Kitabı oku: «No siempre es depresión»

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No siempre es depresión es una obra de no ficción. Los nombres y detalles personales se han modificado para proteger la privacidad de las personas en cuestión. En el momento de su primera publicación, las URL indicadas en este libro conectan o se refieren a sitios web existentes en internet. Editorial Eleftheria S. L. no es responsable ni debe considerarse que apoya o recomienda ningún sitio web ni ningún contenido disponible en internet.

LIBRERÍAS:

THEMA: JMQ: Psicología /emociones

BISAC: Psicología/emociones

TEMA: Psicología/Psicopatología/Depresión

Título original: It’s Not Always Depression: Working The Change Triangle To Listen To The Body, Discover Core Emotions, And Connect To Your Authentic Self

Copyright © 2018 Change Triangle LLC

Copyright del prólogo © 2018 by Diana Fosha

Copyright de las ilustraciones © 2018 by David Lindroth Inc.

Originalmente publicado en inglés en Estados Unidos por Spiegel & Grau, un sello de Random House, división de Penguin Random House LLC, New York.

Imagen de cubierta: Death and Life 1910/1915, by Gustav Klimt 1862 – 1918

Licencia imagen de cubierta: Peter Horree / Alamy Stock Photo

Copyright de la presente edición en español:

© 2020 EDITORIAL ELEFTHERIA, S. L.

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

EDITORIAL ELEFTHERIA, S. L.

Sitges, Barcelona, España

www.editorialeleftheria.com

Primera edición: Octubre de 2020

Diseño de cubierta: Juan Mauricio Restrepo

Maquetación: M.I. Maquetación S.L.

ISBN (papel): 978-84-121784-7-0

ISBN (ebook): 978-84-121784-8-7

DL: B 19433-2020

Para Jon, cuyo amor,

sabiduría y apoyo han hecho posible este libro.

Para mi madre, cuyo amor incondicional

y amabilidad me hicieron ser quien soy.

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Índice

No siempre es depresión

Prólogo de la Dra. Diana Fosha

1. Conocer el triángulo del cambio

Lo que este libro hará por ti

Mi historia

Fundamentos del triángulo del cambio

¿Cuán cómodo te sientes con tus emociones?

2. Liberar las emociones fundamentales

El pánico, la ansiedad y la pena de Fran

Podemos cambiar a cualquier edad: Neurociencia y neuroplasticidad

Experimento: Bajar el ritmo

3. Identificar el trauma

La depresión de Sara y navegar por el conflicto

Todos estamos un poco traumatizados: Traumas con t minúscula y traumas con T mayúscula

Estamos programados para conectar: La ciencia del apego

Experimento: Mostrar compasión hacia sí mismo

Experimento: Autocrianza

4. Emociones fundamentales

La rabia de Bonnie

Todo lo que necesitas saber sobre tus emociones fundamentales

Experimento: Percibir las experiencias internas

Experimento: Encontrar tus emociones fundamentales

5. Emociones inhibitorias

La ansiedad social de Spencer

Trabajar con la ansiedad, la vergüenza y la culpa

Experimento: Calmar la ansiedad

Experimento: Mensajes vergonzantes

Experimento: Los «tengo que» con los que nos encontramos a diario

Experimento: Sentimientos de culpa

Las emociones sanadoras de alegría, gratitud y orgullo en el Ser

Experimento: Alegría, gratitud y orgullo en el Ser

6. Defensas

La historia de Mario: Pasar del trauma a la paz

Defensas

Experimento: Percibir tus defensas

7. El estado de corazón abierto

El resurgimiento de Sara: El Ser auténtico y el estado de corazón abierto

El Ser, el estado de corazón abierto y las C

Experimento: Encontrar tus C

Experimento: Dibújate a ti mismo en el triángulo del cambio

Experimento: Trabajar el triángulo del cambio

Consideraciones finales

Agradecimientos

Recursos

Anexo A: Lista de palabras sobre sensaciones

Anexo B: Lista de palabras sobre emociones

Bibliografía

Notas

Prólogo

Por Diana Fosha, PhD

Como desarrolladora de la AEDP (psicoterapia dinámica acelerada experiencial, por sus siglas en inglés), un modelo terapéutico transformacional orientado a la sanación, leí el manuscrito de No siempre es depresión de Hilary Jacobs Hendel con una mezcla de entusiasmo y agitación.

Por un lado, entusiasmo: tenía ante mí la posibilidad de que mi trabajo diera un salto cuántico en su capacidad de ayudar a las personas a cambiar. No sólo, como ha sido hasta ahora, modificando la manera de trabajar de los terapeutas y, por lo tanto, teniendo un impacto en los clientes tratados, sino que ahora también, aquí, con este libro, llegando directamente a las personas y compartiendo con ellas algunos «secretos del oficio». Al hacer más accesibles las ideas de la AEDP, este libro tiene el potencial de beneficiar a muchas más personas, tanto las que están en terapia (con diferentes tipos de terapeutas) como las que no están siguiendo ninguna. La perspectiva era estimulante.

Al mismo tiempo, sentí agitación. Tenía el trabajo de toda mi vida hasta el momento contenido en un libro de autoayuda. ¿Haría justicia a la AEDP? ¿O la esencia de la AEDP quedaría diluida en cierta manera? ¿Las complejas ideas de la AEDP quedarían convertidas en sabiduría superficial de la que viene en las galletas de la suerte, banalizando años de trabajo dedicados al desarrollo de una terapia transformacional orientada a la sanación y rigurosa? Y si éstos no fueran motivos suficientes para mi ansiedad, Hilary era una colega con la que me sentía conectada. ¿Me encontraría en la incómoda posición de no gustarme lo que ella había escrito? ¿O bien, con el conocimiento de la gente acerca de la AEDP ahora fuera de mi control, debería vivir con un relato sobre ésta que no me parecería correcto o adecuado?

Sin embargo, algo me daba seguridad. No sólo sabía que Hilary Jacobs Hendel era una persona con fundamento y una fantástica profesional clínica, sino que también me dejaron realmente maravillada dos artículos que escribió en The New York Times sobre la práctica de la AEDP: unos artículos cortos y simples que dejaban patente su envidiable don de capturar la esencia escribiendo de manera simple y accesible.

Al empezar a leer el manuscrito, se me empezó a calmar la respiración. Mi cuerpo se relajó y mi mente se activó. Lo que estaba leyendo era acertado y preciso. Suspiré con alivio. Todo iba a salir bien.

A medida que fui leyendo, capítulo tras capítulo, historia tras historia, me sentía emocionada. La AEDP tenía una vida autónoma, separada de mí. Ya había tenido esa sensación con las contribuciones de mis colegas (miembros del profesorado del Instituto AEDP) que han ampliado el alcance de la AEDP a través de su trabajo. Sin embargo, aquí tenía a un miembro de la siguiente generación, una persona formada por mis colegas, que había hecho del trabajo su propio trabajo y ahora lo estaba transmitiendo no sólo a sus clientes, sino, a través de este libro, al público en general. Sentí un nudo en la garganta y una sensación estimulante en el pecho. La transmisión intergeneracional ya había empezado.

Como habréis observado, he marcado algunas palabras en cursiva en los párrafos anteriores. En todos los casos, se trata de palabras que describen sentimientos emocionales o sensaciones corporales asociadas con emociones. La emoción y las sensaciones corporales a menudo nos revelan a nosotros mismos. Contienen sabiduría biológica y comunican qué es importante para nosotros y para aquellos que nos rodean. En las siguientes páginas, a medida que vayas familiarizándote con el libro de Hilary Jacobs Hendel, aprenderás a atesorar la riqueza de las emociones y lo poderosas que pueden ser como guías, mostrándonos lo que debemos hacer para sanar antiguas heridas y sentirnos más efectivos y más felices en nuestra vida. Hilary hace un trabajo maravilloso con sus enseñanzas sobre las emociones y las defensas tras las que se esconden. En sus casos, documenta el precio que pagamos cuando no estamos en contacto con nuestras emociones adaptativas, y los beneficios y ventajas que nos ofrecen las emociones bien procesadas. Estas palabras en cursiva eran puntos de entrada cruciales hacia diferentes aspectos de mi experiencia, todos relevantes para la tarea que tengo entre manos.

En AEDP tenemos una máxima: hacer lo implícito explícito y hacer lo explícito experiencial. En este prólogo, haré lo implícito explícito y explicaré los principios básicos de la AEDP que pone en práctica el trabajo clínico de Hilary. Espero que lo que contaré sobre la AEDP sea suficiente para que puedas entender los principios subyacentes a lo que estás a punto de experimentar. Así pues, vamos a hacer lo implícito explícito con respecto a algunos principios fundamentales de la AEDP.

SANACIÓN DESDE EL PRIMER MOMENTO: LA TRANSFORMANCIA COMO IMPULSO DE SANACIÓN

La primera idea básica que anima la AEDP es que la sanación no es sólo un resultado esperado del tratamiento; es un potencial que está ahí desde el principio. Estamos programados para sanar, para repararnos a nosotros mismos, para crecer y transformarnos. No es sólo una metáfora, una forma de hablar. En esto se basa la neuroplasticidad.

Cuando nos sentimos seguros, o suficientemente seguros, el impulso de sanar pasa a primera fila. A diferencia de la mayoría de las terapias que se centran en la psicopatología, la AEDP no se centra en lo que está mal: se centra en lo que está bien. Los terapeutas de AEDP siempre están en busca de este impulso de sanación, para el cual tenemos un nombre especial: transformancia. Así describo la transformancia, esta fuerza motivadora de la terapia:

Las personas tienen una necesidad fundamental de transformación. Estamos programados para crecer y sanar. Y estamos programados para autor repararnos y para reanudar el crecimiento obstaculizado. Tenemos la necesidad de expandir y de liberar nuestro Ser, de derribar las barreras defensivas y desmantelar el falso Ser. Estamos modelados por un profundo deseo de ser conocidos, vistos y reconocidos, mientras nos esforzamos por entrar en contacto con las partes de nosotros que están congeladas.1

Lo bonito, y práctico también, es que los fenómenos de sanación siempre van acompañados de vitalidad y de energía, que tienen claros marcadores afectivos somáticos. Estos marcadores nos ayudan a trazar y a ver las manifestaciones de transformancia y los esfuerzos hacia la sanación y el bienestar. Y cuando reconocemos estos esfuerzos en las personas, se sienten vistas.

La transformancia y sus marcadores afectivos somáticos positivos de energía y vitalidad son una traducción directa de una neuroplasticidad positiva en la acción terapéutica: es lo que permite que se produzca la reprogramación.

PRIVILEGIAR LO POSITIVO, LO ADAPTATIVO Y LO QUE SENTIMOS COMO CORRECTO Y VERDADERO

Mientras estamos en busca de pruebas de sanación incluso en medio de la desesperación y del miedo, también estamos atendiendo minuciosamente y trabajando con lo que es positivo, lo que es adaptativo y lo que sentimos como correcto y verdadero. «Positivo» en AEDP tiene un significado muy especial. Por supuesto, incluye emociones positivas, como la alegría, la gratitud y la felicidad. Sin embargo —y no puedo dejar de subrayarlo—, la forma en la que definimos «positivo» en AEDP también incluye todo lo que la persona siente como correcto y verdadero. Captar este aspecto es fundamental, porque a menudo tenemos miedo de sentir nuestras emociones porque no queremos sentir dolor. Como leerás en las páginas siguientes, cuando finalmente podemos superar las barreras protectoras que construimos cuando éramos niños y sentimos realmente nuestras emociones auténticas, incluso cuando estas emociones son de pena o de ira, sin duda sentimos alivio. Pero no sólo sentimos alivio; sentimos algo que nosotros, y nuestro cuerpo, hemos necesitado sentir desde hace mucho tiempo. De manera similar al suspiro que soltamos cuando ponemos recta una fotografía que estaba torcida, cuando finalmente sentimos las emociones que son verdaderas para nuestra situación, sentimos lo correcto. Y nos sentimos bien.

DESHACER LA SOLEDAD

La soledad —no intencionada y no deseada— ante emociones abrumadoras está en el epicentro del sufrimiento emocional y de las consiguientes dificultades emocionales según la AEDP. Las implicaciones de esta consideración son claras: «estar acompañado» —es decir, estar con una persona de confianza con la que nos sentimos seguros y reconocidos— es fundamental para sanar y para poder procesar nuestras emociones de manera saludable. Cuando no nos sentimos solos, cuando nos sentimos acompañados, nuestro sistema nervioso mejora. Con ayuda, somos capaces de sentir y de soportar mejor. Por consiguiente, un objetivo principal de todo terapeuta de AEDP es deshacer la soledad del cliente y estar con el cliente en su itinerario de sanación.

Como resultado de lo que sabemos sobre la teoría del apego2 y sobre cómo funciona el sistema nervioso autónomo,3 la mayoría de los terapeutas experienciales buscan activar el sistema de conexión social y establecer seguridad y conexión. Yendo más allá y siguiendo el ejemplo de la investigación sobre el apego que documenta cómo se comportan los padres que educan a niños resilientes, los terapeutas de AEDP guían con empatía, afecto, preocupación, validación y con una presencia emocional auténtica. Esto es lo que permite que el trabajo con las emociones sea efectivo. Como dice el refrán, no sólo son mejores dos cabezas que una, sino también dos psiques y dos corazones. Lo que resulta demasiado abrumador para gestionar solos se vuelve mucho más manejable cuando lo hacemos junto a una persona afectuosa. Deshacer la soledad es la razón sine qua non de la terapia AEDP: subyace en todo el trabajo con las emociones que el trabajo de Hilary ilustra tan espléndidamente.

LA IMPORTANCIA DE LAS INTERACCIONES POSITIVAS

La teoría del apego nos enseña que las interacciones positivas entre los cuidadores y las personas a las que cuidan —interacciones caracterizadas por el afecto, la implicación emocional, el contacto, la conexión, la ayuda y las emociones positivas— son la materia prima para el desarrollo cerebral óptimo en la infancia. Permiten la química cerebral que, a su vez, permite la neuroplasticidad positiva que opera en todos nosotros durante nuestro ciclo de vida.4

Lejos quedan (mayoritariamente) los días del psicólogo «inmutable». El posicionamiento de los terapeutas de AEDP se caracteriza por la conexión, la implicación emocional y la autenticidad. Los terapeutas de AEDP expresan unos sentimientos auténticos de afecto y de preocupación y su deseo de ayudar.

TRABAJAR CON EXPERIENCIAS AFECTIVAS RECEPTIVAS

El afecto, la empatía, la preocupación, la validación y la presencia emocional auténtica son muy importantes para establecer seguridad y conexión. Sin embargo, ¿qué tiene de bueno dar si lo que damos no puede ser recibido?

En AEDP no sólo nos centramos en ayudar a las personas a expresar sus emociones, sino que también trabajamos para ayudar a la gente a recibir las emociones y, por lo tanto, a asimilar las cosas buenas. En otras palabras, trabajamos con experiencias afectivas receptivas; es decir, con cómo nos sentimos al recibir amor o afecto o comprensión.

Todos anhelamos apoyo, afecto y comprensión. Todos ansiamos ser vistos, sentidos, escuchados y comprendidos. Y, sin embargo, cuando estas experiencias se materializan de forma inesperada ante nosotros, a menudo respondemos ante ellas con reticencia y desconfianza. La AEDP trabaja para ayudar a las personas a superar sus bloqueos a la hora de asimilar las cosas buenas que resultan de las relaciones positivas, incluyendo la relación terapéutica. Ayudamos a las personas a explorar: ¿cómo sentimos el afecto cuando lo asimilamos? ¿Qué sentimos en nuestro cuerpo cuando nos sentimos comprendidos? Durante el proceso, a menudo comprendemos por qué aquello tan deseado es bloqueado tan a menudo. Así, el afecto, el amor, la empatía, la admiración, la comprensión y ser visto se pueden sentir realmente. Y cuando lo sentimos, podemos cosechar realmente sus frutos. Con amor afianzado en nuestro corazón, y con comprensión afianzada en nuestro vientre, podemos afrontar con más confianza los retos de cada día.

LA IMPORTANCIA DE APROVECHAR AL MÁXIMO LAS EMOCIONES POSITIVAS

«Deshacer la soledad», «juntos» y «acompañados» no son sólo aplicables al trabajo con las emociones dolorosas negativas de sufrimiento y su mitigación. Los terapeutas de AEDP trabajan activa, explícita y experiencialmente con las emociones positivas entre el terapeuta y el cliente; el propio rango expresivo del terapeuta, por lo tanto, abarca más allá del afecto, la preocupación, la empatía y la conexión para expandirse en la expresión explícita del deleite y de la alegría, así como del placer con el cliente. Los terapeutas de AEDP, por consiguiente, van más allá de la empatía y de la validación hasta la afirmación explícita real. Además, el júbilo y la celebración de las cualidades positivas del cliente, de sus fortalezas, talentos y logros en la terapia, y el hecho de asegurarse de que el cliente es capaz de asimilar todo esto, contribuyen a la efectividad de la terapia AEDP.

EL PROCESAMIENTO COMPLETO LAS EMOCIONES ASOCIADAS CON EL SUFRIMIENTO: «NADA QUE NOS HAGA SENTIR MAL ES NUNCA EL ÚLTIMO PASO»

La cita anterior pertenece a uno de los terapeutas experienciales más brillantes, Eugene Gendlin, creador de un método llamado Focusing.5 Es también el título de un artículo que escribí sobre cómo ayudar a las personas a procesar emociones intensas.6

Las emociones están integradas en nosotros tras eras de evolución. Su propósito no es asustarnos y superarnos y hacernos temer perder el control. Las emociones están integradas en nuestro cerebro, en nuestro cuerpo y en nuestro sistema nervioso para ayudarnos a lidiar con nuestro entorno y, por lo tanto, a mejorar nuestra adaptación. Por muy aterradoras que puedan parecer a veces nuestras emociones, si nos permitimos procesarlas y metabolizarlas, indefectiblemente nos llevarán a un buen lugar. Así, la emoción fundamental de la pena nos llevará a la aceptación final. La emoción fundamental de la ira nos llevará a experimentar fuerza, claridad y empoderamiento en nombre de nuestro Ser y de nuestra necesidad de justicia y corrección. El miedo nos llevará a buscar seguridad. La alegría nos llevará a la exuberancia, a la energía y a la expansión de nuestra voluntad de conectar y de explorar con placer. Y éste es un principio básico del trabajo experiencial con las emociones: hay una vasija de oro adaptativo esperando el procesamiento completo de cada emoción fundamental. Y esa vasija de oro está compuesta de resiliencia, claridad y una mejor capacidad de saber qué necesitamos para poder decidir nuestras acciones.

Como demuestra Hilary, usar las herramientas que describe en No siempre es depresión nos ayuda a hacer precisamente esto. Aunque no estés haciendo terapia, el libro también puede deshacer tu soledad y enseñarte a superar bloqueos e inhibiciones para que puedas sentir qué estás sintiendo verdaderamente. Una vez que conozcas tus sentimientos profundos, éstos pueden guiarte hacia esa vasija de oro de la claridad.

La idea de procesar una emoción por completo es compartida por todas las terapias experienciales: EMDR (desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares, por sus siglas en inglés), sistemas familiares internos, Gestalt, Focusing, experimentación somática, psicoterapia sensoriomotriz, centrada en las emociones, etc.

Así, cuando las emociones se procesan por completo, liberan unas tendencias a la acción adaptativa, a la resiliencia y a la claridad sobre lo que necesitamos y, por lo tanto, sobre lo que debemos hacer. Las emociones procesadas por completo dinamizan el sistema con intención, y la completitud va acompañada de afecto positivo. Pasamos de sentirnos mal a sentirnos bien. Y es igual de importante procesar el sentirse bien como procesar el sentirse mal.

EL METAPROCESAMIENTO DE LA EXPERIENCIA TRANSFORMACIONAL

Si el primer asalto en la terapia es cómo superar las defensas y la ansiedad, y el segundo asalto es trabajar para sanar el sufrimiento y aportar más efectividad y resiliencia, en AEDP hay un tercer asalto.

El tercer asalto en AEDP, el procesamiento metaterapéutico (metaprocesamiento, para abreviarlo), incluye trabajar experiencialmente con las experiencias emocionales positivas igual de sistemática y minuciosamente que trabajamos con las experiencias emocionales negativas.7 Igual que trabajar con las emociones negativas del sufrimiento emocional les permite transformarse en acciones adaptativas en nombre del Ser, trabajar con las emociones positivas asociadas con el cambio para mejor —es decir, la sanación o la transformación— inicia otra fase de transformación. El metaprocesamiento amplía más y consolida8 el cambio que resulta del procesamiento de las emociones del trauma hasta completarlas. Y esto es lo que reprograma el cerebro y hace más profundos y expande la resiliencia y el bienestar.

El enfoque sistemático de la AEDP sobre el trabajo con la experiencia de sentirse bien y la experiencia de cambiar para mejor es una manera de expandir, hacer más profundo y consolidar el bienestar.

LOS AFECTOS TRANSFORMACIONALES

Nuestra experiencia con el metaprocesamiento ha revelado que, cuando exploramos la experiencia de las emociones positivas asociadas con el cambio para mejor, ello da lugar a nuevas fases de experiencia transformacional. Y resulta que cada nueva experiencia transformacional va acompañada de su propia emoción integrada. Llamamos a esas emociones afectos transformacionales, y son indefectiblemente positivas. La AEDP describe los afectos transformacionales en detalle y trabaja con ellos sistemáticamente. Así como nuestras emociones fundamentales nos alertan de aquello con lo que tenemos que lidiar, y son específicas para diferentes tipos de desafíos (por ejemplo, el miedo es una emoción específica del peligro, y la pena es una emoción específica de la pérdida), los afectos transformacionales nos alertan de importantes cambios positivos que ocurren en nuestro interior. Atendiendo a esos cambios positivos, podemos consolidar y aprovechar al máximo los cambios producidos y, por consiguiente, enriquecer más nuestra vida.9

Los afectos transformacionales incluyen, sin limitarse a ellos: los afectos de dominio de la alegría, la confianza y el orgullo; los afectos trémulos asociados a la vulnerabilidad positiva de las experiencias nuevas e incomparables; los afectos de sanación cuando nos sentimos emocionados por dentro y sentimos gratitud y amor hacia quienes nos ayudan; y los afectos de consecución cuando nos maravillamos y nos asombramos ante los cambios que se producen.

LA ESPIRAL TRANSFORMACIONAL INFINITA

Explorar experiencialmente los afectos transformacionales positivos lleva a más afectos transformacionales positivos. Y más da lugar a más, iniciando así un proceso transformacional que es infinito. Este proceso transformacional infinito incluye espirales ascendentes de vitalidad y energía, y va más allá de sanar el sufrimiento emocional para transformarse en florecimiento y bienestar.

ESTADO ESENCIAL

El proceso transformacional culmina en el estado esencial, un estado de integración unificadora y de apertura. En el libro, Hilary lo llama el estado de corazón abierto. Este estado de corazón abierto comparte el estado esencial de la AEDP y el Self de la terapia de los Sistemas de la familia interna (IFS). Aquí es donde el proceso de cambio se arraiga profundamente, y es aquí donde el trabajo de AEDP, de los IFS y el trabajo descrito en este libro se unen a las tradiciones contemplativas, de Oriente y Occidente, para mostrar vías de acceso a las cualidades fundamentales de la mente que permiten la activación. Los procesos que las caracterizan llevan a y suelen culminar en generosidad, sabiduría, compasión hacia uno mismo y hacia los demás, calma, aceptación, coherencia, bienestar, flujo, alivio, y una profunda sensación de saber, asociada con la esencia de «Éste soy yo».10

Para concluir, tanto la AEDP como No siempre es depresión empiezan con nuestras luchas y frustraciones y terminan con nuestro acceso a dones más profundos. Esta esperanza fundamental basada en los conocimientos científicos y en la experiencia clínica es crucial, ya que actualmente, uno de los mayores retos en salud mental es combatir el nihilismo y educar al público sobre las intervenciones efectivas. La educación en las emociones es una poderosa fuerza para erradicar el estigma que se atribuye a las personas que sufren depresión, ansiedad, adicciones y otros síntomas de aflicción psicológica. La educación en las emociones tiene el gran poder de cambiar cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás. No siempre es depresión ayudará a las personas a comprender mejor por qué sufrimos y provocará suspiros de alivio al saber que «existe una razón para mi sufrimiento».

No siempre es depresión también esclarece por qué y cómo funcionan las terapias basadas en las emociones. Si eres un terapeuta que te estás formando en la práctica de la AEDP, este libro te ayudará a captar la esencia de la AEDP explicada de manera simple y viéndola en acción. Si eres un cliente que está en terapia, especialmente AEDP, IFS u otras terapias experienciales, No siempre es depresión te ayudará a comprender mejor cómo funciona tu terapia.

Lee este libro (y vuélvelo a leer). Considera también la posibilidad de compartirlo. Aunque es un libro de autoayuda con el que perfectamente puedes trabajar solo, quizás quieras tener un compañero de lectura o crear algún grupo de personas afines con quienes leerlo. Así, recibirás apoyo y también podrás tener testigos de tu dolor y de tu alegría.

La conclusión final es la siguiente: si eres un ser humano, te recomiendo que leas este libro.

1

CONOCER EL TRIÁNGULO

DEL CAMBIO

Lo que este libro hará por ti

Oí hablar por primera vez del triángulo del cambio11 en 2004 en un congreso académico sobre la ciencia de las emociones y el apego en la ciudad de Nueva York. Allí estaba yo, mirando un triángulo gigante del revés, proyectado en la pantalla del auditorio. Era una representación de cómo funcionan las emociones y de cómo, si se gestionan mal, pueden provocar síntomas psicológicos como depresión. Las defensas, la ansiedad y esas cosas tan importantes llamadas emociones fundamentales estaban representadas de tal manera que de repente algo hizo clic en mí. Los elementos de la experiencia psicológica, que parecían aleatorios y caóticos, encajaron, como el último movimiento de un cubo de Rubik. Me sentí comprendida. Sentí alivio. Estaba entusiasmada. Con toda mi ciencia y mi formación psicológica —la Facultad de Ciencias del Bronx, una licenciatura en Bioquímica en la Universidad Wesleyan, un doctorado en Cirugía Dental de la Universidad de Columbia, un máster en Trabajo Social y desde entonces un certificado en Psicoanálisis—, ¿por qué nunca antes había visto ese simple mapa? Entonces pensé: «Esto debería formar parte de la formación básica, todos podemos beneficiarnos de comprender cómo funcionan nuestras emociones y cómo trabajar con ellas para sentirnos mejor».

Mirando vídeos de psicoterapia basada en las emociones, vi cómo se producían transformaciones radicales en una sesión. Para esos pacientes, un trabajo que un psicoterapeuta tradicional habría tardado años en lograr se conseguía en una hora. No podía dejar de preguntarme si era demasiado bueno para ser verdad. ¿Era ése un método con una base científica que pudiera enseñarse y reproducirse? Mi última década de práctica ha demostrado que la respuesta es afirmativa.

Tras estudiar meticulosamente los últimos cien años de pensamiento psicológico y la ciencia y la anatomía del cerebro, y tras haber practicado la psicoterapia durante más de una década, creo que el triángulo del cambio puede ayudar a cualquier persona, no sólo a las que están en psicoterapia. Mi misión es traducir la teoría que está detrás del triángulo del cambio en una herramienta a la que todo el mundo tenga acceso, no sólo las personas que se forman para practicar psicoterapia. He adaptado la literatura clínica y la ciencia para que el triángulo del cambio sea fácil de comprender y suficientemente ágil para utilizarlo en cualquier momento y en cualquier lugar. Explicaré cómo utilizar esta importante herramienta para ayudarte a sentirte mejor.

La vida es dura. Todos sufrimos. Los seres humanos modernos experimentan más estrés, cargas, vacío, ansiedad, autocrítica y depresión que nunca. La mayoría de nosotros no sabemos cómo lidiar efectivamente con las emociones. En lugar de eso, nos esforzamos en intentar gestionarlas mediante la evitación. Esta estrategia de manejo provoca síntomas de angustia mental, como depresión y ansiedad. Evitar las emociones no funciona a largo plazo. El triángulo del cambio es un mapa para superar nuestra angustia para poder pasar más tiempo en unos estados del Ser más tranquilos y más vitales. El triángulo del cambio se basa en la investigación científica más reciente sobre las emociones y sobre el cerebro. A pesar de sus complicadas raíces científicas, intuitivamente encaja y es un recurso para manejar las emociones del que ninguno de nosotros deberíamos prescindir.

Las emociones son fuerzas poderosas que, en un instante, se apoderan de nosotros y nos hacen sentir cosas, hacer cosas, y reaccionar de maneras que a menudo son perjudiciales. Ante eso, utilizamos otras partes de nuestra mente para enterrar las emociones, creyendo que ello no nos afectará. Pero las emociones son fuerzas biológicas que se mueven según la física. No pueden ser ignoradas sin tener consecuencias, de ahí los niveles crecientes de ansiedad y de depresión en el mundo. Nuestros sistemas culturales y educativos son incapaces de equiparnos con la educación, los recursos y las capacidades necesarias para comprender y trabajar con las emociones, y nuestra sociedad carece del conocimiento básico sobre cómo funcionan biológicamente. Lo que sí nos enseña nuestra cultura, y bastante bien, es a ignorar y evitar las emociones. El triángulo del cambio desafía esta norma cultural.

Evitar las emociones tiene múltiples costes. Las emociones nos dicen lo que queremos y necesitamos y lo que es malo para nosotros. Cuando no utilizamos nuestras emociones, es como si navegáramos en un barco por un mar agitado sin sónar o sin brújula. Las emociones también nos conectan con nuestro Ser auténtico y nos permiten sentirnos íntimamente conectados con otras personas. Cuando estamos desconectados de las emociones, sufrimos soledad, porque las conexiones con nosotros mismos y con las personas que queremos se enriquecen mediante la empatía, el conector emocional. Se produce una conexión más profunda con nuestro Ser más auténtico al experimentar las siete emociones fundamentales universales, innatas y preprogramadas: tristeza, alegría, ira, miedo, asco, entusiasmo y excitación sexual.12 Estas emociones fundamentales nos ayudan a navegar efectivamente por la vida, empezando el día en que nacemos hasta el día en que morimos.

Las emociones son programas de supervivencia profundamente integrados en el cerebro y no sometidos al control consciente. Ante una amenaza física, se desencadena el miedo. Imaginemos que un perro salvaje nos está persiguiendo; el miedo nos hará movernos instantáneamente. La ira nos protege haciéndonos luchar en defensa propia. La tristeza es la emoción fundamental que sentimos cuando sufrimos pérdidas, como la pérdida del cabello, de una posesión muy preciada o de nuestros seres queridos. Cuando logramos conectar con los demás de maneras enriquecedoras, las emociones como la alegría y el entusiasmo nos empujan a implicarnos más, para que crezcamos, nos expandamos y evolucionemos como seres humanos. Las emociones son respuestas inmediatas al entorno presente. Las emociones contrastan totalmente con el intelecto. Nuestro cerebro pensante nos deja tiempo para pensar cómo queremos responder. Nuestro cerebro emocional simplemente responde.

A pesar de necesitar realmente las emociones para vivir de manera efectiva, también pueden causarnos problemas. ¡Menudo conflicto fundamental! Desde un punto de vista biológico, necesitamos las emociones, pero también nos hacen daño. La evolución de la mente humana nos ha dotado de una habilidad increíble para ignorar las emociones para ir avanzando en la vida. De hecho, esta habilidad nos ayuda a hacer las cosas. Necesitamos trabajar, alimentar a nuestra familia, garantizar nuestro cobijo y satisfacer otras necesidades básicas. Utilizamos defensas para poder seguir adelante. Pero los investigadores saben ahora que bloquear las emociones es perjudicial para la salud física y mental. Las emociones bloqueadas provocan depresión, ansiedad y una gran variedad de otros síntomas psicológicos causados por el estrés crónico. Además, el estrés emocional crónico causa cambios en nuestra salud física al aumentar la cantidad de hormona del estrés, llamada corticosterona, que está por todo el cuerpo. El estrés emocional se asocia con la enfermedad cardíaca, el dolor de estómago, las cefaleas, el insomnio y los trastornos autoinmunes,13 entre otros.

Además, los desafíos de la vida moderna —como la presión por tener éxito, por encajar, el deseo de «seguir el ritmo», el «miedo a perder oportunidades» y el deseo de tener buenas relaciones y satisfacción laboral— provocan combinaciones de emociones que a menudo entran en conflicto entre sí. Por ejemplo, Frank no podía permitirse el tipo de coche que realmente quería. Algo tan simple como el deseo frustrado de Frank de tener ese coche podía causarle una mezcla de tristeza, ira, humillación y ansiedad. Huelga decir que todos estos sentimientos juntos son difíciles de manejar o de soportar sin defensas. Los retos y los conflictos de la vida crean complejos cócteles emocionales.

En función de nuestra genética, nuestra disposición natural y las experiencias de nuestra infancia, todos navegamos por las emociones de manera diferente. El tipo y la cantidad de adversidad a la que nos enfrentamos en la juventud afecta directamente a cómo nos sentimos hoy, aunque conscientemente no podamos percibir esta conexión. Además, el modo en el que nuestros padres y cuidadores respondieron a nuestras emociones individuales afecta directamente a cómo nos sentimos y lidiamos con nuestras propias emociones y las emociones de los demás en el presente, ahora.

Algunos de nosotros desconectamos de nuestras emociones para lidiar con los retos a los que nos enfrentamos. Esto tiene repercusiones. Nos desconectamos. Nos apagamos. Nos insensibilizamos. A la larga, vivimos en nuestra cabeza únicamente con nuestros pensamientos y nuestro intelecto para guiarnos. Hemos perdido nuestra brújula emocional. Como alternativa, algunos de nosotros no podemos desconectar y nos vemos fácilmente desbordados por las emociones. Esto también tiene repercusiones. La gente que se ve fácilmente sobrepasada por sus emociones gasta una cantidad extraordinaria de energía gestionando sus sentimientos, y esto es agotador. Puede que se identifique como una persona que se enoja rápidamente o que llora por nada. O quizás reconozca que a menudo se siente asustado aunque racionalmente sepa que no hay nada que temer. Algunos nos sentimos fácilmente heridos o insultados por los demás, tomando hasta el más mínimo malentendido de forma tan personal que estar con gente nos resulta extenuante. Cuando nuestras emociones son tan intensas y se disparan tan fácilmente, a veces reaccionamos de una manera que después lamentamos, lo cual dificulta más nuestra vida.

Teóricamente, deberíamos crear un equilibrio entre nuestras emociones y nuestros pensamientos. Necesitamos sentir nuestros sentimientos, pero no hasta el punto de que nos superen, alterando nuestra funcionalidad y nuestra capacidad de ser productivos. Necesitamos pensar, pero no hasta el punto de ignorar nuestra profunda y rica vida emocional, sacrificando nuestra vitalidad.

El triángulo del cambio es un mapa para salir de nuestras defensas y volver a ponernos en contacto con nuestras emociones fundamentales. Cuando contactamos con nuestras emociones fundamentales, las sentimos y pasamos al otro lado, experimentamos alivio.

TRIÁNGULO DEL CAMBIO


En cada momento, situaremos nuestro estado psicológico en una de las tres esquinas del triángulo del cambio o en la parte inferior, en el estado de corazón abierto.

Nuestra ansiedad y depresión se reducen. Cuando estamos en contacto con las emociones fundamentales, nuestra vitalidad, confianza y paz interior aumentan. Biológicamente, nuestro sistema nervioso se resetea para mejor.

Trabajar el triángulo del cambio hace que el cerebro sea más flexible, teniendo mucho más control y poder sobre cómo nos sentimos, pensamos y nos comportamos. Cuando la gente conoce el triángulo del cambio y comprende cómo funcionan las emociones, se transforma.

Aunque la primera vez que oí hablar acerca del triángulo del cambio fue en un congreso para profesionales, es un mapa que todos nosotros podemos aprender fácilmente y empezar a aplicar inmediatamente. Cuando llegues al final de este libro te entenderás a ti mismo, a tus seres queridos, amigos y compañeros de una manera nueva y podrás poner en práctica estos conocimientos. Como todos somos iguales en lo que respecta al funcionamiento de las emociones, el triángulo del cambio tiene sentido para todo el mundo. Aprenderás a mejorar las relaciones tanto contigo mismo como con los demás. Te sentirás mejor y tu vida será más fácil.

Mi historia

Nací en una familia de freudianos y en una cultura cuyo mantra era «la mente por encima de la materia». Mi madre había sido orientadora académica y mi padre era psiquiatra. Creían que yo podía y debía controlar mis sentimientos con mi parte racional. Raramente se hablaba de las emociones en casa, y si se hablaba de ellas, el objetivo era dominarlas o «arreglarlas».

Mis recuerdos nítidos empiezan alrededor de mi cuarto curso, cuando empezaba a sentirme cohibida. Mi madre siempre me decía que era bonita y lista, pero yo no me sentía así. Me sentía estúpida y fea. Cuando me miraba al espejo, sentía que no llegaba al nivel. No sufría acoso y tenía amigos populares, pero siempre me sentía aislada e insegura. Ya de adulta, comprendí que lo que sentía entonces era ansiedad y vergüenza.

En secundaria, sobresalía académicamente. Con cada buena calificación o cada mención de una sociedad honorífica, mi confianza crecía. Desarrollé la creencia de que si trabajaba duro, triunfaría y sería reconocida. Con cada éxito y cada reconocimiento, mi inseguridad se calmaba.

Más o menos en aquella época, mi profesora de inglés de séptimo curso nos hizo leer a Freud y me obsesioné con el psicoanálisis. Visto en retrospectiva, seguramente me ayudaba a comprenderme de un modo que me permitía sentirme bajo control. Mi pasión por el psicoanálisis siguió creciendo durante la universidad, hasta el punto de que mis amigos me rogaban que dejara a analizar a todo el mundo. Así pues, reprimí mi hobby de psicoanalizar a los demás gratuitamente (y sin que me lo pidieran) y, en lugar de eso, empecé a leer vorazmente sobre el tema.

En esa época, había decidido que sería médico como mi padre. Me encantaba y se me daba bien la ciencia, y recibí una gran cantidad de atención positiva por haber tomado esa decisión. Hasta mi penúltimo año en la universidad no cuestioné nunca mi camino, pero tampoco había considerado nunca cómo era el día a día de un médico.

En la universidad, me inscribí en un curso llamado «Psicoanálisis Contemporáneo». Muy a mi pesar, me di cuenta de que en realidad era un curso antifreudiano sobre feminismo. Pasé la primera mitad del semestre debidamente sentada en la pequeña sala del seminario, yo contra diez feministas radicales. Férrea en mi postura, argumentaba fervientemente sobre por qué Freud era brillante y sus teorías válidas. Al cabo de cinco clases, me di cuenta de que mis argumentos estaban cayendo en saco roto. En realidad, mis compañeras de clase habían aportado contraargumentos e investigaciones que me parecían realmente convincentes. Se me ocurrió entonces que quizás podría aprender algo si dejaba de estar tan ocupada argumentando.

Al final de curso, había empezado a cuestionarlo todo, incluyendo los valores y las creencias de mis padres, de mi sociedad y de mi cultura. Empecé a considerar por qué había decidido ser médico. Por muy incómodo que fuera para mí admitirlo entonces, me di cuenta de que mi fantasía de ser médico estaba relacionada con lograr un determinado estilo de vida, y no tenía nada que ver con tratar la enfermedad física. Cuando me imaginaba tratando a personas muy enfermas y teniendo que dar terribles diagnósticos a sus allegados, me pareció un panorama demasiado difícil, demasiado angustiante. Esa responsabilidad me ponía los pelos de punta. No quería tener que tratar a diario con cuestiones tan duras como la pérdida y la muerte, temas que siempre habíamos evitado en mi familia.

Tenía demasiado miedo de abandonar la vía médica y necesitaba un plan inmediato si no quería encontrarme perdida, sin control.

EL TRIÁNGULO DE HILARY


En ese momento, mis defensas seguían funcionando bien, en el sentido de que no tenía síntomas de ansiedad ni de depresión. Pero no era consciente de mis emociones subyacentes o no estaba en contacto con ellas.

Desde mi infancia hasta ese momento, me había movido el deseo de reducir mi ansiedad. Tomaba decisiones, grandes y pequeñas, con el objetivo de tener un plan de vida a largo plazo para asegurarme de que sería feliz. Tenía muchos miedos enconados bajo la superficie que creía que podía evitar simplemente manteniéndome centrada en lograr una buena carrera y encontrar a un buen marido. Así que decidí ser dentista.

En la Facultad de Odontología, conocí a mi primer marido y pensaba que todo iba a la perfección. Tenía una pareja increíble, estaba preparada para empezar una familia y mi lucrativa carrera iba por buen camino. Después, poco a poco, todo se derrumbó. Me convertí en dentista, pero lo odiaba, y dejé de ejercer un año después de licenciarme. Mi decisión de abandonar la odontología enfadó a mi marido, a mi familia política y a mi padre terriblemente; perdí su aprobación y su estima. Tras seis años de matrimonio, mi marido y yo éramos incapaces de gestionar los conflictos que habían surgido entre nosotros. Estaba perdida, sola y asustada. La terapia de pareja no ayudó. No había forma de resolver nuestros problemas y nuestro matrimonio terminó.

Volvía a estar soltera, con dos niños pequeños y sin carrera. Todo lo que pensé que sabía y en lo que confiaba me salió mal. Quería a mis hijos, pero me sentía perdida y sin rumbo. Por primera vez en mi vida, había descarrilado y no tenía ningún plan.

Para sobrevivir, fui haciendo varios trabajos insatisfactorios. Subí por la escalera corporativa hasta una posición directiva en Maybelline Cosmetics, trabajé en el Distrito de la Moda de Nueva York, empecé un negocio desde casa vendiendo vitaminas y fui responsable de ventas para una nueva compañía de software médico. Nada me parecía bien; nada parecía ser para mí.

En ese momento, me sentía orgullosa y satisfecha con mi estoicismo, mi determinación, mi actitud de «la mente por encima de la materia». Cuando las cosas no iban bien, yo hacía cambios. Pensaba que controlaba lo que quería sentir. Con orgullo, dejaba a un lado miedos, deseos y cualquier otra emoción que considerara inútil o contraproducente. Entonces, mi exmarido me comunicó que volvía a casarse. Aunque me alegraba por él, tuve una reacción emocional que me cegó. Caí en una depresión. Mi vida me sobrepasaba. Su boda de repente simbolizó y selló mi más profunda soledad en este mundo. Tenía miedo y también vergüenza de tener miedo. El miedo dio lugar a la vergüenza, a la ansiedad y, a su vez, a la depresión.

Nunca se me había ocurrido que exigirme tanto, sacarme una carrera, tener hijos y buscar a una nueva pareja acabaría quebrándome y quemándome. Pensaba que estaría bien, al fin y al cabo, siempre lo había estado. Pero mi mente emocional tenía otros planes. Estaba desbordada y quedé fuera de servicio. Mi letargo fue creciendo hasta no poder salir de la cama. Encontré refugio bajo mis sábanas, permaneciendo a oscuras, escondida de la gente y de las exigencias diarias de mi vida. Era el único lugar en el que me sentía segura.

Mi hermana Amanda me sugirió visitar a un psiquiatra para tratar mi depresión. Estaba tan desconectada de mí misma que no se me había ocurrido que pudiera estar sufriendo una depresión, pero en cuanto ella lo sugirió supe que tenía razón.

Mi psiquiatra me sugirió tomar Prozac. Me diagnosticó una depresión nerviosa, una depresión con mucha ansiedad. Me explicó que el estrés hacía que fuera más difícil para mi cuerpo fabricar una sustancia química cerebral llamada serotonina. Cuando los niveles de serotonina caen demasiado, aparece la depresión. Cuando se reduce el estrés, la producción de serotonina aumenta a sus niveles originales y la depresión se va.

Sólo podía decir «¡Gracias a Dios que tenemos Prozac!». Al cabo de cuatro semanas, ya estaba haciendo vida normal, funcionando como antes, pero esta experiencia me cambió para siempre. Por primera vez, apreciaba y respetaba mis emociones por su poder. Aprendí que tenía que prestar atención a mis sentimientos, escuchar atentamente lo que me estaban diciendo y actuar de acuerdo con lo que estaba sintiendo. Todavía no estaba exactamente segura de cómo cuidar mis sentimientos, de cómo actuar con ellos adecuadamente ni de cómo comprenderlos. Empecé una psicoterapia psicoanalítica y pude dejar de tomar Prozac al cabo de seis meses.14 Tener un lugar donde poder hablar de mí y de mi vida fue de gran ayuda.

Decidí cambiar mis prioridades. En lugar de elegir mi trabajo en función del salario, me centraría en una carrera profesional basada en mis intereses, y mis intereses siempre me habían llevado hacia la psicología. Me saqué un máster en Trabajo Social y luego me inscribí en un curso de posgrado de cuatro años en formación psicoanalítica.

CON LA SUERTE DE MI LADO

Poco antes de empezar mi formación analítica, una amiga me sugirió ir a un congreso para escuchar hablar a una psicóloga cuyo trabajo se basaba en las emociones. La doctora Diana Fosha había desarrollado un nuevo método llamado psicoterapia dinámica experiencial acelerada.15 (AEDP por sus siglas en inglés). La AEDP se enfoca hacia la sanación, en lugar de hacia la percepción. Las terapias orientadas hacia la percepción, como el psicoanálisis o la terapia conductual cognitiva (TCC), generalmente trabajan con los pensamientos de las personas con la esperanza de que, al mejorar la percepción los síntomas, las personas mejoren a la larga. El enfoque orientado a la sanación de la AEDP significa que la terapia busca modificar el cerebro y los síntomas específicos a nivel de las emociones y del cuerpo, de manera que, en lugar de gestionar los síntomas, éstos desaparecen. La AEDP, según aprendí, era mucho más directiva que el psicoanálisis; su metodología es específica y los resultados son predeciblemente positivos.

La palabra «sanación» en relación con la psicoterapia me chirriaba. Sonaba como una idea de la nueva era de la que mis padres se habrían burlado. Sin embargo, me dediqué a la psicoterapia porque quería marcar una diferencia en la vida de las personas lo más rápidamente posible. La gente estaba sufriendo y yo no me lo tomaba a la ligera. La AEDP me atrajo porque está basada en la neurociencia más reciente y en las teorías clínicas sobre cómo la gente se transforma y se cura de la depresión, de la ansiedad y de los traumas, entre otras cosas.

A medida que avanzaba en mi formación psicoanalítica, fui profundizando en los principios y en las teorías de la emoción, la neuroplasticidad, el trauma, el apego y la transformación. Éste era un camino hacia el cambio que no me exigía desconectarme y dejar de sentir; herramientas que yo pensaba que necesitaba para ser una buena analista. Con la AEDP, tenía un abanico mucho más amplio de maneras de ayudar a aliviar el sufrimiento.

La AEDP me dio permiso para ser auténtica y explícitamente afectuosa, y no centrarme sólo en lo que los pacientes estaban haciendo mal (o lo que les pasara de malo), sino también en lo que estaban haciendo bien. Éste era un mundo totalmente diferente, un mundo que incluía una conexión, una sanación y una transformación verdaderas. Era una metodología en la que las emociones —ya fueran emociones asociadas con dificultades o emociones asociadas con la sanación (el fuerte de la AEDP)— eran centrales e importantes. Cuanto más estudiaba, más aprendía que la práctica orientada a las emociones no es una rara moda del momento. De hecho, sus innovadores fundamentos científicos me hicieron pensar que era la ola de la práctica psicoterapéutica del futuro.

Al terminar ese congreso, me comprendía a mí misma de una manera nueva. La teoría basada en las emociones me ayudó a comprender por qué me angustio y me deprimo, y el triángulo del cambio me proporcionó maneras concretas para superar esos estados de angustia y de sufrimiento. No sólo estaba extremadamente entusiasmada por lo que aprendí, sino que sabía que quería ponerlo en práctica inmediatamente. Quería que mis pacientes tuvieran acceso a esa simple herramienta que cambia la vida.

Fundamentos del triángulo del cambio

El triángulo del cambio es un mapa de la mente. Este mapa nos lleva de un estado de aflicción a la calma y la claridad.

Independientemente de lo que te esté preocupando, de los síntomas de estrés que estés sufriendo, de los comportamientos indeseados que tengas, o de los aspectos de tu personalidad que quieras cambiar, el triángulo del cambio te ofrece un camino lógico a seguir, basado en la ciencia, para llegar al alivio y a la recuperación. En lugar de recurrir a herramientas de afrontamiento que entumecen la mente como las drogas, el alcohol u otras defensas que nos privan de nuestra autenticidad y de nuestra viveza, el triángulo del cambio nos ofrece un camino positivo para afrontar los retos y también nos ayuda a comprender la causa de nuestro sufrimiento.

Las tres esquinas del triángulo del cambio son las emociones fundamentales, las emociones inhibitorias y las defensas. Las emociones fundamentales, nuestras emociones innatas de supervivencia, nos dicen qué queremos, qué necesitamos, qué nos gusta y qué no nos gusta. Las emociones inhibitorias como la ansiedad, la vergüenza y la culpa bloquean las emociones fundamentales. Nos permiten seguir siendo civilizados para poder encajar en los grupos que amamos y necesitamos. Y cumplen otra función: son un parche o un mecanismo de seguridad para evitar que las emociones fundamentales nos desborden. Las defensas son la manera que tiene la mente de protegernos del dolor emocional y de que nos sobrepasen los sentimientos.

TRIÁNGULO DEL CAMBIO


¿QUÉ SON LAS EMOCIONES FUNDAMENTALES?

Las emociones fundamentales son emociones de supervivencia. Cada emoción tiene un programa integrado específico. El programa causa los cambios físicos en nuestro cuerpo y evoca un impulso a la acción diseñado para ayudarnos a sobrevivir o a prosperar en el momento inmediato. Las emociones fundamentales están para informarnos sobre nuestro entorno para que podamos vivir lo más adaptativamente posible. «¿Estoy seguro o en peligro? ¿Qué necesito/quiero? ¿Qué no quiero? ¿Estoy triste? ¿Me duele algo? ¿Qué me da placer? ¿Qué me da asco? ¿Qué me emociona?». Como las emociones fundamentales están integradas en la parte media de nuestro cerebro, no están sujetas al control consciente. No pueden estarlo. Las emociones fundamentales y sus impulsos funcionan automáticamente, impulsándonos a actuar de inmediato. La naturaleza pretendía que pensáramos sólo después de haber sido «avisados» por nuestras emociones fundamentales. Por eso, las emociones fundamentales se originan en una parte del cerebro que reacciona más rápido de lo que podemos pensar y que no se puede controlar conscientemente. Y también por eso no podemos pensar en cómo sortear una emoción fundamental; debemos experimentarla visceralmente para poder procesarla. Las emociones fundamentales son brillantes: si nos echamos a un lado, su programación innata nos dice qué hacer para vivir la vida adaptativamente.

Las emociones fundamentales son:

• miedo

• ira

• tristeza

• asco

• alegría

• entusiasmo

• excitación sexual

Nuestras emociones fundamentales son en realidad un puñado de sensaciones físicas. A medida que crecemos y con la ayuda de la empatía de nuestros cuidadores, aprendemos a identificar y a nombrar las emociones que sentimos: «Estoy triste, asustado, feliz, etc.». Pero lo que experimentamos cuando estamos tristes es una sensación de pesadez y de desasosiego en el pecho, o una sensación específica en los ojos, como presión o lagrimeo.

Las emociones fundamentales también contienen impulsos físicos, diseñados por la naturaleza para ser una llamada inmediata y adaptativa a la acción. ¿Alguna vez has ido a la nevera para ponerte un vaso de leche sin comprobar la fecha de caducidad? Un trago de leche agria provoca una reacción inmediata: la escupimos. Nuestras papilas gustativas, amenazadas por el veneno, mandan una señal a nuestro cerebro emocional —el sistema límbico— para activar el asco. El asco, una de las emociones fundamentales, causa náuseas, una respuesta física del cuerpo.

El asco provoca un impulso a la acción que afecta muchos músculos: la lengua se retrae y los músculos alrededor de la boca se contorsionan. El asco puede afectar los músculos del tracto gastrointestinal, provocándonos el vómito. El asco evolucionó para mitigar los efectos del veneno cuando los seres humanos tenían que buscarse la comida. El asco también resulta de las interacciones humanas que son tóxicas o venenosas. Una consecuencia de sufrir abuso es que el abusador provoca asco. Ésta es la inteligente manera que tiene la naturaleza de indicarnos qué es bueno para nosotros y qué es malo. Cada emoción fundamental tiene una acción específica, y esta acción pretende ayudarnos a sobrevivir o a prosperar en ese momento.

¿QUÉ SON LAS EMOCIONES INHIBITORIAS?

Las emociones inhibitorias son un conjunto específico de emociones que bloquean las emociones fundamentales. A veces, bloqueamos las emociones fundamentales para llevarnos bien con los demás y a veces porque los demás nos desbordan.

Las emociones inhibitorias son:

• ansiedad

• culpa

• vergüenza

Las emociones inhibitorias nos mantienen conectados, primero a nuestros padres y cuidadores principales y más adelante a nuestros grupos de pares, escuelas, parejas/cónyuges, comunidades, religiones, colegas, amigos y al mundo en general. Los seres humanos estamos programados para conectar; es necesario para nuestra supervivencia que nos preocupemos unos de otros. Por consiguiente, preservar las conexiones con los padres u otros cuidadores es fundamental para el desarrollo físico y mental del niño. Si mi madre sale de la habitación cada vez que estoy afligido, a la larga aprenderé a no mostrar mi aflicción para evitar el abandono. Si mi ira provoca que mi padre se enfade y se ponga agresivo, aprenderé a ocultar mi ira. Las emociones inhibitorias preservan la conexión anteponiéndose a la expresión emocional básica.

Tras el nacimiento, empezamos a aprender qué emociones fundamentales son aceptables para las personas que nos rodean y cuáles no lo son. Las emociones «inaceptables», por definición, provocan una respuesta negativa. Por ejemplo, si a un niño su padre le dice que «actúe como un hombre» cuando muestra tristeza, el cerebro de ese niño lo considerará una respuesta negativa porque su padre ha rechazado su emoción fundamental. Si el entusiasmo de una niña pequeña choca con el comentario de su madre diciéndole que «se contenga», el cerebro de la niña aprenderá a inhibir el entusiasmo. En el futuro, lo moderará o como mínimo lo vivirá con conflicto. Cuando una niña le dice a su abuela que le dan miedo las arañas y su abuela le responde «no seas tonta», esa niña entenderá que no está bien compartir sus miedos. En el futuro, cuando tenga miedo, puede que lidie con él sola en lugar de pensar que puede acudir a alguien en busca de sosiego y bienestar.

Cualquier emoción fundamental puede evocar algo negativo, indeseado y espontáneo en nuestros padres. Los padres pueden responder a las emociones fundamentales de sus hijos con ira, tristeza o indiferencia. Estas respuestas negativas son difíciles de manejar para todos nosotros. Las personas tenemos una necesidad básica de respuestas positivas cuando expresamos nuestras emociones. Cuando nuestras emociones se encuentran con cualquier cosa que no sea interés y afecto, indican a nuestro cerebro que está sucediendo algo desagradable o peligroso. El tono de voz, las expresiones faciales, la postura corporal y el lenguaje, todo puede indicar que nuestra expresión emocional es indeseada para nuestros cuidadores. Si nos encontramos con una respuesta negativa, intentaremos limitar esas emociones en el futuro. ¿Cómo lo hacemos? Nuestro cerebro usa las emociones inhibitorias, una señal de «stop» emocional, para frenar cualquier expresión emocional.


Prohibida la ira

Cuando nuestro cerebro percibe emociones fundamentales de las que aprendimos previamente que no son bien recibidas, surgirán las emociones inhibitorias para detener el flujo de energía de la emoción fundamental, causando tensión muscular e inhibiendo la respiración. El efecto es como apretar el acelerador y el freno de un coche simultáneamente. Las emociones fundamentales empujan hacia arriba para expresarse y las emociones inhibitorias las empujan hacia abajo. El boicot a la energía emocional causa estrés —en ocasiones, estrés traumático— en nuestro cuerpo.

Cuando aprendemos, aunque sea inconscientemente, que una sensación básica es inaceptable, el patrón de boicotear esa emoción sigue a lo largo de nuestra vida adulta, a menos que trabajemos activamente para cambiar esa dinámica.

Además de ayudarnos a funcionar en la sociedad, las emociones inhibitorias desconectan las emociones fundamentales cuando se vuelven demasiado intensas. Emociones como la rabia, la pena y el terror pueden ser desbordantes. A veces no podemos manejarlas. Nuestro cerebro usa las emociones inhibitorias como una forma segura de desconectar las emociones fundamentales para evitar que nos desborden.

¿QUÉ SON LAS DEFENSAS?

Las defensas son maniobras brillantes y creativas que la mente ejecuta para ahorrarnos el dolor y las sensaciones abrumadoras que pueden causar las emociones. Son todo lo que hacemos para evitar sentir emociones fundamentales o inhibitorias. En otras palabras, las defensas son protección emocional.

Existen infinitas maneras de protegernos para no sentir. Las defensas pueden ser desde saludables a destructivas. Algunas defensas son útiles y adaptativas, como elegir ver una película divertida cuando necesitamos descansar de algo estresante, o pensar en algo positivo para detener la ira o la tristeza cuando intentamos concentrarnos. Las defensas, sin embargo, pueden convertirse en destructivas cuando estamos tan desconectados de nuestros sentimientos que nuestro cuerpo y nuestra mente se ven afectados negativamente.

¿Eres consciente de cómo te defiendes de las emociones, las confrontaciones y los conflictos? Por definición, una defensa es cualquier pensamiento, acción o maniobra que hacemos que nos aleja de la incomodidad. Algunas defensas habituales son:


• bromear • sarcasmo • sonreír • evitar el contacto visual • hablar entre dientes • no hablar • hablar demasiado • no escuchar • desconectar • cansancio • criticar • perfeccionismo • dejar las cosas para más tarde • preocupación • irritabilidad • reír • preocuparse • reflexionar • pensamientos negativos • juzgar a los demás • juzgarse a sí mismo • prejuicios • racismo • arrogancia • misoginia • agresividad desenfocada (por ejemplo, enfadarnos con la pareja cuando en realidad estamos enfadados con nuestro jefe) • inconcreción • cambiar de tema • trabajar demasiado • insensibilización • impotencia • hacer demasiado ejercicio • comer demasiado • comer demasiado poco • ser reservado • cortarse • obsesionarse • adicciones • ideas suicidas

¿Puedes añadir algunas de tus propias defensas a la lista?

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¿Puedes añadir defensas en la lista que hayas observado en otras personas?

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Desviar la energía de las emociones hacia las defensas tiene muchos costes para nuestro bienestar. Las defensas requieren energía; nos adormecen gastando una energía vital que podríamos utilizar en las relaciones, en el trabajo o en nuestros intereses en el exterior. Las defensas hacen que nuestro verdadero Ser auténtico se oculte y se modere. Muchas personas no se sienten bien a largo plazo cuando se mantienen escondidas. Las defensas también nos hacen más rígidos, propiciando que seamos menos flexibles en pensamiento y en acción.

Por ejemplo, una mujer casada no puede tolerar las visitas de su hijastro porque alteran su «rutina». Su inflexibilidad le duele porque tensiona sus relaciones y le hacen sentir tensa. Su necesidad de controlar el entorno la protege de las emociones subyacentes evocadas por la presencia de su hijastro. Si pudiera hacer frente a las emociones que provocan las visitas de su hijastro, sería más flexible y más generosa. Podría seguir estableciendo los mismos límites para proteger su rutina, pero se sentiría menos tensa y enfadada. Sus relaciones saldrían beneficiadas, igual que ella. Las defensas pueden hacernos sentir atrapados, inhibidos, limitados e incapaces de alcanzar todo nuestro potencial. Las defensas nos fuerzan a vivir en extremos de blanco y negro, bueno o malo, donde la vida carece de matices. Demasiadas defensas hacen muy difícil nuestra implicación total en la vida.

Además, las defensas nos sitúan en el extremo de actuar de manera destructiva. Como las defensas bloquean el acceso a emociones importantes como el miedo, que nos dicen que seamos prudentes, depender demasiado de las defensas hace que mostremos comportamientos peligrosos como la búsqueda de adrenalina, el sexo sin protección y comportamientos sociales de riesgo. La defensa del «no me importa» nos impide saber a quién y qué valoramos. Cuando no somos conscientes de aquello que nos importa y de por qué nos importa, perdemos la capacidad de crear la vida que queremos y de sentirnos de la mejor manera posible independientemente de nuestras circunstancias vitales. Por ejemplo, un joven piensa que sólo le importan las mujeres por el sexo, pero cuando está solo bebe demasiado hasta quedarse dormido. No es feliz y se ha convencido a sí mismo de que no le importa. Los seres humanos siempre están mejor cuando están conectados emocionalmente con otras personas. La defensa del «no me importa» de este joven le protege de sus emociones y necesidades subyacentes de intimidad, pero con un alto coste para su satisfacción y su alegría.

Si alguien hiere mis sentimientos durante una reunión de trabajo, lo mejor para mí probablemente sería intentar no llorar. Una defensa —como pensar en algo divertido— mantendrá a raya las lágrimas. Las defensas pueden ser útiles cuando necesitamos un descanso de nuestras emociones. Hacer una pausa nos ayuda a calmarnos y a reactivarnos y proporciona un alivio temporal del dolor o de la incomodidad que conllevan algunas emociones. Es importante, sin embargo, volver a nuestra experiencia visceral y «comprobar» en algún momento si sentimos emociones que necesiten ser validadas y cuidadas. Teóricamente, utilizamos nuestras defensas sólo cuando las necesitamos, no habitualmente, y por supuesto no todo el tiempo.

EL TRIÁNGULO DEL CAMBIO EN ACCIÓN

Cuando sabemos qué estamos sintiendo, nos sentimos mejor. Las personas que tienen total acceso a sus emociones fundamentales tienen más vitalidad y más energía en la vida porque, al permitirse manifestar más emociones, están racionalizando los procesos neurobiológicos de eficiencia energética e integración cerebral. El cerebro está integrado cuando el cerebro pensante, el cerebro emocional y el cuerpo funcionan conjuntamente del modo previsto por la naturaleza. Nos va mejor en la vida y en nuestras relaciones cuando podemos pensar, sentir y lidiar con la vida según se va produciendo. Trabajar con nuestras emociones nos permite volver a un estado en el que nuestra biología está equilibrada, llamado homeostasis, que es una de las claves para una mente y un cuerpo sanos.

El triángulo del cambio es una herramienta que nos ayuda a conocer nuestras emociones y a procesarlas, pero aprender a utilizarlo perfectamente lleva tiempo. Afortunadamente, el triángulo del cambio también funciona aunque todavía no seamos capaces de procesar nuestras emociones por completo. Tan pronto como empezamos a utilizar el triángulo del cambio:

• Obtenemos una distancia y una perspectiva inmediata de nuestra aflicción.

• Aprendemos cómo funciona nuestra mente.

• Comprendemos si estamos en una defensa, experimentando emociones inhibitorias o experimentando emociones fundamentales.

• Nos ayuda a encontrar y a nombrar nuestras emociones fundamentales.

• Nos orienta, mostrándonos el siguiente paso que debemos hacer para sentirnos y funcionar mejor.

Aunque utilizo historias de mi consulta para ilustrar cómo enseño a mis pacientes a trabajar el triángulo del cambio, no hace falta estar en tratamiento para utilizar este método. El triángulo del cambio se puede utilizar solo o con otros métodos terapéuticos. Puedes usarlo esporádicamente para comprender algo que te preocupe mucho en tu vida o como práctica diaria para sentirte mejor y vivir del modo que desees. Puedes trabajar el triángulo del cambio solo, con un amigo de confianza, en grupos de apoyo con pares, con un terapeuta profesional o con tu pareja. Puede resultar muy gratificante conocer más sobre tus emociones y tu Ser auténtico con una pareja que comparta los mismos objetivos.

En su momento, cuando te preguntes «¿Dónde estoy en el triángulo del cambio ahora mismo?», identificarás un lugar, ya sea en la esquina superior izquierda en una defensa evitando tus emociones; en la esquina superior derecha experimentando ansiedad, vergüenza o culpa; o abajo, en contacto con una de las siete emociones fundamentales.

Trabajar el triángulo del cambio con regularidad significa pasar más y más tiempo en el estado de corazón abierto, el estado de tu Ser auténtico. En un estado de corazón abierto, tenemos una profunda y arraigada sensación de paz y una confianza creciente en que podemos lidiar con lo que la vida nos depare. Nos sentimos en sintonía con nuestro cuerpo, abiertos a todas las emociones. Nos sentimos en casa.

¿Cómo reconocemos cuándo estamos en un estado de corazón abierto? Con las 7 C, descritas por Richard Schwartz, desarrollador de la terapia de los sistemas de la familia interna (IFS):16

• calma

• curiosidad

• conexión

• compasión

• confianza

• coraje

• claridad

En todo momento, podemos acceder a nuestro estado de corazón abierto estando en contacto con nuestras emociones fundamentales, en lugar de permitir que la ansiedad, la vergüenza y la culpa las bloqueen. Trabajar repetidamente el triángulo del cambio nos permite estar cada vez menos angustiados, menos deprimidos, más vitales y más confiados viviendo nuestra vida en el estado de corazón abierto.

Algunas personas afortunadas pasan mucho tiempo en el estado de corazón abierto sin mucho esfuerzo. Ya sea porque tuvieron conexiones seguras con sus cuidadores principales, menos adversidades en su infancia o menos traumas, o porque tienen una calma innata y genética, son una afortunada minoría. Los demás tenemos que trabajar un poco más (o mucho más) para alcanzar estos estados de calma. El triángulo del cambio nos puede ayudar a lograrlo.

RECOPILEMOS: UN EJEMPLO PERSONAL DE CÓMO TRABAJAR EL TRIÁNGULO DEL CAMBIO

Cuando mi exmarido se volvió a casar tuve una depresión. La depresión no es una emoción fundamental. La depresión es una defensa porque bloquea la experiencia emocional básica.17 Me sentía abatida, no tenía energía. Quería esconderme en un agujero. Cuando tuve la depresión, también tenía ansiedad. Sentía la ansiedad en mi interior como una vibración, una terrible sensación persistente de inestabilidad. Así pues, ¿dónde estaba en el triángulo del cambio? En la esquina de la defensa y en la de la ansiedad.

Si se me hubiera ocurrido preguntarme a mí misma qué estaba causando esos sentimientos en mi vida, podría haberme dado cuenta de que el hecho de que mi exmarido se volviera a casar me aterraba (emoción fundamental: miedo) porque, hasta ese momento, siempre sentí que estaría apoyándome. Sabía racionalmente que nuestra relación como esposo y esposa había terminado, pero algo en el hecho de que se volviera a casar me hacía sentir absolutamente sola.

MI TRIÁNGULO CUANDO TUVE DEPRESIÓN A LOS 30


Desde los 15 años, siempre había tenido pareja —un novio o un marido—. Estar en una relación, retrospectivamente, era también mi defensa frente al terror a la soledad que estaba colándose en mi consciencia. Me sobrepasó el miedo, lo cual causó demasiado estrés para que mi mente y mi cuerpo pudieran lidiar con él. Por eso empecé a mostrar síntomas de depresión.

Puede parecer contrario a la lógica, pero el antídoto habría sido experimentar e implicarme con mi miedo, llevarlo a mi consciencia. Comprenderlo y explorarlo de manera segura y, más importante aún, compartirlo con alguien que lo entendiera y pudiera apoyarme y darme ideas para que las cosas parecieran un poco más —por no decir mucho— manejables.

Aunque mi depresión fue un momento bajo para mí —un momento en el que necesitaba mucho apoyo para superarlo—, el triángulo del cambio puede utilizarse también para superar momentos de aflicción menos dramáticos.

En una ocasión, estaba nerviosa por un artículo académico que tenía que escribir. Bloqueé los síntomas de esa ansiedad con dos defensas. Tenía pensamientos negativos, una defensa muy común. Me decía a mí misma cosas como «Quizás no soy capaz de escribir este artículo, después de todo». También me sentía forzada a jugar al solitario en mi teléfono, que es la defensa de la evitación con la tecnología. Pasé de la ansiedad a la defensa, inconsciente y automáticamente. Mis defensas me alejaban del malestar físico y emocional de mi ansiedad y me llevaban a un lugar en el que podía escapar de lo que realmente estaba sintiendo.

¿Dónde estaba en el triángulo del cambio? En la esquina de las defensas.

Cuando me di cuenta de que mis pensamientos negativos («No puedo hacerlo») eran realmente defensas, trabajé el triángulo del cambio para sentirme mejor. Empecé preguntándome: «¿Qué está sucediendo en mi cuerpo?». Observé síntomas físicos de ansiedad, ese aleteo familiar en mi pecho y en mi estómago. Me pregunté: «¿Qué emociones fundamentales están motivando mi ansiedad ahora mismo?». Me calmé y fui repasando las siete emociones fundamentales preguntándome: «¿Estoy triste? ¿Emocionada? ¿Enfadada? ¿Asustada? ¡Sí!». Me di cuenta de que tenía miedo. Enseguida, sólo con nombrar mi miedo, sentí cierto alivio.

El miedo es parecido a la ansiedad, pero podemos obtener información útil del miedo. La ansiedad es sólo inhibitoria; su único trabajo es bloquear emociones fundamentales. La ansiedad suele paralizar en lugar de informar. Pero ¿el miedo? En realidad, podemos lidiar con el miedo.

Imaginé que hablaba con la sensación física del miedo. «¿De qué tienes miedo?». Entonces escuché mi cuerpo. Fui paciente con mi miedo, dándole mucho tiempo para responder (por eso calmarse es clave en este proceso). Al final, mi miedo respondió: «Tengo miedo de sentirme avergonzada, miedo de decepcionar a mis lectores».

Aaah… Entonces estaba llegando a alguna parte. El miedo, como todas las emociones fundamentales, incluye impulsos adaptativos innatos. El miedo nos dice que escapemos, como si estuviéramos en peligro ante un león abalanzándose sobre nosotros. Muy adaptativo, ¿no te parece?

Para manejar estos impulsos, me pregunté: «¿Quiero actuar por miedo y escapar? ¿O quiero tolerar mi miedo, elegir el coraje e intentar escribir este artículo?». Me recordé a mí misma que, incluso si mis miedos se hacían realidad, seguramente sobreviviría. Aquí lo importante es que cuando me di cuenta de la emoción y de su causa, tuve la opción de elegir cómo resolver mi dilema.

Así pues, ¿cómo me sentía después de trabajar el triángulo del cambio? Mejor. Nombrar mi miedo redujo mi ansiedad. Psicológicamente, poner palabras a la experiencia calma el cerebro. Es neurociencia.18 Me sentía más calmada porque tenía más claridad sobre aquello que me inquietaba. Elegí el coraje por encima del miedo y escribí el artículo.

Nuestras emociones son una brújula para la vida. Cualquier persona puede vivir su vida en contacto con sus emociones fundamentales y reducir la ansiedad, la vergüenza, la culpa, la depresión, las adicciones, las obsesiones y otros síntomas. ¿Cómo? Llegando a conocer las emociones fundamentales que se encuentran debajo y aprendiendo a trabajar con ellas. El triángulo del cambio es nuestra guía.

DE LA DEFENSA A LA EMOCIÓN FUNDAMENTAL


Observé mis defensas. Salí de mi cabeza y conecté con mi cuerpo y noté que estaba angustiada. Busqué las emociones fundamentales que desencadenaban mi ansiedad y me di cuenta de que tenía miedo. Escuché el miedo centrándome en cómo me sentía en mi cuerpo (las sensaciones físicas). Sentir el miedo llevó el impulso a la conciencia: tuve un impulso de escapar (evitar). Mi último paso tras trabajar el triángulo del cambio fue pensar qué solución sería más beneficiosa (adaptativa para una vida saludable) para mí teniendo en cuenta mis deseos, necesidades, objetivos y valores a largo plazo.

¿Cuán cómodo te sientes
con tus emociones?

A medida que aprendas y experimentes con el triángulo del cambio, verás que tu crecimiento emocional aumenta y luego se estanca. En ese momento, habrás descubierto otro bloqueo a conocerse a ti mismo y a los demás más profundamente. Notarás el bloqueo porque aparecerán la ansiedad y la vergüenza con respecto a ti mismo. O porque habrás entrado en un modo defensivo. Puede que observes pensamientos de evitación como «Esto es una tontería» o «Lo haré después». En ese punto, tienes la oportunidad de superar tus defensas, ansiedad, culpa o vergüenza para llegar a un nuevo nivel de autoconocimiento. La exploración emocional se despliega como las capas de una cebolla. Cuando pelas una capa, aparece otra capa fresca. Aprender a comprender las emociones es una práctica que dura toda la vida.

Cuestionario

Este cuestionario te ayudará a calibrar tu tolerancia emocional. Me gustaría que lo completaras ahora y más adelante, cuando hayas terminado de leer este libro. Cuando vuelvas a hacer el cuestionario, espero que tu puntuación haya aumentado, lo cual indicará que te sientes más cómodo con estas experiencias normales y naturales.

Instrucciones: Valora tu nivel de comodidad con cada pregunta

Valora tu comodidad en una escala de 1 a 10, donde 1 es «totalmente incómodo» y 10 es «totalmente cómodo». Responde lo primero que sientas, no pienses demasiado las respuestas. Marca con un círculo el número que corresponda.


1 > > > 5 > > > 10


(1 = totalmente incómodo) (5 = neutro) (10 = totalmente cómodo)

Cuán cómodo te sientes:

1. Cuando la gente que quieres muestra sentimientos intensos como ira y tristeza dirigidos a ti.


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

2. Cuando la gente que quieres muestra sentimientos intensos como ira y tristeza en tu presencia, pero no dirigidos a ti.


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

3. Cuando estás enfadado.


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

4. Cuando estás triste.


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

5. Cuando estás feliz.


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

6. Permaneciendo en el momento presente, simplemente estando con tus pensamientos y sentimientos según van emergiendo.


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

7. Simplemente estando y escuchando a alguien que está expresando emociones sin intentar ayudar «arreglando» la situación.


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

Puntuación total:

Sea cual sea tu puntuación, tu tolerancia emocional se irá desarrollando a medida que vayas leyendo, experimentando y sintonizando con tus emociones trabajando con el triángulo del cambio. No dudes en volver a este cuestionario para ver cómo van cambiando tus respuestas con el tiempo.

2

LIBERAR LAS EMOCIONES

FUNDAMENTALES

El pánico,
la ansiedad y la pena de Fran

Fran vino a terapia porque se sentía cada vez más sola. Estaba soltera. No tenía ningunas ganas de casarse ni de tener hijos. Trabajaba en publicidad y estaba muy centrada en su carrera. Decía de sí misma que estaba «casada con su trabajo», pero había empezado a sentir una sorprendente sensación de soledad.

Durante la primera sesión, me contó que sus padres habían fallecido en un accidente cuando ella tenía 16 años y que, desde entonces, había vivido con unos tíos suyos, cariñosos y buenos cuidadores. Dijo que ya no estaba de luto por sus padres, pero que empezaba a sentir cada vez más su ausencia. En esa primera sesión, admitió que no había estado especialmente unida a su madre o a su padre. Los describió como «los típicos protestantes anglosajones blancos —rígidos e insensibles—». Se había sentido querida por ellos, pero le costaba describir cómo le demostraban su amor hacia ella.

Hacia la mitad de la segunda sesión, Fran empezó a llorar al hablar de su incapacidad de mantener relaciones amorosas. Le pregunté si le importaba dedicar un momento a reconocer la emoción que estaba emergiendo. Me miró con cara de póker y luego, sin más, me dijo: «Recientemente he empezado a hacer punto porque me pareció que estaría bien tener un nuevo hobby… algo para ocupar mi tiempo cuando no estoy trabajando. Estoy intentando reducir el tiempo que paso en Facebook». «¿Cómo? —pensé—. ¿Me he perdido algo?». Fran acababa de lanzar una defensa —cambiar de tema— al verse confrontada con la emoción fundamental de la tristeza.19

Nuestras defensas frente a las emociones suelen ser inconscientes; forman parte de nuestra personalidad social. En ese breve instante antes de que Fran cambiara de tema, vi su emoción. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le fruncieron los labios. Las emociones son contagiosas, un subproducto de unas células cerebrales especiales llamadas neuronas espejo.20 La empatía hizo que mi cuerpo respondiera a su estado emocional. Sentí un peso en el pecho. Reconocí que Fran había accedido a su experiencia emocional básica de tristeza alejándose casi inmediatamente de la emoción cambiando de tema.

TRIÁNGULO INICIAL DE FRAN


Fran cambió de tema cuando su tristeza (emoción fundamental) empezó a emerger. Así era como se protegía de sentirla. En ese punto, no estaba claro por qué necesitaba esa defensa, y no podía preguntárselo, porque ella no era consciente de que se estaba defendiendo contra sus emociones. Fran necesitaba primero ser consciente de su defensa. Ser consciente sería el primer paso para ayudar a Fran a reconectar con sus emociones fundamentales, sentirse mejor y tolerar una mayor intimidad.

Las defensas se desarrollan como protección. Suelen formarse cuando somos jóvenes para intentar salvarnos de sentimientos desbordantes. El principal trauma de Fran era la pérdida precoz de sus padres. Pero como describió a sus padres como fríos, yo sospechaba que su repertorio emocional podía ser limitado. Le pregunté en nuestra primera sesión qué emociones estaban «permitidas» en su casa cuando era pequeña y qué emociones se debían acallar y cómo. Algunos padres, sin darse cuenta, humillan a sus hijos por mostrar ciertas emociones. Se muestran desdeñosos, no responden o inmediatamente se ponen en modo «arréglalo» para detener la emoción. Vale la pena mencionar que los padres generalmente no quieren hacer ningún daño a sus hijos. Es simplemente que las emociones ponen nerviosos a los padres (nuestra cultura de «la mente por encima de la materia» lo permite) y su defensa es ayudar a sus hijos a desconectar. Desgraciadamente, el niño construirá una defensa ante una emoción si entiende que esa emoción es indeseada. Cuando un progenitor no acoge la emoción de un niño, éste lo vive como una interrupción o una ruptura momentánea de la conexión con el cuidador. Estas rupturas son dolorosas, y los niños construyen defensas para protegerse de futuras rupturas emocionales.

Los padres no sólo ejemplifican maneras de evitar y de acallar los sentimientos, sino que también son un ejemplo de cómo «hay» que ser. Fran me dijo que, en su casa, las conversaciones en torno a la mesa se centraban en los hechos y no en los sentimientos. Los acontecimientos que les ocurrían se podían comentar, pero no se hablaba de cómo se habían sentido con respecto a ellos. Por ejemplo, recordó una conversación en torno a la aventura del presidente Clinton con Monica Lewinsky, pero nadie en la mesa expresó enfado por la traición del presidente ni afecto hacia él a pesar de sus errores. La manera en la que sus padres expresaban las emociones, qué emociones se permitían o se fomentaban y qué emociones se acallaban dio forma al repertorio emocional de Fran, como pasa con todos los niños.

Pensé que podía ser difícil para Fran sentir tristeza sola o en mi presencia. Asimismo, sabiendo hasta qué punto las emociones del presente pueden desencadenar emociones del pasado, supuse que su tristeza asociada a sus relaciones amorosas podía desencadenar una tristeza mayor relacionada con su pasado, como la pena causada por la pérdida de sus padres. Las experiencias del presente que tienen cualidades emocionales similares a nuestras experiencias del pasado suelen estar conectadas en la mente. La pérdida se conecta a pérdidas anteriores a través de redes celulares cerebrales que guardan recuerdos, emociones, sensaciones físicas y creencias del pasado. En un segundo, podemos pasar de sentirnos como los adultos competentes que somos a sentirnos como niños pequeños volviendo a experimentar la pérdida. Subjetivamente, sentimos que el trauma está sucediendo de nuevo, aunque sólo sea un recuerdo.

En esa fracción de segundo, cuando Fran experimentó tristeza y salió de su cabeza para entrar en su cuerpo, donde viven las emociones, se habría sentido aliviada si hubiera podido experimentar profundamente su tristeza, incluso durante algunos segundos. Pero, ¡pam! Fran de repente se desconectó de su emoción y de mí —alguien que acogía su tristeza— cambiando de tema. Fran se defendió de la tristeza que estaba emergiendo naturalmente.

Como hacía muy poco tiempo que estábamos trabajando juntas y todavía nos estábamos conociendo, fui prudente. Sólo quería que Fran se diera cuenta de su movimiento para alejarse de la emoción.

La escuché hablar sobre hacer punto.

—Me he unido a un grupo principiante de punto. Una vez a la semana, nos reunimos en una cafetería cerca de mi piso, hacemos punto y nos damos consejos.

—Suena bien —dije—, y quiero que me cuentes más, pero me pregunto si te has dado cuenta de que estabas llena de sensibilidad hace un momento.

—¿En serio? No me he dado cuenta.

—Bueno, creo que percibí algo, pero puedo estar equivocada —dije—. Si rebobinamos un poco, me estabas diciendo que estabas segura de que nunca encontrarías una pareja, luego se te llenaron los ojos de lágrimas y parecías llena de sensibilidad. ¿Lo has notado?

Se quedó pensando un momento, una buena señal de que estaba abierta a observar su experiencia interna. Me sentí orgullosa de ella por su voluntad de implicarse.

—Sí, supongo que lo he notado —me dijo, y la emoción volvió enseguida.

Su rostro volvió a mostrar tristeza, los ojos se le llenaron de lágrimas y noté el cambio por segunda vez.

—¿Sabes qué emoción estás experimentando en este momento conmigo? —le pregunté.

Nombrar y validar las emociones es beneficioso. A algunas personas les cuesta menos identificarlas que a otras, pero vale la pena intentarlo y quería ayudarla guiándola. También quería que supiera que no estaba sola, yo también estaba sintiendo su tristeza. Quería que permaneciéramos conectadas. Mi intención era ofrecerle una manera nueva y más íntima de relacionarse con los demás, empezando por nuestra relación en la terapia.

—No, en realidad no, pero hacer punto es fantástico y me gustaría seguir contándotelo si te parece bien.

—Claro que sí.

Me alegré de que notara que estaba teniendo una sensación. Podría utilizar este momento como punto de referencia en futuras sesiones. Con el tiempo, también le enseñaría a reconocer y a nombrar todas sus emociones fundamentales. Pero primero le dije:

—Antes de que volvamos al tema del punto, sólo quiero decirte lo fantástico que ha sido que estuvieras dispuesta a notar que tenía una sensación. Sé que hace falta coraje. ¿Qué te ha parecido que yo lo notara?

—Me ha parecido bien.

—Quizás podamos monitorearlo juntas a partir de ahora y simplemente notar cuando aparezca una emoción —añadí—. Entonces, podemos decidir si nos quedamos en ella o si nos alejamos, dependiendo de lo que tú sientas que está bien.

Quería que su mente inconsciente supiera que podíamos manejar las emociones de un modo diferente. Tanto si Fran era consciente de ello como si no, la mente responde bien al hecho de ser vista.

A lo largo del tratamiento de Fran, nuestro trabajo avanzó bastante bien. Al cabo de seis meses, empezó a notar, antes que yo, cada vez que se defendía de alguna emoción. Cuando cambiaba de tema, primero anunciaba «Sé que estoy cambiando de tema, pero no quiero entrar allí». El hecho de que fuera consciente de ello y de que lo reconociera era un gran hito.

Un bonito día de verano, Fran y yo teníamos nuestra sesión programada. Al inicio de su visita, esperaba que Fran estuviera ya en la sala de espera como cada martes a las doce. Por eso, al abrir la puerta de la sala de espera, me sorprendió descubrir que no estaba.

Al final llegó diez minutos tarde. Tenía la cara hinchada y enrojecida, como si hubiera estado llorando.

—Siento llegar tarde —dijo deshaciéndose en disculpas, que yo ignoré.

—¿Estás bien? —le pregunté—. Parece que has estado llorando.

Nunca antes la había visto tan emocionada.

—Es una tontería —dijo—. Acabo de ver cómo una bicicleta atropellaba a un perro. He llegado tarde porque intenté ayudar. Era el perro de una adolescente. La bicicleta salió de la nada y atropelló al perro. El perro estaba echado gimiendo, con el pecho aplastado y su dueña estaba gritando. Vino un policía a ayudar. Creo que cuando me fui el perro ya estaba muerto.

—¡Qué horrible! —dije.

—Me sentía muy mal por la niña. Estaba gritando y llorando. Luego empecé a llorar yo. Me ha costado un rato recuperarme. Estoy realmente conmocionada.

—Claro que lo estás. Tiene que haber sido terrible.

Fran empezó a llorar otra vez.

—Me sabe muy mal que esa niña haya perdido a su perro tan de repente y justo ante sus ojos. Aún la escucho gritar. Es horrible.

—Absolutamente horrible —repetí.

—Bueno, ya basta —dijo, secándose las lágrimas.

—¿Ya basta de qué?

—De mi autocompasión. No era mi perro —dijo solemnemente.

Levantó la cabeza y me miró a los ojos. Parecía muy triste. De repente, me pareció muy joven.

—Lo sé —dije—, pero a tus sentimientos no les importa de quién era el perro. Simplemente te sientes triste, no hace falta justificarlo. —Hice una pausa—. Veo el sentimiento justo en tus ojos. Siento que estás intentando reprimir este sentimiento. Pero estas lágrimas son importantes. Hay algo más ahí.

Y con este reconocimiento, empezó a llorar de nuevo, esta vez más fuerte, y parecía asustada. Empezó a balancearse hacia atrás y hacia delante, con una respiración superficial. Abrió mucho los ojos. Empecé a pensar que estaba teniendo un ataque de pánico.

Pasé a un enfoque más activo y directivo para poder ayudarla a superar el ataque de pánico. Me mantuve en calma. Alterarse sólo empeora la ansiedad de la otra persona.

—¿Me sientes contigo en este momento? —le pregunté. Asintió con la cabeza y acerqué un poco mi silla—. Voy a ayudarte a sentirte mejor. ¿Puedes decirme qué está pasando dentro de tu cuerpo? Observa tu ritmo cardíaco.

—Está latiendo muy rápido —dijo jadeando.

Con calma y suavidad le dije:

—Es un ligero ataque de pánico.

Utilicé la palabra «ligero» para reducir su miedo. Lo último que quería hacer era asustarla aún más. Mi objetivo era calmar su mente y su sistema nervioso lo más rápidamente posible.

—Te vas a recuperar —le expliqué—. Hay algo que te ha asustado y ha entrado adrenalina en tu sistema, pero cuando se haya ido te sentirás mejor, aunque tardarás unos minutos. Veamos si podemos hacer que te sientas más cómoda. Mírame.

Nuestras miradas se cruzaron.

—¡Bien! Ahora siente tus pies firmes sobre el suelo y hagamos juntas unas cuantas respiraciones desde el abdomen. Inspira durante uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. ¡Bien! Respira más profundamente llenando el abdomen. Aguanta un poco la respiración y ahora espira lentamente, como si estuvieras soplando una sopa para enfriarla. Está bien. Estoy aquí contigo. Pronto acabará.

Cosas que hay que saber sobre los ataques de pánico

• Se libera adrenalina en el flujo sanguíneo.

• Debido a la adrenalina, el corazón late más fuerte y la respiración se vuelve más superficial y difícil.

• Es una experiencia que asusta, así que si la persona no entiende qué está sucediendo, puede temer que sea un infarto y que va a morir.

• No es un infarto.

• No nos morimos por un ataque de pánico.

• El cuerpo vuelve a la normalidad una vez metabolizada la adrenalina, lo cual tarda varios minutos.

• Lo peor que puede pasar es que se desmaye, pero luego empezará a respirar otra vez con normalidad.

Al rato, su respiración se normalizó y fue capaz de inspirar profundamente.

—¿Cómo late tu corazón ahora?

—Más despacio —dijo.

—Bien. Quédate conmigo y sigamos respirando.

Fran sintió pánico porque la pena de ver morir a ese perro la conectó con su duelo del pasado por la muerte de sus padres. El flujo de emociones fue demasiado para ella. La asustó y provocó la liberación de adrenalina, lo que dio como resultado el pánico.

Una vez recuperada, le pregunté:

—¿Te había pasado esto antes?

—Solía tener ataques de pánico cuando era adolescente.

—¿Recuerda qué edad tenías cuando tuviste el primero?

—En realidad, no. Sólo recuerdo que estaba en la escuela y que me puse a llorar en clase por algún motivo. Lo siguiente que recuerdo es que terminé en la enfermería. La enfermera fue muy amable. —Hizo una pausa—. Debía de tener dieciséis años porque estaba en una nueva escuela en Florida. Fue después de la muerte de mis padres.

—Tuvo que ser una época muy difícil.

—Mucha gente pierde a sus padres —dijo.

—Sí, e imagino que fue duro para ti. —Noté que tenía dificultades con algo—. Puede que me equivoque, pero percibo un conflicto aquí, en el hecho de reconocer que fue duro.

Asintió con la cabeza.

—¿Podemos nombrar a todas las partes del conflicto?

Fran pensó durante un minuto, y luego dijo:

—Creo que a una parte de mí le gusta tu compasión y tu invitación a permitirme sentir el dolor que sufrí, pero siento cierto malestar al admitirlo. Otra parte de mí dice que no me regodee y que no hay para tanto y que simplemente debería seguir adelante.

—Esto tiene todo el sentido. Escucho al menos tres partes diferentes. Una parte de ti quiere mi compasión, otra parte siente cierto malestar y otra parte quiere avanzar e ignorar cualquier tristeza que sientas hacia ti misma en relación con lo que tuviste que pasar. A esta parte no le gusta mi compasión y dice «No fue tan duro, no hay para tanto».

Partes

Uso la palabra «parte» para referirme a un aspecto específico de la experiencia de una persona.

• Una parte se puede referir a cada parte en un conflicto: «Una parte de mí sentía esto y una parte de mí sentía aquello».

• Una parte se puede referir a una experiencia de la infancia que vive en el cerebro como recuerdo o como trauma: «Esta parte de mí siente que tiene 10 años».

• Una parte puede ser una emoción, una creencia, una imagen o un pensamiento: «Una parte de mí se sentía triste».

Fran asintió y se le iluminó la cara.

—Exactamente —dijo.

—¿Cómo te sientes al nombrar todos los aspectos de tu conflicto? —le pregunté.

—Me siento bien. Es cierto —dijo.

—¿Cómo es sentir que es «cierto» físicamente?

—Me siento calmada.

Nunca hay una única manera correcta de intervenir como terapeuta o como persona que explora la raíz de las defensas y de las emociones. En esa situación, sabía que tenía varias opciones. Todas implicaban ayudar a Fran a bajar por el triángulo del cambio calmando sus emociones inhibitorias, en este caso la ansiedad, y avanzar hacia experimentar la pena, la emoción fundamental. Habría podido llevarla al momento en el que tuvo el ataque de pánico, o habría podido llevarla a cuando tenía dieciséis años en aquella escuela nueva, o simplemente habría podido permanecer en el momento presente. Cada uno de estos momentos estaba cargado emocionalmente y cada uno de ellos nos habría brindado la oportunidad de hacer un trabajo importante. Tanto si estamos en el pasado lejano como en el presente, el objetivo siempre es el mismo: saber dónde estamos en el triángulo del cambio e ir bajando hasta saber qué emociones fundamentales estamos teniendo. En este caso con Fran, opté por centrarme en el momento presente.

—¿Qué sensación interna te indica que algo es cierto para ti? —le pregunté.

—No estoy segura de a qué te refieres. No creo que note nada.

—La sensación puede ser muy pequeña y sutil, casi imperceptible. Centra tu atención en el corazón, el abdomen, las extremidades, la espalda y la cabeza. Escanea todo tu cuerpo lentamente, muy muy lentamente, y observa si puede percibir y nombrar algunas sensaciones que estés experimentando.21

—Bueno, no siento ansiedad.

—¿Puedes ponerle lenguaje positivo? No sientes ansiedad. ¿Cómo te sientes por dentro?

—Supongo que me siento tranquila.

—¡Muy bien! ¿Qué más?

—Un poco más ligera.

—¿Dónde notas esta ligereza?

—Comienza más o menos aquí —señalando su estómago— y se irradia hacia arriba y hacia fuera.

Si nos observamos a nosotros mismos durante quince segundos más o menos, empiezan a emerger muchas sensaciones. Cuanto más observemos, más las iremos notando. La observación emocional tiene objetivos similares a la práctica meditativa. El observador busca percibir cosas en sí mismo sin juzgarlas. El único objetivo es estar abierto y ser consciente de la experiencia física. Esta habilidad, que todos podemos aprender con la práctica, es crucial para el bienestar psicológico.

Sabía que Fran y yo estábamos sentando las bases que deberían permitirle procesar cualquier trauma que tuviera por resolver desde que sus padres fallecieron, aunque no sabía exactamente cómo íbamos a llegar allí. Presenciando el ataque de pánico de Fran y ayudándola a superarlo —sin juzgarla—, Fran aprendió que yo podía manejar sus emociones intensas y apoyarla.

La semana siguiente, Fran me dijo que había pensado mucho en nuestra última sesión y en cómo había sufrido no sólo por la pérdida de sus padres, sino también por haber tenido que mudarse, cambiar de escuela y hacer nuevos amigos. Reconoció que esos cambios extremos no le dejaron mucho tiempo ni energía para hacer el duelo.

—¿Qué sientes al compartir esto conmigo ahora, Fran? —la invité a nombrar su experiencia emocional y, por primera vez, respondió a mi invitación.

TRIÁNGULO DE FRAN A LA MITAD DEL TRATAMIENTO


Fran tenía un conflicto inconsciente con experimentar su pena.

El miedo a su pena aumentaba su ansiedad. Sentía que tenía que evitar cualquier cosa que pudiera conectarla con su tristeza.

—Me siento triste, pero el mero hecho de decirlo hace que me empiece a latir muy rápido el corazón en el pecho.

—Pues bajemos el ritmo y detengámonos aquí. ¿Puedes dirigir toda tu atención a tu corazón?

La tristeza de nuevo había aumentado su ansiedad, había hecho que su corazón latiera muy rápido y su respiración se volviera superficial.

Cuando aparece una emoción inhibitoria como la ansiedad, el objetivo es reducirla inmediatamente. A la larga, el cerebro de Fran se resetearía permanentemente y dejaría de desencadenar la ansiedad y el pánico como respuesta a la tristeza. Fran necesitaba sentirse segura experimentando su pena. Le dije:

—Simplemente, dirige toda tu atención al sentimiento físico de la ansiedad en tu cuerpo. Quédate conmigo. Sigue respirando profundamente ¿Qué notas ahora?

—Se está calmando —me dijo—. Simplemente notar las sensaciones físicas de la ansiedad las calma.

—Buen trabajo. En una escala del 1 al 10, donde 10 es la peor ansiedad que hayas tenido y 1 es un estado de paz, ¿dónde está tu ansiedad ahora mismo?

—Diría que en un 3.

—Bastante bajo, pero veamos si podemos bajarlo todavía más. Permanece un poco más con el sentimiento de ansiedad, respirando bien. Al mismo tiempo, ¿puedes recordar un lugar donde hayas estado donde te hayas sentido muy tranquila y en paz?

—Me encanta mi cama. Es mi lugar seguro.

—Perfecto. Pues imagínate en tu cama. Siente las sábanas sobre tu piel. Observa la habitación a tu alrededor. Ahora, ¿qué notas?

Espiró profundamente.

—Me he calmado.

En ese momento Fran estaba preparada para acceder a su pena profunda.

Fran había pasado de su defensa en nuestra primera sesión (cambiando de tema), que está arriba a la izquierda del triángulo del cambio, a trabajar con la ansiedad arriba a la derecha del triángulo del cambio. Durante meses, Fran y yo trabajamos en enseñar a su cuerpo a no ser presa del pánico para que pudiera permanecer con las emociones fundamentales que emergían espontáneamente durante el transcurso de nuestras sesiones. El objetivo era que sintiera su tristeza a nivel físico y emocional en lugar de a un nivel puramente intelectual. Algunos de mis pacientes me dicen que «saben» que están tristes, pero cuando les pregunto «¿Cómo sabes que estás triste?» o «¿Qué te indica físicamente que estás triste?» no tienen ninguna respuesta. El trabajo experiencial ayuda a la persona a tener una experiencia emocional en el aquí y el ahora. Esto es más poderoso que simplemente hablar y reflexionar sobre una experiencia emocional anterior, que es un ejercicio intelectual emocionalmente más distante. Sólo teniendo una experiencia de tristeza podemos superar la pena. Experimentar así las emociones por completo nos hace confiar cada vez más en que podemos tolerar nuestras emociones fundamentales.

Cuando las sensaciones básicas (tristeza, ira, alegría, etc.) son reprimidas por las emociones inhibitorias (ansiedad, vergüenza, culpa) desarrollamos unos comportamientos defensivos, desde cambiar de tema a evitar el contacto íntimo, como una manera de evitar el malestar emocional y los conflictos emocionales. Pero evitar las emociones tiene un coste. Mantener comportamientos defensivos requiere una energía que, de otra forma, podría estar disponible para otras conductas vitales. En el caso de Fran, mantener sus defensas le quitaba energía de crear intimidad en su vida.

Cuando nuestro comportamiento defensivo se vuelve más dañino que útil, podemos elegir sentir nuestras emociones. ¿Por qué necesitamos experimentar nuestras emociones fundamentales físicamente? Centrar nuestra conciencia en una sensación estimula que las células nerviosas se enciendan, facilitando el flujo de emociones. Cuando aprendemos a dejar fluir nuestras emociones fundamentales, nuestra aflicción diaria causada por las emociones bloqueadas mejora, nos sentimos más calmados y más equilibrados y nuestro coraje y autoconfianza crecen.

Cuando llevábamos más o menos un año trabajando, Fran empezó la sesión con una gran frase:

—El domingo fue el aniversario de la muerte de mis padres.

—Esto es muy importante —dije.

Los aniversarios traen consigo recuerdos, algunos de los cuales pueden ser completamente inconscientes. Los recuerdos son conjuntos de sensaciones físicas, sonidos, olores, pensamientos, imágenes o incluso impulsos que nuestra mente ha almacenado.

—Nunca he hablado de esto con nadie antes, aunque pienso que en cierto modo siempre soy consciente de cuándo se está acercando el día.

—¿Qué sientes cuando te escuchas decir a ti misma que es el aniversario de su muerte en voz alta?

—En realidad es un alivio, y es triste. Me siento triste por ello. —Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Bajó la mirada y entornó los labios.

—Fran, percibo que sientes alivio y tristeza. Ambas cosas son muy importantes. ¿Con qué experiencia deberíamos estar primero? —Cuando están presentes dos o más emociones, es mejor percibir qué emoción es la principal en ese momento, y ésta es con la que debemos empezar.

—Siento la tristeza. Es como un peso en el pecho, pero también la noto como un agujero. —A medida que se centraba en la sensación física, se le llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Puedes permanecer con esta tristeza y dejar que pase lo que vaya pasando? Estaré aquí contigo.

Asintió con la cabeza. Tuve una imagen espontánea de nuestros corazones conectados con una larga cuerda. Permanecí en silencio. El arco de su ceño se hizo más profundo y le temblaba el labio. Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.

Fran se tapó la cara con las manos y se inclinó hacia delante, sobre su regazo, a medida que el llanto le convulsionaba el cuerpo. Su ola de pena finalmente se liberó.

—Hmm. Qué bien ver cómo se va toda esta tristeza —dije para que supiera que no estaba sola.

Derramó toda su pena, con el cuerpo roto de aflicción. Le expliqué, mientras lloraba, que esa pena era una forma de amor y de conexión con sus padres.

—Eso es… No lo retengas. Deja que surja —susurré.

Cuando su lloro se sosegó, Fran se enderezó. Me miró. Yo la miré a ella, mostrándole lo mejor posible el amor y el afecto que sentía por ella en ese momento. Respiró profundamente un par de veces. Una punzada de dolor le atravesó el rostro y noté que provocaba una nueva ola de pena.

—Queda más —dije—. Está bien, déjalo salir.

Y dicho esto, empezó a llorar de nuevo tapándose la cara, pero esta vez manteniéndose erguida. Al cabo de unos dos minutos, la ola había pasado. Fran de nuevo me miró a los ojos, asegurándose de que seguía allí y que seguía sin juzgarla. Y así era. La sensación que imperaba en la sala se aligeró.

Fran respiró profundamente, miró hacia arriba y espiró lentamente. Volvió a centrar su mirada en mí y nos quedamos sentadas en silencio durante un rato más. Espiró de nuevo profundamente. Finalmente, dijo:

—Me siento mejor. —Sonreí—. Siento que me he quitado un gran peso de encima —dijo.

—Dime —pregunté— ¿Cómo te sientes?

En los momentos que siguieron, Fran accedió al proceso de sanación biológico innato que se produce después de experimentar una ola completa de una emoción fundamental. Fran accedió a su proceso de sanación manteniéndose sintonizada con sus sensaciones físicas y permitiéndoles fluir hasta detenerse naturalmente. Lo que surge universalmente tras una liberación profunda de una emoción es oro. Fran y yo íbamos a extraerlo.

—¡Vaya! Ha sido intenso, pero me siento bien ahora, más ligera.

—¿Puedes mantenerte con esta experiencia de sentirse «más ligera» y conocerla mejor?»

Me senté relajada apoyándome en mi butaca para indicarle que no debía apresurarse. Quería que se diera todo el tiempo para notar todas las sutilezas de su experiencia. Me dijo:

—Me doy cuenta de que necesitaba hacerlo desde hacía tiempo. Siempre lo supe, pero al mismo tiempo no lo sabía.

—¿Y cómo te sientes por dentro al darte cuenta de ello? —le pregunté.

—Es como una sorpresa. Como que no puedo creer que finalmente lo haya soltado y me siento bien. Siento ligereza y que puedo respirar.

Estaba orgullosa de lo que había conseguido hacer con tanta valentía, y le pedí de nuevo que profundizara en su autoconocimiento.

—¿Cómo te sientes en tu cuerpo? Esto es muy importante.

Lenta y calmadamente respondió:

—Me siento ligera. Me siento calmada. Me siento cansada. Pero hay algo más. Siento cierto temblor y una especie de hormigueo en la nuca que sube hasta la cabeza.

Cuando dos personas bajan el ritmo y existen juntas, podemos observar mucha actividad física y mental. Tenemos toda una serie de sensaciones físicas importantes a las que nunca prestamos atención porque estamos demasiado ocupados moviéndonos y pensando para darnos cuenta. Estas sensaciones, sin embargo, marcan el cambio.22 Bajar el ritmo prepara el terreno para el cambio y la transformación, porque permite que estas sensaciones puedan fluir. Los zumbidos, la vorágine, las vibraciones, el hormigueo y las sensaciones de flujo son manifestaciones físicas habituales del procesamiento emocional básico y de la sanación. Fran estaba experimentando sensaciones de sanación.23 Nos abren la puerta al estado de corazón abierto donde tenemos acceso a nuestras C: calma, curiosidad, conexión, compasión, confianza, coraje y claridad.

—¿Podemos quedarnos juntas con este hormigueo? —dije, esperando que se sintiera segura para explorar esas nuevas y extrañas sensaciones.

Quería que se fijara en el hormigueo y que lo siguiera.

Fran se centró en su interior. Al cabo de unos treinta segundos, dijo que estaba remitiendo. Le pedí que observara qué dejaba tras de sí.

—Me siento calmada —dijo.

—Quedémonos con la calma. ¿Cómo es? No estoy buscando nada concreto, pero observemos todo lo que podamos

El 90 % de las veces, cuando pregunto «¿Cómo es?» o «¿Qué más notas?», mis pacientes perciben más emociones, más sensaciones lo que da como resultado más conocimiento. Cuanto más observamos, mejor podemos conocer los matices de nuestras experiencias emocionales y más confianza ganamos para poder repetir el proceso nosotros solos. El bienestar es un subproducto de nuestra capacidad de tolerar nuestras experiencias internas.

Fran estaba en silencio. Estaba prestando atención deliberadamente a su experiencia interna. Me miró de nuevo llorando, pero estas lágrimas eran muy diferentes. Tenía el rostro en paz y relajado.

—Gracias —murmuró con ternura.

—Háblame del «gracias», Fran.

La gratitud es una emoción sanadora. Como todas las emociones, es muy útil saber cómo nos hace sentir y sentirla profundamente. Conecta a las personas de una manera muy positiva. Puede parecer extraño que yo quisiera animarla a expresar su gratitud hacia mí, pero cada emoción era una oportunidad para Fran de experimentarla y conocerla. Luego, cuando sintiera esta emoción en el futuro, la reconocería más fácilmente.

—Nadie ha estado conmigo del modo en que tú lo ha estado. Me siento segura y querida. Muchas gracias.

—Me emociona mucho lo que dices, Fran —respondí. Luego le pregunté—: ¿Podemos poner una palabra a la emoción que sientes?

Pensó durante un momento.

—Me siento agradecida.

—¿Podemos permanecer con la gratitud un poco más? Has trabajado muy duro hoy, y estoy segura de que estás cansada, pero esto también es muy importante. Te estoy preguntando si ya has tenido suficiente por hoy, puedes decírmelo con total libertad.

—Podemos permanecer aquí. Estoy bien.

—Perfecto. Entonces, ¿cómo sientes la gratitud físicamente? Escanea tu cuerpo de la cabeza a los pies y observa todo lo que puedas.

Volvió a centrarse en su interior.

—Me siento calmada. —Pausa—. Siento calidez aquí. —Señalando su corazón—. Me siento anclada, como si fuera más alta y me sentara más erguida.

—Qué bien que lo percibas —afirmé—. Permanece con toda esta sensación durante un momento, conócela de verdad Éste es el oro por el que has trabajado tan duramente.

Al cabo de un rato, me miró y compartió conmigo otros pensamientos emergentes.

—Tras la muerte de mis padres, vivía enterrada. Actuaba como si fuera la misma, pero no lo era. Me doy cuenta de que me he estado protegiendo a mí misma para no volver a sufrir todos estos años. Me ha aterrado que alguien a quien amo muera. La vida entraña riesgos, pero hay que correrlos para vivir. —Suspiró profundamente.

TRIÁNGULO DE FRAN AL FINAL DE LA SESIÓN MOSTRANDO EL PASO DE LAS DEFENSAS AL ESTADO DE CORAZÓN ABIERTO


Fran tenía menos defensas y su ansiedad se había calmado, de manera que podía experimentar por completo la pena que había quedado bloqueada en su sistema nervioso. Experimentar por completo su pena le permitió entrar en el estado de corazón abierto. En el estado de corazón abierto, Fran se sentía calmada y espontáneamente logró entender mejor cómo le había afectado su trauma.

—¡Vaya! ¡Qué maravilla! Y este suspiro que acabas exhalar si se conecta con este gran suspiro, ¿qué nos está diciendo?

—Que puedo respirar. Estoy bien —no aseguró Fran a ambas.

Fran estaba en el estado de corazón abierto de su Ser auténtico.

En los meses siguientes a esta importante sesión, Fran empezó a salir con alguien. Por primera vez en su vida, quería enamorarse y tener una relación íntima. Aprovechaba nuestras sesiones para hablar de todos los sentimientos que le generaba el hecho de salir con gente, incluyendo su mayor miedo: enamorarse de alguien y que luego ese alguien falleciera.

A las buenas personas también les pasan cosas malas, como Fran sabía de primera mano, pero trabajamos para ayudarle a tolerar los riesgos de amar y de vivir con el corazón abierto. Le ayudé a conocer su miedo profundamente. Con el tiempo, logró distanciarse reflexivamente de su miedo y de su preocupación. Fran estaba aprendiendo, a un nivel profundo, que aunque la pérdida era extremadamente dolorosa, podía sobrevivir —y sobrevivió— a ese dolor.

Podemos cambiar a cualquier edad:
Neurociencia y neuroplasticidad

La psicoterapia funciona profundizando en el cerebro y en sus neuronas y cambiando su estructura mediante la activación de los genes adecuados. La psiquiatra doctora Susan Vaughan ha argumentado que la cura mediante el habla funciona «hablando a las neuronas» y que un psicoterapeuta o psicoanalista efectivo es un «microcirujano de la mente» que ayuda a los pacientes a realizar las modificaciones necesarias en sus redes neuronales.

—NORMAN DOIDGE

Cuando Fran empezó su tratamiento, tenía las emociones completamente bloqueadas. Tenía obstruida la capacidad de conectar íntimamente con otras personas. Al final del tratamiento, se había transformado. Nada de esto habría sido posible si las células cerebrales no se hubieran movido y crecido. De hecho, toda la psicoterapia se postula sobre la base de que las células del cerebro, llamadas neuronas, tienen la capacidad de moverse y de formar nuevas conexiones entre sí de maneras predecibles bajo condiciones controladas. Sin la reorganización de las células cerebrales, el aprendizaje y los cambios cerebrales serían imposibles.

Cuando el cerebro es expuesto a nueva información a través de las experiencias, las células cerebrales se activan y crean nuevas conexiones. Por ejemplo, en primaria aprendimos que 2 + 2 = 4. Las células cerebrales implicadas en ese aprendizaje se organizan de tal manera que, cuando volvemos a ver 2 + 2, podemos calcular fácilmente que el resultado es 4. Si el aprendizaje no se hiciera de esta manera, cada vez que tuviéramos que calcular 2 + 2, tendríamos la sensación de estar aprendiéndolo por primera vez.

Nuestro cuerpo puede aprender igual que nuestra mente. Cuando practicamos deporte o aprendemos a tocar un instrumento musical, nuestro cerebro les dice a nuestros músculos que muevan nuestro cuerpo de un modo determinado. Los movimientos de los músculos de nuestro cuerpo se van perfeccionando para tener un mejor rendimiento. Es un bucle que se retroalimenta del cerebro hacia los músculos de nuestro cuerpo y luego otra vez hacia el cerebro.

Cuanto más practicamos, más eficientes se vuelven las asociaciones de nuestras células cerebrales, lo cual permite a nuestros músculos rendir más rápidamente y con mayor precisión. En cambio, si dejamos de practicar durante muchos días, podemos perder los beneficios que obtuvimos la semana anterior.

El aprendizaje emocional funciona de manera similar. Cuando hablamos de aprendizaje, la regla general es que las células cerebrales que se encienden juntas, se conectan juntas.24 Cuando tenemos una experiencia, llega información a nuestro cerebro a través de uno o más de los cinco sentidos —vista, oído, olfato, gusto y tacto— estimulando las células cerebrales. Estas células cerebrales estimuladas empiezan a encenderse y se unen. Diferentes elementos de esta experiencia se conectarán para formar un recuerdo. ¿Alguna vez has escuchado una canción que te ha llevado directamente a un lugar y a un momento concreto? La canción que escuchamos está unida a la imagen que veíamos.

A todos nos pueden transportar los recuerdos. Una visita a nuestro antiguo barrio, un desacuerdo con algún miembro de nuestra familia, escuchar una canción antigua, que nos hagan esperar, que alguien se vaya de viaje, contraer la gripe; todo nos puede llevar al estado de la infancia. En esos momentos, estamos viviendo cierta mezcla del pasado con el presente desde el punto de vista de la neurociencia, porque varias redes de células cerebrales antiguas y nuevas se activan simultáneamente.

Todos vivimos muchas experiencias a diario, pero los recuerdos que perduran y que nos moldean suelen tener un gran componente emocional. Las emociones indican al cerebro que está sucediendo algo esencial para nuestra supervivencia, de manera que el cerebro lo archiva como futura referencia. Cuanto más fuerte es la emoción evocada por cada experiencia, más fuerte es la conexión entre esas células cerebrales asociadas. Cuanto más frecuente es la experiencia, más fuertes son las asociaciones. Cuanto menos tiempo pase entre experiencias similares, más fuertes serán las asociaciones. Los patrones establecidos en la infancia se repiten y son reforzados. Ésta es la razón por la cual el pasado nos afecta tanto y por qué tardamos más tiempo en cambiar las sensaciones y las creencias adquiridas en la infancia: las experiencias de la infancia —reforzadas con los años de vida— forman redes de células cerebrales muy fuertes.

Cuando uno de mis pacientes reacciona intensamente ante algo, sospecho que puede estar relacionado con una experiencia previa. Cuando pido a mis pacientes que piensen en la primera vez que tuvieron una sensación similar, suelen aterrizar en la infancia. Las experiencias de la infancia suelen quedar fijadas. El cerebro está programado para recordar acontecimientos dolorosos o peligrosos para que los evitemos en el futuro. Desde un punto de vista evolutivo, esto contribuye a la supervivencia, y también explica por qué aprendemos y recordamos profundamente cuando somos niños.

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9788412178487
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