Kitabı oku: «La ciencia de los sentimientos», sayfa 4

Yazı tipi:

3.

¿cuáles son las necesidades básicas humanas?

Para plantear la cuestión del modo más sencillo o coloquial posible, diré que de lo que se trata es de averiguar cuáles son las necesidades corporales que no son satisfechas de forma automática o predeterminada por el propio cuerpo, estas últimas son las que el propio cuerpo ‘sabe’ tramitar, coordinándolas mediante operaciones cerebrales tales como actos reflejos (parpadear ante la luz intensa, por ejemplo) o mediante conductas prefijadas por vía instintiva, que son hereditarias.

Se trata, pues, de averiguar cuáles son esas otras necesidades, también del cuerpo, cuya respuesta tiene que ser elaborada o aprendida con intervención de la mente (consciente o inconsciente).

En el primer caso, el de las conductas ‘heredadas’, la respuesta está disponible y es, por así decirlo, ‘automática’; mientras que en otros casos, la vía de solución tiene que ser ‘buscada’.

(3-1-A): Alimentación

La necesidad de alimentación, por ejemplo, no tiene de antemano un modo de ser satisfecha si no es con el concurso de la ayuda ajena (la madre que amamanta), pues el individuo no ‘sabe’ cómo resolverla, hasta que aprende a obtener el alimento. La pulsión que conduce hasta la alimentación es la pulsión de “hambre” (o “sed”, que es la necesidad de líquido)

(3-1-B): Respiración

Otra necesidad corporal, de índole semejante a la alimentación (realmente, también es alimentación) es la de incorporar oxígeno, necesidad mucho más urgente que la anterior. A esa necesidad se responde desde el nacimiento con la conducta respiratoria; la cual sí está programada instintivamente. No obstante es posible dejar de respirar durante breve tiempo, por ejemplo si nos sumergimos en agua; pero la ‘pulsión’ (¿?) respiratoria impulsa con una frecuencia mayor que la alimenticia, llegando a ser tan intensa que, transcurridos escasos minutos, nos impele a respirar inevitablemente, aunque estemos sumergidos en agua; entonces nos ahogamos porque ‘respiramos’ agua.

Esto último puede ser un ejemplo extremo del carácter indeterminado de las pulsiones, que tienden a satisfacerse aún en perjuicio de la propia vida; bien sea porque las condiciones ambientales no les ofrece aquello que necesita nuestro cuerpo, o bien porque el estado del cuerpo no permite satisfacerlas adecuadamente (por ejemplo una contractura de la vía respiratoria impide inhalar aire; cosa que se produce, en menor medida, en una crisis de angustia).

También el estado emocional altera esa función instintiva de respirar, como ocurre en una crisis de ansiedad que provoca una respiración rápida y profunda que conduce a la hiperventilación, con las indeseables secuelas que ocasiona.

Hay otras muchas pulsiones, siempre de origen orgánico, que se manifiestan cuando el desequilibrio homeostático supera cierto nivel y que lo hacen de modo periódico, no continuo (ni siquiera la respiración es continua, cuánto menos el hambre o la sed).

(3-2): Sexo

La pulsión sexual aparece claramente en sus manifestaciones genitales cuando las glándulas de secreción interna funcionan a raíz del desarrollo orgánico correspondiente.

Si dicha pulsión sexual no es tramitada del modo adecuado, mediante una conducta que estimule apropiadamente esos órganos, el propio cuerpo se deshace del estímulo pulsional interno descargando espontáneamente dicha tensión (eyaculación nocturna por ejemplo).

A propósito del asunto de la pulsión sexual, debido a las características que tiene, fácilmente observables desde el exterior, y correspondiendo a las sensaciones que el propio sujeto experimenta, es comprensible que Freud – que tuvo el mérito, nada desdeñable, de estudiarla con detalle y descubrir que no se trata de algo ‘instintivo’, sino pulsional y que, además, no es un proceso lineal simple, sino complejo y compuesto de muchos ingredientes – es comprensible, digo, que llegase a pensar que el sexo se manifiesta, natural y espontáneamente, de diversas formas desde el origen de la vida, dependiendo de la etapa del desarrollo del individuo.

Cuando Freud lo planteó de ese modo, que implicaba la existencia de una pulsión sexual desde la infancia, desencadenó numerosas críticas, porque hasta entonces se consideraba que eso aparecía con la pubertad.

Otra característica peculiar de la pulsión sexual, cosa que ya se había señalado mucho antes de Freud, es que no se trata de una ‘necesidad’ del organismo, en el sentido de que no es necesaria para la supervivencia del individuo, aunque sí para la de la especie.

Ello había llevado a muchos a diferenciar entre instintos de supervivencia o autoconservación e instinto sexual (conducente a la supervivencia de la especie, no del individuo). (Empleo el término ‘instinto’ porque era el utilizado en ese tiempo).

Una prueba de esto es que hay animales que, por su carácter híbrido, son estériles (como la mulas y mulos), lo cual no es obstáculo para la vida de esos animales; pero una especie de esas características no se conserva por procreación entre sus miembros, sino entre miembros de otras especies.

De modo que el sexo sólo existe como procedimiento biológico que conserva a la especie, no al individuo (en algunas especies, el macho perece tras la cópula).

Incluso, en especies vivas evolutivamente anteriores a la reproducción sexual, como es el caso de organismos unicelulares, la reproducción se realiza mediante la ‘unión’ de dos células en una sola, de modo que los dos organismos iniciales ‘desaparecen’ como tales individuos y resulta una sola célula, con mezcla de los dos códigos genéticos anteriores; la cual seguirá el mismo procedimiento para reproducirse. Esto último, que ya podemos considerar un precedente (a escala evolutiva) de la sexualidad o, tal vez, la primera forma de sexualidad, lo que nos lleva a pensar es que lo más propio de la sexualidad, lo que tal vez nos sirva para definir la sexualidad en general, es que la sexualidad es la tendencia o impulso (de los seres vivos sexuados) a ‘unirse’; con la consecuencia (si la cosa marcha bien) de que esa unión produce un nuevo organismo.

Al fin y al cabo, lo que se une en la reproducción de nuestra especie humana (entre otras muchas especies animales) son dos células: espermatozoide y óvulo.

Antes de todo eso, existía (y sigue existiendo) un tipo de reproducción no sexual: un organismo unicelular se desarrolla hasta un estado límite (en determinadas circunstancias) y entonces ‘se divide’ en dos, con idéntico ADN.

Ese tipo de reproducción tuvo éxito y continúa teniéndolo pero, desde el punto de la capacidad de adaptación a los cambios ambientales, tiene la desventaja de que se produce una escasa variación en su repertorio genético; pues esos cambios genéticos sólo se producen por mutaciones azarosas y/o accidentales.

Mientras que la mezcla de dos códigos genéticos (aunque sea a escala celular, como siempre lo es) multiplica extraordinariamente las posibilidades de nuevas configuraciones; es decir, la reproducción sexual da lugar a una gran diversidad de los individuos de una misma especie, lo cual amplía las posibilidades de adaptación a los cambios ambientales.

Como esto es así, ese ‘éxito’ de la diversidad favorece (por cálculo de probabilidades) de selección natural de los individuos mejor adaptados al ambiente y, por consiguiente, a su propia supervivencia.

Con lo hasta aquí dicho podemos decir que la pulsión sexual es una de las pulsiones que representan necesidades orgánicas (no del individuo, pero sí de la especie).

También podemos decir que ‘el meollo’ de la sexualidad, lo que puede servirnos para definir esa pulsión (por su meta final) es la pulsión de unión.

Si aceptamos, según yo propongo definir de ese modo la sexualidad, debemos revisar, matizar, completar o corregir algunas de las cosas que afirmó Freud respecto a este asunto:

Por ejemplo, él consideraba que la primera forma en que se manifestaba la sexualidad era en la excitación de las mucosas bucales del bebé, producidas al mamar. Dado que ahí se produce una excitación de órgano y también un placer que sirve para descargar dicha excitación.

Valga este primer ejemplo para comprender el criterio de Freud: consideraba que todo proceso de excitación (tensionante o displacentera) y descarga (placentera) de excitación, era un fenómeno sexual, aunque de una sexualidad centrada en un único componente (sexualidad oral, en este caso).

Es importante señalar que, como indicó el propio Freud, esa característica de la sexualidad se producía, por así decirlo, a rastras o a espaldas de una función biológica distinta: en este caso, acompañando a la función nutricia de mamar.

Más tarde, siguiendo el curso del desarrollo del individuo, otras funciones corporales, como la de defecar, también conllevan un proceso de excitación (displacentera), así como otro proceso de descarga (placentera), por cuanto el acto de defecar estimula las mucosas anales; con lo cual se obtiene un segundo componente de la sexualidad, que se añade al oral ya obtenido; este segundo componente es el de la sexualidad anal.

Y así en adelante, hasta llegar a un tipo de sexualidad que contiene, mejor o peor integrados, todos los componentes anteriores y que culmina con la sexualidad genital.

Dicha teoría freudiana ha contado con múltiples seguidores, que la han desarrollado con detalle y éxito; pero también con detractores, que consideran que tal concepto de sexualidad era excesivamente extensivo, por una parte, y demasiado restrictivo o reduccionista, pues dejaba de lado otros fenómenos que no podían ser abarcados dentro de la sexualidad.

Por otra parte, muchas de los fenómenos a los que Freud atribuyó significado sexual, es discutible que realmente sean procesos sexuales propiamente dichos, aunque parece indiscutible que sí pasan a formar parte de la conducta sexual adulta, lo cual pudo llevar a la confusión de creer que son aspectos parciales de la sexualidad.

Trataré de aclarar este asunto, atreviéndome a cuestionar algo que, para los psicoanalistas parece indiscutible, que es la sexualidad infantil. (¡Ojo!: no el que esos fenómenos infantiles pasen a participar en la sexualidad adulta, impregnándola de unas u otras características).

Lo que quiero plantear es lo siguiente: la excitación sexual, producto de un incremento de pulsión, (sea por procesos orgánicos internos o por adecuados estímulos externos) se descarga, (con efecto más o menos placentero, pero siempre con sensación de alivio), en una serie de procesos corporales que llamamos orgasmo

Que se sepa, en la infancia no se produce esa forma de descarga de la tensión sexual; lo cual me lleva a planearme la pregunta de si, realmente, existe esa excitación sexual dicha etapa de la vida o si, por el contrario, estamos interpretando erróneamente ciertas manifestaciones que “parecen” de índole sexual.

El ejemplo más notable, en mi opinión, de esta posible confusión es cuando un niño experimenta placer con ciertas caricias (propias o ajenas) y su cuerpo responde con una erección.

Decimos que el niño se está masturbando (o está siendo masturbado, cosa bastante punible). Sin embargo también podemos observar que ese niño no tiene orgasmo sino, en todo caso, se queda tranquilo (y tal vez se duerma).

¿Qué es lo que ha ocurrido ahí?. Pensemos que eso mismo podemos observarlo (sin erección en el niño) cuando a un estado de intranquilidad respondemos con caricias en cualquier otra parte de su cuerpo; en esos otros casos, no pensamos que se trate de una manifestación de su sexualidad, sino de su necesidad de contacto, cosa que también le produce placer y alivio.

¿Por qué hemos llegado a considerar que todos esos hechos tiene un significado sexual?. Tal vez porque esos mismos hechos también ocurren durante la relación sexual adulta, como ocurre no sólo con las caricias, con el chupeteo, etc.; lo cual llevó a Freud a pensar que todos esos fenómenos eran manifestaciones parciales de la sexualidad. Afirmación que, desde él, ha permanecido como una verdad indiscutible.

Dejo el problema planteado, a riesgo de ser estigmatizado por la “academia” psicológica postfreudiana.

Por otra parte, sin invalidar las aportaciones de Freud y otros psicoanalistas, más tarde se han descubierto otras necesidades diferentes, que expongo a continuación.

(3-3): Apego

Un notable ejemplo de estas nuevas aportaciones fue la que hizo Bowlby6, quien descubrió lo que él llamó ‘instinto de apego’. Utilizó el término instinto, por considerar que se trataba de una conducta programada filogenéticamente, con lo que rompió la barrera entre psicoanálisis y estudio de la conducta. (En cualquier caso, los autores ingleses suelen utilizar la palabra “instintc” cuando se refieren al concepto psicoanalítico de “pulsión”, lo que puede generar cierta confusión entre ambos).

Lo que descubrió Bowlby por observación de niños hospitalizados, es que, al estar separados de su madre, presentaban claros síntomas de ansiedad, con múltiples secuelas que obstaculizaban su buena evolución médica; y que dicha ansiedad disminuía de forma notable o desparecía con la proximidad de la madre o de otra figura acogedora. Pudo observar con más detalle que los niños presentaban una clara inclinación a la proximidad y al contacto humano, así como signos de desazón, angustia o ansiedad ante el alejamiento y, más aún, con la total separación.

Resumiendo mucho, la conclusión fue –comprobado en múltiples observaciones– que existe una tendencia o ‘instinto’ básico al apego a una figura cálida y protectora; cosa que, como todos podemos ratificar, se extiende incluso a objetos (muñeco de peluche, por ejemplo) que sirven para establecer un vínculo de ese tipo, como extensión de la madre.

Esta misma observación puede hacerse en muchos animales que se inquietan, hasta llegar a la ‘depresión’ o decaimiento general, ante la lejanía o ausencia de la madre. Sin que para ello sea necesario que exista la necesidad de alimento ni de calor o cobijo.

Un etólogo como Konrad Lorenz investigó algo semejante (pero no igual) estudiando el fenómeno que él denominó ‘imprinting’ (impronta), según el cual ciertas aves, como la ocas que fueron sus objeto de estudio prioritario, establecen un vínculo de dependencia con la primera figura viva que perciben al nacer; figura que a veces fue el propio Lorenz, al que seguían sin descanso.

El impulso al apego aumenta ante la ausencia y disminuye frente a la proximidad, desapareciendo o satisfaciéndose con el contacto de ambos cuerpos.

Las razones biológicas de este impulso básico no son difíciles de comprender, pues cumple una función facilitadora de la supervivencia del recién nacido.

Lo que quiero destacar aquí es que esa necesidad de apego es de tales características que no cabe interpretarla como una de tantas manifestaciones de la sexualidad, aunque, como es bastante fácil comprender, es un fenómeno que se agrega con harta frecuencia a la forma de realizarse la función sexual; pero sin confundirse con ella. No se trata, pues, de que el apego sea un ingrediente del sexo, sino de algo que puede acompañarlo o no (como el condimento que se agrega a una comida). En todo caso es algo que favorece la continuidad del emparejamiento sexual; o que la dificulta si el apego está dirigido a otra figura diferente de la pareja sexual (uno puede sentirse atraído sexualmente por alguien, pero sentir apego por otra persona).

El desarrollo de la vida de una persona puede estar muy influido por el tipo de apego experimentado por el individuo: apego inseguro, inestable, temeroso, fiable, estable, ansioso, absorbente, etc.; de modo que, según sea, condiciona notablemente su carácter y modo de relación interpersonal.

Un hecho a considerar es que los niños no presentan ansiedad por falta de sexo, pero sí por falta de apego.

Y cuando digo apego no estoy diciendo caricias, besos ni abrazos, que podrían entenderse como manifestaciones del sexo, sino que digo proximidad, cercanía, puro contacto tranquilo y quieto (aunque haga calor). El contacto de apego produce calma; el contacto sexual produce excitación (hasta el orgasmo): son dos contactos diferentes.

La satisfacción de la necesidad de apego es la que todos podemos experimentar, por ejemplo, cuando un perrito se tumba a nuestro lado, sin que ello nos produzca la más mínima excitación sexual y aunque nos resulte incómodo para dormir. Nos produce placer, sí, pero sin la más leve excitación sexual; se trata de un placer de tranquilidad, que no es el placer de una rápida descarga de excitación. Alivio no es lo mismo que placer.

Dicho todo lo anterior, tenemos ya, dentro del ámbito propio del psicoanálisis dos necesidades básicas que son la sexual y la de apego. Además de las pulsiones orgánicas del hambre y la sed. (¿Acaso la necesidad de apego no es orgánica?).

Tomando, de momento, únicamente esas cuatro necesidades, podemos observar que dos de ellas son, por así decirlo, de índole ‘egoísta’ o autónoma, en el sentido de que sólo requieren del propio interesado; mientras que las otras dos son de índole ‘relacional’, pues involucran a otra persona (a pesar de que la sexual puede satisfacerse, al menos en parte, sin el concurso de pareja alguna).

Nótese que cuando me he referido al sexo, al hambre y la sed, no he tenido duda en calificarlas como ‘pulsiones’, porque cumplen las dos condiciones señaladas por Freud, que fue quien acuñó ese concepto: son originadas por el dinamismo corporal, y se manifiestan de modo periódico.

Pero cuando se trata del apego, cabe dudar que se le pueda considerar una pulsión, por cuanto no surge por un desequilibrio homeostático del organismo, ni tiene, por ello, un carácter periódico (¿o sí?).

No obstante, la necesidad de apego está presente desde el inicio de la vida, y no se dirige a un objeto específico; puede ser la madre, pero también otras muchas cosas (unas más adecuadas que otras).

A estas pulsiones o necesidades básicas que han de ser tramitadas mediante la participación del sistema mental, voy a añadir otras que también afectan o determinan cómo se desarrolla y encauza la vida de cada cual.

No todo es sexo, alimentarse y tener compañía, podríamos decir, sino que los humanos necesitamos otras muchas cosas de modo inevitable y general para todos.

Esta cuestión la ha planteado un filósofo – buen fenomenólogo – francés, llamado Paul Ricoeur en su obra Hermenéutica y Psicoanálisis7 .

Dicho autor comienza reconociendo el gran valor de la obra de Freud, destacando que, desde él, la consciencia ha dejado de ser un referente válido para el pensamiento filosófico, pues la propia consciencia (racional) ha sido puesta en entredicho por el psicoanálisis (de ahí que a Freud se le considere uno de los ‘autores de la sospecha’).

A partir de ahí, pasa a señalar que a la libido freudiana hay que añadir otras ‘dimensiones’ humanas que no son de índole libidinal, e indica tres de estas ‘dimensiones’: Tener, Poder y Valer.

Como se trata de una obra filosófica que no es el ámbito que nos ocupa aquí, por valioso que sea, no voy a seguir su forma de exponer la cuestión, pero sí que tomaré esos términos, creo que en el mismo sentido que él los emplea, para desarrollarlos de acuerdo con la perspectiva propia de mi trabajo8.

Pero antes de seguir con este asunto, quiero precisar algo que ya he comentado de pasada: no todas las necesidades, por muy básicas que sean, pueden considerarse pulsiones; porque no se originan en un desequilibrio homeostático del cuerpo, ni tienen carácter periódico; pero son necesidades que exigen ser satisfechas mediante algún tipo de trabajo mental. De modo que también ellas, junto con las pulsiones, son ‘motores’ de la actividad mental, que es lo que estamos buscando en este capítulo.

(3-4): Tener

Tener significa ser propietario de algo, sea una cosa o una cualidad. Consiste en apropiarse de algo (‘objeto’ en sentido amplio) que se necesita, pero que no se necesita ahora. Un perro tiene un hueso y, si su hambre está saciada, lo esconde para, llegado el momento, comerlo; como la ardilla tiene nueces; o como nosotros tenemos un jamón en la despensa o dinero en la caja fuerte (más segura que la cuenta bancaria).

La necesidad de tener tiene hondas raíces biológicas: garantiza nuestra supervivencia. No sólo hay que tener comida, también refugio o territorio, según cada caso.

Como señala Paul Ricoeur, la esfera del tener funda la dimensión humana de lo económico (intercambio de propiedades).

La necesidad de tener es producto o consecuencia de una situación de escasez, de la experiencia de que aquello que se necesita no siempre está presente a nuestra disposición. Nadie se apropia del agua si vive junto al manantial, se limita a beberlo. Pero si otro quiere beber del manantial, uno puede ‘apropiarse’ en exclusiva de ese recurso, que pasa ser ‘propiedad privada’ (esto significa que se priva al otro de eso).

De modo que, mientras el bebé obtenga satisfacción de sus diversas necesidades, no necesita tener nada; ni siquiera se genera en él, en su mente, una representación de la cosa que necesita. Pero, en la medida en que su necesidad no es satisfecha de inmediato, el impulso de esa necesidad concreta hace que se active la representación de esa cosa, de la que ya ha obtenido experiencia anteriormente; de modo que ahora, cuando la necesita y no está presente o a su alcance, eso que necesita aparece representado en su mente sin que esté presente en su sistema perceptivo actual.

Es entonces cuando adquiere consciencia de eso que no tiene y cuando aparece la necesidad de tenerlo.

Cuando el perro come un hueso, ya no tiene hueso: ha pasado a formar parte de su cuerpo.

De todos modos hay que aclarar que muchas veces empleamos mal el verbo ‘tener’, por ejemplo, cuando digo que tengo dos piernas, como si eso no fuera yo. O cuando digo que tengo tales conocimientos, que son ya parte de mí mismo. Otra cosa es que tenga una enciclopedia en mi biblioteca, disponible para hacerla mía.

No soy sabio por poseer esa biblioteca, no tiene sentido, pues, que presuma de cultura mientras no la haya asimilado. Es diferente ser que tener, como bien ha señalado reiteradas veces Erich Fromm.

Sin embargo, el hecho de tener muchas cosas parece satisfacer algo más que la mera seguridad o garantía de supervivencia, que era su función original. Tal vez esto se deba a que confundimos tener con ser. Yo soy lo mismo o el mismo cuando tengo algo que cuando no lo tengo. Pero cuando lo tengo me parece que soy más, más grande, por así decirlo.

Pienso que esta confusión procede de una raíz muy primitiva, de aquella situación inicial en que todavía no se había establecido en mi mente una diferencia o distinción entre mí mismo y las cosas del mundo; es decir: al comienzo la representación mental de mí mismo (el self) incluía cosas o hechos que pertenecían al mundo exterior (‘self grandioso’ lo llama Kohut). De modo que, una vez ya establecida esa diferencia, el hecho de tener algo puede provocar que yo lo englobe en mi self, como si eso fuera yo mismo.

No se trata de una operación mental consciente, sino que dicha confusión se realiza en el sistema mental inconsciente.

Tal vez un ejemplo sirva para mostrar esto que acabo de decir: un conductor que se siente satisfecho del coche que tiene, siente que otro coche le ha dado un ligero roce; entonces ocurre, a veces, un fenómeno bastante sorprendente: el conductor ‘siente’ algo en su propio cuerpo, algo parecido a que le hubieran rozado ‘a él’, no al coche. Lo siente, por así decir, en sus propias tripas. Podemos pensar que, inconscientemente, el coche y él son la misma cosa.

Otro se siente más potente, que él es más potente, cuando conduce un coche potente.

Tener y ser se confunden con facilidad, aunque no siempre a nivel consciente. Una herramienta, como el hacha prehistórica de piedra, es sentida como una prolongación de la mano, como un aumento de la propia potencia: uno es más poderoso con ella que sin ella; cuando se pierde, mi poder disminuye.

Todo esto permite que la necesidad de tener, adecuada en su origen para la supervivencia, se convierta en una pieza fundamental para que se desarrolle un argumento vital, cuando dicha necesidad de tener adquiere una intensidad y persistencia inadecuadas.

De nuevo nos encontramos aquí con la pregunta por la causa de que una necesidad tenga una intensidad mayor o menor. Alguien podría pensar que, en ciertas personas, esta necesidad de tener es mayor o más urgente que en otras debido a una predisposición innata. Pero también podemos pensar que depende del modo en que se hayan experimentados los episodios de carencia de algo, pues las circunstancias de esa carencia pueden teñirla de inseguridad o desconfianza. No es lo mismo comprobar que uno desea algo que no tiene ahora, pero confía en tenerlo más adelante, que desconfiar de conseguirlo nunca. Eso bien puede depender de cómo se nos transmite el asunto por parte de quienes nos rodean.

También influye mucho en la intensidad del deseo de tener algo la importancia que se le otorga a esa posesión o al hecho mismo de tener. Ese significado de valor no es algo que uno construya por sí mismo, sino que, en gran medida, nos es transmitido por los demás.

Si el hecho de tener es sumamente importante, es fácil comprender que la persona sea muy ambiciosa, considerando que tal ambición es una cualidad positiva suya, pues una persona valiosa es ambiciosa, según ese criterio.

En cualquier caso, remitiéndonos al ámbito de lo pulsional, podemos afirmar que la necesidad de tener es un modo correcto de expresar, en términos propios de la consciencia, el hecho de que alguien siente una necesidad de algo que no posee en este momento pero que sí ‘sabe’ que necesita periódicamente y, por lo tanto, se apropia de eso para tenerlo disponible cuando vuelva a necesitarlo9.

Tener es, así, un modo de hacer propio algo que todavía no está dentro de nosotros. No es lo mismo comerme un pan que guardar un pan; pero al guardarlo en cierta forma lo he hecho mío; como si yo mismo (Myself=Self de Kohut) me hubiese extendido hasta abarcar ese pan. Por eso, si alguien trata de arrebatarme ese pan, reacciono igual que si me estuviese arrebatando una parte de mi mismo: reacciono ‘en defensa propia’.

Un toro defiende su territorio, un perro su hueso, nosotros otras muchas cosas, como la autoría de un libro ante quien nos plagia.

Pero mucho antes de tener un libro que defender, he defendido la propiedad del pecho de mi madre, o mi chupete, o mi osito de peluche.

La pulsión a tener está ahí desde el comienzo de nuestra vida.

Ahora bien, el asunto del tener no pertenece al ámbito de lo corporal, sino al de lo mental: el cuerpo obtiene comida comiendo, bebida bebiendo, aire respirando, temperatura adecuada introduciendo o expulsando calor; pero cuando el león adquiere un territorio de caza y lo defiende, no lo incorpora a su cuerpo, sino a su mente leonina (como sea esa mente); igual que cuando yo adquiero un jamón (y también lo defiendo), no lo he incorporado a mi cuerpo, sino a mi mente (humana), en la que se establece una representación del jamón enlazada a la representación de mí mismo (Self) por un vínculo peculiar que llamamos ‘pertenencia’.

La función de tener se refiere, pues a una pertenencia del Self: tengo dos piernas, dos brazos, una cabeza, unos pensamientos, un jamón, una cuenta corriente, un coche, una despensa llena o vacía. Todo eso me pertenece a mí, no a ti, y puedo canjearlo contigo por otras cosas que tú tienes: mis pensamientos te los doy a cambio del pago por mi libro, o te los regalo a cambio de tu reconocimiento, aplauso o gratitud.

Hay cosas que digo que tengo, por ejemplo “tengo cabeza” pero eso no está bien expresado: mi cabeza no es algo que pueda darte o de lo que privarte; etc.

También hay cosas que tengo que, aunque te las dé no las pierdo; por ejemplo mis pensamientos. Esa es una ventaja de la información, que puedo darla sin perderla, a diferencia de cosas materiales. Aunque algunas personas retienen la información que poseen por motivos de otra de las necesidades humanas: la necesidad de poder; porque, según dicen, ‘información es poder’.

Con ello llegamos a una segunda necesidad básica humana:

(3-5): Poder

La palabra ‘poder’, como sustantivo, no como verbo, designa una cualidad que posee uno, como quien tiene fuerza, que se refiere a otro asunto más físico; porque tener poder equivale, aproximadamente, a tener potencia; aunque la potencia se refiere más bien a capacidad de fuerza; mientras que el poder se extiende a otros ámbitos como, por ejemplo, ‘poder de convicción’, ‘poder de seducción’, etc.

La dimensión del poder, como señala el anteriormente citado Paul Ricoeur, es la base o fundamento, en los seres humanos, de la dimensión política; al igual que la dimensión del ‘tener’ era la base de la dimensión económica, en sentido amplio.

Pero el poder, por sí solo, en su esencia, podríamos decir, no se restringe al poder sobre otro u otros, cosa que ya nos conduce directamente a la política; sino que se limita a nombrar la capacidad de uno para hacer aquello que desea, sea o no dominar a cualquier cosa o persona.

En cualquier caso, tener poder (o ser poderoso) significa que uno puede actuar sobre sí mismo, sobre los otros o sobre el mundo según su deseo.

Es indiscutible que la necesidad de poder es básica para cualquier ser vivo, cada uno según sean sus características biológicas. La gacela necesita poder de carrera, el cocodrilo necesita otro tipo de poder.

En nuestro caso, al principio de la vida, no necesitamos del poder, estamos inermes y somos extremadamente dependientes. Se requiere un proceso madurativo y que surjan nuevas funciones vitales para que empiece a ser necesario un cierto grado de poder, empezando por el poder necesario para ejercer control sobre algunas funciones fisiológicas.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
331 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788419042392
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:
Metin
Ortalama puan 4,7, 281 oylamaya göre
Ses
Ortalama puan 4,2, 740 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 4,8, 79 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 4,3, 47 oylamaya göre
Ses
Ortalama puan 4,8, 76 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 0, 0 oylamaya göre