Kitabı oku: «Vivir con ella»

Yazı tipi:

© Irene Funes Botia, 2018.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO303

ISBN: 9788491871163

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

1. BIENVENIDOS A MI HISTORIA

2. SOLO SIRVO PARA ESCONDERME

3. EFECTO IVETTE

4. MUCHO TIEMPO ATRÁS

5. SIEMPRE JUNTAS

6. EL DESPERTAR

7. NOCHES DE DESENFRENO

8. FIESTA EN CASA

9. CARMELA, CARMELITA

10. ¿QUÉ ES REAL?

11. DISTRACCIÓN

12. SUEÑOS NADA MÁS... O NO

13. CUANDO LA REALIDAD

14. PARECE QUE VA EN SERIO

15. UN 20 DE JUNIO UN TANTO EXTRAÑO

16. UN PUZLE DESORDENADO

17. UN PUZLE ROTO

18. Y AHORA, ¿QUÉ?

19. RELATIVIZANDO MI VIDA

20. UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS

21. UNA PETICIÓN... UN VIAJE

22. SEVILLA TIENE UN COLOR ESPECIAL

23. PREPARACIÓN

24. UN CUMPLEAÑOS

25. LA GRAN DESPEDIDA

26. UN VIAJE, UNA CONOCIDA

27. MI NUEVA FAMILIA DE FIN DE SEMANA

28. VISITAS Y MÁS VISITAS

29. UNA CADENA QUE ROMPER

30. UN DESPERTAR DIFERENTE

31. VUELTA A LA REALIDAD

32. ANA SABE LO QUE ESTÁ PASANDO

33. LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

A TI, ALBERT, MI COMPAÑERO DE VIDA

1
BIENVENIDOS A MI HISTORIA

Mi despertador marca las 7:02. Extravagancia personal. No me agradan las horas en punto. Me visto sin hacer ruido, me ato mis Nike recién estrenadas gracias a una amiga de la familia que tiene descuentos. Piso el asfalto al ritmo de End of Time de Beyoncé, mis pies se mueven sin cesar. Corro para olvidar, para aclarar todas las ideas que me retumban en la cabeza. Salgo a esa hora porque ella aún duerme y sé que es el único momento en que me dejaría salir sola. Sé que cuando llegue tendré que volver a encerrarme.

La calle no está hecha para personas como yo. Sus palabras resuenan en mi mente. Cambia la canción y acelero el ritmo, noto cómo bombea mi corazón, siento cada paso que doy. La adrenalina de volar libre. Libertad. Es una palabra de la que no gozo al pronunciarla en voz alta, pero que sí me permito experimentar en estos pequeños instantes. Y una sensación que desaparecerá en el momento que ella decida. Es como si pudiera rozar con la yema de los dedos esa sensación, como el niño que intenta llegar a la nube con sus propias manos. Pero mi nube se vuelve oscura y turbia porque ella nunca quiere perder el control. Control. Qué gran palabra. Es en esos momentos en el asfalto cuando me empodero y me convenzo de que puedo trazar la dirección de mi vida. Justo en ese instante acelero aún más, advirtiendo mi libertad, avistando mi albedrío, justo en ese preciso instante la realidad me cae encima como un peso muerto sobre los hombros. Se me escapa una lágrima, pero no, me la limpio con la manga de mi camiseta. Continúo porque no debo retrasarme, he de regresar antes de que ella abra los ojos porque, si no, puede pasar lo peor.

Llego sudada y satisfecha por el trabajo realizado. He conseguido subir hasta la montaña y bajar en una hora. Esa montaña me da paz. Ella también lo sabe, por eso me hace creer que mira hacia otro lado cada mañana mientras salgo a hurtadillas, ya que en el fondo ella también lo necesitaría, pero es demasiado tozuda para hacerlo. Prefiere quedarse en casa, durmiendo, levantarse tarde y atiborrarse de comida fría que haya sobrado la noche anterior.

Me meto en la ducha, dejo que caiga el agua templada sobre mi cabeza mientras cierro los ojos pensando que ojalá esta sensación de bienestar pueda durar toda la vida. Sonrío imaginándome que acaso pudiera llevar las riendas de mi vida, pero enseguida oigo la puerta; ya está aquí.

Mi sonrisa se desvanece a la vez que ella hace su aparición.

Mi nombre es María. Bienvenidos a mi historia.

2
SOLO SIRVO PARA ESCONDERME

Intento concentrarme en el agua que cae sobre mi cabeza, cada gota consigue que toda mi musculatura se relaje, que toda la tensión que ella pueda producirme disminuya debajo de ese chorro que parece que me transporte a donde yo quisiera estar, pero muy pronto vuelvo a la realidad.

—Oye, tú, necesito la ducha. Date prisa. Cada mañana lo mismo. Me irrita lo inoportuna que eres siempre —dice con una sonrisa cínica y su tono amargo tan habitual de por las mañanas.

—Acabo de entrar, Ana. Dame unos minutos. Además, es sábado, no tienes que ir a trabajar. —Intento contestar con la máxima dulzura posible para que su enfado no aumente, aunque no entiendo ese mal humor matutino. Lo tiene desde hace años y realmente procuro convivir con él, pero es muy molesto.

—¿Unos minutos? María, espabila. No te lo vuelvo a repetir. —Cierra la puerta a la vez que sisea la última letra, sabiendo el pánico que eso me produce. Ese sonido sibilante activa mi sistema de alarma. Su expresividad y su forma de remarcar cada palabra me hacen comprender que la situación puede agravarse si sigo en mis trece.

Me apresuro porque no pretendo tener problemas. Solamente anhelo seguir experimentando la sensación anterior, la que consigue que me levante cada día. Salgo de la ducha procurando tragar el nudo que se me ha formado en la garganta. Me miro al espejo. Observo mi piel pálida. Paso mis dedos por el ondulado cabello que cae a un lado de mi cuello, y justo en ese momento aparece ella e insiste:

—Si dejaras que yo controlara la situación, si dejaras de resistirte, todo sería más fácil.

—Tienes razón, Ana. Lo siento —le respondo mientras bajo la mirada.

—Buena chica —contesta con un gesto de triunfo que no me pasa desapercibido, y me da un pequeño azote en el trasero antes de meterse en la ducha—. Si quieres, como hoy te has portado bien, podemos desayunar juntas. Pero algo ligero, que cada vez estás más gorda y así no vas a gustar nunca a nadie.

—Tienes razón. Quizás haya ganado un poco de peso. Te lo agradezco, Ana. Eres muy considerada conmigo.

—Ya lo sé, María. Siempre pienso qué harías en esta vida si yo no fuera tu guía —me responde mientras se atusa el pelo mirándose al espejo.

—Pues... —empiezo a decir, pero me corta tajante.

—¡Pues llorar y quejarte! —Me mira de reojo mientras su brazo se ha quedado suspendido en el aire.

Intuyo que con esa última frase quiere acabar la conversación para poder ducharse tranquila. Cierro la puerta y oigo que ya ha puesto la música a todo volumen. Creo que la pone tan alta para no oírme. Para no tener que escuchar nada, para no pensar. Solo disfrutar, ese es su lema.

3
EFECTO IVETTE

Estamos en la cocina desayunando juntas, como me había prometido. En casa me deja salir de mi guarida. Considera firmemente que aquí estoy a salvo. Lee una revista de cotilleos sensacionalista y sonríe al toparse con las desgracias ajenas. Comenta cada fotografía mientras, con la boca llena, deja entrever los trozos de comida. Se despreocupa de su imagen para poder resaltar mejor cada defecto fotográfico. Su discurso crítico va en aumento a cada bocado.

—Ivette viene hoy, ¿verdad? —le pregunto, sabiendo de antemano el efecto va a provocar en ella.

—¿A qué viene esto, sabelotodo? —Me mira elevando el mentón y clava sus ojos azules en mí.

—Solo preguntaba.

—¡No te lo crees ni tú, mosquita muerta! «Ivette viene hoy». ¿Y qué?

—Nada, nada. Simplemente quería confirmar que lo sabías.

—¡Ñi, ñi, ñi! ¿No sabes hacer otra cosa? No me da miedo Ivette porque soy una mujer fuerte. No como tú. Así que he decidido que cuando ella venga, yo no estaré. Siempre tiene una opinión para todo, y antes de decirle por dónde se puede meter sus opiniones, en cuanto entre por esa puerta, yo habré desaparecido como un rayo.

Justo al acabar la frase, suena el timbre. Durante unos segundos hay un cruce de miradas, pero no tarda en levantarse con brusquedad y esfumarse por las escaleras hacia el piso de arriba. Así que decido ir a abrir, porque a mí sí me agrada lo que dice. Es más: me encanta.

Ivette es una persona reflexiva, con ojos de color caramelo tan grandes y con tanta luz que hacen que me pierda en una sensación de placidez. Sus abrazos cálidos y su presencia logran que esté realmente a gusto. Pero lo que más agradezco es que consiga que Ana se esconda, que se vaya de nuestro lado.

Emocionada, abro la puerta y veo a esa rubia de metro setenta con su amplia sonrisa y sus brazos tendidos para recibirme tan cariñosamente como siempre.

—¡Buenos días, preciosa! —me saluda mientras me abraza—. Hoy estás más guapa que nunca. ¿Qué has hecho para estar así de lindísima? —añade mientras deja el paraguas en el paragüero y se recoloca su trenza de espiga.

—Siempre me dices lo mismo. Eres una aduladora —le digo yo mientras cojo su chaqueta y su bolso para dejarlo en el colgador de la entrada.

—¡Porque lo pienso de verdad! —asegura mirándome a los ojos para que realmente vea que está siendo sincera—. Nunca lo olvides: tienes una belleza única, María; tienes un amor que dar que, cuando te liberes de tus cargas, conseguirá que puedas llegar a donde te propongas. La vida es naturalidad. Creo de veras que lo sabes tanto como yo. En nuestras reuniones nos quitamos las máscaras, ¿no? —me dice mientras la carcajada que brota de su garganta retumba hasta alcanzar el final del pasillo.

Asiento con una sonrisa. Ivette siempre habla de caretas. Del baile de máscaras en el que vive el mundo. Dice que si dejáramos la máscara a un lado todo sería más fácil y las personas, más felices. Su madre era psicóloga y su padre, músico. A pesar de que sus padres murieron jóvenes en un accidente de coche cuando Ivette solo tenía doce años, desde pequeña le inculcaron el amor hacia el prójimo y la potencia que atesora el ser humano. Su infancia fue difícil: ya que su tía Agnés no quiso adoptarla, y como no tenía más familia cercana, estuvo viviendo en un internado para jóvenes durante cuatro años, hasta que empezó a trabajar comprando comida a personas mayores del barrio que no podían moverse de sus casas. Así comenzó a ganar dinero mientras hacía recados a esos señores. Ella cuenta que esa etapa fue dura pero preciosa. Siempre explica que de las personas mayores se puede aprender muchísimo, y que esos dos años de su vida le hicieron crecer, además de madurar. Por fin, a los dieciocho empezó a trabajar en un supermercado de reponedora y cajera. Y, por lo tanto, pudo independizarse. Con el tiempo empezó a estudiar el grado superior de Educación Infantil, para más tarde comenzar la carrera de Magisterio. Siempre ha tenido muy claro su futuro. Dice que piensa dar amor a todos los niños que en sus casas no tengan una familia sólida y cariñosa, que ayudará al mundo a través de la educación y la música. No ha parado de estudiar desde entonces y, además, ha creado la asociación Dame una Nota, la cual, a través de la música, consigue que niños sin familia, o con familias que no tienen dinero para que sus hijos realicen actividades extraescolares, puedan pasar allí toda la tarde aprendiendo y jugando.

La observo admirando la gran persona en que se ha convertido y me doy media vuelta para ir al salón, donde he dejado preparado el desayuno. Cuando estoy en el pasillo vuelvo a girarme y observo que se ha quedado en la puerta con cara de querer decir algo. Le sonrío sabiendo que será una locura, pero aun así le pregunto:

—¿Qué?

—¿Y si nos vamos a desayunar algo al centro? —me propone mientras alza sus grandes cejas y deja asomar su sonrisa de niña traviesa.

—Ya sabes que no debería salir, Ivette. Encima con esta lluvia...

—¿Por qué no? —me dice un poco seria—. ¿Va todo bien?

—Bueno, es que... —La miro con cara de ruego, sabiendo que si acepto me puedo meter en un lío. Intento disimular haciendo gestos con las manos para desviar su atención.

—Déjate de historias y salgamos a disfrutar, que nos lo merecemos —asegura levantando la voz con entusiasmo.

—Shhhh. —La miro con reproche porque sé que ella puede oírnos—. Además, está lloviendo —vuelvo a replicar, y me aferro a mi excusa. Ana puede ser muy estricta con lo de salir a horas intempestivas.

—¿Sabes qué puede resultar más divertido que ir a desayunar, María? Salgamos sin paraguas, corramos por las calles mientras llueve, dejemos que las gotas nos mojen y disfrutemos de estar vivas. —Suelta una carcajada como si ya lo estuviera viviendo.

Sé que en ese momento ya no hay marcha atrás. Así que a pesar de temer lo que pueda pasar, intento no pensarlo. Todavía necesito mirar una vez más en dirección a las escaleras, rezando por que Ana no haya escuchado ni una sola palabra y esté tan metida en sus cosas que ni pueda llegar a enterarse. Después, apresurada, cojo las botas rojas que me regaló Carmela por mi cumpleaños y mi chubasquero a juego. Cuando estoy ya en la puerta, emocionada como una niña pequeña, reparo en que Ivette contempla mi atuendo como si yo fuera la persona más prudente del mundo. Se quita su rebeca de lana fina y me hace un gesto para que yo me despoje de mi chubasquero. Accedo rápido porque estoy ansiosa por salir. Ella me coge de la mano, bajamos los tres escalones que desembocan en la calle y salimos corriendo mientras las gotas caen poco a poco sobre nuestras cabezas y nuestros brazos. Nos quedamos allí fuera paradas un momento. Me mira. Sonríe y susurra:

—Cierra los ojos, querida. ¡Esto es naturaleza, esto es estar viva! —exclama dejando caer cada palabra como si estuviera adentrándose en un sueño profundo.

Obedezco y cierro los ojos mientras las gotas caen en mi cara. Alzo la cabeza intentando atesorar esta sensación en mi mente, para mantenerla a salvo en mi alma. A continuación, realizo tres respiraciones profundas y después grito de alegría. Pero al escucharme, abro rápidamente los ojos sintiendo cómo la vergüenza se apodera de mis mejillas. No dura mucho mi sobresalto, porque pronto escucho a mi amiga:

—¡Claro que sí, María!

Ivette empieza a gritar como si ella misma fuera Tarzán y me anima con la mirada, como si quisiera que la siguiera. Al principio suelto una carcajada estentórea, sabiendo que parecemos dos locas de psiquiátrico en medio de la calle, debajo de la tormenta, haciendo ruidos como si recorriéramos la selva de liana en liana. Pero pronto se me contagia su energía y empiezo a realizar los mismos sonidos. Así vamos corriendo calle abajo, gritando y saltando por entre los charcos. Se nos ha olvidado el tiempo, se nos ha olvidado hasta quiénes somos, porque ese es el efecto que Ivette produce, su estilo de vida.

En uno de los saltos, Ivette resbala y cae de culo. Yo tengo la primera reacción que cualquiera podría tener: reírme, pero intento acercarme lo más seria posible para que vea que me intereso por su estado. Mientras me acerco con los labios bien apretados, tratando de no dejar entrever que la carcajada está a punto de llegar, me doy cuenta de que está llorando de risa. Eso hace que me una a ella. Es más, me dejo caer a su lado. De pura felicidad. Esto es vida. Esto es Ivette.

Llenas de barro y completamente empapadas, regresamos caminando hasta mi casa, extasiadas tras el subidón de adrenalina que conlleva cometer pequeñas locuras. Sé que nunca las haría yo sola, pero cuando está Ivette aparece lo imprevisto y lo espontáneo. Y lo más importante es que puedo ser yo misma. De hecho, puedo ser yo al cien por cien, sin máscaras, ni tapujos, ni miedos que valgan.

Llegamos al portal. Me recorre un escalofrío al pensar en lo que me espera cuando entre en casa. Intento cambiar de expresión porque no quiero que Ivette se preocupe. Busca mi mirada mientras acaricia mi hombro y me dice con todo el cariño que es posible en su tono de voz:

—No sé bien qué te preocupa, pero puedes contar conmigo, ¿de acuerdo? No es la primera vez que te veo esta cara. Aquí estaré cuando necesites contármelo.

Asiento sin mucho convencimiento y la abrazo, dejando pasar todo lo que esta mañana hemos vivido. Entramos en casa. Ivette recoge sus cosas y se despide con una sonrisa y un último toque en mi brazo, que me relaja.

Empiezo a subir las escaleras de madera. Ana puede aparecer en cualquier momento. Miro a un lado y al otro y no veo ni rastro de ella, así que opto por disfrutar del momento y me voy a la ducha poniéndolo todo perdido a mi paso.

Durante muchos años he creído que solo servía para esconderme, para dejar que Ana llevara el control de mi vida por miedo al dolor, por pavor a lo desconocido. Pero cuando viene Ivette, esas creencias se evaporan, al menos hasta que Ana lo decida.

4
MUCHO TIEMPO ATRÁS

En cuanto salgo de la ducha me sorprendo al ver que Ana no se ha dignado aparecer, así que decido tumbarme en la cama boca arriba, con el pelo mojado, haciendo que un escalofrío recorra mi cuello y mi columna.

Con la vista fija en el techo acuden a mí todas las imágenes de nuestra carrera bajo la lluvia, y una sensación de bienestar me reconforta. Los párpados empiezan a dolerme por el esfuerzo de intentar mantenerlos abiertos, así que decido cerrarlos un poco y entregarme a esa calidez que desprende mi cuerpo cuando experimenta una sensación de libertad y de amor, de gustar sin tapujos ni máscaras, con esa transparencia que solo Ivette consigue sacar de las personas. Bajo el influjo de esos pensamientos, claudico y me dejo arrastrar por el sueño, un sueño que me transporta al pasado, hasta la explicación de nuestra situación. Mi situación.

Todo en esta vida tiene un porqué. A veces no queremos verlo; otras no podemos. Simplemente resulta demasiado duro para que lo reconozcamos en voz alta. Pero todo tiene una explicación. Cada conducta, cada movimiento, está dirigido por una necesidad.

Me dejo ir hasta desembocar en la calidez de nuestra niñez, hasta rememorar nuestros abrazos, nuestras miradas transparentes e infantiles... Pero ese plácido sueño no tarda en convertirse en la pesadilla que me persigue desde entonces.

5
SIEMPRE JUNTAS

Siempre cogidas de la mano, siempre juntas, nos mirábamos a los ojos y no teníamos miedo a nada. Durante toda nuestra niñez, cuando una sonreía, la otra no podía reprimir el placer que eso le producía. No sé muy bien cómo sucedió. Ella me advertía de que tuviera cuidado, pero no sé en qué momento Ana se convirtió en esa persona tan desconfiada y oscura. Yo quería seguir sonriendo, continuar siendo feliz... Pero ella ya no estaba tan segura del mundo.

Las imágenes se dibujan en mi subconsciente, sumida en mi sueño más profundo, un sueño que se repite prácticamente cada noche. Me miro las manos y ya he vuelto a mi pesadilla favorita. Mis manos de adolescente, con las uñas a medio pintar, me hacen entender que vuelvo a estar aquí. Reproduciendo una y otra vez la misma escena.

—Ana, ¿por qué no sonríes? —le pregunto mientras ladeo la cabeza como hacen algunos perros para comprender mejor a quién tienen delante.

—No todo van a ser risas, María. Tú eres demasiado ingenua —me responde con desprecio mientras sigue haciendo zapping en el televisor sin decidirse a ver nada en concreto.

Abro la boca, pero no consigo articular palabra. Jamás se había dirigido a mí con esos malos modos. Sí, sabía que algo no iba bien. Pero ¿por qué actuaba así conmigo? No le doy más importancia e intento arrastrarla a mi vida de alegría y felicidad. Sin embargo, cada vez la encuentro más alejada de mí.

Todo pasa muy rápido, no me da tiempo a pensar. Solo puedo quedarme de observadora, viendo cómo ella despotrica a gritos contra aquella persona que yo pensaba que era tan querida para las dos. Le sale espuma por la boca mientras se pone delante de mí para protegerme de esa bestia.

—Eres un mierda sin huevos para meterte con alguien de tu tamaño —le dice con toda la ira de que es capaz en sus ojos. Sus puños están cerrados a ambos lados de su cuerpo.

—¿Me estás hablando a mí, mocosa? —le pregunta a Ana con asco.

—Sí, gilipollas, ¿es que estás sordo? Déjala a ella, que es débil y ven aquí. ¿O no tienes valor?

—¡¿Qué cojones estás diciendo?! ¿Intentas enfadarme más aún? Te vas a enterar, saco de huesos.

Su sonrisa maliciosa me aterroriza. Después de los golpes recibidos, no sé por qué Ana hace esto. Pero en este momento lo único que quiero es despertar de esta pesadilla, abrir los ojos y volver a encontrarme en aquel prado, sonriendo y jugando con ella. Aunque mucho me temo que todo eso haya acabado para siempre.

Me quedo agazapada detrás de Ana, esperando que no haga caso de sus provocaciones. Pero decide cebarse con ella, con toda la rabia que pueda acumular un hombre con una historia demasiado oscura para explicarla en voz alta. Una historia que hizo que se convirtiera en alguien sombrío, temido por todos.

Ana es muy valiente. Si no llega a ser por ella, creo que aquel día podría haber sido el último de mi vida; pero no sucedió gracias a ella, a su valentía. La abrazo con fuerza mientras ambas recibimos los últimos golpes de ese hombre que antes yo llamaba papi. Cuando por fin pienso que se ha cansado de descargar su frustración contra nosotras, se levanta, nos señala con el dedo, echa una última mirada a Ana y añade:

—¡Así aprenderás!

Cuando todo vuelve a la calma, me acerco a ella. Sé que ya no es la misma, que esa mirada fría y distante nunca volverá a sonreír. La abrazo y me coge de la mano mientras me arrastra hacia el lugar oscuro que se convertirá en mi pequeño hogar durante muchísimo tiempo. Cuando llegamos, me dice:

—María, este va a ser tu sitio, ¿de acuerdo? Necesito que te quedes aquí y todo irá bien. Prométemelo, por favor. Necesito que me lo prometas. —Puedo ver el anhelo en su mirada.

—Esto está muy oscuro. Por favor, no me dejes aquí. Te lo suplico. ¿Qué vas a hacer, Ana? —pregunto con miedo en la voz.

—Lo que las dos queremos hacer. —Baja su rostro mientras se mira las manos rojas y temblorosas.

—No, no, no —le suplico mientras la agarro del brazo con desesperación.

—No me toques. No vuelvas a tocarme. Tú quédate aquí y deja de gimotear. Solo sirves para eso: para lloriquear y gimotear. La vida es dura, María, y como veo que no espabilas, te vas a quedar aquí durante un tiempo. Ni se te ocurra salir. Deja que yo me encargue y tú no te muevas.

No sé a qué se refiere. No me gusta este lugar. Es frío, pero sé que ella podrá solucionarlo. Es muy capaz, así que me quedaré aquí quieta, que es para lo único que sirvo. Y así no nos meteremos en más líos.

Durante un tiempo bastante largo, que no sé determinar, me quedo en esa estancia elegida por desesperación. Ana no me habla y yo solo salgo de ese sitio para comer algo. No tengo ninguna intención de saber qué ha pasado. No soy capaz de preguntarle, y su mirada de desprecio hacia mí aumenta con los días.

Después de innumerables semanas, decidí romper el hielo.

—Ana... —supliqué con voz temblorosa.

—Calla, llorica. No me hables y estaremos más tranquilas.

Y el abismo se interpuso entre nosotras.

6
EL DESPERTAR

Abro los ojos sobresaltada. Ese sueño, o más bien pesadilla, me persigue desde que mi recuerdo logra alcanzar. Percibo que ella está cerca. Me incorporo y, apoyada en mis codos, la veo reclinada en el quicio de la puerta de la habitación. Puedo distinguir su cara de preocupación, su mirada perdida que se desvanece cuando nuestros ojos se encuentran. Sé que Ana tiene la misma pesadilla cada día. Soy consciente de que en el fondo necesita dejar caer la pesada carga que ella decidió sustentar sobre sus hombros. Consigo esbozar una sonrisa hacia esa persona que me protege, que me cuida. Aunque a veces sea dura conmigo, forma parte de mí, y además probablemente me merezca esas reprimendas, yo me las busco. Si ya conozco cómo es y he decidido quererla, tendré que acatar sus decisiones, porque, como ella dice, es por nuestro bien.

—¿Estás enfadada? —Y observo su cara buscando la respuesta antes de que su voz me la proporcione.

—No me enfado, María. Ivette no me preocupa. Me inquieta que ya te veas lo suficientemente capaz como para salir a la calle. El mundo es cruel, María.

—Pero Ivette dice... —consigo contestar. Me corta con una sola mirada.

—Ivette desconoce lo que es el dolor. Ivette no tiene ni idea de lo que hemos pasado. Ella es una hippie que se cree que el mundo es bonito y me preocupa que te contagie esos pájaros que tiene en la cabeza. Pero a mí no me engaña. El mundo es una guerra en la que hay que combatir. Y algunas personas estamos preparadas para ello, y otras no. —Mientras reproduce uno de sus discursos favoritos, se sienta en una silla con los brazos cruzados sobre el pecho y los puños bien cerrados.

—Cuando estoy con Ivette, no tengo miedo. —Me incorporo y dejo caer mis pálidas piernas a un lado de la cama y me pongo frente a ella. Mis manos reposan en mis rodillas y busco su mirada con anhelo.

—A eso me refiero, atontada: bajas la guardia y encima no estoy yo para protegerte.

—Con Ivette no hay guardias que valgan, simplemente...

—Esa hippie no tiene ni idea de la vida —me corta de sopetón—. Menuda chorrada. Dile que se vaya a su mundo de unicornios y nubes rosas. Que se quede allí y nos deje a los que vivimos con los pies en la tierra gestionar la realidad.

Cierro los ojos con impotencia y giro mi rostro contenido hacia otro lado. No soporto que hable así de Ivette. Ella es mágica, y su vida tampoco se puede decir que haya sido fácil. Así que decido ponerme en pie para exponerle mi opinión... Pero se adelanta: se incorpora rápido y, a la defensiva, con un dedo que me apunta y su mirada ya lo dice todo, de manera que desisto. Bajo la cabeza y resuelvo que, como siempre, puede que tenga razón. Quizás Ivette haya idealizado las cosas y se haya puesto una venda en los ojos para no ver el dolor que existe en el mundo. Ana sabe de la vida, y no voy a ser yo quien se lo cuestione.

Al ver que ha ganado otra batalla, una ligera sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios. Me toca el hombro dos veces antes de darse la vuelta, no sin lanzarme primero una de sus frases favoritas. Una frase que a mí me crea un nudo en el estómago. Esa clase de oración inocente que lanza un peso sobre mis hombros y que, cada día, me desploma un poco más.

—¡Buena chica!

Y, haciendo ondear su pelo rubio, se va.

7
NOCHES DE DESENFRENO

Cada noche observo la seriedad de su rostro mientras se arregla para salir. Ella dice que eso la hace feliz y que yo me tengo que quedar en mi rincón oscuro para que las dos podamos estar tranquilas. Me explica que yo estropeo todo y que mi presencia no gusta al mundo. Sus palabras resuenan en mi cerebro como si fueran cuchilladas directas al corazón. No consigo entender cuál es el motivo. Ella asegura que el dolor te hace fuerte, pero yo ahora mismo no diferencio entre su fuerza y su crueldad. Una vez, Ivette me explicó que algo nos genera ira o tristeza cuando nuestro cerebro no logra entender el origen de esa situación. A mí me crea tristeza nuestro distanciamiento, pero me provoca ira pensar que no puedo enfrentar el mundo tal como soy porque Ana tiene miedo de que me hagan daño. Así que me resigno y me quedo aparte. Esperando cada día a que vuelva ebria, seguro que con algún hombre que no querrá que me vea bajo ningún concepto, con el rímel corrido y con su máscara de persona alegre y divertida, esa que se pone al salir por la puerta, la que parece que tenga colgada en la entrada como quien tiene a mano la chaqueta para salir.

Ana coge su careta de persona agradable y sin problemas y sale a la calle, según ella a comerse el mundo y, sin embargo, qué casualidad que, cuando llega a casa, vuelva a dejar esa máscara donde la cogió, junto a nuestra puerta, y recupere su mirada de miedo y de rencor. Los fines de semana pasan y llegan de nuevo y su única motivación es salir a la mejor discoteca de Barcelona y tener un cuerpo diez. Pero su alimentación es extraña: come mucho y mal. Cuando le pregunto por qué no intenta comer verdura o algo más sano, su contestación me deja atónita:

—Yo paso, ¿sabes? Yo soy así. Como lo que me apetece y cuando me apetece, y nadie me va a decir a estas alturas qué debo comer.

—Ana, ¿qué estás diciendo? —La miro sin comprender ni una palabra, como si me hablara en otro idioma, uno que espero no entender, porque si eso es lo que piensan personas como Ana, no quiero parecerme a ellas.

—¿Qué pasa? No he dicho nada del otro mundo, ¿no? —contesta mientras mastica el chicle con la boca abierta y hace una pompa que estalla con precisión para que no se le pegue en la cara.

—Yo solo digo que tu actitud es infantil y, con ella, harás que nos hagan más daño del que ya hemos sufrido.

—Daño, ¿por qué? Nadie más va a hacer que yo derrame una lágrima —proclama punteando con el dedo índice la mesa, remarcando cada palabra—. De hecho, la que llora eres tú, que eres una llorica. Yo soy fuerte y no me entristezco; mi objetivo es pasármelo bien y punto.

—Tú misma.

—Ya estás con tus tonterías. Déjame que disfrute un poco de la vida, ¿no? Carpe diem, María —indica mientras me da la espalda y camina hacia la puerta con su contoneo habitual, que exagera para demostrar que tiene vida en el cuerpo.

—Vale, pero entonces, ¿por qué no puedo salir yo? Si todo es tan divertido y tan espectacular, compártelo conmigo —argumento, y la sigo por el largo pasillo que conduce desde la entrada hasta las escaleras que suben al segundo piso.

—Ja, ja, ja. —Se da la vuelta y se mofa con expresión sarcástica antes de cruzar los brazos sobre el pecho—. Permíteme que me ría de la ocurrencia que acabas de tener.

—¿No dices que es tan divertido y carpe diem? Pues yo no quiero estar siempre en casa —digo en un tono entre cordial y jovial para intentar convencerme a mí misma de mis palabras.

—Mira, bonita —me advierte con su mirada oscurecida y acercándose tanto que casi puedo sentir en su aliento la menta del chicle—. Tú te vas a quedar metida ahí dentro hasta que yo te lo diga, y créeme que será por mucho tiempo. Bastante hago dejándote que salgas cuando estamos en casa.

—Pero yo... —intento defenderme mientras bajo la cabeza.

—Pero tú, nada. Eres como un grano en el culo. Siendo sincera, viviría mejor sin ti —afirma sin mirarme, aún con los brazos cruzados.

Me voy llorando, nunca había dicho algo así. Esa frase me hace plantearme muchas cosas, entre otras, qué demonios hago aquí esperándola y haciéndole caso. Porque en sus días tristes, yo puedo ayudarla y sé realmente que ella no es así, pero ¿y si de veras está mejor sin mí? ¿Y si realmente soy un lastre para ella? Con esos pensamientos me acuesto, aunque no consigo cerrar los ojos. Su mirada de odio me penetra y me hiela la sangre. Me formulo muchas preguntas, aun cuando sepa que debo seguir aquí, esperándola, haciendo de soporte para ella, que ahora me rechaza pero que algún día, y espero que sea cercano, me necesitará.

Decido llamar a Adán, que ahora estará en Sevilla, enfrascado en su nuevo proyecto. Él es ingeniero de no sé muy bien qué. Nunca he entendido a qué se dedica, solo sé que le apasiona. Adán tiene los ojos azules como el mismo cielo en un día de verano. Su pelo es rubio, pero no de un tono cualquiera, sino como el sol. El metro setenta y cinco de altura y su buen aspecto lo han convertido siempre en un chico muy deseado en el pueblo, aunque, al ser tan tímido y reservado, nunca haya llegado a darse mucha cuenta. Tiene las manos grandes y anchas, unos brazos delgados pero tonificados, y su gran bondad es todo un orgullo para su familia. De pequeños, en Santander, nos hacíamos pasar por hermanos. Allí era donde íbamos a veranear. Él y sus padres vivían en Barcelona, pero su papá había nacido en la capital cántabra, al igual que mi abuelo materno. Así que, aunque no recuerdo bien cómo nos conocimos, toda la memoria que guardo de los veranos en Santander me traslada a su lado.

Al sexto tono decido colgar pensando que quizá esté metido en algún proyecto difícil de entender para esas personas menos inteligentes, como yo. Pero justo entonces escucho su voz ronca y con ya cierto deje andaluz. Lleva en Sevilla quince meses. Según me explicó tiempo atrás, está trabajando para una gran compañía que le permite liderar su equipo, a la vez que el sueldo le proporciona el ahorro suficiente para poder montar algún día su propia empresa. Allí ha conocido a una mujer de su misma edad, medio granaína por parte de padre y medio inglesa por parte de madre, lo que le confiere un acento muy gracioso que vuelve loco a mi amigo.

A sus veintiséis años ha encontrado a la mujer de su vida y está disfrutando de su crecimiento como ingeniero. Envidio un poco su trayectoria. La mía siempre ha sido más bien como una montaña rusa: desde mi incidente con papá, pasó a ser totalmente secundaria. Subsistíamos con lo que podíamos, pero enseguida Servicios Sociales husmearon en nuestras vidas para separarnos de la que se hacía llamar mamá, quien solo unos meses más tarde desapareció sin dejar rastro.

Realmente no fue lo que más me dolió. Siendo sincera, nunca había ejercido de madre. Ana y yo sentíamos que estábamos solas desde que éramos pequeñas.

Y, volviendo a Adán, Ana y él no se llevan nada bien. Ana siempre ha dicho que es un tío aburrido. Bajo mi punto de vista, en cambio, que no quiera ser el centro de atención, como lo es ella, o que no haya sido el más fiestero de nuestro grupo, es lo que hace de él un referente como amigo para mí y un espejo demasiado doloroso para Ana.

La verdad es que él y yo somos más que amigos: lo considero como el hermano que nunca tuve, capaz de darme la estabilidad de la que carezco y el equilibrio que creo que junto a Ana nunca alcanzaré. Su voz ronca y rasgada me permite reflexionar, trascender más allá del aquí y ahora.

Su familia es creyente, y él también, aunque no sea practicante. Pero el haber escuchado tanto la Biblia de pequeño ha hecho que su estado emocional y sus pensamientos siempre vayan más allá de lo material y lo superficial. Adán es rico, pero no en el sentido económico, sino en cultura y sabiduría. La prosperidad que él transmite es justamente lo que a Ana le genera más miedo, lo que le hace rechazarlo con la excusa de que es aburrido: sus padres le han querido, su familia le ha proporcionado unas buenas bases y eso, para una persona como Ana, es dolor. Y para mí, un poco también. Aunque siempre intente ver el lado positivo y recargarme las pilas junto a él.

—Buenas noches, bombón —me suelta sin más—. Escolta, tú, ¿cómo va por Barcelona? —me dice con guasa, sabiendo que ya le queda hasta raro el catalán con el acento que se le ha pegado.

—Bueno, bien... —titubeo mientras mi cerebro busca una escapatoria para no tener que explicarle mi situación actual—. ¿Cómo estás?, ¿y cómo está Sonia?

—Está fatigada, ya sabes. El embarazo no le está sentando muy bien.

—¿¿¿Está embarazada??? —le espeto esperando una reacción más extensa por su parte.

—Era broma, reina —dice mientras le oigo carcajearse al otro lado de la línea—. No te enfades conmigo, María. Llevo todo el día trabajando y sin poder gastar bromas con nadie. Me has venido al pelo. Eso que dicen de que los andaluces son muy graciosos es un mito. No te lo creas —continúa riéndose, probablemente con lágrimas en los ojos. Su sonrisa tiene ese efecto, siempre llora cuando ríe.

—No me hace ningún tipo de gracia. Pensaba que iba a ser tita y que tendría que viajar a Sevilla. Y actualmente mi situación es, bueno, podría decirse que un poco difícil. —Intento no darle más importancia para que Adán no se preocupe.

—No puedes porque no quieres. Mírate al espejo, María, y di en voz alta quién dirige tu vida. —Siempre me da la sensación de que Adán conoce lo que me pasa en cada momento.

Sonrío sabiendo que le resulta inevitable buscar la trascendencia de las cosas. Su padre era pastor en la iglesia de Castellbisbal, el pueblo donde creció junto con sus dos hermanos, uno de los cuales continuó el camino de su padre, Rafael, y el otro, justamente el contrario. La explicación de Adán es que cada cual encuentra su momento cuando le toca. Si forzamos al mundo a hacer lo que creemos que debe hacer, virará hacia la otra dirección. Tal vez fuera eso lo que le ocurrió a su padre con Julia y Sergio, los hermanos mellizos de Adán: intentó educar a su prole desde el respeto, la espiritualidad y la religión, pero no lo consiguió con todos los hijos por igual.

Adán siempre cuenta que cuando nacieron los mellizos, la madre cayó enferma. Eso hizo que su padre se desviviera por su mujer y, sin quererlo, acabara culpando a los bebés de la desgracia de su esposa. Estuvo enferma durante casi seis años, hasta que, según la propia Lorena, la madre de Adán de pronto decidió coger las riendas de su vida y dejar de ser una víctima de su situación, ni una carga para los demás. Empezó entonces a hacer meditación y a rezar todos los días dos horas. A cultivar sus propios alimentos y solo comer aquellos cien por cien saludables dentro de una dieta crudivegana. Paseaba con sus hijos, que eran unos verdaderos trastos, y con su marido, una hora diaria. Decidió, en definitiva, empezar a encargarse de su hogar y de su salud.

En cuestión de dos años, Lorena estaba al doscientos por cien. Nadie entendió muy bien qué había pasado. Pero ella predicaba que «Su Señor» la había puesto en ese camino para descubrir lo fuerte que era, y que Él mismo la había recompensado con la recuperación de su salud. Para entonces, los mellizos ya tenían ocho años, además de arrastrar un déficit de atención y de cariño que conllevó que, de ser unos trastos, pasaran a ser unos pequeños delincuentes, y de ahí a delincuentes mayores. Suerte que cerca de mí siempre ha estado Adán, que ha aprendido al máximo de sus padres para poder aportar todo lo bueno al mundo. Cuando habla de sus hermanos mellizos lo hace, sin embargo, con devoción. Siempre asegura que el destino ha decidido que sigan ese camino, pero que la misma vida los guiará para que aprendan la lección que precisen. Ni yo misma me creía sus palabras cuando le oía afirmar tales cosas, aunque el tiempo siempre le diera la razón. No sé si era Dios, el destino, el karma; pero al final sucedía lo que Adán había previsto.

—Sé que estás sonriendo. Te oigo hacerlo aunque no hagas ruido. Hablemos en serio. ¿Cómo estás? —me pregunta.

—Ahora, bien —le digo mientras se desvanece mi sonrisa sabiendo la conversación que me espera.

—¿Qué significa ahora, María? ¿Sabes? No pienso decirte lo que debes o no debes hacer. Eres una persona sabia y tú misma lo descubrirás cuando estés preparada. Pero sí me gustaría contarte una historia...

—Ya estamos con las historias... —le contesto mientras la sonrisa que antes tenía se amplía hasta prácticamente cubrirme todo el rostro—. Siempre tienes historias que contar. ¿De dónde las sacas?

—De los más sabios, María. Todo lo que nos pasa en esta vida ya ha habido alguien que lo ha vivido antes y seguramente haya escrito un libro sobre ello. Tan solo debes encontrar el libro que te convenga en el momento preciso de tu vida. Permíteme que continúe. —Su rasgada voz carraspea y empieza a narrar su historia como siempre hace—: Había una mujer en la India que tenía...

—Siempre son en la India, Adán. No cuela —le reprocho entre risas.

—Calla y escucha, membrilla, que te va a encantar. —Justo en el momento en que acaba su frase, oigo cómo alguien abre la puerta. Sin que él me lo diga, yo ya sé quién es. Solo Sonia puede hacer enmudecer a Adán.

—¿A quién le estás contando una de tus historias sobre mujeres de la India? —oigo que dice a lo lejos.

—Es María. Ella me la ha pedido —responde sin más dilación.

—No te lo crees ni tú, pobre chiquilla. La tienes amargada con tus historietas —le dice mientras oigo el sonido de unos pasos de tacón alto que se acercan al auricular—. Hola, María, my darling, ¿cómo estás?

—Bien, muy bien, Sonia —le contesto con toda sinceridad justo cuando me carcajeo de su acento y su ironía.

—Tú, ni caso al fumado este, ¿me oyes? —Me avisa y me devuelve la carcajada—. Te voy a hacer un favor y me voy a llevar al Buda reencarnado en este rubiales a comer, que hemos quedado con unos amigos hace más de una hora y este muchacho pierde la noción del tiempo siempre que se pone a hablar contigo, cosa que agradezco cuando estoy viendo la novela de las cuatro, pero ahora no. ¿Vendrás a Sevilla?

—No creo, Sonia. Pero vamos hablando por Skype, ¿vale?

—Una cosita te voy a decir, paliducha: o este verano vienes a que te dé un poco el sol y nos pongamos al día, o simplemente tendré que enviarte toda mi mala follá granaína hasta la puerta de tu casa. Nosotros hemos ido cinco veces a Barcelona y tú ninguna a Sevilla. Así que mueve de una vez ese culito envidiablemente terso y te vienes para acá, ¿entendido?

—Vale, Sonia, ja, ja, ja —contesto sin poder dejar de reír—. Intentaré ir, lo prometo.

—Lo dicho. Nos vemos, preciosa. Cuídate y sonríe. Bye, bye, darling. —Se despide y yo presiento que va a colgar el auricular mientras oigo a Adán quejarse de fondo porque le ha quitado el teléfono y no ha podido despedirse de mí.

Cuando dejo el manos libres en su lugar, cojo el teléfono móvil para escribirle a Adán, sabiendo que estará refunfuñando sobre el poco respeto y la mala educación que supone quitarle el teléfono a una persona. Y sobre la indignación que eso conlleva, mientras Sonia lo abraza, lo besa y le dice que lo quiere sabiendo el efecto que produce en él. Así que decido ser breve:

Gracias por todo. Otro día me cuentas la historia.

P. D.: Adoro a tu darling.

Hablar con Adán me calma, aunque no me haya contado su gran historia. Él y Sonia son de una frescura que me atrae. Bajo las escaleras para ver qué vamos a comer. No tengo mucha hambre, pero debería hacerlo, ya que, si no, cuando salgo a correr me canso más. Busco a Ana, pero no la encuentro. Así que decido prepararme unos sándwiches. Me siento a la mesa redonda del salón con mi plato y mi vaso de agua, esperando a saber algo de ella, pero no aparece. Vislumbro un atisbo de alegría en mí y eso me asusta. Tengo sentimientos encontrados con Ana: a veces pienso que es mejor que no esté. Otras, en cambio, pienso que sí, pero que lo ideal sería que estuviera con unas condiciones distintas. Es decir, yo la quiero en mi vida, pero quizá no así. Cuando tengo estos pensamientos, enseguida miro hacia todos los lados como si ella pudiera escuchar lo que digo mentalmente; como si, por el simple hecho de tenerlos, ya la estuviera traicionando. Eso me apabulla. Borro esos pensamientos de mi cabeza y continúo masticando e intentando dejar la mente en blanco; pero justo en ese momento aparece por la puerta.

—¿Qué dice el aburrido?

—No es aburrido —consigo responder intentando que no se note en mi tono de voz la molestia que su comentario me produce.

—Sí, sí, sí... ¿Qué has hecho de comer?

—Nada, no sabía si vendrías. Disculpa.

—Bueno, es igual. Total, tu cocina es bastante mala.

—Hago lo que puedo —replico sabiendo que tiene razón—. Pero tú no cocinas mejor. —Me defiendo sin filtrar mi pensamiento.

—¿Perdona? Bueno, en esto te voy a dar la razón. Además, hoy no me voy a enfadar. ¿Sabes por qué? Porque aunque siempre intentes hacer que yo salte, hoy no lo haré. Estoy por encima de ti y yo decido.

—Vale. —Me levanto, dejo el plato en la encimera de la cocina y empiezo a subir las escaleras, harta de sus frases crueles, agotada mental y físicamente. Necesito descansar. Esta situación es insostenible. Creo que no merezco esto. O quizá sí, ya no sé lo que siento. Con estos pensamientos me quedo dormida, no sin antes abrazarme fuerte a la almohada, deseando que ocurra un milagro y me ayude, porque yo ya no puedo más. Decido no levantarme hasta el domingo, pero sé que la rutina del domingo vendrá a ser lo mismo: críticas, peleas, sensación de ahogo, dormir y comer. Esa es mi historia, lo que me ha tocado vivir. Una existencia monótona, insípida, que no dirijo. Así que pasan las semanas y, más que vivir, sobrevivo. No sé si alguien más puede sentir esto que soporto o es cosa mía y todo se debe a que no sé cómo gestionarlo. Me siento perdida y mareada en medio de esta vorágine que llamamos vida.

8
FIESTA EN CASA

Ana ha decidido montar una fiesta en casa con los compañeros de trabajo. Lleva toda la semana organizándola, haciendo listas sobre la comida que servirá, probándose vestidos para ver cuál le queda mejor, preparando el maquillaje perfecto que hará que todo el mundo la observe y se queden embelesados.

Mientras yo decidía qué vestido ponerme delante del armario que compartimos, observo a través del espejo que me está mirando con cara de extrañeza.

—¿Qué se supone que haces?

—Prepararme para la gran fiesta —contesto entusiasmada, pensando en la inminente celebración.

—¿De verdad se te ha ocurrido que voy a permitir que salgas? —me replica con su tono amargo ya habitual.

—Creo que ellos van a querer verme. No solo a ti, yo también les voy a gustar.

—¡Si ni siquiera te han visto, atontada! ¡Ni siquiera saben que existes!

—Pensaba que esta fiesta era para darme a conocer. Formo parte de tu vida, Ana, no puedes hacer como si no existiera siempre.

—Yo soy la que decido quién te conoce y quién no, María. Y lo hago por ti, para que no te hagan daño, para que luego no llores tres días seguidos sobre lo que te han dicho o hecho.

—Quizá tengas razón y primero debas observar cómo son. Tú eres mejor y gustas más. Y si ya te fías, si ya los consideras dignos de presentármelos, pues lo hacemos —suplico en un tono angustiado.

—Claro que soy mejor, María. Cómo vas a agradar a nadie si siempre estás con tus sensiblerías. Mira, haz como yo. Sonríele a la vida, sé divertida, elocuente, alocada y el mundo te seguirá a donde quiera que vayas.

—Pero ¿tú te gustas así? —pregunto en voz alta, al tiempo que levanto la cabeza poco a poco esperando su reacción.

—No vuelvas a preguntarme eso. —Su mirada se hiela, su cuerpo se tensa y sus fosas nasales me indican que si sigo por ese camino, acabaremos mal—. Claro que me gusto. Me encanto, me adoro.

—Perfecto, dilo ahora mirándome a los ojos. —Me atrevo a retarla sabiendo que la consecuencia podría ser fatal.

—¿Perdona? —Me mira con más furia que nunca—. Tú no eres nadie, no eres nada, sabes que dejarías de existir si yo lo decidiera. Mientras que yo soy fuerte, tú no; yo soy lista y tú no; yo gusto y tú no. A ver si eso te queda claro y dejas de mostrarte tan impertinente. No quieras que haga cosas de las que luego me arrepienta, llorica de mierda.

Se marcha dando un portazo, pero he podido vislumbrar una lágrima mientras me vomitaba toda su rabia interna. A veces pienso que es culpa mía, que debería callarme y hacer lo que ella me diga. Otras, pienso que realmente tengo que intentar abandonar mi escondite y salir al mundo para que todos vean cómo soy. Pero luego acude a mi mente lo poca cosa que parezco y decido que ella tiene razón en todo. Ella me protege del dolor. Es envidiablemente fuerte, así que le haré caso y hoy mejor no me moveré de mi rincón. Observaré desde aquí.

La fiesta transcurre como todas las fiestas. Desde mi rincón observo lo que gracias a Ivette ya sé diferenciar: el baile de máscaras. Todos se sonríen, pero no de una manera sana y natural, sino de modo forzado y con postureos que no entiendo. Con alabanzas y carcajadas dedicadas a Ana que hacen de la fiesta algo pedante. Ella está preciosa. Lleva un vestido rojo ceñido que realza su delgada figura, y unos tacones altos negros de un diseñador cuyo nombre ni recuerdo. Se ha hecho bucles en el pelo y se ha maquillado sus fuertes rasgos, destacándolos aún más: los labios en un tono rojo que concentra todas las miradas en su boca, y sus grandes ojos azules con unas sombras negras que los resaltan. Es el centro de atención, cosa que ella disfruta a más no poder. Va pululando de un invitado a otro comportándose como una anfitriona estupenda. Ha sido meticulosa con todos los detalles, ya que el perfeccionismo es su punto fuerte, según ella.

Vuelvo a experimentar sentimientos encontrados: me apetece salir y que me vean. Y a la vez, tengo un miedo atroz. Miedo al dolor, a que no me quieran o no me sepan ver. No todo el mundo tiene la misma mirada. No todos saben aceptarme. Puede que haya gente que me rechace, que se niegue a aceptar que existo, o gente que directamente no me vea. Suena quizás extraño, pero tiene mucho sentido para mí. Poco a poco cierro la puerta y me adentro en mi ya conocida oscuridad, mi habitación reconfortante, mi lugar, como lo llama a veces Ana. Le puede poner mil nombres, pero es frío y solitario. Cierro los ojos e intento alcanzar ese momento de paz que siempre anhelo. La fiesta del sábado transcurre sin más, o eso percibo desde mi rincón.

9
CARMELA, CARMELITA

Me levanto con entusiasmo, aunque sé que saldré de mi habitación y estará todo patas arriba. Pero hoy hemos quedado con Carmela. Esos ojos verdes con destellos amarillos que me traspasan siempre que nos vemos saben más de mí que yo misma. Ana le ha propuesto quedar en casa y comer juntas porque no le apetecía salir. Empiezo a limpiar el revuelo de ayer: la cocina llena de vasos, los cojines del sofá tirados por el suelo y el propio suelo todo pegajoso. Prefiero no pensar de qué se trata. Cuando ya está todo recogido, oigo ruido en su habitación. Debe de ser Ana, aunque ese pensamiento no me estremezca porque sé que estará de buen humor. El simple hecho de que yo no me asomara ayer a la fiesta y que hoy venga Carmela hace que aparezca con una sonrisa.

—¡Hoy cocinaré contigo! —me dice entrando de un salto en la cocina.

—¿Como cuando éramos pequeñas? —le pregunto sonriendo.

—¡Ay, María! Por favor, ¡qué cursi eres, siempre recordando el pasado! —me contesta mientras se mete en la boca un trozo de croqueta que sobró anoche.

—Para mí es importante... —le rebato con una ligera tristeza en mi tono.

—Pues vive el presente, sosa, más que sosa. Venga, manos a la obra —espeta mientras se hace un moño en esa melena rubia un poco enmarañada y se remanga con ese gesto tan suyo.

Intento quedarme con la buena sensación de que cocinaremos juntas y dejo a un lado sus malas contestaciones. Decidimos hacer burritos, pues sabemos que a Carmela le encantan. Además de preparar también un plato de patatas fritas para hacerla rabiar, ya que ella las odia desde pequeña y nosotras somos conscientes de ello. Pero nos hace gracia la cara de repugnancia que pone al verlas. ¿A qué niña no le gustan las patatas fritas? Pues esa era Carmela. El bicho raro de clase en el comedor. Aunque a mí me encantaba sentarme a su lado porque así me comía yo las suyas. Le decíamos a la profe que se las había comido Carmela, ya que siempre la reñían por todo. Comentaban que era un poco revoltosa, pero yo siempre pensé que era demasiado inteligente y se aburría cuando estaba con el resto del mundo. Pues no seguía el ritmo de su cerebro ni de sus reflexiones.

Recuerdo que cuando cumplí diez años me formuló la siguiente pregunta:

—María, ¿cómo te sientes al tener ya dos cifras en tu edad?

—Bien —contesté con mi cara de sorpresa por no entender demasiado lo que me estaba diciendo.

—¿No te das cuenta del cambio que se produce en nosotras, que ya pasamos del nueve al diez? Eso quiere decir mucho —explicó esperando que yo entendiera la lógica de sus palabras.

—Sí, sí, claro que lo entiendo —le contestaba poniendo cara de que resultaba obvio.

Puesto que me conocía más que nadie y sabía que no entendía nada, pero también que nunca lo reconocería, me sonrió como solo ella sabía hacer, me abrazó fuerte y nos echamos a reír como dos tontas. Mi risa era siempre muy escandalosa, de bruja de película. La suya siempre, más tímida, restallaba a trompicones. Adoro esa risa.

Una vez preparada la comida y la mesa puesta, suena el timbre con su impuntualidad habitual. Abrimos la puerta y allí está ella, con su aire hipster: viste mocasines, pantalones pitillo, la camisa abrochada hasta arriba, el pelo alborotado con la raya a la derecha, y esos rizos que siempre denomina «bucles indomables». Su pelo tiene un tono rojizo que nunca hemos sabido de dónde le venía. Como siempre al vernos, sonríe, aunque de inmediato se le rasgan los ojos y se le tensa la cara tras observar la tensión palpable entre nosotras. Sin embargo, decide no preguntar por ahora.

—¡Hola, ya está aquí la reina del bacalao! —exclama mientras entra su bici hasta el pasillo con una sonrisa en sus labios perfectamente pintados.

Ana se va directa a la cocina a ultimar la comida. Yo la espero con el ansia de una niña que quiere recibir su regalo. Cuando por fin deja la bici y su bolso cruzado en el perchero, la abrazo con la necesidad de que me acoja alguien querido, buscando un mimo, la caricia de esa persona que te conoce y te quiere tal como eres. Me mira extrañada. Me devuelve el abrazo, gesto que le agradezco, pues soy consciente de que desde hace años a ella le cuesta mucho abrazar.

—¿Estás bien? ¿Ha ocurrido algo?

—Estoy bien —contesto con voz apagada para que Ana no me oiga.

—Pues entonces aparta, leche, ¡cómo te gusta manosearme! —me dice sonriéndome y levantándome la cabeza para que vea que es la misma broma que me hace siempre y que lo único que quiere es que yo sonría con ella.

—Hay que abrazar, Carmela. —Le devuelvo la sonrisa—. Y, por cierto, tienes patatas fritas para comer.

—Buaj, ¿no será verdad? La gracia de hacerme patatas fritas dejó de tener gracia hace diez años.

Entramos en el salón, donde todo está preparado y listo para comer. Ana es ordenada y pulcra, en especial cuando hay invitados. Entonces, tiene que aparentar que su vida está en orden; es lo que quiere mostrar con estos gestos. Nos sentamos en nuestros sitios asignados con una cartulina rosa y con una servilleta puesta en forma de cisne.

—¡Sííííí, burritoooosss! —grita Carmela elevando los brazos hacia el cielo con un alarido que probablemente hayan oído desde Francia.

Durante la comida cuenta que ha estado en Nueva York con su prima Lucía. Explica todos los sitios que ha visitado, la cantidad de kilómetros que ha caminado, enseña las fotos y observo su cara de ilusión al hacerlo. Lucía y ella, aparte de ser familia, son inseparables. Cuanto pueden lo hacen juntas, lo que sus trabajos y estudios les permiten. Carmela es integradora social, además trabaja en una ONG contra el maltrato infantil. Es una luchadora nata, siempre lo he pensado. Ha nacido para luchar por las personas que no tienen fuerza para hacerlo. Desde bien joven, si había alguna injusticia en clase, ella se metía de por medio y luego me explicaba:

—Tenía que hacerlo, ¿sabes? No puedo quedarme de brazos cruzados mientras veo cómo alguien abusa de otra persona. Es algo superior a mis fuerzas. Creo en la igualdad y es algo que deberíamos hacer todos: no permitir jamás los abusos. Nunca deberíamos consentir que nadie estuviera por encima de nosotros. Porque si ese alguien hace que te sientas pequeña, no te quiere realmente.

Yo, a esa edad, no entendía lo que decía. Nunca había visto maldad en el mundo. Jamás pensé que alguien que me quisiera pudiera hacerme daño. Simplemente lo veía imposible. Por lo tanto, sus palabras sonaban como si me hablara en otro idioma.

Cuando acabamos de comer llegan los postres y luego, por supuesto, tomamos café. En ese momento siempre surgen las conversaciones importantes o trascendentales con Carmela.

—Bueno, ¿qué pasa? Y esta vez quiero que me lo cuentes desde el corazón, María —me dice poniendo toda su atención en mí.

—Nada, es que... Bueno, nada —consigo decir con un hilo de voz mirando de reojo a Ana, atemorizada.

—¿Perdona? —Carmela, desafiante y a la espera de una explicación mejor, mira a Ana como si ella fuera la causante de todos mis males—. No sé qué pasa aquí, pero nos conocemos desde hace muchísimos años y tengo el don de observar a la gente. Por lo tanto, cuéntame algo mejor, por favor —me dice haciendo gestos con su mano dándome a entender que debería extenderme más en mi explicación.

—¡Es que eres insufrible! —me riñe Ana dirigiéndose solo a mí—. Este papel que has adoptado de víctima es que no lo aguanto. Haces que me sienta mal el café. Me voy al sofá y te dejo a ti el marrón, pero a mí no me metas en tus tonterías —replica mientras se levanta y se dirige con paso firme hacia el salón.

Aguanto la mirada hacia el frente intentando que sus palabras no me hieran y buscando disculpas con los ojos puestos en Carmela, que con mucha elegancia entiende que esto son cosas nuestras y que Ana tiene salidas fuera de tono. Observo cómo Carmela traga saliva y tiende su mano hacia mí. Ella tiene la capacidad de no juzgar: ni a Ana, ni a mí, ni tampoco nuestra relación. Está tan acostumbrada a sus comentarios fuera de lugar que ya ni se inmuta, pero siempre está ahí incondicionalmente para darme su apoyo cuando Ana salta.

—Escúchame, María. No sé qué está pasando aquí. Solo te puedo decir que por este camino no irás a ningún lado, y si lo haces, será con mucho dolor y soledad. —Su tono de voz baja a cada palabra que pronuncia hasta volverse casi un susurro, como si esto fuera nuestro secreto, y no quisiera que Ana se enterara.

—Siento que hayas tenido que presenciar esto. Te aseguro que no es...

—No tienes por qué excusarte. —Levanta una mano mientras me corta—. Solo pregunto porque me preocupo por ti. No debes permitir que nadie te limite, y te lo llevo diciendo desde que somos niñas. Lucha por lo que te mereces, por ganar tus batallas. Ya puedo intuir qué está pasando, siempre es lo mismo, pero a veces va bien que lo verbalices y que lo pongas sobre la mesa, ¿estamos? Mira, sé consciente de que el papel que has asumido de intentar cargar con todo el peso no podrás soportarlo durante mucho tiempo. —Hace una pausa para que asimile lo que acaba de decir—. Busca ayuda, quizás alguien profesional que te pueda sacar de este agujero. María, ¿qué te he dicho siempre? Nunca permitas que nadie te haga sentir pequeña. Ni tú misma, ¿de acuerdo?

Asiento con la cabeza muy rápido mirándola a los ojos. Carmela me hace fuerte. Me hace sentir que no debo permitir que nada ni nadie me pisotee. Su mirada y todo su cuerpo expresan fortaleza, decisión. Es algo que te transmite, que reconoces como tuyo. Pero no solo tiene ese efecto en mí. También influye en Ana de un modo que no podría explicar: logra que se calle, consigue hacerla reflexionar, y siempre que viene parece que la tarde pueda acabar en caos; sin embargo, es cuando más tranquila se muestra Ana.

—Vamos al salón, anda... Y no me abraces más, que voy a pensar que te pongo burra —me dice sonriéndome y enarcando las cejas una y otra vez sin parar. Se levanta de un salto y me suelta—: ¿Has visto qué rechulona vengo? Soy una potrica que tiene el culo de acero. Mira, mírame. —Da una vuelta sobre sí misma mientras se azota el trasero—. Me lo ha regalado Mario. Ay, estoy tan feliz con él. Se ríe con mis bromas de La hora chanante. Es un friqui de los juegos tanto como yo, así que nos podemos pasar horas jugando y bebiendo cerveza. Nunca me mira raro cuando me tiro eructos. Aunque por ahora gases no suelto, ¿entiendes? Considero que es excesivo, de momento, ya que algún día se los tendrá que comer —empieza a decir ya para sí misma—, porque no me voy a estar aguantando las flatulencias siempre, ¿sabes? A veces salgo con un barrigón de su casa que parece que me haya preñado. No le queda nada al mañico ese. —Se da la vuelta diciendo su última frase, aunque soy consciente de que ya hace rato que habla para sí misma, de modo que decido seguirla hacia el salón porque sé que Ana continuará de buen humor. Carmela la divierte y la calma a partes iguales.

En el salón ponemos música jazz de fondo que la misma Carmela nos había regalado. En su familia todos son fanáticos del jazz y ella ha heredado el oído musical. Se lía un cigarro mientras me mira sabiendo que la frase que me gustaría soltarle ahora es que dejara de fumar, pero me contengo, ya que me consta que eso la acelera. Creo que porque sabe que es verdad y no tiene excusa. Hoy me sonríe con la comisura de los labios y me mira de lado sin levantar la cabeza del todo.

—Sí, sí, dejaré de fumar.

—Y yo me alegraré —le contesto mientras amago con tirarle un cojín.

—Me invitarás a cenar entonces, ¿no? ¿Un refresco al menos? Tendrás que estirarte, porque será un gran esfuerzo.

—Sé que no es mi labor invitarte a nada, pero lo haré siempre y cuando dejes de fumar. También le puedes decir a Mario que te invite a cenar o que te recompense con algo —añado sonriéndole y enarcando las cejas una y otra vez como ella había hecho minutos antes.

—A él le pediré que me haga otra cosa, no te preocupes —contesta imitando mi gesto.

Yo arrugo la nariz, mientras Ana se ríe a carcajadas. Carmela siempre hace esos comentarios. A mí me parecen innecesarios, pero forman parte de ella. Constituyen una de sus características principales: es ordinaria hablando y le sale natural. No necesita que le rías la gracia, lo va a soltar igual. En suma, esas cosas no las dice para agradar ni para parecer liberal. Simplemente las suelta, tanto si estoy yo delante como si está el Papa de Roma o el príncipe de España. Ella podría decir algo como: «Mira qué mocica tan sexi soy», y se quedaría tan ancha. Aún no nos ha presentado a Mario, pero sí nos ha enseñado fotos. Luce muchos tatuajes, aunque no más que ella. Y lleva un piercing en la lengua, que, según palabras textuales de Carmela, puede hacer maravillas. Es un poco más bajo que ella y bastante moreno de piel. Sus ojos castaños y grandes lo hacen atractivo, y su estilo, también entre hipster y hippie, lo convierten en un tipo ideal para Carmela. Me apetece conocer qué clase de persona es, ya que debe de ser alguien peculiar para estar con ella.

—Bueno, vamos al grano. ¿Existe por ahí algún mocico recio que te sepa hacer un buen cunnilingus? —pregunta mientras se frota las manos, con el cigarrillo enganchado en la boca y señalando con la cabeza a Ana para indicar que la pregunta básicamente va dirigida a ella.

Yo empiezo a reír, ya que de verdad esas ocurrencias y esas preguntas solo pueden salir de ella. Miro a Ana esperando la misma reacción, pero observo tensión en su cara. Carmela se da cuenta también y se incorpora de golpe.

—¿Qué cojones significa esa cara?

—No es de tu incumbencia —le espeta Ana.

Carmela se levanta del sofá y empieza a hacer lo que ella llama «el baile del mocico recio», que consiste en realizar movimientos inconexos y poco rítmicos con la zona pélvica y con los brazos en jarra. Yo me río del baile, pero a la vez estoy atenta a lo que pueda contestar Ana.

—Vamos, suéltalo de una vez o tendré que matarte. Y no me gustaría salir en las noticias por hacer algo tan atroz. La noticia diría algo así: «Una moza sexi aplasta la cabeza de su amiga por no contarle quién le merienda la chirla».

—De verdad que eres tan soez, Carmela —le digo mientras lloro de risa con sus ocurrencias, aunque mi mirada se desvíe continuamente hacia Ana.

—Quizá sí me haya pasado con el comentario. Pero es que la sangre me hierve de pasión, querida. —Se sube encima del sofá con los brazos en alto como si estuviera invocando a algún Dios—. señorita font... —empieza a declamar con voz de ultratumba, y continúa con los brazos hacia el cielo—. ¡Explícale a tu amiga qué está pasando! —Se baja del sofá, se sienta variando el tono de voz y sostiene dignamente—: ¿Ves? Nuestro dios Thor ha dicho que me lo tienes que contar.

—Valeeee, pues hay un chico... —comienza un tanto tímida, sentada en el rincón del sofá abrazándose las piernas—. Aunque te sale realmente mal lo de impostar la voz del Dios del Trueno.

—Vaya, un chico. Qué interesante. Cuéntame más. —La corta poniéndose entre nosotras dos, muy cerca de Ana, con sus puños en la barbilla.

—No ha pasado nada, trabaja en mi departamento.

—¿En tu departamento? ¿Y qué me importa eso? ¡Datos relevantes, por favor! —estalla ansiosa e irónica a un tiempo, mientras sonríe tanto que da un poco de miedo.

—Pues hay intercambio de miradas entre nosotros. Los días que trabajo allí saltan chispas. Ya sabes que la mayor parte del tiempo trabajo en casa, aunque obviamente cada vez tenga más motivaciones para ir a mi puesto de trabajo... —Levanta las cejas una y otra vez, pero ahora para insinuar algo atrevido.

—Ostras, miradas, ¡qué descocada! —Carmela la vuelve a cortar con su sarcasmo mientras se carcajea de su propia ocurrencia, al mismo tiempo que me golpea con el codo repitiendo—: Miradas dice. A mí me pareces un poco suelta, ¿no crees? —Sigue riéndose y yo le dedico una sonrisa, pero mi vista está fija en Ana.

—¡Calla, burra! —contesta Ana carcajeándose—. Se llama Eric y es el que lleva la contabilidad en mi oficina.

—Eric, el contable... Mmmm, suena aburrido. Quizá me esperaba algo así como Eric, el Bombero, pero Eric, el Contable...

—Tú sí eres aburrida. Es guapísimo y muy divertido. Utilizo la técnica de no mirarlo directamente cuando es el centro de atención, pero si estamos trabajando la vista se me desvía hacia él.

—Oye, tía, pasa de las miradas, enséñale una teta. —Carmela lanza una risotada que acompaña a su propia broma. Es algo que hace todo el tiempo.

—Yo soy más sutil. Hago que piensen que son ellos los que me ligan, cuando en realidad todo es premeditado —detalla con sonrisa picarona, levantando las cejas una y otra vez, gesto que parece haberse convertido en una señal permanente entre nosotras.

—Qué tía tan manipuladora —apunta Carmela en tono burlón.

—Eso es seducción, querida —responde con un poco de recelo en su voz —. Bueno, sí, total, que está buenísimo y es supersexi. Además, creo que le gusto —explica muy orgullosa subiéndose a la oreja del sofá.

Mientras le relata a Carmela su pequeña historia de amor, ya que a mí no me ha dirigido ni una mirada, como si no quisiera que formara parte de esto, observo su rostro iluminado. Quizás esté al fin preparada para dejar de saltar de cama en cama. Para mostrarse ante los demás más allá de su máscara y, sobre todo, para presentarme a Eric. Quizá sea ir muy lejos, pero esa luz en sus ojos lo dice todo.

—Pues me alegro de que haya aparecido en tu vida el contable buenorro. Espero conocerlo pronto.

—Y yo espero ver a Mario algún día. —Intervengo alzando las cejas una y otra vez. Ya por el solo gesto, nos echamos a reír.

Estos momentos de júbilo y compenetración se me quedan grabados en el alma. Las situaciones distendidas, que cada cual pueda expresarse con libertad, son la magia de una relación. Y Carmela los consigue, además de esta magia, multiplicados por diez. Nos quedamos cada una en su sitio, sentadas mirando al vacío, sumidas en nuestros pensamientos. Nadie quiere romper el encanto.

Las ideas se alborotan en mi cabeza. Estoy inquieta por conocer cómo será ese tal Eric y por la expresión iluminada en el rostro de Ana. Acuden a mí imágenes de Carmela y yo de pequeñas y, sin entender de qué modo, se me aparece de pronto la figura de mi amiga realizando sus bailes extraños, y eso me hace sonreír. Los pensamientos van y vienen. El humo de Carmela satura el comedor. Así que me levanto poco a poco para abrir la ventana. El contacto con el suelo de mis pies descalzos hace que se me erice el vello de los brazos y de la nuca. Decido abrir la ventana. La brisa de otoño me acaricia el rostro y ondea los mechones que se escapan de mi trenza. Inspiro ese aire fresco que envuelve este momento. Me vuelvo para grabar en mi mente la escena y observo a Carmela recostada en el sofá: con los bucles aplastados, que se deslizan sobre su hombro derecho; sus brazos detrás de la cabeza y sus pies apoyados en la mesa de centro; esa imagen me reconforta. Sé que está reflexionando sobre algo. Miro de costado para observar a Ana: tiene la tez relajada, la mirada brillante, continúa sentada en la oreja del sofá abrazándose a sus propias piernas y apoyando su barbilla en las rodillas. Sé que está sumida en pensamientos positivos y eso me llena el corazón. Sus rubios bucles casi desechos se le han salido del moño, y sus ojos azules se clavan en los míos con un aire fresco. Una sensación nueva me embriaga: la huella de unión, de estar fusionadas y aceptarnos la una a la otra. Me quedo en la banqueta de mimbre que tenemos justo al lado del ventanal. No quiero mover ni un solo músculo que pueda hacer desvanecer este momento. Segundos después, Carmela decide quebrar el silencio con una de las mejores frases que le he escuchado decir jamás:

—La vida en soledad, si no es escogida, duele. Esta buena sintonía que tengo ahora con vosotras es debido a nuestra relación tan especial. Sin nuestras grandes charlas, estos momentos especiales podrían quedar reducidos a compartir un día ínfimo o solo agradable. —Nos mira a la una y a la otra, y cuando me observa a mí siento como si mi corazón ardiera y se acelerara de felicidad—. El odio siempre engendra más odio. En verdad, el odio conduce a la destrucción. Deberíamos plantearnos qué queremos lograr en nuestras vidas. Ya hay demasiada crueldad fuera para tratarnos así. ¡Anda, ven aquí! —me dice mientras ya tiene a Ana entre sus brazos. Quiere que me una a ellas.

Yo me abalanzo sobre ambas y nos fundimos en un abrazo en el que se puede palpar una mezcla de ansiedad, desconsuelo y algo mucho más fuerte y reparador: esperanza. Noto cómo alguien me acaricia el pelo y creo que no es Carmela. Eso me hace abrazarlas más fuerte. No quiero moverme de aquí. Quiero inmortalizar este instante para siempre. Aunque el momento se desbarate pronto con la frase de Ana:

—La última frase que has dicho es de Gandhi. No vayas de filósofa. —Lo dice riéndose no solo con la boca, sino con los músculos del contorno de los ojos. Nos separamos las tres para reírnos a gusto mientras Carmela añade:

—Había quedado de puta madre, maldita seas. Yo absorbo de los grandes para retransmitir mi sabiduría. —De repente empieza a hacer el gesto ese con las cejas. Las tres nos desternillamos de risa, y yo me tiro al suelo para poder hacerlo a mis anchas.

En cuestión de segundos, ya tengo a Carmela encima de mí haciéndome un placaje con las piernas y exigiéndome que me rinda. Eso hace que no pueda parar de reírme, tanto que me ahogo con mi propia saliva. Tengo que ponerme de lado para no morir literalmente de la risa. Ella continúa con su placaje y dando palmadas en el suelo, contando los segundos mientras me retiene. Cuando cuenta hasta cinco, yo ya tengo agujetas en los abdominales y se me ha desencajado la mandíbula. Ella se levanta triunfal dando saltos a un lado y al otro con los brazos en alto en señal de victoria.

—Sexi Carmela consigue aplacar a Dulce María durante cinco segundos. El público ruge de emoción y solo desea que Dulce María no se haya orinado encima —recita con tono de comentarista de lucha libre mientras baja los brazos y los coloca en sus rodillas, al mismo tiempo que le resbala la melena por un lado—. Después de esta muestra clara de lucha libre me voy a ir retirando, que he quedado con un friqui de Nueva Zelanda para pegarle una paliza por Internet —nos dice justo antes de acomodarse el pelo hacia atrás y masajear la cadera como si hubiera hecho un gran esfuerzo.

Observo que Ana ni se levanta siquiera para despedir a Carmela. Tal vez siga cavilando las reflexiones de esta tarde. O quizá se haya vuelto tan maleducada que prefiera despedirse desde el sofá con la mirada perdida. Mi exaltación hace que me levante de un brinco para acompañar a nuestra querida Carmela hasta la puerta. Luego se coloca su bolso y encara su bici. Cuando ya ha bajado los escalones que dan a la calle, se da la vuelta y ondea su manita muy rápido mientras me suelta su gran frase de despedida:

—¡Adiós, sexi, nos vemos pronto! —Creo que desde que soy adolescente recuerdo esa frase de despedida. A veces, le añade un baile. Otras, un movimiento soez, incluso un azote que se da a sí misma. Depende del día.

Cierro la puerta de madera mientras la observo irse en la bici que tanto adora. Bajo la mirada y la subo poco a poco. Me doy la vuelta hasta encontrarme con la figura de Ana, que observa con la cabeza ladeada, contemplando la situación o a mí, no sabría decir exactamente qué. No la he escuchado levantarse del sofá. A veces, es tan sigilosa como un gato. Pero está relajada, se lo noto. Me clava esos grandes ojos que tiene de largas pestañas negras, aún teñidas de la noche anterior. Da la sensación de que vaya a articular alguna palabra. Pero de repente abre los labios, suelta un suspiro y me abraza con desesperación. Percibo que está llorando. Intento separarme para confirmar si son lágrimas lo que está mojando mi chaqueta de punto gris. Ella no permite que me separe y acepto que esté pidiéndome perdón con el cuerpo. Soltando el lastre de todas las emociones que le desbordan. Acojo sus sentimientos con mucho gusto. Por fin creo que puedo aportar algo a esta relación. Su hilo de voz hace que salga de mis pensamientos.

—Siento cómo te trato, María. Formas parte de mí, te aseguro que te quiero. Pero no me controlo. No sé cómo actuar contigo, de qué manera sobrellevar toda esta situación.

Eso no me lo esperaba. Es cierto que los días posteriores a las visitas de Carmela, Ana me trata mejor, me mima más y no me dice cosas tan horribles. Pero luego, a medida que pasa el tiempo, su actitud recupera lo que ya para nosotras es la normalidad, y mi ilusión de volver a ser una se desvanece con el alba de cada mañana. No obstante, esta es la primera vez que se expresa tan abiertamente. Me quedo helada sin saber qué contestar. Observo que mis manos y mis pies se enfrían y se me seca la garganta. Intento buscar un pensamiento de consuelo, alguna frase que le haga sentir mejor, pero no logro encontrarla. Me quedo inmóvil, abrazada a ella; no quiero que se rompa este hechizo. Pero a la vez me gustaría poder decirle alguna cosa que consolara el corazón de mi compañera de vida. Darle a entender que no tiene por qué aguantar tanto. Poder explicarle que las emociones no se pueden retener en el pecho esperando a que desaparezcan porque seguirán estando ahí oprimidas, alborotándose entre sí, deseando ser reconocidas y amadas. Estos pensamientos retumban en mi cabeza, pero opto por no darle una charla incómoda, que a ella le haría sentirse inferior por no poder mantenerla. Simplemente la abrazo más fuerte, dándole a entender que la quiero, ofreciéndole calidez y recibiendo sus emociones con todo mi amor.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
31 ocak 2025
Hacim:
210 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788491871163
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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