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Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936


Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936

Hermes Osorio Cossio



Dedicatoria

A la memoria de mis tías Luz Elena y María Eugenia

Agradecimiento

A Felipe Gutiérrez, quien me acogió en la Universidad Nacional de Colombia y me persuadió de tomar las sendas de la historia; y a los demás profesores de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas que en distintos momentos aportaron con ideas, preguntas y sugerencias para la realización de este trabajo.

A la profesora Susana Sosenski del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, por acompañarme durante la pasantía y plantearme las preguntas precisas para producir la crisis que echó a andar la investigación.

Al director de tesis Óscar Calvo, por su sapiencia para no dejarme perder en los encantos del archivo.

A todos los encargados de los distintos archivos y bibliotecas que me brindaron los materiales y el espacio propicio para investigar.

A los compañeros del doctorado con quienes compartí la pasión por la historia y las vicisitudes de elaborar una tesis.

A mi familia por la confianza inagotable que me prodigan. A mi hijo, cuya sonrisa calma es un oasis en mi existencia.

La realización de la investigación doctoral contó con el apoyo de la beca de Colciencias Convocatoria 617 de 2014.

Resumen

Este libro es una historia social de la infancia en Antioquia (Colombia) entre 1892 y 1936, cuyo propósito es dar cuenta del lugar que ocuparon los niños en la sociedad. El recorrido por los espacios de la infancia muestra una población diversa que cumplía variados papeles, los niños se integraban temprano a la sociedad, sin una separación tajante para su formación del mundo de los adultos. Empero, los niños preferían deambular sin rumbo fijo y habitar espacios que les permitiera estar alejados de los adultos.

Detener la movilidad, atacar la vagancia y encerrar a los niños surgió entonces como consigna. Una de las estrategias más representativas en esta dirección fue la creación y consolidación de la Casa de Menores y Escuela de Trabajo de Antioquia. Antes que proteger la infancia, la institución buscaba que los niños se convirtieran en cuerpos dóciles para la producción.

Frente a las estrategias de encierro y domesticación del cuerpo, la respuesta de los niños no siempre fue pasiva, también actuaron de manera independiente, creativa y audaz. Las experiencias de los niños las encontramos precisamente en las tácticas que idearon para salir de los lugares donde se prescribía o proscribía lo que debería ser y hacer un niño. El análisis desde las tácticas derivó en una comprensión de la infancia más allá de la carencia o la dependencia, y en un rescate de su positividad: símbolo de un nuevo comienzo, de la posibilidad latente de transformación.

El desconocimiento del lugar que culturalmente deberían ocupar los niños en el presente obedece a que los adultos, desde sus expectativas, han querido asignarles un lugar sin tener en cuenta sus experiencias. Incluirlas en la vida social enriquecería la experiencia de los adultos y abriría en el horizonte otras formas posibles de relacionarnos.

Palabras clave: infancia, niños, historia social, gobernabilidad, Antioquia.



¿Cómo citar este libro? / How to cite this book?Osorio Cossio, H. (2021). Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936. Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia. https://doi.org/10.16925/9789587603019

Abstract

This book presents a social history of childhood in Antioquia (Colombia) between 1892 and 1936. It describes the place that children used to have in Antioquia´s society. The analysis of the spaces children inhabited, their behavior, and daily practices made visible a diverse population that fulfilled different roles. Children were not kept apart from adults’ world they usually were integrated into society. But children had a preference for wandering and inhabiting spaces that allowed them to be away from adults.

These freewheeling children were presumed to be a social nuisance, then confronting their laziness, limiting their mobility, and locking them up emerged as a viable policy. The creation and consolidation of the institution Casa de Menores y Escuela de Trabajo of Antioquia was the most representative strategy of these new policies. The institution leadership implemented actions to stop children behaving like children and to carve them into what society expected them to be, docile bodies of production.

But children did not always react submissively to adults’ strategies of confinement and body domestication. They were independent, creative, and bold in their tactics for circumventing those strategies. The analysis of the tactics used for getting out of the places where they were proscribed and confined showed the complexity of the experiences they had. The experience of childhood can be better understood, not only by focusing on its negativity, on what they lack, or it is missing, but from its positivity; childhood took as a symbol of new beginnings and the latent possibility of transformation.

The problems to fully comprehend what place in society children should occupy are related to the fact that adults impose them a role without taking their experiences into account. Adults’ understanding of children’s experiences in social life will enrich their own, opening new ways for improving the complicated relationship that children and adults have.

Keywords: Social history, childhood, public policy, Antioquia.

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia


Osorio Cossio, HermesVagamundos : historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936 / Hermes Osorio Cossio. -- Bogotá : Universidad Cooperativa de Colombia, 2021.p. – (Investigación en psicología)Incluye reseña del autor. -- Contiene bibliografía. -- Texto en español con resumen en inglés.ISBN 978-958-760-299-91. Infancia - Historia - Antioquia 2. Niños - Condiciones sociales - Historia - Antioquia I. Título II. SerieCDD: 305.230986126 ed. 23CO-BoBN– a1082356


Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936

© Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia, Bogotá, abril del 2021

© Hermes Osorio Cossio

ISBN (impreso): 978-958-760-299-9

ISBN (PDF): 978-958-760-300-2

ISBN (EPUB): 978-958-760-301-9

DOI: https://doi.org/10.16925/9789587603019

Colección Investigación en psicología

Proceso de arbitraje doble ciego

Recepción: 5 de noviembre de 2019.

Evaluación de contenidos: 9 de febrero de 2020.

Corrección de autor: 28 de abril de 2020.

Aprobación: 4 de junio de 2020

Fondo Editorial

Director Nacional Editorial, Julián Pacheco Martínez

Especialista en Producción Editorial (libros), Camilo Moncada Morales

Especialista en Producción Editorial (revistas), Andrés Felipe Andrade Cañón

Especialista en Gestión Editorial, Daniel Urquijo Molina

Analista Editorial, Claudia Carolina Caicedo Baquero

Asistente Editorial: Héctor Gómez

Proceso editorial

Corrección de estilo y lectura de pruebas: Karen Grisales Velosa

Diagramación: Mauricio Salamanca

Diseño de portada: Fiorella Ferroni

Impresión: Imageprinting Ltda.

Impreso en Bogotá, Colombia. Depósito legal según el Decreto 460 de 1995.

Nota legal

Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro podrá ser reproducida, almacenada en algún sistema de recuperación o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio –mecánicos, fotocopias, grabación y otro–, excepto por citas breves en obras académicas, sin la autorización previa y por escrito del Comité Editorial Institucional de la Universidad Cooperativa de Colombia.

Contenido

Prólogo

Introducción: el lugar de la infancia

Entre la amenaza y la libertad

En el río

Por calles y caminos

Cuidado con el monte

La casa, donde todo puede empezar… o terminar

¿Quién quiere ir a la escuela?

Ante la ley

Salvar para el trabajo: Casa de Menores y Escuela de Trabajo

Primeros pasos: una interrogación por el hecho criminal

Los “chicos de la calle”

Los cambios de énfasis

Configuración del espacio y distribución del tiempo

El personal, los premios y… los castigos

Clasificación psico-moral y modelos pedagógicos

Mano de obra o cuerpos dóciles

Un laboratorio de almas

Las artes del débil

El mundo de los niños

Fantasear y profanar

“Yo aquí no me quedo”

La interacción entre dos mundos

¿Un fin de la infancia?

Consideraciones finales

Referencias

Manuscritas

Periódicos y revistas

Fuentes orales

Impresas

Bibliografía

Sobre el autor

Índice de tablas

Tabla 1. Lugar de procedencia internos CM

Tabla 2. Causas de ingreso a la CM

Índice de figuras

Figura 1. Francisco Antonio Cano. Paisaje de Medellín, óleo sobre lienzo, Medellín, 1895

Figura 2. Benjamín de la Calle, Parque Berrío, Medellín, 1928

Figura 3. Mapa de Medellín de 1932

Figura 4. Benjamín de la Calle, Obreros de la Trilladora Ángel López, Medellín, 1923

Figura 5. Fotografía Rodríguez, Fabio Arias, Medellín, 1932

Figura 6: Detalle del “Sumario por circulación de moneda falsa”, Medellín, 1917.

Figura 7: “Taller de mecánica”

Figura 8. “Taller de encuadernación. Trabajos expuestos y obreros premiados”

Figura 9: “Primer número de Estudio y Trabajo”, 29 de mayo de 1920

Figura 10. Gabriel Carvajal, Típicas de Medellín. Picao de fútbol, Medellín, s. f.

Figura 11. Daniel Mesa, Arrieros, 1920

Figura 12. Gonzalo Escovar, “Carrera Palacé cruce con Maracaibo”, Medellín, 1908

Figura 13. Gabriel Carvajal, Caminos, Marinilla, s. f.

Prólogo

Una pregunta formulada con ingenuidad puede explotar senderos de investigación y reflexión insospechados. ¿Dónde deben estar los niños? Si esta pregunta se le formulase a un grupo de profesionales de las ciencias médicas y humanas, la respuesta probablemente sería que deben estar en la escuela y con la familia (o en orden inverso), y para sustentarla podrían valerse de teorías populares acerca de la educación, la crianza, el desarrollo y, tal vez, la religión. Si acaso se le hiciese la misma pregunta no a un grupo de profesionales sino a legos en la materia, de seguro el núcleo de sentido de las respuestas no diferiría.

Pocas veces un profesional de las ciencias humanas o de la salud invoca la historia para dar respuesta a concepciones del presente en términos de las relaciones entre las instituciones y nuestras prácticas. Es como si considerásemos que el ahora de las disciplinas (psicología, pedagogía, psiquiatría, medicina) se encuentra depurado y esmerilado por el tiempo para entregar la mejor respuesta, la más cercana a la verdad, acerca de casi cualquier interrogante que nos planteemos. ¿Alguien podría pensar en un estado mejor que el que brinda el conocimiento en contraste con la ignorancia? ¿Hay un lugar más conveniente que la escuela para transmitir el conocimiento a un niño? ¿No es mucho mejor confinar que dejar en libertad para que adquieran los niños los saberes necesarios para su formación? Nuestra línea de pensamiento incorpora la idea de progreso como una mejora en la aproximación a la verdad representada en el cuerpo de conocimiento de cualquiera de las disciplinas que se encarga de establecer un orden entre lo que debe ser un niño y la sociedad.

La respuesta desde la historia puede venir, en cambio, a modo de interrogación a nuestras prácticas cotidianas de pensamiento. Y en este punto se ubica el presente libro. Antes de dar por sentado que los niños deben estar aquí o acullá y de involucrar la noción de bienestar (motor oculto de cualquier discurso actual acerca de la niñez) como núcleo de reflexión, en lugar de emitir juicios de valor con respecto a la propiedad del discurso acerca del desarrollo y la noción de futuro que entraña, Hermes Osorio estaciona la mirada en el proceso de extrañamiento que parece acrecentarse en un poblado semirrural colombiano de finales del siglo XIX (Medellín) respecto del lugar que ocupaban o debían ocupar los niños. Y mirar hacia allí levanta el polvillo de todas las concepciones de la época acerca de los niños, las condiciones que guiaban la interpretación de sus acciones y los espacios diseñados para contener y gobernar su conducta.

La configuración del libro forma un entramado particular que va de lo exterior a lo interior en una especie de movimiento comprensor de la temática del texto. En el primer capítulo la mirada del lector campea por espacios que los niños acostumbraban a habitar: el río, el monte y las calles son lugares abiertos que permiten al autor cimentar los argumentos con base en la descripción de las interacciones que tenían los niños con los adultos. Más adelante, entre tanto, los espacios adquieren la forma de una modernización que configura las industrias y las escuelas como nuevos sitios para el emplazamiento de la figura niño y su rol en el desarrollo económico de la región. Las fotos e ilustraciones que acompañan este capítulo enriquecen y apoyan las aserciones que Osorio va enhebrando hasta abrir el mapa de su investigación.

El segundo capítulo, quizás un poco más denso y combativo, reconstruye el funcionamiento de la Casa de Menores y Escuela de Trabajo de Antioquia a partir de profusas fuentes primarias. En este, el lector asiste al levantamiento de los ladrillos epistemológicos, políticos, médicos y sociales que sostienen el discurso acerca de la conjunción entre el encierro productivo y formativo de la infancia, la prevención del crimen y la corrección de la conducta, basado en la teoría criminalística propagada en Europa y Estados Unidos desde finales del siglo XIX.

Una muestra de cómo el discurso histórico sirve para iluminar nuestro presente se hace manifiesto en este capítulo. La manera en la cual está construido, al alimón con las citas textuales agudamente elegidas de ordenanzas, tesis de grado e informes legales, nos hace entrever que algunas de las concepciones actuales acerca de la necesidad del confinamiento y la educación están cimentadas en ideas decimonónicas, y es necesario remover solo algunas rocas para descubrir los intereses económicos y políticos tras su supuesta necesidad.

El tercer capítulo cierra el círculo de interioridad mencionado anteriormente. Osorio considera que es posible interpretar algunas acciones infantiles como tácticas desplegadas por los niños para hacer frente a las estrategias, diseñadas por los adultos, que buscan imponerles un mundo de orden y trabajo. En este contexto aparece el término experiencia como el concepto articulador entre las vivencias de los niños y la interpretación que hacen de las mismas. Ya en la introducción del libro es llamativo que el autor retome a Walter Benjamin para definir el concepto experiencia, y el capítulo se inaugura con una cita del mismo filósofo. El juego, la sexualidad, la superposición del mundo adulto con el infantil y la fuga son explorados aquí con base en entrevistas y transcripciones entresacadas de los archivos históricos. Es esta última —la fuga— la que permite cerrar el sentido de la obra y comprender a cabalidad el sustantivo vagamundos que la nombra.

Como lector académico analizo cuatro aspectos de un texto: las preguntas que lo instigan, el método elegido para responderlas, los datos obtenidos a través de dicho método y la interpretación que los investigadores hacen de estos últimos. El equilibrio de los cuatro aspectos satisface para mí el mérito de lo académico en esta obra. No podría decir que comparto todas las interpretaciones adelantadas en el libro, pero es evidente que Hermes Osorio ha dado un paso en la historiografía colombiana relanzando preguntas que otros podrían soslayar con respuestas comunes signadas por el deseo de esquivar el debate y apaciguar la discusión acerca del lugar de los niños en la sociedad. Con seguridad, el lector encontrará una obra minuciosa, sólida en lo conceptual, agradable en su lectura y, sobre todo, nada condescendiente con el pensamiento al uso acerca de la infancia. Creo que Vagamundos: historia social de la infancia en Antioquia 1892-1936 llegará a ser una lectura ineludible para los investigadores del tema de la infancia en Colombia y en Latinoamérica.

William Tamayo-Agudelo

Universidad Cooperativa de Colombia

Introducción: el lugar de la infancia

Tal vez un relato de infancia disipe la extrañeza que puede generar el título de este libro. En aquel momento, desde hacía varios días escuchaba en la radio y en la televisión que se aproximaba a la Tierra el cometa Halley. En mi maravilloso álbum de chocolatinas Jet encontré una sucinta explicación sobre los cometas que avivó mi curiosidad. Lo llamativo de dicha visita, además de la fácil visibilidad pronosticada, era que acontecía tan solo cada setenta y seis años. Este detalle saturó mi mente de elucubraciones y preguntas que alcanzaron a turbarme: ¿hacia dónde seguía Halley en su viaje luego de pasar por la Tierra?, ¿por qué si viajaba a una gran velocidad se demoraba tanto para volver?, ¿qué tan grande podía ser el universo?, ¿cuántos años podía tener ese cometa?, y tal vez la más aterradora, ¿podría volver a verlo otra vez? Ante la incertidumbre generada por estas preguntas, sobre todo la última, me propuse ver a Halley cuando pasara ese 11 de abril de 1986.

Ese día, como era habitual, caminaba hacia la escuela tomado de las manos de mis tías María Eugenia y Luz Helena. Ir en medio de ellas, conducido por sus pasos, me permitía mirar de extremo a extremo el firmamento a la espera de la señal. Ya estaba cerca de la escuela, al inicio del repecho que daba a la entrada, cuando divisé por instantes un fulgor que cruzó el cielo. Hoy no podría asegurar que lo que vi esa mañana fuese el cometa Halley. Lo importante es que, desde entonces, este astro fascinante que recorre distintos mundos sin quedarse en ninguno fue la imagen poética que, sin saberlo, guio mis derivas investigativas. Halley quedó en mi memoria como un símbolo del viaje, del trasegar, de la fuga, acciones que en el trascurso de esta investigación se fueron asociando a la experiencia de los niños. Al fin vengo a descubrir que, en mi recuerdo, Halley es una representación de los niños. Una palabra entonces los define a la perfección: vagamundos.

Desde principios del siglo XIX, en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE), la voz “vagamundo” perdió su significado propio, remitiendo a la entrada “vagabundo”, de ahí en adelante, más que sinónimos, ambos lexemas son equivalentes. Tenemos que remontarnos al DRAE de 1739 para encontrar el sentido particular de este nombre compuesto por la unión de un verbo (vagar) y un sustantivo (mundo). En la primera acepción, tiene el mismo significado que vagabundo: “Holgazan ú ocioso que anda de un lugar en otro, sin tener determinado domicilio, ó sin oficio, ni beneficio” (Real Academia Española, 1739/s. f., p. 409), una connotación claramente negativa. Pero en la segunda acepción se introduce un matiz que indica la presencia de un sentido en ese trasegar en apariencia inmotivado: “Se aplica tambien al sugeto que anda vagando de un sitio, ú de un lugar en otro, sin detenerse en ninguno, aunque lleve fin, ú intento” (Real Academia Española, 1739/s. f., p. 912). Desde una mirada adulta las experiencias de los niños pueden ser vistas como sin oficio ni beneficio, este libro muestra por el contrario que están plenas de sentido1. El título recoge entonces lo que podríamos denominar la positividad de la infancia.

La crudeza de lo real, expuesta casi a diario en los titulares de prensa, en la radio o por otros medios masivos, muestra a los niños como destinatarios de una violencia incomprensible. Sin embargo, concebir a los niños solo como sujetos susceptibles de ser vulnerados deja por fuera gran parte de la vivencia de la infancia. La intuición de que era necesario pensar a los niños más allá de la efectiva y sistemática vulneración a la que son sometidos, una idea formada durante mi ejercicio como psicólogo en un programa de atención a niños y niñas vulnerables, persistió hasta tomar forma en una investigación. Me animaba creer que si se concebía a los niños de otra manera, tal vez podrían emerger otras formas de abordar el problema social de la infancia.

***

Los niños pasaron de ser un grupo social no diferenciado, a convertirse en la actualidad en foco de diversas y especializadas intervenciones estatales, incluso trasnacionales. La Convención Internacional de los Derechos del Niño (CIDN) aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1989 es el instrumento político y jurídico que, en teoría, regula el campo de la infancia y la adolescencia. Ha sido llamada “la primera ley de la humanidad”, ya que es el tratado internacional que más ratificaciones ha tenido a lo largo de la historia, 191 países, incluido Colombia2. La existencia de una legislación que los reconoce como sujetos, el surgimiento de saberes especializados para su comprensión y cuidado, y la proliferación en el mercado de productos y servicios exclusivos para esta población dan cuenta del protagonismo que los niños han alcanzado en las sociedades contemporáneas. Varios autores incluso apodaron la centuria pasada como el siglo del niño.

No obstante el aumento de los medios disponibles para la protección y defensa de sus derechos, los niños en el siglo XXI siguen encabezando la lista de la población más vulnerable y vulnerada3. Mejorar su situación es una de las metas para el nuevo milenio que Colombia, a pesar de los esfuerzos, sigue lejos de alcanzar. En el reciente informe de la Unicef, publicado el 20 de junio de 2018, Roberto De Bernardi, su representante en Colombia, destaca lo trascendental que es para la región y para Colombia haber puesto fin al conflicto armado más antiguo del continente; el cual dejó un saldo de 8.3 millones de víctimas registradas, de las cuales el 31 % fueron niños, niñas y adolescentes. Más allá de las alarmantes cifras, conocer los efectos que deja la guerra en la experiencia de un niño puede ser aún más aterrador4. Los efectos del conflicto armado en los niños de la población civil y en los mismos combatientes dejan secuelas que dificultan su inserción a la vida social, recuperar su condición de niños para muchas víctimas del conflicto es casi imposible5.

Aún con las perspectivas que abre la posibilidad de una salida negociada del conflicto, y la esperanza de que el reclutamiento de menores por parte de grupos armados al menos disminuya, el panorama en materia social para los niños sigue siendo sombrío. La tasa de trabajo infantil para el trimestre de octubre-diciembre de 2017 fue la más baja de los últimos seis años, 7,3 %, en 2012 fue de 10,2 %; sin embargo, si esta actividad se amplía a los oficios del hogar, la cifra ascendería a 11,4 %. Es decir, que en Colombia trabajan aproximadamente 793.000 niños; de los cuales un 70 % recibe también educación y un 54 % lo hace sin remuneración alguna. A pesar de estar expresamente prohibido en la Constitución, la explotación de la fuerza de trabajo de los niños sin ninguna o poca remuneración es una práctica inveterada en nuestro país (Departamento Administrativo Nacional de Estadística [DANE], 2018).

Un estudio de 2016 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2016) sobre la educación en Colombia revela unos datos llamativos sobre la situación de los niños en general. En los últimos años se ha reducido la pobreza, lo que ha generado mayor acceso a los servicios de salud, educación, recreación y justicia a los sectores más necesitados de la sociedad, sin embargo, en las zonas rurales y en las regiones donde prevalecen las poblaciones de grupos indígenas y afrodescendientes las condiciones son aún críticas6. En este contexto, en Colombia diariamente están muriendo niños de hambre y de enfermedades prevenibles o curables por los cuales nadie responde; así, estos niños entran en la categoría del homo sacer, definida por Giorgio Agamben (2003) como “aquel a quien cualquiera puede matar sin cometer homicidio” (p. 93).

Las políticas educativas recientes han contribuido a ampliar la cobertura de la educación en Colombia, en particular en aquellos niveles más descuidados: entre 2000 y 2013 la proporción de niños matriculados en educación preescolar se incrementó del 36 % al 45 %, a pesar del aumento, la cifra es aún muy inferior al promedio de la OCDE (84 %). Situación similar acontece con la secundaria, en el mismo periodo, las tasas netas de matriculados aumentaron del 59 % al 70 % en básica secundaria y del 30 % al 41 % en educación media; empero, aproximadamente uno de cada cinco estudiantes en Colombia no continúa estudiando después de la primaria, y solo el 30 % de los jóvenes hace la transición del colegio a la educación superior; y una proporción aún más baja logra culminar los estudios (OCDE, 2016).

De febrero de 2016 al mismo mes en 2017, el ICBF recibió más de 28.000 niños y jóvenes en sus instalaciones debido al maltrato físico y psicológico del que fueron víctimas por parte de su círculo familiar. Debido a esta problemática, en la actualidad, más de 12.000 menores de edad viven en hogares de paso de la entidad. Los niños, y en especial las niñas, son las principales víctimas de violencia sexual, la cual suele acontecer, como lo señalan los reportes, en la propia vivienda, y los agresores son personas cercanas, familiares o conocidos. En 2016, “hubo 21.399 casos de exámenes médico-legales por presunto delito sexual. El 86 % de las valoraciones fueron realizadas a niños, niñas y adolescentes (18.416 casos) y de estas víctimas, aproximadamente, 8 de cada 10 fueron niñas” (Unicef, 2018, p. 10)7.

La vulneración sistemática de la integridad de los niños en Colombia, según Ángela María Rosales, directora de Aldeas Infantiles SOS8, obedece a dos razones. La primera razón es logística, Colombia carece de una red de servicios adecuados para el apoyo temprano de las familias, la intervención del Estado llega la mayoría de las veces cuando ya ha ocurrido la vulneración de los niños. La otra razón, más fundamental para la directora y pertinente para nuestros fines, es cultural: “No tenemos claro el lugar que debe ocupar la infancia en la sociedad” (“En Colombia no tenemos claro”, 2017). Hay una violencia que tiene que ver con la carencia de condiciones materiales mínimas de existencia, y otra violencia menos visible, simbólica en términos de Bourdieu, que tiene que ver con el reconocimiento: ¿cuál es el lugar de los niños en la sociedad?

***

El análisis histórico como recurso para afrontar los problemas sociales del presente arranca con una interrogación por las condiciones que hicieron posible su aparición en el pasado. En consonancia con el interrogante anterior, ¿en qué momento la sociedad no supo darle un lugar al niño? O, de manera más expedita, ¿qué cambios sociales hicieron preciso destinarle un lugar específico a la infancia en el entramado social? Para proyectar la pregunta es necesario un recorrido rápido por la condición social del niño en la historia de Colombia.

En el siglo XVII, las intervenciones sobre la infancia estaban concentradas en resolver el destino de la cantidad de niños expuestos y abandonados, tanto por los indígenas y negros como por los españoles. La desintegración de los resguardos y la extensión del mestizaje hicieron que comunidades religiosas crearan instituciones para criar a los lactantes e instruir a los niños. Alcanzada la edad de seis años, los niños negros eran comercializados como esclavos y los descendientes de blancos pobres y, sobre todo, de indios y mestizos eran ofrecidos en adopción a familias que los utilizaban para el trabajo, o en el mejor de los casos eran puestos a disposición de un maestro artesano para que aprendieran un oficio (Restrepo Zea, 2007).

A mediados del siglo XVIII, las intervenciones de las políticas ilustradas sobre la infancia estuvieron dirigidas a enfrentar los perniciosos efectos de la vagancia de los niños que sin provecho ni labor deambulaban por las ciudades. Luego de las guerras de independencia, el objetivo estuvo centrado en encerrar a los niños para que se enmendaran de las faltas cometidas y reformaran sus costumbres a través de la destreza en un oficio. En estas casas refugio, los menores convivían con penados, enfermos crónicos, viejos e incapaces.

En los albores de la modernización del país, a finales del siglo XIX, en el contexto político de la Regeneración, la intervención sobre la infancia estuvo centrada en separar a los niños de los espacios en que compartían la socialización con los adultos. Hasta entonces, cuando cumplían cierta edad, alrededor de los siete años, los niños compartían las mismas condiciones y, sobre todo, las mismas obligaciones, en escenarios como el trabajo y la guerra, que el resto de la población. En contravía de estas costumbres, desde finales del siglo XIX empezaron a implementarse una serie de estrategias y a diseñar y consolidar espacios específicos para diferenciar el mundo de los niños del mundo de los adultos. La pregunta por el lugar que les corresponde a los niños en la sociedad surgió cuando el niño empezó a ser estudiado por una serie de saberes interesados en conocer su particularidad.

Al convertirse en objeto de estudio, los niños fueron aislados de los adultos, separados y clasificados según sus actitudes y aptitudes y preparados para que incorporaran la disciplina que les permitiría después entrar de nuevo a la sociedad. La masificación de la educación pública fue el gran proyecto del Gobierno central para intervenir el problema social de la infancia; en este, el principal espacio de reclusión sería la escuela. Dicho proyecto entró en marcha con la promulgación de la gran reforma de la educación implantada por el entonces ministro de educación Liborio Zerda, la Ley 89 de 1892 sobre Instrucción Pública. Esta fecha marca el inicio del periodo de estudio, ya que es el comienzo de la implementación sistemática de una estrategia para asignarles a los niños un lugar específico diferenciado de los adultos.

Dar cuenta del lugar que ocuparon los niños en la sociedad durante el periodo de estudio es el propósito de este libro. La aspiración es que el recorrido realizado en esta investigación dé luces para entender por qué en el presente ese lugar aún no es claro en la sociedad. A manera de hipótesis podría plantearse que el desconocimiento del lugar que culturalmente deberían ocupar los niños obedece a que los adultos han querido asignarle un lugar al niño sin tener en cuenta su experiencia.

El objeto específico de esta investigación fueron los niños de Antioquia que entre 1892 y 1936 se vieron enfrentados a una acción de gobierno que pretendía encausar su conducta. El periodo se extiende hasta donde aparece una discontinuidad en el abordaje de la infancia, pues si bien la hegemonía conservadora terminó en 1930 con la llegada a la presidencia de Olaya Herrera, del partido liberal, los cambios en las políticas públicas en materia de intervención a la infancia solo empiezan a ser visibles en Antioquia en el año de 1936, en el marco de la revolución en marcha que emprendió Alfonso López Pumarejo para modernizar al país en materia social.

El estudio de dicho periodo histórico no tiene por finalidad mostrar que la pregunta actual por el lugar que deben ocupar los niños en la sociedad no es nueva, ni para señalar que antes sufrían vulneraciones peores de las cuales ahora están a salvo. La función del historiador no es rescatar un pasado “pasado”, sino integrar al presente, desde una mirada crítica, un pasado que viene siendo. Esta investigación se inscribe en una tradición historiográfica que considera preciso trascender el lugar de víctimas inocentes y de receptores pasivos subordinados a los mandatos de los adultos que cierta mirada historiográfica ha pretendido fijar para los niños en el pasado. Historiar la infancia para resaltar el carácter activo de los niños no ha sido la perspectiva predominante en la historiografía de la infancia en Latinoamérica, y menos aún en Colombia, donde la historia de la infancia apenas en las últimas décadas ha concentrado el interés de los investigadores en ciencias humanas, sobre todo desde la pedagogía, lo que contrasta con el poco interés por parte de los historiadores; con notables excepciones como la de Pablo Rodríguez9.

***

La historiografía de la infancia en América Latina en las últimas tres décadas se encuentra en constante producción, principalmente en México, Brasil, Chile y Argentina. Desde la perspectiva de Susana Sosenski (2010), dichos estudios pueden dividirse en dos grandes grupos: el de la historia de las representaciones que los adultos adoptaron para moldear la conducta de los niños y el de la historia de los niños propiamente dicha, la cual concibe al niño como agente de cambio y protagonista de sus circunstancias históricas. El primer abordaje es el que ha concentrado la mayoría de los estudios, empero, de cuando en vez emergen excepciones que reconocen la pluralidad y la peculiaridad de las experiencias de los niños. Hagamos un recorrido por los estudios más representativos en ambos grupos, empezando por algunas obras clásicas de la historiografía europea, para luego centrarnos en los abordajes más representativos en Latinoamérica y especificar en el caso colombiano y antioqueño.

La crisis social derivada del auge del capitalismo fue retratada en los tempranos escritos de Marx y Engels, varios historiadores, sobre todo de la escuela social inglesa, analizaron la participación de los niños en las fábricas. Valga citar en esta perspectiva el clásico estudio de los esposos Hammond (1917), The Town Labourer, retomado y analizado por E. P. Thompson (2012). Gran parte de los investigadores destacan a Phillipe Ariès (1987) como el pionero en los estudios históricos sobre el niño. Su libro introdujo el debate sobre la concepción de los niños en las distintas sociedades y estableció la infancia como un objeto de estudio pertinente para la historia. Más allá de las múltiples críticas y refutaciones que suscitó su tesis de que la infancia era un invento moderno, y de lo cuestionable de algunas de sus inferencias extraídas, en su mayoría, de fuentes iconográficas, su trabajo dejó en claro que las representaciones sobre los niños han variado con las épocas y los lugares, y que es preciso estudiar casos puntuales para comprender qué era ser niño en una sociedad concreta.

Después de Ariès, DeMause (1991) es el referente de la historiografía europea más citado en las investigaciones históricas sobre la infancia en Latinoamérica. Abordó el tema de la infancia desde una teoría psicogenética de la historia, en la cual las relaciones entre padres e hijos iban pasando por unas etapas que se cumplían inexorablemente, así, cuanto más avanza la historia, mejores son las relaciones filiales. Su objeto de estudio son las normas y pautas de crianza, enfatizando que las relaciones padres e hijos son el centro de la variación de las distintas concepciones del niño a través de la historia. Crítico acérrimo de Ariès y un poco más benevolente con DeMause, Lawrence Stones (1986) sugiere que ambos se equivocaron al estudiar la infancia de manera aislada de las condiciones familiares y sociales. Sin embargo, su enfoque es igualmente restrictivo al concebir que la historia de la infancia es la historia de las formas de crianza.

Linda Pollock (1990) sugiere que los mencionados autores, entre otros, coinciden en sostener que los niños en el Antiguo Régimen eran maltratados y que las relaciones entre padres e hijos eran formales, marcadas por la distancia. Los resultados de su investigación fueron muy diferentes: los niños no siempre eran maltratados y, sin llegar a generalizar, las relaciones entre padres e hijos estaban soportadas en el cariño y la preocupación por el bienestar de los niños. Además, según esta historiadora inglesa, desde el siglo XVI existía una noción de infancia bien consolidada. El desfase de estas conclusiones con los planteamientos de Ariès tal vez obedezca al tipo y al tratamiento de las fuentes; para su estudio, Pollock analizó autobiografías y diarios de adultos y de niños. Este caso muestra con claridad la distancia entre una historia de las representaciones y una historia desde las vivencias de los implicados, es decir, desde la experiencia10.

En la misma perspectiva de análisis sugerida por Ariès, varios investigadores se han centrado en la escuela por el papel fundamental que cumplió en el cambio de sensibilidad hacia al niño. La escuela, como espacio privilegiado para la implementación de las estrategias de gobierno, ha sido abordada por numerosas investigaciones en Latinoamérica11. En esta línea es de resaltar en Colombia los trabajos producidos por el grupo de investigación Historia de la Práctica Pedagógica en Colombia de la Universidad de Antioquia, el cual se ha ocupado de indagar por las relaciones entre el Gobierno y la educación para la dirección de la población, incluidos especialmente los niños. Dentro de su extensa producción valga destacar en primer plano Mirar la infancia de Javier Sáenz, Óscar Saldarriaga y Armando Ospina (1997), quienes se ocupan de estudiar el papel que cumplió la estrategia educativa en la configuración de la modernidad en el campo social a partir del tránsito de la escuela tradicional a la escuela nueva. Partiendo de las prácticas pedagógicas y de las concepciones de infancia derivadas de esta, acceden a todo un relato sobre la configuración de lo social en Colombia12. También, ubicados en la primera mitad del siglo XX, Alexander Yarza y Lorena Rodríguez (2007) rastrean los orígenes de la infancia anormal y de la educación especial en Colombia. Por su parte, Absalón Jiménez (2012) en su investigación doctoral se ocupa de situar la emergencia de la infancia contemporánea a partir de las crisis que sufre la familia patriarcal en los años sesenta del siglo pasado y la presencia cada vez más influyente de los medios de comunicación y la economía del consumo.

Las instituciones, ya sean punitivas, de beneficencia o asistencia social, han sido puntos de partida frecuentes para estudiar la condición de los niños en el pasado13. En dichos trabajos se subraya principalmente el abandono, la explotación, el abuso y, en general, la distancia con una sensibilidad que concibe al niño como un ser necesitado de cuidados y afectos diferenciados. Esta perspectiva adquiere tintes trágicos cuando se describe la situación de los niños pobres en las calles de las ciudades. El libro, si se quiere, fundacional de la historia de la infancia en Colombia, publicado en 1991, La niñez en el siglo XX, —hasta el momento el más citado en esta materia por la historiografía internacional— no escapa a esta visión trágica de la infancia. Las autoras recorren distintos escenarios de la vida de los niños bogotanos para mostrar las difíciles condiciones en las que sobrevivieron y sufrieron las acciones u omisiones de los adultos (Muñoz y Pachón, 1991)14.

La situación de los niños trabajadores ha sido un tópico con amplios desarrollos en la historiografía latinoamericana, mientras que en Colombia son pocos los trabajos dedicados a esta importante materia15. Sigue siendo el texto más destacado, en el periodo de estudio, el de Carlos E. García (1999), Niños trabajadores y vida cotidiana en Medellín, 1900-1930, cuya postura es de denuncia y lamento por la suerte funesta de tantos niños y, sobre todo niñas, consumidos bajo el sordo rumor de las máquinas en los inicios de la industrialización antioqueña16. Sin negar las duras condiciones que enfrentaron los niños, las investigaciones de Susana Sosenski (2010) en México y de Jorge Rojas Flores (1996; 2006) en Chile muestran en cambio cómo los niños, desde el trabajo, fueron sujetos activos que agenciaron sus vidas y aportaron al desarrollo del México posrevolucionario, e incluso lograron agremiarse y accionar en la arena política desde las huelgas y la organización sindical en Chile. La participación de los niños en las huelgas en Colombia es un tema que está todavía por estudiar, ha sido olvidado por completo por quienes han hecho la historia de los movimientos obreros17.

En la perspectiva de la historia de las ciencias, los saberes y las disciplinas, el niño se ha abordado como un objeto de experimentación del cual se extrajo un saber que luego fue implementado en la sociedad para el gobierno de sus habitantes. En esta perspectiva, los estudios sobre eugenesia y degeneración de la raza dan cuenta de cómo se intervino al niño en las primeras décadas del siglo XX (Sáenz, 2012). Como ya se mencionó, la pedagogía ha sido uno los saberes privilegiados por los estudiosos para analizar al niño en el pasado. La psicología fue precisamente el saber disciplinar que permitió hacer la separación y clasificación de los niños en la escuela (Sáenz y Zuluaga, 2004). Otra de las disciplinas que más aportaron a la configuración de la noción de infancia en la sociedad fue la medicina, en esta medida el surgimiento y consolidación de la pediatría se estudia como uno de las disciplinas que contribuyó significativamente al mejoramiento de las condiciones de salud de los niños18. En la perspectiva de la circulación y apropiación de conocimientos científicos sobre el niño, una fuente valiosa para estudiar la infancia de manera global son las memorias de los congresos panamericanos del niño realizados en la primera mitad del siglo XX19.

El niño también se ha estudiado en el marco de lo que se denomina, a partir de Foucault, medicalización de la sociedad, es decir, la extensión de un poder disciplinario a las prácticas cotidianas, dando lugar a varios trabajos en esta línea (Márquez y Gallo, 2011; Gómez, 2018). Los niños en situación irregular, abandonados o delincuentes, también han sido abordados desde la legislación específica que se empezó a producir en todo el continente desde las primeras décadas del siglo XX20. Así mismo, la historia de la criminalización de la infancia y del niño criminal es un campo de estudio activo en Latinoamérica (Azaola, 1990; Speckman, 2005; Freidenraij, 2017). Estas líneas de investigación no han sido muy desarrolladas en Colombia, un paso en esa dirección es el trabajo que desde el concepto de minoridad realizaron José Fernando Sánchez y María del Carmen Castrillón (2014).

En los últimos años se ha estudiado también la trasformación del niño como un destinatario privilegiado de los productos del mercado y de los medios de comunicación. En esta dirección, Absalón Jiménez (2008) considera que la emergencia de la infancia contemporánea se debe pensar con base en la trasformación de la familia, las pautas de crianza y la socialización, en las que el juego y los juguetes cumplen un papel protagónico en los procesos de subjetivación de los niños. El trabajo de Diana Aristizábal (2015) sobre los juguetes se inscribe en el marco de los estudios culturales sobre la infancia y en especial en su cultura material, empero, su abordaje está más cercano a una historia de las representaciones, ya que hace depender el cambio de sensibilidad hacia los niños de las dinámicas del consumo y del aumento de la producción de objetos específicos para ellos. Otro acercamiento a la historia de la infancia desde la cultura material es el catálogo que elaboraron Patricia Londoño y Santiago Londoño (2012) para la exposición sobre los vestigios de la infancia que organizó el Banco de la República.

En síntesis, podría afirmarse que los análisis historiográficos sobre la infancia en Colombia han abordado el objeto de estudio enfatizando las estrategias implementadas para encerrar, corregir, instruir, estudiar o proteger a los niños; es decir, se han centrado en la familia, la educación, el trabajo, la delincuencia o en la vida al interior de las instituciones de beneficencia o encierro. En dichos enfoques ha predominado una mirada desde la perspectiva de los adultos, y más aún, configurada por los organismos de control estatal, delineando una versión del niño como un ser que padece las acciones de los adultos. La función crítica, cuando aparece, ha estado puesta del lado de la denuncia de dichas prácticas de sometimiento, mas no en la visibilización de las tácticas de los niños para sortear, enfrentar o escapar de dichos dispositivos hacia otros espacios de socialización y vivencia de la infancia. Es posible aseverar, entonces, que, en Colombia, al igual que en Latinoamérica, ha predominado una historia de las representaciones en torno de la infancia, más que una historia de los niños y niñas propiamente dicha.

La otra perspectiva de estudio de la historia de los niños difiere no solo en el enfoque, estudiar al niño en cuanto tal, es decir, como sujeto de su historia, sino también en las fuentes. En efecto, los testimonios directos de los niños para el periodo son escasos21, por lo que se precisa buscarlos de manera indirecta: bajo la trascripción de los funcionarios públicos, como en el caso de los expedientes judiciales; en los recuerdos de los adultos, ya sean estos escritos u orales, o bien, espontáneos o dirigidos por un entrevistador. Las autobiografías como fuente fueron utilizadas en el estudio realizado por Susana Sosenski y Mariana Osorio (2012) en México. Un ejemplo de un estudio de los recuerdos de infancia a través de entrevistas es el trabajo de Rodrigo Vescovi (1997) quien reconstruyó la percepción que tuvieron los niños de la represión política en Uruguay, sus vivencias durante los allanamientos, las visitas a la cárcel o las actitudes de sus padres prisioneros. En esta línea también se destaca Sandra Carli (2011) con el uso de autobiografías y relatos de infancia de personajes silentes de Argentina en la primera mitad del siglo XX.

Paula Andrea Ila (2013) en su texto “Recordar la infancia en el siglo XX” utiliza memorias y autobiografías de autores colombianos como fuente para una reconstrucción de vestigios de infancias olvidadas. Aunque no es propiamente una investigación exhaustiva sobre el tema de la infancia, sí es una invitación para avanzar en el uso de este tipo de fuentes en los análisis históricos. Una novedad en nuestra historiografía sobre la infancia es el trabajo de Yeimy Cárdenas (2018), el cual reconstruye siete relatos autobiográficos de la infancia de tres hombres y cuatro mujeres, de diferentes regiones y clases sociales, a través de entrevistas semiestructuradas. Su trabajo se centró en la experiencia de los niños desde sus trayectorias en la vida doméstica, el proceso de escolarización, la socialización política y las diversiones. A pesar de ser un trabajo pionero en la historia de la infancia en Colombia, a la espera de ser replicado por otros investigadores, no establece una contrastación suficiente con otro tipo de fuentes, imposibilitando así un acercamiento entre las representaciones de la infancia y la experiencia de los niños.

Esta escisión entre una historia de la infancia y una historia de los niños ha sido la manera predominante de abordar el objeto de su estudio. Aunque en los últimos años parece haber más consciencia sobre la necesidad de cerrar la brecha existente entre estas dos perspectivas, por lo menos en Europa22.

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En sus estudios tempranos, Walter Benjamin (2016a) señalaba que la “experiencia” (en el sentido de saber acumulado por haber pasado ya por la infancia) era la máscara que los adultos utilizaban para constreñir el espíritu de los niños y, de esta manera, meterlos en el molde de la tradición desde el que pensaban (o dejaban de pensar) los adultos. Esta actitud de los adultos tenía una finalidad: desvirtuar las vivencias de los niños como algo disparatado y sin importancia que más pronto que tarde tendrían que abandonar. En pocas palabras, lo que Benjamin señala es que los adultos pretenden despojar a los niños de sus propias experiencias, según ellos, carentes de sentido en la “vida real”. Ante esto el niño filósofo que siempre fue Benjamin (2016a) se revelaba: “No, cada una de nuestras experiencias tiene sin duda alguna contenido. Nosotros mismos le daremos contenido desde nuestro espíritu” (p. 55). Recoger y acoger este testimonio fue una premisa de partida para esta investigación: las experiencias de los niños tienen sentido, un contenido espiritual.

Lo que llamamos experiencia, aquello que se ha experimentado, es el recuerdo o la memoria a través de un relato (oral o escrito) de las vivencias del pasado. En sentido estricto la experiencia siempre es a posteriori y además requiere una articulación a través del lenguaje. Es preciso, entonces, distinguir con Benjamin dos conceptos que apuntan a lo que acabo de señalar: Erlebnis (derivado de la raíz Leben, “vida”, se traduce como “vivencia”), se refiere a lo inmediato, a la respuesta refleja y automatizada frente a los estímulos, hace referencia, si se quiere, a un presente inmanente; Erfahrung (de la raíz Fart, “viaje”, se traduce como experiencia), denota una duración en el tiempo, una conexión entre el individuo y la sociedad en la que se inscribe a través de la palabra. En otros términos, no toda vivencia o encuentro con el mundo es una experiencia, lo es cuando es elaborada en forma de un relato significativo para el sujeto y para los otros.

¿Qué les acontece a los niños en una sociedad que no acoge sus experiencias? Quedan sin lugar, el mundo de los niños queda apartado y lejos de la vida en común. Más adelante, Benjamin pudo constatar que esto también podía sucederles a los adultos, los combatientes que regresaban a Alemania al final de la Primera Guerra Mundial volvían empobrecidos, es decir, no lograban comunicar ni darles sentido a las vivencias sufridas en el campo de batalla. En condiciones límite, los adultos también pueden perder el don supremo de compartir experiencias, he ahí, según Benjamin (2016b), la pobreza de nuestro tiempo: “Porque, ¿qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta con ella?” (p. 218).

El uso de la categoría experiencia en la historiografía remite de inmediato a la obra de Reinhart Koselleck (1993), quien formula dos conceptos, a su parecer tan fundamentales para el análisis histórico como el de espacio y tiempo: espacio de experiencia y horizonte de expectativa. Ambos conceptos son interdependientes, no se puede tener uno sin el otro, ya que para Koselleck (1993), la experiencia y la expectativa son dos categorías adecuadas para tematizar el tiempo histórico en su entrelazamiento entre el pasado y el futuro. A pesar de fungir como categorías formales, estos conceptos permiten explicar el cambio histórico: lo que caracteriza la modernidad es la distancia mayor entre la expectativa y la experiencia23.

En los términos de Koselleck (1993), el problema social de la infancia se origina por la distancia entre las expectativas de los adultos y las experiencias de los niños. Los estudios dedicados a los niños en el pasado han privilegiado como objeto de estudio las expectativas de los adultos sobre las experiencias de los niños. De esto se extraen dos indicaciones valiosas para el análisis. Primera, la experiencia de los niños solo puede tener sentido histórico si se estudia en relación con las expectativas que los adultos tenían de ellos en una sociedad concreta. Y segunda, que al rescatar y aumentar el contenido de la experiencia de los niños se podría ampliar su horizonte de expectativa en la sociedad: “Cuanto mayor sea la experiencia, tanto más cauta, pero también más abierta [será] la expectativa.” (Koselleck, 1993, p. 356).

La introducción del concepto de experiencia en esta investigación se justifica por la posibilidad que ofrece de retomar lo que ha quedado por fuera de los espacios privilegiados para la conformación histórica de la noción de infancia, lo que a su vez ayudaría a visibilizar aspectos no contemplados en las representaciones hegemónicas, cruciales para comprender el fenómeno desde otras perspectivas y para diseñar intervenciones que superen la actual paradoja sobre la valoración de los niños. Empero, la línea de acción que guía la investigación no es oponer una historia de las experiencias de los niños a una historia de las representaciones de la infancia, la consigna es mantener la tensión entre ambos enfoques para señalar las opacidades, las zonas grises o las generalizaciones abusivas que germinan al privilegiar un enfoque sobre el otro.

En pocas palabras, este libro recoge el reto que hace un tiempo Susana Sosenski y Helena Jackson (2012) lanzaron a los investigadores en este campo: “Hay todavía una carencia de estudios que atiendan al vínculo de dos grandes temas: por un lado, las experiencias y prácticas infantiles, por otro, las representaciones sobre la infancia” (p. 8). Esta investigación acoge ambos tópicos, las representaciones y las experiencias, dentro de una historia social de la infancia que se ocupa de las prácticas que destacan el carácter activo de los niños, con la expectativa de que al hacerlo así, se abran otros horizontes para la comprensión de las particularidades de los niños que deriven en políticas públicas más acordes al mundo de los niños que a las representaciones basadas en el deber ser de los adultos.

Esta investigación es deudora también del método implementado por Michel de Certeau (2007) en La invención de lo cotidiano para estudiar las respuestas creativas de los consumidores en su cotidianidad ante las presiones del mercado. La concepción de práctica de resistencia, primer acercamiento al planteamiento del problema, adquirió otro carácter en la investigación luego de la lectura de la obra de este jesuita, etnógrafo, psicoanalista e historiador. Como utillaje mental o rejilla interpretativa, de Certeau propuso dos conceptos que, al mismo tiempo que retoman a Michel Foucault y a Pierre Bourdieu, dan un paso adelante para estudiar ya no tanto la celda que nos disciplina sino los sutiles modos de salirse de ella: estrategias y tácticas.

Si bien Foucault (2008) mostró cómo el ejercicio del poder en la modernidad ya no se ejerce necesariamente desde la fuerza, ya que se encuentra diseminado en distintas prácticas microfísicas24, las opciones de resistencia se mueven en un espectro que va de la lucha a la parresía y de esta al cuidado de sí (Foucault, 2010). Para los fines de esta investigación fue preciso pensar en una acepción de resistencia que diera cabida a la creatividad y al ingenio en las maneras de apropiarse y responder de los niños a los embates de un orden disciplinario. El recurso de Certeau (2007) fue clave en este tránsito, en su afán por trascender una visión de las prácticas centradas en el disciplinamiento y el control, es decir, una visión de la práctica solo desde el gobierno, plantea que si el poder está diseminado en múltiples estrategias de control, soportadas en saberes disciplinares, es posible suponer que las prácticas de resistencia a dicho poder, las tácticas, se encuentran a su vez diseminadas en múltiples flujos que desbordan los límites que prescribe la estrategia de gobierno25.

De este modo, las acciones como cerrar, delimitar, clasificar, ordenar, corregir, castigar, de Certeau las ubicó del lado de las estrategias; y las acciones como abrir, salir, transitar, desviar, vagar, pasar, del lado de las tácticas. La estrategia es el cálculo o manipulación de relaciones de fuerzas que hace posible que un sujeto sea aislado y ubicado en un lugar que lo define y a la vez un tipo específico de conocimiento que sustenta y determina el poder de darse un lugar propio (de Certeau, 2007). La estrategia, en clave foucaultiana, es la implementación del dispositivo26. Las tácticas por su parte, en relación con las estrategias, son acciones calculadas que determinan la ausencia de un lugar propio, es un no a la categorización que pretende clasificar y definir a los que están insertos. La táctica se encuentra organizada por la ausencia de poder, así como la estrategia se organiza por el principio de un poder. Así, apelando a los sofistas clásicos, de Certeau (2007) entiende la táctica como una acción que intenta convertir la posición más débil en la más fuerte.

Es posible afirmar, entonces, que existen prácticas que no se dejan reducir a las representaciones que describen o prescriben lo que es ser niño, la búsqueda y visibilización de dichas prácticas y del contexto en el que emergieron fue la clave de lectura con la que se abordaron las fuentes.

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¿Qué nos pueden decir los archivos sobre las prácticas de los niños y niñas? La premisa de partida fue que existen huellas o indicios de la delimitación de un lugar para la clasificación y control de los niños y niñas y de las argucias de estos para salir de ahí en los fondos documentales que se eligieron como fuentes para la investigación. En este sentido, fue preciso diferenciar y no confundir la huella con el registro: la huella funciona o existe cuando se ponen en contacto y se relacionan los distintos registros con las hipótesis explicativas27. El procedimiento consistió en detectar en distintas y variadas fuentes cómo se implementaron y se movilizaron las estrategias y las tácticas. Para esta investigación desde la historia social, a diferencia de otro tipo de abordajes, fue indispensable utilizar varios tipos de fuentes que permitieran seguir las huellas en distintos archivos y, a la vez, contrastar los respectivos hallazgos como parte de la crítica de fuentes28. Para la configuración de la prueba empírica, la crítica de fuentes privilegió la contrastación entre fuentes primarias, más que la confrontación de estas con la producción historiográfica.

Mencionemos brevemente cómo fue el tratamiento de las fuentes más representativas.

Para el abordaje de los más de treinta expedientes judiciales analizados, lo primero fue conocer y reconocer en el documento las fórmulas jurídicas que caracterizan los expedientes (sumario, instrucción, declaraciones, informes, sentencias, vistos, etc.), pues dichos protocolos revelan la trama social en la que se inscriben las acciones de gobierno. La indicación fue entonces buscar por fuera de las fórmulas del lenguaje estereotipado (de las estrategias), los saltos en el discurso en donde se evidencia una enunciación no regulada por el orden jurídico (las tácticas). Esto requirió a su vez de un movimiento metodológico para leer los documentos no desde el punto de vista de la información directa, sino desde “la información indirectamente involuntaria que nos ofrecen” (Silva, 2007), un movimiento que partió de las formulaciones discursivas para llegar al mundo cotidiano de las prácticas. Así, de los expedientes fue posible extraer, teniendo en cuenta la desfiguración a la que fueron sometidos los discursos, no solo lo que hacían los niños, sino también sus testimonios y la manera como fueron afectados por distintas situaciones, es decir, sus experiencias. El análisis tuvo como finalidad pensar los distintos aspectos de la infancia, no desde los discursos prescriptivos o los saberes, sino desde las situaciones cotidianas en las que trascurrió la vivencia de los niños, como una manera de dislocar y desorientar las narrativas globales y generalizantes sobre la infancia.

Los informes del secretario de Gobierno al gobernador de Antioquia fueron la fuente oficial con la cual se hizo la reconstrucción histórica de la institución bandera creada en Antioquia para el encierro y la corrección de los niños: la Casa de Menores y Escuela del Trabajo (CM). En estos informes, estudiados sistemáticamente desde 1915 hasta 1937, están incluidos los reportes anuales del director de la institución, el médico, el síndico, los profesores, los maestros de los talleres, entre otros funcionarios públicos. A pesar de ser una fuente oficial, no es necesariamente homogénea, allí fue posible captar discrepancias y tensiones entre los funcionarios, igualmente, con el paso de los años, aparecen diferentes enfoques que denotan distintas concepciones sobre la infancia y su intervención. De igual modo, bajo ciertas condiciones de presión, los funcionarios terminaban revelando el discurso velado que en condiciones normales hubiesen preferido ocultar, lo que permite contrastar lo ideal de las ordenanzas y normas con las prácticas cotidianas. En medio del “deber ser” que predomina en muchos informes, la mirada del investigador estuvo puesta en las prácticas: qué hacían con los niños y cómo respondieron estos a dichas acciones.

Otra fuente valiosa, tanto para la figuración del contexto como para la comprensión de la experiencia de los niños, fueron las entrevistas. Si bien no fue posible realizarlas directamente para mi estudio, por lo alejado del periodo, sí fue posible utilizar las que elaboró Jorge Mario Betancur (2000) entre 1991 y 1997 para su trabajo sobre la historia del barrio Guayaquil. De las grabaciones en video de estas entrevistas, disponibles en el Laboratorio de Fuentes Históricas de la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín, fueron seleccionadas aquellas que permitían realizar una reconstrucción más completa de los años de infancia de los entrevistados. En cada una de estas historias, a pesar de ciertos rasgos comunes, es posible reconstruir las peculiaridades que configuran una experiencia subjetiva particular. El tratamiento de fuentes consistió en extraer, de unas entrevistas pensadas y diseñadas con otro fin, los relatos autobiográficos de infancia de quienes vivieron siendo niños durante el periodo de estudio. El uso de este tipo de fuente tiene sus limitaciones y sus dificultades: las limitaciones obedecen al propósito del entrevistador, quien pregunta y enfatiza en los aspectos relevantes para su investigación, así que aquello relevante para la mía aparece de manera fragmentaria y dispersa. Las dificultades de la memoria como fuente consisten en que la narración del pasado se mezcla con su valoración desde el presente, lo que trasforma el testimonio. Frente a esta dificultad insalvable, el análisis histórico consistió en develar, en lo posible, los vínculos de los hechos con su interpretación, así como de las vivencias con la experiencia.

Para este trabajo fueron muy útiles las crónicas, cuentos y novelas escritas durante el periodo, en especial las de Tomás Carrasquilla, observador perspicaz y analista agudo del mundo de los niños. En su literatura abundan los personajes niños (Simón, Blanca, Eloy, María, San Antoñito…), sus acciones, voces, valores y juicios reflejan el fondo social en el que trascurría la vivencia de los niños. El tratamiento de este tipo de fuentes obliga a mantener presente que fueron construidas a partir de códigos literarios (Silva, 2007), es decir, que su estudio ofrece información relevante, sobre el marco social en el que se inscribe el autor y su obra. Chartier (2005) recurre al campo de la literatura, no para extraer de ella el contenido de verdad que puede tener sobre los acontecimientos pasados, sino para reconocer en ella “la puesta en representación de prácticas y representaciones que estructuran el mundo social donde ellas se inscriben” (p. 12). El mundo de los niños recreado en las obras de Tomás Carrasquilla permitió un acercamiento a sus expresiones, formas de tratamiento, juegos, hábitos, los castigos recibidos o el rol de los niños en la familia y en la sociedad en su conjunto. Esta fuente ayudó, desde otra mirada, a reconstruir las experiencias de los niños y su relación con el contexto social en el que vivían.

Aparte de las fuentes ya mencionadas, también fueron utilizadas leyes, códigos, normas y ordenanzas; publicaciones seriadas, periódicos y revistas; fotografías y pinturas; comunicaciones de la comunidad dirigidas a los funcionarios públicos; entre otras. Con esta masa heteróclita de fuentes se intentó descifrar, más allá de las intenciones de los emisores, las estrategias para el encierro, control y categorización que se implementaron con los menores de edad y las tácticas de desvío, escamoteo o fuga que ejecutaron los niños y niñas para continuar la vivencia de la infancia en otros espacios. Para esto, fue preciso, más allá de las fuentes mismas, una manera de leer y analizarlas: partir del enunciado para remontarse a la enunciación, tratando de encontrar las prácticas no discursivas en lo discursivo. Una mirada que contempló las opacidades, los silencios y las omisiones cuando aparecían entretejidas en los discursos protocolarios y en las fórmulas manidas que podrían borrar u ocultar las alteridades que también respiraban en ese momento.

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Los capítulos en los que está dividido el libro se corresponden metafóricamente con los tres tiempos lógicos que Jacques Lacan (1984) estipuló para la configuración de la evidencia y con los tres abordajes del espacio que formuló Henry Lefebvre (2013). Así, el primer capítulo sería el instante de ver y se ocupa de la infancia percibida; el segundo sería el tiempo para comprender y se ocupa de la infancia concebida; y el tercero sería el momento de concluir y se ocupa de la infancia vivida.

El primer capítulo se ocupa de la trasformación urbana y su relación con la vida cotidiana de los niños, responde a dos preguntas básicas: dónde se ubicaban los niños y qué hacían allí. Comprende una descripción de los espacios que habitaban y de las prácticas que realizaban los niños en una sociedad embarcada en una modernización de las costumbres. También devela las representaciones de la infancia que subyacían a los esfuerzos por sancionar, prohibir o reforzar ciertas conductas en desmedro de otras. En síntesis, este capítulo permite conocer cómo trascurría la vida cotidiana de los niños y comprender dónde los grupos hegemónicos de la sociedad situaban la amenaza y las justificaciones para emprender el control y el encierro de los menores en instituciones destinadas para su corrección.

Si en el primer capítulo los niños aparecen afuera moviéndose por los distintos espacios urbanos entre la amenaza y la libertad, en el segundo capítulo están encerrados y detenidos en la institución modelo para la atención del problema social de la infancia en Antioquia: la CM. El estudio abarca desde las razones para su fundación, enmarcadas en el contexto internacional, pasando por la caracterización de los menores y sus causas de ingreso, hasta un análisis detallado de las técnicas, epistemes y disciplinas que se implementaron en la institución para cumplir con la misión de defender la sociedad de la amenaza de quienes no tenían incorporada la disciplina del trabajo. Este capítulo muestra en acción una estrategia de gobierno compleja que cumplía en un mismo espacio varios propósitos, la CM, en efecto, fue cárcel, casa, escuela, taller, centro de castigo, sanatorio, laboratorio social, etc. Antes que para la protección de la infancia, la CM fue una institución diseñada para que los niños dejaran de serlo, es decir, para reducir y limitar la vivencia infantil a las expectativas de los adultos que los gobernaban.

El tercer y último capítulo se ocupa en específico de la experiencia de los niños. Frente a estas estrategias de encierro y domesticación del cuerpo, los niños no siempre respondieron de manera sumisa, sus acciones muestran lo lejos que se encontraban en ocasiones de los ideales que pretendían inculcarles. Dentro de las múltiples prácticas de resistencia que se fueron esbozando en los capítulos anteriores, aquí se amplían y profundizan aquellas que emergieron del análisis como las más representativas en términos de la prueba empírica y porque ilustran de forma más evidente las tácticas utilizadas por niños y niñas en sus procesos de subjetivación. La vivencia de la infancia, en su inconstancia y volubilidad, en su predilección por la vagancia y la improductividad fue la gran amenaza para la sociedad del momento. Este capítulo muestra cómo, a pesar de todo este andamiaje, no fue posible despojar totalmente la vivencia de la infancia de los niños que padecieron una acción de gobierno, a pesar del encierro y la debilidad algunos niños urdieron y ejecutaron planes de fuga para rescatar y mantener la vivencia de la infancia.

De este modo, se plantea, entonces, que la experiencia de la infancia acontecía en el no lugar, sino en el trasegar, en la salida de los moldes que pretendían regularla. Las posibilidades de experiencia de la infancia surgieron precisamente en las tácticas que los niños y niñas ejecutaron para escapar y burlar los lugares desde donde se prescribía o proscribía lo que debería ser y hacer un niño.

1 Por cuestiones de estilo, utilizaremos la expresión “el niño” o “los niños” para referirnos de manera indistinta a varones y hembras, cuando se quiera especificar un género se hará la respectiva distinción.

2 Con la Constitución de 1991 los niños pasaron de ser objetos de protección a ser concebidos también como sujetos de derecho. El artículo 44 prescribe que los niños “serán protegidos contra toda forma de abandono, violencia física o moral, secuestro, venta, abuso sexual, explotación laboral o económica y trabajos riesgosos. Gozarán también de los demás derechos consagrados en la Constitución, en las leyes y en los tratados internacionales ratificados por Colombia” (Const., 1991). Incluso Colombia fue de los pocos países que mantuvieron el espíritu de la ley al mantener el “interés superior del niño” de la versión original, cambiada por el de “mejor interés del niño”, la Constitución de 1991 estipula que “los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás” (Const., 1991, art. 44).

3 Eduardo Bustelo (2011) considera que el amparo de la ley para los niños en Latinoamérica es frágil y en la práctica concreta poco claro: “Los derechos se reconocen en su condición de existencia pero se desconocen en su condición de ejercicio” (p. 114). (Cursivas en el original).

4 Como muestra de estos efectos puede ser elocuente el documental Ciro y yo o las memorias de la época de la violencia registradas por Jaime Jara Gómez (2017).

5 “En el caso de los niños y las niñas colombianas que habitan contextos de conflicto armado se ha identificado, como elementos constitutivos de la condición de infancia, la presencia de la venganza, el miedo, la tristeza, la culpa, la desconfianza, la victimización y la desprotección, al igual que la ausencia de vínculos fundamentales como los familiares, las pocas oportunidades de opciones alternativas a las violencias en el futuro y las relaciones fuertemente jerárquicas y patriarcales, en las cuales el niño constituye su hombría desde la valentía y el cuerpo de la niña se cosifica como un objeto de la guerra” (Ospina et al. 2013, p. 55).

6 Aproximadamente uno de cada tres colombianos vive en condiciones de pobreza, es decir el 33 % de la población, esta cifra, de por sí alarmante, en algunos departamentos llega a ser escandalosa: a 55 % en la Guajira y a 62 % en Cauca y Chocó (OCDE, 2016).

7 Al llegar por estos días al aeropuerto de Medellín y al recorrer las vías de la ciudad, el visitante puede observar una serie de pancartas que le advierten sobre el tráfico sexual de menores y le informan además que muchos casos de abuso sexual de menores no son reportados.

8 ONG internacional con presencia en 134 países. En la región, apoya a más de 70.000 menores de edad. En Colombia acompaña a más de 11.000 en 11 territorios por todo el país.

9 Aunque para hacer honor a la verdad, como lo destaca Absalón Jiménez (Jiménez y Reina, 2019), los primeros artículos publicados sobre el tema en Colombia fueron realizados por dos historiadores: el primero, Carlos Eduardo Jaramillo con “Las Juanas de la Revolución. El papel de las mujeres y los niños en la Guerra de los Mil Días” de Carlos Eduardo Jaramillo en 1987; y el segundo fue precisamente de Pablo Rodríguez en 1991, “El amancebamiento en Medellín”, ambos publicados en el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, números 15 y 18-19, respectivamente.

10 Sobre el enfoque investigativo de Linda Pollock, afirma Zoila Santiago (2007) en su preciso balance: “Lo que ella propone es que los investigadores no se centren en un solo tipo de fuente, debido a que sus conclusiones podrían distorsionarse, como pasó con la mayoría de los trabajos que se han dedicado al estudio de la infancia. Argumenta que no se debe tomar en cuenta a los niños como seres totalmente pasivos, y que en vez de explicar los supuestos cambios en las relaciones padres-hijos, los historiadores deberían prestar más interés a las causas por las que la atención de los padres es una variable que se resiste al cambio de un modo singular” (p. 35).

11 Dentro de los más destacados está el trabajo pionero en Argentina de Sandra Carli (2005), Niñez, pedagogía y política. Trasformaciones de los discursos acerca de la infancia en la historia de la educación argentina 1880-1955; y de Lucía Lionetti (2007), La misión política de la escuela pública. Formar a los ciudadanos de la República (1870-1916); y en México el de Milada Bazant (2006), Historia de la educación durante el Porfiriato.

12 Otra de las publicaciones destacadas en Colombia sobre este tópico es la de Martha Cecilia Herrera (1999), Modernización y Escuela Nueva en Colombia (1914-1951).

13 Es el caso de las investigaciones de Ximena Pachón (2007), “La casa de corrección de niños de Paiba en Bogotá”; Diana Alzate Yépez (2010), Corregir el alma y el cuerpo de los niños: trabajo, pedagogía e higiene en la Casa de Menores de Antioquia (1921-1931); Beatriz Castro Carvajal (2007), Caridad y beneficencia. El tratamiento de la pobreza en Colombia 1870-1930. En Latinoamérica pueden señalarse los trabajos de Felipe Ávila en México y de María Maricilio en Brasil, incluidos en el libro compilado por Pilar Gonzalbo y Cecilia Rabell (1994), La familia en el mundo iberoamericano.

14 No por ser el más citado, ha escapado a la crítica historiográfica, en su favor cuenta que es un libro pionero que abrió un nuevo campo de estudio en Colombia, empero, Jorge Rojas Flores (2001) considera que el libro: “Es un caso extremo que revela las limitaciones a que puede conducir una investigación que no cuenta con una solvente base teórica y metodológica. Utilizando una gran cantidad de información de tipo sensacionalista, las autoras intentaron reconstruir la vida cotidiana de los niños y niñas en Colombia. El resultado es una secuencia interminable de relatos anecdóticos (que se extrapolan al conjunto de la sociedad) donde el maltrato, el control y la disciplina dejaron poco espacio para la vida común” (p. 12).

15 Mencionemos algunos representativos. En Brasil: Esmeralda Blanco B. de Moura (1982; 1991), Mulheres e menores no trabalho industrial. Sexo e idade na dinámica do capital, y “Crianças operárias na recém-industrializada São Pablo”. En Argentina: Juan Suriano (1986), “Niños trabajadores. Una aproximación al trabajo infantil en la industria porteña de comienzos de siglo”; María M. Aversa (2016), “Las tramas sociales de la minoridad: infancias pobres y oficios deshonestos en la ciudad de Buenos Aires, fines del siglo XIX y principios del XX”. En Chile: Jorge Rojas Flores (1996; 2006), Los niños cristaleros: trabajo infantil en la industria. Chile, 1880-1950, y del mismo autor, Los suplementeros: los niños y la venta de diarios, Chile 1880-1953. En México: Susana Sosenski (2010), Niños en acción. El trabajo infantil en la ciudad de México, 1920-1934.

16 Un libro que, por cierto, casi siempre es referenciado por los estudiosos del tema en Latinoamérica y en otras partes del mundo.

17 Otras investigaciones en el continente que destacan este aspecto de la historia de la infancia son: de Dora Barrancos (1987), Los niños proselitistas de las vanguardias obreras; y de Ludmila Scheinkman (2016), “Pequeños huelguistas: participación de menores en los conflictos de la industria del dulce en Buenos Aires en la primera década del siglo XX”.

18 Pablo Rodríguez (2007) resalta la labor de esos médicos que desde finales del siglo XIX estuvieron comprometidos en reducir la mortalidad infantil y en mejorar las condiciones de vida de los menores. También caben en esta línea, aunque con menos optimismo, los trabajos de Alberto del Castillo (2005; 2009) en México: Conceptos, imágenes y representaciones de la niñez en la Ciudad de México, 1880-1920 y De normas y trasgresiones, enfermedad y crimen en América Latina (1850-1950).

19 Un avance en esta dirección son los trabajos de Eduardo Silveira Netto Nunes (2012), “La infancia latinoamericana y el Instituto Internacional Americano de Protección a la Infancia (1916-1940)”; y de Andrea Cordeiro y Gizele de Souza (2015), “Os primeiros Congressos Americanos da Criança e a pan‐ americanização dos debates sobre a infância (1916 a 1922)”.

20 Véanse: Nara Milanich (2007), “Informalidad y extralegalidad de los niños en América Latina. Del periodo colonial hasta el presente” y Susana Romero (2007), “Un siglo de legislación sobre infancia en América Latina. Un cuadro cronológico”.

21 Una rareza en este sentido es el testimonio escrito de una niña editado y comentado por Susana Sosenski et al. (2015): Conxita Simarro. Diario de una niña en tiempos de guerra y exilio, 1938-1944.

22 “Parece haber un creciente consenso, en la literatura europea, respecto a que los acercamientos a la ‘infancia’ (en cuanto construcción social) se enriquecen cuando no prescinden de su contrastación con la experiencia de los ‘niños’” (Rojas, 2001, p. 26).

23 “Nuestra tesis histórica dice que la diferencia entre experiencia y expectativa aumenta cada vez más en la modernidad o, más exactamente, que la modernidad solo se pudo concebir como tiempo nuevo desde que las expectativas aplazadas se alejaron de todas las experiencias hechas anteriormente” (Koselleck, 1993, p. 351).

24 Es tal vez en Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión donde se puede observar mejor todo el despliegue e implementación de un dispositivo de disciplinamiento, allí Michel Foucault muestra cómo la administración de las prisiones cambió del castigo físico y público que recaía sobre el cuerpo a un castigo-control privado y silencioso que propende por la trasformación moral.

25 “Si es cierto que por todos lados se extiende y precisa la cuadrícula de la ‘vigilancia’, resulta tanto más urgente señalar cómo una sociedad entera no se reduce a ella; qué procedimientos populares (también minúsculos y cotidianos) juegan con los mecanismos de la disciplina y solo se conforman para cambiarlos; en fin, qué ‘maneras de hacer’ forman la contrapartida […] de los procedimientos mudos que organizan el orden sociopolítico” (de Certeau, 2007, p. 44).

26 Como definición operativa podemos adoptar la propuesta por Giorgio Agamben (2011b) en “¿Qué es un dispositivo?”: “Está claro que el término, tanto en el uso común como en aquel que propone Foucault, parece remitir a un conjunto de prácticas y mecanismos (invariablemente, discursivos y no discursivos, jurídicos, técnicos y militares) que tienen por objetivo enfrentar una urgencia para obtener un efecto más o menos inmediato” (p. 254).

27 “Las fuentes han pasado a ser así una referencia indirecta de la realidad social, incapaz de ilustrar todos sus aspectos o de responder a todas las preguntas que podamos formular sobre ella. Por esto, cualquier inferencia sobre esa realidad no reposa ya en las fuentes mismas sino en la asociación entre una fuente y una teoría, un modelo o una hipótesis explicativa” (Colmenares, 1997, p. 79).

28 “De hecho, como enseña el análisis documental en el campo de la historia social, la limitación a una fuente nunca es el mejor camino en investigación […], la combinación de diferentes tipos de fuentes, aceptando todos los problemas metodológicos que ello plantea, siempre será una mejor opción, posiblemente con la excepción de los trabajos de estricta historia económica o demográfica cuantitativa” (Silva, 2007, p. 115).

Entre la amenaza y la libertad

La libertad consistía en estar por fin a merced de nosotros mismos. El regalo más hermoso que los adultos pueden hacer a sus hijos es olvidarse de ellos.

Amélie Nothomb, 2010, pp. 46-47.

El propósito de este capítulo es retratar la vida cotidiana de los niños y su participación en el entramado social de Antioquia. La descripción de los espacios y el análisis de las prácticas permitieron detectar las representaciones vigentes sobre la infancia, el refuerzo y la sanción de ciertas conductas para que los niños se acomodaran a los ideales civilizatorios de una sociedad embarcada en una trasformación urbana tras el espejismo de la modernidad. En pocas palabras, este capítulo responde a dos preguntas básicas: dónde transcurría la vida cotidiana de los niños y qué prácticas realizaban allí.

Más que un hecho de la naturaleza modificado, entendemos el espacio como un producto de las relaciones sociales y económicas, el cual, al tiempo que es producido por la acción humana, produce subjetividades, modos de representación y prácticas cotidianas. Para decirlo en términos de Michel de Certeau (2007), el espacio es un lugar practicado. Las trasformaciones urbanas en Medellín y en los otros municipios de Antioquia fueron emprendidas, amén del afán de lucro de ciertos grupos, bajo la bandera de la civilización y la higiene; es decir, para modificar las conductas de sus habitantes. Empero, estos espacios también fueron trasformados por el uso y la apropiación de sus gentes. Los espacios designados para el análisis fueron abordados desde esta doble perspectiva, producido-productor1.

Se abordaron seis espacios típicos donde los niños realizaban prácticas que caracterizaron sus vivencias: el río, la calle, el monte, la casa, el salón-fábrica y la oficina de Gobierno. Londoño y Londoño (2012) afirman que la vida de los niños decimonónicos trascurría en un escenario privado y tres públicos: “Por fuera de la privacidad de la vida doméstica, donde el lugar de los niños estaba junto a las mujeres y los ancianos, la infancia urbana se desarrolló en tres escenarios públicos: la guerra, el trabajo ‘libre’ y las aulas” (p. 41). A pesar de que la guerra de los Mil Días marcó un antes y un después en la historia de Colombia, en términos de la vida cotidiana de los niños, más allá de un reclutamiento masivo, los cuarteles y los campos de batalla no fueron tan significativos para determinar prácticas específicas como otros escenarios que exploraremos en este capítulo2. Por otro lado, las diferencias de clase social, el tratamiento diferenciado entre niños y menores o entre infantes y pobres, presentes en las fuentes, hicieron que lo que Londoño ubicaba como el lugar de estudio fuera abordado en el mismo espacio del trabajo en las fábricas.

No se asignaron prácticas exclusivas para cada espacio, pues algunas de ellas fueron trasversales, lo que sí pretendió el análisis fue resaltar la particularidad que dichas prácticas adquirían de acuerdo al lugar y a la posición de agentes activos o pasivos que adoptaban los niños.

Se utilizaron varias fuentes para este capítulo: publicaciones seriales, periódicos y revistas, entre estas, la de la policía y la de instrucción pública del departamento; novelas, cuentos y crónicas escritas por Tomás Carrasquilla donde aparecen los niños como protagonistas; entrevistas a personas que nacieron o llegaron siendo niños a Medellín durante el periodo; también fotografías y pinturas alusivas. Los expedientes judiciales fueron esenciales, tanto para el soporte de la prueba documental, como para la configuración de la trama. La pretensión no fue generalizar, sino componer, desde distintas fuentes y desde miradas diversas, una descripción densa3; es decir, múltiples visiones del objeto sin pretender formular un prototipo, sino ofrecer una configuración móvil y cambiante que dé cuenta de las distintas prácticas de los niños.

En este sentido, siguiendo a Max Hering (2018), “el siempre criticado fragmento será entendido como un elemento de composición, organización y constitución histórica” (p. 25)4. De ahí que el capítulo tenga por momentos un efecto caleidoscópico, y que se privilegie, para la conformación de la prueba empírica, la descripción de los casos y su contrastación con otras fuentes primarias sobre la interpretación externa a la luz de la historiografía.

En el río

La ubicación de los primeros poblados en el Valle de Aburrá estuvo determinada por la cercanía a los afluentes acuíferos, necesarios tanto para la alimentación como para el trasporte y la comunicación. Posteriormente los caudales de dichos arroyos fueron utilizados para la generación de energía que impulsó las primeras industrias. Pero la generosidad de las aguas a veces jugaba en contra de los pobladores. El río Medellín y quebradas como La Iguaná o Santa Elena mantenían a los habitantes en constante amenaza por desbordamientos que inundaban y arrasaban con edificaciones y cultivos, desde finales del siglo XIX se emprendieron esfuerzos para su canalización y rectificación.

La rectificación del río Medellín, iniciada en 1883 y solo concluida en los años cuarenta del siglo XX, y posteriormente la canalización de la quebrada Santa Elena, emprendida en el segundo decenio del siglo XX, no solo obedecieron a medidas para contener las inundaciones, sino que fueron parte de las acciones para afrontar las enfermedades derivadas de las aguas contaminadas; consideradas por los especialistas como una de las principales causas de la alta mortalidad infantil5. El río y las quebradas que abastecían de agua a los pobladores, ya para las primeras décadas del siglo XX, eran al mismo tiempo desaguaderos, algunas convertidas en muladares. Los análisis de laboratorio mostraban la presencia de materias fecales y todo tipo de microbios en las aguas destinadas para el consumo humano6.

Parte de esta campaña higiénica fue estimular el baño diario, pero ya en recintos cerrados7. Hasta finales del siglo XIX el baño en el río y las quebradas era una práctica habitual y casi generalizada8. Con el correr del siglo XX, poco a poco el baño fue incorporándose a las viviendas, generalmente en los patios externos, hasta convertirse en un rasgo de distinción9. Sin embargo, para el grueso de la población, y muy especialmente para los niños, las quebradas y los ríos seguían siendo el lugar preferido para el baño, no tanto por mandato de la higiene, como por un sentido lúdico y un afán de sociabilidad.

La cuelga y rectificación del río fue la obra fundamental, junto con la construcción de los ferrocarriles, para el desarrollo urbano del Valle de Aburrá. Empero, detrás de la empresa higienista había dos propósitos complementarios: corregir las costumbres y valorizar los terrenos (González, 2007, p. 84). Al rectificarse el río y secar los pantanos fue posible destinar esos terrenos para la construcción de avenidas y nuevos barrios como Los Libertadores con alta valorización, pero para que esto ocurriera era preciso al mismo tiempo incidir en la modificación de las conductas, incorporar los baños privados a las casas y destinar las riberas del río y las quebradas para otros fines. En este desplazamiento los niños fueron perdiendo uno de los espacios que consideraban más propios, aquel que les permitía estar a cubierto de las miradas de los adultos: “En otro tiempo, ¡oh Aburrá hidalgo!, fuiste para el medellinense consuelo en sus quebrantos, solaz en sus trabajos. Granuja que se perdiese, chicuelo que hiciera novillos, ya se sabía dónde se hallaba. Por arriba o por abajo del ‘Puente de Colombia’ te invadía los domingos la estudiantina bárbara” (Carrasquilla, 1958c, p. 780).

***

Además de un lugar ideal para evadir la vigilancia de los adultos, el río era el sitio de trabajo para muchos niños, o a donde otros iban a descansar luego del mismo. Para muchos hijos ilegítimos los ríos y quebradas fueron su lugar de nacimiento y al mismo tiempo de muerte. El 12 de diciembre de 1917, cuatro lavanderas vieron bajar por las aguas sinuosas del río Medellín, a la altura del puente de la América, una criatura muerta de no más de un año de nacida. Corrieron tras ella hasta el puente de Colombia con la intención de sacarla, pero no lo lograron. El cadáver nunca fue hallado. Las cuatro testigos del hecho eran todas menores de edad: una de 10, otra de 16 y dos de 18 años10. Una mujer que testificó sobre el hecho y que hacía seis meses había llegado de Santa Rosa de Osos, se refería a ellas como las lavanderas del río, personajes habituales reconocibles por quienes pasaban por allí (Archivo Histórico Judicial de Medellín [AHJM], 1917c, f. 10). Otra de las niñas que estaba allí y declaró ver correr a las lavanderas por la ribera del río trabajaba en el Hotel Berlín como “carguera de niños” (AHJM, 1917c, f. 13).

El río era un lugar donde muchas mujeres y niñas descansaban luego del trabajo y donde otras, como en el caso de las lavanderas, cumplían sus labores. Aunque no solo bajaban por este niños expósitos, en el periodo estudiado, el río era utilizado como medio de trasporte, no solo de personas, sino también de mercancías y todo tipo de bienes aprovechables. Ricardo Jiménez, quien tuvo a los doce años como primer oficio el de cigarrillero, recuerda que los cigarrillos importados eran más caros y llegaban del sur por el río Medellín, y que “cuando se secaba el río no subían los cigarrillos americanos y se ponían muy escasos y yo aprovechaba y compraba todo lo que había en la línea del ferrocarril para vender aquí en Medellín” (Betancur, 2000). El río era entonces tanto un espacio de trabajo y comercio como de diversión y ocio.

Por lejano que parezca al ver la conformación actual de la ciudad, una práctica habitual, también en los niños, era cazar en las charcas que se formaban en las orillas del río Aburrá11. Ahora bien, ¿qué animales cazaban en esa época?


Figura 1. Francisco Antonio Cano. Paisaje de Medellín, óleo sobre lienzo, Medellín, 1895

Fuente: Museo de Antioquia, 2003, p. 141.

Ni flamencos ni garzas se pescan desde estas orillas sombreadas; pero los chorlos de Dios loquean aquí y allá, en busca del sustento, y las bandadas de patos errabundos bajan de vez en cuando en busca de su muerte con estas escopetas traicioneras. (Carrasquilla, 1958c, p. 780).

La caza de aves con caucheras, confeccionadas por los mismos niños, era una práctica generalizada, tal como lo dejó plasmado en un óleo Francisco Antonio Cano (figura 1), observador atento y perspicaz del mundo infantil. Este uso de las caucheras, tan propio de los niños, llegó a despertar la indignación de varios sectores de la sociedad.

Julio Viana escribió el 31 de diciembre de 1898 una circular en la que alertaba a la comunidad sobre esta práctica bárbara:

Se trata de la inconsiderada destrucción, cruel y odiosa además, que muchachos vagabundos hacen en aves inocentes, por medio de hondas de caucho y otros instrumentos, y de la no menos culpable de los peces de nuestros ríos, por medio de cartuchos explosivos, que matan en larga extensión toda vida y todo germen de vida. (Revista de la Policía, 1899, p. 12).

Para este funcionario, la crueldad en los niños era la semilla de la futura crueldad en el hombre, por lo que alentaba a la comunidad a “impedir que tan horrible germen se nutra y desenvuelva a nuestra vista” (Revista de la Policía, 1899, p. 12). Como se verá más adelante, las caucheras hicieron parte fundamental de la vida material de los niños; para los adultos por el contrario fueron la causa de constantes amenazas y restricciones.

Pero en las traicioneras aguas del río, no solo podían morir de manera imprevista las aves y peces, los mismos cazadores no estaban exentos de peligros. Por lo menos así fue para José Londoño de 15 años, quien murió ahogado en el río Medellín mientras cazaba uno de estos patos errabundos que mencionaba Carrasquilla. El joven Londoño trabajaba la zapatería y vivía con sus padres sobre la calle Maturín en el barrio de la Guerra Santa. Ese día había salido muy temprano a una cacería de patos a las playas del río cerca de la Estación Villa del ferrocarril. Según los informes, una creciente del río lo envolvió sin darle tiempo a reaccionar, lo tiró contra las piedras, y luego fue arrastrado por la corriente hasta Copacabana. En el reporte de la Oficina de Investigación Criminal se advierte que el cadáver: “Presentaba fuertes aporreaduras en la cabeza, heridas y peladuras en el cuerpo, lo que no da duda a creer que su muerte hubiera ocurrido de otra manera, que la de haber sido arrollado por las aguas (“Pereció ahogado en el río”, 1924, p. 3). El río era un espacio en el que los niños se jugaban la vida, podían tanto cazar y pescar, como quedar atrapados en sus corrientes sin retorno posible.

***

El mismo río Aburrá, que en el valle se conoce como Medellín, más adelante es el río Porce, y en su recorrido hacia el mar Caribe, antes de morir en el río Cauca, se convierte en el río Nechí. Fabuloso río, depósito de inestimables riquezas que estimuló el “delirio calenturiento de la hispánica codicia”, Carrasquilla (1958c) advertía de los peligros que corrían quienes se empeñaban en obtenerlas: “Si algún mortal venturoso ha captado algunas partículas del depósito ingente, otros han hundido en esas aguas endiabladas su fortuna, su porvenir, su salud y hasta su vida” (p. 780). En este escenario de riqueza y muerte ocurrieron unos hechos que permiten vislumbrar algunas de las funciones que cumplían los niños en el mundo adulto.

El 27 de junio de 1916, Samuel Meza, instigado por la curiosidad y con un propósito no evidente al principio, acudió a la Alcaldía de Yarumal a denunciar que hacía cerca de seis meses un vecino suyo, José Posada, recogió a un niño que como no servía para el trabajo, entre él y sus hijos lo ahogaron en el río Nechí. El denunciante describió al niño asesinado por los Posada como de configuración enclenque, pálido, de espíritu apocado y como de unos ocho a diez años. Esta denuncia partió de un presupuesto: los niños recogidos se recibían y mantenían en las casas no por caridad cristiana o compasión, sino porque era una inversión que más temprano que tarde tenía que dar frutos. En efecto, los niños rescatados de una suerte funesta tenían que devolver lo que se les había dado con una entrega incondicional a los trabajos encomendados por sus cuidadores o salvadores. Esto era lo natural y lo esperado, cuando no ocurría así, el resultado podría ser trágico. En palabras de Meza, el niño

empezó a ser objeto de malos tratamientos por la señora Posada debido al poco servicio que prestaba. Un día esta mujer lo echó de la casa y Posada lo encontró en “El Balsal”: […] y montándolo en la bestia lo devolvió a la casa. La señora de este al verlo nuevamente dijo “hay volvés con tu tuntuniento o porquería […]” Frente a esto contestó Posada en tono de amenaza: “Dejémoslo a ver si sirve o no sirve”. (AHJM, 1916a, f. 1).

Según Samuel Meza, el móvil para el asesinato fue la incapacidad del niño para trabajar. Al otro día de haber recogido de nuevo al niño, lo mandaron a limpiar un cilindro de la máquina que utilizaban para extraer minerales del río, y como al rato no había hecho nada

Posada se incomodó con él y haciéndolo montar a espaldas de uno de sus hijos que llama Vidal lo introdujo a mitad del río ‘Nechí’ […] en donde haciéndose caído o dejándolo caer lo dejó a merced de la corriente, que siendo superior a las fuerzas del niño naturalmente, lo arrastró hasta que murió ahogado. (AHJM, 1916a, f .1).

El sindicado, José Posada, aseveró ante las autoridades municipales que ese día fueron a trabajar a la máquina sus hijos, él y el niño recogido, y que, a la hora del almuerzo, el mencionado niño no regresó, ni tampoco se volvieron a preguntar por él (AHJM, 1916a f. 8). Al avanzar el proceso se descubrió que el denunciante Samuel Meza mantenía una disputa por linderos con José Posada. Con este dato cobra sentido la narración del trato cruel hacia el niño recogido. La mala fe se hizo patente, las noticias del supuesto asesinato le habían llegado a él por terceros que luego no pudieron corroborar los hechos denunciados, ninguno de los testigos vio nada, tan solo escucharon lo que otros dijeron. Luego se pudo establecer que efectivamente el niño había muerto días después, pero a causa de una enfermedad congénita que padecía, como se pudo confirmar por la partida de defunción y con el testimonio de la madre adoptiva del menor, quien estaba acostumbrada a las constantes salidas y devaneos del niño enfermo, razón por la cual no se inquietaba cuando desaparecía por varios días. (AHJM, 1916a f . 37).

Si bien la concepción que se tenía de los niños recogidos era que debían retribuir con trabajo a la familia que los acogía, este caso evidencia otros usos posibles: los niños podían servir como medio para la venganza de los adultos. La mentira o invención sobre el trato cruel a este niño en el testimonio de Samuel Meza, alimentado por los rumores de los vecinos, no invalida lo que se puede inferir sobre la concepción que se tenía en la época de los niños recogidos o que no servían para el trabajo. Estaba tan presente esa concepción sobre la utilidad de los niños en la sociedad del momento, que Meza se valió de la imagen de este niño “enclenque” para urdir una denuncia contra su oponente en un litigio de tierras. Meza, soportado en las representaciones sociales actantes, concibió que un niño así, “bueno para nada”, podía tirarse al río sin ninguna prevención.

***

Como lo mencionaba Carrasquilla, el río, las quebradas y los charcos eran los destinos predilectos de los niños que se quedaban haciendo novillos; es decir, salían de la casa para la escuela, pero en el camino se desviaban y nunca llegaban a su destino. Así lo refiere Alberto Acevedo:

Que mi mamá era la que más se preocupaba porque yo estudiara; porque aquí en la Escuela Los Libertadores yo cometí un error muy grande por las compañías de los muchachos. Como existía un tranvía, había uno que venía para acá para La América y donde es el puente de La América, para la parte de allá de atrás, habían quebradas para uno bañarse y esas mangas por ahí llenas de pomas, llenas de mangos; entonces me conseguí unos amiguitos malitos, traviesos. (Alberto Acevedo, Laboratorio de Fuentes Históricas [LFH], 1997a).

Por la mañana se encontraban y decidían si ese día iban a la escuela o a los charcos, casi siempre elegían los charcos. Entonces se pegaban de la parte de atrás del tranvía en Guayaquil y se iban hasta el charco de su predilección:

Entonces pegados nos veníamos hasta el puente de La América y ahí sí para las mangas, a bañarnos sin tener necesidad de bañarnos, únicamente por bañarnos, por no ir a la escuela, por tener esa libertad de estar por ahí sin control de nadie, porque uno siempre de la escuela a la casa, de la casa a la escuela; entonces los otros nos decían: “No, es que de la casa a la escuela, y de la escuela a la casa, vea a los muchachos como viven de bueno por ahí por la calle, jugando balón, tirando trompo”. (Alberto Acevedo, LFH, 1997a).

Desde la perspectiva de los niños, el río era principalmente un escenario de juego, ideal para estimular la fantasía y para dar rienda suelta al mundo infantil separado del de los adultos. Hacer algo no porque tuviera utilidad alguna, sino simplemente por el placer de hacerlo, no se bañaban porque estuviesen sucios porque lo ordenara algún adulto, sino simplemente por el placer de experimentar la libertad de hacer lo que quisieran. El agua que fluía a través de las piedras y la tierra era el símbolo que mejor reflejaba para los niños esa libertad.

Sin estar exentos de peligros, los ríos y las quebradas eran tal vez el espacio que los niños consideraban como más propio. Al que acudían para trabajar descansar, o cuando querían escapar de la vigilancia de los adultos. Donde podían estar a sus anchas, en medio del sol, los baños y los juegos, recreando el mundo de la infancia. Hoy son escasos estos espacios en el Valle de Aburrá, quedan en la memoria de algunos las escapadas a los charcos como esos recuerdos de infancia que los niños de hoy ya no pueden replicar.

Por calles y caminos

La construcción del ferrocarril de Antioquia, iniciada en 1907, y posteriormente el de Amagá, además de conectar la ciudad con el resto del país, amplió las zonas de colonización en el departamento, lo cual incrementó la explotación de recursos y el intercambio comercial. Para los años veinte, las líneas férreas y la creciente construcción de tranvías y carreteras fortalecieron la centralidad en la región que desde principios del siglo XIX ostentaba Medellín. A principios de la década del treinta, los 280 kilómetros del ferrocarril, los 500 kilómetros de carreteras y los más de 50 kilómetros del tranvía eléctrico intermunicipal poseían un elemento común: “Casi todas las vías tenían como punto de llegada y de salida a Medellín, convirtiéndose así en el gran centro de intercambio económico, comercial e industrial ya no solo regional sino nacional” (González, 2007, p. 61).

Las vías de comunicación fueron un factor determinante para el ascenso de Medellín como centro administrativo y de gobierno. La interconexión regional generó un reordenamiento del territorio y a la vez una nueva concepción del espacio, al permitir recorrer mayores distancias en un tiempo menor. Este aumento en la velocidad trajo consigo una intensificación en el ritmo de vida urbano, alterado también por la presencia de otras materialidades: la luz eléctrica domiciliaria, la radio, el cine, las revistas, los aviones…

Sin embargo, en los inicios del periodo, el estado de las calles en Medellín era precario: estrechas, torcidas, sin continuidad y sin pavimentar. El crecimiento urbano desmedido e informal alertó a las autoridades de la necesidad de un plano rector que regulara el trazado urbano. El plano de Medellín Futuro se empezó a implementar en 1913, y dentro de sus proyectos estuvo la ampliación, rectificación y pavimentación de las vías céntricas de la ciudad como punto de partida para la expansión de la ciudad. Ya para 1934, Ricardo Olano manifestaba con orgullo que casi todas las calles y plazas del centro de Medellín estaban pavimentadas con cemento o con asfalto (Olano, 2006). La planeación de la ciudad no se reducía a canalizar el río, secar los pantanos, ensanchar las calles o construir plazas. La Sociedad de Mejoras Públicas, por mencionar solo una de las asociaciones más representativas de la ciudad, no solo lideró estos proyectos, sino que también emprendió continuas campañas para modificar una práctica indeseable, visible para cualquier visitante: una barahúnda de niños vagando por las calles, atraídos por las luces, los carros, el jaleo, el rebusque o la diversión.

***

En un mundo de pequeños oficios y de pequeñas aventuras, el niño era una figura familiar en las calles. Las fotos de la época, tanto las de los grandes acontecimientos como las que retrataban escenas cotidianas, registran su presencia en las calles. La gran mayoría van descalzos, con pantalones cortos, camisas de manga larga o sacos de lana, gorra o sombrero, o con los uniformes de las empresas que los contrataban. Recorrían las calles en los más variados oficios: lustrabotas, voceadores, carteros, aguateros, carboneros, leñateros, vendedores de frutas, legumbres, flores, leche, quesito, helados, jamones, etc. Otros, por el contrario, hacían uso de su libertad momentánea al sumergirse en la multitud sin otro fin que vagar o rebuscarse la vida.


Figura 2. Benjamín de la Calle, Parque Berrío, Medellín, 1928

Fuente: AFBPP, (1928). BPP-F-009-0728.

La permanencia de los niños en las calles empezó a ser vista como peligrosa, no solo por el riesgo cada vez mayor de ser atropellados por los vehículos12, sino porque podían contaminarse de algo mucho peor: de mundo. En la prensa aparecían columnas que prohibían el cinematógrafo para los niños y que denunciaban los libros y folletos inmorales que circulaban por las calles13. Más allá del riesgo, pues al cabo del tiempo los niños terminaron colgados de los carros y tranvías para espanto de los concurrentes14, su presencia en las calles era vista con recelo, pues la consideraban como una fuente de peligro no solo físico sino moral. La calle era vista como un lugar para la corrupción y el contagio, solo escapaba a la inmoralidad si se convertía en un lugar de paso, despojado de la tentación de la permanencia.

Según Ariès (1995), desde la antigüedad, el niño era una figura habitual en las calles de pueblos y ciudades europeas, incorporado rápidamente a la dinámica del mundo adulto. Pablo Rodríguez (2004) destaca este aspecto para las ciudades coloniales en Colombia:

Una pobre mentalidad histórica nos ha legado la imagen de ciudades vacías de niños. Hay muchas razones para pensar que, como en los cuadros de Brueghel, los niños jugueteaban e inundaban las calles […] casi desde niños empezaban a ser integrados a las actividades de los mayores. (p. 268).

Aparte del tema de la finalización de la infancia, lo importante en el momento es señalar que los niños durante la colonia rondaban por las calles, y su hacer estaba integrado al funcionamiento del conjunto social. Sin embargo, esto empezó a cambiar a finales del siglo XIX, con la criminalización de la permanencia en la calle, no solo de los niños, pero si con unos efectos particulares en esta población:

La sociedad en su conjunto tenía una actitud hostil frente a la libertad de los niños en la calle, que para ella era sinónimo de inseguridad física, indisciplina moral y, en términos generales, de aprendizaje de la delincuencia: el pequeño merodeador, como se lo llamaba, al que se le halaban las orejas y se le daba una que otra “bofetada”, se convirtió poco a poco en el joven delincuente. (Ariès, 1995, pp. 296-297).

Los discursos sobre este cambio en la actitud hacia los niños que se promulgaban en Europa circulaban también por los países latinoamericanos. Diferentes tesis de grado en derecho y medicina así lo confirman. Esa actitud disipada, ese empuje a la vagancia propio del niño, ya era reprensible desde antes, pero era algo que se resolvía en la familia extensa, incluidos parientes y vecinos, con un jalón de orejas o algo más. Al pasar del vago a la categoría de delincuente surgió una nueva estrategia de intervención, pero de esto nos ocuparemos en el segundo capítulo. Es pertinente por ahora resaltar que la hostilidad creciente de la sociedad de finales del siglo XIX hacia la permanencia del niño en la calle tenía que ver con un asunto de aprendizaje, allí, contrario a lo que se suponía pasaba en la escuela, aprendía lo que no debía.

Por ejemplo, a tomar licor. En un libelo, publicado en la revista Educación Pública Antioqueña, dirigido a los niños para persuadirlos de que se mantuvieran alejados de la taberna, se advierte, entre otras admoniciones, que la bebida produce más horrores que la misma guerra. Es prudente recordar que los directores de la revista conminaban a los profesores a que leyeran estos textos en clase y que hicieran una reflexión al respecto ante los niños. Al final de la enumeración de horrores que debía ya tener aterrados a los niños, se les recomienda en un tono más conciliador: “Queridos niños: apartaos de la taberna; no toméis nunca bebidas que contengan alcohol, y os desarrollareis sanos, alegres y fuertes de cuerpo y espíritu, condiciones necesarias para ayudar a vuestros padres a servir a la patria, que tanto espera de vosotros” (Alzate, 1928, p. 377). Los niños debían permanecer sanos y fuertes sobre todo del cuerpo, no tanto por su propio bienestar como para servir a los padres y a la patria.

Estos sermones tenían un fin preventivo, consumir alcohol era una práctica difundida en toda la población desde temprana edad y en las grandes celebraciones podía adquirir proporciones desmesuradas. Gabriel Mejía (1920) dictó una conferencia sobre el alcoholismo a los congregantes de San José, allí se dirigió al público como un testigo fidedigno de los lugares escabrosos a los que conduce el alcohol. Más allá de su tono hiperbólico, su testimonio da cuenta de lo difundida que estaba esta práctica en los niños:

Y pensar que ese vicio se adquiere tan fácil. ¡Y saber por propia experiencia que es tan difícil sino imposible dejarlo!... ¡Ah! ¡Pobres madres de familia las que amamantáis actualmente a los hijos de vuestras entrañas, sabiendo como debéis saber que aquí no es imposible que os los traigan dentro de poco, completamente borrachos!... ¿Exagero? Desgraciadamente no: el día 24 de diciembre próximo pasado se emborracharon casi todos los niños de Medellín como es de pública voz y fama. Celebraron el natalicio del Niño que es Amor y Verdad, zambulléndose estúpidamente en las aguas del trágico río que crece en las montañas de un interés mal entendido y que muere unas veces en la cárcel, otras en el presidio o en el patíbulo; siempre en el deshonor o en la miseria… (Mejía, 1920, p. 2).

Puede que muchos de estos niños que ese 24 de diciembre deambulaban borrachos por las calles hubieran recibido en sus mismas casas algunos tragos de parte de sus familiares, sin embargo, para el conferenciante, quien reproduce una creencia popular, era en la calle donde bebían y a la casa donde los llevaban borrachos. En la calle los niños aprendían el mal, esta creencia, si se mira bien, pretende mantener a salvo la institución familiar.

***

Las calles eran peligrosas para los niños, y sobre todo para las niñas, porque allí podían toparse con algo que amenazara su integridad moral. Es decir, en las calles corrían el riesgo de ver lo que no debían ver, y podían adquirir el léxico preciso para nombrar las partes del cuerpo rodeadas con el tabú y el pudor. Así les sucedió a Libia y Emma Restrepo de cinco y seis años respectivamente. El 11 de junio de 1921, en Fontidueño, la madre de las niñas, Emiliana Restrepo, denunció que el muchacho Juan de Dios Guiral, con fama de perverso y depravado, venía desde hacía días persiguiendo a sus hijas para corromperlas con palabras y hechos inmorales. No solo Emiliana se quejaba de la conducta de Guiral, varios vecinos declararon en su contra, señalándolo no solo de corruptor, sino de vago, ladrón y “tirapiedra”. En nombre de la comunidad, pedían el castigo para un muchacho de 16 años considerado como una verdadera molestia.

Víctor Arango afirmó que era un muchacho de malísimas condiciones y que ni aun sus padres podían contenerlo: “Constantemente está vagando en la calle, tirando piedras, insultando y molestando a los demás niños y hasta con los animales es cruel porque les arroja piedras y trata de hacerles daño” (AHJM, 1921, f. 3). Al final de su declaración agregó, como si fuera un detalle menor, que también trató de meterle un palito por la vulva a su hija. Por su parte, la niña afectada, Libia Restrepo, manifestó: “Hace ya unos dos meses que estando yo en la calle, llegó Juan de Dios Guiral (a. Caracucho) y me silbó y cuando lo volví a mirar, se desabotonó […] y sacó una cosa y me dijo ‘Tomá, mamá’ y entonces me entré”. Su hermana Emma dijo lo siguiente: “Hace como dos meses venía yo con mi mamá y con Juan de Dios Guiral, y se puso a orinar y me dijo que abriera la boca para meterme esa cosa y entonces grité y mi mamá lo insultó y siguió detrás de nosotras” (AHJM, 1921, f. 2).

De lo anterior se puede inferir exhibicionismo, pero no fuerza y violencia, delito por el cual fue sindicado. Tampoco hubo testigos directos de los hechos, más allá del testimonio de las dos ofendidas y su madre, todo el proceso se armó bajo el supuesto de la mala fama de Juan de Dios, como lo llamaban, aunque su nombre fuera Juan de Jesús. Guiral afirmó no saber qué edad tenía, negó haber dicho frases obscenas a las Restrepo y que solo sacó el miembro para orinar. Ante la acusación de haberle introducido un palito a la hija de Víctor Arango dijo “no recuerdo”, quizá lo más ambiguo o incriminador de todo lo que declaró; aun así, insuficiente para castigarlo o declararlo culpable. Pero el inspector de Policía de Fontidueño no pensó lo mismo: “Las anteriores diligencias dan lugar para dictar auto de prisión sin excarcelación, o concertar, en la Casa de Menores y Escuela de Trabajo [CM] a Juan de Dios Guiral por ser menor de edad” (AHJM, 1921, f. 4)15.

Al parecer la única causa real para ser encerrado era que Juan de Dios era menor de edad, es decir, susceptible de que se le aplicara una fuerza superior sobre él. Ese mismo día, septiembre 1 de 1921, fue remitido a la CM por orden del secretario de Gobierno (SG), sin que sus padres fueran notificados. Lo que se sancionó con esta acción de gobierno no fue el delito de fuerza y violencia, el cual nunca se aclaró, ¿se condenaba entonces la conducta general del muchacho, vagabundo y sin ocupación definida? Otros vecinos dieron a conocer más detalles sobre la conducta del acusado: “En mi concepto es mala porque es un muchacho muy inmoral y travieso y mantenía alarmado al barrio con sus travesuras dando lugar a que fuera por estos motivos llevado a la Casa de Menores” (AHJM, 1921, f. 12). Este fue el tenor de todos los testimonios, no se relataban hechos precisos, sino juicios como “inmoral” o “travieso”, los cuales no eran soportados por ninguna evidencia. No obstante, ya había sido encerrado y separado de sus familiares, quienes tampoco aparecieron durante el proceso.

El 12 de diciembre de 1921, el fiscal conceptuó que no había motivos para un proceso por fuerza y violencia: “Parece que el sindicado es un anormal, cuyo principal vicio es el exhibicionismo” (AHJM, 1921, f. 14). El juez resolvió en consecuencia devolver el expediente a la inspección municipal para ampliar las diligencias que especificaran el delito. Las niñas Restrepo son interrogadas de nuevo: Libia aseguró que nadie más vio cuando Guiral le mostró el miembro; Emma, de igual modo, afirmó que solo ella alcanzó a verlo cuando iba con su madre. La niña de la cual afirmaba su padre que fue violentada con un palo por Guiral declaró: “Es cierto que Juan de Dios o Juan de Jesús Guiral me estuvo chuzando con un palo pero en los brazos únicamente. No recuerdo en qué fecha sucedió esto, lo que llevó a efecto sin pretender alzarme la bata ni ninguna otra pieza de mis vestiduras” (AHJM, 1921, ff. 16-17)16.

La madre de las ofendidas, la misma que inició todo el proceso, sostuvo en su segunda declaración que ese día iba con su hija Emma y Angelina Restrepo, además del sindicado, en dirección a Calle Vieja:

En el curso del camino me llamó apresuradamente mi citada hija Emma quien iba bastante atrás de nosotras con el mencionado Guiral, diciéndome que este acababa de mostrarle su miembro, lo que no presencié, en atención a que cuando miré hacia el lugar aquel, Guiral se encontraba dándome la espalda. La conducta de Guiral ha sido buena generalmente, especialmente en lo que se refiere a la moralidad. (AHJM, 1921, f. 16)17.

Esta última afirmación, proveniente de quien puso la denuncia que inició todo el proceso, gracias al cual Guiral llevaba un año y tres meses encerrado en la CM, deja la sensación de arbitrariedad e incapacidad de las autoridades y de la misma comunidad para resolver los conflictos de la vida cotidiana de sus habitantes. El lema parecía ser defender la sociedad antes que aplicar con juicio la ley, en este caso la comunidad de Fontidueño representó un bloque unido en nombre de la familia y en contra de la inmoralidad de un joven con retardo mental.

En efecto, la calle fue un lugar peligroso para las niñas Restrepo, allí vieron y escucharon algo que experimentaron como una ofensa. Y a su vez fue peligrosa para Guiral, ya que por permanecer en las calles sin ocupación definida, y orinar sin pudor alguno, se convirtió en objeto de observación constante, fue calumniado y encerrado, no se supo por cuánto tiempo más.

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Parte de la educación de los niños consistía en aleccionarlos sobre los peligros de las calles: uno de los más mencionados era que allí alguien podía robárselos. Para algunos niños está amenaza latente fue una realidad. Hortensia Correa le escribió al alcalde de Medellín, el 2 de diciembre de 1896, solicitándole le devolvieran a la niña Ana María Correa, según ella su sobrina e hija adoptiva, quien fue detenida y conducida a la Casa de Pobres por la policía cuando se encontraba en la calle haciendo un mandado. En realidad, la niña fue dejada por su madre en el hotel que Hortensia Correa regentaba, prometiendo que volvería. Pasaron varios meses y la madre no regresó, por lo que Hortensia decidió quedarse con la niña.

En su comunicación aseguró que la niña no estaba desamparada, pues contaba con su protección, “la que no es tachable en ningún sentido moral ni económico”. Además, su declaración traía el apoyo y firma de dos distinguidos comerciantes que dado el caso servirían de fiadores, “para que respondan de que cumpliré con la niña los deberes de madre adoptiva, dándole lo necesario y educación religiosa” (Archivo histórico de Medellín [AHM]. 1896, t. 9, f. 129). Al final, ofreció un argumento que beneficiaría a los encargados del Estado: si le devolvían la niña, quedaría vacante el puesto que ocupaba en la Casa de Pobres disponible para alguna desamparada de verdad. Sin embargo, la mujer no consiguió lo que buscaba, el alcalde negó la solicitud y la niña continuó encerrada, no se supo si para bien o para mal. En todo caso, en lo menos que se pensó en esta diligencia fue en el bienestar de la niña.

Al parecer las niñas abandonadas o dadas en adopción por sus familiares, eran más susceptibles de ser nuevamente desarraigadas de su hogar sustituto. María Zoraida Ramírez declaró el 7 de marzo de 1926 que la niña Débora Arboleda de 10 años, huérfana de padre y madre, quien le había sido dada en custodia por un hermano y un tío de la niña, fue raptada el 26 de febrero pasado en el paraje La Angostura del municipio de Bolívar por un sujeto llamado Marcos. Este pasó por su casa vendiendo mercancías, en medio de la charla le puso a la niña un vestido, la peinó y sin más dijo que se la llevaba: “No valían ni mis súplicas ni mis lágrimas ni mi resistencia para llevársela, el individuo siempre la tomó y se fue con ella” (AHJM, 1926, f. 2).

Luego de deambular por caminos y parajes y de dormir a campo abierto mientras caminaban de un poblado a otro, varias semanas después fue detenido con dos niñas, una de las cuales era Débora Arboleda. Varios testigos reconocieron al hombre que días antes habían visto pasar por sus predios sin saber nada del rapto. Así contó Débora Arboleda su experiencia de esos días:

Hace como veinte días llegó al paraje “La Angostura” donde yo vivía un hombre forastero completamente; como a las diez del día; este hombre comenzó a sonsacarme y a decirme que fuera con él, yo no quería irme y él me peinó y me puso este vestido dizque para que me fuera, sacó unas covalongas me las puso en el cuello y me cogió y me llevó por mal. Zoraida Ramírez con quien yo vivía, se opuso resueltamente y se puso a llorar viendo que este hombre me cogía y me llevaba, en un punto me le escondí para no seguirlo y buscándome me encontró y me pegó una pela con una vara. (AHJM, 1926, ff. 5-6).

Como si fuera lo más natural, este “robachicas” iba llevándose niñas cuando veía la oportunidad, y luego las aleccionaba para que se hicieran pasar por sus hijas:

Después me dijo que el que me preguntara cómo me llamaba le dijera que Ana Montes y que dijera que él era mi padre y que él se llamaba Marcos Montes. Seguimos el camino y nos fuimos a vivir a “La Libia”, luego salimos a Betania y lo cogieron preso. Cada que yo decía que me llamaba Débora Arboleda me pegaba y me regañaba, yo vivía muy aburrida con él y no tuve ocasión de fugármele. (AHJM, 1926, ff. 5-6).

Antes de Débora ya andaba con otra niña, “Isabel Montes”, la cual sí se hacía pasar como su hija, y con quien realizaba movimientos extraños por las noches:

Muchas veces me dijo este individuo que no me confesara que era pecado y lo mismo le decía a Isabel Montes con quien yo iba. Este hombre se acostaba con nosotras en el medio de nosotras dos y molestaba mucho de noche con Isabel y se movía mucho. (AHJM, 1926, ff. 5-6).

La confianza y desenvoltura con la que este individuo operaba con las niñas sugiere que no era atípico esta clase de situaciones, llevarse una niña y luego decir que era su hija para encubrir el abuso, a las niñas igual les insistía en que lo que hacían o se dejaban hacer de él era un pecado, así las tenía doblemente amarradas, con la fuerza y la culpa. Las prescripciones del Código Civil relativo a los derechos y obligaciones entre los padres y los hijos naturales alimentan la sospecha de que el rapto de niñas era una práctica frecuente. La Ley 153 de 1887, que introdujo cambios en esta materia en el Código Civil, estipula en el artículo 73:

Si por cualesquiera medios fehacientes se probare rapto y hubiere sido posible la concepción mientras estuvo la robada en poder del raptor, será condenado este a suministrar al hijo, no solo los alimentos necesarios para su precisa subsistencia, sino en cuanto fuera posible, los que competan al rango social de la madre.

El hecho de seducir a una menor, haciéndola dejar la casa de la persona a cuyo cuidado está, es rapto, aunque no se emplee la fuerza.

La acción que por este artículo se concede expira en diez años, contados desde la fecha en que pudo intentarse. (Rodríguez Piñeres, 1911, p. 60).

Con estas prebendas no suena extraño que muchos se lanzaran a robarse una niña, si la embarazaban solo tenían que mantener al hijo, o simplemente escaparse y dejar que prescribiera el caso. De esta suerte, es posible que el rapto de niñas, por conocidos o desconocidos, hubiese sido una práctica más habitual de lo que se puede constatar en los expedientes.

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Si bien en las calles había múltiples peligros, imaginados o reales, físicos o morales, también los mismos niños podían convertirse en un verdadero peligro para los demás. En las comunicaciones que la comunidad le enviaba al alcalde de Medellín aparecen reiteradas quejas de los vecinos por el comportamiento de los niños en las calles. Una de estas quejas, significativa por la afectación que trasluce el emisor, llegó al despacho del alcalde el 31 de enero de 1931. El señor Rubén Correa, quien firma la misiva, vivía en la calle Lima crucero con Palacé, vecindario en el que, subraya, habitaban personas respetables. No obstante la dignidad de quienes residían en el sector, desde hacía algún tiempo venían sucediendo hechos reprochables que no se correspondían con el ambiente del barrio:

En esa esquina se han dado a la tarea o costumbre de reunirse algunos menores, todas las tardes y aun en algunas horas del día a cometer toda clase de irrespetos, a hablar obscenidades, tirar piedras, insultar, burlarse de todo el que pasa, irrespetar señoras, señoritas y ancianas, haciendo insoportable la vida allí, pues si a usted le tocara oírlos los enviaría inmediatamente a un lugar de corrección. (AHM, 1931, t. 9, f. 134r).

El denunciante señalaba que tales hechos eran muy comunes en otros barrios de Medellín, pero no tanto en el sector donde él vivía, por lo cual alababa un decreto que el alcalde había dictado para controlar la plaga de menores callejeros en otros sitios. Escribía con la esperanza que en este caso también velara “por la tranquilidad y sosiego de las familias”. Luego pasa a enumerar el nombre de algunos de esos niños con sus respectivos padres. Como soporte de lo que afirma, cita los nombres de otros vecinos respetables que pueden dar fe de lo dicho por él: “Que han visto todo y habitan por allí y ellos dirán qué clase de aves son esos muchachos”. Ya al final, lanza una advertencia al propio alcalde, lo que da cuenta del tormento que padecía: “Elevo esta queja para que Ud. Sr. Alcalde dicte alguna medida al respecto, y de no tendremos que buscar salida de allí, pues no se puede soportar más esa plaga inmunda y grosera por ningún motivo. Espero ser atendido” (AHM, 1931, t. 9, f. 134r)18. Era tan desesperante la situación para los vecinos que la otra opción contemplada era abandonar el sector.

No solo las personas naturales, a título personal o en nombre de su vecindario, le dirigieron quejas de este tipo. El 27 de agosto de 1935, la SMP se dirigió al alcalde para buscar solución a la grave amenaza que representaban ciertos niños en las calles:

La Sociedad de Mejoras Públicas, con todo acatamiento, se permite insinuar al señor Alcalde la conveniencia de iniciar una campaña contra los muchachos inadecuados que se han posesionado de las calles a ciertas horas y desarrollan allí sus instintos de maldad. Ellos se han dado a la tarea de romper los bombillos; quebrar los vidrios; matar los pájaros; obstruir el tráfico con sus juegos; irrespetar los transeúntes y alzar insoportables vocinglerías, y no solamente no acatan las advertencias de las personas mayores, sino que corresponden a ellas con alardes de altanería. (AHM. 1935, t. 13, f. 94).

Luego de describir cómo los niños se han apoderado de las calles, el presidente de la agrupación, Jorge Restrepo, lanza una advertencia como justificación por una posible acción directa: “La S.M.P. juzga que ese es uno de los males que padece injustamente nuestra ciudad, y que si al él no se le pone presto remedio, el día llegará en que sea forzoso aplicarle medidas excesivamente drásticas” (AHM, 1935, t. 13, f. 94)19. Esta amenaza velada, proveniente de los adalides de la civilización y el progreso, da cuenta de la incomodidad generada por las conductas de los niños, al mismo tiempo de la incapacidad de las autoridades y de los mismos padres para enfrentarlos.

Como se puede observar en los anteriores testimonios, los niños podían llegar a ser un insoportable dolor de cabeza. Otra muestra del aumento y gravedad de las acciones delictivas de los menores y a la vez de la impotencia de las autoridades frente a estas, se puede apreciar en un informe que el alcalde de Medellín, Canuto Toro, rindió al gobernador de Antioquia en 1933:

Los menores en general, son causa de una situación grave y alarmante por motivo de que la policía no puede castigarlos rápidamente no obstante ser ellos la amenaza de los agentes del ramo, de la seguridad individual y de las empresas municipales como la de tranvías y energía eléctrica. Ha ocurrido, por ejemplo, que los carros de los tranvías no puedan viajar hasta las terminales porque las pedreas que inician los muchachos contra ellos y sus conductores, son terribles; que el carro celular tenga que huir cuando conduce agentes que deben intervenir en un procedimiento cualquiera, por la misma causa. Así el ocho de los corrientes cuando dicho carro fue a llevar agentes que auxiliaran a los que estaban prestando servicio en el puente de La Toma, recibió una pedrea que por poco no lo destruyó y de la cual varios agentes resultaron heridos. (Archivo Histórico de Antioquia [AHA], 1934, p. 300).

Los niños en grupo y armados podían ser una verdadera amenaza para la misma fuerza pública. Los policías terminaron, a través del alcalde, poniéndole la queja al gobernador.

Una de las prácticas específicas más sancionadas en todos los espacios fue el uso de las caucheras, el arma predilecta de los niños, usada para cazar y para derribar o destruir lo que apareciera como objetivo de su antojadiza puntería. Frente a esto, la SMP también lideró campañas en distintos momentos. El 1 de junio de 1920 la junta directiva hizo la siguiente proposición:

Pásense sendas notas al H. Consejo Municipal y a los señores Alcalde y Jefe del Cuerpo de Guardias de Antioquia, en que se les diga que ha vuelto a presentarse el mal de la destrucción de los pájaros por parte de los niños, de los cuales muchos andan, en la ciudad y en los campos, armados de cauchera; y que en vista de esto la Sociedad ruega encarecidamente a las autoridades que se sirvan activar la campaña que en contra de esta crueldad inútil se había ejercido con buen resultado en época anterior. (AHM, 1920, t. 13, f. 33).

Seis años después la misma SMP, en cabeza de Ricardo Olano, vuelve a hacer la misma solicitud al alcalde: “Se sirva tomar las medidas que Ud. considere más eficaces para impedir y acabar con las caucheras, que manejan los niños para matar los pájaros” (AHM, 1926, t. 13, f. 49). Más que emprender campañas que sensibilizaran a los niños frente al valor y utilidad de los pájaros y de la vida en general, la SMP en esta ocasión le sugirió al alcalde fiscalizar si los almacenes que vendían el caucho con los que fabricaban las caucheras estaban pagando debidamente los altos impuestos estipulados para este producto. En abril 22 de 1930, la SMP hizo idéntica proposición al alcalde (AHM, 1930, t. 13, f. 33). Al parecer, las campañas, también difundidas en las escuelas, para erradicar el uso de las caucheras, siguieron siendo ineficientes. El problema no era tanto la protección de los pájaros, lo era la amenaza que representaba para la sociedad que los niños dispusieran de armas, y que en efecto las usaran. De cierto modo, los niños también fueron temidos.

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Una de las principales prevenciones de la sociedad del momento era que los niños y, más aún las niñas, se iniciaran sexualmente. De este temor se derivaron una serie de prohibiciones y de medidas preventivas, como restricciones de horarios para la estadía de los niños en las calles. Según el Código de Policía, los niños que estuvieran en las calles después de las siete de la noche eran conducidos hasta la casa donde eran amonestados los padres, si no tenían padres ni casa, se los llevaban para una inspección o para la Casa de Mendigos20. Pero en ciertos sitios de la ciudad la vigilancia se agudizaba y los horarios eran aún más restringidos, lo que no impedía que algunos encontraran la manera de burlar las normas21.

Ricardo Jiménez llegó con 12 años a Medellín en 1924, proveniente de Titiribí, y en su remembranza sobre la ciudad de esos años señala que “los muchachos no podían pasar de San Juan, para allá, después de las seis de la tarde, porque allá quedaba La Guaira, o sea ‘el barrio’ de las muchachas de la vida” (Ricardo Jiménez, LFH, 1993 y 1995). Recuerda que en ese entonces dichas mujeres preferían no recibir a los muchachos por la constante vigilancia de la policía. Salvo unas mujeres públicas que atendían en su misma casa, ubicada en el barrio Guayaquil22, conocidas como “Las Cocullas”. Lo particular de estas mujeres era que se especializaban en recibir a los muchachos que buscaban su primera experiencia sexual; sus encantos no eran muchos, pero el precio sí era muy asequible, 30 centavos (Ricardo Jiménez, LFH, 1993 y 1995).

En su oficio, también en el mismo sector de la ciudad, María Gómez estuvo ligada a la iniciación de los niños, pero en este caso desde la fantasía y la maledicencia. El 9 de abril de 1928, Francisco Luis Zapata de 15 años acudió a la Inspección de Permanencia de Medellín e hizo el siguiente denuncio:

Sé y me consta de manera directa y personal por conocimiento de los hechos de que la mujer pública María Gómez Arango, que vive en “La Alpujarra”, es una mujer corruptora de menores, a quienes llama a su casa de habitación, los encierra con ella y los incita a verificar actos carnales deshonestos. (AHJM, 1928b, f. 1).

La manera de nombrar lo sucedido como “actos carnales deshonestos” indica el campo del que provenía dicho discurso, el del pecado y la culpa. Luego de declarar lo que le constaba, es decir, aquello que dicha mujer le hizo, señaló, con sus respectivos lugares de residencia, a los niños que como él habían pasado por la misma situación con la mentada mujer. Uno a uno fueron pasando por la inspección a dar sus declaraciones, algunos describieron la escena con tal grado de detalle que recuerdan el Decamerón de Boccaccio, muestra de las distintas concepciones que tenían los niños sobre la sexualidad; esto se analizará con detenimiento en el tercer capítulo.

En la indagatoria, María Gómez manifestó que desconocía los nombres de los que testificaron en su contra, al igual que los hechos a los que hacían referencia. Al leerle uno de esos relatos solo atinó a decir: “No sé, que testimonio tan horrible” (AHJM, 1928b, f. 4). Otro testigo, Raúl Pérez, de nueve años, da pistas sobre el origen de la denuncia contra dicha mujer y se percibe que todo ha sido un montaje para incriminarla, tal vez motivado por una venganza personal:

Conozco a María Gómez a quien conozco hace mucho tiempo, pero puedo asegurar que esa señora no me ha llegado a mandar a entrar en su casa siquiera. Lo que sí ocurre es que la señora Rosa Arango me dice que diga aquí en esta oficina que la Gómez dizque me ha entrado a su casa dizque a alzarme la ropa dizque para que la frieguen, pero yo le he dicho que no digo eso porque no es la verdad. (AHJM, 1928b, f. 8).

Partiendo del supuesto de una inocencia e ingenuidad infantil, se cree que los niños siempre dicen la verdad, pero en este caso dicho supuesto servía para engañar a las autoridades denunciando un delito que no había existido, solo había un deseo de venganza y el medio elegido por la artífice Rosa Arango fueron los testimonios de unos “inocentes” niños que habían sufrido la procacidad de una desvergonzada mujer23. Es decir, dicha denuncia prosperó porque tanto la denunciante, como las autoridades, partían del supuesto de que si había niños teniendo sexo con una mujer adulta era porque esta los había obligado.

Los niños movidos y estimulados por contar que ya habían tenido su primera experiencia sexual fueron usados como instrumento de venganza, hasta que un valiente se resistió, y le dijo no a la que orquestaba toda la intriga, prefirió pasar por “bobo” y no por mentiroso. Los otros prefirieron mentir, engañar a las autoridades y calumniar a una mujer para satisfacer y dar rienda suelta a sus fantasías.

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Aún con la vigilancia de las autoridades, los niños habitaron las calles sin una clara separación entre el trabajo, el rebusque, los afectos, el ocio, la diversión o la maldad. Existía una aporía con relación a la permanencia de los niños en las calles, por un lado, guiada por los ideales de orden, higiene y civilidad la sociedad quiso retirar a los niños de la calle y dirigirlos hacia la escuela. Pero este tránsito tardó varios años, y la resistencia frente al dispositivo escolar fue constante durante el periodo de estudio, como lo veremos más adelante. Por otro lado, los niños cumplían una función particular en el entramado social, avalados por los mismos adultos, como se observa en las estampas de los niños uniformados que recorrían las calles repartiendo el correo, voceando la prensa o vendiendo “tinto” en un cajón de madera. Su presencia era parte constitutiva de la vida de la ciudad, y ante los riesgos de contagio moral no siempre fueron inocentes. Desde la mirada adulta, la calle debería generar en los niños miedo, despertar la sensación de peligro y el deseo de huir; sin embargo, en ocasiones fueron los mismos adultos quienes temían a los niños en las calles y terminaron huyéndoles. Permanecer en las calles, así no se infringiera ninguna norma, era algo reprochable en sí mismo, suficiente motivo para que los niños que las habitaban estuvieran en vías de convertirse en sujetos peligrosos.

Cuidado con el monte

Para urbanizar es preciso desmontar, el monte es entonces la antítesis de la ciudad, representa lo no urbanizado, lo apenas rozado por la acción humana. Si bien era repositorio de materias primas para la construcción y el comercio, así como abastecimiento de frutos y animales para la caza, al mismo tiempo, el monte —bosque, ejido, rastrojo o manga— marcaba el límite de la colonización, lo que quedaba por fuera del terreno cultivado o del perímetro del espacio urbanizado.

Incluso en la misma traza urbana de Medellín, las mangas y los solares cumplían una función similar a la del monte en el campo. Para el año de 1905 la proporción del área urbana en Medellín apenas era superior a la rural (57 % por 43 %), ya para 1928 la porción del área urbana ascendió al 70 % (González, 2007). Crecimiento estimulado por la conformación de los barrios obreros. No obstante, hay que subrayar que muchas de las manzanas que se trazaron en estos barrios para la venta de los lotes no se copaban inmediatamente, las primeras casas que empezaron a construirse quedaron rodeadas por lotes vacíos convertidos en mangas y potreros. La siguiente descripción sobre los límites urbanos de Medellín en las primeras décadas puede crear una imagen más detallada sobre la alternancia entre viviendas construidas y grandes extensiones de mangas:

Aquí llegaba hasta donde está la Plaza de Sucre, más o menos, el barrio Guayaquil, de resto para allá eran mangas, inclusive había patos, había lagunas y patos, y botadero de basuras y de todo allá. Por Carabobo era, más o menos, hasta el puente Guayaquil, con pocas propiedades, de resto eran mangas a lado y lado.

El barrio Colón no existía, eso eran mangas. Cuando nosotros nos fuimos de aquí por 1918, más o menos, había que pasar por mangas para ir del Parque de Berrío a San Juan. […] Buenos Aires no llegaba sino hasta la Puerta Inglesa, de ahí para allá eran mangas y lo pusieron Miraflores porque Coroliano Amador se consiguió un título de duque, el duque de Miraflores, y él era el dueño de eso. Por La Toma, era natural, de Medellín ‘calle arriba’ y ‘calle abajo’, o sea era la Toma Arriba y la Toma Abajo, era Quebrada Arriba y Quebrada Abajo. Hasta la Toma había muchas casas y hasta San Benito, de San Benito para allá no había nada. La quebrada partía en dos la ciudad, era la Villa de la Candelaria de la quebrada para acá y de la quebrada para allá era Villanueva. Por eso la catedral del Parque de Bolívar se llamaba Villanueva, de la catedral para allá no había sino unas barrancas coloradas. Atrás de la Catedral era donde venían los circos, como el circo [Dumas], después hicieron el Seminario que era donde está el centro comercial de ahora, y había propiedades hasta Manrique, que era por Ecuador. Luego hicieron el barrio El Prado, que fue el barrio lujoso de Medellín, allí fue donde hicieron las grandes casas y los grandes palacios. (Ricardo Jiménez, LFH, 1993 y 1995).

En su relato de infancia, Ricardo Jiménez recuerda cómo de esas grandes extensiones de mangas, barrancos y potreros fueron emergiendo los nuevos barrios que completarían la traza urbana de la ciudad. Lo cierto es que durante el periodo estudiado, los límites entre lo urbano y lo rural permanecían en constante trasformación. En la figura 3 puede observarse el crecimiento urbano de Medellín con cortes en los años 1770, 1800, 1847, 1889, 1906, 1932, y al mismo tiempo cómo se proyectaba su desarrollo futuro.


Figura 3. Mapa de Medellín de 1932

Fuente: Archivo General de la Nación (1932) SMP 6, REF 247.

Las mangas, en este sentido, estaban a la vuelta de la esquina, es decir, por todas partes, incluso en el centro mismo de la ciudad había lugares no urbanizados ni vigilados donde los niños podían andar por su cuenta. En las mangas jugaban fútbol con una pelota armada con trapos y cintas; elevaban cometas, mientras saltaban cercos y alambrados; jugaban a los niños, a la guerra, o a la casita; cogían y comían todo tipo de frutas; también podían ser embestidos por el ganado o quedar sumergidos en una ciénaga.

Estas zonas intermedias fueron lugares privilegiados para escapar de la vigilancia de las autoridades y acometer actos furtivos. En un reporte sobre los robos en la ciudad de Medellín, la policía pedía el auxilio de la comunidad para vigilar los lugares a los que ellos no llegaban y donde se reunían los ladrones: “La policía puede vigilar la calle, pero no los solares y las mangas. Corresponde al público auxiliar con sus denuncias a los Jefes del ramo” (Revista de la Policía, 1898, p. 7). Si en las mangas, montes y rastrojos se escondían quienes hacían o planeaban actos delictivos es entendible que dichos espacios fueran también lugares prohibidos para los niños, rodeados de un aura de peligro y espanto.

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Sin ser concebidos expresamente para ellos, los niños antioqueños avivaron su imaginación con cuentos, anécdotas, mitos y leyendas de la tradición oral popular, que nutrieron el patrimonio cultural de la infancia. Parte de ese repertorio provenía de reelaboraciones de narraciones europeas, mezcladas en Latinoamérica con tradiciones indígenas y africanas (Londoño y Londoño, 2012). En las memorias autobiográficas y en la literatura costumbrista aparecieron las brujas voladoras, el Ánima Sola, la Madremonte, Pedro Rimales o el Verraco de Guaca. Ya los familiares y allegados de Manuel Uribe Ángel le contaban en su infancia la historia de la Llorona, el Sombrerón, el Envoltorio peludo o la del Pilón Azul, dichas historias eran narradas con el fin de poner freno a las travesuras infantiles y de advertir sobre las consecuencias de ciertos actos24.

Carrasquilla (1958) recrea el uso de esta práctica pedagógica en su monumental novela autobiográfica Hace tiempos, publicada en Medellín entre 1935 y 1936. Esta es la advertencia que le hace Nicanor al niño Eloy Gamboa, álter ego de Carrasquilla, para que se manejara bien, es decir, para que no se metiera al monte donde le podían pasar trasformaciones asombrosas:

—Estése bien formal, por aquí en la casa, sin metese en los rastrojos. No lo picará ningún animal; pero le sale la Madre del Río, lo voltea a ver y le hace su buen maleficio. Vea: si ella le echa el ojo, se pone sumamente feo, sumamente horrible: le nace una chivera como cabuya, los crespos se le vuelven como una jíquera nueva; esos dientes de quesito se le vuelven negros y podridos, como raigón viejo, esos ojos como corozos amolaos, se le ponen verdes y brotaos, como los de un sapo toriao. Eso le pasa si se mete en el rastrojo. (Carrasquilla, 1958h, p. 235).

Por fortuna para Eloy no sufrió ninguna de esas trasformaciones asombrosas, pero quedó avisado de que a los adultos no les gustaba que frecuentara esos lugares alejados de la mano de dios.

El monte, como el bosque en otros países, era un escenario propicio para cuentos y leyendas que aleccionaban a los niños sobre los males que les podían ocurrir si se alejaban del buen camino. En el folclor antioqueño existen varios personajes que habitan esos lugares ominosos, que espantan y desaparecen a quienes tienen la mala suerte de encontrarlos (Sierra García, 1983). No obstante, los monstruos que aterrorizaron a Ana Luisa se le aparecieron en la puerta de su propia casa, y en ese espantoso lugar, donde habitaba la Madremonte, terminaron sus días.

El primero de noviembre de 1912, Eloísa Córdoba denunció que su sobrino Gervasio Cuesta era el responsable de la desaparición de su hija Ana Luisa Córdoba, ocurrida tres meses atrás. En el mes de agosto Gervasio Cuesta bajaba en una embarcación por el río Atrato y llevaba puesta una máscara de madera. La madre y la abuela gritaron para que la niña saliera de la casa y viera al enmascarado. Al verlo, esta se llenó de terror y salió corriendo hacia el monte. Momentos después regresó con recelo, la abuela debió divertirse mucho con la escena, aunque no lo suficiente como para no repetirla, así que llamaba a Ana Luisa asegurándole que nada le iba a pasar. Ante la reticencia de la niña, la abuela decidió ser más contundente. Así lo relató una vecina que presenció los hechos:

Como la Bárbara biera [sic] que esta no le hizo caso inmediatamente le dijo de nuevo: “Madre del monte, salí por la parte de abajo y vete por el cañaduzal y atagamela [sic] que ella viene por acá”. Esta expresión la dijo tal la señora como refiriéndose al enmascarado e infundirle terror o miedo a la niña, la cual al oír esto huyo de nuevo precipitada al monte, y se perdió sin que hasta hoy se haya sabido el paradero o fin de la niña perdida. (AHJM, 1912, f. 2).

La niña nunca apareció. Por las declaraciones de los familiares se colige que los esfuerzos por buscarla fueron mínimos. La madre de la niña en sus primeras declaraciones se refería a Gervasio Cuesta con distancia, siempre inculpándolo por lo ocurrido. Cuando la increparon por no haber denunciado a tiempo la desaparición de su hija afirmó: “Me demoré para poner la queja porque somos los mismos, pues Cuesta es mi sobrino” (AHJM, 1912, f. 5). Este detalle no lo mencionó cuando fue a poner la denuncia, sin embargo, la aserción “somos los mismos” también puede entenderse en el sentido de todos somos responsables, por eso no había denunciado, porque sabía, así no lo quisiera reconocer, que ella y su madre habían sido las artífices del funesto hecho.

Sin embargo, para eso servían también los niños, para inculparlos en lugar de los adultos. En efecto, Cuesta era menor de edad. A Ana Luisa la aterrorizaron con sus gritos y amenazas para disfrute de los adultos y a Cuesta lo incriminaron cuando quisieron liberarse de la culpa y la responsabilidad. Tenía la máscara puesta cuando bajaba por el río, pero no fue a asustar a la niña, fueron las mujeres, la madre y la abuela, las que armaron el alboroto para divertirse a costas del terror de la niña; y luego del desenlace quisieron sacarse en limpio inculpando al otro menor implicado. Este hecho no pasó inadvertido para el juez.

Lisandro Restrepo Giraldo sobreseyó el sumario en favor del sindicado, no sin antes recriminar a la abuela, Bárbara: “Según esto, si hay homicidio por culpa, más culpable es la abuela de la ofendida que Gervasio Cuesta; pero para el juzgado no existe responsabilidad ni en el uno ni en la otra” (AHJM, 1912, f. 22). Más allá de no haber responsables ante la ley, el juez sí señala una sanción, moral si se quiere, a los cuidadores y lanza un lamento por la suerte de la niña: “El drama de que se trata principió por una sonrisa y, pronto pronto, tuvo un desenlace funesto. Tristeza da pensar en la suerte de la niña ofendida, pero ese sentimiento no es causa de indignación contra persona alguna como responsable” (AHJM, 1912, f. 22). En ocasiones la ley quedaba impotente para castigar a quienes sabía culpables.

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Desde la colonia, y hasta muy avanzado el siglo XX, la suerte de los niños estaba determinada por el tipo de unión de los padres. Buena parte de la fortuna o infortunio de los niños durante el periodo dependía de si se nacía como hijo legítimo o ilegítimo. Este hecho fue, hasta hace bien poco, tan trascendental que Pablo Rodríguez (2004) lo calificó de principio ordenador de la sociedad. Las leyes que regulaban el matrimonio, el acceso a la educación y al trabajo y la participación social eran estrictas a este respecto, lo que no deja de sorprender dado lo común de las uniones extramatrimoniales25. La ilegitimidad era más frecuente en las familias pobres, aunque también acontecía en las clases altas. Estos niños fueron producto de amores entre solteros que nunca se casaron, de adulterios y amores pasajeros, de viudas seducidas/seductoras o de jovencitas presas de amores imposibles con hombres casados, como en el siguiente caso.

Desde hacía aproximadamente dos años, María Quiroz sostenía relaciones sexuales furtivas con Juan Arias, quien según ella se valió de promesa de matrimonio para convencerla. En abril de 1927, María se sintió en embarazo, el cual mantuvo en secreto por temor a las represalias de su madre y hermanos. Juan había vivido en dicha casa años atrás, y además era el esposo, en el momento, de la hermana mayor de María, por lo que, por obvias razones, a él también le convenía mantener el secreto. Tal vez en un lugar parecido al de los encuentros furtivos, en el mes de diciembre María dio a luz a una niña:

Lo cual ocurrió en un monte cuyo paraje ignoro, perteneciente al distrito de Giraldo […]. Cuando yo tuve la niña Arias estaba conmigo. Luego me llevó en brazos hasta mi casa […] por hallarme exhausta y sin alientos […] quedándose la niña envuelta en pañales en el punto ya dicho. Arias en todo el día me decía que no tuviera cuidado por la niña que él la llevaba donde las Hermanas de los pobres en Sopetrán y con esa condición yo se la dejé en su poder, o que de otro modo no se la dejaría. (AHJM, 1928a, f. 1).

Hasta este punto del relato, María confiaba ciegamente en el hombre que la embarazó y que luego del parto tomó la mejor decisión para los tres; incluso, tuvo espacio para describir la escena romántica en que su hombre la llevaba en brazos hasta la casa. Es el relato de una niña enamorada del esposo de su hermana, cuyos actos sexuales, a pesar del riesgo para su vida, seguían siendo la confirmación de su amor. Esta confianza incondicional hacia su seductor daría pronto un giro.

Parir en el monte a los hijos concebidos en relaciones ilícitas era una práctica ya común en la colonia (Buenaventura, 2017, p. 61). En las fiestas de diciembre, doce días después del parto, María descubrió que había empezado a circular de boca en boca lo que ellos creían secreto por los esfuerzos y sacrificios que hicieron por ocultarlo: “Habiendo oído yo decir que la niña se había muerto le pregunté a Arias si era cierto y este me dijo que no porque él había estado en Sopetrán y que hasta la había tenido en sus brazos” (AHJM,1928a, f. 2)26. Dicho rumor fue suficiente para que la duda entrara en su mente y dejara a un lado el miedo que antes la había llevado a ocultar su embarazo, a parir en un monte apartado y a entregar su hija al mismo hombre que la había seducido. El 18 de enero se presentó a la Alcaldía de Buriticá a denunciar lo ocurrido con el fin de conocer el verdadero estado de su hija. Quien hablaba ya no era la niña enamorada del marido de su hermana, sino una mujer decidida a saber de su hija, sin miedo ya a la violencia de su familia o al escarnio público.

Los temores de María eran fundados. Al día siguiente, Arias fue llamado a declarar, aseguró que sí había estado con María durante el parto, aunque negó saber quién era el padre de la criatura, que solo había asistido a la parturienta “porque se consideraba como de la casa” (AHJM,1928a, f. 2)27. Para María Quiroz hubiese sido imposible demostrar ante la ley que Arias era el padre de la hija que había parido recientemente y que este se ofreció a “ponerla a salvo” en otro lugar. Los derechos para los hijos ilegítimos eran casi virtuales. La Ley 153 de 1887, que reformaba el Código Civil, en lo que tiene que ver con las obligaciones y derechos entre padres e hijos naturales, estipulaba que el hijo ilegítimo que no hubiese sido reconocido voluntariamente con las formalidades legales, no podría pedir que su padre o madre le reconozca, sino con el objeto de exigir alimentos. Para esto, “podrá entablar la demanda a nombre de un impúber, cualquier persona que probare haber cuidado de su crianza” (Rodríguez Piñeres, 1911, p. 59).

Es decir que finalmente el “derecho” de los hijos ilegítimos estaba supeditado a que el cuidador de este reclamara ante la ley la retribución a la que tenía derecho por haberlo alimentado. Ahora bien, ¿cómo probar que alguien es realmente el padre de un supuesto hijo no reconocido? “Por parte del hijo ilegítimo habrá derecho a que el supuesto padre sea citado personalmente ante el Juez a declarar bajo juramento si cree serlo, expresándose en la citación el objeto de ella” (Rodríguez Piñeres, 1911, p. 60). Si el padre demandado negaba bajo juramento la paternidad, no había otra manera de demostrar lo contrario; a no ser que no se presentara, luego de varias citaciones, y en ese caso quedaba reconocida la paternidad (Rodríguez Piñeres, 1911). Aunque sino fue posible obligarlo a ir a las citaciones, ¿cómo lo iban a obligar luego a responder por su hijo no reconocido? De ahí tal vez se entienda por qué María consideró que la decisión de Arias era la mejor para todos.

Así relató el mismo Arias el verdadero destino de la niña luego de haberla recogido del monte donde nació:

Ese día, o sea el doce, me fui con la niña para Antioquia a donde llegué como a las siete de la mañana y me fui para el convento de las Hermanitas con el fin de dejarla allí y cuidaran de ella; pero como con la Hermanita con quien hablé, que no sé cómo se llama, me dijeron [sic] que ella no podía resolver sin consultar con la madre que no estaba presente, yo resolví bajar hasta Antioquia y me fui directamente a donde mi tía Nicolasa Higuita para que esta me la criara y que yo pagaba todo gasto. En ese momento se presentaron una señora llamada Escolástica cuyo apellido ignoro y su hijo Luis Segundo y ambos me exigieron que les dejara a ellos la niña en lo cual convine pero para que quedara su crianza bajo mi responsabilidad y a mi costa […]. Como a los seis días vine a saber aquí que la niña había muerto el día siguiente de haberme venido y que mi primo hermano Guillermo Higuita había hecho los gastos de su entierro. (AHJM,1928a, ff. 2-3).

La declaración de la tía de Arias coincidió en gran parte con el relato de este, tan solo precisó que había recibido la niña solo porque su sobrino le había asegurado que la hija era de él y su esposa, la cual no podía hacerse cargo de la niña porque se encontraba muy enferma. La otra mujer implicada, la vecina de la tía, y quien finalmente se había quedado con la niña28 afirmó que esta fue bautizada como Amanda de Jesús, empero, en la partida de bautizo apareció como hija natural de María Mónica Quiroz (quien la parió) y de padre desconocido. Esto refuta la versión de la tía Nicolasa quien aparentando haber actuado bajo los preceptos morales correctos había dicho recibir una hija de un matrimonio legítimo, sabiendo de antemano la verdadera historia de la niña. Esa historia encubierta era material suficiente para iniciar un rumor. Es muy sugestivo que hayan puesto como madre a la mujer que la había parido; sin saberlo, estaban anticipando lo que iba a ocurrir posteriormente.

María se comportó como una niña cuando se enamoró del esposo de su hermana, como hija cuando llena de temor se arriesgó a ocultar su embarazo y a dar a luz en condiciones de riesgo. Ante la sospecha de que la niña que había parido estaba muerta, se convirtió en madre y, sin importar las consecuencias, denunció el hecho con la expectativa de saber qué había pasado con su hija. La investigación de Elizabeth Badinter (1991) se empeñó en demostrar que el amor maternal no es una verdad transhistórica, los sentimientos suscitados y la actitud de cuidado hacia los niños no obedecen a un instinto compartido por toda la especie, han variado en el tiempo y en el espacio. Las condiciones sociales de una comunidad en cada época refuerzan y sancionan ciertas conductas, en Antioquia por ejemplo, era reprochable concebir hijos por fuera del matrimonio, pero ya nacido, no era mal visto, siempre y cuando se ocultara, entregarlo a otras personas que se encargaran de su crianza, tal como aconteció en este caso.

En ciertas situaciones, las decisiones personales entran en conflicto con lo que socialmente es considerado como correcto. Lo normal era que los hijos nacidos por fuera del matrimonio fueran entregados al cuidado de otras personas, o simplemente abandonados a su suerte en el monte o tirados al río para que el agua borrara las culpas de sus padres. Empero, María entregó su hija confiando en que, si bien ella no la iba a criar, por lo menos la niña iba a estar bien, lejos del enredo que le dio origen. Al sospechar que su suerte no fue la que Arias aseguró, ya no tuvo motivo para evitar el escarnio. Lastimosamente para Amanda su madre despertó demasiado tarde. No obstante, este caso nos deja ante un nuevo interrogante que se abordará en el tercer capítulo, ¿cuál es la relación existente entre la maternidad y el fin de la infancia?

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El monte era el lugar de lo desconocido y lo ominoso, pero a la vez de lo prístino y lo originario. Punto de conexión con la naturaleza, donde se asiste a la vida y donde se encuentra la muerte también. Un espacio que fascinaba a los niños, tanto por la posibilidad del ocultamiento propicio para juegos y escapadas, como por el tabú que lo envolvía, lleno de cuentos y anécdotas aterradoras. Tal vez esos seres mágicos y malignos habitantes de los montes que alimentaron el folclor antioqueño advertían a los niños de un peligro real. Más allá del riesgo de una picadura o de un accidente, allí los adultos realizaban actos tan reprochables que era preferible que los niños nunca los presenciaran.

La casa, donde todo puede empezar… o terminar

Desde finales del siglo XIX, en el centro de Medellín existían casas tan suntuosas que recibían el nombre de palacios. Al final del periodo estudiado, por diferentes barrios se construían lujosas edificaciones diseñadas por arquitectos con todos los servicios públicos, algo excepcional en la ciudad. Los servicios públicos fueron prestados por empresas particulares, con una cobertura escasa y una calidad deficiente. Fueron orientados desde su implementación a principios del siglo XX para la industria, el comercio y las clases altas de la ciudad. Solo con la municipalización de los servicios domiciliarios, entre 1918 y 1920, se pudo iniciar la modernización de los materiales y la ampliación de cobertura. No obstante, como un indicador de su avance, solo a finales de la década de los cuarenta, algunos medellinenses pudieron contar con agua tratada en sus casas29.

Con el entusiasmo propio del reformador, en 1934 Ricardo Olano anunciaba que por fortuna ya habían pasado de moda las viejas casas coloniales de cuartos y corredores amplios con patios interiores llenos de flores. Señalaba además que las casas que se venían edificando eran “de una monotonía desesperante”, por lo cual recomendaba contratar arquitectos para diseñar casas hermosas, artísticas, que representaran un valor verdadero (Olano, 1934, p. 3). Pero las preocupaciones artísticas de Olano no las compartía el grueso de la población. En el otro extremo del ideal estético habitaban innumerables familias hacinadas en pequeñas casuchas de bahareque, con techos de paja y pisos en tierra, sin aguas, desaguaderos ni letrinas30. El baño se realizaba en el río o en las quebradas, y las deposiciones allí mismo, en las mangas o rastrojos. Las casas solían tener un único cuarto en el interior utilizado como dormitorio y sala, en el exterior ubicaban la cocina y las bancas para comer.

En el medio estaba la clase obrera que empezó a copar los lotes que vendían las firmas urbanizadoras de los crecientes barrios obreros, financiadas por las mismas empresas en que laboraban también los niños31. El modelo imperante en las construcciones del periodo fue el de la casa de patio32. A este nuevo espacio urbano se trasladaron varios elementos de la vida campesina que se incorporaron a las casas: “la construcción de las viviendas era impensable sin un área destinada al solar, donde se cultivaban productos de huerta para el consumo familiar” (Saavedra, 1996, p. 379). En los informes del inspector municipal de sanidad, por ejemplo, eran frecuentes las conminaciones a los vecinos para obligarlos a retirar de los solares aves de corral y cerdos que incordiaban con los olores, además de prohibir que se ordeñaran y circularan vacas en las calles (AHM, 1936, t 15, ff. 228-308).

Esta continuación de lo rural en lo urbano en el espacio tenía repercusiones en las prácticas cotidianas, donde los límites entre lo público y lo privado se ensanchaban y difuminaban. Según Ariès (1995), no hubo en las casas, hasta la conformación de la “anticiudad”, es decir, de una ciudad totalmente privatizada, un espacio para los niños33. Y aún en estas condiciones, la confinación de los niños en los espacios privados ha sido más prescriptiva que descriptiva. Estos se movían entre la calle, su casa y la de los vecinos en un continuo espacio abierto que oscilaba entre lo visible y lo oculto.

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Por muchos años existió, al lado derecho de la quebrada Santa Elena, justo al frente donde quedaba ubicado el teatro Junín, una empalizada o choza que servía de refugio y centro de operaciones a los lustrabotas o emboladores de la ciudad de Medellín. Incluso, la misma policía nombraba el entable como “la casa de los emboladores”, donde solían buscar refugio pequeños delincuentes acusados de robo. De esto tenemos noticia por los informes del comandante de la Gendarmería Departamental al alcalde municipal; en un oficio de remisión del 9 de enero de 1914 se lee:

Con el presente oficio remito a Ud. al niño Francisco Luis Vasco, individuo de nueve años, más o menos, que es constantemente conducido a esta comandancia por raterías. El citado Vasco, manifiesta ser huérfano y no tener duelos de ninguna clase que respondan por él. Vasco dormía en la casa de “Los emboladores” y de allí fue conducido hoy, por una pequeña ratería. Esta comandancia vería con gusto que el Señor Alcalde colocara a Vasco, en una casa de beneficencia a fin de ver si de este modo se corta de raíz el mal. (AHM, 1914, t. 48, f. 395).

La expresión “casa” nombra tres espacios distintos en este relato: primero, la casa de la cual carece Luis Vasco por ser huérfano; segundo, el lugar donde habita y comparte con otros niños y donde fue capturado por la policía; y tercero, el lugar donde sugiere el comandante, debería remitirse para lograr su corrección. Por lo general, los niños sin padres ni deudos terminaban deambulando de casa en casa, ya sea cualquiera de estas tres denominaciones: la casa familiar, la casa de los amigos que está en la calle o la casa de corrección a donde los llevan por estar en las calles.

Lo particular es que este entable improvisado de carácter temporal permaneció durante varios años más en el mismo sitio, y servía de punto de referencia y encuentro para muchos niños que trabajaban, delinquían o solo deambulaban por las calles. Quince años después de que Luis Vasco fuera arrestado en la casa de los emboladores, la SMP todavía seguía rogándole al alcalde municipal que hiciera retirar de la vía esta vivienda improvisada:

Le encarece tomar las medidas necesarios para que sean retirados de la avenida derecha de la quebrada Santa Elena, frente al Teatro Junín, unos bancos de madera y algunos viejos bastidores porta-carteles, los cuales hace bastante tiempo solo sirven allí para dormitorio de lustrabotas. Estos muchachos hacen en dicho punto un acopio de papeles y basuras, haciendo todo un conjunto detestable a la vista de los transeúntes. (AHM, 1929, t. 13, f. 70).

Dicho refugio protegió del frío y del agua por muchas noches a innumerables niños, de ahí que tal vez su denominación de casa no fuera muy imprecisa, a pesar de los materiales, de lo variable de sus ocupantes y de la incomodidad que causaba a los peatones. Ocupar este espacio, llamado casa por la comunidad y la misma policía, da cuenta de la recursividad de los niños para utilizar los materiales que tenían a la mano para crear un refugio, y también de sus prácticas de resistencia frente al ornato y al orden establecido.

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Muchos niños pasaban largas temporadas lejos de sus familias, ya fuera por cuestiones de estudio, por trabajo o porque estaban a cargo de un familiar o conocido que los necesitara o que pudiera sostenerlos y así alivianar la carga de sus familias. Volver a la casa luego de haber estado mucho tiempo fuera representaba un motivo de alegría, para María Trinidad esa alegría iba a terminar muy pronto. El 2 de diciembre de 1935, en compañía de su padre, denunció en la Alcaldía de Don Matías a Alfonso Rúa por fuerza y violencia. Declaró que se encontraba con sus hermanos en la casa, ubicada en el paraje de “La Piedrahita”, pues sus padres habían salido temprano para el pueblo, cuando este llegó, le amarró las manos, la tiró al piso y abusó de ella, no sin antes golpear a sus hermanitos.

Del agresor manifestó:

Este muchacho Alfonso tendrá lo más diez y ocho años y ha sido de malas costumbres, pues hace poco tiempo vino de la Casa de Menores donde estuvo recluido por un hurto de unas aves de corral. No tengo conocimiento si ese individuo acostumbraba frecuentar mi casa porque yo estaba en la Escuela y solo el lunes de la semana pasada fui a mi casa de la Piedrahita a pasar las vacaciones. (AHJM, 1935a, f. 1).

Ella era una muchacha de 14 años que estudiaba en el casco urbano del pueblo, de conducta hacendosa según sus maestras. Sabía de Rúa que había estado en la CM, razón suficiente para calificar sus costumbres como malas; al parecer, en el imaginario de las gentes de la región quien hubiese pasado por dicha institución debía de ser cuando menos sospechoso de conductas inmorales. La madre de la ofendida precisó que el ave robada era un pisco de su propiedad, y que ella misma puso el denuncio que terminó con el encierro de Rúa. Cuando el sindicado fue llevado a declarar, con cierto orgullo reconoció que usó del cuerpo de María Querubín, aunque recalcó que fue de manera voluntaria (AHJM, 1935a, f. 4).

Además de señalar las conductas inmorales y repudiables de Rúa, varios testigos coincidían en acusarlo de robo y aseguraban que por tales actos había estado preso en la CM. No obstante, al pedir las constancias de encierro en distintas instituciones (la Oficina de Seguridad de Medellín, la Cárcel de Girardota y la CM de Fontidueño), resultó que Rúa no había sido detenido por ningún cargo en el pasado. Sin embargo, sobre él ya había pesado una condena social, a los ojos de todos era culpable de cualquier cargo, ya que faltaba al principal deber, trabajar. Esto manifestó un vecino del sector: “Mucho se dice en el vecindario de la Piedrahita y del citado Rúa quien se mantiene ocioso sin ocuparse en ninguna labor andando por allí” (AHJM, 1935a, f. 10)34.

Más de un año después de ocurridos los hechos, el testimonio de Eduardo Querubín, hermano de la ofendida, iba a generar aún más dudas sobre las acusaciones: “Un día por la mañana vi que Alfonso amarró de las manos a mi Hermana María Trinidad como brabo [sic], pero no me acuerdo de más ese día […] me acuerdo que Alfonso iba mucho a la casa a ayudarle a moler a mi mamá, de otra cosa no me acuerdo” (AHJM, 1935a, f. 22). De la anterior declaración se puede inferir que el sindicado iba con frecuencia a dicha casa, hasta volverse familiar para los niños. Este testimonio refuta la versión de la ofendida quien afirmó que Rúa había golpeado a sus otros hermanos. También el de la madre quien aseguraba que él nunca había vuelto a la casa desde que se le robó el pisco, lo que también habría que poner en duda ya que nunca había estado preso en la CM como lo afirmaron varios testigos.

A pesar de no haber pruebas concluyentes y sí, por el contrario, dudas e inconsistencias entre la versión de la ofendida, su madre y sus hermanos, Rúa fue judicializado. Cuando le llegó la notificación del auto de sobreseimiento en su favor, llevaba año y medio encerrado en la CM, sin que le hubiesen comprobado los cargos. Y aun así no pudo salir inmediatamente porque no tenía cómo pagar la fianza que le estipuló el juez.

La sociedad, representada en la institución familiar de padres casados e hijos legítimos, fue protegida en primer lugar de las agresiones de un muchacho hijo ilegítimo de una negra, pobre y vago; ahora bien, ¿quién protegía a este de los abusos e irregularidades de un sistema de justicia tendencioso, impresionable y arbitrario? En varios de los expedientes revisados es frecuente observar procedimientos como este, donde primero se condena y castiga y luego se investiga, y si las pruebas no eran concluyentes igual se intervenía con el encierro a los menores bajo la certeza de que si no cometió un delito, por lo menos sí conductas inmorales, merecedoras del reproche y el aislamiento social. Para atender a este reclamo social fue creada la CM, tema del segundo capítulo.

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En el periodo estudiado, la gran mayoría de los niños eran paridos en la misma casa de la parturienta, en ocasiones asistidas por comadronas u otras mujeres cercanas, o en el peor de los casos se las arreglaban por sí solas para dar a luz (Restrepo, 2006). Así lo hizo Margarita Pulgarín, quien tenía razones de peso para hacerlo sola y en la oscuridad. Esta mujer viuda, madre de otros cinco hijos, parió a su hijo un sábado por la noche en el corredor de su casa. Luego lo llevó a un rastrojo a una cuadra de distancia, donde lo dejó sin abrigo y sin separarle el ombligo de la placenta. La madre de esta, Virginia Marín, fue quien lo encontró el domingo en la mañana aún con vida, increpó a su hija y la obligó a que alimentara al bebé, pero este ya no succionaba del pecho. La abuela le dio agua de panela y agua de canela; la madre, chocolate y vino.

El bebé murió el domingo por la noche. La madre manifestó que “él se fue negriando y roncaba muy feo y duro”. Afirmó, además, que “él siempre nació enfermo” (AHJM, 1914a, f. 7). Esto manifestó Valdemar Pulgarín, el enterrador del cadáver:

El lunes a las siete de la mañana de esta semana fue a mi casa la señora Virginia Marín, madre de Margarita Pulgarín, a llamarme dizque para que viniera a echarle el agua a un muchachito que lo había tenido la Pulgarín y se había muerto, yo accedí a su llamado […] encontré un niño muerto tendido sobre una cama que había en la sala de la casa donde habita la Pulgarín, dicho niño estaba envuelto de la cintura para abajo, tenía un lado de la cara morado, no me fijé en los ojos ni me fijé si tenía magullada la cabeza; me dijo la señora Virginia Marín que lo enterrara y cogí y abrí un hueco en la sala de la citada casa en el punto donde me dijo la señora Marín que le diera sepultura. (AHJM, 1914a, f. 2).

El reclamo inicial con el que fue llamando Valdemar Pulgarín fue el de echarle agua al recién nacido ya muerto. En la época se acostumbraba, incluso era una exigencia de las autoridades civiles, que si no alcanzaba un sacerdote a bautizar a los recién nacidos en riesgo de muerte, cualquier persona, mejor si era hombre, podía echarle el agua bautismal, para asegurar que el bebé al morir no se quedara en el limbo. Además de esto, Valdemar cumplió con el deber, también cristiano, de darle sepultura a los muertos.

Preguntada por las razones de su comportamiento y por su actitud anterior como madre, Margarita respondió: “Yo sí había tenido cinco hijos, pero casada y este último me daba vergüenza porque lo tuve sin marido” (AHJM, 1914a, f. 7). Había enviudado hacía cerca de dos años, y vivía con sus otros hijos de los cuales se ocupaba y cuidaba. Es decir, Margarita era una madre y al mismo tiempo una mujer avergonzada por tener un hijo sin marido, en ella operó, aparte del deseo o atracción sexual por un hombre, todo el peso y la fuerza de la institución familiar. Los hijos que llegaban al mundo por fuera del matrimonio nacían con una condena social, la cual quedaba cifrada en las partidas de bautizo y en la reputación de la madre. De este conflicto social surgió la actitud descarnada durante el parto y el descuido total hacia la criatura recién nacida.

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 ocak 2025
Hacim:
510 s. 17 illüstrasyon
ISBN:
9789587603019
Telif hakkı:
Bookwire
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