Kitabı oku: «Las leyes del pasado»

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Biblioteca Horacio Vázquez-Rial

Horacio Vázquez-Rial

LAS LEYES DEL PASADO


Créditos

Título original: Las leyes del pasado

© Horacio Vázquez-Rial, 1999

y Herederos de Horacio Vázquez-Rial

© De esta edición: Pensódromo 21, Barcelona, 2019

1ª edición, Plaza y Janés, Barcelona, 2000

Diseño de cubierta: Pensódromo

Revisión: Carmen Garrandés Asprón

Editor: Henry Odell

p21@pensodromo.com

ISBN rústica: 978-84-120828-5-2

ISBN e-book: 978-84-120828-6-9

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

1  I. De lo particular a lo general 1. Destajo 2. La Bestia 3. Pájaros, mujeres, comida

2  II. De lo general a lo particular 4. Reencuentros 5. Los jefes 6. Sentencias

3  III. Intermezzo romano 7. Intermezzo romano: fugas y conversiones

4  IV. El comienzo del fin 8. Desaparecidos, aparecidos, reaparecidos 9. Treguas 10. Secuestro y boda 11. El médico judío 12. Un plato de venganza caliente

5  V. El fin del fin 13. Errores imperdonables 14. Próceres 15. A modo de epílogo

Prólogo del editor a esta edición

Si es por cuestión de prestar atención al escenario, esta novela sobre la mafia en la Argentina de los años veinte y en la Italia de Mussolini —que, como se sabe, combatió coherentemente el crimen organizado en Sicilia, tanto que la mafia colaboró con el gobierno americano facilitando el desembarco aliado en la isla— también podría ser considerada parte del «ciclo argentino» de Horacio Vázquez-Rial. Se trata de una novela que surge en el marco de una investigación del autor sobre Mussolini y sus relaciones con la mafia, y de allí a las ramificaciones de este poderoso grupo criminal en la Argentina.

Un libro violento, que transcurre en numerosos escenarios y que relata las aventuras de diversos personajes: el intento de una prostituta de escapar a un destino nefasto; un asesino profesional llegado de Rusia; un periodista enviado por Benito Mussolini para investigar las actividades de la mafia en la ciudad de Rosario, llamada en los años veinte «la Chicago argentina»; el capo Giovanni Galiffi, y el mismo Duce, son algunos de los personajes que se cruzan en las páginas de Las leyes del pasado, una novela en la que los escenarios, desde Roma hasta la Patagonia pasando por Rosario y Buenos Aires, dibujan las tortuosas sendas por las que discurrió uno de los capítulos de la historia del siglo XX: el de la mafia en el sur de América.

Las leyes del pasado tiene como marco Argentina e Italia y abarca, en su núcleo central, los años del florecimiento fascista. La novela arranca con un episodio lateral, pero significativo: la compra en Europa de una niña judía a sus padres por un desalmado; sometida a una cruel explotación, acaba sus días cuando un cliente abandona una pistola en el prostíbulo americano donde trabaja y ella la utiliza para suicidarse. Con ello logra por primera vez en su vida la libertad. Esas páginas emocionantes, duras, tal vez las más plenas de todo el relato, son la obertura estremecedora de un mundo implacable, que reconstruye un narrador principal convertido en investigador, casi en un reportero.

El narrador de esta historia es Walter Bardelli —hijo de Stéfano Bardelli y sobrino de Attilio— uno de los personajes del universo narrativo de Horacio Vázquez-Rial y que ya hiciera su aparición en El lugar del deseo, ya publicado en esta colección. De forma ágil, el narrador va revelando la trama de intereses que diversos grupos mafiosos urdieron para controlar Argentina —en particular la temible Migdal, la mafia argentina de Rosario— en la primera mitad del siglo XX. Las raíces sicilianas de la mafia, el intento de manipulación de los capos por el Duce, la malla de conveniencias y deslealtades de esos grupos criminales, van aflorando en el texto configurando una trama que va y viene en el tiempo. Se revela así la voluntad de establecer un poder autónomo dentro del poder legítimo del Estado.

Con su narración, Horacio consigue que ese infausto propósito sea narrado como si fuera una peripecia de suspense, o más bien de terror. Sobre Walter Bardelli, narrador y protagonista,

Horacio dice:

«Yo me había encariñado con él, teníamos muchas cosas en común, desde el desarraigo hasta la pasión por el pasado, y pensé que si escuchaba con atención las conversaciones de Bardelli con su padre, un lutier calabrés emigrado a Buenos Aires, podría aprender bastante cosas. El primer asunto del que me enteré en esa intromisión en la familia, fue que había un tío, periodista, que se había establecido en Buenos Aires después de haber fracasado en una misión encargada por Mussolini, huyendo tanto de los fascistas como de los comunistas. Ese tío, Attilio, era el que en verdad conocía los entresijos de las mafias —la italiana y la polaca, que en los años veinte pasó a ser de polacos judíos— gracias a su trabajo en el diario Crítica de Buenos Aires, uno de los primeros en hacer periodismo de investigación y enfrentarse frontalmente al crimen organizado. Les dejé hablar a los tres, a Walter, a su padre y a su tío, y ellos hicieron la novela».

En ocasión de la presentación de la primera edición de Leyes del pasado, Horacio explicaba:

«El Duce estaba inquieto por la mafia. Sabía que tenía que enfrentarse principalmente a dos poderes: la Iglesia católica, con la que llegó a pactar, y la mafia, que finalmente ayudaría a su destrucción porque colaboró con los aliados en el desembarco en Sicilia, después de un pacto de Lucky Luciano con el Gobierno estadounidense».

Y respecto al papel de la mafia en Argentina comentó:

La alianza entre la mafia y la oligarquía se halla en la fundación de los grupos parapoliciales. Es una poderosa alianza que ha llegado hasta nuestros días. Siempre he creído que la Historia con mayúsculas es otro género de ficción. Stendhal dijo que sólo a través de la novela se puede llegar a la verdad y estoy bastante de acuerdo con él.

Con la publicación de Las leyes del pasado continuamos con nuestro propósito de recuperar la obra literaria de Horacio Vázquez-Rial para quién «…la historia que se presenta escrita en tratados, manuales o ensayos, contiene un importante componente de ficción: la sola presentación de los sucesos en un orden determinado, no siempre ni necesariamente el estrictamente cronológico, sino un orden adecuado desde un punto de vista didáctico, supone una intervención del redactor en el terreno de lo que se considera real: una intervención modificadora, una alteración. En el momento en que el historiador inicia el relato de unos hechos, de acuerdo con una jerarquía y con una interpretación particular de su encadenamiento y, por lo tanto, de su sentido, empieza a hacer literatura: deviene creador, en tanto que narrador, al igual que el novelista».

I. De lo particular a lo general

1. Destajo

Hay máquinas de hacer gozar; la más estudiada es la del príncipe de Francaville, el más rico señor de Nápoles: … movido por un resorte, la somete a una limadura perpetua…

Roland Barthes, Sade, Loyola, Fourier

Ma voi nella mafia di documenti ne trovate pochi e niente, non esistono da nessuna parte.

Totuccio Contorno, mafioso

1

La jornada a la que Hannah Goldwasser puso fin metiéndose en la boca el cañón de un revólver y apretando el gatillo no había sido distinta de las anteriores. Ochenta y cuatro hombres le habían pasado por encima, abandonando en su interior o en su entorno los más desgraciados humores. Sólo dos de ellos le habían preguntado su nombre, para olvidarlo inmediatamente, y seguramente ninguno hubiese sido capaz de decir cuál era el color de su pelo un instante después de abandonar su habitación. Ochenta y cuatro hombres eran muchos hombres, aunque no llegaran a ser los noventa que solía despachar Clara Stein, ni, aún menos, los celebrados cien de un sábado de Eva Grimmel, aunque hubiese recibido a los últimos cinco dormida y sin emplear la palangana entre uno y otro. En todo caso, ochenta y cuatro habían sido demasiados para ella, acostumbrada a series diarias de setenta y pocos, una cantidad corta a los ojos interesados de su propietario, Sanofevich, la Bestia; pero es que Hannah era una muchacha educada y perdía tiempo saludando, lavándose, perfumándose y hasta hablando de cosas que no le interesaban a nadie.

Hannah consiguió acabar con todo aquello gracias a un borracho que ni siquiera se había servido de su cuerpo: el hombre, alto y de cabello ralo de color arena, entró, dejó sobre la silla el revólver —un Colt de cañón largo, para balas del 9—, la chaqueta, la camisa y la camiseta, eructó, se abrió la bragueta, sacó sin esfuerzo un miembro flácido y soltó en el suelo, junto a la cama, una larga meada —cuyo olor perduraría durante mucho tiempo—, se frotó los ojos, recogió las prendas de la silla, descuidando su arma, y salió al patio del burdel con ellas en la mano y el torso desnudo, alterando los hábitos de la casa; entre el ruido que siguió —voces de hombres que querían vestir al rubio—, Hannah guardó el Colt bajo el colchón y esperó; pasaron por su carne varios días con sus noches y unos centenares de clientes, que creyeron que la sonrisa con que los recibía formaba parte de su protocolo y no tenía su fuente en una verdadera alegría interior. Sabía que, si alguien reclamaba, tendría que entregar su tesoro sin protestar. Pero no ocurrió. Por primera vez en tres años, algo le salía bien. Entendió que el revólver era una señal de Dios, que ponía en sus manos la posibilidad de emprender el camino de la liberación.

2

La historia de Hannah Goldwasser la supe por mi padre, Stèfano Bardelli, que conocía miles de biografías semejantes, y que se indignaba cuando oía o leía a alguien referirse a la década de 1930 como «la década infame». Porque, decía, es verdad que fueron años en muchos sentidos peores que los precedentes, y también peores que algunos de los posteriores, pero toda la basura que empezó a salir a la superficie a partir del golpe de Estado del general Uriburu estaba ya para entonces profundamente enraizada en la sociedad argentina y, pese a que más tarde unos cuantos creyeron, por obra de ilusorias y efímeras prosperidades, que todo aquello había quedado atrás, el mal sembrado en el instante mismo del nacimiento del país, a finales del siglo pasado, no se agostó nunca.

Stèfano Bardelli murió a los noventa y tres años, en 1988, después de que los juicios públicos seguidos contra los militares que habían asolado a la nación durante una época interminable oficializaran lo que nadie ignoraba: que el secuestro, la violación, la tortura, el asesinato y el robo de niños habían sido la materialización de una política económica. Lo mismo de siempre, decía él, desde su lúcida ancianidad. Y echaba cuentas difícilmente cuestionables: para que desaparezcan treinta mil personas y para que no menos de medio millón de individuos haya sufrido alguna forma de vejación, discriminación o castigo, hicieron falta otros tantos colaboradores activos en todos los hilos de la trama social. ¿O no?, preguntaba, mirando fijo a los ojos. Y como nadie le podía refutar, continuaba. Ya habían hecho falta unos cuantos socios y ayudantes entre rufianes, caftenes, policías corrompidos, alcahuetes, propietarios de fincas, aduaneros distraídos, palanganeras y demás ralea para traer al país, cuando cruzar el mar no era ninguna tontería, una población de varios cientos de miles de mujeres, organizarlas, distribuirlas y mantenerlas trabajando en los burdeles durante cuarenta años.

Stèfano Bardelli, mi padre, que no era amigo de eufemismos ni de lateralidades, decía «burdel» y «rufián» y no «quilombo» y «cafishio», como se suele hacer en la Argentina, porque no quería «hablar como un profesional de la podredumbre»: las palabras, sostenía, por gastadas e inocentes que parezcan, jamás pierden su sentido, y ese sentido, finalmente, está asociado a la boca que las pronunció por primera vez. De modo que cuando se empezó a hablar en Buenos Aires de los campos de concentración de la dictadura, de los espacios en que se había torturado, asesinado, aniquilado y despojado a tantos de sus hijos, él empezó a hablar de los burdeles de la época oscura, esos de los que parece no haber quedado rastro.

—Vos fuiste muchas veces a la casa de Epelbaum, en Ayacucho y Lavalle —decía.

—Muchas —confirmaba yo.

—Y conocés ese tango que habla del bulín, mirá qué palabra, traída por italianos que ni siquiera hablaban bien el italiano, y que quería decir cama, una palabra en la que se suman habitación y cama, como una sola cosa… eso, el bulín de la calle Ayacucho, ése es el tema del tango…

—Ya.

—Y es que en la calle Ayacucho lo que había eran burdeles. Famosos, con muchas mujeres… ¡y con unos nombres! No me acuerdo de cómo se llamaba el que había en el edificio donde viven los Epelbaum, pero a la vuelta, en Junín, estaban «Las esclavas» y «Las perras»… ¡Casi nada!

—Todo eso lo sé. Lo que no sé es adónde querés ir a parar.

—Al olvido. A eso quiero ir a parar. Ahora, ahí, hay casas en las que vive gente decente, profesionales, de izquierdas y todo eso. Y nadie quiere ni acordarse de lo que hubo antes. Son como los alemanes o los polacos que siguen viviendo en sus pueblos, en casas que, antes de la guerra, eran de judíos que fueron devorados por la noche y por la niebla. En pueblos chicos, de un par de miles de habitantes, donde todos se conocían y se conocen y todos saben lo que ocurrió y cómo fueron ocupadas las viviendas, pero todos actúan como si ellos y sus ancestros hubiesen estado desde siempre en el mismo sitio.

—El pasado…

—La memoria. ¿Cuánto hace que los Epelbaum viven donde viven?

—No lo sé.

—Yo tampoco. Igual, hace treinta años, o cuarenta, pero yo pregunto más: ¿son propietarios de la casa?

—No lo sé.

—¿Es posible que haya habido un Epelbaum dueño de esa casa en el año veinte, por ejemplo? ¿Un abuelo?

—Es posible.

—Claro que es posible. Por eso este país está lleno de familias sin historia, lleno de gente que no sabe de qué lugar de Europa llegó el primero de su apellido, ni qué hizo al poner el pie en este territorio. Y algún día va a haber que hablar de eso. Porque los tipos que hicieron lo que se hizo aquí en los últimos años, los que se dedicaron día tras día a sacar gente de sus casas, a robarla, a violarla, a atarla desnuda a mesas de metal y destrozarla a golpes de electricidad, a meterle ratas vivas en el intestino, a todo eso, esos tipos son los legítimos descendientes de los rufianes de la Migdal, de los asesinos de la mafia de Galiffi, de los primeros traficantes de drogas. Y a mí me gustaría saber cómo se estableció y cómo se perpetuó esa estirpe maldita, mucho más numerosa de lo que nos atrevemos a imaginar. Yo no lo voy a averiguar, ya no tengo tiempo, pero escuchá bien lo que te digo: no se va a poder escribir una historia más o menos verídica de la Argentina si no se escribe esa historia oscura.

—¿Nos toca? —provocaba yo.

—Individualmente, no. No hicimos fortuna con la miseria ajena. La prueba está en que no hicimos fortuna —sonreía mi padre—. Pero nos toca como comunidad cultural. Los polacos fueron los primeros, con las mujeres. Los franceses fueron algo así como sus socios, aunque nunca alcanzaron tanto poder. Los turcos, vinieran de donde vinieran, de Siria o de Marruecos, es como si hubiesen estado ahí desde antes del comienzo, con el negocio del opio, el de la morfina, el de la cocaína… Y nosotros, los italianos, hicimos lo posible por beneficiarnos de nuestros propios delitos y de los ajenos. Es un cuento largo en el que tuvieron que ver todos, desde el diablo hasta Benito Mussolini, y yo me lo he venido contando desde la noche de la muerte de Hannah Goldwasser, una noche en la que sucedieron muchas otras cosas que, por separado, no son más que pequeñas violencias, pero que, reunidas, adquieren cierto sentido.

Y entonces, Stèfano Bardelli, mi padre, volvía a hablar de Hannah Goldwasser.

3

Hannah no sentía la vida como un don. En Voljovetz, en los Cárpatos, donde pasó los primeros quince años de su tránsito por este mundo, se llegaba a los treinta grados bajo cero, no había mucha ropa, y la comida escaseaba: es difícil arrancar algo a la tierra helada. Y el destino estaba trazado: un marido, si se tenía la suerte de encontrarlo, y los hijos que se le pudieran dar. Hannah pedía a Dios, para cuando llegara ese momento, si llegaba, parir varones, porque la existencia de los hombres era un punto menos trágica que la de las mujeres.

Llegó un marido, un judío de Lvov que no se parecía en nada a los judíos que conocía. Los habitantes de Voljovetz vestían de negro, no se cortaban el pelo, eran enjutos y tenían los ojos hundidos por el hambre y una secular desesperanza. Israel Ganitz era joven, alto, fuerte, algo entrado en carnes, y llevaba un traje y un abrigo de un gris claro, con piel de zorro en el cuello. Y botines de suela gruesa que hacían crujir el hielo del camino. No había ido a buscar a Hannah, sino a su hermana mayor, Ruth; pero las noticias viajaban con lentitud por los Cárpatos, y la casamentera que le había hablado de ella mal podía saber que se la había llevado el frío una semana antes de la llegada de Ganitz. Salomón Goldwasser, el padre, no perdió el tiempo: ofreció a la otra. Y a Ganitz no le pareció mal. Negociaron delante de ella, pero sin contar con ella.

—Es virgen —dijo el viejo.

—¿Está seguro? —discutió Ganitz.

—Aquí no hay hombres jóvenes —fundamentó Goldwasser, más convencido de la imposibilidad del hecho que de la virtud de su hija—. Se marchan. A Palestina. O a otros sitios.

—Es un buen razonamiento. Pero no es muy bonita. Esa mancha sobre la ceja…

—Es la única mancha.

—¿Cómo lo sabe? ¿Acaso ve a su hija desnuda?

—Mi mujer puede dar fe, jurarlo. Y es muy trabajadora. Eso lo juro yo. Y es por ello que pido doscientos zlotys a quien se la lleve.

—Yo no pago doscientos zlotys ni por mi madre —dijo Ganitz—. Cerraría trato por cien, y eso es porque me siento especialmente generoso y me cae bien la muchacha.

Fue el único momento en que Hannah levantó la vista de la mesa y miró, discreta, al que sería formalmente su esposo. No necesitó más que un instante fugaz para comprender que estaba mintiendo, que ni era generoso ni se sentía atraído por ella. Muchas esperaban al enviado de la casamentera, y se unían a él y se marchaban. Y hasta llegaban a ser felices en un lugar lejano llamado América, donde la comida alcanzaba para todos. De ésas se sabía, porque las que sabían escribir, o el rabino o el esposo que lo hiciera por ellas, enviaban largas cartas llenas de satisfacción y hasta, al cabo de un tiempo, mandaban billetes para los padres o para los hermanos, los sacaban del shtetl y los llevaban a compartir su abundancia. De otras no se volvía a saber, y circulaban leyendas terribles acerca de esclavitudes y humillaciones. Pero, en todo caso, no iba a negarse a salir, con Ganitz o con quien fuera, de Voljovetz. Si la vendía su padre, ya podría venderla cualquiera, pero sería mejor en otra parte, donde hiciera menos frío que allí; porque debía de haber lugares en el mundo en los que hiciera menos frío.

—¡Dios mío! —gritó Goldwasser—. ¡Pretende que regale a mi hija! ¡A la única hija que me queda!

—Cien zlotys son mucho dinero —sonrió Ganitz.

—Ciento cincuenta. He invertido en educarla y mantenerla durante quince años. Eso hace diez zlotys al año.

—Seguro que ha gastado usted menos. Ciento veinticinco y me caso mañana.

—No quiero pensarlo. Redactaré el contrato esta noche.

—Llevo conmigo un contrato escrito. Sólo hay que poner los nombres.

—¿En qué lengua? ¿En polaco?

—En yidish.

—Está bien.

4

El viaje hasta Varsovia fue largo. En el carro y en el tren hacía tanto frío como en Voljovetz. Sólo en el tramo que recorrieron en automóvil se sintió Hannah más abrigada. Ganitz no hablaba ni la tocaba. Comieron antes de abordar el tren. Hannah nunca había estado en una fonda, y no sabía leer, de modo que él le dijo lo que había para elegir.

—¿Puedo comer lo que me apetezca?

—Y dos, y tres platos, si quieres. Hay que engordarte. Como estás, no le gustarás a nadie.

—A mi padre le dijiste que te gustaba.

—Mentí.

—Me di cuenta. No voy a ser tu mujer, ¿no? Quiero decir…

—Te he comprado, y te usaré cuando me venga en gana. O te usarán otros, si pagan. Ahora, come y calla.

—Elige tú. Yo no conozco esta comida.

—Ni ésta, ni otra. Pero, para comer, no hace falta saber.

Y eso fue todo. Hannah estaba acostumbrada a que no la quisieran, y a servir a los hombres sin preguntar cómo, por qué ni para qué. Disfrutó de aquella cena como nunca había disfrutado en su vida, y la recordó siempre. No hubo para ella momento más feliz.

5

En Varsovia estaba Myriam Frenkel. Ganitz ni siquiera las presentó. Simplemente, cuando abrió la puerta del piso, se encontraron con ella, una rubia escuálida, casi desnuda, apenas si cubierta con un peinador de gasa rosa, y descalza. Fue una recepción triste, sin efusiones, casi sin palabras. Hannah reconoció el miedo en los ojos de Myriam.

—Preparadme el baño —ordenó él, abandonando su maleta junto a la entrada.

—Ayúdame —pidió Myriam. Hannah fue tras ella.

Cubo a cubo, llenaron la tina de agua caliente. La temperatura de la casa era agradable, con la estufa siempre encendida.

No fue necesario avisar a Ganitz. Cuando todo estaba a punto, entró él, sin cuidarse de cubrir parte alguna de su cuerpo. Era el primer hombre al que Hannah veía así. Sintió asombro y rechazo, no por la carne del varón, que era físicamente hermoso, sino por su ostensible indiferencia ante la mirada de las muchachas. Percibió una íntima asociación entre la falta de pudor y la crueldad helada de la que ya había recibido, si no pruebas terribles, sí abundantes señales.

La ceremonia del baño fue breve. Mientras se enjabonaba, Ganitz dio instrucciones.

—Quítate el vestido, tú —dijo.

Hannah miró a Myriam. No valía la pena negarse. Obedeció.

—Sigue —mandó Ganitz—. Quítatelo todo.

Hannah se preguntó si él la tomaría allí, delante de la otra. Pero no, no era por eso que lo hacía.

—Myriam, recoge esa ropa y llévala a mi dormitorio. Dale algo para que se abrigue. La bata blanca.

Ganitz se estaba secando cuando Myriam regresó con un peinador blanco, semejante por todo lo demás al que ella misma vestía.

—Quiero que esta noche me esperéis despiertas las dos —informó entonces el amo.

Salió sin esperar respuesta.

Tan pronto como se quedaron solas, Myriam se echó a llorar calladamente: con una mano, tendía la bata a Hannah; con la otra, se cubría los ojos.

—¿Quién eres? —quiso saber Hannah, cogiendo la prenda, sin ponérsela.

—Myriam. Esclava, como tú.

—¿También te ha comprado? ¿También se ha casado contigo?

—Claro —Myriam mostró los ojos húmedos: ya no lloraba—. Es así como lo hacen. ¿Qué esperabas?

—No sé… Una sonrisa.

—¿Una sonrisa? ¿Acaso te ha sonreído tu padre?

—Sonrió al firmar el contrato —confesó Hannah—. Pero no me sonreía a mí… ¿Quieres decir que él sabía…?

—Sé que duele —aceptó Myriam, poniendo una mano en el cuello de su compañera—. Pero mi padre sabía. Y el tuyo también. Saben para qué nos llevan. Yo también sabía.

—Y yo. Pero él…

—Olvídalo. Olvida todo lo que te haya sucedido hasta ahora. Y mañana, olvida el día de hoy, y la noche…

—¿Qué va a pasar esta noche? ¿Por qué tenemos que esperarle despiertas? ¿Por qué no escapar?

—¿Escapar? No tenemos ropa.

—Así, con estas batas.

—Nos atraparía algún policía. Y nos devolvería a Ganitz. Para eso cobran. No somos las únicas a las que se les ha ocurrido la idea.

Hannah bajó la vista.

—¿No hay esperanza?

Myriam no respondió. Se limitó a ponerse de pie, volverse y dejar caer el peinador: decenas de trazos, unos rojos, otros verdosos, otros con una costra de sangre seca, obra de un látigo fino, escrupulosamente metódico, inescrupulosamente reiterativo, se repartían en un orden geométrico perfecto por toda su espalda.

—Esto es lo que va a pasar esta noche —dijo.

—¡Dios nos ha abandonado! —concluyó Hannah.

—Hace mucho. Cuando permitió que naciéramos donde nacimos. Porque tú también vienes de un shtetl, ¿no?

—Sí. De Voljovetz.

—Lo mismo da dónde se encuentren, son las mismas aldeas de mierda, la misma miseria. Hablamos yidish, como nuestros padres y como nuestros rufianes —dijo Myriam, volviendo a taparse la espalda—. Las que pasaron por aquí antes de nosotras, también hablaban yidish. Shulamit, que estuvo en esta casa hasta hace quince días, me sujetaba para que él me azotara y susurraba en yidish sus consejos: aguanta, bonita, aguanta porque, si no, será peor. No sé qué podía ser peor…

—¿Y qué ha sido de ella?

—Se la llevaron. Debe de estar en un barco, en viaje a Buenos Aires.

—¿Buenos Aires? ¿Dónde queda eso?

—Cerca del fin del mundo.

—¿Hace calor allí?

—El mismo que aquí, supongo —dijo Myriam.

—¿Tú me sujetarás a mí esta noche?

—Tal vez. Pero no te diré majaderías al oído.

—Yo pensaba… —aventuró Hannah.

—¿Que Ganitz se iba a acostar contigo?

—Sí…

—No le interesa. Yo no le he interesado, al menos. Y Shulamit tampoco. Se marchó tan virgen como llegó. Y yo sigo igual.

—Conmigo pudo hacerlo y no lo hizo —confió Hannah.

—Ni lo hará.

—Sólo me pegará. ¿Por qué?

—Según dice, para que aprendamos. Para que, en Buenos Aires, todo nos parezca bien. Pero yo creo que lo hace porque es lo que realmente le gusta. Se desnuda antes de coger el látigo. Y me parece que le pasan cosas…

—¿Qué le pasa?

—Lo que les pasa a los hombres cuando se ponen locos con una mujer… ¿Nunca lo has visto?

Hannah bajó los ojos.

—Vi a mis padres una vez…

—Y al final, él se quedaba sin aliento, ¿no?

—Me pareció que quería gritar.

—Ganitz grita —dijo Myriam—. Pero no me hagas mucho caso… Quizá fuesen cuentos de Shulamit. Yo nunca le he visto. Siempre le he dado la espalda. Sólo que le oigo. Habla en polaco, cada vez más fuerte. Hasta que se queda callado, casi ahogado, y suelta el látigo y se va.

—¿En polaco? Yo no sé polaco. ¿Qué dice?

—Puta —murmuró Myriam—. Eso dice: puta.

—¿Sólo eso?

—No. También me ha dicho que me hará montar por millones de hombres, y que todos ellos pagarán por usar mi sucio culo de puta judía… Y que él será rico y que, cuando yo me ponga vieja y horrible, y nadie más pague por mi sucio… —Las lágrimas cerraron la garganta de Myriam.

—¿Qué hará? ¿Qué hará entonces? —urgió Hannah: su curiosidad era más fuerte que la piedad que pudiera sentir por el llanto de la otra.

—Me azotará hasta matarme y me olvidará —gimió Myriam.

—¡Dios mío!

—¡No! ¡No lo nombres! —La ira borró el espanto de la frente de la mujer—. ¡Ese Dios no existe! ¡Nosotras no existimos! Sólo está Ganitz. Él nos ha inventado porque, lo mires como lo mires, es el único que nos necesita: para nadie más somos útiles.

—Sólo servimos para el infierno.

La noche de Ganitz, aquélla, fue la primera de la maldita, estéril eternidad de Hannah, quien recibió el castigo, y el placer del rufián, como la única justicia posible en un destino de paria.

6

Pero el verdadero tormento, que duraría hasta el final, se inició a bordo.

El Marseille era un vapor de carga, con espacio para media docena de pasajeros —sólo varones—, que hacía el trayecto desde Le Havre hasta Valparaíso. Ganitz tenía un camarote y había arreglado con el contramaestre el viaje clandestino de Hannah y Myriam en un estrechísimo compartimiento anejo a la sentina, una cámara húmeda, maloliente e invadida por el ruido perpetuo de las bombas que arrojaban las aguas servidas de la nave al mar, una cámara en que no había más lugar en que dormir que dos atados de lonas viejas, ásperos y manchados. Las muchachas recibían cada noche, muy tarde, un plato con restos del rancho de la marinería, ya fríos. Los viajeros comían con la tripulación.

El rufián, como de costumbre, había comprado un billete hasta Montevideo, que solía alcanzarse en algo más de un mes de navegación: allí bajaría, con sus pupilas, para emprender el último tramo del camino a Buenos Aires con los documentos en regla: en Montevideo, los dieciséis años de Hannah y de Myriam se convertirían en veinte. Todos los demás continuarían hacia Chile.

Las cosas fueron de acuerdo con lo convenido hasta el duodécimo día de viaje, cuando el capitán invitó a Ganitz a tomar una copa de ron. Se habían quedado solos, uno a cada lado de la mesa, después del almuerzo.

—Yo sé perfectamente a qué se dedica usted —dijo el capitán.

—¿Sí? —fingió asombrarse Ganitz.

—No lo niegue. Lo sé todo. No pretendería que dos personas, en un espacio tan reducido como el del Marseille, me pasaran desapercibidas. Ni que ignorase que mi contramaestre hiciera negocios por su cuenta… Hasta he visto a las mujeres… a decir verdad, son niñas… muy, muy jovencitas. Anoche les llevé yo la comida. Algo caliente, para variar.

—Ahora me dirá que le gustaron mucho.

—Desde luego —confirmó el capitán, con una sonrisa—. A los navegantes nos gustan mucho las mujeres. Todas, de todos los tipos y categorías. No hacemos ascos a ninguna porque vemos pocas y tocamos menos. Pasamos meses en el mar, y apenas días en los puertos, y en esos días hay una enormidad de trabajo. Por eso yo sólo acepto hombres en el pasaje. Una dama representa un peligro. Para ella misma, porque mi gente no es lo que se dice considerada… vamos, que llevo aquí un hatajo de bestias, capaces de cualquier cosa si huelen a hembra. Y un peligro para mí, por la posibilidad de un motín si pretendo defender alguna virtud…

—En este caso, no hay nada que defender —argumentó Ganitz.

—Se equivoca. Y quien tiene que defenderlo es usted. Se trata de su dinero. Porque se arriesga a llevarlas de contrabando para que trabajen y le enriquezcan, ¿no es así?

—Hmmm…

—Para que pongan el cuerpo. Las necesita enteras. Y puedo asegurarle que, si la tripulación las descubre por sí misma, no se servirá de ellas en forma medida.

—Las violarán —Ganitz se encogió de hombros.

—Las harán pedazos. Créame: si las ofrezco yo, y organizo el servicio, le estaré haciendo un favor…

—¿Organizar el servicio? ¿Cómo?

—Como en cualquier burdel, sólo que gratis. Aunque tendrán que esforzarse un poco más, porque no hay más que dos botellas de alcohol en este barco y las tengo yo, de modo que los hombres no habrán bebido, estarán más fuertes, no se quedarán dormidos y querrán repetir.

—¿Y si me niego?

—Ni ellas ni usted llegarán a América. Haga cuentas. Yo ya las he hecho. Tengo contratados veinte hombres, y hay cinco pasajeros que tal vez quieran participar. Si visitan a sus chicas dos veces por día, harán el equivalente de cincuenta clientes. Como son nuevas, las pondrá usted a sudar en tierra a cuatro o cinco pesos argentinos por barba. Digamos cinco. Doscientos cincuenta pesos por jornada, y no veremos costa hasta dentro de veinte, poco más o menos. Cinco mil pesos.

—Es una cifra importante.

—Es el precio de su vida, y de la de ellas. ¿Le parece mucho?

—Siendo eso lo que compro, no.

—Pues voy a avisar.

—Espere… Déme un par de horas. Quiero prepararlas. Para que no se resistan.

—Bien que hace. Dentro de dos horas, las subiré a un camarote.

7

El viaje de Ganitz con sus dos esclavas duró aún veinticuatro días. La iniciación de Hannah y de Myriam corrió a cargo de su dueño quien, en las dos horas concedidas por el capitán y valiéndose de un objeto de caucho con las formas de un pene de considerable tamaño, hizo lo que en otros casos hacen, sin dolor ni violencia, la pasión, la ternura o el deseo. Lo único que le movía era la ira por el despojo del que se sentía víctima: las cuentas del marino no incluían el precio de dos virginidades en el mercado del sur, bocados cardenalicios para los que había buenos y conocidos clientes, y Ganitz no quería hacer regalos a nadie: si su vida era estimada en cinco mil pesos, no iba a pagar por ella el doble, lo supieran o no quienes le cobraban: le parecía preferible desperdiciar el mayor de los méritos de su mercancía, dañándola por propia mano, a entregarla intacta sin recibir nada a cambio.

Después, empezaron a pasar los hombres. En su mayoría, eran de apetencias simples y actuaciones breves, de modo que, aunque los olores y, en ocasiones, los dolores, resultaban a menudo escandalosos, lo efímero de los contactos acababa por hacerlos tolerables. Pero el capitán había visto en la forzosa sumisión de las hembras la oportunidad de hacer alguna ganancia, y ofreció a sus clientes, ya que nada iba a sacar de la tripulación, servicios especiales. Así que Hannah y Myriam volvieron a ser azotadas, aunque ya no por Ganitz y fueron obligadas a ceder todas las entradas de su cuerpo y hasta se vieron empapadas en orines y otras miserias. Durante veinticuatro días. Hannah lo resistió mejor.

Al amanecer del día veinticinco, cuando casi todos los marineros dormían, el capitán, empleando la menor cantidad posible de hombres, hizo detener los motores y echar el ancla. Después, fue a buscar a Ganitz.

—Hemos llegado —le dijo—. Vístase, busque a sus putas y suba a cubierta con el equipaje.

Ganitz obedeció. Subió a cubierta con sus dos pequeñas maletas, seguido por las muchachas, que no llevaban más que lo puesto. Se sorprendió al comprobar que no había ninguna ciudad a la vista: sólo una costa pelada, de arenas extensas y escasas hierbas, barrida por el viento helado.

—No estamos en Montevideo —se limitó a constatar.

—No —le confirmó el capitán—. Estamos al sur de Buenos Aires. —No precisó a qué distancia—. Usted se baja aquí. Y ellas —señaló—. Nosotros vamos a Chile.

El contramaestre traidor fue el encargado de bajarles en un bote y dejarles en la playa. Nadie pronunció palabra en el curso de la operación. Cuando Hannah, Myriam y Ganitz pisaron tierra, el marino, sin abandonar el bote, que inmediatamente después haría girar para regresar al Marseille, señaló al norte, una dirección obvia si se daba por sentado que habían dejado atrás el Río de la Plata.

—Buenos Aires está allá —dijo.

—La cabeza todavía me da para eso —se despidió el rufián.

Mientras el bote se alejaba, Ganitz abrió una maleta y sacó el látigo.

Lo hizo chasquear en el aire y miró a las mujeres.

—También aquí hace frío —murmuró Hannah, acomodándose la poca ropa que llevaba.

—Vamos —dijo Ganitz—. En marcha.

Echaron a andar hacia el norte. Era el comienzo de un camino de varios cientos de kilómetros.

Sanofevich aún no había entrado en el destino de Hannah.

2. La Bestia

¡Pobrecilla! Lleva las faldas muy arremangadas. En vida, se hubiese ruborizado.

Raymond Queneau, Siempre somos demasiado buenos con las mujeres

Ammazzavano… mai erano buoni, coragiossi. Non uccidevano per cattiveria. Ammazzavano perché sapevano che sarebbero morti, che erano destinati a morire. Quei ragazzi erano nati sotto una cattiva stella e infatti sono finiti ammazzati tutti quanti.

Antonino Calderone, mafioso

1

El de Sanofevich era un nombre adquirido en un bar de marineros, en el puerto de Santos, en Brasil. Acababa de llegar de Europa y no tenía ni siquiera nombre. O tenía uno y lo había olvidado. O prefería olvidarlo. O aspiraba a que quien lo hubiese conocido, lo olvidara.

Entró en el Marabú como había bajado del barco: con lo puesto. Iba a beber. Alguien pagaría. Seguramente, alguna de las mujeres que aguardaban junto a la barra el advenimiento de un destino. O un borracho sentimental.

Pidió un ron y siguió hacia el fondo del local. Los servicios —una pared mohosa con una canaleta en declive al pie y una suerte de choza diminuta con una turca, ambas cosas agresivamente malolientes— estaban al otro lado de un patio en el que se apilaban cajas con botellas vacías y cubos de basura antigua. Si no había nadie dispuesto a pagar, siempre se podía salir por allí, saltar la verja de madera que cerraba el lugar y perderse en la oscuridad. Orinó conteniendo la respiración para que el amoníaco no le lastimara la garganta.

Cuando regresó al interior, su copa estaba servida. La vació de un trago y pidió otra, acodándose en aquel punto de la barra. Una negra cuarentona, rolliza y con el pelo alisado y teñido de platino, se instaló a su izquierda. A su derecha había un marinero rubio que hablaba con el camarero en inglés, una lengua que él no comprendía.

La negra le habló en portugués.

—¿Buscas mujer? —preguntó.

—No entiendo —contestó él, en ruso.

El marinero rubio le oyó.

—Yo hablo ruso —declaró, girando a medias la cabeza—. ¿Necesita ayuda?

—Habla ruso pero no es ruso —afirmó el recién llegado—. Y no puedo pagar por su ayuda.

—No le he pedido nada a cambio —protestó el marinero.

—Nadie hace nada sin esperar algo —terminó él, volviéndose y dando la espalda al rubio.

La negra musitó su reflexión de solitaria.

—No le interesa la gente —concluyó.

El marinero apoyó el comentario.

—Déjalo estar —dijo, ignorando al ruso.

La negra intentó ahondar el vínculo así establecido.

—¿Tú buscas mujer? —preguntó, inclinándose sobre la barra para seguir el diálogo, como si aquel al que primero había abordado ya no existiese.

Pero existía. Y estaba alerta. Y, aunque no sabía de qué se estaba hablando, daba por sentado que le involucraba. Se sintió molesto, casi ofendido por el aislamiento al que le sometían su propia ignorancia y su propio egoísmo, los motores verdaderos de sus actos: llevó la mano al interior de la chaqueta y sujetó el mango de la daga, corta y filosa, que llevaba, envainada, en el cinturón.

El marinero no quería comprometerse sin haber visto bien a la negra. Le gustaba su cara, pero sólo apartándola de la barra podría contemplarla entera y decidir si le interesaba.

—Busco a alguien —generalizó—. ¿Quieres fumar? —acompañó la oferta con un gesto, empujando su paquete de cigarrillos por encima de la barra, por delante del ruso, hacia ella, rozando la copa de su vecino con el antebrazo.

Llegó exactamente hasta ese punto. La entrada de la daga, por veloz, no le provocó dolor, pero se puso pálido al ver cómo la mano le había quedado clavada a la madera de la barra.

—Son of a bitch —dijo, mirando al ruso, que fijó los ojos en los suyos sin soltar el arma.

—Sanofevich —remedó Sanofevich, sonriendo—. No sé lo que quieres decir, pero me gusta: parece un apellido ruso: me quedo con él.

—Quiero decir que eres un hijo de puta —explicó el otro.

—¿Sanofevich? ¿Significa eso? ¿Hijo de puta?

Vio la confirmación en los ojos del marinero, llenos de desesperación.

—Entonces, me gusta todavía más —dijo—. Me llamaré así desde ahora.

Levantó la daga con la misma velocidad con que la había bajado, liberando la mano del inglés, que entonces empezó a sangrar de verdad.

Sanofevich se volvió hacia la negra: le bastó un movimiento de la cabeza para que ella le siguiera, callada y con los ojos bajos.

2

Sanofevich y la negra estaban sentados en la cama, en el dormitorio de ella. Él se señaló el pecho.

—Sanofevich —dijo.

—Lo sé —confirmó ella—. Es cierto.

Él negó con la cabeza. No era una respuesta así lo que esperaba. Insistió.

—Sanofevich —se señalaba el pecho y después señaló el de ella con una interrogación en la mirada.

—Sybila —entendió la mujer, y lo repitió, apuntándose con el índice.

—Sybila —repitió él. Y puso un dedo sobre la mano de Sybila, apoyada sobre la sábana.

—Mano —dijo ella.

—Mano —rumió él. Y sacó la daga de la cintura y la mostró.

—Cuchillo —dijo ella.

—Cuchillo —sonrió él—. Sanofevich cuchillo, Sybila mano —concluyó. Y movió los dedos sobre su propio pecho, los dedos juntos, con golpes ligeros y reiterados.

—Corazón —reconoció Sybila, imitando el gesto.

—Sanofevich cuchillo, Sybila corazón —asoció él.

—Sanofevich corazón —acusó ella.

Él negó una vez más con la cabeza.

—No —enseñó ella, remedando el gesto del hombre.

—Sanofevich corazón no —confirmó él. Y fue hacia la ventana y señaló hacia abajo.

Sybila comprendió y dijo: «Calle». Y siguieron con otras palabras: dinero, casa, cama, trabajo, pierna, abrir, cerrar, clavar, hombre, mujer, bebida, comida, cigarrillo, todas las que hicieran falta para expresar los requerimientos elementales del ruso y los deberes de ella para con él.

—Sybila calle hombre dinero —resumió él al final—. Casa Sybila, casa Sanofevich. Sanofevich casa, comida, cigarrillos, bebida. Sanofevich cuchillo. Sybila corazón. Sanofevich corazón no.

—Salir —completó Sybila, yendo hacia la puerta.

—Callar —recordó él—. Sanofevich cuchillo, Sybila lengua.

Sybila dejó la casa y Sanofevich, desde la ventana, la vio andar hacia la esquina y girar, perderse de vista, escapar al control.

—Ésta me quiere joder —concluyó él, en ruso.

3

Sanofevich aguardó de pie, detrás de la puerta, a la izquierda, con la daga en la mano izquierda. Se había metido en la cintura todos los cuchillos que Sybila tenía en su pequeña e inútil cocina. Estaba acostumbrado a las esperas largas, a la inmovilidad, a los tiempos muertos. No pensaba: por su oído desfilaba la lista de palabras en portugués que le había enseñado Sybila. Por no pensar, aprendía con facilidad lo que necesitaba y no lo olvidaba nunca. La razón es una carga para quien tiene las cosas claras y sabe hacer algo con eficacia: Sanofevich quería dinero y sabía matar, escapar, imponer, dominar. Conocía el placer, es cierto: había disfrutado en los pogroms de Odessa, en su ya casi lejana adolescencia, y en las incursiones del ejército blanco sobre los shtetl de Ucrania y de Polonia: los dominios de la muerte eran los suyos. Y jamás había sentido debilidad alguna por un cuerpo ajeno, de hembra o de varón. Él no perdía el tiempo como sus compañeros, forzando a las mujeres antes de acabar con ellas. Le repelía el contacto carnal y hasta le irritaban los roces fugaces en los bares y en las calles muy concurridas.

Oyó los pasos antes de que empezaran a subir por las escaleras procurando no hacer ruidos que llamaran la atención. Tres personas, y una de ellas era Sybila. La última, por supuesto. Les oyó en el corredor. Les oyó detenerse al otro lado de la pared.

La puerta, sin llave, se abrió de pronto. El primero de los intrusos, al no ver a nadie, avanzó un paso. El brazo derecho de Sanofevich le rodeó la cabeza: con el izquierdo pegó el tajo, y la sangre de la carótida cortada de su víctima manchó el suelo y la pared frontera. El cadáver y la puerta, arrojados hacia la derecha por el ruso, golpearon al segundo visitante, impulsado hacia el interior por la ansiedad de Sybila quien, abdicando de toda discreción, había empezado a gritar al ver sangre: caído y desesperado por salvar su vida, el hombre intentó ponerse en pie. El cuchillo de Sanofevich entró un poco por debajo del cráneo, partiéndole la médula.

El ruso se lanzó hacia afuera. Oyó cerrarse una puerta. Sybila, al verle delante, calló. Él la empujó hacia la pared sin esfuerzo, sin dejar de mirarla a los ojos, sin ira. Ella le dejaba hacer. Cuando Sanofevich le clavó la mano derecha a la pared, se imaginó crucificada. Cuando otra hoja fijó al muro su mano izquierda, pensó que a la crucifixión, si era breve, se sobrevivía: Cristo había durado horas, y ella, además, tenía los pies en el suelo, su sufrimiento era menor. Empezó a dudar cuando su enemigo entró en el piso y salió con un taburete en la mano: los dos golpes que le partieron las piernas cambiaron su idea del mundo. La daga pequeña, la misma que había traspasado la mano del marinero inglés, fue lo último que vio. El roce del metal en las órbitas le hizo desear la muerte. Supo que había llegado cuando oyó decir:

—Sybila corazón. Sanofevich corazón no.

4

Sanofevich siguió hacia el sur. Cerca de Paysandú, en el Uruguay, tuvo un encuentro.

Había robado un caballo y un revólver muchos días atrás, antes de cruzar la frontera y olvidar el Brasil. Recorría un camino de tierra, al paso, para no cansar al animal y porque no tenía prisa, cuando vio venir de frente un automóvil. Esperó hasta tenerlo cerca, a menos de cien metros, sacó el arma y disparó un tiro al aire. Después, apuntó al parabrisas. El vehículo, un Ford, se detuvo. En su interior iban cuatro hombres. Les indicó por señas que bajaran y ellos obedecieron.

El que conducía llevaba un arma a su lado, sobre el asiento: abrió la puerta de su lado con la izquierda y recogió la pistola con la derecha, sacó un pie e impulsó el resto de su cuerpo hacia afuera: cuando su pecho estaba a la altura de la ventanilla y él sonreía, con una mano sobre el borde del cristal abierto y la otra colgando, fuera de la vista, Sanofevich le destrozó la cabeza con un disparo. El acompañante alzó las manos, empujó la puerta con las rodillas y salió lentamente, apartándose del coche. Lo mismo hicieron los del asiento trasero. Uno de ellos era el que mandaba: iba bien vestido, con traje y sombrero de fieltro negros, y camisa blanca. Usaba corbata y tenía los zapatos lustrados.

—Dinero —dijo Sanofevich en ruso: si no le entendían, peor para ellos.

—Yo tengo —le respondió el jefe, también en ruso.

—Sáquelo con cuidado —ordenó el asaltante.

El del traje negro metió dos dedos, el índice y el anular, en el bolsillo exterior de la chaqueta y mostró un montón de billetes perfectamente doblados y sujetos con un broche metálico.

—Hay dos mil pesos —aseguró.

—Acérquese —dijo Sanofevich.

El hombre se acercó a paso lento, sin bajar los ojos, sereno, con el brazo en alto, mostrando los billetes. Sanofevich intentaba sostenerle la mirada, pero por momentos observaba el dinero. Hasta que el otro estuvo a menos de dos metros.

—Basta. Quédese donde está.

—¿Qué va a hacer? Si los dejo en el suelo, tendrá que bajarse del caballo, y eso es peligroso. Para dárselos en la mano, yo tendría que acercarme más, y eso también es peligroso. Usted es un hombre decidido, así que lo más probable es que nos mate a todos antes de largarse. Pero no puedo dejar de decirle que, si me mata ahora, se perderá muchos fajos como éste —lo movió ligeramente en el aire—. Serían dos mil pesos por cuatro muertos y se le acabaría el negocio. Si no tiene inconveniente en hacer este tipo de trabajo, me permito ofrecerle dos mil pesos por fiambre, y le aseguro que tengo unos cuantos enemigos que quitarme de en medio.

Sanofevich bajó el revólver y consideró la propuesta.

—¿Cómo sé que no me engaña? —preguntó al final.

—Usted sabe que no le engaño —contestó el otro, bajando el brazo con el dinero.

—¿De dónde es? —quiso saber Sanofevich.

—Bielorruso. De una aldea, a muchas verstas de Minsk. No la conocerá.

—Conozco Minsk… Y esos trabajos… ¿hay que ir muy lejos para hacerlos?

—No muy lejos, teniendo en cuenta lo que ya ha viajado. En Montevideo. Y en Buenos Aires. Pero esta noche descansaremos en Paysandú, acá cerca.

—Está bien. Vamos.

—¿A caballo? ¿Por qué no en el coche? Podríamos llevar al animal atado y viajar despacio… ¿Sabe manejar un automóvil?

—Claro. Y no necesito el caballo. Puedo conseguir otro cuando se me antoje —sonrió Sanofevich.

—¿Quiere guiar el mío?

Sanofevich desmontó sin demasiadas reflexiones y ocupó el lugar del hombre al que acababa de matar.

Tardaron en partir porque, sin que mediara orden alguna, los dos individuos que viajaban con el jefe abrieron el maletero, sacaron de él dos palas, llevaron el cadáver a un lado del camino y lo enterraron a no demasiada profundidad: el incidente estaba previsto en el orden habitual de sus vidas.

5

El patrón se llamaba Novak y pagaba bien, en miles de pesos. Sanofevich era eficaz: daba la muerte con la sobria precisión de los artesanos, sin ardor ni debilidad en el pulso. Los rivales de los que Novak se iba deshaciendo eran gentes como él: traficantes de mujeres, dueños de prostíbulos provinciales con sábanas grises y olor a desinfectante barato, con clientela cazcarrienta, rápida y callada. Cuando uno de esos hombres desaparecía, en un viaje sin regreso a Polonia o a Francia, él se hacía cargo de sus bienes, de sus pupilas y de sus acuerdos con la policía, mejorándolos siempre.

Novak no actuaba en solitario. Pertenecía a una organización cuyo nombre no conoció Sanofevich hasta mucho más tarde: a él no le interesaban los detalles.

Novak tenía una mujer, retirada del oficio: Nadia era una rusa rubia y opulenta que había salido del burdel porque tenía trato personal con el diablo. A ella le traían sin cuidado los hombres y permitía ciertos usos a su amante, no demasiado exigente ni especialmente apasionado, porque había comprendido que unos minutos de ejercicio sobre su cuerpo le tranquilizaban y le daban cierta lucidez. Y Nadia le quería sereno y reflexivo porque era su socia y él tenía que ganar dinero para los dos. El pacto entre ambos era claro: la mujer se encargaba de asegurar al rufián la protección de su amo, el Maligno, y él, gozando de constante inmunidad, aumentaba sin cesar la riqueza de ambos.

La propia Nadia le contó la historia a Sanofevich, y él no encontró motivo alguno para dudar de su veracidad: si una mujer conseguía salir de la cama pública debía de haber alcanzado algún acuerdo con los grandes poderes o haber enamorado a su amo, lo que venía a ser, de hecho, lo mismo. De modo que, cuando ella le pidió que le permitiera acompañarle en una de sus incursiones, únicamente como espectadora, se limitó a consultar a Novak con la mirada.

—Si a la chica le gusta ver morir, no seré yo quien se lo niegue —declaró el rufián.

Ciertamente, a ella le gustaba. Era lo único que realmente le gustaba, igual que a Sanofevich. Además, era de ayuda.

La primera noche que salieron juntos, en Buenos Aires, Sanofevich detuvo el automóvil en la esquina de la casa del que iba a ser su víctima, un tal Molnar, propietario de media docena de mujeres que sudaban oro en remotos rincones de la ciudad.

—Cuéntame cómo piensas hacerlo —pidió Nadia.

—Como siempre —abrevió Sanofevich.

—¿Y cómo es siempre?

—Llamo a la puerta y pregunto por él. Llevo unos cuantos billetes en la mano y los voy contando, como para pagarle algo. Eso da confianza. Si está, sale a atenderme. Y cuando sale, yo saco el cuchillo —lo hizo, mostró la hoja y a la mujer le corrió un frío feliz por la nuca— y le corto el cogote. Se quedan mirando quién sabe qué un rato largo, sin caerse, y alguno hasta da algún paso antes de venirse abajo. Pero yo ya me fui. Un tajo y vuelta al coche, para ya no estar cuando se acaban. Me aburre verlos.

—A mí no. Hoy lo vamos a hacer distinto.

—Como quiera.

—Lo vas a traer al coche.

—No va a querer venir. Que salgan a la puerta ya es un triunfo, aunque uno cuente billetes de cien en las narices de los alcahuetes.

—Vendrá, porque le dirás que le estoy esperando yo. Molnar me conoce y me tiene miedo. Le tiene miedo al diablo.

Sanofevich la miró a los ojos, atrevido y tonto como un niño.

—¿Es verdad que usted habla con él? —preguntó.

—A veces —contestó ella—. Adelanta un poco más. Para justo delante de la puerta. Que me vea bien.

Sanofevich obedeció. Tenía unos cuantos billetes dispuestos cuando alzó y soltó el llamador —una lánguida mano de bronce que golpeó en la madera como un anuncio del mal—, pero no le hicieron falta: salió Molnar en persona, con una media sonrisa y las cejas alzadas, sin corbata y con el cuello de la camisa desabrochado. Tampoco le hicieron falta palabras: el otro vio el automóvil, miró hacia el interior e identificó a Nadia. Ella hizo un gesto y Molnar anduvo hacia el vehículo. Nadia, que estaba ante el volante, le señaló el asiento del acompañante, como quien propone un paseo o una conversación confortable.

Sanofevich mantuvo la portezuela abierta hasta que el hombre se hubo sentado. Después la cerró y fue a acomodarse tras él.

—¿En qué puedo ayudarte? —ofreció Molnar.

—No puedes ayudarme —dijo Nadia—. Si acaso, darme una satisfacción muy especial.

Sanofevich le sujetó con el brazo izquierdo, cruzándolo por encima del pecho, desde el hombro hasta el sobaco del otro lado: era un brazo largo e inflexible.

—¿Hace falta esto? —averiguó Molnar con preocupación.

—Creo que sí —suspiró ella.

—¿Y qué satisfacción esperas de mí?

Nadia le puso la mano entre las piernas y empezó a acariciarlo con suave firmeza.

—No me la podrás negar —dijo.

—¿No?

—No. Escúchame bien: es algo acordado con quien ya sabes.

—¿Con él?

—Con él. Y es mi deseo.

—Dilo. Di qué quieres, por favor.

—Quiero que te mueras despacio. Quiero sentirlo aquí abajo. —Apretó levemente el sexo de Molnar—. Sentir aquí abajo cómo te mueres.

—¿Y qué tengo que hacer para morirme?

—Tú, nada. Lo hará mi amigo.

Sanofevich sacó su cuchillo y lo apoyó en la garganta de Molnar.

—Un tajo ligero, tibio, que no haga daño —pidió Nadia.

Sanofevich hizo un corte fino y largo, de lado a lado, dejando un hilo, menos que un hilo, un pelo rojo en la piel del que iba a morir, y devolvió la hoja al punto de partida. Era una especie de esquema, de proyecto de final.

—Hijo de puta —dijo Molnar—. Me va a matar de verdad.

—Claro —confirmó Nadia—. ¿Qué pasa? ¿Ya no sientes mi mano?

—¿Qué quieres que sienta?

—No sé. Vamos a cortar un poco más, a ver qué pasa.

Esta vez, Sanofevich no movió el arma: simplemente, apretó. Empezó a caer sangre sobre la camisa de Molnar y sobre el brazo de su asesino.

Nadia apartó la mano de la bragueta del hombre.

—¡Pobre asqueroso! —protestó, secándose los dedos en la manga de Molnar—. ¿No se te ocurre nada mejor que mearte? ¡Esto no es una broma! ¡Es tu muerte!

—Por eso me he meado —se defendió todavía el otro.

—¡Qué muerte más triste! —lamentó ella, cogiéndole la mano y mirándole a los ojos—. ¿No te irá a pasar nada peor? Esperaba más de ti.

—No puedo más.

—¡Sanofevich! ¡Acaba!

Sanofevich cortó a fondo, siguiendo el trazo del principio.

Nadia sintió la muerte de Molnar en la mano, en el apretón inútil y casi cariñoso del agónico, y la entrevió en sus ojos, que se mantuvieron encendidos un instante más. Pero no la percibió en su plenitud: comprendió que el horror verdadero, consciente, doloroso, se diluía a veces en el miedo vulgar, que oscurece el entendimiento, relaja los esfínteres y pudre el carácter. Habría que seguir haciéndolo: en algunas ocasiones, seguramente excepcionales, darían con quien supiese morir, y en otras, la mayoría, se mancharían la ropa a cambio de nada.

Nadia bajó del coche y echó a andar hacia la avenida más próxima, donde podría encontrar un taxi. Tal vez, en aquella época, aunque no fuese algo frecuente, una mujer pudiese andar sola por la calle. Buenos Aires era una ciudad segura.

Sanofevich retornó al volante y se metió en la noche con el cadáver que nadie jamás encontraría.

6

Todo parece haber ido bien en aquella particular sociedad —una sociedad para el goce y, por tanto, un modo de pasión— hasta el momento en que a Nadia se le metió en la cabeza la idea, el sueño, el deseo —que debe de haber resumido y superado el conjunto de sus ideas, sueños y deseos anteriores—, la imperiosa, urgente necesidad de ver morir a Novak. Eso, al menos, fue lo que imaginó Stèfano Bardelli, mi padre, que no era escritor, sino un luthier, o violero, como él mismo prefería llamarse, por amor a un castellano que, no siendo su lengua materna, era de su elección y de su devoción, un violero que, a la vez que cortaba y pulía y lustraba maderas llenas de sonidos que durante largas temporadas sólo él conocía, aunque no los hubiese escuchado nunca, hacía constantemente lo que constantemente hacen los escritores: recordar historias y contarlas una vez y otra, cada una con leves variantes, repetidas una noche y la siguiente, pero la segunda vez con algún detalle añadido, dos o tres palabras, que daban nuevo sentido al relato, o a algún otro anterior, y abrían paso al que seguiría, que, por alejado y distinto que semejara ser, siempre guardaba cierto vínculo con los demás. Porque el alma que recordaba, imaginaba, componía y reorganizaba esas viejas materias era la misma.

Stèfano Bardelli había llegado a la conclusión de que sólo por el deseo de Nadia podían haber terminado las cosas como terminaron: con el asesinato de los dos, de la mujer y de Novak, por Sanofevich, cuyas relaciones con la muerte eran tan concretas como poco realistas, y que se sintió desconcertado hasta la locura al enfrentarse a dos hechos tan contradictorios como el de que Novak le pagara para que él hiciera lo que Nadia le ordenase, y el de que ella le ordenase matar precisamente a Novak.

El cuento así contado adquiría toda su entidad cuando uno se enteraba de qué era lo único que Sanofevich había dicho después de su detención, en presencia del juez y antes de que le enviaran al fin del mundo, a pagar por lo que fuese. Porque había sido detenido de inmediato, por los mismos policías que, en atención a sus acuerdos con Novak, le habían permitido actuar impunemente hasta entonces. Por esos mismos acuerdos, nadie habló nunca de los asesinatos anteriores, que no habían existido: algunos ciudadanos del imperio granruso habían emprendido viajes a sus tierras de origen, de los que no habían regresado: eran simples ausentes de los lugares que solían frecuentar, como definía esos casos la jerga policial: eran desaparecidos, y por los desaparecidos nadie tiene por qué preocuparse. Pero Sanofevich fue acusado del asesinato de Novak y de Nadia, cometido, según el juez y un cronista perezoso, por razones pasionales. Lo que él dijo, según recordaba Stèfano Bardelli, sin que se halle recogido con fidelidad en el acta del proceso por la escasa cualificación del intérprete del que se sirvió el tribunal, fue: «Hice lo que Nadia quería y lo que Novak hubiese querido, y, aunque no les cobré por el favor, me sentí bien al final».

Las cárceles de Buenos Aires estaban llenas, Sanofevich no tenía familia que le visitara y un doble asesinato requería un castigo ejemplar. La condena era a cadena perpetua, pero el lugar en que debía cumplirse, el penal de Ushuaia, a miles de kilómetros al sur de Buenos Aires, en la Tierra del Fuego, donde el continente americano se acaba, y se anuncia, en los bloques de hielo flotantes, la Antártida, la convertía de hecho en pena capital. Ushuaia era entonces, y sigue siéndolo ahora, el establecimiento humano más austral del mundo. A mediados del siglo XX apenas si pasaba de las mil almas. Fundada hacia 1860 por misioneros anglicanos en un espacio árido y helado en el que sólo de tanto en tanto se veía alguno de los escasísimos indios de la región, el último de los cuales murió en 1975, el lugar no tenía más historia que la de la cárcel.

Nadie escapaba del penal de Ushuaia. No porque los guardianes fueran numerosos ni estuviesen excepcionalmente armados, ni porque fuesen muy celosos de su deber o se mantuvieran alerta día y noche sino porque, de los que alguna vez habían salido de la prisión por su propio pie, con la pretensión de alcanzar la libertad atravesando el páramo infinito, nunca se había vuelto a saber: la gente se desorientaba, enloquecía de miseria, era devorada por el frío, perdía el corazón en un curso de agua. Para comer, había que cazar o pescar. ¿Y cuánto tiempo puede andar un hombre por ese aire gélido, con poca ropa y el viento en la cara? ¿Cuántos segundos se sobrevive a la inmersión en esas temperaturas despiadadas? Sanofevich sabía todo eso mejor que cualquiera de sus compañeros de castigo: cuando aún se llamaba de otra manera, cuando su nombre era aquel que no deseaba recordar, había conocido Siberia, había sido enviado a Siberia, y había salido de Siberia andando, nadando, y creía recordar que hasta volando. Y en Siberia hacía aún más frío que en Tierra del Fuego. Aunque Siberia estaba en el continente y Ushuaia sólo se relacionaba con el mundo por el barco del presidio: no vería otra nave hasta el estrecho de Magallanes. Y aunque a Siberia había llegado él, cuando aún no era Sanofevich, con más abrigo que a Ushuaia. Había llegado vestido para sobrevivir en el invierno de Moscú o de San Petersburgo, no para pasearse por el de Buenos Aires.

Sin embargo, él saldría de Ushuaia como había salido de Siberia. No por moral, ni por orgullo, ni porque se sintiera víctima de una injusticia. No iba a recorrer la Tierra del Fuego y la Patagonia andando porque su sentido de la existencia y su idea del mundo así se lo reclamaran sino, simplemente, porque no iba a quedarse allí para siempre, y aún estaba vivo.

Ha de haberlo hecho, suponía Stèfano Bardelli, a su manera insensible, con lo que podía parecer una enorme paciencia, pero que no era más que falta de sentido del tiempo —Sanofevich no se recordaba más joven y no creía que la vejez fuese problema suyo: siempre había sido igualmente fuerte y brutal—, con una entera falta de relación con los demás reclusos, de los que no esperaba nada y a los que nada iba a dar: no esperaría la confianza ni la solidaridad de nadie. Y bien que hacía, decía mi padre al contar la historia, porque aquellos tipos ignoraban del todo tales virtudes.

La primera preocupación de Sanofevich ha de haber sido la de cómo hacerse con un arma sin que nadie, ni carceleros ni presidiarios, se enterase. Ya en Buenos Aires, antes de la sentencia. Y a Stèfano Bardelli sólo se le ocurrió una posibilidad, influido tal vez por su oficio, pero también guiado por la lógica. Los presos pasaban revisión médica. No es de creer que se tratara de una revisión exhaustiva, ni que los funcionarios clínicos a cargo del trámite se preocupasen grandemente por la posibilidad de que algún condenado fuese enviado a Ushuaia con una lesión pulmonar, lo que le acarrearía una muerte segura e iniciaría una inevitable cadena de contagios. No obstante, aun así, los hacían desnudar, controlaban sus ropas y echaban una mirada a los cuerpos. Cada prenda debía de ser mirada con rigor en busca de dinero u objetos susceptibles de constituir un peligro en manos de aquellos hombres, es decir, casi cualquier objeto. Pero los cuerpos, ¿qué se podía llevar en el cuerpo, como no fuera en la boca o en el culo? La boca, la mirarían. ¿Y el culo? ¿Para qué una investigación tan desagradable, en sujetos, por otra parte, tan sucios? ¿Qué podían llevar allí que les sirviera para la fuga? ¿Un cuchillo? Ridículo. ¿Dinero para sobornar a un guardia? ¿Cuánto? Muy poco. Y si un guardia, por unos pesos, dejaba marchar a alguno, ya se sabía cómo era el final. No valía la pena buscar allí. Lo demás estaba a la vista. Aunque un hilo, algo muy parecido a un hilo transparente, como es una cuerda de violín, no resulta fácil de ver, ni siquiera cuando está a la vista, en un varón tan peludo y bien dotado como tenía que ser Sanofevich, habida cuenta de su fuerza y de su gran estatura, de las que se habló durante años: una cuerda de violín alrededor de los testículos, no muy apretada bajo el pelo, o, pese a la rigidez del material, hasta arrollada en el surco del glande, bajo el prepucio, puesto que el hombre no era judío. O en el culo, ¿por qué no?, un pequeñísimo anillo envuelto en un condón. Donde estuviere, una vez pasado el requisito médico, una cuerda de violín se podía atar a una pierna, bajo el pantalón, por ejemplo, y permanecer en su sitio hasta que hiciera falta.

Y una cuerda de violín sirve con devoción al bien o al mal que habite la mano que la emplee: igual que los seres humanos, suena como suena la vida cuando se estremece en compañía, en el lecho conveniente, realizando un saber que algunos poseen parte a parte, pero cuya conjunción superior nace del quizás azaroso concurso de ciertos elementos de naturaleza divina; e igual que los seres humanos, separada de esa obra perfecta, sin abrazo, sin encaje, sin la amorosa inteligencia que deriva en el goce común, es instrumento para el dolor, la locura y la muerte.

De todo lo cual, decía Stèfano Bardelli, deduzco que de un objeto así tiene que haberse valido Sanofevich en su momento.

El momento de su fuga, en enero, que en aquellos parajes diabólicos es el mes menos cruel. Enero de 1925 o de 1926, a juzgar por la fecha probable de su llegada a Rosario, estimada a partir del dinero que, se sabe, produjo Hannah Goldwasser antes de poner fin a su penosa existencia.

3. Pájaros, mujeres, comida

Pero no puedes llevar la prueba más allá de un cierto punto.

Deja que el frío se fije en tu mano en un grado extremo

y tus dedos se descompondrán hasta su raíz […]

La determinación verdadera del mal consiste en

esta imposibilidad de remedio.

John Ruskin, Sésamo y azucenas

Mica ci vuole forza per tirare il grilletto, ci vogliono i coglioni.

Jimmy Fratianno, mafioso

1

Uno de los guardias del penal que, por razones poco claras, había salido de los límites del presidio, apareció muerto, degollado con un objeto de características imposibles de precisar, completamente desnudo y, naturalmente, desarmado, a un par de leguas del edificio, el mismo día en que Sanofevich se esfumó para siempre.

Stèfano Bardelli no me habló de esto sino hasta pasados muchos años, a finales de los cuarenta, cuando la otrora poderosa Migdal, la sociedad de los rufianes, se había disuelto en el silencio, que no debe jamás confundirse con el olvido por mucho que el primero parezca la prueba del segundo, y cuando la mafia, de cuya aventura habíamos conocido, y mal, apenas si una parte menor, ya había pactado su larga supervivencia con los gobiernos de las mayores potencias. No parece probable que en la conferencia de Yalta se haya mencionado a la mafia, llamándola por su nombre y justipreciando el sentido y el efecto de cada una de sus acciones. El minucioso Winston Churchill no se hubiese negado a hacerlo, habida cuenta del definitivo secreto de muchas de las cosas que allí se trataron, pero las referencias de detalle no condecían con el carácter de Stalin, rústico, desmedido, abarcador y amante de la ocultación —cuyos criterios de reparto de zonas de influencia, un tanto toscos a los ojos de sus colegas, excluían el debate casuístico—, ni hubiesen dejado en el mejor lugar ante la historia al presidente Roosevelt, fino negociador de los acuerdos más importantes alcanzados con la Honorable Sociedad. O, para ser más exactos, con una parte de ella, la más poderosa, la más lúcida en términos políticos. Sin embargo, lo cierto es que el mapa del mundo nacido en aquella reunión era, en medida no despreciable, fruto de la acción del maldito clan siciliano, bien arraigado en América: el Partido Comunista no había tomado ni tomaría nunca el poder en Italia, el fascismo sería suavemente sucedido por la democracia cristiana y Roma, faro de Occidente y sede de la Iglesia, permanecería en su lugar por toda la eternidad, y esto sería así porque a Stalin no le interesaba un país tan remoto, como no le había interesado España, y porque el general Patton no había entrado solo en Sicilia: le habían recibido, acompañado y guiado los mafiosos, enemigos jurados del Duce.

Y una parte de la guerra de Patton se había librado en la Argentina, en las ciudades de Buenos Aires y de Rosario, explicaba Stèfano Bardelli. En la época de la humillación de la Migdal, del paso a la notoriedad de Giovanni Galiffi, el capo, el don, don Chicho y, poco después, de un tipo cuyo nombre verdadero nadie conoció jamás pero que, por derivación y por ostensible competencia, todos dieron en llamar Chicho Chico.

2

E insistía Bardelli en Sanofevich y en Hannah Goldwasser, porque veía en ellos el retrato acabado de su tiempo.

El guardia degollado tenía dos o tres cosas esenciales para el que pretendiera fugarse: algo de abrigo, un arma, un impermeable. A Sanofevich debe de haberle bastado con un tirón de la cuerda de violín para cercenarle el cuello. Después, ha de haberle desnudado, poniéndose todas las prendas que le sirvieran, porque no es probable que el muerto fuese tan grande como él, y recogiendo el resto en un hatillo, para emplearlas para protegerse aún más cuando pudiera permitirse descansar, lo que sólo ocurriría al cabo de una larga jornada. En el mapa que decoraba la comandancia del penal, visto en el momento de su ingreso, Sanofevich había aprendido lo necesario para imaginar su ruta.

Tenía que subir hacia el norte, atravesando la Isla Grande de Tierra del Fuego, cruzar como pudiera el Estrecho de Magallanes, que en ciertos puntos parecía realmente angosto, y seguir y seguir hasta alcanzar, si no Buenos Aires, algún lugar en el que adquirir el aspecto humano que ya había empezado a perder en los días del proceso y que habría perdido por completo al finalizar su fuga, si conseguía hacerlo.

El oficialmente llamado Presidio Nacional, que la mayoría conocía como penal de la muerte o como infierno del sur, no era una cárcel a lo Montecristo, ni una cantera de horrores como la que conoció Jean Valjean, sino una prisión moderna, un panóptico benthamiano, construido al comenzar el siglo: un edificio central con cinco pabellones en forma de martillo que convergen en él. Cada pabellón tiene dos plantas con setenta y seis celdas individuales y un techo de chapa acanalada. En la parte exterior, en la zona extendida del martillo, estaban y siguen estando, ya que, si bien no se emplea desde 1947 el penal continúa allí, las instalaciones mínimas: duchas, baños, algo que denominaban enfermerías. El total de celdas es, si uno se pone a multiplicar, de trescientas ochenta, pero en ciertos momentos llegó a haber seiscientos presos. La estrella de cemento estaba rodeada por una cerca de alambre tejido de dos metros de altura. Desde la parte más alta del conjunto, en el recinto central, se ve la ciudad de Ushuaia. Y desde la ciudad se ve la cárcel. La fuga debía, pues, hacerse de noche.

Había que alcanzar de noche el pie de los montes Martial y comenzar su travesía, perderse en la nieve antes de que amaneciera.

Si hoy se mira el lugar, la escapada parece imposible. Pero hubo quien salió de él, cualquiera haya sido su destino ulterior y, según la historia recordada por Stèfano Bardelli, Sanofevich lo consiguió.

Ha de haber echado a andar, pues, sin hacer cálculos que necesariamente fallarían y que, por acertados que hubiesen podido resultar, no hubiesen mejorado su situación. Los kilómetros de la Isla Grande, unos cuatrocientos, podían llevarle días, semanas o meses, y días, o semanas, o meses, podían llevarle los que tuviera que recorrer por el continente, unos dos mil quinientos hasta Buenos Aires, unos tres mil hasta Rosario. Porque él no pensaba atravesar la zona argentina de la Isla Grande y pasar la frontera para encontrarse en Chile en pocos días, que era lo que la lógica más elemental reclamaba a poco que se mirara el mapa, sino regresar, regresar al mundo de Novak, al mundo de los traficantes.

La primera etapa era la más difícil y, de creer en la leyenda, nadie había salido de ella con vida. Claro que, pensaba Sanofevich, si alguien se hubiera salvado, ¿quién lo sabría? ¿Acaso quien huye con éxito de una cárcel va por ahí contándolo? ¿Acaso él había hablado alguna vez de Siberia?

Alcanzar el Estrecho tiene que haberle llevado mucho tiempo, aun andando como debió de haber andado: como un soldado habituado a las marchas de campaña en climas helados. Claro que, en campaña, por dura que sea la jornada, suele haber comida. Y, aunque hubiese ahorrado, apartado algo, cosa difícil cuando se come un rancho con muchas harinas y pocos elementos sólidos, y aunque hubiese robado de la cocina de la prisión, poco, porque las provisiones se cuidan especialmente en un sitio en el que la supervivencia depende de la fecha de llegada de un barco, Sanofevich contaría con muy escasos recursos. En los seis meses que pasó en el penal pudo haber acaparado, tal vez, diez o doce patatas pequeñas, uno o dos huevos y una o dos tiras de grasa. Y todo ello estaría congelado. Tendría que descongelarlo para poder meterle los dientes, llevándolo en su marcha bajo la ropa, pegado al cuerpo, o guardado en la boca, sin morderlo, hasta que resultara comestible.

Se me ocurre que el cálculo de mi padre no podía ser del todo correcto, y yo temo que pecara de mezquino porque, de una u otra forma, algo más tenía que haber reunido Sanofevich en esos meses de espera: unas raíces de plantas ruines, unos cuantos granos de sal, restos de pan en trozos pequeños, más próximos a las migas que a los mendrugos, digamos que lo imprescindible para no desfallecer en unos días, y hasta tenía que haber conservado la energía suficiente para cazar algo cuando se pusiera a su alcance, sin hacer ruidos que llamasen la atención, como el que resultaría de un disparo.

Pasados los montes Martial, a una distancia segura tanto de Ushuaia como de Río Grande, la otra población real de la isla, tal vez pudiera emplear el fusil del guardia, pero era a todas luces preferible no hacerlo hasta estar en el continente. Además, no contaba con más de seis balas, y un zorro colorado o un castor son presas demasiado rápidas para un arma como la que él debía de llevar. Encontrar un guanaco parecía lo ideal, pero yo imaginé siempre que las aves tienen que haber sido la salvación de Sanofevich, quien seguramente poseía algún don felino, la capacidad para llegarse con menos alboroto que una serpiente hasta cualquier nido y esperar inmóvil su oportunidad para atrapar una presa. Cormoranes, quizá. Para él serían simplemente pájaros. O comida, sin más. Para desplumar o despellejar, destripar, comer. Con la ayuda de la bayoneta del fusil del guardia.

Imaginar. Es la única posibilidad. No hay testimonios. Sólo sabemos, sólo sabía mi padre, que Sanofevich había sido condenado, que había huido, que había llegado un día a Rosario con Hannah Goldwasser.

Imagino a Sanofevich como lo imaginaba mi padre: eludiendo cualquier presencia humana en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Y cruzando el Estrecho en algún punto favorable, en el que el otro lado fuese visible, echándose al mar como se echan los hombres del norte después de frotarse el cuerpo con nieve o con agua helada para que el frío repentino no les paralice el corazón, ese corazón que Sanofevich aseveraba no tener. Con la ropa envuelta en el impermeable del muerto del penal, atada a la cintura. Iniciando el trayecto a un centenar de metros de la orilla, con una carrera imparable, ciega, en la que ya habría empezado a agitar los brazos como si nadara, y nadando después, sin detenerse un instante, sin pensar, sin darse ocasión de sentir, y saliendo del agua al otro lado, sólo para continuar la carrera hasta haberse secado completamente por obra del calor del cuerpo, sin percibir la evaporación. Él, sin duda, era capaz de hacerlo, sabía hacerlo, lo había hecho en Siberia. Y tal vez, al otro lado, hubiese encontrado a alguien, un indio, uno de los pocos onas que quedaban, en una choza de madera, caliente, junto al rescoldo de lo que pudiera haber sido una hoguera de carbón de piedra, que abunda en la región: Sanofevich entrando desnudo, peludo como un oso, agitado, con su hatillo ya bajo el brazo y sentándose sin pedir permiso junto al fuego, abrigándose, volviendo a tierra firme, con toda su sangre aún en el cuerpo, comiendo lo que tuviese el indio, carne de liebre asada en esas brasas salvadoras, comiendo y mirando al indio, tan incapaz de desconcertarse por la presencia del otro como de sonreír, Sanofevich evaluando las pieles que cubrían a aquel hombre solo, mucho mejores para aquel clima que las prendas que él llevaba, pieles que se podían poner encima de su ropa urbana, pieles que le cubrirían y le salvarían de cualquier contingencia, pieles que se llevaría, Sanofevich observando al indio después de comer, deshaciendo su paquete de ropa, vistiéndose, buscando en el bolsillo del pantalón recién puesto el rollo breve de la cuerda de violín, o sacando del centro del montón, o del impermeable, la bayoneta con la que había desplumado, despellejado, destripado pájaros para comer su carne cruda, tibia, correosa, Sanofevich matando al indio con la cuerda o con la bayoneta, rebanando el cuello del indio o agujereando su corazón porque ni siquiera se le ocurriría la idea de negociar, cambiar las pieles por algo, hasta por su simple y excepcional compañía, o robarlas, sin más, a alguien que no se hubiese resistido, que no hubiese sabido resistirse, asesinando al indio por costumbre, por instinto, por perversión, porque únicamente la muerte le hacía sentirse vivo. Y durmiendo luego junto al fuego, junto al muerto, vestido y cubierto de pieles, sin sueños, sin culpas, sin dolor, sin alegría, como lo que era: la materia de la banalidad del mal.

Imagino a Sanofevich reemprendiendo su marcha hacia el norte, con la barba y el pelo muy crecidos, endurecidos por la sal del mar, olfateando el aire como un perro, o como un lobo, evitando las poblaciones, alimentándose de pájaros, otros pájaros, pero con el mismo nombre, pájaros, y de ovejas apartadas de rebaños sin pastor, de los que había en aquellas estancias sin límites, o de ovejas apartadas de rebaños con pastor muerto. Sanofevich caminando hasta encontrarse con Israel Ganitz, con Hannah Goldwasser, con Myriam Frenkel.

3

Ganitz también iba hacia el norte. Pero no tenía la fuerza, ni la experiencia, ni el hábito del rigor que le sobraban a Sanofevich. Nunca había sido soldado ni había estado sometido a situaciones de verdadero esfuerzo. Era un guapo de ciudad. Hannah y Myriam venían, en cambio, de un mundo en el que el frío, el hambre y el esfuerzo eran el pan de cada día. Aunque Myriam estuviese enferma, aunque se sintiese morir desde hacía días, desde el momento en que el aliento espeso de un marinero —aliento de vino agrio y fermento de col, de cebollas podridas y tabaco de mascar, emanación de su alma— le había cerrado la garganta para siempre. Después de aguantar tanto, ese aliento había sido como una sentencia, el límite de lo tolerable. Había apartado la cara, como lo hacía cada vez que uno de aquellos individuos se servía de ella, pero no había bastado. Cuando el capitán les dejó en la costa, llevaba una larga semana sin comer.

Ganitz hacía chasquear el látigo y, de tanto en tanto, daba voces, como si hubiese algo en el mundo que asustase a aquellas dos mujeres. Los buenos botines que se había comprado en Varsovia poco antes de emprender el viaje se demostraron endebles y hasta defectuosos al segundo día de marcha. Cuarenta horas sin un respiro, por un terreno irregular, húmedo y arenoso, le habían llenado el calzado de polvo áspero y tenía los pies llenos de llagas. Pero no perdía aún la esperanza de ver una luz en la distancia, una señal de población. Pretendía seguir así indefinidamente, sin comida ni descanso, porque tenía la sensación de que, si hacía un alto, ya no tendría fuerzas para volver a ponerse en camino: si se quitaba los zapatos ya no podría volver a ponérselos. No pensaba en Hannah ni en Myriam, ni en el equipaje con el que ellas cargaban. No eran auténtica compañía: estaba obligado a llevarlas con él porque, si las abandonaba, no tendría de qué vivir cuando llegasen a Buenos Aires. Lo que realmente le preocupaba era su propio sufrimiento, su hambre, su debilidad, su frío. Sin embargo, al cabo de cuarenta horas, cuando Myriam se desplomó ante sus ojos, se vio obligado a interrumpir su absurda mecánica. Miró con indiferencia el cuerpo tendido, desmayado, casi vaporoso, de la muchacha y dio todavía un par de pasos más, agitó el látigo en el aire sin gran energía y sacó una orden del fondo de su garganta seca:

—Sigue —dijo, convencido de que Hannah le obedecería.

—No —dijo ella, arrodillándose junto a su amiga.

Ganitz se le acercó, amenazador, fingiendo una fuerza de la que carecía.

—Sigue —repitió.

Hannah consideró la posibilidad de hacerle frente, pero pensó que eso les agotaría a los dos y que todos morirían allí. Eligió una senda lateral para mover algo en el hueco interior de Ganitz.

—Vale muchos miles de zlotys, o de pesos, si lo prefieres —dijo—. Si sólo llego yo a Buenos Aires, sólo ganarás la mitad y todo este esfuerzo te resultará ridículo. Te maldecirás por haber perdido un tesoro por el camino.

El dinero. Myriam era un montón de dinero, un saco repleto de dinero que él no podía permitirse dejar de lado. Hannah tenía razón. Y, aunque no la hubiera tenido, él ya había cometido el error de detenerse y no tenía fuerzas para echarse a andar nuevamente. Se sentó en el suelo.

—¿Qué le pasa? —preguntó, señalando a Myriam.

—No sé —mintió Hannah, que era consciente de que su compañera acababa de morir.

—¿Respira?

—Me parece que sí. Ven a ver.

—No —rechazó Ganitz, con un gesto—. Ocúpate tú. ¿Necesitará beber?

—Todos necesitamos beber. Pero no hay más agua que la del mar. Creo que, si descansamos, aunque no haya agua ni comida…

—Está bien —aceptó Ganitz. Se dejó caer de espaldas sobre la arena helada y se quedó dormido.

Hannah sabía que no debía dormir. Que si lo hacía, no despertaría jamás. Sabía más cosas que no había querido decir antes, confiando en que Ganitz resistiera menos que ella. Si quería ser libre tenía que acabar con él, y aquélla era su oportunidad. Cerró los ojos de Myriam y le quitó el cinturón de su vestido de seda, un cinturón liso, firme, sin hebillas molestas. Se levantó y se acercó al rufián por detrás, con precauciones innecesarias. Lentamente, escarbando en la arena bajo la nuca del hombre, le pasó el lazo por debajo del cuello. Después, cogió la seda que sobresalía a su derecha con la mano izquierda, y la que sobresalía a su izquierda con la derecha. Y tiró. Tiró con todas las fuerzas que le quedaban. Ganitz, pese a las nieblas del sueño, intentó, torpe y lentamente, resistirse, agitando los brazos en busca de un enemigo que no estaba encima de él. Hannah ignoraba cuánto podía durar aquello, de manera que mantuvo el hilo de seda en tensión hasta mucho después de que su enemigo hubiese llegado a otro mundo.

—Ya —dijo de pronto una voz de hombre a su espalda, en ruso—. Ya puede soltar. Está muerto.

Era una aparición: un sujeto enorme, cubierto de pelo y de pieles de animales, con un arma en la mano. En ese instante, al ver a Sanofevich, Hannah pensó por primera vez que no había más salida verdadera de la trampa de su destino que la muerte. Aunque no quisiera convencerse definitivamente de ello hasta el día de su entrada en el burdel de Rosario.

—No entiendo —respondió, en yidish, al comentario del hombre de las pieles.

—¿Yidish? —confirmó él.

—Sí.

—¿Judía?

—Sí.

—¿Puta?

—Parece ser la única cosa para la que me quieren. ¿Tú también?

Sanofevich se encogió de hombros.

—¿Por qué no? De algo habrá que vivir cuando volvamos al mundo.

Hannah se puso de pie.

—¿Judío también? —preguntó.

—No —contestó él, con una sonrisa—. Todo lo contrario. Ruso.

—¿Y cómo es que hablas yidish?

—Conocí muchas aldeas. Oí a la gente. Yo era pequeño, pero no lo olvidé. Después, maté a unos cuantos.

—¿Por qué?

—No se podía hacer nada mejor con los judíos.

—¿Me vas a matar a mí? —casi pidió Hannah.

—No. Ahora hay cosas mejores para hacer con una judía. Venderla. Ponerla a trabajar.

—¿Trabajar?

—De puta. O venderla. Pero para eso, hay que llegar a alguna parte.

—Yo necesito descansar, o me pasará lo mismo que a ella —dijo Hannah, señalando a Myriam—. ¿Tienes agua? ¿Comida?

—Agua, sí —respondió Sanofevich, sacando de entre las pieles que le cubrían un odre pequeño, inexplicablemente cosido, salido de la choza del indio.

Hannah bebió sin ansiedad. No estaba convencida de que valiera la pena, de que no fuese mejor renunciar a alimentarse, dejarse caer en el sitio y esperar con paciencia el final. Al sujeto que tenía delante no le gustaría la idea: ya había calculado su precio, y no tenía aspecto de renunciar fácilmente a un negocio. Pero, ¿qué era lo peor que le podía pasar a ella? ¿Que él quisiera obligarla a comer, no lo consiguiera y, en su afán, acabara por matarla? Mejor. Más rápido. Claro que, si bebía y tomaba algún bocado y dormía un poco, recobraría fuerzas. Y aún estaban solos, en el desierto, y le quedaba una posibilidad: matar a su nuevo amo como lo había hecho con Ganitz.

—¿Tienes algo para comer? —preguntó Hannah.

—Carne —dijo Sanofevich, señalando los cadáveres—. De ellos.

—¡No! —se sobresaltó la muchacha.

—Veo que eres nueva en este negocio. Si no, no te asustarías.

Hurgó entre las pieles y sacó un trozo de algo oscuro y húmedo. Se lo tendió a Hannah.

—¿Qué es? —preguntó ella, aceptándolo.

—Pájaro.

—¿Pájaro? ¿Qué pájaro?

—Pájaro.

Hannah lo mordió. Era duro, resbaladizo, y olía mal, pero tragó el primer bocado y después siguió.

—¿Has comido… gente? —quiso saber, sentándose en el suelo.

—Y perros, y gatos, y ratas —se extendió Sanofevich—. Peor es el hambre. Come pájaro, que quiero que estés fuerte.

—¿Me vas a dejar dormir?

—Vamos a dormir.

—¿Y después?

—A la ciudad.

—¿A qué ciudad?

—Conozco a alguien en Rosario.

—¿Es lejos?

—Sí.

—¿Caminaremos?

—En alguna parte habrá caballos.

Sanofevich seguía despierto cuando a Hannah la venció el sueño.

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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
281 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788412082869
Yayıncı:
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