Kitabı oku: «Cántame al oído»

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Cántame al oído
Inma Rubiales


Contenido

Página de créditos

Sinopsis

Parte uno

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Parte dos

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Parte tres

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Parte cuatro

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Epílogo

Agradecimientos

Sobre la autora

Página de créditos
Cántame al oído

V.1: febrero de 2021

© Inma Rubiales, 2021

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Publicado por Wonderbooks

C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª

08009, Barcelona

www.wonderbooks.es

ISBN: 978-84-18509-14-8

THEMA: YFM

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Cántame al oído
Escribiría todas mis canciones sobre ti

Holland es una de las chicas más populares e inteligentes del instituto y su vida parece perfecta. Alex es un chico tímido y solitario que ama la música, pero renunció a su pasión hace tiempo tras sufrir una trágica pérdida. Cuando ambos coinciden por casualidad en el cuarto del conserje, no saben que sus vidas están a punto de cambiar.

Acompañado de un variopinto y divertido grupo de amigos, Alex forma una banda de pop rock en la que cada miembro brilla con luz propia y con la que, junto a Holland, aprenderá que la música y la confianza en uno mismo pueden sanar incluso los corazones más rotos.

De la autora de Un amigo gratis y Mi conquista tiene una lista

«Inma se supera con cada historia que escribe. Tiene un don y crea personajes especiales que te marcan y a los que es imposible no adorar desde el primer minuto.»

Books and cauldrons

«Lectura ágil, entretenida y bien escrita. Inma Rubiales es una joven escritora que, con tan solo dieciocho años, tiene una gran proyección en las letras.»

Laura Rodríguez, FanFan

«Decir que la pluma de Inma Rubiales me ha dejado maravillada se queda corto.»

Diario de una pelorricen

«Inma Rubiales me ha conquistado. Con una pluma sencilla, fresca, amena y dinámica, ha conseguido una bonita obra digna de tener en cuenta.»

Leo la lluvia caer

#wonderlove

A quienes hayan renunciado a un sueño que creían imposible,

id a por él. Este libro también lo era antes.

A mi hermana, Laura,

que me contagió su amor por la música.

Siempre serás mi compañera de aventuras.

Y a ti, lector,

gracias por acoger a mis chicos con los brazos abiertos.

Parte uno

Creo que estoy empezando a perderme

y todavía me quedan mil y una veces por delante.

No sabía que estaba perdido hasta que me encontraste.

¿Vendrás a por mí cuando no vea el camino de vuelta a casa?

«Mil y una veces» – 3 A. M.

1. Mi rata es una superviviente
Alex

El murmullo de una canción que todavía no existe resuena en mi interior. Tamborileo con el lápiz sobre el cuaderno y sigo el ritmo con la cabeza. He llenado dos pentagramas torcidos de notas mal dibujadas y pienso en cómo me sentiría al tocarlas con el piano. Me muerdo el interior de la mejilla y sacudo la cabeza.

Cierro el cuaderno con tanta fuerza que resuena en toda la habitación. Suspiro mientras me apoyo contra la pared. Cierro los ojos e intento olvidarme de la melodía. Necesito sacármela de la cabeza. Me he obsesionado con algo que no me llevará a ningún sitio; algo que no podré tener. Al menos, ya no.

No obstante, el silencio me complica las cosas. Echo un vistazo al armario y al montón de cajas que hay al fondo. Hace frío en este lugar. Estoy sentado en el suelo y se me está congelando el trasero. Me gustaría tener otro sitio, pero no hay sillas ni mesas; Barney, el conserje, solo utiliza esta habitación para guardar sus útiles de limpieza.

Me gusta estar aquí. De hecho, paso bastante tiempo refugiado entre estas paredes. En mi defensa diré que lo que hay ahí fuera me da muchísimo miedo. El instituto está lleno de abusones que eligen a sus víctimas a principio de curso. Puede que los deportistas sean idiotas, pero se pasan la vida entrenando, tienen unos brazos el triple de anchos que los míos y, sinceramente, prefiero no correr el riesgo.

Este es mi último año de instituto y me he propuesto tener un curso tranquilo. Nada de problemas, nada de distracciones, nada de perder el tiempo.

Nada de música.

Si quiero empezar el curso con buen pie no debería faltar a clase. Creo que me he perdido la clase de matemáticas. Suspiro y busco mi mochila para guardar el cuaderno. Sin embargo, en cuanto la cojo del asa algo empieza a moverse dentro. La suelto sin pensármelo dos veces y cae al suelo con un chillido estrangulado.

Pero, ¿qué…?

Parece que a mi mochila la ha poseído el diablo. Me ayudo del lápiz para abrirla un poco y distingo dos ojos saltones que resaltan en la oscuridad del cuarto del conserje. El animalillo, que parece una bola de pelo, se reacomoda, molesto. Se me ralentiza el corazón.

Gracias al cielo, lo que hay en mi mochila no es un demonio.

Sino una rata.

—Petunia, algún día me matarás del susto.

La miro mientras olisquea mis cuadernos como si nada. Pongo los ojos en blanco y enrollo la mochila, sin cerrarla, para que no se escape. No tengo ni idea de cómo ha llegado ahí, pero seguro que ha sido cosa de Blake.

Voy a matarla.

Honestamente, siempre he odiado a este bicho. Todavía recuerdo cómo chillé en el momento en que lo vi por primera vez. Cuando Blake me dijo que quería una mascota, pensé que adoptaría un perro. O un gato, si nos ponemos exquisitos. Pero al final se decantó por algo mucho menos convencional y me presentó a Petunia.

Desde entonces, ella y su asquerosa cola de rata forman parte de nuestras vidas.

Me encantaría dejarla aquí a su suerte, pero mi hermana me mataría si le pasara algo. Solo por eso, decido ser buena persona. Vale, y también porque no me gustaría que la encontrara el profesor de biología y la diseccionaran en el laboratorio.

Eso sería un poco sádico.

Así que le envío un mensaje a Blake y me echo la mochila al hombro. No cierro la cremallera del todo para que Petunia no se asfixie, básicamente porque no quiero que mis cuadernos apesten a muerto. En cuanto mi hermana responde que está en el aula de literatura me pongo de pie. Me niego a cuidar de este bicho durante todo el día.

Mientras me sacudo el polvo de los vaqueros, me preparo mentalmente para enfrentarme a lo que me espera ahí fuera. No puedo quedarme aquí dentro para siempre, ¿verdad? Tengo que ser valiente, hacer frente a mis miedos y todas esas chorradas. La alternativa es que me castiguen y no necesito pasar más horas en este infierno.

De forma que me aferro a la poca valentía que me queda y cruzo la habitación. Estoy preparado para empezar oficialmente mi último año de instituto.

Pero todo se tuerce antes de que toque el pomo de la puerta. Porque se está girando.

Alguien quiere entrar.

Mierda, mierda, mierda.

Entro en pánico y retrocedo hasta que me tropiezo con la estantería, que se tambalea peligrosamente. Intento que no caiga, mientras Petunia se mueve nerviosa en mi mochila. El corazón me late a toda prisa y no puedo dejar de mirar la puerta. Quién quiera que esté al otro lado, seguro que no le gustará encontrarme aquí.

Reviso la habitación a toda prisa. En cuanto localizo un armario que me supera en estatura, no me lo pienso dos veces. Lo separo un poco de la pared y me escondo detrás. Dejo la mochila fuera, en el suelo, para no aplastar a Petunia. Bajo mis pies, las baldosas están pegajosas y huele a podrido.

Carraspeo. Me lloran los ojos. Joder, qué asco. Pienso seriamente en cambiar de escondite, pero ya es demasiado tarde. La puerta se abre.

«Por favor, que no sean el señor Barney y su fregona…».

«Por favor, que no sean el señor Barney y su fregona…».

«Por favor, y por el bien de mi cara bonita, que no sean el señor Barney y su fregona…».

—Para, me haces cosquillas. —Se oyen risas—. Gale, espera. Déjame… déjame cerrar la puerta.

Frunzo el ceño. Definitivamente, eso no ha sonado como el señor Barney.

Hay una ventana minúscula que da a la calle. Gracias a la luz que entra por ella puedo ver qué ocurre cuando me asomo. Solo me hace falta sacar la cabeza para que el olor a podrido sea sustituido por un agradable aroma femenino.

Distingo dos siluetas. Una pertenece a una chica alta con el pelo largo. Tiene los brazos en torno al cuello del chico, que parece un gorila con la luz apagada. La sujeta por la cintura y se besan con ganas, como si el mundo estuviera a punto de acabarse y no soportaran tener que despedirse.

Me da un vuelco el corazón. Tiene que ser una broma. ¡Están dándose el lote en el cuarto del conserje! ¡Conmigo dentro!

Me entran náuseas. De pronto, algo choca contra el armario y casi se me cae encima. Me agacho y me trago un grito. No tardo en descubrir que ha sido culpa de la pareja y su pasión desenfrenada, y empiezo a temer que, en lugar de traumatizado, pueda salir muerto de este sitio.

Por el amor de Dios, parecen babosas. Tengo que salir de aquí.

No quiero arriesgarme a recibir otro golpe, así que decido cambiar de escondite. Me muevo entre las sombras, como un ninja, y me agacho tras el montón de cajas que hay junto al armario. Vale, quizá no haya sido lo más sensato, pero aquí tampoco pueden verme y al menos ya no huele a podrido.

Mientras ellos se succionan como aspiradoras, me agazapo contra las cajas e intento pasar desapercibido. «Piensa como un mueble y serás un mueble», considero. No creo que tenga sentido, pero la situación es surrealista y estoy desesperado.

Mi única opción es esconderme aquí hasta que se marchen. No puedo salir ahí sin más y pedirles que se vayan. Conozco a este chico. Gale Fullman. Es el capitán del equipo del instituto. Un chico popular. Y grande. Tiene unos músculos enormes y no me apetece correr el riesgo. Me gustaría mantener la cara intacta hasta la universidad, gracias. Seguro que intentaría meterme la cabeza dentro del váter o algo así.

¿He mencionado ya que me gustaría empezar el curso fuera del retrete?

Hasta que, de pronto, ocurre un milagro. Los astros se alinean y, después de la tormenta, veo un rayo de sol justo cuando la campana que da comienzo a la segunda hora de clase resuena por todo el instituto.

Mi pecho se llena de alivio. Cierro los ojos y doy gracias al cielo, a Dios, a las monjas, a todos los santos, a mi canario Pop, que murió, y a mi gato llamado Gato, que desapareció hace años, por ponerle fin a esta tortura.

—Deberíamos irnos —dice la chica. Toma aire, como si le faltara el oxígeno—. Voy a llegar tarde a clase.

¡Al fin se marchan! Estoy eufórico. No obstante, prefiero celebrar mi pequeña victoria a solas, cuando ya no corra el riesgo de que me descubran.

—Podríamos quedarnos un rato más —insiste él, y en mi cabeza se repite la misma palabra cientos de veces: «No, no, no, no…».

—Gale… —Ella suspira, derrotada.

—Vamos, no seas aburrida.

—Tengo clase de literatura.

—Solo será un rato. Llegarás a tiempo.

—Sabes que no puedo arriesgarme. Mis padres se enterarían. —Quizá debería sonar triste, pero su voz es firme. No piensa ceder.

Su novio debe saberlo, porque resopla.

—Siempre me cortas el rollo —se queja. Mis cejas se arquean solas, y Gale baja la voz y añade—: Aunque sabes que me encanta cuando te pones mandona, muñeca.

No sé qué me da más asco: la forma que tiene de referirse a ella o el gruñido que suelta después, como si fuera un perro rabioso.

Una palabra: tienepintadeidiota.

Ella no debe de opinar lo mismo, porque suelta una risa coqueta. Apuesto a que se toquetea el pelo como en las películas.

—No seas tonto —bromea, con dulzura—. Sal tu primero, ¿quieres?

Trascurren unos segundos hasta que, finalmente, Gale accede. Besa a la chica una vez más antes de encaminarse hacia la puerta. Cuando la abre, un haz de luz ilumina el cuarto. Mira a su novia.

—Espera un rato antes de salir. Hay profesores por aquí.

Ella asiente.

—Lo sé. Te quiero. Nos vemos después.

Él no responde. Se limita a salir y cerrar la puerta a sus espaldas. La habitación se queda a oscuras y, de pronto, solo se oye su respiración agitada. Intento retener la mía porque sé que, si exhalo o inhalo aire, me oirá.

—Vaya, Holland. —El corazón me da un vuelco cuando oigo su voz, pero no se dirige a mí—. Parece que esta vez sí que hemos estado a la altura.

Quizá no debería, pero tengo demasiada curiosidad. Con cuidado para que no me descubra, me asomo para verla. De primeras no veo más allá de su silueta, pero entonces se mueve hacia la derecha y la luz le da de lleno en el rostro.

Es la chica más guapa que he visto nunca.

Medirá aproximadamente uno setenta y tiene el cuerpo lleno de curvas. Una larga melena anaranjada le cae en hondas sobre los hombros. Tiene los brazos pálidos y delgados, y su pulcra vestimenta me recuerda a una serie de televisión. Parece haber pasado horas decidiendo qué ponerse. No entiendo mucho sobre moda, pero tengo ojos y no paso por alto lo bien que le sientan esos pantalones.

Pestañeo y trago saliva sin darme cuenta. Joder.

Sacudo la cabeza e intento mirar hacia otro lado. Holland tiene la nariz pequeña y los pómulos llenos de pecas. Desde aquí no le veo los ojos, así que me centro en sus labios, que son grandes y están enrojecidos, y me llaman la atención más de lo que me gustaría.

Empiezo a pensar que su novio tiene suerte. Suerte de verdad.

Supongo que eso nos hace diferentes. Mi vida es un desastre.

Podría mirarla durante todo el día. Sin embargo, las cosas se tuercen demasiado rápido. De pronto, suena un chirrido. Por instinto, subo la mirada hasta la lámpara que cuelga del techo. Justo encima de la cabeza de Holland.

Frunzo el ceño. ¿Cómo diablos ha llegado Petunia…?

Pero no hay tiempo para preguntas. Lo siguiente que escucho son los gritos de la chica.

Porque mi rata ha caído sobre su cabeza.

Solo pienso una cosa: mierda. Mil veces mierda. Holland da vueltas por la habitación, sin dejar de chillar, mientras intenta quitarse a Petunia de encima. Pero a mi rata siempre se le ha dado bien escalar, y aguanta ahí arriba hasta que la chica, histérica, la agarra y la lanza a la otra punta del cuarto.

El roedor pasa volando frente a mis ojos e impacta contra la pared con un chillido ahogado. El corazón se me desboca. Oh, Dios mío. ¡Petunia!

Tras esto, ya no pienso en las consecuencias de mis actos. Corro hasta mi rata y, cuando me agacho, siento un alivio tremendo al comprobar que todavía respira. Menos mal. No obstante, en cuanto la toco con un dedo, Petunia reacciona, se cuela entre mis pies y se esconde bajo la estantería.

Suelto una maldición. Pienso en ir tras ella, porque a este paso seguro que consigo que la diseccionen, pero algo me detiene. Al otro lado de la habitación, alguien acaba de advertir mi presencia.

Oigo su voz, sofocada y temblorosa. Holland.

—¿Qué haces aquí?

Doy un respingo y me levanto deprisa. El corazón se me va a salir del pecho. Contengo la respiración. Me he quedado en blanco. Aunque intento contestar, no me salen las palabras. Así que cierro la boca y trago saliva.

Holland retrocede, como si me tuviera miedo.

—¿Hola? —insiste, al ver que no respondo—. Como no me digas ahora mismo quién eres y qué diablos haces aquí, voy a gritar.

Eso me pone alerta. Sacudo la cabeza y salgo de mi escondite con las manos en alto. Avanzo con cautela, pero Holland se sobresalta al verme. Parece estar a punto de echarse a llorar. Entre esto y lo de la rata, seguro que la pobre tiene pesadillas esta noche.

—No grites —le pido en voz baja para que nadie nos oiga. No puedo arriesgarme a que nos encuentren y nos castiguen—. Puedo explicarlo. Me llamo Alex.

Vale, creo que no debería haberle dicho mi nombre. De todas formas, da igual, porque no me escucha.

—¿Qué hacías detrás del armario? —balbucea, alterada, y me mira de arriba abajo—. ¿Estabas… estabas espiándonos?

No sé qué contestar a eso. Guardo silencio y Holland empieza a hiperventilar, como si creyera que soy un monstruo recién salido del inframundo. Creo que está entrando en pánico. Está pálida y apostaría mi colección de música a que está a punto de ponerse a chillar.

No puedo permitir que pierda los estribos. Antes ha gritado tan alto que me sorprende que no nos hayan descubierto. Si algún profesor nos encontrase aquí, nos meteríamos en un buen lío. Nos castigarían o expulsarían, y eso no encaja con mi definición de tener un año tranquilo. Tengo que cumplir la promesa que le hice a papá. Nada de problemas.

Así que decido tomar las riendas de la situación.

Me armo de valentía, tomo aire y doy un paso hacia ella. Quiero acercarme para que compruebe por sí misma que no soy una amenaza. Blake siempre dice que parezco majo y eso es bueno, creo. Pero no funciona con Holland. Aterrada, se apretuja contra la puerta y recorre mi cuerpo con la mirada.

Jadea. Parece no tener intención de tranquilizarse.

—¿Has hecho fotos? —me suelta.

Pestañeo.

—¿Qué?

—Si es así, quiero que las borres. Ahora. Hazlo o me pondré a chillar.

Arqueo las cejas. A esta chica le falta un tornillo.

—Lo que vas a hacer es calmarte —le digo—. Si sigues hablando tan alto, conseguirás que nos pillen.

—Tienes tres segundos para borrar las fotos. Hazlo. Ahora —insiste, e ignora mi advertencia. Abro la boca para explicarle que no tengo nada que borrar, pero sigue hablando—: ¡Nos has espiado desde que hemos llegado! No puedo creérmelo. Eres un… ¡Eres un pervertido!

—Que soy, ¿qué? —Frunzo aún más el ceño.

Ella asiente con fuerza.

—Lo que has hecho es asqueroso. No me extraña que estés tan desesperado. Eres un salido, un depravado y…

—¿Podrías insultarme un poco más bajo, por favor? Nos van a oír.

—… un cerdo. De los grandes.

—Vaya, gracias. ¿Has terminado?

Holland aprieta los puños. Creo que estoy haciendo que se enfade.

—Voy a contarle a todo el mundo lo que has hecho.

Parpadeo, incrédulo. Mi cara es todo un poema. He dejado que se desahogue para que se tranquilice, pero empiezo a perder la paciencia.

—¡Yo no he hecho nada! —exclamo, en un susurro—. Si alguien tiene la culpa de todo esto, sois tú… —La señalo—… y tu noviecito. ¡Podríais haber llamado antes de entrar! Porque te aseguro que no he disfrutado viéndoos compartir saliva como dos babosas. No me interesa haceros fotos. Y tampoco tengo la culpa de que no sepas respetar el horario de las clases. ¡Ni el espacio personal!

La distancia entre nosotros ha quedado reducida a poco menos de un metro. Desde aquí, distingo el enfado en sus ojos oscuros. Seguro que se muere de ganas de darme un puñetazo.

—¿Perdona? —demanda, enrabietada, y sé que espera que me disculpe.

Cómo se nota que no me conoce.

—Perdonada, muñeca.

—No me llames muñeca —escupe—. Degenerado.

—No me llames degenerado —respondo—. Bruja.

Holland cierra los ojos, como si necesitara armarse de paciencia. «Muñeca», repito para mis adentros, e intento deshacerme del sabor amargo que se me ha quedado después de decirlo. No me gusta nada ese apodo. Y no creo que Holland parezca una muñeca.

La miro una vez más y tomo una decisión. Intentar razonar con ella es una pérdida de tiempo.

—Me voy —le informo.

Clava sus potentes ojos en mí, como si quisiera decirme algo. La ignoro y recojo la mochila para marcharme. Después vendré a buscar a Petunia. Ahora quiero alejarme de esta chica lo antes posible.

Pero ella tiene otros planes. Se coloca frente a la puerta, me bloquea la salida y, cuando me detengo frente a ella, niega.

—No puedes irte.

Arqueo las cejas. En definitiva, esta mujer está loca.

—Puedo hacer lo que quiera. Muévete.

—No hasta que me enseñes tu móvil.

Sé perfectamente a qué se refiere, pero decido sacarla de quicio.

—¿Pretendes que te dé mi número de teléfono? Porque no eres mi tipo.

—Los tíos como tú me dais asco. Solo quiero ver tu galería —contraataca, y arrugo el gesto porque eso me ha dolido. Para colmo, me espeta—: Gilipollas.

Aunque, sinceramente, tampoco le falta razón.

Pero eso no significa que vaya a darle lo que quiere. Parpadeo e intento rodearla, pero no se digna a dejarme pasar. Suspiro con impaciencia.

—No tienes nada que ver en mi galería. Lárgate —le ordeno con desdén. Estoy a punto de pedírselo de nuevo y de una forma muy borde, cuando oigo voces en el pasillo.

Después, todo pasa muy rápido. Alguien abre la puerta y Holland sale despedida y aterriza en mis brazos. Durante un instante, me planteo dejarla caer, porque está loca, me cae mal y, para colmo, ha estado a punto de matar a Petunia, pero finalmente decido comportarme como un caballero —dentro de lo que cabe— y atraparla.

La sujeto por la cintura e intento que no perdamos el equilibrio. Mientras tanto, ella no deja de chillar. No sé qué motivará sus gritos; si habrá sido el susto o si, en realidad, lo hace porque odia tenerme tan cerca, pero juro por lo que más quiero que, como sea lo segundo, voy a dejar que se coma el suelo.

Aunque no me gusta admitirlo, tengo el corazón desbocado. La distancia entre nosotros es mínima y siento que le robo el oxígeno. Holland tiene las manos sobre mis hombros mientras mis dedos se aferran a la parte baja de su espalda. Los segundos pasan y ninguno dice nada. Nos miramos el uno al otro, sobresaltados.

Hasta que alguien se aclara la garganta junto a nosotros.

—Vaya. Señorita Owen, señor Lane, ¿interrumpo algo?

Casi me da un infarto. Miro a la persona que acaba de hablar, con la esperanza de que se trate del señor Barney, pero no es así.

Al otro lado del umbral, el director del instituto nos mira con las cejas alzadas.

Holland Owen reacciona primero. Lleva sus manos a las mías para zafarse de mi agarre y, como no la suelto, porque me he quedado inmóvil, me pelliza el brazo para traerme de vuelta a la realidad. Doy un respingo, parpadeo y la miro. Entonces me doy cuenta de la gravedad de la situación.

Todavía la rodeo con los brazos y la distancia entre nosotros es minúscula. A eso se debe la mueca en el rostro del director. Lo ha malinterpretado todo. Debe de pensar que esta chica y yo estábamos… Ay, madre santa.

En cuanto se escabulle, Holland se aleja de mí y me lanza una mirada que me confirma lo que ya sé: nos hemos metido en un buen lío.

—No me hagáis perder el tiempo —dice el director, en cuanto la ve abrir la boca—. Si tanto interés tenéis en pasar tiempo juntos, os alegrará saber que estáis castigados.

El mundo se me cae encima. Habíamos quedado en que nada de problemas. No puede hacerme esto.

Sin pensar, doy un paso adelante.

—Puedo explicarlo. Por favor. No es…

Me acalla con un gesto.

—Habérselo pensado antes, Lane. —La mira a ella, que no se ha atrevido a decir nada—. No esperaba esto de ti, Holland. Tu padre querrá hablar contigo cuando se entere. Una alumna tan correcta no puede cometer tales infracciones.

Holland no rechista. Solo asiente, avergonzada, mientras murmura una disculpa. No puedo evitar preguntarme cómo puede haberla llamado «alumna correcta» cuando no es más que una chiflada que, para colmo, ha conseguido que me castiguen.

El director da un paso atrás y continúa hablando.

—La señora Toole os esperará esta tarde en el aula de música. Vamos a hacer reformas y hay que llevar todos los instrumentos al sótano. Seguro que le vendrá bien tener ayuda.

Dicho esto, se marcha. El pasillo se queda en silencio. Cuando me doy la vuelta, Owen también se ha ido.

2. Conociendo a Holland Owen
Holland

«Si pudieras desaparecer para renacer siendo otra persona, ¿a quién elegirías?».

No voy mucho a la biblioteca del instituto. Es un espacio vetado para cualquiera que busque tener una buena reputación. Sin embargo, que papá trabaje aquí tiene sus ventajas. Es el jefe de estudios; a veces se queda hasta tarde y por las noches la biblioteca siempre está vacía. Susan, nuestra bibliotecaria, siempre cierra la puerta cuando acaba su turno.

Por suerte, sé donde guarda las llaves.

Desaparecer. Ser otra persona. Alguien diferente. Con otro nombre y apellido. ¿Quién me diría que encontraría mi primera pregunta sin respuesta en uno de los viejos libros de la biblioteca? Ojalá hubiera prestado más atención porque no recuerdo ni el título ni el nombre del autor y creo que, si me hiciera con el libro, por fin averiguaría cómo contestar.

—¿Sabes que Mason acaba de dejarlo con Rebecca?

La voz de Stacey me saca de mis pensamientos. Pestañeo y me miro en el espejo del baño. Desde allí, Holland Owen me devuelve la mirada. La gente dice que es una chica guapa, pero yo no estoy del todo de acuerdo. Es demasiado pálida para mi gusto y tiene el pelo rojizo lleno de ondas desordenadas. Aunque sé que es inteligente y que saca las notas más altas de su clase. También he oído que es una creída, que mira a todo el mundo por encima del hombro y que Gale, su novio, y sus amigas son los únicos que la soportan.

No sé quién sería en una realidad paralela, pero sí que sé quién soy ahora.

Al menos, eso creo.

—¿Mason Brodie? —inquiero. Mi voz suena fría y distante, y hace eco en el baño—. ¿Por qué no me sorprende? Ahora que es subcapitán del equipo cree que tiene el mundo entero a sus pies. Me alegro de que Rebecca se haya dado cuenta de que se merece a alguien mejor.

En realidad, no conozco a Mason Brodie. Podría ser el chico más humilde del mundo, pero, de igual forma, lo criticaría y diría que es un engreído y que se ha buscado que su novia lo mande a paseo. Durante un instante, pienso en retractarme y decirle a Stacey que no deberíamos opinar sin saber, pero al final decido guardar silencio.

—¿Sabes que está intentando que lo nombren capitán?

Asiento. Gale me ha hablado de eso desde que terminó el verano. Al parecer, Mason entró con fuerza el año pasado y se convirtió en subcapitán cuando solo llevábamos unos meses de clase. A este paso, es evidente que está cada vez más cerca de liderar el equipo.

Y eso a mi novio, como es comprensible, no le hace ninguna gracia.

—No lo conseguirá. Gale es el mejor jugador que tenemos.

—Yo no estaría tan segura. ¿Sabías que Mason es sobrino del entrenador?

—Por eso está en el equipo, ¿no?

Ha sido un comentario cruel hasta para mí. Todos los jugadores se han ganado su plaza a pulso. Invierten más horas jugando al fútbol en una semana de las que yo invertiré en toda mi vida. Además, hacen muchos sacrificios. Gale pasa más horas en los entrenamientos que conmigo o con sus amigos, e imagino que los demás harán lo mismo.

De nuevo, pienso en retirar lo que acabo de decir, pero Stacey no se ha inmutado.

—Tienes razón —contesta, sin más—. Por cierto, deberías echarte más maquillaje. Todavía se te ven las pecas.

Me escudriña con sus grandes ojos azules, como si fuera parte del jurado de un concurso de belleza. En mi opinión, Stacey sí que es una chica guapa. Medirá aproximadamente uno setenta, es esbelta y delgada. Su cuerpo tiene menos curvas que el mío y toda la ropa le sienta bien. Además, tiene el pelo rubio ceniza, brillante, largo y sedoso.

No quiero mirarme al espejo, pero me toma de la barbilla y, por detrás de su rostro angelical, veo el mío. Cubre con maquillaje el peculiar camino de pecas que tengo sobre la nariz, y no me aparto porque sé que a Gale le gusto más sin ellas. Hoy es un día especial para los dos y quiero estar perfecta.

—Así que… —tantea, mientras me aplica rubor en las mejillas—, dos años. Es mucho tiempo.

Sonrío. Tiene razón. Y me encanta que todo sea tan bonito como al principio.

—Estoy enamorada de él. Cada día que pasa, estoy más convencida de haber encontrado a la persona correcta.

Stacey me devuelve la sonrisa. Se alegra de verme tan feliz. A fin de cuentas, eso es lo que hacen las mejores amigas, ¿no?

Cuando Gale nos presentó, poco después de que empezáramos a salir, pensé que acababa de encontrar a mi enemiga acérrima. Stacey me hizo la vida imposible durante meses. Divulgó rumores falsos sobre mí y me criticó a mis espaldas. El tiempo, sin embargo, puso las cosas en su sitio. Nos dimos cuenta de que somos mucho más parecidas de lo que creíamos.

Gale siempre dice que por eso nos llevamos tan bien. Yo pienso justo lo contrario. Stacey y yo no estamos hechas para ser amigas. Solo hemos pactado una tregua, como hacen las potencias mundiales, porque entrar en guerra nos destruiría a ambas.

—¿Qué le vas a regalar? —me pregunta. Ahora que ha terminado de maquillarme, se gira para guardar todos los productos en su neceser.

Miro mi reflejo. Ya no queda rastro de mis pecas.

—He trabajado en una cosa durante semanas, pero no te voy a decir qué es porque quiero que sea una sorpresa y eres una bocazas.

Se hace la ofendida, aunque sabe que es verdad y por eso se ríe.

—Vale, solo quiero saber una cosa. ¿Es de los regalos que nos gustan a nosotras o de los que les gustan a ellos?

Frunzo el ceño. No me lo había planteado.

—¿A qué te refieres?

—Las chicas somos más detallistas. Nos gustan que nos regalen bombones, álbumes de fotos… Pero los tíos son diferentes. Ellos prefieren… bueno, otro tipo de cosas.

—¿Qué tipo de cosas? —cuestiono con las cejas arqueadas.

—Las que incluyen… ya sabes, más contacto físico.

Enseguida entiendo por dónde va. Pongo los ojos en blanco.

—No voy a acostarme con él, si eso es lo que quieres saber.

Dicho esto, empiezo a recoger mis cosas. De pronto, tengo muchas ganas de irme de aquí. Estoy harta de esta conversación.

—¿Por qué no? —insiste—. Y no me sueltes la excusa de que «os tomáis las cosas con calma» porque ya no me lo creo. Lleváis dos años juntos, Holland. No sé cómo Gale tiene tanta paciencia. Además, ¿sabes que ese ha sido el motivo por el que Mason y Rebecca lo han dejado?

Me pregunto si al ignorarla conseguiré que se calle. ¿Por qué no puede dejar de meterse en la vida de los demás?

—¿Cómo te has enterado de eso? No me digas que sigues pendiente de ese estúpido perfil de Instagram.

La Dama Rosa es un claro ejemplo del daño que hacen las series de televisión. Una persona anónima creó una cuenta en Instagram con ese nombre y ha divulgado rumores —en su mayoría, falsos— desde el año pasado. Arruinó la reputación de James Arness cuando publicó pruebas de que se dopaba, con lo que consiguió que lo echaran del equipo.

Por suerte, todavía no he leído nada que lleve mi nombre o el de Gale, pero eso no significa que apoye su contenido. En lo que a mí respecta, el administrador del perfil necesita buscarse una vida y dejarnos a los demás en paz.

—Al parecer, solo hacía unos meses que salían. La otra noche, Rebecca quiso que dieran un paso más en su relación, Mason se negó y, claro, empezaron los problemas —parlotea Stacey—. Te lo digo por tu bien, Holland. Si sigues evitándolo, te convertirás en el Mason de tu relación.

—En ese caso, seré una Mason muy orgullosa —contesto, antes de salir del baño.

Me ha puesto de mal humor. Por lo general, no me molesta hablar de chicos con Stacey, pero estoy bastante susceptible después de lo que ha pasado esta mañana y lo que menos me apetece ahora mismo es discutir. Además, no puedo negar que tiene algo de razón. Dos años es mucho tiempo y no entiendo por qué todavía no me siento preparada. Quiero a Gale, así que ¿por qué mi cerebro no deja de repetirme que me equivoco?

Camino por el pasillo hacia mi taquilla. Algunos estudiantes me miran al pasar, y me pregunto si verán las marcas oscuras que tengo bajo los ojos. Apenas he dormido esta semana. He trabajado desde el domingo sin parar en una sorpresa para Gale. Por mucho que Stacey diga que sabe sobre chicos, solo se basa en estereotipos sin sentido. Conozco a mi novio y sé que mi regalo le encantará.

Con cuidado, saco mi cuaderno de dibujo y lo abro. Entonces, lo veo: con su mirada potente y oscura, sus labios carnosos, su nariz pequeña y el pelo más corto a los lados de la cabeza, y me siento orgullosa porque lo he conseguido. He captado su esencia solo con papel y lápiz. Sonrío y arranco la hoja para guardármela en el bolsillo.

La gente todavía me mira cuando cierro la taquilla. Me fijo en dos chicas de primero que intercambian susurros mientras me señalan con disimulo. Me aseguro de sonreírles al pasar, aunque no las conozco, porque eso acabará con sus cuchicheos.

Estoy acostumbrada a ser la comidilla del pasillo. Es lo que conlleva ser Holland Owen: hija del jefe de estudios, alumna sobresaliente y novia del capitán del equipo de fútbol. La gente habla sobre mí como si supieran quién soy o cómo es mi relación con Gale. Normalmente lo ignoro, pero hoy, por alguna razón, algo parece diferente.

Hay bastante gente en el pasillo y todos me observan.

Frunzo el ceño y sacudo la cabeza. Serán imaginaciones mías. Esta mañana me he dado un buen golpe. Algo que parecía una pelusa me ha caído encima.

Incómoda, tomó otro camino para llegar al aula de estudio, lejos de todas las miradas. Sin embargo, antes de que pueda girarme, alguien me tira del brazo y choco contra un pecho duro y musculoso. Jadeo y subo la mirada. Me encuentro cara a cara con mi captor, que me rodea la cintura con los brazos.

—Gale —lo saludo, con un susurro.

Curva los labios en una sonrisa. Por instinto, miro su nariz, sus cejas y sus labios, que encajan con los del chico del retrato. Repaso las líneas de su mandíbula y subo hasta que, por fin, mis ojos se encuentran con los suyos. Gale tiene unos iris preciosos de color azul que siempre me ponen nerviosa. Él lo sabe y por eso sonríe, pues es consciente de que hace que se me acelere el corazón.

—Sorpresa —bromea. Entonces me percato de que me aferro a su camiseta con mucha fuerza. Pestañeo, aturdida, cuando lo escucho reír—. No es que me moleste.

Lo suelto y me meto las manos en los bolsillos. Mis brazos quedan sobre los suyos, que todavía me rodean la cintura. Que haya tan poca distancia entre nosotros me hace sentir incómoda, porque no estamos a solas, pero no digo nada al respecto.

—¿Ibas a algún sitio? —pregunta.

—Al aula de estudio. A estudiar —añado, como si no fuera obvio.

Arquea una ceja. No me cree.

—Creía que tenías una hora libre.

—La tengo. ¿Qué hay de malo en ir a estudiar?

Sonríe y entiendo que la conversación va justo como él quería.

—Bueno, he pensado que quizá podríamos repetir lo de esta mañana...

Se acerca hasta que me roba el aire y sonrío también. Como siempre que estamos juntos, siento un cosquilleo en el estómago. Pero hoy es más especial. Perfilo su brazo con el dedo índice hasta que llego a su hombro.

—¿Hay algo que celebrar? —inquiero, para que sea él quien lo diga.

—Solo que eres preciosa —susurra, como si fuera un secreto—, que besas condenadamente bien —añade, y se acerca aún más— y que, por si fuera poco…

—Por si fuera poco, ¿qué? —insisto. Para mis adentros, le pido a gritos que lo diga de una vez.

Gale amplía la sonrisa.

—¿Qué más quieres que diga? Eres perfecta.

Aunque haya sido bonito, no es la respuesta que esperaba. Sin embargo, Gale me besa antes de que pueda mencionarlo.

Sus labios suaves se unen a los míos como si llevaran toda la vida preparándose para hacerlo. Sus manos se aferran a mi cintura; cuando nos movemos, casi siento que me caigo, y la escena me recuerda a lo ocurrido hace unas horas, en el cuarto del conserje. El rostro de ese chico aparece en mi cabeza y, de pronto, estoy molesta.

Recuerdo nuestro altercado y la mirada de decepción que me dedicó el director cuando nos encontró. No creo que papá tarde en enterarse. Para colmo, estoy castigada y tendré que pasar toda la tarde limpiando instrumentos musicales en lugar de estudiar como había planeado, y tendré que soportar a ese imbécil durante horas.

Cuando se separa de mí, Gale apoya la frente sobre la mía y sonríe. Hago lo mismo e intento que no note que estaba pensando en otra cosa. Me pregunto cómo reaccionaría si supiera lo que ha pasado. Me encantaría que fuera a por ese tal Alex y le diera una paliza. Sin embargo, prefiero no contárselo para que no descubra cómo nos encontró el director.

Gale siempre ha sido muy celoso. Es mejor que nos ahorremos problemas de ese tipo.

Además, tengo demasiadas ganas de matar a ese idiota como para dejar que alguien lo haga antes que yo.

—Debería dejar que te fueras a estudiar. —Su voz me hace volver a la realidad—. ¿Te llamo esta noche?

Se me borra la sonrisa.

—Creía que íbamos a comer juntos —digo. Para mis adentros, añado: «¿Cómo has podido olvidarlo?».

—Joder, pensé que te lo había dicho —se lamenta. Se aleja de mí, se pasa las manos por el pelo, y me mira—. El instituto ha organizado un acto para inaugurar la temporada. Han invitado a los jugadores de todos los equipos de la ciudad. Emma viene conmigo, ya sabes, para sacar las fotos para el periódico. No volveremos hasta esta noche. —Hace una pausa—. No te importa, ¿verdad? Sabes que solo somos amigos.

Eso me sienta como una patada en el estómago. De pronto, tengo ganas de llorar. Emma es la presidenta del club de debate y la redactora jefa del periódico escolar. Tiene las mejores calificaciones del instituto, por debajo de las mías, es guapa y asquerosamente popular. Además, ha salido con la mayoría de los chicos que conozco. Incluido Gale.

Así que me molesta, y mucho. Pero no estoy enfadada por eso.

Se le ha olvidado. A Gale se le ha olvidado.

Se me forma un nudo en la garganta. Intento que no se dé cuenta porque odiaría tener que darle explicaciones; seguro que pensaría que soy patética y que me hago ilusiones estúpidas. De forma que hago de tripas corazón, niego y dejo que el pelo me cubra las mejillas.

No podré fingir durante mucho más, así que recojo el bolso, que lleva en el suelo desde que mi novio ha llegado, y me giro para marcharme.

—Holland —me llama, antes de que pueda alejarme—. Vamos, no te pongas así.

Intento armarme de paciencia. Tomo aire hasta llenarme los pulmones y luego respondo.

—No pasa nada. Estoy bien.

Después, emprendo mi camino hacia el aula de estudio. Decir eso me ha dejado la garganta en carne viva. Rebusco en el bolso hasta que encuentro el retrato y lo arrugo. Semanas de trabajo desperdiciadas. Lo tiro a la basura. Estoy teniendo un día de mierda.

Sin embargo, lo peor no es que Gale haya olvidado nuestro aniversario. Creo que incluso estoy acostumbrada. Lo que de verdad me preocupa es lo que ha ocurrido esta mañana. Y las consecuencias que tendrá.

Ver castigada a Holland Owen, hija de una exitosa abogada y del jefe de estudios, no es habitual. Por lo general, se comporta como la alumna perfecta que es: no rompe las normas, respeta a los profesores y sonríe a los cocineros cuando recoge su almuerzo en la cafetería. Tiene un novio perfecto y unos amigos que la quieren. Estudiará Derecho en la universidad porque el arte no tiene futuro. Es una chica correcta, dedicada a sus estudios, que se esfuerza por cuidar su reputación.

Holland Owen es perfecta.

Holland Owen no comete errores.

Y, quizá, por eso hace tiempo que me siento como una persona diferente a Holland Owen.

«Si pudieras desaparecer para renacer siendo otra persona, ¿a quién elegirías?».

Antes de llegar al aula de estudio, paso por el baño. Me paro frente al espejo, apoyo las manos sobre el lavabo y me desmaquillo la nariz con papel.

Siempre me han gustado mis pecas.

3. Rumores que hieren
Alex

Las notas musicales que he escrito esta mañana se pierden a lo largo del pentagrama. Pienso en cómo sonará esta melodía y en si se parecerá a la que hace días suena en mi cabeza. Me pregunto si, cuando escriba la letra, podré expresar con palabras todo lo que quiero transmitir.

¿Habré escrito una balada triste sobre corazones rotos? ¿Una canción pegadiza para bailar en las discotecas? ¿Podría hacer vibrar a todo el planeta, como el rock de hace décadas? Quizá escucharla pueda alegrarte el día. Quizá consiga hacerte reír. O llorar. Quizá, en un futuro, y con suerte, se convierta en un éxito mundial y no haya nadie que no la conozca.

O quizá no, y solo me haga llorar a mí; como un artista perdido que entona una canción para despedirse de la que una vez fue su mayor pasión en el mundo.

Sea lo que sea, supongo que nunca lo descubriré.

«Nada de problemas. Nada de distracciones. Nada de música».

No puedo terminar de escribirla.

Suspiro. Por mucho que mi corazón insista en lo contrario, siempre sigo las órdenes de mi cerebro; suele ser quien lleva la razón. También es quien piensa en papá y me recuerda que tengo que sobrevivir a este curso, graduarme y encontrar un trabajo decente que nos dé dinero. Es quien se preocupa por el futuro.

Aparto el cuaderno y apoyo la frente sobre la mesa. Intento aislarme del ruido y concentrarme en el frío que penetra en mi piel. La melodía sigue sonando en mi cabeza, pero intento convencerme de que, si la ignoro lo suficiente, desaparecerá. Después, quemaré las páginas de este cuaderno y no quedará rastro de mi pequeña canción de despedida.

Nadie la volverá a escuchar. La mayoría no sabrán siquiera que existió.

De pronto, alguien deja caer su bandeja contra la mesa.

—¿Dónde está mi rata?

La voz de Blake hace que me sobresalte. Subo la cabeza rápidamente, porque acabo de volver al mundo real. Seguimos en la cafetería. Mi hermana melliza tiene las manos apoyadas sobre la mesa. A juzgar por su cara, está bastante enfadada conmigo.

No quiero que se dé cuenta de que me ocurre algo. Pongo los ojos en blanco, fingiendo que su presencia me molesta, y vuelvo a centrarme en mi cuaderno.

—Hola a ti también, hermanita.

—No estoy de humor para bromas. Dime dónde está Petunia. Ahora.

En realidad, entiendo que esté enfadada. A nadie le gusta que lo ignoren y llevo horas sin responder a sus mensajes. En mi defensa diré que necesitaba tiempo para recuperarme después del espectáculo del cuarto del conserje. Este día está muy cerca de convertirse en el peor primer día de clase de la historia de mi vida. Solo estamos a principios de curso y ya he roto la promesa que le hice a papá.

Me pregunto cómo reaccionará Bill, mi jefe, cuando se entere de que me han castigado por las tardes.

—Está en mi mochila —respondo. Pongo la mano sobre la cremallera antes de que Blake pueda moverse—. Pero ni se te ocurra sacarla de ahí. A nadie le gustará saber que hemos traído una rata a la cafetería.

A mi hermana eso no le importa. Se abalanza sobre mi mochila y, aunque al principio intento resistirme, al final permito que saque a Petunia. El roedor chilla, alterado, y olisquea los dedos de Blake cuando lo toma entre sus manos.

Miro a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos presta atención. Por suerte, todo el mundo está pendiente de sus asuntos.

—Mi pequeña —susurra a la rata, y le acaricia la cabecita antes de fulminarme con la mirada—. Podría haberse asfixiado ahí dentro.

—Nos habría hecho un favor.

Petunia me ha dado tantos problemas que solo quiero perderla de vista. Blake gruñe al oírme, aunque no se atreve a soltarme uno de sus sermones. Menos mal. No habría soportado que me regañara después de haberme pasado media hora buscando a su estúpida rata en el cuarto del conserje.

Como siempre, mi hermana lleva ropa holgada que le viene una o dos tallas grandes. Mete a Petunia en el bolsillo de su sudadera XL, que le llega hasta los muslos, y se acomoda frente a mí. Cuando mueve su bandeja, su mirada recae sobre mi cuaderno. Lo cierro a toda prisa.

Junta las cejas y maldigo para mis adentros. Debería haber sido más rápido.

—¿Piensas quedarte a comer aquí? —le pregunto con la intención de distraerla, pero no funciona.

—¿Estabas componiendo?

—Yo he preguntado primero.

—Eso no funciona conmigo.

—¿Qué haces aquí? —insisto—. ¿No tienes amigos?

—Bueno, tú tampoco. ¿Era una canción?

—¿Qué?

—¿Era una canción?

Niego, pero los nervios me delatan. Guardo el cuaderno en la mochila para tenerlo a buen recaudo. Mientras tanto, Blake me escudriña con la mirada. Lleva el pelo corto, a la altura de los hombros, recogido en un moño descuidado. Los dos tenemos los ojos oscuros y somos castaños. A excepción de la estatura, pues soy casi diez centímetros más alto que ella, nos parecemos tanto físicamente que podríamos hacernos pasar por gemelos. Sin embargo, en lo que respecta a la personalidad, no podríamos ser más diferentes.

—Claro que no —contesto, y bufo, como si me pareciera una estupidez—. Estaba escribiendo… Ummm, mi diario.

Arquea las cejas.

—Tú no tienes un diario.

—Pues claro que sí.

—Si lo tuvieras, ya lo habría leído. Invéntate una excusa mejor.

Parece que tengo todas las de perder. La conozco; no parará hasta que consiga lo que quiere, pero eso no va a pasar. No pienso decirle que he vuelto a componer. Sería inútil porque tampoco es que haya compuesto algo bueno. Ni siquiera sé cómo suenan estas notas. Aún no me he atrevido a tocarlas en el piano y, honestamente, no creo que lo haga nunca.

«Nada de problemas. Nada de distracciones. Nada de música».

Trago saliva. Le echo un último vistazo a mi mochila y después miro a Blake.

—¿Qué haces aquí? —insisto. Ruego en silencio por que no le dé más vueltas al tema. Por suerte, me hace caso y suspira.

No recuerdo cuándo fue la última vez que nos sentamos juntos para almorzar, pero en el fondo me gusta que esté aquí. Blake es una tía guay y con ella cerca parezco menos pringado.

—No quería dejarte solo el primer día de clase.

—Dices eso porque todavía no has encontrado a nadie que te soporte. Admítelo.

Se ríe y le dedico una sonrisa de agradecimiento. Siempre ha sido mucho más sociable que yo. El año pasado, me costó tanto hacer amigos que me presentó a los suyos. No terminamos de encajar, pero al menos ya no tenía que sentarme solo en los descansos. Después, llegó septiembre y todos se fueron a la universidad, y mi hermana y yo tuvimos que enfrentarnos solos a nuestro primer día de instituto.

Es decir, hoy.

—En realidad, he conocido a un chico en biología que está buenísimo —comenta, y le da un mordisco a su sándwich—. Se llama Mason. Le he pedido la hora cinco veces.

Frunzo el ceño. Ahora soy yo quien se ríe.

—¿Es una indirecta para que te compre un reloj?

—No digas tonterías —se queja con una sonrisa, y me lanza un trozo de lechuga que aterriza en mi bandeja—. No se me ocurría otra forma de hablar con él. Esperaba que pillara la indirecta y empezara una conversación, pero no ha funcionado. No te ofendas, pero algunos tíos no os enteráis de nada. —Me mira de arriba abajo y cambia de opinión—. Bueno, sí, oféndete. Eres igual de imbécil que los demás. Por cierto, ¿me traes un refresco?

Miro a mi alrededor. Si Blake cree que voy a abandonar mi refugio seguro en nuestra mesa para traerle algo de beber, después de haberme llamado imbécil, está muy equivocada.

—¿No te funcionan las piernas o qué? —le suelto.

—Vamos, la máquina expendedora está muy lejos. No quiero ir hasta allí.

—Vale. Pues yo tampoco.

—Por favor —insiste, y hace un puchero. La miro, a la espera de que haga algo más, pero sabe que no lo necesita. Esa mirada puede conmigo.

Suspiro. Total, qué más da. No me cuesta nada.

—Está bien.

Al escucharme, Blake suelta un gritito de alegría y esboza una gran sonrisa.

—Gracias, hermanito. Eres el mejor.

Se saca unas monedas del bolsillo y me las tiende. Las recibo de mala gana y me levanto. Debería aprender a hacerme de rogar.

Para sentirme mejor, cuento los pasos que doy hasta la máquina de refrescos. Rodeo un par de mesas y, al llegar a mi destino, el resultado final es un número de dos cifras. Cuando vuelva con Blake, le diré que, si caminar menos de cien pasos le parece una barbaridad, no voy a dejar que nos alejemos de casa más de cincuenta los sábados por la noche.

«Eso es, Alex. Demuéstrale quién manda».

—¡Joder!

Meneo la máquina expendedora mientras maldigo entre dientes. He metido dos monedas, pero no hay forma de que suelte el refresco. Se habrá atascado. Justo cuando voy a volver a golpearla, recuerdo que una vez leí en internet que, al menos, trece personas al año mueren aplastadas bajo uno de estos chismes y decido que no correré el riesgo.

—Esto no quedará así —le susurro a mi oponente y, tras mirar una vez más la lata de color rojo que Blake me había pedido, me doy la vuelta.

Resoplo. Estoy a punto de regresar a nuestra mesa, donde tendré que explicar a mi hermana cómo he perdido su dinero, cuando alguien entra en el comedor. Todo el mundo está pendiente de sus asuntos, así que nadie repara en su presencia, pero yo estoy frente a la puerta y, de pronto, solo tengo ojos para ella.

Conozco a Holland Owen. Al menos, conozco lo que dicen de ella en el instituto. Es una de esas chicas engreídas que se creen la abeja reina de la colmena. Es la favorita de los profesores porque su padre es el jefe de estudios y se codea con la gente más popular de por aquí. De hecho, su novio es el capitán del equipo de fútbol. Todo muy cliché para mi gusto, la verdad.

Volver a verla me genera sentimientos contradictorios. Sigo enfadado con ella por el espectáculo que ha montado esta mañana, pero, por alguna razón, su presencia también me pone nervioso. Holland me cae mal, pero debo admitir que es guapísima. Y he estado más cerca de ella que de ninguna otra chica en lo que llevo de vida, sin contar a Blake y a mamá.

De modo que, sí, mis nervios están justificados.

Sin embargo, no ha notado que estoy aquí. Holland entra en la cafetería con la cabeza alta y veo como, a su paso, hay quienes se vuelven a mirarla y comentan cosas con sus amigos. Pero no les hace caso, sino que sigue caminando con decisión, como si buscara a alguien. En ese momento y como si no fuera una de las chicas más populares del instituto y no tuviera ochocientos mil amigos con los que sentarse, Holland Owen se detiene frente a nuestra mesa.

Tiene que ser una broma.

Mi hermana sonríe cuando la ve. Acto seguido, la invita a sentarse con ella. Charlan como si se conocieran de toda la vida y, cuando la pelirroja le pregunta algo a Blake, esta última me señala y de pronto las dos me miran.

Me giro rápidamente. Voy tan obcecado que me tropiezo con el chico que estaba detrás de mí y tiro su refresco al suelo.

—¡¿A ti qué coño te pasa?!

Oh, Dios. Trago saliva y retrocedo, con el corazón a mil por hora. El individuo en cuestión es alto, musculoso y me mira con los dientes apretados. ¿Estará a punto de darme un puñetazo? A toda prisa, me agacho para recoger su lata vacía y la pongo sobre su bandeja.

Fuerzo una sonrisa nerviosa.

—Me alegro de que contigo sí funcione la máquina expendedora —musito, con la voz aguda. No espero a que responda y me largo a toda prisa de ahí.

Hay animales salvajes por todas partes.

Para colmo, ahora mi zona de seguridad ha sido invadida por esa nueva enemiga. A medida que me acerco a la mesa, estoy cada vez más convencido de que es una mala idea. Que Holland esté sentada en mi banco no me gusta nada. De hecho, me pone nervioso. Mucho. Pero tampoco me queda otra alternativa, ¿no? Blake es la única que puede hacerme compañía, y sentarme solo en el comedor sería presentarme como un asocial. No quiero ganarme esa reputación el primer día de instituto.

Esperaré al segundo, como mínimo.

Ya no puedo echarme atrás. Me paro frente a las chicas y Blake sonríe, aunque no me mira.

—¿Te acuerdas de que quería presentarte a alguien? —le dice a Holland, que se ha quedado muda—. Bueno, este es mi hermano, Alex. No está nada mal, ¿eh?

Silencio. Es una broma, ¿verdad? No basta con que mi hermana se haya hecho amiga de esta chica, sino que, encima, quiere presentarnos. Como si pudiéramos llevarnos bien y ser amigos o algo así. La miro, perplejo, y veo cómo alterna alegremente la mirada entre nosotros.

No se ha dado cuenta de que la tensión podría cortarse con un cuchillo.

—Holland y yo vamos juntas a casi todas las clases. La he invitado a comer con nosotros hoy porque sus amigos se han ido al acto de bienvenida del curso, que, sinceramente, tiene pinta de ser un muermo —me cuenta, trago saliva y asiento. Blake espera en silencio a que alguno de los dos hable y, como nos quedamos callados, añade—: Adelante, ¡conoceos!

Me entran ganas de irme por donde he venido. Sin embargo, no pienso dejarla ganar. Yo he llegado primero. Si alguien tiene que marcharse, es ella.

—Owen —la saludo, sin más. Ella da un respingo.

—Se llama Holland —me corrige Blake.

Ahora que lo pienso, ¿por qué diablos quiere presentármela, si ambos sabemos de sobra quién es?

—Holland Owen —interviene la susodicha y me mira de reojo—. Nadie me llama por mi apellido.

Pero yo sí, y parece bastante molesta al respecto. Aunque, conociéndola, puede que esté molesta por todo en general. Sea como sea, es una pena. Owen es un apellido bonito y creo que es el motivo por el que le queda tan bien.

—En fin, ¿y mi refresco? —me pregunta Blake, al verme las manos vacías. No contesto, así que resopla y añade—: Vale, da igual. ¿Dónde está mi dinero?

Aprieto los labios.

—La máquina expendedora no funcionaba.

—¿Lo has perdido?

—Lo siento.

—Eres un desastre.

—Lo sé. Gracias.

Rodeo la mesa para sentarme a su lado. No obstante, Blake tiene otros planes. Finge estar enfadada y estira las piernas sobre el banco hasta que no queda espacio para mí. Maldigo entre dientes porque me huelo sus intenciones. Ahora no me queda otra que sentarme con Owen.

Es posible que la idea le disguste tanto como a mí, pero no se queja, sino que se limita a mirar hacia otro lado mientras me acomodo junto a ella. Intento con todas mis fuerzas mantener las distancias, pero no hay forma de evitar que mi brazo roce accidentalmente el suyo cuando arrastro la bandeja hasta donde corresponde. Sobresaltada, se echa el bolso al hombro y se pone de pie.

—Creo que debería irme —balbucea. Me entran ganas de saltar de alegría. Para ocultar mi sonrisa, abro la botella de agua y me la llevo a los labios.

«Eso es, vete. Esfúmate. Desaparece de mi vista. Fus, fus».

—No seas tímida. Mi hermano es un buen chico —le dice Blake y casi me atraganto. Se vuelve hacia mí—. Alex, ¿te he contado que a Holland le encanta dibujar?

A mi lado, Owen parece tan incómoda como yo. ¿A qué viene todo esto? Blake tendría que vivir debajo de una piedra para no saber que Holland sale con Gale. De todas formas, aunque estuviera soltera, me parece absurdo que crea que podría tener alguna posibilidad. Owen me cae mal, pero no deja de ser una de esas chicas para las que no estoy a la altura.

—Creo que no nos estamos entendiendo —nos explica la susodicha—. Tengo novio. Se llama Gale. Hoy cumplimos dos años juntos.

—Y es un poco gilipollas.

Vaya, se me ha escapado.

Aunque también puede que lo haya dicho para sacarla de quicio. De todas formas, cualquiera que conozca a ese chico me daría la razón.

—¿Disculpa? —me espeta, y se vuelve hacia mí.

—Lo que oyes. Gilipollas. Con todas las letras.

—Ese gilipollas podría romperte la nariz de un puñetazo.

Chasqueo la lengua.

—Bueno, con algo tenía que compensar su falta de neuronas.

He visto a Gale Fullman golpear a un chico hasta mandarlo al hospital y también amenazar a otros cuantos solo porque se atrevieron a mirar, de lejos, a su chica. No sé si Holland se cree que es una abeja reina, pero su novio sí que actúa como si fuera el rey del mundo. Y eso no me gusta.

La tensión es tan palpable que, ahora, Blake no puede pasarla por alto. Se aclara la garganta y Owen y yo dejamos de mirarnos.

—Ibas a contarme qué le ha pasado a Petunia —me dice. Quiere redirigir la conversación hacia un tema menos incómodo, pero no funciona. De hecho, solo me altera más. Bastante.

Sobre todo cuando Holland pregunta:

—¿Quién es Petunia?

—No fue para tanto —intervengo. Quiero acabar con esto cuanto antes—. Se escondió debajo del armario, pero fui a buscarla y ahora está sana y salva. Fin de la historia.

—¿Qué es Petunia? —añade Owen, mucho más acertada esta vez.

Mierda. Holland no me cae nada bien, pero tampoco quiero traumatizarla. Nadie se merece que una rata le caiga en la cabeza, ni siquiera ella; así que me apresuro a cambiar de tema.

—Esta tarde no podré ir a trabajar. Estoy castigado.

Como suponía, Blake se olvida de Petunia y se vuelve bruscamente hacia mí.

—¿Qué?

Señalo a Owen.

—Es culpa suya. Me encerró en el cuarto del conserje.

Mi hermana pestañea. No se entera de nada. Antes de que pueda preguntar, Holland me increpa:

—¿Estás de coña?

—¿Así que vamos a discutir otra vez? —cuestiono, y la miro—. Porque no me apetece repetir lo de esta mañana.

Junta las cejas.

—¿Te refieres a cuando me llamaste bruja tres veces seguidas o a cuando nos espiaste desde detrás del armario? ¿No te da vergüenza estar tan desesperado?

—Te recuerdo que fuiste tú la que se abalanzó sobre mí. No sé a ti, Owen, pero a mí me parece que eso sí que es estar desesperada de verdad.

Estoy haciendo que se enfade otra vez. Se ha puesto colorada y ahora sus mejillas combinan con su pelo.

—¡No fue aposta! —chilla, y hace una mueca de asco—. No te tocaría ni con un puntero láser.

Pongo la mirada en blanco.

—Ya, claro. ¿No te ibas?

—¿Qué me he perdido? —pregunta Blake, pero la ignoramos.

Holland, Owen, o como se llame, guarda silencio durante unos segundos. Sus potentes ojos oscuros me estudian con detenimiento, como si planeara qué hacer a continuación. De pronto, curva los labios en una sonrisa falsa y ladea un poco la cabeza.

—Sí, me iba, pero he cambiado de opinión —responde con voz de inocente—. Mejor me quedo.

Dicho esto, se sienta a mi lado y deja caer su bolso justo encima de mi mochila. Quiere que me crea que ha sido sin querer, pero sé que, en el fondo, lo hace para fastidiarme, así que tiro del asa para sacarla de ahí y la pongo encima. Owen tarda un segundo en volver a poner su bolso sobre mi mochila. Yo hago lo mismo. Después, ella. Seguimos así un rato más, hasta que comprendo que no va a rendirse y lo dejo pasar.

Al ver que ha ganado, amplía su sonrisa, orgullosa, y se coloca el pelo sobre un hombro.

Bruja.

Ojalá se le caiga encima una máquina expendedora de refrescos.

—Está bien. —La voz de mi hermana rompe el silencio. Pasa la mirada de uno a otro sucesivamente—. Doy por hecho que ya os conocíais.

Antes de que podamos contestar, suena la campana que anuncia la vuelta a clase. Si no me levanto, es porque, por alguna razón que desconozco, todo el mundo sigue sentado.

A nuestra derecha, unas chicas sacan los móviles. Lo mismo ocurre con los de la mesa a la izquierda y con todos los que están sentados a nuestro alrededor. El comedor se llena de sonidos de notificaciones y los murmullos se convierten en risitas y exclamaciones de sorpresa. Hasta que mi hermana no habla no reparo en que Owen y ella también han encendido los móviles.

—Adivinad quién acaba de subir una foto a Instagram —dice Blake. Resopla mientras desliza el dedo por la pantalla—. Odio esta cuenta. Me parece lamentable que alguien se dedique a comentar públicamente la vida de los demás. Es…

Pero no termina la frase. De pronto, Holland se pone de pie.

—Tengo que irme. Lo siento.

Echa a correr hacia la salida y la cafetería estalla en ruido. Escucho risas y comentarios para nada amistosos. No entiendo nada, así que miro a Blake, que no deja de alternar la mirada entre su teléfono y mi rostro. Parece perpleja.

—Muy bien, ahora sí que hablo en serio. ¿Qué diablos ha pasado?

Me enseña el móvil. Extrañado, miro la imagen que aparece en la pantalla. La fotografía está borrosa; ha sido tomada frente a la puerta del cuarto del conserje. Junto a ella, aparecen dos adolescentes abrazados. Él tiene los brazos en torno a la cintura de la chica y las manos de esta última están sobre su pecho.

Más abajo, el texto, escrito con letras mayúsculas, hace que me entren náuseas:

«La exreina de la secundaria protagoniza un apasionado encuentro con un chico que, curiosamente, no es Gale Fullman. ¿Intentará ganarse el puesto a “la más zorra del año”? Porque, si es así, felicidades Holland, es todo tuyo».

Miro una vez más la fotografía y entiendo por qué todos nos observan. Somos Holland y yo. Somos nosotros los que aparecemos en la imagen; la misma que ahora circula por internet y recibe los «me gusta» de todos los alumnos del instituto.

4. Somos unos cobardes
Holland

Abro la puerta y la empujo con una mano hasta que golpea la pared. Los muebles elegantes del recibidor me dan la bienvenida. Doy un paso hacia delante, aunque no me atrevo a entrar en casa todavía. Tomo aire y saludo en voz alta. Después, cuento mentalmente hasta tres. No responde nadie. Aliviada, dejo escapar el aire que retenía en los pulmones.

No creo que alegrarme porque mis padres no hayan vuelto de trabajar me convierta en una mala persona. Más bien, diría que soy una superviviente. Después del numerito que he montado esta mañana, tendrán muchas preguntas que hacerme cuando coincidamos a la hora de cenar. Conociendo al director, ya se habrá presentado en el despacho de papá para informarle acerca del «comportamiento inadecuado con el que su hija ha sorprendido hoy al profesorado del centro».

El director tiene una voz chillona que siempre me ha parecido insoportable. Me pregunto en qué tema habrá mostrado más interés papá. ¿Se sentirá avergonzado porque hayan pillado a su hija en el cuarto del conserje mientras se lo montaba con un chico al que no conoce? ¿Se enfadará cuando se entere de que ahora lo sabe todo el instituto y la llaman zorra por los pasillos?

¿Qué pensará sobre que me haya saltado las tres últimas clases del día? Y sobre que no ha sido porque esté enferma, sino porque no podía soportar seguir en el instituto, donde me juzgan allá a donde voy. Me pregunto si le preocupará que todo esto haya pasado solo en el primer día de clase.

A este paso, no sé si llegaré viva a la universidad.

Resoplo, dejo el bolso en el recibidor y subo al segundo piso. Entro en mi habitación; está más ordenada que de costumbre. Es miércoles y Andrew, el chico de la limpieza, debe haberse pasado por aquí. Por lo general, no dejo que entre en mi cuarto porque prefiero ocuparme de mi propio desastre, pero esta mañana se me ha olvidado cerrar la puerta. Ahora mi habitación huele a desinfectante y a ambientador de pino para coches.

Me quito los zapatos y los dejo junto al armario. Después, me tumbo sobe la cama y levanto los pies hasta que me veo la pedicura perfecta y cierro los ojos.

A veces, me gusta imaginar que estoy en medio de la nada, flotando en un barco a la deriva. Visualizo como a mi alrededor no hay nada más que el agua del océano; que huele a sal, no a desinfectante para muebles, y que el sol me quema la espalda. Estoy lejos de esta ciudad. Tanto que nunca encontraré la forma de regresar.

Pero, aunque luche contra ello con todas mis fuerzas, sigo aquí.

Nunca me muevo de aquí.

Sigo siendo Holland Owen, la exreina de la secundaria.

«¿Intentas ganarte el puesto a la más zorra del año, Holland? Porque, si es así, enhorabuena. Es todo tuyo».

Mi mente se pone a maquinar y me imagino en un podio mientras recibo mi galardón. De mi boca sale un bocadillo de cómic en el que está escrito que me siento agradecida y que es todo un honor. Que, si supiera quién diablos es La Dama Rosa, la invitaría a subir conmigo al escenario para darle una buena patada en la cara.

Sonrío. Eso me gusta más. Veo como levanto la pierna, enseño uno de mis preciosos tacones rojos y se lo clavo en la frente a una mujer con el rostro lleno de interrogaciones. Me levanto de la cama, bajo al primer piso y saco mi cuaderno de dibujo de la mochila.

Cuando vuelvo a la habitación, lo he abierto por una página en blanco. Tomo mi lápiz favorito, me siento en la cama y empiezo con el boceto. «Querida administradora de La Dama Rosa: por si no lo sabías, Holland Owen sabe hacer más cosas aparte de liarse con chicos en el cuarto del conserje. Tu premio no será el único que reciba, te lo aseguro».

Lo que más odio de este sitio es el silencio. Vivimos en una propiedad enorme a las afueras, que tiene tres pisos, sin contar el sótano, unos ventanales enormes y capacidad suficiente para alojar a todo un equipo de fútbol. Sin embargo, en casa solo vivimos mamá, papá y yo. La mayoría de las veces, parece que solo lo haga yo.

Estoy cansada del silencio. Me estiro para coger el móvil y poner música. Por desgracia, la última vez que lo utilicé fue hace unas horas, en la cafetería, y lo que aparece en la pantalla es esa dichosa fotografía.

Trago saliva. El nombre de usuario de La Dama Rosa está arriba, junto al botón de seguir, que es de color azul porque ya odiaba esta cuenta antes de lo que ha pasado hoy. Publicó la imagen a las doce en punto y ya tiene más de quinientos «me gusta». Entre ellos está el de Stacey. Lo sé porque aparece de las primeras. También la han visto Emma, del club de debate, y Ryan, del equipo de fútbol.

Analizo la fotografía. En realidad, solo se distingue mi rostro, porque Alex está de espaldas. Supongo que todas las críticas van dirigidas a mí porque este chico podría ser cualquiera. Me rodea la cintura con los brazos, como si no estuviera dispuesto a dejarme caer —aunque seguramente se moría de ganas de hacerlo—, y mis manos están sobre su pecho.

Refresco la página. Quinientos veinte «me gusta».

La pregunta es: ¿habrá alguno de Gale?

No debería, pero no puedo evitar buscar su nombre entre los demás. Me muerdo el labio, pincho donde pone quinientas dieciocho personas más y espero a que la página cargue. Los nervios se adueñan de mi estómago mientras reviso la lista. Sin embargo, nunca llego a saber si ha visto la fotografía.

De pronto, un estruendo que proviene de la habitación de mis padres retumba por toda la casa.

Me levanto de un salto, con el corazón en un puño, y busco algo que pueda servirme como arma. Si se trata de un extraño, necesitaré defenderme. Al final escojo la lamparita de noche, que parece inofensiva pero es dura como una piedra, y salgo al pasillo con sigilo.

Avanzo en silencio. Cuando llego a la habitación de mis padres, dejo que mis dedos se familiaricen con el pomo. Después, sin soltar la lamparita, tomo una bocanada de aire y entro.

Estoy lista para moler a golpes a quienquiera que se haya atrevido a allanar nuestra —no tan humilde— morada. Sin embargo, cuando veo de quién se trata, me quedo paralizada. El olor que impregna el dormitorio es el suyo, el mismo de siempre; lo sé porque le regalé esa colonia cuando éramos pequeños y la reconocería en cualquier parte.

—¿Sam?

Arrojo la lámpara sobre la cama y corro hacia él. Sam se gira justo cuando voy a lanzarme a sus brazos. Los ojos le brillan, como dos luceros, cuando se da cuenta de que estoy aquí; y se ríe mientras me abraza por la cintura. Yo junto las manos por detrás de su cuello, me pego a él y lleno los pulmones de aire. Volver a verlo hace que recuerde el día en que nos despedimos y, de pronto, tengo unas ganas asfixiantes de llorar.

No sabría decir con exactitud cuándo empecé a considerar a Sam como mi mejor amigo. Llevamos juntos toda la vida. Cuando estábamos en el colegio, pasábamos las tardes jugando a los piratas y nos enviábamos aviones de papel desde nuestras ventanas. Después llegamos al instituto y Sam se convirtió en un chico lo bastante ágil como para saltar de su balcón al mío sin matarse.

Estuve a su lado cuando le rompieron el corazón por primera y segunda vez, y se quedaba a dormir aquí siempre que mis padres pasaban una de sus malas rachas y en casa solo se oían discusiones. Además, lo he ayudado tanto con los exámenes que me temo que su boletín de notas debería tener mi nombre escrito junto al suyo.

No recuerdo haber pasado un solo cumpleaños sin él. Por eso, cuando el año pasado me dijo que había conseguido una plaza para estudiar en Francia durante todo un curso, a casi novecientos kilómetros de Newcastle, sentí que el mundo se venía abajo. Se marchó, por supuesto, porque no se puede desaprovechar una oportunidad así.

Al menos, no por mí, aunque cada día sin él fuera una tortura.

Creía que no soportaría pasar doce meses sin verlo. No obstante, lo he conseguido. Sigo aquí y ahora él también, y todavía no me lo creo.

—Me dijiste que llegabas la semana que viene —le reprocho, cuando me separo de él. Sam me sonríe y le doy un golpe en el pecho—. ¡Deberías haber avisado! Stacey y yo íbamos a organizarte una fiesta sorpresa. Lo teníamos todo planeado. Íbamos a comprar globos y…

Se encoge de hombros sin borrar su sonrisa.

—Quería darte una sorpresa.

—Sam —me quejo.

—Además, Stacey no me cae bien. De todas formas, ¿desde cuándo sois tan amigas? Apenas os soportabais cuando me fui de aquí.

Noto la boca seca. Ya. Han cambiado muchas cosas durante este último año. Tantas que a veces pienso que, aunque fuera sin querer, Sam se llevó una parte de mí cuando se marchó a Francia. Sacudo la cabeza para restarle importancia. En sus ojos leo lo que no se atreve a decir en voz alta: «Por favor, dime que ahora no eres como ellos».

—Tendrías que haberme avisado. No me gustan las sorpresas —me limito a decir.

—Ya veo. —Frunce el ceño y mira la cama de mis padres—. ¿Ibas a pegarme con una lámpara?

Me muerdo el labio. Vaya.

—Te has colado en mi casa sin avisar. ¿Cómo iba a saber que eras tú?

—Tienes que estar de coña. —Pestañea, incrédulo, y me señala con un dedo—. ¡Ibas a pegarme con una lámpara!

—¡Podrías haber sido un asesino en serie!

—¿Y cómo ibas a defenderte? ¿Apagando y encendiendo la luz para confundirme?

Me cuesta no sonreír. Le sostengo la mirada en señal de desafío, hasta que también le entra la risa. Está metiéndose conmigo, pero no me importa. También echaba eso de menos.

—Vete al infierno —le espeto, y sonríe todavía más.

—Solo si tú vienes conmigo.

Me río y lo abrazo otra vez. Somos de la misma estatura, así que su nariz me roza el cuello y, aunque la sensación desaparece enseguida, casi parece que vuelvo a ser la Holland de antes. «Hasta el infierno y más allá, todo lo que haga falta, sin titubear».

—Vamos, quiero que me lo cuentes todo —anuncio, mientras tiro de él hacia mi habitación.

Cuando llegamos, me dejo caer sobre la cama y le hago un gesto para que se acomode a mi lado. Sam se sienta con la espalda apoyada en la pared; yo cruzo las piernas y me acerco a él porque hemos pasado bastante tiempo separados. He dejado la lamparita en el cuarto de mis padres, pero no le doy importancia. Con la de cosas que tienen que reclamarme, no creo que le presten mucha atención a eso.

—¿Qué tal en París? ¿Has conocido a alguna chica?

Bosteza y niega.

—Pregunta equivocada.

—¿Has conocido a algún chico? —Arqueo las cejas.

Espero que no, porque me sentaría muy mal que no me haya contado nada. Por suerte, Sam vuelve a negar.

—Dentro de mi pecho hay un corazón libre, cariño. —Se despereza y me guiña un ojo. Resoplo. No cambiará nunca—. ¿Y tú? ¿Todavía sales con ese imbécil?

—Se llama Gale —le recuerdo—, y sabes que sí.

—Vaya, ¿no vas a decir nada sobre lo otro?

—¿Qué?

—Normalmente lo defiendes cuando me meto con él.

Aparto la mirada. Normalmente significa siempre. El problema es que, por primera vez en mucho tiempo, creo que tiene razón. A veces, mi novio es un imbécil. Hoy, en concreto, me ha parecido un imbécil.

Todavía me duele que haya olvidado nuestro aniversario. Se lo he recordado durante todo el verano. Me prometió que pasaríamos el día juntos para celebrarlo. Quiero enfadarme, pero una parte de mí intenta convencerse de que es una tontería sin importancia. A fin de cuentas, Gale tiene muchas cosas en las que pensar.

¿Tantas como para justificar que se olvide de mí?

Me aclaro la garganta.

—Gale no es imbécil —respondo, para que dejemos el tema—. No te metas con él.

Sam frunce el ceño. Sabe que algo va mal, aunque sonrío para restarle importancia. Acaba de volver de París, lo he echado muchísimo de menos y lo que menos me apetece ahora mismo es lloriquearle con mis dramas durante toda la tarde. Gale puede esperar hasta mañana. De hecho, estoy harta de pensar en él.

Como si me hubiera leído la mente, deja pasar el tema y se levanta de un salto. Se para frente a mí y sonríe. Es septiembre, todavía hace calor y los músculos se le marcan a través de la camiseta. Sam es como un hermano para mí, pero eso no significa que no me parezca guapo. Tiene los ojos claros, el pelo rubio ceniza y su piel ha adquirido un tono bronceado este verano.

Tiene un aspecto de surfero muy guay. Si no ha ligado en Francia, no habrá sido por falta de oportunidades.

—Muy bien. Cambio de tema. Quiero contarte una cosa. Se me ha ocurrido una idea genial.

Solo con oír eso, ya tengo un mal presentimiento.

—Tus ideas nunca son geniales.

—Esta lo es. De hecho, creo que es la mejor idea que se me ha ocurrido nunca. En serio.

Arqueo las cejas. Vale, puede que ahora tenga curiosidad.

—Sorpréndeme.

—Antes de nada, quiero que sepas que lo he pensado mucho. Lo tengo todo planeado. —Me mira, emocionado, y asiento para que continúe—. Bien. Resulta que mi avión venía con retraso y tuve que pasar tres horas sentado en el aeropuerto. Me aburría, así que busqué información sobre universidades en Inglaterra. Supongo que ya lo sabías, pero tenemos muchas opciones y la mayoría están tremendamente lejos de aquí.

Trago saliva. Sam sonríe como si creyera haber descubierto el secreto de la felicidad.

—¿A dónde quieres llegar? —inquiero, aunque ya sé la respuesta.

—Es justo lo que necesitamos. —Se sienta a mi lado y baja la voz—. Quiero que vengas a vivir conmigo cuando acabemos el instituto, Holland.

Pestañeo. Espero que se ría y me diga que me toma el pelo. Por eso, cuando no lo hace y me doy cuenta de que habla en serio, solo puedo decir:

—Eso es una locura.

—No, en absoluto. —Sam se levanta y camina por la habitación—. Londres tiene la mejor universidad de Bellas Artes del país. Está un poco lejos de la de Medicina, pero eso es lo de menos. Mis padres tienen varias propiedades en la ciudad. Podríamos quedarnos en uno de sus apartamentos o alquilar uno nuevo entre los dos. —Se queda en silencio, esperando mi respuesta, y, como no digo nada, añade—: Vamos, di que sí. Es una idea fantástica. Cumpliríamos el sueño que teníamos cuando éramos pequeños. Hagámoslo, Hollie, por favor.

Hollie. Es el único que me llama así. En otra ocasión, me habría gustado volver a oír ese apodo de su boca, pero, ahora, su mirada me parece tan intensa que me entran ganas de salir corriendo. No lo entiende. Las cosas no son tan sencillas como cree.

—De pequeños decíamos muchas estupideces —me limito a contestar.

Para mi sorpresa, eso le hace sonreír.

—¿Te refieres a cuando, por ejemplo, te pedí salir y me rechazaste?

Resoplo, aunque me río.

—No me creo que te acuerdes de eso. Teníamos seis años.

—Me rechazaste ocho veces.

—Yo ni siquiera te gustaba de verdad.

—Vamos, Holland, fuiste la primera chica que me partió el corazón.

—Supéralo.

—Vente a Londres conmigo, venga.

Trago saliva. Ojalá pudiera ser sincera y decirle que, aunque sea una locura, me encanta la idea. Que nada me haría más feliz que alejarme de esta ciudad. Sin embargo, tengo una soga atada al cuello que cada vez me aprieta con más fuerza y no deja de recordarme cómo son las cosas en mi mundo. Tengo que ser realista.

Es un sueño imposible.

—Sabes que no puedo —le recuerdo, y las palabras me queman la garganta—. Todavía no me he graduado y mi madre ya lo tiene todo listo para cuando me vaya a Mánchester a estudiar Derecho. Ese es mi futuro, Sam. Lo sabes mejor que nadie.

Por mucho que insista y les diga que quiero estudiar Bellas Artes, mis padres no cederán. Quieren que me convierta en la persona que, según ellos, estoy destinada a ser: Holland Owen, una abogada de éxito, como todos los miembros de la familia materna. Una mujer emprendedora que viva en una mansión a las afueras, con tres pisos y ventanales, y que deje que su hija pase el día sola en casa en una habitación que huela a desinfectante y a ambientador de pino para coches.

Quieren que me convierta en una nueva versión de mamá.

—¿Y qué? —insiste Sam, que parece haber olvidado cómo son las cosas aquí—. Si quieres ser artista, deberías decírselo. Tienes derecho a decidir qué hacer con tu vida.

Casi me río con amargura. Ya, claro. ¿En qué mundo?

—No es tan fácil.

—Escápate conmigo.

El corazón me da un vuelco.

—¿Qué?

—Escápate conmigo. Puedes vivir en mi casa hasta que acabemos el instituto. Tengo un sofá muy cómodo.

Me duele verlo tan desesperado. Intento buscar una forma de justificar su nueva mentalidad. Sam ha pasado un año fuera de casa y apenas hemos hablado durante los últimos meses. Ha convivido con personas distintas en otro ambiente, y ha descubierto nuevas culturas, formas de ser y de pensar.

Debe de haber olvidado cómo funcionan las cosas aquí.

Niego y me río para quitarle seriedad al asunto.

—No cambiarás nunca, ¿eh?

—Eres mi mejor amiga —insiste, y me pone una mano en la rodilla—. Quiero que seas feliz y ambos sabemos que no lo serás si estudias algo que no te gusta.

Al oír eso, no lo aguanto más y estallo. ¿Cómo se puede ser tan hipócrita? Me he callado lo que pensaba porque no quería que el tema fuera a más, pero ha cruzado una línea.

—¿Y qué pasa contigo? —le suelto, con más brusquedad de la que pretendía—. ¿Así que vas a estudiar Medicina, Sam? ¿Qué ha pasado con todo lo que decías antes de irte? ¿Lo de que formarías una banda y te dedicarías solo a la música? ¿Se te ha olvidado o es que intentas engañarte a ti mismo?

Echo humo por las orejas. Si hay algo que admiro de Sam, es que siempre sabe guardar la calma en los momentos de tensión; por eso, a la hora de responder, hace lo propio. En lugar de hablarme de malas maneras, como he hecho yo, suaviza el tono para hacerme entrar en razón.

—No me engaño a mí mismo. Tampoco se me ha olvidado. Quiero ser músico, vale, pero es imposible. No nos compares. Lo mío es un sueño tonto. Tú tienes talento de verdad. —Quiero replicar, pero no me lo permite—. Prométeme que al menos lo pensarás. Por favor.

Cuando lo miro a los ojos, se me rompe el corazón. Todavía guarda la esperanza de que cambie de opinión. Me obligo a sonreír.

—Vale, lo pensaré.

Es mentira, porque ni siquiera voy a considerarlo. Como él mismo ha dicho, no es más que un sueño tonto que nunca se hará realidad.

No obstante, Sam parece satisfecho con mi respuesta porque también sonríe. Se recuesta en la cama y apoya la mejilla en mi hombro. Me río y lo empujo porque me aplasta, aunque la verdad es que no quiero que se aparte.

—Te he echado de menos —susurra, y mi corazón se encoge.

—Y yo a ti.

—¿Qué te apetece? ¿Vemos una película? Podemos hacer palomitas. No, se me ocurre algo mejor: ¿y si damos un concierto de instrumentos de aire, como cuando éramos pequeños? Me pido la batería. Sabes que es mi especialidad.

La idea no podría gustarme más. Sin embargo, aún tengo que cumplir mi penitencia por lo de esta mañana. Bufo cuando miro el reloj y me doy cuenta de la hora que es.

—Ojalá pudiera. Lo siento, pero tengo que irme.

Me levanto de la cama y abro el armario para cambiarme. Si voy a pasar la tarde limpiando instrumentos musicales, lo mejor será que vaya cómoda. Tomo una sudadera ancha y unas mallas ajustadas de color negro. Después, me agacho para buscar las zapatillas.

Sam también se ha puesto de pie y ahora me observa, de brazos cruzados, desde el otro lado de la habitación.

—No puedo creer que vayas a dejar solo a tu mejor amigo, al que has echado tanto de menos, para ir a ver a Gale —me suelta.

—No digas tonterías. No voy a ver a Gale.

Solo con pronunciar su nombre, me entra dolor de cabeza. Es posible que siga en el acto de bienvenida del que me ha hablado esta mañana. Con Emma.

—¿Entonces? —insiste Sam, y aparto todos los pensamientos sobre mi novio de mi mente.

—Estoy castigada.

—Es broma, ¿no? ¿Desde cuándo Holland Owen pasa las tardes castigada?

«Desde que hay desesperados que me espían en el cuarto del conserje», respondo para mis adentros. Sin embargo, en lugar de decir nada, lo empujo para sacarlo del cuarto.

—Vamos, fuera de aquí.

—Vaya, ¿así que ahora me echas de tu casa?

—Sal al pasillo. Tengo que cambiarme.

Antes de que pueda quejarse, le cierro la puerta en la cara y echo el pestillo. Refunfuña algo al otro lado, pero no le hago caso. Me quito los pantalones, me enfundo las mallas y me pongo la sudadera. Después, me siento en la cama para ponerme las zapatillas. Podría dejarlo entrar ya, pero decido hacerlo esperar un rato más, solo para sacarlo de quicio.

—¿Por eso has llegado pronto a casa? —me pregunta en cuanto abro la puerta. Asiento distraída mientras preparo la mochila—. ¿Has faltado a la última clase?

—A las tres últimas. Estaba cansada del instituto.

Me echo la bolsa al hombro, me planto frente al espejo y doy una vuelta sobre mí misma. Cuando compruebo que todo está correcto, me giro hacia Sam.

—El año pasado habrías preferido morir antes que faltar a clase —comenta.

Me tiembla la sonrisa. «Las cosas han cambiado mucho, Sam».

—Me voy. —Es lo único que digo—. Sal por la puerta, por la ventana o por donde quieras.

Frunce el ceño.

—¿Por la ventana?

—Has entrado por ahí, ¿no?

—Cómo me conoces —responde con una sonrisa.

Me molesta tener que irme sin que nos hayamos puesto al día. Me acerco para abrazarlo y Sam me aprieta contra sí, esta vez con más fuerza que antes, hasta que me alejo. Le dedico una sonrisa y me prometo llamarlo más tarde porque tenemos una conversación pendiente.

Sin embargo, no puedo irme sin añadir algo más. Me giro antes de salir al pasillo.

—¿Sam?

—¿Sí?

—No te aferres a la idea de que es imposible. Es solo una excusa para no intentarlo.

Luego, salgo del dormitorio. Mientras bajo las escaleras, me doy cuenta de que no sé si iba dirigido a él o a mí misma. Aunque puede que eso sea lo que nos mantiene unidos.

Los dos somos unos cobardes.

* * *

Lo único que se oye en el pasillo es el eco de mis zapatillas. Me detengo frente al aula de música y llamo a la puerta. No dejo de mirar a mi alrededor, nerviosa, mientras espero a que alguien conteste. Por las mañanas, cuando está lleno de estudiantes, el instituto es, dentro de lo que cabe, un sitio ameno e inofensivo. Ahora hay tanto silencio que me siento como la protagonista de una película de terror.

—¡Adelante!

Tan rápido como puedo, abro la puerta y entro. Cuál es mi sorpresa cuando, nada más poner un pie en la clase, me encuentro cara a cara con un esqueleto humano a tamaño real al que le faltan varios dientes. Tiene un dibujo realmente obsceno pintado en la parte delantera del cráneo.

Me cubro la boca con una mano para no gritar.

—¡Hola, chiquita! Espero que Babi no te haya asustado. Está en las últimas.

Más que un aula, este sitio parece un basurero. Está lleno de polvo y, mire a donde mire, veo montañas de trastos, instrumentos viejos y partituras tiradas por el suelo. La voz proviene del fondo, donde una mujer de baja estatura me devuelve la mirada. Pienso en acercarme, pero, al final, dejo que lo haga ella porque no sé por dónde pasar.

Es una señora mayor que debe estar a punto de jubilarse. Tiene el rostro arrugado y lleno de pecas oscuras y dos profundas marcas a los lados de la boca que se acentúan cuando sonríe, como ahora.

—Tú debes de ser Holland —dice, cuando llega a mi lado. Me mira de arriba abajo—. Por aquí me conocen como la profesora Toole, pero puedes llamarme Dodo. ¿Dónde está el chico?

En efecto, Alex no ha llegado todavía. ¿Tendrá intención de escaquearse del castigo? En realidad, no sé si quiero que venga a ayudarme. Ordenar esta habitación sola me llevaría semanas, pero, al menos, no me molestaría nadie.

Me encojo de hombros y Dodo frunce el ceño.

—Ya veo —comenta, con cierta sospecha. Resopla—. ¿Sabes, niña? No le des importancia. Sería muy tonto por su parte no venir y perderse la oportunidad de pasar tiempo a solas con una chica tan guapa como tú. Cuéntame, ¿cuánto lleváis juntos? ¿Habéis discutido?

Me entra un ataque de tos. ¿Qué ha dicho?

—Señora Toole…

—Dodo —me interrumpe, con una sonrisa.

—Dodo —rectifico—. Nosotros no…

—Ay, niña, no seas así. —Se acerca al esqueleto y limpia el polvo que tiene en las costillas con el dedo índice—. El director no me contó por qué os han castigado, pero tampoco era necesario. ¿Dos chicos jóvenes, con las hormonas por los cielos, encerrados en el cuarto del conserje? No deja mucho a la imaginación, la verdad. Soy muy mayor, chiquita. No se nos puede engañar, ¿verdad, Babi?

Tardo un segundo en darme cuenta de que Babi es el nombre del esqueleto.

Trago saliva. No sé qué me da más miedo: llevarle la contraria o que me deje aquí encerrada, a solas con ese montón de huesos. Al final, dejo que piense lo que quiera. Darle la razón me ayudará a caerle bien, ¿no?

—Lo siento —admito—. Es que me da un poco de vergüenza hablar sobre estas cosas.

¿Acabo de insinuar que salgo con Alex? Me entran ganas de vomitar.

—¡Paparruchas! —exclama Dodo y retrocedo por instinto—. No hay nada de lo que avergonzarse. Soy partidaria de la buena música, por supuesto, y, como no, ¡del amor! Por eso, y porque me has caído bien, os haré un favor a tu noviecito y a ti.

Pestañeo. ¿Lo ha llamado noviecito?

—¿Un favor? —repito, y la voz me sale ocho tonos más aguda.

—¿Sabes que es lo mejor de este sitio? ¡Que no hay cámaras ni directores! Cuando ese chico tan impuntual llegue, me iré de aquí y os dejaré a solas. Cerraré la puerta y no volveré hasta dentro de unas horas. Podéis hacer lo que queráis aquí dentro. Eso sí, no olvidéis que solo tenemos tres semanas para vaciar el aula y que, mientras más tiempo perdáis, más veces tendréis que venir. —Luego, se lo piensa mejor y esboza una sonrisa burlona—. Aunque no creo que eso os importe, ¿verdad?

Oh, por el amor de Dios.

No tengo un espejo delante, pero sé que estoy roja como un tomate. Busco las palabras para llevarle la contraria, porque de verdad que necesito que sepa que las cosas no son como ella cree, pero me he quedado muda.

De pronto, se oye un estruendo. Alexander Lane abre la puerta de golpe y exclama:

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! Sé que llego tarde, pero me he entretenido en el trabajo. Han traído una máquina expendedora al bar y casi se le cae encima a un niño. ¡Se lo advertí a Bill y no me hizo caso! Bill es mi jefe. ¿Sabéis que al menos trece personas al año mueren aplastadas por uno de esos cacharros? Son escalofriantes. —Acaba la frase con un suspiro y se lleva las manos a las rodillas. Por como respira, deduzco que ha venido corriendo. Se toma unos segundos para recuperarse, y después levanta la cabeza y nos pregunta—: Bueno, ¿qué tenemos que hacer?

Como si fuéramos cómplices, Dodo me dedica una sonrisa y me guiña un ojo.

—Divertíos.

Dicho esto, sale al pasillo y cierra la puerta a sus espaldas, con lo que nos deja a Alex y a mí solos en la clase.

5. Un tratado de paz
Holland

Mis padres han controlado mi vida desde que nací. Cuando era pequeña, supervisaban mi forma de hablar y de vestir. Me regañaban si hablaba muy alto, si decía palabrotas o si hacía amigos que no estaban a la altura. En el colegio, exigieron a mis profesores que no me dejaran cometer ni un solo desliz. Más tarde, cuando entré en el instituto, eligieron mis asignaturas optativas, porque, según ellos, saben mejor que nadie lo que me conviene.

Incluso mejor que yo.

Me matricularon en Economía. Se me dan bien los números, pero eso no significa que me gusten. Renuncié a otras asignaturas que me parecían más interesantes, como Latín o Griego, porque creían que eran inútiles. Sin darme cuenta, me aferré a la esperanza de que, cuando empezara mi último año de instituto, todo cambiaría. Por fin podría elegir un plan de estudios que realmente fuera conmigo.

Una noche, nos sentamos a cenar y les dije que quería matricularme en Historia del Arte. Me apasiona dibujar y mi sueño es dedicarme a ello en el futuro. Sin embargo, a mis padres nunca se les ha dado demasiado bien escuchar.

Me apunté a Economía.

Las futuras abogadas no estudian Historia del Arte.

—Vamos, no podemos trabajar así —dice Alex.

En nuestro instituto, cada pasillo está dedicado a una especialidad. Llevo un buen rato en silencio, mirando a mi alrededor, porque, como todas las futuras abogadas, nunca había entrado aquí. Ayudo a Alex a descorrer la cortina que parte el aula en dos y, de pronto, esta duplica su tamaño y está todavía más desordenada que antes. Hay viejas fundas de instrumentos y estanterías repletas de chismes por todas partes.

Al fondo, hay una imitación de Babi, el esqueleto, en versión femenina. Lleva un tutú, una peluca rosa y le falta un trozo de la mandíbula. Está junto a una pizarra desgastada donde alguien ha escrito una serie de símbolos que me dan mala espina.

—Joder —farfulla Alex, que ha seguido mi mirada—, ¿qué crees que significará eso?

Sacudo la cabeza. Ojalá pudiera desaparecer. Odio este sitio.

—Prefiero no saberlo.

Suspira. Después, camina hacia la estantería más cercana para ojear unas partituras que tira al suelo. Parece tan frustrado como yo. Vamos a pasar mucho tiempo aquí dentro, limpiando y transportando instrumentos, y a ninguno nos gusta la idea. Podría consolarlo, pero todo ha sido culpa suya. Que se atenga a las consecuencias.

—En fin, ¿cuánto ha dicho la señora Toole que durará el castigo? —pregunta.

No entiendo por qué, pero estoy molesta. Me remango y me agacho frente a una caja para ponerme manos a la obra. Mientras antes empecemos, antes acabaremos y antes podré irme.

—Ponte a trabajar. No terminaremos nunca si lo único que haces es estar de cháchara —le digo.

Cualquiera se sorprendería al oírme hablar así. Normalmente, me callo lo que pienso y me limito a sonreír. Actúo como si todo me pareciera bien para evitar discusiones. Lo hago con Gale, con Stacey, con mis profesores y con mis padres.

Pero no pienso hacerlo con Alex.

—¿Puedes contestarme? —protesta a mis espaldas.

Gruño. No me molesto en mirarlo, pero más le vale estar haciendo algo de provecho.

—Te lo he dicho miles de veces.

—Bueno, es difícil entenderte si utilizas ese tonito de cabreada.

—Si utilizo este tonito de cabreada es porque, sorpresa, estoy cabreada.

—Vaya, ¿en serio? Cuéntame, Owen, ¿qué es lo que te preocupa?

¿Tiene la poca decencia de reírse de mí? Estoy a punto de perder los estribos, así que cierro los ojos y cuento hasta veinte. Sin embargo, no funciona y sigo hasta treinta, hasta cuarenta, hasta tres millones.

—¿Puedes dejar de portarte así? —le pido, incluso intento no sonar brusca—. Me han castigado por tu culpa. ¿No tienes suficiente con eso?

Espero que se ponga a la defensiva, pero se limita a suspirar. Reviso muchas partituras antes de guardarlas en una caja.

—Solo quiero que respondas —afirma, y parece una ofrenda de paz.

Pero la ignoro.

—Depende de nosotros. Depende. De. Nosotros. Una vez que esté limpio, podremos irnos. Ahora cierra la boca y ponte a trabajar.

—Menudas garras —comenta, y resopla.

Ha cruzado un límite. Me vuelvo bruscamente hacia él, con la mirada llena de desdén. Está arrodillado junto a un baúl enorme y, cuando veo lo que tiene en las manos, ya no sé si reírme o enfadarme todavía más.

Hablaba en sentido literal.

—¿Para qué querrá la señora Toole esta cosa? —pregunta al aire, examinando una de las garras con detenimiento. Están hechas a mano, con un material parecido a la goma eva. Levanta la cabeza y me mira—. ¿Crees que serán suyas? Puede que las utilice pasa asustar a los niños de primero o algo así.

Esta conversación es tan surrealista que, cuando quiero darme cuenta, estoy riéndome. Sin embargo, me pongo seria en cuanto noto que me observa. No se esperaba que reaccionara así. Incómoda, me giro para seguir ordenando las cajas.

Pero ya es demasiado tarde porque no piensa dejarlo pasar. Transcurridos unos segundos, dice:

—Deberías hacerlo más.

—¿Qué? —Frunzo el ceño y lo miro por encima del hombro.

Alex me señala con un dedo.

—Reírte. Deberías reírte más. No lo haces muy a menudo.

El aula se queda en silencio y el ambiente se vuelve incómodo. Lo dejo pasar porque no sé muy bien cómo me siento al respecto.

Por alguna razón, ya no estoy tan enfadada como antes. Me rindo con estas cajas y busco otras que ordenar, pero también están llenas de partituras. Espero que Dodo no les tenga mucho aprecio, porque no voy a perder el tiempo en revisarlas. En su lugar, me levanto y tomo la caja para llevarla junto a la puerta del sótano. No obstante, justo cuando me doy la vuelta, choco contra un cuerpo que ha aparecido de la nada. Las partituras caen al suelo y Alex suelta una palabrota.

Quiero gritarle, pero me contengo. Pienso en lo que diría mamá. «Sonríe y actúa con amabilidad. Siempre, pase lo que pase, actúa con amabilidad».

Necesito varias toneladas de paciencia ahora mismo.

—Ten más cuidado —suelto sin disimular que estoy molesta. Me arrodillo para recogerlo todo y Alex se apresura a hacer lo mismo.

—Lo siento. Ha sido sin querer.

—Tú también deberías hacerlo más —digo—. Lo de disculparte por ser un imbécil.

No era mi intención, pero le hago sonreír. Trato de no prestarle atención mientras reúno todos los papeles que me caben en las manos. Por suerte, parece dispuesto a colaborar y no tardamos en recogerlos todos. Nos turnamos para llevar las cajas hasta la puerta y dejo que se encargue de la última. Con disimulo, lo observo hasta que termina.

No se parece en nada a Gale. Tiene el pelo largo, castaño y revuelto, sumido en un caos constante, los ojos oscuros y la cara afilada. Debe sacarme unos diez centímetros de altura y tiene un cuerpo esbelto, bastante normal, que para nada puede compararse con el de los chicos del equipo de fútbol. A cualquiera le parecería atractivo, pero su personalidad deja mucho que desear. Es un imbécil de cuidado.

Además, tiene cara de friki. Sí, definitivamente.

Me han encerrado aquí con un friki.

Cuando vuelve a mi lado, aparto la mirada y me pregunta:

—Bueno, ¿cuál es el plan?

Frunzo el ceño.

—¿Qué plan?

—Si no queremos pasar aquí el resto del curso, deberíamos trabajar en equipo. Iremos más rápido si nos organizamos. Este sitio no va a limpiarse solo.

—No somos un equipo —replico—. Iremos cada uno por su lado. Ponte a trabajar.

Menuda estupidez. Odio admitirlo, pero tiene toda la razón y me estoy portando como una cría. No acabaremos nunca si lo único que hacemos es discutir. Sin embargo, soy demasiado orgullosa como para admitir que me equivoco, así que suspiro antes de buscar más cajas que ordenar. No es una tarea difícil porque habrá, como mínimo, cincuenta en la habitación.

Antes de que pueda moverme, Alex me agarra del brazo.

—Vamos a empezar de nuevo.

—¿Qué?

Sus manos están frías. Pienso en el incidente de esta mañana, en la fotografía que ahora circula por internet y en que no sé cómo voy a contárselo a Gale. Por instinto, sacudo el brazo con brusquedad para que me suelte. Alex se cohíbe, pero no se traba al hablar.

—Escucha, sé que me odias, que piensas que no tengo vida social, que estoy desesperado y todas esas tonterías; y créeme cuando te digo que, si yo te caigo mal, tú a mí me caes peor. Pero nunca saldremos de aquí si no cooperamos. Estamos juntos en esto, nos guste o no, así que voy a pedirte, por favor, que hagas un esfuerzo e intentes soportarme, porque sí, somos un equipo. Yo haré lo mismo y todos contentos. ¿O acaso quieres pasarte aquí el resto del curso?

Me encantaría decir que sí, aunque solo sea para llevarle la contraria, pero entonces pienso en todas las horas que tendremos que pasar aquí encerrados y decido renunciar a mi orgullo antes que desperdiciar tanto tiempo.

—Está bien.

—Genial. —Me dedica una sonrisa y añade—: En ese caso, creo que, para que ambos sobrevivamos al castigo, deberíamos firmar un tratado de paz.

Arqueo las cejas.

—¿Un tratado de paz?

—Sí, como los que estudiamos en clase de Historia. —Lo miro, pasmada, mientras va a la mesa del profesor para tomar un bolígrafo y una hoja en blanco—. Haré un borrador a mano, lo pasaré a limpio y después lo firmaremos. ¿Qué te parece?

—Vale —respondo, no muy convencida.

—Punto número uno. —Escribe un par de frases y las subraya—. Horarios para utilizar el cuarto del conserje. Me toca elegir primero porque tengo el boli y esto ha sido idea mía. Suelo estar allí los lunes y los miércoles, de once a doce. El resto de la semana es tuyo.

Parpadeo. Es una broma, ¿no?

—¿Quieres que hagamos un horario para utilizar el cuarto del conserje?

Alex asiente distraídamente. Ni siquiera me mira porque está demasiado centrado en nuestro tratado.

—Pues sí. No sé a ti, pero a mí no me gustaría repetir lo de esta mañana. Menos todavía si el director va incluido en el plan. Por cierto, ten cuidado con Barney y sus fregonas. No les gustan las visitas. En fin, ¿punto número dos?

Como decía, es un chico bastante desconcertante. Aun así, y aunque no entiendo por qué, se me escapa una sonrisa. Intento esconderla, pero Alex es muy observador. Se da cuenta enseguida y, con un evidente tono de sorpresa, dice:

—¿Acabas de sonreír?

Con la intención de esquivar la pregunta, me aclaro la garganta y me acerco al escritorio para leer lo que ha escrito. Si pienso firmar esto, quiero que mi opinión también se tenga en cuenta.

—Punto número dos —comienzo, tras revisarlo todo—: no me llames muñeca.

Sacude la cabeza, como si mi voz le hubiera traído de vuelta a la realidad.

—Está bien. Punto número tres: no me llames degenerado.

Asiento y Alex escribe.

—Punto número cuatro: no me llames bruja —continúo. Quiero añadir algo más, pero me interrumpe.

—Protesto. No creo que exista un término más adecuado para describir tu forma de ser. Este punto no es necesario. Continuemos —habla antes de que pueda replicar—. Punto número cuatro: ambos trabajaremos, por igual, para que este lugar este vacío cuando lleguen los albañiles. Por igual.

—Vale, pero no me llames bruja.

Alex sigue hablando, como si no me hubiera escuchado, y no deja de escribir.

—Punto número cinco: no seas tan desagradable —dice. Lo apunta y me mira—. ¿Punto número seis?

Frunzo el ceño.

—¿Acabas de decir que soy desagradable?

—Sí, ¿no me has oído?

—¿Perdona?

—Perdonada. Ahora, si te parece, continuaremos con…

—¡Deja de hacer eso! —exclamo.

Me saca de quicio. Durante un instante, pienso en mandarlo todo a paseo, pero me doy cuenta de que puedo sacar provecho a la situación si soy inteligente. Le arrebato el bolígrafo y escribo:

—Punto número seis: nada de insultarme por ser pelirroja.

Alex se encoge de hombros.

—Bien.

—Punto número siete: tienes prohibido responder «perdonada» cuando te diga «¿perdona?» —añado, y lo imito.

—Owen…

—Punto número ocho: no me llames así. Es mi apellido y no me gusta. Llámame Holland, como todo el punto.

Evito decirle que, más que por cómo suena, odio mi apellido por lo que representa.

—Pero… —intenta replicar, pero no se lo permito.

—Punto número nueve: deja de llevarme la contraria en todo.

Alex se limita a resoplar, así que continúo.

—Punto número diez: no utilices el sarcasmo.

—Owen…

—Te he dicho que no me llames así. Punto número once: deja de ponerme de los nervios.

—Eres imposible.

—Número doce: no te portes como un imbécil.

—Holland —me interrumpe, y me arrebata el bolígrafo. Intento quitárselo de vuelta, pero es más rápido que yo y me esquiva sin problemas. Me lanza una mirada de advertencia, rodea lo que he escrito y apunta—: Punto número trece: ¡no puedes prohibírmelo todo!

—Punto número catorce: no respires —propongo, pero niega con la cabeza.

A continuación, suspira. Creo que sabe tan bien como yo que esto no va a funcionar. Tras echarle un último vistazo a nuestro tratado, lo arruga y lo tira a la basura. Me cruzo de brazos. Espero que comience otra discusión, pero, en su lugar, toma otra hoja en blanco y escribe:

—Punto número uno, esta vez de verdad: no te llamaré bruja, si no quieres, e intentaré ser amable contigo.

Vale, eso no me lo esperaba. Alex me observa, atento a mi reacción. Me clavo los dedos en los brazos y aprieto los labios.

—Está bien. Punto número dos: no volveré a pedirte que dejes de respirar.

No sé por qué, pero me siento bien cuando sonríe. Apoyo los codos sobre el escritorio para ver todo lo que escribe. Alex me mira de reojo y hace una mueca.

—Por cierto, tu novio no se creerá lo de la fotografía, ¿verdad? No me gustaría que un grupo de deportistas me acechara por los pasillos.

Me muerdo el labio con tanta fuerza que me hago daño. He intentado no pensar en ello, pero no sé cómo reaccionará Gale cuando se entere. Me da miedo que piense que es verdad, que lo he engañado y que por eso ahora todo el instituto piensa que soy una zorra con mayúsculas.

Trago saliva. Tampoco he hablado con Stacey. Ni con Sam. Supongo que, en el fondo, también me asusta lo que ellos puedan pensar. Es difícil desmentir un rumor cuando todos están en tu contra.

—¿Owen?

Su voz me saca de mis pensamientos. Siento el sabor metálico de la sangre contra el paladar porque me he mordido el labio con demasiada fuerza. Me limpio con la mano mientras Alex no deja de observarme. Sus potentes ojos oscuros me miran con preocupación y eso me pone todavía más nerviosa.

Es como si quisiera hablar pero no encontrara las palabras adecuadas. No sé si quiere consolarme o echarme más cosas en cara, pero, sea como sea, prefiero no escucharlo. No voy a dejar que nadie sepa que este tema me afecta. Mucho menos él.

La Dama Rosa no me hará daño.

—No le des importancia. Dentro de unos días nadie se acordará de la foto. —No sueno creíble porque hasta yo dudo de su supuesta—. De todas formas, los chicos no son un problema. Es fácil librarse de ellos si tienes cerebro.

Me pregunto por qué soy tan destructiva, si Gale también está en el equipo y técnicamente lo estoy insultando. Alex arquea las cejas, divertido.

—Vaya, ¿debería tomarme eso como un cumplido? —cuestiona para picarme.

—¿Para ti es un cumplido que piense que tienes más de dos neuronas? Porque eso dice mucho de tu autoestima —respondo. Veo su sonrisa de reojo y me apresuro a seguir hablando—. Si fueran un poco más listos, al menos, habrían cambiado el nombre del equipo hace mucho, créeme.

No sé por qué he dicho eso. Sin embargo, he despertado su interés.

—Bueno, no es que los Gorilas sea el mejor nombre del mundo, pero… —Deja la frase en el aire y resoplo.

—Pensarás que soy una sabelotodo, pero el año pasado leí un libro sobre la antigua Grecia y me enteré de lo que significaba «gorila» por entonces. La traducción sería: tribu de mujeres peludas. Así que, sí, es un nombre precioso para un equipo de fútbol.

En cuanto termino, tomo el papel para seguir escribiendo. No debería haber dicho eso porque a nadie le gustan las chicas que van de listillas. Sin embargo, de pronto, un sonido ronco inunda la habitación. Es la primera vez que lo escucho y, aun así, hace que se me forme un nudo en el estómago.

Alex se está riendo y, por tonto que suene, eso hace que me sienta mejor conmigo misma. De repente, siento que se me relajan los músculos y que la tensión del ambiente se disuelve.

¿Piensa que soy graciosa?

La gente no suele opinar eso de mí.

—Vaya, eso es genial —responde, sin dejar de reír—. Sinceramente, ahora me alegro de que no me aceptaran en el equipo.

Eso me hace sonreír. Apunto algunas cosas más en el tratado, como que prometo que no volveré a insultarlo (llamándolo pervertido) y a portarme mal con él (aunque a veces se lo merezca) y se lo tiendo. Entonces, mi teléfono empieza a sonar. Aviso a Alex para que sepa que voy a contestar y me alejo unos metros para tener privacidad.

Descuelgo. Es Sam.

—Tenías razón —me suelta, sin venir a cuento. Frunzo el ceño.

—¿Ah, sí? ¿En qué?

—En lo que has dicho antes. No puedo convencerme de que es imposible. Por eso voy a intentarlo. —Está tan emocionado que no se para a respirar. Frunzo el ceño por inercia—. No adelanté el vuelo solo para darte una sorpresa, Holland. El otro día vi en internet que dos chicos de nuestra edad buscan un batería para su banda. Las audiciones son mañana por la tarde. Por eso he vuelto tan pronto. Porque quiero probar suerte.

Al terminar, toma una profunda bocanada de aire porque se había quedado sin oxígeno. Cuando quiero darme cuenta, estoy sonriendo. Escucharlo tan ilusionado hace que me sienta tan eufórica como él.

Es bueno saber que, al menos, uno de los dos sí que luchará por lo que le apasiona.

—Vas a entrar en la banda. Lo sabes, ¿no? Eres un músico increíble —le aseguro.

—Espero que estén de acuerdo contigo. —Enseguida añade—: Vendrás, ¿verdad?

Esbozo una sonrisa burlona, aunque no puede verme.

—¿Necesitas que sea tu amuleto de la buena suerte?

—Sabes que no la necesito, pero te echaré la culpa si meto la pata. No seas impuntual, ¿quieres? Nos vemos mañana. —Antes de colgar, canturrea—: Disfruta de tus horas de castigo, rebelde.

Después, cuelga.

Me tomo unos segundos para asimilar lo que acaba de suceder. Sin querer, miro a Alex y pienso en que mañana tendré que escaquearme del castigo si quiero acompañar a Sam a las audiciones. No quiero decírselo ahora y volver a discutir, así que lo dejo pasar. Lo descubrirá tarde o temprano.

—¿Todo bien? —inquiere, aunque seguramente solo sea por mera educación. Asiento y no puedo evitar sentirme culpable. Mañana tendrá que limpiar esto él solo.

—Sí. Era un amigo. —Para cambiar de tema, me acerco y releo nuestro tratado. Estoy de acuerdo con todo lo que hemos escrito—. ¿Te parece suficiente?

Solo faltaría firmarlo. Me tiende el bolígrafo para que lo haga primero. La hoja está hecha un desastre porque nuestras caligrafías no podrían ser más diferentes. La mía es ordenada y redonda, mientras que la suya parece jeroglífica. Supongo que combina bien con su personalidad. No lo conozco mucho, pero me da la sensación de que este chico es un poco desastre.

Después, nos ponemos manos a la obra. Decidimos empezar por la zona izquierda, donde están apilados todos los instrumentos. No obstante, me canso enseguida y le pido que investiguemos a fondo el baúl donde ha encontrado las garras. Sé que pertenece al grupo de teatro porque, hace unos años, la profesora me pidió que la ayudara a dibujar el decorado.

Alex se prueba una máscara de indio y se la quita en cuanto ve que me río de él. Pone los ojos en blanco, aunque no parece molesto.

—Owen —comenta entonces—, tienes un apellido bonito. No entiendo por qué no te gusta. Es original. Además, podría ser peor. Imagina que te hubieran puesto Babi, por ejemplo.

Se me escapa una sonrisa y miro al mejor amigo de Dodo.

—¿Como el esqueleto? —inquiero, y lo señalo con la cabeza.

Alex frunce el ceño.

—Vaya, ¿le has puesto nombre a un esqueleto? Me parece que tú eres la que no tiene vida social.

Me hago la ofendida, aunque sé que solo ha sido una broma. De pronto, el reloj de cuco que cuelga sobre nuestras cabezas marca las seis en punto. Se abren las compuertas y un pequeño pájaro de madera sale despedido a toda velocidad para estrellarse contra una estantería. Doy un respingo. A mi lado, Alex se recupera del susto mientras la música del reloj sigue sonando.

—Creo que este sitio está encantado —digo, sin poder contenerme.

—Definitivamente. —Señala los esqueletos con el dedo—. Sea como sea, a menos que queramos acabar así, deberíamos ponernos a trabajar. Seguro que ellos fueron los últimos a los que el director pilló en el cuarto del conserje.

No puedo evitarlo y me echo a reír. Alex no tarda en unirse a mis carcajadas, y me entran ganas de pedirle que saque nuestro tratado porque quiero añadir otro punto.

Antes tenía razón. Ambos deberíamos reír más a menudo.

6. La música no es lo mío
Alex

Empecé a cantar con siete años.

Por entonces, era un niño introvertido —casi tanto como ahora— que encontró su pasión en la música. Me encerraba en mi habitación todas las tardes con el viejo radiocasete de mamá y cantaba y daba vueltas por la habitación, como si fuera una estrella de rock y estuviera en un escenario.

Mi hermana no tardó demasiado en unirse a mis conciertos improvisados. Me regaló el cepillo del pelo que menos le gustaba para que lo utilizara como micrófono. Ella siempre hacía de guitarrista, mientras yo pasaba al frente para entonar los estribillos de las canciones. A veces, incluso traíamos a Pop, nuestro canario posteriormente desaparecido, para que nos hiciera los coros.

Mamá siempre fue nuestra fan número uno. Cuando cumplimos ocho años, nos apuntó al conservatorio municipal de música. Al elegir un instrumento, Blake se decantó, como no podía ser de otra manera, por la guitarra. Yo preferí el piano y, a los nueve, compuse mi primera partitura.

Ahora me da vergüenza acordarme de ella. Solo constaba de dos pentagramas y la melodía era un plagio evidente del «Himno de la alegría». Pese a eso, fue la primera canción que firmé con mi nombre y, por tonto que suene ahora, mi yo de hace unos años se sintió muy orgulloso de lo que había conseguido.

No obstante, no empecé a tomarme en serio la música hasta que cumplí los doce años. Terminé los estudios de grado elemental y seguí la formación en el conservatorio. Ese mismo año, mi padre perdió su empleo y yo renuncié a mis regalos de Navidad y a los de cumpleaños para que pudieran pagar la matrícula.

A los trece años me convertí en uno de esos jóvenes que piensan que pueden cambiar el mundo. Era un chico ingenuo que soñaba con su futuro. Quería ser músico, triunfar y viajar por todo el mundo. Estaba decidido a conseguirlo.

Supongo que, con el paso del tiempo, debido a las circunstancias de la vida, uno acaba echando a todos los pajarillos de su cabeza.

Y llega el momento de aceptar la realidad.

Hace dos años, toda esa actitud de soñador ambicioso se hizo trizas.

Y yo me rompí con ella.

Suspiro y me seco el sudor de la frente. Cuando no estoy en el instituto, limpiar mesas en el Brandom, el local donde trabajo como camarero, es mi realidad. Paso cuatro tardes a la semana aquí dentro, donde friego platos y atiendo a clientes que se creen mejores que yo solo por estar al otro lado de la barra. No es el empleo de mis sueños, pero da dinero, y eso es lo único que me importa.

Esta es la novena mesa que limpio. Me incorporo y miro a mi alrededor. Desde aquí veo todo el local. Sé que hay quince mesas en el primer piso y arriba, cuatro más, colocadas de manera estratégica junto al pasillo que conduce a los aseos. El suelo es de parqué y está agrietado. Las paredes están decoradas con pósteres y discos de música del tamaño de mi cabeza. Al fondo de la habitación, envuelto en la oscuridad, está el escenario.

Los instrumentos siguen allí, perfectamente colocados, justo como los dejaron los músicos el sábado pasado. Hay una batería, un par de guitarras, un bajo y un teclado. Hace unos años, quizá habría aprovechado la oportunidad para deleitarme con algo de música, pero todo ha cambiado.

Aparto la mirada y me centro en limpiar mesas.

—Chico, ¿eres tú? ¿Qué haces aquí a estas horas?

Me sobresalto al oír la voz de Bill. Lanzo el trapo sobre una silla y me giro a toda prisa. Mierda.

Bill es el hombre cincuentón, de pelo cano y ojos oscuros, que regenta el Brandom desde que tengo memoria. En otras palabras, mi jefe. El problema, si es que se le puede llamar así, es que hay algo en él que me impide verlo como tal. Blake siempre dice que es por la actitud paternal que muestra conmigo. Es uno de los mejores amigos de papá y nos conoce desde que éramos pequeños. Sabe por todo lo que hemos pasado.

Y eso no me gusta nada.

—Buenos días —lo saludo y fuerzo una sonrisa. Tengo el estómago revuelto por los nervios. Ambos sabemos que no debería estar aquí—. ¿Has escuchado el refrán a quien madruga, Dios lo ayuda? Empiezo a ponerlo en práctica. Voy a necesitar ayuda divina para aprobar matemáticas este curso.

Suelto una risita nerviosa para restarle importancia al asunto, pero no funciona.

—No digas gilipolleces. ¿Qué estabas…? —Su mirada recae sobre el trapo que cuelga de la silla. Intento taparlo con mi cuerpo, pero ya es demasiado tarde—. ¿Estás de broma? Eres el único empleado al que tengo que repetírselo. ¿Cuántas veces te he dicho que tienes prohibido trabajar fuera de tu horario?

Lo está haciendo otra vez. Más que como un jefe, Bill se comporta como un padre preocupado. Nunca le diría eso a los demás camareros porque no son como yo. No tienen mis problemas. Por eso odio que me trate de esa forma. Me da la sensación de que siente lástima.

Aprieto los labios y lo observo acercarse a la barra. Finalmente, decido que no tiene sentido mentir.

—Ayer no pude venir. Óscar se las ingenió para hacerlo solo, pero me parecía mal saltarme mi jornada.

—¿Va todo bien? —pregunta, con el ceño fruncido.

—Sí. Bueno, a ver, estoy castigado. He tenido problemas en el instituto y tengo que ayudar a la profesora de música por las tardes…, pero no te preocupes —añado rápidamente—, es temporal. Lo prometo.

Aunque resopla, no parece enfadado. Trago saliva.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —inquiere. Teclea algo en el ordenador que hay tras la barra.

—Desde las cinco de la mañana.

Sube la cabeza con brusquedad. Seguro que quiere tirarme una taza a la cabeza.

—Voy a darte una paliza, Alexander.

Lo que decía.

—Los fines de semana el local siempre está muy lleno. Me parecía mal que Óscar se quedara a limpiar hasta tarde, así que le prometí que me encargaría yo. He faltado mucho al trabajo últimamente. No puedo abusar así de tu hospitalidad.

Bill suspira. En el fondo sabe que tengo razón: he sido un empleado terrible durante las vacaciones. Mi padre es autónomo, tiene su propio taller de carpintería y, cuando se fracturó los dedos a finales del mes de junio, pensó que su negocio quebraría. He pasado todo el verano ayudándolo para evitarlo. Teníamos que sacarlo adelante, fuera como fuera.

Necesitábamos entregar los encargos a tiempo y conservar los clientes porque sin ellos, no hay dinero, y todos sabemos lo que ocurre cuando no hay dinero. Había días en los que teníamos tanto trabajo que no tenía tiempo para cumplir con mi jornada en el Brandom. Una parte de mí esperaba que Bill me despidiera, pero no lo ha hecho y la verdad es que no sé cómo sentirme al respecto.

—Eres un buen chico. Me gusta que haya gente como tú trabajando en mi bar —dice, como si me leyera la mente. Apoya las manos en la barra y me mira—. Nos las arreglaremos sin ti esta semana, pero necesito que vengas el viernes y te encargues de cerrar el local por la noche. Intenta librarte de ese castigo cuanto antes, anda.

Una sensación de alivio me invade. Me entran ganas de darle las gracias sin parar, pero me contengo porque sé que se disgustará. Bill quiere pensar que está siendo justo, no que me hace un favor. O, al menos, espera que yo piense eso. Asiento con energía y sonrío.

—¿Volverás a organizar la batalla de bandas?

Levanta los brazos y exclama:

—¡Por supuesto! ¡Estoy seguro de que esta ciudad está llena de talento!

Sacudo la cabeza, divertido. Bill celebra una batalla de bandas en el Brandom todos los meses. Músicos de todo tipo se reúnen aquí para tocar sus mejores canciones e intentar cautivar al público. Al final de la noche, mi jefe elige al ganador, que tendrá la oportunidad de actuar en el bar todos los fines de semana durante el resto del mes. El proceso se repite doce veces al año.

—Todavía no entiendo por qué lo haces —comento, y miro la hora en mi móvil. Faltan treinta minutos para que empiecen las clases—. No creo que sea una buena estrategia de publicidad, teniendo en cuenta lo malos que son algunos grupos.

—Son jóvenes con sueños, Alex. Puede que espanten a algunos clientes, pero es un día especial para ellos y con eso me basta. A veces uno necesita que le recuerden lo mucho que vale. Además, tengo la esperanza de que algún día uno de ellos saltará a la fama y declarará públicamente que mi bar acogió su primera actuación. Eso sí que sería buena publicidad. —Hace una pausa y me sonríe—. Me recuerdan a ti, ¿sabes? Cuando te conocí eras igual que ellos.

Se me seca la boca. Podría parecer que no ha dicho nada importante, pero ambos sabemos que no es así y que espera una respuesta.

—Sí, supongo. No sé. —Me gustaría dejar el tema, pero no puedo evitar replicar—: Yo nunca fui tan ambicioso, Bill.

—No digas tonterías. Todavía me acuerdo de cuando me dijiste, literalmente, que deseabas salir de este cuchitril asqueroso para cumplir tu sueño y ser músico.

No tengo un espejo delante, pero apostaría toda mi colección de discos de vinilo a que estoy más rojo que un tomate.

—Deberías haberme echado a patadas —respondo.

Se echa a reír.

—Me gusta la gente honesta. Además, desde el principio me pareciste un chico muy sensato. Sabías lo que querías y luchabas por conseguirlo.

Parece querer añadir algo más, pero se queda callado y fuerza una sonrisa. Por desgracia, lo conozco lo suficiente como para saber lo que piensa y no me gusta nada.

«Es una lástima que todo haya cambiado».

El local se sume en un silencio incómodo que me agobia. Me aclaro la garganta, me seco las manos en los pantalones y vuelvo a tomar el trapo, que sigue sobre la silla.

—Solo me quedan un par de mesas por limpiar —digo, sin mirarlo—. No tardaré mucho.

Bill suspira.

—Anda, vete.

—¿Qué?

—Vete —repite, cuando me vuelvo hacia él—. No deberías llegar tarde al instituto. Es tu segundo día de clase, ¿no? Puedes irte ya. Yo me encargo de esto.

—Pero…

—No hay peros que valgan. ¿Necesitas que te lleve?

Me apresuro a negar. No quiero causarle más molestias.

—No, está bien, iré a pie. —Sonrío con los labios apretados—. Gracias, de todas formas.

Asiente y vuelve a centrarse en sus asuntos. Cuando recojo mi cazadora de la barra, veo que está contando los billetes de veinte. Suspira y se los guarda en el bolsillo junto a los demás. Después, saca un puñado de monedas y las mete descuidadamente en la caja.

Una vez me he enfundado la chaqueta, tomo el móvil y me dirijo a la puerta. Escucho su voz a mis espaldas antes de tocar el pomo:

—Chico… —Duda antes de continuar—. Hace unos días recibí una llamada de un tal Mason. Me pidió que le dejara organizar un casting en el bar. Él y otro chico quieren formar una banda y buscan a más gente. Hemos quedado esta tarde a las seis. Quizá podrías pasarte. He oído que necesitan un pianista.

Se me encoge el corazón. He cerrado los ojos sin darme cuenta. Lucho con todas mis fuerzas por no girarme mientras tomo aire.

—La música no es lo mío, Bill —me limito a contestar.

Después, salgo del local. Supongo que, si me repito a mí mismo esa mentira de vez en cuando, algún día me la creeré.

7. K. K. Splash Pro
Alex

—Vale, llevamos quince minutos aquí y ningún tío cachas ha venido a darte una paliza. ¿Podemos irnos?

Miro a mi hermana con mala cara, pero no me presta atención. Estamos frente al instituto, escondidos junto a las escaleras que conducen a la entrada. El sol me calienta la sudadera negra y la tela hace que me piquen los brazos, pero no me la quito. Con ella puesta me siento protegido y, honestamente, prefiero calcinarme a dejar que me asesinen.

Me asomo por encima del pasamanos. Si no estuviéramos haciendo tanto el ridículo, me sentiría como el protagonista de una película de espías. Ante mi silencio, Blake resopla. La tomo del brazo para que no se levante.

—No te muevas —le ordeno—. Harás que nos vean.

—¿Puedes dejar de ser tan dramático? Esto es una estupidez.

Pestañeo, escéptico.

—Perdona por preocuparme por el bienestar de mis extremidades, mi cara y mi dignidad. Es probable que hoy vuelva a casa con un váter en la cabeza o, aún peor, convertido en puré, pero sí, tienes razón, estoy siendo dramático. Desde luego, no sé cómo me aguantas.

Pone los ojos en blanco y sacude el brazo para que la suelte. Lo hago a regañadientes, no sin antes advertirle que no vuelva a intentar ponerse de pie.

—Eres insoportable cuando te pones sarcástico, ¿sabes? —gruñe. Acto seguido, como ya debería haber imaginado, ignora mis amenazas y se levanta. Esta vez no intento evitarlo, aunque sigo agachado—. Mueve el culo, Alex. No permitiré que te quedes aquí todo el día. Arruinarás mi reputación.

—¿Qué reputación? —la pincho y se desespera.

—¡Sal de ahí de una vez! —chilla, y me tira del brazo.

Me resisto.

—Ese chico, Gale, Bale, Nale o cómo diablos se llame, quiere aplastarme la cabeza. —Me recorre un escalofrío solo de pensarlo. Vuelvo a mirar a nuestro alrededor, por si acaso, y suspiro. Está despejado—. Owen es su novia y…, joder, sabes lo que parece esa foto. Ahora todo el mundo piensa que nos hemos enrollado y estará muy cabreado. Prefiero no correr el riesgo. Ya sabes lo bruto que puede llegar a ser. —Se me ocurren un par de ocasiones en las que ha arremetido contra algunos de mis compañeros, pero prefiero no pensar en ello—. Así que lo siento, pero no. No voy a moverme de aquí en todo el día.

—Bien. Me largo. —Estoy a punto de celebrarlo cuando Blake me mira y añade—: Por cierto, le diré a Barney que venga a hacerte compañía. Seguro que estará encantado de traer su fregona.

Después, rodea el pasamanos para subir las escaleras. Ahora mismo la odio bastante porque ha conseguido que me replantee mi decisión. La conozco y sé que no se marca un farol. ¿De verdad va a traer a Barney hasta aquí? Supongo que solo me queda decidir qué me da más miedo: el novio de Owen o el conserje.

Me sorprende tenerlo tan claro.

—Está bien. Voy contigo.

Si me matan, buscaré la forma de echarle la culpa a ella.

Entramos juntos. Mi hermana va a mi lado y, aunque no saluda a nadie, todos se giran para mirarla porque ese es el efecto que tiene en los demás. Cuando éramos pequeños, mamá decía que Blake era brillante y que deslumbraba a los que la rodeaban. Años después, todavía pienso que tenía razón.

Somos diferentes en ese sentido. A mí me gusta pasar desapercibido porque me trae menos problemas. Si mi hermana es como un diamante en bruto, yo me parezco más a un trozo de carbón. Nadie me presta atención porque hay muchas otras piedras preciosas a las que mirar y, hasta ahora, me ha ido bien así.

No obstante, parece que hoy el mundo está al revés. Noto miradas que me siguen mientras recorremos los pasillos. La gente susurra cuando nos ve pasar. Se oyen risas y hay quienes me señalan con disimulo. Escucho a unas chicas de primero hablar sobre el chico que estaba sentado con Holland Owen ayer en el comedor. Pero nadie sabe si soy el mismo que aparece en la fotografía.

Trago saliva. Las chicas se echan a reír y oigo cómo insultan a Owen. «Zorra». He escuchado esa palabra muchas veces desde lo ocurrido ayer. Y es una mierda.

Apuro el paso para permanecer cerca de Blake y susurro:

—Voy a convertirme en un batido de ser humano.

Sonríe, aunque también parece abrumada.

—Le pediré al cocinero que te meta en un vaso con pajita.

—Siempre solucionas todos mis problemas —murmuro con ironía.

Entramos en el pasillo en el que están las aulas de ciencias. Está bastante más vacío que el principal –como máximo, habrá unas diez personas–. Me tranquiliza que no me presten atención. De todas formas, acepto cuando Blake se ofrece a acompañarme a clase porque no me siento seguro entre estas paredes.

Como si hubiera tentado a mi suerte, de pronto las cosas se complican. Oímos unas voces masculinas y unos chicos de último año entran en el pasillo. Caminan hacia nosotros y me basta con ver sus uniformes y el ancho de sus músculos para comprender que son jugadores del equipo de fútbol. En otras palabras: los posibles causantes de mi inaplazable muerte.

Blake retrocede y chocamos. Me he quedado inmóvil.

—Alex —susurra, y traga saliva—, ¿preparado para conocer al novio de tu chica?

—¡Eh, Blake!

Me sobresalto cuando alguien grita su nombre. Por instinto, la empujo con suavidad para que dé la cara por mí. Podré parecer un cobarde, pero ahora mismo no me importa mi reputación. Mi única prioridad es sobrevivir.

Aunque parece molesta, Blake no se aparta. La voz pertenece a un chico fornido de piel tostada y pelo oscuro que se separa del grupo de jugadores para acercarse a nosotros. Es sorprendentemente rápido y, para mi desgracia, se detiene junto a mi hermana antes de que haya ideado un plan de escape.

Entonces, sonríe y sus ojos se iluminan.

—Bueno, no has salido corriendo. Creo que debería tomarme eso como una victoria —comenta. Mira a mi hermana con tanta intensidad que creo que no se ha dado cuenta de que estoy aquí—. Estuviste una hora entera hablando con mi primo y conmigo, y Finn es un experto en espantar a las chicas. Me alegro de que no nos evites. Lo harás tarde o temprano, por supuesto, pero está bien que de momento pienses que somos normales.

Lo siguiente que escucho es la risa de Blake. Resopla y empuja al desconocido, que amplía su sonrisa. Pestañeo. ¿Son amigos? ¿Qué me he perdido? Que yo sepa, mi hermana no soporta a los deportistas de este instituto. Los ha criticado desde que nos matriculamos.

—Muy gracioso —responde Blake y se pone de puntillas—. ¿Dónde está Finn?

Al oírla, ese individuo autóctono de un gimnasio se vuelve y silba para llamar la atención de sus amigos. De pronto, todos nos miran y creo que el corazón se me va a salir del pecho. Habrá al menos diez y todos tienen unos brazos musculosos que son el triple de anchos que los míos. Es un hecho: mi hermana acaba de firmar mi sentencia de muerte.

Retrocedo con disimulo. Si Gale está entre ellos, me vendrá bien tener ventaja a la hora de escapar. Por suerte, no es él quien se acerca. Ni por asomo.

—¡No te lo vas a creer!

Un chico bastante peculiar corre hacia nosotros. De primeras, mi cerebro lo cataloga como una no amenaza. Es un adolescente casi tan alto como yo, aunque le saco unos centímetros de altura, se nota que está bastante delgado incluso debajo de la ropa holgada que lleva puesta. Tiene acné y el flequillo se le pega a la frente. Se detiene a nuestro lado, sonriendo, como si trajera buenas noticias.

—¡Adivina lo que he conseguido! —exclama y le toca el hombro a mi hermana como diez veces seguidas. Ella frunce el ceño.

—Hola a ti también, Finn.

—¡Vas a alucinar! Mira esto.

Saca el móvil, lo desbloquea y le muestra la pantalla. No se ha molestado en comprobar que no haya profesores cerca.

—¡Así es, querida! —continúa ese tal Finn, emocionado—. ¡Por fin he conseguido pasarme el nivel número doce del K. K. Splash Pro! Tardé tres horas y ocho minutos en lograr que este señor superara el laberinto, saltara cada obstáculo y venciera a todos los enemigos que se interponían entre su preciado váter y él, pero mereció la pena. El problema es que ahora estoy atascado en el nivel trece. Es superemocionante, ¿eh? Me pregunto si seré el único jugador que ha notado el grave problema que tiene el héroe con los apretones. ¿Comerá muchos kiwis? La gente dice que son buenos para el estreñimiento… —Me mira y me sonríe—. ¡Oh, hola! ¿Juegas al K. K. Splash Pro?

Me cuesta un segundo entender que habla conmigo. No sé en qué momento ha notado mi presencia, pero por su culpa ahora Mason, miembro vip del gimnasio, también me mira con el ceño fruncido. Trago saliva. Tengo la garganta seca.

—¿Y bien? —insiste Finn.

No me salen las palabras. Blake me dedica una sonrisa nerviosa.

—Me llamo Alex —digo al fin. Sin embargo, Finn le resta importancia con un gesto.

—¿Juegas o no al K. K. Splash Pro?

Niego y él resopla, como si le pareciera una deshonra que no me guste ese videojuego tanto como a él. La situación me hace gracia, pero no me río porque no soy capaz. La mirada de Mason me taladra el cráneo y, a juzgar por su expresión, no parezco caerle demasiado bien.

—¿Es amigo tuyo? —le pregunta a Blake, y me señala con la cabeza.

¿Conocerá a Gale? Es posible que se lleven bien. A fin de cuentas, están en el equipo, ¿no? A lo mejor se ha dado cuenta de que soy yo quien estuvo con Owen ayer en el cuarto del conserje y está a punto de ir a contárselo a su novio. Me entran escalofríos al pensarlo. Solo llevamos dos días de clase y ya tengo enemigos. ¿Quién había dicho nada de tener un año tranquilo?

Ojalá Barney hubiera abierto la puerta.

—Somos hermanos. —La voz de Blake me trae de vuelta a la realidad—. Chicos, este es Alex. Alex, estos son Mason y Finn, los ejemplares de seres humanos más raros que conocerás jamás. Vamos juntos a Educación Física. Solo los soporto porque no se enfadaron como los demás cuando les pateé el culo jugando al tira y afloja.

—En realidad hizo trampas —me explica Finn, que me estrecha la mano. Tiene los dedos tan finos que parecen espaguetis—. Nos dio una paliza a todos y después descubrimos que había atado la cuerda a la espaldera. Aunque eso no le quita mérito, ¿verdad? La inteligencia siempre gana a la fuerza. Si no, que se lo digan a Mason. Está en el equipo solo porque saca buenas notas. Ambos sabemos que no podría marcar un gol sin caerse de culo —susurra, y lo señala. Mason gruñe e intenta darle una colleja, pero Finn lo esquiva, entre risas, y añade—: Tampoco lo aceptaron por su cara bonita, porque es evidente que no es el primo guapo.

De pronto, me estoy riendo. Sin embargo, mis carcajadas cesan rápido porque Mason me mira con desdén. Espero que no se le crucen los cables y me dé una patada en la cara. Bueno, vale, en la cara no porque tendría que subirse a una silla para que su pie alcanzara mi nariz, pero nos entendemos.

Por suerte, se limita a resoplar y asentir en mi dirección.

—Si eres el hermano de Blake, nos llevaremos bien.

Ya. Fuerzo una sonrisa, aunque no termino de fiarme. De todas formas, me quedo más tranquilo. En una situación como esta, necesito tantos aliados como sea posible. Mientras Finn revolotea a nuestro alrededor, Mason se mete las manos en los bolsillos y mira a Blake.

—Los chicos quieren conocerte —le dice, y hace un gesto hacia sus amigos—. Tu hermano también puede venir.

Las alarmas en mi cabeza se encienden. Mi hermana me lanza una mirada furtiva porque no sabe qué contestar. Pero la respuesta es no. No puedo arriesgarme a que me reconozcan y me aplasten la cabeza. ¡Son los amigos de Gale! Y ahora todo el instituto piensa que me he enrollado con su novia. Además, ¿quién me asegura que él no esté allí?

Necesito irme de aquí. Intento parecer tranquilo y niego con la cabeza, pero Blake habla antes que yo:

—No podemos —responde.

Mason frunce el ceño.

—¿No podéis?

—Los chicos son imbéciles, pero también son majos. Os caerán bien —nos dice Finn—. Bueno, al menos creo que no os caerán mal. Dejémoslo en que os caerán neutrales.

Me habría reído si no temiera por mi vida. Blake duda y, como sé que no puedo dejarlo todo en sus manos, me aclaro la garganta e intervengo:

—Tengo una prueba de Francés. Quiero entrar en la clase de nivel avanzado. No debería llegar tarde si no quiero suspender. —Las palabras salen vagamente de mi boca. Señalo el pasillo a mis espaldas—. Creo que voy a… —Dejo la frase en el aire y miro a Blake—. Tú puedes quedarte, si quieres.

Asiente y me sonríe con nerviosismo. Por suerte, nadie tiene demasiado interés en que los acompañe y no insisten. Finn me apunta con un dedo antes de dejar que me vaya:

—Tienes que probar el K. K. Splash Pro.

Sonrío, aunque no me ve porque ya se alejan. Decido ser precavido y, para no levantar sospechas, espero a que salgan del pasillo junto al resto de jugadores para echar a correr en dirección contraria. No he mentido respecto a lo de Francés; se me dan bien los idiomas y necesito entrar en la clase avanzada si no quiero aburrirme durante el resto del curso. Sin embargo, ahora tengo otras cosas en las que pensar.

Quiero estar tan lejos de Gale y de sus amigos como sea posible. He intentado convencerme de que todo saldrá bien, pero ya no puedo engañarme más. Ese chico estudia aquí. No podré evitarlo eternamente. Quedan nueve meses de curso. Cualquier día aparecerá sin más frente a mí y me desfigurará la cara de un puñetazo. Como mínimo. Todo es un desastre. Un auténtico desastre.

El corazón ya me late rápido, pero se acelera cuando llego al cuarto del conserje. Es curioso que haya acabado justo donde empezaron mis problemas. Este lugar ha sido mi refugio durante años y no estoy preparado para despedirme de él todavía. Además, ahora necesito esconderme del mundo que me rodea, así que entro y cierro la puerta.

No me preocupo en comprobar que no haya nadie cerca porque a esta hora todos están en clase. La soledad me acoge como una vieja amiga y hace que me sienta un poco mejor. Tomo aire. Después, tanteo la pared a oscuras hasta dar con mi escondite: ese hueco tan poco acogedor que hay tras las estanterías. Me siento y escondo la cabeza entre los brazos.

Quiero estar bien, de verdad que sí, pero no puedo. La ansiedad hace que se me forme un nudo en el estómago que es cada vez más intenso. Me lo he guardado durante demasiado tiempo y ya no lo soporto más. Tengo que encontrar una solución. Odio ser tan débil. Odio no poder resistirme.

Porque ya no hablo sobre Gale, Owen y la fotografía.

Sino sobre la propuesta que me ha hecho Bill esta mañana.

Me muerdo el labio con fuerza y no me detengo hasta que noto un sabor metálico en el paladar. Debería llamarlo ahora mismo para decirle que no, que lo siento, que no pienso ir. Que es inútil que me presente a esa audición porque no quiero ser pianista. Mucho menos formar una banda. Que, en realidad, mi sueño es quedarme aquí, en esta ciudad gris y agobiante, graduarme y encontrar un trabajo que me dé dinero y mantenga a mi familia.

Quiero llamarlo para explicarle todo esto y pedirle que no me anime a luchar por un sueño que se hizo pedazos hace mucho. Porque me duele.

Me duele saber que no podré conseguirlo. Que estoy atado a este lugar.

—Mierda, Alex —susurro, y me seco las lágrimas con el brazo—. Deja de portarte como un crío.

«Madura de una vez. Eres patético».

Cierro los ojos e intento retener un sollozo. Llorar no sirve para nada porque no solucionará mis problemas. A todos nos llega la hora de asumir nuestra propia realidad aunque sea una mierda tremenda, no nos queda otra alternativa. Al menos, no si eres como yo.

Debería dejar de lamentarme y volver a clase. No obstante, justo cuando voy a hacerlo, escucho pasos y la puerta se abre. Doy un brinco y me agazapo contra las cajas con el corazón en un puño. No sé quién acaba de entrar, pero, a diferencia de ayer, hoy deseo con todas mis fuerzas que sean Barney y su fregona.

Pero me equivoco.

—Gale, eres maravilloso. Joder.

Se oyen suspiros y me quedo paralizado. Mis pulmones se congelan y tengo que agarrarme a la estantería para no perder el equilibrio. Mierda. ¿Es una broma? Sabía que no debía confiar en Owen. Era evidente que no pensaba respetar nuestro tratado. Lo ponía en el primer punto: los miércoles, de once a doce, este lugar me pertenece. Parece que no se enteró bien, porque ahora está aquí y, para colmo, no ha venido sola.

Menudo día de mierda. Cierro los ojos con fuerza para no presenciar la escena. No me interesan los detalles. Permanezco tan quieto como una estatua e imagino que estoy solo y que ellos no existen, pero es imposible ignorar lo rápido que me late el corazón. Estoy muerto de miedo. Aun así, no hago nada por interrumpir su reconciliación. Con suerte, Owen le demostrará lo mucho que lo quiere y a Gale se le pasarán las ganas de asesinarme y me dejará en paz.

Por suerte, esta vez dura menos que la anterior. De pronto, el timbre suena por todo el instituto y, en silencio, suelto el aire que contenía en los pulmones. Luego, por fin abro los ojos para contemplar la escena. Igual que ayer, la oscuridad no me deja ver nada más allá de sus siluetas. Gale y Owen se besan hasta que él se aparta. Juntan sus frentes y el chico suelta un silbido.

—Tú sí que eres maravillosa —susurra, y ella se ríe—. Tengo que irme, preciosa. Mi novia me está esperando.

¿Qué?

Frunzo el ceño y me pego a la estantería para verlos mejor. Se dirigen hacia la puerta tomados de la mano y, cuando la habitación se ilumina, distingo la figura de Gale junto a otra bastante más pequeña. Me da un vuelco el corazón.

Esa chica no es Owen.

8. Rota en pedazos
Holland

Todo el mundo ha visto la fotografía.

Anoche entré en Instagram y ya tenía setecientos «me gusta». He recibido una treintena de mensajes desde entonces. Algunos son de cuentas anónimas con nombres ridículos, como @anónimo123 o @tupeorpesadilla456, que acaparan mi buzón con insultos y, en ocasiones, con fotografías subidas de tono que no descargo. El resto son de chicos del instituto. Al parecer, que me haya enrollado con un tío en el cuarto del conserje les da mucho morbo a todos, porque nunca habían intentado ligar conmigo con tanta avidez. Es repugnante.

Sin embargo, no les presto demasiada atención. Es fácil huir de las redes sociales. Solo hay que apagar el móvil y el mío lleva guardado en un cajón desde ayer. Mis problemas no están en internet, sino aquí, en el mundo real, donde no hay forma de esconderse. Ahora que todos han oído los rumores, las miradas curiosas me persiguen allá donde voy.

También escucho cosas. Mis compañeros cuchichean en clase y he pillado a varias personas que me señalaban con disimulo cuando he pasado cerca de ellas. Creen que Gale va a romper conmigo, que lo nuestro está más que acabado. Que soy una mala persona y una zorra. Que voy a quedarme sola y que yo misma me lo he buscado. Que Gale tiene a demasiadas chicas detrás como para perder el tiempo conmigo.

Que no merezco la pena.

Y lo peor de todo es que no sé si es verdad porque no hemos hablado desde ayer. También he ignorado las llamadas de Sam y anoche me encerré en mi cuarto antes de que llegaran mis padres. Teniendo en cuenta lo rápido que corren los rumores, es imposible que no se hayan enterado y me aterra tener que enfrentarme a ellos.

Me da miedo que no me crean y me llamen mentirosa.

De forma que sí, estoy aterrorizada, pero no puedo dejar que nadie lo sepa.

Me apoyo en el lavabo y me miro al espejo. Tengo los labios tirantes, pero se me da especialmente bien fingir y hacer creer a todos que mi vida es maravillosa. Me he tapado las ojeras con corrector —no he podido dormir— y llevo un peinado muy cuidado que me ayudará a disimular que no tuve fuerzas para lavarme el pelo ayer por la noche. Por fuera, sigo siendo la Holland de siempre; la que es perfecta.

Por dentro, las cosas son más caóticas.

Para rematar, me aplico bálsamo labial y me retoco la máscara de pestañas antes de guardar el neceser en mi bolso. Sonrío hasta que me duelen las mejillas y salgo del baño.

No pienso dejar que esa ridícula cuenta de Instagram pueda conmigo.

Es la hora del almuerzo, así que el pasillo está lleno de gente. Paso frente al aula de Matemáticas para llegar hasta mi taquilla y siento cómo me siguen las miradas. Quiero coger mi libro de Literatura y refugiarme en la biblioteca hasta que volvamos a clase. Ir a la cafetería sería meterse en la boca del lobo. Lo mejor será actuar con normalidad, pero evitar las aglomeraciones. Conozco a mi novio y sé que estará donde esté la multitud. Tendremos que hablar tarde o temprano, pero prefiero esperar y hacerlo fuera del instituto, cuando haya pensado en lo que voy a decirle.

Debería haber pensado en un plan B. Cuando giro a la derecha y me adentro en el pasillo donde está mi taquilla, descubro que Gale está frente a ella. Esperándome.

Mierda. Trago saliva y me planteo seriamente salir corriendo. Por desgracia, está con sus amigos y es inevitable que, al menos, uno de ellos advierta mi presencia. Neisan, un jugador de último año que ya se ha ganado mi odio eterno, le da un codazo a Gale y me señala con disimulo.

Allá vamos.

Me ve y camina hacia mí. Aprieto los labios mientras miro a mi alrededor. El corazón me late muy rápido. Tomo aire para tranquilizarme y me repito una y otra vez que Gale me conoce: sabe que odio llamar la atención y estoy segura de que no piensa montar un espectáculo en medio del pasillo. No cuando hay tanta gente delante.

Una vez más, estoy equivocada.

—¡¿Dónde diablos está?!

Se acerca tan rápido que me pilla desprevenida. Alarmada, doy un respingo y retrocedo.

—¿Qué? —demando e intento mantener la calma.

—¿Dónde cojones está? —repite—. ¿Dónde está ese capullo?

El corazón me da un vuelco. Habla de Alex.

—Gale, tranquilízate. Sé que has visto la fotografía, pero…

—Sí, Holland. He visto esa jodida fotografía —me interrumpe. Su tono es brusco y muy agresivo—. Quiero saber dónde está ese capullo ya. Voy a partirle la puta cara. Nadie me deja en ridículo, ¿me oyes? Dime dónde está. —Como no respondo, avanza un paso más—. ¡¿Dónde diablos está?!

Sus gritos me ponen los pelos de punta. Siento decenas de miradas clavadas en nosotros. Nos hemos convertido en el centro de atención.

—Cálmate —le susurro—. Las cosas no son como tú crees. Vámonos de aquí y deja que…

—No pienso ir a ningún sitio contigo —me espeta. Intento tomarlo de la mano para que nos marchemos, pero se aparta con brusquedad. Está furioso—. No me toques, mentirosa. Eres una puta mentirosa. Por eso no querías acostarte conmigo, ¿no? Porque te tirabas a otro. ¿Crees que puedes reírte de mí y dejarme en ridículo delante de todo el mundo?

Se acerca más y retrocedo con un traspié. El corazón se me va a salir por la boca. Aunque intento hablar, me lío con las palabras. Voy a echarme a llorar.

—No fue así —respondo con lágrimas en los ojos—. Deja que… Por favor…

—No quiero que me expliques nada. Lo he visto con mis propios ojos. No me creo que me hayas hecho esto. Joder. ¡Joder! —Se lleva las manos a la cabeza—. He aguantado tus malditas inseguridades y tus estupideces. ¡He estado ahí cuando me has necesitado! ¿Y así es cómo me lo agradeces?

—No —balbuceo—. De verdad que no… Yo no…

—¿Cuánto tiempo llevas con él?

—¿Qué?

—¡Dímelo!

—Gale…

—¿Sabes qué? No quiero saberlo. Se acabó —sentencia, y sus palabras se me clavan como estacas en el pecho—. No quiero volver a saber nada de ti. No vuelvas a acercarte a mí ni a mis amigos. A partir de ahora, estás sola. Sin mí no eres nadie, Holland, y te lo demostraré. Vete a la mierda.

Se me escapa un sollozo. No puede ser.

—Por favor, no me dejes. Puedo explicarlo. La fotografía no es real. No hay nada entre ese chico y yo. Créeme. Tienes que creerme —digo a toda prisa. Noto una fuerte presión en el pecho que me impide respirar—. Yo nunca te engañaría. Te quiero.

Esto no puede estar pasando. La gente no deja de mirarnos, pero sus opiniones no me importan. Mi novio quiere romper conmigo y no sé cómo demostrarle que digo la verdad. Desesperada, me acerco y le pongo las manos en las mejillas.

—Tienes que confiar en mí —insisto—. ¿Confías en mí?

Niega y mi corazón se resquebraja.

—No puedo. —Sus ojos se encuentran con los míos. Está decepcionado, dolido y enfadado—. No puedo confiar en ti y es culpa tuya. Lo has estropeado todo.

Retrocede para romper el contacto y me lanza una última mirada antes de marcharse. Me llevo una mano a la boca para ahogar los sollozos mientras se aleja. Cada uno de sus pasos me golpea como una patada en el estómago y, de pronto, me asfixio porque tengo un nudo en la garganta. «Déjalo ir», pienso. «Necesitas respirar».

Quiero echarme a llorar, pero no lo haré delante de toda esta gente. Los pulmones me arden en busca de oxígeno. Me cubro la boca con más fuerza y camino cada vez más rápido. Lo siguiente que sé es que estoy corriendo y que no me importa que todos me miren; necesito salir de aquí antes de que todo empeore.

«Cálmate. Todo saldrá bien. Solo será un momento. Respira y todo habrá terminado pronto». Pero, cuando veo las escaleras del sótano, tengo los dedos entumecidos y el mundo me da vueltas. Entro, cierro la puerta y apoyo la espalda contra la pared. El corazón me late tan rápido que parece estar a punto de colapsar.

No, no, no. Joder. No puedo dejar de llorar. Sollozo y, aunque quiero volver a hacerlo, me falta el aire. Me ahogo. Tomo varias bocanadas de oxígeno y pongo las manos contra la pared. Me doblo sobre mí misma y las lágrimas caen al suelo. Han pasado años desde que sufrí un ataque de ansiedad. Saber que está a punto de pasarme otra vez solo empeora las cosas.

Alguien tiene mis pulmones en las manos y los retuerce sin piedad. «Sin mí no eres nadie». No puedo moverme. Gale tiene razón. Sin él no soy nadie. Pienso en la fotografía, en que me insultan por los pasillos, en que todos me odian y en que la única persona que me quería se ha cansado de mí. Todo es culpa mía. No soy nadie. Nadie. Nadie. Nadie.

No sé cómo consigo sentarme. Me abrazo las rodillas y cierro los ojos. Lloro con más fuerza. Mis pensamientos me torturan y, por mucho que intento huir de ellos, no lo consigo, porque una no puede escapar de su propia mente. Hasta que, de pronto, la escucho por encima del caos.

Música.

Alguien está tocando el piano.

Puede que no sea real y que mi cerebro me esté jugando una mala pasada, pero no pienso en ello. Me aferro a esos acordes e intento controlar mi respiración contando en voz baja. Es una melodía tranquila, que guía mis exhalaciones, se cuela en mi pecho y consigue que, tras unos largos minutos, mi corazón se ralentice poco a poco.

«No intentes huir de tu mente. Aprende a dominarla», me digo. Y eso hago. Me concentro en la canción y respiro. La ansiedad disminuye, aunque no desaparece, pero ya no me importa porque vuelvo a tener el control. He llorado tanto que ahora me duele la cabeza y jadeo en busca de aire.

Cuando abro los ojos, todavía me brotan lágrimas.

Entonces me doy cuenta de que las luces del sótano están encendidas.

Es real. La música es real.

De pronto, me pongo de pie. Me tambaleo a causa del mareo, y empiezo a bajar las escaleras apoyada en la barandilla. La melodía suena con más fuerza y se cuela en mi pecho como si quisiera asegurarse de que estoy bien. En otra ocasión, quizá me habría marchado, pero necesito saber quién toca. Como mínimo, debería darle las gracias.

Llego al final y me quedo junto al pasamanos porque me da miedo caerme. Un chico, sentado en el banco frente al instrumento, golpea las teclas con determinación. Por eso la canción ha ganado potencia. No trata el piano con delicadeza, sino que actúa como si lo odiara.

Aun así, me eriza la piel. Parece un momento tan íntimo que me siento como una intrusa. No me ha visto porque sigue con los ojos cerrados. Tararea unos versos que solo se sabe a medias y, por fin, veo su rostro.

Es Alex.

Y tiene una voz preciosa.

Solo con escucharla, me quedo sin respiración, pero es un sentimiento agradable muy diferente al de antes. Entona una estrofa que apenas rima y me da la sensación de que está improvisando. Aunque duda, sus dedos se mueven firmes sobre el piano. Tiene una voz ronca que se rompe al final de la canción. No la había escuchado nunca; puede que la escribiera un artista que no conozco.

No me doy cuenta de que he olvidado mis problemas hasta que deja de cantar y el silencio los trae de vuelta. Un cúmulo de emociones estalla en mi estómago y las ganas de llorar regresan. La música, la ansiedad y mi reciente ruptura hacen que me resulte imposible retener un sollozo.

Entonces, él repara en mi presencia.

—¿Owen? —Me reconoce en cuanto me ve. Debo tener mal aspecto, porque añade—: ¿Estás bien?

No respondo. Alex frunce el ceño y se acerca, aunque se detiene a unos metros, como si quisiera guardar las distancias. No entiendo por qué parece tan preocupado. Asiento y finjo que no tengo un nudo en la garganta.

—Sí, no pasa nada. —Pero apenas me sale la voz.

—¿Qué haces aquí?

—No tenía hambre.

—¿Seguro que estás bien? No dejas de llorar.

Trago saliva. Me sorprende que lo haya mencionado: no estoy acostumbrada a que alguien se interese por mis sentimientos. Es culpa mía, porque siempre me niego a hablar sobre lo que me hace daño. Solo confío en una persona, y ha vivido durante un año en otro continente.

Puede que la situación me supere, porque hoy no puedo engañarme a mí misma por más tiempo. En su mirada veo algo que hace querer confiar a él y, de pronto, ya no lo soporto más. Estallo.

—Gale ha roto conmigo. Cree… Cree que lo he engañado y…

«Que ha sido contigo», añado para mis adentros.

Se queda callado. No debería haberle dicho nada. Lo más normal sería que se riera de mí. ¿Qué pretendía? No somos amigos. Tampoco es que vaya a consolarme. Lo han castigado por mi culpa. Es posible que me deteste y acabo de ofrecerle algo con lo que podría hacerme daño si quisiera.

—Lo siento —dice.

Se me encoge el corazón. Parece sincero.

—No es culpa tuya.

—Ni tuya —me recuerda, con firmeza.

Alzo la mirada y nuestros ojos conectan. Tiene razón. En realidad, no es culpa de nadie. Sin embargo, eso no significa que no me duela lo que ha pasado. Que Gale me haya dejado. Que no me haya creído. Que prefiera confiar en una página anónima de Instagram antes que en mí.

—¿Quieres que llame a alguien? —me pregunta—. Puedo prestarte mi móvil si necesitas avisar a algún amigo. O puedes quedarte aquí y yo iré a buscar a quien sea al comedor. No creo que debas pasar por esto sola.

Las lágrimas brotan. Odio que me vean llorar, así que me las seco y niego.

—No te preocupes. Estoy bien —miento—. Siento haberte interrumpido. No sabía que estarías aquí. Creo que debería irme… Sí, adiós.

Lo más sensato habría sido llamar a Sam. Necesito hablar con él. Sin embargo, no nos hemos visto desde ayer y no sé cómo habrá reaccionado al enterarse de todo. Sé que confía en mí, pero también entiendo que es difícil creer que no hay nada entre Alex y yo cuando todo el instituto piensa lo contrario.

Estoy subiendo las escaleras cuando escucho su voz detrás de mí:

—Si sales y dejas que todo el mundo te vea así, les darás lo que quieren. No dejes que ganen.

Ha dado en el clavo. Me he repetido esas mismas palabras desde ayer. Solo por eso, no resisto el impulso de mirarlo. Alex tiene unos ojos muy oscuros que, en momentos como este, transmiten mucha seguridad.

—¿Quieres que me quede aquí contigo? —cuestiono con el ceño fruncido. Tiene que ser una broma.

Sonríe a medias.

—Haré el esfuerzo de soportarte hasta que vuelvas a estar bien.

Trago saliva.

—No tienes por qué hacerlo.

—Pero quiero hacerlo. Sobreviviremos. Solo tenemos que cumplir lo que pusimos ayer en nuestro tratado de paz.

Aunque no quiero, se me escapa una sonrisa. Asiento tímidamente y me hace un gesto para que lo siga. Subimos al escenario, se sienta junto al piano y se apoya contra una de las patas. Hago lo mismo, pero guardo cierta distancia. No puedo evitar mirarlo de reojo. Lo que ha dicho ha sido un poco raro, pero también ha sido bonito. Puede que no sea tan mal chico, después de todo.

Me pregunto si me tratará tan bien cuando se entere de que Gale quiere darle una paliza.

Es curioso que hayamos coincidido aquí. Dodo nos enseñó este sitio ayer, junto antes de dejar que nos fuéramos, porque es donde planea guardar todos los instrumentos mientras reforman el aula de música. Tenía tantas ganas de irme a casa que no presté mucha atención. No me había fijado en que había un piano.

Supongo que Alex fue mucho más observador.

No puedo sacarme esa melodía de la cabeza. No solo porque me haya gustado escucharla, sino porque, además, me ha servido como ancla. Creo que debería darle las gracias a Alex, aunque no sé exactamente por qué. No obstante, a pesar de que cabe la posibilidad de que sepa que lo he oído tocar, no menciona nada al respecto y nos quedamos en silencio.

Ahora que no tengo distracciones, me convierto de nuevo en víctima de mi propia mente. Pienso en Gale, en que me ha dejado y en que no sé cómo viviré sin él. Todos mis amigos fueron suyos primero. Mis padres lo adoran. Se ha convertido en una parte tan importante de mi vida —o en casi toda mi vida—, que no sé cómo seguiré adelante ahora que estoy sola.

Esa es la realidad: estoy sola. ¿Qué pensará Stacey cuando se entere? Somos amigas solo porque Gale nos presentó. Que Sam haya vuelto no significa que quiera perderla, pero saldrá de mi vida, como hacen todos, porque no soy su primera opción.

Nunca he sido la primera opción de nadie.

Excepto de Gale, y me ha dejado.

Se me forma un nudo en la garganta. Aprieto los labios e intento no echarme a llorar. A mi lado, Alex intenta arrancar un trozo de moqueta del suelo. Todavía tiene el pelo revuelto, como ayer, y parece tan concentrado en su tarea que me sobresalto cuando escucho su voz:

—Hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué dices que te ha dejado?

Preferiría no hablar del tema, pero creo que necesito desahogarme.

—Cree que lo he engañado.

—Pero no lo has hecho. —Hace una pausa—. No conmigo, al menos.

—Ni con nadie —aclaro.

—¿No has pensado en decírselo?

Me abrazo las rodillas.

—Lo he intentado, pero no confía en mí. —Por algún motivo, necesito buscar razones para justificarlo—: Tiene pruebas de que miento. La fotografía.

No termino de entender cómo funciona este chico, así que no estoy segura de cómo reaccionará. Supongo que una parte de mí esperaba que sintiera empatía y volviera a decirme que lo siente, pero, en su lugar, resopla.

—En ese caso, creo que deberías saber que has estado saliendo con un imbécil, Owen. No deberías llorar por alguien así. —Por fin arranca el pedazo de moqueta. Lo miro, sorprendida por su brusquedad. No entiendo a qué viene tanto odio hace Gale tan de repente—. Quiero decir… Debería haber confiado en ti, ¿no? Al menos, más que en esa cuenta de Instagram que, por cierto, tiene un nombre muy ridículo.

Pestañeo. No sé por qué, pero necesito defender a mi exnovio.

—Confiaría en mí si no hubiera visto la foto. Sabes lo que insinúa.

Pone los ojos en blanco. Parece molesto conmigo. O con Gale. O con el mundo, en general. De todas formas, me da igual.

—Mira, Owen, creo que deberías saber que… —Lo miro con las cejas alzadas y cierra la boca. Duda y, finalmente, sacude la cabeza—. No hace falta ser un genio para saber que la mayoría de los rumores no son ciertos. Además, ¿es que no se ha enterado de que hay programas para editar fotos? La próxima vez que lo vea, me ofreceré a darle una clase de informática.

Frunzo el ceño todavía más y añade:

—Una clase pacífica, por supuesto.

—Pues sí, porque podría romperte la nariz de un puñetazo.

—O incrustarme la cabeza en un váter —aporta, y se estremece.

De pronto, me río. No se une a mis carcajadas; solo me mira y sonríe, como si hubiera conseguido lo que se proponía. Siento un revoloteo en el estómago y se lo atribuyo a las náuseas del ataque de ansiedad.

—Tiene más razones para no creerme —digo—. La gente habla sin parar.

Su sonrisa decae. Me pregunto si habrá escuchado lo que dicen sobre mí. A Holland Owen, la alumna correcta que tiene una vida perfecta y siempre está segura de sí misma, no le importan las críticas; pero ahora me siento como una persona diferente y esos comentarios me afectan más de lo que me gustaría.

No soporto que la gente me deteste. No me gusta no caer bien. Necesito gustar a los demás, porque, si no lo hago, ¿qué me queda?

—Haz oídos sordos. Ambos sabemos que no tienen razón. Que te hayan sacado una foto abrazando a un imbécil en el cuarto del conserje no te convierte en una zorra.

Trago saliva. Creo que necesitaba oír eso. Por si acaso, inspecciono su rostro en busca de alguna prueba que muestre que me miente, pero no encuentro nada. Es sincero.

—Tienes razón —respondo y arquea las cejas.

—¿En lo que de que soy imbécil?

Eso me hace reír. Niego.

—En lo otro. —Sonríe y, por instinto, frunzo los labios—. Gracias.

Nos quedamos en silencio. No consigo romper el contacto visual. Es un chico guapo; muy diferente a Gale, por ejemplo, ya que está bastante delgado y es tan alto que parece que lo hayan atado de pies y manos para estirarlo, como hacían en la Edad Media. Pero es guapo. Tiene unos ojos muy bonitos y los rasgos faciales afilados. Además, no puedo negar que tiene cierto encanto que siempre vaya peinado de esa forma.

Se nota que es buena persona. Me pregunto si tendrá novia.

Los chicos como él siempre tienen pareja.

De pronto, me pongo alerta porque llevamos demasiado tiempo mirándonos. Doy un brinco y, sobresaltada, me aclaro la garganta y llevo la vista al suelo. Alex también reacciona y se mueve, incómodo.

—Claro que tengo razón —continúa, como si no hubiera pasado nada, aunque parece nervioso—. No has engañado a nadie. Y, aunque lo hubieras hecho, enrollarte conmigo no te convertiría en una zorra. Puede que en una chica con mal gusto sí, pero no en una zorra.

Cuando quiero darme cuenta, estoy riéndome otra vez. ¿Por qué se mete tanto consigo mismo? Me pregunto si lo hará para sacarme una sonrisa o si lo piensa de verdad. Venga ya, ¿una chica con mal gusto?

¿Le habré causado tantos problemas con su novia como yo he tenido con Gale?

—No me gusta nada esa palabra —comento, en referencia a lo que no dejo de escuchar por los pasillos.

—A mí tampoco.

Decido ser cautelosa. Todo esto es demasiado bueno para ser cierto.

—¿Por qué lo haces? —pregunto y frunce el ceño.

—¿El qué?

—Intentas hacer que me sienta mejor. ¿Por qué? Creía que te caía mal.

De hecho, estaba bastante segura de que él también me caía mal.

Parece querer decir algo, pero cambia de opinión en el último momento y sacude la cabeza. Frunzo el ceño.

—No puedo ver a alguien pasarlo mal y no hacer nada al respecto —murmura, antes de apartar la mirada.

Las sensaciones se acumulan en mi estómago. Tenía razón: es una buena persona. De hecho, me recuerda mucho a Sam. Me gustaría que supiera que me arrepiento de haberlo juzgado sin conocerlo, pero me falta valentía para decir algo así. De forma que me quedo callada hasta que el silencio se vuelve insoportable.

—No me creo que llevemos casi treinta minutos aquí y no hayamos discutido —comento, pasado un rato. Se ríe.

—Es verdad.

—Casi pareces otra persona.

Arquea las cejas. Se gira hacia mí y me tiende una mano para que la estreche. A diferencia de mi piel, que siempre está fría, la suya está templada.

—Alexander Lane —dice.

—Holland. —Me mira, esperando que añada algo, pero me resigno—: Owen. Holland Owen.

Me sonríe.

—Owen. Vale. Me gusta.

¿Le gusta?

—¿Por qué siempre me llamas así?

Se encoge de hombros. Para mi desgracia, no responde.

¿Así que es un secreto? Pues vale. Suspiro y hago un esfuerzo por ponerme de pie. Es una suerte que me haya puesto vaqueros, porque me observa sin disimular. Lo rodeo para llegar hasta el piano. Me siento y, consciente de que Alex está pendiente de mí, presiono una tecla con el dedo índice. Se estremece.

—No sabía que te gustara la música —comento.

Por supuesto, hay millones de cosas que no sé de él. Sin embargo, ahora estoy bien o, al menos, todo lo bien que se puede estar después de una ruptura, y es gracias a él. Me encantaría confesarle el efecto que su música ha tenido en mí, pero me cuesta pronunciar esas palabras.

Alex se rasca la nuca.

—Un poco. —De inmediato, se corrige—: Sí. Desde que era pequeño.

—¿Tocas el piano?

—A veces.

Miente. Parece un profesional y eso no se consigue tocando a veces.

—También cantas.

—Ya no.

—Quiero oírte tocar.

No debería haberlo dicho. Quiero volver a escuchar esa canción, pero ahora parece incómodo. Voy a retractarme, pero rompe el silencio:

—Han pasado años desde la última vez que toqué delante de alguien —admite. Sus ojos encuentran los míos y suspira—. Pero está bien.

Sonrío, emocionada. Se levanta y se sienta a mi lado. Me arrastro hasta el borde del banco para darle más espacio. Al principio, creo que es porque no quiero que se ponga nervioso, pero después entiendo que la que está nerviosa soy yo. Trago saliva. ¿Qué me pasa?

—¿Alguna petición? —pregunta, mientras acaricia las teclas sin hacerlas sonar.

—La que tocabas antes. ¿Cómo se llama?

—No tiene título.

—¿Y letra?

—Tampoco.

«¿Por qué? ¿La has compuesto tú?», quiero preguntar.

No obstante, guardo silencio porque ha empezado a tocar. La melodía de antes llega a mis oídos y atraviesa mi pecho cuando llegan los versos finales. Después, Alex me enseña otra canción diferente, de una banda que sí conozco, y toca hasta que suena la campana que anuncia la vuelta a clase.

9. Con la música en las venas
Holland

Siempre pensé que mi primera ruptura sería como en las películas; que me sentiría completamente desolada y que, como no me apetecería salir de casa, Sam vendría al rescate cargado con dos tarrinas de helado y una lista enorme de películas románticas que nos hicieran llorar a los dos. Se supone que eso debería hacerme sentir mejor y que, pasadas unas semanas, quizá, ya lo habría superado.

Pero la vida real es muy diferente. Básicamente porque en mi habitación solo hay una persona: yo.

La gente dice que la compañía ayuda a reparar un corazón roto, pero socializar es lo que menos me apetece hacer ahora mismo. He llorado tanto que me duele la cabeza y siento cómo me pesan los músculos. Además, no dejo de moquear y tengo las mejillas rojas y los labios hinchados. No quiero que nadie me vea así. Ni siquiera Sam.

Mi aspecto refleja lo destrozada que estoy por dentro. Me siento culpable e inútil. Me gustaría que no hubiera tanto silencio porque es difícil huir de mis pensamientos cuando no tengo distracciones. Así es cómo he acabado pensando en Gale. En cuánto lo quiero y en que le he hecho mucho daño. Pienso en que no volverá a tomarme de la mano por los pasillos, a enviarme mensajes de buenos días y a desearme dulces sueños antes de irse a dormir. No me acompañará a clase ni me esperará apoyado contra la taquilla, como hacía siempre, mientras me miraba como si fuera la chica más guapa que hubiera visto jamás.

Como si fuera perfecta.

Así es como Gale me hacía sentir: perfecta. Perfecta a ojos de los demás.

Pero eso se acabó.

Mi móvil vibra sobre la mesilla y maldigo entre dientes. ¿No estaba apagado? Alargo la mano para desbloquearlo, pero dudo en el último momento. Antes, he revisado mis mensajes por encima y tenía varias conversaciones activas. No me sorprendería de no ser porque no hablo con tanta gente. La noticia de que he roto con Gale se ha extendido como la espuma.

«A la mierda», pienso y enciendo la pantalla. Lo primero que hago es desinstalar Instagram. Al menos por ahora, esa aplicación no me aportará nada bueno. Después, miro el buzón de mensajes.

3 conversaciones activas

9 mensajes nuevos

Número desconocido

Hola, guapa.

Frunzo el ceño y lo elimino.

Stacey

¿Qué coño has hecho?

Todo el mundo está hablando de ti.

¿Holland?

Dime que es una broma.

Se me forma un nudo en la garganta. Aunque está en línea, ignoro sus mensajes porque prefiero que hablemos en persona, cuando volvamos a vernos. Solo espero que me dé la oportunidad de explicarme.

Teniendo en cuenta que lo he evitado todo el día, no es raro que Sam también me haya escrito:

Sam

Acabo de enterarme. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Llámame cuando veas esto.

La gente es gilipollas.

Me muerdo el labio con fuerza. De pronto, noto un sabor salado y me doy cuenta de que estoy llorando otra vez. Me los ha enviado a las dos del mediodía, justo antes de que acabaran las clases. Hace veinte minutos, ha escrito otro más.

No tienes por qué venir esta tarde, ¿vale?

Mierda. La audición. Le prometí que me saltaría el castigo para acompañarlo. ¿Cómo he podido olvidarlo? Sinceramente, lo que menos me apetece ahora mismo es salir de mi habitación, pero no puedo fallarle. Sé lo importante que esto es para él. Quiera o no, tengo que ir. Además, creo que me vendrá bien despejarme, después de haber pasado todo el día en un mar de autocompasión.

No me lo pienso dos veces y escribo:

16:45 en mi casa.

Se ha desconectado. Suspiro y dejo el móvil sobre la cama. No tiene sentido negar que estoy decepcionada: en el fondo, esperaba que Gale contestara a las decenas de mensajes que le he enviado. Creo. Aunque supongo que una parte de mí también deseaba encontrarse con una conversación sin abrir de un número desconocido, que estuviera dispuesto a hablarme sobre música y recordarme que no soy una zorra, como dice todo el mundo.

Aparto esos pensamientos de mi mente. Alex no me escribirá. Es ridículo. No tiene mi número de teléfono y tampoco pienso dárselo. Además, ni siquiera somos amigos. Lo de esta mañana ha sido una excepción. Mañana nuestra tregua habrá llegado a su fin y volveremos a odiarnos mutuamente.

Trago saliva. No me gusta saber que mañana también tendré que sentarme sola en todas las clases, almorzar en una mesa apartada del comedor y estudiar escondida en un rincón de la biblioteca.

Me llega un nuevo mensaje.

Sam

16:30 mejor. Tienes mucho que contarme. Voy de camino. Mueve el culo, vístete y abre la ventana.

Podrías entrar por la puerta, como las personas normales.

Sam

Corrijo: como las personas ABURRIDAS.

Se me escapa una sonrisa, aunque hasta hace un momento mis labios estaban rígidos. Hago acopio de todas mis fuerzas, me levanto de la cama y abro el armario para cambiarme. Me enfundo unos vaqueros, una camisa de media manga y me dejo el pelo suelto. Parezco una zombi, así que voy al baño a lavarme la cara y me cubro las ojeras con maquillaje.

Mientras me pongo las zapatillas, tarareo una melodía. ¿Volveré a escucharla en directo alguna vez? Alex me dijo que no tenía título, pero quizá encuentre al compositor por internet.

Como he señalado antes, necesito distracciones. No sé cómo buscar una canción sin saber el título, así que me descargo una aplicación y tarareo para que intente reconocer la canción. «No se encuentran resultados». Está claro que he desafinado tanto que es imposible que mi voz se parezca al sonido del piano. Genial.

No pienso perder la esperanza, aun así. Abro el bloc de notas y describo la melodía con una única sílaba: «la». Duplico la vocal cuando me parece necesario y rezo porque funcione y me ayude a recordar la canción siempre que lo necesite.

Cuando acabo, me doy cuenta de que soy patética. Resoplo, guardo el móvil y echo un vistazo al espejo antes de salir de la habitación.

Mi casa tiene tres plantas. En la segunda están los dormitorios. Bajando las escaleras, se encuentra la cocina, que conecta con el jardín y la piscina, y más adelante están el salón y uno de nuestros cuatro baños. El despacho de mamá está junto al recibidor. Vivimos en una propiedad enorme donde siempre reina el silencio. Y no sé si lo he mencionado alguna vez, pero odio el silencio.

Papá suele quedarse en el instituto hasta tarde, mientras que mamá prefiere trabajar desde casa cuando no está en el bufete. La puerta de su estudio está entreabierta. Me asomo ligeramente y veo sus ojos cansados, su pelo castaño —de un tono mucho más bonito que mi rojo chillón— y sus elegantes dedos que se mueven sobre el teclado del ordenador.

Está tan absorta en su trabajo que no ha notado mi presencia, así que me aclaro la garganta.

—Ahora no, Holland. Estoy ocupada —dice, sin dejar de mirar la pantalla.

—Solo venía a avisarte de que voy a salir.

—¿Con Gale?

Trago saliva.

—No. —Ojalá fuera lo bastante valiente como para contárselo todo. Mamá no me presta atención, sino que continúa hablando:

—He quedado con sus padres para que vengan a cenar el viernes. Necesitan que les asesore en unos asuntos y queríamos aprovechar la oportunidad para celebrar vuestro aniversario. Te hace ilusión, ¿verdad? Sabes que no tenéis que quedaros hasta el final de la cena. Podéis hacer planes después, si os apetece.

Voy a echarme a llorar. Cualquiera se daría cuenta de que algo no va bien, pero mamá no deja de teclear en su portátil y no me mira mientras habla.

—Está bien —miento, y ni siquiera sé por qué.

¿Puede que, en el fondo, todavía crea que esta ruptura es temporal? Es cierto que Gale no ha contestado a mis mensajes —de hecho, algunos ni siquiera le han llegado, así que quizá me bloqueó anoche—, pero eso no significa que no vaya a escucharme cuando pasen unos días y esté más tranquilo.

Con suerte, entenderá lo que ha pasado y todo volverá a la normalidad.

No tengo por qué sentirme mal conmigo misma. La culpa no es mía. No he hecho nada.

—¿Qué le regalaste al final? —pregunta. Alza la mirada y esbozo la sonrisa más creíble del mundo.

Y funciona.

—Un retrato. ¿Te acuerdas? Te lo enseñé el otro día.

Por la forma en que frunce el ceño, no. No se acuerda.

Imagino que tampoco me estaba escuchando anoche, cuando le conté que al final no había querido dárselo.

—Es verdad —contesta, de todas formas, y mira la pantalla—. ¿Le gustó?

Me duele el pecho. No me molesto en decirle la verdad porque será inútil: siempre finge que me escucha mientras piensa en otra cosa. Mamá es así y la quiero, pero a veces me gustaría poder desahogarme. Quiero hablar con alguien; contarle que estoy castigada, que me insultan por los pasillos, que he faltado a clase, que Gale me ha dejado, que he tenido un ataque de ansiedad, que me da miedo hablar con Sam porque no quiero que me juzgue, que Stacey va a dejar de ser mi amiga, que, a partir de ahora, estoy sola, y que lo único que me ha hecho sonreír en todo el día ha sido la canción que ha tocado un chico al que no soporto.

Pero me lo guardo todo, como siempre, porque ella misma lo ha dicho: está ocupada. Además, tengo que ver el lado bueno: puede que mamá no se preocupe por mis cosas, pero al menos tampoco me echa nada en cara y, considerando que es lo que hacen todos últimamente, creo que hasta debería darle las gracias.

Esbozo una sonrisa falsa y, aunque me desgarra por dentro, respondo mientras cierro la puerta con cuidado:

—Más que eso, mamá. Le encantó.

* * *

Sam es más puntual que de costumbre y ya está frente a mi casa a las cuatro y cuarto. He pasado media hora sentada en las escaleras del porche porque no soportaba seguir dentro. Al verlo, me levanto y bajo con lentitud. Es evidente que quiere causar buena impresión: se ha puesto gomina y lleva una de esas camisas que reserva para ocasiones especiales.

En cualquier otro momento, esto último me habría hecho gracia, pero hoy no me apetece reírme.

Me paro a unos metros de distancia y dudo. De pronto, Sam se acerca y me abraza. Me pone una mano en la cabeza y casi me obliga a esconder la cara en su cuello. Entonces, me rompo. Mi mente se llena de noes en mayúsculas, pero ya es demasiado tarde porque vuelvo a llorar.

Me abraza con más fuerza y nos quedamos así hasta que me tranquilizo. Cuando se separa de mí, añade:

—Creo firmemente en lo que he dicho antes. La gente es gilipollas.

Pasamos el resto del camino en silencio.

Es curioso cómo el tiempo cambia a las personas. Hace unos años no habría sido capaz de guardarme lo que siento. Me habría desahogado con Sam y habría llorado hasta quedarme sin lágrimas. Sin embargo, hasta ayer, hacía nueve meses que no lo veía y mi vida ha cambiado tanto que me ha hecho cambiar a mí. Él sigue igual, claro; es tan buena persona como siempre.

Pero a mí ya no me resulta tan fácil confiar en los demás.

No sé cómo me he sincerado con Alex esta mañana.

Media hora después, llegamos al Brandom. Los ladrillos de la fachada están desgastados y el nombre del bar figura en un letrero luminoso sobre la cristalera. Sorprendentemente, pese a que está en una zona bastante concurrida, no hay mucha gente dentro. Decido tomármelo como una buena señal: si no ha venido mucha gente a la audición, es más probable que escojan a Sam.

Con esto en mente, le sonrío e intento abrir la puerta, pero me agarra del brazo para detenerme.

—Está bien. Esperaba que sacaras el tema, pero ya no lo aguanto más —me suelta—. La respuesta es no. Te conozco, sé en lo que estás pensando y la respuesta es no.

Pestañeo. Su mirada busca la mía y arquea las cejas, como si esperara a que replique. Me aclaro la garganta.

—No sé a qué te refieres.

—No te has quedado sola. Hablo en serio, Holland. Puede que ahora pienses que sí, pero Gale no es toda tu vida. Tu felicidad no depende de nadie. Mucho menos de él. No tienes la culpa de que tu ex sea un imbécil.

Trago saliva.

—Gale no…

—No lo defiendas. Ambos sabemos que lo es. Aunque no me hayas contado nada, sé con seguridad que jamás lo engañarías. Y esa fotografía no prueba que lo hayas hecho. Más bien, parece que estabas a punto de caerte al suelo y que ese chico lo evitó. Tu exnovio es un imbécil. No hay más. Y yo soy tu mejor amigo. Así que no estás sola. Me tienes a mí y lo que es más importante: te tienes a ti misma.

—Sam… —intento decir, pero agradezco que me interrumpa porque no sé cómo seguir.

—No estás sola. Dilo en voz alta, vamos.

—No tienes que…

—Hazlo.

—No estoy sola.

—No, no lo estás y, si alguna vez piensas que sí, solo tienes que llamarme.

—Lo sé. —Le sonrío, aunque me cuesta, porque se lo merece—. Gracias.

Me seco las lágrimas con el brazo. Necesitaba escuchar eso. Parece que no he cambiado tanto como creía, porque Sam me conoce tan bien como antes. Me gusta que siempre sepa qué decir. En momentos como este es cuando realmente entiendo cuánto lo he echado de menos.

—Muy bien. Ahora convendría que fueras activando tus ondas de buena suerte, porque llegamos tarde y necesito entrar en la banda —dice. Me río y asiento.

Se lo contaré todo cuando salgamos. Está decidido.

Dentro huele a café. Estamos a finales de septiembre y todavía hace calor, así que el aire acondicionado está puesto. Me froto los brazos para aislar el frío y miro el local. Las paredes están llenas de fotografías enormes de cantantes de rock y el mobiliario tiene un aire vintage que me gusta mucho. Es un sitio acogedor.

A la derecha, está la barra y, al fondo, el escenario. Hay varios instrumentos: un teclado, un bajo, dos guitarras y una batería. Una señora de unos cincuenta años aporrea los platillos de forma arrítmica mientras dos chicos cuchichean y toman notas desde una de las mesas.

Sam hace una mueca. Su oído refinado de músico debe estar sufriendo con el espectáculo. Nos sentamos en una mesa y saca las baquetas de la mochila. Están personalizadas y llevan su nombre escrito en mayúsculas. Maniobra con ellas, da unos golpecitos en la madera y resopla.

—¿Es demasiado tarde para echarme atrás? —pregunta.

Me vuelvo hacia él con brusquedad.

—No dejaré que te vayas ahora.

—Estoy nervioso y esa mujer me provoca dolor de cabeza. —Se pasa las manos por el pelo, inquieto, mientras mira a nuestro alrededor—. ¿Me dará tiempo a ir al baño?

No sé mucho sobre música, pero no creo que la actuación se alargue mucho más. Al menos, eso espero, porque no me gustaría perder los tímpanos. La señalo con el pulgar de manera disimulada.

—Después de eso, cualquier cosa les parecerá buena.

Sam pone los ojos en blanco, aunque sonríe.

—A veces eres cruel, ¿eh? —bromea, antes de dirigirse a las escaleras. Lo observo hasta que entra en los aseos e intento no parecer afectada.

No tiene ni idea, pero lleva toda la razón.

Necesito distraerme, así que voy a la barra para pedir algo de beber. Conozco a Sam y sé que sus necesidades se multiplican cuando está nervioso. Seguro que ahora vendrá a decirme que se muere de sed. Como la buena amiga que soy, debería estar preparada.

No hay camareros cerca. Apoyo la cadera en la barra, me cruzo de brazos y espero mientras los chicos hablan con la mujer, que acaba de finalizar su audición. Deben tener buen gusto musical, como Sam, o un mínimo de sentido común, como yo, porque la despachan con amabilidad. Desde aquí oigo cómo ella los insulta antes de recoger sus cosas y salir refunfuñando del local.

Entonces, uno de los chicos se gira y veo su rostro. Lo reconozco enseguida: es Mason Brodie, el jugador que ha intentado convertirse en capitán del equipo desde que entró.

Más bien, el que quiere robarle a Gale su puesto de capitán.

—Eh, Owen. —Escucho a mis espaldas—. Parece que Dodo tendrá que arreglárselas sola esta tarde. Vaya, y yo que empezaba a sentirme culpable por no haberte avisado.

Por alguna razón, oír su voz me da fuerzas para olvidarme de Gale hasta que vuelva a estar sola en casa. Cuando me giro, Alex me mira con las cejas alzadas desde el otro lado de la barra. Seca un vaso con un trapo y lleva una camiseta negra y los mismos vaqueros ajustados.

La vergüenza me forma un nudo en el estómago. Es raro volver a verlo después de la conversación de esta mañana. No debería haber sido tan sincera con él. Además, me pregunto qué pasaría si viera mi móvil y descubriera que he escrito su canción en el bloc de notas para no olvidarla.

Creo que pensaría que soy rara.

—Supongo que ahora tienes la conciencia tranquila —me limito a responder, y aparto la mirada. Aunque no lo miro, sé que sonríe.

—¿Qué haces aquí? No sabía que también te gustaba la música.

Toma otro vaso para secarlo. Durante un instante, me tienta preguntar lo mismo, pero entonces veo su nombre en la camiseta y entiendo que trabaja aquí. Es camarero.

Me siento en un taburete. ¿Dónde se ha metido Sam?

—He venido a acompañar a un amigo. —Señalo nuestra mesa, que está vacía, y le explico—: Está en el baño. Los nervios, ya sabes.

Al oírme, Alex se pone serio y se agacha para secar más vasos de debajo de la barra. Frunzo el ceño. ¿He dicho algo que le ha molestado?

—Vendrá por el puesto de pianista —asume.

—No, es batería.

—¿Ah, sí? Bueno, mola.

—Mucho. —Aprieto los labios. No me resisto a preguntarlo—: ¿Y tú?

—Solo vengo a mirar. —Sonríe y se mira a sí mismo—. Bueno, y a trabajar. Por cierto, ¿querías algo?

—Solo un vaso de agua.

Amplía su sonrisa.

—Eso corre a cuenta de la casa.

—Qué detalle.

—Es un placer.

Sonrío, incómoda.

Alex deja un vaso lleno sobre la barra antes de seguir con su trabajo. Nuestra conversación se ha terminado y, por mucho que odie admitirlo, estoy un poco decepcionada. ¿Qué me pasa? No sé qué esperaba, de todos modos. Ni siquiera somos amigos. Seguro que esta mañana me ha ayudado porque sentía lástima por mí.

Debería irme y dejarlo en paz.

Por suerte, Sam vuelve justo a tiempo. Se acerca con decisión, toma el vaso de agua y se lo bebe de un trago. Es tan brusco que Alex nos mira con disimulo, pero finjo no darme cuenta.

—Uf, gracias. Me moría de sed. —Se me escapa una sonrisa. Mientras tanto, Sam da saltitos y hace estiramientos—. Estoy preparado para petarlo. ¿Cómo van esas ondas de buena suerte?

Me pongo de pie.

—Activadas y a máxima potencia.

—Allá vamos.

Aunque una parte de mí quiere quedarse aquí, acompaño a Sam hasta el escenario.

Mason nos ve primero. Le da un codazo a su amigo y los dos se levantan. No tardo mucho en reconocer al otro chico. Creo que se llama Finn. Es un tipo alto y delgaducho al que mis amigas suelen llamar friki porque está obsesionado con los videojuegos. He oído que son familia. No parecen hermanos, así que quizá sean primos. A saber. Lo más curioso es que nunca he hablado con ellos y, aun así, los he criticado más de una vez.

Mason es, sin duda, quien se llevaría el puesto a la persona que Holland Owen y sus amigas más desprecian. Desde que empezó a competir con Gale, he dicho tantas cosas horribles sobre él que he perdido la cuenta. Y lo peor de todo es que creo que ninguna es verdad.

Nos acercamos y cada vez me agobio más. No dejan de mirarnos y ahora soy yo quien se siente juzgada. Si van a nuestro instituto, es imposible que no hayan oído los rumores. Espero que se burlen de mí, como todos, o que me lancen miradas furtivas, pero solo están pendientes de Sam y de sus baquetas.

—¿Vienes a la audición? —pregunta Finn. Tiene el pelo castaño y pegado a la frente. Mira a mi mejor amigo como si presenciara un milagro.

—Si es así, adelante —añade Mason y señala el escenario—. Todo tuyo. Sorpréndenos.

Si mi corazón va a toda velocidad, no quiero imaginar cómo estará Sam. Intenta abrir la boca para decir algo, pero Finn se cuela entre ellos y fuerza una sonrisa.

—Un momento. Antes necesitamos ciertos… datos personales —dice—. Bastará con tu nombre, tu edad, tu lugar de residencia y tu grupo sanguíneo.

—¿Grupo sanguíneo? —se sorprende Sam.

—Estás de coña, ¿no? —interviene Mason.

—Es por seguridad. Imagina que uno de nosotros necesita una transfusión urgente en medio de una gira mundial y hace falta un donante. Podría ser una cuestión de vida o muerte.

Pestañeo. Al principio, me lo tomo como una broma, pero parece que Finn habla en serio. Mason suspira y mira a Sam.

—Si todavía no tienes ganas de huir, agradecería que empezaras a tocar.

Eso da confianza a mi amigo, que esboza una sonrisa tímida. Sin embargo, no obedece enseguida, sino que dice:

—Soy AB positivo. ¿Qué os parece?

Los primos se miran.

—¿Y bien? —demanda Finn.

—Y bien, ¿qué? —contesta Mason.

—¿Sois compatibles o no?

—A mí no me mires. Esto ha sido cosa tuya.

—Venga ya, ¿no sabes cuál es tu grupo sanguíneo?

Mason sacude la cabeza ante lo absurdo.

—¿Quién diablos se preocupa por esas cosas?

—¿Alguien que no quiere morirse, quizá? —Finn resopla y, acto seguido, se vuelve hacia Sam—: Por cierto, tú no querrás morirte, ¿verdad?

Esta conversación no tiene ningún sentido. Mi mejor amigo piensa en qué decir, no le salen las palabras y a mí se me escapa la risa. En un intento de salir del paso, señala la batería. Parece nervioso.

—Debería ponerme a tocar.

—Sí, empieza a tocar —coincide Mason, y le lanza una mirada de desdén a su primo, que se encoge de hombros como un niño pequeño.

Sam intercambia una mirada conmigo, inquieto, y le sonrío mientras me acomodo en la silla más cercana. Quizá tendría que intentar tranquilizarlo, pero estoy tan nerviosa como él. Rodea el instrumento y ajusta el taburete hasta que queda a su gusto. Trago saliva. Solo espero que estos chicos se den cuenta de que es el mejor.

De reojo, veo que Alex está apoyado en la pared, a unos metros detrás de nosotros, a la espera de que comience el espectáculo. Sam tarda unos segundos en romper el silencio.

Siempre que lo escucho tocar, pienso que lo lleva dentro; su corazón late al ritmo de la música y el talento le corre por las venas. La música es su pasión desde que era un niño y, aunque él no lo sabe, podría hacer bailar al mundo entero solo con sus baquetas. Mis oídos danzan junto a su solo de batería. Ojalá pudiera capturar este momento para plasmarlo en mis dibujos.

Tal y como me gustaría hacer con la canción de Alex.

Cuando termina, tengo la piel de gallina. Me levanto y aplaudo con todas mis fuerzas. Escucho ruido a mis espaldas y, pese a que no puedo verlo, sé que Alex aplaude conmigo.

Mientras tanto, los primos se miran en silencio.

—No ha estado mal —dice Finn—. Ahora, si nos disculpas, tenemos que deliberar.

Mason pestañea, tan sorprendido como yo.

—¿Estás de coña? Ha sido una auténtica…

—A deliberar, he dicho.

Finn lo agarra del brazo y lo arrastra lejos de nosotros. Se enfrascan en una discusión en susurros que no consigo escuchar. Quiero ir a hablar con Sam, que sigue sentado frente a la batería, pero entonces lo llaman para comunicarle la decisión. Los observo desde aquí, aunque mi atención de pronto persigue a otra persona.

Ahora que el escenario está vacío, Alex se acerca a los instrumentos. Se mueve con cautela, como si les tuviera mucho respeto. Acaricia las teclas del piano con las yemas de los dedos y no despierta de su trance hasta que presiona suavemente una de ellas. Entonces, se sobresalta al oírla sonar y alza la mirada.

Sus ojos conectan con los míos, doy un brinco y me giro a toda prisa.

«Idiota, idiota, idiota».

Nerviosa, camino hacia los chicos. Necesito olvidarme de esa melodía y de él lo antes posible.

—Espero que estéis dándole buenas noticias, porque no encontraréis a nadie mejor —les suelto, cuando llego. Al escucharme, Sam sonríe con timidez y Mason junta las cejas.

—¿Por quién nos tomas, Holland Owen? —cuestiona, con retintín.

—¿Por unos principiantes? —agrega Finn.

—Por supuesto que lo hemos aceptado. Está dentro. Faltaría más.

—Aunque ha sido difícil, la verdad. La señora también era una buena candidata.

—Desde luego —coincide Mason.

—Tienes suerte de no tener arrugas, querido —aporta Finn, que da a Sam una palmadita en la espalda—. Ha jugado a tu favor.

Mi amigo frunce el ceño, pero a mí la situación me hace tanta gracia que me echo a reír. Los primos me sonríen y pienso en lo bien que me caen. No entiendo por qué los criticaba. Estoy segura de que, si Stacey y las demás les dieran una oportunidad, se darían cuenta de que no son tan terribles como piensan.

Mason me estrecha la mano.

—Mason Brodie. Tu novio te habrá puesto al día de lo mucho que me odia y todo eso.

Le parece divertido, porque sonríe ampliamente. Intento que no note que me afecta hablar de Gale.

—Lo ha hecho —respondo, pongo una mueca y se ríe. Quizá debería añadir algo como «en realidad, ya no estamos juntos», pero no tengo fuerzas para dar explicaciones a nadie—. Pero no te preocupes. No suelo dejarme llevar por las opiniones de los demás.

Ahora que lo pienso, se me da muy bien mentir.

—Yo tampoco. —Me suelta la mano y, como si quisiera parecer todavía más sincero, me mira a los ojos—. Hablo en serio, Holland. Es un placer.

Enseguida entiendo a qué se refiere y, de pronto, siento tanto alivio que se me escapa una sonrisa. Mason es un chico atractivo; no tanto como Gale, claro, pero no puedo negar que hay algo especial en esos ojos verdes. Si esta banda triunfa en un futuro, plantarán esa cara bonita en cientos de pósteres a gran escala.

Antes de que pueda contestar, Finn se cuela entre nosotros y exclama:

—¡Eh, tú eres la desgraciada que me ganó el año pasado en el concurso de dibujo!

La impresión hace que me cueste reaccionar. Nunca me habían insultado con tanta desvergüenza y a la cara. Me presenté a ese certamen a escondidas de mis padres, solo para probar suerte, así que no vinieron a la entrega de premios unas semanas después, cuando me llevé el primer puesto. Supongo que las futuras abogadas no deberían perder el tiempo con cosas como el arte.

—No te ofendas —interviene Mason, cuando ve la cara de Sam—. Finn es así. Todavía no ha aceptado que dibuja fatal.

—Es una suerte que sea un genio con la guitarra —presume el susodicho.

Mason sonríe con fanfarronería.

—Es el segundo mejor guitarrista que conozco, después de mí, claro.

Sam sonríe. Mientras tanto, busco a Alex con la mirada. Todavía toquetea las teclas del piano sin hacerlas sonar. Me pregunto cómo reaccionaría si fuera allí ahora mismo y le dijera que me muero de ganas de volver a escuchar la canción de esta mañana.

—¿No necesitáis a nadie más para vuestra banda? —pregunto, sin pararme a pensar en ello.

Mason suspira.

—El plan era encontrar a un pianista y a alguien que se las apañe con el bajo, pero supongo que de momento somos solo nosotros.

—Es vuestro día de suerte —anuncio y se me escapa una sonrisa. Señalo a Alex con la cabeza—. Ahí tenéis a vuestro pianista.

Sin embargo, mi humor decae cuando nuestras miradas se cruzan y veo que se ha quedado paralizado. Sus dedos se han quedado suspendidos sobre las teclas. Empiezo a pensar que he metido la pata, cuando un hombre mayor, de unos cincuenta años, aparece a nuestras espaldas y dice:

—Adelante, chico, demuéstrales lo bueno que eres.

Alex reacciona al oírlo. Sacude la cabeza e intenta hablar, pero no es capaz. Mira el piano y retrocede como si ardiera.

—Yo no… Bill, sabes que no…

—Ya lo has oído, ¿no? Quieren escucharte —insiste el hombre. Alex nos mira a todos.

—No puedo —contesta. Evita mi mirada a toda costa y, se dirige a los demás antes de añadir—: Lo siento. Os habéis equivocado de persona. A mí ni siquiera me gusta la música.

Frunzo el ceño. Ambos sabemos que miente. Sin embargo, no me da tiempo a hacer preguntas. Pasa rápidamente junto a nosotros, recoge sus cosas y las campanillas de la puerta tintinean cuando se marcha sin dar explicaciones.

10. Nociones básicas de supervivencia
Alex

No puedo sacármela de la cabeza.

Han pasado tres días desde que La Dama Rosa difundió la fotografía y, para mi sorpresa y la de todos, todavía sigo de una pieza. Ahora que el peligro me acecha, he cambiado mi forma de ver el mundo y todos los días, cuando me despierto, me siento afortunado por poder ver la luz del sol. Vale, quizá esté exagerando, pero no miento cuando digo que nunca, jamás, me había alegrado tanto de tener todas las extremidades en su sitio.

En realidad, no sé exactamente cómo he sobrevivido. Puede que haya pasado tres días escondido como una comadreja asustada, pero he asistido a todas mis clases y, aun así, no me he topado con ningún exnovio celoso dispuesto a partirme la cara. Supongo que será gracias a Holland. Con suerte, habrá hecho que Gale entre en razón para que abandone sus instintos asesinos y se dedique en exclusiva a ser un capullo.

Solo es una teoría, aunque considerando lo triste que Holland estaba ayer, cuando coincidimos en el Brandom, parece bastante desencaminada. Y es un alivio.

Se merece a alguien mejor que él.

No dejo de pensar en ella; en la canción. En esa melodía que escribí a medias en mi cuaderno y que toqué para Owen cuando me lo pidió. ¿Se daría cuenta de que estaba improvisando? Nunca me había pasado nada así. Tenía el estribillo y las primeras estrofas, pero el resto surgió sin más. La inspiración se adueñó de mis manos y toqué una canción que ni siquiera conocía.

Ahora no dejo de darle vueltas. Por un lado, me siento bastante orgulloso; la idea es buena y podría tener futuro. Sin embargo, hay una parte de mí, la más racional, que no puede evitar sentirse culpable por todo esto.

Se suponía que este año sería diferente. Le prometí a papá que no perdería el tiempo. Por eso he dejado todos mis cuadernos y mis auriculares en casa esta mañana y he decidido venir a almorzar al comedor por primera vez en tres días. No puedo esconderme por toda la eternidad, ¿verdad?

Además, necesito mantener la cabeza ocupada.

Por suerte, Blake sigue empeñada en hacerme compañía y se sienta conmigo. Se ha recogido el pelo en un moño descuidado y lleva una camiseta negra tan grande que le sirve de vestido. Pone la bandeja frente a la mía y me roba un puñado de patatas fritas.

—Claro, sírvete —murmuro con ironía. Me sonríe.

—¿Sabes? Me alegro de que todo haya vuelto a la normalidad. Creía que te pasarías todo el curso escondiéndote de los deportistas.

Ojalá pudiera. Honestamente, no me siento muy seguro aquí. La cafetería está llena y yo, muy expuesto. Mido un metro ochenta y, ahora que todos saben quién soy, no consigo pasar desapercibido ni estando sentado.

—He decidido que, ya que voy a morir, al menos lo haré siendo valiente.

Pone los ojos en blanco.

—Eres muy dramático.

—De todas formas, me habría costado mucho esquivar a los deportistas, teniendo en cuenta que ahora eres amiga de todo el equipo.

Blake alza una ceja mientras mastica su bocadillo.

—¿Desde cuándo te importa quiénes sean mis amigos?

—Desde siempre, ¿quizá?

—Hazme un favor y deja ese rollo de hermano sobreprotector para las películas. Sabes que sé cuidar de mí misma. No pienso pasar por ahí.

Suspiro. Odio admitirlo, pero tiene razón.

—Creía que no soportabas a ese tipo de tíos. Eso es todo.

—En primer lugar, Finn no está en el equipo. Y que Mason sí lo esté no significa que sea un mal chico. Me caen bien y estoy segura de que, si les dieras una oportunidad, a ti también te gustarían.

No tiene ni idea. Me acuerdo de lo que pasó ayer y, de pronto, me doy cuenta de que hace un rato que marco un ritmo con los dedos sobre las rodillas. Me meto las manos en los bolsillos. Necesito olvidar la canción.

—Quieren formar una banda —le digo a Blake—. Organizaron audiciones en el Brandom ayer por la tarde.

En efecto, mi hermana no parece sorprendida.

—Lo sé.

—Eligieron a un chico del instituto. Se llama Sam y toca la batería.

—Amigo de tu chica —comenta, con la boca llena.

Hago una mueca.

—Owen no es mi chica. Si te escuchara decir eso, se pondría a vomitar.

Se encoge de hombros, aunque no desmiente mis palabras porque ambos sabemos que es verdad. Por deprimente que suene, estamos a otro nivel. Holland es guapa y popular y también es hija de los Owen, lo que significa que tiene dinero. Está en la parte más alta de la jerarquía del instituto.

—Es mona —comenta y sacudo la cabeza.

—Tiene novio y da bastante miedo. Además, no es mi tipo. Preferiría salir con una chica normal. Holland piensa que es la reina del mundo. No, gracias.

¿Puede que esté siendo cruel? De repente, me siento mal conmigo mismo, trago saliva y desvío la mirada.

—Ya —se limita a responder, no muy convencida. Por suerte, cambia de tema—: Por cierto, ¿vas a contarme lo que pasó ayer en el Brandom?

Mi primera reacción es ponerme a la defensiva.

—No es asunto tuyo.

—Alex —me reprende con dureza—. Bill me contó que te fuiste cuando Mason y Finn te pidieron que tocaras.

—No fue así exactamente.

—Me han pedido que me una a la banda y les he dicho que sí.

El corazón me da un vuelco. Me escudriña con la mirada, a la espera de mi reacción. Intento permanecer impasible porque sé que, si muestro cualquier atisbo de debilidad, se aferrará a él para hacerme ceder, como hizo Bill. Como hace todo el mundo. Porque nadie lo entiende.

—Creía que no necesitaban más guitarristas —digo.

—No los necesitan. Toco el bajo.

—¿El bajo?

—Todavía estoy aprendiendo, pero puedo arreglármelas. —Subo un hombro y ella aprieta los labios—. Les hablé de ti, ¿sabes?

Resoplo, con la intención de parecer molesto, porque no soportaría que notara que estoy nervioso.

—No sirvo para esto, Blake. Mientras antes lo asumas, mejor.

—Estás de broma, ¿no?

—No me gusta la música. Al menos, ya no. Asunto zanjado. ¿Podemos hablar de otra cosa?

No responde, sino que se limita a suspirar. La ignoro y echo un vistazo a lo que nos rodea. Entonces, como si de un imán se tratara, mis ojos se posan sobre la chica que acaba de entrar en el comedor. Owen.

Verla hace que me ponga nervioso. A diferencia de mí, ella no me ha visto. Avanza con decisión entre los estudiantes mientras se aferra a su bolso con una mano. Está más guapa que ayer. Lleva el pelo suelto y le cae en ondas sobre los hombros. Cuando llega al centro de la cafetería, se detiene y mira a su alrededor.

No sabe a dónde ir.

Blake me pilla mirándola y silba.

—Parece que sí que es tu tipo —comenta, divertida. Capulla.

—No es eso. Creo que está sola. —Me giro hacia ella—. ¿No erais amigas? Podrías invitarla a comer. Es posible que no quiera sentarse conmigo, pero de todas formas ya he terminado. Además, quería pasarme por la biblioteca para…

Blake me corta con un gesto.

—Escucha, guaperas. Holland me cae bien, pero tú eres mi hermano y, por desgracia, estás el primero en mi lista de prioridades.

Arrugo la nariz. ¿Guaperas?

—Vaya, gracias. Eres muy amable.

—Lo sé. Y de nada.

Se ríe y sonrío sin querer. No obstante, mi humor decae cuando miro a Holland y veo que camina hacia esa mesa. Incluso yo, que entiendo poco de estas cosas, sé que es una mala idea. Ella también parece planteárselo, porque duda antes de detenerse frente a Stacey y sus amigas. Todas se vuelven a mirarla y Owen le hace un gesto para que la acompañe fuera, como si quisiera hablar con ella a solas.

Sin embargo, la chica niega con la cabeza y se ríe mientras mira a las demás. Hablan durante un rato más y, aunque no escucho la conversación, sí que veo el rostro de Owen, que no parece sentirse muy cómoda. Las amigas de Stacey estallan en carcajadas cuando ella hace una broma, y entonces Holland aprieta los labios con fuerza y se gira para salir del comedor.

Echa a correr incluso antes de alcanzar la puerta.

Clavo la mirada en mi plato. Se me acaba de ocurrir algo y no es una buena idea. Debería darme igual. No es asunto mío. Holland no es más que una chica creída y desagradable que no deja de darme problemas. Seguro que ayer habló conmigo porque no tenía a nadie más con quien hacerlo. Debería desentenderme de todo esto. Porque no me interesa.

No es asunto mío. No es asunto mío.

Joder.

Recojo los libros a toda prisa y me echo la mochila al hombro.

—¿Vas a algún sitio? —pregunta Blake, que está tan confusa como yo.

—Ahora vuelvo.

Esto no va a salir bien.

No conozco mucho a Holland, pero sé que tenemos algo en común: ambos odiamos que nos vean llorar. Ayer, ambos fuimos al sótano por esa razón. Así que salgo del comedor y recorro a toda prisa el pasillo que conduce al cuarto del conserje. Ese es mi refugio particular; si estuviera en el lugar de Owen, iría allí. Sería demasiada coincidencia que ella hubiera pensado lo mismo, pero tengo que intentarlo.

En efecto, no hay ni rastro de ella cuando llego.

—Mierda —mascullo entre dientes.

¿Qué pretendía, de todas formas? ¿Consolarla y decirle que siento que su novio sea un capullo? Porque no creo que eso fuera de ayuda. Conociéndola, es probable que incluso se hubiera sentido ofendida. Joder, es una chica realmente desagradable. No debería tener razones para buscarla.

Pero las tengo y me odio por ello.

Mi padre siempre dice que soy demasiado buena persona, y en momentos como este creo que tiene razón. Seguiría sentado cómodamente en nuestra mesa, donde me ahorraría problemas, si pudiera olvidar lo que vi hace unos días. Pero no puedo. No soporto que Gale tache a Holland de infiel y que permita que todo el instituto la critique cuando, en realidad, el único mentiroso es él.

Me dolió verla llorar así ayer. Nadie se merece pasar por eso. Ni siquiera ella.

Suspiro y me giro para volver por donde he venido. No obstante, el destino es caprichoso y, cuando doblo la esquina, alguien se interpone en mi camino y me encuentro con el rostro de Holland a un palmo del mío.

Reacciono mal. No, más que eso: reacciono fatal. Mi primer impulso es soltar una palabrota y retroceder a trompicones. Ella también se asusta, aunque sabe disimularlo. Me pregunto si su corazón habrá saltado con tanta fuerza como el mío. Nos miramos en silencio y, aunque intento decir algo, solo consigo abrir y cerrar la boca como un idiota.

Parece que pasan horas hasta que por fin se atreve a hablar:

—Lo siento.

Pestañeo. No sé qué esperaba sacar de esta conversación, pero definitivamente no era eso.

—Lo siento —insiste, cuando no respondo—. Ayer metí la pata. No debería haber dicho nada sin preguntarte primero. Supuse que querrías… Bueno, es que pensé que tú… —Sacude la cabeza y cierra los ojos. Antes de continuar, los abre y me mira—: Me gustó la canción y quería volver a escucharla. No tendría que haberme metido en tus asuntos. Lo siento.

Hay mucho que asimilar. Trago saliva y pienso en qué contestar, pero me quedo en blanco porque he notado que tiene los ojos enrojecidos. ¿Ha estado llorando? Los sentimientos se me acumulan vertiginosamente en el estómago. Quiero preguntarle si está bien, pero, al mismo tiempo, necesito saber si lo que ha dicho va en serio.

¿Le gustó la canción? Pero ¿cómo? ¿Por qué?

No recuerdo cuándo fue la última vez que alguien habló sobre mi música.

—No pasa nada —respondo, tan tranquilo como puedo. No funciona demasiado bien. Se notaría a kilómetros lo nervioso que estoy—. ¿Estás bien?

Hablar sobre mi música me habría costado mucho más. Owen aprieta los labios y asiente, aunque no me convence.

—¿Seguro? —insisto.

—Sí —dice finalmente.

—Bueno, vale.

—Sí, vale.

—Creo que debería…

—Sí —repite.

Ya debería estar volviendo al comedor, pero no me muevo. Algo me mantiene atado a este momento. Observo su rostro sin disimular porque ella también me mira. No me había fijado en que tiene pecas por toda la nariz. Me gustan. Creo que podría mencionarlas en una canción, si es que vuelvo a componer alguna vez, claro. O quizá no. Sería raro. Pero quiero hacerlo.

Cuando traga saliva, mi mirada baja hasta su garganta y después aterriza en su boca. Pienso en su exnovio y en que debería contarle lo que vi. Cualquier tío decente lo haría en mi lugar. Es bastante probable que no me crea, pero al menos tengo que intentarlo.

Sin embargo, de pronto, un torrente de voz resuena a nuestras espaldas:

—¡¿Crees que puedes venir a reírte de mí en mi puta cara?!

Todo sucede muy rápido. Un tío de metro sesenta se interpone entre nosotros y me empuja bruscamente contra las taquillas. Escucho que Owen grita, pero estoy demasiado sobresaltado para reaccionar. Gale se me acerca hecho una furia, con los ojos llenos de ira. Oh, mierda. Mierda, mierda, mierda.

—¡¿Qué coño hacías?! —me espeta. Retrocedo a trompicones y me lío con mis extremidades. No respondo porque, diga lo que diga, estaré firmando mi sentencia de muerte—. ¡¿Crees que puedes tirarte a mi novia e irte de rositas, capullo?!

Niego apresuradamente con la cabeza y evalúo mis posibilidades de sobrevivir. Le saco unos quince centímetros de altura, factor que sería de ayuda de no ser porque va al gimnasio y es más rápido que yo. Sus brazos son casi más anchos que mi cabeza. Va a destrozarme, es un hecho. Voy a morir en este pasillo sin haber dejado descendencia.

¿Dónde diablos están los profesores cuando se les necesita?

—Parece que ya no eres tan valiente. —Avanza hacia mí mientras yo retrocedo—. Esta es mi parte favorita, cuando el chulo de turno se muestra como realmente es: un maldito cobarde.

¿Chulo, yo? Pero si soy un tipo bastante normal, majo y todo eso. De los típicos pringados que salen en las películas y nunca se quedan con la chica porque se limitan a estudiar y poco más. No me merezco esto. Para nada.

—A ver, creo que… Sería más conveniente que…

Owen se interpone entre nosotros y me hace cerrar la boca.

—Muy bien, suficiente —sentencia, y alza la barbilla. Ya no queda rastro de la chica vulnerable que era hace unos minutos. Se dirige a Gale con decisión—: Mira, tú y yo tenemos que hablar a solas. Deja que te lo explique todo. Él no tiene nada que ver con esto.

—Mantente al margen —gruñe él, que la agarra de la muñeca para sacarla de su camino. Holland intenta zafarse de su agarre, pero no lo consigue.

—No pienso quedarme al margen. Estás portándote como un imbécil.

—Ya te he dicho que no quiero saber nada de ti.

—Gale, por favor, vámonos de aquí. Deberíamos…

—¿No me has oído? —Se vuelve hacia ella, furioso—. ¿De verdad crees que voy a dejar que me vean contigo después de lo que has hecho? Todo el mundo piensa que eres una zorra, Holland, y no pienso rebajarme a hablar con chicas de tu nivel. Muévete y saca el culo de aquí. Ni siquiera sé cómo he podido soportarte durante tanto tiempo.

Joder. No entiendo cómo ha podido decirle eso. Owen intenta responder, pero se ha quedado muda. La determinación ha desaparecido de sus ojos y ahora aprieta los labios para no echarse a llorar. Si no estuviera tan preocupado por mi supervivencia, seguramente sentiría lástima. Está enamorada de un capullo monumental.

—Tiene que ser una broma —interviene alguien.

De pronto, me doy cuenta de que he sido yo y maldigo toda mi existencia.

Gale se gira hacia mí con los puños apretados.

—Cierra la puta boca.

—¿Cómo puedes hablarle así? ¡Es tu novia!

—Alex —me advierte Holland, pero no me echo atrás. Cuando Gale avanza peligrosamente hacia mí, me mantengo firme y lo miro a los ojos.

—¿Vas a decirme tú cómo tengo que hablarle a mi novia?

—Cuando aprendas a tratarla con respeto, dejaré de darte consejos —contesto, aunque sé que tendrá consecuencias. Gale gruñe como un animal.

—Se acabó, capullo.

Que ya me lo esperara no significa que duela menos. De pronto, su puño impacta contra mi cara y me hace perder el equilibrio. Cuando me caigo al suelo, todo está borroso. Me pitan los oídos. Alguien chilla, pero no sé quién, y después solo noto patadas, más golpes y cómo me zarandean de un lado a otro.

Pierdo la noción del tiempo. Gale se aparta después de lo que parecen horas. Me duele el cuerpo entero y apenas puedo respirar. Alguien me agarra de los brazos para levantarme y me revuelvo, asustado, porque creo que son sus amigos y quieren ponerle las cosas todavía más fáciles. Estoy tan aturdido que tardo un rato en entender que solo quieren ayudarme a ponerme de pie.

—Eh, tío, tranquilo. ¿Estás bien?

Solo puedo abrir el ojo derecho porque el izquierdo ha recibido un buen golpe y probablemente se esté hinchando. Pestañeo para enfocar y me encuentro con el rostro de Sam.

—Joder, menuda pinta tienes —comenta, y se dirige a alguien que está a mi derecha—. Se ha llevado una buena.

—¿En serio? A ver, sujétalo. ¡Quiero verlo!

Cuando me sueltan, estoy a punto de caerme. Por suerte, Sam tiene buenos reflejos y me atrapa justo a tiempo. Deja que cargue todo mi peso en él e intento concentrarme en Finn, que aparece en mi campo de visión.

—Vaya, colega, pues sí. Tienes una pinta horrible. Y seguramente te pondrás peor.

Poco a poco, el mundo deja de dar vueltas. Lo que al principio me parecían dos voces aisladas, pronto se confunden con más ruido. Me sacudo para zafarme de su agarre e intento sostenerme por mí mismo. Miro alrededor. Seguimos en el pasillo, pero ahora estamos rodeados de gente. Owen y Gale también están aquí y, frente a ellos, Mason Brodie intenta salvarme el pellejo.

—Yo me lo pensaría dos veces antes de hacer eso —le dice a Gale, y se interpone en su camino cuando él intenta llegar hasta mí. Se quedan cara a cara—. Si esto llega a oídos del entrenador, te pondrá de patitas en la calle.

—Métete en tus asuntos.

—Estos son mis asuntos. Largo.

—Y una mierda.

—¿Qué, estás esperando a que llame a mi tío?

Gale aprieta todavía más los puños. Noto cierta humedad en la ceja porque estoy sangrando.

—Enchufado —le escupe—. Eso es lo que quieres, ¿no? Que me echen del equipo para convertirte en capitán.

Mason pone los ojos en blanco.

—No tengo el menor interés en sustituirte, Gale, créeme, pero lo haré si me obligas. Y no me costará mucho. Ambos sabemos que soy mejor que tú.

Visto lo visto, este chico y yo tenemos algo en común: siempre hacemos que todos se enfaden.

—Y una mierda —responde Gale, que rechina los dientes.

—Fuera. Ahora.

Las cosas se ponen feas. Retrocedo y choco con Finn, que me agarra para ayudarme a mantener el equilibrio.

—¿Quién crees que dará el primer golpe? —me pregunta.

Sam, que lo ha oído, frunce el ceño. Da un poco de miedo que Finn parezca tan emocionado.

—Espero que nadie —contesta.

—Qué aburrido eres. Por cierto, ¿la pelirroja no era tu amiga?

Aunque no se dirige a mí, no puedo evitar buscarla con la mirada. Owen lo observa todo a unos metros de nosotros. Se ha puesto pálida y tiene una mano sobre la boca para acallar sus sollozos. Cuando sus ojos conectan con los míos, los cierra y se gira para marcharse corriendo por el pasillo. Sam maldice entre dientes antes de seguirla.

Mientras tanto, Gale no deja de imitar a los hombres de las cavernas.

—Esto no se acaba aquí, gilipollas —me amenaza y me señala con un dedo.

Mason gruñe.

—He dicho que te vayas.

—Brodie, te juro por Dios que…

—Que vas a hacerme, ¿qué? —lo interrumpe y Gale lo mira furioso.

—Vete al infierno.

—Detrás de ti.

—¿Puedo ir con vosotros? —interviene Finn con una sonrisa. Gale llega al límite de su paciencia, lo empuja y nos lanza a todos una mirada asesina, pero se marcha sin añadir nada más.

Suspiro. No me creo que se haya acabado. A nuestro alrededor, la gente parece disgustada y no tarda en dispersarse. Nos quedamos los tres en el pasillo. Me toco la ceja y los dedos se me manchan de sangre. Hago una mueca. Duele. Gale es un imbécil, pero sabe cómo golpear.

Me paso una mano por el pelo, trastocado. Mason se acerca a mí. Lo veo borroso porque todavía no he conseguido abrir el ojo izquierdo.

—¿Todo bien? —pregunta y asiento.

—Creía que tenía un pie en la tumba.

Finn hace una mueca.

—Tal y como tienes la cara, más bien diría que te has escapado de la tumba.

—Gale es un capullo —apunta Mason, que ignora a su primo—. Pero si te has atrevido a tocar a Holland sin que ella te dé su consentimiento, seré yo quien te parta la nariz. ¿Entendido?

Trago saliva y asiento muy rápido.

—Jamás haría eso. Además, ni siquiera somos amigos.

—Bien. Mantente alejado de ella y te ahorrarás muchos problemas.

Tiene razón. Desde que la conozco, Owen no ha hecho más que complicarme la vida. Aun así, algo se remueve en mi interior cuando escucho esas palabras. Intento dejar la mente en blanco. No es un buen momento para pensar en ella, sobre todo después de lo que acaba de pasar, pero no dejo de preguntarme si estará bien.

Cuando quiero darme cuenta, ya se alejan por el pasillo.

—Mason —lo llamo y ambos se giran—, ¿por qué lo has hecho?

—Ya te lo he dicho. Gale es un capullo. Además, sé por experiencia que no todo lo que publica La Dama Rosa es verdad.

Asiento. Me apunto un recordatorio: después le preguntaré a Blake qué ha dicho esa desgraciada sobre este chico.

—Gracias —digo, con sinceridad.

—No tienes que darlas.

—Serán diez con cincuenta —bromea Finn, y Mason resopla.

Dudo. Verlos de nuevo ha hecho que me replantee ciertas cosas. Pienso en lo que pasó ayer y en que necesito encontrar una forma de recompensarlos por lo que acaban de hacer. Intento convencerme de que no lo hago por mí, sino por ellos, y que merece la pena romper mis promesas.

—¿Todavía buscáis un pianista para el grupo?

Al oírme, ambos se paran en seco. Intercambian una mirada.

—Es posible —responde Finn.

—Ayer no fui sincero con vosotros. En realidad, sí que me gusta la música. Sé tocar. Si aún necesitáis ayuda, podéis contar conmigo. Al menos, hasta que encontréis a alguien mejor —digo, nervioso. Me aclaro la garganta—. También compongo. No es que mis canciones sean nada del otro mundo, pero…

Dejo la frase en el aire. Mason y Finn se miran en silencio y los nervios se multiplican en mi estómago. Sé que Blake les ha hablado de mí. Seguramente les habrá enseñado vídeos míos de hace años, de esa época en la que este sueño todavía me parecía alcanzable. Si resulta que no soy lo bastante bueno, ni siquiera de forma provisional, me quedaré destrozado.

No quiero acabar peor de lo que ya estoy.

Sin embargo, su reacción es diferente a la que esperaba. De pronto, Mason esboza una sonrisa y se acerca para chocar puños conmigo. Suelto todo el aire que retenía en un suspiro.

—Está bien —dice—. Estás dentro, tío. Bienvenido a la banda.

Y así es cómo empieza todo.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
571 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788418509148
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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