Kitabı oku: «Las formas del árbol»

Yazı tipi:


© Hugo Traslaviña, 2021

LaS formas del árbol

30 Años de democracia en chile

Registro de Propiedad Intelectual Nº 2021-A-8622

ISBN Edición Impresa: 978-956-17-0959-1

ISBN Edición Digital: 978-956-17-0963-8

Derechos Reservados

Ediciones Universitarias de Valparaíso

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

Calle Doce de Febrero 21, Valparaíso

euvsa@pucv.cl

www.euv.cl

facebook.com/euv.cl

twitter.com/euv_cl

instagram.com/euv.cl

Diseño de portada y diagramación: Carlos Donaire Celis (carlosdonairecelis.com)

Correctores de prueba: Héctor Contardo Jaramillo e Iván Gutiérrez López.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, del editor.

Índice

Introducción

1) Capítulo 1 • ¿Por qué la política?

2) Capítulo 2 • ¿Por qué la economía?

3) Capítulo 3 • Testimonios

Sergio Bitar

René Manuel García

Andrés Zaldívar

Laura Novoa

Andrés Pascal

Jaime Bellolio

Karol Cariola

Emilia Schneider

Emilia Nuyado

Luz Poblete

4) Capítulo 4 • ¿Por qué la democracia?

5) Epílogo

6) Referencias

Introducción

Este no es un texto dirigido a los expertos que acostumbran a confrontar sus trabajos en los gabinetes de la academia. Es un intento orientador focalizado en la ciudadana y el ciudadano común; en especial en los jóvenes. A partir de una recopilación de testimonios de protagonistas que han vivido en medio de la praxis política y, por lo tanto, han sido testigos de lo ocurrido en Chile en las últimas décadas, es el propio texto -centrado en hechos más que en juicios- el que intenta servir de referencia sobre los 30 años de democracia en Chile, que se cumplieron en marzo de 2020.

Tales testimonios pertenecen a representantes de distintos sectores del abanico ideológico, así como a diversas profesiones y oficios, quienes llegaron a la política solo por vocación. Lo hicieron en medio de cambios progresivos y a veces turbulentos y por lo tanto aprendieron sobre la marcha a actuar en este complejo mundo.

Del otro lado están los otros protagonistas, la gente sencilla, la ciudadana y el ciudadano que se ocupan de otros oficios y que son los verdaderos depositarios de la acción política de aquéllos. Este enfoque práctico es un intento de refrendar el hecho de que los verdaderos actores de los procesos políticos y sociales no son los teóricos que estudian -ex post- los acontecimientos, sino la civilidad y sus dirigentes, quienes no necesariamente tienen que saber de teoría política para impulsar estos procesos. Sobre todo, en el marco de una auténtica democracia, los dirigentes tratan de ser intérpretes de las demandas más sentidas de sus dirigidos. En el lenguaje tradicional de los analistas políticos, la vanguardia que impulsa los cambios está representada por los líderes y sus seguidores, enfrentados permanentemente a la disyuntiva de responder a una ideología, o a improvisar los argumentos y las líneas de acción. Hay casos de teóricos que derivan hacia la acción política y viceversa, desde ésta hacia el trabajo teórico. Pero son los menos, ya que la mayoría de las veces los protagonistas de los procesos políticos son los ciudadanos comunes, así como sus dirigentes que están dotados de cierto liderazgo (natural o improvisado) y que se esfuerzan en representarlos.

El periodo de los testimonios abarca -como pretexto inspirador- el hecho simbólico de haberse cumplido tres décadas del retorno de Chile al sistema democrático, el cual entró en crisis (tal vez por agotamiento), paradójicamente a solo meses de cumplirse este aniversario. Al cabo de 30 años el sistema hizo crisis para entrar en un necesario periodo de ajuste, esta vez, en busca de una mayor representatividad de la ciudadanía no dirigente, puesto que meses después, el 25 de octubre de 2020, la ciudadanía respaldó de manera categórica, con el 78% de los votos, la redacción de una nueva Constitución Política. Y junto con ello determinó que este trabajo fuera realizado sólo por ciudadanos elegidos por voto popular, con este fin exclusivo. Concretamente, el 79% de los electores desechó la opción de que parlamentarios en ejercicio participaran en la Convención Constitucional.1

Varios de los testimonios que se entregan en este libro fueron recogidos antes del estallido social de octubre de 2019 y dado que este hito representa un punto de inflexión en el Chile contemporáneo, obligó a revisar numerosos pasajes de las entrevistas, como también a guardar una cautelosa espera, antes de que fraguaran mínimamente aquellos testimonios. Sin embargo, este ejercicio pudo haber resultado en vano, considerando que los procesos sociales y políticos nunca pueden declararse concluidos, ni tampoco darse como hechos superados, consolidados y perdurables por tiempo indefinido. Aunque parezca una tautología, la historia nos enseña que los procesos sociales y políticos son el resultado de la acción humana que cotidianamente lucha consigo misma y con su entorno para intentar clavar el statu quo y para resistir el paso del tiempo, pero también para impulsar cambios, enfrentar nuevos desafíos y vivir nuevas experiencias. Tales intentos son el resultado de una ontología dinámica, díscola, curiosa, intrépida, contradictoria, inconformista, imprecisa y errática. Esa naturaleza humana confronta su afán de permanencia y seguridad, matizada con una permanente búsqueda de lo nuevo, en medio de un mundo cambiante y no pocas veces hostil. Esa misma naturaleza que hace dos milenios y medio Heráclito la describió como un río para reflejar su realidad. Esto es, que nada es permanente y que todo se transforma. Por más que algunos se esfuercen en congelar la realidad y también conservar los sistemas sociales, basados en tal o cual institucionalidad, tarde o temprano terminan resistiendo los cambios, o subiéndose a ellos para adaptarse a los nuevos tiempos.

El cambio social, fenómeno del cual se hacen cargo la sociología y la ciencia política con moldes tomados del pasado, obliga a sobrellevar un estado de incertidumbre asumida sobre el futuro, que permite de paso evitar la desazón y -cuando es posible- prevenir el caos, dos ingredientes propicios para poner en riesgo los tinglados institucionales. Estas obras humanas llamadas instituciones, que dan forma y contienen a las relaciones sociales (cualquiera sea su tipo), siempre son inacabadas y están en permanente construcción. Por lo tanto, la inestabilidad es propia de los sistemas sociales, en rigor conocidos como sistemas sociales complejos, cuyas características más relevantes son la autonomía de sus integrantes, la imprevisibilidad y la irrupción de los llamados fenómenos emergentes, que se producen por la acumulación de autonomías, tanto de individuos como de organizaciones.2 Bauman habló de la sociedad líquida,3aludiendo análogamente al agua contenida en un recipiente, pero sometida a la agitación mientras es transportada de un lado a otro.

La sucesión de cambios inesperados da cuenta de que la especie humana se debate entre dos ethos: el ser social y el ser individual. En ambas dimensiones operan fuerzas autónomas de seres que sienten, anhelan, aman, piensan, construyen, creen, odian y destruyen. Con tales atributos, no parece tarea fácil manejar sociedades humanas, mucho menos estados y países. Por eso los dirigentes políticos ejercen una noble función, muchas veces incomprendida, sea porque fallan o porque ellos mismos contribuyen a su desprestigio.

Los pilares más sólidos para mantener estables las organizaciones políticas son las instituciones y las leyes, de las cuales se valen los gobernantes. Además, los democráticos se apoyan en la autoridad otorgada por la ciudadanía la cual, transfiere legitimidad para el uso de la fuerza, policial y militar, con el propósito de cautelar la seguridad de las personas y de la sociedad en su conjunto. Así, dependiendo del tipo de instituciones y de la calidad de éstas, los Estados logran permanecer en pie, independientemente del tipo de instituciones que adopten. Así, por ejemplo, los resultados que se observan al norte y al sur de la frontera de las dos Corea, están directamente relacionados con el tipo de instituciones que cada gobierno quiso construir en su país. El territorio y la geografía que habitan en el sudeste asiático las dos Corea son similares, así como el origen étnico, el idioma, la cultura y la historia que les dio origen. Lo único que diferencia a estos dos países son sus instituciones, construidas sobre la base dos sistemas ideológicos antagónicos. O sea, cada uno con su propio software político, al norte y al sur de aquella península. Otro ejemplo sobre la importancia de las instituciones en la construcción social lo entregan Acemoglu y Robinson, en el libro Por qué fracasan los países, citando el caso de una misma ciudad, Nogales, divida en dos por la frontera de México con Estados Unidos.4 En este caso los resultados, sobre todo económicos y sociales, son claramente divergentes.

Es muy riesgoso atreverse a pronosticar con alguna certeza en qué momento los sistemas políticos y sociales van a entrar en crisis y cuánto van a durar éstas, ya que dependen de múltiples factores y de innumerables individuos, por lo general impredecibles. De allí entonces que la principal herramienta para enfrentar la inestabilidad y la incertidumbre es el orden institucional y junto con ello la voluntad de las personas para someterse a este orden. Del mismo modo que nadie predijo cómo a fines de 1989 el sistema soviético comenzaría a derrumbarse como castillo de naipes, no es posible asegurar hoy que algún país no vaya a sufrir una crisis política, en algún momento. La misma imprevisión se ha dado a lo largo de la historia, cuándo se derrumbaron estructuras mayores, desde el Imperio Romano hasta los regímenes absolutistas europeos, a partir del siglo XVIII.

Las últimas cinco décadas en Chile han sido turbulentas en los dos extremos, al inicio y al final de este periodo. Primero fue el desenlace trágico del experimento socialista que lideró el Presidente Salvador Allende (1970-1973), pasando por el negro periodo de la dictadura encabezada por el general Pinochet, hasta el estallido social del 18 de octubre de 2019, que dio inicio a un nuevo ciclo de cambios profundos, acompañado por un proceso constituyente que, en buena hora, se aprecia como una vía de redireccionamiento democrático de aquella rebelión social.

Subyace en este trabajo el consenso general, predominante en la época contemporánea, de validación del sistema democrático como la mejor forma de gobernar. Este concepto fue acuñado hace 2.500 años en la antigua Grecia, pero aún no es posible consensuar su verdadero alcance práctico, con cierta precisión universalista. Hoy por hoy se habla de democracia con distintos apellidos: democracia liberal, democracia popular, democracia representativa, democracia profunda, democracia protegida, etc. “Habiendo aproximadamente un grupo de definiciones teóricas o del lenguaje político de relativa convergencia, el concepto ha admitido también significados distintos y subentendido que pueden chocar con cualquier unanimidad supuesta”, dice al respecto el historiador Joaquín Fermandois.5 Sin embargo, es posible distinguir a simple vista los gobiernos democráticos de los regímenes totalitarios y autocráticos. Así y todo, los países que practican la democracia se proponen un conjunto de objetivos que se pueden resumir en el bien común y en el ejercicio de las libertades individuales, desde la libre expresión de ideas, opiniones e intereses, hasta la libertad de desplazamiento y la elección de los representantes del pueblo por votación popular. Con este fin los sistemas políticos democráticos se valen de instrumentos funcionales, tales como normas, reglamentos, leyes y códigos basados en una carta fundamental o constitución política. Antes de su promulgación, en democracia se asume que el texto de la carta fundamental sea presentada y debatida con una amplia participación de la ciudadanía e, idealmente, que su redacción sea realizada por una Asamblea Constituyente, o bien por una Convención Constitucional, elegida por votación popular, tal como comenzó a ocurrir en Chile, a partir de mayo de 2021, cuando fueron electos los y las integrantes de esta Convención.

En los países democráticos las ideas y propuestas políticas son canalizadas por los partidos, los cuales también tratan de representar los intereses de la ciudadanía; aunque la mayor parte de las veces se da una situación al revés: los partidos tratan de persuadir a los potenciales votantes para que adhieran a sus propuestas e ideas preconcebidas.

La democracia necesita de una mínima formalidad de procedimientos y protocolos, incluso de solemnidad, para que sea respetada por todos los actores. De manera análoga a cómo se debe disputar un partido de fútbol, los procesos democráticos requieren de un reglamento que es conocido con antelación, de modo que los jugadores sepan a qué atenerse y para exigir que este se respete. Aquellas democracias que sufren la vulneración de los reglamentos y protocolos, y en caso peores de las normas constitucionales, tanto por parte de los ciudadanos como de sus protagonistas más prominentes (autoridades de gobierno, parlamentarios, partidos y dirigentes políticos, dirigentes gremiales, organizaciones sociales y religiosas, jueces, entidades policiales y las fuerzas armadas) entran en crisis. Así ocurrió en Chile, el 11 de septiembre de 1973, cuando se produjo el golpe militar que derrocó a Salvador Allende. Más allá de las razones que llevaron al golpe, el hecho concreto es que se produjo un quiebre institucional y murió la democracia.

La cultura democrática conlleva un conjunto de principios y valores que son compartidos por una mayoría y tienen como finalidad garantizar una sana convivencia entre los ciudadanos. Así lo describió John Locke, en 1689, cuando escribió sus ensayos sobre el gobierno civil. En su condición de personas y de sujetos racionales -dijo- los ciudadanos optan de manera libre y autónoma por compartir un espacio y objetivos comunes con otros individuos. Ello, con el fin de dotarse de un espacio de convivencia que les permita “una vida cómoda, segura y pacífica”.6

En democracia, las instituciones y las leyes tienen como propósito proteger a todos los ciudadanos, quienes cuentan con derechos individuales que son compatibles y/o concomitantes con los derechos colectivos. Pero también la democracia les exige el cumplimiento de deberes, dentro de los cuales destacan los vinculados con el respeto, la tolerancia y la solidaridad con otros conciudadanos, particularmente con aquellos que representan a las minorías; o los que tienen por finalidad proteger a los individuos más débiles y desvalidos (por ejemplo, niños y niñas, ancianos y discapacitados), como también a las especies animales y el medio ambiente.

En su condición de ciudadanos y ciudadanas,7 en democracia las personas pueden ejercer todos sus derechos y con arreglo a la ética social de la política, los adultos, en la plenitud de sus facultades mentales, están en mejor posición para ayudar, asistir y proteger a los seres más débiles o vulnerables. Además, a medida que se detenta un mayor poder, político, económico o intelectual, el ciudadano adulto está llamado a actuar con mayor responsabilidad sobre otras personas o individuos que están en situación desvalida.

En la línea de tiempo de la política observamos que la mayor parte de su historia ha estado dominada por el uso de la fuerza y de la violencia, en que los más poderosos imponen su dominio sobre otros individuos. La motivación predominante ha sido la satisfacción de necesidades personales, familiares y grupales (tribales), o de relaciones de conveniencia - tanto parentales como dinásticas- con comunidades cercanas que sintonizan con los intereses económicos, religiosos, de casta, de clases, o de raza. La característica predominante de este enfoque del poder político es la exclusión de los grupos sociales que persiguen o se identifican con otros intereses u otras culturas. En ambos casos, predominan la intolerancia, la competencia por sobre la colaboración y los prejuicios por sobre el respeto de la diversidad.

El ejercicio de la política acompañada de un sistema de organización democrático, en su concepción moderna, a lo más tiene dos siglos y medio, mientras que la historia de las civilizaciones suma a lo menos 80 siglos. Así y todo, la organización política basada en la democracia sigue siendo un concepto relativo y vago, de modo, por ejemplo, que en pleno siglo XXI existen países con regímenes dictatoriales de partido único y sus gobernantes sostienen que allí se ejercita una verdadera democracia, basada en el poder popular. En Cuba, por ejemplo, los ciudadanos pueden votar regularmente, pero deben hacerlo por candidatos seleccionados previamente por el Partido Comunista. También pueden disentir, pero sin poner en cuestión la prevalencia del sistema socialista y tampoco el poder de ese partido, cuya supremacía está establecida en la Constitución.8

A diferencias de las autocracias y dictaduras que se valen de la fuerza para gobernar, los sistemas democráticos son de naturaleza frágil, porque depende de la libre voluntad de las personas. Más exactamente de un conjunto mayor de seres humanos, todos -como ya se dijo- autónomos, impredecibles y cambiantes. Unos más que otros, buscan su bienestar individual y familiar y luego piensan en la sociedad, que es la que al fin y al cabo contiene a los sistemas políticos. Dada esta fragilidad, no son pocos los casos de abuso del poder -en democracia- que han derivado en dictaduras de facto, o últimamente en autocracias populistas, de izquierda y de derecha.

Chile no está exento de los riesgos que acechan a la democracia. Aunque en 2020 se observaban claros síntomas de deterioro, la ciudadanía daba por sentado que esta seguía funcionando y que tal vez se mantenía estable dentro de su gravedad, aun cuando desde el año anterior había entrado en una profunda crisis.

Un síntoma de la crisis fue la deslucida celebración de los 30 años que cumplió la nueva democracia chilena el 11 de marzo de 2020. Aquel día el Presidente Sebastián Piñera recordó la fecha solo como el aniversario de su propio gobierno, mas no como un hito de tres décadas que debió enorgullecer a una mayoría ciudadana y frente a lo cual la autoridad con más poder debió tomar la iniciativa. En tanto, afuera del palacio de La Moneda, nadie celebró y quizás muy pocos chilenos recordaron siquiera el momento cuando el general Augusto Pinochet entregó el poder al Presidente Patricio Aylwin. Es cierto que no se dieron las condiciones de contexto para celebrar la democracia, dado que aún se percibían las secuelas de la explosión social ocurrida cinco meses antes y el país entraba en modo crítico para enfrentar la pandemia del Covid-19. Fue un hecho trascendente que pasó inadvertido. Junto con los cuidados que se merece, la democracia también necesita gestos de solemnidad que actúen como mensajes para refrendar sus valores, con especial cuidado de que estos sean recibidos por los niños y los jóvenes, con el fin de proyectarlos hacia el futuro.

Las generaciones de chilenos que llegaron a la adultez después de recuperada la democracia, en 1990, y también los que nacieron después de este año, solo conocen de oídas lo que es vivir en dictadura. Por lo mismo, están más propensos a suponer que la democracia es algo natural y que quizás no requiere de mayores cuidados. En cambio, las generaciones de chilenos que vivimos en dictadura sabemos muy bien lo que es perder la democracia. También sabemos que no es un don que se hereda, o un regalo del cielo, sino un sistema que requiere de la participación de toda la ciudadanía para construirla y cuidarla, aunque con distintos niveles de responsabilidad. El ciudadano de a pie cree tener a mano unos pocos medios para contribuir a la democracia, particularmente el derecho a voto. Pero potencialmente puede participar en varios otros estamentos, desde juntas de vecinos hasta en diversas organizaciones de base, y la noble democracia les garantiza la libertad para hacerlo.


Uno de los síntomas más visibles de la crisis de la democracia chilena es la bajísima participación de la ciudadanía en partidos políticos (menos del 10% del padrón electoral), aunque no es fácil explicar a qué se debe. En este caso, determinar el origen de la abulia para integrarse a estas agrupaciones. Aparentemente, se ha dicho, esto puede ser resultado del sesgo individualista que lleva consigo el modelo económico de libre mercado, aunque cabe señalar que este modelo es algo más antiguo que la joven democracia chilena y que el país donde surge la democracia en su versión moderna es Estados Unidos, el más capitalista del mundo.

Dado que el mismo modelo ha sido identificado como uno de los responsables de la gigantesca movilización ciudadana de octubre 2019 en Chile, este mismo fenómeno contradice el diagnóstico de la simple abulia ciudadana. Aun con la precariedad organizacional que le atribuyen algunos analistas al movimiento ciudadano, la gente que salió a la calle a protestar no parecía estar “alienada” o anestesiada por el modelo. Al contrario, parecía estar muy consciente de su demanda por cambiarlo. De hecho, no son pocos los grupos de ciudadanos movilizados que han pedido derechamente su abolición. Por lo tanto, de ser el modelo de libre mercado el principal responsable de la desidia ciudadana hacia la política, no hubiese ocurrido el estallido social. Esto porque el mismo modelo se habría encargado de frenar y hasta succionar el movimiento, por ejemplo, con más crecimiento, más empleo y más consumo.

Lo que sin duda ocurrió en octubre de 2019 fue un quiebre maestro en la forma de entender la política por parte de una gigantesca masa ciudadana, fenómeno que hasta estos días no ha sabido interpretar la llamada clase política tradicional. Una pista para comprender este fenómeno es la descripción -en las páginas siguientes- del quiebre de expectativas de la ciudadanía, con respecto a lo que ha sido capaz de concretar (sí, concretar más que ofrecer) la clase política encumbrada en los distintos poderes del Estado. De otra forma tampoco se explicaría la aplastante derrota que propinó la ciudadanía a los parlamentarios en ejercicio, en el plebiscito del 25 de octubre de 2020, ante la intención de éstos de formar parte de la Convención Constituyente. El 79% de los votantes dijo no a esta opción y prefirió elegir democráticamente a todos los constituyentes.

Lo que está ocurriendo en Chile en el plano político, y en buena hora, es un proceso de construcción colectiva de una nueva democracia. Esto es, una segunda transición a la democracia. Es probable que si este proceso culmina exitosamente hacia 2023, con la aprobación de una nueva carta fundamental, los ciudadanos que habrán participado en este proceso se sentirán fortalecidos y serán los principales celadores del edificio que se construya.

La democracia es como un árbol perenne que la sociedad entera debe cuidar, para que crezca firme, eche raíces, entregue frutos y su follaje siempre verde proyecte seguridad, altivez y cobijo para todos. De allí el título de este libro, Las formas del árbol. Es una figura conceptual que no pertenece a este autor, sino que fue aprendida de Aristóteles, el sabio de la antigua Grecia que enseñó tempranamente sobre el valor de la democracia en la Academia ateniense. Según el filósofo Estagirita, “cada hombre es como una rama de un gran árbol que es la polis y, por analogía, la ética individual, de cada hombre en particular, será una rama más del gran árbol de la ética de la comunidad”.9

La parte medular este trabajo consta de 10 entrevistas testimoniales a destacados representantes de la política chilena, y los capítulos complementarios Por qué la política, Por qué la economía y Por qué la democracia, tienen como propósito alumbrar al lector para sacar sus propias conclusiones sobre el valor de la democracia, como requisito indispensable para construir una sociedad más humana e igualitaria, justa, próspera y feliz.

El autor

Capítulo 1

¿Por qué la política?

La política es un recurso indispensable de los seres humanos para sobrevivir, convivir y progresar. Sin política no hay organización social, por primitiva que ésta sea. La mayoría de las actividades humanas son impulsadas y/o convergen en alguna acción política. Es como un gran campo gravitacional en que tarde o temprano las acciones humanas son atraídas por la política, entendida primordialmente como una actividad que requiere de algún plan, tanto si se trata de un individuo, como de un grupo que necesita actuar de consuno para conseguir objetivos mayores.

La política es una actividad eminentemente humana que conlleva la participación de varios individuos, sea de manera deliberada o pasiva. Tratándose de organizaciones con objetivos de mayor alcance, la política puede contribuir al bien común y al desarrollo de las sociedades y de los países. Pero también -con afán autocrático- los gobernantes pueden oprimir, subyugar o reprimir a los ciudadanos. Cualquiera fuera el objetivo, la política requiere de medios de poder para ser ejercida, tanto físicos como inmateriales. En el lenguaje actual, la política requiere de software (ideas, planes, programas, creencias, leyes, instituciones, cultura) y de hardware (recursos físicos, herramientas).

Con tal grado de dispersión del concepto, las manifestaciones de la política abarcan desde la forma de operar de un dictador, hasta el modo de gobierno en un sistema democrático, que respeta las libertades y busca genuinamente el bien común. En ambos casos, la política lleva implícito el uso del poder para impulsar cambios que afectan en menor o mayor medida al individuo y a un conjunto de éstos. La diferencia fundamental entre uno y otro extremo de manifestación política radica en la forma en que se controla y ejerce el poder. Mientras en dictadura se concentran los poderes del Estado, en el caso de un gobierno democrático, estos se reparten entre varios actores, permitiendo una mayor participación y el control cruzado de los distintos organismos que lo ejercen. Subyace a estos poderes la presencia del soberano potencial que es el pueblo, el ciudadano que se hace representar a través del voto popular y de las distintas organizaciones e instituciones.

Weber circunscribe la política a “la dirección, o a la influencia sobre la dirección de una asociación política, es decir, en nuestro tiempo, de un Estado”.10 Esta delimitación del concepto ayuda a entender que esta actividad humana alcanza su mayor trascendencia cuando está referida a los gobiernos de los países, ya que en la práctica abarca a un conjunto ilimitado de organizaciones -de todo tipo- las cuales de uno u otro modo hacen política. Incluyendo desde luego a los partidos y movimientos políticos. Con este enfoque macro quedamos advertidos de que la política es una actividad altamente compleja y que cuando falla, o tiene éxito, depende de decisiones humanas. No está demás aclarar que las personas que están a cargo de la dirección política no son dioses y que la ciudadanía debe esmerarse en tener a sus mejores representantes o líderes en el pináculo del poder.

En los sistemas democráticos la ciudadanía acepta de manera voluntaria la delegación del poder a ciertas personas que por este solo acto adquieren autoridad para gobernar. No es el caso de los regímenes dictatoriales y autocráticos, que también llaman a elecciones, pero bajo la condición de que el gobernante no pierda el control de los poderes clave: ejecutivo, legislativo, judicial, militar-policial y en los casos de las dictaduras más extremas, el poder económico. Los riesgos de la democracia son permanentes y como dice Stoker, si la política normal, ejercida en democracia, se viene abajo, “la política puede devenir en formas muy violentas y brutales”.11

Uno de los precursores de la democracia moderna fue John Locke, quien -en la segunda mitad del siglo XVII- reflexionó sobre la libertad e igualdad de las personas y contra el despotismo de la monarquía imperante. Fue uno de los primeros en hablar de un contrato social que las personas pueden convenir, de manera libre y voluntaria, para alcanzar una convivencia “cómoda, segura y pacífica”. En su Segundo tratado sobre el gobierno civil dice: “Los hombres son libres, iguales e independientes por naturaleza y ninguno de ellos puede ser arrancado de esa situación y sometido al poder político de otros, sin que medie su consentimiento”. Conforme a ello concluye que tal consentimiento “se otorga mediante un convenio hecho con otros hombres para juntarse e integrarse en una comunidad destinada a permitirles una vida cómoda, segura y pacífica de unos con otros, en el tranquilo disfrute de sus bienes propios y una salvaguarda contra cualquiera que no pertenezca a esa comunidad”.12 Ferviente partidario de la lucha de los whigs (liberales) contra los tories (conservadores) y contra del despótico rey Jacobo II, Locke fue uno de los inspiradores de la Revolución Gloriosa en Inglaterra. De hecho, retornó de su exilio en Holanda, luego que el déspota fuese reemplazado por Guillermo de Orange (1689). Luego, las reflexiones de Locke formaron parte de las propuestas de los filósofos e intelectuales del continente europeo que en el siglo siguiente dieron paso al Siglo de las Luces y, desde luego, a los cambios políticos y sociales que se desataron a partir de entonces.

Los problemas que aborda la política son de alta complejidad, puesto que trata con personas, con seres humanos, que de suyo son complejos, autónomos e impredecibles. Los seres humanos dependen unos de otros y en su natural estado de convivencia construyen estructuras que a su vez dan origen a sistemas, cuya estabilidad depende del control de los movimientos y/o cambios que surgen de una infinidad de organismos que operan como islas en medio de un todo. Esto es, de la totalidad del sistema social.13 Tal como ocurre con cualquier sistema, físico u orgánico, aquí todas y cada una de las partes y piezas contribuyen al todo y son corresponsables de la estabilidad y el equilibrio.

Por lo tanto, el campo de la política está sujeto a diversas fuerzas que pugnan por el poder, tanto para respetar el orden institucional y buscar el equilibrio, como para poner éstas en tensión y/o simplemente para tratar de derribarlo. De este modo, la política debe lidiar permanentemente con el conflicto y con el cambio social. A todo esto se suman otros desafíos que transcurren en democracia: la necesidad de garantizar las libertades individuales, la tolerancia y el respecto a la diversidad. Es precisamente esta última característica -que impone su propio ritmo dialéctico- la que a su vez permite avanzar de manera más dinámica hacia el desarrollo humano. Ello, en contraste con las sociedades cerradas que imponen barreras a la diversidad, sobre todo de tipo religioso, ideológico, cultural y racial. En los estados totalitarios se castiga la diversidad y se prohíbe el disenso, provocando el estancamiento y a la larga el fracaso de los sistemas. A modo de ejemplo, William Pfaff hace una comparación entre los caminos divergentes que tomaron las civilizaciones árabe y occidental, a partir del Renacimiento. “La civilización islámica poseía una rica literatura, filosofía y una desarrollada ciencia teórica. Dominaba la alta tecnología de la época, con una organización militar más avanzada que la Europa medieval”. Sin embargo, agrega que la verdadera razón para el éxito de Occidente y la victoria sobre el islam no fue el poderío militar, sino la capacidad para absorber los cambios que trajo el Renacimiento, y luego en la Ilustración. Esto, la capacidad para cuestionar y/o revisar “los fundamentos de su religión y civilización a la luz del pensamiento de la antigüedad pagana y de un racionalismo filosófico y científico”.14 En cambio, parte de la civilización islámica se aferró al fundamentalismo religioso, hasta estos días.

Si bien la acción política es precedida por un discurso o argumento, que en palabras de Sartori alude al homo loquax,15 donde primero se determina el propósito y luego se define el sentido, la dirección o camino a seguir y los medios para alcanzar el objetivo. En cada uno de estos pasos está implícita la voluntad de poder. No necesariamente en el sentido nietzscheano del poder, sino simplemente en función de contar con algún recurso, físico o intelectual, para lograr un objetivo, o para influir en otros.16 Esta forma elemental de raciocinio aleja al ser humano de la simple pulsión animal en que predomina el instinto por sobre la razón, y lo convierte en un animal político (Aristóteles).

En línea con el homo loquax de Sartori, es el discurso inspirado por las ideas lo que impulsa los cambios políticos y construyen nuevas realidades sociales. De este modo, los grandes acontecimientos históricos han sido precedidos y/o impulsados por determinadas convicciones políticas, religiosas, ideológicas o filosóficas que blanden los sujetos que reflexionan sobre el poder y que luego hacen suya los líderes y sus seguidores. En el caso particular de Chile, basta mencionar como ejemplo la irrupción del grupo de intelectuales que a mediados del siglo XIX volvió de Europa y puso en marcha el llamado “48 chileno”,17 iniciando el proceso de secularización de la política chilena, proceso que en el siglo siguiente derivó en la llegada al poder de los gobiernos mesocráticos, encabezados por el Partido Radical. También cabe mencionar la nueva visión liberal -con una óptica social- de la derecha chilena que inauguró el Presidente Arturo Alessandri Palma, en 1920; la “Revolución en Libertad” del Presidente Frei Montalva, en 1964, que fue inspirada por las ideas socialcristianas de Jacques Maritain; el experimento socialista del Presidente Salvador Allende, entre 1970 y 1973, basado en el humanismo laico y la teoría marxista; y la implantación del modelo económico de libre mercado, durante la dictadura del General Pinochet, que fue importada por los economistas que estudiaron en la Universidad de Chicago.18

Cuatro décadas de programación económica

Mirada desde la óptica de la organización social, la política antecede a la economía y ésta tarde o temprano se debe someter a aquella. En situaciones extremas y críticas, tales como las guerras, las pandemias y las catástrofes naturales, tal aseveración recobra su máxima importancia. En el caso chileno, por más de cuatro décadas la programación económica (particularmente del modelo neoliberal), antecedió y condicionó a la institucionalidad política. Incluso moldeó a ésta. Sin embargo, desde el 18 de octubre de 2019 y por razones insospechadas, explicadas en parte por la teoría de los sistemas sociales y políticos complejos,19 el eje central de las decisiones de Estado comenzó a trasladarse desde la economía a la política. De pronto, millones de chilenos que eran clasificados como meros “consumidores” por el modelo económico y como “electores” por la institucionalidad política funcional a aquél (cuando eran convocados con cierta periodicidad para elegir autoridades), se levantaron de manera autónoma y espontánea y cambiaron el rumbo del país. Aquella masa de gente, aparentemente sin poder político, hizo sentir su presencia y empujó al gobierno y a los partidos a modificar la agenda política y también la programación económica. En el primer caso, fijando un itinerario para un cambio en la base de la institucionalidad, esto es, la Constitución Política de la República; y en el segundo, provocando un viraje económico para tratar de responder a las demandas sociales más urgentes y de este modo bajarle presión a la caldera. Este proceso se produjo en el lapso de cinco meses y por tratarse de un giro tan violento e inesperado, cae en la categoría de revolución social.

El fenómeno se agudizó con la crisis sanitaria del Covid-19, que completó la tormenta perfecta, a partir de abril de 2020. Durante ese año la pandemia del Covid-19 paralizó la mayor parte del sistema productivo y nuevamente las urgencias sanitaria y social obligaron a la economía a capitular en favor de la política, obligando a cambiar el enfoque y las prioridades del gobierno del presidente Sebastián Piñera, como también de todos los partidos que suscribieron el acuerdo por la paz el 15 de noviembre de 2019. A partir de esta fecha Chile inició una nueva fase histórica, de la mano del proceso constituyente que tendría como propósito aprobar un nuevo contrato social, esta vez redactado por una Convención Constitucional, compuesta íntegramente por ciudadanos elegidos democráticamente con este propósito.

Este proceso implicó un punto de inflexión en la historia contemporánea chilena y sus efectos de corto y mediano plazos debieran tender a disiparse junto con el proceso de aprendizaje colectivo, asociado al ejercicio democrático de elaboración del nuevo contrato social. Todo este ciclo habrá sido fruto de una insospechada convulsión social, que prácticamente nadie previó que se desatara a partir de octubre de 2019.

Como suele ocurrir con los ciclos políticos y sociales, que pueden durar décadas, cuando se produce una sincronía de prioridades de las nuevas generaciones con las anteriores, es cuando los países logran estabilizarse. En ese momento sobreviene un nuevo ciclo que también puede durar algunas décadas. No está demás observar que el estallido social de octubre de 2019 fue impulsado por un cambio demográfico y liderado por las nuevas generaciones de chilenos, las cuales empujaron a los adultos a unirse al movimiento.20 O sea, las nuevas generaciones que no vivieron en dictadura y que no tuvieron protagonismo en las tres décadas de normalización democrática (1990-2020), fueron las que empujaron a los adultos a salir a la calle a protestar.

En las sociedades donde predomina el equilibrio entre los medios y los fines, la política recobra mayor importancia que la economía en el plano institucional, generando más representatividad en el abanico de expresiones sociales. A este equilibrio ayuda la democracia, aunque no es una condición suficiente, dado que existen numerosas experiencias (incluyendo la chilena) en que los países se declaran democráticos e incluso practican la democracia, pero las desigualdades y las injusticias son endémicas. Esto porque se mantiene el desequilibrio entre los medios y los fines y entre las estructuras económicas y los objetivos políticos. Cuando las bases materiales de la sociedad están en consonancia con los desafíos del bienestar de las mayorías, con mayor acceso a los derechos sociales de educación, salud, trabajo, pensiones vivienda y esparcimiento, entre los más relevantes y junto con ello se practican los valores democráticos, los países alcanzan un equilibrio institucional que a su vez garantiza estabilidad social. Además, en este tipo de sociedades basadas en el equilibrio entre los medios y los fines es posible encontrar una mayor provisión de recursos para satisfacer necesidades que alimentan el espíritu y se traducen en bienestar y felicidad, por sobre el mero desempeño productivo. No es casualidad que en los países de mayor desarrollo humano florecen masivamente el arte, la música, la ciencia, la religión, la literatura, el deporte y diversas manifestaciones culturales y sociales. La mayor parte de estas actividades no tiene como fin el rédito económico, sino la plenitud espiritual de sus mentores.

La acción política ha evolucionado desde la organización humana primordial, esto es de los primeros homínidos de la prehistoria, basada en el orden impuesto por el individuo más fuerte y astuto de la tribu (que lideraba la caza y/o la recolección de alimentos), hasta la compleja estructura institucional de los estados modernos. En este trayecto evolutivo la actividad humana se ha apoyado en la acción política de manera espontánea, combinando las diversas manifestaciones del poder: el instinto con la fuerza, el hacer con la inteligencia; la organización grupal con la sabiduría individual; las creencias religiosas con la razón; y la acumulación de recursos físicos con la contemplación. Curiosamente, todas estas manifestaciones del poder político se mantienen hasta nuestros días. Potencialmente, cualquier ser humano está dotado de poder y puede usarlo a su arbitrio, mas no todos están en condiciones de ejercer el poder político, dado que este implica la participación de otros seres humanos, sea por medios coercitivos o por simple adhesión voluntaria.

Por lo tanto, más allá del discurso, la política es reflejo del uso del poder por parte de un individuo, o por un conjunto de éstos, con el propósito de afectar la vida de otros. El devenir histórico revela que el poder político siempre ha sido ejercido por unos pocos individuos que se las ingenian para dominar a un conjunto mucho mayor de personas. Desde la antigüedad hasta muy avanzada la época contemporánea, la naturaleza de las organizaciones políticas y económicas han sido de tipo “extractivas”, concepto que alude a la dominación de ciertas clases privilegiadas sobre una mayoría desvalida de poder, que padece la exacción y/o explotación de aquéllas.21 Un caso prototípico del poder absoluto estuvo representado por el llamado “Rey Sol”, Luis XIV de Francia (1638-1715), quien declaraba que “el Estado soy yo” (L’ État c’est moi).

El recuento histórico revela que los sistemas políticos democráticos comenzaron a evolucionar muy lentamente desde la Revolución Gloriosa (1688) -que asentó la monarquía parlamentaria en Inglaterra- y con mayor fuerza desde segunda mitad del siglo XVIII (Revolución de la Independencia en Estados Unidos, en 1776 y Revolución Francesa, en 1789). Hasta un par de siglos antes, en la Baja Edad Media, la Iglesia Católica y los señores feudales concentraban la mayoría de los poderes: político, económico, militar, religioso, cultural y social, encargándose éste y/o sus protegidos de organizar el feudo y defenderlo mediante el uso de la fuerza. La estructura social era rígida, dominada por la nobleza, y el estamento más bajo, los campesinos o siervos de la gleba, estaban sometidos a una doble explotación, económica y moral. Económica porque debían entregar sus cosechas y producción animal al señor feudal a cambio de ganar solo la subsistencia; y moral, porque si desobedecían les caía el castigo divino. “Toda la tierra pertenecía a Dios, que la había puesto bajo la custodia o bien de un hombre que era el rey por derecho divino, o bien de la Iglesia. No aceptar la autoridad de los superiores era oponerse a la voluntad de Dios, que les había entregado autoridad y poner en peligro la salvación en la otra vida”.22

Por derivación, una organización similar se observó en el periodo de los regímenes absolutistas, en que los feudos dieron paso a los imperios coloniales, generando estructuras aún más complejas, poderosas y extractivas. En ambos casos se trataba de dictaduras perfectas, con sistemas totalitarios que concentraron todos los poderes.

La política como un medio de vasto alcance

Entendida en su dimensión práctica, la política es una actividad de naturaleza frágil y flexible, pero no efímera, porque se mantiene omnipresente, de una u otra forma, en una y otra mano. Por lo mismo, también es asequible y maleable. Como dice Sartori, “la política es el ‘hacer’ del hombre que, más que ningún otro, afecta e involucra a todos”.23 Sus resultados y/o efectividad dependen de quién esté al mando del timón y puede servir para fines diversos. Por eso es tan político un dictador como un demócrata, o un político honesto como un demagogo. Por lo tanto, desde el punto de vista práctico, la política es un instrumento propicio para atender a los objetivos que el político se proponga. Por eso los pensadores autónomos y menos comprometidos con el uso interesado del poder político, sugieren que el ejercicio de esta actividad debe estar acompañado por el respeto a normas éticas que prevengan, aíslen o anulen el despotismo y las injusticias; el nepotismo y la corrupción; el impulso irracional y la avaricia; el abuso y la vanidad; el populismo y la demagogia; y el usufructo exclusivamente individual o egoísta que pueda desvirtuar los nobles fines de la acción política. De manera análoga a como se rotulan algunas medicinas populares, la política es como “un remedio de aplicación tópica de amplio espectro”.

Sea cual fuere el uso que le den quienes recurren a ella, la política es una actividad esencial para los humanos, para las organizaciones de todo tipo, para las empresas; para las agrupaciones religiosas, sociales, deportivas y culturares; y para los países y los grupos de éstos. En el amplio sentido de su concepción práctica, la política es inherente a la organización social, porque es un medio para conseguir diversos propósitos, de dominación como de convivencia. De hecho, las organizaciones criminales también ejercen su poder valiéndose de una rudimentaria expresión de política despótica, en tanto cuentan con líderes o cabecillas que las guían para cumplir sus objetivos. O sea, se organizan para determinados propósitos delictivos y cuentan con jerarquías, reglas y medios -en su mayoría coercitivos- para alcanzar aquéllos. Por lo tanto, y aun con el inevitable rechazo moral que desata en la sociedad honesta la existencia de mafias, redes y grupos criminales, desde el punto de vista estrictamente práctico, ese tipo de organizaciones humanas también se valen de la política.

La realidad indica que la mayoría de las personas hacen política de modo espontáneo, sin que necesariamente hayan tenido formación para este fin. De otro modo no se explica que en todos los niveles de la sociedad haya dirigentes de base, al margen de los partidos, en los más diversos planos: vecinal, deportivo, sindical, cultural, social, estudiantil, etc. En algún momento estos actores, aparentemente apolíticos, hacen sentir su presencia de manera simultánea, como ocurrió en Chile el 18 de octubre de 2019 y en los días siguientes. Por lo tanto, también en la mayoría de los casos, hay un discurrir político previo, con una secuencia que parte con la identificación del problema a resolver, sigue con la formulación de un discurso (argumento) que inspira o motiva a estos actores y culmina con un plan de acción. Todo ello al margen de las élites políticas convencionales. En esta secuencia la clave del éxito está en la capacidad de los actores, particularmente de los dirigentes, para motivar con el discurso a una mayor cantidad de personas, elevando la política a la dimensión de un hecho público que le es propia.

La falta de un método para ejercer el poder se observa con frecuencia en los casos de políticos autodidactas, quienes proviniendo de distintas formaciones, oficios y profesiones expresan su quehacer sociopolítico del modo más apropiado que les parezca. En numerosos casos echando mano a la facilidad discursiva (locuacidad) y apoyados en algún sustrato ideológico para respaldar su accionar. En el peor de los casos, hay políticos fácticos que actúan según las circunstancias, como simple veletas, cayendo a veces en la tentación demagógica de hacer promesas irreales, con el fin de conquistar a los potenciales adherentes a su causa. O con visión de corto plazo. Lo verdaderamente difícil en la praxis política es el manejo racional del discurso, con visión de conjunto, optando los verdaderos líderes por exponer los problemas antes que prometer soluciones fáciles. Los aprendices de líderes identifican las necesidades más recurrentes de la gente y se valen del recurso emotivo para captar adhesión popular. Del mismo modo, los líderes tiránicos tratan de anestesiar mentalmente a la gente con una mezcla de discurso esperanzador y un despliegue de su poder represivo.

Por lo tanto, es de alto impacto social el tipo del ejercicio del poder que conlleva la acción política. Los hechos indican que, a mayor poder, mayor es el grado de afectación social que tienen las decisiones políticas. Por lo mismo, a mayor poder, mayor es la responsabilidad de los dirigentes o autoridades hacia sus dirigidos. Así, comparativamente, es más influyente a nivel internacional lo que hagan (o dejen de hacer) los presidentes de dos países poderosos como Estados Unidos y China, en comparación con el alcance del gobernante de una pequeña nación del club de los países emergentes o subdesarrollados. Ambos tienen una responsabilidad directa con sus gobernados, pero los primeros tienen de suyo una responsabilidad mayor en el plano internacional.

En la escala del poder político y con estricto apego al rigor ético del concepto, este no se debe reducir a un simple instrumento que puede ser usado para fines diversos, incluyendo aquellos que resultan perjudiciales para otras personas, grupos o conglomerados humanos. A lo largo de la historia, la construcción social basada en la política se ha debatido -por una parte- entre lograr una sobrevivencia mínimamente segura y estable para proveer el bienestar general; y por otra, del uso el poder para servirse a sí mismo y abusar de otros, especialmente de los más débiles. A esto se agrega el hecho de que a mayor poder se da también acceso a una mayor cantidad de información, que es usada para retroalimentar ese poder. Ello, en desmedro de otros que están debajo y que pueden ser objeto de manipulación informativa. Esto se conoce como asimetría de información, en cuyos peores casos da origen a lo que Adam Smith catalogó como “riesgo moral”.24 Esto es, aquel fenómeno de abuso de posición dominante en que los que están más arriba en la escala del poder cometen desde errores hasta actos de corrupción y las consecuencias recaen sobre otras personas desinformadas, o un conjunto de éstas que no tienen responsabilidad de mando. Esto se da con frecuencia en el ámbito de las sociedades anónimas en que participan miles de accionistas, los cuales carecen de información oportuna y suficiente para contrarrestar el mayor poder decisorio de los que administran estas empresas. Dado que en este tipo de organizaciones está en juego lo que se denomina “fe pública”, el Estado, a través de las leyes provee regulaciones para la entrega de información con la máxima transparencia posible y sanciona los llamados actos de “uso (abuso) de información privilegiada”.

Dada la existencia de más y mejores medios de comunicación, en el siglo XXI, la política y los políticos están sometidos a un implacable escrutinio de la ciudadanía, especialmente en los regímenes democráticos en que existe libertad de información. Claramente, los partidos, los dirigentes y los propios gobiernos no estaban preparados para enfrentar la avalancha comunicacional, sobre todo de las llamadas redes sociales, que difunden datos de todo tipo, falsos, verdaderos y medias verdades. En la suma y resta se constata el desprestigio de la política y de los políticos. Lo que antes se ocultaba, o se manipulaba al arbitrio de los más poderosos, que de paso podían influir a los medios de comunicación tradicionales, en el siglo XXI ya no es posible. A raíz de este mismo fenómeno, acompañado por una creciente desafección de las ideologías que predominaron en el siglo anterior, se observa una mayor inestabilidad política y social, a veces con movimientos pendulares, que son propios de la sociedad líquida que describe Bauman.25 Esto equivale a un recipiente altamente voluble (el ordenamiento institucional), en cuyo interior el contenido (la sociedad) se agita fácilmente, dificultando su traslado con rumbo cierto.

Sin embargo, subyacen a esta realidad del siglo XXI los valores consuetudinarios de la política, desde que fuera identificada en la antigua Grecia como una actividad necesaria para garantizar la convivencia social. En palabras de Hannah Arendt, “lo que distinguía la convivencia humana en la polis de otras formas de convivencia humana que los griegos conocían muy bien era la libertad”,26característica altamente diferenciadora de esta civilización, en un contexto histórico en que otros pueblos vecinos vivían en la barbarie y donde predominaba la ley del más fuerte.

Con el enfoque del bien común, que va más allá de los individuos y de las organizaciones que persiguen fines particulares, parciales o corporativos, la POLÍTICA (así, con mayúsculas) adquiere su máxima relevancia y se transforma en una actividad vital para la sana convivencia social, para la democracia y el progreso de la humanidad. También en palabras de Arendt, “puesto que el hombre no es autárquico, sino que depende en su existencia de otros, el cuidado de ésta (la política) debe concernir a todos, sin lo cual la convivencia sería imposible”.27

Capítulo 2

¿Por qué la economía?

La economía es tan importante como la política para la sobrevivencia, la convivencia y el progreso de la humanidad. Conocida como la ciencia de la escasez, porque se ocupa de cómo satisfacer necesidades ilimitadas con recursos escasos, en la práctica, trata de resolver el problema de cómo proveer los medios de subsistencia, junto con otras innumerables necesidades complementarias, mediante el uso de diversos recursos productivos. Aunque de ordinario la gente no lo sabe o no lo quiere reconocer, la economía está presente y/o subyace en todas las actividades humanas.

La economía no se ocupa de las libertades humanas, pero necesita de un ambiente social e institucional adecuado para desarrollar las actividades productivas, sobre todo para la innovación. Es con este enfoque que la economía adquiere una significación política y recupera el sentido que tuvo desde su origen: de economía política. En palabras actuales, necesita de un “ecosistema” para que puedan expresarse la creatividad y la innovación y, según sea el tipo de emprendimiento, la competencia o la colaboración. Por lo general, en los países donde existe menos libertad económica, las actividades productivas adquieren un estatus de subsistencia y de lento crecimiento. Sin embargo, para lograr una mayor diversificación productiva, basada en la innovación, se necesita algo más que libertad económica (de empresa y de mercados). Sin ir más lejos, Chile abrió su economía -casi de par en par- a partir de 1975, pero en 2020 su economía seguía dependiendo de la explotación de los recursos naturales y los chilenos éramos consumidores netos de bienes industriales y tecnológicos, producidos por otros países.

El desarrollo tecnológico es un claro ejemplo de la importancia clave que tiene el entorno social, político e institucional para impulsar las actividades productivas. Pero para que este entorno sea bien aprovechado es necesaria la presencia de una masa crítica de emprendedores e innovadores. O sea, personas que se atrevan a poner en juego su capital creativo. Esto explica, por ejemplo, por qué fue más estimulante para los creadores de nuevas tecnologías digitales instalarse en Silicon Valley, o en Shenzhen (en los años 90 del siglo pasado), que en otras partes de Estados Unidos y China, respectivamente. En el caso de Silicon Valley, se trató de un fenómeno espontáneo, ayudado por una serie de ventajas entregadas por el Estado de California y por el ambiente cultural, académico y científico aportado por varias universidades e institutos de investigación del área; y en el caso de Shenzhen, fue el resultado de una acción deliberada del gobierno chino para crear un enclave que compitiera en importancia económica con su vecina Hong Kong. Esto, mediante un plan de desarrollo de infraestructura y la entrega de estímulos directos a las compañías tecnológicas. Un ejemplo es Huawei, que en 2020 había desplazado a la coreana Samsung, como la mayor fabricante de teléfonos móviles a nivel mundial. Aunque por poco tiempo, debido a las restricciones que le impuso el gobierno de Donald Trump para seguir expandiéndose en Estados Unidos, junto con la tecnología 5G. Huawei fue fundada por el ingeniero Ren Zhengfei, quien había trabajado para el Ejército Popular Chino y luego se independizó. En 1993 Ren construyó la primera caja de conmutación telefónica digital en su país. Enseguida obtuvo un contrato con el Ejército Popular y el gobierno lo premió con protección arancelaria a sus productos, para poner atajo a sus competidores extranjeros.28

Como ciencia social, la economía responde a varias preguntas cuyas respuestas involucran a numerosos actores: qué producir (bienes y servicios), cómo producir (técnica y factores productivos), para quién producir (consumidores y mercados) y cómo distribuir (recursos logísticos). En este proceso está implícita la participación de las personas, así como la función de jerarquizar las necesidades y conforme a ello la tarea de proveer los elementos básicos que se requieren para conseguir los resultados esperados. Desde el punto de vista de las políticas públicas, aquellos resultados que atienden los estados de necesidad, son fundamentales para sostener los sistemas de seguridad social y los programas de protección social.

En cada ejercicio de jerarquización queda claro que -tal como ocurre con la política- la economía es el arte de lo posible. Esto es, se hace lo que se puede con la existencia de los factores disponibles de capital, tecnología, conocimiento y trabajo humano, lo que en otras palabras significa que las necesidades se tienen que adaptar a la disponibilidad real de factores productivos, o bien conseguirlos y/o crearlos. Con un enfoque realista y como dice el refrán, “no se puede pedir peras al olmo”. Al fin y al cabo, el progreso de las sociedades depende de cómo se asume esta realidad y cómo se superan los obstáculos para atender la mayor cantidad de necesidades, creando las condiciones para ello.

Por lo tanto, el desafío de la economía es responder a necesidades que son ilimitadas, reconociendo al mismo tiempo que los problemas sí tienen limitaciones para ser abordados, a veces muy severas. Como dice Friedman, “si los medios no son escasos, no existe problema; se ha alcanzado el Nirvana”. Es más, si existen los medios y el problema a resolver es uno solo “la forma de utilizar aquellos medios es un problema tecnológico”.29

Un ejemplo límite de satisfacción de una necesidad difícil, o casi imposible de satisfacer, fue el proyecto de Estados Unidos para llevar el hombre a la Luna, en la década de 1960. En este caso, el gobierno de John Kennedy tenía la imperiosa necesidad de mostrar supremacía frente a la entonces Unión Soviética en la carrera espacial. Pero para ello necesitaba crear las condiciones y proveerse de los medios para cumplir con este objetivo.30 En este caso, acelerando la construcción de la nave Apolo e invirtiendo ingentes recursos financieros para crear los medios tecnológicos, necesarios para hacer posible este proyecto. Los medios que se necesitaron para llevar los primeros astronautas a la Luna, no surgieron de la nada. Hasta el inicio del siglo XXI no cualquier país o empresa estaba en condiciones hacer posible un sueño de este tipo. Estados Unidos tenía programada una nueva visita con humanos al satélite natural de la Tierra para 2024 y habían surgido proyectos para sumarse a la carrera espacial en el sector privado. Entre los más relevantes, Space X, del multimillonario Elon Musk; Virgin Galactic, del magnate inglés Richard Branson; y Blue Origin, del creador de la multinacional Amazon, Jeff Bezos. Si bien son innovadores en sus respectivos nichos tecnológicos, estos empresarios entraron en la carrera espacial valiéndose del conocimiento y de la experiencia que por décadas han aportado los proyectos gubernamentales, financiados con recursos de toda la ciudadanía.

El rol insustituible de las personas en la economía

En el raciocinio económico subyace el concepto de costo de oportunidad, entendido como la elección de un problema -productivo o de consumo- para resolver, de entre varios. Esto porque no todos se pueden atender al mismo tiempo, con los mismos recursos. Las personas recurren a un ejercicio de priorización conforme a sus particulares necesidades, sean estas racionales o subjetivas.31 Aparentemente, también son soberanas para decidir cómo y cuándo expresan su demanda de consumo. La sumatoria de ejercicios de este tipo da origen a lo que en economía se conoce como “expectativas”, fenómeno altamente volátil y difícil de controlar, demostrando por esta otra vía que la economía, en estricto rigor, es una ciencia social, sujeta también a la teoría de sistemas sociales y políticos complejos. Esto, por más que los teóricos de la economía se esfuercen en aplicar métodos de las ciencias exactas para encuadrarla en cálculos matemáticos y estadísticos.

Está por verse si con los avances de la inteligencia artificial será posible que las máquinas controlen por si solas las expectativas del mercado, aunque por ahora sí pueden manipularlo, conforme a una programación. Como dice Kai-Fu Lee, “los algoritmos utilizan cantidades masivas de datos de un dominio específico para adoptar una decisión que optimiza el resultado deseado”.32 En el caso cada vez más recurrente en que la producción es realizada exclusivamente con robots, al inicio y al final de la cadena siempre están las personas que jerarquizan necesidades y resuelven el problema del costo de oportunidad: los dueños y gestores de los robots (capitalistas) y los consumidores de los bienes que estas máquinas producen. Por lo tanto, se mantiene la vieja estructura de la cadena productiva: el dueño de la empresa ordena al robot qué producir y cómo producir; y el consumidor final decide si compra los bienes producidos. Esto es, qué, cuándo y cuánto consumir y a qué costo.

Un estadio más arriba del modo de vida de los homínidos que dependían de la caza, la pesca y de la recolección de frutos silvestres para sobrevivir, las primeras civilizaciones que inventaron la agricultura, hace unos 12.000 años, comenzaron a desarrollar sistemas productivos no solo para proveerse de los elementos básicos, sino también de otros bienes complementarios para alcanzar un mayor bienestar. Por lo tanto, la economía proporciona la base material sobre la cual luego se sustenta la mayoría de las actividades humanas. Basado en la dialéctica hegeliana, Marx sostiene que la totalidad de las relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, “la base real sobre la que se alza un edificio [Uberbau] jurídico y político, y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social” sean estas básicas o complementarias, o incluso superfluas.33

Hasta la Edad Media las formas productivas se daban de manera espontánea y las técnicas más exitosas se trasmitían de una generación a otra, sin otro método que la experiencia del maestro hacia el discípulo o el aprendiz. O sea, la escuela de las formas productivas empíricas que anteceden a la ciencia económica, era el propio hacer, acompañado por la curiosidad, el ingenio y afán innovador de los productores.

Siendo la economía una ciencia relativamente nueva, más nueva -por ejemplo- que la matemática, la geografía, la astronomía y la física, su objeto de estudio centrado en las formas productivas, se debate entre lo social y lo cuantitativo. Respecto de esta disyuntiva, Gonzalo Martner dice que “en todas las ciencias humanas se plantea el problema de la articulación de lo histórico y estructural, de lo cuantitativo y lo cualitativo, de la distinción entre correlaciones estadísticas y relaciones de causalidad, de las relaciones entre modelación matemática y narraciones de situación temporal y espacialmente situadas y, en especial, el grado de identificación entre sujeto y objeto de estudio”. Dada esta situación, Martner agrega que es frecuente la tentación de rehuir de la complejidad y optar por interpretaciones basadas en simples relaciones de causalidad conocidas como principio de objetividad u “ontología del positivismo”, lo cual es propio de la economía neoclásica, catalogada de ortodoxa.34En contraposición, la corriente heterodoxa plantea un enfoque valórico del objeto de estudio, toda vez que los resultados de los procesos productivos afectan a personas y por añadidura al conjunto de la sociedad. “El cientista social que sostiene que sus juicios descriptivos serían solo juicios de hecho, independientes de todo juicio de valor, suele tener sus propios juicios de valor que alimentan sus propias preferencias prescriptivas”.35

Según sean los medios y modos de producción, surgen determinadas relaciones de producción y fuerzas que se complementan, generando a su vez sistemas institucionales que tratan de regularlas y en casos extremos para resolver conflictos y arbitrar frente a intereses contradictorios, dando lugar a la economía política.36Así, por ejemplo, en la Antigüedad las comunidades estaban organizadas principalmente para la defensa de su territorio y la economía de aquel tiempo descansaba en la esclavitud. Unos cuantos grandes propietarios eran dueños de la tierra y de los esclavos, por lo general prisioneros de guerra, “proporcionaban la mayoría del trabajo en el taller y en el campo (…) y la costumbre y las castas imponían una barrera casi infranqueable al progreso individual”.37

Interrelación entre política y economía

Si bien la economía impulsa la creación de determinadas estructuras sociales e institucionales, en circunstancias críticas, tales como los conflictos sociales, las guerras y los desastres naturales, la política determina la economía. Esto es, define las prioridades de qué producir, cómo producir, cuánto producir y para quién producir. Una situación parecida ocurre en aquellos regímenes que utilizan la planificación centralizada para gobernar y con ello someten la economía a los objetivos políticos. En los sistemas democráticos se busca un equilibrio entre los objetivos políticos y la capacidad productiva para procurar el bienestar general.

Aun siendo la economía una actividad aparentemente neutra, destinada a conseguir resultados y/o beneficios económicos con un enfoque técnico,38 en la práctica se trata de una actividad humana en que convergen fuerzas, medios e individuos que intervienen en la producción (oferta), cuyos resultados necesariamente tienen como meta el intercambio social de los bienes producidos (demanda). La venta de éstos en el mercado (formal o informal) es el último eslabón que justifica toda la cadena productiva. Sin mercado y sin la venta de los bienes en éste, no hay negocio. Por lo mismo, el mercado, en que participa un conjunto de individuos, opera como el pivote para el crecimiento económico.

La suma de actividades productivas obliga a que algún mecanismo de orden macrosocial, que puede ser el propio mercado,39 o el Estado, el que ordene, arbitre o supervise el comportamiento económico del conjunto de individuos que participan en éste. Sin embargo, la actividad productiva impone su propia dinámica, la que muchas veces sobrepasa el orden político establecido y los marcos legales e institucionales. O simplemente impulsa la creación de éstos. Esta dinámica, propia de la economía política, ha estado presente desde las primeras civilizaciones hasta la actualidad, circunscribiendo la economía a un orden social en permanente cambio y ebullición. Por lo tanto, la economía -al igual que la política- depende de individuos y de un conjunto de estos que dan origen a sistemas sociales complejos, cuyas características más relevantes (como se dijo en el Capítulo I) son la autonomía y la imprevisibilidad de sus acciones.40 Esto, a diferencia de las máquinas, que pueden definirse como sistemas complicados, porque carecen de autonomía para operar. Por ejemplo, un automóvil necesita de un conductor e, incluso, un moderno vehículo autónomo que prescinde de un chofer, depende de una programación digital para poder funcionar y seguir un rumbo predefinido.

Los llamados emprendedores, particularmente los más creativos e innovadores, actúan como agentes transgresores del orden social e institucional establecido, porque en la búsqueda incesante del cambio movido por el lucro, o por simple curiosidad, desafían los medios y las tecnologías creadas en función de realidades pasadas. Esto es lo que se conoce como “destrucción creativa”,41 en que los nuevos medios tecnológicos generan la obsolescencia de los antiguos. Así, por ejemplo, la invención del motor de combustión interna desplazó a la carreta tirada por caballos, generando una cadena de cambios en el modo de vida de comienzo del siglo XX. Antes de esta invención, no existían las carreteras y autopistas, los semáforos ni las leyes del tránsito, ni tampoco la industria colateral del automóvil y las gasolineras. ¿Qué ocurrirá con estas últimas cuando se prohíban definitivamente los motores de combustión interna? Es una pregunta inevitable en el contexto de la destrucción creativa.

Las nuevas dinámicas productivas obligan a los legisladores a actualizar las leyes sobre la marcha, o en el peor de los casos a improvisar regulaciones. Así, en 2020 las gigantes tecnológicas, Google, Amazon, Apple, Microsoft, Facebook y Netflix, estaban medianamente reguladas en Estados Unidos y Europa y bloqueadas en China, pero en la mayoría de los países disponían de un campo libre para que estas pudieran monopolizar la infraestructura digital y las plataformas de contenidos. Aquellas compañías sobrepasaban todo tipo de barreras, fronteras y regulaciones, incluyendo las tributarias.42 En Chile, recién en 2020 comenzó a aplicarse el IVA (Impuesto al Valor Agregado) a los servicios digitales que se ofrecen de manera remota, afectando especialmente a los proveedores audiovisuales y de música (Netflix, Amazon, HBO y Spotify, entre otros). Sin embargo, la regulación chilena nada había dicho sobre las nuevas formas de control monopólico de estos gigantes tecnológicos en la publicidad y los contenidos, como tampoco de la censura aplicada a prominentes usuarios, tal y como lo estaban haciendo las redes sociales.43 En el caso chileno, en 2019 la publicidad en medios digitales desplazó a la televisión abierta del primer lugar en el reparto de la torta publicitaria, concentrando un tercio de ésta.44 Mucho más abajo se ubicaron los diarios de papel, las radios y las revistas.

Dado que las formas productivas determinan el rumbo de las relaciones sociopolíticas, también marcan el rumbo de los sistemas económicos, determinando con ello el tipo de desarrollo de los países. Esto es, entre los que abren más espacio para que las fuerzas productivas se expresen, o aquellos que tratan de contenerlas mediante políticas de planificación centralizada. Con una visión pragmática, hoy es posible observar que la clásica división entre desarrollo y subdesarrollo no es equivalente a mayor o menor desarrollo industrial. La clave está entre aquellos países que más propician e invierten en desarrollo científico y tecnológico, y aquellos que simplemente consumen las innovaciones que producen otros. Así como la economía basada en la agricultura fue desplazada por la Revolución Industrial, hoy la economía industrial ha sido superada por la economía del conocimiento que fluye a través de los medios digitales (la llamada cuarta revolución industrial). Con este fin los países más exitosos han invertido más que otros en el desarrollo del capital humano, es decir, en educación, en fomento de la innovación y en especialización productiva.

Pax Británica

El surgimiento del capitalismo vino de la mano con la Primera Revolución Industrial, que tuvo su epicentro en Inglaterra, dando paso a la Pax Británica. Esto es, al orden económico internacional capitalista que hasta el siglo XXI se proyecta a través de la hegemonía de Estados Unidos. En Inglaterra encontraron un terreno fértil las innovaciones tecnológicas que partieron con la invención de la máquina a vapor, el ferrocarril y el telégrafo y se consolidaron con el uso de la electricidad. Pero tanto en Inglaterra como otros países que siguieron sus pasos, los sistemas sociales no estaban preparados para enfrentar los efectos perversos del “capitalismo salvaje”, que explosionó en el siglo XIX, sin un marco legal que contuviera y sancionara los abusos y excesos que cometían los dueños del capital. En este contexto, los sistemas políticos se vieron seriamente amenazados con una seguidilla de levantamientos sociales que tuvieron su primer apogeo en 1848, en Francia, y se propagaron por varios países europeos que habían restaurado las monarquías luego de la derrota de Napoleón, quien poco antes las había abolido. La respuesta a esta situación fue dura y vino desde las antípodas, dando pie a la teoría marxista y a las diversas formas de organización de los trabajadores, con un desafío frontal de sus seguidores al capitalismo durante la mayor parte de los siglos XIX y XX.

Ante la pregunta de por qué el capitalismo nace en Inglaterra y no en otros países cabe una sola respuesta: porque a diferencia de otros imperios europeos, en Inglaterra existía un contexto institucional, cultural y de ideas liberales propicio. A la sazón, España era el imperio más vasto y poderoso del planeta, pero hasta muy avanzado el siglo XIX siguió aferrado al sistema mercantilista, altamente centralizado y extractivista. Si bien este fue exitoso para enriquecer y dotar de más poder a las monarquías, también actuó como una camisa de fuerza para el desarrollo económico, con severas restricciones para el comercio y para las fuerzas productivas. En cambio, el imperio inglés había avanzado más que España en el desarrollo de instituciones políticas que contrarrestaron el poder de la monarquía, dando espacios de participación y de cierto protagonismo al ciudadano común. Precisamente a través de la Cámara de los Comunes. Esta institución fue creada en el siglo XIV pero desde antes existían numerosas convenciones de derechos y libertades civiles que sucedieron a la Carta Magna.45

Todos estos factores contribuyeron al surgimiento de una activa burguesía comercial e industrial que poco a poco fue condicionando a la aristocracia. Mucho antes, en los pequeños reinos y principados del norte de Italia se dio un fenómeno similar, con una burguesía comercial y financiera que disputó el poder a la aristocracia, aunque ello no derivó en una revolución industrial. Esto porque no existía un ambiente institucional propicio y tampoco se dio una centralización del poder como en Inglaterra. Entonces, la prioridad de aquellos pequeños reinos y principados era guerrear entre ellos y defender sus territorios.

Por lo tanto, desde el siglo XIX en adelante el Reino Unido de Gran Bretaña emergió como la primera potencia hegemónica mundial, e impuso el capitalismo en la mayor parte de Occidente. Y desde luego, las instituciones que a su vez moldearon una cultura económica liberal-capitalista. De paso, instituyó de facto el inglés como lenguaje del comercio y las finanzas internacionales e impulsó la llamada “cultura anglo”, sobre todo en el ámbito de la música popular, el cine, el entretenimiento y los mass media (medios de comunicación de masas), como vehículos para retroalimentar los moldes del consumo. Este orden económico proyecta su influencia hasta la actualidad por medio de su heredera directa: la Pax Americana, representada por Estados Unidos. Pero esta antigua colonia británica no adoptó el modelo político inglés, basado en una monarquía, con súbditos representados en el Parlamento. Estados Unidos nació como la primera democracia liberal, con una economía capitalista, luego de terminada su revolución de la independencia (1776-1783). Creció a un ritmo vertiginoso en los años siguientes, hasta transformarse en la primera potencia económica mundial, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, hasta bastante avanzado el siglo XXI.

¿De la Pax Americana a la Pax China?

¿Sucederá a la Pax Americana la Paz China? Ello dependerá de si la potencia oriental mantiene el fuerte ritmo de crecimiento que viene mostrando desde la década de 1980, cuando Deng Xiaoping adoptó la estrategia de combinar el sistema político de partido único, centralizado y excluyente, con una profunda reforma económica para impulsar el crecimiento, apoyado en el capitalismo. De este modo China abrió espacio a la iniciativa privada, a la inversión extranjera, al libre mercado y al lucro empresarial. De manera concomitante, estas medidas impulsaron la competencia, la innovación, los servicios y el consumo. Pero el gobierno controlado por el Partido Comunista mantuvo la planificación central y una fuerte vigilancia de los mercados, con el fin de orientar el desarrollo hacia los fines considerados prioritarios: la educación, el desarrollo tecnológico, la infraestructura, una industria enfocada en las exportaciones y el poderío militar. La táctica china es dejar libre a las fuerzas del mercado, mientras estas no amenacen el poder central y no se alejen de los objetivos estratégicos. Cuando ocurren tales desviaciones, el gobierno no ha vacilado en intervenir los mercados, como tampoco ha dudado en entregar fuertes subsidios a las compañías privadas y estatales, cuando esto responde a la estrategia de largo plazo.

Hacia el inicio del siglo XXI China se había convertido en una potencia industrial, comercial, científica, tecnológica y militar, ingredientes necesarios, pero no suficientes, hasta ese momento, para superar a la hegemonía de Estados Unidos. Como dice Osvaldo Rosales, a Deng “lo abrumaba el retraso chino respecto de Occidente en ciencia y tecnología”. Agrega que buscaba convencer a su audiencia marxista de que la ciencia y la tecnología eran resultado del trabajo del hombre, que el trabajo mental era tan respetable como el físico y que los científicos debían dedicarse a lo suyo, sin distraerse en actividades políticas. Ponía como ejemplo “el atraso chino en polímeros, energía nuclear, electrónica, computación, astronáutica, láseres y semiconductores, ámbitos que según él –y con acertada intuición–moldearían la vida de la humanidad en las décadas siguientes”. “Por lo tanto, “si de sueño chino se trataba, la principal urgencia era aprender de Occidente en ciencia y tecnología y jugarse por cerrar en forma gradual esa brecha”.46

No obstante, hacia 2020 a China le faltaban algunos atributos clave que tampoco alcanzó a desarrollar Japón, en la década de los 80 y 90 del siglo pasado, cuando era la segunda potencia económica mundial: una moneda que actúe como patrón de cambio y atesoramiento internacionales; un mercado de capitales a escala global para acompañar los flujos comerciales y de inversión; incluyendo la gestión de flujos de fondos, como los que hacia 2020 lideraba BlackRock, a nivel mundial; nuevos medios tecnológicos para reemplazar las tarjetas comerciales y bancarias47 que monopolizan el mercado mundial; productos financieros complementarios (fondos de cobertura, derivados y colaterales, entre otros) para respaldar los mercados de valores, de materias primas y de seguros; el desplazamiento de los gigantes tecnológicos estadounidenses (Microsoft, Apple, Amazon, Google-Alphabet, Facebook, Intel, Cisco, Oracle, IBM, etc.), que hacia 2020 dominaban los flujos de información y la infraestructura para la interconectividad mundial; la convicción de que los chinos están en condiciones de respetar y hacer respetar la propiedad intelectual y las normas sobre marcas y patentes industriales; y el desarrollo de una industria cultural propia, para contrarrestar la llamada american way of life, presente en todo el mundo y que actúa como un motor de marketing para abrir paso a los bienes de capital y de consumo estadounidenses.

Hacia 2020 China caminaba a paso firme para superar a Estados Unidos en tamaño del PIB, el más grande del planeta, entre otras cosas porque ya contaba con un número crítico de compañías tecnológicas que disputaban mercados a las estadounidenses a nivel global (Alibaba, Huawei, Lenovo, Geely, China Aerospace, Xiaomi etc.).

Estados Unidos ha tenido la democracia no monárquica más estable y prolongada desde el siglo XVIII en adelante. Una vez declarada la guerra de la independencia a la corona británica, en 1776, comenzó a aplicar tempranamente los principios liberales y republicanos desarrollados en Europa por una nutrida lista de filósofos y pensadores que se rebelaron intelectualmente contra las monarquías y los imperios absolutistas. En gran medida, las ideas liberales, surgidas desde el Renacimiento en adelante, comenzaron a implementarse en la nueva nación norteamericana antes que en Europa. Fue precisamente en Estados Unidos donde el liberalismo económico, impulsado por John Locke, Thomas Hobbes, Adam Smith, David Hume, David Ricardo y John Stuart Mill, entre otros, tomaron forma como políticas de Estado. Cabe consignar que estos pensadores recibieron la influencia de numerosos filósofos e intelectuales del Siglo de las Luces europeo (XVIII), quienes con sus ideas sobre la libertad también se rebelaron contra el antiguo régimen absolutista, confrontando el racionalismo con el poder despótico y la intolerancia religiosa. Entre ellos, Kant, Montaigne, Voltaire, Montesquieu, Diderot, D’Alembert y Rousseau.

Al sur del Río Bravo

Otro fue el rumbo que tomaron los países al sur del Río Bravo (Grande) que se independizaron de la corona española, en el siglo XIX. Las ideas políticas de los libertadores de Hispanoamérica también provienen de la Ilustración europea y si bien la estructura económica básica que aplicaron una vez lograda la independencia fue de rango capitalista, mantuvieron una cultura económica heredada de la institucionalidad española. Esto es, un sistema productivo (y por lo tanto de relaciones de producción) ligado a la tierra, altamente concentrado y excluyente, con una aristocracia que -como dijo Alberto Edwards- devino en oligarquía, después de la Independencia. Convertida en clase terrateniente y latifundista, hasta la primera mitad del siglo XX, la aristocracia conservadora mantuvo una fuerte influencia política, religiosa y cultural disputándose cuotas de poder con una burguesía liberal emergente, que amasó su fortuna en el comercio, la minería y la banca.

“Llegó así a dominar económica y socialmente en el país una aristocracia mixta, burguesa por su formación, debida al triunfo del dinero, por su espíritu de mercantilismo y empresa, sensata, parsimoniosa, de hábitos regulares y ordenados, pero por cuyas venas corría la sangre de algunas de las viejas familias feudales”.48

La Revolución Industrial, que fue contemporánea con la guerra de la independencia en Chile y en la mayoría de los nacientes países de Hispanoamérica, llegó como una tenue oleada desde Europa y Estados Unidos, sin que haya tenido algún atisbo de referente propio. Por lo mismo, el sistema productivo chileno mantuvo el ritmo marcado por la cultura económica colonial, hasta muy avanzado el siglo XX. Exactamente hasta 1939, cuando el Presidente Pedro Aguirre Cerda crea la Corporación de Fomento (Corfo) e inicia un proceso de industrialización tardío. Mientras tanto, las relaciones de producción estaban representadas en el campo por el predominio del terrateniente y el latifundista sobre el peón, el campesino, el inquilino y el mediero. En cambio, en la minería se dio un proceso nuevo, con la emergente clase proletaria, representada por el obrero, el jornalero y el capataz. El asalariado dio un giro en las relaciones de producción y enfrentó al patrón para conseguir un mejor trato y salarios justos. La historia describe que el movimiento obrero y los partidos políticos que comienzan a disputarle poder a la oligarquía surgieron en el norte chileno: en Copiapó se fundó el Partido Radical, en 1863; y en los puertos y en las salitreras de Tarapacá y Antofagasta las mancomunales obreras, que se sumaron a las federaciones que ya habían emergido en Santiago y Valparaíso.49

Tal como ocurrió en otras latitudes, la llamada “cuestión social”, reconocida incluso por parte importante del conservadurismo católico, luego de publicada la primera encíclica social de la Iglesia Católica, la Rerum Novarum,50 fue el resultado del estado de desprotección de los obreros y el caldo de cultivo para el surgimiento de los partidos de izquierda, declaradamente marxistas. Esto refuerza la tesis de que las relaciones de producción (materialidad) crean las condiciones para moldear la superestructura social, con un bagaje de ideas que presiona al sistema político y la institucionalidad. En esta misma “cuestión social”, se apoyó Arturo Alessandri Palma para levantar su discurso político liberal. En su primer gobierno (1920-1925) se dictaron las primeras leyes de protección social, pese al convulsionado periodo que debió enfrentar, atenazado por una crisis política y económica, que al final terminó con un golpe de Estado.

Casi al final del primer gobierno de Alessandri Palma y presionados sus opositores en el Congreso por un amotinamiento militar, se aprobó una nueva Constitución Política, que estrenó en el país el sistema presidencialista y numerosas leyes de carácter social. Entre otras, la ley para limitar la jornada laboral a ocho horas y prohibir el trabajo infantil; la creación de la Inspección del Trabajo y del Seguro Obrero; las primeras leyes para prevenir e indemnizar por los accidentes laborales; la instalación de los tribunales de conciliación y arbitraje; además de otra serie de disposiciones sobre materias previsionales y cooperativas. En agosto de 1920, antes de su elección como Presidente, se promulgó la Ley de Educación Primaria Obligatoria.

El modelo económico chileno en jaque

Con una óptica ciudadana y republicana, los éxitos económicos no son tales si no se legitiman socialmente. De otra forma no es posible explicar por qué las reformas económicas realizadas durante la dictadura militar y validadas por los gobiernos democráticos que sucedieron a ésta, no lograron arraigarse en la ciudadana. En las masivas protestas ciudadanas surgidas a partir de octubre de 2019 la gente culpó a este modelo económico, con sesgo neoliberal, como el principal responsable de las penurias denunciadas y se pidió el cambio de éste. De otro modo, el exitismo económico que de hecho mostró el general Augusto Pinochet tres décadas antes, para competir como candidato único en el plebiscito de octubre de 1988 le habría bastado para ganar. Pero no fue así. Luego su ministro de Hacienda, Hernán Büchi, quien cosechó el éxito de la recuperación de la peor crisis económica vivida por Chile en el siglo XX (1982-1983), también perdió en la elección presidencial de 1989. Y así sucesivamente, elección tras elección (1993, 1989 y 2005) fueron perdiendo los candidatos de la derecha, herederos de los logros económicos durante la dictadura.

Así ocurrió hasta 2009, cuando por fin logra ganar Sebastián Piñera, un empresario exitoso de centroderecha. Piñera llegó a la Presidencia en marzo del año siguiente, como una suerte de spin off de la Concertación de Partidos por la Democracia, que gobernó entre marzo de 1990 y marzo de 2010. Por lo demás, esta coalición de centroizquierda no hizo el esfuerzo de cambiar el modelo económico, sino más bien de perfeccionarlo, para darle un rostro más humano, a partir del eslogan de “crecimiento con equidad”, acuñado por el Presidente Patricio Aylwin y su ministro de Hacienda, Alejandro Foxley.

En suma, el éxito de la Concertación fue más político que económico, porque supo interpretar a una mayoría ciudadana que repudió a la dictadura y los atropellos sistemáticos a los derechos humanos; el terrorismo de estado y el cercenamiento de las libertades políticas y ciudadanas; las injusticias flagrantes y los abusos de poder. De haber sido genuinamente exitoso el modelo económico neoliberal, no habría tenido un repudio tan fuerte durante la explosión social de octubre de 2019. Esto, no obstante que algunos analistas explican este fenómeno como un simple quiebre de expectativas, debido a que -según ellos- la ciudadanía más vulnerable habría esperado más beneficios económicos de los gobiernos democráticos y en especial de Piñera dos, que se impuso ampliamente en la elección presidencial de 2017 con el discurso economicista de los “tiempos mejores”. Esto es, ofreciendo más crecimiento, más empleos y más bienestar. Sin embargo, los hechos demostraron que el modelo económico estaba agotado, que los gobiernos democráticos habían jugado todas sus cartas para mantenerlo con sus bases estructurales intactas, mientras le pedían a la gente que tuviera paciencia. Uno de los puntos críticos que desencadenó el quiebre de expectativas fue la constatación, de facto, del fracaso del sistema previsional privado de AFP, que prometía mejores pensiones que el antiguo sistema de reparto. Esto se sumó al cansancio colectivo frente al cúmulo de iniquidades observadas en los planos de la salud, la educación y la vivienda, así como en la distribución del suelo urbano, en las brechas de ingresos y en el reparto de los frutos del crecimiento económico.

Por lo tanto, el éxito de los programas, de las reformas y de las propuestas económicas solo es tal cuando es sometido al escrutinio más importante: el de la ciudadanía, en elecciones libres y democráticas. Y cuando ello no es posible, busca otros cauces para mostrar su disconformidad.

Como una suerte de vasos comunicantes, las crisis económicas desembocan inevitablemente en crisis políticas y al revés, las crisis políticas provocan desequilibrios y crisis económicas. No obstante, cuando las crisis económicas ocurren en medio de sistemas políticos e institucionales sólidos, aquellas pueden ser controladas y superadas por los gobiernos. La excepción a la regla de esta sentencia son las dictaduras y regímenes autoritarios que -apoyados en la fuerza y la represión- son capaces de sortear las crisis económicas. Es más, como lo muestra el caso cubano, después del derrumbe de la Unión Soviética, en 1991, son capaces de sobrevivir largos periodos de crisis económicas, porque mantienen firme las riendas del poder, con la ventaja de no tener contrapeso opositor y porque han eliminado de raíz la competencia política que caracteriza a los sistemas democráticos.

La buena noticia para Chile es que estructuralmente su economía goza de buena salud y que si logra superar la crisis política, junto con el fortalecimiento de la democracia retomará una senda de crecimiento. Ahora con la lección aprendida de generar condiciones para una distribución más equitativa de la riqueza y para garantizar plenamente los derechos sociales, económicos y culturales para toda la ciudadanía.

Capítulo 3

Testimonios



SERGIO BITAR CHACRA

“La ideología llevada al extremo, nos hace alejarnos de la realidad”

Sergio Bitar Chacra nació en Santiago, el 30 de diciembre de 1940. Hijo de inmigrante sirio y madre chilena, cursó sus estudios secundarios en el Instituto Nacional de Santiago y los superiores en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Se tituló en 1963 como ingeniero civil y recibió el premio al mejor alumno de su promoción.

Luego, realizó un posgrado de teoría económica en el Centre d’Etudes de Programmes Économiques en Francia (1964-1966) y posteriormente en la Universidad de Harvard, Estados Unidos (MPA). Desde 1966 a 1968 fue director del Departamento de Industrias de la Universidad de Chile y más tarde Jefe de Planificacion Industrial de Corfo. Posteriormente, fue investigador visitante del Harvard Institute for International Development (1974-1976), como también del Wilson Center, Smithsonian Institution (1982-1983).

Apoyó al candidato de la Democracia Cristiana (DC), Radomiro Tomic, en la elección presidencial de 1970. Después del triunfo de Allende, fue uno de los fundadores de la Izquierda Cristiana (escindida de la DC), partido que en 1971 pasó a formar parte de la Unidad Popular.

Dos años después, el Presidente Allende lo nombra ministro de Minería, cargo que ocupó por cortos tres meses y ocho días, dado que fue destituido con una acusación constitucional presentada por la oposición de derecha y la Democracia Cristiana.

Después del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, fue apresado por la dictadura de Pinochet y pasó por los campos de detención de Isla Dawson, Puchuncaví y Ritoque. En 1974 salió al exilio, viviendo primero en Estados Unidos, para luego asentarse en Venezuela, donde contribuyó a organizar a la oposición contra Pinochet desde allá. Realizó actividades académicas y logró prosperar como empresario.

En 1985 Bitar volvió a Chile y retomó la actividad política, siendo un activo opositor a Pinochet y agente aglutinador de las fuerzas políticas que lucharon contra la dictadura. Fue uno de los fundadores del Partido Por la Democracia (PPD), constituido a fines de 1987, inicialmente como partido instrumental para trabajar por el retorno a la democracia y convocar a militantes que habían pertenecido a diferentes corrientes políticas, de izquierda, centro y derecha, cuyo punto de convergencia era la lucha contra la dictadura.

Una vez recuperada la democracia, Sergio Bitar continuó en la actividad política, siendo presidente del PPD y senador por la Región de Tarapacá. Luego asumió como ministro de Educación, durante el mandato de Ricardo Lagos; y de Obras Públicas, en el gobierno de Michelle Bachelet. Cuando ofreció esta entrevista, Sergio Bitar era miembro non-resident senior fellow, del Diálogo Interamericano; vicepresidente del Board of Advisers del Institute for Democracy and Electoral Assistance de Estocolmo; presidente del Consejo Chileno de Prospectiva y Estrategia y de la Corporacion Museo del Salitre (Humberstone y Santa Laura). Basado en su rica experiencia, también reflexiona y escribe sobre la realidad política nacional e internacional.

El pasado

En 1970 Salvador Allende fue elegido Presidente con el 36,6% de los votos. Luego, en la elección municipal de 1971, los partidos de su alianza, la Unidad Popular, subieron a cerca del 50%, pero después Allende no logró capitalizar este apoyo. ¿Qué pasó, por qué razón?

Visto con ojos de hoy, el de Allende fue el primer intento mundial de avance al socialismo en democracia. Esto ocurrió en plena guerra fría entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética, y con Cuba y su revolución, como contexto. Los países menos desarrollados se preguntaban cómo cambiamos la situación de miseria, de dependencia y de explotación de los recursos naturales por parte de compañías extranjeras. Cómo superar esta condición del subdesarrollo y dependencia económica, sin una fuerza política equivalente a los que ejercían esta forma de dominación.

En ese sentido, fue muy desafiante y asombroso el intento de Allende y de los partidos que integraron su gobierno, y a la vez fue muy difícil. Tan inusitado era, que lo ocurrido en aquel período fue fundamental para lo que pasó después en Europa, principalmente con la llegada al gobierno del Presidente Mitterrand (1981), en Francia. Pero antes que Allende, Chile había tenido un primer intento de cambios estructurales, con un partido mayoritario, el Partido Radical, que ganó la presidencia en 1939. Allende casi gana en 1958, por muy poco, y luego en 1970 triunfó, aunque con un estrecho margen. Teníamos un sistema político de muchos partidos, pero siempre podía ganar aquel candidato que lograra la mayor votación relativa, y eso se respetaba en el Congreso, que lo debía ratificar.

Hacia 1970, en la izquierda no había un partido dominante o mayoritario, pero sí una suerte de equilibrio entre socialistas y comunistas, como también una gran pugna entre los dos. El liderazgo de Allende logró unirlos en la Unidad Popular. Sin él creo que habría sido muy difícil lograr el triunfo electoral. Y así como ganaron varios presidentes anteriores, Allende ganó con una mayoría relativa y luego tuvo que dirimir el Congreso. La Democracia Cristiana temía su radicalidad y dudaba de su capacidad de gobernar con una coalición que respetara el estado de derecho. Por eso la DC pidió a Salvador Allende firmar un Acuerdo de Garantías Constitucionales antes de su ratificación en el Congreso. Hoy nos podemos preguntar si con esa mayoría relativa, de 36,6%, se podía gobernar, y no sólo eso: si Allende sería capaz de realizar las reformas estructurales que estaba en su programa de gobierno. Dicho de otra manera, uno se puede preguntar -hoy- si era posible lograr gobernabilidad, en el marco de la institucionalidad democrática liberal; si era posible concretar esas reformas gigantescas que quería realizar Allende. Esa es una gran pregunta que muchos nos hacemos cuatro décadas después: si era viable un gobierno como el de Salvador Allende, en esas condiciones y en ese contexto histórico.

Mi reflexión frente a esa pregunta es que la ejecución del programa era posible. Pero fue perdiendo viabilidad en el proceso, por innumerables causas, incluida la responsabilidad que tuvo la propia Unidad Popular.

Ahora, ¿por qué en la elección municipal de 1971 la Unidad Popular obtuvo más votos, subiendo casi al 50% de apoyo? Entre otras cosas, porque había un ímpetu de cambio social, una necesidad de salir de la miseria, con una conciencia política en ascenso. Además, la economía anduvo bien en el primer año del gobierno de Allende.

Mirado en retrospectiva y con el apoyo de las cifras, uno se da cuenta que en 1971 ya se notaban desequilibrios financieros importantes, pero como había capacidad ociosa disponible, la economía se expandió, creció. El consumo aumentó y, además, la política redistributiva, aplicada en los primeros meses de gobierno, mejoró la condición de los trabajadores. A nivel popular, la gente sintió como suyo el gobierno de Allende. La gente sencilla, el trabajador, apoyaba y defendía su proyecto y su relato político.

El año siguiente, 1972, empieza a desvanecerse esa capacidad de dar gobernabilidad y de aglutinar a las fuerzas de izquierda, cuando las reformas se aceleran y la derecha reacciona. Así, con la profundización de la reforma agraria, baja la producción agrícola. A su vez, con la nacionalización del cobre y de otros productos básicos, en junio de 1971, baja la producción de cobre, porque las compañías expropiadas y Estados Unidos comienzan a bloquear la venta de equipos mineros y repuestos y proceden a embargar los envíos de cobre en el exterior, con demandas judiciales. Además, salieron del país los técnicos extranjeros que manejaban esta industria. No nos dejaron ni un plano de cómo funcionaban los yacimientos. Como ministro de Minería de Allende, la primera prioridad fue recuperar la capacidad de producir.

Paralelamente, comienzan a surgir problemas derivados de la lucha política y los desequilibrios financieros. Al mismo tiempo se produce el desabastecimiento de mercaderías y surge el mercado negro. Estos problemas eran amplificados por los partidos opositores, que por lo demás controlaban la mayor parte de los medios de comunicación. Por lo tanto, se creó un clima de incertidumbre y de polarización política y social sin precedentes.

También hay que reconocer que en el gobierno de la UP la gente se desbordó. Si el gobierno decía ‘voy a expropiar esto’, algunos caudillos y la gente que los seguían consideraban que los avances eran pocos y declaraban ‘vamos a expropiar 10 más’, y así, se tomaban fábricas que nunca estuvieron en los planes de estatización.

Hacia octubre de 1972 la situación ya se había deteriorado y estalló un paro de camioneros, que fue brutal. Se paralizó la economía. Para estabilizar el país, Allende convocó a los altos mandos militares a su gabinete, a fin de garantizar el orden público y el orden institucional. La derecha quería derrocar su gobierno desde el principio; incluso, desde antes que asumiera. Cuando estuve exiliado en Estados Unidos, después del golpe de Estado, salieron a la luz todos los antecedentes sobre las maniobras que la administración Nixon, junto con la derecha chilena, realizaron para derrocar a Allende. La mayor parte de estos antecedentes constan en la investigación que realizó la Comisión Church, en el Senado de Estados Unidos. Allí se muestra cómo la CIA intervino, incluyendo el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider, en octubre de 1970, días antes de que Allende asumiera el gobierno.

En plena crisis política y económica, el apoyo a Allende se matuvo sobre el 40%, según los resultados de la elección parlamentaria de marzo de 1973.

La derecha, que ya había hecho una coalición con la Democracia Cristiana, llamada Code (Confederación Democrática), estimaba que Allende iba a sacar menos de un tercio de los parlamentarios, y con menos de un tercio, podrían haber logrado el quórum para acusarlo constitucionalmente y destituirlo. No lo lograron. Allende superó el 40%. Pero ese apoyo electoral tampoco le daba mayoría parlamentaria para gobernar. Entonces Chile entra una suerte empate catastrófico, en que la derecha no puede botar a Allende, por los medios institucionales, ni Allende puede tener suficientes votos en el parlamento para llevar a cabo las transformaciones que quiere hacer, ni tampoco para consolidar las reformas que ya había hecho.

En ese momento la situación ya está polarizada y por lo tanto desaparece la entente de los tres tercios.

Sí, definitivamente se produce la ruptura. Cuando uno analiza hoy día esa situación (y la vamos a analizar mañana, pasado mañana y quizás por cuánto tiempo más) siempre me asalta la pregunta, ¿por qué tanta ceguera ideológica?

En 1970 yo no voté por Allende, voté por Radomiro Tomic, candidato de la Democracia Cristiana. Más tarde, muchos de los que estuvimos con Tomic creamos la Izquierda Cristiana y entramos a la Unidad Popular. De esa experiencia, y de lo que ocurrió después, siempre me ha sorprendido la polarizacion ideológica, y cómo la ideología llevada al extremo nos hace alejarnos de la realidad.

El programa de Tomic era muy parecido al de Allende, en un rango de entre el 70 y el 80%. Pero la disputa política generó una división impresionante, como si el mundo se fuera a resolver entre la DC y la UP. A su vez, daba la impresión de que para la izquierda no existía la derecha, no existía Estados Unidos, no existían los militares y, arremetimos con todo. Fue una gran ceguera y muchos no nos dimos cuenta lo que estábamos viviendo, ni tampoco medimos las consecuencias.

Hasta hoy día me pregunto si era posible llegar a una salida negociada, o si Allende pudo haber logrado un acuerdo con la Democracia Cristiana. Sabemos que lo intentó, pero en forma paralela se estaba urdiendo un golpe militar. Por la información que manejo, cuando Allende toma la decisión de corregir tanto la política económica como la estructura política de su coalición, ya era tarde. Quiso llamar a un plebiscito, pero se le adelantaron los golpistas. La dinámica política era muy disruptiva en ese momento, no había mucho margen de maniobra para revertir la situación. Nadie, ni el Cardenal Silva Henríquez, logró incidir para revertir la crisis.

Pensemos que en ese tiempo Chile tenía menos de 10 millones de habitantes y votaba un número pequeño. La miseria era gigantesca. La conciencia ciudadana sobre la necesidad de votar y de participar era baja, pero el triunfo de la Unidad Popular generó un gran entusiasmo, ya que las clases populares se sintieron representadas y esperanzadas. Por eso en las elecciones siguientes (municipal de 1971) la UP recibió un apoyo mayor que el obtenido en la elección presidencial de septiembre de 1970. Incluso, en plena crisis de 1973, durante la eleccion parlamentaria, recordamos ese famoso letrero que decía: “este un gobierno de mierda, pero es mi gobierno”.

Los acontecimientos se desencadenaron muy rápido porque Allende hizo reformas muy profundas, en poco tiempo. Entre otras, profundizó la reforma agraria, estatizó industrias y bancos y nacionalizó el cobre. La estrategia era hacer los cambios al comienzo y afirmarse políticamente al principio, porque, de lo contrario, se creyó que sería difícil sostener el proceso transformador más adelante.

¿La extrema ideologización cortó los puentes para el diálogo político?

Se dio una suma de factores, algunos van a decir ‘fue la derecha’, es cierto; ‘fue Estados Unidos’, y es cierto; ‘fue la dispersión de fuerzas en la propia Unidad Popular y sus grandes divisiones internas’, también es cierto. Y fue la poca capacidad de Allende para alinear a su coalición, sí. Allende confío mucho en su muñeca política y al final fracasó. A todo esto, se suman los paros y las huelgas, la situación económica crítica y la escasez provocada por la interrupción en las cadenas de suministro y el acaparamiento. A la sicosis colectiva provocada por la escasez y las colas para comprar mercaderías, se sumó el pánico en los sectores medios y en los pequeños empresarios y comerciantes, que los indujo a reaccionar contra el gobierno. Para graficar la situación, el panadero creyó que le iban a quitar su panadería y el pequeño industrial que le iban a tomar su empresa. Todo eso se creía. En esta crisis los factores psicológicos fueron tan determinantes como los ideológicos.

En síntesis, yo diría que ante tal cantidad de factores críticos se hace muy difícil decir que la tragedia del golpe de estado de 1973 se debió a un solo factor. Cada uno va a tener su teoría. Lo que sí podemos decir, con cierta certeza, es que frente a un proyecto transformador tan profundo como el que tuvo la Unidad Popular, de avanzar al socialismo por la vía democrática, si desde el principio no se tiene una estrategia clara y no se tiene un control de las fuerzas políticas, para que el proceso no se disperse, es muy difícil mantener el rumbo. En eso también falló Allende y por cierto los dirigentes de los partidos que integramos la Unidad Popular.

¿Por qué razón Allende no tuvo éxito en la negociación con los partidos de oposición, en particular con la Democracia Cristiana, para delimitar las áreas de la economía y rayar la cancha para que esta funcionara con reglas claras?

A su pregunta respondo que ese era uno de los propósitos del plebiscito que había decidido convocar Allende el 11 de septiembre de 1973. Tuve el privilegio de almorzar con el Presidente Allende el día lunes 10 de septiembre. Me invitó a La Moneda y el tema central que discutimos fue si se podía evitar el golpe de Estado, que ya parecía inminente. Hacia el témino de ese almuerzo él dijo que se concentraría en redactar el discurso que iba a pronunciar al día siguiente, para llamar al plebiscito. Uno de los puntos centrales sería la delimitación del área de propiedad social. Pero, el golpe ya estaba preparado y al día siguiente, muy temprano, comenzó el movimiento de tropas.

¿Puede ratificar que Allende iba a llamar a plebiscito?

¡Absolutamente! Por supuesto que lo dijo. Es más, durante el almuerzo del 10 de septiembre discutimos qué iba a decir en el discurso y, finalmente, a las tres y media se paró y se fue a redactar el texto con dos personas más. Estaba decidido a realizarlo.

Se ha formado una mitología, al respecto.

Yo estuve metido de lleno en el gobierno de Allende. Fue parte importante de mis primeros años de vida política y puedo dar fe que iba a llamar al plebiscito y estuvo redactando el discurso el día anterior al golpe. Esta decisión política estaba tomada, aunque podía no haber acuerdo en la Unidad Popular, pero Allende la tenía tomada. Era un paso de gran importancia porque daba salida política a la crisis.

Otra mitología sobre Allende es que lo mataron en La Moneda, descartando el suicidio. Yo creo que sí se suicidó y que fue un gesto de coraje político gigantesco. Él nos lo había dicho varias veces: ‘yo no soy hombre de exilio, y voy a defender la democracia con mi vida’. Los médicos que estuvieron con él en La Moneda, el 11 de septiembre, y que después estuvieron presos conmigo, me relataron todo lo que pasó, porque vieron lo ocurrido. Entonces, para los que quieren hacer de esto un dilema, yo digo siempre, ‘Allende se suicidó porque lo mataron’.

Imagínese si Allende hubiera alcanzado a llamar a un plebiscito, ¿se frustra el golpe?

Tal vez se habría fustrado el golpe y los opositores habrían dicho ‘ganémosle el plebiscito y después lo sustituimos’. Pero eso es política ficción.

¿Qué hizo usted para evitar esa tragedia, o qué intentos conoció para evitarla?

Creo que hice lo que podía hacer un tipo joven, a esas alturas. Cuando se inicia el gobierno de Allende, yo estaba en la Universidad de Harvard, estudiando mi post grado y miraba todo con gran pasión y ya había tomado una decisión, estoy hablando de mediados de 1971. Pensaba que en ese momento Allende tenía dos opciones: o corregía el rumbo, o se venía un golpe. Entonces, estando fuera del país, tomé la decisión de regresar, porque quería ayudar a corregir.

Cuando volví a Chile creamos la Izquierda Cristiana. Yo era miembro de su comisión política y esta me pide que prepare un documento sobre la economía chilena para entregárselo al Presidente. Esto, como parte de lo que este partido negoció con Allende al ingresar a la Unidad Popular, o sea, a su gobierno. Tomé la decisión de invitar a un grupo de economistas distinguidos para discutir el tema, muchos de ellos con estudios de doctorado en Estados Unidos. Me acuerdo de Eduardo García, padre del actual miembro del Consejo del Banco Central, Pablo García; de Vittorio Corbo, de Ricardo Ffrench-Davis y de Tomás Reichman. Este último también con doctorado en Harvard. Hicimos un informe en que planteamos que ‘la situación del país no se sostiene; las cifras no aguantan y se va a producir un desequilibrio mayor’. Luego lo llevé a la comisión política de la Izquierda Cristiana y enseguida se lo hicimos llegar al Presidente.

¿Cómo logró la participación de Vittorio Corbo?51

Porque a esas alturas había un grupo grande de técnicos jóvenes que queríamos aportar, aunque después la gente va cambiando. Así, muchos economistas jóvenes de la Democracia Cristiana también querían aportar y decían ‘hay que hacer algo, tenemos que proponer estos cambios para no dejar solo a Allende’. También se preguntaban si al omitirse ayudaban a la derecha, en vez de empujar reformas que eran muy parecidas a las que proponía el programa de Tomic. Fue un dilema muy grande. Pero a medida que se fue precipitando la crisis, numerosos jóvenes economistas proclives al progresismo se decepcionaron, porque no se corrigió el rumbo.

Por otra parte, en 1972 Allende constituyó un comité económico asesor y me pidió que fuera miembro de él, en representación de la Izquierda Cristiana. Otros de los integrantes eran Alexis Guardia, por el Partido Socialista, y Sergio Ramos, por el Partido Comunista. Luego me pidió que fuera ministro de Minería, y a poco andar tuve que enfrentar la huelga de los mineros de El Teniente. Por otro lado, siempre traté de morigerar la crisis política, pero las fuerzas ya estaban desatadas.

¿Quiénes más hicieron algo para evitar la tragedia del golpe?

El Partido Comunista actuaba con más moderación que otros. De alguna manera, intentaba poner paños fríos, de cómo acordar medidas, andar más lento, y sobrevivir. No hay que olvidar que el PC había sido parte los gobiernos radicales, partiendo con Pedro Aguirre Cerda, y luego con Gabriel González Videla, aunque este último después los expulsó y los persiguió con la Ley Maldita.52

El Partido Radical y ciertos sectores del Partido Socialista también trataron de morigerar la situación. Creían que había que hacer las cosas por la vía democrática y que la radicalización del MIR y de un sector del PS era nefasta.

Por su parte, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, sin duda jugó un papel muy importante para tratar de calmar los ánimos, como tambien un sector de la Democracia Cristiana. Ahí estuvo, por ejemplo, Renán Fuentealba, quien hizo esfuerzos paralelos para tender puentes de diálogo.

¿Por qué cree que Radomiro Tomic se retrotrajo de la situación política en ese entonces?

Quizás porque el sector hegemómico de la Democracia Cristiana, liderado por Frei Montalva, veía en Tomic una competencia. Por otro lado, los sectores más duros de la Unidad Popular no querían nada con la Democracia Cristiana. En ese momento los rangos de tolerancia eran mínimos o no existían.

La última vez que vi a Tomic fue en Estados Unidos, después que salí de mi cautiverio en la Isla Dawson y me fui al exilio. Mientras estaba en Boston, en la universidad, Tomic pasó por Washington y me trasladé hasta allá para hablar con él. Tenía que decirle que por favor hiciera todo lo que estuviera a su alcance para sacar a su yerno Pedro Felipe Ramírez, de la cárcel en Dawson. Le conté todo lo que vivimos después del golpe y me escuchó atentamente durante una hora y media, para enseguida sugerirme que este relato lo tenía que llevar a un libro. Así fue como después escribí Dawson, Isla 10, por eso en el prólogo hago referencia a mi conversación con Tomic. Después de su derrota en la elección presidencial de 1970, Tomic pierde peso dentro de la Democracia Cristiana. Después no tuvo ninguna figuración y creo que fue marginado dentro de su propio partido.

¿Por qué todos los intentos conocidos de diálogo no tuvieron éxito?

A las personas que negociaron en ese tiempo les preguntaba lo mismo. En mi caso particular, siempre fui partidario de una aproximación entre el sector progresista de la Democracia Cristiana y los sectores más moderados de la Unidad Popular. No compartía la visión de Carlos Altamirano, ni tampoco la del MIR, para nada. En realidad, la pregunta que debiéramos hacernos hoy es qué locura se apoderó de la sociedad chilena y en especial de la clase política en esos años. Esa es la pregunta. Cómo se llegó a un nivel de inconsciencia, para no darnos cuenta que un verdadero tsunami se nos venía encima.

Había señales por todos lados de los riesgos. Como dije, una de las cosas que siempre me ha sorprendido fue la ceguera para ver la realidad más allá de la ideología; la ideología fue una venda para los ojos. Allende intentó una salida negociada, pacífica, pero también estaba tironeado por su propia coalición, al punto que le decían: ‘si usted cede ahora lo van a echar abajo, ¿qué es lo que va a negociar, si ellos quieren que usted se vaya?’.

En resumen, lo que hay que entender es que cuando las cosas se polarizan al extremo que vivimos en la Unidad Popular, no hay confianza entre los negociadores, no hay espacios de entendimiento. La desconfianza es total. En el gobierno de Allende la odiosidad entre unos y otros fue intensa. Esto es lo que tenemos que evitar en democracia y hacer todos los esfuerzos posibles para nunca cortar el diálogo.

Aparte de la polarización ideológica, ¿qué factores estructurales, desde el punto de vista de la arquitectura política, fallaron?

Hasta el día de hoy pienso que la causa principal del conflicto no estaba en el plano institucional. Teníamos una institucionalidad flexible, al punto que abosorbió tensiones enormes. La institucionalidad democrática ofreció un enorme espacio para que ambos bandos se expresaran con plena libertad, en el parlamento, en los medios de comunicación, en el poder judicial. Había libertad en todos los ámbitos. Por lo tanto, creo que la institucionalidad sí funcionó y dio garantías a todo el mundo.

Para ser más preciso, el sistema presidencialista, con un Congreso bicameral, ¿ofrecía alguna vía de escape para resolver un conflicto de esta magnitud?

Creo que esa es una pregunta clave para sostener una democracia fuerte. Aparentemente los regímenes parlamentarios tienen una vía de escape de los conflictos graves, porque si el Primer Ministro no cuenta con la confianza del Parlamento, este se ve obligado a llamar a elecciones anticipadas, como ocurre en la mayoría de los países europeos, no así el régimen presidencialista. Así y todo, creo que la estructura institucional chilena tenía márgenes de negociación, para llegar a acuerdos. Pero también creo que el nivel de las tensiones y contradicciones de la sociedad civil, sumado a la crisis económica durante los años 1972 y 1973, sobrepasó la capacidad institucional para manejar esos conflictos.

La pregunta de fondo -y es una pregunta de futuro en Chile- es si los sistemas parlamentaristas son capaces de resistir estas tensiones mejor que los presidencialistas.

Esa pregunta es fundamental. Hoy día vivimos con una aceptación generalizada y valorizada de la democracia distinta de hace 40 o 50 años, cuando la izquierda manejaba la tesis de que en Chile imperaba la democracia burguesa. Pero eso era fruto de que Chile tenía una sociedad muy desestructurada y mucho más segmentada entre ricos y pobres. La experiencia comparada enseña que la propia democracia es capaz de generar mecanismos de participación, para desconcentrar e integrar a todos los actores sociales, si existe la fuerza y la voluntad política para impulsarlos.

En América Latina, en general, la gran duda que persiste es si los regímenes presidencialistas permiten crear partidos políticos sólidos; tener gobiernos con respaldos parlamentarios amplios; y al mismo tiempo si otorgan más espacio a la sociedad civil. Es decir, si promueven que la práctica democrática vaya progresivamente delegando más poder en la gente, o tiende a concentrar más el poder en torno a la Presidencia.

Esta discusión está abierta. Hoy día, sin embargo, estamos observando fenómenos que van más allá y que superan la discusión sobre la estructura institucional: si conviene más el presidencialismo, o el semipresidencialismo con un parlamentarismo fuerte. Si yo tuviera que elegir, me inclinaría por el sistema parlamentarista. El punto es si la cultura nacional y la costumbre que predomina en América Latina lo van a permitir.

¿Qué es primero para usted, la ideología o la institucionalidad democrática?

Sin duda alguna la institucionalidad democrática. Son las instituciones las que conforman el espacio en que los hombres conviven, donde los seres humanos se relacionan con reglas conocidas. Las ideologías son importantes, pero tienen que darse bajo determinadas reglas del juego y eso se llama institucionalidad democrática. En ese marco se dan los espacios de diálogo, de entendimiento y de acuerdos. O si no, no hay democracia.

Con la polarización desatada en el gobierno de Allende, ¿desapareció el centro político?

Sin duda. El ideal es tener espacios medianamente moderados para el entendimiento político. Uno de los graves problemas de las sociedades que se polarizan es que inhibe la posibilidad de una expresión intermedia, favorable al entendimiento, todo se mira en blanco y en negro, sin términos medios. Tanto la izquierda como la derecha estaban enardecidas y la DC decidió actuar como oposición, alineada con la derecha, salvo algunos dirigentes más progresistas de este partido que fueron proclives al entendimiento con Allende.

Con la llegada de la democracia, a partir de 1990, se pudo constatar que la Concertación, de alguna manera, era hija de esa tragedia. La historia nos empujó a ponernos de acuerdo, dejando de lado las diferencias que nos dividieron 20 o 30 años antes. Una gran lección de lo ocurrido durante la Unidad Popular y la dictadura que vino después fue la necesidad del consenso de las fuerzas democráticas. Esto, para lograr el fortalecimiento institucional, para combatir las posiciones extremas y encontrar espacios de entendimiento. También para hacer reformas de largo plazo, con equidad e inclusión social. Desarrollamos un consenso político para crear las condiciones para el crecimiento económico y el desarrollo social; cuidar el medio ambiente y mantenernos unidos para gobernar con una sólida mayoría.

El presente

¿Tiene indicios de que persistan los tres tercios en el escenario político chileno, actual?

Yo creo que el sistema político moderno es más complejo. No veo tres tercios. No en la forma en que se dio en ese tiempo, que estaba muy marcado por la guerra fría. La Democracia Cristiana también es una construcción de la guerra fría. También lo fue la izquierda tradicional de ese tiempo y el Partido Comunista, así como un sector del Partido Socialista que se descuelgua de la corriente más cercana a la socialdemocracia porque la encuentra amarilla (moderada). También son hijos de la guerra fría los esfuerzos por tumbar a las élites, que en América Latina mantenían el poder basado en la plutocracia, con desigualdades sociales muy grandes.

En todo caso, en los ‘60 y ‘70 del siglo pasado no había tres tercios en el resto de América Latina. Pero en el caso chileno de hoy, en medio de la complejidad de las sociedades contemporáneas, con surgimientos de capas medias y sectores medios bastante diversos; con problemas mundiales que no se clasifican en izquierdas o derechas, la situación se torna más compleja. Entretanto, la izquierda no se puede apropiar de las nuevas demandas sociales, tales como el matrimonio igualitario, la defensa del medio ambiente y la equidad de género, entre otros. Los problemas de hoy no son sólo sociales. Hay muchos problemas culturales, problemas tecnológicos, problemas de educación, valóricos, etc. Hoy se da una suerte de participación ciudadana directa, a través de las plataformas tecnológicas que sustentan las redes sociales. En este plano, los partidos políticos están sobrepasados.

En los años ‘90 del siglo pasado se intentó una tercera vía, impulsada por la socialdemocracia europea, y al parecer fracasó. Ya no se habla de esa tercera vía.

Yo no creo que haya fracasado la tercera vía. Lo que tiende a ocurrir es que la socialdemocracia se apoya en el sector sindical, pero con el cambio tecnológico éste pierde fuerza. Hoy, el movimiento sindical tiene menos peso, exceptuando tal vez en Alemania.

¿Por qué dice que la tercera vía no ha fracasado?

Yo creo que no fracasó por el hecho de que los cambios progresistas siguen en pie. Si uno llama progresismo al proceso continuo de reformas graduales realizadas en democracia, para apuntar a una sociedad socialmente sustentable, con más inclusión, ambientalmente sustentable, con cambio tecnológico, con avance gradual, no radical, es lo que uno podría entender como tercera vía. La tercera vía está lejos de la radicalidad, o de una gran transformación revolucionaria. Aún vemos este enfoque de la tercera vía en la socialdemocracia europea. No ha muerto.

Aquí en Chile, la Concertación por la Democracia, que gobernó entre 1990 y 2010 y que permitió un salto muy grande en el desarrollo económico, con énfasis en la equidad, fue una suerte de tercera vía.

¿Se corre el riesgo de pasar a un periodo de inestabilidad política en Chile?

Antes de responder, primero hay que tener en cuenta qué tipo de sociedad tenemos hoy. Veo dos fenómenos sociales nuevos importantes. Uno, con sectores medios que no dependen del Estado y capas medias crecientes que quieren ascender y vivir bien. Quieren tener una casa, un auto, educar a los hijos, tener buena salud, buenos servicios públicos, pero con el apoyo de un Estado protector, que evite que esos derechos se concentren en manos de unos pocos. Pero a su vez, esta clase media emergente quiere que el Estado no se les meta en su casa todo el día y que no los controle.

Segundo fenómeno a considerar: tenemos un cambio tecnológico en la forma cómo uno se comunica y cómo se educa, que impulsa a ser más individualistas a los jóvenes, por un lado, y por otro, menos ideológicos y más pragmáticos al momento de exigir sus demandas. Por eso le exigen más al Estado.

¿Podemos decir entonces que las ideologías tradicionales que conocimos hasta 1973 ya no van a existir?

Las realidades son las realidades y la política se tiene que adaptar a la realidad, pero el eje central de las políticas siempre serán las personas, la naturaleza humana. Este va a ser el foco de la articulación. Ahora, ¿es eso pura derecha o pura izquierda, en el sentido ideológico clásico de quien detenta los medios de producción? No. Por eso creo que los factores interpretativos de izquierdas y derechas que se remontan a la Revolución Francesa, centrados en los beneficios sociales y en la discusión sobre la propiedad de los medios de producción, parecen estar cambiando como factores de cohesión política.

¿Se puede responder a estos fenómenos con los clásicos enfoques de izquierda y de derecha que prevalecieron hace 50 años?

Por supuesto que no. El mundo del siglo XXI, y lo que va a venir, nos tiene a todos desconcertados. También a la política y a los programas de gobierno para enfrentar nuevos problemas.

Para reordenar el mundo que viene no nos sirven las estructuras mentales del siglo que pasó. Las ideologías no van a desaparecer, pero se van a adaptar a los nuevos tiempos. Tampoco va a desaparecer lo que llamamos izquierda y derecha, aunque quizás con menos énfasis en los temas sociales y económicos, pero sí en los valóricos. Así, los más progresistas van a proponer condiciones más severas para salvar el planeta, frente a los conservadores que seguirán más focalizados en el crecimiento económico.

Lo otro que puede ocurrir es una mayor segmentación de la sociedad y distintos partidos y sectores van a tratar de representarla, pero con formas más directas de acción política, salvo -que espero que nunca ocurra- que surjan nuevas formas de autoritarismo basadas en el control social apoyado en los robots, la digitalización y la inteligencia artificial, imponiendo una sola vara para todos. Son formas dictatoriales potenciales, que de repente pueden surgir si la sociedad se descuida y no fortalece la democracia.

¿Qué debilidades o carencias observa en el actual orden institucional chileno, que pueden poner en riesgo la estabilidad democrática?

Después de la dictadura avanzamos a cambios institucionales profundos para reforzar la democracia. Pero esas instituciones hoy día están haciendo agua por varios lados y, justamente, la democracia tiene que tener la capacidad de actualizarlas y reponerlas. Veamos algunas de ellas: El tema de una nueva Constitución. Yo creo que ha estado colgando sobre la conciencia de los chilenos un mensaje que nos dice que hace falta una nueva Constitución, hecha en democracia.

Otro ejemplo es el rol del Estado, que está bastante acotado en la actual Constitución, pero si miramos hacia adelante nos damos cuenta de que vamos a tener que contar con un Estado mucho más fuerte y activo, con el fin de atender las crecientes demandas para garantizar los derechos sociales y los desarrollos tecnológicos. La Constitución que nos legó la dictadura establece que el Estado es subsidiario y que no se puede crear ninguna empresa estatal, sin tener quórum calificado en el Congreso.

Otros temas que hay que resolver con la nueva Constitución es el reconocimiento pleno de los pueblos originarios y cambiar la forma de designar a los miembros de la Corte Suprema, basada en quinas que envía el Ejecutivo, muchas veces sujetas a factores arbitrarios. Otra discusión pendiente es si el Parlamento debe ser bicameral o unicameral, o si Chile necesita un sistema de gobierno semi presidencial.

¿Advierte alguna amenaza que ponga en riesgo la democracia?

Hasta antes del golpe de Estado de 1973, yo creía que la democracia era inamovible pero después de aquella horrible experiencia, me di cuenta de que esta es un bien que debemos cuidar todos los días. Siempre tenemos que estar atentos y ser muy sensibles ante cualquier señal que la debilite o amenace. Por ejemplo, la democracia se debilita cuando se deteriora la educación pública, cuando se coartan los espacios de diálogo, de entendimiento, de mediación, de no violencia. Se debilita la democracia cuando hay desigualdad y la gente toma conciencia de ello. Por eso la institucionalidad no se congela, debe estar al servicio de la gente y cambiar cuando cambia la sociedad.

¿Se debilita también la democracia cuando baja la participación ciudadana en las votaciones?

Sin lugar a dudas. Este es un tema fundamental y tenemos que preguntarnos por qué baja la participación electoral; por qué tanta desconfianza entre chilenos. La desconfianza mina la democracia, entonces estos dos factores están ahí. Si nos quedamos mirando al techo, con complacencia, se nos puede complicar el panorama social. Tenemos que estar activos haciendo reformas.

¿Qué valor le da al diálogo, sobre todo el diálogo político, para resolver problemas graves que nunca están ausentes en la realidad de los países?

El diálogo como principio de civilización es fundamental. Es un método para buscar soluciones distintas de las que cada cual plantea. Soluciones nuevas, que surgen del debate y de la reflexión común, eso es fundamental. El diálogo es parte integral de un sistema democrático, en que uno negocia, concilia intereses diversos. Busca lo que es mejor para el conjunto, no solo para los grupos que tienen más poder, porque el diálogo también permite distribuir el poder. Lo que más me alarma es que en Chile hay muy poco diálogo.

Usted plantea que el diálogo sirve también para distribuir el poder. Por lo tanto, los que tienen mayor responsabilidad para promover el diálogo debieran ser también los tienen más poder.

Sí, absolutamente. Frente a un conflicto, por ejemplo, entre los profesores y el gobierno, donde éste acusa a los primeros de ser intransigentes, ¿quién tiene más obligación de no ser intransigente? El que tiene más poder, el que vela por el bienestar del conjunto y ese es el gobierno, elegido por el pueblo. O sea, por un colectivo de personas mucho más grande que el gremio de los profesores.

Yo propuse, hace un tiempo, y creo que ahora es esencial, un mecanismo para absorber las demandas sociales. En Francia tienen el Conseil Économique et Social, y no hace mucho los franceses le agregaron “environnemental” (medioambiental). Este consejo lo componen cerca de 300 personas, en representación de la sociedad civil, provenientes de distintas organizaciones. Ellos discuten y analizan los problemas, incluso, las políticas del Estado. No son una cámara como el Parlamento, pero le proponen al gobierno diversas cosas; le observan al Parlamento, dicen cuando una norma no se está aplicando bien o es injusta. Cuando estallaron las protestas de los chalecos amarillos en Francia, el gobierno de Macron dio inmediatamente un paso adelante e inició debates y reflexiones a lo largo de todo el país, tomando como referencia esta institución, que viene operando desde hace décadas.

En Chile no tenemos ninguna institución como esa. Para resumir ese punto, yo diría que nosotros tenemos que instalar espacios de diálogo nacional, regional, local; instalar una cultura del diálogo. Así como instalamos la cultura de los derechos humanos, que no todos la comparten, pero buena parte la comparte; la cultura de la solidaridad está faltando, como también la cultura del diálogo.

El futuro

¿Cómo se explica la enorme desafección, incluso el repudio, hacia la llamaca clase política en el Chile actual?

Lo que más me preocupa hoy día en Chile, y en demasía, es la desafección de la gente con lo público y el menosprecio hacia los políticos. Prevalece un excesivo individualismo, la desconfianza y la falta de solidaridad. El modelo económico de mercado parece decirle a la gente que, si no le va bien y no llega arriba, es porque no es capaz; y al que le va bien, lo que gana es para él y su entorno más cercano. Incluso, esta actitud permea las políticas públicas. Ha costado un triunfo en Chile aprobar fondos solidarios para la educación, o para la salud, y ahora para las pensiones.

¿Incide también el afán consumista?

Eso está en todas partes, el consumo y el endeudamiento. Son cosas graves, pero pueden ser más graves si la economía no crece. Los problemas se complican cuando tienes que resolver diferencias para combatir las desigualdades, pero el crecimiento te permite obtener ingresos adicionales, e ir poco a poco enderezando. Pero si además tenemos familias con alto nivel de endeudamiento, con una expectativa de consumo desmesurada y con un crecimiento que no pasa del 2 a 3%, vamos hacia una situación bastante más explosiva en lo social; más todavía cuando no son los partidos políticos los que conducen esos descontentos, sino que los movimientos sociales.

Siempre me acuerdo de Egipto, de la Plaza Tahrir. Cuando cae Mubarak, en 2011, me pidieron que fuera a hablar con los partidos políticos egipcios. Fuimos dos chilenos a contarles la transición chilena a la democracia. Nos encontramos con que había una gran capacidad de convocar a la gente por internet, a la Plaza Tahrir, pero no había ninguna capacidad para que esa cantidad de gente se organizara y tuviera un plan para gobernar; no había una conducción política. ¿Y qué ocurrió después? Primero, ganó la Hermandad Musulmana, porque tenía más cohesión. Y después, cuando se vio que había un riesgo para ciertos poderes, viene un golpe militar y se entierra la democracia, por segunda vez.

La primera responsabilidad de los partidos es ser conductores, de ser receptores de la demanda ciudadana; y de los ciudadanos de organizarse en grupos formales, no sólo salir a la calle a protestar. Tenemos que trabajar para que haya más organizaciones, más grupos de estudio, más grupos de defensa de los derechos sociales, de los consumidores; más sindicatos, de trabajadores urbanos y rurales; más representación de la gente que quiere acceso al agua y que no dependan de los camiones aljibes; más gente organizada para pedir una mejor educación, mejor salud, mejores pensiones; o más metros cuadrados de parque en los barrios. Todo eso y mucho más lo puede lograr la sociedad civil organizada. Eso es lo que tenemos que proponer desde el Estado y desde los partidos políticos: incentivar a la participación social.

Todo eso más una buena educación cívica y política, porque hoy no existe.

Una sociedad en que los jóvenes no salen a protestar por alguna causa justa, no tiene mucho futuro. A mi también me metieron preso los carabineros, tempranito, cuando estuve en el Instituto Nacional. Eso es parte de la vocación de cambiar las cosas. Así es la sociedad. Sin embargo, la educación cívica decayó en dictatura y hasta hoy no hemos sido capaces de recuperarla. Hace poco vi una cifra que me alarmó, proveniente de una encuesta que encargó el Gobierno. Señalaba que de cada diez jóvenes de octavo básico (14 años), cuatro afirmaban que el uso de la violencia es un instrumento válido. Entonces, en una democracia en que se instala una especie de anarquismo, los peligros democráticos son bastante grandes. Ahora, la derecha más dura va a decir: reprimo. Nosotros los demócratas tenemos que decir educo, dialogo. Vamos más lento, pero seguro.

¿Estaría de acuerdo en instaurar un parlamento unicameral?

Mi opinión está marcada por la experiencia que tuve como senador, donde pude advertir que muchos proyectos que aprobaba la Cámara de Diputados se corregían en el Senado y viceversa. El proceso es más lento, pero más seguro, porque si una ley sale mal, se toma mucho más tiempo reformarla. Desde este punto de vista es mejor tener dos cámaras. Dicho esto, considero que antes de pasar a un parlamento unicameral hay que ver cómo se mejora la calidad de los representantes de la ciudadanía en el parlamento; cómo se crean otros sistemas para canalizar las demandas de la sociedad civil. Pueden ser pequeños parlamentos regionales, como los Core53 ahora, pero con más autonomía, como existen en Estados Unidos y en otros países federales. No creo que la existencia de dos cámaras sea el problema principal de la democracia chilena, sino las formas y la profundidad de participación que se les ofrece a la ciudadanía.

¿Y el excesivo presidencialismo tampoco es un problema?

Es que el presidencialismo chileno es exagerado. Por ejemplo, el poder del Ministerio de Hacienda es excesivo. Entonces, vamos a tener que ir a una fórmula de mayor equilibrio entre el Parlamento y el Poder Ejecutivo. Hoy el Congreso tiene restringidas sus facultades para legislar cuando se tocan temas del presupuesto o de financiamiento fiscal. Lo mismo pasa con las urgencias legislativas, en que el Ejecutivo tiene más espacio para tomar la iniciativa. Esto se puede mejorar. Yo mismo propuse -hace 20 años- la creación de una oficina de Presupuesto en el Congreso y todavía no se le da curso, porque el Ejecutivo ha dicho que no es necesaria y que la alternativa es que los parlamentarios mejoren sus conocimientos sobre el proceso presupuestario.

¿El actual modelo económico garantiza estabilidad política?

No, porque no garantiza un sistema de protección social, debido a que en gran medida fue privatizado. Me refiero especialmente a la salud, a las pensiones y a la educación. En el caso de esta última, considerando los colegios privados y los subvencionados, ya vamos a llegar a 70% de matrícula privada a nivel escolar, y a una cifra parecida en el caso de la educación superior. Pero este no solo es un problema de cobertura, aunque le puede resultar ventajoso al Estado, porque se desentiende de invertir en estos sectores y con ello baja el déficit fiscal. También conlleva un problema de desarraigo de la gente con las funciones básicas del Estado, porque la sociedad siente la vulnerabilidad de no tener un espacio solidario que la represente en las cuestiones básicas del bienestar social. Si me enfermo, me jodo; si no tengo plata, no puedo mandar a mi hijo a un buen colegio; si me pensiono, caigo de inmediato en la miseria. Entonces, el problema número uno a resolver es construir un sistema de bienestar social que dé protección a la mayoría de los chilenos.

Otro gran problema que no resuelve el modelo económico son los desafíos tecnológicos que están teniendo un gran impacto social, como son los casos del reemplazo de los trabajadores por los robots. Frente a este problema, el mercado no se hace cargo y debe ser el Estado el que procure la reconversión laboral, la capacitación y una educación de avanzada. El mercado por sí solo no es la vía para asegurar que ello ocurra.

Tenemos una estructura productiva sustentada en grandes empresas que explotan recursos naturales y con visión de corto plazo, quieren recuperar el capital invertido y obtener utilidades para sus accionistas en el menor tiempo posible. Pero estas empresas no tienen ningún incentivo para hacer desarrollos tecnológicos de mayor envergadura. Las empresas extranjeras que están en el cobre sabrán ellas dónde hacen las inversiones en ciencia y tecnología, pero está claro que no las hacen en Chile.

Curiosamente, en Chile el sector que hace más investigación y que está más a la punta en tecnología es el agrícola, donde observamos que la propiedad está menos concentrada. Con el litio no sabemos qué vamos a hacer. Se entregó. Para el desarrollo de la energía solar estamos trayendo empresas extranjeras que instalen plantas solares fabricadas afuera. No tenemos ni un centro de investigación propio para el desarrollo de energías alternativas. En materia de desalinización de agua pasa lo mismo.

En la sociedad de la tecnología avanzada que estamos viviendo, la economía de mercado no resuelve estos problemas. Por lo tanto, tiene que haber una acción deliberada de colaboración Estado-empresas; así como centros de investigación, academias y trabajadores, de naturaleza muy distinta de la que tenemos hoy.

Basado en su praxis política, ¿qué aprendizajes considera prioritarios de transmitir a las nuevas generaciones?

Lo primero y más importante es cuidar la democracia. Defender los derechos, pero también reconocer los deberes. Para hacerlo es esencial conocer la historia. El que no conoce la historia cree que la historia comienza cuando llega él, y puede cometer grandes errores. Lo segundo es preocuparse de lo público, preocuparse del conjunto, siempre. Uno es más feliz -y la sociedad es más feliz-, cuando se preocupa del otro y es solidario con el otro. Y eso hay que inculcarlo desde que uno es chico. Y lo tercero es prepararse bien. Estudiar, trabajar con seriedad, ser responsable de lo que uno hace; ser disciplinado con lo que uno hace. Para salir adelante tenemos que esforzarnos, sin esperar que otros nos regalen las cosas. Creo que esos son algunos de los pilares para compartir con los jóvenes.

NOTA: Hasta aquí el cuestionario respondido por Sergio Bitar antes del 18 de octubre de 2019. A continuación, lo que respondió después de esta fecha.

¿Cómo se sale de la crisis que detonó el 18 de octubre de 2019?

Esta es una crisis absolutamente inesperada, de una dimensión gigantesca y dada esta magnitud, no me siento en condiciones de dar una respuesta de inmediato. Creo que esta es una pregunta que nos va a tomar tiempo responderla, porque primero tenemos que entender bien el fenómeno, que es muy complejo. Por otra parte, la búsqueda de alguna solución a una crisis como esta no puede tomar menos de cinco a diez años. Un buen diagnóstico también toma su tiempo y si no hacemos un buen diagnóstico, no podemos tomar buenas decisiones.

¿Cuáles son los elementos básicos para un buen diagnóstico?

Primero, hay cinco o seis materias o hipótesis que se dan vuelta en las argumentaciones que hasta hora hemos escuchado. La primera es de carácter político y alude al gobierno de Sebastián Piñera, que no ha tenido las capacidades para controlar esta crisis. Se ha manejado mal y no ha sido lo suficientemente empático con la ciudadanía; representa a una élite muy pequeña, y es sentido por la ciudadanía como lejano. O sea, el que gobierna no siente lo que le pasa a la persona gobernada. Esta situación se ve agravada con el intento del gobierno de Piñera de echar atrás algunas reformas importantes que hizo el gobierno anterior, de Michelle Bachelet: la tributaria, la laboral, la educacional. Junto con ello, apenas llegado este segundo gobierno de Piñera archivó el proceso de reforma constitucional que dejó listo Bachelet. Otro grave error.

Un segundo factor, y tal vez el más importante, es la desigualdad que observamos en el país, esa enorme brecha entre ricos y pobres. Esto, a pesar de que la pobreza en Chile ha tenido una baja pronunciada y el índice Gini, que mide la desigualdad, ha mejorado levemente en los últimos años. Pero lo que cuenta en política no es el dato estadístico, sino la percepción que tiene la gente, la ciudadanía. El dato estadístico no da cuenta de lo que le ocurre a la gente cuando percibe que lo que gana no le alcanza para llegar a fin de mes; cuando va a un hospital y recibe una mala atención, o simplemente no la recibe y queda en lista de espera; cuando los jubilados reciben pensiones miserables y deben ser ayudados por sus familiares, en el mejor de los casos; o cuando a los padres no le alcanza la plata para mandar a sus hijos a un buen colegio, etc.

Esto venía desde mucho antes y alguien podría decir, pero ¿cómo no se dieron cuenta?

Sí, venía desde mucho antes. Esto es lo que en los análisis de prospectiva llaman el ‘elefante negro’, que se refiere a algo que uno siempre vio y que no hizo nada para evitar que en algún momento el elefante diera una sacudida y derrumbara todo a su alrededor. Esto me lleva a señalar un tercer elemento para el diagnóstico y que tiene que ver con el eje élite-ciudadanía. Esto es distinto del eje izquierda-derecha. Lo que se percibe aquí es que la democracia representativa deja de representar. Aunque los gobernantes son elegidos por la ciudadanía, una vez en el poder estos se transforman en élite y la gente no se siente representada.

Con este enfoque, la gente se siente desilusionada cuando observa los casos de segmentación de la sociedad, en que unos tienen más beneficios que otros y que más encima los que están arriba se aprovechan del poder y caen en la corrupción. Esta segmentación social se agudiza al comparar los barrios ricos con los barrios pobres. En el caso de estos últimos la gente se pregunta por qué los barrios ricos tienen más y mejores parques, más y mejores centros de salud, más farmacias, más servicios, más cajeros automáticos, más supermercados, etc. Esto se transforma en un choque y la gente ve que la izquierda tampoco los representa y termina por desechar todos los cauces políticos.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
407 s. 13 illüstrasyon
ISBN:
9789561709638
Yayıncı:
Ediciones PUCV
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar