y sobre mi “ausencia” o mis estados de semiinconsciencia. Mientras que yo no hacía más que lo normal para mi naturaleza y lo que tarde o temprano estará en condiciones de hacer la mayoría de la gente, estos curiosos hombres me veían como una suerte de fenómeno, unos como un poseso, otros como un agraciado con poderes maravillosos.
Para decirlo brevemente, de nuevo me había ausentado por un tiempo. Tras dos o tres años de guerra, el presente había perdido para mí mucho de su encanto, y por eso me escabullí, a fin de por un rato respirar otro aire. Por los caminos acostumbrados abandoné el plano en el que vivimos y me quedé como huésped en otros planos. Durante un tiempo estuve en pasados lejanos, recorrí insatisfecho pueblos y épocas, contemplé las habituales crucifixiones, el comercio, el progreso y las mejoras sobre la Tierra, para luego retirarme por una temporada hacia lo cósmico.
Cuando regresé, era 1920, y para mi decepción, las naciones seguían en guerra con la misma tonta tozudez. Algunas fronteras se habían corrido, algunas selectas regiones de culturas antiguas y superiores habían sido destruidas con esmero, pero en líneas generales no era mucho lo que había cambiado sobre la superficie de la Tierra.
Grande era el progreso alcanzado en materia de igualdad. Al menos en Europa, todos los países se veían igual, según escuché, hasta la diferencia entre los que guerreaban y los neutrales había desparecido casi por completo. Desde que se bombardeaba a la población civil de manera mecánica por medio de globos que dejaban caer sus bombas deambulando por alturas que iban de los quince mil a los veinte mil metros, las fronteras nacionales se habían vuelto bastante ilusorias, aunque seguían estando tan vigiladas como siempre. La dispersión de este vago bombardeo desde los aires era tan grande, que los emisarios de los globos quedaban muy satisfechos si lograban no bombardear su propio territorio, y ya ni les preocupaba cuántas de sus bombas caían en países neutrales o incluso sobre el territorio de países aliados.
Este era en rigor el único progreso que había realizado la guerra en sí; en él se expresaba al fin con alguna claridad el sentido de la guerra. El mundo estaba dividido en dos partidos, cada uno de los cuales intentaba aniquilar al otro, porque ambos anhelaban lo mismo, a saber, la liberación de los oprimidos, la abolición de la violencia y la implementación de una paz duradera. En todas partes estaban muy en contra de una paz que probablemente no durase para siempre: si no se podía obtener la paz perpetua, entonces se prefería decididamente la guerra perpetua, y la despreocupación con que los globos con municiones hacían llover su bendición sobre justos e injustos desde alturas inmensas se correspondía a la perfección con el sentido de esta guerra. Por lo demás, se la seguía llevando adelante a la antigua usanza, con medios tan importantes como insuficientes. La modesta fantasía de los militares y de los técnicos había inventado unos pocos medios de aniquilamiento, pero aquel idealista que ideó el globo mecánico de bombardeo fue el último en su tipo: desde entonces, los intelectuales, los idealistas, los poetas y los soñadores habían ido reduciendo más y más su interés por la guerra. La misma había quedado en manos de los militares y de los técnicos, como decía, y por eso presentaba pocos avances. Con tremenda perseverancia los ejércitos se enfrentaban y sitiaban por todos lados, y aunque las carencias materiales hacía mucho que habían llevado a que las distinciones militares estuvieran compuestas nada más que de un papel, la valentía no había disminuido de manera considerable en ninguna parte.
Encontré mi vivienda en parte destruida por las bombas de los aviones, aunque aún se podía dormir en ella. Sin embargo, hacía frío y no se estaba a gusto, los escombros en el suelo y el moho húmedo en las paredes me desagradaban, de modo que pronto volví a irme para dar un paseo.
Anduve por algunas calles de la ciudad, que habían cambiado sensiblemente respecto a lo que eran antes. La mayor diferencia es que ya no se veía ninguna tienda. No había caminado mucho cuando se me acercó un hombre con un número de chapa en el sombrero y me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que paseaba. Él:
–¿Tiene permiso?
No lo entendí, intercambiamos algunas palabras, y me instó a que lo siguiera al organismo gubernamental más cercano.
Llegamos a una calle cuyas casas tenían colgados carteles blancos donde leí las denominaciones de oficinas públicas con nombres y letras.
“Civiles desempleados”, decía en un cartel, acompañado de la indicación 2487 B 4. Ahí entramos. Eran las oficinas habituales, con la sala de espera y los pasillos, en los que olía a papel, a ropa húmeda y a aire de administración pública. Tras algunas preguntas fui derivado a la oficina 72 d, donde me interrogaron.
Un funcionario se paró frente a mí y me examinó de pies a cabeza.
–¿No puede cuadrarse? –preguntó con severidad.
–No –le dije.
–¿Por qué no? –preguntó.
–Nunca lo aprendí –dije con timidez.
–De modo que ha sido arrestado mientras iba de paseo sin permiso. ¿Lo admite?
–Sí –dije–, eso es correcto. No lo sabía. Vea, estuve largo tiempo enfermo…
Hizo un gesto de rechazo con la mano.
–De castigo se le prohibirá por tres días caminar con zapatos. ¡Sáquese los zapatos!
Me saqué los zapatos.
–¡Caramba! –exclamó el funcionario espantado–. ¡Caramba, lleva usted zapatos de cuero! ¿De dónde los ha sacado? ¿Se ha vuelto loco?
–Tal vez no sea intelectualmente del todo normal, es algo que yo mismo no puedo juzgar con precisión. Los zapatos me los compré hace un tiempo.
–Ajá, ¿y no sabe que llevar cuero en cualquiera de sus formas es algo que los civiles tienen prohibido? Sus zapatos se quedan aquí, serán confiscados. ¡Y muéstreme de nuevo sus documentos personales!
Dios mío, no tenía ninguno.
–¡Hacía un año que no me pasaba algo así! –suspiró el funcionario, e hizo entrar a un guardia–. Lleve a este hombre a la oficina número 194, pieza 8.
Me hicieron avanzar descalzo por algunas calles, luego volvimos a entrar a un edificio oficial, atravesamos corredores, respiramos el olor del papel y de la desesperanza, después me empujaron dentro de una oficina y fui interrogado por un funcionario. Este llevaba uniforme.
–Ha sido encontrado en la calle sin documentos personales. Debe pagar dos mil florines de multa. Enseguida le hago la factura.
–Con disculpas –dije temeroso–, no llevo tanto conmigo. ¿No podría en lugar de eso encerrarme por un tiempo?
Se rio fuerte.
–¿Encerrarlo? Querido señor, ¿qué se piensa usted? ¿Cree que además tenemos ganas de alimentarlo? No, mi estimado, si usted no puede pagar esta nimiedad, no se va a salvar del castigo más duro de todos. Tengo que condenarlo a la sustracción provisoria del permiso de existencia. ¡Deme por favor su tarjeta de permiso de existencia!
Yo no tenía ninguna.
El funcionario quedó azorado. Llamó a dos colegas, estuvo susurrando con ellos largo tiempo, mientras me señalaba una y otra vez, y todos me miraban con miedo y profundo asombro. Después me hizo llevar a un lugar de detención, hasta que se terminara de discutir mi caso.
En este sitio estaban sentadas o paradas varias personas, y delante de la puerta había un guardia militar. Más allá de la falta de botas, me di cuenta de que era por lejos el que mejor vestido iba de todos. Con un cierto respeto me cedieron un asiento, y enseguida un hombre pequeño y tímido se precipitó a mi lado, se agachó con cautela hacia mi oído y me susurró:
–Señor, le haré una oferta fabulosa. En casa tengo una remolacha. Una remolacha entera, impecable. Pesa casi tres kilos. Puede ser suya. ¿Qué tiene para ofrecer?
Giró su oreja hacia mi boca, y yo susurré:
–Hágame usted mismo una oferta. ¿Cuánto quiere?
Bajito me susurró al oído:
–Digamos ciento quince florines.
Sacudí la cabeza y me puse a reflexionar.
Me daba cuenta de que había estado ausente mucho tiempo. Era difícil volver a adaptarse. Habría dado mucho por un par de zapatos o de medias, pues sentía un frío horrible en los pies con los que había andado por las calles mojadas. Pero no había nadie en la pieza que no estuviera descalzo.
Tras algunas horas me vinieron a buscar. Me llevaron a la oficina 285, pieza 19 f. El guardia se quedó esta vez a mi lado; se paró entre el funcionario y yo. Me pareció que era un funcionario de un rango muy alto.
–Usted se ha metido en una situación muy complicada –empezó–. Está residiendo en esta ciudad y no tiene su certificado de permiso de existencia. Supongo que sabrá que eso se castiga con las penas más severas.
Hice una pequeña reverencia.
–Permítame –dije–, tengo un único pedido para hacerle. Me doy perfecta cuenta de que no estoy a la altura de la situación y que mi caso solo puede hacerse cada vez más difícil. ¿No sería posible que usted me condenara a muerte? ¡Le estaría muy agradecido!
El funcionario me miró a los ojos con indulgencia.
–Lo entiendo –dijo con suavidad–. Pero así podrían venir todos a pedir lo mismo. En todo caso, primero debe obtener una tarjeta de fallecimiento. ¿Tiene el dinero para eso? Cuesta cuatro mil florines.
–No, tanto no tengo. Pero estoy dispuesto a dar todo lo que poseo. Tengo muchos deseos de morir.
Sonrió de manera extraña.
–Se lo creo con gusto, en eso no es usted el único. Pero el asunto de morirse no es tan sencillo. Usted pertenece a un Estado, mi estimado señor, y se halla comprometido con ese Estado, con alma y vida. Es algo que debería saber. Por cierto, veo ahora que ha sido ingresado como Sinclair, Emil.1 ¿Es usted tal vez el escritor Sinclair?
–Claro, soy yo.
–Oh, cuánto me alegra. Espero poder serle útil. Guardia, puede retirarse mientras tanto.
El guardia salió, el funcionario me extendió su mano.
–He leído sus libros con mucho interés –dijo con amabilidad– y me gustaría ayudarlo, en la medida de mis posibilidades. Pero dígame, por el amor de Dios, ¿cómo pudo caer en esta situación increíble?
–Bueno, es que estuve ausente por un tiempo. Hui por un rato hacia lo cósmico, puede que hayan sido dos, tres años, y para serle sincero, había asumido a medias que entretanto la guerra habría llegado a su fin. Pero dígame, ¿no puede usted conseguir una tarjeta de fallecimiento? Le estaría formidablemente agradecido.
–Tal vez se pueda hacer. Pero antes tiene que tener un permiso de existencia. Sin eso, cualquier otro paso sería naturalmente estéril. Le voy a dar una recomendación para la oficina 127, ahí con mi aval recibirá al menos una tarjeta de existencia provisoria. Pero solo tiene validez por dos días.
–¡Oh, eso es más que suficiente!
–Pues bien, vuelva por favor a verme.
Le estreché la mano.
–Otra cosa –dije bajito–. ¿Puedo hacerle una pregunta más? Se imaginará usted lo desorientado que estoy en todo lo que respecta a los temas de actualidad.
–Por favor, adelante.
–Bueno, o sea… Ante todo me interesaría saber cómo es posible que bajo estas circunstancias la vida siga. ¿Puede un ser humano tolerar esto?
–Oh, sí. Usted se encuentra en una situación especialmente mala, como civil, ¡y además sin ningún papel! Quedan muy pocos civiles ya. El que no es soldado es funcionario. Ya con eso la vida se vuelve bastante más tolerable para la mayoría, muchos están incluso muy felices. Y a las privaciones nos hemos ido acostumbrando de manera paulatina. Cuando de a poco se fueron acabando las papas y tuvimos que habituarnos al puré de madera –ahora lo alquitranan levemente y queda muy sabroso–, todo el mundo pensó que ya no se podía aguantar más. Y ahora la cosa va de nuevo. Y así pasa con todo.
–Comprendo –dije–. Tampoco causa mayor sorpresa. Hay una sola cuestión que no termino de entender. Dígame: ¿para qué realiza el mundo entero estos esfuerzos ingentes? Estas privaciones, estas leyes, estas miles de oficinas y de funcionarios, ¿qué es lo que en verdad se protege y se sostiene con esto?
El señor me miró asombrado a la cara.
–¡Vaya pregunta! –exclamó sacudiendo la cabeza–. Usted sabe que estamos en guerra, ¡en guerra en todo el mundo! Y eso es lo que sostenemos, para eso hacemos las leyes, por eso nos sacrificamos. Por la guerra. Sin estos enormes esfuerzos y logros, los ejércitos no podrían quedarse en el campo de batalla ni una sola semana más. ¡Se morirían de hambre, sería insoportable!
–En efecto, esa es una idea –dije despacio–. Es decir que la guerra es el bien que se sostiene haciendo este tipo de sacrificios. Sí, pero, permítame una pregunta rara, ¿por qué tiene usted a la guerra en tan alta estima? ¿Vale todo esto? ¿Es la guerra un bien en absoluto?
El funcionario se encogió de hombros compasivamente. Veía que yo no lo entendía.
–Querido señor Sinclair –dijo–. Usted se ha apartado demasiado de la actualidad. Por favor, camine por una calle cualquiera, hable con cualquier persona, esfuerce su intelecto apenas un poquito y pregúntese: ¿qué otra cosa nos queda? ¿En qué consiste nuestra vida? Inmediatamente tendrá que responderse: ¡la guerra es lo único que aún nos queda! El placer y el lucro personal, la ambición social, la codicia, el amor, el trabajo intelectual: nada de eso existe ya. Solo a la guerra y exclusivamente a ella le agradecemos que en el mundo aún exista algo así como el orden, la ley, el pensamiento, el espíritu. ¿No logra verlo?
Sí, ahora lo veía, y le agradecí mucho al señor.
Luego me fui, metiéndome la recomendación para la oficina 127 mecánicamente en el bolsillo. No era mi intención hacer uso de ella, no tenía ningún interés en importunar a alguna otra de esas oficinas. Y antes de volver a llamar la atención y de que me pidieran explicaciones, pronuncié para mis adentros la pequeña bendición de las estrellas, detuve los latidos de mi corazón, hice desaparecer mi cuerpo en las sombras de unos arbustos y proseguí con mi excursión anterior, sin pensar ya en volver a casa.
(1917)
Nota
1 Pseudónimo que Hesse acababa de utilizar para su novela Demian, de protagonista homónimo.
Si la guerra dura cinco años más
En la “Página gubernamental” del único periódico que aún seguía apareciendo en el año 1925 en el reino de Sajonia (una vez por semana), salió cierto día de otoño de 1925 el siguiente artículo breve con el título algo afectado de:
“Un nuevo Kaspar Hauser”
En Vogtland, en la zona de Ronneburg, se ha realizado un descubrimiento tan misterioso como alarmante, del que aún queda por demostrarse si ha de ser tomado solo como una curiosidad o si es posible que tenga un interés mayor.
Durante la “abolición oficial de la población no apta para los servicios civiles”, que en nuestra región estuvo muy bien organizada y pese a los rigores inevitables se realizó de manera muy humana, tuvo lugar en la zona de Ronneburg uno de esos casos no tan raros en que una persona particular, pese a su probada incapacidad para aún serle útil de alguna manera al Estado y al bien común, había sobrepasado en mucho (se trata al parecer de meses) el tiempo de existencia que se le había estipulado. El particular Philipp Gassner, que habita una pequeña y aislada casa de campo cerca de un pueblo, ya había sido calificado como inservible durante un examen de edad realizado antes de que acabara el año, luego de lo cual se le habían recordado sus deberes de súbdito mediante el método habitual de ir reduciéndole escalonadamente sus raciones. Cuando al finalizar el último plazo no se reportó su defunción ni se hizo uso para él del centro de cloroformo oficial del distrito, el suboficial Kille se apersonó por orden del comando distrital en la vivienda de Gassner, a fin de instarlo, según la forma prescripta y bajo amenaza de castigo, a cumplir con su deber de ciudadano.
A pesar de que esta advertencia se llevó adelante de manera perfectamente reglamentaria, sin que faltara tampoco la oferta usual de servicios gratuitos, Gassner, un hombre que pronto cumplirá setenta años, fue presa de una exaltación extraordinaria y se negó obstinadamente a cumplir con la ley. En vano le expuso el suboficial la falta de convicción patriótica que ponía con ello de manifiesto y lo triste que resultaba cuando un hombre viejo, que había encanecido como un ciudadano respetable, se negaba a hacer el sacrificio necesario que toda la esperanzada juventud realizaba a diario en el frente de batalla. Gassner opuso incluso resistencia física cuando quisieron llevarlo detenido. El suboficial, al que ya le había llamado la atención la fuerza de ese hombre que desde hacía un plazo de un año venía recibiendo raciones decrecientes, procedió entonces a realizar un allanamiento de su domicilio. Y el resultado fue increíble: en una habitación del primer piso que daba al jardín, se descubrió que hacía años que el viejo mantenía escondido a un hombre.
El joven, de veintiséis años de edad y en perfecto estado de salud, resultó ser Alois Gassner, hijo del dueño de casa. Queda aún por esclarecer de qué manera le había sido posible al astuto viejo sustraer a su hijo años enteros a las autoridades y mantenerlo oculto; es probable que salga a la luz una falsificación criminal de documentos. La ubicación aislada de la casa, el buen pasar del padre y un jardín grande y cultivado con mucho esmero, cuya cosecha constituía la base de su alimentación, explican de todos modos algunas cosas.
Lo que aquí nos interesa no es tanto el caso inusual de un severo fraude y violación de los deberes civiles, sino la curiosidad psicológica que esto dejó en evidencia y que de momento está siendo examinada por los expertos. Es difícil de creer, pero los informes con que contamos hasta el momento no dejan lugar a duda. ¡Escuchen!
Alois Gassner, según la declaración unánime de todos los expertos, parece ser del todo normal desde el punto de vista psíquico. Escribe, lee y hace cálculos no solo con fluidez, sino que está intelectualmente muy educado, y con ayuda de una muy buena biblioteca privada se ha abocado al estudio de la filosofía. Ha escrito una serie de trabajos en diversos campos de la historia de la filosofía y de la epistemología, además de poemas y esbozos literarios en prosa, todos los cuales dan muestras de un pensamiento claro y un espíritu sano.
Pero esta rara persona que era mantenida oculta muestra un curioso hueco en su vida intelectual y anímica: ¡no sabe nada de la guerra! Ha vivido todos estos años fuera del mundo que nos rodea a todos. Así como no existió como ciudadano para el mundo, tampoco ha vivido en el aspecto mental dentro de nuestra época y de nuestra tierra, por lo que debe ser el único adulto en Europa que en plena posesión de sus facultades psíquicas ha permanecido sin saber nada de su tiempo, de la guerra mundial, de los acontecimientos y de los cambios ocurridos en estos últimos diez años.
Por eso queremos comparar a este singular filósofo con aquel Kaspar Hauser que alguna vez vivió toda su juventud en solitaria oscuridad, fuera del mundo diurno y humano.
Es probable que no debamos esperar mucho antes de que se aclare y enjuicie el caso comparativamente más sencillo del padre G., quien se ha hecho responsable de un delito grave y tendrá que pagar las consecuencias. En cambio, las opiniones sobre la culpa o la participación del hijo son muy divergentes. De momento sigue internado en un sanatorio, bajo examen. Lo poco de lo que se ha enterado allí sobre los asuntos del mundo, sobre el Estado y sobre sus deberes como ciudadano le despertó en principio no más que un asombro infantil y algo asustado. Se ve con claridad que solo se toma a medias en serio los intentos que se han hecho por introducirlo en estos contextos, en los que parece intuir ficciones con las que estarían poniendo a prueba su estado mental. Las preguntas y los intentos de asociación con los tópicos políticos más frecuentes, que conoce cualquier niño, no han dado resultado alguno.
Como hemos sido informados a último momento, la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Leipzig se acaba de hacer cargo del caso. Los estudios y los trabajos de Gassner serán examinados en ese sitio. Pero más allá del valor o la falta de valor de estos escritos, la facultad valora mucho la posibilidad de conocer a este hombre y eventualmente de adquirirlo, por decirlo de algún modo, como el único ejemplar de una especie de ser humano que ya no existe sobre el planeta. Este “hombre de preguerra” será sometido a un estudio exhaustivo y tal vez conservado para la ciencia.
(1918)
Conversación con el hogar
Se me presentó, gordo, ancho, la gran boca llena de fuego. Se llamaba Franklin.
–¿Eres Benjamin Franklin? –le pregunté.
–No, solo Franklin. Francolino. Soy un hogar italiano, un invento magnífico. No caliento mucho, pero como invento, como producto de una industria altamente desarrollada…
–Sí, lo sé. Todos los hogares con nombres bonitos emiten un calor moderado, pero son inventos magníficos, algunos pasan incluso por ser proezas de la industria, según sé por los prospectos. Me gustan mucho, merecen admiración. Pero dime, Franklin, ¿de dónde viene que un hogar italiano tenga un nombre norteamericano? ¿No es extraño?
–No, esa es una de las leyes secretas, ¿sabes? Los pueblos cobardes tienen canciones populares en las que se glorifica la valentía. Los pueblos desamorados tienen obras de teatro en las que se glorifica el amor. Y lo mismo pasa con nosotros, los hogares. Un hogar italiano tiene por lo general nombre norteamericano, del mismo modo que un hogar alemán tiene por lo general un nombre griego. Son alemanes, y no son en nada mejores que yo, pero se llaman Eureka o Fénix o La despedida de Héctor. Eso despierta grandes reminiscencias. Por eso yo me llamo Franklin. Soy un hogar, pero lo mismo podría ser un estadista. Tengo una gran boca, caliento poco, escupo humo por un caño, tengo un buen nombre y despierto grandes reminiscencias. Así son las cosas conmigo.
–Sin duda –dije–, tengo el mayor respeto por usted. Puesto que es un hogar italiano, seguro que también se pueden asar castañas en su interior.
–Se puede, claro, cada cual es libre de intentarlo. Es un entretenimiento, a muchos les gusta. Algunos también componen versos o juegan al ajedrez. Sin dudas que se pueden asar castañas en mi interior. Se queman, sin embargo, y después ya no se las puede comer, pero el entretenimiento sigue en pie. Nada les gusta más a las personas que el entretenimiento, y yo soy obra de personas y debo servir a las personas. Cumplimos con nuestro deber, nuestro sencillo deber, nosotros los monumentos, ni más ni menos.
–¿Ha dicho monumentos? ¿Se considera a sí mismo un monumento?
–Todos somos monumentos. Todos los productos de la industria somos monumentos de una cualidad o virtud humanas, una cualidad que es rara en la naturaleza y que solo se encuentra en alto grado de desarrollo en el hombre.
–¿A qué cualidad se refiere, señor Franklin?
–Al sentido por lo inadecuado. Yo soy, junto a muchos de mis pares, un monumento a ese sentido. Me llamo Franklin, soy un hogar, tengo una boca grande que devora la madera y un gran tubo por el cual el calor encuentra el camino más rápido hacia afuera. También tengo, lo cual es igual de importante, ornamentos, leones y otras cosas, y tengo algunas tapas que se pueden abrir y cerrar, lo que proporciona mucho placer. También esto sirve como entretenimiento, lo mismo que las tapas en una flauta, que el flautista puede abrir y cerrar a su gusto. Eso le da la ilusión de estar haciendo algo con sentido, y al final es también lo que hace.
–Usted me causa fascinación, Franklin. Se trata del hogar más inteligente que haya visto jamás. Pero cómo es entonces: ¿es usted un hogar o un monumento?
–¡Cuántas preguntas! Como ya sabe, el hombre es el único ser que le da un sentido a las cosas. Así es el hombre, pues, y yo estoy a su servicio, soy obra de él, por lo que me conformo con comprobar hechos. El hombre es idealista, es un pensador. Para el animal, un roble es un roble, la montaña es una montaña, el viento es viento y no un niño celestial. Para el hombre todo es divino, todo está lleno de sentido, todo es símbolo. Todo significa otra cosa completamente distinta de lo que es. El ser y el parecer están en lucha. Es un invento antiguo, creo que se remite a Platón. Un asesinato es un acto heroico, una peste es el dedo de Dios, una guerra es una glorificación de Dios, un cáncer de estómago es una evolución. ¿Cómo podría ser entonces un hogar solo un hogar? No, es un símbolo, es un monumento, es un heraldo. Parece ser un hogar, incluso lo es en cierto sentido, pero misteriosamente le sonríe a usted desde su rostro sencillo la esfinge prehistórica. También él transporta una idea, también él es una voz de la divinidad. Por eso se lo ama, por eso se le tributa respeto. Por eso calienta poco y solo como algo secundario. Por eso se llama Franklin.
(1919)
La ciudad turística del sur
Esta ciudad es uno de los emprendimientos más graciosos y lucrativos del espíritu moderno. Su surgimiento y fundación se basa en una síntesis genial, como solo pudo haber sido concebida por conocedores muy profundos de la psicología de los habitantes de las grandes ciudades, si no se la quiere describir francamente como una irradiación directa del alma de la metrópolis, de su sueño hecho realidad. Pues esta creación materializa de forma ideal todos los deseos de vacaciones y de naturaleza que anidan en cualquier alma promedio de la urbe. Como se sabe, no hay nada que ilusione más al que vive en una gran ciudad que la naturaleza, el idilio, la paz y la belleza. Pero como también se sabe, todas estas cosas bonitas, que tanto anhela y de las que hace poco la tierra aún estaba repleta, le resultan indigeribles, no las puede asimilar. Y como igual quiere tenerlas, ya que la naturaleza se le ha metido en la cabeza, aquí se ha construido para él, así como existe café descafeinado y cigarros libres de nicotina, una naturaleza no natural, una naturaleza inofensiva, higiénica, desnaturalizada. Y a pesar de todo eso, lo determinante fue el principio supremo de las manufacturas modernas: la exigencia de absoluta “autenticidad”. Con razón subraya la industria actual esta exigencia, desconocida en tiempos antiguos, puesto que en aquel entonces cada oveja era de hecho una oveja auténtica y daba lana auténtica, cada vaca era auténtica y daba leche auténtica, y las ovejas y las vacas artificiales aún no habían sido inventadas. Pero después de que fueron inventadas, y de que las auténticas se vieran prácticamente desplazadas, en breve se inventó también el ideal de la autenticidad. Han pasado las épocas en que los príncipes ingenuos se hacían construir en cualquier vallecito alemán unas ruinas artificiales, la reproducción de una eremita, una pequeña Suiza de mentira, un Posillipo de imitación. Lejos de los emprendedores están hoy las ideas absurdas, como pretender engañar a los conocedores urbanos construyéndoles una Italia en la cercanía de Londres, una Suiza junto a Chemnitz o una Sicilia junto al Bodensee. La naturaleza sustituta que reclama el burgués de hoy debe ser auténtica, auténtica como la plata de la vajilla con la que come, auténtica como las perlas que lleva su mujer y auténtica como el amor al pueblo y a la república que guarda en su pecho.
No fue fácil hacer realidad todo esto. El burgués pudiente pide para la primavera y el otoño un sur que se corresponda con su imaginación y con sus necesidades, un sur auténtico con palmeras y limones, lagos azules, pequeñas ciudades pintorescas, todo lo cual era la parte fácil de conseguir. Pero el burgués también reclama compañía, reclama higiene y limpieza, reclama una atmósfera urbana, reclama música, tecnología, elegancia, espera una naturaleza completamente sometida y remodelada por él, una naturaleza que le ofrezca encantos e ilusiones, pero que sea manejable y no le exija nada, en la que pueda asentarse cómodamente con todas sus costumbres, rutinas y exigencias de gran ciudad. Ahora bien, como la naturaleza es lo más impiadoso que conocemos, satisfacer esas exigencias parece algo prácticamente imposible; pero nada, como se sabe, resulta imposible para la energía humana. El sueño está cumplido.
Por supuesto que no se podía fabricar un solo ejemplar de la ciudad turística en el sur. Se construyeron treinta o cuarenta de estas urbes ideales, se las ve en todo lugar mínimamente apropiado para su construcción, y si yo intento describir una de ellas, no se trata por supuesto de esta o la otra, pues ninguna tiene nombre propio, al igual que no lo tiene un automóvil Ford, sino que es un ejemplar, uno de muchos.
Entre muros de muelle extensos y suavemente ondulados se encuentra un lago de agua azul con pequeñas y breves olitas, a cuyos bordes tiene lugar el goce de la naturaleza. En la orilla flotan innumerables botes de remo con techitos pintados a rayas y banderitas de colores, botes elegantes y bonitos con pequeños y simpáticos almohadones, y limpios como mesas de operaciones. Sus dueños caminan de un lado al otro del muelle ofreciendo constantemente en alquiler sus botecitos a todos los que pasan. Estos hombres andan en trajes parecidos a los de los marineros, con el pecho y los brazos marrones al aire, y aunque hablan en un italiano auténtico, son capaces de dar información en cualquier otro idioma, tienen relucientes ojos meridionales, fuman cigarros largos y finos y transmiten una impresión pintoresca.
Los botes nadan a lo largo de la orilla, y por la periferia corre el paseo del lago, una calle doble donde la parte cercana al agua, con árboles recortados con toda pulcritud, se encuentra reservada para los peatones, mientras que la parte interna, deslumbrante y caliente, es para el tránsito y está repleta de los minibuses de los hoteles, autos, tranvías y carruajes. Sobre esta calle se encuentra la ciudad turística, que tiene una dimensión menos que las otras ciudades, solo se extiende a lo largo y a lo alto, no en profundidad. Está compuesta por un cinturón denso y orgulloso de hoteles. Detrás de este cinto, como atracción que no se puede pasar por alto, se encuentra el auténtico sur, allí hay efectivamente una vieja pequeña ciudad italiana, en cuyo estrecho mercado de olores fuertes se venden verduras, gallinas y pescados, donde los niños descalzos juegan al fútbol con latas de conserva y las madres de pelos voladores y voces vehementes braman los clásicos nombres biensonantes de sus hijos. Aquí huele a salame, a vino, a retrete, a tabaco y a artesanado, aquí hay hombres jóvenes en mangas de camisa parados bajo las puertas abiertas de las tiendas, se ven zapateros golpeando cueros en plena calle, todo auténtico y muy colorido y original, una escena en la que podría tener lugar en cualquier momento el primer acto de una ópera. Aquí se ve a los extranjeros hacer descubrimientos con gran curiosidad y se oye a menudo a los estudiosos haciendo comprensivas declaraciones acerca del alma del pueblo extranjero. Los vendedores de helados recorren las angostas callecitas con sus carros pequeños y ruidosos vociferando sus golosinas, aquí y allí comienza a tocar un organillo en un patio o en una placita. El extranjero pasa a diario una o dos horas en esta pequeña ciudad sucia e interesante, compra cosas hechas con paja y postales, intenta hablar italiano y recolecta impresiones del sur. También se fotografía mucho en este lugar.
Más alejado aún, detrás de la antigua ciudad, se encuentra el campo, con sus pueblos y sus praderas, viñedos y bosques. La naturaleza es allí como ha sido siempre, silvestre y rústica, pero los turistas no ven mucho de eso, porque cuando la atraviesan de cuando en cuando en auto, las praderas y los pueblos al borde de la carretera se ven igual de polvorientos y hostiles que en todas partes.
Por eso es que el extranjero regresa a toda prisa de esas excursiones otra vez a la ciudad ideal. Allí se yerguen los grandes hoteles de muchos pisos, comandados por directores inteligentes y con un personal atento y bien educado. Por el lago andan bonitos barcos a vapor y por la calle autos elegantes, en todas partes el pie se apoya sobre asfalto y cemento, en todas partes acaban de barrer y baldear, en todas partes se ofrecen artículos de bisutería y refrescos. En el hotel Bristol vive el ex presidente de Francia y en el Parkhotel el canciller alemán, uno va a cafés elegantes y se encuentra con sus conocidos de Berlín, Fráncfort y Múnich, se leen los periódicos del propio país y se ha abandonado la Italia de opereta de la ciudad vieja para entrar al aire sólido y bueno de la patria, de la gran ciudad; uno estrecha manos recién lavadas, se formulan invitaciones mutuas a beber un refresco, entremedio se realiza un llamado por teléfono a la empresa de uno en su país, nos movemos con simpatía y entusiasmo entre personas simpáticas, bien vestidas y contentas. En las terrazas de los hoteles, detrás de balaustradas y de adelfas, se sientan escritores célebres con los reflexivos ojos clavados en el espejo del lago, de vez en cuando reciben a algún representante de la prensa y al poco tiempo uno se entera en qué obra está trabajando de momento este o aquel maestro. En un pequeño y fino restaurante se puede ver a la actriz más popular de nuestra metrópolis, lleva un vestido que es un sueño y le da de comer de su postre a un perro pekinés. También ella está encantada con la naturaleza, que a menudo la emociona hasta la devoción, cuando abre por las tardes la ventana de la habitación 178 del hotel Palace y observa la línea infinita de luces relucientes que corre a lo largo de la orilla y se pierde ensoñadoramente más allá de la bahía.
Con mansedumbre y satisfacción deambula uno por el paseo costero, los Müller de Darmstadt también están aquí, y oímos decir que mañana se presenta un tenor italiano en la sala del sanatorio, el único que realmente se deja escuchar después de Caruso. Hacia la tarde se ve cómo regresan los buquecitos a vapor, se examina a los que bajan, se vuelve uno a encontrar con gente conocida, se queda por un rato delante de una vidriera repleta de muebles antiguos y bordados, luego refresca y entonces se retorna al hotel, detrás de las paredes de hormigón y vidrio, donde el salón comedor reluce de porcelana, cristales y plata, y donde más tarde tendrá lugar un pequeño baile. La música ya suena, no bien uno se ha vestido para la noche lo reciben los sonidos dulces y arrulladores.
Delante del hotel se extingue lentamente en la tarde el esplendor de las flores. En los canteros, entre muros de hormigón, se encuentran apretadas y coloridas las plantas más florecientes, camélidas y rododendros, entremedio altas palmeras, todo auténtico, y con las gruesas hortensias llenas de gordas esferas azul frío. Mañana tiene lugar una gran excursión grupal hacia -aggio, que todos esperan con ansias. Y si mañana se recala por equivocación, en vez de en -aggio, en cualquier otro lugar, en -iggio o en -ino, tampoco es grave, pues allí se encuentra exactamente la misma ciudad ideal, el mismo lago, el mismo muelle, la misma ciudad vieja pintoresca y divertida y los mismos buenos hoteles con los grandes ventanales, detrás de los cuales las palmeras nos miran mientras comemos, y la misma buena música suave y todo aquello que es parte de la vida del habitante de una ciudad, cuando la quiere pasar bien.
(1925)
Parodia suaba
En la bella Suabia hay una gran cantidad de bellas y curiosas ciudades y pueblos llenos de memorables recuerdos, muchos de los cuales han sido descriptos de manera excelente, incluso clásica. Me limito a señalar la historia de Megerle en tres volúmenes sobre Bopfingen y las exhaustivas investigaciones de Mörike sobre la familia Wispel.1 Las siguientes anotaciones históricas sobre Knörzelfingen, la perla del valle del Knörzel, pueden ser consideradas como un primer estímulo y base para una posterior descripción regional, a ser realizada por una pluma competente. Pues en verdad, ya es tiempo de ponerse Knörzelfingen al hombro y de despertar de un sueño de bella durmiente, que ya lleva siglos, a esta perla de uno de nuestros valles más hermosos.
Conocido por todo niño suabo de sus clases de geografía, nace en este valle, compuesto en gran parte por un bosque de fronda y atravesado románticamente por capas de cal, un pequeño y alegre río o arroyo, el Knörzel. Dentro de la gloriosa historia del pensamiento de Wurtemberg, es célebre la anécdota de Ludwig Uhland,2 a quien el venerable profesor Hosiander le preguntó, durante su examen de bachillerato al final de sus años escolares, por el afluente izquierdo número veintiuno del Neckar, y para profunda pena del muy loable maestro, el alumno le quedó debiendo una respuesta. Hoy puede que nos parezca significativo que justo nuestro gran Uhland, que ha conservado para la eternidad en sus poemas el nombre de más de un campo y de un pueblo suabos, manifestara este extraño hueco en su si no tan rico saber. Así como el gran poeta olvidó al Knörzel, así es como hace mucho tiempo que el arroyo viene siendo ignorado tanto por la literatura como por el interés general. Y sin embargo, también por aquí fluyó alguna vez la gran corriente de la historia, y aún hoy el habla popular sabe contar numerosas curiosidades y sagas sobre esta zona, cuya recopilación debería ser emprendida sin falta, antes aun de que la marea niveladora de la poderosa modernidad haya barrido, aniquilándolos, a todos estos testigos de los tiempos remotos.
Originalmente, es decir hasta el funesto año 1231, el valle era parte de las inmensas posesiones del conde de Calw, en tanto que el castillo Knörzelfingen se supone que fue construido no por él, sino por Knorz I en la gris prehistoria. Aún puede encontrarse su lograda reproducción en los grabados de Merian,3 aunque entretanto ha sido borrado de la faz de la tierra, y solo evoca aún al venerable edificio el así llamado Brennesselberg, una escombrera cubierta por la maleza, digna de atención para el botánico. La pregunta acerca de si Knorz I, el constructor del castillo, es idéntico con Knorz el Singular, el personaje predilecto de varios cuentos populares, no solo no ha sido resuelta por la ciencia, sino que incluso ha sido eludida con una cierta pusilanimidad. El caballero Knorz, el héroe de muchas sagas sentimentales, ha sido reconocido entretanto por los investigadores modernos como una mera personalidad mítica, por lo que haremos mejor dejando en donde ya están a las numerosas huellas que esta venerable figura ha dispersado en costumbres y leyendas, en la lengua y los hábitos de los habitantes de Knörzelfingen. Solo sea mencionado que las extrañas expresiones “knorzear” y “de Knorzer” provienen sin lugar a dudas de aquel grupo de leyendas, según han revelado las extraordinarias investigaciones de Fischer y Bohnenberg; entretanto han conquistado toda la región lingüística suaba. Entre las narraciones populares de la región, que planeó nuestro estimado narrador Martin Kurtz, según ha sido demostrado, pero que lamentablemente no llegó a escribir, se encontraba también al parecer una novela sobre Knorz el Singular.
También del campo de la tradición legendaria popular proviene la historia del baño del duque Eugen el Pelilargo en el Knörzel, así como el hecho de que el Knörzel gozó hace tiempo de alta estima como baño medicinal, a lo que volveremos más adelante. Como se sabe, durante este baño el duque Eugen llevó sobre sus espaldas a través de las espumosas olas del Knörzel a la bella hija de campesinos Bárbara Ferro, la así llamada “Aferrada”, y nos gustaría calificar de al menos apresurado que Hammelehle, en su de lo contrario muy valiosa disertación “El duque Eugen el Pelilargo y su relación con el humanismo”, solo crea poder reconocer en este relato una mera adaptación humanístico-clasicista de la aventura de Zeus y Europa. En realidad, se encuentra bastante atestiguado históricamente que esta Bárbara Ferro era la amante del encandilado y suntuoso príncipe, por ejemplo en el poema satírico de autor anónimo “El aferramiento del duque”, de 1523. En ese entonces fue Aquiles Zwilling, el archidiácono de Stuttgart y valeroso predicador de la corte de Eugen, quien rechazó la orden furiosa del duque de rehabilitar de inmediato a la Aferrada en una prédica pública con las caballerosas palabras auténticamente suabas: “Si fue ella quien se aferró, o si fue aferrada por usted, su alteza, investigar esto es algo que cualquier teólogo suabo rechazaría por indigno”.
En el siglo XVIII, fue un habitante de Knörzelfingen, el hijo de jornalero Adam Wulle, quien gozaba de un alto renombre en el país como popular predicador laico y portavoz de una secta pietista fundada por él mismo, y que sobre todo despertó el asombro general con su improvisada prédica de una hora y media, llena de fuerza explosiva, sobre la frase de la Biblia: “Joram engendró a Ozías”. Se trata del mismo Adam Wulle del que la tradición cuenta la divertida historia de que una vez un camarada le enseñó el signo en el que se podía reconocer de manera infalible si una mujer era una bruja o no. Una bruja, le dijeron, se reconoce de inmediato por sus rodillas blancas como la nieve. Siguiendo una sospecha, Wulle observó esa tarde las rodillas de su esposa, y la liberó de la sospecha con las palabras: “Bruja no eres, pero sí una chanchita roñosa”.
Los ciudadanos de Knörzelfingen en general, según es sana costumbre en Suabia, parecen haber gozado del feliz don de acuñar sentencias breves y contundentes. El alcalde de Knörzelfingen fue quien expresó de manera clásica la cándida opinión del pueblo acerca del párroco y poeta Eduard Mörike. Mörike fue por un tiempo párroco vicario en un pueblo de aquella región, y cuando una vez le preguntaron al alcalde si sabía que su vecino, el vicario Mörike, hacía tan bellos poemas, el buen hombre asintió y dijo: “El tipo podría dedicarse a cosas sensatas”.
Una exposición detallada y aparte merece la historia de Knörzelfingen como balneario medicinal. En tiempos antiguos, un conde de Wurtemberg que andaba de caza se perdió y llegó al valle del Knörzel; aunque él y sus hombres mataban liebres, ciervos, faisanes y otros venados en cantidad, solo rara vez se apoderaban de este botín muerto; investigando la cuestión, descubrieron que los animales heridos se arrastraban hacia el murmurante Knörzel, bebían de él o se bañaban en él y de inmediato volvían otra vez sanos a los magníficos bosques que aún hoy constituyen el ornato de la región. Así nació la fama del agua del Knörzel y de su poder medicinal, y el valle fue visitado durante siglos, al igual que otros valles bendecidos de nuestro terruño, por enfermos de todo tipo, principalmente por gente que sufría de gota y de reumatismo. Sea porque el carácter del agua ha cambiado con el correr de los tiempos, sea porque no hacía el mismo efecto sobre las personas que sobre los animales del bosque, en resumidas cuentas: en este balneario se lograban tan pocas curaciones como en otros balnearios, para gran ventaja de los dueños de las posadas, pues los enfermos, en vez de sanar e irse, seguían enfermos y ávidos de curación y venían año tras año a la cura, como también es usual en los otros sitios. Tanto los posaderos como los enfermos estaban conformes con este estado de cosas; los posaderos sacaban su ganancia y los enfermos podían volver todos los años, quejarse mutuamente de sus dolores y pasar algunas semanas de verano sobre las reposeras o sentados a la mesa de las posadas, bien surtidas con las perdices y las truchas de la región.
La culpa de que esta amena vida balnearia llegara a su fin corrió por cuenta de la necedad suaba de un habitante de Knörzelfingen que ejercía de médico en su pequeña ciudad. Era un contemporáneo y un correligionario de Justinus Kerner, del doctor Passavant4 y de otros soñadores románticos, y podría haber tenido sus buenos ingresos como médico de los baños, de no haber sido un exaltado, un idealista y un rudo fanático de la verdad. En el plazo de pocos años, este curioso médico (cuyo nombre no se puede pronunciar hasta el día de hoy en Knörzelfingen) paralizó y arruinó completamente el popular balneario medicinal. Se burlaba de los enfermos que le preguntaban cuántos baños debían tomarse y por cuánto tiempo, y si la cura de bañarse en esa agua era más efectiva que la de beberla. Basándose en grandes conocimientos innegables y en una elocuencia chispeante, este médico les explicaba a los visitantes de los baños que todos los dolores de gota y de los miembros no tenían un origen físico, sino que venían de la psique, y que por eso no era de ninguna utilidad andar engullendo medicamentos ni bañarse en ningún agua, pues estas molestas enfermedades no se originaban en el metabolismo y por medio de los ácidos úricos, como pretendía una ciencia materialista, sino que eran la consecuencia de fallas de carácter y por lo tanto solo se podían curar con medios psicológicos, hasta donde se pudiera hablar en absoluto de enfermedades “curables”. De ahí que los estimados caballeros no debían esperar nada de los baños, sino arrepentirse de sus debilidades de carácter o conformarse con ellas. En pocos años, este médico logró destrozar la antiquísima fama del baño medicinal. Una generación posterior se esforzó enérgicamente por lograr la reapertura de esta fuente de dinero. Pero entretanto la educación pública había hecho grandes progresos, y ningún médico mandaba ya a un enfermo a un baño solo por su buena fama, sino que se exigían análisis químicos muy exactos del agua. Estos análisis demostraron en el caso del Knörzel su encomiable calidad como agua potable, pero no se encontraron en ella otros cebos para médicos y pacientes. Por eso los enfermos de gota viajan anualmente a otros balnearios medicinales, donde conversan sobre sus padecimientos y valoran la buena alimentación y la música de la cura, pero a Knörzelfingen no viene ninguno más.
Mucho es lo que aún habría por contar, pero de cara al inmenso material me doy por satisfecho con la conciencia de haber, si no agotado de ningún modo mi objeto, sí aportado un estímulo para su tratamiento ulterior. Tengo la intención de presentar mi breve escrito sobre Knörzelfingen en la muy venerable universidad, supuestamente fundada por Knorz I, a fin de obtener el título de rector, pero aún me reservo el derecho de reflexionar un poco más acerca de la elección de la facultad.
(1928)
Notas
1 No hay ningún Megerle que haya escrito sobre Bopfingen (que existe, a diferencia de Knörzelfingen), pero Eduard Mörike escribió efectivamente unas Wispeliaden.
2 Ludwig Uhland (1787-1862), poeta de Tubinga, miembro del así llamado “círculo suabo”.
3 El grabador Matthäus Merian (1593-1650).
4 Ambos, médicos y escritores alemanes del siglo XIX.
Hermann Hesse nació en 1877 en Calw, en la selva negra al suroeste de Alemania, como hijo de un teólogo y nieto de un misionero (su madre había nacido en India), que dirigían la editorial evangélica más grande de Alemania, punto de referencia para misioneros de todo el mundo. Autodidacta tras terminar apuradamente los estudios a temprana edad, en su larga vida probó una variedad de géneros que van desde el cuento y la novela hasta los poemas, los relatos de viaje, las reseñas literarias, los escritos políticos y culturales. Fue uno de los autores más prolíficos de su generación y, con decenas de millones de ejemplares vendidos en prácticamente todas las lenguas, bien puede ser considerado el autor alemán más leído de los últimos tiempos, un fenómeno que está lejos de declinar. Sus novelas más famosas son Demian, Siddhartha, El lobo estepario y la tardía El juego de los abalorios. En 1946 ganó el Premio Nobel de Literatura. Murió en 1962 en Montagnola, Suiza, donde vivió buena parte de su vida.
Ariel Magnus (Buenos Aires, 1975) publicó Sandra, La abuela (traducida al alemán), Un chino en bicicleta (premio “La otra orilla” y traducida a varios idiomas), Muñecas (premio “Juan de Castellanos”), Cartas a mi vecina de arriba, Ganares de perdedores, Doble crimen, El hombre sentado, La cuadratura de la redondez, La 31, una novela precaria, A Luján, una novela peregrina, Cazaviejas, La risa de las bandurrias y Seré breve. Participó en varias antologías y editó una sobre humor en la literatura argentina (La gracia de leer) y otra de textos misántropos (Oda al odio). Es el responsable de las ediciones del relato radial de Víctor Hugo Morales Barrilete cósmico y de la novela póstuma de Ezequiel Martínez Estrada Conspiración en el país de Tata Batata. Como traductor del alemán y el inglés, tradujo a Hermann Hesse, Franz Kafka, Werner Herzog, Theodore Fontane, Peter Handke, Walter Benjamin, Heinrich von Kleist, Daniel Defoe e Isaac Disraeli, entre otros.
