Kitabı oku: «El libro negro»
Título original: The Black Book
© John Rebus Limited, 1993.
© de la traducción: Alberto Coscarelli, 2015.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO830
ISBN: 9788490566138
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Cita
Prólogo
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Agradecimientos
Notas
Para los malvados, todas las cosas son malvadas; pero para los justos, todas las cosas son justas y correctas.
JAMES HOGG, Memorias privadas y confesiones
de un pecador justificado
PRÓLOGO
Viajaban dos en una furgoneta a primera hora de la mañana, con los faros encendidos para combatir la blanca y espesa niebla que entraba desde el mar del Norte. Conducían con cuidado, siguiendo instrucciones estrictas.
—¿Por qué tenemos que ser nosotros? —bramó el conductor, mientras intentaba dominar un bostezo—. ¿Qué tienen de malo los otros dos?
El pasajero era mucho más corpulento que su compañero. Aunque tenía cuarenta y tantos años, llevaba el pelo largo, y daba la sensación de que se lo habían cortado usando como molde un casco militar alemán. Solía atusarse el pelo del lado izquierdo de la cabeza, pero en ese momento había olvidado esa manía y se aferraba al asiento. No estaba cómodo viendo cómo el conductor cerraba los ojos cada vez que bostezaba, y pensó que una charla quizá le mantendría despierto.
—Es solo temporal —dijo—. Además, no se trata de una tarea diaria.
—Gracias a Dios. —El conductor cerró los ojos de nuevo y bostezó. La furgoneta se desvió hacia el arcén.
—¿Quieres que conduzca yo? —preguntó el pasajero, antes de añadir con una sonrisa—: Puedes dormir en la parte de atrás.
—Muy gracioso. Me refiero a otra cosa, Jimmy, ¡al pestazo!
—La carne siempre huele pasado un tiempo.
—Tienes respuesta para todo, ¿eh?
—Sí.
—¿Estamos cerca?
—Creía que conocías el camino.
—Por las carreteras principales sí, pero con esta niebla...
—Estamos pegados a la costa. No puede estar muy lejos.
El pasajero, al oír esto, pensó: «¡Vaya si estamos pegados a la costa! ¡Con dos ruedas fuera del arcén y casi al borde de un precipicio!». No era solo eso lo que le ponía nervioso. Nunca antes había hecho el recorrido por la costa este, pero la costa oeste estaba ahora tan vigilada que no le quedaba otra opción. Era, por lo tanto, una carrera desconocida, y eso le perturbaba.
—Allí hay una señal. —Frenaron para mirar a través de la niebla—. La siguiente a la derecha. —El conductor arrancó de nuevo, puso el intermitente y giró para pasar a través de una verja de hierro que estaba abierta—. ¿Qué habríamos hecho si hubiese estado cerrada? —preguntó.
—Tengo unos alicates.
—Tienes una puta respuesta para todo.
—Sí.
Entraron en un pequeño aparcamiento sin pavimentar. Aunque no podían verlos, en un extremo había mesas de madera y bancos donde las familias de domingueros podían comer y pelearse con los insectos. Era un sitio popular por las vistas, un panorama ininterrumpido de mar y cielo a lo largo del horizonte. Abrieron las puertas y salieron de la furgoneta. Olieron y oyeron el mar. En lo alto, chillaban las gaviotas.
—Los pájaros ya se han despertado... Quizá sea más tarde de lo que creíamos.
Fueron a la parte trasera de la furgoneta y abrieron el maletero. El olor era tremendo. Incluso el estoico pasajero se tapó la nariz e intentó con todas sus fuerzas no respirar.
—Cuanto antes terminemos, mejor —dijo.
El cuerpo había sido colocado en dos sacos de fertilizante de plástico grueso, uno por encima de los pies y otro tapándole la cabeza, de tal forma que ambos se superponían en el medio, manteniéndose unidos gracias a un cordel y cinta adhesiva. Las bolsas estaban rellenas de ladrillos que las transformaban en una carga pesada e incómoda de llevar. Llevaron el grotesco paquete a rastras, mientras sus zapatos chapoteaban en la hierba húmeda al pasar por la señal de advertencia del borde del acantilado. Detrás, solo una endeble verja los separaba de su cometido.
—No detendría ni a un maldito mocoso —comentó el conductor. Tenía arcadas, la saliva era como pegamento en su boca.
—Ve con cuidado —le advirtió el pasajero.
Saltaron la valla y avanzaron poco a poco hasta que vieron con toda claridad el borde del acantilado. No había más tierra, solo una pared vertical que descendía hasta el mar turbulento. Sin más ceremonias, arrojaron el bulto al vacío, aliviados de haberse librado de eso. Observaron durante unos segundos cómo se precipitaba hacia el mar.
—Bien, vamos.
—Tío, el aire huele estupendo.
El conductor se metió la mano en el bolsillo para buscar una petaca de whisky. No habían recorrido ni la mitad del camino de regreso a la furgoneta cuando oyeron el sonido de un motor y el crujir de unos neumáticos en la grava.
—Joder.
Los faros del vehículo iluminaron la furgoneta.
—¡Los putos polis! —exclamó el conductor.
—Tranqui —le advirtió el pasajero. Su voz era baja, y sus ojos mostraban determinación.
El freno de mano se clavó y se abrió la puerta del coche. Apareció un agente. Llevaba una linterna. Había dejado los faros encendidos y el motor en marcha. No había nadie más en el coche.
El pasajero sabía cuál era la situación. No era una trampa. Lo más probable era que el poli fuese allí al final de su turno nocturno. Tendría un termo o una manta en el coche y posiblemente solo quería disfrutar de un café o una cabezada antes de acabar su trabajo.
—Buenos días —saludó el agente.
No era joven, y no estaba habituado a tener problemas. A lo sumo, alguna riña de sábado por la noche en un bar, o rencillas entre granjeros. Había sido otra larga y aburrida noche para él, otra noche más cerca de la jubilación.
—Buenos días —respondió el pasajero.
Sabía que podían salir del apuro si el conductor mantenía la calma. Pero luego pensó: «Yo soy el visible».
—No se ve nada, ¿verdad? —dijo el policía.
El pasajero asintió.
—Por eso mismo nos detuvimos —explicó el conductor—. Decidimos esperar a que despeje.
—Muy sensato.
El conductor miró cómo el pasajero se volvía hacia la furgoneta y comenzaba a inspeccionar el neumático trasero del lado del conductor, y le daba un puntapié. Luego hizo lo mismo en la parte trasera del lado del pasajero, antes de agacharse para mirar debajo del vehículo. El policía observaba su actuación.
—¿Algún problema?
—En realidad no —respondió el conductor, nervioso—. Pero es mejor ser precavido.
—Veo que han venido de lejos.
El conductor asintió.
—Desde Dundee.
El policía frunció el ceño.
—¿Desde Edimburgo? ¿Por qué no siguieron por la autovía o la A914?
El conductor pensó deprisa.
—Tuvimos que hacer una descarga en Tayport.
—Incluso así, podrían haber...
El conductor vio cómo el pasajero se situaba detrás del agente. Sujetaba una piedra en la mano. El conductor mantuvo la mirada fija en el poli mientras la piedra se alzaba y bajaba hacia la cabeza del agente. El monólogo del policía terminó abruptamente y su cuerpo quedó tendido en el suelo.
—Fantástico.
—¿Qué otra cosa podíamos hacer? —El pasajero se dirigió hacia su asiento—. ¡Venga, larguémonos!
—Cierto —dijo el conductor—, un minuto más y hubiese descubierto tu... eh...
El pasajero le miró con ojos cortantes.
—Querrás decir que un minuto más y hubiese olido el alcohol en tu aliento.
No dejó de fulminarle con la mirada hasta que el conductor admitió la acusación con un movimiento de hombros.
Salieron del aparcamiento abriéndose paso entre la niebla. Las gaviotas gritaban irritadas en las alturas. El motor del coche del policía continuaba en marcha y los faros iluminaban la figura inmóvil del que hasta ese momento había sido su conductor.
1
Todo ocurrió porque John Rebus estaba en su salón de masajes favorito leyendo la Biblia.
Sucedió porque un hombre entró por la puerta creyendo erróneamente que cualquier salón de masajes situado cerca de una cervecería y media docena de buenos bares tenía que ser a la fuerza un prostíbulo disfrazado y, como tal, debía de atender a los que acababan de cobrar la paga del viernes y a los borrachos habituales.
Pero el Organillero, el inquilino temeroso de Dios, dirigía un negocio legal, un lugar donde los músculos cansados quedaban como nuevos. Rebus estaba cansado: cansado de discusiones con Patience Aitken, de su trabajo y del hecho de que su hermano hubiese aparecido de la nada buscando refugio.
Había sido esa clase de semana.
La noche del lunes había recibido una llamada de su apartamento en Arden Street. Los estudiantes, sus inquilinos, tenían el teléfono de Patience y sabían que podían encontrarle allí. Sin embargo, esa fue la primera vez que tenían un motivo. Ese motivo se llamaba Michael Rebus.
—Hola, John.
Rebus reconoció la voz de inmediato.
—¿Mickey?
—¿Cómo estás, John?
—Joder, Mickey. ¿Dónde estás? No, olvídalo, sé dónde estás. Quiero decir —Michael se reía con suavidad— que oí que te habías ido al sur.
—No funcionó. —Bajó el tono de voz—. La cuestión es, John, ¿podemos hablar? No estaba seguro de hacerlo, pero de verdad necesito hablar contigo.
—Tú dirás.
—¿Debo ir ahí?
Rebus pensó deprisa. Patience estaba recogiendo a sus dos sobrinas en Waverley Station, pero de todas maneras...
—No, quédate donde estás, ya iré yo. Los estudiantes son buenos chicos, quizá te preparen una taza de té o te ofrezcan un porro mientras esperas.
Hubo un silencio, luego la voz de Michael:
—Podría haberme evitado el comentario. —Colgó.
Michael Rebus había cumplido tres de los cinco años de condena que le habían caído por tráfico de drogas. Durante ese tiempo, John Rebus había visitado a su hermano menos de una media docena de veces. Se había sentido aliviado, más que cualquier otra cosa, cuando al salir de la cárcel, Michael había cogido un autobús dirección a Londres. De eso ya hacía dos años, y los hermanos no habían intercambiado palabras desde entonces. Pero ahora, Michael estaba de vuelta, y traía con él los malos recuerdos de un período en la vida de John Rebus que prefería no recordar.
El apartamento de Arden Street estaba sospechosamente arreglado cuando llegó. Solo había dos estudiantes en el piso, una pareja que dormía en lo que había sido el dormitorio de Rebus. Habló con ellos en el vestíbulo. Los chicos habían quedado con alguien y se fueron tras una breve charla, no sin antes entregarle a John otra carta de Hacienda. Cuando se marcharon, reinó el silencio en el apartamento. En realidad, Rebus habría preferido que se hubiesen quedado. Sabía que Michael estaría en la sala de estar y, efectivamente, ahí estaba, agachado ante el equipo de música y fisgando entre las pilas de discos.
—Mira todo esto... —dijo Michael, de espaldas a Rebus—. Los Beatles y los Stones, lo que siempre solías escuchar. ¿Recuerdas cómo volvías loco a papá? ¿Cómo se llamaba aquel tocadiscos...?
—Un Dansette.
—¡Eso es! Papá lo consiguió con los cupones descuento de los paquetes de cigarrillos. —Michael se levantó y se volvió hacia su hermano—. Hola, John.
—Hola, Michael.
No se abrazaron, ni se dieron la mano. Solo se sentaron, Rebus en la silla, Michael en el sofá.
—Este lugar ha cambiado —comentó Michael.
—Tuve que comprar unos cuantos muebles antes de poderlo alquilar.
Rebus echó un vistazo, suficiente para ver las quemaduras de cigarrillos en la alfombra y los carteles pegados en la pared, contraviniendo sus instrucciones explícitas. Abrió la carta de Hacienda.
—Tendrías que haber visto cómo se pusieron en acción cuando les dije que iba a venir. ¡Qué manera de fregar y de barrer! ¿Quién dice que los estudiantes son unos vagos?
—Son buenos chicos.
—¿Cuándo ocurrió todo esto?
—Hace unos meses.
—Me dijeron que estabas viviendo con una doctora.
—Se llama Patience.
Michael asintió, balanceando su rostro enfermo y pálido. Rebus intentó no parecer interesado, pero lo estaba. La carta de Hacienda insinuaba con claridad que sabían que estaba alquilando el apartamento, y entonces ¿por qué no declaraba los ingresos? Sentía un hormigueo en la nuca, como solía pasarle desde que se la había quemado en el incendio. Los doctores decían que no había nada que pudieran hacer.
Se guardó la carta en el bolsillo.
—¿Qué quieres, Mickey?
—En pocas palabras, John, necesito un lugar donde alojarme. Una semana o dos como mucho, hasta que pueda rehacerme.
Rebus miró con expresión impenetrable los carteles de las paredes, mientras Michael le contaba lo mal que le iba en la vida y el poco trabajo y dinero que tenía. Necesitaba una oportunidad...
—Eso es todo, John, solo una oportunidad.
Rebus pensaba. Patience tenía una habitación en su apartamento, por supuesto. Allí había espacio suficiente incluso con las sobrinas, pero de ninguna manera Rebus iba a llevar a su hermano a Oxford Terrace. Las cosas no iban demasiado bien. Sus horas de trabajo hasta muy tarde y las de ella, su cansancio y el de ella, la dedicación a su trabajo y de ella al suyo... Rebus no veía que la presencia de Michael fuese a mejorar las cosas. «No soy el guardián de mi hermano», pensó. Pero de todas maneras...
—Podría meterte en el cuarto trastero, aunque tendré que hablar con los estudiantes sobre eso.
No podía imaginar que ellos se negasen, pero le parecía cortés preguntarles. ¿Cómo podían decir que no? Él era su casero y los pisos eran difíciles de encontrar. Sobre todo apartamentos buenos, como el suyo, y en una zona tan agradable como Marchmont.
—Sería estupendo.
Michael respiró aliviado. Se levantó del sofá y se dirigió a la puerta del cuarto trastero. No era más que un gran armario ventilado, junto a la sala de estar, pero parecía lo bastante grande para albergar una cama y una cómoda, sacando antes todas las cajas y trastos del interior.
—Podríamos guardar todo esto en el sótano —dijo Rebus, de pie detrás de su hermano.
—John —dijo Michael—, tal como me encuentro, me sentiría feliz durmiendo en el sótano. —Cuando se volvió hacia su hermano, había lágrimas en los ojos de Michael Rebus.
El miércoles, Rebus comenzó a comprender que su mundo era una comedia negra.
Michael se había mudado al apartamento de Arden Street sin el menor contratiempo. Rebus había informado a Patience del regreso de su hermano, pero poco más le había dicho al respecto. De todas maneras, ella pasaba mucho tiempo con las hijas de su hermana. Se había tomado unos días libres para mostrarles Edimburgo. Parecía algo bastante duro. Susan, con quince años, quería hacer todas aquellas cosas que Jenny, de ocho, no podía o no quería. Rebus se sentía excluido de ese triunvirato femenino, aunque por la noche entraba a hurtadillas en la habitación de Jenny solo para revivir la magia y la inocencia de una niña dormida. También dedicaba tiempo a eludir a Susan, que comenzaba a mostrarse demasiado consciente de las diferencias entre hombres y mujeres.
Estaba ocupado en el trabajo, lo cual significaba que solo pensaba en Michael alrededor de una docena de veces al día. Ah, el trabajo, eso era otra cosa. Cuando la comisaría de Great London Road se quemó hasta los cimientos, Rebus fue trasladado a St Leonard’s, la jefatura de la división del distrito central.
Con él habían sido destinados el sargento Brian Holmes y, para desconsuelo de ambos, el comisario «Granjero» Watson y el inspector jefe «Pedo» Lauderdale. Habían recibido compensaciones —oficinas más modernas, nuevos muebles, más lugares de ocio y equipos mejor preparados—, pero no las suficientes. Rebus todavía intentaba acomodarse a su nuevo lugar de trabajo. Todo estaba tan ordenado que nunca encontraba nada, lo que le sumía en un estado de angustia que solo podía curar largándose de la oficina y recorriendo las calles. Por ese motivo acabó frente a una carnicería en South Clerk Street, observando a un hombre apuñalado.
El hombre ya había sido atendido por un médico del barrio que estaba haciendo cola para comprar unas costillas de cordero y lonchas de jamón de York, en el momento en que el hombre entró tambaleante en la carnicería. Le habían vendado la herida con un delantal de carnicero limpio, y en ese momento estaban esperando a que bajaran la camilla de la recién llegada ambulancia.
Un agente informó a Rebus.
—Yo estaba un poco más allá, así que no habrían pasado ni cinco minutos cuando alguien me dijo lo que había ocurrido, y vine de inmediato. Entonces fue cuando llamé por radio.
Rebus había escuchado el mensaje del agente en su coche, y decidió acudir. Casi deseaba no haberlo hecho. La sangre en el suelo había coloreado el serrín que lo cubría. Porqué algunos carniceros todavía continuaban echando serrín en el suelo nadie lo sabe. En la pared de azulejos estaba marcada con sangre la silueta de una mano, y había una mancha más pequeña justo debajo.
El hombre herido también había dejado un rastro de gotas resplandecientes en el exterior, que llegaban casi a mitad de recorrido hasta Lutton Place, donde de pronto se detenían en el bordillo.
El hombre se llamaba Rory Kintoul, y le habían apuñalado en el abdomen. Eso era todo hasta el momento. No sabía mucho más, porque Rory Kintoul se negaba a hablar del incidente, una actitud que no compartían los testigos, que se arremolinaban junto al negocio y que comentaban los rumores pertinentes a la multitud que se había congregado para mirar a través del escaparate. A Rebus aquello le recordaba las tardes de los sábados en el St James Centre, donde grupos de hombres se reunían delante de las tiendas de electrodomésticos para ver el fútbol en los televisores de sus escaparates.
Rebus se puso en cuclillas junto a Kintoul, en una actitud un poco intimidatoria.
—¿Dónde vive usted, señor Kintoul?
El hombre no estaba dispuesto a responder. Una voz llegó desde el otro lado del mostrador.
—Duncton Terrace. —El interlocutor vestía un delantal de carnicero ensangrentado y limpiaba un gran cuchillo con una toalla—. Está en Dalkeith.
Rebus miró al carnicero.
—¿Y usted es...?
—Jim Bone. Esta carnicería es mía.
—¿Conoce usted al señor Kintoul?
Kintoul había movido la cabeza con torpeza, intentando mirar el rostro del carnicero, como si intentase influirle en su respuesta. Pero, encogido como estaba contra la vitrina, tendría que haber sido contorsionista para conseguir semejante movimiento.
—Tengo que conocerle —respondió el carnicero—. Es mi primo.
Rebus estaba a punto de decir algo cuando los sanitarios entraron con la camilla y uno de los hombres estuvo a punto de patinar en el suelo ensangrentado. Mientras colocaban la camilla delante de Kintoul, Rebus vio algo que no olvidaría. Había dos carteles en la vitrina, uno clavado en un trozo de cecina, y el otro, en una pieza de solomillo rojo. Uno decía: «Cortes fríos». El otro ponía, simplemente, «Carne».
Una gran mancha de sangre fresca coloreaba el suelo cuando levantaron al primo del carnicero. Cortes fríos y carne. Rebus tuvo un escalofrío, y acto seguido abandonó el lugar.
El viernes, después del trabajo, Rebus decidió ir a hacerse un masaje. Le había prometido a Patience que llegaría a casa a las ocho y todavía eran las seis. Además, una paliza brutal siempre lo dejaba a punto para el fin de semana.
Antes, entró en el Broadsword para tomarse una pinta de cerveza local. No podía haber nada más local que la Gibson’s Dark, una cerveza espesa y fuerte elaborada en la cervecería Gibson, a solo seiscientos metros de distancia. Una cervecería, un bar y una sala de masajes, todo en uno. Rebus pensó que si ponían un buen restaurante indio y un colmado abierto hasta la medianoche, podría vivir allí felizmente el resto de sus días.
No es que no le gustase vivir con Patience en su piso con jardín de Oxford Terrace. Representaba, tal como se dice, estar al otro lado de las vías. Su hogar, desde luego, estaba a un mundo de distancia de ese rincón de mala reputación de Edimburgo, uno de tantos. Rebus se preguntó por qué se sentía tan atraído por esos lugares.
El aire estaba cargado del aroma a lúpulo de la cervecería, y se mezclaba con otros aromas más fuertes de las otras cervecerías de la ciudad. El Broadsword era un abrevadero popular, y, como la mayoría de los bares populares de Edimburgo, se vanagloriaba de una clientela mixta: allí, estudiantes y gente de malvivir se mezclaban con algún que otro empresario. Era un lugar con muy pocas pretensiones, que tenía a su favor una buena cerveza y una buena bodega, y no necesitaba nada más.
El fin de semana ya había comenzado, y Rebus estaba apretujado en la barra, junto a un hombre cuyo inmenso perro alsaciano dormía en el suelo detrás de los taburetes. Ocupaba el lugar de, al menos, dos hombres, pero nadie le pedía que se moviera. Más allá de la barra, alguien bebía mientras agarraba con la otra mano un perchero que Rebus supuso que acababa de comprar en alguna tienda de segunda mano. Todos en el bar bebían la misma cerveza negra.
Aunque había media docena de bares en un radio de cinco minutos a pie, solo el Broadsword servía Gibson’s de barril; los otros bares estaban vinculados a una u otra de las grandes cervecerías. Rebus comenzó a preguntarse, mientras la cerveza bajaba por su garganta, qué efecto tendría en su metabolismo una vez que el Organillero se pusiese a trabajar en su espalda. Decidió no tomarse otra y se dirigió al O-Gee’s, que era como el Organillero llamaba a su tienda. A Rebus le gustaba ese nombre: era la misma expresión que los clientes clamaban en cuanto el Organillero se ponía a trabajar: «¡Oh, Jeez!».* Eso sí, siempre tenían cuidado de no decirlo en voz alta, ya que al Organillero no le gustaba oír blasfemias en la mesa de masajes. Le alteraba, y nadie quería estar en las manos de un Organillero alterado.
Por lo tanto, ahí estaba sentado Rebus con la Biblia en el regazo, esperando para su cita de las seis y media. La Biblia era el único material de lectura en el local, cortesía del Organillero. Rebus la había leído antes, pero no le importaba echarle un vistazo de vez en cuando.
Entonces la puerta principal se abrió con estrépito.
—Dónde están las chicas, ¿eh?
El nuevo cliente no solo estaba mal informado, sino también muy borracho. Y era totalmente imposible que el Organillero atendiese a un borracho.
—Se ha equivocado de lugar, amigo.
Rebus estaba a punto de mencionarle otro par de salas de masaje cercanas que podían ofrecerle la sauna y el masaje a cargo de tailandesas pero, antes de que pudiese hacerlo, el hombre se detuvo ante él y lo apuntó con su dedo, grueso como una salchicha.
—¡Si es nada menos que el maldito John Rebus, el gran mariconazo!
Rebus frunció el entrecejo, intentando poner nombre a la cara que tenía frente a él. Su mente buscó en dos décadas de fotos de prontuarios. El hombre vio la confusión de Rebus y se lo aclaró:
—Deek Torrance, ¿no me recuerdas?
Rebus sacudió la cabeza. Torrance caminó con decisión hacia delante. Rebus apretó los puños, preparado para cualquier cosa.
—Hicimos juntos el entrenamiento de paracaidistas —añadió Torrance—. ¡Joder, tienes que recordarlo!
Y de pronto, Rebus recordó. Recordó todo, recordó la negra comedia que era su vida.
Bebieron e intercambiaron historias en el Broadsword. Deek no había durado mucho en el regimiento de paracaidistas. Después de un año ya había tenido suficiente, y no mucho después abandonó el ejército.
—Era demasiado inquieto, John, ese era mi problema. ¿Y el tuyo?
Rebus sacudió la cabeza y bebió más cerveza.
—¿Mi problema, Deek? No podrías ponerle un nombre.
En realidad ya lo tenía puesto, primero por la súbita aparición de Mickey, y ahora de Deek Torrance. Fantasmas, ambos, de los que Rebus no quería ser su Scrooge. Invitó a otra ronda.
—Siempre decías que ibas a intentar alistarte en los SAS —dijo Torrance.
Rebus se encogió de hombros.
—No funcionó.
En medio del bullicio del bar, un joven que intentaba pasar con un contrabajo entre la multitud empujó a Torrance.
—¿No podía dejar eso fuera?
—¿Fuera? Ni hablar.
Torrance se volvió hacia Rebus.
—¿Has visto eso?
Rebus se limitó a sonreír. Se sentía bien después del masaje.
—Nadie trae nada pequeño a los bares de aquí —gruñó Deek Torrance.
Sí, ahora le recordaba muy bien. Estaba más gordo y más calvo, su rostro era áspero y mucho más carnoso que antes. Tampoco su voz sonaba igual, no del todo. Pero seguía habiendo algo característico en él: el gruñido Torrance. Deek Torrance había sido un hombre de pocas palabras, pero ahora tenía mucho que decir.
—¿En qué andas, Deek?
Torrance sonrió.
—En vista de que eres poli, será mejor que no te lo diga. —Rebus esperó con calma. Torrance estaba borracho hasta el punto de babear. Sin duda, no podría resistirse a decirlo—. Estoy en la compra y venta, sobre todo la venta.
—¿Qué vendes?
Torrance se inclinó hacia él.
—¿Hablo con la poli o con un viejo amigo?
—Un amigo —respondió Rebus—. Estoy fuera de servicio. Dime, ¿qué vendes?
Torrance gruñó.
—Todo lo que quieras, John. Soy como los grandes almacenes Jenners... con la diferencia de que puedo conseguir cosas que ellos no tienen.
—¿Como cuáles?
Rebus miró el reloj del bar. Desde luego no podía ser tan tarde, aunque en el Broadsword siempre tenían el reloj adelantado diez minutos.
—Lo que tú quieras —repitió Torrance—. Cualquier cosa, desde un polvo hasta una pipa. Lo que quieras.
—¿Qué tal un reloj? —Rebus comenzó a darle cuerda al suyo—. El mío solo funciona como unas dos horas seguidas.
Torrance lo miró.
—Un Longines —dijo, pronunciando la palabra correctamente—. No querrás desprenderte de eso, ¿verdad? Mándalo a limpiar, funcionará bien. Si te interesa, también podría recibirlo como parte de pago de un Rolex.
—O sea, que vendes relojes robados.
—¿Eso he dicho? No recuerdo haberlo hecho. Lo que sea, John. Lo que el cliente necesite, yo se lo consigo.
Torrance le guiñó un ojo.
—Oye, ¿qué hora crees que es?
Torrance se encogió de hombros y levantó la manga de su chaqueta en señal de no poder ser de ayuda. No llevaba reloj. Rebus pensó. Había mantenido su cita con el Organillero mientras Deek, paciente, le esperaba en la antesala. Después habían tenido tiempo para tomarse una pinta o dos, antes de que él tuviese que marcharse a casa. Se habían tomado dos... no, tres jarras hasta ahora. Quizá se le estaba haciendo tarde. Llamó al barman y se tocó la muñeca.
—Las ocho y veinte —le gritó el barman.
—Será mejor que llame a Patience —dijo Rebus.
Pero alguien estaba utilizando el teléfono público para cimentar un romance. Es más, se había llevado el auricular al lavabo de señoras para poder oír por encima del ruido del bar, y el cable del teléfono estaba tan tenso que podría haber ahorcado a cualquiera que intentase usar los lavabos. Rebus esperó. Comenzó a mirar el teléfono montado en la pared. Qué demonios. Apoyó el dedo en la horquilla, la bajó y la soltó, antes de mezclarse entre la multitud del pub. Un joven salió del lavabo de señoras y colgó el teléfono con toda su furia. Buscó cambio en sus bolsillos desesperadamente, pero no pareció encontrar nada y comenzó a abrirse paso hacia la barra.
Rebus se dirigió al teléfono. Levantó el auricular, pero no daba tono. Probó de nuevo e intentó marcar. Nada. Algo se había roto cuando el hombre había golpeado con violencia el auricular contra la horquilla. Vaya mierda. Eran casi las ocho y media, y tardaría unos quince minutos en ir hasta Oxford Terrace. Eso lo iba a pagar muy caro.
—Tienes pinta de necesitar un trago —dijo Deek Torrance cuando Rebus se le unió en la barra.
—¿Sabes qué, Deek? —comentó Rebus—. Mi vida es una comedia negra.
—Bueno, es mejor que una tragedia, ¿no?
Rebus comenzaba a preguntarse cuál era la diferencia.
Llegó al apartamento a las nueve y veinte. Era probable que Patience hubiese preparado una cena para los cuatro. Seguramente le había esperado quince minutos o así antes de cenar. Había mantenido caliente su cena durante otros quince minutos, y luego la había tirado. Si era pescado, el gato habría dado buena cuenta de él. De lo contrario, su destino sería la montaña de compost para el jardín. Ya había ocurrido antes, demasiadas veces. Lo malo era que aún sucedía, y Rebus no estaba seguro de que la excusa de un viejo amigo o un reloj roto funcionara bien.
Los escalones que bajaban hasta el jardín estaban gastados y resbaladizos. Rebus descendió por ellos con mucho cuidado, por lo que tardó en ver la gran bolsa de deporte que, iluminada por la luz naranja de las farolas, estaba colocada en el felpudo de ratán, delante de la puerta principal del apartamento. Era su bolsa. La abrió y miró en el interior. Encima de unas cuantas prendas y un par de zapatos había una nota. La leyó dos veces.
No te molestes en intentar abrir la puerta. Tiene echado el cerrojo. También he desconectado el timbre, y el teléfono estará descolgado durante todo el fin de semana. Te dejaré el resto de tus cosas en el umbral el lunes por la mañana.
La nota no necesitaba firma. Rebus soltó el aliento poco a poco, luego metió la llave en la cerradura. No se movió. Tocó el timbre. Ningún sonido. Como último recurso se arrodilló para mirar a través de la boca del buzón. El vestíbulo estaba a oscuras, no había luz en las habitaciones.
—Surgió algo —trató de explicar. No obtuvo respuesta—. Intenté llamar, pero no conseguí ponerme en contacto contigo. —Todavía nada. Esperó un poco más, con la esperanza de que, al menos, Jenny rompiera el silencio. O Susan, a quien también le encantaba montar follones—. Adiós, Patience. —Silencio—. Adiós, Susan. Adiós, Jenny. —Continuó el silencio—. Lo siento.
Lo sentía de verdad.
—Es una de esas semanas —se dijo, y recogió la bolsa.
Andrew McPhail volvió a Edimburgo una mañana de domingo en la que el sol lucía débil y el viento cortaba la piel. Llevaba ausente mucho tiempo, y la ciudad había cambiado en todos los aspectos. El jet lag le duraba desde hacía días, y los precios inflacionarios de Londres habían dejado muy maltrecho su bolsillo. Caminó desde la estación de autobuses de Broughton, un poco más allá de Leith Walk. No era una caminata larga ni llevaba unas maletas pesadas, pero cada paso le parecía más pesado que el anterior. Había dormido mal en el autobús, para no perder la costumbre: no podía recordar la última noche que había dormido a pierna suelta.
El sol parecía estar dispuesto a desaparecer en cualquier momento. Unos gruesos nubarrones se ceñían sobre Leith. McPhail intentó avivar su marcha.
Tenía en el bolsillo la dirección de una pensión. Había telefoneado la noche anterior, y la casera le esperaba. Por teléfono le había sonado agradable, pero era difícil de decir. De cualquier manera, no le importaba cómo fuese, siempre que se mantuviese callada. Sabía que su marcha de Canadá había aparecido en los periódicos canadienses, e incluso en algunos estadounidenses, y suponía que los periodistas de la zona le buscarían para obtener una buena historia. De hecho, le había sorprendido aterrizar con tanta discreción en Heathrow. Nadie parecía saber quién era, y eso estaba bien.
Solo quería una vida tranquila, aunque quizá no tan tranquila como en ciertos momentos de su pasado.
Había llamado a su hermana desde Londres y le había pedido que buscase en la guía de teléfonos a una tal señora MacKenzie, en la zona de Bellevue (sin obtener mucha colaboración por parte de las operadoras de Londres). Melanie y su madre se habían alojado con la señora MacKenzie cuando él las conoció, antes de mudarse todos juntos. Alexis era madre soltera, un caso del Departamento de Servicios Sociales. La señora MacKenzie había sido una casera más comprensiva que la mayoría. Aunque él nunca visitó a Melanie y a su mamá mientras estuvieron allí; a la señora MacKenzie no le habría gustado.
Ella ya no aceptaba inquilinos en esos días, pero era una buena cristiana, y McPhail, un tipo muy persuasivo.
Se detuvo delante de la casa. Era una sencilla construcción de dos plantas, con un enlucido granuloso gris y ventanas de doble cristal. Era idéntica a las casas de su alrededor. La señora MacKenzie abrió la puerta como si estuviese esperándole desde hacía un buen rato. Lo hizo pasar y lo llevó a la planta alta para mostrarle el baño, y a continuación el dormitorio, mientras hablaba sin parar. Su aposento era poco más grande que una celda, pero estaba decorado con gusto (algo así como de mediados de los sesenta). Estaba bien, no se podía quejar.
—Es encantador —le dijo a la señora MacKenzie, que se encogió de hombros como diciendo: «Por supuesto que sí».
—Hay té en la tetera —dijo ella—. Voy a servir un par de tazas. —Entonces, súbitamente, pareció recordar algo—. No se permite cocinar en la habitación.
Andrew McPhail sacudió la cabeza.
—No se preocupe, no cocino —respondió.
La casera hizo un gesto de aprobación y se acercó a la ventana, donde las cortinas de red todavía estaban echadas.
—Las correré. También puede abrir la ventana, si quiere aire fresco.
—Un poco de aire fresco no estaría mal —asintió él. Ambos miraron a través de la ventana hacia la calle.
—Es tranquilo —comentó la mujer—. No hay mucho tráfico. Por supuesto, siempre hay un poco de ruido durante el día.
McPhail se percató de que se refería al viejo edificio escolar del otro lado de la calle rodeado de una verja negra de hierro. No era una escuela grande, lo más probable es que fuera una escuela primaria. La ventana de McPhail daba a las puertas de la escuela, justo a la derecha del edificio principal. Directamente detrás de la verja se veía el patio desierto.
—Iré a servir el té —dijo la señora MacKenzie.
Tan pronto ella hubo salido, McPhail dejó sus maletas sobre la mullida cama individual. Junto a la cama había una mesita de noche y una silla. Levantó la silla, la colocó frente a la ventana, y se sentó. Movió la pequeña figura de un payaso de cristal que había en el alféizar para poder apoyar la barbilla en ese lugar. Nada obstaculizaba su visión. Permaneció allí, soñando despierto, mirando al patio, hasta que la señora MacKenzie le llamó para decirle que el té le esperaba en la sala de estar. «Y también bizcocho». Andrew McPhail se levantó con un suspiro. En realidad no le apetecía tomar té, pero suponía que siempre podría llevárselo a su habitación y dejarlo para más tarde. Se sentía cansado, agotado, pero estaba en casa y algo le decía que por fin iba a dormir como un muerto.
—Ya voy, señora MacKenzie —respondió, y apartó su mirada de la escuela.
2
El lunes por la mañana se corrió la voz por la comisaría de St Leonard’s de que el inspector John Rebus estaba de más mala leche de lo habitual. Algunos lo encontraban difícil de creer, y casi estaban dispuestos a acercarse a Rebus para averiguarlo por ellos mismos. Casi.
Otros no tenían elección.
El sargento Brian Holmes y la detective Siobhan Clarke, sentados con Rebus en el cubículo improvisado de la sala del Departamento de Investigación Criminal, tenían el aspecto de estar frente a una hoguera.
—Bien —dijo Rebus—, ¿qué pasa con Rory Kintoul?
—Ha salido del hospital, señor —respondió Siobhan Clarke.
Rebus asintió, impaciente. Estaba esperando que ella metiese la pata. No porque fuese inglesa, licenciada, o tuviese padres ricos que le habían comprado un apartamento en la Ciudad Nueva. Tampoco porque fuese mujer. Solo era la forma de Rebus de tratar con los detectives jóvenes.
—Y sigue sin hablar —matizó Holmes—. No quiere decir lo que pasó y, desde luego, se niega a presentar una acusación.
Holmes parecía cansado. Rebus se dio cuenta por el rabillo del ojo y desde ese momento evitó establecer contacto visual directo con Holmes, por temor a que su compañero comprendiese que ahora tenían algo en común.
Sus respectivas parejas los habían echado de casa.
A Holmes le había ocurrido hacía poco más de un mes. Tal como él mismo lo comentó más tarde, una vez que se había mudado a Barnton con una tía suya, el problema había tenido que ver con los bebés. El muy idiota no se había dado cuenta de lo mucho que Nell quería un bebé, e incluso hacía bromas sobre el tema, despreocupado. Entonces, un día, ella había estallado —una visión impresionante— y le había echado de casa, hecho presenciado por la mayoría de las vecinas de su pueblo minero al sur de Edimburgo. Al parecer, las vecinas habían aplaudido mientras Holmes huía con el rabo entre las piernas.
Ahora, Holmes trabajaba más que nunca y a Rebus le recordaba a unos pantalones de trabajo desteñidos y raídos, no muy lejos del final de su vida útil.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Rebus.
—Estoy diciendo que creo que deberíamos dejarlo, con todos los respetos.
—¿Con todos los respetos, Brian? Eso es lo que dicen las personas cuando quieren decir «maldito imbécil».
Rebus continuaba sin mirar a Holmes, pero podía notar cómo el joven se sonrojaba. Clarke se miraba el regazo.
—Escucha —añadió Rebus—, este tipo avanzó tambaleándose casi doscientos metros con un corte de cinco centímetros en la tripa. ¿Por qué? —Nadie respondió—. ¿Por qué caminó por delante de una docena de tiendas y solo se detuvo en la de su primo? —insistió Rebus.
—Quizás iba al consultorio del médico, pero las fuerzas terminaron por fallarle —sugirió Clarke.
—Quizás —dijo Rebus en un tono despectivo—. Sin embargo, es curioso que pudiese llegar a la carnicería de su primo.
—¿Cree que su primo podría tener algo que ver, señor?
—Dejad que os pregunte otra cosa. —Rebus se levantó y caminó unos pasos, luego volvió y pilló a Holmes y a Clarke intercambiando miradas, lo cual le intrigó. Al principio, habían surgido chispas entre ellos, chispas de antagonismo. Pero ahora trabajaban bien juntos. Solo confiaba en que la relación no fuese más allá—. Dejad que os pregunte esto. ¿Qué sabemos de la víctima?
—Poca cosa —admitió Holmes.
—Vive en Dalkeith —dijo Clarke—. Es técnico de laboratorio en el hospital. Casado, un hijo. —Se encogió de hombros.
—¿Es todo? —preguntó Rebus.
—Es todo, señor.
—Eso es —dijo Rebus—. No es nadie, no es nada. Ninguna de las personas con las que hablamos dijo ni una sola mala palabra de él. Entonces, decidme: ¿cómo es que acabó apuñalado? Y nada menos que a media mañana del miércoles. Para más inri, el tipo mantiene la boca tan cerrada como el monedero de un avaro en la colecta de la iglesia. Tiene algo que ocultar. Dios sabe qué, pero está relacionado con un coche.
—¿Cómo lo ha sabido, señor?
—La sangre comienza en el bordillo, Holmes. Tuvo que apearse de un coche, ya herido.
—Conduce, señor, pero ahora mismo no tiene coche.
—Una chica lista, Clarke. —Ella se erizó al oír «chica», pero Rebus ya hablaba de nuevo—. Había pedido medio día libre en el trabajo sin decírselo a su esposa. —Se sentó de nuevo—. ¿Por qué, por qué, por qué? Quiero que vosotros dos vayáis de nuevo a hablar con él. Decidle que le seguiremos incordiando hasta que nos cuente la verdad. Hacedle saber que esto va en serio. —Rebus hizo una pausa—. Después, investigad al carnicero.
—Ahora mismo, señor —comentó Holmes.
Le salvó la campanilla del teléfono. Rebus atendió la llamada. Quizá fuera Patience.
—Inspector Rebus.
—John, ¿podrías venir a mi despacho?
No era Patience, sino el comisario.
—En dos minutos, señor —respondió Rebus, y colgó el teléfono. Luego, les ordenó a Holmes y a Clarke—: En marcha.
—Sí, señor.
—¿Crees que estoy armando demasiado escándalo por esto, Brian?
—Sí, señor.
—Quizá tengas razón. Pero no me gustan los misterios, no importa lo pequeños que sean. Así que en marcha y satisfaced mi curiosidad.
Cuando se levantaron, Holmes hizo un gesto hacia la maleta que Rebus había ocultado detrás de la mesa, supuestamente fuera de la vista.
—¿Algo que deba saber?
—Sí —dijo Rebus—. Es allí donde guardo todos los sobornos. Los tuyos sin duda todavía te caben en el bolsillo trasero. —Holmes no parecía dispuesto a moverse, aunque Clarke ya se había retirado a su mesa. Rebus aflojó la guardia, soltó el aliento y bajó la voz—. Acabo de unirme a la fila de los desposeídos. —El rostro de Holmes reflejó alivio—. Ni una puta palabra. Esto es entre tú y yo.
—Comprendido. —Holmes pensó en algo—. Ya sabes que la mayoría de las noches ceno en el Heartbreak Cafe...
—Entonces sabré dónde encontrarte si alguna vez necesito oír algo del primer Elvis.
Holmes asintió.
—También del Elvis de Las Vegas. Solo quiero decir que si hay algo que pueda hacer...
—Podrías comenzar por disfrazarte de mí e ir a ver al Granjero Watson.
Holmes sacudió la cabeza.
—Me refería a cualquier cosa dentro de lo razonable.
Dentro de lo razonable. Rebus se preguntó si estaba dentro de lo razonable pedirles a los estudiantes que le permitiesen dormir en el sofá mientras su hermano dormía en el cuarto trastero. Quizá debería ofrecerles una rebaja en el alquiler. Cuando el viernes por la noche se presentó en el apartamento sin avisar, tres de los estudiantes y Michael estaban sentados en el suelo en posición del loto, preparando canutos y escuchando a los Rolling Stones de mitad del período. Rebus miró con horror el papel de cigarrillo en las manos de Michael.
—¡Maldita sea, Mickey! —Al final, Michael Rebus había conseguido provocar una reacción en su hermano mayor. Los estudiantes, al menos, tuvieron el detalle de mostrarse como los delincuentes que eran—. Tenéis suerte —les dijo a todos— de que en este preciso momento me importe una mierda.
—Adelante, John —dijo Michael, y le ofreció un canuto a medio fumar—. No te puede hacer ningún daño.
—A eso me refiero. —Rebus sacó una botella de whisky de la bolsa que llevaba—. Esto sí.
Se dedicó a pasar las últimas horas de la noche tumbado en el sofá, bebiendo whisky y acompañando las notas de cualquier viejo disco que sonase. A los estudiantes no parecía importarles su presencia, a pesar de que los había invitado a guardar las drogas mientras estuviera allí. Limpiaron el apartamento, ayudados por Michael, y por la noche todos se fueron al bar dejando a Rebus con la televisión y algunas latas de cerveza. No parecía que Michael les hubiese hablado a los estudiantes de sus antecedentes delictivos, y Rebus confiaba en que así seguiría siendo. Michael se había ofrecido a mudarse, o al menos a darle a su hermano el cuarto trastero, pero Rebus se negó. El motivo, no lo tenía claro.
El domingo fue a Oxford Terrace, pero no parecía haber nadie en casa, y su llave seguía sin abrir la puerta. Patience había cambiado la cerradura, o quizá se ocultaba en algún lugar, tratando de curarse el mono a palo seco con las niñas como compañía.
Rebus se hallaba en ese momento delante de la puerta del Granjero Watson y se miraba a sí mismo. Patience le había dejado una maleta con sus cosas delante de la puerta, que Rebus había recogido con tristeza. Sin una nota, solo la maleta. Se había cambiado de traje en el baño de la comisaría. Estaba un poco arrugado, lo que no le suponía un problema. Sin embargo, no tenía corbata a juego: Patience había incluido dos horribles corbatas marrones (¿de verdad eran suyas?) junto con el traje azul oscuro, de forma que las prendas no pegaban en absoluto. Llamó una vez a la puerta antes de abrir.
—Adelante, John, adelante. —A Rebus le pareció que el Granjero también estaba teniendo problemas para acomodar St Leonard’s a su gusto. En la habitación reinaba una atmósfera extraña—. Siéntate. —Rebus buscó una silla. Había una junto a la pared, aplastada por una montaña de expedientes. Los quitó e intentó buscarles un espacio en el suelo. Por lo visto, el comisario tenía menos espacio en su despacho que el propio Rebus—. Todavía estoy esperando a que me traigan los malditos archivadores —reconoció Watson.
Rebus acercó la silla a la mesa y se sentó.
—¿Qué pasa, señor?
—¿Cómo van las cosas?
—¿Las... cosas?
—Sí.
—Las cosas están bien, señor.
Rebus se preguntó si el Granjero sabía lo de Patience. Imposible.
—¿La detective Clarke trabaja bien?
—No tengo quejas.
—Bien. Tenemos un trabajo pendiente, una operación conjunta con Trading Standards.
—¡Oh!
—El inspector jefe Lauderdale te dará los detalles, pero primero quiero consultarlo contigo.
—¿Qué clase de operación conjunta?
—Préstamos de dinero —dijo Watson—. No te he ofrecido café, ¿te apetece? —Rebus negó con la cabeza y observó cómo Watson se inclinaba en su silla. Había tan poco espacio en la habitación que había tomado la costumbre de dejar la cafetera en el suelo, detrás de la mesa. Hasta donde Rebus sabía, ya la había volcado sobre la alfombra beis nueva un par de veces. Cuando Watson se irguió de nuevo, sostenía en su manaza una taza del brebaje infernal. El café del comisario era una leyenda en Edimburgo—. Préstamos de dinero acompañados con algo de protección —corrigió Watson—. Pero, sobre todo, préstamos de dinero.
En otras palabras, la misma y vieja historia de siempre. Personas que pedían dinero prestado en el lugar equivocado, a sabiendas del tremendo riesgo que corrían al hacerlo, ya que no tenían ninguna posibilidad con los bancos. El problema era, por supuesto, que los intereses alcanzaban los centenares por ciento y los atrasos, que no tardaban en producirse, llevaban un interés todavía más prohibitivo. Era un círculo vicioso y sanguinario, porque al final estaba la intimidación, las palizas y algo peor.
De pronto, Rebus supo por qué el comisario deseaba esa pequeña charla.
—No se tratará de Big Ger, ¿verdad? —preguntó.
Watson asintió.
—En cierta manera —reconoció.
Rebus se levantó de un salto.
—¡Esta será la cuarta vez en cuatro años! ¡Siempre se libra, usted lo sabe y yo lo sé! —Normalmente hubiese dicho esto en movimiento, pero no había espacio donde moverse, así que se quedó allí como una especie de orador apocalíptico—. Es una pérdida de tiempo intentar pillarlo por temas de préstamos de dinero. Creía que tras hablar de esto más de una docena de veces, habíamos decidido que era inútil ir por él sin intentar otro enfoque.
—Lo sé, John, lo sé, pero los de Trading Standards están preocupados. El problema parece ser más grande de lo que creían.
—Maldito Trading Standards.
—A ver, John...
—Pero —Rebus hizo una pausa—, con todo respeto, señor, es una completa pérdida de tiempo y de recursos humanos. Montaremos una vigilancia, tomaremos unas cuantas fotos, detendremos a un par de desgraciados que actúan como corredores, y nadie testificará. Si el procurador fiscal de verdad quisiera apresar a Big Ger, nos daría los recursos para poder montar una operación decente.
El problema, por supuesto, era que nadie tenía tantas ganas de detener a Morris Gerald Cafferty (conocido por todos como Big Ger) como John Rebus. Suspiraba por una crucifixión en toda regla. Quería empuñar la lanza y dar el último estoque para cerciorarse de que el cabrón estuviese muerto de verdad. Cafferty era escoria, pero una escoria inteligente. Siempre había testaferros a su alrededor que irían a la cárcel en su nombre. Rebus había fracasado tantas veces en sus intentos de encerrarle, que prefería no pensar en él en absoluto. Ahora, el Granjero le decía que habría una operación, lo que significaba largas noches y días de vigilancia, un montón de papeleo y, finalmente, los arrestos de unos pocos aprendices de matones.
—John —dijo Watson, que apeló a su poder de persuasión—, sé cómo te sientes. Pero por lo menos vamos a hacer un último disparo, ¿eh?
—Sé qué clase de disparo le dedicaría a Cafferty si me dieran la oportunidad —y Rebus convirtió su puño en un arma e imitó el retroceso.
Watson sonrió.
—Entonces es una suerte que no vayamos armados, ¿verdad?
Después de un momento, Rebus también sonrió. Se sentó de nuevo.
—Adelante, señor —dijo—. Le escucho.
Esa misma noche a la once, Rebus veía la tele en la soledad de su apartamento. Seguramente los estudiantes estaban en la biblioteca de la universidad o, en su defecto, en el bar. Dado que Michael tampoco estaba, el bar parecía una apuesta segura. Había llamado a Patience tres veces, y siempre había terminado hablando con el contestador automático, repitiendo que sabía que ella estaba allí y tratando de convencerla para que cogiera el teléfono.
Como resultado, el auricular estaba en el suelo junto al sofá, y cuando sonó estiró un brazo para cogerlo y lo sostuvo junto al oído.
—¿Hola?
—¿John?
Rebus se incorporó como un resorte.
—Patience, gracias a Dios...
—Escucha, esto es importante.
—Sé que lo es. Sé que fui un estúpido, pero tienes que creerme...
—¡Escúchame! —Rebus se calló y escuchó. Haría lo que ella le dijese, sin preguntar—. Creyeron que estabas aquí, así que alguien de la comisaría acaba de llamar. Es Brian Holmes.
—¿Qué quiere?
—No, llamaba por él.
—¿Y qué pasa con él?
—No lo sé. En cualquier caso, está herido.
Rebus se levantó sin soltar el teléfono, arrastrando por el suelo todo el aparato.
—¿Dónde está?
—En algún lugar en Haymarket, en un bar...
—¿El Heartbreak Cafe?
—Eso es. Escucha, John...
—¿Sí?
—Ya hablaremos. Pero todavía no. Solo dame tiempo.
—Como quieras, Patience. Adiós.
John Rebus dejó caer el teléfono y cogió la chaqueta.
Rebus estaba aparcando delante del Heartbreak Cafe apenas siete minutos más tarde. Esta era la belleza de Edimburgo cuando se podían evitar los semáforos. El Heartbreak Cafe había sido abierto un año antes por un cocinero que también resultaba ser un fanático de Elvis Presley. Había utilizado parte de su extensa colección de recuerdos para decorar el interior, y sus habilidades culinarias le permitían ofrecer un menú que casi por sí solo justificaba una visita, incluso si, como era el caso de Rebus, nunca te había gustado Elvis. Holmes había estado hablando del lugar desde su apertura, charlando durante horas sobre un postre llamado Blue Suede Choux. El café también funcionaba como bar, con cócteles exóticos, música de los cincuenta y cervezas embotelladas estadounidenses cuyos precios habrían causado convulsiones en el Broadsword. Rebus tenía la sensación de que Holmes se había hecho amigo del propietario; desde luego, pasaba allí mucho tiempo desde su separación de Nell, y como resultado había engordado algunos kilos. Desde el exterior, el lugar no parecía nada del otro mundo: una fachada de cemento con ventanas rectangulares estrechas en el medio llenas de rótulos de neón que anunciaban las cervezas. En la parte superior de la fachada, un cartel luminoso parpadeaba el nombre del restaurante.
Sin embargo, la acción no estaba dentro. Holmes había sido atacado en la parte de atrás del lugar, donde un callejón angosto llevaba hasta el aparcamiento de los clientes. Era un aparcamiento pequeño para lo que es habitual en cualquier restaurante, y servía como depósito para los cubos a rebosar de basura. La mayoría de los clientes, adivinó Rebus, aparcaban en la calle, pero Holmes lo hacía ahí atrás porque pasaba mucho tiempo en el bar, y porque una vez le habían rayado el coche cuando lo había dejado en la calle.
Había dos coches en el aparcamiento. Uno era de Holmes, y el otro, un viejo Ford Capri con un retrato de Elvis en el capó, pertenecía sin atisbo de duda al propietario del Heartbreak Cafe. Brian Holmes yacía entre los dos vehículos. Hasta el momento nadie le había movido; esperaban a que el doctor acabase su examen. Uno de los detectives presentes reconoció a Rebus y se le acercó.
—Un golpe muy feo en la nuca. Lleva inconsciente unos veinte minutos, desde que lo encontraron. El dueño del café fue quien le encontró y, al reconocerle, nos llamó. Podría tener el cráneo fracturado.
Rebus asintió sin decir nada, con su mirada fija en la figura yaciente de su colega. El otro detective continuaba hablando sobre que la respiración de Holmes era regular; su pulso, correcto...; los consuelos habituales. Rebus se acercó al cuerpo y se detuvo junto al doctor, arrodillado. El médico ni siquiera le miró, pero ordenó al agente que sujetaba una linterna sobre Brian Holmes que la moviese un poquito a la izquierda. Luego comenzó a examinar aquella parte del cráneo de Holmes.
Rebus no veía sangre, pero eso no significaba nada. Las personas morían a todas horas sin perder sangre. Dios, Brian parecía tan tranquilo que era como mirar en un ataúd. Se volvió hacia el detective.
—¿Cuál es el nombre del dueño?
—Eddie Ringan.
—¿Está dentro?
El detective asintió.
—En la barra del bar.
Eso cuadraba.
—Iré a hablar con él —dijo Rebus.
Eddie Ringan tenía lo que eufemísticamente se conoce como un problema con la bebida desde hacía años, mucho antes de que abriese el Heartbreak Cafe. Por esta razón, las personas creían que el bar fracasaría, al igual que sus anteriores negocios. Pero se equivocaron, y la razón era que Eddie había conseguido encontrar a un encargado que no solo era algo así como un gurú financiero, sino que también era correcto y honrado a carta cabal. No le robaba a Eddie, y le mantenía donde este debía permanecer durante las horas de trabajo: en la cocina.
Eddie continuaba bebiendo, pero podía cocinar y beber; eso no era un problema, sobre todo cuando le acompañaban uno o dos ayudantes de cocina para ocuparse del trabajo que requería una mirada clara o una mano firme. Por lo tanto, como afirmaba Brian Holmes, el Heartbreak Cafe prosperaba. Aún no había conseguido convencer a Rebus para compartir una comida de King Shrimp Creole o Love Me Tenderloin. No había convencido a Rebus para que cruzase la puerta principal... al menos hasta esa noche.
Las luces continuaban encendidas. Era como entrar en el santuario del ídolo de un adolescente. Había carteles de Elvis en las paredes, portadas de discos de Elvis, una figura de Elvis de tamaño natural, incluso un reloj de Elvis, con los brazos del Rey señalando la hora. La televisión estaba encendida y emitía una «noticia» sobre un cheque gigante que se había entregado en la cervecería Gibson.
No había nadie más en el local excepto Eddie Ringan, derrumbado en un taburete, y otro hombre detrás de la barra que servía dos chupitos de Jim Beam. Rebus se presentó y fue invitado a sentarse. El encargado de la barra se presentó a sí mismo como Pat Calder.
—Soy el socio del señor Ringan.
Por la manera en que lo dijo, Rebus se preguntó si los dos jóvenes eran algo más que simples socios. Holmes no había mencionado que Eddie era gay. Volvió su atención al cocinero.
Eddie Ringan probablemente se acercaba a la treintena, pero parecía diez años mayor. El pelo le crecía lacio y ralo sobre una cabeza grande y ovalada que se apoyaba de forma inestable sobre el óvalo más grande que era su cuerpo. Rebus había visto a cocineros gordos y cocineros obesos, pero Ringan sin duda era el anuncio en vivo de la cocina de algún otro. Su rostro pastoso mostraba las señales de la bebida; no solo de las copas de esa noche, sino de semanas, meses, incluso años de consumición copiosa y constante. Rebus le observó mientras se tomaba el fuego ámbar de un solo trago.
—Ponme otra.
—No, si vas a conducir —dijo Pat Calder. Luego, con un tono de voz claro y preciso—: Este hombre es un oficial de policía, Eddie. Ha venido a hablar de Brian.
Eddie Ringan asintió.
—Se cayó y se golpeó la cabeza.
—¿Es lo que cree? —preguntó Rebus.
—En realidad no. —Por primera vez, Ringan apartó la mirada de la barra y miró a Rebus a los ojos—. Quizá fue un asaltante, o algún aviso.
—¿Qué clase de aviso?
—Eddie ha bebido demasiado, inspector —intervino Pat Calder—, y está empezando a imaginar...
—¡No me estoy imaginando nada! —Ringan descargó un manotazo en la barra para recalcar sus palabras. Continuaba mirando a Rebus—. Ya sabe cómo es. Los otros restaurantes se inquietan porque no les gusta que tú hagas negocios y ellos no. Te ganas muchos enemigos en este juego.
Rebus asintió.
—¿Así que tiene alguien en mente, Eddie? ¿Alguien en particular?
Eddie Ringan negó con la cabeza en un movimiento lento.
—En realidad no.
—¿Cree que quizás usted era la víctima que se pretendía?
Ringan hizo un gesto para que le sirvieran otra copa, y Calder se la sirvió. Se la bebió antes de responder.
—Quizás. No lo sé. Podrían estar intentando espantar a los clientes. Son tiempos difíciles.
Rebus se volvió hacia Calder, que miraba a Eddie con expresión de asco.
—¿Qué me dice usted, señor Calder? ¿Alguna idea?
—Creo que solo fue un asalto.
—No parece que se llevasen nada.
—Quizá se vieron interrumpidos.
—¿Por quién? ¿Por alguien que se acercaba por el callejón? Entonces ¿cómo escaparon? El aparcamiento es un callejón sin salida.
—No lo sé. —Rebus continuaba mirando a Pat Calder. Era unos pocos años mayor que Ringan, pero parecía más joven. Llevaba su pelo oscuro recogido en lo que a Rebus le parecía una coleta elegante, y tenía unas patillas largas y rectas que le llegaban por debajo de las orejas. Era alto y delgado. Desde luego, parecía que le podría venir muy bien una comida. Rebus había visto más carne en el lápiz de un carnicero—. Quizá —decía Calder—, después de todo, se cayó. Ahí fuera está bastante oscuro. Habría que poner algunas luces.
—Muy considerado de su parte, señor. —Rebus se levantó del incómodo taburete—. Mientras tanto, si recordara algo, sobre todo si se le ocurre algún nombre, siempre puede llamarme.
—Sí, por supuesto.
Rebus se detuvo en el umbral.
—Ah, otra cosa, señor Calder.
—¿Sí?
—Si deja que el señor Ringan conduzca esta noche, haré que le detengan antes de que llegue a Haymarket. ¿No puede llevarle usted a casa?
—No conduzco.
—Entonces le sugiero que meta la mano en la caja para pagar un taxi. De lo contrario, la próxima creación del señor Ringan podría ser el Roquefort de la Cárcel.
Cuando Rebus salía del restaurante, oyó cómo Eddie Ringan comenzaba a reírse.
No se rio durante mucho tiempo. La bebida reclamaba su atención.
—Ponme otra —ordenó.
Pat Calder llenó la copa hasta el borde sin decir palabra. Habían comprado las copas en Miami. Gran parte del dinero había salido del bolsillo de Pat Calder, y también de sus padres. Sostuvo la copa acabada de llenar delante de Ringan, y brindó antes de beber. Entonces, Ringan comenzó a quejarse, y Calder le abofeteó.
Ringan no pareció sorprendido ni dolido. Calder lo volvió a abofetear.
—¡Estúpido maricón! —siseó—. ¡Estúpido, jodido maricón!
—No puedo evitarlo —dijo Ringan, y acercó el vaso vacío—. Estoy hecho un flan. Ahora dame esa copa antes de que haga algo estúpido de verdad.
Pat Calder se lo pensó un momento. Luego le sirvió a Eddie Ringan su copa.
La ambulancia se llevó a Brian Holmes al Hospital Royal. A Rebus nunca le había gustado ese hospital; estaba lleno de buenas intenciones y muy poco personal. Permaneció junto a la cama de Brian Holmes, todo lo cerca que le permitieron estar. Se había apoyado en la pared, pero a medida que transcurría la noche se iba deslizando más y más hacia abajo. Estaba agachado con la cabeza apoyada en las rodillas y los brazos en el suelo cuando notó que alguien estaba a su lado. Era Nell Stapleton. Rebus la pudo reconocer por la estatura, incluso antes de haber visto su rostro surcado por las lágrimas.
—Hola, Nell.
—Por amor de Dios, John. —Las lágrimas comenzaron de nuevo. Él se levantó y se apresuró a abrazarla. Ella le hablaba al oído—. Hablamos esta misma noche. Me comporté de una manera horrible. Y ahora ocurre esto...
—Calma, Nell. No es culpa tuya. Esta clase de cosas pueden pasar en cualquier momento.
—Sí, pero no puedo evitar recordar que la última vez que hablamos estuvimos discutiendo. Si yo no hubiese...
—Nell, Nell, cariño. Cálmate.
La sujetó con fuerza. Era muy agradable, tanto que ni quería pensar en ello. De todas formas, era agradable. Su perfume, su figura, la manera como se apoyaba contra él.
—Discutimos, y él fue a aquel bar. Entonces...
—Chsss, Nell, no es culpa tuya.
Era sincero. No sabía quién era el culpable pero, desde luego, no era ella: los mafiosos de la protección, los celosos propietarios del restaurante, unos simples chorizos... Difícil de aclarar.
—¿Puedo verle?
—Por supuesto.
Rebus hizo un gesto con el brazo hacia la cama de Holmes. Se volvió mientras Nell Stapleton se acercaba, para darle a la pareja algo de intimidad. No es que el gesto sirviese de mucho; Holmes continuaba inconsciente, conectado a un monitor y con la cabeza vendada. Nell habló con el paciente en un tono que a Rebus le hizo pensar en la doctora Patience Aitken, y casi deseó ser él quien estuviera allí tumbado. Era agradable pensar que las personas te dicen cosas bonitas.
Después de cinco minutos, ella volvió con aspecto cansado.
—¿Mucho trabajo? —preguntó Rebus.
Nell Stapleton asintió.
—¿Sabes? —dijo ella en voz baja—, creo que tengo una idea de por qué ocurrió.
Casi susurraba, aunque la sala estaba en silencio. Después, suspiró sonoramente. Rebus se preguntó si habría estudiado arte dramático.
—El libro negro —añadió.
Rebus asintió como si lo hubiese comprendido; frunció el ceño.
—¿Qué libro?
—Probablemente no debiera decírtelo, pero tú no solo trabajas con él, ¿verdad? Tú eres su amigo. —Ella soltó otra vez el aire—. Era el cuaderno de Brian. Nada oficial, solo cosas que investigaba por su cuenta.
Rebus, preocupado ante la posibilidad de despertar a alguien, la llevó fuera de la sala.
—¿Un diario? —preguntó.
—En realidad no. Es que algunas veces oía rumores, chismorreos en el bar. Los anotaba en el libro negro, por si en algún momento pudiera llevar sus investigaciones más allá. Era algo así como un pasatiempo para él, pero quizá también creía que era una manera de ascender antes, no lo sé. Esa era una de las razones principales por las que solíamos discutir... siempre estaba ocupado.
Rebus escuchaba intrigado. Nunca había oído a Holmes mencionar un libro negro.
—¿Y qué pasa con el libro?
—Fue algo que dijo antes de que nosotros... —Nell se llevó la mano a la boca, como si fuese a llorar—. Antes de separarnos.
—¿Qué, Nell?
—No lo sé a ciencia cierta. —Su mirada se cruzó con la de Rebus—. Solo sé que Brian estaba asustado, y nunca antes le había visto así.
—¿Asustado de qué?
Ella se encogió de hombros.
—Por algo del libro. —Luego meneó la cabeza de nuevo—. Estoy segura de que... No puedo evitar la sensación... la sensación de que, de alguna manera, soy responsable de su desgracia. Si no volvemos a...
Rebus la abrazó una vez más.
—Vamos, vamos, cariño. No es culpa tuya.
—¡Sí lo es! ¡Lo es!
—No, no lo es. —Rebus hizo que su voz sonara decidida—. Ahora dime, ¿dónde guarda Brian ese libro negro?
La respuesta estaba en su persona. Las prendas y posesiones de Brian Holmes habían sido retiradas cuando la ambulancia lo dejó en el hospital, pero la identificación de Rebus fue suficiente para darle acceso al departamento de propiedades del hospital, incluso a esa hora intempestiva. El cuaderno estaba en un sobre tamaño A4 junto con sus otras pertenencias: billetera, agenda, identificación, reloj, llaves, calderilla... Todos esos objetos carecían de personalidad ahora que habían sido separados de su propietario, pero fortalecieron la convicción de Rebus de que no había sido un simple asalto.
Nell se había marchado a casa todavía llorando y sin dejar ningún mensaje que transmitirle a Brian. Lo único que sabía Rebus era que ella sospechaba que el ataque había tenido algo que ver con el cuaderno. Quizás estuviera en lo cierto. Se sentó en el pasillo, frente a la sala de Holmes, y se dedicó a leer el cuaderno entre sorbo y sorbo de agua. Holmes había utilizado un código parecido a la taquigrafía, pero no lo bastante complejo para desconcertar a otro poli. Gran parte de la información provenía de una misma noche: esa en la que un grupo de defensa de los derechos de los animales había irrumpido en los archivos de la jefatura de Fettes. Entre otras cosas, habían descubierto pruebas de un escándalo, que incluía a chicos de alquiler, en el que estaban implicados algunos de los ciudadanos más respetables de Edimburgo. Esto no era una novedad para John Rebus; sin embargo, otras anotaciones eran intrigantes, sobre todo la que se refería al Hotel Central.
El Hotel Central había sido una institución en Edimburgo hasta hacía cinco años, cuando se había quemado hasta los cimientos. Se especulaba con una estafa a la compañía de seguros, la cual había ofrecido una recompensa de cinco mil libras a quien suministrara pruebas de que se había producido dicha estafa. Pero la recompensa nunca llegó a pagarse.
Antaño, el hotel había sido el paraíso del viajero. Estaba situado en Princes Street, a tiro de piedra de Waverley Station, y funcionaba como hogar esporádico de muchos empresarios viajeros. Pero en sus últimos años, el Central había visto cómo bajaba la clientela irremediablemente. Y mientras los negocios legales disminuían, otras actividades menos legales aparecían. No era ningún secreto que las viejas habitaciones del Central se podían alquilar por horas, con botella de champán y polvos de talco incluidos, cortesía de la casa.
En otras palabras, el Central se había convertido en un meublé, y no precisamente uno sutil. También atendía a diversos elementos sombríos de la ciudad, en todas sus formas y tamaños. Se celebraban juergas nocturnas para surtidos de villanos de la ciudad, en las que los menores de edad podían beber en el bar durante horas, seguros, con la certeza de que ningún policía honesto atravesaría las puertas. La familiaridad engendró desprecio, y el bar comenzó a ser un centro neurálgico en la venta de drogas, e incluso para otros trapicheos más sucios, así que el Hotel Central se transformó en algo más que en un meublé. Se convirtió en un vertedero.
Un vertedero con la orden de desahucio pendiente.
La policía no podría hacer la vista gorda para siempre, sobre todo cuando las quejas del público crecían cada mes. Y cuanta más basura era introducida en el Central, más basura era producida por el lugar, hasta el punto de que casi ningún bebedor serio lo pisaba. Si uno se aventuraba a ir al Central, es que estaba buscando una mujer, drogas baratas o una pelea. Y que Dios le ayudase si no era así.
Luego, según parece, una noche el Central se incendió. No fue una sorpresa para nadie y ni siquiera los reporteros del periódico local apenas si se preocuparon de cubrir el incendio. La policía, por supuesto, estaba encantada. El incendio le había evitado tener que allanar el tugurio. Pero a la mañana siguiente hubo una sorpresa solitaria: aunque todos los clientes y el personal del hotel habían salido sanos y salvos, un cuerpo apareció entre los techos y las vigas quemadas. Un cuerpo que se había quemado hasta quedar irreconocible.
Un cuerpo que ya estaba muerto cuando se propagó el incendio.
Rebus estaba al tanto de estos detalles. No hubiese sido un detective de la ciudad de Edimburgo de no haberlos conocido. Sin embargo, ahí estaba el libro negro de Holmes, ofreciendo lo que parecían ser unas pistas tentadoras. Rebus releyó la sección que había marcado como relevante.
El incendio del Central. ¡El estaba allí! Partida de póquer en el primer piso. Los hermanos R. involucrados (así que ¿quizá también Mork?). Intentar averiguar.
Rebus estudió la caligrafía de Holmes, en un intento por decidir si el cuaderno decía El o E1; la letra l o el número 1. Si era la letra l, ¿quería decir que El correspondía al equivalente fonético de la letra l? ¿Por qué los signos de exclamación? Parecía que la presencia de El (L o E-Uno) era algo así como una revelación para Brian Holmes. Por otra parte, ¿quién demonios eran los hermanos R.? Rebus pensó de inmediato en sí mismo y en Michael, los hermanos Rebus, pero rápidamente apartó la imagen de su mente. En cuanto a Mork, solo le recordaba a una mala serie de televisión.
No, estaba demasiado cansado para eso. Al día siguiente tendría tiempo suficiente. Quizá para el día siguiente Brian estaría consciente. Rebus decidió rezar una oración por él antes de irse a dormir.
3
La oración no fue atendida. Brian aún no había recuperado el conocimiento cuando Rebus llamó al hospital a la mañana siguiente.
—Entonces ¿está en coma o algo así?
La voz al otro lado del teléfono era fría y se limitaba a los hechos.
—Le harán pruebas esta mañana.
—¿Qué clase de pruebas?
—¿Es usted pariente cercano del señor Holmes?
—No, maldita sea. Soy... —¿Un inspector de policía? ¿Su jefe? ¿Un amigo?—. No importa.
Colgó. Una estudiante asomó la cabeza por la sala de estar.
—¿Quiere una tisana?
—No, gracias.
—¿Un tazón de muesli?
Rebus lo rechazó también. La chica le sonrió y desapareció. Una tisana y muesli... por Dios bendito, ¿qué manera era esa de comenzar el día? Se abrió la puerta del cuarto trastero y una chica adolescente vestida solo con una camisa de hombre salió a la luz del día, frotándose los ojos. Rebus no daba crédito. Ella le sonrió al cruzarse con él, y fue hacia la puerta de la sala de estar caminando de puntillas, con la intención de no apoyar todo el pie descalzo en el frío linóleo del piso.
Rebus se quedó mirando la puerta de la sala de estar durante otros diez segundos, luego fue hasta el cuarto trastero. Michael yacía desnudo en la cama que Rebus había comprado el anterior fin de semana. Se rascaba el pecho con una mano, miraba el techo y no parecía importarle el fétido olor que desprendía el cuarto.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —preguntó Rebus.
—Tiene dieciocho años, John.
—No me refiero a eso.
—Oh. ¿A qué te referías?
Pero Rebus ya no estaba seguro. Había algo sucio en aquella situación; en su hermano compartiendo un trastero con una estudiante mientras él dormía en un mísero sofá a un poco más de dos metros. Era sucio del principio al final. Michael tendría que marcharse, buscarse un hotel o algo así, el caso era que la situación en el piso no podía continuar de la misma manera. No era correcto con los estudiantes.
—Tendrías que venir al bar más a menudo —opinó Michael—. Eso es lo que te está pasando.
—¿Qué?
—Que no ves la vida, John. Es hora de que comiences a vivir un poco.
Michael todavía sonreía cuando su hermano se marchó dando un portazo.
—Me acabo de enterar de lo de Brian.
La detective Siobhan Clarke parecía un tanto angustiada. Había perdido todo el color del rostro excepto por los dos puntos rojos en las mejillas y el rojo pálido de los labios. Rebus le indicó que se sentase con un gesto y ella acercó una silla a la mesa.
—¿Qué ocurrió?
—Alguien le golpeó en la cabeza.
—¿Con qué?
Era una buena pregunta, la clase de pregunta que un detective debía formular. La pregunta que Rebus se había olvidado de hacer la noche anterior.
—No lo sabemos —respondió—. Ni tampoco tenemos ningún motivo, todavía no.
—¿Sucedió fuera del Heartbreak Cafe?
Rebus asintió.
—En el aparcamiento, en la parte de atrás.
—No dejaba de decirme que me llevaría a comer allí.
—Brian siempre mantiene su palabra. No te preocupes, Siobhan, se pondrá bien.
Ella asintió, con la voluntad de creérselo.
—Iré a verle más tarde.
—Si quieres —dijo Rebus, no del todo seguro de lo que quería decir su tono. Ella le miró de nuevo.
—Sí, quiero —aseveró.
Después de que ella se hubo ido, Rebus leyó un mensaje del inspector jefe Lauderdale. Le detallaba los planes iniciales de vigilancia para la operación de préstamo de dinero. A Rebus se le pedía que formulase preguntas y comentarios útiles. Sonrió ante esta frase, a sabiendas de que Lauderdale la había utilizado con la intención de mandarle un mensaje y advertirle sobre sus habituales críticas contra cualquier cosa que se le pusiese delante. Luego, alguien le entregó un grueso paquete, el paquete que había estado esperando. Levantó las tapas de la caja de cartón y comenzó a sacar montañas de expedientes. Eran notas referentes al Hotel Central, su historia y su triste y lamentable final. Sabía que le esperaba toda una mañana de lectura por delante, así que buscó la carta de Lauderdale, le escribió un OK bien grande, garabateó su firma abajo, y la tiró en la bandeja de salida. Lauderdale no se lo creería. Tardaría en asimilar que Rebus había aceptado la vigilancia sin siquiera un murmullo. Iba a dejar perplejo al inspector jefe.
No era una mala manera de empezar un día de trabajo. Rebus se sentó y comenzó a leer el primer expediente de la caja.
Estaba llenando la segunda página con sus notas cuando sonó el teléfono. Era Nell Stapleton.
—Nell, ¿dónde estás?
Rebus continuó escribiendo para acabar la frase.
—Estoy en el trabajo. Solo llamaba para saber si habías averiguado algo.
Él acabó la frase.
—¿Averiguado qué?
—Lo que le pasó a Brian.
—Todavía no estoy seguro. Quizá nos lo diga cuando se despierte. ¿Has llamado al hospital?
—Es lo primero que he hecho.
—Yo también.
Rebus comenzó a escribir de nuevo. Hubo un silencio nervioso al otro extremo de la línea.
—¿Qué me dices del libro negro?
—Ah, cierto. Sí, le he echado una ojeada.
—¿Has encontrado la razón por la que Brian tenía miedo?
—Quizá sí, quizá no. No te preocupes, Nell, estoy en ello.
—Está bien. —Hubo un alivio en su voz—. Solo que cuando Brian se despierte, no le digas que te lo dije.
—¿Por qué? Creo que demuestra tu preocupación por él.
—¡Por supuesto que me preocupo por él!
—Pero eso no te impidió ponerle de patitas en la calle.
Deseó no haberlo dicho, pero lo había hecho. Oía su angustia, y la imaginó en la biblioteca de la universidad, intentando que nadie del personal viese su rostro.
—John —dijo ella por fin—, no conoces toda la historia. Solo conoces la versión de Brian.
—Es verdad. ¿Quieres contarme la tuya?
Ella se lo pensó.
—No de esta manera, por teléfono. Quizás en algún otro momento.
—Cuando tú quieras, Nell.
—Será mejor que vuelva al trabajo. ¿Irás a ver a Brian hoy?
—Puede que vaya esta noche. Le harán pruebas durante toda la mañana. ¿Qué harás tú?
—Me daré una vuelta. Solo estoy a dos minutos.
Así era. Rebus pensó en Siobhan Clarke. Por alguna razón, no quería que las dos mujeres se encontrasen junto al lecho de Brian.
—¿A qué hora piensas ir?
—A la hora de la comida, supongo.
—Una última cosa, Nell.
—¿Sí?
—¿Brian tenía algún enemigo?
Hubo un breve silencio antes de la respuesta.
—No.
Rebus esperó a ver si ella tenía algo más que añadir.
—Bien, cuídate, Nell.
—Tú también, John. Adiós.
Tras colgar el teléfono, Rebus volvió a tomar notas. Después de media frase se detuvo, se golpeó pensativo el bolígrafo contra los labios y permaneció de esa manera durante un tiempo considerable. Luego hizo unas cuantas llamadas a sus contactos (no le gustaba la palabra soplones), y les dijo que mantuviesen los oídos atentos respecto a un ataque detrás del Heartbreak Cafe.
—Un colega mío, lo que significa que es algo serio, ¿vale?
Dijo colega, pero había querido decir amigo.
A la hora de comer fue hasta la universidad y presentó sus respetos en el Departamento de Patología. Había llamado antes y el doctor Curt estaba en su despacho, ataviado con un impermeable color crema y entonando una melodía de música clásica, que Rebus reconoció pero de la que no recordaba el título.
—Ah, inspector, qué agradable sorpresa.
Rebus parpadeó.
—¿En serio?
—Por supuesto. Por lo general, cuando me está incordiando es porque hay algún caso actual y urgente. Pero hoy... —Curt extendió los brazos en casi toda su magnitud—. ¡No hay caso! Sin embargo, me llama por teléfono y me invita a comer. Puede que no haya mucho que hacer en St Leonard’s.
Curt se equivocaba, pero Rebus sabía que St Leonard’s estaba en buenas manos. Antes de marcharse le había dejado tanto trabajo a Siobhan Clarke que no tendría tiempo para comer más allá de un sándwich y una bebida en la cafetería. Cuando ella se quejó, la tranquilizó diciéndole que podía tomarse la tarde libre para visitar a Holmes.
—Por cierto, ¿cómo se ha acomodado allí?
Rebus se encogió de hombros.
—A mí no me importa dónde me pongan. ¿Dónde quiere comer?
—Me tomé la libertad de reservar una mesa en el University Staff Club.
—¿En una cantina?
Curt se rio sonoramente. Había hecho salir a Rebus del despacho, y estaba cerrando la puerta.
—No —dijo Curt—. Hay una cantina, por supuesto, pero como el que paga es usted, creí que podríamos optar por algo un poco más refinado.
—Entonces lléveme a la refinería.
El comedor estaba en la planta baja, cerca de la puerta principal del Staff Club en Chambers Street. Habían recorrido a pie la corta distancia, hablando de banalidades las pocas veces que se podían oír el uno al otro por encima del ruido del tráfico. Curt siempre caminaba como si fuese a llegar tarde a una cita. Era un hombre ocupado: tenía que hacer frente a jornadas de clases, además de muchas otras tareas que se le iban acumulando, cortesía de las fuerzas de seguridad de Escocia, y sobre todo de la policía de Edimburgo.
El comedor era pequeño pero había bastante espacio entre las mesas. Rebus se sintió complacido al ver que los precios eran razonables, aunque supo que la cuenta iba a aumentar cuando Curt pidió una botella de vino de reserva.
—Invito yo —dijo él, obteniendo una negativa por parte de Rebus.
—Invita el comisario —le corrigió.
Después de todo, tenía la intención de reclamar la cuenta como un gasto legítimo. Mientras la camarera servía antes el vino que la sopa, Rebus se preguntó cuándo sería el momento correcto para romper el hielo e iniciar la conversación real.
—¡Salud! —dijo Curt, y levantó su copa. Luego—: ¿De qué va todo esto? No es de la clase de personas que come con un amigo, a menos que haya algo que necesite y no pueda obtenerlo invitando a pintas y patatas en algún salón lleno de humo.
Rebus sonrió al oírle.
—¿Recuerda el Hotel Central?
—Un tugurio en Princes Street. Se quemó hará unos seis o siete años.
—En realidad hace cinco.
Curt bebió otro sorbo de vino.
—Había un cadáver calcinado, si no recuerdo mal. «Rebozado crujiente», lo llamamos nosotros.
—Pero cuando usted examinó el cuerpo, no había muerto en el incendio, ¿verdad?
—¿Han aparecido pruebas nuevas del caso?
—No exactamente. Solo quería preguntarle lo que usted recuerda.
—Deje que haga memoria. —Curt se interrumpió cuando llegó la sopa. Tomó tres o cuatro cucharadas, y luego se secó los labios con la servilleta—. El cuerpo nunca fue identificado. Sé que intentamos hacerlo por los dientes, pero no sirvió de nada. No había ninguna evidencia externa, por supuesto, pero la gente cree estúpidamente que un cuerpo quemado no dice nada. Abrí al muerto y encontré, como sabía que ocurriría, que los órganos internos estaban en bastante buen estado. Cocidos por fuera, crudos por dentro, como un buen filete.
Una pareja en una mesa cercana masticaba en silencio su comida, y miraban fijamente la mesa. Curt no lo advirtió, y si lo hizo no pareció importarle.
—El ADN ya llevaba en marcha unos cuatro años, pero aunque conseguimos algo de sangre del corazón, nunca tuvimos nada con que compararlo. Por supuesto, el corazón fue la clave.
—Debido a la herida de bala.
—Dos heridas, inspector, entrada y salida. Fue eso lo que hizo que volvieran a la escena, ¿no?
Rebus asintió. Habían buscado el cadáver alrededor de la vecindad, y luego se amplió el radio de búsqueda hasta que un cadete encontró la bala. Era del calibre 8 milímetros; concordaba con la herida en el corazón, pero no daba más pistas.
—Usted también descubrió —dijo Rebus— que el muerto se había fracturado el brazo en algún momento del pasado.
—¿Lo hice?
—Claro que eso tampoco nos llevó a ninguna conclusión.
—No me extraña, teniendo en cuenta la reputación del Central. Es probable que todos en aquel lugar hubiesen sufrido lesiones como esa debido a las peleas.
Rebus asintió.
—De acuerdo, sin embargo, nunca fue identificado. De haber sido un cliente habitual, o miembro del personal del hotel, sin duda alguien habría mencionado algo. Pero nadie lo hizo.
—Ocurrió hace mucho tiempo. ¿Está dispuesto a quitarles el polvo a algunos fantasmas?
—Quien golpeó a Brian Holmes no tenía nada de fantasma.
—¿El sargento Holmes? ¿Qué le ha pasado?
Rebus confiaba en poder pasar parte de la tarde leyendo las notas del caso; había sido demasiado optimista. En ese momento estaba pensando en términos de media semana, incluidas las lecturas nocturnas en el apartamento. Había tanto material... Largos informes del departamento de bomberos, del consejo de construcción de apartamentos, recortes de periódicos, informes de la policía, declaraciones...
Tuvo que olvidar a Holmes momentáneamente; cuando volvió a St Leonard’s, Lauderdale le estaba esperando. Había recibido el apresurado comentario de Rebus acerca de la vigilancia sobre el préstamo de dinero, y ahora quería seguir adelante. Eso significó que Rebus estuvo atrapado en el despacho del inspector jefe durante dos horas, primero los dos a solas, luego con la compañía del inspector Alister Flower, un hombre que trabajaba en St Leonard’s desde su apertura en septiembre de 1989 y se vanagloriaba continuamente de que cuando había estrechado la mano del principal mandatario en una ocasión, había descubierto que ambos eran masones, y Flower era de la logia más antigua. A Flower le molestaban los recién llegados de Great London Road. Si había fricciones y facciones dentro de la comisaría, era seguro que Flower estaba detrás de alguna manera. Si algo unía a Lauderdale y Rebus era el desprecio hacia Flower, aunque Lauderdale poco a poco se veía arrastrado al terreno de Flower.
Rebus, sin embargo, sentía asco incluso por la manera ridícula en que el hombre escribía su apellido. Le llamaba «Hierbajo» y pensaba que probablemente Flower tenía algo que ver con las súbitas inspecciones que le había hecho Hacienda.
En la operación contra los prestamistas, Flower iba a dirigir uno de los dos equipos de vigilancia. En un esfuerzo por apaciguar al hombre, Lauderdale le había ofrecido escoger el lugar de vigilancia: uno sería un bar que frecuentaban los prestamistas y donde se decía que recibían los pagos; el otro, en lo que podría ser el cuartel general nominal de la banda, un despacho añadido a una empresa de taxis en Gorgie Road.
—Tengo la aprobación para la vigilancia en Gorgie de la jefatura de la división oeste —informó Lauderdale, eficiente como siempre detrás de una mesa, pero tan útil en la calle como un pulpo en un garaje.
—Bien —dijo Flower—, si el inspector Rebus está de acuerdo, creo que prefiero la vigilancia en el bar. Está un poco más cerca de casa. —Flower sonrió.
—Una elección interesante —opinó Rebus, con los brazos cruzados y las piernas extendidas delante de él.
Lauderdale asentía mientras su mirada pasaba de un hombre a otro.
—Pues entonces, arreglado. Ahora, pasemos a los detalles.
Los mismos detalles, de hecho, que Rebus y él ya habían repasado durante la hora anterior a la llegada de Flower. Rebus intentaba concentrarse pero le era imposible. Estaba desesperado por volver a los expedientes del Hotel Central, pero cuanto más agitado se sentía, más lentas se movían las cosas.
El plan en sí era sencillo. Los prestamistas trabajaban desde el Firth Pub en Tollcross. Allí recibían a los clientes y, por lo general, esperaban a los deudores para que fueran y pagasen la cuota semanal. En algún momento el dinero era trasladado a la oficina en Gorgie. Esa oficina era también utilizada por los deudores como un punto de pago, y en ella se podía encontrar al personaje principal.
Los hombres que trabajaban en el Firth eran vulgares secundarios. Recogían el dinero y utilizaban la persuasión verbal cuando se demoraba un pago. Pero a la hora de la verdad, todo el mundo presentaba sus respetos a Davey Dougary. Davey se presentaba cada mañana en su despacho con la puntualidad de cualquier empresario, y aparcaba su BMW 635CSi junto a los viejos taxis. En el camino del coche a la oficina, si hacía calor se quitaba la chaqueta y se recogía las mangas de la camisa.
Sí, Trading Standards llevaba vigilando a Davey desde hacía algún tiempo y habría agentes suyos involucrados en ambas vigilancias. La policía en realidad solo estaba allí para cumplir la ley; era una operación exclusiva de Trading Standards. El nombre que habían escogido era Sacas de Dinero. Otra elección interesante, pensó Rebus. Mantener la vigilancia en el bar significaría estar allí sentado leyendo el periódico, marcando nombres de caballos en las hojas de apuestas, jugando al billar, al dominó o en la máquina tocadiscos. Ah, sí, y beber cerveza: después de todo, no querrían destacar entre la multitud.
En la oficina significaba estar sentado junto a la ventana de un primer piso desocupado en el edificio de alquiler al otro lado de la calle. El lugar carecía de todo encanto, ni siquiera disponía de baño o calefacción (los muebles del baño habían sido robados durante un asalto a principios de año, váter incluido). Rebus pensó que si Holmes y Clarke tuvieran que llevar el peso de esa vigilancia, suponiendo que Holmes se recuperase a tiempo, sus dos subalternos pasarían largos días acurrucados dándose calor mutuamente en un saco de dormir doble. Demonios. Gracias a Dios que Dougary no trabajaba por las noches. Y gracias a Dios que también habría por allí alguno de Trading Standards.
Así y todo, pensar en atrapar a Davey Dougary calentaba el corazón de Rebus. Dougary era malo, de la misma manera que lo era una manzana podrida. Era uno de los lugartenientes de Big Ger Cafferty. Cafferty incluso una vez había aparecido en la oficina, había fotografías que lo atestiguaban, pero no servirían de nada en un juicio. Podrían atrapar a Dougary, pero Cafferty aún estaba muy lejos, tanto que parecía como si estuviesen empujando un coche averiado mientras él circulaba en quinta.
—Así que —decía Lauderdale—, ¿podemos comenzar el próximo lunes?
Rebus despertó de su ensoñación. Estaba claro que se habían dicho muchas cosas en su ausencia espiritual. Se preguntó si habría asentido a algo. (Su silencio sin duda había sido recibido como un consentimiento tácito.)
—No tengo ningún problema —asintió Flower.
Rebus se retorció en su asiento, consciente de que la escapatoria estaba ahora cerca.
—Es probable que necesite a alguien para ocupar el puesto de Holmes.
—Ah, sí, ¿cómo está?
—Todavía no he llamado, señor —admitió Rebus—. Llamaré antes de marcharme.
—Hágamelo saber.
—Estamos haciendo una colecta —dijo Flower.
—¡Por amor de Dios, todavía no está muerto!
Flower aceptó la explosión sin pestañear.
—Bien, de todas maneras...
—Es un bello gesto —dijo Lauderdale.
Flower se encogió de hombros con modestia. Lauderdale abrió su billetera y sacó a regañadientes un billete de cinco, que le entregó a Flower.
«Vaya con el manirroto», pensó Rebus. Incluso Flower pareció sorprendido.
—Cinco libras —dijo, sin necesidad.
Lauderdale no quería que le diesen las gracias, solo que Flower aceptase el dinero. La billetera había desaparecido de nuevo en su cueva. Flower se guardó el billete en el bolsillo de la camisa y se levantó de la silla. Rebus hizo lo mismo, aunque no le hacía ninguna ilusión estar en el pasillo a solas con Flower. Cuando se disponía a salir, Lauderdale le detuvo.
—Una cosa, John.
Flower olisqueó bajo el dintel de la puerta, sin duda creyendo que Rebus estaba a punto de recibir una reprimenda por su estallido. Pero no era eso lo que Lauderdale tenía en mente.
—Antes pasé por tu mesa y vi que tienes los expedientes del Hotel Central. Un caso antiguo, ¿verdad? —Rebus no dijo nada—. ¿Alguna cosa que deba saber?
—No, señor —respondió Rebus antes de levantarse e ir hacia la puerta—. Nada que deba saber. Solo es una lectura, lo que se podría llamar un proyecto histórico.
—Mejor dicho, arqueológico.
Muy cierto: huesos viejos, jeroglíficos e intentos por devolver los muertos a la vida.
—El pasado es importante, señor —dijo Rebus, y se marchó.
4
Desde luego que el pasado era importante en Edimburgo. La ciudad se alimentaba de su pasado como una serpiente con la cola en la boca. El pasado de Rebus también parecía estar volviendo de nuevo.
Había un mensaje en su mesa escrito por Clarke. Era obvio que había ido a visitar a Holmes, no sin antes atender una llamada telefónica destinada a su superior.
El inspector Morton llamó desde Falkirk. Volverá a llamar más tarde. No quiso decir de qué se trataba. Muy cauteloso. Volveré dentro de dos horas.
Ella era del tipo de persona que compensaría las dos horas perdidas quedándose hasta tarde unas cuantas noches, pese a que Rebus le había privado de una pausa razonable para el almuerzo. A pesar de ser inglesa, había algo de protestante escocés en Siobhan Clarke. Tampoco era culpa suya llamarse Siobhan: sus padres habían sido profesores de literatura inglesa en la Universidad de Edimburgo allá por los sesenta. La cargaron con el nombre gaélico, y luego se trasladaron de nuevo al sur, para que fuese a la escuela en Nottingham y Londres. Pero años más tarde, Clarke había regresado a Edimburgo para ir a la universidad, y se había enamorado (según decía) de la ciudad. Luego había decidido entrar en la policía, cabreando a sus amigos y, según las sospechas de Rebus, a sus liberales padres. Sin embargo, los padres le compraron un apartamento en la Ciudad Nueva, así que tampoco podían ser todo broncas.
Rebus sospechaba que le iría bien en el cuerpo a pesar de personas como él. Las mujeres tenían que trabajar más duro para progresar al mismo paso que sus colegas masculinos, todos lo sabían. Pero Siobhan trabajaba duro, y por Dios que tenía memoria. Dentro de un mes, él podría preguntarle por esa nota sobre su mesa, y ella recordaría la conversación telefónica palabra por palabra. Era espeluznante.
También resultaba extraño que el nombre de Jack Morton, otro fantasma del pasado de Rebus, hubiese surgido en ese momento en particular. Cuando habían trabajado juntos hacía seis años, Rebus no le hubiese dado al joven Morton más de cuatro o cinco años de vida, tal era su consumo de alcohol y cigarrillos.
No había ningún número de teléfono de contacto. Llevaría unos pocos minutos encontrar el número de Morton, pero Rebus no estaba por la labor. Prefería volver a los expedientes de su mesa, pero primero llamó al hospital para preguntar por el progreso de Brian Holmes, donde solo le dijeron que no existía tal cosa, aunque tampoco había habido un empeoramiento.
—Suena optimista.
—No es más que una expresión —dijo la persona al teléfono.
Los resultados de las pruebas no se sabrían hasta la mañana siguiente. Colgó el teléfono, pensó un momento e hizo otra llamada, esta vez a la consulta de Patience Aitken. Desgraciadamente, Patience había ido a atender una visita domiciliaria, así que Rebus dejó un mensaje. Le pidió a la recepcionista que se lo leyera para asegurarse de que sonaba correcto.
«Pensé en llamarte para hacerte saber cómo está Brian. Lamento no haberte encontrado. Puedes llamarme a Arden Street si te apetece. John».
Sí, serviría. Ella tendría que llamarle, solo para demostrar que se preocupaba por el estado de Brian. Con una chispa de esperanza en el corazón, Rebus volvió al trabajo.
Regresó a su apartamento a las seis, después de haber hecho algunas compras por el camino. Aunque se había propuesto llevar los expedientes a casa, en realidad esa noche no quería trabajar en ellos. Estaba cansado, le dolía la cabeza y le picaba la nariz con el polvo que levantaban las páginas. Subió la escalera, abrió la puerta y dejó las bolsas de la compra en la cocina, donde uno de los estudiantes estaba untando mantequilla de cacahuete en una gruesa rebanada de pan integral.
—Hola, señor Rebus. Tuvo una llamada.
—¿Eh?
—Una doctora.
—¿Cuándo?
—Hará unos diez minutos, algo así.
—¿Qué dijo?
—Dijo que si quería saber el estado de...
—¿Brian? ¿Brian Holmes?
—Sí, eso es. Que si quería averiguar cómo estaba Brian Holmes, ella misma podía llamar al hospital, y es lo que ha hecho dos veces en el día de hoy.
El estudiante sonrió, complacido por haber recordado todo el mensaje.
Así que Patience había descubierto la estratagema. Debía haberlo imaginado. Rebus tendría que haberlo aprendido mucho tiempo atrás: nunca intentes colarle un gol a alguien que sabe cómo funciona tu mente.
Sacó la caja de huevos, el bote de judías blancas y un paquete de beicon de la bolsa.
—Oh, Dios mío —exclamó el estudiante con asco—. ¿Sabe usted lo inteligentes que son los cerdos, señor Rebus?
Rebus miró el sándwich del estudiante.
—Mucho más inteligentes que los cacahuetes —respondió. Luego añadió—: ¿Dónde está la sartén?
Más tarde, Rebus se sentó a ver la tele. Había decidido ir caminando hasta el hospital a visitar a Brian Holmes para despejar la mente. Pero la visita en sí había sido deprimente. Ni pizca de progreso.
—¿Cuánto tiempo puede permanecer inconsciente?
—Puede llevar un tiempo —le había consolado la enfermera.
—Ya ha pasado tiempo.
Ella le tocó el brazo.
—Paciencia, paciencia.
¡Patience! Estuvo a punto de tomar un taxi para ir a su apartamento, pero finalmente desestimó la idea. En cambio, fue caminando de vuelta a Arden Street, subió los mismos viejos y gastados escalones, y se dejó caer en el sofá. Había pasado muchas noches en soledad en esa misma habitación, sumido en sus pensamientos, cuando el apartamento era suyo y solo suyo.
Michael entró en la sala de estar, recién duchado y afeitado. Llevaba una toalla bien apretada alrededor de su vientre plano. Estaba en buena forma; Rebus no se había fijado antes, pero Michael vio que ahora sí lo hacía, y se palmeó el estómago.
—Un recuerdo de Peterhead, mucho ejercicio.
—Supongo que allí tienes que mantenerte en forma —dijo Rebus arrastrando las palabras— para poder defenderte si alguien te quiere romper el culo.
Michael descartó el comentario con un gesto.
—Oh, había mucho de eso, pero nunca me interesó.
Se fue al cuarto trastero silbando y comenzó a vestirse.
—¿Vas a salir? —gritó Rebus.
—¿Para qué quedarse?
—¿Vas a ir a ver a esa adolescente de nuevo?
Michael asomó la cabeza por la puerta.
—Es una adulta que consiente.
Rebus se levantó.
—Es una adolescente.
Fue hasta el cuarto trastero y observó a Michael hasta obligarle a dejar lo que estaba haciendo.
—¿Qué, John? ¿Quieres que deje de salir con mujeres? Si no te gusta, lo lamento.
Rebus pensó en todos los comentarios que podía hacer: «Este es mi apartamento»... «Soy tu hermano mayor»... «Tendrías que tener más cabeza»... Sabía que Mickey se reiría —con razón— de todos y cada uno de ellos. Así que pensó en algo más.
—Que te follen, Mickey.
Michael comenzó a vestirse de nuevo.
—Lamento provocarte semejante desilusión, pero ¿cuál es la alternativa? ¿Sentarme aquí toda la noche y mirar cómo te cabreas con el mundo? Gracias, pero no.
—Creía que estabas buscando trabajo.
Michael Rebus cogió un libro de la cama y se lo arrojó a su hermano.
—¡Estoy buscando un puto trabajo! ¿Qué crees que hago todo el día? ¡Dame un respiro, por favor! —Recogió la chaqueta y pasó junto a Rebus—. No me esperes levantado.
Rebus se quedó sumido, antes de las noticias de las diez, en un sueño poco profundo. Era un dormir lleno de sueños, un dormir sin descansar. Perseguía a Patience por un edificio de oficinas, siempre perdiéndola. Comía con una chica adolescente en un restaurante, mientras los Rolling Stones actuaban en un pequeño rincón del local, sin que nadie se fijase en ellos. Miraba cómo un hotel se quemaba hasta los cimientos, preguntándose si Brian Holmes aún continuaba desaparecido, si habría salido con vida...
Luego se despertó temblando. La habitación estaba iluminada únicamente por la farola de la calle, cuya luz se filtraba entre las cortinas. Había estado leyendo el libro que Michael le había lanzado. Era sobre hipnoterapia y yacía sobre su regazo, debajo de la manta que alguien le había echado encima. Había ruidos en la noche, ruidos cercanos, ruidos de placer. Venían del cuarto trastero. Alguna terapia, sin duda. Rebus los siguió escuchando durante lo que le parecieron horas, hasta que la luz en el exterior se volvió pálida.
5
Andrew McPhail se sentó junto a la ventana del dormitorio. Al otro lado de la calle, los escolares formaban de dos en dos delante de las puertas de la escuela. Los niños tenían que dar la mano a las niñas, en una especie de ritual supervisado por dos maestras que apenas parecían tener la edad suficiente para ser madres, y no digamos ya maestras. McPhail bebió un sorbo de té frío de su taza y miró. Prestaba mucha atención a las niñas. Cualquiera de ellas podría ser Melanie, excepto por el hecho de que Melanie sería mayor. No mucho mayor, pero mayor.
Trataba de no engañarse, conocía las probabilidades de que Melanie no estuviese en esa escuela; lo más probable era que ya ni siquiera estuviese en Edimburgo. Pero miró de todas maneras, y se la imaginó allí abajo, con su mano enganchada a la mano fría y húmeda de uno de los chicos. Una de las niñas era muy parecida: tenía un pelo lacio y corto que se curvaba hacia las orejas y la nuca. Su estatura era familiar, también, pero el rostro, lo que podía ver del rostro, no se parecía en nada a Melanie. En realidad, no era en absoluto como ella. Además, ¿qué le importaba a McPhail?
Los niños entraron en el edificio, dejándole atrás con su té frío y sus recuerdos. Oía a la señora MacKenzie en la planta baja, lavando los platos de tal manera que parecía que rompía tantos como limpiaba. No era culpa suya, le fallaba la vista. Todo en la vieja mujer estaba fallando, pero al menos tenía casa, una casa que valdría unas cuarenta mil libras. ¿Qué tenía él? Solo los recuerdos de cómo habían sido las cosas en Canadá y antes de Canadá.
Otro plato se estrelló contra el suelo de la cocina. Todo en la casa estaba en peligro. No quería pensar en el periquito de la sala de estar...
McPhail se acabó el té fuerte. La teína le produjo un leve mareo, el sudor perló su frente. El patio estaba vacío; las puertas de la escuela, cerradas. No veía nada a través de las ventanas del edificio. Podía ser que llegase alguna niña tarde, pero no tenía tiempo que perder: había trabajo que hacer. Era bueno mantenerse ocupado. Estar ocupado te mantenía cuerdo.
—Big Ger —dijo Rebus—. Su nombre completo es Morris Gerald Cafferty.
Obediente, y a pesar de su buena memoria, la detective Siobhan Clarke escribió estas palabras en su libreta. A Rebus no le importó que tomase notas. Cuando bajaba la cabeza para escribir, tenía una vista de su coronilla, con el pelo castaño claro cayendo hacia delante. Era atractiva, aunque poco agraciada. Por cierto, le recordaba vagamente a Nell Stapleton.
—Es el pez gordo, y si nos los ofrecen le cogeremos. Pero la Operación Sacas de Dinero se centrará en David Charles Dougary, conocido como Davey. —De nuevo las palabras acabaron en el papel—. Dougary alquila un despacho a un servicio de taxis en Gorgie Road.
—No está lejos del Heartbreak Cafe, ¿verdad?
La pregunta le sorprendió.
—No —contestó él—, no está lejos.
—¿El propietario del restaurante insinuó un pago por protección?
Rebus movió la cabeza.
—No te entusiasmes, Clarke.
—Esos hombres también están involucrados en los pagos por protección, ¿no?
—No hay mucho en lo que no esté involucrado Big Ger Cafferty: blanqueo de dinero, prostitución... Es un condenado cabrón, pero ese no es el tema. El tema es que esta operación se centrará en los préstamos con usura, y punto.
—Todo lo que digo es que quizás el sargento Holmes fue atacado por error, en lugar del propietario del café.
—Es una posibilidad —admitió Rebus.
Si Clarke estaba en lo cierto, estaba desperdiciando un montón de tiempo y esfuerzo en un caso antiguo. Pero como Nell dijo, Brian estaba asustado por algo anotado en su libro negro, y todo porque había comenzado a investigar quiénes eran los misteriosos hermanos R.
—Volvamos a lo nuestro. Estableceremos el puesto de vigilancia al otro lado de la calle de la empresa de taxis, frente a sus oficinas.
—¿Las veinticuatro horas?
—Comenzaremos con las horas laborables. Según todos los informes, Dougary mantiene una rutina bastante fija.
—¿Qué se supone que hace en aquella oficina?
—Según dice él, desde cursos para inmigrantes hasta envíos de paquetes de comida al Tercer Mundo. No me malinterpretes, Dougary es un tío listo. Ha durado más que la mayoría de los «socios» de Big Ger. También es un maníaco, algo que vale la pena tener en cuenta para sus negocios sucios. Una vez le detuvimos después de una pelea en un bar. Le había arrancado la oreja a otro hombre de un mordisco. Cuando llegamos allí, Dougary la estaba masticando. La oreja nunca se recuperó.
Rebus siempre esperaba alguna reacción a sus historias preferidas, pero todo lo que hizo Siobhan Clarke fue sonreír y decir:
—Me encanta esta ciudad. —Luego añadió—: ¿Hay expedientes del señor Cafferty?
—Oh, sí, hay expedientes. Puedes leerlos. Te darán una idea de a quién te enfrentas.
Ella asintió.
—Lo haré. ¿Cuándo comenzamos la vigilancia, señor?
—A primera hora del lunes. El domingo todo estará montado, solo espero que nos den una cámara decente. —Vio que Clarke parecía aliviada. Entonces cayó en la cuenta—. No te preocupes, no te perderás el partido de los Hibs.
Ella sonrió.
—Juegan en Aberdeen.
—¿Irás?
—Por supuesto.
Ella intentaba no perderse ningún partido.
Rebus aún se sorprendía por el fanatismo de Clarke. No conocía a tantos seguidores de los Hibs.
—Yo no viajaría tan lejos ni para el Segundo Advenimiento.
—Sí que lo haría.
Ahora Rebus sonrió.
—Vale, ¿y qué tenemos en la agenda para hoy?
—Hablé con el carnicero, pero no fue de ninguna ayuda. Creo que tendría más oportunidades de conseguir una frase completa de la carne que guarda en la cámara frigorífica. Pero conduce un Mercedes, un coche caro. Los carniceros no son muy conocidos por sus grandes salarios, ¿verdad?
Rebus se encogió de hombros.
—Si nos atenemos a los precios que cobran, no estaría tan seguro.
—En cualquier caso, pienso pasarme esta mañana por su casa para aclarar un par de puntos.
—Pero estará en el trabajo.
—Por desgracia sí.
Rebus lo pilló.
—¿La esposa estará en casa?
—Eso espero; la invitación a una taza de té, un poco de charla en la sala de estar... Esa clase de cosas.
—Así podrás ver cómo es su vida doméstica, y quizá conseguir que se le escape algo a una esposa charlatana. —Rebus asentía lentamente. Era tan retorcido que tendría que haberlo pensado él mismo—. Pues en marcha, chica —dijo, y en cuanto ella salió, se agachó para recoger uno de los expedientes del Hotel Central.
Comenzó a leerlo, y pronto se detuvo en una página; era la lista de clientes del hotel la noche en que se quemó. Un nombre casi voló de la página. No podía dar crédito. Rebus se levantó y se puso la chaqueta. Otro fantasma. Y otra excusa para marcharse del despacho.
El fantasma era Matthew Vanderhyde.
6
La casa colindante a la de Vanderhyde tenía el desquiciado aspecto de siempre. Propiedad de un viejo nacionalista, tenía la bandera de Escocia en la entrada, y lo que parecían panfletos de hacía treinta años pegados a las ventanas. El propietario no podía disfrutar de mucha luz, al igual que el de la casa a la que se acercaba Rebus, que tenía las cortinas echadas.
Tocó el timbre y esperó. Se le ocurrió que Vanderhyde podía estar muerto. Debía rondar los setenta o setenta y cinco años, y aunque la última vez que se habían visto aparentaba ser un hombre saludable, de eso hacía más de dos años.
Había consultado a Vanderhyde en un caso anterior. Después de cerrado el caso, Rebus siguió yendo a ver a Vanderhyde de cuando en cuando, de una forma informal. Solo vivían separados por seis calles, después de todo. Luego había comenzado a salir en serio con la doctora Patience Aitken, y ya no tuvo tiempo para más visitas.
Se abrió la puerta y allí estaba Matthew Vanderhyde, con el mismo aspecto de siempre. Sus ojos ciegos estaban ocultos tras unas gafas verde oscuro, y encima, su pelo rubio, largo, peinado hacia atrás, se alzaba sobre una frente brillante. Vestía una chaqueta de pana beis con un chaleco marrón, de cuyo bolsillo colgaba la cadena de un reloj. Se inclinó un poco hacia delante, apoyándose en su bastón con puño de plata, esperando las palabras de su visitante.
—Hola, señor Vanderhyde.
—Ah, inspector Rebus. Me preguntaba cuándo le volvería a ver. Pase, pase.
El tono de Vanderhyde sonó como si se hubiesen visto por última vez hacía dos semanas. Llevó a Rebus por el pasillo a oscuras a una sala de estar todavía más oscura. Rebus se fijó en las siluetas de las estanterías, las pinturas, la gran repisa de la chimenea cubierta con recuerdos de los viajes al extranjero...
—Como puede comprobar, inspector, nada ha cambiado en su ausencia.
—Me alegra verle tan bien, señor.
Vanderhyde recibió el comentario con un encogimiento de hombros.
—¿Té?
—No, gracias.
—Estoy realmente entusiasmado de que haya venido. Debe de significar que hay algo que puedo hacer por usted.
Rebus sonrió.
—Siento haber interrumpido las visitas.
—Es un país libre. No languidecía de añoranza.
—Ya veo.
—¿De qué se trata? ¿Brujería? ¿Demonios sueltos por la ciudad?
Rebus continuaba sonriendo. En sus tiempos, Matthew Vanderhyde había sido un activo brujo blanco. Al menos, Rebus consideraba, o suponía, que era blanco. Era algo que nunca habían discutido entre ellos.
—No creo que esto tenga nada que ver con la magia —respondió Rebus—. Es por el Hotel Central.
—¿El Central? Ah, felices recuerdos, inspector. Solía ir allí en la juventud. Los bailes por la tarde, una comida muy aceptable (en aquel entonces tenían una cocina excelente, ya sabe)... Incluso una o dos veces acudí a bailes nocturnos.
—Pienso en tiempos más recientes. Usted estaba en el hotel la noche en que lo incendiaron.
—No recuerdo que se demostrase que el incendio fuese intencionado.
Como siempre, la memoria de Vanderhyde era muy precisa cuando le convenía.
—Es verdad. De todas maneras, usted estaba allí.
—Sí, estaba. Pero me marché horas antes de que comenzase el incendio. Inocente, Su Señoría.
—¿Por qué estaba allí?
—Fui a reunirme con un amigo para tomar una copa.
—Un lugar bastante sórdido para una copa.
—¿Lo era? Tendrá que recordar, inspector, que no podía ver nada. Desde luego, mis sentidos no me lo describían como algo de mala reputación.
—Entendido.
—Tenía mis recuerdos. Para mí, era el mismo viejo Hotel Central donde comía y bailaba. Disfruté mucho de la velada.
—Entonces ¿el Central lo eligió usted?
—No, mi amigo.
—¿Su amigo es...?
Vanderhyde lo pensó.
—Supongo que no es ningún secreto. Aengus Gibson.
Rebus le dio vueltas al nombre.
—¿No se referirá a Black Aengus?
Vanderhyde sonrió, y dejó a la vista sus pequeños dientes ennegrecidos.
—Más le vale que no le oiga llamarle así estos días.
Sí, Aengus Gibson era un personaje reformado, eso era de dominio público. También era, hasta donde Rebus sabía, uno de los jóvenes solteros más deseados de Escocia, si es que alguien de treinta y dos años se podía considerar joven en estos tiempos. Black Aengus, después de todo, era el único heredero de la famosa cervecería Gibson.
—Aengus Gibson —dijo Rebus.
—El mismo.
—Esto ocurrió hace cinco años, cuando él todavía era...
—¿Fogoso? —Vanderhyde se rio por lo bajo—. Oh, en aquel entonces se merecía el nombre de Black Aengus, sí señor. Los periódicos acertaron cuando se les ocurrió el apodo.
Rebus estaba pensando.
—No le he visto en los expedientes. Su nombre está, pero él no aparece.
—Estoy seguro de que su familia se ocupó de que su nombre nunca apareciese en ningún expediente, inspector. Eso les habría dado a los periódicos más combustible del que necesitaban para la ocasión.
Sí, era cierto, Black Aengus había sido un tipo alocado, tanto que incluso los periódicos de Londres se interesaron por sus andanzas. Parecía estar metido en una carrera sin control a través de toda clase de excesos; pero de pronto todo se había detenido. Se había rehabilitado y convertido en un hombre respetable, involucrado en sus negocios cerveceros y en varias entidades benéficas destacadas.
—El leopardo varía sus manchas, inspector. Sé que los polis dudan de semejantes cambios, que creen que todo malhechor es en potencia un reincidente. Supongo que en su trabajo tiene que ser así, pero en el caso del joven Aengus, el leopardo cambió de verdad.
—¿Sabe usted por qué?
Vanderhyde se encogió de hombros.
—Quizá fue debido a nuestra charla.
—¿Aquella noche en el Hotel Central?
—Su padre me había pedido que hablase con él.
—Entonces ¿le conoce bien?
—Oh, sí, desde hace mucho tiempo. Me consideraba prácticamente como un tío suyo. Cuando oí que el Central se había quemado hasta los cimientos, lo vi como algo simbólico. Quizás él también. Por supuesto, sabía la reputación que tenía Aengus, una reputación del todo pésima. Cuando el Central se quemó aquella noche, bueno, pensé que Aengus, como el ave fénix, resucitaría purificado de las cenizas. Resultó ser verdad. —Hizo una pausa—. Sin embargo, ahora está usted aquí, inspector, para preguntar por acontecimientos olvidados hace tiempo.
—Había un cadáver.
—Ah, sí, nunca identificado.
—Un cuerpo asesinado.
—¿Ha reabierto usted esta investigación por alguna razón en particular?
—Quería hablar con usted sobre lo que recordaba de aquella noche. Cualquier cosa, algo que en aquel momento le pudo parecer sospechoso.
Vanderhyde inclinó la cabeza hacia un lado.
—Aquella noche había muchas personas en el hotel, inspector. Usted tiene la lista, y, sin embargo, ¿escoge acudir a un ciego?
—Así es —admitió Rebus—. Un ciego con una memoria fotográfica.
Vanderhyde se rio.
—Desde luego, le puedo dar a usted... impresiones. —Pensó un momento—. Muy bien, inspector. Lo haré por usted, solo le pido una cosa.
—¿Qué?
—Llevo encerrado aquí demasiado tiempo. Lléveme a dar un paseo.
—¿Quiere ir a algún lugar en particular?
Vanderhyde pareció sorprendido de que lo necesitase preguntar.
—Vaya, inspector, al Hotel Central, por supuesto.
—Bien —dijo Rebus—, ahora está usted de cara.
Notaba las miradas de los transeúntes. Empleados de oficina que iban a comer, recorrían apresurados la calle, intentando aprovechar al máximo su tiempo. Algunos incluso parecían enfadados de verdad al tener que maniobrar para esquivar a dos hombres que se atrevían a quedarse quietos en la acera. Pero la mayoría veía que uno de ellos era ciego, y que el otro de alguna manera era su lazarillo, así que encontraron la caridad en sus almas y no protestaron.
—¿En qué se ha convertido, inspector?
—En una hamburguesería.
Vanderhyde asintió.
—Me pareció oler a carne. Sin duda, una franquicia de alguna corporación estadounidense. Princes Street ha conocido tiempos mejores, inspector. ¿Sabe usted que cuando se comenzó con Scottish Sword and Shield se reunían en la sala de baile del Central? Docenas y docenas de personas jurando al unísono devolver a Dalriada a su antigua gloria.
Rebus permaneció en silencio.
—¿No recuerda al Sword and Shield?
—Tuvo que ser antes de mis tiempos.
—Ahora que lo pienso, es probable. Eran los cincuenta, una rama del partido nacional. Yo mismo asistí a un par de reuniones. Había algunas furiosas llamadas a las armas, seguidas de té y galletas. No duró mucho. Broderick Gibson fue presidente un año.
—¿El padre de Aengus?
—Sí. —Vanderhyde estaba recordando—. Había un bar cerca de allí famoso por las tertulias sobre política y poesía, al que algunos de nosotros íbamos después de las reuniones.
—Creí que había dicho que solo había ido a dos.
—Quizás a más de dos.
Rebus sonrió. Si lo investigaba, sabía que con toda probabilidad descubriría que un tal señor Vanderhyde había sido presidente del Sword and Shield en algún momento.
—Era un buen bar —recordó Vanderhyde.
—En sus días —dijo Rebus.
Vanderhyde suspiró.
—Edimburgo, inspector. Le das la espalda un segundo y cambian el nombre de un bar o el ramo de una tienda. —Señaló detrás con el bastón y casi hizo caer a alguien en el proceso—. Sin embargo, no pueden cambiar eso. También es Edimburgo.
El bastón se movió en dirección a Castle Rock, impactando en las piernas de una mujer. Rebus intentó disculparse con una sonrisa.
—Quizá deberíamos irnos a sentar al otro lado de la calle —sugirió.
Vanderhyde asintió, así que cruzaron por el semáforo hasta el otro lado, más tranquilo, de la calle. Los bancos orientaban sus respaldos hacia los jardines, cada uno con una placa dedicada a la memoria de alguien. Vanderhyde hizo que Rebus le leyera la del suyo.
—No —dijo moviendo la cabeza—. No reconozco ninguno de estos nombres.
—Señor Vanderhyde —señaló Rebus—, comienzo a sospechar que no me ha traído hasta aquí solo para dar un paseo. —Vanderhyde sonrió pero guardó silencio—. ¿A qué hora llegó al bar aquella noche?
—A las siete en punto, era lo acordado. Por supuesto, Aengus, siendo como era, llegó tarde. Creo que se presentó a las siete y media, cuando yo ya estaba sentado en un rincón bebiendo un whisky con agua. Creo que era J&B. —Pareció complacido por esta pequeña hazaña memorística.
—¿Alguien conocido en el bar?
—Oigo gaitas —dijo Vanderhyde.
—Tocan para los turistas —explicó Rebus—. Es algo que da bastante dinero en verano.
—No es muy bueno. Imagino que debe de llevar una falda, pero el tartán no es correcto.
—¿Había en el bar alguien a quien conociera? —insistió Rebus.
—Oh, déjeme pensar...
—Con todo respeto, señor, no necesita pensar. Lo sabe o no lo sabe.
—Bien, creo que Tom Hendry estaba allí aquella noche, y que se detuvo en nuestra mesa para saludar. Solía trabajar para los periódicos.
Sí, Rebus había visto su nombre en la lista.
—Había alguien más... no lo conocía, y no habló mientras estuvo con nosotros. Pero recuerdo el olor a limón, un olor muy fuerte. Creí que podía ser un perfume, pero cuando se lo mencioné a Aengus, se echó a reír y dijo que no pertenecía a una mujer. No añadió nada más, pero tuve la sensación de que le hacía mucha gracia que yo hubiese mencionado el tema. Estoy seguro de que nada de esto es relevante.
El estómago de Rebus gruñía. Hubo una explosión súbita muy por encima de sus cabezas. Vanderhyde sacó el reloj del bolsillo del chaleco, abrió la tapa y pasó los dedos por la esfera.
—La una en punto —dijo—. Como dije, inspector, algunas cosas en nuestra ciudad permanecen inmutables.
Rebus asintió.
—Por ejemplo, la lluvia. —Comenzaban a caer solitarias gotas y el sol de la mañana había desaparecido como por arte de magia—. ¿Alguna cosa más que pueda decirme?
—Aengus y yo hablamos. Intenté convencerle de que transitaba por un camino muy peligroso. Su salud se deterioraba y estaba dilapidando la riqueza familiar. Digamos que el último argumento fue el más persuasivo.
—¿Así que renunció a la vida libertina tras hablar con usted?
—Yo no diría tanto. La clase dirigente de Edimburgo nunca se ha apartado demasiado de la juerga, al menos no del todo. Sin ir más lejos, cuando nos separamos fue a verse con una mujer. —Vanderhyde se mostró pensativo—. Pero si me permite decirlo, mis palabras tuvieron un efecto en él. —Asintió—. Aquella noche cené solo en The Eyrie.
—Yo también he ido allí alguna vez —dijo Rebus. Su estómago volvió a gruñir—. ¿Le apetece una hamburguesa?
Después de dejar a Vanderhyde en casa regresó a St Leonard’s. Siobhan se levantó de su mesa en cuanto le vio. Parecía complacida consigo misma.
—Por lo que veo, la esposa del carnicero era habladora —comentó Rebus, y se dejó caer en la silla. Había otra nota en su mesa avisándole de que Jack Morton había llamado, y esta vez también había un número a donde Rebus le podía llamar.
—Una cotilla en toda regla, señor. Tuve problemas para marcharme.
—¿Y?
—Algo y nada.
—Pues dame algo.
Rebus se acarició el estómago. Había disfrutado de la hamburguesa, pero no estaba del todo lleno. Siempre quedaba la cantina, pero le preocupaba terminar como los barrigudos policías que la frecuentaban.
—El algo es lo siguiente. —Siobhan Clarke se sentó—. Bone ganó el Mercedes en una apuesta.
—¿Una apuesta?
Clarke asintió.
—Se jugó su parte de la carnicería contra el Mercedes. Y ganó la apuesta.
—Caray.
—Su esposa parecía muy orgullosa, dice que es un gran jugador. Quizá lo sea, pero no parece que tenga la fórmula ganadora.
—¿A qué te refieres?
Clarke se entusiasmaba con el tema y a Rebus le gustaba ver ese brillo en sus ojos, fruto de una investigación exitosa.
—Había unas cuantas cosas que no estaban del todo bien en la sala de estar. Por ejemplo, tienen cintas de vídeo pero no tienen vídeo, aunque hay una silueta de polvo donde debió de estar el aparato. También tienen uno de esos muebles grandes para poner el televisor y el vídeo, pero el televisor es de esos portátiles.
—O sea, que se desprendieron del vídeo y del televisor.
—Supongo que para pagar alguna deuda.
—¿Apostarías por deudas de juego?
—Lo haría si fuese una apostadora, cosa que no soy.
Rebus sonrió.
—Quizá compraron las cosas a crédito y no pudieron pagar las cuotas.
Siobhan pareció dudar.
—Quizá —concedió.
—Vale, bueno, es interesante, pero no va muy lejos, todavía no. Tampoco nos dice nada de Rory Kintoul, ¿verdad? —Ella fruncía el entrecejo—. ¿Le recuerdas, Clarke? El hombre al que apuñalaron en la calle. Es él quien nos interesa.
—Entonces ¿qué sugiere, señor? —Había un deje de acritud en aquel «señor»; no le gustaba que su buen trabajo no fuese recompensado—. Ya hemos hablado con él.
—Y volverás a hablar con él de nuevo. —Ella pareció dispuesta a protestar—. Solo que esta vez —añadió Rebus— vas a preguntarle por su primo, el señor Bone, el carnicero. No sé muy bien qué estamos buscando, así que tendrás que ir a tientas. Solo prueba a ver si algo toca el nervio.
—Sí, señor. —Ella se levantó—. Oh, por cierto, recibí los expedientes de Cafferty.
—Hay mucho que leer allí, la mayoría de calificación X.
—Lo sé. Ya he comenzado. Y ya no se dice calificación X, se dice para mayores de dieciocho años.
Rebus parpadeó.
—Solo es una expresión. —En el momento en que ella se giró, él la retuvo—. Siobham, toma algunas notas, ¿quieres? Me refiero a Cafferty y su banda. Así, cuando acabes, podrás refrescarme la memoria. He pasado mucho tiempo apartando a ese monstruo de mis pensamientos y ha llegado la hora de que abra de nuevo la puerta al infierno.
—Ningún problema.
Dicho esto se marchó. Rebus se preguntó si tendría que haberle dicho que había hecho un buen trabajo en casa de Bone. Ahora era demasiado tarde. Además, si ella veía que él estaba complacido, quizá dejaría de trabajar tan duro. Cogió el teléfono y llamó a Jack Morton.
—¿Jack? Hace tiempo que no hablamos. Soy John Rebus.
—John, ¿cómo estás?
—No estoy mal. ¿Y tú?
—Bien. Me hicieron inspector.
—Sí, a mí también.
—Eso he oído. —Las palabras de Jack Morton se ahogaron cuando comenzó a toser.
—¿Todavía dándole al pitillo, Jack?
—Estoy reduciendo la cantidad.
—Recuérdame que venda mis acciones de las tabacaleras. A ver, dime: ¿cuál es el problema?
—Es tu problema, no el mío. Vi algo de Scotland Yard referente a Andrew McPhail.
Rebus buscó el nombre en su memoria.
—No —admitió—, ahí me has pillado.
—Lo tenemos registrado como agresor sexual. Intentó abusar de la hija de la mujer con la que estaba viviendo. Esto ocurrió hace unos ocho años, pero nunca conseguimos probar la acusación.
Rebus comenzaba a recordar.
—¿Lo interrogamos cuando aquellas niñas comenzaron a desaparecer? —Rebus se estremeció al recordarlo: su propia hija había sido una de esas pequeñas.
—Solo por rutina. Comenzamos con los pedófilos convictos y los sospechosos habituales, y seguimos a partir de ahí.
—¿Un tío regordete con el pelo como de alambre?
—El mismo.
—¿Cuál es el problema, Jack?
—El problema es que lo tenéis allí. Está en Edimburgo.
—¿Y?
—Joder, John, creía que lo sabías. Se largó a Canadá después de nuestro último interrogatorio. Se instaló como fotógrafo y hacía fotos para catálogos de moda. Abordaba a los padres de las niñas que le gustaban. Tenía tarjetas comerciales, cámaras fotográficas... Todo lo necesario. Incluso alquiló un estudio, donde tomaba fotos de las niñas, prometiéndoles que aparecerían en un catálogo u otro. Tenían que vestirse con vestidos de fiesta o, algunas veces, solo con ropa interior.
—Me hago una idea, Jack.
—Bueno, le pillaron. Había estado toqueteando a las niñas. A un montón de niñas, así que lo encerraron.
—¿Y?
—Ahora le han dejado salir, y le han deportado.
—¿Está en Edimburgo?
—Quise comprobarlo. Quería averiguar dónde había acabado, porque si estaba en algún lugar cercano a mi terreno le haría una visita alguna noche oscura. Pero, en cambio, está en tu terreno. Tengo una dirección.
—Espera un segundo. —Rebus encontró un bolígrafo y apuntó—. ¿Dónde conseguiste la dirección? ¿En el Departamento de Servicios Sociales?
—No; busqué en los archivos y descubrí que tenía una hermana en Ayr. La llamé y me dijo que había buscado un número de teléfono para él, en una pensión. ¿Sabes qué más dijo? Dijo que tendríamos que encerrarlo en un sótano y tirar la llave.
—Suena como una muchacha encantadora.
—Sí, señor, es mi tipo de mujer. Por supuesto, es posible que se haya rehabilitado.
Aquella palabra: rehabilitado. Una palabra que Vanderhyde había utilizado con Aengus Gibson.
—Es probable —asintió Rebus, que se lo creía tanto como el propio Morton, es decir, nada. Después de todo, eran incrédulos profesionales. Ese era el trabajo de la poli—. Así y todo, es bueno saberlo. Gracias, Jack.
—De nada. ¿Alguna probabilidad de que te veamos por Falkirk algún día? Sería estupendo poder tomarnos una copa.
—Sí, lo sería. Quizá me veas por allí muy pronto.
—Ah, ¿sí?
—Dejando a McPhail cerca del centro.
Morton se rio.
—Sí, mierda, sí. —Dicho esto colgó el teléfono.
Jack Morton se quedó mirando el teléfono durante casi un minuto, todavía sonriendo. Luego la sonrisa se desvaneció. Quitó el envoltorio de un chicle y comenzó a mascarlo. «Es mejor que un cigarrillo», se repetía a sí mismo. Miró las notas garabateadas que tenía sobre la mesa. La chica que McPhail había atacado ocho años atrás se llamaba Melanie Maclean. Su madre se había casado, y Melanie vivía con la pareja en Haddington, bastante lejos de Edimburgo, por lo tanto era poco probable que se cruzara con McPhail o que este pudiese encontrarla. Tendría que saber el nombre del padrastro, y no sería fácil para él conseguir esa información. Tampoco lo había sido para Jack Morton, pero el nombre estaba allí: Alex Maclean. Morton tenía la dirección de la casa, el número de teléfono privado y el teléfono del trabajo.
Sabía también que Alex Maclean era carpintero, y la policía de Haddington le había informado de que Maclean era un tipo con temperamento, y que un par de veces (mucho antes de casarse) había sido arrestado por diversas peleas. Rebus titubeó, pero finalmente cogió el teléfono y marcó los números. Luego esperó.
—Hola, ¿puedo hablar con el señor Maclean, por favor? ¿Señor Maclean? Usted no me conoce, pero tengo cierta información que me gustaría compartir con usted. Es sobre un hombre llamado Andrew McPhail...
Tras mucho pensar sentado en su sillón preferido, Matthew Vanderhyde también decidió hacer una llamada telefónica aquella tarde. Golpeaba el inalámbrico con una uña larga; oía a un perro que ladraba con aullidos marcadamente nasales; el tictac del reloj en la repisa de la chimenea parecía demorarse si se concentraba en él. El latir del tiempo. Por fin, sin más preámbulos, hizo la llamada.
—Acabo de tener a un poli por aquí —dijo—. Preguntaba por la noche que se incendió el Hotel Central. —Titubeó un momento—. Le mencioné lo de Aengus. —Entonces hizo una pausa, y aguantó con una sonrisa cansada la furia al otro extremo de la línea, una furia que conocía muy bien—. Broderick —le interrumpió—, si sacan algún esqueleto del armario, no quiero ser el único que esté temblando.
Cuando la furia comenzó de nuevo, Matthew Vanderhyde dio la llamada por terminada.
7
Rebus se fijó en el hombre por primera vez aquel anochecer. Le pareció haberle visto rondando St Leonard’s por la tarde. Un hombre joven, alto y de hombros anchos. Estaba de pie delante de la entrada de la escalera comunal de Rebus en Arden Street. Rebus aparcó su coche al otro lado de la calle, para poder vigilar por el espejo retrovisor. El hombre parecía agitado, excitado por algo; quizá solo estaba esperando a su novia. Quizá.
Rebus no estaba asustado; sin embargo volvió a poner el coche en marcha y se alejó. En una hora volvería a ver si el hombre continuaba allí. Si estaba, entonces no era porque esperaba a una chica, no importa lo bonita que fuese. Condujo por The Meadows hasta Tollcross, y luego giró a la derecha por Lothian Road, a marcha lenta. La cantidad de vehículos que necesitaban atravesar la ciudad al anochecer parecía ir en aumento semana tras semana. Edimburgo, en el crepúsculo, se parecía a cualquier otra ciudad: las tiendas, las oficinas y las aceras abarrotadas. Y nadie parecía muy contento.
Cruzó Princes Street, se metió por Charlotte Square, y comenzó a avanzar a paso de tortuga por Queensferry Street y Queensferry Road, hasta que pudo hacer un bendito (aunque torpe) giro a la derecha por Oxford Terrace. Pero Patience no estaba en casa. Sabía que la hermana de Patience iba a quedarse unos pocos días antes de llevarse a las niñas a casa. El gato de Patience, Lucky, estaba sentado fuera reclamando entrar, y Rebus, por una vez, se mostró casi compasivo.
—No hay suerte —le dijo, antes de dar media vuelta.
Cuando llegó de nuevo a Arden Street no había señal alguna de aquel gigantón que intentaba pasar desapercibido. Pero Rebus lo reconocería si lo volvía a ver. Oh, sí, lo reconocería, desde luego.
En el apartamento tuvo otra discusión con Michael; los dos en la sala de estar, todos los demás en la cocina. Esa era otra cuestión: ¿cuántos inquilinos tenía? Parecía haber una docena de personas vagando por la casa, cuando se lo había alquilado a tres, con un posible cuarto. Podía jurar que veía rostros diferentes cada mañana, y, como resultado, nunca recordaba el nombre de nadie. Así que hubo otra pelea al respecto, esta vez con los estudiantes en la cocina, mientras Michael seguía sentado en el cuarto trastero. Al final, Rebus sentenció: «Al demonio», y procedió a seguir sus propias instrucciones: regresó a su coche y se fue a uno de los barrios menos respetables de la ciudad, para cenar allí a base de pastel de carne y jarras de cerveza mientras miraba una televisión sin sonido.
Así que fue otra de esas noches.
Volvió tarde a posta, con la ilusión de que todos se hubiesen ido a la cama. Abrió la puerta del edificio y dejó que se cerrase de un portazo. Buscaba en los bolsillos, con la vista en el suelo, las llaves de su apartamento, por lo tanto no pudo ver que había un hombre sentado en la escalera.
—Hola.
Rebus le miró sorprendido y, reconociendo su figura, soltó la calderilla y las llaves mientras lanzaba un puñetazo. Tampoco había bebido tanto, pero su blanco estaba sobrio y era veinte años más joven. El hombre detuvo el puñetazo sin problema. Pareció sorprendido por el ataque, pero también un tanto excitado por ello. Rebus acabó con su entusiasmo dándole un rodillazo en la entrepierna, desprotegida. El hombre soltó el aire ruidosamente y comenzó a doblarse, dándole a Rebus la oportunidad de golpearle en la nuca. Sintió cómo le crujían los nudillos con la fuerza del golpe.
—¡Jesús! —jadeó el hombre—. ¡Basta!
Rebus se detuvo y sacudió su mano dolorida, pero no estaba dispuesto a bajar la guardia. Mantuvo la distancia y preguntó:
—¿Quién eres?
El hombre consiguió dejar de jadear por un momento.
—Andy Steele.
—Un placer conocerte, Andy. ¿Qué coño quieres?
El hombre miró a Rebus con lágrimas en los ojos. Le costó un rato recuperar el aliento. Cuando por fin habló, o Rebus no podía entender su acento, o simplemente no creía lo que le decía. Le pidió a Steele que lo repitiera.
—Me envía su tía —dijo Steele—. Tiene un mensaje para usted.
Rebus sentó a Andy Steele en el sofá y le dio la taza de té con cuatro terrones de azúcar que Steele había pedido.
—No puede ser bueno para tus dientes.
—No son míos —contestó Steele, acurrucado sobre la taza caliente.
—Entonces ¿de quién son? —preguntó Rebus. Steele esbozó una sonrisa—. Me has estado siguiendo todo el día.
—No es verdad. Quizá de haber tenido un coche... Pero no lo tengo.
—¿No tienes coche? —Steele meneó la cabeza—. ¡Vaya detective privado!
—No dije que fuera detective privado. Dije que quería serlo.
—O sea, eres algo así como un aprendiz.
—Sí, así es. Como se dice, probando el agua.
—¿Y qué tal está el agua, Andy?
Otra sonrisa, un sorbo de té.
—Algo caliente. Pero la próxima vez iré con más cuidado.
—Ni siquiera sabía que tenía una tía. No tan al norte.
El acento de Steele le delataba.
Andy Steele asintió.
—Vive enfrente de mis padres, al otro lado de la carretera de Pittodrie.
—¿Aberdeen? —Rebus asintió—. Tengo una vaga idea. Sí, un tío y una tía en Aberdeen.
—Su papá y Jimmy (su tío) se distanciaron hace años. Es probable que sea demasiado joven para recordarlo.
—Gracias por el cumplido.
—Es solo lo que me dijo Ena.
—¿Y ahora el tío Jimmy está muerto?
—Sí, falleció hace tres semanas.
—¿Y la tía Ena quiere verme? —Steele asintió—. ¿Para qué?
—No lo sé. Solo hablaba de cuánto le gustaría verle a usted de nuevo.
—¿Solo a mí? ¿No mencionó a mi hermano?
Steele negó con la cabeza. Rebus había mirado en el cuarto trastero para ver si había rastro de su hermano. No estaba, pero los otros dormitorios parecían estar ocupados.
—Si discutieron cuando yo era pequeño, quizá fue antes de que Michael naciese.
—Quizás ellos ni siquiera sabían de él —admitió Steele. Qué se podía hacer, así eran las familias—. Sea como fuere, Ena continuó insistiendo con usted, y le dije que vendría al sur para intentar encontrarle. Me despidieron de la flota pesquera hace seis meses, y desde entonces no tengo oficio ni beneficio. Además, como le he dicho, siempre me ha hecho ilusión ser un detective privado. Me encantan las películas de espías.
—Las películas no te dan un rodillazo en los huevos.
—Muy cierto.
—Entonces ¿cómo me encontraste?
El rostro de Steele se iluminó.
—Fui a la dirección que Ena me dio, donde usted vivía con su padre. Todos los vecinos sabían que usted era policía en Edimburgo, así que cogí la guía y llamé a todas las comisarías que pude encontrar, preguntando por John Rebus.
Se encogió de hombros y bebió más té.
—¿Y cómo conseguiste la dirección de mi casa?
—Alguien en el DIC me la dio.
—No me lo digas: el inspector Flower.
—Sí, un nombre así.
Sentado en el sofá, Andy Steele parecía tener unos veintitantos. Tenía un físico que solo se podía mantener en forma con un trabajo duro, como tripulante de un barco pesquero en el mar del Norte. Pero privado de actividad física durante seis meses, aquel esqueleto se estaba rellenando por momentos. Rebus sintió lástima por Andy Steele y su sueño de convertirse en detective privado. Por la manera en que miraba al vacío mientras sorbía el té, parecía perdido, sin un plan para afrontar la vida.
—Entonces ¿irá a verla?
—Quizás el fin de semana —dijo Rebus.
—A ella le gustará.
—Si quieres te puedo llevar.
El joven rechazó la invitación.
—No, me gustaría quedarme en Edimburgo por un tiempo.
—Tú mismo —dijo Rebus—. Solo ten cuidado.
—¿Cuidado? Podría contarle historias de Aberdeen que le pondrían los pelos de punta.
—Y... ¿podrían aumentar un poco en las sienes mientras lo hacen?
Andy Steele tardó un minuto en captar el chiste.
Al día siguiente, Rebus le hizo una visita a Andrew McPhail, pero este no estaba en casa, y su casera no le había visto desde la noche anterior.
—Por lo general, baja a las siete en punto para el desayuno. Así que subí y vi que no estaba en su habitación. ¿Tiene algún problema, inspector?
—No, en absoluto, señora MacKenzie. Por cierto, un pastel delicioso.
—Ay, hace unos días que lo preparé, y se habrá quedado un poco seco.
Rebus meneó la cabeza y bebió un sorbo de té con la ilusión de que arrastraría las migas por la garganta. Pero lo único que consiguió fue formar una gran bola de masa dura que tuvo que tragar poco a poco, y sin dar ninguna muestra de que se ahogaba.
Había una jaula en una esquina de la habitación, con espejos, huesos de sepia y mijo. Pero sin señal de que hubiera algún pájaro. Quizá se había escapado.
Le dejó una tarjeta a la señora MacKenzie, con la petición de que se la entregase al señor McPhail en cuanto le viese. No dudaba de que ella lo haría. Cayó en la cuenta de que no debería haberse presentado a la señora como policía. Era probable que sospechase, e incluso que le diese a McPhail un ultimátum debido a la fuerza de la sospecha. Y eso sería una lástima.
Aunque pensándolo mejor, a Rebus no le parecía que la señora MacKenzie fuera a darse cuenta. Y seguro que a McPhail se le ocurriría alguna razón para la visita de Rebus. Quizá la policía de la ciudad de Edimburgo le quería recompensar por haber salvado unos cacharros de las torronteras de Water of Leith. Después de todo, McPhail era muy bueno inventando historias. A los niños les encantaba oír historias.
Rebus se detuvo delante de la casa de la señora McKenzie y miró al otro lado de la calle. No podía ser una coincidencia que McPhail hubiese escogido una pensión a tiro de piedra de una escuela primaria. Al fin y al cabo, no creía en las coincidencias.
Si no podía persuadir a McPhail de que se marchara, bueno, quizá los vecinos acabarían por saber la verdadera historia del inquilino de la señora MacKenzie. Rebus subió a su coche. No siempre estaba a gusto consigo mismo o con su trabajo, pero algunas cosas sí que merecían la pena.
Siobhan Clarke no tenía nada nuevo acerca del hombre apuñalado. Rory Kintoul se mostraba muy reacio a acudir a una segunda entrevista. Había cancelado la cita acordada y, desde entonces, Clarke no había podido volver a ponerse en contacto con él.
—Su hijo tiene diecisiete años y está desempleado. Pasa la mayor parte del día en casa, podría intentar hablar con él.
—Podría... Tú haz lo que puedas; habla con Kintoul y si no avanzamos abandonaremos todo el asunto. Si Kintoul quiere que le apuñalen, allá él.
Clarke asintió y se volvió para marcharse.
—¿Alguna noticia de Brian?
Ella se volvió.
—Ha estado hablando.
—¿Hablando?
—En sueños. Creía que lo sabía.
—¿Qué ha dicho?
—Nada que hayan podido entender, pero significa que poco a poco recupera el conocimiento.
—Bien.
Ella comenzó a volverse de nuevo, pero Rebus pensó en otra cosa.
—¿Cómo irás a Aberdeen el sábado?
—En coche, ¿por qué?
—¿Tienes sitio en el coche?
—Viajo sola.
—Entonces no te importará llevarme.
Ella le miró sorprendida.
—En absoluto. ¿Adónde?
—A Pittodrie.
Ella parecía aún más sorprendida.
—Nunca le hubiese tomado por un seguidor de los Hibs, señor.
Rebus hizo una mueca.
—No, en esa categoría estás sola. Solo necesito que me lleves, nada más.
—No hay problema.
—Por el camino podrás contarme lo que has averiguado de los expedientes de Big Ger.
8
Para el sábado, Rebus había discutido tres veces con Michael (quien, de todas maneras, ya hablaba de marcharse), una vez con los estudiantes (que también parecían querer irse), y otra vez más con la recepcionista de la consulta de Patience (no iría a ningún lado, pero no quiso pasarle la llamada). Brian Holmes había abierto los ojos por unos momentos, y según los médicos su recuperación iba por buen camino. Ninguno de ellos, sin embargo, se arriesgó decir las palabras «recuperación total». Así y todo, la noticia había alegrado a Siobhan Clarke, que estaba de muy buen humor cuando llegó, conduciendo su Renault 5 rojo cereza, al apartamento de Rebus en Arden Street. El inspector la estaba esperando en la calle. Parecía joven y lleno de vida, mientras que su coche (aparcado a su lado) parecía estar en estado terminal. A decir verdad, el coche de Rebus tenía ese aspecto destartalado desde hacía tres o cuatro años, pero cuando él se decidía a enviarlo a la chatarra, siempre parecía recuperarse milagrosamente. Rebus tenía la sensación de que el coche le leía el pensamiento.
—Buenos días, señor —saludó Siobhan Clarke. La música pop sonaba en el estéreo. Rebus se encogió en el asiento del pasajero y bajó el volumen—. ¿Una mala noche?
—Tengo la sensación de que todas las personas siempre me preguntan lo mismo.
—Vaya, ¿por qué será?
Se detuvieron en una panadería para que Rebus pudiese comprar el desayuno, ya que no había nada en su piso que mereciese el calificativo de comida. En realidad no se podía quejar; su contribución a la despensa hasta el momento solo daba para llenar una cesta de la compra, en su mayor parte de carne, algo que los estudiantes no probaban. Había advertido que también Michael se había hecho vegetariano, al menos en público.
—Es mucho más sano, John —le había dicho mientras se daba una palmada en el estómago.
—¿Qué se supone que significa eso? —había replicado Rebus.
Michael se había limitado a menear la cabeza con condescendencia.
—Demasiada cafeína.
Esa era otra cosa: los armarios de la cocina estaban llenos de tarros de lo que parecía ser café, pero resultaban ser infusiones de corteza de árbol molida y achicoria. En la panadería, Rebus compró un café y dos salchichas envueltas en hojaldre. Los rollos de salchicha resultaron ser un error tremendo. Los trocitos de hojaldre se deshacían y se desperdigaban por el interior impoluto del coche, a pesar de los intentos de Rebus de recogerlos al vuelo con la bolsa de papel.
—Lamento mucho el desorden —le dijo a Siobhan, que conducía con la ventanilla bajada del todo—. No eres vegetariana, ¿verdad?
Ella se rio.
—¿Quiere decir que no se ha dado cuenta?
—No puedo decir que sí.
Clarke hizo un gesto hacia el rollo de salchicha.
—¿Ha oído hablar de la carne recuperada mecánicamente?
—No lo hagas —le advirtió Rebus. Se acabó los rollos de salchicha en un par de bocados y se aclaró la garganta—. ¿Algo que deba saber acerca de lo que podría haber entre tú y Brian?
La expresión en el rostro de la joven le dejó claro que esa no era la mejor manera de iniciar una conversación.
—No, que yo sepa.
—Es solo que él y Nell estaban...
—No soy un monstruo, señor —interrumpió Clarke—. Sé cuál es la situación entre Brian y Nell. Brian solo es un buen tipo. Nos llevamos bien. —Apartó la mirada del parabrisas—. Eso es todo lo que hay. —Rebus estaba a punto de decir algo—. Pero si hubiese algo más que eso —añadió ella—, con todo respeto, no creo que sea asunto suyo, señor, a menos que interfiera en nuestro trabajo, algo que jamás permitiría que ocurriese. Y Brian tampoco.
Rebus permaneció en silencio.
—Lo siento —se disculpó Siobhan—. No debería haberle hablado así.
—El problema no está en lo que has dicho, sino en cómo lo has dicho. Un policía nunca está fuera de servicio, y soy tu jefe, incluso cuando vamos de excursión como ahora. No lo olvides.
Hubo más silencio, hasta que Siobhan lo rompió.
—Marchmont es una parte bonita de la ciudad.
—Casi tan bonita como la Ciudad Nueva.
Ella le miró furiosa, con las manos aferradas al volante con tanta decisión como un estrangulador.
—Creía —dijo Siobhan con astucia— que en estos días vivía en Oxford Terrace, señor.
—Creías mal. ¿Qué te parece si apagamos esa maldita música? Después de todo, tenemos mucho de que hablar.
Se refería, por supuesto, a Morris Gerald Cafferty.
Siobhan Clarke no había traído las notas consigo. No las necesitaba. Podía recitar los detalles principales de seguido, junto con un montón de detalles que quizá no fueran sobresalientes, pero sí interesantes. Desde luego, había hecho los deberes.
Rebus pensaba en lo frustrante que podía llegar a ser su trabajo. Se había empollado toda la documentación referente a Big Ger como preludio y preparación para la Operación Sacas de Dinero, pero la Operación Sacas de Dinero difícilmente atraparía a Cafferty. Aparte de esto, había dedicado un montón de horas al apuñalamiento de Kintoul, otro asunto que podía acabar en nada.
—Otra cosa —dijo Clarke—. Al parecer, Cafferty tiene algo así como un diario, escrito en una especie de código secreto. Nunca hemos podido descifrarlo, y eso solo puede significar que debe de ser algo muy importante.
Rebus lo recordaba. Cada vez que detenían a Big Ger, el diario aparecía junto con sus otras posesiones. Ellos fotocopiaban las páginas del diario e intentaban descifrarlo, siempre sin éxito.
—El rumor es —continuó Siobhan— que el diario es un registro de deudas impagadas, deudas de las que Cafferty se ocupa en persona.
—Un hombre como él vive rodeado de rumores sobre su persona, pero en la vida real no es más que otro gánster descerebrado.
—Para hacer un código se necesita cerebro.
—Quizás.
—En el expediente hay un recorte reciente del Sun sobre los cadáveres que continúan apareciendo en la costa.
Rebus asintió.
—En la costa de Solway, no muy lejos de Stranraer.
—¿Cree que es obra de Cafferty?
Rebus se encogió de hombros.
—Los cadáveres nunca han sido identificados. Podrían ser personas arrojadas desde el transbordador de Larne, o podría haber alguna conexión con el Ulster... Hay unas corrientes muy extrañas entre Larne y Stranraer. —Hizo una pausa—. Podría ser cualquier cosa.
—En otras palabras, podría ser Cafferty.
—Podría ser.
—Recorre un largo trecho para deshacerse de los cadáveres.
—Bueno, no va a cagar donde come, ¿verdad?
Clarke lo pensó.
—Uno de los periódicos mencionaba algo sobre que una furgoneta fue vista en aquella costa, a una hora demasiada temprana para estar realizando algún reparto.
Rebus asintió.
—Y no había ningún lugar en la carretera donde hacer una entrega. De vez en cuando leo los periódicos, Clarke. Las divisiones de Dumfries y Galloway tienen patrullas en aquel lugar ahora mismo.
Siobhan condujo en silencio durante un rato mientras ponía en orden los pensamientos.
—Ha tenido mucha suerte hasta ahora, ¿no es así, señor? Puedo entender que es un villano inteligente, y los villanos inteligentes son difíciles de pillar. Pero tiene que delegar, y, por lo general, incluso un villano inteligente tiene subalternos estúpidos o perezosos que cagan donde comen.
—El lenguaje, Clarke, el lenguaje. —Consiguió que ella sonriese—. Así y todo, mensaje recibido.
—Al leer acerca de los socios de Cafferty no tuve la impresión de que fuesen los típicos alumnos de sobresalientes. Todos tienen nombres como Slink, Codge o Radiador.
Rebus sonrió.
—Radiador McCallum. Le recuerdo. Decía ser descendiente de una familia de caníbales de las Highlands. Estaba muy orgulloso de sus antepasados.
—Sin embargo, se lo tragó la tierra.
—Sí, hará tres o cuatro años.
—Cuatro y medio, según los expedientes. Me pregunto qué le habrá pasado.
Rebus se encogió de hombros.
—Intentó traicionar a Big Ger, se asustó y salió huyendo.
—O no tuvo la ocasión de escapar.
—Eso también, por supuesto. O puede que se hartase de él y decidiese aceptar otro trabajo. Ser matón es una profesión muy versátil.
—Cafferty, desde luego, acaba con el personal. Los primos de McCallum desaparecieron del mapa poco antes de que lo hiciera el propio McCallum.
Rebus se extrañó.
—No sabía que tuviese primos.
—Conocidos coloquialmente como los hermanos Bru-head, por su afición a los refrescos Irn-Bru.
—Algo muy comprensible pero ¿cuáles eran sus nombres verdaderos?
Clarke lo pensó un momento.
—Tam y Eck Robertson.
Rebus asintió.
—Sí, Eck Robertson. No sabía nada del otro primo. Espera un momento...
Tam y Eck Robertson. Los hermanos R. Eso significaba que Mork era...
—¡Morris Cafferty!
Rebus dio un manotazo al salpicadero. Brian había acortado el nombre y utilizado una «k» en lugar de la «c». Joder... Si Brian Holmes estaba investigando algo que involucraba a Cafferty y sus secuaces, no era de extrañar que estuviese asustado. Tenía que ser algo relacionado con la noche del incendio del Hotel Central. Quizás habían iniciado el incendio porque el hotel no estaba pagando la protección. Pero ¿quién era el cadáver? ¿Por qué McCallum y sus primos habían desaparecido sin dejar rastro? Maldita sea.
—Si va a sufrir un ataque —dijo Siobhan—, estoy entrenada en maniobras de reanimación.
Rebus no la escuchaba. Miraba fijamente la carretera, apretando la taza de café con un puño, golpeándose la rodilla con el otro. Pensaba en la nota de Brian. No aseguraba a ciencia cierta que Cafferty estuviera allí aquella noche, solo que estaban los hermanos. Y mencionaba algo acerca de una partida de póquer. La nota terminaba resaltando la necesidad de encontrar a los hermanos R. Después, alguien le había pegado a Holmes en la cabeza. Quizá comenzaba a tener sentido.
—Sin embargo, no estoy segura de saber cómo atender la catatonia.
—¿Qué?
—¿Tiene algo que ver con lo que dije?
—Sí, así es.
—¿Los hermanos Bru-head?
—Los mismos. ¿Qué más puedes decirme de ellos?
—Nacidos en Niddrie, ladrones de poca monta desde que dejaron la cuna...
—Es probable que también robasen la cuna. ¿Algo más?
Siobhan sabía que había pinchado un nervio.
—Mucho. Ambos tienen unos antecedentes larguísimos. A Eck le gustaban las ropas llamativas; Tam, en cambio, siempre vestía vaqueros y una camiseta. Lo curioso de esto es que Tam era escrupulosamente limpio, incluso llevaba su propio jabón a todas partes. Me pareció extraño.
—Si fuese de los que apuestan —dijo Rebus—, apostaría a que el jabón tenía olor a limón.
—¿Cómo lo sabe?
—Instinto. No el mío, el de otro. —Rebus frunció el ceño—. ¿Cómo es que nunca he oído hablar de Tam?
—Se marchó a Dundee cuando abandonó la escuela o, mejor dicho, cuando le pidieron que abandonase la escuela. Solo volvió a Edimburgo años más tarde. Los expedientes dicen que estuvo trabajando para la banda durante unos seis meses, puede que incluso menos. —Ella esperó—. ¿Va a decirme de qué va todo esto?
—Todo está relacionado con el incendio de un hotel.
—¿Se refiere a aquellos expedientes en el suelo detrás de su mesa?
—Me refiero a aquellos expedientes en el suelo detrás de mi mesa.
—No pude evitar echar una mirada.
—Pueden estar vinculados con el ataque a Brian. —Ella se volvió hacia él—. Tú concéntrate en conducir. Mantén la vista en la carretera y yo te contaré una historia. Puede que nos tenga ocupados hasta que lleguemos a Aberdeen.
Así fue.
—Pasa, Jock. Vaya, vaya, nunca te hubiese reconocido.
—Usaba pantalón corto la última vez que me viste, tía Ena.
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