Kitabı oku: «Historia. Libros I-II»

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La Biblioteca Clásica Gredos, fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con 415 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.

Publicado originalmente en la BCG con el número 3, este volumen presenta la traducción de los libros I-II de Historia de Heródoto realizada por Carlos Schrader. Carmen Sánchez-Mañas (Universidad Pompeu Fabra, Barcelona) ha redactado una nueva introducción para esta edición.

Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.

La traducción de este volumen ha sido revisada

por Montserrat Jufresa Muñoz.

© de la introducción: Carmen Sánchez-Mañas

© de la traducción: Carlos Schrader.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.

Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 1977.

Primera edición en este formato: septiembre de 2020.

RBA • GREDOS

REF.: GEBO142

ISBN: 978-84-249-3040-0

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

INTRODUCCIÓN 1

A CARLOS SCHRADER, MI MAESTRO EN HERÓDOTO

En la Antigüedad, Grecia no existía como país, solo existían los griegos. Tradicionalmente separados en tres grupos étnicos —dorios, jonios y eolios—, vivían repartidos por el mar Mediterráneo. Por supuesto, habitaban la península de los Balcanes y las islas del mar Egeo, lo que hoy en día es Grecia. Además, había grandes focos de población griega en Asia Menor (costa de Anatolia, actual Turquía), así como en Sicilia y la costa sur de Italia. Los griegos también estaban asentados en la costa norte de África y en las orillas del mar Negro. Aunque compartían una misma cultura cuyos puntales eran la Ilíada y la Odisea, atribuidas a Homero, y la religión olímpica, eran muy conscientes de sus diferencias. Hablaban dialectos distintos y no conformaban una unidad política, sino que estaban organizados en multitud de ciudades-Estado, cada una con sus cultos locales e, incluso, su propio calendario. A menudo, estas ciudades-Estado se enfrentaban abierta o solapadamente entre sí por conflictos territoriales o comerciales.

A principios del siglo V a. C. estas disensiones pasaron a segundo plano. Los jonios de Asia Menor se habían sublevado contra el Imperio persa —que abarcaba vastas extensiones de tierra desde Chipre, Turquía, Irán e Irak hasta Siria, Líbano, Israel, Palestina y Egipto, e incluía áreas de Asia central en Afganistán, Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán—. La revuelta fue sofocada; pero, en castigo por la ayuda prestada por algunos griegos del continente, el rey Darío I de Persia y su hijo y sucesor Jerjes I invadieron Grecia continental dos veces en unos diez años. Entre 490 y 479 a. C., muchas ciudades-Estado griegas unieron fuerzas contra el poderoso invasor y, contra pronóstico, se impusieron. Estas derrotas apenas hicieron mella en el Imperio persa, que mantuvo su integridad territorial y su influencia sobre los asuntos griegos durante más de cien años, hasta la conquista de Alejandro Magno de Macedonia en el siglo IV a. C.

En cambio, vencer a los persas supuso un punto de inflexión para los griegos. En el imaginario colectivo, la victoria en las denominadas guerras médicas, o guerras persas, adquirió categoría de hazaña y los griegos que la obtuvieron, una pátina de gloria semejante a la de los héroes homéricos. Fue Heródoto de Halicarnaso quien asumió la ingente tarea de investigar y preservar por escrito los antecedentes, las causas y el desarrollo del enfrentamiento. Lo hizo en la única obra que se le atribuye, la Historia.

Con ella, Heródoto no solo moldeó la idea que los griegos de generaciones posteriores tenían sobre las guerras médicas. Además, compuso una obra maestra de la literatura de la que cualquier lector puede aprender y disfrutar a partes iguales. Es una fuente imprescindible para todos aquellos interesados en saber cómo vivían en las postrimerías de la Época Arcaica (siglos VII-VI a. C.). Por su vocación universal, la obra es también fundamental para quienes sienten curiosidad por los países y las costumbres de otros pueblos, desde vecinos de los griegos, como los lidios, persas o egipcios, hasta gentes de sitios muy distantes, como los pigmeos de África. En las páginas de Heródoto, la historia se entremezcla con la etnografía, la geografía, la medicina e, incluso, la lingüística. Pese a algunos errores y exageraciones —que humanizan a un autor con inmensa capacidad de trabajo, descubriéndolo como una persona normal, susceptible de equivocarse—, la obra refleja el conocimiento científico de su tiempo. A la vez, la Historia de Heródoto es un relato vibrante controlado por un narrador experto que se las arregla para entretener, intrigar y, sobre todo, hacer pensar al lector, guiándolo suavemente y sin dogmatismos a través de historias que encajan unas dentro de otras y pueden leerse, en muchas ocasiones, de forma independiente. En ellas, reyes, reinas, políticos de alto nivel y algunos esclavos de diversa especialización y procedencia participan en astutas maquinaciones, intensos debates políticos o largas campañas bélicas o de colonización, la mayoría de ellos salpicados de anécdotas graciosas o truculentas.

El lector tiene en sus manos la magnífica traducción del reconocido experto en Heródoto Carlos Schrader. Esta traducción, fruto de una rigurosa labor filológica, fue la primera versión íntegra de la obra aparecida en castellano en nuestro país desde el siglo XIX y se publicó por primera vez entre 1977 y 1988. Pese a los años transcurridos, conserva intacta toda su vigencia y constituye una óptima puerta de entrada al mundo herodoteo. Para adentrarse en él, el lector no necesita conocimientos previos, porque Heródoto va desplegando ante sus ojos poco a poco todo lo que debe saber para comprender y disfrutar de la Historia. No obstante, esta introducción puede resultar útil para optimizar la experiencia de lectura.

Heródoto en su contexto histórico

A lo largo de los cerca de cincuenta años que mediaron entre el fin de las guerras médicas y el estallido de la guerra del Peloponeso (479-431 a. C.), los persas, en su calidad de enemigo común, sirvieron a los griegos como factor de cohesión, pero el sentimiento de unidad se fue debilitando hasta desaparecer.

Al principio, las ciudades-Estado unidas contra el Imperio persa durante las guerras médicas siguieron cooperando bajo el liderazgo de Esparta, potencia militar terrestre, cabeza de los dorios y, hasta entonces, de todos los griegos. En estas condiciones, lanzaron una exitosa ofensiva contra las bases persas desde Grecia septentrional hasta los estrechos turcos (Bósforo y Dardanelos) para impedir una nueva invasión. No tardaron en surgir tensiones entre Esparta y Atenas. Atenas levantó de nuevo sus murallas y comenzó a ampliarlas hasta su puerto del Pireo contra los deseos de sus socios espartanos. Estas tensiones, combinadas con la renuencia espartana a sostener operaciones militares de larga duración fuera del Peloponeso, precipitaron un cambio en el equilibrio de fuerzas en favor de Atenas, segunda ciudad-Estado más prestigiosa, cabeza de los jonios e incipiente potencia militar marítima. Por iniciativa ateniense, la alianza puntual contra los persas se transformó en permanente. Había nacido la Liga de Delos (477 a. C.), así llamada porque las cuotas monetarias de los miembros se almacenaban en el santuario de Apolo de esta pequeña isla de las Cícladas. Los atenienses dirigían la liga, determinando qué ciudades debían proporcionar hombres y barcos y cuáles, dinero, de cuya administración también se encargaban.

Tras la creación de la liga, algunos de sus miembros habían sustituido sus aportaciones de barcos por contribuciones económicas. Aunque a corto plazo era más cómodo, a la larga los dejó a merced de Atenas, que usaba parte del capital recaudado para aumentar su flota, sobre la cual cimentó su hegemonía. Los aliados pronto tuvieron oportunidad de comprobar cuán implacablemente velaba Atenas por sus propios intereses. Entre las primeras sublevaciones de socios descontentos, destaca la de la isla de Tasos (norte del mar Egeo), que quiso retirarse de la liga para extraer oro, plata y cobre de sus minas y comerciar en los vecinos mercados tracios sin injerencias, pero Atenas la rindió tras asediarla durante tres años. Mientras, Esparta intentaba reprimir una rebelión de los ilotas (denominación de la población sierva mayoritaria en Esparta) y de los periecos (residentes en Esparta sin derecho de ciudadanía), que se habían hecho fuertes en el monte Itome (región de Mesenia, en el Peloponeso). Para ello, pidió ayuda a los miembros de la liga. Recelosa ante un posible entendimiento con los amotinados, Esparta despidió solo a los atenienses entre todos los aliados presentes. Agraviada, Atenas se alió con los argivos, enemigos ancestrales de Esparta, y se desencadenó una guerra no declarada entre ambas ciudades-Estado, que involucró a otras y que se prolongó, aun interrumpida por pactos y treguas, varios años. Paralelamente, Atenas completó la muralla alrededor del Pireo e invadió Egipto, en cuyo territorio permaneció seis años hasta su expulsión por los persas. Asimismo, trasladó el tesoro de la liga desde Delos a su propio territorio (454 a. C.).

Después del descalabro egipcio, su afán de crecimiento no decayó y Atenas envió colonos a emplazamientos alejados del Ática, como Anfípolis (actual Grecia septentrional) o Turios (actual Italia meridional). Por otro lado, tampoco disminuyó su presión sobre los miembros de la liga. Así, en el choque entre la ciudad de Mileto en la costa anatolia y la isla de Samos, situada enfrente, Atenas tomó partido por la primera y acabó por conseguir la rendición incondicional de Samos, obligándola a derribar sus murallas, entregar rehenes, ceder sus barcos y hacerse cargo de los gastos bélicos.

En suma, la Liga de Delos enseguida dejó de ser una confederación de miembros iguales para convertirse en un instrumento del Imperio ateniense; pero, aparte de financiar barcos, la tributación de los aliados se empleó para embellecer Atenas. Así se sufragaron el Partenón o los Propileos, entre otras construcciones que todavía causan admiración entre quienes visitan la ciudad. La política de expansión militar y territorial y el programa de mejoras arquitectónicas, destinado a justificar y consolidar simbólicamente la supremacía, fueron impulsados por el noble ateniense Pericles (495-429 a. C.), que gobernó la ciudad sin apenas oposición durante la mayor parte de estos cincuenta años de apogeo, desde 461 a. C. hasta su muerte. Bajo Pericles, Atenas alcanzó su edad de oro, también conocida como siglo de Pericles, caracterizada por el auge político y el esplendor cultural.

Si bien no sabemos nada seguro sobre la vida de Heródoto, su obra y la tradición biográfica surgida en la Época Helenística (siglos IV-I a. C.) en torno a su figura nos ofrecen algunas claves para reconstruirla. Así, podemos señalar que Heródoto vivió mayoritariamente durante el período entre guerras. Puesto que recurrió al testimonio de personas vivas mayores que él, deducimos que Heródoto no tenía recuerdos personales de las guerras médicas. Es probable, por tanto, que naciera entre 490 a. C. y 480 a. C. Su tratamiento tangencial de algunos acontecimientos de la primera fase de la guerra del Peloponeso sugiere que murió entre 430 a. C. y 425 a. C. La ciudad turca de Bodrum, en la costa anatolia, es hoy un centro turístico donde veranea la élite internacional que se enorgullece de contar a Heródoto como uno de sus hijos más ilustres. En la Antigüedad se la conocía por su nombre griego, Halicarnaso, y fue famosa por albergar una de las siete maravillas del mundo, el Mausoleo erigido en el siglo IV a. C. Antes, cuando nació Heródoto, ya era un importante puerto comercial. Había sido colonizado por griegos (quizá dorios) que, al asentarse, se mezclaron con la población caria autóctona. En la familia de Heródoto convivían nombres griegos y carios, lo que apunta a un origen mixto. Entre sus familiares, el más distinguido era un tío o primo, el poeta épico Paniasis. Al parecer, este Paniasis o el propio Heródoto se enfrentaron con el tirano local, Lígdamis II, y nuestro autor tuvo que exiliarse siendo todavía joven.

Haciendo de la necesidad virtud, viajó mucho por territorios habitados por griegos o dominados por el Imperio persa. En realidad, la extensión de sus viajes es todavía una cuestión controvertida. Demostró conocer de primera mano Jonia, Caria, Lidia, Licia y las mayores islas de la zona oriental del mar Egeo, así como Grecia continental (especialmente Delfos, Esparta y Beocia). Además, él mismo afirmó haber visitado Egipto, Fenicia, Arabia, la costa del mar Negro desde Bizancio hasta Olbia, la costa de Tracia y las islas vecinas. En cambio, la tradición biográfica se centraba en sus viajes dentro del mundo helénico o asimilado: Samos, Tebas, Atenas, Corinto, Pela (Macedonia), Olimpia y Turios.

Según la tradición, Samos, Atenas y Turios constituyen tres puntos fundamentales en la trayectoria vital de nuestro autor. La isla egea y la colonia italiana —en cuya fundación, datada hacia 444 a. C., supuestamente participó Heródoto y en cuyo suelo pudo haber muerto— se disputaban el honor de ser escenario de la puesta por escrito de su Historia. Por su parte, la capital del Ática se preciaba de haber oído declamar a Heródoto. Igual que quienes quieren hacerse un nombre en el campo artístico o cultural van ahora a Nueva York, los artistas y pensadores de entonces se concentraban en la Atenas de Pericles. Algunos, como el escultor Fidias o el poeta trágico Sófocles, eran atenienses; pero otros, como el filósofo Anaxágoras de Clazomene o el sofista Protágoras de Abdera, venían de fuera. Se dice que nuestro autor acudió a Atenas atraído por la efervescencia cultural y que allí realizó lecturas públicas de su obra, por las que fue generosamente recompensado con diez talentos.

Independientemente de su veracidad, el establecimiento de conexiones entre Heródoto y distintos lugares a orillas del mar Mediterráneo (Halicarnaso, Samos, Atenas y Turios) indica la popularidad de la Historia, que fue leída y, en buena medida, percibida como propia en un área geográfica muy amplia.

Heródoto no escribió sobre sí mismo ni sobre lo que vivió, pero la coyuntura política y sus propias experiencias calaron en su esfuerzo creativo. Aunque la infiltración se aprecia directamente a veces, como en las referencias a la guerra del Peloponeso en VII 137 y IX 73, normalmente es sutil. En la Antigüedad, Heródoto fue tachado de proateniense tendencioso por sus elogios a Atenas (VII 139). En contraposición, recientemente algunos pasajes de su obra —aquellos que escarban en la avaricia del general Temístocles (VIII 111-112) o la brutalidad del padre de Pericles contra unos cautivos persas reos de haber profanado un templo griego (IX 120; IX 116; VII 33), entre otros— han sido interpretados como una crítica encubierta contra el Imperio ateniense. El hecho de que estas opiniones incompatibles puedan apoyarse en el texto indica dos cosas íntimamente relacionadas entre sí. Por un lado, evidencia que el estilo ameno y accesible de Heródoto enmascara un contenido más complejo de lo que parece a primera vista, es decir, un contenido que admite dos niveles de lectura: superficial y profundo. Por otro, revela que Heródoto, un exiliado de vida errante, se vio obligado a escribir con cautela, procurando no atraerse la ira de los poderosos. Al mismo tiempo, dicha vida errante tuvo un impacto positivo en la Historia, puesto que le dio la amplitud de miras que define sus retratos de griegos y bárbaros.

El peso de las circunstancias históricas y personales no puede hacernos olvidar que el contexto intelectual de la época también contribuyó a dar forma a la obra de Heródoto.

La Historia en su contexto intelectual

Al contextualizar la Historia, tradicionalmente se resaltaban su raigambre homérica y sus conexiones con los logógrafos, autores mayoritariamente jonios de tratados en prosa sobre geografía y etnografía conservados de forma fragmentaria, y con los poetas trágicos atenienses más antiguos, Esquilo y Sófocles. Esta asociación proyectaba una imagen anacrónica de la obra, como si fuera ajena a las corrientes de pensamiento en boga a principios del siglo V a. C. En los últimos veinte años, la visión de los especialistas sobre la Historia ha cambiado. A las influencias mencionadas se han añadido otras, hasta entonces escasamente tenidas en cuenta.

Como todavía sucede en algunas comunidades tradicionales judías y musulmanas, que exigen a sus miembros más jóvenes la memorización del Talmud y el Corán, los niños griegos comenzaban su educación aprendiendo de memoria la Ilíada y la Odisea. Por su condición de pilar educativo, su longitud y su calidad, ambas constituyen un modelo innegable para la Historia, escrita en el mismo dialecto jonio literario en que se fijaron por escrito los poemas. Es más, Heródoto subrayó a propósito la herencia homérica de su obra. En el proemio, señaló como uno de sus objetivos impedir que las hazañas de griegos y bárbaros quedaran sin gloria. El concepto de «gloria», de fuertes resonancias homéricas, resurge en el tratamiento de los trescientos espartanos caídos en las Termópilas (VII 220-228). Las enumeraciones de las tropas a disposición de Jerjes (VII 60-99) y de la flota griega fondeada en Salamina (VIII 42-48) están moldeadas sobre el famoso catálogo de las naves de la Ilíada. Sin embargo, Heródoto no se limitó a seguir a Homero. También lo empleó como autoridad para reforzar sus propias opiniones (IV 29) y lo sometió a crítica (II 23; II 116).

Heródoto hizo extensivo este diálogo a los logógrafos, habitualmente considerados sus predecesores inmediatos. El más célebre de ellos era Hecateo de Mileto, aproximadamente una generación mayor que nuestro autor. Sabemos que Hecateo compuso al menos dos obras: Viaje alrededor de la Tierra y Genealogías. En la primera, elaboró un mapa del mundo conocido, representado como un plato circular rodeado por el río Océano. Hecateo acompañó el mapa con una descripción geográfica y etimológica, dividida en dos secciones (Asia y Europa), de las áreas siguientes: Asia Menor, Oriente Próximo, Egipto y norte de África, las tierras bañadas por el mar Mediterráneo occidental, Grecia, Rusia meridional, Irán, India, Arabia y el mar Rojo. En la segunda obra, dividida en cuatro libros, Hecateo trató los relatos mitológicos griegos desde una perspectiva genealógica crítica, fundada en la verosimilitud.

Heródoto se permitió bromear con la vanidad de Hecateo y su gusto por la genealogía. Lo mostró jactándose ante los sacerdotes de Amón en Tebas de Egipto de ser descendiente de un dios (II 143). No obstante, lo evocó también como intelectual de renombre en su papel como consejero contrario al levantamiento de los jonios contra el Imperio persa (V 36; V 125-126). Igualmente, está fuera de toda duda que consultó las obras de Hecateo, puesto que citó su versión de algunos hechos (VI 137).

Él es el único logógrafo al que Heródoto citó por su nombre, englobando al resto bajo la etiqueta colectiva de jonios. Rebatió sus ideas sobre la geografía y geología de Egipto y el curso del Nilo con una argumentación sofística articulada en torno a nociones jurídicas como testimonio o prueba (II 15-18; II 19-34). Este posicionamiento deja claro que Heródoto deseaba distanciarse de los logógrafos y establecerse como una autoridad superior a ellos, poseedora de un conocimiento más fiable. Además, pone de manifiesto que estaba al tanto de los métodos retóricos más modernos y de las teorías científicas de su tiempo. El interés de Heródoto por las dinámicas discursivas características de la sofística es constante, mientras que su curiosidad científica queda patente sobre todo en la primera mitad de la obra.

El razonamiento intelectual abstracto desarrollado por la sofística tiñe la Historia. Conforme acabamos de ver, Heródoto lo empleaba como narrador en sus disquisiciones teóricas, pero también lo atribuyó a sus personajes. Así, dominaba numerosas discusiones, por ejemplo: entre los nobles persas que mataron al mago (denominación de los sacerdotes medos, originarios del reino de Media, en el actual Irán) Esmerdis, usurpador del trono (III 80-82), o entre Jerjes y el exiliado Demarato, antiguo rey de Esparta, en los albores de la invasión de Grecia (VII 101-104). También está presente otro de los axiomas de los sofistas: el relativismo moral, que descansa sobre la premisa de que no hay una base racional ni natural de la moral que sea reconocida por todos los seres humanos. Ninguna frase resume mejor este relativismo que «la costumbre es la reina de todos», adaptada de Píndaro y recuperada por Platón en Gorgias y Leyes. La frase sintetizaba el experimento antropológico de Darío sobre las costumbres funerarias de sus súbditos griegos e indios (III 38). No hay que confundir el relativismo de Heródoto con la amoralidad del Calicles platónico y otros sofistas. Para nuestro autor, saber que la moral no es universal no la invalidaba. Él creía que las normas morales de los distintos grupos humanos tenían valor dentro de cada sociedad y, por ello, todas ellas debían ser respetadas (aunque no aceptadas sin reservas), por mucho que cada cual prefiriera la suya. Salvando las distancias, esta actitud coincide con la tolerancia que las sociedades progresistas han propugnado desde mediados del siglo XX y que, en los últimos treinta años, está siendo enérgicamente contestada por la reacción neoconservadora.

Heródoto no solo ejercitó el razonamiento abstracto y meditó sobre la moral. También abordó lo que hoy llamamos ciencias. Entre ellas, se ocupó extensamente de la geografía. Consignó y evaluó avances significativos para la cartografía como la circunnavegación de África y el mapa del mundo (IV 44; V 49). Con frecuencia, unió la geografía a la etnografía (II 77-98; IV 180-186) y, en ocasiones, también al clima. La teoría de Heródoto sobre la ligazón entre clima y salud (II 77) lo acercó a los preceptos de la medicina hipocrática, cuyos primeros tratados remontaban a 400-430 a. C. Esto es, fueron más o menos contemporáneos de su obra, particularmente el opúsculo Sobre los aires, aguas y lugares. Heródoto dedicó especial atención a la medicina, registrando diagnósticos y tratamientos de distintas dolencias, desde tumores (III 133) hasta trastornos mentales (V 42), pasando por la epilepsia (III 33) o lesiones articulares (III 129). Asimismo, habló de zoología, combinando descripciones de los animales y su etología con tintes fantásticos (III 102) con otras más exactas desde el punto de vista de la ciencia actual, como la simbiosis entre el cocodrilo y el reyezuelo (II 68). Aparte, Heródoto se interesó por las disciplinas humanísticas. En el campo de la lingüística, reflexionó sobre la génesis del lenguaje y la escritura. Ansioso por dilucidar cuál era el pueblo más antiguo, el faraón Psamético realizó un experimento (II 2). Ordenó criar a dos bebés solos entre cabras, prohibiendo que fueran expuestos a comunicación verbal humana. Cuando los niños reclamaron becós (pan en frigio) al pastor que les traía alimento, el faraón supo que los egipcios tenían que ceder a los frigios el título de hablantes de la primera lengua de la tierra. Heródoto no teorizó únicamente a través de personajes, sino también directamente, como narrador. Así, caviló sobre los orígenes fenicios del alfabeto griego (V 58), hipótesis que sigue vigente en la actualidad. Además, en un ejercicio de protohistoria de las religiones, especuló sobre los orígenes y las influencias foráneas de la religión griega (II 49-58).

Estos enfoques novedosos, que brotaron con la sofística, conviven con postulados religiosos propios de la Época Arcaica, como el de la malevolencia (o envidia) divina, consistente en que los dioses pierden a las personas demasiado afortunadas. En la tragedia, solía abatirse sobre individuos que se ufanaban orgullosamente de sus éxitos o tenían aspiraciones personales desmesuradas, como Áyax en la tragedia homónima de Sófocles o Jerjes en Los Persas, la tragedia de Esquilo sobre las guerras médicas. Heródoto otorgó al concepto una dimensión política más acusada, haciendo de la malevolencia divina un mecanismo de cambio forzoso en virtud del cual unos estados pierden importancia mientras otros la ganan. Estos vaivenes concuerdan con un convencimiento que nuestro autor declaró al inicio de su Historia (I 5, 4), en consonancia con el pesimismo griego tradicional: la felicidad humana no es estable, nunca dura.

El rey Creso de Lidia ignoró la advertencia del sabio Solón de Atenas sobre la diferencia entre ser rico y ser feliz para acabar capturado y desposeído por Ciro II de Persia, sometiendo a los lidios al yugo de un soberano extranjero (I 30-33; I 86; I 155). Cuando el faraón Amasis vio que su recomendación de mezclar dichas y penas no surtía efecto pese a la buena disposición de su amigo y aliado, el tirano Polícrates de Samos, cortó toda relación con él. Polícrates perdió la vida a manos de los persas, y los samios y su pujante flota se vieron privados de su independencia (III 40-44; III 125; III 149). Jerjes rechazó el consejo de su tío Artábano sobre la conveniencia de prever las consecuencias antes de acometer una invasión, volvió a Asia derrotado y tuvo que renunciar a políticas expansionistas en el oeste (VII 46-52; VIII 115-117; IX 114-118). Estos son tres de los numerosos ejemplos de corte trágico que nos brinda la Historia, pero quizá el más célebre sea uno más breve, el episodio de la esposa de Intafrenes (III 119). Cuando Intafrenes cayó en desgracia arrastrando con él a varios familiares, Darío dispensó a su mujer la merced de rescatar a un solo pariente. Siguiendo un razonamiento que se repite luego en la Antígona de Sófocles, ella intercedió por su propio hermano.

Igualmente típicos de la Época Arcaica son el alcance del principio de reciprocidad, así como la postura de Heródoto respecto a la intervención divina. La reciprocidad se aplicaba sobre todo a la venganza: ningún daño o afrenta podía quedar impune. En la trilogía trágica de Esquilo la Orestíada, el drama del protagonista Orestes estriba en la ley del ojo por ojo: mató a su madre porque esta había asesinado a su padre. La noción de represalia impregna toda la obra herodotea. El rapto o huida de la princesa argiva Ío en un barco fenicio desató el deseo de resarcimiento de los griegos, que degeneró en una sucesión de secuestros de mujeres perpetrados por bárbaros y griegos en los tiempos antiguos (I 1-5). Entre ellos, el de Helena de Esparta por el príncipe troyano Alejandro (más conocido como Paris) provocó la guerra de Troya, antecedente lejano de las guerras médicas. El revanchismo también movió al eunuco griego Hermotimo, guardián de los hijos bastardos de Jerjes, a vejar y mutilar al hombre que lo castró y vendió como esclavo (VIII 104-106).

A diferencia de la Ilíada y la Odisea, los dioses no son personajes, es decir, no actúan directamente en la Historia. No obstante, dejan sentir su influencia sobre las acciones humanas por vía indirecta, mediante los oráculos, los sueños premonitorios y admonitorios y los portentos que jalonan la obra. Estos elementos formaban parte de la experiencia religiosa de los griegos y, por tanto, tuvieron una presencia literaria no desdeñable tanto en los poemas homéricos como en las piezas teatrales trágicas y cómicas. Heródoto los adaptó a sus necesidades narrativas. Con ello, logró dos cosas, una deliberada y otra, sobrevenida. Por una parte, integró estas manifestaciones de presencia divina en su obra, fundiéndolas completamente con el entorno narrativo hasta convertirlas en una de sus señas de identidad. Por otra, la gran cantidad de referencias a oráculos, sueños y prodigios ha hecho de la Historia una fuente de consulta obligada para los estudiosos de la religión griega por la valiosa —aunque estilizada— información que ha proporcionado sobre cómo entendían los griegos la comunicación entre las esferas humana y divina.

La coexistencia en la obra de planteamientos conservadores y modernos para su tiempo no debe sorprendernos. Al contrario, se trata de un fenómeno normal, dado que en las primeras décadas del siglo V a. C. hubo un cambio de paradigma y mentalidad. En ese momento se ubica la transición entre las épocas Arcaica y Clásica. La obra de Heródoto refleja dicha transición. Por ello, a pesar de los pocos años que separaban a ambos autores, la Historia de Heródoto difiere en concepción de su sucesora inmediata, la Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides de Atenas (460-400 a. C.). Tucídides, firmemente anclado en la Época Clásica, hizo del racionalismo la seña de identidad de su obra. Heródoto, a caballo entre dos épocas, fue más flexible.

La Historia como historia

En la pirámide consta, en caracteres egipcios, lo que se gastó en rábanos, cebollas y ajos para los obreros. Y si recuerdo bien lo que me dijo el intérprete que me leía los signos, el importe ascendía a mil seiscientos talentos de plata.

HERÓDOTO, II 125, 6-72

Este pasaje ha dado pie a un prejuicio muy extendido. Frente al exquisitamente racional y preciso Tucídides, Heródoto se dejaba engañar por intermediarios ignorantes, en este caso un intérprete desconocedor de la escritura jeroglífica, y se recreaba en detalles tan triviales como los gastos en verduras derivados de la erección de la pirámide de Quéops. Esta mirada sesgada pasa por alto el sentido del humor y la ironía del autor y, ante todo, el contexto del comentario. Heródoto describió la gran pirámide de Guiza, una mole que tardó más de veinte años en construirse y requirió el trabajo ininterrumpido de centenares de miles de hombres. La mención de los gastos en comida, ropa y herramientas realza la magnitud de la construcción, que no ejecutaron voluntarios pagados, sino súbditos oprimidos por un soberano cruel.

Heródoto focalizó su interés por el pasado en cuatro aspectos clave: el cómputo cronológico, la dinámica de poder, el funcionamiento de cada sociedad y las causas de lo sucedido. En II 124-126 los cuatro entran en acción. El cómputo cronológico es doble, cristaliza en la sucesión de faraones —Quéops reinó tras Rampsinito— y en los años de construcción tanto de las obras previas como de la pirámide en sí. La dinámica de poder tomó forma en el control absoluto de Quéops y el funcionamiento de la sociedad, en la indefensión y el sometimiento de los egipcios ante la iniquidad de su señor. Finalmente, las causas del alzamiento de la pirámide no tienen que ver directamente con la etnografía, sino con la maldad de Quéops y su deseo de disponer de un monumento funerario. La utilidad de la pirámide se desprende del contexto: daba a Quéops la posibilidad de hacer ostentación de la autoridad ejercida en vida y de vivir en el recuerdo de las generaciones venideras después de muerto.

Las cuatro claves se corresponden con el trabajo que puede llevar a cabo un historiador moderno. Preguntas como ¿cuándo sucede esto?, ¿quiénes poseen poder y cómo lo ejercen?, ¿cómo se comporta el conjunto de la sociedad ante dicho poder?, ¿qué causas motivan un hecho? siguen siendo válidas para los historiadores. La forma en que las abordó Heródoto, sin embargo, no se percibe como propia de un historiador moderno. Así, acabamos de ver que él juzgó subjetivamente a una figura política de primer orden (Quéops), algo que los historiadores actuales casi nunca se permiten.

La disonancia se explica porque Heródoto abrió una nueva área de análisis, que hoy denominamos historia; pero, a partir de Tucídides, dicha área de análisis asumió una pretensión de objetividad y se especializó en lo político y lo militar. Aunque a veces se olvida, Heródoto especificó en su proemio que iba a presentar los resultados de su investigación sobre los hechos pasados, incluyendo las hazañas de griegos y bárbaros, a las que hemos aludido más arriba, los enfrentamientos entre griegos y bárbaros y sus causas, que, como se verá, concebía en sentido amplio y muy ligadas a la etnografía.

En suma, Heródoto no prometió concentrarse exclusivamente en las guerras médicas y no lo hizo. En vez de la historia política y militar —que es lo que, todavía hoy, concebimos como historia propiamente dicha—, Heródoto inauguró la historia universal o, si se prefiere, la historia de las civilizaciones. Habiendo abierto la senda del género en un momento de transición todavía no constreñido por el racionalismo, no aspiraba a la objetividad total. En realidad, este ideal es inaccesible. El pensamiento histórico es, por necesidad, subjetivo; nadie puede sustraerse completamente de su propia visión del mundo al contar lo que ha pasado. Heródoto ofreció al lector su interpretación de los acontecimientos que investigó, sin disfrazarla de verdad objetiva y absoluta.

Él sabía que su obra era una novedad para los griegos (III 103; VI 55) y afrontó los inconvenientes de ser pionero del género histórico. Posiblemente, el mayor de todos fuera la falta de fuentes. Nosotros estamos acostumbrados a la era digital, donde casi cualquier dato está a unos pocos clics de distancia. Nuestros padres y abuelos lo tenían más complicado; no había internet, pero podían ir a bibliotecas y hemerotecas para informarse. Heródoto, en cambio, vivía en una sociedad cuyos miembros eran, en su mayoría, analfabetos y donde los textos eran escasos. Así pues, nuestro autor contaba con un puñado de fuentes escritas, que no siempre trataban los mismos temas que él. Heródoto las aprovechó a la hora de investigar, pero también obtuvo información por otros medios, a saber: fuentes orales (mitos, tradiciones locales, interlocutores informados) y cultura material (monumentos y objetos antiguos).

Si bien su manejo no se ajusta a los parámetros de los historiadores modernos, Heródoto detalló y criticó sus fuentes sistemáticamente. Citó y, en muchas ocasiones, corrigió varias fuentes escritas, desde poetas como Homero, Hesíodo, Safo, Píndaro, Solón o Simónides (II 53; II 135; III 38; V 113; VII 228) al logógrafo Hecateo. También utilizó abundantes fuentes orales, a veces recogidas desde una perspectiva crítica, fueran mitos o tradiciones locales de ciudades-Estado griegas, como Atenas o Esparta (VII 189; VI 52), y de culturas bárbaras, como Egipto (III 2). Igualmente, se basó en sus conversaciones con personas que tenía por bien informadas, como los sacerdotes del templo de Hefesto (nombre que Heródoto da al dios egipcio Ptah) en Menfis o los habitantes de Heliópolis. Si su acceso a ella era indirecto, Heródoto hacía constar cuidadosamente la cadena de transmisión de la información, como cuando habló de la geografía y etnografía del África profunda (II 32).

Lógicamente, podía servirse mejor de las fuentes griegas que de las no griegas, según él mismo admitía tácitamente al aludir a su uso de intérpretes, entre ellos el mencionado al comienzo de esta sección. Las dificultades de Heródoto se notan más en los casos de Egipto y Persia, cuyas élites gobernantes se apoyaban mucho en la escritura. Aun así, alcanzó un conocimiento aproximado de Egipto de la mano de guías nativos y griegos residentes en el país que, como vimos más arriba, estuvo ocupado por tropas atenienses y que contaba con una numerosa colonia comercial griega en la ciudad de Náucratis. En cuanto a Persia, el relato herodoteo fue confirmado hasta cierto punto por hallazgos posteriores como el de la inscripción de Behistún. Darío mandó grabar en tres de los principales idiomas de su imperio multilingüe (persa, elamita y babilonio) la versión oficial de su subida al trono. El soldado británico Henry Rawlinson encontró y transcribió la inscripción entre 1835 y 1843, descifrando el alfabeto cuneiforme. Seguramente, Heródoto no se enteró de esta versión oficial por la inscripción, sino a través de Zópiro, un desertor persa de alto rango (era nieto del reconquistador de Babilonia), refugiado en Atenas (III 160). Él pudo informarle sobre historia persa en general.

A pesar de no recoger la inscripción de Behistún, Heródoto citó otras en su Historia. Por supuesto, prestó atención a las palabras inscritas y, ocasionalmente, al idioma o idiomas de estas, como cuando reseñó dos inscripciones gemelas en griego y persa erigidas por Darío (IV 87). Con frecuencia, no solo indicaba el mensaje de las inscripciones, sino además su soporte: estelas (II 102; IV 87; IV 91; VII 30) y relieves (III 88), preferidos por los reyes persas y de otros territorios bárbaros; estatuas (II 141), pinturas (IV 88) u objetos consagrados en templos (I 51; V 59-60). Estos y otros objetos no grabados, junto con diversos monumentos, funcionan como testimonios tangibles de la Historia, aportando credibilidad. Por ello, Heródoto insistió en que muchos de ellos perduraban en su propia época (I 66; I 181; II 130; II 135; IV 12; VII 115; VIII 39), de modo que eran susceptibles de comprobación por el lector.

Para Heródoto, igual que para todo historiador antiguo o moderno, las fuentes eran un instrumento de trabajo irreemplazable. No obstante, su trabajo no solo se cimentaba sobre ellas. Si bien no lo expuso ordenadamente en bloque, Heródoto siguió un método de trabajo, que desplegó a lo largo de su obra y apuntó en algunos pasajes (II 29; II 99; II 148). Este método descansaba sobre cuatro pilares: lo que él veía, los juicios racionales fundados que emitía, sus propias averiguaciones y lo que escuchaba. En la práctica, graduó dichos pilares. Como hizo después Tucídides, nuestro autor concedió más importancia a la observación directa, una elección con la que quizá pretendiera alejarse de las elucubraciones de los filósofos y que, en todo caso, limitó sus investigaciones de tiempos remotos. En el siguiente escalón, situó sus opiniones, más abajo sus averiguaciones y, en último lugar, los datos que obtenía de oídas. En relación con estos, se sentía obligado a transmitir lo que le habían dicho, pero no a creerlo (VII 152, 3). A menudo, daba versiones alternativas y múltiples causas de un mismo hecho.

Aunque sin duda filtraba y moldeaba toda la información, Heródoto podía inhibirse formalmente y dejar que el lector decidiera si lo leído era digno de crédito o no (II 103; III 122; V 44-45; VII 230; IX 95). También cuestionaba o rechazaba la veracidad de una o más de estas versiones (I 122; II 54-56; IV 155; VI 121-124; VIII 8). La coexistencia de dos o más versiones de un acontecimiento puede resultarnos extraña, porque la información histórica normalmente nos llega procesada. Sin embargo, es consustancial a la tarea de investigación, sea histórica o no. En las películas y series policíacas, los detectives encargados de descubrir al ladrón o asesino tienen que empezar interrogando a quienes han presenciado el crimen. Es frecuente que sus declaraciones no coincidan entre sí. Aun estando en el mismo sitio y viendo lo mismo, los testigos no lo cuentan igual. Los detectives deben reconstruir el delito a partir de los testimonios recopilados. Todo ello es extrapolable al ámbito histórico.

De Tucídides en adelante, los historiadores acostumbran a tratar esta labor de reconstrucción como un paso previo a la escritura y ahorrárselo al lector; ofrecen directamente un relato coherente. En contraposición, Heródoto incorporó a su redacción final muchas versiones alternativas. Por medio de aquellas en las que se inhibía o aseguraba no distinguir la más creíble acentuaba los límites de su conocimiento. Por el contrario, posicionándose respecto a otras desacreditaba tradiciones que no aprobaba. De esta manera, se situaba en extremos opuestos, bien humanizándose ante el lector admitiendo que su investigación y su capacidad no siempre llegaban al fondo de las cosas, bien poniéndose por encima de lo que otros sostenían. En cualquier caso, las versiones alternativas servían a Heródoto para consolidar su posición como narrador, sin privar al lector de la posibilidad de juzgar por sí mismo lo leído e, incluso, de disentir de su opinión. En su calidad de pionero, Heródoto no venía avalado por ningún precedente directo. Su autoridad como historiador era débil, por cuanto manaba exclusivamente de su propio texto. Por esta razón, entabló un estrecho diálogo con el lector al que sus continuadores —cuya autoridad no solo dependía de ellos mismos, sino también de su pertenencia al género histórico, ya establecido— no necesitaban recurrir.

Al igual que las versiones alternativas, la concomitancia de varias causas para explicar un único acontecimiento puede desconcertar al lector. Obviamente, de entrada, todos estaríamos de acuerdo en que diferentes causas pueden concurrir en la motivación de un único hecho. No obstante, la multiplicidad de causas en la Historia ha hecho correr ríos de tinta entre los especialistas no tanto por el número, sino por la naturaleza de estas causas. A las causas racionales, Heródoto sumó otras que trascienden la razón humana, dominadas por factores sobrenaturales como el destino o la voluntad divina.

La derrota de Creso por Ciro, a la que ya nos hemos referido, ofrece un ejemplo paradigmático, puesto que se debe a una mezcla de causas racionales y no racionales (I 13; I 47-56; I 84-91). El desastre se explica racionalmente en tanto que Creso cometió una serie de errores de juicio que lo empujaron a sobrevalorar sus propias fuerzas y menospreciar las persas, emprendiendo una guerra contra un vecino hambriento de nuevas tierras. Al mismo tiempo, su capitulación estaba decretada por el destino. Su capital, Sardes, debía ser capturada por enemigos en tiempos de Creso. Por su parte, el mismo Creso debía pagar por los yerros de un antepasado en virtud de una noción hereditaria de la culpa, que existía también en el Antiguo Testamento —donde los hijos cargaban con el peso de los pecados de sus padres hasta la séptima generación.

Desde luego, las causas no racionales contravienen la lógica y los fundamentos del trabajo historiográfico desde Tucídides hasta la actualidad, pero tienen una ventaja: dan cabida a un elemento consustancial a la vida, la incertidumbre. Aunque solemos empeñarnos en lo contrario, los seres humanos no podemos controlar todo lo que nos ocurre ni tampoco explicarlo racionalmente de forma absolutamente satisfactoria. Para intentar minimizar la incertidumbre, los antiguos echaban mano de oráculos e interpretaban sus sueños y los prodigios que creían experimentar, como siguen haciendo hoy en día quienes consultan su horóscopo. Creso no fue ajeno a esa ansia de control y consultó tan ávidamente uno de los oráculos más acreditados de Grecia, el de Apolo en Delfos, que abdicó de sus facultades de pensamiento crítico con funestas consecuencias.

El nudo gordiano que atenaza a Creso, atrapándolo entre el destino y la razón, ha fascinado a incontables generaciones de lectores, jóvenes y viejos; pero constituye solo una muestra del talento literario exhibido por Heródoto en la Historia.

La Historia como literatura

La Historia fue la primera gran composición literaria escrita en prosa en lengua griega. Resulta difícil imaginar el impacto que tuvo en su momento porque aprendemos a leer y escribir en prosa. Es decir, la prosa es la forma de expresión literaria con la que estamos más familiarizados una vez alfabetizados. Para la mayoría de nosotros, las canciones son el reducto del verso. En cambio, para los antiguos griegos, el verso era omnipresente. Como hemos dicho, la educación de los niños comenzaba por los poemas homéricos. También quienes aprendían a leer y escribir lo hacían con ellos. Al escribirse en prosa y ser más larga que la Odisea e incluso que la Ilíada, la obra de Heródoto rompió moldes.

Su extensión lleva aparejada una estructura compleja. De hecho, la obra tiene dos estructuras: una que podemos llamar externa y otra, interna. La estructura externa fue fijada por editores activos en la ciudad egipcia de Alejandría, boyante foco cultural en la Época Helenística bajo la dinastía ptolemaica. Los editores alejandrinos distribuyeron la Historia en nueve libros o unidades temáticas de longitud semejante. Por lo menos desde el siglo II a. C., cada libro estaba asociado con una de las nueve musas (Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania y Calíope, divinidades patronas de las artes).

Dicha organización ha pervivido hasta la actualidad, como se aprecia en la traducción que el lector sostiene en las manos. Carlos Schrader nombra cada libro y su musa asignada, acompañándolos de una detallada sinopsis de los sucesos narrados que orienta la lectura y favorece la consulta. La estructura externa no siempre respeta el ritmo de la interna, la que el propio Heródoto dio a su obra. Él configuró su Historia de manera que la narración fluyera desde los antecedentes remotos de las guerras médicas hasta su causa inmediata, la revuelta jonia, para llegar al clímax con las victorias griegas (Maratón, Salamina, Platea y Mícala) y terminar en la toma por los griegos de la ciudad de Sesto, base persa en los Dardanelos.

Heródoto dividió su obra en dos partes casi iguales. En la primera, que comprende desde el comienzo hasta el pasaje V 27, Heródoto exploró desde un punto de vista esencialmente etnográfico el Imperio persa. Indagó su tendencia expansionista desde su instauración por Ciro hasta los posteriores reinados de Darío y Jerjes. A propósito de la absorción gradual de los imperios medo, lidio y babilonio y de la conquista de Asia Menor y Egipto, así como de las expediciones contra Escitia (sur de Rusia, Ucrania y la región del Cáucaso) y Libia (actual África), Heródoto fue desgranando el hábitat y los modos de vida de los persas y los pueblos que estos avasallaron o trataron de doblegar, casi todos bárbaros —con excepciones, como los jonios de Asia Menor y los cireneos, colonos dorios en suelo libio—. Heródoto salpicó el relato con pinceladas sobre los cambios políticos de las ciudades-Estado griegas y las relaciones que mantuvieron entre ellas, centrándose en las más destacadas: Esparta y Atenas, pero también Samos o Corinto. En la segunda parte, que abarca desde V 28 hasta el final de la Historia, Heródoto dirigió la mirada a los conflictos entre persas y griegos a través de dos escenarios. Siguió la evolución de la contienda, que los persas trasladaron desde el seno de su imperio —o, al menos, desde una zona bajo su influencia directa— (Asia Menor) a un territorio independiente (Grecia continental y sus aguas). Pese a hacerla girar alrededor de esta pugna, Heródoto no restringió la narración a una concatenación de lances bélicos. Aun en un contexto de batalla, reservó espacio para posibles intervenciones divinas (VII 188-192; VIII 35-39; IX 100-101), sobornos a generales (VIII 4-5) o mutilaciones de cadáveres (VII 238) y cortesía hacia los vencidos (IX 76-79). Puede decirse lo mismo acerca de la revuelta jonia. Heródoto combinó las operaciones militares con informaciones sobre mensajes secretos (V 35), fallidas o exitosas aventuras de colonización en Italia y el Quersoneso tracio (actual península de Galípoli) (V 42-48; VI 34-41), la vida amorosa de los reyes de Esparta (V 39-41; VI 61-69) o la historia de la eminente familia ateniense de los Alcmeónidas, parientes maternos de Pericles (VI 125-131).

Heródoto era un narrador cuidadoso que no consentía que la estructura compleja de la Historia ocultara su hilo conductor. Además, para que el lector no se perdiera en el intrincado relato, hizo un uso continuo de recursos narrativos, como referencias cruzadas (I 75, 1 y I 124; II 161, 3 y IV 159; V 36, 3-4 y I 92; VII 184, 3 y VII 97) y breves repeticiones (III 88, 3 sobre III 68-69; VII 2, 3 sobre I 126-127; IX 71, 2 sobre VII 231). La preocupación de nuestro autor por la coherencia interna es visible asimismo en las interacciones entre los textos narrativos y discursivos, así como en la conexión entre el principio y el final.

Como hicieran antes y después Homero y Tucídides, Heródoto compaginó en su obra la exposición de hechos sucesivos y simultáneos y sus propios comentarios como narrador con discursos o conversaciones atribuidos a personajes. Algunos textos expositivos contienen pistas que anuncian el tono de los discursos. Así, la descripción de los escitas como un pueblo nómada ganadero que resulta invencible por ser inabordable (IV 46) reaparece en el discurso del tirano lesbio Coes de Mitilene como argumento para abogar ante Darío por asegurar el regreso a Asia durante la invasión de Escitia (IV 97). Los escitas estuvieron a la altura de su descripción y Darío se retiró sin subyugarlos (IV 131-144). Paralelamente, hay discursos que anticipan lo que va a ocurrir, como aquel de Creso que previó la reacción de los maságetas, nómadas de las estepas de Asia central (I 207; I 211). Igualmente, sucesos ya narrados se retoman en algunos discursos, como cuando el noble medo Harpago reprochó a su antiguo rey Astiages haberle servido en un banquete la carne de su propio hijo (I 119; I 129) o cuando Artábano utilizó la campaña escita para desalentar a Jerjes de marchar contra los griegos (VII 10α). No obstante, discursos y hechos no solo concuerdan, también pueden divergir e, incluso, estar entrelazados. Por ejemplo, la baladronada del mismo Jerjes de que esclavizaría Europa entera (VII 8γ) se vio desmentida por el fracaso de la invasión. En ocasiones, el discurso de un personaje subsume la narración de hechos, como hicieron, con desigual éxito, Socles de Corinto al contar la historia de los tiranos de su ciudad (V 92-93) y el rey Leotíquidas de Esparta al hablar del dilema de su compatriota Glauco (VI 86).

Narración y discurso están entretejidos con tanto esmero en la Historia que el lector actual probablemente encuentre su final inesperadamente abrupto; pero ser consciente de los vínculos entre el comienzo y el desenlace atenúa esta impresión. Hasta donde nuestro autor sabía, Creso fue el primer bárbaro en atacar a los griegos, pero se remontó más atrás, al antepasado cuyas culpas pagó Creso: Giges. Él colaboró con el rey Candaules de Lidia en la deshonra de la reina, de la cual su marido estaba, paradójicamente, muy enamorado. Cuando ella le dio a elegir entre perder la vida o matar a Candaules y apropiarse de su mujer y de su reino, Giges optó por el regicidio y la usurpación (I 8-13). El último bárbaro que atacó a los griegos, Jerjes, deshonró a otra reina —su esposa principal, Amastris— por amor, en este caso a su cuñada y su nuera. Amastris obligó a su marido a entregarle a su cuñada, a quien a continuación hizo mutilar con saña (IX 108-113). El cuadro se completaría con el asesinato de Jerjes, cometido años después y difundido rápidamente por el mundo griego, pero silenciado en la Historia por prudencia. La coincidencia entre ambos relatos es intencionada, Heródoto quiso concluir su obra como la empezó. Por ello, acabó con una exhortación de Ciro a su pueblo que recuperaba la idea de que el éxito militar de los persas derivaba de la falta de recursos naturales de su país y de su vida austera, expresada en I 71. Es tentador deducir que los persas desoyeron la advertencia del fundador de su imperio, se abandonaron a la molicie y fueron derrotados precisamente por los habitantes de unas tierras pedregosas y pobres. No menos atractivo resulta extrapolarla a las circunstancias contemporáneas a nuestro autor. Efectivamente, se puede ver la amonestación de Ciro como una reivindicación de la libertad en un momento en que los griegos, que antaño habían luchado por ella, se exponían a perderla por el expansionismo ateniense. Sin embargo, conforme a su costumbre, Heródoto no sancionó ni estas ni otras conjeturas. Él guiaba al lector en el proceso de sacar conclusiones, pero raras veces se las imponía. El final, al igual que la obra en su conjunto, es abierto.

La Historia planteó interrogantes al lector que hoy siguen sin tener una respuesta definitiva. Nosotros podemos soslayarlos tranquilamente y decantarnos por una lectura relajada o aceptar el envite. Si lo hacemos, tendremos que meditar sobre lo que Heródoto escribió y cómo lo escribió. Como recompensa, obtendremos una experiencia de lectura que no solo será grata, sino también estimulante.

Heródoto jugó con el lector a través de temas o motivos recurrentes. A lo largo de toda su obra, emergen situaciones que, aun en lugares y épocas dispares, se resuelven de forma semejante y personajes que, pese a pertenecer a naciones, períodos y estratos sociales diversos, tienen un mismo talante. Dada su abundancia, hemos seleccionado cuatro de los más característicos: cruzar fronteras, el rey se ríe, el embaucador y la capitana.

Cruzar fronteras

Para nosotros, las barreras naturales como las montañas, los mares y los ríos se han vuelto casi imperceptibles gracias a la tecnología de barcos a motor, coches y aviones. En la Antigüedad, estos obstáculos eran difíciles de salvar y vadearlos implicaba un esfuerzo dotado de gran carga simbólica. El halo de un puñado de estas operaciones ha llegado hasta nuestro tiempo, bien por su peligrosidad, bien por su representatividad, bien por ambas cualidades. Una de las imágenes más sugestivas asociadas con la segunda guerra púnica, que libraron Roma y Cartago (218-201 a. C.), sigue siendo el paso del ejército del cartaginés Aníbal y sus elefantes a través de los Alpes en dirección a Italia. Cuando César y sus hombres cruzaron el río que separaba la provincia de la Galia Cisalpina de la zona bajo jurisdicción del Senado romano (49 a. C.), no solo iniciaron una guerra civil, sino que dieron origen a la expresión «pasar el Rubicón», que en muchas lenguas modernas significa dar un paso sin retorno corriendo un riesgo. Dado que el río era seguramente poco profundo, dicho riesgo no fue físico, pero sí serio. Como vamos a ver, Heródoto explotó literariamente los desafíos que entrañaba cruzar fronteras naturales, en particular corrientes de agua, enfocándolos a través del prisma de las ya citadas cuatro claves de su interés histórico.

Y cuando llegó al río Halis, Creso, en mi opinión, hizo pasar el ejército por los puentes allí existentes, si bien, según la versión más difundida entre los griegos, fue Tales de Mileto quien le facilitó el paso.

HERÓDOTO, I 75, 3-4

El río Halis (actual Kizilirmak, en Turquía) dividía los reinos lidio y persa. Creso lo atravesó con sus soldados. La acción sirve al cómputo cronológico en la medida en que señala cuándo exactamente Creso puso en práctica sus designios hostiles contra Persia. También contribuye a perfilar la dinámica de poder, ya que el rey de Lidia se arrogó el derecho de entrar sin autorización en un territorio ajeno. Al mismo tiempo, ahonda en el funcionamiento de la sociedad antigua, dado que el dueño de dicho territorio, Ciro, no toleró el ataque y, después de enfrentarse a Creso en una batalla que quedó en tablas, avanzó hasta Sardes, donde el lidio se había replegado (I 76-80). En su calidad de suceso, tiene además sus causas: Creso franqueó el río por prevención ante el ímpetu de Ciro y por indignación ante el destronamiento de su pariente Astiages (I 46; I 75, 2). Así pues, Creso obró parcialmente impulsado por un anhelo de reciprocidad que suscitó una contraofensiva. Es decir, Ciro tomó el traspaso del Halis como casus belli y le dio una respuesta proporcional, penetrando en Lidia a su vez e integrándola en su imperio, como ya sabemos.

Desde la perspectiva narrativa, estamos ante la primera muestra de una pauta. Cuando un rey transgrede sin miramientos los límites que la naturaleza ha otorgado a sus dominios para engrandecerlos o batirse contra sus vecinos, su comportamiento soberbio le granjea la malevolencia divina, acarreándole desgracias. Conviene puntualizar que la cuestión no radica tanto en el cruce propiamente dicho, sino en los actos que lo acompañan. Lo comprenderemos mejor si comparamos cómo los reyes Cleómenes de Esparta, por un lado, y Ciro, Darío y Jerjes de Persia, por otro, atravesaron las barreras acuáticas. El lector se dará cuenta de que Cleómenes no fue ningún modelo de mesura y de que tenía rasgos de carácter comunes con sus homólogos orientales. Aun así, cuando se propuso atacar a los argivos y pensó en vadear el río Erasino para dejar su Lacedemonia natal y entrar directamente en la vecina Argólide, hizo sacrificios en honor del río. Puesto que el sacrificio conllevó presagios desfavorables, felicitó al Erasino por su fidelidad a los argivos, dio un rodeo y llegó por mar, sin olvidarse de realizar los sacrificios pertinentes antes de embarcar (VI 76). La actitud de los reyes persas no delata tanta consideración.

En su marcha contra Babilonia, Ciro se vio en la tesitura de franquear un afluente del Tigris, el Gindes (actual Diala, que nace en Irán y desemboca en el Tigris un poco al sur de Bagdad, en Irak), y al ahogarse uno de sus caballos consagrados al sol, prorrumpió en amenazas contra el río y, de hecho, redujo enormemente su gran caudal con el concurso de sus tropas (I 189). Aunque no es literalmente un río de frontera, el Gindes lo es metafóricamente porque al atravesarlo Ciro cometió su primera agresión contra los babilonios. El paso del Gindes es útil para el cómputo cronológico al constituir el preludio del primer combate. El cruce ejemplifica la dinámica de poder. Ciro estaba tan imbuido de su propia grandeza que se creía por encima de la naturaleza. Entendiendo el ahogamiento del animal como un atentado del Gindes contra su propia dignidad, aplicó el principio de reciprocidad y lo hizo castigar. El funcionamiento de la sociedad persa queda patente en que los hombres del ejército tuvieran que plegarse a las extravagantes órdenes de su señor, dejando de lado su función primaria de soldados y pasando meses trabajando como obreros. Como acontecimiento que es, el paso del río obedece a unas causas. Al contrario que Creso, Ciro no cruzó el río por razones preventivas ni para vengar a nadie, sino por puro afán de conquista, para sojuzgar toda Asia (I 178).

Tomando a Creso como referencia, el lector sospecha que Ciro pagará cara su osadía, pero el suspense se mantiene a través de un expediente típicamente herodoteo: la retardación. En su expedición contra los maságetas, Ciro reeditó el episodio del Gindes. Volvió a franquear con su ejército un río, esta vez el Araxes (hoy llamado Aras, que nace en Turquía y desagua en el mar Caspio, en Azerbaiyán), que fluía entre el Imperio persa y el país de los maságetas (I 205-214). En términos de cómputo cronológico, el paso indica cuándo exactamente Ciro inició su ofensiva contra los maságetas. El cruce del Araxes se produjo sin incidentes y la dinámica de poder no tuvo que ver directamente con el río. Ciro pretendió anexionarse a los maságetas mediante una alianza matrimonial, casándose con su reina viuda. Una vez rechazada la proposición, Ciro procuró debilitar con artimañas a los enemigos en el territorio de estos. El funcionamiento de la sociedad nómada, menos refinada que la persa, hizo que los maságetas cayeran en la trampa, se emborracharan y fueran capturados muchos prisioneros, entre ellos el príncipe heredero, que se suicidó. El suicidio activó el mecanismo de reciprocidad y los maságetas consumaron una cruenta venganza que supuso la derrota de Ciro, su fallecimiento y la mutilación de su cadáver. A la luz del resultado, las dos causas que motivaban el cruce del Araxes se revelaron infundadas: el aura sobrehumana de Ciro y su invencibilidad. El exceso de confianza en ellas le reportó una muerte indigna. Sin embargo, un resto de sensatez permitió a Ciro escuchar los consejos del anterior rey de Lidia Creso y, de este modo, salvaguardar la integridad física de su imperio para sus sucesores. Justamente con uno de ellos, soñó Ciro la noche del mismo día en que había atravesado el Araxes. Viendo a Darío provisto de alas, interpretó acertadamente su sueño como un pronóstico de futura realeza. Como Darío era entonces un joven noble sin lazos de sangre con él, Ciro lo tildó de conspirador y posible usurpador, pero murió antes de adoptar medidas serias. Así, Darío accedió finalmente al trono, en una coyuntura que, conforme veremos más adelante, no deja en mal lugar a Ciro como falso profeta.

Si bien su legitimidad era dudosa cuando menos, una vez coronado, Darío hizo lo mismo que otros reyes: cruzó corrientes de agua a la cabeza de su ejército. Durante su malhadada campaña contra Escitia, franqueó el estrecho del Bósforo y el río Istro (actual Danubio) (IV 83-89; IV 97-98). Respecto al cómputo cronológico, el paso del Bósforo marcó la entrada a Europa desde Asia y, por ende, el comienzo de la operación bélica; el del Istro inició el ataque a los escitas con la entrada en sus tierras. Además, el segundo paso llevaba aparejada una estimación de Darío sobre la duración de la guerra, que cifró solo en sesenta días, quedándose corto. Ninguno de los cruces trajo problemas y la dinámica de poder se manifestó en relación con personas, no con el agua. Al hilo del cruce del Bósforo, un breve flashback retrotrae a Darío a su capital de invierno Susa, donde exhibió su arbitrariedad de rey absoluto. Mandó matar a tres hermanos que iban a participar en la expedición porque el padre se atrevió a pedirle conservar a su lado a uno de los hijos. De vuelta al presente narrativo, Darío alardeó de su poderío, instalando a orillas del Bósforo las dos inscripciones bilingües antes comentadas, que enumeraban todos los pueblos sobre los que regía. Cuando atravesó el Istro, se mostró más comedido. Atendiendo a la sugerencia de Coes, Darío se contentó con ordenar a sus vasallos, los tiranos jonios, vigilar durante los sesenta días el estrecho para que los escitas no cerraran su vía de retorno a Asia. Frente al padre persa que no podía hacer nada para evitar ni vengar el asesinato de sus hijos, el funcionamiento de la sociedad griega no admitía una obediencia ciega. La sumisión de los tiranos jonios no fue inquebrantable. Cuando los escitas entablaron conversaciones con ellos para convencerlos de abandonar a Darío, los tiranos deliberaron. Engañaron a los escitas y a la postre apoyaron a Darío, pero no por lealtad, sino por miedo a perder sus tiranías. Si eran aniquilados, los persas no estarían en disposición de sostenerles a ellos en el gobierno de sus ciudades (IV 133; IV 136-142). Al ser equivalentes, los pasos del Bósforo y el Istro responden a las mismas causas. La abundancia de hombres, potenciales soldados y dinero, recaudado de los impuestos establecidos por el mismo Darío, dejó el imperio en buena situación para emprender guerras que, en caso de ganarse, aumentarían la reputación del soberano. Paralelamente, la ocupación de Media por los escitas durante unos treinta años (IV 1) era un agravio que exigía satisfacción. En vista de que el padre de Astiages lavó la afrenta en sangre escita y terminó con la ocupación mucho antes de que Media fuera absorbida por el Imperio persa (I 106), la sed de reparación de Darío parece un mero pretexto para expandirse hacia el oeste. Lo único que cosechó fue una retirada ignominiosa a marchas forzadas, dejando en la estacada a los heridos y extenuados.

El hijo de Darío fue el último rey que atravesó una corriente de agua: el estrecho de los Dardanelos, conocido entre los griegos como Helesponto. En su avance hacia Grecia, una tormenta destruyó el puente por donde debían pasar las tropas persas. La reacción de Jerjes se ha grabado en generaciones de lectores, haciéndose tan popular que en internet se comercializan tazas, cojines y toallas con estampados inspirados en ella.

Al tener noticias de ello, Jerjes montó en cólera y mandó que propinasen al Helesponto trescientos latigazos y que arrojaran al agua un par de grilletes [...] ordenó a sus hombres que, al azotarlo, profiriesen estas bárbaras e insensatas palabras: «¡Maldita corriente! Nuestro amo te inflige este castigo porque, pese a no haber sufrido agravio alguno por su parte, lo has agraviado. A fe que, tanto si quieres como si no, el rey Jerjes pasará sobre ti. Con toda razón ningún hombre ofrece sacrificios en tu honor, pues eres simplemente un río turbio y salado».

HERÓDOTO, VII 35, 1-2

En el plano del cómputo cronológico, el cruce del Helesponto conlleva el cambio de continente y el primer acto agresivo de Jerjes contra Europa. El accidente provocado por la tormenta afecta a la dinámica de poder. Al parecer, la fustigación podría reflejar un rito zoroástrico (el zoroastrismo fue la religión más extendida en Persia desde los albores del Imperio hasta la conquista islámica en el siglo VII d. C.). Jerjes habría exteriorizado ceremonialmente su control regio sobre la tierra y el agua —que son, recordemos, los dos elementos que una comunidad debe entregar al rey persa como símbolo de vasallaje— a golpe de látigo. Aun aceptando esta posibilidad, es evidente que Heródoto no plasmó la flagelación como una ceremonia, sino como un comportamiento excéntrico en busca de reciprocidad ante un supuesto ultraje. Jerjes, igual que Ciro en el río Gindes, no creía estar sometido a las fuerzas de la naturaleza, pero la dinámica de poder no solo aflora con el agua, también con las personas: el hijo de Darío ordenó decapitar a quienes tendieron el puente flotante. Asimismo, un flashback, similar al que vimos con Darío, traslada a Jerjes al día en que dejó Sardes con su ejército y vivió un eclipse solar. Asustado por el fenómeno, un lidio de su comitiva solicitó que, de sus cinco hijos, el mayor fuera exonerado de la expedición. Jerjes dispuso que cortaran al primogénito en dos y colocaran cada mitad a un lado del camino para que los soldados desfilaran entre ellas (VII 37-40). El funcionamiento de la sociedad persa requiere que los súbditos —persas, egipcios, fenicios o lidios— se vean obligados a acatar la voluntad del soberano casi como si fueran esclavos, implique ello morir por no haber tendido un puente lo bastante resistente, rehacerlo o perder al hijo cuya vida más apreciaban. En su condición de hecho, el cruce del Helesponto responde a una causa principal: la presión ejercida sobre el recién proclamado monarca por los halcones de su corte y por dos sueños, uno engañoso y el otro, mal interpretado (VII 5-20). Mardonio, primo y futuro lugarteniente de Jerjes en Grecia, le animó a vengar la derrota de su padre en Maratón y lo tentó con las riquezas de Europa por ambición personal, igual que los políticos griegos exiliados que querían recobrar sus privilegios en sus lugares de origen.

El rey terminó por ceder y, con una retardación medida para generar suspense, el Helesponto se cobró los malos tratos recibidos. Los temporales se cebaron en la armada persa (VII 188-192; VIII 13-14) y, sobre todo, Jerjes y Mardonio fueron vencidos. Aunque Jerjes logró huir a Asia, tuvo que hacerlo por barco, porque el puente rehecho no aguantó otra tempestad (VIII 117). Cuando los griegos tomaron Sesto, cabeza europea del puente destruido, se llevaron los cables que quedaban y los dedicaron en sus templos junto con otros objetos (IX 121). Aparte de servir como prueba tangible del triunfo, la consagración de los restos del puente es el último acontecimiento recogido en la obra. De esta manera, Heródoto cerró el círculo, poniendo de relieve que la naturaleza y los griegos restauraron la frontera, rompiendo la conexión artificial entre Asia y Europa.

El acto de saltar barreras naturales funciona como un eje vertebrador en la Historia, en tanto que los precedentes de Creso, Ciro (maságetas) y Darío (escitas) prefiguran la guerras médicas y crean la expectativa de una victoria final de los griegos en su calidad de pueblo invadido, sin anticipar o estropear la trama ni deslucir el éxito helénico. A la vez, el cruce de límites está negativamente connotado en la Historia porque la equiparación entre invasión territorial y violencia contra la naturaleza se instala en la mente del lector a fuerza de repeticiones. Los atropellos contra el agua adquieren una categoría próxima al sacrilegio, si esta es personificada y vejada como enemigo, como ocurre con el Gindes y el Helesponto. En los demás casos, la impiedad se obvia y el matiz negativo viene con el fallo del invasor.

En realidad, el panorama es menos simple. Esta negatividad es solo la cruz de la moneda. La cara está compuesta por los esfuerzos técnicos que facilitaban el paso. Heródoto se detuvo en la modificación del curso del Halis por Tales de Mileto, aun descartando que esta se produjera verdaderamente. No es una excepción. Ciro empobreció el flujo del Gindes mediante ciento ochenta canales para que incluso las mujeres pudieran cruzarlo sin mojarse las rodillas y, al tender su puente flotante sobre el Araxes, no olvidó construir torres defensivas. Darío recompensó con largueza al constructor de su puente sobre el Bósforo, Mandrocles de Samos, el cual conmemoró su trabajo con una ofrenda en el templo de Hera de su isla natal, cuna de insignes ingenieros y artesanos. Heródoto pormenorizó el proceso de construcción del segundo puente de Jerjes sobre el Helesponto, así como la perforación de un canal en el Atos (dedo más oriental de la península Calcídica), dirigida por dos persas de alto rango (VII 22-24). Las labores de ingeniería, como la excavación de canales, atrajeron a Heródoto (I 174; I 191; II 158-159; IV 42; VII 116-117). Pese a no ser gestas militares, las consideró hazañas dignas de ser consignadas.

Por tanto, Heródoto se movía entre dos aguas: contemplaba la posibilidad de que los dioses castigaran la alteración de la naturaleza que habían creado y, simultáneamente, admiraba el progreso técnico que capacitaba a los seres humanos para transformar dicha naturaleza.

El rey se ríe

Todos sabemos que las emociones influyen sobre nuestras acciones, pero saber qué sentimos en cada momento puede ser complicado, más todavía si deseamos conocer las emociones de los demás. Si la persona cuyas emociones queremos rastrear ha fallecido, nos enfrentamos a una tarea difícil, cuando no titánica, en la que las cartas privadas son de gran ayuda. Las cartas que han sobrevivido de la Antigüedad no son muchas. Contamos, eso sí, con parte de la copiosa correspondencia que el orador, abogado y político romano Cicerón (siglos II-I a. C.) mantuvo con familiares, amigos y figuras relevantes de su época —como Bruto, el asesino de César—. Estas cartas son una valiosa fuente de información porque dejan entrever a la persona detrás de la imagen pública que el orador proyectó a través de sus discursos y escritos políticos, retóricos y filosóficos.

Por suerte, el lector de la Historia no tiene la necesidad de buscar cartas de los personajes para saber sus emociones; Heródoto se encargó de construirlas. Las emociones de los personajes —enfado (I 61; III 50; IV 128), miedo (I 157; IV 115; VII 15), vergüenza (I 10; III 133; IX 85), sorpresa (I 24; III 155; VIII 135), tristeza (I 87; I 112; III 14) y alegría (I 54; V 51; IX 109), entre otras— determinan en muchos casos el curso de la acción narrativa. La alegría y, más concretamente, su manifestación exterior, la risa, no suele ser buena señal en una obra cuyo autor estaba, como hemos visto, convencido de la fugacidad de la felicidad humana. Lejos de censurarla por ello, Heródoto cultivó la risa asiduamente. Como narrador, él mismo se rio de los cartógrafos griegos (IV 36) e hizo que sus personajes rieran. La mayoría de ellos son reyes o gobernantes y su risa, peligrosa.

El hijo de Ciro, el rey Cambises de Persia, envió unos espías al soberano de los etíopes. Este confundió los obsequios de oro que le traían con grilletes, porque los etíopes —que habitaban en una especie de El Dorado con su propia fuente de la juventud— usaban este metal para encadenar a los prisioneros, y se rio. La risa del monarca etíope es una expresión espontánea del desprecio que le merecían todos los regalos entregados por los espías, excepto el vino (III 22). Reírse no perjudicó al etíope, pero sí a Cambises. Dolido del desdén y enfurecido ante los informes de sus espías, emprendió la marcha contra los etíopes sin tomar las medidas necesarias. No llegó a toparse con los etíopes, retrocedió al enterarse del canibalismo en que incurrieron algunos soldados agobiados por el hambre (III 25-26). Curiosamente, la risa más peligrosa para otros es la de un bebé. Socles contó que, cuando nació el futuro tirano Cípselo de Corinto, un grupo de diez hombres fue a verlo con intención de matarlo para impedir que se verificara un oráculo según el cual llegaría a ser un amo sanguinario para la ciudad. El bebé sonrió, conmovió a quienes querían desembarazarse de él y se salvó para perseguir, robar y asesinar a muchos corintios cuando de adulto ejerció la tiranía (V 92β-ε).

Con mayor frecuencia, la risa es dañina para quien la emite. Mirándose en el espejo de Homero, Heródoto empleó la risa como una estrategia narrativa. En la Odisea, las risas altaneras de los pretendientes presagiaron su ruina. En la Historia, Creso fue el primero en ponerse contento y perder la alegría a consecuencia de la adversidad, pero no rio. El puesto de primer rey risueño corresponde a Ciro.

Y terminó su relato reiterándole el ruego de que le dejara echarle en cara al dios su proceder. Entonces, Ciro se echó a reír y le dijo: «Creso, no solo vas a obtener de mí ese favor, sino todo lo que en cualquier momento me pidas».

HERÓDOTO, I 90, 3

A simple vista, la carcajada de Ciro es una reacción magnánima e inocua ante la petición de un prisionero al que primero quiso quemar, después compadeció y por último respetó por sus buenos consejos. Si tenemos en cuenta que Cresó pidió y obtuvo permiso para acusar al dios Apolo de Delfos de mentiroso en su propio santuario, el acceso de hilaridad resulta poco adecuado. Denota falta de respeto y una sensación de invulnerabilidad que ninguna persona, ni siquiera un rey que acaba de esclavizar a otro, debería dar por buena. No en vano, ni su prestigio ni sus conquistas salvarán a Ciro de perecer a manos de los maságetas.

En la misma línea, el último gobernante que ríe en la Historia parece regocijarse inocentemente. El regente Pausanias de Esparta, flamante vencedor de Platea, hizo preparar después de la batalla un suntuoso banquete al modo persa con los valiosos enseres que encontró en el campamento enemigo y, para divertirse, otro frugal según la costumbre espartana. Al ver cuán diferentes eran, se echó a reír y llamó a los otros griegos para que comprobaran qué disparate habían cometido los persas al ir cargados de riquezas a robar a los míseros griegos (IX 82). La comparación entre ambas comidas abunda en la ligazón, comentada más arriba, entre pobreza y belicosidad, por un lado, y opulencia y debilidad militar, por otro. Sin embargo, es probable que Pausanias hiciera algo más que burlarse de la exquisita gastronomía persa. Hubo rumores de que se comprometió con una hija de Darío para cumplir su ambición de mandar sobre Grecia entera (V 32), aun a costa de someterla a la autoridad de Persia. Heródoto no profundizó en los presuntos tratos de Pausanias con los persas, que acabaron abocándolo al desastre y a una muerte deshonrosa, porque ocurrieron con posterioridad a la captura de Sesto, pero Tucídides sí habló de ellos extensamente. Según él, conspiró con los persas contra Grecia con pacto matrimonial incluido y se asimiló tanto a ellos que alteró enseguida su modo de vida: adoptó la vestimenta meda, se hizo escoltar por una guardia mixta meda y egipcia y en la mesa cambió los hábitos alimenticios espartanos por los persas. Dado que Heródoto y su público original seguramente estarían al tanto de la fama de sibarita que acompañó al regente, este último detalle añade un toque irónico a la escena, insinuando que Pausanias acabará abrazando el lujo persa del que se burlaba, cayendo en el estereotipo del espartano que deja atrás la típica sobriedad lacedemonia en cuanto sale de su ciudad.

Un compatriota de Pausanias también ríe por diversión y cae en el mismo estereotipo. Tras remplazar a Demarato, que había sido depuesto y ejercía una magistratura menor en Esparta, Leotíquidas se rio de él: le preguntó a través de un sirviente qué tal era su nuevo cargo después de haber sido rey. Ofendido, Demarato se exilió a Persia (VI 67), pero Leotíquidas no se burló impunemente. Aceptó sobornos y faltó a su deber de conquistar la región de Tesalia y fue descubierto, derrocado y juzgado. Condenado al destierro, murió fuera de Esparta (VI 72).

Pese a sus diferencias, Heródoto, el rey de los etíopes, Ciro, Pausanias y Leotíquidas tienen algo en común: solo ríen una vez. A esta norma no escrita se atienen el narrador y todos los personajes, salvo Cambises y Jerjes.

El oponente del monarca etíope es aquel cuya risa más resuena en la Historia. En su caso, la risa es una marca de trastorno mental. Cambises reía, literalmente, como un loco. En Menfis se rio de las cosas divinas y humanas. Se echó a reír cuando hirió de muerte al toro Apis, encarnación de Hefesto (III 29), y se mofó repetidamente de las estatuas del dios (III 37). Además, se rio cuando constató que había acertado al disparar una flecha dirigida al corazón del hijo de su fiel colaborador Prexaspes (III 35). Cambises pagó caras sus risas. Murió al gangrenarse una herida que él mismo se infligió en el muslo, lugar donde había clavado su espada a Apis (III 64). Se hirió por accidente cuando recuperó las facultades y, a partir de entonces, el llanto sustituyó a la risa (III 64-66).

Aun sin estar perturbado, Jerjes compartía con el hijo de Ciro la propensión a los cambios emocionales. Al contemplar sus barcos en el Helesponto, rompió a llorar abrumado justo después de pensar que era feliz (VII 45). Este instante de introspección nos abre una ventana a la rica personalidad de Jerjes, uno de los caracteres mejor delineados por Heródoto. Los antecesores medos de Jerjes, empezando por el primer rey de Media, Deyoces (I 99), se esforzaron en dotar a la realeza de un aura peculiar que distanciara a las personas de sangre real de sus súbditos corrientes y nobles. El protocolo contrario a la exteriorización de las emociones al que los representantes más viejos de las casas reales europeas todavía se ciñen persigue el mismo objetivo: sublimar a reyes y príncipes ante su pueblo. Paradójicamente, Jerjes exhibió la faceta más regia de su carácter perdiendo la compostura. Se rio de los espartanos porque estaba persuadido de su majestad y de la superioridad intrínseca de sus hombres (VII 102-103). Por ello, la tranquilidad con la que los espartanos aguardaban el combate en las Termópilas, peinándose y ejercitándose, le pareció ridícula (VII 208-209). Después de la batalla, los lacedemonios enviaron un heraldo a Jerjes a pedirle compensación por la muerte de su rey Leónidas, que había acaudillado a los trescientos espartanos. Aunque ellos habían dado sobradas pruebas de su valentía en la lucha, Jerjes conservó su actitud despreciativa en su último acceso de hilaridad.

Entonces Jerjes se echó a reír y, tras un largo silencio, como se daba la circunstancia de que Mardonio se hallaba a su lado, exclamó señalándolo: «¡De acuerdo! ¡Será Mardonio, aquí presente, quien les dará la satisfacción que se merecen!».

HERÓDOTO, VIII 114, 2

Desde luego, la contestación de Jerjes es irónica. A su entender, la única satisfacción que merecían los espartanos era ser derrotados por Mardonio, que dirigirá las fuerzas persas tan pronto como él retorne a Asia, operación iniciada en el capítulo siguiente. Alertado por los ejemplos anteriores, el lector intuirá que las palabras de Jerjes se volverán contra él, máxime si advierte el expresivo silencio que las separa de la explosión de alegría de su emisor y la reacción del heraldo. Este, aconsejado por un oráculo, aceptó formalmente la respuesta de Jerjes como una reparación y se marchó.

Heródoto conjuga los precedentes, el oráculo y la mofa de Jerjes para envolver la cesión del mando militar a Mardonio en un manto de mal agüero, pero mantiene el suspense por retardación hasta la última etapa de la batalla de Platea, donde Mardonio encontró la muerte. Su fallecimiento no se redujo a una baja de guerra, por esencial que fuese, sino que devino en un episodio de reciprocidad. El hecho de que el mismísimo lugarteniente de Jerjes pague con su vida la caída del rey de Esparta —el cual, pese a su rango, no era general en jefe de los griegos, sino comandante de un contingente— enaltece la proeza de Leónidas y sus espartanos en las Termópilas.

De esta forma, Jerjes fue arrastrado por su propia ironía y alcanzó el efecto opuesto al que buscaba con ella. En lugar de restar importancia a la proeza de los espartanos en las Termópilas, la incrementó, parangonándola con el gran triunfo griego de Platea. En este sentido, Jerjes desarrolló todo el potencial de la risa en la Historia. Este gesto tan humano está cargado de significado y constituye por sí mismo un portento. Es decir, las risas de reyes son tan susceptibles de augurar un suceso ominoso como truenos y terremotos (V 85) o gritos misteriosos (VIII 65) y, entre todas ellas, la última carcajada de Jerjes es la que más perfectamente cumple su función anunciadora.

El embaucador

En el acervo legendario mediterráneo predominan los héroes cuya cualidad más sobresaliente es la astucia. Estos héroes no sienten escrúpulos en engañar y mentir incluso a sus allegados. En el Antiguo Testamento, el prototipo de héroe astuto es el padre de las doce tribus de Israel, Jacob, que escamoteó la primogenitura a su hermano mayor Esaú y obtuvo fraudulentamente la bendición de su padre Isaac. Entre los griegos, el héroe astuto por excelencia es el protagonista de la Odisea, Odiseo. Cegó al cíclope Polífemo y logró salir de su cueva por medio de artimañas. De regreso en su isla natal de Ítaca, se introdujo en su palacio disfrazado de mendigo y no vaciló en fingir ante los pretendientes de su esposa, pero también ante esta y ante su propio padre Laertes, y trató de burlar a su protectora, la diosa Atenea. Ella, en vez de enojarse, se congratuló de su perspicacia.

La multitud de personajes taimados que pueblan la Historia es heredera directa de figuras míticas como Jacob y Odiseo. Desde el punto de vista narrativo, un buen tramposo es un ingrediente fundamental en un relato. Atrapará al lector, que seguirá sus peripecias con curiosidad. No obstante, la cantidad y el protagonismo de los embusteros en la obra de Heródoto trascienden su condición de recurso narrativo de procedencia folclórica. Además, son producto de su tiempo. Con la sofística en auge, el ingenio era una virtud bien valorada en el mundo griego y Heródoto lo sabía. Por todo ello, hizo del embaucador una figura transversal. Griegos o bárbaros, poderosos o gente corriente, en la Historia siempre hay quienes emplean su inventiva o su elocuencia para engañar a otros.

A menudo, los tiranos griegos acaparan el poder mediante subterfugios, como hizo Pisístrato de Atenas. Pisístrato se hirió a sí mismo y persuadió a sus conciudadanos de que necesitaba una guardia personal para su protección. En realidad, usó dicha guardia para ocupar la acrópolis y adueñarse de la ciudad (I 59). Cuando perdió la tiranía, Pisístrato fue más lejos todavía para recobrarla.

Atenienses, acoged con propicia disposición a Pisístrato, a quien la propia Atenea, honrándolo más que a hombre alguno, repatría a su acrópolis.

HERÓDOTO, I 60, 5

Unos heraldos, aleccionados por Pisístrato, vocearon esta proclama por las calles de Atenas mientras daban paso a una mujer alta y hermosa, provista de armadura completa y montada en un carro. Heródoto no escondió su escepticismo, sembrando la duda sobre si el ardid se llevó a cabo o no. Aun así, no desaprovechó la oportunidad de dedicar un elogio envenenado a los atenienses, señalándolos como los más sagaces entre los muy sagaces griegos, precisamente cuando los tachaba de posibles víctimas de una burda farsa. Ciertamente, nuestro autor comentó que pronto corrió el rumor de que Pisístrato entraba en Atenas al amparo de la divinidad patrona de la ciudad. La anécdota desvela los entresijos de la propaganda de Pisístrato, que escogió presentarse ante su pueblo cual nuevo Odiseo, favorito de Atenea. Simultáneamente, pone de relieve uno de los postulados de la psicología colectiva: una masa de personas es más fácil de engañar que una sola.

En honor a la verdad, Pisístrato no urdió este plan solo, sino en colaboración con Megacles, un rival político y socio fugaz que, al sentirse traicionado por el tirano, retomó su hostilidad hacia él. Megacles encabezaba la influyente estirpe de los Alcmeónidas y no fue el único de su linaje en manipular en su beneficio los sentimientos religiosos de otros. Megacles contagió su animadversión hacia Pisístrato a las generaciones siguientes. Sus descendientes sobornaron reiteradamente a la Pitia (profetisa de Apolo en Delfos) para que respondiera a cualquier consulta de los espartanos con la orden de expulsar de Atenas al tirano Hipias y sus hermanos, hijos de Pisístrato. Los espartanos, cuya veneración por el oráculo era proverbial, no se hicieron de rogar y, con su rey Cleómenes al frente, ejecutaron lo que ellos creían que era un mandato délfico (V 63-66).

Cleómenes, cuya deferencia hacia los ríos ya hemos visto, no demostró tantos miramientos hacia el dios de Delfos y sus representantes. Igual que ocurría con los cónsules en Roma, en Esparta la dignidad real estaba colegiada y era desempeñada por dos reyes a la vez. Cleómenes influyó con malas artes sobre la Pitia para que declarase bastardo a su colega real, el ya mencionado Demarato, con quien había tenido discrepancias. De esta manera, los espartanos fueron nuevamente engañados y, pensando que Apolo hablaba por boca de su profetisa, desposeyeron a Demarato (VI 66), conforme adelantábamos arriba. Los manejos de Cleómenes no se detienen ahí. En su guerra contra Argos, observó que los argivos se guiaban por las señales del heraldo espartano, de modo que alteró su significado para atacarlos cuando no lo esperaran. Luego, embaucó a cincuenta argivos escapados que se habían refugiado en un lugar sagrado para que lo abandonaran con la excusa de haber cobrado el dinero de su rescate y, en cuanto salieron, los mató (VI 77-79). Cleómenes no reservó sus tretas para sus enemigos, también echó mano de ellas en Esparta. Igual que Leotíquidas, él fue acusado de aceptar sobornos a cambio de no apoderarse de Argos. Consciente de los sentimientos religiosos de sus jueces, adujo que obró como lo hizo empujado por oráculos y sacrificios y consiguió la absolución (VI 82).

Las habilidades desplegadas por los tiranos, los Alcmeónidas y Cleómenes no ensombrecen las de Temístocles de Atenas. Desde su primera aparición en la obra, sobresale por su capacidad de persuasión y su falta de escrúpulos. En la asamblea ciudadana que discutía los oráculos délficos recibidos a propósito de la inminente invasión persa, Temístocles sedujo a todos con su elocuencia e impuso su estrategia de desafiar a Jerjes por mar (VII 140-143). Asimismo, se aseguró de que los griegos libraran batalla en las cercanías del cabo Artemisio (Eubea) sobornando a los almirantes espartano y corintio. Les hizo creer que el dinero procedía de Atenas, pero lo había recibido de los eubeos y se guardó la mayor parte para él (VIII 5). Jugó un doble juego con los jonios y los carios que combatían bajo estandarte persa, inscribiendo en piedra incitaciones a cambiar de bando y ser neutrales para inspirar defección o malquistarlos con Jerjes (VIII 22). Al percatarse de que los peloponesios deseaban replegarse sin combatir en Salamina, Temístocles comunicó a escondidas a los persas las disensiones entre los griegos para que estos no tuvieran más remedio que pelear frente a la isla (VIII 75-76). Este no fue su único contacto clandestino con los persas. Cuando los griegos se negaron a hostigar al enemigo en retirada hasta el Helesponto, Temístocles cambió de idea y animó a los atenienses a volver a casa y aplazar la persecución hasta la primavera siguiente. A continuación, hizo llegar un mensaje secreto a Jerjes, afirmando haber favorecido su retirada a Asia evitando la destrucción del puente flotante sobre el Helesponto. Según Heródoto, la doblez de Temístocles se debía a su intención de hacerse acreedor de la gratitud de Jerjes, de la cual se benefició posteriormente (VIII 109-110). En efecto, Temístocles sufrió destierro desde el año 471 a. C. y terminó refugiado en la corte persa.

Entre los bárbaros, los egipcios eran quienes se llevaban la palma de la agudeza. En la obra herodotea, el mejor ejemplo de ello viene dado por una historia novelesca donde Rampsinito rivaliza en inteligencia con un ladrón (II 121α-ζ). El faraón mandó construir una cámara para albergar sus inmensos tesoros, pero el arquitecto diseñó también un mecanismo para que sus dos hijos pudieran acceder discretamente y robar. Al notar la sustracción, Rampsinito colocó trampas y solo uno de los hijos escapó con vida. El superviviente engañó a los centinelas que custodiaban el cadáver de su hermano y lo recuperó. Rampsinito contrarrestó esta estratagema con una tentadora añagaza para prenderlo, que fracasó por poco. Impresionado, el faraón acabó por casar a su hija con el ladrón en premio por sus marrullerías.

El amigo de Polícrates, Amasis, es otro dechado de astucia egipcia. Él usurpó la corona al legítimo faraón Apries y transformó el desprecio de sus nuevos súbditos gracias a su inteligencia. Ordenó fabricar una estatua de una divinidad fundiendo una jofaina de oro para lavarse los pies. Cuando vio que los egipcios veneraban la estatua, Amasis estableció una convincente analogía entre la metamorfosis del objeto y la suya. Igual que la imagen divina había sido antes una humilde palangana, él había sido un hombre del pueblo antes que rey. Si el pasado de la estatua no era óbice para que los egipcios sintieran devoción por ella, tampoco el suyo propio debía ser impedimento para que lo aceptaran de buen grado como faraón (II 172). Ya en su vejez y bien asentado en el trono, resolvió taimadamente el dilema que le planteó la petición de Cambises de Persia, que le reclamaba una hija. Sabedor de que la tomaría como concubina y no como esposa, y temeroso de las consecuencias de una negativa, engalanó a la bella hija de Apries y la entregó a Cambises como si fuera su hija. De acuerdo con una de las versiones alternativas sobre las causas de la invasión persa de Egipto, Cambises se irritó tanto al descubrir la argucia que marchó contra Egipto y lo conquistó (III 1). El enojo y la locura del rey persa persiguieron a Amasis hasta la sepultura. A decir de los egipcios, Amasis escapó del ultraje póstumo ordenado por Cambises porque estipuló que colocaran su cadáver en un rincón de su tumba y cedieran el lugar de honor a otro hombre, cuyo cuerpo sufrió el encono de Cambises (III 16).

Si bien no alcanzan la maestría de los egipcios, los medos y los persas no desconocen las arterías. Entre los medos arteros, el mago Esmerdis merece una mención especial. Se valió del secreto que pesaba sobre el asesinato del hermano menor de Cambises y de su parecido físico con él —resaltado, según técnicas narrativas folclóricas, por la homonimia entre ambos— para suplantar la identidad del príncipe y sublevarse contra Cambises. Merced a esta felonía y a la muerte del propio Cambises en Egipto, reinó durante siete meses hasta su desenmascaramiento (III 61-68). Entre estos persas tan listos se cuenta, por ejemplo, Zópiro. Abuelo del informante de Heródoto, este noble reconquistó Babilonia con el mismo truco con que Pisístrato se hizo tirano. Se hirió a sí mismo para fingirse un desertor, ganarse la confianza de los babilonios y abrir las puertas de la ciudad a los soldados de Darío (III 153-158).

Él es, sin duda, el campeón de los embaucadores persas. Darío fue un usurpador y se ciñó la corona a resultas de una conspiración, que maquilló como una restauración del régimen legítimo, como si hubiese querido corregir la presunta usurpación previa del mago. A primera vista, Heródoto se atuvo a la versión oficial, achacando la traición al mago Esmerdis, un sujeto indeseable a quien habían cortado las orejas por cometer un delito. Sin embargo, bajo esta aquiescencia superficial late una fuerte vena irónica. De los siete aristócratas confabulados contra Esmerdis solamente uno, Ótanes, obraba por patriotismo y se apartó voluntariamente de la carrera por el poder (III 83). Significativamente, los demás escogieron la monarquía como forma de gobierno a propuesta de Darío, cuyo monarca ideal debía demostrar su idoneidad de dos maneras. Por un lado, tenía que gobernar al pueblo sin tacha y, por otro, mantener en secreto las disposiciones que tomara contra sus adversarios (III 82). Esto es, a ojos de Darío, el disimulo y el fingimiento eran requisitos del buen soberano y no tardó en ponerlos en práctica. Cuando él y los otros cinco que quedaban en liza acordaron que reinaría aquel cuyo caballo relinchara primero al amanecer (III 84), la ironía de la narración se vuelve palmaria. Nada más disolverse la reunión de los conjurados, Darío transmitió este encargo a su palafrenero:

Ébares, en lo que al trono se refiere, [...] si sabes de alguna treta, compóntelas sin demora para que seamos nosotros, y no otra persona, quienes consigamos esa dignidad.

HERÓDOTO, III 85, 1-2

Con sus palabras, Darío exteriorizó sin ambages ante el lector su apetito de poder, interviniendo furtivamente en el proceso de elección para producir artificialmente la señal convenida. Excitándolo, Ébares hizo que el caballo de su amo relinchara antes que los demás y los compañeros de complot reconocieron la primacía de Darío. En un alarde típicamente herodoteo de concomitancia de causas, un portento acompañó el relincho amañado (III 86), dejando claro que el fraude y la consiguiente entronización de Darío no contravenían la voluntad divina. La querencia de Darío por las maniobras se percibe sobre todo en la usurpación, pero también en su reinado. Aplicó la máxima de que más vale maña que fuerza a la hora de librarse de Oretes, el poderoso y díscolo gobernador de Sardes. Con la mediación de terceros, mintió y mató discretamente a Oretes, que a su vez había mentido y matado a Polícrates y atentado contra otro gobernador persa y un emisario real (III 126-128). Así, Heródoto ahonda en la compleja personalidad de Darío, a quien presenta como un rey justo y sensible al principio de la reciprocidad, a la par que proclive a engañar a amigos y enemigos.

Con todo, Darío tuvo ocasión de probar su propia medicina. Cuando llegó a sus oídos que el tirano Aristágoras de Mileto había instigado a jonios y atenienses en el incendio de Sardes, el rey persa acusó de connivencia a uno de los exiliados griegos más prominentes de su corte, Histieo de Mileto, pariente y antecesor de Aristágoras. El intrigante Histieo, que había promovido la revuelta (V 35), no se dejó amilanar. Con la excusa de reestablecer el orden, engañó a Darío para que autorizase su regreso a Jonia (V 105-107). También el ladino Amasis resultó burlado. Un mercenario griego descontento, Fanes de Halicarnaso, quiso desertar a Cambises. El faraón, preocupado por su vasto conocimiento sobre los asuntos egipcios, lo hizo capturar, pero no pudo retenerlo mucho tiempo. Mediante una estratagema similar a las empleadas por el ladrón de Rampsinito, Fanes neutralizó a sus guardianes y escapó a Persia (III 4).

Estos son solo dos ejemplos que ilustran cómo sagacidad y mendacidad no eximen de caer en una trampa, ya que incluso un embaucador hábil puede, en un momento dado, ser embaucado.

La capitana

En general, la sociedad griega antigua era excluyente, solo los hombres libres gozaban de plenos derechos ciudadanos. Las mujeres, libres o esclavas, quedaban constreñidas a ejercer una influencia indirecta sobre los asuntos de su comunidad, en la que oficialmente no tenían ni voz ni voto. La literatura reflejó esta posición marginal. Homero supeditó las mujeres a los hombres, pero simultáneamente reconoció su importancia para el desarrollo de los acontecimientos. Dos ejemplos bastarán para aclararlo. En la Ilíada, la disputa por la cautiva Briseida, cosificada como botín de guerra, apartó a Aquiles de la lucha con grave perjuicio para los aqueos. En la Odisea, el ingreso del joven Telémaco en la edad adulta exigió, entre otras cosas, que mandara callar públicamente a su madre Penélope. Ello no impide a la misma Penélope destacar como arquetipo de inteligencia por haber demorado con una argucia sus indeseadas segundas nupcias el tiempo necesario para que Odiseo volviera al hogar.

Frente a autores posteriores —como Tucídides o Polibio— en cuyas obras la presencia de mujeres es exigua, Heródoto entronca con los poemas homéricos en lo que atañe a la visibilidad femenina. En la Historia, las menciones a mujeres como individuos, como grupos o como abstracción (lo femenino) rozan las cuatrocientas. Probablemente, la mejor prueba de su extraordinaria visibilidad estribe en el hecho de que haya mujeres con poder directo en un ámbito tan tradicionalmente masculino como el ejército. A la categoría de comandante de tropas se adscriben mujeres bárbaras y griegas pertenecientes a la élite social.

La primera de estas capitanas es la reina viuda de los maságetas, Tomiris. Su hijo el príncipe heredero, recordemos, se suicidó mientras estaba en manos de los persas. Después de lanzar a todas sus tropas contra los persas y vencerlos, Tomiris hizo decapitar a Ciro muerto y meter su cabeza en un odre lleno de sangre humana, emborrachándolo de sangre como él había embriagado a su hijo con vino (I 214).

Tomiris no es la única madre justiciera que usa soldados como instrumento de su venganza. El rey Arcesilao III de Cirene se enfrentó a su pueblo para recuperar las prerrogativas de que sus antecesores habían disfrutado y, cuando fracasó, huyó a Samos. Mientras, su madre, Feretima, se marchó a Salamina (Chipre), regida por Eveltón.

Al llegar a su corte, Feretima le solicitaba insistentemente un ejército que les permitiera regresar a Cirene. Pero Eveltón le daba de todo menos un ejército [...] finalmente Eveltón le envió un obsequio consistente en un huso de oro y una rueca, que, asimismo, tenía adosado su copo de lana; y [...] Eveltón le dijo que a las mujeres se las obsequiaba con objetos como aquellos, pero no con un ejército.

HERÓDOTO, IV 162, 4-5

Eveltón reaccionó ante la petición de Feretima con una extrañeza y un rechazo que algunos suscribirían en la actualidad. Según él, la mujer estaba hecha para hilar, no para disponer de huestes. Sin embargo, Feretima no se entregó a labores domésticas. En ausencia de Arcesilao, dirigió los asuntos del reino hasta que supo de su asesinato, acaecido en la ciudad de Barca (próxima a Cirene). Entonces, buscó amparo en el cercano Egipto (IV 165). Allí, el gobernador persa Ariandes le concedió un ejército completo, compuesto por infantería y armada (IV 167). Aunque ella no ejercía el mando militar, Feretima entró en Barca con la fuerza expedicionaria como su líder. En calidad de tal, organizó el botín de guerra y decidió quiénes debían quedarse al frente de Barca tras la retirada del ejército. Además, castigó a los barceos más implicados en el asesinato de su hijo con una crueldad que no desmerece la de Tomiris: hizo torturar y matar a hombres y mujeres, y colocar sus restos alrededor de la muralla (IV 202).

De hecho, el maltrato infligido por Feretima a las mujeres de Barca prefigura la manera en que, conforme vimos arriba, Amastris se ensañó con su cuñada. La hija de esta cuñada tuvo la oportunidad de ser también capitana. Cuando Jerjes desplazó su pasión de su cuñada a su sobrina y nuera Artaínta, ella cedió a sus deseos. Entonces, el rey animó a la chica a pedirle un regalo. Ella se encaprichó del hermoso manto que él llevaba puesto. Como lo había tejido su esposa principal, Jerjes intentó disuadir a su amante, pero, obligado por un juramento previo, no pudo negarse. Artaínta recibió el manto y lo lució, de modo que Amastris se enteró del romance y descargó su ira sobre la madre de Artaínta. Las amputaciones que esta padeció movieron a su esposo e hijos a planear un alzamiento, a resultas de lo cual fueron masacrados por orden del soberano. Aunque, como sabemos, su muerte se omite en la obra, Jerjes falleció a manos de su primogénito Darío, el marido engañado.

El destino había sellado la ruina de la familia real y el lector atisba cómo un desenlace menos dramático queda bloqueado. El padre de Artaínta habría podido consentir en repudiar a su mujer y casarse con la hija de Jerjes, pero no lo hizo. Asimismo, la propia joven habría podido aceptar cualquiera de los regalos alternativos que el rey le brindó, pero prefirió el manto antes que ciudades, una cantidad inconmensurable de oro o un ejército (IX 109). Pese a dejar a un lado lo que Artaínta podría hacer con las poblaciones y el metal precioso, Jerjes puntualizó que nadie más que ella capitanearía las tropas. Al hilo de esta especificación, Heródoto apostilló que regalar ejércitos era una costumbre típicamente persa.

Es más, la capitana por excelencia de la Historia ejerció como tal bajo autoridad persa. Igual que Feretima, Artemisia de Halicarnaso era griega, pero rendía vasallaje a Jerjes. Hija, viuda, madre y abuela de tiranos —su nieto fue Lígdamis II—, esta compatriota de Heródoto también desempeñó la tiranía en su ciudad. En lugar de delegar en uno o varios hombres el control efectivo de las tropas repartidas en cinco barcos que aportó para la campaña persa contra Grecia, ella las mandaba personalmente (VII 99). En la reunión que Jerjes celebró con sus almirantes, solo Artemisia se opuso a trabar batalla en Salamina (VIII 68-69). El combate naval tuvo lugar y la tirana descolló en él, aunque no como cabría esperar.

[...] en el preciso momento en que las fuerzas del rey se hallaban en plena confusión, la nave de Artemisia se vio acosada por un navío del Ática; como no podía escapar [...] decidió —y la medida le dio resultado— hacer lo siguiente: al verse acosada por el navío del Ática, embistió violentamente a una nave aliada, tripulada por calindeos [...] Sea como fuere, después de haberla embestido, provocando su hundimiento, Artemisia tuvo la fortuna de granjearse un doble beneficio [...]

HERÓDOTO, VIII 87, 2-4

El doble beneficio alcanzado fue, por un lado, la salvación y, por otro, la alabanza del rey. Jerjes y sus cortesanos presenciaron el choque desde lejos e identificaron el barco de Artemisia por su enseña, pero se confundieron al dar por sentado que la nave hundida era enemiga y, puesto que toda su tripulación pereció, nadie corrigió el error (VIII 88). Gracias a su atinado, aunque desoído, consejo previo a la batalla y a su supuesta hazaña, Artemisia adquirió ascendiente sobre Jerjes. Él buscó su asesoramiento en privado y ella lo ayudó a tomar la decisión de volver a Asia (VIII 101-103).

Las vicisitudes de Tomiris, Feretima, Artaínta y Artemisia ponen de manifiesto el exotismo del concepto. Admitir como hecho o posibilidad que una mujer acaudillase a hombres era cosa propia de bárbaros. Los maságetas no se avergonzaban de obedecer a su reina y Ciro no tuvo reparos en medirse con ella. En la misma línea, Jerjes no solo no mostró reparos, sino que fomentó que las mujeres de su entorno familiar o político asumieran responsabilidades militares.

Ciertamente, en el otro extremo del espectro de opinión también se encontraba el lidio Creso, cuya afinidad cultural con los griegos no debemos olvidar. Anteriormente había abogado por la feminización de los lidios como herramienta de sujeción política (I 155) y, con ocasión de la expedición contra los maságetas, advirtió a Ciro de la ignominia que acarrearía ser derrotado por una mujer (I 207). No obstante, la mayoría de las voces contrarias al liderazgo militar femenino procedían de Grecia. Cuando su paciencia se agotó, el chipriota Eveltón expresó con amabilidad una postura que luego los atenienses preconizaron agresivamente, al prometer un premio de diez mil dracmas a quien aprehendiera a Artemisia, indignados de que una mujer se atreviera a hacerles la guerra (VIII 93).

En la medida en que desafiaban la norma, las mujeres con poder militar perturbaron a los personajes griegos masculinos. En tanto que bárbaras, Tomiris y Artaínta no amenazaban directamente la preeminencia social de los varones griegos libres y, seguramente, por ello nuestro autor no consignó qué les ocurrió a la postre. En contraposición, despidió a sus homólogas griegas menoscabando su dignidad, quizá para mitigar el desasosiego que ellas pudieran despertar en su público original y para restaurar el orden establecido. Dio a Artemisia un último cometido convencionalmente femenino, relacionado con el cuidado. Tras su entrevista final, Jerjes le encomendó conducir a algunos de sus hijos, los pupilos de Hermotimo, a Asia Menor (VIII 103; VIII 107). Paralelamente, nuestro autor apuntó que Feretima sufrió, cual malvada, una muerte horrible (IV 205).

En cualquier caso, pese a experimentar una merma en su imagen de fortaleza —derivada de una desaparición brusca de la narración o de una cierta degradación—, las cuatro capitanas siguen siendo mujeres particularmente notables por su potencial subversivo.

La Historia en la posteridad

Unos dos mil quinientos años nos separan de Heródoto. En ese tiempo, su obra no ha dejado de leerse, interpretarse, traducirse, reescribirse y representarse en muy diversas formas y lenguas. Abordar la influencia que la Historia ha ejercido en los siglos posteriores es una tarea ingente que sobrepasa con creces el propósito y los límites de esta introducción. Aquí exponemos someramente los que, a nuestro juicio, son los hitos más significativos de este largo proceso que sigue en marcha.

El proceso se inició muy pronto, en el siglo V a. C. Para su Historia de la guerra del Peloponeso, Tucídides utilizó otras fuentes y ejemplos literarios hoy perdidos y, siguiendo una práctica común en la Antigüedad, se abstuvo de citar a nuestro autor. Pese a ello, el ateniense no habría escrito su obra tal como lo hizo sin contar con el precedente herodoteo. Esta influencia es notoria a nivel compositivo. En primer lugar, existe una continuidad entre Heródoto y Tucídides. Este centró su atención en el siguiente conflicto bélico a gran escala después de las guerras médicas y tomó como punto de partida de su obra la toma de Sesto, que, como sabemos, cerró la Historia de Heródoto. En segundo lugar, Tucídides modeló las secciones preliminares a la narración de la contienda entre Atenas y Esparta —las llamadas Arqueología (I 2-19) y Pentecontecia (I 89-118)— a partir de la estructura general de la obra herodotea. En tercer lugar, Tucídides eligió circunscribir el grueso de sus pesquisas al presente y los hechos contrastables, considerándolos terreno seguro para establecer la verdad histórica. Al hacerlo, definió su método de trabajo por reacción a Homero y Heródoto, presumiblemente ocultos entre la masa de poetas y logógrafos sin nombre.

Sin embargo, no se equivocará quien, de acuerdo con los indicios expuestos, crea que los hechos a los que me he referido fueron poco más o menos como he dicho y no dé más fe a lo que sobre estos hechos, embelleciéndolos para engrandecerlos, han cantado los poetas, ni a lo que los logógrafos han compuesto, más atentos a cautivar al auditorio que a la verdad, pues son hechos sin pruebas y, en su mayor parte, debido al paso del tiempo, increíbles e inmersos en el mito. Que piense que los resultados de mi investigación obedecen a los indicios más evidentes y resultan bastante satisfactorios para tratarse de hechos antiguos.

TUCÍDIDES, I 21, 13

De esta manera, el historiador ateniense marcaba distancias con sus predecesores más importantes y acuñaba una percepción de Heródoto que el médico e historiador Ctesias de Cnidos (siglo IV a. C.), cuyas obras conservamos fragmentariamente, contribuyó a perfeccionar y expandir. Por lo que sabemos, el máximo exponente de esta corriente fue el prolífico autor Plutarco de Queronea (siglos I-II d. C.). Incisivo lector de la obra herodotea, dedicó un opúsculo a criticarla sistemática y mordazmente, culminando su diatriba con la misma mezcla de elogio y vituperio que él achacaba a la Historia.

Se trata de un escritor brillante, su prosa es bonita, sus relatos destilan gracejo y pericia, y elegancia: refiere «una fábula como el aedo de antaño, con sabiduría» [Plutarco cita Odisea XI, 368] no, sino con un estilo armónico y pulcro. Que sí, su obra resulta atractiva y seductora para todos, pero es necesario ponerse en guardia ante la difamación y maledicencia que, como el escarabajo de la rosa, se oculta en su estilo sencillo y natural, a fin de no obnubilarnos al aceptar opiniones infundadas y engañosas sobre los Estados y hombres más eximios y prestigiosos de Grecia.

PLUTARCO, Sobre la malevolencia de Heródoto 43 (Moralia 874 b-c)4

En otras palabras, el filósofo y biógrafo beocio no acusó a Heródoto de ser un mero fabulador, sino realmente malicioso. Aun así, se apoyó en nuestro autor para componer sus biografías (Vidas Paralelas) de personajes que vivieron durante las guerras médicas, tales como Arístides, Cimón o Temístocles.

Esta imagen de Heródoto, como una figura en la que una fuerte asociación con Homero y una autoridad casi parangonable a la de este confluyen con una censurable propensión al mito y al engaño, ha demostrado ser resistente. Ambas facetas asoman, en mayor o menor grado, en otros escritores en lengua griega de época imperial romana. En su Geografía, Estrabón de Amasia (siglo I d. C.) citó con profusión a Heródoto, pero también lo reprobó como falaz por no deslindar con suficiente claridad lo verdadero de lo ficticio en la Historia. El tratadista Luciano de Samósata (siglo II d. C.) mostró mayor animadversión y esgrimió sus aptitudes retóricas y satíricas contra nuestro autor en varias obras, por ejemplo: Relatos verídicos, donde parodió varios pasajes de la Historia y tildó a Heródoto de mentiroso, o Sobre la diosa siria, donde imitó burlonamente su estilo. No obstante, bajo la denuncia y la exposición de fallos, tergiversaciones y contradicciones, sea de tono serio o no, subyace un examen concienzudo. A su vez, este implica que, incluso a ojos de sus más implacables detractores, la obra de Heródoto siempre fue digna de ser leída a fondo.

Pese a su pujanza, la visión de Heródoto como figura ambivalente no resultó incontestada. En época temprana, hallamos ya uno de sus principales contrapuntos en la Ciropedia del historiador Jenofonte de Atenas (siglos V-IV a. C.). Si bien se pueden localizar ecos herodoteos en las Helénicas y la Anábasis, la relación con Heródoto (I 95-214) es más estrecha en la biografía del rey, puesto que ambos prosistas se ocuparon de su infancia, ascenso y gobierno. Lejos de descalificar a Heródoto y repudiar los materiales no verídicos de la leyenda del fundador del Imperio persa, Jenofonte los reelaboró para forjar su propio retrato del monarca como espejo de líderes políticos, entablando un diálogo implícito con el Ciro herodoteo. Tampoco hay rastro de ambivalencia en la intertextualidad entre la Historia y la Descripción de Grecia. Esta especie de guía de viajes sobre Grecia continental es atribuida a un tal Pausanias (siglo II d. C.), que posiblemente fuera oriundo de Asia Menor. Pausanias emuló sin impugnarlo el estilo de nuestro autor —concretamente el empleado en el libro segundo de la Historia, consagrado a Egipto—, para plasmar la variopinta realidad cultural de los paisajes griegos.

Fuera de la literatura griega, Heródoto dejó su impronta ante todo entre los autores latinos. En las Leyes, Cicerón puso en circulación una definición de nuestro autor que lo ha acompañado hasta hoy: padre de la historia. En sus otras obras, Cicerón también lo citó, exhibiendo predilección por el libro primero de la Historia. Entre los historiadores romanos, Heródoto gozó de un predicamento con altibajos. Aunque su modelo principal era Tucídides, Salustio (siglo I a. C.), autor de la Conjuración de Catilina o la Guerra de Jugurta, empleó técnicas herodoteas, interviniendo como narrador en primera persona dentro de sus textos y ofreciendo versiones alternativas para un mismo hecho. A su colega Livio (siglo I a. C.-siglo I d. C.), que escribió la Historia de Roma desde su fundación —magna obra de la que conservamos aproximadamente una cuarta parte—, se le adjudicó tradicionalmente una mayor afinidad con Heródoto. Dicha afinidad es visible, por ejemplo, en el estilo ameno y en la inclusión de historias entretenidas y pintorescas dentro de las tramas principales. Después de Salustio y Livio, la influencia de Heródoto decreció hasta recuperarse un poco en la Antigüedad tardía con el arcaizante Amiano Marcelino (siglo IV d. C.). En las Historias, el historiador tardorromano reivindicó a Heródoto y recontó algunos de sus episodios más famosos, como la conspiración de Darío.

Los esfuerzos de Amiano Marcelino y otros escritores posteriores en lengua latina no impidieron que Heródoto quedara, igual que otros autores griegos, relegado durante siglos en Europa occidental (Imperio romano de occidente). Pese a no ser leído masivamente, nuestro autor mantuvo su aura de autoridad. Esta reputación ininterrumpida, sumada a una situación diferente en Europa oriental (Imperio romano de oriente o bizantino) —donde su obra siempre fue popular—, propició su revitalización en el Renacimiento. La prolongada crisis del Imperio romano de oriente, acosado por los turcos, que finalmente se hicieron con la capital, Constantinopla (actual Estambul), a mediados del siglo XV, había llevado al oeste a numerosos sabios bizantinos.

Ellos viajaron con sus libros y sus excelentes conocimientos de griego. Entre los siglos XV-XVI, los humanistas occidentales supieron aprovechar este nuevo aporte cultural y, entre otras, tradujeron la obra de nuestro autor primero al latín (lengua culta de Europa occidental en la época) y luego a distintas lenguas vernáculas. Además, la Historia fue editada, comentada e impresa en su versión original. De este modo, aparecieron los primeros estudiosos modernos de Heródoto en nuestro ámbito geográfico. Entre ellos había quienes enarbolaron su viejo epíteto de padre de la historia y valoraban la información sobre acontecimientos y lugares lejanos que había proporcionado; quienes le imputaban falta de veracidad y lo denostaban como padre de la mentira; y quienes lo admiraban como modelo de vida por la dimensión moralizante de algunos de sus pasajes.

En el siglo XVIII, el nacimiento de la historia como ciencia, en tanto que disciplina sujeta a un método de trabajo concreto y riguroso, trajo consigo una nueva forma de entender a Heródoto que todavía no hemos dejado atrás. A partir de la Ilustración, nuestro autor fue leído por oposición a Tucídides. Las teorías evolucionistas del siglo XIX profundizaron esta polarización y se pensaba que el caótico y poco fiable Heródoto no estaba a la altura de su metódico y fidedigno sucesor ateniense. Desde el siglo XX hasta ahora, nuestro autor ha sido sometido a un proceso de rehabilitación que ha pasado por reconocer su valía más allá de la historia exclusivamente político-militar.

Su exposición de las historias de los diversos personajes y pueblos, sus comparaciones entre costumbres de diferentes grupos humanos y sus observaciones sobre la evolución de estos usos, así como sobre los préstamos entre culturas, convierten a Heródoto en pionero de la biografía, la historia cultural y social, la etnografía y la antropología. Igualmente, su magnífica descripción de Egipto, con su análisis sobre la formación del Delta y su tentativa de explicación sobre las crecidas periódicas del Nilo, confieren a nuestro autor un lugar de honor como precursor de la geografía.

En el recorrido que hemos trazado desde la Antigüedad hasta nuestros días, todavía queda un paso importante, puesto que las interpretaciones sobre la Historia de Heródoto trascendieron hace tiempo la esfera del debate académico y se extendieron al gran público.

La Historia en las artes y la cultura popular

El interés de los intelectuales renacentistas por la Historia abrió camino a los artistas. En el siglo XV, poco después de la publicación de las primeras traducciones latinas, hubo pintores que encontraron una musa en ella. Uno de los más tempranos fue el flamenco Gerard David. Su díptico —compuesto por El juicio de Cambises y El despellejamiento de Sisamnes, datados en 1498 y expuestos en el Museo Groeninge de Brujas— refleja el cruento castigo que el inestable monarca persa infligió a un juez corrupto (V 25, 1). Apenas unos años más tarde, hacia 1514, Albrecht Dürer pintó la acuarela Arión cabalgando un delfín, que puede verse en el museo La Albertina de Viena y reproduce el milagroso rescate del célebre músico, cuyo ahogamiento en el mar evitó un animal (I 23-24). En el Barroco, Pieter Paul Rubens plasmó la venganza de la soberana de los maságetas (I 214) en dos óleos, fechados entre 1620 y 1630 y exhibidos en el Museo de Bellas Artes de Boston y en el Museo del Louvre de París, respectivamente: Cabeza de Ciro traída a la reina Tomiris y Tomiris sumerge la cabeza de Ciro en un recipiente lleno de sangre. En los siglos XVIII y XIX, los pintores historicistas recurrieron repetidamente a Heródoto. Así, en 1782 el francés Jean-François-Pierre Peyron realizó su Funeral de Milcíades, que evoca el juicio y la muerte del general ateniense victorioso en Maratón (VI 136) y está colgado en las paredes del Louvre. El mismo museo alberga el cuadro Leónidas en las Termópilas, con que Jacques-Louis David recordó en 1814 la gesta de los espartanos con su rey al frente (VII 201-238).

Estos ejemplos ilustran cómo los artistas acercaron la Historia a las clases altas de Europa occidental. Desde las élites culturales, económicas y políticas, fue calando en las capas menos privilegiadas de la sociedad. Actualmente cualquier persona, sea cual sea su procedencia, tiene acceso a manifestaciones artísticas influidas por Heródoto. Fuera de los museos, la literatura de ficción y no ficción, las novelas gráficas, el cine y los videojuegos testimonian la vitalidad y la capacidad de inspiración que nuestro autor y su obra poseen hoy.

En 1981, el dramaturgo y novelista estadounidense Gore Vidal publicó una de sus obras mejor acogidas por el público: Creación. Esta novela contempla la interacción entre griegos y persas desde la óptica de estos, recalcando que el mundo es más grande de lo que da a entender la Historia. El tópico de la parcialidad e inexactitud de Heródoto resurge como airada protesta ante las falsedades vertidas por un extranjero. Para refutarlas, el ficticio anciano Ciro Espitama rememora desde la Atenas de Pericles, donde reside como embajador de Artajerjes I de Persia —hijo y sucesor de Jerjes—, su vida de viajero, marcada por sus encuentros con los personajes más extraordinarios de los siglos VI-V a. C., entre los cuales se cuentan el profeta Zoroastro, Confucio o Sócrates.

Los viajes determinaron también la vida del explorador y cartógrafo húngaro László de Almásy, que sirvió de base al poeta y novelista canadiense Michael Ondaatje para crear al personaje homónimo, el misterioso paciente de su obra más famosa, El paciente inglés. Publicada en 1992 y llevada al cine por Anthony Minghella con un reparto estelar en 1996, la novela nos presenta a un de Almásy postrado a causa de un accidente de aviación ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a sufrir graves quemaduras, consigue a duras penas salvar del fuego su ajado ejemplar de la Historia. El texto de Heródoto, leído constantemente en voz alta, constituye un hilo narrativo paralelo que se imbrica con la vida del viajero herido y sus relaciones con los demás personajes, según se aprecia en el romance desencadenado al calor de la historia de Candaules (I 8-13).

Igualmente imbricada con la Historia se puede considerar la trayectoria profesional del reportero y corresponsal de guerra polaco Ryszard Kapuściński, que cubrió algunos de los conflictos más relevantes del siglo XX mientras recorría innumerables países con su copia de Heródoto en la mochila. En ninguno de sus libros dicha imbricación es más patente que en Viajes con Heródoto. En esta serie de ensayos parcialmente autobiográficos publicada en 2004, Kapuściński se declara deudor de nuestro autor en la manera de percibir las culturas ajenas. Al mismo tiempo, ve en Heródoto un trasunto de sí mismo que, como un reportero avant la lettre, reúne historias, mitos y anécdotas en un esfuerzo por componer un relato coherente sobre lo sucedido.

Aparte de la fascinación por los viajes, muchos europeos y estadounidenses sienten el choque de civilizaciones latiendo entre las páginas de Heródoto. La pequeña y dividida Grecia hace excepcionalmente causa común contra un formidable enemigo imperial y triunfa, como David sobre Goliat. Esparta, encarnación de este helenismo combativo, se lleva la palma. Viejas películas como El león de Esparta, dirigida por Rudolph Maté y estrenada en 1962, lo demuestran. El fenómeno ha perdurado y Leónidas es la estrella indiscutible de la novela gráfica 300, del ilustrador estadounidense Frank Miller, que salió a la luz en 1998. En 2007, fue adaptada al cine con el mismo título por Zack Snyder y cosechó tal éxito que encumbró a su actor protagonista. Tres años más tarde, el escritor español Arturo Pérez-Reverte publicó el cuento infantil El pequeño hoplita, con ilustraciones de Fernando Vicente Sánchez.

Si bien su halo de gloria no es equiparable a la espartana en la imaginación colectiva, la contribución de Atenas a la derrota persa y su posterior elevación política no han pasado inadvertidas. A rebufo de la excelente aceptación lograda siete años antes por la película 300, Noam Murro dirigió en 2014 la secuela 300: el origen de un imperio, con Temístocles acaparando la atención del espectador como héroe guerrero en Salamina. Más recientemente todavía, en 2018, Frank Miller ha retomado la senda iniciada veinte años atrás. Su nueva novela gráfica, Jerjes: la caída de la casa de Darío y el ascenso de Alejandro, comienza con los atenienses doblegando a los bárbaros en Maratón, abundando en la idea de la confrontación cultural.

Desde los libros y las salas de cine nuestro autor ha saltado a las pantallas de ordenador y las consolas de la mano de una popular saga de videojuegos, que se distingue por una cuidada recreación histórica y escenográfica. En su nueva entrega disponible en el mercado desde 2018, Assassin’s Creed Odyssey, aparecen múltiples personajes históricos griegos. Entre ellos, sobresale Heródoto, porque acompaña al jugador hasta el final como su guía y consejero en distintas misiones.

En realidad, este papel de guía y consejero no tiene nada de extraño, ya que la Historia de Heródoto continúa siendo una lectura enriquecedora que nos ayuda a reflexionar y afrontar los retos que plantea el mundo globalizado actual.

CARMEN SÁNCHEZ-MAÑAS

Barcelona, diciembre de 2019

1 Agradezco encarecidamente a Antonio Sánchez Vallés y Luis Unceta Gómez sus minuciosas revisiones de esta introducción y sus excelentes sugerencias para mejorarla.

2 Todas las traducciones de Heródoto citadas en esta introducción son de Carlos Schrader.

3 La traducción es de Juan José Torres Esbarranch (Tucídides. Historia de la guerra del Peloponeso. Libros I-II. Madrid, Gredos, 2019).

4 La traducción es de Vicente Ramón Palerm (Plutarco. Obras morales y de costumbres. Volumen IX. Madrid, Gredos, 2002).

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