Kitabı oku: «Esperanza, pero no para nosotros. Capitalismo, técnica y estética en Walter Benjamin»


© LOM ediciones Primera edición, marzo 2021 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560013873 ISBN digital: 9789560014276 Motivo de portada: Paul Klee, Hauptweg und Nebenwege, 1929. Todas las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones han sido sometidas a referato externo. Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 lom@lom.cl | www.lom.cl Diseño de Colección Estudio Navaja Tipografía: Karmina Registro N°: 201.021 Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
Índice
Introducción
Caída, historia y redención
La religión como la «totalidad de la experiencia».Religión y experiencia en los escritos juveniles de Walter Benjamin «El origen es por lo tanto entelequia». Mito, mesianismo e historia en los escritos tempranos de Walter Benjamin Walter Benjamin y el significado secular del mesianismo: la refutación a Carl Schmitt 56
Técnica y política
«Para una crítica de la violencia»: técnicas del acuerdo, diplomacia y mentira ¿Cómo es históricamente posible una crítica de la violencia? Observaciones sobre «Para una crítica de la violencia» de Walter Benjamin y «El hombre que mató a Liberty Valance» de John Ford
Técnica, huelga general y «medios puros»
Walter Benjamin lector de la novela utópica Lesabéndio de Paul Scheerbart 132 La política de lo inútil: Benjamin y Heidegger
Eterno retorno y Jetztzeit
Biopolítica, sexualidad y vida eterna en Benjamin La redención por los astros: posibles citas entre Walter Benjamin y Louis Auguste Blanqui Cristales de tiempo. Reflexiones (políticas) sobre una historia del ahora
Pensamiento, imagen y memoria
¿Es la obra de Benjamin un catálogo? Aproximaciones para una lectura global El interior burgués en Walter Benjamin y el modernismo hispanoamericano Los pasajes de la obra. Walter Benjamin y la risa
Baudelaire: capitalismo y crisis
En la orilla de un nuevo Léthé: mercantilización y experiencia en el Baudelaire de Benjamin Trapero contra flâneur. Construcciones y posiciones del Passagenarbeit de Walter Benjamin
Anexo
Walter Benjamin. Choque: revelación, iluminación y experiencia
Sobre los autores
Bibliografía secundaria
Abreviaciones de las obras de Walter Benjamin en alemán (Gesammelte Schriften y Gesammelte Briefe) y español
Introducción
Con este tomo nos atrevemos a enriquecer la amplia biblioteca sobre Walter Benjamin en Chile y América Latina con un título más: Esperanza, pero no para nosotros. Capitalismo, técnica y estética en Walter Benjamin.
«Esperanza, pero no para nosotros» son, según el testimonio de Max Brod, palabras de Franz Kafka que nos transmite Benjamin en su ensayo sobre Kafka.
Recuerdo una conversación con Kafka a propósito de la Europa contemporánea y de la decadencia de la humanidad, escribió (Max Brod). “Somos” –dijo– “pensamientos nihilísticos, pensamientos suicidas que surgen en la cabeza de Dios”. Ante todo, eso me recordó la imagen del mundo de la Gnosis: Dios como demiurgo malvado con el mundo como su pecado original. “¡Oh, no!” –replicó–. Nuestro mundo no es más que un mal humor de Dios, uno de esos malos días. ¿Existe entonces esperanza fuera de esta manifestación del mundo que conocemos?. El sonrió. “¡Oh!, bastante esperanza, infinita esperanza, solo que no para nosotros”». (ZKG*: GS II-2, 414) (CV: 1991, 139-140).
¿Para quién, entonces, hay esperanza? En las novelas y en los cuentos kafkianos, la esperanza queda solamente para los «ayudantes» (Gehilfen), para los «locos», para los «estudiantes», según la lectura propuesta por Walter Benjamin. La esperanza existe para estas figuras insignificantes que no pertenecen al mundo que se somete a leyes, en general indescifrables, exigiendo cumplir con valores siempre inaccesibles. Instaladas al margen extremo de este mundo, ni siquiera pueden pecar contra su orden y sus valores. Son estas figuras de Kafka que se eximen y al mismo tiempo se burlan de toda forma de gobernabilidad. Ellas se encuentran tan fuera de la ley que tampoco pueden ser interpretadas como su negación.
La esperanza está del lado de estos que se entregan con todo entusiasmo a un oficio sin esperar ninguna recompensa, ningún reconocimiento, ningún tipo de salvación. En un aforismo, Kafka los describe como los que se ponen a «martillar» (hämmern) con toda su alma, pero como si no fuera nada ( «als wäre es nichts»)1. En estos ejemplos, la esperanza se debe a una gracia que nos toca sin ningún merecimiento y solamente en la medida en que renunciamos al esfuerzo de lograrla. En este sentido es una gracia completamente penetrada por un pensamiento teológico.
Esta tonalidad kafkiana marca la interpretación de Pablo Oyarzún, cuyas importantes ediciones de los escritos de Benjamin enfatizan la centralidad del concepto de experiencia, capturada en una «dialéctica en suspenso» entre singularidad y repetición, entre aura y shock, reflejando la peculiaridad de la «sociedad de teología y materialismo» que Benjamin establece en el transcurso de su obra2. En la lectura de Oyarzún, el concepto de experiencia desarrollado por Benjamin asume importancia fundamental no solamente porque en ella la vida es enteramente atravesada por la ineluctabilidad de la muerte y de la culpa, marcada por su origen en la Caída de la especie humana, símbolo de la transitoriedad de todo lo mundano, sino también por ser condición posibilitante de la singularidad3. En este sentido, la interpretación de Oyarzún encuentra ecos en una de las mayores propuestas interpretativas recientes desde la recepción angloamericana de Benjamin, en los trabajos de Samuel Weber4. Ambas lecturas se caracterizan por una mirada melancólica hacia el presente y las posibilidades para el futuro. Como dice Oyarzún acerca de la esperanza, en Benjamin «solo una cierta posibilidad pasada parece poder suministrarla»5.
No obstante, y tomados en su conjunto, los ensayos de este volumen sugieren que Benjamin no va a restringirse a esta visión kafkaiana. En el propio pensamiento de Benjamin no se va a repetir esta desilusión, sino que este es penetrado por el esfuerzo de demostrar dónde y por qué –a pesar de todo– hay esperanza. El camino para descubrir si la esperanza es posible pasa, para Benjamin, por la investigación de la «historia primaria» (Urgeschichte) de la modernidad y, con ello, del capitalismo en el siglo XIX. Esta «historia primaria» encuentra su manifestación más espectacular en los pasajes parisienses y en las fantasmagorías de la mercancía, en la invención de los nuevos medios técnicos y en el surgimiento de una nueva estética que lleva a la destrucción del aura. Son los momentos en los cuales se produce el suspenso de una dialéctica que opera al servicio del capitalismo, los momentos de los paros violentos, de los shocks, en los cuales se interrumpe la fatalidad del continuo del progreso para dejar relampaguear la posibilidad de la reconciliación entre el hombre y la naturaleza y entre los hombres mismos. Capitalismo, técnica y estética en Walter Benjamin, la segunda parte del título de este libro, hace alusión a esta dimensión del pensamiento benjaminiano que busca abrir un horizonte de esperanza que para Kafka no existía, el cual emerge de un mundo que para él ha quedado inaccesible. No obstante, lo que la propuesta benjaminiana –a pesar de esta diferencia profunda– tiene en común con el mundo kafkiano es su trasfondo teológico.
Entre los fragmentos del Libro de los pasajes leemos el siguiente:
La relación de mi pensamiento con la teología es como la del papel secante con la tinta. Está empapado con él [el papel con la tinta]. Pero si se cumpliera el deseo del papel secante [el papel corresponde al pensamiento que absorbe], nada de lo escrito [con tinta] quedaría [N 7 a, 7] (PW: GS V-I, 588) (LP: Obras V/1, 757).
Esta era la intención benjaminiana: hacer desaparecer la teología y dejar que fuera absorbida por la propia materia, una forma de materialismo teológico o de una teología materialista. Se trataría de una teología que se convierte en política –contra una política que se convierte en teología. Se repite en el ámbito de lo teológico una figura que conocemos de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Allí, Benjamin se refiere a la relación entre estética y política y se muestra convencido que sería posible crear una estética que fuera inutilizable para el fascismo, una estética que sería el resultado –así reza la conocida fórmula– de la politización del arte en vez de una estetización de la política. Esta diferencia radical entre un arte que se convierte en política y una política que se convierte en arte, la que sería la opción fascista, se repite en la relación entre teología y política. Retomando la argumentación de Benjamin: lo que importa es la politización de la teología contra la teologización de la política.
Por ende, este volumen comienza con repensar la categoría de la experiencia junto con la cuestión de la teología en el pensamiento temprano de Benjamin. El ensayo de Gabriel Amengual muestra que tal concepto no asume la separación entre el conocimiento de Dios y el conocimiento de la realidad empírica a la manera kantiana, sino más bien sugiere introducir el problema de la religión dentro de los límites de la razón pura para hacer estallar estos mismos y abrir la posibilidad de una experiencia que sea al mismo tiempo conocimiento de Dios, poniendo a Benjamin mucho más cerca de las propuestas de Hermann Cohen en Religión de la razón y Franz Rosenzweig en Estrella de la redención de lo que se había visto anteriormente6.
El ensayo de Andreas Greiert propone una hipótesis acerca de los orígenes del discurso mesiánico en el joven Benjamin, que tanta importancia ha recobrado en la reciente crítica a partir de la obra de Agamben7. La tesis de Greiert es que la transitoriedad del mundo no es exclusiva de su eternidad, justamente porque la Creación fue en su origen «buena» y solamente la Caída hizo que la humanidad la juzgara «mala». Por eso, para Benjamin, la tarea primaria sería la crítica de la modernidad en tanto mito, cuya finalidad es retractar la Caída, y regresar a un estado redimido de la criatura. La lectura originalísima que hace Greiert de la dialéctica de la Ilustración, según la cual la luz del eschaton necesita la «oscuridad» para no ser ocultada por las «luces» del progreso humano, nos ayuda finalmente a entender las mismas oscuridades de la lectura agambeniana de la «noche salvada»8.
La crítica está de acuerdo en que la transición fundamental en Benjamin desde la perspectiva teológica de su juventud hacia la materialista y marxista de su madurez se cristalizó en 1924, cuando conoció a Asja Lacis, quien lo introdujo a la obra de Gyorgy Lukács, Historia y conciencia de clase9. Pero ya en 1921 Benjamin escribió textos y fragmentos transicionales cruciales como Para una crítica de la violencia y Capitalismo como religión, que han sido claves en la nueva lectura de Benjamin en los últimos 20 años. Parece seguro que Benjamin estaba intentando escribir un tríptico sobre «El político verdadero», de los cuales nos queda solamente Para una crítica de la violencia10. Estos años son igualmente el periodo en el cual la figura de Carl Schmitt, y su teología política, asume una gran importancia en la República de Weimar, lo que se refleja más que todo en su habilitación sobre el Trauerspiel barroco alemán. Sin lugar a dudas, la relación entre estas dos figuras ha marcado la discusión filosófico-política de la izquierda mundial en las últimas décadas.
Nuestro volumen le otorga particular relevancia a estos textos y a este momento de la obra de Benjamin, pero lo hace a partir de ensayos que resaltan la importancia de la estética en el pensamiento teológico-político de Benjamin. El ensayo de Christoph Henning explica por qué no se puede hablar de una «teología política» en Benjamin, sino muestra que la solución de Benjamin al problema teológico-político pasa por una politización de la estética mediante la cual la «muerte de la intención» (otra lectura posible de la «esperanza, pero no para nosotros»), que busca el libro sobre el Trauerspiel, puede de nuevo revelar que el mundo está eternamente justificado (de manera cercana a las intuiciones de Nietzsche en el Nacimiento de la Tragedia).
Uno de los hilos conductores que unen el concepto de política de Benjamin al materialismo histórico a partir de 1921 pasa a través de su intuición acerca de la estrecha relación entre el desarrollo de la obra de arte y de la tecnología. En el último aforismo de Einbahnstrasse, «Zum Planetarium», libro dedicado a Asja Lacis, Benjamin distingue la idea de la técnica en tanto «dominación de la naturaleza» que es propia del «imperialismo» de la idea de técnica en tanto «dominación de la relación entre naturaleza y humanidad»: «Los seres humanos, como especie, se encuentran, desde hace unos milenios, al final de su desarrollo, pero la humanidad, como especie, se encuentra al principio. Y la técnica está organizando un phisis en el que su contacto con el cosmos se establece de forma bien distinta que en los pueblos y en las familias […] En las noches de fuerza y de destrucción de la última guerra, el cuerpo humano estaba sacudido por sentimientos bastante semejantes a esa dicha que es propia de los epilépticos, y las revueltas que después vinieron fueron tan solo el primer intento realizado por la humanidad para adueñarse de su nuevo cuerpo. Así, la fuerza del proletariado es la medida para su salud. Si su disciplina no captura ese nuevo cuerpo que decimos, ningún razonamiento pacifista va a poder salvarlo. Pues lo vivo supera solamente el delirio de la destrucción en la embriaguez de lo que procrea» (Obras, IV, 1, 88-89)11. Juntando una temática marxista de la lucha de clase y de la emancipación de la técnica de su uso capitalista e imperialista, con una temática nietzscheana de la obra de arte en tanto lugar de la redención de la naturaleza, este texto trae a la luz un proyecto que va a caracterizar toda la obra posterior de Benjamin y que nuestro volumen retoma en sus siguientes ensayos.
La relación afirmativa entre tecnología y estética como fundamento de una nueva política es discutida primeramente respecto al concepto de «medios puros» que se encuentra en Para una crítica de la violencia en los ensayos de Bettina Menke, Hauke Brunkhorst y Carlos Pérez López. Después de tanta atención dedicada al texto de la Crítica desde 1990, fecha en la cual se publica el simposio sobre Benjamin con el famoso texto de Derrida, «Force de loi» en la Cardozo Law Review, parece no quedar mucho espacio libre para comentarios novedosos. Afortunadamente ambos textos, el de Menke y Brunkhorst, logran abrir nuevas vistas y su traducción en este volumen es una entre muchas razones de la originalidad del mismo. La novedad del texto de Menke se relaciona al hecho de que su lectura se concentra en la idea de «medios puros» exentos de violencia, concepto usado por primera vez por Helmut Plessner en esos años y que Benjamin adopta en vistas de obrar su crítica del derecho positivo en tanto esencialmente ligado a la violencia mítica, algo que se pone en muestra en la dependencia del derecho sobre el aparato policial. El argumento de Menke se distiende en particular sobre el uso de la mentira en el «medio puro» de la conversación con miras a lograr acuerdos, que corresponderían a la violencia divina y a la huelga general proletaria en tanto instancias que de-ponen al derecho, es decir, en tanto instancias de poder «destituyente», como diría Agamben. Tal uso de la mentira no solo depone cualquier «régimen de veracidad» y se pone al costado opuesto de la ética discursiva de Habermas, sino también se opone al final a cualquier tipo de conexión entre política y heroísmo y permite una crítica del heroísmo, tema que será retomado más adelante por otros ensayos dedicados a las lecturas de Goethe y Baudelaire.
Mientras Menke conecta los medios puros con la posibilidad de la destitución del derecho en tanto tal, Brunkhorst ve en el texto de Benjamin una opción más afirmativa para un uso revolucionario del derecho y en particular en el concepto de poder constituyente. A través de una lectura cruzada del texto de Benjamin y de «El hombre que mató a Liberty Balance» de Ford, Brunkhorst se pregunta si acaso no hay en estos dos discursos, al lado de una crítica a la inmanencia de la violencia fundadora del derecho positivo, también unos momentos en los cuales derecho y violencia aparecen conectados de manera emancipadora, tal que la distinción entre violencia mítica y violencia divina se encuentra operando dentro del derecho mismo. Para Brunkhorst, dos ejemplos de violencia divina operando de manera constitucional serían el uso libre del derecho a huelga de los trabajadores y la idea de un poder constituyente que se abre a la participación política de todos, «[tanto] buenos como malos».
El ensayo de Pérez López se centra en la lectura que hace Benjamin a través de los años de la novela Lesabéndio. Ein Asteroidenroman de Paul Scheerbart, un texto de ciencia ficción que proyecta a nivel cosmológico el ideal de un desarrollo de la técnica que conlleva la unión de lo espiritual con lo natural. López muestra cómo la atención que Benjamin otorga a Scheerbart repetidas veces durante su vida no es casual, sino revela más bien la idea en Benjamin de que el desarrollo del ser humano en tanto especie humana es concebible solamente a un nivel literalmente cosmopolítico, o mejor dicho, a través de una política a la altura de las estrellas.
Quizás no haya lugar más paradigmático para entender la relación que Benjamin establece entre estética, técnica y política que su ensayo más famoso, «La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica,» y el concepto allá expuesto de una «segunda técnica». Este texto es el objeto de un largo análisis en el ensayo de David Ferris, quien argumenta que la clave del ensayo reside en la tarea política de convertir la obra de arte en algo inútil para el fascismo. Para Ferris, este movimiento requiere pasar desde el carácter aurático de la obra hacia su valor de exhibición, es decir, solamente cuando la obra de arte sea completamente exhibible será inútil para el fascismo. En última instancia esto se debe a que su reproductibilidad técnica permitirá la «inutilidad de la apariencia». Ferris concluye su ensayo tratando de establecer los parámetros del «choque» que Benjamin esperaba generar con y contra Heidegger hacia 1930 acerca de sus concepciones de la historia, una confrontación que, como sabemos, nunca ocurrió en la realidad12. Para Ferris, estos parámetros se deben encontrar en las maneras opuestas mediante las cuales ambos, Heidegger y Benjamin, analizan la obra de arte desde el punto de vista de la destrucción de la apariencia.
Uno de los elementos novedosos de nuestro volumen, como decíamos, consiste en enfatizar el rol afirmativo que juega la repetición en el pensamiento de Benjamin. Se trata de un motivo nietzscheano, por supuesto, que tiene su formulación más radical en la figura del eterno retorno. En efecto, otra manera de pensar el choque entre Benjamin y Heidegger es a través de una confrontación entre dos diferentes pensamientos de la relación entre inicio y repetición: mientras para Heidegger la destrucción de la distinción entre esencia y apariencia que inicia Platón sirve para des-ocultar un «nuevo inicio» de la historia del ser, para Benjamin la mortificación de la belleza efectuada a través de la alegoría y de la ironía en la modernidad apunta hacia un concepto biopolítico de «sobrevida» o «vida sobrenatural» en una sociedad caracterizada por el fetichismo de la mercancía y la producción de lo siempre-igual.
El ensayo de Miguel Vatter explora estos temas en relación a los escritos de Benjamin sobre Goethe y Baudelaire. Se trata de delinear la crítica de Benjamin al heroísmo antiguo, en el cual la vida «natural» del hombre se enfrenta al destino por medio del cumplimiento de tareas «sobrehumanas» en contraposición al heroísmo moderno, basado en la intuición de que «la vida humana no se puede considerar por analogía con una obra de arte», como queda dicho en el ensayo sobre Las afinidades electivas. Para el heroísmo moderno se trata, en vez de rescatar una forma de vida más allá de la necesidad y culpa impuestas por el capitalismo, de aquella necesidad y culpa recubiertas por el ideal de la belleza.
Si el ensayo de Vatter toma como trasfondo la teoría de la tragedia nietzscheana, el ensayo de Felipe Kong retoma el problema del eterno retorno y de la repetición en una interpretación de Blanqui y su tratado de cosmología La eternidad por las estrellas. El ensayo discute las razones del interés otorgado por el último Benjamin al más famoso revolucionario del siglo XIX, mostrando las posibilidades emancipadoras de un pensamiento de la «vida eterna de la naturaleza» con tal que esta eternidad se pueda conjugar con el momento de la decisión política, de la lucha de clase y del Jetztzeit mesiánico.
Después de la lectura de los ensayos dedicados a Scheerbart y Blanqui, no debiera caber más dudas acerca de la visión estrictamente cosmopolítica de Benjamin. Y no es ninguna casualidad que en la tesis dieciocho de Sobre el concepto de historia, la imagen cosmológica sea nuevamente la clave para entender las intuiciones de Benjamin: «Así, el tiempo-ahora, que en cuanto modelo del mesiánico resume toda la historia de la humanidad en una gigantesca abreviatura, viene a coincidir exactamente con la figura que la historia de la humanidad compone en el universo en su conjunto». (ÜBG: GS I, 703) (SCH: Obras I/2, 317).
Esta tesis permite conectar la dimensión cosmológica a la dimensión histórica y mesiánica del concepto de Jetztzeit en Benjamin. Tal es el tema del ensayo de Nassima Sahraoui, quien se aproxima a dicho concepto a través de la deconstrucción del presente en Derrida. De manera original e inspiradora, el ensayo de Sahraoui pone en contacto la idea de Jetztzeit en tanto apokatastasis o recapitulación de todo el pasado en una constelación o cristal, en una imagen dialéctica que pueda hacer «saltar» el continuum de la historia y su obsesión con el progreso, con la idea de violencia divina en tanto suspensión del derecho y advenimiento de la justicia.
En sus reflexiones alrededor del concepto de «potencia», Gonzalo Zapata se pregunta por «el lugar de la oscuridad», siempre vinculada con la imagen, y la relación entre «imaginación y memoria». Benjamin , en el pensamiento desarrollado en su lectura de las Afinidades afectivas de J.W. Goethe, pregunta por las fuerzas, la potencia que hace emerger la oscuridad, lo demónico, pero también la imagen, la obra de arte. La supervivencia (Nachleben) como condición de la creación y como su resultado a la vez. La supervivencia que siempre aparece de nuevo en las imágenes, en imágenes completamente contingentes y no obstante similares, como para E. Haeckel el cabello de Anna Sethe en la medusa Desmonema Annasethe. El seguimiento minucioso de Gonzalo Zapata de la importancia de la imagen desde los textos tempranos de Benjamin hasta los tardíos revela la potencialidad salvadora de las imágenes dialécticas, imágenes que relampaguean en los choques y que tienen su «Nachleben» en nuestra memoria. Según Proust sería «la memoria involuntaria», la cual habitan y nos confrontan con el tiempo.
Matías Ayala compara la mirada de Benjamin sobre la habitación burguesa de la época de Luis Felipe con los espacios donde los poetas latinoamericanos sitúan su burguesía. A la necesidad del espacio protegido contra el mundo del trabajo y la modernidad devoradora en Europa se opone, en América Latina, la construcción de espacios que compensen la sensación de figurar a nivel global como exportadores de materia prima por el placer de convertirse en comprador de los productos más refinados de la modernidad, inclusive su literatura y su poesía. El deseo de la modernidad se convierte, según Matías Ayala, en «deseo de consumo». Los coleccionistas que habitan estos espacios en Europa administran con soberanía el mundo de sus objetos, se sienten «en casa» entre ellos, quienes les hablan y habitan su memoria. El mismo espacio en América Latina acumula referencias a la cultura metropolitana, donde los objetos recuerdan al coleccionista de otros mundos que nunca serán suyos sino que los encierran en un «exilio interior».
El estudio de Alejandro Fielbaum nos recuerda una dimensión en el pensamiento de Benjamin que ha recibido poca atención por la crítica: el humor y la risa. Las propuestas, cómo situarla y significarla dentro de las experiencias en y con la modernidad, son expresión evidente de las diferentes recepciones del pensamiento de Benjamin y fueron también uno de los puntos de discordia entre él y los representantes de la Escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer. Fielbaum parte de un resumen extenso de reflexiones filosóficas sobre la risa desde Platón hasta Freud, en cuyo contexto tenemos que entender la originalidad de la propuesta benjaminiana. Desde ahí se arroja una nueva luz sobre su actitud frente a la modernidad y el debate de si al fondo tenemos que interpretarla como un lamento sobre su destrucción del aura o celebración de la técnica. La risa, tal como propone este artículo, es otra estrategia para interrumpir la continuidad de cualquier superioridad asumida o pretendida y de su desestabilización (W. Kraus y B. Brecht). Ella «ha de acompañar la nueva barbarie de la que puede surgir lo nuevo». En las películas de Chaplin, la potencia de la imagen dialéctica «permite diluir la antinomia entre reproducción y experiencia», produciendo tanto una risa de los medios como con los medios. Esta ambivalencia puede significar para el público un alivio del aburrimiento a corto plazo o estimular una risa liberadora dispuesta a romper la continuidad de lo siempre igual.
La última parte de nuestro volumen está dedicada al Libro de los pasajes de Benjamin, su obra inconclusa. Al contrario de los escritos juveniles, la obra fragmentada del último Benjamin ofrece un corpus que está todavía muy lejos de ser analizado y comprendido con la misma profundidad de aquellos. Los ensayos de Michael Jennings, Marc Berdet y Horst Nitschack aportan luces sobre conceptos fundamentales en esta obra que no se encuentra muy elaborada en los estudios sobre Benjamin en castellano.
El ensayo de Jennings, que publicamos en su primera traducción al español, es considerado un aporte fundamental a los estudios benjaminianos por su reconstrucción rigurosa de la lógica tras el proyecto del libro Charles Baudelaire, un lírico en la época del alto capitalismo, que debía de ser «la declaración de madurez definitiva de Benjamin». Jennings argumenta cómo Charles Baudelaire nos ofrece la manera más sistemática para entrar en el laberinto del Libro de los pasajes, gracias a su hilo conductor, el surgimiento del fetichismo de la mercancía. El ensayo de Jennings se conecta con el tema de la repetición cuando argumenta que en el libro sobre Baudelaire tal fetichismo se articula a través de la antinomia entre lo nuevo y lo siempre igual, es decir, a través de las «alegorías cosmológicas» relacionadas al eterno retorno en Nietzsche y Blanqui.
El ensayo de Berdet aporta una valiosa y original contribución al problema de la estructura de El libro de los pasajes. Berdet argumenta que Benjamin no es neutral frente a la contraposición entre las figuras del flaneur y del trapero como dos maneras de exhibir la verdad del fetichismo de la mercancía, sino, por el contrario, la figura del flaneur corresponde a la forma en que Benjamin entendía el proyecto de los pasajes durante la segunda mitad de los años veinte para después optar, en los años treinta, con el surgimiento del fascismo y nacional-socialismo, hacia la figura del trapero como fundamental para entender el «método» detrás del «montaje» que debía de ser El libro de los pasajes. Según la hipótesis de Berdet, si bien el flaneur ocupa un lugar importante en el libro sobre Baudelaire, este libro no sería la forma definitiva que debía asumir el proyecto de los pasajes, cuya forma debía ser menos rapsódica a través de un método materialista, cuyo representante sería la figura del trapero.
Nitschack retoma el tema de la experiencia en Walter Benjamin, argumentando que en el choque se revela para Benjamin la contradicción de la modernidad. La modernidad de la vida urbana acelerada y los aparatos técnicos exponen al individuo permanentemente a los choques más diversos. No obstante, nuestra conciencia hace todo lo posible para reprimir la experiencia de los choques, para hacernos vivir en una aparente continuidad y normalidad. Romper con la falsa apariencia de esta normalidad es la condición irrenunciable para la experiencia. Producir fisuras y grietas, destruiyendo la continuidad por medio de choques, permite el relampaguear del tiempo de ahora y que se produzca el acontecimiento de la emergencia de la imagen dialéctica. Los choques a los cuales el sujeto está expuesto amenazándolo y en consecuencia forzándolo a crear una conciencia de protección, de «parachoques», deben ser respondidos con los choques por medio de los cuales el individuo se hace de nuevo sujeto, sujeto en el sentido enfático, es decir, los choques del artista de la alegoría (Baudelaire) o de los surrealistas, o el choque de la huelga proletaria («Para una crítica de la violencia») o el de la revolución («Tesis sobre el concepto de la historia»).
Muchos de los textos reunidos en este tomo fueron presentados –en versiones resumidas y condensadas–, junto con alrededor de otras cuarenta ponencias, en la «Conferencia Internacional Walter Benjamin: convergencias entre estética y teología política», realizada en octubre de 2010 en Santiago de Chile y organizada por la Universidad de Chile y la Universidad Diego Portales.
Los criterios de selección de estas ponencias para ser presentadas en forma de artículos más extensos, presentes en este libro, fueron por un lado temáticos: reunir artículos estrechamente vinculados a la problemática de la relación entre política, teología y estética, temas que constituían el eje central del evento. Junto a este criterio nos pareció importante presentar en esta selección diferentes estilos de recepción de la obra de Benjamin, acoplando reconocidos especialistas internacionales de Alemania, Estados Unidos y España que aún no están presentes suficientemente en la discusión alrededor del pensamiento benjaminiano en Chile, junto con jóvenes estudiosos de su obra en Chile, Alemania y Francia. Tenemos la esperanza de que, en su conjunto y a la manera de los Gehilfen de Kafka, este volumen pueda servir a los futuros intérpretes de la obra de Benjamin.
Horst Nitschack y Miguel Vatter, julio de 2018
1 Walter Benjamin lo cita en su ensayo sobre Kafka (FK: GS II-2, 435) (CV: 1991, 158-159). Este aforismo de Kafka en: Er. Aufzeichnungen aus dem Jahre 1920 (El. Anotaciones del año 1920). Frankfurt: Suhrkamp, 1970, 210-211.
2 Walter Benjamin, La Dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre historia. Traducción, introducción y notas de Pablo Oyarzún Robles. Santiago: Ediciones LOM, 2005, p. 22.
3 Walter Benjamin, «El narrador». Introducción, traducción, notas e índices de Pablo Oyarzún R. Santiago: Ediciones Metales Pesados, 2008, pp. 8-13, 25-30, 49.
4 Samuel Weber, Benjamin’s Abilities. Cambridge: Harvard University Press, 2008.
5 Walter Benjamin, La Dialéctica en suspenso, 27.
6 Véase ahora en esta dirección: Astrid Deuber-Mankowsky, Der frühe Walter Benjamin und Hermann Cohen: Jüdische Werte, Kritische Philosophie, vergängliche Erfahrung (Berlin: Vorwerk 8, 2000); Pierre Bouretz, Témoins du Futur. Philosophie et messianisme (Paris: Gallimard, 2003); Emmanuel Taub, Mesianismo y redención. Prolegómenos para una teología política judía (Buenos Aires: Miño y Dávila, 2013); y Miguel Vatter, «Cosmopolitan Political Theology in Cohen and Rosenzweig», Philosophy Today 60: 2 (2016), 295-324.
7 Véase ahora la trilogía de James Martel, Textual Conspiracies. Walter Benjamin, Idolatry, and Political Theory (Ann Arbor, MI: University of Michigan Press, 2011); Divine Violence: Walter Benjamin and the Eschatology of Sovereignty (London: Routledge, 2012); The One and Only Law: Walter Benjamin and the Second Commandment (Ann Arbor: University of Michigan Press, 2014).
8 Giorgio Agamben, Lo abierto. El hombre y el animal. Valencia: Pre-Textos, 2005.
9 Véase Howard Eiland y Michael W. Jennings, Walter Benjamin. A Critical Life. Cambridge: Belknap Press, 2014, pp. 203-214.
10 Uwe Steiner, «The True Politician: Walter Benjamin’s Concept of the Political», en New German Critique n°.83 (2001), pp. 43-88.
11 «Menschen als Spezies stehen zwar seit Jahrzehntausenden am Ende ihrer Entwicklung; Menschheit als Spezies aber steht an deren Anfang. Ihr organisiert in der Technik sich eine Physis, in welcher ihr Kontakt mit dem Kosmos sich neu und anders bildet als in Völkern und Familien…. In den Vernichtungsnächten des letzten Krieges erschütterte den Gliederbau der Menschheit ein Gefühl, das dem Glück der Epileptiker gleichsah. Und die Revolten, die ihm folgten, waren der erste Versuch, den neuen Leib in ihre Gewalt zu bringen. Die Macht des Proletariats ist der Gradmesser seiner Gesundung. Ergreift ihn dessen Disziplin nicht bis ins Mark, so wird kein pazifistisches Raisonnement ihn retten. Den Taumel der Vernichtung überwindet Lebendiges nur im Rausche der Zeugung.» (GS IV/1, 147-8).
12 Sobre este no-encuentro véanse los ensayos en Andrew Benjamin y Dimitris Vardoulakis (eds.), Sparks will Fly: Benjamin and Heidegger, en Albany: SUNY Press, 2016, que contiene la versión inglesa del ensayo de Ferris.
Caída, historia y redención
La religión como la «totalidad de la experiencia».Religión y experiencia en los escritos juveniles de Walter Benjamin
Gabriel Amengual
De entre los grandes temas del pensamiento de Benjamin –como son el arte y los medios de comunicación, el lenguaje y la tradición, la narratividad y la traducción, la memoria y la historia, la política y el mesianismo–, dos son los que destacan en sus escritos juveniles: la religión (el judaísmo, el sionismo cultural) y la experiencia13. Y ambos temas están íntimamente relacionados. Así, su primer escrito, «Los tres buscadores de religión» de 1910 (DdR: GS II/3, 892/894), publicado a sus 18 años en una revista juvenil, una leyenda con fuerte carácter simbólico, tiene ya como tema la religión desde un enfoque radicalmente experiencial, puesto que su tema no es otro que la búsqueda de la verdadera religión, búsqueda que se lleva a cabo en la vida, pues la vida misma es esta búsqueda.
Ya antes había tenido una experiencia que le marcó de por vida (1905/06), a saber, el contacto con el pedagogo Gustav Wyneken (1875-1964) y su comunidad escolar de Wickersdorf14. Así lo recordará en su correspondencia (1912-13) (GB: Briefe I, 61-88) con el amigo Ludwig Strauss (1892-1953):
Yo fui educado liberal […]. Mi vivencia espiritual decisiva la tuve antes de que el judaísmo fuera para mí importante o problemático. Lo que de él realmente conocía era solamente el antisemitismo y una piedad indeterminada (GB: Briefe I, 69).
Benjamin además señaló:
(El judaísmo) como religión me era lejano, como algo nacional desconocido. La influencia decisiva fue esta: en una residencia/escuela de campo (internado) en la que pasé un año y tres trimestres importantes, el fundador posterior de la comunidad escolar libre de Wickersdorf, Dr. Wyneken, fue mi maestro15 (GB: Briefe I, 70).
Esta experiencia pedagógica le marcó incluso su modo de vivir el judaísmo, que se caracterizó por la dualidad: no quería ni ser un asimilado, en el sentido de olvidar el legado judío, ni tampoco quería emigrar de Europa. «Para mí es ocioso preguntarse si el trabajo judío en Palestina o en Europa es más urgente. Estoy ligado aquí. Mal le iría a Europa si se perdieran las energías culturales de los judíos» (GB: Briefe I, 71). «En todas partes El sionismo cultural ve valores judíos y los trabaja. Aquí quiero estar yo» (GB: Briefe I, 72). Esa fue la experiencia que le enseñó que él, como judío, era diferente; su ser judío se lo enseñó la experiencia, pues él partía de un ambiente asimilado y prácticamente sin vivencia religiosa ni cultural del judaísmo, pero en el trato con los demás fue percatándose de la diferencia que le caracterizaba, de que se daba en la realidad esta dualidad, que después se empeñó en vivir y en hacer fructífera.
En 1912, entre la primera y la segunda carta a Strauss, Benjamin redacta un escrito, que quedó inédito, que ha sido calificado como «la célula originaria de su pensamiento»16, titulado «Diálogo sobre la religiosidad del presente» (DuRg: GS II/1, 16/35) (DSRP: Obras II/1, 17-34). Este diálogo presenta un intercambio de opiniones entre dos jóvenes sobre las cuestiones culturales, sociales, artísticas y religiosas de la actualidad. El inicio y el motivo del diálogo es el arte de las vanguardias, pero fácilmente la discusión se extiende a todo lo humano y divino, en concreto a lo religioso, especialmente a partir de la medianoche (DuRg: GS II/1, 16) (DSRP: Obras II/1, 17). Por lo que respecta a la religión, frente al «panteísmo» dominante en su ambiente, Benjamin sostiene el dualismo fundamental entre naturaleza y espíritu, Dios y mundo, viniendo a contradecir el optimismo de Wyneken de una espiritualización progresiva de la naturaleza. En este escrito se ve una revalorización de la experiencia en contra del sistema educativo de la época, centrado en transmitir el depósito cultural acumulado por la humanidad17, así como de la religión: «Lo propio de ella (religión) es acopiar en la interioridad todas las fuerzas apremiantes, expansivas, para que formen un solo y elevado centro de gravedad» (DuRg: GS II/1, 17) (DSRP: Obras II/1, 18). Otro dato muy benjaminiano es su valoración del romanticismo y precisamente porque nos ha descubierto el sufrimiento humano y su crítica al progresismo (DuRg: GS II/1, 24) (DSRP: Obras II/1, 25).
El escrito de 1913, muy crítico sobre la experiencia y titulado con este término entrecomillado (E: GS II/1, 54-56) (E: Obras II/1, 54-56)18, trata de caracterizar y criticar el uso burgués de la palabra. Sobre el sentido y la intención de este escrito se expresó en 1929, afirmando:
En un primer artículo movilicé todas las fuerzas rebeldes de la juventud contra la palabra «experiencia». Y ahora esta palabra se ha convertido en un elemento en el que se apoyan muchas de mis cosas. A pesar de ello, he permanecido fiel a mí mismo, pues mi ataque hundió la palabra sin aniquilarla. Pasó a ocupar el centro de la cosa (EA: GS II/3, 902) (traducción del autor).
El escrito comienza con un ataque a dicho concepto, tal como lo entienden y usan los adultos, para quienes no es más que una máscara para esconder un vacío, la ausencia de experiencia y de valores. A pesar del ataque o, más exactamente, este mismo ya delata un alegato a favor de la experiencia. Frente a la vaciedad de la experiencia de los adultos, que no sirve más que para afirmar su autoritarismo, su rutina y ausencia de valores, Benjamin sienta las bases de la posible experiencia en la voluntad de vivir en la verdad y la honradez:
Nosotros conocemos otra cosa que la experiencia ni nos otorga ni nos quita: que existe la verdad, aunque todo lo que se haya pensado hasta ahora resultara un error. O que hay que ser leal, aunque nadie lo haya sido hasta ahora. La experiencia no puede arrebatarnos esa voluntad (E: GS II/1, 55) (E: Obras II/1, 55).
Se trata de que haya sujeto capaz de tener y hacer experiencia. Una vez puesto el sujeto de la experiencia, el contenido será el correspondiente. «Cada una de nuestras experiencias tiene, sin duda alguna, contenido. Nosotros mismos le daremos contenido desde nuestro espíritu» (E: GS II/1, 55) (E: Obras II/1, 55).
«Sobre el programa de la filosofía venidera»
Estos primeros escarceos en reivindicar la experiencia y la religión encuentran su primer intento de pensarlos, incluso de modo sistemático, en el escrito «Sobre el programa de la filosofía venidera» de 1918 (ÜPkP: GS II/1, 157-171) (SPFV: Obras II/1, 162-175), del que vamos a intentar ver más detenidamente su concepto de experiencia, de religión y la conexión entre ambos19.
El título del escrito es ya sintomático de su carácter ambicioso; en él, por ende, se propone tratar sobre cómo ha de ser la filosofía próxima, la del futuro. Esta nueva filosofía se ha de hacer en conexión con la kantiana, porque esta conexión garantiza «continuidad histórica» y «alcance sistemático», y esto segundo, la kantiana es la única que lo ofrece, lo cual es de capital importancia, puesto que Kant es el único filósofo, juntamente con Platón, que le interesaba «ante todo y en primer lugar su necesaria justificación» del conocimiento (ÜPkP: GS II/1, 157) (SPFV: Obras II/1, 162). De esta conexión con la filosofía kantiana le interesa especialmente «la hondura que parece la adecuada frente a un tipo nuevo de experiencia, un tipo de experiencia superior», ya que esta es «la principal exigencia a la filosofía de hoy», la cual solo puede ser planteada y verse satisfecha «bajo la típica (Typik) del pensamiento kantiano», porque esta le da «la fundamentación epistemológica» (ÜPkP: GS II/1, 160) (SPFV: Obras II/1, 164). Así tenemos ya trazados sus intereses filosóficos mayores: la filosofía kantiana y el concepto de experiencia y el motivo de la unión de estos dos intereses, que es alcanzar «un tipo de experiencia superior».
Crítica al concepto usual de experiencia
La exposición del concepto de experiencia empieza con la crítica del que considera concepto habitual de su tiempo. Según Benjamin, «el problema de la teoría kantiana del conocimiento, como el de toda gran teoría del conocimiento, posee dos lados»: la cuestión de «la certeza del conocimiento» y la cuestión de «la dignidad de una experiencia que es efímera». A la primera cuestión la filosofía kantiana le ha dado «una explicación válida», pero no a la segunda (ÜPkP: GS II/1, 158) (SPFV: Obras II/1, 162). Kant se ha preocupado mucho por la certeza de la experiencia, pero escasamente por el alcance y densidad de la experiencia. ¿A qué se debe esta pobreza de experiencia en la filosofía kantiana? Fundamentalmente, Benjamin lo atribuye a dos motivos.
En primer lugar está el motivo, propio de cualquier filosofía, de que «el interés filosófico universal siempre se dirige al mismo tiempo a la validez atemporal del conocimiento» (ÜPkP: GS II/1, 158) (SPFV: Obras II/1, 162). El primer reproche es, por tanto, que la filosofía no capta la experiencia en la temporalidad y singularidad que le son propias, por encontrarse sesgada hacia lo intemporal por su interés en la búsqueda del concepto, es decir, de estructuras universales e intemporales.
A este primer reproche, de carácter general, se añade otro más específico de la filosofía kantiana, a saber, que el de Kant «aún seguiría siendo el mismo viejo concepto de experiencia», el concepto empirista, el de la física matemática (ÜPkP: GS II/1, 158) (SPFV: Obras II/1, 163). A pesar de este reproche, Benjamin defiende a Kant20, ya que en la Crítica de la razón pura, según Benjamin, Kant no identifica la experiencia con el mundo de objetos de la ciencia. El problema de Kant es, según Benjamin, un problema humano: la experiencia que tuvo como hombre, por el hecho de compartir con toda obviedad el horizonte de su época, una «experiencia singular y temporalmente limitada». Compartir tal experiencia es compartir lo que propiamente se llama cosmovisión, que en este caso no es otra que la de la Ilustración (ÜPkP: GS II/1, 158) (SPFV: Obras II/1, 163).
La primera limitación de Kant y de su concepto de experiencia proviene del carácter general de la filosofía, que tiende a lo universal e intemporal y olvida lo temporal y singular, lo efímero. La segunda limitación, propia de la época, viene dada por el carácter necesariamente histórico de toda filosofía. Disculpadas de esta manera las dos limitaciones, Kant sigue de alguna manera por encima del mal. La crítica se dirige, en efecto, no a Kant, sino a la Ilustración. Pero miremos, un poco más de cerca, en qué consiste la limitación epocal, la de la Ilustración.
La Ilustración «es una de las experiencias o visiones más bajas del mundo» (ÜPkP: GS II/1, 159) (SPFV: Obras II/1, 163), lo cual hace resaltar mucho más «la grandeza y el radicalismo del intento» de Kant, ya que este, para su filosofía, hubo de partir de «una experiencia reducida al mínimo de significado» (ÜPkP: GS II/1, 159) (SPFV: Obras II/1, 163). Ningún otro filósofo anterior hubo de enfrentarse con una tarea de tal magnitud. Benjamin especifica dos signos, que ponen de manifiesto «la pobre experiencia de esta época» o «[su] sorprendentemente ínfimo peso específico metafísico»: el primero es el imperio «tiránico» de la física newtoniana, a la cual queda reducida esencialmente la experiencia; y el segundo, la falta de «fuerzas espirituales» que habrían sido capaces de dar un gran contenido a la experiencia. Benjamin no da nombre a estas «fuerzas espirituales», pero, por lo que dice más adelante, hace pensar que se refiere a la metafísica y la religión. Notemos, no obstante, que con la constatación de esta carencia Benjamin no se sitúa fuera de lo más básico de la Ilustración, ya que, para él, estas potencias espirituales son «autoridades», «pero no en el sentido de tener que subordinarse a ellas sin crítica» («crítica» es la palabra clave en la concepción kantiana de la Ilustración) (ÜPkP: GS II/1, 159) (SPFV: Obras II/1, 164)21. Consecuencia de estas dos limitaciones es «la ceguera religiosa e histórica de la Ilustración» (ÜPkP: GS II/1, 159) (SPFV: Obras II/1, 164), es decir, la ceguera de la Ilustración para la historia y la religión.
La búsqueda de un nuevo concepto superior de experiencia. Sentido metafísico y trascendental de la experiencia
Ante las radicales limitaciones que afectan a la filosofía kantiana, la solución benjaminiana consiste en mantener esta filosofía, su marco y estructura, pero desarrollar a partir de ella un concepto superior de experiencia. Ello es posible porque, según Benjamin, Kant nunca puso en discusión la posibilidad de la metafísica, sino solamente los criterios con los que tal posibilidad se ha de realizar en cada caso. Si Kant no desarrolló más metafísica fue porque «la experiencia de la época kantiana no precisaba de la metafísica» (ÜPkP: GS II/1, 160) (SPFV: Obras II/1, 164). En la búsqueda de la metafísica, Benjamin no pretende restaurar la metafísica anterior a Kant, más bien se muestra comprensivo con la crítica que Kant le hizo: «De lo que se trata es de obtener los prolegómenos de una metafísica futura sobre la base en la típica (Typik) kantiana, pero ello teniendo siempre en cuenta esa metafísica futura, esa experiencia superior» (ÜPkP: GS II/1, 160) (SPFV: Obras II/1, 164). De manera sorprendente, el primer elemento del concepto superior de experiencia que Benjamin pone sobre la mesa es la metafísica, dando claramente a entender que esta es una dimensión esencial de la experiencia y de su nuevo concepto que hay que construir.
Ello requiere una «revisión de Kant» (ÜPkP: GS II/1, 160) (SPFV: Obras II/1, 164), porque, a pesar de que «los errores decisivos de la teoría kantiana del conocimiento resultan imputables igualmente a la vacuidad de la experiencia de su época» (ÜPkP: GS II/1, 160) (SPFV: Obras II/1, 165), su concepto de conocimiento adolece de debilidad, de falta de radicalismo y de no extraer las consecuencias de su teoría. El concepto kantiano de conocimiento no se abre al campo de la metafísica, porque él mismo está lastrado de elementos primitivos de metafísica, que le impiden abrirse a cualquier otra. El más importante de estos elementos es la concepción del conocimiento como relación entre sujeto y objeto. En este campo, Benjamin reconoce la aportación de Kant y de los neokantianos de haber superado la concepción objetivista o realista del conocimiento, que ponía la cosa en sí como causa de las percepciones; pero, en cambio, queda todavía por superar la naturaleza subjetiva de la conciencia cognitiva, que se ha construido en correspondencia con la objetiva. Esta concepción del conocimiento y de la experiencia es un resto metafísico, una «mitología» (ÜPkP: GS II/1, 161s) (SPFV: Obras II/1, 166) que imagina un yo corporal-espiritual, el cual mediante los sentidos recibe y mediante las representaciones elabora el conocimiento. Esta mitología está todavía presente en Kant. A fin de superar esta mitología hay que repensar el conocimiento, lo cual implica, también para Benjamin, como ya lo vieron los neokantianos, negar la separación entre la sensibilidad y el entendimiento, entre la estética y la lógica transcendentales. Según Benjamin, esta separación se muestra inexistente cuando consideramos que los pueblos, dada su cultura22, perciben las cosas de una determinada manera, y lo mismo pasa debido a perturbaciones de los sentidos y de la imaginación.
La negación de esta separación rompe la suposición de que es la percepción sensible la que aporta el conocimiento objetivo de las cosas. Más bien, «toda experiencia auténtica se basa sobre la conciencia pura epistemológica (transcendental), si este término es aún utilizable bajo la condición de despojarlo de todo lo subjetivo [subjekthaft]» (ÜPkP: GS II/1, 162s) (SPFV: Obras II/1, 167). La experiencia, por ende, deja de ser el material previo, sensible y empírico que posteriormente el entendimiento va conjuntando y elaborando a fin de construir el conocimiento (primer sentido de experiencia). La experiencia es conocimiento (segundo sentido de experiencia) y no queda recluida en la pura sensación o impresión o percepción sensible23. La experiencia es conocimiento, de manera que en la estructura del conocimiento se encuentra la de la experiencia y esta se ha de desarrollar desde aquella (ÜPkP: GS II/1, 163) (SPFV: Obras II/1, 167).
La dimensión metafísica de la experiencia, según lo va desplegando Benjamin, se ha concretado en que la experiencia no es el material previo, sino que es conocimiento, y, en consecuencia, «toda experiencia auténtica se basa sobre la conciencia pura epistemológica (transcendental)» (ÜPkP: GS II/1, 162s) (SPFV: Obras II/1, 169). La experiencia de alguna manera incluso presupone el conocimiento, se basa en él, se ha de desarrollar desde él, de modo que la experiencia es su resultado. Ahí podemos ver al menos insinuado un tercer sentido de experiencia, el sentido transcendental, en la medida en que es a la vez la condición de posibilidad de nuevo conocimiento y de nueva experiencia. Esta sería la gran aportación kantiana al concepto superior de experiencia, que resumiendo lo podríamos calificar diciendo que consiste en la concepción de la experiencia 1) como resultado, como conocimiento y 2) como transcendental en el sentido preciso de condición de posibilidad de nuevo conocimiento y nueva experiencia.
Siguiendo las huellas de Kant, Benjamin alcanza un concepto de experiencia que cabría cualificar de holístico, que se abre a la metafísica y a la religión. El nuevo concepto de experiencia se abre a la metafísica, en cuanto esta tiene que ver no con conocimientos singulares, sino con su conjunto y con la conciencia epistemológica, transcendental, que se basa, por tanto, en un concepto de experiencia que se refiere «exclusivamente en relación con la conciencia transcendental (que) no solo hace posible la experiencia mecánica, sino también la experiencia religiosa» (ÜPkP: GS II/1, 164) (SPFV: Obras II/1, 168). La experiencia deja de ser el material previo y pasa a ser el resultado del conocimiento, pero, además, este conocimiento, tomado en su globalidad y unidad y en un sentido transcendental, configura el conjunto de condiciones de posibilidad de nuevos conocimientos y nuevas experiencias.
Si la metafísica es el conjunto de la experiencia, es a la vez la que forma «un puro continuo sistemático que es la experiencia» (ÜPkP: GS II/1, 164) (SPFV: Obras II/1, 169). Benjamin constata en Kant una «tendencia contra la disgregación de la experiencia en los diversos ámbitos científicos», y si, por otra parte, hay que negarle «el recurso a la experiencia en el sentido habitual», «en interés de la continuidad de la experiencia» (ÜPkP: GS II/1, 164) (SPFV: Obras II/1, 168):
Hay que buscar en la metafísica (y no en el sistema de las ciencias) la posibilidad para formar un puro continuo sistemático de lo que es la experiencia; en efecto, su auténtico significado parece que se habrá de hallar ahí (ÜPkP: GS II/1, 164) (SPFV: Obras II/1, 169).
Experiencia y religión
Después de señalar que «toda experiencia auténtica se basa sobre la conciencia pura epistemológica (transcendental)» (ÜPkP: GS II/1, 162) (SPFV: Obras II/1, 167) y que la experiencia es conocimiento –de manera que en la estructura del conocimiento se encuentra la de la experiencia y esta se ha de desarrollar desde dicha estructura (ÜPkP: GS II/1, 163) (SPFV: Obras II/1, 167)–, Benjamin afirma la amplitud del concepto de experiencia:
Esta experiencia incluye a la religión, a saber, en tanto verdadera, de modo que ni Dios ni el ser humano son objeto o sujeto de experiencia, sino que ésta se basa en lo que es el conocimiento puro, en tanto que su núcleo, la filosofía puede –y debe–, pues, pensar a Dios (ÜPkP: GS II/1, 163) (SPFV: Obras II/1, 167).
Con esta opinión Benjamin no solo va más allá de Kant, sino que incluso (en parte) lo contradice, en la medida que afirma el conocimiento puro24 de Dios. Con ello ofrece dos determinaciones de cómo pensar a Dios. La primera es negativa: «ni Dios ni el hombre son objeto o sujeto de experiencia»; para pensar a Dios hay que superar la relación entre sujeto y objeto. La segunda es positiva: Dios puede ser conocido y experimentado «como compendio» (Inbegriff) del conocimiento puro, que podríamos entender en el sentido de que el conocimiento de Dios dice referencia a la totalidad. Así nos encontramos con una experiencia y una metafísica que enseguida se topa con la idea de Dios, ya que este es experimentado como el compendio de la experiencia. La metafísica tiene que ver con la totalidad de la experiencia y por eso mismo con Dios.
La gran cuestión es cómo entender este «conocimiento puro», cuyo núcleo es el pensamiento de Dios, que es la base sobre la que se levanta la experiencia que incluye la religión. La primera dificultad proviene de su conexión con la experiencia, pues, por definición, el conocimiento «puro» no procede de la experiencia25. A pesar de que la conexión es peculiar, puesto que no es la experiencia la que da base al pensamiento de Dios sino al revés, la experiencia se basa en lo que es el conocimiento puro, por lo que de todos modos hay que preguntarse ¿cómo o con qué fundamento pudo Benjamin pensar a Dios como base de la experiencia? Rosenzweig da cuenta de que Cohen entendía el conocimiento puro no solo no ayuno de experiencia o desconectado de ella, sino embebido de ella. Este nuevo sentido de «puro», Rosenzweig lo explica así:
Mientras la razón pura de Kant es la razón desprendida de la experiencia, que precisamente por eso es «criticada», el conocimiento puro de Cohen es el conocimiento referido a la experiencia, que contiene en sí, en un nexo atenido a la ley, todo, absolutamente todo lo que se precisa para que rinda su fruto. [...] Puro en sentido kantiano sería, en química, un alcohol puro, pero en el sentido de Cohen sería un vino puro, en el que la pureza estriba en la mezcla conforme a la ley de los elementos26.
Dado el conocimiento que Benjamin tenía de Cohen (precisamente este escrito de 1918 surge a raíz de la lectura en la «Universidad de Muri»27 de la obra de Cohen sobre la teoría kantiana de la experiencia), es posible pensar una conexión con este pensamiento.
Si esta conexión con Kant hace pensar más bien en una cierta transformación de Kant, en este concepto de Dios como «compendio» del conocimiento y de la experiencia no resulta difícil oír un eco del kantiano «ideal de la razón pura»28. Por tal, Kant entiende el «concepto de un objeto particular que se halla completamente determinado por la mera idea»29. En tanto que en tal ideal, el concepto de Dios tiene su significación en el conjunto global de la investigación de la naturaleza, en la medida en que nos enseña a verla como surgida de un principio supremo, de manera que nos lleva a la visión de su unidad. «El ideal del ser supremo no es otra cosa que un principio regulador de la razón que nos permite considerar toda conexión en el mundo como si procediera de una causa necesaria y omnisuficiente»30. Bajo este aspecto, el concepto de Dios pierde su significación teológica y, en cambio, se convierte en un concepto que guía la investigación del mundo y la naturaleza, confiriéndole unidad.
Se trata, pues, de un ideal trascendental que sirve de base a la completa determinación que encontramos necesariamente en todo cuanto existe. Es la suprema y completa condición material de todo lo existente, condición a la que tiene que retrotraerse todo pensamiento de los objetos en general en lo que al contenido de estos se refiere. Pero es también el único ideal verdadero del que es capaz la razón humana. En efecto, solo en este caso ocurre que el concepto –en sí universal– de una cosa se determine completamente por sí mismo y sea conocido como representación de un individuo31.
Si en Kant el concepto de Dios es el que permite pensar la realidad en su unidad, a ello Benjamin añade que es el que permite vivir la experiencia en su unidad, o a él remite la experiencia en su totalidad. Esta totalidad de la experiencia es la que se tematiza en la religión.
Hay en todo caso una unidad de experiencia que no puede entenderse como la suma de experiencias, a la cual se refiere, de modo inmediato, el concepto de conocimiento como teoría en su continuo despliegue. El objeto y el contenido de dicha teoría, de la esa totalidad concreta de la experiencia, es la religión (ÜPkP: GS II/1, 170) (SPFV: Obras II/1, 174).
Otra divergencia con respecto a Kant es el carácter cognitivo que de esta manera adquiere el concepto de Dios, sin recaer en la separación entre sujeto y objeto. Mientras Kant, precisamente debido a la mitología o restos de la vieja metafísica, designa el concepto de Dios como idea, es decir «un concepto necesario de la razón del que no puede darse en los sentidos un objeto correspondiente»32, para Benjamin es el compendio del conocimiento.
Al adquirir contenido cognitivo y de experiencia, el concepto de Dios recupera su dimensión propiamente religiosa, o por lo menos se hace apto para recuperarla, precisamente por ser lo que unifica la experiencia, convirtiéndose en su foco o centro unificador.
Con ello resulta esbozado ya el concepto superior de experiencia, un nuevo concepto de experiencia, no reductor sino holístico, que abarca «la totalidad de la experiencia» y que como tal se tematiza en los conceptos de Dios y de religión. El desarrollo de la cuestión que realiza Benjamin hace difícil determinar la función que ejercen tanto el concepto de Dios como el de la religión en la construcción de la unidad y continuidad de la experiencia; pero en todo caso queda claro que tanto uno como el otro son su expresión, pues en ellos aparece y no resulta difícil suponer que en ellos se concentra la totalidad de la experiencia, cumpliendo así una función constructora, esto es, unificadora de la experiencia.
Experiencia y lenguaje
A fin de construir el nuevo concepto de experiencia, que partiendo de Kant vaya más allá, hay otra cuestión decisiva: el lenguaje. De la misma forma que la filosofía kantiana tuvo que enfrentarse con la ciencia para definir sus principios, así la filosofía que se avecina habrá de enfrentarse al lenguaje, el cual viene a sustituir a las ciencias. La gran transformación y corrección al concepto de conocimiento orientado unilateralmente hacia la matemática y la mecánica solo puede venir por la relación del conocimiento con el lenguaje, tal como ya en tiempos de Kant llevó a cabo J. G. Hamann (1730-1788). Incluso Benjamin pronostica que, más allá de la conciencia epistemológica que la filosofía pueda aportar, la conciencia lingüística dará la supremacía a la filosofía. Esta nueva alianza entre filosofía y lenguaje permitirá un nuevo concepto de conocimiento, el cual creará su correspondiente concepto de experiencia, que comprenderá todos los ámbitos del saber y hará posible una ordenación de ellos, algo que Kant no consiguió.
Lo que aquí más nos interesa, a saber, la aportación del lenguaje al nuevo concepto de experiencia, apenas es esbozado en este escrito y, en cambio, ya había sido tratado en el escrito anterior: «Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre» de 1916. Ahí se expone una concepción del lenguaje, cuyo rasgo más decisivo es el rechazo a una comprensión instrumentalista, como un sistema de signos que se usan para expresar algo previo. Dicha concepción vulgar o burguesa del lenguaje es sustituida por la del lenguaje como «medio» (Medium), no por el cual, sino en el cual nos aparece la realidad. Esta concepción de lenguaje como «medio» tiene como concepto fundamental su in-mediatez o magia (ÜSüSM: GS II/1, 140-157) (SLGLH: Obras II/1, 144-161)33. El lenguaje es el «medio» en el cual la esencia espiritual de todas las cosas, sean vivas o no, se comunican; por ello, el lenguaje cumple la exigencia de ser el concepto que posibilita la experiencia, también la experiencia metafísica, exigencia que Benjamin reclamará en el escrito que comentamos:
La gran transformación y corrección que hay que llevar a cabo en el concepto de conocimiento de unilateral orientación matemático-mecánica solo puede obtenerse, desde luego, al ponerse el conocimiento en relación con el lenguaje, como en vida de Kant ya intentó Hamann (ÜSüSM: GS II/1,168) (SLGLH: Obras II/1, 172).
En el lenguaje, por tanto, hay que buscar aquella esfera del conocimiento puro en el que se da la totalidad de la experiencia, que es el resultado del conocimiento y de la experiencia previa y a la vez condición de posibilidad de nuevos conocimientos y experiencias. Solo un concepto de filosofía conseguido en una reflexión sobre la esencia del lenguaje puede hacer posible un correspondiente concepto de experiencia que abarque también el ámbito de la religión.
Conclusión
La búsqueda de un concepto superior de experiencia le lleva a Benjamin un planteamiento metafísico en el cual sea posible pensar la experiencia en su unidad y continuidad. Ambas se encuentran en el concepto de Dios que, siguiendo a Kant, parece ser pensado como el ideal trascendental de la razón. Si de entrada, conforme a su definición kantiana, podría hacer pensar en una idea reguladora del conocimiento, en Benjamin tiene una función que le lleva a la religión, la cual es definida, de acuerdo con el concepto de Dios, como la «totalidad concreta de la experiencia». El hallazgo de este concepto, que le permite pensar la experiencia en su totalidad, le hace recordar el otro concepto en el que aparece también la totalidad, a saber, el lenguaje.
En la búsqueda de un concepto superior de experiencia, partiendo de Kant y yendo más allá de él, Benjamin encuentra dos conceptos que por sí mismos son la expresión de la totalidad de la experiencia, Dios y el lenguaje. La misma experiencia, que por sí misma supera la separación entre sujeto y objeto, es también el medio en que aparece la totalidad, de modo que nos encontramos con tres conceptos paralelos: Dios (religión, metafísica), lenguaje y experiencia, en los que se tematiza y se expresa la totalidad.
13 El tema de la experiencia en Benjamin lo he tratado en otros escritos, cf. Gabriel Amengual, Salvar l’experiència en el moment de la seva desaparició. L’experiència en el pensament de Walter Benjamin (Barcelona: Institut d’Estudis Catalans, 2006); Gabriel Amengual, «De la vivencia a la experiencia. La atrofia de la experiencia como experiencia de hoy en Walter Benjamin,» en Ser querido y querer. Ensayos en homenaje a Manuel Cabada Castro, ed. Juan José García Norro (Salamanca: San Esteban, 2007), 255-298; Gabriel Amengual, «Pérdida de la experiencia y ruptura de la tradición. La experiencia en el pensamiento de Walter Benjamin», en Ruptura de la tradición. Estudios sobre Walter Benjamin y Martin Heidegger, eds. Gabriel Amengual, Mateu Cabot y Juan L. Vermal (Madrid: Trotta, 2008), 29-59.
14 Sobre Wyneken, cf. Irmtraud Götz von Olenhusen und Albrecht, «Walter Benjamin, Gustav Wyneken und die Freistudenten vor dem Ersten Weltkrieg», Jahrbuch des Archivs der Deutschen Jugendbewegung 13 (1981): 98-128; Astrid Deuber-Mankowsky, Der frühe Walter Benjamin und Hermann Cohen. Jüdische Werte, Kritische Philosophie, vergängliche Erfahrung (Berlín: Vorwerk, 2000), 299-312.
15 Se trata del internado Haubinda fundado por Hermann Lietz (1868-1919) en 1901 cerca de Hildburghausen, en el cual Wyneken fue maestro de Walter Benjamin en los años, en los que estuvo allí: 1905-06.
16 Hans Martin Dober, Die Moderne wahrnehmen. Über Religion im Werk Walter Benjamins (Gütersloh: Kaiser, 2002), 72.
17 «¿Qué es ese “nuestro saber” para nosotros? […] ¿qué valor tiene de vivencia para cada uno de los individuos?» (DuRg: GS II/1, 23) (DSRP: Obras II/1, 24).
18 Cf. Luis Fernández-Castañeda Belda, «Experiencia y lenguaje en Walter Benjamin» (Tesis doctoral en Filosofía, Universidad Autónoma de Madrid, 1999) (Pro manuscrito), 36-44.
19 Para una visión de conjunto del concepto de experiencia en este escrito me permito remitir a Amengual, «Pérdida de la experiencia…», 30-38.
20 Más adelante, de manera explícita, Benjamin afirmará, posiblemente en alusión a los neokantianos, que «la reducción de toda la experiencia a la experiencia científica, aunque sea en cierto sentido obra del Kant histórico, no estaba pretendida en absoluto con esa entera exclusividad por Kant» (ÜPkP: GS II/1, 164) (SPFV: Obras II/1, 168).
21 Recuérdese la célebre definición kantiana de la Ilustración: Immanuel Kant, «Beantwortung auf die Frage: Was ist Aufklärung?», en Werke, Hrsg. v. W. Weischedel Darmstadt: WBG, 1975, vol. IX, 53. trad. cast. de A. Maestre y J. Romagosa, «Respuesta a la pregunta ¿Qué es la ilustración?», en J.B. Erhard y otros, «¿Qué es Ilustración?» (Madrid: Tecnos, 2007), 9: «La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro. Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!, he ahí el lema de la Ilustración».
22 Aquí podemos situar la primera alusión a un sentido de experiencia que podemos calificar de trascendental, pues configura el conjunto de condiciones que hacen posible y determinan la experiencia, sin que, por otra parte, sea absolutamente a priori, ya que viene dada por la evolución histórica y la situación social y cultural. Como se sabe, una transformación parecida del trascendental kantiano operará Hegel en la «Fenomenología del espíritu» de 1807, trazando la historia de la formación de la conciencia. Cf. Gabriel Amengual, «El concepto de experiencia: de Kant a Hegel», Tópicos. Revista de Filosofía de Santa Fe, 15 (2007): 5-30.
23 De hecho, para Kant experiencia no designa solo la sensación o percepción sensibles o el conocimiento empírico, sino el conocimiento como tal. Cf. Helmut Holzhey, Kants Erfahrungsbegriff. Quellengeschichtliche und bedeutungsanalytische Untersuchungen (Basel-Stuttgart: Schwabe, 1970), 202-233.
24 Sabido es que Kant afirma la idea o el pensamiento de Dios, pero niega el conocimiento de Dios, puesto que a dicho conocimiento no le puede corresponder ninguna sensación sensible. En la Crítica de la razón pura afirma la legitimidad y la necesidad de la idea o pensamiento de Dios. Su validez objetiva le vendrá dada del correspondiente postulado de la Crítica de la razón práctica.
25 Immanuel Kant, «Kritik der reinen Vernunft», en Werke, hrsg. v. W. Weischedel, vol. III-IV (Darmstadt: WBG, 1975), vol. III, 62 (A 11) (trad. cast.: Crítica de la razón pura, prólogo, trad., notas e índices de Pedro Ribas [Madrid: Alfaguara, 1978], 15: «Se llama puro a todo conocimiento no mezclado con nada extraño, pero, en especial, recibe el nombre de conocimiento absolutamente puro aquel en el que no se mezcla ninguna experiencia o sensación, aquel que, por consiguiente, es posible enteramente a priori»).
26 Franz Rosenzweig, «Introducción a los Escritos Judíos de Hermann Cohen», en Judaísmo y límites de la modernidad, editado por Miguel Beltrán, José María Mardones y Reyes Mate (Barcelona: Riopiedras, 1998), 20. En el célebre estudio de Hermann Cohen, «Kants Theorie der Erfahrung», en Werke, hrsg. v. Hermann-Cohen-Archiv am Philosophischen Seminar der Universität Zürich unter der Leitung von Helmut Holzhey. Einleitung von Geert Edel (Hildesheim: Olms, 1871, 3ª ed. modificada en 1918), vols. I-III. El apoyo a dicha interpretación de Rosenzweig que he encontrado es que del conocimiento puro Cohen destaca no tanto su independencia de la experiencia, sino sobre todo su función posibilitante y determinante de la experiencia, de modo que acompaña siempre a la experiencia (cf. pp. 136-142). Así, por ejemplo: «En un procedimiento artificial intentamos descomponer la conciencia según las aportaciones que suministra al conocimiento, y así distinguimos sensibilidad y entendimiento, y después sensación y pensamiento, de manera que resta una especie de conciencia sensible que, sin ser pensamiento, es pura y, sin ser sensación, es sensible» (139).
27 Muri es el nombre de un pequeño pueblo suizo, cerca de Berna, en el cual residieron los amigos y donde se encontraban para tertulias y lecturas filosóficas, entre las cuales destaca la obra fundamental de la Escuela de Marburgo: Hermann Cohen, «Kants Theorie der Erfahrung». A la actividad común de estudio que los amigos realizaban en esta localidad la denominaron coloquialmente «Universidad de Muri». Para una información biográfica ver Gershom Scholem, Walter Benjamin. Historia de una amistad, traducción y presentación de J. F. Yvars y Vicente Yarque (Barcelona: Península, 1987), 69-72.
28 También cabría interpretarlo en el sentido del spinoziano «amor Dei intellectualis», pero dada la rotunda afirmación de la dualidad y el rechazo del panteísmo, que ya hizo en «Diálogo sobre la religiosidad del presente» de 1912, y dado el contexto kantiano de toda la exposición, hay que pensarlo en términos kantianos.
29 Kant, Kritik der reinen Vernunft, B 602 (trad. cast.: Kant, Crítica de la razón pura, 489).
30 Kant, Kritik der reinen Vernunft, B 647 (trad. cast.: Kant, Crítica de la razón pura, 516).
31 Kant, Kritik der reinen Vernunft, B 604 (trad. cast.: Kant, Crítica de la razón pura, 490).
32 Kant, Kritik der reinen Vernunft, B 383 (trad. cast.: Kant, Crítica de la razón pura, 318).
33 La conexión entre experiencia y lenguaje es la cuestión que estudia Fernández-Castañeda en Experiencia y lenguaje en Walter Benjamin. Asimismo, abrió nuevos caminos a la comprensión del lenguaje en Benjamin el estudio de Winfried Menninghaus, Walter Benjamins Theorie der Sprachmagie (Frankfurt a.M.: Suhrkamp, 1980); cf. además Thomas Reghely, Name, Texte, Stimmen. Walter Benjamins Sprachtheorie (Stuttgart; Bröcker, 1993); Michael Bröcker, «Sprache», en Benjamins Begriffe, eds. Michael Opitz y Erdmut Wizisla (Frankfurt a.M.: Suhrkamp, 2000), vol. 2, 740-773.
«El origen es por lo tanto entelequia». Mito, mesianismo e historia en los escritos tempranos de Walter Benjamin
Andreas Greiert
And end this night –if it be your will. Leonard Cohen
I. Mito
Entre los escritos tempranos de Walter Benjamin se encuentran dos relatos sobre el origen de la historia. Por una parte, en su interpretación del génesis en «Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres», Benjamin bosqueja una sucesión que va desde el paraíso hasta la usurpación humana del juicio, entendida como la Caída del Hombre en la historia. Este marco teológico proporciona la base para una derivación de la tarea histórica del hombre, esto es, compensar las imperfecciones del estado infra-lapsario del mundo por las que se lo puede culpar (ÜSüSM: GS II/1, 152-157) (SLGLH: Obras II/1, 156-162).
Por otra parte, la teoría de la tragedia, que Benjamin presenta en El origen del ‘Trauerspiel’ alemán, confronta al mito con la emancipación, que no es sino el cumplimiento de la tarea histórica. Cuando el hombre se plantea su propio enredo con el mito y lo lleva a cabo activamente, aparece luego como el real creador de los acontecimientos. De este modo, la tragedia ática anuncia para Benjamin un momento de emancipación (UdT: GS I/1, 279-289) (OTA: Obras I/1, 308-319).
Contra lo que pueda parecer, los dos relatos son bastante compatibles si consideramos que el mito no está concebido en ellos como un estado ontológico sino que epistemológico. En el instante del origen de la historia (primer relato), y luego en el mito (segundo relato), surge la tentación de abandonar el cumplimiento de la tarea histórica. En otro texto temprano, «La vida de los estudiantes», Benjamin señala explícitamente que «la tarea histórica es configurar en su pureza el estado inmanente de la perfección como estado absoluto, hacer que sea visible, hacerlo dominante en el presente» (DLS: GS II/1, 75) (VE: Obras II/1, 77). Para el beneficio de un cómodo acuerdo con la mera ilusión, el mito ha de ser visto como el rechazo del exhaustivo intento de restaurar la perfección frente a la imperfección producida por los errores del hombre. Cuando en esta constelación la razón, el medio de la tarea histórica, renuncia a una reflexión permanente sobre el mito, la inmanencia remplaza a la trascendencia y el mito triunfa sobre la razón.
La original concepción del mito en Benjamin puede resumirse en una definición sistemática: el mito es un estado que ha de ser superado para cumplir la tarea histórica. Es evidente que la afirmación especialmente contemporánea sobre la pérdida de la trascendencia como tal no es un diagnóstico excepcionalmente original. Pero lo que en cualquier caso sí es original es la singular versión de Benjamin, es decir, su lectura de esta afirmación como una renuncia a la trascendencia.
Para Benjamin, la inmanencia es en último término creada solo por el hombre, ya que en la medida en que en la modernidad, la exigencia de perfección, y, en consecuencia, el horizonte de la tarea histórica se ha introducido en la necesaria imperfección de la realidad histórica, la inmanencia, como resultado de la moderna independencia auto-fabricada de la intención, o bien, del absolutismo de la intencionalidad, es reproducida en cada acto judicativo como también asegurada en cada decisión. De este modo, la perfección es abandonada al tiempo que es traicionada la emancipación –y el mito tiene aquí la última palabra.
Así, Benjamin entiende a la modernidad (ya en 1920) como un estado mítico, esto es, como un estado de inmanencia auto-contenida y gobernada por el triunfo total del mito sobre la razón. Esta segunda culpa de la modernidad, la culpa de relegar la culpa al olvido, ha sido descrita por Benjamin en el fragmento de 1921, titulado expresivamente «Capitalismo como religión» (KR: GS VI, 100-103) (CCR: Obras VI, 127-134).
Ya en su ensayo Sobre el lenguaje, Benjamin había captado la exigencia del hombre de regular al mundo en tanto que culpa (ÜSüSM: GS II/1, 152-157) (SLGLH: Obras II/1, 156-162). Esta primera culpa se ubica en la Caída como resultado de la usurpación del juicio por parte del hombre; y, a pesar de ser teológicamente evidente, ha sido olvidada durante el establecimiento de la religión moderna del capitalismo. al tiempo que la religión misma ha cambiado sustancialmente en su relación con ella –pues ha sido reducida a puro culto sin dogma, donde el culto continúa permanentemente sin ninguna interrupción, y la posibilidad de expiación es remplazada por un inevitable incremento de culpa (KR: GS VI, 101-102) (CCR: Obras VI, 128).
En la medida en que la atención de Benjamin está ahora puesta sobre (el olvido de) la culpa, su perspectiva de la auto-declarada inmanencia de la modernidad puede ser imparcial. Después de todo, el foco puesto en la culpa contradice toda causalidad de eventos puros causando, en cambio, una carga ética. De modo que en el temprano fragmento «Die Ethik, auf die Geschichte angewendet», Benjamin sostiene que ninguna causalidad, sino solo la culpa puede garantizar una totalidad de la historia (DEGa: GS VI, 91-93) (FTV: Obras VI, 116). El singular punto de vista de Benjamin tiene su foco en el factor humano, esto es, en el hecho de que absolutamente nada en la historia puede ser hecho o percibido sin actividad o interés humano subjetivo. Para Benjamin no hay objetividad histórica y, en consecuencia, tampoco una causalidad de los eventos. Por el contrario, la historia no consiste en otra cosa que en la culpa.
Es la carga ética recién mencionada la que pone a la propia opinión de Benjamin a una distancia explícita del desarrollo pronosticado. Esta distancia se manifiesta terminológicamente: en «El capitalismo como religión» Benjamin utiliza el término «acrecentamiento humano (gesteigerte Menschhaftigkeit)» (KR: GS VI, 101) (CCR: Obras VI, 127) para explicar el transcurso histórico que experimenta el olvido de la culpa en la modernidad, y un año antes, en el fragmento «Welt und Zeit», él mismo ya había fundado su concepción de la política sobre el postulado de un «cumplimiento de una humanidad sin mejoras» (WZ: GS VI, 98) (MT: Obras VI, 130).
En los textos originales de Benjamin en alemán, la oposición entre dos formas de humanidad es muchísimo más clara debido a que en ellos se utiliza una negación directa cuando se confronta la gesteigerte Menschhaftigkeit con la ungesteigerte Menschhaftigkeit (KR: GS VI, 101) (CCR: Obras VI, 127); (WZ: GS VI, 99) (MT: Obras VI, 126). Las expresiones «humanidad mejorada» y «sin mejoras» podrían quizá demostrar esta oposición de modo más claro y directo.
II. Mesianismo
Benjamin toma una posición que le permite re-visualizar la tarea histórica, a pesar de su invisibilidad u obvia insignificancia en la realidad histórica moderna. Sin embargo, su disposición lo enfrenta al problema, en apariencia insoluble en términos lógicos, de postular la conquista de un estado de inmanencia. Esta naturaleza problemática puede ser vista como un momento crucial en la concepción temprana de la historia de Benjamin o, en otras palabras, como una juntura por la que se dejan ver cimientos teológico-políticos.
La contraposición de Benjamin no es en absoluto inconsistente o irracional, pues está mesiánicamente justificada. De manera enfática, en sus escritos el mesianismo se ubica, en nombre de la razón y del interés en la tarea histórica, como cifra de aquello que es totalmente diferente, esto es, como código de una posibilidad imposible en términos lógicos y actualmente históricos. Luego del patrón de la entelequia, el mesianismo de Benjamin exige el súbito cese de la ineludibilidad del mito y por ende de la desesperanza a la cual el mito conlleva.
Con su impulso radicalmente crítico en contra del tiempo presente, el mesianismo de Benjamin dista de ser una concepción originalmente nueva o excéntrica y se acerca a la tradición judía34. La función-de-cifra del mesianismo contradice aquella comprensión sustancial de la teología según la cual esta es considerada religiosidad, pneumatología o diálogo en la oración. A pesar de esto, como metáfora, la teología es responsable del conocimiento sobre un poder humano que niega todo fundamento para la humanidad mejorada, precisamente en la medida en que no puede ser absorbida en la independencia o intencionalidad moderna y auto-fabricada. Benjamin reconsidera al hombre como criatura de Dios. Es por esta razón que el mesianismo remite obstinadamente a la promesa original de perfección: precisamente porque es una imposibilidad lógica en el presente, el mesianismo ha de ser históricamente real en estos momentos.
Benjamin asume un efecto no-influenciado por Dios en el mundo que sin embargo es absolutamente imprevisible y justamente por esto apocalíptico, ya que una vez que este efecto toma lugar, el mundo y los sujetos que viven en él son inmediatamente arruinados. Este momento enteléquico en el mesianismo de Benjamin ha de ser considerado seriamente y sin condiciones. Cargado como una exigencia ética, el mesianismo de Benjamin postula la posibilidad, no comprensible ni disponible, de que la perfección haga ingresar por sí misma a la imperfección –en un gesto sin interés subjetivo alguno y como poder auto-actuante que gravita hacia la perfección y contiene el potencial de hacer que la posibilidad se vuelva real.
En «El capitalismo como religión», Benjamin no hace otra descripción de la inserción de este mesianismo enteléquico; el texto es, sin embargo, solo un fragmento ya que está incompleto. No obstante, existe un complicado texto, escrito durante el mismo período, en el que Benjamin (en nombre de la humanidad sin mejoras) le atribuye un punto de partida a su mesianismo en la realidad práctico-social misma. En el ensayo «Para una crítica de la violencia», publicado en 1921, la función socio-política del mesianismo puede comprenderse como un doble deslizamiento, pues tanto la realidad como el punto de vista sobre la realidad han de ser rescatados de la humanidad mejorada, de la intencionalidad humano-subjetiva.
Benjamin consigue rescatar a la realidad de la intencionalidad ya en la formulación del asunto, en la medida en que su estudio no investiga de modo enfático los propósitos de la violencia sino que solo a la violencia como medio (ZKG: GS II/1, 179-181) (CV: 2008, 427-429). No es necesario ofrecer aquí una descripción detallada de la línea de razonamiento de Benjamin; su argumentación nos lleva a una «violencia inmediata» que, en un «ciclo» de formas de violencia fundadoras y conservadoras de derecho, garantiza inmensa e inevitablemente la continuidad del «poder del Estado» –que Benjamin identifica estructuralmente con la dominación del hombre sobre el hombre (ZKG: GS II/1, 197-198) (CV: 2008, 444-445). Al ser un obstáculo para la tendencia de la perfección, o más aún, una prevención institucionalizada de la emancipación, la ley es para Benjamin, en consecuencia, una manifestación del mito.
En un segundo momento, es el punto de vista sobre la realidad el que debe ser rescatado de la intencionalidad, de la humanidad mejorada. Para este cometido, Benjamin se pregunta por una posible relación entre la «violencia inmediata pura» y el ser humano fuera de la ley establecida (ZKG: GS II/1, 202-203) (CV: 2008, 450-51). La discusión sobre este problemático asunto nos lleva a la filosofía de la historia. Benjamin sostiene que es solo con este giro en su línea de razonamiento, que se alcanza el aspecto especialmente crítico de su estudio: «Para una crítica de la violencia es la filosofía de su historia» (ZKG: GS II/1, 202) (CV: 2008, 450). Confrontada con la «idea de su punto de partida» se muestra la desnuda temporalidad de sus «datos cronológicos» (ZKG: GS II/1, 202) (CV: 2008, 450), es decir, la transitoriedad de todo cuanto existe –incluida también la de la inmanencia mítica.
Si la humanidad mejorada ha de ser removida de modo realmente consecuente, la inmanencia de los propósitos humanos debe, sin embargo, también ser abandonada. Benjamin logra esta maniobra argumentativa al considerar a la violencia inmediata pura como «divina» En esta versión, la violencia divina, como violencia pura, no es una instanciación intencional sino que la «destitución» (Entsetzung) de la violencia mítica (la dominación del hombre por el hombre) por un espacio en blanco, una cifra (ZKG: GS II/1, 202) (CV: 2008, 450). La única cualidad que puede atribuírsele a la «violencia divina pura» es la de un advenimiento mesiánico. Esto quiere decir que la idea fundamental es el puro acontecimiento de la violencia, en efecto, el polo contrario de toda cualificación o identificación intencional. La concepción benjaminiana de la violencia divina implica una figura mesiánico-enteléquica de argumentación que no reside ni en la perspectiva ni en el hábito del pensamiento humano. Mientras la lógica tradicional solamente puede identificar una contradicción irresoluble, para Benjamin solo es importante que la imposibilidad lógica pueda ser históricamente posible.
En «Para una crítica de la violencia, esta poderosa carga mesiánica con intención ética produce una influencia tal en toda la argumentación, que una comprensión puramente lógica se muestra finalmente como inviable. Esta visión complementaria puede ser anexada a los intentos, desde luego admirables, de llevar a cabo la argumentación de una manera puramente analítica35. El mesianismo enteléquico funciona como catalizador de la humanidad sin mejoras y, en cuanto tal, no representa (pneumáticamente) a la esperanza que de sí mismo tiene un sujeto, sino que se ubica (apocalípticamente) como un cifra de algo totalmente distinto: de un efecto divino que es la ruina del mundo y del sujeto que lo habita. En consecuencia, el mesianismo no es relevante en cuanto a los contenidos del pensamiento, sino que remite, más bien, a la estructura de este, recordándole así de reflexionar sobre su condicionalidad y transitoriedad histórica.
Con todo, en Para una Crítica de la violencia Benjamin ha concretado alusivamente el cambio de dirección que había exigido para el pensamiento al confrontar la situación histórica singular con la validez general estandarizada (ZKG: GS II/1, 195-197) (CV: 2008, 443-444). Sobre la base de su temprano ensayo Sobre el lenguaje y su sugerencia de identificar a la usurpación humana del juicio con la Caída del Hombre, Benjamin interpreta la abstracción como la manera en la que el hombre elude arbitrariamente lo concreto y su inevitable relativismo. En cuanto tal, la abstracción es el paradigma elemental de la humanidad mejorada y, por ende, un excesivo aumento de la culpa infralapsaria del hombre (DLS: GS II/1, 153-154) (VE: Obras II/1, 158-159). La abstracción ciertamente ha hecho del mundo algo más disponible y fácil de ser dominado y controlado. Pero el resultado de la exigencia del hombre de un dominio estandarizado y universalmente válido sobre el mundo, es la dominación del hombre sobre el hombre. Con este hallazgo, la argumentación originalmente crítica del ensayo sobre la violencia de Benjamin vuelve a su punto inicial: producida por nadie más que por las personas involucradas, la señalada ineludibilidad mítica del derecho establecido no es otra cosa que el consecuente y preciso resultado de un estado no solo social sino también epistemológico, en el que la dominación del hombre sobre el hombre se ha vuelto normal.
La propuesta de Benjamin implica una figura mesiánica de argumentación que no reside ni en la perspectiva ni en el hábito de pensamiento humanos.
Benjamin presenta una imagen mesiánica de pensar en las primeras frases del fragmento «El capitalismo como religión», menciona, casi al pasar, una «red» en la que estamos atrapados y que no podemos estrechar (KR: GS VI/1, 100) (CCR: Obras VI, 127). La «red» implica una conexión recíproca entre el esfuerzo del hombre por dominar y su rendición frente al mundo. Así, el hombre termina por desdibujarse en la inmanencia del mundo, esto es, perdiéndose a sí mismo (en tanto que criatura de Dios) en el esfuerzo por controlar absolutamente el mundo en el que habita. La siguiente frase de Benjamin –en la que señala que esta conexión será estudiada «posteriormente»– debe ser considerada como un signo mesiánico, indicio de un estado totalmente diferente, que no sucederá a tiempo sino que en el tiempo mismo. En consecuencia, este estado no puede ser la obra del hombre sino algo totalmente diferente.
El mesianismo de Benjamin anuncia una nueva determinación de la relación entre lo infralapsario y el escatón. Una perspectiva escatológico-mesiánica implica usualmente una luz que cae sobre el mundo desde el escatón; las metáforas pertinentes aquí son la estrella de la mañana, el alba o la salida del sol, que iluminan la desnuda y ciega realidad histórica. Benjamin valora el tiempo antes del escatón de una forma nueva y diferente. En una carta a Florens Christian Rang del 9 de diciembre de 1923, que contiene el primer borrador del «Prólogo epistemo-crítico» a El origen del ‘Trauerspiel’ alemán, Benjamin invierte las usualmente enfatizadas metáforas cristianas de redención cuando define al objeto de esta como la redención de la noche (GB: Briefe I, 323). Benjamin quiere así proteger a la oscuridad de la noche de una iluminación demasiado fuerte producida por el hombre, ya que una iluminación por fuentes artificiales, creadas por el hombre, libera el desastroso peligro de que el amanecer del escatón pueda no ser reconocido al confundirse con las luces del hombre (es decir, con la intención). Para poder reconocer hasta el más leve brillo de la luz del escatón, la cuestión inmediata, sino urgente, es, para Benjamin, la salvación de la oscuridad de la noche: «La noche salvada» (GB: Briefe I, 323). Esta revisión debe ser considerada como una cuestión fundamental y de larga duración en la concepción que Benjamin tenía de la teología. Ya en 1916 Benjamin había señalado que para luchar exitosamente contra la noche, había que forzar a la oscuridad a entregar su luz (GB: Briefe I, 131). Y es obviamente esta revisión la que en 1934 es considerada por Theodor W. Adorno como «teología invertida»36.
El cambio fundamental en la relación entre lo infralapsario y el escatón fue mostrado por Benjamin quizá con más claridad que en ningún otro lugar en su libro sobre el Trauerspiel alemán, específicamente en la concepción del giro de la alegoría desarrollada en la sección material del análisis barroco y no en el «Prólogo epistemo-crítico». Allí, Benjamin postula la existencia de las «antinomias de lo alegórico» del barroco: el mundo profano está totalmente vaciado de sentido –puede significar cualquier cosa (UdT: GS I/1, 350-353) (OTA: Obras I/1, 393-396). Estas antinomias inflaman la excitada producción barroca de sentido alegórico, hallando una y otra vez su último e inevitable límite en la materia desnuda. Debido a que la sustancia desnuda insinúa inexorablemente la absoluta transitoriedad, la aterradora posibilidad de un absurdo sinsentido total asoma, haciendo que el mundo entero parezca completamente malvado e irredimible (UdT: GS I/1, 400-406) (OTA: Obras I/1, 449-456). Pero si el alegorista ha logrado llegar así de lejos, hasta la irrecuperable oscuridad de la noche libre de toda iluminación, el «giro» salvador de la alegoría acontece, esto es, la repentina visión de que la transitoriedad y el mal no son más que la expresión de la subjetividad en el mundo (UdT: GS I/1, 405-406) (OTA: Obras I/1, 455-56). Benjamin designa a la confesión de subjetividad como el «garante formal del milagro» y observa que el alegorista «despierta» en el mundo de Dios (UdT: GS I/1, 408, 406) (OTA: Obras I/1, 458, 456). La transitoriedad y el mal son reconocidos nada más que como reflejos del sujeto –esta es la idea fundamental; este es el giro de la alegoría.
Nuevamente la disposición teológica del temprano ensayo Sobre el lenguaje funciona como fundamento sistemático (ÜSüSM: GS II/1, 152-157) (SLGLH: Obras II/1, 156-162), ya que justamente con la Caída del Hombre, con la usurpación humana del juicio como distinción entre el bien y el mal, el mal entró en un mundo que para Dios había sido muy bueno hasta ese momento. Así, los hombres hicieron circular el juicio entre ellos –expulsándose de este modo del paraíso. Precisamente esta idea, en correlación con la transitoriedad y el mal por una parte, y la intencionalidad y la subjetividad por otra, produce el giro de la alegoría y libera un impulso de salvación desde la enorme desesperación: todo aquello que parezca ser lógicamente imposible e intencionalmente irreconocible debe, o más bien, tiene que ser, sin mediación alguna, históricamente real.
III. Historia
Con este cambio crucial en la relación entre lo infralapsario y el escatón, el mesianismo enteléquico de Benjamin implica una fuerte carga ética de toda la historia que también resulta en una idea de historia y tiempo nueva y diferente: la concepción de la historia como retraso.
Los rasgos característicos de esta concepción Benjamin los tomó, en efecto, de su amigo Gershom Scholem. En relación con la teoría de la historia, esta concepción alternativa muestra su peculiaridad de modo sustancial en una reflexión axiomática: de acuerdo con la expectativa intencional del hombre –hasta donde es humanamente posible de decir–, Dios pudo o debió haber destruido el mundo después de la Caída del Hombre. La concepción de la historia como retraso intenta ahora dar cuenta del indudable e importantísimo hecho de que Dios no ejecutó exactamente su juicio, sino que, en cualquier caso, lo retrasó. El retraso es, en efecto, la única razón de la persistencia del estado infralapsario que acostumbramos a llamar historia.
Desde la Caída del Hombre, así lo dispone Benjamin en el fragmento «Die Bedeutung der Zeit in der Moralischen Welt», la ira de Dios por la Caída ruge en una «tormenta de perdón [Sturm der Vergebung]» hasta desvanecerse en los días por venir, dejando que el perdón entre en el mundo (BZMW: GS VI, 98) (STUM: Obras VI, 125). En todo caso, el tiempo no puede ser entonces una permanente sucesión de realizaciones de la intención que siga los principios de la causalidad y la cronología. Por el contrario, el tiempo debe entenderse como la distancia entre una intención y su realización, como la brecha que está justamente marcada por el retraso de la realización de una acción.
El concepto de retraso puede caracterizarse de modo más preciso en tres puntos:
a) El tiempo viene «ex futuro»37, tanto desde el fin (el perdón excepcional) como desde la dirección contraria, y lógicamente opuesta, a toda intención humana.
b) El paradigma elemental para la comprensión de la historia como retraso no es el principio del cumplimiento, sino que el de la epoché38. De este modo, Scholem ya enfatiza el axioma de la «ejecución de una no-ejecución», la cancelación misma de la realización de las acciones que solo puede sobrecargar cada expectativa humana39. Sumado a esto, Scholem ofrece un plan conclusivo para su original idea cuando se refiere a la indignación de Jonás frente a la renuncia de Dios de llevar a cabo su amenaza de destruir al pecaminoso pueblo de Nínive. Atrapado sin esperanza alguna en la historicidad intencional, Jonás no puede concebir aquella negación de la intencionalidad que está precisamente implicada en la idea de retraso40.
c) Tan solo cuando es tomada como retraso, la historia es tiempo ético, ya que solamente entonces la chance de una alteración –de un cambio para mejor– está abierta precisamente en cada instante. Después de todo, el giro de la ira de Dios hacia el perdón no puede ser previsto. Así, el tiempo es, con respecto al retraso, eterno solo hasta que el perdón de Dios vuelva a llamar al mundo de su creación. La modalidad del tiempo mesiánico es el Futuro Perfecto; no obstante, la historia no es más que un arreglo temporal que únicamente puede ser concebido temporalmente.
La nueva concepción de Benjamin del tiempo y la historia introduce reparos contra la representación intencional. Leída como retraso, la historia elude la intencionalidad; siendo un contra-modelo de la representación intencional, la historia se vuelve invisible para la intencionalidad –y ante todo, verdad. Esta paradójica consideración proporciona el fundamento para el postulado mesiánico que Benjamin ofrece en el fragmento «Welt und Zeit»: «Redención de la historia de aquello que lo representa [Erlösung der Geschichte vom Darstellenden]» (WZ: GS VI, 98) (MT: Obras VI, 126). Esta exigencia de redención afecta a la inevitable concatenación entre subjetividad intencional e inmanencia mítica.
Benjamin propaga así un anti-subjetivismo radical en nombre de la liberación del sujeto –sin contradecir, en consecuencia, su énfasis positivo en la representación de la teoría de la tragedia. Ambas disposiciones se remiten recíprocamente en un colofón explícitamente histórico: para Benjamin, la modernidad, en tanto estado mítico de inmanencia, ha expuesto el fracaso del hombre como representante de la tarea histórica, esto es, la restauración de la perfección. El postulado «la redención de la historia de aquello que lo representa» exige una imposible-posibilidad mesiánica para romper el hechizo del mito clausurado por la persuasión del hombre sobre la autonomía de su intencionalidad. En esta grave situación en la que la tarea histórica parece no tener solución alguna, Benjamin le adjudica el cumplimiento de esta tarea a un estado mesiánico-enteléquico, completamente diferente, que irrumpe en la historia.
Aunque Benjamin solo lo mencione una vez en sus escritos y luego en un fragmento publicado, el postulado de la «redención de la historia de aquello que lo representa» revela por lo menos un fundamento central para su idea temprana de historia, con lo que el contenido enteléquico representado en dicho postulado emerge en el término origen, idea indudablemente fundamental que Benjamin puso en el centro del «Prólogo epistemo-crítico» a su El origen del ‘Trauerspiel’ alemán.
Benjamin separa allí la «vida natural» de los fenómenos de la vida «humana» y explica que toda consideración sobre el origen solo puede presentarse con claridad si se encuentra «despejada» de atributos subjetivos como la intencionalidad, el sentido, la causalidad o la cronología (UdT: GS I/1, 227) (OTA: Obras I/1, 245). La representación debe en consecuencia ser removida, sustraída de la historia del fenómeno. Por consiguiente, la historia debe ser redimida de su representante o, vinculando lo recién dicho a otra concepción temprana de Benjamin, la humanidad mejorada debe ser negada. Al mismo tiempo, una connotación claramente anti-idealista se deja ver en la nueva disposición de Benjamin, para quien el origen no representa en absoluto el estado ideal de una unión superior pretérita, sino que la promesa que este fue, de inmediato, absolutamente diferente. El origen contiene el proyecto crucial del contra-tiempo mesiánico de Benjamin, pues por medio del origen su concepción del tiempo como retraso es introducida de contrabando en su escrito de habilitación. Al rememorar la –justamente original– promesa de perfección, hecha indiscriminadamente a cada individuo como criatura de Dios, el origen denuncia al tiempo cronológico de la historia ontológica como un arreglo temporal puramente provisional.
Benjamin ha señalado claramente que su concepción de origen no designa «el devenir de lo nacido [Werden des Entsprungenen]» (UdT: GS I/1, 226) (OTA: Obras I/1, 243); en vez de ello, el origen se comporta como un «torbellino» en el aparentemente eterno «flujo del devenir» (UdT: GS I/1, 226) (OTA: Obras I/1, 243). Así, el origen irrumpe en el «flujo del devenir» (es decir, el tiempo cronológico esbozado según las pautas de la intencionalidad) en dirección contraria y, como un «torbellino», produce cambios imprevisibles en la dirección sin siquiera interrumpir el flujo permanente de la conciencia o el curso de la intencionalidad. De este modo, el origen se hace de las cualidades mesiánicas de la historia como retraso, posicionándola. Con la concepción de origen, Benjamin objeta la reflexión como incesante ejecución de juicios. En los estudios preliminares al «Prólogo epistemo-crítico», Benjamin ya declaraba con franqueza: «El origen es por lo tanto entelequia» (Anmerkungen zu Seite 203-430: GS I/3, 946).
La temprana concepción mesiánico-enteléquica de la historia de Benjamin implica la fuerte carga ética de un acto cognitivo que coincide menos con una transición de la filosofía pura a la práctica que con una sustitución de la teoría por la teología. En el «Prólogo epistemo-crítico», Benjamin recuerda justamente este cambio radical –o inversión– cuando reconoce que en la línea de su proyecto epistemológico es Adán, y no Platón, quien debe aparecer como el «padre de la filosofía» (UdT: GS I/1, 217) (OTA: Obras I/1, 233). Para Benjamin, Platón es, en consecuencia, el hijo pródigo.
Traducción de Matías Bascuñán Callis
34 Gershom Scholem, «Zum Verständnis der messianischen Idee im Judentum. Mit einer Nachbemerkung: Aus einem Brief an einen protestantischen Theologen». En Über einige Grundbegriffe des Judentums (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1996), 128-130.
35 Werner Hamacher, «Afformative, Strike», Cardoso Law Review, 13 (1991): 1133-1157. Trad. esp.: Werner Hamacher, «Afformativo, Huelga», en Lingua Amissa (Buenos Aires: Miño y Dávila Editores, 2012a), 179-208.
36 Theodor W. Adorno, «Letter to Walter Benjamin from 12/17/1934», en Theodor W. Adorno – Walter Benjamin, Briefwechsel 1928-1940, ed. Henri Lonitz (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1994), 90.
37 Werner Hamacher, «Schuldgeschichte. Benjamins Skizze “Kapitalismus als Religion”», en Kapitalismus als Religion, ed. Dirk Baecker (Berlín: Kulturverlag Kadmos, 2003), 117. Trad. esp.: Werner Hamacher, «Historia de la culpa». El ensayo de Benjamin «Capitalismo como religion», en Lingua Amissa (Buenos Aires: Miño y Dávila, 2012b), 177.
38 Hamacher, «Schuldgeschichte», 116. Trad. esp.: Hamacher, «Historia de la culpa», 175.
39 Gershom Scholem, «Über das Buch Jona und seinen Begriff der Gerechtigkeit», en Gershom Scholem Tagebücher nebst Aufsätzen und Entwürfen bis 1923, 2. Halbband 1917-1923, eds. Karlfried Gründer, Herbert Kopp-Oberstebrink y Friedrich Niewöhner (Frankfurt am Main: Jüdischer Verlag, 2000), 341.
40 Scholem, «Über das Buch Jona», 335; Gershom Scholem, «Über Jona und den Begriff der Gerechtigkeit», en Gershom Scholem Tagebücher nebst Aufsätzen und Entwürfen bis 1923, 2. Halbband 1917-1923, eds. Karlfried Gründer, Herbert Kopp-Oberstebrink y Friedrich Niewöhner (Frankfurt am Main: Jüdischer Verlag, 2000b), 526.
Walter Benjamin y el significado secular del mesianismo: la refutación a Carl Schmitt
Christoph Henning
Este artículo aborda, una vez más, la relación de Walter Benjamin con Carl Schmitt –no porque no haya sido vista41, sino porque me parece que en trabajos anteriores cierto aspecto de ella ha sido pasado por alto o, al menos, subestimado. En la historia de la lectura de Benjamin, sus referencias a Schmitt han sido, en primer lugar, minimizadas42 y, quizá en reacción a esto, enfatizadas de sobremanera en lo consecutivo43. Aun cuando su relación personal (virtualmente inexistente) sea vista de manera realista, muchos trabajos parecen asumir, no obstante, que ambos autores comparten una posición (por ejemplo: un interés en la teología del siglo XVII y la creencia que la estructura de esta teología influenció de algún modo a otras esferas sociales), estando en desacuerdo solo en ciertos matices44. Sostendré en cambio, y puesto de forma muy simple, que Benjamin contradice a Schmitt tan radicalmente como le es posible hacerlo. Benjamin no está formulando una «teología política» alternativa similar a la de Schmitt que solo disiente con esta en aspectos menores. En lugar de ello, Benjamin se está oponiendo a cualquier teología política –especial y más radicalmente a la versión de Schmitt, pero no solo a esta. Más aún, sostendré que el modo en el que Benjamin combina política y religión no es teórico sino que práctico en tanto evoca una solución política a conflictos religiosos irresolubles, lo que hace –por paradójico que pueda sonar– especialmente en sus escritos estéticos. En cierta medida, Benjamin «escondía» su filosofía en estos escritos. Sin embargo, todavía podemos encontrarla en ellos.
Para poder mostrar esto, discutiré en primer lugar diferentes significados para el término «teología política», llegando a la conclusión de que Benjamin no forma parte de esta familia de teorías (I). Luego elaboraré la noción de política, según la perspectiva de Benjamin, desde una mirada alternativa a dos de sus escritos más importantes, el Fragmento teológico-político y El origen del ‘Trauerspiel’ alemán (II). Concluiré con un apéndice que defiende a la lectura política no como una manera de desatender, sino que más bien como un modo de incorporar la «autonomía» de la esfera estética (III).
I. Varias teologías políticas –y por qué Walter Benjamin
no pertenece a ellas
En sus escritos, Benjamin toca a menudo asuntos políticos y también religiosos. En ellos incluso lidia con Carl Schmitt, cuyo libro de 1922 inició una «nueva oleada» de teología política. Señal de esto es la famosa carta a Schmitt, en la que Benjamin escribe:
Usted notará rápidamente cuánto le debe este libro en su presentación de la doctrina de la soberanía del siglo diecisiete. Podría ir incluso más lejos y añadir que en sus últimos trabajos, sobre todo en La Dictadura, su modo de investigación en el campo de la filosofía política ha confirmado mi propio modo de investigación en lo concerniente a la filosofía del arte (Anmerkungen zu Seite 203-430: GS I/3, 887).
Benjamin tomó un tema e incluso un método de investigación de Carl Schmitt. Sin embargo, esto no significa que compartiera su opinión. Me parece que el «mesianismo» mencionado en los escritos estéticos de Benjamin debe ser interpretado como una respuesta a Carl Schmitt. Esto no es nuevo. Y aun así, sigue estando abierta la pregunta de qué quiere decir en particular esta respuesta. Esto es a lo que el presente artículo pretende llegar.
Esta primera sección busca localizar la genuina perspectiva de Benjamin dentro del campo más amplio de la teología política, campo especialmente floreciente durante la primera mitad del siglo XX en Alemania. Esto nos lleva a la primera pregunta: ¿qué tipo de «teología política», si la hubiere, encontramos en Benjamin? Benjamin ciertamente toca contextos políticos y religiosos en sus escritos estéticos, e incluso los conecta en ellos45. Sin embargo, el concepto «teología política» esconde más de lo que revela. Solo nos dice que existe cierta conexión entre la política y la religión en los textos de Benjamin. ¿Pero de qué tipo de conexión estamos hablando? ¿Hay solo una? Sostengo aquí dos cosas: primero, hay varias «teologías políticas». De hecho, hay tantas que no especificar de cuál estamos hablando significa incurrir en confusiones. Segundo, aun cuando es confrontada con esta amplia variedad de «teologías políticas», la manera en la que Benjamin conecta política y religión en medio de la estética no es teología política, sino que su crítica radical.
¿Qué puede querer decir «teología política»? Como el nombre ya indica, describe una teoría de la religión que tiene –y pretende tener– un impacto sobre la política. O bien, desde el lado de la política, la «teología política» describe políticas guiadas o legitimadas por afirmaciones teológicas. No simplemente afirmaciones «religiosas», debería añadirse, si consideramos lo «religioso» en el sentido de algo que es, en todo caso, auto-evidente para, y dado por hecho por, el creyente promedio. «Teológico» significa que se requiere de un clero educado que en primer lugar «pruebe» la afirmación (una diferencia importante para Benjamin, como hemos de ver)46. Esto ya complica el asunto. Antes de comparar a Benjamin y Schmitt, es prudente establecer algunas distinciones más. Si primero distinguimos entre religiones vivas y muertas, quizá podamos tomar noticia de la teología política de las religiones perecidas47. Dentro del campo restante, una segunda distinción que debe ser hecha es entre elementos viejos (anacrónicos) y nuevos (vivos). Sacrificar seres humanos, por ejemplo, pudo haber sido un elemento importante de las religiones en tiempos pasados48, pero ya no lo es. Por desgracia, la exclusión de las mujeres, por ejemplo, es un elemento de muchas religiones que aún no ha sido totalmente disipado.
Esta distinción nos lleva a una tercera que no es idéntica a la anterior: mientras algunos elementos de una religión pueden haberse secularizado –para usar una definición simple: transferidos a una esfera mundana–, otros pueden todavía encontrarse en el dominio religioso. Por clara que sea esta distinción en principio, en la realidad social continúa siendo una controversia si acaso algunos fenómenos mundanos –como la concepción occidental de los derechos humanos– son realmente el «resultado» (una herencia secular) de algunas creencias o prácticas religiosas anteriores. Para validar una afirmación así de fuerte (que aunque hecha con facilidad es difícil de probar) se debería mostrar que algo que en principio estaba en una religión evolucionó luego en áreas «seculares»49. Y en segundo lugar, que la creencia religiosa fue realmente la «causa» o motivación para dicho cambio en el mundo real. Pensemos en la idea de «igualdad» que hoy se materializa como la igualdad de los ciudadanos ante la ley. En efecto, esta idea puede encontrarse en textos religiosos más tempranos50; incluso, si la igualdad de derechos debió ser alcanzada en contra de las iglesias, esto ocurrió, al menos al principio, con constantes referencias a la Biblia (pensemos en Thomas Müntzer en Alemania o en Gerrard Winstanley en Inglaterra). En contraste, hay elementos –como la idea cristiana de la «resurrección»– que todavía son de dominio religioso, ya que ni la ciencia ni la política han tenido, hasta el momento, éxito en despertar a los muertos51.
Un cuarto punto es la diferencia entre denominaciones. Hay por lo menos cuatro familias diferentes de religión en nuestra área de interés52: dentro del cristianismo hay enfoques católicos y protestantes (luteranismo, calvinismo, etc.); luego está el judaísmo con todas sus variaciones (liberal, conservador y ortodoxo), y, finalmente, el paganismo, que es un esfuerzo por revivir elementos religiosos que eluden al cristianismo y al judaísmo53. En consecuencia, tenemos una «teología política» o católica, o protestante, o judía o neopagana. Finalmente, la palabra «política» puede también significar muchas cosas. Si nos ceñimos a las facciones más importantes del espectro de la política moderna, tenemos que distinguir, al menos, entre una concepción conservadora, una liberal, una socialista y una reaccionaria de la política54. Tomado en conjunto, lo anterior equivale a 64 teologías políticas posibles. Un Tea Party que descansa en las tradiciones vivas de la religión protestante es solo una de entre estas posibilidades; otra es un enfoque reaccionario contra los derechos de las mujeres, apoyado en una presunta «legitimación» teológica de las prácticas religioso-católicas de la edad media. Esta variedad conceptual permite establecer distinciones cruciales (entre, por ejemplo, secularizaciones de creencias católicas o protestantes)55.
Solo ahora podemos preguntar: ¿qué tipo de teología política –cuál de las 64 variedades– encontramos en los escritos de Benjamin? Una respuesta que puede ser encontrada en muchos trabajos, incluso en algunos recientes, es la de un «mesianismo judío» supuestamente popular entre los intelectuales radicales de habla alemana en los años veinte. Mesianismo que además los sedujo a adoptar posiciones socialistas56. Una lectura simplista –contra la que quiero argumentar–, y sin embargo popular, de lo recién mencionado dispondría el asunto de la siguiente manera.
Tesis del judaísmo-comunismo: debido a dos factores (el tener que, por una parte, cargar con la herencia religiosa y, por otra, con su posición marginal en la sociedad alemana –vivir como un «forastero»), los judío-alemanes de esta época estaban inclinados a adoptar la posición política más radical que existiese, que en este tiempo era el comunismo. O de un modo incluso más abreviado: el «mesianismo» de los intelectuales judío-alemanes de aquel período los llevó a adoptar posiciones comunistas57, siendo Walter Benjamin un ejemplo de esto.
En los términos de las distinciones utilizadas más arriba, esto equivaldría a una política socialista basada en los elementos vivientes, tanto seculares (ya que Benjamin no era un practicante activo) como religiosos (puesto que Benjamin mencionó, sin embargo, a la Torá), de la religión judía. En consecuencia, cuando Benjamin escribe sobre política, el marco interpretativo de la «teología política» parece implicar que está reforzando el caso comunista con argumentos extraídos de su trasfondo religioso, que resultó ser judío. Ahora, es seguro señalar que Benjamin estaba en gran medida a favor del comunismo (aunque no de Stalin)58 y que también se relacionaba positivamente con la religión judía, o al menos con un judaísmo en un sentido más amplio. No obstante, sería una falacia simplemente asumir una relación causal entre estos dos elementos. Esto todavía no es un argumento, sino apenas una afirmación.
Este atajo intelectual es, sin duda, intelectualmente atractivo, pues permite una cómoda economización del pensar. Cuando dos términos bastante amplios, como política y teología, se combinan, evoluciona una complicada «doble contingencia» que hace difícil denotar algo con claridad. La teología política schmittiana da por hecho que podemos reducir esta complejidad estableciendo una conexión causal fija entre los dos términos. Schmitt nos entrega una «sociología de los conceptos»59, que adscribe cierta política a cierta teología. Esto reduciría la variedad de teologías políticas60 y permitiría establecer juicios más definitivos. Desde la perspectiva schmittiana –que actualmente goza de una sorprendente popularidad en los estudios políticos y culturales y no solo en los jurídicos– parece como si pudiésemos elaborar las siguientes conexiones (no como conexiones contingentes –entre muchas otras posibilidades–, sino que como necesarias):
Una teología política protestante sería liberal-socialista, principalmente debido al individualismo radical y al humanismo. El mismo Schmitt sugirió esta conexión –incluso en su último libro aún afirmaba ver una conexión entre «reforma y revolución»61. En algunos casos esta descripción parece calzar, ya que los pensadores protestantes de los veinte, como Paul Tillich o Karl Barth, estaban a favor del socialismo y hacían explícita esta conexión. Tillich62 derivó, por ejemplo, un «principio socialista» de su «principio protestante».
Al asumir que la jerarquía y la tradición son la esencia del catolicismo (en oposición a otras características como la caridad, el perdón, etc.), una teología política católica nos llevaría hacia un enfoque conservador o incluso reaccionario (contra-revolucionario). Desde luego que esto es cierto para Carl Schmitt, pero también lo es para otros autores como Charles Maurras (una versión secular) u Othman Spann (una versión no secular de teología política católica)63.
Como se sugirió más arriba, una teología política judía sería presumiblemente una teología política utópico-radical de tendencia socialista, comunista o, al menos, «liberal» (el «liberalismo» era una palabra peyorativa a principios del siglo XX). La presunta conexión funciona aquí a través de un «mesianismo» de libre circulación en la segunda generación de judíos de habla alemana, en conjunto con la presión de una sociedad hostil que no era sensible a la dolorosa asimilación. Ambos factores habrían radicalizado a estos pensadores. Ejemplos de esta conexión son Gustav Landauer, Ernst Bloch o Georg Lukács.
En las religiones neo-paganas, la postura de tendencias políticas anti-liberales, anti-semitas y racistas era, en muchos casos, ya un ingrediente abierto y muy visible del credo. Algunos de los que parecen verificar esta ecuación son Wilhelm Hauer, Mathilde Ludendorff o Hermann Schwarz.
Finalmente, cuando se trata de los no-creyentes, la asunción es que ellos no tienen «fe» en absoluto y que, por lo tanto, son simplemente «liberales». los liberales, de acuerdo a Schmitt64, no pueden tomar una decisión porque no tienen credo, por lo que continúan un debate que nunca llega a concluir.
Ahora bien, no me parece que estas ecuaciones sean más que algo superficial, pues no resisten una segunda mirada más profunda. Una primera razón para dudar es el hecho de que hay demasiados contra-ejemplos que no calzan en este esquema simplista, aun si nos ceñimos al mismo campo –el contexto alemán de las primeras décadas del siglo XX. Hay, por ejemplo, católicos liberales65 e incluso socialistas, aunque reducidos en número66. Además, debido a la iglesia protestante del Estado de Prusia, había, por lo menos después de 1919, muchos protestantes conservadores e incluso algunos bastante reaccionarios67. Existía todo tipo de tendencias políticas al interior de los judíos de habla alemana, tanto seculares como religiosas68. Los no-creyentes, en la medida en que no eran militantes, podían ser encontrados dentro de todas las líneas partidistas, y, viceversa, había muchos liberales religiosos. Finalmente, no había solo paganos racistas y reaccionarios, sino también progresistas: la cosmovisión científica que respaldaba las aspiraciones humanistas era, en su locación social, un trasfondo «burgués» –potencialmente liberal; y algunos socialdemócratas mantuvieron una coalición con el monismo de Ernst Haeckel (debido no menos a la abierta hostilidad de ambas iglesias). Las implicancias políticas de la cosmovisión teo/antroposófica, para dar otro ejemplo, siguen siendo impugnadas hasta el día de hoy69, de modo que tenemos que concluir que una vez que abrimos el baúl de la «teología política» de manera descriptiva, el asunto no es tan fácil como parecía serlo a primera vista70.
¿Por qué Benjamin no es un teólogo-político?
¿Cómo es posible reducir una variedad de conexiones tal –que se dan entre cuestiones que pertenecen a lo político y a lo religioso– a solo cuatro posiciones? Evidentemente, la naturaleza oscilante de la doble contingencia tiene un lado negativo. La búsqueda de razones (argumentos filosófico-conceptuales o evidencias empíricas de las ciencias sociales) del por qué esta imagen aleatoria debe ser escogida de entre la amplia variedad asume una actitud científica neutral y objetiva. Es importante notar que el enfoque de Carl Schmitt no acepta esta actitud. Es por esto que se llama «teología política» en primer lugar. Ninguna de ambas partes del híbrido, a saber, lo político y lo «teológico», es neutral o pretende serlo. El intento por ser neutral es básicamente aquello contra lo que estas arremeten71. Comprendidos schmittianamente, ambos lados del híbrido son consumidos por prejuicios constitutivos: no pueden no creer lo que creen sin cambiar lo que son. Creen estar comprometidos en una lucha que no permite una actitud científica liberal. Especialmente la lucha política en la que Schmitt afirma estar involucrado –Hobbes contra Bakunin, la dictadura contra la guerra civil o, en pocas palabras, el orden contra el caos72– prohíbe un diagnóstico neutral. En la medida en que sin enemigos no hay política, los enemigos son una necesidad en la comprensión que Schmitt tiene de esta73.
¿Quiénes son los enemigos para Schmitt? Una vez que el credo católico viene a informar la política, se sigue que el protestantismo, el ateísmo y especialmente el judaísmo (entendido como una comunidad religiosa) no son considerados como confesiones compañeras, sino como enemigos potenciales74. En tanto creyente, Carl Schmitt acepta solo al catolicismo como la verdadera religión75. Y desde los principios políticos que Schmitt está imputando (el orden antes que el contenido, la decisión antes que la discusión), se sigue que los socialistas, los liberales y, nuevamente, los judíos (ahora leídos como una minoría de la población) aparecen también como enemigos, acaso simplemente porque para Schmitt todos ellos parecen cuestionar o incluso socavar, de una u otra manera, el «orden» existente. Las ecuaciones mencionadas anteriormente (no-creyentes = liberales; protestantes = socialistas; judíos = comunistas; católicos = el partido del orden y por lo tanto la única opción política «real») unen los prejuicios teológicos y políticos. Aquí no estamos en presencia de un análisis abierto o comprensivo, sino de una expresión de una opción pre-existente. Es difícil desenredar este híbrido, debido a que mezcla, sugestivamente, dos discursos.
Hasta el momento hemos visto que el modo en el que Carl Schmitt comprende la religión lo lleva a juzgar de cierta manera el paisaje político. Pero la conexión funciona en ambas direcciones, ya que el credo político de Schmitt también informa su concepción de la religión. Sorprendentemente –y a pesar de su definición de la iglesia como «complexio oppositorum»–, Carl Schmitt está principalmente interesado en las formas secularizadas del catolicismo antiguo, y menos interesado, entonces, en las formas religiosas vivas del catolicismo contemporáneo. No está ni genuinamente interesado en la Biblia76, ni tampoco toma particular noticia de las tendencias que dentro del catolicismo van a contracorriente («oppositum»), pues la teología de la revolución77 y la «teología de la liberación»78 estaban ya circulando durante su vida. Además, izquierdistas católicos destacados siempre existieron en Alemania79. Casi nada de esto logró llegar a la conciencia política o religiosa de Schmitt80. Los elementos nuevos o emancipatorios de la religión viva no eran de su interés, y la razón de esto era política.
Demos ahora un paso atrás y miremos nuevamente a Benjamin. ¿Qué significa buscar una «teología política» en sus escritos? ¿Es Benjamin uno de los judíos (religiosamente) comunistas a los que Schmitt declara la guerra?81 O, si la «teología política» es más compleja, ¿qué otra cosa podría ella significar? Ciertamente hay secciones en los escritos de Benjamin que encajan en este esquema, por ejemplo:
Siempre debe ganar el muñeco al que se llama «materialismo histórico». Puede competir sin más con cualquiera, si toma a su servicio a la teología, que, como se sabe, hoy es pequeña y fea y no debe dejarse ver de ninguna manera (ÜBG: GS I/2, 693) (SCH: 2005, 47).
Este aforismo tardío puede leerse de la siguiente forma: cierta teología aviva al comunismo (el «materialismo histórico» era una herramienta intelectual del comunismo), de manera que, como Karl Löwith o Jacob Taubes lo pondrían, el comunismo no es otra cosa que mesianismo judío secularizado. Sin embargo, me parece que esta concepción es errónea. Una de las razones de esto es que, en general y como intenté indicar más arriba, la ecuación no es convincente si se le echa un segundo vistazo. Es más, aun cuando pueda ser útil como principio heurístico para algunas biografías, este ciertamente no es el caso específico de Walter Benjamin, quien no está tratando de darle un uso político a la religión judía y tampoco quiere producir un reino mesiánico a través de medios comunistas. No está tratando a la religión como un fin o un medio político, porque «no hay metas políticas significativas»82. Cuando Benjamin regresó al tema-Schmitt en 1940 dejó bastante claro que estaba hablando de una lucha política profana con un enemigo manifiesto83. Por lo tanto, ser crítico no implica decir que Benjamin propone una teología política alternativa. Más bien, Benjamin muestra que ninguna teología política es parte de la solución, sino que parte del problema. ¿Cómo lleva esto a cabo?
II. Una devastadora respuesta a Carl Schmitt
Como ya hemos visto, en sus escritos de las décadas de 1920 y 1930, Schmitt desarrolló un argumento altamente crítico del liberalismo y del socialismo –y como algunos autores han sostenido convincentemente, intrínsecamente antisemita mucho antes de 1933. Se trataba de una posición normativa que afirmaba que la correcta comprensión de la política debía derivarse de cierta teología. La manera en la que Schmitt trata la historia de la política y de la religión convierte a este argumento en una apología de su particular posición teológica (contra-reformista) y política (dictatorial). En una abreviación algo rudimentaria, sus principales puntos pueden resumirse del siguiente modo:
1 El orden es entendido como un efecto de las decisiones, y la decisión política más importante es la que decide la distinción entre amigo y enemigo.
2 La democracia liberal nunca nos llevaría a este punto, ya que discute interminablemente sin nunca llegar, aunque fuese necesario, al momento de la decisión.
3 La única manera de llegar al momento de la decisión es la instalación de un soberano, ya que solo él está capacitado para «decidir» en tiempos de emergencia e ilegalidad. Mediante esta decisión, el soberano excluye el estado de excepción, porque cuando se toman decisiones, persiste el «orden.»
4 El modelo a seguir para una política de este tipo es la estructura del papismo llevada a la política. En la práctica, esto equivale a un gobierno autoritario o a una dictadura, alimentado por una creencia mitológica en su legitimidad en las masas.
5 Una dictadura no debe ser entendida como un abuso de la política, sino que más bien como su esencia, por cuanto está prefigurada en la iglesia católica. Schmitt está apuntando a la jerarquía y a la estructura de poder –la clara línea de mando– y no a sutilezas teológicas.
6 Finalmente, la legitimación del gobierno autoritario es transferida desde la esfera de la religión a la política. (La «analogía» que Schmitt invoca tiene un sentido específico en la enseñanza católica. No es una simple comparación, sino una relación esencial).
Luego de haber puesto los argumentos sobre la mesa en esta forma abreviada, es bastante claro el lugar en donde se ubican los problemas. Para comenzar, ¿qué sucede si alguien no es católico? Esto solo podría significar que, desde la perspectiva política, él o ella aparecería como un forastero peligroso, como un «enemigo». Su mera existencia cuestionaría los principios mismos del orden. Dicha persona se tornaría un símbolo andante de un principio de desorden que difícilmente podría ser tolerado. Consecuentemente, durante la contra-reforma (el modelo a seguir de Schmitt), y debido a la ausencia de un sentido de tolerancia religiosa, la iglesia católica estaba interesada en «convertir» a todos en católicos. Esta fue justamente la idea de la contra-reforma en los siglos XVI y XVII, cuando gran parte de Europa se declaraba protestante.
Si consideramos que Benjamin era de origen judío y tenía su propia manera de relacionarse positivamente con su herencia, deberíamos esperar encontrar una tensión con Schmitt en algún lugar. ¿Pero dónde y cómo se muestra esta exactamente? Mientras nos ciñamos al relato de Schmitt, que toma a la teología como modelo para la política y descansa en una ecuación simplista entre credos religiosos y actitudes políticas, hay que buscar una teología alternativa. Es en este punto donde, entonces, Schmitt sospecha de sus «enemigos». Dentro del marco liberal de la república de Weimar tiene que existir también una teología –errada, por supuesto. De hecho, durante los años treinta, Schmitt sospechaba no tanto del protestantismo84, sino de un «espíritu judío» escondido detrás del liberalismo que habría estado intentando establecer el desorden85.
Aplicado a Benjamin, esto significaría que mientras nos atengamos al modo de pensar de Schmitt tendríamos que argüir a favor de una teología alternativa. Esto es lo que de hecho, y con muchas referencias a Benjamin, Johann Baptist Metz realizó algunas décadas más tarde en su «nueva» teología política (más teológica que política)86. Pero esto no es lo que Benjamin estaba llevando a cabo. En cambio, él escribía en contra de cualquier teología política. Este es un criticismo más efectivo que el de presentar una teología política que compita con otra anterior. Cuando se trata de la cuestión de cuál de ellas está en lo «correcto», ¿quién podría decidirlo, porque y sobre qué fundamentos? Entrar en este tipo de debate le facilita las cosas a los decisionistas: la decisión continúa siendo –y con razón– algo que difícilmente puede explicarse desde un afuera, ya que no hay esfera más alta fuera de la religión que pueda dirimir sobre quién «tiene la razón». Cualquier afirmación de este tipo sería ya religiosa87. De modo que en términos del individuo, el asunto viene a ser una «decisión» existencial, y en términos de la política, una cuestión de poder (auctoritas). Esto es exactamente lo que Schmitt quería decir: es mejor decidir que no decidir, por lo que el que esté dispuesto a decidir por otros –como la iglesia que quiso catolizar a todos, o el rey absoluto al que Hobbes defendía– siempre tendrá la razón. Cualquier religión contrincante, política o no, está sujeta a ser tratada como un enemigo. Sin embargo, si no hay legitimación «teológica» para la política (de este modo o de otro), este punto muerto es prevenido desde el comienzo. A fin de hacer este asunto más claro, echemos un vistazo a algunos textos, a mi modo de ver, cruciales.
El «Fragmento teológico-político»
Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Marcos 12, 17
Una posición radical en contra de las teologías políticas puede ser encontrada ya en alguno de los escritos tempranos de Benjamin. Por ejemplo, en el «Fragmento teológico-político» de 1921. Como un reciente y brillante análisis ha señalado88, este fragmento es un ejercicio de pensamiento dialógico –o incluso dialéctico. Benjamin introduce en él varias posiciones, lo que hace difícil ver cuál de ellas es la suya, y si acaso debe haber una tensión entre ellas (sin embargo, en realidad no hay tal tensión). La primera de estas secciones es la más rígida, pues mantiene una completa separación entre la esfera religiosa y la política. La lógica es simple, pero convincente: no hay reino mesiánico en la historia. Por ello, es completamente estéril luchar por él con medios políticos. Si es que adviene dará término a la «historia» y a la política, lo cual no deja espacio para ninguna «teología política», ni desde la política ni desde la religión89. Schmitt describiría esto como una comprensión liberal o protestante (o ambas) de esferas de valor diferenciado, como de hecho lo proclamaron Max Weber y Karl Barth. En el texto de Benjamin, esto viene a ser el autoconcepto de las religiones mismas (ya que ¿de qué otra manera estaría él en condiciones de saber lo que el «Mesías» podría o no hacer?). En esta sección, Benjamin escribe religiosa y no políticamente. No explica ni comenta afirmaciones religiosas, él es quien las hace. No es un acto de habla explicativo (teológico), sino exclamativo (religioso).
Muy por el contrario, el segundo momento es político y no religioso, pues la política debe ser alcanzada de una manera puramente profana90. Esto es todo lo que hay que decir de una perspectiva política orientada a la acción. Sin embargo, hay todavía una última perspectiva que media la relación entre las dos anteriores. Benjamin llama «mística» a esta perspectiva, lo que indica que hemos dejado atrás la política y estamos ahora en la esfera de la contemplación, aunque esto sigue sin ser teología. Es, más bien, una forma particular de religión práctica. Tal contemplación no puede cambiar las cosas que contempla, de modo que las posiciones 1 y 2 siguen siendo válidas. Empero, se las puede interpretar para hacerlas compatibles. En esta contemplación mística, Benjamin está al tanto de que la política en las naciones modernas pretende deshacerse del dominio mesiánico, tal como lo dispone la posición 2 (y quizá esta es la manera en la que Benjamin describe la liberalización que hace posible, en los EE.UU., la «búsqueda de la felicidad»)91. Con todo, esta búsqueda de una felicidad secular tiene cierto efecto no intencionado, ya que puede «favorecer la venida del reino mesiánico» (TPF: GS II/1, 203) (SCH: 2005, 182)92. Así, la contemplación mística nos conduce hacia una aproximación dialéctica: el advenimiento del mesías no puede ser intencionado, por lo que no es una meta política significativa. Sin embargo, puede ser un efecto no intencionado de la política secular.
¿Es esta posición una «teología política»? Casi parece serlo, pero una mirada más atenta revela que esta sería una posición imposible para un político. Para que la política siga siendo secular, el místico no puede hacer que su credo sea exotéricamente conocido, ya que entonces la política no sería más secular –ni tampoco produciría el efecto del que venimos hablando. Ninguna política podría pretender hacer uso de esta visión mística. Como «teología política» sería contraproducente e inútil. Podría, en efecto, ayudar a los creyentes a reconciliar sus acciones con sus creencias, pero no a guiar sus acciones. Por lo tanto, esto no es una «teología política», aunque sí tiene un claro mensaje político: el secularismo. Este no solo es «bueno» en términos políticos, sino también lo es en términos religiosos. Esta posición es bastante sofisticada, pero la teología formuló más tarde afirmaciones similares sin conocer la posición de Benjamin93.
El origen del ‘Trauerspiel’ alemán
Esta posición temprana también puede ser detectada en la habilitación de Benjamin sobre El origen del ‘Trauerspiel’ alemán. Por razones que ya se han hecho explícitas, esto no puede verse con claridad –sería contraproducente por regla general. De modo que Benjamin no hace explícita esta posición en su propia voz. El que aquí se utilice la «metodología» de Schmitt significa que Benjamin está leyendo esta estrategia precisamente en las obras del siglo XVI y XVII. E incluso hay más que agregar respecto de este criterio, ya que es una performance de los temas sobre los que Benjamin escribe, pues el siglo XVII tampoco podía expresarse de la manera en que deseaba hacerlo94. Al no hacerlo explícito, Benjamin imita estilísticamente su tema. Sin embargo, este mensaje puede ser reconstruido solo una vez que nos hayamos sensibilizado respecto de esta dimensión.
¿Cuál es el diagnóstico de Benjamin para esta época? En primer lugar, analiza una forma estética, el Trauerspiel. Empero, para él esta no es razón para hablar sobre política. Por el contrario, lee esta forma de arte como una expresión de algo que no es, a su vez, estética. La tensión subyacente («Beklemmung») (UdT: GS I/1, 259) (OTA: Obras I/1, 285) que Benjamin muestra en el Trauerspiel no es nada menos que una contradicción entre religión y política. Por una parte, existían «preocupaciones religiosas» que eran profundamente sentidas, y por otra, existía un poder político, la «hegemonía absoluta del cristianismo» (UdT: GS I/1, 258) (OTA: Obras I/1, 284), que –por paradójico que pueda sonar– contrarrestaba estas mismas preocupaciones. ¿Qué tipo de régimen cristiano podría obrar en contra de preocupaciones cristianas –o quizá judías? Y luego, ¿cómo hemos de explicar esta paradoja?
Si nos ceñimos a la lógica del Fragmento, una preocupación religiosa que informe a la política está errada desde el principio. Esto nos indica qué significa que el contorno político de los antagonismos sea una religión: el régimen cristiano es la contrarreforma que intentó restaurar el catolicismo en Europa por todos los medios, incluso políticos (es decir, por fuerza bruta: tortura, inquisición y hasta guerra. Pero también por medios «culturales», esto es, a través de una nueva estética del esplendor)95. Benjamin entrega algunos detalles reveladores, pues, como veremos, dichos detalles también valen para Schmitt. Señala que este régimen «contrarreformista de restauración» intenta evitar el estado de excepción (UdT: GS I/1, 245) (OTA: Obras I/1, 268), lo que no solo significa la posibilidad de una guerra civil (que en aquellos tiempos eran guerras de religión), sino también la exclusión de la idea escatológica.96. En otras palabras, basada en una adquisición de poderes mundanos («armas»), la iglesia intentó posponer el advenimiento del mesías. Si ella misma ha tomado la posición del mesías, su advenimiento solo puede significar una «catástrofe» (UdT: GS I/1, 246) (OTA: Obras I/1, 269). En efecto, oficialmente «no hay una escatología» (UdT: GS I/1, 246) (OTA: Obras I/1, 269). La iglesia ha tomado el lugar del mesías97, y de tan buena gana como lo señalara el «gran inquisidor» de Dostoievsky98.
¿Qué es exactamente la preocupación religiosa de la época en tanto opuesta al régimen dominante? A primera vista no puede ser la escatología, ya que –siguiendo a Benjamin– esta ya no está disponible. Entre líneas, sin embargo, las esperanzas escatológicas están profundamente incrustadas en el drama, ya que las personas anhelan el último día (UdT: GS I/1, 409) (OTA: Obras I/1, 459) y la «resurrección» (UdT: GS I/1, 406) (OTA: Obras I/1, 456). En otras palabras, lo que las personas anhelan es algún tipo de acceso al otro mundo («acceso al más allá [Weg ins Jenseits]») (UdT: GS I/1, 258) (OTA: Obras I/1, 284). Esta es la aspiración religiosa. Sin embargo, la dominación política de la cristiandad contrarreformista hacía imposible, de dos modos, expresarla y venerarla99. En primer lugar, la cristiandad contrarreformista se había puesto en el lugar del bien, bloqueando, así, su accesibilidad. Esto está estéticamente descifrado por el «nublado cielo» (UdT: GS I/1, 258) (OTA: Obras I/1, 284). En segunda instancia, y debido a lo anterior, el contrarreformismo también «vacía» el otro mundo (Das Jenseits wird entleert) (UdT: GS I/1, 246) (OTA: Obras I/1, 269). Todas las esperanzas y símbolos de la tradición apocalíptica son transferidas, de este modo, a un uso secular (aunque cristiano), lo que hace difícil poder hablar del «otro mundo» sin hacer referencia al régimen fáctico cristiano100. De esta forma, la situación descrita en el drama barroco está marcada tanto por la opresión política como por la desesperación espiritual. La estructura de poder que ha llegado a dominar se declara, también, como el orden religioso más alto. El significado de esta teología política es, entonces, la máxima falta de libertad, tanto política como religiosa, pues no queda siquiera un camino disponible para Dios. Así, los problemas de esta época son «político-religiosos» (UdT: GS I/1, 337) (OTA: Obras I/1, 377).
Ahora, ¿qué sucede estéticamente en esta situación de opresión político-religiosa? El diagnóstico de Benjamin procede en tres pasos: el primero se ocupa de la respuesta estética a la alegorización; el segundo, de un criticismo inmanente; y el tercero, de una «terapia» oculta. El primer paso trata de las consecuencias que son visibles en el arte escenificado. Sería un error asumir que las aspiraciones religiosas simplemente desaparecen cuando su expresión es reprimida. Permanecen vivas, al tiempo que buscan vías de escape alternativas. ¿Por qué las personas del siglo XVII en Alemania no podían seguir el viejo camino religioso (UdT: GS I/1, 257-259) (OTA: Obras I/1, 283-285)? Cualquier esfuerzo por actuar en contra de la iglesia habría significado guerra (la iglesia pretendía excluir el «caso extremo» con el uso de la espada), mientras que actuar con ella habría dejado, de todos modos, a las personas dentro de la dominación secular de la iglesia en tanto poder mundano. En consecuencia, la expresión artística evita temas celestiales y se arroja hacia la naturaleza («la huida a una naturaleza abandonada por la gracia») (UdT: GS I/1, 260, 270) (OTA: Obras I/1, 285-286). El extraño concepto de naturaleza es una consecuencia, ya que no es la naturaleza «pura» disfrutada en un antiguo regocijo, sino que una naturaleza llena de significación teológica –ya sea diabólica o mesiánica (como en el Fragmento). Pero esta significación está fuera de lugar, porque es la expresión de algo reprimido en su verdadero lugar101.
La inusual comprensión de la «secularización» sigue el mismo patrón, pues algo que tiene, en efecto, sentido histórico («historia de la salvación») (UdT: GS I/1, 257, 358 y ss.) (OTA: Obras I/1, 283, 401 y ss.) es ahora representado en términos espaciales. Esta secularización no es una transformación de algo mágico en algo mundano, como si el poder omnipotente de dios pudiese de alguna manera ser obtenido por los hombres. En vez de eso la secularización significa un cambio en la ubicación de las esperanzas, que son tomadas desde la historia y reubicadas en «representaciones» espaciales –no por milenaristas radicales o por ateos, sino por la iglesia misma102. Así, la figura artística de la alegoría es leída como una respuesta al problema político-religioso. A diferencia del símbolo, la alegoría nunca alcanza oficialmente a su objeto intencionado de modo vertical, ya que se refiere horizontalmente a todo tipo de cosas distintas (todas ellas, sin embargo, clamando por salvación) en una infinita cadena de significantes. Benjamin lee esto como una expresión de la desesperación religiosa –pero una desesperación que finalmente logra encontrar una salida, pues una lectura dialéctica podría develar esta historicidad enmascarada. Si las esperanzas histórico-religiosas se petrifican en el concepto barroco de naturaleza, un lector podría, posteriormente, sacarlas de este férreo aprisionamiento103.
En segundo lugar, esta manera de leer la situación del siglo XVII como un siglo invertido (la iglesia ha tomado el lugar de dios «posponiendo» el advenimiento del mesías según su propio interés) también abre la posibilidad de releer al drama barroco como una forma de arte crítica. Una mirada más atenta revela un vocabulario normativo (que no es de Benjamin, pero claramente quiere dirigir la atención del lector hacia él): la situación no es genuinamente «religiosa», ya que las aspiraciones religiosas son bastante diferentes. La situación es en cambio política y solo puede reconciliarse con el credo religioso por medio de la teología, una ciencia sofisticada que tuerce las cosas una y otra vez hasta obtener legitimidad en esta inversión. Este tipo de «teología» es descrita a todas luces como negativa, porque si los poderes intelectuales son utilizados para reprimir104, devienen malos105. En efecto, la iglesia y el Estado contrarreformistas aparecen como diabólicos y satánicos106. De esta manera y a pesar de la perspectiva posmoderna de las cadenas de significantes infinitas (y sin sentido), el drama barroco tiene una semántica normativa. Y este, me parece, era el mensaje de Benjamin para Carl Schmitt, quien había tomado partido por los poderes «katechónticos» de la iglesia en contra de las esperanzas apocalípticas, tanto en el siglo XVII como en los años veinte107. Schmitt apoyaba a los poderes dominantes en contra de las esperanzas religiosas, utilizando «diabólicamente» los elementos de una fe cristiana para transformarlos en un reino perpetuo de «pax romana»108.
Benjamin habla con una cierta ironía anti-schmittiana cuando se refiere a la criaturalidad109, ya que el goce natural de la criatura era lo peor que Schmitt podía imaginar de sus enemigos110. Benjamin sabía que Schmitt era capaz de descifrar este mensaje –le sugirió que entendía lo que él quería y que implícitamente se ponía del lado de sus oponentes. Benjamin es, así, el enemigo y asumo que quería que Schmitt supiera que él lo sabía111. Esta lucha protopolítica no era una lucha abierta en los años veinte, pues, se desarrollaba en sofisticados términos intelectuales –pero, como sabemos, esto no llegó a durar mucho tiempo. Un par de años después, en una prolongación de esta antítesis, un cercano amigo de Benjamin, Fritz Lieb, llamó a Hitler el «anticristo», ya que él también estaba intentando modificar las religiones con el fin de que estas no solo toleraran, sino que además santificaran su poder112.
Benjamin ofrece, finalmente, una salida. La alegoría barroca parece estar limitada a la mortalidad meditativa. Sin embargo, si es llevada al extremo, a su «totalidad» (UdT: GS I/1, 409) (OTA: Obras I/1, 9), que es lo que el libro de Benjamin pretende hacer, algo peculiar ocurre: «En las señales de muerte del Barroco, la consideración de lo alegórico […] acabaría por cambiar de rumbo […] El alegórico despierta de este modo en el mundo de Dios» (UdT: GS I/1, 406) (OTA: Obras I/1, 456). En última instancia, Dios será más fuerte que los «katechon» mundanos que se han coludido con Satán intentando tomar su lugar. Y si el drama barroco no se esforzó hasta sus propios límites, Benjamin sí lo hace: esta forma artística –el Trauerspiel– no debe ser tomada como lo que es. Por el contrario, «[e]l poderoso esbozo de esta forma ha de ser pensado hasta su fin» (UdT: GS I/1, 409) (OTA: Obras I/1, 459). Recién entonces podremos llegar a ver su «comienzo y su final», y así también «liberar» ex post lo que no fue liberado en el siglo XVII113. Este es un ejemplo temprano de la teoría del «criticismo redentor» que Benjamin desarrollaría más adelante. Aquí, Benjamin no solo está desenterrando una verdad (que hay una escatología barroca escondida que se dirige contra los poderes imperantes que afirman representar a la cristiandad), sino además está apuntando en la dirección de una posible liberación: contra el conocimiento diabólico de la época, el único antídoto es la práctica (UdT: GS I/1, 407) (OTA: Obras I/1, 457); una práctica que intente realizar lo que solo es imitado en la teoría114. ¿En qué tipo de práctica pudo haber estado pensando Benjamin?
Si retrocedemos al Fragmento, esta práctica solamente puede servir para desenredar la política de la teología. Si «[e]l orden de lo profano tiene que erigirse sobre la idea de la felicidad» (TPF: GS II/1, 202) (FTP: 2005, 141), entonces la práctica en cuestión tiene que liberar a la política de sus cargas teológicas. Esta práctica no está destinada a producir un reino mesiánico y sin embargo puede pretender «destruir» todo el esfuerzo de su falsa realización (pensemos en la política del nihilismo). Al igual que en el fragmento, hay una dialéctica terminal escondida en esta idea. Cuando nos liberamos políticamente (profanamente) de la opresión política, también lo hacemos de la teología política. De modo que el efecto de una liberación política será, asimismo, una renovación espiritual, ya que las personas ahora recobrarán un acceso a su Dios. En consecuencia, la política y la religión deben ser tratadas por separado. Esta concepción puede motivar una lucha política contra impostores político-teológicos, siendo aquí la única meta religiosa el esfuerzo por deshacer tanto la dominación política como la religiosa. Por otra parte, trazar esta separación tiene efectos positivos en la religión. Esta es la razón por la cual una teología reflexiva –o mística– podría estar a favor de la liberación política, incluso si el motivo de acción es puramente mundano. Esta es la razón, además, por la cual Walter Benjamin no solo invierte a Carl Schmitt, sino también a otro Karl, a saber, Karl Marx, quien dijo que «[l]a crítica de la religión culmina […] en el imperativo categórico de subvenir a todas las relaciones en las cuales el hombre es un ser envilecido, humillado, abandonado y despreciado»115. Benjamin estaría incluso en condiciones de añadir que la lucha política podría, y debería, acabar con la religión: «La lucha de clases […] es una lucha por la cosas rudas y materiales, sin las cuales no hay las finas y espirituales» (ÜBG: GS I/2, 694) (SCH: 2005, 49).
Apéndice: política en la estética
Esta lectura difiere evidentemente de muchas aproximaciones contemporáneas a la obra de Benjamin, justamente por no tratarla solo como una empresa estética (con cierta condimentación «teológica»), sino también como un tratado político con un índice histórico específico. Esto puede parece inusual debido a que las interpretaciones más recientes se han llevado a cabo en los departamentos de literatura, cuya distancia con los asuntos políticos es notoria116. Después de décadas de radicalismo y post-radicalismo en el que la teoría social utilizó a Benjamin como su emblema117, hoy se lo considera fundamentalmente un escritor de estética. Estoy en desacuerdo con esta demarcación ya que me parece algo estéril. Si bien es cierto que Benjamin estaba profundamente interesado en la literatura –novelas, poemas, historias y en casi todo tipo de escrito–118, por no hablar del cine, los shows de radio o el arte visual119, este no fue su único interés: asimismo, Benjamin estaba comprometido en asuntos políticos prácticos de su época. La cuestión de la «identidad judía» en la modernidad era uno de ellos120, y al menos desde 1924, también lo era el proyecto marxista revolucionario121. Desde la perspectiva de la sociología del conocimiento –cuya génesis Benjamin estaba presenciando en Frankfurt122, – este cambio de enfoque en el modo (académicamente) dominante de leer a Benjamin hoy puede ser interpretado como un relajo. Poner hoy el acento en el aspecto genuinamente estético de su obra –desestimado en los sesentas y setentas– permite mitigar los «incómodos» contornos revolucionarios de Benjamin mencionados hace un momento. Sostengo que son incómodos porque en alguna medida los investigadores contemporáneos están forzados a tomar posición: defender o rechazar la actitud revolucionaria de Benjamin, no siendo hoy por hoy ninguna de ambas posibilidades muy presentables para un académico123. Separar lo estético de lo político quizá fue un paso necesario para descubrir a un Benjamin distinto, más diferenciado. Pero no puede ser la última palabra, ya que Benjamin ciertamente no realizó esa distinción entre política y estética.
Teniendo esto en mente, podemos reservarle un lugar a la política en los escritos de Benjamin. Más que separar política y estética, Benjamin estaba –modulando a Plate124– repensando la política a través del arte. O para decirlo en términos anticuados, «dialécticamente», pues cuando Benjamin escribía sobre literatura y arte, a menudo, también escribía sobre política. Esto es cierto para el Benjamin sorpresivamente «activista» de los años treinta, quien trató –y llamó a otros a que lo hicieran con él– al arte como una educación para la política emancipatoria correcta (una «pedagogía materialista»125). Pero de igual forma ocurre con el joven Benjamin: incluso donde sí se enfocó en la literatura (y no se refirió directamente a asuntos como el movimiento de la juventud), no lo hizo con una mentalidad de l’art pour l’art. Por el contrario, Benjamin tempranamente percibe y describe su mundo desde el cristal de la literatura. Para este pensador, la literatura no es un campo aislado, sino una forma de relacionarse con el mundo que a él se le presentaba como más reveladora que la filosofía o la ciencia126. Debido a la «pobreza» y falta de sentido de la vida en la sociedad capitalista, la literatura es una práctica de estar en el mundo que tiene efectos políticos.
Benjamin compartía la visión de que la literatura estaba cargada de significación político-existencial con otros pensadores contemporáneos como Siegfried Kracauer o Georg Lukács127. Lo que no compartían –aunque también provinieran de familias judías– era otra dimensión que Benjamin leyó en (o al interior de) la literatura. Más específicamente, como pensador histórico no leyó esta dimensión dentro de la literatura como tal, sino que dentro de una literatura y un tiempo en particular (así como leyó otras cosas solo en el drama barroco). Dicho rápidamente, para Benjamin ciertas áreas de la literatura alemana –entendida como una práctica y un cuerpo de textos de las primeras décadas del siglo XX– eran algo particularmente judío. En sus cartas a Ludwig Strauss, Benjamin declaró que el «espíritu judío» no podría mostrar su «naturaleza» ni en la religión ni en la política (GB: Briefe I, 61 y ss.), sino únicamente en el «sionismo cultural» (GB: Briefe I, 77). Sus representantes más valiosos eran «judíos literatos [Literaten-Juden]» (GB: Briefe I, 77), puesto que no restringían a cierta minoría la esfera de la «cultura», como sí hacían los alemanes conservadores y el sionismo político. No tengo intención de comentar estos pasajes128, solo los cito para enfatizar el fuerte impacto político que la literatura tenía para Benjamin. La constelación sigue siendo similar en los ensayos tardíos. Por ejemplo, cuando, remitiendo al idioma alemán, Benjamin le otorga su reconocimiento a Karl Kraus con un «salto mortal y bien judío» por haber atacado al sistema jurídico contemporáneo por considerarlo injusto129; o –lo que es incluso más interesante para nuestro tema– cuando remite al enfoque alemán «mítico» de Stefan George y sus seguidores para articular el enfoque supuestamente judío de Kraus sobre el lenguaje130. De este modo, las cosas que Benjamin describe en y por medio de la literatura no son ellas mismas, a su vez, fenómenos estéticos. La literatura no es auto-referencial. En este caso, la literatura es concebida como un «campo» particular (para citar a Bourdieu) para debatir y articular «identidades». En el Trauerspiel se trataba de un problema político con efectos religiosos que guardaba un gran parecido con la situación política de las décadas de los años veinte y treinta.
Traducción de Matías Bascuñán Callis
41 Las interpretaciones de Derrida (Jacques Derrida, Fuerza de ley. El «fundamento místico de la autoridad» [Madrid: Tecnos, 1997]) y Agamben (Giorgio Agamben, Estado de Excepción [Valencia: Pre-Textos, 2010]) son más bien especulativas y «alegóricas.» La relación también ha sido explorada por Bolz (Norbert Bolz, Auszug aus der entzauberten Welt. Philosophischer Extremismus zwischen den Weltkriegen [München: Fink, 1989], 85 y ss.); Samuel Weber, «Taking Exception to Decision. Walter Benjamin and Carl Schmitt», Diacritics, 22 (1992): 5-18; Susanne Heil, «Gefährliche Beziehungen: Walter Benjamin und Carl Schmitt». (Stuttgart: Metzler, 1996); Marin Terpstra y Theo De Wit, «Walter Benjamin en Carl Schmitt: een politiek-theologische confrontatie», Benjamin Journal, 5 (1997): 56-74; Horst Bredekamp, «From Walter Benjamin to Carl Schmitt, via Thomas Hobbes», Critical Inquiry, 25 (2) (1999): 247-266; y más recientemente por Sigrid Weigel, Walter Benjamin: Die Kreatur, das Heilige, die Bilder (Frankfurt am Main: Fischer-Taschenbuch-Verlag, 2008), 88 y ss., por mencionar algunos.
42 Jacob Taubes hace circular la anécdota de que incluso tuvo la carta de 1930 de Benjamin a Schmitt en sus manos y que llamó a Adorno, quien insistió en que esa carta era «imposible». Después de haber recibido una copia de la carta, Adorno supuestamente admitió que la carta se había «perdido» durante la primera edición de la correspondencia de Benjamin (Jacob Taubes, Die Politische Theologie des Paulus [München: Fink, 2003], 133). Como la mayoría de las cosas dichas por Taubes, esta debe ser tomada cum grano salis. Para caracterizaciones de Taubes, véase Hans Jonas, Erinnerungen (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 2005), 271 y ss.; y Margherita von Brentano, Das Politische und das Persönliche. Eine Collage, eds. Iris Nachum y Susan Neiman (Göttingen: Wallstein, 2010), 453 y ss.
43 Derrida imaginaba una «correspondencia» entre ellos, y Agamben un «dossier secreto». Sin embargo, todo lo que hay es la cita de Benjamin de 1928 (1925), su carta a Schmitt en 1930 y la referencia que Schmitt hace de Benjamin en 1970.
44 Weber («Taking Exception to Decision», 152) hace hincapié en que Benjamin reprodujo en alguna medida la teoría de la soberanía de Schmitt cambiando, tan solo, la afirmación de Schmitt de que el soberano «decide sobre» el estado de excepción con base en su propia teoría, a saber: que el soberano pretende «excluir» el estado de excepción. Sin embargo, una vez que vemos que cierta situación no es un estado de excepción en la medida en que alguien todavía tenga el poder de gobernar (para «decidir» políticamente), la diferencia es muy leve. Otros estudios se enfocan frecuentemente en la «proximidad» entre ambos autores (Heil, «Gefährliche Beziehungen»), minimizando las diferencias que existen entre ellos (véase Christoph Henning, Philosophie nach Marx. 100 Jahre Marxrezeption und die normative Sozialphilosophie der Gegenwart in der Kritik [Bielefeld: Transcript, 2005], 400 y ss.).
45 Estas dos palabras, dichas en el contexto de una reseña a un libro de Stefan George, lo dicen todo: «Heilsgeschichte der Deutschen» (historia de la salvación de los alemanes) y «Stahlhelm» (casco de acero) (WeM: GS III, 254 y 259).
46 La forma de una religión cotidiana puede ser el resultado de una teología anterior, pero no tiene por qué ser así, ya que también hay elementos basales «espontáneos» que difícilmente pueden ser «controlados» por un clero profesional (pensemos en el culto a ciertos santos, por ejemplo).
47 Como, por ejemplo, los cultos políticos en Egipto que han sido descritos (y comparados con Carl Schmitt) por Jan Assmann en Herrschaft und Heil: Politische Theologie in Altägypten, Israel und Europa (Berlín: Hanser, 2000).
48 Pensemos en Abraham y en Isaac, por ejemplo. Cristo mismo es un ejemplo peculiar.
49 La crítica a Schmitt que Assmann lleva a cabo (Assmann, Herrschaft und Heil), entre muchas otras, dice que ciertos aspectos –por ejemplo, la monarquía– evolucionaron en la vida real para luego ser transferidos al universo simbólico de la religión (o al mismo tiempo, dependiendo de los desarrollos de la vida real). El joven Marx tenía argumentos similares.
50 John E. Coons y Patrick M. Brennan, By Nature Equal. The Anatomy of a Western Insight (Princeton: Princeton University Press, 1999).
51 Me abstraigo de la comprensión metafórica de este término. Sin embargo, la resurrección puede ser entendida, como ha sugerido Dietrich Bonhoeffer, de un modo «no-teológico» (sentir una nueva vida en esta vida). Con todo, esta interpretación «existencial» no es una versión secularizada del cristianismo, sino que extrae su credibilidad de una fuerte creencia en Dios. Solo reclama categorías religiosas para este mundo (Andreas Pangritz, Karl Barth in the Theology of Dietrich Bonhoeffer [Grand Parips, MI: Eerdmans, 2000]). El debate que divide a Scholem y Taubes tenía que ver con esta misma «internalización»: Scholem la veía como una apostasía cristiana, mientras que Taubes creía en una «internalización» judía del mesianismo (Thomas Macho, «Der intellektuelle Bruch zwischen Gershom Scholem und Jacob Taubes. Die Frage nach dem Preis des Messianismus», en Abendländische Eschatologie: Ad Jacob Taubes, ed. Richard Faber [Wuerzburg: K&N, 2001], 531-544). En lo que respecta a Benjamin, Taubes estaba en lo correcto.
52 El cristianismo ortodoxo jugó, por ejemplo, un papel menor en Alemania, aun cuando amigos de Benjamin, como Hugo Ball o Frietz Lieb, estaban fascinados por él.
53 Por ejemplo, las creencias «germánicas» en la sangre y el destino que surgieron incluso antes de 1933 (Stefanie von Schnurbein y Justus H. Ulbricht, Völkische Religion und Krisen der Moderne. Entwürfe arteigener Glaubenssysteme seit der Jahrhundertwende [Wuerzbuerg: K&N, 2001]). Richard Faber (Lateinischer Faschimus: Über Carl Schmitt, den Römer und Katholiken [Berlin: Philo, 2001]) añade elementos «romanos» antiguos a esto.
54 En el judaísmo rabínico, Scholem (Gershom Scholem, Über einige Grundbegriffe des Judentums [Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1970], 123-124) distingue tres variantes: «conservadora, restaurativa o utópica». Me parece que para Scholem, tanto el liberalismo como el socialismo eran utópicos. Ambos afirmaban cosas que no se encontraban presentes.
55 Raphael Gross, Carl Schmitt und die Juden (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 2000), 155 y ss., 225 y ss., menciona un ateísmo católico y uno protestante, pero ninguna variante judía o pagana.
56 Solo por citar algunos, véase: Friedrich Heer, «Jüdischer Messianismus im 20. Jahrhundert – Probleme des jüdischen Marxismus» en Die geistige Gestalt des heutigen Judentums, ed. Franz Henrich (München: Kösel, 1969); Christoph Schulte, «Messias und Identität. Zum Messianismus im Werk einiger deutsch-jüdischer Denker», en Jüdisches Denken in der europäischen Geistesgeschichte (I): Messianismus zwischen Mythos und Macht, eds. Eveline Goodman-Thau y Michael Daxner (Berlín: Akademie, 1994), 197-209; Michael Löwy, Erlösung und Utopie. Jüdischer Messianismus und libertäres Denken – Eine Wahlverwandtschaft (Berlín: Kramer, 1997), 131 y ss.
57 Tal ecuación no siempre se hace explícita. Pero los «trabajos clásicos» en este campo, como lo de Taubes (Jacob Taubes, Abendländische Eschatologie [Bern: Francke, 1947], 18 y ss.) o Löwith (Karl Löwith, Weltgeschichte und Heilsgeschehen. Die theologischen Voraussetzungen der Geschichtsphilosophie [Stuttgart: Kohlhammer, 1953], 49, el mesianismo judío es la base para el Manifiesto Comunista), asumen por lo menos algo de este tipo. Esta es una afirmación ambivalente, particularmente porque se asemeja al estereotipo antisemita del «bolchevismo judío»
58 Los conflictos de Benjamin con el «verdadero» comunismo que percibió en Moscú están retratados en Michail Ryklin, «Kommunismus als Religion», en Kapitalismus als Religion, ed. Dirk Baecker (Berlín: Kadmos, 2003), 61-76.
59 Carl Schmitt, Teología política (Madrid: Trotta, 2009), 43-44; Carl Schmitt, Politische Theologie. Vier Kapitel von der Lehre der Souveränität (München: D&H, 1922), 50.
60 Debería añadir: de 64 a 16 opciones, ya que todavía restan 4 denominaciones y las dos distinciones entre los elementos viejos y nuevos, y entre las formas seculares y religiosas.
61 Carl Schmitt, Politische Theologie II. Die Legende von der Erledigung jeder politischen Theologie (Berlín: D&H, 1970), 11, 92, 121.
62 Paul Tillich, Die Sozialistische Entscheidung (Potsdam: Alfred Protte, 1933).
63 Richter (Reinhard Richter, Nationales Denken im Katholizismus der Weimarer Republik. Münster: LIT Verlag, 2000) ha expuesto en detalle cómo se produjo la transformación de un credo católico en varios credos políticos.
64 Carl Schmitt, Die gegenwärtige Lage des Parlamentarismus (München: D&H, 1923).
65 El partido «Zentrum» dio lugar a todo tipo de aspiraciones políticas, incluyendo un fuerte interés en política social.
66 Por mencionar a Wilhelm Hohoff o a Theodor Steinbüchel.
67 Ejemplos como Wilhelm Stapel o Hans Blueher abundan.
68 Para comenzar a mencionar nombres, pensemos en figuras como Walter Rathenau, Hugo Preuss o Max Naumann, o en la «Centralverein» y otras organizaciones tradicionales.
69 Véase Helmut Zander, Anthroposophie in Deutschland, 2 vols. (Goettingen: V&R, 2007); para una visión de conjunto de las tendencias político-religiosas de esta época, véase Hubert Cancik, ed. de Religions- und Geistesgeschichte der Weimarer Republik (Düsseldorf: Patmos, 1982).
70 Nótese que tan solo he hablado sobre Alemania en cierta fase histórica. Para un esbozo histórico del término véase Jürgen Manemann y Bernd Wacker, eds. Politische Theologie – gegengelesen (Münster: LIT Verlag, 2008), 28 y ss.
71 Véase el discurso sobre las «neutralizaciones» añadido a Carl Schmitt, Der Begriff des Politischen [Berlín: D&H, 1932] [trad. esp.: Carl Schmitt, El concepto de lo político Madrid: Alianza, 2002], y el artículo sobre «neutralismo» en Carl Schmitt, Positionen und Begriffe im Kampf mit Weimar, Genf, Marseille (Hamburg: HVA, 1940).
72 En medio del desborde de la polémica, Sombart efectivamente develó esta mentalidad schmittiana. Cf. Nicolaus Sombart, Die deutschen Männer und ihre Feinde. Carl Schmitt – ein deutsches Schicksal zwischen Männerbund und Matriarchatsmythos (München/Wien: Hanser, 1991).
73 «La distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo». Schmitt, El concepto de lo político, 56; Schmitt, Der Begriff des Politischen, 20.
74 En trabajos posteriores, Schmitt deja bastante claro que siempre consideró a los «judíos» como «enemigos» del Estado.
75 Más abiertamente en Carl Schmitt, Catolicismo y forma política (Madrid: Tecnos, 2000); Carl Schmitt, Römischer Katholizismus und politische Form (Stuttgart: Klett Cotta, 1984).
76 Martin Leutzsch, «Der Bezug auf die Bibel und ihre Wirkungsgeschichte bei Carl Schmitt», en Die eigentlich katholische Verschärfung […] Konfession, Theologie und Politik im Werk Carl Schmitts, ed. Bernd Wacker (München: Fink, 1997), 175-202.
77 Trutz Rentdorf, Theologie der Revolution (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 1968).
78 Gustavo Gutiérrez, Teología de la Liberación: Perspectivas (Lima: Universitaria, 1971).
79 Por ejemplo, figuras políticas como Walter Dirks. Los teólogos a menudo rehúyen de una confrontación directa con Carl Schmitt (incluso Karl Rahner o J.B. Metz eran sorprendentemente moderados).
80 En el extenso libro de Mehring sobre Schmitt no hay referencias a Steinbuechel, Dirks, Rahner, Metz o Gutiérrez. Cf. Reinhard Mehring, Carl Schmitt: Aufstieg und Fall (München: Beck, 2010). El especialista en Schmitt, Walter Gurian, fue posteriormente uno de los principales opositores del Concilio Vaticano II. Cf. Thomas Marschler, Kirchenrecht im Bannkreis Carl Schmitts: Hans Barion vor und nach 1945 (Bonn: Nova&Vetera, 2004).
81 Como comenta Schmitt, eliminar al enemigo debe ser una opción (Schmitt, El concepto de lo político, 67 y ss.; Schmitt, Der Begriff des Politischen, 25 y ss.) y esto incluye a enemigos internos (Schmitt, El concepto de lo político, 87 y ss.; Schmitt, Der Begriff des Politischen, 46 y ss.).
82 De la famosa carta a Scholem (29 de mayo de 1926) (GB I, 426).
83 Benjamin escribe en 1940 que es nuestra tarea «la producción del verdadero estado de excepción», pues «con ello mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo» (ÜBG: GS I/2, 697) (SCH: 2005, 53).
84 Sin embargo, le escribe en 1928 a Ludwig Feuchtwanger sobre la teoría legal de la Constitución de Rudolf Smend: «Quizá es solo teología protestante» (citado de Mehring, Carl Schmitt, 222).
85 Solo por insinuar a Sombart, Die deutschen Männer, y Gross, Carl Schmitt und die Juden.
86 Para su contorno político véase Manemann y Wacker, eds. Politische Theologie, 94 y ss.
87 Aunque es posible que exista una esfera «más baja» (los efectos sobre la felicidad). Schmitt no aceptaría este criterio.
88 Elke Dubbels, «Zur Logik des Messianischen in Walter Benjamins “Theologisch-politischem Fragment”», en Porfanes Leben. Walter Benjamins Dialektik der Säkularisierung, ed. Daniel Weidner (Berlín: Suhrkamp, 2010), 39-65.
89 «Por eso el reino de Dios no es el telos de la dynamis histórica; no puede ser puesto como meta. Históricamente visto, no es meta, sino fin» (TPF: GS II/1, 203) (SCH: 2005, 181).
90 «El orden de lo profano tiene que erigirse sobre la idea de la felicidad» (TPF: GS II/1, 203) (SCH: 2005, 188). El último pasaje también presenta un tinte político: afanarse en favor de una «eterna y total caducidad» es «la tarea de la política mundial» (TPF: GS II/1, 204) (SCH: 2005, 182).
91 «[E]ntonces, la búsqueda de la felicidad de la humanidad libre tiende ciertamente a alejarse de aquella dirección mesiánica» (TPF: GS II/1, 203) (SCH: 2005, 182).
92 A saber: «Al igual que una fuerza puede, en su camino, favorecer a otra [que está] en el camino contrario, así el orden de lo profano (puede favorecer) la venida del reino mesiánico» (TPF: GS II/1, 203) (SCH: 2005, 182).
93 Solo por mencionar a Dietrich Bonhoeffer o Friedrich Gogarten. Podría contestarse que la «felicidad» para Benjamin no es solamente «secular,» ya que llama a la felicidad «el ritmo de la naturaleza mesiánica». Agrego entonces: Benjamin dice esto en una sección contemplativa que tan solo pretende reconciliar las regiones radicalmente autónomas de la religión y la política. Sigue siendo una afirmación mundana decir –con referencia al Fausto de Goethe: «En la felicidad todo lo terreno aspira a su ocaso» (TPF: GS II/1, 203) (SCH: 2005, 182). Un místico podría enfocarse en el paralelo de la «eterna» caída dentro de la naturaleza («todo y todos morirán, tarde o temprano»), con la perspectiva religiosa de la caída misma de la naturaleza y del mundo. Esto permitiría que un místico llame, especulativamente, mesiánica a la naturaleza. Pero la función sigue siendo secular, ya que posibilita un involucramiento completamente secular sin apartarse de la religión.
94 «[A]quello (la revolución del contenido de la vida bajo la ortodoxa observancia de las formas eclesiales en la época barroca) llevaba a privar al hombre de todos los medios de expresión auténtica, inmediata» (UdT: GS I/1, 258) (OTA: Obras I/1, 284).
95 Benjamin habla del «ideal de una constitución (Verfassung) absolutista» (UdT: GS I/1, 236) (OTA: Obras I/1, 256), que también incluye el uso de «armas» (UdT: GS I/1, 245 y ss.) (OTA: Obras I/1, 268 y ss.). Para una metáfora de la «espada» y el «puñal» en Schmitt, véase Sombart, Die deutschen Männer, 72 y ss.
96 Benjamin menciona los esfuerzos para retrasar el juicio final, «la exaltación retardante (die verzögernde Überspannung) de la trascendencia», (UdT: GS I/1, 246) (OTA: Obras I/1, 269); la tensión de una «cuestión relativa a la historia de la salvación», que adquirió «unas desmesuradas proporciones» (UdT: GS I/1, 258) (OTA: Obras I/1, 283). Este ideal no conoce apocalipsis alguno, ya que la «espada de la iglesia» hace posible posponerlo (UdT: GS I/1, 259) (OTA: Obras I/1, 284).
97 En la primera edición se lee «hay», pero en las obras completas se lee «no hay en efecto una escatología barroca» (UdT: GS I/1, 246) (OTA: Obras I/1, 269). Sin embargo, ambas afirmaciones son verdaderas, ya que oficialmente no había escatología y por ello Benjamin refleja su desaparición, «Ausfall» (UdT: GS I/1, 259) (OTA: Obras I/1, 285), no oficialmente, empero, las fantasías escatológicas asomaban por todas partes.
98 Este texto era muy importante para algunos autores de esta generación; pensemos, por ejemplo, en las tempranas notas de Lukács sobre Dostoievski. Schmitt, a su vez, compara a su héroe, Donoso Cortés, con un gran inquisidor (Schmitt, Politische Theologie, 74).
99 El deseo apocalíptico de destruir completamente el mundo surge si el culto religioso no está permitido o si es modificado por la fuerza (UdT: GS I/1, 257-259) (OTA: Obras I/1, 283-285). Egipto, Babilonia y Roma son ejemplos de esto (véase Jürgen Manemann, Carl Schmitt und die Politische Theologie. Politischer Anti-Monotheismus [Münster: Aschendorff, 2002], 274 y ss.).
100 Esta situación pone en vigor a una teología negativa. Esto no quiere decir que la teología negativa sea siempre correcta, sino que solo en ciertas situaciones es la única salida.
101 Benjamin también percibe tal «huida a la naturaleza» en Goethe y en Adalbert Stifter. Esta alegoría nos recuerda, por supuesto, la teoría de la metonimia de Freud.
102 «Puesto que en un espacio de gnosis política tal deviene el paraíso; y el tiempo, el infierno» (Manemann, Carl Schmitt und die Politische Theologie, 187, citando a Carl Schmitt, Glossarium. Aufzeichnungen der Jahre 1947-1951 [Berlín: D&H, 1991], 171).
103 Quizá no sea incidental que Karl Mannheim haya utilizado un concepto similar cuando describió al liberalismo como un concepto político que tan solo transformó, sin deshacer, las ideas apocalípticas (Karl Mannheim, Ideologie und Utopie [Bonn: Cohen, 1929]).
104 «El espíritu es la facultad de ejercer la dictadura» (UdT: GS I/1, 276) (OTA: Obras I/1, 305).
105 «Saber, y no obrar, es la forma de existencia más propia del mal» (UdT: GS I/1, 403) (OTA: Obras I/1, 453).
106 «Ese mundo, que se había abandonado al profundo espíritu de Satán» (UdT: GS I/1, 406) (OTA: Obras I/1, 456).
107 Para el significado de «Katechon» (el anticristo que retrasa el advenimiento del reino mesiánico) según Carl Schmitt, véase Felix Grossheutschi, Carl Schmitt und die Lehre vom Katechon (Berlín: D&H, 1996); Wolfgang Schuller, «Dennoch die Schwerter halten. Der Katechon Carl Schmitts», en Geschichte – Tradition – Reflexion, vol. 2, eds. Hubert Cancik, Martin Hengel y Hermann Lichtenberger (Tübingen: Mohr, 1996), 389-408; y Manemann, Carl Schmitt und die Politische Theologie, 167 y ss. Schmitt se identifica positivamente con el Katechon: «Yo creo en el Katechon» (Schmitt, Glossarium, 63).
108 Como admitió más tarde, Schmitt pretendía neutralizar la religión cristiana apocalíptica con su «teología política». Su objetivo era «hacer inocuo el efecto de Cristo en la esfera social y política; sacarle el anarquismo al cristianismo, pero dejarle en el fondo un cierto efecto legitimador (die Wirkung Christi im sozialen und politischen Bereich unschaedlich machen; das Christentum zu ent-anarchisieren, ihm aber im Hintergrund eine gewisse legitimierende Wirkung zu belassen)» (Schmitt, Glossarium, 243).
109 Weigel, Walter Benjamin, 27 y ss.
110 Schmitt temía aquel estado, ubicado «en el paradisíaco más acá, en la vida natural y en la pura “corporalidad” sin problemas», en el que la base política del Estado «se paraliza» (Schmitt, Teología política, 57; Schmitt, Politische Theologie, 82).
111 Al contrario de Agamben, que ve solo una pregunta en juego («Al gesto de Schmitt, que trata en todo momento de reinscribir la violencia en un contexto jurídico, Benjamin responde buscando una y otra vez el asegurar a aquella –como violencia pura– una existencia fuera del derecho» [Agamben, Estado de Excepción, 89]), me parece que la diferencia se juega en un nivel mucho más concreto.
112 «Es wird eine staatliche Gefangenschaft der Kirche … eintreten. Auf unabsehbare Zeit wird die Kirche nicht frei sein für den ausschliesslichen und unbedingten Gehorsam gegen Bibel und Bekenntnis». (Habrá un encarcelamiento estatal de la Iglesia. Por un tiempo indefinido, la Iglesia no será libre de obedecer exclusiva e incondicionalmente a la Biblia y al credo). Fritz Lieb, Christ und Antichrist im Dritten Reich (París: Carrefour, 1936), 247. Al igual que Benjamin, Lieb llamaba a una «lucha» abierta contra este enemigo (Lieb, Christ und Antichrist, 247); véase (ÜBG: GS I/2, 697) (SCH: 2005, 53).
113 Solo la totalidad alegórica muestra a la vez «su comienzo y su final» (UdT: GS I/1, 409) (OTA: Obras I/1, 459). Esta totalidad es la idea de la alegoría barroca que construye la crítica del siglo XX, de modo que la solución viene ex post –«solo que ahora con el máximo arco de giro hacia atrás y, por lo tanto, redentoramente» (UdT: GS I/1, 406) (OTA: Obras I/1, 456). Véase la «débil fuerza mesiánica» (ÜBG: GS I/1, 694) (SCH: 2005, 48).
114 A saber: llevar la mente y la materia a una «(síntesis) real, la de la vida (die echte [Synthesis], die des Lebens)» (UdT: GS I/1, 404) (OTA: Obras I/1, 454). Esta política de la naturaleza se asemeja a la política «profana» del fragmento, pero difiere del esfuerzo de Agamben por formular una teoría «general» del estado de excepción. Los fragmentos de Benjamin no están hechos para una teoría general, son profundamente históricos y hacen constante referencia a la práctica política.
115 Karl Marx, «Introducción para la crítica de la Filosofía del derecho de Hegel», <https://www.marxists.org/espanol/m-e/1844/intro-hegel.htm> (visitado el 12 de agosto de 2015).
116 Esto no constituye un argumento en contra de una lectura política, solo ilumina la razón por la cual la política se ha hecho tan impopular en la academia en una era post-democrática. Incluso, filósofos políticos como Alain Badiou o Jacques Rancière detestan la política del mundo real en favor de tópicos más emocionantes y nebulosos como «lo político» o «la verdad».
117 Véase Helmut Salzinger, Swinging Benjamin (Frankfurt: Fischer, 1973); Lienhard Wawrzyn, Walter Benjamins Kunsttheorie. Kritik einer Rezeption (Darmstadt/Neuwied: Luchterhand, 1973); o, retrospectivamente, Karl Heinz Bohrer, «Die Phantasie an die Macht? Studentenbewegung - Walter Benjamin – Surrealismus», Merkur 12 (1997): 1069-1080.
118 Señala Benjamin, parafraseando a Robert Walser: «Historias, artículos, en poemas, pequeña prosa, etc.» (RW: GS II/1, 328) (RW: Obras II/1: 334).
119 Heinz Brueggemann, Walter Benjamin über Farbe, Spiel und Phantasie (Wuerzburg: K&N, 2006).
120 Benjamin ya lo había discutido en una carta de 1912 a Ludwig Strauss: (Astrid Deuber-Mankowsky, Der frühe Walter Benjamin und Hermann Cohen. Jüdische Werte, kritische Philosophie und vergängliche Erfahrung (Berlín: Vorwerk, 2000), 282 y ss.; Sandro Pignotti, Walter Benjamin: Judentum und Literatur: Tradition, Ursprung, Lehre (Freiburg: Rombach, 2009), 22 y ss.
121 Para el Benjamin tardío, véase Kyong-Min Son, «From the Fateful to the Truthful: Walter Benjamin and the Political», <www.allacademic.com//meta/p_mla_apa_research_citation/2/7/8/0/3/pages278035/p278035-1.php> (visitado el 12 de agosto de 2015). Sin embargo, Benjamin tuvo un contorno político sublime desde el principio (cf. Jean-Michel Palmier, Walter Benjamin. Lumpensammler, Engel und bucklicht Männlein. Ästhetik und Politik bei Walter Benjamin (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 2008), 187 y ss., 247 y ss., 381 y ss.).
122 El 30 de diciembre de 1922, Benjamin le escribe a Gerhard Scholem sobre sus auspicios en la Universidad de Heidelberg: «Die Habilitationsaussichten sind auch dadurch erschwert, dass ein Jude, namens (Karl) Mannheim, sich dort bei Alfred Weber voraussichtlich habilitieren wird. Ein Bekannter von Bloch und Lukacs, ein angenehmer junger Mann, bei dem ich verkehrt habe». (Las perspectivas de habilitación también se vuelven más difíciles por el hecho de que un judío llamado [Karl] Manheim se habilite probablemente allí con Alfred Weber. Un conocido de Bloch y Lukács, un joven agradable con el cual he tenido algún trato). GB: Briefe I, 295. La asunción aquí parece haber sido, en línea con lo que Georg Simmel tenía que decir con respecto al mismo asunto, que no deberían haber «demasiados» judíos en una facultad para no despertar sentimientos antisemitas. Para el trasfondo institucional de la habilitación de Benjamin, véase Christoph Henning, «“Der übernationale Gedanke der geistigen Einheit”. Gottfried Salomon (-Delatour), der vergessene Soziologe der Verständigung», en Deutsch-Jüdische Wissenschaftsschicksale, eds. Amalia Barboza y Christoph Henning (Bielefeld: Transcript, 2006), 71 y ss.
123 Especialmente en tiempos dominados por una extendida creencia en el mercado. Incluso, aludir al fragmento de Benjamin «Capitalismo como religión» (Cf. Ryklin, «Kommunismus als Religion») no es todavía una respuesta, ya que la pregunta sigue siendo cómo hemos de lidiar con esta demonología. Habermas escribió uno de los pocos artículos que debate abiertamente el tema político (Jürgen Habermas, «Bewusstmachende oder rettende Kritik?», en Politik, Kunst und Religion [Stuttgart: Reclam, 1978], 48-95).
124 Brent S. Plate, Walter Benjamin, Religion, and Aesthetics. Rethinking Religion through the Arts (Nueva York/Londres: Routledge, 2005).
125 Susan Buck-Morss, Origen de la dialéctica negativa. Thedor W. Adorno, Walter Benjamin y el Instituto de Frankfurt (México D.F.: Siglo XXI, 1981), 287 y ss.
126 Su contenido es, para citar a Liska, «el mundo mismo» y no una otredad espíritu-teológico-estética o esfera intermedia, no imaginada de «indecisión» y exclusión inclusiva, sino que nuestra vida real como criaturas naturales (Vivian Liska, «Zur Aktualität von Walter Benjamins messianischem Erbe. Giorgio Agamben und andere Anwärter», en Profanes Leben. Walter Benjamins Dialektik der Säkularisierung, ed. Daniel Weidner (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 2010), 238.
127 Lukács, que influenció tanto a Kracauer como a Benjamin, fue posteriormente bastante crítico de tratar al arte como un sustituto de la política. Sin embargo, siempre volvió a la literatura e incluso a Benjamin. En su estética tardía alaba el elegante criticismo de su propio tiempo que Benjamin llevó a cabo por medio del análisis del Trauerspiel.
128 Para esto véase, por ejemplo, Pignotti, Walter Benjamin, 30 y ss.
129 «(V)enerar la imagen de la justicia divina justamente en tanto que lenguaje (en la lengua alemana en cuanto tal) es el salto moral, y bien judío, con el que Kraus intenta quebrantar el hechizo del demonio» (KK: GS II/1, 349) (KK: Obras II/1, 357).
130 «Para ese subir y bajar cósmico que, de acuerdo con George, “diviniza el cuerpo y corporeiza al tiempo al Dios”, el lenguaje es tan solo la escala de Jacob con diez mil peldaños de palabras. Mas, por el contrario, el lenguaje de Kraus ya se ha desprendido por completo de momentos hieráticos […] Con la certeza judía de que el lenguaje es, como tal, el escenario mismo de la santificación del nombre, se enfrenta a la teúrgia que le otorga “cuerpo a la palabra”» (KK: GS II/1, 359) (KK: Obras II/1, 367-368).
Técnica y política
«Para una crítica de la violencia»: técnicas del acuerdo, diplomacia y mentira*
Bettine Menke
Quisiera poner énfasis en la discontinuidad entre arte y ética que apunte a Walter Benjamin. En su libro Ursprung des deutschen Trauerspiels, Benjamin plantea que lo que puede aprehenderse en la obra de arte desde una perspectiva «histórico-filosófica» es la referencia negativa de «todo lo artístico» a la «vida que nos concierne moralmente, es decir, en nuestra singularidad» (UdT: GS I/1, 283) (OTA: Obras I/1, 313).
Me voy a referir aquí al texto «Para una crítica de la violencia» de Benjamin (ZKG: GS II/1, 179-203) (CV: Obras II/1, 183-204), que en los últimos veinte años ha ganado decisiva importancia en la discusión de la concepción benjaminiana de lo político en relación con el derecho y la justicia, y su dependencia de la otra instancia (del Dios que golpea)131. Lo que más me interesa, sin embargo, es hablar de las técnicas del acuerdo (o de los «medios puros», uno de los cuales serían estas «técnicas» de Benjamin), de lenguaje y técnica, de mentira y diplomacia, que a la sombra de la discusión señalada nunca han estado en el centro de la discusión. Mientras la reflexión (tanto de Benjamin como de Derrida) sobre el concepto de la decisión soberana para el concepto de la instauración y fundamentación del derecho tuvo como base a Carl Schmitt, para el perfilamiento de las «Técnicas del acuerdo» habría que señalar el nombre de Helmuth Plessner, quien, en los mismos años –1920/21– en que Benjamin escribía y publicaba «Para una crítica de la violencia»132, trabajaba en una serie de pequeños artículos sobre el arte de la política y de la diplomacia (entre otros).
En 1924, Plessner analizó los Límites de la comunidad en su texto homónimo, los que limitarían a la «comunidad» desde afuera, y dentro de los cuales la limitación de la comunidad se presentaría como una «cultura del distanciamiento»133. Esto ocurriría a partir de la reversión de las valoraciones, tal y como F. Tönnies las asigna en Gemeinschaft und Gesellschaft (Comunidad y sociedad) (1887)134. Así, Plessner coloca artefacto sobre organismo, contrato sobre entendimiento, arte (de gobernar), diplomacia y forma sobre humanidad. Como señalé recientemente, entre los años 1920 y 1921 Plessner dio forma a una serie de artículos135 en los cuales abordó el arte de gobernar y la diplomacia. Entre ellos se cuentan. «Diplomacia y humanidad» (1920), «Cultura política» y «Educación política en Alemania» (ambos de 1921)136. Las «alabanzas a la diplomacia», contenidas tanto en los textos de Plessner como en el artículo de Benjamin, permiten calificar de cercanos a los textos de ambos autores.
Con su programa de «educación para la política», planteado como una doctrina del arte de gobernar, el último de los artículos de Plessner ya mencionados, publicado en 1921 bajo el título «Educación política en Alemania», constituye el paralelo más cercano –literal en parte– con el texto de Benjamin «Para una crítica de la violencia», que había sido editado algunos meses antes. El paralelo entre ambos textos se refiere al «medio puro»137 y más específicamente a la diplomacia, que es uno de sus ejemplos. Con su «Proyecto de una escuela para el pensamiento político», Plessner quiere ir en contra de la «oposición entre la política del poder y la política del entendimiento»138. La política debería volver a asumir la forma de un arte de gobernar para hacer frente a la desvalorización que ha experimentado desde el siglo XVIII, bajo el postulado de la prioridad de los objetivos (o ideales), en conjunto con el postulado de la superación de la política por la comunidad139. La «oposición entre la política del poder y la política del entendimiento» estaría a la base del reparo de que una escuela de ese tipo sería una institución que serviría «a intereses de la política del poder y no a los intereses de una política honesta del entendimiento y la reconciliación»140. Como respuesta a esta reserva, Plessner se opone a esta contraposición que considera equivocada y la reformula:
La oposición entre política del poder y política del entendimiento tiene solo un sentido sólido cuando describe la diferencia entre una política de los medios puros y una de los medios impuros. Los medios impuros son aquellos que provienen de la violencia y desembocan en la violencia, policía y ejército. Estos caracterizan una política de la amenaza141.
Frente a la introducción de tales «medios impuros», «que provienen de la violencia y desembocan en la violencia», Plessner define a la «política de los medios puros» como una «política de los argumentos persuasivos y de los acuerdos voluntarios»142. Sin embargo, Plessner sostiene que esta política y sus determinaciones han sido introducidas indirectamente, desde afuera, como una necesidad impuesta «a Alemania sin alternativa posible»:
Despojada de los medios bélicos, Alemania de todos modos se ve obligada a asumir una política de los medios puros, una política de los argumentos convincentes y del acuerdo voluntario, que se basa sobre los intereses naturales de los países y la acabada autopercepción del propio país, cuyo principio superior ya no es la formación del espíritu de resistencia militar sino el respeto a la paz143.
Esta argumentación, eso sí, no dice ni aporta nada a la sustitución de aquella «amenaza», cuyo instrumento interno es la policía; después de mencionarla, Plessner la olvida y se mantiene en el olvido en lo que resta del texto. En «Para una crítica de la violencia» de Benjamin, por el contrario, no se habla de una «política de la amenaza» sino más bien de aquello ‘indeterminadamente’ «amenazante» del derecho, que demuestra en este punto su participación en el nexo mítico o en el destino. Son estas características del derecho las que Benjamin identifica en la función específica de la policía en los estados modernos. Lo que Benjamin plantea es que esa amenaza ‘indeterminada’ pertenece de manera sistemática al derecho, que se manifiesta allí como «orden fatal», ya que toda infracción posible contra las disposiciones legales se ve individualmente enfrentada a esa amenaza, que apunta a la protección del derecho como tal, de igual modo que, al revés, también la crítica solo se dirigiría de manera insuficiente en contra de las «leyes o costumbres concretas», «que el derecho protege (‘toma’ en la protección de-/) en su poder (welche denn freilich das Recht in den Schutz seiner Macht nimmt), el cual consiste en que hay solo un destino y en que lo existente (das Bestehende) y sobre todo lo amenazante forman parte inquebrantable de su orden, pues la violencia en que el derecho se mantiene es amenazadora» (ZKG: II/1, 187-188) (CV: Obras II/1, 191, traducción modificada). El sistemático carácter de lo ‘indeterminadamente’ «amenazante» del derecho expresa su poder como tal y tiene por finalidad la protección del orden legal en su conjunto144. La «indeterminación» constitutiva de lo amenazante pro- «vendría» (según Benjamin) de la «esfera del destino». Ante esta esfera ha sucumbido la violencia conservadora del derecho y con ella el derecho como tal, que se manifiesta como poder por medio de la «indeterminación de la amenaza jurídica» (ZKG: II/1, 188) (CV: Obras II/1, 191). Por lo mismo, esta «amenaza del derecho» es señal de «algo putrefacta en el derecho» (ZKG: II/1, 188) (CV: Obras II/1, 192), como en el caso de la pena de muerte, cuya finalidad no sería tanto «castigar la infracción a la ley», sino sobre todo «fortalecer al derecho en sí», invocando su capacidad de ejercer «poder sobre la vida y la muerte». La estrechísima relación entre la definición del derecho como ligada al destino y la condena benjaminiana de la policía en su calidad de «despreciable» institución del Estado moderno, no se deriva únicamente del hecho de que tanto la formulación «algo putrefacto en el derecho» como el discurso benjaminiano sobre el carácter espectral de la policía puedan leerse como una alusión a Hamlet. Esto, ya que la policía se muestra como la institución de una «mezcla espectral» gleichsam gespenstische Vermischung de «estos dos tipos de violencia» (en una «alianza» que sería todavía «más contranatural» weit widernatürlichere Verbindung que la pena de muerte):
Lo ignominioso de esta autoridad [...] consiste en que, en ella, está anulada la separación imprescindible de una violencia instauradora de derecho y una violencia mantenedora de derecho145. Mientras de la primera se reclama el que se acredite en la victoria, la segunda se halla sometida a la elemental limitación de que no se plantee fines nuevos. Pero la violencia policial se ha emancipado de ambas condiciones. Ahí se trata, en efecto, de una violencia instauradora de derecho –ya que su función característica no consiste en la promulgación de leyes, sino en todo edicto que ella misma promulga con pretensión legal– ; y es violencia mantenedora de derecho porque se pone a disposición de tales fines (ZKG: II/1, 189) (CV: Obras II/1, 192, traducción modificada).
La policía, a la que Plessner define como un «medio impuro» en la medida que es un medio de una política que amenaza con la violencia, es caracterizada por Benjamin a través de la «impureza» de una «mezcla» muy exactamente determinada: a través de la injustificable instauración de fines jurídicos (Rechtszwecksetzung), que pertenece de manera latente a la institución para conservar el derecho y para proteger el orden legal, y que es caracterizada como un poder que amenaza con su intervención en cualquier lugar y momento. La «policía» se califica de gleichsam gespenstisch (espectral) en ese preciso sentido –en una clara diferencia con la «decisión» del derecho, «establecida con su hora y lugar», que reclama por sí una «esencialidad»146–, aun cuando esta no se legitime de otra manera que por una fundamentación tautológica, que se cumple retroactivamente, de la instauración del derecho, como institución victoriosa tanto del derecho como del poder. La policía es «espectral» como violencia de una intervención no– «esencial», pero actuando sin límites, que genera derecho: «Su violencia es informe como su aparición espectral: no concebible en ninguna parte, extendida ubicuamente, en medio de la vida de los Estados modernos» (ZKG: II/1, 190) (CV: Obras II/1, 193, traducción modificada)147. La «impureza» de la violencia policíaca (tan específicamente «ignominiosa» y «espectral» gespenstisch como es) es elemento constitutivo y expresión del enlace sistemático de la violencia instauradora y conservadora del derecho, que Benjamin define como la «mítica» e inmediata manifestación de la violencia que es la legislación Rechtsetzung como Machtsetzung, «imposición o instauración de poder». Derrida define esto como la tautología de la fundamentación del derecho. Toda instauración del derecho será una «instauración de poder» en la medida que busca acreditarse de manera retroactiva como imposición de un orden legal, apelando a su calidad de «victorioso». El ordenamiento legal no solo emplea en su dimensión instauradora de derecho la violencia como medio, sino que en su calidad de poder amenazante ata –en una perspectiva de conservación del derecho– sus fines, que se podrían llamar (por ejemplo) protección del derecho, de forma «íntima» a la violencia (ZKG: II/1, 198) (CV: Obras II/1, 202).
Si bien la argumentación de Benjamin busca separar la violencia «instauradora de derecho» de la violencia «conservadora de derecho», diferenciando además entre violencia «mítica» y «pura»148, deja sin embargo muy en claro que no se trata de buscar, en oposición a una «genealogía impura» del derecho149, otra de carácter «puro», ni siquiera en nombre de la justicia. Benjamin apunta, más bien, a una instancia totalmente otra que el derecho, puesto que todas las instituciones legales, así como el orden jurídico como tal que intenta conservarse como un todo, tienen su origen en la(s) violencia(s) y sus «nexos impuros». La pareja de opuestos, violencia instauradora de derecho y violencia conservadora de derecho, que es condición de existencia y piedra angular de los estados modernos, establece siempre y reiteradamente solo la interacción «impura» de ambas (ZKG: II/1, 185-187) (CV: Obras II/1, 189-191)150. Si lo medimos entonces en su autoconcepción expresada en la contraposición instauradora-conservadora del derecho, el derecho es (siguiendo a Benjamin) «impuro». Por eso, la «crítica» de Benjamin no se dirige solo contra la «violencia que instaura el derecho (y aquella) que mantiene el derecho» (ZKG: II/1, 188) (CV: Obras II/1, 192), sino contra la dependencia o el «círculo» entre ambas, que constituye al derecho como tal151. En la medida en que el derecho se manifiesta en el círculo de la violencia instauradora y conservadora, la instauración de derecho como «instauración de poder» –así lo señala Benjamin– sería mítica, sería «una manifestación inmediata de la violencia» en permanente autovalidación circular:
Die Funktion der Gewalt in der Rechtsetzung ist nämlich zwiefach in dem Sinne, daß die Rechtsetzung zwar dasjenige, was als Recht eingesetzt wird, als ihren Zweck mit der Gewalt als Mittel erstrebt, im Augenblick der Einsetzung des Bezweckten als Recht aber die Gewalt nicht abdankt, sondern sie nun erst im strengen Sinne und zwar unmittelbar zur rechtsetzenden macht, indem sie nicht einen von Gewalt freien und unabhängigen, sondern notwendig und innig an sie gebundenen Zweck als Recht unter dem Namen der Macht einsetzt. Rechtsetzung ist Machtsetzung und insofern ein Akt von unmittelbarer Manifestation der Gewalt. (ZKG: II/1, 197-198)
Pues la función de la violencia en la instauración del derecho siempre es doble: la instauración del derecho, ciertamente, aspira como fin (teniendo la violencia como medio) a aquello que se instaura precisamente en tanto que derecho; pero, en el instante de la institución del fin intencionado como derecho, no renuncia ya a la violencia, sino que la convierte stricto sensu, e inmediatamente, en instauradora de derecho al instaurar bajo el nombre de «poder» un fin como derecho que no es independiente de la misma violencia como tal, hallándose ligado más bien de modo necesario e íntimo a la violencia. La instauración del derecho es instauración del poder y, por tanto, es un acto de manifestación inmediata de violencia (CV: Obras II/1, 201, traducción modificada).
El texto de Benjamin no considera el concepto de los «medios impuros» que Plessner califica de «impuros» en la medida que participan de la violencia152; al revés, su reflexión se orienta más bien a la posibilidad de «medios no violentos», que él define como «medios puros»: «Hay que contraponer como medios puros a los medios legales e ilegales (rechmäßigen und rechtswidrigen Mitteln) de cualquier tipo (todos ellos violentos, sin excepción) aquellos otros medios que carecen de violencia» (ZKG: II/1, 191) (CV: Obras II/1, 194). Esto sucede en la decisiva bifurcación de la argumentación de «Para una crítica de la violencia», que se anuncia en la siguiente fórmula:
Alle Gewalt ist als Mittel entweder rechtsetzend oder rechtserhaltend. Wenn sie auf keines dieser beiden Prädikate Anspruch erhebt, so verzichtet sie damit selbst auf jede Geltung. Daraus aber folgt, daß jede Gewalt als Mittel im günstigsten Falle an der Problematik des Rechts überhaupt teilhat. (ZKG: II/1, 190)
En tanto que medio, toda violencia es instauradora de derecho o mantenedora de derecho. Pero si no reclama ninguno entre ambos predicados, por lo mismo renuncia a su validez. De aquí se sigue que, en general, toda violencia, en tanto que medio, participa aun en el más favorable de los casos en la problemática del derecho. (CV: II/1, 193; ZKG: II/1, 190)
Como medio, toda violencia es instauradora de derecho o mantenedora de derecho. Si no reclama ninguno entre ambos predicados, renuncia a su validez. De aquí se sigue que, en general, toda violencia, en tanto que medio, participa aun en el más favorable de los casos en la problemática del derecho (CV: Obras II/1, 194, traducción modificada).
A continuación, Benjamin abordará por una parte la pregunta sobre una «función ya no de medio de la violencia» (nicht mittelbaren Funktion der Gewalt) (ZKG: II/1, 196) (CV: Obras II/1, 200), es decir una violencia que no pueda ser concebida como medio (esto es, de fines). Esta función constituye una «manifestación inmediata», que Benjamin distingue precisamente o como la mítica violencia circular y fundamentada en su auto-verificación del poder amenazante o como una intervención divina, que es simplemente interrupción, disrupción (ZKG: II/1, 196) (CV: Obras II/1, 200)153. Por otra parte –así lo formula Benjamin–, aquí se impone por sí misma, al revés, la pregunta acerca de si «no hay otros medios que los violentos para resolver los conflictos de intereses» (ZKG: II/1, 190) (CV: Obras II/1, 194, traducción modificada).
El intento de Benjamin de identificar otros medios no violentos constituye un punto clave para su análisis sobre el derecho y la relación, es decir la ruptura, entre el derecho y la justicia, puesto que esos «otros medios que violentos», según Benjamin, no podrían ser bajo ninguna circunstancia encontrados en el derecho, ni en sus normas individuales ni en el orden legal en su conjunto, que monopoliza la violencia, a la vez que teme y rechaza cualquier otra violencia que no sea la propia, por considerarla una competencia en materia de instauración de derecho. El hallazgo de que «toda violencia participa en el mejor de los casos de la problemática del derecho en general», de su «ambigüedad moral», lleva necesariamente a la conclusión que «una resolución de conflictos carente por completo de violencia no puede conducir a un contrato jurídico» (ZKG: II/1, 190) (CV: Obras II/1, 193). Al «contrato jurídico» Benjamin opone de manera precisa los «medios puros», ya que los contratos, independientemente de que hayan sido generados pacíficamente, corresponden en la formulación benjaminiana a la definición de los «medios impuros» de Plessner, que no solamente son los violentos, sino los que «provienen de la violencia y desembocan en la violencia»154. Todo contrato hace referencia a la violencia del derecho, pues tanto en su «final» como en su «origen» (ZKG: II/1, 190) (CV: Obras II/1, 194) recurre a ella, quedando así unido en «origen y final» a la violencia «latente» en él155.
De esta manera, los «medios puros» = no violentos son, por una parte, identificados de modo negativo a través de la exclusión del contrato legal y de «todos los medios legales legítimos e ilegítimos de todo tipo» (ZKG: II/1, 191) (CV: Obras II/1, 195). A ellos les deben corresponder, por otra parte, determinaciones positivas de sus «apariciones objetivas», entre las que se cuenta la fórmula de la «técnica» del «acuerdo»:
Ihre objektive Erscheinung aber bestimmt das Gesetz [...], daß reine Mittel niemals solche unmittelbarer, sondern stets mittelbarer Lösungen sind. Sie beziehen sich daher niemals unmittelbar auf die Schlichtung der Konflikte zwischen Mensch und Mensch, sondern nur auf dem Wege über die Sachen. In der sachlichsten Beziehung menschlicher Konflikte auf Güter eröffnet sich das Gebiet der reinen Mittel. Darum ist Technik im weitesten Sinne des Wortes deren eigenster Bereich. (ZKG: II/1, 191)
Su aparición de carácter objetivo la determina en efecto aquella ley […] de que los medios puros no son medios de solución directa e inmediata, sino siempre de solución mediata. Nunca se refieren inmediatamente a la resolución de conflictos entre personas, sino a través de cosas solamente. En la más objetiva relación156 de los conflictos humanos con los bienes se abre el ámbito de los medios puros. Y, por eso, la técnica (en el sentido más lato de este término) es su área como tal (CV: Obras II/1, 195, traducción modificada).
La identificación de la técnica como el «área como tal de los medios puros», como el mediato «[camino] a través de las cosas», abarca también al lenguaje como técnica, el que «tal vez», como se indica luego, constituya «su mejor ejemplo»: «la conversación (Unterredung) en cuanto técnica para alcanzar civilizadamente acuerdos» (ZKG: II/1, 192) (CV: Obras II/1, 195). Aquí debemos pensar en la techné o el ars que es la retórica. Plessner la nombra explícitamente como componente del «arte» político y su doctrina157, aunque sin por ello dejar de usar el concepto de la técnica en un sentido despectivo158. Si, siguiendo a Benjamin, «la conversación como técnica para alcanzar avenencias civiles (Technik ziviler Übereinkunft)» puede ser considerada como el «mejor ejemplo» de los «medios puros» (ZKG: II/1, 191-192) (CV: Obras II/1, 194 traducción modificada) cuya zona se abre «en la objetiva relación (in der sachlichsten Beziehung) de los conflictos humanos con los bienes» (ZKG: II/1, 191-192) (CV: Obras II/1, 194-195), esta consideración se basaría –aunque pueda sonar sorprendente– en la mentira. Vincular a la mentira con la técnica que constituye la retórica es algo que nos resulta familiar. El hecho de que el lenguaje como tal sea inseparable del decirlo de otra forma/ manera (besser) (traducir o fingir, entre otros) constituye su retoricidad inicial. La posibilidad de mentir pertenece ‘originariamente’ al lenguaje. Pero lo decisivo en la caracterización del lenguaje como medio de «concordancia no violenta» a la que arriba Benjamin es la «no penalización de la mentira»:
In ihr ist nämlich gewaltlose Einigung nicht allein möglich, sondern die prinzipielle Ausschaltung der Gewalt ist ganz ausdrücklich an einem bedeutenden Verhältnis zu belegen: an der Straflosigkeit der Lüge. Es gibt vielleicht keine Gesetzgebung auf der Erde, welche sie ursprünglich bestraft. Darin spricht sich aus, daß es eine in dem Grade gewaltlose Sphäre menschlicher Übereinkunft gibt, daß sie der Gewalt vollständig unzugänglich ist: die eigentliche Sphäre der »Verständigung «, die Sprache. Erst spät und in einem eigentümlichen Verfallsprozeß ist die Rechtsgewalt dennoch in sie eingedrungen, indem sie den Betrug unter Strafe stellte. (ZKG: II/1, 192).
Pues en ella (la conversación), el convenio no violento no es tan solo posible, sino que la exclusión por principio de la violencia se nos muestra en un hecho significativo: la impunidad de la mentira. No hay tal vez legislación en todo el mundo que la penalice originariamente. Y esto nos indica claramente que hay una esfera del acuerdo humano a tal punto carente de violencia que esta le es por completo inaccesible: la esfera auténtica del «entendimiento», la esfera del lenguaje. El derecho entró en ella más tarde, y en un proceso peculiar de decadencia, al asignar castigos al engaño (CV: Obras II/1, 195, traducción modificada)
Es la «no penalización de la mentira», entonces, la que define al lenguaje como una «esfera» liberada del orden del derecho, y con ello del poder, en cuyo ejercicio se cumplirá triunfante la instauración del derecho159. La «originaria no penalización de la mentira», al decir de Benjamin, significaría que los discursos y las conversaciones no se basan en ningún contrato, ni explícita ni implícitamente; que no existe ni en el «final» ni en el «origen» un contrato que cree o modifique relaciones legales, y que este contrato no constituye tampoco ni su condición ni su resultado. Es a partir de esto y en esto que el discurso y la conversación quedan excluidos de la «esfera propia del destino» a la que pertenece «la amenaza jurídica» (ZKG: II/1, 188) (CV: Obras II/1, 191). En este sentido, el argumento benjaminiano de la conversación (Unterredung) como una «técnica de la avenencia civil» (Technik ziviler Übereinkunft) es el exacto contraargumento al modelo de Habermas de una presuposición implícita y necesaria de veracidad como una condición previa de carácter cuasi contractual para las avenencias y demás conversaciones en general.
Lo específico del argumento benjaminiano sobre la «no penalización de la mentira» puede observarse también en el hecho de que Plessner intenta evitar muy cuidadosamente toda cercanía entre diplomacia y mentira, mientras que Benjamin aborda precisamente esa cercanía cuando introduce a la diplomacia como uno de los «medios puros de la política por analogía con los medios que dominan lo que es el pacífico trato entre personas privadas» (ZKG: II/1, 193) (CV: Obras II/1, 196), es decir, las «técnicas de la conversación». Plessner se cuida de adscribir a la mentira cuando recomienda un «arte» de la política y la diplomacia, y la rechaza a priori calificándola de «artimaña», de «trucos y artificios»160.
Basándose en las «Notizen zu einer Arbeit über die Lüge II / Notas para un trabajo sobre la mentira II» de Benjamin (aprox. 1922), H. Lethen probó la cercanía de Benjamin con el libro de Plessner Grenzen der Gemeinschaft / Límites de la comunidad. En esas notas, Benjamin no solo opone, a la «confesión total», el «tipo externamente cuidado (“der äußerlich gepflegte Typus”) del diplomático» (NAL: GS VI, 62, traducción del original)161, y con ello –en la línea de Plessner– a la normativa de la (auto)expresión, la «exterioridad» de la forma o, más exactamente, la ‘mera’ superficie. Mantenerse en la superficie es lo que define a la «objetividad» (Sachlichkeit) benjaminiana, con referencia a Paul Scheerbart, Paul Klee y Robert Walser. Esta es la suspensión de toda tendencia a la «interioridad» o ‘motivos’162. Entre «Notizen zu einer Arbeit über die Lüge II» y «Zur Kritik der Gewalt» hay una coincidencia aún mayor respecto del hecho de que la impotencia (Ohnmacht), y con ello la insostenibilidad, de la autoridad que quiere obligar a la «sinceridad» se muestra en mandatos de dicha sinceridad:
Nicht die Forderung der Wahrheit, wohl aber die der Ehrlichkeit ist grundsätzlich als Sachwalterin ohnmächtiger und daher unberechtigter Autoritäten zu bestreiten. Überall verrät die Unordnung der Ehrlichkeit einen faktisch und sittlich unhaltbaren Anspruch des Fordernden. (NAL: GS VI, 63)
No la exigencia de la verdad, sino la de la sinceridad se debe cuestionar, en términos generales, como administradora de autoridades impotentes y, en consecuencia, injustificadas. En todas partes, el desorden de la sinceridad delata un reclamo fáctica y moralmente insostenible del que exige. (traducción del original).
Según «Para una crítica de la violencia», el engaño no está punible, es decir, no ‘amenazado’ con ser castigado hasta «el derecho de un tiempo posterior, que perdió confianza en su propia violencia ya no se sintió, como el más antiguo, a la altura de toda (violencia) ajena. Es más, el temor ante esta y la desconfianza en sí mismo designan su (propia) conmoción (Erschütterung)» (ZKG: II/1, 192) (CV: Obras II/1, 195 traducción modificada)163. Aquí la argumentación de Benjamin usa aparentemente, cuando indica lo in-justificado de la propia autoridad y su propia desconfianza en sí misma, un patrón genealógico de la decadencia que es problemático, porque presupone una autoridad soberana perdida. La «punibilidad de la mentira» como engaño, que refiere a un contracto, aun cuando sea de carácter implícito, expresa un estremecimiento interno del ordenamiento jurídico, que se detecta en su violencia y en la inseguridad de su actuación cuando recurre a acciones en términos de motivos164. El lenguaje, que (así lo pone Benjamin) no está bajo la amenaza del derecho, está determinado por la «impunidad de la mentira» como (medio puro o médium), lo que libera de la lógica del derecho, cautivado (im Bann) por la circular fundamentación de la institución. La condición previa de la conversación como «esfera» de las «avenencias civiles» es que no se busque ningún respaldo en el derecho y que no se la coloque bajo la «amenaza» del derecho. Esto hace plausible la determinación de Benjamin de la diplomacia como un terreno admitido en las «técnicas del acuerdo» de la política. La diplomacia busca soluciones, por una parte, en el sentido de la Sachlichkeit de los «medios puros», que «no son medios de solución directa e inmediata, sino siempre de solución mediata», que «nunca se [refieren] inmediatamente a la resolución de conflictos entre personas, sino a través de cosas solamente», y por otra, respectivamente, de «caso a caso» (ZKG: II/1, 191) (CV: Obras II/1, 195, traducción modificada)165. La negociación diplomática discursiva no solo no se apoya en ningún orden jurídico, sino que tampoco quiere (normalmente) conducir a la «modificación de los órdenes jurídicos»; esta negociación no instaura ningún derecho y en esa línea tampoco tiene que resultar en una instauración de poder:
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