Kitabı oku: «La magia de los árboles»
La Magia de los Árboles
La Magia de los Árboles
Simbolismo • Mitos y tradiciones
Plantación y cuidados
Ignacio Abella

Dedicado a las tres musas Silvia, Flor y Teresina.
A mis padres, que lo han dado todo. A Pedro, mi amigo, maestro y hermano del alma. A Marina, que comienza a regar su árbol de nacimiento.
La magia de los árboles
© Ignacio Abella (Basajaun, Madreselva), 1996
© RBA Libros, 1996, 2003, 2005, 2008, 2012
Avda. Diagonal, 189 – Barcelona 08018
rbalibros.com
Sexta edición: abril de 2012
Ref. OEBO843
ISBN: 9788416267248
Dirección de arte: Josep Solà
Diseño gráfico: Oriol Alamany
Archivo gráfico: Susana Suñer
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados.
Ilustraciones en blanco y negro: Ignacio Abella, P. Chico (extraídas de Mi amigo el árbol), Martín Labrador (268).
Ilustraciones en color: Vlasta Matousová, 1991 (extraídas de El gran libro de árboles y arbustos).
Cartografía: Víctor Navarro (276).
Fotografías: Ignacio Abella: 15, 28, 34, 40 (3), 41 (2), 55, 77, 97, 106, 111, 112 (2), 113 (izq.), 114 (2), 115, 117 (3), 21, 124, 125, 135 (3), 145 (2), 178, 183, 193, 196 (der.), 208, 253, 266, 269, 271, 272, 273, 275, 277, 279, 281, 284.
Oriol Alamany: 8, 16, 19, 22, 24, 26, 37, 48, 57 (4), 58 (2), 59 (2), 68, 74, 82, 83, 95, 126-127, 139, 149, 155, 156, 158, 174, 176, 179, 180-181, 184, 187, 190-191, 203 (4), 212-213, 217, 218, 223 (2), 226-227, 246, 247, 253, 265 (izq.), 268.
Juan Carlos Muñoz: 10, 13, 25, 28-29, 30, 38, 42-43, 45, 46, 47, 53, 54, 62, 65, 67, 77, 78-79, 83, 130-131, 132, 146, 152, 154, 163, 169, 186-187, 202, 204, 205, 206, 207, 210, 214, 221, 228, 230, 233, 234, 241, 242-243, 244, 258-259.
AISA: 122, 128, 251.
Antonio Arenal: 188, 196 (izq.), 197, 269.
Josep Maria Barres: 108, 172.
Juan Manuel Borrero: 53, 72, 84, 101, 107, 164, 166, 198, 240.
Montse Catalán: 142, 144 (2).
A. Comellas: 194.
Cover: 287.
María Herrero: 113 (der.), 224.
Tomás Mata: 249.
Iñaki Relanzón: 248.
José Manuel Reyero: 98.
Carlos Sanz: 89.
Larry Ulrich / Tony Stone Images: 33.
Índice
A MODO DE INTRODUCCIÓN
Algunas justificaciones y guiños al lector
CAPÍTULO I
EL TIEMPO DE LOS ÁRBOLES
Beth - Luis - Nion (el calendario - alfabeto celta)
CAPÍTULO II
EL ABEDUL (la iniciación)
Abedul, alimento y cobijo
Abedul, sendero del espíritu
Calendario del abedul
El árbol medicina
Plantación
CAPÍTULO III
EL CENTRO DEL MUNDO (el cetro real)
El centro sagrado
En el ombligo del mundo, el árbol
El árbol que debía florecer
El árbol tótem
Santuarios, ciudades y moradas en el centro del mundo
Centros de poder
El cetro real
Otras consideraciones sobre los centros y el árbol
CAPÍTULO IV
EL ROBLE (el árbol real)
El roble vasco
El roble en Ondátegui
Reuniones en torno al árbol
El universo del roble
La Madre Roble, carácter y costumbres sociales
Asociación del roble al sistema agrícola
Ocaso y degeneración del roble
Robles caducifolios
Robles peludos
Reproducción (robles caducos y marcescentes)
Repoblación de roble con castaño
Los robles siempreverdes
La encina
Otros recursos
La bellota
CAPÍTULO V
EL MUÉRDAGO (la corona del rey)
Roble y muérdago
La corona del rey
En el centro del tiempo, el muérdago
Otros aspectos de la rama dorada
CAPÍTULO VI
EL FRESNO (el árbol del mundo)
El fresno Yggdrassil
Sobre los fresnos de Aralar
La morada del fresno
El fresno en la economía rural
Reproducción
Algunas especies y sus características
CAPÍTULO VII
LOS TRES REINOS (madera, materia y madre)
Los tres reinos
Cielo y Tierra (electricidad atmosférica)
La serpiente y el águila
Roble-Fresno (Yin-Yang)
Roble-Fresno (el flujo de la energía)
El fuego celeste
Roble-Fresno (el dolmen y el menhir)
CAPÍTULO VIII
EL TEJO (la rueda del rey)
El ocaso
Vida social
Algunos usos (veterinaria y medicina)
Reproducción del tejo
El tejo sagrado
¡Santiago Aguino, valmé!
El teixo asturiano
Viejas piedras
La religión astur
CAPÍTULO IX
EL SENDERO DE LA SERPIENTE
Peregrinaciones y ofrendas al árbol
El camino del tejo
San Andrés de Teixido
El viaje a Poniente
El sendero de la serpiente
El árbol de la vida y la muerte
Oración del peregrino
CAPÍTULO X
EL AVELLANO
El avellano y la tierra
La avellana
El árbol útil
Plantación y utilización
Setos de avellano
El diablo del avellano
El soto sagrado
La Fuente de la Sabiduría
La varita mágica
CAPÍTULO XI
NUESTRA SEÑORA DEL ÁRBOL
CAPÍTULO XII
EL ESPINO ALBAR
Cuentos y encantamientos a la sombra de un espino albar
El fuego sagrado y el rayo
Nuestra Señora del Espino
El majuelo y el paisaje
Setos de espino albar
CAPÍTULO XIII
LOS ESPÍRITUS DE LOS ÁRBOLES
El Señor de los bosques
CAPÍTULO XIV
EL SAÚCO BENDITO
Estructura y carácter
El saúco, en su medio
La morada élfica
El fuego de saúco
El ramo de San Juan
El saúco maldito
Plantación y setos
Recetario (remedios del saúco)
Madera y otros recursos
CAPÍTULO XV
ÁRBOLES SAGRADOS
Los árboles ent
Notas varias sobre árboles ent
Recapitulación
CAPÍTULO XVI
EL GINKGO (la leyenda de un árbol)
El venerable ginkgo
El árbol Fénix
Multiplicación y desarrollo
El árbol de la juventud
CAPÍTULO XVII
EL LAZO ESPIRITUAL
Inspiración bajo los árboles
Conversaciones bajo el árbol sagrado
Reconocimiento del árbol sagrado
La era del árbol
La esperanza verde
CAPÍTULO XVIII
EL DRAGO
Arbor draconis, dragón vegetal
Dragos con renombre
Cultivo
CAPÍTULO XIX
EL ÁRBOL DE LA VIDA
Génesis (viejos cuentos del principio)
Las nupcias sagradas
Un árbol plantado en la hora del nacimiento
El árbol del hogar
La última hora
CAPÍTULO XX
LA ABUELA HAYA
El agua y el haya
Porte y hábitat
Tierra
La sociedad del haya
La danza de las hayas
Los recursos del haya
Reproducción
Historia triste de las hayas de Palacio
Distribución del haya
CAPÍTULO XXI
EL ÁRBOL, EL AGUAYLA VIDA
Historias sobre árboles
El árbol, el agua y la vida
El fluir
Consejos para una mejor utilización del agua
CAPÍTULO XXII
LOS SAUCES (la pureza)
El camino del sauce
La flexibilidad
Salicáceas
El sauce llorón
Plantación y cuidados
La corteza curativa
Madera
Cestería de sauces
Confección de un cesto
CAPÍTULO XXIII
SETOS
Red de setos
Los setos y el clima
Producción
Estructura e implantación
Setos de frutales (Sistema Rozier)
Los arbustos silvestres
CAPÍTULO XXIV
EL CASTAÑO
Distribución e historia
El castañar o el cuerno de la abundancia
El pan de los pobres
Otros recursos
Reproducción del castaño
Injerto del castaño
CAPÍTULO XXV
PLANTACIÓN DE ÁRBOLES
La extinción del bosque
La soledad del paisaje sin árboles
La sana utilización de los recursos
El vínculo con el árbol
Los peligros de la ignorancia
Plantación y trasplante con cariño
Trasplante de arbolillos del monte
Consejos generales para plantar
Formas de criar árboles
Siembra de árboles
Repoblación natural
Algunas formas de reproducción vegetativa
CAPÍTULO XXVI
EL NOGAL (el árbol de oro)
A la sombra del nogal
La siembra
El lugar para nogales
Crecimiento, vida y cuidados
El vareo
CAPÍTULO XXVII
EL REGRESO DE LOS BASAJAUN
I PARTE
Un encuentro sobrecogedor
La estrella del sueño
Amanacer
El lenguaje de los árboles
La ley de la selva
II PARTE
El árbol del mundo
El silencio, la voz de los bosques
Hechizos de niebla
APÉNDICES
El tótem de la paz
Zonas de rusticidad
Fuentes
Bibliografía
Algunas direcciones de interés
Agradecimientos

EL PINO DE LA CORONA
«Donde quiera que paro, Platero, me parece que paro bajo el pino de la Corona. A donde quiera que llego –ciudad, amor, gloria– me parece que llego a su plenitud verde y derramada bajo el gran cielo azul de nubes blancas. Él es faro rotundo y claro en los mares difíciles de mi sueño, como lo es de los marineros de Moguer en las tormentas de la barra; segura cima de mis días difíciles, en lo alto de su cuesta roja y agria, que toman los mendigos, camino de Sanlúcar.
¡Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su recuerdo! Es lo único que no ha dejado, al crecer yo, de ser grande, lo único que ha sido mayor cada vez. Cuando le cortaron aquella rama que el huracán le tronchó, me pareció que me habían arrancado un miembro; y, a veces, cuando cualquier dolor me coge de improviso, me parece que le duele al pino de la Corona.
La palabra «magno» le cuadra como al mar, como al cielo y como a mi corazón. A su sombra, mirando las nubes, han descansado razas y razas por siglos, como sobre el agua, bajo el cielo y en la nostalgia de mi corazón. Cuando, en el descuido de mis pensamientos, las imágenes arbitrarias se colocan donde quieren, o en estos instantes en que hay cosas que se ven cual en una visión segunda y a un lado de lo distinto, el pino de la Corona, transfigurado en no sé qué cuadro de eternidad, se me presenta, más rumoroso y más gigante aún, en la duda, llamándome a descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi viaje por la vida.»
(Juan Ramón Jiménez, «Platero y yo»)

A modo de introducción
«Un árbol dice: «En mí vida se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Única es la tentativa y la creación que en mí ha osado la Madre Eterna. Única es mi forma y únicas las vetas de mi piel, único el juego más insignificante de las hojas de mi copa y la más pequeña cicatriz de mi corona. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis muescas singulares».
Un árbol dice: «Mi fuerza es la confianza; no se nada de mis padres, no se nada de los miles de retoños que todos los años brotan de mí. Vivo hasta el fin el secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Confio en que Dios está en mí, confio en que mi tarea es sagrada y vivo de esta confianza».
Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchemos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquiere una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es».
(Hermann Hesse, «El viandante»)
A veces me he sentido, haciendo este trabajo, como árbol inmóvil; y sentado, cuando menos lo esperaba, han acudido por su pie datos, imágenes, ideas, informaciones de las procedencias más inverosímiles. También he sido peregrino y he buscado la inspiración a la sombra de árboles venerables, verdaderos santuarios naturales que en su quietud me han mostrado las sendas del espíritu. He recogido de los labios de muchos viejos paisanos, costumbres e historias que nos servirán para conocer y acercarnos al árbol.
También he leído muchos libros, más o menos inspirados, algunos sabios y otros en los que resplandece la belleza, pero no cambiaría ninguno de ellos por el placer de una siesta a la sombra de un viejo roble o el paseo por el bosquecillo de avellanos. Sin embargo, en los libros se encuentran, entre ingentes cantidades de paja, destellos de luz que nos permiten conocer al árbol a diferentes niveles.
De algún modo es este un mensaje de los árboles para los hombres; día a día hemos ido descifrando el significado de las diferentes costumbres y leyendas, de los susurros del viento entre las hojas; de los sentimientos que todos compartimos desde nuestras respectivas religiones, tradiciones, culturas…, hacia los árboles.
Entregamos este fruto con la confianza de que cualquiera puede recorrer este camino; aprendiendo a desentrañar las sensaciones, sentimientos y pensamientos profundos del árbol; iniciando la peregrinación que nos lleva a conocer los árboles sagrados, a descifrar sus aparentemente ocultos e intrincados, pero ciertamente simples mensajes; y, sobre todo, tomándose el tiempo necesario para este acercamiento.
No penséis sin embargo, que estamos dando a entender una velada promesa de alucinantes, vertiginosas, trepidantes y sugestivas experiencias místicas. Para eso están las agencias de viajes, los últimos modelos de automóviles y las drogas.
La compañía del árbol produce, por contra, unos sentimientos lentos, sosegados, duraderos y profundos. Gran parte de la belleza de esta relación radica en que se trata de una vivencia íntima, difícilmente explicable en palabras y que a menudo, por tanto, guardaremos en nuestro corazón con un recuerdo de inenarrable felicidad.
Poco a poco, conforme vamos aprendiendo a mantener afilada nuestra sensibilidad, el acercamiento es más profundo y el diálogo, más fluido, el árbol se abre en la medida en que nosotros somos capaces de ver y abrirnos a él.
De esta forma, este libro, concebido e inspirado a la sombra de los árboles, es un acercamiento, una búsqueda del espíritu del árbol. No se trata tanto de teorizar, aunque en ocasiones nos deslicemos por este terreno, sino de experimentar el árbol se sus distintas facetas. Así pues, encontramos las formas de plantar, el significado económico, ecológico y espiritual del árbol en su medio y, especialmente, las distintas pautas de relación que pueden establecerse con estos seres que son templo y escuela, sacerdotes y maestros, hermanos nuestros.
En definitiva, se trata aquí de recuperar una vieja amistad de la que depende nuestra supervivencia y nuestro bienestar físico y espiritual.
Todas las tradiciones, religiones y creencias confluyen en el árbol y utilizan un lenguaje universal cuando intentan expresar su belleza, el corazón inmenso y sosegado que late desde lo profundo de la entidad arbórea. Verdaderamente, los hombres tenemos aquí un modelo de ilimitada generosidad.
«Las hojas del árbol
son gente cuando trepo con los pies desnudos,
y me mezo en la rama al viento que sopla.»
Los viejos, los niños y los árboles son nuestros maestros naturales. La pérdida de esta relación con ellos ha conllevado un profundo desarraigo y desconcierto.
La juventud está desorientada, dicen, y es cierto, pero los hombres en cuyas manos está hoy el mundo parecen pertenecer a otro planeta. Es imprescindible recuperar el vínculo con nuestros ancianos sabios y devolver esta amistad a los niños.

En el antiguo ámbito rural, el abuelo era el maestro y protector del niño; en la familia, su función consistía en transmitir la herencia cultural y sus propios conocimientos y experiencias. Pero este importante papel ya no tiene sentido: en la ciudad, el viejo es una pesada carga, y se los confina en geriátricos, y a los niños en colegios y guarderías, y a los árboles en los parques… quizá para que no nos contagien con su locura.
En los colegios murieron muchas ilusiones, aprendimos a perder nuestra inocencia y espontaneidad. En el asilo mueren los viejos y se llevan secretos que a nadie interesaron; el tesoro de esa sabiduría se pierde como una fruta que pudre cuando nadie acude a recogerla. Los viejos y los árboles hace tiempo nos esperan…
Quizás os preguntéis a qué viene tanto mirar hacia atrás, el porqué de esta búsqueda de viejos paisanos, árboles añosos, tradiciones y costumbres en vías de extinción.
Verdaderamente, hemos hecho aquí un pequeño compendio de historia del árbol y su amistad con el hombre, y es que el pasado es como un espejo en el que nos miramos y podemos conocernos mejor. Si siempre leemos la historia de nuestras guerras y colonizaciones, de las calamidades humanas; tendremos una imagen de nosotros mismos, como pueblo, incompleta y desastrosa, cuando no vergonzante.
Por contra, podemos identificarnos y encontrar un punto de conexión con las cosas bellas que sucedieron a nuestros ancestros, revivir y renovar las fiestas, prácticas y rituales que merecen revivirse.
Son muchas las viejas costumbres que deberían arraigar de nuevo entre nosotros.
¿Os imagináis las reuniones de mandatarios, los juicios, asambleas, clases de la escuela y (¡como no!) las consultas médicas bajo árboles consagrados a tales fines?
Estos encuentros han tenido como escenario al árbol hasta tiempos recientes, en una medida difícil de imaginar. Es impresionante el número y la calidad, la universalidad de estas relaciones que aquí hemos recogido (sin pretensiones ni capacidad de hacer un estudio exhaustivo), dentro y fuera de la Península, pero impresiona aún más la cantidad de árboles que tuvieron estas funciones y que hoy, aún vivos, han sido relegados y abandonados por los hombres.
Su presencia es hoy historia, un recuerdo vivo que despierta añoranzas.
Sobre los personajes famosos, que a veces sólo lo son por su afán de protagonismo, se escriben biografías, se les hacen fotos, cuadros, entrevistas… Los árboles, en cambio, ocupan calladamente la tierra y aún después de siglos permanecen casi siempre en el anonimato, a pesar de haber rendido innumerables beneficios en su entorno. Por eso traeremos aquí los retratos y algunas visicitudes de la vida de muchos de estos árboles, en representación y homenaje a su generosidad.
La importancia que tuvo el susurro, el mudo consejo de estos sabios, a menudo quedó reflejada en las sabias y sencillas disposiciones que los hombres tomaron a su amparo.
El olvido de estas viejas costumbres es un síntoma y tiene su fiel reflejo en la degradación y destrucción de los bosques y hábitats más diversos y en la desintegración de la sociedad humana a todos los niveles.
Hubo un tiempo en que la plantación de árboles se hacía sólo para obtener especies frutales o, siguiendo una tradición, dentro de un ritual.
Hoy, no sólo es necesario plantar árboles en el monte y por doquier, sino que de ello depende en gran medida nuestro futuro. Y hablaremos de las técnicas para plantar y para repoblar.

No es suficiente plantar diez, cien, mil o un millón de árboles; el árbol debe crecer en todos los terrenos y, sobre todo, hemos de hacerlo arraigar en la tierra fértil que es la imaginación del niño: enseñándole los secretos del árbol y sus querencias, hablándole de su función en nuestra casa y Madre, la tierra; contándole historias de árboles y gentes que vivieron felices bajo los árboles, trepando ramas en su compañía y desgranando los misterios del bosque y de sus habitantes.
Los niños de hoy son pobres en muchos sentidos porque viven alejados de esa felicidad que crece junto a los árboles, sobre la Tierra Madre.
Sí, los niños y los árboles tienen en nuestros días una inmensa importancia, en su crecimiento y salud está la esperanza y, más que nunca, hoy tienen que crecer juntos, llegar a una amistad profunda. Nuestros hijos tienen que aprender a hablar con los árboles y a cuidarlos.
Sin embargo, aun siendo esta una de nuestras tareas primordiales, apenas tiene relevancia a la luz de los acontecimientos que golpean al planeta en estos días. Hablamos a menudo de las generaciones venideras y de su maltrecho legado, quizá para no enfrentarnos al hecho de que cabalgamos ya, en este momento, sobre el filo del apocalipsis, del punto sin retorno. Es difícil establecer en que momento hemos cruzado o cruzaremos esta frontera; en cualquier caso, somos ya responsables del fin de muchas especies, a las que llegó su hora antes de tiempo…
Hace algunos años leímos una de las noticias más escalofriantes que imaginar pudiéramos: una tribu de la región del Amazonas ha decidido no tener más descendientes, morir como pueblo y renunciar a toda esperanza, pues aunque nos cueste creerlo desde nuestra más o menos acomodada posición, su perspectiva de futuro es un pozo sin fondo. Nosotros, a veces, tenemos una visión pesimista del mundo cuando vemos que las cosas se ponen cada vez más negras, pero siempre el sistema civilizado crea una sensación de amparo, un velo sobre el peligro inminente que se cierne. Difícil es aún sentir, en este insensato «orden», la desesperación y la tristeza profunda de los desheredados, de aquellos para los que el mundo civilizado siempre ha sido algo lejano y amenazante, inalcanzable como una maldición.
Hoy, más que nunca, hemos de estar atentos, ser conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor; no podemos seguir escondiendo la cabeza, pero tampoco involucrarnos en una lucha imposible, en una nueva revolución colectiva.
Cuando el mundo se tambalea, cuando el gran Fresno se estremece, nos queda la luz; aún podemos volver los ojos hacia la belleza, recorrer los únicos caminos que merecen la pena recorrerse, los del corazón. En todos ellos, más tarde o más temprano encontraremos al árbol.
Es posible que en esta renuncia a la salvación del mundo esté la clave para la salvación del mundo. Ha de ser amor lo que nos mueva a plantar árboles, como dijimos, en todos los terrenos.
«Desde los árboles, os confio estos caminos. A nosotros corresponde cruzarlos, recuperar la memoria, reencontrar las raíces, restablecer el sagrado vínculo que nos une a la Tierra Madre.
¡Buscad al árbol en vuestros sueños y al despertar!
¡Que el Gran Árbol guíe nuestros pasos!»

ALGUNAS JUSTIFICACIONES Y GUIÑOS AL LECTOR
«Cuando se estudia cualquiera de las leyes universales y eternas de la naturaleza, lo mismo si se relacionan con la vida, la formación, estructura y movimiento de un gigantesco planeta, que si se trata de la planta más diminuta o de los movimientos psicológicos del cerebro humano, son necesarias ciertas condiciones para podernos convertir en intérpretes de la naturaleza o en creadores de una obra de valor para el mundo.
Hay que dejar de lado las ideas preconcebidas, los dogmas y todos los prejuicios personales. Hay que escuchar pacientemente, en silencio y con reverencia, una por una, las lecciones de la madre naturaleza que proyectan luz en lo que antes era un misterio, de forma que cuantos quieran puedan ver y saber. Ella sólo descubre sus verdades a los que son pasivos y receptivos.
Aceptando las verdades que ella les sugiera y a donde quiera que lleven o conduzcan, tenemos en armonía con nosotros a todo el universo.
Por fin el hombre ha encontrado un fundamento sólido para la ciencia, después de descubrir que es parte de un universo eternamente inestable en su forma, pero eternamente inmutable en su esencia».
(Luther Burbank)
Antes de nada deciros que están escritas estas páginas por disfrute del autor y para disfrute del lector. Os ruego que no las devoréis, saboreadlas en sorbos cortos y momentos sosegados. Este libro no es algo de usar y tirar, no está hecho con la rapidez que caracteriza nuestros alocados tiempos. Su gestación y elaboración han sido lentas y pausadas y me gustaría que así lo degustarais.
Es este un intento de ofrecer una «nueva» visión del árbol como entidad y muchas veces, para que la obra tenga cierta frescura, me he servido con prioridad de informaciones recogidas directamente o experiencias vividas; espero haber conseguido así una mayor amenidad, pues este ha sido otro de los retos, de difícil consecución cuando se trata de un trabajo en el que multitud de disciplinas se aúnan para obtener una visión global.
A título comparativo, cabe decir que aprenderíamos bien poco del ser humano si abordáramos su estudio desde una perspectiva exclusivamente morfológica, de su composición química, sus hábitats…
Además de esto, debemos contemplar su historia, su comportamiento individual y social, psicología, espiritualidad y un sinnúmero de factores que evidentemente nos acercarán a su conocimiento como especie o entidad individual; sin embargo, nunca podremos decir que lo sabemos todo sobre el hombre, dada su infinita complejidad y la interrelación de los innumerables factores que lo conforman como tal.
Del mismo modo, el árbol ha de ser estudiado desde diferentes puntos de vista si queremos comprender una parte de su misterio.
En este juego, nos sentimos crecer conforme vemos aumentar nuestro objeto de estudio, conforme se ensancha el horizonte de nuestro conocimiento. Y en este sentido hemos desarrollado este trabajo en el que se ofrecen una pequeñas claves para el acercamiento a la entidad arbórea. Hemos tratado de ofrecer aquí imágenes que nos ayuden a comprender.
Renunciamos sin embargo a la resolución de los misterios que rodean al árbol, en la confianza de que los misterios no se resuelven; podemos sumergirnos en su comprensión, vivenciarlos en nuestro interior hasta hacerlos íntimos, pero no desvelarlos ni traducirlos al lenguaje racional.
En ocasiones ha resultado difícil aunar estos enfoques, ciencias y disciplinas, tradiciones… caminos tan diferentes y al parecer incompatibles (a juzgar por las raras ocasiones en que se encuentran). Al fin y al cabo no estoy apegado a ninguno de ellos y no tengo ningún título que defina lo que de mí se espera.
Por esta misma razón ha sido también preciso un enorme esfuerzo para construir esta obra con todas las garantías de rigor, y en ocasiones se han hecho necesarias las consultas a diversos especialistas en diferentes campos.
Al mismo tiempo hemos pretendido permanecer fieles en lo posible al lenguaje llano, traduciendo y eliminando los diversos argots científicos.
En cuanto a las distintas mitologías y tradiciones que aquí abordaremos, hemos querido hacer un trabajo serio y minucioso, pero no por ello dejamos de lado tradiciones como las referidas por Castaneda, o las aún más controvertidas de Eduard Schouré, por citar algunas que se salen de la ortodoxia en este campo.
Parece aquí más absurdo que en ningún otro lugar poner barreras con la excusa del cientifismo a investigadores cuyo «pecado» consiste en haberse involucrado hasta el fin en su búsqueda, o quizá, en algunos casos, en haber desarrollado una excesiva imaginación.
Hemos tratado así de integrar distintas leyendas y vías más o menos científicas. Sólo un lado de nuestro mundo puede demostrarse, medirse, racionalizarse, ¿pero acaso es este más real que el mundo invisible de los sentimientos y la experiencia mística, que el mundo mitológico o de los sueños?
Al fin todos compartimos ya, a través de las diferentes tradiciones, una visión global, independientemente de nuestra formación o ideas, e incluso de nuestra propia capacidad de percepción y apertura.
En el tronco humano por fin se unen las ramas que viven en el cielo y las raíces que bucean en la tierra. No existe una separación definida entre ciencia y espíritu, entre lo real y lo irreal, entre el mundo consciente y el inconsciente.
Y de esta forma, siguiendo los caminos del árbol, los seres humanos nos encontraremos unas veces cerca del cielo, otras pisando la tierra y otras descendiendo a los infiernos.
«Poco importa si una nación tiene una antigüedad de varios milenios; es nueva, se crea, crece.
El lenguaje, los mitos, las leyendas, los cantos, las ceremonias, el arte, son en un momento dado manifestaciones de la conciencia tribal e instrumentos de la creatividad. En nuestros mitos y leyendas no hay distinción entre la historia física y la historia espiritual porque no tendría sentido.»
(Jefe Gayle High Pine)
Como veréis, todo está un poco desordenado; haciendo este trabajo nunca sabía bien qué debía poner antes o después, pues las ideas se entretejen como las ramas del árbol hasta ignorar si estamos arriba o abajo. Así que podéis leer estas páginas en cualquier sentido. Partiendo de las puntas, todas las ramas y raíces nos conducirán al mismo tronco.
Hubiera sido más sencillo quizás ordenar por temas independientes y de una forma rígida todo el libro, para estudiar cada cosa separadamente. Su estructura se parecería entonces más a un árbol, puesto entre la espada y la pared.
Lo hemos dejado crecer a pleno viento y en consecuencia podéis encontrar las respuestas o las preguntas a las mismas en los lugares más inverosímiles. Es cuestión de vagabundear por las hojas de este libro, como lo haríamos por un bosque, dejando volar la imaginación.
Os deseo una feliz lectura a la sombra de vuestro árbol amigo.


CAPÍTULO
I
El tiempo de los árboles
La vida sólo puede medirse por la intensidad con que se vive y no por su duración. Una mariposa sólo vive unos días, pero es tal la alegría con que despliega sus alas y la luminosidad de sus colores, que en tan breve tiempo se realiza, da lo mejor de sí misma.
El árbol, por contra, se toma su tiempo, bebe la vida en tragos cortos, la saborea solemne y pausadamente. De algún modo, los árboles están fuera del tiempo o de nuestro ritmo temporal.
Su larga y sosegada vida los hace sabios y así representan la imagen y la garantía de estabilidad para el medio. No en vano son además nuestros hermanos más altos, y los más profundos, siempre auscultando la tierra con raíces infinitas.
Cuando buscamos la comprensión de cualquier fenómeno, mecanismo o entidad, es interesante enfocar diferentes puntos de vista para alcanzar distintas perspectivas. En el caso de los árboles, encontraremos unos seres con un ritmo vital muy diferente del nuestro. Todos hemos visto cómo las plantas y árboles se mueven cuando una cámara toma la sucesión de fotografías que nos permite apreciar este movimiento, imperceptible para nosotros de otro modo. Pero podemos imaginar otros ritmos y movimientos a diferente escala espacio-temporal.
Así, el paso de las estaciones es para el árbol una inspiración y espiración que se manifiestan en el brote primaveral, seguido de la «madurez» o punto álgido del ciclo y la posterior caída de las hojas. En una película lo veríamos como pulsaciones o latidos vitales; el otoño aparece como la época en que el árbol parece consumirse entre un incendio de colores pardos del roble y los fogosos destellos rojizos y amarillos de los arces.
Acelerando aún más la velocidad de esta película, las pulsaciones anuales se hacen más rápidas y pierden nitidez. Se aprecia mejor el ciclo del nacimiento, crecimiento y muerte del árbol. Una bellota salta al suelo como estrella fugaz y de ella surge el árbol como un relámpago, que a su vez estalla en multitud de estrellas fugaces y se consume hasta desaparecer.
A vista de pájaro, el bosque avanza y retrocede, los árboles viajan en su estadio de semilla y el bosque entero se desplaza buscando las mejores condiciones.
A veces da la sensación de que más que una agrupación de seres, el bosque sea una verdadera entidad.
A mayor escala de tiempo, las migraciones del bosque se hacen más patentes; huyen de las glaciaciones e invaden el planeta hacia los polos al término de las mismas en oleadas sucesivas: primero las especies de luz, pioneras, y seguidamente las de sombra, que necesitan protección para su desarrollo.
Podríamos continuar este ejercicio imaginando el nacimiento y desarrollo de las diferentes especies en distintas edades geológicas. La génesis del bosque, que da comienzo en unos simples liquenes disgregando la piedra y a lo largo de millares de años y sucesivas capas vegetales, concluye con la instauración de la comunidad arbórea, la más evolucionada y perfecta. Así se entiende fácilmente que el árbol sea símbolo de tiempo y espacio y que los celtas lo adoptaran como inspiración para su calendario y su alfabeto.
Sin embargo, hasta ahora sólo hemos abordado la comprensión de la entidad arbórea desde una perspectiva racional. Si además de comprender, queremos vivenciar el árbol de algún modo y establecer vínculos, nuestra mentalidad y espíritu deben aquietarse para alcanzar el ritmo del árbol; así comienza el diálogo que nos permitirá acceder a un conocimiento profundo.
El árbol vive ya en ese tiempo sagrado que podemos alcanzar por medio de diferentes técnicas o por su simple compañía e inspiración. De esta forma, el hombre puede conocer diferentes realidades y adentrarse en la experiencia mística, mítica, mágica… Aquí, el árbol funciona como medio y fin; es cierto, existen infinidad de caminos con corazón para llegar al centro de nuestro propio ser, pero todos ellos, antes o después, aparecen bordeados por árboles frondosos.
Ellos nos enseñan que basta con estar ahí, y justamente cuando descansamos a su sombra, después del largo camino, nos traspasa la luz del espíritu.
La incesante sucesión de los ciclos, el implacable giro de la rueda de la vida y la muerte, vigilia y sueño, inspiración y espiración… representan el tiempo profano que nos hace dar vueltas una y otra vez como el burro encadenado a la noria, en tanto que vivimos de forma inconsciente. El árbol se eleva entonces y representa una puerta abierta hacia la libertad.
Buda nace bajo el árbol y bajo el árbol nace por segunda vez. En el paraíso, los árboles, y en Getsemaní, antes del fin, y en la Cruz. «El zen es un ciprés que crece en un patio», dice el famoso koan y en árabe, tarika reúne en una palabra los significados de árbol, palmera y escuela, y Tarika es la escuela iniciática de los sufis.
Pero no nos extenderemos aquí sobre este tema, que más adelante será tratado con la profundidad que merece.
Sí vamos a ver, en cambio, la búsqueda por parte de las sociedades humanas de este tiempo sagrado, en diferentes festividades anuales que permiten a los pueblos parar la rueda, aunque sólo sea por un instante, antes de sumergirse en el nuevo ciclo.
«Las purgas, las purificaciones, la combustión de efigies del «año viejo», la expulsión de los demonios, de las hechiceras y, de una manera general, de todo cuanto puede representar el año transcurrido, tienen por objeto destruir en su totalidad el tiempo pasado, suprimirlo. Apagar los fuegos equivale a instaurar las «tinieblas», la «noche cósmica», en la que todas las «formas» pierden su contorno y se confunden.
Una vez al año, pues, son abolidos el tiempo viejo, el pasado, la memoria de los acontecimientos no ejemplares (en una palabra: la «historia» en el sentido moderno del vocablo).»
(Mircea Eliade, «El tiempo sagrado»)
A través de estas fiestas y ceremoniales, el hombre y el mundo a su alrededor se regeneran, cobran un nuevo sentido. La renovación de la creación tiene lugar el día de Nauróz, el año nuevo persa, en que el rey proclamaba: « ¡he aquí un nuevo día de un nuevo mes de un nuevo año; hay que renovar lo que el tiempo ha gastado!» y se encendían numerosos fuegos y se hacían purificaciones con agua y libaciones.
Los emperadores chinos promulgaban un nuevo calendario, es decir, orden temporal, nada más subir al trono; la instauración de un nuevo jefe era la ceremonia de la creación del mundo entre los habitantes de las islas Fidji.
Eliade ha recogido aún numerosas tradiciones en este sentido.
A Oviedo venía antiguamente la vieja, a partir la Cuaresma en dos mitades, según C. Cabal.
«Aparecía a las doce de la noche en cualquier lugar del «Campo», e iba inmediatamente al Carbayón (un inmenso roble que vivía en medio de la ciudad); se aproximaba a su tronco, arrimaba a él su cayado, se acomodaba bajo él… Después, gesticulaba, daba gritos, se revolvía aparatosamente, y reventaba por fin.»
(C. Cabal)
Este cuento se repetía a los niños por aquellas fechas año tras año y se usaba a la vieja como el «coco». La misma historia se encuentra en muchos otros lugares de España y Francia. Según C. Cabal, la vieja era una representación del espíritu de la vegetación o de la Madre Tierra, que mueren para renacer.
De esta forma, cada tradición cultural o espiritual ha ido acomodando estas ceremonias a su visión propia del mundo y las fechas a sus propios ritmos. Pero existen dos momentos en el ciclo anual que han tenido una importancia especial en este sentido. Podríamos decir, siguiendo el calendario celta, que se trata de la hora del roble y la hora del tejo. La primera corresponde en el reloj a las 12 del mediodía, y en el calendario, al mes central, a las festividades del 1 de mayo o 24 de junio. La segunda pertenece al reino de las tinieblas, son las temidas 12 campanadas nocturnas, el último mes, las fiestas del 1 de noviembre y 31 de diciembre. En la respiración corresponden ambas a los momentos mágicos en los que la rueda se para, un instante tras la inspiración, otro tras la expulsión del aire, con los pulmones vacíos. Así, el roble representa la plenitud, el esplendor real, la cúspide, y el tejo es la profundidad del abismo, la caída del rey, el tiempo sagrado en el que la rueda de la vida se detiene, antes de recomenzar el nuevo ciclo1.
Los árboles están fuera del tiempo. Su larga y sosegada vida los hace sabios. En la imagen, un haya pirenaica entre la niebla del mes de abril.
He aquí también la imagen de la rueda de la fortuna en cuya cúspide el rey-roble reina para caer instantes después hasta quedar cabeza abajo: es el eterno flujo y reflujo.
Son precisamente estas breves paradas las que nos permiten tomar conciencia de nuestra situación. Son los momentos propicios para entrar en ese tiempo sagrado en el que podemos acceder a la revelación de otras realidades. Las diferentes tradiciones espirituales celebraban rituales de purificación como Agni hôtra, la ceremonia védica del fuego que desde hace miles de años se practica en la India al amanecer y al anochecer. En un tiempo tuvo tal poder que de su correcto desarrollo dependía, según los textos védicos, la salida del propio sol.
Sus efectos purificadores sobre el aire, la tierra y el agua y el entorno, se dejan sentir en un radio cada vez más amplio, según se practica regularmente la ceremonia, y sus beneficios alcanzan también a los moradores del lugar.
De nuevo, el rito alrededor de la hoguera, en el instante preciso, regenera el universo que conocemos y nos hace partícipes del juego de la creación.
BETH-LUIS-NION (EL CALENDARIO-ALFABETO CELTA)
Muchas son las versiones de este calendario cuyos meses estaban representados cada uno por un árbol. Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre las fechas que corresponden a cada especie e incluso sobre las especies que lo integran. Buena parte de la obra de Graves, La diosa blanca, está dedicada al análisis de este sugerente calendario, y leyendo a este autor es fácil hacerse una idea de lo arduo de este estudio.
Recientemente han aparecido un horóscopo (de Edgard Bliss) y un tarot, basados en el Beth-Luis-Nion; demasiado fácil sería negar la legitimidad y base tradicional de estas interpretaciones. La lectura atenta de estos trabajos nos da, sin embargo, una idea de la honestidad de sus autores; en la tentativa de reconstruir parte de una tradición hace mucho tiempo perdida, pero que aún deja pasar algunos rayos de luz a través de los espesos y oscuros siglos que nos separan.
No abordaremos aquí este tema en profundidad, nos daría demasiados quebraderos de cabeza. Pero es imposible pasar por alto una concepción y simbología tan hermosas de los ritmos anuales. Así pues utilizaremos el Beth-Luis-Nion de nuestros ancestros cuando pueda aportarnos alguna luz en el conocimiento de los propios árboles o acercarnos al espíritu y cultura de los celtas.
El calendario que aquí traigo (ver gráfico), es una síntesis de las diversas hipótesis, ya que no hay acuerdo en cuanto a su construcción.
La ordenación más generalmente aceptada es la aquí expuesta, si bien Robert Graves coloca el mes del fresno en el lugar del aliso, el mes del aliso en el lugar del sauce, y el mes del sauce en el del fresno.
En lo que respecta a las especies, también hay acuerdo exceptuando el mes decimosegundo, representado por la letra NG, que para unos es la escoba y para otros la caña o el carrizo (incluso es posible que en diferentes regiones se atribuyeran distintas especies a este período).
La mayoría de los autores hacen comenzar el año céltico el 1 de noviembre; tan sólo R. Graves difiere en este punto y coloca el principio del año el 24 de junio, pero esto no parece tener mucho sentido porque los cuatro orientes del año céltico no serían, como muchas veces se piensa, los solsticios y equinoccios, sino fechas intermedias que corresponden a los 40 días posteriores a estos puntos cardinales del ciclo anual.
La fiesta de San Juan pertenece pues a tradiciones diferentes de la celta y, claro está, muy anteriores a la cristiana, aunque ambas corrientes hayan influido en las ceremonias y festejos de este día que han llegado hasta nosotros.
Las continuas referencias tradicionales a «un año y un día», hacen pensar, como dice Graves, en un año de 13 meses lunares de 28 días, que sumarían 364, más un día que completaría el año solar.
Construido el círculo de este modo, llama la atención en primer lugar la posición del primero de mayo, fiesta de Beltaine, exactamente en el cenit del año, en la mitad del séptimo mes, el del roble; el árbol rey parece ocupar así el lugar que le corresponde, con seis árboles en cada uno de sus lados, es decir «los 12» que forman el séquito real en algunas tradiciones (ver capítulo IV, El Roble). Incluso aceptando la teoría de Graves, como él mismo dice, tendríamos igualmente al 24 de junio en el centro del mes del roble, ocupando exactamente la cúspide, en oposición al 24 de diciembre.
En el lugar opuesto encontramos una fractura en el círculo: es el día que completa el ciclo y que, como iremos viendo, representa la muerte, el sueño, el no tiempo, y está representado por el tejo. Antes de llegar a esta conclusión permitidme que recorra el largo camino anual2.
Las cuatro fiestas célticas
Las cuatro principales fiestas célticas son Samain, Beltaine, Imbolg y Lugnasad.
Samain, el 1 de noviembre. La fiesta de Samain es mágica por excelencia; durante tres días y tres noches se restablece la comunicación entre los humanos y los seres del más allá: muertos, dioses, hadas…
Los sidh, dólmenes y túmulos donde moran las hadas son ahora accesibles para los hombres, y en las casas de éstos las puertas permanecen abiertas y la cena preparada para cualquier espíritu que se digne a aceptar nuestra hospitalidad (al igual que sucedía en Escandinavia el 24 de diciembre)3.
Se bebía cerveza y se comían nueces y chorizo. Sólo los druidas podían encender el fuego y era el único momento del año en que la iglesia permitía la invocación de Satán (se le invocaba para augurar los casorios del año). Hasta nuestros días ha perdurado el recuerdo de esta fiesta en nuestro calendario. Hoy es el día de Todos los Santos y conserva la fecha del 1 de noviembre, y también, curiosamente, festejamos el 1 de mayo, aun cuando el sentido actual sea en este caso muy diferente.
Hasta tal punto están abolidas las barreras en Samain que incluso, como dice Markale, el tiempo se desvanece, se abre la raja entre los dos mundos y pueden coexistir el inconsciente, la magia, el sueño, con el mundo racional, consciente y real.
Según la tradición, un rey irlandés fue destronado cuando, durante Samain, alguien le pidió que le cediera el reino por un día y una noche, que durante esta fiesta equivale a la eternidad.
La noche de Halloween, el 31 de octubre, es la víspera de esta fiesta, la misma puerta del Sidh, que da paso a Samain. En un ciclo más pequeño, el de la respiración, encontraremos también la puerta en el punto más bajo, cuando los pulmones se vacían tras la espiración y antes de iniciar el nuevo impulso de inspiración. Es el momento en el que puede abrirse nuestra consciencia.
Algunas tradiciones de esta fiesta han perdurado hasta nuestros días. Así, en Berry (Francia), las campanas tocan entre el uno y dos de noviembre y los campaneros salen a pedir el dos. El día de todos los santos no se dejan caballerías en el campo, pues los espíritus las montarían y dejarían agotadas para una semana.
Este mismo día debe anudarse un lazo de paja alrededor del tronco de los frutales mientras tañen las campanas. Se visitan los cementerios, se bendicen las tumbas, se reza por los difuntos y se les ponen flores nuevas.
También es costumbre comer castañas en estos días, dejando un poco en la mesa para el alma de los difuntos.
Fiesta de Beltaine, el primero de Mayo. Se encendían las hogueras en lo alto de los cerros4, la noche anterior (noche de walpurgis) y se apagaban todos los fuegos para hacer uno nuevo.
Fiesta de Imbolg, el 1 de febrero. Fue absorbida durante el cristianismo por Santa Brígida5.
Lugnasad, el 1 de agosto, «las bodas de Lug». Cuenta la tradición que el mismo dios Lug instituyó la fiesta, organizando una gran asamblea en la llanura de Meath para honrar a Taïltiu, su madre adoptiva6.
NOTAS
1-En el calendario tradicional chino, el año comienza en febrero y da comienzo con tos 6 meses activos, o yang, que alcanzan su cénit en el solsticio de verano e inmediatamente comienza a menguar su reinado hasta que prevalecen las fuerzas yin, antes del equinoccio de otoño. En el solsticio de invierno llegan al máximo las fuerzas yin y comienza su declive, a partir de aquí yang se recupera para prevalecer de nuevo en febrero.
2-Otra teoría sobre la construcción del año céltico divide al año en 12 meses y deja el treceavo, correspondiente al saúco con tan sólo 3 días (ver representación de este calendario en el gráfico del abedul). En cualquier caso, la exactitud de las fechas para la realización de los rituales, no tiene tanta importancia como la referencia que supone cada una de estas fechas dentro del ciclo en el que está inscrita.
3-La costumbre de dejar las puertas abiertas por la noche, se practicaba durante todo el año, y aún hasta tiempos muy recientes se ha seguido pracricando en Breraña. Sin embargo, en esta fecha, tenía una importancia mayor. En Asturias, se dejaban los cerrojos sin echar también durante todo el año, y se decía que no debe barrerse de noche para no expulsar a las ánimas que han entrado.
4-«Igual que el otro culto público de los druidas, la fiesta de Beltane, creemos que se ejecuraba sobre collados y cerros. Ellos pensaban que era degradante para aquel cuyo templo es el universo, suponer que morase en cualquier casa hecha con las manos. Por esta razón sus sacrificios eran ofrendados al aire libre, con frecuencia sobre las cimas de las colinas, donde se les ofrecía el panorama más grandioso de la naturaleza y donde estaban mas cercanos a la sede del calor y el orden». John Ramsay (siglo XVI). Así puede comprenderse esa anécdota famosa del druida galo que, estupefacro al ver a los dioses romanos reducidos a estatuillas encetradas en un templo, echó a reír,
5-Para Markale, Brigit no es otra que Tailtiu, la diosa tierra irlandesa, madre nutricia de Lug.
6-Sobre este dios, dice Markale «Los druidas»: «Lug mejor o peor asimilado a Mercurio, perduró en la devoción de los galo-romanos. Durante la cristianización numerosos santuarios dedicados a Mercurio se convirtieron en Montes de San Miguel, lo que no deja de tener relación con las funciones luminosas y solares de Lug, transferidas al arcángel luminoso».

abedules sacando sus hojas en el Parque nacional de Aigüestortes i Sant Maurici (Pirineos).

CAPÍTULO
II
El abedul
LA INICIACIÓN
El abedul aparece en el planeta hace más de 30 millones de años, quizá como una respuesta a la necesidad de colonizar las tierras más frías e inhóspitas. Sus semillas son los seres alados más ligeros que imaginar se pueda (1 kg contiene varios millones), el viento las transporta lejos y de esta forma llegan fácilmente allá donde la tierra precisa de su cobertura.
Tras las glaciaciones, cuando el hielo se remonta hacia los polos, los abedules son los primeros que cubren las inmensas tierras que empiezan a despertar de su largo letargo; en la montaña, tras la paciente labor de los elementos, liquenes y musgos, disgregando la roca, es el primer árbol que soporta la intensa soledad, bajo la débil protección de los brezos.
En terrenos incendiados, suelos pobres y ácidos, cenagosos, en condiciones extremas de humedad o frío, el abedul consigue crear densas poblaciones con gran rapidez, pues a su capacidad de dispersión añade un rápido y vigoroso crecimiento.
De esta manera se levanta en los parajes solitarios la primera voz de la tierra hacia el cielo y eleva una copa delicada y armónica, en nada parecida a los dardos altisonantes de las coníferas; la cima del abedul se dispersa en el aire, se difumina…
Instalado el abedul, es capaz de cambiar las condiciones del lugar de una forma rapidísima. Su copiosa transpiración drena los terrenos excesivamente húmedos y sus raíces bombean nutrientes, en especial calcio y sales potásicas, contribuyendo al equilibrio del suelo. Además, estas raíces excretan auxinas, hormonas de crecimiento que favorecen la vida de los microorganismos y estimulan el desarrollo de las plantas. Esta enmienda de la tierra, unida a la ligera sombra que ofrece el abedular, crea las condiciones necesarias en muchos casos para la llegada de otras especies, comúnmente roble y haya. En muchos lugares, sin embargo, la elevada altitud, los suelos superficiales, arenosos o pedregosos, no permitirán la subsistencia sino al abedul, que adquiere entonces un carácter mas permanente.
Aunque por estas características muchas veces reina en solitario, es difícil encontrar una especie más sociable y generosa; compañero inseparable de temblones y serbales, en su sotobosque crecen brezos, arándanos, escobas y genistas, además de una multitud de animales entre los que se encuentran el urogallo, el lobo y el ciervo. Los gatillos masculinos, ricos en polen, se abren en la montaña en una época ideal para las abejas, cuando despiertan de su letargo y tienen poco alimento disponible.
El abedul actúa como protección y avanzadilla en los límites del hayedo y robledal, y una vez cumplida su misión, cuando las condiciones lo permiten, es rápidamente relegado por los árboles que crecieron a su amparo y cobijo. Amante de la luz como ningún otro, el abedul sucumbirá bajo la sombra y empuje de hayas y robles1.

Ramilla de Betula pubescens con sus características hojas triangulares.
ABEDUL, ALIMENTO Y COBIJO
A su enorme valor para la vida silvestre añadiremos aquí el gran interés que tiene para las poblaciones humanas del norte: lapones, siberianos, indios de Norteamérica… encuentran en él la inspiración espiritual y soporte vital.
Entre estos pueblos podemos hablar de una cultura del abedul, cuya importancia aumenta a medida que nos acercamos al polo y otros árboles desaparecen.
Del abedul se extrae casi todo; proporciona leña de excelente calidad y cortezas y ramillas para iluminar y encender la hoguera, buena madera para la confección de toda clase de útiles, trineos, refugios, etc. Los pastores vascos la preferían para todo tipo de recipientes para la leche y los quesos, pues se agrieta muy difícilmente.
Esta madera tiene una mayor resistencia mecánica en las capas superficiales que hacia el interior. La flexibilidad de sus ramas permite usarlas en cestería, ataduras, escobas… y con las más finas, verdes, se azotan los finlandeses en la sauna para favorecer la circulación sanguínea.
Su savia se extrae fácilmente agujereando el tronco o desgajando una rama en las épocas apropiadas (ver «La leche o agua de abedul», Integral núm. 76, pág. 357); es un alimento remineralizante y depurativo que contiene glucosa y ácido tartárico, y es capaz de fermentar para convertirse en vino o cerveza de abedul. En Alemania se tomaba esta savia en ayunas por primavera, como específico contra el mal de piedra, la gota y la tisis. Se conservaba en redomas que se llenaban de aceite para evitar que el líquido se corrompiera. También se decía que el que usa cucharas y vasos de esta madera, no adolece del mal de piedra (datos procedentes de El arbolista práctico, 1844).
Innumerables son los usos de su corteza, que proporciona:
•-Un tinte rosa raspando la parte interior y dejándola una noche en remojo. Se cuece hasta obtener un tinte rojizo y se cuela. Para teñir algodón se cuece la tela cinco minutos dentro del líquido.
Cabaña construida con cortezas de abedul en la región de Nordland (Noruega).
•-En épocas de penuria, esta corteza interior, más gruesa, se utilizaba como alimento, molida y mezclada con otras harinas, por la fécula y azúcar que contiene.
•-Esta misma corteza sirve también a los lapones para hacer otra clase de cerveza.
•-Impermeable e imputrescible como pocos materiales naturales, se han encontrado restos de corteza inalterada, unidos aún a la madera fosilizada (en Dworotrkoi, Siberia); asimismo aparecen restos intactos de centenares de años de antigüedad enterrados en turberas. Estas propiedades hacen que podamos encontrar muchas veces abundante corteza para las teas o cualquier otro uso en árboles caídos o, mejor aún, en los muertos de pie.
Así se comprende que haya resultado un material idóneo para tejas y cobertura de cabañas, para la construcción de canoas y vasos que se mantienen indefinidamente dentro del agua, para la confección de cestos, cajas, jarcias, esteras…
Puesta bajo los pilares de una construcción, evita que suba la humedad a través de la piedra o la madera. Entre los altaicos siberianos y otros pueblos servía de pavimento aislante, de forma que una construcción podía estar enteramente cubierta de este material, cerrando paredes, techo y suelos. (Para techumbres también se han utilizado sus ramas y sus raíces largas y espesas entre los lapones.)
•-Por si fuera poco, podemos extraer su resina, poniendo simplemente la corteza exterior en un puchero a fuego lento, para que vaya destilando, con cuidado de que no prenda. Esta brea, llamada cola de abedul o betulina, sirve para sellar recipientes y hacerlos estancos, calafatear embarcaciones, y también como pegamento muy resistente.
También por destilación se obtiene el aceite de abedul, que se usa para curtir pieles y como protección contra hongos e insectos.
Entre las mujeres vikingas, se usó esta corteza ennegrecida por el fuego para pintarse los ojos.
Dos épocas principales tiene el abedul en las que las cortezas están separadas y se recogen con facilidad: corresponde la primera a la subida de la savia primaveral, que termina cuando despunta la hoja, y la segunda, mas corta, hacia Santiago (finales de julio), momento en el que también hay una mayor afluencia de savia.
Durante estos períodos, las cortezas se separan del tronco y entre ellas, con limpieza y facilidad, haciendo un corte longitudinal y dos transversales (arriba y abajo), y tirando hacia un lado.
Cuando cesa el fuerte flujo, en cuestión de tres o cuatro días, las heridas de las que manaba savia en abundancia se cierran y la corteza queda apretada, imposible de desgajar sin romperla en mil trozos. La savia sólo se recoge en primavera, pues aunque mane en julio, el árbol la necesita en esta época, mas cálida y seca. Las incisiones transversales para extraer corteza deben hacerse de poca profundidad para no matar el árbol cortando su circulación.
Abedules junto a pinos silvestres en el Pirineo de Huesca. A menudo los encontraremos juntos colonizando terrenos deforestados. El abedul preferirá vaguadas más húmedas y el pino laderas secas.
Salvo casos muy excepcionales, de primera necesidad, no deberíamos usar la corteza interna, pues su recolección supone la muerte del árbol.
En los primeros años, la piel del abedul es de un color rojizo, que va blanqueando hasta que al llegar a la vejez empieza a agrietarse y oscurecer. El abedul encuentra bajo esta envoltura una perfecta protección y aislamiento. La corteza exterior es prácticamente imputrescible y resistente a los ataques fúngicos y de insectos. La corteza interna, más gruesa, es mucho más débil a este respecto, y la madera, si bien no es casi nunca atacada por insectos, a la intemperie o en malas condiciones se pudre con rapidez.
La familia Likov, que vivió aislada en la taiga rusa durante varias décadas, utilizaba la savia de abedul recogida en cuencos de madera, que les proporcionaba una abundante bebida alimenticia en primavera. Para escribir usaban la blanca corteza como papel y unas varas de madera mojadas en jugo de madreselva como tinta. La iluminación de la choza era una tea de abedul con la inclinación adecuada para durar sin apagarse.
ABEDUL, SENDERO DEL ESPÍRITU
Estas yérgolas o teas de abedul se hacen enrollando y dejando secar la corteza externa, atada con una brizna de hierba, una retama…
La luz tenue de una yérgola invita a la meditación, al recogimiento, a escuchar leyendas de tiempos remotos. La llama clara, cálida y serena, tiene un cierto parecido con la de una vela de cera de abejas; el humillo denso y oscuro deja un aroma grave como el incienso. De la misma forma que la vela ayuda a crear una atmósfera espiritual, la yérgola nos eleva con su luz límpida, y cuando respiramos su esencia y nos envuelve su resplandor, de alguna manera nos acercamos a la pureza del abedul, a su espíritu místico.
La llama de abedul nos muestra el camino de este ser de luz, de corteza resplandeciente y copa luminosa, que se alimenta de los rayos del sol y de la energía condensada en la sílice de los terrenos graníticos y arenosos que habita. En el crepúsculo, el abedul es una yérgola encendida, en otoño se inflaman sus hojas de amarillo y caen incendiando el viento. En invierno, la nieve y la lluvia destiñen estas hojas y toman entonces un claro color de hueso. ¡Qué blanco y sereno queda entonces el abedular, qué cerca del cielo! y el brezo, a sus pies, duerme sueños negros.

En primavera, los amentos masculinos del abedul aparecen justo antes que sus hojas.
CALENDARIO DEL ABEDUL
En el alfabeto céltico Beth-Luis-Nion (Abedul-Serbal-Fresno), que se utilizó en Irlanda desde el año 600 a. C, el abedul es la primera letra (R. Graves dice que fue en una varilla de esta madera donde se grabó la primera inscripción irlandesa en Ogham). En el calendario céltico, el primer mes del año, que empezaba el 1 de noviembre, es Beth-Abedul.
La víspera de este día se celebraba la noche de Halloween, en la que se restablecen las comunicaciones entre el más allá y el aquí y ahora, la tierra de los mortales. Se decía que esa noche los muertos volvían, y volvían según una balada nórdica (The Wife of Usher's Well), con hojas de abedul puestas en sus sombreros, a modo de insignea o contraseña para realizar este viaje. El abedul crecía a la entrada del paraíso. También es la época en que «florece la tierra» y crecen a los pies del abedular todo tipo de setas, entre ellas la Amanita muscaria, que Wasson identificó como el «Soma» sagrado de los antiguos arios y que según este autor parece tener una especial relación micorrizal con el abedul y el pino.
En las antípodas del año, el primero de mayo, fiesta céltica de Beltaine, se celebraba la ceremonia del árbol mayo, el despertar y florecimiento de la Madre Tierra. Aún hoy se plantan los mayos, árboles en torno de los cuales gira la fiesta, en el centro de la plaza de los pueblos. Curiosamente, ambas fiestas se han conservado hasta nuestros días. También es costumbre primaveral que los mozos coloquen en la ventana de la amada un ramo: en Europa Central, de abedul, para significar amor; en otros lugares son el roble y el fresno los que tienen este significado, utilizándose el abedul como señal de amistad.
En el calendario celta, los ejes u orientes del año son muy diferentes del actual, quizá más relacionados con los ciclos del sueño y el despertar de la naturaleza y específicamente con los ritmos del árbol que nos ocupa2, pero es impresionante además el paralelismo existente entre el calendario vital del abedul y el humano. La longevidad es parecida, ambos pueden sobrepasar el centenar de años en casos excepcionales. Entre los 20-25 años, su ciclo de crecimiento se completa (aunque el árbol sigue creciendo con mayor lentitud). Un poco mas adelante, hacia los 35 años, el abedular, que ha crecido cicatrizando las heridas por talas u otras causas en el hayedo o robledal, inicia su declive, a medida que se va regenerando el antiguo bosque.
EL ÁRBOL MEDICINA
Hacia esta misma edad, el cuerpo físico del hombre tiende hacia la mineralización y decadencia. Rudolf Steiner preconiza precisamente las curas de abedul para combatir esta inclinación de la madurez, y desde muy antiguo se han utilizado las hojas en forma de té (200 g de agua hirviendo se vierten sobre 20 g de hojas), que tiene efectos depurativos, facilita la diuresis y la sudoración, y ayuda a resolver los casos de reumatismo, gota, inflamaciones articulares, hidropesía, cálculos de riñón y enfermedades de hígado. De la misma forma que actúa en el suelo, desacidificándolo, drenando el agua excesiva y extrayendo los minerales, actúa también sobre el cuerpo humano, poniendo en circulación los materiales depositados y limpiando la sangre.
Además tiene un efecto tónico y estimulante; para el suelo, a través de las auxinas de las que antes hablamos, y para el hombre, quizás debido a su acción purificadora. El abedul nos ayuda a conservar la juventud en la madurez, la sensibilidad y la alegría de vivir. Para ello ni siquiera hace falta la infusión o la savia. El simple acercamiento al lugar donde crece en la naturaleza nos hace comprender muchas cosas, estimula nuestra consciencia y vivifica. No en vano elige los aires más altos, puros y luminosos, las aguas cristalinas, los sustratos silíceos cargados de energía y vitalidad. Su sola presencia transmite estas sensaciones:
«Hasta la tristeza de las laudas que frecuentan los enebros y los brezos, se desvanece gracias a este portador de luz y de perfumes salubres.»
(W.Pelikan)
En compañía del abedul se entiende mejor el carácter de árbol sagrado que le han atribuido los pobladores de las regiones del norte, que conocían muy bien sus virtudes, su forma de vida, la íntima esencia de su espíritu. En los rituales chamánicos de iniciación, actuaba como árbol central, eje del mundo; plantado en el centro de la yurta, a través de él desciende la luz celeste, y el espíritu humano puede ascender cruzando el agujero de la cúspide de la cabaña.
Este escenario hipnótico compuesto por una «gruta» oscura y circular, una vara blanca en su centro y una ventana hacia el cenit, no es que esté cargado de símbolos como a menudo se ha interpretado; está construido para que estos símbolos puedan vivenciarse a través del trance inducido por técnicas de purificación, alucinógenos… De una forma más sencilla podemos elevarnos con el abedul tumbándonos sobre la hojarasca y dejando que la blancura del tronco se apodere de toda nuestra atención y nos conduzca a la tenue y difuminada copa que se abandona al cielo… ¡Acordaos de volver!
Quizá como una forma de relación con el espíritu del abedul, «el de la blanca mano», que asciende con la primavera, por Pascua de Pentecostés se colgaban coronas de sus ramas, y entre los mansi de Siberia occidental, cintas de algodón blancas y rojas. Pero el ritual parece ser ya una costumbre cuyo significado se ha olvidado.
Extracción de la leche o savia del abedul.
«En los países eslavos siempre se creyó que en estos árboles habitaban los espíritus del bosque. Las ramas servían para apaciguarlos, como las ramas de los abetos apaciguaban a las Furias. En la Edad Media, se creía en el norte de Europa que las brujas cabalgaban sobre escobas hechas con madera de abedul.»
(Antonio Colinas, «La llamada de los árboles»)
PLANTACIÓN
En el País Vasco se utilizó por su llamativo color como mojón vivo en los deslindes de los prados, y probablemente participaba por tanto del carácter sagrado que se atribuía en esta y otras muchas regiones al mojón. Debido a su visibilidad se ha usado también para señalar bordes de carreteras, especialmente en lugares de nieblas pertinaces.
En nuestras regiones era muy apreciada su madera para carretería, aperos de labor y utensilios domésticos, y sus hojas constituían un buen forraje (a veces se utilizaba después de seco y almacenado) y un nuevo aliciente para plantarlos en los prados y junto a cuadras y pajares.
En jardinería es muy apreciado por su delicadeza y tronco vistoso.
Puede ponerse en exposiciones norte, protegiendo por ejemplo un edificio o cultivo, y también se usa como protector de repoblaciones forestales. Su sombra ligera, rapidez de crecimiento, mejora del suelo y capacidad de rebrote, lo hacen interesante para setos y bosquetes de abrigo. Admite muy bien la poda, y si se corta por la base o sufre un incendio, en lugar del tronco crece un grupo nutrido de vástagos que hasta el cabo de unos años no tendrán corteza blanca.
No se utiliza mucho para repoblar debido a que la madera no es muy apreciada por los forestales (exceptuando su utilización en los países nórdicos para pasta de papel), ya que no alcanza grandes diámetros.
No es necesario repetir la inmensa labor y utilidad de este árbol allá donde crece; sin embargo es difícil traducir bendiciones en dólares y, por tanto, es otra especie que debemos adoptar, sobre todo si vivimos en montañas deforestadas con terrenos silíceos y húmedos, allí encontrará nuestro árbol el ambiente idóneo, y con el tiempo podremos gozar de su presencia y sus dones. En climas secos podemos plantarlo en el lecho de arroyos de montaña.

El amarlllo de los abedules destaca en esta imagen otoñal de un bosque de Somledo (Asturias).
El mejor sistema de reproducirlo es la siembra, recogiendo y aventando la simiente que produce todos los años en abundancia, o como en Centroeuropa, cortando ramillas con los gatillos a punto de abrirse y agitándolas de modo que el viento las lleve hacia donde queremos repoblar. Esta siembra otoñal es la más sencilla y tendrá muchas posibilidades de éxito en terrenos desnudos (quemados, erosionados) y húmedos. De esta manera es probable que muchas de las semillas germinen y produzcan robustas plantas ese mismo año. Otras esperarán a la primavera y un número muy elevado no germinarán o perecerá la plántula.
Para la siembra de primavera, se puede conservar la simiente en recipientes herméticos, que en condiciones de baja temperatura y poca humedad mantendrá la facultad germinativa varios años.
Es aconsejable estratificar la semilla que va a esparcirse en primavera; esto se hace poniéndola entre capas de arena húmeda, a una temperatura de 2-4 °C, durante un mes. Betula pendula no necesita estratificación, pero sí las demás especies.
Conviene que la simiente tenga una humedad constante en la superficie de la tierra hasta su germinación, por lo que hay que elegir bien la época de siembra directa; en el vivero será necesario regar o cubrir con una ligera capa de arena.
Cuando se quiere plantar el abedul, además de comprar las plantas en el vivero, podemos recoger los brinzales o arbolillos de 3 o 4 años nacidos naturalmente dentro del abedular, siempre que el bosquete esté en buenas condiciones o los arbolillos permanezcan muy juntos. Se arrancan por supuesto de aquí y de allá, nunca todos del mismo sitio ni en grandes cantidades. Tradicionalmente se eligen los que tienen la corteza parda y lisa, no blanca (ignoro la razón).
El trasplante se hace en otoño con cepellón, a una distancia entre los pies de unos cuatro metros.
NOTAS
1-Existen unas 60 especies comprendidas en el género Betula. Todas tienen las flores masculinas en amentos colgantes, al extremo de los ramos, y las femeninas en amentos erectos, más cortos, dispuestos sobre pequeños brotes. Ambos sexos en el mismo árbol. Raíces principales abundantes y superficiales, con largas y pobladas cabelleras (raíces secundarias). Buen anclaje. Las especies más familiares para nosotros son B. pendula (B. verrucosa) y B. celtiberica (B. pubescens). La primera tiene las ramillas finas rugosas, por estar llenas de pequeñas verruguillas blancas. Las ramas de la segunda son vellosas. Es algo más pequeño que el antetíor. Betula pendula soporta mejor la sequía en el suelo, pero necesita humedad atmosférica, resiste terrenos muy ácidos y es más apreciado por su forma armónica en jardinería. Ambas pertenecen a la zona de rusticidad 2. Otros abedules foráneos se utilizan para repoblaciones o parques de montaña, entre ellos: B. papyrifera se adapta a todo tipo de suelos siempre que el clima sea fresco, y la exposición luminosa (zona 2). B. utilis es menos resistente al frío (zona 4). En la Península, el abedul forma bosques, por lo general poco extensos, en la cordillera cantábrica y se enrarece hacia el sur. Vive hasta 2000 m, con frecuencia en cursos de agua, turberas, claros en los bosques de robles y en los hayedos y en las zonas limítrofes de los mismos. A menudo, en lugares donde nadie más puede vivir por ser demasiado altos, demasiado fríos, luminosos, húmedos, pobres…
2-Hablaremos más extensamente de este calendario en el apartado dedicado a él, y al ocuparnos del tejo; tan sólo añadir aquí que si el abedul es el comienzo, el tejo representa el fin, y no es extraño encontrarlos a ambos en el reino de los muertos: el abedul, a las puertas del paraíso, y el tejo, bordeando los caminos del infierno.


CAPÍTULO
III
El centro del mundo
EL CETRO REAL
El árbol es la imagen perfecta del centro sagrado, del eje central; a partir de un punto crece hacia el infinito. De igual modo, la tierra, en puntos clave, irradia su poder.
«En Eridu ha brotado un Kisnanu negro, en un lugar sagrado ha sido creado; tiene los destellos del lapislázuli brillante, se extiende hasta el apsu1. Es el deambulatorio de Ea2 en la opulenta Eridu, su residencia es un lugar de reposo para Bau. »
(Antiguo encantamiento babilónico)
EL CENTRO SAGRADO
El árbol reúne en sí todos los elementos, el agua que fluye por sus venas y el fuego que encierra su materia y que puede extraerse por frotamiento. La tierra en la que se sumerge y de la cual se nutre y el aire al que se dirige y respira.
En el árbol también se encuentran las diferentes realidades y en todos los planos el significado de su aparición es análogo.
Se encuentra en la esencia de la vida, entre la materia y el espíritu, entre dios y los hombres.
Ya sea en la mitología, tradición más o menos profana o espiritual, en el mundo cotidiano, en un sueño o en una visión enviada por el Gran Espíritu, el árbol se yergue lleno de fuerza en el centro del mundo; y al él hemos de acudir cuando nuestro mundo cotidiano se debilita. A través del árbol pasan y se cruzan los senderos que nos permiten alcanzar infinitud de realidades y universos.
El árbol mítico o simbólico vive en el corazón de la nación, en el centro del mundo; alimenta el espíritu de la tribu. De su vigor, de la comprensión adecuada del símbolo, de su transmisión a las nuevas generaciones, de la vida en suma que el árbol tiene dentro de la nación, depende la propia salud de la misma en todos los planos.
El hombre evoca y da vida al árbol a través de su pensamiento, del arte, de los cuentos que lo mentan en torno a la hoguera. También puede experimentarlo individualmente, llegar a vislumbrar a este ser espléndido y majestuoso. El camino es arduo y exige la pureza del hombre, la libertad de las trabas del miedo y de la ambición. Un sueño o una revelación pueden conducirnos a su presencia, en el lugar donde brota la vida, la luz, la paz.
Quien lo encuentra, de algún modo sufre una renovación que ayudará a la evolución y regeneración de toda la «tribu».
También en el centro único del mundo viven otros árboles o postes como los que se utilizan en los rituales chamánicos y que sirven para ascender a los cielos y recoger el poder y la sabiduría. O los árboles sagrados que crecen en el centro de la nación, en la plaza del pueblo, junto a la iglesia o en el patio de casa. Todos ellos participan del espíritu del gran árbol del mundo y tienen idéntica función. Protegen y cobijan a los hombres, son guardianes del espíritu y vitalidad del lugar y, desde luego, viven en centros sagrados mucho más accesibles.
EN EL OMBLIGO DEL MUNDO, EL ÁRBOL
En la mitología nórdica, Yggdrassil (ver capítulo VI, El Fresno) es el árbol que sostiene y contiene en sí todas las fuerzas del universo. Sin el soporte de este gran fresno el mundo se desintegraría, ya que sus ramas se extienden hasta los confines del firmamento y sus raíces penetran hasta lo más profundo de la tierra. El propio Odín acude a su pie para consultar la fuente de la sabiduría y ata allí su corcel.
Igualmente, los dioses de los altaicos atan sus caballos al poste cósmico alrededor del cual gira la bóveda celeste. Para este pueblo, es un abeto gigante el que crece en el ombligo de la tierra y sus ramas llegan hasta la morada de Bai-Ulgan (el reino celeste). Asimismo, Vastugan, el árbol cósmico de los ostiaks, atraviesa las regiones celestes y se hunde en las profundidades de la tierra.
En la mitología rusa, el árbol crece en el centro del mundo y, al igual que la montaña, une el cielo y la tierra y permite a los hombres recibir la fuerza celeste subiendo a ellos.
Algunos relatos rusos y de otros países cuentan cómo el árbol crece elevando a quien lo planta, o en medio de la cabaña en la que cae la semilla, y vertiginosamente se eleva hasta el mismo cielo, a veces con la cabaña sobre su copa. En estos casos, en la cúspide del árbol suele haber dones preciosos o moradas mágicas3.
En otras muchas concepciones o visiones del mundo, el árbol está arraigado en el centro del universo, guardando el perfecto equilibrio entre el cielo, la tierra y los cuatro poderes del mundo (cuatro vientos, cuatro direcciones, cuatro estaciones…). Estas fuerzas no son sólo mito, son reales y tangibles para quien las percibe por permanecer en contacto íntimo y consciente con la naturaleza. De igual forma actúan sobre quien las ignora, y esta ignorancia nos pone a merced de ellas, como si fuéramos una barca sin timón.
EL ÁRBOL QUE DEBÍA FLORECER
«Hey a a Hey. Padre Supremo, Gran Espíritu, una vez todavía mírame sobre esta tierra y agáchate un poco hacia mí para oír mi débil voz. Tú que has vivido el Primero, que eres más viejo que toda necesidad, más viejo que toda oración. Todas las cosas te pertenecen: los hombres de dos piernas y los cuadrúpedos de cuatro pies, las alas del aire y todas las cosas verdes que viven. Tú has hecho que los poderes de las cuatro direcciones se crucen. La buena ruta y la ruta de las dificultades se cruzan por tu voluntad y el lugar donde ellas se cruzan es sagrado. En todo instante y hasta siempre, Tú eres la vida de las cosas.
Tú me has dicho cuando era joven todavía y podía esperar, que siempre que tuviera una dificultad debería llamar cuatro veces, una vez por cada dirección de la tierra.
Yo llamo hoy por un pueblo que desespera.
Del oeste Tú me has dado la copa del agua de vida y el arco sagrado, el poder de dar la vida y de destruir. Tú me has dado un viento sagrado y una hierba del lugar donde vive el gigante blanco. El poder de purificar y de curar, la estrella de la mañana y la pipa me las has dado del este. Y del sur, el círculo sagrado de la nación y el árbol que debía florecer. Tú me has conducido al centro del mundo y mostrado la bondad, la belleza, el misterio de la tierra verde, la única madre, y también las formas espirituales de las cosas tal y como ellas deberían ser. Tú me los has mostrado y yo los he visto. En el centro de ese círculo me has dicho que yo debía hacer florecer el árbol.
Con lágrimas, Oh, Gran Espíritu, mi Padre supremo, con lágrimas vengo a decirte que el árbol no ha florecido nunca. He fallado en todo, no he realizado la misión que me encomendaste. Aquí, en el centro del mundo al que Tú me has conducido cuando era joven, donde me has instruido, vuelvo otra vez ya anciano y el árbol ha languidecido, Padre Supremo, mi Padre Supremo.
De nuevo, y puede ser que por última vez sobre esta tierra, te recuerdo la gran visión que me has enviado. Es posible que una pequeña raíz del árbol sagrado viva todavía. Aliméntala para que el árbol florezca y se llene con el canto de los pájaros. Escúchame no para mí mismo, sino por mi pueblo. Soy viejo ya. Escúchame a fin de que ellos puedan retornar al círculo sagrado y encontrar de nuevo el buen sendero rojo, el árbol que protege.
En mi angustia elevo mi débil voz. Oh, seis Poderes del Mundo, escuchadme en mi desesperanza pues es posible que nunca vuelva a invocaros de nuevo.
¡Oh, haced que mi pueblo viva. Usi mala ye!»
Entre los iraqueses, el árbol de la paz es un gran pino blanco. El Hacedor de la paz (profeta de este pueblo) enterró bajo sus raíces las armas de guerra. En la cúspide está posada el águila, guardián de la confederación iroquesa; cuatro raíces blancas de la paz se extienden en las cuatro direcciones. Por estas raíces, dice la tradición, los pueblos del mundo pueden trazar sus orígenes y pedir amparo bajo la ley de la paz.
Según la antigua ley, los sesenta jefes del consejo tradicional iroqués se reúnen alrededor del árbol sagrado y hacen un círculo juntando sus brazos y se comprometen a no dejarlo caer nunca. Estos jefes están elegidos por los ancianos de los diversos clanes, deben estar casados y con hijos, nunca haber cometido crimen de violencia contra mujer o niño y nunca haber matado a otro hombre.
EL ÁRBOL TÓTEM
Como el árbol de la vida, el tótem es el corazón del poblado, a su alrededor se organizan fiestas, reuniones, danzas y ceremonias. El mástil central de la Danza del Sol de los indios crow representa el árbol de la vida, el eje del mundo que atraviesa los tres niveles, simbolizados por tres anillos pintados alrededor de este madero. El círculo inferior es la tierra; el intermedio, el horizonte, los cuatro puntos cardinales, el alma; el superior es el círculo celeste, el espíritu, la pureza.
«En este nuevo rito que acabo de recibir, uno de los pueblos que están siempre de pie ha sido escogido para estar en nuestro centro: es el wagachum, el árbol susurrante o álamo; él será nuestro centro, pues, ¿no se eleva el árbol desde la ti ra hasta el cielo? Esta nueva mane i de enviar nuestras voces al gran lspíritu será muy poderosa.»
J.E. Brown, «La pipa sagrada»4)
Así es como cada pueblo elige su árbol tótem y lo planta en su centro sagrado. El drago canario, el olmo castellano, el roble vasco, el tejo asturiano, el abedul de las regiones siberianas, el ginkgo chino, son algunos de los más claros ejemplos que iremos viendo. Esta elección se ha realizado desde tiempos inmemorables, en razón de la cercanía de cada especie o de una revelación que nos muestra el camino, pero sobre todo a causa del anhelo que un árbol determinado despierta en una nación. Existe un hermanamiento natural entre el árbol y su pueblo. Ambos encuentran en el otro su ideal, se atraen y complementan, y se establece así una amorosa relación que, en ocasiones, ha pervivido hasta nuestros días, donde aún es posible encontrar paisanos astures que van expresamente al monte a por un retoño de tejo por el simple placer de verlo crecer junto a su casa.
Tótem en medio de un bosque del Parque nacional de Sitka, en Alaska.
Este ritual, que al menos en la actualidad nada tiene de ceremonioso, es una forma de acercamiento al centro sagrado. Una casa junto a un árbol tótem, tiene algo de templo y sus habitantes adquieren de este modo las bendiciones del árbol y del lugar. De esta forma, los hombres crecen en presencia de su árbol y germina de alguna manera en su corazón la simiente del árbol sagrado. Atraemos así las bendiciones del Gran Espíritu sobre la tierra, sobre nuestro pueblo y hacia nuestra casa; encontramos un lugar para elevar una voz.
SANTUARIOS, CIUDADES Y MORADAS EN EL CENTRO DEL MUNDO
La construcción de ciudades y casas se hace según un ritual de construcción en el centro del mundo en numerosas tradiciones estudiadas por Mircea Eliade. Estas técnicas de construcción sagrada tuvieron enorme arraigo en toda Asia. Babilonia era una «puerta de los dioses», y por ella bajaban las divinidades a la tierra.
En otro centro del mundo estaba el templo de Jerusalén y Delfos fué también centro del universo que reunía a las ciudades griegas en torno al omphallos sagrado de piedra.
En la Eneida, el sacerdote de Febo vaticina el futuro de Eneas y los suyos, revelando los signos que indicarían el lugar en donde debían edificar Roma: «cuando engolfado en tristes pensamientos te encuentres a la margen de un desconocido río, tendida bajo las encinas de la ribera, una corpulenta cerda blanca, dando de mamar a 30 lechoncillos blancos, como ella, habrás hallado el sitio en que has de edificar tu ciudad».
Encontramos una historia parecida en el Barzaz Breiz. Dice así:
«Un ángel se le apareció en sueños al apóstol del sur de la isla de Bretaña, y le habló de este modo: «Dondequiera que encuentres una jabalina echada con sus crías, levanta una iglesia en honor de la Santísima Trinidad.»
El mismo libro menta también la primera iglesia cristiana de la isla de Bretaña, que fue construida en el lugar donde una jabalina amamantaba a sus crías al pie de un manzano. Aún ofrece el Barzaz Breiz otros ejemplos de esta curiosa relación en la oscura serie del Druida y el niño: «la jabalina y sus nueve jabatos, en la puerta de su revolcadero, gruñendo y hozando, hozando y gruñendo. ¡Pequeños! ¡Corred al manzano, el viejo jabalí os va a dar la lección». Y trae a relucir unos poemas atribuidos al propio Merlín:
«Manzanos criados en la montaña, ¡oh, vosotros, de quienes gusto medir el tronco, el crecimiento y la corteza, bien lo sabéis, yo he llevado el escudo al hombro y la espada sobre el muslo, y he dormido mi sueño en el bosque de kelidon! […] Escucha, querido jabatillo, jabatillo inteligente, no escarbes a la ventura, en lo alto de la montaña; hazlo, más bien, en los lugares solitarios, en los bosques espesos de alrededor…»
Podríamos seguir hablando de la infinidad de mitos y leyendas en los que el manzano es santuario, centro de poder y sabiduría: la isla de Avallon, la leyenda de Sion Kent, cuentos de hadas que viven en estos árboles, las representaciones egeas de la diosa al pie del manzano…
La manzana es el codiciado fruto de la discordia, por cuya posesión se pelean las diosas, se pierde Troya, Hércules viaja a las Hespérides y releva unos instantes al gigante Atlas sosteniendo la bóveda del mundo, es la fruta por la que el hombre pierde el paraíso, en la que está encerrada el alma de Curoi…
Tan sólo añadiremos ya la respuesta que ofrece Graves al enigma que plantea Job: «¿donde se encontrará la sabiduría y donde está el lugar de la comprensión?». Respuesta: «debajo de un manzano, mediante la pura meditación, en la tarde de un viernes, en la estación de las manzanas, cuando hay luna llena…».
Los centros de poder están a nuestro alcance; allí el espíritu se manifiesta con mayor facilidad. No importa la religión a la que pertenecen. El Gran Espíritu sólo distingue el corazón de quienes lo buscan (Ermita de Larrauri).
CENTROS DE PODER
Únicos e innumerables como las estrellas del firmamento son los lugares sagrados, los centros de poder que como un imán han atraído al hombre desde la más remota antigüedad.
En muchas ocasiones, es la propia fuerza del lugar la que genera esta vibración capaz de renovar al ser humano, pero otras veces es el hombre quien instaura el centro mediante la celebración de un ritual, o simplemente utilizando un determinado lugar para su trabajo interior.
«Existe un vínculo directo entre los centros totémicosy ciertas figuras míticas que vivieron en el origen de los tiempos y crearon entonces los centros totémicos. Ahí, en esos espacios hierofánicos, tuvieron lugar las revelaciones primordiales. […] Así ocurre que es muy difícil despojar a esos centros de sus prerrogativas y que el centro va pasando, como una herencia, de un pueblo a otro, de una religión a otra.»
(Mircea Eliade)
Árboles sagrados, piedras centrales, templos o santuarios (en la antigüedad, ubicados a menudo entre los bosques), el árbol mayo (ver artículo de Concha Palacios en Integral núm. 89), el tótem tallado…
Son algunos de estos sitios de poder a los que el hombre se dirige para hablar con la divinidad en la búsqueda de una revelación, para elevar sus súplicas a lo alto o para dejar sus ofrendas. Una casa o ciudad se constituían en la antigüedad como centros del mundo o lugares sagrados y adquirían de este modo una cualidad espiritual. Cada acción del hombre estaba regida de algún modo por una concepción unitaria de la vida, en la que el mundo físico y el mundo del Gran Espíritu se interpenetraban hasta el punto de no diferenciarse. Y aún es así, aunque en la actualidad el espejismo y la opulencia de nuestra sociedad favorezcan la visión material y egocéntrica del mundo.
Los centros de poder pueden seguir utilizándose y podemos también consagrar nuevos altares y santuarios desde donde elevar una voz y recoger una inspiración. Cualquier sitio es válido, aunque existan lugares con especial disposición y otros en los que sería dificilísimo neutralizar la energía negativa.
Un centro del mundo es el lugar en el que confluyen todas las direcciones, es la cruz o el cuadrado inscrito en el círculo de los indios lakotas y otras tradiciones como la irlandesa; es el centro del que, de forma natural o por intercesión del hombre, brota y confluye la energía. Es, por fin, la representación exterior de nuestro propio centro interno, que en estos lugares entra en resonancia. Esté o no presente en un determinado lugar sagrado, el árbol es la imagen perfecta de la expansión y atracción que se opera en estos sitios y la entidad arbórea actúa de forma semejante.

Castaño de Indias en Treviño. El árbol en la plaza crea a su alrededor un espacio sagrado, es el centro de reunión. En el pueblo constituye un verde corazón.
El árbol tiene una disposición natural para hacer del tiempo y del espacio dimensiones sagradas. En el centro del mundo, el tiempo y el espacio se tornan únicos y adquieren una dimensión insospechada. Del mismo modo que las constelaciones parecen girar en tomo a la estrella polar, el mundo gira alrededor de este eje, que en la mitología altaica es un gran poste cuya cima está en el lucero del norte y alrededor del cual los dioses atan sus caballos.
De esta forma, el buscador peregrina a estas fuentes de conocimiento y la luz que brota de ellas ilumina y sirve de guía a los hombres.
Son los lugares en los que el ser humano encuentra los vínculos que le unen al resto. Aquí se transmiten y reciben enseñanzas y destellos de luz, y el pueblo, la tribu o la nación celebran las ceremonias que les permiten armonizarse, comulgar consigo misma, con el mundo natural… A lo largo de estas páginas veremos aún otros usos de los sitios de poder, en los que el árbol casi siempre estuvo presente y en los que, aún hoy, vemos a menudo brotar su sosegada y poderosa figura junto a los templos y cementerios, cualquiera que sea la religión a la que pertenezcan.
EL CETRO REAL
El cetro del rey es el símbolo e instrumento que representa el poder, la facultad de unir el cielo y la tierra. Es el árbol real.
«Con la mano en el ara, pongo por testigos a estos fuegos sagrados y a todos los númenes de que en ningún tiempo quebrantarán los italos esta paz, estos pactos, que acepto con libre voluntad; juro que ninguna fuerza bastará nunca a apartarme de ellos, aun cuando un diluvio anegara la tierra y el firmamento se desplomara en el Tártaro. Mi palabra es como este cetro (pues a la sazón lo tenía en la diestra), que nunca ya brotará ramas, ni dará sombra, desde que fue cortado de raíz en la selva, perdió su madre la tierra y a impulso de la segur depuso cabellera y brazos; árbol en otro tiempo, hoy la mano del artífice le ha guarnecido de magnífico bronce, y dádole a empuñar a los reyes latinos.»
(«Eneida», XII)
Al igual que el árbol de la vida, el emperador chino se establecía en el centro del imperio, irradiando su influjo benefactor en las cuatro direcciones e intermediando entre el cielo y la tierra, entre dios y los hombres.
«En la capital del soberano perfecto chino, el gnomon no debe dar sombra ninguna en la fecha del solsticio de verano, al mediodía, porque la capital está en el centro del universo, junto al árbol milagroso «madero erguido» (Kien mou), en el punto en el que se entrecruzan las tres zonas cósmicas: cielo, tierra e infierno.»
(Mircea Eliade)
Esta idea está resumida en el signo chino que lo representa: Wang = Rey =
es decir, el eje del mundo que atraviesa los tres niveles. El árbol Kien mou está en el centro del mundo, no hay al pie ni sombra ni eco. Con sus nueve ramas llega a los nueve cielos, y con sus nueve raíces, a los nueve manantiales. Por él suben y bajan los soberanos chinos, mediadores entre el cielo y la tierra.
Lejos de aquí, en Guinea, cada poblado tiene un manypeiro en el centro y cercano a la casa del rey. Este árbol está considerado como un dios al que llaman Cru.
Aún veremos la mítica región central irlandesa, donde vive el rey, y otras tradiciones en las que rey-árbol sagrado-centro forma una poderosa alianza que irradia poder y sostiene el sistema social y la armonía entre la tierra y los hombres, el camino del espíritu sobre la tierra.
Conviene aclarar que el jefe-rey ha sido verdaderamente un puente con el espíritu en muchas antiguas sociedades. Esta función es difícil de entender en los sistemas actuales, en los que el poder se mueve en círculos infernales, cada vez más alejados del cielo y de la tierra, del propio centro. Encontramos reyes, faraones, jefes tribales, que han compartido sus funciones terrenales con las del druida, el sufi, el hechicero o el sacerdote, por poner algunos ejemplos, o han aunado en su persona ambos poderes. De esta forma, la figura real adquiere un sentido sagrado, se pone al servicio de su pueblo, que comprende no sólo el conjunto de sus súbditos, sino la nación, es decir, la propia entidad de su territorio y todos los seres que viven en él.
La antigua función real consistía en armonizar los caminos espirituales y materiales de su pueblo. Es una especie de guardián del equilibrio entre la tribu, la tierra donde vive y el cielo que la cobija. De esta unión depende la felicidad del reino, el equilibrio que permite obtener buenas cosechas, que hace que la lluvia venga a su tiempo y que la vida siga su curso cíclico natural.
«Los que, tanto para el extranjero como para el ciudadano, dictan sentencias rectas y no se apartan nunca de la justicia, ven prosperar su ciudad y florecer la población entre sus muros. Sobre su país se extiende una paz que alimenta hombres jóvenes, y Zeus, el de la vasta mirada, no les depara una guerra dolorosa. […] La tierra les ofrece vida abundante; en las montañas, la encina tiene en la copa, bellotas, y en el centro, abejas; a sus ovejas les pesa la lana; sus mujeres dan a luz hijos que se parecen a sus padres; florecen en una prosperidad sin fin, y no se lanzan a los mares: el suelo fértil les ofrece sus cosechas.»
(Hesiodo, «Los trabajos y los días»)
El soberano iniciado, el que encuentra el verdadero camino real, tiene su poder en virtud de su propia fuerza interior, que en muchas ocasiones alimenta con la compañía e inspiración que le ofrece el árbol sagrado. Conduce así a su pueblo a una tierra de promisión que le permite vivenciar el paraíso terrestre. Pero la interpretación de estas relaciones no debe reducirse al ámbito del reino, tal como se entiende habitualmente. Existen infinitud de reinos en los que el hombre debe asumir su papel sagrado de rey. Cada uno de nosotros debe administrar y evolucionar junto a su propio cuerpo, su casa, su huerto o su jardín, pueblo, ciudad, nación y planeta.
De ahí que ese libro inspirado, el I Ching, formule sus consejos a través de sabias metáforas cuyos protagonistas son el rey, el príncipe, el hombre superior…
Sirva pues esta explicación para comprender mejor el alcance de las relaciones del rey con el árbol. Los árboles a su modo pueden ayudarnos a entender este sutil equilibrio, pues ellos son guardianes de la vida, símbolos vivos del centro sagrado, de la intermediación entre el cielo y la tierra.
Sin embargo, toda esta palabrería será inútil si no sirve a su verdadero fin: acercarnos a nuestro propio centro interno, reconocer los centros sagrados que nos ayudan en este camino y la búsqueda de una aproximación al espíritu a través del árbol. De otra manera, las palabras sólo se sirven a sí mismas.
OTRAS CONSIDERACIONES SOBRE LOS CENTROS Y EL ÁRBOL
Gracias a la energía de estos lugares de poder, el hombre accede a estadios de conciencia que le permiten el conocimiento de otras realidades. Estos centros provocan el detenimiento y la interiorización. No es extraño que las apariciones, revelaciones del espíritu, los lugares ceremoniales y sagrados de diferentes tradiciones, se sitúen siempre cerca de cuevas, monumentos megalíticos, encrucijadas, cimas de los cerros, afloramientos de aguas subterráneas y, muy a menudo, árboles de tamaño y edad desmesurados.
Las causas más o menos conocidas o aceptadas tienen que ver esencialmente con la naturaleza energética de cada lugar, lo que estudia la geobiología. Volviendo a los árboles, encontraremos que la mayor parte de estos que se han dado en llamar singulares o monumentales, están ubicados en sitios de especial vibración y actúan como una válvula reguladora de la energía del lugar. Encontramos de esta forma un significado más profundo del árbol sagrado, del árbol centro.
En el «sitio de poder», el árbol se hace poderoso, pero puede convertir un lugar en sagrado con su presencia, de la misma forma que un hombre llega a crear un entorno maléfico o benéfico según la vibración que transmite.
Evidentemente, el árbol transforma la relación de fuerzas del lugar donde vive, de tal forma que puede convertirlo en un santuario por el influjo que ejerce conforme va creciendo. Esta «bendición» se extiende, a medida que crece su fuerza, en un área que corresponde a la de su aura y que puede llegar a sentirse muchos metros más allá de su cuerpo físico (dentro de las urbes hay muchos árboles especiales con los que trabar amistad, aun cuando no sea el marco más propicio).
El árbol añoso y venerable ejerce también un influjo más sutil en un área mucho más extensa si el hombre actúa de un modo consciente junto al árbol sagrado, lo reconoce como tal y le confiere un sentido.
La sensibilidad para reconocer estos influjos se desarrolla rapidísimamente en contacto con los árboles; parece que estuvieran esperando para establecer esa conexión.
Así podemos vislumbrar el enorme reino de árboles especiales que crecen dominando un valle desde una ladera o en lo alto de una colina. De una forma más literal y relacionada con la sociedad humana, vemos la «jurisdicción» que tienen algunos árboles sagrados sobre el territorio de un pueblo o un país. Los ejemplos más cercanos son quizá los de los árboles de conceyu asturianos, a cuya sombra se celebra el concejo abierto, y los robles de concejo vascos, robles como el de Gernika, que sirvieron como centro de reunión para las asambleas comarcales y como símbolo sagrado del propio territorio, del espíritu de una nación, al que el propio rey debía someterse jurando lealtad a la sombra del venerable (ver capítulos sobre el Tejo y el Robles).
«Todo está situado en el centro del universo. Tú eres el centro, el punto de mira, de convergencia de la Tierra que fluye en ti, tanto física como espiritualmente: el aire, el agua, los seres vivos que te nutren, que se funden en tu existencia. Todo se define en relación a ti. […] Cada pino particular tiene su propia disposición única y sagrada de agujas, ramas, corteza. El sol, el agua, el suelo y el viento crean la forma de todos los pinos. Pero la forma de cada pino no se define ni por su similitud ni por su diferencia respecto a otros pinos, no es una cosa, sino un proceso, como nosotros.»
(Jefe Gaile High Pine)
Las montañas, como el árbol, son lugares para elevar una voz.
NOTAS
1-El océano que rodea y sustenta el mundo.
2-Tierra Madre, diosa de la abundancia, agricultura y ganadería. Ea, hijo de Bau, es «Señor de la Tierra y Creador del Universo». Entre los sumerios recibió los atributos del antiguo Enki.
3-Mircea Eliade y otros autores han recogido un sinnúmero de ejemplos como estos entre pueblos muy diversos de todos los continentes.
4-En este libro se amplían los conceptos del centro, los cuatro vientos, el significado de la oración de la danza del sol y otros rituales. Es verdaderamente un libro inspirado.

un roble quejigo brilla con luz propia en el cañón de Añisclo, en el Parque nacional de Ordesa.

CAPÍTULO
IV
El roble
EL ÁRBOL REAL
EL ROBLE VASCO
El pueblo vasco se designa y distingue a sí mismo como euskaldun, el que habla euskera, y pertenece por tanto a una comunidad diferenciada en su cultura, concepción y sentimiento del mundo, de la vida. Quizá el aspecto que más nos interesa aclarar aquí es que el euskera y la mentalidad del euskaldun carecían de doblez o equívocos; en euskera (al menos antiguamente), todo lo que se dice, es, y era inconcebible hablar «de mentira», ya que los personajes de la mitología vasca, genios, dioses… son tan reales como el vecino de al lado por el hecho tan simple y determinante de tener nombre1.
Vemos así en las leyendas del Basajaun, Señor de los bosques euskaldun, cómo mediante engaños es despojado por Martín Txiki, héroe civilizador, de sus secretos conocimientos sobre herrería, molinería y agricultura. De esta forma, en la mitología vasca, el hombre alcanza un nuevo estadio en su evolución y relación con la tierra.
Se dice, con socarronería, que Dios hablaba euskera con Adán y Eva, y aquí es fácil relacionar esta lengua por su arcaísmo, por la sacralidad de su uso que parece desprenderse de lo anterior.
Aunque en contextos diferentes, uno legendario, otro histórico, podríamos hacer una comparación entre el estadio de inocencia y nobleza de espíritu de los basajaun y el de los indígenas norteamericanos (por poner un ejemplo conocido), entre las argucias del «héroe» Martín Txiki y las mentiras del hombre blanco, otro «héroe» capaz de romper sus pactos una vez tras otra sin sonrojarse lo más mínimo. Vemos pues, a las antiguas tradiciones y formas de vida víctimas, quizá en mayor medida, de su inocencia que de su falta de ambición.
Para ilustrar esta concepción de la vieja mentalidad, nada mejor que las palabras de un piel roja:
«Ser consciente de la existencia es aterrador y sagrado. Nuestra conciencia reflexiona sobre sí misma: las palabras nos son dadas. El verbo ha de ser tratado con respeto, si no su poder se vuelve incontrolado y obra para el mal. Mentir era impensable según las viejas costumbres, pues abusar de la palabra es poner en peligro la nación.»
Es precisamente el olvido de las viejas costumbres lo que origina el debilitamiento del pueblo, su pérdida de identidad y el alejamiento del paraíso terrestre.
El árbol aparece en distintas tradiciones bien conocidas como elemento central del Paraíso, es el guardián de este estado de conciencia humana, pero también es la puerta que nos posibilita la entrada y la salida.
En una leyenda vasca se cuenta cómo los árboles iban por su pie a los caseríos para ser quemados, pero una mujer se enredó una vez con sus ramas y dijo: «Sería mejor que no viniesen». Desde entonces hay que ir a buscarlos al monte2.

Hoja y bellota de Quercus robur.

El roble de Ondátegui

el roble de Guerediaga
el viejo roble de Gernika.
No es pues casual que el baztarrak o consejo de ancianos de este pueblo se arrimara al árbol, el más anciano, por su sabiduría y cualidades simbólicas y prácticas de pacificador e intermediario, pero también por su naturaleza afín a la mentalidad primigenia.
La palabra que se confía al árbol tiene un valor sagrado y por ello la asamblea se reúne a su sombra, el juramento y la justicia se hacen a su pie.
De esta forma vamos a ver cómo se organizaba un pueblo alrededor de su tótem vegetal, el roble, y es curioso cómo la palabra aritz designa en euskera tanto al roble como al árbol, indicándonos el sentido que tuvo esta especie de árbol «principal», el árbol por excelencia.
EL ROBLE EN ONDÁTEGUI
Una recopilación de tradiciones referentes al roble en el pueblo de Ondátegui nos dará una idea del protagonismo e importancia que este árbol ha tenido en la memoria de los paisanos hasta tiempos recientísimos.
En una campa aledaña del pueblo vive un enorme roble que sirve de escenario a la fiesta de San Lorenzo y los músicos se encaraman en la bifurcación de las primeras ramas para tocar. «El árbol gordo de Zanagua», le llaman los cigoitianos y dicen que tiene unos 600 años.
Por San Juan, los mozos de Ondátegui tenían que robar un roble de algún pueblo vecino y que sirviera para un varal de carro. Era condición necesaria que lo trajeran sin medio alguno de transporte del pueblo, no podían llevar carros ni animales: o lo arrastraban o robaban también una yunta o caballería en el pueblo vecino.
Una vez en Ondátegui se colocaba junto a la hoguera de San Juan y el domingo siguiente se desramaba y se hacía con esta leña otra hoguera, cuyas cenizas eran llevadas al alcalde, y este daba un dinero para el vino del festejo que celebraban a continuación los mozos. El varal, ya desramado, se subastaba para sufragar otros gastos de la fiesta.
En muchos pueblos alaveses, y claro está de otras provincias, existieron antiguas normas concejiles que obligaban a los vecinos a plantar anualmente un número de árboles (en Álava, generalmente entre dos y ocho). En Aspuru se dice que deben plantarse tres frutales por vecino, ya sean de «manzana, pera, roble, haya o cualquier frutal», y en Gobeo se aclara que en tal obligación están «inclusos los señores curas». Además otras leyes regulaban la reposición de arbolado, el cuidado y limpieza del monte, su usufructo y la implantación de viveros. La plantación de árboles debía hacerse en tierras particulares o comunales. («Ordenanzas de buen Gobierno de los concejos de Alava», Alfonso María Abella y García de Eulate)
De esta forma todos los vecinos eran responsables y beneficiarios del mantenimiento de los montes.
En Ondátegui y todo el valle de Zigoitia existía además la costumbre y ley (yo la he oído a los moradores, ignoro si esta tradición está recogida en alguna ordenanza escrita), de presentar al ayuntamiento al menos «seis robles de seis hojas», es decir de seis años, para poder casarse. El guarda iba a verlos.
El coloso de Valentín, inmenso roble junto a una ermita asturiana y el roble de Basetxetas (Vizcaya).
Sin este requisito no se concedía ningún permiso y esto originó, según me contaba «Chucho», alguna especulación por parte de espabilados que plantaban muchos robles para venderlos luego a quienes querían casarse «antes de tiempo».
REUNIONES EN TORNO AL ÁRBOL
Los robles de Vizcaya
«Antiguamente, los hombres debían reunirse para tratar de alguna cuestión importante, además de en las iglesias y casas consistoriales, en ciertos lugares del campo que conservaban prestigio en el recuerdo de las personas.
A orillas del Bidasoa, entre Vera y Lesaca, hay un prado que, hasta hace 15 o 20 años, tenía unos árboles viejísimos, magníficos, sitio apacible, muy a propósito para que en él se unieran los vecinos de las dos villas que hubieran de hacerlo por alguna circunstancia. Este prado se llama «Batzar leku» –lugar de reunión– («batzarre» es reunión; «leku», lugar, viene probablemente del latín «lucus»),
Pero ahora, las reuniones y negocios se hacen sobre todo en las tabernas; la taberna es el punto de mayor vida social, el lugar de placer.»
(J. C. Baroja, «De la vida rural vasca»)
El árbol sagrado, y de una forma especial en muchas culturas el roble, ha sido centro de la actividad social de innumerables pueblos.
En este sentido cabe resaltar el árbol de Gernika por su fama y significado entre los vascos.
«El que allí da frescura y sombra a un prado es el árbol famoso de Gernika, a oír reales consultas enseñado.»
Bajo este y muchos otros árboles de concejo, los alcaldes y el pueblo celebraban sus reuniones y juicios. Las juntas generales que se hacían entre los representantes de diferentes ayuntamientos se celebraban también bajo robles, que cobraban de este modo una importancia aún mayor y a su amparo se hacían las leyes.
El de Gernika fue el centro geográfico y de la vida política de un pueblo cuyos «líderes» espirituales eran robles. Esta tradición se remonta a tiempos muy lejanos; se dice que ya se reunían las juntas de la comarca bajo el roble, cuando Gernika aún no era poblado sino campa.
En el señorío de Vizcaya, antes de tomar posesión de su cargo, el señor debía jurar, bajo este y otros robles juraderos, fidelidad a los fueros, libertades y costumbres de la tierra.
Bajo el árbol santo3 juraron los Reyes Católicos y muchos otros, como condición indispensable para lograr el reconocimiento de los vizcaínos y acceder al título de «señor de Vizcaya»4.
Asimismo se reunía la asamblea general del gobierno de Vizcaya cada dos años. Las juntas primitivas se hacían bajo el roble, más tarde en la ermita de Nuestra Señora de la Antigua, a pocos pasos de aquel, siempre el comienzo y el fin de la reunión tenían lugar bajo el árbol.
Del mismo modo que la sucesión en el señorío de Vizcaya se hacía hereditariamente, también se sustituye el venerable cuando muere, por los retoños que de forma previsora cuidan los vizcaínos. El actual se plantó en 1860. El anterior vivió hasta 1892 y se dice databa del siglo XIV. La convocatoria a las reuniones se realizaba mediante hogueras encendidas y toque de bocinas desde la cima de montes estratégicos.
Era así en la antigüedad el símbolo y custodio de la paz y la libertad del pueblo. Su papel de testigo cobraba mayor importancia si se tiene en cuenta que las leyes no eran escritas, y que en estas reuniones se resolvían conflictos entre vecinos, pueblos, linajes y bandos contrarios. En 1876, con la abolición de los fueros se puso fin a esta inspirada estructura política.
Aún se conservan otros árboles junteros, aunque no conozco ningún otro que todavía sirva de «casa de Juntas» (el mismo roble de Gernika tiene hoy un significado un tanto folklórico).
Imprescindible mentar también la campa de Guerediaga, donde se reunían los representantes de la Merindad de Durango alrededor de otro roble junto a una ermita, en un altozano que domina la región. Un semicírculo de mojones (cuya presencia iremos viendo que es muy significativa) servía de asiento a este consejo de ancianos. El viejo roble que presidía murió a fines del siglo XVI, a causa de las obras de la carretera de San Sebastián, y sus sucesores sufren tortura de podas salvajes (de los cuatro que había, dos han muerto, uno de ellos probablemente a causa del rayo que lo fulminó).
Existen todavía actas de estas Juntas del Duranguesado, datadas en 1613, y que comienzan: «…so el árbol de Guerediaga…».
Junto al árbol antiguo, en el centro del semicírculo, está la mesa central, a modo de piedra de Fal céltica5, y al igual que aquella, está rodeada actualmente por 12 mojones6. Impresionante debió ser la llegada de los alcaldes desde sus respectivas comarcas, los saludos y palabras alrededor del árbol inmóvil, solemne… Pero hoy reina en la campa una sensación de vacío desoladora. Los mojones, ahora siempre solitarios. Una lápida en el pórtico de la ermita nos recuerda: «Campa de Guerediaga. Aquí celebraba sus Juntas Generales la Muy Noble y Muy Leal Merindad de Durango»; y los árboles agonizan.
Al igual que en la campa de Guerediaga. se reunían bajo el roble de Avellaneda los representantes de la Merindad de las Encartaciones para legislar y gobernar la región. Hoy existe en su lugar un joven retoño del roble de Gernika. El antiguo, que también se ha llamado árbol santo, fue cortado y quemado por los franceses, según la versión de Antonio Trueba.
Bajo estos tres robles juraba el corregidor de Vizcaya y parece que tenían a ojos de los vizcaínos un cierto orden jerárquico; así, la jura se hacía primero bajo el de Gernika, luego bajo el de Guerediaga y terminaba so el roble de Avellaneda. De esta forma tomaba posesión de su cargo en todo el territorio.
En Arechabalaga (topónimo traducible por «roble ancho»), los vizcaínos reciben bajo el roble de aquel lugar a su señor, antes del juramento de Gernika.
«Sólo después de jurar "so el árbol" se es señor; sólo legislando "so el árbol" se hace ley; sólo convocado "so el árbol" un hombre puede ser acusado y condenado o absuelto de un modo legal.»
(Julio Caro Baroja)
Los bosques de roble, como este del Parque natural Gorbea, en Álava, siempre han estado ligados a leyendas.
Esta necesaria entrada por la «puerta» de Arechabalaga nos da una imagen aún más patente del ritual de reconocimiento que se llevaba a cabo.
Parece que, además de los vizcaínos, el propio territorio de Vizcaya debiera aceptar al rey, que a través de su pie izquierdo desnudo sobre la tierra y bajo los árboles sagrados, se daba a conocer (lo del pie descalzo no está claro que formara parte del rito; sobre esto los eruditos tienen sus diferencias).
En el blasón de los antiguos señores de Vizcaya estaban representados dos lobos negros con un cordero en la boca, mientras el escudo primero de Vizcaya era un árbol verde (el de Gernika) en campo de plata.
Cunqueiro decía que, en tierras de Miranda, el lobo trata de usted al roble, mientras el roble se permite tutear al lobo. Tenga o no relación esta tradición gallega con la que nos ocupa, es evidente que los vizcaínos colocan también al lobo en un rango inferior al del árbol sagrado, mucho más cercano a la divinidad.
El árbol malato (en Luyando, hoy dentro del territorio alavés) ha generado muchas controversias sobre su significación. De cualquier forma es evidente que tenía un sentido de mojón o árbol limítrofe en la frontera del señorío, y su importancia deriva de las diferentes versiones que se han hecho de su historia, más o menos cercanas a la leyenda o a la realidad.
Así se dice que hasta allí persiguieron las tropas vizcaínas a los invasores; que tras la victoria, el ejército reclutado entre los campesinos dejó las armas bajo aquel árbol; que al llegar al árbol se golpeaba el tronco con las espadas, en señal de desafío7.
También cuentan las crónicas que hasta ese lugar iban los vizcaínos cuando el señor los convocaba en caso de guerra, pero si ordenaba que siguieran más adelante, ya fuera del señorío, debía pagarles.
Hoy, en este lugar, hay una cruz de piedra y un descendiente del roble de Gernika. El viejo árbol no existía ya en 1603.
Otros robles vizcaínos ocupan un lugar más modesto en la geografía de los árboles junteros de este territorio histórico. Había uno en Barajuen donde se reunían los habitantes del valle de Aramayona. Otro, en Larrazábal, cuya jurisdicción se extendía al valle de Orozco.
El roble de Arbieto, en Albia (barrio de Abando, junto a Bilbao) recibía el nombre de «árbol gordo» y era el punto de reunión de las juntas de esta barriada.
Dejando ya a un lado estos árboles desaparecidos y sin descendencia8, encontramos aún el roble de Arcentales, «la rebolla del concejo», que sirvió hasta no hace mucho para las juntas del municipio de esta localidad. A sus pies, una mesa de piedra ha sido el disputado símbolo de la capitalidad de Arcentales y varias veces ha sido robada por vecinos que querían trasladar a su barrio el «ayuntamiento».
Ya en el barrio de Basetxetas se encuentra un viejísimo roble muy maltratado, cuyos vecinos dicen que tiene más de 600 años. Bajo la copa de este árbol de Zendokiz se hacían las juntas de Arteaga hasta el siglo pasado, y aún hoy se celebran junto al árbol algunas misas, bodas y bautizos, y la romería del Carmen (a esta Virgen está dedicada la ermita que se encuentra a unos pasos del roble). A la hora de revisar la presente edición, hemos de poner el punto final a la historia de este viejo roble que en nuestra última visita, hacia agosto de 1997, había muerto.
Por último, los dos robles que forman parte del escudo de Ispaster, desde tiempo inmemorial, están también presentes en la plaza, cerca del ayuntamiento y de la iglesia. Uno de los dos viejos fue talado para urbanizar aquel espacio; recientemente se ha plantado otro en la misma plaza9.
No todo en el monte es orégano y, como hemos visto, estas asambleas a menudo podían convertirse en trifulcas entre bandos o linajes enemistados; el árbol de Gernika servía también como punto de reunión para reagrupar al ejército y cabe suponer que, como siempre sucede en los círculos del poder, alrededor del árbol anidaran envidias y mezquindades.
Por encima de estas rivalidades, sin embargo, estaba el roble santo, cuya función nunca se puso en duda, sirviendo así como lugar de encuentro de los vizcaínos enfrentados.
En la actual Cantabria, al menos hay constancia de cinco árboles, robles y encinas, que han servido como árboles junteros en zonas más o menos extensas. Pero podemos sospechar que han sido muchísimos más, a juzgar por el elevado número (más de 50) de árboles monumentales de estas especies que aún crecen o languidecen junto a iglesias o en las plazas (también otros árboles han servido como «casa de juntas» en esta región, al menos dos nogales y un olmo).
Estos datos referentes a Cantabria están recogidos de los trabajos sobre árboles singulares de Loríente Escallada. Tradiciones y distintas variantes de este tema pueden recogerse en la Península, al menos en toda la orla cantábrica.
El roble y otros árboles de concejo o conceyu (en Asturias) eran, pues, en virtud del poder reconocido por la comunidad, verdaderos jueces de paz, guardianes de la justicia y la veracidad (en vez de jurar sobre la Biblia, se hacía bajo el roble sagrado).
«Todavía en León, los bandos de los ayuntamientos se leen al pueblo congregado junto a un árbol determinado en la Pascua de Resurrección.»
(J.C. Baroja, «Ritos y mitos equívocos»)
Terminamos con una copla asturiana:
«A la sombra de aquel roble di palabra a una morena. El roble será testigo y ella será mi cadena.»
(Recitada por Teresa Marrón, Somiedo)
El roble y el rey fuera de la Península
«En Inglaterra, el 29 de mayo es el «día del roble real» en memoria de Carlos II, quien se adornaba con hojas de este árbol. Casi todos los poetas ingleses lo han cantado.»
(Antonio Colinas, «La llamada de los árboles»)
La sucesión real alrededor del roble sagrado es un tema muy conocido que Frazer y Robert Graves, entre otros, han estudiado en profundidad siguiendo la historia de las culturas aria y mediterránea (no citan, sin embargo, ninguno de los numerosos ejemplos de árboles juraderos y de concejo que pueden encontrarse en la Península). Las similitudes con el ritual vasco del roble son evidentes.
Frazer dedica su famoso libro La rama dorada, al análisis y comparaciones de la ceremonia de Nemi. En este lugar de Aricia, en el corazón de Italia, vivía en el bosque, junto al roble sagrado, un sacerdote y consorte de la diosa Diana que recibía el título de rey del bosque. Para alcanzar este «trono», había tenido que matar a su antecesor, y para conservarlo debía luchar por su vida frente a otros aspirantes10.
Aparecen en esta obra un sinfín de ejemplos de otras culturas, en los que el rey tiene que demostrar cada cierto tiempo su vigor físico en la lucha a muerte o en la carrera. Como encarnación de un espíritu arbóreo de la vegetación y dotado por tanto de la virtud mágica de fertilizar árboles, cereales… el rey debe demostrar su juventud o morir en un sacrificio renovador.
La síntesis de Graves de las diferentes costumbres y leyendas al respecto, podríamos expresarla así: bajo el roble sagrado, una mesa central y 12 piedras dispuestas en círculo a su alrededor sirven de escenario para el sacrificio anual del rey, que llevan a cabo sus 12 jefes. Tras emborrachar al caudillo, lo atan y sacrifican junto al roble que también es cortado11. Se enciende un fuego nuevo alimentado con el roble y, de esta forma, se consuma el ritual, que se celebra anualmente.
El sucesor heredaba los favores de las sacerdotisas de su diosa Madre. Muchos héroes famosos han sido víctimas de esta ceremonia, según este autor, entre ellos algunos Hércules (Hércules de Eta; Orión el cazador de Creta…). Incluso entre los aztecas existieron rituales de sacrificio anual que tienen una asombrosa similitud12. Con el paso del tiempo, el poder temporal del rey se va alargando para sacrificar después sustitutos humanos o animales.
Para Jacques Brosse, la relación entre el árbol sagrado y la figura del rey existía en Creta y en la antigua escandinavia, donde el rey, según la Ynglinga saga y la Heimskringla de Snorri, era sacrificado al cabo de 9 años. El mismo autor nos cuenta cómo en Pron (Rusia), un bosquete de robles consagrados a Perun, el dios-roble-trueno, estaba rodeado por una especie de templo al aire libre. En el recinto sólo podían entrar el sacerdote y oficiantes de los sacrificios, y los perseguidos que obtenían allí derecho de asilo. Terminada la ceremonia, se administraba justicia bajo un roble. La asamblea eslava de ancianos se celebraba también bajo un roble sagrado.
Otro ejemplo famoso de este tipo de relaciones es el de San Luis de Vincennes, también administrando justicia bajo un gran roble. O el de los antiguos aqueos, que celebraban sus juntas bajo una encina sagrada, y en Auvernia se elegía bajo otro roble sagrado al jefe de la comunidad hasta el siglo XVI.
El roble será elevado a la divinidad en numerosas ocasiones y en diversos contextos.
«¿Quién ha visto la faz al Dios hispano?
Mi corazón aguarda al hombre íbero de la recia mano, que tallará en el roble castellano el Dios adusto de la tierra parda.»
(A. Machado, «El Dios íbero»)
«Y no nos falta un tal Artahe, o Dios-encina, o Dios-roble. Este Artahe tenía un santuario a su excelencia dedicado, justo en el mismo lugar donde los evangelistas enclavaron, para aprovechar la proverbial rutina espiritual de los feligreses, los cimientos de la iglesia medieval de St. Pé d'Ardet.»
(Rafael Castellano, «Vascos heréticos»)
El roble está en la cúspide del ciclo anual del calendario celta. Roble y nieblas en la linde de unos campos en Montija (Burgos).
Todos los robles estaban consagrados a Júpiter entre los romanos y su templo capitolino había sido construido por Rómulo junto a un roble venerado por los pastores, donde el rey ataba los despojos robados al enemigo. No tardaremos en ver al Dios-roble Júpiter en ceremonia de casamiento con su diosa-roble consorte.
La puerta de roble
En el calendario celta, el roble reina en la cúspide del ciclo anual. La sucesión lógica de este momento álgido, representado por Beltaine o San Juan, es el declive, del mismo modo que en la cima de la montaña terminan los caminos y la única posibilidad es el descenso. Pero es en la cima de la montaña donde el hombre ha invocado desde tiempos inmemorables y culturas diversas a las entidades superiores La pirámide con un hombre sentado en su cúspide activa toda su potencialidad y, de esta forma, accedemos a las revelaciones de lo alto13.
Aspecto estival del robledal de Garralda, en Navarra.
Cuando culminamos un ciclo podemos continuar siguiendo su curso natural de descenso, o trascenderlo accediendo a una nueva realidad.
Esta posibilidad está representada con el roble en muchas tradiciones; así, en la mítica batalla de los árboles, el Câd Goddeu del bardo Taliesin se dice de este árbol «recio guardián de la puerta es su nombre en todas las lenguas», y Frazer se encargará de verificar este aserto, mostrando muchos ejemplos en los que «roble» y «puerta» están designados bajo un mismo vocablo en diferentes lenguas indoeuropeas. R. Graves coloca al dios Jano, con sus dos cabezas, custodiando esta puerta.
Difícil será explicar el mundo que se abre tras este paso, pero las diversas formas de entrar podemos encontrarlas en diversas fuentes.
Graves sugiere que las bellotas podrían ser comidas para obtener la inspiración o el don profético, y también dice: «el humo penoso del roble verde inspira a los que bailan entre los fuegos sacrificiales gemelos encendidos en la noche de San Juan».
Dejando aparte lo de las bellotas es claro que, para acceder a cualquier iniciación, el primer requisito necesario es la purificación, que podría hacerse aquí a través del humo, conjuntamente con ayunos, ceremonias de «limpieza» como inipi o rituales relacionados con el agua.
La puerta ya está ahí, quizá en todas partes o en nosotros mismos, pero de una forma más patente junto al roble sagrado, que es eje y centro, encrucijada de los poderes que mueven el mundo.
Curiosamente, existen tradiciones que hablan del muérdago como talismán capaz de abrir todas las puertas; la clave de una forma de funcionamiento de esta llave mágica la ofrece Markale.
«El cuidado con que se recoge el muérdago y lo que con él se hace a continuación, esa especie de «poción mágica», indica todo ello una búsqueda constante por parte de los druidas de un contacto con los poderes superiores, contacto que se traduce por una asimilación, una verdadera digestión de estos poderes. Se trata, pura y simplemente, de integrar la divinidad en lo humano y, en definitiva, de encarnar al dios.»
EL UNIVERSO DEL ROBLE
Si algún grupo de árboles puede considerarse representativo de la vegetación secular de la Península, estos son los robles. La diversificación de este género les ha permitido poblar todo tipo de suelos y climas, y donde las hayas, el hombre y las condiciones físicas se lo han permitido, han creado un mundo a su medida, el robledal, que debido al carácter magnánimo y tolerante del roble, permite la instalación de un sinnúmero de seres vivos.
Robles melojos en otoño. La geografía española cuenta con diversas especies de robles, adaptados a las distintas variables de suelos y clima.
Si además tenemos en cuenta la gran cantidad de variantes que ofrecen los lugares en que se asientan las diferentes especies de robles, entenderemos que verdaderamente se trata de un universo repleto de vida y magia, el universo del roble, presidido por este árbol y compuesto por un impresionante séquito de arbustos, trepadoras, hierbas, musgos, hongos y toda suerte de animales.
El roble limita al norte con el haya, y a medida que se acerca hacia el sur, sus hojas van haciéndose más persistentes, hasta llegar a la encina perenne. Un término medio lo constituyen los quejigos y marojos, que si bien no tienen hoja persistente, tampoco se resignan a tirarlas en otoño y permanecen secas en sus ramas largo tiempo en invierno.
El roble es uno de nuestros árboles más vigorosos; puede alcanzar 30 metros de altura y su copa es ancha e irregular. Cuando es joven, su tallo principal está bien diferenciado, pero de los 20 años en adelante posee ya grandes brazos que se extienden buscando la luz. Su crecimiento tiene lugar a partir de yemas laterales, de modo que las ramas presentan formas onduladas.
Simboliza en diferentes tradiciones la fuerza14, pero no es preciso ser druida para darse cuenta de que los robles viejos rezuman un tremendo poder. Su magnífica presencia no puede pasar desapercibida e inspira un sentimiento de admiración y respeto.
La enorme cantidad de leyendas y prácticas tradicionales que rodean este árbol, sólo puede ser comprendida si consideramos la importancia que tiene en los mecanismos vitales de extensísimas regiones. Representó además un papel esencial, directa o indirectamente, en el desarrollo y economía de multitud de pueblos antiguos, y un enorme protagonismo a nivel cultural.

En invierno, los robledales proporcionan refugio y alimento a especies animales como los ciervos.
LA MADRE ROBLE, CARÁCTER Y COSTUMBRES SOCIALES
Los robles fueron creados por Vainamoinen, dios de Finlandia, con el fin de dar sombra y cobijar a los pájaros, según la tradición escandinava. Muchas son las especies aladas que se albergan en los robledales: el aguilucho pálido, la becada, el arrendajo (sembrador de sus bellotas), la abubilla, los papamoscas cerrojillo y gris, el trepador azul, el pinzón vulgar, el camachuelo… por citar algunos de nuestras latitudes.
Una gran diversidad de insectos hacen la puesta sobre este árbol, dando lugar a las características agallas15, como reacción del árbol, que parece protegerse construyendo habitáculos perfectos y a la medida para los primeros estadios del desarrollo de estos animales. Las paredes de este «huevo» animal-vegetal son muy resistentes y, en el interior, la larva encuentra los nutrientes necesarios para su crecimiento. Instalada cómodamente en una amplia sala permanece allí hasta su madurez y abandona luego la agalla perforando el muro exterior.
El fenómeno de la agalla se produce no sólo en robles y encinas, sino además en álamos, rosales, tilos, perales, olmos y otros. Hasta tal punto encuentra en los Quercus el medio ideal que en una sola encina se han encontrado ¡50 diferentes tipos de agallas! ¿Qué otro árbol se dedicaría con tanta energía a la protección de estos ínfimos seres? Está claro que, en lo que se refiere a relaciones sociales, el roble lleva el merecido título de rey, y en la inmensa montaña de su cuerpo hay un sitio para todos.
Muchos coleópteros, y entre ellos el magnífico ciervo volante, se encuentran también alrededor del roble y una gran diversidad de mamíferos: ratón, topo, musaraña, ardilla, lirón gris, visón, turón, corzo, ciervo, marta, gineta, jabalí, liebre, zorro, tejón… (muchos de ellos comen bellotas y contribuyen a su diseminación).
Como ha señalado Brosse, ciertos animales que viven junto al roble, comparten en cierto modo el origen divino que se atribuye a su anfitrión. Entre ellos destaca la cigarra, consagrada a Apolo, que toca su lira incansablemente desde el elevado roble, las abejas, que enjambran en el interior de los troncos, y los pájaros carpinteros, cuyos redobles servían para interpretar augurios.
Junto a cada especie de roble existe un amplio cortejo vegetal que la acompaña: es uno de los medios con mayor cantidad y diversidad de hongos.
ASOCIACIÓN DEL ROBLE AL SISTEMA AGRÍCOLA
Es incalculable el papel que puede desempeñar el roble como productor, protector y aliado de los cultivos, ya sea en forma de setos y cortavientos o integrado en el pastizal o campo de cultivo.
Su sombra, muy ligera, permite el crecimiento de otros vegetales sin ahogarlos, de ahí que en el robledal silvestre se den las condiciones para el desarrollo de un magnífico sotobosque. Además, el nacimiento tardío de la hoja permite el calentamiento primaveral de la tierra y favorece, de este modo, la germinación y el crecimiento de las plantas asociadas.
Durante el verano, su follaje impide el desecamiento excesivo de la pradera o cultivos y regula el régimen hídrico del suelo: favorece el drenaje hacia el subsuelo con sus raíces profundas (pueden llegar a penetrar más de 30 m) y frena el lavado del suelo gracias al humus de sus hojas y la materia residual en descomposición, que retienen la humedad y la filtran suavemente.
El enriquecimiento y equilibrio del suelo se logran mediante el aporte de su propia materia orgánica y la reducción de pérdidas por erosión o lavado. Por otra parte son evidentes las ventajas del sistema radicular profundo; se evita la excesiva competencia con otros vegetales y se remontan a superficie elementos nutritivos del subsuelo.

En el robledal aclarado se dan unas condiciones parecidas a las de la dehesa de encinas, si bien el clima y las tierras, generalmente más frescas y fértiles que acompañan a los robles caducos producen una hierba más jugosa y abundante. La bellota de encina, por contra, es más nutritiva. En el capítulo dedicado a los setos veremos asimismo otros múltiples beneficios que el roble, y los árboles en general, aportan al sistema agrícola a diferentes niveles: económico, ecológico…
OCASO Y DEGENERACIÓN DEL ROBLE
Desde muy antiguo, las tierras del roble han sido codiciadas por el hombre en razón de su fertilidad y de la relativa facilidad para convertirlas en pradera (de siega o pasto) o terreno agrícola.
Parece que, en un principio, el roble no era masivamente talado, sino tan sólo aclarado para formar parte integrante del sistema agrícola y ganadero; pero cada vez más, la utilidad de su madera, los sistemas de laboreo, los incendios y otras causas han hecho retroceder estos magníficos bosques, hasta ocupar hoy superficies ridículas respecto a sus anteriores dominios.
En tanto que el hombre mantiene una relación directa con el medio, una economía de autoabastecimiento con pequeña dependencia del exterior (y por tanto, en algunos sentidos, mucho mas libre), el roble se revela como elemento esencial dentro de la cultura y del ámbito rural.
Conforme llegan las primeras manifestaciones del «desarrollo» (mecanización a ultranza, monocultivos, concentración parcelaria…) se olvidan las antiguas costumbres y el roble, como tantos otros amigos de la tribu, se convierte en objeto de consumo, que se puede vender, comprar, ignorar.
En poco tiempo cambia el paisaje, la estructura vital de un valle, la estructura mental de sus moradores… El empobrecimiento espiritual del hombre camina parejo al de la naturaleza. Quizá la insatisfacción sea el mejor medio para hacernos conscientes de la urgente necesidad de reencontrar viejos aliados.
La calidad y belleza de su madera la han convertido en una de las más utilizadas: hoy, como antaño, son muy apreciados los muebles y vigas de roble; en tonelería es insustituible por el sabor que comunica a los vinos. Además ha sido, hasta no hace mucho, el material preferido para la construcción de barcos (flotas enteras, como la Armada Invencible o las utilizadas para la conquista del Nuevo Mundo, acabaron con inmensos robledales en el norte de la Península). A modo de ejemplo citaremos la protesta del pueblo alavés de Manurga, en 1783, ante el diputado general, por haberse marcado en sus montes arbitrariamente de ¡5000 a 6000 árboles¡ para bajeles del rey.

Detalle de las hojas de cuatro de las especies de robles presentes en la Península Ibérica.
Otro uso que ha contribuido a diezmar sus poblaciones ha sido el carboneo y la lefia. Las antiguas herrerías eran consumidoras insaciables de roble, haya y encina.
En el mundo rural, ha sido probablemente la leña más apreciada y utilizada, tanto para los hornos como para el hogar. Con varas de roble bien secas y puestas casi verticalmente, se hacían también una especie de antorchas que no se apagaban hasta consumirse.
A pesar de que el robledal hace siempre gala de una gran vitalidad y se regenera con relativa rapidez, en nuestros días se sustituye cada vez más este espléndido bosque por el pinar; así, hay gentes que aprovechan la fertilidad acumulada del suelo para enriquecerse a costa de las generaciones futuras.
La tendencia a la repoblación con especies de crecimiento rápido, pero empobrecedoras del suelo, viene siendo propiciada por la sempiterna miopía de las instituciones; la Unión Europea también tiene grandes planes en este sentido.
Sin embargo, tampoco hemos de olvidar que, en multitud de ocasiones, las tierras del roble se han convertido en manos del hombre en ecosistemas ricos y estables, como praderas y tierras de labor bordeadas por redes de setos, castañares… Quizá aquí sólo haya que lamentar la pérdida de protagonismo de este árbol útil y bello, que debería estar mucho más presente e integrado en estos sistemas.
Otro cantar es la degeneración que han sufrido las masas supervivientes a causa de sistemas de explotación abusivos y erróneos. Es sabido que la práctica totalidad de los árboles, y especialmente estos, se reproducen de una forma más natural y sana mediante semillas, pero en algunos casos, durante siglos, se han practicado en los robledales cortes masivos de madera, dejando luego que el bosque rebrote de cepa (Q. pyrenaica y Q. faginea pueden también hacerlo de raíz). Este sistema, útil en períodos más reducidos y si existiera una planificación del territorio para permitir la regeneración de otras zonas, tiene unos efectos nefastos al degenerar el bosque y facilitar la infección de las cepas a través de las heridas.
Además, la selección y tala de los pies más rectos favorece el desarrollo genético de las formas tortuosas. Estos troncos retorcidos y nudosos, en parte fruto de la ignorancia humana, son despreciados por su inutilidad maderera y pocos dudan en talarlos para leña, arrancarlos para que se pudran con la raíz al aire (como hemos visto tantas veces tras la concentración parcelaria o roturación de nuevas tierras) o prenderles fuego para que pasten los animales. Como anécdota transcribo esta frase, literalmente espetada por un paisano que nos enseñaba unos enormes tocones de quejigo: ¡Eran feos como diablos! ¡No eran más feos porque no eran más grandes! Así, la mentalidad materialista, que traduce la belleza del árbol en el dinero que pueda reportar, parece ser la última calamidad que deberá soportar el roble.
ROBLES CADUCIFOLIOS
Carballo y roble albar
Quercus robur (también llamado Q. pedunculata) se diferencia de su pariente cercano, Quercus petraroble albar, por tener las bellotas colgantes de un pedúnculo, el primero, y casi asentadas sobre las ramillas, el segundo. Por el contrario, las hojas del roble albar tienen peciolo, y las del carballo, muy corto o nulo. El carballo se inclina además hacia un crecimiento más extendido y abierto, y su primo forma una copa y tronco más esbeltos (si bien esto depende del lugar y la espesura en que se crían) y con el follaje más reluciente por sufrir menos ataques de los insectos. Las hojas y flores nacen más tarde, por su carácter montaraz, y su floración es mucho más visible por la intensidad del amarillo.
Ambos viven en la Península por toda la orla cantábrica, si bien el carballo ocupa de preferencia la parte de poniente y se enrarece hacia el Pirineo, y el roble albar mira hacia levante y se ausenta de las tierras gallegas.
En cuanto a suelos, este último se asienta sobre los sueltos, a menudo pobres y poco profundos, pedregosos y bien drenados, tolera los calizos y no soporta tener los pies húmedos. Es menos friolero que el carballo (zonas 4 y 5, respectivamente). Este, por el contrario, necesita humedad abundante y escoge las tierras más bajas, llanas, profundas y compactas. Hacia los 800 m se mezclan e hibridan. Por encima, Q: petraea llega a los 1500 m, y por debajo Q. robur al nivel del mar (los datos referentes a altitud y rusticidad varían mucho en otras regiones; fuera de la cornisa cantábrica existen subespecies de Q. robur mucho más resistentes).
Ambos requieren, como todas las especies del género, mucha luz, y si crecen bajo la sombra se enfurruñan, languidecen y desarrollan menos, e incluso mueren (las hayas los ahogan impidiéndoles ver el sol). Las jóvenes plántulas son más tolerantes en este sentido, e incluso Q. petraea prefiere un poco de sombra al comienzo de su vida y se regenera bien bajo cubierta. Su crecimiento en el bosque es mucho más estilizado que a campo abierto.
La madera del carballo es más nudosa y difícil de trabajar; la del roble albar, más dura, clara y dócil.
Ambos rebrotan de cepa, pero no de raíz; el sistema radicular es muy profundo y hacia los 6 a 8 años la raíz pivotante se divide en otras secundarias profundas.
El cortejo vegetal que comúnmente acompaña al carballo, está formado por fresnos, avellanos y castaños, serbales, abedules, espinos, acebos, escobas, brezos, madreselvas, hiedras, arándanos, asfodelos, anémonas, mercuriales…
El roble albar suele rodearse de arces, espinos, acebo, madreselvas, retama negra, helecho común…
Son probablemente los más longevos entre los robles y viven en un medio vital más rico; muchas culturas han florecido a su alrededor y conservan, a pesar de su decadencia, el espíritu intacto, su tremendo poder, la memoria de tiempos inmemorables. Es un honor inclinar la cabeza ante maestros de tan alta estirpe.
Quejigo
Al Quercus faginea se le llama también roble enciniego por la tardanza en despojarse de sus hojas (hojas marcescentes), más acusada en los ejemplares jóvenes, y por otros caracteres que lo acercan a la encina.
Sus raíces horizontales, bastante superficiales, originan numerosos retoños alrededor del árbol. Puede rebrotar de cepa y de raíz. La siembra se hace como en los otros robles. Sus jóvenes plántulas necesitan una sombra ligera, y en zonas muy degradadas puede ser necesario, antes de su introducción, repoblar con especies aún menos exigentes (pinos silvestres o matorrales) que protejan los tiernos quejigos.
Tiene un gran interés por su capacidad para regenerar suelos calizos tras los incendios e instalarse en terrenos pobres y secos; el puente que establece entre robles caducos y encinas se manifiesta, además de en el comportamiento de sus hojas, en su distribución (en toda la Península, salvo Galicia, y en el ámbito mediterráneo por todo el norte de África) y en la ocupación que hace de terrenos y climas no tan secos y superficiales como la encina ni tan húmedos como otros robles. Vive desde 300 hasta 1800 m.
Se encuentra mejor en suelos calizos y arcilloso calizos, y soporta los yesosos, pero en este aspecto es muy adaptable.
Su versatilidad le lleva no solo a ser especie habitual en zonas de transición de otros robles y encinas, sino que además tiene muchas variedades y se híbrida fácilmente. Así, ofrece un amplio abanico de posibilidades, actuando como eslabón intermedio en la cadena de los Quercus.
Pese a su variabilidad, puede entreverse en este árbol un fuerte carácter propio. Hoy nos es más familiar el quejigo en sus formaciones degradadas y degeneradas, en bosquetes apretados y monte bajo, pero cuando alcanza su máximo desarrollo, incluso en terrenos que no le son óptimos, tiene un porte majestuoso. Su copa es menos poblada, y su tronco, no tan esbelto como el de otras especies cercanas. Sin embargo, su equilibrio y formas rítmicas, su papel restaurador y conservador del medio y creador de suelos, su presencia altiva y porte espléndido, señalan las cualidades de este ser, que forma un paisaje de increíble belleza. Nuestro quejigo, antaño el árbol ibérico por excelencia, compensa su propia fuerza y firmeza con la flexibilidad, dulzura y capacidad de adaptación.
En el mundo silvestre, el quejigo es un líder, el druida, y el quejigal es la sabia, la mágica agrupación que convierte terrenos pobres, en apariencia desolados, en bosques ricos en sol y sombras, vida y misterio.
Acompañan al quejigo especies más frugales, por lo general, que las del sotobosque de carballo o albar: arce campestre, de montpellier y, más al sur, el acirón (Acer opalus), pino albar, boj, brezos, genistas, enebros…
Corzos, ciervos, jabalíes, liebres, conejos y un sinfín de otros mamíferos y aves viven en este medio. Pero ya se sabe, al perro flaco van todas las pulgas, y como el quejigo no es demasiado bien visto por su, en opinión humana, baja productividad16 cuando uno de ellos molesta al tractor, cuando a alguien le da por pensar que ese talud podría ararse, cuando se quiere leña o el aldeano se cansa de que den sombra a su pieza, o peor aún, en casos en que un ayuntamiento necesita dinero para sufragar cualquier gasto (a pesar de que se pagan cantidades irrisorias por esta leña), pues nada más fácil que cortarlos. El hombre, el fuego, el pastoreo y las talas a menudo favorecen al pino, mucho más apreciado por su madera y su mayor capacidad de adaptación a terrenos degradados.
Pese al desprecio y maltrato que sufre, nuestro quejigo consigue sobrevivir e incluso expansionarse, introduciéndose a menudo en nuevos hábitats, hayedos y robledales talados, y tiene gran capacidad de penetración en diversos medios. La entresaca de quejigales densos para leña es muy necesaria en muchos lugares, donde el quejigo se cría tan apretado que no puede desarrollarse, dándose así una entresaca natural (generalmente por muerte de arbolillos ante la competencia por el agua) y un desarrollo más lento.
La madera es densa, duradera; donde puede y se le deja crecer a sus anchas, se obtienen piezas buenas para carpintería de armar o incluso para tabla.
Se ha utilizado también en forma adehesada, y por la temprana maduración de su fruto es un complemento para encinas y alcornoques. Asimismo es muy interesante en zonas secas para la formación de barreras protectoras.
Especies próximas son el Quercus canariensis, quejigo andaluz, que crece en el sur de la Península y África, en climas marítimos y suelos silíceos, y el Quercus cerrioides, híbrido entre el quejigo y melojo, muy común en Cataluña.
ROBLES PELUDOS
Melojo y roble peludo
Melojo, marojo, rebollo o roble negro es el Quercus pyrenaica, que se encuentra desde el sur de Francia hasta el norte de África, abundando en la Península (escaso en Galicia y zona levantina).
Quercus pubescens, el que verdaderamente recibe el nombre de roble peludo (si bien ambos tienen hojas vellosas, aterciopeladas, sobre todo por el envés), vive en las regiones europeas cercanas al Mediterráneo, penetrando también en Europa central; en la Península ocupa el nordeste.
Ambos tienen hojas marcescentes (profundamente lobuladas Q. pyrenaica y muy poco Q. pubescens); una altura de 10 a 20 m, tronco por lo general sinuoso, y copa irregular y ancha, ramificada desde poca altura.
El paisaje que forman estos bosques es de los más lóbregos entre los robledales; la atmósfera, más pesada, y bajo su cobertura, a pesar de no ser cerrada entre los árboles adultos, no se siente esa benéfica aureola de los otros robles. La sensación es si acaso hostil (aunque admito que tienen también estos árboles un influjo atractivo).
Así como otros robledales, quejigales o encinares parecen ofrecer en cualquier sitio una invitación para quedarse a dormir o sentarse a la fresca de su sombra, el rebollar esta hecho más a la medida de hormigas y todo tipo de insectos y reptiles, «sabandijas»17, bandidos y sorgiñas. Lo cierto es que no entran muchas ganas siquiera de parar demasiado rato.
Viven entre los 400 y 1500 m. El melojo, en terrenos silíceos (aborrece los calizos y encharcados), gracias a sus raíces extendidas en superficie, puede captar la humedad y vivir en suelos arenosos. El peludo prefiere los calizos, soportando los superficiales y pedregosos.
Aguantan muy bien la sequía y son especies de luz que pueden crecer incluso en los primeros estadios sin ninguna cobertura. El desarrollo de ambos es lento y pueden vivir varios siglos. Su sistema de reproducción es igual al de otros robles. Tienen poderosas raíces, tanto profundas como superficiales, que dan lugar a numerosos rebollos o rebrotes, sobre todo al talar el árbol.
La calidad de su madera es similar: ambas son deformables y difícilmente se encuentran piezas de tamaño y rectitud adecuadas para carpintería. De ahí que su explotación por parte del hombre haya sido siempre brutal, en turnos de 10 a 20 años para leña, cuando no se roturaban o favorecían otras especies como el pino o el castaño. El roble negro ha sufrido más que ningún otro la epidemia de oidio de principios de siglo, que diezmó a esta especie. El sistema de continuas cortas favoreció la propagación del hongo y la degeneración y debilitamiento de estos bosques.
En algunos lugares quedan ejemplares maltrechos y aislados; en otros se mantienen masas de melojos retorcidos, o se recuperan entre tojos, brezos y abedules, en hayedos o robledales de carballo o roble albar talados, pero también muchas laderas y taludes, antes ocupados por este árbol y ahora roturados o deforestados, sufren una erosión irreversible que puede servir para llamar la atención sobre el insustituible papel que juega fijando con sus raíces extendidas los terrenos más sueltos y pendientes, y bombeando nutrientes y bases del subsuelo para dejarlos en superficie.
Deberían pues permanecer pies aislados en los prados y terrenos de labor, bosquetes en los linderos y masas mayores en las crestas y laderas empinadas. No solo actúan así como cortavientos y protectores del suelo, sino también como complemento alimenticio con su bellota y las hojas de los rebrotes, muy apreciadas por el ganado.
El fuego en el marojal no impide el rebrote de raíz, por lo que el árbol se regenera, si bien sobre un suelo más degradado y formando un bosque denso.
Del mismo modo, Q. pubescens tiene un papel esencial contra la erosión. Es especialmente adecuado para su utilización como dehesa, pues naturalmente tiende hacia una ocupación poco densa del espacio y su cubierta ligera favorece el crecimiento de otros vegetales (generalmente predomina el sotobosque, pero controlando artificialmente este, crece una buena pradera).
Estos dos robles tienen un contenido de tanino en su corteza muy elevado, por lo que también se usaron como curtientes.
Las especies asiduas al rebollar son abedules, argomas y brezos en los puntos aclarados, y otras como acebo, espino albar, endrino, enebro, genista, helecho… Muchas veces los bosques de este árbol se encuentran limitando con los de carballo y roble albar, que pueden introducirse también dentro de su área, al igual que otros árboles como el haya y el castaño.
Junto al roble peludo viven algunos arces (opalus, monspessulanum, campestre), pino silvestre, boj, enebro, cornejo, endrino, mostajo…

REPRODUCCIÓN (ROBLES CADUCOS Y MARCESCENTES)
La reproducción de los robles se hace casi siempre mediante semilla. Se siembra en otoño, con la simiente madura recién recolectada18, y se pone en vivero o de asiento. Si se quiere sembrar en primavera, deben conservarse las bellotas al abrigo de los roedores, en montones sobre la tierra llana y permeable, en capas de 10 a 20 cm de espesor y recubiertas con hojarasca seca. También pueden conservarse en hoyos que no se inunden, o estratificadas en arena húmeda, bodegas o sótanos ventilados y frescos.
Se siembra haciendo pequeños hoyos de un diámetro aproximadamente igual a la anchura de la azada y una profundidad de unos 10 cm. Se ponen en cada agujero una o dos bellotas sin su cápsula y se recubre el hoyo. 12 kg de bellotas sirven para sembrar 1 haciendo unos 1000 hoyos19.

REPOBLACIÓN DE ROBLE CON CASTAÑO
Un sistema antiguo de repoblación con roble fue utilizado, al menos en el País Vasco, intercalando castaños. Como dice Pedro Bernardo20.
«Esta experiencia y observación de necesitar de distinto jugo estas dos plantas, se confirma en los robles, que se ven en algunos castañales que son muy lozanos y se hacen mayores, que estando muchos robles juntos: y lo mismo sucede a los castaños que se ven entre robles.»
Se ponían, según este sistema, intercalados como los cuadros de un tablero de ajedrez y a unos 9 m de distancia entre las líneas. Se dice que así los árboles crecen más y producen mas leña, y los castaños fructifican mejor.

Ciclo anual de los robles semicaducos.
las primeras hojas de un roble albar.
Cuando los pies ya estaban crecidos, a los 20 o 30 años se daba la primera poda, eliminando las ramas bajas de los pies derechos y dejando una rama a un lado, en ángulo recto con el tronco, y otra vertical en los pies más ramificados, para curatones o barengas, piezas muy buscadas por los astilleros. Más tarde aclaraban el bosquete arrancando de raíz los castaños y plantando en su lugar robles jóvenes.
Habla también este autor de la creación de arboledas de recreo por el mismo sistema, pero colocando los árboles a unos 6 m de distancia, para aclarar después una hilera sí y otra no, cuando han alcanzado el tamaño de cabrios (unos 20 cm de diámetro). De esta forma se crían rectos y, tras el aclareo, se ensanchan y «quedan muy hermosos».
Nos recomienda por último plantar robledales en antiguos castañares, y viceversa: «si son muy viejos, el castaño vendrá plantado dentro del hueco del roble cortado, podrido en lo interior; y lo mismo el roble, en lo podrido del corte de raíz del castaño».
LOS ROBLES SIEMPREVERDES
«El campo mismo se hizo árbol en ti, parda encina, ya bajo el sol que calcina, ya contra el hielo invernizo, el bochorno y la borrasca, el agosto y el enero, los copos de la nevasca, los hilos del aguacero, siempre firme, siempre igual, impasible, casta y buena, ¡Oh, tú, robusta y serena, eterna encina rural de los negros encinares…»
(A. Machado, fragmento de «Las encinas»)
En muchos aspectos, las encinas y alcornoques pueden compararse a los robles caducos; el porte, las flores, los frutos, son muy parecidos, no así la hoja, perenne y mucho mejor adaptada para situaciones de sequía por ser más coriácea y de menor superficie, y frenar por tanto la transpiración. El desarrollo de esta cualidad les ha permitido adaptarse a las condiciones mas diversas de sequedad, y a lugares más cálidos que los robles.
Otra diferencia importante se da en el caso del alcornoque, por su corteza hiperdesarrollada, expandida y de renovación rápida, que constituye el excelente aislante que todos conocemos.
En el terreno de lo mítico-trádicional, los atributos y prácticas relacionadas con la encina son muy similares a los del roble. Podemos añadir quizá el sentido funerario y de inmortalidad y vida eterna con el que se ha relacionado a la encina, lo mismo que a otros árboles de hoja perenne. Mentaremos como curiosidad la tradición según la cual la madera de encina es maldita, pues mientras los otros árboles se hacían pedazos, cuando los judíos quisieron hacer la cruz para el suplicio de Cristo, la encina permitió su construcción.
La imponente encina de Garai. Toda la energía del árbol ha servido para la formación del cuerpo grandioso. Compárese su tamaño con el de la cerca que hay a su izquierda.
LA ENCINA
En euskera, la encina21 se llama arte y esta misma palabra significa «paciencia» y «sosiego».
«Entre tres encinas hermanas me acuclillé por ver acostarse a la abuela sol; los cuatro la despedimos y sentimos la misma melancolía. Atravesando nuestros corazones se esfumó el último rayo en un instante infinito. ¡Adiós, abuela!, gritaba la encina entre triste y alegre. Regresé al hogar. La chimenea, encendida la encina, alumbraba nuestras miradas. ¡Adiós, abuela!, dije a las ascuas que aún quedaban mientras me acostaba. Cuando desperté, de nuevo la encina verde y el sol asomando por el horizonte…»
La hoja es, como dice la adivinanza, «redondina como un cuarto, tiene dientes de lagarto». Las viejas caen al principio del verano, cuando las del año hace tiempo que han brotado. En las encinas ramoneadas por el ganado, sobre todo si son ejemplares jóvenes, la hoja se crispa y se vuelve aún más rabiosa, punzante, como un medio de defensa que, sin embargo, no le sirve de mucho cuando se acercan las cabras o animales hambrientos. Tardan mucho en descomponerse.
Árboles de crecimiento pausado pero con gran vitalidad, pueden rebrotar vigorosamente tras incendios o sequías gracias a sus poderosas raíces (al principio echa una fuerte raíz pivotante, que luego da lugar a secundarias desarrolladas y otras superficiales, de las que brotan renuevos). Una plántula de este árbol de unos 15 cm puede tener una raíz central de 40 a 50 cm en terreno mullido. Alcanzan tal desarrollo y abirragamiento, que se denominaba antiguamente al sistema radicular del encinar, «matas de cadeneta»22. La copa es tupida, esférica y da mucha sombra.
Produce bellotas con regularidad: cada dos años una abundante cosecha, que junto con su madera y los pastos bajo el encinar, son la base de la economía humana de amplias regiones peninsulares (si bien este sistema ecológico, económico y social está en retroceso).
Sus exigencias en cuanto a terreno se reducen a que no sea excesivamente húmedo; pueden vivir así en climas secos o suelos bien drenados (pendientes, roca madre superficial, pedregales…), soportan bien los lugares áridos y todo tipo de exposiciones.
La encina se distribuye principalmente alrededor del Mediterráneo, desde la Península hasta Asia Menor.
Además de formar encinares, los bosques más o menos puros de esta especie, a veces se encuentran encinas diseminadas en bosques de otros árboles, comúnmente robles.
Especies
En la Península, Quercus ilex vive en las provincias costeras: región cantábrica, Levante y Baleares.
En la zona norte, esta encina permanece en reductos especialmente favorables, formando pequeños bosques que se benefician de la cálida influencia marina y de las benignas exposiciones al sol. Crecen sobre terrenos calizos, poco profundos y, por tanto, secos. El aspecto que ofrece este bosque cantábrico, oscuro y espeso, recuerda a las laurisilvas canarias: los árboles se unen en su cima, a no mucha altura, y forman una única copa por la que de vez en cuando se cuelan algunos rayos de sol. Los troncos, no demasiado gruesos, están torcidos y llenos de liquenes debido a la gran humedad atmosférica. Incluso el cortejo que acompaña aquí a la encina tiene cierto parecido: madroños, acebo, urce Erica arborea; crecen lianas con profusión: clemátides, hiedra, zarzaparrilla, madreselva… En otras regiones, Q. ilex forma bosques más parecidos a los de la encina carrasca.
Esta última, científicamente denominada Quercus rotundifolia, ocupa las regiones interiores, los climas mediterráneo-continentales. Vive en todo tipo de suelos y es más montaraz y de hojas más correosas y duras que la anterior. Ambas se hibridan entre sí.
El bosque aclarado de esta encina es lo que constituye desde hace milenios el sistema silvopastoral de dehesa23, que aún se conserva en extensas regiones de la Península.
Por contra, del encinar cantábrico quedan tan sólo algunos pequeños reductos, casi siempre en trance de desaparición.
La dehesa, una vieja amistad
La dehesa extremeña y de otras regiones constituye un magnífico ejemplo de ecosistema equilibrado, con el hombre y los animales domésticos armónicamente integrados en un bosque abierto, que soporta y se beneficia de esta presencia (siempre que no haya una excesiva carga ganadera o se abuse con las podas para leña o carboneo).
Desde tiempos remotos, el hombre ha convivido de esta forma con la encina y a través de las generaciones se ha forjado un carácter, del que aún hoy encontramos rastros entre las gentes que viven de la dehesa o sus descendientes. Los hombres de la encina24 son duros, nudosos y resecos, arrugados y resistentes como carrasca. Gente noble y calmosa, quizá demasiado acostumbrada a la adversidad; sin duda, una poderosa tribu de no haber sido doblegada a través de los siglos por el sistema de propiedad de la tierra en manos de unos pocos señores25.
Desde la niñez he conocido algunas de estas personas, tan enraizadas en su tierra como el encinar. De su pobreza brotaba generosidad, los escasos recursos sabían tornarlos en abundancia y la madre encina les proporcionaba, directa o indirectamente, cuanto necesitaban para subsistir.
La dehesa alberga de este modo al hombre, que contribuye a su mantenimiento y equilibrio de diferentes formas: aclarando las encinas para facilitar el desarrollo de la pradera; tallando sus copas para hacerlas más fructíferas (poda) y llevando de una forma racional una gran diversidad de ganado, que mantiene las condiciones óptimas de la pradera, pastándola y enriqueciéndola con el aporte de sus excrementos26.
La ganadería de la dehesa está representada por razas adaptadas durante muchos siglos a este medio (difícilmente sustituibles por otras foráneas) y que encuentran aquí abrigo y sustento: vacas, caballerías, ovejas, cabras, cerdos, pavos, gallinas, palomas y abejas forman parte de este paisaje.
Esto no excluye una intensa proliferación y actividad de especies silvestres. Una mención especial merecen los seres alados, que encuentran en este medio, aéreo por excelencia, espacios abiertos y recovecos para los requiebros, espesuras impenetrables para guarecerse o construir sus nidos.
La dehesa es un jardín para las aves; en primavera coinciden la floración de las encinas y los arbustos y plantas del encinar, con el celo de multitud de pájaros. Podemos verlos entonces por parejas, de un lado a otro, ajenos a todo, entregados a los juegos amorosos. Hasta los esquivos cucos pierden la prudencia y se dejan ver por todas partes. Las abubillas ligeras, los rabilargos de capa azul-gris, las rapaces de altos vuelos, el águila imperial, la culebrera, la calzada… Los milanos son el terror de las gallinas y sus pollitos, y cuando vislumbra su cola ahorquillada, la paisana, siempre vigilante, sale a defender a la pollada. Buitres y alimoches, azores y gavilanes, sobrevuelan constantemente la dehesa. Por la noche, el búho real, el cárabo, el autillo, ocultos en la negra encina, traspasan la oscuridad con su mirada afilada. También se escucha el aleteo y canto de las palomas torcaces y zuritas. y un sinfín de pequeños pájaros, como los ruiseñores, zorzales, mirlos, petirrojos… Muchas de estas aves nidifican en cavidades en los viejos troncos o entre las acogedoras ramas.
Entre los reptiles, grandes lagartos, siempre alerta, se esconden a nuestro paso en las grietas de las piedras; junto a la culebra de escalera y a la bastarda, constituían en algunos lugares un apreciado recurso alimenticio para los hombres.
También merodean los conejos y liebres, tejones, garduñas, comadrejas, gatos monteses…
Dehesa de encinas en Extremadura y algunas de las plantas que viven en ella: la jara, el tomillo y la orquídea abejera.
La caza mediante trampeo era muy frecuente entre los pobladores de la dehesa, que obtenían así un importante complemento (a veces básico) de su dieta. No hay que olvidar que el rebaño, por regla general, no pertenece al pastor en esta tierra. Peor aún, a veces ni siquiera se permitía la caza de liebres, conejos y perdices, abundantes en este medio, pues eran especies reservadas para el señor; el campesino debía contentarse con gorriones, aguzanieves y otros pájaros menos apreciados.
En cuanto a los árboles compañeros de este encinar, los alcornoques ocupan un lugar importante, si bien este bosque no se mezcla por lo común con el encinar, a menudo colinda con él y crea un ecosistema muy parecido (existe también la dehesa de alcornoques).
Robles, madroños, durillos, retamas, jaras27, madreselva, tomillo… son asiduos habitantes de la dehesa y de cada uno de ellos el hombre sabía hacer buen uso. Además, se buscaban los cardillos, espárragos silvestres, setas, bellotas28, etc. para consumo humano o de los cerdos.
A este respecto, hace 2.000 años ya hablaba Estrabón de este recurso entre los hispanos:
«En las tres cuartas partes del año, los montañeses no se nutren sino de bellotas, que secas y trituradas se muelen para hacer el pan, el cual puede guardarse durante mucho tiempo.»
Otra cita resume a la perfección el sentido y valor que tuvo este árbol.
«La encina deviene así un recurso en todo similar al popular bisonte de los indios norteamericanos y genera en su entorno toda una cultura de la encina, presente aún en el occidente ibérico.»
(Fernando Parra, revista «Quercus» núm. 2)
Evidentemente, en esta comunidad sobresale la presencia de dos especies sin las que la dehesa como tal no podría existir. La encina y el hombre no sólo se benefician mutuamente uno del otro: su influencia recíproca y compenetración es tal que los antiguos hombres-encina comían pan de encina («gente de roble, pan de bellota», dice el refrán provenzal), sesteaban bajo su copa y construían sus casas y aperos con esta madera recia29. Con leña de encina encendían el fuego y hacían carbón, y entre los rescoldos asaban bellotas. Cazaban animales alimentados por la encina30. Adquirían en suma este carácter e imprimían a su vez, en el árbol, un sello de humanidad. Doblegando su vigor masculino, vertical, para hacerla mansa y fructífera, en estas condiciones de crecimiento espacioso la encina campa a sus anchas, se despliega alcanzando un esplendor y longevidad que difícilmente lograría en el bosque virgen cerrado.
El papel de la encina en la dehesa es de protección pasiva, maternal: lleva los nutrientes del subsuelo a la superficie, enriqueciendo el terreno; protege de la erosión, dulcifica la temperatura y humedad ambiental, resguarda a los habitantes del encinar.
La presencia de estos seres se manifiesta en lo físico con una fuerza inusitada. Es imposible para las grandes encinas pasar desapercibidas, incluso entre otras encinas, pero su desarrollo no es altivo ni egoísta, sino magnánimo, parece abrazar la tierra y abrigarla del ardiente sol. Su aura se hace más palpable en los árboles centenarios.
Habitantes de las dehesas de encinas: el conejo, un lagarto ocelado, el elanio azul y la abubilla.
Al atardecer, las sombras de los árboles se alargan hacia levante y las copas se bañan en la luz dorada del crepúsculo; al mediodía, la amable encina proyecta su sombra espesa y mantiene a la fresca sus pies. Resguarda del sol a los ganados, hombres y animales libres que aprovechan las horas de fuego para sestear. Todo en la dehesa propicia un clima saludable, sosegado…
El niño encontrará aquí el ambiente ideal para crecer, asombrarse a cada instante, correr por inmensos céspedes y aprender mil cosas de este increíble mundo. Multitud de encinas esperan que alguien las trepe, anhelan abrazar «rapaces» entre sus ramas. La escuela de la encina es inmensa, abierta, acogedora y sirve al hombre desde su infancia a su muerte, aportando siempre nuevas lecciones magistrales.
La actividad del hombre realmente integrado en este medio y exento, por tanto, de la avaricia y ritmos de vida «civilizados» se limita a regular la estabilidad y fertilidad del medio y a extraer los productos que necesita.
Sin embargo, a medida que aumenta el rebaño, la dehesa se revela incapaz de mantenerlo durante el verano, cuando la hierba se agosta y el sol echa un aliento de fuego por el encinar; entonces, los pastores enfilan sus rebaños hacia los pastos más frescos del norte.
Dada la complejidad de este sistema, han cabido en él infinidad de métodos de aprovechamiento por parte del hombre: desde las formas tradicionales, más antiguas y diversificadas, que se han rescatado siempre a lo largo de la historia en momentos de penuria, hasta las más modernas, en las que generalmente prevalece un solo uso, ganadero (y a menudo de una sola raza, como el «reciente» sistema de cría de toros de lidia), forestal (leña y carboneo) e incluso agrícola, sembrando cereal tras largos barbechos entre el encinar muy ralo. Al final se han convertido muchos magníficos encinares en enormes extensiones de labrantíos (cereal, arroz, maíz…) o plantaciones de eucaliptos.
El coste de la transformación y la vocación del suelo casi siempre demuestran el anterior sistema como el más rentable económica (aunque el concepto de lo económico cada vez se enrarece más y se estudia de forma más simplista) y, desde luego, ecológicamente.
El encinar, historia de un genocidio
Un antiguo proverbio árabe dice:
«Si tienes tu mano abierta con la arena del desierto, cogerás muchos granos; si cierras el puño para poseerla, casi toda resbalará entre tus dedos.»
Esto sucede con las dehesas que se roturan para extraer la máxima fertilidad en el mínimo tiempo, dejando ya de lado todos los productos que podían obtenerse de este medio y la dudosa rentabilidad de las nuevas explotaciones (que casi siempre se hacen sin ningún estudio ni experimentación previos). Se produce una enorme pérdida de fertilidad acumulada durante siglos, la seroja del encinar desaparece con rapidez y el suelo pierde la posibilidad de nuevos aportes orgánicos. En cuanto empieza a labrarse este suelo, queda rota su estructura, lavados los nutrientes, y comienza el proceso de la erosión, agravado en estos climas por la intensa insolación.
En lo que respecta a la rentabilidad social, se ha calculado que la dehesa tiene capacidad para mantener y dar trabajo a 3-4 personas/ha/año. Difícilmente los labrantíos mecanizados darán cabida a tantas personas. La importancia de este factor es mayor aún en las regiones del encinar, dado el elevado índice de desempleo.
«Se necesita un siglo para formar un monte, y en un abrir y cerrar de ojos, por decirlo así, lo cortamos. El caminante atónito busca con sorpresa la sombra deliciosa que el año antes lo defendía del ardor del sol, y no halla un solo árbol.
El deseo de aprovecharse del momento presente y el lujo que ocasiona gastos superiores a las rentas, destruyen los montes respetados por el tiempo. El propietario, cargado de deudas, encuentra en ellos un recurso pronto y precioso: los corta, pues, y no vuelve a plantarlos. De esta manera se han ido destruyendo, y provincias enteras casi no tienen ya leña para los usos diarios porque el consumo es seis veces mayor que diez años a esta parte; y los recursos, lejos de multiplicarse, van en disminución.
El furor de los desmontes ha durado veinte y cinco años: las alturas y las cimas de las montañas han sido convertidas en tierras de labor, y la tierra vegetal, acumulada en ellas con bastante trabajo por espacio de un siglo, después de haber producido una o dos cosechas, ha sido arrebatada por las lluvias, hasta que las piedras han quedado descarnadas.
«Hubiera sido conveniente estorbar semejantes rompimientos, pues aunque todo propietario sea dueño de disponer de su terreno como le agrade, si es imbécil o loco, es preciso ponerle un curador.
Acaso sería propio de la sabiduría del gobierno prohibir el rompimiento de las faldas de las montañas, a menos que los cultivadores se obligaran a plantar de árboles las cimas de ellas. Lo cierto es que si se hubiesen tomado estas precauciones, no se verían cordilleras enteras secas, áridas y descarnadas hasta la piedra viva…»
(Abate Rozíer, «Nuevo diccionario de agricultura», 1843)
El encinar que antaño debió ocupar extensísimas regiones de la Península, a lo largo de la historia se ha visto cada vez más reducido, y lo poco que nos queda hoy sufre una regresión alarmante (véase revista «Quercus» núm. 16, pág. 4). Perdemos de esta forma no solo un ecosistema rico y medio de vida digno, sino toda una cultura forjada en compañía de este árbol.
Este declive cultural, en la actualidad acelerado, ha sido progresivo y constante a lo largo de muchos cientos de años.
Cuando pienso en el encinar, no puedo dejar de imaginar la fuerza que debió generar la colaboración y estrecha amistad de estos árboles y hombres, antes de que los señores se «rifaran» estas tierras.
Doña Juana está muy triste. ¡Sabe Dios por qué será! Llegaron hombres de fuera hablando un extraño hablar. Sí las encinas les niegan, rasarán el encinar. En Castilla ya no mandan los que debieran mandar. Vuelan grajos, vuelan tordos, las palomas volarán[…]. Castilla ya no es Castilla, ya sólo es tierra de pan. La tierra ya no es la tierra, que tan sólo es propiedad y su pan los castellanos con sudor lo han de amasar. ¡Ay del pueblo, si quisiera darse nuevo capitán! Doña Juana está muy triste. ¡Sabe Dios por qué será!
(Luis López Alvárez, «Romance de la Reina Juana»)
Es claro que, como pueblo, tenemos lo que merecemos, y así, aunque nuestros líderes e instituciones sean casi siempre degenerados e irresponsables, más preocupados en la imagen y el poder que en mejorar las formas de vida y la felicidad de sus súbditos, seguirán, esta vez en nombre de la democracia y la sacrosanta constitución, ejerciendo el poder con la inconsciencia de siempre, y seguirán hipnotizando a las masas y logrando sus votos. Hacemos y deshacemos bosques de una forma insensata y, por tanto, merecemos también y estamos propiciando una vertiginosa caída del «imperio», que esta vez parece arrastrar tras de sí el propio equilibrio planetario. No es de extrañar que cada día seamos víctimas de fenómenos naturales mas desajustados y violentos, que cabe esperar que se agudicen. El declive del encinar es tan solo uno de los innumerables síntomas de nuestra propia decrepitud, que únicamente podemos frenar abordando de frente el problema y rescatando con imaginación y creatividad antiguos sistemas vitales.
Revivirá el encinar si de nuevo logramos que prenda en nosotros el espíritu, el corazón de encina. Pero las palabras tan sólo agitan el aire y hoy es tiempo de poner manos a la obra, aún es tiempo de vivir, si sabemos cómo.
Degradación, mantenimiento y regeneración del encinar
Fuera ya de la división enormemente simplificada que hemos hecho: por un lado, la encina norteña Q. ilex y el bosque representado aquí por ella (el encinar cantábrico) y, por otro, la encina más meridional Q. rotundifoliay el bosque semisilvestre (la dehesa), existen un sinfín de términos medios: encinar virgen y degradado, o en trance de recuperación; más o menos humanizado; creciendo en suelos, climas, altitudes y condiciones diversas; con una mayor o menor densidad, y mezclado o no con robledales y otros árboles…

Pese al gran interés que ofrece el estudio de cada comunidad y sus circunstancias, nos limitaremos a una breve y general exposición sobre la evolución del encinar, cuyo estudio interesa a la hora de diagnosticar el momento y actuar en consecuencia.
Las causas más frecuentes de la degradación del encinar son las talas y podas brutales, el fuego y la sobreexplotación ganadera.
Tras el incendio, que en las épocas de mayor sequía arrasa este bosque con enorme facilidad, aparentemente todo rastro de vida desaparece. Los más adaptados (jaras, madroños, pinos, coscojas) se ven beneficiados por este aclareo: unos, por su facultad de rebrotar; otros, por la adaptación al fuego de sus semillas; y todos ellos, por la ausencia de las encinas, que impedían su proliferación.
Estos arbustos preparan con su sombra y abrigo las condiciones para el nacimiento y desarrollo de las nuevas plántulas de encina. Si las condiciones del suelo no han degenerado excesivamente, al cabo de medio siglo, las encinas empiezan a recuperarse visiblemente y a poblarse el territorio con la antigua fauna y flora; medio siglo más tarde, puede verse ya un encinar magnífico, suponiendo que no haya sufrido un nuevo incendio o una devastadora tala.
Esto supone, en la escala temporal humana, una larga convalecencia, pero de mayor importancia serán aún los daños en los enclaves más delicados que ocupa este árbol: pendientes con la roca madre casi a flor de suelo, y desfiladeros y cumbres de una sequedad extrema, tanto atmosférica como edáfíca. Aquí, el fuego puede cambiar las condiciones hasta el punto de convertirse la tierra en irrecuperable para la encina.
En cualquier caso coscoja, madroño, genista, tomillo, romero, pino, boj, brezo, jara… son algunos de los candidatos más comunes para ocupar su lugar.
La coscoja se ve especialmente favorecida por el fuego y nuevos incendios la estabilizarían, creándose así la garriga, pero si estos incendios se repiten con excesiva frecuencia y el coscojar debe soportar una gran presión ganadera, al final se degradará también este medio hasta que sólo algunas genistas, tomillos, espliegos y hierbas sean capaces de sobrevivir. La siguiente etapa de degradación es la tierra desnuda, prácticamente incapaz de cicatrizar la herida.
Dehesa de encinas en primavera, con las matas de cantueso en plena floración.
En cualquier etapa de degradación, se vera ravorecida la evolución del encinar con la introducción de las especies más recientemente desaparecidas, y desde luego es esencial erradicar el fuego y controlar el ganado (los equinos y caprinos pueden hacer, bajo la vigilancia del pastor una labor de roza y eliminación de matorrales, a la par que se alimentan; cumplen así una función que demasiado a menudo se confía al fuego). La introducción de leguminosas como la esparceta, poco exigente en cuanto a profundidad del suelo y humedad, puede mejorar sensiblemente el terreno y favorecer el desarrollo de otras especies.
De vital importancia será la protección especial en las cumbres, taludes y pendientes con objeto de frenar la erosión.
Evidentemente, puede mejorarse el estrato herbáceo, conservando el ya existente o introduciendo nuevas especies, leguminosas o gramíneas, capaces de fertilizar el suelo u ofrecer alimento en mayor cantidad y de mejor calidad. En cualquier caso, las siembras deben acompañarse de un previo estudio en profundidad de las condiciones del medio y especies que han de introducirse (y su idoneidad para suelos ácidos, básicos y otras circunstancias); debe evitarse en lo posible el laboreo del suelo (pueden intentarse siembras antes de las épocas húmedas y con la hierba recién pastada) o, si ha de labrarse, hacerlo de un modo muy superficial y con buen tempero. Cuando la pradera está muy rala, es interesante dejar que fructifiquen las hierbas para que ellas mismas se resiembren.
Sobre la regeneración y conservación de la pradera en la dehesa existen muchos estudios; la mayoría tienen como base la utilización de sistemas duros de fertilización y arado31.
Reproducción y manejo
El propio encinar bien llevado se encarga de reproducir, a través de los rebrotes de raíz o plántulas de bellota, las nuevas generaciones. En contadas ocasiones interviene el hombre para la siembra o plantación salvo, claro está, cuando se trata de reinstalar un encinar desaparecido hace largo tiempo, en cuyo caso pueden recogerse las bellotas32 y sembrarse hacia noviembre, o en febrero-marzo en las regiones frías.
Las siembras otoñales son las más parecidas a las realizadas naturalmente con la caída del fruto y su dispersión por los animales. Las bellotas conservan así todo su poder germinativo. En el caso de simientes que se pondrán en tierra unos meses más tarde, en invierno-primavera, es necesario estratificarlas en lugar seco y fresco, entre arena o tierra. Llegado el momento, se sacan y se colocan cuidadosamente en cestas para no romper las radículas de las que hayan germinado. Así se ponen en pequeños hoyos hechos con la azada, que se recubren con la misma herramienta o con el paso de una grada. La profundidad de siembra suele ser entre 5 y 10 cm.
Hay que tener en cuenta que muchas bellotas no nacen y otras son comidas por los animales, por lo que no se debe escatimar simiente. A partir de aquí, los cuidados consistirán en mantener al ganado alejado hasta que las plántulas sean arbolillos inalcanzables; el acolchado y limpieza de los alrededores favorecerá mucho el desarrollo de las encinas. Por este sistema puede hacerse la siembra de asiento, más indicada para grandes repoblaciones, pues el trasplante sería más costoso y, a la larga, ofrece peores resultados (en la revista «Integral» N° 72 aparece un sistema que reúne las ventajas de siembra en vivero y conservación de la raíz pivotante).
En cuanto a la plantación, que se regula tras la siembra directa por aclareo, interesa que sea lo más irregular posible, más denso en pendientes y formando espesuras en linderos y cimas de colinas y montes; así se consigue una mayor diversificación y riqueza a todos los niveles. Medio centenar de encinas por hectárea parece ser una referencia adecuada. Es importante también tratar de reproducir el sotobosque apropiado, pero sobre todo la observación de las dehesas y ecosistemas circundantes, y la información de los habitantes del lugar nos darán las claves para la actuación más ajustada a la región.
Apostado del encinar
Se practica el apostado para la regeneración de la dehesa y en esta operación se eligen los rebrotes que producen las cepas de encinas taladas o matas rozadas, dejando los más vigorosos, rectos y altos, y eliminando los demás33. Se les cortan las ramas inferiores a ras de tronco, con tijeras de podar hasta la mitad de su altura.
Se aprovecha este momento para hacer la poda de formación de los brotes aclarados años antes, a los que se libra asimismo de ramillas inferiores, para conseguir las ramificaciones a 3 o 4 m de altura de unas cuatro ramas principales.
Interesa que estos brazos guarden cierta simetría y se alejen del tronco; los centrales más verticales se eliminan. Esta poda suele hacerse en dos veces, con un intervalo de 5 a 10 años. Siempre se tiende a «limpiar» más en el centro para que aumente el volumen de la copa, con una vigorosa superficie periférica, en la que nacen los frutos.
Poda
«¡Ay, hermanos míos extremeños, mis sabios amigos, si pudiésemos guardar toda la vida y belleza de vuestra tierra brillante, librar los inmensos encinares de los podadores codiciosos o ignorantes, de las máquinas terribles que los descuajan![…]
¡Ay, si pudiéramos sentir de cuando en cuando la fuerza, el sosiego, la sabiduría de ese mundo vuestro y de los pájaros!.»
La encina, llevada como seto, admite muy bien la poda anual de ramillas finas y forma cercados muy tupidos. De forma natural, las ramas que reciben insuficiente luz por estar demasiado bajas o en el interior de la copa, se secan y mueren. El árbol se beneficia con la eliminación de estas ramas por parte del hombre, pero sobre todo se realiza la poda para facilitar el ramoneo al ganado, aumentar la producción de bellota y obtener leña y carbón de primera calidad.
Para las encinas, como para otros árboles, el desarrollo y fructificación depende más de la relación equilibrada entre la copa y las raíces que de las cualidades del suelo. Así, mientras en terrenos profundos y ricos, con las encinas en buen estado, se podan solamente las ramas verticales y se aclara un poco el meollo de la copa para facilitar la aireación y entrada de luz, en los encinares de tierras áridas, disminuyendo el número de pies y su volumen foliar, se logra este equilibrio que permite un desarrollo saludable del sistema.
Como regla general no deberán podarse ramas que sobrepasen los 10 cm de diámetro, y en los cortes de más de 7 cm conviene aplicar betún o alquitrán. A partir de 12 cm, las heridas cicatrizan con mucha dificultad, por lo que solo se quitarán las ramas secas o decrépitas de este tamaño. Los cortes de ramas muy gruesas, desproporcionados, con desgajes o astillamiento de la madera, pueden desembocar en pérdida de productividad, de vigor y de longevidad, pudrición, y enfermedades o la muerte del árbol. Por ello es importante saber bien lo que se hace y aplicar estrictamente las reglas de la poda (herramientas afiladas, cortes lo más verticales posible…).
Con ramas finas menores de cinco centímetros de diámetro se hace, tras ser ramoneadas, un carbón excelente, aunque esto implica una poda menos espaciada. El resultado es interesante en cuanto a la producción, beneficiando al árbol.
Muchas dehesas semiabandonadas inician su declive por no existir ganado suficiente que las paste o deheseros que ayuden a su regeneración, pero uno de los mayores males son los podadores que cobran en leña y cortan más de lo necesario, acelerando así la degeneración de las encinas y, por tanto, de todo el sistema.
Las podas salvajes no sólo causan al árbol heridas incurables, pudrición y debilitamiento. El propio equilibrio raíz-copa queda afectado y la encina tiende a reproducir el máximo follaje de una forma desmesurada y desordenada. Se hace imprescindible entonces volver a podar al poco tiempo, pero esta vez las ramillas finas no las quiere nadie y la encina, abandonada, se encuentra entonces con una copa desordenada y tupida en la que muchas ramas quedan ahogadas. Como un perro, el árbol domesticado no puede vivir de forma armónica cuando el amo se desentiende.
Por el contrario, la poda respetuosa puede ayudar a la encina a alcanzar, con el paso de los siglos, proporciones gigantescas y enormes producciones de bellotas (cientos de kilos puede llegar a dar una sola encina); además, ofrecen un inmenso cobijo para los rebaños.
Poda de regeneración
Cuando se trata de ejemplares reviejos, decrépitos y cercanos a la muerte, en algunas ocasiones se recurre a la poda de regeneración, que aunque muchas veces tiene unos resultados inciertos, puede devolver el vigor al árbol y aumentar su productividad y longevidad.
Síntomas de la decadencia del árbol son: la pequeña superficie foliar, cortezas agrietadas, ramas gruesas huecas y ramas finas con hojas secas, sin yemas de frutos y cubiertas de musgo en su parte alta.
Se practica entonces el descabezado del árbol para intentar la formación de una nueva copa. Con este fin se cortan las ramas principales, nunca a ras del tronco sino dejando largos muñones de alrededor de un metro de longitud, rematados en una rama secundaria a un palmo más o menos del corte (es imprescindible hacerlo bien vertical y sellarlo con betún).
OTROS RECURSOS
La corteza de roble se usa en agricultura biológica para dinamizar el compost, recogiéndose de árboles vivos de entre 50 a 80 años, con cuidado de no dañarlos.
Aporta a la tierra calcio orgánico muy asimilable. También, en forma de purín, se utiliza contra las hormigas e insectos en general (100 g/litro de agua, de hojas y corteza de roble o encina, sin diluir, para desalojar hormigas y diluido al 20 % y pulverizado sobre las plantas, contra las plagas).
Además, esta corteza, por su elevado contenido en tanino, sirve para curtir, utilizándose en este caso las de árboles de 15-20 años; se tritura hasta reducirla a polvo y se aplica en la piel, sobre la que actúa como desecante e inhibidora de los procesos de pudrición.
Otro recurso importante en algunas regiones es la recogida de hongos truferos. Las trufas se dan de preferencia en los árboles de este género (encinas, robles, coscojas), aunque también los avellanos pueden criarlas.
Las criadillas de tierra o trufas alcanzan precios exorbitantes en las comarcas en que existe este mercado (unos quinientos municipios en la Península Ibérica y muchísimos más en Francia). Su aroma y sabor y su escasez le permiten entrar en esa élite de manjares inalcanzables. La recogida tradicional era mucho más dificultosa al hacerse sobre los hongos silvestres; hoy se inoculan en las raíces de los árboles y se obtienen con mayor facilidad.
Las dehesas de encinas permiten el mantenimiento de una ganadería tradicional de alta calidad.
Puede ser un medio importante de obtener una elevada productividad en terrenos pobres (llegan a producir hasta 100 kg/ha).
En la Escuela Superior de Ingenieros de Montes de Madrid se han llevado a cabo plantaciones de árboles inoculados en distintas provincias. En Navaleno, Soria, se han cultivado de esta forma 800 ha.
LA BELLOTA
Adivinanzas:
«Allí arriba en aquel alto hay un cabrito bermejo que le gusta mucho al cerdo y al lobo no tiene miedo.»
«En alto vive, en alto mora y tiene corona como la señora.»34
La alimentación a base de bellotas ha estado muy extendida entre antiguos (y no tan antiguos en algunos casos) pobladores de Europa, Norteamérica, norte de África y Asia.
Las bellotas dulces que producen algunas especies (en nuestra tierra, solamente Quercus rotundifolia) son las más apreciadas y pueden comerse incluso crudas, pero prácticamente todas tuvieron importancia para la alimentación humana. Tienen muchas calorías, un 50 % de fécula, varios azúcares, algo de grasa, cantidades importantes de vitamina C y caroteno, taninos…
Sus propiedades nutritivas quedan magistralmente resumidas y alabadas en este trabalenguas asturiano:
«El mío gocho fue a la foi y vino como foi, fue a la chande y fue pequeño y vino grande.»
(Mi cerdo fue al hayuco y vino como fue, fue a la bellota y fue pequeño y vino grande.)
Se tomaron crudas o tostadas a la brasa, y en las regiones en que constituían alimento básico se molían, una vez secas, para hacer con su harina pan, papillas o galletas de bellota.
El único inconveniente con las especies de frutos amargos es que se hace necesario eliminar su excesivo tanino, pues de lo contrario irritan el sistema digestivo. Para ello se pone la harina finamente molida en abundante agua; a continuación, se cuela y se deja secar la harina.
Es importante recoger las bellotas bien en sazón, y no utilizar recipientes de hierro para su cocción.
Además de nutritivo, este alimento tiene la ventaja de una larga conservación (si se libra de los roedores).
La capacidad de estos árboles para crecer en zonas semiáridas, en condiciones de sequía y climas extremos, los hace adecuados para su reintroducción en regiones en las que una agricultura o ganadería erróneas han menguado la fertilidad de la tierra. No solo se consigue frenar de este modo la erosión: se obtiene también un alimento básico para los hombres y animales, leña y otros productos secundarios.
Los robles y encinas revelan de este modo su carácter protector y su capacidad para alimentar y estimular la vida a su alrededor. Pueden ofrecer de esta forma, dada la amplitud de su distribución planetaria y su elevada productividad, un recurso clave para regiones en que la escasez de madera y leña, el hambre y la sequía, han acabado con la vida. De nuevo, el árbol puede devolver el brillo a los ojos, el esplendor a la tierra seca.
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