Kitabı oku: «Las mil cuestiones del día»

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› Hugo Fontana ‹

LAS MIL CUESTIONES DEL DÍA

Trece historias de anarquistas



Montevideo, setiembre de 2014

«Solo estamos vencidos en lo inmediato».

VÍCTOR SERGE

LOUISE MICHEL (1830-1905)
El poder es una cosa maldita

«Lo bello solo tiene una forma, lo feo tiene mil».

Víctor Hugo

En el departamento francés de Haute Marne, en el castillo de Vroncourt construido en el siglo xvii y propiedad de Etienne Charles Demahis, el 29 de mayo de 1830 nació la niña Louise Michel, hija de la sirvienta Mariana Michel y, se supone, del propio Demahis, aunque hay quienes dicen que el verdadero padre pudo haber sido el hijo de Etienne, Laurent. Lo cierto es que la niña crecerá en un ambiente amable y culto, y pronto llamará «abuelos» a Etienne y a Carlota, su esposa. El señor es un liberal compenetrado con las ideas de Voltaire y de Rousseau, que la introducirá en la lectura de estos y otros autores desde su infancia. Ya en su adolescencia, Louise escribirá sus primeros poemas («En Clermont, cerca de mi ventana/ florece un gran rosal blanco./ Al abrirse la flor aparecen/ en sus pétalos manchas rojas de sangre») y alguna que otra narración que luego destruirá avergonzada.

En 1850 muere Demahis y cinco años más tarde, Carlota. Para ese entonces Louise había comenzado sus estudios para ser maestra. La naturaleza le había otorgado el don de la inteligencia pero ningún otro atributo físico más que la fealdad. Tenía la frente demasiado alta, los ojos demasiado chicos, una nariz demasiado larga, una boca importante que luciría siempre una sonrisa débil y enigmática, a veces parecida a las pintadas por Leonardo, el mentón ligeramente hundido y un cuerpo flaco en el que era difícil distinguir alguna forma femenina.

A los 23 años trabaja como institutriz en Audeloncourt, Clefmont y Millières (Haute Marne), se escribe con Víctor Hugo, a quien envía una y otra vez sus poemas y artículos, y sueña con ir a París, donde Luis Bonaparte ha dado su golpe de Estado, autoproclamándose Napoleón III y fundando el segundo Imperio.

Para esa muchacha de provincia, establecer una correspondencia regular con Hugo es todo un acontecimiento que la llena de orgullo. Él es una gloria viviente que ya ha publicado algunas de sus novelas más importantes (entre ellas El último día de un condenado a muerte y Nuestra Señora de París), que ha revolucionado el teatro francés con obras como Hernani y El rey se divierte, y conmovido a todos sus compatriotas con su encendida poesía. Cuando Louise finalmente arribe a la capital, será el primer hombre que conozca, lo frecuentará en su casa, donde él mantiene muchos amoríos y su esposa no le va en zaga, y donde, ella así está convencida, podrá develar todos los misterios de la creación literaria.

Pero París es hostil. Para conseguir un puesto de maestra, debe jurar fidelidad a Napoleón III, requisito al que se niega. Dará entonces clases de literatura y de geografía en centros informales, pero poco después regresará a Vroncourt, donde permanecerá durante aproximadamente un año. Hay quienes dicen que la razón de este inesperado retorno se debe a que su madre ha caído enferma, pero también hay quienes murmuran que está embarazada de Hugo, quien es veinticinco años mayor que ella, y que ha vuelto al solar natal para tener un hijo.

La vida y la libertad

En 1856 está de nuevo en París, de donde no saldrá durante los siguientes quince años, y en los que se dedica de lleno a la enseñanza en los barrios más pobres de la ciudad y en las llamadas escuelas libres. Es austera y lo será hasta el último de sus días; ha aprendido que la generosidad es la mayor virtud que puede poseer un ser humano y da todo lo que tiene; quiere desempeñarse dentro de un sistema pedagógico que privilegie el conocimiento y la libertad como valores esenciales. La miseria recorre las calles parisinas y los medios políticos son un hervidero de ideas en el que predominan las de carácter republicano, que desprecian el reinado de Bonaparte III. Ello ocurre en París pero también en el resto de Francia, y los movimientos revolucionarios se extienden por toda Europa.

Louise ha decidido convertirse en una suerte de célibe y, además de su fealdad, se siente ayudada por su obstinación. En esos años es cortejada por un oficial del ejército, al que rechaza una y otra vez. El militar insiste y le promete toda clase de ventajas, pero ella le responde:

—Escuche, señor, he jurado no casarme nunca. La vida casera me horroriza y por muy tentadora que sea su situación no tengo la menor ambición de ser un día «la Señora Generala». Pero si quiere hacer usted un sacrificio, yo haré otro y seré suya.

—Diga, hable, estoy dispuesto a obedecer —le contesta el oficial.

—Arriesgue usted su vida y yo arriesgaré mi libertad.

—Mañana, si es necesario, querida amiga.

—¿Sí?... Pues mate usted al emperador.

Pero el emperador caerá por sus propios errores. En julio de 1870 le declara la guerra a Prusia, pensando que podrá vencer al enemigo en pocas semanas, pero las tropas comandadas por el canciller Otto von Bismarck derrotarán a los franceses en una breve cadena de batallas, poniendo sitio a París durante cuatro meses, desde setiembre de 1870 a enero de 1871. Mientras los habitantes entablan una dura resistencia, lo que queda del segundo Imperio se refugia en Versalles, donde Bismarck proclama a Guillermo i de Alemania como nuevo emperador. El resultado: más de un millón de hombres movilizados entre ambos bandos, ciento cuarenta mil muertos y casi medio millón de prisioneros. Y Alemania unificada. Y las provincias francesas de Alsacia y Lorena, ricas en carbón y hierro, en manos de Bismarck.

Pero París no se rinde y ha dejado de desobedecer a los improvisados gobernantes. La nueva Asamblea Nacional y el gobierno provisional de la República, presidido por Adolphe Thiers y refugiado en Versalles, negocia con los prusianos mientras los obreros parisinos comienzan a organizarse libremente en lo que se conocerá como la Comuna de París, que se extenderá desde el 18 de marzo hasta el 28 de mayo de 1871. En esas semanas, la Comuna decreta la autogestión por parte de los obreros de las fábricas abandonadas por sus dueños, prohíbe el trabajo nocturno, forma una guardia nacional integrada por todos aquellos que puedan portar armas, crea guarderías para los hijos de las obreras, establece la laicidad del Estado y la obligación de las iglesias de participar en todas las tareas sociales, ordena el cierre de las casas de empeño, condona los alquileres impagos y cancela los intereses de las deudas. Y por si fuera poco, quema en público la guillotina.

De inmediato, los versalleses le declaran la guerra, apoyados por Bismarck, quien abandona el sitio y permite que Thiers envíe sus tropas y ocupe su lugar. Los combates se hacen feroces, hasta llegar a lo que se conoce como la Semana Sangrienta, ocurrida entre el 21 y el 28 de mayo: los comuneros caen en desigual combate, con un número de más de treinta mil muertos, otros tantos heridos y miles de detenidos. Louise estará en todos los frentes, organizando a las milicias pero también tomando, fusil en mano, parte activa de la defensa. Tras varias batallas en las que participa directamente, el 1. º de abril el Journal oficial de la Comuna titula: «Una enérgica mujer ha estado combatiendo en las filas del primer batallón y ha aniquilado a varios policías y soldados».

Simultáneamente, es electa al frente del Comité de Vigilancia femenino, desde el que moviliza mujeres en apoyo de la Comuna y organiza un servicio de guardería infantil para doscientos niños de la capital. Recluta personal para el servicio de ambulancias, incluso entre las prostitutas, preguntándose que quién más que estas mujeres, «víctimas lastimosas del viejo régimen», tienen derecho a dar su vida por el nuevo. Y además se enamora perdidamente de Teófilo Ferré, un muchacho diez años más joven que ella, y así se lo hace saber. Teófilo, quien la admira intensamente, no está sin embargo dispuesto a otra relación afectiva que la de la amistad.

«Salí con las compañías de marcha de la Comuna y desde la primera salida formé parte del batallón de Montmartre», contaría ella años más tarde, «batiéndome en sus filas como un soldado; pensé que, en conciencia, era lo más útil que podía hacer. Continué en París, como los demás, hasta que los de Versalles detuvieron a mi madre para fusilarla en mi lugar y hube de ir a ponerla en libertad —a su pesar—, reclamando su puesto para mí».

Reclamo mi parte

En septiembre de 1871 Louise está presa en Arras, y dos meses después, el 16 de diciembre, es llevada ante el cuarto Consejo de Guerra.

—Ha oído usted los hechos de los que se la acusa. ¿Qué tiene usted que decir en su defensa? —le pregunta el presidente del tribunal.

—No quiero defenderme, no quiero que me defiendan. Soy toda de la revolución social y declaro que acepto la responsabilidad de todos mis actos. La acepto entera y sin restricción. ¿Me reprochan el haber participado en el asesinato de los generales? Pues respondo: sí. Si me hubiese hallado en Montmartre cuando quisieron tirar contra el pueblo, no hubiera dudado en tirar yo misma contra los que daban órdenes parecidas. Pero cuando fueron hechos prisioneros, no comprendo que se les fusilara y considero ese acto como una insigne cobardía. En cuanto al incendio de París, sí, he participado en él. Quería oponer una barrera a los invasores de Versalles. ¡Dicen también que soy cómplice de la Comuna! Ciertamente, puesto que quería hacer ante todo la revolución social y la revolución social es el más amado de mis sueños; es más, me honro de haber sido una de las promotoras de la Comuna, que no tiene nada que ver, que yo sepa, con los asesinatos y los incendios… Un día propuse a Ferré la invasión de la Asamblea. Yo quería dos víctimas: Thiers y yo, puesto que habría hecho el sacrificio de mi vida y estaba decidida a matarlo.

Más adelante el presidente le pregunta:

—Al parecer usted llevó diversos trajes durante la Comuna...

—Vestía como de costumbre —le contesta ella—. Solo añadía un cinto rojo sobre mi ropa.

—¿No vistió en varias ocasiones un traje de hombre?

—Solo una vez, el 18 de marzo; iba vestida de guarda nacional para no llamar la atención.

Y en los tramos finales, siempre dirigiéndose a quienes la estaban juzgando, dice:

—Lo que reclamo de ustedes, que se dicen Consejo de Guerra y que se tienen por jueces, de ustedes que no se esconden como la Comisión de Gracias, de ustedes que son militares y que juzgan públicamente, es el campo de Sartori, donde ya han caído mis hermanos. Hay que expulsarme de la sociedad. Les dicen que hay que hacerlo. Bien. El Comisario de la República tiene razón. Puesto que parece que todo corazón que bate por la libertad no tiene derecho más que a un poco de plomo, reclamo mi parte. Si me dejan vivir, no cesaré de gritar venganza para mis hermanos, en contra de los asesinos de la Comisión de Gracias…

—¡No puedo permitirle que siga hablando si continúa en este tono! —exclama el presidente fuera de sí.

—He terminado. Si no sois cobardes, matadme.

Pero Louise no será fusilada, sino condenada a la deportación de por vida a Nueva Caledonia, una posesión francesa en Oceanía, ubicada a 1.500 kilómetros al este de Australia y 2 000 al norte de Nueva Zelanda, adonde es habitual que los tribunales envíen a todo este tipo de indeseables y malhechores. Louise recibe altiva la pena, pero su corazón está mucho más que herido: es que se ha enterado de que, unos días antes, su amado Teófilo fue fusilado. Escribe entonces un dolido poema que titula Los claveles rojos:

Si fuera al frío cementerio,

hermanos, arrojen sobre su hermana,

como última esperanza,

algunos claveles rojos en flor.

En los últimos tiempos del imperio,

cuando el pueblo se despertaba,

rojo clavel, fue tu sonrisa

la que nos dijo que todo renacería.

Hoy ve a florecer a la sombra

de las negras y tristes prisiones.

Ve a florecer cerca del recluso sombrío

y dile bien que lo amamos.

Dile que por lo fugaz del tiempo

todo pertenece al futuro.

Que el vencedor de lívida frente

puede morir antes que el vencido.

Tierra canaca

La partida hacia Nueva Caledonia habrá de demorar veinte meses, en los que Louise permanecerá en la cárcel central de Auveribe. El velero La Virginia partirá recién el 24 de agosto de 1873 y demorará cuatro meses en llegar a destino. En la embarcación viajan decenas de deportados, entre ellos un periodista que había combatido con firmeza al segundo Imperio desde las páginas de diversos medios como Le Figaro y La Linterna, Henri Rochefort. El viaje los convertirá en amigos inseparables, y con él intercambiará poemas, escritos y opiniones. Henri trata de protegerla y le consigue abrigos y calzado que ella regala de inmediato a otras mujeres en tanto atraviesan gélidos mares.

El mar, que Louise no había conocido hasta entonces, es enorme y le hace exclamar: «¡Cuánto tiempo hacía que yo amaba el mar!... Siempre lo amé». Hay días en que el viaje se hace extenuante y en los que el barco parece inmóvil en semejante inmensidad. Entonces escribe: «¡Inflad las velas, tempestades!/ ¡Más alto, olas, más fuerte, oh, vientos!/ ¡Brille el relámpago sobre nuestra frente!/ Navío, adelante, avanza, avanza…/ ¿Por qué estas brisas tan monótonas?/ Atravesemos el abismo abierto».

Pero en ese viaje, junto a otros excombatientes de la Comuna, no solo cunde el aburrimiento, sino también la reflexión profunda. Años más tarde Louise reconocería que en esos días abrazó definitivamente los ideales anarquistas. «Durante cuatro meses no vimos nada más que el cielo, el agua y a veces, en el horizonte, la vela blanca de un navío que parecía el ala de un pájaro. La impresión de inmensidad era emocionante. Allí tuvimos mucho tiempo para pensar». Y reflexionando sobre los días de la Comuna, anota: «Sentí que una revolución que se afianza en el poder será siempre un engaño que no podrá más que seguir la corriente, pero jamás podrá abrir todas las puertas al progreso». Y tiempo después dirá: «El poder es una cosa maldita. Por eso soy anarquista».

Por fin, sobre fin de año, una costa con mil tonos de verde se abre ante la vista de los forzados navegantes. En Nueva Caledonia hay un ave que se llama cagu, de plumaje blanco, pico y patas rosadas, del tamaño de una gallina, que apenas puede volar. En Nueva Caledonia hay varanos gigantes y murciélagos y cocodrilos en las costas. Y árboles de hojas siempre verdes y laurisilvas y coníferas y enormes bosques y selvas tropicales. Y unos pocos miles de aborígenes que se autodenominan canacos, que en lengua hawaiana quiere decir «hombre». Y una mujer flaca que parece, en vez de llevar sangre en las venas, cargar una pólvora incontrolable.

Louise pronto se relaciona con los canacos, aprende su lengua y se convierte en la maestra de la población, enseñando a leer a uno de sus líderes, Daeumi. También abre una escuela para los hijos de los deportados, entre los que figuran muchos argelinos. Poco después fundará el periódico Petites Affiches de la Nouvelle-Calédonie. Hay allí casi cuatro mil hombres y mujeres expulsados por los tribunales franceses, y todos sueñan con escapar. Algunos lo logran y van a dar con sus huesos a las costas de Australia. En 1874 Rochefort logra subir a un barco estadounidense, llega a San Francisco y luego se dirige a Londres, y a Ginebra, y a París, donde ocho años más tarde se volverá a cruzar con Louise y restablecerán su relación intelectual.

A ella todo la maravilla: las frutas, los insectos, la vegetación, las montañas. Testigo de un furibundo ciclón, exclama: «¡Qué cosa más hermosa!». Está atónita ante el nuevo mundo, pero no por ello ha dejado de desear el retorno a Europa para continuar su lucha. En 1878 estalla una rebelión canaca contra las autoridades francesas que gobiernan las islas. Louise y los anarquistas se ponen del lado de los rebeldes, en tanto algunos de los deportados apoyan a las fuerzas gubernamentales. El saldo es el esperado: cerca de dos mil aborígenes muertos en los enfrentamientos, mientras otros tantos deben refugiarse en los bosques. Y la escuela de Louise es cerrada a cal y canto. «Usted tiene que cerrar su escuela», le ordena un alcalde. «Llena las cabezas de esos canacos con doctrinas peligrosas. El otro día la oyeron hablar de humanidad, justicia, libertad y otras cosas inútiles».

Finalmente, en 1880 las Cámaras de Francia votan una amnistía que comprende a todos los deportados. Tras ocho años de ostracismo, ella y cientos de combatientes podrán regresar al continente. Los canacos van a despedirla. Les promete regresar algún día para fundar una escuela en plena selva. En esas semanas escribe un nuevo poema; algunos de sus versos dicen: «Volveremos, inmensa multitud,/ volveremos por todos los caminos./ Espectros vengadores saliendo de las sombras,/ vendremos a estrecharnos las manos.../ La bandera negra, crespón de sangre/ y púrpura, florecerá en la tierra/ libre, bajo el cielo flamígero…».

La bandera negra

Vuelve de Nueva Caledonia en el barco John Helder. Carga consigo distancias, nostalgias y cinco gatos, uno de ellos ciego, que viajan atados y en silencio, y que la acompañarán en el periplo europeo que está por comenzar. Llega a Londres sobre fin de año y al poco tiempo está de regreso en París; en todo el continente cunde el desempleo, la miseria y la represión gubernamental. Se acerca a los barrios más pobres de la capital y vive en la más descarnada austeridad. Todo lo da. Todo lo reparte. Se acomoda en un pequeño cuartucho con sus felinos silenciosos y con un papagayo al que ha enseñado a saludar repitiendo: «¡Viva la anarquía!».

En 1883, en un mitin en París, fijando sus diferencias ideológicas con los militantes marxistas, a quienes acusa de autoritarios y parlamentaristas, se pronuncia a favor de la adopción de la bandera negra por los anarquistas. Y ese mismo año, en una de las tantas manifestaciones espontáneas en las que participa, enarbola una bandera negra que no es otra cosa que los jirones de un viejo vestido. La acusan de haber comandado a un grupo de zaparrastrosos que robaron unas panaderías.

—¿Toma usted parte en todas las manifestaciones? —le pregunta el presidente del tribunal al que es conducida.

—Sí, por desgracia… Yo estoy siempre con los desdichados.

—Lo cierto es que la tienda del señor Augerau ha sido saqueada.

—No lo sé, y me extraña que el señor Augerau se ocupe de esas nimiedades. Yo le he visto a él robar en el precio y el peso del pan.

—¿Es cierto que se echó usted a reír delante de la tienda?

—No sé lo que podría hacerme reír. ¿Sería la miseria de los que me rodeaban o el triste estado de cosas que nos recuerda el año 1789?

—Pero los tres comerciantes desvalijados pretenden que la multitud obedecía a una señal.

—Es absurdo. Para obedecer a una señal es necesario que la señal se haya convenido de antemano y habríamos debido enterar a todo París de que en un momento determinado yo levantaría o bajaría la bandera delante de las panaderías.

El resultado del juicio es una condena de seis años en la cárcel de San Lázaro, seguidos de diez años de vigilancia. Poco después es trasladada a la prisión central de Clermont, donde de inmediato comienza a trabajar con las presas y a organizarlas y brindarles educación. Pero el 5 de enero de 1886 muere su madre, a quien le habían dejado visitar unos días antes fuertemente custodiada, aunque no le permiten concurrir al sepelio. El entierro de Mariana Michel convoca a una multitud.

Un año después el gobierno francés decreta un indulto que en un principio Louise se niega a aceptar. Finalmente, está otra vez en libertad, del mismo modo que el príncipe Pedro Kropotkin, quien llevaba ya tres años detenido en la cárcel de Clairvaux. También ha continuado escribiendo sus poemas, sus cuentos y sus largos trabajos, como un libro titulado Las prisiones, que se perderá entre una y otra requisa.

Una vez en las calles, da cientos de conferencias. La gente acude en masa a escuchar a quien ya ha sido apodada la virgen roja, y las mujeres besan sus ropas y los hombres la escuchan embelesados, aunque también hay quienes arrojan huevos y tomates a su paso, y el 22 de enero, previo a uno de sus mítines, un joven le descerraja dos balazos en la cabeza. Un proyectil le arranca el lóbulo de la oreja derecha y el otro se incrusta detrás de la oreja izquierda. El muchacho es detenido y desarmado por los compañeros de ­Louise, pero ella se niega a hacer la denuncia policial, y también a ser atendida, hasta que luego de varios intentos, un médico logra extraerle el proyectil.

—Pero ¿qué razón tenía usted para querer matarme? —le pregunta a Lucas, el frustrado homicida, una vez que logra visitarlo en la cárcel.

—Veía en usted a una enviada de Satán que predicaba el odio y el robo.

Finalmente, todo se salva con un poema dedicado al muchacho que en su última estrofa dice: «Ese hombre ante nosotros es un antepasado/ de la época del antro, del fondo de los bosques./ Para juzgarle habría que ser…/ de los que vivieron antaño».

Los últimos pasos

Va y viene, viene y va. En todos lados deja sus encendidos discursos, sus enseñanzas, su chispa incesante. Publica un libro tras otro, poesías, novelas, relatos, crónicas, memorias: Cuentos y leyendas, Las leyendas y cantos canacos, Los microbios humanos, Los dientes que rechinan, Los crímenes de la época, La miseria, Recuerdos y aventuras de mi vida, La Comuna. En ellos va dejando el testimonio de su largo camino, y en uno de los textos escribe: «Hasta donde puedo recordar, el origen de mi rebelión contra los poderosos fue mi horror por los sufrimientos infligidos a los animales. Solía desear que los animales pudiesen vengarse, que el perro pudiera morder al hombre que lo apaleaba sin piedad, que el caballo que sangraba bajo el látigo pudiera arrojar al hombre que lo maltrataba».

Debe exiliarse en Londres, donde continúa con sus conferencias. Regresa al continente por Bélgica, retorna a París donde es detenida por breve tiempo, y viaja a España, donde la llevan a ver una corrida de toros. Cuando el torero va por su trofeo, ella grita desde las gradas: «¡Muera el torero!». En ese tiempo ocurrieron episodios cruciales: la revuelta en Chicago y la condena de los mártires anarquistas; la represión, tortura y muerte de los detenidos del penal de Montjuich, en Barcelona; el cisma cada vez más profundo entre anarquistas y marxistas. En Londres visita a Kropotkin, conoce a Errico Malatesta y a Emma Goldman, y se reencuentra con Malato, con quien había estado en Nueva Caledonia. La policía francesa la vigila constantemente y no se pierde uno solo de sus discursos, en particular aquellos que pronuncia en Trafalgar Square. Todo parece en ebullición, y Louise no se detiene nunca.

Entre 1890 y 1895, tras ser arrestada en París y corriendo el riesgo de ser internada en un hospital psiquiátrico, se establece en la capital inglesa y trabaja en uno de los barrios más pobres de la ciudad, Whitechapel, también hogar de Kropotkin, donde crea una escuela internacional para hijos de refugiados políticos. Entonces es golpeada por una pulmonía que la pone al borde de la muerte. Cuando se recupera y está nuevamente en pie de lucha, se lamenta por la suerte a la que había expuesto a sus compañeros: «Habrían sentido tanta pena si yo hubiera muerto!». En 1895 conoce a Sebastian Faure, para ese entonces, toda una referencia dentro del movimiento anarquista; comienzan a dar conferencias juntos y fundan un periódico llamado Le Libertaire. Las giras se extienden por Holanda, Bélgica, la Francia profunda y Escocia, donde permanecerá seis meses. Ya en el albor del siglo xx, retorna a su país donde es blanco de nuevos atentados y de la repulsa sistemática de la Iglesia.

Sufre una recaída: sus viejos y castigados pulmones también están en pie de guerra. Habla y escribe. Hay quienes dicen que tiempo atrás escribió un texto titulado Veinte mil leguas bajo los mares, y que un tal Julio Verne le habría comprado el cuaderno por cien francos, en un momento en que ella necesitaba dinero para ayudar a sus conocidos.

En el Congreso Anarquista celebrado en Ámsterdam se funda una Internacional Antimilitarista, a la que se integra de inmediato. Viaja a Argelia y ante una multitud que la ha ido a escuchar dice: «Los soldados deberían suprimir a los jefes que, bárbaros, los condenan a la guerra».

Y de nuevo los pulmones. Y ese cansancio despiadado. Se acerca 1905. Se embarca en Argelia y da conferencias en Bouches du Rhone, en la Costa Azul, en los Bajos Alpes. Agonizante, es trasladada a Marsella. El 10 de enero llega la muerte. En la capital francesa, sus compañeros han empapelado los muros con carteles que rezan: «Pueblo de París, Louise Michel ha muerto». Allí, miles y miles de personas salen a la calle para acompañarla al cementerio de Levallois, donde descansará para siempre junto a su madre y a su amado Teófilo Ferré.


¡Toca a muerto, campana!

En el libro A través de la vida, Louise Michel escribió un poema dedicado a la viuda de August Spies, uno de los anarquistas ejecutados en Chicago tras los episodios del 1.º de mayo de 1886.

Vibra, campana, en el espacio,

y, lentamente, toca a muerto…

Son las bodas rojas que pasan.

La muerte está de púrpura vestida

y de llama también es la nube…

¡Toca a muerto, campana!

A muerto…

Carcomido, el Estado se rompe y se deshace.

Toda la etapa humana está de pie, es el tiempo

en el que se desmoronan las viejas imposturas.

Un soplo de epopeya llena de huracanes,

¡campana, campanita, suena en el viento!

Para que sea libre la tierra,

los bravos ofrecen su sangre.

Por doquier es rojo el sudario

y la muerte los va agitando.

En sus manos hay una bandera

púrpura en el sol levantan.

¡Hombres, cubrid toda la tierra!

¡Campana, vibra y amenaza!

Para que el germen poderoso

de la idea crezca como la mies,

que la muerte, gigante sembradora,

Haga con sus tumbas los surcos…

¡Toca, campana! ¡Vamos a segar!

La sangre ya florece en la venganza

como el agua da flores a la hierba.

Llegará pronto la Liberación,

Pronto, con las rojas cosechas…

Que son las bodas más hermosas,

las rojas bodas de la muerte.


Heroína mayor

En diciembre de 1871, en su autoexilio belga tras los enfrentamientos que había mantenido con Napoleón III, y con motivo del juicio en el que Louise Michel fue condenada al destierro, Víctor Hugo escribió un poema titulado en francés Viro Major, cuya traducción al castellano se conoce como Heroína mayor.

Habiendo visto la inmensa masacre, el combate,

el pueblo en su cruz, París en su jergón,

la formidable piedad estaba en tus palabras.

Hacías lo que hacen las grandes almas locas,

y, deja de luchar, de soñar, de sufrir,

di: «Yo maté», pues querías morir.

Terrible y sobrehumana, mentías contra ti,

Judith, la sombra judía, Aria, la romana,

aplaudiendo mientras hablabas.

Tú decías a los graneros: «¡Yo quemé los palacios!».

Tú glorificaste a los que aplastados hollan el suelo patrio.

Gritaste: «¡Yo maté! ¡Que me maten!». Y la muchedumbre

escuchaba a esta mujer altiva acusarse.

Parecías enviar un beso al sepulcro;

tu mirada fija examinaba a los lívidos jueces;

y tú soñabas semejante a las graves Euménides.

La muerte pálida estaba de pie detrás de ti.

Toda la vasta sala estaba llena de terror,

pues el pueblo sangrante odia la guerra civil.

Afuera se escuchaba el rumor de la ciudad.

Esa mujer escuchaba a la vida en sus confusos ruidos,

de arriba, en austera actitud de rechazo.

No daba la impresión de comprender otra cosa

que una picota dirigida por una apoteosis

y, encontrando la noble afrenta y el bello suplicio,

siniestra, ella apresuraba el paso hacia la tumba,

Los jueces murmuraban: «¡Que muera! Es justo,

ella es infame. Al menos que no sea augusta»,

decía su conciencia. Y los juzgan, pensativos,

delante sí, delante no, como entre dos arrecifes,

titubeando, mirando a la severa culpable.

Y los que, como yo, te conocen incapaz

de todo lo que no es heroísmo y virtud,

que saben que si te decía: «¿De dónde vienes tú?»,

tú respondías: «Yo vengo de la noche donde se sufre:

sí, ¡yo salgo de la tarea del que hace un abismo!».

Aquellos que saben tus versos misteriosos y dulces,

tus días, tus noches, tus curas, tus llantos entregados a todos,

te olvidas de ti misma para socorrer a los otros,

tu palabra semejante a las llamas de los apóstoles.

Aquellos que conocen el techo sin fuego, sin aire, sin pan,

la cama de lona con la mesa de pino.

Tu voluntad, el orgullo de mujer popular.

El áspero enternecimiento que duerme bajo tu cólera.

Tu larga mirada de odio a todos los inhumanos,

y los pies de los niños calentados por tus manos:

Estos, mujer, ante tu salvaje majestad

meditan, y a pesar del amargo pliegue de tu boca,

a pesar del malvado que se encarniza sobre ti,

echando todos los gritos indignados de la ley.

A pesar de tu voz fatal y alta que te acusa,

viendo resplandecer el ángel a través de la medusa.

Tú estabas altiva, y parecías ajena a estos debates;

pero, enclenques como todos los vivos de este mundo,

nada los perturba más que dos almas unidas.

Que el caos divino de las cosas estrelladas

vea de pronto todo el fondo de un gran corazón inclemente

y que un brillo sea visto en el seno de un resplandor.


MIJAÍL BAKUNIN (1814-1876)
La absoluta inquietud

Miguel o Misha o Mishenka o Mijaíl Alexándrovich Bakunin, el mayor de once hermanos, nació en Torjok, provincia de Tver, Rusia, algunos dicen el 8, otros, el 11 de mayo de 1814. Su numerosa familia pertenecía a la nobleza rural, y su padre, agregado de la embajada rusa en Italia, se había doctorado en Filosofía en la ciudad de Florencia y había regresado a su patria a los 35 años de edad. Era la época de la Restauración y del Romanticismo, del Iluminismo y de Nicolás I, el zar que había prometido lograr la inmovilidad del mundo y el reinado ruso sobre todo tipo de pensamiento, y cuando Mijaíl, con 14 años, llega a San Petersburgo dando cumplimiento al deseo paterno de seguir la carrera militar, escribe a su familia: «Estoy aquí completamente solo. El eterno silencio, la eterna nostalgia son los compañeros de mi soledad... He descubierto por la experiencia que la perfecta soledad es el más idiota de los sofismas. El hombre está hecho para la sociedad».

«Mi padre había sido bastante rico», contaría Bakunin mucho tiempo después, cuando intentó dictar unas inconclusas memorias meses antes de su fallecimiento. «Era, por decirlo con la expresión de entonces, dueño de mil almas masculinas, pues las mujeres no se contaban en la esclavitud del mismo modo que tampoco se las cuenta ahora en la libertad». El padre de Mijaíl, alguna vez librepensador y contrario al zar, escéptico y moderado luego, intentó modificar la situación de aquella multitud a sus órdenes, pero, «con la ayuda de la costumbre y el interés, se convirtió en un propietario tranquilo como muchos de sus vecinos, tranquilo y resignado a la esclavitud de aquellos cientos de seres humanos cuyo trabajo lo alimentaba». Y continúa: «Una de las principales causas del cambio que experimentó fue su matrimonio. Tenía cuarenta años y se enamoró locamente de una joven de dieciocho años, noble también, pero pobre, y se casó con ella».

Bakunin manifestaría a lo largo de su vida una verdadera idolatría hacia su progenitor; no así hacia su madre, de quien dijo que era vanidosa y egoísta, y que no fue amada por ninguno de sus hijos. En una carta dirigida a su padre, Bakunin recuerda cariñosamente un paseo a la luz de la luna: «El cielo estaba claro y constelado de estrellas, caminábamos por el bosque de Mytnickoe y tú, con nuestra hermana Varinka, nos contabas la historia del sol, de la luna, de las nubes, del trueno, de los relámpagos...».

Mijaíl llega en 1828 a la Academia de Artillería de San ­Petersburgo, y cinco años más tarde se gradúa de oficial. Pero una absoluta inquietud lo desborda. Se siente incompleto; confiesa a sus hermanas la necesidad de estudiar y desarrollar su intelecto, y pronto es objeto del castigo de sus superiores. Primero lo envían a Lituania, de donde regresa con la moral aun más baja. Desde adolescente se lo conoce por su colosal estatura, por su insaciable apetito, por su consumo incesante de tabaco, por su desmedida elocuencia, pero ahora se ha transformado en un ser huraño que no atiende los deberes del servicio militar y suele pasar días enteros tendido en una cama, cubierto apenas por una raída manta. En oportunidad de un viaje a la zona de Priamuchino, lugar de la estancia familiar, se recluye en casa de sus padres, da parte de enfermo y decide no regresar a su puesto en el ejército. A fines de 1835, las autoridades militares aceptan su dimisión. Está listo para viajar a Moscú.

Mientras tanto, a cada paso que da, deja sus huellas. Natalia Beer, amiga de una de sus hermanas, le escribe a esta confesándole su deslumbramiento: «Y es que el corazón y la mente de Mijaíl son laberintos en los que cuesta encontrar el hilo conductor, y las chispas que de vez en cuando brillan en él (pues tiene el corazón y la cabeza llenos de fuego), sin que te des cuenta también te abrasan el corazón y la mente. Dirás, querida amiga, esta chica ha perdido la calma, ¡se ha enamorado de él!; lo primero es desde luego cierto, lo reconozco, pero lo segundo, ya sabes, ¿es posible?... Sí, Mijaíl es uno de esos seres por los que una mujer que tenga corazón está dispuesta a sacrificarlo todo».

Sentimentalistas a la alemana

En Moscú, Bakunin se enrola de inmediato en algunos círculos filosóficos que tratan de analizar el devenir humano escapando de la censura y el oscurantismo zarista. Kant y Hegel serán sus primeras lecturas, y al segundo adherirá con entusiasmo, como bien corresponde a su tiempo y entorno. En la ciudad conoce a Nikolai Stankevich, un apasionado de la filosofía alemana de ­Fitche, Schelling y Hegel, y junto a Vissarion Belinski y otros jóvenes forman un grupo de estudios tan germinal como azaroso. «Noche y día no veía otra cosa que las categorías de Hegel», escribirá luego, fascinado por la noción de armonía del autor de la Fenomenología del espíritu. «Ordinariamente, se llama real a todo ente, a cada ser finito, y así se comete un error. Solo es real el ser en el que se encuentra la plenitud de la razón, de la idea, de la verdad, y todo lo demás no es más que apariencia y mentira». Pero aun embriagado del misticismo que había bebido en fuente paterna, otra obra deslumbra al joven Bakunin: el Fausto de Goethe; «la rebelión de lo desconocido, de lo natural, de lo popular, de lo inédito, contra la dominación de lo racionalizado, legalizado o centralizado», según afirma el historiador Demetrio Velasco. Y es que ese muchacho gigantesco ya sueña y se deleita con algunas figuras fuera de todo códice, como el mismísimo diablo, ese maldito irreverente capaz de enfrentarse con una lógica contra la que, con el paso de los años, Mijaíl luchará tanto teórica como prácticamente.

Para ese entonces, a nadie resulta fácil convivir con él, en particular si, entre idas y venidas, entre estancias en Moscú o en el solar de Priamuchino, los amigos conocen a sus bellísimas hermanas. En la primavera de 1838, y tras unas semanas en que Belinski pasa en casa de los Bakunin, algunos incidentes con Alexandra y Tatiana provocan una feroz disputa entre los dos jóvenes, que meses más tarde terminará por distanciarlos definitivamente. Nada feliz fue el intercambio de misivas, de breves reconciliaciones, de encendidas rupturas. «Mijaíl, te has ganado fama de mendigante y de vivir a expensas del prójimo», le escribe Belinski, recriminándolo por una acusación que ya se ha hecho popular en Moscú y que lo acompañará por el resto de su vida. «¿Por qué es así? Por dos motivos. En primer lugar, tú pides prestado fácilmente, a la ligera. [Y] Tú... no moverías ni el meñique para ganar dinero; la sociedad no conoce tu trabajo a pesar de que no has hecho más que hablar de él y pregonarlo por todas partes».

Pero no solo esa es la impresión que Mijaíl va dejando tras su sombra. Pronto se da a conocer también por el fervor conque pregona y explica sus constantes lecturas; fervor, según la mayoría de los testimonios, tan arrollador como poco didáctico. «Para él no hay sujetos. ¡Maravillosa naturaleza!», exclama uno de sus condiscípulos en carta a Stankevich. «Quizá no sería lo fuerte que es si no tuviera esos defectos. Resulta imposible amarle desde el fondo del corazón, pero suscita en todos nosotros la sorpresa, el aprecio y la cooperación. ¿Qué acabará haciendo? Dios quiera que vaya a parar rápidamente a Berlín, y que allí llegue a un círculo de actividades bien definido; de lo contrario, el eterno trabajo interior lo matará. Sus discordias consigo mismo y con el universo son cada día más violentas».

En la primavera de 1840, Bakunin conoce a Alexander Herzen, un hombre que tendrá de allí en más particular influencia en su pensamiento y que mucho lo ayudará en su larga estancia europea. Eterno opositor al zarismo y al tanto de las ideas de los socialistas utópicos Saint-Simon, Fourier y Owen, Herzen regresaba entonces de su primer exilio, y tras el encuentro con Bakunin y Belinski sostendrá que «ellos nos consideraban como sediciosos y afrancesados; nosotros pensábamos de ellos que eran unos sentimentalistas a la alemana». Pronto la influencia entre ambos será recíproca, y de inmediato los unirá una profunda amistad que lo llevará a financiar el anhelado viaje de Mijaíl a Berlín.

El propio Herzen lo acompaña al puerto de Kronstadt, donde lo espera el buque que habrá de atravesar el Báltico. Pero apenas unos minutos después de haber zarpado, una furiosa tormenta se descarga sobre el río Neva. El viento huracanado y la despiadada lluvia harán que el capitán regrese a puerto. Sin abandonar ni un minuto la cubierta, Bakunin volverá a saludar a su amigo, quien desde el muelle se despide nuevamente. «Yo lo dejé, y todavía recuerdo su figura alta y enorme, envuelta en un abrigo negro y batida por una lluvia inexorable, de pie en el barco y saludándome por última vez con su sombrero».

La fuerza del lado negativo

Cuatro días después de la muerte de su amigo y maestro Nikolai Stankevich, el 25 de junio de 1840 Bakunin arriba a Berlín. Enseguida se pone en contacto con el novelista ruso Iván Turguenev, alquilan un par de habitaciones en la misma casa y trazan un plan entre cuyos primeros pasos prevén el estudio de lenguas antiguas.

Meses más tarde, Schelling ofrece su lección inaugural de un curso sobre Hegel en la Universidad de Berlín. En el paraninfo hay tres jóvenes que la memoria histórica premiará de modo desigual. Son Friedrich Engels, Sören Kierkegaard y Mijaíl Bakunin. Ninguno de los tres quedará conforme con lo allí expuesto, aunque los dos últimos tomarán mayor distancia del pensamiento hegeliano y del pangermanismo, esa obstinada enfermedad que bañará de sangre a Europa durante los siguientes cien años. «El mayor genio filosófico desde Platón y Aristóteles», «el verdadero padre del ateísmo científico», como alguna vez Bakunin había catalogado a Hegel, lentamente pasará a ser «el metafísico», «el idealista», «el hombre de la abstracción por antonomasia», según apunta la española Elena Sánchez Gómez en un esclarecedor trabajo acerca de las relaciones entre Bakunin y Kant, vínculo teórico que irá tomando cuerpo de manera pausada pero sostenida.

Para Hegel, el Estado es el marco de referencia político y público que permite la acción individual, y en él lo político es anterior a lo ético y, a su vez, su condición de posibilidad. Es el grupo o la organización el que permite la acción individual. Siempre siguiendo la síntesis de Sánchez Gómez, en el modelo hegeliano: «yo, en mi uso de libertad, choco irremisiblemente con el uso de la libertad de los otros, generándose el conflicto y la lucha». En el modelo kantiano, en cambio, la libertad constituye el a priori social y es a partir del individuo «desde donde se piensa la sociedad; cada uno es la condición de posibilidad de lo social». Bakunin descubre además en Kant algunas de las categorías básicas para el posterior desarrollo de su doctrina anarquista: las nociones de voluntad (esencialmente libre y autónoma), de libertad, de igualdad («ningún hombre puede dejar de ser dueño de sí mismo») y de independencia.

Pero no por todo ello abandona la dialéctica, aunque, y también dando un paso al costado del idealismo hegeliano, examina absorto la supremacía de la antítesis. «Cuando decimos que la vida es bella y divina», escribirá por aquel entonces, «entendemos por ello que está llena de contradicciones; y cuando hablamos de esas contradicciones, no es una palabra vacía. No hablamos de las contradicciones que solo son puras sombras, sino de contradicciones reales, sangrantes». Bakunin está convencido de que es el lado negativo el que pone en marcha todo proceso dialéctico, que allí reside la fuerza de todo movimiento, en tanto que el lado positivo es la expresión del reposo. La antítesis busca de modo permanente la destrucción de la tesis, y extrapolado ello al terreno de lo social, de lo político, de lo histórico, poco lugar queda a cualquier expresión de reformismo o de negociación con lo instituido. También se tropieza en aquellos años con el pensamiento de Max Stirner y de Ludwig Feuerbach, y pronto entrará en contacto con Pierre Joseph Proudhon, el primer autor en usar la palabra anarquía, quien además, aun desde su incipiente obra, ya ha comenzado a llamar la atención de la juventud europea.

«Su irreductible oposición al comunismo, su lucha contra el centralismo estatista, su oposición al positivismo y al capitalismo, su anarquismo y federalismo, son posturas claves de Bakunin que no se podrían explicar seguramente si no fuera por la influencia de Proudhon», afirma Velasco, citando de inmediato al propio Bakunin: «Esta fue la época de la primera aparición de los libros y de las ideas de Proudhon, que contenían en germen —pido perdón por ello a Louis Blanc, su rival demasiado débil, así como a Marx, su envidioso antagonista— toda la revolución social, incluida sobre todo la comuna socialista, destructora del Estado».

Un colono del Far West

La vida de Bakunin transcurre esos primeros meses entre Berlín y Dresde. Un extraño nerviosismo recorre el continente y en uno y otro lado se forman grupos dispuestos a algún tipo de conspiración, vaticinando una inminente revolución que habrá de transformar a Europa. Bajo el seudónimo de Jules Elysard, Mijaíl da a conocer un encendido artículo en los Anales de Halle, una publicación que dirige el doctor Arnold Ruge, cuya frase culminante es: «El aliento de la destrucción es un aliento creador». Ello, sumado a su fervorosa actividad en los medios intelectuales, hace que la legación rusa en Alemania comience a poner atención en el irreverente joven que podría convertirse en un peligro político para el reinado de Nicolás I.

A comienzos de 1843, Bakunin llega a Zurich tratando de poner distancia de algunos agentes que lo vigilan, pero hasta allá llegan los ojos del zar y, de las informaciones obtenidas, el Consejo de Estado ruso lo declara «culpable de relaciones criminales en el extranjero con una asociación de individuos malintencionados», por lo que deciden quitarle su graduación militar y su título nobiliario, advirtiendo que «será, en caso de que se presentase en Rusia, relegado a Siberia a trabajos forzosos».

En 1844 viaja a París, donde el ambiente es febril y todos esperan un levantamiento popular capaz de conmover los cimientos de la dinastía napoleónica. Allí conoce a Carlos Marx. «Nos vimos bastante a menudo», contaría años después, «ya que yo lo respetaba mucho por su ciencia y por la seriedad y pasión de su entrega, siempre mezclada de vanidad personal, a la causa del proletariado, y yo buscaba con avidez su conversación instructiva y espiritual cuando sus palabras no me inspiraban un odio mezquino, algo que, ¡ay!, ocurrió demasiado a menudo. Pero nunca hubo una franca intimidad entre nosotros dos. Nuestros temperamentos no concordaban. El decía que yo era un idealista sentimental, y tenía razón; yo lo llamaba pérfido vanidoso e hipócrita, y también yo tenía razón».

Pronto las orillas del Sena, la calle Bourgogne y los barrios parisinos se acostumbrarán a su portentoso andar y a su verbo manifiesto. En su casa recibe a su amigo Herzen, y también lo visita con frecuencia Proudhon; escuchan a una pianista que a toda hora interpreta las sonatas de Beethoven, discuten de filosofía... También algunos maridos, candidatos al engaño de sus esposas, ponen especial atención a su presencia. En marzo de 1845 envía una carta a uno de sus hermanos: «Amo, Pavel, amo apasionadamente... Amar es querer la libertad, la independencia total de otro... Querer, al amar, la dependencia de aquella persona a la que se ama, es amar una cosa y no un ser humano, pues el hombre solamente se distingue de la cosa por la libertad».

En París participa junto a exiliados polacos en una serie de actos; es el único ruso que se atreve a luchar junto a los derrotados por el zar, pero pronto debe huir a Bélgica, donde se instala hasta comienzos de 1848, cuando el pueblo francés derroca a Luis Felipe. «Por fin estalló la revolución de febrero. En cuanto supe que se estaba luchando en París, tomé un pasaporte que me dejó uno de mis conocidos y me puse en camino». El levantamiento enciende a las principales ciudades europeas y convoca a miles de individuos en Milán, Venecia, Viena, Berlín. De las barricadas parisinas, de «esa fiesta sin comienzo ni fin» a la que desea atribuir la responsabilidad de transformar todo el continente en una república, Bakunin parte rumbo a Polonia, aunque nunca llegará a destino. En el verano combate en Praga y luego en Berlín; llega a Breslau y poco después, en Dresde, donde organiza y dirige una rebelión popular que se adueña de la ciudad durante dos días, se enfrenta a la represión de las tropas prusianas. Pero ya las casas reales han recuperado fuerzas y, por otra parte, todas las policías europeas están tras sus pasos. «Yo hubiera tenido que nacer en algún rincón de los bosques norteamericanos, entre los colonos del Far West, allí donde la civilización está todavía empezando..., y no en una sociedad burguesa organizada», escribe entonces.

Un periódico que se edita en Colonia y que dirige Marx difunde la versión de que la escritora George Sand ha dicho que su amigo Bakunin es en realidad un agente al servicio del zar Nicolás, y el infundio provoca que sus compañeros se distancien momentáneamente de él. De inmediato envía un emisario para que aquel se retracte, cosa que ocurre a los pocos días. Ambos se cruzan en Berlín.

—Debes saber que me encuentro ahora a la cabeza de una sociedad comunista secreta —le comenta Marx con sorna—, tan bien disciplinada que si yo hubiera dicho a uno de sus miembros «Ve y mata a Bakunin», te hubiera matado.

—Si tu sociedad secreta no tiene otra cosa que hacer que matar a las personas que no le gustan, no puede ser otra cosa que una sociedad de sirvientes o de fanfarrones ridículos.

Finalmente, en la madrugada del 9 al 10 de mayo de 1849 es detenido en Chemnitz. Las autoridades sajonas lo condenan a muerte, pero luego deciden enviarlo a Austria, donde lo espera otro juicio; allí conmutan la pena capital por la de trabajos forzados a perpetuidad. Durante semanas enteras en que es trasladado de un presidio a otro y en que la policía teme constantemente que sus compañeros hagan cualquier cosa por liberarlo, nadie conoce su paradero ni sabe nada de su estado de salud. Finalmente, en la prisión de Olmütz, donde permanece seis meses encadenado a una pared, es entregado a una comitiva rusa. El oficial austriaco exige que le devuelvan las cadenas y que los rusos lo engrillen con las suyas.

—Eh, muchachos, volver a casa, saberlo, y morir —dice Bakunin con una sonrisa en su demacrado rostro.

—Está prohibido hablar —le responden, cortantes, los agentes.

En mayo del 51, la fortaleza de Pedro y Pablo en San Petersburgo recibe a un nuevo inquilino. Mijaíl está de nuevo en su tierra. Lo esperan seis brutales años de prisión y otros cuatro de exilio en Siberia. Su vida está por empezar.

Soy un hombre feliz

Durante meses sus correligionarios dan por cierto que Mijaíl ha muerto y lo incorporan a la iconografía de mártires revolucionarios («apenas acababa de llorar a nuestro amigo Bakunin», se lamenta Proudhon en carta a Herzen). Recién en noviembre del 51 sus hermanos Nicolai y Tatiana son autorizados a visitarlo. «Oh, amo a Misha con toda la fuerza de mi alma», cuenta Tatiana a Pavel tras confesar que no ha querido informarle de algunas desavenencias que por entonces dividen a la familia.

En febrero de 1854 le permiten escribir tres cartas a sus hermanos. En ellas da cuenta de su deplorable estado de salud: «Se trata, creo, de hemorroides, complicada por otras cosas que ignoro; los dolores de cabeza no me abandonan ya casi ni un momento; mi sangre está en total rebelión, me sube al pecho, a la cabeza y me ahoga y me dificulta la respiración durante horas enteras, y oigo casi siempre en mis oídos un ruido semejante al producido por el agua al hervir; dos veces al día, sin falta, tengo fiebre, antes de mediodía y por la tarde, y durante el resto del día me atormenta un malestar interno que me quema el cuerpo; [...] la única ocasión en que he podido verme en un espejo, me encontré horrorosamente feo». Se debate con ferocidad ante el aburrimiento y la inmovilidad, relata su intención de sobrellevar con dignidad las horas de encierro, pero confiesa que quisiera morir veinte veces cada día. Tiene dos objetivos que lo ocupan de modo constante: la libertad o el suicidio.

Un mes más tarde es llevado a la fortaleza de Schlusselburgo, donde las condiciones no mejoran sustancialmente, aunque ahora le permiten que su hermano le lleve algunos libros, y lo dejan dar un paseo diario y tomar un vasito de vodka antes de cada comida. Lo desespera la falta de tabaco, y pronto será víctima del escorbuto, lo que le provoca terribles dolores y la pérdida de toda la dentadura.

A comienzos de 1855 y tras la muerte de Nicolás I, sube al trono de Rusia el zar Alejandro II. La familia Bakunin se apresura a pedirle al monarca el indulto para Mijaíl, pero el zar lo descarta de plano. Las peticiones se suceden una tras otra sin la menor fortuna; él le ruega a su hermano que, en caso de no serle concedida la libertad, le haga llegar veneno a la cárcel. Recién en marzo de 1857 el emperador conmuta la pena de prisión por el exilio de por vida en Siberia. Unas semanas más tarde es llevado a Tomsk, una región fabril donde conoce a una familia polaca, los Kwiatkowski, que trabajan en la industria del oro. Mijaíl da clases de francés a las dos hijas. Una de ellas se llama Antonia, y el 28 de marzo de 1858 él escribe a su madre una breve esquela: «Dame tu bendición, quiero casarme. La joven que ha aceptado unir su suerte a la mía es instruida; es buena y noble; te envío su retrato».

Tiempo después el matrimonio se establece en la ciudad de Irkutsk, en la Siberia oriental. Desde allí escribe a su viejo amigo Herzen, en Londres. Le cuenta que hace ya dos años que se ha casado, que es un hombre feliz, pero que está dispuesto a arrojarse a sus viejos pecados en cuanto se presente la ocasión. «Puedo repetir las palabras de Fausto: soy demasiado viejo para contentarme con jugar, demasiado joven para haberme quedado sin deseos».

En junio del 61 deja la ciudad por unos días, con el pretexto de hacer un viaje de estudios por el mar de Amur. Apenas llega al puerto sube a una pequeña embarcación, y cerca de la costa logra abordar un velero americano a punto de poner proa a Japón. Cuando las autoridades se percatan de lo sucedido, envían un vapor en su persecución, pero ya es muy tarde. El luchador está en altamar llenando sus enormes pulmones de un aire nuevo y liberador.

En octubre llega a San Francisco. Atraviesa California rumbo al sur, cruza Panamá, se embarca hacia Nueva York y antes de fin de año arriba a Boston. Se contacta allí con algunos conocidos. Es un invierno muy frío, pero la luz del Atlántico lo conmueve y lo llena de ansiedad. Por fin, en la mañana del 27 de diciembre desembarca en Liverpool y antes de caer la noche está en Londres. Allí lo recibe Herzen. Allí Mijaíl quiere recomenzar su lucha. Siente que ha nacido por segunda vez.

La amante del volcán

En la habitación que ocupa, llena de humo de la noche a la mañana, Bakunin recibe a toda hora a una pléyade de eslavos y polacos, de ingleses y rusos, con quienes discute y propone, con quienes elabora y sueña. Tiene algunos objetivos básicos: la organización de polacos y eslavos, la creación de una federación eslava libre que englobe a la vieja Rusia, la destrucción del Imperio austriaco. Escribe decenas de cartas al día, se comunica con uno y otro punto del continente, redacta innumerables artículos para diversas publicaciones que recién serán publicados en libro tras su muerte (solo Dios y el Estado, primera edición en francés, 1871, y Estatismo y anarquía, en ruso, 1873, fueron editados en vida del autor, además de algunos folletos) y al caer la tarde hay sobre su escritorio infinidad de montoncitos de tabaco, cenizas sobre todos los papeles, ceniceros eternamente repletos, seis, siete, ocho tazas de té con restos de líquido, varios azucareros vacíos, una caldera donde se enfría el agua para sus infusiones.

Por esos mismos meses se crea en San Petersburgo una sociedad secreta conocida como Tierra y Libertad. Sus organizadores se ponen en contacto con él, inspirados en su figura y pensamiento, y pronto lo convencen del poderío de la organización clandestina. Los planes de esta prevén levantamientos populares en varias ciudades importantes de Rusia y en particular en Varsovia, donde los polacos siguen soñando con liberarse del yugo zarista. Una vez alcanzada la derrota del Imperio, la primera medida a adoptar será la abolición de la propiedad privada. «La tierra debía pertenecer a todo el pueblo», comenta el historiador Thomas Masaryk, legitimándose el mir, suerte de propiedad comunal. La propiedad privada se tendría únicamente «en usufructo y, tras la muerte del usufructuario, revertiría al mir. Como todos los individuos pertenecían a una comunidad local, la república social y democrática rusa adoptaría la forma de una unión federal de comunidades locales». A nivel social, y también siguiendo el pensamiento bakuninista, además de abolir el derecho a la herencia, también se aboliría la patria potestad y se prestaría especial énfasis a la igualdad de los derechos de la mujer.

De inmediato Mijaíl parte hacia Polonia con el deseo de sumarse a la anunciada rebelión, pero ni esta tendrá lugar ni él llegará más lejos de Suecia, donde establece nuevos contactos con luchadores escandinavos. En Estocolmo, finalmente, puede reunirse con Antonia, quien ha hecho un interminable viaje para abrazar a su esposo, ese hombre al que ama categórica, apasionadamente. Ambos parten a Londres, pero ya en noviembre del 63 ponen rumbo a Florencia. Antes de llegar a la ciudad, Bakunin se reúne con Giuseppe Garibaldi, quien lo conecta con algunos integrantes de la francmasonería. Mijaíl quiere fundar una sociedad secreta, la Fraternidad, una suerte de laboratorio cuyo único objetivo será declarar la revolución universal. Durante algunos meses permanece en Florencia, pero a mediados de 1865 se traslada a Nápoles, donde residirá un par de años.

«En Antonia me disgustaban los ojitos de color gris acerado y la frialdad de la mirada», opinó mucho después uno de los vecinos florentinos del matrimonio. «Pero en conjunto tenía una fisonomía que me explicaba perfectamente su papel de esposa de aquel viejo luchador. Delgadita, de pelo rizado, Antonia a veces parecía una encantadora joven, pero más a menudo parecía un muchacho; nunca le vi dar la impresión de ser una mujer».

«Bakunin vivía en los límites de la ciudad, en un lugar muy elevado», recordó luego uno de sus asiduos visitantes napolitanos. «Desde la ventana de su gran vivienda había una espléndida vista: podía verse todo Nápoles con su bahía, cuya inacabable línea tenía varios nombres y estaba dominada al fondo por la destacada forma cónica del imponente Vesubio». Sin embargo, poco parecía importarle a Mijaíl semejante panorama, sumido siempre en sus papeles y en sus reuniones. El cronista recuerda sin embargo que, «por el contrario, sentada de la mañana a la noche en su balcón, su esposa, un cuarto de siglo más joven que él, la silenciosa, la soñadora Antonia, admiraba, hechizada, el paisaje».

Entre tantas idas y venidas, en 1864 había sido fundada en Londres por sindicatos británicos y franceses la Asociación Internacional de los Trabajadores, que celebraría dos años más tarde su primer congreso en Ginebra. La formación de la AIT había tropezado desde un principio con algunos debates en torno a sus definiciones programáticas, en particular aquellas atinentes a su labor en relación con los partidos y con la militancia política en general. En 1867, en Lausana, se reúne el segundo congreso y, de modo casi simultáneo, en Ginebra tiene lugar el Congreso Demócrata e Internacional de la Liga por la Paz y la Libertad, al que Bakunin es invitado y donde vuelve a reunirse con Garibaldi. El segundo congreso de la Liga, un año después en Berna, cuando Mijaíl y Antonia ya se han establecido en Suiza, estará marcado por duras desavenencias que provocarán que él y sus seguidores se retiren para fundar la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, agrupación que de inmediato adherirá y pedirá su ingreso a la AIT.

Nacimiento y fin

La AIT es una bolsa de gatos. Por allá los proudhonianos, por allá los colectivistas, por allá los socialistas autoritarios, por el otro allá... Cuenta Max Nettlau en su libro La anarquía a través de los tiempos que Marx vivía enfurecido: «Su correspondencia sin freno con Engels y con el doctor Kugelmann nos conserva su estado de ánimo: desestimaba y despreciaba a todos». Es en el seno de esta organización donde el enfrentamiento entre el autor de El capital y Bakunin llegará a extremos que a la larga terminarán distanciándolos de modo irreversible, una vez que Marx logre en 1872 la expulsión del ruso.

Durante esos primeros meses en Ginebra conoce a Giuseppe Fanelli y a James Guillaume, un editor suizo de gran incidencia en la zona del Jura. Pronto Bakunin enviará a Fanelli a Barcelona, donde, en contacto con Anselmo Lorenzo, Rafael Farga Pellicer y otros sindicalistas catalanes ya al tanto del pensamiento de Proudhon, fundarán una sección de la Internacional y dejarán sentadas las raíces del anarquismo, que tanta importancia tendrá en España durante la primera mitad del siglo xx.

En el congreso de Basilea los delegados discuten dos propuestas, una redactada por Bakunin, proclive a la abolición de la herencia, otra escrita por Marx, que propone gravar fuertemente la transmisión de bienes por fallecimiento. «Ninguna de las dos ponencias obtuvo la mayoría necesaria para convertirse en decisión del congreso», dice el historiador Josep Termes, y lo que en un primer momento podría parecer una discusión simplemente administrativa, deja muy en claro dos concepciones opuestas acerca de la propiedad privada. La polémica entre ambos bandos habrá de dominar de allí en más los debates y la toma de decisiones de la AIT. «Las esperanzas iniciales de agrupar el mundo obrero por millones contra el Capital», sostiene Nettlau en su obra de 1929, «no se habían realizado. La elaboración en común de las ideas sociales alcanzó límites en el congreso de 1869; desde ese momento la ruptura teórica trajo también la ruptura personal de las corrientes autoritaria y libertaria (1869-72). La diferenciación no había sido prevista como consecuencia inevitable del progreso de las ideas. Agrupar conjuntos homogéneos no valía la pena; establecer la convivencia de los diferenciados, tal habría sido el problema que hoy, sesenta años más tarde, tenemos aún entre nosotros».

Pero si otro hecho histórico faltaba para acentuar la división entre bakuninistas y marxistas, ese fue el estallido de la guerra franco-alemana de 1870-71. «Los dos jefes de la Internacional», sostiene Demetrio Velasco, «tomaron posiciones enfrentadas ante la contienda. Marx se declaró pro-prusiano. Bakunin, que no hacía distinción alguna entre la Francia bonapartista y la Alemania de Bismarck, estaba persuadido de que el militarismo prusiano era mucho más peligroso para la causa de la humanidad». Desde entonces, comenta Nettlau, «autoritarios y libertarios no se han vuelto a encontrar más que como enemigos absolutos, encerrado cada cual en su doctrina. [...] Desde el otoño de 1870, se agregó a eso la agresividad brutal de Engels, que trató de arruinar la obra de Bakunin en Italia por medio de Cafiero, y en España por Lafargue [el yerno de Marx]».

El festival de los miserables

A mediados de 1870, un demencial Napoleón III, sobrino de Bonaparte, tras haber intentado algunos disparatados emprendimientos militares como la invasión a México, le declara la guerra a Prusia. Cree que el rey Guillermo I no cuenta con tropas suficientes ni están ellas bien pertrechadas, pero en tres días el ejército alemán propina una oprobiosa paliza a los franceses, apoderándose de Alsacia, poniendo en fuga al propio emperador, capturándolo luego y aprontándose para entrar triunfante a París.

En el Parlamento, los diputados republicanos dudan ante la idea de desarticular los restos del ejército bonapartista, en tanto el pueblo ha salido a las calles proclamando el fin de la monarquía y preparándose para defender la ciudad hasta las últimas consecuencias. El 19 de setiembre las tropas prusianas dan comienzo a un sitio que habrá de durar meses y que los parisinos soportarán entre el hambre y la muerte. La Asamblea ha designado a un general como presidente de la República, quien ansía declarar la rendición inmediata ante Guillermo I y Bismarck, y simultáneamente reprime al pueblo que ha resistido los embates de los invasores.

En febrero del 71 la Asamblea Nacional, dominada nuevamente por los monárquicos y la reacción, designa a Thiers en la presidencia y se traslada a Versalles. En la madrugada del 18 de marzo el pueblo sale a las calles y se rebela contra las nuevas autoridades. Es una larga y sangrienta noche. Algunos batallones se niegan a disparar contra la multitud; se producen fusilamientos en ambos bandos. La anarquista Louise Michel, combatiente del frente de batalla, cuenta en su libro Mis recuerdos de la Comuna que, fusil en mano, fue con otros compañeros a enfrentarse con un regimiento dispuesto en una de las calles periféricas: «En la luz del alba que apuntaba, se oía el toque a rebato. Nosotros subíamos a paso de carga, sabiendo que en la cima había un ejército en orden de batalla. Pensábamos morir por la libertad. [...]De pronto vi a mi madre cerca de mí y experimenté una angustia espantosa; inquieta, había acudido, y todas las mujeres se hallaban allí».

La Comuna habrá de durar un par de meses, hasta que las tropas versallescas entren a París a sangre y fuego y acaben con una experiencia inspirada directamente en las tesis proudhonianas. Apenas nombrado un consejo general, este se había ocupado de redactar unos estatutos que dio a conocer a la población por medio del Diario Oficial de la Comuna. El 20 de abril se publican estas líneas: «A favor de su autonomía y aprovechando su libertad de acción, París se reserva el derecho de efectuar, en su seno, como lo entienda, las reformas administrativas y económicas que exige su población, de crear instituciones propias para desarrollar y propagar la instrucción, la producción, el intercambio y el crédito; para universalizar el poder y la propiedad siguiendo las necesidades del momento». Pero a fines de mayo, y tras enfrentamientos que cuestan la vida a miles de parisinos, Thiers vuelve a instalarse en su puesto de mando. El llamado «festival de los miserables» había llegado rápidamente a su fin.

En setiembre de 1870 Bakunin llega a Lyon con el fin de sublevar a algunas ciudades en vista del fracaso militar de Napoleón III, pero es detenido por el prefecto en el ayuntamiento. Apenas avisados los grupos obreros afines a la Internacional, varios piquetes se dirigen al edificio, liberan a Mijaíl y encierran al prefecto en su despacho. De Lyon debe partir hacia Marsella, pero en todo momento la policía está tras sus pasos y marcha entonces a Génova. De allí se dirige a Locarno, donde se ha instalado con Antonia y los dos hijos pequeños que han nacido entre tantos desplazamientos y mudanzas. Es habitual que la familia pase zozobras económicas mientras ocupa la segunda planta de una casa austera, despojada.

Tras la derrota de la Comuna, se lleva a cabo una conferencia de la Internacional en Londres. Las posiciones de autoritarios y libertarios son cada vez más encontradas, y Marx publica una ­circular, ­Supuestas escisiones en la Internacional, dedicada a denigrar violentamente a Bakunin. La supuesta escisión es prácticamente un hecho y no tardará en cristalizar.

Poder o no poder

Durante los primeros meses del 72, Marx y Engels desarrollan una actividad frenética: escriben a uno y otro lugar pidiendo que se les envíe información sobre las actividades personales de Bakunin y sobre el funcionamiento de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. Engels hace llegar una carta a la sección madrileña de la AIT solicitando nombres, actividades y funciones de todo aquel militante sindical del que se sospeche pertenezca a la Alianza. Marx escribe a uno de sus allegados que Bakunin trabaja secretamente desde hace años para «minar la Internacional» y que está dispuesto a empujarlo «lo suficientemente lejos como para que arroje su máscara», y a continuación solicita que le acerquen algunos datos privados de Bakunin para hacerlos públicos. Con absoluta paciencia va armando un expediente que piensa dar a conocer en el cercano congreso de la AIT convocado para setiembre en La Haya.

James Guillaume es el delegado bakuninista por la Federación del Jura, y él y otros libertarios deberán enfrentar las diatribas de Marx y los suyos apenas comienza el Congreso. A aquellos y a Bakunin se les acusa de pertenecer a una organización cuyos estatutos son contrarios a los de la Asociación; a Bakunin se le acusa además de quedarse con dinero que no le pertenece. Finalmente, una comisión nombrada para estudiar el caso decide la expulsión de Bakunin y de Guillaume de la AIT. Los anarquistas en bloque se levantan de la sesión y seis días más tarde se reúnen en Saint-Imier, en un congreso convocado por la Federación Jurásica. Elaboran un documento en defensa de sus compañeros, denunciando que en La Haya se ha verificado la supremacía de los jefes del Partido Comunista Alemán, y ponen especial énfasis en fijar tres puntos acerca de las actividades sindicales: «Primero, que la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado; segundo, que toda la organización de un poder político pretendido provisional y revolucionario para traer esa destrucción no puede ser más que un engaño y sería tan peligroso para el proletariado como todos los gobiernos que existen hoy; y tercero, que rechazan todo compromiso para llegar a la realización de la Revolución Social, los proletarios de todos los países deben establecer, fuera de toda política burguesa, la solidaridad de la acción revolucionaria».

La división es irrevocable y acompañará de allí en más toda la actividad política de estas dos tendencias. Para los anarquistas, las siguientes décadas, quizás hasta la Revolución española sesenta años más tarde, será un tiempo de organización y aglutinamiento, incluso de revisión de algunos principios teóricos prevalecientes hasta ese momento, y verán surgir las primeras bases de lo que luego se dará a conocer como anarcosindicalismo.

Para Bakunin, Saint-Imier marca una de sus últimas apariciones públicas. Es que el cansancio del guerrero está tomando el tamaño de su propio cuerpo.

Un trabajo bien acabado

—Perdóname, hermano, estoy enfermo. El médico me ha recomendado que tome estricnina para los dolores de la espalda. Mira, esa caja es la que tiene esa porquería. ¿Qué crees? ¿Me servirán de algo estas pastillas?

—Dámelas, voy a echarlas al fuego... Así te sentirás mejor —le contesta el visitante—. ¿No te avergüenza a tu edad creer todavía en la medicina?

—Tienes toda la razón —dice Mijaíl resoplando—. Creo que lo mejor es que cada enfermedad siga su curso, y que luego abandone el cuerpo para irse al diablo.

Se levanta con dificultad y pone la cafetera sobre el fuego.

—Verás qué delicia. Para ser bueno, el café debe ser negro como la noche, ardiente como el infierno y dulce como el amor.

En octubre del 73, Mijaíl se despide de sus compañeros del Jura con una carta en la que les agradece tanta lealtad: «Por mi cuna y por mi posición personal, aunque no sin dudas por mis simpatías y tendencias, no soy más que un burgués y, como tal, no podría hacer entre ustedes otra cosa que propaganda teórica. Pues bien, estoy convencido de que el tiempo de los grandes discursos teóricos, impresos o hablados, ha terminado».

Pero le falta aún otra aventura. En agosto se propone participar en un levantamiento popular en Bolonia que ha planeado con sus amigos italianos, pero todo sale mal y para poder abandonar la ciudad sin caer en manos de la policía, debe afeitarse y escapar disfrazado de cura.

Deprimido, desde Lugano, su nuevo lugar de residencia adonde se ha trasladado con Antonia y sus ahora tres hijos —Carluccio, el mayor, Sofía y Marushka—, escribe al geógrafo y amigo Eliseo Reclus, preocupado por la involución de los procesos revolucionarios, por la renovada fuerza de los gobiernos francés y alemán, del papa y sus jesuitas. «Por lo que a mí respecta, querido amigo, me he sentido demasiado viejo, demasiado enfermo, demasiado cansado y, hay que decirlo, demasiado decepcionado desde muchos puntos de vista, como para sentir deseos y fuerza para seguir en esta obra. Me he retirado decididamente de la lucha y pasaré el resto de mis días en una contemplación, no ociosa, sino, por el contrario, muy activa intelectualmente, y que espero que no deje de producir algo útil».

Durante un año emprende un proyecto agrícola, por lo que se endeuda hasta cifras imposibles. Pero no es un buen agricultor y los frutales no crecen, y los granos se queman por el exceso de fertilizantes conque los abona generosamente. Las enfermedades se multiplican en su cuerpo: sufre de la próstata, de la vejiga, tiene asma, hay días en que ni siquiera puede caminar. Debe algo o mucho a todo el mundo, y al fin decide partir para Berna, a casa de su compañero Adolph Vogt, adonde no lo alcancen sus acreedores. Antonia se irá a Nápoles con su familia que ha llegado desde Rusia, y con todos los manuscritos de su esposo. Esperan reencontrarse ante el volcán en cuanto sea posible.

«Cuando ya has repicado las campanas, baja del campanario», gustaba decir a Mijaíl. A mediados de junio del 76, cuando llega a Berna, su salud está totalmente deteriorada. Vogt, médico, intenta por todos los medios ofrecer las condiciones que permitan algún tipo de mejoría, pero poco a poco el coloso se derrumba. Los amigos lo rodean, lo visitan a diario. Vogt dispone a una persona para que lo cuide las veinticuatro horas. El viernes 30, Bakunin pierde el conocimiento, aunque cada tanto logra despertar y reconoce a sus acompañantes.

«No necesito nada. He acabado bien mi trabajo», dice en uno de sus últimos momentos de lucidez.

El primer sábado de julio, a las once y cincuenta y seis, respira por última vez.


El trono de todas las Rusias

Es Proudhon el primero en cuestionar el modelo centralista de los comunistas que venía siendo desarrollado por Marx y Engels, en particular desde el Manifiesto de 1848. El francés pone particular interés en aclarar su posición con respecto a la subordinación del individuo a la colectividad y a la concentración del poder que se desprende de la llamada dictadura de las masas. Bakunin es acaso más radical cuando escribe que detesta el comunismo «porque es la negación de la libertad y me es imposible concebir lo humano sin libertad. No soy comunista porque el comunismo concentra y absorbe en el Estado toda la potencia de la sociedad, porque desemboca necesariamente en la centralización de la propiedad, poniéndola por entero en manos del Estado, en tanto que yo deseo la abolición de esta institución, la extirpación radical de este principio de autoridad y de la tutela del Estado que, bajo pretexto de moralizar y civilizar a los hombres, hasta hoy solo los ha sojuzgado, oprimido, explotado y depravado».

Cuando en 1868 escribe estas frases, ya ha asumido su condición de colectivista y advierte, con cincuenta años de antelación, lo que podría pasar en Rusia con respecto a lo que ya llama burocracia roja y a la cuestión del poder: «Tomen al revolucionario más radical y siéntenlo en el trono de todas las Rusias e invístanlo de poder dictatorial. Antes de un año, ¡será peor que el propio zar!».

Daniel Guérin, en su libro El anarquismo, realiza una excelente aproximación a la cuestión de la libertad en Bakunin. Dice el estudioso francés que este no cesa de repetir que «únicamente partiendo del individuo libre podremos erigir una sociedad libre». El hombre, para Bakunin, pertenece a la sociedad en tanto ha elegido libremente formar parte de ella, y es su propia conciencia el único límite de su conducta: «La libertad no puede ni debe defenderse más que con la libertad, y es un peligroso contrasentido querer menoscabarla con el pretexto de protegerla».

Bakunin celebra el surgimiento de las primeras cooperativas obreras, apuntando a la importancia de la autogestión y a la posibilidad de desarrollo de una «inmensa federación económica» que alcance todos los puntos del planeta. Considera que el sindicalismo es y debe ser el único instrumento del proletariado y que todo proceso de cambio debe venir de abajo hacia arriba, concepción que causó permanentes enfrentamientos en los primeros años de la AIT. También reverencia la importancia de las comunas, una vez abolido el Estado, en la estructuración de la maquinaria social, basada, justamente, en la colectivización del suelo y de todas las riquezas sociales.

Siguiendo a Proudhon, Bakunin también analiza y pregona el federalismo: «Cuando desaparezca el maldito poder estatal que obliga a personas, asociaciones, comunas, provincias y regiones a vivir juntas, todas estarán ligadas mucho más estrechamente y constituirán una unidad mucho más viva, más real, más poderosa. [...]De todos los derechos políticos, el primero y más importante es el derecho de unirse y separarse libremente; sin él, la confederación sería siempre solo una centralización disfrazada».

Mijaíl Bakunin según la enciclopedia de la academia soviética

Revolucionario ruso pequeñoburgués, ideólogo del anarquismo; en filosofía, ecléctico. De origen noble. En 1836-40 vivió en Moscú y se interesó por Fichte y Hegel, interpretando en sentido conservador la filosofía de este último (Discursos estudiantiles de Hegel, «Prólogo del traductor», 1838). Emigrado en 1840, se acercó a los jóvenes hegelianos (Reacción en Alemania, 1842). Participó, en Praga y en Dresde, en la revolución de 1848-49. Fue encarcelado en 1851 y deportado a Siberia en 1857. Se evadió en 1861. A partir de este año, vivió en Europa Occidental, colaboró con Herzen y Ogariov, tomó parte activa en la organización del movimiento anarquista, luchó contra el marxismo en la I Internacional, de la que fue expulsado en 1872. Murió en Berna. La teoría de Bakunin adquirió su forma definitiva a fines de la década de 1860 (Estatismo y anarquía, 1873, y otras obras). Bakunin parte de la idea de que el principal opresor de la humanidad es el Estado, apoyado en la ficción de Dios. La religión es una «locura colectiva», un producto monstruoso de la conciencia de las masas oprimidas; la Iglesia, «una especie de taberna celestial» en la que el pueblo se esfuerza por olvidar su diario infortunio. Para llevar a la humanidad al «reino de la libertad» es necesario, ante todo, «hacer saltar» el Estado y excluir el principio de autoridad de la vida del pueblo. Creyendo ciegamente en los instintos socialistas y en lo inagotable del espíritu espontáneamente revolucionario de las masas del pueblo, en primer lugar de las masas campesinas y del lumpemproletariado, Bakunin negaba la necesidad de que la revolución tuviera que ser preparada y se lanzaba a aventuras revolucionarias. No comprendía la importancia de la teoría científica de la sociedad, se manifestaba contra la teoría marxista de la lucha de clases y acerca de la dictadura del proletariado. Las ideas anarquistas de Bakunin alcanzaron bastante difusión entre los populistas rusos de la década de 1870 así como en otros países poco desarrollados económicamente (Italia, España y algunos más). Sus teorías fueron criticadas por Marx, Engels y Lenin».


HAYMARKET, CHICAGO, 1.º DE MAYO DE 1886
La anarquía en el banquillo

En el principio hubo una huelga a la que adhirieron más de 65.000 trabajadores... En verdad, todo había empezado mucho antes, a comienzos y a mediados de siglo, cuando los trabajadores luchaban por reducir sus jornadas laborales, primero a diez horas, luego a ocho.

A fines del siglo xix ya habían quedado en la memoria del movimiento obrero las huelgas de los carpinteros y calafateadores de Boston de 1832, las huelgas de 1868 y 1869 a lo largo y ancho del país, los primeros intentos de organización de la filial de la Asociación Internacional de Trabajadores que los inmigrantes alemanes llevaron adelante entre 1870 y 1871, la huelga que cien mil trabajadores neoyorquinos declararon en el terrible invierno de 1873-1874, las grandes huelgas de los empleados de ferrocarriles de 1877 que, como dijo el español Ricardo Mella, «fueron el comienzo indudable del conflicto entre el capital y el trabajo». Y tras conformarse en 1880 la Federación de los Trabajadores de los Estados Unidos y Canadá, se acordó en Chicago que el 1.º de Mayo de 1886 se declarara la huelga general por las ocho horas.

Aquel día fue una jornada de fiesta en la que los huelguistas pasearon con sus mujeres y sus hijos por las soleadas y bulliciosas calles del centro. En similares ocasiones la gente se detenía en las esquinas a escuchar a los oradores, entre los que siempre destacaban Albert Parsons, el alemán August Spies y algunas veces el peregrino Johann Most, un hombre altivo y fervoroso que, huyendo de más de una desventura europea había llegado a Nueva York y había ­continuado con una intensa labor de agitación emprendida en la lejana época en que compartía sueños y amistad con hombres como Mijaíl Bakunin y Eliseo Reclus.

En realidad, Most había querido ser actor de teatro en su juventud, pero una misteriosa cicatriz que atravesaba su mejilla izquierda y que él intentaba tan pertinaz como infructuosamente ocultar bajo una espesa barba, le había hecho desistir de tal vocación y desplazar sus virtudes histriónicas hacia la oratoria, terreno en el que se mostraba particularmente eficaz. Era un hombre hermoso, de cabeza alargada, alta frente, jopo enarbolado. Solía definir su actitud combativa y la de sus amigos con frases cargadas de metáforas feroces. «Tenemos mezclados con los destellos de los rayos un grito apasionado y salvaje», repetía en uno y otro mitin para explicar la poderosa fuerza que los impulsaba.

Para entonces, Most ya había publicado dos folletos que, bajo los títulos de La bestia de la propiedad y La ciencia revolucionaria. Manual de instrucciones para el uso y fabricación de nitroglicerina y dinamita, algodón de pólvora, fulminato de mercurio, bombas, espoletas, venenos, etc., etc., habían seducido a buena parte del proletariado inmigrante y lo habían convertido en un individuo con un excepcional poder de convocatoria, capaz de movilizar a millares de trabajadores en procura de reivindicaciones tales como un salario justo y una jornada laboral más humana.

Por su parte, Parsons era, entre tantos europeos, de los pocos dirigentes sindicales nacidos en Estados Unidos. Provenía de uno de los estados del deep south y estaba casado con una bellísima mulata de profesión costurera, con la que solía cantar viejas tonadas sureñas. Él y Most, con algunas diferencias estratégicas y como buenos polemistas que eran, habían intentado acercar sus posiciones más de una vez: el primero era un empecinado partidario de la organización y de la lucha sindical, el segundo se inclinaba con fervor hacia la propaganda y la acción individual. Most editaba en Nueva York un semanario en alemán, el Freiheit, y Parsons publicaba en Chicago el periódico La Alarma, desde el que convocaba a los obreros con consignas incendiarias y elementales como: «En las actuales circunstancias, la única solución es la fuerza», o «hasta el momento ninguna clase privilegiada ha renunciado a su tiranía, y tampoco los capitalistas de hoy dejarán escapar sus privilegios y su poder si no se les fuerza a ello».

Nuestro grito de guerra

Ante un nutrido grupo de trabajadores alemanes y judíos reunidos en los portones de la Universidad de Illinois, a un par de cuadras del lago Michigan, encaramado sobre un pequeño cajón de madera, la mano derecha a modo de visera para proteger sus ojos de los rayos del sol, la izquierda a un costado de la boca a modo de altavoz, Spies, quien editaba el Arbeiter Zeitung, repitió que él y sus compañeros estaban dispuestos a hacer un llamado a los asalariados para que se armaran y pudieran «esgrimir contra sus explotadores el único argumento eficaz, la violencia». A cada una de sus frases los hombres y las mujeres que lo rodeaban alzaban los brazos en señal de aprobación, aun sabiendo que detrás de ellos, en las calles aledañas e incluso dentro del recinto universitario, cientos de policías e investigadores privados de la agencia Pinkerton los estaban vigilando, armados hasta los dientes y a la espera de la menor provocación para intervenir de inmediato. «¡Muerte a los enemigos de la raza humana! ¡Ese es nuestro grito de guerra!» exclamó Spies al cerrar su discurso, generando una cerrada ovación.

Al caer la tarde llegó hasta los sindicalistas la noticia de que la tripulación de unos trescientos buques cargados de madera, estacionados en los muelles del río Potomac, había decidido plegarse a las movilizaciones. Los gestos de apoyo comenzaron a llegar desde los más diversos lugares y desde la mayoría de las federaciones: ­ebanistas, zapateros, ferroviarios, metalúrgicos, empleados gastronómicos y hoteleros hicieron saber su intención de apoyar un llamado a la huelga general. Simultáneamente, en uno de los hoteles del centro de la ciudad se reunían patrones y autoridades políticas y policiales, alarmados ante las dimensiones de las medidas y dispuestos a trazar un plan para acabar con ellas.

El lunes 3 la policía arremetió contra una reunión de madereros a medio kilómetro de la fábrica de segadoras McCormik, de donde tres meses antes habían sido despedidos más de dos mil obreros por negarse a abandonar sus organizaciones; hubo cuatro muertos y varios heridos. Spies escribió un volante clamando venganza y convocando para el día siguiente a una concentración en el viejo Haymarket de la calle Randolph.

En la mañana del martes 4 la policía atacó a una columna de más de tres mil trabajadores, pero estos siguieron su marcha. Al caer la tarde una multitud se dio cita en la plaza Haymarket: hablaron Spies, Parsons y Samuel Fielden, y antes de que este último terminara su discurso encaramado en el techo de un carruaje, desde el cercano lago se levantó un viento cálido y tenue y comenzó a llover serenamente.

Las manos en alto, la voz penetrante, las últimas palabras: cuando Fielden miró a sus atentos escuchas se encontró rodeado por ciento cincuenta policías encabezados por el inspector John Blonfield, quien le ordenaba hacer silencio y retirarse de inmediato del lugar si no quería ser bajado a balazos. En ese mismo momento explotó una bomba en medio de los agentes: un muerto y sesenta y seis heridos, de los cuales siete fallecieron en los días siguientes. La policía abrió fuego provocando decenas de muertos y más de doscientos heridos. Nunca se supo quién había dejado caer el artefacto explosivo y acaso poco importó a la hora de tomar venganza.

En el correr de la semana, y en medio de una feroz campaña periodística, la policía fue arrestando a los sindicalistas más destacados: Spies, Fielden, Michael Schwab, Adolph Fisher, George Engel, Louis Lingg y Oscar Neebe, además de varios imprenteros y otros dirigentes. También estaban acusados Parsons, Rodolfo Schmaubelt —a quien se le sindicaba como el hombre que había arrojado la bomba y a quien nunca pudieron detener— y William Seliger, quien terminó negociando con la policía y fue rápidamente puesto en libertad.

El cazador oculto

Cuando explotó la bomba, Albert Parsons estaba reunido con algunos de sus compañeros en un salón cercano, el Zept Hall, y cuando días más tarde la policía, que ya había detenido al resto de los acusados, se dispuso a remover cielo y tierra hasta encontrarlo y arrestarlo, no pudo dar con su paradero.

Sabiéndose en peligro, Parsons pasó la primera noche en casa de un ebanista italiano de apellido Brancatti, en la calle Pullman, y a escasos minutos del amanecer, cuando ya se había despedido de su anfitrión y dirigido sus pasos hacia los muelles del lago, llegó la policía a buscarlo.

Deambuló buena parte del día tratando de conseguir información acerca de lo que estaba ocurriendo. Algunos compañeros le avisaron de las masivas detenciones y le ofrecieron dinero para que saliera del Estado. Aceptó unas monedas con las que pagó un frugal almuerzo y se dirigió luego hasta uno de los locales sindicales, donde le fue advertido que toda la policía de la ciudad estaba en su búsqueda.

Pernoctó al aire libre, protegido bajo unos tupidos árboles del Evergreen Park. Durmió dos o tres horas, inquieto por el ruido de las calles cercanas: carros y caballos, lastimeros aullidos de perros vagabundos, el viento azotando las copas más altas. Decidió dirigirse al norte por la avenida Cícaro, siempre atento a la aparición de alguna patrulla. A media mañana cruzó frente a los portones de la Universidad de Illinois y marchó por la calle 31 hasta la playa, donde dejó pasar casi toda la tarde mirando el brillo del agua, el luminoso acero de la superficie. Poco antes del crepúsculo se apersonó en la imprenta donde editaba La Alarma y entró por una puerta trasera tomando las mayores precauciones. Encontró a un par de amigos, que también le ofrecieron dinero. Uno de ellos lo llevó a su casa del bulevar La Grange, le prestó ropa, lo alimentó en abundancia. Permaneció oculto durante tres días. Al cuarto, un destacamento policial entró al lugar a sangre y fuego, destruyó puertas, paredes y muebles, pero él ya no estaba allí.

A esa altura todos sus compañeros estaban entre rejas. Los titulares de la prensa oficial eran concluyentes: «Bestias sangrientas», «Rufianes rojos», «Fabricantes de bombas», «Anarcodinamiteros». Nada nuevo ni altisonante, de tener en cuenta que el Chicago Tribune publicaba habitualmente frases como esta: «Cuando un pordiosero te pide pan, ponle veneno o arsénico para que no te moleste más». Parsons, de pie frente al puesto de un diariero, leyó algunos párrafos de portada. El Chicago Herald decía: «La chusma, instigada a matar por Spies y Fielden, no se compone de americanos. Son los desechos de Europa que han llegado a estas costas para abusar de la hospitalidad y desafiar la autoridad de esta nación». El Chicago Journal decía: «Debiera hacerse rápidamente justicia con estos anarquistas. La ley de este Estado es tan clara respecto a la complicidad con un crimen que los juicios serán breves».

Parsons pasó un par de días en una reserva forestal de las afueras de Chicago. La temperatura era agradable. Comió frutas que cada tanto robaba de algunas plantaciones cercanas y fue luego arrimando sus pasos hacia Carpentersville, donde vivía un marinero mercante de origen alemán. Refugiado en un oscuro y húmedo sótano, estuvo otros tres o cuatro días en los que se enteró de nuevas redadas. Los diarios informaban de la requisa de arsenales capaces de llevar a una nación a la guerra y de ganarla en un par de días: municiones, rifles, espadas, torpedos, dinamita, bombas. Uno de los matutinos alertó a la policía y a la población de que Most había partido de Nueva York para ponerse al frente de las hordas anarquistas. Se montó un gigantesco operativo en la central de trenes, pero el orador no llegó.

Finalmente, Parsons logró alejarse del Estado por unas semanas, pero cuando pudo enterarse del comienzo del juicio a sus compañeros, tomó una determinación que él mismo, en una de sus últimas cartas, explicó con estas palabras: «Cuando vi que se había fijado el día de la vista de este proceso, juzgándome inocente y sintiendo asimismo que mi deber era estar al lado de mis compañeros, y subir con ellos, si era preciso, al cadalso; que mi deber era también defender los derechos de los trabajadores y la causa de la libertad, y combatir la opresión, regresé sin vacilar a esta ciudad. ¿Cómo volví? Esto es interesante, pero me falta tiempo para explicarlo. Fui desde Wankesha a Milwaukee, tomé el tren de Saint-Paul en la estación de este último punto, por la mañana, y llegué a Chicago a eso de las ocho y media. Me dirigí a casa de mi amiga Miss Ames, en la calle de Morgan. Hice venir a mi esposa y conversé con ella algún tiempo. Mandé aviso al capitán Blanck que estaba aquí pronto a presentarme y constituirme preso. Me contestó que estaba dispuesto a recibirme. Vine y le encontré a la puerta de este edificio, subimos juntos y comparecí ante este tribunal».

Cuando comenzaba el interrogatorio preliminar a los candidatos convocados para formar el jurado que se encargaría de dictaminar en el caso del Estado versus los «rufianes rojos», Parsons abrió las puertas del tribunal, cruzó la enorme sala en medio de una treintena de agentes de la policía que lo habían buscado desesperadamente durante las últimas seis semanas, y fue a sentarse en el banquillo de los acusados junto a sus hermanos Spies, Schwab, Fielden, Fischer, Engel, Lingg y Neebe.

El banquete de la vida

A pesar de las reiteradas demandas de la defensa, que obligaron a repetidos retrasos en la selección del jurado y a que fueran ­examinados 981 candidatos, el juicio comenzó a fines de julio. Los jurados escucharon a los equívocos testigos —en su mayoría pagados por la propia policía y por el ministerio público— y deliberaron durante veintiún días. El fiscal Grinnell había dado cuerpo a una fantástica historia por la que acusaba a los anarquistas de haber elegido aquel Primero de Mayo como fecha para iniciar la revolución social y destruir, dinamita en mano, orden e instituciones establecidas. Le dio bastante trabajo redondear su narración, señalar a uno y otro como los encargados de haber construido la bomba y luego encender la mecha, así como atribuir compartimentadas responsabilidades que iban desde el montaje del aparato propagandístico de una oscura y secreta sociedad, hasta la fabricación y manejo de toda clase de explosivos.

«Al dirigirme a este tribunal lo hago como representante de una clase enfrente de los de otra clase enemiga», comenzó diciendo August Spies en su discurso de dos horas frente al jurado, para luego agregar: «Mi defensa es vuestra acusación; mis pretendidos crímenes son vuestra historia». Acto seguido se dedicó a refutar los argumentos del fiscal, aunque con tanta sinceridad que poco hizo para exculparse de algo que no había cometido. «Si yo hubiera arrojado la bomba o hubiera sido causa de que se arrojara, o hubiera siquiera sabido algo de ello, no vacilaría en afirmarlo aquí. Cierto que murieron algunos hombres y fueron heridos otros más. ¡Pero así se salvó la vida a centenares de pacíficos ciudadanos! Nosotros hemos predicado el empleo de la dinamita. [...] Aquí se hallan sobre un volcán, y allá y acullá y debajo y al lado y en todas partes fermenta la revolución. Es un fuego subterráneo que todo lo mina».

«Nosotros defendemos la anarquía y el comunismo, y ¿por qué? Porque si nosotros calláramos hablarían hasta las piedras», sostuvo el también alemán Schwab, para preguntarse luego: «¿Qué es la anarquía? Un estado social en el que todos los seres humanos obran bien por la sencilla razón de que es el bien y rechazan el mal porque es el mal. En una sociedad tal no son necesarias las leyes ni los mandatos. [...] La anarquía es el orden sin gobierno».

Fischer, nacido en Alemania pero residiendo en Estados Unidos desde los diez años, quien había aprendido el oficio de tipógrafo en Nashville, Tennesee, con voz ardiente reclamó ante el jurado: «He sido tratado aquí como asesino y solo se me ha probado que soy anarquista. [...] Pero si yo he de ser ahorcado por profesar las ideas anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo nada que objetar. Si la muerte es la pena correlativa a nuestra ardiente pasión por la libertad de la especie humana, entonces, yo lo digo muy alto, dispongan de mi vida».

Y Lingg dijo: «Yo repito que soy enemigo del orden actual, y repito también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras tenga aliento. Declaro otra vez franca y abiertamente que soy partidario de los medios de fuerza. He dicho al capitán Schaack, y lo sostengo, que si ustedes emplean contra nosotros sus fusiles y sus cañones, nosotros emplearemos contra ustedes la dinamita. Se ríen probablemente, porque están pensando: «Ya no arrojarás más bombas». Pues permítanme que les asegure que muero feliz, porque estoy seguro de que los centenares de obreros a quienes he hablado recordarán mis palabras, y cuando hayamos sido ahorcados ellos harán estallar la bomba. Con esta esperanza les digo: los desprecio; desprecio su orden, sus leyes, su fuerza, su autoridad. ¡Ahórquenme!».

Y George Engel, de 50 años, dijo: «Es la primera vez que comparezco ante un tribunal americano, y en él se me acusa de asesino. ¿Y por qué razón estoy aquí? ¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma que tuve que abandonar Alemania, por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora. Aquí también, en esta libre república, en el país más rico del mundo, hay muchos obreros que no tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una vida miserable. Aquí he visto a seres humanos buscando algo con qué alimentarse en los montones de basura de las calles».

Y Fielden dijo: «Es difícil que pasen por una calle donde yo no haya producido algo con mis propias manos».

A mediados de agosto, en una alocución del fiscal, los acusados debieron escuchar lo siguiente: «La ley está por encima del juicio, la anarquía está sometida a juicio. Estos hombres han sido seleccionados, elegidos por el Gran Jurado y acusados porque eran dirigentes. No son más culpables que los miles de hombres que les siguen. Señores del jurado, declaren culpables a estos hombres, hagan un escarmiento con ellos, cuélguenlos y habrán salvado nuestras instituciones, nuestra sociedad».

Oscar Neebe fue condenado a 15 años de prisión. Spies, Fischer, Engel, Schwab, Fielden, Lingg y Parsons fueron condenados a la horca. Cuando Neebe se enteró de su sentencia, exclamó: «Han hallado en mi casa un revólver y una bandera roja. Han probado que organicé asociaciones obreras, que he trabajado por la reducción de horas de trabajo, que he hecho cuanto he podido por volver a publicar el Arbeiter Zeitung: he ahí mis delitos. Pues bien, me apena la idea de que no me ahorquen, honorables jueces, porque es preferible la muerte rápida a la muerte lenta en que vivimos. Tengo familia, tengo hijos y si saben que su padre ha muerto lo llorarán y recogerán su cuerpo para enterrarlo. Ellos podrán visitar su tumba, pero no podrán en caso contrario entrar en el presidio para besar a un condenado por un delito que no ha cometido. Esto es todo lo que tengo que decir. Yo se los suplico. Déjenme participar de la suerte de mis compañeros. ¡Ahórquenme con ellos!».

La voz del pueblo

Si, entre tantas cosas que le pasaron, algo importante le hubiera faltado vivir a Augusto Spies durante los siguientes meses de cautiverio, ello fue haber conocido a Nina Van Zandt, una rica heredera que comenzó a concurrir a tribunales por pura curiosidad y que terminó enamorándose perdidamente del alemán, al punto que finalmente decidió casarse con él. Así lo contó en el prólogo de un folleto con la autobiografía de Spies publicado tiempo después de la muerte de éste. «Mi simpatía por los acusados hizo germinar en mi corazón un principio de amor por el señor Spies, y poco después sentía por él una inmensa pasión. Como amiga encontraba mil obstáculos a mis visitas; para salvarlos resolvimos que yo declararía ser su novia. Pero pronto supe que solo las esposas tenían el derecho de ver a sus maridos fuera de los días reglamentarios; [...] desde entonces Spies y yo resolvimos ser marido y mujer ante la ley».

Algo similar le ocurrió a Luis Linng, quien, mientras almacenaba dinamita en su celda, recibió los favores sentimentales de Eda Muller, una hermosa muchacha que se enamoró a primera de vista del condenado. Poco antes de noviembre de 1887, la policía había requisado cuatro bombas de la celda de Linng, entre ellas «un tubo para gas lleno de dinamita y trozos de hierro, con una cápsula en el extremo», según cuenta Mella. «Al menor choque, explotaba la dinamita, envolviendo a víctimas y verdugos en su efecto destructor».

Más de un año después y poco antes de la programada ejecución, a Michael Swchab y a Samuel Fielden les conmutaron la pena capital por la de prisión perpetua. Serían puestos en libertad siete años más tarde, cuando el nuevo gobernador del Estado de Illinois, John P. Altgeld, ordenó revisar el caso y descubrió uno tras otro los errores legales que habían dominado el juicio: a ninguno de los ocho detenidos se les había podido probar relación alguna con el incidente de Haymarket ni con quien había encendido la mecha y arrojado la famosa bomba.

El 10 de noviembre de 1887, Lingg, de veintiún años, hizo estallar en su boca una cápsula llena de fulminato de mercurio. Y si bien agonizó durante cinco horas con la cabeza destrozada, obtuvo lo que había planeado desde un principio: no morir a manos de un funcionario del Estado.

Al día siguiente, conocido luego como Viernes Negro, el verdugo colocó los lazos corredizos alrededor de los cuellos de Spies, Fischer, Engel y Parsons, y luego los encapuchó.

«Salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen», narró el corresponsal en Chicago del diario La Nación de Buenos Aires, el cubano José Martí. «Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas plateadas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos... Abajo la concurrencia sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Plegaria en el rostro de Spies, firmeza en el de Fischer, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha. [...] Los encapuchan, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos cuelgan y se balancean en una danza espantable».

Un segundo antes se había escuchado la voz de Spies. Dijo: «Llegará un tiempo en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy estrangulan».

Y Fischer dijo: «¡Viva la anarquía!».

Y Engel dijo: «¡Viva la anarquía!».

Y Parsons dijo: «¿Se me permitirá hablar, hombres de América? ¡Que se oiga la voz del pueblo!».


Si de mí depende

Albert Parsons había nacido en Montgomery, Arkansas, en 1848. Ricardo Mella recuerda que sus padres murieron siendo él muy joven, y que su hermano, W. R. Parsons, general del ejército confederado, se marchó a Texas llevándolo consigo. Albert se educó en Waco y después, ya en la ciudad costeña de Galveston, aprendió el oficio de impresor.

«Cuando estalló la guerra se fugó de casa de su hermano e ingresó en un Cuerpo de Artillería del ejército confederado. Poco tiempo después sirvió bajo las órdenes de su hermano, recibiendo señaladas distinciones por sus heroicidades».

«Después de la guerra fue editor del periódico El Espectador, en Waco. Con gran disgusto de su hermano se hizo republicano, en cuyo partido figuró en primera fila. Ocupó dos veces puestos importantes en el gobierno federal de Austin y fue secretario del Senado del Estado de Texas».

En aquella ciudad conoció a Lucy González, una mulata descendiente de mexicano e india, probablemente esclava. Poco después de casarse, debieron huir del Estado debido a las amenazas del Ku Klux Klan. Llegaron a Chicago en 1873 y allí Albert trabajó en varias imprentas y se hizo un agitador temible. «Por sus méritos, fue nombrado maestro obrero del distrito 24 de los Caballeros del Trabajo y presidente de las asambleas de oficio, cargo que desempeñó tres años consecutivos. En 1879 fue nombrado candidato para la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Socialista, a lo que renunció por no tener los 35 años que pide la Constitución. En 1883 contribuyó a formar el programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores en el Congreso de Pittsburg. Fue elegido candidato a la Consejería de Chicago varias veces; y finalmente, en 1884 fundó el periódico La Alarma, órgano del Grupo Americano».

El discurso de Parsons ante el jurado duró ocho horas, dos el día 8 y seis el día 9 de octubre. Su alocución fue avasallante, a pesar del delicado estado de salud que lo mantenía prácticamente postrado, producto de las duras condiciones de su cautiverio. El segundo día dijo: «Pues bien: yo soy anarquista. ¿Qué es el socialismo o la anarquía? Brevemente definido, es el derecho de los productores al uso libre e igual de los instrumentos de trabajo y el derecho al producto de su labor. Tal es el socialismo. La historia de la humanidad es progresiva; es, al mismo tiempo, evolucionista y revolucionaria. La línea divisoria entre la evolución y la revolución jamás ha podido ser determinada. Evolución y revolución son sinónimos. La evolución es el periodo de incubación revolucionaria. El nacimiento es una revolución; su proceso de desarrollo, la evolución». Y más adelante sostuvo: «La policía está armada con los fusiles modernos de Winchester, y las organizaciones obreras carecen por completo de medios de defensa. Un fusil de aquellos cuesta 18 pesos, y nosotros no podemos comprarlos a tal precio. ¿Qué deben hacer los trabajadores? Una bomba de dinamita cuesta treinta centavos y puede ser preparada por cualquiera. El fusil Winchester cuesta 18 pesos. La diferencia es considerable. ¿Soy culpable por decir esto? ¿He de ser ahorcado por ello? ¿Qué es lo que yo he hecho? Busquen a los que han inventado esas cosas y ahórquenlos también. El general Sheridan ha dicho en el Congreso que la dinamita había sido un descubrimiento formidable que igualaba todas las fuerzas y que en las luchas que en el futuro mantendrán las clases obreras podrán apelar a ella para hacer inútiles todos los ejércitos. Yo no he hecho más que citar sus palabras. ¿Y por esto se me acusa y se me condena?».

«Se me ha llamado aquí dinamitero. ¿Por qué? El fusil ha sido un descubrimiento que ha democratizado al mundo, poniendo al pueblo en condiciones de luchar contra los aristócratas y los poderosos. Hoy la dinamita realiza el mismo fenómeno porque implica la difusión del poder, porque hace a todos iguales. Los ejércitos y la policía no significan nada ante la dinamita. Nada pueden contra el pueblo. Así se disemina la fuerza y se establece el equilibrio. La fuerza es la ley del universo; la fuerza es la ley de la Naturaleza, y esta nueva fuerza descubierta hace a todos los hombres iguales, y por tanto libres...».

«Si de mi depende que Albert pida perdón, que lo ahorquen», le contestó Lucy a un cronista que intentó interrogarla en medio de una de las tantas manifestaciones que encabezó pidiendo la libertad de su esposo y de los otros detenidos. En la mañana del 11 de noviembre de 1887, ella y sus dos hijas se presentaron en la cárcel. Pidió hablar con su compañero, pero le fue negado. Pidió luego que las niñas pudieran ver por última vez a su padre, petición que también fue rechazada. Fuera de sí, comenzó entonces a gritar a los carceleros que la mataran con él. Las encerraron, a ella y a las niñas, en una celda de piedra. Fueron liberadas a media tarde, tras la ejecución.

Lucy se ganó la vida como costurera y recorrió Estados Unidos dando conferencias sobre los derechos civiles. En 1905 fue una de las doce mujeres que participaron en la fundación de la IWW (Trabajadores Industriales del Mundo). En la década del 20 se convirtió en una activa defensora de las vidas de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Falleció en 1943, a los 90 años de edad. Entonces, la policía entró a su casa y destruyó su biblioteca, sus cartas y todos sus escritos.

Los simulacros de una ley

Señor editor del New York Herald:

La sentencia de Chicago indica que el conflicto está tomando en América una proporción más aguda y un giro más brutal, como jamás lo tuvo en Europa. Las primeras páginas de esta historia empiezan con un acto de represalias del peor género. Una buena dosis de venganza, pero ningún hecho concreto, es todo lo que se infiere del proceso de Chicago.

He leído con atención los datos de la causa; he pesado con detenimiento los indicios y la evidencia, y no titubeo en asegurar que semejante sentencia solo puede hallarse en Europa después de las represalias llevadas a término por los Consejos de guerra a raíz de la derrota de la Comuna de París, en 1871, y que el terror blanco de la restauración borbónica de 1815 se queda muy atrás.

Estoy completamente conforme con las misivas dirigidas al embajador americano por el Ayuntamiento de París y el Consejo General del Sena en favor de los anarquistas sentenciados. Pero el tribunal de Chicago no tiene la excusa que tenían los consejos de guerra de Versalles, a saber: la excitación de las pasiones producida por una guerra civil después de una gran derrota nacional.

Es evidente, por de pronto, que ninguno de los siete acusados ha arrojado bomba alguna. Está por demás probado que algunos ya se habían marchado al cargar furiosamente la policía sobre la multitud. Todavía más: el fiscal no sostiene que la bomba fue arrojada por cualquiera de los siete acusados, puesto que de ese hecho acusa a otra persona que no está bajo la acción de la justicia.

Solo Spies es acusado de haber entregado una mecha para poner fuego a la bomba, pero el único hombre que de ello da testimonio es un tal Gilmer, cuya mala reputación es bien sabida y cuya costumbre de mentir ha sido afirmada por diez personas que habían vivido con él. Además el mismo Gilmer declara haber recibido dinero de la policía.

Después de los sucesos de Haymarket, los cuerpos colegisladores de Illinois promulgaron una ley contra los dinamiteros y están ahora a punto de promulgar otra contra toda clase de conspiradores. Según esta última ley, cualquier acto relacionado con la fabricación de bombas, aunque tenga fines legales, será considerado como criminal. Acaba, pues, de ser destruido uno de los principales artículos de la Constitución. Según reza la futura ley, cualquier incidente que dé por resultado un acto ilegal, será también considerado como delito.

No hace falta probar que la persona que comete un acto ilegal puede haber leído artículos o escuchado discursos que aconsejaban cometerlo, y así ahora todos esos artículos y discursos serán responsables de dicho acto. Queda virtualmente suprimida la libertad de hablar y de escribir. Del mismo modo la ley francesa reconoce una relación directa entre la excitación por medio de la palabra, hablada o escrita, y el acto ejecutado.

La nueva ley de Illinois me interesa poco en sí misma y solo deseo que conste lo siguiente: siete anarquistas de Chicago han sido condenados a muerte gracias a un simulacro de la ley que aún no lo era en 1886, cuando se cometieron los hechos de que se les acusa. La referida ley fue propuesta con el propósito de ser aplicada en el proceso de Chicago, y su primer efecto será matar a siete anarquistas.

Soy de usted afectísimo.

Piotr Kropotkin


PIOTR KROPOTKIN (1842-1921)
Todo lo que no sea legalidad

El 21 de diciembre de 1842 nacía en Dimitrov, localidad rural a 75 kilómetros de Moscú, Piotr Alexeievich Kropotkin. Su padre era familiar del zar Nicolás I, parentesco que le otorgaba blasón nobiliario, y a Piotr, el título de príncipe. Siguiendo los deseos de sus progenitores y una tradición acendrada en la Rusia del siglo xix, apenas adolescente Kropotkin entró al cuerpo de cadetes imperiales de San Petersburgo, desempeñándose durante cinco años como paje de la corte.

«Pero ¿qué derecho tenía yo de gozar de estos placeres superiores...», se preguntaría décadas más tarde en su libro Memorias de un revolucionario, recordando las ventajas de sus primeros años de vida, «...cuando en mi entorno no había más que miseria y la lucha por un trozo de pan duro, cuando lo que yo tendría que gastar para vivir en ese mundo de emociones superiores, habría que sacarlo de las bocas de aquellos que cultivaron el trigo y quienes no tenían pan suficiente para sus hijos?».

Tras la muerte del zar Nicolás I, Kropotkin sirvió como ayudante de Alejandro II y, entre 1862 y 1867, como oficial del ejército en Siberia, donde tomó parte de decenas de expediciones geográficas estudiando las especies animales y las poblaciones de la inhóspita región, en particular aquellas asentadas en la frontera ruso-china, revisando toda la cartografía existente hasta el momento. También estudió el fenómeno del glaciarismo de Asia y de Europa. Pronto sus contribuciones teóricas le abrirían el camino para una destacada carrera científica que sin embargo se negó a continuar.

En 1872 viaja, entre otros países, a Suiza, donde conoce la experiencia gremial de los relojeros del Jura, y si bien no llega a cruzarse con Mijaíl Bakunin, y a pesar de que entonces las primeras lecturas de algunos textos marxistas habían influenciado poderosamente en su pensamiento, pronto vuelve a Rusia, renuncia a su herencia aristocrática y se une a un grupo revolucionario, el Narodnaja Volja «Voluntad del Pueblo», cuyos integrantes eran conocidos como los narodnikis «populistas», emparentados con el movimiento nihilista y con el pensamiento de Bakunin. Entre sus propuestas políticas se destacaban los autogobiernos locales, la independencia del mir, la propiedad popular de la tierra, de las grandes fábricas y de las empresas industriales, y la libertad de palabra, reunión y asociación. Pero también sus propulsores buscaban con ahínco acabar con la vida del zar. Habiéndolo intentado más de una vez, finalmente en marzo de 1881, cuando la carroza de Alejandro II pasaba junto al canal de Catalina en San Petersburgo, un muchacho arrojó algo parecido a una bola de nieve sobre el vehículo. La explosión que le siguió no dio en el blanco y el zar se bajó, ileso, para hablar con algunos cosacos heridos. En ese momento un segundo narodniki se acercó gritando: «¡Es demasiado pronto para dar gracias a Dios!», y lanzó otra bomba, ahora sí letal, a los pies del monarca.

Pero para ese entonces Piotr ya no estaba en su patria e infinidad de cosas habían pasado en su vida.

La primera chispa

Detenido en una redada policial en 1874, cuando realizaba tanto en Moscú como en San Petersburgo una intensa labor propagandística desde su grupo de militancia, Kropotkin fue a parar a la fortaleza de Pedro y Pablo, la prisión donde Bakunin había pasado los seis años más crueles de su vida. Pero el príncipe tuvo un poco más de suerte y un par de años más tarde, desde el hospital de la penitenciaria y con la ayuda de algunos amigos que esperaban por él en las afueras, logró evadirse delante de las narices de los guardias y pocos días después comenzaba una precipitada fuga por los mares del norte, pasando por Finlandia, Suecia e Inglaterra. Llegado a Londres, visita luego París y poco después se establece durante algún tiempo en Suiza, donde comienza a publicar, en colaboración con el geógrafo francés Eliseo Reclus, un periódico legendario para el movimiento anarquista de la época, La Revuelta, que también llegaría a difundirse en Buenos Aires y en Montevideo.

En las páginas de La Revuelta sienta las bases de lo que el movimiento conocerá luego como propaganda por el hecho, término a menudo tan confuso o ambiguo que acabará justificando a ciertos grupos volcados a la acción violenta. Y es que allí Kropotkin también escribió, en el número del 25 de diciembre de 1880, que «la revuelta permanece mediante la palabra, el impreso, el puñal, el fusil, la dinamita, [...] todo lo que no sea legalidad es bueno para nosotros».

En su Memorias de un revolucionario rememora sus primeros pasos en el Jura, adonde llega por segunda vez tras la muerte de Bakunin en 1876, y traza un pormenorizado balance de las actividades de la Asociación Internacional de Trabajadores durante los 70, país por país, poniendo especial interés en aquellas instituciones creadas y mantenidas por los propios obreros, como asociaciones de producción, bancos populares y créditos gratuitos. No en balde impulsará luego en sus libros la noción de ayuda mutua como uno de los mecanismos de raíces prácticamente biológicas en el devenir de las especies, a diferencia de las teorías darwinianas por aquel entonces en boga. Kropotkin se pone al tanto de lo que acontece en materia sindical en el continente y pronto analiza las diferencias entre marxistas y anarquistas, las que, tras la muerte de Bakunin, parecen haberse acentuado. Son problemas que se evalúan a nivel teórico pero cuyo núcleo esencial está localizado en el terreno de la práctica.

«Los trabajadores eran, sin embargo, federales en principios», recordará luego; «cada nación, cada separada región y hasta cada sección local debía quedar en libertad de desenvolverse según sus deseos; pero los revolucionarios de la clase media de la antigua escuela, que habían entrado en la Internacional, imbuidos como estaban con la noción de las sociedades secretas centralizadas y organizadas piramidalmente de los pasados tiempos, introdujeron las mismas nociones en la Asociación de los Trabajadores. Además de los consejos federales y nacionales, se nombró uno general, con residencia en Londres, destinado a servir como especie de intermediario entre las diferentes naciones. Marx y Engels eran los dos inspiradores de éste; pero pronto se cayó en la cuenta de que el mero hecho de tener semejante organismo central se tornaba en fuente de verdaderas dificultades. No contentándose el Consejo General con el papel de centro de correspondencia, intentó dirigir el movimiento, aprobando o censurando los actos, no solo de las federaciones locales y secciones, sino hasta de los mismos individuos».

Y continúa su crítica, ya en cuestiones cada vez más espinosas: «Cuando empezó en París la insurrección de la Comuna —no pudiendo hacer los jefes más que "dejarse ir", sin poder determinar dónde se hallarían a las veinticuatro horas—, el Consejo General insistió en querer dirigirla desde Londres; pedía partes diarios de los acontecimientos, daba órdenes, favorecía esto o dificultaba lo otro, poniendo así en evidencia la desventaja de tener un centro directivo, aun dentro de la Asociación, lo que se hizo más patente cuando en una conferencia secreta celebrada en el 71, el Consejo General, sostenido por algunos delegados, decidió dirigir las fuerzas de Aquella hacia la agitación electoral, dando esto lugar a que la gente se echara a pensar sobre los males de todo gobierno, por democrático que sea su origen. Esta fue la primera chispa del anarquismo, convirtiéndose la Federación del Jura en centro de oposición al Consejo General».

Tras las vertiginosas peripecias en sus tierras de origen, Kropotkin parecía haber encontrado un lugar de acción por excelencia en un país que solía respetar la vida y el pensamiento de los emigrantes, pero a pocos días de la muerte de Alejandro II, Rusia solicitó al gobierno suizo su expulsión, lo que finalmente ocurrió semanas más tarde. Piotr se traslada entonces a Francia, pero pronto, acusado de sedición, es encerrado en la cárcel de Clairvaux, donde deberá permanecer cerca de tres años.

Escuelas del crimen

«La cuestión que me propongo tratar esta noche es una de las más importantes en la serie de las grandes cuestiones que se ofrecen a la humanidad del siglo xix. Después de la cuestión económica, después de la del Estado, Aquella es, quizás, la mas importante de todas». Así comienza una de las conferencias más famosas de Kropotkin acerca de las prisiones, de la legitimidad represiva del Estado, de la necesidad de vigilar y castigar. «Ciento cincuenta mil seres, mujeres y hombres, son anualmente encerrados en las cárceles de Francia; muchos millones en las de Europa. Enormes cantidades gasta Francia en sostener aquellos edificios, y no menores sumas en engrasar las diversas piezas de aquella pesada máquina —policía y magistratura— encargada de poblar sus prisiones. Y como el dinero no brota solo en las cajas del Estado, sino que cada moneda de oro representa la pesada labor de un obrero, resulta de aquí que todos los años el producto de millones de jornadas de trabajo es empleado en el mantenimiento de las prisiones».

Más adelante, Kropotkin describe el lugar donde estuvo detenido: «Cuando el ser humano se acerca a la inmensa muralla circular que costea las pendientes de las colinas en una longitud de cuatro kilómetros, antes que ante una cárcel, se creería junto a una pequeña población fabril. Chimeneas, cuatro de ellas grandísimas, humeantes máquinas de vapor, una o dos turbinas y el acompasado ruido de los mecanismos en movimiento; he aquí lo que se ve y se oye de pronto. Consiste esto en que, para procurar ocupación a 1400 detenidos, ha sido necesario erigir allí una inmensa fábrica de camas de hierro, innumerables talleres en los que se trabaja la seda y se hace el brocado de clases, tela grosera para muchas otras prisiones francesas, paño, ropa y calzado para los detenidos; hay también una fábrica de metros y de marcos, otra de gas, otra de botones y de toda clase de objetos de nácar, molinos de trigo, de centeno y así sucesivamente. Una inmensa huerta y extensos campos de avena se cultivan entre aquellas construcciones, y de cuando en cuando sale una brigada de aquella población sujeta, unas veces para cortar leña en el bosque, para arreglar un canal otras».

Kropotkin cuenta que a cada preso se le paga un pequeño salario, cuyo cincuenta por ciento es retenido por las autoridades carcelarias y entregado a su dueño una vez cumplida su condena y puesto en libertad. Desgrana luego algunas estadísticas, y si bien su horror ante el funcionamiento de aquel presidio «modelo» parece en cierto modo exagerado ante las condiciones carcelarias de comienzos del siglo XXI, su artillería apunta en concreto a la inutilidad del encierro como mecanismo de corrección, y lo compara con una institución deshumanizante y perversa.

«En cuanto a las prisiones de los otros países europeos, basta decir que no son mejores que la de Clairvaux. En las prisiones inglesas, por lo que de ellas sé gracias a la literatura, a informes oficiales y a memorias, debo decir que se han mantenido ciertos usos que, afortunadamente, están abolidos en Francia. El tratamiento es en esta nación más humano, y el treadmill, la rueda sobre la que el detenido inglés camina como una ardilla, no existe en Francia; mientras que, por otra parte, el castigo francés consistente en hacer andar al recluso durante meses, a causa de su carácter degradante, de la prolongación desmesurada del castigo y de lo arbitrariamente que es aplicado, resulta digno hermano de la pena corporal que aún se impone en Inglaterra».

«La prisión mata en el hombre todas las cualidades que lo hacen más propio para la vida en sociedad. Lo convierte en un ser que, fatalmente, deberá volver a la cárcel», dirá luego a fin de sostener su idea de que la cárcel no es otra cosa que una escuela del crimen. «En el mundo futuro de los anarquistas, fundado en la ayuda mutua, la conducta antisocial no sería encarada mediante leyes o cárceles, sino por la comprensión humana y la presión moral de la comunidad». Para él, las nuevas generaciones otorgarán el carácter de enfermedad social a lo que las leyes, siempre cuestionadas en su pensamiento, denominan crimen. «Tenemos nuestra parte de gloria en los actos y en las reproducciones de nuestros héroes y de nuestros genios. La tenemos también en los actos de nuestros asesinos.

El primer deber de la revolución será derribar las prisiones; esos monumentos de la hipocresía y de la vileza humana».

Kropotkin es liberado en 1885 y marcha hacia Londres, donde residirá hasta poco después de la Revolución rusa, ya avanzado el año 1917. En la capital británica estudia y escribe la mayor y mejor parte de su obra teórica: Palabras de un rebelde (1886), En las prisiones de Rusia y Francia (1887), La conquista del pan (1892), Campos, fábricas y talleres (1899), Memorias de un revolucionario (1899), El apoyo mutuo (1902), La literatura rusa (1905) y La Gran Revolución 1789-1793 (1909) son sus principales títulos.

«Somos utopistas, es cosa sabida»

Kropotkin es un hombre de ciencias y, como tal, quiere sentar las bases científicas del anarquismo. Es en La conquista del pan, libro que tendría una inmediata repercusión en los círculos sindicales de la época, donde elabora su idea del anarquismo comunista, de algún modo poniendo distancia del mutualismo de corte proudhoniano y del colectivismo de corte bakuninista. De la retribución sobre el trabajo hecho a la idea del consumo libre, del a cada uno según su esfuerzo a la noción de a cada uno según sus necesidades, parece haber una brecha de notables dimensiones. En su libro, Kropotkin enumera una serie de variables básicas para la estructuración de una nueva sociedad, y si bien concede que en un principio la revolución deberá instituirse sobre las bases de un régimen colectivista, el común acuerdo libre, la iniciativa individual y el bienestar de todos habrán de ser los nódulos que llevarán a la instauración del comunismo libertario.

Obvio es señalarlo, la desaparición de la propiedad privada habrá de ser el primer paso para esa nueva construcción económica y social, y algunos de los tópicos en boga en el pensamiento socialista, como el derecho al trabajo, se transforman en blanco de sus dardos: «El derecho al bienestar es la posibilidad de vivir como seres humanos y de criar los hijos para hacerlos miembros iguales de una sociedad superior a la nuestra», dirá entonces, «al paso que el derecho al trabajo es el derecho a continuar siempre siendo un esclavo asalariado, un hombre de labor, gobernado y explotado por los burgueses del mañana. El derecho al bienestar es la revolución social; el derecho al trabajo es, a lo sumo, un presidio industrial».

El tema abriría un inmediato debate no solo con los teóricos del marxismo, sino entre anarquistas de diferentes tendencias. Los viejos proudhonianos, tal como señala Daniel Guérin, recordarían que el fundador del anarquismo «no considera en absoluto que la retribución recibida por los miembros de una asociación obrera sea un "salario", sino, antes bien, un reparto de los beneficios realizado libremente por los trabajadores asociados y corresponsables». Los comunistas libertarios, Kropotkin a la cabeza, impacientes en el diseño de esa sociedad futura que pronosticaban muy cercana, suponían que el trabajo produciría en ella mucho más de lo que se necesitaría para todos, por lo que la sola idea del salario sobraba en sus esquemas organizacionales. Pero es el italiano Errico Malatesta, por entonces también volcado al anarco comunismo, quien de algún modo tercia en la discusión intentando cierta mesura en los proyectos. «Para llevar el comunismo a la práctica», escribe en 1884, «es preciso que los miembros de la sociedad lleguen a una gran madurez moral, adquieran un elevado y profundo sentimiento de solidaridad que el impulso revolucionario quizá no baste para crear, sobre todo en los primeros tiempos, en que se darán condiciones materiales poco favorables para tal evolución».

«Somos utopistas, es cosa sabida», sostendrá un fervoroso Kropotkin, capeando las múltiples críticas que provoca. «En efecto, tan utopistas, que llevamos nuestra utopía hasta creer que la revolución debe y puede garantizar a todos el alojamiento, el vestido y el pan. Es preciso asegurar el pan al pueblo sublevado, es menester que la cuestión del pan preceda a todas las demás. Si se resuelve en interés del pueblo, la revolución irá por buen camino. [...] Nuestro comunismo no es el de los falansterianos ni el de los teóricos autoritarios alemanes, sino el comunismo anarquista, el comunismo sin gobierno, el de los hombres libres. Esta es la síntesis de los dos fines perseguidos por la humanidad a través de las edades: la libertad económica y la libertad política».

Pero más allá de las diferencias tácticas, sigue siendo central en el pensamiento de Kropotkin la independencia de cada mínima unidad territorial en la que el común acuerdo reemplazará cualquier tipo de forma jurídica. Dirá también, y acaso involuntariamente poniéndose en guardia ante lo que serán las experiencias socialistas dos o tres décadas más tarde, que «la idea de una sociedad sin Estado provocará por lo menos tantas objeciones como la economía política de una sociedad sin capital privado. Todos hemos sido amamantados con prejuicios acerca de las funciones providenciales del Estado. Toda nuestra educación, desde la enseñanza de las tradiciones romanas hasta el código de Bizancio, que se estudia con el nombre de derecho romano, y las diversas ciencias profesadas en las universidades, nos acostumbran a creer en el gobierno y en las virtudes del Estado providencial. Para mantener este prejuicio se han inventado y enseñado sistemas filosóficos. Con el mismo fin se han dictado leyes. Toda la política se funda en ese principio, y cada político, cualquiera que sea su matiz, dice siempre al pueblo: "¡Dame el poder; quiero y puedo librarte de las miserias que pesan sobre ti!"».

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2025
Hacim:
373 s. 6 illüstrasyon
ISBN:
9789974822689
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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