Kitabı oku: «Basti»

Yazı tipi:


INTIZAR HUSAIN

Basti

Traducción de Jacinto Pariente

www.armaeniaeditorial.com

Título original: Basti

Edición original: The New York Review of Books, Nueva York, 2007

1.ª edición: junio 2017

1ª edición ebook: agosto 2021

Ilustración de cubierta: Badshahi Mosque (Lahore) at sunset © Andrew Holbrooke/Corbis

Ilustración de solapa: Intizar Husain (D.R.)

Copyright © Intizar Husain, 1979

Copyright de la traducción © Jacinto Pariente, 2017

Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2017, 2021

Armaenia Editorial, S.L.

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ISBN: 978-84-18994-06-7


UNO

Cuando el mundo era aún completamente nuevo, cuando el cielo estaba recién hecho y la tierra no había sido mancillada, cuando los árboles respiraban a través de los siglos y las épocas hablaban a través de las voces de las aves, cómo se asombraba al mirar a su alrededor de que todo fuera tan nuevo y sin embargo pareciera tan viejo. Los arrendajos, los pájaros carpinteros, los pavos reales, las palomas, las ardillas, las cotorras… Parecían tan jóvenes como él y sin embargo portaban los secretos del tiempo. Las llamadas de los pavos reales no venían del bosque de Rupnagar, sino del mismísimo Brindaban. Cuando un pequeño pájaro carpintero detenía su vuelo para descansar sobre la alta rama de un árbol de nim, era como si acabara de entregar una carta en el palacio de la reina de Saba y volara de regreso al castillo del rey Salomón. Cuando una ardilla, en medio de sus carreras por los tejados, se paraba de pronto, se sentaba sobre la cola y le chillaba, él se la quedaba mirando y pensaba con asombro que las líneas negras que tenía en el lomo eran las marcas de los dedos del gran Ramchandar. Y el elefante era todo un mundo de maravilla. Cuando estaba en la entrada de su casa y un elefante se aproximaba a lo lejos, él veía una montaña en movimiento. La larga trompa, las enormes orejas ondeando como abanicos gigantes, los colmillos blancos y protuberantes, curvados como enormes cimitarras… Al ver aquello, siempre corría al interior de la casa totalmente conmovido y se iba derecho a Bi Amma, su abuela.

—Bi Amma, ¿alguna vez volaron los elefantes?

—¿Cómo? ¿Te has vuelto loco?

—Lo ha dicho Bhagat-ji.

—Ya. ¡Bhagat-ji tiene la cabeza llena de pájaros! ¿Cómo te imaginas que iba a volar por el aire un animal tan grande y tan pesado?

—Bi Amma, ¿cómo nacieron los elefantes?

—¿Pues cómo iban a nacer? Los parieron sus madres y ya está.

—No, Bi Amma, los elefantes salieron de huevos.

—¿Qué? ¿Se te ha llenado la cabeza de serrín?

—Lo ha dicho Bhagat-ji.

—El desgraciado de Bhagat-ji ha perdido la chaveta. ¡Un animal tan grande como un elefante saliendo de un huevo! Y no hablemos ya de salir… ¿Cómo iba a caber dentro de un huevo, para empezar?

Pero él tenía mucha fe en los conocimientos de Bhagat-ji. Con el cordón sagrado alrededor del cuello, la marca de su casta en la frente, la cabeza completamente rapada excepto por un único mechón, Bhagat-ji, sentado en su tiendecita, vendía condimentos y contaba sabias historias del Ramayana y el Mahabharata. Los niños gritaban «¡Bhagat-ji, un penique de sal!», «¡Bhagat-ji, dos peniques de azúcar moreno!»

—¡Paciencia, niños, no arméis escándalo!—. Mientras hablaba, pesaba la sal, hacía un paquete con el azúcar y retomaba su historia donde la había dejado. —Entonces, niños, cuando el dios Brahma vio todo esto, le dijo a la serpiente Shesh: «Shesh, mira qué inestable está la tierra estos días. Préstale tu ayuda». Shesh respondió: «Amo, levántala y ponla sobre mi capucha, así se quedará fija». El dios Brahma dijo: «Shesh, métete en el interior de la tierra». Shesh vio una hendidura en la superficie y se coló por ella. Una vez dentro, abrió su capucha, y apoyó la tierra entera sobre ella. Al verlo, la tortuga se preocupó, pues bajo la cola de Shesh nada había sino agua, así que se puso debajo de Shesh para que se apoyara en ella. Por eso, niños, la tierra descansa sobre la capucha de la respetable Shesh y esta a su vez sobre la concha de la tortuga. Cuando la tortuga se mueve, se agita la respetable Shesh. Y cuando la respetable Shesh se agita, la tierra tiembla y hay un terremoto.

Sin embargo, Abba Jan, su padre, tenía una explicación completamente diferente para el asunto de los terremotos. El hakim Bande Ali y Mussayab Husain lo visitaban todos los días en la amplia habitación con el ventilador con flecos colgando en el centro y la cornisa alrededor del alto techo en la que anidaban las palomas silvestres, los pichones y los saltaparedes. ¡Qué difíciles eran las preguntas que solían plantearle a Abba Jan! No obstante, Abba Jan recitaba unos versos del Corán, relataba alguna tradición del Profeta y las respondía todas sin un solo titubeo.

—Maulana, ¿cómo creó la tierra el Todopoderoso?

Después de un momento de reflexión venía la respuesta. —Jabir bin Abdullah Ansari preguntó un día: «Oh, Ilustrísimo, ojalá que mi madre y mi padre puedan ofrecer sus vidas en sacrificio por Ti, dime a partir de qué sustancia formó la tierra nuestro Señor, el Altísimo, el Glorificado». El Profeta de Dios dijo así: «del océano en expansión». Después preguntó: «¿Cómo hizo el Señor que se expandiera el océano?». Respondió el Profeta: «A partir de las olas». Y preguntó de nuevo: «¿De dónde salieron las olas?». Respondió el Profeta: «De una sola perla». Y de nuevo preguntó: «¿De dónde salió la perla?». Respondió el Profeta: «De la oscuridad». Entonces Jabir bin Abdullah Ansari dijo: «Lo que dices es la verdad, oh Mensajero de Dios».

—Maulana, ¿sobre qué descansa la tierra?

De nuevo un momento de reflexión. A continuación, y con la misma grácil elegancia, la respuesta. —Alguien que tenía una duda preguntó en cierta ocasión: «Ojalá, oh Ilustre, que mi madre y mi padre puedan ofrecer su vida en sacrificio por Ti, ¿qué mantiene firme a la tierra?». Respondió el Profeta: «El Monte Qaf». De nuevo preguntó: «Qué hay alrededor del Monte Qaf?». Respondió el Profeta: «Los siete continentes». Y de nuevo preguntó: «¿Qué hay alrededor de los siete continentes?». Respondió el Profeta: «Una serpiente». Y de nuevo preguntó: «¿Qué hay alrededor de la serpiente?». Respondió el Profeta: «Una serpiente». Y de nuevo preguntó: «¿Qué hay debajo de la tierra?». Respondió el Profeta: «Una vaca con cuatro mil cuernos, y de un cuerno a otro hay una distancia de quinientos años. Los siete continentes descansan sobre dos de sus cuernos. Hay un mosquito posado cerca del hocico de la vaca, y por miedo al mosquito la vaca permanece inmóvil. Lo único que puede hacer es mudar los cuernos, lo cual es la causa de los terremotos». Y preguntó de nuevo: «¿Sobre qué se yergue la vaca?». Respondió el Profeta: «Sobre el lomo de un pez». Entonces el que tenía una duda quedó convencido y dijo: «Lo que dices es la verdad, oh, Mensajero de Dios».

Abba Jan guardó silencio. Luego dijo así: —Hakim sahib, el mundo entero se reduce a un mosquito posado en el hocico de una vaca. ¿Qué será del mundo si se va el mosquito? Así sucede que estamos a merced de la gracia y capricho de un mosquito, y no nos damos cuenta y nos vanagloriamos.

Estas conversaciones día tras día, día tras día estas historias, como si entre Bhagat-ji y Abba Jan le explicasen el universo. Mientras escuchaba, una imagen del mundo tomaba forma en su mente. El mundo había sido creado, de acuerdo, pero ¿qué pasó después? Mucho había llorado nuestra madre Eva. De sus lágrimas habían surgido la henna y la sombra de ojos. Y de su vientre habían nacido sus dos hijos, Caín y Abel, y una hija, Iqlima, que era en parte como la luna y en parte como el sol. El padre otorgó la niña a su hijo más joven, Abel. Pero el hijo mayor, Caín, se encolerizó, cogió una piedra, golpeó a Abel con ella y lo mató. Luego se echó a hombros el cuerpo de su hermano y caminó por toda la tierra. Allá donde caía la sangre de Abel el suelo se hacía alcalino. Entonces Caín comenzó a pensar qué hacer con el cadáver de su hermano, pues los hombros ya le dolían por el peso. Y así fue que vio a dos cuervos que luchaban y uno de ellos mataba al otro. El vencedor cavó un hoyo en el suelo con el pico y enterró a la víctima. Después se posó en la rama de un árbol. «¡Ay de mi desgracia, que ni he sabido hacer lo que hace el cuervo, que entierra a su hermano!», se lamentaba Caín. Entonces, igual que el cuervo, sepultó a su hermano. Aquella fue la primera tumba que se cavó sobre la faz de la tierra, y aquella la primera sangre humana que derramó la mano del hombre, y aquel el primer hermano que murió a manos de su hermano. Cerró el libro de páginas que amarilleaban y lo puso en el lugar de donde lo había cogido en la estantería de Abba Jan. Después se fue donde Bi Amma.

—Bi Amma, ¿era Abel el hermano de Caín?

—Sí, querido. Abel era el hermano de Caín.

—¿Por qué mató Caín a Abel?

—Porque su sangre estaba maldita. ¡Era más fina que el agua!

Quedó atónito al escuchar tales palabras, pero ahora había una pizca de miedo en el asombro. Era la primera vez que el miedo se asomaba a sus encuentros con lo maravilloso. Se levantó y se fue a la habitación grande, donde el hakim Bande Ali y Mussayab Husain estaban como de costumbre haciendo preguntas a Abba Jan y escuchando sus respuestas. Abba Jan ya había dejado atrás el principio del mundo y había llegado a su fin.

—Maulana, ¿cuándo llegará el Día del Juicio?

—Cuando muera el mosquito y la vaca se vea libre de temor.

—¿Cuándo morirá el mosquito y se verá la vaca libre de temor?

—Cuando el sol salga por el oeste.

—¿Cuándo saldrá el sol por el oeste?

—Cuando cante la gallina y calle el gallo.

—¿Cuándo cantará la gallina y callará el gallo?

—Cuando los que sepan hablar guarden silencio y hablen los cordones de los zapatos.

—¿Cuándo guardarán silencio los que saben hablar y hablarán los cordones de los zapatos?

—Cuando los gobernantes se vuelvan crueles y el pueblo chupe el polvo.

Después de un «cuándo» un segundo «cuando», después de un segundo «cuando» un tercer «cuando». ¡Qué extraño laberinto de «cuandos»! Los «cuandos» que habían pasado y los «cuandos» que estaban por llegar. ¡La de «cuandos» y «cuandos» que evocaba Bhagat-ji! ¡La de «cuandos» y «cuandos» que se iluminaban en la imaginación de Abba Jan! El mundo parecía una inacabable cadena de «cuandos». Cuándo y cuando y cuándo y cuando…

✻ ✻ ✻

El hilo de su imaginación se quebró abruptamente. De pronto, invadió la habitación un griterío de eslóganes que venía del exterior y aventó sus recuerdos en todas direcciones.

Se levantó y miró por la ventana. En el prado de enfrente, donde había mítines desde hacía varios días, vio reunida una multitud de innumerables cabezas. La velada estaba en su apogeo y la gente había empezado a corear eslóganes. Cerró la ventana, se sentó de nuevo en la silla y comenzó a hojear un libro y a leer fragmentos sueltos. Después de todo, tenía que preparar su clase de la mañana. Sin embargo el ruido se oía incluso con la ventana cerrada. Miró el reloj: las once en punto. El mitin acaba de empezar, quién sabe cuando terminará. ¡Y si es igual de molesto que el de ayer y no consigo pegar ojo! Hoy en día las manifestaciones son así. Empiezan a gritos y terminan a tiros. Pero era extraño; se sorprendía de su propia reacción. Cuanto más aumenta la barahúnda ahí afuera más me hundo en mí mismo. Acuden a mí los recuerdos de tantos momentos. Historias antiguas y pasadas, pensamientos perdidos y dispersos. Un recuerdo tras otro, enredados unos con otros, como un bosque que he de atravesar. Mis recuerdos son mi bosque. ¿Dónde, pues, comienza el bosque? No. ¿Dónde comienzo yo? Y de nuevo estaba en el bosque. Como si quisiera llegar al límite del bosque, como si anduviera buscando su propio principio. Mientras avanzaba en la oscuridad, se detenía al hallar un espacio iluminado, pero enseguida retomaba el paso, ya que quería llegar al momento en que su conciencia había abierto los ojos por vez primera. Nunca conseguía alcanzar ese momento. Cada recuerdo en el que se concentraba arrastraba tras de sí una densa multitud de otros recuerdos. Entonces se adentró en explorar lo que él recordaba como el primer suceso de Rupnagar.

✻ ✻ ✻

En aquel pueblo toda acción parecía extenderse a lo largo de los siglos. La caravana de las noches y los días pasaba lentamente, como si no avanzara, como si se hubiera detenido. Todo lo que iba a parar a algún lugar se asentaba en él y allí se quedaba. Menudo acontecimiento revolucionario fue la llegada de los postes eléctricos y cómo los amontonaron aquí y allá en las lindes de los caminos… Un escalofrío recorrió Rupnagar de arriba abajo. La gente hacía un alto en sus idas y venidas y miraba con asombro los largos postes de metal en el suelo.

—Así que la electricidad va a llegar a Rupnagar, ¿no?

—Desde luego que sí.

—¿Lo juras por mi vida?

—Por tu vida.

Los días pasaban, la curiosidad disminuía. Sobre los postes aumentaba la capa de polvo. Al cabo de un tiempo tenían tanto polvo como los montones de gravilla para reparar los caminos que habían traído durante una época de prosperidad, que al final habían sido olvidados y habían acabado por formar parte del polvoriento paisaje de Rupnagar. También los postes eran ya parte del polvoriento paisaje. Parecía que llevaban allí tirados desde siempre y que para siempre permanecerían allí tirados. El asunto de la electricidad era ya cosa del pasado. Todos los días al caer la tarde aparecía el farolero, escalera al hombro y lata de aceite en mano, y hacía la ronda encendiendo los variados faroles sujetos a postes de madera o colgados de los altos muros. —¡Eh, Vasanti! Está anocheciendo. Enciende el farol—. Vasanti aparecía en el umbral de la casa con la tez oscura, el rostro brillante y joven, el sari arrugado, un punto adornando su frente y los pies descalzos tap-tapeando sobre el suelo. Ponía un pabilo en el farol del nicho de la pared, lo encendía y regresaba dentro rápidamente, sin siquiera mirarle allí de pie, observándola desde la puerta de su propio hogar. En el Bazar Pequeño, Bhagat-ji ponía una gota de aceite de mostaza en la lámpara que tenía en un sucio candelero y daba su tienda por iluminada. Junto a la alcantarilla que había cerca de la tienda de Bhagat-ji, Mataru encendía una antorcha y la clavaba en el suelo al lado de su bandeja y un momento después gritaba —¡Palitos de jengibre!—. Pero la luz más brillante estaba en la tienda del orfebre Lala Hardayal, pues en el techo tenía una lámpara que arrojaba luz más allá de la tienda e iluminaba parte de la calle. Este era todo el suministro de luz del pueblo. E incluso aquello, ¿cuánto duraba? Las tiendas iban cerrando una a una. En los nichos de las puertas las lamparillas titilaban y la luz se atenuaba y acababa por apagarse. A partir de ese momento ya solo brillaban tímidamente algunos faroles en lo alto de los postes en alguna que otra esquina. El resto era oscuridad. Pero unos ojos bien abiertos veían muchas cosas incluso en aquella negrura.

—¡Bi Amma! Sucedió el jueves pasado justo cuando caía la noche. Pasaba yo por delante del ayuntamiento cuando creí oír el llanto de una mujer. Miré por aquí y por allá pero no vi a nadie. Cerca de la puerta había un gato negro. ¡El corazón me dio un vuelco! Espanté al gato, pero cuando continué mi camino, ai, ¿puedes creerte que sobre el muro de la casa de la anciana estaba otra vez el mismo gato? Lo espanté de nuevo. Desde el muro saltó al interior. Seguí andando y cuando pasaba por el callejón del pozo alto, ¡ai, Bi Amma, créeme, allí estaba otra vez! Sentado en la terraza de Lala Hardayal y sollozando como una mujer. ¡Me quedé de piedra!

—Que Dios tenga compasión de nosotros —dijo Bi Amma con aprensión. Y después, guardó silencio.

Pero no hubo compasión. Dos o tres días después Sharifan llegó con más noticias. —¡Ai, Bi Amma, el barrio entero está lleno de ratas muertas!

—¿De verdad?

—Oh, sí. Al pasar por el basurero las he visto muertas a montones.

Primero murieron las ratas y después comenzaron a morir las personas. De fuera llegaba el canto de «Ram nama satya hai».

—Sharifan, sal a ver quién ha muerto.

—Ha muerto Jagdish, el hijo de Pyare Lal, Bi Amma.

—¡Hai hai! Un joven tan fuerte y tan sano, ¿cómo ha sido?

—Le han salido unas pústulas por el cuerpo y unas horas después se ha muerto, Bi Amma, así como te lo digo.

—¿Pústulas? ¿Pero qué dices, desgraciada?

—¡Oh, sí, Bi Amma! Te digo la verdad. Es la peste…

—Ya basta. ¡Cierra la boca! En una casa llena de gente no se debe mentar el nombre de esa terrible enfermedad.

A Jagdish le salieron pústulas y después al pandit Dayaram y después a Misra-ji. Y después a muchos otros. Las procesiones fúnebres salieron de una casa, y luego de otra, y más tarde de una casa tras otra. Bi Amma y Sharifan consiguieron llevar la cuenta entre las dos hasta diez. Después perdieron la cuenta. ¡En un solo día salían procesiones fúnebres de tantas casas! Cuando caía la tarde, las calles y los callejones se vaciaban. Ni ruido de pasos, ni de risas, ni de charla. Hasta Chiranji y su armonio guardaban silencio. Chiranji, que tanto en invierno como en verano o durante la estación de las lluvias se sentaba todas las noches en la terraza con su armonio y cantaba:

«Laila, Laila, gritaba por el bosque,

Laila vive en mi corazón».

Al llegar la mañana, la atmósfera del pueblo cambiaba por completo. Había una tienda abierta por aquí o por allá, las demás permanecían cerradas. En algunas casas ya habían echado los candados, en otras los estaban echando en aquel momento. Enfrente de esta había un carro de bueyes, enfrente de aquella un carro de caballos. La gente se iba. El pueblo se vaciaba de dos maneras: había quien abandonaba el pueblo, había quien abandonaba el mundo.

—Bi Amma, están muriendo más hindúes.

—Bibi, cuando viene el cólera mueren los musulmanes y cuando llega la peste mueren los hindúes.

Pero pronto la peste dejó de diferenciar entre hindúes y musulmanes. También comenzaron a salir procesiones fúnebres al sonido de la kalimah.

—¡Nuera, no dejes que Zakir salga! Se pasa el día fuera.

—El niño no me obedece, Bi Amma.

—Conque sí… ¡Como se asome una sola vez más a la calle le parto las piernas!

Sin embargo, no había amenaza que surtiera efecto. En cuanto le llegaba el sonido de «Ram nam satya…» salía disparado hacia la puerta principal. Detrás del cortejo fúnebre iban las dolientes llorando a gritos cada una con un trozo de leña para la pira. Qué desolada se quedaba la calle cuando terminaban de pasar… Sharifan corría, lo agarraba y lo metía de nuevo en casa.

Un día un carro de bueyes se detuvo delante de la puerta.

—Oh, Sharifan, sal a mirar qué huéspedes nos visitan en estos tiempos de desgracia.

Sharifan fue y volvió. —Bi Amma, nos han enviado un carro desde Danpur y con él, recado de que nos traiga a todos de vuelta.

Bi Amma se fue derecha a la habitación grande, donde Abba Jan se pasaba los días sentado en su alfombra de oración apartado de todos.

—Nasir Ali, hijo mío. Tu tío nos ha enviado un carro de bueyes.

—Abba Jan reflexionó unos momentos y luego dijo: —Bi Amma, el glorioso y exaltado Profeta dijo que «los que huyen de la muerte no corren más que hacia la muerte».

El carro de bueyes vino vacío y vacío se fue. Abba Jan, por su parte, disolvió azafrán en una taza de porcelana, mojó en él una pluma purificada y en un papel grueso escribió con letra clara:

«Cinco eminencias eliminan el poder de las enfermedades mortales. Mahoma y Fátima y Hasan y Husein y Alí, Alí, Alí».

Fue a la puerta principal, pegó en ella el papel y volvió a su alfombra de oración.

Que el doctor Joshi saliera de su consulta y visitara a alguien a domicilio siempre había constituido un auténtico acontecimiento. Pero últimamente el doctor Sahib aparecía por el vecindario a todas horas con el estetoscopio al cuello, a veces en esta calle, a veces en esa otra. El doctor Sahib era el mesías de Rupnagar. La gente decía que ni siquiera en el gran hospital de Delhi había médicos que se le pudieran comparar. Sin embargo, los poderes del mesías iban en declive y aumentaban los poderes de la muerte. La misma esposa del doctor Sahib exhaló el último aliento con el cuerpo cubierto de pústulas ante sus propios ojos.

—Ha muerto incluso la mujer del doctor Sahib.

—Es verdad.

La gente sentada en la terraza de Bhagat-ji no podía decir mucho más. La fe en los conocimientos de Chiranji Mal Vaid y en la sabiduría del hakim Bande Ali había desaparecido tiempo atrás, con la primera conmoción. Pero ahora el mesianismo del doctor Joshi había perdido su estatus. La muerte era una realidad de la que no había escapatoria. Los que se encargaban de organizar los cortejos funerarios parecían agotados.

¡Él mismo estaba tan hastiado! Cuando pasaba una procesión fúnebre, se quedaba allí de pie, mirando la calle vacía. La calle de delante de su casa estaba desierta y la mayoría de las viviendas cerradas a cal y canto. También la de Vasanti. Aquí y allá una tienda entreabría la puerta durante un rato y pronto la cerraba de nuevo. Estaba harto de ver puertas cerradas, postigos cerrados, la calle vacía, así que, incluso antes de que Sharifan insistiera, volvía al interior de la casa, ya de por sí sumida en el silencio. Abba Jan, distante de todos, indiferente a las cuestiones de la vida y de la muerte, permanecía sentado sobre su alfombra de oración, pasando las cuentas del rosario entre los dedos. Bi Amma, sentada en un camastro con su costura. Una o dos palabras de Ammi o de Sharifan. La conmoción había desaparecido de sus ojos; la conmoción así como el miedo. Tanto la conmoción como el miedo se habían desprendido ya de muchos otros ojos también. Todo el mundo había aceptado la plaga como una realidad establecida, eterna. Y entonces sucedió que Bi Amma amaneció con temblores por todo el cuerpo. Hizo sus plegarias en ese estado y se postró con la frente en el suelo durante mucho rato. Cuando terminó sus oraciones, las lágrimas bañaban su arrugado rostro. Entonces se cubrió la cara con el duppatah y lloró quedamente. Abba Jan, sentado en su alfombra de oración, le preguntó: —Bi Amma, ¿qué te sucede?

—Hijo mío, ha venido la carroza del Imam—. Hizo una pausa, y después dijo: —Qué luz… era como si hubieran encendido una lámpara de gas. Como si alguien dijera «Preparad el majlis».

Abba Jan reflexionó unos momentos. Después dijo: —¡Bi Amma, has tenido una visión!

Gracias a Sharifan, la noticia de la visión de Bi Amma se extendió por el vecindario. Vinieron las señoras de todas las casas que no estaban cerradas. Se celebró el majlis y hubo abundantes llantos y lamentos.

—Ai, Bi Amma, ¿te has enterado? La maldita plaga se ha detenido.

—¡Oh, dime la verdad!

—Es la verdad, Bi Amma, lo ha dicho el doctor Joshi.

—Gracias a Dios —y de nuevo las lágrimas le inundaron los ojos. Cuando levantó la cabeza después de las oraciones su arrugado rostro estaba aún bañado en lágrimas.

✻ ✻ ✻

Igual que habían partido, los carros de bueyes regresaron de nuevo cargados hasta los topes. A cada rato llegaba chirriando un nuevo carro de caballos y otra casa cerrada se abría. Las casas cerradas se abrieron y los viejos harapos y mantas se sacaron a la calle, se apilaron y se quemaron.

Anochecía. En la distancia se oía claramente el ruido de sartenes y cazos que llegaba del patio de Vasanti. Junto al tañido de las campanas del templo sonó una voz familiar: —¡Vasanti, está anocheciendo! Enciende el farol—. Vasanti salió a la puerta, descalza, como siempre, y puso un pabilo en un farol nuevo y lo encendió. Estaba a punto de volver dentro, cuando él se le acercó. —Vasanti.

Vasanti se giró y sonrió al verlo.

—Así que has vuelto.

—Claro.

Se acercó a ella. Le acarició suavemente los brazos desnudos y dijo con voz suave y tierna: —Ven, vamos a jugar.

Vasanti dudó un momento y de pronto se ruborizó. —Lárgate, niñato musulmán —y entró corriendo en la casa.

Después del desaire de Vasanti, se fue a casa borracho de placer y durante mucho tiempo sintió una cálida dulzura que le bajaba hasta las yemas de los dedos.

Las casas deshabitadas estaban habitadas de nuevo y el bullicio de siempre regresó al Bazar Pequeño. Sin embargo, por aquí y por allá había espacios vacíos, aquí y allá faltaba alguna cara. No se veía al pandit Hardayal en su terraza ni a Misra-ji sobre los cojines en su tienda. ¿Dónde estaba Jagdish, que solía ir por las tardes a la terraza de Chiranji a practicar con el armonio? La cabeza rapada de Sohan, el hijo del pandit Hardayal, proclamó durante muchas semanas que estaba de luto. Pero a Sohan le creció el pelo poco a poco y los espacios vacíos del Bazar Pequeño se llenaron. Al final había tanta gente que parecía que no faltaba nadie, y tanta vida como si nada hubiera pasado. La multitud se volvió a reunir en la terraza de Chiranji. El armonio sonaba y sonaba hasta la medianoche y en la distancia se oían las canciones:

«Toda la noche yace Laila

en brazos de un dolor secreto.

¿También es su amado el sufrimiento?

En él todos se pierden».

—¡Chiranji, bastardo, vaya suerte que tienes!

—¿Por qué?

—Te han plantado un poste justo al lado de la terraza. Ahora podrás tocar el armonio con luz eléctrica, bastardo.

Los postes que llevaban siglos tirados en el suelo y cubiertos de polvo de pronto estaban de pie. La gente detenía el paso, elevaba la vista hasta lo alto de los postes y se imaginaba la nueva luz que pronto llegaría.

—Dicen que la luz eléctrica es muy brillante.

—Se diría que se hace de día en plena noche.

—Amigo mío, estos ingleses son increíbles.

Pero los obreros levantaron los postes y no se les vio más. Pasaron los días, los meses pasaron y después el tiempo sencillamente siguió pasando. Los postes, cubiertos de polvo, se convirtieron de nuevo en parte del paisaje. No parecía que los hubieran plantado, sino que habían brotado del suelo. A veces una paloma o un pájaro carpintero detenía su vuelo unos instantes y se posaba en uno, pero quizá no le gustara el tacto del metal, porque pronto salía volando de nuevo. Los milanos se quedaban mucho rato sobre los postes aunque preferían las barandillas de las azoteas. Los milanos que se posaban en las altas barandillas del ayuntamiento permanecían allí durante siglos. Parecía que cuando acabara el mundo el pájaro seguiría encaramado allá arriba. Aquella barandilla había envejecido con el tiempo y con las heces de los milanos. Sin embargo, los muros almenados de la Gran Mansión se habían roto antes de llegar a envejecer. Había sido obra de los monos. Igual que los milanos no se paran en cualquier barandilla, a los monos no les gusta cualquier azotea. Algunas de las barandillas del pueblo eran del gusto de los milanos y algunas azoteas eran del agrado de los monos.

Los monos tenían un extraño modo de vida. Si aparecían, seguían apareciendo. Cuando se marchaban, lo hacían tan completamente que no quedaba rastro de ellos ni siquiera en los árboles de tamarindo que había cerca de Kerbala, y mucho menos por los tejados. Tejados vacíos, muros desiertos. Tan solo los parapetos en ruinas de los pisos más altos recordaban que una vez aquellos tejados habían estado al alcance de los monos. ¿Qué sucedió aquella tarde? Caminaba por un callejón cuando de pronto tuvo la sensación de que alguien saltaba de un muro al de enfrente por encima de su cabeza. Miró arriba y qué vio sino una tropa de monos viajando de muro en muro. —¡Oh, son monos! —exclamó mientras su corazón recobraba el ritmo. Cuando despertó a la mañana siguiente dentro y fuera de la casa reinaba la confusión. Todo lo que había en el patio estaba hecho pedazos o había desaparecido. Un mono se había apoderado del dupattah de Bi Amma y estaba sentado en el parapeto del tejado haciéndolo jirones con los dientes.

Era imposible saber de qué pueblos venían, de qué bosques habían salido. Una bandada y otra bandada, bandada tras bandada. De un tejado a otro, de este a un tercero. Saltando ágiles a un patio, robando cosas, un minuto aquí y al siguiente allá. Nanua, el vendedor de aceite, hizo una colecta y compró un saco de grano y un trozo de azúcar moreno sin refinar. Fue donde se celebraba el mercado semanal y, en el pequeño estanque que permanecía seco todo el año excepto en la estación de las lluvias, esparció el grano, puso el azúcar en el centro y dejó por el suelo unos cuantos palos de madera. Los monos acudieron dando brincos y haciendo cabriolas y se comieron el grano a dos carrillos. Después se lanzaron sobre el azúcar. Un trozo de azúcar y cien monos. Estallaron los disturbios. Los palos estaban a mano allí mismo. Los monos se hicieron con ellos en cuanto los vieron. Cada vez que uno agarraba el trozo de azúcar le caía un estacazo en la cabeza.

Durante días, durante semanas enteras anduvieron por allí alborotando. Emboscadas nocturnas, saqueo y pillaje, y, finalmente, guerra civil. Después desaparecieron. Los tejados silenciosos de nuevo, los parapetos de nuevo vacíos. Sin embargo, cuando llegó la electricidad estaban en el pueblo, se les veía por los tejados y parapetos. Los postes eléctricos, soportando las inclemencias del tiempo, habían pasado a formar parte del paisaje. De pronto se convirtieron otra vez en el centro de atención. Aparecieron los obreros con largas escaleras sobre los hombros. Instalaron travesaños de hierro en la parte más alta. En los travesaños fijaron aislantes de cerámica blanca. Tendieron unos cables del primer poste al segundo y del segundo al tercero, y poco a poco conectaron todos los postes de las calles.

En la atmósfera del pueblo flotaba la novedad y los pájaros de Rupnagar tenían sitios nuevos donde posarse. Ya no estaban confinados a los muros y las ramas de los árboles. Cuando los cuervos se cansaban de sentarse a graznar en las paredes, salían volando y se columpiaban en un cable. Los arrendajos, los culiblancos, los vencejos, detenían el vuelo y se paraban sobre ellos a descansar.

Imitando a los pájaros, un mono saltó desde una pared del Bazar Pequeño y se agarró de un cable. Un instante después cayó al suelo con un golpe sordo y se quedó inmóvil. Bhagat-ji y Lala Mitthan Lal salieron de sus tiendas y se acercaron cada uno por un lado. Observaron al mono moribundo con temor y sorpresa. —Traed agua —gritaron. Chandi corrió al pozo, llenó un cubo, trajo el agua y la vertió sobre el mono, pero este ya había cerrado los ojos y su cuerpo se había aflojado.

Los demás monos acudieron desde todas partes y llenaron los parapetos circundantes: miraban el cuerpo inerte de su compañero en medio de la calle y hacían ruido. La gente venía corriendo desde las calles y los alrededores a observar asombrados al mono muerto.

—¿A qué cable se había agarrado?

—A aquel —Chandi señalaba al más alto.

—Entonces ya ha llegado la electricidad.

—Sí, ya ha llegado. En cuanto alguien toca un cable, se queda frito.

Al día siguiente, otro mono se agarró de los cables e inmediatamente cayó al suelo con un golpe sordo y se quedó inmóvil. Otra vez se acercaron Bhagat-ji y Lala Mitthan Lal y Chandi corrió al pozo y volvió con un cubo de agua, pero el mono ya se enfriaba ante sus propios ojos.

De nuevo se desató el tumulto. Vinieron saltando y dando botes desde lejanas azoteas. Miraban al difunto en medio de la calle con ojos desorbitados y hacían tanto ruido como podían.

Cansados y derrotados, fueron callando poco a poco. Muchos ya se marchaban cuando de pronto, un mono fuerte y corpulento corrió hasta el alto tejado del pandit Hardayal. Tenía la cara roja de rabia y los pelos del lomo de punta como flechas. Saltó al poste y lo sacudió con tanta furia que lo hizo cimbrearse como un árbol medio desenraizado. Después trepó y atacó los cables con todas sus fuerzas. En el mismo instante en que les puso la mano encima se derrumbó. Se quedó allí suspendido por un momento y luego cayó al suelo medio muerto. Bhagat-ji, Lala Mitthan Lal y Chandi repitieron su rutina. Cuando le echaron el agua por encima, abrió los ojos, miró con impotencia a sus seguidores y los cerró por última vez.

Los monos se acercaron saltando por los tejados. Parecía que iban a bajar todos a la calle, pero se limitaron a pasearse por los parapetos chillando y dando aullidos. Entonces quedaron súbitamente en silencio, como si algún tipo de pánico se hubiera apoderado de ellos, y los muros comenzaron a vaciarse.

Caía la tarde. El mono corpulento yacía en la calle. Los parapetos circundantes estaban vacíos. Rupnagar había entrado en la era de la electricidad ofreciendo tres monos en sacrificio. Los demás, por su parte, desaparecieron tan completamente que durante semanas no se vio ni uno solo por muros, árboles o tejados. De hecho, incluso en el enorme pipal que había cerca del Templo Negro, donde todos los días y en todas las estaciones se los veía saltar y brincar de rama en rama, reinaba el silencio.

✻ ✻ ✻

El bosque salvaje y deshabitado de Rupnagar comenzaba en el Templo Negro. En las paredes y la cúpula había brotado tanto musgo que el edificio entero se había puesto completamente negro. Vacío por dentro y por fuera, hacía siglos que no sonaba una concha de oración ni iba por allí un sacerdote. El pipal era tan alto como el templo y en sus ramas se columpiaban los monos, excepto cuando aparecía por allí un enorme langur de cara negra con un rabo que parecía un látigo. Los monos huían nada más verlo. Más allá del Templo Negro estaba Kerbala, desierta todo el año excepto el Décimo Día, como la auténtica Kerbala. A poca distancia de allí había una loma sobre la que se erguía aún una pequeña torreta a la que llamaban el Fuerte. Más lejos se hallaba el Bosque de Ravana, un amplio espacio de tierra baldía completamente desierto con un enorme baniano en el centro. Las tardes de verano, salía con Bundu y Habib del pueblo y deambulaban por allí. Cuando dejaban atrás el Templo Negro, siempre tenía la sensación de aventurarse en un nuevo continente, un enorme bosque en el que en cualquier momento podía encontrase con un ser extraño. El corazón se le desbocaba.

Pasaban por el pipal, ruidoso con los juegos de los monos del Templo Negro, cuando Zakir se detuvo de pronto.

—Yar…— no era capaz de articular palabra.

—¿Qué pasa? —preguntó Habib con despreocupación.

—Un hombre —respondió con voz temerosa.

—¡Un hombre! ¿Dónde? —Habib y Bundu estaban asustados.

—Allí —señaló al Fuerte. Un hombre caminaba solitario.

¡Un hombre en aquel bosque desierto…! ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Era acaso un hombre normal o…? Quizá no fuera más que un hombre, pero ellos sintieron un miedo terrible. Salieron de allí por pies inmediatamente.

Bundu también vivía en la casa porque era el hijo de su tita Sharifan. Zakir era amigo de Habib. ¡Cómo le gustaba pasear con ellos y jugar a los vagabundos…! Sin embargo, tras la llegada de Sabirah los paseos empezaron a cambiar poco a poco.

Sabirah. Antes tan solo había oído su nombre cuando llegaban desde Gwalior las cartas de Khalah Jan y en ellas decía «Tahirah y Sabirah están bien. Os mandamos saludos cordiales». Khalah Jan vivía en Gwalior porque su marido, sobrino de Bi Amma, tenía un trabajo allí. Un día llegó un telegrama anunciando su muerte. Ammi, que estaba haciendo pan en ese momento, volcó la sartén y se puso en pie1. Bi Amma lloró y gimió en voz alta.

Pocos días después, llegó un carro de caballos cargado de equipaje y pasajeros y cubierto de sábanas y se detuvo en la puerta. Abba Jan salió con un chal largo y ancho y le dio a Zakir un extremo para que lo sujetara mientras él cogía el otro. Hizo un velo protector por un lado. Por el otro lado no venía ningún hombre. Entonces se levantaron las cortinas del carro y Khalah Jan se apeó de él, y con Khalah Jan dos niñas, Tahirah una y la otra Sabirah, a quien Khalah Jan llamaba Sabbo. Debía ser más o menos de su edad.

Al principio Sabirah guardaba las distancias y él, con una especie de timidez, se mantenía alejado de ella aunque le echaba miraditas por el rabillo del ojo. Después, entre titubeos, le dijo: —Ven, Sabbo, vamos a jugar a algo.

✻ ✻ ✻

—Zakir, hijo mío —dijo Abba Jan al entrar— Parece que esa gente tampoco nos va a dejar dormir esta noche.

—¿Eh?—. Zakir volvió súbitamente del bosque.

—Hijo mío, ¿están celebrando un mitin o solo metiendo ruido?

—Abba Jan, así son los movimientos políticos. La gente se entusiasma primero y luego pierde el control.

—¿Has dicho movimiento? ¿Esto es un movimiento? ¿Crees que yo no he visto un movimiento en mi vida, hijo mío? ¿Ha habido alguno mayor que el Movimiento Khilafat? Y qué decir del maulana Muhammad Ali… ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! Cuando hablaba parecía que saltaban chispas. Y sin embargo ni una sola de sus palabras transgredía las reglas de la lengua culta. Así era el maulana Muhammad Ali. Y tampoco vi jamás a uno solo de sus voluntarios saltarse las reglas de la lengua culta. Decían «Muerte a los ingleses», y ni una palabra más—. Abba Jan guardó silencio. Después, como perdido en sus pensamientos, dijo entre dientes: —Aquel hombre venerable cometió un solo error: apoyó a Ibn Saud en lo referente a los santuarios y mausoleos. Que Dios Todopoderoso le perdone ese pecado y derrame luz sobre su tumba. Con el tiempo se arrepintió mucho de haberlo hecho.

Zakir sonrió para sus adentros. ¡Menudo es este Abba Jan! ¡Incluso ahora sigue soñando con el Movimiento Khilafat!

—¿Qué estás haciendo?

—Quería preparar mi clase de mañana pero…

—Como si se pudiera trabajar con este escándalo —le interrumpió Abba Jan.

—Sí, ahora hay mucho ruido pero a lo mejor hoy el mitin termina pronto. Ayer se alargó porque había líderes extranjeros.

—Hijo mío, a mí no me parece que vayan a terminar pronto—. Estuvo callado unos instantes y luego dijo: —En mis tiempos también se celebraban mítines pero si había alboroto era antes de que empezasen. Después, alguien subía al estrado para dar un discurso y de inmediato todo el mundo se sentaba respetuosamente. Había mucha educación por entonces.

Sonrió de nuevo. Abba Jan no había vuelto aún de la época del Movimiento Khilafat. Sin embargo, mientras formulaba el pensamiento tuvo la sensación de estar siguiendo a Abba Jan, de adentrarse con él en tiempos pasados. Había mucha educación por entonces. Si alguien hablaba demasiado alto, Abba Jan le regañaba: «No estoy sordo, jovencito». Y cuando a veces Tahirah hablaba con voz destemplada, Bi Amma decía cortante: «Niña, ¿tienes una caña rajada por garganta?». Y cuando Tahirah y sus amigas se dejaban llevar por la típica excitación de la estación lluviosa y se columpiaban con todas sus fuerzas entre risas, Bi Amma las interrumpía rápidamente: «Hija mía, ¿qué ruidos son esos? ¿Se está rompiendo la vajilla?». La estación lluviosa, el columpio, las canciones, las semillas maduras del árbol de nim…

—Bueno, me voy. Esta noche no podré dormir. Descansa un poco tú también —le recomendó Abba Jan al salir de la habitación.

A Zakir aquellas palabras le entraron por un oído y le salieron por el otro. Una voz lejana le atraía hacia sí.

✻ ✻ ✻

«Semilla de nim maduro, ¿cuándo vendrán las lluvias?

¡Que viva mi hermano querido, que me enviará un palanquín!»

¡Qué alto se columpiaban Tahirah y su amiga y con cuánto anhelo las miraba Sabirah! Justo entonces la voz de Khalah Jan sonó desde la cocina.

—¡Tahirah!

—Sí, madre.

—Hija mía, ¿te vas a pasar el día entero subida al columpio? Ven acá y ayúdame a freír un poco. Haz unos cuantos buñuelos.

Cuando Tahirah se fue, se acercó a Sabbo.

—Corre, Sabbo, vamos a columpiarnos.

Se apretó contra ella en el columpio. Sentía una ternura que se fundía y le inundaba el corazón. Quería columpiarse con ella mucho rato, pero los estados de ánimo de Sabirah nunca duraban.

—No pienso columpiarme contigo —de pronto se bajó del columpio de un salto.

—Pero, ¿por qué? —estaba perplejo.

—Porque no y se acabó.

Y allí se quedó, plantado, confundido y triste. Poco después se acercó a ella muy despacio.

—Sabbo.

—No te hablo.

Como no había forma de aplacar a Sabirah, se retiró tristemente y sus pasos lo llevaron a las escaleras. Subió al tejado. Era de arcilla sin cocer, y como la temporada de las lluvias había pasado hacía ya tiempo, la arcilla estaba dura. Sacó del bolsillo la hoja de una navaja rota que siempre llevaba encima para afilar sus lápices y se puso a cortar trozos de arcilla con la punta como si fuesen dulces. Poco después, Sabirah subió también. Lo miró cortar dulces con gran atención pero ahora él estaba concentrado en su trabajo y no le hizo caso. Cuando se aburrió de cortar dulces se inventó otra cosa. Hizo un pequeño agujero en la parte más seca de la arcilla y metió el pie en él, lo cubrió con la tierra suelta y lo compactó bien. Después sacó lentamente el pie del agujero dejando una especie de cueva. Sabirah no le quitaba ojo.

—¿Qué es eso?

—Una tumba —respondió indiferente y sin mirarla.

—¿Una tumba? —preguntó Sabirah con asombro.

—Sí.

Sabirah admiró la tumba durante unos instantes.

—Hazme una tumba a mí también, Zakir —le pidió con una especie de calidez en la voz.

—Háztela tú sola —replicó él en tono cortante.

Dándose por vencida, Sabirah se puso a cavar una tumba por sí misma. Extrajo una considerable cantidad de arcilla, metió el pie lentamente en el agujero, lo cubrió con la arcilla sobrante y la compactó. Entonces sacó el pie con cuidado pero el techo de arcilla se derrumbó. Zakir se echó a reír. Pero Sabirah no se desanimó. Lo intentó de nuevo sin éxito. Al tercer intento, sacó el pie con tanto cuidado que ni un solo grano de tierra cayó dentro del hueco. Sabirah comenzó a darse aires por su éxito y observó la tumba de Zakir y luego la suya.

—La mía es mejor —dijo.

—Sí, claro. Es fantástica —le respondió él haciendo una mueca.

—Mete el pie y compruébalo.

Dudó un momento ante la propuesta. Se lo pensó un poco. Después metió el pie muy despacio en la tumba de Sabirah y se convenció de que estaba en lo cierto. Dejó el pie durante un rato dentro de aquella tumba suave y cálida.

Entonces el enfado desapareció y de nuevo reinó la amistad ente ellos. La tumba de Sabirah se vino abajo mientras la rehacía y él le limpió el blanco pie con sus propias manos. Después se sacó una concha del bolsillo.

—¿Quieres una concha?

—Sí —respondió ella mirándola con ojos codiciosos.

Cogió la concha y a cambio del regalo le hizo un ofrecimiento:

—Ven, vámonos al columpio.

Al bajar del tejado oyeron a Tahirah y a su amiga cantando una canción:

«Madre la fruta está madura, madre, pero no la comeré, madre.

Madre, el agua está alta, madre, pero no me bañaré, madre.

Madre, el vestido amarillo y verde está listo, madre, pero no me lo pondré, madre.

Madre, mi marido me ha enviado un palanquín, madre, pero no me subiré, madre».

Subieron las escaleras y volvieron al tejado. ¿Qué podían hacer ahora? Zakir propuso un nuevo juego:

—Sabbo.

—¿Qué?

—Juguemos a los novios y las novias.

—¿A los novios y las novias? —estaba desconcertada.

—Sí, yo seré el novio y tú la novia.

—Pero nos van a ver —protestó ella con nerviosismo.

En ese mismo momento sonó un trueno entre las nubes y los asustó. Comenzó a llover tan fuerte que antes de que llegaran a la escalera ya estaban completamente empapados.

✻ ✻ ✻

¡Con qué energía llegaba siempre la estación de las lluvias! Había conmoción dentro de la casa, fuera de ella, y por todas partes; sin embargo, cuando llovía con ritmo pausado, la atmósfera se llenaba lentamente de una especie de tristeza y las voces enmudecían poco a poco. Al caer la tarde, desde lo profundo del bosque sonaba la llamada perdida de un pavo real, y añadía aún más tristeza a la melancolía de la tarde lluviosa. Después llegaba la noche y la oscuridad empapada de lluvia se hacía densa y profunda. Si alguien se despertaba en medio de la noche, la lluvia caía como si llevara una eternidad lloviendo y fuera a seguir lloviendo una eternidad. Pero aquella noche estaba llena de voces.

«Mirad, Krishan no viene, el cielo se ha cerrado,

la noche es oscura y negra, la lluvia cae muy fuerte,

el sueño no acude a mis ojos, el cielo se ha cerrado,

no viene Krishan, el de la piel color de nube, el cielo se ha cerrado».

—¡Uf, esas hindúes no nos van a dejar pegar ojo en toda la noche! Y encima sigue llueve que te llueve.

—Bi Amma, es que es la lluvia de Janamasthami —explicó la tita Sharifan—. Le están lavando los pañales a Krishan-ji.

—Bueno, ¡a estas alturas los pañales ya deben estar más que limpios! Menuda inundación—. Bi Amma se dio la vuelta e intentó dormirse de nuevo. Justo entonces redobló un tambor en la veranda de Vasanti.

«Oh, Ram, fui al Yamuna a sacar agua,

por el camino me encontré con Nand Lal

Ai, lloraba mi cuñada…»

Y desde algún lugar lejano llegó otra voz,

«Qué dulce es la noche, amado, ¿te vas o te quedas?

Qué blando es el lecho, amado, ¿te vas o te quedas?».

Parecía que toda la lluvia de la estación se hubiera puesto de acuerdo para caer en la noche de Janamasthami. Al despertar por la mañana ya no llovía ni quedaban nubes. El mundo estaba brillante y recién lavado. El cielo, los árboles, los postes eléctricos, los muros, los techos.

—¡Zakir, vamos a cazar gusarapos!

En cuanto Bundu propuso la idea salieron de la casa a toda velocidad y se fueron a Kerbala, más allá del Templo Negro. ¡Qué blanda y brillante lucía la tierra! En la hierba se arrastraban los gusarapos por todas partes como suaves trocitos de terciopelo. ¡Qué placer daba tocarlos! Por aquel tiempo, a Zakir le encantaba tocar cosas suaves, sin embargo en cuanto les pasaba el dedo por encima, los gusarapos recogían las patas y se hacían los muertos. ¿Por qué será que las cosas suaves casi no se dejan tocar?, se preguntaba intrigado.

—Mira esto, Sabbo.

—¡Anda, cuántos bichos!— Estaba completamente asombrada. Después estuvo muy cariñosa con él. ¡Estaba tan cerca de pronto y tan lejos al instante siguiente…!

—Sabbo, ven a jugar.

—No quiero.

—Tengo conchas de cauri.

—¿Y a mí qué?

—Mira, una peonza.

—Bah —dijo apartando la cara.

Zakir jugó mucho rato con la peonza. Después sacó su yoyó. Le encantaba jugar al yoyó.

«Dicen que Laila solía…».

De pronto dejó de jugar con un respingo. —¡Ha llegado Majnun!—. Y olvidando el yoyó salió como una flecha hacia la puerta. Cuando llegó al portal vio que Sabirah ya estaba allí también.

—¡Zakir, es Majnun!

—Claro que es Majnun. ¿Quién si no?

El cuello de la camisa desgarrado, el pelo enmarañado, una escudilla para las limosnas en una mano y un ladrillo en la otra, en cada pie una cadena que tintineaba al andar: Majnun. Se detuvo y se puso derecho:

«Dicen que Laila solía

dar limosna a todos los mendigos.

Un día llegó Majnun con una escudilla

y dijo dame algo por amor de Dios.

Laila repartió limosnas entre todos

y cogió la escudilla de entre las manos de Majnun».

Cuando terminó de cantar se golpeó la frente con el ladrillo con tanta fuerza que le salió sangre, se cayó al suelo con un golpe seco y se quedó allí inmóvil.

—Zakir, ¿se ha muerto Majnun? —Sabirah temblaba violentamente.

—No, no se ha muerto.

—Sí se ha muerto —y comenzó a llorar.

—Está fingiendo, so tonta.

—No, Majnun se ha muerto —seguía hecha un mar de lágrimas.

Para sorpresa de la niña, Majnun se puso en pie de pronto. Cogió su escudilla, en la que los viandantes pusieron sus limosnas, y siguió su camino.

—Sabbo, ¿has visto alguna vez Laila-Majnun?

—No. ¿Cómo es?

—El maestro Rupi hace de Majnun e Ilahi Jan de Laila.

—¿Y qué pasa luego?

—El maestro Rupi se enamora de Ilahi Jan.

Se miraron el uno al otro y de pronto se avergozaron. Sabirah frunció el entrecejo.

—¡Vete de aquí ahora mismo, niño sinvergüenza, o me chivo a Bi Amma!

—¿Pero qué he dicho? —protestó Zakir nerviosamente.

Sin embargo, Sabirah no podía decirle a Bi Amma una cosa semejante, así que se contentó con enfadarse y mantener las distancias. Zakir también se sentía extraño. No se atrevía a mirarla a los ojos.

«Kau bas, kau bas», Zakir aguzó el oído. Las voces que sonaban en la distancia, ya fuera cerca o lejos, siempre producían en él un extraño efecto. Tanto si comprendía lo que decían como si no, siempre se sentía atraído hacia ellas. «Kau bas», nunca había sabido qué querían decir aquellas palabras. Solo que cuando Lala Chunni Mal, el padre de Vasanti, se subía al tejado y las gritaba, los cuervos acudían desde todas partes y aleteaban alrededor de su cabeza. Corrió al tejado como una flecha con Sabirah detrás.

En el tejado de Vasanti habían extendido dos platos de hoja de palma con arroz cocido en leche. Los cuervos lo devoraban. A veces un milano se lanzaba sobre el plato. Lala Chunni Mal estaba allí de pie gritando: «Kau bas, kau bas». Alrededor de su cabeza se arremolinaba una nube de cuervos y milanos.

—¿Sabes qué sucede? —viendo el asombro de Sabirah, se decidió a ilustrarla—. Están limpiando los platos de Ramchandar.

—¿Los platos de Ramchandar?

—Claro, ¿qué iba a ser si no? Cuando Ramchandar terminaba su cena, el rey de los cuervos venía, se comía las sobras y le limpiaba los platos.

—Venga ya, mentiroso.

—Te lo juro por Dios.

—¿Se lo pregunto a Bi Amma? —e inmediatamente fue donde Bi Amma a chivarse.

—Hijo mío —le dijo Bi Amma clavándole los ojos— ¿para qué has nacido en esta casa? Deberías haber nacido en la casa de algún hindú. Tu padre se pasa el día invocando los nombres de Dios y el del Profeta y no se ha dado cuenta de que a su hijo le ha dado por los cuentos de los hindúes.

Sin embargo Bi Amma ya no tenía la fuerza de antes. A todos los vigilaba como siempre y a todos los regañaba, pero su voz carecía de viveza. Se había arrugado como una pasa. Parecía como si se estuviera derrumbando hacia dentro. —Basta ya. Le pido a Dios que me lleve antes de que me quede inválida.

—Ai, Bi Amma, ¿pero qué dices? Tú vivirás para ver la boda de tu nieto.

—¡Ai, tita Sharifan! Me he quedado tan seca y flaca que tengo el estómago en la espalda. ¿Te crees que tendré que seguir viva el Día del Juicio para llevarle las alforjas al Altísimo?

Sin duda, Bi Amma había vivido una larga vida. Siempre contaba que cuando era niña tan solo encendían una antorcha en el Bazar Pequeño. Por las calles y callejones, lo demás era negrura. Ante sus propios ojos, la antorcha desapareció y las calles y callejones se llenaron de faroles; ahora, en su lugar se levantaban los postes y por aquí y por allá se veía la luz eléctrica.

También habían empezado a instalar la electricidad en la mezquita, pero Abba Jan la estaba boicoteando. —Es «innovación» —decía, mientras montaba guardia en la puerta garrote en mano. Los electricistas venían, Abba Jan les echaba un rapapolvo, y se iban. El hakim Bande Ali y Musayyab Husain intentaron hacerle entrar en razón, pero él daba una sola respuesta: —Esto es «innovación».

Al tercer día de su guardia, Bi Amma cayó enferma. Empezó a jadear y le faltaba el aire. Abba Jan abandonó su puesto y volvió a casa, pero Bi Amma no esperó a su llegada.

Cuando Abba Jan acudió a la mezquita al día siguiente y vio que habían instalado la electricidad, se dio la vuelta de inmediato y por primera vez en su vida hizo las oraciones del amanecer en casa. A partir de entonces no volvió a entrar en la mezquita y siempre rezaba en casa. Durante mucho tiempo fue por la mañana y por la noche a recitar versos del Corán a la tumba de Bi Amma.

Abba Jan siempre había intentado con todas sus fuerzas impedir que por Rupnagar se extendiera la «innovación». Una vez, cuando empezaron a sonar los grandes tambores durante el mes de Muharram, se hizo con ellos y rajó los parches.

—La Sharia prohíbe los tambores. No permitiré que haya tambores en ninguna procesión o majlis.

—¡Pero si en Lucknow tocan los tambores en todas las procesiones!

—¡Pues que los toquen! Los habitantes de Lucknow no tienen autoridad para alterar la Sharia.

De hecho, aquel año no hubo tambores, pero al siguiente Abba Jan había perdido su poder. Los tambores retumbaron en todas las procesiones excepto en la que salía del Imambarah de Khirkivala, porque ese era el Imambarah de su familia y tenía la autoridad sobre él y también porque aquella procesión, que se celebraba en honor de Hazrat Hur, tenía la fama de ser la más silenciosa de todas las procesiones de Muharram en Rupnagar. No había tambores, ni pequeños ni grandes, y tampoco se recitaban elegías, ya que Abba Jan había decretado que las elegías también contravenían la ley religiosa. Abba Jan estaba totalmente en contra de la recitación de elegías, pero los resultados acabaron siendo los mismos que en el resto de las cosas en contra de las cuales estaba Abba Jan.

El poder de Abba Jan en Rupnagar estaba en declive. Dios había llamado a Bi Amma a su presencia y la electricidad había llegado al pueblo. Abba Jan no había podido impedir que instalaran la electricidad en la mezquita y tampoco que sonaran los tambores en las procesiones de Muharram. Su firme oposición a la electricidad fue la última de sus firmes oposiciones a las «innovaciones» de la época. Después de eso se retiró a su habitación. Rezaba en casa y allí se quedaba durante los primeros diez días de Muharram. Después, cierto día, sentado en su alfombra, consultó a Dios por medio de la istikharah2, y obtuvo pronósticos e indicaciones favorables para hacer un viaje. Los preparativos comenzaron.

—Ammi Jan, ¿nos vamos de Rupnagar? —desde la muerte de Bi Amma, Zakir se lo preguntaba todo a su madre.

—Sí, hijo —respondió tristemente Ammi. Se quedó callada unos instantes y después murmuró para sí misma —¿Qué nos queda ya? Las tierras no están en nuestras manos. Todavía tenemos este viejo caserón, pero ¿nos lo comeremos cuando llegue el hambre?

—Ammi, ¿nos vamos a Vyaspur?

—Sí hijo. Tus tíos y todos los demás están allí. Ya nos habríamos ido de no ser porque Bi Amma se negaba a mudarse.

—Ammi, ¿está muy lejos Vyaspur?

—Bastante lejos, sí. Iremos en camión hasta Bulandshahr y después cogeremos un tren.

Un coche de caballos los esperaba fuera de la casa. En su imaginación veía un camión y un tren, vehículos desconocidos en los que iba a viajar por vez primera. Estaba tan contento como triste estaba Ammi. De pronto se había despertado en su interior el deseo de viajar y conocer ciudades nuevas. Sabirah apareció sin que él lo notara y se quedó alejada mirando cómo ataban los colchones y cerraban los baúles. Lo observó todo durante un rato y de repente enterró la cara en las faldas de su madre y se echó a llorar.

—No llores. Volverán muy pronto —la consoló Khalah Jan acariciándole la cabeza. También a ella comenzaron a saltársele las lágrimas.

—Sabirah —le dijo Ammi mientras amarraba un baúl. —Cariño, cuando llegue mandaré a alguien a por ti y te quedarás allí conmigo.

Abba Jan, que estaba terminando de asegurar un colchón, le echó una sola mirada a la sollozante Sabirah y se concentró de nuevo en lo que estaba haciendo.

Zakir lo observaba todo. Su felicidad había desaparecido por completo. Se armó de valor y se acercó a ella lentamente.

—Sabbo.

Sabirah, con el rostro bañado en lágrimas de tanto llorar, lo miró un momento, volvió a esconder la cara mojada entre las faldas de su madre y siguió llorando aún más desconsoladamente.

✻ ✻ ✻

—¡Zakir, hijo mío! ¿Qué sucede? —Abba Jan entró de nuevo en su habitación.

—No es nada—. Hablaba como si le acabaran de sorprender robando algo. Abrió un libro y se lo colocó delante para hacer como que estudiaba.

—Ha pasado algo. Hay mucho ruido y creo haber oído un disparo. Ha habido una especie de sonido.

Zakir se levantó, abrió la ventana y miró hacia donde se celebraba el mitin. Algunos de los asistentes se habían puesto en pie y coreaban eslóganes. Unos jóvenes con aspecto de voluntarios intentaban hacer que se sentaran o los sacaban a empujones del lugar. En la multitud se habían formado dos grupos. De pronto sonó una fuerte explosión. Zakir cerró la ventana indignado; se dio la vuelta y puso a Abba Jan al día.

—No eran disparos. Son solo petardos.

—¿Por qué? ¿Qué están celebrando?

—Nada. Solo quieren armar jaleo.

—¿Pero qué le pasa a todo el mundo?

—No te preocupes, Abba Jan. Hoy en día esto es lo habitual en los mítines. Vete a dormir.

—Hijo mío, ya sabes que una vez que se me pasa el sueño me resulta casi imposible conciliarlo de nuevo—. Se quedó callado y después murmuró para sí mismo: —¿Pero qué le pasa a todo el mundo?—. Salió murmurando de la habitación.

Zakir se levantó, entreabrió ligeramente la ventana y echó un vistazo al exterior. Los que estaban de pie se habían sentado pero todavía había mucho ruido. Cerró la ventana, apagó la luz y se tumbó en la cama.

«¿Qué le sucede a todo el mundo?». El eco de la pregunta de Abba Jan le daba vueltas por la mente. Sí, verdaderamente, ¿qué le pasaba a la gente? En las casas, en las oficinas, en los restaurantes, en las calles, en los bazares, en todas partes la misma situación. Al principio la discusión había sido ideológica, después personal, después llegaron los insultos, después los agravios y al final los golpes. Los viandantes se quedaban de piedra, miraban aterrorizados a los combatientes y se preguntaban unos a otros: «¿Qué pasa? ¿Qué va a pasar ahora?». En todos los ojos el mismo terror, como si de hecho algo estuviera a punto de suceder. Después cada cual se seguía su camino y se olvidaba del asunto. Como si nada hubiera sucedido; como si nada fuera a suceder. ¡Tanta ansiedad y tanta indiferencia! De buenas a primeras, un rumor se extendía como un huracán. Pánico y terror en todas las caras. De nuevo aquella pregunta llena de ansiedad, «¿qué va a pasar?», para después seguir cada uno a lo suyo y olvidarlo todo. Como si nada hubiera sucedido; como si nada fuera a suceder. ¿De verdad alguna vez va a suceder algo? ¿Qué va a suceder? Cuando era incapaz de vislumbrar el futuro, se refugiaba en el pasado. Una vez más el largo viaje a través de la maraña de los recuerdos. Cuando vivía en Rupnagar, aquella remota y mítica época de mi vida. Y cuando llegué a Vyaspur… Vyaspur…

✻ ✻ ✻

—¿Es eso un cadáver en llamas?

—Y tanto. Aquí es donde queman los cadáveres. Y además, escúchame, ¡ese cadáver está vivo…!

—¡Venga ya, so tonta! ¡Serás mentirosa!

—¡Te lo juro por Rama! Está vivo. Hace un rato se enderezó y se puso de pie. ¡Ay, Rama! ¡Ay, madre! Casi me muero.

—Vale. ¿Y qué pasó después?

—Después se volvió a tumbar y yo salí corriendo.

—Mentirosa.

No estaba dispuesto a creerse nada de lo que Phullo le dijera. ¡Ya no era un niño! Tras la muerte de Bi Amma y la partida de Rupnagar sentía como si hubiera crecido de golpe, como si su infancia se hubiera quedado en Rupnagar. ¡Tantas cosas se habían quedado en Rupnagar! Los caminos de tierra que se perdían entre los árboles y conducían a no se sabe dónde; los carros de caballos bamboleantes, desvencijados; los lentos, letárgicos carros de bueyes con cascabeles en el yugo que llenaban la carretera polvorienta de un dulce tintineo. El Templo Negro con su enorme pipal lleno de monos, el triste y desolado camino de Kerbala, el Fuerte en lo alto de la loma, el Bosque de Ravana… Toda una época mítica había quedado en Rupnagar. Aquí, a pesar de que la explanada de las cremaciones con sus frondosos pipales estaba cerca, Zakir no sentía el misterio en la atmósfera del bosque, por muchas cosas raras que Phullo hubiera visto por allí.

—Te digo que una vez me agarró una bruja.

—Anda, no digas más tonterías.

—¡Te lo juro por Rama! Era justo mediodía. Debajo de aquel árbol había una taza y en la taza una figura hecha de cal, polvo de tintura roja y un poco de azúcar. Debajo del baniano apareció una birbani con unos colmillos que le salían de la boca y se abalanzó sobre mí igual que un milano sobre su presa.

—Déjate ya de charla y ponte a trabajar.

En Vyaspur veía cosas muy diferentes. Los carros de caballos tenían cubiertas de caucho en las ruedas y corrían por caminos sin baches, y entre ellos circulaba a veces una calesa o un automóvil. Más allá de los caminos, más allá de los bazares y los vecindarios, estaba la carretera de asfalto con su aceitoso aspecto, y por ella rodaban los camiones todo el día. Aquellos vehículos hacían un ruido extraño. ¿Dónde habían ido a parar los sonidos que poblaban el aire de Rupnagar? Se le estaba acostumbrando el oído a los nuevos sonidos. Las campanas de las calesas y los carros, las bocinas de los camiones, las de los automóviles y, el más extraño de todos, el silbido del tren que le había traído hasta allí, lejos de Rupnagar y que ahora lo llevaba más allá de Vyaspur. Hacia ciudades desconocidas y nunca vistas. Cuando oyó el silbido del tren en la distancia corrió al tejado de la casa, desde el que se divisaban claramente las vías al final de la explanada de las cremaciones. El tren llegó silbando desde lejos y eructando humo. Al principio corría bajo los árboles, de modo que tan solo se veía el humo por el aire, pero de pronto, la locomotora negra como el carbón abandonó a toda velocidad el cobijo de los árboles y apareció escupiendo nubes de humo más negro que ella misma a la cara del cielo. La seguían incontables vagones llenos de pasajeros que desfilaron rápidamente ante sus ojos y se perdieron de vista en un suspiro. Estaba anonadado. Entonces se acordó de que Abba Jan le había contado que aquel tren venía de Moradabad y que desde Vyaspur se dirigiría a Delhi, y se quedó más anonadado aún.

Desde su llegada se había alojado en casa del tío Khan Bahadur, construida entre campos y jardines, algo alejada de la ciudad. Desde el tejado se veía la explanada de las cremaciones, más allá de la explanada, las vías del tren, más allá de las vías, un horizonte de filas de árboles. Cuando visitó el bazar, todas las tiendas lo fascinaban. ¡Qué grande era el Bazar Khirki comparado con el Bazar Pequeño de Rupnagar! En una tienda, solo bicicletas y más bicicletas. En su vida había visto tantas. Más allá de las tiendas de bicicletas, zapatos y telas, estaba el enorme mercado lleno de balas de trigo y algodón y al lado, una verdadera procesión de palomas torcaces. También había puestos que no tenían mercancía alguna, solo una limpia sábana blanca en el suelo sobre la que se sentaba el tendero, apoyado en un almohadón y con un teléfono delante. De pronto estallaba un gran tumulto y todos los tenderos y comerciantes marcaban un número y hablaban a gritos por teléfono. Cuando lo vio, Zakir no daba crédito. Poco a poco comprendió que aquella barahúnda tenía lugar cuando variaba el precio de algún artículo.

✻ ✻ ✻

Tanto ruido en el bazar y alrededor de la casa tanto silencio. Solo cuando llegaba el tren se rompía el silencio. Después del paso del tren, de nuevo el silencio y las vías perdiéndose en la distancia y él mirándolas durante mucho rato con ojos maravillados. También su capacidad de asombro había hecho un largo viaje y había cambiado mucho.

El tío Khan Bahadur había construido la casa con la idea de vivir de su pensión en ella cuando se jubilara. Después de pasarse la vida en Raisina, no soportaba los callejones, ni siquiera los de Vyaspur. Sin embargo, había abandonado este mundo antes incluso de comenzar a cobrar la pensión. Esto había sucedido mucho antes de que Zakir llegara a Vyaspur. No había conocido al tío Khan Bahadur, pero cuando estuvo en Vyaspur notó cómo la sombra de su grandeza se cernía sobre toda la familia.

—Entonces a mi hermano, el difunto Khan Bahadur, se le ocurrió la siguiente argucia: se hizo pasar por rebelde y empezó a frecuentar a los demás rebeldes. Llegó a ser tan buen rebelde que hasta lo nombraron presidente de su comité. Pero resultó que también los rebeldes tenían agentes secretos. Uno de ellos lo descubrió y tiró de la manta en presencia de todo el comité: «Este hombre es un chivato de los ingleses». Los rebeldes desenfundaron sus pistolas en un abrir y cerrar de ojos y encañonaron a mi hermano—. En ese momento Chacha Jan hizo una pausa en medio de la narración. Ache bhai, Najib bhai, sahib Miyan, todos escuchaban con atención.

—¿Qué pasó después?

—Bueno, mi difunto hermano no era de esos que pierden la cabeza cuando están en un aprieto. Les soltó tal discurso que las pistolas de los rebeldes se volvieron hacia el delator —Chacha Jan hizo otra pausa y después continuó hablando— Aquellos rebeldes eran tan peligrosos que si mi hermano no los hubiera capturado habrían puesto a los ingleses en la misma tesitura que en 1857. Eran terroristas. Habían sembrado el caos por toda India.

Cuando se celebraba una boda en la familia y todos sus miembros se reunían, Chacha Jan siempre contaba historias sobre el tío Khan Bahadur, y los hijos y los sobrinos las escuchaban a su alrededor como si se tratara de leyendas de un héroe mitológico.

—Mi hermano, el difunto Khan Bahadur, tenía una pierna de plata.

—¿Una pierna de plata? —preguntó boquiabierto Najib Bhai.

—Vaya que sí. Os contaré cómo sucedió. Cuando andaba persiguiendo al bandido Sultanah, saltó desde un tren en marcha y se rompió el hueso de la pierna. Más tarde en Raisina, el médico privado del Virrey lo trató, se la amputó y la reemplazó por otra que era de plata.

Todos se quedaron maravillados, y después Najib bhai preguntó: —¿Entonces fue el tío Khan Bahadur el que capturó al bandido Sultanah?

—¿Quién si no? Ni el sahib Young ni su venerable padre hubieran podido atraparlo nunca. Solo mi hermano, el Khan Bahadur tenía el valor suficiente. ¿Y quién creéis que atrapó a la Banda del Pañuelo de Seda?

—¿La Banda del Pañuelo de Seda? ¿Quiénes eran esos?

—¿Qué quiénes eran los de la Banda del Pañuelo de Seda? —Chacha Jan se echó a reír: —Hijos míos, no tenéis idea de nada. La banda del Pañuelo de Seda había elaborado un plan para derrocar a los ingleses. Mi hermano, el difunto Khan Bahadur, lo descubrió justo a tiempo y se hizo con el pañuelo de seda en el que lo tenían escrito—. Hizo una pausa y dijo: —Mi hermano, el difunto Khan Bahadur les hizo grandes favores a los ingleses, por eso, a su muerte, el Virrey dijo: «La muerte de Khan Bahadur me ha partido por la mitad».

—Cuñado, pregúntale a este sobrino tuyo si él también tiene intención de llegar a algo en la vida o si prefiere vivir sin dar golpe.

—Zakir, hijo mío. Ya has oído a tu madre. Dale una respuesta. Una cosa sí que te aseguro: mi hermano el Khan Bahadur no se convirtió en el Khan Bahadur así como así. ¡Se esforzó muchísimo! ¿Quién estudia hoy en día con tanto ahínco como él estudiaba? Te voy a contar lo que le sucedió una vez que se le acabó el aceite de la lámpara. Miró en la garrafa pero también estaba vacía. ¿Sabes lo que hizo? Cazó unas cuantas luciérnagas y las amarró a la punta del duppatah de Bi Amma para seguir estudiando con su luz hasta las oraciones del alba. ¿Piensas que hoy en día la gente se cree algo semejante? Sin embargo, al final recogió los frutos de su trabajo. Cuando se anunciaron los resultados del examen de Matriculación, había obtenido el primer puesto de las Provincias Unidas.

✻ ✻ ✻

También Zakir estudiaba con ahínco. Tenía el examen de Matriculación encima. De noche estudiaba a la luz de un candil, y de día bajo un árbol de mango en el patio de la escuela. Habían suspendido las clases para que los estudiantes preparasen el examen. Las aulas estaban cerradas, las verandas vacías, los campos de deporte silenciosos. Era la atmósfera ideal para estudiar. A la sombra del único árbol de mango de la escuela, Zakir y Surendar se afanaban en los estudios. Cuando se cansaban miraban a la carretera de asfalto que había delante: a veces pasaba un camión y después la carretera se quedaba vacía de nuevo.

—¿A que no sabes a dónde va ese camión? —le preguntó Surendar.

—¿A dónde?

—A Meerut.

—¿A Meerut? ¿Ese camión va a Meerut? ¿Tú has estado en Meerut? ¿Cómo es? —le espetó de un tirón.

Primero había conocido Meerut a través de los ojos de Surendar. Ahora lo veía con los suyos propios. Cuando terminaban las clases en la facultad los dos se iban de paseo por los Jardines de la Compañía y por el Acantonamiento, el mundo de los ingleses con sus largas calles de aspecto aceitoso entre filas de verdes árboles que se perdían en la distancia. A veces los adelantaba un apresurado inglés con zapatos de lona, camisa y pantalones cortos blancos y raqueta de tenis bajo el brazo, y entraba en los Jardines de la Compañía. A veces se cruzaban con una memsahib de rizos dorados y cara pálida y le miraban las blancas pantorrillas desnudas hasta que desaparecía de su vista. También había criadas de piel oscura que empujaban lentamente carritos con niños del color de la leche.

—Aquí mismo —Surendar detuvo sus pasos durante el paseo— comenzó el Movimiento de 1857.

—¿Aquí? —Miró el lugar con asombro preguntándose qué tenía de especial. Mientras observaba y pensaba, se le hizo manifiesto lo especial del lugar.

—Surendar —preguntó mientras continuaban el paseo—, ¿cómo piensa Hitler llegar hasta Londres? Hay un mar de por medio.

—Amigo mío, Hitler tiene unos polvos que cuando los esparces por el mar, se pone duro como la piedra.

Al volver, en la facultad había un multitudinario tumulto. De no ser por Surendar, se habría perdido entre los empujones de los muchachos. Pero entonces, tanto Surendar como la multitud de muchachos desaparecieron. Un chico que pasaba por la veranda gritó «¡Fuera de India!». Todos los estudiantes, los que entraban a clase, los que salían de clase, se detuvieron y un instante después estallaron en eslóganes: «¡Viva la revolución!», «¡Viva el mahatma Gandhi!». Empezaron a romper las ventanas de las aulas. Entonces alguien gritó «¡Que vienen!». La huida desordenada, la veranda vacía, el silencio y, en medio del silencio, el galope lejano de los caballos. La policía montada entraba en la facultad.

Durante semanas, durante meses reinó el silencio en las verandas, las clases y los campos. Aquí y allá había policías con porras, a veces dormitando, a veces en posición de firmes. En las aulas, un puñado de muchachos musulmanes, cinco o seis en esta, tres o cuatro en aquella. Sin embargo, el profesor Mukherji seguía impartiendo sus clases con voz alta y clara y con el mismo entusiasmo como si nada hubiera pasado.

✻ ✻ ✻

Los jóvenes regresaron cuando se aproximaban los exámenes, pero la actividad y la animación no volvieron. Después llegaron las vacaciones. En Vyaspur el clima era completamente distinto. Tanto, que poco a poco empezaron a soplar vientos cálidos del oeste. La gente cerraba las puertas de las casas a mediodía y una y otra vez mojaba con agua las mamparas de hierba entretejida que protegían las verandas. Sin embargo, en los callejones estrechos nunca daba el sol. Allí muchas casas no necesitaban mamparas de hierba entretejida. En los umbrales se veía a las mujeres hilando y charlando.

—¿La has visto? —le preguntó Surendar mientras salía a toda prisa de la calle Pattharvali.

—No, yar, no he visto nadie.

—Estaba en el balcón. ¿No la has visto?

—No. ¿Quién era?

—¿Quién va a ser? Rimjhim.

—¿Rimjhim?

—Sí. Yo la llamo así. Cuando la veas te vas a quedar de piedra, bastardo.

Pasaron por el callejón y luego pasaron otra vez y otra más, pero ella no estaba.

—Ha desaparecido.

Surendar no se rendía. Vio un domador de monos y esbozó una sonrisa. —Ven, yar, iremos con él.

Bajo el calor de la tarde, el domador de monos iba tocando un tambor con forma de reloj de arena por los callejones. Finalmente, comenzó su espectáculo en la calle Pattharvali. Cuando la mona se portaba mal, el mono macho le pegaba con un palo hasta que se enfadaba y se iba a casa de su madre.

Surendar no apartaba los ojos del balcón. Estaba seguro de que ella saldría a ver actuar a los monos.

—¡Mira, bastardo, mira!

—¿Pero dónde?

—Al balcón. Está allí.

Zakir miró. Era más bien oscura y muy esbelta, con un cuerpo blando y suave.

—Vaya, vaya. ¡Pero si tenemos aquí nada menos que un niñato musulmán! —dijo antes de volver inmediatamente al interior de la casa.

No se asomó más. ¿Qué más daba? Surendar le había enseñado cómo mirar a las muchachas.

✻ ✻ ✻

En vacaciones fue a Rupnagar a visitar a Khalah Jan. Después de tantos años volvía a Rupnagar. La carretera llena de baches y cubierta de polvo aún con los mismos montones de grava a ambos lados; los carros de caballos rodaban dando tumbos y los de bueyes se arrastraban por las calles sin asfaltar. Todo seguía igual. Zakir lo observaba todo con asombro contenido. Sin embargo, las cosas no estaban exactamente igual. Sus antiguos amigos habían crecido, habían madurado, estaban más oscuros, sus voces eran más roncas. Habib había aprobado el examen de Matriculación, se había ido a Aligarh y había vuelto de vacaciones con un aspecto de lo más moderno. Llevaba unos pantalones a la última moda. Antes siempre le afeitaban la cabeza y se la frotaban con un hueso de mango3, pero ahora se había dejado el pelo largo al estilo inglés. Bundu también se había mudado a Aligarh; la tita Sharifan lo había enviado allí para que aprendiera el oficio de cerrajero.

¡Y Sabirah! ¡Qué alta estaba! ¡Cómo se le había desarrollado el pecho! Lo mantenía cubierto con el duppatah, pero aún así, las dos siluetas redondas saltaban a la vista. Ahora ya ni siquiera lo miraba a los ojos, como si fuera un extraño.

Deambuló por los callejones y los bazares. Era un sediento que se saciaba por fin con la contemplación de los lugares familiares. ¡Con qué impaciencia lo miraba todo, con qué impaciencia y con qué anhelo! Como si quisiera absorber el pueblo entero con los ojos. A veces las cosas estaban como antes, a veces habían cambiado. Los postes de la electricidad se habían multiplicado. Los cables se extendían por doquier, excepto por el Bazar Pequeño. Saltando por los tejados y evitando los cables, los monos de Rupnagar se habían adaptado a la era de la electricidad.

Del Templo Negro a Kerbala, de Kerbala al Fuerte y del Fuerte al Bosque de Ravana todo seguía como antes. Vagabundeó por allí durante mucho rato sumergiéndose en el paisaje, pero no se sentía enteramente satisfecho. Faltaba aquel misterio que antes lo impregnaba todo. Recordó sus antiguos miedos y dirigió la vista hacia el Templo Negro con su enorme pipal y el corpulento mono sentado en la rama más alta, pero el asombro no le colmaba los ojos. Ni el asombro ni el miedo. Las cosas seguían como antes, pero quizá él había cambiado, o quizá lo que había cambiado era su antigua relación con el lugar; con el Templo Negro, con el gran pipal, con el mono del pipal, con el silencioso espacio de Kerbala, con el Bosque de Ravana, con el baniano que se erguía en el centro, quizá también con Sabirah.

Insatisfecho, inquieto, cansado, volvió a casa. Hacía mucho calor. Cogió una toalla y atravesó el patio hirviente al sol de la tarde para ir al cuarto de baño. El cuarto de baño era el de siempre y la puerta no se podía cerrar con llave ni desde dentro ni desde fuera, así que los habitantes de la casa usaban la intuición para saber si estaba ocupado. Quizá había perdido la capacidad de intuir porque abrió los paneles de la puerta del baño y antes de que estuvieran abiertos del todo los volvió a cerrar a toda velocidad. Le había caído un rayo en los ojos.

Estuvo durante mucho tiempo prendido del relámpago de ese momento. Le sorprendía pensar que su prima Tahirah era ya toda una mujer. Aquel día no se atrevió ni a mirarla a la cara. Al día siguiente, la escudriñó de la cabeza a los pies evitando sus ojos. Su cuerpo blanco y redondo se le aparecía en la imaginación. Con todo detalle. Se le encendían los carrillos de vergüenza. Se hacía todo tipo de reproches ¡Cómo se le amontonaban en el corazón! Sin embargo, Tahirah era ajena a sus tribulaciones. Hablaba con él con absoluta confianza y le preguntaba hasta los más mínimos detalles de la facultad.

—Zakir, ¿tienen El atardecer de la vida de Rashid ul-Khair en la biblioteca de tu Facultad?

—Sí.

—¡Oh, Dios mío! ¡La próxima vez que vengas me lo tienes que traer sin falta!

Viendo que la conversación derivaba hacia la literatura, Sabirah se acercó entre titubeos y se sentó tímidamente junto a su hermana. ¡Con qué pasión los oía charlar de novelas! La voz de Khalah Jan sonó desde la cocina.

—¡Tahirah, vigila que no se queme la comida, que yo estoy amasando la harina!

Cuando Tahirah se fue, Sabirah se quedó allí sentada, silenciosa e incómoda pero no se atrevía a ponerse de pie y marcharse. Él también se sentía avergonzado e incómodo.

Gradualmente reunió valor y le dijo: —¿Tú has leído El paraíso en la tierra, Sabirah?

—No. ¿Es buena?

Zakir empezó a contarle el argumento inmediatamente. Le terminó contando la novela entera.

—Zakir, ¿me traerás El paraíso en la tierra?

—Sí, cuando vuelva.

—¿Cuándo volverás?

—En las vacaciones de Navidad.

Poco a poco también le contó el argumento de varias novelas de Sharar, incluidos detalles que no sabía si mencionar y que a ella le avergonzaba escuchar, sobre todo ahora que se había sentado junto a él. Las tareas domésticas la aburrían. Mientras Khalah Jan y Tahirah se ocupaban de la casa, Sabirah se quedó allí sentada escuchándole y hablando con él. A veces en voz alta, y a veces en voz muy baja. A veces en voz tan baja que sus voces se convertían en susurros y Sabirah se ruborizaba. Cuando, con la excusa de admirar sus pendientes, Zakir le acarició el lóbulo de la oreja, de pronto su aliento se hizo más cálido y se le aceleró la respiración. ¡Qué lóbulo tan suave, tan templado! Tanto que, desde las yemas de los dedos, una ola sedosa y tibia le corrió por todo el cuerpo.

✻ ✻ ✻

Las vacaciones terminaron volando. Rupnagar lo había atrapado pero tenía que volver a la facultad y antes debía pasar por Vyaspur a visitar a su madre.

—Bueno, amigo, así que ya estás de vuelta, ¿no? Decías que solo te ibas una semana y al final fíjate cuánto tiempo te has quedado.

Respondió al comentario de Surendar con evasivas, pero al fin y al cabo ¿cuánto tiempo podría guardarse el secreto?

—¿Qué has hecho por allí?

—¿Qué he hecho? Pues ¿qué iba a hacer…? Nada.

—Mentiroso.

—Es la pura verdad. No ha pasado nada.

—Eres un verdadero zoquete —le reprochó Surendar.

Entonces Zakir comenzó a hablar como para sí mismo: —Yar, tenía unas manos tan suaves…

—¿De verdad? —el enfado de Surendar se evaporó.

—Sí—. Se quedó callado, inmerso en sus pensamientos y después dijo muy despacio: —Y sus labios también.

—¿Labios?—. A Surendar se le salían los ojos de las órbitas.

Zakir siguió haciéndole confidencias. Lo que no se atrevía a decirle entonces, se lo confesó ya de vuelta en la facultad cómodamente sentados. Cuando terminó de contárselo todo, comenzó de nuevo. Cada vez era como si lo contara por vez primera.

—De acuerdo, entonces ¿cuándo vas a volver?

—En las vacaciones de Navidad.

—Todavía falta mucho.

—¡Sí, yar! ¡Falta muchísimo!

—Escríbele una carta o algo.

—Eso es, una carta. Debería escribirle una carta—. Entonces se apoderó de él una fiebre epistolar que duró semanas y semanas. Cada día se sentaba pluma en mano delante de un papel, escribía algo y después lo rompía.

—Yar, ¿qué le digo?

—Dile lo que hay que decir.

—Pero yar, ¿y si alguien lee la carta?

—Entonces… —Surendar se puso a pensar. —Te ha pedido unas novelas, ¿verdad? Pues dile que no te acuerdas de los títulos.

—Perfecto.

Por fin llegaron las vacaciones de Navidad; Zakir recorrió los estantes de la biblioteca en busca de novelas de Rashid ul-Khairi y de Sharar y las sacó en préstamo con su tarjeta.

—¿Te vas a Rupnagar, yar?

—¿Cómo no? Claro que sí. Mañana mismo en cuanto cierre la facultad.

Surendar se quedó callado un momento y luego dijo: —Yar, no vayas.

—¿Por qué?

—Es un viaje muy largo, yar, y dicen que hay problemas en los trenes.

Zakir se quedó pensativo. —Aquí también los hay, yar.

—Sí, aquí también hay problemas. Puede pasar algo en cualquier momento.

—¿Qué hago entonces?

—Surendar pensó un poco y añadió: —Vámonos juntos hasta Vyaspur.

El trayecto hasta Vyaspur se había convertido en un viaje tremendamente largo. Se sospechaba de todo el que se moviera demasiado. En la estación de Vyaspur reinaba el silencio. Cuando llegaron se quedaron extrañados.

—Yar, no hay ni un coche de caballos.

—Bueno, pues iremos a pie. Al fin y al cabo todo el mundo va a pie.

Durante un trecho se veía a los pasajeros del tren caminando por la carretera. Súbitamente, se dieron cuenta de que la calle estaba vacía. No había nadie. El cine Jagat Talkies, el lugar más ruidoso de los alrededores estaba cerrado y absolutamente en silencio. La cartelera, que llevaba siglos en la fachada con la cara de Kanan Bala sonriendo desde lo alto, estaba tirada en medio de la calle. La cara de Kanan estaba partida por la mitad y el suelo cubierto de ladrillos.

—Yar, hemos cometido un error. No teníamos que haber venido —dijo Surendar lentamente.

Siguieron caminando en silencio. Caía la tarde y no se veía a nadie por ninguna parte. Solo ladrillos y más ladrillos esparcidos por el suelo. Zakir los miraba con temor y asombro. Nunca se había imaginado que hubiera tantos ladrillos en Vyaspur.

Caminaron hasta llegar a Meerut Gate. Más adelante, Khirki Bazar estaba vacío y sin luces. Aquella era la calle que llevaba a los barrios hindúes y algo más allá estaba el callejón que acababa en los barrios musulmanes. En la bifurcación se miraron sin decir nada y cada uno tomó una calle diferente.

✻ ✻ ✻

—¡Zakir, hijo mío! ¿Lo has oído? ¡Han sonado disparos!

—¿Ammi Jan?—. Salió de la espesura con dificultad y miró a su madre. Parecía a punto de desmayarse. Se le notaba el pánico en la voz.

Se levantó y fue hasta la ventana. Abrió un postigo y echó una ojeada al exterior. En el mitin reinaba la confusión. El techo de la carpa se había venido abajo. Algunas paredes de tela estaban aún en pie y otras estaban dobladas. Por una esquina del techo salía humo. La multitud era presa del caos. Unos huían y otros peleaban. Cerró la ventana y se dio la vuelta. —Pamplinas.

—Ai, Ai, me he despertado con un sobresalto. ¡Es el Día del Juicio Final! Entonces suena un tiro y el corazón se me desboca. Todavía lo tengo desbocado. Llamo a tu padre y le digo «¿Qué, estás despierto o dormido?», y él murmura: «¿Es que esos desgraciados dejan dormir a alguien?» Le digo que creo que acabo de oír un disparo y él murmura, «de ahora en adelante así va a ser todo». Y yo, «Pase lo que pase, tú no dejes de farfullar. ¿Se lo digo a Zakir?».

—Alguien ha debido disparar un arma. No hay de qué preocuparse. Estas cosas pasan a menudo en los mítines hoy en día.

—¡Ai, hijo mío! ¿Qué pasará si empiezan a volar las balas?

—No va a pasar nada. Vuelve a la cama y no te preocupes.

—Tú no me creas, pero estoy toda agitada por dentro.

—No es nada, Ammi, por favor, vete a dormir.

Cuando consiguió que Ammi Jan se fuera a la cama volvió a asomarse por la ventana. La multitud se había dispersado. La carpa derrumbada del mitin estaba vacía y las luces seguían ardiendo. De la esquina del techo de la que antes salía el humo ya solo se escapaba una fina columna.

Observó el lugar desierto durante un buen rato. Acababa de regresar de un largo viaje y ahora respiraba el aire de su propia época.

DOS

En su interior llovió durante toda la noche. Densas nubes de recuerdos parecían llegar desde todas las direcciones. Pero ahora, por fin, el cielo lucía ligero y límpido. Aquí y allá una nube flotaba satisfecha como una cara luminosa, como una dulce sonrisa. Estaba completamente ensimismado. El mundo exterior carecía de sentido para él. Sentado a la mesa del desayuno, les echó una indiferente ojeada a los titulares y deslizó el diario en dirección a Abba Jan.

Abba Jan ya había desayunado y estaba concentrado en el periódico en urdu. Cuando Zakir se sentó a la mesa, Abba Jan lo miró extrañado.

—¿No tienes que ir a la facultad hoy, Zakir?

—Sí, pero me he quedado dormido.

—Entonces, desayuna deprisa y vete—. Abba Jan volvió al periódico.

Se había despertado muy tarde, pero no tenía prisa. Se había aseado y vestido con toda tranquilidad y ahora estaba desayunando con toda tranquilidad.

Ammi apareció y tocó la tetera.

—¿Se ha enfriado?

—No, todavía no, está bien —respondió comprobando la temperatura con la palma de la mano ahuecada.

—Hijo mío, de ahora en adelante hazme el favor de desayunar temprano. Al fin y al cabo estoy sola y tengo que ocuparme de todo el trabajo de la casa—. Después le dijo a Abba Jan: —Bueno, ¿qué pone de Daca?

—Nada en particular.

Apartó la vista de Abba Jan y le pasó a Zakir el periódico en inglés que tenía al lado. —Hijo, mira en el periódico en inglés. Tiene que decir algo.

Zakir volvió a repasar el diario y dijo con indiferencia: —No hay nada digno de mención.

—¡Vaya por Dios! ¿Cuándo sabremos algo de Khalah Jan? ¡No hay ni una sola noticia de allí!

—Confía en Él —dijo Abba Jan señalando al cielo con el índice.

—Sí, desde luego. Yo confiaba en Él —dijo Ammi con amargura—. ¡Confiar en Él es lo que me ha puesto en este trance!

Abba Jan la miró con severidad y le echó una reprimenda. —¡Madre de Zakir! Una sola palabra pronunciada demasiado a la ligera es suficiente para borrar una vida entera de piedad.

Arrepentida, Ammi bajó la cabeza. Se quedó en silencio. Después cambió de tema. —Bueno, ¿te acuerdas de lo que le dije a Batul?

—¿De lo que le dijiste cuándo?

—Cuando nos fuimos.

—¡Madre de Zakir! ¿De cuándo hablas? No me acuerdo de lo que le dijiste a nadie en aquel momento.

—Bueno, puede que tú no te acuerdes, pero yo sí. ¡Yo recuerdo todas y cada una de las palabras que se dijeron por entonces! En cuanto llegamos aquí le escribí una carta y le dije «Vente para acá. Dios proveerá». Ella quería mudarse, sin embargo el marido de Tahirah estaba lo suficientemente loco como para emigrar al Este. Por el bien de su hija, la pobre se tuvo que ir con ellos.

—¡Madre de Zakir! Hazrat Ali, la paz sea con él, siempre decía, «cuando mis deseos se tuercen, veo a mi Señor». Nuestros deseos dependen de Su gracia. Lo que Él quiere es lo que sucede.

Una vez más Ammi bajó la cabeza en silencio como si la inclinara ante la Divina Voluntad.

Abba Jan se volvió hacia él. —¿Es que no tienes facultad hoy?

—Ya me voy—. Se bebió rápidamente el último sorbo de té y se puso en marcha.

Al salir de casa, se detuvo en la tienda de Nazira, en la esquina de la calle. Siempre solía pararse allí a comprar tabaco.

—¡Señor Zakir, hoy hay un montón de lío! —dijo Nazira atropelladamente al darle la cajetilla.

—¿Es que ayer no lo hubo?

—Pero es que hoy hay un montón de lío.

De hecho aquel día había un montón de lío. Cuando llegó a la facultad, los macetones de barro estaban hechos pedazos por aquí y por allá; las clases vacías, rotos los paneles de vidrio de las puertas; había trozos de cristal por las aulas y las verandas. Los jóvenes habían desaparecido. ¿Dónde estaban? Parecía que se hubieran escapado de la facultad a montar escándalo y gritar eslóganes a otra parte. Fue a su despacho, se sentó y recordó qué clase tenía aquel día. ¿Pero cómo iba a dar clase aquel día? Revolvió los papeles del cajón; abrió los libros que había sobre el escritorio y los hojeó para volverlos a cerrar y apartarlos a un lado. No sabía qué hacer. Había salido de casa completamente empapado en recuerdos, ensimismado, indiferente al mundo exterior. Sin embargo, en lo que había tardado en llegar a la facultad, la realidad exterior se había impuesto. Ya no podría aprovechar la calma y la soledad para sentarse en paz, fumar un cigarro y perderse de nuevo en el mundo de la memoria. De algún modo, ver la facultad patas arriba lo agobiaba. ¿Qué hacer ahora? De acuerdo, me voy al Shiraz. Quizá la pandilla ande por allí. En todo caso, seguro que Irfan ya está allí a estas horas. Se levantó.

Poco después se encontraba compartiendo confidencias con Irfan en el Shiraz. Irfan no salía de su asombro.

—Bueno, y entonces ¿quién era ella?

—Era quien era, y con eso basta.

—¿Y no la has mencionado nunca hasta ahora?

—La había olvidado. ¿Cómo iba a mencionarla?

—¿Qué la habías olvidado? —Irfan lo miraba estupefacto.

—Sí, yar, la había olvidado. Ha pasado mucho tiempo.

—¿Y por qué te has acordado ahora?

—Últimamente me asaltan los recuerdos. Me vienen todo tipo de cosas olvidadas quién sabe cuándo.

—¿Justo ahora con el follón que hay en todas partes?

—Sí, justo ahora con todo el follón que hay—. Se quedó callado y al cabo de unos momentos dijo. —¿Sabes lo que le ha dado a mi madre por hacer ahora? Todas las mañanas cuando llega el periódico pregunta qué noticias hay de Daca. Ya sabes que algunos de nuestros parientes emigraron a Daca, ¿no? Mi tía. Mi madre se pasa el día preocupada, así que en cuanto llega el periódico pregunta qué dicen de Daca. Y si no hay nada que la tranquilice se pone a recordar en voz alta que al llegar escribió a Khalah Jan y le aconsejó que se mudara aquí: «No te vayas al fin del mundo, ven con nosotros». Y después se le llena la cabeza de fragmentos de historias olvidadas de la época de la Emigración.

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