Kitabı oku: «Sube conmigo»
Sube conmigo
Para los que viven en común
Ignacio Larrañaga

Versión electrónica
SAN PABLO 2012
(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
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comunicacion@sanpablo.com
ISBN: 9788428565387
Realizado por
Editorial San Pablo España
Departamento Página Web
Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
Pablo Neruda
¡Qué cosa tan estupenda
cuando los hermanos
viven unidos
bajo un mismo techo!
Salmo 137
Este libro fue escrito, primeramente, para los religiosos que viven en comunidad.
Fue escrito, también, para todos los cristianos que, en diferentes grados, están integrados en los grupos comunitarios como Comunidades cristianas de base, en los grupos juveniles y en otras agrupaciones de laicos.
Las ideas y orientaciones de Sube conmigo pueden ser transferidas casi en su totalidad –fuera de algunos apartados específicos– a la esfera matrimonial, primera comunidad humana, y, en general, al círculo del hogar.
El Autor
Santiago de Chile, enero de 1978
Capítulo primero
Soledad, Solitariedad, Solidaridad
Por su interioridad (soledad), el hombre es superior al universo entero. A estas profundidades (de sí mismo) retorna, cuando entra dentro de su corazón... (GS 14).
El hombre es, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás (GS 12).
I. Soledad
Viaje al interior
Quien no sabe decir «yo», nunca sabrá decir «tú». Perdonar a los demás es relativamente fácil. Perdonarse a sí mismo es mucho más difícil.
Es imposible descubrir y aceptar el misterio del hermano, si antes no se ha descubierto y aceptado el misterio de uno mismo. Los que siempre se mueven en la superficie jamás sospecharán los prodigios que se esconden en las raíces. Cuanta más exterioridad, menos persona. Cuanta más interioridad, más persona.
* * *
Yo soy yo mismo. En esto consiste y aquí está el origen de toda la sabiduría: en saber que sabemos, en pensar que pensamos, en captarnos simultáneamente como sujeto y objeto de nuestra experiencia.
No se trata de hacer una reflexión autoanalítica, ni de pensar o pesar mi capacidad intelectual, mi estructura temperamental, mis posibilidades y limitaciones. Eso sería como partir la conciencia en dos mitades: una que observa y otra que es observada.
Cuando nosotros entendemos, siempre hay un alguien que piensa y un algo sobre lo que se extiende la acción pensante. El sujeto se proyecta sobre el objeto. Pero en nuestro caso presente sucede otra cosa: el sujeto y el objeto se identifican. Es algo simple y posesivo. Yo soy el que percibe, y lo percibido soy yo mismo también. Es un doblarse de la conciencia sobre sí misma. Yo soy yo mismo.
* * *
Para comprender bien lo que estamos diciendo, se han de eliminar ciertos verbos como entender, pensar... Y debemos quedarnos con el verbo percibir, porque de eso se trata precisamente: de la percepción de mí mismo. Tampoco podemos hablar de idea sino de impresión.
¿Cómo es eso? ¿De qué se trata? Se trata de una impresión, en la que y por la que yo me poseo a mí mismo. La persona queda, concentradamente, consigo misma, es un acto simple y autoposesivo, sin reflexión ni análisis, como quien queda paralizado en sí mismo y consigo mismo. A pesar de que todo esto, explicado así, se parece al egoísmo, no tiene nada que ver con él, antes bien es todo lo contrario, como se verá en el contexto de estas páginas.
Al conseguir la percepción de mí mismo, me quedo como dominado por la sensación de que yo soy diferente a todos los demás. Y, al mismo tiempo, me experimento algo así como un circuito cerrado, con una viva evidencia de que la conciencia de mí mismo jamás se repetirá.
Soy, pues, alguien singular, absoluto e inédito. ¡Hemos tocado el misterio del hombre!
Cuando nosotros decimos el pronombre personal «yo», pronunciamos la palabra más sagrada del mundo, después de la palabra Dios. Nadie, en la historia del mundo, se experimentará como yo. Y yo nunca me experimentaré como los demás. Yo soy uno y único. Los demás, por su parte, son asimismo únicos.
Nosotros podemos tener hijos. Al tenerlos, nos reproducimos en la especie. Pero no podemos reproducirnos en nuestra individualidad. No puedo repetirme a mí mismo en los hijos.
El hombre es, pues, esencial y prioritariamente soledad, en el sentido de que yo me siento como único, inédito e irrepetible, en el sentido de mi singularidad, de mi mismidad. Sólo yo mismo, y sólo una vez.
Buber dice estas palabras:
«Cada una de las personas que vienen a este mundo constituye algo nuevo, algo que nunca había existido antes.
Cada hombre tiene el deber de saber que no ha habido nunca nadie igual a él en el mundo, ya que si hubiera habido otro como él, no habría sido necesario que naciese.
Cada hombre es un ser nuevo en el mundo, llamado a realizar su particularidad».
Última soledad del ser
En los claustros góticos de la Universidad de la Sorbona, fue elevándose, en el transcurso del siglo XIII, la teología escolástica, como una esbelta arquitectura. Las antiguas investigaciones de Aristóteles, pasando por las manos de Averroes, habían llegado a las húmedas márgenes del río Sena.
Los pensadores de la Sorbona llegaron a las raíces del hombre. Se preguntaron cuál era la esencia fundamental de la persona, y dijeron que la persona es un ser que piensa y subsiste por sí mismo. ¡Una definición estática!
Por aquellos mismos días, a esa misma pregunta, Escoto respondió que la persona es la última soledad del ser. Es una definición dinámica y existencial. A eso, hoy día lo llamamos experiencia de la identidad personal.
Cualquiera de nosotros, si hacemos una zambullida en nuestras aguas interiores, vamos a experimentar que, bajando en círculos concéntricos, llegaremos a un algo por lo que somos diferentes a todos y nos hace ser idénticos a nosotros mismos.
Por ejemplo, si observamos a un agonizante, percibiremos que el tal agonizante es, en su intimidad, un ser absolutamente solitario: por muchos familiares que estén a su derredor, nadie está «con» él, en su intimidad; nadie lo acompaña en su travesía desde la vida hacia la muerte.
El agonizante experimenta dramáticamente el misterio del hombre, que significa ser soledad, el hecho de estar ahí, arrojado a la existencia, y el hecho de tener que salir de la vida contra su voluntad, y no poder hacer nada para evitar eso. Experimenta la invalidez o indigencia, en el sentido de que él está rodeado de todos los seres queridos, y ninguno de ellos puede llegar hasta aquella soledad final, ni tampoco pueden llegar hasta allá las lágrimas, el cariño, las palabras y la presencia de sus familiares. Está solo. Es soledad.
Si estás triturado por un disgusto enorme, ¿de qué te sirven las palabras de tus amigos? Vas a sentir que eres tú mismo, y sólo tú, quien tendrá que cargar con el peso del disgusto. Hasta aquella soledad final no llegarán las palabras ni los consuelos.
* * *
Existe, pues, en la constitución misma del hombre, sepultado entre las fibras más remotas de su personalidad (¿cómo llamarlo?: ¿un lugar?, ¿un «espacio» de soledad?), un algo por el que somos –repito– diferentes unos de otros, un algo por lo que soy idéntico a mí mismo. Al final, ¿quién soy?: una realidad diferente y diferenciada.
Y así quedo frente a mi propio misterio, algo que nunca cambia y siempre permanece. Por ejemplo, me enseñan una fotografía mía, de cuando tenía 5 años, y ahora tengo, vamos a suponer, 50 años. Comparo mi figura con aquella figura de cinco años, y digo: ¡qué fisonomía tan diferente! Dentro de la permanente renovación biológica de aquel cuerpo de cinco años, no queda en mí ni una célula. Sin embargo, aquel (de cinco años) soy yo. Y yo soy aquel. A morfologías tan diferentes se aplica el mismo yo. La identidad personal sobrevive a todos los cambios, hasta la muerte, y más allá. ¡Mi propio misterio!
2. Solitariedad
Los fugitivos
La tentación del hombre –hoy más que nunca– es la superficialidad, es decir, vivir en la superficie de sí mismo. En lugar de enfrentarse con su propio misterio, muchos prefieren cerrar los ojos, apretar el paso, escaparse de sí mismos y buscar refugio en personas, instituciones o diversiones.
En lugar de hablar de soledad, podríamos hablar de interioridad. Y aquí repetimos lo que dijimos al principio: cuanto más interioridad (soledad), más persona. Cuanto más exterioridad, menos persona. Llaman personalización al hecho de ser uno mismo, alguien diferenciado.
Y el proceso de personalización pasa por entre los dos meridianos de la persona: soledad y relación. Pero será difícil relacionarse profunda y verdaderamente con los demás, si no se comienza por un enfrentamiento con el propio misterio, en un cuadrante inclinado hacia el interior de sí mismo.
* * *
Nunca fueron tan vigorosos como hoy los tres enemigos de la interioridad: la distracción, la diversión y la dispersión. La producción industrial, la pirotecnia de la televisión, el vértigo de la velocidad... son un permanente atentado contra la interioridad.
Es más agradable, y sobre todo más fácil, la dispersión que la concentración. ¡Y he ahí al hombre, en alas de la dispersión, eterno fugitivo de sí mismo, buscando cualquier refugio con tal de escaparse de su propio misterio y problema!
Los fugitivos nunca aman, no pueden amar porque siempre se buscan a sí mismos; y si buscan a los demás no es para amarlos sino para encontrar un refugio en ellos. El fugitivo es individualista. Es superficial. ¿Qué riqueza puede tener y compartir? La riqueza está siempre en las profundidades.
Existe tan poco amor porque se vive en la superficie, igual en la fraternidad que en el matrimonio. La medida de la entrada en nuestro propio misterio será la medida de nuestra apertura a los hermanos.
Nuestra crisis profunda es la crisis de la evasión. Escapados de nosotros mismos, vivimos escapados también de los hermanos. Es preciso que el hermano comience por ser persona, es decir, comience por afrontar y aceptar su propio misterio.
Los solitarios
Así como hay fugitivos hacia afuera, también hay fugitivos hacia dentro. Estos son los solitarios, separados de los demás por murallas que ellos mismos levantaron, o aislados por fronteras que ellos unilateralmente marcaron.
«Sentirse completamente aislado y solitario, conduce a la desintegración mental», dice Fromm.
Cuando la Biblia afirma que no es conveniente que el hombre viva solo, ese solo se ha de traducir por solitario. De la esencia de la persona es tanto ser soledad como ser relación, tal como explicaremos más tarde.
* * *
Así como el enfrentamiento del hombre con su propia soledad lo abre, en una reacción gozosa, al misterio del hermano; la solitariedad, por el contrario, sumerge al hombre en el mar triste y estéril del aislamiento. Su mundo es un mundo temible, hundido siempre en la noche.
Por eso la solitariedad deriva rápidamente en perturbaciones mentales por las que se produce una disociación de las funciones anímicas, aproximándose fácilmente el solitario al borde de la locura.
La solitariedad recuerda, o se parece, a la invalidez de un niño pequeño, que no puede valerse por sí mismo para nada, en cuanto a las funciones elementales de la vida. ¿Qué sería de un niño, en el corazón del desierto o de la selva? Sin duda moriría, en una agonía interminable.
* * *
La solitariedad es a veces efecto de alguna perturbación genética.
Otras veces, un sujeto, cuando se siente maltratado injustamente por los demás o considera que no ha sido suficientemente estimado, toma la vía del aislamiento como actitud de arrogante venganza o como bandera de autoafirmación.
Pero hay otra historia más frecuente. Un individuo llega a una comunidad. Pasan los años. A su alrededor no ve más que mundos individuales y noches cerradas. El hombre se siente inseguro. Y, buscando seguridad, emprende el viaje hacia sus regiones interiores. Allí encuentra la paz, pero una paz parecida a la de los muertos.
Hay personas marcadas con el sello de la timidez. La tal timidez no nació de alguna «herida» de la lejana infancia, sino que proviene desde mucho más allá, desde las distantes fronteras de las leyes genéticas. Ahora, un típico tímido es siempre un fugitivo hacia dentro. Esta clase de personalidades sólo se sienten bien cuando se retraen hasta los últimos rincones de sí mismos.
* * *
Hay personalidades de apariencia ambigua. Unos, en un primer momento, parecen cerrados. Después de una larga convivencia, resultan ser personas de profunda intimidad y de fácil proximidad. En otros, en cambio, sucede lo contrario: en un primer momento causan la impresión de gran encanto personal y de fácil comunicación. Y después de convivir con ellos bastante tiempo, uno llega a la conclusión de que la comunicación con ellos sólo se efectuaba en un primer plano, pero que en realidad eran cerrados y solitarios, sin saberse los motivos de tal comportamiento.
La solitariedad no es una actitud normal en el crecimiento evolutivo de la personalidad. Las energías humanas, latentes y concentradas en la intimidad de la persona, tienden por su propia vitalidad explosiva a abrirse y derramarse en dirección a los demás hermanos. Pero hay algo, instalado en ciertos campos o niveles de la personalidad, que bloquea el avance de aquel ímpetu y las energías quedan frustradas e inhibidas.
Puertas que debieran estar abiertas quedan semicerradas o completamente cerradas, impidiendo la entrada a cualquier hermano, exceptuando quizá algún determinado y exclusivo amigo.
El aislamiento o solitariedad se puede comparar a un lento suicidio. Allí dentro, donde el individuo está replegado, siempre es de noche y siempre hace frío. Necesariamente el hombre acaba por enfermar. Y una vez enfermo, irá caminando hacia el reino de las tinieblas y de la muerte. Allí sólo habitan la tristeza, el vacío, el egoísmo químicamente puro y, en fin, todas las fuerzas regresivas y agresivas.
Nosotros nacimos para salir y darnos. En otras páginas veremos cómo salvarnos del aislamiento.
Ansiedad
La enfermedad típica de los fugitivos, y sobre todo de los solitarios, es la ansiedad, debido a que ella es fundamentalmente vacío, y el síntoma específico de ambos grupos es también el vacío o paralización de las energías.
La ansiedad es hija del miedo y hermana de la angustia, pero no se sabe dónde comienzan y dónde terminan sus correspondientes fronteras. Nace y vive –la ansiedad– entre la tristeza y el temor, entre el vacío y la violencia, entre la lucha y la inercia. Se parece a la apatía o tedio de la vida, y se pueden sentir ganas de morir por momentos, pero no es compulsiva ni agitada.
Cuando la ansiedad es de carácter neurótico, significa que tiene hundidas sus raíces en los conflictos profundos y en los problemas no resueltos.
* * *
Los soldados de un campo de batalla, si el enemigo está a la vista, sienten miedo, pero combaten. Mas, si quedan incomunicados, aislados de la retaguardia porque el enemigo les cortó las líneas telefónicas, entonces se apodera de ellos la ansiedad y quedan paralizados sin saber qué hacer.
Lo peor de la ansiedad es que ella surge desde profundidades tan remotas y tan ignotas, que el ansioso es una víctima infeliz que no sabe cómo luchar, contra quién luchar, qué estrategia escoger y cuáles son las armas de combate, y él queda ahí, inerte, atrapado entre fuerzas cruzadas, y vive tenso, con una tensión que no es la de la angustia, pero es más profunda y más permanente que la angustia.
Si, al atravesar una calle, te das cuenta de que se te viene encima un coche a gran velocidad, sientes miedo, pero ese miedo pone tus pies en movimiento para colocarte en lugar seguro. Pero si de repente te encuentras en medio de coches que vienen sobre ti desde todas las direcciones, seguramente vas a sentirte paralizado por la ansiedad.
Es –la ansiedad– una sensación tensa y latente, en que se juntan la parálisis de la catalepsia con la angustia del parto, el pánico del vértigo con el presentimiento de un temblor de tierra.
Se dan diferentes grados y formas de ansiedad.
Una es la ansiedad del individuo a quien le comunican que tiene pocos días de vida o constata que ha sido calumniado. Y otra, cuando presiente la amenaza de quedar marginado en el seno de la comunidad, o de que ya no es querido, o de que su «imagen» ha quedado notablemente deteriorada. Cuando, en una comunidad, cada cual busca su propio rumbo y sólo se preocupa de sus propios intereses, ¡están tan juntos y tan distantes!, todos ellos sufrirán el asalto de la ansiedad, a no ser que la supriman a base de fuertes compensaciones.
* * *
La fuente fecunda de la ansiedad es la falta de sentido en la vida, es decir, el vacío. Tanto los fugitivos, como los solitarios sobre todo, son ramas desprendidas del árbol de la vida y muertas. El árbol es su propio misterio. ¿Quién soy? ¿Cuál es el proyecto fundamental de mi vida? ¿Cuáles son los compromisos que mantienen en pie ese proyecto? ¿Soy consecuente con esos compromisos y conmigo mismo?
Al hecho de ser uno mismo llaman autenticidad. Cualquiera que caiga por la pendiente de la incoherencia vital se verá poblado por las sombras de la ansiedad, tanto en el matrimonio como en la fraternidad.
El peor de los sufrimientos –la ansiedad– deriva del peor de los males: no saber para qué se está en este mundo. Por eso hemos dicho que la ansiedad se parece a un lento suicidio y a la región de la muerte. Decía Nietzsche que quien tiene un objetivo en la vida es capaz de soportar cualquier cosa. Y yo agregaría que aquella vida que sea poseedora de un sentido jamás conocerá la ansiedad, al menos la ansiedad profunda y permanente.
Una comunidad religiosa sin calor fraterno, sin vida de oración, dudando de la validez de su trabajo ministerial, sabiendo que se vive una sola vez y no sabiendo si esa sola vez nos equivocamos o no, preguntándose cada día si ese proyecto de vida tiene todavía sentido o si ya caducó, viendo que los años pasan y que la juventud ya se fue y Dios llegó a ser una palabra vacía..., esa comunidad, ese hermano va a ser asaltado y dominado por la ansiedad permanente.
* * *
La ansiedad generalizada es un fenómeno típico de las épocas de transición, de las vísperas de caída de las grandes hegemonías y, sobre todo, de todo aquello que signifique agonía o desaparición.
En las épocas de transición el individuo queda sin suelo firme bajo sus pies, no sabe en qué dirección caminar, un velo cubre el futuro y la niebla de la ansiedad penetra y ocupa todo su interior.
Nunca se vio tanta ansiedad en el rostro de los hermanos, y sobre todo de las hermanas, como en nuestra época. Derribaron a golpes la muralla de los valores de la institución religiosa. Los «teóricos» pusieron en jaque los valores de los tres votos. Se anunció con tanto desparpajo como superficialidad que la vida religiosa, como institución, ya caducó. Metieron de contrabando a los nuevos «profetas», como elemento de reflexión dialéctica: Freud, Marx y Nietzsche. Llegó la desorientación, el vacío, se les movió el suelo y muchísima gente quedó presa de pánico y ansiedad. No se puede generalizar. Pero mucho de esto sucedió.
Nunca olvidaré la expresión ansiosa de aquel venerable religioso de 70 años, que me decía: he vivido con alta fidelidad los tres votos religiosos casi durante 50 años. Y ahora, al final... ¿me dicen que eso no vale nada?
«El hombre se halla “arrojado” a un mundo incomprensible. Casi no puede evitar una corriente subterránea de miedo, con remolinos de agudo pánico. Vive en una vorágine de inestabilidad, soledad y sufrimiento, bajo la amenaza del espectro de la muerte y la nada. Querría escapar del agobio de la ansiedad. La falta de sentido es más terrible que la angustia, porque si existe un propósito definido de la vida, es posible soportar la angustia y el terror.
Cuando se pregunta a alguien si tiene designios por los que daría su vida, en la mayoría de los casos se obtiene una respuesta afirmativa. Hasta el hombre más deprimido, si le preguntamos crudamente: “Entonces, ¿por qué no se suicida usted?”, quedará asustado al principio, y luego encontrará razones, que estaban semiocultas, por las que vale la pena seguir viviendo.
Podemos poner en juego nuestra vida por el valor de algún “proyecto personal”, aun cuando no estemos seguros del éxito. Los miembros de la resistencia francesa en la Europa de Hitler sabían que tenían pocas probabilidades de éxito, pero sentían que su objetivo era algo por lo que valía la pena dedicar una vida y hasta sacrificarla. Los sufrimientos y la muerte son superados cuando el hombre tiene un ideal»[1].
El sentido de la vida para un religioso es, sin duda, Dios mismo. En la flor de su juventud, el religioso se dejó seducir por la personalidad de Jesucristo, se convenció de que Cristo era una causa que valía la pena, renunció a otras opciones y dijo: Jesucristo, mi Señor, me embarco contigo; vámonos a alta mar, y sin retorno; ¡hasta la otra orilla!
Desde aquel día, Dios fue para él fortaleza en la debilidad, consuelo en la desolación, todos sus deseos se colmaron, todas sus regiones se cubrieron de Presencia, todas sus capacidades se transformaron en plenitudes y... la ansiedad fue desterrada para siempre.
El único problema del religioso es que Dios sea, en él y para él, verdaderamente vivo. Si esta condición se cumple, podrán amenazar a este hombre los fracasos, las enfermedades y la muerte. Pero nunca la ansiedad. Dios lo liberó del supremo mal: el vacío de la vida.
Desterrados y solitarios
Vamos, de nuevo, a trasponer los umbrales de la conciencia, para enfrentarnos con nuestro propio misterio.
Aquí estoy. Nadie me pidió autorización para lanzarme a esta existencia. Estoy aquí sin permiso mío. La existencia no se me prepuso ni se me propuso: se me impuso. En esto de que yo, ahora, exista y piense, no tengo arte ni parte. Puedo decir que, en cierto sentido, estoy «aquí» en contra de mi voluntad. Estoy abocado a la muerte, igual que el día está abocado a la noche. No opté por esta vida, como tampoco opto por la muerte que me espera.
Estoy hundido en la sustancia del tiempo, igual que las raíces del árbol en la tierra. Yo no soy porque paso; y el verbo ser sólo se puede aplicar a Aquel que nunca pasa. Sólo Dios es.
Montado sobre este potro que es el tiempo –del cual no puedo descolgarme, aunque quisiera–, cada momento que pasa es una pequeña despedida, porque estoy dejando atrás tantas cosas que amo, y en cada momento muero un poco.
* * *
La vida no se nos da hecha y acabada como un traje. La vida yo tengo que vivirla, o tiene que ser vivida por mí, es decir, es un problema. El hombre es el ser más inválido e indigente de la creación. Los demás seres no se hacen problemas. Toda su vida está solucionada por medio de los mecanismos instintivos. Un delfín, una serpiente o un cóndor se sienten «en armonía» con la naturaleza toda, mediante un conjunto de energías instintivas afines a la Vida.
Los animales viven gozosamente sumergidos «en» la naturaleza, como en un hogar, en una profunda «unidad» vital con los demás seres. Se sienten plenamente realizados –aunque no tengan conciencia de ello– y nunca experimentan la insatisfacción. No saben de frustración ni de aburrimiento.
El hombre «es», experimentalmente, conciencia de sí mismo.
Al tomar conciencia de sí mismo, el hombre comenzó a sentirse solitario, como expulsado de la familia, que era aquella unidad original con la Vida. Aun cuando forma parte de la creación, el hombre está, de hecho, aparte de la creación. Comparte la creación, junto a los demás seres –pero no con ellos– como si la creación fuese un hogar, pero, al mismo tiempo, se siente fuera del hogar. Desterrado y solitario.
Y no solamente se siente fuera de la creación, sino también por encima de la misma. Se siente superior –y, por consiguiente, en cierto sentido enemigo– a las criaturas, porque las domina y las utiliza. Se siente señor, pero es un señor desterrado, sin hogar ni patria.
Al tener conciencia de sí mismo, el hombre toma en cuenta y mide sus propias limitaciones, sus impotencias y posibilidades. Esta conciencia de su limitación perturba su paz interior, la gozosa armonía en la que viven los seres que están más abajo en la escala vital.
Al comparar las posibilidades con las impotencias, el hombre comienza a sentirse angustiado. La angustia lo sume en la frustración. La frustración lo lanza a un eterno caminar, a la conquista de nuevas rutas y nuevas fronteras.
«La razón –dice Fromm– es para el hombre, al mismo tiempo, su bendición y su maldición»[2].
3. Solidaridad
Esencialmente relación
Desde las profundidades de su conciencia de finitud e indigencia, surge en el hombre, explosiva e inevitable, la necesidad y el deseo de relación. Si, en hipótesis, imagináramos un hombre literalmente solo en una selva infinita, su existencia sería un círculo infernal que lo llevaría a la locura, o el tal sujeto regresaría a las etapas prehumanas de la escala vital.
Al perder el vínculo instintivo que lo ligaba vitalmente a las entrañas de la creación, emergió en el hombre la conciencia de sí mismo. Entonces se encontró solo, indigente, desterrado del paraíso, destinado a la muerte, consciente de sus limitaciones. ¿Cómo salvarse de esa cárcel? Con una salida. La necesidad de relación deriva de la esencia y conciencia de ser hombres.
Al tomar conciencia de sí mismo, nacen en la persona dos vertientes de vida: ser él mismo y ser para el otro. La única salvación, repetimos, es la salida (relación) hacia los demás. Hablamos de «salida» porque, cuando la persona se autoposee, toma conciencia de sí misma, se siente como encerrada en un círculo. Habría otras «salidas» para liberarse de ese temible círculo: la locura, la embriaguez –que es una locura momentánea– y el suicidio. Pero estas «salidas» no salvan sino que destruyen. Son alienación.
Si ser soledad (interioridad, mismidad) es constitutivo de la persona, también lo es, y en la misma medida, ser relación. Es, pues, el hombre un ser constitutivamente abierto, esencialmente referido a otras personas: establece con los demás una interacción, se entrelaza con ellos y se forma un nosotros: la comunidad.
* * *
Los demás tienen también su «yo» diferenciado, inefable e incomunicable. Los demás son también misterio. Yo tengo que ver en ellos su «yo»; ellos tienen que ver en mí mi «yo». Los demás no son, pues, el «otro», sino un «tú». Yo no debo ser «cosa» para ellos, ni ellos tienen que ser «objeto» para mí.
Del hecho de que los demás sean un «tú» –por consiguiente, un misterio sagrado– surgen las graves obligaciones fraternas, sobre todo ese decisivo juego apertura-acogida, y también aquellos dos verbos que san Francisco utiliza, cuando habla de relaciones fraternas: respetarse y reverenciarse. ¡Qué formidable programa de vida fraterna: reverenciar el misterio del hermano!
Dicen que la persona hace la comunidad y que la comunidad hace la persona. Por eso mismo, yo no encuentro contraposición entre persona y comunidad. Cuanto más persona se es, en la doble dinámica de su naturaleza, la comunidad irá enriqueciéndose. Y en la medida en que la comunidad crece, se enriquece la persona como tal. Ambas realidades –persona y comunidad– no se oponen, pues, sino que se condicionan y se complementan.
* * *
En este juego de apertura-acogida, yo tengo que ser simultáneamente oposición e integración en mi relación con un «tú». Me explicaré. En una buena relación tiene que haber, en primer lugar, una oposición, es decir, una diferenciación: tengo que relacionarme siendo yo mismo. De otra manera, habría una absorción o fusión, lo que equivaldría a una verdadera simbiosis, y eso a su vez constituiría la anulación del «yo».
Cuando la relación entre dos sujetos se establece en forma de absorción, ya estamos metidos en un cuadro patológico: se trata de una enfermedad por la que los dos sujetos se sienten felices (subjetivamente realizados), el uno dominando y el otro siendo dominado. En los dos queda absorbida y anulada la individualidad. Y esto ocurre mucho más frecuentemente de lo que parece.
En la verdadera relación tiene que haber integración de dos integridades y no absorción. Tiene que haber unión, no identificación, porque en toda identificación cada uno pierde su identidad. En la absorción se da un desdichado juego de pertenencia y posesión. Ambos sujetos son dependientes. Ninguno de los dos puede vivir sin el otro.
Los dos tratan de escaparse del aislamiento, el uno haciendo del otro una parte de sí mismo y el otro haciéndose pertenencia. Persona madura es aquella que no domina ni se deja dominar. Y esta clase de personas no maduras puede asumir, alternada y casi indistintamente, la función de ser dominados o de dominar. Renuncian a su libertad para instrumentalizar o para ser instrumentos de alguien.
Ser relación significa, pues, tendencia, apertura o movimiento hacia un «tú», pero salvaguardando mi integridad, siendo yo mismo. Como dice Fromm, esta relación constituye la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos. En una palabra, nuestra relación debe constar de oposición y de implicación.
Encuentro
Cuando los dos sujetos navegan –cada uno por su parte– en la corriente apertura-acogida, nace el encuentro, que no es otra cosa sino apertura mutua y acogida mutua. Tenemos en el diccionario una bella palabra para designar el encuentro: es la palabra intimidad.
¿Cómo nace la intimidad? Si nos ponemos a la tarea de percibir nuestra mismidad, va a acontecer lo siguiente: comenzamos por desligarnos de todo (inclusive recuerdos, preocupaciones...) menos de mí mismo. Como en círculos concéntricos de un remolino, vamos avanzando, cada vez más adentro, hacia el centro. No es imaginación, menos aún análisis; es percepción.
Y en la medida en que se van esfumando todas las demás impresiones, vamos a arribar, al final, a la simplicidad perfecta de un punto: la conciencia de mí mismo. En este momento podemos pronunciar, verdaderamente, el pronombre personal «yo». Y en la simplicidad de ese punto, y en ese momento, quedan englobados los millones de componentes de mi persona: miembros, tejidos, células, pensamientos, criterios... Todo queda integrado en ese «yo» mediante el adjetivo posesivo: mi mano, mi estómago, mis emociones...
En una palabra, la persona es, primeramente, interioridad. Pero esta palabra es un tanto equívoca. Diría, más exactamente, que la persona es interiorización, esto es, el proceso incesante de caminar hacia el núcleo, hacia la última soledad de que hablaba Escoto. Toda persona, auténticamente hablando, es eso.
* * *
Ahora bien, dos interioridades que «salen» de sí mismas y se proyectan mutuamente dan origen a una tercera «persona», que es la intimidad, que no es otra cosa sino el cruce y proyección de dos interioridades. Ya estamos en el encuentro.
Vamos a explicarnos con un ejemplo. La intimidad que existe entre tú y yo –esa intimidad– no «es» tú, no «es» yo. Tiene algo de ti; tiene algo de mí. Es diferente de ti; es diferente de mí. Es dependiente de ti; es dependiente de mí. Hasta cierto punto, es independiente de ti; es independiente de mí. Digo esto, porque nos nació una «hija», como fruto de nuestra mutua proyección. Y, ¡oh maravilla!, nuestra «hija» –la intimidad– se nos transformó sin saber cómo en nuestra «madre», ya que ella –la intimidad– nos personaliza a ti y a mí, nos realiza, nos da a luz a la madurez y a la plenitud.
Esta intimidad es, para hablar con otras expresiones, una especie de clima de confianza y cariño que, como una atmósfera, nos envuelve a ti y a mí, haciéndonos adultos y alejándonos de las peligrosas quebradas de la solitariedad.
Hay otras palabras para significar lo que acabo de explicar, por ejemplo, intersubjetividad, intercomunicación, interacción...; pero, al final, es lo dicho: dos personas mutuamente entrelazadas. Eso es el encuentro.
Donde hay encuentro, hay trascendencia porque se superaron las propias fronteras. Donde hay trascendencia, hay pascua y amor. Donde hay amor, hay madurez, que no es otra cosa sino una participación de la plenitud de Dios, en quien no existe soledad.
A imagen trinitaria
En el principio, Dios nos creó a su imagen y semejanza. Pero no solamente eso. Fuimos modelados sobre todo según el estilo de vida que se «vive» en el seno insondable de la Santa Trinidad. Aquí nace la Fuente de todos los misterios. Y el misterio de la persona y de la comunidad humanas sólo puede ser entendido en el reflejo de esa Fuente profundísima y clarísima.
Todo cuanto hemos dicho en el presente capítulo sobre el misterio de la persona puede ser aplicado, en perfecta analogía y paralelismo, a las divinas personas. ¿Por qué? Porque la persona humana es una copia exacta de las personas trinitarias.
* * *
En la Trinidad, cada persona es relación subsistente. Quiero decir: cada persona, en aquel Abismo, es pura relación respecto a las otras personas. Por ejemplo: el Padre no es propiamente padre, sino paternidad, es decir, un proceso interminable de dar a luz –al Hijo–, de relacionarse. Inclusive, para hablar con exactitud, tendríamos que inventar, aquí, una nueva palabra, pateracción, proceso de hacerse padre.
El Hijo no es propiamente hijo, sino filiación, es decir, proceso eterno de ser engendrado. El Padre no sería padre sin el Hijo. El Hijo no sería hijo sin el Padre.
Pues bien, el Padre y el Hijo se proyectan mutuamente y nace una tercera persona, que, en el lenguaje que estamos usando, se llamaría Intimidad (Espíritu Santo). Esta tercera persona no sería nada sin las dos anteriores. De manera que el Espíritu Santo es como el fruto de una relación: es como la Plenitud, la Madurez, la Personalización acabada.
Esta tercera persona constituye en aquel Abismo lo que llamaríamos el Hogar, y origina una corriente vital, en forma de circuito, entre las tres divinas personas; una corriente infinita e inefable de simpatía, conocimiento y amor. Toda esa Vitalidad, Jesús la resume diciendo que los tres son Uno.
Y así, en aquella Casa, todo es común. Dicho en nuestro lenguaje, cada persona es esencialmente mismidad (interioridad), y esencialmente relación, pero una relación subsistente; quiere decirse que de la relación depende el Ser.
* * *
Esta comunicación (relación) hace de las tres personas una común-unidad («como nosotros somos Uno»), de tal manera que las tres divinas personas tienen, repito, todo en común: tienen el mismo conocimiento y el mismo poder. Pero, a pesar de tenerlo todo en común, cada persona no pierde su mismidad sino que subsiste como realidad diferenciada, toda entera. No existe, pues, fusión. Existe unión: identidad de persona y comunión de bienes.
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Aquí está la clave de la fraternidad: ser distintos en la intercomunicación de sí mismos, porque no se trata sobre todo de intercambiar bienes o palabras sino interioridades. Cada persona divina, como cada persona humana, son sujetos verdaderos. Sin embargo, son, deben ser, sujetos que dan y reciben todo lo que tienen y todo lo que son.
En otras palabras: en aquella inefable Comunidad, cada persona, permaneciendo subsistente en sí misma, es al mismo tiempo Don de sí; de tal manera que el Verbo, al proceder del Padre, posee y retiene las mismas perfecciones del Padre. Y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, posee y retiene las mismas perfecciones de las personas de quienes procede. Así se «realizan» aquellas personas dando y recibiendo.
Si aplicamos esto a la realidad humana, podríamos concluir que una persona humana se «realiza» tanto al recibir de otro sujeto todo cuanto tal sujeto es, como al dar a ese sujeto todo cuanto aquella persona es.
De cuanto acabamos de explicar en este capítulo, surge la necesidad de corresponsabilidad, participación e interdependencia, entre los miembros de una comunidad. En una palabra, la solidaridad.
«El hombre no puede encontrar su plenitud, si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (GS 24).
«A través del trato con los demás, en la reciprocidad de servicios, en el diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades, y le capacita para responder a su vocación» (GS 25).
Capítulo segundo
El misterio de la fraternidad
En primer lugar, la Fraternidad cristiana no es un ideal sino una realidad divina. En segundo lugar, la Fraternidad cristiana es una realidad espiritual y no una realidad psíquica.
Dietrich Bonhoeffer
1. Grupos humanos y fraternidad
En los últimos años han ido desapareciendo numerosas comunidades religiosas en muchos países. Ha sido un fenómeno doloroso y de gran complejidad, difícil de analizar y fácil para la simplificación.
Se dejaron conducir por «animadores» secularizados. Redujeron la fraternidad a dimensiones de simple grupo humano. En lugar de apoyarse sobre fundamentos de fe, pusieron en práctica casi exclusivamente técnicas de relaciones humanas. Se les dijo que la solución mágica a todos los males consistía en disgregar las Provincias en pequeñas comunidades. Otras causas, como crisis de identidad y crisis de crecimiento, contribuyeron también a crear esta situación.
¿Resultado? Provincias enteras se desangraron en muchas partes. La nube de la desorientación cubrió amplios horizontes. La ansiedad y la tristeza se apoderaron de comunidades y provincias. Entre las diversas causas que motivaron esta situación, la principal en mi opinión es la de haber perdido de vista la naturaleza evangélica de la fraternidad.
Grupos humanos
¿Cuáles son los motivos o fundamentos por los que, generalmente, los seres humanos se juntan y conviven?
En primer lugar, la sexualidad afectiva une a un hombre con una mujer, se constituye el matrimonio y nace la primera comunidad.
Este atractivo es una fuerza primitiva, profunda y poderosa que aglutina de tal manera a un hombre con una mujer, que de ahora en adelante todo será común entre ellos: proyectos, bienes, alegrías, fracasos... Hizo de dos cuerpos un cuerpo, de dos corazones un corazón, de dos existencias una existencia... hasta la muerte y más allá.
Ese afecto constituye lo que llaman el sentido de vida, de tal manera que, aunque los cónyuges sean viejos, enfermos, pobres o fracasados, el afecto, si existe, da alegría y sentido a sus vidas.
El segundo grupo humano es el hogar o familia, cuyo fundamento es la consanguinidad o sangre común. Los hijos nacidos de ese matrimonio son y se llaman hermanos, y forman con sus padres una comunidad de amor e intereses. Lo que hay de común entre ellos es la sangre. La parentela es una prolongación de la familia.
En tercer lugar, la afinidad origina en la sociedad los diferentes círculos de amigos. Así como la consanguinidad es una realidad biológica, la afinidad pertenece a la esfera psicológica. Es una especie de simpatía que no se procura ni se cultiva sino que nace ahí, espontáneamente, como algo natural y preexistente, entre dos personas.
Esta afinidad origina grupos de amigos, que vienen a ser como comunidades espontáneas. A veces estos grupos tienen mayor solidez y más calor que algunos hogares. En la sociedad, muchos prefieren alternar con amigos más que con sus parientes.
Otra razón, menos común, por la que los seres humanos se juntan y conviven, es la proximidad o razones de patria. Por ejemplo, si dos argentinos que nunca se han visto se encuentran por sorpresa en París, se sentirán con la confianza de viejos amigos desde el primer momento, casi como hermanos. Es la fuerza cohesiva de eso que llaman patria. ¿Y qué es la patria sino una familia muy numerosa?
Finalmente, un último fundamento que congrega y hace convivir a los seres humanos son los intereses comunes. Estos cinco hombres se juntan todos los días, durante veinte años, y conviven durante ocho horas diarias. ¿Quiénes son? Son los componentes del Directorio de una gran industria. El interés común de una buena producción hace que los cinco se acepten, se comprendan y superen sus conflictos personales.
Nueva Comunidad
Llega Jesús. Pasa por encima de todas estas motivaciones, y planta otro fundamento, absolutamente diferente de los anteriores, sobre el que, por el que y en el que los hombres, desde ahora en adelante, podrán juntarse y convivir hasta la muerte: el Padre.
Jesús, sin decirlo, declara que ya caducaron aquellos tiempos en que decían: somos hijos de Abraham.
La carne (consanguinidad) no vale para nada, dice Jesús. Dios es nuestro Padre y, por consiguiente, todos nosotros somos hermanos. Los que experimentaron vivamente que Dios es «mi Padre», experimentarán también que el prójimo que está al lado es «mi hermano». Se rompieron todos los cercos estrechos de la carne, y todo queda abierto a la universalidad del espíritu.
* * *
Estaba Jesús en una casita de Cafarnaúm, dedicado a la formación de un grupo de discípulos. Llegó su Madre con unos parientes, golpeó la puerta, salió alguien y este comunicó a Jesús: Maestro, aquí está tu Madre que quiere hablar contigo.
Jesús quedó por un instante como sorprendido. Luego, alzando la voz y levantando el vuelo por encima de las realidades humanas, preguntó: ¿Mi madre? ¿Quién es mi madre? Y sin esperar respuesta extendió los brazos y la mirada por encima de los que lo rodeaban, y afirmó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Y no solamente estos. Todo el que tome a Dios por Padre y cumpla su voluntad, ese es para mí hermano, hermana y madre» (Mc 3,33-35).
Palabras sobresalientes. Ya tenemos un nuevo fundamento para una nueva comunidad: Dios Padre. Seducidos por Dios, hombres que nunca se conocieron, provenientes de diferentes continentes o razas, eventualmente sin afinidad temperamental, podrán a partir de ahora reunirse para amarse, respetarse, perdonarse, comprenderse, abrirse y comunicarse. Nació la Comunidad bajo la Palabra.
Aquella unión que origina y consuma la consanguinidad en otros grupos humanos, en esta nueva comunidad la consumará la presencia viva del Padre.
¿Escuelas de mediocridad?
En nuestras comunidades religiosas, los lazos que unen unos a otros no son espontáneos o connaturales. No nos ha arrastrado a esta convivencia ni el atractivo sexual, ni la afinidad de viejos amigos, ni el parentesco, ni el lazo de la patria, ni cualquier otro interés extrínseco al grupo.
Nosotros llegamos a la vida religiosa y nos hemos encontrado con unos hombres, digamos así, unos «compañeros». No llegamos buscando a esos hombres. Hasta me atrevería a decir que, en principio, no nos interesaban, podían ser cualesquiera otros, nos eran indiferentes.
Lo único que teníamos y tenemos en común con esos hombres es que ellos fueron seducidos por Jesús y yo también. Ellos quieren vivir con Jesús y yo también. Ellos quieren pertenecer exclusivamente a Jesús y yo también. Ellos renunciaron al matrimonio para vivir en virginidad en y por Jesús y yo también.
Conclusión: el único elemento común entre todos nosotros es Jesús. A unos «compañeros» que no ligaba ninguna conexión humana, la experiencia en Jesús los ha transformado en hermanos. Nació la fraternidad evangélica, diferente en su raíz a todas las demás comunidades humanas.
Así, pues, la diferencia intrínseca, formal y definitiva entre un grupo humano y una comunidad evangélica es Jesús. Es la experiencia religiosa, el encuentro personal con el Señor Jesucristo el que nos ha juntado. Nosotros nos hemos juntado sin conocernos, sin consanguinidad y posiblemente sin afinidad. Nos hemos juntado porque creemos y amamos a Jesucristo, y convivimos porque Él nos dio el ejemplo y el precepto del amor mutuo. Dios mismo es el misterio final de la fraternidad evangélica.
Si olvidamos esta raíz original y aglutinante, nuestras comunidades degenerarán en cualquier cosa. Y si en este momento la marcha de una comunidad no está presidida por la experiencia en Jesús, nuestras comunidades acabarán por ser escuelas de egoísmo y mediocridad.
Un largo camino
Por aquellos días, Pablo se sentía ansioso al contemplar tanta división y tanta idolatría en Atenas. Lo tomaron unos académicos, lo llevaron al paraninfo de la Universidad y le dijeron: «Queremos escucharte, habla». Pablo, puesto en pie, dijo: «De un solo hombre, Dios hizo brotar toda la estirpe humana» (He 17,26).
Sólo con este hecho, Dios, al principio, depositó en el corazón humano la simiente y la aspiración a la fraternidad universal.
Sin embargo, la palabra hermano designa, en los primeros libros de la Biblia, a los nacidos de un mismo seno materno. En algunos pasajes designa también por excepción a los pertenecientes a una misma tribu (Dt 25,3). Más tarde designa también a todos los hijos de Abraham. Pero de ahí no pasó.
* * *
Sin embargo, muy pronto, en la aurora misma de la humanidad, esa primitiva fraternidad la encontramos ensangrentada.
¿Qué había sucedido? Como preludio de todos los odios y asesinatos, Caín había ejecutado a Abel por envidia. Y, peor que eso, la indiferencia y el desprecio extendieron sus alas negras sobre el paraíso. A la pregunta ¿dónde está tu hermano? resonó, entre las lomas del paraíso, una respuesta brutal: «¡Qué sé yo!; ¿quién me encargó cuidar de mi hermano?» (Gén 4,9).
Y así nos encontramos con el hecho de que el egoísmo, la envidia y el desprecio proyectaron su sombra maldita sobre las primeras páginas de la Biblia.
Desde este momento hasta el fin del mundo, el egoísmo levantará sus altas murallas entre hermano y hermano. ¡Qué tremenda carga psicoanalítica contienen las palabras de Dios a Caín!: «¿Por qué andas sombrío y cabizbajo? Si procedieras con rectitud, ciertamente caminarías con la cabeza erguida. Pero sucede que el egoísmo se esconde, agazapado, detrás de tu puerta. Él te acecha como una fiera. Pero tú tienes que dominarlo» (Gén 4,7).
He ahí el programa: controlar todos los ímpetus agresivos que se levantan desde el egoísmo, suavizarlos, transformándolos en energía de amor, y relacionarlos unos con otros en forma de apertura, comprensión y acogida.
Pero, ¿quién es capaz de derrotar el egoísmo y hacer esa milagrosa transformación? El llamado inconsciente es una fuerza primitiva, salvaje y amenazadora. ¿Quién podría dominarlo? El Concilio responde que ya hubo Alguien que lo derrotó: Jesucristo (GS 22).
Prosiguiendo esta larga historia, veamos, pues, cómo ella continúa y desemboca en la historia personal de Jesús.
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