Kitabı oku: «Callejón Fleshmarket»

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Título original: Fleshmarket Close

© John Rebus Limited, 2004.

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2006.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO372

ISBN: 9788491872009

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

DEDICATORIA

CITAS

PRIMER DÍA. LUNES

1

2

SEGUNDO DÍA. MARTES

3

4

5

TERCER DÍA. MIÉRCOLES

6

7

8

9

10

CUARTO DÍA. JUEVES

11

12

13

14

QUINTO DÍA. VIERNES

15

16

17

18

19

SEXTO Y SÉPTIMO DÍAS. SÁBADO/DOMINGO

20

21

OCTAVO DÍA. LUNES

22

23

24

25

NOVENO DÍA. MARTES

26

27

28

29

DÉCIMO DÍA. MIÉRCOLES

30

31

32

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

EN RECUERDO DE MIS AMIGAS FIONA Y ANNIE,

A QUIEN TANTO ECHO DE MENOS.

Es en Escocia donde buscamos nuestra idea de civilización.

VOLTAIRE

Es tal el clima de Edimburgo que los débiles sucumben jóvenes... y los fuertes los envidian.

DR. JOHNSON A. BOSWELL

PRIMER DÍA

1

—No debería estar aquí —dijo el inspector Rebus hablando solo.

Knoxland era una barriada de pisos subvencionados en el extrarradio oeste de Edimburgo, lejos de la demarcación de Rebus. Había ido allí porque los compañeros del West End se encontraban en cuadro y, además, porque sus jefes no sabían qué hacer con él. Era la tarde de un lunes lluvioso y la meteorología no auguraba nada bueno para el resto de la semana.

La antigua comisaría de Rebus, feliz sede de sus andanzas en los últimos siete u ocho años, estaba en fase de reorganización y como consecuencia de ello habían suprimido el Departamento de Investigación Criminal, lo que significaba que a Rebus y a sus compañeros los tenían a la deriva dispersos por varias comisarías. A él le había caído en suerte la de Gayfield Square, junto al Leith Walk, un chollo, según algunos.

Gayfield Square estaba cerca de la elegante Ciudad Nueva, barrio residencial en el que tras las puertas de sus mansiones de los siglos XVIII y XIX podía suceder cualquier cosa sin que se enteraran los peatones. Pero cinco buenos kilómetros lo separaban de Knoxland, otro mundo y otra cultura.

Knoxland era un barrio de los años sesenta, como de cartón piedra y madera de balsa, con tabiques tan finos que, prácticamente, los vecinos se oían cuando se cortaban las uñas de los pies y olían lo que guisaban unos y otros. Adornaban sus muros grises de hormigón manchas de humedad, pintadas proclamando que aquello era «Hard Knox» y otras instando a largarse a los paquistaníes, entre las que destacaba una realizada apenas una hora antes y que decía: «Uno menos».

Las pocas tiendas existentes lucían en puertas y escaparates cierres metálicos, que sus propietarios ni se molestaban en quitar durante el horario de apertura al público. Las casas de aquel barrio quedaban aisladas entre las vías de dos carriles que lo bordeaban al norte y al oeste. Los sagaces constructores habían trazado entre las calles túneles que probablemente en los planos originales figuraban como espacios abiertos y luminosos con posibilidad de que los vecinos se detuvieran a hablar del tiempo o de las nuevas cortinas que una vecina había puesto en su ventana. Eran túneles que incluso de día se habían convertido en zonas de paso solo para temerarios y suicidas. Rebus estaba condenado a no ver más que atestados de atracos y tirones de bolso.

Probablemente había sido idea de los sagaces constructores haber asignado a los bloques altos de la barriada nombres de escritores escoceses rematados por el sufijo «House», para aumentar el escarnio de que no eran auténticas casas.

Barrie House.

Stevenson House.

Scott House.

Burns House.

Aquellos bloques apuntaban al cielo como un reclamo vertical de alquileres baratos. Miró a su alrededor buscando dónde tirar el vaso de café casi vacío; había parado delante de una panadería de Gorgie Road, pensando que cuanto más se alejara del centro de Edimburgo menos posibilidades tendría de encontrar donde tomar un café remotamente decente, pero había sido un error porque aunque se lo sirvieron casi hirviendo, apenas se enfrió un poco aumentó exponencialmente la insipidez. No vio ninguna papelera: porque no había. La suciedad de la calzada y los arcenes llenos de hierbajos incitaban a la dejadez, y Rebus añadió sus sobras a aquel mosaico, se irguió y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. El frío congelaba su hálito en el aire.

—Los periodistas se van a frotar las manos —musitó alguien.

Había una docena de personas yendo de un lado para otro en el pasaje subterráneo entre dos de aquellos bloques altos. Olía ligeramente a orines, sudor y otras sustancias, y en la entrada merodeaban varios perros olisqueando, un par de ellos con collar, hasta que un agente de uniforme los espantó. Como la policía ya había clausurado las salidas del pasaje con cinta de homicidios, unos niños en bicicleta estiraban el cuello para curiosear. Los fotógrafos de la policía se disputaban el espacio con los agentes de la científica, con mono blanco y cabeza cubierta, que recogían pruebas. Había una furgoneta gris anodina junto a los coches de la policía en el barrizal de una zona de juego cercana, cuyo conductor se quejó a Rebus de que unos críos se habían ofrecido a cuidar del vehículo a cambio de dinero.

—Malditos buitres.

No faltaría mucho para que el hombre se llevara el cadáver al depósito para la pertinente autopsia, aunque estuviera claro que era un homicidio a la vista de las numerosas puñaladas, una de ellas en la garganta. Por el reguero de sangre se adivinaba que la víctima había sido agredida a unos tres o cuatro metros de la entrada del pasadizo y que probablemente intentó escapar arrastrándose hacia la luz mientras el agresor le asestaba más puñaladas, que acabaron con su vida.

—No lleva nada en los bolsillos salvo calderilla —dijo otro agente—. Esperemos que alguien lo identifique...

Rebus no sabía quién era, pero sí lo que era: un caso más para las estadísticas. Aunque por encima de ello era un suceso que los periodistas de la ciudad darían a olfatear a sus lectores como a una manada de lobos a la espera de una presa. Knoxland no era un barrio que gozara del favor público, y solo atraía a desesperados y a quienes no tenían otra opción. En el pasado, había sido una especie de vertedero de inquilinos problemáticos para el Ayuntamiento —drogadictos y trastornados—, y en época más reciente la inmigración había invadido sus rincones más sórdidos e inhóspitos. Los solicitantes de asilo y refugiados, gente con la que nadie quería tener trato y de la que nadie quería saber nada. Rebus miró a su alrededor y comprendió que los pobres desgraciados debían de sentirse como ratones en un laberinto, con la diferencia de que en un laboratorio no había depredadores y allí abundaban.

Depredadores con navaja que campaban a su antojo por la calle. Y ahora habían matado.

Llegó otro coche del que se bajó un hombre. Un rostro conocido de Rebus: Steve Holly, gacetillero local de un tabloide de Glasgow. Rechoncho, dinámico como nadie y pelo tieso con brillantina. Antes de cerrar el coche, Holly metió bajo su brazo el portátil del que nunca se separaba. Por si acaso; ese era Steve Holly, un experto en reportajes de calle. Saludó a Rebus con una inclinación de cabeza.

—¿Tiene algo para mí?

Rebus negó con la cabeza y Holly miró a su alrededor en busca de otra fuente de información menos reacia.

—He oído que le han echado de St Leonard’s —comentó para entablar conversación mirando a todos lados menos a Rebus—. No me diga que le han exilado en estos pagos.

Rebus no quiso entrar al trapo, pero Holly insistió.

—Esto es un auténtico basurero. Una escuela de mala vida, ¿no es cierto? —añadió encendiendo un cigarrillo.

Rebus sabía que Holly pensaba ya en el artículo que escribiría después, perfilando frases ingeniosas y retazos de filosofía barata.

—Me han dicho que era asiático —espetó finalmente el periodista, expulsando humo y tendiendo la cajetilla a Rebus.

—Aún no lo sabemos —dijo Rebus como en pago por el cigarrillo—. Por su piel oscura... podría ser de muchos sitios.

—De cualquier parte menos de Escocia —replicó Holly sonriente—. Seguro que es un crimen racista. Algún día tenía que llegarnos.

Rebus sabía por qué resaltaba el «llegarnos»; se refería a Edimburgo, porque Glasgow tenía en su haber cuando menos el asesinato racista de un refugiado de los que intentaban vivir en uno de aquellos barrios marginales de bloques. Le habían apuñalado, igual que al del pasadizo subterráneo a quien, una vez registrado, examinado y fotografiado, introducían ahora en una bolsa de plástico sin que nadie pronunciara palabra: muestra de respeto de unos profesionales que a continuación proseguirían su trabajo para descubrir al asesino. Subieron la bolsa a una camilla con ruedas que pasaron por debajo de la cinta junto a Rebus y Holly.

—¿Lleva usted el caso? —preguntó Holly en voz baja.

Rebus negó con la cabeza otra vez, mirando cómo metían el cadáver en la furgoneta.

—Pues, dígame al menos con quién tengo que hablar.

—Yo no debería ni estar aquí —contestó Rebus, volviéndole la espalda camino de la relativa seguridad de su coche.

«Yo soy de los que no pueden quejarse», pensó la sargento Siobhan Clarke, razonando que a ella al menos le habían asignado una mesa. John Rebus, superior en la jerarquía, no había sido tan afortunado. Aunque la fortuna, ni buena ni mala, nada tenía que ver con ello. Sabía que Rebus lo consideraba una señal de aviso: no tenemos sitio para ti y ha llegado la hora de que lo dejes. Podría acogerse a la pensión; muchos policías más jóvenes que él y con menos años de servicio tiraban la placa resignándose a morir, y él había comprendido perfectamente el mensaje que querían transmitirle los jefes. Ella le había ofrecido su mesa, pero Rebus, claro, no lo había aceptado alegando que él se acomodaba en cualquier sitio, para los efectos en aquella mesita junto a la fotocopiadora donde ponían las tazas, el café y el azúcar. La tetera ocupaba el antepecho de la ventana; bajo la mesa había una caja de papel de copia y disponía de una silla de respaldo roto que crujía al sentarse. No había teléfono ni enchufe para adaptarlo. Y menos, ordenador.

—Es provisional, naturalmente —dijo el inspector jefe James Macrae—. Es difícil hacer sitio a los nuevos...

A lo que Rebus respondió con una sonrisita, encogiéndose de hombros, gestos silenciosos que Siobhan sabía que era su modo particular de dominar la ira. Se la guardaba para más tarde. Por aquella falta de espacio, también la mesa que a ella le habían asignado estaba en la sección de los uniformados. Había una oficina aparte para los sargentos, que compartían con los administrativos, pero allí no tenían sitio para Rebus y ella. El inspector de la comisaría disponía de su propio despacho entre ambas dependencias; y eso era lo peor: que en Gayfield ya había un inspector y no tenían necesidad de otro. Se llamaba Derek Starr y era alto, rubio y guapo. Y lo malo era que lo sabía. Había invitado un día a Siobhan a almorzar en su club, The Hallion, cinco minutos a pie desde la comisaría. Ella no había osado preguntarle cuánto le había costado hacerse socio. Resultó que también había invitado a Rebus.

—Porque tiene dinero —fue el razonamiento de Rebus.

Starr estaba en su fase ascendente y quería que los dos nuevos se enteraran.

Ella no podía quejarse de su mesa. Tenía un ordenador, que había brindado a Rebus para usarlo cuando quisiera, y había teléfono. Al otro lado, enfrente de ella, se sentaba la agente Phyllida Hawes, con la que había trabajado en un par de casos, a pesar de que eran de distintas comisarías y ella cinco años más joven que Hawes aunque superior en la jerarquía, lo que hasta el momento no había constituido ningún problema y Siobhan esperaba que no se lo planteara. En la sala había otro agente llamado Colin Tibbet; Siobhan sabía que tenía veintitantos años, era más joven que ella y de sonrisa agradable que dejaba al descubierto una hilera de dientes pequeños y redondos. Hawes ya le había acusado de que le gustaba, en guasa pero sin pasarse.

—No soy una comeniños —contestó Siobhan.

—Ah, ¿te gusta el hombre más maduro? —bromeó Hawes, mirando de reojo hacia la fotocopiadora.

—No seas tonta —replicó ella consciente de que se refería a Rebus.

Hacía unos meses, al final de un caso, se había encontrado en sus brazos y él la había besado. No lo sabía nadie y ninguno de los dos había vuelto a hablar de ello, pero flotaba en el aire siempre que se encontraban a solas. Bueno..., flotaba sobre ella, porque con John Rebus nunca se sabía.

Phyllida Hawes preguntó, mirando a la fotocopiadora, dónde se había metido el inspector Rebus.

—Recibió una llamada —respondió Siobhan.

Era cuanto sabía, pero la mirada de Hawes daba a entender que le ocultaba algo. Tibbet se aclaró la garganta.

—Ha aparecido un muerto en Knoxland. Acaba de salir en pantalla —dijo dando unos golpecitos sobre ella a título de confirmación—. Esperemos que no sea una guerra entre mafias.

Siobhan asintió despacio con la cabeza. Hacía menos de un año una banda de narcotraficantes había intentado apoderarse del barrio y ello había dado lugar a una serie de apuñalamientos, secuestros y represalias. Eran mafias procedentes del norte de Irlanda, con conexiones paramilitares, según se rumoreó. La mayoría de sus miembros habían acabado en la cárcel.

—No es cosa nuestra —dijo Hawes—. Aquí, una de las ventajas es que no tenemos cerca barrios como Knoxland.

Era bastante cierto. Gayfield Square era una comisaría que prácticamente atendía casos del centro de la ciudad: carteristas y trifulcas en Princes Street, borracheras del sábado y robos en las casas de la Ciudad Nueva.

—Para ti, casi unas vacaciones, ¿eh, Siobhan? —añadió Hawes con una sonrisa.

—St Leonard’s tuvo muy buenos momentos —se vio obligada a admitir Siobhan.

Cuando anunciaron la reestructuración se dijo que ella acabaría en la central, un rumor que no sabía de dónde había surgido y que al cabo de una semana tuvo visos de hacerse realidad, pero la comisaria Gill Templer la llamó al despacho y le dijo sin rodeos que ella iba a Gayfield Square. Trató de no tomárselo como un golpe bajo, pero en realidad fue eso. Templer, por el contrario, sí que iba al cuartel general. Otros fueron a parar a destinos tan apartados como Balerno y Lothian Este, y unos cuantos optaron por jubilarse. Solo a Rebus y a ella los destinaron a Gayfield Square.

—Justo ahora que empezábamos a coger el tranquillo al trabajo —comentó Rebus vaciando los cajones de su mesa en una caja grande de cartón—. Bueno, hay que considerarlo en su aspecto positivo: tú podrás dormir más por la mañana.

Era cierto; su piso quedaba a cinco minutos andando. Se acabó lo de ir en coche en horas punta al centro de la ciudad. Era una de las pocas ventajas que se le ocurrían..., tal vez la única. En St Leonard’s habían formado equipo y el edificio estaba en mejores condiciones que aquella comisaría tan monótona. El DIC era más espacioso y con más luz, mientras que allí había... Aspiró con fuerza. Sí, había un olor que no acababa de identificar, pero no era a humanidad ni al bocadillo de queso y pepinillos que traía Tibbet todos los días. Parecía emanar del propio edificio. Una mañana en que estaba sola había incluso pegado la nariz a las paredes y al suelo sin descubrir el origen concreto del olor. En ciertos momentos desaparecía para volver poco a poco. ¿Serían los radiadores? ¿El material de aislamiento? Ya no se lo planteaba y no había dicho nada a nadie, ni siquiera a Rebus.

Sonó su teléfono y contestó.

—Departamento de Investigación Criminal, diga.

—Aquí recepción. Sargento Clarke, una pareja quiere verla.

—¿Han preguntado por mí? —replicó Siobhan frunciendo el ceño.

—Eso es.

—¿Cómo se llaman? —preguntó cogiendo libreta y bolígrafo.

—Señor y señora Jardine. Dicen que son de Banehall.

Siobhan dejó de escribir. Los conocía.

—Dígales que ahora mismo voy —añadió mientras colgaba y cogía la chaqueta del respaldo de la silla.

—¿Otro que nos deja? Parece que nuestra compañía no agrada a nadie, Col —dijo Hawes dirigiéndose a Tibbet con un guiño.

—Tengo una visita —replicó Siobhan.

—Recíbela aquí —propuso Hawes abriendo los brazos—. Cuantos más seamos más nos divertiremos.

—Ya veremos —dijo Siobhan.

Al salir vio que Hawes pulsaba otra vez el botón de la fotocopiadora y Tibbet leía algo en la pantalla del ordenador moviendo los labios. No pensaba recibir allí a los Jardine, con aquel olor, la humedad y la vista al aparcamiento... Los Jardine se merecían algo mejor.

«Y yo», pensó sin poder evitarlo.

Hacía tres años que no los veía. Habían envejecido mal. John Jardine estaba casi calvo y el poco pelo que le quedaba eran canas. Su esposa Alice también tenía algunas; llevaba el pelo recogido hacia atrás y eso le hacía el rostro más grande y severo. Había engordado y vestía como si hubiera elegido las prendas al azar: una falda larga de pana marrón con leotardos azul marino y zapatos verdes, y blusa a cuadros con chaqueta roja a cuadros. John Jardine se había esforzado algo más, llevaba traje y corbata y una camisa pasable.

—Señor Jardine, siguen teniendo gatos —dijo Siobhan quitándole unos pelos de la solapa.

Él lanzó una breve risita nerviosa, apartándose para que su esposa diera la mano a Siobhan, pero ella en vez de estrechársela se la cogió entre las suyas reteniéndola. La miraba con ojos enrojecidos y Siobhan pensó que la mujer esperaba que ella leyera algo en ellos.

—Nos han dicho que es sargento —comentó John Jardine.

—Sargento de investigación, sí —contestó Siobhan sin dejar de mirar a Alice Jardine a los ojos.

—Enhorabuena. Fuimos a su antigua comisaría y nos dijeron que la habían trasladado aquí, porque estaban reorganizando el DIC... —Se restregaba las manos como lavándoselas.

Siobhan sabía que era cuarentón, pero parecía diez años mayor, igual que su mujer. Tres años atrás Siobhan les sugirió terapia de ayuda psicológica, y de no haber seguido su consejo no lo habrían superado, porque aún se notaba que estaban afectados y desconcertados por el duelo.

—Hemos perdido a una hija —dijo finalmente Alice Jardine con voz queda soltándole la mano— y no queremos perder otra. Por eso venimos a pedirle ayuda.

Siobhan miró a uno y a otro sucesivamente, consciente de que el sargento de recepción también les observaba sin dejar de mirar la pintura desconchada de las paredes, las pintadas borradas y las fotos de «Se busca».

—¿Quieren tomar un café? —dijo sonriente—. Podemos ir aquí cerca, a la vuelta de la esquina.

Allí fueron. Era un café, que a la hora del almuerzo hacía de restaurante. En una mesa con vistas a la calle, un hombre de negocios terminaba de almorzar hablando por el móvil y rebuscando papeles en la cartera. Siobhan llevó al matrimonio a un compartimento apartado de los altavoces de la pared. Sonaba una música ambiental anodina que rompía el silencio, una melodía vagamente italiana. El camarero, sin embargo, era cien por cien escocés.

—¿Quieren comer algo también? —preguntó con vocales cerradas y nasales; en la pechera de su camisa blanca de manga corta lucía una mancha de salsa de tomate de cierta antigüedad y exhibía unos brazos fuertes con tatuajes descoloridos de cardos y aspas.

—No, solo café —dijo Siobhan—. Yo, al menos... —añadió mirando al matrimonio sentado frente a ella, pero ellos dijeron también que no con la cabeza.

El camarero se dirigió a la cafetera exprés, pero le llamó el del móvil para encargarle algo que obviamente merecía más atención que el servicio de tres simples cafés. Bueno, Siobhan no tenía mucha prisa por volver a la comisaría, aunque no estaba segura de que allí fuera a tener una conversación muy agradable.

—Bien, ¿qué tal van las cosas? —se sintió obligada a decir.

Se miraron uno a otro antes de contestar.

—No muy bien —repuso el señor Jardine—. Las cosas no han ido... muy bien.

—Sí, lo comprendo.

Alice Jardine se inclinó sobre la mesa.

—No es por Tracy —comentó—. Bueno, claro que la echamos de menos... —añadió bajando la mirada—. Quien ahora nos preocupa es Ishbel.

—Estamos muy preocupados —añadió el marido.

—Porque se ha ido de casa, ¿sabe? Y ni sabemos por qué ni dónde anda —añadió la señora Jardine rompiendo a llorar.

Siobhan miró hacia el hombre de negocios, pero él no prestaba atención más que a su propia existencia. El camarero sí que se había quedado parado ante la cafetera, y Siobhan le dirigió una mirada como conminándole a que se apresurara a servirles los cafés. John Jardine pasó el brazo por los hombros de su esposa y el gesto le hizo recordar a Siobhan una escena casi idéntica ocurrida tres años atrás: el porche de una casita del pueblo de Banehall del Lothian Oeste y John Jardine tratando de consolar a su esposa. Era una casa limpia y ordenada, orgullo de sus propietarios, adquirida acogiéndose al derecho de compra del programa municipal. Alrededor había calles de casas casi idénticas, entre las que destacaban las de propiedad privada por las puertas y ventanas nuevas, cuidados jardines con vallas renovadas y cancela de entrada. En otro tiempo Banehall había conocido la prosperidad por sus minas de carbón, industria tradicional ya desaparecida, y con ella gran parte del espíritu local. En aquella ocasión, la primera vez que cruzaba la calle principal en coche, Siobhan vio tiendas cerradas con el cartel de «Se vende», gente caminando despacio cargada con bolsas de compra y unos niños junto al monumento a los caídos en la guerra jugando a lanzarse golpes de kárate con las piernas.

John Jardine era repartidor y Alice trabajaba en la cadena de montaje de una fábrica de componentes electrónicos de las afueras de Livingstone; un matrimonio trabajador para que no les faltase nada a ellos ni a sus dos hijas. Pero una de las hijas había sufrido una agresión una noche que salió a Edimburgo. Se llamaba Tracy. Había estado tomando copas y bailando con un grupo de amigos y hacia el final de la tarde cogieron todos un taxi para ir a una fiesta. Pero Tracy quedó rezagada y mientras esperaba otro taxi olvidó la dirección. Como su móvil no tenía batería, volvió a entrar en la discoteca a pedirle a un chico con quien había estado bailando que le prestase el suyo. El chico la acompañó afuera, caminando pegado a ella diciéndole que la fiesta podían tenerla allí mismo; comenzó a besarla a pesar de sus protestas, la abofeteó, la golpeó, la arrastró a un callejón y la violó.

Todo esto le constaba ya a Siobhan cuando acudió a la casa de Banehall porque había intervenido en el caso y había oído la declaración de la víctima y de los padres. No tardaron en dar con el agresor porque era también de Banehall, vivía tres o cuatro calles más allá de High Street y conocía a Tracy del colegio. Su defensa fue la habitual: había bebido mucho y no recordaba... y además, ella se había mostrado muy predispuesta. Siempre resultaba difícil condenar a un violador, pero, para satisfacción de Siobhan, a Donald Cruikshank, Donny como le llamaban sus amigos, con la cara marcada para siempre por las uñas de su víctima, le habían declarado culpable con una condena de cinco años.

Aquello habría debido ser el final de la relación de Siobhan con los padres, pero unas semanas después del juicio llegó la noticia de que Tracy había puesto fin a sus diecinueve años con una sobredosis de pastillas. Fue su hermana Ishbel, cuatro años más joven, quien la encontró en su dormitorio.

Siobhan volvió a visitar a los padres, plenamente consciente de que nada de lo que dijera cambiaría las cosas, pero sintiéndose obligada a ello. Los encontró frustrados, no por el sistema, sino por el trato de la vida. Lo que Siobhan no hizo —y tuvo que apretar con ganas los dientespara contenerse— fue ir a la cárcel a ver a Cruikshank para cubrirle de injurias. Recordaba la declaración de Tracy ante el tribunal, con voz quebrada y tartamudeante, sin mirar a nadie, casi avergonzada y casi sin atreverse a tocar la bolsa de las pruebas —su vestido roto y la ropa interior—, y llorando en silencio. El juez sintió lástima y el acusado había recibido la condena meneando la cabeza, incrédulo, con aquella gasa que le cubría la mejilla, y haciéndose la víctima con los ojos en blanco con toda desvergüenza.

Poco después de emitir el veredicto leyeron al jurado anteriores condenas del acusado: dos por agresión y una por intento de violación. Donald Cruikshank acababa de cumplir diecinueve años.

—Ese cabrón tiene toda la vida por delante —espetó John Jardine a Siobhan al salir del cementerio.

Ishbel lloraba sobre el hombro de su madre, abrazada a ella, que miraba al frente, dejando atrás una parte de su vida...

La llegada de los cafés forzó a Siobhan a volver al presente, pero aguardó a que el camarero se alejase a recoger la cuenta del hombre de negocios.

—Bien, cuéntenme qué ocurrió —dijo.

John Jardine vació un sobrecito de azúcar en su taza y empezó a remover el café.

—El año pasado Ishbel terminó sus estudios y nosotros queríamos que fuese a la universidad para que tuviera un título, pero a ella le hacía ilusión ser peluquera.

—Naturalmente, para eso hace falta también un título —interrumpió su esposa—. Está haciendo unos cursos en Livingstone aparte del trabajo.

Siobhan asintió con la cabeza.

—Hasta que desapareció —añadió John Jardine sin alterarse.

—¿Cuándo?

—Hoy hace una semana.

—¿Se levantó y desapareció?

—Pensamos que había acudido al trabajo como de costumbre, a la peluquería de High Street, pero nos llamaron de allí preguntando si estaba enferma y entonces comprobamos que faltaba algo de ropa, lo justo para llenar una mochila, dinero, las tarjetas y el móvil...

—Hemos marcado el número no sé cuántas veces —añadió su esposa—, pero lo tiene siempre desconectado.

—¿Han hablado de ello con alguien más? —preguntó Siobhan llevándose la taza a los labios.

—A todas las personas que se nos ha ocurrido: sus amigas, antiguas compañeras de colegio y las chicas con quienes trabaja.

—¿Han preguntado en la escuela?

Alice Jardine asintió con la cabeza.

—Tampoco ha ido por allí.

—Fuimos a la comisaría de Livingstone —dijo John Jardine, que seguía removiendo el azúcar sin ninguna intención de tomarse el café—, pero nos dijeron que como tiene dieciocho años no vulnera la ley, y que dado que hizo el equipaje, no puede colegirse que la raptaron.

—Así es, desde luego —Siobhan omitió decir que eran muchas las chicas que se iban de casa y que si ella hubiera vivido en Banehall también se habría marchado...—. ¿Han tenido alguna discusión con ella?

La señora Jardine negó con la cabeza.

—Estaba ahorrando para comprarse un piso... y había hecho una lista de las cosas que quería comprarse.

—¿Tenía novio?

—Tuvo uno hasta hace dos meses. Pero lo dejaron... —añadió él sin encontrar la palabra—. Continuaban siendo amigos.

—¿Lo dejaron amigablemente? —preguntó Siobhan.

El señor Jardine sonrió y asintió con la cabeza como diciendo: «Eso es».

—Quisiéramos saber qué ha podido suceder —explicó Alice Jardine.

—Sí, claro; hay sitios donde recurrir..., agencias que buscan a personas que, como Ishbel, se han marchado de casa por algún motivo.

Siobhan se percató de que le salían las palabras con excesiva facilidad porque las había dicho más de una vez a padres angustiados. Alice miró a su esposo.

—Dile lo que te contó Susie —dijo.

Él asintió con la cabeza y dejó finalmente la cucharilla en el plato.

—Susie, que trabaja en la peluquería con Ishbel, me contó que la había visto subir a un coche vistoso..., un BMW o algo así.

—¿Cuándo?

—Un par de veces... El coche aparcaba a cierta distancia de la peluquería y el conductor era mayor. —Hizo una pausa—. De mi edad como poco.

—¿Le preguntó Susie a Ishbel quién era?

El señor Jardine asintió con la cabeza.

—Pero ella no quiso decírselo.

—A lo mejor se ha ido a vivir con él —dijo Siobhan, que había terminado el café y no quería tomar otro.

—Pero ¿por qué se marchó sin más? —inquirió Alice con voz lastimera.

—Pues no sé qué decirle.

—Susie mencionó otra cosa —añadió el señor Jardine bajando más la voz—. Dijo que ese hombre... Nos contó que le pareció un poco dudoso.

—¿Dudoso?

—Bueno, dijo que parecía un chulo —respondió mirando a Siobhan—. Como los que se ven en la tele, con gafas oscuras y chaqueta de cuero... y con un coche llamativo.

—No creo que eso nos lleve muy lejos —replicó Siobhan, y acto seguido se arrepintió de haber dicho «nos».

—Ishbel es muy guapa —explicó Alice—. Usted la conoce. ¿Por qué iba a marcharse sin decirnos nada? ¿Por qué nos ocultaba lo de ese hombre? No —añadió meneando la cabeza—, tiene que ser otra cosa.

Se hizo un silencio. Sonó otra vez el teléfono del hombre de negocios cuando cruzaba la puerta sostenida por el camarero, quien incluso le dirigió una inclinación de cabeza; debía de ser cliente habitual o había mediado una buena propina. Ahora solo le quedaban tres clientes: una perspectiva poco prometedora.

—No sé en qué puedo ayudarles —dijo Siobhan—. Saben que si de mí dependiera...

John Jardine cogió la mano a su esposa.

—Siobhan, usted se portó muy bien con nosotros. Fue muy amable y se lo agradecimos mucho; Ishbel también... Por eso pensamos en usted —dijo mirándola con sus ojos acuosos—. Perdimos a Tracy y solo nos queda Ishbel.

—Escuchen... —propuso Siobhan respirando hondo—. Podría poner su nombre en circulación a ver si aparece por alguna parte.

—Magnífico —comentó él más animado.

—Magnífico es mucho decir, pero haré lo que pueda.

Vio que Alice Jardine iba a cogerle otra vez la mano y se levantó mirando el reloj como si tuviese una cita urgente en la comisaría. Llegó el camarero y John Jardine insistió en pagar. Cuando ya salían, el camarero había desaparecido y fue Siobhan quien sujetó la puerta.

—La gente a veces necesita pasar un tiempo a solas. ¿Están seguros de que no ha tenido ningún problema?

Marido y mujer se miraron y fue Alice quien contestó.

—Está libre, ¿sabe? Y ha vuelto a Banehall más fresco que una lechuga. Tal vez tenga algo que ver con él.

—¿Con quién?

—Con Cruikshank. No ha estado en la cárcel más que tres años. Le vi un día cuando iba a la compra, y tuve que meterme en un callejón a vomitar.

—¿Habló con él?

—No se merece ni que le escupan.

Siobhan miró a John Jardine, que movía insistentemente la cabeza.

—Voy a matarlo —exclamó—. Si me tropiezo con él, lo mato.

—Tenga cuidado a quién dice esas cosas, señor Jardine —repuso Siobhan pensativa—. ¿Lo sabía Ishbel? ¿Sabía que estaba libre?

—Todo el pueblo. Y ya sabe usted que las peluqueras son las primeras en enterarse de todo.

Siobhan asintió despacio con la cabeza.

—Bien... Como les he dicho, haré unas llamadas telefónicas, pero una foto de Ishbel no estaría de más.

La señora Jardine buscó en su bolso y sacó una hoja doblada. Era una foto de tamaño A4 impresa en el ordenador. Ishbel estaba en un sofá con una copa en la mano y las mejillas arreboladas por el alcohol.

—La que está a su lado es Susie, su compañera de la peluquería —dijo Alice Jardine—. La hizo John en una fiesta que tuvimos hace tres semanas por mi cumpleaños.

Siobhan asintió con la cabeza. Ishbel estaba cambiada desde la época en que ella la había conocido; se había dejado el pelo largo y lo llevaba teñido de rubio; también más maquillaje, se notaba cierta dureza en torno a los ojos a pesar de la sonrisa y una ligera papada. Lucía peinado con raya en el medio. Siobhan tardó un instante en saber a quién le recordaba: a Tracy, por el pelo largo rubio, la raya y el delineador azul de los ojos. Sí, el mismo aspecto que su hermana muerta.

—Gracias —dijo guardándose la foto en el bolsillo.

Siobhan preguntó si seguían teniendo el mismo número de teléfono y John Jardine asintió con la cabeza.

—Nos trasladamos a una calle cercana, pero no hubo que cambiar el número.

Claro que se habían cambiado de casa. ¿Cómo iban a seguir viviendo allí donde se había suicidado Tracy? ¿Donde la hija de quince años había encontrado el cadáver de la hermana a quien admiraba e idolatraba, su modelo?

—Ya les llamaré —dijo Siobhan volviendo la espalda y alejándose.

2

—¿Dónde has estado toda la tarde? —preguntó Siobhan poniendo la pinta de IPA delante de Rebus y sentándose enfrente de él.

Rebus expulsó humo hacia el techo, su singular criterio de respeto hacia los no fumadores. Estaban en el salón de atrás del bar Oxford, cuyas mesas llenaban oficinistas recargando pilas antes de regresar a casa. Siobhan no había permanecido mucho rato en la comisaría después de recibir el mensaje en el móvil: «qué tal una copa estoy en el ox».

Rebus había aprendido por fin a enviar y recibir mensajes pero aún no dominaba la puntuación ni las mayúsculas.

—En Knoxland —contestó.

—Col me dijo que ha aparecido un cadáver.

—Es un homicidio —añadió Rebus dando un trago a la cerveza y mirando con el ceño fruncido el vaso de lima con soda de Siobhan.

—¿Cómo es que fuiste allí? —preguntó ella.

—Me llamaron. Alguien de la central comentó a los de la comisaría del West End que yo soy excedente en Gayfield Square.

—¿Dijeron eso? —preguntó Siobhan dejando el refresco.

—No hace falta una lupa para leer entre líneas, Siob.

Siobhan había dejado hacía tiempo de reprender a la gente para que la llamase por el nombre completo y no con un diminutivo. Phyllida Hawes era Phyl y Colin Tibbet, Col, por lo visto a Derek Starr a veces le llamaban Deek, pero ella nunca lo había oído. Hasta el inspector jefe James Macrae le había dicho que le llamase Jim si no estaban en una reunión oficial. Mientras que John Rebus... desde que ella le conocía era John, no Jock o Johnny. Parecía que la gente supiera con solo mirarle que no era la clase de persona que aguanta diminutivos. Los diminutivos hacen a la gente más amigable, más abordable, más fácil de seguirle el juego. Cuando el inspector jefe Macrae decía: «Siob, ¿tiene un minuto?», era que quería pedirle algo, pero si decía «Siobhan, por favor, venga a mi despacho», ya no era para congraciarse sino para reconvenirla por algo.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Rebus, que ya había dado cuenta de casi toda la cerveza a que le había invitado ella.

—Pensaba en la víctima —respondió Siobhan negando con la cabeza.

—Era de aspecto asiático o como se diga ahora de forma políticamente correcta —dijo Rebus encogiéndose de hombros y apagando la colilla—. Podría ser mediterráneo o árabe... no lo vi desde muy cerca. Por lo de excedente —añadió moviendo la cajetilla vacía que aplastó antes de acabarse la cerveza—. ¿Tomas otra copa de eso? —preguntó levantándose.

—Si apenas lo he tocado.

—Pues déjalo y bebe algo de verdad. Por hoy ya has acabado, ¿no?

—Lo que no significa que esté dispuesta a pasar la velada ayudándote a emborracharte.

Rebus permaneció quieto para incitarla a cambiar de idea.

—Bien, de acuerdo: ginebra y tónica —dijo ella.

Él, satisfecho, salió del salón camino de la barra y Siobhan oyó voces saludando su presencia al llegar.

—¿Qué haces escondido arriba? —preguntó uno.

Ella no llegó a oír la respuesta, pero la conocía muy bien. La barra era el campo de competencia de Rebus, el lugar donde alternaba con los suyos, varones todos. Pero aquella parte de su vida era coto privado y Siobhan no se explicaba el motivo. El salón de atrás era para citas e «invitados». Se reclinó en el respaldo y pensó en los Jardine y en si realmente tenía ganas de implicarse en la búsqueda de la hija. Eran personas de su pasado y los casos pasados rara vez daban la sensación de algo tangible, aunque eran gajes del oficio verse involucrados en las vidas íntimas de los demás —más íntimamente de lo que a muchos de ellos les gustaba—, ni que fuera temporalmente. A Rebus se le escapó en cierta ocasión que se sentía rodeado de fantasmas, amigos y conocidos muertos, aparte de las víctimas cuyas vidas habían acabado antes de que él tuviera que interesarse por ellas.

«Eso puede hacer estragos en uno, Siob...».

Nunca había olvidado aquellas palabras; in vino veritas y todo lo demás. Al oír sonar un móvil en el salón del piso de la barra se apresuró a sacar el suyo para ver si tenía mensajes, pero vio que no había cobertura. Se le había olvidado que en el bar Oxford, que estaba a un minuto de las tiendas del centro, no había cobertura en el salón de atrás. Era un local escondido en una callecita de oficinas y pisos con gruesos muros de piedra sólida pensada para aguantar siglos. Movió el aparato en diversas posiciones, pero en la pantalla solo se leía: «Sin señal». Rebus apareció en la puerta, sin bebidas y con su móvil en la mano.

—Tenemos que irnos —dijo.

—¿Adónde?

—¿Tienes el coche? —añadió sin hacer caso de su pregunta.

Ella asintió con la cabeza.

—Es mejor que conduzcas tú. Es una suerte que no bebieses alcohol.

Siobhan se puso la chaqueta y cogió el bolso. Rebus fue a comprar cigarrillos y caramelos de menta a la máquina de detrás de la barra y se echó uno en la boca.

—¿Se trata del viaje misterioso o qué? —preguntó Siobhan.

Él negó con la cabeza masticando el caramelo.

—Vamos al callejón Fleshmarket —dijo—. Hay un par de muertos que pueden interesarnos, pero no tan recientes como el de Knoxland —añadió abriendo la puerta hacia la noche.

El callejón Fleshmarket era una zona peatonal que conectaba High Street con Cockburn Street. Flanqueaban el extremo de High Street un bar y una tienda de fotografía. Como no había sitio para aparcar, Siobhan dio la vuelta hasta Cockburn Street y dejó el coche junto a los soportales. Cruzaron la calle y entraron al callejón, que en aquella punta alojaba un corredor de apuestas a un lado y una tienda de cristales y «atrapa sueños» al otro. El viejo y el nuevo Edimburgo, pensó Rebus. El extremo del callejón que daba a Cockburn Street estaba a merced de los elementos, mientras que al otro lo resguardaba un edificio de cinco alturas, que Rebus imaginó que sería de pisos de alquiler. Las ventanas sin luz reflejaban sombras siniestras del movimiento en la calle.

Había varias puertas de entrada, una de ellas era de la casa de pisos y exactamente la de enfrente, la de los muertos. Algunas de las caras que vio Rebus eran las mismas del escenario del crimen de Knoxland, miembros de la científica vestidos de blanco y fotógrafos de la policía. Era una puerta estrecha y baja, de siglos atrás, cuando los edimburguenses eran de mucha menor estatura. Rebus se agachó y entró seguido de Siobhan. La luz, una bombilla huérfana en el techo, iba a mejorar gracias a una lámpara de arco voltaico en cuanto lograran encontrar un alargador hasta el enchufe más cercano.

Rebus permaneció apartado hasta que uno de los miembros de la científica le dijo que no había problema.

—No son de ayer y hay pocas posibilidades de destruir pruebas.

Rebus asintió con la cabeza y se acercó al estrecho círculo que formaban los hombres de blanco sobre el suelo de hormigón roto, al lado de un pico. Notó que se le pegaba a la garganta el polvo suspendido en el aire.

—Aparecieron cuando levantaban el hormigón —dijo alguien—. No parece que sea un suelo muy viejo, pero querrían rebajarlo por algún motivo.

—¿Qué local es este? —preguntó Rebus mirando de un lado a otro los montones de cajas y las estanterías con más cajas, unos barriles viejos y carteles de cerveza y licores.

—Sirve de almacén al pub de encima, que tiene el sótano pared de por medio —dijo uno con guantes señalando hacia las estanterías.

Rebus oyó crujir las planchas de madera sobre sus cabezas y el sonido amortiguado de una máquina de discos o de un televisor.

—El obrero comenzó a romper el cemento y apareció esto...

Rebus se volvió, miró al suelo y vio una calavera. Había más huesos y estaba seguro de que completarían un esqueleto en cuanto levantaran todo el cemento.

—Deben de llevar ahí bastante tiempo —dijo el oficial encargado del escenario del crimen—. Menudo trabajito a quien le toque.

Rebus y Siobhan intercambiaron una mirada. En el coche, ella había comentado que por qué les había llegado a ellos la llamada y no a Hawes o a Tibbet. Rebus levantó una ceja como diciéndole que ahora sabía el motivo.

—Un trabajito de asco —insistió el de la científica.

—Por eso estamos aquí —dijo Rebus en voz baja, que recibió una sonrisa irónica de Siobhan por el doble sentido—. ¿Dónde está el obrero del pico?

—Arriba. Dijo que iba a recuperarse con un trago —contestó el de la científica arrugando la nariz, como si hubiera sentido en ese momento el olor a menta en aquel espacio cerrado.

—Lo mejor será hablar con él —dijo Rebus.

El agente de la científica señaló con la cabeza una bolsa de basura de plástico blanco que había en el suelo junto a los trozos de hormigón. Uno de sus colegas la levantó unos centímetros; y Siobhan contuvo la respiración al ver otro esqueleto pequeñito y lanzó un silbido.

—Era lo único que teníamos a mano —dijo el agente como excusándose por la bolsa de basura.

Rebus miró también los huesecillos.

—¿Serán madre e hijo? —comentó.

—Eso tendrán que resolverlo los profesionales —respondió otra voz.

Rebus se volvió y estrechó la mano al patólogo, el doctor Curt.

—Dios, John, ¿todavía en la brecha? Me dijeron que le habían puesto fuera de juego.

—No hago más que emularle, doctor. Voy a donde usted va.

—Lo que nos alegra sinceramente. Buenas noches, Siobhan —añadió Curt con una ligera inclinación de cabeza.

Rebus pensó que, de haber llevado sombrero, se lo habría quitado ante una dama. Era un hombre de otra época, con un traje oscuro impecable, zapatos de cuero reluciente, camisa, y corbata a rayas, que probablemente le definía como miembro de alguna venerable institución de Edimburgo. Su pelo era gris, lo que añadía distinción a su figura, y lo llevaba perfectamente peinado hacia atrás. Miró los esqueletos.

—El Profe lo va a pasar en grande —musitó—. A él le gustan estos rompecabezas —añadió irguiéndose y examinando el lugar—. Y la historia que evoquen.

—¿Cree que son antiguos? —preguntó Siobhan, pecando de ingenua.

A Curt le brillaron los ojos.

—Desde luego estaban ahí antes de echar el cemento... pero probablemente no mucho antes. No suele echarse hormigón sobre un cadáver así por las buenas.

—Sí, claro —añadió Siobhan, cuyo sonrojo habría pasado inadvertido si la lámpara de arco voltaico no hubiera iluminado brutalmente la escena, arrojando enormes sombras sobre las paredes y el techo.

—Así, mucho mejor —dijo el agente de la científica.

Siobhan miró a Rebus y vio que se frotaba las mejillas, como si ella necesitara saber que se había ruborizado.

—Mejor será que llame al Profe para que venga —dijo Curt como para sus adentros—. Creo que querrá ver esto in situ —añadió sacando el móvil del bolsillo—. Lástima molestarle ahora que irá camino de la ópera, pero el deber es el deber, ¿no? —apostilló con un guiño dirigido a Rebus.

Éste lo acogió con una sonrisa.

—Por supuesto, doctor.

El «Profe» era el profesor Sandy Gates, colega y jefe de Curt. Ambos profesores de patología en la universidad, su presencia era frecuentemente requerida en escenarios de crímenes.

—¿Se ha enterado de que han apuñalado a un hombre en Knoxland? —preguntó Rebus mientras el doctor pulsaba los botones del teléfono.

—Eso he oído —contestó Curt—. Seguramente lo examinaremos mañana por la mañana, pero no creo que estos nuevos clientes requieran tanta urgencia —añadió mirando otra vez el esqueleto adulto.

El del niño estaba ahora tapado, no con una bolsa sino con la chaqueta de Siobhan, que ella misma había colocado respetuosamente sobre él.

—No debería haber hecho eso —musitó Curt arrimando el teléfono al oído—, porque ahora tendremos que quedarnos su chaqueta para contrastarla con las fibras del análisis.

Rebus no pudo aguantar ver a Siobhan ruborizarse otra vez y señaló hacia la puerta. Cuando salían oyeron que Curt hablaba con el profesor Gates.

—Sandy, ¿se ha vestido ya de frac y fajín? Porque si no lo ha hecho, o aunque se lo haya puesto, creo que tengo otro espectáculo para usted ce soir.

En lugar de dirigirse hacia el pub, Siobhan se encaminó a la salida del callejón.

—¿Adónde vas? —preguntó Rebus.

—Tengo una cazadora en el coche —respondió ella.

Cuando volvió, Rebus fumaba un pitillo.

—Es una alegría ver color en tus mejillas —dijo.

—Muy gracioso —replicó ella con un chasquido de la lengua y apoyándose en la pared—. No sé por qué es tan...

—¿Tan qué? —dijo Rebus observando la punta roja del cigarrillo.

—No sé... —contestó ella mirando a su alrededor como buscando inspiración.

Comenzaban a deambular juerguistas haciendo la ronda de los mesones y había turistas tomándose fotos en Starbucks con la subida al Castillo como telón de fondo. Lo viejo y lo nuevo, volvió a pensar Rebus.

—Para él es como si fuera un juego —dijo al fin Siobhan—. Bueno, no es exactamente lo que quiero decir.

—Curt es uno de los hombres más serios que conozco —repuso Rebus—, pero hace el trabajo a su manera. Todos tenemos nuestra manera, ¿no?

—Todos, ¿no? —replicó ella mirándole—. Me imagino que la tuya implica cantidades de nicotina y alcohol.

—No hay que abandonar una buena combinación.

—¿Aunque sea una combinación mortal?

—¿Recuerdas la historia de aquel rey de la Antigüedad que tomaba a diario una dosis de veneno para inmunizarse? —dijo él expulsando humo hacia el cielo cárdeno del atardecer—. Piénsalo, y mientras lo piensas voy a invitar a un trago a ese obrero y es posible que yo me tome otro —añadió empujando la puerta del bar y dejando que se cerrara a sus espaldas.

Siobhan permaneció afuera un instante y luego siguió sus pasos.

—A ese rey, ¿no acabaron matándolo? —preguntó mientras caminaban hacia la barra.

El local se llamaba The Warlock y parecía un negocio orientado hacia los turistas cansados de caminar. Había en una de sus paredes un mural con la historia del mayor Weir, confeso en el siglo XVII de brujería y delator de su hermana como cómplice, lo que les valió a ambos la ejecución en Calton Hill.

—Precioso —fue el comentario de Siobhan.

Rebus señaló hacia una máquina tragaperras en la que jugaba un hombre fornido con mono azul polvoriento. Sobre la máquina había una copa de coñac vacía.

—¿Quiere tomar otro? —preguntó Rebus al hombre, que volvió hacia él un rostro tan espectral como el del mayor Weir en cuestión, rematado por un cabello salpicado de yeso—. Soy el inspector Rebus y quisiera que contestara a unas preguntas. Ésta es mi colega, la sargento Clarke. Bien, ¿qué hay de ese trago? Coñac, si no me equivoco...

El hombre asintió con la cabeza.

—Pero tengo ahí la camioneta... y habrá que llevarla al almacén.

—No se preocupe, le llevaremos en coche —dijo Rebus volviéndose hacia Siobhan—. Para mí lo de siempre y un coñac para el señor...

—Evans. Joe Evans.

Siobhan se dirigió a la barra sin protestar.

—¿Ha habido suerte? —preguntó Rebus.

Evans miró los implacables cilindros de la máquina.

—Ya se me ha tragado tres libras.

—Hoy no es su día.

El hombre sonrió.

—Ha sido el peor susto de mi vida. Lo primero que pensé fue que eran restos romanos o algo así. O que picaba en un antiguo cementerio.

—Pero luego pensó que no.

—Quien echó el hormigón tenía que saber que estaban ahí.

—Sería un buen policía, señor Evans —comentó Rebus mirando cómo servían a Siobhan en la barra—. ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando ahí abajo?

—Empecé esta semana.

—¿Con pico en vez de una perforadora?

—En un sitio como ese no se puede trabajar con perforadora.

Rebus asintió con la cabeza como si lo entendiera perfectamente.

—¿Hace el trabajo usted solo?

—Dijeron que bastaba con un operario.

—¿Había estado antes en ese sótano?

Evans negó con la cabeza y casi sin pensarlo echó otra moneda a la máquina y pulsó el botón. Se encendieron una serie de luces con diversos efectos sonoros, pero no salió nada. El hombre volvió a golpear el botón.

—¿Sabe quién echó el hormigón?

El hombre volvió a negar con la cabeza y metió otra moneda.

—El dueño tendrá alguna ficha. —Hizo una pausa—. No me refiero a una ficha policial. Alguna nota de quién hizo el trabajo o una factura.

—Tiene razón —dijo Rebus.

Siobhan volvió con las bebidas y se las tendió. Ella bebía lima con soda.

—He hablado con el camarero, el pub es un local en franquicia con una marca de cerveza —dijo—. El dueño ha ido al autoservicio de mayoristas, pero no tardará.

—¿Sabe lo de los esqueletos?

Siobhan asintió con la cabeza.

—Le llamó el camarero y viene de camino.

—¿Tiene algo más que decirnos, señor Evans?

—Que llamen a la brigada antifraude. Esta máquina me está robando descaradamente.

—Hay delitos ante los que no podemos hacer nada. —Rebus se calló un momento—. ¿Sabe por qué quería el dueño levantar el piso?

—Él mismo se lo dirá —respondió Evans apurando el coñac—. Ahí lo tiene.

El propietario les había visto y se dirigía hacia la máquina con las manos en los bolsillos de un abrigo de cuero negro. Lucía un jersey color crema de cuello en V que dejaba al descubierto el pecho y un medallón con cadenita de oro, y llevaba el pelo corto con puntas engominadas sobre la frente. Cubría sus ojos con gafas de cristales rectangulares color naranja.

—¿Te encuentras bien, Joe? —preguntó dando a Evans un apretón en el brazo.

—Aquí estamos, señor Mangold. Estos dos son policías.

—Soy el propietario y me llamo Ray Mangold.

Rebus y Siobhan se presentaron también.

—De momento, estoy algo extrañado, señores. Esto de los esqueletos en el sótano, no sé muy bien si es bueno o no para el negocio —añadió con una sonrisa que dejaba ver una dentadura impecable.

—Estoy seguro de que a las víctimas les conmovería su preocupación, señor.

Rebus no sabía por qué se había predispuesto tan rápido en contra del hombre. Quizá fuesen las gafas color naranja. Le disgustaba no ver los ojos a la gente. Como si leyera sus pensamientos, Mangold se las quitó y se puso a limpiarlas con un pañuelo blanco.

—Siento haber hecho ese comentario, inspector. No es muy adecuado.

—Desde luego que no, señor. ¿Hace mucho tiempo que es el propietario?

—Falta poco para el primer aniversario —dijo entornando los ojos.

—¿Recuerda cuándo se hizo el suelo de hormigón?

Mangold reflexionó un instante y asintió con la cabeza.

—Creo que estaba en marcha cuando me traspasaron el local.

—¿Qué negocio tenía antes?

—Un club en Falkirk.

—¿No le iba bien?

El hombre negó con la cabeza.

—Me harté de los problemas: el personal, las pandillas que lo destrozan todo...

—¿Demasiadas responsabilidades? —insinuó Rebus.

Mangold volvió a calarse las gafas.

—Pues, sí; creo que fue eso. Por cierto, las gafas no son por dar la nota —dijo, y Rebus volvió a pensar que era como si le leyese el pensamiento—. Tengo hipersensibilidad en la retina y no aguanto la luz fuerte.

—¿Abrió por eso un club en Falkirk?

Mangold amplió la sonrisa esta vez mostrando más dientes mientras Rebus se planteaba hacerse con unas gafas naranja como aquellas, diciéndose al mismo tiempo que si el dueño le leía el pensamiento era el momento preciso de que le invitase a un trago.

Pero el camarero llamó al jefe para que atendiera algo. Evans miró el reloj y dijo que se iba si no tenían más preguntas que hacerle, y Rebus se ofreció a llevarle en coche, pero el hombre rehusó.

—La sargento Clarke tomará nota de su dirección por si necesitamos volver a hablar con usted.

Mientras Siobhan sacaba la libreta del bolsillo, Rebus se dirigió a la parte de la barra donde Mangold estaba inclinado para escuchar al camarero sin que alzara la voz. Los únicos clientes eran cuatro turistas —Rebus pensó que serían norteamericanos— que sonreían beatíficos en el centro del local. Mangold terminó de hablar antes de que él llegara a la barra. Tal vez tenía ojos en la nuca como complemento de su telepatía.

—No hemos acabado —dijo Rebus apoyando los codos en el mostrador.

—Pensaba que sí.

—Lamento que se lo haya parecido. Quiero que me explique lo de la obra del sótano. ¿Para qué es exactamente?

—Tengo en proyecto ampliar el local.

—Lo de abajo es pequeño.

—Por eso. Mi idea es ofrecer al público el ambiente de las antiguas tabernuchas de Edimburgo. Será un espacio acogedor con asientos cómodos, sin música y con la menor luz posible. Pensé en poner velas, pero la inspección de Sanidad y Seguridad me hizo descartar la idea —dijo sonriendo por la tontería—. Un espacio que se pueda alquilar para fiestas, imitando las viviendas antiguas del centro de la Ciudad Vieja.

—¿Fue idea suya o de la empresa cervecera?

—Totalmente mía —respondió Mangold casi con una reverencia.

—¿Y contrató al señor Evans para la obra?

—Trabaja muy bien. Lo sé por experiencia.

—¿Y tiene idea de quién hizo el suelo de hormigón?

—Ya le he dicho que estaba en marcha antes de que yo me hiciera cargo del local.

—Pero la obra concluyó estando ya usted, según me ha dicho, ¿no? Lo que significa que tendrá papeles o algo, una factura cuando menos —dijo Rebus sonriente también—. ¿O lo pagó dinero en mano sin más?

Mangold le miró mosqueado.

—Sí, tiene que haber algún papel. —Realizó una pausa—. Aunque, claro, a lo mejor lo han tirado, o lo archivaron en la cervecera a saber dónde.

—¿Quién gestionaba el local antes de que se encargara usted, señor Mangold?

—No lo recuerdo.

—¿No le puso nadie al corriente del negocio? Generalmente hay una fase de transición.

—Sí que habría alguien... pero no me acuerdo de su nombre.

—Seguro que si hace un esfuerzo lo recordará —añadió Rebus sacando una tarjeta del bolsillo superior de la chaqueta—. Cuando lo recuerde, me llama.

—Muy bien —dijo Mangold cogiendo la tarjeta y haciendo como que la leía detenidamente.

Rebus vio que Evans se marchaba.

—Una última cosa de momento, señor Mangold...

—Diga, inspector.

—¿Cómo se llamaba ese club? —preguntó.

Siobhan se había acercado a ellos.

—¿El club?

—El de Falkirk. Si es que solo tenía uno.

—Tenía el nombre de Albatross. Por la canción de Fleetwood Mac.

—¿No conocía entonces el poema? —añadió Siobhan.

—No, me enteré después —contestó Mangold sonriendo forzadamente.

Rebus le dio las gracias sin ofrecerle la mano. Una vez en la calle, miró a un lado y a otro como sin saber dónde tomarse la próxima copa.

—¿Qué poema? —preguntó.

—«Rime of the Ancient Mariner». Un marinero que dispara a los albatros y hace que recaiga una maldición sobre el barco.

Rebus asintió despacio con la cabeza.

—¿Como un albatros encima de ti?

—Algo así... —respondió ella sin mucho entusiasmo—. ¿Qué te ha parecido el hombre?

—Un poco estrambótico.

—¿Crees que busca parecerse al protagonista de Matrix con ese abrigo?

—Dios sabe. Tenemos que seguir acosándole. Quiero saber quién hizo ese suelo y cuándo.

—Podría ser un truco publicitario para el local, ¿no?

—Planeado con mucha anticipación.

—Quizás el hormigón no lleva ahí tanto tiempo como dicen.

Rebus la miró.

—¿Has estado leyendo últimamente novelas de conspiraciones? ¿Los monárquicos cargándose a la princesa Diana, o la mafia a Kennedy?

—Vaya, pareces el gruñón señor Grumpy de la tele.

El rostro de Rebus comenzaba a relajarse cuando oyó protestas en el extremo del callejón. Habían apostado allí a un policía de uniforme para impedir el acceso al sótano, pero como a ellos les conocía les dio paso. Cuando Rebus se disponía a cruzar la puerta, alguien bien trajeado estuvo a punto de chocar con él.

—Buenas noches, profesor Gates —dijo Rebus esquivándolo.

El patólogo se paró en seco y le clavó una mirada capaz de fulminar a un estudiante a cinco metros, pero Rebus era hueso duro de roer.

—Ah, John —dijo Gates reconociéndole—. ¿Participa también en esta puñetera broma?

—Participaré en cuanto usted me diga de qué se trata.

—¡Este cabrito me ha hecho perder el primer acto de La bohème! —dijo Gates refiriéndose a su colega el doctor Curt, que trataba de escurrirse discretamente hacia la salida—. ¡Y todo por una maldita travesura de estudiantes!

Rebus miró sorprendido a Curt.

—¿Son falsos? —aventuró Siobhan.

—Claro que lo son —respondió Gates más calmado—. Mi estimado amigo aquí presente les dará los pormenores... aunque eso tampoco creo que pueda hacerlo. Bien, si me disculpan... —añadió dirigiéndose hacia la salida del callejón, donde el policía de uniforme le abrió paso ceremoniosamente.

Curt hizo señas a Rebus y a Siobhan para que le siguieran adentro. Había aún dos agentes de la científica abochornados tratando de disimularlo.

—Podríamos pretextar —comenzó a decir Curt— la falta de luz o el hecho de que se trata de dos simples esqueletos, más que de carne y sangre, materia sin duda mucho más interesante...

—¿Por qué dice «podríamos»? —preguntó Rebus irónico—. Bueno, ¿es que son de plástico? —añadió agachándose junto a los esqueletos.

El profesor Gates había apartado a un lado la chaqueta de Siobhan, y Rebus se la tendió a ella.

—El del niño, sí; de plástico o de un material compuesto. Lo noté nada más tocarlo.

—Naturalmente —dijo Rebus, advirtiendo que Siobhan trataba de no dejar traslucir el menor indicio de regocijo por el fallo de Curt.

—Pero el de adulto es un esqueleto auténtico —prosiguió el patólogo—, seguramente muy antiguo, de los que utilizábamos en las clases de anatomía —precisó agachándose junto a Rebus, al tiempo que Siobhan se agachaba también.

—¿Ah, sí?

—Lo delatan esas pequeñas perforaciones en los huesos. ¿Las ven?

—Cuesta un poco; aun con esta luz.

—Cierto.

—¿Para qué son?

—Para la inserción y unión de elementos articulatorios como tornillos o alambres —explicó cogiendo un fémur y señalando dos pequeños agujeros—. Tal como se ve en los museos.

—¿O en las facultades de medicina? —aventuró Siobhan.

—Exactamente, sargento Clarke. En la actualidad es una técnica en desuso, obra antaño de unos especialistas llamados articuladores —dijo Curt poniéndose de pie y restregándose las manos como queriendo borrar todo rastro de su previo error—. Antes los usábamos mucho en las clases, pero ahora no tanto. Y, desde luego, no se emplean esqueletos auténticos, porque los ficticios son de gran realismo.

—Como bien acaba de demostrarse —dijo Rebus sin poder evitarlo—. Bien, entonces ¿en qué quedamos? ¿Es una especie de broma de mal gusto como dice el profesor Gates?

—Si se trata de eso, alguien ha dedicado una ingente tarea de varias horas a eliminar tornillos y alambres.

—¿Ha habido alguna denuncia por robo de esqueletos en la universidad? —preguntó Siobhan.

Curt vaciló un instante.

—No, que yo sepa.

—Pero es un artículo para especialistas, ¿cierto? No se pueden comprar en cualquier supermercado.

—Eso diría yo... Hace tiempo que no voy a ningún supermercado.

—Es algo muy enrevesado, de todos modos —masculló Rebus irguiéndose también, mientras que Siobhan seguía en cuclillas contemplando el esqueleto infantil.

—Qué cosa tan siniestra —comentó.

—Quizás es lo que tú dices, Siob. Hace cinco minutos dijo que a lo mejor era un truco publicitario —añadió Rebus volviéndose hacia Curt.

—Pero como acaba usted de explicar —dijo Siobhan negando con la cabeza—, es tomarse demasiada molestia. Tiene que haber algo más —añadió apretando la chaqueta contra el pecho como quien acuna a un niño—. ¿No podrían examinar el esqueleto adulto? —preguntó mirando a Curt, quien se encogió de hombros.

—¿Para buscar qué, exactamente?

—Cualquier cosa que nos dé una pista sobre de quién es y de dónde procede... y cuántos años tiene.

—¿Para qué? —inquirió Curt entornando los ojos para manifestar su intriga.

Siobhan se puso en pie.

—Quizá no sea el profesor Gates el único aficionado a los rompecabezas con algo de historia.

—Más le valdrá ceder, doctor —dijo Rebus sonriente—. Es la única manera de quitársela de encima.

—Eso me recuerda a alguien —dijo Curt mirándole.

Rebus abrió los brazos y hundió los hombros.

SEGUNDO DÍA

3

A falta de otra cosa que hacer, Rebus fue por la mañana al depósito donde ya estaba en marcha la autopsia del cadáver no identificado. En la galería de observación había tres bancos separados por una mampara de cristal de la sala de autopsias. Era un lugar que a ciertas personas les revolvía el estómago, quizá por el diseño clínico de sus mesas de acero inoxidable con tubos de drenaje, los tarros y frascos con muestras, o el modo en que el procedimiento se asemejaba al del oficio de carnicero, sustituido en este caso por patólogos con delantal y botas de goma. Un local, memento de la mortalidad y al mismo tiempo de la naturaleza animal del cuerpo, un ser humano reducido a una masa de carne sobre una plancha de acero.

Había otros dos espectadores —un hombre y una mujer— que saludaron a Rebus con una inclinación de cabeza. La mujer se rebulló ligeramente al sentarse este a su lado.

—Buenos días —dijo Rebus, saludando.

Curt y Gates trabajaban hombro con hombro al otro lado del cristal en cumplimiento del requisito legal de que dos patólogos realizasen la autopsia, reglamento que entorpecía aún más un servicio ya de por sí saturado.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el hombre.

Era Hugh Davidson, a quien todos llamaban Shug, inspector de la comisaría de West End en Torphichen Place.

—Tú, por lo visto, Shug. Por alguna razón derivada de la escasez de agentes de altos vuelos.

Algo parecido a una sonrisa alteró el rostro de Davidson.

—¿Y tú cuándo obtuviste el diploma de piloto, John?

Rebus, sin hacer caso, miró a quien acompañaba a Davidson.

—Cuánto tiempo sin verte, Ellen.

Ellen Wylie era sargento a las órdenes de Davidson. Tenía en el regazo un archivador nuevo y algunas hojas con el número del caso anotado en la parte superior de la primera página. Rebus sabía que el archivador no tardaría en llenarse casi a reventar con informes, fotos y listas de rotación de personal. Era el Libro del Homicidio: la biblia de la investigación que se iniciaba.

—Me dijeron que estuvo ayer en Knoxland —replicó Wylie con la mirada fija al frente como viendo una película que requería su atención para no perder sentido— y que tuvo una agradable charla con un representante del cuarto poder.

—¿Para gozo de los testigos de habla inglesa?

—Con Steve Holly —añadió ella—. La expresión «de habla inglesa», en el contexto de este caso, podría ser tachada de racista.

—Eso es porque actualmente todo es racista o sexista, cielo. —Rebus hizo una pausa a la espera de alguna reacción, pero ella no estaba por la labor—. El otro día me enteré de que ya no se puede decir «puntos negros de tráfico».

—Ni incapacitado —añadió Davidson inclinándose y mirando a Rebus a los ojos, quien sacudió la cabeza pensando en lo absurdo del tema y se reclinó en el asiento para observar la escena al otro lado del cristal.

—¿Qué tal en Gayfield Square? —preguntó Wyllie.

—¿«Gay»field Square? A punto de cambiar su nombre políticamente incorrecto.

Davidson soltó una carcajada que hizo que las caras de detrás del cristal se volvieran a mirar. Levantó una mano en señal de disculpa y se tapó la boca con la otra. Wylie anotó algo en el Libro del Homicidio.

—Te vas a buscar el arresto, Shug —comentó Rebus—. Bueno, ¿qué tal va el caso? ¿Hay indicios sobre algún sospechoso?

Fue Wylie quien contestó:

—En los bolsillos de la víctima solo había calderilla, ni siquiera un juego de llaves.

—Ni ha aparecido ningún familiar —añadió Davidson.

—¿Y el puerta a puerta?

—John, trabajamos en Knoxland —replicó Davidson.

Se refería a que se trataba de una barriada donde el vecindario no colaboraba; era como un rito tribal que pasaba de padres a hijos. Pase lo que pase, no se dice nada a la policía.

—¿Y los medios informativos?

Davidson le tendió un tabloide doblado. El crimen no aparecía en primera página; solo en la cinco había una información de Steve Holly: «MISTERIOSA MUERTE DE UN SOLICITANTE DE ASILO». Mientras Rebus leía el artículo, Wylie se volvió hacia él.

—¿Quién le mencionaría eso del solicitante de asilo?

—Yo no —contestó Rebus—. Holly se inventa las cosas. «Fuentes próximas a la investigación» —dijo con un bufido—. ¿A quién de vosotros se refiere? ¿O será a los dos?

—No nos busques las cosquillas, John.

Rebus devolvió el periódico.

—¿Cuántos agentes trabajan en el caso? —preguntó.

—Pocos —contestó Davidson.

—¿Ellen y tú?

—Y Charlie Reynolds.

—Y usted, por lo visto —añadió Wylie.

—Yo no apostaría mucho.

—Tenemos bastantes agentes de uniforme dedicados al puerta a puerta —añadió Davidson a la defensiva.

—Entonces, no hay problema. Caso resuelto —apostilló Rebus, viendo que la autopsia tocaba a su fin.

Ahora un ayudante cosería el cadáver. Curt les indicó con una seña que se verían abajo y desapareció por una puerta para ir a cambiarse.

Como los patólogos no disponían de despacho, Curt les esperaba en el oscuro pasillo desde el que se oían ruidos en la sala común de personal: el pitido de un hervidor y voces de una partida de cartas al parecer reñida.

—¿El Profe se ha marchado ya? —preguntó Rebus.

—Tiene clase dentro de diez minutos.

—Bien, doctor, ¿qué nos dice? —terció Ellen Wylie, que hacía tiempo había perdido sus escasas dotes para la conversación intrascendente.

—Doce cuchilladas en total, casi con certeza hechas con la misma arma. Un cuchillo de cocina dentado de un centímetro de anchura. La penetración más profunda es de cinco centímetros —añadió con una pausa como propiciando el chiste de mal gusto, pero Wylie carraspeó a modo de aviso—. Seguramente la herida de la garganta fue mortal de necesidad porque le seccionó la carótida. A juzgar por la sangre en los pulmones, debió de morir de asfixia.

—¿Hay heridas que indiquen que opuso resistencia? —preguntó Davidson.

Curt asintió con la cabeza.

—En la palma de la mano, en las yemas de los dedos y en las muñecas. Se defendió como pudo de quien fuese.

—¿Pero cree que fue un solo agresor?

—Un solo cuchillo —Curt corrigió a Davidson—, que es muy distinto.

—¿Hora de la muerte? —preguntó Wylie, que no paraba de anotar datos.

—Por la temperatura interna del cadáver tomada en el escenario del crimen debió de morir una media hora antes de que se recibiera la llamada.

—Por cierto —preguntó Rebus—, ¿quién avisó?

—Fue una llamada anónima a las trece cincuenta —contestó Wylie.

—O dos menos diez, dicho a la antigua. ¿Fue un hombre?

Wylie negó con la cabeza.

—Una mujer, desde una cabina pública.

—¿Tenemos el número?

Wylie volvió a negar.

—La conversación está grabada, pero localizaremos desde donde se hizo. Es cuestión de tiempo.

Curt miró el reloj, dispuesto a marcharse.

—¿Puede decirnos algo más, doctor? —preguntó Davidson.

—La víctima tenía buena salud, aunque acusaba cierta desnutrición. Tenía la dentadura en buen estado; o no se crio aquí o se abstuvo de la dieta escocesa. Hoy mismo enviaremos al laboratorio una muestra del contenido estomacal; de lo que quedaba. Su última colación no fue muy copiosa: arroz y verdura.

—¿Tienen idea de qué raza era?

—No es mi especialidad.

—Ya lo sabemos, pero de todos modos...

—¿De Oriente Medio...? ¿Mediterráneo...? —respondió Curt sin alzar la voz.

—Bueno, eso reduce la ambigüedad —dijo Rebus.

—¿No tenía tatuajes o marcas peculiares? —preguntó Wylie sin dejar de escribir.

—Nada —contestó Curt con una pausa—. Les enviaremos todo por escrito, sargento Wylie.

—Son datos para ir trabajando, señor.

—Una dedicación así no es frecuente hoy día —comentó Curt con una sonrisa que desentonaba en su rostro demacrado—. Ya saben dónde encontrarme si necesitan preguntarme algo más.

—Gracias, doctor —dijo Davidson.

Curt se volvió hacia Rebus.

—John, ¿podemos hablar un momento? —Su mirada se cruzó con la de Davidson—. Es una cuestión personal —añadió, llevándose a Rebus del codo hacia la otra puerta, que daba paso a la zona propiamente del depósito.

No había nadie; al menos nadie vivo; solo una pared cubierta de cajones metálicos delante del muelle de descarga donde las furgonetas depositaban sin descanso los cadáveres. El único ruido de fondo era el zumbido de la refrigeración. Pese a todo, Curt miró a derecha e izquierda por si alguien escuchaba.

—Se trata de la pregunta que me planteó Siobhan —dijo.

—¿Ajá?

—Dígale, por favor, que estoy dispuesto a acceder. Pero a cambio de que Gates no se entere —añadió Curt aproximando su rostro al de Rebus.

—No ha parado de echarle la bronca, ¿eh?

El ojo izquierdo de Curt acusó una contracción nerviosa.

—Seguro que ya estará contándolo por ahí.

—Todos nos dejamos impresionar por el espectáculo de los huesos, doctor. No fue usted solo.

Curt no sabía qué decir.

—Escuche, dígale a Siobhan que es confidencial y que no lo comente con nadie más que conmigo, ¿entiende?

—Guardaremos el secreto —dijo Rebus poniéndole en el hombro una mano que Curt miró entristecido.

—No sé por qué, pero me recuerda a quienes compadecían al pobre Job —comentó.

—He tomado nota de lo que me ha dicho, doctor.

—Pero no entiende ni palabra, ¿verdad?

—Como de costumbre, doctor, como de costumbre.

Siobhan advirtió que había estado mirando la pantalla del ordenador varios minutos sin realmente leer nada. Se levantó y se acercó a la mesa del hervidor, la que habría debido ocupar Rebus. El inspector jefe Macrae se había asomado un par de veces, poniendo cara casi de satisfacción al no verle allí sentado, y Derek Starr estaba en su despacho hablando del caso con alguien de la fiscalía.

—¿Quieres un café, Col? —preguntó Siobhan.

—No, gracias —respondió Tibbet, acariciándose la garganta y deteniendo los dedos sobre lo que parecía una quemadura de la maquinilla de afeitar, sin levantar la vista de la pantalla y con voz de ultratumba, como si estuviera en otra parte.

—¿Tienes algo interesante?

—No... Estoy tratando de comprobar si hay alguna relación entre las recientes rachas de robos de tiendas, porque creo que pueden estar vinculadas al horario de trenes.

—¿De qué manera?

Col comprendió que se había ido de la lengua. Si uno quería estar seguro de la exclusiva del éxito había que guardarse la información. Es lo que le amargaba la vida laboral a Siobhan. Los policías eran reacios a compartir datos y cualquier ayuda no estaba generalmente exenta de desconfianza. Tibbet no contestó, y ella apoyó la cucharilla en los dientes.

—A ver si lo adivino —dijo—. Una racha de robos corresponderá probablemente a una o dos bandas organizadas, y debes de estar mirando el horario de trenes porque crees que vienen de fuera de Edimburgo... De modo que la serie de robos se inicia después de la llegada del tren y cesa cuando los ladrones regresan con él —añadió asintiendo con la cabeza—. ¿Voy bien encaminada?

—Lo importante es saber de dónde vienen —replicó Tibbet en sus trece.

—¿De Newcastle? —aventuró Siobhan.

Por la actitud de Tibbet comprendió que había dado en el clavo. Sonó el pitido del hervidor, ella llenó la taza y se la llevó a la mesa.

—Newcastle —repitió al sentarse.

—Al menos hago algo positivo en vez de navegar por Internet.

—¿Crees que es eso lo que yo hago?

—Es lo que parece que haces.

—Bien, pues para tu información te diré que estoy indagando sobre una persona desaparecida, entrando en sitios que puedan dar algún resultado.

—No recuerdo que hayan dado aviso de ninguna persona desaparecida.

Siobhan lanzó una maldición para sus adentros: había caído en su propia trampa hablando demasiado.

—Bueno, pues estoy indagando. ¿Debo recordarte que yo soy aquí el oficial superior?

—¿Me estás diciendo que me ocupe de mis asuntos?

—Exacto, agente Tibbet. Y no te preocupes, Newcastle es todo tuyo.

—Es posible que tenga que llamar al Departamento de Investigación Criminal de allí para que me informen sobre las bandas locales.

—Haz lo que tengas que hacer, Col —dijo Siobhan.

—Muy bien, Siob. Gracias.

—No vuelvas a llamarme así o te retuerzo el cuello.

—Todo el mundo te llama Siob —protestó Tibbet.

—Cierto, pero tú no. Tú me llamas Siobhan.

Tibbet guardó silencio un instante y ella pensó que había vuelto a abstraerse en su hipótesis de horarios de tren, pero él volvió a la carga:

—No te gusta que te llamen Siob, pero a nadie le dices nada. Qué raro...

Siobhan estuvo a punto de preguntarle qué pretendía, pero consideró que sería prolongar la discusión. En realidad, lo sabía: aquel dato en manos de Tibbet le confería cierto poder incendiario susceptible de uso a posteriori. Aunque, de momento, no había que preocuparse. Se concentró en la pantalla y decidió hacer otra búsqueda. Había entrado en páginas a cargo de grupos que buscaban a personas desaparecidas. Estas muchas veces no deseaban que los padres dieran con ellas, pero sí querían hacerles saber que se encontraban bien y colgaban mensajes en estas páginas. Siobhan había redactado un texto, que revisó tres veces, para mandarlo a diversos tableros de anuncios.

«Ishbel: Mamá y papá te echan de menos; las chicas de la peluquería también. Dinos que estás bien. Que sepas que te echamos en falta y que te queremos».

Siobhan pensó que bastaba así. Ni demasiado impersonal ni demasiado sentimental. No daba a entender que hubiera nadie fuera del círculo de la joven dedicado a la búsqueda, y aunque los Jardine le hubieran mentido y hubiese habido disensiones en el hogar, la mención de las chicas del trabajo quizás hiciera que Ishbel sintiera mala conciencia por haber ocultado su decisión a una amiga como Susie. Siobhan tenía la foto junto al teclado.

«¿Es una amiga tuya?», había preguntado Tibbet con interés. Eran dos chicas guapas, pasándolo bien en una fiesta en el pub. Demasiado sonrientes... Siobhan pensó que ella nunca entendería qué motivaba aquella alegría, pero no por eso iba a abandonar la búsqueda. Envió también mensajes por correo electrónico a comisarías de Dundee y de Glasgow en las que tenía compañeros conocidos, donde resaltaba el nombre de Ishbel, acompañado de una descripción general y una nota diciendo que les agradecería como favor personal que le informasen de algo. No tardó en sonar el móvil. Era Liz Hetherington, su contacto en Dundee y también sargento en la policía de Tayside.

—Cuánto tiempo —dijo Hetherington—. ¿Qué tiene de especial este caso?

—Es que conozco a los padres —contestó Siobhan. Como no podía bajar la voz para que Tibbet no oyera, se levantó y salió al pasillo. Notó aquel olor, como si la comisaría se pudriera por dentro—. Viven en un pueblo de Lothian Oeste.

—Bien, difundiré los datos. ¿Por qué crees que anda por aquí?

—Bueno, digamos que es agarrarme a un clavo ardiendo. Les prometí a los padres hacer lo que pudiera.

—¿Y no crees que habrá recurrido a la prostitución?

—¿Por qué lo dices?

—Las chicas que se van de su pueblo marchan encandiladas a la ciudad... No te sorprenda.

—Esta es peluquera.

—De eso hay muchas ofertas de trabajo —replicó Hetherington—. Es un oficio tan deambulante como el de la prostitución callejera.

—Lo curioso —añadió Siobhan— es que salía con un tipo y una amiga de ella dice que tenía pinta de chulo.

—Pues ya está. ¿Tiene aquí alguna amiga en casa de la cual pueda dormir?

—Eso aún no lo he averiguado.

—Bien, si alguna de ellas vive por aquí, dímelo y pasaré a hacerle una visita.

—Gracias, Liz.

—A ver si vienes por aquí, Siobhan. Te enseñaré Dundee y verás que no es el gueto que tú piensas.

—Un fin de semana de estos, Liz.

—¿Lo prometes?

—Prometido —dijo Siobhan poniendo fin a la conversación.

Sí, iría a Dundee cuando no le apeteciera quedarse un fin de semana tumbada en el sofá con chocolatinas y películas antiguas, ni desayunar en la cama con un buen libro y el primer álbum de Goldfrapp sonando, ni comer fuera y quizás ir al cine en Dominion o la Filmhouse, con una botella de vino blanco frío esperándola en casa.

Se encontró de pie junto a su mesa y Tibbet la miraba.

—Tengo que salir —dijo.

Él miró el reloj como si fuera a anotar la hora de su marcha.

—¿Para mucho tiempo? —preguntó.

—Un par de horas, si no te importa, agente Tibbet.

—Es por si alguien pregunta —replicó él con desdén.

—Pues bien —añadió ella cogiendo la chaqueta y el bolso—. Ahí tienes café si quieres.

—Qué bien; gracias.

Salió sin añadir nada más, bajó la cuesta hasta el Peugeot y abrió la portezuela. Lo tenía entre dos coches aparcados muy juntos y necesitó seis maniobras para sacarlo. A pesar de ser zona reservada a residentes, el de delante era un coche intruso con una multa en el parabrisas. Frenó, escribió en una hoja de su libreta «POLICÍA INFORMADA», se bajó del coche y la dejó bajo el limpiaparabrisas del BMW. Satisfecha, se sentó al volante y arrancó.

El tráfico en el centro era intenso y no había ningún atajo camino de la M8. Tamborileó en el volante, tarareando con Jackie Leven, un regalo de cumpleaños de Rebus, quien le había dicho que aquel cantante era paisano suyo.

—¿Y eso es una recomendación? —replicó ella.

Le gustaba aquel disco, pero no podía concentrarse en la letra de la canción porque no dejaba de pensar en los esqueletos del callejón Fleshmarket. Le fastidiaba no encontrar una explicación, y más aún haber tapado con tanto cuidado un esqueleto falso con su chaqueta.

Banehall quedaba a medio camino entre Livingstone y Whitburn, al norte de la autopista. La salida estaba pasado el pueblo con un letrero que indicaba «Servicios locales» y los iconos de una gasolinera y un tenedor con cuchillo. Dudaba mucho que hubiera viajeros que se molestasen en hacer un alto, vista la panorámica del pueblo desde la autopista. Era un lugar desolado lleno de tejados de casas de principios del siglo XX, una iglesia cerrada con planchas de madera y un polígono industrial abandonado que no parecía haber conocido actividad en toda su existencia. La gasolinera —cerrada también y rodeada de malas hierbas— fue lo primero que pasó después del indicador de «Bienvenido a Banehall», que habían corregido y pintarrajeado con un «The Bane». Eran los naturales del lugar y no los jovenzuelos quienes insistían en llamarlo así. Otro indicador de «¡Cuidado: niños!» estaba tergiversado y rezaba: «¡Cuidado con los niños!». Sonrió y miró a uno y otro lado en busca de la peluquería. Había tan pocas tiendas abiertas al público que no tendría mucho que buscar. La peluquería se llamaba El Salón. Decidió seguir hasta el final de la calle principal, dar la vuelta y tomar una bocacalle que conducía a un barrio de viviendas subvencionadas.

No tardó en encontrar la casa de los Jardine, pero no había nadie. Ni tampoco en las casas contiguas. Vio algunos coches, un triciclo de niño sin las ruedas traseras y profusión de parabólicas. En las ventanas de algunos cuartos de estar había letreros hechos a mano que decían «SÍ A WHITEMIRE». Sabía que Whitemire era una antigua cárcel a unos tres kilómetros del pueblo, convertida hacía dos años en centro de internamiento de extranjeros y probablemente ahora la mayor oferta de puestos de trabajo en Banehall; una empresa en crecimiento... Al volver a la calle principal vio que el único pub del pueblo se llamaba The Bane. No había visto ningún bar, solo un puesto solitario de pescado y patatas fritas. El viajero cansado que esperase encontrar servicios de tenedor y cuchillo no tendría más remedio que recurrir al pub, contando con que sirvieran algo de comer, porque no había ningún cartel que lo indicara. Aparcó junto a la acera de enfrente y cruzó la calle hacia El Salón, que también tenía un cartel a favor de Whitemire.

Había dos mujeres sentadas tomando café y fumando, dada la ausencia de clientas, que no parecieron mostrarse muy complacidas ante la posible perspectiva de atender a una. Siobhan sacó su carné de policía y se presentó.

—Yo la conozco —dijo la más joven—. Estuvo en el funeral de Tracy; la vi en la iglesia abrazando a Ishbel. Se lo pregunté después a la madre de ella.

—Tienes buena memoria, Susie —comentó Siobhan.

Como no se habían levantado y el único asiento que vio eran las butacas para las clientas, continuó de pie.

—No me importaría tomar un café, si hay —dijo para congraciarse.

La mujer mayor se puso en pie despacio y Siobhan advirtió que llevaba las uñas pintadas con espirales multicolores.

—No queda leche —dijo.

—Lo tomo solo.

—¿Con azúcar?

—No, gracias.

La mujer se acercó sin prisas a una despensa en la trastienda.

—Por cierto, me llamo Angie —dijo a Siobhan—. Dueña de El Salón y peluquera de las estrellas.

—¿Ha venido por lo de Ishbel? —preguntó Susie.

Siobhan asintió con la cabeza y ocupó el sitio que había quedado libre en el banco almohadillado, pero Susie se levantó inmediatamente como alarmada por su proximidad y apagó el cigarrillo en un cenicero al tiempo que expulsaba humo. Se acercó a una butaca y se sentó balanceando los pies y mirándose en el espejo.

—No hemos sabido nada de ella —informó.

—¿Y no tienes idea de dónde puede haber ido?

La muchacha se encogió de hombros.

—Yo lo único que sé es que sus padres no pueden más —dijo.

—¿Y ese hombre a quien viste con Ishbel?

Volvió a encogerse de hombros jugueteando con su flequillo.

—Era un tipo bajo, fornido.

—¿Y su pelo?

—No lo recuerdo.

—¿No sería calvo?

—No creo.

—¿Cómo vestía?

—Llevaba una chaqueta de cuero... y gafas de sol.

—¿No era del pueblo?

Susie negó con la cabeza.

—Conducía un coche llamativo.

—¿Un BMW, un Mercedes?

—No entiendo mucho de coches.

—¿Era grande, pequeño, con techo?

—Mediano..., con techo, aunque a lo mejor era descapotable.

Angie volvió con una taza que tendió a Siobhan y se sentó en el sitio que había dejado Susie.

Siobhan le dio las gracias con una inclinación de cabeza.

—Susie, ¿qué edad tendría?

—Era mayor... Cuarenta o cincuenta años.

Angie lanzó un bufido.

—Viejo para ti, tal vez —dijo.

Ella tendría unos cincuenta años pero iba peinada como una mujer de veinte años menos.

—¿Qué te dijo ella cuando le preguntaste quién era?

—Que me callara.

—¿Tienes idea de dónde pudo conocerle?

—No.

—¿A qué sitios suele ir ella?

—A Livingston... y a veces a pubs y discotecas de Edimburgo y Glasgow.

—¿Va a esos sitios con alguien más aparte de ti?

Susie mencionó varios nombres y Siobhan tomó nota.

—Ya ha hablado Susie con ellas —terció Angie— y no saben nada.

—Gracias, de todos modos —dijo Siobhan mirando con exagerado interés el local—. ¿Suele estar tan tranquilo?

—Hoy tuvimos varias clientas a primera hora, pero hay más trabajo a medida que avanza la semana.

—¿Y no es un problema que no esté Ishbel?

—Nos las arreglamos.

—No sé, pero...

—¿Qué? —urgió Angie entornando los ojos.

—¿Para qué necesita dos peluqueras?

Angie miró hacia Susie.

—¿Y qué podía hacer?

Siobhan comprendió que la mujer había dado trabajo a Ishbel por lástima a raíz del suicidio de su hermana.

—¿Se le ocurre por qué puede haberse marchado de casa así de repente?

—Quizás ha encontrado un empleo mejor. Hay mucha gente que se marcha de Bane y no vuelve.

—¿Sería por ese hombre misterioso?

Angie se encogió de hombros.

—Si es lo que desea, que tenga suerte.

Siobhan se volvió hacia Susie.

—Tú comentaste a los padres de Ishbel que tenía aspecto de chulo.

—¿Ah, sí? —replicó ella como francamente sorprendida—. Bueno, tal vez. Por las gafas y la chaqueta... Era como en las películas. Taxi Driver —añadió abriendo mucho los ojos—. ¿Cómo se llamaba el chulo? La vi en la tele hace un par de meses.

—¿Tenía ese hombre el mismo aspecto?

—No... pero llevaba sombrero. ¡Por eso no me acordaba del pelo!

—¿Qué clase de sombrero?

—No lo sé..., un sombrero —repitió Susie perdiendo el entusiasmo.

—¿Gorra de béisbol, boina?

—Tenía alas —contestó Susie.

Siobhan miró a Angie en busca de ayuda.

—¿Un tirolés, uno de fieltro? —sugirió esta.

—No sé cómo son esos que dice —respondió Susie.

—¿Como los de los gánsteres en las películas antiguas? —añadió Angie.

Susie reflexionó.

—Tal vez —dijo.

Siobhan apuntó el número de su móvil.

—Estupendo, Susie. Si te acuerdas de algo más ¿me llamarás?

Susie asintió con la cabeza. Como no estaba a su lado, Siobhan entregó la nota a Angie.

—Y usted también —añadió mientras la peluquera doblaba el papel.

Se abrió la puerta y entró una mujer anciana encorvada.

—Señora Prentice —dijo Angie a guisa de saludo.

—Vengo antes de la hora, Angie, guapa. ¿Puedes atenderme?

—Tratándose de usted, señora Prentice, naturalmente que sí —contestó Angie, que se había puesto en pie mientras Susie se levantaba de la butaca para que se sentara la clienta cuando se quitara el abrigo.

—Otra cosa, Susie —dijo Siobhan poniéndose también de pie.

—¿Qué?

Siobhan se dirigió a la trastienda y Susie la siguió.

—Me han dicho los Jardine —comentó Siobhan bajando la voz— que Donald Cruikshank ha salido de la cárcel.

El rostro de Susie se ensombreció.

—¿Tú le has visto? —preguntó Siobhan.

—Un par de veces... Ese cerdo...

—¿Has hablado con él?

—¡Ni mucho menos! ¿Querrá creer que el Ayuntamiento le ha dado casa? Sus padres no querían saber nada de él.

—¿Ishbel te contó algo sobre él?

—Dijo que sentía lo mismo que yo. ¿Cree que se ha marchado por eso?

—¿Lo crees tú?

—Es él quien debería largarse del pueblo —replicó Susie entre dientes.

Siobhan asintió con la cabeza.

—Bueno, no te olvides de llamarme si recuerdas algo más —dijo colgándose el bolso del hombro.

—Claro —contestó Susie, y añadió mirándole el pelo—: ¿No podría arreglárselo?

—¿Qué le pasa? —replicó Siobhan llevándose instintivamente la mano a la cabeza.

—No lo sé... Simplemente... le hace mayor de lo que es.

—Tal vez sea la imagen que busco —contestó Siobhan a la defensiva camino de la puerta.

—¿Permanente y retoque? —preguntó Angie a la clienta en el momento en que Siobhan salía del local.

Se detuvo un momento en la acera sin saber qué hacer a continuación. Había pensado preguntar a Susie sobre el antiguo novio de Ishbel, con quien seguía teniendo amistad, pero no le apetecía volver a entrar. Ya se lo preguntaría. Había una tienda de prensa abierta y tuvo el impulso de comprarse chocolatinas, pero decidió ir al pub; así podría decirle algo a Rebus y hasta ganarse algo más su estima si resultaba que era uno de los pocos de Escocia que él no conocía.

Empujó la puerta acristalada y se vio rodeada de linóleo rojo con lunares y papel de relieve en las paredes a juego. En una tienda de decoración lo catalogarían como kitsch, y lo promocionarían como una vuelta a los setenta, pero aquel era auténticamente de los setenta. Había herraduras de latón en las paredes y dibujos enmarcados de perros orinando contra la pared, como si fueran hombres. En el televisor se veía una carrera de caballos, y entre ella y la barra se interponía una neblina de humo de cigarrillos. Había tres hombres jugando al dominó que alzaron la vista. Uno de ellos se levantó y entró en la barra.

—¿Qué va a tomar, encanto?

—Zumo de lima con soda —dijo ella sentándose en un taburete.

Sobre la diana de los dardos colgaba una bufanda de los Rangers de Glasgow, cerca de una mesa de billar con parches en el tapete. Y ni un solo signo que justificase el tenedor y el cuchillo del indicador de la salida de la autopista.

—Ochenta y cinco peniques —dijo el camarero poniéndole el vaso delante.

Siobhan comprendió que su única alternativa era preguntar: «¿Viene por aquí Ishbel Jardine?», lo que no le parecía muy acertado porque se enterarían de que era policía y, además, dudaba mucho que aquellos hombres le facilitasen algún dato de interés en el caso de que la conocieran. Se llevó el vaso a los labios y notó que era zumo concentrado muy dulzón y poco gaseoso.

—¿Está bien? —preguntó el barman más desafiante que interesado.

—Bien —contestó ella.

Satisfecho, el hombre salió de la barra para reanudar la partida de dominó. Había en la mesa un bote de calderilla con monedas de diez y veinte peniques. Los otros dos jugadores tenían aspecto de jubilados, colocaban las fichas con exagerada brusquedad y daban tres golpecitos si pasaban. Siobhan había dejado ya de interesarles. Miró a su alrededor buscando el servicio de señoras, vio que estaba a la izquierda del tablero de dardos y se dirigió hacia allí. Pensarían que había entrado solo a orinar y había pedido el refresco como pretexto. Era un servicio, pero sin espejo encima del lavabo, y el vacío lo llenaban unas pintadas hechas con bolígrafo.

«Sean tiene un polvo»

«¡Kenny Reilly chulo!»

«¡Coños uníos!»

«Las chicas reinas de Bane»

Siobhan sonrió y entró en el cubículo. El pestillo estaba roto. Se sentó y se entretuvo leyendo otras pintadas.

«Donny Cruikshank vas a morir»

«Donny pervertido»

«Muerte al violador»

«Muerte a Cruik»

«¡¡¡Juramento de sangre hermanas!!!»

«Tracy Jardine, Dios te bendiga»

Había más —muchas más— pero no todas escritas por la misma mano. Con rotulador negro grueso, con bolígrafo azul, con rotulador fino dorado. Siobhan pensó que la de tres signos de admiración era de la misma mano que había escrito las de encima del lavabo. Al entrar en los servicios iba convencida de ser un ejemplo atípico de clienta femenina; ahora veía que no. Se preguntó si alguna de aquellas expresiones espontáneas era obra de Ishbel Jardine; lo sabría comparando una muestra de escritura. Buscó en el bolso, pero había olvidado la cámara digital en la guantera del coche. Bien; iría a buscarla. Le daba igual lo que pensaran los jugadores de dominó.

Al salir del lavabo vio que había un nuevo cliente. Estaba en un taburete pegado al suyo con los codos apoyados en la barra y la cabeza gacha, y movía las caderas. Al oír la puerta de los servicios volvió la cabeza, y Siobhan vio un cráneo rapado, un rostro blanco mofletudo y barba de dos días.

En la mejilla derecha tenía tres cicatrices: Donny Cruikshank.

La última vez que le había visto fue en el juzgado de Edimburgo, durante el juicio. Él no la conocería porque ella no declaró ante el tribunal ni le había interrogado. Era un gozo verle tan ajado. El poco tiempo pasado entre rejas le había hecho perder juventud y vitalidad. Siobhan sabía que en la cárcel rige una jerarquía en la que los violadores ocupan el escalafón más bajo. Cruikshank abrió la boca con una sonrisa desmayada prescindiendo de la cerveza que acababa de ponerle delante el camarero, quien permaneció frente a él con cara de palo y la mano abierta esperando el pago. Siobhan se percató de que no le alegraba la presencia de Cruikshank y vio también que este tenía un ojo inyectado en sangre como si acabara de recibir un puñetazo.

—¿Qué tal, cielo? —dijo mientras Siobhan se acercaba al taburete.

—No me llames eso —replicó ella glacial.

—¡Oh! «No me llames eso» —repitió él en grotesco remedo, que él mismo rio—. Me gustan las muñecas con huevos.

—Si continúas vas a perder los tuyos.

Cruikshank no daba crédito a lo que oía y, tras un momento de estupefacción, echó la cabeza hacia atrás y vociferó:

—¿No has oído, Malky?

—Corta, Donny —dijo el camarero.

—¿O qué? ¿Me enseñarás otra tarjeta roja? —replicó mirando alrededor—. Figúrate cómo echo de menos esto. Aunque hay que reconocer que últimamente ha mejorado en cuestión de tías —añadió fijando la vista lascivamente en Siobhan.

La cárcel le había afectado físicamente, pero al mismo tiempo le había dado una especie de bravuconería.

Siobhan sabía que si seguía allí acabaría por estallar y podía herirle, aunque el daño que pudiera hacerle sería simplemente físico, lo cual sería una victoria para él. Así que optó por marcharse para no oírle.

—A tomar por culo, ¿sabes, Malky? Vuelve, hermosa, que tengo un paquete sorpresa para ti.

Siobhan siguió camino del coche. La adrenalina le había acelerado el pulso. Se sentó al volante y trató de dominar su sofoco. «Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta», pensó mientras hurgaba inútilmente en la guantera. Tendría que volver en otra ocasión para hacer las fotos. Sonó el móvil y lo sacó del bolso. En la pantalla vio el número de Rebus y respiró hondo para que no notara la alteración en su voz.

—¿Qué sucede, John? —preguntó.

—¿Siobhan? ¿Qué te sucede a ti?

—¿Por qué lo dices?

—Parece como si acabases de dar una vuelta a Arthur’s Seat corriendo.

—He echado una carrera hasta el coche porque se ha puesto a llover —replicó mirando el cielo azul.

—¿Lloviendo? ¿Dónde demonios estás?

—En Banehall.

—Muy conocido en su casa...

—Es un pueblo de Lothian Oeste, junto a la autopista antes de Whitburn.

—Ah, sí. ¿Con un pub que se llama The Bane?

—Eso es —contestó ella sin poder evitar una sonrisa.

—¿Y qué haces ahí?

—Es una larga historia. ¿Tú qué haces?

—Nada que no pueda dejarse aparcado si tienes una historia que contarme. ¿Vuelves a Edimburgo?

—Sí.

—Entonces, prácticamente pasas por Knoxland.

—¿Es donde estás tú?

—No te costará verme: tenemos los carros en círculo para defendernos de los indígenas.

Siobhan vio que se abría la puerta del pub dando paso a Donny Cruikshank que lanzaba maldiciones hacia el interior con un gesto obsceno seguido de un escupitajo. Por lo visto Malky se había hartado. Giró la llave de contacto.

—Nos vemos dentro de unos cuarenta minutos.

—Trae munición, por favor. Dos paquetes de Benson Gold.

—Se acabó lo de comprarte cigarrillos, John.

—Es la última voluntad de un moribundo, Siob —suplicó Rebus.

Al ver el gesto de ira y desesperación en la cara de Donny Cruikshank, Siobhan no pudo contener una sonrisa.

4

Los carros en círculo de Rebus eran simplemente una caseta portátil verde oscuro instalada en el aparcamiento contiguo al primer bloque, con reja protectora en la ventana y una puerta reforzada. Al aparcar el coche la habitual pandilla de chiquillos le pidió dinero por vigilárselo y él alzó un dedo amenazador.

—Si encuentro una sola cagada de golondrina en el parabrisas la limpiáis con la lengua.

Fue a la puerta de la caseta a fumar un pitillo. Ellen Wylie tecleaba en un portátil que desenchufarían al final de la jornada para llevárselo, pues la otra posibilidad era dejar vigilancia nocturna. Como no les iban a instalar línea telefónica, utilizaban los móviles. Vio que de uno de los bloques altos volvía el agente Charlie Reynolds, a quien llamaban Culo de Rata. Tendría casi cincuenta años y era casi tan ancho como alto; jugador de rugby en su momento, contaba en su haber con un torneo nacional en el equipo de la policía. Como consecuencia tenía la cara llena de costurones y cicatrices y su pelo no habría desentonado con el de un golfillo de los años veinte. Reynolds gozaba de fama de bromista, pero ahora no se le veía risueño precisamente.

—Es una maldita pérdida de tiempo —gruñó.

—¿No hablan? —aventuró Rebus.

—El problema está en los que hablan.

—¿Por qué? —preguntó Rebus ofreciéndole un cigarrillo que el grueso agente aceptó sin dar las gracias.

—Pues porque no saben inglés. Son gente de cincuenta y siete países distintos —añadió señalando el bloque—. Y hay un olor... A saber qué guisan; pocos gatos he visto yo por aquí. —Reynolds captó el gesto de desaprobación de Rebus—. A ver si me entiende, John, no es que sea racista. Pero es que pienso...

—¿El qué?

—La cuestión del asilo. Quiero decir que, supongamos que uno tuviera que marcharse de Escocia, porque le torturan o por algo... Se iría al país seguro más cercano, ¿no?, por no estar lejos de donde nació. Pero esta gente... —añadió mirando al bloque y meneando la cabeza—. Me comprende, ¿verdad?

—Supongo que sí, Charlie.

—La mitad ni se preocupa de aprender el idioma, solo de recoger el dinero que les da el Estado y gracias. —Reynolds se concentró en fumar el pitillo con cierta energía, con el filtro entre los dientes aspirando con fuerza—. Usted al menos puede volver a Gayfield cuando le apetece, pero nosotros tenemos que estar aquí hasta que nos digan.

—Espera a que me ponga en situación —dijo Rebus en el momento en que llegó otro coche con Shug Davidson, que regresaba de una reunión para elaborar el presupuesto de la investigación y no parecía muy satisfecho.

—¿No va a haber intérpretes? —preguntó Rebus.

—Sí,autorizantodoslosquequeramos—respondióDavidson—, lo malo es que no podemos pagarlos. Nuestro estimado subdirector dice que veamos si el Ayuntamiento puede facilitarnos gratis un par de ellos.

—Y encima eso —murmuró Reynolds.

—¿Cómo dices? —replicó Davidson.

—Nada, Shug, nada —respondió Reynolds aplastando la colilla como quien toma impulso para chutar el balón.

—Charlie opina que los emigrados se conforman tranquilamente con las subvenciones —dijo Rebus.

—Yo no he dicho eso.

—Es que a veces leo el pensamiento, es una tradición de familia, transmitida de padres a hijos y que pasó de mi abuelo a mi padre —añadió Rebus aplastando su colilla—. Por cierto, mi abuelo era polaco. Somos una nación mestiza, Charlie; acostúmbrate.

Rebus se alejó para recibir a la recién llegada: Siobhan Clarke, que echó un vistazo al lugar.

—Mira que les gustaba el cemento en los sesenta —dijo—. Y, bueno, esos murales...

Rebus ya ni los advertía: «FUERA MORENOS», «PAKIS MIERDA», «PODER BLANCO». Él lo que pensaba era hasta qué punto se habían implantado allí los traficantes de droga. Tal vez fuese otro de los motivos del descontento general; los inmigrantes no podrían comprar droga, aun suponiendo que la quisieran. «ESCOCIA PARA LOS ESCOCESES». Una vieja pintada que decía «BASURA YONQUI» había sido transformada en «BASURA NEGRA».

—Qué sitio tan encantador —comentó Siobhan—. Gracias por invitarme.

—¿Has traído la invitación?

Ella le tendió las cajetillas. Rebus las besó y se las guardó en el bolsillo. Davidson y Reynolds habían entrado en la caseta.

—Bueno, ¿me cuentas esa historia? —dijo él.

—¿Haces tú de cicerone?

—¿Por qué no? —respondió Rebus encogiéndose de hombros.

Echaron a andar por Knoxland, que tenía cuatro torres principales de ocho pisos situadas en las esquinas de un cuadrado con vistas a la zona de juego central totalmente devastada. Todas las plantas tenían su galería exterior, y cada piso, un balcón que daba a la carretera de dos carriles.

—Mucha antena parabólica —comentó Siobhan, y Rebus asintió con la cabeza.

Había pensado en aquellas antenas y sobre las versiones del mundo que transmitirían en las distintas salas de estar y las diversas vidas. Por el día los anuncios de seguros por accidentes y compensaciones de todo tipo, y por la noche publicidad de alcohol. Una generación que crecía convencida de que la vida podía controlarse con un mando a distancia de televisor.

Unos chiquillos en bicicleta comenzaron a correr en círculo a su alrededor mientras otros se apiñaban junto a una pared compartiendo un cigarrillo y algo en una botella de gaseosa que no parecía gaseosa. Llevaban gorras de béisbol y zapatillas de deporte; moda reflejo de otra cultura.

—¡Demasiado viejo para ti! —ladró una voz, seguida de una carcajada y el característico gruñido de cerdo.

—¡Yo soy joven pero tengo un buen pito, puta! —espetó la misma voz.

Siguieron caminando. A cada extremo del escenario del crimen había un policía de uniforme a punto de perder la paciencia ante las protestas de los vecinos por impedirles utilizar el pasadizo subterráneo.

—Total... porque han matado a un chino, tío.

—No era chino... Me han dicho que llevaba turbante.

Las voces arreciaron al verlos.

—Oiga, ¿por qué a ellos les deja y a nosotros no? Eso sí que es discriminación...

Rebus hizo pasar a Siobhan por detrás del uniformado. No había mucho que ver. Quedaban manchas de sangre en el suelo y persistía un leve olor a orines. Las paredes estaban totalmente cubiertas de pintadas.

—Fuese quien fuese, alguien le echa de menos —dijo Rebus en voz baja al advertir un ramo de flores en el suelo.

No eran realmente flores, sino hierbas silvestres y unos dientes de león recogidos en algún erial.

—¿Querrá insinuar algo? —aventuró Siobhan.

Rebus se encogió de hombros.

—Tal vez no puedan comprar flores o no sabían dónde comprarlas.

—¿Tantos inmigrantes hay en Knoxland?

Rebus negó con la cabeza.

—Probablemente no más de sesenta o setenta.

—Es decir sesenta o setenta más que hace unos años.

—Espero que no te estés volviendo como Reynolds Culo de Rata.

—Solo me pongo en el lugar de los vecinos. A la gente no le gustan los forasteros, los inmigrantes, los viajeros, las personas de aspecto distinto... Incluso con un acento inglés como el mío puedes tener problemas.

—Y viceversa, claro.

Salieron por el otro extremo del pasadizo y vieron otro conjunto de bloques más bajos, de cuatro pisos, y algunas filas de adosados.

—Esas casas fueron construidas para jubilados —dijo Rebus—, para que estuvieran integrados en la comunidad.

—Bonito sueño, como diría Thom Yorke.

Sí, eso era Knoxland: un bonito sueño. Como tantos otros en el extrarradio de la urbe. Los arquitectos habrían presentado ufanos sus planos y maquetas, sin que nadie se planteara construir un gueto.

—¿Por qué se llama Knoxland? —preguntó Siobhan—. No será por el calvinista Knox.

—No creo. Knox deseaba que Escocia fuese una nueva Jerusalén. Algo que Knoxland dista mucho de ser.

—Yo lo único que sé de él es que no permitía imágenes en las iglesias y que no era un entusiasta de las mujeres.

—Ni le gustaba que la gente lo pasara bien. En su tiempo había torturas y juicios por brujería. —Rebus hizo una pausa—. No estaba mal.

No sabía hacia dónde caminaba. Siobhan avanzaba movida por una energía que tenía que quemar. Dio la vuelta y se dirigió a uno de los bloques altos.

—¿Entramos? —dijo accionando el pestillo; pero estaba cerrado.

—Es una tradición reciente —comentó Rebus—. Y junto a los ascensores han puesto cámaras de seguridad para mantener a raya a los bárbaros.

—¿Cámaras? —preguntó Siobhan mientras Rebus marcaba un código de cuatro cifras en el teclado de la puerta y contestaba su pregunta negando con la cabeza.

—Pero no están conectadas porque el Ayuntamiento no tiene presupuesto para pagar a un empleado de seguridad —comentó abriendo la puerta.

Había dos ascensores y los dos funcionaban, así que tal vez el teclado servía para algo.

—Al último piso —dijo Siobhan entrando en el de la izquierda.

Rebus apretó el botón y las puertas se cerraron.

—Bueno, ¿y esa historia? —preguntó Rebus.

Siobhan le explicó el caso en breves palabras y cuando terminó estaban ya en la galería exterior apoyados en la balaustrada. El viento soplaba con fuerza. Se veía el paisaje del norte y a lo lejos, al este, Corstorphine Hill y Craiglockhart.

—Fíjate cuánto espacio —dijo ella—. ¿Por qué no harían casas individuales?

—¡Qué dices! ¿Y destruir el espíritu comunitario? —Rebus volvió el cuerpo hacia Siobhan para darle a entender que centraba toda su atención en ella. Ni siquiera fumaba en aquel momento—. ¿Quieres interrogar a Cruikshank en la comisaría? —preguntó—. Puedo sujetarle mientras tú le das una tunda.

—Al estilo antiguo, ¿no?

—Es una idea que siempre he considerado refrescante.

—Bueno, no es necesario. Ya le he dado un repaso... aquí —añadió tocándose la cabeza—. Pero gracias por tu propuesta.

Rebus se encogió de hombros y se volvió a mirar el paisaje.

—¿Sabes que esa chica aparecerá si ella quiere?

—Lo sé.

—Técnicamente no es una persona desaparecida.

—¿Tú nunca has hecho un favor a alguien?

—Tienes razón —contestó Rebus—. Pero no esperes resultados.

—No importa. Oye, ¿no ves ahí algo raro? —dijo ella señalando la torre del otro extremo en diagonal a su puesto de observación.

—Nada que no viera borracho de una pinta de cerveza.

—No hay casi pintadas en comparación con los otros bloques.

Rebus miró a la altura del suelo, y era cierto: las paredes enlucidas al estilo rústico de aquel bloque estaban más limpias.

—Es Stevenson House. Tal vez alguien del Ayuntamiento guarda buenos recuerdos de La isla del tesoro. La próxima vez que nos carguen una multa de aparcamiento la invertirán en limpieza de fachadas.

En aquel momento se abrieron las puertas del ascensor dando paso a dos uniformados con carpetas y aire de no estar muy por la labor.

—Menos mal que es el último piso —farfulló uno de ellos—. ¿Viven aquí? —preguntó al ver a Rebus y a Siobhan, haciendo ademán de apuntar sus nombres en la lista.

—Debemos de tener mayor aspecto de necesitados de lo que creemos —dijo Rebus mirando a Siobhan—. Somos del DIC, hijo —añadió para el agente.

El otro agente dio un resoplido por el patinazo de su compañero al tiempo que llamaba a la primera puerta. Rebus oyó un vocerío, que llegaba a lo largo del pasillo, hasta que abrieron.

Era un hombre enfurecido y, detrás de él, estaba su mujer con los puños cerrados. Él, al ver a los policías, puso los ojos en blanco.

—Esto es lo último que me faltaba —exclamó.

—Cálmese, señor...

A Rebus le habría gustado decir al joven agente que cuando hablase con una persona enfurecida aludir a su excitación no era lo más adecuado.

—¿Que me calme? Sí, claro, se dice fácilmente, joven. Vienen por ese cabrón que han matado, ¿verdad? Aquí la gente puede desgañitarse como loca porque le queman el coche o protestando porque esto está lleno de drogadictos, pero ustedes acuden únicamente cuando se queja alguno de esos. ¿Le parece justo?

—Se lo tienen bien merecido —espetó la mujer.

Vestía un chándal gris con capucha a pesar de que no tenía aspecto de deportista precisamente; era más bien un uniforme, como el de los agentes.

—Me permito recordarles que han asesinado a una persona —replicó el agente abochornado y sonrojado.

Le habían sulfurado y no lo ocultaba. Rebus decidió intervenir.

—Soy el inspector Rebus —dijo mostrando su identificación—. Tenemos una tarea que hacer aquí y les agradeceríamos su colaboración. Así de simple.

—¿Y a nosotros qué nos va en ello? —replicó la mujer, que se había situado al lado del marido cerrando el paso en la puerta.

Ya no parecía que acabaran de pelearse; ahora formaban un equipo codo con codo.

—Sentido cívico de responsabilidad —replicó Rebus—. Es su aportación al barrio. O ¿es que quizá les tiene sin cuidado que ande por ahí un asesino suelto?

—Sea quien sea, a nosotros no nos va a hacer nada.

—Que se cargue a cuantos quiera de esos..., a ver si se asustan —añadió el marido en apoyo de sus palabras.

—No puedo creer lo que oigo —musitó Siobhan, sin lograr impedir que la oyeran.

—¿Y usted quién coño es? —preguntó el hombre.

—Es policía también —replicó Rebus—. Escuche —añadió como creciéndose, ante lo cual la pareja prestó atención—, lo hacemos por las buenas o por las malas. Ustedes deciden.

El hombre calibró a Rebus tensando un poco los hombros.

—Nosotros no sabemos nada —dijo—. ¿Está satisfecho con eso?

—¿Es que no lamentan la muerte de un inocente?

La mujer lanzó un bufido.

—Para lo que hacía, milagro es que no le sucediera antes... —comentó con voz apagada ante la mirada de su enfurecido marido.

—Perra idiota. Ahora nos traerán al retortero toda la noche —dijo en voz baja antes de volver a mirar a Rebus.

—Ustedes eligen —comentó este—. En su cuarto de estar o en la comisaría.

—En el cuarto de estar —dijeron al unísono marido y mujer.

Al final, en el piso no cabían más. Despidieron a los agentes de uniforme diciéndoles que continuaran con el puerta a puerta y que no dijeran nada de lo ocurrido.

—Seguro que toda la comisaría se entera antes de que regresemos —dijo Shug Davidson, quien después de un aparte con Rebus se disponía a hacerse cargo del interrogatorio secundado por Wylie y Reynolds.

—Deja que pregunte Culo de Rata —dijo Rebus, para sorpresa de Davidson—. Creo que con él se explayarán porque social y políticamente son de la misma cuerda. Con Reynolds la situación cambia y ya no es «ellos» y «nosotros».

Davidson había asentido, y de momento daba buen resultado. Reynolds decía que sí con la cabeza a casi todo lo que decía el matrimonio.

—Es un conflicto de culturas. Sí, claro, lo entendemos.

La atmósfera del cuarto era agobiante. Rebus pensó que aquellas ventanas de doble cristal no debían de abrirse nunca: el vaho se había filtrado entre las dos láminas y formaba como lágrimas. Había un calentador eléctrico, pero las bombillas que imitaban brasas estaban fundidas, lo que hacía más sombría la pieza amueblada con un gran sofá marrón flanqueado por sus correspondientes sillones, en los que se habían acomodado marido y mujer. No les habían ofrecido té ni café, y cuando Siobhan hizo gesto de beber un vaso de agua, Rebus negó con la cabeza para prevenirle del riesgo a que se exponía. Durante la mayor parte del interrogatorio, él permaneció junto a la librería mirando las estanterías llenas de vídeos: comedias románticas para la señora e historias vulgares y partidos de fútbol para el marido. Algunos eran copias pirata. Había algún libro en rústica de biografías de actores y otro sobre cómo adelgazar, cuya portada reivindicaba haber «cambiado cinco millones de vidas». Cinco millones: la población de Escocia. Bueno, bueno... Rebus no veía el menor indicio de que hubiese cambiado la vida de los inquilinos de aquel piso.

Resumiendo los hechos: la víctima vivía en el piso de al lado. No habían hablado con él nunca, salvo para decirle que se callase. ¿Por qué? Porque había noches que daba gritos y deambulaba por la vivienda metiendo ruido. No tenía familia ni amigos, que ellos supieran; ni habían visto u oído visitas entrando o saliendo.

—Pero no crean, por el ruido que hacía, era como si hubiera un equipo de gente bailando con zuecos.

—Los vecinos ruidosos son un horror —dijo Reynolds sin ironía.

Era más o menos todo cuanto sabían: era un piso que había estado vacío y no recordaban bien cuándo había llegado él; haría cinco o seis meses y no sabían cómo se llamaba ni si tenía trabajo.

—Seguro que no... Son todos unos parásitos.

Momento en que Rebus salió fuera a fumarse un pitillo por no preguntar: «¿Y qué hacen ustedes exactamente? ¿Qué añaden al acervo del afán humano?». Mirando aquel barrio, pensó que en realidad no había visto ninguna de aquellas gentes que tanto les enfurecían. Seguramente se aislarían en sus pisos con la puerta bien cerrada, a salvo del odio que suscitaban, uniéndose solo entre ellos y formando una comunidad aparte. Si lo conseguían el odio aumentaría, pero daba igual, porque si lo lograban quizá podrían marcharse de Knoxland. Y entonces los vecinos volverían a ser felices tras sus barricadas y persianas.

—En ocasiones como esta me gustaría fumar —dijo Siobhan acercándose a él.

—Nunca es tarde —dijo él sacando la cajetilla del bolsillo, pero ella rehusó.

—Aunque no vendría mal un trago —comentó.

—¿El que no tomaste anoche?

Ella asintió con la cabeza.

—Sí, pero me refiero a mi casa, en el baño..., tal vez con unas velas.

—¿Crees que eso te sirve para olvidarlo todo fácilmente? —preguntó Rebus haciendo un gesto en dirección al piso.

—No es necesario que me lo digas.

—Todo forma parte del rico mosaico de la vida, Siob.

—Un mosaico precioso, ¿no es cierto?

Se abrieron las puertas del ascensor y aparecieron más agentes de uniforme, pero estos llevaban chaleco antibalas y casco. Eran cuatro, entrenados para ser malos, de la dotación del Departamento de Delitos Graves adscrito a la brigada antidroga y provistos del instrumento necesario: la «llave», una barra de hierro que usaban de ariete. Su cometido era entrar en el domicilio de los traficantes con la mayor rapidez posible para no darles tiempo de retirar las pruebas del delito.

—Probablemente bastaría con una patada —les dijo Rebus.

El que iba al mando le miró sin pestañear.

—¿Qué puerta es?

Rebus la señaló con el dedo. El hombre se volvió hacia los otros tres y les hizo una señal con la cabeza. Colocaron el hierro e hicieron palanca.

Saltaron astillas y la puerta se abrió.

—Acabo de recordar una cosa —dijo Siobhan—. La víctima no llevaba llaves.

Rebus miró el marco astillado e hizo girar el pomo.

—No estaba cerrada —dijo confirmando lo que ella había dicho.

El ruido había atraído, además de a otros vecinos, a Davidson y a Wylie.

—Vamos a echar un vistazo —sugirió Rebus, y Davidson asintió con la cabeza.

—Un momento —dijo Wylie—. Siob no trabaja en este caso.

—Ellen, es digno de encomio tu espíritu de equipo —espetó Rebus.

Davidson ladeó la cabeza para dar a entender a Wylie que volviera para continuar el interrogatorio. Entraron en el piso y Rebus miró al que mandaba en el grupo, que ya salía del piso de la víctima. Estaba a oscuras, pero los del grupo llevaban linternas.

—Terreno despejado —dijo el hombre.

Rebus avanzó por el vestíbulo y pulsó inútilmente el interruptor.

—¿Me prestan una linterna? —Advirtió que al capitán no le hacía mucha gracia—. Prometo devolverla —añadió tendiendo la mano.

—Alan, dale tu linterna —dijo el capitán.

—Sí, señor —contestó el hombre, tendiéndosela a Rebus.

—Mañana por la mañana —puntualizó el oficial.

—A primera hora —contestó Rebus.

El capitán le miraba con mala cara. Luego dijo a sus hombres que habían terminado y se dirigieron al ascensor. Nada más cerrarse las puertas, Siobhan lanzó un bufido.

—¿Tú has visto eso?

Rebus probó la linterna y vio que daba buena luz.

—Ten en cuenta que su trabajo consiste en irrumpir en casas llenas de armas y jeringuillas. Es normal que actúen así.

—No he dicho nada —se disculpó Siobhan.

Entraron. No solo estaba oscuro, sino que hacía frío. En el cuarto de estar encontraron periódicos que parecían recogidos del cubo de la basura, latas de comida vacías y cartones de leche. No había muebles y la cocina era diminuta, pero estaba limpia. Siobhan señaló en lo alto de la pared un contador de monedas; sacó una del bolsillo, la introdujo en la ranura, giró la llave y las luces se encendieron.

—Mejor así —dijo Rebus dejando la linterna en la encimera—. Aunque no hay mucho que ver.

—No parece que cocinara gran cosa —dijo Siobhan abriendo los armaritos con escasos platos y tazones, paquetes de arroz y condimentos, más dos tazas de té desconchadas y una cajita de té medio vacía. Junto al fregadero, en la encimera, había un paquete de azúcar con una cuchara. Rebus miró el fregadero con peladuras de zanahoria. Arroz y verduras: la última comida del difunto.

En el cuarto de baño se encontraron con un intento rudimentario de colada: una camisa y unos calzoncillos estirados sobre el borde de la bañera junto a una pastilla de jabón; y en el lavabo había un cepillo de dientes, pero no dentífrico.

Quedaba el dormitorio. Rebus dio la luz y vieron que allí tampoco había muebles; solo un saco de dormir desplegado en el suelo. La moqueta era como la del cuarto de estar, parda, y a Rebus se le pegaron las suelas de los zapatos al aproximarse al saco. No había visillos; la ventana daba a otro bloque alto a unos treinta metros.

—No hay nada que explique el ruido que dicen que hacía —comentó Rebus.

—No sé qué decirte... Si yo viviera aquí, creo que me daría hasta un ataque de nervios.

—Tienes razón.

En vez de cómoda, el hombre usaba una bolsa de basura. Rebus la levantó y vio unas prendas andrajosas cuidadosamente dobladas.

—Debió de comprarlas en una tienda de ropa usada —dijo.

—O serán de alguna organización caritativa. Hay muchas dedicadas a atender a los solicitantes de asilo.

—¿Tú crees que era un refugiado?

—Bueno, desde luego no parece muy afincado en el país. Yo diría que llegó con un mínimo bastante exiguo de pertenencias.

Rebus cogió el saco de dormir y lo sacudió. Era un saco anticuado, ancho y poco grueso. Del interior cayeron media docena de fotos. Al recogerlas vio que eran instantáneas con los bordes manoseados. Una mujer con un niño y una niña.

—¿La esposa y los hijos?

—¿Dónde dirías que están hechas?

—En Escocia no.

En efecto, el fondo eran las paredes blancas de yeso de un apartamento cuya ventana daba a los tejados de una ciudad. A Rebus le pareció de un país cálido por el cielo azul intenso. Los niños miraban risueños y uno tenía los dedos metidos en la boca. La mujer y la niña se abrazaban y sonreían.

—Me imagino que habrá alguien que podrá reconocerlos —dijo Siobhan.

—No hará falta —replicó Rebus—. Ten en cuenta que es un piso del Ayuntamiento.

—¿Quieres decir que el Ayuntamiento lo sabrá?

Rebus asintió con la cabeza.

—Lo primero que hay que hacer es recoger huellas dactilares y no apresurar conclusiones. Después, el Ayuntamiento nos facilitará el nombre.

—¿Y eso nos llevará más cerca del asesino?

Rebus se encogió de hombros.

—Quienes lo mataron tuvieron que regresar a casa manchados de sangre. Es imposible que cruzaran Knoxland sin que nadie los viera. —Hizo una pausa—. Lo que no quiere decir que vayan a denunciarlo.

—Porque aunque sea un asesino, es «su» asesino —aventuró Siobhan.

—O porque tienen miedo. En esta barriada son frecuentes los casos de violencia.

—Entonces, nos veremos en vía muerta.

Rebus le tendió una de las fotos.

—¿Qué ves? —preguntó.

—Una familia.

Rebus negó con la cabeza.

—Una viuda y dos niños que no volverán a ver nunca más al padre. Debemos pensar en ellos, no en nosotros.

Siobhan asintió con la cabeza.

—Podemos divulgar las fotos.

—Eso mismo estaba yo pensando. Creo que conozco al periodista adecuado.

—¿Steve Holly?

—Su periódico es una basura, pero lo lee mucha gente —dijo mirando a su alrededor—. ¿Está todo visto? —Siobhan asintió—. Pues vamos a decirle a Shug Davidson lo que hemos encontrado.

Davidson llamó por teléfono al departamento de huellas dactilares y Rebus le convenció para que le entregara una foto para difundirla en la prensa.

—Está bien —dijo Davidson sin gran entusiasmo, pero pensando en la posibilidad de que en el Departamento de Vivienda del Ayuntamiento constara el nombre del inquilino.

—Por cierto —añadió Rebus—, hay que descontar una libra del presupuesto porque Siobhan gastó una moneda en el contador.

Davidson sonrió, metió la mano en el bolsillo y sacó dos monedas.

—Ten, Siobhan; tómate algo con el cambio.

—¿Y yo? —protestó Rebus—. Esto es discriminación de género...

—Tú, John, vas a darle una exclusiva a Steve Holly, y si no te invita a un par de cervezas merecerá que le expulsen de la profesión.

Cuando Rebus se alejaba en coche de la barriada recordó de pronto algo y llamó con el móvil a Siobhan, que también regresaba a Edimburgo.

—Es muy probable que me reúna con Holly en el pub, únete a nosotros si quieres —dijo.

—Parece tentador, pero tengo que ir a otro sitio. Gracias de todos modos.

—No te llamo por eso... ¿No podrías regresar al piso de la víctima?

—No. ¡Se te olvidó la linterna! —exclamó ella tras un silencio.

—Me la dejé en la encimera de la cocina.

—Pues llama a Davidson o a Wylie.

Rebus arrugó la nariz.

—Bah, no hay prisa. Nadie va a entrar a robarla en un piso vacío con la puerta rota. Seguro que en ese barrio son todos unos benditos temerosos de Dios.

—Lo que tú esperas es que se la lleven para ver qué pasa con los de la unidad especial, ¿a que sí?

Rebus la imaginó sonriendo.

—¿Tú qué crees, que van a forzar mi piso para hacerse con algo en compensación?

—Eres el demonio, John Rebus.

—Naturalmente; no tengo por qué ser distinto.

Puso fin a la comunicación y se dirigió al bar Oxford, donde se tomó despacio una pinta de Deuchar’s para deglutir el último panecillo de carne de vaca en conserva con remolacha que quedaba en el expositor. Harry, el camarero, le preguntó si sabía algo del ritual satánico.

—¿Qué ritual satánico?

—El del callejón Fleshmarket. Ese aquelarre...

—Por Dios, Harry, ¿te crees todas las historias que escuchas en la barra?

Harry procuró disimular su decepción.

—Pero ese esqueleto de niño...

—Es de imitación... Lo pusieron allí.

—¿Por qué iba alguien a hacer una cosa así?

Rebus reflexionó un instante.

—Tal vez tengas razón, Harry, lo haría el camarero para vender su alma al diablo.

Harry torció la comisura de los labios.

—¿Cree que la mía serviría para un trato con él?

—No tienes la menor posibilidad —respondió Rebus llevándose la cerveza a los labios y pensando en Siobhan: «Tengo que ir a otro sitio».

Probablemente iba a tratar de localizar al doctor Curt. Sacó el teléfono y comprobó si había suficiente cobertura. Llevaba en la cartera el número del periodista. Holly respondió de inmediato.

—Inspector Rebus, qué inesperado placer...

Lo que significaba que tenía identificador de llamadas y estaba con alguien a quien le hacía saber quién le llamaba, para impresionar.

—Lamento interrumpirle cuando está reunido con su editor —dijo Rebus.

Se hizo un silencio y Rebus sonrió con ganas. Oyó que Holly se disculpaba para salir de donde estuviera.

—Me está vigilando, ¿no? —farfulló.

—Sí, claro, Steve, por andar con esos periodistas del Watergate. —Rebus calló un instante—. Lo he dicho al azar, sin pensar.

—¿Ah, sí? —replicó Holly no muy convencido.

—Escuche. Tengo una noticia, pero podemos dejarlo para más tarde hasta que se le pase la paranoia.

—Guau. Un momento... ¿de qué se trata?

—De la víctima de Knoxland. Encontramos una foto y creemos que es de su mujer con los niños.

—¿Y piensan divulgarla a través de la prensa?

—De momento solo se la ofrecemos a usted. Si quiere puede publicarla en cuanto los especialistas en huellas confirmen que pertenecía a la víctima.

—¿Por qué a mí?

—¿Quiere que le diga la verdad? Porque una exclusiva supone mayor cobertura, mayor impacto, tal vez en primera página...

—No le prometo nada —replicó Holly al quite—. ¿Y cuándo tendrán la foto los demás?

—Un día después.

El periodista no decía nada, como si se lo estuviera pensando.

—Insisto, ¿por qué a mí?

«No es por ti —deseó decir Rebus—, sino por tu periódico, o más exactamente por la circulación de tu periódico». Pero guardó silencio y oyó que Holly lanzaba un profundo suspiro.

—Muy bien; de acuerdo. Estoy en Glasgow. ¿Puede enviármela?

—La dejo en la barra del Ox. Venga a recogerla. Ah, y se la dejo con una cuenta por liquidar.

—Por supuesto.

—Adiós —añadió Rebus cerrando el móvil y encendiendo un pitillo.

Claro que la recogería, porque si no lo hacía y caía en manos de la competencia, el jefe le pediría explicaciones.

—¿Otra? —preguntó Harry, que ya tenía el vaso reluciente en la mano dispuesto a llenarlo.

Rebus no podía hacerle ese desprecio.

5

—De un somero examen del esqueleto de la mujer, se desprende que es muy antiguo.

—¿Somero?

El doctor Curt se rebulló en el asiento. Estaban en su despacho de la Facultad de Medicina, con vistas a un pequeño patio detrás del McEwan Hall. De vez en cuando —generalmente cuando estaban los dos en algún bar— Rebus recordaba a Siobhan que muchos de los grandes edificios de Edimburgo, como el Usher Hall y el McEwan Hall sobre todo, eran obra de dinastías cerveceras, y que ello no habría sucedido si no hubiera habido bebedores como él.

—¿Somero? —repitió ella.

Curt fingió ordenar unos bolígrafos sobre la mesa.

—Bueno, no había necesidad de consultar con nadie... Es un esqueleto de los que se emplean en las clases de anatomía, Siobhan.

—Pero ¿es auténtico?

—Ya lo creo. En épocas de menos reparos que esta, la enseñanza de la medicina dependía de objetos como ese.

—¿Ahora ya no?

Curt negó con la cabeza.

—Las nuevas tecnologías los han desplazado prácticamente del todo —respondió casi con tristeza.

—¿Esa calavera no es auténtica? —preguntó ella señalando la expuesta en una vitrina con fieltro verde sobre un estante a espaldas del patólogo.

—Oh, sí que lo es. Perteneció al anatomista Robert Knox.

—¿El que estaba conchabado con los ladrones de cadáveres?

Curt torció el gesto.

—Él no les secundaba, pero ellos arruinaron su carrera.

—Bien. Así que para la enseñanza se empleaban esqueletos auténticos... —dijo Siobhan, advirtiendo que Curt pensaba ahora en su predecesor—. ¿Cuándo dejaron de utilizarse?

—Hará unos cinco o diez años, pero algunos ejemplares siguieron en uso.

—¿Y la misteriosa mujer es uno de ellos?

Curt abrió la boca sin decir nada.

—Dígame sí o no —insistió Siobhan.

—No puedo decirle... No estoy seguro.

—Bien, ¿qué hicieron con ellos?

—Escuche, Siobhan...

—¿Qué es lo que le preocupa, doctor?

Él la miró y pareció adoptar una decisión, apoyando los brazos en la mesa con las manos entrelazadas.

—Hace cuatro años, seguramente no lo recordará, hallaron en Edimburgo unas piezas anatómicas.

—¿Unas piezas?

—Una mano en un lugar, un pie en otro... Al analizarlas se comprobó que estaban conservadas en formol.

—Recuerdo haberlo oído —dijo Siobhan asintiendo con la cabeza.

—Resultó que las habían sustraído de un laboratorio como broma de mal gusto. No descubrieron a los culpables, pero la prensa se cebó de lo lindo y nos ganamos serias reprimendas de toda la jerarquía, desde el rector para abajo.

—No veo la relación.

Curt alzó una mano.

—Dos años después desapareció una muestra del pasillo junto al despacho del profesor Gates.

—¿Un esqueleto de mujer?

Curt asintió con la cabeza.

—Lamentablemente se echó tierra al asunto. Era la época en que estábamos deshaciéndonos de muchos elementos didácticos anticuados —añadió alzando la vista hacia ella y volviendo a centrarla en los bolígrafos—. Y creo que fue por entonces cuando tiramos algunos esqueletos de plástico.

—¿Uno de niño entre ellos?

—Sí.

—Me dijo usted que no había desaparecido ningún objeto.

Curt se encogió de hombros.

—Me mintió, doctor.

—Mea culpa, Siobhan.

Siobhan reflexionó un instante restregándose el puente de la nariz.

—No sé si lo entiendo. ¿Por qué conservaban de muestra el esqueleto de esa mujer?

Curt volvió a mover los bolígrafos.

—Por decisión de uno de los predecesores del profesor Gates. La mujer se llamaba Mag Lennox. ¿Ha oído hablar de ella? Mag Lennox tenía fama de bruja... Hablo de hace doscientos cincuenta años. Murió linchada por el populacho, que se opuso a que la enterraran por temor a que escapara del féretro. Así que dejaron el cuerpo pudrirse para que quienes tuvieran interés estudiaran sus restos en busca de indicios diabólicos. Supongo que el esqueleto iría a parar a manos de Alexander Monro, quien lo legó a la Facultad de Medicina.

—¿Y alguien lo robó y ustedes se lo callaron?

Curt se encogió de hombros y echó la cabeza hacia atrás mirando al techo.

—¿Tienen alguna idea de quién fue? —preguntó ella.

—Oh, sí, desde luego... Los estudiantes de medicina son famosos por su humor negro. La cosa es que fue a parar al cuarto de estar de un piso compartido. Dispusimos que alguien investigara... —Curt la miró—. Un detective privado, entiéndame...

—¿Un detective privado? Por favor, doctor... —comentó Siobhan meneando la cabeza.

—Pero ya no estaba en ese piso. Claro que igual se deshicieron de él.

—¿Enterrándolo en el callejón Fleshmarket?

Curt se encogió de hombros. Era un hombre tan reticente, tan escrupuloso... Siobhan advertía que aquella conversación casi le producía dolor físico.

—¿Cómo se llamaban?

—Eran dos jóvenes casi inseparables... Alfred McAteer y Alexis Cater. Creo que emulaban a los personajes de la serie televisiva M*A*S*H. ¿La conoce?

Siobhan asintió con la cabeza.

—¿Siguen estudiando aquí?

—Ahora están en el hospital Royal Infirmary, ¡Dios nos asista!

—Alexis Cater, ¿tiene algo que ver con...?

—Sí, es su hijo.

Siobhan hizo una O con los labios. Gordon Cater era uno de los pocos escoceses de su generación triunfador en Hollywood, gracias sobre todo a papeles de carácter en películas taquilleras. Se decía que en cierta ocasión había sido finalista para encarnar a James Bond después de Roger Moore, pero le arrebató el papel Timothy Dalton. Pendenciero en sus buenos tiempos, Cater era un actor que las mujeres adoraban aunque hiciese películas malas.

—Ya veo que es usted admiradora suya —musitó Curt—. Tratamos de impedir que se supiera que Alexis estudiaba aquí. Es hijo de Gordon, de un segundo o tercer matrimonio.

—¿Y cree que él robó a Mag Lennox?

—Figuraba entre los sospechosos. ¿Entiende por qué no hicimos una investigación oficial?

—¿Aparte del hecho de que usted y el profesor habrían vuelto a quedar como irresponsables? —dijo Siobhan sonriendo ante el apuro de Curt.

Él, como irritado de pronto por los bolígrafos, los cogió y los echó dentro de un cajón.

—¿Canalizando su agresividad, doctor?

Curt la miró desalentado y suspiró.

—Hay otra pega. Una especie de historiadora local, que al parecer ha revelado a la prensa que cree que existe una explicación sobrenatural del caso de los esqueletos del callejón Fleshmarket.

—¿Sobrenatural?

—En las excavaciones del palacio de Holyrood se descubrieron hace ya tiempo unos esqueletos y circuló la hipótesis de que fueran víctimas de ejecuciones.

—¿De quién? ¿De la reina María de Escocia?

—El caso es que esa «historiadora» trata de vincularlos con los del callejón Fleshmarket. Quizá le interese saber que esa mujer ha estado trabajando en eso de las visitas guiadas sobre espectros en High Street.

Siobhan había formado parte de una de ellas. Había varias compañías que ofrecían rutas por la Royal Mile y callejuelas adyacentes, con un guion explicativo que mezclaba historias sangrientas, edulcoradas con eventos más felices, surtido todo ello con efectos especiales dignos del mejor túnel de los horrores de una feria.

—O sea, que tiene una motivación.

—No sabría decirle —contestó Curt mirando el reloj—. Seguro que en el periódico encontrará algún artículo sobre sus tonterías.

—¿Ha tenido usted contacto con ella?

—Nos preguntó qué había sido de Mag Lennox y, como le dijimos que no era asunto suyo, ella trató de suscitar interés en la prensa —añadió Curt haciendo un gesto con la mano como si espantara el recuerdo.

—¿Cómo se llama?

—Judith Lennox... Sí, reivindica ser descendiente suya.

Siobhan anotó el nombre junto a los de Alfred McAteer y Alexis Cater. Tras una pausa añadió el de Mag Lennox, y lo unió con una flecha al de Judith Lennox.

—¿Falta mucho para que acabe mi tortura? —preguntó Curt con voz cansina.

—Pues no —contestó Siobhan dándose golpecitos con el bolígrafo en los dientes—. Bueno, ¿y qué van a hacer con el esqueleto de Mag?

El patólogo se encogió de hombros.

—Dado que, al parecer, ha vuelto a casa, tal vez lo restituyamos a su vitrina.

—¿Se lo ha dicho al profesor?

—Le envié un correo electrónico esta tarde.

—¿Un mensaje por correo electrónico teniendo su despacho a veinte metros...?

—Pues es lo que hice —añadió Curt poniéndose en pie.

—Le tiene miedo, ¿eh? —dijo Siobhan en broma.

Curt no se dignó responder al comentario. Le abrió la puerta y la despidió con una leve inclinación de cabeza. Tal vez fuese por sus modales anticuados, pensó Siobhan, pero lo más seguro es que no osara mirarla a la cara.

El itinerario de vuelta a su casa discurría por George IV Bridge. Dobló a la derecha de los semáforos y decidió dar un pequeño rodeo por High Street. Había cartelones en la catedral de Saint Giles anunciando recorridos históricos de espectros aquella misma noche. Comenzaban dos horas más tarde, pero ya había turistas leyendo los programas. Más adelante, ante el viejo Tron Kirk, había más anuncios incitando a vivir el «pasado embrujado de Edimburgo». Lo que a ella más le preocupaba era su agobiante realidad presente. Miró el callejón Fleshmarket vacío. ¿No era un buen incentivo para añadirlo al recorrido de los guías turísticos? En Broughton Street aparcó junto a la acera y entró en una tienda a comprar comestibles y el periódico de la tarde. Su casa estaba cerca; no encontró aparcamiento y dejó el coche en línea amarilla confiada en retirarlo antes de que los agentes iniciaran la ronda matutina.

Vivía en una casa de cuatro pisos con la suerte de no tener vecinos que dieran fiestas nocturnas o fuesen baterías aficionados de rock. Conocía a algunos de vista, pero no sus nombres. En Edimburgo la gente casi no habla con los vecinos, salvo si existe algún problema que resolver, como una gotera o un canalón roto. Pensó en Knoxland, con sus pisos de tabiques de papel donde se oían unos a otros. Las únicas pegas en su casa eran un vecino con gatos y que la escalera olía, pero dentro del apartamento ella se desconectaba del mundo.

Metió en la nevera la leche y el bote de helado en el congelador. Desenvolvió el plato preparado y lo puso en el microondas. Era bajo en calorías, como desagravio a la posibilidad de sucumbir al deseo del helado. Tenía una botella de vino en el aparador de la que había consumido un par de vasos; se sirvió un poco, dio un sorbo y se dijo que no iba a morirse por ello. Se sentó a hojear el periódico mientras se calentaba la cena. Nunca guisaba cuando comía sola. Sentada a la mesa, advirtió que los kilos que había ganado últimamente le aconsejaban aflojar el pantalón. También le apretaba la blusa en las axilas. Se levantó y volvió dos minutos después en chanclas y bata. Vio que la comida estaba caliente y la llevó al cuarto de estar en una bandeja con el vaso y el periódico.

En las páginas centrales aparecía Judith Lennox, en una foto a la entrada del callejón Fleshmarket, probablemente hecha aquella tarde. Una foto de medio cuerpo; lucía una espesa melena rizada hasta los hombros y un pañuelo de vivos colores. Siobhan no podía decir qué actitud había pretendido adoptar, pero boca y ojos desprendían engreimiento. Se notaba que le encantaba la cámara y que estaba dispuesta a prestarse a la pose que le pidieran. Había otra foto, esta sí en pose, de Ray Mangold, prepotente y con los brazos cruzados ante The Warlock.

Una imagen más pequeña mostraba las excavaciones arqueológicas de Holyrood, lugar del descubrimiento de varios esqueletos. Y venía una entrevista con un miembro de Escocia Histórica que ironizaba sobre la hipótesis de Lennox a propósito de rituales satánicos en relación con los restos y el modo de enterramiento. Pero era un simple comentario en el último párrafo, dado que el artículo hacía hincapié en la pretensión de Lennox de que, al margen de que los esqueletos del callejón fuesen auténticos o no, era posible que estuvieran en la misma posición que los de Holyrood y que alguien hubiera intentado hacer un simulacro del histórico enterramiento. Siobhan lanzó un bufido y continuó cenando y hojeando el periódico, deteniéndose sobre todo en la página de los programas de televisión, pero era evidente que no había ninguno entretenido hasta la hora de acostarse, por lo que las alternativas eran música y un libro. Comprobó el contestador y vio que no había mensajes, puso a recargar el móvil y se trajo un libro y el edredón nórdico del dormitorio. Puso un compacto de John Martyn que le había prestado Rebus y pensó cómo pasaría él la velada; tal vez en el pub con Steve Holly, o a solas. Bueno, ella tendría una noche tranquila y así estaría más en forma por la mañana. Leería dos capítulos antes de atacar el helado.

La despertó el teléfono. Saltó del sofá y descolgó.

—Diga.

—No te habré despertado... —dijo Rebus.

—¿Qué hora es? —respondió ella tratando de verla en su reloj.

—Las once y media. Lo siento si estabas en la cama.

—No. ¿Dónde es el fuego?

—La verdad es que no es ningún fuego; simples rescoldos. Se trata del matrimonio cuya hija ha desaparecido.

—¿Qué sucede?

—Que requieren tu presencia.

—No entiendo —dijo ella pasándose la mano por el rostro.

—Acaban de recogerlos en Leith.

—¿Los han detenido?

—Por abordar a las busconas. La madre estaba histérica y los llevaron a la comisaría de Leith a ver si se calmaba.

—¿Y tú cómo te has enterado?

—Porque llamaron aquí desde Leith preguntando por ti.

—¿Todavía estás en Gayfield Square? —dijo ella frunciendo el ceño.

—A esta hora se está muy tranquilo y puedo disponer de la mesa que quiera.

—Ya es hora de que te vayas a casa.

—En realidad estaba a punto de hacerlo cuando llamaron —replicó él conteniendo la risa—. ¿Sabes a qué se dedica Tibbet? Tiene el ordenador lleno de horarios de tren.

—¿O sea, que estás fisgando en las cosas de los demás?

—Es mi modo de adaptarme al nuevo destino, Siob. ¿Quieres que vaya a recogerte o nos vemos en Leith?

—¿No te ibas a casa?

—Lo de Leith parece más interesante.

—Pues allí nos vemos.

Siobhan colgó y fue a vestirse al cuarto de baño. El resto del bote de helado se había derretido, pero lo guardó en el congelador.

La comisaría de Leith estaba en Constitution Street, en un edificio de piedra sombrío y adusto como la misma zona. Leith, antaño próspero barrio portuario de Edimburgo, con personalidad propia, llevaba décadas en decadencia: crisis industrial, drogas y prostitución. Habían remodelado y adecentado algunas zonas, porque a los nuevos residentes no les gustaba el viejo y sucio Leith, y no obstante, a criterio de Siobhan, era una pena que aquel barrio perdiera su carácter; pero, claro, ella no tenía que vivir en él.

En Leith se permitía hacía años una «zona de tolerancia» para la prostitución. No es que la policía cerrara los ojos, pero hacía la vista gorda. Ahora aquello se había acabado, obligaban a las prostitutas a diseminarse y ello provocaba más casos de violencia contra ellas. Algunas, resignadas, regresaban a su coto particular, pero otras lo habían abandonado por Salamander Street y Leith Walk, que unía el barrio al centro de la ciudad. Siobhan se imaginaba lo que pretendían los Jardine, pero quería oírlo de su propia boca.

Rebus la esperaba en la zona de recepción. Tenía aspecto cansado, aunque era su aspecto habitual. Siobhan sabía que usaba el mismo traje toda la semana y lo llevaba el sábado a la tintorería. Hablaba con el oficial de guardia, pero cortó la conversación al verla y accionó el mecanismo de apertura de la puerta, sujetándolo para que entrara.

—No les han detenido —dijo—. Solo les trajeron para hablar con ellos. Están ahí.

«Ahí» era la sala de interrogatorios número 1, pequeña y sin ventanas, con una mesa y dos sillas. John y Alice Jardine estaban sentados uno frente al otro con los brazos estirados agarrados de las manos. En la mesa había dos tazas vacías. Al abrirse la puerta, Alice se levantó de un salto y tumbó una de ellas.

—¡No pueden tenernos aquí toda la noche! —exclamó. Pero al ver a Siobhan se quedó boquiabierta y la tensión de su rostro cedió, al tiempo que su esposo sonreía avergonzado y enderezaba la taza.

—Perdone que la hayamos hecho venir —dijo John Jardine—. Dimos su nombre pensando que nos dejarían marchar.

—John, me consta que no están detenidos. Ah, les presento al inspector Rebus.

El matrimonio le saludó con una inclinación de cabeza y Alice Jardine volvió a sentarse. Siobhan se acercó a la mesa y se cruzó de brazos.

—Me han dicho que han estado atemorizando a las honradas y tenaces trabajadoras de Leith.

—Sólo les hacíamos preguntas —replicó Alice.

—Lamentablemente, ellas no ganan dinero charlando —terció Rebus.

—Anoche estuvimos haciendo lo mismo en Glasgow —dijo John Jardine— y no hubo ningún problema.

Siobhan y Rebus intercambiaron una mirada.

—¿Hacen todo eso simplemente porque Ishbel se veía con alguien con pinta de chulo? —preguntó Siobhan—. Escúchenme una cosa. Las chicas de Leith pueden ser drogadictas, pero no les saca el dinero ningún chulo como los que se ven en las películas de Hollywood.

—Hay hombres mayores —dijo John Jardine— que engañan a chicas como Ishbel y las explotan. Lo publican constantemente los periódicos.

—Los periódicos que ustedes leen —replicó Rebus.

—Fue idea mía —añadió Alice Jardine—. Pensé que...

—¿Por qué se irritó de ese modo? —preguntó Siobhan.

—Es que llevamos dos noches tratando de hablar con las prostitutas —dijo John Jardine.

Pero su mujer negó con la cabeza.

—Vamos a decírselo a Siobhan —le reprochó—. La última mujer con quien hablamos —prosiguió dirigiéndose a Siobhan— nos dijo que quizás Ishbel estaba en... No sé cómo dijo exactamente...

—En el triángulo púbico —añadió el marido.

Su esposa asintió despacio con la cabeza.

—Y cuando le preguntamos qué era eso se echó a reír y nos dijo que nos largásemos. Eso es lo que me sacó de mis casillas.

—Y en ese momento pasó un coche de policía —añadió el marido encogiéndose de hombros— y nos trajeron aquí. Perdone las molestias que le ocasionamos, Siobhan.

—No es molestia —replicó ella, sin creérselo del todo.

—El triángulo púbico —dijo Rebus, que tenía las manos en los bolsillos— es un tramo de Lothian Road con locales de destape y sexshops.

Siobhan le dirigió una mirada preventiva, pero era demasiado tarde.

—Tal vez esté ahí —dijo Alice con voz temblorosa agarrándose al borde de la mesa como dispuesta a levantarse y marcharse.

—Pero vamos a ver —dijo Siobhan alzando la mano—. Una mujer les dice, seguramente en broma, que Ishbel «quizá» trabaja de bailarina de destape... ¿y usted se dispone a ir a ese tipo de locales?

—¿Por qué no? —replicó Alice.

—Señora Jardine —explicó Rebus—, los dueños de esos locales no suelen hacer gala de muchos miramientos, ni son tampoco muy complacientes, y cuando ven husmear a alguien...

John Jardine asintió con la cabeza.

—Otra cosa sería —añadió Rebus— que esa mujer se hubiese referido a un local concreto...

—Siempre que no le estuviera tomando el pelo —dejó Siobhan.

—Hay un modo de averiguarlo —insinuó Rebus provocando que Siobhan le mirara—. ¿Vamos en tu coche o en el mío?

Fueron en el de ella con los Jardine en el asiento de atrás. No habían recorrido mucho trecho cuando John Jardine les señaló el lugar en que habían visto a «la joven», apoyada en la pared de un antiguo almacén. Ya no había rastro de ella, aunque sí otra compañera paseando de arriba abajo encogida de frío.

—Esperaremos diez minutos —dijo Rebus—. No se ven muchos clientes y a lo mejor vuelve pronto.

Siobhan condujo por Seafield Road hasta la rotonda de Portobello, giró a la derecha hacia Inchview Terrace y de nuevo a la derecha en Craigentinny Avenue. Aquella era una zona de calles residenciales tranquilas y en casi todas ellas sus moradores dormían, porque no se veían luces.

—Me gusta ir en coche a esta hora —dijo Rebus en tono familiar.

—Las calles cambian radicalmente cuando no hay tráfico, y se va mucho más tranquilo —dijo la señora Jardine.

—Y es más fácil localizar a los malhechores —añadió Rebus.

Tras su comentario se hizo el silencio en el asiento de atrás hasta que entraron de nuevo en Leith.

—Ahí está —dijo John Jardine.

Delgada, con pelo moreno corto que el viento azotaba sobre sus ojos, la muchacha llevaba botas hasta las rodillas, minifalda negra y una cazadora tejana abrochada. Tenía el rostro pálido, sin maquillaje, e incluso de lejos se advertían en sus piernas unas magulladuras.

—¿La conoces? —preguntó Siobhan.

Rebus negó con la cabeza.

—Parece nueva en la plaza, no como esa otra —añadió refiriéndose a una mujer que acababan de rebasar—. Está a menos de seis metros y ni le habla.

Siobhan asintió con la cabeza. A falta de otra cosa, las chicas que hacían la calle solían ser solidarias entre sí, pero aquellas no. Indicio de que la mayor consideraba que la nueva había invadido su territorio. Después de unos metros, Siobhan dio la vuelta en redondo y continuó despacio pegada al bordillo. Rebus bajó la ventanilla y la prostituta se acercó, recelosa al ver a tanta gente en el coche.

—Yo no hago grupos —dijo—. Dios, ustedes otra vez —añadió, tratando de alejarse al ver las caras del asiento de atrás.

Pero Rebus bajó y la agarró del brazo obligándola a darse la vuelta y mostrándole su identificación de policía.

—Departamento de Investigación Criminal —dijo—. ¿Cómo te llamas?

—Cheyanne. ¿Por qué? —respondió ella levantando la barbilla haciéndose la dura.

—Y ese es tu rollo, ¿no? —dijo Rebus poco convencido—. ¿Cuánto tiempo llevas en Edimburgo?

—Bastante.

—¿Ese acento tuyo es de Brummie?

—¿A usted qué le importa?

—Podría importarme. Para empezar habría que comprobar tu edad...

—¡Tengo dieciocho años!

—Lo que implica —prosiguió Rebus, como si la chica no hubiera dicho nada— verificar tu certificado de nacimiento, lo que requiere hablar con tus padres. —Hizo una pausa—. A menos que nos ayudes. Esos han perdido a su hija —añadió señalando al matrimonio dentro del coche—. Se fue de casa.

—Que tenga suerte —dijo la muchacha enfurruñada.

—Pero a sus padres les preocupa... quizá como te gustaría a ti que hicieran los tuyos. —Se calló para observar su reacción sin que se apercibiera; no parecía que se hubiera drogado, aunque tal vez fuese porque no había ganado lo suficiente para poder hacerlo—. Pero esta noche tienes la suerte —continuó— de poder ayudarles... suponiendo que eso que les dijiste del triángulo púbico no fuese un cuento.

—Yo solo sé que han contratado a algunas.

—¿Dónde en concreto?

—En The Nook. Lo sé porque fui a ver y... Me dijeron que era muy delgada.

Rebus se volvió hacia el asiento trasero del coche. Los Jardine habían bajado el cristal de la ventanilla.

—¿Le enseñaron a Cheyanne la foto de Ishbel? —preguntó.

Alice Jardine asintió con la cabeza y él miró a la muchacha, que ya no prestaba atención y oteaba a derecha e izquierda por si aparecían clientes. La que estaba unos metros más allá fingía concentrarse en su trozo de asfalto.

—¿La conocías? —preguntó Rebus.

—¿A quién? —replicó ella sin mirar.

—A la chica de la foto.

Cheyanne negó con fuerza con la cabeza y se apartó el pelo de los ojos.

—Tu trabajo no es muy agradable, ¿eh? —comentó Rebus.

—De momento me vale —respondió ella metiendo las manos en los estrechos bolsillos de la cazadora.

—¿No puedes decirnos nada más? ¿Algo que pueda ayudar a Ishbel?

La muchacha volvió a menear la cabeza sin dejar de mirar la calle, y dijo:

—Siento lo de antes. No sé qué me hizo echarme a reír... son cosas que pasan.

—¡Cuídate! —gritó John Jardine desde el asiento de atrás.

Su mujer sacó la foto por la ventanilla.

—Si la ves... —dijo ella con voz desmayada.

Cheyanne asintió con la cabeza y cogió la tarjeta de Rebus, quien volvió a subir al coche y cerró la portezuela. Siobhan puso el intermitente y levantó el pie del freno.

—¿Dónde tienen aparcado el coche? —preguntó a los Jardine.

Le indicaron una calle en el extremo opuesto, por lo que volvió a girar en redondo pasando por delante de Cheyanne. Ella ni les miró, al contrario que la otra mujer, que se le acercó para preguntarle qué había ocurrido.

—Tal vez sea el principio de una buena amistad —musitó Rebus cruzando los brazos.

Siobhan miraba por el retrovisor sin hacer caso.

—Allí no se les ocurra ir, ¿entendido? —dijo.

No hubo respuesta.

—Lo mejor será que vayamos el inspector Rebus y yo. Si al inspector le parece bien.

—¿Yo, ir a un club de striptease? —replicó Rebus haciendo pucheros—. Bueno, sargento Clarke, si lo cree necesario...

—Pues iremos mañana —dijo Siobhan—. Antes de que abran —añadió, mirándole y sonriendo.

TERCER DÍA

6

Al llegar el agente Colin Tibbet por la mañana al departamento, se encontró con una locomotora de juguete en la solitaria alfombrilla del ratón. El ratón estaba desconectado y dentro de un cajón... Un cajón que él cerraba con llave al marcharse por la tarde y que acababa de abrir. Aun así, el ratón había ido a parar allí de algún modo. Miró a Siobhan Clarke y, cuando estaba a punto de hablar, ella le disuadió negando rotundamente con la cabeza.

—Dímelo más tarde porque ahora tengo que irme —advirtió.

Así era. Acababa de salir del despacho del inspector cuando entró Colin, a tiempo de oír lo último que decía Derek Starr: «Un par de días como máximo, Siobhan». Tibbet se imaginaba que sería algo relacionado con el callejón Fleshmarket, pero no sabía qué exactamente. Lo que sí sabía era que a Siobhan le constaba que él había estado estudiando horarios de trenes, lo que la convertía en la principal sospechosa. Pero había otras posibilidades, porque Phyllida Hawes también gastaba bromas, y lo mismo podía decirse de los agentes Paddy Connolly y Tommy Daniels. ¿O sería el inspector jefe Macrae el autor de aquella broma infantil? ¿Y aquel que tomaba un café en la mesita plegable del rincón? Tibbet realmente solo conocía a Rebus por su fama, y su fama era de campeonato. Hawes le había prevenido para que no le tuviera miedo.

—La regla número uno con Rebus es no prestarle dinero ni invitarle a copas —había dicho.

—¿No son dos reglas?

—No necesariamente, porque las dos cosas pueden suceder en un pub.

Aquella mañana Rebus parecía bastante inocente, como adormilado y con unos pelos grises en el cuello que habían escapado a la acción de la maquinilla. Llevaba la corbata como muchos colegiales: porque no tenía más remedio. Entraba siempre silbando alguna irritante y pegadiza melodía pop, y a media mañana, cuando paraba, ya se la había contagiado perniciosamente y era él quien comenzaba a silbarla.

Rebus oyó a Tibbet tararear la melodía inicial de «Wichita Lineman» y trató de disimular una sonrisa. Lo había logrado. Se levantó de la mesa y se puso la chaqueta.

—Tengo que ir a un sitio —dijo.

—Ah.

—Qué bonito —añadió Rebus señalando la locomotora verde—. ¿Es tu hobby?

—Es un regalo de mi sobrino —contestó Tibbet.

Rebus asintió con la cabeza, admirado. Tibbet le miraba sin pestañear. Aquel muchacho sabía pensar y responder rápido, virtudes útiles en un policía.

—Bueno, hasta luego —dijo Rebus.

—¿Y si alguien pregunta por usted? —insistió Tibbet para ver si decía algo más.

—No preguntará nadie, ya verás —respondió él con un guiño al tiempo que salía.

El inspector jefe Macrae salió al pasillo con un montón de papeles camino de alguna reunión.

—¿Adónde va, John?

—Es por el caso de Knoxland, señor. De alguna manera, resulto útil.

—Pese a sus esfuerzos, estoy seguro.

—Ya lo creo.

—Bien, vaya, pero no olvide que usted es nuestro, no de ellos. Si hay trabajo aquí le recuperamos inmediatamente.

—Mejor que no, señor —replicó Rebus buscando la llave del coche en el bolsillo y cruzando la puerta.

Estaba en el aparcamiento cuando sonó el móvil. Era Shug Davidson.

—John, ¿has leído el periódico?

—¿Hay algo que pueda interesarme?

—Te interesará saber lo que tu amigo Steve Holly dice de nosotros.

El rostro de Rebus se ensombreció.

—Ahora voy para allá.

Cinco minutos más tarde aparcaba junto al bordillo e irrumpía en una tienda de prensa. En el coche, miró el periódico y vio que Holly había publicado la foto dentro de un artículo que describía las astucias de los falsos solicitantes de asilo. Mencionaba a unos supuestos terroristas que llegaban a Gran Bretaña haciéndose pasar por refugiados. Aportaba pruebas anecdóticas de aprovechados y embaucadores junto con manifestaciones de vecinos de Knoxland. El mensaje que encerraba era doble: Gran Bretaña era un objetivo fácil y aquella situación no podía continuar.

En el centro del artículo, la foto no era más que un falso adorno.

Rebus llamó a Holly al número del móvil sin obtener contestación y, tras unas discretas maldiciones, colgó.

Se dirigió con el coche al Departamento de Vivienda del Ayuntamiento en Waterloo Place, donde tenía cita con la señora Mackenzie. Era una mujer de cincuenta años, pequeña y activa, a quien Shug Davidson había comunicado por fax la petición de información, pero ella mostraba cierta reserva.

—Se trata de datos privados —dijo—. En la actualidad hay una serie de reglas y restricciones —añadió mientras cruzaban una oficina de planta diáfana.

—Nocreoqueeldifuntoplantearaobjeciones,señoraMackenzie, sobre todo si capturamos al asesino.

—Sí, pero de todos modos... —habían entrado en un cubículo acristalado, que Rebus imaginó sería su despacho.

—Y yo que pensaba que los tabiques de Knoxland eran delgados —comentó tocando el cristal.

Ella quitó unos papeles de una silla y le indicó que se sentara, tras lo cual pasó por el reducido espacio a ocupar su asiento tras la mesa, se caló unas gafas de media luna y rebuscó entre los papeles.

Rebus pensó que con ella no iba a servir de nada un abordaje simpático. Tanto mejor, ya que no era precisamente su punto fuerte. Optó por motivar su ego profesional.

—Mire, señora Mackenzie, tanto a usted como a mí nos interesa hacer nuestro trabajo como es debido —ella le miró a través de las gafas— y resulta que mi trabajo en este caso es la investigación de un homicidio. Una investigación que no podemos iniciar bien sin conocer la identidad de la víctima. Esta mañana recibimos a primera hora un informe de huellas y no hay duda de que la víctima vivía en ese piso.

—Bien, inspector, ese es precisamente el problema. Ese pobre hombre no era el inquilino.

Rebus frunció el ceño.

—No lo comprendo —dijo al tiempo que ella le tendía una hoja.

—Ahí tiene los datos del inquilino, y según yo tengo entendido la víctima era de origen asiático o algo así. ¿Es lógico que se llamase Robert Baird?

Rebus clavó la mirada en aquel nombre. El número de la vivienda era correcto y el del bloque también. Y allí figuraba como inquilino Robert Baird.

—Se habrá mudado de casa.

Mackenzie negó con la cabeza.

—La ficha está al día. Cobramos el alquiler la semana pasada y lo abonó el señor Baird.

—¿No será que lo subarrienda?

Una amplia sonrisa cruzó el rostro de la señora Mackenzie.

—Eso está estrictamente prohibido en el contrato de arrendamiento —comentó.

—Pero ¿la gente lo hace?

—Sí, claro. El caso es que yo misma he hecho indagaciones... —añadió ella con evidente satisfacción, y Rebus se inclinó sobre la mesa para estimularla.

—Cuénteme —dijo.

—He comprobado otros barrios de casas subvencionadas y hay varios Robert Baird en los registros. Además de otros nombres con el apellido de Baird.

—Algunos serán auténticos —dijo Rebus haciendo de abogado del diablo.

—Y algunos no.

—¿Cree que ese Baird ha solicitado pisos subvencionados a gran escala?

La mujer se encogió de hombros.

—Sólo hay un modo de averiguarlo...

La primera dirección que comprobaron correspondía a un bloque de Dumbiedykes, cerca de la antigua comisaría de Rebus. La mujer que les abrió la puerta parecía africana. Detrás de ella vieron a dos niños pequeños correteando.

—Queremos ver al señor Baird —dijo Mackenzie.

Pero la mujer negó con la cabeza y Mackenzie repitió el apellido.

—El hombre a quien pagan el alquiler —añadió Rebus.

La mujer siguió negando con la cabeza y les cerró la puerta despacio pero decidida.

—Creo que no vamos a averiguar nada —comentó Mackenzie—. Vámonos.

Fuera del coche estuvo enérgica y directa, pero una vez sentada se relajó y le preguntó a Rebus por su trabajo, dónde vivía y si estaba casado.

—Separado hace tiempo —contestó él—. ¿Y usted?

Ella alzó la mano mostrando el anillo.

—Hay mujeres que se lo ponen simplemente para que no las molesten —comentó él.

Ella lanzó un bufido.

—Y yo que me creía desconfiada...

—Bueno, es connatural a nuestro trabajo.

Mackenzie suspiró.

—El mío sería muchísimo más fácil sin ellos.

—¿Se refiere a los inmigrantes?

Ella asintió con la cabeza.

—A veces les miro a los ojos y me imagino lo que habrán pasado para llegar aquí. —Hizo una pausa—. Y yo lo único que puedo ofrecerles es un piso como los de Knoxland.

—Mejor eso que nada —comentó Rebus.

—Sí, eso espero.

La siguiente dirección era en un bloque de Leith. Los ascensores estaban estropeados y tuvieron que subir a pie cuatro pisos; Mackenzie en cabeza con sus ruidosos zapatos. En el rellano, Rebus recuperó aliento un instante antes de hacerle una seña con la cabeza para que llamase a la puerta. Les abrió un hombre moreno y sin afeitar con túnica blanca y pantalones de chándal, que se pasó los dedos por la pelambrera.

—¿Quién coño son ustedes? —prreuntó en inglés con un acento muy marcado.

—¿Aprendió a hablar así en el colegio? —replicó Rebus alzando la voz igual que el hombre.

El otro se quedó mirándole sin entender.

Mackenzie se volvió hacia Rebus.

—¿Qué cree que será, eslavo, de Europa del Este? ¿De dónde es? —añadió volviéndose hacia el hombre.

—Que le den por saco —contestó el hombre sin gran inquina farfullando las palabras como para ver su efecto o porque le habían dado buen resultado otras veces.

—¿Conoce a Robert Baird?

El hombre entornó los ojos y Rebus repitió el nombre.

—Le paga dinero —añadió restregando índice y pulgar para que entendiera.

El hombre se enfureció.

—¡A tomar por saco!

—No le estamos pidiendo dinero —dijo Rebus—. Buscamos a Robert Baird, el que tiene el piso —añadió Rebus señalando al interior.

—El dueño —dijo Mackenzie, sin resultado.

El hombre estaba nervioso y su frente comenzaba a perlarse de sudor.

—No es ningún problema —añadió Rebus alzando las manos con la palma hacia él, con la esperanza de que el gesto les franqueara la entrada, cuando vio otra figura en la sombra del pasillo—. ¿Habla inglés? —preguntó alzando la voz.

El hombre volvió la cabeza y vociferó algo gutural, pero la figura continuó acercándose a la puerta y Rebus advirtió en ese momento que era un jovencito.

—¿Hablas inglés? —repitió.

—Un poco —contestó el muchacho.

Era delgado y guapo y vestía camisa azul de manga corta y vaqueros.

—¿Sois inmigrantes? —preguntó Rebus.

—Este es nuestro país —contestó al fin el chico.

—No temas, hijo, no somos de inmigración. Pagáis dinero por vivir aquí, ¿verdad?

—Sí, pagamos.

—Con quien queremos hablar es con el hombre al que dais el dinero.

El chico tradujo la frase a su padre y este miró a Rebus y negó con la cabeza.

—Dile a tu padre que podemos solicitar una visita de inmigración si prefiere hablar con ellos.

El muchacho abrió ojos de temor y su traducción fue más elaborada. El hombre miró a Rebus de nuevo, esta vez con cara de resignación, como si estuviese acostumbrado a ser tratado a patadas por la autoridad con alternancia de treguas. Musitó unas palabras y el chico cruzó el pasillo hacia el interior y volvió con un papel doblado.

—El que viene a por el dinero; si tenemos problemas, aquí...

Rebus desdobló el papel y vio un número de móvil y un nombre: Gareth. Se lo mostró a Mackenzie.

—Gareth Baird es uno de los nombres de la lista —dijo ella.

—No puede haber muchos en Edimburgo. Es muy posible que sea el mismo —dijo Rebus recogiendo la nota y pensando qué resultado daría una llamada.

Vio que el hombre le ofrecía algo: un puñado de billetes.

—¿Trata de sobornarme? —preguntó al muchacho, quien negó con la cabeza.

—Él no lo entiende —respondió el chico.

Habló de nuevo con su padre. El hombre murmuró algo y miró a Rebus, quien comprendió inmediatamente lo que Mackenzie había dicho en el coche. Efectivamente: aquellos ojos denotaban dolor.

—Hoy —añadió el muchacho—. Hoy..., el dinero.

—¿Gareth viene hoy a cobrar el alquiler? —preguntó Rebus entrecerrando los ojos.

El chico habló con su padre y luego asintió con la cabeza.

—¿A qué hora? —preguntó Rebus.

Hubo otro diálogo entre padre e hijo.

—Tal vez ahora... Pronto —tradujo el muchacho.

Rebus se volvió hacia Mackenzie.

—Puedo pedir un coche para que le lleve a su oficina —dijo.

—¿Va a esperarle?

—Eso es.

—Si incumple el contrato, debería estar presente.

—A lo mejor tarda. Yo le informaré. A menos que quiera esperar conmigo todo el día —añadió Rebus encogiéndose de hombros, instándola a que decidiese.

—¿Me llamará? —preguntó ella.

Él asintió con la cabeza.

—Entretanto, puede verificar alguna otra dirección.

Mackenzie pensó que tenía razón.

—De acuerdo —contestó.

—Pediré un coche patrulla —dijo Rebus sacando el móvil.

—¿Y si le asusta?

—Tiene razón. Pediré un taxi.

Rebus hizo una llamada y ella bajó las escaleras dejándole a solas con padre e hijo.

—Voy a esperar a Gareth —les dijo mirando al interior del piso—. ¿Puedo pasar?

—Por favor —respondió el muchacho.

Era un piso sin pintar con las rendijas de las ventanas tapadas con toallas y trozos de tela, pero había muebles y estaba limpio. En el cuarto de estar había una estufa de gas con un quemador encendido.

—¿Quiere un café? —preguntó el muchacho.

—Sí, gracias —contestó Rebus, señalando el sofá, pidiendo permiso para sentarse.

El padre asintió con la cabeza y Rebus tomó asiento. Pero se levantó para mirar las fotos de la repisa de la chimenea. Tres o cuatro generaciones de la familia. Se volvió hacia el padre sonriendo y asintiendo con la cabeza. El rostro del hombre se suavizó un poco. No había nada más en el cuarto que atrajese la atención de Rebus; ni objetos de adorno, ni libros, ni televisor ni tocadiscos. En el suelo, junto a la silla del padre, había una radio portátil pequeña sujeta con cinta adhesiva, seguramente para que no se desmontara. Como no había cenicero no sacó el tabaco. El muchacho regresó de la cocina y le tendió una tacita de café solo sin leche; con el primer sorbo, Rebus sintió una sacudida que no sabía si era por el azúcar o por la cafeína. Asintió con la cabeza para dar a entender su aprobación y vio que le observaban como un ejemplar raro; optó por preguntar al muchacho su nombre y cosas de la familia, pero en ese momento sonó el móvil. Musitó unas palabras y contestó.

Era Siobhan.

—¿Algo sensacional de lo que informar? —preguntó ella.

Estaba sentada en una sala de espera donde no contaba con ver de inmediato a los médicos, aunque ella había imaginado que la harían esperar en un despacho o una antesala y no entre pacientes y acompañantes, niños pequeños ruidosos y personal hospitalario que ignoraba a aquellas visitas que compraban cosas de comer en las dos máquinas. Hacía rato que Siobhan examinaba lo que ofrecían. Una de ellas, una serie limitada de sándwiches —triangulitos de pan con una mezcla de lechuga, tomate, atún, jamón y queso—, y la otra guardaba las patatas fritas y las chocolatinas. Había también una tercera con bebidas y un cartel de «No funciona».

Una vez superado el efecto señuelo de las máquinas, había hojeado el material de lectura de la mesita de centro: revistas femeninas viejas, casi desencuadernadas, con anuncios de ofertas de trabajo arrancados. Un par de cómics infantiles que quedaban, los dejaba para más tarde. Optó por limpiar el teléfono, eliminando mensajes no deseados y llamadas atrasadas de la memoria; luego, mandó un par de mensajes a amigos y finalmente decidió llamar a Rebus.

—No puedo quejarme —contestó él—. ¿Dónde estás?

—En el Royal Infirmary. ¿Y tú?

—En Leith.

—Y habrá quien diga que no nos gusta Gayfield.

—Bien sabemos que no es cierto, ¿verdad?

Siobhan sonrió. Acababa de entrar un niño apenas capaz de empujar la puerta y, poniéndose de puntillas, introducía monedas en la máquina de las chocolatinas sin acabar de decidirse por el producto, con la nariz y las manos pegadas al cristal.

—¿Sigue en firme la cita para más tarde? —preguntó Siobhan.

—Si hay cambios te llamaré.

—No me digas que esperas una oferta mejor.

—Nunca se sabe. ¿Viste esa basura de Steve Holly en el periódico?

—Yo solo leo periódicos para adultos. ¿Publicó la foto?

—Oh, sí... y se despachó a gusto con los solicitantes de asilo.

—Mierda.

—Así que si otro de esos desgraciados acaba en el depósito ya sabemos de quién es la culpa.

Se abrió de nuevo la puerta de la sala de espera y Siobhan pensó que sería la madre de la criatura de la máquina, pero era la recepcionista, que le hizo una seña para que la siguiera.

—John, ya hablaremos después.

—Tú eres quien ha llamado.

—Lo siento, pero ahora me reclaman.

—¿Y a mí ya no? Adiós, Siobhan.

—Nos vemos por la tarde...

Pero Rebus ya había colgado. Siobhan siguió a la recepcionista primero por un pasillo y a continuación por otro; la mujer caminaba aprisa, por lo que no había posibilidad de entablar conversación con ella. Finalmente le señaló una puerta. Siobhan le dio las gracias con una inclinación de cabeza, llamó con los nudillos y entró.

Era una especie de despacho con estanterías, una mesa y un ordenador. Había un médico con bata blanca sentado en la única silla, que hizo girar al entrar ella; el otro se apoyaba en la mesa con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Los dos eran guapos y lo sabían.

—Soy la sargento Clarke —dijo ella estrechando la mano al primero.

—Alf McAteer —respondió él forzando el contacto de las manos y volviéndose hacia su colega, que se levantó—. ¿No es señal de que nos hacemos viejos? —añadió.

—¿El qué?

—Que los policías sean cada vez más encantadores.

El otro sonrió mientras estrechaba la mano de Siobhan.

—Soy Alexis Cater. No se preocupe por él; el Viagra ya ha dejado de hacerle efecto.

—¿Ah, sí? —replicó McAteer fingiendo terror—. Pues habrá que hacer otra receta.

—Mire —dijo Cater—, si es por lo de la pornografía infantil en el ordenador de Alf...

Siobhan endureció el rostro y ladeó la cabeza mirándole.

—Es una broma —dijo él.

—Bueno —replicó ella—, podría hacer que me acompañasen a la comisaría para interrogarles e incautarles los ordenadores y los programas y eso llevaría algunos días, desde luego. —Hizo una pausa—. Por cierto, puede que la policía vaya ganando en aspecto físico, pero también nos dan manga ancha para el sentido del humor desde el primer día.

Los dos la miraron, codo con codo apoyados en el borde de la mesa.

—Está claro —comentó Cater a su amigo.

—Ya lo creo —dijo McAteer.

Eran altos, esbeltos y anchos de hombros. Colegios de pago y rugby, pensó Siobhan. Y también deportes de invierno a juzgar por el bronceado. McAteer era el más moreno y tenía unas cejas espesas que casi se juntaban, pelo negro rebelde, y necesitaba un afeitado. Cater era rubio como su padre, aunque a Siobhan le pareció teñido y advirtió una alopecia precoz. También los mismos ojos verdes del padre, pero, aparte de eso, no se parecía mucho a él. El encanto natural de Gordon Cater había dejado paso a algo menos atractivo: la suficiencia de quien está absolutamente convencido de que todo le va a ir bien en la vida, no por méritos propios, sino por ser hijo de su padre.

McAteer se volvió hacia su amigo.

—Debe de ser por esos vídeos de nuestras criadas filipinas.

Cater le palmeó en el hombro mirando a Siobhan.

—Somos curiosos —dijo.

—A mí no me mezcles, cariño —dijo McAteer con gesto amanerado.

En ese momento Siobhan captó cómo funcionaba la relación entre ellos dos. McAteer la estimulaba constantemente casi como un bufón real que necesitara el beneplácito de Cater, porque tenía poder y todos querían ser amigos suyos. Cater era como un imán para todo lo que McAteer ansiaba: las invitaciones y las mujeres. Como para reforzar la tesis, Cater miró a su amigo y McAteer esbozó un gesto aparatoso de hacer mutis.

—¿En qué podemos servirle? —preguntó Cater con una pizca de exagerada cortesía—. No disponemos más que de unos minutos entre consulta y consulta.

Era otra muestra de su perspicacia: reforzar su posición, dando a entender que aunque fuese hijo de una estrella, su profesión era ayudar a la gente, salvar vidas. Era alguien necesario y eso era intocable.

—Mag Lennox —dijo Siobhan.

—No sabemos de qué habla —contestó Cater, dejando de mirarla a la cara y cruzando las piernas.

—Sí que lo saben —replicó ella—. Robaron su esqueleto en la facultad.

—¿Ah, sí?

—Y ahora ha aparecido... enterrado en el callejón Fleshmarket.

—Lo he leído —dijo Cater con gesto indiferente—. Un hallazgo horripilante. Creo que el artículo decía que guardaba relación con ritos satánicos.

Siobhan negó con la cabeza.

—Hay muchos demonios en Edimburgo, ¿verdad, Lex? —preguntó McAteer.

Cater no le hizo caso.

—¿Cree, entonces, que robamos un esqueleto de la facultad para enterrarlo en un sótano? —Tras un silencio, continuó—: ¿Lo denunciaron a la policía en su momento? No, no recuerdo ninguna denuncia. Aunque las autoridades universitarias alertarían a las otras autoridades.

McAteer asintió con la cabeza.

—Sabe perfectamente lo que sucedió —replicó Siobhan sin levantar la voz—, y que aún padecían las consecuencias de no haberle sancionado por robar del laboratorio de patología miembros humanos.

—Eso es una alegación grave —dijo Cater con una sonrisa—. ¿Debo llamar a mi abogado?

—Lo único que quiero saber es qué hizo con el esqueleto.

Él la miró, probablemente con la misma caída de ojos que ponía nerviosas a tantas mujeres, pero Siobhan no se inmutó. Cater lanzó un bufido y suspiró.

—¿Tan grave delito es enterrar una pieza de museo en un sótano? —insistió con otra sonrisa ladeando la cabeza—. ¿Es que no hay traficantes de droga o violadores que requieran su atención?

Siobhan recordó a Donny Cruikshank con la cara marcada como premio a su delito.

—No tiene por qué preocuparse. Lo que me explique quedará entre nosotros dos —dijo al fin.

—¿Como en las conversaciones de alcoba? —replicó McAteer sin poderlo evitar y cortando de raíz su risita ante una mirada de Cater.

—Eso significa que le haremos un favor, agente Clarke. Un favor que tendrá que pagar.

McAteer sonrió por el comentario, pero no dijo nada.

—Eso depende —replicó Siobhan.

Cater se inclinó levemente hacia ella.

—Venga a tomar una copa conmigo esta tarde y se lo explicaré —dijo.

—Explíquemelo ahora.

Él negó con la cabeza sin dejar de mirarla a la cara.

—Esta tarde —insistió.

McAteer no parecía muy interesado en la propuesta, probablemente por tener que renunciar a algún plan previo.

—No —dijo Siobhan.

Cater consultó el reloj.

—Tenemos que volver al pabellón —dijo tendiéndole la mano—. Ha sido todo un placer. Seguro que habríamos podido charlar bastante... —añadió.

Y al ver que ella no se movía ni le estrechaba la mano, enarcó una ceja. Era el gesto peculiar del padre que Siobhan conocía de algunas películas: ligeramente decepcionado por no haber triunfado.

—Bien. Una copa —dijo.

—Con dos pajitas —añadió Cater, recuperando el dominio perdido.

Al final no le había rechazado y se apuntaba otra victoria.

—¿En el Opal Lounge a las ocho? —preguntó.

Siobhan negó con la cabeza.

—En el bar Oxford a las siete y media —replicó.

—No lo... ¿Es nuevo?

—Todo lo contrario. Búsquelo en la guía telefónica —contestó abriendo la puerta para salir, pero se detuvo un instante y añadió mirando a Alf McAteer—: Y deje aquí a su bufón.

Alexis Cater se echó a reír.

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