Kitabı oku: «Hilak»

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HILAK

Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico Dirección editorial: Ángel Jiménez

Edición electrónica: marzo, 2022

HILAK

© Iker Polo Tomé

© Éride ediciones, 2022

Espronceda, 5

28003 Madrid

Éride ediciones

ISBN: 978-84-18848-72-8

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

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Iker Polo Tomé


Enfermero de vocación y natural de Leioa (Bizkaia). Aficionado a la música, tanto a escucharla como a crearla, y al cine y cómics de ciencia ficción. Entre otras aficiones destacan las motos y los deportes de aventura. Comencé escribiendo las letras de las canciones de mi grupo de música y pequeños relatos, hasta que ahora he dado el paso a escribir mi primera novela.

Siempre imaginé la escritura como una forma de evasión, de crear nuevos mundos o de cambiar el existente. Una forma de expresar ideas que de otra manera morirían en mi cabeza. Miles de palabras que nacen influenciadas por la vida misma. La escritura es atreverse, dar un paso de gigante en unas cuantas líneas. Hoy soy yo quien da ese paso. ¿Y tú, te atreves?

Dedicado a mis padres, que me han aguantado con paciencia durante toda esta aventura.

A mi cuadrilla, por alimentar mis fantasías.

Y a ti.

«Prefiero a los zombies, mis personajes humanos son los peores en mis películas; ellos no mienten, no tienen agendas ocultas, tú sabes lo que son, puedes respetarlos al menos por eso. Los humanos trabajan con recovecos, marchando al son que les toquen, nunca sabes lo que están pensando, los malos siempre son los humanos».

George A. Romero

Prólogo

A decir verdad, siempre me llamó la atención el género de cine que creo George A. Romero. La muerte, esa eterna constante. El único futuro real. Tanto es así, que a veces la vida puede llegar a convertirse en una muerte controlada. Domina nuestra mente, su presencia frena incluso muchas de nuestras acciones.

Profesionalmente, siempre me he preguntado qué es la muerte.

Desde un enfoque —malo, a mi parecer— sanitario, se podría decir que la muerte es el fracaso de la medicina. Desde mi posición —como enfermero— es el fin de un ciclo que forma parte de la vida. Está estrechamente ligado a la vida y, como tal, debemos obtenerla sin miedo y con dignidad.

Personalmente, me he encontrado a la muerte de manera muy cercana. Al final, de ambas formas he llegado a la conclusión de que es una lucha vana, y mi último y único objetivo se ha convertido en disfrutar sin miedo hasta el final.

Así pues, supongo que una vez dominado el miedo a morir la siguiente pregunta que deberíamos hacernos es qué es la vida.

La vida, ese largo paseo que, aunque muchos digan que es corta, pasa, pesa y, en ocasiones, pisa. Vivimos en un mundo de comodidades, sin mirar a otros rincones menos favorecidos. Pensamos en conspiraciones, hasta tememos la posible llegada de seres de otros mundos, cuando el principal peligro somos nosotros mismos.

«El hombre es un lobo para el hombre», dijo una vez un sabio.

Juiciosas palabras a las que no hacemos más que rendir culto. Guerras, hambre, destrucción y violencia de todo tipo. ¿Y después? Después la nada, o el todo, depende de a quién preguntes.

Esa es nuestra única certeza: TODOS MORIREMOS. Más tarde o más temprano, aunque nunca te parecerá justo. Y es en ese miedo a lo desconocido, a la nada, a ese último suspiro, a ese eterno fundido al negro, al fin sin alternativa; donde se sitúa esta historia.

Pero esto no es un libro sobre mis pesares, es un libro para disfrutar de una aventura. Un libro para que te pongas en el lugar de sus protagonistas y pienses:

¿Qué haría yo?

¿Quién está realmente preparado para el fin del mundo?

¿Cuál es el precio que pagarías por sobrevivir?

Capítulo 1

LUNES, 06:58 A.M.

A Luis nunca le gustó poner la alarma a una hora en punto. Con la habitual pereza, digna del peor de los lunes, deslizó con el índice hacia la izquierda en la pantalla de su móvil para apagar la alarma, aún presa de sus sueños. Soñaba con playas desiertas, sin niños jugando a la pelota salpicando arena a cada zancada. Sin gritos, sin risas. Solo la arena, el mar y él.

Luis nunca fue alguien con grandes dotes sociales. Vivía solo y así pretendía seguir. Cometeríamos un error tachando a Luis de infeliz, de triste. Él era perfectamente feliz a su manera: frío, de pocas palabras, de mirada profunda con un punto melancólico. Su pelo, cortado siempre de la misma forma. «Al tres, todo. Por favor», decía a su peluquero de confianza. No había tenido una vida fácil; a sus treinta y tres años, no le quedaba nadie. Su padre falleció en un accidente laboral y su madre, simplemente no pudo más. Esta tragedia por partida doble dejó a Luis solo a los veintiocho años. Ahora, cinco años más tarde, había terminado por convertirse en alguien metódico a quien no le gustaban las sorpresas. Alguien serio, inmerso en sus pensamientos las veinticuatro horas del día. «Rozando el Asperger», como bien dijo su última novia. Su vida estaba sujeta por una rutina perfecta, sin sobresaltos. Al menos, hasta la fecha.

Terminado el café, salió de casa en dirección al metro. Estaban a mediados de mayo, y en Bilbao ya se dejaba ver tímidamente el sol. Si bien el sol iba a ser el protagonista de esa mañana, no calentaba con fuerza. Luis se arrepentía de no haberse abrigado más.

—Joder, hoy se me van a helar las pelotas. Puto sol que no calienta, puto clima. «Pero para que haya verde tiene que hacer fresco y llover». Putos listos… —murmuraba Luis en tono burlón camino del metro.

Su viaje en metro no era muy largo, seis paradas. Seis paradas en un vagón de metro abarrotado de gente. Luis lo odiaba, y solo esperaba no encontrarse a ningún conocido que le saludara o, peor aún, que quisiera hablar con él todo el trayecto. Él solo quería estar inmerso en su mundo, escuchando Pearl Jam a todo el volumen que le permitiese su teléfono móvil. Ahí, en ese mundo de riffs de guitarra, golpes de bombo y una de las mejores voces del rock, podía mantener la calma. Podía evadirse y huir del sudor del señor de al lado, de los litros de colonia de la señora que había decidido no levantarse pese a ser lo que dictaban las normas (o la educación), o del adolescente que había decidido deleitar a todo el vagón con lo último en reguetón.

—No se comprará unos jodidos cascos… —dijo Luis, algo más alto de lo que realmente quería, debido a sus propios auriculares con la música a todo volumen.

—¿Has dicho algo, tío? —espetó el adolescente con la gorra prácticamente en la nuca.

—Mira, chaval. Son las ocho de la mañana, el metro apesta, yo apesto, hasta esa señora. Pero soy capaz de aguantar mucho, excepto que alguien con esa cara de mierda me dirija la palabra mientras suena esa música infernal que nadie te ha pedido que le pongas. Así que cállate tú, y que se calle ese tío que solo sabe decir «dale». —En la cabeza de Luis todo esto y más resonaba en dirección a su boca. Pero él no era alguien conflictivo, así que su monólogo digno de película se quedó a morir donde nació: en su cabeza. Así pues, simplemente, calló y miró hacia otro lado.

—Ya decía yo… ¡Pringado! —se jactó el adolescente, viéndose victorioso de una lucha que jamás existió.

Unos minutos más tarde, llegó a su destino. Salió del metro y cogió tímidamente un periódico gratuito que un hombre de aspecto desaliñado repartía en las escaleras. En la portada se podía leer la nueva victoria del Athletic, aunque a Luis no le gustaba el fútbol, y lo abrió ignorando esa noticia. «Un hombre es abatido por la policía en Vitoria al ser sorprendido mordiendo la cara a su mujer». La crueldad de la noticia llamó la atención de Luis, quien pensó que se trataba de un nuevo caso de violencia machista. La noticia explicaba cómo los agentes le habían intentado inmovilizar, pero este se revolvía entre gritos y mordiscos, totalmente fuera de sí. A Luis no le gustaba la violencia, y se imaginó la escena. La sangre le hacía marearse con solo ver una gota. Comprendió a los policías y pensó que, al menos, habían salvado a esa pobre mujer, pero al final de la noticia se explicaba que la mujer murió en el hospital a causa de sus heridas y que, además, uno de los policías había sido herido leve por el hombre abatido.

Caminando mientras leía, llegó a su trabajo, un edificio de oficinas. Luis se encargaba de la contabilidad de una pequeña empresa.

No era un trabajo apasionante, pero a él le gustaba y se le daba muy bien.

—¡Aúpa Luis! ¿Qué tal el fin de semana? ¡No veas la que se lio el sábado en Pozas! Tenías que haber venido. —Era Gorka, su vecino de mesa. Un chico de veintinueve años muy animado que cada lunes traía una aventura distinta que contar.

—Ya sabes que no me gustan las multitudes. Ni salir de fiesta. ¿Qué pasó? —respondió Luis, obviando el saludo.

—Se armó una buena pelea, tío. Por lo visto, un mendigo muy pasado de vueltas se chocó con la persona equivocada, empezaron a empujarse y a pegarse. ¡Creo que el mendigo hasta le mordió! Luego llegaron la poli y una ambulancia y se llevaron a los dos. Por lo demás, la noche terminó en Mazarredo, nada del otro mundo —explicó Gorka.

—Hay que ver lo que os gusta mirar gente peleándose… —lamentó Luis, sin caer en la cuenta de que era la segunda noticia con la palabra «mordisco» que escuchaba o leía ese día.

—Sí, bueno… ¿Tú qué, tranquilo con tus videojuegos? —dijo Gorka, buscando una conversación que retrasase el comienzo del trabajo.

—Me temo que ya me he pasado todos los juegos que tengo en casa… En fin, hora de trabajar —dijo Luis, poniéndose de nuevo los auriculares y encendiendo el ordenador.

Hacia las once y media, Luis salió a por un café. A apenas trescientos metros se encontraba su cafetería preferida, donde él ya era conocido por ser cliente asiduo. De camino a la cafetería, dos coches patrullas y una ambulancia aparcaron cerca de un portal, obligando a Luis a cruzar la calle para poder continuar su trayecto. Los policías salieron a toda prisa de sus coches y comenzaron a gritar a una mujer que se encontraba en el interior del portal. La mujer hacía caso omiso de las palabras de los agentes. A través de los cristales del portal, Luis pudo ver la escena. La mujer caminaba aturdida hacia la puerta de salida del edificio, en su mano izquierda sostenía algo que no se veía con claridad. Su boca estaba entreabierta y cubierta de sangre, salpicando todo cada vez que gritaba. La mujer consiguió salir torpemente del portal, donde los dos agentes estaban parados con la mano en su arma reglamentaria, aún en su cintura. Al salir a la luz del día Luis pudo ver perfectamente la macabra escena: la mujer tenía la mirada perdida, con los ojos blanquecinos; un andar errático y una herida en el cuello de la que manaba sangre de un color más oscuro al habitual. En su mano izquierda sostenía un bebé de unos doce meses, agarrado brutalmente por una de sus piernas. Luis reprimió un grito de espanto. El bebé no lloraba, y nunca más lo haría.

—¡Suelte al niño y coloque las manos sobre la cabeza! —ordenó un agente.

Pero solo obtuvo un grito escalofriante por respuesta.

—Se lo repito, señora. Suelte al niño o nos veremos obligados a disparar —repitió el agente.

—Por Dios, está muerto. ¿Lo has visto? ¡Muerto! Alto o le juro que disparo ¡Al suelo ahora mismo! —ordenó la compañera del agente, visiblemente nerviosa.

De nuevo, otro grito desgarrador.

La mujer reanudó su errática marcha hacia los agentes. Tras dar dos pasos, volvió la mirada a su mano izquierda. Parecía haber olvidado que aún sostenía el cuerpo sin vida de su hijo. Con un gesto nada ágil, acercó a su hijo hacia su boca. El crujido del hueso del brazo del bebé se escuchó terriblemente alto. La mujer mordió al niño sin ningún miramiento hasta obtener un pedazo de carne.

En ese momento, la agente disparó. El cuerpo sin vida de la mujer cayó sobre la acera entre espasmos, mientras de su frente salía un hilo de sangre espesa.

Luis no pudo aguantar y vomitó en la papelera más próxima. Con los ojos llenos de lágrimas, pensó que el café iba a durar muy poco en su estómago, así que decidió volver al trabajo.

La escena había ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, aunque a Luis le había parecido una eternidad. De nuevo en la oficina, se propuso volver al trabajo y olvidar la tragedia, pero le resultó imposible. En su cabeza se proyectaba una y otra vez la macabra escena, en su interior aún escuchaba el sonido de ese brazo al romperse y el grito desgarrador de la mujer.

—Parece que el mundo se ha vuelto loco. Justo hoy, un lunes.

¿Qué mejor día para que se vaya todo a la mierda? —comentaba en voz alta Sara, compañera de trabajo de Luis, mirando una televisión puesta en la zona de descanso.

—Es el tercer caso de agresiones con mordiscos que escucho hoy, y solo en Euskadi. Según tengo entendido se han registrado más ataques por toda la península —comentó otro compañero.

—Esto será alguna remesa de droga en mal estado, que la gente se mete de todo hoy en día —dijo otro.

—Según he leído en un foro, se están dando casos de personas con una especie de rabia. Su saliva es tan contagiosa que si te muerden en unas horas, estás jodido —comentó Jon, al que todos conocían como el paranoico de la oficina.

—¡Que alguien le diga a ese paranoico de Jon que se calle! Me está poniendo de los nervios —gritó Sara.

—Joder, esta última noticia ha sido aquí, en Bilbao, da mal rollo que una droga pueda hacer que muerdas hasta la muerte a otra persona —dijo Gorka, que acababa de entrar a la sala de descanso al ver el revuelo.

—¿Por qué iba a ser una droga?, ¿tan seguro estás? —preguntó Jon.

—Créeme, cuando tú estás sentado mirando foros de conspiraciones y demás mierdas, yo salgo por ahí. No te imaginas las cosas raras que hace la gente cuando va metida —respondió Gorka, aprovechando para burlarse de él.

Mientras, Luis seguía pálido, con la mirada puesta en su escritorio y la cabeza apoyada entre sus manos, justo en la frente. En su cabeza, la macabra escena estaba puesta en bucle.

—¡Luis! ¡Vaya! ¿Y esa cara? ¿Estás enfermo? —dijo Gorka, aún entre las risas de los demás.

—Yo… He visto algo horrible… —pero Luis no fue capaz de continuar.

—Vamos Luis, ¡seguro que no era tan fea! —respondió Gorka, dándole un flojo puñetazo en el hombro.

Luis obvió la broma de Gorka y contó la escena que había visto hacía apenas media hora, reprimiendo lágrimas y nuevas arcadas. Las caras de sus compañeros eran una mezcla de incredulidad y miedo; fueron pocos quienes se atrevieron a preguntar por más detalles.

—Acabo de leerlo, me han enviado la noticia. Tiene que haber sido horrible… Lo mejor será que te vayas a casa por hoy. Descansa y mañana estarás muchísimo mejor —le recomendó Sara, visiblemente preocupada.

Luis llamó a su jefa y le explicó que no se encontraba bien. Su jefa le puso muchas pegas, pero finalmente accedió. Permitió que Luis se fuera a casa, pero le recordó que esas horas las tendría que recuperar, y los informes que tenía pendientes los tendría que entregar esa misma semana. Luis no sabía si en realidad le estaba haciendo un favor o posponiendo su despido, pero en ese momento solo pensaba en llegar a casa y desconectar del mundo. Afortunadamente, el viaje de vuelta a casa en metro fue muy cómodo. Era casi la una y el tren estaba prácticamente vacío. Luis tuvo tiempo para distraerse en su corto trayecto a casa, aunque aún le venían imágenes del terrible suceso.

Ese día no pudo comer, cualquier cosa que entraba en su estómago salía en cuestión de minutos. Así que, decidió que ese aciago lunes lo pasaría en la cama. Pero la cama tiene la mala costumbre de recordarnos cada problema, cada suceso, cada error. Luis recordó a su madre, siempre tan cariñosa. Recordó a su padre, grande como un roble, con un corazón tan grande como él mismo. Deseaba haber podido tener más tiempo con ellos, pero la vida no entiende de pasado.

La vida solo mira hacia adelante, te guste o no. Un milagro que, en ocasiones, es tan cruel como bonito.

Recordaba también a su última novia. Sonreía aun solo con recordarla. Tan lista, tan guapa, con ese carácter que le enamoró hasta las trancas. Pero Luis estaba encerrado en su pasado, no era capaz de querer; o sí, mas él no comprendía ese sentimiento. Vivía con la culpa de no haber apoyado a su madre, de no haber estado con ella el día que decidió acabar con todo. Odiaba aquella sensación de vacío, odiaba aquella mañana soleada que solo se nubló para él, odiaba cada pastilla del estómago de su madre, se odiaba a sí mismo. Deseaba haber sido él, y no ella. «Seguro que mamá ya habría salido adelante», se repetía, hiriéndose a diario.

Entre recuerdos dolorosos, y con la ayuda del Diazepan, consiguió dormir hasta la noche. Despertó cerca de las nueve y decidió prepararse la cena. Abrió la nevera y cogió huevos y queso. Luis odiaba cocinar pero, en un alarde culinario, pensó que sería buena idea hacerse una tortilla. Comenzó a cortar las patatas que guardaba en un cajón junto a la nevera mientras tarareaba su canción favorita. Llevaba tres patatas peladas con cierta torpeza cuando el móvil comenzó a sonar. Antes de la segunda estrofa del «Best of you» de Foo Fighters, Luis cogió el móvil a toda prisa.

—¿Sí? —dijo Luis de mala gana.

—¡Luis! Soy Gorka, ¿qué tal estás? —Y antes de poder responder a esa pregunta, prosiguió—: Te llamaba porque la jefa se ha puesto hecha una fiera cuando te has ido y me ha pedido que te diga que los informes de cuentas tienen que estar listos para el miércoles. Es una tirana, tío. Ya lo siento.

—Joder, ya decía yo que lo de dejarme ir a casa tenía que tener consecuencias… —dijo Luis agobiado—. Mañana me pondré a tope con esa mierda, no vaya a ser que hunda yo a la empresa y no esa loca.

—Ya siento darte malas noticias, ya podría haberte llamado ella… —se lamentó Gorka.

—Bueno, te dejo, que estaba haciéndome la cena. Hasta mañana —dijo Luis, colgando sin dar tiempo a Gorka a despedirse.

Luis siguió preparando su cena mientras murmuraba insultos hacia su jefa, cuando su torpeza en el mundo de la cocina salió a relucir y se cortó en el índice izquierdo. Era un corte limpio, profundo y recto. La sangre brotaba de la herida, y Luis comenzó a notar un ligero mareo.

—Joder, no, no, no… —dijo Luis tapándose la mano con un trapo, visiblemente desfallecido, mientras llamaba a emergencias.

—Hola, ¿emergencias? Sí, verá… me he cortado un dedo haciéndome la cena y no soporto la sangre… estoy muy mareado.

—Lo lamentamos, pero no es una urgencia por la que debamos movilizar una ambulancia. Además, estamos colapsados por esos raros ataques que están pasando por todo Bilbao y solo prestamos servicios urgentes. Lo mejor será que acuda a urgencias por su propio pie —dijo una voz masculina.

Luis se vistió a toda prisa, una vez recuperado de su mareo. El hospital de Basurto se encontraba a cinco paradas de metro. Se maldijo por no tener el carnet de conducir, aunque también pensó que sería mejor no conducir, por si acaso volvían los mareos. Pensó si sería más rápido ir en autobús, pero no conocía su frecuencia.

Una vez allí, se sentó a esperar los siete minutos que quedaban para el siguiente metro. Se le hicieron eternos. Cuando pensaba que no podía esperar más, los gritos de los guardias de seguridad del metro le distrajeron de su dolor. En el andén, frente a él, dos guardias intentaban reducir a un hombre encapuchado que sostenía un espray de pintura roja en una mano. Había escrito algo en la pared, pero Luis no podía leerlo porque la pelea transcurría justo delante. Entre gritos, patadas y empujones, los dos guardias consiguieron reducirlo y llevarlo fuera para entregarlo a la policía. Justo antes de que llegara su metro, Luis pudo leer la pintada en la pared:

HILAK ETORRI DIRA!

Capítulo 2

La zona de urgencias del hospital era un completo caos. No quedaba ningún asiento libre, y la gente empezaba a amontonarse por toda la sala de espera. Luis pudo comprobar que no era el único sangrando en esa sala; allá donde miraba veía a alguien tapándose una herida. Unos en el hombro, uno en la mano, otro el antebrazo, el gemelo… Aquello parecía el después de una batalla. Luis se acercó al enfermero de la zona de triaje y le explicó lo ocurrido.

—Mantenga la presión en la herida y espere en esa sala, por favor. Oirá su nombre por la megafonía —dijo después de tomarle los datos, señalando a la abarrotada sala de espera.

Luis encontró una pared vacía sobre la que apoyarse, junto a un joven tatuado que se tapaba una herida en el hombro. El joven, pálido y sudoroso, estaba ya cansado de tanta espera.

—Joder, no solo me muerde un idiota sino que, además, tengo que esperar a que estos lentos me atiendan. Estoy hasta las narices de estar aquí —se quejó el joven.

—¿Te han mordido? —Luis no pudo contenerse la pregunta.

—Me acerqué a un tío que parecía mareado, o borracho. Le pregunté si necesitaba ayuda, él se giró, dio un grito y se abalanzó sobre mí, mordiéndome en el hombro. Solo he tenido tiempo de empujarle y me he venido aquí todo lo rápido que he podido —respondió el joven tatuado, limpiándose el sudor de la frente.

Luis sabía que, como con los números, dos es casualidad, pero tres guarda relación. Comenzó a pensar si el paranoico de su oficina podría tener razón y se avecinaba una epidemia digna de película. Pero su pensamiento estaba demasiado apegado a la realidad, y esas conspiraciones solo le interesaban en las series, libros y películas.

«Seguramente esto pase a menudo, pero nunca le damos importancia», pensaba Luis.

Pasada la primera hora de espera, el estado del joven tatuado empeoró mucho. Ahora apenas hablaba y unas venas azules coloreaban su frente. Sus ojos estaban rodeados de unas grandes ojeras, y lo que antes era una capa esclerótica blanca ahora comenzaba a plagarse de multitud de venas rojas. El joven se tambaleó en su asiento azul hasta que no pudo más y cayó sobre la persona que tenía al lado.

—¡Rápido un médico! —gritó el anciano sobre el que cayó el joven.

Una doctora bastante joven se acercó rápidamente hasta el enfermo y comenzó a tomarle las constantes vitales. Al mismo tiempo, una enfermera se colocaba unos guantes de nitrilo azules y examinaba la herida de su hombro.

—Doctora, esta herida parece muy infectada —comentó la veterana enfermera.

—Apenas le noto el pulso, ¡rápido una camilla! —exclamó la doctora.

Una vez sobre la camilla, el joven tatuado convulsionó repentinamente durante unos segundos, y los sanitarios comenzaron las maniobras de RCP.

Las horas siguieron pasando. Luis pudo observar cómo otros que presentaban heridas similares, en apariencia no muy graves, tenían un aspecto similar al del joven tatuado. Al parecer, tras el incidente del joven, los sanitarios decidieron atender con rapidez a los pacientes con síntomas similares.

—Ya ves lo que pasa. Si no te vigilas las heridas, se te «infestan».

Yo mismo me lavo mis heridas todos los días con suero «fisologico» y, aun teniendo «diabetis», se me curan todas estupendamente. ¡A mis treinta y tantos! —comentaba a su cuidador un anciano con un humor extraordinario desde su silla de ruedas.

La sala de espera era una sucesión de historias contadas a viva voz para quien quisiera oírlas. La gente allí combatía el aburrimiento hablando sobre sus males, y eso a Luis le incomodaba terriblemente.

Por fin, el nombre de Luis sonó por la distorsionada megafonía.

Acudió al mostrador, se identificó, y un enfermero bastante joven le indicó el camino. Llegaron en apenas un minuto a una zona de boxes separados con unas cortinas para preservar la intimidad de los pacientes, y aunque no se veía nada, sí se podía escuchar todo. Luis se sentó en una camilla, aún haciendo presión sobre su índice izquierdo.

Notaba cómo palpitaba, intentó mirar el estado de su dedo, pero la visión de la sangre frustró su plan. Pasados unos pocos minutos, un médico entro en su box.

—¿Es usted Luis, verdad? —dijo el doctor con un semblante serio.

—Cuénteme lo ocurrido y destápese el dedo, por favor. ¿Ha sido en casa? ¿En la calle? Parece un corte limpio, ¿nadie le ha mordido verdad?

—Sí… Verá, estaba cortando patatas, me distraje y me corté con el cuchillo… Soy incapaz de ver sangre, me mareé y, cuando me he recuperado, he venido hasta aquí —contó Luis, sorprendido por la última frase del doctor.

El médico, parco en palabras, comenzó a explorar el dedo de Luis, ignorando sus quejidos y gestos de dolor. Abría y cerraba la herida con la soltura digna de un veterano en las urgencias. De vez en cuando, mandaba doblar el dedo para comprobar su fuerza y si había sido afectado algún tendón. Cuando concluyó su examen se marchó sin mediar palabra y volvió en unos minutos con otro doctor.

—Bien, no parece haber signos de infección ni tendones afectados, y el corte es muy limpio. Mi compañero le coserá el dedo y le dará las indicaciones para las curas y la retirada de los puntos —explicó el doctor señalando a su compañero, mucho más joven.

—Perfecto, gracias. Aunque es muy probable que me desmaye mientras coses… —advirtió Luis.

—Sin problemas, mientras no te muevas todo irá bien —dijo animado el medico más joven, y comenzó los preparativos.

Antes de comenzar a coser, Luis volvía a estar visiblemente mareado. De su frente caían grandes gotas de un frío sudor. Cuando sintió el primer pinchazo, notó que su consciencia iba y venía.

Unos gritos le despertaron algo más tarde, Luis estaba cubierto de sudor. Se fijó en su mano izquierda y observó que estaba perfectamente vendada. De uno de los boxes, a su derecha, se podían oír varias voces de personal sanitario. Al parecer, un paciente había entrado en parada y estaban realizando las maniobras de resurrección. Entre tanto tecnicismo y nombre de medicamentos, Luis no supo exactamente qué era lo que ocurría ni si iba bien o mal, pero el nerviosismo era evidente.

Consiguió incorporarse en la camilla y poner los pies en el suelo.

Los gritos cesaron cuando uno de los médicos informó al resto de que el paciente había fallecido. Esto llamó la atención de Luis, quien ignoró su mareo e intentó escuchar la conversación.

—Dejadlo, ha fallecido. Atadlo y andad con cuidado, mira lo que le ha pasado antes al residente. Hasta que no sepamos a qué nos enfrentamos, dad la orden de atar a todos los que fallezcan. —Ordenaba un doctor, muy nervioso.

—Llamaré a una enfermera para que traigan las correas. Vamos al número 4, ese paciente presentaba síntomas parecidos y han avisado de que está dando problemas —explicaba una doctora.

La conversación fue cortada por un grito estremecedor. A Luis le pareció muy similar al de la mujer del portal. No podía comprender qué es lo que ocurría. Los gritos se iban sucediendo, sumándose a otros nuevos. La gente corría y gritaba, pero Luis distinguía dos clases de gritos: unos de horror, angustia o miedo y otros desgarradores, casi inhumanos.

Llevado por el nerviosismo y alarmado por lo cercano de aquellos gritos sacados del infierno, intentó ponerse en pie con la mayor prisa posible. Consiguió erguirse sobre sus dos extremidades inferiores ayudado por un carro equipado con material para curas, pero llevar unas horas tumbado en aquella camilla jugó una mala pasada a su tensión arterial, la cual descendió bruscamente provocándole un desmayo repentino. Consiguió agarrarse a la camilla para evitar caer, pero finalmente su cuerpo chocó contra el suelo con violencia.

Su consciencia iba y venía, conseguía abrir débilmente los ojos y, con su borrosa visión, distinguía gente corriendo, arrastrándose, y otros caminando renqueantes; pero caía otra vez inconsciente. Al final, recuperó el control de su cuerpo, pudo incorporarse y sentarse de nuevo en la camilla.

Un silencio sepulcral reinaba en la zona de urgencias. Luis se incorporó, ya recuperado, y echó un vistazo al pasillo que conectaba todos los boxes de urgencias con la salida. Hacia la izquierda se encontraban seis boxes y la propia salida, que es donde él quería dirigirse. Al salir del box, pudo comprobar que nada iba bien, en la pared podían distinguirse grandes manchas de sangre, algunas huellas de manos y lo que a él le parecieron agujeros de bala, que habían atravesado el pladur de la pared.

Estaba aterrado, no podía creerse lo que estaba viendo y tampoco entendía nada. Pero debía moverse, quería (o necesitaba) salir de allí.

Con pasos temblorosos, como quien camina al borde de un precipicio, emprendió su camino hasta la salida. El box siguiente por la izquierda estaba vacío, lo que le tranquilizó. Se metió dentro y, desde ahí, intentó comprobar si el siguiente estaba ocupado. Miró con cautela por debajo de la cortina que los delimitaba y lo que vio le puso los pelos de punta.

Una mujer tumbada en la camilla, con las extremidades atadas con correas, luchaba por liberarse. De ella salía un quejido ahogado, no ese característico grito desgarrador. Alrededor, las cortinas habían cambiado su color azulado por un tono rojo de sangre, que aún goteaba. Luis, al intentar sacar la cabeza a toda prisa, chocó contra un carro de curas y tiró una batea metálica. El sonido le pareció atronador en ese infinito silencio. Los movimientos de la mujer presa de las correas se acentuaron al escuchar el sonido y el grito ahogado se hizo más insistente. Luis se concentró en mantener la calma, si se dejaba llevar por el pánico todo acabaría fatal para él. No sabía lo que ocurría, pero las señales no dejaban lugar a dudas: debía salir de ahí o moriría.

Se tomó unos instantes para serenarse y reanudó la marcha hacia la salida, que parecía estar a kilómetros de distancia y no a escasos metros. Al pasar frente al box con la mujer atada, pudo comprender por qué no podía gritar: su garganta estaba completamente desgarrada y la sangre le impedía articular palabra o gritar. Presa del pánico, corrió hacia la salida sin mirar las otras habitaciones.

Se encontraba a escasos cinco metros de su objetivo cuando algo se aferró con fuerza a su tobillo izquierdo y le hizo tropezar. No tuvo apenas tiempo para reaccionar, y cayó de bruces contra el suelo. Se levantó, con la cara dolorida, lo más rápido que pudo e intentó levantarse, pero algo tiraba de él con violencia. Consiguió darse media vuelta para comprender lo que sucedía. Un cuerpo salía del último box arrastrándose hacía él. Agarrado firmemente a su pierna, consiguió salir lo suficiente y Luis pudo verle la cara: unos ojos blancos, con unas venas rojas en la esclerótica y una pálida cara que no paraba de lanzar mordiscos al aire. Quien antes era un hombre de mediana edad con ligero sobrepeso intentaba ahora llegar hasta él. Luis comenzó a patalear para zafarse de su agresor, pero era inútil. Fue entonces cuando pensó que no quedaba otra alternativa que la violencia.

Comenzó a dar patadas a la mano que le agarraba poderosamente hasta que consiguió liberarse. Con rapidez, se arrastró instintivamente hacia atrás mientras el hombre reptaba hacia él, pudiendo ver así cómo donde un día estuvieron sus piernas ahora solo colgaban jirones de piel y hueso. En ese momento, el hombre gritó de aquella manera tan grotesca. Luis se intentó levantar, pero algo tiró de él hacia atrás con fuerza.

Capítulo 3

—¿Y tú de dónde sales? ¿Qué te ha pasado en la mano? ¡¿Te han mordido?! —preguntaba muy alterado un joven enfermero.

—Soy Luis. Por favor, deja de apuntarme con eso. Me corté en casa mientras me preparaba la cena, luego me desmayé, y cuando he despertado todo parece haberse ido a la mierda. ¿Dónde estamos? ¿Qué hora es? No sé cuánto tiempo he estado inconsciente —respondió Luis, intentado orientarse.

—Estás en uno de los pasillos que lleva a los túneles, bajo el hospital, donde también están los vestuarios, cocinas… —explicó el joven, dejando de apuntarle con una barra de metal. —Solo se puede acceder con las tarjetas que tenemos los miembros del personal, así que, por ahora, estamos a salvo. Son las seis y veinticinco de la mañana. Si dices que te cortaste haciéndote la cena, te has pegado una buena siesta. Me llamo Andoni, por cierto. Esta chica de aquí se llama Rosa, conseguimos escapar por los pelos de la zona de triaje. Ahí fuera todo es un caos.

Con el sobresalto, Luis no había visto a la mujer de unos cincuenta años, con un traje rosa manchado de sangre.

—¿Qué ha pasado exactamente? —Luis ignoró las presentaciones.

—Todo comenzó con unos emails internos, avisaban de un brote vírico que causaba graves infecciones incluso en heridas superficiales.

Después llegaron nuevos datos sobre las personas infectadas, aunque nadie fue capaz de aislar el virus para encontrar una solución. Esas personas eran especialmente peligrosas, violentas, como si padecieran un brote de rabia. Por lo que pudieron averiguar, se transmite por la saliva de los infectados. Al principio, nos llegaban simples avisos de otras comunidades y países, pero pronto tuvimos los primeros casos aquí. Supongo que la falta de información y el escepticismo sobre muertos que caminan y atacan nos ha llevado a esta situación. —explicó el joven enfermero—. ¿Quién iba a pensar que algo así fuera posible? El primer caso fue en la morgue; el cadáver de un infectado se reanimó y atacó al celador. Intentaron tapar la noticia para no sembrar el pánico. Después llegaron más y más casos: ambulancias saturadas, las urgencias hasta arriba… Una locura. Y ahora… el hospital parece sacado de una película de George A. Romero. Están por todas partes.

Por lo que hemos podido ver Rosa y yo, los recién reanimados se mueven con más agilidad, aunque no pueden correr. Hemos visto caer al turno de tarde entero… y después, levantarse. Tenemos que salir de aquí. ¿Vienes con nosotros?

—¡Saben que estamos aquí! —susurró Rosa, colocándose contra la puerta que daba a los boxes de urgencias.

—Bien, estamos en el edificio de urgencias, la salida más próxima está cerca del edificio de gobierno. Iremos por los túneles, no creo que estén tan infestados como los edificios —dijo Andoni, tomando la iniciativa.

Luis no podía creer lo que estaba sucediendo. El mundo que conocía se tambaleaba, y la caída iba a ser dolorosa. Su cerebro intentaba procesar la información que el joven enfermero le había dado, pero su mente lógica se negaba a creer que los muertos caminasen.

—¿Muertos que caminan? Has visto muchas películas. Seguro que existe una explicación lógica para todo esto —espetó Luis, incrédulo.

—La OMS misma nos envió los últimos emails. Yo tampoco me lo creía, pero he visto cómo devoraban a mis compañeros y, más tarde, estos se levantaban e intentaban lo mismo con nosotros. —Respondió el enfermero.

—Por favor, vámonos ya. Los gritos y los portazos acabarán por atraer a más —suplicó la veterana auxiliar.

El camino por los túneles hasta la salida del hospital no era muy largo, pero debían ir con mucha cautela. Su viaje por el subsuelo les debía dejar en uno de los pasillos próximos a los vestuarios, a unos pocos metros de la salida. A partir de ahí, estarían al aire libre y, por tanto, a la vista de sus nuevos enemigos.

—¿Y qué haremos cuando salgamos? ¿Tenéis idea de dónde ir?

Debe de haber un sitio seguro, algo controlado por la policía —razonó Luis mientras bajaban las escaleras hacia los túneles.

—Lo último que hablé con un doctor fue sobre eso. Un mensaje emitido por radio avisaba de huir de las zonas más pobladas. Lo mejor sería huir hacia el mar, salir de Bilbao como podamos e ir dirección al mar —respondió Rosa.

—Bien, una vez fuera nos ponemos en marcha. ¿Alguien ha venido en coche? —preguntó Andoni.

—Yo en metro, no tengo carnet —respondió Luis.

—Mi marido me trajo a trabajar, espero que esté a salvo… —dijo Rosa, al tiempo que llegaba a la puerta antiincendios que separaba las escaleras de los túneles.

—Habrá que buscar un vehículo, aunque a saber cómo estará la autopista… Bueno, vamos a concentrarnos en salir con vida del hospital. Soy el único «armado» —dijo el enfermero, haciendo unas comillas con las manos—, así que iré primero. Seguidme de cerca y no os paréis, bastante acojonado estoy como para quedarme solo. El recién formado grupo de supervivientes se colocó en fila india, Andoni miró por el ojo de buey de la puerta antiincendios y, al ver despejado el túnel, abrió la puerta lentamente.

El túnel estaba iluminado por unas largas bombillas fluorescentes, muchas de ellas parpadeaban privando de luz, por momentos, algunas zonas. La visión era buena, aun con los defectos de las bombillas, pero lo que habían vivido y la ligera oscuridad que reinaba en aquel túnel otorgaban un aspecto siniestro a la escena.

Los tres supervivientes comenzaron a avanzar con cautela por el túnel. Cada sonido parecía una amenaza: el crujir de los tabiques, el titilar de las bombillas o sus agitadas respiraciones. En la lejanía aún podían distinguirse aquellos espeluznantes gritos, golpes y lo que les parecían disparos.

Cuando el grupo dobló la primera esquina se encontró con dos policías. Uno de ellos yacía en el suelo mientras era devorado por su compañero, que estaba esposado a una de las numerosas tuberías que recorrían los túneles.

—¡Santo Dios! —exclamó aterrorizada Rosa.

—Rápido, hay que deshacerse de ese que está esposado antes de que se ponga a gritar. Golpéale con la barra —dijo Luis, con miedo a ser delatado por aquel ser.

—¿Qué le pegue? Joder, no he pegado a nadie en mi vida, y menos matar a alguien. Además, he visto cómo les pegaban dos tiros y seguían tan tranquilos… —contestó Andoni.

—Tengo una idea, pero no os va a gustar… —dijo Luis llevándose la mano a la boca—. Tenemos la opción de averiguar cómo defendernos de esas cosas, incluso de cómo deshacernos de ellas. ¿Y si le damos en la mandíbula? Así no podría mordernos ni gritar para avisar a otros como él. Vamos a aprovechar que está esposado, esto multiplicará nuestras posibilidades de sobrevivir.

La mente lógica de Luis estaba dando un paso importante hacia la supervivencia. Había comenzado a distinguir humanos de muertos, aliados de enemigos. Como en muchas guerras, su cabeza había empezado a deshumanizar a quien le quería muerto, para poder así comenzar a defenderse sin el peso posterior de quitar una vida. Ahora era él o ellos. La vida o una muerte espantosa. Vivir o caminar entre los muertos.

Con un incómodo silencio, el grupo aceptó la idea, pero decidieron que fuese el autor de tan macabro plan quien lo llevase a cabo, pese a estar herido. Así, Luis cogió la barra y dio un par de golpes al aire a modo de ensayo; solo disponía de una mano, puesto que con la mano vendada no podía coger el arma. Con la seguridad que daba el quedar ocultos por la curva que hacía el túnel, pudieron planear bien su jugada. Andoni correría hacia el infectado para llamar su atención, en ese momento de distracción Luis le asestaría un golpe directo a la mandíbula.

El plan comenzó con una cuenta atrás. En cuanto Rosa llegó al uno, Andoni comenzó a correr hacia el policía esposado y a llamar su atención. Detrás de él, a una distancia de unos dos metros, le siguió Luis, con la barra en la mano derecha. El infectado se giró hacia el joven enfermero y, antes de poder emitir cualquier sonido, recibió un golpe en la cabeza. El golpe se desvió de la mandíbula varios centímetros hacia arriba, destrozando la sien del infectado. Eso provocó un traumatismo fatal en el maltrecho policía, que terminó sus días en este mundo con un agujero en la cabeza.

—Bueno… No era así como tenía que salir, pero hemos solucionado el problema —dijo un jadeante Andoni.

Luis tiró la barra de metal, ahora llena de sangre, y vomitó contra la pared. Rosa salió de su escondite para ayudarle, pero, al acercarse, el policía que yacía en el suelo la agarró por el tobillo haciéndole tropezar.

Lo que quedaba del agente comenzó a reptar hacia la asustada auxiliar lanzando dentelladas al aire, pero, cuando se encontraba a unos centímetros del pie de Rosa, una barra de hierro hundió su frente. La presión ejercida sobre el hueso por la barra de metal hundió el hueso frontal del infectado y provocó que su ojo izquierdo saliera de su órbita.

Sujetando la barra se encontraba Andoni, tembloroso y con los ojos vidriosos. Lanzó la barra con rabia contra la pared y comenzó a llorar.

—Se supone que las salvo, no que quito vidas —sollozó Andoni.

—Me has salvado la vida, era necesario. Ahora son ellos o nosotros, no te sientas mal —le consoló Rosa.

—Antes has dicho que les disparaban, pero seguían caminando. A este de un golpe lo hemos derribado. ¿Pudiste ver bien dónde les dispararon? —comentó Luis, limpiándose la comisura de los labios.

—Fueron todos directos al pecho —respondió el enfermero, aún entre lágrimas.

—Interesante, desde ahora nos defenderemos así.

Aprovecharemos su lentitud a nuestro favor. Concentrad los golpes en la cabeza o en sus piernas, no parecen muy hábiles —comentó Luis a modo de líder.

—Mira, este aún conserva el arma —dijo Rosa señalando al policía muerto en el suelo—. Y también la porra.

—Yo no he disparado en mi vida. Creo que nos va a ser más útil la porra, pero deberíamos coger todo lo que nos sirva de defensa —señaló Rosa.

El grupo de supervivientes cogió la porra, la pistola y la poca munición que llevaba el agente fallecido, y continuaron la marcha. El compañero parecía haber perdido sus armas en la pelea que acabó con él. Todo apuntaba a que, durante la refriega, ambos acabaron heridos, uno de ellos mortalmente. El otro parecía que había pensado esposarse para no suponer una amenaza cuando se reanimara.

Precariamente armados y dejando atrás una escena digna del peor de los crímenes, continuaron su marcha a través de los túneles. Todos tenían el temor de ser atacados de nuevo; ninguno de ellos quería enfrentarse a la muerte, a una violencia sin límites. Por si sus temores fueran poco, ninguno de los tres tenía nociones básicas sobre el manejo de armas de fuego, por lo que cargar con esa pistola les daba más miedo que seguridad.

Con la velocidad que el pavor marcaba, llegaron a una recta donde se encontraban la puerta de acceso a los vestuarios y, diez metros más adelante, la puerta antiincendios que protegía las escaleras que daban al exterior.

—Aquí están nuestros vestuarios. Sé que es un poco temeroso, pero me gustaría cambiarme de ropa. No tardaré nada, y los vestuarios deberían estar vacíos —dijo Andoni.

—A mí también me gustaría cambiarme —respondió Rosa.

Luis asintió con la cabeza, y decidieron entrar primero al vestuario masculino y después al femenino, pues estaban dispuestos en ese orden respecto a su posición. Lentamente, entraron al vestuario masculino y no se separaron hasta asegurarse de que estaban solos. El espacio parecía seguro, por lo que Andoni abrió su taquilla y se puso la ropa con rapidez.

También decidió llevarse su mochila. Salieron cuidadosamente y entraron sin demora en el vestuario femenino. Utilizando la misma técnica, se aseguraron de que la habitación estuviera vacía. Rosa se cambió de ropa con igual velocidad, y se dirigieron hacia la puerta de salida del vestuario.

—Esperad. ¿Qué se supone que haremos una vez estemos en el exterior? —dijo Luis al tiempo que se detenía.

—Yo iría hacia el mar, intentaría coger un barco o algo, hasta que se calmen las cosas —contestó Rosa.

—Lo veo bien, pero si el hospital es un caos, imaginad cómo estará el resto de Bilbao. ¿Cómo vamos a llegar hasta el puerto? —

Andoni parecía estar pensando en voz alta—. Supongo que deberíamos ver si hay alguna embarcación por la ría y, de no ser así, ir al puerto más cercano. Las autopistas estarán repletas de gente huyendo; supongo que un atasco en estas circunstancias sería una trampa mortal.

—¿Y el metro? —respondió Rosa.

—Oscuro, siniestro y sin vías de escape. ¿Tan malo he sido contigo estos meses? —intentó bromear Andoni.

—Supongo que si a nosotros nos ha parecido mala idea, al resto también —dijo Luis—. No creo que nadie se atreva a caminar a oscuras por las vías del metro… Es una línea recta hacia la costa, además. Siempre que los metros no estén circulando, claro.

—Vale, ellos son lentos. Lo mejor sería salir y correr hasta el metro de San Mamés; si son pocos, no nos cogerán. Una vez allí, vemos qué tal está aquello y, si todo está en orden, corremos hacia el metro —dijo Andoni.

—Vale, será mejor que nos llevemos esto —comentó Rosa, mientras sacaba unas linternas que utilizaba en los turnos de noche para no molestar a los pacientes encendiendo la luz de sus habitaciones.

Hechos los planes, los tres salieron del vestuario femenino en dirección a la puerta antiincendios. La abrieron con el cuidado de quien manipula un explosivo, lentamente se cercioraron de que el camino estaba despejado y comenzaron a subir las escaleras. Cuando llegaron a la puerta que daba a la calle, se detuvieron a intentar escuchar lo que ocurría en el exterior. Todo parecía en silencio, a excepción de alguna alarma y lo que parecían disparos en la lejanía.

Abrieron la puerta con sumo cuidado, intentando no llamar la atención de nada ni nadie. El exterior de los pabellones que formaban el hospital de Basurto era un conjunto de jardines y caminos que unían cada pabellón, a la vez que facilitaban el acceso a vehículos y viandantes. En otro momento, estos jardines eran el patio de recreo de muchos pacientes, no era raro ver pasear por allí a gente de todas las edades ataviada con las batas de hospital. Ahora, era un cementerio de muletas y sillas de ruedas vacías. Parecía que la guerra hubiese arrasado ese lugar: charcos de sangre, ropas rasgadas mecidas por el viento, cadáveres en ángulos imposibles; los restos de una cruenta batalla. Pero ni rastro de infectados, los muertos parecían haber dado una tregua a aquel paisaje desolador, o haber encontrado otro objetivo.

El grupo salió al exterior con pasos temblorosos, sin perder su formación defensiva en línea de a uno. Con la vista fija en cada esquina, el grupo se colocó instintivamente cerca de la pared del pabellón mientras se dirigía hacia la esquina del mismo. Después de dejar atrás ese muro, solamente el edificio de Gobierno les obstaculizaba la salida.

Andoni encabezaba la fila, armado con la barra de metal en una mano y la mochila en la espalda, donde llevaba guardada la pistola.

Rosa, aún desarmada, se encontraba en segundo lugar. Luis se encontraba en último puesto; con su mano izquierda vendada y colocada sobre su pecho, sujetaba en la mano derecha la porra arrebatada al policía.

El camino hasta la esquina del edificio era de unos treinta metros.

En ese trayecto, caminando pegados a la pared, no encontraron ningún obstáculo. El silencio gobernaba aquellos jardines, el sol comenzaba a salir entre las tinieblas de la noche, bañando los jardines con una tímida luz. De no ser por los acontecimientos, sería una preciosa mañana.

Se detuvieron en la esquina para asomarse con cautela. Desde su posición, podían ver el edificio que aún tenían que superar para llegar a su destino. Dos ambulancias les impedían ver la salida, así que decidieron acercarse a ellas para poder ver si era seguro. Corrieron casi agachados hasta su cobertura y se apoyaron contra la primera ambulancia. Rosa se asomó desde la parte trasera del vehículo de emergencias y volvió inmediatamente a ponerse a cubierto. Llevándose las manos a la cabeza, miró al resto del grupo con lágrimas en los ojos.

Los otros dos supervivientes decidieron asomarse.

Los muertos se contaban por decenas. Pacientes con batas de hospital, otros que ya no las conservaban, doctores y doctoras, enfermeros y enfermeras y demás personal del hospital, que ahora se habían sumado a las filas de los muertos, se amontonaban en lo que parecía una manifestación infernal. Una multitud que intentaba alcanzar a dos hombres vestidos con el uniforme de trabajadores de ambulancias. Se encontraban sobre el lateral de una ambulancia volcada justo en la salida del hospital. En la cabina, en el asiento del copiloto, una mujer sacaba los brazos por la ventanilla tratando de agarrar a los dos supervivientes del accidente. El vehículo había volcado sobre la valla roja y blanca que delimitaba la salida. Restos de esta valla habían entrado por la luna delantera de la ambulancia y atravesado a la mujer justo por su abdomen, dejándola clavada al asiento. Incomprensiblemente, seguía moviéndose con violencia entre unos gritos estremecedores y muy poco humanos. Sus ojos, otrora azules, ahora eran un mar de venas rojas sobre un fondo blanco. Unas venas azuladas surcaban su frente hasta ocultarse en un pelo rizado recogido por una diadema. Uno de los supervivientes sostenía entre sus manos temblorosas una pistola, mientras el otro estaba sentado con la cabeza oculta entre sus piernas, cerca, pero no al alcance de los muertos. El hombre sentado parecía rendido, daba la sensación de que, en cualquier momento, iba a arrojar su cuerpo a ese mar de cadáveres.

Su compañero daba pasos, asomándose a un lado y a otro del vehículo, se llevaba las manos a la cabeza, visiblemente nervioso, pues se veía rodeado. El vehículo era una isla, un reducto seguro por unos instantes en un océano de violencia, dientes y muerte. Era lógico pensar que nunca había tenido un arma en sus manos; la miraba y manipulaba con suma torpeza. El estrés de los gritos, y los brazos zarandeando la maltrecha ambulancia comenzaron a hacer mella en los dos trabajadores, que comenzaron a gritarse mutuamente.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 haziran 2025
Hacim:
180 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788418848728
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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