Kitabı oku: «Telefónica»

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TELEFÓNICA


ILSA BAREA-KULCSAR

TELEFÓNICA

UNA NOVELA

TRADUCCIÓN DE PILAR MANTILLA

EDICIÓN DE GEORG PICHLER


SENSIBLES A LAS LETRAS, 52

Título original: Telefonica, 1939

Primera edición en Hoja de Lata: mayo del 2019

© Heirs of Ilsa Barea-Kulcsar, 1949

© de la traducción: Pilar Mantilla, 2019

© del epílogo y notas: Georg Pichler, 2019

© de la ilustración de la cubierta: Joan Mundet, 2019

© de las fotografías: Collection Uli Rushby-Smith

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2019

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.° E, 33212 Xixón, Asturies [España]

info@hojadelata.net / www.hojadelata.net

Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez

ISBN: 978-84-18918-34-6

Producción del ePub: booqlab

Este libro ha recibido una Ayuda a la Traducción de la Cancillería Federal de Austria, Departamento II/5 Literatura y Edición.

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ÍNDICE

En lugar de una dedicatoria

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Cuarta parte

Madrid, otoño de 1936

Notas

Telefónica, de Ilsa Barea-Kulcsar, por GEORG PICHLER

EN LUGAR DE UNA DEDICATORIA

Acabo de leer en el periódico la noticia de la entrega de Madrid. Las tropas del general Franco han entrado en la ciudad. Las mujeres y los niños han mendigado pan a los soldados, los hombres, cigarrillos. Han izado la bandera de la España nacional en lo más alto del edificio de la Telefónica, el rascacielos que durante los años de asedio fue el más bombardeado y tiroteado... algo así decía el escueto comunicado.

Delante de mi habitación se extiende un césped verde que una niebla fina y suave empieza a envolver. Un tordo se ha posado en la valla. En el seto alborota un coro de pajarillos. Los cálices amarillos de las campanillas de primavera ondean en silencio. Estoy en Inglaterra. Pero el zumbido de motores de avión se oye más que el chisporroteo de la madera húmeda de la chimenea. Tres pájaros negros surcan en un vuelo bajo y lento el apacible horizonte. ¿Aviones de maniobras o la fuerza aérea? Aquí tienen tiempo de formar a los pilotos porque Madrid ha resistido hasta ayer, no se rindió hace dos años y medio.

Pronto no se entenderá cómo fue. Surgirán leyendas que ocultarán a los hombres vivos o ya muertos que no quisieron someterse y no se entregaron porque no les parecía justo. En aquellos meses yo vivía en la Telefónica de Madrid. Quiero intentar hacer vivir a estas personas —no la verdad oficial sino la verdad interior de todos nosotros— en un libro, tal y como se han adueñado de mí: por eso no veo el sentido de dedicarles este libro.

***

Los feos edificios de Madrid se transforman en una ciudad espléndida cuando la tarde luminosa los hace relucir como bloques fantásticos delante de los montes en el ocaso, o cuando el sol blanco del mediodía los dibuja como superficies lisas y estridentes con finos bordes umbríos sobre la campana centelleante del cielo de un intenso color azul.

Entonces ese rascacielos americano que es la Telefónica pierde sus ridículas molduras y sus torrecillas y se convierte en la torre vigía de esta ciudad de ensueño.

La Telefónica era la atalaya y el símbolo de Madrid en aquellos primeros meses de sitio, cuando la gente, sobreponiéndose a sus pequeños miedos y a los pequeños actos de valor de sus vidas individuales, se convirtió en un solo pueblo en lucha. Este destino común de vida y muerte al que nadie podía sustraerse creó una cálida unión en el interior de los elevados muros de hormigón de la Telefónica, porque los que trabajaban y vivían allí se sentían como la avanzadilla de la muerte. Y sin embargo, nadie murió durante esos meses en la Telefónica de Madrid, y el edificio sobrevivió con cientos de impactos de granadas en el cuerpo.

Sus ventanas miraban al frente. A sus pies se amontonaban sacos de arena. Y por las tardes, antes de que llegase la oscuridad total y empezasen los combates nocturnos, veíamos brillar a nuestro Madrid torturado y destrozado por la batalla desde la torre de la Telefónica, como si fuera una fortaleza incorpórea y atemporal.

ILSA BAREA

Hertfordshire, 29 de marzo de 1939

PRIMERA PARTE
I

—¿Es cierto que cuando oyes silbar las bombas ya no te pueden dar? —preguntó Johnson.

Iba por la calle de Alcalá con Simms y Warner, con la sensación de atravesar una selva inexplorada. Era el 16 de diciembre de 1936. Estaba en Madrid, y en la redacción esperaban que les enviara una serie de reportajes sobre la defensa e inminente conquista de la ciudad. Hacía solo cinco días aún estaba en Londres. Eso le parecía fantástico.

—Sí, es cierto —le respondió el pequeño Warner, que prefería aferrarse a esa parcela de tranquilidad—. Por lo menos eso espero. —La cara de ratón de ojos vivos traslucía tensión interna, todos los músculos trabajaban bajo la piel. Llevaba ya tres meses en Madrid como corresponsal de guerra.

De alguna parte llegó un estruendo sordo.

—Ha sido por la plaza de Callao —dijo Simms, que vivía en Madrid desde hacía cinco años y conocía y amaba cada una de sus calles—. Suena como si fuera de gran calibre... No, lo de los silbidos es una leyenda. No se puede uno fiar de nada. Nunca se sabe si te van a dar o no.

Siguieron caminando en silencio.

—¿Lo de ahora ha sido un obús? —preguntó Johnson. Su fino rostro de intelectual bajo el pelo de un rubio pajizo solo expresaba curiosidad, pero en su interior se preguntaba desconcertado: ¿A qué mundo he ido a parar?

Warner lo había tomado por un obús, pero prefirió decir:

—No. Por cierto, si oye una explosión cerca, tírese al suelo, Johnson.

—Ya me lo ha dicho todo el mundo. Creo que así se me estropeará el traje —dijo Johnson. Suena muy afectado decir eso, pensó, y añadió—: Bueno, es mi primer día en Madrid.

Doblaron para entrar en la Gran Vía.

—Allí está la Telefónica —dijo el pequeño Warner—. Ya sabe, la central de teléfonos. Es de los americanos, ahora la ha reclamado la República y está bajo el control de la autoridad militar. Mire bien el edificio, Johnson, allí es donde pasará la mayor parte de su tiempo. La prensa y la censura se alojan allí. Es el edificio más alto de Madrid y el mejor blanco para los nacionales.

Johnson contempló el gran bloque liso con las clásicas torrecillas sobre la moldura del tejado.

—¿Por qué trabaja ahí la prensa si el edificio corre ese riesgo? —preguntó, y pensó en su amiga Anita, que desde aquel día tenía que estar en el edificio ejerciendo de censora, qué oficio tan desagradable, y servir de blanco.

—Desde ahí podemos llamar al extranjero —explicó Simms, que iba junto a Johnson dando largos pasos tranquilos, tan callado como de costumbre—. Por eso nos han instalado un despacho. Es más seguro que pasar por esta calle con cada noticia que surja. No es un camino agradable.

—Además, la Telefónica es el puesto de observación del Estado Mayor —dijo Warner, que siempre se empeñaba en mostrarse bien informado, precisamente porque sus colegas, por su juventud, no lo tomaban del todo en serio—. Si uno se fija en lo que sucede en el edificio, se puede adivinar todo tipo de cosas. Solo que la censura es estúpida y a los anarquistas los enloquece el miedo a posibles espías.

Un silbido agudo y prolongado: los tres tensaron los nervios para estar preparados para la explosión.

No hubo ninguna explosión, solo un golpe amortiguado. Una fina nube de polvo salió de uno de los tejados de enfrente.

—No ha explotado —constató Simms—. De lo contrario no habríamos tenido tanta suerte. La metralla de las granadas vuela muy lejos.

El pequeño Warner se había puesto un poco colorado.

—Siempre me alegra haber terminado este recorrido —dijo.

Johnson se sacudió como un perro saliendo del agua. Miró a los que pasaban —soldados en uniformes con prendas de diferentes procedencias, chicas sobre tacones altos con peinados de rizos complicados y labios de colores chillones— y preguntó:

—¿Uno se acostumbra a eso?

—Hasta hace ocho días no estaba tan mal la cosa, hasta el 7 de noviembre. Todavía no lo sé —contestó Simms, cuyo rostro enjuto con inesperados ojos oscuros no se había inmutado.

—¿Tenéis miedo? —insistió Johnson. Quería aprender a captar ese aire tan extraño.

—¡Todos tienen miedo! —exclamó Warner—. Ya se dará cuenta de lo que es Madrid... si Franco le da tiempo para ello. El primer día todos están perplejos, pero después viene lo serio.

—Es mejor que caminemos rápido —dijo Simms.

La explosión llegó por sorpresa, sin ser anunciada por ningún silbido. Primero algo parecido a un golpe, luego el estallido en sí y la presión del aire, el sonido de cristal y la caída de trozos de piedra. Cada uno sintió el golpe en el propio cuerpo, sintió el corazón agitarse y el cerebro detenerse: esperando lo desconocido.

Warner se echó a tierra, Simms se apretó contra la puerta de una tienda. Johnson se encontró solo, con el pulso acelerado y la sensación de que se le encogía el estómago, solo en mitad de la acera repentinamente vacía. A unos treinta metros rodaba una lenta nube negra por la calle, se expandía y se diluía convertida en humo gris.

—Entonces eso era un obús —se dijo en voz alta. A través del humo vio moverse unas figuras oscuras. De todas partes por las puertas de las casas empezó a salir gente que continuaba andando a toda prisa. Oyó gritos que no entendió y se sintió tremendamente solo.

—Mi bautismo de fuego como corresponsal de guerra —le dijo a Simms con expresión de sorpresa en los ojos—. No he pasado mucho miedo.

—Deprisa, ahora nos quedan quizá un par de minutos —respondió el otro. Warner ya se les había adelantado.

—Es soportable. —Simms, alto, de largas y delgadas extremidades, avanzaba a pasos regulares y bien medidos mientras hablaba sin prisa—. Nosotros estamos aquí por unos periódicos. Los españoles, por su vida.

Una humareda venenosa persistía en el aire; el atardecer había llenado la calle de un gris neblinoso; todo parecía un mal sueño.

—¡Aquí le han dado a alguien! —gritó Warner, que se había detenido. Junto a la mancha clara sobre el pavimento, donde había saltado la piedra, había un charco pequeño y oscuro.

—No lo pises, a mí me pasó una vez y me puse fatal —dijo Warner en voz baja.

—¿Está lejos la Telefónica?

—A unos minutos, unos doscientos metros. Está lejos. Vamos —dijo Simms.

Caminaban más despacio que antes, no más rápido. Johnson lo constató. ¿Queremos demostrarnos que no tenemos miedo?, se preguntó, y luego dijo:

—Material para mi primer artículo desde Madrid. Otro mundo.

—Un mundo extraño —dijo Warner—. Nunca lo entenderemos del todo. Hace ocho días apostamos que Madrid caería durante la noche. Esta gente no puede creer en la victoria, ¿por qué no acaba de una vez?

—¡Venga, Johnson, tómese un whisky! —Simms se les adelantó al atestado bar del Hotel Gran Vía—. Beba a la salud de la Telefónica, que no le acierten demasiado.

A lo largo de la barra semicircular del bar estaban sentados ruidosos soldados y algunas chicas, no muy guapas, demasiado maquilladas, pensó Johnson. Oyó un traqueteo y no sabía si era una metralleta o una moto. Nadie se volvió. Solo Simms se cruzó con su mirada interrogante y dijo:

—Es el frente. A kilómetro y medio bajando la calle. Incluso algo menos. Pero hoy es un día tranquilo.

—Día tranquilo, día tranquilo, sin novedad en el frente —dijo Johnson—. Creo que en guerra todo el mundo está un poco loco. Así que esto es un día tranquilo para darme la bienvenida a Madrid. Empiezo a aprender español.

Bebieron. Todos los que estaban sentados en los elevados taburetes de la barra bebían vino. Hacían mucho ruido. A Johnson le dio rabia no entender absolutamente nada y estuvo a punto de enfadarse con esas extrañas personas incomprensibles.

—¿Cómo se entera uno de las noticias oficiales? —preguntó.

—Lo mejor es ir a la Telefónica y acercarse al frente dando un paseo. Es ahí donde está la auténtica primicia, Johnson, en esa gente y en estas calles, detrás del frente. —Simms se animó por un momento—. Y en la Telefónica.

—Crucemos la calle antes de que vuelvan a atacar. ¿No habéis oído los últimos trallazos, justo ahora? —gritó Warner a través del ruido. Se había colocado en la puerta y volvió rápidamente a la barra.

Ya estaban en la calle y la cruzaron a toda prisa.

—No he oído nada, todavía no conozco bien los ruidos de la guerra —dijo Johnson medio disculpándose—. ¿Siempre hay estas pausas entre los tiros?

—Preferimos suponerlo —contestó Simms secamente.

De un segundo a otro la niebla se espesó.

—En la oscuridad no disparan mucho, solo hacen algunas pruebas —constató Simms cuando ya habían alcanzado la fachada lisa de la Telefónica y doblaron la esquina.

Coches en una calle estrecha, mucha gente en la acera, un puesto de guardia, una puerta pequeña en un portal imponente: entraron en el vestíbulo de Telefónica.

—Estamos en casa —dijo Simms. Explicó algo en español a un hombre seco y desagradable, de mandíbula poderosa y nariz aplastada—. Es un funcionario de control anarquista, registra a todos los que entran por si llevan armas. Pero nosotros somos de la prensa, le he acreditado, Johnson.

Se oyó un golpe sordo, los cristales de la puerta tintinearon y las paredes retumbaron en silencio. Las numerosas personas que estaban en el vestíbulo, hombres, mujeres y niños hablaban todas a la vez. Pero no pasó nada más. Solo un hombre se acercó al teléfono interno para hacer una llamada.

—No ha sido más que la moldura del tejado —aclaró Simms, que había estado escuchando.

—¿Han dado a nuestro edificio? —preguntó Johnson. Miraba las caras españolas pasando de una a otra y no entendía nada de lo que veía. ¿Cómo se hacía para vivir ahí?

Es otro mundo, se respondió a sí mismo.

II

Era una noche gélida y oscura, sin luna ni estrellas. La niebla de la tarde se había disipado, pero el aire aún estaba impregnado y teñido de ella.

En la habitación del comandante de la Telefónica no había ninguna luz encendida porque la ventana estaba abierta. Agustín Sánchez se inclinó sobre el antepecho e intentó mirar hacia abajo, hacia la Gran Vía. El ancho desfiladero que formaba la calle estaba sumido en una oscuridad tan impenetrable que creyó apoyarse en él como en un cuerpo.

Del frente más cercano llegaban los trallazos de fusiles en breves intervalos. Desperdicio de munición, nerviosismo, pensó. Las noticias sonaban mal, eran muy imprecisas. No debería haber llamado al Ministerio de la Guerra, tendría que haber ido él mismo. Hoy era un día relativamente tranquilo, así que no podía esperar que viniera el general. Y tendría que trabajar toda la noche y hacer pausas cortas para dormir, sin saber exactamente cómo estaba la cosa y hasta dónde se había acercado el enemigo. En realidad, le venía muy bien no tener tiempo de dormir, porque la incertidumbre hacía que el pesimismo se apoderase de él y en la cama le habrían torturado las pesadillas. Cuando conocía lo peor y veía que no era tan malo como sus miedos secretos, sentía que le invadía un valor casi alegre que los demás no llegaban a entender y que tomaban por una valentía especial. Quizá hoy sería también así si hubiera ido al Estado Mayor y supiera por qué reinaba tal silencio en el frente, en lugar de tratar de adivinarlo.

Y sin embargo, aunque hubiese tenido un par de horas libres, o incluso si no hubiera estado prisionero de ese trabajo, no habría querido abandonar el edificio de Telefónica. Aquí le eran familiares las escaleras incluso en la oscuridad. Aquí ya le habrían matado hacía tiempo si alguno de los cientos de trabajadores y empleados hubiera querido aprovechar la ocasión: así pues, aquí estaba seguro. Aquí estaba el trabajo que mantenía a salvo su cordura. Afuera le invadían el miedo y la furia, su ciudad se había convertido en algo extraño y las personas, en seres incomprensibles.

Todo esto es una locura, pensaba, y probablemente nos hundiremos todos. Pero los otros también. ¿Para qué trabajo como un loco, por qué no cojo mi pistola y mato a tiros a unos cuantos cerdos antes de que termine todo? Mi cobarde miedo de siempre a derramar sangre. ¡Qué crimen más grande es esto, con lo bonito que podría ser!

Ah, a la mierda, me sumo en mis pensamientos para poder escucharme a mí mismo, pero todo es distinto y mucho más difícil. Ya no entiendo nada del todo, hay que tener cuidado con los pensamientos. Solo que estoy tan cansado. Los del Consejo Obrero me van a dar mucho la lata. Sí y no, qué voy a hacer con ellos, a lo mejor tienen razón. Pero siempre estos anarquistas y comunistas. ¿Es que no tienen otras preocupaciones? Yo sí las tengo. Demasiado bien sé dónde está la nueva artillería que nos está disparando.

Era un obús hermoso. Como una rosa.

Espero que Paquita no se haya dado cuenta de que tengo media hora libre. Que no suba. No merece la pena. No me apetece. Tengo trabajo.

La pequeña del sótano, la de los refugiados de Carabanchel, tiene buenos pechos; seguro que está en celo, porque están de punta. Pero no me apetece. No tengo ni idea de lo que me pasa. Me gustaría acostarme con una, pero mi cerebro no quiere, así que no tengo ganas. Eso no es tan importante. Pero cuatro semanas... Nunca había estado tanto tiempo sin mujer desde entonces, desde que tuve la pulmonía. Paquita es un mal bicho, me lo pone difícil a propósito. Y desde hoy está también Pepita en el edificio. No debería haber consentido que viniera a la Telefónica. En su caso es la histeria total. Pero ¿qué iba a hacer?

Hoy están disparando de forma irregular. Muchos obuses, lo que quiere decir que están intentando afinar la puntería. El de ahí apuntaba mejor, si es que quieren darnos.

Debería bajar a ver cómo se ha acomodado Pepita con los niños. Seguro que mal, como siempre. Pero no puedo hacer nada más. Y no quiero que se me vuelva a colgar del cuello. La excita aún más y yo ya no quiero. Las mujeres tienen que entender de una vez por todas que no puedo y no quiero y que hay guerra. Aunque sea una excusa por mi parte. ¿O no? Ya no sé nada, no entiendo nada, no sé qué va a ser de mi vida. Pero es lo mismo, porque todos vamos a morir.

—Moriremos todos —dijo Agustín en voz alta, y se echó a reír. Porque nunca tuvo miedo a la muerte, pero sí al dolor y a la suciedad.

Hoy ya había trabajado catorce horas intensamente. Tenía un trabajo infinito ante sí, y muy poco que pudiera pasar a su suplente. Toda la administración militar de Telefónica estaba a su cargo mientras su superior, el coronel, siguiera en Valencia. Agustín estaba empezando a comprender lo grande que era su responsabilidad. Estos cables de teléfono eran los únicos hilos que llevaban desde el Madrid sitiado al mundo exterior. El sabotaje siempre era una posibilidad. El Estado Mayor tenía su puesto de observación en el piso superior del edificio. El espionaje siempre era una posibilidad. Sabotaje y espionaje: todos los empleados de Telefónica estaban poseídos por el miedo a estas dos magnitudes desconocidas.

La Telefónica tenía trece pisos y dos sótanos. En lo más profundo de la tierra estaban los refugiados de los suburbios y de los pueblos de los alrededores de Madrid. En el piso trece estaba el puesto de observación de la artillería. En medio, apretujada en las habitaciones de doce pisos, la maquinaria de la red telefónica para toda España y al mismo tiempo un corte transversal en el Madrid del asedio: otros refugiados; obreros; policías; milicianos; puesto de Primeros Auxilios; empleados; los oficiales de observación del Estado Mayor, evitando con temor cualquier contacto; como si fueran cuerpos extraños, aislados, los empleados de los capitalistas americanos, que eran dueños de las líneas telefónicas y tenían el monopolio en España, aunque desposeídos en ese momento por el control del Estado; la oficina militar, instancia superior de la administración del edificio, y en la que solo estaba Agustín; una cantina espaciosa; camas de campaña en todos los espacios posibles para la gente del turno de noche; un ejército de telefonistas que en parte dormían en el edificio para no tener que ir de o al trabajo bajo una lluvia de proyectiles; en el cuarto piso los periodistas de la prensa extranjera; en el quinto, la censura de prensa, departamento del Ministerio de Asuntos Exteriores, y la censura de teléfonos, el comité de los empleados de Telefónica; en medio máquinas y más máquinas, valiosas y casi insustituibles; luego las habitaciones de los sindicatos, el Consejo Obrero y sus instituciones; los carteles de la organización; los materiales para reparaciones; la vida técnica, la vida política, la vida militar, máquinas de escribir y telescopios de tijera. Y, atravesando el edificio, los cinco enormes huecos de ascensor y la estrecha escalera, tan peligrosa si cundía el pánico. Todo eso estaba en el punto de mira de los cañones y de los bombardeos de los fascistas.

Tienen razón al querer destruirnos, pensaba Agustín. Somos una de las centrales nerviosas de Madrid. El cerebelo. Aunque probablemente los señores periodistas se consideren el cerebro. Vaya una pandilla más fatua y ridícula; se les deja demasiada libertad. ¿Por qué tienen que vender primicias a nuestra costa? Estos extranjeros son todos iguales, estos extranjeros; no es más que negocio. La censura no vale para nada. Está claro que es un negocio repugnante. ¿Cómo se llama el censor bajito, grasiento, ese al que le falta un diente? Son tal para cual. El jefe es un hombre mayor y honrado, pero es demasiado bueno. Los corresponsales hacen lo que quieren con él. Tendré que intervenir un poco. Los censores de teléfonos son unos burros. No entienden la mitad de las cosas y siempre me vienen con sospechas cuando se trata de algo inofensivo. Y por supuesto, se les pasa lo más peligroso.

Vuelvo a estar normal, pensaba Agustín. Si las historias de mujeres no me calientan la cabeza y consigo no pensar en lo que significa todo aquello, esta noche no se me dará mal el trabajo.

Cerró la ventana y corrió con cuidado la tela negra de algodón de la cortina antes de encender la débil luz de la lámpara de la mesa, cubierta de azul. Sonó su teléfono: el arquitecto del edificio tenía que hablar con él sobre la adaptación de los baños para los refugiados.

Cuando estaba fijando una reunión para la mañana del día siguiente, apareció Paquita en la habitación, sin llamar ni saludar. La saludó con la cabeza e hizo una pregunta técnica al teléfono, sin pensarla, al buen tuntún. Se estaba imaginando la inevitable escena que iba a producirse: él, atareado y amable, ella, insistente y fuera de control. Tan apasionada que él casi claudicaría y, sin embargo, sentiría un profundo rechazo. Un cansancio indolente lo paralizó. Había que evitar a toda costa que pasara algo, de una manera o de otra. Algo tenía que cambiar, sí, pero en ese momento no quería saber cómo o cuándo.

La voz del arquitecto sonó sorprendida al teléfono. Porque por suerte el comandante Sánchez en otras ocasiones era muy claro en lo referente a las cuestiones técnicas. Empezó a explicarse en exceso.

Entretanto, Paquita caminaba por la habitación. Caminaba despacio moviendo las caderas conscientemente, como hacía siempre desde que había descubierto que a él le gustaba ver sus claras líneas curvas y que esta manera de andar le excitaba. Sabía que su cara —de líneas grandes, carnosas y regulares con grandes ojos redondos muy abiertos— no le atraía especialmente. Lo que Agustín tenía que ver era su cuerpo. Tenía que contemplarlo. ¿Por qué tenía él esa cara de mártir atormentado, con las aletas de la nariz tensas, largas sombras bajo los pómulos y en las sienes y una boca tan severa?

Se sentó en la butaca con brazos, que le pareció una especie de barricada frente a Paquita: era de una madera tosca e imposibilitaba cualquier intento de aproximación. Pero la seguía con la mirada. Ella lo notó y continuó caminando por la habitación, pegada a las paredes, toqueteando los libros y dando pasos muy cortos. Eso le permitía impulsar el movimiento curvilíneo. Y la escasa luz suavizaba la rudeza atrevida de sus rasgos.

Agustín soltó una risa algo burlona, pero los músculos de su barbilla huesuda y angulosa se tensaron. De repente gritó al teléfono:

—Lo mejor es que suba un momento ahora mismo. Así tendré tiempo de bajar con usted al sótano antes de que pongan la conferencia desde Valencia.

Y colgó.

Paquita se apoyó en la librería y dijo:

—Lo que se va a alegrar tu mujer cuando la vayas a ver. Así no tendrá que subir en mitad de la noche a buscar dinero. Y después de la conferencia tendrás tiempo de dormir en la salita. Solo tengo turno hasta las dos. Luego voy a verte, ¿vale?

Era muy directa porque sabía que tenía poco tiempo para conversar y notaba desde hacía días que Agustín se le escabullía. En realidad ya hacía seis meses que lo venía notando y luchaba contra ello como podía. Pero hacía un mes que iba en serio. En todo ese tiempo no se había acostado con ella. Tampoco con otras, desde luego; ella podía controlar su vida al milímetro. Él afirmaba que ahora no podía tener vida privada. Pero ella no le creía, porque la mayor parte de los hombres que la rodeaban iban más con mujeres durante la guerra porque querían disfrutar de la vida. El que la mujer de Agustín, Pepa, estuviera en el edificio desde ese día, era un motivo más para conseguir acostarse con él, porque si no, al final lo haría con Pepa. Con su hambre. Porque tenía hambre de mujer. Lo veía, tenía buena vista. Seguro que tenía fuego en el cuerpo, como ella, Paquita. O se iría con alguna de las muchas chicas que había en la casa. Todas querían, las muy putitas. Pero ella jugaba con ventaja: él hablaba con ella una y otra vez; con las otras, no. Resultaba curioso lo que parecía significar esto para él, ese hablar y ser comprendido, y sin embargo era totalmente secundario. Pero así era él, así que había que hacerle hablar antes de que llegara el maldito arquitecto. Porque él todavía no le había dicho que fuera esa noche.

Interrumpió el silencio con su voz ronca y grave:

—Tinito, ¿estás muy cansado? ¿O es que estás enfadado porque esos señores de Valencia no te mandan los recambios? ¿Qué te pasa?

Agustín tenía claro que hablaba demasiado con Paquita, le contaba demasiadas cosas. Pero había sido la telefonista de su despacho; sabía mucho de él y sobre él y a ella le interesaban sus asuntos. Al contrario que a su mujer. Y además Paquita le quería mucho, se decía.

Solo le respondió:

—Déjalo, niña. —Ella se le acercó de inmediato, porque la voz de él no mostraba reservas, como en otras ocasiones—. ¿Sabes que hoy hemos tenido que retroceder otros doscientos metros en la Casa de Campo? Ya no entiendo cómo va la línea del frente, en zigzag. Nos han metido muchas cuñas en nuestras posiciones y tengo miedo de que nos aíslen por completo.

No debería decírselo, pensó al mismo tiempo. Pero estoy tan cansado. No se puede estar siempre solo. A lo mejor sí que me voy hoy con ella a la salita. Alguna vez me alcanzará una granada y solo seré un amasijo de jirones de carne. Por lo menos ella piensa en mí. Solo me tiene a mí. Al menos no hay que portarse mal con otros. Los niños... no quiero pensar lo que Pepita ha hecho de mi vida.

Permitió que le acariciara los cabellos, cosa que normalmente no le gustaba, porque siempre lo hacía con un gesto de posesión. Paquita vio cómo cedía. Tenía su oportunidad, pero no tenía ni idea de la verdadera naturaleza del hombre con el que llevaba acostándose tres años y que se había confiado a ella durante cinco años. Daba por seguro que estarían juntos esa noche si podía enardecerlo un poco más, y al mismo tiempo pretendía aprovechar su estado de ánimo para el siguiente objetivo:

—Tinito —dijo—, aquí estás haciendo el idiota para los mandamases: estás atrapado en la trampa y ellos en territorio seguro. No tengo ganas de morirme de hambre en Madrid cuando nos aíslen por completo. Ya has sacrificado bastante. Puedes conseguir que te trasladen. Anda, vayamos a Alicante, allí estaremos bien.

Le pasó la mano por la cabeza y luego empezó a acariciarle la parte interna del muslo.

Agustín sintió de repente un enorme vacío en el estómago. Su cansancio se transformó en una náusea repentina. No seas tan interesada, niña, no me gusta ver que intentan seducirme, pensó. Tomó la mano de ella con una presión neutra e indiferente, la alejó de su cuerpo y la posó sobre la mesa como si fuera un objeto muerto. Por un momento estuvo a punto de decirle que era evidente que ella no entendía cómo sentía él Madrid y esta guerra, y por qué tenía que quedarse esperando la muerte. Pero en ese preciso instante tuvo la certeza inequívoca de que durante años no había estado hablando con una persona, sino a una persona. Que no había visto su incapacidad para comprender porque no había sido sometida a prueba. Y que jamás podría restaurar esa ilusión de que tenían algo en común.

En la Telefónica se puede mentir y engañar peor que en la vida normal, pensó, pero ese pensamiento le pareció pueril.

—Ahora vete, Paquita. Tu turno está a punto de empezar. Mañana me tomaré un café contigo si me da tiempo —dijo, tan fríamente que ella se encolerizó y una ira desesperada inundó su cerebro. Él vio venir el estallido, se levantó, pasó junto a ella y se dirigió a la puerta antes de que pudiera romper a llorar a lágrima viva, de esa forma que él odiaba. En el vestíbulo se quedó junto al ordenanza hasta que Paquita salió de la habitación y bajó por el pasillo sin mirarlo, meciendo con exageración sus hermosas caderas.

Habían calculado bien el tiempo. En ese momento el arquitecto salió del ascensor y Agustín lo agarró del brazo con afecto. No tenía nada que esconder. Sus confusos conflictos privados le resultaban más irreales y ajenos que la necesidad absoluta de las cuatrocientas mujeres, niños, enfermos y ancianos a los que tenía que proteger de las bombas después de haber escapado de los moros.

III

Alas ocho de la tarde explotó una granada de mortero en el octavo piso. Nada digno de mención: una de 75 milímetros. Dio en la parte frontal del poyete de la ventana y explotó. Esquirlas de cemento y astillas volaron al interior de la habitación al mismo tiempo que el cristal de la ventana y los restos de metralla, algunos de los cuales taladraron la pared de enfrente, otros penetraron en los gruesos armarios de encina y otros cayeron al suelo sin fuerza suficiente para perforar nada. La habitación era una de las innumerables salas de la administración que ahora no se utilizaban y estaban vacías. Así que era una granada carente de interés.

El hombre de confianza del piso examinó los daños. Constató dos detalles no desprovistos de importancia que le permitieron suponer un cambio en el ángulo de tiro o la colocación de una nueva batería.

—Es el lado izquierdo del marco de la ventana —dijo al ordenanza—, han cambiado la dirección. Pero cómo se les ocurre lanzar a estas horas una sola granada. Será mejor que dé parte al comandante.

Hacía muy pocos días que Manuel García era responsable. Formaba parte de los encargados de la brigada de reparaciones. Pero desde el 6 de noviembre no habían tenido ningún servicio externo, al menos no habían prestado ninguno con regularidad. El poco material que quedaba en Madrid lo consumían las líneas militares y las nuevas centralitas de teléfono de las autoridades militares. El grupo de Manuel, compuesto por electricistas y mecánicos que tenían que encargarse de las reparaciones de la red telefónica de la capital, esperaba en vano el envío de material. Aunque por el momento todavía se podía sustituir ese servicio con trucos en la combinación de las líneas y con el conmutador. Pero no podía continuar así mucho tiempo. Además, Manuel no creía ser la persona adecuada para trabajar en la Telefónica, estaba acostumbrado al aire libre y al trabajo en grupo. Pero el Sindicato Libre, la UGT, le había destinado al octavo piso porque allí estaban la cancillería militar y la comandancia y no querían anarquistas. Buenos chicos, pensaba Manuel, pero nunca se sabe la que pueden montar.

Ahora tenía la tarea de comprobar a personas y cosas en toda la planta. Luego iría a ver a Sánchez. El comandante Sánchez resultaba un poco difícil de entender. Reservado y distante, a pesar de ser un viejo sindicalista. Un hombre capaz y nada cobarde —como muchos otros, habría podido largarse a Valencia el 7 de noviembre y se había quedado en Madrid por voluntad propia— pero le faltaba la amabilidad habitual. Siempre estaba muy tenso. Manuel suponía que sería inevitable que Sánchez tuviera serios problemas con Pedro Solano, el del Consejo Obrero. Pedro consideraba que el comandante no era un elemento de fiar porque cuando trabajaba en la vida civil antes de la guerra había sido jefe de sección e ingeniero en una fábrica, había formado parte del círculo que servía a los capitalistas.

Manuel tenía otra opinión. Pero no quería emitir ningún juicio definitivo hasta haberlo conocido mejor. Quizá también podría hablar con él de la situación internacional. Sánchez sabía más de eso que la mayoría y a Manuel le atormentaba la idea del fracaso de la solidaridad obrera y de la democracia. No puede ser, se repitió en voz alta y se puso a buscar entre los restos de metralla la espoleta que revelaría de forma inequívoca la procedencia del proyectil. La espoleta había volado a otra parte, quizá a la calle. Pero ahí había un fragmento con una marca de fábrica borrosa. Seguro que alemán, qué iba a ser si no. Pero el comandante lo sabría, era un viejo artillero.

Manuel entró en el cuartito que simulaba el lujo de disponer de un dormitorio privado en la Telefónica y se pasó un peine por el rebelde pelo negro. En alguna capa de su pensamiento estaba redactando un informe para su comandante, pero en otra estaba calculando si el nuevo ángulo de tiro de la batería ponía en peligro su ventana. No, y tampoco a la comandancia. Pero nunca se sabía. Se miró al espejo, porque le daba mucha importancia al efecto que causaba su aspecto: cejas negras muy espesas, ojos alegres de un sorprendente color marrón claro, nariz potente y recta, boca ancha y fuerte, piel muy morena, mentón demasiado redondeado y carnoso. Su camisa azul oscuro le hacía parecer aún más moreno. Se gustaba y recordó vagamente los cumplidos de la rubia bajita —¡rubia oxigenada!—, que era tan divertida y se estaba convirtiendo en una especie de institución colectiva en la casa. Pensó realmente en la palabra «institución colectiva» y evitó la palabra puta, tan manoseada en estos casos; porque esa chica bajita y divertida enloquecía ante el miedo a no poder aprovechar su joven vida nunca más.

Una chica agradable, pero no para Manolo. ¿Y si había un bombardeo esa noche? El final de la tarde había sido extraño, sin que pasara nada, pero todo el tiempo con inquietud y disparos. Esas cosas se notan en los huesos. Bueno, primero iría a ver a Sánchez y después a comer, pero ya no a la cantina, era muy tarde para eso.

Cuando Manuel llegó a comandancia, el ordenanza lo retuvo. Ese ordenanza era un viejo obrero que no quería comportarse como un soldado, pero al mismo tiempo le embargaba el orgullo por la función de «su» oficina, de su superior, de su comandante y de su propia persona.

Agarró a Manuel del brazo y le explicó con diligencia:

—El camarada Agustín está ahora mismo en el sótano, el arquitecto quiere poner paredes de madera y hacer cuartos de baño para los refugiados de abajo. No sabemos cuándo van a poder ser evacuados. Pero quédate y espera, subirá enseguida.

Manuel conocía al viejo Pepe y sabía cómo era. Él sabía todo y tenía que contar todo lo que sabía. Pero si se le obligaba a mantener silencio, se podía confiar en que lo cumpliría a rajatabla. Manuel le preguntó como si nada, en respuesta al guiño travieso del viejo:

—¿Por qué crees que Sánchez va a subir enseguida? La inspección de abajo va a durar y entretanto podría irme a comer.

—Sí, Manolo, pero mira: la mujer de Agustín, Pepa, está ahora ahí con los dos niños. Es como una ametralladora; no me extraña que huya de ella. La conozco bien. Durante un tiempo subía aquí todos los días y le organizaba una escena porque no le daba dinero suficiente para cojines o el sofá y cosas por el estilo y porque está liado con Paquita. Incluso me ha preguntado si se acuesta con ella aquí, en la Telefónica; pero hasta ahora no lo ha hecho, una tontería por su parte, y se lo he dicho a Pepa. Pepa era una chica guapa, maja, pero ahora tiene la cara avinagrada. Es raro, las mujeres gastonas suelen tener otra cara, uno podría pensar que Pepa es tacaña si no supiera cómo es. Y es más tonta que una mata de habas. Así que puedes estar seguro de que Agustín subirá enseguida, no quiere saber nada de mujeres. Hace un momento ha echado a Paquita. Pero ella volverá, es tenaz y sabe que uno como Agustín no es fácil de encontrar. ¿Sabes que Miaja lo trata de tú?

—El general tutea a casi todo el mundo si le caen bien. Y tú también eres una ametralladora, Pepe, no haces más que ¡ra-ta-tá! Si estuvieras conmigo no serías ordenanza, ya te lo digo, no me gusta que lleven la cuenta de mis líos de cama.

—Diantres, Manolo, eres un grosero, vete a tomar por saco. Chico, ya sabes que no hablo de Agustín con todos, solo con los que lo respetan. Y si no lo respetas te rompo los dientes. Y además un hombre es un hombre, no es ninguna vergüenza, y…

—Y a mí me preocupan otras cosas, no solo tu Agustín. Déjame entrar en el despacho, le quiero dejar una nota. Si sigo escuchándote... Por cierto, lo de romperme los dientes no es tan fácil, míralos, ¡muerden! Vamos, que si sigo escuchándote se me olvida el informe.

En principio eso iba contra las normas, pero Manuel era el responsable de la planta, así que podía entrar en la habitación aunque el jefe estuviera ausente. No se sentó en la butaca de madera, en parte también porque los sillones de cuero eran mucho más cómodos. Es así como lo han amueblado los americanos, saben lo que es el lujo, pensó Manuel. Nosotros lo haremos de otro modo y también será bonito. Para ello construiremos una escalera más ancha y no solo lavabos y duchas, sino también un baño para los empleados, en cada piso si es posible.

Sonó el teléfono, Pepe asomó la cabeza y dijo:

—Contesta tú, Manolo, conoces mejor a la gente. —Manuel se estiró la camisa de estilo militar y cogió el auricular. Al principio no se enteró bien, pero no quería que se notara su torpeza. Sin embargo, luego entendió con suficiente claridad—: Se acercan cuatro junkers y seis cazas. ¡Hay que dar la alerta!

Y ahora volvía a suceder. Llamó a la centralita de la casa y pronunció la contraseña que tenía que conocer por ser uno de los responsables. Y al hacerlo puso en marcha toda la maquinaria de las alarmas en el enorme edificio sin preguntar al comandante. Pero se trataba de una emergencia. Apagar todas las luces. Solo las linternas y en algunos sitios las luces de emergencia de un azul mate. ¡Y cuidado con las linternas! ¿Qué tenía que hacer él en la planta? Salió a toda prisa y llamó a Pepe. Este se enjugó la frente y propuso ir al sótano a buscar al comandante.

—Pues vete si tienes miedo —dijo Manuel—. Yo me quedo aquí. Alguien tiene que atender el teléfono. Pero espera a que haya mirado en las demás habitaciones.

Hizo la ronda a toda velocidad. Las pocas personas que trabajaban en el octavo piso estaban ya en el descansillo. Sirenas de alerta. Ruido de mucha gente en la escalera. Manuel volvió a la comandancia, donde Pepe le estaba esperando. El pasillo estaba oscuro, el vestíbulo sin ventanas, negro, la linterna no iluminaba lo suficiente. Se golpeó contra esquinas y bordes y se sintió abandonado hasta que oyó la voz del viejo:

—¡Hola, Manuel!

Se encendió una luz mate de linterna (la pila de Pepe está gastada, se le va a acabar de un momento a otro y escasean las pilas, pensó); entonces Pepe gritó con voz ronca:

—Agustín ha llamado, sube ahora. Dice que no me quede si hay alguien de confianza aquí arriba. Me voy, no puedo soportar los junkers, me ponen el estómago del revés.

—Vete, demonios, viejo cerdo —replicó Manuel, seriamente irritado y nervioso. Prestó atención a los pasos que se alejaban tropezando por el largo pasillo, después se adentró en la comandancia con fuerza de voluntad. Intentó orientarse: Esto es la butaca grande, esto el borde de la mesa y esto una ventana. Si apago la linterna, puedo abrir esta ventana y escuchar. Seguro que es una estupidez no bajar al sótano. Pero por lo menos quiero oír a qué distancia están los aviones. Y ¿dónde están nuestras defensas antiaéreas?

Miró hacia la oscuridad agobiante de afuera, en la que solo se reflejaba un cielo mate. No vio ningún bombardero, pero ¿cómo iba a verlos entre los jirones de nubes? El ruido de motores se aproximó, era un zumbido que atravesaba todo, pero no retumbaba. Manuel tensó todos los nervios tratando de escuchar y soportar la primera explosión. Cuando de pronto restalló un cañón antiaéreo justo al lado de la Telefónica, casi se llevó una desilusión. Vaya defensas más malas, solo algo mejor que una ametralladora, pensó Manuel, y se sentó porque estaba cansado de estar en cuclillas. En ese momento entró alguien que apagó de inmediato la linterna —¡la ventana abierta y sin cortinas!— y dijo tajante:

—¿Hay alguien ahí?

—Aquí Manuel García, mi comandante —dijo el otro—. Perdona, me he quedado aquí porque tú mismo has dado permiso a Pepe para que bajara y alguien tenía que quedarse por el teléfono.

—Cierra la ventana, camarada Manuel —dijo Sánchez con tranquilidad. Cuando estuvo corrida la cortina negra (una labor difícil sin luz), encendió una linterna muy grande que parecía el faro de un coche—. Siéntate ahí, camarada Manuel. ¿En tu planta está todo en orden? —No esperó a la respuesta, sino que dijo—: La cosa está difícil con las chicas desde el último bombardeo de ayer. Entre ellas hay demasiadas que ya han visto muertos. La mayoría están enloquecidas por el miedo.

—Camarada Sánchez —dijo Manuel, cambiando la forma de dirigirse a él—, hace un rato quería comunicarte que por la última granada que ha caído en este piso he podido comprobar que los fascistas han cambiado el ángulo de tiro.

—Sí, ya me ha dado parte la planta trece. Gracias, Manuel.

Manuel aguzó el oído para escuchar el zumbido de motores que ahora era más difuso. Se sintió un poco decepcionado por haber llegado tarde con su parte. De forma inconsciente, al igual que Agustín, se mantenía fuera del foco deslumbrante de la linterna, que estaba encima de la mesa y proyectaba la luz sobre la puerta.

—Esta vez no se nos han acercado ni han lanzado ninguna bomba —dijo Agustín. Luego ambos guardaron silencio. Estaban esperando. Agustín tenía mal sabor de boca por el encuentro con su mujer. Durante la alarma no se había alterado; consideraba que el sótano era completamente seguro para ella y los niños, y en otros no pensaba. Pero había querido retener a Agustín, no porque temiera por él, sino... «No puedes dejarme sola, soy tu mujer».

Y luego, en la escalera, el momento en que el foco de la linterna había iluminado la cara de Paquita. Ella no era cobarde, tenía un gesto de enfado, no descompuesto como muchos otros. Pero al seguir con los ojos el haz de luz y reconocer a Agustín, había exclamado: «¡Tinito, ven, ayúdame, me voy a caer!». Y había cambiado el gesto por otro de desamparo. Qué extraño poder verlo con tanta exactitud en ese haz de luz tan exageradamente intenso e impreciso. Mejor no pensar en ello, sino en los otros. En las dos muchachas de la quinta planta que se habían quedado junto al cuadro de la centralita para que no se interrumpiera el servicio. En ese Manuel que estaba ahí sentado y esperaba.

—¿Quieres una copa de coñac, Manolo?

El funcionario se sorprendió, sobre todo por el apelativo cariñoso.

—¡Pues claro, hombre!

Iba a añadir algo cuando sonó el teléfono. Por el sí y el no del comandante no pudo sacar ninguna conclusión. En el reflejo mortecino de la lámpara vio cómo se endurecían los rasgos de Agustín. Este meneó dos veces la cabeza y las finas aletas de su nariz se movieron.

—Sí. —Colgó y se giró hacia Manuel—. Van a volver. Todavía no ha terminado. Van a atacarnos. No puedo hacer nada. —Empezó a maldecir en todos los tonos, a lanzar juramentos violentos y bárbaros, pero era una explosión artificial que no lo alivió. Sacó una botella de coñac del escritorio y sirvió dos copas pequeñas, una para él y otra para Manuel—. ¡Al diablo con los alemanes!

El teléfono sonó de nuevo. Él volvió a maldecir y descolgó. En el aparato:

—Hola... —extranjero—, ¿comandante Sánchez? —una mujer de voz grave. Pronunciaba su nombre con «s», «Sanches»—. ¿Habla usted francés?

—Sí, ¿qué quiere? Hay alerta aérea —dijo Agustín con poca amabilidad. Seguro que era prensa extranjera.

—Es por la alerta por lo que le llamo —dijo la mujer extranjera con voz muy fría y suave—, soy la encargada de la censura de la prensa extranjera.

—Ahí no hay mujeres.

—Desde hoy sí, comandante Sánchez —dijo la mujer en su francés lento y correcto—. Quisiera que me diera la información con respecto al ataque aéreo, para que se lo pueda comunicar a los corresponsales, si procede. Estoy oyendo en este momento que han tirado una bomba. Mientras hablaba se había producido aquella explosión sorda y la vibración de las ventanas que anuncian una bomba a una distancia moderada.

—¿No puede ser más tarde? Ahora no tengo ganas de dar informaciones a la prensa.

—Estoy de servicio, camarada comandante, para transmitir las noticias sobre el bombardeo. Por eso me he quedado aquí arriba. No debería negarse a colaborar conmigo. No se trata de un asunto privado.

La mujer seguía hablando en un tono frío, pero su voz se había vuelto más grave y un poco ronca —seguro que estaba furiosa. una voz interesante—, alemana, desde luego. Agustín desconfiaba, pero se sentía entre la espada y la pared.

—Señorita (a una desconocida de abajo no la voy a llamar camarada), voy a bajar a hablar con usted. Está en el quinto piso, ¿no? Se tiene que identificar.

Agustín colgó y se volvió hacia Manuel, que había intentado en vano entender alguna palabra.

—Camarada García, quédate junto al teléfono y, si hay algo, me llamas a la censura de prensa a la quinta planta. Hay una mujer extranjera nueva y quiero verla de cerca; no las tengo todas conmigo.

Tres estrechas escaleras, negras como el carbón, atravesadas por el haz de luz de la linterna, un largo pasillo, puertas, tanteo de paredes hasta que se enfoca la linterna correctamente, habitaciones vacías, una linterna pequeña, una mujer difusa, luz de foco en su cara:

—¿Acaba de hablar conmigo, señorita?

La mujer tenía los ojos muy claros —probablemente grises— y sus pupilas se empequeñecieron rápidamente. Tenía las cejas duras y una boca pálida —al menos sin pintar— muy recta. No era nada guapa. Tanto mejor.

—Aquí no debería llamar a nadie «señorita», comandante —dijo la voz fría y tranquila—. Y, para variar ¿no podría sujetar la linterna de otro modo, aunque sea un momento, para que pueda examinar su cara? —Su boca severa se hundió y se transformó en una alegre sonrisa de camaradería muy parecida a la mueca de un muchacho. Tenía labios carnosos: esa boca no era dura. Agustín la miró con interés porque le pareció un fenómeno propio de un juego de luces y sombras.

Pero enfocó la linterna hacia otro ángulo, de modo que los dos pudieran verse bajo una luz tenue y dijo con irritación:

—De acuerdo, ¿quién es usted? ¿Sabe que el sótano es más seguro durante la alarma?

Ella se sentó. Él vio que ella era lo que él denominaba cuadrada, muy musculada, probablemente deportista. De treinta y tantos, no estaba mal de tipo, demasiado masculina para él, sobre todo la expresión de su cara y el comportamiento. Tomó asiento junto a ella a la mesa rebosante de papeles. Ella vio las sombras bajo sus pómulos y en las sienes, sus largas extremidades, las finas aletas de la nariz, el cansancio. Muy español, una raza susceptible, muy nervioso, probablemente muy decente e hipersensible, todo llevado al extremo, juzgó ella. Se propuso conseguir su colaboración.

En ese momento entró Morton, el corresponsal del New York Telegraph. Agustín lo conocía y lo despreciaba porque lo había visto a menudo en los bares de la Gran Vía en plena y asquerosa borrachera de whisky; lo consideraba un fascista y una masa de carne poco apetitosa. Agustín no podía seguir la conversación en inglés, pero vio cómo la censora leía y daba el visto bueno al manuscrito en un lapso de tiempo que se le antojó demasiado breve. Eso no le gustó y volvió a helarse en su interior. Sonó el teléfono.

Por lo visto es para usted, camarada comandante —dijo la mujer, y le tendió el aparato. Manuel comunicó que se habían alejado los bombarderos, pero que había que mantener la alerta otro cuarto de hora, que la bomba de antes había caído en Vallecas: siete muertos, dieciséis heridos, fabricación alemana. Además, otra bomba que no había explotado.

—¿Es usted alemana? —preguntó Agustín a la mujer cuando el periodista hubo salido de la habitación.

—Sí —notaba que resurgía la hostilidad.

—¿Cómo se llama? Enséñeme sus credenciales.

—Me llamo Anita Adam y aquí tiene mis documentos del Ministerio de Estado —dijo ella con cierta aspereza—. Llegué anoche de Valencia y a partir de ahora tengo turno de noche en la censura.

Los papeles estaban en orden, pero eso no le decía mucho. Aquí estaban en Madrid, no en Valencia. En muchas cosas el Ministerio seguía estando en manos de antiguos intrigantes. La censura de prensa era un departamento del Ministerio de Estado. Pero Madrid estaba en guerra, la responsabilidad era de las autoridades militares, y aquí, en la Telefónica, suya por el momento. El bueno de Hilario Goma, ya mayor y jefe de la censura, no le ofrecía suficientes garantías para vigilar el trabajo de esa alemana. Se veía que era inteligente y enérgica. ¿Por qué estaba en España?

Lo preguntó como lo pensaba:

—¿Qué hace aquí en Madrid?

Anita no entendía su desconfianza. Hasta entonces solo se había topado con la cordialidad espontánea de los chóferes y la cortesía ampulosa de los funcionarios del Ministerio con respecto a la periodista extranjera y, además, con su fanática voluntad de trabajar y su larga trayectoria de actividad política, creía tener carta blanca en la España republicana.

—¿Que qué hago aquí? No le entiendo bien, comandante. Lo único que veo es que está cuestionando mi función. Naturalmente que estoy aquí como todos nosotros, como socialista y antifascista, o como quiera llamarlo. En cualquier caso, como camarada que quiere ayudar.

—¿No tenía nada que hacer afuera?

—Oh, sí, camarada, perdone: si alguna vez decido no volver a llamarle camarada tendrá un significado que no quiero conceder a esta conversación, al menos por ahora. Así que seguiré llamándole camarada. Sí, tengo trabajo afuera. Pero ahora no hay nada tan importante como España. Y quiero imaginar que puedo y tengo que hacer una labor útil aquí. ¿Por qué me ha hecho esa pregunta?

Él no estaba preparado para esta respuesta. La miró: sus labios volvían a ser finos y fruncía las cejas. Tenía que estar muy enfadada. No importaba. Tenía que darse cuenta de que su autoridad se miraba con lupa precisamente por ser extranjera.

Se fijó en sus dedos sin querer. Tenía unas manos muy suaves, pequeñas y femeninas.

Agustín estaba tan terriblemente cansado que no reparó en el tiempo que tardaba en responder y lo fácil que era seguir su mirada. Anita dijo con su voz más fría (y eligió ese registro conscientemente):

—Está claro que no quiere aquí ni extranjeras ni mujeres. Por desgracia hablo algunos idiomas y conozco la situación de la prensa internacional, conocimientos que al parecer aquí brillan por su ausencia. —Es una putada, pero es cierto, pensó él. Tanto más peligrosa es ella. Pero de repente su desconfianza se le antojó exagerada—. Trabajo aquí, al igual que luchan mis amigos de la Columna Internacional.

No habría debido decirlo, lo notó enseguida. Él era español. Su reacción era completamente lógica, pero dolía. Su silencio después del reproche indirecto resultó violento. No era un buen comienzo para trabajar.

Entretanto, se le entremezclaban pensamientos contradictorios. La Columna Internacional… legión extranjera. No, eso no. Además de aventureros hay también revolucionarios… y nuestros milicianos se han largado. Pero los bombarderos alemanes y las bombas… esta es una aventurera ambiciosa, pero si es honesta le he hecho daño… contesta bien, lo malo es que no tenemos españoles formados para este trabajo… su mirada es sensata, a lo mejor se puede hablar con ella. Es ella la que asume la función ahora… la conferencia con Valencia va a caer de un momento a otro, lo mejor es acabar y subir.

—¿Por qué está usted sola aquí arriba? —preguntó inesperadamente en otro tono mientras se sentaba en el borde de la mesa, lo que suele ser una señal de desarme interno.

Anita sopesó el nuevo tono de voz y llegó a la conclusión de que él la consideraba valiente.

—He enviado al ordenanza al sótano, tenía que quedarme aquí. Me parece que las noticias de bombardeos son muy importantes para hacer propaganda a nuestro favor y que en esto hay que prestar todo el apoyo a la prensa. —Ella también cambió el tono, sabiendo muy bien el efecto que producía.

—Puede decir a los corresponsales que la bomba de hace un rato cayó en Vallecas, siete muertos, dieciséis heridos, la bomba era de fabricación alemana. Ha caído otra que no ha estallado.

—Gracias, camarada. Pero habría que dar la marca exacta del fabricante y el número de serie si es posible, y hacer una foto si se puede. Mire, hay que alimentar a los de los periódicos con noticias reales. —Hablaba con pasión, toda su cara se movía.

¿No se dará cuenta de que es una vergüenza para todos los alemanes lo que ocurre aquí o es que le parecerá que no es una de ellos?, se preguntó él. Vaya personaje más extraño, pensaron los dos casi al mismo tiempo. Pero lamentaron que Johnson les interrumpiera precipitándose en la sala.

Ese inglés con el pelo de color arena era amigo de la mujer, constató Agustín de inmediato. Ella le contó la noticia que acababa de recibir y estaba claro que se alegraba de verlo. El inglés empezó a hablarle sin cesar, preocupado, probablemente quería enviarla al sótano. Agustín estaba molesto por no entender inglés. Rechazó la lógica suposición que habrían asumido todos sus paisanos de que se trataba de una relación amorosa. No, era amistad; si es que podía haber amistad entre un hombre y una mujer, lo que él no creía. Él, Agustín, conocía a los hombres y a las mujeres, le pareció que el inglés estaba tímidamente enamorado de la mujer, pero ella no. Él se inclinó sobre ella, pero ella se echó hacia atrás con una sonrisa amable. Agustín observó cómo le cambiaba la boca; en sus comisuras apareció un pequeño signo de interrogación. Le gustaba esa boca, pensó que sería agradable besarla. Solo eso, nada más.

Cuando Johnson se fue, titubeando e insatisfecho por dejar a Anita en esa oscura inseguridad de la Telefónica y en esa extraña misión, Agustín se levantó. Se había quedado más tiempo del que pensaba y sin embargo le hubiera gustado seguir hablando con ella. Anita le explicó quién era Johnson, el importante periódico inglés de tendencia moderada que lo había enviado allí y añadió:

—Es un buen tipo, lo conozco desde que una vez trabajó con mi marido en una agencia internacional de noticias.

Así que estaba casada. Pero ¿dónde estaba el marido? No parecía casada, pero tampoco una mujer insatisfecha. Ojalá no estuviera buscando aventuras de guerra con esa boca. Solo faltaría eso. En cualquier caso, tenía que dejar claras algunas cosas:

—Oiga, ahora no me da tiempo, luego le explico lo que las autoridades militares quieren de la censura. Tendrá que trabajar conmigo y con el Comisariado de Guerra. En los asuntos que conciernen al edificio y al servicio telefónico, soy yo la persona a la que se tiene que dirigir. Además, para un extranjero es imposible entender la psicología española, y como se trata de nuestra guerra, no debería olvidarlo nunca. Aquí no puede usted tomar decisiones según sus normas. Evite los errores habituales de los extranjeros. Es usted lo bastante inteligente. ¿Dónde duerme?

—En el Hotel Gran Vía —dijo ella casi con timidez, y lo miró insegura. Le había leído la cartilla con total amabilidad, sin la aspereza hiriente del primer cuarto de hora. Le había dado a conocer sus límites de una forma tan clara que de pronto cayó en la cuenta sin la menor duda de lo sola que estaba y de que allí era una extraña.

—Entonces, para poder explicarle las normas militares con respecto a la censura, venga a mi despacho al piso octavo antes de cruzar al hotel. Haré que la acompañe mi ordenanza a la vuelta y le comunicaré las últimas noticias para que todavía pueda hacer un favor a sus amigos periodistas si pasa algo que se quiera difundir. ¿Tiene miedo? —preguntó Agustín interrumpiéndose.

—Sí, desde luego —dijo ella—, pero no demasiado. Una no es tan importante como creía antes. En cualquier caso, gracias por el ordenanza. Estaré en su despacho a las dos. Es que aquí no conozco nada ni a nadie.

Le tendió la mano y Agustín entendió correctamente el ademán; era algo más personal que el gesto convencional. Ese apretón de manos creó un remanso de encuentro.

—Buenas noches, camarada. No creo que vuelvan los junkers esta noche. Adiós.

Cuando estaba avanzando a tientas por el pasillo, se llenaron de luz las pocas lámparas tapadas con papel azulado y las primeras personas abandonaron la escalera. Había terminado la alerta.

IV

Bevan presentó a la censura el texto de su despacho de la tarde:

«Tras un día tranquilo en el frente, la artillería nacional empezó a atacar por la tarde el centro de la capital, sin causar daños dignos de mención. En su mayor parte se trataba de obuses y granadas de mortero de 75 milímetros (“¿Y eso cuántas pulgadas son? Bueno, que lo calculen en Londres para la edición inglesa”). Una de estas últimas dio a la central de teléfonos. A las 8:55 se anunció la aproximación de cuatro bombarderos y seis cazas. Se dio la alarma inmediatamente y el escuadrón (“en realidad no es un escuadrón, pero la palabra suena muy técnica...”) viró sin arrojar bombas. Diez minutos más tarde, los bombarderos nacionales intentaron alcanzar su objetivo desde otro ángulo; lanzaron dos bombas sobre el barrio de Vallecas, en las afueras, pero solo explotó una, calibrada en unos cien kilos por los expertos. En cuanto a las víctimas, se comunica que hay siete muertos y dieciséis heridos. El corresponsal de este periódico pudo comprobar en el lugar de los hechos que el número de víctimas mortales podría aumentar en las próximas horas a consecuencia de la gravedad de las heridas. Aunque la bomba explotó en medio de una calle, resultaron muy dañadas las fachadas de ocho casas, otra casa pequeña quedó reducida a ruinas por la onda expansiva y los explosivos. Los bombarderos de los nacionales intentaron penetrar en el centro de la ciudad, pero abandonaron su intención cuando entraron en acción los cazas republicanos y emprendieron la retirada hacia Talavera.»

—¿Sabe? —dijo Bevan a Anita con ganas de hablar (acababa de llegar del bar Miami cuando sonó la alarma y, después de haber visto la matanza de Vallecas, se había tomado otros dos whiskys en el bar Gran Vía)—, en mi artículo no menciono los cañones antiaéreos, pero son una mierda. Bueno, eso no lo dejaría pasar, y además a nuestra agencia no le interesa. Menos mal que los bombarderos sí son una noticia sensacional desde el gran bombardeo del domingo. Fue espantoso. Usted todavía no estaba aquí, ¿no?

—Ayer estaba de camino, en la carretera de Valencia a Madrid.

—En realidad, debería de haber informado de vuestra retirada en la Moncloa y la Casa de Campo, pero no lo permitís, y hoy no es tan importante como lo será mañana.

—Mañana y pasado mañana habrá que informar sobre algo completamente distinto con respecto a la retirada; tendréis que dejar pasar alguna información a pesar de la censura. ¿Ya ha terminado con lo mío?

—Sí, está bien. —Dio una copia al periodista y otra al ordenanza. Bevan estaba junto al escritorio y tenía ganas de seguir conversando. De todos modos, la comunicación no se establecería hoy con tanta rapidez, las líneas estaban ocupadas con conversaciones de Estado. Y había algo que no marchaba bien en la comunicación con Valencia. Pero no sabía muy bien cómo entablar conversación con la mujer de la censura.

Por su parte, Anita estaba más retraída de lo acostumbrado. No conocía a ese hombre, no había oído nada sobre él. Era americano, pero tenía más o menos el mismo aspecto que los héroes simplones aunque sorprendentemente avezados de las novelas de Wodehouse. Probablemente no era incompetente, porque su agencia de noticias —la PS, la segunda empresa más grande de América— de ser así no lo hubiera enviado a Madrid. No hay que dejarse inducir a subestimar a otros, pensó. Él me subestima, desde luego, como siempre, porque soy una mujer. Qué aburrimiento.

De pronto preguntó:

—Oiga, señor Bevan, ¿por qué no ha mencionado en su artículo lo más interesante de esta tarde? Que se trataba de junkers y que las bombas de Vallecas eran de fabricación alemana.

—No sé si es cierto —contestó.

—En lo que se refiere a los junkers, tiene que fiarse de los especialistas, igual que yo. Pero el proyectil que no ha estallado y los restos de la segunda bomba seguro que tienen una marca. ¿No la ha visto?

—Sí, pero no la conozco.

—Habrá tomado nota de los caracteres, ¿no?

—Oiga, no. —Casi se había vuelto grosero—. Yo sé lo que interesa a mi gente. No hago propaganda con mis despachos.

V

En ese hueco del pasillo subterráneo —sótano segundo de la Telefónica— se estaba como en un callejón sin salida.

Podía contar con los dedos los diez días que hacía desde que habían huido de Carabanchel, aunque ese tiempo se le antojase infinito, justo dos horas antes que sus vecinos. Concha hubiera preferido quedarse allí. Pero conocía el desamparo de su hermana en todas las cuestiones prácticas que exigían algo de reflexión. Y no quería mezclarse con la gran ola de refugiados. Así que metió lo que pudo en un par de sacos y petates y enganchó el burro al carro. Un burrito bueno, seguro que ya se había quedado sin él.

Por entonces había mucho ruido en el aire, un estruendo que apenas entendían todavía, pero que ya llamaban bombarderos. Los obuses impactaban en las casas y atravesaban las paredes de adobe como si fueran quesos, para estallar a menudo en una habitación vacía o en el patio donde solían jugar los niños. A veces se extendía un reflejo rosa en el cielo gris. Era un shrapnel, así lo llamaban los oficiales. Hay muchas cosas que se utilizan en la guerra y que matan a todos cuando les ha llegado su hora. Solo que era tan difícil entender que la guerra hubiera llegado a Carabanchel.

Todo el mundo hablaba de que vendrían los moros, pero nadie se lo había podido creer de verdad. —No van a llegar hasta aquí, Madrid está a las puertas, y a Madrid no llegan, no puede ser—. Pero entonces empezaron a llegar los carros desde los pueblos día y noche, cada vez de pueblos más próximos, con gente conocida, con mujeres de las que se sabía que jamás abandonarían su casa y sus pertenencias si no se tratase simplemente de salvar la vida. Y esas mujeres decían que todo era cierto y que llegaban los moros. Concha miraba los carros con atención e iba haciendo mentalmente una lista de lo que había que llevarse. Solo entonces explicó a su hermana Pilar la necesidad de huir; no quería ver destrozada su tranquilidad antes de tiempo por los llantos y quejas de la hermana.

Lo más importante era la ropa de abrigo, mantas y cojines, un par de sartenes, un infiernillo de alcohol. Cosas para los niños. Las heladas de noviembre ya empezaban a meterse bajo la piel. Nada de vestidos bonitos, ni espejos, ni mantelitos, ni siquiera los bordados. Pilar todavía no entendía que había guerra y que en guerra se pierden las cosas si es que no se pierde la vida. Ay, ella tampoco lo entendía mucho mejor.

Pero el ruido había empeorado. Era un estrépito variado, malvado, desconocido. Llegaron muchos milicianos que iban huyendo del enemigo y dijeron que ellos tenían todo tipo de armas, y nosotros ninguna, ninguna en absoluto; otros milicianos atravesaron Carabanchel al encuentro del enemigo. Y entonces los hombres que estaban en los comités y los oficiales que vigilaban en el pueblo la construcción de trincheras defensivas, declararon que todas las mujeres y los niños tenían que marcharse. Porque allí iba a haber guerra. Guerra en la casita blanca, no se lo podía uno ni imaginar. No tenía sentido, era una tontería. ¿Qué pasaba en Carabanchel y por qué?

Pero entonces, hacía diez días —diez días, ni más ni menos—, ella, Concha, había preparado todo y había ido muy bien y muy rápido, a pesar de que Pilar solo había servido para cuidar de los niños. Y luego se fueron trotando junto al burro —¡Arre, burro!— por la calle, y delante iban cientos de carros y muchos cientos de personas con sus cosas de cama, sus hijos, sus perros, todos bajando al trote por la calle que llevaba a Madrid. Como ganado.

El burro y el carro están en el albergue. Ahí seguro que se pierden, hay tanta gente y tantos carros... Los vecinos están en casa de sus parientes de la ciudad. Y ellos están en un callejón sin salida, en el sótano del edificio grande, mirando fijamente a la sucia pared.

Abajo dejan encendida toda la noche la luz eléctrica. Debe de costar mucho dinero, pero es necesario, porque de lo contrario pasaría todo lo terrible que puede pasar, todo. Aquí no se oye el ruido de fuera. Es una suerte. Acaba de haber una alerta aérea y los enemigos han arrojado una bomba. Es difícil imaginarse una bomba. Tiene que ser algo pequeño, porque se lleva en un avión. Pero puede destruir todo. La Telefónica no, es demasiado alta. Pero casi todo lo demás. Cuando estalla hay una explosión cien veces más fuerte que la de los fuegos artificiales. La bomba de esta tarde ha caído en Vallecas, no en Carabanchel.

En Carabanchel Alto y en Carabanchel Bajo ahora están los moros, por eso los enemigos ya no tiran bombas. En Vallecas solo hay gente pobre. Los moros no han llegado hasta allí. La gente de Vallecas todavía está en sus casas. Pero los enemigos les tiran bombas y hay mucha sangre inocente. Sangre inocente, suena como en las historias de los fervorosos mártires. Si todavía se pudiera creer en ellos…

Si los bombarderos se llaman Junkers, son alemanes, si se llaman Caproni, son italianos, y todos son fascistas. Y hacen la guerra con los generales. Así es. Una mujer no puede hacer mucho más que esperar sin hacer ruido, porque ahora importan otras cosas. Pero una tiene que explicarse una y otra vez lo que ha pasado, porque si no ya no entiende quién es ni dónde está.

Pero ella es Concha Martínez. Siempre se ha dicho de ella que nunca está tranquila y que quiere saber todo. Incluso le ha preguntado al comandante que por qué habían dado la alarma cuando estaba en el pasillo sin hacer caso a lo que le estaba contando su mujer. Concha tampoco es capaz de escuchar a Pilar cuando vuelve a empezar con aquello de que solo ha cogido cosas de los niños y no ha pensado en sí misma. En realidad, en este hueco solo están ellas dos y la mujer del comandante. Pero Pilar tiene cuatro hijos, doña Pepa dos, seis en total, todos menores de diez años, como una plaga de langosta. A las dos familias les va bien, disponen de ropa de abrigo e incluso de dinero en metálico. Si bien es cierto que ahora apenas se puede gastar. Realmente no se puede hablar de miseria en su caso. La miseria está a la vuelta de la esquina, a lo largo de la galería. Pero esas mujeres están tan cansadas y exhaustas que no abren la boca. Ni siquiera se han movido durante la alarma.

Pilar y doña Pepa —vaya tontería hacerse llamar así— no tienen más que historias de hombres en la cabeza. Están todo el rato hablando de sus maridos, lo que estará haciendo uno en la intendencia de Guadalajara, donde hay tanta desvergonzada, y lo que el otro hará allí arriba en el octavo piso. Concha es viuda, no tiene a nadie por quien temer o de quien estar celosa. Por lo menos tiene la cabeza libre para cuidar de los niños. En realidad habría que ocuparse de todos los niños que están aquí abajo. Hay muchos llenos de piojos. Hay muchos que tienen miedo y no quieren jugar. Y hay tantos niños de pecho sin pañales que se respira un olor agrio en el aire. Justo la familia de al lado —la de Carabanchel Alto, con esa niñita tan rica y traviesa, Carmencita, que mira a todos los soldados e incluso a los empleados a la cara preguntándoles para qué le pueden servir a ella—, esa familia no tiene pañales para el pequeño y la peste llega hasta su rincón.

—Doña Pepa —dice Concha interrumpiendo la conversación de su hermana con Pepa—, ¿no podría dar un calzoncillo viejo del chico o algo parecido para poder poner un pañal seco al pequeño y lavar esos harapos? El pequeñajo tiene que tener heridas. Y Pilar no tiene ninguna ropa interior de más, soy la que mejor lo sabe, porque soy yo la que he hecho el equipaje. Y usted, señora, seguro que tiene muchas cosas, se le nota.

Concha se da cuenta enseguida por su gesto de que habría sido mejor no pedirle nada; mejor pedírselo a una mujer pobre que haya aprendido a pensar en los demás. Pepa empieza a soltar uno de sus largos discursos para justificar su negativa:

—No puede ser, de verdad; lo siento mucho. No tengo gran cosa, sí, es posible que tenga muchas, pero no aquí. Mi marido es tan tirano que no me ha dejado traer ni siquiera lo mínimo. Dice que no hay sitio para tanto. Y claro, no quiere guardar mis vestidos allá arriba en su despacho. Siempre tiene excusas. También había dicho que nuestra casa estaba en una calle segura porque está muy cerca de las legaciones extranjeras y allí no iban a ir los bombarderos. Pero no entiendo por qué no iba a meterme en el mejor sótano de la ciudad. Agustín dice que aquí tiene que venir primero la gente que ha perdido su hogar. Muy bonito, pero ¿por qué si hay sitio suficiente en el edificio para las familias de los empleados? No quiero quedarme sola en nuestra casa. Sabe usted, Pilar, si se lo hubiera preguntado antes, me habría prohibido mudarme aquí. Cuando llegué se enfadó tanto que habló de que nos aprovechamos de su cargo y de las incomodidades innecesarias para los niños. Pero yo sé lo que hay detrás. No quiere dejar que vengan mis hijos para deshacerse antes de mí y estar solo con esa Paquita y poder hacer con ella lo que le apetezca. Pero ha hecho mal sus cálculos, se lo digo yo. Soy su mujer y conseguiré que vaya a Valencia con nosotros y cumpla con su deber conyugal. O bien me quedo con los niños en Madrid. No va a pasar nada. Tengo derecho a él, Pilar, soy la madre de sus hijos, le he sacrificado mi juventud. Y sigo siendo tan guapa como sus amiguitas. Si quisiera le podría poner los cuernos en cualquier momento. Pero no quiero, aunque se lo haya ganado una y mil veces.

—Exactamente igual que mi marido —empieza Pilar.

No, ya no quiere seguir escuchando, piensa Concha. Los dos hombres tienen razón al ser infieles a sus mujeres. Esas dos, con sus veintisiete o treinta años, no son más que viejas cotillas. Ambas tienen la boca fina y una arruga profunda desde la nariz hasta el mentón; pero Pilar por lo menos tiene unos ojos bondadosos y sonrientes. Se ve que han sido chicas guapas, pero ya no alegran la vista. Resultan muy pesadas.

Anda, la pequeña de ahí está escuchando con mucha atención: Lolita, la mayor de los dos de Pepa. Esto no es conversación para tus nueve años, tesoro, y si tu madre no lo sabe, peor para ti y para ella.

Concha sacó de su bolsa grande de la compra una madeja de lana.

—Lolita, ven, ayúdame a devanarla.

A Lola no le hacía gracia dejar de escuchar. Pero esa mujer le caía bien, tan tranquila y viva al mismo tiempo. Su mamá era tremendamente viva, pero nada tranquila. La abuela siempre estaba tranquila, pero tenía ojos de sueño. Esta mujer era distinta. Además, papá había puesto cara amable cuando estaba hablando con ella. Y sin embargo, Concha era fea, tan flaca y pálida, con el pelo tan liso y oscuro.

Mamá dice que a papá solo le interesan las mujeres guapas y no muy flacas. Pero mamá dice muchas cosas así. No entiende a papá, siempre ha sido así.

—Oye, Concha, yo sé dónde está Italia y cómo es.

—¿Sí? Y ¿cómo lo sabes?

A Lolita le gusta que le hagan preguntas. Su hermano Juanito no sabe contestar a algo así. Claro que es tres años más pequeño.

—Me lo ha enseñado papá en el atlas grande —Sabe muy bien que muchas niñas de su edad nunca han oído hablar de atlas— y, ¿sabes una cosa? Italia parece una bota rara con muchas arrugas y deformada. Pero papá ha dicho que eso no se ve cuando se está allí, en el país, sino solo desde el aire. Pero hay que estar muy arriba. Y los italianos también tienen muchos aviones y han mandado algunos a la guerra contra nosotros.

Lolita está muy orgullosa de lo que ha contado. Siente que papá no lo haya oído, pero se alegra de que su madre no preste atención. Siempre dice:

—Lolita repite todo lo que dice mi marido sin entenderlo.

A Concha le parece natural que a la pequeña le interesen estas cosas y le gusta. Lolita no es una niña guapa; no tiene la nariz recta y fina como la madre, sino una nariz chata, ancha, corta y alegre. Además, tiene la cara redonda y ojos curiosos, brillantes y marrones, pero no muy grandes ni oscuros, ojos de una buena y pequeña camarada, piensa Concha, que en la infancia ha sufrido en sus propias carnes lo que significa no ser guapa. Justo como hace ahora Lolita, hace mucho tiempo se ponía rizos artísticos en el pelo castaño con agua y saliva. Tiene la sensación de que esta niña es como una hermana pequeña o una compañera pequeña.

—Pero ¿sabes lo que son los aviones, Lolita?

—Pues claro —dice la hija del ingeniero y estira los brazos sin soltar los hilos de lana—, una vez papá me regaló un avión. No vuela, pero se puede ver muy bien cómo está hecho por dentro. ¿Sabes? A Juanito le habían traído los Reyes uno grande que puede volar, y yo también quería uno. Pero mamá no quería porque soy una niña. Y yo ya tenía una muñeca, y a los chicos les regalan muchas cosas interesantes. Y entonces papá lo comprendió.

—Tu papá es muy listo, ¿verdad? —dice Concha con envidia. A ella también le gustaría tener algo más interesante y trabajar de otra manera y poder preguntarle a alguien por las cosas.

—¡Pues sí! Mi papá es muy inteligente —explica Lolita con cierta afectación. Nota la admiración y la envidia difusa en el tono de la mujer y quiere decir algo especial. Pero enseguida retoma su relato sencillo y confiado:

—¿Sabes, Concha? Mamá dice que es demasiado inteligente y que solo tiene inteligencia y no tiene corazón, pero no es verdad. Mamá dice también que tiene corazón para cualquiera, menos para ella; y si no tiene corazón, tampoco lo puede tener para otras, ¿no te parece?

—Niña, claro que tu padre os quiere con todo su corazón. Lo he visto esta misma tarde en cómo se ha alegrado de hablar contigo.

A Concha le parece imposible decir algo amable sobre la mujer que está a su lado y sigue hablando de las infidelidades de los hombres. No puede mirar esa carita alegre sin sentir rabia hacia esa estúpida egoísta. Así que será mejor, piensa, no decir nada sobre el papá, ni siquiera una mentira piadosa. Porque al final la niña notaría el engaño.

—Oh, sí —contesta Lolita tan excitada que casi deja caer la lana—, a papá le gusta mucho ir conmigo de paseo y siempre habla conmigo. Estoy segura de que a mí me quiere más que a nadie. Y me quiero quedar con él aquí en Madrid si mamá se va a Valencia con Juanito.

—Eso es una tontería. No puedes. Seguro que no te va a dejar. Aquí caen muchas bombas y también les dan a niños.

Concha comprende muy bien a la niña. Ni siquiera ella quiere pensar en la evacuación, aunque sabe que es lo único sensato. Pero Concha ha hablado con un hombre que había visto en la morgue cadáveres de niños con un número en el pecho, después del 30 de octubre, cuando cayó una bomba en un colegio de Getafe. Se puso fatal y repetía una y otra vez: Estos asesinos, estos asesinos, ¿acaso creen que son hombres?

Los niños no tienen que ver esas cosas. No pueden permanecer en peligro. En realidad no deberían ni saber que eso existe.

Precisamente por eso, Concha no quiere hablar mucho de peligro ni de muerte. La muerte llega cuando toca, pero la vida de la niña no debe transcurrir a la sombra del miedo. Por eso le dice a Lolita para consolarla:

—A lo mejor tu padre va a Valencia con vosotros. La vida es más tranquila allí.

Al pronunciar estas palabras siente un rechazo interno. Con los hombres es diferente, tienen que estar en Madrid en sus puestos. Quizá también las mujeres que pueden hacer algo útil, que son una ayuda para los hombres y no una carga. Esa pequeña Lolita seguro que sería muy útil si fuera una adulta.

—¿Quieres que tu padre se vaya con vosotros? —pregunta Concha.

—No. ¿Sabes? Papá me ha explicado que lo necesitan aquí para que no entren los moros en Madrid. Y trabaja día y noche. Creo que se tiene que quedar —dice la niña.

VI

Después de medianoche, el cielo sin luna estaba cubierto de jirones de nubes negras. Eso significaba una seguridad relativa —una relativa probabilidad de seguridad— de que no habría ataques aéreos. La artillería del enemigo también guardaba silencio. Pero por la Gran Vía pasaban motos y camiones pesados que se dirigían al frente. El frente apenas distaba algo más de un kilómetro calle abajo. A las doce y media de la noche retumbaron las explosiones de cinco granadas de mortero en una secuencia veloz. No se podía distinguir si estaban cayendo en las posiciones enemigas o en las propias. Luego se oyó el tableteo de ametralladoras durante un cuarto de hora. Luego solo algunos tiros aislados cayeron en medio del silencio.

Reinaba el silencio en Madrid. Reinaba el silencio en la Telefónica. Reinaba el silencio en la ancha calle.

El centinela del cruce daba el alto gritando más y con más aspereza que antes en cuanto un peatón o un coche le daban ocasión para ello. Entonces resonaban las discusiones sobre la documentación en la calle vacía. Si llegaba un coche, se oía a kilómetros. Se oía un zumbido, un ronroneo, un traqueteo. Se oía un motor que también podría ser de un avión y se aguzaba el oído nerviosamente hasta que al aumentar el ruido se reconocía el sonido familiar de un vehículo y los nervios podían relajarse.

Los guardias de la Telefónica se aburrían. Uno de ellos se apoyaba en el muro con la cabeza, los hombros y la carabina envueltos en la manta de rayas. El otro se colocaba en la parte interior de la puerta para poder intercambiar alguna palabra que otra con los compañeros que estaban de servicio dentro. La puerta principal estaba cerrada, sus hojas de cristal rotas y cubiertas con mantas. El gélido vestíbulo de mármol estaba débilmente iluminado, no podía salir ningún rayo de luz a la calle. El control de las pequeñas puertas laterales no resultaba difícil: a esas horas solo entraban y salían aquellos que tenían algo que ver con los diferentes puestos militares de la casa y los de la prensa. Los refugiados de los sótanos dormían o por lo menos estaban en silencio. Las telefonistas tenían cambio de turno a las dos, pero todas las del turno de noche dormían en la casa. Entretanto, los pasillos y escaleras de las trece plantas estaban vacíos. Pero precisamente por eso era importante controlar a los visitantes de fuera, sobre todo a los que iban a ver a los extranjeros. ¿Cómo podía saberse quién de los periodistas era honrado y quién un espía?

El turno de noche del ascensor lo hacía el manco. Las chicas del turno de día nunca hacían lo que hacía él: fijarse en que cada extranjero iba realmente al despacho que había indicado. Las chicas se disculpaban diciendo que estaban muy ocupadas, pero en realidad solo les interesaba su labor de punto y los cumplidos de los que montaban en el ascensor. Y si un inglés o un americano les decía cualquier tontería, enseguida se entusiasmaban. El manco estaba convencido de que las mujeres no servían para un trabajo serio. A una mujer como mucho se la podía dejar discutir con otras como ella, igual que se hacía en el sindicato. Pero el control de los extranjeros... ya que no se entendía su idioma, por lo menos había que tener cierto olfato. Los de la censura eran imbéciles; ahora encima les habían mandado de Valencia a una mujer extranjera. Precisamente ahora que lo de Madrid iba en serio. Pues sí que iba a estar bien. Todo eso iba exponiéndole a Moreno, despacio y con gravedad, repitiendo cada frase.

Moreno, del comité del edificio, dio a entender que estaba completamente de acuerdo con el manco. Hablaba mucho y muy rápido, combinando un lenguaje artificioso y rebuscado con los juramentos más vulgares. En lo que a él le concernía, comentó, se aburría cuando no estaban las chicas del ascensor y no podía soltarles piropos o maldades, según le diera, porque su coquetería iba en aumento día a día. Pero tampoco él sentía respeto por ninguna otra colaboradora que no fuera Lucrecia, la representante de las telefonistas en el consejo obrero de la Telefónica y parte de la directiva del sindicato. Era una antigua anarquista; era tan fea que lo único que tenía en la cabeza era la organización, y era astuta. Pero en otros casos las mujeres que trabajaban eran lo mismo que dinamita en la cocina. Moreno se propuso mirar con lupa a la nueva de la censura y quería que el manco le ayudara: ¿Con quién se va por la noche? ¿Le interesan otras cuestiones de la Telefónica aparte de la censura? ¿Con qué periodista se ve más? ¿Con quién habla en los pasillos y en la escalera? Y ¿por qué está en Madrid? —El Gobierno de Valencia es capaz de cualquier tontería, —explicó Moreno—. Ya se sabe que a la gente de allí no le importa Madrid. Esos cobardes que salieron huyendo de Madrid el 6 de noviembre quieren quitar el sitio a los hombres de verdad que se quedaron aquí y luego acordar una paz miserable. Y ahora resulta que mandan aquí a un marimacho extranjero y no se sabe si es amiga o enemiga.

—No es un marimacho —dijo de repente el soldado de la esquina de la puerta—. La he estado mirando cuando ha entrado. Se ve a la legua que es extranjera, su ropa parece un saco y camina como un hombre, pero como mujer no está tan mal.

—No se trata de eso ahora —dijo Moreno e intentó lo imposible: hacer que su ancha cara de bulldog expresara la fría aspereza con la que Pedro Solano podía hacer callar a cualquier estúpido que interrumpiera en el comité sin pronunciar una sola palabra. La función de Moreno era controlar a todo el que entrase en el edificio que no se considerase parte de la casa. Interrogaba a la gente preguntando adónde iba, comprobando a veces los papeles, retiraba revólveres y pistolas y, a veces, cuando desconfiaba especialmente, acompañaba al extraño a la planta correspondiente para entregarlo in situ a una persona de confianza que pudiera seguir investigando. Moreno llevaba un uniforme limpio, con la gorra encajada en la frente, al cuello un pañuelo grande de seda rojo y negro, grandes insignias del sindicato de Telefónica —la CNT— y de la FAI en la gorra y en el pecho. Había sido maestro mecánico de los coches de la Telefónica. Había solicitado el puesto del control de la puerta porque desconfiaba incluso de los camaradas más decididos en lo que se refería al trato con los señores extranjeros. Y además porque quería demostrar que su inicial falta de interés por los temas políticos no había derivado en un enfriamiento de sus convicciones.

—No se trata de eso —dijo ahora—. Pero, hombre, la política mundial... la política mundial es mala cosa. Ahí están los americanos con su dinero, los alemanes con sus cañones y los italianos con su papa. Y en el piso noveno aún tenemos a los señores americanos sentados en la dirección. E incluso aunque no puedan meterse en nada fuera de sus despachos, los periodistas les hacen visitas allí arriba. Y quién sabe lo que se cuentan. Y los periodistas viven en las embajadas extranjeras. Es un juego muy fino, solo hay que entender cómo funciona. Si Pedro escucha mi consejo, metemos a un hombre de confianza en la censura que nos diga qué corresponsales están de nuestra parte y quiénes están contra nosotros. Y entonces echamos a todos los que no sean de fiar. Que escriban sus artículos de mierda en otra parte y se contenten con nuestro trato. Y esa mujer con ellos, si es que está de su lado.

—Pero en realidad aún no sabemos nada de ella —dijo el manco, que era un hombre justo—. A lo mejor es razonable. En cualquier caso, es un error poner a una mujer extranjera en ese puesto. Pero quizá se vaya si explota una bomba por encima de su cabeza.

—La granada de esta tarde ha estallado en el lado donde está la censura. Pero en el octavo piso, no en el quinto. Y las mujeres a veces no piensan que una granada también podría darles a ellas. Por ejemplo, Rosita cree que no le puede pasar nada mientras esté en el ascensor... Anda, tú —se interrumpió Moreno—, están llamando al ascensor en el cuarto piso. Seguro que son los últimos de la censura de prensa; y fíjate bien, hay algunos nuevos.

Morton empujó su corpachón para atravesar la puerta. Quería terminar su conversación con Bevan y se detuvo en el hall. Bevan hubiera querido irse a casa enseguida, estaba cansado y en el fondo seguía alterado después de ver los cadáveres en Vallecas. Además, estaba de mal humor porque la comunicación con Londres no había ido bien: tener que repetir tres veces cada palabra, la línea defectuosa, un mal estenógrafo al otro lado del teléfono. Y lo más enojoso era la pregunta de la oficina de si se podía averiguar algo sobre la nacionalidad de los bombarderos. La competencia había dado detalles. La censora se reiría cuando se enterara. Eso pasaba por ser prudente.

Pero volver al bar con Morton era lo que le faltaba. Ese tipo les iba a dar disgustos si seguía sacando de contrabando al extranjero sus «sensacionales artículos» sin interés, aunque se pudiera escribir y oír lo mismo en San Juan de Luz; sobre todo si continuaba haciendo caso omiso de las normas elementales de prudencia, como mandar telegramas correctos a través de la censura. Pero Morton era un cerdo vago y borracho. Hacía una hora habían tenido que sacarlo del catre e interrumpir sus ronquidos cuando establecieron la comunicación con París. ¿Sería cierto que los de París mandaban a Nueva York escuálidos despachos de diez líneas?

Morton sujetó a Bevan por el ojal y le dijo:

—¿Qué se puede hacer en esta ciudad? Me molestan los tiros, no puedo dormir y no me apetece jugar al póker. Ven conmigo a un bar. Sé dónde hay uno abierto a estas horas. Además me quiero ir, no sé por qué les hacemos a los rojos el favor de quedarnos en Madrid y escribir tanto sobre ellos. Estos ataques aéreos los matarán, pronto te darás cuenta. Es una suerte que acaben con ellos. No pueden soportarme. —Se quedó mirando fijamente el pañuelo negro y rojo de Moreno y lo señaló sin mirar ni por un momento las caras de los tres centinelas—. Mira qué clase de hombres son. No son hombres. Si supieran lo que pienso y digo de sus asesinatos y quemas de iglesias. La mujer nueva de la censura ha intentado hoy ser amable conmigo, pero no caigo en esa trampa. Seguro que también es una bolchevique, si no tampoco estaría aquí. Me voy a marchar y volveré dentro de unos días, cuando Franco haya puesto orden.

A Bevan no le gustaban nada esas cosas, no soportaba a ese gordo. Pero Morton era el corresponsal de un periódico muy poderoso, no podía ofenderlo, precisamente a él. Pero... no se podía hablar así en la cara inmóvil de los centinelas españoles. No entendían inglés, pero a lo mejor alguien pillaba alguna que otra palabra, a lo mejor lo notaban en el tono. Y ahora mismo todo el mundo estaba tan nervioso…

—Vamos a la embajada, Jack, no tengo ganas de sentarme otra vez en esa cueva apestosa. Hoy tenemos una noche tranquila, pero mañana va a ser un día duro. Ven conmigo. Tengo el coche esperándome fuera. Aquí en el vestíbulo hace frío. No me gusta quedarme mucho tiempo en la corriente.

Morton miró desde su tosca altura al flojo de Bevan que tenía la cara pálida y tensa.

—Tienes miedo de los anarquistas, chico, eso es todo. Me quedaré aquí hablando de ellos todo lo que quiera. Y me iré andando a casa si te largas con el coche. Tengo mis papeles en orden. Esos estúpidos guardias de los controles no saben leerlos. Pero sí tienen respeto a nuestra bandera —dio unos golpecitos a su brazalete con las barras y las estrellas—. Así que nos quedaremos aquí unos minutos más para enfadar a ese amigo con cara de funeral, y luego nos vamos.

Bevan temía las discusiones con el otro, que nunca estaba completamente sobrio ni completamente borracho. Intentó retener a Stephen Johnson, que bajaba en ese momento, e integrarlo en la conversación. Pero Stephen estaba extenuado, había tenido un día muy duro y sentía rechazo tanto por el americano ruidoso y seguro de sí mismo como por el otro, escurridizo y sin convicciones. Estaba preocupado por Anita. No se sentía a la altura de la tarea que se esperaba de él, de tener que redactar artículos convencionales sobre esto que le resultaba tan terrible como incomprensible. Así que no se quedó con los americanos, saludó a la guardia con un gesto ambiguo y salió de la Telefónica, arrojándose a la oscuridad de la calle como a un mar frío y oscuro.

Bevan intentó convencer una vez más a Morton para que se fueran.

—Ya no queda nadie en la sala de prensa excepto los del turno de noche de la competencia y mi contacto. Jamás me quedaría a dormir en este cuartucho en el que no se sabe cuándo va a entrar una granada por la ventana. Vámonos, Jack. Me caigo de sueño. Yo trabajo, por si no lo sabes...

En ese momento llegó André de la calle, André, el único enviado especial a Madrid por un periódico francés. André, que ya se había hecho amigo de todos los guardias y de todos los miembros del comité de la Telefónica porque en su mal español afrancesado, pero fluido, defendía a muerte frente a quien hiciera falta un radicalismo ligeramente liberal. Los españoles decían de él: Es un hombre y es honrado. Incluso Moreno lo saludaba y le susurraba al oído señalando a Morton con el pulgar: Ese fascista de ahí está como una cuba.

André también había bebido mucho coñac. Estaba excesivamente tenso. Seguía luchando contra un miedo y un asco a la guerra llenos de rabia. Amaba Madrid. Odiaba la sangre. Era un reportero al que movía la investigación del cómo y el por qué de las cosas en todas partes. Despreciaba a esa masa amorfa que era Morton, con cara de whisky y ni una chispa de genio.

Por lo menos, Moreno le parecía honrado y sencillo, un animal bueno en el fondo. André asintió al anarquista y disparó su pregunta a Morton sin preámbulos. Su inglés era tan francés como su español.

—Morton, usted no ha estado en Vallecas, ¿verdad? No le habría hecho ningún daño venir con nosotros al hospital, como lo ha hecho incluso Bevan.

—No escribo artículos para hacer llorar solo por agradar al gobierno rojo.

—¿Y eso qué significa? Que usted no sabe ni ve que la gente lucha y se deja matar por algo en lo que cree, y por eso, precisamente por eso, su periódico tiene aquí un representante, pero no un periodista.

Bevan le interrumpió rápidamente.

—Querido André, aquí uno no puede apasionarse tanto por las cosas como lo hace usted, porque si no, informar con objetividad resulta todavía más difícil de lo que ya es. Será mejor que venga con nosotros a tomarse un whisky.

Eso era preferible a enzarzarse en una nueva discusión. No había que permitir que le metieran a uno en esta guerra que ofrecía la mejor de las oportunidades para hacer carrera. No había que intentar ver y entender la verdad detrás de las cosas. Era mejor irse a beber con un cerdo.

Morton se alegró de que de repente Bevan ya no tuviera reticencias y lo interpretó como una declaración de solidaridad. Y olvidó el tono hiriente con el que ese francés había expuesto sus ideas exaltadas. Lo mejor sería que el francés no les acompañara al bar; al menos Bevan era un chico simpático a pesar de su cara de niña y su ingenuo afán de trabajo.

—Gracias —dijo André—. Me quedo; tengo que subir a trabajar sobre la última publicación de la agencia Febus para mi artículo. Olvidáis que tengo retransmisión a París de madrugada. Que lleguéis bien a casa. —Quiso dirigirse a Moreno, pero para su sorpresa este estaba hablando con una mujer, Pepa, que venía del sótano y quería subir al octavo piso.

Así que André se quedó un rato en la puerta y siguió con la vista a los dos americanos que iban tropezando en la oscuridad. En la esquina de la calle había un montón de escombros, cemento, ladrillos, cristal. El obús había dado en la casa de enfrente a las cinco de la tarde. No había heridos. Llegó un coche de alguna parte. De la nada, de allí donde él sabía que se hallaba el centro de la Gran Vía, llegó la voz áspera del centinela dando el alto. El frente y el cielo estaban en silencio. En la calle de al lado restalló un tiro.

—Un paco —dijo André automáticamente. Se llamaba pacos a los francotiradores fascistas. Pero como no hubo más tiros, se corrigió—: Un centinela disparando a la luz de una ventana.

El soldado que estaba junto a él en la oscura esquina como un mojón amorfo dijo desde el fondo de la manta:

—Sí, un centinela. No es nada. Seguro que se le ha disparado el fusil, a mí también me pasó una vez. Hace mucho frío...

VII

Anita había terminado su turno y en realidad ya no tenía nada que hacer en la sala de la censura. Pero no acababa de decidirse a abandonarla. Se sentó al borde de un catre de campaña —somier de muelles, jergón destrozado, manta sucia— y miró al compañero que manejaba los papeles a la pálida luz del estrecho cono de la lámpara del escritorio. No podía hablar con ese joven español, estaba claro. Tenía una cara inexpresiva, sin interés, amorfa; no hablaba medianamente inglés ni francés; era un pequeño funcionario miedoso que leía las entradas del día a conciencia, buscando continuamente palabras en un diccionario malo. No se le pasaba por la cabeza hablar con Anita. Y ella no encontraba el modo de establecer contacto con él. Solo sentía su indiferencia frente al trabajo y su temor a todo. Ese de ahí era más extranjero que ella en la Telefónica. Observó cómo se sumergía su cráneo redondo en el haz de luz que borraba todos los rasgos y luego retornaba a la sombra, donde se le olvidaba por la poca vida que había en él.

En realidad, él no dejaba de pensar en cuándo les darían a él y a su hermana una plaza en un camión para poder trasladarse a Valencia. El Ministerio se había llevado allí a todos los funcionarios. Aquí ya no se podía trabajar, ya no funcionaba nada, la oficina improvisada en la Telefónica seguía unas reglas diferentes a las que él conocía, hasta el aire era diferente. No era un ordenanza el que hacía guardia abajo, sino un anarquista nervioso, las indicaciones del jefe de Valencia no llegaban con puntualidad y perdían su autoridad. La censura tenía nuevos trabajadores, como esa extraña extranjera... y no se sabía muy bien quién estaba detrás. Y además las bombas, las granadas, las masas en la calle, las nuevas autoridades, la certeza de que cualquier día o cualquier noche (quizá en ese preciso momento), Franco avanzaría de nuevo y atravesaría sus defensas y que entre el salvajismo de los moros y el salvajismo de los defensores uno sucumbiría; ¿cuándo, pero cuándo encontraría de una vez una plaza, cuándo abandonaría este Madrid el camión del Ministerio con las actas y las multicopistas? Aquí ya nada tenía sentido.

Anita olvidó que no estaba sola. Se dejó llevar y no intentó mantener sus pensamientos en orden. Todos los periodistas pensaban que hoy no pasaría nada, pero mañana sí… ¿Qué va a pasar mañana? Seguro que es cierto, se nota en los huesos. ¿Van a entrar las tropas de Franco? ¿Van a destruir la Telefónica y van a morir todos? ¿Será la confusión tan grande que resultará imposible trabajar? ¿Va a cambiar el estado de ánimo en Madrid? ¿La quinta columna? ¿Bombarderos?

No sabía qué hacer consigo misma. Le habría gustado asumir el turno de noche para poder quedarse en la sala de trabajo, dormir en esa cama miserable, poder pertenecer a la casa.

Pensó: el ventilador grande zumba como el motor de un avión. Si cae un obús aquí, al menos darán parte de inmediato; hay personas que comprueban quién es uno. Morir solo debe de ser espantoso. Da lo mismo, pero me da miedo. ¿Por qué de morir y no de quedarme lisiada? Siempre hay más heridos que muertos. Pero de lo que tengo miedo es de acabar. Yo. Ahora no es para tanto. Habría que tener al menos una persona de la que ser amigo. El amor es el miedo a estar solo.

Soy una estúpida. Hay que ver cómo tengo la formación literaria pegada al cogote. Citas. Y, ¿por qué no? Hay otra cita parecida de Storm: «Aguanta, al final de la vida solo te tienes a ti mismo». Es cierto, pero no quiero que sea cierto. Que sea cierto… qué raro es que ahora piense en frases gramaticalmente perfectas. Cuando uno se escucha a sí mismo, siempre se piensa en frases. O en signos de estenografía. Es cierto que ahora quiero aferrarme a algo que tenga una forma clara. Tengo miedo de estar sola. Por eso trabajo así. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué tengo que estar aquí? No me deja marcharme, no puedo irme aunque quiera. Quiero pensar que pertenezco a este lugar. Pero seguramente es absurdo. Lo importante es… ¡La censura de prensa! Pero hay que hacer que los de fuera sepan lo que ocurre aquí. Que se lucha. Para que no sea en vano. Lo terrible es que sea en vano. ¿O no? Ya no sé muy bien. Hay que hacer lo que uno considera bueno y justo. Hay que vivir y morir como se quiera, con sinceridad. Pero ¿qué significa sinceridad? Ya no quiero pensar en términos políticos. Pero existe algo como la libertad y la dignidad. ¿Es que ahora te das discursos políticos, querida? ¿Porque estás sola? Y sin embargo tendría que sentir que Georg piensa en mí, que tengo a una persona. Intenta imaginarse a su marido y pensar en él con ternura. Pero era un pensamiento voluntario. De pronto le pareció que él pertenecía a aquella otra vida ajena a la de Madrid. Se dijo: «Cariño, querido muchacho, no te enfades conmigo, te quiero mucho, piensa en mí…», pero eso no le dio calor, era un esfuerzo demasiado consciente, como si hubiese querido envolverse en el afecto tan familiar de su marido a modo de manto protector. Se asustó de la frialdad de su distanciamiento y de repente dijo en voz alta sin darse cuenta: ¡No, así no, no!

El censor levantó la vista sorprendido. La extranjera estaba sentada en la cama, hundida en su abrigo grueso y feo. No le veía la cara, lo prefería; no tenía nada que ver con ella y ella debía irse a su casa cuanto antes. Pensó una frase en francés que no fuera difícil de pronunciar y por fin dijo:

—Madame, ¿le da miedo volver sola al hotel?

Anita se sobresaltó como una colegiala y respondió:

—Yo... No tengo miedo, solo estoy descansando antes de ir a la reunión con el comandante Sánchez.

Ahí estaba. Pero en ese mismo momento se sintió ridícula, y eso le devolvió la alegría y la tranquilidad interior. Se quedó sentada despreocupadamente unos minutos y se centró en la reunión con el español. Estaba bien que tuviera todavía esa tarea por delante, el hombre no estaba mal, al menos estarían al mismo nivel. No como con los periodistas, que en realidad estaban todos de parte de los enemigos por temor a perder la imparcialidad.

Bueno, ahora quería primero arreglarse un poco y parecer humana. Empolvarse la nariz, lavarse las manos. Qué ridículo resulta buscar el lavabo en un país extranjero. Le preguntó al censor, pero no le entendió muy bien. No importaba, de todos modos iría al piso octavo.

Anita se deslizó rápidamente por el estrecho pasillo, pasó de largo junto a un ordenanza apenas reconocible que estaba roncando, encontró la pequeña puerta lateral y de pronto se encontró a oscuras en la escalera. Tuvo que volver a abrir la puerta para poder orientarse y no adentrarse en una nada negra. Luego fue subiendo a tientas guiándose por la pared con la cartera apretada bajo el brazo. Arriba se abrió una puerta, unos pasos descendieron por la escalera e inesperadamente un rayo de luz atravesó la oscuridad como una lanza. Se quedó pegada a la pared y dejó pasar a un hombre del que solo pudo ver una linterna, una mano, una manga. Por un instante la luz le dio directamente en los ojos. Se sintió completamente indefensa.

Aquí hay que tener una linterna. Esta escalera no me gusta. Un revólver… No, qué tontería, nada de romanticismos heroicos.

La Telefónica estaba vacía y en silencio. Los ruidos de máquinas no rompían el silencio, sino que más bien lo acompañaban y lo hacían más opresivo. El ventilador zumbaba, uno no se podía hurtar al sonido. Un ascensor se puso en movimiento, resonaba por los elevados huecos. Anita se dio la vuelta y bajó por las escaleras a tientas, sin ver, para volver al quinto piso. Se sintió aliviada cuando entró en el vestíbulo en penumbra. Esta era su planta y aquí había gente: una mujer mayor sentada en un taburete en un rincón, vestido negro, cabello blanco, cansancio paciente, sonrisa adormilada, como la señora del guardarropa de un teatro. Entonces, ¿dónde estaban los aseos? ¿Cómo se decía aseo en español? ¿O retrete?

Cuando estaba allí titubeando, llegaron unas telefonistas por el pasillo con sus batas negras y los auriculares todavía en la cabeza. Pasaron charlando junto a Anita, escudriñándola sin disimulo. Cambio de turno: iban a lavarse. Anita las siguió. Entonces descubrió que la señora mayor en realidad era algo así como una señora de la limpieza de los aseos (qué complicaciones más tontas suponían esos detalles importantes cuando se estaba en un país extranjero con una lengua extranjera) y se encontró en un lavabo alicatado en blanco.

Ya en el aseo fue sacando despacio, para calmar los nervios, la toalla, el peine y la polvera, todo bajo un fuego cruzado de miradas insolentes y poco amables. Todas las mujeres le estaban pasando revista a la extranjera. Las telefonistas se habían quitado las batas negras y habían cogido sus neceseres de las taquillas de metal que estaban en el cuarto de al lado. Aunque ahora todas se iban a dormir, se maquillaban. Observaban a Anita desde el espejo.

Anita intentó sinceramente encontrar entre ellas a una simpática y amable, pero no lo consiguió. Era consciente de que no agradaba a estas españolas, de que les parecía un animal extraño. Lo que no sabía era que les resultaba completamente carente de atractivo. Y no tenía idea de la preocupación con que la miraban las más jóvenes para averiguar si al final esta extranjera iba a poseer unas armas desconocidas y peligrosas; porque los hombres a veces persiguen a cosas raras.

Por su parte, a Anita le hubiese gustado explicar a esas españolas, con cuyos ojos se encontraba en el espejo, que ni tenía ni quería ninguna oportunidad con sus hombres, con los que les gustaban a ellas. Leyó clarísimamente el rechazo en sus miradas. Era un frente cerrado contra ella.

Buscó en vano una pequeña camarada entre todas esas caras de gesto duro. No tuvo una sensación más cálida o humana con ninguna de ellas. Le parecían todas similares. Casi todas tenían rasgos regulares, algunas hasta bonitos. Todas llevaban el mismo peinado: muchos ricitos tiesos en la nuca, una raya lisa, las orejas al descubierto, una espléndida forma de cabeza. Todas tenían unos bellos ojos grandes de gacela. Todas tenían el pelo castaño oscuro y pegado como con cola. Había dos mujeres algo mayores con la cara amarga y de enfado, pero este mismo rasgo de dureza ya se veía en las jóvenes. Una chica jovencísima era muy guapa, pero se había pintado una boca ridícula con forma de corazón y uno se olvidaba de su cara en cuanto dejaba de verla.

«Dios, ¿no estaré siendo injusta porque hay mujeres más guapas que yo?», se dijo Anita. Yo no soy así. Pero esas de ahí no me gustan, eso es todo; no tienen matices, tienen la voz ruda y cuerpos estirados con movimientos de seducción aprendidos. Anita se entregó a un rechazo primitivo, mezclado con la decepción por la desconocida antipatía que despertaba aquí.

Entonces entró una que era algo distinta; se movía muy bien, aunque consciente de ello, como un pavo real, tenía la cara pálida y demasiado maquillada, con rasgos toscos, muchos gestos, ojos grandes, inquietos y exigentes y una boca insatisfecha y carnosa. No carece de interés ni es tonta, pero es un mal bicho, opinó Anita.

Paquita rozó con una mirada lenta a la extranjera, luego echó un vistazo rápido a sus tranquilos ojos grises (no deja de hacer la competencia, a pesar de la primera impresión, pensó Paquita) y empezó con su ritual de maquillaje y depilación de cejas. Colocarse el pelo, los rizos y los tirabuzones exactamente en su sitio con el peine mojado le llevó unos minutos. Aunque en el fondo sabía que hoy había perdido la batalla diaria con Agustín, podría encontrárselo en el pasillo por casualidad. O si había alerta. Siempre tenía que tener cuidado. Eso la cansaba y la enfadaba.

¿Esa extranjera era la nueva de la censura? Entonces seguro que tendría que tratar con Agustín. Pero era demasiado poca mujer para él… probablemente. Tenía los labios pálidos, llevaba el pelo peinado hacia atrás sin ningún cuidado, igual que las estúpidas niñas de las organizaciones juveniles revolucionarias, que piensan que eso es comunista, y como las viejas solteronas con intereses intelectuales. Y ahora la extranjera se estaba pasando una vez más el peine seco por el pelo espeso que se quebraba (¡Qué seco tenía que estar, qué mujer más torpe!), se empolvó la nariz, se limpió las uñas (¡Sin pintar!)… Y eso fue todo. Abrigo de soldado y cartera de oficina —pero sí que parecía lista y enérgica—. Bueno, ya se irá, aquí va a hacer el ridículo, pensó Paquita. Pasó junto a Anita mirándola de reojo y se dirigió al dormitorio de las chicas del turno de noche. Allí dijo:

—¿Habéis visto cómo anda la extranjera? Como si no tuviera caderas. Y encima es vieja, gorda y torpe. Vaya…

Cuando Anita entró en la antesala de comandancia en el octavo piso —había subido en ascensor para evitar la escalera—, el ordenanza le dijo algo incomprensible de lo que solo pilló al vuelo la palabra «comandante». Intentó explicar su asunto en español:

—Sí, el comandante dice yo venir ahora.

—No, no, no —respondió Pepe, y volvió a empezar un largo discurso, pero esta vez más despacio y con gestos dramáticos. Anita logró entender que una mujer —Doña Pepa— estaba con el comandante y que ella tenía que esperar. Le llamó la atención el «Doña» y la mueca del viejo, sobre todo porque mientras tanto a ella, Anita, le sonreía y la llamaba «camarada». Así que se sentó y sonrió a Pepe con tanta cordialidad y naturalidad que él decidió que se trataba de una mujer simpática y buena: ¿Cómo voy a entretenerla mientras esa otra, Pepita, está con Agustín haciéndole pasar las de Caín?

Se acordó del agujero que había hecho la granada de mortero en el octavo piso; a lo mejor ella no había visto nada así. Se levantó, dijo algunas palabras muy alto, como a una sorda, hizo señas con la mano, se rio y al final la agarró de la mano. Ella también se rio, comprendió la palabra granada gracias al francés y se dejó guiar por ese primer español amable que le había traído el día. Olvidó su contrariedad por no haber podido hablar con Sánchez de inmediato y que una de esas españolas le pondría mala cara cuando volviera a su despacho. Una mujer con ese hombre tan severo..., qué lástima.

Pepe llevó a Anita a una habitación oscura con los cristales de las ventanas rotos, húmeda y fría. Él le volvió a coger la mano y se la puso en el lugar en que el marco de la ventana y el muro de ladrillos estaban dañados. Encendió por un momento su linterna con mucho cuidado pegándola al suelo para enseñarle los restos de ladrillo y de metralla.

—Esta tarde —dijo. Ella le entendió, había visto el despacho, levantó un trozo de acero y pasó el dedo por las muescas.

—No hombres —dijo en tono de constatación—. No muertos, bien. —Pepe estaba muy satisfecho. Esa mujer mostraba un interés razonable, imparcial, sin exageraciones. Después de que ella dijera «gracias» esmerándose en la pronunciación, ambos volvieron a la antesala como buenos amigos y allí tuvieron una conversación muy animada. Pepe empezó a explicarle que la mujer de ahí «no era buena», pero que el comandante era «muy bueno». Anita quería saber qué era él, pero no consiguió entender cuál había sido su profesión en la vida civil. Obrero, obrero cualificado, eso estaba claro. De la UGT, por la insignia. Un viejo sindicalista, como los buenos amigos de su país. No le resultaba extraño. Le estaba tan agradecida que se concentró en intentar que él percibiera algo de su personalidad en las frases españolas entrecortadas y ridículamente erróneas que pronunció, así como con sus gestos. No supo la impresión tan grande que le causó y de qué forma tan incondicional la aceptó el viejo obrero español.

Agustín abrió la puerta de golpe y gritó:

—¡Pepe, una copa de vino!

Tenía el pelo revuelto y la cara temblorosa. Anita tuvo la desagradable sensación de que allí dentro se había desarrollado una de esas escenas de amor que afean a los protagonistas. Lo lamentó profundamente. Hubiera preferido no ver así a ese hombre. Para poder irse sin llamar la atención, guardó absoluto silencio y confió en la penumbra y el despiste del comandante.

Pero había entendido todo mal. Agustín estaba desesperado y asqueado y precisamente quería impedir que su mujer diera rienda suelta a sus sentimientos y volviera a insinuarse tan abiertamente. Buscó una excusa y abrió la puerta para llamar a un tercero, a Pepe, como testigo ecuánime. Vino ya tenía en su armario. Cuando vio a Anita sentada en una esquina sintió que le redimían. Eso ya no era una excusa, era realmente una necesidad objetiva. Tenía que hablar con esa alemana, la había llamado él. Era tan tranquila y clara que incluso Pepa tendría que interrumpir su escena. Así que Agustín se acercó a Anita con la mano extendida:

—Naturalmente, camarada, ¿por qué no ha entrado antes? Pepe, qué burro eres, ¿por qué has hecho esperar fuera a la camarada?

Anita se levantó. Había perdido cualquier gusto por esa conversación.

—De todos modos, ya me iba. Tiene usted visita.

—No, no, solo es mi mujer. La estaba esperando a usted.

Claro que no había pensado en la extranjera durante la última hora, pero en ese momento se le antojaba que realmente la había estado esperando como si representara un saludable rato normal de trabajo. El martirizante carrusel de su mujer —dinero, acostarse, celos, dinero, celos, acostarse, tontería, dinero— había acabado. No notó el retraimiento de Anita, estaba tan ansioso que ella no tuvo más remedio que seguirle.

Ahora estaba en la habitación y veía la luz difusa que iluminaba a una mujer pequeña, flaca y oscura con una nariz recta, una boca muy fina y las comisuras de los labios hacia abajo. Estaba claro que formaba parte de las del quinto piso, pero parecía más tonta y mucho menos guapa que el pérfido pavo real de antes. ¿Y esa era la mujer de ese hombre? Lástima, qué lástima. Anita se volvió hacia Agustín con una mirada tan interrogante y sinceramente afligida que a él le hubiera encantado decir en voz alta: Sí, por desgracia es efectivamente mi mujer.

Pepita preguntó con su voz desmesurada, que sonaba tan áspera como tajante:

—Bueno, ¿así que recibes a una mujer?

Agustín no le respondió, sino que presentó a ambas en francés (Pepa solo entendió el gesto de la mano) y dijo a su esposa con brusquedad:

—Es la nueva censora. Tenemos que hablar de asuntos serios, no me molestes; y compórtate.

—¿Me tengo que ir para que te puedas quedar solo con ella? ¿Es eso lo que quieres decir con no molestar? Como si fuera idiota. Además, Agustín, esta mujer es peligrosa para ti.

Pepa había notado con qué amabilidad había acompañado su marido a la extranjera; oyó un nuevo tono en su voz desconocido para ella... eso solo podía significar una cosa.

Él volvió a no responder, pero la miró con ojos duros e inexpresivos. La alemana, la camarada Anita, quizá entendiera más español del que decía.

Pero Anita ya estaba insistiendo:

—Mañana hablamos, comandante, hoy no tiene usted tiempo. Además, estoy cansada.

No quería seguir contemplando esa expresión triste y enfadada en la mirada del hombre y los celos ansiosos y amargados de la mujer. Quería pensar en el trabajo y en la lucha, era más limpio.

Pero Agustín creía que tenía que hablar con Anita ese mismo día, porque si no se iba a perder algo importante.

—No, no sabemos si habrá tiempo mañana, ¿sabes? —Ni siquiera se dio cuenta de que se había pasado al tú—. Mañana se esperan grandes ataques aéreos y avances en todos los frentes. Va a ser un día terrible. Tal vez tengas que trabajar en la censura todo el día y toda la noche porque pareces ser la única que de verdad habla inglés. Pero te va a resultar difícil no hacer tonterías. Eres demasiado amable con los periodistas y te crees todo lo que te dicen, eso se ve. Quiero que me describas ahora mismo con toda exactitud tus primeras impresiones sobre ellos y que me expliques además en qué principios te basas para censurar.

Mientras hablaba, pensó en la posibilidad de que esa mujer fuera una espía, pero solo lo pensó como una posibilidad teórica, sin tener ninguna sensación de realidad. Por detrás de lo que decía y de lo que pensaba se cruzaron en su conciencia la sorpresa de desear poder confiar en esa extraña y una expectativa risueña.

Esa sorpresa, ese deseo y esa expectativa lo dominaron durante las dos horas completas que duró la intensa conversación. Los dos, tanto Anita como él, habían superado el límite del cansancio y estaban más que despiertos. Ambos se esforzaron en exponer sus ideales con respecto a la prensa, la propaganda, la agitación y el espionaje. No se dieron cuenta de la frecuencia con la que utilizaban las mismas expresiones para conceptos distintos, sino que por el contrario estaban sorprendidos de la frecuencia con la que decían lo mismo. Cuando esto ocurría, el que estaba hablando se interrumpía y miraba con afecto al otro. En varias ocasiones estuvieron discutiendo hasta la saciedad sobre un punto concreto hasta que al final resultaba tratarse de un malentendido entre ambos. Y una y otra vez pensaba uno del otro: ¿Cómo es posible que hayamos sentido el mismo miedo, la misma pregunta, el mismo entusiasmo?

Los dos tenían en el fondo una sensación idéntica que era difícil de explicar, y no se trataba del pensamiento. Pero como cada uno de ellos había sentido su propia soledad y diferencia con respecto a los demás de manera tan profunda y dolorosa, bastaban esos puntos en común para construir el principio de algo en común. El siguiente día iba a ser muy duro: les pareció bien prepararlo al menos en ese estrecho ámbito. Les sentaba bien poder hablar por una vez sin segundas intenciones.

Pepita estaba sentada en silencio con cara amarga. Intentaba escuchar el tono, observaba las miradas, solo era capaz de entender que se había puesto en marcha algo nuevo y hostil hacia ella. Ni siquiera sus celos, siempre al acecho, pudieron descubrir algo que sonara a traición —tanto peor y más peligroso—. Se sintió desvalida. Aquí la que estaba fuera era ella, no la extranjera.

Cuando Anita se levantó y Agustín la ayudó a ponerse el tosco abrigo sin especial cortesía, Pepita les siguió en silencio. Agustín tomó nota de ello inclinando la cabeza sin prestarle atención, pero con amabilidad. Llamó a Pepe para que acompañara a Anita al otro lado de la calle sacándolo de su duermevela y dijo a su mujer: Vete a dormir y mañana no salgáis del sótano, ni tú ni los niños.

Pepa se encontró en el ascensor sin poder replicar, junto con el ordenanza —odiaba a Pepe— y esa extranjera a la que empezaba a temer.

No dijo una sola palabra, tampoco cuando se separaron, y bajó corriendo las escaleras del sótano. Por lo menos ahí abajo había luz. Pero no se podía quedar mucho tiempo en ese edificio, no debería haber ido allí. Agustín tenía que marcharse, marcharse, marcharse...

Anita saludó a los centinelas, saludó al manco, le habría encantado saludar a la Telefónica. Porque se daba cuenta de que cuando volviera al trabajo al día siguiente ya no sería una extraña. Sabía que al día siguiente sentiría la vida y las fuerzas con el triple de intensidad precisamente en el trabajo duro y corriendo un gran peligro.

Desde la otra orilla de la calle vio emerger de la oscuridad con una palidez fantasmagórica los muros blancos y lisos y la estrecha torre de la Telefónica.

SEGUNDA PARTE
I

André es la única persona que está en la sala de prensa. Las seis de la mañana. Tiene dos horas para redactar su artículo para París. La habitación es grande y fría. Papel carbón y copias arrugadas de despachos de corresponsales están tirados por los escritorios y las sillas. Los restos del trabajo de prensa de ayer. Detrás de un biombo hay cinco catres de campaña revueltos. Los reporteros de noche de los periódicos españoles y el hombre de Havas que han dormido ahí ya están arriba en la sala de teléfonos, donde hace más calor porque aún se conservan íntegros los cristales de las ventanas. Aquí en uno de los cristales hay un agujerito redondo rodeado de una corona de rayos con restos muy finos de metralla: ha sido un trozo diminuto de obús que les ha costado esfuerzo encontrar bajo el polvo del suelo sucio.

Por ese agujerito tan pequeño entra el frío. También podrían abrir las ventanas, así por lo menos respirarían aire fresco. El humo frío de los cigarrillos de ayer se agarra a la ropa. En la lengua, una sensación de asco. André abre las ventanas de par en par, las ventanas del lado de la habitación que no da al frente. Los restos de nubes se han disipado y el cielo está rosado e infinitamente luminoso. Si se dibuja en él una mancha oscura, está claro que solo puede ser el humo de una explosión, de una mina o de un cañonazo. Los blancos rascacielos de mal gusto del Madrid moderno son como alabastro, el verdor del Parque del Retiro es un islote de color amable, las montañas del horizonte son de un azul intenso.

Los rebeldes no entrarán desde ese lado, piensa André. Pero entrarán, no puede ser de otro modo. Merde!, maldice en voz baja. Qué putada, todo. La gente de aquí no se va a rendir, por supuesto, pero ¿por qué? Está claro. Se lucha porque no se puede hacer otra cosa; mientras se pueda. Pero la mujer de ayer, la de la tripa rajada, el niño de la mancha oscura junto al ojo, la mano amarilla de dedos largos en la cuneta: más vale no pensar mucho en ello, de lo contrario no se puede escribir.

André se sienta a una de las grandes máquinas de escribir antiguas. No puede teclear; tiene que ver sus frases delante escritas a mano, solo así cobran vida. Pero la censura exige tres copias a máquina. Que se vayan al diablo, aunque hay que llevarse bien con esos tipejos. Los españoles llaman a la censura «la tía Anastasia», igual que los franceses. Empieza a atizar las teclas con la punta de los dedos, pero no encuentra las letras, la cinta se enreda, ya no funciona nada. Necesita a alguien que le ayude, eso está claro. Una secretaria. Pero aquí no hay mujeres cualificadas. La alemana, la nueva funcionaria de la censura sabe bastante francés; ella misma es periodista, a lo mejor le ayuda. André intenta imaginarse a Anita: hacia fuera, la clase de persona auténticamente política, muy sensible, pero vista de cerca, una mujer difícil. Y a él qué le importa. Se decide a llamar al Hotel Gran Vía, donde pernoctan todos los periodistas que no viven en su embajada.

Anita responde, completamente despierta. Hace unos minutos que se ha despertado sobresaltada porque la explosión aislada de una mina ha roto el silencio del amanecer. Sí, por supuesto que va enseguida a la Telefónica. Se alegra de tener ocasión de abandonar su habitación de hotel fría como una tumba, de tener trabajo, de ir al edificio de enfrente. Se viste rápidamente. De todos modos ha dormido con la ropa interior, en parte por el frío y en parte por precaución, para poder arreglarse lo más rápido posible en caso de alerta aérea. De su ropa se pone lo que más se parece a un uniforme. Y por supuesto ningún sombrero, ese error solo lo cometió el primer día de su estancia en España. Llevarse todos los papeles y todo el dinero, meter jabón y varios pañuelos en la cartera, porque nunca se sabe si uno va a volver. Los zapatos más cómodos y más anchos, planos, porque el día va a ser largo. Y sí, va a tener una pinta un poco tosca.

Anita piensa en las miradas de las españolas y siente una ligera punzada. Sabe que se ha vestido de la manera más sensata. Ha calculado todo para parecer lo más neutra y poco coqueta posible. Pero eso tiene sus desventajas. Por cierto, ¿puede trabajar con un periodista siendo censora? Probablemente no se lo tomen bien. Pero qué absurdo, no se puede considerar enemigos a los reporteros a priori. Al final, Sánchez ayer lo entendió. Lo que no es poco para un español. Alto ahí, ese es otra vez uno de los prejuicios arrogantes de los que hablaba Sánchez. Exactamente igual de falso que la idea que tienen los españoles de los extranjeros. Tiene que conseguir ser una mediadora. André es importante, tanto como su antipático periódico. Es un hombre vivaz, ayer se vio que era capaz de exaltarse. Tiene imaginación. Ve a las personas, no solo la noticia para su periódico. Le gusta ayudarle.

Mientras Anita desciende por la oscura escalera del hotel y atraviesa el vestíbulo sin luz y lleno de sombras, tiene una sensación de irrealidad. Todo se difumina, su pensamiento no funciona bien, le gustaría gritar algo para volver a tomar contacto con la realidad. Los soldados de guardia del hotel están acostados en los profundos sillones, milicia anarquista. Siluetas airadas y ridículas anoche, cuando miraban a los extranjeros de arriba abajo, pero ahora, a la débil luz grisácea, caras de jóvenes campesinos desvalidas, sin afeitar. Afuera la calle está en silencio, vacía y gris. Desaparece entre la fina niebla.

En el vestíbulo de la Telefónica, Moreno —una vez más— sigue de guardia. Ha dormido dos horas. Nunca duerme más de un par de horas, pero a veces tiene la cabeza muy confusa y febril. Anita le saluda diciendo «¡Salud!». Él gruñe la respuesta y hace el propósito de interrogar a fondo a Pepe sobre esa mujer. Él fue quien la acompañó al hotel. Qué raro, ha estado hablando con Sánchez hasta las cuatro y ahora está otra vez ahí. No debe de haber dormido casi nada. Se implica mucho. Habría que saber por qué. En ese mismo momento Anita piensa que apenas ha pasado dos horas en la cama y se sorprende de lo fresca que se siente. Ojalá aguante ese día y esa noche igual. Está convencida de tener por delante veinticuatro horas intensas de trabajo importante, aunque su turno en la censura solo dure ocho horas.

El manco tiene que acompañar a Anita a la sala de prensa, todavía no conoce bien el edificio. Por eso se da cuenta de que ha quedado con André, y cuando vuelve a bajar se lo comunica a Moreno. Bueno, pues si ese es su amigo, es mejor que cualquiera de los americanos. Pero ¿qué hace la censora con los periodistas? ¿Qué está pasando?

André le da a Anita una hoja con la letra muy apretada. Él seguirá trabajando mientras ella lo pasa a máquina. Echa una mirada a los tejados rosados y se sienta a la máquina menos deteriorada. Apenas ha introducido las hojas cuando se desencadena la lucha en la Casa de Campo. No sabe que es la Casa de Campo, aún no ha aprendido a distinguir los ruidos de la guerra, pero suena a batalla, como en las películas. Retumba, atruena, traquetea. No se oye a los hombres que están ahí metidos, pero uno se los imagina. André se ha sobresaltado, aguza el oído y dice:

—Ciudad Universitaria, Casa de Campo o Parque del Oeste. Tengo que subir a ver, luego seguimos trabajando, venga conmigo.

—¿Adónde?

—Al piso once. Desde allí se ve bien. No nos dejan subir al doce o al trece. Venga, dese prisa.

André se envuelve en su bufanda roja e incluso se pone el sombrero, ella se echa el abrigo por encima y caminan, casi corren, por el pasillo, llaman al ascensor, que llega enseguida. El manco les sube a la planta once en silencio; hay instrucciones que permiten a los señores periodistas ir allí.

La planta once está en la parte superior de la torre. Desde la gran sala, que ahora está vacía, se puede divisar Madrid en tres direcciones. Anita ve la sierra, las colinas verdes de la Casa de Campo, los campos yermos de la meseta, tal y como los pudo contemplar por primera vez desde el avión. Ve Madrid, lo ve de una forma distinta que antes porque empieza a sentir la vida de la ciudad. Los colores puros y nítidos del paisaje son tan apacibles que se le hace un nudo en la garganta. Sobre la Casa de Campo, nubecillas blancas de humo que se disipan. Por encima, en el cielo, puntos negros. Puede ver las líneas del frente. Oye todo casi sin asimilarlo. Los cañones, las ametralladoras, los fusiles. ¿Quién está atacando? André le pasa los prismáticos. Distingue figuras que corren, cree entender que los nuestros están contraatacando y que la artillería enemiga les dispara. Pero en realidad no lo comprende. Ve granadas que impactan en las casas de la ciudad, le molesta no saber muy bien cómo se llaman los diferentes barrios. André le quita los prismáticos:

—Este combate no es muy importante. Pero observe los preparativos de la artillería a lo largo de la línea. Hablan de un ataque generalizado. Quieren intentar romper las defensas. —Ahora es el reportero: corre escaleras abajo sin dar ninguna explicación y gira en el pasillo para entrar en comandancia. Anita le sigue sin decir palabra, se encuentra un poco fuera de lugar. André le espeta una frase—: Tal vez Sánchez me diga algo.

Y ella siente que ahí no pinta nada.

—Le espero en la sala de prensa, André —dice, y se va.

La escalera ya no está vacía; la gente se precipita de un piso a otro y todos miran a Anita escudriñándola. Vuelve a la sala de prensa y se sienta a la máquina de escribir. Hay que hacer algo. Tiene que escribir un artículo. Con el correo postal llegará tarde con toda seguridad; esos periódicos socialistas son de una tacañería ridícula en el lugar menos apropiado. Pero va a ser un reportaje desde Madrid sin falsedades. Sin embargo, ¿cómo escribir sin falsear la realidad? Ha visto mucho y nada. No quiere inventarse una historieta bienintencionada de libro. Heroísmo: qué palabra más tonta y errónea. Revolución: no es del todo cierta, lo de aquí es una guerra defensiva para hacer posible una revolución.

Ay, Dios, ojalá no estuviera presa de esas expresiones tan manoseadas. Es demasiado fácil. No puedo escribir. Tendría que censurar mi propio artículo. Estos españoles no permiten que se escriba la verdad. Y la verdad, ¿qué es? Nosotros tampoco entendemos su verdad. Aquí hace un frío tremendo. Y todo tan desordenado. Apesta a tabaco americano. Prefiero quedarme en este lado de la sala; si estalla un obús ahí fuera no tengo por qué ponerme precisamente en su camino. O una granada en esta sala. Ni siquiera llevo puesta ropa interior limpia.

Se queda mirando fijamente al cielo y sus pensamientos son tan volátiles o tan difíciles que no pueden convertirse en frases enteras. Huele el humo frío y el aire invernal, ve una única columna de humo azul, a veces oye un silbido y constantemente un zumbido —¿el ventilador o un avión?— y tiene hambre. Pero entonces se dice que no puede ver nada y que es mejor quedarse quieta.

El reportero de noche de la Press Agency —PA— entra en la sala, saluda rápidamente y teclea veinte líneas sobre el ataque en el Parque del Oeste en su máquina portátil: «... La intensa actividad artillera hace suponer más ataques durante las próximas horas». André sigue sin aparecer y ella sobra allí.

Dos mujeres de la limpieza entran en la habitación y empiezan a recoger los trozos de papel. Una de ellas no está mal, pasa de los cuarenta, muy maquillada, alegres ojos negros, bella trenza corona negra. La otra es vieja y gorda, se mueve como si tuviera las piernas hinchadas.

La morena saluda a Anita gritando «¡Salud!» —hay que hablar muy alto a los extranjeros, porque si no, no entienden— y recibe por respuesta un esmerado «¡Buenos días!».

—¡Pero si habla usted español, señorita!

Muestra unos dientes afilados y blancos y empieza a hablar mucho y en voz muy alta, del frío, de los obuses, de la escasez de alimentos. Anita entiende una de cada veinte palabras.

Pero mira a la mujer con ojos atentos y compasivos y sonríe. Un truco que ya utilizaba en el colegio con gran éxito. Cualquiera que ve este gesto cree que entiende todo.

—Es usted extranjera —dice Carmen—, seguro que viene de muy lejos. ¡Qué valiente! Nosotros tenemos que estar aquí, pero usted... ¿No tiene marido? ¿Sabes? —le dice rápido a su compañera en voz baja—, a lo mejor no tiene marido y se siente desgraciada, la pobre, tiene los ojos tan tristes… ¿Tiene usted frío? Hay que poner cartón en las ventanas; en ese lado ni siquiera hay una cortina, no puede ser. ¿Habla español? ¿Español?

Anita quiere hacer algo en favor de su autoridad y aclara que no habla español, pero sí francés, inglés, alemán e italiano; estas expresiones son fáciles y su español es suficiente. Carmen entiende todo, mueve los labios con cada palabra que pronuncia Anita, como si quisiera ayudarla.

—Caramba, ¿cómo puede hablar una mujer tantas lenguas? Tiene que ser muy difícil y usted debe de ser tremendamente inteligente. ¿Tiene hijos? ¿Hijos?

Con las manos describe a un niño de pecho y lo acuna en sus brazos. Anita niega con la cabeza, pero enseña su anillo de casada y dice:

—Marido sí tengo. ¿Y usted? —Y ahora es ella la que hace alusión a los niños.

—Cuatro —dice Carmen—, así, así, así y así. El mayor de unos nueve años.

—Y ¿dónde están?

—En Madrid, naturalmente. No los voy a entregar. Nunca se sabe dónde van ni lo que aprenden con gente extraña.

Anita entiende prácticamente todo.

—Pero ¿y bombas?, ¿fascistas?

Carmen la mira divertida.

—Mejor que estén conmigo, no va a pasar nada. Y todos tenemos que morir.

En ese momento corre hacia la ventana. Desde el frente llegan seis explosiones atronadoras casi seguidas que solo pueden proceder de bombarderos.

—¡Bombarderos, ay! —grita Carmen.

—¡Vamos abajo! —dice la otra mujer, y deja la escoba en el rincón—. Vámonos.

—¿Para qué? Carmen se encoge de hombros.

La otra sale despacio y torpemente de la habitación. Baja lenta por la escalera: no se fía de los ascensores durante un bombardeo, aunque las chicas quieran mantener el servicio.

—Imagínate que te quedas colgada en el hueco y te cae una bomba en la cabeza.

Anita y Carmen se miran. De repente, la española abraza a la extranjera y dice:

—Voy con mi niño. Qué putada, ¿verdad?

Tiene lágrimas en los ojos, se ríe y desaparece por el pasillo.

Anita se queda sentada. No le apetece bajar al sótano. En este momento está en su puesto. ¿Escribir un artículo? ¿Esperar a André? Carmen le ha calentado el alma. Empieza a escribir un reportaje sobre sus impresiones con las palabras de Carmen, entendidas a medias, pero resonando en sus oídos tan nítidamente comprensibles: Todos tenemos que morir.

Sí, así es mejor. Trabajar con alegría y ser irónica consigo misma sin darse tanta importancia. Una no es tan importante. Pero cada uno es responsable de sí mismo.

André entra precipitadamente con el abrigo ondeando tras él. Ya se ha sentado a una mesa y dibuja en una hoja líneas torcidas que luego le entrega.

—Tres copias, no se olvide.

Ha sacado su artículo recién empezado de la máquina (mientras llega a la redacción de su periódico puede que Madrid ya haya caído, pero el reportaje de André se voceará esta tarde en los bulevares de París) y concentra su esfuerzo en copiar rápido y sin faltas, en no olvidar las es mudas ni los plurales en s. Y en entender al mismo tiempo qué está pasando.

Así pues, un ataque en el Parque del Oeste y otro en la Casa de Campo. Es decir, casi a lo largo de toda la herradura que rodea Madrid, intensos preparativos de la artillería enemiga. Bombarderos en el frente. Guerra de minas. La atmósfera reinante conteniendo el aliento mientras se espera un ataque generalizado. «Conteniendo el aliento«, tropieza en esa frase tan periodística, le gustaría tener datos, hechos. André casi le arranca las hojas de las manos, las lee y mira por encima a Anita:

—Suba conmigo a la censura, luego nos tomamos un café, mon petit.

Afuera resuena la guerra. Ametralladoras, fusiles, artillería. Por encima del frente flota un banco de niebla negruzco, se divisa más allá de los tejados. Así que es eso lo que antes se llamaba «vapor de pólvora».

En el quinto piso está sentado a la mesa el pequeño censor malhumorado. Las cosas van mal. Pero tal vez pueda salir el camión del Ministerio todavía hoy. Ve a la extranjera y dice:

—Muy bien. El compañero Plata no puede venir hasta dentro de una hora (si es que viene, piensa, pero no lo dice); yo me quiero ir una hora antes a casa. Tal vez pueda usted sustituirnos estas dos horas. Mi hermana... —Y deja sin explicar el motivo. Ya que han mandado a una extranjera, que trabaje, aquí no tiene obligaciones ni familia—. Entonces, a las nueve.

Qué bien para Anita. No va a tener que estar ociosa en la fría y solitaria habitación del hotel o buscar material paseando por los escenarios de la batalla para escribir artículos que no llegarán nunca a su destinatario, o intentar escuchar el ruido de la guerra en la ahumada sala de prensa como una espectadora superflua. Va a hacer un trabajo útil. ¿Acaso es útil la censura? En todo caso podrá decir al mundo lo que pasa a través de los periodistas.

¿Qué pasa? André le tira de la manga; le cae bien, hay algo en ella. La arrastra al ascensor (acaban de dar las ocho, las chicas del ascensor ya han empezado su turno; Rosita está dentro sentada en un taburete y teje con lana de angora azul chillón). Una vez abajo, lleva a Anita al otro lado de la calle, al Café del Norte en el chaflán que está casi enfrente de la Telefónica.

—Café y coñac para dos, compañero.

André sabe a la perfección cuándo hay que decir compañero y cuándo camarada. En el café grande y feo hay muchos milicianos con pañuelos rojos o rojos y negros y con gorras de lana rusas. Las gorras rusas están a la última, le cuenta a Anita, desde que se espera ayuda de la Unión Soviética. Desde que aparecieron los primeros cazas en el cielo de Madrid. Anita los ha visto. Gritó y les saludó en la calle con toda la gente. Pero de repente André le hace una pregunta con expresión grave:

—¿No puede mudarse a una legación extranjera?

—No, ¿por qué? Soy una alemana que ha emigrado por motivos políticos, ¿no lo sabe?

—Creo que sería mejor para usted. Nunca se sabe. Este ataque va en serio. Lo siento, pero no la puedo llevar a ningún sitio. No tengo coche. Aunque seguro que puede acordar con alguien que la lleve en su coche a alguna parte desde donde pueda llegar a la costa. Aquí está pillada en una ratonera.

—Lo sé, gracias. No voy a cometer un suicidio indirecto. Pero no me iré hasta que no haya otra posibilidad. Y sí que creo...

No quiero ser patética, piensa. Pero creo que esto todavía aguanta. Y hay que quedarse.

—Siempre me ha encantado Cyrano de Bergerac —dice—. No tanto el gran gesto heroico, «mon panache», sino lo otro. Se lucha, «on se bat».

—Es muy amable por su parte no haberme soltado ahora un discurso político, como les gusta hacer a sus amigos.

—¿Mis amigos? ¿Quiénes son mis amigos? ¿El ordenanza? ¿La mujer de la limpieza? ¿Los trabajadores de la casa? Cualquiera que a pesar de todo haya tenido el valor de no conformarse con nada. Quizá el español que está allí arriba en la Telefónica.

La Telefónica tiene un aspecto fantástico cuando se alza la vista. Allí está el octavo piso. Allí explotó la granada de mortero. Siente una punzada de miedo por Agustín. Sería una pena.

Cien metros más arriba, en la Gran Vía, revienta un obús: nubecillas, un reflejo rosado, esquirlas, casi no se ha oído el estallido. Alguien cae, la gente lo levanta. Queda una mancha pequeña y oscura. Le cuelga el brazo. Puede que no esté muerto.

—Vamos a pagar y a irnos. Está pendiente su conferencia con París a las nueve en punto si funciona la línea. Son las nueve menos cuarto. Yo tengo turno en la censura.

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