Kitabı oku: «Morir sin permiso»
Morir sin permiso
Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
Edición eBook: enero, 2022
Morir sin permiso
© Ignacio R. Martín Vega
© Éride ediciones, 2020
Espronceda, 5
28003 Madrid
Éride ediciones
ISBN: 978-84-18848-61-2
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
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Desde su primera novela su máxima pretensión ha sido la reflexión sobre la vida a través de sus personajes. Da lo mismo cuál sea la temática. El análisis de la sociedad y sus componentes es primordial para Ignacio Ramón Martín Vega. En esta novela se esfuerza en querer mostrar que la edad solo es un impedimento a la hora de perseguir sueños si no se está convencido de querer vivir con la debida premura. Hasta que no se produce el final de la existencia, siempre hay objetivos, metas y sueños a los que acudir.
Prólogo
Que nacemos para morir, todos lo sabemos, la pregunta es cuándo y cómo.
Queremos creer que moriremos de viejos y, aunque no hablemos del tema, deseamos una muerte dulce como dormir y no despertar del sueño. Pero ¿qué pasa cuando tienes la crónica de una muerte anunciada?
¿Sufrimos para nacer? Seguramente la mayoría sí, pero ningún recién nacido lo ha contado. ¿Se debe evitar el sufrimiento antes de morir? ¿Se puede reconocer como sufrimiento el de no querer una vida dependiente?
¿De quién es la vida?, ¿de Dios? ¿Y si no eres creyente?
La novela que estás a punto de leer te llevará de la mano de su protagonista a buscar respuesta a todas esas preguntas, cuestionándote muchas cosas. Asistirás como espectador de primera fila a los debates internos de Óscar, un hombre que vive intensamente y no concibe la vida supeditada a los demás.
Ignacio Ramón Martín Vega se pone bajo la piel de Óscar y te lleva a su noche oscura del alma.
Morir sin permiso es una historia tan terriblemente real que sentirás la desazón de los personajes y los razonamientos del protagonista en su determinación de negarse a una vida dependiente.
Querido lector, mientras dure la lectura de esta novela —y después de ella— te harás inevitablemente la pregunta de si llegado el caso, te situarías en la tesitura de Óscar o, por el contrario, aceptarías con resignación la fatídica lotería a la que jugamos todos, queramos o no.
Sin querer destripar la historia, comentar que el autor, en un momento dado, hace virar el barco llevando al lector a un escenario tan actual como inesperado.
De modo que... ¡pasajeros… suban al barco!
Julia Cortés Palma
Nota del autor
Esta novela ha sido escrita casi en su totalidad en el confinamiento por el coronavirus (COVID-19). El tema que trata este relato habla en términos generales sobre la vida y la muerte. Que a alguien le diagnostiquen una enfermedad como la ELA, por sí mismo es lo suficientemente impactante como para hablar sobre el enigma de la existencia, de la vida y de la muerte. Hacer este tipo de reflexiones puede ser algo «normal» en una persona que medita habitualmente sobre la existencia. La dificultad surge cuando hay que enfrentarse a la incógnita de la vida y de la muerte dentro de un estado de alarma, donde muchos conciudadanos nuestros están perdiendo la vida y los hospitales colapsan por la presión asistencial.
La mayoría de la ciudadanía está conviviendo con la incógnita de la evolución del coronavirus.
Quiero rendir un sentido homenaje a esas personas, sobre todo a nuestros mayores, quienes han perdido la vida. Espero que hayamos aprendido algo de esta circunstancia. En general, muchas personas veían las residencias para personas mayores como esos lugares donde nuestros mayores podían realizar aún una vida con cierta autonomía.
Se ha demostrado que hay que realizar protocolos eficaces para que no vuelva a originarse una masacre tan monstruosa en los centros para mayores.
D.E.P.
Alcalá de Henares, Julio de 2019
Se proyectaba la tarde tamizando los olores y colores veraniegos, madurando aquellas imprecisas turbaciones ocasionadas por una larga jornada laboral. Óscar había llegado a casa sumergido en sus embarazosos problemas. La vida de un trabajador por cuenta ajena en una compañía multinacional de telecomunicaciones no era nada agradable, aunque se viera disfrazada por una promoción interna en forma de «ascenso laboral» y cambio de categoría profesional, que hasta ese instante había sido de teleoperador. Siempre fue bien valorado por sus jefes. Óscar tenía un don: sabía solucionar los problemas de los siempre enojados clientes, que cuando llamaban lo hacían porque algo del producto que se les había ofrecido no estaba en buenas condiciones de uso o los regalos que se les prometían con esa promoción nunca llegaban. Tenía la virtud de calmar al disgustado usuario prometiéndole que se solucionaría aquel fastidioso error lo antes posible. De hecho, la dirección había incluido como ejemplo ciertas conversaciones grabadas de Óscar para mostrar a los empleados cómo debía ser el trato con el cliente.
Muchos ataques de ansiedad de los trabajadores del centro de atención telefónica venían producidos por una mala gestión a la hora de tratar con el público. Cuando la clientela llamaba a su departamento era para emitir quejas, así que se daba por hecho que cuando sonaba el teléfono, al otro lado del aparato habría alguien molesto. Siempre era desagradable, a no ser que cada día fuera una nueva oportunidad para marcarse un nuevo reto y así poder sacar lo mejor de sí. Él sabía que el teleoperador, como cualquier otro trabajador que tratase directamente con el público disgustado, no podía tomarse como personales los insultos que le referían. Estaba acostumbrado a que se cagasen en sus putos muertos o en su puta madre casi nada más iniciar la conversación, con el interlocutor sin siquiera haberle expuesto con exactitud la dimensión de su queja, y así poder solucionar el problema. Cierto que estas situaciones para nadie eran agradables, sin embargo, en los cursos de formación para el puesto de teleoperador ya les habían informado de que esta circunstancia sería el pan nuestro de cada día. Se les había instruido desde el principio para no tomarse los insultos como algo personal. Tenían que entender que estaban en un puesto de trabajo, les tocaba tratar de calmar a quien efectuaba la llamada y hacerle ver que la empresa sentía mucho su disgusto y empatizaba plenamente con su demanda. Por fortuna, no era siempre así; muchas veces, los días se sucedían sin tener que hablar con personas que les faltaran al respeto de forma grave y grosera.
Había asumido la responsabilidad de dirigir el centro de atención telefónica. Tenía a su cargo más de una docena de trabajadores. El aumento de sueldo no era proporcional con la ingente tarea de llevar a buen puerto todas las quejas de los usuarios.
Óscar vivía cerca del casco antiguo de Alcalá de Henares, en la parte más cercana a Los Cuatro Caños, en la calle Marqués de Alonso Martínez. La ciudad complutense era para él el sitio más bonito para vivir del mundo. Ahí estudió EGB, BUP, COU…, se rajó en la selectividad. Ahí conoció a la que fue, durante algo más de diez años, su mujer y donde, con posterioridad, puso fin a su deteriorado matrimonio. Hacía algo más de cinco años que vivía solo, sin plantearse la posibilidad de volver a emparejarse; disfrutaba de la emancipación. Era un hombre moderno y autosuficiente. Le apasionaba el cine, y aunque no se consideraba un experto cinéfilo, era un asiduo de las salas de cine y conocía bien el Centro Comercial «Cuadernillos».
Se jactaba de cocinar bien, y gracias a haber sido un alumno aventajado de YouTube, supo sorprender gratamente a alguna mujer cuando la invitaba a comer a casa.
Nació en agosto de 1977. A sus casi cuarenta y dos años, sabía que le quedaba lo mejor por vivir. No tenía ninguna prisa para que llegase alguien a su vida, no buscaba nada; se limitaba a vivir y a esperar algo que volviera a dar sentido a su vida. Era un hombre equilibrado, alegre, amigo de sus amigos, y también sabía envolverse en su soledad. Ella, la soledad, cuando era buscada, era una sensación muy gratificante para él.
Aunque tenía un perfil abierto en Facebook, no era persona que gastase demasiado tiempo en utilizarlo. Sí que era verdad que alguna vez compró algún libro desde ahí. Era curioso, el autor, al que compró alguno de sus títulos, primero le hacía llegar el ejemplar y después, una vez que lo tenía en la mano y siguiendo unas sencillas instrucciones, pagaba el importe del libro mediante ingreso bancario a una cuenta posteriormente proporcionada. Óscar pensaba que tendría que irle bien, ya que había vendido con ese método más de cincuenta mil ejemplares de toda su obra.
Tenía todo el fin de semana por delante. Era viernes,y se había propuesto tener un par de días de lo más relajado. Le había llamado Alberto para, el sábado por la tarde, echar una partida de mus en el bar de siempre, pero se disculpó y declinó la oferta. Lo bueno de jugar al mus con los amigos del instituto era que gastaban media tarde en contar batallitas de la época de estudiantes. Lo malo, que cuando bebían demasiado se ponían muy cansinos. A Óscar nunca le gustó fumar o beber, así que le tenían catalogado como el raro del grupo. Tampoco iba a discotecas, no le gustaba ver a la gente pasada de vueltas a las tantas de la noche. Prefería ir al Café Continental, situado en la calle Empecinado. Era el lugar apto para poder conversar o debatir. Un lugar decorado al estilo de aquellos cafés de principios del siglo XX que había en las capitales de provincia. Aquellas mesas imitando el mármol, las sillas de madera antigua, la opacidad en su iluminación, hacían del local un sitio idóneo para tomar algo mientras se merendaba y se mantenía una interesante conversación. De hecho, al día siguiente se encontraría con Felipe, un compañero de trabajo, para tomar un café y charlar sobre cuáles eran los procedimientos donde fallaba, o al menos podría mejorar de forma ostensible.
Mientras llegaba la hora, ese viernes decidió permanecer en casa, enganchado a una de las múltiples y variadas series de una plataforma de pago hasta las tantas de la madrugada.
Despuntaba el alba, la noche abandonaba lánguidamente sus dominios, potestades, penumbras y tinieblas, dando paso a la claridad del nuevo día. Los sueños nocturnos se alejaban traicioneros, fugaces y cobardes mientras se incorporaba paulatinamente la realidad del día recién nacido. Óscar, poco a poco, despejaba la mente comprendiendo su realidad. Un rayo de sol se coló fugaz, debilitado a través de la vieja persiana de la ventana de su habitación. Miró la hora en su teléfono móvil y decidió que era el momento idóneo para salir a hacer running. Tomó un poco de leche y un pequeño plátano, y salió a correr. Seguía un circuito que le llevaba desde su casa hasta el Centro Comercial La Dehesa; así que entre la ida y la vuelta recorría algo más de diez kilómetros. Se había aficionado a disfrutar de la soledad del corredor de fondo. No le gustaba correr con nadie, prefería hacerlo con la compañía de su propia soledad, ahí era donde se le ocurrían las mejores ideas. La reflexión, oír algo de música, tener un encuentro sosegado consigo mismo, eran elementos imprescindibles para su vida. No era nada introvertido; sin embargo, ciertas actividades las reservaba para vivirlas en la intimidad.
Llegó a casa empapado en sudor. Como cada mañana que salía a correr, llegaba con muy buen ánimo.
Pese a su más de metro ochenta y cinco centímetros, no tenía problemas de articulaciones o dolores musculares. Se sentía vivo, y la ducha, después de ejercitar, era un elemento más para encontrar la vida muy placentera y gratificante.
El sábado había quedado a comer con Eugenia, su madre. Vivía en la antigua avenida Plaza de Toros, en Alcalá. Siempre que la visitaba le compraba un pequeño ramo de rosas y una caja de bombones. Era su particular forma de decir «te quiero» y expresarle que todo iba bien. Ese gesto parecía ir en consonancia con su estabilidad económica y laboral. Ella siempre fue quien llevaba los pantalones, desde que su marido saliese de casa de forma poco ortodoxa, llevándose a su hermano pequeño, hacía más de treinta años, por problemas de violencia machista. Guardaba imprecisos recuerdos de su padre, al que llegó a aborrecer. Sin embargo, fue él quien le inculcó el amor por la carrera de fondo, cuando en España aún no estaba muy en boga la práctica deportiva. Siempre le veía volver de correr por la calle, todo sudoroso y sonriente. Ese era el recuerdo más nítido que guardaba de su padre. Los otros, los de las voces o los de arrinconar a su madre en un pasillo, prefirió olvidarlos.
Llegó puntual a la cita con su madre. Sabía que le iba a soltar todo un interrogatorio en plan FBI. Cada dos por tres, su madre le hacía conocer a alguna chica de su edad; se había vuelto toda una casamentera, no deseaba que su hijo estuviera solo. A menudo le recordaba que su ex nunca le gustó y se lo dijo hasta el infinito, antes de casarse con ella.
Después de la comida, Óscar se echó una cabezada en el sofá del salón; siempre imaginó que su madre contemplaría como dormía, protegiéndole de los fantasmas de su vida.
Llegó a las siete en punto a la cita con su compañero de trabajo. Se encontraron en la calle Empecinado, frente a la cafetería, al lado del convento de monjas. No había demasiada gente para ser sábado. Óscar sabía que, según fueran pasando las horas, habría más ambiente. Pidió un agua con gas, y su compañero Felipe, una cerveza.
—Pues como te dije el otro día, Óscar, no logro mantener la calma necesaria para poder sobrellevar el trabajo. Llego todos los días estresado y con ganas de tirar la toalla. —Felipe realizó una pausa, estaba buscando la expresión adecuada para continuar—. Me cuesta conciliar el sueño…
—Para, amigo. Creo que cometes el error de tomarte como algo personal todas las conversaciones que tienes con la clientela. Tendrías que saber diferenciar lo personal de lo laboral. —Ahora fue Óscar quien hizo una breve pausa—. Ponerte un escudo, una pantalla. Y cuando cuelgues el teléfono, debes tener la habilidad de desconectar: se acabó la llamada y se terminó el mal trago. Si tienes que redactar un informe para comunicar algo importante a la empresa, lo haces, y después se acabó hasta la siguiente llamada.
—Ya, eso es muy fácil de decir, pero es que son una detrás de otra, y la verdad, que para la mierda de dinero que nos pagan…
—Mira, Felipe si accedí a vernos hoy fue porque en ti he visto posibilidades. Te voy a decir algo: hay personas que matarían por tener tu puesto de trabajo, así que abandona lo negativo, de esa manera nunca llegarás a nada. Es una cuestión de actitud. No puedo con la gente que está todo el día lloriqueando, diciendo lo malo que es su trabajo o lo hijoputa que es su jefe. Ponte las pilas, chaval. Lo único que haces es autocompadecerte, por eso no avanzas. —Óscar paró de repente, y con la mirada se fue de la conversación a una mesa próxima a ellos.
—¿Sucede algo? —preguntó Felipe, con la clara intención de volver la mirada hacia el lugar donde la clavaba Óscar.
—No, no lo hagas…, hay un… gilipollas que está teniendo una conversación muy tensa con una mujer y, por el lenguaje corporal, parece que la está abroncando en demasía… no sé, ella ha soltado una lágrima, se ha levantado y parece que va a salir a la calle, pero él la está agarrando fuerte por el brazo.
Aquella mujer se zafó del individuo que, con insistencia, la obligaba a quedarse. Óscar pudo observar con nitidez el pánico dibujado en su rostro. Aquel tipo tenía los ojos inyectados en sangre e ira. Podría tratarse de un episodio de violencia machista. Optó por levantarse de forma discreta y salir a la calle junto a ellos.
—Te vas a quedar conmigo. ¿Quién te crees que te va a querer a ti? ¿Te has visto? No vales para nada. ¿Piensas que una orden de alejamiento va a impedir que haga de ti una mujer de provecho? ¡Venga para casa! No me hagas repetírtelo dos veces.
—He dicho que me sueltes, no voy a volver contigo, y tú no entrarás nunca más en mi vida, y menos en mi casa. No sé por qué he accedido a venir a hablar contigo. Te recuerdo que tienes una orden de alejamiento…
—Vas a soltar a esta mujer ahora mismo.
Óscar serio, no excesivamente amenazante, pero categórico, se dirigió al individuo que pretendía impedir que aquella mujer se moviera con libertad.
—¡Vaya por dios! Ya sabemos el porqué de todo esto, ¿verdad, Maite? Si te has echado un novio…, mírale como babosea por ti. He estado ciego. Me decías que no había otra persona.
—A este señor no lo conozco de nada.
—Ya. ¡Y ahora voy yo y me lo creo!
El maltratador agarró a Óscar por el cuello y presionó con fuerza. Óscar sintió que le faltaba el aire y le flaqueaban las piernas. A pesar de todo, lanzó un puñetazo contra aquel energúmeno, impactándole en la mejilla.
—Rafa, por Dios, que no le conozco de nada. Déjale en paz.
Aquel agresor machista propinó un duro puñetazo a la mujer en su rostro, quien cayó al suelo a plomo. Se dio media vuelta mirando a Óscar con ira. Le sacudió un croché seco en la mandíbula, se escuchó el terrible sonido al impactar con enorme fuerza en su cara. La agresión hizo tambalear a Óscar. Dio con una de sus rodillas en el suelo, y cuando intentó, medio grogui, incorporarse, se encontró con la suela del zapato de aquel individuo en su cara. Óscar perdió la visión, estaba noqueado, con las dos rodillas clavadas en el asfalto, a punto de caer desvanecido. Aquel sujeto estaba totalmente colérico. Su agresividad le hacía estar fuera de sí; cogió con ambas manos la cabeza de Óscar y le asestó dos durísimos cabezazos, causándole diversos daños. Justo cuando cayó al suelo, inerte como un muñeco, se personó por la zona una dotación de la Policía Nacional, alertada por algún ciudadano. El maltratador fue rápidamente engrilletado.
Se pidió la actuación del Summa 112, ya que Óscar presentaba un preocupante estado médico. Mientras llegaba la UVI móvil, fue atendido por un ciudadano que manifestó ser médico y le prestó, sin medios técnicos, toda la ayuda que pudo en tales circunstancias. Le practicó una maniobra de resucitación, ya que Óscar había entrado en parada cardiorrespiratoria. Mientras el médico practicaba el masaje cardíaco, Maite, la mujer agredida, declaró ser enfermera, y aunque se sentía desconcertada, ayudó al médico.
—¡Lleva más de treinta compresiones en el pecho, le voy a insuflar dos respiraciones de rescate!
—Bien, me parece correcto.
El médico paró, mientras Maite insuflaba aire practicando el boca a boca.
—Continúo —advirtió el médico.
La RCP manual fue suficiente para observar que Óscar volvía a tener pulso y recuperaba la consciencia.
El ruido de las sirenas advertía de la presencia de una UVI móvil. En muy poco tiempo y de forma muy eficaz se hicieron cargo del paciente. El médico informó a los sanitarios recién llegados acerca del procedimiento que había ejecutado para mantenerle con vida.
Consiguieron estabilizarle y le subieron a la ambulancia. Maite comentó que era enfermera del Hospital Universitario Príncipe de Asturias, y familiar del atacado. Se hizo una excepción y permitieron que acompañase al equipo médico y al paciente.
—Te vas a poner bien, ya lo verás.
—¿Te encuentras bien? —Óscar, aun estando semiinconsciente, se preocupó por ella, acordándose de que el maltratador machista la había agredido.
—Shhhh… no hables, no gastes las fuerzas.
En menos de diez minutos la ambulancia paró en la puerta de urgencias del Hospital Universitario Príncipe de Asturias. Ya habían comunicado su inminente llegada, y cuando sacaron al accidentado del vehículo, un equipo del personal de Urgencias estaba esperando para la recepción del paciente. Todo se realizaba de forma eficaz, muy profesional. El personal del hospital se hizo cargo del agredido. Ahí fue cuando se percataron de que el paciente mostraba un bajo nivel de conciencia y parecía estar comatoso. Al no responder a estímulos, y tras comprobar que sus constantes vitales eran estables, optaron por realizar un escáner cerebral, un TAC, para asegurarse de que no existían lesiones. Posteriormente ingresó en la UCI, para su observación. No precisaba respiración asistida, pero sí vigilancia del traumatismo, dado que presentaba una conmoción cerebral. En la UCI, el servicio de enfermería vigilaba al paciente cada dos horas, observaban las pupilas y pares craneales, verificando que todo estuviese bien.
Óscar, aunque no respondía a los estímulos, sufrió una experiencia de lo más perturbadora. Oía todo lo que allí se hablaba, era consciente de que el equipo médico constataba que el paciente estaba comatoso y de que desconocían cuánto tiempo podría permanecer en esa situación. Se sentía preso de sí mismo; resultaba una experiencia sumamente desagradable. Deseaba decir a todo el mundo que se congregaba en torno a él que podía oír perfectamente lo que estaban refiriendo sobre su estado. Sufrió una aceleración del ritmo cardíaco, y los facultativos dedujeron que era posible que despertase en breve.
Despertar
El hospital se puso en contacto con la madre de Óscar. Maite había buscado entre los contactos del teléfono móvil, hasta que encontró en la agenda un: «AA_Mamá».
Eugenia cogió precipitadamente un taxi y se presentó en el hospital con toda la rapidez que le fue posible. El equipo médico salió para explicar a su madre cuál era el cuadro que presentaba Óscar y lo incierto de su diagnóstico. Dejaron entrar a la madre pasados unos minutos, los suficientes para acrecentar su inquietud. Se preguntaba quién habría sido el mal nacido que le había hecho eso a su hijo.
Le habían dejado la cara, literalmente, como un mapa. Todo lo que le explicaban no hacía más que incrementar su inquietud: el TAC indicaba conmoción cerebral, unido a un estado comatoso. A la madre se le dispararon todos sus miedos.
Una joven enfermera invitó a Eugenia a salir de la UCI, ya que sospechó que el enfermo podía estar en un estado de semiinconsciencia y percibir el llanto de su madre.
—Si no llega a ser por él, me habría matado.
—¿De qué estás hablando? ¿Quién eres? —inquirió Eugenia.
—Me llamo Maite, supongo que usted es su madre….
—Sí, soy su madre, ¿qué ha sucedido? —preguntó mirando con fijeza a sus ojos, mientras una lágrima recorrió libremente su rostro—. ¿Quién le ha hecho esto a mi hijo?
—Mi ex me estaba agrediendo y él se interpuso. —Maite no sabía cómo explicar a aquella desconocida lo acontecido—. Su hijo me ha salvado la vida, señora.
—¡Virgen santa!. Supongo que estás hablando de violencia machista, ¿no? —La perplejidad que sentía no le impedía comprender lo que trataba de explicarle aquella desconocida—. ¿Mi hijo salió en tu defensa?
—Exacto, así es. —En ese instante fue Maite quien derramó lágrimas de forma incontrolada—. Si no hubiera sido por él no sé qué habría sido de mí. Lo importante ahora es su hijo, no yo.
Ambas se abrazaron, surgió de forma espontánea; permanecieron un rato abrazadas dejando correr las lágrimas, que sirvieron como purificación y desahogo mutuo. En ese momento, apareció el médico que estaba tratando a Óscar.
—Doctor, ¿puede explicarme cómo está mi hijo y si tardará en volver en sí? —inquirió Eugenia, gesticulando con una mueca que el médico supo interpretar como que no sabía bien cómo exponer la pregunta.
—Estas son lesiones focales que afectan a una parte cerebral determinada. No es lo mismo un paciente que haya tomado una droga, por ejemplo, heroína, que una persona que haya tenido un accidente. Los resultados del TAC no son concluyentes, sin embargo, me atrevería a decir —el doctor realizó una pausa, necesitaba escoger las palabras adecuadas— que no tardará en despertar; de hecho, parece que responde a ciertos estímulos. Eso me hace ser optimista. Por favor, pongamos estas palabras entrecomilladas; no deseo tener un exceso de optimismo. Maite, ya sabes cómo funciona esto —el médico se dirigió en ese momento a la enfermera, que trabajaba a diario con él en aquella sección, en la UCI—. Ella forma parte de mi equipo. Hoy está librando.
Eugenia sintió cierto sosiego al oír esas palabras, en cierta manera actuaban con un poder ansiolítico.
Miró con interés a los ojos de Maite y se percató de que la enfermera tenía una mirada limpia. No solo era guapa, también vestía adecuadamente; para ella eso era significativo. Las palabras del médico hicieron prender una luz en su interior, comenzando a albergar cierta esperanza.
—Ya sabes cómo funciona esto, Maite. Por favor, sentaos en la sala de estar y cuando haya algún cambio os informo.
No dio tiempo a que ambas mujeres hicieran lo que les había aconsejado el médico. Dos policías de paisano se identificaron y pidieron a Maite que los acompañara a comisaría. Fue trasladada en coche oficial a la glorieta de la Armada, donde estaba ubicada la comisaría de Policía. Tuvo que esperar unos minutos sentada en una incómoda silla, mientras se agolpaban todos los hechos en su recuerdo, y las lágrimas, sin poder reprimirlas, recorrieron ambos carrillos a discreción.
—Acompáñeme, por favor —solicitó una mujer policía entregándole unos clínex mientras la ayudaba a levantarse de la silla.
—Gracias —fue capaz de pronunciar Maite mientras acompañaba a la funcionaria a un despacho.
—Siéntese, por favor. —Señaló seria, pero cercana, con su mano derecha una silla que se encontraba frente a su mesa—. Hemos comprobado que el individuo que la agredió tiene orden de alejamiento; dicha orden ha sido impuesta como medida cautelar por una agresión que sufrió hace… seis meses. —La funcionaria realizó otra breve pausa mientras leía detenidamente el informe judicial—. Como ya sabrá, la ley establece un sistema abierto de medidas cautelares, de forma que el juez tiene libertad para acordar cualquier procedimiento que considere conveniente para garantizar su seguridad. Dentro de las medidas cautelares que se pueden adoptar como prevención para dar protección y seguridad a usted, la víctima, el juez, de oficio, ordenó una medida de protección... —continuó leyendo sin despegar la vista de la pantalla de su ordenador— acogiéndose al artículo 48 del Código Penal en sus apartados segundo y tercero, los que, por un lado, conciernen a la prohibición de aproximarse a la víctima o a aquellos de sus familiares u otras personas que determine el juez o tribunal; estos impiden al penado acercarse a ellos en cualquier lugar donde se encuentren, así como acercarse a su domicilio, a sus lugares de trabajo y a cualquier otro que sea frecuentado por usted y por otro, la prohibición de comunicarse con usted o con aquellos de sus familiares u otras personas que determine el juez o tribunal; impide al penado establecer con ellas, por cualquier medio de comunicación o medio informático o telemático, contacto escrito, verbal o visual. —
En ese instante, apartó la vista del monitor de su ordenador y, con rostro y mirada seria, casi severa, continuó con su relato—. El detenido refiere que usted, de manera voluntaria, accedió a verlo.
Maite se derrumbó, no sabía cómo explicar por qué había accedido a verlo. Se sentía culpable.
—Hay un hombre en la UCI del hospital por mi culpa —gimoteaba desconsolada, de forma estridente, sumamente avergonzada por todo aquello que había sucedido, sabiéndose la máxima responsable—. ¿Ahora qué va a suceder?
—Pues depende de las circunstancias y del juez. El hecho de que usted consintiera el acercamiento no puede hacerla cooperadora necesaria en la conducta de quien incumple la prohibición de acercarse, si tal prohibición solo a este fue impuesta. Está claro que usted no puede ser autora material del delito especial propio del artículo 468.2 del Código Penal en supuestos como el presente en que no es destinataria de la prohibición, por tanto, no es la obligada a su cumplimiento. Todo dependerá del criterio del juez que está llevando su causa, porque hay otros que opinan que la persona que consiente el acercamiento debe considerarse como coautora del delito de quebrantamiento, al haber sido cooperadora necesaria o inductora, dado que, en tal caso, la causa de llevar a cabo tal conducta es la autorización de acercarse por parte de la víctima. Y yo le pregunto: ¿en qué estaba pensando cuando accedió a verlo?
—Pues no lo sé, la verdad, es que no sé por qué accedí, tenía muy claro que jamás volvería a verlo y mire usted ahora, soy una…
—Shhhh, por favor, no continúe por ahí, le diré que no es usted la única que cae en el embrujo de las palabras de sus ex, maltratadores. Suelen llegar con aquellas palabras que hacen tambalear el poder de las convicciones. Son inteligentes y manipuladores. Por favor, no se castigue. Eso sí, le pido que haya aprendido una importante lección. Como ha podido observar, esto puede perjudicar a terceras personas.
Maite permaneció en comisaría un par de horas prestando declaración. Estaba sumida en un mar de dudas.
No sabía si acercarse de nuevo al hospital o ver a Óscar al día siguiente, ya como profesional incorporada a su puesto de trabajo. Entendía que le debía una explicación a su madre y deseaba acompañarla si fuera posible y ella se lo permitiese. Al salir de la comisaría, en la misma puerta, llamó por teléfono a Radio Taxi y se dirigió de nuevo al Hospital Universitario Príncipe de Asturias.
Ella continuaba en la sala de espera. La madre de aquel desconocido que se había jugado la vida por ella permanecía impávida. Maite no sabía qué decir; se acercó con sigilo. Eugenia levantó la mirada cuando, de soslayo, se percató de que alguien se acercaba.
—¿Cómo se encuentra su hijo?
—Continúa igual, supongo. Nadie ha venido a decirme nada y estoy muy preocupada.
Maite estaba dispuesta a entrar a la UCI y preguntarle a su jefe por la evolución del siniestrado, pero no hizo falta, en ese instante apareció el médico.
—Tengo buenas noticias —se dirigió con una media sonrisa a la madre del paciente y añadió—: ha despertado del coma y parece que no ha perdido consciencia de quién es y qué le ha llevado a estar en la UCI. Tenemos que ser cautelosos, aunque, a priori, es una muy buena noticia. Se quedará en vigilancia intensiva al menos cuarenta y ocho horas, así podremos ver su evolución. Maite, ha preguntado por ti, si lo deseas puedes pasar mientras informo a…
—Eugenia, me llamo Eugenia —afirmó aliviada y sonriente, después de saber que su hijo había despertado.
—Bien, Eugenia pues…
Maite se enfundó la típica bata de color verde que utilizaban para entrar en la UCI, la mascarilla, los guantes de látex y los protectores de los pies. No sabía qué querría decirle el enfermo. Pensó que, lo más seguro, le reprocharía algo. Estaba hecha un mar de dudas. Tuvo la tentación de salir corriendo, pero ya no había solución, se encontraba frente a él.
—¿Te encuentras bien? —sorprendió a Maite con aquella pregunta.
—Quien te tiene que hacer esa pregunta soy yo. ¿Cómo estás?
—Bien, bien, a mi quien me preocupa eres tú.
—Gracias, muchas gracias. Me arrepiento de haber accedido a ver a ese mal nacido.
—El diablo a veces se disfraza con piel de cordero. Me alegra saber que te encuentras bien. —Fue ahí cuando intuyó que ella tendría una orden de alejamiento o algo similar.
—Estoy muy preocupada por ti…
—Óscar, me llamo Óscar.
—Maite —enunció ruborizándose.
—Bien, Maite, verás, yo no creo que esto haya sucedido por algo. Quiero decir, que no estábamos predispuestos a conocernos, pero ya que lo hemos hecho…
—Sí, menuda forma hemos tenido de conocernos.
—Exacto. Por cierto, me ha dicho el médico que trabajas aquí.
—Sí, soy enfermera de la UCI. Hoy descanso, mañana me tocará verte.
—Estoy algo cansado, me alegrará verte mañana, y así me explicarás un poco qué hacías con ese mal nacido. —No sonó a reproche, más bien a curiosidad.
Maite salió de la UCI justo cuando Francisco, su jefe, asomó por la puerta.
—Ahora entrará la madre y después descansará —afirmó el médico.
Maite salió y se cruzó con la madre.
—Siento mucho lo que le ha sucedido a su hijo.
—Hasta donde sé, no tienes por qué disculparte. Además, me ha dicho el doctor que eres una enfermera muy competente, así que sé que estará en buenas manos. —Intentó, casi sin conseguirlo, forzar una sonrisa.
Causalidades
Poco a poco fue regresando la normalidad a la vida del enfermo. El alta médica se la dieron a los trece días de llegar. Todas las pruebas que le realizaron resultaron ser muy positivas. Entre su madre y Maite se fueron turnando para atenderle lo mejor posible. Eugenia comió en un par de ocasiones con Maite, coincidieron en la cafetería del hospital. Ella quiso comprender qué había sucedido aquel día y Maite le contó, con pelos y señales, su relación con aquel individuo. Era obvio que, si se había enamorado de alguien con pinta de malote, de esos malotes que atraen tanto a ciertas mujeres, a la postre podría ser malo y pernicioso a la vez. El caso era que habían conectado las dos mujeres y eso tranquilizó sobremanera a la enfermera. Sentir la empatía de la madre de Óscar fue algo que alivió la carga de culpa que había llegado a padecer. Con el transcurso de los días, comprendió que no tuvo ninguna culpa, tal vez algo de responsabilidad, y que él actuó de motu proprio; así que Maite fue conociendo algo mejor, sin filtros idealizados, a aquel hombre que dio la cara por ella. Llegó a sentir algo parecido a tener mariposas en el estómago. Cada vez que pasaba a verlo a su habitación, aquellas mariposas revoloteaban sin control. Lo que más le gustaba era su sentido del humor, siempre terminaba riendo con él por cualquier cosa. Eso proporcionaba vida a su deteriorada existencia. El sentido del humor que tenía el paciente era inteligente y de buen gusto. Siempre hacía bromas por cualquier cosa y andaba listo para ello, tenía una mente rápida y ágil.
El día que le dieron el alta y por fin pudo regresar a su casa, a Óscar le sobrevino una angustia que no supo definir. Maite aparecía todos los días en su habitación, lo hacía siempre después de trabajar, así su madre podía ir a casa y darse una ducha. Él la tenía siempre ahí. Ahora cabría la posibilidad de que, por un proceso natural, dejara de verla. Sentía una concatenación de emociones por la mujer a la que intentó ayudar en la calle. También por aquella dulce mujer que cada día fue a visitarlo, con la que se divirtió tanto y que logró sacar lo mejor de sí. No con todo el mundo le salía esa espontaneidad, no con todos estaba ágil de mente, y eso que había estado en coma.
Sentía como si un gran vacío se apoderase de él. Se dio cuenta de las buenas migas que hacían la enfermera y su madre. Esta vez no fue su madre la que había intervenido a la hora de escoger una mujer para él. Los había visto reír y disfrutar con cualquier cosa. Eso le había proporcionado una seguridad que, en ese momento de alta médica, podría derrumbarse. No sabía cómo decirle que deseaba continuar viéndola. Él, un hombre tan avispado y audaz, rápido en encontrar la palabra idónea para hacerla reír, se convertía ahora en un hombre apocado e inseguro. No sabía cómo decirle que necesitaba verla.
—Bueno, mozo, parece que te dan el alta hoy. Te vas a librar de esta enfermera sargento que te ha estado incordiando todos estos días.
—Pues la verdad es que… —Óscar perdió la destreza, aquella habilidad dialéctica que le había caracterizado— no quiero dejar de verte.
Lo dijo en un tono desconocido hasta ese momento. Le tembló algo la voz, y su lenguaje corporal mostraba un nerviosismo no exteriorizado hasta ese mismo instante.
—Me ha dicho tu madre que cocinas muy bien, que se te da bien esto de la «nueva cocina», la fusión y esas cosas que hacen ahora los buenos cocineros.
—Pues la verdad es que mi madre tiene toda la razón —ahí pudo volver a ser él mismo de nuevo.
—Espero que me lo demuestres, chaval.
—Trato hecho, dime cuando quieres que te invite a cenar, enfermera —dijo aliviado.
—Hoy salgo librando.
—Pues no se hable más, esta noche te invito a cenar en casa.
—Me parece muy bien.
—¿Sabes que vivo emancipado y no al cobijo de mami?
—Claro, ya me lo dijo ella, que eres todo un hombretón.
—Qué peligro tenéis. Vete a saber de qué cosas habréis hablado a mis espaldas.
—No seré yo quien rompa el secreto —aseveró dando media vuelta, con la intención clara de salir de la habitación.
—¿Acaso sabes dónde vivo?
—Seguro que serás capaz de enviarme la dirección o una ubicación por WhatsApp.
—Claro, te envío mi dirección por WhatsApp. Por cierto, suelo cenar a una hora muy europea —informó Óscar.
—Espero que no cenes a las seis de la tarde.
—Nunca, después de las ocho y media.
—A las ocho estaré en tu casa.
Maite. Hace tres años
Apenas pudo abrir los ojos. Mientras, el hedor se hizo patente a su alrededor. Supo a la perfección qué significaba, últimamente le sucedía más a menudo de lo que pudiera desear. Otra noche que había pasado tumbada en el sofá, envuelta en sus propios vómitos. Fue incapaz de abrir los ojos. La luz, que desafiante entró directa por la ventana del salón, presionó sus pupilas, dañándolas, casi haciéndolas estallar, cegando su visión. Unido a este síntoma, sintió un espantoso y desproporcionado dolor de cabeza; todo junto vino a provocar la tormenta perfecta. Era la señal de estar sufriendo una de las resacas más severas de su vida. Otro día que tendría que llamar a su jefe, el doctor Martínez, para comunicarle que no podría ir a trabajar. Otro día más que tendría que mentir para que no supiera la verdad. En ese mismo instante era lo que menos le importaba. Necesitaba con urgencia ser de nuevo una persona, no una marioneta a merced de su deteriorado cuerpo. Notó un súbito ardor que le subió desde el estómago, pasando por el esófago y destrozándole la faringe. Ahora entendía por qué los indios en las películas llamaban al whisky «agua de fuego». Notó que le iba a estallar la cabeza. Una arcada apareció súbita, libre, sin ningún tipo de aviso ni miramiento, haciéndole expulsar la poca bilis que aún le quedaba en su frágil cuerpo. Fue una situación muy desagradable que le provocó confusión. Intentó posar una mano en el suelo. Su cuerpo permanecía en el sofá mientras su cabeza colgaba y su garganta se obstinaba en sacar al exterior toda la acidez que había permanecido en su cuerpo durante horas.
Ignoraba si había vuelto a perder el conocimiento o se había quedado de nuevo dormida. Cuando vomitó por enésima vez, ya no le invadió aquella molesta claridad que procedía del ventanal del salón. Si tuviera que dilucidar qué momento del día era, diría que estaba atardeciendo. Todavía permanecía tumbada en aquel incómodo sofá. Lo único que deseaba con todo su corazón era tomarse un antiácido y beber litros de agua. Notaba una enorme deshidratación. Le dolía el cuello, había dormido en una mala postura durante horas. Comenzó a situarse y a reconocer su entorno, también a valorar la situación. Tenía puesta su camiseta de finos tirantes, que antaño fue blanca y que en ese momento se mostraba amarillenta, verdosa y con unos grumos adosados, propios del vómito inicial. Notó que sus braguitas estaban mojadas. Era consciente de que se había orinado encima. Su pelo estaba estropajoso; también había llegado a su larga melena aquel efecto colateral de la borrachera de la noche anterior.
A lo lejos escuchó su teléfono móvil. Quiso levantarse con rapidez. La realidad la puso en su lugar cuando percibió que la cabeza se le iba hacia todos los lados. Tanteó con un pie en el suelo. En ese momento no fue prioritario atender la llamada, sino encontrar la verticalidad, que se le antojaba hartamente imposible.
Cuando con el otro pie tocó superficie, con ambas manos realizó un enorme esfuerzo para incorporarse e intentar permanecer sentada. Una vez logró su objetivo, fue aún mucho más consciente de lo que pudo haber sido la noche anterior; de hecho, le vinieron recuerdos de las primeras copas. No fueron únicamente cargadas de whisky, sino saturadas con una doble dosis de autocompasión. En vez de sentirse aliviada por haberse desprendido de Rafa, permitió que, de vez en cuando, ese mal nacido asomase en forma de recuerdo a su vida hasta darse cuenta de que había sido una relación sumamente tóxica, y aunque lo conservaba con nitidez, lo único que le apeteció era echarle de menos y consolarse bebiendo. Los primeros vasos de aquella agua de fuego entraron solos y así pudo culpabilizarse de todo lo sucedido. Llorando, intentó levantarse del sofá, la cabeza logró acertar y encontrar el epicentro de gravedad, así pudo permanecer de pie unos instantes. Con uno de sus pies desplazó la botella de whisky que había quedado al lado del sofá, vacía. Todo era caos y confusión. Se animó a realizar el esfuerzo de desplazarse para llegar a su teléfono móvil. Con calma, echó un vistazo perimétrico. Parecía un lugar asolado por una guerra. Quiso ponerse las chanclas. Observó que había al menos dos vasos rotos; recordó cómo los estampó contra la pared por la noche, cuando estuvo sumida en el llanto y la autocompasión. Echó de menos a Rafa, su Rafa. Sabía bien que cuando se ponía hecho una furia era mejor no hablar con él; eso sí, cuando quería era el hombre más tierno y detallista del mundo. ¿Por qué me sucede esto a mí?, se preguntó, pero no supo hallar la respuesta.
Sonó estridente el timbre de la puerta. Poco a poco, como pudo, se dirigió a abrir apoyando sus manos contra la pared. Ahí estaba, Martínez, su jefe, frente a ella, con cara de asombro y con la mirada desencajada.
—¡Por Dios y por todos los santos!, Maite, ¿qué te ha pasado? —espetó con asombro y tal vez con preocupación infinita.
Nunca pensó que pudiera sucederle aquella situación. Encontrarse semidesnuda frente a su jefe, con una resaca de tres pares de ovarios. Estaba contemplando, en definitiva, la marioneta en la que se había convertido.
—Pasa, Francisco —dijo.
Él la cogió en volandas, cerró con uno de sus pies la puerta y le preguntó dónde estaba ubicado el cuarto de baño. El piso de la urbanización de la Nueva Alcalá era grande y simplón arquitectónicamente, así que no le hizo falta entrar en detalles. Martínez supo encontrar el servicio sin necesidad de que ella se lo explicase; el problema vino cuando tuvo que sortear todo tipo de obstáculos.
—Venga, a la ducha —ordenó mientras la depositaba en la bañera como si fuera un frágil objeto a punto de romperse. Nada más quedar sentada notó cómo el agua fría invadía su cuerpo y le hizo soltar un quejido, de sorpresa.
—Levanta los brazos, Maite —pidió enérgico, pero con un punto de amabilidad paternal. Ella percibió ternura en sus palabras.
Levantó sus brazos y él se deshizo de la camiseta de tirantes. Después le pidió que levantase el trasero y, acto seguido, le quitó las braguitas. Tuvo que notar que se había orinado encima al notar la humedad al cogerlas.
—Todo tiene su explicación, Francisco —dijo en tono convincente, recuperando a esa Maite «normal», la que estaba acostumbrado a tratar a diario en la UCI del Hospital Universitario Príncipe de Asturias.
—Venga, a callar —ordenó mientras le echaba agua fría en la cabeza y, de manera enérgica, frotaba su cabello, en el que había vertido medio bote de champú.
En ese momento ella se sintió como Eva después de comer del fruto del Árbol de la ciencia del Bien y del Mal, desnuda ante él y sumamente avergonzada. Él estuvo realizando labores de padre enfadado, pero a la vez cariñoso, mientras ella se sentía desnuda ante un desconocido, pero consciente de que estaba haciendo lo correcto. En unos minutos enjabonó y aclaró, también con agua fría, todo su cuerpo. Percibió que su olor corporal se había transformado, olía a limpio. Su cabellera larga y mojada, su olor era de ese champú que ella utilizaba de grata fragancia. Fue como una expiación; no solo se trataba de una limpieza de su cuerpo, sino también de su alma que, debilitada, luchó por no venirse abajo e hizo de tripas, corazón.
—Venga, Maite, levanta —ordenó, mientras cerraba el grifo de la ducha. Se incorporó siendo consciente de que su jefe normalizaba la situación. Ella pensó que debía de sentirse incómodo viéndola así, desnuda y vulnerable.
—¡Qué vergüenza!, jefe. Siento que estés pasando por esto.
—¿Dónde está tu habitación? —indagó mientras cubría su cuerpo con una toalla.
—Tranquilo, ya puedo yo —afirmó, intentando zafarse. Se sintió indefensa, a su merced, y aunque recién duchada y con buen olor, sucia por dentro.
—Venga, pues entra en tu habitación. —Con un ostensible gesto, quitó las manos de su deteriorado cuerpo, cediéndole el control y la autonomía de sí misma. Después cerró la puerta.
Ya en la habitación, observó que la cama estaba como recién hecha. Se sentó en el borde trasero de su lecho y quedó desnuda frente al espejo de la coqueta. Secó con la toalla su cabello y examinó su desnudez.
Le sorprendió que en ese momento se le pasase por la cabeza que muchas mujeres de cuarenta años desearían tener los pechos grandes y bien torneados como los suyos. Supuso que aquel pensamiento había sido fruto de su desorden emocional. A lo lejos escuchó un ruido de cristales rotos. Su jefe recogía las muestras de la batalla campal que se había producido la noche anterior. Ahora tendría que enfrentarse a dos cosas. La primera: tendría que darle explicaciones, y la segunda: pedirle perdón por su comportamiento de los tres últimos meses. Sabía que no había estado en absoluto a la altura laboral de la que siempre había hecho gala.
Bajó la persiana de la ventana de su habitación. Aunque las cortinas cubrieron la ventana, prefirió aislarse lo más posible del vecindario. Sintió una súbita vergüenza al recordar su noche oscura del alma, cuando lanzó vasos contra la pared y gritó como una posesa.
Era verano, inicio del mes de julio; se puso unos shorts y la primera camiseta que encontró. Llegó al pasillo y observó cómo, de manera eficiente, Martínez continuaba recogiendo todo rastro de aquel desastre. Tener el alma herida fue para ella una de las sensaciones más horrorosas que una persona podía sentir. Era un dolor que le llegó desde todos los poros de la piel, recorriéndola de manera eléctrica de la cabeza a los pies.
—Gracias, Martínez. —Percibió su tono de voz como el apropiado. Dejó que él continuase recogiendo todo rastro de sus tinieblas nocturnas, mientras ella desabrochó las fundas del sofá para introducirlas después en la lavadora.
—Tienes que pedir ayuda —afirmó sin levantar la cabeza del recogedor, terminando de poner en él todo resto de cristales rotos.
—Me quiero morir, jefe.
—No digas eso, anda, trae un cubo y una fregona —pidió paternal.
Una vez finalizada la limpieza y con el salón listo para pasar revista, notó que Francisco Martínez le clavó la mirada. No pudo meter la cabeza debajo del ala, no le llegaba para tanto. En ese mismo instante sintió la sensación tan desagradable de: ¡tierra, trágame!, sumamente incómoda. Supo que tenía que dar todo tipo de explicaciones, menos mal que existía cierta confianza entre ellos y él ya había contemplado su alma sucia y su desnudez.
—Te invitaría a tomar algo, pero me temo que me lo bebí todo anoche.
—Seguro que tienes agua del grifo y un par de cubitos de hielo.
—Mira, eso sí. —Esbozó una leve y desdibujada sonrisa. No supo cómo actuar.
Cuando recorrió con la vista el campo de batalla, comprobó que ya no había restos de la crisis. Se acercó a la cocina con parsimonia, y aún algo aturdida cogió una botella de agua mineral de la nevera, un par de vasos y unos cubitos de hielo y los llevó al salón. Martínez estaba como absorto, mirando un cuadro que había colgado en la pared y que había pintado su difunto abuelo.
—¿Te gusta?
—Sí, está muy bien pintado. No es un paisaje fácil para plasmar, su autor ha jugado bien con las tonalidades, con las luces y las sombras. No es fácil lograr un paisaje otoñal con tantos contrastes.
—Mira, acabas de dar con la alegoría de mi vida —comentó ella con una alta y evidente carga de autocompasión.
—Ven, vamos a sentarnos —pidió Martínez.
Se sentaron, ella en el sofá y él en uno de los sillones, que desplazó para dejarlo frente a ella.
—No sé por dónde comenzar. Ya sabes que… he tenido problemas con Rafa, mi pareja.
—¿Por qué continúas denominándole tu pareja? —cortó radical.
—Es una forma de hablar, jefe.
—Él no es tu pareja, a ver si lo comprendes de una santa vez.
—Lo sé, lo sé. —Intentó quitarle hierro al asunto, no le apeteció continuar por ahí la conversación.
—Creo que no lo sabes, no has comprendido una mierda, Maite.
La verdad es que le sorprendió el tono de voz utilizado, y si no fuera porque la había ayudado cuando estaba tan mal, le hubiera invitado a salir en ese mismo instante de su casa. ¿Quién se había creído que era?
—No lleves por ahí la conversación, Martínez. Son cosas muy íntimas que solo me competen a mí.
—¿Tú crees?
—Por supuesto.
—¿Sabías que he mediado por ti para que no te sancionen administrativamente?
Nunca se le había pasado por la cabeza que estuviese llevando sus problemas al trabajo.
—Explícate por favor. —Su tono de voz se relajó y volvió a ser afable.
—Tus faltas reiteradas al trabajo, tus despistes constantes, tu desorden. ¡Coño, Maite!, que nos encontramos trabajando en el área más compleja y con más responsabilidad del hospital. ¿Piensas que nadie sabe de tus problemas o crees que nadie sabe que bebes? Llegas a diario apestando a alcohol; de hecho, tendría que haber pedido tu traslado hace tiempo, lo que sucede es que te tengo mucho cariño y sé por dónde has pasado y cuáles son tus penurias con ese tal Rafa, pero no continúes poniendo a prueba mi paciencia.
Martínez era un doctor brillante, había aprendido mucho de él. Solo le quedaban un par de años para acceder a su ansiada jubilación. Todo lo que sabía de enfermería en la UCI se lo debía a él. Siempre le vio como a ese padre que hace años perdió. Fue precisamente él quien consoló su llanto, quien se puso a su disposición, quien la arropó constantemente, quién la sostuvo en todo momento. A quien confió su problema con Rafa y le hizo cómplice de su intimidad.
Fue ahí cuando tuvo un encuentro muy personal consigo misma. Se vio pequeña, frágil y no supo qué hacer. Se sintió perdida, una marioneta a quien las cuerdas de la vida manejaban a su antojo.
—Es todo muy sencillo, Maite.
—¿Sencillo?
—Más de lo que crees.
—Y supongo que vas a ser capaz de explicármelo, ¿verdad?
Era tarde, corrían los meses más largos del año y comenzó a anochecer. Maite sintió cómo, de nuevo, se instalaban las tinieblas y el desasosiego. Lo que más le apetecería era salir corriendo y no parar hasta desfallecer.
—Claro, tienes que pedir ayuda.
—¿Esa es tu brillante solución?
—Maite, tienes que dejarte ayudar.
—¿Quién va a quitarme esta pena que rompe en pedazos mi corazón?
—Eso es autocompasión.
—Yo lo que deseo es morirme, Martínez, ¿entiendes? ¡Mo-rir-me de una puta vez!
—Maite, tú disfrutas realizando tu trabajo, eres muy buena profesional. Sabes casi todo de la UCI, y si no he pedido tu ascenso profesional es porque llevas estos meses así, en este estado. ¿Tú no te das cuenta?
—¿De qué me tengo que dar cuenta?
—Tú no sabes lo bien que tratas a los enfermos, la dosis de cariño que les proporcionas, cómo sabes en todo momento mantener las debidas distancias. No sabes lo buena gente que eres.
En ese instante ella rompió a llorar. Su jefe supuso que sus palabras llegaron donde él pretendía, al núcleo de aquel deteriorado corazón. Tal vez fue algo que le hacía falta oír, que viniese alguien a decirle lo buena profesional que era, subirle un poco la autoestima y, en definitiva, a decirle que no era mala gente.
—¿A quién pido ayuda?
La tarde caía a plomo. Estaban sufriendo uno de los meses de julio más calurosos que se recordaban.
Pareciera que el cambio climático se estaba dejando notar con todo el peso despiadado del calentamiento global del planeta, con todo su furor. Maite se encontraba de baja médica. La razón: depresión. La verdad era otra bien distinta, y aunque le costaba admitirlo, era por alcoholismo.
Mientras caminaba pesarosa por las estrechas calles complutenses, Maite buscó todas y cada una de las sombras que proporcionaban bien los árboles que habían mantenido majestuosos sus hojas, bien las fachadas o cornisas de los edificios. Durante el camino sintió en su fuero interno que lo que iba a suceder ese día iba a ser algo importante para ella. De todas formas, siempre había tenido cierta aversión ante ese tipo de asociaciones de alcohólicos rehabilitados, le daban mala espina. Lo cierto es que caminó haciendo caso a su jefe, pues no supo exactamente qué sería lo que encontraría cuando llegase allí. Se consideraba una mujer centrada, madura e inteligente, y con un alto grado de responsabilidad; eso sí, pasando uno de los peores momentos de su vida. De hecho, comenzó a tener los primeros síntomas, esos de querer abandonar; para ser más exactos, de salir corriendo hacia su casa. No obstante, hubo algo en ella que le impidió hacer tal cosa. ¿Acaso sería como en aquellas imágenes de las películas americanas, donde en sus reuniones decían eso de: «hola, me llamo Maite y soy una borracha de mierda», y después se pondrían a rezar y a glorificar a Dios? En cualquier caso, optó por continuar su avance hacia aquella asociación y notó unas lágrimas saliendo sin autorización alguna, de forma espontánea, por la comisura de sus ojos, recorriendo todo su rostro a su libre albedrío. Acortó su trayecto introduciéndose por la calle El Clavel, llegando así a la avenida de los Reyes católicos. Continuó acortando y entró en la barriada hace años denominada «Lian Shang Po», en honor a una serie televisiva de los años setenta que nunca había llegado a ver, y que ahora se conocía popularmente como el «Lianchi». Buscó en su teléfono Google Maps, ya que no sabía con exactitud dónde carajos estaba aquella asociación. Mientras, fue introduciéndose en aquella barriada siguiendo las recomendaciones de la voz metálica de la aplicación. Le entraron unas ganas locas de salir corriendo. Observó a dos chavales que la miraron mientras se pasaban un porro de marihuana, justo cuando se acercaron a ella. No sabía si reír o llorar cuando uno le dijo al otro que le echaría siete polvos sin sacarla. Ya le gustaría a él poder realizar tal proeza, pensó Maite, quitándole dramatismo al momento. Sinceramente, Rafa había sido el mejor amante que había tenido, la hizo gozar hasta alcanzar las estrellas. Lo que tenía de hombre tierno y cariñoso cuando le daba la gana, lo tenía de mal nacido cuando se pasaba tres pueblos agarrándola del cuello con una mano mientras eyaculaba en su interior, o cuando le decía que ella no valía nada, que nunca sería nadie sin él, que era él quien la enseñaría a vivir. Siempre quiso ver en esas palabras a alguien con muy poca humildad o cierta arrogancia y que se lo tenía muy creído, pero nada más. Hasta aquel nefasto día en que se enfrentó a la más cruel y cruda realidad. Rafa le propinó dos puñetazos en la cara mientras le decía que iba vestida como una puta barata. Le hizo quitar esa minifalda que tanto le gustaba lucir, y aquella tarde la dejó plantada en casa mientras él salía dando un portazo que tuvo que oír todo el vecindario. No entendía por qué había dejado entrar a ese hombre en su casa. Sintió rabia, y cuando se miró en el espejo observó como su rostro comenzaba a deformarse por aquellos puñetazos.
La situación se complicó cada vez más. Rafa regresaba a casa, le pedía perdón llorando y juraba que jamás volvería a ponerle una mano encima.
Se le hizo un nudo en la boca del estómago y sintió cierta desazón. A lo lejos vio en una esquina un cartel que ponía «ASAYAR». Una nota en la puerta anunciaba que la sede estaba unos metros más adelante. El calor era sofocante y Maite comenzó a transpirar por todos los poros de su piel.
Al llegar a aquella asociación vio a varias personas fumando cigarrillos en la puerta. Muchos de ellos tenían la marca del alcohol en sus rostros. Maite pensó que, gracias a Dios, no estaba tan enganchada al alcohol como aquellos desconocidos. Entre ellos se encontraba también una mujer, más o menos de su edad. Entendió mientras entraba que su conversación era amena.
—Buenas tardes —pronunció en voz baja. Tal vez la hubiera oído el cuello de su camisa.
—Hola, ¿en qué te puedo ayudar? —preguntó un hombre que estaba sentado frente a una mesa haciendo las labores de vocal.
—Tengo, tengo… —Un evidente nudo se le formó en la garganta mientras trataba de reprimir a toda costa unas incipientes lágrimas que, con rebeldía, querían salir a su antojo.
—Hola, me llamo Inés. —Aquella desconocida le regaló una magnífica sonrisa que logró inmediatamente quitar todo tipo de dramatismo—. Acompáñame por favor; por cierto, Nacho, luego te daré su nombre.
Ambas se introdujeron en un minúsculo despacho, sin embargo, la sonrisa de aquella desconocida pareció hacerlo más grande y luminoso; ese regalo le sirvió de bálsamo para su alma. Volvió a ser ella, con sus dudas y miedos.
—Maite —alcanzó a pronunciar.
—¿Y en qué te puedo ayudar, Maite? —Sin dejar de sonreír, Inés, con sigilo, acercó una caja de clínex y los colocó a su lado.
—Tengo, tengo problemas con el alcohol. —Maite extendió su mano y tomó un par de pañuelos de papel y sonó su nariz—. Me han recomendado esta asociación…
Maite, de manera concisa y lo más tranquila que pudo, fue explicando a Inés lo que le sucedía y cuál era su situación actual. Pudo percibir en Inés a alguien que no se inmutaba y tampoco gesticulaba, a pesar de lo que le estaba contando. La escuchó con la debida corrección. Cada vez que intuía que Maite se podía derrumbar, la tomaba de la mano y la animaba para que se tranquilizase y continuase contando su historia.
Estuvieron hablando un buen rato. El hombre que se encontraba sentado cuando Maite entró por la puerta las interrumpió en un par de ocasiones, preguntando por cosas que incumbían a la asociación y que él no sabía solucionar.
Inés sacó un formulario que rellenó con la ayuda de Maite. Después comentó por encima cuáles eran los procedimientos de la asociación y que tendría que ser ella, voluntariamente, la que decidiese si quería someterse al programa de ASAYAR.
—Comenzarías este sábado la terapia, Maite. Te lo piensas, y si decides que somos los adecuados para poder ayudarte, nos llamas el viernes por la tarde para asignarte un grupo para realizar la terapia grupal.
—Inés extendió su mano derecha y le entregó una tarjeta.
Se encontraba mucho más tranquila. Aquel pequeño despacho no había sido lo que ella temía. Inés la había tratado con amabilidad, sabiendo también mantener las distancias. Había sido un trato muy cordial que Maite agradeció.
Salió de la asociación; en su rostro se vislumbró una leve sonrisa que dejó entrever algo de esperanza en su maltrecho corazón. Aquella calle estrecha del barrio Puerta de Madrid ya no tenía aquellas connotaciones negativas que percibió a la entrada. Supuso que fueron sus fobias, sus propios demonios, los que la habían hecho prejuzgar aquel pequeño espacio. Ahora continuaba sin tenerlo muy claro, pero intuyó que se encontraría en buenas manos.
Martínez
Salió de aquel lugar, y pronto se percató de que había caído la tarde y que, aun así, la flama continuaba siendo inmisericorde. Sacó de su bolso el teléfono móvil y jugueteó con él mientras deshojaba la margarita.
Por fin se decidió a llamar a Martínez. Estaba profundamente agradecida y abochornada a partes iguales.
Buscó en la agenda electrónica y encontró rápidamente el contacto. Oscilaba con su dedo que, vacilante, no sabía si llamar o no. Perdió el control de su índice y presionó sin querer para realizar la llamada.
—¡Maitechu! —Así es como la llamaba su jefe cuando tenían conversaciones fuera del trabajo.
—Martinovich, buenas tardes. ¿Estás en casa?
—Sí, a ver quién es el valiente que sale con esta canícula a la calle.
—¿Podemos vernos, Francisco?
—Claro.
—Mira, me voy a la parada del autobús y me paso por la avenida de Juan de Austria.
—No, hacemos una cosa. Dame veinte minutos y nos vemos en aquella cafetería donde nos tomamos algo en tu barrio aquella mañana cuando salimos de guardia.
Aceptó, naturalmente. Ahora que lo pensaba, le vino mucho mejor tomar un refresco con él en la zona comercial de Nueva Alcalá que encontrarse en otro lugar más lejano.
Eligió tomar todos los atajos posibles. Pasó por la calle Luis Vives y se acercó a la rotonda de Manuel Azaña. Cruzó el semáforo, que justo en ese mismo instante se encontraba en verde, recorrió el paseo de Pastrana a toda pastilla y, sudorosa, llegó a su calle, Río Tajuña. No había tardado demasiado tiempo en llegar, a pesar del calor plomizo que estaba haciendo.
La llamó su jefe y le dijo que en ese mismo instante estaba montándose en el coche, que en unos quince minutos estaría en la cafetería. Le daba tiempo a subir a casa, refrescar sus axilas y echarse desodorante. Se miró en el espejo y tuvo la impresión de que la mujer que estaba frente a ella era una total desconocida.
Volvió a sentir una sensación de ahogo, que trató de mitigar enseguida, pensando que, seguramente, su jefe ya estaría esperando en la cafetería.
—¡Francisco! —alzó la voz, mientras una sonrisa semiforzada no logró disimular su rubor.
—Ven, siéntate aquí. Al menos hace fresquito y podemos hablar tranquilamente.
—Te va a regañar Esther por no estar con ella en casa.
—No te preocupes, se fue a Madrid a visitar a su hermana, que está algo pachucha después de su sesión de quimio.
—Vaya, lo siento.
—Tranquila. Dime, qué deseas tomar.
—Un agua mineral con gas.
—Muy bien, yo tomaré lo mismo.
El camarero llegó con dos botellas bien frías y dos vasos con hielo y limón. Francisco la miró y aunque en el local hacía fresco, un sudor frío le recorrió toda la espalda.
—Cuéntame, ¿qué deseas decirme?
—He estado en ese sitio.
—¡Bien!
—Pese a mis reticencias iniciales, he salido con muy buena impresión de ese lugar. No sé cómo expresar lo que siento; aun así, no sé si es el sitio adecuado para mí.
—¿Por qué dices eso?
—No sé, Francisco.
—No me digas que te has encontrado con personas con tu mismo problema en aquel lugar.
—¡Yo no tengo cara de yonqui! —Nada más pronunciar aquella sentencia se sintió arrepentida, no era eso lo que quería expresar—. No sé cómo explicarlo.
—Mira, Maite, tienes un problema. El problema que tienes es muy serio. —Su jefe mudó el gesto y lo agravó sin ser autoritario, más bien parecía que iba a ser una charla paternal, y en el fondo para eso le había llamado—. Muy serio y grave, ¿comprendes?
—Sí —confirmó ella agachando la cabeza como una niña a la que su papá estaba riñendo.
—Tengo un cuñado que hace algo más de cinco años siguió un programa de rehabilitación ahí. Ahora te puedo decir que ha pegado un cambiazo como de la noche al día. Me pregunto cómo es posible que alguien que se bebía hasta el agua de los floreros ahora pueda ser otra persona totalmente diferente y no pruebe ni una sola gota de alcohol.
—Francisco, yo no tengo ese perfil, lo mío era esporádico, me ha venido por este problema con Ra…
—¿Puedes cerrar ese agujero que tienes debajo de la nariz un momento? –exclamó molesto, dejándola con la palabra en la boca.
—Claro —acertó a contestar con un hilo de voz; no solo la mandó callar, sino que llamó agujero a su boca. Se sintió por primera vez incomodada.
—Verás, claro que has tenido un problema serio con ese ¡Rafa de los cojones! Te diré una cosa: ya se te ha olvidado la situación en que te encontré en casa el otro día, ¿verdad? Shhh…—la mandó callar cuando intentaba hablar de nuevo—. Tendría que haberte hecho una fotografía, tendrías que ver cuál era tu situación en aquel instante. Deja de buscar excusas, pide ayuda, y esperemos que pronto salgas de este bache.
—La mujer que me ha atendido ha sabido comprenderme, parece que ella también ha pasado por una situación similar. Me ha comentado brevemente cómo es el programa que voy a iniciar si por fin me animo a hacerlo…
—Lo vas a hacer, sí o sí —expresó categórico pero paternal su jefe, sin dejar ninguna puerta abierta por donde poder salir.
—Tienes razón. No sé cómo agradecerte esta ayuda.
—Sé cómo puedes hacerlo —expresó misterioso su jefe.
—¿Cómo?
—Cuando regreses al hospital quiero verte siendo aquella enfermera que llegaste a ser, la más brillante de nuestro departamento.
—Gracias, jefe. Supongo que te he llamado para afianzar el camino que voy a emprender.
—Venga, sé que puedes.
Maite, diecisiete meses después
Era uno de los días más importantes de su vida. En alguna ocasión, se dijo que era posible que exagerase y que podría dejar el día más importante de su vida para cuando naciese su primer hijo, aunque a sus cuarenta y dos años recién cumplidos ya dudaba de que pudiera llegar a buen puerto una hipotética maternidad. Había intentado quedarse embarazada de Rafa. Se preguntó en varias ocasiones qué hubiera ocurrido si hubiese tenido un hijo con aquel monstruo que la estuvo maltratando, coaccionando, humillando, bajando la autoestima, vejándola, negándole su condición de mujer adulta… ¿Cómo habría nacido ese hijo? ¿Heredaría esa tara de psicopatía con un padre como él? Así que lo mejor era alegrarse por ser una mujer estéril, incapacitada para tener hijos. También cabía la posibilidad de que fuera Rafa el incapacitado para tenerlos.
Se colocó frente al espejo de su remodelado cuarto de baño, se miró en él y pudo sentir que ya no era el mismo ser humano. Había madurado, crecido como mujer y como persona. Había llegado a comprender su entorno y la realidad social, que implicaba lo que había acontecido en su vida de una forma amplia y holística. Para ello tuvo que someterse hacía diecisiete meses a un programa de rehabilitación para superar la incipiente y agresiva adicción al alcohol que había padecido.
Cada sábado, durante aquel periodo de tiempo, comprendió todo aquello que tenía. Desconocía los porqués de muchas de las cosas que le estaban sucediendo y percibió que había tenido una concepción de su realidad totalmente distorsionada. No tuvo más remedio que vaciar por completo, desocupar hasta los bolsillos más pequeños de su muy cargada mochila, deshacerse de aquellas cosas que sobraban en su vida y comenzar —sin prisa, pero sin pausa— a llenarla de conceptos nuevos, vivencias, comprensión de su entorno. Necesitaba liberarse de una culpa que en realidad nunca tuvo, pero que Rafa se encargó de introducir a fuego en su cerebro. Después comenzó a llenarla con reflexión, madurez, autoestima, lo que la hizo valorarse como mujer y como persona. Tenía el convencimiento de que no solo había realizado un programa emprendiendo un proceso de cambio y comprensión de la vida, sino que había llegado a catalogar a los miembros de su grupo de terapia como familiares. Habían hecho piña, y eso era muy importante, ya que las terapias fueron hondamente vivenciales. No supo en qué momento cambió el chip.
Desconocía cuándo su mente hizo «clic». Recordó que había comenzado en una postura de total autocompasión para luego pasar a una cierta soberbia. Lo entendió cuando un sábado les dio terapia otro terapeuta, ya que la suya no había podido asistir. Cuando refirió algo en relación con una cuestión laboral, aquel terapeuta le indicó que tal vez tendría que ser menos soberbia y que si no aprendía a «bajar el morrillo», no llegaría ese cambio que tanto ansiaba. Conoció a personas que tenían adicción al alcohol, a la cocaína, o personas policonsumidoras; ludópatas que tenían una tremenda adicción y otros que eran ludópatas puros, sin consumir más sustancia que el juego. Chicos jóvenes que se habían enganchado a las apuestas deportivas. Recordó cómo le impactó una tarde el que un compañero de terapia confesara haber atracado a mujeres y personas mayores en cajeros automáticos para poder continuar apostando. Fue ahí cuando el terapeuta les habló de la personalidad adictiva y de cómo se podía desordenar el ser humano para hacer efectivo su afán de continuar consumiendo, aunque fueran apuestas deportivas y juego en general; que no hacía falta una sustancia para alcanzar el desorden de un adicto, ya que la recompensa estaba ahí para todos los adictos. También la conmovió sobremanera cuando una de sus compañeras de grupo, con diez años menos que ella, reconoció que llegó a prostituirse para poder continuar con su consumo. La vida en total desorden provocado por cualquier consumo o adicción hizo que supiera que toda la membresía de su terapia hablaba un mismo idioma. Al principio, no quiso verse reflejada en nadie, le costó un mundo eliminar sus prejuicios, hasta que comprendió que todos estaban ahí para ser ayudados, independientemente de sus adicciones o forma de vida. También entendió que la terapia servía para ordenar esas pequeñas cosas que impiden avanzar a las personas y que eran fundamentales para el desarrollo personal del individuo. Otra tarde les visitó un terapeuta que se denominaba a sí mismo «comodín» en ASAYAR, y que también tenía un testimonio demoledor. Les hizo ver que las parejas que no tienen adicciones pueden tener deteriorada su convivencia por no saber, por no tener a alguien que les dijera desde fuera que las grandes cosas, las más importantes y trascendentales, venían de la mano de las situaciones cotidianas y diarias, de las cosas pequeñas. Ahí pudo comprobar la inestimable valía de aquella asociación. Y después de tantos meses, por fin ese mismo día, le iban a conceder su «Quijote» y su alta terapéutica.
Se miró de nuevo en el espejo y se vio guapa por fuera y purificada por dentro. El sábado, ASAYAR aprovechaba la entrega de «Quijotes», símbolo de poder realizar todo aquello que se proponía uno cuando los demás lo percibían como una utopía. Era la insignia de la ciudad complutense, Alcalá de Henares, ciudad natal de Miguel de Cervantes. Asayar concluía la jornada con la tradicional cena de hermanamiento de Navidad. Aquella fue su segunda cena navideña en la que apreció que las personas que tenían problemas de alcohol u otro tipo de adicciones podían normalizar una cena tan cargada de emociones encontradas como eran esas fechas navideñas.
La primera etapa de la tarde se desarrolló en el salón de actos de la antigua casa de socorro de Alcalá de Henares, situada en la céntrica calle de Santiago.
La tarde era gélida. Una ola de frío polar había entrado en España desde Siberia transportando, sin ninguna contemplación, temperaturas glaciales a toda la península ibérica. Salió de casa, abajo la esperaba Martínez, su jefe. Él no sabía bien a qué iba, se preguntó por qué le había pedido que asistiese. A Francisco le acompañaba Esther, su mujer, de trato amable y cercano, habitual en ella.
Aparcaron el coche en el parking gratuito del obispado y al salir a la calle tuvieron que abrigarse bien; un frío desproporcionado para el mes de diciembre les embestía. Eran casi las seis de la tarde. Se veía gente, familias enteras, dirigiéndose al salón de actos.
A la hora de inicio del acto algunos permanecían sentados, mientras que muchas personas tuvieron que aguantar de pie, ya que se superaba con creces el aforo del salón. Un saludo inicial por parte de la flamante nueva presidenta de la asociación; casualmente, Inés, la terapeuta de Maite. Pronunció un breve y conciso discurso sobre ASAYAR, sus pretensiones, las actividades realizadas en el año que estaba a punto de concluir, dentro y fuera de terapia. Después fueron nombrando a los enfermos rehabilitados para hacerles poseedores de su tan merecedor Quijote, distinción otorgada por culminar su programa con la asociación. El acto estaba siendo sumamente emotivo, se hizo patente la reconciliación del enfermo adicto con la vida, con su familia y con una existencia sin sustancias u otro tipo de adicciones. Los quijotes simbolizaban esa caja de herramientas que la asociación proporcionaba al entrar, inicialmente vacía, pero que una vez terminado el programa se encontraba repleta de recursos para poder ser utilizados al incorporarse a su nueva vida en sociedad y sin la protección de la asociación. De hecho, se pedía tanto a los galardonados como a sus familiares que no se desvinculasen nunca de la asociación, que esa era su casa para lo que les hiciera falta.
Llegó el momento de Maite. Inés la nombró y pidió, como al resto de compañeros de la asociación, que subiese al estrado para hacerle entrega de su merecido Quijote.
—¡Qué decir de Maite! —Inés comenzó su presentación cuando ambas se encontraron en el escenario—. Llegaste muy mal, con muchos problemas personales y con un consumo agresivo. Tengo que decir que tu actitud ha sido, desde el inicio, la más adecuada para afrontar tu problema, un problema serio y farragoso que traías como trasfondo. Quiero decirte, querida Maite, que por personas como vosotros merece la pena realizar este voluntariado. Saber que las aportaciones que os hemos regalado en este grupo te han servido para crecer. Has crecido como persona y como mujer —Inés no pretendía entrar en pormenores de su vida—,con tu buen hacer nos has regalado esa utopía hecha realidad. Eso hace de este tipo de ceremonias algo elevado para todos los que colaboramos en ASAYAR. Aquí te entrego tu merecido Quijote y este diploma que te declara «rehabilitada».
Maite tenía los ojos humedecidos, intentó contener las lágrimas, que a punto estuvieron de desbordarse por su rostro. Se sintió la mujer y la persona más feliz de la tierra.
—Primero —comenzó con la voz quebrada—, deseo agradecer a mi jefe, amigo y cómplice por ponerme en su momento frente a la cruda realidad de mi vida, por lo mucho que ha hecho por mí y por todo lo que representa. Por otro lado, quiero dar las gracias a Inés, mi querida terapeuta, por abrirme los ojos y hacerme ver la realidad de mi vida y la de mi condición de mujer…
Tuvo que hacer una breve pausa para poder continuar con su alocución, estaba sumamente emocionada.
—Cómo no agradecer a mi grupo, a todas las veteranas y veteranos de esta nueva familia que, como yo, ya estáis dados de alta. Gracias por ayudarme a recorrer este pequeño calvario, que se convirtió en un camino no demasiado complejo de transitar con vuestros sabios consejos. Habéis hecho de mí quien soy en este momento. No quiero olvidarme de los terapeutas que han pasado por mi grupo y que tanto aportaron con su conocimiento para llegar a este momento; ver completado mi proceso, mi cambio interior. Ahora sé que se puede nacer de nuevo, ser otra persona, una mujer diferente a la que entró en ASAYAR, cargada de miedos, inseguridades y falsas culpas. Quiero agradeceros que cuando Inés necesitaba un descanso, un día libre para descansar de todos nosotros, vosotros estabais ahí, aportando nuevas percepciones, deslizando pinceladas de conocimiento de vida, abriéndonos los ojos. Gracias por decirme que era soberbia y que tenía que «agachar el morrillo» —dijo girando la cabeza hacia la mesa, mirando directamente a Ricardo y regalándole una sonrisa—. ¿Sabes? Era cierto, y tú aquella tarde me lo hiciste ver.
—El terapeuta sonrió asintiendo con la cabeza —. También quiero agradecer a quien nos hizo ver que en todas las casas cuecen habas y que no hay mal que por bien no venga, ya que al superar nuestra adicción hemos podido resolver nuestra rutina diaria. He visto familias restituidas gracias a ASAYAR. Sí, en nuestro caso siempre existe un miembro de la familia adicto, pero nos hemos beneficiado de la terapia para comprender que lo realmente importa de la vida no es hacer grandes gestas, sino que tenemos que realizar el esfuerzo de hacer de nuestro día a día, con los pequeños gestos, la excelencia de nuestra existencia. He vuelto a mi trabajo, estoy muy satisfecha de que Maite haya nacido de nuevo, y para mí es todo un honor haber pasado por aquí. Sois todos cojonudos y formáis parte de mí. Sois mi familia y os quiero. Gracias, Paco, muchísimas gracias. Podías haberme mandado a la mierda y sin embargo creíste en mí y en mis posibilidades. Eres un buen jefe y un gran amigo.
Maite bajó del escenario sorteando las escaleras, siempre difíciles para una mujer. Se fundió en un abrazo con Inés, saludó a todos los miembros de la mesa, es decir, a todo el equipo de terapeutas de la asociación. Todos los testimonios que se escuchaban eran de vital relevancia para los afectados, para aquellas familias restituidas que comenzaban a vivir una vida en común, plagada de ilusiones y proyectos.
Los terapeutas sabían a la perfección quiénes habían hecho una buena terapia, quiénes habían asistido cada sábado para dar, de verdad, ese giro de ciento ochenta grados que se les pedía y que no se conformarían nunca con la mediocridad de un aprobado, sino que buscarían en sus vidas la excelencia; no había otra forma para no sufrir recaídas. También eran conscientes de que cabría la posibilidad de que algunos regresaran de nuevo, por no haber buscado esa excelencia. Era del todo sabido para los miembros de ASAYAR que había personas que, una vez dados de alta, intentarían retar a su adicción teniendo un pulso con su propio yo y con su enfermedad. Siempre que sucedía eso, que de vez en cuando pasaba, ese pulso se perdía. Muchos de ellos venían de nuevo a la asociación para iniciar lo que no supieron realizar en su momento, «bajar el morrillo» y participar de nuevo en la terapia. Solía ser parte de su crecimiento interior, y muchos de ellos, cuando se sabían débiles, recaían y volvían al grupo, dispuestos a trabajar en serio.
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