Kitabı oku: «El fascismo vasco y la construcción del régimen franquista»

HISTÒRIA I MEMÒRIA DEL FRANQUISME / 60
DIRECCIÓ
Ismael Saz (Universitat de València)
Julián Sanz (Universitat de València)
CONSELL EDITORIAL
Paul Preston (London School of Economics)
Walter Bernecker (Universität Erlangen, Núremberg)
Alfonso Botti (Università di Modena e Reggio Emilia)
Mercedes Yusta Rodrigo (Université Paris VIII)
Sophie Baby (Université de Bourgogne)
Carme Molinero i Ruiz (Universitat Autònoma de Barcelona)
Conxita Mir Curcó (Universitat de Lleida)
Mónica Moreno Seco (Universidad de Alicante)
Javier Tébar Hurtado (Arxiu Històric de Comissions Obreres de Catalunya, UB)
Teresa M.ª Ortega López (Universidad de Granada)

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
© Iñaki Fernández Redondo, 2021
© De esta edición: Universitat de València, 2021
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Coordinación editorial: Amparo Jesús-María
Ilustración de la cubierta: Exposición de Auxilio Social
en Bilbao, 1938. Obra anónima. Imágenes procedentes de los fondos
de la Biblioteca Nacional de España
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Letras y Píxeles
ISBN: 978-84-9134-774-3
Edición digital
Para mi padre, a quien le hubiese encantado leerlo
ÍNDICE
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
SIGLAS Y ABREVIATURAS EMPLEADAS
PUNTUALIZACIONES SOBRE TERMINOLOGÍA
PARTE I EL FASCISMO EN EL PAÍS VASCO DE LA II REPÚBLICA
I. IMPLANTACIÓN Y DINÁMICA POLÍTICA FASCISTA
1. Los dos modelos de Falanges vascas
2. Los militantes falangistas: número y composición
PARTE II FALANGE EN LA GUERRA CIVIL. REPRESIÓN Y COMBATIENTES
II. LA REPRESIÓN EN LA GUIPÚZCOA Y VIZCAYA REPUBLICANAS (JULIO DE 1936-JUNIO DE 1937)
1. La represión contra Falange Española
III. LA MOVILIZACIÓN DE COMBATIENTES DE FALANGE ESPAÑOLA
1. Incidentes derivados de la competencia por el reclutamiento
PARTE III FALANGE Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA DICTADURA FRANQUISTA EN EL PAÍS VASCO
IV. LA UNIFICACIÓN. EL NACIMIENTO DE FET DE LAS JONS
1. FE entre la Guerra Civil y el decreto de Unificación
2. La Unificación en el País Vasco. La actitud de Falange
V. EL PARTIDO ÚNICO DURANTE EL PRIMER FRANQUISMO EN EL PAÍS VASCO
1. Los primeros pasos de FET. Conflicto e institucionalización
2. La pacificación de las provincias
3. Los intentos de revitalización de FET
4. El fin de las políticas de integración carlista
5. El largo camino del franquismo
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFÍA
ANEXOS
ÍNDICE ONOMÁSTICO
PRÓLOGO
En Cómo se hace una tesis, Umberto Eco cuenta lo que es una tesis doctoral: «Una tesis de doctorado es un trabajo mecanografiado de una extensión media que varía entre las cien y las cuatrocientas páginas, en el cual el estudiante trata un problema referente a los estudios en que quiere doctorarse. Según la legislación italiana, la tesis es indispensable para doctorarse». Adaptado al siglo XXI podríamos decir que una tesis es un trabajo escrito a ordenador que tiene una extensión variable (menos de cien páginas en el caso de las ciencias experimentales, entre trescientas y quinientas en el caso de las ciencias sociales y humanidades), que resulta indispensable para doctorarse. Debe hacerse en torno a tres años de tiempo máximo según la legislación actual, si bien hay un plazo extra que se puede pedir. Es respaldada por una o dos directoras o directores, que se encargan, una vez la han supervisado y aprobado, de proponer un tribunal que la evalúe que deberá ser avalado por el departamento universitario en que sea presentada. Se trata este de un momento particularmente sensible y, como luego veremos, quienes dirigen las tesis han sido elegidos, en ocasiones, con la mira puesta en salvar este trámite. La celebración del tribunal evaluador de la tesis doctoral tiene un fuerte componente ritual, desde el protocolo de intervenciones que en él tienen lugar hasta la manera en que el tribunal dictamina su parecer. En muchas ocasiones el ritual no suele considerarse completo si el doctorando no asume, posteriormente, la invitación a dar de comer al tribunal, fracción final de una liturgia en la que, también en ocasiones, no se tiene en cuenta la situación económica de quien se doctora. El acto final de defensa de una tesis doctoral tiene como propósito igualar a quien la presenta al resto de doctores que componen los equipos de trabajo de la Universidad española. Esa igualación es meramente formal, dado que probablemente no haya institución más alérgica a la igualdad que la Universidad, en donde cada día transcurrido en ella (de acuerdo a cada tipo de contrato vigente) es susceptible de contar a efectos de marcar la jerarquía a la hora de optar a plazas, repartir docencia o designar libranzas para actividad investigadora.
Lo que Iñaki Fernández presenta aquí es la versión en libro de la tesis doctoral que Luis Castells y un servidor tuvimos la fortuna de dirigir. Hay muchas cosas que se pueden decir de una tesis doctoral y quiero utilizar este prólogo para hacer algunas reflexiones que creo que son pertinentes a la hora de introducir la investigación en que se basa este libro. Dado que es una investigación que va a ser mayoritariamente leída por doctoras y doctores, o aspirantes a serlo, lo que aquí voy a escribir busca generar una reflexión que echo en falta cuando se aborda este formato de investigación, probablemente el más exigente que establece la Universidad española.
Toda tesis doctoral tiene una épica y una poética. La épica es creada y recreada por cada postulante una vez supera este reto iniciático. Se compone, fundamentalmente, del recuerdo de los sinsabores, los (escasos) placeres y las (múltiples) vivencias atesoradas en el transcurso de su elaboración y defensa final. La alimentan los congresos a los que se asistió, las comunicaciones que defendió, el interés que su trabajo pudo generar en personas de renombre, el vértigo ante el folio en blanco y la desorientación ante consultas documentales siempre excesivas. A ello pueden sumarse las torres de documentos y las horas invertidas en su lectura para, al final, quedar reducidos a una pulpa mínima incapaz de reflejar la cantidad industrial de horas invertidas en su recolección, lectura y análisis...
Convengamos, por tanto, en que la épica de la tesis es un ejercicio de memoria personal (inevitablemente subjetiva, cambiante, caprichosa en su selección de los acontecimientos y detalles evocados) que es compartido a lo largo de la vida. El espacio en que se comparte es el académico, el de los colegas y amigos de profesión, el de los congresos y sus horas de atonía. Fuera de esos espacios la tesis doctoral es una experiencia inaprensible por los sentidos para la mayoría de la población. Esta mayoría puede entender que una persona pase ocho o diez horas diarias trabajando en una oficina, un taller, una fábrica o un supermercado, sometida a todo tipo de maltratos laborales y condicionantes ambientales, pero es incapaz de comprender que pase esas mismas horas en un laboratorio, un archivo o una biblioteca, sentada ante un ordenador, normalmente en silencio, durante meses y años, muchas veces sin beca, en cuyo caso aumenta considerablemente la proporción de tiempo que es robado por el doctorando al descanso, a la familia, a la pareja, a los amigos, al ocio, a las aficiones e incluso a los vicios. Ese mismo robo, en proporción menor, lo cometen quienes disfrutan de una beca, y como todo robo no es reversible, el tiempo invertido no nos vuelve, los cuidados y afectos no cultivados no pueden recuperarse y todo lo perdido queda invertido en esa documentación con la que, pasados los años, uno no sabrá qué hacer y que, en muchos casos, acabará alimentando las plantas de papel reciclado...
Esta épica de la tesis solo puede ser compartida, por lo tanto, con quienes nos entienden por haber experimentado el mismo proceso ritual. Sin embargo, ese compartir tampoco es uniforme a lo largo de la vida. Aludimos más a ella en las etapas posteriores a haberla defendido para, luego, irse disipando en el océano de protocolos, incertidumbres y flexibilidades que impone la carrera investigadora española, hasta restar cuatro retazos compuestos por unos cuantos recuerdos mal coordinados y difícilmente cuajados en un relato coherente. Iñaki es quien podría dotar de contenido a su particular épica, pero en este libro no lo va a hacer, permanece fiel al principio de que esta se sostiene en una comunicación oral. Poco puedo (y debo) decir de ella. A lo sumo puedo subrayar que esta su tesis le ha acompañado por un gran número de años, muchos más de los que en sus inicios consideramos que implicaría. En ese curso temporal se han producido acontecimientos trascendentales que le han marcado y que han ido dejando su poso en su manera de afrontarla y resolverla. No es este un asunto baladí pues la proporción de tesis doctorales que naufragan en el devenir de vidas agredidas por un sistema económico tan exigente como el que nos sostiene no es menor. Todos conocemos las historias de colegas que aparcaron sus tesis ante retos vitales (oposiciones, desgracias personales, construcción de familias, necesidades laborales) para no poderlas volver a retomar. Esto precisaría de una perspectiva de género que aplicar, pues en absoluto es igual la proporción de mujeres que de hombres, y tampoco es igual la proporción de mujeres doctoras que no pueden continuar con su carrera universitaria que la de hombres. Son cuestiones que el mundo académico, siempre tan progresista en su estética como conservador en su práctica, tiende a abstraer, si no directamente a silenciar.
Toda tesis doctoral tiene otra dimensión complementaria que voy a abordar de forma más breve y que viene a cuento de esto último que he comentado acerca de la carrera investigadora y sus trampas: su vertiente de poética. Se trata de una narrativa marco que dota de sentido (o eso pretende) toda investigación doctoral. Según cuenta en su página web el Ministerio de Educación, insertarse en la carrera investigadora «supone un reto personal, pero es además una aventura apasionante, al convertirse una persona en agente activo en la generación de conocimiento y de nuevos descubrimientos». Convengamos en que este tipo de lenguaje resulta poco ajustado a la realidad de igual manera que la publicidad tiende a ajustarse mal a los productos que promociona. En la actualidad la elaboración de una tesis doctoral solo habilita para poder iniciar una carrera universitaria (ninguna universidad contrata a no doctores) cuyo curso será imprevisible.
La poética que encierra toda tesis ensalza sus virtudes en la construcción de la ciencia y de la cultura ciudadana y las capacitaciones que proporciona a quien la hace para insertarse en el mundo universitario, pero esto es una mera idealización. Una vez cubierta la tesis doctoral es cuando realmente tiende a empezar la carrera del investigador o investigadora, y tiene poco de «aventura apasionante». En realidad, lo que el doctorando muchas veces aprende en la confección de la tesis doctoral y, sobre todo, en el diseño del tribunal que le evaluará es el campo de batalla en que va a ir insertándose como futuro agente investigador: quiénes son hostiles y quiénes podrían serlo, a quién hay que amar o temer. Esto explica un fenómeno constatado por diversos trabajos sociológicos recientes como es la concentración de las direcciones de tesis doctorales en muy pocas manos académicas. Esta responde a mecanismos de estratificación social de la ciencia que fueron descritos para el caso norteamericano por la socióloga Harriet Zukerman hace más de cincuenta años. Y revela que los perfiles de las directoras y directores de tesis doctorales no son inocuos en la propia construcción de estos productos científicos. Las directoras y directores de tesis tienden a ser buscados por doctorandas y doctorandos con dos criterios referenciales: que sean capaces de garantizar su formación científica y que les doten de la seguridad de que en su tramo final la tesis no sufrirá contratiempos. Esto significa que, incluso en una fase final de elaboración de la tesis, el doctorando no maneja el criterio de que la calidad del trabajo que ha realizado es la variable por la que será evaluado. Sabe que el «peso social» de su directora o director es tenido muy en cuenta en esa fase en tanto que variable complementaria que disipe posibles complicaciones derivadas del funcionamiento clánico de los departamentos universitarios y de muchos de sus grupos de investigación.
A la épica y a la poética de la tesis doctoral me permito, por lo tanto, añadir una tercera variable final como es el peso que en ella tiene la directora o director. La construcción de relaciones estrechas entre doctorando y tutora o tutor generó en el pasado manifestaciones de sumisión feudal, muchas veces disfrazadas de compañerismo e, incluso, amistad; acrecentadas por la presencia de emociones como son la admiración, el respeto o el temor reverencial. Era algo que encajaba en un esquema de relaciones académicas de signo vertical que se ha modificado un poco pero no lo suficiente. La relación entre doctorando y director o directora siempre es compleja y sobre ella podría escribir una presentación entera, pues hay múltiples formas de dirigir tesis doctorales. Hay personas que convierten cada tesis doctoral dirigida en una parte importante de su actividad investigadora; hay personas que no llegan a leerse la propia tesis que han dirigido, que las contabilizan como una mercancía más que les habilitará de méritos en su horizonte profesional y que pueden manifestar la misma sensibilidad para con su pupilo que la que podrían sentir por cualquier oriundo de Yemen del Sur. Hay personas, en fin, que se implican en las tesis que dirigen, aunque intentan dejar que sea la doctoranda o doctorando quien vaya madurando en el proceso de elaborarla, no les restan sinsabores ni crisis personales, pero están ahí, guiándoles, especialmente en la segunda mitad, cuando la tesis se va haciendo real, cuando el material leído y cruzado ha reposado y comienza a definir una estructura narrativa e interpretativa que vislumbra ya un fin. Y hay muchos roles intermedios entre unas y otras figuras prototípicas.
Dirigido por Luis y por mí de acuerdo a una práctica que Iñaki, en todo caso, tendría que calificar de acuerdo a los modelos que acabo de establecer, tras muchos años y todo tipo de circunstancias personales, consiguió defender la tesis doctoral en la que se basa el presente libro. Su investigación parte de un trabajo de fin de máster que tuve el honor de dirigir y que le llevó a un terreno ignoto y, hasta cierto punto, imposible de concebir para buena parte de las vascas y vascos: el fascismo. Bueno, en realidad, los vascos (entiendo por tales quienes hablan en nombre de ellos) siempre han sabido lo que era el fascismo, el problema es que lo han concebido sistemáticamente como algo propio de quienes no son vascos. Con su socarronería característica, el periodista Luciano Rincón escribía en los años ochenta:
En Euskadi, periódicamente nos recorre un temblor de identidad que cada ciudadano conjura como puede. ¿Son exclusivamente vascos los vascohablantes? ¿Somos vascos también los que sin hablar euskera hemos nacido o vivido siempre o el tiempo suficiente en Euskadi para asimilar los paisajes físicos, culturales, históricos, lingüísticos y éticos existentes? (…) ¿Lo somos cuando votamos a un partido considerado vasco y dejamos de serlo si alguien decide que ese partido ya no es vasco? ¿Se puede ser vasco y dejar de serlo por opción política que no administrativa? ¿Se puede ser y dejar de ser vasco cada cuatro años por esa opción política, e incluso puede un ciudadano levantarse vasco y acostarse extranjero, según los enfrentamientos de la jornada?
En una identidad reiteradamente sometida a «temblores» el apelativo de «fascista» fue un instrumento reiterado, desde los años sesenta, de separar a los vascos de los demás. La violencia practicada por el Movimiento Vasco de Liberación Nacional, del que formaban parte organizaciones tan variopintas como Herri Batasuna, ETA o el sindicato LAB, dictaminó quién era vasco y descalificó a quienes no lo eran como «fascistas». Durante décadas el lema «zuek faszistak zarete terroristak» («vosotros fascistas sois los terroristas») atronó en las rutinarias concentraciones y algaradas de quienes formaban la comunidad de violencia que alentó el terrorismo de ETA y la violencia callejera satélite que lo complementó. La identidad (nacional) vasca reinventada a partir de los años sesenta en el contexto del cambio social generado por el desarrollismo, producto de las transformaciones que este generó en el nacionalismo vasco y en la izquierda marxista de ese tiempo, se sustentó en un mito antifascista. La concepción de vasquidad fue construida durante el franquismo y la transición desde la oposición a la atribución de fascismo. El Gobierno vasco así lo había fijado desde su constitución en octubre de 1936 y así lo mantuvo su propaganda en el exilio, y esa misma interpretación recogió ETA y la comunidad política en que se sustentó.
El resultado de ello fue la construcción, a partir de los años setenta, de una particular memoria colectiva en la que olvidar fue tan importante como recordar. El recuerdo de la Guerra Civil en clave de épica nacionalista vasca y del franquismo en clave de agonía de la identidad y «genocidio cultural» requirió, en paralelo, del olvido de los diversos y amplios sustentos sociológicos que tuvo el franquismo en estas tierras, desde los voluntarios que lucharon en sus filas hasta los gudaris reclutados (a la fuerza, obviamente) tras su desmovilización en julio de 1937, pasando por la mayoría consentidora (si no directamente colaboracionista) sobre la que se sustentó el Régimen. De esa mayoría salieron quienes gestionaron el poder local, participaron en la violencia de retaguardia y compartieron el reparto de lo robado. Pero también de ella salieron quienes participaron en la economía liberalizada a partir de 1959, con su lucrativa ausencia de derechos del trabajo, y montaron talleres y empresas que generaron su enriquecimiento particular y familiar.
Esta dimensión del franquismo como marco institucional de ganancia económica ha sido ignorada por quienes reivindican la memoria de los derrotados. De forma correspondiente con esta memoria colectiva, institucionalizada por el Gobierno autonómico a partir de 1979, fundada en un credo nacional antifascista compartido por las distintas vertientes del nacionalismo vasco y por los propios partidos de la izquierda no nacionalista, fue construyéndose un conocimiento histórico que convirtió la Guerra Civil en junio de 1937 en punto final de la historia reciente de los vascos. Apenas una tesis doctoral, a finales de siglo, pretendió analizar los apoyos sociales a la insurrección golpista. La única tesis doctoral sobre los apoyos sociales al régimen instaurado en el conjunto de este territorio, en concreto en la provincia guipuzcoana, fue defendida en la Universidad de Salamanca, a mediados de los años noventa, por una investigadora desconectada de las redes de poder de la historiografía vasca. Ni los historiadores ni las historiadoras afincados en las universidades vascas tuvieron inquietud por el universo político afín a la dictadura o por cómo esta se institucionalizó y qué apoyos directos e indirectos encontró después de la guerra. Solo en este nuevo siglo han comenzado a estudiarse, sustancialmente en Álava, y de forma más limitada en Bizkaia y Gipuzkoa, estos asuntos de la mano de una nueva generación de historiadores e historiadoras. A esta generación pertenece Iñaki Fernández y esta variable generacional es esencial para entender este libro y la tesis doctoral en que se funda.
Toda nueva generación historiográfica se contempla frente a una memoria colectiva que buscará afianzar o cuestionar en tanto que plantilla de representación del pasado reciente. La interrelación entre historia contemporánea y memoria colectiva es esencial para entender la manera en que historiadores e historiadoras preguntan al pasado. De la misma manera que la historia tiende a ser comprendida por la ciudadanía como un relato de un pasado compartido compuesto por los hechos que la memoria oficial ha fijado como esenciales, quienes la escriben pueden cuestionar ese relato y decidir hacer nuevas preguntas: «Son las preguntas las que construyen el objeto histórico, procediendo a un recorte original del universo ilimitado de los hechos y de los documentos posibles», dice Antoine Prost en Doce lecciones sobre la historia. Lo que Iñaki formuló en su tesis doctoral ahora publicada son nuevas preguntas a un pasado que permanecía virgen porque su espacio nadie había querido recorrerlo: ¿hubo un fascismo vasco?, ¿qué rol jugó en el debate político del final de la República?, ¿cómo participó en la Guerra Civil y colaboró en la implantación del nuevo régimen?, ¿cuál era su sociología?, ¿cómo se ubica este fascismo en los debates historiográficos acerca de este fenómeno político? Y, para ello, optó, cuando el curso de su tesis doctoral se alargaba hasta el infinito y los avatares vitales que alimentarían su épica amenazaban con hundirla en tanto que esperanza compartida (toda tesis doctoral es una esperanza compartida), por apostar por centrarse en el suelo acontecimental que cimentará, de la mano de otras investigaciones que puedan surgir en el futuro (¿cuándo alguien se animará a estudiar el tradicionalismo guipuzcoano y vizcaíno en la guerra y la posguerra?), una mirada más desprejuiciada y sensata a la dictadura franquista en tierras vascas.
«No hay historia sin hechos», dice Antoine Prost. Sin embargo, Hayden White nos mostró que los hechos tienen una dimensión de fábula y, por ello, pueden terminar siendo poco más que textos disfrazados. Por ello, acumularlos como hacen los fabricantes de la memoria histórica en Euskadi tiene poca utilidad. Más útil, creo, es cruzarlos con nuevas preguntas que cuestionen la memoria oficial y buscar su consonancia con los debates historiográficos y el estado de los conocimientos acerca de un proceso histórico (el franquismo) y un fenómeno (el falangismo) que en otros territorios del Estado está muy bien estudiado. Eso es lo que hace Iñaki en este libro que aquí presento y que invito al lector a conocer y a apreciar en el valor historiográfico que tiene.
Bilbao, julio de 2020
FERNANDO MOLINA APARICIO
UPV/EHU
INTRODUCCIÓN
Como ocurre en otras comunidades saturadas de historicismo, en el País Vasco dos episodios tan brutales como la Guerra Civil y la larga dictadura que le siguió vienen aquejados en su conocimiento por los efectos de una memoria acomodaticia. Influida por la hegemonía de las narrativas nacionalistas, la sociedad vasca de las últimas generaciones pretende identificar aquellos momentos traumáticos como procesos exógenos, que nada tenían que ver con su trayectoria histórica. La Guerra Civil y la dictadura resultarían, de esta manera, imposiciones exteriores sostenidas por sus propias fuerzas. Es por ello que los grupos políticos que apoyaron a los sublevados han tendido a la invisibilización. Este proceso resultaba complicado en el caso del potente tradicionalismo vasco y navarro, pero la conflictiva relación que mantuvo con el régimen franquista posibilitó su adecuación al paradigma nacionalista mediante la figura de la traición o engaño por el que apoyaron a los rebeldes. Como contraste, la tarea de hacer lo propio con el trasunto español de los fascismos de los años treinta resultó mucho más factible. Falange, que es de lo que habla este libro, simplemente no habría existido aquí y su continuidad en el tiempo durante la dictadura no sería sino expresión de ese genérico fascismo sin conexión con el país y antítesis de la visión estereotipada y construida del mismo.
Sin embargo, el ejercicio de la disciplina histórica nos revela un escenario bien diferente. El País Vasco fue uno de los territorios en los que actuó la crisis de los años treinta del pasado siglo, un contexto de búsqueda de alternativas políticas, filosóficas, artísticas y religiosas que respondía al avance secularizador de la modernidad y a la incapacidad del liberalismo de hacer realidad su promesa primigenia de libertad, igualdad y fraternidad. A la vez, como en el resto del continente, la «guerra civil europea» (Traverso, 2009) que sostuvieron diferentes movimientos y regímenes políticos que prometían una salida a la situación terminal de la civilización occidental que ellos mismos proclamaban encontró aquí su manifestación propia con las versiones locales de cada uno de ellos. El País Vasco, como territorio afectado de manera intensa por el proceso de modernización y por las consecuencias del despliegue de la sociedad de masas, vio también florecer diferentes reelaboraciones de presupuestos ideológicos tradicionales dispuestos a generar un nuevo instrumental adaptado a los nuevos tiempos. En ese sentido, no constituyó ninguna excepción y conoció el mismo despliegue de formaciones fascistas que el resto de España, ocupando además el caso vasco un lugar destacado en la aparición y consolidación de ese movimiento, puesto que aquí surgieron algunos de los más importantes configuradores de esa cultura política. En esta tarea se destacaron una serie de literatos y periodistas bilbaínos, agrupados originariamente en torno a una nebulosa Escuela Romana del Pirineo, pioneros en la estetización de la política y responsables en buena medida de la conformación del estilo y retórica de Falange Española.
A pesar de todo, hablar hoy de fascismo vasco en la primera mitad del siglo XX parece una provocación, que a su vez exige preguntar y responder sobre el porqué de la desaparición de esa cultura política de nuestra memoria colectiva. Existen diversas razones. Una radica en el reducido número de los fascistas vascos y en la asimilación simbólica y doctrinal que el franquismo operó enseguida con ellos. Mediante el Decreto de Unificación de abril de 1937, y a pesar de algunas resistencias, los falangistas fueron integrados en el partido único, diluyéndose su identidad en la amalgama franquista. Algo similar ocurrió con el tradicionalismo vasco, pero el potencial numérico y organizativo de este hizo que las historias de unos y otros fueran bien distintas. Además, la gran mayoría de los antiguos falangistas, y de nuevo en contraste con el tradicionalismo, se integraron en el partido único sin mayores dificultades y actuaron desde allí durante la larga dictadura, reforzando de esta manera su identificación con el Régimen.
Por otra parte, a ese proceso de desintegración en una estructura de mayor proyección y continuidad contribuyó también el antifranquismo vasco, sobre todo en la fase final de la dictadura: los falangistas, en el desprestigio adquirido al final de esta, no eran sino «fascistas» indistinguibles en el conjunto enemigo. Ni los propios ni sus contrarios tuvieron especial interés en mantener su identidad de origen. Además, como señalábamos, se insistió en la idea de que los falangistas eran ajenos al país a todos los efectos y a ellos, ahora sí, se les identificaba, a diferencia forzada de los carlistas, con los foráneos que abusaron de la violencia durante la Guerra Civil o con los que la mantuvieron desde los gobiernos provinciales y demás organismos a lo largo de la dictadura. Al terminar esta, la campaña criminal desatada por el terrorismo contra aquellos colaboradores directos del Régimen hizo que solo los más contumaces levantaran el estandarte de su cultura política original. En todo caso, unos pocos; una minoría dentro de las derechas integradas en el Movimiento que, durante la Transición, tan solo era identificada cuando sus perseguidores querían hacer valer la maldad intrínseca de la víctima y el valor redentor de su acción «depuradora».
Por todo ello, recuperar el protagonismo jugado por aquella Falange vasca contribuye a rebatir una memoria colectiva a la carta erigida sobre la primacía de la voluntad política por encima del análisis histórico y a construir un conocimiento mucho más acabado en su complejidad sobre nuestro pasado. Para ello se ha acudido a una investigación historiográfica estructurada en tres partes –República, Guerra Civil y franquismo– y en cinco capítulos, ordenados conforme a la cronología de los procesos y hechos. El primero trata de la implantación del fascismo en el País Vasco en los años treinta, analizando las diversas realidades provinciales, así como su extensión respectiva, praxis política y perfiles de su militancia. El segundo capítulo, ya en la Guerra Civil, aborda la dura represión de retaguardia sufrida por los falangistas vascos en el territorio controlado por el Gobierno republicano legítimo, mientras que el tercero enfrenta el otro gran fenómeno de entonces: su participación en las milicias de voluntarios para el frente. Ahí se estudia el proceso de expansión que vivió este partido y el papel que jugó en la retaguardia de los alzados. Ya en el franquismo, el cuarto capítulo analiza el Decreto de Unificación y las respuestas de la militancia falangista a este, incluidas las expresiones de resistencia. Finalmente, el último capítulo detalla el proceso de implantación e institucionalización del régimen de Franco, la capacidad mostrada por el franquismo para imponerse en el tiempo a la cultura política falangista, el enfrentamiento habido en algunos casos, pero, sobre todo, la integración y el acceso al poder institucional que acabaron teniendo en diferentes épocas aquellos militantes del original fascismo vasco.
El resultado final contribuye, entendemos, a enriquecer el conocimiento del falangismo español desde un territorio en el que la fortaleza de sus socios competidores relegó a este a un papel secundario dentro de la coalición contrarrevolucionaria. Durante la II República la potencialidad del tradicionalismo atenuó de manera considerable las posibilidades de crecimiento del fascismo en territorio vasco, mientras que durante el franquismo la primacía de las élites económicas y sociales, cuyo mejor ejemplo lo representó la oligarquía industrial vizcaína, hizo por completo imposible la realización del proyecto político fascista. La juventud de sus primeros militantes y la dura represión de retaguardia menguaron notablemente su capacidad de influencia política futura, algo a lo que tampoco resultó ajena la división interna en sus filas. En este sentido, una de las características más interesantes del caso vasco es la posibilidad de observar cómo se comportó el fascismo en una situación de equilibrio de fuerzas desfavorable con sus socios contrarrevolucionarios tanto en una etapa insurreccional como en otra posterior institucional. De esta manera, se constituye en mirador privilegiado para el examen de dos de los procesos cruciales de estos momentos, el de fascistización de las fuerzas de derecha y el de la institucionalización del régimen franquista.
Este libro es una parte de las investigaciones que me permitieron obtener el grado de doctor en Historia Contemporánea ante un tribunal compuesto por los profesores Pedro Barruso, Eduardo Alonso, Teresa Ortega, Carme Molinero y Antonio Rivera. Les agradezco los comentarios que me aportaron en aquella defensa y que han contribuido a mejorar este texto. También tengo que hacer una mención especial a mis directores de tesis, los profesores Fernando Molina y Luis Castells, quienes, con empeño, me han enseñado el oficio de historiador. A ello han colaborado también otros compañeros y amigos del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, especialmente José Antonio Pérez, Rafa Ruzafa, Antonio Rivera, Pedro Berriochoa y Mikel Aizpuru. De la misma manera lo han hecho otros doctorandos y jóvenes doctores con los que me unen lazos de amistad y con los que disfruté, y disfruto, de un rico y ameno intercambio de opiniones científicas: Aritz Ipiña, David Mota, Jon Kortazar, Erik Zubiaga, Bárbara van der Leuw, Guillermo Marín, Javi Gómez Calvo, Germán Ruiz, Virginia López de Maturana, Joseba Louzao y Marijose Villa. Nada hubiera sido posible sin la beca del Programa de Formación y Perfeccionamiento del Personal Investigador que me concedió el Gobierno vasco para desarrollar la investigación, ni sin la estancia en la Universidade de Lisboa, bajo la mirada atenta del profesor António Costa Pinto, que me permitió formarme todavía más, conocer mejor la historia portuguesa y disfrutar de esa bella ciudad. Los empleados y empleadas de archivos y centros documentales han mostrado en general una gran disposición y profesionalidad, por lo que la nota discordante del Archivo Histórico Provincial de Vizcaya se antoja especialmente amarga. Finalmente, tantos años de investigación y de atención casi enfermiza a un tema solo son posibles con el respaldo de los más cercanos. A todos ellos he de agradecer su apoyo incondicional: mi madre, Icíar, mi abuela, Anamari, mi hermana, Amaia, y todos mis amigos, capaces de aguantar con el mejor humor mis ataques de pedantería academicista. Por último, a Laura, por hacer que todo sea mejor. De alguno me olvidaré y pido perdón por ello; fue sin querer.
SIGLAS Y ABREVIATURAS EMPLEADAS
Archivos, bibliotecas, otros centros y publicaciones periódicas
| AFB | Archivo Foral de Bizkaia |
| AGA | Archivo General de la Administración |
| AGG | Archivo General de Gipuzkoa |
| AGMAV | Archivo General Militar de Ávila |
| AHPA | Archivo Histórico Provincial de Álava |
| AHPG | Archivo Histórico Provincial de Guipúzcoa |
| AHPV | Archivo Histórico Provincial de Vizcaya |
| AIMNO | Archivo Intermedio Militar del Noroeste |
| AMB | Archivo Municipal de Bilbao |
| AMDSS | Archivo Municipal de Donostia-San Sebastián |
| AMVG | Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz |
| ATHA | Archivo del Territorio Histórico de Álava |
| BN | Biblioteca Nacional |
| BOE | Boletín Oficial del Estado |
| BOJDNE | Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España |
| BOM | Boletín Oficial del Movimiento |
| CDMH | Centro Documental de la Memoria Histórica |
| FSA | Fundación Sabino Arana |
| FSS | Fundación Sancho el Sabio |
Partidos, organizaciones obreras y otras instituciones
| ACNP | Asociación Católica Nacional de Propagandistas |
| AET | Agrupación Escolar Tradicionalista |
| ANV | Acción Nacionalista Vasca |
| AP | Acción Popular |
| CE | Concierto Económico |
| CEDA | Confederación Española de Derechas Autónoma |
| CNS | Central Nacional Sindicalista |
| CNT | Confederación Nacional del Trabajo |
| CONS | Central Obrera Nacional Sindicalista |
| CT | Comunión Tradicionalista |
| DA | División Azul |
| DEV | División Española de Voluntarios |
| DRM | Derecha Regional Murciana |
| DVA | Derecha Vasca Autónoma |
| FAEC | Federación Alavesa de Estudiantes Católicos |
| FAI | Federación Anarquista Ibérica |
| FE | Falange Española |
| FEA | Falange Española Auténtica |
| FET | Falange Española Tradicionalista |
| FJJ | Frente de Juventudes |
| FUE | Federación Universitaria Española |
| HA | Hermandad Alavesa |
| JONS | Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista |
| PCE | Partido Comunista de España |
| PNE | Partido Nacionalista Español |
| PNV | Partido Nacionalista Vasco |
| PRR | Partido Republicano Radical |
| PSOE | Partido Socialista Obrero Español |
| RE | Renovación Española |
| SEU | Sindicato Español Universitario |
| SF | Sección Femenina |
| SIPM | Servicio de Información y Policía Militar |
| SOV | Solidaridad de Obreros Vascos |
| UGT | Unión General de Trabajadores |
| UP | Unión Patriótica |
| URG | Unión Regionalista de Guipúzcoa |
PUNTUALIZACIONES SOBRE TERMINOLOGÍA
Antes de comenzar nuestra exposición hemos de realizar una serie de matizaciones sobre el empleo de determinados términos. Para favorecer la fluidez del texto hemos optado por un empleo laxo del nombre de Falange. Así, podremos emplear este término para referirnos indistintamente a FE/JONS y a FET/JONS. Asimismo, para evitar repeticiones innecesarias y acumulación de largas siglas hemos decidido eliminar la referencia a las JONS, sobreentendiéndose que al referirnos a Falange incluimos a este grupo desde el momento de su fusión, a menos que se señale expresamente lo contrario o que se deduzca de manera indubitable por el contexto.
En lo que respecta a las instituciones provinciales también hemos de realizar una apreciación. Por mor de la corrección terminológica hemos de hacer constar que la denominación correcta para todo el arco cronológico del franquismo es la de comisión gestora, puesto que se trata de un periodo de excepcionalidad y provisionalidad (sin duda muy dilatado en el tiempo) en el que los criterios de representatividad en la formación de las instituciones provinciales y locales fue suprimido. En cualquier caso, y una vez hecha la aclaración, por sencillez expositiva y facilitación de la lectura en las páginas siguientes se emplearán indistintamente los términos Ayuntamiento y Diputación para referirse a las comisiones gestoras municipales y provinciales respectivamente, así como el de alcalde para denominar al presidente de una comisión gestora municipal y concejal para el resto de sus miembros.
La última aclaración es una cuestión lingüística. Este trabajo está redactado en castellano y por ese motivo se ha recurrido a la grafía castellana a la hora de la transcripción de los nombres propios. Siguiendo este criterio, en el caso de la nomenclatura de las localidades se ha optado por mantener la denominación oficial en castellano de la época.
PARTE I
EL FASCISMO EN EL PAÍS VASCO
DE LA II REPÚBLICA
Siglo que bajas de los cielos rojos,
Vírulo te ilumine con sus ojos.
Vírulo. Poema. Mocedades
RAMÓN DE BASTERRA
I. IMPLANTACIÓN Y DINÁMICA POLÍTICA FASCISTA
A lo largo de este capítulo vamos a realizar una visión de conjunto sobre el proceso de implantación y desarrollo de las diferentes manifestaciones orgánicas del fascismo español en el País Vasco durante la II República. Entre estas sobresale FE de las JONS, el principal partido fascista que encontró asiento en las tres provincias vascas y al que dedicaremos la mayor parte de las páginas siguientes. A través del análisis de los procesos de implantación y de la dinámica política pretendemos poner de relieve cómo el fascismo vasco no constituye ninguna excepcionalidad dentro del panorama español y europeo, y sigue unas pautas generales observables en la dinámica nacional de Falange Española y en otros productos fascistas del mapa europeo.
La primera matización que cabría advertir es que esa FE de las JONS que hemos señalado como la principal aglutinadora del fascismo vasco no funcionó en una dimensión regional más que en una serie de aspectos casi anecdóticos. Esto es, no nos encontraremos ante lo que se pueda calificar como una Falange vasca, sino que convivieron una Falange alavesa, una Falange guipuzcoana y una Falange vizcaína, una Falange, en suma, «provincializada». Existió dentro del organigrama estructural de FE de las JONS una Jefatura Territorial de Vascongadas, pero esta estructura apenas tuvo relevancia en la dinámica política de Falange en el País Vasco más allá de ocupar la representación territorial en los Consejos Nacionales. Además, las dinámicas provinciales dentro del País Vasco fueron bastante diferentes entre sí (dentro de un guión común) siendo, en definitiva, las jefaturas provinciales las entidades que regían la vida del partido. Por otra parte, en este aspecto, no dejaban de reproducir los usos políticos del momento, en el que la provincia era en buena medida la «escala» a la que se articulaban los partidos políticos y, hasta cierto punto, la Administración. Además, la provincia ocupaba un lugar privilegiado en la concepción tradicional de España dentro del pensamiento conservador. Así, podemos señalar las Juntas Provinciales de CT o los Buru Batzar, órganos de decisión provinciales del PNV.
Pese a ser Álava el territorio vasco en el que FE de las JONS alcanzó la implantación más limitada, fue en esta provincia donde paradójicamente se produjeron algunas de las manifestaciones más tempranas de grupos fascistas. En este caso, el 18 julio de 1933, Vitoria amaneció sembrada de octavillas con un manifiesto de esta naturaleza.1 Desde las páginas de La Libertad, el PCE alavés alertó de la llegada del peligro fascista a Vitoria y llamó a formar milicias antifascistas.2 A pesar de ello, el suceso no tuvo mucha repercusión más allá de los comentarios entre curiosos y temerosos de los vecinos. Los autores, Hilario Catón, Juan José Abreu, Luis Jevenois, Eduardo Ortiz, Eladio González, Patricio Gómez y Eduardo Valdivielso, eran un grupo de jóvenes, estudiantes en su mayoría y procedentes de familias bien de la capital. El texto envolvía en exaltaciones al fascismo valores conservadores radicalizados que recordaban al PNE de José María Albiñana, al que se referenciaba con admiración en varias ocasiones.3 Esta amalgama aún inmadura reflejaba, como reconocían los protagonistas, que en aquel momento eran un grupo precario, sin ningún vínculo organizativo ni filiación más allá de un genérico y nebuloso apelativo de fascistas. Buena parte de estos jóvenes, así mismo, pertenecían o habían pertenecido a la FAEC. En esta entidad dio comienzo su socialización política y se vieron inmersos en el proceso de actualización que el catolicismo político, y de manera más acuciada los sectores más jóvenes, había venido experimentando en un sentido irracionalista y voluntarista, lo que, en su caso, les aproximó y facilitó el paso al fascismo. En buena medida, sus primeros contactos reales con este se produjeron en el ámbito universitario de las ciudades en las que se encontraban estudiando, Valladolid en el caso de Hilario Catón y Eduardo Ortiz, o Bilbao en el de Eduardo Valdivielso. La importancia de las redes informales y de las relaciones personales entre estudiantes para la difusión del fascismo en España ya ha sido puesta de manifiesto (Rodríguez Barreira, 2013: 98) y, en este sentido, Álava sería un buen ejemplo de ello. Por otra parte, esta procedencia ideológica del núcleo fundador vitoriano, que tenía ecos de una adaptación modernizadora de valores conservadores, suponía una cierta diferenciación de los casos guipuzcoano y vizcaíno, más directamente relacionados, en lo que tienen de recorrido ideológico, con el impacto de la modernidad y la percepción del agotamiento del sistema político liberal ante los desafíos que esta planteaba y la necesidad de articular alternativas radicalmente nuevas.
A nivel organizativo la situación de indefinición se prolongó unos meses hasta la constitución oficial de FE en Vitoria en noviembre de 1933 tras su fundación a nivel nacional.4 El mes anterior, y con una clara intención organizativa, José Antonio Primo de Rivera realizó una visita a Vitoria durante la cual se reunió con sus escasos seguidores y con un grupo de requetés y tradicionalistas.5 Pese a los esfuerzos iniciales, la presencia y actividad de Falange en Álava fue mínima hasta la primavera de 1936.
El caso vizcaíno también fue temprano y presentó una mayor riqueza derivada, por una parte, de la experiencia previa de un núcleo intelectual agrupado bajo la forzada denominación de Escuela Romana del Pirineo, y por otra, de la presencia de varios grupos fascistas y fascistizados. Durante las décadas de los diez y de los veinte, en Bilbao, al calor de las hondas transformaciones que el cambio social que se vivía como resultado del proceso de industrialización estaba produciendo, se conformó un grupo de escritores e intelectuales agrupados en la tertulia del café Lyon d’Or presidida por Pedro Eguillor. Entre los contertulios, y para el objeto de este trabajo, revistieron una cierta importancia una serie de jóvenes literatos, encabezados por Ramón de Basterra, que anhelaban elevar la esfera cultural bilbaína a la altura del desarrollo económico de la ciudad, participando e impulsando algunas de las más emblemáticas iniciativas en este sentido, como la revista cultural Hermes. Basterra articuló en su corta obra conceptos y un estilo que se encuentran en la base de la cultura política de Falange. Su contribución descansaba en un retorno a valores asociados con el clasicismo, especialmente con la Roma imperial, la politización de la estética y la noción de España como depositaria de una misión universal que habría adquirido al convertirse en la heredera del Imperio romano en su destino civilizador tras el descubrimiento de América y la extensión de la civilización católica occidental. Esta idea, perlada de ecos orteguianos y d’orsianos, junto a un estilo clasicista que adjudicaba a categorías estéticas valores político-ideológicos que se elevaban a la categoría de absolutos, fue llevada a Falange Española de mano de los colegas de Basterra encabezados por Rafael Sánchez Mazas, puesto que el primero falleció de manera prematura en 1928. Mazas se convirtió en el principal creador del estilo y retórica falangistas, y no es complicado vislumbrar los planteamientos de Basterra por debajo de nociones centrales del ideario de FE como la del «destino común en lo universal» (Carbajosa y Carbajosa, 2003; Fernández Redondo, 2013).
El hecho de que este grupo intelectual bilbaíno buscase respuestas en el pasado a la situación de crisis o de agotamiento que percibían en la sociedad y sistema político de comienzos del siglo XX no debe conducirnos a asimilar esta experiencia con un grupo reaccionario. Estos escritores no estaban tanto en un proceso de actualización de los valores conservadores tradicionales que podrían remitir en última instancia al Antiguo Régimen o a las alternativas liberales que se le planteaban cuanto en la búsqueda de alternativas y planteamientos radicalmente nuevos que pudiesen poner fin a la sensación de anomia que entendían desprendía el momento que estaban viviendo. Para ello recurrieron al pasado, sí, pero a un pasado remoto y en buena medida construido por ellos mismos a partir de sus propias inquietudes y preferencias. De esta manera, pretendían reinstaurar una perdida mítica época dorada mediante la recuperación de los principios que consideraban la habían posibilitado. Estos valores, que ellos asociaban a la tradición grecolatina y de manera más concreta a la civilización romana, formaban parte en algunos casos de la tradición intelectual occidental, como el de jerarquía o el de autoridad, pero en otros eran elementos novedosos, como el irracionalismo, el vitalismo o el voluntarismo. Pero el elemento diferenciador más importante es que en esta búsqueda de respuestas a los desafíos planteados por la Modernidad emprendieron un camino que condujo al definitivo trasvase de trascendencia desde las esferas de la divinidad a la nación, convirtiéndola en objeto de su religión política secular de la misma manera que había ocurrido y estaba ocurriendo en otros lugares de Europa (Gentile, 2007).
En cualquier caso, como ya hemos mencionado, esta experiencia debemos situarla en el terreno de los antecedentes puesto que está comprendida en las dos primeras décadas del siglo XX. A un nivel estrictamente organizativo, el primero de los grupos al que hemos de hacer referencia, es el del fascistizado PNE. Como ya ha señalado Julio Gil Pecharromán (2000: 127), el PNE no fue legalizado en Bilbao hasta julio de 1932 pero ya funcionaba con anterioridad camuflado bajo el nombre de la sociedad deportiva Laurak-Bat para escapar de la persecución gubernativa. Vinculado a las clases preeminentes bilbaínas y al monarquismo alfonsino más conservador, el PNE nunca dejó de ser un grupo marginal y con nula presencia más allá de los ambientes oligárquicos vizcaínos. Su nicho preferente de implantación y reclutamiento fue copado por FE tras su aparición, siendo los falangistas provenientes del PNE una parte significativa del partido joseantoniano en Bilbao y Guecho. Este fenómeno, que ya hemos visto en Álava, no fue algo privativo del caso vasco sino que ya ha sido puesto de relieve a nivel nacional (Thomàs, 1999: 40).
El otro grupo fascista aparecido en Bilbao con anterioridad a la constitución de Falange fue las JONS. Diversos indicios, como el hecho de que en julio de 1933 las autoridades dispusiesen el cierre de sus locales o que en las rememoraciones de época franquista se hablase de un núcleo previo a la fundación, nos conduce a pensar que ya había actividad de este partido con anterioridad a la fecha de su constitución oficial.6 Esta tuvo lugar en octubre de 1933 en un edificio de Indauchu confiscado por el Gobierno republicano a los jesuitas (Arrarás, 1942: 314; Talón, 1988: 83). Entre los presentes se encontraban algunos futuros militantes de relieve de FE de las JONS, como los que ostentarían la Jefatura Provincial Felipe Sanz Paracuellos y Alberto Cobos, o la Jefatura de Milicias, como Zoilo Zuazagoitia. Los jonsistas bilbaínos, pese a su escaso número, mantuvieron un activismo considerable y protagonizaron algunos incidentes en los que tuvieron que intervenir las fuerzas de seguridad, principalmente derivados de sus actividades propagandísticas.7
La fundación de Falange Española se produjo en Bilbao a finales de 1933, tras el acto fundacional del Teatro de La Comedia madrileño. En su aparición jugaron un papel destacado algunos jóvenes miembros de las familias más renombradas de la alta sociedad bilbaína, como es el caso de Vicente y José María Ybarra Bergé o de Ramón y Juan Antonio Ybarra Villabaso (Ybarra, 1941: 15). Patxo Unzueta (1990: 73-96) también abunda brevemente en esta cuestión en su pequeño y evocador Bilbao. La vida de FE en Bilbao fue muy limitada hasta su fusión con las JONS en febrero de 1934, como parece indicar la ausencia de referencias a la misma con anterioridad a ese momento. De hecho, ante la superioridad organizativa jonsista será Felipe Sanz Paracuellos, el líder de las JONS bilbaínas, el que ocupará la Jefatura Provincial de FE y de las JONS tras la fusión de ambas organizaciones, y esta situación de un antiguo jonsista al frente del partido fascista unificado se reeditaría con la jefatura de Alberto Cobos en 1935.
Por su parte, Guipúzcoa es la provincia en la que las referencias a grupos fascistas organizados son más tardías. No hemos localizado indicios coherentes de la existencia de las JONS, y los primeros comentarios consistentes de una actividad falangista organizada datan de 1934. A pesar de ello, existen indicios fragmentarios que apuntan a que FE funcionaba ya en Guipúzcoa a finales de 1933 tras su fundación a nivel nacional (Loyarte, 1944: 313-314; Ledesma Ramos, 1968: 182). El núcleo fundador de FE estaba articulado en torno al arquitecto donostiarra José Manuel Aizpurúa, jefe provincial, jefe nacional de prensa y propaganda, consejero nacional y amigo personal de José Antonio Primo de Rivera. La Falange guipuzcoana tuvo un componente intelectual del que carecieron sus homólogas alavesa y vizcaína. Se encontraba íntimamente relacionada con la sociedad artísticocultural GU, punto focal del momento de renovación artística y cultural que estaba experimentando San Sebastián. En ella colaboraban destacados elementos de la escena artística de la ciudad, como el propio Aizpurúa, el pintor y el compositor, también falangistas, Juan Cabanas y Juan Tellería, el pintor Jesús Olasagasti, o el arquitecto y pintor Eduardo Lagarde. En sus locales se acercaron las corrientes intelectuales y artísticas de la vanguardia europea a San Sebastián con conferencias y recitales de personalidades como Federico García Lorca, Max Aub, Pablo Picasso o Ernesto Giménez Caballero. La senda que condujo a parte de este núcleo falangista se interrelacionaba estrechamente con la búsqueda de nuevos vocabularios y planteamientos artísticos adecuados para expresar la potencialidad de la nueva sociedad, del nuevo tiempo que estaba naciendo. En este sentido, la radicalidad de los planteamientos palingenésicos fascistas y la estrecha interrelación que planteaba entre estética y política resultaron sumamente atractivos para estos jóvenes que encontraron en el fascismo el nuevo vocabulario político con el que escribir la época de renacimiento y creación que ya estaba alboreando.
La primera noticia que poseemos que hace referencia a la actividad de Falange data del día 7 septiembre de 1934, cuando un grupo de jóvenes falangistas donostiarras bajo la supervisión de Manuel Carrión, jefe local, se dedicó al reparto de octavillas propagandísticas en la playa de Ondarreta. El acto acabó degenerando en violencia cuando otro grupo de jóvenes de filiación nacionalista y comunista intentó impedírselo, y se saldó con varios heridos y detenidos.8 Este hecho daría lugar, a su vez, al único caso que conocemos de la espiral asesinato-represalia en que participó Falange en todo el País Vasco, manteniendo una dinámica en relación con el ejercicio de la violencia discordante de la que encontramos en otras zonas del país en las que Falange jugó un papel clave en la degradación del orden público y de la convivencia política. Con excepción de este incidente, la Falange guipuzcoana mantuvo durante el año 1934 una actividad bastante limitada y dirigida principalmente a su consolidación. Fruto de estos esfuerzos iniciales tuvo lugar la constitución oficial de FE de las JONS y la inauguración de sus locales en la calle Garibay donostiarra con asistencia de José Antonio Primo de Rivera en enero de 1935.9
Durante los primeros meses de vida de FE en el País Vasco su situación fue bastante precaria y en buena medida transcurrió por los mismos cauces que la organización a nivel nacional. Canalizó su crecimiento sobre la base de organizaciones anteriores, ya fuese mediante la atracción de afiliados de otras organizaciones, como en el caso del PNE, o mediante su integración orgánica, como en el de las JONS; se movió en una situación de penuria económica que se reflejaba en la dificultad para acceder a unos locales propios y explicaba que las primeras reuniones se produjesen en cafés y dependencias propiedad de alguno de los miembros; y hubo de hacer frente a la hostilidad de la izquierda y de las organizaciones obreras que lanzaron una intensa campaña antifascista.10 La más mínima actividad falangista, que en las provincias vascas no podía tener más que una pequeña incidencia, provocaba que la prensa izquierdista y los órganos de expresión de las organizaciones sindicales publicasen numerosas notas en las que se alertaba de la llegada del peligro fascista. Ya hemos visto cómo en Vitoria el PCE realizó un llamamiento a la creación de milicias antifascistas tras el reparto del manifiesto vitoriano, campaña que proseguiría pese a las escasas muestras de actividad falangista en Álava, amenazando, por ejemplo, con convocar una huelga general cuando los falangistas vitorianos sopesaron la organización de un mitin en Vitoria en marzo de 1934.11 En Vizcaya las primeras actuaciones fascistas fueron recibidas con llamamientos a la unidad por parte de la izquierda y advertencias sobre la supuesta connivencia con las fuerzas policiales.12 En mayo de 1935 el PC de Euzkadi hacía un llamamiento antifascista como reacción al asesinato de un vendedor de periódicos que imputaba a Falange.13 Cualquier actividad que pudiese remitir a fascismo era recibida con abierta hostilidad y así, en enero de 1934, con motivo de una conferencia del conocido orador Federico García Sanchiz, se produjeron serios altercados en Bilbao y sus alrededores. El literato Juan Antonio de Zunzunegui y su acompañante, el médico de Santurce Bruno Alegría, fueron agredidos en la estación de tren de Portugalete cuando regresaban de ver la charla al grito de «¡Muera el fascismo!».14 En el caso guipuzcoano las cosas fueron más lejos.
Dos días después del reparto de octavillas en la playa de Ondarreta, el diario nacionalista El Día publicó una nota entre amenazante y premonitoria:
Estamos seguros de que los jóvenes fascistas, aprovecharán hoy el gentío de las regatas para repartir sus consejos […]. Cuidado, señor gobernador, con autorizar cierto género de provocaciones. ¡Ayer hubo muchos muertos en Madrid! […] Valga la advertencia. No lamentemos consecuencias lamentables.15
El tono del artículo, y más procediendo de un medio moderado como El Día, es ilustrativo del ambiente de radicalización de los discursos y las posiciones que se experimentaban en aquellos momentos en la sociedad guipuzcoana, crispada por el conflicto de los ayuntamientos vascos y por los rumores de la gestación de un movimiento revolucionario obrero, que finalmente acabaría estallando en el mes de octubre. En este ambiente se produjo el asesinato de Manuel Carrión, el ya mentado jefe local donostiarra. La noche del día 9 de septiembre, cuando este abandonaba el estudio de arquitectura de José Manuel Aizpurúa, que hacía las veces de local de Falange Española, un grupo de pistoleros que se encontraba esperándole en las cercanías del portal disparó varias veces contra él. Falleció en el hospital al día siguiente a consecuencia de las heridas que recibió.16 Significativamente, el atentado se produjo tan solo dos días después de los incidentes de Ondarreta, primer acto propagandístico público de la Falange donostiarra.
Esta agresión es la que dio lugar al único asesinato llevado a la práctica por Falange Española en el País Vasco durante la II República. Al día siguiente del atentado contra Carrión, el 10 de septiembre, caía víctima de las balas falangistas el director general de Seguridad del primer bienio Manuel Andrés cuando regresaba en compañía de un amigo a su domicilio. Por este asesinato fueron detenidos varios falangistas integrantes de las incipientes escuadras de acción donostiarras así como pistoleros reclutados en otras provincias entre los que se encontraban elementos sumamente radicalizados, como Adrián Irusta, que a comienzos de 1935 se encontraba encuadrado en la Falange sevillana, participando en los graves altercados de Aznalcóllar en el que perdieron la vida dos personas y por los que fue condenado junto a otros falangistas sevillanos a dos penas de más de dos años de cárcel por los delitos de homicidio y tenencia ilícita de armas (Dávila y Pemartín, 1938: 134-136). Ya con anterioridad a estos graves sucesos, la violencia contra falangistas había hecho acto de presencia en Guipúzcoa. En enero de 1934, el joven obrero de Industrias Vascas de Eibar, José María Oyarbide, fue objeto de una agresión con armas de fuego de la que milagrosamente salió con vida después de que varios proyectiles impactaran contra su cuerpo. Oyarbide, oriundo de la provincia de Santander, había llevado a cabo en los meses anteriores una campaña de proselitismo falangista entre diversos ambientes de jóvenes eibarreses.17
Estos sucesos, junto al asesinato de Manuel Banús el 15 de julio de 1936 a la salida de los funerales celebrados en honor de Calvo Sotelo en la iglesia del Buen Pastor donostiarra, ejemplifican el fuerte clima de hostilidad en que se movía la Falange guipuzcoana.18 Todo ello explica que fuese en la provincia de Guipúzcoa en la que el proceso de radicalización violenta de Falange Española alcanzase la mayor cota dentro del País Vasco. No solo porque soportaran un mayor número de atentados y sufriesen víctimas mortales sino porque estos acontecimientos influyeron en su práctica política y en su organización, desarrollando una rama paramilitar, compuesta por varias escuadras de acción, más acabada y numerosa que en las otras provincias vascas y que llegó a practicar el asesinato político en represalia por las acciones recibidas. Ello aumentó la presión de las fuerzas policiales y de los enemigos políticos contra los elementos de acción guipuzcoanos, que en bastantes casos hubieron de abandonar la provincia, caso de uno de los detenidos tras el asesinato de Manuel Andrés, que tras ser objeto de una agresión en abril de 1936, comenzó a barajar la posibilidad de «irse a Barcelona por el motivo de qu [sic] lo quieren matar».19
En Vizcaya también se produjeron incidentes violentos pero no llegaron a alcanzar la gravedad que revistieron en el caso guipuzcoano. Es cierto que la dinámica es similar a la guipuzcoana y es posible que tan solo la suerte o el azar evitasen que se produjesen víctimas mortales, ya que el empleo de armas de fuego y de armas blancas también era habitual. El 17 de abril de 1935, por ejemplo, un grupo de vendedores que voceaban la venta de Arriba en las inmediaciones de la calle de San Francisco fue asaltado y se desencadenó un enfrentamiento que acabó degenerando en un breve tiroteo; uno de los disparos impactó en un transeúnte inocente ocasionándole heridas leves en un brazo.20 Mayor gravedad revistió un hecho acontecido una semana después, el día 24. Juan Barrena se encontraba vendiendo el órgano vespertino de SOV cuando fue interceptado por tres desconocidos que sin mediar palabra hicieron fuego sobre él, acabando con su vida e hiriendo a otra persona que se encontraba en las inmediaciones. A causa del atentado fueron detenidos varios falangistas, pero la dirección provincial de Falange publicó el día 27 una nota en la que condenaba el asesinato y desvinculaba a sus afiliados del mismo.21 Tres días después los falangistas detenidos fueron puestos en libertad sin cargos. Cabe la posibilidad de que este fuese el único asesinato protagonizado por falangistas vizcaínos, aunque la rápida nota publicada por el partido y el hecho de que los detenidos quedasen en libertad sin cargos induce a pensar más bien lo contrario y que la vinculación que se infirió con Falange Española respondía más bien al historial de incidentes del partido y a la percepción que se tenía del mismo.22 Álava fue la provincia que en mayor grado escapó a esta dinámica violenta. Durante la II República no existe constancia de altercados de importancia protagonizados por falangistas. El único ejemplo de ejercicio de la violencia política que encontramos es cuando en febrero de 1936 falangistas alaveses y vizcaínos asaltaron tras un mitin el bachoqui de la pequeña localidad de Barambio expulsando a sus ocupantes.23
El empleo de la violencia constituía un lugar central dentro de la ideología y de la praxis política fascista. González Calleja (2008) ha señalado que
el carácter ontológico de la violencia distinguía al fascismo […] pues la militarización de la acción política no se entendía como un simple recurso […] sino como un elemento nodal, que superaba el carácter de mero instrumento táctico para convertirse en una manifestación de la voluntad de poder nacional a través de la fuerza creadora de la acción, vinculada con la idea de regeneración y con el afán de crear una gran comunidad nacional en torno a un poderoso mito palingenésico (2008: 88).
De hecho, el recurso a la violencia como un instrumento más de la acción política respondía de forma aún más directa al andamiaje ideológico fascista en la medida en que suponía la expresión definitiva de la negación del liberalismo (Miguez, 2014: 194). Frente al diálogo y la negociación, la violencia y la imposición. En este sentido, la violencia adquiría un valor simbólico, que dejaba atrás la necesidad de su recurso para derrumbar el viejo orden para preconfigurar las líneas maestras por las que habría de transcurrir la nueva era: la audacia y la voluntad de imponer los planteamientos propios se erigiría como el mecanismo de toma de decisiones políticas frente a la corrupción, ineficacia y debilidad del parlamentarismo.
En este sentido, los fascistas vascos no poseyeron nada de excepcional y la violencia se encontraba estrechamente relacionada con su actividad política. Ya hemos visto cómo a pesar del escaso recorrido temporal y de unos medios materiales y humanos muy limitados los incidentes violentos y encontronazos se acumularon a su alrededor, especialmente derivados de actividades propagandísticas y venta de prensa. Sin embargo, el escenario del País Vasco no guarda apenas relación con lo que ocurrió en otros territorios, como Madrid o en menor medida Sevilla, en que Falange se vio inmersa en una sangrienta espiral de asesinatos-represalias (Payne, 1985: 72-77; González Calleja, 2011: 200-226 y 228-229). Ello se debe a diversos factores. En primer lugar hemos de tener en cuenta que esta dinámica fue más bien la excepción que la tónica general, y es que en buena parte de las provincias donde Falange encontró asiento durante la II República el ejercicio de la violencia que practicó se asemejaba más a lo que hemos venido describiendo en las provincias vascas que a lo que ocurría en la capital de España (Thomàs, 1992a: 102; Núñez Seixas, 1993: 152-154 y 170-171; Suárez Cortina, 1981: 159-160). Por otra parte, y siguiendo en cierta medida la noción de estructura de oportunidades políticas de la Teoría de Movilización de Recursos (Casquete, 1998: 83 y ss.), hay que tener en cuenta las posibilidades de los grupos falangistas y el contexto en el que operaban. En este sentido, su debilidad numérica y organizativa dibujaba un escenario táctico muy desfavorable tanto para su actividad política como para la disputa del espacio público a través del empleo de la violencia. El caso paradigmático de lo que estamos señalando podría ser Álava, donde el hecho de que el partido contase con unas escasas decenas de militantes se encuentra en la raíz de la práctica inexistencia de incidentes violentos. Que el propio gobernador civil de Álava achacase el incidente de Barambio a un choque entre tradicionalistas y nacionalistas refleja a las claras este fenómeno.24
La incidencia de FE de las JONS en la degradación del orden público y de la convivencia en el País Vasco durante el periodo republicano fue escasa, limitándose a los alborotos derivados de la venta de prensa y a los casos excepcionales ya señalados, de una gravedad en conjunto muy inferior a los sucesos que protagonizaron otras fuerzas como el tradicionalismo o las organizaciones obreras. Lo que se produjo fue un sobredimensionamiento del verdadero alcance de la implantación fascista en solar vasco derivado de las numerosas notas y llamamientos realizados principalmente desde la prensa de cariz izquierdista, lo que a su vez respondía a una sensación generalizada de temor ante el auge que el fascismo estaba experimentando en Europa tras el ascenso de Hitler al poder en Alemania. Por paradójica que pueda resultar esta afirmación realizada desde nuestro presente, los falangistas vascos desempeñaron en mayor número de ocasiones el papel de víctimas que el de victimarios. Esto es especialmente cierto durante el periodo republicano a tenor de las cifras e identidades de los asesinados que hemos venido viendo, pero también lo fue, como trataremos en el capítulo siguiente, durante la Guerra Civil.
Como ya hemos comentado, la actividad de la Falange alavesa fue muy escasa durante prácticamente todo el periodo republicano. Esta situación cambiaría ligeramente tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 y tras la llegada a la Jefatura provincial de Ramón Castaño Alonso (Rivera, 2003: 145-172). Castaño fue la figura determinante en el devenir de la Falange alavesa, marcando con su actuación el rumbo que habría de seguir el partido durante la Guerra Civil y los primeros años del régimen franquista. Impulsivo, carismático, con buenas dotes de organizador y un carácter exaltado, llegó a Vitoria portando un nombramiento de jefe provincial expedido por José Antonio Primo de Rivera.25 Con anterioridad a este momento, Castaño había formado parte del Círculo Tradicionalista de Amurrio, del que llegó a ser vicesecretario, pero en 1935 ingresó en la JONS de Bilbao.26 No tenemos noticia alguna de que mantuviese contactos o relaciones con el grupo falangista de Vitoria previamente a su llegada como jefe provincial, hecho que marcó su relación con los jóvenes estudiantes vitorianos que siempre le sintieron como ajeno a su grupo.27 En cualquier caso, a partir de su llegada la Falange alavesa aumentó notablemente su actividad, aunque siempre limitada a la realización de propaganda y pintadas, y a la venta de su prensa.28 Tras la ilegalización del partido, en marzo de 1936, sus miembros pasaron a la clandestinidad, aumentando las detenciones.29 Sus locales fueron clausurados y, en una dinámica que se repitió en las otras dos provincias vascas, RE les cedió el uso de los suyos.30 Desde este momento, Falange se sumó a las conspiraciones para derrocar violentamente al régimen republicano por lo que iniciaron su formación paramilitar con excursiones a los montes para realizar marchas y prácticas de tiro asesorados por elementos de la Falange madrileña.31
En estas circunstancias, varios de sus dirigentes fueron encarcelados. El propio Castaño fue detenido en abril y condenado en mayo a un año y ocho meses de prisión por acudir al convento de Nanclares de la Oca a solicitar dinero para la compra de armas.32 También Ricardo Aresti y José María Parra acabaron en prisión.33 Con todo, el aporte que Falange realizó a la conspiración en la provincia fue muy escaso. En un lugar como Álava, con un predominio tan abrumador del tradicionalismo, el entendimiento de los militares con los apoyos civiles había de pasar necesariamente por el carlismo, y no por un grupúsculo de estudiantes y otros elementos radicalizados que, además, se encontraban en su mayoría encarcelados. La creciente polarización del ambiente político y el clima de enfrentamiento que a pasos agigantados se abría paso en la sociedad española llevó a que la Falange alavesa comenzase a engrosar tímidamente sus filas, si bien a un ritmo inferior al que se daba en otros lugares de España, y teniendo en cuenta que no será hasta después del 18 de julio cuando experimente un verdadero crecimiento.
La Falange guipuzcoana, que daba sus primeros síntomas de vida en septiembre de 1934, mantuvo durante todo el año una vida precaria. La situación mejoró levemente con la constitución oficial y la inauguración de los locales de la capital donostiarra en enero de 1935. A esta inauguración acudió José Antonio Primo de Rivera, que dio una conferencia sobre el papel de los vascos en la historia de España y sobre su concepto de «unidad de destino en lo universal».34 A lo largo de 1935 Falange fue consolidando su presencia y se dedicó sobre todo a tareas de proselitismo, a la captación de nuevos miembros y a la venta de su prensa, actividad esta última de donde provino la mayoría de incidentes que protagonizó.35 A partir de 1936 la presión policial sobre Falange aumentó de manera importante ante la progresiva degradación del orden público. En enero de 1936 fueron detenidos todos los miembros de la Junta Directiva del SEU guipuzcoano.36 Agentes del Gobierno Civil seguían los pasos de Luis Prado, que había ocupado el cargo de jefe provincial, y se multiplicaron los intentos de infiltración de informadores.37 Tras la ilegalización y el paso de sus actividades a la clandestinidad, el cerco policial se cerró aún más sobre los falangistas guipuzcoanos. Los registros y clausuras de locales así como las detenciones de los afiliados rebasaron el ámbito de la capital y alcanzaron a los grupos de la provincia.38 La difusión del periódico clandestino No Importa se convirtió en una de las principales ocupaciones y en una nueva fuente de detenciones.39 También la compra de armas pasó a tener una atención preferente, actividad en la que destacaron las Falanges de Eibar e Irún.40 Junto con todo esto, Falange comenzó a tomar parte activa en la conspiración para derribar el régimen republicano. Acudió desde el primer momento a las reuniones preparatorias del movimiento sedicioso junto al resto de las fuerzas provinciales de derecha: CT, RE, CEDA y PNV, aunque posteriormente este último se desvinculó de los planes golpistas. El representante de FE en estas reuniones fue Luis Prado. Asimismo, el enlace entre los cuarteles militares y la Falange donostiarra fue el militar falangista Miguel Leoz, teniente de artillería destinado en los cuarteles de Loyola.
Por su parte, la Falange vizcaína comenzó a desarrollar una actividad más notable a raíz de su fusión con las JONS. Aunque la articulación de FE y de las JONS llegó a buen puerto no fue sin dificultades que tardaron en subsanarse largo tiempo. Así, dos meses después de la visita que giró en febrero Ledesma Ramos para realizar el nombramiento del triunvirato que había de hacerse cargo del partido, José Antonio Primo de Rivera hubo de acudir a Bilbao «para resolver cuestiones […] consecuencia de la diversidad de pareceres entre los fusionados» (Talón, 1988: 84). Aun después de esta visita debieron de subsistir resistencias a la fusión, como prueba que el día 29 de abril hubiese de publicar la junta directiva provincial una nota llamando a la obediencia a sus militantes.41 Estos problemas de liderazgo y de relaciones entre jonsistas, falangistas y los ambientes monárquicos de donde estos últimos procedían se prolongaron hasta el inicio de la Guerra Civil, cambiando el partido de mandos hasta en tres ocasiones en menos de un año. A pesar de estas conflictivas relaciones, llegado el momento de la salida de Ledesma Ramos y de algunos de sus seguidores de Falange, el antiguo núcleo jonsista de Bilbao permaneció dentro del partido unificado. Independientemente de los problemas internos, 1934 fue un año de consolidación. Poco después de la visita de José Antonio durante la primavera, la nueva FE de las JONS abandonó los locales donde se reunían los antiguos jonsistas y trasladó sus oficinas a la antigua sede de la Juventud Monárquica en el Muelle de Ripa. La principal actividad en estos momentos era la propaganda, aunque durante la Revolución de Octubre, 65 falangistas voluntarios fueron armados por orden del teniente coronel Ortiz de Zárate y constituyeron un grupo de apoyo civil para colaborar en el sofocamiento del levantamiento obrero, que tuvo especial intensidad en la zona minera y en la margen izquierda de la Ría de Bilbao.42 A lo largo de 1935 la actividad de Falange fue aumentando de intensidad, manteniendo diferentes incidentes con fuerzas de izquierda debidos a la venta de prensa.43 También acrecentó su impulso propagandístico mediante la organización de conferencias y charlas (Plata Parga, 1991: 86). Asimismo comenzó un mayor seguimiento policial que culminó con la obtención de un informador de excepción, el «Secretario de Falange».44
Una de las cuestiones centrales en la vida de la Falange vizcaína fueron sus relaciones con el monarquismo alfonsino y con la élite socioeconómica bilbaína, lo que necesariamente nos conduce a hablar del ya recurrente proceso de fascistización. El acercamiento más reciente a esta cuestión lo sitúa más allá de los límites politológicos de un partido, entendiéndolo más bien como una corriente o movimiento centrípeto, confundiéndose de esta manera el propio fascismo y el proceso de fascistización (Gallego, 2014: 34-54). Sin embargo, consideramos que es más útil no solo a nivel taxonómico sino también analítico la consideración diferenciada del proceso de radicalización, del proceso de fascistización y del propio fascismo a pesar de que en determinadas circunstancias se encontrasen íntimamente unidos (González Calleja, 2008: 115). José María de Areilza es un buen ejemplo para ello. Perteneciente a la élite bilbaína y una de las promesas con mayor proyección de la renovación generacional del monarquismo alfonsino, experimentó un intenso proceso de fascistización que más allá de la aceptación de elementos externos del fascismo le llevó a implicarse directamente en el desarrollo del movimiento fascista español, colaborando en la búsqueda de financiación, escribiendo en sus periódicos y revistas y ayudando en su difusión, facilitando la articulación de un entendimiento entre Ledesma Ramos y Primo de Rivera para la consecución de una fusión entre sus respectivas organizaciones… Y a pesar de esta intensa fascistización siempre manifestó su negativa a integrarse en el fascismo, continuando fiel al monarquismo en el que dio sus primeros pasos políticos (Ledesma Ramos, 1968: 126). Es decir, siempre mantuvo vigente un proyecto político autónomo y diferenciado del fascista. También hay que tener en cuenta que esta sugestión fascista fue especialmente intensa entre los miembros más jóvenes del monarquismo y la élite bilbaínas, pero que su capacidad de influencia entre las generaciones anteriores fue mucho más limitada. Por comparación con el caso de Areilza podemos poner el de José Félix de Lequerica, que también colaboró en la financiación del fascismo español pero no se dejó seducir por el mismo. También se podría esgrimir el ejemplo de Gabriel María Ybarra, fundador de El Pueblo Vasco y uno de los ejes articuladores del monarquismo vizcaíno, que escandalizado por el ingreso de sus hijos en Falange procuró conseguir su alejamiento del partido fascista por diversos medios (Plata Parga, 1991: 85-86).
Estas reticencias y la defensa de un espacio propio para un proyecto político autónomo y diferenciado no fueron exclusivas de las demás fuerzas de derecha ante el temor de resultar fagocitadas por el fascismo. Los propios fascistas también eran conscientes del peligro de resultar absorbidos y de que sus presupuestos ideológicos quedaran diluidos en el seno de una gran coalición contrarrevolucionaria. En este sentido son reveladoras algunas de las actitudes mantenidas por sectores de la Falange vizcaína ante lo que juzgaban una instrumentalización por parte de las clases preeminentes vizcaínas y del monarquismo autoritario. Durante las elecciones de febrero de 1936, y contra lo dispuesto por la Jefatura Nacional, un sector encabezado por el entonces jefe provincial Alberto Cobos decidió colaborar electoralmente por el éxito de la candidatura monárquica. Esto originó fuertes tensiones en el seno de Falange y, según García Venero (1972: 94), estuvo a punto de originar una escisión. La situación fue resuelta por Manuel Hedilla mediante la apertura de un expediente a Cobos y su cese como jefe provincial, siendo sustituido por José María Valdés Larrañaga. Tras la ilegalización de Falange y la clausura de sus locales, RE les ofreció el uso de los suyos, aunque esta oferta no fue vista con buenos ojos por todos los falangistas.45 Otro ejemplo de esta pugna con la élite bilbaína y sus pretensiones de mediatización del movimiento fascista se produjo cuando se intentó aupar a Evaristo Churruca Zubiria sin la sanción del jefe provincial a la Jefatura Local de Guecho, intento que tuvo que ser frenado por Felipe Sanz, en aquellos momentos la máxima autoridad provincial (Ybarra Bergé: 16).
La imputación de todo esto a un proceso de fascistización que en última instancia podría asimilarse al propio fascismo no resulta satisfactoria. Se produjo efectivamente un proceso de fascistización que alcanzó distintas cotas de intensidad en función de las características de los sujetos que lo experimentaron, pero ello no significó directamente el tránsito al fascismo, ni organizativa ni ideológicamente. La asimilación de la fascistización al fascismo le concede una importancia desmedida a este último, le atribuye el proceso de radicalización de la derecha, cuando en buena medida, y como veremos en la institucionalización del franquismo, lo que ocurrió fue exactamente lo contrario: el clima de radicalización y fascistización posibilitaron y favorecieron la fagocitación del fascismo dentro de la coalición contrarrevolucionaria franquista en la que el equilibrio de fuerzas era muy desfavorable a Falange.
Por otra parte, 1936 fue un año especialmente duro para la Falange de Vizcaya. Además de las desavenencias internas, se inició un fuerte seguimiento policial contra el partido y sus actividades. Tras la victoria del Frente Popular la apuesta por el derribo violento de la República era ya firme, por lo que arreció la presión gubernativa sobre ellos. En febrero se realizó una redada en los locales de Falange, deteniéndose a los allí reunidos y clausurando el centro.46 El mes siguiente se multó a los dirigentes provinciales del partido a consecuencia de la prohibición de venta de Arriba.47 Con la prohibición de la prensa falangista, la venta y distribución clandestina de No Importa se convirtió en una nueva fuente de detenciones. La ilegalización del partido también supuso la imposibilidad de manifestarse públicamente, lo que condujo a nuevos conflictos y detenciones como ocurrió en mayo en Gallarta durante los funerales del guardia civil Jerónimo de la Fuente, asesinado unos días antes en la misma localidad.48 Asimismo, la Falange vizcaína emprendió su participación en la conspiración para acabar violentamente con el régimen republicano. Las posibilidades de un movimiento contra la legalidad republicana en Vizcaya estaban consideradas como muy escasas y la propia debilidad de la trama conspirativa en la provincia lo ponía de manifiesto (Azcona y Lezámiz, 2013). José María Areilza fue el principal interlocutor de Mola en la provincia, proporcionándole información y haciendo labores de enlace entre él y otros elementos de la rama civil de la conspiración (Areilza, 1974: 124). Las únicas posibilidades de éxito se encontraban fijadas en un posible levantamiento del batallón Garellano. El papel de Falange en esta trama no fue muy importante por su escasez numérica. Durante marzo se enviaron diversas cartas a empresarios y entidades bilbaínas solicitando dinero con vistas, presumiblemente, a la financiación del golpe, lo que valió una fuerte multa del gobernador civil a los mandos provinciales.49 Según Felipe Sanz, en abril, mientras se encontraba en la cárcel, se comprometió como representante de Falange en la confabulación.50 Los contactos con los militares determinaron los puntos de concentración de los voluntarios falangistas donde debían recoger armas y prestar su apoyo.51 Además, se establecieron planes de actuación conjunta con otras fuerzas de extrema derecha en diferentes localidades del entorno de Bilbao, como en Guecho y Portugalete.52
1. LOS DOS MODELOS DE FALANGES VASCAS
En los aspectos que hemos analizado hasta el momento hemos señalado que el caso de Álava se podía diferenciar ya fuese en lo que hacía a sus antecedentes ideológico-culturales o en la práctica de la violencia política. Estos elementos, junto a los que vamos a ir desgranando en este apartado, tienen la suficiente entidad como para permitir el establecimiento de dos modelos de implantación y desarrollo fascista en el País Vasco. Por una parte tendríamos las provincias costeras de Vizcaya y Guipúzcoa, y por la otra el País Vasco continental, conformado por Álava. En el caso de las primeras, afectadas de manera previa y más intensa por los procesos de modernización, el fascismo alcanzó una implantación muy superior. En ambos casos el número de militantes que alcanzó el partido era al menos tres veces superior al de Álava, y a diferencia de esta, tanto la Falange vizcaína como la guipuzcoana consiguieron asentarse en diferentes localidades de sus provincias además de en la capital. Asimismo, el perfil colectivo de sus afiliados era más diversificado y maduro. Por otra parte, también se produjo un mayor desarrollo organizativo en las provincias costeras de acuerdo a su mayor potencia numérica. Así, tanto en Guipúzcoa como en Vizcaya FE de las JONS desplegó diversos servicios o delegaciones: CNS, SF, Primera Línea…, que no pudo organizar en Álava. Todos estos elementos se complementaron con cierta supeditación jerárquica del núcleo alavés a la jefatura provincial de Vizcaya que se mantuvo hasta el nombramiento de Ramón Castaño como jefe provincial.
Deteniéndonos en la implantación geográfica, en Álava, como hemos señalado, FE de las JONS no consiguió establecer ninguna organización más allá de Vitoria. Esto es especialmente cierto con anterioridad a las elecciones de febrero de 1936 porque a partir de estas la Falange alavesa experimentó un limitado crecimiento y llegó a contar con presencia en otras localidades de la provincia como Anda o Murguía, si bien en ningún caso se establecieron jefaturas locales o estructuras organizativas, limitándose a la existencia de uno o dos afiliados aislados. También existieron grupos no organizados de falangistas en algunas localidades del valle de Ayala, como Llodio, Amurrio, Barambio o Larrimbe, pero dependían jerárquicamente de la provincial de Vizcaya.
En Guipúzcoa, por su parte, podemos certificar la presencia de núcleos falangistas organizados en Tolosa, Eibar e Irún con anterioridad a las elecciones de febrero de 1936.53 También existió presencia falangista en Hernani, Cegama y Segura aunque en estos tres casos no podemos asegurar que se constituyesen jefaturas o que se desarrollasen en un sentido organizativo. Vizcaya parece ser el territorio vasco en el que Falange logró una mayor implantación geográfica al conseguir organizar jefaturas locales en cinco municipios aparte de en Bilbao. En Guecho, se establecieron al menos dos grupos de falangistas en los barrios de Las Arenas y de Algorta. La Falange de Las Arenas estuvo constituida principalmente por los miembros más jóvenes de las familias de la clase preeminente bilbaína, como los Ybarra o los Churruca (Ybarra Bergé, 1941: 15-16). En Algorta los falangistas llegaron a disponer de locales propios aunque los hubieron de abandonar con anterioridad a las elecciones de 1936 ante la imposibilidad de afrontar los gastos.54 En Portugalete se organizó una Falange local aunque desconocemos con exactitud la fecha de su constitución.55 En Baracaldo se formó otro grupo de Falange que llegó incluso a disponer de un pequeño periódico propio del que desgraciadamente no hemos podido localizar ningún número (Aizpuru, 2011: 175). También dentro del área de influencia de Bilbao encontramos el caso de Galdácano, cuyo fundador es uno de los escasos ejemplos de falangistas procedentes del tradicionalismo.56 En la comarca de las Encartaciones, los falangistas también consiguieron establecer una organización local en la villa de Valmaseda. Desconocemos la fecha de su constitución, pero hubo de ser después de las elecciones de febrero de 1936 (Etxebarria y Etxebarria, 1993: 51, 98). Además, Falange contaba con presencia no organizada en otra serie de localidades como Güeñes, Galdames, Ortuella o Gallarta.
En lo que respecta al desarrollo organizativo y estructural de Falange, en el caso alavés, la propia limitación numérica de la militancia impidió su diversificación. Así, tan solo existen evidencias del funcionamiento del SEU, mientras que del resto de servicios no ha quedado referencia alguna, siendo lo más probable que no llegaran a crearse.57 Mientras se producía esta situación en Álava, tanto en Vizcaya como en Guipúzcoa se asistió a una mayor complejidad dentro del partido, instaurándose diversas secciones en su seno: SEU, CONS, SF y Primera Línea.
El SEU era una pieza clave dentro del organigrama de Falange Española debido al peso específico que ocupaban los estudiantes en el seno del partido (Thomàs, 1999: 65-72). El caso del País Vasco no fue una excepción y no es una coincidencia el hecho de que la única delegación que se constituyó dentro de la Falange alavesa fuese el SEU. En el caso guipuzcoano sabemos que su constitución oficial fue en junio de 1935, mientras que en el vizcaíno lo podemos situar en el marco de la huelga estudiantil convocada por la FUE en mayo de 1934.58
En lo que a la CONS en Guipúzcoa se refiere, su devenir estuvo ligado a la figura de Juan Francisco Puente, protésico dental de San Sebastián. Desconocemos con precisión la fecha de su constitución aunque debió de ser temprana (García Venero, 1972: 104), seguramente coincidiendo con la visita que José Antonio Primo de Rivera realizó a San Sebastián en enero de 1935 con motivo de la inauguración de los locales de la Falange donostiarra.59 Puente dedicó un esfuerzo considerable a la expansión de la CONS, a pesar de lo cual su penetración entre la clase obrera guipuzcoana debió de ser más bien testimonial. Pese a su escasa capacidad de penetración entre el proletariado guipuzcoano, su presencia no fue bien recibida por las organizaciones obreras de izquierda, que amenazaron la vida de Puente así como la de varios de sus afiliados. La labor de la CONS guipuzcoana parece que se concentró principalmente en el proselitismo entre la clase obrera, la protección de patronos, la búsqueda de empleo a trabajadores desempleados afines al nacionalsindicalismo y el sabotaje de huelgas mediante la introducción de trabajadores foráneos en las empresas que sufrían conflictos laborales.60 En el caso de Vizcaya el arranque de una actividad estable de la CONS no se produjo hasta el año de 1935 (Plata Parga, 1991: 86-87). Aunque desconocemos el número exacto de afiliados que llegó a tener, no debió de ser muy elevado, como apuntan los datos del conjunto de la militancia, sobre lo que nos detendremos más adelante. Su actuación no debió de ser muy diferente a la de su homóloga guipuzcoana, dedicada a la protección sociolaboral de patronos y a la colocación de obreros nacionalsindicalistas en empresas de simpatizantes y colaboradores.61
Ocupando la violencia el papel central que ocupaba en la ideología y actividad de Falange, esta organizó desde muy pronto a sus afiliados de Primera Línea en una serie de escuadras destinadas al choque violento con las organizaciones obreras. En Guipúzcoa, cuando Manuel Carrión fue asesinado, la Primera Línea guipuzcoana ofreció una rápida respuesta matando a Manuel Andrés. Sin embargo, su organización debía de ser en esos momentos incipiente, como prueba el hecho de que requiriesen de la presencia de pistoleros traídos de fuera de la provincia. Entre los integrantes de las escuadras donostiarras se encontraban los miembros más violentos y activos, entre los que no era rara alguna vinculación con el Ejército.62 A medida que el tiempo fue avanzando, y a pesar de que ya no se produjeron más asesinatos, la dinámica de violencia no cesó y para mayo de 1936 había organizadas cuatro escuadras.63 En el caso de Vizcaya también se organizaron al menos cuatro escuadras de acción con anterioridad a la sublevación militar.64
Por su parte, de la SF sabemos más bien poco puesto que el rastro de evidencias que dejó de su existencia anterior a la Guerra Civil es prácticamente inexistente. En Guipúzcoa, conocemos que a comienzos de 1935 ya se encontraba en funcionamiento pero sin que podamos precisar desde cuándo.65 Tampoco podemos determinar el número de afiliadas que llegó a aglutinar, si bien debió de ser escaso, localizándose entre las familiares de los falangistas masculinos como Teresa Aizpurúa Azqueta, o entre alguna de las familias de clase pudiente donostiarras como Pilar Gaytán de Ayala.66 En Vizcaya la fundación fue temprana, ya que Bilbao fue una de las ciudades visitadas por Pilar Primo de Rivera y Dora Maqueda en su primera ronda de viajes para fundar la SF (Primo de Rivera, 1983: 66). Como primera jefa provincial, que se mantendría en el cargo hasta comienzos de 1938, nombraron a Teresa Díaz de la Vega.67 Como para el caso guipuzcoano, desconocemos mayores detalles, no sabiendo a cuántas afiliadas reunió ni cuál fue su grado de actividad.
2. LOS MILITANTES FALANGISTAS: NÚMERO Y COMPOSICIÓN
Para acabar la visión de conjunto sobre el fascismo vasco vamos a detenernos en la militancia de su principal manifestación orgánica, FE de las JONS. Hasta este momento se ha venido caracterizando las provincias vascas como algunas en las que menor volumen numérico alcanzó Falange. Estudios previos han señalado que en Álava hubo en torno a una treintena de afiliados, en Guipúzcoa 120 y en Vizcaya 200, cifras que, si bien de manera ajustada, han tendido a ser estimadas a la baja (Rivera y Pablo, 2014: 370; Calvo Vicente, 1994: 66; Payne, 1985: 100-101). Por nuestra parte, en Álava podemos constatar la existencia de 42 falangistas en vísperas de la sublevación militar, 150-175 en Guipúzcoa y en Vizcaya 175-200. Con estas cifras, las Falanges guipuzcoana y vizcaína se encontraban lejos de las provincias con mayor presencia falangista como Madrid, Santander o Sevilla, pero se encontraban por encima de otros territorios donde la presencia de Falange fue anecdótica con anterioridad a la Guerra Civil, como Córdoba o Ciudad Real, encontrándose más bien entre las provincias con una implantación media como Orense o Asturias.
En lo que hace a los tempos de afiliación podemos aventurar algunos rasgos pese a lo limitado de la información. Sabemos que entre las elecciones de febrero y el golpe de Estado se afiliaron al partido joseantoniano al menos 23 guipuzcoanos, 65 vizcaínos y 13 alaveses. Estos números nos hablan de un ritmo de crecimiento de la militancia bastante intenso, especialmente en Vizcaya, donde en cinco meses se afilió el 37 % de la militancia total. Sin embargo, estas cifras están bastante lejos de la verdadera avalancha de militantes que Falange experimentó en otros puntos de España, donde, ante lo que se experimentó como el definitivo fracaso de la vía posibilista encarnada en la CEDA, cientos de jóvenes cada vez más radicalizados por el endurecimiento de los discursos y el auge de la violencia política en el espacio público pasaron a engrosar las filas de Falange (Suárez Cortina, 1981: 185-187; Palomares Ibáñez, 2001: 81-82; Sanz Hoya, 2006: 249). A tenor de estos datos, el aluvión de militantes de última hora requiere ser matizado en el País Vasco, donde se retrasaría hasta después del estallido de la Guerra Civil. ¿A qué se debió esta diferencia en el ritmo de crecimiento? Aunque la respuesta no es sencilla e influyeron múltiples y variados factores, en nuestra opinión se debió principalmente a dos. En primer lugar a que el trasvase de militantes desde las JAP a Falange no tuvo lugar en el País Vasco, amén de que la insignificancia numérica de las juventudes cedistas vascas tampoco hubiese conducido a un crecimiento desorbitado. La razón por la que este trasvase de militantes no se produjo está en relación directa con el segundo motivo: la existencia de otro partido insurreccional que además era un partido de masas con un sólido arraigo en territorio vasco, el carlismo. Su mayor implantación geográfica y social, de manera muy aguda en el ámbito rural, así como el desarrollo que había adquirido su rama paramilitar, el requeté, y el acendrado catolicismo que defendía, lo convertían en una opción más atractiva que Falange para todos aquellos ciudadanos vascos que habían llegado a la conclusión de que la caída del régimen republicano había de producirse por la fuerza de las armas.
En el caso vasco, hubo tres sectores profesionales que conformaron la columna vertebral del movimiento fascista. Antes que ningún otro destacaron los estudiantes. De crucial importancia en Álava, su peso relativo decrecía en las organizaciones guipuzcoana y vizcaína fruto de la progresiva diversificación que alcanzó Falange en las provincias vascas más industrializadas y más afectadas por el proceso de modernización, gozando de una mayor capacidad de penetración en diferentes capas sociales y extendiéndose desde el que fue uno de los primeros ámbitos en que arraigó el partido, el estudiantil. Los otros grupos fundamentales en el seno de las Falanges vascas fueron los empleados y las profesiones liberales, que con la excepción de Álava agrupaban a prácticamente la quinta parte de la militancia cada uno. Estas tres categorías profesionales constituían en las tres provincias más de la mitad de los militantes, revelando su condición de partido mesocrático asentado en aquellos sectores más receptivos a los mensajes alarmistas sobre la posibilidad de una inminente revolución obrera. En este sentido, también resulta revelador comprobar que los esfuerzos que las CONS guipuzcoanas y vizcaínas realizaron para integrar a los trabajadores en sus filas se saldaron con un fracaso, apenas superando el 10 % del total. Otro fenómeno que llama poderosamente la atención es la práctica ausencia de militantes relacionados con actividades agrarias, siendo inexistentes tanto en Guipúzcoa como en Vizcaya. Poniendo esto en relación con el ámbito geográfico de implantación, parece bastante claro que el falangismo fue en el País Vasco un fenómeno esencialmente urbano y con una incapacidad manifiesta de penetración en el mundo rural. Ello se debió a que el mundo rural vasco, caracterizado por el predominio de la pequeña y mediana explotación de carácter familiar, prácticamente desconoció la irrupción de procesos revolucionarios durante el periodo republicano y a que aquí se encontraban sólidamente asentados el tradicionalismo y el nacionalismo vasco, que imposibilitaron la expansión de otros movimientos políticos que pretendían aglutinar a los descontentos con la modernidad puesto que se encontraban intensamente imbricados en las autorrepresentaciones colectivas rurales y en el ámbito de las relaciones comunitarias (Ugarte, 1998).
En cuanto a la edad de los militantes falangistas, esta era de una extrema juventud. La edad media de los afiliados alaveses era de 21 años, la de los guipuzcoanos de 25 y la de los vizcaínos de 27. El aumento progresivo de la edad media en Guipúzcoa y Vizcaya es el resultado de la mayor diversificación que alcanzó Falange fuera de los ámbitos estudiantiles. Aun así, en todos los casos, los militantes menores de 30 años constituían al menos las tres cuartas partes del total de la militancia. Esto encaja perfectamente con la preeminencia que los estudiantes tenían dentro del partido y con la mística de la juventud que irradiaba el fascismo.
Por otra parte, si de alguna manera hemos de categorizar la ascendencia político-ideológica de los falangistas vascos, sería en la del liberalismo en su más amplia acepción. Los procedentes del tradicionalismo, ya sea personal o familiarmente, eran muy escasos, en contraposición a la importancia que tuvo el monarquismo de origen liberal conservador, especialmente el que evolucionó en un sentido autoritario a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, que estuvo representado por el maurismo, RE y, en menor medida, el PNE. De esta forma, podemos explicar satisfactoriamente algunos de los aspectos de la implantación geográfica de Falange en Vizcaya. Fuera de Bilbao, los núcleos falangistas más importantes se encontraban, como ya hemos visto, en Portugalete, Guecho, Valmaseda y Baracaldo, siendo los primeros más numerosos que el último. Si nos atenemos a criterios poblacionales o de conflicto sociopolítico en estas poblaciones, resulta complicado comprender por qué es una localidad como Baracaldo la que menor número de falangistas tenía, habida cuenta de que según el censo de 1930 era el núcleo más poblado de la provincia, si exceptuamos Bilbao. La razón hay que buscarla en la tradición política dominante en la derecha de estas poblaciones: tanto Portugalete como Guecho y Valmaseda poseían una larga vinculación con el monarquismo liberal frente a Baracaldo que, en el campo de la derecha, presentaba un carlismo hegemónico, tradición política que, como estamos viendo, mostró un elevado grado de impermeabilidad a la atracción fascista. Aunque la relación con el monarquismo liberal es especialmente intensa en el caso de Vizcaya, también se puede aplicar a Guipúzcoa, donde la vinculación familiar de algunos de los militantes con el monarquismo liberal conservador es evidente, como los Balmaseda Echeverría, los Ramírez de Arellano o los Gaytán de Ayala; o, incluso, a Álava, donde el núcleo fundador vitoriano familiarmente era de raigambre liberal. Esto, junto con el énfasis puesto por el fascismo en algunos de los aspectos más exaltados de la juventud, nos conduce a hablar del carácter de revuelta generacional que revistió el movimiento fascista. Frente a lo que entendían como un exceso de inmovilismo de sus mayores, los jóvenes procedentes de esta tradición política liberal conservadora optaron por un movimiento que incentivaba la acción por encima de la reflexión y apostaba por plantar cara a lo que entendían que era un proceso revolucionario y a la situación de postración que atravesaba la nación. Este fenómeno generacional ha sido detectado también en otros lugares de España y está presente en el panorama europeo (Prada Rodríguez, 2005: 181-183; Souto, 2004). En este marco se produjo un notable cambio de ciclo y de prioridades entre la década de los veinte y las derivas más puramente autoritarias, y la de los treinta y el auge de las opciones fascistas de la mano de una juventud impaciente ante la incapacidad de frenar los avances democráticos manifestados por las opciones políticas de sus progenitores.
Un factor cualitativo fue la relación que existía entre la militancia falangista y la práctica del deporte. Las primeras décadas del siglo XX supusieron la aparición novedosa del deporte profesional como espectáculo de masas y los tímidos comienzos de una cierta fascinación popular por las estrellas deportivas (Pablo, 1995: 125-139). En este escenario, y con el desarrollo de unos rasgos ideológicos que perseguían un mayor activismo y dinamismo, se produjo una cierta ligazón entre la práctica deportiva y la militancia política. No es que existiese una relación directa entre el ejercicio físico y una adscripción política sino que la práctica del deporte, junto con otros elementos de carácter cultural como la admiración por la literatura de aventuras, el incipiente cine de acción o las biografías de elementos de acción revolucionarios (Mainer, 1971: 13-15), suponían la existencia de una experiencia vital, un habitus, en expresión de Pierre Bourdieu (1972: 178), que facilitaría el acercamiento y la sintonía con las coordenadas culturales e ideológicas del fascismo. El propio culto al cuerpo y el desprecio de la comodidad burguesa también incentivaban el ejercicio físico. Así, era habitual encontrar entre los falangistas vascos consumados deportistas. José Manuel Aizpurúa era un habitual en las competiciones de balandros y representó a España en competiciones internacionales (Loyarte, 1944: 317); Paulino Astigarraga fue directivo del Donostia Club de Fútbol, vicepresidente del Consejo Superior de la Federación Guipuzcoana de Fútbol y automovilista aficionado a las carreras; Valentín Arroyo y Joaquín Viana, de la Falange alavesa, eran reconocidos sportmen; Ricardo Zulueta era futbolista profesional del Atlético de Madrid; y Justino Adrada, de la Falange vizcaína, fue ciclista profesional.68
Según todo lo que hemos visto podemos formular algunas conclusiones. El fascismo en el País Vasco fue un movimiento marginal, íntimamente vinculado en su aparición y desarrollo a los desafíos que planteó la irrupción de la modernidad y la sociedad de masas industrial. Así, por un lado, tenemos el País Vasco costero, con una mayor diversidad y madurez entre su militancia y una penetración más allá de las capitales; y, por el otro, el País Vasco continental, con una militancia más limitada y monolítica, circunscrita en exclusiva a la capital provincial. Además, el fascismo vasco fue un fenómeno esencialmente urbano que mostró su incapacidad para incidir entre los sectores rurales ante el profundo arraigo entre estos de otras tradiciones políticas, como el tradicionalismo y el nacionalismo, vinculados estrechamente con la mentalidad y representaciones sociales de los habitantes del mundo agrario vasco. La columna vertebral de la militancia fascista vasca fueron las clases medias urbanas, entendidas en un sentido amplio. Entre ellas destacaron sectores como los empleados, las profesiones liberales y, de manera relevante, los estudiantes. Este grupo está en interrelación con otra de las características del fascismo vasco, su juventud. Con un terreno fértil abonado por la eclosión de tendencias vitalistas y por unas experiencias anhelantes de nuevas emociones que favorecían la sintonía con las coordenadas culturales del fascismo, los jóvenes protagonizaron una suerte de revuelta generacional ante lo que percibían como posturas inmovilistas y acomodaticias de sus mayores que en algunos casos les condujo a abrazar el fascismo. En este sentido, es interesante señalar la procedencia hegemónica de ámbitos de la tradición del liberalismo conservador. Aquellos que llegaron al fascismo desde el tradicionalismo o desde opciones progresistas eran minoritarios. Fueron los que procedían del liberalismo conservador, principalmente, los que siguiendo pautas que se daban por toda Europa se embarcaron en un proceso de actualización de la ideología y la praxis política de la derecha, reenfocándola desde una perspectiva ultranacionalista, palingenésica e irracionalista.
1 La Libertad, 24-7-1933.
2 La Libertad, 18-7-1933.
3 Norte, 4-8-1938.
4 La Libertad, 21-8-1936.
5 Pensamiento Alavés, 28-10-1938. Agradezco a Germán Ruiz Llano esta referencia.
6 El Nervión, 24-7-1933; Hierro, 13-2-1939.
7 El Nervión, 13-9-1933; El Pueblo Vasco, 24-10-1933; El Liberal, 26-10-1933, 18-11-1933, 2-12-1933, 7-12-1933 y 10-12-1933.
8 La Constancia, 8-9-1934.
9 La Constancia, 5-1-1935, 6-1-1935.
10 AMV B/6/13; AGA (8) 1.003 44/2553.
11 La Libertad, 7-3-1934.
12 La Libertad, 28-3-1933.
13 CDMH, PS Bilbao.
14 El Liberal, 18-1-1934, 19-1-1934.
15 El Día, 9-9-1934.
16 La Constancia, 11-9-1934.
17 El Liberal, 6-1-1934, 16-1-1934; FE, 25-1-1934.
18 El Pueblo Vasco, 16-7-1936.
19 El Diario Vasco, 28-4-1936; CDMH/PS Bilbao, Caja 253, Exp. 18.
20 El Nervión, 18-4-1935.
21 El Pueblo Vasco, 27-4-1935.
22 El Nervión, 18-4-1935, 25-4-1935, 26-4-1935, 30-4-1935.
23 El bachoqui era el centro de reunión social del PNV, equivalente a las Casas del Pueblo del PSOE; Arriba, 13-2-1936.
24 La Libertad, 10-2-1936.
25 Pensamiento Alavés, 13-8-1935; Arriba, 13-2-1936.
26 Pensamiento Alavés, 25-2-1935; AIMNO, Plaza de Vitoria, Caja 8 Causa 1055/38.
27 Norte, 9-10-1937; AIMNO, Plaza de Vitoria, Caja 39 Causa 661/42.
28 La Libertad, 28-3-1936; Pensamiento Alavés 4-4-1936 y 6-4-1936.
29 La Libertad, 21-4-1936; Pensamiento Alavés 6-7-1936.
30 La Libertad, 20-10-1936.
31 La Libertad y Pensamiento Alavés, 6-5-1936; Norte, 18-7-1938.
32 Pensamiento Alavés, 19-5-1936.
33 AHPA, Fondo Nanclares, Caja 23, Expediente 319. Agradezco a Javi Gómez la referencia.
34 La Constancia, 5-1-1935, 6-1-1935; Unidad, 20-11-1941.
35 La Constancia, 9-8-1935, 19-11-1935, 26-11-1935; A. Loyarte: Los mártires..., pp. 439-446.
36 La Constancia, 24-1-1936, 25-1-1936 y 26-1-1936.
37 Unidad, 28-7-1937; CDMH/PS Bilbao Caja 253, Exp. 18
38 El Día, 25-3-1936.
39 CDMH/PS Bilbao Caja 253 Exp. 18.
40 Unidad 18-7-1938.
41 El Pueblo Vasco, 29-4-1934.
42 El Correo Español, 8-11-1938.
43 El Pueblo Vasco, 27-4-1935, 23-11-1935, 30-11-1935; El Nervión, 18-4-1935.
44 Memorias de José Echevarría Novoa. Fondo especial Sancho el Sabio, Caja 2/3.
45 CDMH/PS/TPE Caja 13 Exp. 20.
46 El Nervión, 25-2-1936.
47 El Nervión, 19-3-1936.
48 El Pueblo Vasco, 19-5-1936.
49 El Nervión, 19-3-1936.
50 AGMAV/Jefatura de Milicias de Vizcaya, Leg. 61.
51 CDMH/PS/TPE Caja 18 Exp. 1.
52 CDMH/PS/TPE Caja 10 Exp. 7.
53 Unidad, 18-7-1938.
54 Arriba, 27-6-1935; CDMH/PS/TPE Caja 18, Exp. 1.
55 CDMH/PS/TPE Caja 10 Exp. 7.
56 AGA (8) 1.003 44/2553.
57 Pensamiento Alavés, 9-10-1935, 28-12-1942.
58 Unidad, 8-2-1940; El Pueblo Vasco 22-5-1934.
59 Unidad, 7-9-1937.
60 Unidad, 7-9-1937, 1-4-1938; CDMH/PS Bilbao Caja 253, Exp. 18.
61 CDMH/PS/TPE Caja 13 Exp. 20 y Caja 12 Exp. 7.
62 CDMH/PS Bilbao Caja 253 Exp. 18; Unidad, 5-1-1937; Euskadi Roja, 14-3-1936; El Día, 16-9-1934.
63 CDMH/PS Bilbao Caja 253 Exp. 18.
64 CDMH/PS/TPE Caja 13 Exp. 20; CDMH/PS/TPE Caja 19 Exp. 2.
65 Unidad, 20-11-1941.
66 Unidad, 18-12-1942, 29-10-1943.
67 Hierro, 12-1-1938.
68 Mundo Deportivo, 23-10-1927; El Día, 26-9-1934, 28-2-1935, 21-9-1935; Pensamiento Alavés, 8-4-1936; La Vanguardia, 7-8-1927.
PARTE II
FALANGE EN LA GUERRA CIVIL.
REPRESIÓN Y COMBATIENTES
Me llamarán, nos llamarán a todos.
Tú, y tú, y yo, nos turnaremos,
en tornos de cristal, ante la muerte.
Y te expondrán, nos expondremos todos
a ser trizados ¡zas! Por una bala.
Bien lo sabéis. Vendrán
por ti, por mí, por todos.
Y también
por ti
Aquí no se salva ni Dios, lo asesinaron.
Escrito está. Tu nombre está ya listo,
temblando en un papel. Aquél que dice:
Abel, Abel, Abel... o yo, tú, él...
BLAS DE OTERO (1955)
II. LA REPRESIÓN EN LA GUIPÚZCOA Y VIZCAYA REPUBLICANAS (JULIO DE 1936-JUNIO DE 1937)
Con el inicio de la Guerra Civil el territorio del País Vasco quedó dividido entre los dos bandos contendientes. Álava quedó en manos sublevadas a excepción de las localidades de la cuadrilla de Ayala (Aguirregabiria y Tabernilla, 2006: 26). Vizcaya y Guipúzcoa se mantuvieron leales a la República aunque en circunstancias distintas: mientras que en Vizcaya ni siquiera se llegó a producir la rebelión gracias a la reacción del gobernador Echevarría Novoa (Azcona y Lezamiz, 2013: 95-116), en Guipúzcoa la situación fue más incierta, con unos militares conjurados a los que faltó coordinación, lo que dio tiempo a que las organizaciones obreras se armasen y se originara un combate de diez días hasta que finalmente los rebeldes, atrincherados en los Cuarteles de Loyola, hubieron de rendirse (Barruso, 1996: 71-110).
A raíz del fracaso de los sublevados en las provincias costeras vascas se inició un proceso de persecución contra los elementos que habían apoyado la rebelión militar que pronto se extendió hacia el resto de ciudadanos de derechas, sospechosos de su rechazo a la República. Pese a que el repertorio represivo desplegado por los republicanos fue más amplio, vamos a centrarnos en la represión física. De acuerdo con la clasificación que realizó Pedro Barruso y que ha gozado de un cierto consenso historiográfico, la violencia republicana se ha explicado a partir de tres tipologías: la violencia espontánea, la violencia revolucionaria y la justicia popular. El primer caso se ha definido como ejercicio violento no inducido por las autoridades en respuesta a acciones del bando contrario. La violencia revolucionaria, por su parte, se refiere a las actuaciones represivas llevadas a cabo por las autoridades que surgen del derrumbamiento de las instituciones republicanas y que tienen una justificación jurídica bastante dudosa al originarse en la subversión de la legalidad hasta entonces imperante. Por último, la justicia popular se puede entender como una versión avanzada de la justicia revolucionaria, ya que se da por medio de la institucionalización de los poderes surgidos tras el colapso de la autoridad republicana. Asimismo, con la judicialización de la represión se intentó poner freno a los desmanes de la violencia espontánea.
En el caso guipuzcoano el inicio de la Guerra Civil originó el hundimiento de las instituciones republicanas y su sustitución, en un proceso revolucionario, por diferentes juntas y comités locales y provinciales (Barruso, 2005: 113-132). Desde los primeros días se iniciaron las detenciones, incautaciones y asesinatos contra los sectores supuestamente contrarios a la República. En el periodo de dominio republicano sobre la provincia se produjeron al menos 960 detenciones (Barruso, 2005: 51-54). Los principales centros de detención fueron la prisión provincial de Ondarreta, el edificio del Kursaal y el fuerte de Guadalupe en Fuenterrabía. Fue precisamente en las cárceles, siguiendo una conducta extendida en el País Vasco, donde se produjeron los peores episodios de violencia espontánea. Pese a los esfuerzos practicados por el nacionalismo vasco, cuya implicación por salvaguardar las vidas de los prisioneros quedó patente durante su actuación, las cárceles fueron asaltadas en repetidas ocasiones produciendo los picos de mortandad más elevados. Los sucesos más graves se produjeron en los asaltos a la prisión de Ondarreta, en la saca de la cárcel de Tolosa y en los fusilamientos del fuerte de Guadalupe.
Tras su rendición el 28 de julio, los militares y civiles atrincherados en los cuarteles de Loyola fueron detenidos y llevados al palacio de la Diputación, de donde posteriormente serían conducidos a la prisión de Ondarreta por motivos de seguridad. Pese a la prevención que supuso su traslado, en la madrugada del 29 al 30 de julio un grupo de milicianos asesinó a 53 presos: 41 militares y doce civiles. La responsabilidad de este acto se encontraba en el Comisario de Guerra, el comunista Jesús Larrañaga, quien, según testimonios, ordenó la acción: «Larrañaga me dio la orden: Ir a la cárcel y fusilar a todos. Entra con tu equipo en la cárcel, ponerlos contra la pared y fusilarlos a todos» (Barruso, 2005: 60). Al día siguiente, catorce presos tradicionalistas que se encontraban detenidos en la cárcel municipal de Tolosa fueron trasladados a San Sebastián y fusilados. El origen de este hecho se encontró en el golpe de Estado a pequeña escala que dieron algunos elementos extremistas del Comité Revolucionario tolosano, que ante lo que juzgaban una actuación demasiado tibia por parte del Comité del Frente Popular local se hicieron con el poder, apoderándose de las dos únicas ametralladoras del pueblo y poniendo la cárcel bajo su autoridad.
Alguien tenía que aceptar la responsabilidad de lo que iba a suceder aquella noche, dar las órdenes precisas. Lo aceptó el presidente del Comité Revolucionario, él dio la orden y el Comité en pleno, bajo su entera responsabilidad, ejecutó el plan acordado. Aquella noche fueron ejecutados los dirigentes más caracterizados del fascismo tolosano (Barruso, 2005: 61).
Los asaltos a Ondarreta y a la cárcel de Tolosa causaron desazón entre los miembros de la Junta de Defensa y los partidos leales a la República. En Tolosa, los miembros del Comité del Frente Popular presentaron su dimisión, en San Sebastián el comisario de Orden Público, el nacionalista Telesforo Monzón, también dimitió (fue sustituido por el también nacionalista Careaga) y las organizaciones nacionalistas hicieron pública una nota de condena. A raíz de la publicación de la nota nacionalista, la Junta de Defensa también redactó un texto de repulsa hacia los desmanes violentos que, aunque suscrito por todos sus integrantes, nunca llegó a publicarse (Barruso, 2005: 62-64). Tras las dimisiones y la publicación de la nota nacionalista, los asaltos a los centros de detención se detuvieron hasta los últimos días del dominio republicano, en que reaparecieron protagonizados por milicianos en retirada, como fue el caso del fuerte de Guadalupe. Ante la toma de Irún el 4 de septiembre la guarnición que defendía el fuerte huyó dejando abandonados a los presos que allí se encontraban. Los que no huyeron fueron asesinados al día siguiente por un grupo de milicianos anarquistas en retirada.
A todos estos incidentes hay que añadir los derivados del ejercicio de la violencia revolucionaria, que en Guipúzcoa se vincularon con la actuación de la Comisaría de Guerra de la Junta de Defensa y con la del efímero Tribunal Popular de San Sebastián. La actuación de los tribunales de la Comisaría de Guerra se vio muy mediatizada por el contexto bélico, siendo la ciudad bombardeada en varias ocasiones, y se caracterizó por la dureza en las penas, sentenciando por encima de las peticiones de los fiscales. De los 18 acusados que fueron juzgados, 15 fueron condenados a muerte y ejecutados. Alfonso Vignau, único civil, fue condenado a cadena perpetua, y murió el 5 de septiembre en las sacas de Ondarreta.1 En cuanto al Tribunal Popular de San Sebastián, su actuación es bastante desconocida por el escaso periodo de ejercicio que tuvo y por la no conservación de su documentación. Para los restantes 22 presos fusilados entre los días 5 y 6 de septiembre no está claro si hubo algún tipo de proceso previo o qué órgano fue el que dictó su final (Barruso, 1996: 169-170).
En Vizcaya también fue la violencia espontánea la que mayor cantidad de óbitos produjo. Aunque en ella están incluidos los paseos y otras muertes extrajudiciales, fueron de nuevo las matanzas de presos las que sumaron el grueso de asesinados espontáneamente. A diferencia de Guipúzcoa, tras el rotundo fracaso de los planes de los conjurados no se produjo el desplome del aparato institucional republicano, fragmentado en multitud de pequeñas juntas locales o comarcales. El gobernador Echevarría Novoa tomó el control de la situación y constituyó una Comisaría General para la Defensa de la República en la que se integraron los partidos del Frente Popular y, tras una serie de dudas y debates internos, el PNV. En agosto este órgano fue sustituido por la Junta de Defensa, a la que también se sumó la CNT (Talón, 1994: 449-512). En paralelo a la reorganización del poder provincial se comenzaron a producir las primeras detenciones. El número osciló entre las 1.000 y las 2.000 (Granja, 2007: 421). Como reconoció el propio Echevarría Novoa: «el nerviosismo, y también el miedo, hacían ver a las gentes enemigos por todas partes y el número de presos iba aumentando en forma realmente alarmante».2 Ante el crecimiento de la población reclusa hubo que habilitar varios barcos prisión a partir de buques mercantes en la ría bilbaína. Durante el mes de agosto se fondeó en la dársena de Axpe el vapor Altuna Mendi y en la de Baracaldo el Cabo Quilates, al que se unió, ya en septiembre, el Arantzazu Mendi, en el que se instaló a los presos evacuados de San Sebastián el día 13. Las condiciones de vida e higiénicas en los barcos prisión eran muy deficientes, con cientos de personas hacinadas en bodegas destinadas al transporte de mercancías, sin más aire ni luz que la que entraba por los pequeños tragaluces. El trato recibido por los prisioneros también dejó mucho que desear, siendo habitualmente vejados y maltratados por sus captores. En un principio la custodia de los barcos estuvo asignada a la Guardia Civil y a milicianos que se alternaban en las tareas de vigilancia. Los primeros dispensaban un trato «amable» a los cautivos, lo que valió su sustitución en el mismo mes de agosto.3
En Vizcaya los barcos prisión fueron asaltados en dos ocasiones: el 25 de septiembre y el 2 de octubre de 1936. A estos asaltos hay que sumar las matanzas que se produjeron en las cárceles terrestres: el 25 de septiembre en Durango y el 4 de enero de 1937 en Bilbao. En los cuatro episodios se produjeron 358 muertes. Además de estos asaltos, en los barcos prisión también tuvieron lugar otra serie de fusilamientos que ocasionaron al menos otras trece víctimas mortales. La tipología de estos asaltos fue similar: ante una acción bélica de los sublevados, normalmente un bombardeo, una turba enfurecida o un grupo de milicianos se dirigía a los lugares de detención y canalizaba su impotencia y frustración por las acciones de guerra enemigas contra la población reclusa.
El 25 de septiembre una escuadra de la aviación nacional bombardeó la villa bilbaína y otras poblaciones de su entorno como Basauri. Los bombardeos fueron dos y se produjeron por la mañana y a primera hora de la tarde. En el Cabo Quilates y en el Altuna Mendi, animados desde las orillas por la población, los milicianos al cargo de la custodia fueron subiendo presos a la cubierta y fusilándolos. Según el testimonio de José Vicario Calvo, en los fusilamientos de esa tarde participaron tanto las dos guardias de los barcos (socialista y nacionalista) como las masas enaltecidas que asaltaron las embarcaciones (Azcona Pastor: 102-109). El saldo de la jornada fue de 64 asesinados: 29 en el Altuna Mendi y 35 en el Cabo Quilates. La versión oficial de los hechos, aceptada por el gobernador Echevarría Novoa, fue que los presos se habían amotinado y arrojado contra los guardias, habiendo actuado estos en defensa propia. Sin embargo, la propia investigación que practicó el gobernador desmentía estos hechos al señalar el asalto que protagonizó el gentío reunido en las márgenes de la ría. Por otra parte, ahondando en este suceso, señalaba que:
Los informes por mi recibidos fue [sic] que el propio culpable de los hechos fue el Alcalde de Baracaldo, al que sorprendió el movimiento en Africa [sic] de donde pudo huir después de presenciar las matanzas que en Melilla llevan a efecto los sublevados [...] y bajo los efectos sicológicos que había producido en su ánimo lo vivido en Africa [sic] inexplicablemente excitó a la población haciendo públicos relatos de los asesinatos por él presenciados. [...] considerando que al igual que lo hacían los sublevados había que eliminar a todos ellos.4
El propio 25 de septiembre se produjo otra matanza de presos, aunque en esta ocasión no tuvo por escenario Bilbao ni su aérea industrial, sino el interior de Vizcaya, tantas veces considerado un oasis de paz. En Durango, los tradicionalistas locales habían sido detenidos a comienzos de ese mes y conducidos al depósito municipal que hacía las veces de prisión improvisada. Esa noche, de acuerdo con la Causa General, un grupo de milicianos del batallón Rusia procedente de la retirada de Guipúzcoa practicó una saca. Asesinaron contra las tapias del cementerio a 22 personas, 21 tradicionalistas de la localidad y un donostiarra de la CEDA que había sido detenido por encontrarse indocumentado.5
Los episodios de violencia se repitieron el 2 de octubre. Ese día por la tarde arribaron a la desembocadura del Abra varios barcos de la armada republicana. La coincidencia de este hecho con la noticia del hundimiento de otro buque republicano a manos nacionales en el estrecho de Gibraltar catalizó los acontecimientos. Los marineros del buque Jaime I decidieron cobrarse venganza por el hundimiento de uno de los suyos en las personas de los detenidos bilbaínos. Desde las diez de la noche hasta altas horas de la madrugada del día siguiente se llevaron a cabo 47 asesinatos contra los presos detenidos en ambos buques prisión (Echeandía, 1945: 121-132).
Pocos días después, el 7 de octubre, se constituyó en Guernica el primer Gobierno Vasco autónomo de la historia de España. La presidencia del Gobierno Vasco recayó en la persona de José Antonio Aguirre, que entregó la Consejería de Gobernación, bajo cuyas atribuciones recaía el Orden Público, a su amigo y correligionario Telesforo Monzón, que, como ya hemos visto, había ocupado un puesto similar en la Junta de Defensa de San Sebastián (Granja: 384-387). Su paso por la Consejería no resultó más afortunado que por la Comisaría donostiarra. El recién constituido Gobierno Vasco emprendió una política de humanización de la guerra que conllevó cambios en el régimen de vida de los cautivos. En primer lugar, como precaución para salvaguardar la vida de los detenidos, se les trasladó entre octubre y noviembre a prisiones terrestres, mejor comunicadas y consideradas más seguras. Junto a la prisión provincial de Larrínaga se habilitaron otros tres centros de internamiento, todos ellos en el distrito de Begoña y no muy alejados de la prisión provincial: un albergue para indigentes, la Casa Galera; el convento de la orden carmelita El Carmelo, y el convento de los Ángeles Custodios, que fue destinado a recibir entre sus muros a los ancianos y enfermos (Talón, 1988: 220-221). El trato recibido en estos lugares por los presos, así como sus condiciones generales de vida, mejoraron ostensiblemente con respecto a los barcos prisión.6
A las tres de la tarde del 4 de enero de 1937 una escuadrilla de 22 trimotores Junker alemanes bombardearon Bilbao y algunas infraestructuras industriales de la ría del Nervión. Uno de los aviones atacantes fue derribado por la aviación republicana y dos de sus ocupantes lograron saltar en paracaídas antes de estrellarse contra el suelo. Uno de ellos fue hecho prisionero mientras que el otro, caído en un popular distrito bilbaíno, fue linchado hasta la muerte. A continuación se organizó una suerte de manifestación en la que abundaban los sujetos armados y que, con el cadáver del aviador alemán abriendo el paso, se dirigió a la Sociedad Bilbaína, sede de la Consejería de Gobernación, exigiendo la muerte de los presos. Desde uno de los balcones de la Bilbaína el consejero Monzón se dirigió a la multitud congregada a sus pies solicitando que se disolviese la manifestación y se calmasen los ánimos. La turba, en vez de escuchar las palabras del consejero, se dirigió hacia las prisiones de Begoña. La multitud se fue congregando en las inmediaciones de la prisión de Larrínaga y sobre las cinco y media de la tarde comenzó el asalto. Los guardias de la prisión del Frente Popular se negaron a disparar sobre la turba y los encargados de custodiar los rastrillos de entrada franquearon el paso de los asaltantes. El asalto se prolongó a lo largo de casi tres horas y se cerró con un saldo de 55 muertos. Al mismo tiempo que se producía la carnicería de Larrínaga, un grupo reducido se dirigió al Carmelo con la intención de asaltarlo también. Nuevamente los guardias les abrieron las puertas y pudieron acceder al interior. Los presos, alertados ya de lo que estaba ocurriendo en Larrínaga, improvisaron una defensa con la que consiguieron repeler a los atacantes el tiempo suficiente como para que decidiesen partir en busca de objetivos más fáciles. En la refriega murieron siete presos.
Ante el cariz que estaba tomando la situación, Monzón solicitó a la Consejería de Defensa que enviase fuerzas armadas al lugar y pusiese fin a lo que estaba ocurriendo. Defensa recurrió a la unidad de combate operativa más cercana de la que disponía, el 7.º batallón de la UGT Asturias, que se encontraba en los cuarteles de la Universidad de Deusto descansando de su actuación en la batalla de Villarreal. También se solicitó a la Ertzaña que enviase refuerzos. Poco después de enviar al batallón hacia las cárceles, el propio Monzón, en compañía de los consejeros de Asistencia Social Juan Gracia (PSOE) y de Obras Públicas Juan Astigarrabía (PCE) a quienes había pedido ayuda, se dirigió también hacia el lugar. El batallón Asturias a su llegada a la zona de las cárceles desplegó a su segunda compañía alrededor de los Ángeles Custodios y se unió a la matanza de presos. El mando de esta compañía, el teniente Feliciano Martínez, penetró en el recinto con un gran número de milicianos y organizó los fusilamientos. Estos no se detuvieron hasta que se personaron allí los consejeros Monzón, Astigarrabía y Gracia, que sorprendieron a los milicianos en plena matanza. Antes había llegado la Ertzaña, pero «La reacción de éstas fuerzas, o bien por la inferioridad de armamento, y por el número de Policías, fue nula». Esta fue la acción más sangrienta de las que tuvieron lugar en las cárceles bilbaínas, 109 de unos 190 presos que allí estaban detenidos fueron asesinados.7 Mientras sus compañeros daban cuenta de los presos de los Ángeles Custodios, restos de la segunda compañía del batallón Asturias se dirigieron a la Casa Galera, donde nuevamente les fue facilitado el paso, aunque en esta ocasión otro guardia abrió una puerta trasera para que los presos pudiesen escapar. A pesar de esta ayuda fueron asesinados 53 reos de 75.
Las matanzas en las cárceles bilbaínas se llevaron en total 224 vidas, lo que constituye la mayor masacre de la historia reciente de Bilbao. La ineficacia de la actuación de la Consejería de Gobernación y de su responsable Telesforo Monzón fue manifiesta: pese a las advertencias del peligro que corrían las prisiones, se tardó más de cuatro horas en poner fin a la carnicería y las fuerzas enviadas a contener a la muchedumbre o se inhibieron, como la Ertzaña, o se sumaron a los asesinatos, como el batallón Asturias. De hecho, la negligente gestión no se limitó a los momentos del asalto, sino que se prolongó durante el resto de la noche: cuidando las prisiones tras los asaltos se dejó a las mismas fuerzas del Asturias que habían protagonizado los fusilamientos, y Monzón, tras sofocar la matanza, se retiró a la Bilbaína a dormir dando orden de no ser molestado, dejando las tareas de reorganización de las prisiones a sus subalternos y a otros miembros del Gobierno Vasco.8 Juan Ajuriaguerra, presidente del EBB, pidió la dimisión de Monzón al entender que la responsabilidad política del trágico incidente era suya como máxima autoridad de Gobernación. Aguirre, enfrentándose a su partido, se negó a este extremo, en parte por la amistad que le unía al consejero y en parte porque esa circunstancia hubiese sido aprovechada por sus socios del Frente Popular para reclamar para sí la cartera, debilitando el peso del nacionalismo en el Gobierno Vasco. En un caso inédito en la Guerra Civil, el Gobierno Vasco, o al menos parte de él, asumió su responsabilidad y trató de que los asaltantes no salieran indemnes de su actuación. El lehendakari Aguirre encargó a Julio Jáuregui, diputado a Cortes por el PNV, que instruyese una Causa especial en la que se juzgase a todos los autores de las matanzas. Un total de 61 personas fueron procesadas, se tomó declaración a numerosos testigos y se dictó un auto de procesamiento. Sin embargo, la vista oral del juicio nunca llegó a celebrarse por la entrada de las tropas franquistas en Bilbao el 19 de junio de 1937.
Además de los asaltos también encontramos la violencia ya institucionalizada por medio de los Tribunales Populares. En Vizcaya se retrasó su actuación hasta el mes de octubre, en que la aprobación del estatuto de autonomía y la constitución del Gobierno Vasco dieron carta de naturaleza al Tribunal Popular de Euzkadi, dependiente de la recién creada Consejería de Defensa. El Tribunal Popular de Euzkadi comenzó a instruir 87 causas, de las cuales en 74 llegó a dictar sentencia. Pese a tratarse del Tribunal Popular que mayor número de penas capitales impuso, 156, tan solo llegó a ejecutar 19 de estas. Tal hecho se debió a que la mayoría de las penas máximas fueron impuestas a acusados, según la terminología judicial del momento, en rebeldía, y a que el Gobierno Vasco dictó diez indultos siguiendo con su política de moderación en el ejercicio de la represión (Granja, 2007: 416-442; Barruso, 2007: 653-681).
En cuanto a Álava, en la parte de la provincia que quedó en manos republicanas, 77 personas resultaron ajusticiadas, si bien una parte importante de estas, 29, encontraron la muerte en Bilbao tras ser trasladadas a las prisiones de la capital vizcaína, y otra parte significativa, 21, lo hicieron en episodios de incursiones bélicas por su proximidad al frente. Este fue el caso de la localidad de Elosu, sita en tierra nadie por encontrarse en la línea del frente. El 21 de octubre de 1936, una incursión de milicianos del batallón Perezagua liderados por Marcelino Urquiola, vecino elosutarra, penetró en la localidad, enseñoreándose del pueblo durante varias horas, saqueando diferentes domicilios y asesinando a 17 vecinos. Un caso similar aunque de menores dimensiones trágicas ocurrió en el municipio de Cigoitia, que pese a encontrarse más alejado del frente y estar en territorio administrado por los sublevados estaba expuesto a incursiones republicanas, lo que originó que cuatro vecinos fuesen asesinados en una de estas acciones y que el alcalde y un concejal fuesen hechos prisioneros, llevados a Bilbao, juzgados por el delito de espionaje y finalmente ejecutados (Gómez Calvo, 2014: 125-136).
1. LA REPRESIÓN CONTRA FALANGE ESPAÑOLA
Tras el fracaso de la sublevación tanto en Guipúzcoa como en Vizcaya la mayor parte de los falangistas de ambas provincias fueron detenidos. Algunos lo fueron de inmediato a causa de su condición de militares conjurados o por los hechos acontecidos en los cuarteles, como Luis Ausín y Juan José Martínez Picó en el de Basurto, o Alfonso Vignau, Amós Iribas y Miguel Leoz en el de Loyola. Otros intentaron esconderse en domicilios de conocidos a la espera de la llegada de las tropas nacionales o de una ocasión para escapar a la zona controlada por los rebeldes. Fuese en las circunstancias que fuese, entre los meses de julio y agosto la gran mayoría de los afiliados a Falange fueron detenidos. De ellos, 39 falangistas fueron asesinados en Guipúzcoa mientras que en Vizcaya la cifra aumentó hasta los 43. Aunque el volumen de decesos es similar en ambos casos, hay que tener en cuenta que en Vizcaya el número de afiliados era algo superior y que el periodo de control republicano sobre Guipúzcoa fue mucho menor (dos meses frente a once), por lo que resulta evidente que la represión desatada en esta última provincia fue más feroz. La explicación hay que buscarla en dos factores, uno de mayor entidad y otro de menor. La causa principal es el desmoronamiento del aparato estatal republicano, que favoreció la actuación de elementos independientes de las autoridades y la aplicación de una justicia de guerra revolucionaria de una dureza en las penas más que notable. El otro factor, de un impacto menor pero que sin duda instigó las iras contra Falange, es la participación en una medida superior a la de sus correligionarios vizcaínos en la degradación del orden público en la última etapa republicana. Recordemos si no la muerte de Manuel Carrión y la represalia contra Manuel Andrés, los intentos de acabar con las vidas de José María Oyarbide en Eibar y de Félix Salamero en San Sebastián o el tiroteo tras los funerales por Calvo Sotelo en la iglesia del Buen Pastor donostiarra que acabó con la muerte de Manuel Banús.
De los 39 falangistas guipuzcoanos muertos tan solo dos tuvieron un proceso judicial previo. Los 37 restantes fueron asesinados, igual que la mayor parte de los represaliados guipuzcoanos, en sacas y paseos. De hecho, el reparto cronológico de los asesinatos de falangistas coincidió con los tempos represivos de la provincia. El grueso de estos, 19, lo fue en el mes de julio. Así ocurrió con Anastasio García o Juan Piñeiro, detenidos por milicianos de la CNT y asesinados en las horas inmediatas para luego ser abandonados sus cuerpos en el cementerio de Polloe. Circunstancias parecidas rondaron la muerte de los tres hermanos Iturrino, de Manuel Aurelio Feliú o de Luis Prado, que fue paseado la víspera de la saca de Ondarreta sin que su cadáver fuese encontrado. Tras el escándalo que originó la saca de la cárcel de Ondarreta en la noche del 30 de julio y la airada reacción del PNV los asesinatos en forma de sacas y paseos descendieron notablemente; aún así, otros seis falangistas fueron asesinados durante el mes de agosto. Este fue el caso de Félix Salamero, detenido por un grupo de milicianos el 12 de agosto y paseado esa misma noche. O el de José Francisco Tapia, fundador y primer jefe provincial del SEU, detenido en la primera quincena del mes y fusilado el día 13. En el mes de septiembre, al paso de la retirada de los republicanos, los episodios de violencia contra los presos volvieron a producirse, ocasionando otras ocho bajas mortales en Falange. El caso más destacado fue el de José Manuel Aizpurúa, que fue asesinado el 5 de septiembre mientras se encontraba encarcelado en Ondarreta.
En Vizcaya se repitió el mismo fenómeno de falangistas asesinados sin ningún tipo de proceso previo. Tan solo cinco fueron ejecutados tras ser juzgados, frente a los 34 que perecieron en los asaltos a las cárceles y buques prisión y a los tres que encontraron la muerte en paseos nocturnos. De nuevo, el grueso de falangistas que perdió la vida fue víctima del procedimiento que concentró el mayor número de víctimas en la provincia, en este caso los asaltos a las cárceles. De ellos, doce fallecieron en el primer asalto a las prisiones flotantes del 25 de septiembre, ocho en el Altuna Mendi y cuatro en el Cabo Quilates. En la mayor de las matanzas registradas en Vizcaya, la del 4 de enero de 1937, perdieron la vida 19 falangistas: once en la prisión de Larrínaga, cinco en la Casa Galera, dos en los Ángeles Custodios y uno en el Carmelo. En Larrínaga fueron asesinados algunos destacados camisas viejas, como José Antonio Canda Landaburu, joven abogado bilbaíno y orador habitual en las escasas charlas y mítines que Falange patrocinó. O los también camisas viejas Fernando Llaseras y Luis Goicoechea. Todos ellos pasaron a integrarse en la memoria del 4 de enero impulsada por las instituciones locales y aún trece años después, en el marco de la urbanización del barrio de San Ignacio, el Ayuntamiento de Bilbao nominó tres calles con sus nombres. A las víctimas vizcaínas hay que sumar los dos únicos falangistas alaveses víctimas de la represión republicana, Pedro Molinuevo y José Ramón Isasi, que fueron detenidos en Llodio y trasladados a Bilbao, donde fueron encarcelados en la prisión de Larrínaga hasta el momento del asalto a la cárcel. Los paseos, escasos en Vizcaya, resultaron ser el punto final de tres falangistas, dos de ellos, Félix Uriarte y Juan Bautista del Pozo, en los primeros meses de la contienda y el último, Avelino Álvarez, en los estertores de la presencia republicana en la provincia.9 Los falangistas ajusticiados tras serles instruida causa previa se limitaron a cinco. De cuatro de ellos ya hemos dado cuenta, mientras que el último, Vicente García, no fue procesado por el Tribunal Popular sino por el Tribunal Militar de Euzkadi. Acusado de deserción, fue condenado a muerte en consejo de guerra y ejecutada su sentencia el 1 de mayo de 1937 (Salgado Pérez, 2007: 127).
Los 82 falangistas asesinados en Vizcaya y Guipúzcoa constituían entre una cuarta y una quinta parte de la militancia total de Falange en ambas provincias. Con este ratio de muertes Falange fue uno de los partidos más castigados, si no el que más, por la represión republicana en el País Vasco. Tan solo representaban en torno al 10 % de todos los represaliados pero si comparamos, proporcionalmente, con la opción política numéricamente más afectada, el tradicionalismo, podemos comprobar mejor lo devastadora que fue la represión para Falange. En Guipúzcoa fueron muertos 90 tradicionalistas, y en Vizcaya 199, lo que, teniendo en cuenta que su militancia era de varios miles de personas en cada una de las provincias, arroja que tan solo un porcentaje limitado de su militancia resultó salpicado por la represión física, muy lejos de esa cuarta parte de los falangistas. Además, la represión en Guipúzcoa contra Falange presentó un agravante que tuvo serias repercusiones en el devenir futuro de la organización: la práctica totalidad de los que ocuparon jerarquías del partido durante la República fueron asesinados. Todos los que habían sido jefes provinciales, Aizpurúa, Prado e Iturrino, perecieron a manos de sus captores. Lo mismo ocurrió con los jefes de algunos de los servicios como Francisco Tapia del SEU, o con algunos de los escasos jefes locales de fuera de la capital, como el de Irún, José Luis Zarandona. En Vizcaya, por su parte, ninguno de los jefes provinciales de la etapa republicana, Sanz Paracuellos, Cobos y Valdés Larrañaga, pereció durante el dominio republicano, habiendo pasado todos ellos por diferentes cárceles y sobreviviendo a los sucesivos asaltos y matanzas de presos. Existe un factor para explicar la supervivencia de las jerarquías vizcaínas: la manera en que fueron asesinados los presos en cada provincia. En Vizcaya el grueso de los asesinatos se produjo por asaltos a las prisiones, lo que añadía un elemento de aleatoriedad a la selección de víctimas. En Guipúzcoa, la mayor parte de los asesinados lo fue por el procedimiento de las sacas y paseos, en el que la discriminación estaba más controlada.
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