Kitabı oku: «Historia. Libro VII»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 82


Asesor para la sección griega: CARLOS GACÍA GUAL

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por BEATRIZ CABELLOS ÁLVAREZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

PRIMERA EDICIÓN, 1985.

REF: GEBO200

ISBN 9788424930981

LIBRO SÉPTIMO

POLIMNIA


SINOPSIS

SEGUNDA GUERRA MÉDICA: PREPARATIVOS PERSAS . LA INVASIÓN (1 -131 ).

Darío decide organizar una nueva expedición contra Grecia (1 ).

Jerjes es designado sucesor (2 -3 ).

Muerte de Darío (4 ).

Mardonio, los Alévadas y los Pisistrátidas instan al nuevo monarca a que ataque Grecia (5 -6 ).

Reconquista de Egipto (7 ).

Asamblea convocada por Jerjes para deliberar sobre la campaña (8 -11 ).

Mardonio apoya la idea (9 ).

Objeciones de Artábano (10 ).

Jerjes resuelto a la guerra (11 ).

Vacilaciones de Jerjes. Una aparición nocturna convence al monarca y a Artábano de la necesidad de la campaña (12 -19 ).

Magnitud de la expedición (20 -21 ).

Apertura de un canal en el Atos (22 -24 ).

Otros preparativos persas (25 ).

Partida del ejército en dirección a Sardes (26 -31 ).

Entrevista entre Jerjes y el lidio Pitio (27 -29 ).

Ultimátum a las ciudades griegas (32 ).

Construcción de los puentes sobre el Helesponto (33 -36 ).

Tras invernar en Sardes, Jerjes reemprende la marcha hacia Abido (37 -52 ).

Castigo de Pitio (38 -39 ).

Orden de marcha de las tropas (40 -41 ).

Coloquio entre Jerjes y Artábano (44 -52 ).

Últimas consignas de Jerjes antes de abandonar Asia (53 ).

Paso del Helesponto y llegada a Dorisco, en Tracia (54 -59 ).

Enumeración de los contingentes persas (60 -99 ).

Fuerzas de infantería (61 -83 ).

Los Inmortales (83 ).

Fuerzas de caballería (84 -88 ).

Fuerzas navales (89 -99 ).

Jerjes revista las tropas (100 ).

Coloquio entre Jerjes y Demarato (101 -104 ).

Nombramiento de Máscames como gobernador de Dorisco (105 -106 ).

Heroísmo de Boges, el gobernador de Eyón (107 ).

Los persas avanzan por Tracia en dirección a Acanto (108 -123 ).

Apuros de las ciudades griegas al organizar las recepciones en honor de Jerjes (118 -120 ).

Orden de marcha del ejército persa hasta Acanto (121 ).

La flota atraviesa el canal del Atos y costea la Calcídica (122 -123 ).

Los efectivos de Jerjes alcanzan Terme (124 -131 ).

Jerjes visita la desembocadura del Peneo. Topografía de Tesalia (128 -130 ).

Los heraldos persas regresan de Grecia (131 ).

DISPOSITIVOS GRIEGOS PARA RESISTIR (132 -178 ).

Juramento de los griegos contra los Estados filopersas (132 ).

Motivos de la renuncia de Jerjes a exigir vasallaje a Atenas y Esparta (133 ).

Expiación espartana del asesinato de los heraldos de Darío. Historia de Espertias y Bulis (134 -137 ).

Grecia en vísperas de la invasión persa (138 ).

Elogio de Atenas (139 -144 ).

Oráculos délficos profetizados a los atenienses (140 -142 ).

Intervención de Temístocles (143 -144 ).

Congreso helénico en el istmo de Corinto para organizar la defensa. Medidas adoptadas (145 -171 ).

Envío de espías a Sardes (146 -147 ).

Negociaciones con Argos (148 -152 ).

Petición de ayuda a Gelón de Siracusa (153 -167 ).

Orígenes del poderío de Gelón (153 -156 ).

Entrevista entre los emisarios griegos y Gelón (157 -162 ).

Misión de Cadmo en Delfos (163 -164 ).

Razones de la negativa de Gelón: intervención cartaginesa en Sicilia (165 -167 ).

Embajada a Corcira (168 ).

Actitud de Creta (169 -171 ).

Digresión sobre la muerte de Minos en Sicilia (170 -171 ).

Fallida expedición griega al valle del Tempe a instancias de los tesalios (172 -174 ).

La estrategia decidida: las Termópilas y el Artemisio. Topografía de las posiciones (175 -178 ).

LAS OPERACIONES MILITARES (179 -239 ).

La flota persa rumbo a Magnesia. Primeros enfrentamientos navales (179 -183 ).

Cifras de los efectivos persas (184 -187 ).

Violenta tempestad sobre los navíos persas anclados en la costa de Magnesia (188 -192 ).

Gratitud ateniense hacia el dios Bóreas (189 ).

Pérdidas persas (190 -192 ).

La flota persa en Áfetas (193 -195 ).

Jerjes, a través de Tesalia y Acaya, llega a Mélide. Descripción de esta región (196 -200 ).

Batalla de las Termópilas (201 -238 ).

Posiciones de los dos ejércitos (201 ).

Composición del ejército griego apostado en las Termópilas a las órdenes de Leónidas, rey de Esparta (202 -207 ).

Talante de los espartanos (208 -209 ).

Primeros enfrentamientos: los persas rechazados (210 -212 ).

Traición de Epialtes (213 -222 ).

Maniobra envolvente de los persas por la senda Anopea (215 -218 ).

El grueso de las tropas griegas abandona las Termópilas (219 -222 ).

Victoria persa (223 -225 ).

Los griegos más destacados. Diéneces (226 -227 ).

Epitafios en honor de los caídos (228 ).

Espartanos supervivientes (229 -232 ).

Cobardía de los tebanos (233 ).

Ante Jerjes, Demarato y Aquémenes propugnan estrategias diferentes (234 -237 ).

Profanación del cadáver de Leónidas (238 ).

Alusión a un mensaje secreto enviado a Grecia por Demarato antes de la guerra (239 ).


VARIANTES RESPECTO A LA EDICIÓN OXONIENSIS DE HUDE





Darío decide organizar una nueva expedición contra Grecia

Cuando la noticia de la batalla librada [1 ] en Maratón 1 llegó a oídos del rey Darío, hijo de Histaspes 2 , el monarca, que ya con anterioridad se hallaba sumamente irritado con los atenienses por su incursión contra Sardes 3 , se indignó en aquellos momentos mucho más aún, si cabe, y sintió renovados deseos de organizar una expedición contra Grecia 4 . [2] Sin pérdida de tiempo, pues, despachó emisarios por las distintas ciudades 5 , con la orden de que preparasen tropas —exigiendo a cada pueblo contingentes muy superiores a los que proporcionaron tiempo atrás 6 —, así como naves de combate, caballos, víveres y navíos de transporte.

Ante estas medidas de carácter general, Asia se vio convulsionada 7 por espacio de tres años 8 , mientras se reclutaban los mejores guerreros para marchar contra Grecia y se hacían los oportunos preparativos. A los [3] cuatro años, empero, los egipcios, que habían sido sometidos por Cambises 9 , se sublevaron contra los persas 10 . De ahí que, ante lo ocurrido, Darío sintiera profundos deseos de atacar a ambos pueblos a la vez.

Jerjes es designado sucesor

[2 ] Mientras Darío se aprestaba a dirigirse contra Egipto y Atenas, se suscitó entre sus hijos un serio altercado a propósito del trono 11 , pues, de acuerdo —decían— con la norma vigente entre los persas, para poder entrar en campaña, el monarca [2] debía designar un sucesor 12 . Resulta que Darío, antes de hacerse con la corona 13 , había tenido ya tres hijos con su primera mujer, una hija de Gobrias 14 ; y, tras su ascensión al trono, tuvo otros cuatro con Atosa, la hija de Ciro 15 . Pues bien, el mayor de los primeramente citados era Artobázanes 16 , en tanto que Jerjes lo era de los habidos en su segundo matrimonio, por lo que, [3] al no ser hijos de la misma madre, se disputaban la sucesión. Artobázanes la reclamaba, debido a que, de entre toda la descendencia de Darío, él era el primogénito, y porque era una costumbre admitida por todo el mundo que el primogénito llegara a ejercer el poder; Jerjes, por su parte, aducía que era hijo de Atosa, la hija de Ciro, y que este último era quien había conseguido hacer libres a los persas 17 .

[3 ] Aún no había dado Darío a conocer su decisión cuando, por esas mismas fechas, se daba la circunstancia de que hasta Susa 18 había subido Demarato, hijo de Aristón, quien, al verse despojado del trono de Esparta, se había exiliado voluntariamente de Lacedemón 19 .

[2] Al tener noticias del desacuerdo que reinaba entre los hijos de Darío, este personaje —según la tradición que sobre él circula 20 — se fue a ver a Jerjes y le recomendó que, además de las razones que esgrimía, alegara que él había nacido cuando Darío ya ocupaba el trono y ejercía en Persia la máxima autoridad, en tanto que Artobázanes había venido al mundo cuando Darío todavía era un simple ciudadano; por lo tanto, no era [3] ni lógico ni justo que otra persona, que no fuera él, ejerciera la dignidad suprema, puesto que, en la propia Esparta —continuó sugiriéndole Demarato—, ésa era, al menos, la norma vigente 21 : si el monarca tiene hijos habidos antes de su ascensión al trono y, una vez entronizado, tiene un nuevo hijo, recae en este último la sucesión al trono. Y, como quiera que Jerjes siguiese [4] el consejo de Demarato, Darío reconoció que tenía razón y lo nombró su sucesor. (En mi opinión, sin embargo, Jerjes hubiera reinado aun sin seguir ese consejo, pues Atosa tenía todo el poder en sus manos 22 .)

Muerte de Darío

[4 ] Tras nombrar a Jerjes futuro rey de los persas, Darío se dispuso a entrar en campaña. Pero resulta que, un año después de los hechos que he contado y de la sublevación de Egipto, a Darío le sorprendió la muerte en plenos preparativos, tras haber reinado en total treinta y seis años 23 ; de manera que no le fue posible reprimir la sublevación de los egipcios ni castigar a los atenienses.

A la muerte de Darío, el trono pasó a manos de su hijo Jerjes 24 .

Mardonio, los Alévadas y los Pisistrátidas instan al nuevo monarca a que ataque Grecia

Pues bien, en un principio Jerjes no [5 ] tenía el más mínimo interés en organizar una expedición contra Grecia, y simplemente reclutaba tropas contra Egipto 25 . Pero, entre sus cortesanos —era, además, el persa que más influencia poseía ante el monarca—, figuraba Mardonio 26 , hijo de Gobrias (que era primo de Jerjes por ser hijo de una hermana de Darío 27 ), quien hacía hincapié en la siguiente [2] consideración: «Señor —le decía—, es inadmisible que los atenienses, después de los muchos contratiempos que han causado ya a los persas, no expíen sus iniquidades. Es cierto que, de momento, harás muy bien en llevar a cabo lo que tienes entre manos, pero, una vez que hayas sofocado la insurrección de Egipto, dirige una expedición contra Atenas, para que, ante el género humano, te aureole una bien merecida fama y, en lo sucesivo, todo el mundo se guarde de atacar tu imperio. »

[3] Mardonio esgrimía esa consideración con ánimo de vengarse, pero, a la misma, solía añadir la siguiente puntualización: que Europa era un territorio hermosísimo y sumamente fértil, que producía todo tipo de árboles frutales 28 , y que sólo el Rey, de entre todos los mortales, merecía poseerla 29 .

[6 ] Eso era lo que manifestaba Mardonio por su carácter aventurero y porque, en su fuero interno, deseaba ser gobernador 30 de Grecia. Y, a la larga, logró su objetivo y persuadió a Jerjes para que hiciese lo que le proponía, pues, en apoyo de su tesis, coincidieron una serie de circunstancias que le ayudaron a convencer a Jerjes: de Tesalia habían llegado unos emisarios, enviados [2] por los Alévadas, que, poniendo en juego todo su empeño, apelaban al monarca para que interviniese en Grecia (los citados Alévadas eran reyes de Tesalia 31 ); y, por otra parte, algunos miembros de la familia de los Pisistrátidas 32 , que habían subido a Susa, se expresaban en los mismos términos que los Alévadas; es más, de hecho se lo solicitaban incluso con una mayor insistencia.

[3] 〈Por cierto que〉 habían subido hasta Susa acompañados de Onomácrito —un adivino 33 ateniense que recopiló los oráculos de Museo—, con quien ya se habían reconciliado. (Resulta que Onomácrito 34 fue desterrado de Atenas por Hiparco 35 , el hijo de Pisístrato, al haber sido sorprendido por Laso de Hermíone 36 en el preciso instante en que interpolaba en los oráculos de Museo 37 un vaticinio según el cual las islas próximas a Lemnos desaparecerían en el mar 38 . Ésa fue la [4] razón de que Hiparco lo desterrara, a pesar de que, hasta entonces, le había unido a él una estrecha amistad 39 .) En aquellos momentos, pues, había acompañado a los Pisistrátidas en su viaje a Susa y, siempre que comparecía ante el monarca, dados los grandes elogios que de su persona hacían los Pisistrátidas, se ponía a recitar algunos oráculos. Si en ellos figuraba algún percance que hiciese referencia al bárbaro, no decía nada al respecto, sino que escogía los más favorables y proclamaba que el destino tenía dispuesto que un persa tendiera un puente sobre el Helesponto 40 , y explicaba pormenorizadamente el desarrollo de la expedición 41 .

[5] Ese sujeto, en suma, trataba de influir sobre el monarca con sus profecías, y los Pisistrátidas y los Alévadas con sus demandas.

Reconquista de Egipto

[7 ] Cuando al fin se decidió a atacar Grecia, Jerjes lo primero que hizo entonces —un año después de la muerte de Darío 42 — fue organizar una expedición contra los sublevados. Tras aplastar, como era de esperar, la rebelión e imponer a la totalidad de Egipto un yugo mucho más severo que el que había sufrido en tiempos de Darío 43 , confió su gobierno a su hermano Aquémenes 44 , hijo de Darío. (Por cierto que, tiempo después, el libio Ínaro, hijo de Psamético, asesinó a Aquémenes cuando éste ejercía el cargo de gobernador de Egipto 45 .)

Asamblea convocada por Jerjes para deliberar sobre la campaña

Cuando Jerjes, tras la reconquista de [8 ] Egipto, se disponía a ocuparse de la expedición contra Atenas, convocó a junta 46 a los principales personajes de Persia 47 , para conocer sus opiniones y, por su parte, informarles oficialmente de lo que se proponía hacer. Y, una vez reunidos, Jerjes les dijo lo siguiente 48 :

[α] «Persas, no voy a ser yo el primero en introducir entre vuestras costumbres esta norma, sino que pienso atenerme a ella siguiendo el ejemplo de mis antecesores 49 . Pues, según he oído decir a las personas de más edad, desde que arrebatamos a los medos el imperio que poseemos, cuando Ciro derrocó a Astiages 50 , jamás, hasta la fecha, hemos seguido una política de paz; todo lo contrario, la divinidad así lo dispone y, en las muchas empresas que acometemos, nos depara los mejores resultados 51 . En ese sentido, los logros que alcanzaron Ciro, Cambises y mi padre Darío, así como los pueblos que anexionaron 52 , huelga citarlos, pues los [2] conocéis perfectamente. Por mi parte, desde que heredé el trono en que me encuentro, he estado meditando el medio para no desmerecer de mis predecesores en este cargo y para anexionar al imperio persa no menos territorios. Y, en mis cavilaciones, he llegado a la conclusión de que podemos conseguir una nueva gloria y un país que no es menor 53 , ni más pobre 54 , que el que en la actualidad poseemos, sino más feraz; y, de paso, podemos vengarnos y obtener una satisfacción. Por eso, os he convocado en estos momentos: para haceros partícipes de lo que proyecto hacer.

»Me propongo tender un puente sobre el Helesponto [β] y conducir un ejército contra Grecia a través de Europa, para castigar a los atenienses por todos los contratiempos que ya han causado a los persas y, concretamente, a mi padre. A este respecto, visteis que el propio [2] Darío se disponía a atacar sin dilación a esos sujetos. Mas él ya está muerto y no ha podido vengarse; por eso, yo, en su nombre y en el de los demás persas, no cejaré hasta que haya tomado e incendiado Atenas, cuyos habitantes fueron, sin ningún género de dudas, los primeros en romper las hostilidades contra mi persona y la de mi padre. Primero, acompañaron hasta [3] Sardes a Aristágoras de Mileto 55 —¡un esclavo nuestro!— y, [una vez allí], prendieron fuego a los recintos sagrados y a los templos 56 ; luego, todos sabéis, supongo 57 , lo que nos hicieron cuando desembarcamos en su territorio, en la campaña dirigida por Datis y Artáfrenes 58 .

[γ] »Éstas son, en definitiva, las razones 59 por las que estoy decidido a atacarlos. Además, cuando me paro a pensarlo, advierto que la empresa comporta todas estas ventajas: si sometemos a esas gentes y a sus vecinos (los que habitan la tierra del frigio Pélope 60 ), conseguiremos que el imperio persa tenga por límites el firmamento de Zeus 61 , pues el sol ya no verá a su paso ninguna [2] nación, ninguna, que limite con la nuestra: con vuestra ayuda yo haré, después de haber recorrido Europa entera, que todos esos países formen uno solo. Según [3] mis informes, la situación es la siguiente: una vez fuera de combate los pueblos que he citado, no queda en el mundo ni una sola ciudad, ni nación alguna, en toda la tierra, que pueda enfrentarse con nosotros en el campo de batalla 62 . Así, caerán bajo el yugo de la esclavitud tanto las naciones culpables ante nosotros como las inocentes 63 .

»Por lo que a vosotros se refiere, podéis complacerme [δ] actuando de la siguiente manera: cuando os indique el momento en el que tenéis que acudir, cada uno de vosotros deberá presentarse decidido a todo; y, a quien acuda con el contingente mejor pertrechado, le concederé los presentes que, tradicionalmente, son más apreciados [2] en nuestra patria 64 . Así pues, esto es lo que debéis hacer. Pero, para que no os dé la impresión de que sólo me atengo a mis propias opiniones, someto el asunto a vuestra consideración y os invito a que, quien lo desee, manifieste su parecer.» Dicho esto, Jerjes puso fin a su intervención 65 .

Tras las palabras del monarca, Mardonio dijo: «Señor, [9 ] no sólo eres el persa más glorioso de cuantos han existido, sino también de cuantos vivan en el futuro, pues, en todas tus palabras, has alcanzado las máximas cotas de acierto y precisión, pero, sobre todo, es que no vas a permitir —ya que son indignos de ello— que los jonios que habitan en Europa 66 se burlen de nosotros. Desde luego, sería algo vergonzoso que, si hemos [2] sometido a los sacas, a los indios, a los etíopes, a los asirios 67 y a otros muchos y poderosos pueblos, que no infligieron el menor agravio a los persas y a quienes tenemos esclavizados por el mero deseo de extender nuestro imperio, no castigáramos a los griegos, que fueron los primeros en iniciar las hostilidades.

[α] »¿Qué podemos temer? ¿La coalición, acaso, de numerosas tropas? ¿tal vez su poderío económico? Conocemos su manera de combatir 68 ; conocemos que su poder es débil. Hemos sometido, y los tenemos en nuestro poder, a sus descendientes, a esos que residen en nuestros dominios y que reciben el nombre de jonios, eolios [2] y dorios 69 . Además, hablo por propia experiencia, pues, siguiendo instrucciones de tu padre, ya he marchado contra esos sujetos: avancé hasta Macedonia, y poco me faltó para llegar a la mismísima Atenas, sin que nadie saliera a mi encuentro para presentarme batalla 70 .

[β] »Sea como fuere, según mis informes, los griegos, por su arrogancia y estupidez, tienen por costumbre entablar combates de la manera más insensata: cuando se declaran entre sí la guerra, los contendientes buscan a toda costa el terreno más aprovechable 71 y despejado, y bajan a luchar allí, de manera que los vencedores acaban retirándose con elevadas pérdidas, y, acerca de los vencidos, huelga que diga nada, pues, como es natural, resultan aniquilados. Dado que esas gentes hablan [2] la misma lengua, deberían dirimir sus diferencias apelando a heraldos y mensajeros 72 , o por el medio que fuese, antes que en el campo de batalla. Y, si fuera absolutamente necesario que, entre sí, recurriesen a la guerra, deberían buscar a toda costa un lugar en el que ambos bandos resultasen prácticamente imbatibles y medir allí sus fuerzas 73 . Pues bien, a pesar de que los griegos suelen actuar de una manera tan poco acertada, cuando yo avancé hasta Macedonia, no se decidieron a ponerla en práctica, es decir, a presentar batalla.

»Por consiguiente, majestad, ¿quién va a oponerse [γ] a ti en son de guerra, cuando conduzcas todos los efectivos de Asia, así como todos sus navíos? En mi opinión, el talante de los griegos no alcanza semejante osadía, pero, si se diera el caso de que yo errase en mi apreciación y ellos, con un optimismo insensato, nos presentaran batalla, se percatarían de que, en el terreno militar, somos los mejores guerreros del mundo. En definitiva, no renunciemos a nada sin haberlo intentado, pues nada se resuelve por sí solo, sino que los seres humanos suelen conseguirlo todo a fuerza de tentativas 74 .»

[10 ] Tras haber matizado 75 tan hábilmente el objetivo de Jerjes, Mardonio puso fin a su intervención.

Entonces, en vista de que los demás persas guardaban silencio, sin atreverse a manifestar una opinión contraria a la que había sido propuesta, Artábano 76 , hijo de Histaspes, que era tío paterno de Jerjes, confiando precisamente en dicho parentesco, dijo lo que sigue:

[α] «Majestad, si no se expresan opiniones que entre sí difieran, resulta imposible elegir la mejor alternativa, por lo que es menester atenerse a la que haya sido expuesta; en cambio, sí que es posible hacerlo cuando hay un contraste de pareceres (exactamente igual a lo que ocurre con el oro puro, al que no podemos distinguir por sí solo, y, en cambio, cuando lo frotamos 77 junto a oro de otra calidad, podemos distinguir cuál es mejor). Yo ya aconsejé a Darío, tu padre y hermano mío, [2] que no atacara a los escitas 78 , un pueblo que no posee una sola ciudad en todo su territorio 79 . Pero él, con la esperanza de someter a los escitas nómadas 80 , no me hizo caso, organizó una expedición y regresó después de haber perdido muchos y valeroso soldados de su ejército 81 . Pues bien, tú, majestad, te dispones a [3] atacar a unos hombres mucho más bravos aún que los escitas, unos hombres que pasan por ser magníficos guerreros tanto por mar como por tierra. Así que, en justicia, debo explicarte el peligro que entraña tu proyecto.

»Dices que vas a tender un puente sobre el Helesponto [β] y a conducir un ejército a través de Europa, con destino a Grecia. Pero lo cierto es que también puede producirse una derrota por tierra o por mar, o en ambos lugares a la vez, pues esos individuos tienen fama de ser gente bizarra, y cabe deducir que así es, si tenemos en cuenta que fueron los atenienses quienes, por sí solos, aniquilaron 82 el poderoso ejército que, con Datis [2] y Artáfrenes, llegó hasta el Ática 83 . Supongamos, en cualquier caso, que no triunfan en ambos terrenos; pero si se lanzan sobre nuestras naves 84 y, tras alzarse con la victoria en un enfrentamiento naval, ponen rumbo al Helesponto, destruyendo acto seguido el puente, en esa posibilidad, precisamente, radica el peligro 85 , majestad.

[γ] »Personalmente, yo no abrigo esos temores por poseer una perspicacia innata, sino por el desastre que a punto estuvo de sucedernos en cierta ocasión, cuando tu padre, tras mandar que se tendiera un puente sobre el Bósforo Tracio y que se hiciera lo propio sobre el río Istro 86 , los cruzó para atacar a los escitas. Durante aquella campaña, los escitas, apelando a todo tipo de argumentos, instaron a los jonios, a quienes se había confiado la custodia de los puentes del Istro 87 , para que destruyeran el paso. Y es seguro que si, en aquellos [2] momentos, Histieo, el tirano de Mileto, hubiera seguido el parecer de los demás tiranos, en lugar de oponerse 88 , el imperio persa habría sido exterminado. ¡Y, sin embargo, es terrible sólo oír decir que la suerte del Rey estuvo toda ella en manos de un hombre, sí, de uno solo!

»Por lo tanto, no te arriesgues, bajo ningún concepto, [δ] a correr semejante peligro, ya que no hay la menor necesidad, y hazme caso: de momento disuelve esta junta, y, cuando te parezca, vuelve a reconsiderar la cuestión a solas y ordena lo que, a tu juicio, sea más apropiado. Pues he llegado a la conclusión de que planear a fondo [2] un asunto constituye un inapreciable provecho, ya que, aun cuando pueda presentarse algún contratiempo, la decisión adoptada no deja de ser adecuada, y lo que ocurre es que la misma se ve trastocada por lo imprevisible 89 . En cambio, quien toma sus decisiones a la ligera se encuentra con un éxito inesperado, si le acompaña la fortuna, pero su decisión no deja de ser errónea.

[ε] «Puede observar cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición; en cambio, los pequeños no despiertan sus iras 90 . Puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir todo lo que descuella en demasía 91 . De ahí que, por la misma razón, un numeroso ejército pueda ser aniquilado por otro que cuente con menos efectivos: cuando la divinidad, por la envidia que siente 92 , siembra con sus truenos pánico o desconcierto 93 entre sus filas, dicho ejército, en ese trance, resulta aniquilado de manera ignominiosa, si tenemos en cuenta su número. Y es que la divinidad no permite que nadie, que no sea ella, se vanaglorie.

»La precipitación, en suma, engendra errores en todo [ζ] tipo de asuntos, y de los errores suelen derivarse graves daños; en la cautela, en cambio, radican una serie de ventajas que, aunque no denoten su presencia de inmediato, a la larga, empero, llegan a detectarse 94 .

»Esto es, majestad, lo que, en definitiva, te aconsejo. [η] Y tú, hijo de Gobrias, deja de decir tonterías sobre los griegos, que no son merecedores de tus infamias. Lo cierto es que calumnias a los griegos para inducir al rey a que entre en campaña personalmente; a mi juicio, ésa es precisamente la razón de toda la vehemencia de que haces gala. Pues bien, ¡que ello no suceda! La [2] calumnia es algo sumamente execrable 95 : en ella dos son los reos de injusticia y una sola la víctima. En efecto, quien calumnia es reo de injusticia, ya que acusa a alguien que no está presente, y también es reo de injusticia quien le presta oídos sin haberse informado previamente como es debido. Por lo tanto, el que no asiste a la conversación resulta agraviado durante la misma de la siguiente manera: se ve calumniado por uno de los interlocutores y, a juicio del otro, pasa por ser un malvado.

[θ] »Ahora bien, si, en realidad, es absolutamente necesario atacar a esas gentes, de acuerdo: por lo que a la persona del rey se refiere, que permanezca en territorio persa, y nosotros dos pongamos en juego la vida de nuestros hijos. Tú escoge los hombres que quieras, toma los efectivos que desees, por numerosos que sean, [2] y dirige personalmente la expedición. Si los intereses del rey triunfan como tú aseguras, que mis hijos sean ejecutados, y yo con ellos; pero, si todo ocurre como yo predigo, que sufran esa suerte tus hijos, y tú con [3] ellos, suponiendo que regreses. Mas, si rehúsas someterte a estas condiciones y, pese a todo, acabas conduciendo un ejército contra Grecia, estoy seguro de que cualquiera de los que se queden aquí, en nuestra patria, oirá decir que Mardonio —sí, que tú—, después de haber ocasionado a los persas un terrible desastre, es pasto de perros y de aves 96 en cualquier rincón de la tierra de los atenienses o de los lacedemonios (si es que no lo has sido ya antes, por el camino), tras comprobar el temple de los hombres contra quienes pretendes que el rey entre en campaña 97 .»

Esto fue lo que dijo Artábano. Entonces Jerjes, irritado 98 , [11 ] le respondió en los siguientes términos: «Artábano, eres hermano de mi padre; eso te va a librar de recibir el castigo que merecen tus tonterías. Pero, por tu cobardía y tu flaqueza, te voy a imponer la siguiente afrenta: no me acompañarás a mí en la campaña contra Grecia y permanecerás aquí, con las mujeres; que yo haré realidad, aun sin tu concurso, todos los planes que he expuesto. ¡Que deje de ser hijo de Darío, nieto de [2] Histaspes y descendiente de Ársames, de Ariaramnes, de Teíspes, de Ciro, de Cambises, de Teíspes y de Aquémenes 99 , si no castigo a los atenienses! Pues sé perfectamente que, si nosotros seguimos una política de paz, ellos, en cambio, no lo harán, sino que, con toda seguridad, atacarán nuestro país, si hay que tomar como referencia su anterior comportamiento, ya que incendiaron Sardes e invadieron Asia 100 . A ambos bandos, pues, nos [3] resulta imposible renunciar a la guerra; todo lo contrario, la cuestión estriba en tomar la iniciativa o en ser agredidos, a fin de que Asia entera caiga en poder de los griegos, o toda Europa pase a manos de los persas: debido a nuestras diferencias, no cabe término medio 101 . Ya va siendo hora, en definitiva, de que nosotros, [4] que hemos sido los primeros en resultar agredidos, nos venguemos, para que, de paso, pueda constatar ese terrible peligro que voy a correr si ataco a esos individuos; sí, a esos a quienes ya el frigio Pélope —que fue un esclavo de mis antepasados 102 — sometió con tal éxito que, todavía hoy en día, esas gentes, así como su territorio 103 , llevan el nombre de su conquistador.»

Vacilaciones de Jerjes. Una aparición nocturna convence al monarca y a Artábano de la necesidad de la campaña

[12 ] Hasta este punto se prolongó el debate. Poco después, sin embargo, cayó la noche y la opinión de Artábano empezó a inquietar a Jerjes, quien, consultando la cuestión con la almohada 104 , llegó a la firme conclusión de que no le convenía atacar Grecia. Una vez que hubo tomado esta nueva resolución, se quedó profundamente dormido. Mas he aquí que, al decir de los persas, en el transcurso de la noche tuvo, poco más o menos, la siguiente visión 105 : Jerjes creyó ver junto a él a un individuo alto y bien parecido 106 que le decía: «¿Así, persa, que has cambiado de [2] parecer y no vas a dirigir tus tropas contra Grecia, a pesar de haber ordenado a los persas que reúnan efectivos? En verdad que no haces bien al alterar tus planes, y nadie en tu corte te lo perdonará 107 . Mira, como de día te decidiste por la acción, sigue por ese camino.» Una vez que la aparición hubo pronunciado estas palabras, Jerjes creyó ver que se alejaba volando.

Sin embargo, al rayar el día, el monarca no hizo [13 ] caso alguno del citado sueño, sino que convocó a los persas a quienes había reunido la víspera y les dijo lo siguiente: «Persas, excusadme por cambiar súbitamente [2] de opinión, pero es que todavía no he llegado a mi plena madurez y, por otra parte, quienes me instigaban a llevar a cabo los planes que os expuse no se apartaban de mi lado ni un solo instante. Es verdad que, al oír el parecer de Artábano, mi ardor juvenil 108 se desbordó al instante, hasta el extremo de que me encaré con una persona entrada en años en un tono menos correcto de lo debido. Sin embargo, en estos momentos, [3] reconozco mi error y voy a seguir su consejo. Por consiguiente, como he cambiado de idea y no pienso atacar Grecia, podéis dejar sin efecto los preparativos.» Al oír estas palabras, los persas se prosternaron 109 ante él llenos de alegría.

[14 ] Mas, al llegar la noche, volvió a presentársele a Jerjes, mientras dormía profundamente, la misma aparición, que le dijo: «¿Así, hijo de Darío, que ante los persas has renunciado abiertamente a la expedición y haces caso omiso de mis palabras, como si las hubieses escuchado de labios de un don nadie? Pues bien, ten muy en cuenta lo siguiente: si no emprendes inmediatamente la expedición, por no hacerlo te ocurrirá lo que voy a decirte: así como en breve plazo te has hecho grande y poderoso 110 , de la misma manera muy pronto volverás a ser insignificante.»

Aterrorizado por la visión, Jerjes saltó de la cama [15 ] y despachó un emisario para que llamase a Artábano. Y, a su llegada, el monarca le dijo lo siguiente: «Artábano, en un principio yo procedí de una manera irreflexiva, pues, ante el acertado consejo que me brindabas, me dirigí a ti en un tono insultante. Sin embargo, poco [2] tiempo después me arrepentí de ello y comprendí que debía hacer lo que tú me habías sugerido. Mas he aquí que, en contra de mis deseos, me veo en la imposibilidad de seguir tus indicaciones, pues, precisamente por haber reconsiderado mi actitud y haber cambiado de opinión, se me está apareciendo un espectro que se opone rotundamente a que obre en ese sentido; concretamente, ahora mismo acaba de marcharse después de haberme hecho objeto de serias amenazas. En resumen, [3] si quien lo envía es un dios que desea a toda costa que se organice una expedición contra Grecia 111 , ese mismo espectro también se presentará volando ante ti, para transmitirte las mismas órdenes que a mí. E imagino que ello puede suceder así, si tomas mi indumentaria y mis atributos 112 y, con ellos puestos, te sientas acto seguido en mi trono, para, posteriormente, ir a acostarte en mi cama.»

[16 ] Esto fue lo que le dijo Jerjes. Artábano, sin embargo, se negó en un principio a obedecer su orden, dado que no se consideraba digno de sentarse en el trono real 113 ; finalmente, viéndose presionado, hizo lo que le ordenaba, pero antes le dijo lo siguiente:

[α] «En mi opinión, majestad, el mismo aprecio merecen el juicio atinado y la predisposición a prestar oídos a quien propone sabios consejos, cualidades ambas de las que estás dotado, siendo una camarilla de intrigantes quienes propician tus errores 114 ; exactamente igual que el azote de los vientos, al abatirse sobre el mar —el elemento más útil del mundo para los seres humanos—, no le permite, según dice la gente, conservar su verdadero carácter 115 .

»A mí no me produjo tanto pesar oír los reproches [2] que me dirigiste como comprobar que, siendo dos los planes propuestos a los persas —uno que tendía a fomentar su desmesura 116 , y otro, en cambio, tendente a refrenarlo y partidario de que es perjudicial imbuir en la conciencia del hombre el deseo permanente de conseguir más de lo que se posee—, como comprobar, repito, que, a pesar de que los planes propuestos eran los que he citado, elegías el más peligroso tanto para tu persona como para los persas.

»Sea como fuere, en estos momentos, tras haberte [β] decidido por la mejor alternativa, aseguras que, por haber renunciado a la expedición contra los griegos, un sueño enviado por algún dios se te presenta repetidamente [2] sin permitirte eludir el proyecto. Pero esos fenómenos, hijo mío, no poseen, ni mucho menos, un carácter sobrenatural. Los ensueños que asaltan de vez en cuando a los seres humanos consisten en lo que yo, que soy muchos años mayor que tú, voy a indicarte: lo que se ve en los sueños, que de vez en cuando suelen asaltarnos, responde por lo general a las preocupaciones que uno tiene de día 117 . Y nosotros, durante las pasadas fechas, no hacíamos más que ocuparnos de dicha campaña.

[γ] »Pero, si resulta que ello no es como yo presumo, sino que lo ocurrido se debe a una intervención sobrenatural, tú mismo, sucintamente, has indicado la solución: en concreto, que la visión se me aparezca también a mí —como ya ha hecho contigo— y que me transmita sus órdenes. Ahora bien, ese espectro, si es que realmente quiere aparecerse a todo trance, no va a sentirse más obligado a hacerlo ante mí porque lleve tus ropas en lugar de las mías, ni tampoco porque pase la noche [2] en tu cama y no en la mía. Pues, como es natural, cuando ese ser —sea el que sea—, que se te aparece en sueños, me vea, no va a caer en la enorme simpleza de confundirme contigo únicamente por tu atuendo. Lo que tenemos que averiguar de una vez por todas es si a mí no me presta la menor atención, sin dignarse a aparecerse (tanto si llevo puesta mi ropa como la tuya), y en cambio a ti se te sigue presentando. Pues si lo que pasa es que persiste en sus visitas 118 , personalmente estaría también obligado a reconocer su carácter sobrenatural 119 . En fin, si esa es la decisión que has adoptado [3] y no hay medio de que la reconsideres, sino que debo acostarme en tu cama sin perder un instante, de acuerdo; ejecutaré puntualmente tus órdenes y esperemos que la visión también se me aparezca a mí. Pero, hasta entonces, seguiré pensando como ahora.»

Esto fue, concretamente, lo que dijo Artábano, que [17 ] cumplió las órdenes de Jerjes en la esperanza de poder demostrarle al monarca la inexactitud de sus afirmaciones. Se puso, pues, la indumentaria de Jerjes y tomó asiento en el trono real, para, posteriormente, irse a la cama. Pero, cuando estaba profundamente dormido, se le acercó la misma aparición que ya visitara a Jerjes y, en levitación sobre su cuerpo, le dijo lo siguiente: «¿Conque tú eres el sujeto que, so pretexto de velar [2] fielmente por sus intereses, se empeña en impedir que Jerjes ataque Grecia? Pero no dejarás de recibir tu merecido, tanto en el futuro como en este mismo instante 120 , si intentas oponerte a la voluntad del destino 121 . Que, por lo que a Jerjes respecta, la suerte que le aguarda, si se niega a obedecerme, ya se la revelé a él personalmente.»

Artábano, en suma, creyó ver que la aparición lo [18 ] amenazaba en esos términos y, además, que iba a quemarle los ojos con unos hierros candentes 122 . Entonces lanzó un alarido, se incorporó de un salto y fue a sentarse junto a Jerjes, contándole con toda suerte de detalles la visión que había tenido en sueños; tras de lo cual [2] le dijo lo siguiente: «Majestad, como soy una persona que ya ha visto a muchas y poderosas naciones sucumbir ante adversarios inferiores, quería evitar que te dejases llevar en todos tus actos por tu fogosidad juvenil, pues sé lo perjudicial que es ambicionar muchos objetivos, ya que recuerdo cómo concluyó la campaña de Ciro contra los maságetas 123 , así como la de Cambises contra los etíopes 124 ; y, por otra parte, porque acompañé al propio Darío en su expedición contra los escitas 125 . [3] Teniendo en cuenta estos factores, era de la opinión de que, si seguías una política de paz, ibas a recibir los parabienes de todo el mundo. Pero, dado que nos encontramos ante un designio de carácter sobrenatural y, al parecer, una catástrofe de origen divino se va a abatir sobre los griegos 126 , personalmente me retracto de lo que dije y cambio, asimismo, de opinión. Así que tú haz saber a los persas las señales que nos envía la divinidad, ordénales, en lo que a los preparativos militares se refiere, que se atengan a tus instrucciones iniciales y, supuesto que el cielo nos otorga su beneplácito, procura, por tu parte, no incurrir en negligencia alguna.»

Tras estas manifestaciones, ambos se sintieron entusiasmados 127 [4] con la visión, por lo que, apenas rayó el día, Jerjes informó de esos pormenores a los persas y, por otra parte, Artábano, que en un principio era el único que se oponía abiertamente a la campaña, demostraba en aquellos momentos un gran interés por ella.

Poco después, cuando Jerjes se hallaba ya decidido [19 ] a llevar a cabo la expedición, tuvo en sueños una tercera visión, que —una vez que la hubieron escuchado— los magos 128 estimaron que se refería a la suerte de toda la tierra, en el sentido de que todos los seres humanos serían esclavos suyos. (Por cierto que la visión consistió en lo siguiente: Jerjes creyó verse coronado por un tallo de olivo y que las ramas que surgían del mismo se extendían por la totalidad de la tierra; posteriormente, sin embargo, la corona que ceñía su cabeza había desaparecido 129 .)

[2] Una vez que los magos hubieron dado la citada interpretación, todos y cada uno de los persas que habían sido convocados partieron sin pérdida de tiempo hacia sus respectivas provincias y pusieron todo su empeño en el cumplimiento de las órdenes recibidas, ya que cada cual deseaba conseguir, a título personal, las recompensas prometidas 130 . Así fue como Jerjes reclutó su ejército: rebuscando, para las levas, por todas las zonas del continente 131 .

Magnitud de la expedición

[20 ] En efecto, por espacio de cuatro años enteros 132 a partir de la reconquista de Egipto, Jerjes estuvo preparando su ejército y todo lo necesario para el mismo; finalmente, a los cinco años 133 se puso en campaña con un enorme contingente de tropas. De hecho, que nosotros sepamos, de todas las expediciones [2] militares, ésta fue, con gran ventaja, la más importante 134 , hasta el extremo de que, comparada con ella, la de Darío contra los escitas 135 parece una insignificancia, lo mismo que la de los escitas (cuando estos últimos invadieron Media, en persecución de los cimerios, y sometieron y ocuparon casi toda Asia Superior 136 , lo cual indujo posteriormente a Darío a tratar de castigarlos), o —según los datos de la tradición— que la de los Atridas contra Ilión 137 , o que la de los misios y los teucros 138 (que tuvo lugar con anterioridad a la guerra de Troya), quienes, después de pasar a Europa por el Bósforo, sometieron a todos los tracios, bajaron hasta el mar Jonio 139 y, por el Sur, llegaron hasta el río Peneo 140 .

Todas esas expediciones, así como otras que, además [21 ] de las citadas, se llevaron a cabo, no estuvieron a la altura de la de Jerjes, por la singularidad de la misma. Pues, ¿a qué nación originaria de Asia no acaudilló este monarca contra Grecia 141 ? ¿Qué curso de agua, a excepción de los ríos caudalosos, no se secó al tratar de satisfacer las necesidades de las tropas 142 ? Unos pueblos, en efecto, proporcionaban naves; otros [2] estaban encuadrados en la infantería; a otros se les había encargado que facilitasen caballería; a otros que, además de soldados, aportasen embarcaciones para el transporte de los caballos; a otros se les había ordenado que proporcionasen naves de combate 143 para la construcción de los puentes, y, a otros, víveres y navíos.

Apertura de un canal en el Atos

[22 ] Por otra parte, debido al desastre que habían sufrido los primeros expedicionarios al contornear el Atos 144 , se estaban adoptando en dicha zona, desde hacía unos tres años poco más o menos, una serie de medidas al efecto. Los persas, en ese sentido, poseían una base naval, con trirremes 145 , en Elayunte 146 , en el Quersoneso, y contingentes de todas las naciones que integraban el ejército —y que se relevaban periódicamente— partían de allí para excavar un canal a fuerza de latigazos 147 (en la excavación también tomaban parte los habitantes de la región del Atos), siendo los persas Búbares, hijo de Megabazo, y Artaqueas, [2] hijo de Arteo 148 , quienes dirigían la obra.

El Atos, por cierto, es un elevado y célebre macizo montañoso que se adentra en el mar 149 y que está habitado. El lugar en el que el macizo termina, y se une al continente, constituye una especie de península, con un istmo de unos doce estadios 150 ; la zona consiste en una llanura, con colinas de escasa elevación, que se extiende desde el mar de Acanto 151 hasta el situado al otro lado de Torone 152 . En el citado istmo, que es donde [3] termina el Atos, se halla emplazada Sane, una ciudad griega; mientras que las ciudades emplazadas al sur de Sane, en pleno macizo del Atos —a las que, por aquellas fechas, el Persa pretendía convertir en isleñas, haciéndoles perder su carácter de continentales 153 —, son las siguientes: Dio, Olofixo, Acrotoo, Tiso y Cleonas 154 .

[23 ] Ésas son las ciudades que están enclavadas en el Atos. Y, por lo que a la excavación se refiere, los bárbaros 155 , tras haberse repartido el terreno por naciones 156 , procedieron de la siguiente manera. Trazaron a cordel una línea recta, que pasaba por la ciudad de Sane 157 , y, cuando el canal alcanzó cierta profundidad, unos, situados en las zonas más hondas del mismo, prosiguieron la excavación, mientras que otros, a medida que se iba extrayendo la tierra, se la pasaban a un grupo diferente de obreros que se encontraban algo más arriba, sobre unos andamios, y quienes la recibían repetían la operación, pasándosela a otros obreros, hasta llegar a los trabajadores apostados en los bordes, que la transportaban a cierta distancia de la obra y la tiraban 158 .

Pues bien, el hundimiento de las paredes de la excavación [2] ocasionó a todos los obreros —a excepción de los fenicios— una doble faena, ya que, como al borde del foso le dieron la misma anchura que al fondo, era inevitable que les ocurriera dicho percance. Los fenicios, [3] en cambio, también hicieron gala, en la obra que nos ocupa, de la habilidad que caracteriza todas sus empresas: una vez que el sorteo hubo determinado la parte que les correspondía perforar, se pusieron a excavar dando a los bordes del canal una anchura que duplicaba la que debía poseer el canal propiamente dicho, y, a medida que la obra avanzaba, la iban estrechando progresivamente, de manera que, al llegar al fondo, la parte que habían excavado poseía la misma anchura que la de los demás 159 .

Y por cierto que, en dicho lugar, hay una pradera [4] donde los obreros disponían de un mercado y de una lonja 160 ; además, procedente de Asia, les llegaba con regularidad abundante harina de trigo.

[24 ] Ahora bien, de acuerdo con las conclusiones a las que he llegado analizando la cuestión, Jerjes ordenó excavar el citado canal por soberbia, ya que deseaba hacer alarde de su poderío y dejar un recuerdo de su persona 161 . Lo cierto es que, aunque los persas podían haber arrastrado sus naves a través del istmo sin ningún esfuerzo 162 , el monarca ordenó excavar, de mar a mar, un canal lo suficientemente ancho como para que dos trirremes pudiesen navegar por él bogando a la par 163 .

Por otra parte, los mismos obreros que se encargaron de la excavación del canal habían recibido también la orden de unir las orillas del río Estrimón por medio de puentes 164 .

Otros preparativos persas

Éstas fueron, en suma, las medidas [25 ] que, como he indicado, mandó adoptar. Entretanto, también ordenó preparar, para la construcción de los puentes, cables de papiro y de esparto (tarea que encomendó a fenicios y egipcios 165 ), así como instalar depósitos de víveres para el ejército, a fin de que no pasaran hambre ni las tropas ni las bestias de carga que se dirigiesen contra Grecia 166 . Una vez informado [2] de los lugares cuya situación era más idónea, mandó instalar allí los depósitos, y, desde todas las zonas de Asia, se fueron transportando víveres a los distintos emplazamientos a bordo de cargueros y de gabarras. Pues bien, unos transportaron provisiones 167 a un lugar de Tracia que recibe el nombre de Leucacte; en tanto que otros recibieron la orden de llevarlas a Tirodiza, una localidad perteneciente a Perinto; otros, a Dorisco; otros, a Eyón, a orillas del Estrimón, y otros, a Macedonia 168 .

Partida del ejército en dirección a Sardes

[26 ] Mientras esas unidades llevaban a cabo la misión que les había sido encomendada, en el ínterin todo el ejército de tierra, que ya se había reunido, avanzaba con Jerjes en dirección a Sardes, tras haber partido de Critala, en Capadocia 169 , pues aquél era el lugar que se había fijado para que se reunieran todas las fuerzas que, en unión del propio Jerjes, [2] debían avanzar por tierra 170 . (Por cierto que no puedo precisar —pues ni tan siquiera sé si entraron en liza sobre el particular— quién fue el gobernador 171 que, por haber presentado las tropas mejor equipadas, recibió los presentes que el rey había ofrecido 172 .)

Tras haber franqueado el río Halis 173 , los expedicionarios [3] penetraron en Frigia y avanzaron por dicha región llegando a Celenas 174 , en donde manan las fuentes del río Meandro 175 y las de otro, no menos caudaloso que el Meandro —cuyo nombre, concretamente, es Catarrectes 176 —, que nace en plena ágora 177 de Celenas y desemboca en el Meandro. En dicho lugar, asimismo, se halla colgada la piel del sileno Marsias, siendo Apolo quien, según una tradición que circula entre los frigios, la dejó allí colgada después de haberlo desollado 178 .

Entrevista entre Jerjes y el lidio Pitio

[27 ] En esa ciudad aguardaba al monarca el lidio Pitio, hijo de Atis 179 , quien agasajó a todo el ejército de Jerjes, así como al propio soberano, con suma esplendidez, y manifestó su deseo de proporcionarle [2] dinero para la campaña. Ante la oferta económica de Pitio, Jerjes preguntó a los persas de su séquito quién era el tal Pitio y a cuánto ascendía su fortuna para poder hacerle aquella oferta. «Majestad —le respondieron ellos—, ése es el que obsequió a tu padre Darío con el plátano y la vid de oro 180 , y, que nosotros sepamos, después de ti, sigue siendo, hoy por hoy, el hombre más rico del mundo.»

Sorprendido ante esta última afirmación, el propio [28 ] Jerjes le preguntó, poco después, a Pitio a cuánto ascendía su fortuna. «Majestad —le respondió él—, no voy a ocultártelo, ni a alegar que ignoro lo que poseo; todo lo contrario, lo sé y te voy a facilitar una detallada relación, ya que, en cuanto tuve noticias de que bajabas [2] al mar de Grecia 181 , me informé de su cuantía deseoso de entregarte dinero para la campaña. Y, echando cuentas, me he encontrado con que poseo dos mil talentos 182 de plata y con que me faltan siete mil estateras para llegar a los cuatro millones de daricos de oro 183 . [3] Y yo quiero obsequiarte con esas sumas, dado que con mis esclavos y mis fincas cuento con suficiente medios de vida para mi persona.»

[29 ] Esto fue lo que dijo Pitio. Entonces, Jerjes, halagado ante sus manifestaciones, le respondió: «Amigo lidio, desde que abandoné Persia, yo no me he topado hasta la fecha con nadie, salvo tú, que quisiera ofrecer dones de hospitalidad a mi ejército o que compareciera espontáneamente ante mí, dispuesto a contribuir con dinero a mi campaña. Tú, en cambio, no sólo has acogido espléndidamente a mis tropas, sino que me ofreces [2] elevadas sumas de dinero. Pues bien, en reciprocidad, yo te concedo las siguientes recompensas: te declaro huésped mío 184 y voy a completar tus cuatro millones de estateras entregándote, de mi propio peculio, las siete mil restantes, a fin de que no te falte esa cantidad para alcanzar los cuatro millones, sino que, gracias [3] a mi aportación, tengas una cifra redonda. Por otra parte, conserva en tu poder lo que supiste adquirir personalmente, y procura seguir siendo en todo momento como ahora, pues, si así lo haces, no tendrás que arrepentirte ni en el presente, ni en lo sucesivo.»

[30 ] Después de pronunciar estas palabras y de hacerlas realidad, Jerjes prosiguió su avance. Pasó, entonces, por los aledaños de una ciudad de Frigia, denominada Anava 185 , y de un lago del que se extrae sal, y llegó a Colosas 186 , una importante ciudad de Frigia. (Allí el río Lico —que también desemboca en el Meandro— cae en una sima y desaparece, reapareciendo posteriormente a unos cinco estadios de distancia poco más o menos 187 .)

Partiendo de Colosas, el ejército llegó a la ciudad [2] de Cídrara 188 , en la frontera entre Frigia y Lidia, donde se alza una estela, erigida por Creso 189 , que, mediante una inscripción, señala los límites fronterizos.

Al entrar en Lidia, el camino que procede de Frigia [31 ] se bifurca 190 , conduciendo el de la izquierda a Caria y el de la derecha a Sardes. Pues bien, tomando este último es de todo punto necesario cruzar el río Meandro 191 y pasar por las inmediaciones de la ciudad de Calatebo 192 , donde hay artesanos especializados que fabrican miel artificial 193 con jugo de tamarisco y trigo. En su avance por ese camino, Jerjes se encontró con un plátano al que, por su belleza 194 , obsequió con un aderezo de oro y lo puso bajo la custodia de un «Inmortal» 195 , y, al día siguiente, llegó a la capital de los lidios 196 .

Ultimátum a las ciudades griegas

[32 ] A su llegada a Sardes, lo primero que hizo fue despachar heraldos a Grecia para exigir la tierra y el agua 197 , y ordenar que preparasen banquetes para el rey. Los únicos lugares a los que no envió emisarios en demanda de la tierra fueron Atenas y Lacedemón 198 , pero sí que lo hizo a todas las demás regiones. El motivo que lo indujo a despachar por segunda vez emisarios para exigir la tierra y el agua fue el siguiente: estaba plenamente convencido de que todas aquellas naciones que la primera vez no habían entregado dichos presentes a los enviados de Darío 199 lo harían entonces presas del pánico. Así que despachó emisarios con objeto de averiguar ese extremo de una vez por todas.


Construcción de los puentes sobre el Helesponto

Acto seguido, Jerjes se dispuso a marchar [33 ] con dirección a Abido 200 .

Entretanto, los encargados de ese menester 201 estaban tendiendo puentes sobre el Helesponto desde la orilla asiática a la europea. Por cierto que, en el Quersoneso Helespóntico 202 , entre las ciudades de Sesto y Madito 203 , hay un escarpado promontorio que penetra en el mar justo enfrente de Abido (allí fue donde, posteriormente —no mucho tiempo después 204 —, los atenienses, a las órdenes de Jantipo 205 , hijo de Arifrón, capturaron al persa Artaíctes 206 , que era gobernador de Sesto, y lo clavaron vivo a una tabla, porque resulta que solía llevar mujeres al santuario de Protesilao 207 , en Elayunte, cometiendo constantes sacrilegios).

[34 ] Pues bien, a partir de Abido, las unidades que tenían esa misión construyeron dos puentes en dirección al citado promontorio 208 ; los fenicios tendieron uno con cables de esparto, y los egipcios el otro con cables de papiro. (Por cierto que desde Abido a la orilla opuesta hay siete estadios 209 .) Pero, cuando el doble puente había sido ya tendido, estalló una violenta tempestad que rompió todos los cables y dispersó los navíos 210 .

[35 ] Al tener noticias de ello, Jerjes montó en cólera y mandó que propinasen al Helesponto trescientos latigazos y que arrojaran al agua un par de grilletes 211 . Y también he oído decir que, de paso, envió, asimismo, a unos verdugos para que estigmatizaran al Helesponto 212 . Sea como fuere, lo cierto es que ordenó a sus [2] hombres que, al azotarlo, profiriesen estas bárbaras 213 e insensatas palabras: «¡Maldita corriente! Nuestro amo te inflige este castigo porque, pese a no haber sufrido agravio alguno por su parte, lo has agraviado. A fe que, tanto si quieres como si no, el rey Jerjes pasará sobre ti. Con toda razón ningún hombre ofrece sacrificios en tu honor 214 , pues eres simplemente un río 215 turbio y salado.»

[3] Jerjes, como digo, ordenó castigar al mar con esos correctivos, y, además, que les cortaran la cabeza 216 a quienes habían dirigido la construcción de los puentes sobre el Helesponto.

[36 ] Y, mientras quienes habían recibido esa ingrata misión cumplían con su deber, otros ingenieros procedieron a tender los puentes, haciéndolo de la siguiente manera 217 . Tras haber abarloado penteconteros 218 y trirremes (trescientos sesenta para sustentar el puente situado del lado del Ponto Euxino, y trescientos catorce para sustentar el otro 219 ), que fueron alineados transversalmente con relación al Ponto y en el sentido de la corriente del Helesponto 220 , a fin de que la misma 221 [2] mantuviese tensos los cables; tras haber abarloado, repito, los navíos, echaron al agua unas enormes anclas: las del primer puente por el lado del Ponto, debido a los vientos que soplan procedentes de dicho mar, mientras que las del otro puente las arrojaron por el lado occidental —el próximo al Egeo—, debido al Zéfiro y al Noto 222 . Además, entre los penteconteros y los trirremes, dejaron en dos lugares una abertura para la navegación 223 , con objeto de que el que quisiera pudiese adentrarse en el Ponto a bordo de pequeñas embarcaciones o bien salir del mismo.

[3] Una vez hecho esto, tendieron desde tierra los cables, tensándolos mediante cabrestantes de madera; pero, en esta ocasión, no emplearon ambos tipos de cable por separado, sino que utilizaron para cada puente dos de esparto y cuatro de papiro (su grosor y eficacia eran idénticas, pero, en proporción 224 , las maromas de esparto eran bastante más pesadas: cada codo pesaba un talento 225 ).

Cuando el armazón de los puentes estuvo terminado, [4] cortaron troncos de dimensiones iguales a la anchura de los puentes formados por las naves, los colocaron cuidadosamente sobre el tendido de los cables, sin dejar resquicios, y, acto seguido, reforzaron su ensamblaje con traviesas 226 . Hecho esto, los recubrieron con [5] planchas de madera, ajustándolas también cuidadosamente, y las recubrieron de tierra. Finalmente, apisonaron la tierra y, a ambos lados, levantaron una empalizada, para evitar que las bestias de carga [y los caballos] se espantaran al ver el mar desde la plataforma.

Tras invernar en Sardes, Jerjes reemprende la marcha hacia Abido

Una vez que el tendido de los puentes [37 ] y las obras realizadas en las inmediaciones del Atos estuvieron concluidas 227 (es decir, al llegar la noticia de que las escolleras —que habían sido construidas en los accesos del canal para hacer frente al oleaje e impedir que se colmatasen las embocaduras de la excavación—, al igual que el canal propiamente dicho, estaban totalmente terminados), fue cuando el ejército, que, después de haber invernado, se hallaba ya dispuesto, se puso en marcha, a la llegada de la primavera 228 , para trasladarse desde Sardes a Abido.

[2] Las tropas habían emprendido ya la marcha cuando el sol desapareció, abandonando su posición habitual en el cielo, a pesar de que no había nubes y de que el tiempo era espléndido, y, en pleno día, se hizo de noche 229 . Este fenómeno, que Jerjes contempló y siguió atentamente, llenó de preocupación al monarca, por lo que preguntó a los magos qué podía significar aquel prodigio. Ellos, entonces, le respondieron que el dios 230 [3] predecía el eclipse de las ciudades griegas, aduciendo que el sol era un símbolo profético para los griegos, mientras que para los persas lo era la luna 231 . Al escuchar esta explicación, Jerjes se quedó muy satisfecho y ordenó reanudar el avance.

Castigo de Pitio

Cuando Jerjes abandonaba Sardes al [38 ] frente de sus tropas, el lidio Pitio, aterrorizado ante el prodigio acaecido en el cielo y animado, al tiempo, por las mercedes que le había concedido el monarca 232 , abordó a este último y le dijo lo siguiente: «Señor, quisiera que me hicieses un favor cuya concesión supone para ti una verdadera insignificancia, mientras que para mí representa algo muy importante.»

Jerjes, creyendo que el lidio iba a solicitar cualquier [2] cosa menos la que le pidió, aseguró que se lo concedería y, en ese sentido, le instó a que planteara su demanda. Entonces, Pitio, al oír esa respuesta, dijo con toda confianza lo que sigue: «Señor, el caso es que tengo cinco hijos y resulta que todos ellos figuran entre los [3] expedicionarios que te acompañan a Grecia. Ten, pues, majestad, compasión de mí, de la avanzada edad a la que he llegado 233 , y exime de sus deberes militares a uno solo de mis hijos, al mayor, para que se quede al cuidado de mi persona y de mis posesiones; a los otros cuatro llévalos contigo y ojalá que retornes a la patria tras haber logrado tus objetivos.»

[39 ] Jerjes se indignó muchísimo y le replicó en los siguientes términos: «¡Miserable! ¿Cuando yo personalmente me dirijo contra Grecia, cuando, además, llevo conmigo a mis hijos, a mis hermanos, a mis familiares 234 y a mis amigos, tú, que eres un esclavo mío 235 y que deberías acompañarme con toda tu familia, incluida tu propia esposa, te atreves a pensar en tu hijo? Mira, ten bien en cuenta lo siguiente: el humor 236 de los seres humanos depende de sus oídos, hasta el extremo de que, si se escuchan propuestas satisfactorias, la persona se llena de contento, pero se enfurece, si lo que [2] escucha son desatinos. Pues bien, no podrás alardear de que, cuando actuaste servicialmente, brindándome luego nuevas atenciones, superaste a un rey en generosidad. Pero, dado que acabas de comportarte con extrema desvergüenza, serás castigado, aunque menos de lo que mereces: los vínculos de hospitalidad que nos unen te van a salvar a ti y a cuatro de tus hijos; sólo uno expiará tu falta con su vida: aquel por quien más interés muestras.»

Tras haberle dado esa respuesta, Jerjes ordenó de [3] inmediato a los encargados de ese menester que localizasen al hijo mayor de Pitio, que lo cortaran en dos de un tajo y que, acto seguido, colocasen una mitad del cadáver a la derecha del camino y la otra mitad a la izquierda, para que el ejército desfilara por allí, entre sus restos 237 .

Orden de marcha de las tropas

Los verdugos así lo hicieron, y, a continuación, [40 ] el ejército desfiló por allí.

Abrían la marcha los bagajes y las bestias de carga 238 y, tras ellos, figuraban tropas integradas por una total y confusa mezcolanza de pueblos 239 . Cuando habían ya desfilado más de la mitad de los efectivos, había un intervalo entre las tropas, de manera que esos contingentes no se confundían con la escolta del monarca. Precisamente [2] la vanguardia la constituían en su totalidad mil jinetes persas de élite; a continuación figuraban mil lanceros, también ellos fuerzas de élite, con las puntas de sus lanzas vueltas hacia el suelo 240 , y, a continuación, marchaban diez caballos sagrados 241 , llamados [3] «neseos», magníficamente enjaezados. (Por cierto que la razón de que reciban el nombre de «caballos neseos» es la siguiente: en Media hay una gran llanura cuyo nombre es Neseo; pues bien, el caso es que esos caballos, que poseen gran alzada, se crían en dicha llanura 242 .)

[4] Detrás de los diez caballos que he citado figuraba el carro consagrado a Zeus 243 , del que tiraban ocho caballos blancos, mientras que, detrás de los caballos, marchaba a pie un auriga con las riendas en la mano (pues resulta que ningún hombre puede subir a ese carruaje 244 ). Tras el vehículo marchaba Jerjes en persona, sobre un carro tirado por caballos «neseos», y, a su lado, iba un auriga cuyo nombre era Patiranfas, hijo del persa Ótanes 245 .

Así fue como Jerjes salió de Sardes (si bien, cuando [41 ] le venía en gana, solía pasarse de su carro a una harmámaxa 246 ). Tras él marchaban mil lanceros —los persas más valientes y de mayor alcurnia—, que llevaban sus picas como es costumbre 247 ; a continuación figuraba otro escuadrón de caballería, integrado por mil persas de élite, y, tras la caballería, diez mil hombres, seleccionados de entre el resto de los persas 248 que constituían [2] un contingente de infantería. Mil de ellos llevaban, en la extremidad inferior de sus lanzas, granadas de oro en lugar de puntas de hierro 249 , y rodeaban por entero a los demás; por su parte, los nueve mil hombres encuadrados por los anteriormente citados llevaban granadas de plata. También portaban granadas de oro los soldados que llevaban las puntas de sus picas vueltas hacia el suelo, y manzanas del mismo metal quienes más de cerca seguían a Jerjes 250 .

A continuación de los diez mil soldados de infantería figuraba un contingente de diez mil jinetes persas. Tras la caballería volvía a haber entre las tropas un intervalo de dos estadios 251 y, finalmente, marchaba el resto de las tropas en confusa mezcolanza 252 .

[42 ] Desde Lidia el ejército se encaminó hacia el río Caico y la región de Misia, y, a partir del Caico, dejó a la izquierda el monte Canes, dirigiéndose, por la comarca de Atarneo, a la ciudad de Carena 253 . Tras rebasar dicha ciudad, atravesó la llanura de Teba, pasando por las inmediaciones de las ciudades de Atramiteo y Antandro, [2] la localidad pelasga 254 . Posteriormente alcanzó el Ida y se dirigió a mano izquierda 255 con dirección al territorio de Ilión. Pero, de buenas a primeras 256 , mientras el ejército pernoctaba al pie del Ida, se abatió sobre las tropas una tormenta, acompañada de truenos y de rayos, que causó allí mismo un número considerable de bajas.

Al llegar el ejército al Escamandro 257 (que fue el [43 ] primer río, desde que emprendieron la marcha a partir de Sardes, cuyo caudal se agotó, sin que bastara para satisfacer las necesidades de las tropas y de los animales), cuando Jerjes, repito, llegó al citado río, subió a la Pérgamo de Príamo 258 con el deseo de visitarla. Después [2] de haberla visitado y de haberse informado de todos los pormenores 259 , mandó sacrificar mil vacas en honor de Atenea Ilíada, y los magos ofrecieron libaciones a los héroes 260 . (Por cierto que, debido a esas ceremonias, una sensación de pánico se apoderó durante la noche del campamento.)

Al amanecer, el ejército abandonó aquella zona, dejando a mano izquierda, en el curso de su avance, las ciudades de Reteo, Ofrineo y Dárdano (que, precisamente, linda con Abido), y a la derecha a los gergites teucros 261 .

Coloquio entre Jerjes y Artábano

[44 ] Una vez que llegaron a Abido, Jerjes quiso contemplar a la totalidad de su ejército 262 . Y, como quiera que, en aquella zona —sobre una colina—, se le había instalado, con suficiente antelación, una tribuna de mármol blanco a tal efecto (la obra la habían llevado a cabo los abidenos, ateniéndose a una orden previa del monarca), cuando Jerjes tomó asiento allí, dirigió su mirada a la costa y pudo observar a sus fuerzas de tierra, así como a sus efectivos navales, y, ante aquel espectáculo, sintió deseos de presenciar un simulacro de batalla naval 263 . Una vez celebrado el mismo, en el que los fenicios de Sidón se alzaron con la victoria 264 , Jerjes quedó muy complacido tanto por el ejercicio naval como por el comportamiento de la flota.

Y, al ver plagado de navíos todo el Helesponto, y [45 ] atestados de soldados todas las playas y todos los campos de los abidenos, en ese momento Jerjes se consideró un hombre afortunado 265 ; pero, acto seguido, se echó a llorar.

Al percatarse Artábano, su tío paterno, de la reacción [46 ] del monarca (la persona que, en un principio, manifestara francamente su opinión, aconsejándole que no organizase una expedición contra Grecia 266 ), al advertir, insisto, ese personaje que Jerjes se había echado a llorar, le dijo lo siguiente: «Majestad, ¡qué gran diferencia existe entre tu actitud de ahora y la de hace un instante! Primero, te consideraste un hombre afortunado, y, en estos momentos, estás llorando.» «Es que —replicó Jerjes— me ha invadido un sentimiento de tristeza al pensar en lo breve que es la vida de todo ser humano, si tenemos en cuenta que, de toda esa cantidad de gente, no quedará absolutamente nadie dentro de cien años.»

Entonces, Artábano le respondió como sigue: «Otras desdichas peores que ésa sufrimos a lo largo de la vida. [3] Pues, durante una existencia tan breve como la nuestra, no hay hombre alguno, ni entre los que ahí ves ni en el resto del mundo, que sea tan afortunado 267 como para que no le asalte, en repetidas ocasiones y no una sola vez, el deseo de preferir estar muerto a seguir con vida 268 , ya que las desgracias que se ciernen sobre nosotros, y las enfermedades que nos aquejan, hacen que [4] la vida, pese a su brevedad, parezca larga. Así, cuando la existencia resulta penosa, la muerte se convierte para el hombre en una escapatoria muy apetecida, y, por su parte, la divinidad, si nos deja probar la dulzura de la vida, con su actitud pone de relieve su envidioso talante 269 .»

[47 ] Entonces, Jerjes le respondió como sigue: «Mira, Artábano, dejemos de cavilar sobre la vida humana —que se caracteriza por lo que tú indicas—, y no pensemos en calamidades, cuando tenemos entre manos perspectivas favorables. Aclárame, sin embargo, el siguiente extremo: si la visión que tuviste en sueños 270 no hubiese sido tan clara, ¿mantendrías tu opinión inicial, tratándome de impedir que atacara Grecia, o habrías cambiado de parecer? ¡Venga, dímelo con toda sinceridad!»

Artábano, entonces, le respondió como sigue: «¡Majestad, [2] ojalá la visión que se nos apareció en sueños acabe cumpliéndose como ambos deseamos! Personalmente, empero, todavía estoy en estos momentos lleno de temor y no las tengo todas conmigo, sobre todo cuando veo, entre otras muchas consideraciones que me hago, que hay dos inconvenientes de extrema gravedad que suponen para tu empresa un serio riesgo.»

Ante estas manifestaciones, Jerjes le respondió en [48 ] los siguientes términos: «¡Diantre de hombre! ¿Cuáles son esos dos inconvenientes que, según tú, suponen para mi empresa un serio riesgo? ¿Crees acaso que el ejército de tierra merece algún reparo por su número? ¿Opinas que los efectivos griegos serán muy superiores a los nuestros? ¿Que nuestra flota será inferior a la suya? ¿O te preocupan ambas posibilidades a la vez? Si opinas, al respecto, que nuestras fuerzas son netamente insuficientes, podrían reclutarse de inmediato nuevos contingentes.»

Entonces, Artábano le respondió como sigue: «Majestad, [49 ] nadie con verdadero sentido común pondría reparos a ese ejército de ahí 271 , ni al potencial de la flota; es más, si reúnes un número superior, los dos inconvenientes a que me refiero entrañarán para tu empresa mucho más riesgo todavía. Pues esos dos inconvenientes son la tierra y el mar.

»En efecto, según mis cálculos, no hay en todo el [2] mar un puerto lo suficientemente grande como para albergar, si se levanta una tempestad, a esa flota que has reunido y garantizar la seguridad de tus naves 272 , y, por otra parte, a lo largo de todas las tierras que vayas costeando, no ha de haber un solo puerto de esas características, [3] sino muchos. Por consiguiente, como no vas a disponer de puertos apropiados para fondear, ten en cuenta que son los avatares del destino los que se imponen a los hombres, y no los hombres a los avatares del destino 273 .

»En fin, una vez expuesto uno de los dos inconvenientes con que vas a encontrarte, paso a hablarte del [4] otro. La tierra supone un riesgo indudable para tu campaña por el siguiente motivo: si no llega a presentársete ningún contratiempo, te resultará tanto más peligrosa cuanto más progreses en tu avance; y te verás arrastrado cada vez más lejos, pues los hombres jamás se sacian [5] de triunfos. Aun suponiendo, pues, que nadie te ofrezca resistencia, te garantizo que, con el transcurso del tiempo, la progresiva extensión de tus conquistas nos acarreará hambre 274 . Un hombre, en definitiva, sería de excepcional valía si, analizando todos los riesgos posibles, fuese precavido al abordar un problema y decidido a la hora de actuar 275 .»

Jerjes le respondió en los siguientes términos: «Artábano, [50 ] es indudable que planteas atinadamente todos esos inconvenientes; pero no abrigues temor ante todo, y no analices todo tipo de asuntos con la misma minuciosidad. Pues cierto que, si, ante las diversas situaciones que se van presentando, pretendieses analizar todos los detalles con la misma minuciosidad, jamás harías nada. Es preferible afrontar con confianza todos los peligros y sufrir la mitad de los posibles contratiempos, que temer de antemano todo tipo de riesgos y permanecer constantemente inactivo.

»Además, si criticas cualquier plan que se exponga [2] sin aportar la solución de manera infalible, puedes tener la seguridad de que incurres, al respecto, en el mismo error que quien ha discrepado de tus puntos de vista. El caso, en efecto, presenta una total similitud. Por otra parte, siendo un hombre, ¿cómo puede uno saber de manera infalible lo que sea? En mi opinión, es imposible. De ahí que los éxitos suelan sonreír, generalmente, a las personas decididas a actuar, y que no ocurra así, ni mucho menos, con quienes todo lo analizan y ante todo vacilan. Puedes ver qué potencia ha alcanzado [3] el imperio persa. Pues bien, si los gloriosos monarcas que me han precedido hubieran opinado como tú, o si, pese a no hacerlo, hubiesen tenido por consejeros a personas de tu carácter, no habrías llegado a ver a Persia encumbrada hasta el lugar que ocupa; mas lo cierto es que la auparon hasta esta preeminente posición exponiéndose a una serie de peligros, pues los grandes logros suelen conseguirse a costa de grandes peligros. [4] En ese sentido, nosotros 276 , para igualarnos a ellos, estamos llevando a cabo una expedición en la estación más adecuada del año 277 , y, tras haber sometido toda Europa, regresaremos a nuestra patria sin habernos topado con el hambre en parte alguna, ni haber sufrido ningún otro contratiempo: para nuestra expedición llevamos abundantes víveres, y, además, nos apoderaremos del trigo de las comarcas y de los pueblos que vayamos invadiendo, pues nos dirigimos contra labradores y no contra nómadas 278 .»

[51 ] «Majestad —dijo, acto seguido, Artábano—, dado que no admites que se abrigue temor alguno, permíteme por lo menos un consejo, pues, cuando hay muchas cosas en juego, es necesario profundizar más en el tema. Ciro, hijo de Cambises, sometió e hizo tributarias de los persas a todas las ciudades jonias 279 , salvo Atenas. [2] Te aconsejo, por lo tanto (ya que, sin ellos, podemos imponernos igualmente a nuestros enemigos), que no acaudilles, bajo ningún concepto, a esos sujetos contra sus antepasados 280 , pues, de acompañarnos, deberán hacer gala de una extrema vileza, al sumir en la esclavitud a su metrópoli 281 , o de una singular hidalguía, si la ayudan a luchar por su libertad 282 . A este respecto, [3] su vileza no nos proporcionará ninguna ventaja importante; en cambio, su hidalguía puede comprometer seriamente a tus tropas. En suma, acuérdate concretamente de aquel viejo proverbio tan atinado: ‘al principio no se vislumbra el desenlace definitivo’ 283 .»

Ante estas manifestaciones, Jerjes replicó: «Artábano, [52 ] de todas las opiniones que has expresado esta última es, precisamente, la más errónea, si temes que los jonios se pasen al enemigo, pues tenemos una prueba irrefutable de su fidelidad (de ella puedes dar testimonio tú, así como todos cuantos acompañaron a Darío en su expedición contra los escitas), ya que en sus manos estuvo que todo el ejército persa pereciera o se salvara 284 , y ellos demostraron honradez y lealtad, sin causarnos el menor contratiempo. Pero, al margen de ello, [2] habida cuenta de que, al ponerse en camino, han dejado en nuestros dominios a sus hijos y a sus mujeres, así como sus posesiones, no ha lugar a suponer que vayan a rebelarse. Así que no temas tampoco esa posibilidad; al contrario, quédate tranquilo y encárgate de velar por mis intereses y mi reino, pues, de entre todos los persas, yo te confío mi cetro a ti solo 285 .»

Últimas consignas de Jerjes antes de abandonar Asia

[53 ] Dicho esto, y tras enviar a Artábano a Susa, Jerjes convocó, acto seguido, a los persas más destacados y, una vez en su presencia, les dijo lo que sigue: «Persas, os he reunido para pediros lo siguiente: comportaos con valor y no mancilléis las pasadas gestas de los persas, que fueron importantes y gloriosas; actuemos, antes bien, con entrega, cada uno en particular y todos en general, pues el objetivo que perseguimos nos interesa a todos.

[2] »Por otra parte, la razón de que os exhorte a que os consagréis afanosamente a la campaña se debe a que, según tengo entendido, nos dirigimos contra gentes valerosas, y a que, si los vencemos, no habrá ya ningún otro ejército en el mundo que pueda hacernos frente 286 . De momento, pues, crucemos el mar, después de haber dirigido una plegaria a los dioses que velan 287 por Persia.»

Paso del Helesponto y llegada a Dorisco, en Tracia

Durante aquel día los persas se prepararon [54 ] para cruzar el estrecho, y, al día siguiente, aguardaron a la salida del sol 288 —fenómeno que deseaban contemplar—, mientras quemaban sobre los puentes toda suerte de sustancias aromáticas y recubrían el trayecto con ramas de mirto. Al rayar el sol, [2] Jerjes efectuó en el mar una libación con una copa de oro 289 y, dirigiéndose al sol, le rogó que, antes de llegar a los últimos confines de Europa 290 , no le sucediera ningún grave contratiempo que le impidiese someterla. Y, terminada su plegaria, arrojó la copa al Helesponto, así como una crátera de oro y una espada persa (arma que ellos denominan akinákēs 291 ). Lo que [3] no puedo precisar a ciencia cierta es si lanzó esos objetos al agua como ofrenda al sol, o si es que se había arrepentido de haber ordenado azotar al Helesponto y se los ofrecía al mar en desagravio.

Cuando Jerjes hubo realizado esos ritos, por uno de [55 ] los puentes —el del lado del Ponto— cruzaron la infantería y la totalidad de la caballería, en tanto que por el puente próximo al Egeo lo hicieron las bestias de carga y la servidumbre.

[2] Abrían la marcha los diez mil persas, todos con coronas en la cabeza, y tras ellos marchaban efectivos del ejército, integrados por una mezcolanza de todo tipo de pueblos. Durante aquel día pasaron esos contingentes, mientras que, al día siguiente, los primeros en cruzar fueron los jinetes y las unidades que llevaban las puntas de sus picas vueltas hacia el suelo (por cierto que también esos efectivos lucían coronas en la cabeza). [3] A continuación lo hicieron los caballos y el carro sagrados; inmediatamente después, el propio Jerjes, así como los lanceros y los mil jinetes; tras ellos, finalmente, pasó el resto del ejército 292 . Y, al mismo tiempo, las naves levaron anclas, rumbo a la orilla opuesta. (Con todo, también he oído decir al respecto que el rey cruzó el último de todos 293 .)

Una vez que hubo pasado a Europa, Jerjes estuvo [56 ] contemplando el paso del ejército, que lo hizo a latigazos. (Sus tropas cruzaron el estrecho en siete días y siete noches 294 sin un solo instante de respiro.) Fue, entonces [2] —en el momento en que Jerjes había cruzado ya el Helesponto—, cuando, según cuentan, un lugareño exclamó: «¡Zeus! ¿Por qué quieres asolar Grecia, al frente del mundo entero, precisamente bajo la apariencia de un persa y con el nombre de Jerjes en vez del de Zeus? Pues hasta sin todo esto podrías hacerlo.»

Habían cruzado ya todos, y se disponían a emprender [57 ] la marcha, cuando pudieron presenciar un gran prodigio, del que Jerjes hizo caso omiso, a pesar de que su interpretación resultaba fácil: una yegua parió una liebre 295 . El portento, en efecto, permitía una fácil interpretación en el siguiente sentido: Jerjes iba a acaudillar contra Grecia una expedición con suma arrogancia y boato, pero regresaría a su punto de partida corriendo, para salvar la vida.

[2] Y por cierto que, mientras se hallaba en Sardes, el monarca pudo contemplar también otro prodigio 296 : una mula parió un muleto dotado de dos órganos genitales: poseía los del macho y los de la hembra (el órgano masculino estaba encima del otro).

[58 ] Haciendo caso omiso de esos dos prodigios, Jerjes prosiguió su avance acompañado por el ejército de tierra. Por su parte, la flota abandonó las aguas del Helesponto, siguiendo la costa, en dirección contraria a la [2] de las fuerzas terrestres, pues navegaba con rumbo oeste, para alcanzar el cabo Sarpedonio 297 , donde, a su llegada, tenía orden de mantenerse a la espera.

Entretanto, en su avance por tierra, el ejército atravesó el Quersoneso en dirección nordeste 298 dejando a la derecha el sepulcro de Hele, la hija de Atamante 299 , y a la izquierda la ciudad de Cardia 300 , y pasó por el centro de una ciudad cuyo nombre, precisamente, es Ágora 301 . A partir de allí, contorneó el golfo conocido por [3] el nombre de Melas 302 y cruzó el río Melas, cuyo caudal se agotó, sin que en aquellos momentos bastara para las necesidades de las tropas; tras haber franqueado dicho río —que ha dado también su nombre al golfo que he citado—, el ejército se dirigió hacia el Oeste, pasando por los aledaños de la ciudad eolia de Eno y del lago Estentóride 303 , hasta que llegó a Dorisco.

Dorisco es una zona costera de Tracia, que incluye [59 ] una amplia llanura, a través de la cual corre el Hebro, un caudaloso río 304 . En dicha llanura se había erigido un fortín del rey 305 (precisamente es ese fortín el que recibe el nombre de Dorisco), y, desde la época en que Darío llevó a cabo su expedición contra los escitas 306 , en él había sido acantonada, por orden del monarca, [2] una guarnición persa 307 . Pues bien, Jerjes estimó que el lugar era idóneo para organizar y proceder allí al recuento de sus tropas, y así lo hizo. En ese sentido 308 , los jefes de la flota, a instancias de Jerjes, hicieron que todos los navíos, a su arribada a Dorisco, se dirigieran a la playa próxima al fortín 309 , donde se hallan emplazadas Sale (una localidad samotracia) y Zona 310 , y en la que se encuentra, al final de la misma, el famoso cabo Serreo 311 (por cierto que esa región pertenecía antiguamente [3] a los cicones 312 ). A esa playa fue a donde arrumbaron las naves; y, tras sacarlas a tierra, dejaron que se secaran 313 . Mientras tanto, en Dorisco, Jerjes ordenó que se procediera al recuento de sus fuerzas.


Enumeración de los contingentes persas

[60 ] A este respecto, no puedo determinar a ciencia cierta el número a que ascendían los contingentes que aportaba cada pueblo (pues ninguna persona da informaciones sobre el particular 314 ), pero es seguro que los efectivos del ejército de tierra suponían, en total, un millón setecientos mil hombres 315 . [2] Y a su recuento se procedió de la siguiente manera: reunieron en un lugar determinado a diez mil hombres, los apiñaron todo lo que pudieron y, acto seguido, trazaron a su alrededor un círculo que los englobaba. Tras esa operación, desalojaron de allí a los diez mil hombres y, siguiendo el trazado del círculo, levantaron una cerca que llegaba hasta la altura del ombligo de una persona. Concluida la obra, hicieron que otros [3] diez mil hombres ocuparan el espacio delimitado por la cerca, hasta que, de este modo, se logró el recuento de todos los efectivos 316 . Y, una vez determinado su número, los hicieron formar por naciones 317 .

Fuerzas de infantería

Los pueblos que tomaban parte en la [61 ] campaña eran los siguientes 318 . Primero, los persas, que iban equipados 319 de la siguiente manera: en la cabeza llevaban unos gorros de fieltro flexible, llamados tiaras 320 , y en el cuerpo unas túnicas 321 de vistosos colores, provistas de mangas, 〈 así como corazas 〉 recubiertas de láminas de hierro que se asemejaban a las escamas de los peces; en las piernas llevaban anaxirides 322 , y, en lugar de escudos metálicos, unos de mimbre, bajo los cuales iban colgadas sus aljabas. También portaban unas lanzas cortas, grandes arcos y flechas de caña, y, además, junto al muslo derecho, unos puñales que les pendían del cinturón 323 . [2] Tenían por caudillo a Ótanes, el padre de Amastris, la esposa de Jerjes 324 Antiguamente los griegos los llamaban cefenes, pero ellos se daban a sí mismos el nombre [3] de arteos 325 , cosa que también hacían sus vecinos. Sin embargo, cuando Perseo, el hijo de Dánae 326 y de Zeus, llegó a la corte de Cefeo 327 , hijo de Belo, se casó con Andrómeda, la hija del monarca, y tuvo un hijo al que impuso el nombre de Persa, y, al marcharse, lo dejó en aquel país, porque resulta que Cefeo carecía de descendencia masculina. Pues bien, en memoria de ese personaje los persas adoptaron su nombre 328 .

Por su parte, los medos tomaban parte en la campaña [62 ] uniformados de la misma manera, pues esa indumentaria es de origen medo 329 , y no persa.

Los medos tenían por caudillo al aqueménida Tigranes 330 . Y por cierto que, antiguamente, todo el mundo los llamaba arios 331 ; pero, cuando la cólquide Medea llegó hasta su país, procedente de Atenas, también ellos cambiaron de nombre. Eso es lo que, sobre su gentilicio, cuentan los propios medos 332 .

Los expedicionarios cisios 333 iban, en general, equipados [2] como los persas, pero, en vez de los gorros de fieltro, llevaban mitras. Al frente de los cisios figuraba Anafes, hijo de Ótanes 334 .

Los hircanios 335 iban armados como los persas y a su mando se hallaba Megápano 336 , quien, con posterioridad a estos acontecimientos, fue gobernador de Babilonia.

[63 ] Los expedicionarios asirios 337 llevaban en la cabeza unos cascos de bronce, trenzados 338 con arreglo a una técnica bárbara de difícil descripción; llevaban también escudos, lanzas y puñales similares a los de los egipcios 339 , y, además, mazas de madera tachonadas con clavos de hierro y petos de lino. Los griegos llamaban a estas gentes sirios, pero los bárbaros les han dado el nombre de asirios 340 . [Entre ellos, por cierto, figuraban los caldeos 341 ]. A su frente se hallaba Otaspes, hijo de Artaqueas 342 .

Los bactrios 343 que tomaban parte en la expedición [64 ] llevaban en la cabeza unos gorros muy semejantes a los de los medos, y portaban arcos confeccionados con cañas, típicos de su país, y lanzas cortas.

Por su parte, los sacas —un pueblo escita 344 — llevaban [2] en la cabeza unos turbantes 345 rígidos que terminaban en punta, iban vestidos con anaxirides 346 , y portaban unos arcos típicos de su país, puñales y, además, unas hachas (unas sagaris 347 ). Pese a que eran escitas amirgios 348 , los llamaban sacas, pues los persas denominan sacas a todos los escitas 349 .

Al frente de bactrios y sacas figuraba Histaspes 350 , hijo de Darío y de Atosa, la hija de Ciro.

[65 ] Los indios 351 iban ataviados con ropas confeccionadas con algodón 352 , y llevaban arcos hechos con cañas y flechas, igualmente de caña, pero con la punta de hierro. Así era, en definitiva, como iban equipados los indios, cuyos contingentes, agrupados, habían sido puestos a las órdenes de Farnazatres, hijo de Artábates 353 .

[66 ] Los arios 354 iban provistos de arcos médicos, siendo el resto de su indumentaria y armamento como el de los bactrios. A su frente figuraba Sisamnes 355 , hijo de Hidarnes.

Los partos, los corasmios, los sogdos, los gandarios v los dadicas 356 tomaban parte en la expedición equipados igual que los bactrios. Y sus caudillos eran los [2] siguientes: al frente de los partos y de los corasmios se hallaba Artabazo 357 , hijo de Fárnaces; al frente de los sogdos, Azanes, hijo de Arteo, y al frente de los gandarios y dadicas, Artifio 358 , hijo de Artábano.

Los expedicionarios caspios 359 iban ataviados con [67 ] pellizas y llevaban arcos de caña, típicos de su país, y alfanjes. Así era como iban equipados los caspios, que tenían por caudillo a Ariomardo 360 hermano de Artifio.

Los sarangas 361 se distinguían por llevar sus ropas teñidas; además, llevaban unas botas que les llegaban a la rodilla, así como arcos y lanzas médicas. Al frente de los sarangas figuraba Feréndatas, hijo de Megabazo 362 .

Los pacties 363 iban vestidos con pellizas, y llevaban [2] arcos típicos de su país y puñales. Como jefe tenían a Artaíntes 364 , hijo de Itamitres.

[68 ] Los utios, los micos y los paricanios 365 iban equipados como los pacties. Y sus caudillos eran los siguientes: al frente de los utios y de los micos se hallaba Arsámenes 366 , hijo de Darío, y al frente de los paricanios, Siromitra, hijo de Eobazo 367 .

[69 ] Los árabes 368 llevaban amplios mantos ceñidos a la cintura, y en la diestra esgrimían grandes arcos de curvatura inversa 369 .

Por su parte los etíopes 370 , que iban cubiertos con pieles de panteras y de leones, llevaban unos grandes arcos —de no menos de cuatro codos 371 —, confeccionados con una rama de palmera, en los que encajaban unas pequeñas flechas, hechas con cañas, cuya punta, en vez de ser de hierro, estaba formada por una piedra afilada que utilizan, también, para tallar sus sellos 372 . Llevaban, además, unas lanzas rematadas, a modo de punta, por un afilado cuerno de gacela, y portaban también mazas tachonadas con clavos. (Por cierto que, al entrar en combate, se embadurnan medio cuerpo con yeso y la otra mitad con minio.)

[2] Al frente de los árabes y de los etíopes que residen al Sur de Egipto figuraba Ársames, hijo de Darío y de Artistone 373 , hija de Ciro (la esposa favorita de Darío, de quien el monarca mandó hacer una estatua de oro batido a martillo). Al frente, repito, de los etíopes residentes al Sur de Egipto y de los árabes se hallaba Ársames.

[70 ] Por su parte, agregados a los indios, figuraban los etíopes orientales 374 (pues resulta que ambos pueblos tomaban parte en la expedición), que no se diferencian de los otros etíopes por ningún rasgo fisonómico; la única distinción estriba en su idioma y su cabello, ya que los etíopes orientales tienen el pelo lacio, mientras que los de Libia 375 son las personas que tienen el cabello [2] más crespo del mundo 376 . Esos etíopes originarios de Asia iban equipados, en general, como los indios; sin embargo, en la cabeza llevaban pieles arrancadas a cráneos de caballos, incluidas las orejas y la crin: la crin les servía de penacho y llevaban las orejas de los animales perfectamente tiesas. Además, en vez de hacerlo con escudos metálicos, se protegían con pieles de grullas 377 .

Los libios 378 iban con una indumentaria de cuero y [71 ] empleaban venablos aguzados al fuego. Tenían por caudillo a Másages, hijo de Oarizo 379 .

Los expedicionarios paflagonios 380 llevaban en la cabeza [72 ] cascos trenzados 381 ; portaban escudos pequeños, lanzas de mediano tamaño, así como venablos y puñales, e iban calzados con unas botas, típicas de su país, que les llegaban hasta media pierna.

Por su parte, los expedicionarios ligures, matienos, mariandinos y sirios 382 iban equipados como los paflagonios. (Por cierto que los persas denominan capadocios a los citados sirios.)

Pues bien, al frente de los paflagonios y de los matienos [2] figuraba Doto, hijo de Megasidro 383 ; mientras que al frente de los mariandinos, de los ligures y de los sirios se hallaba Gobrias 384 , hijo de Darío y de Artistone.

[73 ] Los frigios 385 llevaban una indumentaria y un armamento muy similar al de los paflagonios (las diferencias eran escasas). Y por cierto que, al decir de los macedonios, los frigios recibieron el nombre de brigios 386 durante todo el tiempo que permanecieron en Europa, donde fueron vecinos de los macedonios, pero, cuando emigraron a Asia, a la vez que cambiaban de territorio también lo hicieron de nombre, [pasando a llamarse frigios].

Por su parte, los armenios iban equipados como los frigios, ya que son colonos de estos últimos 387 .

Al frente de los contingentes de ambos pueblos figuraba Artocmes 388 que estaba casado con una hija de Darío.

[74 ] Los lidios llevaban armas muy similares a las de los griegos 389 . (Por cierto que, antiguamente, los lidios se llamaban mayones 390 , pero, en memoria de Lidio, hijo de Atis 391 , cambiaron de gentilicio y adoptaron su nombre.)

Los misios 392 , por su parte, llevaban en la cabeza unos cascos típicos de su país, portaban pequeños escudos y empleaban venablos aguzados al fuego. (Esas gentes [2] son colonos de Lidia y, por el nombre del monte Olimpo 393 , reciben el gentilicio de olimpianos.)

Al frente de los lidios y de los misios figuraba Artáfrenes, hijo de Artáfrenes 394 , el personaje que acompañó a Datis en su incursión contra Maratón.

Los expedicionarios tracios 395 llevaban en la cabeza [75 ] pieles de zorro; iban vestidos con túnicas, sobre las que lucían amplios mantos de vistosos colores, y calzaban unas botas de piel de cervato que les cubrían las piernas hasta la rodilla 396 ; además, portaban venablos, [2] peltas 397 y unos cortos puñales. A raíz de su paso a Asia, estos tracios recibieron el nombre de bitinios, cuando —según su propio testimonio— anteriormente se denominaban estrimonios, ya que residían a orillas del Estrimón 398 . (Según ellos, fueron expulsados de sus predios por los teucros y los misios 399 .)

Al frente de los tracios de Asia se hallaba Básaces 400 , hijo de Artábano.

[76 ] 〈 Los pisidios 〉 401 llevaban pequeños escudos de piel de buey sin curtir, cada guerrero portaba dos jabalinas de fabricación licia 402 , llevaban en la cabeza cascos de bronce (unas orejas y unos cuernos de buey, también de bronce, estaban adosados a los cascos, sobre los que figuraban, asimismo, unos penachos), y tenían las piernas vendadas con tiras de color purpúreo. En su país hay un oráculo de Ares 403 .

Los cabeleos mayones, llamados lasonios 404 , llevaban [77 ] la misma indumentaria y armamento que los cilicios; indumentaria que pasaré a describir cuando, en el curso de mi narración, llegue al contingente cilicio 405 .

Los milias 406 portaban lanzas cortas y llevaban sus ropas sujetas con fíbulas. Algunos de ellos, además, portaban arcos licios 407 , y en la cabeza llevaban yelmos confeccionados con pieles curtidas.

Al frente de todos ellos figuraba Badres, hijo de Histanes 408 .

Los moscos llevaban en la cabeza yelmos de madera, [78 ] y portaban escudos y unas lanzas de pequeñas dimensiones, pero rematadas por grandes puntas.

Por su parte, los expedicionarios tibarenos, macrones y mosinecos iban equipados como los moscos 409 .

Sus efectivos, que habían sido agrupados, estaban a las órdenes de los siguientes jefes: al frente de los moscos y de los tibarenos figuraba Ariomardo 410 , hijo de Darío y de Parmis 411 , la hija de Esmerdis (el hijo de Ciro); mientras que al frente de los macrones y de los mosinecos se hallaba Artaíctes 412 , hijo de Querasmis, que era gobernador de Sesto, en el Helesponto.

[79 ] Los mares 413 llevaban en la cabeza unos cascos trenzados, típicos de su país; además, portaban pequeños escudos de cuero y venablos.

Los colcos 414 llevaban, para protegerse la cabeza, cascos de madera, y portaban pequeños escudos de piel de buey sin curtir, unas lanzas cortas y, finalmente, dagas.

Al frente de los mares y de los colcos figuraba Farándates 415 , hijo de Teaspis.

Por su parte, los expedicionarios alarodios y saspires 416 iban armados como los colcos. A su frente se hallaba Masistio 417 , hijo de Siromitra.

Los pueblos isleños que se habían incorporado al ejército [80 ] desde el mar Eritreo 418 (por cierto que procedían de las islas donde el rey confina a los que reciben el nombre de «desterrados» 419 ) llevaban una indumentaria y un armamento muy similar al de los medos.

Al frente de esos isleños figuraban Mardontes, hijo de Bageo 420 , quien, un año después de estos acontecimientos, desempeñó el cargo de general en Mícala, pereciendo en la batalla 421 .

Ésos eran los pueblos que, en la campaña, formaban [81 ] parte de los efectivos terrestres, constituyendo la infantería. Pues bien, al frente de esas fuerzas se hallaban los jefes que he citado, y fueron ellos quienes las organizaron y procedieron a su recuento, y quienes designaron a quiliarcas y miriarcas (estos últimos, por su parte, hicieron lo propio con hecatonarcas y decarcas 422 ). Además, había otros oficiales al mando de diversas unidades y de grupos étnicos 423 .

Los jefes de esos contingentes eran, insisto, los personajes que he citado.

Con todo, al frente de ellos, y de la totalidad de la [82 ] infantería, se hallaban Mardonio, hijo de Gobrias, Tritantecmes, hijo de Artábano (quien fuera de la opinión de que no se organizase una expedición contra Grecia), Esmerdómenes, hijo de Ótanes (estos dos últimos eran hijos de unos hermanos de Darío, y, por lo tanto, primos de Jerjes), Masistes, hijo de Darío y de Atosa 424 Gergis, hijo de Ariazo, y Megabizo, hijo de Zópiro 425 .

Los Inmortales

Éstos eran los generales en jefe de [83 ] todos los contingentes de infantería, excepción hecha de los Diez Mil. Al mando de esos diez mil persas —que constituían tropas de élite— se hallaba Hidarnes 426 , hijo de Hidarnes. Y por cierto que esas fuerzas persas recibían el nombre de «Inmortales» 427 por el siguiente motivo: si uno de ellos causaba baja por muerte o enfermedad y hacía menguar su número, era elegido un sustituto, con lo que la cifra de diez mil nunca se veía rebasada o disminuida.

[2] Los persas, por otra parte, eran los expedicionarios que más lujosos atavíos lucían y eran, asimismo, los mejores guerreros. Ya he indicado el tipo de indumentaria y de armamento que llevaban 428 , pero se distinguían, sobre todo, por la enorme cantidad de objetos de oro que portaban 429 . Además, llevaban consigo harmámaxas 430 , en las que viajaban sus concubinas y una servidumbre numerosa y perfectamente equipada. Sus provisiones, distintas a las del resto de los soldados, las transportaban camellos y acémilas al efecto.

Fuerzas de caballería

[84 ] Esos pueblos que he citado 431 emplean habitualmente caballos, pero no todos aportaban contingentes de caballería, sino tan sólo los siguientes: ante todo, los persas, que iban equipados igual que sus fuerzas de infantería (algunos de ellos, empero, llevaban en la cabeza una especie de cascos de bronce y de hierro forjado 432 ).

[85 ] Por cierto que hay unos nómadas, llamados sagartios 433 (constituyen una tribu de raza y lengua persa, si bien llevan un atuendo de características medio persas, medio pácticas 434 ), que aportaban ocho mil jinetes. Esas gentes, a excepción de puñales, no suelen llevar armas de bronce o de hierro, pero utilizan unos lazos, [2] confeccionados con tiras de cuero trenzadas, cuya eficacia les infunde confianza a la hora de entrar en combate. La táctica que emplean esos sujetos es la siguiente: cuando llegan a la altura de sus adversarios, arrojan los lazos, que en su extremo poseen un nudo corredizo, y a todo al que le aciertan, sea un caballo o un hombre, lo arrastran hacia ellos, de manera que sus presas perecen atrapadas en las cuerdas. Ésa es la táctica que emplean esos individuos, que habían sido encuadrados con los persas.


[86 ] Los medos llevaban la misma indumentaria y armamento que sus fuerzas de infantería, e igual ocurría con los cisios 435 . Los indios iban uniformados con la misma indumentaria y armamento utilizados entre sus contingentes de infantería 436 ; además, montaban caballos ensillados y conducían carros, de los que tiraban caballos y onagros 437 . Los bactrios iban equipados como sus efectivos de infantería, e igual sucedía con los sacas 438 .

También los libios, por su parte, iban como sus [2] fuerzas de infantería 439 , y todos ellos conducían, asimismo, carros. Al igual que los demás, los caspios y los paricanios iban uniformados como sus contingentes de infantería 440 . Los árabes también llevaban la misma indumentaria y armamento que sus efectivos de infantería 441 y todos montaban camellos, animales que, en rapidez, no son inferiores a los caballos 442 .

Esos pueblos eran los únicos que proporcionaban [87 ] fuerzas de caballería, cuyo número ascendía a ochenta mil unidades 443 , sin contar los camellos y los carros. (Por cierto que todos los efectivos de la caballería habían sido divididos en escuadrones, salvo los árabes 444 , que ocupaban la retaguardia; pues, como los caballos no soportan lo más mínimo la presencia de los camellos 445 , figuraban en último lugar para evitar que la caballería se espantase.)

[88 ] Al frente de la caballería se hallaban Harmamitras y Titeo, hijos de Datis 446 , pues Farnuques, la tercera persona que compartía con ellos el mando, se había quedado en Sardes aquejado de una enfermedad.

Resulta que, cuando el ejército abandonaba Sardes, fue víctima de un desgraciado accidente: mientras cabalgaba a lomos de su caballo, un perro pasó corriendo por entre las patas del animal, que, como no lo había visto venir, se asustó y, encabritándose, derribó a Farnuques, quien, a consecuencia de la caída, vomitó sangre, [2] y su dolencia terminó convirtiéndose en tisis. Y, con respecto al caballo, los siervos de Farnuques, sin perder un instante, cumplieron puntualmente sus órdenes: lo condujeron al lugar exacto en que había desmontado a su amo y le cortaron las patas a la altura de las rodillas. Así fue como Farnuques se vio relevado del mando.

Fuerzas navales

[89 ] Por su parte, el número de los trirremes ascendía a mil doscientos siete 447 , y los pueblos que los facilitaban eran los siguientes. Trescientos los proporcionaban los fenicios, en unión de los sirios de Palestina 448 , que iban equipados como sigue: en la cabeza llevaban unos yelmos de características muy similares a los de tipo griego 449 , iban ataviados con petos de lino y portaban escudos carentes de brocales, así como venablos. Por cierto que, según sus [2] propios testimonios, los citados fenicios residían antiguamente a orillas del mar Eritreo, desde donde pasaron a Siria, estableciéndose en sus costas 450 (esa parte de Siria, y toda la zona que se extiende hasta Egipto, recibe el nombre de Palestina 451 ).

Los egipcios aportaban doscientas naves. Sus dotaciones [3] llevaban en la cabeza cascos de mallas y portaban escudos cóncavos, provistos de grandes brocales, lanzas especiales para los abordajes y grandes hachas de combate. La mayoría de ellos llevaban corazas 452 y, además, portaban grandes dagas.

Así era como iban armados los egipcios. [90 ]

Los chipriotas, por su parte, proporcionaban ciento cincuenta naves e iban equipados como sigue: sus reyes 453 llevaban la cabeza ceñida con mitras, mientras que los demás portaban kítaris 454 , siendo el resto de su indumentaria y armamento iguales al de los griegos. Y por cierto que, según el testimonio de los propios chipriotas, entre ellos hay elementos étnicos procedentes de todos estos países: de Salamina y Atenas, de Arcadia, de Citnos, de Fenicia y de Etiopía 455 .

[91 ] Los cilicios 456 aportaban cien naves. Sus dotaciones, por su parte, llevaban en la cabeza unos cascos típicos de su país; utilizaban, en lugar de escudos metálicos, adargas confeccionadas con piel de buey sin curtir, e iban vestidos con túnicas de lana. Además, cada guerrero llevaba dos venablos y una espada de unas características muy similares a las dagas egipcias. Los cilicios recibían antiguamente la denominación de hipaqueos 457 , pero adoptaron su nombre actual en memoria de Cilicio, hijo del fenicio Agenor 458 .

Los panfilios 459 , que iban equipados con armas de tipo griego, aportaban treinta naves. Los integrantes de ese pueblo descienden de los soldados que acompañaron a Anfíloco y Calcante, cuando los griegos, al regreso de Troya, se vieron dispersados 460 .

Los licios 461 aportaban cincuenta naves. Iban provistos [92 ] de corazas y de grebas, y llevaban arcos de madera de cornejo, flechas de caña sin plumas y venablos; además, portaban, colgadas de los hombros, pieles de cabra, y, en la cabeza, gorros de fieltro rematados por una corona de plumas 462 ; también llevaban puñales y cimitarras.

Por cierto que los licios, que eran originarios de Creta, recibían la denominación de térmilas 463 , pero adoptaron su nombre actual en memoria de Licio, hijo del ateniense Pandión 464 .

[93 ] Los dorios de Asia 465 , que llevaban armas de tipo griego y eran oriundos del Peloponeso, aportaban treinta naves.

Los carios, que, en general, iban armados como los griegos, aunque también llevaban cimitarras y puñales, aportaban setenta naves. (En los primeros pasajes de mi obra 466 , ya he indicado qué denominación recibía anteriormente ese pueblo.)

[94 ] Los jonios, que iban equipados como los griegos, aportaban cien naves. Por cierto que, durante todo el tiempo que, en el Peloponeso, ocuparon la región que en la actualidad se denomina Acaya 467 —antes de que Dánao y Juto 468 llegaran al Peloponeso—, los jonios, al decir de los griegos, recibían el nombre de pelasgos egialeos 469 , pasando a llamarse jonios en memoria de Ión, hijo de Juto.

Los isleños 470 , que iban armados como los griegos, [95 ] aportaban diecisiete naves (este grupo étnico era también un pueblo pelasgo, pero posteriormente 471 recibió la denominación de jonio por la misma razón que los jonios de la Dodecápolis 472 , oriundos de Atenas 473 ).

Los eolios 474 , que iban equipados como los griegos, aportaban sesenta naves, y, al decir de los griegos, antiguamente recibían el nombre de pelasgos.

Los helespontios 475 , excepción hecha de los de Abido [2] (pues estos últimos habían recibido, por parte del rey, la orden de permanecer en su territorio para custodiar los puentes), los demás expedicionarios procedentes, insisto, del Ponto 476 aportaban cien naves, e iban equipados como los griegos (por cierto que las gentes de esa zona son descendientes de colonos ionios y dorios 477 ).

[96 ] A bordo de todas las naves había soldados persas, medos y sacas 478 . Por otra parte, quienes aportaban las naves más veleras de la flota 479 eran los fenicios, y, de entre estos últimos, los mejores navíos eran los de Sidón 480 .

Al frente de todos estos contingentes 481 , al igual que ocurría con los efectivos que integraban el ejército de tierra, figuraban jefes de sus respectivos países, cuyos nombres no cito en el curso de mi obra, pues, con vistas al objetivo de la misma 482 , no me veo forzosamente [2] obligado a hacerlo, habida cuenta de que los jefes de los diversos pueblos no eran especialmente destacables 483 y de que, en cada grupo étnico, había tantos jefes como ciudades. Además, no se habían incorporado al ejército para ejercer el mando, sino en calidad de vasallos, como el resto de los expedicionarios, pues ya he indicado quiénes eran los generales persas que ejercían de hecho el mando supremo y qué persas se hallaban al frente de los diferentes pueblos.

Los almirantes de la flota eran los siguientes: Ariabignes, [97 ] hijo de Darío; Prexaspes, hijo de Aspatines; Megabazo, hijo de Megábatas, y Aquémenes, hijo de Darío 484 .

Al frente de las fuerzas navales jonias y carias se hallaba Ariabignes, hijo de Darío y de la hija de Gobrias 485 ; al frente de los navíos egipcios figuraba Aquémenes, que era hermano de Jerjes por parte de padre y de madre; mientras que al frente del resto de los efectivos navales se hallaban los otros dos almirantes 486 . (Por cierto que la cifra total de trieconteros, penteconteros, cércuros 487 y navíos ligeros para el transporte de los caballos se elevaba, sin ningún género de dudas, a tres mil embarcaciones 488 .)

[98 ] Por otra parte, los personajes más célebres de la flota —después, eso sí, de los almirantes— eran los siguientes: Tetramnesto de Sidón, hijo de Aniso; Matén de Tiro, hijo de Siromo; Mérbalo de Arado, hijo de Ágbalo; Siénesis de Cilicia, hijo de Oromedonte; Cibernis de Licia, hijo de Cosicas; los chipriotas Gorgo, hijo de Quersis, y Timonacte, hijo de Timágoras, y los carios Histieo, hijo de Timnes, Pigres, hijo de Hiseldomo, y Damasitimo, hijo de Candaules 489 .

Bien, no cito acto seguido a los demás oficiales, [99 ] pues no veo la necesidad. Sin embargo, quiero mencionar a Artemisia, una mujer que tomó parte en la expedición contra Grecia 490 y por quien siento una especial admiración, ya que ejercía personalmente la tiranía (pues su marido había muerto y contaba con un hijo todavía joven), y tomó parte en la campaña, cuando nada la obligaba a hacerlo 491 , impulsada por su bravura y arrojo.

Como he dicho, se llamaba Artemisia y era hija de [2] Lígdamis, siendo oriunda de Halicarnaso 492 , por parte de padre, y cretense por parte de madre. Imperaba sobre Halicarnaso, Cos, Nisiro y Calidna 493 , y aportaba cinco navíos. Precisamente, las naves que aportó eran [3] las más celebradas de toda la flota —después, eso sí, de las de Sidón—, y, de entre todos los aliados 494 de Jerjes, fue ella quien dio al monarca los más atinados consejos 495 . Quiero, asimismo, puntualizar que la población de las ciudades sobre las que, como he indicado, imperaba Artemisia, es doria en su totalidad, pues los halicarnaseos son originarios de Trecén, mientras que los demás lo son de Epidauro 496 .

Jerjes revista las tropas

[100 ] En fin, aquí termina la descripción de la fuerza naval.

Entretanto 497 , una vez que se hubo procedido al recuento y a la formación del ejército, Jerjes sintió deseos de recorrer personalmente las filas para pasar revista. Y así lo hizo poco después: subido a un carro, pasó, uno tras otro, ante los diversos grupos étnicos recabando informaciones, mientras sus secretarios 498 iban tomando nota, hasta que hubo inspeccionado, de un extremo al otro, tanto los contingentes de caballería como los de infantería. Cuando había concluido ya su revista, se botaron [2] los navíos al mar 499 y, acto seguido, el monarca se trasladó desde su carro a una nave sidonia, tomó asiento bajo un palio de oro y, a bordo del navío, pasó junto a las proas de las naves, formulando preguntas ante cada una, como había hecho con el ejército de tierra, y cuidando de que se anotaran las respuestas.

Por cierto que los navarcas 500 pusieron rumbo a [3] mar abierto y anclaron las naves, formando una sola línea, a unos cuatro pletros 501 de la orilla, después de haber dirigido todos sus proas hacia tierra y de haber armado hasta los dientes a los soldados de a bordo, como si fuesen a entrar en combate. Jerjes, pues, pasó revista navegando entre las proas y la orilla.

Coloquio entre Jerjes y Demarato

Tras haber inspeccionado la flota a [101 ] bordo de una nave, Jerjes, cuando hubo desembarcado, mandó que fueran a por Demarato, hijo de Aristón —que le acompañaba en su expedición contra Grecia—, y, después de decirle que se aproximara, le preguntó lo siguiente: «Demarato, en estos momentos me apetece preguntarte algo que deseo saber. Tú eres griego y, según tengo entendido por tus manifestaciones y por las de los demás griegos que se han entrevistado conmigo, natural de una ciudad que no es la más insignificante y débil de la Hélade. Aclárame, por eso, [2] ahora si los griegos se atreverán a ofrecerme resistencia. Porque, en mi opinión, aunque se coligaran todos los griegos y los demás pueblos que residen en Occidente, no son unos rivales capaces de contener mi ataque, sobre todo si no existe coordinación entre ellos. No [3] obstante, quiero conocer también qué es lo que personalmente opinas al respecto.»

Esto fue lo que le preguntó Jerjes. Demarato, por su parte, le respondió diciendo: «Majestad, ¿debo hablarte con sinceridad o halagarte?» El monarca, entonces, le mandó que hablara con sinceridad, asegurándole que no por ello le iba a resultar menos simpático que antes 502 .

[102 ] Al oír estas palabras, Demarato dijo lo que sigue: «Majestad, puesto que mandas que, en sus manifestaciones, uno se exprese con absoluta sinceridad, para evitar que, un día, resulte ante ti culpable por haber mentido, te diré que la pobreza viene siendo, desde siempre, una compañera inseparable 503 de Grecia, pero en ella ha arraigado también la hombría de bien 504 —conseguida a base de inteligencia y de unas leyes sólidas—, cuya estricta observancia le permite defenderse de la [2] pobreza y del despotismo. En consecuencia, sólo tengo elogios para todos los griegos que habitan por aquellas tierras 505 , pero mis próximas palabras no voy a aplicarias a todos ellos, sino exclusivamente a los lacedemonios: has de saber, ante todo, que jamás aceptarán tus condiciones 506 , que representan esclavitud para Grecia; pero, además, es que saldrán a hacerte frente en el campo de batalla, aunque los demás griegos abracen en su totalidad tu causa. Y, respecto a su número, [3] no preguntes cuántos deben de ser para poder adoptar semejante actitud; pues, si se da la circunstancia de que son mil quienes integran su ejército, esos mil lucharán contra ti, y lo mismo harán tanto si son menos como si son más.»

Al oír estas palabras, Jerjes se echó a reír 507 y exclamó: [103 ] «Demarato, ¿qué es lo que has dicho? ¿Que mil hombres lucharán contra un ejército tan poderoso como éste? Vamos a ver, dime: tú mismo, según cuentas, has sido rey de esos individuos. ¿Estarías dispuesto, por lo tanto, a medirte sin dilación alguna con diez hombres? Es más, si todos vuestros ciudadanos son tal como tú afirmas, no hay duda de que tú, que eres 508 su rey, debes, de acuerdo con vuestras leyes 509 , enfrentarte al doble de adversarios, pues, si cada uno de ellos [2] equivale a diez hombres de mi ejército, espero que, desde luego, tú valgas por veinte, ya que, así, podría ser cierta la afirmación que has hecho.

»Ahora bien, si, con unas cualidades personales y físicas como las tuyas y las de los griegos que suelen entrevistarse conmigo 510 , os vanagloriáis tanto, ten cuidado 511 no vaya a ser que esa afirmación que has hecho [3] resulte una burda fanfarronada. Porque *** ¡vamos a ver, déjame considerar la cuestión con una estricta lógica! ¿Cómo podrían oponerse a un ejército tan poderoso como éste mil, diez mil, o incluso cincuenta mil hombres, si todos ellos gozan de la misma libertad y no están a las órdenes de una sola persona? Pues, suponiendo que los lacedemonios sean cinco mil, es indudable [4] que somos más de mil contra cada uno 512 . Si estuvieran, siguiendo nuestra pauta, a las órdenes de una sola persona, podría ser que, por temor a su amo, hicieran gala de un valor superior incluso a su naturaleza, y que, pese a estar en inferioridad numérica, se viesen obligados, a latigazos, a dirigirse contra un enemigo superior en efectivos; en cambio, si son presa del libertinaje, no podrán hacer ni lo uno ni lo otro.

»Además, personalmente estoy convencido de que, hasta con fuerzas parejas, los griegos a duras penas podrían medirse única y exclusivamente con los persas. [5] Por contra [sólo] entre nosotros se da ese arrojo que tú mencionas (sin embargo —hay que reconocerlo—, no es muy frecuente, sino más bien escaso): entre los persas de mi guardia hay quienes estarán dispuestos a medirse con tres griegos a la vez. Tú disparatas tanto porque no los conoces.»

«Majestad —respondió Demarato ante ese comentario—, [104 ] desde un principio sabía que, si hablaba con sinceridad, mis palabras no iban a agradarte; pero, puesto que me obligaste a decir la verdad y nada más que la verdad, así lo he hecho sobre el talante de los espartiatas 513 . Y eso que tú sabes mejor que nadie cuánto [2] aprecio siento actualmente hacia ellos, que me despojaron de mi cargo y de las prerrogativas que heredé de mis antepasados, y me han convertido en un apátrida exilado 514 ; tu padre, en cambio, me acogió, facilitándome luego medios para subsistir y una casa 515 . No es lógico, por tanto, que una persona juiciosa menosprecie las muestras de afecto que se le dispensan, sino que debe valorarlas profundamente.

»Yo no pretendo ser capaz de medirme con diez [3] hombres, ni tan siquiera con dos, y, si de mí dependiera, no desearía batirme ni con uno solo. Mas, si fuese imperioso o me impulsara a hacerlo un objetivo que mereciera la pena, con quien más gustosamente me batiría sería, sobre todo, con uno de esos sujetos que aseguran valer por tres griegos cada uno. Lo mismo ocurre con [4] los lacedemonios: en combates singulares no son inferiores a nadie, mientras que, en compacta formación 516 , son los mejores guerreros de la tierra. Pues, pese a ser libres, no son libres del todo, ya que rige sus destinos un supremo dueño, la ley, a la que, en su fuero interno, temen mucho más, incluso, de lo que tus [5] súbditos te temen a ti. De hecho, cumplen todos sus mandatos, y siempre manda lo mismo: no les permite huir del campo de batalla ante ningún contingente enemigo, sino que deben permanecer en sus puestos para vencer o morir 517 .

»Ahora bien, si esto que te digo te parece un disparate, de acuerdo, pero, de ahora en adelante, prefiero reservarme mis opiniones 518 (es más, en esta ocasión he hablado porque me lo exigías). No obstante, ojalá todo se desarrolle conforme a tus deseos, majestad.»

Nombramiento de Máscames como gobernador de Dorisco

[105 ] Esto fue, en suma, lo que le respondió Demarato. Por su parte, Jerjes se tomó sus palabras a risa y no dio muestra alguna de enojo, sino que, en un tono afectuoso, le indicó que se retirara.

Después de su entrevista con Demarato, Jerjes nombró para el cargo de gobernador de la mencionada plaza de Dorisco 519 a Máscames, hijo de Megadostas (previa destitución del que había sido designado por Darío), y, al frente de sus tropas, atravesó Tracia en dirección a Grecia.

En Dorisco, pues, dejó a Máscames, un personaje [106 ] que se comportó tan destacadamente que fue el único gobernador, de todos cuantos nombraron el propio Jerjes o Darío, a quien, por sus méritos, el monarca solía enviar regalos —envío que realizaba todos los años—, cosa que siguió haciendo Artojerjes 520 , hijo de Jerjes, con los descendientes de Máscames. Resulta que, ya con anterioridad a la campaña que nos ocupa, se habían establecido gobernadores en Tracia 521 y en todas las plazas del Helesponto 522 ; pues bien, a excepción del de [2] Dorisco, todos ellos —tanto los de Tracia, como los del Helesponto— fueron expulsados por los griegos con posterioridad a la expedición de Jerjes 523 ; al de Dorisco, sin embargo, nadie hasta la fecha ha podido expulsarlo, por más que se ha intentado. Ésa es la razón de que, por orden del monarca persa de turno, se le envíen regalos.

Heroísmo de Boges, el gobernador de Eyón

Y por cierto que el rey Jerjes no consideró [107 ] un valiente a ninguno de los gobernadores que se vieron expulsados por los griegos, con la única excepción de Boges, el gobernador de Eyón 524 . A dicho personaje no dejaba de alabarlo y, además, colmó de honores a los hijos de Boges que, en Persia, sobrevivieron a su padre, pues este último se hizo verdaderamente acreedor a grandes elogios: cuando se hallaba sitiado por los atenienses —concretamente, por Cimón, hijo de Milcíades 525 — y tenía la posibilidad, al amparo de una tregua, de abandonar la plaza y regresar a Asia, se negó a hacerlo, ante el temor de que el rey pudiera creer que se había salvado cobardemente, y resistió [2] hasta el límite. Y, una vez que en la plaza ya no quedaba nada que llevarse a la boca, mandó erigir una gran pira y degolló a sus hijos, a su esposa, a sus concubinas y a sus servidores 526 , arrojándolos acto seguido al fuego. Posteriormente, desde lo alto de la muralla, esparció por el Estrimón todo el oro y toda la plata 527 que había en la ciudad; hecho lo cual, se arrojó al fuego. De ahí que, todavía en la actualidad, Boges sea alabado con toda justicia por los persas.

Los persas avanzan por Tracia en dirección a Acanto

Entretanto, desde Dorisco, Jerjes prosiguió [108 ] su avance en dirección a Grecia, obligando a engrosar las filas de su ejército a los pueblos con quienes sucesivamente se iba topando. (Pues, como ya he indicado con anterioridad, hasta Tesalia toda la zona había sido sojuzgada y pagaba tributo al rey, ya que había sido sometida por Megabazo y, posteriormente, por Mardonio 528 .)

En su avance desde Dorisco, Jerjes pasó en primer [2] lugar por los aledaños de las plazas fuertes de los samotracios, la más occidental de las cuales es una ciudad llamada Mesambria 529 . Con esta última linda Estrime 530 , una ciudad que pertenece a los tasios, y entre ambas corre el río Liso, que en aquellos momentos 531 no bastó para proveer de agua a las tropas de Jerjes y se secó.

Por cierto que, antiguamente, esta región recibía el [3] nombre de Galaica, mientras que, hoy en día, se denomina Briántica 532 (a decir verdad, sin embargo, esta zona también 533 pertenece a los cicones).

[109 ] Después de atravesar el cauce seco del río Liso, Jerjes pasó por los aledaños de las siguientes ciudades griegas: Maronea, Dicea y Abdera 534 . Como digo, pasó por las inmediaciones de esas ciudades y por las de unos famosos lagos, que se hallan próximos a las mismas y que son los siguientes: el lago Ismáride 535 , situado entre Maronea y Estrime, y el lago Bistónide, próximo a Dicea, en el que vierten sus aguas dos ríos, el Travo y el Cómpsato 536 . En territorio de Abdera, Jerjes no pasó por los aledaños de ningún lago famoso —pues no hay ninguno—, pero sí por un río, el Nesto 537 , que desemboca [2] en el mar. Una vez rebasados esos parajes, pasó por las cercanías de las ciudades que los tasios poseen en el continente 538 , en el territorio de una de las cuales —el nombre de esa ciudad es Pistiro 539 — hay un lago, que viene a tener unos treinta estadios 540 , poco más o menos, de perímetro, en el que abundan los peces y cuya agua es muy salobre (las bestias de carga, que fueron los únicos animales que abrevaron, lo dejaron seco). Jerjes, insisto, pasó, dejándolas a mano izquierda 541 , por las inmediaciones de esas ciudades, que están situadas en la costa y que son griegas.

Por otra parte, los pueblos tracios cuyo territorio [110 ] atravesó en su avance fueron los siguientes: los petos, los cicones, los bistones, los sapeos, los derseos, los edonos y los satras 542 . Por lo que a los habitantes de la zona se refiere, quienes residían en la costa 543 se sumaron a los expedicionarios como integrantes de la flota, mientras que quienes habitaban tierra adentro —y que acabo de enumerar— se vieron obligados todos ellos, a excepción de los satras, a integrarse en los efectivos terrestres.

Por cierto que los satras no han sido nunca, que [111 ] nosotros sepamos, súbditos de nadie, sino que siguen siendo, todavía en mi época, los únicos tracios que viven en completa independencia, pues residen en unas altas montañas, cubiertas de bosques muy frondosos y de nieve, y además son magníficos guerreros 544 .

[2] Son ellos quienes poseen el oráculo de Dioniso 545 (dicho oráculo se encuentra en las cotas más altas de sus montañas), siendo los Besos el clan satra que, en el santuario, interpreta las respuestas, mientras que, al igual que en Delfos 546 , es una profetisa quien las dicta, sin que haya mayores complicaciones 547 .

[112 ] Tras haber pasado por la región que he mencionado, Jerjes pasó, acto seguido, por los aledaños de las plazas fuertes de los píeres, una de las cuales se llama Fagres y la otra Pérgamo 548 . En su avance, insisto, por esa zona, pasó por al lado mismo de las citadas plazas, dejando a mano derecha el Pangeo 549 , que es un macizo montañoso grande y elevado, en el que hay minas de oro y de plata que explotan los píeres, los odomantos 550 y, sobre todo, los satras.

Después de dejar atrás las tierras de los peonios, [113 ] doberes y peoples 551 , que residen algo más al norte del Pangeo, Jerjes avanzó hacia el Oeste, hasta que llegó a orillas del río Estrimón, concretamente a la ciudad de Eyón, cuyo gobernador —pues a la sazón aún vivía—era Boges, al que aludí hace pocos capítulos 552 .

[2] Por cierto que esa región —la del monte Pangeo—recibe el nombre de Fílide: por el Oeste, se extiende hasta el río Angites, que desagua en el Estrimón, mientras que, por el Sur, abarca hasta el propio Estrimón 553 , al que los magos ofrecieron un sacrificio propiciatorio, degollando unos caballos blancos 554 .

[114 ] Tras haber realizado estos mágicos ritos, y otros muchos más, en honor del río, los persas prosiguieron su avance por los puentes que, en «Nueve Caminos» 555 , en territorio de los edonos, encontraron tendidos sobre el Estrimón 556 .

Y, al tener noticias de que aquel lugar se llamaba «Nueve Caminos», enterraron vivos en dicho paraje a otros tantos muchachos y doncellas pertenecientes a familias [2] de la zona. (El enterrar a personas vivas es una costumbre persa 557 , puesto que también he oído contar que, en su vejez, Amastris, la esposa de Jerjes, mandó enterrar, en honor de la divinidad que, según dicen, mora bajo la tierra 558 —para testimoniarle su agradecimiento por su larga vida—, a siete parejas de muchachos persas pertenecientes a destacadas familias 559 .)

Tras reanudar la marcha desde el Estrimón, el ejército, [115 ] en dirección oeste, pasó, acto seguido, por las proximidades de Argilo 560 , una ciudad griega que está emplazada en una franja costera 561 (esa región, al igual que la que se extiende tierra adentro, se denomina Bisaltia 562 ).

A continuación, con el golfo próximo al templo de [2] Posidón a mano izquierda, atravesó la llanura que recibe el nombre de Sileo 563 , pasó por los aledaños de la ciudad griega de Estagiro, y llegó a Acanto 564 , incluyendo entre sus efectivos contingentes de todos esos pueblos y de los que residen en las inmediaciones del monte Pangeo (al igual que había hecho con aquellos que enumeré hace poco 565 ): a los de las poblaciones costeras los llevaba enrolados en la flota, y a los de tierra adentro incorporados entre los efectivos terrestres.

[3] Y por cierto que los tracios no aran, ni siembran, la tierra de ese camino por el que el rey Jerjes pasó al frente de sus tropas, e, incluso en mis días, muestran hacia él una gran veneración 566 .

[116 ] Pues bien, a su llegada a Acanto, Jerjes concedió a sus habitantes el título de huéspedes 567 , los obsequió con un atuendo medo 568 y los colmó de elogios, al ver la firme determinación que mostraban en pro de la campaña y al enterarse del interés que habían puesto en la excavación del canal 569 .

[117 ] Se hallaba Jerjes en Acanto, cuando resulta que, víctima de una enfermedad, murió quien había dirigido las obras de excavación: Artaqueas, un personaje que gozaba de la estimación del monarca y que pertenecía al clan de los Aqueménidas (se trataba del hombre más alto de Persia —pues le faltaban cuatro dedos para medir cinco codos reales 570 — y estaba dotado de la voz más potente del mundo), de ahí que Jerjes, profundamente desolado, ordenara rendirle unas magníficas exequias y enterrarlo suntuosamente (todo el ejército trabajó en la erección de su túmulo funerario). Y por [2] cierto que, siguiendo los dictados de un oráculo, los acantios ofrecen sacrificios al tal Artaqueas, invocándolo por su nombre, igual que a un héroe 571 .

En suma, que el rey Jerjes se sintió desolado por la muerte de Artaqueas.

Apuros de las ciudades griegas al organizar las recepciones en honor de Jerjes

Por otra parte, los griegos que hospedaban [118 ] a las tropas 572 , y que agasajaban a Jerjes con banquetes, quedaban sumidos en una completa miseria, hasta el extremo de que se veían prácticamente en la calle; por ejemplo, cuando los tasios albergaron y agasajaron a las tropas de Jerjes debido a las ciudades que poseían en el continente 573 , Antípatro, hijo de Orgeo, un hombre que, entre sus conciudadanos, gozaba de tanto prestigio como el que más, y que había sido elegido para tal menester, les demostró que los gastos del banquete habían ascendido a cuatrocientos talentos de plata 574 .

[119 ] Y, en las demás ciudades, los encargados de organizar la recepción presentaron, asimismo, unas cuentas muy similares. Pues, como los persas habían ordenado organizar el banquete con mucha antelación 575 y las ciudades le concedían una gran importancia, sus preparativos se desarrollaban, poco más o menos, como sigue: [2] ante todo, en cuanto recibían la noticia por mediación de los heraldos que la iban transmitiendo por doquier, los ciudadanos se repartían el grano en sus respectivas ciudades y todos se pasaban varios meses haciendo harina de trigo y de cebada; además, se procuraban a cualquier precio las reses más hermosas —por lo regular con el fin de cebarlas 576 —, y, para agasajar a las tropas, criaban aves terrestres y acuáticas en corrales y estanques; finalmente, mandaban hacer, con oro y plata, copas, cráteras y todos los demás utensilios de [3] vajilla (dichas piezas estaban destinadas para la persona del rey y para quienes con él compartían la mesa, pues al resto del ejército sólo debían suministrarle provisiones).

Cuando llegaban las tropas, solía estar montada, en las debidas condiciones, una tienda, en la que generalmente pernoctaba el propio Jerjes, mientras que el resto [4] del ejército lo hacía al raso. Y, a la hora de la cena, los anfitriones, por lo regular, se veían en apuros, en tanto que los agasajados, una vez ahítos, pasaban allí la noche, para, al día siguiente, marcharse sólo después de haber levantado la tienda y de haber cogido todos los enseres, sin dejar ni un solo objeto: se los llevaban todos 577 .

Fue entonces, precisamente, cuando Megacreonte de [120 ] Abdera hizo una atinada observación 578 ya que aconsejó a sus compatriotas que, tanto ellos como sus mujeres, se trasladaran en masa a sus santuarios y que, postrados ante los dioses en actitud suplicante, les rogasen que, en lo sucesivo, siguieran alejando de ellos la mitad de las calamidades que pudieran sobrevenirles, y, con respecto al pasado, que les mostrasen una profunda gratitud por el hecho de que el rey Jerjes no tuviera por costumbre hacer dos comidas al día; pues, si a los de [2] Abdera se les hubiese ordenado preparar un almuerzo similar a la cena, les habrían quedado dos opciones: no quedarse a esperar la llegada de Jerjes o, si lo hacían, verse exterminados de la manera más miserable del mundo.

Orden de marcha del ejército persa hasta Acanto

En suma que, a pesar de las dificultades [121 ] en que se veían, las distintas ciudades, sin embargo, cumplían lo que se les ordenaba.

Entretanto, Jerjes permitió que la flota prosiguiera por su cuenta 579 su avance desde Acanto, tras ordenar a los jefes de la fuerza naval que le esperasen en Terme 580 (Terme se halla emplazada en el golfo Termeo, siendo esta ciudad la que da nombre a dicho golfo), pues se enteró de que por esa localidad pasaba el camino más corto 581 .

[2] Por cierto que, desde Dorisco hasta Acanto, el ejército había avanzado con arreglo a la siguiente formación: Jerjes dividió todas sus fuerzas terrestres en tres columnas 582 y dispuso que una de ellas marchara a lo [3] largo de la costa a la par que lo hacía la flota (al frente de ese cuerpo de ejército se hallaban, concretamente, Mardonio y Masistes). Otra columna, de las tres en que había sido fraccionado el ejército, marchaba por tierra adentro (a su frente se hallaban Tritantecmes y Gergis). Finalmente, la tercera columna, en la que figuraba el propio Jerjes, marchaba por entre las otras dos y tenía a su frente a Esmerdómenes y Megabizo 583 .


La flota atraviesa el canal del Atos y costea la Calcídica

[122 ] Pues bien, cuando, por orden de Jerjes, la fuerza naval se hizo a la mar, atravesó en su singladura el canal existente en el Atos 584 —que se extendía hasta el golfo en el que se hallan emplazadas las ciudades de Asa, Piloro, Singo y Sarte 585 — y, acto seguido, tras haber reclutado tropas también en dichas ciudades, zarpó con rumbo al golfo Termeo. Dobló, entonces, el cabo Ámpelo 586 , en territorio de Torone 587 , y pasó por las inmediaciones 588 de las siguientes ciudades griegas —donde se reclutaron naves y tropas—: Torone, Galepso, Sermile, Meciberna y Olinto 589 . (Esta región, por cierto, recibe el nombre de Sitonia.)

Desde el cabo Ámpelo la fuerza naval de Jerjes se [123 ] dirigió directamente al cabo Canastreo 590 , que precisamente 591 es el punto que más se adentra en el mar de toda la región de Palene, y, acto seguido, procedió a reclutar naves y tropas en Potidea, Afitis, Neápolis, Ege, Terambo, Escíone, Mende y Sane 592 (pues ésas son las ciudades situadas en la región que, hoy en día, se denomina Palene y que, antaño, se llamaba Flegra 593 ).

[2] Costeando, asimismo, la citada región, la flota puso proa al objetivo que le había sido encomendado, reclutando también tropas en las ciudades emplazadas en las proximidades de Palene y en las inmediaciones del golfo Termeo, cuyos nombres son los siguientes: Lipaxo, Combrea, Lisas, Gigono, Campsa, Esmila y Enea 594 . (La región donde se asientan dichas ciudades se llama, todavía en la actualidad, Crosea 595 .)

[3] Desde Enea, la última de las ciudades que he enumerado, desde la citada localidad, insisto, la fuerza naval, en su travesía, penetró ya en el golfo Termeo propiamente dicho y en aguas de la región de Migdonia 596 , y arribó a Terme —el objetivo de su singladura— y a las ciudades de Sindo y Calestra 597 , a orillas del río Axio, que sirve de frontera entre las regiones de Migdonia y Botiea 598 , cuya zona costera —una estrecha franja de tierra— pertenece a las ciudades de Icnas y Pela 599 .

Los efectivos de Jerjes alcanzan Terme

La flota, en definitiva, ancló en ese [124 ] paraje —en las inmediaciones del río Axio, de la ciudad de Terme y de las localidades situadas entre ambos puntos— y aguardó al monarca.

Por su parte, Jerjes, en unión del ejército de tierra, avanzaba desde Acanto por la ruta continental más corta, con el propósito de llegar a Terme; así que atravesó Peonia y Crestonia en dirección al río Equidoro 600 , que nace en territorio crestoneo, corre a través de la región de Migdonia y desemboca por la marisma próxima al río Axio.

Y por cierto que, mientras el monarca atravesaba [125 ] esa zona, unas manadas de leones atacaron a los camellos que, en su ejército, transportaban víveres: los leones solían bajar de las montañas por las noches, abandonando sus guaridas, pero no arremetían contra acémila u hombre alguno, únicamente hacían estragos entre los camellos. Y me pregunto, lleno de perplejidad, cuál podía ser la causa que empujaba a los leones a dejar tranquilas a las demás presas y a atacar a los camellos, unos animales a los que, hasta entonces, no habían visto y cuya carne no habían probado 601 .

[126 ] Por esos parajes abundan los leones, así como los bueyes salvajes 602 , cuyas enormes cornamentas son las que se importan a Grecia. El hábitat de los leones está delimitado por el río Nesto, que atraviesa el territorio de Abdera 603 , y por el Aqueloo, que atraviesa Acarnania 604 ; pues no puede verse un solo león en parte alguna de toda Europa Oriental, al Este del Nesto, ni en el resto del continente, al Oeste del Aqueloo; únicamente se encuentran en la zona comprendida entre esos ríos 605 .

[127 ] Cuando Jerjes llegó a Terme, ordenó a su ejército que acampase allí. Y, al asentar sus reales, sus tropas ocuparon toda la zona costera que se extiende, desde la ciudad de Terme y la Migdonia, hasta los ríos Lidias y Haliacmón 606 , que unen sus caudales en un mismo cauce y que sirven de frontera entre Botiea y Macedónide 607 . Los bárbaros, como digo, acamparon en esos parajes; [2] y, de la serie de ríos que he enumerado, el Equidoro, que procede del territorio de los crestoneos, fue el único que no bastó para satisfacer las necesidades del ejército y se secó.

Jerjes visita la desembocadura del Peneo. Topografía de Tesalia

Entretanto, Jerjes vio desde Terme [128 ] los montes de Tesalia, el Olimpo y el Osa 608 , que son sumamente altos; y, cuando tuvo noticias de que entre ambas montañas había un estrecho desfiladero, por donde corre el Peneo 609 , y oyó decir que por allí existía una vía de acceso a Tesalia 610 , sintió deseos de hacerse a la mar para contemplar la desembocadura del Peneo, porque tenía pensado proseguir su avance por la ruta de montaña que atraviesa la Alta Macedonia 611 y que, por las inmediaciones de la ciudad de Gono, conduce al país de los perrebos 612 (según tenía entendido, el camino, por esa zona, [2] ofrecía una seguridad absoluta). Pues bien, desearlo y hacerlo fue todo uno. Tras subir a bordo de una nave sidonia, en la que se embarcaba siempre que quería hacer algo semejante 613 , mandó transmitir a los demás navíos una señal para que se hiciesen también a la vela, y dejó allí al ejército de tierra 614 . Al llegar a su objetivo, y después de contemplar la desembocadura del Peneo, Jerjes se quedó sumamente asombrado, por lo que hizo llamar a los guías que llevaba en aquel viaje y les preguntó si era posible desviar el río para que desembocase en el mar por otra parte.

[129 ] Por cierto que, según cuentan, Tesalia era antiguamente un lago; de hecho, el caso es que está totalmente rodeada por montañas muy elevadas. Por su parte oriental la limitan los montes Pelión y Osa, cuyas bases se unen; por el Norte la limita el Olimpo; por el Oeste, el Pindo; y, por su parte más meridional 615 , el Otris 616 . (La zona comprendida entre esas montañas que he mencionado constituye Tesalia, que es una depresión.)


[2] Pues bien, a esa región afluyen numerosos ríos, si bien los más importantes de todos son los cinco siguientes: el Peneo, el Apídano, el Onocono, el Enipeo y el Pamiso 617 , que, con sus respectivos nombres —como es natural—, confluyen en la llanura en cuestión procedentes de las montañas que circundan Tesalia, pero que desembocan en el mar a través de un único desfiladero (que, además, es angosto), ya que, con anterioridad, todos [3] unen sus cauces en uno solo. Y, en cuanto se unen sus cursos, el Peneo, justo a partir de su confluencia, impone su nombre y deja a los demás sin denominación propia. Según dicen, antiguamente, cuando todavía no existía ese desfiladero que va a dar al mar, los ríos a que he aludido —y, además de dichos ríos, el lago Bebeide 618 —, aunque no se llamaban como en la actualidad, no por eso tenían menos caudal que hoy en día, por lo que su volumen de agua hacía que toda Tesalia [4] estuviese anegada. En ese sentido, los propios tesalios aseguran —afirmación que resulta verosímil— que fue Posidón quien abrió el desfiladero por el que discurre el Peneo. En efecto, quien crea que Posidón provoca los terremotos, y que las grietas ocasionadas por un movimiento sísmico se deben a esa divinidad 619 , puede aseverar perfectamente, a la vista del desfiladero que allí hay, que su autor fue Posidón, ya que, en mi opinión, la grieta que existe entre las montañas es producto de un movimiento sísmico 620 .

Cuando Jerjes preguntó si el Peneo tenía otra salida [130 ] al mar, los guías, que conocían la zona perfectamente, le respondieron: «Majestad, este río no tiene otra vía de acceso hasta el mar: ésta es la única, pues toda Tesalia está rodeada de montañas.»

«Los tesalios —cuentan que replicó Jerjes ante sus manifestaciones— son gente inteligente. Por lo visto, [2] ése era el peligro 621 que, con bastante antelación, pretendían evitar cuando reconsideraron su actitud; entre otras cosas, lo hicieron porque es indudable que ocupan un país cuya conquista resulta fácil, cuestión de días: bastaría tan sólo con lanzar el río contra su territorio, obligándolo mediante un dique a que abandonara el desfiladero —con lo que se vería desviado del cauce por el que en la actualidad discurre—, para que toda Tesalia, a excepción de sus montañas, quedara inundada.» Esto fue lo que dijo el monarca refiriéndose a los [3] Alévadas, puesto que los tesalios fueron los primeros griegos que se le rindieron; y es que Jerjes creía que le ofrecían su adhesión en nombre de todo su pueblo 622 .

Tras estas palabras, y después de haber contemplado el paraje, mandó virar con rumbo a Terme.

Los heraldos persas regresan de Grecia

[131 ] Pues bien, Jerjes permaneció varios días en Pieria 623 (resulta que un tercio de sus tropas estaba talando los árboles de la cadena montañosa de Macedonia, a fin de que la totalidad del ejército pudiera acceder por esa zona al territorio de los perrebos 624 ). Y, entretanto, regresaron los heraldos que el monarca había enviado a Grecia para exigir la tierra, unos con las manos vacías y otros con la tierra y el agua 625 .

Juramento de los griegos contra los Estados filopersas

Entre quienes le habían entregado [132 ] esos presentes figuraban los siguientes pueblos: los tesalios, los dólopes, los enianes, los perrebos, los locros, los magnesios, los melieos, los aqueos de Ftiótide, los tebanos, y el resto de los beocios, a excepción de los tespieos y los plateos 626 . Contra ellos se [2] juramentaron los griegos que entraron en guerra con el bárbaro 627 , siendo los términos del juramento los siguientes: todos los pueblos griegos que, sin verse forzados a ello, se habían rendido al Persa, deberían ofrecer al dios de Delfos, cuando la situación se hubiese restablecido favorablemente para los intereses de la Hélade, la décima parte de sus bienes 628 . Éstos eran, insisto, los términos del juramento que prestaron los griegos.

Motivos de la renuncia de Jerjes a exigir vasallaje a Atenas y Esparta

[133 ] Y por cierto que Jerjes no despachó heraldos a Atenas y Esparta para exigir la tierra por la siguiente razón 629 : años atrás, cuando Darío envió a sus heraldos con idéntica misión 630 , los atenienses arrojaron a quienes les formularon dicha exigencia al báratro 631 , y los espartanos a un pozo 632 , instándoles a que sacasen de allí la [2] tierra y el agua y se la llevaran al rey. Ésa fue la razón de que Jerjes no despachara emisarios para plantearles su demanda. En ese sentido, no puedo especificar qué desgracia llegó a sucederles a los atenienses por haber tratado así a los heraldos, como no sea que su territorio y su ciudad fueron saqueados; con todo, creo que ello no ocurrió por ese motivo 633 .

Expiación espartana del asesinato de los heraldos de Darío. Historia de Espertias y Bulis

Sea como fuere, sobre los lacedemonios [134 ] se abatió la ira 634 de Taltibio, el heraldo de Agamenón 635 . (En Esparta hay un santuario 636 consagrado a Taltibio y sigue habiendo descendientes suyos, que reciben el nombre de Taltibíadas, a quienes se concede la prerrogativa de desempeñar todas las embajadas que comisiona Esparta 637 .)

A raíz de aquel incidente, los espartiatas, en sus [2] sacrificios, no conseguían obtener presagios favorables. Y esta situación se prolongó en Esparta durante largo tiempo. De ahí que los lacedemonios, angustiados ante la desgracia que les aquejaba, se reunieran repetidamente en asamblea 638 y lanzaran un bando para saber si algún lacedemonio estaba dispuesto a dar su vida por Esparta. Entonces Espertias, hijo de Anaristo, y Bulis 639 , hijo de Nicolao, unos espartiatas de noble familia y preeminente posición económica 640 , se ofrecieron voluntariamente para expiar ante Jerjes el asesinato en [3] Esparta de los heraldos de Darío; de manera que los espartiatas los enviaron ante los medos en la creencia de que iban a ser ejecutados.

[135 ] La singular audacia de esos individuos es digna de admiración, así como el tono de sus palabras, que fue el siguiente. Resulta que, de camino a Susa, se presentaron ante Hidarnes 641 . (Hidarnes era un sujeto de nacionalidad persa que tenía a sus órdenes a las fuerzas del litoral de Asia 642 .) Este personaje los agasajó con un banquete, dándoles presentes de hospitalidad, y, con [2] tal ocasión, les preguntó lo siguiente: «Lacedemonios, ¿por qué razón rehusáis ser amigos del rey? Es indudable que, si os fijáis en mi persona y en mi posición, podéis comprobar lo bien que sabe el monarca premiar a los hombres de valía. Pues lo mismo ocurriría con vosotros, si os pusierais a las órdenes del rey (porque, ante él, pasáis por ser hombres de valía): cada uno de vosotros, por concesión del monarca, gobernaría una zona de Grecia 643 .» Ante estas manifestaciones, ellos le [3] respondieron como sigue: «Hidarnes, el consejo que nos brindas no es imparcial, pues nos haces una proposición con conocimiento de causa de una faceta, pero con ignorancia de la otra: sabes perfectamente en qué consiste la esclavitud, pero todavía no has saboreado la libertad y desconoces si es dulce o no. Realmente, si la hubieses saboreado, nos aconsejarías pelear por ella no con lanzas, sino hasta con hachas 644 .» Ésta fue la contestación que dieron a Hidarnes.

Posteriormente, al subir a Susa y comparecer ante [136 ] el monarca, lo primero que hicieron, cuando los guardias intentaron obligarlos imperiosamente a que se prosternaran de hinojos ante el rey, fue negarse en redondo a hacerlo, aunque los guardianes los arrojaron de bruces al suelo, pues no tenían por costumbre —indicaron— prosternarse ante un hombre 645 y, además, no habían acudido para ello.

Acto seguido, y tras su negativa al respecto, pronunciaron las siguientes palabras u otras del mismo tenor: «Rey de los medos, los lacedemonios nos han enviado [2] en lugar de los heraldos asesinados en Esparta, para expiar su muerte.» Pero, ante estas manifestaciones, Jerjes, dando muestras de magnanimidad, les dijo que no iba a imitar a los lacedemonios; pues, si ellos habían conculcado las normas vigentes entre todos los humanos al acabar con unos heraldos, él no incurriría en el crimen que les imputaba, y no pensaba eximir a los lacedemonios de su delito haciendo que, en represalia, los mataran a ellos 646 .

[137 ] Así fue como, gracias a esta medida de los espartiatas, la ira de Taltibio se aplacó momentáneamente, a pesar de que Espertias y Bulis regresaron a Esparta. Sin embargo, al decir de los lacedemonios, se reavivó mucho tiempo después, durante la guerra entre los peloponesios y los atenienses 647 ; hecho éste que, en mi opinión, posee, donde los haya, un carácter particularmente [2] sobrenatural. Pues que la ira de Taltibio se abatiera sobre unos mensajeros, y que no se aplacase hasta haber obtenido una reparación, es algo que lo exigía la justicia 648 ; pero que afectara a los hijos de esos sujetos que, a causa de la ira de Taltibio, subieron hasta la corte del rey (a Nicolao, hijo de Bulis, y a Anaristo, hijo de Espertias 649 —el individuo que, arribando con un carguero repleto de soldados, tomó Haliea, donde se habían refugiado los tirintios 650 ), a mi juicio evidencia claramente que lo ocurrido tuvo un carácter sobrenatural 651 .

Resulta que ellos dos, enviados en misión oficial a [3] Asia por los lacedemonios, fueron traicionados por el rey de los tracios, Sitalces 652 , hijo de Teres, y por el abderita Ninfodoro 653 , hijo de Píteas, siendo capturados en las inmediaciones de Bisante 654 , en el Helesponto, y conducidos al Ática, donde perecieron a manos de los atenienses 655 . (Por cierto que, con ellos, también halló la muerte el corintio Aristeas 656 , hijo de Adimanto.)

En fin, este incidente tuvo lugar muchos años después de la campaña del rey; así que vuelvo a lo que estaba contando.

Grecia en vísperas de la invasión persa

[138 ] La expedición del rey tenía como objetivo aparente Atenas, pero, en realidad, se dirigía contra toda Grecia 657 . No obstante, los griegos, pese a estar informados de ello con mucha antelación 658 , no se sentían afectados todos en idéntica medida. En efecto, aquellos que habían entregado al Persa [2] la tierra y el agua abrigaban la confianza de que no iban a sufrir el menor daño por parte del bárbaro; en cambio, quienes no habían cedido, eran presa de un pánico cerval 659 , dado que en Grecia no existía un número suficiente de naves de combate para resistir al invasor y, además, la gente no quería emprender la guerra, sino que eran decididos partidarios de pactar con los medos 660 .

Elogio de Atenas

En este punto me veo necesariamente [139 ] obligado a manifestar una opinión que será mal acogida por la mayoría de la gente; pero, pese a ello, como, de hecho, me parece que es verdadera, no voy a soslayarla 661 .

Si los atenienses, aterrorizados ante el peligro que [2] se les venía encima, hubiesen evacuado su patria, o bien si, pese a no evacuarla, se hubieran quedado en ella, pero rindiéndose a Jerjes, ningún Estado hubiese intentado oponer resistencia al rey por mar. Pues bien, si nadie hubiera opuesto resistencia a Jerjes por mar, en tierra habría ocurrido, sin lugar a dudas, lo siguiente: [3] aunque los peloponesios hubiesen levantado a través del Istmo muchas fortificaciones defensivas, los lacedemonios habrían sido irremisiblemente abandonados por sus aliados (no espontáneamente, sino a la fuerza, ya que sus ciudades hubieran sido tomadas una tras otra por los contingentes navales del bárbaro 662 ), y se habrían quedado solos; y, únicamente con sus efectivos, aunque hubiesen realizado grandes proezas, habrían sucumbido heroicamente 663 .

[4] Ésta es la suerte que habrían corrido, o bien —antes de llegar a semejante trance—, al ver que todos los demás griegos abrazaban la causa de los medos, habrían pactado con Jerjes. Y, por lo tanto, en uno u otro caso, Grecia habría caído en poder de los persas, pues no alcanzo a comprender cuál habría sido la utilidad de las fortificaciones erigidas a través del Istmo, si el rey hubiese [5] sido dueño del mar. Lo cierto, en suma, es que, si se afirmase que los atenienses fueron los salvadores de Grecia 664 , no se faltaría a la verdad, pues, de las dos alternativas existentes 665 , la balanza debía inclinarse por la que ellos hubiesen adoptado. Y, al decidirse por la libertad de Grecia, fueron ellos, personalmente, quienes despertaron el patriotismo de todos los demás pueblos griegos que no habían abrazado la causa de los medos, y quienes —con el apoyo de los dioses, como es lógico 666 — rechazaron al rey.

Además, los terribles oráculos que les llegaron procedentes [6] de Delfos, y que los llenaron de pánico, no los indujeron a abandonar Grecia, sino que permanecieron en su patria y se atrevieron a resistir al invasor de su territorio.

Oráculos délficos profetizados a los atenienses

Resulta que los atenienses habían [140 ] despachado emisarios a Delfos, decididos a consultar al oráculo 667 . Y cuando, tras haber realizado en el recinto sagrado las ceremonias rituales 668 , los consultores entraron en el mégaron 669 y tomaron asiento, la Pitia 670 , cuyo nombre era Aristonice, les dictó el siguiente vaticinio 671 :

[2] ¡Desdichados! ¿Por qué permanecéis inactivos? ¡Huye al fin del mundo 672

y abandona tus casas y de tu circular ciudad los eminentes baluartes 673 !

Pues no permanece incólume ni la cabeza, ni el cuerpo,

ni las extremidades, ya se trate de los pies o de las manos; y nada

queda ya del tronco 674 . Al contrario, todo se halla en lamentable estado 675 : lo destruyen el fuego

y el furibundo Ares, que conduce en su ataque un carro sirio 676 .

Otras muchas fortalezas aniquilará también, no sólo la [3] tuya ,

y a las devastadoras llamas ofrendará muchos templos,

donde, en estos momentos, las imágenes de los dioses deben de alzarse en sudor bañadas

y estremecidas de espanto, pues negra sangre

chorrea de lo alto de los pináculos, presagiando calamidades inexorables 677 .

Abandonad 678 , pues, este sagrado lugar y, ante las desgracias, comportaos con entereza .

Al oír estas palabras, los consultores atenienses se [141 ] quedaron sumamente desolados. Sentíanse, pues, desesperados por el desastre que les había sido vaticinado, cuando Timón 679 , hijo de Androbulo, un ciudadano delfio de los más reputados, les aconsejó que cogiesen unos ramos de olivo 680 y que volvieran a entrar en el santuario, para, en calidad de suplicantes, hacer una nueva consulta al oráculo. Entonces los atenienses siguieron [2] sus indicaciones y dijeron: «Señor 681 , danos algún vaticinio más favorable sobre nuestra patria en consideración a estos ramos de olivo con que nos hemos presentado ante ti; de lo contrario, ten por seguro que no abandonaremos tu sagrado recinto: permaneceremos aquí, en este lugar, hasta acabar muriendo 682 .»

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