Kitabı oku: «Autobiografía de un viejo comunista chileno»


© LOM ediciones Primera edición, 2013 ISBN impreso: 9789560004390 ISBN digital: 9789560013293 RPI: 229.309 Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 688 52 73 | Fax: (56-2) 696 63 88 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
Dedicado
a mi familia, a quien quise y quiero mucho,
sin embargo postergué tanto en aras de mi causa.
A Camila Vallejos, Laura Palma, Giorgio Jackson, Camilo Ballesteros, Danae Díaz, Laura Ortiz, Rodrigo Rivera, Iván Fuentes y a todos los dirigentes y estudiantes, universitarios, secundarios y técnicos, que con sus movilizaciones el año 2011 hicieron renacer nuestras esperanzas en que la lucha por un Chile para todos finalmente triunfará.
Y muy especialmente a Genaro Vidaurre,
sin quien este libro no hubiera sido posible
Índice
Palabras preliminares
Primera parte De Humberto a Santiago
Capítulo I 1941-1957: mis primeros años (Valdivia, Mantilhue y Concepción) Capítulo II 1957- 1960: embates de la naturaleza (Valdivia y Santiago) Capítulo III 1961-1965: de obrero a dirigente (Valdivia, Nacimiento, Laja y Concepción) Capítulo IV 1965 -1970: aunando fuerzas (Concepción, República Democrática Alemana, Concepción y Valdivia) Capítulo V 1971-1972: el Gobierno del pueblo (Valdivia y Chillán) Capítulo VI 1973: el golpe de Estado y el dolor (Chillán) Capítulo VII 1974-1975: los campos de concentración (Chacabuco, Puchuncaví y Tres Álamos) Capítulo VIII 1975-1976: de Humberto el comerciante a Santiago en la clandestinidad
Segunda parte De Santiago a Humberto
Capítulo IX 1976-1978: reorganización de equipos clandestinos. El primer emisario al exterior Capítulo X 1979-1980: segundo emisario y viaje de Santiago Capítulo XI Las reuniones en el exterior con la dirección del Partido Capítulo XII 1980: regreso a Chile
Tercera parte De vuelta en el sindicalismo (1980 – 1990)
Capítulo XIII 1981-1982: la “legalización” del movimiento sindical bajo el “Plan laboral” Capítulo XIV 1983- 1984: cohesionando al movimiento social contra la dictadura Capítulo XV 1985: los asesinatos del dictador no frenan las protestas Capítulo XVI 1986: el “año decisivo” no decisivo Capítulo XVII 1988-1990: la constitución de la Central Unitaria de Trabajadores y el triunfo del NO
Cuarta parte La vuelta a la “democracia” y el renacimiento de la esperanza (1990-2010)
Capítulo XVIII 1992-2010: la vuelta a la “democracia” y el trabajo de capacitación 203 Capítulo XIX 2011-…: renace la esperanza
Palabras preliminares
Cuando empecé a pensar qué escribiría en estos episodios autobiográficos me di cuenta de dos cosas. La primera, que no podía escribir todos mis recuerdos porque eran demasiados. Forzosamente tenía que prescindir de muchos, y a veces muy queridos para mí, pues, de otro modo, iban a terminar aburriendo a sus eventuales lectores. Esto me planteó la necesidad de hacer una selección y, por lo tanto, lo que les cuento es todo verdad, aunque no es toda la verdad.
La segunda cosa de la que me di cuenta es que la memoria falla y, a veces, se le escapan nombres, fechas, episodios. Cuesta recordar algunos, y otros, por más esfuerzos que uno hace, no consigue recuperarlos. Hay como una imagen difusa que se hace más difusa cuando uno intenta encerrarla en palabras hasta que, muchas veces, finalmente se escapa. A veces regresa alguna imagen de improviso, pero si uno no está atento a anotarla cuando llega, vuelve a escaparse. Esta es la segunda razón para decirles que, si bien todo lo que les narro es verdad, no pretende ser toda la verdad.
Por otra parte, lo más probable es que el inconsciente también juegue su rol en el olvido de ciertos recuerdos que nos dañan, embellezca otros y los resalte, dándoles mayor importancia. Entonces nuestros recuerdos también son deformados y, siendo verdaderos, no equivalen a toda la verdad.
Con plena conciencia de esas limitaciones, defino estos episodios autobiográficos como una “historia no oficial” pero verdadera. No tiene la pretensión de ser la historia oficial, sino de ser –porque lo es– una historia que es verdad.
Primera parte De Humberto a Santiago
Capítulo I 1941-1957: mis primeros años (Valdivia, Mantilhue y Concepción)
Aunque algunas veces usé otros, mi nombre legal es Humberto Arcos Vera. Nací el 22 de diciembre de 1941 en Valdivia. Mala fecha para nacer. Nunca recibí regalos de cumpleaños, solo recibía los de Navidad.
Mi padre se llamaba Juan Nepomuceno Arcos Rivera, y mi madre, Tránsito Vera Arévalo. Tuve muchos hermanos. Euduvigis fue la mayor. La seguía René, después Hilda, Benita, Ester, Pancho, Grene, Delfín y yo, el menor de todos. Según estas cuentas fuimos nueve, pero en mis recuerdos se hablaba de trece hermanos. Tal vez algunos murieron cuando niños y no los alcancé a conocer.
A mi padre lo recuerdo siempre como un pensionado activo. Nació en 1890, no sé dónde, pero supongo que venía de Santiago, porque allí hizo su servicio militar. Tenía una pensión porque antes había trabajado en las minas. Hablaba de haber estado en el carbón en “Pupunahue”, en lo que ahora es la comuna de Mafil; en “Catamutún”, próximo a La Unión; en “Huilma”, cerca de Osorno, y en el oro en “Madre de Dios”, cerca de San José de la Mariquina. En todas esas minas ayudó a formar sindicatos y fue presidente del de Pupunahue cuando era una empresa minera relativamente grande, con cerca de cuatrocientos trabajadores. No sé cuándo se vinculó al Partido Comunista, pero toda la vida lo conocí como militante.
Decía que recuerda a mi padre como pensionado activo porque, como la pensión no era muy grande, siempre siguió trabajando. En algo parecido a las empresas contratistas de hoy, organizaba cuadrillas y trabajaba en la construcción de caminos y canales. La diferencia era que no había capitales de por medio ni maquinarias, sino solo las herramientas que tenían los trabajadores. Los que organizaban las cuadrillas y conseguían la pega también trabajaban, pero no en oficinas. La supervisión y el control se realizaban en terreno, trabajando hombro a hombro con los demás.
Lo otro que recuerdo de mi padre y que me impresionaba era su caligrafía. Escribía con una letra muy hermosa, como dibujada más que escrita. Yo pensaba que tal vez, antes de entrar a las minas, había sido un calígrafo profesional, empleado en alguna notaría o algo así, cuando todavía no se generalizaban las máquinas de escribir.
Mi madre, como se usaba en aquellos tiempos, era solo “dueña de casa”. Ese trabajo sí que era duro en una casa con nueve hijos y poca plata. Ella era hija de Emilia Arévalo, una viuda (cuando yo la conocí) que tenía un campo bastante grande, alrededor de 1.000 has., en Pufudi, cerca de Valdivia. Con las tías, algunos fines de semana íbamos a visitarla al fundo y lo pasábamos muy bien. Yo era el regalón de la abuela, y ella me convidaba a dormir en su cama, la mejor cama que conocí por muchos años. Las tías también lo pasaban bien, estaban siempre muy alegres y muertas de la risa (y no se tomaban ni un trago). Muchos años más tarde me enteré de que en el campo había amapolas y que las tías – y supongo que también la abuela o al menos con su visto bueno– sacaban amapolas, las molían y las mezclaban con la yerba mate. Pienso que esos mates dulces, con yerba y amapolas, ayudaban a que se manifestara esa tremenda alegría que afloraba cada vez que nos reuníamos en el campo de Pufudi.
Estudié en la Escuela Nº 3 de Valdivia. Entre 1947 y el 1952 hice mis seis años de preparatoria (como se llamaba entonces la enseñanza básica de ahora). No fui un alumno destacado, pero tampoco uno muy malo. El segundo año me hice amigo de Nelson Carrasco, un compañero que había repetido dos veces y empecé a estudiar con él. Desde entonces , y hasta que llegamos a sexto, pasó todos los cursos sin repetir nunca más. Así que supongo que debo haber sido algo bueno para el estudio.
Este amigo, Nelson Carrasco, practicaba boxeo desde pequeño y fue campeón de Chile en peso mosca. Tal vez para devolverme la mano, me entusiasmó, a mí y a otros compañeros, para que nos metiéramos en ese deporte. Íbamos a entrenar al Regimiento Caupolicán, que en ese entonces estaba en Valdivia. El padre de Nelson era suboficial y el guaripola del regimiento, así que nos conseguía todas las facilidades y también nos entregaba consejos para mejorar nuestra práctica deportiva.
Desde que entramos a la escuela, las vacaciones eran para trabajar. Mi padre era respetado y conocía a mucha gente, por lo que siempre nos encontraba pega. Mi primer trabajo fue en un taller que fabricaba bolsas de papel. Éramos solo tres personas. Recuerdo que había un olor a engrudo que de algún modo me perseguía todo el día, en el camino de regreso y en la casa. Allí, más que el agua y el jabón, eran los aromas de las comidas que preparaba mi madre los que me liberaban de esa tortura (aunque después conocí peores, en aquel tiempo oler permanentemente a engrudo me parecía la más horrenda tortura imaginable).
Después mi padre, accediendo a mi petición, me buscó otro trabajo, esta vez en un taller mecánico. Allí aprendí, después de una gran metida de pata, que el agua que necesitaban las baterías era agua destilada: yo las había llenado con agua de la llave. En mis terceras vacaciones, gracias a mis experiencias anteriores, me consiguieron trabajo en un taller de la Ford (en ese entonces, qué distinta era la situación para encontrar trabajo comparada con la que hoy enfrentan los jóvenes, incluso con estudios técnicos o profesionales. Claro que lo nuestro era verdaderamente trabajo infantil y seguramente los salarios eran ínfimos).
Recién cumplidos los nueve años, en el verano del 51, entré a trabajar en la Industria Metalúrgica Marina y Astilleros “Immar” de Valdivia. Allí me encontré con un “hado madrino”. Era un gringo, socio de la empresa que se encargaba especialmente de la parte técnica (quizás cuál sería su apellido: nosotros lo llamábamos el gringo Ale). Parece que le cayó bien que fuera tan niño a trabajar y le ordenó a un maestro que me enseñara a soldar. Y ahí empecé la profesión que me ha permitido vivir toda la vida.
Debo decir que fuimos muchos los niños que le debemos nuestra profesión a ese gringo. Tal como a mí me mandó a aprender a soldar, a otros los guió para que se formaran como remachadores y a otros como caldereros. Aprovechaba la empresa como una escuela de formación técnica. Desde ese año, Immar se transformó en el lugar de aprendizaje y trabajo de mis vacaciones. Y vaya que aprendí a soldar. Trabajábamos soldando estanques enormes, vagones de ferrocarriles, barcos de harto calado, no lanchitas, barcos de verdad. Cuando terminé sexto de preparatoria, seguí trabajando permanentemente en Immar.
Aquí me inicié en la vida sindical. En la empresa trabajaban alrededor de quinientas personas, de manera que las asambleas sindicales eran “cototudas”, enormes, y todos éramos convocados. Escuchábamos atentos a los dirigentes y a los otros pocos que se atrevían a pedir la palabra; todos eran muy buenos oradores. Seguíamos sus argumentos, tratábamos de aprender la manera como se dirigían a la asamblea y solo interrumpíamos para aplaudir cuando queríamos manifestar nuestro respaldo a algo que nos llegaba muy adentro. El sindicato y sus reuniones eran también otra forma de escuela para nosotros.
Una vez al año, el sindicato organizaba una fiesta para todos los trabajadores y sus familias. Arrendaban lanchones –en los que nos subíamos todos, grandes y niños, hombres y mujeres– arrastrados por vapores y nos llevaban a Niebla o a Corral. Era una fiesta muy linda, donde comíamos en grupos familiares, compartíamos con las otras familias y paseábamos por los parajes cercanos. A veces, hasta se armaban pololeos entre los jóvenes. También en algunas ocasiones, entre los más viejos, hubo crisis matrimoniales por excesos de celos, bien o mal fundados.
Recuerdo que, en esos años, había cinco dirigentes. El presidente era un dirigente social cristiano, de la falange. Había también dos comunistas, otro de la falange y uno, el “vendido”, que siempre estaba de acuerdo con los patrones en todo, al que apodábamos “Cuchirilo”. Años más tarde, cuando hubo un paro nacional llamado por la Central Única de Trabajadores, en el 55, el sindicato en asamblea aprobó paralizar la empresa, a pesar de sus argumentos.
El paro en Valdivia fue grande, hubo una manifestación callejera como nunca se había visto antes. Pararon y marcharon los ferroviarios, la industria local de calzado, los altos hornos de Corral, la fábrica Kuntzman (que no era de cerveza sino de harina y levadura) y otras varias, entre las que, por supuesto, estaban los trabajadores de Immar. Al otro día todos los dirigentes fueron detenidos (por “los guatones de la pp” –policía política– como decíamos entonces) y relegados a distintos lugares, incluyendo al mentado Cuchirilo. En esos casos, aunque no le gustara, la solidaridad de clase también lo alcanzaba a él.
Siendo niño, me vinculé al Partido Comunista. Mi padre era dirigente local y nos llevaba a todas las concentraciones. Y los dirigentes que llegaban desde “el norte” (que para nosotros se extendía de Concepción hasta Arica) alojaban en las casas de los camaradas. Elías Lafertte1, recuerdo, lo hacía en la nuestra cuando iba a Valdivia, lo que constituía un gran acontecimiento para toda la familia. Y así se fueron estableciendo lazos que nos llevaron a sentirnos comunistas, aun antes de serlo formalmente.
Delfín y yo, los dos menores, los únicos de la familia que aún no ingresábamos al Partido, entramos a la Juventud Comunista el año 1951, al calor de las actividades que se hacían para la primera candidatura a la presidencia de Salvador Allende. En una ceremonia nos entregaron el carnet de “la Jota” (como llamábamos a la Juventud Comunista) a quince jóvenes. Recuerdo que estábamos muy contentos, nos sentíamos muy considerados, porque quien presidió la ceremonia e hizo la entrega fue Santos Leoncio Medel, en ese tiempo dirigente del Comité Central. También recuerdo entre los presentes a Ani Leal, que parece no envejecer, todavía viva y en la pelea; a Manuel Garay, y a Herminio Rodríguez. Mis hermanos mayores, aunque también eran comunistas, no pudieron asistir porque ya habían salido a trabajar al norte.
En esos años funcionaba la “ley de defensa de la democracia”, conocida como “ley maldita”, que perseguía a los comunistas. Pero era una “persecución” entre comillas no más, comparada con lo que nos tocó más tarde. Cuando recién se dictó esa ley tomaron a muchos presos y los relegaron. Entre ellos, a mi padre, que fue detenido el 47 y le dieron tantos golpes que lo dejaron jodido de los pulmones (seguramente no era lo más fuerte que tenía después de los años de trabajo en las minas). Un cuñado mío, conocido como el “chancho Pérez”, y que trabajaba en ferrocarriles, se hizo famoso en esos días, porque cuando llegó la policía política a detenerlo, él se arrancó y, sin otro camino de escape, se lanzó al río Calle-Calle y lo cruzó nadando, en un recodo bien ancho y en plena noche. Se les arrancó a los de la pp y todos los vecinos alabaron su valentía.
Después, a mi padre lo dejaron libre y siguió siendo dirigente del Partido en Valdivia, participando y organizando reuniones y actividades. Para los efectos legales no existía el Partido y, por tanto, si se quería llevar un candidato a algún cargo, se llevaba como candidato del Partido Demócrata. Por ejemplo, en Corral, en aquellos años un poblado muy industrial, teníamos una regidora muy chora y gran oradora, Hilda Barrientos. En Valdivia seguía funcionando el Partido Comunista en un segundo piso de una casona que estaba cerca de la plaza, en esquinas cruzadas con el teatro de la ciudad. Había un periódico local y varios de los miembros del Comité Central eran valdivianos.
En las reuniones formales del Partido se nombraba un presídium al inicio. En esos presídium se nominaba a Lenin, Stalin, Recabarren2, Ricardo Fonseca, Carlos Contreras Labarca3. Así, nosotros, los “materialistas dialécticos” (en ese tiempo no conocía la palabra ‘dialéctico’) designábamos a estos “guías espirituales”, algunos ya muertos, otros ausentes, para que nos ayudaran a llevar a buen puerto nuestras reuniones (y a propósito de Ricardo Fonseca, exsecretario general del Partido, nos enorgullecíamos muchísimo porque había sido un profesor destacado de la Escuela Nº 3 de Valdivia).
En “la Jota” nos dedicábamos a formar centros culturales y clubes deportivos para interesar y reunir a los jóvenes. En estos centros hacíamos obras de teatro, organizábamos coros (sin instrumentos porque no teníamos recursos para comprarlos y no sabíamos hacerlos) y también cortábamos el pelo. Conseguimos una máquina y a nuestros “clientes” les poníamos una boina o una olla o una fuente en la cabeza y marcábamos el borde con tiza. Después, les pasábamos la máquina desde abajo hasta la marca con tiza, dejándolos bien pelados en esa parte. Y para que la champa de arriba no fuera tan grande, le metíamos un poco de tijera. No me atrevería a decir que quedaban muy bien, pero como dice el dicho, “la necesidad tiene cara de hereje” y llegaban hartos cabros a atenderse.
En los clubes deportivos organizábamos carreras y pichangas, muchas veces con pelotas hechizas que hacíamos nosotros mismos. En general, eran actividades que podíamos hacer al descampado sin la necesidad de grandes recursos. Por ejemplo, el remo, en el que Valdivia siempre se ha destacado, era un deporte ajeno a nosotros. Si bien yo seguía practicando boxeo, esto no era para todos los que participaban en nuestros clubes deportivos, sino solo para los que podíamos entrar al regimiento, para los amigos de Nelson Carrasco, el campeón chileno de boxeo hijo del guaripola.
Otra tarea de “la Jota” era la propaganda. En las noches salíamos a rayar muros con consignas del Partido o llamando a votar por tales y cuales candidatos. Había una gran entrega, pero también hacíamos leseras (que hoy criticamos pero que en ese tiempo nos enorgullecían). Por ejemplo, rayábamos consignas con alquitrán en los torreones de Valdivia que están en las calles Picarte y General Lagos, construidos por los españoles en los años de la conquista y evidentemente monumentos históricos. Lo que nos enorgullecía era que, después de que el municipio o la intendencia los hubieran pintado nuevamente de blanco, cuando venían días de sol y calor, el alquitrán, de algún modo, traspasaba la pintura y volvía a mostrar nuestras consignas.
En 1953 yo trabajaba permanentemente en Immar. Parece que aprendí bien a soldar pues me dieron un trabajo de maestro soldador con apenas 12 años, y hasta tenía un ayudante. Había que tener mucho cuidado, porque hacíamos soldadura al arco y trabajando con puro metal. Si metíamos la pata con el manejo de los aparatos eléctricos podíamos electrocutarnos. Me sentía muy orgulloso, pero también con mucha responsabilidad por mi ayudante.
Ese mismo año, en una reunión regional de la Juventud, me eligieron secretario de organización. Aprovechábamos los fines de semana para salir a tratar de organizar “la Jota” en distintas localidades. Coordinábamos con los viejos militantes para que les contaran a sus hijos que iríamos a conversar en tal fecha. Así reunimos a jóvenes y formamos las bases de la Juventud Comunista en Lago Ranco, La Unión, Paillaco, Lanco y Panguipulli. En ellas había hijos de colonos y también mapuches.
Una de las peleas que recuerdo de esos tiempos, en Lago Ranco, fue por la tierra. Las tierras “legalmente” eran fiscales, pero estaban ocupadas desde hace años por colonos y mapuches que las compartían sin mayores problemas. Pero el gobierno planificó hacer caminos –tanto para facilitar la llegada de gente nueva como para sacar la producción local– sin considerar la realidad de la ocupación de esas tierras. El trazado, diseñado solamente mirando los mapas, pasaba por el medio de todos los terrenos que ellos usaban para la producción. Y esto, lógicamente, molestó a la gente, que empezó a pedir que el camino no cortara los campos, sino que fuera bordeando el lago.
Otra experiencia, maravillosa para mí, fue la de Mantilhue, una localidad cercana a Río Bueno, con un paisaje muy hermoso y con un orden y una organización que parecía de otro planeta. Eran terrenos fiscales que habían sido tomados por los campesinos y los mapuches. Los viejos nos contaban que ganaron por cansancio. Llegaban los carabineros a desalojarlos y ellos arrancaban para las montañas. Se iban los carabineros y ellos volvían, y así hasta que se cansaron. Y como el interés del Estado por esos terrenos no era tan grande como para dejar una guarnición permanente, al final los mapuches y los campesinos se quedaron y se organizaron para repartirse la tierra y trabajarla.
Había un sentido tan evidente de amistad, de hermandad entre los campesinos chilenos y los mapuches de Mantilhue, que era tanto o más hermoso que su maravilloso paisaje. Allí me hicieron pleno sentido los versos del himno de la Internacional que cantábamos:
El día que el triunfo alcancemos ni esclavos ni hambrientos habrá la tierra será el paraíso de toda la humanidad. Que la tierra dé todos sus frutos y la dicha en nuestro hogar. El trabajo es el sostén que a todos de la abundancia hará gozar.
Para mí, esos versos dejaron de ser las palabras que expresaban un sueño bonito y pasaron a graficar una realidad que yo había visto. Como dirían hoy, Mantilhue me mostró que otro mundo era posible.
En 1955, en un congreso de la Juventud, me eligieron secretario regional de la Jota. Los temas que impulsábamos para discutir en el movimiento social eran las reivindicaciones económicas entre los trabajadores industriales y los mineros, y “la tierra para el que la trabaja” entre los campesinos y los mapuches. Durante esos años, al menos en Valdivia, no era un tema la demanda de viviendas. Tampoco había demandas propias de los estudiantes.
Por ese tiempo empezaron mis lecturas “políticas”. Aproveché que mi padre tenía una gran biblioteca, naturalmente, sobre temas mayoritariamente vinculados a su gran interés: la lucha por una sociedad mejor. Obviamente, me interesó el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, y lo leí, más bien lo estudié, con mucha dedicación. Después, seguí con El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre y, de verdad, “me quedó como poncho”. Para mí fueron mucho más interesantes los escritos de Dimitrov cuando impulsaban el frente antifascista en la Tercera Internacional y algunos escritos de Recabarren. Recuerdo que leí los Poemas pedagógicos de Makarenko. Sin embargo, lo que más me atraían eran las novelas con trasfondo político pero novelas al fin y al cabo: Así se templó el acero, La madre, Acero y escoria y las del escritor brasileño Jorge Amado.
A nuestras reuniones de la Jota, en Valdivia, llegaban, a veces, Manuel Cantero, en ese entonces secretario general de las JJCC, y Mario Zamorano, secretario de organización de la Juventud (el que muchas veces se alojaba en nuestra casa). Casi siempre nos acompañaba Braulio León Peña, que había sido miembro del Comité Central del Partido, encargado de trabajar en Valdivia y cubrir toda la zona sur como funcionario del PC.
A fines del 55 tuve un encontrón familiar que me llevó a mudarme a Concepción.
Resulta que en nuestra casa vivíamos mis padres; una sobrina, Blanca; mi hermano Delfín, y yo. No nos sobraba la plata pero nos arreglábamos bastante bien. Mi padre hacía su aporte con las pegas de canales y caminos, además de la pensión. La sobrina trabajaba en una farmacia y Delfín tenía empleo en una joyería, así que ambos cooperaban con parte de sus sueldos. Y yo, maestro soldador en Immar, entregaba todo el sobre de mi paga sin abrir. Esto no era por pura generosidad, también me daba cuenta de que todo lo que necesitaba, incluyendo plata para ir a alguna fiesta, mi madre me lo proporcionaba. Entonces, no era un mal negocio.
Pero a fines de ese año llegó mi hermano Pancho del norte. Había estado trabajando con los gringos en tareas para habilitar la mina de Chuquicamata. allí tenían almacenes con productos de EE.UU. y les pagaban bastante bien. Así que llegó con cajones de ropa y zapatos y harta plata. Empezó a sentirse la autoridad de la casa y a mangonearnos a todos. Hasta que una vez lo vi manduqueando a mi mamá, y exploté.
Yo, además de la práctica de boxeo en el regimiento con mi amigo campeón, hacía ejercicios en una barra que, con Delfín, teníamos en el patio de la casa. Así que era más o menos fortacho, sentía que sabía pelear y no le tenía miedo a nadie a pesar de tener apenas 14 años (o tal vez precisamente porque tenía 14 años). La cosa es que agarré del cuello a mi hermano Pancho, de unos 25 años, y lo empujé aplastándolo contra una pared. Y le dije: “Venís llegando y te creís el perro más lanudo. Mira, huevón, aquí tenís que respetar o si no te voy a sacar la cresta”.
Pancho quedó tan sorprendido que no supo cómo reaccionar. Podría decir que eso me dejó ganador de ese round. Pero el ambiente en la casa se puso tenso. Entonces decidí hablar con mi padre. “Papá”, le dije, “como están las cosas voy a terminar agarrándome con el Pancho y eso va a ser muy triste para ustedes. Así que prefiero irme a Concepción. Al principio, puedo llegar donde mi hermana Ester y con todas las obras que están haciendo allá, siendo soldador, no me va a faltar donde encontrar trabajo”.
Mi padre me respondió: “Humberto, nuestra casa está abierta para todos nuestros hijos. Nunca voy a echar de ella a ninguno de ustedes ni tampoco nunca los voy a retener contra su voluntad. Así que si tú lo quieres, ándate, pero ten en claro que esta es también tu casa y que estará siempre abierta para ti”.
Así que me las eché para Conce.
Al llegar, resultó que mi cuñado, el marido de Ester, estaba trabajando en las obras de construcción de la planta de la CAP –Compañía de Aceros del Pacífico– en Huachipato (ya había, y de mucho antes, una planta de la CAP en Corral). Me llevó con él y me probaron como soldador en uno de los talleres. Quedé al tiro. Esa era la manera que se usaba en ese entonces. Nadie, o muy pocos, tenían títulos. Así que en vez de certificados estaban las pruebas prácticas. Te miraban cómo trabajabas: si les parecía que sabías lo que estabas haciendo te enrolaban, y si no … a buscar pega en otro lado.
Establecido como “allegado” donde mi hermana Ester, asegurado un trabajo y un ingreso para aportar a la casa, me fui a presentar al Comité Regional de Concepción de las JJCC. Allí, después de conversar un rato sobre mis actividades y responsabilidades en Valdivia, decidieron incorporarme como integrante.
El trabajo era también fundamentalmente con los obreros y los mineros. La novedad, para mí, fue el trabajo con los estudiantes universitarios. A diferencia de Valdivia, en Concepción no desarrollaban ningún trabajo hacia los campesinos ni había un periódico local, pero les llegaba regularmente el periódico nacional, El Siglo. Algunos días en la semana, después del trabajo, asistía –con otro(s) compañero(s)– a reuniones de bases de la Jota en Concepción. Y los fines de semana casi siempre los reservaba para visitar las organizaciones de los jóvenes comunistas en otras ciudades, como Lota, Coronel y Lirquén.
A la empresa que me había empleado se le terminó el trabajo de construcción en la CAP, pero entonces surgieron obras de ampliación en la Universidad de Concepción, así que, durante esos dos años 56 y 57, no me faltó trabajo. Y tampoco el trabajo político.
Primero, fue la lucha contra la misión Klein-Saks: el gobierno de Ibáñez contrató a unos asesores yanquis para decirnos cómo debíamos ordenar nuestra economía. Sus recetas –¡que casualidad!– se parecían enormemente a lo que después, en la dictadura, hicieron los Chicago boys: congelar los sueldos de los trabajadores, favorecer la entrada de capitales extranjeros, desproteger la industria nacional, terminar con el control de precios, en fin. Aprovechábamos el descontento que todo esto generaba para pedirles a los trabajadores que analizaran a quiénes se beneficiaba y a quiénes se perjudicaba con estas medidas. (La respuesta era bastante obvia y evidente: los beneficiados eran las empresas extranjeras y los más perjudicados eran los trabajadores chilenos. Pero también se perjudicaba a los dueños de las industrias chilenas, fueran chilenos o alemanes –como los de Immar– o árabes –como la mayoría de los textiles– o españoles –como los de la Industria Metalúrgica Española).
El ambiente en contra de la misión era harto grande. La gota que rebasó el vaso fue que, mientras se mantenían congelados los salarios, subieron los precios de la locomoción que las personas usaban para ir a sus trabajos. La CUT, presidida por un sindicalista cristiano, don Clotario Blest, llamó a un paro nacional el 1 y 2 de abril de 1957. Fue muy exitoso y en Santiago llevó a que se declarara estado de sitio. Fue una pelea que nos causó muertos. (Recuerdo que por una de ellas, estudiante universitaria comunista de Santiago, coreábamos: “Compañera Alicia Ramírez”, y nos respondíamos: “¡Presente!”. Jamás la conocimos, pero para nosotros, jóvenes penquistas y valdivianos, era una inspiración para seguir en la lucha).
Pero junto a los muertos –algunos hablaban de hasta 40 personas–, hubo otra muerte, esta vez política: la de la misión Klein-Saks. Su desprestigio fue tan grande que nadie se atrevía a defender sus recetas. Recuerdo que ese desprestigio se plasmó en la revista Topaze, revista de caricaturas políticas que no tenía nada que ver con la izquierda: salía una caricatura de Pepo4 en que Verdejo (personaje que representaba al pueblo chileno) estaba en el suelo, aplastado por una enorme roca que llevaba inscrito misión Klein-Saks, reclamándole a alguien del gobierno con algo así como: “¿Y ahora se dan cuenta de que nosotros somos los perjudicados?”. Tal vez ese fue el mejor reflejo de la derrota de esa misión.
Todavía no se terminaba esta lucha cuando estábamos en otra: la formación del FRAP (Frente de Acción Popular) con la alianza de comunistas, socialistas (populares y de Chile) y otras fuerzas democráticas. Empezamos a trabajar en la segunda campaña presidencial de Salvador Allende.
En el Partido se había conversado sobre el XX Congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) donde se denunció el culto a la personalidad en el periodo de Stalin. Hubo desconcierto entre algunos militantes que no creían lo que se decía de Stalin. Incluso unos pocos se fueron del Partido. Sin embargo, la mayoría de los militantes y la Juventud estábamos en otra: en los problemas nuestros, en la pelea contra la misión Klein-Saks, en la formación del FRAP y en el trabajo por la candidatura de Salvador Allende. En eso estábamos cuando me llegó la noticia de la muerte de mi padre y decidí regresar a Valdivia.
Mi padre murió no por una afección a los pulmones, como todos esperábamos, sino por una falla en su sistema intestinal. No pude dejar de recordar (y de culpar) a ese remedio que le recetó una señora en el puente del río Calle-Calle.
Fue poco después de que lo liberaran de prisión y cuando estaba con sus pulmones muy dañados. Salimos a pasear con la mamá y él, y justo en el puente nos pidió que paráramos un poco para descansar. Pasó una señora a la que le llamó la atención la dificultad con que respiraba mi padre. Se nos acercó y nos preguntó si sufría de los pulmones. Al responderle que sí, nos dijo que nos iba a dar una receta que era casi mágica y le había servido para recuperar a su marido que también había estado enfermo de los pulmones. La receta consistía en una mezcla de parafina, ajo, aceite y limón (no recuerdo en que proporciones, pero sí los ingredientes).
Mi padre fue de la idea de que nada se perdía con probar y empezó a tomarla. Como se fue sintiendo mejor, terminó bebiendo esa mezcla casi religiosamente. No entiendo nada de medicina ni pedimos en ese entonces informes médicos especiales, pero nada me quita de la cabeza que la receta de la señora –bien intencionada, sin duda– pudo haberle mejorado los pulmones, pero terminó cagándole el estómago.
1 En ese entonces presidente del Partido Comunista. Antes había sido secretario general de la Federación Obrera de Chile.
2 Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Obrero Socialista en 1912, que en 1922 se transformó en el Partido Comunista afiliándose a la III Internacional.
3 Carlos Contreras Labarca, secretario general del Partido Comunista entre 1931 y 1946, diputado y senador durante varios periodos.
4 René Ríos Boettiger (Concepción, 15 de diciembre de 1911 - 14 de julio de 2000), también conocido por su seudónimo Pepo, fue un historietista chileno colaborador de numerosas revistas y creador del personaje Condorito.
Capítulo II 1957- 1960: embates de la naturaleza (Valdivia y Santiago)
La muerte de mi padre se dio justo un día antes de que se realizara el acto que había organizado el Partido en Valdivia para celebrar la derogación de la mal llamada “ley de defensa de la democracia”, “ley maldita” para nosotros. Nos invitaron al acto de forma especial porque decidieron rendir un homenaje a Juan Arcos. Allí nos presentaron, a Delfín y a mí, como hijos de ese destacado viejo camarada recién fallecido, militantes de las JJCC y continuadores de las luchas de su padre. Esto nos emocionó profundamente y nos comprometió aún más de lo que estábamos.
Al día siguiente, fue mucha la gente que nos acompañó en su funeral. Mi padre, en sus últimos años, había sido dirigente de los pensionados de la Ley 10.383. Como era activo y muy movido, ayudó a muchas personas a sacar pensiones y por ello le tenían un cariño y respeto enormes. Los que nos acompañaron al cementerio no eran solo camaradas o viejos compañeros de sus luchas sindicales, sino personas de toda clase de creencias. Me golpeó mucho ver a unos viejos y viejas que estaban en la última cuadra, antes de llegar al cementerio, caminando de rodillas (mucho más tarde supe que lo hacían para cumplir mandas a la Virgen de Lo Vásquez). Me explicaron que sentían tanta gratitud por lo que había hecho mi padre que se habían puesto de acuerdo para caminar esa cuadra de rodillas, pidiéndole al Señor que lo cuidara y le diera felicidad en la otra vida. Yo no era ni soy religioso, pero esos gestos me conmovieron mucho.
Otra expresión de cariño ocurrió en la población El Pantano, donde vivió mi padre. En la calle donde quedaba nuestra casa hicieron una ceremonia y la bautizaron con su nombre: calle Juan Arcos. Durante dos décadas mantuvo ese nombre, pero en los años de la dictadura, el alcalde de turno decidió cambiárselo por Juana de Arco.
Mi hermano Pancho, el de la pelea, había comprado su casa propia y trabajaba en los equipos de mantención de Ferrocarriles del Estado, casi no pasaba en Valdivia. Por ello, decidí quedarme en la ciudad y vivir con mi madre, Delfín y la sobrina. Fui a buscar trabajo a Immar, me aceptaron de inmediato como maestro soldador y pude colaborar en la mantención de nuestra casa.
Y, por cierto, me presenté al Comité Regional de la JJCC, donde me reincorporaron como secretario regional. Teníamos las tareas de hacer propaganda para la campaña presidencial de Salvador Allende como abanderado del Frente de Acción Popular y seguir promoviendo las actividades deportivas para incorporar a los jóvenes. Por ser dirigente, era más conocido que antes y, por ser maestro soldador, tenía más peso. Pero tenía 17 años y no quería desvincularme del contacto directo con los jóvenes, así que me metí al equipo de fútbol de la población y del sindicato. La verdad es que era muy malo para el fútbol, no tenía condición ninguna y solo me dejaban jugar cuando les faltaban jugadores.
Mi salvación fue un amigo, compañero en Immar y en la población, además simpatizante de la Juventud. Lo llamábamos “Trompín”. Este Trompín era un arquero buenísimo, elemento clave para los dos equipos (más tarde llegó a ser el arquero de la selección de Valdivia). Una vez, en el equipo del Pantano estábamos discutiendo si yo podía jugar o no, y él se metió y les dijo: “Si dejan jugar a Humberto quince minutos, yo juego. Si no lo dejan, me voy con él a mirar el partido desde afuera”. Eso –que después repitió en el equipo de Immar– fue lo que me permitió jugar y relacionarme con los cabros de mi edad. Pienso que el ser malo para el fútbol me sirvió para que me miraran más de igual a igual: yo era alguien que en algunas cosas era mejor (soldando), pero en otras era peor ( jugando a la pelota).
Ese año, 1958, caí preso por primera vez. Fue porque estábamos rayando muros a favor de Allende. Los carabineros nos tomaron y nos tuvieron en el retén toda la noche, verificaron domicilios y al otro día nos dejaron libres. Seguí trabajando en Immar como si nada. En ese tiempo, muchas empresas, al menos en Valdivia, parecían no tener listas negras ni persecuciones políticas de ningún tipo. Lo que uno hacía fuera del trabajo no les importaba, lo que valía era cómo cumplía dentro. Y, en general, yo cumplía harto bien, aunque debo confesar que, más de una vez, hice trampa.
Recuerdo una noche en que estuvimos en tareas de propaganda hasta alrededor de las seis de la mañana. Llegué a la casa para lavarme, desayunar y partir al trabajo. Al poco rato estaba muerto de cansado y, por suerte, como estaba trabajando en soldaduras en un barco grande, pude ir con mi ayudante a un lugar alejado. Allí le pedí que siguiera soldando solo, pero que si sentía que venía el gringo (Ale Hahn, me parece recordar) se pusiera a quemar fierro en la entrada del compartimento donde estábamos. Las gotas de fierro que caen se funden en el suelo, como chispas, e impiden que alguien pase. Entonces, cuando el gringo llegó, tuvo que gritar, me desperté y me puse el gorro de soldar con la visera arriba, me asomé como si nada, como si estuviera trabajando más adentro y todo pasó piola, como se dice ahora.
En ese tiempo empezaron mis experiencias amorosas. En la población éramos hartos jóvenes de ambos sexos. Surgieron pololeos que empezaban con bromas y piropos y seguían con cariños y besos. Algunas veces terminaban con relaciones sexuales de pie abrazados, recostados en un árbol o una reja donde no llegara mucha luz (a la “paraguaya” como se decía). No teníamos nada de educación sexual. En la casa –al menos para los hombres– fue un tema que mi padre nunca tocó (menos mi madre). En la escuela tampoco era tema. La única información al respecto era el intercambio de experiencias –reales o inventadas– que teníamos entre los amigos. Estos hechos eran antes de la “revolución de la píldora” y nosotros no sabíamos de anticonceptivos de ningún tipo. No deja de sorprenderme que la tasa de fecundidad (aunque era superior a la de ahora) no haya sido muchísimo más grande. Las únicas explicaciones que se me ocurren, probablemente complementarias, son: 1) los hombres, producto de nuestro desconocimiento del tema y del sentido de urgencia en terminar, por las circunstancias donde nos relacionábamos, hacíamos harto mal el amor; y 2) las mujeres, madres e hijas, sabían muchísimo más que nosotros y tomaban algunas precauciones muy efectivas.
También en ese tiempo conocí los prostíbulos. Para ir de la población a Immar teníamos que caminar seis cuadras por la calle Baquedano, que en ese entonces era la calle de los prostíbulos de Valdivia. En la mañana, entrábamos a las ocho, no pasaba nada, todo cerrado. Volvíamos a almorzar (entre doce y dos de la tarde) y entonces encontrábamos a las “niñas” descansando, asomadas en las ventanas, relajadas. Empezaron los piropos, las conversas, siempre breves, pues debíamos llegar al trabajo. Y al regreso, a las seis de la tarde, unas conversas algo más largas, pero no mucho, pues ellas tenían que prepararse para estar listas y recibir a los clientes a partir de las nueve. Y ahí, entre conversas y conversas, se fue estableciendo una amistad entre los cabros de El Pantano que trabajábamos en Immar y algunas de las niñas de la calle Baquedano. Un viernes cualquiera nos pusimos de acuerdo para pasar a tomar unas cervezas y se fue estableciendo casi como una actividad fija de semana por medio. Al final terminamos acostándonos. Por amistad, nunca nos cobraron. Y a pesar de ese dicho “lo hacían por amor”, creo que es más verídico hablar de amistad. Siento que les gustaba tener una relación entre personas, dialogar, compartir algo de nuestras vidas, aunque fueran puras leseras, y no solo la clásica pregunta de cuánto cobraban, si por el rato o por la noche. Claro que la amistad tenía sus límites. Uno era que debíamos retirarnos antes de que empezara su horario de trabajo. En uno de estos prostíbulos de Baquedano tuve mi primera experiencia de relaciones sexuales en una cama, “encatrado” como se decía.
Sin embargo, esa amistad tenía otro límite que descubrí más adelante. Resulta que los viejos dirigentes del sindicato, después de alguna asamblea muy importante o de logros especiales, acostumbraban a celebrar en un prostíbulo. Tomaban, bailaban, algunos se quedaban ahí y los más se retiraban a sus casas. En una de las asambleas se me ocurrió hablar y parece que no lo hice tan mal porque saqué algunos aplausos. A la salida me agarraron y me dijeron, “te ganaste el bautizo, cabro, así que te vienes con nosotros”. Fuimos a comer a un restaurante y terminé con ellos en un prostíbulo, precisamente, el de nuestras amigas. Por supuesto, ya eran más de las nueve de la noche. Y ahí sí que había harta integración social. Estábamos nosotros, sindicalistas, junto a médicos, profesores, comerciantes, empleados bancarios, agricultores y de cuanto hay. Los únicos que no estaban representados eran los mapuches y los campesinos (aunque probablemente algunas de las “niñas” de la casa los representaban). Cuando me acerqué, botándome a “canchero”, a una de nuestras amigas con el ánimo de presentársela a los viejos y mostrar que era más “corrido” de lo que pensaban, ella me fijó las reglas al tiro. “Humberto”, me dijo, “estamos en horario de trabajo, olvídate que nos conocemos, ahora solo eres un cliente más”. Así que un límite de nuestra amistad era que, como amigos, teníamos que irnos antes de las nueve. Y el otro, que si llegábamos después de las nueve ya no llegábamos como amigos, sino solo como clientes.
Ese año también conocí a mi primera compañera, la madre de mi primer hijo. Un sábado en la noche, unos cabros de la Jota me invitaron a una fiesta en El embrujo de la montaña. Era un local que quedaba en el medio de un parque, que casi parecía un bosque. Allí “pinché” con la niña más linda de la fiesta y fui la envidia de todos mis amigos. Isolina Vera se llamaba. Era una mujer estupenda, con mucha personalidad, militante de la jota, 23 años, jefa de un taller de modas, lugar donde vivía junto a otras compañeras de trabajo. Nos pusimos a pololear, tuvimos relaciones y ella quedó embarazada. Nació el hijo, Juan Carlos Arcos Vera. Yo les visitaba, a veces salíamos juntos y aportaba algo para sus gastos. Pero nunca me planteó la posibilidad de casarnos, ni siquiera la de vivir juntos. Parece que le gustaba sentirse autosuficiente y creo que ella me consideraba demasiado joven. Aunque tampoco nunca se lo pregunté.
Mirando hacia atrás, con los ojos de ahora, creo que Isolina fue la primera mujer no machista que conocí. Vivíamos en una sociedad con una cultura muy machista, mucho más que en la actualidad. Los hombres éramos machistas pero también lo eran las mujeres. Ellas eran las que nos formaban desde chicos y determinaban las tareas que eran propias de las mujeres y las que eran para los hombres. Isolina, cuidando su autosuficiencia económica y su independencia, era muy especial. Para mí esta relación sin ataduras, sin poner ninguna traba a mis actividades en la Juventud, que eran el centro de mi vida, me parecía perfecta.
En septiembre fueron las elecciones presidenciales. Iban cinco candidatos. Nosotros, como Frente de Acción Popular, FRAP, respaldábamos a Salvador Allende. La derecha, conservadores y liberales, postulaban a Jorge Alessandri. El Partido Radical llevaba a Luis Bossay, un senador radical por Valparaíso. La Falange, poco después transformada en Democracia Cristiana, llevaba a Eduardo Frei Montalva, recién elegido senador por Santiago con una gran votación. Todos representaban fuerzas políticas conocidas y con trayectoria. Pero hubo un quinto candidato extraño, Antonio Zamorano, más conocido como el cura de Catapilco.
Antonio Zamorano fue, efectivamente, cura en el pueblo de Catapilco, una zona de lo que hoy es la región de Valparaíso. Tenía cierta sensibilidad por los problemas de los más pobres –algo que le significó conflictos con los sectores más conservadores de la Iglesia– y una oratoria que lo hizo famoso. Por el año 1956 colgó sus hábitos religiosos, se presentó a diputado como candidato independiente por Quillota y salió elegido. Tenía un discurso cercano a los planteamientos de la izquierda y arrastró buena votación en sectores populares que lo conocían como sacerdote local. Pero de ahí a candidatearse en las presidenciales… era, por decir lo menos, extraño. La verdad es que nunca me sacaron de la cabeza la idea de que fue una candidatura ideada y financiada por la derecha para quitarle votos a Allende. Y, en verdad, calcularon bien. El cura de Catapilco sacó alrededor de 40.000 votos, más votos que la diferencia entre la votación de Alessandri, el primero, y Allende, el segundo, que fue apenas de 35.000 votos.
Después de la elección, en especial los jóvenes, sentimos una gran frustración por la derrota tan estrecha de nuestro candidato. Más tarde, analizando con más calma y escuchando a los viejos comunistas, valoramos que durante todo el proceso de las elecciones habíamos logrado grandes avances. No solo en la cantidad de votos, sino también en las ideas y en el mejoramiento de nuestra democracia. Nuestras ideas de la reforma agraria, de la nacionalización de las riquezas básicas, de la necesidad de políticas que corrigieran la desigualdad, estaban siendo asimiladas por nuestro pueblo. Y nuestra democracia estaba mejor, no solo porque ya no existía la ley maldita, sino también porque ahora las votaciones eran con cédula única y eso hacía mucho más difícil la práctica del cohecho y las encerronas para la compra de votos a las que la derecha estaba acostumbrada. Y así, aunque ganó el candidato derechista, fue solo con un tercio de los votos. La conclusión era clara: no echarse a llorar sino seguir luchando y trabajando junto al pueblo.
El año 59 me cambié de trabajo. Dejé Immar y me fui como maestro soldador a la Metalúrgica Española, de los hermanos Diez. No había ningún problema con Immar, sencillamente necesitaban un maestro soldador, me ofrecieron el trabajo y me pagaban harto más. El gringo Ale fue de lo más comprensivo, ni la menor recriminación, todo lo contrario, me expresó sus deseos de que me fuera bien.
Y me fue bien durante un tiempo... hasta que formé un sindicato. Era una empresa relativamente pequeña, con unos sesenta trabajadores. Legalmente, para formar el sindicato necesitaba juntar a veinticinco trabajadores que estuvieran dispuestos a participar en una asamblea frente a un inspector del trabajo o un notario, aprobar los estatutos y elegir su directiva. A mí me pagaban mejor que en Immar, pero la situación del resto era mucho peor, así que no me costó reunir a los compañeros, formar el sindicato y liderarlo, aunque no podía ser dirigente porque todavía tenía 17 años.
Cuando se informaron de la constitución del sindicato, uno de los hermanos Diez, español y cascarrabias, me ubicó y empezó a gritonearme que estaba despedido y tenía que irme de inmediato de la empresa o me echaba con la ayuda de carabineros, porque estaba en su propiedad y no podía permanecer allí si él no quería. A mí también me entró la rabia y le dije: “Que te creís, coño chucha de tu madre, que me podís echar así no más” y agarré una barra de acero y me le fui encima. El coño salió arrancando, llamando a su hermano y a otra gente para que me sujetara, y yo detrás de él blandiendo mi barra. Afortunadamente, la sangre no llegó al río. Me calmé y negociamos mi salida. El sindicato estaba constituido legalmente y por lo tanto permanecería. A mí me cancelaron el sueldo y una indemnización por el despido. Y… volví a Immar, donde de nuevo me recibieron con los brazos abiertos.
¡Lo que son las cosas de la vida! Muchos años más tarde, cuando, en Santiago, estaba clandestino durante la dictadura de Pinochet, me volví a topar con los hermanos Diez. Resulta que un vecino con el que había establecido buenas migas me contó que trabajaba como contador en una empresa metalúrgica en San Miguel y me preguntó qué hacía yo. Maestro soldador, le respondí. Entonces me ofreció ir a su empresa a dar un examen, pues, según él, si sabía soldar bien, iba a quedar porque necesitaban maestros. Después me dijo que los dueños eran los hermanos Diez. Me preocupé pero aposté a que era difícil que yo les recordara a ese muchacho furibundo que los perseguía con una barra de acero, después de los años pasados y los cambios físicos que traen consigo. Tuve suerte. Me vieron en el examen y no me reconocieron, les pareció bien mi técnica de soldar y quedé con la pega. El problema era que no podía darles mi nombre, porque ahí, sí relacionaban mis datos, lo más probable es que la cosa pasara mucho más allá de un simple despido; incluso, podía llegar a las manos de la CNI (Central Nacional de Informaciones). A mi amigo contador le dije que había perdido la libreta del SSS (Servicio de Seguro Social), que me pagara sin contrato, sin cotización previsional y así sacaba un poco más de sueldo. Él lo hizo por cuatro meses y siempre insistiendo en la regularización del contrato. Al final le agradecí e inventé que me había salido algo mejor y ya no era necesario firmar el contrato. Aunque a ellos probablemente no les guste mucho, la verdad es que el buen sueldo que recibí de los hermanos Diez durante cuatro meses me sirvió durante el tiempo de la clandestinidad y, precisamente, en un periodo en que enfrentábamos una situación de crisis en las finanzas partidarias.
El 21 y 22 de mayo de 1960 hubo una conferencia regional del Partido a la que fui invitado en mi calidad de secretario regional de la Juventud. Se hacía en la casa de una camarada, en una población llamada Las Ánimas, en el sector norte de Valdivia. Del Comité Central, participaba Víctor Galleguillos, que al año siguiente sería elegido diputado comunista por Antofagasta. Discutimos distintos temas del trabajo partidario y una de las tareas centrales, en esos días, era la solidaridad con los obreros del carbón de Lota y Coronel que estaban en huelga. El 21, poco después de las seis de la mañana, hubo un terremoto en las cercanías de Concepción que causó mucho daño. No sabíamos si la huelga iba a seguir o iba a ser suspendida, pero acordamos mantener las tareas de solidaridad, que servirían, de todos modos, para los obreros en huelga o para los damnificados del terremoto. Habíamos terminado nuestra reunión como a las dos de la tarde y mientras una comisión designada para redactar los acuerdos trabajaba en una pieza en el segundo piso, el resto esperábamos el almuerzo que estaban preparando allí mismo, para ir después a nuestra última plenaria. Y en eso estábamos, cuando empezó a temblar.
Nos mirábamos, asustados, sin atinar a reaccionar todavía (uno siempre espera que sea un temblor no más y se resiste a ser el primero en arrancar), cuando los de la comisión redactora llegaron corriendo desde el segundo piso. La casa, de madera, se movía entera; sonaba, más bien, crujía, por todas partes. Recuerdo que Víctor Galleguillos, mirando la chimenea de ladrillos y concreto, agarró de un brazo a la dueña de casa tirándola para un lado y la libró, casi milagrosamente, de ser aplastada por la chimenea. Ahí nadie más se las dio de valiente y salimos rápidamente para afuera.
No era solo un temblor, era terremoto y tan grande que no podíamos sostenernos en pie, teníamos que hincarnos. Y veíamos cómo se movían y crujían las casas frente a nosotros. De madera, la mayoría de ellas resistía, pero las rejas, también de madera, se ondulaban y después saltaban palos para todos lados. Y se movía y se movía, como si nunca fuera a terminar. Apenas se calmó un poco, se suspendió la conferencia y nos dijeron que fuéramos a ver la situación de nuestras casas y familias, y al día siguiente tratáramos de contactarnos, porque parecía que era necesario reorientar las tareas de la solidaridad, ya no hacia los mineros y los damnificados de Concepción, sino hacia los sectores más afectados de nuestra propia ciudad.
Volvimos a Valdivia. Teníamos que atravesar el puente del Calle-Calle, pero lo encontramos caído como un metro o metro y medio. Los vehículos no podían utilizarlo, pero, por suerte, todos andábamos a pie, así que era cosa de bajar, cruzar y subir al otro lado. Se veía una inmensa destrucción en todas partes: grietas enormes en muchas calles, parte del hospital regional en el suelo, un desastre con mayúsculas. Cuando llegué a mi casa, pude ver que sus dos pisos seguían en pie, pero más inclinados que la Torre de Pisa. Con Delfín y algunos amigos de la población le pusimos unas vigas para apuntalarla y evitar que se nos cayera. Seguía temblando de cuando en cuando. Los de mi casa, y todos en la población, sacamos las camas y ropas para dormir afuera. Nadie se sentía seguro al interior de su vivienda.
Esa noche salimos, con los cabros de la Jota de la población, a recorrer la ciudad para tener una idea de los daños. Eran tremendos. Tal vez lo único bueno del terremoto fue que, por un tiempo al menos, se borraron las diferencias de clases. En la plaza estaban juntos ricos y pobres, todos con sus camas, toldos y fuegos para calentar las comidas. También todos juntos viviendo con los miedos que nos causaba esa enorme fuerza incontrolable de la naturaleza. Al día siguiente, los jóvenes comunistas de Valdivia nos pusimos a las órdenes de los militares en la escuela Nº 1, para ayudar en las tareas de repartir comida en los albergues donde estaban los más damnificados.
En el aspecto productivo, el desastre en Valdivia fue terrible y peor en Corral, que sufrió lo central del maremoto. Nuestra empresa, Immar, quedó en pie pero con enormes daños en su interior. Lo mismo pasó con toda la industria valdiviana. No había trabajo, salvo de reparación, y lo más malo era que no se veían proyectos ni perspectivas de futuro. Cundía la desazón y el desaliento.
En un avión llegaron (porque los caminos y vías férreas estaban muy dañados) periodistas del norte a reportear lo ocurrido. Entre ellos venía un comentarista radial de temas políticos muy conocido, Luis Hernández Parker. Recuerdo que participó en una asamblea con jóvenes y nos levantó el ánimo. De nuevo nos abrió a la esperanza. Nos contó que en Santiago había un movimiento solidario muy fuerte con todos los terremoteados. Si no había trabajo acá, podíamos ir allá; seguro que encontraríamos trabajo, y más todavía si teníamos alguna calificación laboral.
La situación en la casa no era buena: mi madre con un montepío mínimo; Delfín con un trabajo, la joyería, que no tenía demanda; Immar con sus labores suspendidas, y el aporte de la sobrina que no era muy grande. Con este panorama me fui a Santiago para conseguir algún trabajo y poder enviarle algo de dinero a mi familia.
Me instalé como allegado con un primo que arrendaba una casita en La Cisterna y pronto conseguí trabajo como soldador en la construcción de unos galpones para la Fuerza Aérea. Cuando terminó esa pega me contrataron en la Maestranza Lo Espejo. Y apenas solucionado el tema de casa y trabajo, me vinculé al Partido.
En el trabajo partidario llegué a ser encargado de organización del comunal La Granja-La Cisterna. Trabajaba con los camaradas Guillermo Labaste y Atilio Gaete. Recuerdo que el secretario en La Granja era Pascual Barraza, quien después llegaría a ser alcalde de la comuna y más tarde ministro de Obras Públicas de Salvador Allende. Aquí, por primera vez, tuve la experiencia del trabajo con los pobladores. Se habían constituido como un frente muy activo a partir de las tomas de terreno, como la de la población La Victoria, y recuerdo que nos tocó colaborar con la toma en la población San Rafael.
En eso estaba, entre el trabajo y el Partido, cuando me enamoré de la que sería mi esposa, Estela Canales.
Capítulo III 1961-1965: de obrero a dirigente (Valdivia, Nacimiento, Laja y Concepción)
Estela Canales no se llamaba Estela. Se llamaba Ester pero yo la he llamado siempre Estela. No tenía nada que ver con la Juventud o el Partido. Esta vecina de la casa del primo donde yo vivía de allegado me deslumbró. Vivía con su madre, separada, y con otras cuatro hermanas. Trabajaba en una peletería cercana. Era muy simpática y tan hermosa que incluso había sido candidata a reina de La Cisterna, la comuna donde vivíamos. Empezaron las conversas, las invitaciones, los besitos y parece que enganchamos los dos, no solo yo, porque cuando le propuse que nos fuéramos a vivir juntos, aceptó. Así que arrendé una casita, ahí mismo en La Cisterna. No le propuse matrimonio, vivimos juntos no más, “arrejuntados” como se decía. Pero que yo viviera “arrejuntado” no significaba que iba a dejar mis actividades políticas y sindicales.
Recuerdo que participé en varias actividades apoyando la Revolución cubana, seguramente relacionadas con la invasión de Bahía Cochinos, dirigida, organizada y financiada por EE.UU., como después fue de público conocimiento. En los inicios trataron de presentarlo como una rebelión de los propios cubanos, incluso como una supuesta rebelión de su Fuerza Aérea, sin embargo, los aviones pintados con los colores cubanos partieron de una base yanqui en Centroamérica a bombardear el aeropuerto de La Habana.
Estábamos en una de esas manifestaciones en apoyo a Cuba, en la Plaza Italia, con un grupo de puros jóvenes comunistas, cuando un tipo empezó a gritar lemas provocativos y a tirarles piedras a los pacos. Nos pareció raro porque no era nuestra política. Lo tomamos entre varios y le empezamos a preguntar qué estaba haciendo y por qué lo hacía. Nuestro interrogatorio no era muy suave, más bien amenazante, y al final nos mostró su “tifa” (tarjeta de identificación como funcionario policial) y reconoció que cumplía una tarea encargada por sus propios mandos. Me acuerdo de esto porque ahora, en el 2011, cuando veo a los encapuchados tirando piedras, haciendo barricadas, ensuciando el extraordinario movimiento que han logrado desarrollar los estudiantes, no me cabe la menor duda de que entre ellos está la acción provocadora y premeditada de los aparatos de inteligencia del sistema actual.
Esta convicción no es solo por esas experiencias antiguas, o las peores de la dictadura; me consta que disfrazar a los carabineros de civiles sigue siendo una política actual. No hace mucho, el sobrino de un vecino que es carabinero vino a hacer un curso de inteligencia por unos meses y se alojó en su casa. Aunque el vecino me contó nada, pude ver que el sobrino y sus amigos andaban siempre de civil; jamás los vi de uniforme. Claro, se puede justificar esta práctica para infiltrarse en las bandas de traficantes de drogas, pero no me cabe duda de que también la utilizan con otros objetivos.
Pero volviendo al 61 y a mis actividades, como les contaba, seguía trabajando en la producción, en lo político y en lo sindical. En esto último también tuve éxito. Logré formar el sindicato de la Maestranza Lo Espejo, donde trabajaba como soldador. Aunque me lo propusieron, no podía ser dirigente porque en ese tiempo se necesitaba tener 21 años, la mayoría de edad, y yo no los tenía. Y pasó lo que suponía que podía pasar: me despidieron del trabajo (por los aprendizajes que me dio la vida, después de cumplir los 21 años, siempre fui dirigente, tuve el fuero sindical y no me pudieron echar de las pegas).
Yo ganaba bien, algo había ahorrado, pero necesitaba encontrar trabajo luego, porque la Estela estaba esperando guagua. Y lo conseguí, me tocó trabajar en la ampliación del Hospital Barros Luco. Allí estaba cuando, el 7 de diciembre, nació mi primera hija. La inscribimos como Tránsito Jacqueline Arcos Canales, pero para la familia siempre fue, y sigue siendo, la “Tato”. No cuesta mucho adivinar que lo de Tránsito es por mi madre y lo de Jacqueline es por…, sí, por la Jacqueline Kennedy. No fue idea mía, pero en esas materias me considero un comunista flexible, y acepté la proposición de Estela. Reconozco que fui un papá chocho.
Pero venía echando mucho de menos Valdivia, así que después de que nació mi niña fui preparando las condiciones y el año 62 volvimos a mi ciudad. Eso sí, después del mundial de fútbol. Yo no era muy fanático del fútbol, pero aprovechando la estadía en Santiago fui a ver un par de partidos en los cuadrangulares o hexagonales que organizaban por esos años en el verano. Eran tan distintos de los actuales. Jugaban equipos nacionales, el Colo-Colo, la U, la Universidad Católica e invitaban a algunos extranjeros, el Santos de Pelé, y también selecciones como las de Checoslovaquia o Alemania Oriental (que aprovechaban de entrenarse contra los jugadores latinoamericanos en el invierno de ellos). No había barras bravas. Se llenaba el Estadio Nacional con hinchas de los tres equipos nacionales y a nadie se le ocurría agredir al otro. A lo más algunas tallas y las risas que estas causaban. Y en uno de esos partidos tuve la suerte de ver al Rey Pelé, que me deslumbró.
Por eso postergué un poco mi regreso a Valdivia hasta después del campeonato mundial. No porque pensara ir al Estadio a ver los partidos (era demasiada plata para el presupuesto familiar), sino porque se iban a trasmitir por televisión, que recién había llegado a Chile, y solo se podrían ver en Santiago. El Mundial del 62 tal vez no alcanzó a ser “una fiesta universal” como decía la canción, pero sí lo fue para todos los chilenos. Y éramos muchos los que nos juntábamos en las casas de los afortunados que tenían tele a disfrutar de los partidos. Dudo que haya algún chileno de aquellos años que no recuerde el combo que le pegó Leonel a un italiano o el gol de Eladio Rojas a Yashin, el arquero del seleccionado soviético, considerado el mejor del mundo. Y recuerdo que ese partido, Chile contra la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), me encontró en el mejor de los mundos. Francamente tenía mi corazón dividido. Pero si ganaba Chile, mi patria, estaría feliz. Y si ganaba la URSS, la primera república con la clase obrera en el poder (eso creíamos), también sería motivo para celebrar. Ganara quien ganara, yo no tenía por dónde estar triste.
En Valdivia estuve como un año, un poco más o un poco menos. Nos instalamos en la casa de mi madre. Otra vez me dieron trabajo como soldador en Immar y, en la Jota, volví a ser nombrado secretario regional. Ahí “encargamos” a nuestra segunda hija, Liliana Jeannette Arcos Canales, la Nany, que llegó el 27 de mayo del 63. Un poco antes, el 18 de marzo, Estela y yo nos habíamos casado por el civil. Sin embargo, los sueldos en Valdivia, tal vez debido a la debilidad de la industria local después del terremoto, estaban muy bajos. Y con mis experiencias en Concepción y Santiago sabía que podía ganar más. Por eso dejé a mi familia en Valdivia, me fui a Nacimiento, donde estaban construyendo la planta de “la papelera” (Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones), y después de dar unos exámenes prácticos me contrataron como soldador.
En Valdivia, la Tato me echaba tanto de menos que le dio eso que llamaban “pensión”, se enronchó entera. Como ya estaba ganando buen dinero, pude arrendar una casa en Nacimiento y llevar a la familia. A la Tato se le pasó de inmediato, en un día. Era mi regalona y lo sigue siendo, porque colaboró conmigo y por lo que tuvo que pasar por mí.
Cuando detuvieron a los máximos dirigentes de la Coordinadora, en el 81, se nombró un comité ejecutivo subrogante encabezado por Miguel Vega, reemplazando a Manuel Bustos en la presidencia, y por mí en lugar de Alamiro Guzmán en la secretaría general. Le pedí a la Tato que me ayudara en las tareas de secretaría, y allí estuvo conmigo, sin importarle los difíciles momentos que vivíamos. Después, en el 85, cuando yo estaba en Alemania (en la RDA) por motivos de salud, y ella ya tenía un hijo, dos agentes de la CNI la secuestraron a la salida de su trabajo. Tato era secretaria en Microsistems, una empresa que se dedicaba a los microfilmes (alguna vez me contó que todas las fichas que estaban en la enorme bodega de los archivos del Servicio de Seguro Social, al ser microfilmadas cupieron en 8 cajas del tamaño de las cajas de zapatos, lo que nos parecía inconcebible en esos tiempos). Iba saliendo por la calle José Miguel de la Barra cuando dos fulanos la agarraron, la metieron, a la fuerza en un taxi y se la llevaron tendida contra el suelo. Antes de sacarla la encapucharon y luego la metieron en una casona grande y, en una de sus piezas, la desnudaron, la amenazaron, la manosearon –me indigna solo recordarlo- y le hicieron de todo para averiguar dónde estaba yo (cosa que ella no sabía). Eso que tuvo que pasar, de lo cual uno se siente en alguna forma responsable (aunque los responsables reales son los de la CNI), fortalece aún más el lazo de afecto que naturalmente se da entre padres e hijos.
Pero volvamos a Nacimiento. Yo trabajaba en la construcción de la papelera y junto con trabajar, aprendía. Había técnicos canadienses que se desempeñaban en la construcción y tenían conocimientos mucho más avanzados que los nuestros, y también herramientas que no conocíamos. Sin embargo, eran muy generosos en compartir ambas cosas con los que mostrábamos interés (lamentablemente no fuimos muchos). Aprendí harto. Si comparo mis conocimientos de soldador con una profesión universitaria, el trabajo en la papelera, en Nacimiento, me significó el equivalente a un master o hasta un doctorado. Tanto fue así, que después de eso quedé a cargo del taller de reparaciones y construcción.
En la actividad política, como en Nacimiento no había organización de la Jota, me integré al Partido, donde llegué a ser miembro del Comité Local y también del Comité Regional de Los Ángeles. Pero no me desvinculé de las Juventudes Comunistas. En un congreso de la Jota me eligieron miembro de su Comité Central y me integraron como miembro de su comisión ejecutiva. Mal que mal, los comunistas se identificaban con los intereses de la clase obrera y yo era el obrero más famoso de la Jota (probablemente porque era el menos tímido o, para decirlo derechamente, el más “patudo” de los obreros dirigentes de la Jota) y era un orador más o menos bueno, o por lo menos hacía buenas intervenciones, planteando visiones diferentes a las habituales. Con todos esos cargos, me llevé viajando todos los fines de semana. Uno a Los Ángeles, otro a Santiago, cuando no me tocaba ir a Concepción o a Valdivia para cumplir las tareas de la Comisión Ejecutiva.
Y aquí, otra digresión. Mis buenas intervenciones no eran porque yo fuera un gran teórico. Me interesaba la teoría, leía los materiales que circulaban en el Partido, pero estaba lejos de entenderlos bien, con todas sus implicancias. Discutía, pero con oídos abiertos, escuchando y tratando de analizar, tomando en cuenta lo que otros opinaban, lo que no me impedía decir lo que pensaba con toda claridad y sin medias tintas.
Por ejemplo, en la dirección regional de la Juventud en Valdivia nos atrajeron los planteamientos de Mao Tse Tung (como se escribía en esos tiempos), nos impresionó bastante eso de que “una chispa puede incendiar una pradera” y trasmitíamos mucho con él. Tanto, que en el Partido y en la dirección de la Jota se plantearon reuniones de conversación sobre nuestra identificación con Mao. Recuerdo que viajó a Valdivia Mario Zamorano, en ese entonces secretario general de la Juventud, a discutir con nosotros. También lo hizo Bernardo Araya, miembro del CC del Partido, aprovechando un viaje. Tuvimos varias conversas, y seguimos manteniendo nuestras ideas, pero lo que me convenció, y después me ayudó a convencer a los otros dirigentes de la Jota, fue un comentario para nada teórico de Bernardo Araya. Más importante que los escritos de Mao, nos dijo, eran los problemas que había en Chile, que teníamos que dedicarnos a estudiar y pensar cómo los arreglábamos. Eso me hizo sentido porque como Juventud en Valdivia salíamos mucho a terreno, vendíamos incluso más ejemplares de El Siglo que el Partido, teníamos una enorme vinculación con la población y, gracias a ello, un gran conocimiento de sus problemas. Por eso mismo, para nosotros era fácil comprender que, si no éramos capaces de ayudarla a organizarse y a pelear por la solución de sus problemas, nuestras discusiones “teóricas” no servían para nada. Eso era un elemento clave de mi “análisis político” y guiaba todas mis intervenciones.
Pero había otro elemento. Yo tenía una idea, una convicción, que no había sacado de ningún libro marxista, sino que era una creencia mía muy de fondo: la idea de que los mineros y los metalúrgicos eran la base de la clase obrera. Y en consecuencia me nutría de las visiones que ellos tenían de los problemas y sus posibles soluciones. Para mí, la opinión de los mineros era muy importante, porque sabía que eran hombres que arriesgaban su vida cada vez que entraban a la mina y por eso, creía yo, no iban a andar mintiendo. Yo aprovechaba cada vez que podía de visitar a un cuñado minero que vivía en Coronel. Él no militaba pero decía que era comunista, socialista y evangélico. En la mina, muy querido y muy sociable, conversaba con todos, sintetizaba sus visiones y me las contaba. La visión de los metalúrgicos la recogía yo mismo en el trabajo y en mis actividades sindicales. Entonces estas visiones de los mineros y de los metalúrgicos eran el segundo elemento que consideraba en todas mis intervenciones.
Esta creencia en la fuerza y sapiencia de los mineros y metalúrgicos era tan grande que cuando supe que Nikita Kruschev había sido obrero metalúrgico y había trabajado en las minas, se transformó en mi ídolo. Además, durante esos años los éxitos de la URSS en la carrera espacial (el Sputnik y Gagarin), su confianza en superar económicamente a los EE.UU., su apertura a debatir públicamente con Nixon, su combinación de la coexistencia pacífica con el derribamiento del avión espía U2, y hasta su golpeteo de zapatos en la ONU me daban la idea de que llegaba un aire fresco, una fuerza nueva al comunismo en el mundo. Si me analizan bien, de casi maoísta a admirador de Nikita, está claro que lo teórico no era mi fuerte, mi único fuerte era el compromiso con mi pueblo.
En Nacimiento, en el 64, yo seguía trabajando a cargo del taller durante la semana y en mi calidad de soldador recorría toda la planta conversando con quien quería. Me fue relativamente fácil ir convocando a los compañeros para constituir un sindicato. Aunque de nuevo me podían echar del trabajo, esto no me preocupaba porque, la verdad, me estaba aburriendo de la pega en el taller: todo era un poco monótono y las mismas cosas se repetían semana tras semana. Echaba de menos el tiempo de la construcción de la planta y el aprendizaje con los canadienses. Así que cuando supe que estaban por hacer una ampliación de la planta de celulosa en Laja, me preparé para dejar Nacimiento e irme para allá. Pero antes de irme, aprovechando que ya estaban los contactos y las conversas con los compañeros, constituimos el sindicato de la papelera en Nacimiento. Me eligieron presidente y esa fue la primera vez que tuve un cargo de dirigente sindical.
Me sentí sumamente orgulloso, pero ya estaba en mi cabeza la planta de Laja. Así que, una vez establecido el sindicato y logrado su reconocimiento por la empresa (la CMPC tenía experiencia con sindicatos y prefirió la conversación antes que la guerra), y tranquilizados y fortalecidos los otros dirigentes y socios, conversé con la directiva para ver cómo me remplazaban porque yo me tenía que ir. Después de algunos dimes y diretes, todo se resolvió bien y pude avisar que tenían que buscar a un reemplazante para el cargo de jefe de taller. Esa fue una de las pocas veces –si no la única – que me fui de una empresa, habiendo formado un sindicato, dejando a los trabajadores “empoderados”, como dicen ahora, y sin haber sido despedido por la Dirección.
Estela no estaba muy feliz con la vida que le daba y era muy comprensible. Dejó su casa para llegar a un pueblo chico, Nacimiento, donde no conocía a nadie. Yo pasaba todo el día trabajando, algunas tardes en reuniones del Partido y los fines de semana viajando para acá y para allá por tareas de la Jota. La dejaba sola, así que era como para no estar muy contenta. Además, no le gustaba que gastara tanto de mi salario en los viajes del Partido y la Jota. Me lo planteó antes del viaje a Laja y poco después del nacimiento de nuestro primer hijo varón, Humberto Salvador, el “Chicho”. Pero la actividad política y sindical siempre había sido lo central en mi vida y nunca se lo había ocultado, jamás le había prometido dejar esas actividades para dedicarme a la familia. Y en la casa nunca faltaba nada, teníamos más de lo que nunca habíamos tenido con mis padres, con quienes, a pesar de todo, habíamos sido capaces de ser felices. Así que le planteé separarnos (en la buena, sin odios ni rencores). Yo siempre seguiría manteniendo económicamente y visitando a la familia. Hizo un escándalo. Después vino la reconciliación, pero a partir de entonces nos fuimos distanciando afectivamente (a pesar de que legalmente seguimos casados hasta el día de hoy y de que tuvimos tres hijos varones más). Yo no fui capaz de darle lo que ella esperaba ni ella de comprender lo que esperaba yo.
Partí a Laja, hice las pruebas prácticas como era habitual y me contrataron como soldador. Justo al término de mi primer día de trabajo se había convocado a una asamblea para constituir el sindicato. Era una asamblea inmensa, con alrededor de 3.500 trabajadores, en una cancha deportiva. Con la experiencia de haber formado otros sindicatos me di cuenta de que si no estaba presente un inspector del trabajo o un notario, el sindicato no iba a ser legal, iba a quedar en nada, y los que habían convocado serían despedidos.
Yo estaba en las últimas filas de los asambleístas. Levanté la mano y saqué el vozarrón más fuerte que pude: “Compañeros, están formando mal el sindicato…” y expliqué las exigencias legales y la importancia de cumplirlas. Los que dirigían la reunión me preguntaron: “¿Y usted, quién es, compañero?”. Les respondí: “Soy Humberto Arcos Vera, soldador, también conocido como el zurdo en Immar, la CAP, la Maestranza Lo Espejo y varias otras empresas en las que he trabajado”.
De la asamblea salieron unas voces pidiendo que pasara adelante. Yo les dije: “Pero es mi primer día de trabajo en la empresa”, y alguno de los que dirigían la asamblea me preguntó, un poco desafiante: “¿Eso es problema para usted, compañero?”. Respondí con el mismo vozarrón: “No, compañeros, para mí no es ningún problema. He ayudado a formar otros sindicatos e incluso fui presidente en la planta de Nacimiento”. Me paré y caminé hacia el estrado donde estaban los que dirigían. La asamblea me aplaudió y salieron voces para que yo fuera el presidente, lo que fue recibido con más aplausos. Así que apenas llegué arriba tomé la dirección de la asamblea, pedí que fueran a buscar al inspector del trabajo y, mientras tanto, propusieran nombres para los otros miembros de la directiva. Y así, a mano alzada, eligieron a otros cuatro dirigentes, y todo se oficializó cuando llegó el funcionario de la Dirección del Trabajo.
Los otros dirigentes elegidos resultaron ser de la DC, el secretario; simpatizante del PC, el tesorero; un independiente, y un trotskista. Este último era el que más había trabajado para convocar a la asamblea y quedó un poco resentido, porque esperaba ser el presidente. Igual pudimos trabajar bien y, consultando a la gente, a los tres meses pudimos presentar nuestro pliego de peticiones (como se llamaban entonces). Pedíamos un reajuste de salarios y lo novedoso para esos tiempos –hoy una cuestión generalizada en casi todas las empresas contratistas– era que solicitábamos el pago de los pasajes y de un bono para los días que visitábamos a nuestras familias (ya que éramos trabajadores de distintas partes del país y juntábamos los días de permiso para poder viajar). La empresa no aceptó e hicimos la primera huelga que tuvo la CMPC en Laja.
La huelga se alargó y algunos en el sindicato empezaron a flaquear. Entonces se me ocurrió hacer otro sindicato con los puros soldadores, que éramos como quinientos, los más indispensables en la ampliación de la planta y los mejor pagados. Se formó el sindicato y presentamos el mismo pliego. Con los demás tomamos un acuerdo: ellos podían reintegrarse al trabajo y, por tanto, recibir sus salarios; nosotros, con su apoyo, mantendríamos la huelga. Como seguramente la empresa iba a tratar de reemplazarnos trayendo otros soldadores, su tarea era impedir que esos soldadores pudieran trabajar. Y así lo hicieron. Los soldadores que llegaron no duraban más de un día porque el resto de los trabajadores los insultaba, los amenazaba, les tiraba piedras. Al final ganamos el pliego.
Pero la empresa no se quedó de brazos cruzados y buscó deshacerse de la directiva del sindicato. Por una parte, nos negaba el acceso a la planta y, por otra, utilizó la estrategia de lo que llamaban “comprar el fuero”, que consistía en pagar a los dirigentes una gran cantidad de dinero para que se fueran de la empresa. Eso les permitía desarmar el sindicato y desprestigiar a los dirigentes diciendo que organizaban todas esas luchas solo para llenarse los bolsillos. Mis compañeros se aburrieron y vendieron sus fueros. Yo me quedé. Me pagaban el sueldo, todas las conquistas ganadas en la huelga, más cuatro horas semanales adicionales por sobretiempo, pero no me permitían entrar a la empresa.
Afuera organizaba algunas reuniones y pudimos reestructurar el sindicato para que siguiera funcionando cuando yo me fuera (aunque nunca tuvimos una asamblea tan grande como esa primera) y, a la vez, formé el sindicato interprovincial de soldadores de Biobío y Concepción, en el cual fui elegido presidente. Después de eso, me marché de la empresa sin vender mi fuero.
Había que “parar la olla” así que dejé a Estela y a mis hijos en Laja para buscar un lugar donde pudiéramos radicarnos. Me fui a Santiago a dar examen de soldador en la empresa Foran Chilena. Salí aprobado y me mandaron a trabajar en la planta de ENAP en Concepción. Pero allí ya conocían mis antecedentes políticos por mi paso anterior y trataron de despedirme de inmediato. Al ser dirigente del sindicato interprovincial de soldadores, fui a la Inspección del Trabajo y conseguí que dieran la orden de reincorporarme. Me echaron varias veces, pero todas me tuvieron que reintegrar. El problema del trabajo estaba solucionado.
En el plano político, me reintegraron al Comité Regional de la Juventud Comunista, que tenía muchas actividades. En el plano sindical, trabajaba en dos frentes. Por un lado, mi sindicato, el interprovincial de soldadores, estaba afiliado a la Asociación de Sindicatos Cristianos (la Asich) y funcionábamos en su sede, cerca de la estación de ferrocarriles en Conce. Y, por otro, fui elegido secretario de organización de la CUT en Concepción. Para mí esto no era problema. En la Asich habían unos cabros cristianos súper buenos, vinculados a la Iglesia y muy consecuentes con los trabajadores. Siempre he pensado que los trabajadores somos trabajadores y tenemos que unirnos en función de nuestros problemas y no preocuparnos por lo que cada uno piensa o cree. Yo entendía que la CUT no se afiliaba a ninguna de las tres grandes centrales internacionales precisamente para no abanderizarse con una central y su ideología y dar cabida a todos los pensamientos en función de los intereses comunes.
En el plano familiar, traje a la familia desde Laja a Concepción. Yo era ordenado con las platas, ganaba bien y ahora tenía menos viajes. Eso me permitió ahorrar. Al poco tiempo compramos un terreno y unos meses más tarde adquirimos una casa prefabricada. La primera casa propia de mi familia fue la de Concepción.
Capítulo IV 1965 -1970: aunando fuerzas (Concepción, República Democrática Alemana, Concepción y Valdivia)
El año 1965 trajo la alegría de la casa propia para mi familia, pero todavía teníamos la pena de la derrota de Salvador Allende en las elecciones presidenciales del año anterior. Aunque más o menos la esperaba, porque la derecha había abandonado a su candidato, Julio Durán, para apoyar al candidato demócrata cristiano, Eduardo Frei Montalva, igual dolió. Más que nada dolió por ver la tristeza de tantas compañeras y compañeros que se habían hecho ilusiones y soñaban que pronto empezaríamos a construir una patria distinta, más justa, más de todos.
Pero analizando las cosas en nuestras reuniones, políticas y sindicales, fuimos levantándonos el ánimo de nuevo. La derecha tuvo que abandonar sus banderas, respaldar a un candidato que ofrecía la “Revolución en libertad”, planteaba la “reforma agraria” y la “chilenización del cobre”: eso nos mostraba que seguíamos avanzando y que nuestras ideas eran recogidas, cada vez, por más gente. Como creíamos y decíamos en esos años, a pesar de lo ridículo que hoy pueda parecer, “los vientos de la historia soplaban a nuestro favor”. Y seguimos trabajando en los dos frentes, el político y el sindical, con tanto ánimo y tanto empeño como siempre.
En lo laboral, me aburrió la seguidilla de despidos y reintegros en la ENAP y terminé cambiándome, para seguir como soldador. En lo familiar, en esta lucha permanente entre el distanciamiento afectivo con Estela y las ganas utópicas de que todo pudiera volver a ser como al principio, se gestaron nuevos miembros en la familia. El 4 de abril del 66 llegó Santiago Vladimir, el “Chago”. Lo de Vladimir lo pueden adivinar, era mi modesto homenaje a Vladimir Ilich Lenin. Pero lo de Santiago seguro que no sospechan. Entre todas las cosas que leía, también estudiaba las luchas en mi patria. Y descubrí que a mitad del siglo XIX había existido una Sociedad de la Igualdad donde, además de Francisco Bilbao, había estado Santiago Arcos. Se me metió en la cabeza que tal vez de ese apellido venía la fuerza que nos impulsó a luchar por la igualdad, a mi padre y a toda mi familia. Así que “Chago” era también un homenaje a ese prócer del siglo XIX.
Pero cuando estaba por nacer, me vi enfrentado a tomar una decisión bien difícil. Me pidieron que dejara de trabajar en la producción y pasara a ser funcionario de la Juventud a tiempo completo. Esto me significaba una gran merma económica. Como soldador estaba sacando 3.200 escudos mensuales y en la Juventud, después de un duro regateo, solo podían ofrecerme 720, 20 escudos más de lo que sacaba el secretario general. Como que no calzaba bien una familia creciendo y sus ingresos disminuyendo. Vacilé, pero acepté. Para mí lo más importante era la organización y la lucha de los trabajadores para cambiar Chile, y este ofrecimiento me permitía dedicarme por completo a ello. Por otra parte, pensé que esos 720 escudos eran más de lo que recibían muchos trabajadores, así que teníamos el deber de ajustarnos. También confiaba en que yo era ordenado con las platas, lo que me había permitido ahorrar incluso después de la compra del sitio y la casa. Así que empecé a ser funcionario y secretario regional de la Juventud Comunista en Concepción.
Poco después me dijeron que había sido seleccionado para ir, junto con otros seis camaradas, a la Escuela Internacional de la Juventud Wilhelm Pieck, en la República Democrática Alemana. El curso me serviría para aprender sobre marxismo, la organización, las experiencias del movimiento obrero en otros países, en fin, sobre todo lo que a mí me parecía interesante aprender. El único problema era que el curso duraba un año y yo ya tenía mi familia, Estela y los cuatro niños. La Juventud le pasaría la mitad de mi sueldo a Estela y con eso pensaban que se solucionaba el problema. Sabía que ese dinero sería insuficiente, pero me entusiasmaba tanto el curso que acepté. Y para cubrir la insuficiencia recurrí a mis ahorros. La verdad, Estela no era ordenada con sus gastos, así que en vez de dejarle la plata –porque temía que la gastara muy al lote y hasta, tal vez, de un sopetón– se la entregué a un amigo ingeniero, con el compromiso de que él le daría mensualmente a Estela (en quincena cambiada con el pago de la Juventud) una cantidad que resultó casi equivalente a lo que la Jota le daba. A Estela no le gustó la idea de que me fuera por más de un año a otro país, me hizo un escándalo, pero frente a mi determinación, al final aceptó.
Cuando se acercaba el invierno nuestro, no recuerdo bien el mes, partí a la RDA junto a cuatro camaradas hombres y dos mujeres. Como era del Comité Central de la Jota, iba como jefe del grupo. Llegamos a la escuela y nos encontramos con una serie de cursos paralelos donde había 1.500 jóvenes de todo el mundo. Si sacábamos la cuenta por cada país, la mayoría eran de la RDA, pero si sumábamos a los otros europeos, los latinoamericanos, los africanos, los árabes y los asiáticos, creo que éramos más los extranjeros.
Al inicio nos recibió alguien de la dirección de la escuela que, con un traductor, nos explicó las reglas, horarios, etc. Dentro de las normas de la escuela estaba la elección de un “presidente” por parte de los alumnos, para cumplir funciones mayoritariamente protocolares. Además de trasmitir a la Dirección los problemas que pudieran plantear los alumnos de cualquier país, la función principal era asistir a las celebraciones de las fiestas patrias de cada uno, junto a alguien que representara a la dirección de la escuela y al PSUA y a alguien que representaba al PCUS. Esto le serviría para conocer a todos los jóvenes y poder establecer vínculos a fin de recoger los problemas si estos surgían. El mecanismo de selección era por bloques territoriales. Se juntaban los latinoamericanos y designaban su candidato. Los europeos, sin los de la RDA, que se excluían del proceso, el suyo. Los africanos, los árabes, los asiáticos, lo mismo. Después se haría una asamblea general donde votaban los jefes de los grupos de cada país para elegir cuál de esos cinco candidatos sería el presidente de los estudiantes ese año.
En el grupo de los latinoamericanos, había argentinos, peruanos, colombianos, mexicanos, guatemaltecos, algunos centroamericanos más y nosotros. Cada jefe de delegación tenía que hacer una presentación de sus integrantes y contar algo de la situación que vivía su país. Después, todos votaban por alguno de ellos y el que obtenía la mayoría iba como candidato del bloque latinoamericano a la elección general. Todos hicieron presentaciones muy interesantes, tal vez algunas un poco largas, algunas con palabras un poco difíciles, pero nos sirvieron para abrir la mente, aprender cosas nuevas e interesarnos por los problemas de nuestros vecinos y romper esa tendencia a quedarnos encerrados solo en los nuestros. Después vino la elección y me llevé la sorpresa de que me eligieron como candidato del bloque latinoamericano. Analizando el asunto en la noche, los camaradas me dijeron que probablemente lo que había volcado la elección a mi favor fue mi intervención, que había sido la más breve (habría esperado que me dijeran que fue la intervención más brillante, pero no, solo dijeron que fue la más breve. Después, pensando, me conformé: “Lo bueno, si es breve, dos veces bueno”). Pero en realidad, el factor clave para que me eligieran candidato del bloque latinoamericano no fue ni lo bueno ni lo breve de mi intervención, sino el prestigio que tenía el Partido Comunista de Chile y su Juventud, por su trayectoria y arraigo en nuestro pueblo.
Para la elección del presidente, todos nos pusimos en campaña de alianzas. No solo nosotros, sino todas las delegaciones latinoamericanas intentaban contactar a los africanos, los europeos y los de la RDA, que si bien no presentaban candidatos, igual votaban.
Ganamos los latinoamericanos. Y yo, como “presidente de los jóvenes del mundo” en esa escuela, me sentía “el descueve”, como decíamos entonces, “la raja” como dicen ahora. En todo caso, la verdad es que solo me correspondió cumplir tareas protocolares en esa función. Y atendiendo al análisis de mis camaradas respecto a las razones que estaban detrás de mi elección, siempre intentaba hacer las intervenciones más breves posibles. Pero cuando me pasé de la raya fue para el 18 de septiembre. La intervención del representante del PCUS fue larga, con análisis político del mundo y de Chile en un español lleno de acento; la del representante de la dirección de la escuela, con traductor –lo que alarga más el asunto–, y , al final, yo: “En Chile en esta fecha nos dedicamos a comer y a tomar. Así que ¡salud!”, dije mientras agarraba un vaso. Junto con entusiastas aplausos, conseguí que todos nos pusiéramos manos a la obra.
La escuela fue una experiencia muy valiosa para mí, tanto por las materias que estudiamos como por la convivencia con personas de otras nacionalidades. Me impresionaron los mexicanos, muy choros; los argentinos, muy cultos, y los africanos, inteligentes y muy dotados para aprender idiomas. Había personas de Mozambique, Nueva Guinea, Angola, Etiopía, Somalia y todos, al poco tiempo, conversaban con nosotros en español y con los dueños de casa en alemán, no perfecto, bien chapurreado, pero que les permitía comunicarse y hacerse entender. Este tiempo también me abrió relaciones con gente de la RDA que después, en dictadura, me fueron muy útiles. El año de la escuela se me pasó volando.
Pero ahí, en la RDA, tuve otra experiencia que me impactó mucho. Yo tenía hemorroides (que atribuía a los efectos de mi trabajo en soldaduras) y estando en la escuela empecé a defecar con sangre. Me llevaron a un hospital y decidieron operarme. Tenían que colocarme una anestesia general y me pusieron una máscara para que respirara. De pronto me vi en un túnel, de esos que hay en las minas, avanzando sobre una especie de correa transportadora. Y empecé a visualizar a toda mi familia –abuela, madre, padre, hermanos, Estela, hijos–, a camaradas de la Juventud y el Partido, de Concepción y Valdivia, y a compañeros de los sindicatos. Lo único que quería era tirarme de la correa transportadora, salir de ella como fuera y, de repente, desperté. Estaba rodeado por los médicos, que me miraban un poco sorprendidos. El traductor me explicó que me habían dado por muerto, pues yo no tenía ningún signo vital. Cuando conversaban sobre qué podía haber causado mi muerte, yo abrí los ojos y volví a la vida. Después de un tiempo me operaron, pero esta vez me anestesiaron poniéndome una inyección en la vena y no sufrí ningún problema. Esa experiencia me dejó traumado: incluso años después en Chile, cuando me acordaba, me preguntaba si estaría realmente en mi patria y me pellizcaba para cerciorarme de que era real lo que vivía.
Regresé a Chile a mediados del 67 y me correspondió hacerme cargo de la secretaría regional de la Juventud en Concepción. Me encontré con que, por una parte, empezaban a reactivarse los trabajadores (habían quedado un poco desarmados después de la derrota electoral del 64) y, por otra, el movimiento estudiantil daba peleas importantes en la Universidad de Concepción. En ellas se fue destacando una notable generación de dirigentes, todos ellos estudiantes de Medicina y militantes del MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria: Miguel Enríquez, Bautista van Schouwen, ambos provenientes de la Juventud Socialista, y un líder tremendamente carismático, exmilitante de la Jota, Luciano Cruz. Ellos llevaban la voz cantante en las movilizaciones universitarias y, en el II Congreso del MIR, en 1967, fueron elegidos como los principales dirigentes de su organización. Se planteaban contra las elecciones y creían que había que preparar las condiciones para la lucha armada a fin de tomar el poder para los trabajadores. Esas ideas, que al calor de la Revolución cubana y de la heroica gesta de Ernesto Che Guevara en Bolivia encontraban muchos oídos receptivos en la juventud estudiantil, eran contrarias al camino que impulsaba nuestro Partido y teníamos una discusión permanente contra ellas.
Nuestro centro seguía estando en la organización de los trabajadores y los pobladores para luchar por la solución de sus problemas pero, a la vez, aprovechábamos las instancias electorales. En ese año 67 se celebró la elección municipal y nuestro Partido, a nivel nacional, representó casi un 15% del electorado, algo más que nuestros socios, los socialistas, pero bastante menos que la Democracia Cristiana, partido que recibió la mayor votación, por sobre el 35%. En Concepción nos fue bastante bien, sacamos regidores en todas las comunas y en Lota ganamos la alcaldía. Recuerdo que en la Jota estábamos muy orgullosos porque una candidata, mujer y de la juventud, Norma Hidalgo, fue elegida regidora en Coronel.
Y en el año 68, poco después de que naciera nuestro tercer hijo varón, José Greene, el “Pepe”, me plantearon una nueva tarea partidaria: hacerme cargo de la secretaría regional del Partido en Valdivia. Dejaba la Juventud para asumir una responsabilidad mayor, esto me pesaba un poco, pero volvía a mi ciudad natal, donde todavía estaba mi madre, lo que era una gran alegría. Así que hicimos las maletas y con toda la familia nos instalamos en la vieja casa de mis padres. Después de un tiempo, sin querer queriendo, Estela nuevamente quedó embarazada, esta vez de nuestro último hijo varón, Delfín Volodia, que arribó en Valdivia el 1 de noviembre del 69.
Al llegar a Valdivia me encontré con el Partido en una situación complicada. Bernardo Araya, un respetado dirigente del Comité Central, secretario regional anterior, tuvo que trasladarse a Santiago y, en su lugar, quedó otro compañero que no estuvo a la altura. Primero, manejó las platas del Partido de una manera muy poco clara, por no decir derechamente, de manera corrupta. En el Partido de Valdivia había seis funcionarios, él viajaba mensualmente a Santiago para retirar los dineros de sus sueldos. Pero en Santiago usaba esa plata para comprar mercaderías que después vendía en Valdivia, por lo que, al llegar al sur, no pagaba los sueldos en una fecha determinada, sino en la medida en que iba haciendo sus negocios. Huelga decir que, además de complicarles mucho la vida a los camaradas funcionarios, el secretario regional subrogante no destinaba la ganancia que obtenía a financiar actividades del Partido ni tampoco la repartía entre todos los funcionarios, sino que se la echaba directamente al bolsillo.
Pero además había otro problema. En la dirección regional este sujeto les había dado un peso grande a compañeros vinculados a la masonería, que se coordinaban entre sí y prácticamente orientaban, casi como fracción, todo el trabajo partidario. Había una gran preocupación por los pequeños empresarios, por los artesanos, por los sectores medios, lo que estaba bien, pero lo que no era aceptable es que se descuidara totalmente el trabajo con los obreros, con los pobladores y con los campesinos chilenos y mapuches.
Les planteé estos problemas a los compañeros del Comité Central y me enviaron a uno de sus integrantes del carbón, muy bueno. Él me hizo algunas sugerencias y recomendaciones, y me respaldó plenamente para que adoptara algunas medidas de reorganización, la primera, echar del Partido al compañero que había caído en prácticas corruptas. Y entonces, aprovechando mis experiencias anteriores, recurrí a los jóvenes (de esos tiempos): Teillier, el actual diputado y presidente del PC, era un estudiante de Castellano en la Universidad Austral, con harto prestigio. Conversé largamente con él y lo convencí para que dejara sus estudios y trabajara como funcionario, como encargado de las finanzas del regional. A Nelson González, el “Pata de lancha”, otro estudiante, lo convencí de que aceptara ser encargado del Comité Local. Al secretario de la Juventud lo entusiasmé para que tomara el frente campesino y, en la Jota, quedó reemplazándolo otro cabro muy bueno, Abernego Mardones.
Hubo un vuelco en el trabajo: salíamos a todas las localidades de la provincia, armábamos organizaciones del Partido o sindicales en todas partes. Se notó el influjo de la sangre joven, pero todo fue posible gracias a las enseñanzas que nos dieron viejos muy nobles. Y quiero contarles sobre uno de ellos.
El Partido designó como candidato a diputado por la zona a Juan Campos. Era un viejo sindicalista, incluso había reemplazado a Clotario Blest en la presidencia de la Central Única de Trabajadores, pero iba de candidato sin la menor esperanza de salir, solo como saludo a la bandera, más bien para ayudar a marcar presencia y aprovechar la campaña a fin de dar a conocer los planteamientos del Partido. Con Juan Campos, cualquier día, íbamos caminando por las calles de Valdivia (o de otras localidades de la provincia) y de repente nos decía: “En esta esquina, camaradas”. Se detenía y empezaba a hablar en la esquina sobre las elecciones y lo que queríamos los comunistas. Tal como lo hacen los evangélicos hoy en día, sobre todo en los pueblos, así lo hacía Juan Campos. Y lograba que algunos curiosos se detuvieran y escucharan nuestros argumentos. Después nos empujó, a los jóvenes que lo acompañábamos, a que también hiciéramos uso de la palabra. Yo tenía alguna experiencia como orador por mis tareas en el frente sindical, pero a otros les costaba mucho, les daba una vergüenza tremenda (entre ellos a Teillier). Entonces Juan Campos estableció una norma: cada vez que se incorporaba un integrante nuevo al grupo de los “oradores” de las esquinas, invitaba a celebrarlo a un restaurante con un sándwich, una cerveza o un potrillo de tinto. Y ahí hacía la evaluación de los discursos, sugiriendo temas que podíamos usar en las próximas oportunidades y, a la vez, haciéndonos recomendaciones respecto a la forma que debían adoptar nuestras intervenciones. Fue un maestro que nos ayudó, en la práctica, en nuestro desarrollo como dirigentes políticos, capaces de hablar de cara al pueblo.
También tomábamos decisiones poco tradicionales, buscando mejorar el trabajo. Por ejemplo, el Partido a nivel central nos proporcionaba una cantidad de dinero mensual para arrendar vehículos y poder salir a trabajar en la campaña presidencial del 70. Discutimos el asunto, nos asociamos con una camarada y le propusimos armar una compraventa de autos. En vez de arrendar vehículos, juntamos un poco de plata y los compramos, usados, claro. En el día estaban los autos y camionetas en el negocio, pero al cerrar el local en la tarde, justo en las horas en que se podían hacer las reuniones, disponíamos de todos los vehículos de la compraventa para poder repartirnos y trasladar a los dirigentes. Total que la camarada ganó sus pesos, y el Comité Regional, muchos más vehículos para el trabajo partidario de los que habría dispuesto si nos hubiéramos limitado a arrendarlos.
En la Unidad Popular se barajaban cuatro candidaturas para la Presidencia de la República. Estaban el independiente Rafael Tarud, senador por Talca; el exministro y también senador Alberto Baltra por el Partido Radical; el representante del MAPU5, el ingeniero agrónomo Jacques Chonchol; Salvador Allende por los socialistas, y por el Partido Comunista, nuestro gran poeta Pablo Neruda. Como dirigentes del Comité Regional del Partido nos reunimos con todos ellos y conversamos sobre los problemas de nuestra región, pero siendo comunistas, por supuesto que organizamos una marcha y un acto en la plaza a favor de la candidatura de Pablo Neruda. Y en eso estábamos, cuando el coronel de Carabineros a cargo de las fuerzas policiales me señaló con el dedo y ordenó que me detuvieran. Así que fui a parar a la comisaría, siendo el único detenido del acto, y estuve allí hasta la medianoche. Lo insólito del caso, además de no existir ninguna razón valedera para la detención, es que ese coronel era Aldo Rojas Morales, hermano de nuestro camarada Rodrigo Rojas, miembro de la Comisión Política y director del diario del Partido, El Siglo. Tal vez, para este coronel la detención del secretario regional del PC demostraba ante sus superiores que él no tenía nada que ver con las ideas políticas de su hermano.
Pero volviendo a las elecciones, la Unidad Popular finalmente resolvió que su candidato sería Salvador Allende. Y todos nos pusimos en campaña. Y al calor de la campaña también se recompuso el vínculo con mi hermano Pancho. Llegó un día a la sede del regional del Partido con siete trabajadores de Ferrocarriles, pidiendo ser incorporados como militantes comunistas. Por supuesto, los aceptamos y organizamos una ceremonia para entregarles sus carnés. El episodio me sirvió para recapacitar: compartiendo la misma causa con mi hermano, con los tremendos desafíos que se venían por delante, ¿qué sentido tenía mantener resentimiento por una vieja rencilla familiar? Y el modo que habíamos tenido de relacionarnos cambió para bien.
Rememorando las actividades de la campaña, ¿cómo no recordar al locutor de tantos actos, de esta y de las anteriores, a ese querido actor, Roberto Parada? No solo abría los actos y presentaba a los artistas y oradores que correspondía, sino que además nos regalaba, con su vozarrón inolvidable, algunos poemas de Fernando Alegría. Entre ellos nos resulta inolvidable, a todos los que fuimos sus oyentes, esa extraordinaria versión del “Viva Chile Mierda”. Nos identificábamos con el poema, que nos llenaba de amor y orgullo por nuestra patria, nuestro pueblo, nuestra historia, nuestras catástrofes. Pero era la expresión, las tonalidades y la fuerza con que lo recitaba Parada las que hicieron que este recuerdo sea uno de los que no se borran6.
Las tareas electorales las asumimos trabajando a mil por hora, con entusiasmo, con creatividad, muy vinculados a los problemas de los trabajadores y luchando por su solución. Llamábamos a votar por Allende. Nuestra fuerza crecía. Por ejemplo, logramos que un camarada comunista fuera el presidente del sindicato de Immar, mi vieja y querida empresa, donde aprendí a soldar.
En el frente campesino, cuando llegó el 4 de septiembre de 1970 teníamos tomados 59 fundos. No eran tomas para exigir tierras, eran para exigir que se cumplieran las leyes laborales con los trabajadores del campo, que se les pagara la previsión social, los días festivos y los reajustes legales. Y ese 4 de septiembre por fin ganamos.
Fue una alegría inmensa para nosotros. Sabíamos que en el círculo de los empresarios había preocupación y hasta susto, pero nosotros estábamos alegres. No éramos solo nosotros los que mirábamos con optimismo el futuro de nuestra patria. Creo que la inmensa mayoría de nuestro pueblo, sobre todo después de que Radomiro Tomic y la Juventud Democratacristiana reconocieron el triunfo de Allende, miraba con esperanzas lo que venía.
Espontáneamente se armó una manifestación multitudinaria en la plaza principal de Valdivia, ordenada, tranquila y alegre. Allí escuchamos, por un sistema de parlantes, las palabras que Salvador Allende le dirigía al pueblo en Santiago y a todo Chile, desde un balcón del local de la FECH, la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, en la Alameda, casi al frente del cerro Santa Lucía. Todos escuchábamos en silencio, con una atención profunda y compartida, cada una de sus palabras. Nos llegaba al corazón cuando decía que “la juventud de la patria fue vanguardia en esta gran batalla, que no fue la lucha de un hombre, sino la lucha de un pueblo”.
Y cómo no emocionarse al recordar lo consecuente que fue con lo que dijo esa noche de victoria:
Desde aquí declaro, solemnemente, que respetaré los derechos de todos los chilenos. Pero también declaro, y quiero que lo sepan definitivamente, que al llegar a La Moneda, y siendo el pueblo gobierno, cumpliremos el compromiso histórico que hemos contraído de convertir en realidad el programa de la Unidad Popular.
Y cuando nos advertía sobre lo que se venía:
Si la victoria no era fácil, difícil será consolidar nuestro triunfo y construir la nueva sociedad, la nueva convivencia social, la nueva moral y la nueva patria. Pero yo sé que ustedes, que hicieron posible que el pueblo sea mañana gobierno, tendrán la responsabilidad histórica de realizar lo que Chile anhela para convertir a nuestra patria en un país señero en el progreso, en la justicia social, en los derechos de cada hombre, de cada mujer, de cada joven de nuestra tierra.
Nos llamó a comportarnos esa noche y en el futuro cercano:
Yo les pido que esta manifestación sin precedentes se convierta en la demostración de la conciencia de un pueblo. Ustedes se retirarán a sus casas sin que haya el menor asomo de una provocación y sin dejarse provocar. El pueblo sabe que sus problemas no se solucionan rompiendo vidrios o golpeando un automóvil. Y aquellos que dijeron que el día de mañana los disturbios iban a caracterizar nuestra victoria, se encontrarán con la conciencia y la responsabilidad de ustedes. Irán a su trabajo mañana o el lunes, alegres y cantando, cantando la victoria tan legítimamente alcanzada y cantando al futuro.
Les pido que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada y que esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile y cada vez más justa la vida en nuestra patria.
A la lealtad de ustedes, responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo; con la lealtad del compañero presidente.
Y no hubo el menor desmán, ni en Valdivia ni en todo Chile. Siguiendo sus recomendaciones, nos retiramos a celebrar en nuestras casas, con tremenda alegría y con mucha conciencia de la responsabilidad con que tendríamos que afrontar las tareas que se venían por delante. Era un sentimiento de felicidad tan profunda que sumíamos con tanta seriedad, que es difícil describirlo. Mi madre, la dueña de la casa donde celebramos la victoria, estaba dichosa.
Y cuando recuerdo su dicha no puedo dejar de decir que uno de mis motivos de satisfacción más grande son las circunstancias que vivíamos cuando murieron mis padres, las que hicieron que ambos se fueran felices. Mi padre se marchó después de conocer la derogación de la ley maldita, mientras se preparaba para celebrar. Mi madre lo hizo después de haber vivido la victoria electoral de esa causa por la que lucharon juntos y a la que sumaron a todos sus hijos.
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