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Colección Investigaciones
20 años de estrenos de cine en el Perú (1950-1969)
Hegemonía de Hollywood y diversidad
Primera edición digital: octubre, 2017
© Universidad de Lima
Fondo Editorial
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Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima
Versión ebook 2017
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Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-410-3
Índice
Puesta en situación
Primera parte. Marco histórico
La década de 1950
Los años previos: la segunda mitad de la década del cuarenta
Estados Unidos: el afianzamiento del espectáculo y la culminación creativa
Se consolida la industria en Italia
Tradición y novedad en Francia
Ingreso del Japón al circuito internacional
Inglaterra: más que corrección
La representación latinoamericana: Argentina y México
Al otro lado del charco: España
Unión Soviética: el fin de una etapa
Alemania: de Sissi al Heimat film
El erotismo nórdico
India: una poderosa industria
Balance: clasicismo y modernidad en fundido encadenado
La década de 1960
La crisis de Hollywood
Autores y géneros populares en Italia
Francia: de la nueva ola al polar
Kurosawa, policiales y gidai-eika en el Japón
Inglaterra: del free-cinema a la casi absorción hollywoodense
Alemania: lo viejo y lo nuevo
Decadencia y nuevo cine en México
El panorama argentino
España: nuevo cine y géneros populares
Unión Soviética: el ‘deshielo’ y la qualité tradicional
Suecia: Bergman y otros nombres
Europa del Este: vientos frescos
Grecia: Cacoyannis
Balance: ¿la decadencia del imperio americano?
Segunda parte. La cartelera de estrenos 1950-1969
Listado de estrenos 1950-1969 (QR)
Listado alfabético por títulos (QR)
Listado alfabético por directores (QR)
Tercera parte. Tendencias, preferencias y franjas creativas
Tendencias cuantitativas
Cifras generales
Tendencias por país
Volúmenes de producción por país
Las distribuidoras en el mercado local
Cadenas de salas
Preferencias del público
Éxitos y preferencias anuales
Intérpretes y géneros favorecidos
Seriales, series y débil presencia peruana
Reestrenos y reposiciones
El look de producción
El estrellato
Otros géneros populares
Los documentales
La animación
Las franjas creativas
La irrupción del cine de autor a la europea
Variedad y calidad en la cartelera: la década 1950-1959
Variedad y calidad en la cartelera: la década 1960-1969
La censura
La cartelera alternativa: los cineclubes y la Cinemateca Universitaria
The End?
Referencias
Anexos
1. Listado de títulos adicionales
2. Totales de estrenos por año
3. Totales de estrenos por distribuidora
4. Totales de estrenos por país
Donde todo empezó: en recuerdo de ese viejo y destartalado que ya lo era entonces, mas no por eso menos querido, cine La Punta, donde en 1952, y con el deslumbramiento de la primera película que vi en mi vida, Tambores apaches, de Hugo Fregonese, se inició mi larga, gozosa e ininterrumpida andadura por las salas de cine, que ya superó los sesenta años.
Puesta en situación
I
En contra de lo que es un lugar común, el cine de Hollywood no siempre tuvo esa apabullante presencia en nuestro medio que se pudo apreciar entre 1915 y comienzos de los años cincuenta, y que se puede ver en estos días con la política “arrasadora” de los blockbusters. Para dar cuenta de esa coyuntura, en que se podía percibir algo así como una competencia de preferencias en la cartelera y que duró varios años, hemos escogido como materia de investigación los estrenos en salas comerciales en el periodo que va desde 1950 hasta 1969. Allí se podrá ver cómo ese claro dominio de la producción de los estudios de Los Ángeles fue disminuyendo de manera progresiva debido a la reducción del volumen de películas norteamericanas, pero sobre todo al aumento de la ‘cuota’ de otros países, sobre todo europeos.
Estas dos décadas, además, han tenido una importancia muy especial en el decurso de la historia del cine, pues si nos atenemos a las categorías estilísticas utilizadas en los círculos de la teoría y de la crítica cinematográficas, ellas corresponden a la culminación y al cenit del clasicismo1 y a la aparición de la modernidad y de las nuevas olas. Corresponden, también, a los cambios y efectos que se producen (o empiezan a producirse) en las industrias cinematográficas como consecuencia de la entronización paulatina de la televisión como el medio de comunicación de mayor alcance masivo.
Son años en los que, como nunca antes, el concepto de autor adquiere un realce que, en el paso de los años cincuenta a los siguientes, se ve fuertemente potenciado. Pero son años, también, en que se levantan géneros y subgéneros populares de gran irradiación, que no se generan en Hollywood, como la commedia alla’italiana, los peplum, de ese mismo país, el wéstern mediterráneo cultivado en Italia y España, principalmente, las películas de espías y agentes secretos que se producen en diversos países a partir del éxito de los primeros títulos de la serie dedicada al agente 007. Asimismo, las películas mexicanas de luchadores, las españolas de cantantes, las comedias alemanas, las cintas policiales y las de samuráis japonesas entre otras variantes, todas las cuales, en mayor o menor medida, llegan a nuestras salas y contribuyen a esa diversidad que no tuvo precedentes, al menos desde 1915, cuando la industria norteamericana se asentó de manera definitiva en las pantallas de todo el continente, ni tendrá tampoco continuación en la historia de la cartelera local.
Por otra parte, son años en los que, progresivamente, y a medida que el propio concepto del cine de autor se fue consolidando en otras latitudes, se asiste a un incremento de películas que corresponden a esa franja, casi siempre minoritaria en la producción industrial y ocasionalmente de origen independiente de las grandes casas de producción. También en el Perú se pudo comprobar, no el afianzamiento, pero sí una mayor presencia de un cine que en la mayor parte de los casos pasó esporádicamente por la cartelera de estrenos y fue a alimentar el circuito de cineclubes, particularmente activo en los años sesenta.
Es verdad que, además del volumen de películas de producción norteamericana, debe considerarse el de las cintas de otros países que traían las grandes distribuidoras de Hollywood que operaban en el Perú –Metro Goldwyn Mayer (MGM), Fox, Paramount, Warner, Universal, Columbia y United Artists–, con lo cual la evaluación varía. Es decir, las cintas de Hollywood se situaron, de manera más marcada en el curso de los años sesenta, debajo del 40 % y a veces del 30 % del total de los estrenos anuales, pero las distribuidoras norteamericanas no solo lanzaban títulos de esa nacionalidad, sino muchos provenientes de Inglaterra, Francia, Italia y otros países, inclusive México. Las películas de Cantinflas eran distribuidas por la Columbia Pictures desde inicios de los años cuarenta, por señalar un ejemplo relevante.
El poder de las majors se complementaba, entonces, con obras de otras industrias nacionales, lo que –si asignamos las películas al origen de las distribuidoras– le confiere un porcentaje bastante más elevado que si consideramos únicamente la producción norteamericana. Cintas francesas protagonizadas por Jean Gabin o por Jean-Paul Belmondo que venían con el sello de la MGM y otras, son una muestra de la capacidad de las compañías norteamericanas para ampliar, más allá de los criterios “nacionales” de otrora, el origen del material distribuido.
Asimismo, habría que considerar el volumen de la asistencia de público y los ingresos obtenidos por cada película en su circulación por Lima y provincias, información muy difícil de obtener, pues no hay documentos ni estadísticas accesibles o que puedan considerarse útiles para un levantamiento mínimo. Se puede suponer ese predominio a partir de ciertos indicadores, sobre todo el tiempo de permanencia en la ronda de estrenos y la aceptación preferente de filmes procedentes, en un número superior, de Estados Unidos, lo cual avala la impresión que se podía tener de su presencia mayoritaria en el mercado local.
Lo señalado en los dos párrafos anteriores no puede soslayarse de ninguna manera y sería erróneo pretender minimizar la presencia que, por el éxito de algunos títulos y su intensa difusión a través de las semanas y los meses, tuvo la producción norteamericana y, además, la fuerza de las compañías distribuidoras de ese país al sumar a esos títulos propios los que provenían de otros países. Cualquier conclusión que se limite a sumar simplemente películas por país estaría equivocada. Si aquí queremos hacer notar que hubo una diversidad no vista ni antes ni después no es con la intención de apañar el dato contundente e inapelable del dominio de la distribución norteamericana.
Ese dominio, con altibajos, se va a mantener en las décadas siguientes, hasta que se afianza en el curso de los noventa con la aparición de las multisalas y de los complejos, nacionales o transnacionales, que las gobiernan. Las multisalas van a establecer una clara línea de separación con el pasado, pues la formación de los circuitos de programación, desde los tiempos pioneros de las primeras décadas del siglo XX, favorecieron una cierta dispersión de propietarios, aun cuando se formaran empresas como Cinema Teatro, de la familia Prado, que poseían, comparativamente, un volumen mayor de salas. La propiedad de los cines, en todo caso, estuvo muy parcelada, tanto en Lima como, en mayor medida aún, en las ciudades y pueblos de provincia que contaban, en casi su totalidad, con una o más salas, dependiendo de la extensión urbana cubierta. Arequipa, Cusco, Trujillo o Piura, entre otras, contaban con un número más alto de cines que la mayoría de las demás capitales provincianas. Pero incluso una ciudad comparativamente más pequeña como Ica albergaba varios de los llamados cine-teatros, aunque el espectáculo teatral estuviese casi siempre ausente. La denominación de Cine Teatro tuvo mucha fuerza desde la década de 1910 porque se construyeron salas de cine a imagen y semejanza de las de teatro y algunas de ellas ofrecían temporadas teatrales que eran seguidas por otras en las que se proyectaban filmes.
Unas pocas distribuidoras extranjeras tuvieron cines propios en Lima (el cine Metro o el llamado Paramount Tacna, por ejemplo, que pertenecieron a la MGM y a la Paramount, o el Central, que perteneció a la Warner) y no hubo entre nosotros nada equivalente al poderoso consorcio Cine Colombia que, desde hace mucho, es dueño de una buena parte de las salas colombianas, antes y después del corte que supone la llegada de las multisalas. Por otro lado, aquí y en todas partes se estructura una pirámide que tiene en la parte superior a las salas de estreno y en la base ancha a las llamadas salas de barrio. Aun cuando una parte de estas últimas se integrara ocasionalmente a los circuitos de estrenos o que, de modo independiente, estrenaran títulos de menor rendimiento potencial, la amplitud, calidad arquitectónica y la ubicación de las salas en la ciudad era muy reveladora de esa diferenciación.
Los cines de estreno se ubicaban en el centro de Lima (y en los centros históricos de las capitales y ciudades de América del Norte, Centro y Sudamérica) en perímetros más extensos, con fachadas y marquesinas más ostensibles, mayor aforo, comodidad de las butacas, tamaño de las pantallas, etcétera. Estas salas ofrecían preestrenos, muchas veces en funciones de medianoche los viernes y sábados, matinales con cintas de animación los domingos, entre otras “ofertas” propias. Los cines de barrio, en cambio, estaban, en el caso de Lima, en los distritos donde, con el correr de las décadas del siglo XX (antes de la explosión demográfica y urbana que se va acentuando en el curso de los años sesenta) se fue concentrando la mayor parte de la población: empezando por la cercanía al Centro, el Rímac, La Victoria, Breña, Jesús María, Lince, Magdalena, San Isidro, Miraflores, Pueblo Libre, San Miguel, Barranco y Chorrillos. Aunque unas cuantas eran bastante grandes, la dominante en estas salas fue su tamaño reducido y su aire de espacio vecinal. No eran salas que lucieran la distinción de las primeras y había una marcada diferencia en los precios; tenían sus propias estrategias de marketing: los lunes femeninos o los martes sociales, con entradas rebajadas, intentaban compensar la debilidad de los días de menor asistencia potencial.
Además de dar cuenta del interés que reviste la etapa que cubrimos por las razones expuestas, debo mencionar lo que ella significó en mi propia historia y por eso yo diría que este es un trabajo que tiene una carga más notoriamente autobiográfica que otros anteriores míos, que también la tienen, claro. A inicios de los años cincuenta se produce mi encuentro con el cine. Son años de deslumbramientos, de fogonazos que permanecerán en la memoria, de ansiedad creciente por ver el mayor número posible de películas. Desde 1957 lo primero que he hecho todos los jueves de mi vida, a no ser que estuviera fuera del país, es enterarme o confirmar avisos previos de los estrenos de la semana, sobre todo en las páginas del diario El Comercio, costumbre que se ha mantenido incólume hasta hoy. En los años sesenta se afirma la vocación cinéfila activa y se perfilan las actividades que la materializan: el cineclubismo, la crítica y la docencia.
La experiencia de todos esos años, por más que en los primeros fuese todavía un chico que no podía discernir más allá del envolvimiento emocional que me producían los filmes, constituye una ventaja para efectos de la investigación que he realizado, pues tuve un conocimiento “directo” de las películas que se catalogan, si no por haberlas visto todas (que no es así en absoluto), sí por saber de ellas, por haber visto los posters o los stills (las fotos) al menos en los diarios u otras publicaciones, si no en la entrada o en el lobby de las propias salas, con la avidez del coleccionista que descubría semana a semana y a veces día a día las novedades que se anunciaban. Desde comienzos de 1958 el “conocimiento” pasa por el registro escrito de los estrenos en unos cuadernos (primero a lápiz), aunque ese registro muy poco me ha servido para efectos de este libro, pues se limitó en los primeros años a los títulos locales y a los actores principales, quedando fuera tanto el título original como otros datos relevantes y, pese a intentarlo, no siempre consignaba el íntegro de los estrenos. Hacia 1961 empecé a agregar a los directores, pero sin hacer propiamente fichas, hasta que, cuando empezamos a publicar la revista Hablemos de Cine a comienzos de 1965, dejé de hacerlo confiando en que alguno de los colegas se animara a emprender la tarea. Recuerdo haber tratado de convencer, en primer lugar, a Juan M. Bullitta, y luego, en etapas posteriores, a Nelson García, a José Antonio Portugal y a Alberto Choy, pero ninguno quiso dar el paso. La lección de esa experiencia fue muy clara y no seré el primero en decirlo: si se quiere hacer algo que está a nuestro alcance, uno mismo tiene que hacerlo y no esperar que otros lo hagan.
Ese registro escrito alimentó el lado de la afición que se aboca a la memorización del dato exacto, el título, el año de producción, la filmografía de directores y actores, etcétera. Aquí está, probablemente, el componente que de forma más notoria pone en evidencia el rasgo ‘filatelista’ del cinéfilo y el mío propio. Desde muy joven me interesé por la retención de títulos y nombres de intérpretes. Conocí a Carlos Rodríguez Larraín, más tarde uno de los fundadores de Hablemos de Cine, compitiendo con él, en los patios del colegio San Isidro, en el listado del mayor número posible de actores de Los diez mandamientos, La vuelta al mundo en ochenta días y otros títulos con profusión de intérpretes. Me interesé desde chico por hacer ese “mapeo” de las películas y, de modo puntual, de los estrenos en el Perú. Finalmente, eso se logró, parcialmente, con el trabajo de Violeta Núñez en los años noventa, que apoyé en todo lo que pude y que mencionaré más adelante, hasta que, con la investigación que ha dado lugar a este libro, se presentó la oportunidad (nunca es tarde) de hacer mi propio aporte en la pesquisa.
Por cierto, ese vínculo personal, por fuerte que sea, no va a aparecer de manera explícita en este libro, pues, salvo en un pie de página, no habrá anécdotas privadas ni relatos de hechos vividos en mi contacto con las películas. Por más que se desplieguen datos y comentarios que me conciernen de manera muy personal, no es en absoluto un libro autobiográfico. Eso, en todo caso, podrá ser materia de otra publicación con un carácter distinto, pues de lo que aquí se trata es de un trabajo de investigación que intenta ofrecer un cuadro panorámico o, dicho de otra manera, una “secuencia de montaje”, que muestre lo que se vio en esos tiempos. Digo lo que se vio y no cómo se vio, pues eso sobrepasaría nuestros objetivos. Se pueden plantear algunas hipótesis al respecto, pero allí no apunta nuestro trabajo que, si permite que luego se utilice el material para ulteriores investigaciones, nos hará quedar muy satisfechos.
Hay que decir que, aunque haya aspirado a la mayor exhaustividad, no ha sido posible conseguirla. La cartelera del diario El Comercio ha sido revisada día tras día, desde el 1 de enero de 1950 hasta el 31 de diciembre de 1969, sin que eso signifique que no se hayan hecho incursiones en los años anteriores al marco temporal investigado para indagar por posibles lanzamientos previos que podían pasar como estrenos de los años reseñados. También el diario La Prensa ha servido para cotejar algunos datos dudosos. Aún así, no contamos con el 100 % de los estrenos, pues no todos pasaban por la semana de rigor a partir de cada jueves (y, eventualmente, otros días) ni tampoco todos recurrían al cartel ahora casi ausente en las páginas de espectáculos. Algunas cintas se estrenaban sin anuncio en alguna sala de barrio y otras en salas de provincias y luego llegaban a Lima. Había a veces errores en los datos consignados en la cartelera e, incluso, confusiones de títulos y no digamos de intérpretes, cuando los nombres eran colocados en los pequeños recuadros correspondientes a cada película. En esos años el listín se limitaba al título y a los actores y el poster, eventualmente, podía consignar el título original, especialmente en las películas norteamericanas, o el director, pero no en la mayoría de los casos.
Se han dejado de lado, para efectos del trabajo, los reestrenos en copias nuevas y las reposiciones cercanas de títulos estrenados tiempo atrás. La política de reestrenos fue habitual, aquí y en otras partes, durante varias décadas y han sido las multisalas, la difusión televisiva y la ampliación del mercado de video de consumo familiar, las que han venido a cerrar prácticamente su existencia2. Quienes vivieron en el marco temporal que cubre este trabajo pueden dar cuenta de la presencia constante de películas del pasado, en su mayoría norteamericanas, que circulaban en los cines de barrio después de su reestreno en las salas principales. Como ocurrió después con la televisión, la muerte de un actor o actriz podía ser uno de los motivos para reponer o reestrenar una porción de sus películas. Pero había políticas de reestrenos que se gestaban desde las oficinas centrales de las distribuidoras en Los Ángeles.
No habrá fotos en el libro, pese a que el material se prestaba como pocos para la ilustración del enorme caudal de títulos mencionados, mejor aún incluyendo los posters periodísticos. Las fotos de filmes hubiesen requerido el derecho de usarlas, previa negociación, no así los posters si se extraían de diarios o revistas, con la indicación de la fuente. La calidad visual no hubiese sido la misma, pero era lo más indicado tratándose de estrenos. Tal vez más adelante, en una versión incorporada a la Internet, pueda intentarse colocar el poster al lado de la ficha, lo que es factible en la mayor parte de las películas, aunque sería una ímproba tarea la de fotografiar uno a uno los carteles periodísticos.
Una buena parte del trabajo se ha concentrado en la búsqueda de los datos faltantes, facilitada hoy en día por una base de Internet como la International Movie Data Base (IMDB), que ofrece una cantidad de información que, sin duda, favorece este tipo de investigación, la cual hace pocos años hubiese encontrado serios escollos por la ausencia, precisamente, de una base de datos suficientemente amplia y abarcadora. De cualquier modo, la IMDB no es infalible ni lo cubre todo, por lo que hay que buscar otras fuentes complementarias. Aun así, cuando la información del periódico se reduce a un título en castellano, sin director ni actores (por ejemplo, en el caso de los documentales) es extremadamente difícil la identificación y eso ha ocurrido, afortunadamente, solo con una muy pequeña parte de los más de 10 000 títulos catalogados.
Quiero aclarar que, aunque el trabajo aporta datos para un conocimiento del desarrollo de la exhibición fílmica en el Perú, y sin duda tiene que ver directamente con la historia del cine, no es producto de una investigación histórica propiamente dicha, para la que se hubiese requerido un instrumental distinto y una búsqueda mucho más exhaustiva y prolija en hemerotecas, archivos, documentos y otras fuentes. No soy un historiador del cine y la perspectiva en que se sitúa este trabajo es la del analista que registra, observa y comenta la cartelera limeña durante veinte años, dejando de lado el abordaje metódico de los asuntos que competen a la distribución y a la exhibición, apenas tratada en el trabajo.
II
La década del cincuenta fue para el cine de casi todas partes, pero especialmente para el norteamericano, un periodo de auge comercial y expresivo, y aun cuando la televisión trajo consigo una disminución inicial en la asistencia a las salas en el enorme país del norte, la industria supo capear rápidamente el temporal y las innovaciones que introdujo se difundieron en todos los continentes. Ese periodo de auge se verá jaqueado, sin embargo, por factores de descomposición interna y por la aparición de movimientos renovadores y de propuestas estéticas que redefinen algunos conceptos que parecían casi inamovibles en los ámbitos de la producción y de la exhibición de películas.
Mientras tanto, en el Perú, sin televisión comercial hasta fines de 1958, el espectáculo cinematográfico mantiene en esos años la adhesión dispensada por el público desde las décadas anteriores. Aquí se reproducen los grandes éxitos de taquilla, a la par que las innovaciones tecnológicas incorporadas en las salas de todo el mundo. Aumenta de modo significativo el volumen de títulos estrenados. Ninguna década, como la del cincuenta, tuvo tantos estrenos en salas y no provenientes en su inmensa mayoría de las canteras hollywoodenses, como ocurre en las dos últimas décadas, desde la implantación de las multisalas. En los años cincuenta hubo incluso una disminución del volumen global de estrenos norteamericanos en relación con la década de 1940, en la que se sitúa el mayor volumen (récord histórico en el Perú, nunca superado) de estrenos de ese país. Por otra parte, los años cincuenta mantuvieron una fuerte presencia de la producción mexicana y mostraron un incremento significativo de cintas procedentes de España, Italia, Francia, Inglaterra, Alemania y, en menor medida, de otros países, como Suecia, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Japón.
Asimismo, en los años cincuenta hubo un aumento de cines, tanto en el centro de Lima, como el muy apreciado arquitéctonicamente Tauro (véase el libro Ilusiones en la oscuridad (Mejía, 2007), el Venecia, el Lido, el Roma (muy novedoso en su momento) como en los distritos de la capital: en La Victoria se edifican los enormes El Porvenir, el primer cine de estreno de ese distrito, y el Coloso; en Miraflores, El Pacífico y el Alcázar, dos de los exponentes de la modernidad; en Jesús María, el San Felipe, sin que esta sea una relación completa.
Ese incremento de estrenos y de salas permitió, mal que bien, estar en contacto con algunas expresiones de los nuevos vientos que soplaban, especialmente en Europa, distintas de las que había habituado el enorme predominio de las películas norteamericanas y, en menor medida, mexicanas y argentinas de las dos décadas anteriores. Asimismo, el pequeño movimiento cineclubista que se abre a partir de 1953, y que logra una mayor extensión en los años sesenta, contribuye a configurar un panorama variado nunca antes visto.
En los años sesenta la industria norteamericana experimenta una etapa de crisis que se va acentuando progresivamente hasta culminar con el desmantelamiento de los viejos estudios, mientras que las “nuevas olas” se consolidan. La noción de “cine de autor” se asienta y la vieja afición “cinemera”, centrada en el culto del actor y del género, empieza a mutar en la novedosa “cinefilia”, más selectiva y exigente, así como más atenta a la figura del director. Si bien, el predominio de la producción norteamericana sigue firme, la presencia de otras cinematografías se diversifica y el volumen de cintas mexicanas aún se mantiene de modo considerable, lo que no ocurre con las argentinas.
El propósito de este trabajo es efectuar una mirada paralela al cine que se hace en el mundo durante esos veinte años y al que se exhibe en el Perú, aunque la atención se centrará en el espacio de la capital. No hemos acometido la ímproba tarea de revisar los diarios, al menos de las capitales de provincia. Sin embargo, se puede presumir, casi sin margen de error, la alta probabilidad de que durante esos años alrededor del 90 % de los estrenos en salas de Lima se veía también en las de provincias y pueblos3. Es decir, existía una circulación continua a lo largo de todo el territorio de cintas que permanecían en las bóvedas de las empresas distribuidoras por varios años, de títulos que se reponían o se reestrenaban en copias nuevas y que circulaban constantemente, alimentando la afición. Son los tiempos en que es notoria y marcada la diferencia entre salas de estreno y de barrio, aun cuando, como hemos señalado, estas últimas también eventualmente estrenaban películas. En el curso de los años sesenta las cosas cambian parcialmente, pues algunos circuitos se abren en mayor medida a los cines de barrio (con los westerns italianos, por ejemplo, estrenados simultáneamente en muchas salas). Eso se reduce más adelante hasta el desmantelamiento de las salas, el que aun cuando se inicia en los años setenta llega al punto abismal a mediados de los años noventa, cuando la aparición de las multisalas configura un cuadro muy diferente del que predominó a lo largo de setenta o más años.
En alguna medida, el espacio de la exhibición local funciona como un “filtro”, limitado, parcial, insuficiente, pero “filtro”, al fin y al cabo, de las tendencias de las cinematografías occidentales más productivas. Algunos géneros populares de las cinematografías europeas, sobre todo de la italiana, se asientan en Lima y provincias. Incluso, Lima se convierte un poco más adelante, en los años setenta, en un lugar para la exhibición de filmes de la India, más que cualquier otra ciudad de la región. Y esas películas circulan también en salas de las provincias. Por cierto, el volumen gigantesco de esa cinematografía, muy por encima, como se sabe, del que se producía en los estudios hollywoodenses, llegó a cuentagotas, pero aun así no es desdeñable la adhesión que logran tener en un cierto ámbito del público. Un antecedente de ese éxito está en dos títulos de enorme capacidad de convocatoria a inicios de los años sesenta: Mendigar o morir y Madre india.
Para efectos del trabajo vamos a seguir la línea cronológica de las dos décadas, consignando uno a uno los estrenos de filmes de largometraje en salas comerciales, y mencionando más adelante las exhibiciones de películas ofrecidas por embajadas, centros culturales, cineclubes u otros, incluyendo algunas que allí se estrenaron. Antes de ofrecer esa base de datos se hará una reseña de lo que ocurre en la producción y la exhibición internacionales a lo largo de los veinte años, y también las circunstancias y los hechos de mayor relieve asociados, adelantando el cotejo, en lo que cabe, con lo que se deja ver en las pantallas fílmicas locales.
¿Por qué la división por décadas? Porque resulta práctica y manejable, como se ha demostrado en innumerables trabajos y porque permite rastrear comunes denominadores, líneas de producción, tendencias… Sin embargo, una vez más hay que decir que esa división es relativa y discutible, pues algunas de esas tendencias o líneas de producción vienen de antes o se prolongan más adelante. Es decir, las separaciones son aproximativas y se utilizan aquí por razones pragmáticas, para facilitar el acercamiento al periodo cubierto.
En lo que se refiere al criterio para la fijación de la década me ciño a lo que se ha venido aplicando en el lenguaje periodístico y ensayístico, y no a lo que define el rigor cronológico. Es decir, cuando hablamos de los años cincuenta y sesenta son los que empiezan por el dígito acompañado del cero. Es lo que se encuentra en todas las historias, enciclopedias y diccionarios de cine que conozco y no pretendo cambiar lo que es una convención ampliamente establecida.
Esa misma convención fija las coordenadas del primer trabajo de registro de la cartelera hecho en un país de América Latina, el que iniciaron Jorge Ayala Blanco y María Luisa Amador con la cartelera mexicana del periodo 1930-1939, publicado por la Filmoteca de la UNAM en 1980. A ese volumen han seguido a lo largo de treinta años otros siete, cubriendo en total prácticamente ocho décadas, pues el volumen que corresponde a la década de 1910, que ha sido el último en publicarse, abarca el periodo que va desde 1912 hasta 1919. ¿Por qué 1912 y no 1910? Porque el registro se limita a las películas de largometraje (lo mismo que haremos nosotros) y los autores no encontraron en los dos años anteriores ningún título que pudiese ser considerado tal. Finalmente, Ayala y Amador han hecho una edición digital con los datos corregidos y aumentados cubriendo el periodo que va desde 1912 hasta 1990. Razones de complejidad logística, por la multiplicación de títulos ofrecidos en muestras y ciclos de la Cineteca Nacional de México y otras instituciones, inhibieron a los autores a cubrir la última década del siglo, lo que hubiese redondeado el alcance del trabajo.
El otro emprendimiento realizado en América Latina corresponde a un investigador uruguayo, Osvaldo Saratsola, cuyo archivo cubre la totalidad de las películas estrenadas en su país desde 1929 y que no pasó por ediciones impresas, sino que fue incorporado directamente a una página web de Internet. Saratsola falleció sorpresivamente en el 2004, pero la página es permanentemente actualizada por la Cinemateca Uruguaya, que tiene a su cargo el mantenimiento de ese archivo documental (Saratsola, 2000).
Tanto la cartelera mexicana como la uruguaya (ni Argentina ni Brasil disponen de esa valiosa fuente documental o, al menos, no se ha publicado, que se sepa, nada orgánico al respecto) se limitan al acopio de fichas básicas de los estrenos y solo la mexicana proporciona índices de datos extraídos de la propia información ofrecida. Pero no hay comentarios ni análisis, ni se hace ninguna evaluación a partir de la información ofrecida.
También entre nosotros se inició –en los años noventa y en la Universidad de Lima– un trabajo de recopilación de datos sobre estrenos a cargo de la historiadora de cine Violeta Núñez Gorriti con un pequeño grupo de colaboradores, que dio lugar a un primer volumen sobre los años 1930-1939, publicado en 1998. Más adelante, la autora, por su cuenta, publicó otro volumen del periodo 1940-1949. En el trabajo de investigación realizado se llegó a cubrir también el periodo 1950-1959, pero ese material no ha sido aún editado (Núñez, 1998 y 2006). Por su parte, Eduardo Gutiérrez (2003) ha publicado un registro cronológico (sin índices) de estrenos del periodo 1990-1999 y tiene en preparación registros similares de los años setenta y ochenta, así como una ampliación de la última década del siglo pasado, todos con índices complementarios.
En todo caso, y hasta donde tengo conocimiento, el nuestro es el primer trabajo que se propone, en nuestra región al menos, comentar y analizar las tendencias de la programación fílmica comercial durante un periodo amplio.
III
Cualquier exploración de la cartelera limeña a lo largo de veinte años y de lo que se muestra en ella, requiere de una necesaria ubicación en el tiempo. Por lo tanto, no se puede prescindir del estado de la cartelera en las décadas anteriores. Al respecto, no se ha trabajado aún la cartelera local en el periodo silente, pero, como se indicó, sí se ha hecho con las décadas del treinta y cuarenta en dos volúmenes que ordenan los estrenos con los datos básicos, similares a los que empleamos en este trabajo y con índices muy útiles en la parte final de cada uno de ellos. El registro de los estrenos que van de 1930 a 1949, y los índices, no se vieron acompañados por el comentario o el análisis de las tendencias que se percibían, lo que no reduce la utilidad del material consignado por los datos que ofrece y por las pistas que de ellos se desprenden y que nos sirven enormemente para trazar el panorama previo al que corresponde a nuestro objeto de estudio.
De acuerdo a la relación que se establece en Cartelera cinematográfica peruana 1930-1939, fueron 3698 las películas estrenadas durante ese periodo (Núñez, 1998, p. 373). La cifra, por supuesto, admitiría correcciones, pues ningún trabajo de este tipo –y el nuestro no será una excepción– podría dar cuenta en su totalidad de una programación con títulos que a veces ni siquiera se anuncian en los periódicos y la fuente principal de la búsqueda está precisamente en los listines y los avisos de los diarios, a falta de otras fuentes documentales que permitan explorar exhaustivamente la circulación de títulos en la cartelera. Cabe aclarar que desde 1925, y por casi sesenta años, se publicó una revista asociada al negocio cinematográfico local, La Semana Cinematográfica, con amplia información acerca de estrenos, inauguraciones de salas, ingresos en taquilla, etcétera. Sin embargo, ni siquiera en la Biblioteca Nacional es posible encontrar la colección completa y apenas hay ejemplares sueltos que no permiten organizar la información.
En otras palabras, fuera de los diarios, no existen registros conocidos o conservados efectuados por las empresas distribuidoras o por los organismos del Estado que supervisaron desde 1927 hasta 1980 cada uno de los estrenos de la cartelera local. Si alguna de esas fuentes existiera, no es de fácil acceso y todo hace pensar que se perdieron. Las entidades gremiales que agrupaban a distribuidoras y a salas de cine dejaron de existir hace dos décadas o más y no hay indicios de que puedan haber dejado materiales de documentación. La misma revista Variety4, a la que consultamos acerca de varios rubros de nuestro trabajo, no pudo proporcionarnos datos que se pudiesen tomar en cuenta, lo que exigiría acercarse a los archivos de esa publicación, pues no son accesibles en internet. Otras fuentes posibles, como los apuntes de algunos aficionados, no ofrecen las suficientes garantías. Un registro de estrenos llevado a cabo durante muchos años por el coleccionista Antar Giacomotti estaba lleno de omisiones y, por tanto, no podía ser tomado en cuenta para un trabajo que como este aspira a la exhaustividad, aunque finalmente no pueda llegar a ella.
La cifra establecida en la cartelera cinematográfica mencionada se aproxima, sin duda, a lo que fue el volumen íntegro de estrenos en los años treinta. Si la comparamos con la cartelera cinematográfica mexicana de esa década, la nuestra es una cifra mayor, pues en México se consignan 3141 estrenos (Amador y Ayala, 1980, p. 276) frente a los 3698 registrados en el Perú. De los 199 estrenos mexicanos de los años treinta, en Lima se reportan 167, solo 22 menos de los estrenados en el país de origen. De cualquier modo, llama la atención que el volumen global de estrenos sea superior en el Perú, teniendo México probablemente un mayor número de salas a lo largo de su territorio5.
En la década de 1940 se estrenan en Lima 4184 películas (Núñez, 2006, p. 397), mientras que en México el total es de 4137 (Amador y Ayala, 1982, p. 378). Otra vez, con un probable mayor volumen de salas, México estrena menos filmes que el Perú. Cierto, son los años más fructíferos de la industria del norte y la sucesión de éxitos comerciales hizo seguramente que la permanencia en cartelera del material nacional fuera más prolongada, limitando estrenos de otras procedencias. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, además, disminuyó el volumen de estrenos norteamericanos. Mientras que en México son 626 cintas de producción local las que se ofrecen en esos diez años, en Lima son 519 de esa procedencia, lo que constituye un volumen bastante apreciable de la totalidad de estrenos nacionales en México (un 85 %). La cantidad de estrenos mexicanos en Lima será aun mayor en la década de 1950.
Es ilustrativo señalar, siempre de acuerdo a los datos de las carteleras de Violeta Núñez, que en la década de 1930 se estrenaron 112 películas argentinas y 354 en la de 1940 (Núñez, 1998, p. 373; 2006, p. 397). De acuerdo a los datos consignados por Octavio Getino 171 fue el volumen de largometrajes estrenados en Argentina en los años treinta y 394 en la década siguiente, lo que significa, nuevamente, que un alto porcentaje de esa producción se exhibió en nuestras salas (Getino, 2005, p. 363). No se cuenta con datos confiables de estrenos extranjeros entre 1930 y 1944 en Argentina, por lo que no podemos aplicar una comparación similar a la que hemos hecho entre México y el Perú. De acuerdo al mismo cuadro que ofrece el libro de Getino, entre 1945 y 1949 se estrenaron en Argentina 1856 cintas extranjeras, las que sumadas a las argentinas de ese periodo arrojan la cifra de 2038 títulos. En ese mismo periodo en el Perú se estrenaron 1991 filmes, lo que hace una cifra muy cercana a la argentina. También en este caso, hay que considerar la superioridad argentina en cantidad de salas, lo que no se expresa en una cifra mayor de estrenos, lo que haría pensar también en una duración mayor de las películas nacionales en las salas argentinas, en un periodo en que hubo, ciertamente, una asistencia masiva, si no a todas, sí a una parte considerable de las cintas de género de ese país.
Con todas las reservas que se puedan formular a los listados de estrenos anuales, queda bastante claro que Lima fue una plaza no solo importante para las películas mexicanas y argentinas; lo fue para la exhibición del cine en general, con un volumen de estrenos que, al menos en los años cuarenta, igualaba prácticamente a los de México y Argentina, teniendo menos salas y un volumen de población bastante inferior a la de los dos países con los que estamos haciendo el cotejo.
En esas dos décadas el dominio de la distribución a cargo de las empresas norteamericanas es notorio. Más del 70 % de los títulos estrenados corresponden a las grandes y pequeñas productoras del país del norte.
Núñez fija en 2693 el volumen de estrenos norteamericanos durante la década de 1930, es decir, el 72,8 % del total de cintas estrenadas. A esas cifras hay que agregar 145 películas estadounidenses habladas en castellano (3,8 %) lo que eleva el porcentaje a 76,6; es decir, tres cuartas partes del grueso de la distribución. En la década siguiente la cantidad de largometrajes de Estados Unidos asciende a 2879, el 69,14 % del total. Y esta vez hay apenas cinco producciones habladas en castellano que aumentan a solo el 69,26 el porcentaje final. Si comparamos los porcentajes, vemos que se produce un descenso de 7,46 puntos porcentuales, descenso provocado por el notorio crecimiento de la distribución de películas mexicanas y argentinas.
El porcentaje de estrenos mexicanos pasó del 4,5 en la década de 1930 a 12,46 en la que vino a continuación. Un crecimiento ciertamente espectacular que corresponde, además, al periodo de mayor expansión del cine mexicano. Por su parte, la suma de estrenos argentinos arroja un porcentaje del 3,0 en los años treinta y de 8,50 en los cuarenta. En conjunto, la producción latinoamericana alcanza el 22 % (sumando cintas de otros países y coproducciones) en la década del cuarenta, casi tres veces más del 7,5 % obtenido en la década precedente.
Por otra parte, y esta es otra información muy valiosa de los libros de Violeta Núñez, el total de las películas europeas estrenadas en el Perú en los años treinta es de 520 (el 12,12 %) y en los cuarenta es de 354 (el 9,35 %) (Núñez, 1998, p. 373; 2006, p. 397). La razón de esta disminución está en la baja de la importación de cintas de esos países debido a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y no solo se sintió durante los años de la guerra, sino también en los siguientes. La guerra también incide, hay que decirlo, en la reducción de estrenos norteamericanos. Fue en los años de este hecho bélico que Estados Unidos le “dejó” a la industria mexicana una porción del espacio que venía cubriendo en los países de la región.
Más adelante se verá cómo esos repartos y esos porcentajes varían en las dos décadas siguientes, porque cambia la situación en las cinematografías europeas y los mercados latinoamericanos se abren a ellas como no ocurría desde los primeros tiempos (los años 1896-1914, aproximadamente) en los que la producción norteamericana, aún en formación, no detentaba la hegemonía mundial que va a lograr durante el periodo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Hasta ese entonces, la industria norteamericana, que dejó de controlar en 1911 el oligopolio de Thomas Alva Edison, competía con las europeas (Francia, especialmente, pero también Inglaterra, Alemania, Suecia, Dinamarca, Italia desde los primeros años de la década de 1910, etcétera). Hollywood no existió desde siempre y es recién en la década de 1910 que se establecen allí las compañías que cambiarán el curso de una producción de proyección internacional más competitiva y terminarán dominando el mercado mundial. Por cierto, los efectos de la guerra (en Rusia, “las guerras”) pondrán su parte en el debilitamiento de las industrias europeas que participaron más activamente en la contienda y facilitarán, en tal sentido, la expansión de una industria establecida ya en esa comarca de Los Ángeles antes despoblada.
Una aclaración final en esta ya extensa parte inicial. En el registro de la cartelera consignaremos en primer lugar el título del estreno en Lima y ese mismo título será el que se mencione en otros tramos de este trabajo. Lo hacemos con pleno conocimiento de causa. Me explico: muchos de los títulos, como se sabe, tienen muy poco o nada del original. En la mayor parte de los casos, sobre todo en las películas norteamericanas de las grandes compañías, y en las europeas u otras que estas distribuían, se establecía un título común para el mercado latinoamericano, impreso en los créditos iniciales por debajo del original. El título latinoamericano era con frecuencia distinto al que se escogía para el mercado de España que, a diferencia del latinoamericano que las subtitulaba, doblaba las películas a los usos del español hablado en la península. En América Latina no siempre coincidían los títulos de las películas norteamericanas, pero sí en la mayoría de los casos. Por ejemplo, Nido de ratas fue el título de On the waterfront, desde México hasta la Argentina, mientras que en España se tituló La ley del silencio, tal vez algo más cercano, si no al título original, sí al sentido de la película.
En cambio, en nuestros países coincidían mucho menos los títulos que llegaban a través de la distribución independiente y aquí, más aún que en los de la distribución norteamericana, se incurrió en barbaridades con el objeto de hacerlos más atractivos para el espectador que buscaba emociones ‘fuertes’. En el caso de las pocas películas de Godard que se estrenaron en el Perú, se cometieron al menos tres abusos: A bout de souffle se exhibió como Horas candentes, Vivre sa vie como La corrupción y Bande aparte como Iban por lana. En el caso de Una mujer casada se respetó la traducción del original porque resultaba llamativo, sugiriéndose, por cierto, que no era una casada fiel. La compañía Films International, que importaba numerosas películas francesas y de otras partes de Europa se especializó, prácticamente, en la puesta de nombres arbitrariamente escogidos o que destacaban indebidamente algún componente más o menos ‘escandaloso’ del relato. Uno de los abusos más clamorosos está en haber llamado Vergüenza sexual a lo que se puede traducir como La tragedia de una telefonista, del yugoslavo Dusan Makavejev. Cada lector podría hacer su propia antología de estas deformaciones, escogiendo a su gusto muchos de los que figuran entre los más de 10 000 títulos registrados.
Vale lo dicho: no haremos cuestión de estado por las arbitrariedades y abusos y mencionaremos el título de exhibición en los textos complementarios a la base de datos con las fichas básicas de los estrenos. Allí y en los índices se podrá buscar el original, cuando no se le reconozca en el texto.
Se ha tomado la decisión de que vaya impresa solo la parte correspondiente al texto y algunos anexos. La cartelera, con las fichas de las más de diez mil películas, así como el índice de títulos y el índice de películas por realizador se incluyen aplicando el procedimiento QR. El volumen total en papel hubiese tenido 1700 páginas. Sobran explicaciones para justificar dicha decisión.
Quiero destacar, finalmente, la labor de apoyo de Lorena Escala Vignolo en el registro de la base de datos, desde antes del inicio formal del trabajo, y también la de Grecia Alzamora y de Rocío López Güemes, que se incorporaron más tarde en la laboriosa elaboración de los índices. Por su parte, Tirso Vázquez ha puesto lo suyo, que no es poco, en la terminación de los índices. Asimismo, agradezco las indicaciones y sugerencias, siempre pertinentes, de Ricardo Bedoya, Emilio Bustamante y Federico de Cárdenas.
PRIMERA PARTE
La década de 1950
Los años previos: la segunda mitad de la década del cuarenta
La posguerra trae consigo cambios en el panorama del cine internacional. En Estados Unidos se incrementa la producción y la asistencia a los cines aumenta considerablemente. Douglas Gomery (1996) señala que en 1945 y 1946, “en términos de asistencia a las salas se establecieron máximos per cápita que nunca más se batirían” (p. 146). Dos hechos merecen destacarse en estos años. Uno de ellos es una decisión de la Corte Suprema en 1948, que privó a las compañías de las cadenas de salas que administraban, en lo que se supone un antecedente importante en la posterior crisis y, luego, transformación de los grandes estudios. La MGM y la Paramount, dos de las más poderosas majors, dependían en gran medida de esas cadenas. El otro es la llamada “caza de brujas” que se activa con la creación del Comité de Actividades Antiamericanas en 1947, y con ello el inicio de los procesos contra los supuestos comunistas o filocomunistas de la industria de Hollywood, que tuvo como principal “fiscal” al senador Joseph McCarthy y que además de perjudicar las carreras de varios directores y guionistas provocó divisiones y recelos en el seno de la comunidad cinematográfica en Los Ángeles y afectó incluso el curso de la producción por algunos años.
Es muy posible que una de las modalidades genéricas más prolíficas desde los últimos años de la guerra, la vertiente noir del género criminal, hubiese avanzado por otros derroteros si la persecución anticomunista no interfiriera su marcha. Aun así, esa vertiente va a continuar manteniendo vigencia, pero su fuerza va a ser decreciente y va a ir perdiendo fuerza a lo largo de los años cincuenta, en que otros subgéneros, los de espionaje o ciencia ficción, muy típicos del periodo de la Guerra Fría que se acentúa con el conflicto entre las dos Coreas, están presentes en la programación de las compañías. La expansión del color, asimismo, no favorece una modalidad genérica que se nutrió del blanco y negro de tonalidades neoexpresionistas. Otro género que alcanza un gran relieve durante los años de la conflagración es, precisamente, el de las películas de guerra, que va a continuar en los años siguientes, entremezclándose con otros géneros o extendiéndose en ellos. Un drama como Lo mejor de nuestras vidas, de William Wyler, o, más adelante, Vivirás tu vida, de Fred Zinnemann, son dos exponentes del peso emocional que el conflicto bélico mantiene después de su terminación y que se prolongará por un buen tiempo.
En esos años de posguerra se afianza un género de signo optimista, la comedia musical en color, que es obra principalmente de la Metro Goldwyn Mayer, en segundo lugar, de la Paramount, y con menor presencia, de otras compañías. También el género de aventuras, que como el musical, se afirma en el empleo del tecnicolor y que, igualmente, tiene una dominante afirmativa. Son dos géneros que van a continuar con energía en los primeros años cincuenta.
En Italia, la aparición de Roma, ciudad abierta, de Roberto Rossellini, en 1945, inicia sin pretenderlo un movimiento, el neorrealismo, la cual impregna una parte del cine italiano de los años siguientes y postula una concepción teórica del cine, distinta a la que había regido (y seguirá rigiendo) los designios de las grandes industrias de todas partes, que era la producción en estudios, con actores (“estrellas”, en muchos casos) protagónicos y narraciones argumentales organizadas en diversas matrices genéricas (como la comedia musical y el criminal) y subgenéricas (la corriente “negra” del criminal) para mencionar como ejemplo a las que acabamos de hacer referencia. Es verdad que la teoría y la práctica neorrealistas no siempre coincidieron, pues a contrapelo de una propuesta que apelaba a la sustitución de los estudios por escenarios naturales, de los actores por individualidades sin formación ni glamour interpretativos, y de los argumentos genéricos por historias extraídas de las circunstancias sociales de la actualidad, un balance de la producción neorrealista demuestra que lo filmado bajo el membrete del movimiento no siempre correspondió rigurosamente a los postulados teóricos. Más aún, coincidió en pocos casos de manera integral. No se ha establecido un balance definitivo de lo que fue el cine neorrealista, pero la producción que calificaría dentro de los términos que definen las características del movimiento es bastante menor de la que por mucho tiempo se consideró, a no ser que el término se aplique con esa elasticidad que a menudo se ha aplicado.
Aun así, películas como Paisá y Alemania, año cero, de Rossellini, Lustrabotas, Ladrones de bicicletas y Milagro en Milán, de Vittorio de Sica, La tierra tiembla, de Luchino Visconti, entre otras tienen una enorme resonancia internacional y contribuyen a instalar una denominación que seguirá teniendo si no vigencia sí un notorio reconocimiento a través de los años.
La industria británica se reafirma luego del fin de la contienda bélica, y la obra de sus principales creadores toma fuerza. Así, David Lean, con Breve encuentro, Grandes esperanzas y Oliver Twist; Carol Reed, con Larga es la noche y El tercer hombre; Michael Powell y Emeric Pressburger, con Escalera al cielo y Las zapatillas rojas. Los estudios Ealing inician un provechoso ciclo de comedias que en sus primeros años incluyen, entre otras, a Whisky Galore, de Alexander Mackendrick, y Los ocho sentenciados, de Robert Hamer. En Francia, cuya producción había sido menos afectada durante los años de la ocupación que la de otros países europeos en guerra, la producción se intensifica y se mantiene una cuota relevante para un cine de autor cuyos rasgos se van haciendo más ostensibles, como lo demuestran Jean Cocteau en La bella y la bestia y Orfeo, Jacques Tati en Día de fiesta, Robert Bresson en Diario de un cura rural y Jean-Pierre Melville en El silencio del mar, realizadores que, dicho sea de paso, operan un poco como lo que más tarde se conocerá como “independientes”, sin estar al margen del sistema. De cualquier modo, en el marco de las industrias fílmicas más importantes de Europa, Francia es la que mantiene una relativa continuidad que no pasa por los sobresaltos o los cambios de orientación que afectan a otras, especialmente a Alemania e Italia. Francia vivió la ocupación alemana, pero no se alteró sustancialmente la vida y la actividad en el país.
En la Unión Soviética los estudios y la infraestructura de salas se ven muy golpeados o amenazados durante la guerra y el volumen de producción disminuye, lo que se mantiene incluso en el periodo de la posguerra. Unas cuantas superproducciones dedicadas a exaltar la resistencia del pueblo ruso ante los embates de las tropas nazis se vieron poco fuera del enorme territorio del estado soviético. Apenas la segunda parte de Iván el terrible, conocida como La conspiración de los boyardos, que había sido filmada en 1944, y completada (la secuencia en color, por ejemplo) en 1946, constituye una excepción en términos de significación artística. Fue, como se sabe, la última película dirigida por Serguei M. Eisenstein, pues dejó sin hacer la tercera parte a causa de su muerte, en 1948. Sin embargo, la película fue prohibida y recién se estrenó en su país una década más tarde, cinco años después de la muerte de Josef Stalin.
España, bajo el férreo régimen franquista, logra un primer éxito internacional con Locura de amor, de Juan de Orduña, un melodrama de ambientación histórica que le da cierta visibilidad a una industria bastante enclaustrada en esos años. Alemania, dividida en dos naciones después de la debacle del nazismo –la República Federal de Alemania (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA)– intenta levantar progresivamente un nivel de producción que más adelante va a deparar algunas sorpresas, al menos en el terreno de la receptividad que alcanzan ciertos intérpretes y motivos que trascienden las fronteras nacionales, provenientes de la producción de la RFA. No ocurre lo mismo con la RDA, cuya proyección al mercado internacional es muy limitada.
México, ya lo adelantamos, experimenta unos años de bonanza en los que sus mayores figuras compiten con las que provienen del estrellato norteamericano. Mario Moreno ‘Cantinflas’, Germán Valdez ‘Tin Tan’, Pedro Infante, Jorge Negrete, Arturo de Córdova, Pedro Armendáriz, María Félix, Dolores del Río, Columba Domínguez, las rumberas María Antonieta Pons y Ninón Sevilla, entre otros, son los representantes más notorios del cine del país del norte y con una capacidad de convocatoria para el cine hablado en español que no se había obtenido antes ni se obtendrá tampoco nunca más, al menos hasta el día de hoy.
El melodrama arrabalero, del que Nosotros los pobres, de Ismael Rodríguez, es un representante mayor y uno de los títulos más populares de esos años, así como el subgénero cabaretero, que tiene su mayor expresión en las cintas de Juan Orol y Alberto Gout, con la cubana María Antonieta Pons como primera figura, instala un potencial de erotismo hasta entonces poco explorado en el país del norte.
Por su parte, las películas de Emilio Fernández, desde María Candelaria hasta Pueblerina, con rasgos nítidamente personales, en parte provenientes de la fuerte personalidad visual del fotógrafo Gabriel Figueroa, reciben distinciones en festivales europeos y así, aunque en una pequeña medida, el cine mexicano empieza a llamar la atención en ámbitos antes totalmente ajenos, los del reconocimiento de la crítica extranjera.
En Argentina hay varios nombres de fuste, aunque sin el alcance de sus congéneres mexicanos. Ahí están Luis Sandrini, Nini Marshall, Hugo del Carril, Tita Merello, Fanny Navarro, Mecha Ortiz, Tito Lusiardo… En esos años, Libertad Lamarque se traslada a México, restándole a la industria de su país su figura más reconocida internacionalmente y que unía su talento vocal para el tango a sus dotes de actriz apta para la comedia y los dramas pasionales. Sin embargo, se establecen las conexiones entre la industria del sur y la del norte, y mientras Arturo de Córdoba protagoniza el superéxito argentino Dios se lo pague y actúa en otras películas filmadas en los estudios bonaerenses, varias actrices argentinas se trasladan al Distrito Federal, algunas para permanecer indefinidamente (igual que Libertad Lamarque), como en los casos de Marga López y Rosario (Charito) Granados. La también argentina Rosita Quintana, protagonista más adelante de la inquietante Susana, de Luis Buñuel, inició su carrera en México.
En las salas limeñas se vieron en esos años unos pocos títulos valiosos que no provenían de la constelación de los estudios de Hollywood, México D. F., y Buenos Aires. Entre ellos se pueden señalar Los ángeles del pecado y La dama del Bosque de Boulogne (titulada Deshonra en Lima), del francés Robert Bresson; La bella y la bestia, del también francés Jean Cocteau; Iván el terrible, del soviético Sergei M. Eisenstein (Alexander Nevski se había estrenado en 1942); Roma, ciudad abierta y Lustrabotas, de los italianos Roberto Rossellini y Vittorio De Sica, respectivamente. No son los únicos, pero son representativos de propuestas diferenciadas que en los años cincuenta tendrán una presencia cada vez más notoria, aunque marginal, en la cartelera local, pues las tendencias de asistencia mayoritaria seguirán concentradas en la producción que viene de Hollywood y México.
Hay que hacer notar el retraso con que las cintas de origen europeo se estrenan en la segunta mitad de los años cuarenta en relación a la mayor cercanía de las fechas de lanzamiento comercial de las norteamericanas y mexicanas en sus países de origen. Esa misma tendencia se va a mantener en las dos décadas siguientes, debido en parte a que las compañías que distribuyen la mayor cantidad de películas europeas son las llamadas “independientes”, es decir, no filiales de las majors norteamericanas o de la Pel-Mex, sino empresas que con frecuencia “tercerizan” sus compras, adquiriendo las películas a compañías intermediarias de Buenos Aires u otras ciudades de la región.
Varios de los títulos consignados en este apartado, es decir, producciones de la segunda mitad de la década del cuarenta, se estrenan en Lima recién en los primeros años cincuenta. Debo aclarar que, para la información que se ofrece a continuación, se consideran solamente las cinematografías relevantes en las dos décadas tratadas y no aquellas que tuvieron entre nosotros muy poca presencia o ninguna. Es decir, no es un panorama del cine de todo el mundo, sino solo del que tiene pertinencia para efectos de nuestro trabajo. Por ejemplo, la colonia china ofreció al parecer alguna proyección particular de películas de procedencia china en el cine Apolo, de Barrios Altos, y algún otro, donde presentaban habitualmente otros espectáculos en vivo, pero no se consignó nunca en los diarios ningún título, y por eso esa cinematografía, que exhibió algún título aislado en la cartelera comercial, no está incluida en las reseñas que se ofrecen. Sí, en cambio, Japón, de pequeña pero constante comparecencia en nuestra cartelera.
Estados Unidos: el afianzamiento del espectáculo
y la culminación creativa
A comienzos de los años cincuenta se produce un remezón en la constelación hollywoodense como consecuencia de la industria televisiva en alza que le resta espectadores a las salas públicas. En ese entonces, las empresas cinematográficas no tenían, como tendrán después, conexiones con las televisivas, por lo que estas constituían una competencia indeseada. La respuesta de la industria fílmica no se hizo esperar mucho. Había que brindar lo que la televisión no podía ofrecer. El procedimiento del cinemascope fue la avanzada en la modificación del formato de la pantalla grande. El manto sagrado, que se estrenó en 1954 en Lima, es el primer filme en el que se usa la amplia pantalla horizontal o panorámica con ese procedimiento. Se trata de una producción de la Fox, que adquirió los derechos de un sistema patentado en Francia, y que luego será utilizado con variantes en diversas compañías de Hollywood y otras partes. Las variantes del cinemascope se incorporan más adelante. La modificación del formato de pantalla aumenta el espacio cubierto y por tanto potencia la representación. Esa capacidad de la pantalla horizontal se va a apreciar de manera sobresaliente en algunas películas de Nicholas Ray como Rebelde sin causa, La gitana, Delirio de locura y La rosa del hampa; en Dios sabe cuánto amé, de Vincente Minnelli, o en Al este del paraíso y Río salvaje, de Elia Kazan. La Paramount, por su parte, patentó un sistema de proyección de mayor nitidez y luminosidad, el VistaVisión, que se utilizó durante varios años como una exclusividad de esa compañía.
La tercera dimensión, que tampoco era un invento del momento, se aplica por primera vez en El diablo bwana, de Arch Oboler, y en Museo de cera, de Andre de Toth, en 1953, y no logra tener la continuidad ni el éxito que sus promotores esperaban. Tendrá que correr medio siglo para que el procedimiento se incorpore de modo más extendido en la era de los multicines y los efectos digitales. El cinerama, que nació como una especie de “cine del futuro”, con tres proyectores simultáneos sobre una pantalla cóncava, fue una enorme atracción en sus inicios, pero no tuvo una vida ni muy larga ni muy provechosa. En años más recientes, el sistema imax, y algún otro similar, han venido prácticamente a actualizar el cinerama; pero también en este caso se puede augurar un poco probable futuro, entre otras razones porque utiliza el soporte fílmico, cuando el soporte digital prácticamente se ha instalado en todas partes. El sonido estereofónico es otro procedimiento incorporado en esa época que renueva la reproducción sonora en las salas y ensancha, junto con la mayor amplitud de la pantalla, el potencial efecto envolvente de la proyección fílmica.
No es menos significativo el incremento en el uso del color, que hasta inicios de los años cincuenta era de aplicación limitada. Con los nuevos formatos de pantalla también se incorpora el color, aunque no todas las películas hechas en cinemascope lo apliquen necesariamente. Al mismo tiempo, pero con mayor profusión que antes, el color se aplica a las producciones hechas en el formato estándar tradicional, ya no solo con el tecnicolor, hasta ese entonces el único sistema aplicado en Estados Unidos, sino también con otros procedimientos de registro cromático.
Con todo lo anterior, aunque no de manera integral, porque se seguirán realizando cintas en formato estándar y en blanco y negro, la imagen y el sonido de los filmes en las pantallas ya no serán iguales a lo que habían sido y el público reacciona favorablemente a esos cambios que, de manera progresiva, se irán extendiendo a otras cinematografías. De hecho, la pantalla panorámica encuentra resonancias en países como Francia y Japón pocos años después. Más bien, y salvo experiencias aisladas, habrá que esperar a mediados de los años sesenta para ver una instalación mayor del color en las cinematografías de Europa, Asia y América Latina.
Otro de los efectos que produce la televisión es la progresiva eliminación de las seriales que, no obstante, alcanzan a llegar hasta mediados de la década. Las series televisivas, responsables de la desaparición de ese formato de programación fílmica dividido en capítulos y muy arraigado, se encargan de llenar en la pantalla chica el vacío que van dejando las seriales. Disminuye, asimismo, la producción de segunda fila de la industria, esa que alimentó, por ejemplo, los centenares de low-budget westerns rodados en las dos décadas anteriores, sin que la serie B desaparezca como tal, pero sí viéndose notoriamente disminuida en el interior de las majors y afincándose de modo mayoritario en pequeñas compañías como la Republic Pictures, la Monogram o, su remplazo, la Allied Artists.
Otro remezón que afecta a la industria en los primeros años cincuenta proviene no de cambios tecnológicos sino de una acción política, a la que aludimos en el apartado anterior: los procesos del comité de actividades antinorteamericanas que investiga la infiltración de comunistas en diversas esferas de la actividad estatal y privada de Estados Unidos, entre ellas la producción cinematográfica. En ese contexto varios realizadores se ven obligados a exiliarse, como Joseph Losey, Jules Dassin y John Berry, que proseguirán con mayor o menor fortuna sus carreras en Europa. Sin estar acusado como los anteriores, pero sí bastante criticado por los medios conservadores, Charles Chaplin deja Norteamérica después de Candilejas, su último gran suceso en el país que había albergado hasta ese momento el íntegro de su obra. Varios guionistas dejan de escribir para la pantalla grande o se ven obligados a usar seudónimos o valerse de testaferros, como se puede ver en una cinta posterior de Martin Ritt que no se estrenó en Lima, The Front, de 1976, conocida en Argentina y Uruguay, donde sí se estrenó, como El testaferro.
Entre las grandes compañías, la United Artists, que ya venía de tener una organización interna distinta a las de otras majors desde su fundación en 1919 (justo para facilitar un trabajo más independiente de sus fundadores: Chaplin, Griffith, Fairbanks y Pickford) propicia en mayor medida la realización de proyectos de pequeñas productoras, operando básicamente como el canal de distribución, lo que va a hacer que, durante la década siguiente, esa compañía, de haber sido una de las más débiles, pase a ser una de las más poderosas, encargándose, por ejemplo, de la distribución de la serie del agente 007.
Por otra parte, se extiende la figura del productor-realizador (Hawks, Preminger, Mankiewicz, Aldrich, Kazan, Hitchcock…). Algunos productores, como Stanley Kramer, que sacudiéndose de los remanentes macartistas propicia un cine de mirada crítica (A la hora señalada, El salvaje, El motin del Caine…), asume simultáneamente la dirección más adelante y realiza varias cintas polémicas en torno a las contradicciones entre la ciencia y la fe (Heredarás el viento), la discriminación racial (Fuga en cadenas), la amenaza nuclear (La hora final) y la responsabilidad en los genocidios de la Segunda Guerra Mundial, que no excluye a Estados Unidos (Juicio en Nuremberg), reforzando una línea liberal que se va a acentuar desde esos tiempos con la participación de otros realizadores de talante liberal más “intelectuales”, como podían ser Richard Brooks o John Huston, que se iniciaron como guionistas.
La importancia del segmento adolescente y juvenil del público empieza a hacer sentir sus efectos en la producción. El protagonismo fugaz pero fulgurante de James Dean, sobre todo en Al este del paraíso y Rebelde sin causa, es un signo muy claro. La irrupción del rocanrol y la conversión de Elvis Presley en gran estrella de la canción y protagonista de una serie de películas, así como el estrellato de figuras como Sandra Dee, Bobby Darin, Pat Boone y otros, anticipan lo que se va a prolongar durante varios años en los musicales playeros y otras variantes de la emergencia adolescente.
Los amagos por ampliar los márgenes de libertad temática provienen de diversos cineastas. Uno de ellos es el austriaco Otto Preminger, quien con La luna es azul, El hombre del brazo de oro y Anatomía de un asesinato produjo conatos de censura y controversia por el hecho de incorporar alusiones a prendas íntimas, a la virginidad y por tratar el tema de la adicción a las drogas duras. En Té y simpatía, de Vincente Minnelli, que también provocó reacciones, el vínculo sexual de una mujer casada y un muchacho, aunque, claro, no mostrado en pantalla, no está visto desde una mirada represora y resulta insólito en el marco de su época. El erotismo de Baby Doll, muñeca de carne, de Elia Kazan, es asimismo muy potente, y no lo es menos el que Billy Wilder extrae de Marilyn en La comezón del séptimo año y Una Eva y dos adanes. Robert Aldrich acentúa una mirada desmitificadora y antiinstitucional en algunos de sus filmes y otro tanto van haciendo directores como Huston, Brooks y varios recién llegados de la televisión.
Justamente, a mediados de la década empieza la incorporación a la industria de varios realizadores procedentes de la ficción televisiva que, a contramano de las tendencias principales, reivindican el formato de pantalla tradicional, utilizan el blanco y negro y se concentran en pequeñas historias o en ambientes reducidos. Ejemplos exitosos de esta corriente son 12 hombres en pugna y Marty. Los nombres de mayor importancia procedentes de la pantalla chica son los de Sidney Lumet y Delbert Mann que dirigieron, respectivamente, los dos títulos señalados, así como los de Martin Ritt, John Frankenheimer, Robert Mulligan y otros que aparecen un poco más tarde, como Arthur Penn y Sam Peckinpah. Todos ellos se insertan en esa tradición liberal que recogerán más tarde Sydney Pollack y Alan Pakula, este último productor de Mulligan antes de pasar a la dirección.
De la fotografía fija proviene Stanley Kubrick, quien se da a conocer, con un sesgo diferenciado, en El beso del asesino, Casta de malditos y La patrulla infernal, antes de convertirse en uno de los nombres más prominantes de la realización cinematográfica en Estados Unidos.
Es la década en que se afirman otros directores que se iniciaron escribiendo guiones, como Delmer Daves, o que elaboran sus propios guiones, como Joseph L. Mankiewicz o Samuel Fuller, de acusada personalidad creativa ambos. Otros nombres destacables son los de Elia Kazan, Robert Aldrich y Richard Fleischer, más notorios los dos primeros tal vez por estar ligados a películas de mayor resonancia crítica tipo Un tranvía llamado deseo, ¡Viva Zapata! o Nido de ratas (Kazan), Apache, Ataque o Intimidad de una estrella (Aldrich) que a relatos criminales, de aventuras o de guerra que habitualmente tiene a su cargo Fleischer.
En la década del cincuenta algunos géneros alcanzan su mayor grado de estilización, complejidad o madurez, incluso de sofisticación. Uno de ellos es la comedia musical. Las obras maestras se suceden: Sinfonía de París, Cantando bajo la lluvia, Brigadoon, Todos a escena, Siete novias para siete hermanos, Siempre hay un día feliz, La Cenicienta en París, Les Girls… Vincente Minnelli, la dupla Stanley Donen-Gene Kelly (o Donen a solas) y George Sidney, bajo la batuta, casi siempre, del productor Arthur Freed en los estudios MGM, son los artífices principales. Se lucen en la danza, además de Kelly (el único de los intérpretes del musical que tuvo una destacada presencia también en la dirección), el veterano Fred Astaire, Cyd Charisse, Leslie Caron, Donald O’Connor, Anne Miller.
Otro es el wéstern. Al lado de viejos maestros como John Ford, que realiza uno de los más hermosos filmes del Oeste de toda la historia, Más corazón que odio, o Howard Hawks, que hace Sangre en el río y Río Bravo, se imponen algunos nombres entre los artífices del periodo expresivamente más rico del género: Anthony Mann (proveniente de las canteras de los relatos criminales de la serie B), Budd Boetticher, Delmer Daves y John Sturges. Con algunas excepciones, los wésterns habían estado muy fuertemente esquematizados y se hacían a partir de variaciones de modelos argumentales muy simples, que en los años treinta y cuarenta se puso de manifiesto en aquellos que protagonizaron profusamente figuras como Roy Rogers, Gene Autry, William Boyd (Hopalong Cassidy), Bob Steele, Johnny McBrown o el mismo John Wayne, antes de ser el protagonista de varios de los más notables wésterns de Ford y Hawks. Hay que señalar que, a despecho de su periodo de apogeo, son justamente la comedia musical y el wéstern los géneros que no logran avenirse a los cambios que la industria experimenta en la década siguiente.
Otro género es la comedia, aunque la vertiente screwball no alcanza en estos años la enorme riqueza que tuvo en los treinta y cuarenta, donde autores como Ernst Lubitsch, Howard Hawks, Mitchell Leisen, Gregory La Cava, Leo MacCarey, Preston Sturges, George Cukor, la van a llevar a su cima creativa. Sin embargo, en los cincuenta encontramos siempre activos a Cukor, Billy Wilder y Jean Negulesco, y entre los más jóvenes a Donen y Blake Edwards. Otra vertiente de la comedia recupera la tradición del slapstick, en la que se luce el talento de Frank Tashlin, especialmente en las películas en que dirige a Jerry Lewis, más tarde su aprovechado discípulo cuando asume la batuta de director. Antes hubo dos parejas cómicas muy populares: la que formó el mismo Lewis con el actor-cantante Dean Martin; y la que reunió desde los años cuarenta a Budd Abbott y Lou Costello, los nuevos ‘el gordo y el flaco’ que la Universal popularizó, casi como una “posta” de los salientes Stan Laurel y Oliver Hardy. Otros cómicos de mayor o menor figuración fueron el infaltable Bob Hope, ya desprendido del trío que formó con Bing Crosby y Dorothy Lamour; Danny Kaye, Donald O’Connor, Red Buttoms y Red Skelton…
El melodrama es uno más de los géneros que alcanza un relieve especial, sobre todo de la mano del alemán Douglas Sirk, el autor de un ciclo que comprende varios títulos notables, entre ellos Lo que el cielo nos da, Sublime obsesión, Palabras al viento, Tiempo de vivir y tiempo de morir e Imitación de la vida, todos ellos de una estilización cromática y una elaborada composición visual que ofrecen un cuadro de amores reprimidos y carencias afectivas en el marco preferente de pequeños pueblos. No pueden dejar de mencionarse los extraordinarios melodramas que Minnelli (que no solo era un maestro del musical) compone en estos años: Cautivos del mal, Pasiones sin freno, Té y simpatía, Dios sabe cuánto amé y Herencia de la carne.
La aventura en sus diversas modalidades es también un género favorecido. Relatos de piratas, medievales, selváticos y “orientales”, por señalar algunas variantes, aportan una cuota de misterio, encantamiento, sentido de la acción y dosis de humor. Allí están para demostrarlo El pirata hidalgo, Ivanhoe, Las minas del rey Salomón, El príncipe bandolero, Scaramouche, El príncipe valiente, El prisionero de Zenda y Los caballeros del rey Arturo. El arte de la espada propicia en buena parte de ellos una inventiva coreográfica por derroteros distintos de los que exploraba la comedia musical.
La ciencia ficción vive el mejor momento de su historia y en ella los estudios Universal llevan el liderazgo con las películas de Jack Arnold: Llegaron de otros mundos, Tarántula, El monstruo de la laguna negra y El hombre increíble, entre varias más del mismo Arnold y de otros directores. Las demás compañías no se quedan atrás y en este rubro de la producción compiten las grandes con las chicas. Así, una pequeña casa de producción, la Allied Artists y, más adelante, la American Internacional, albergan a uno de los artífices de una rama muy barata de la ciencia ficción, que es Roger Corman, uno de los precursores del llamado cine independiente, que unos años más tarde toma cuerpo en los márgenes de la industria. La producción de Corman no se limita a la ciencia ficción, pues incluye, asimismo, relatos de terror, criminales, de aventuras y wésterns. La ciencia ficción se maneja con bajos presupuestos, en general actores de segunda (o tercera) línea, y una tecnología casi primitiva. Esas condiciones afectan el resultado en el acabado o el lucimiento de la producción, si se la compara con los patrones de la ciencia ficción de las últimas décadas, pero no reducen, sino que, más bien, potencian los méritos de esos productos de la buena artesanía, en muchos casos hechos con imaginación y talento. Ahí están El mundo en peligro y Muertos vivientes, piezas maestras dirigidas por Gordon Douglas y Don Siegel, respectivamente.
Corman es uno de los “reyes de la serie B”, para usar el término de Todd MacCarthy (MacCarthy y Flynn, 1975), como también lo son Bert I. Gordon, otro especialista en la ciencia ficción, abocada en su caso a la monstruosidad por exceso, y William Castle, el Hitchcock de los menesterosos. Corman hace expresamente parte de su obra en función del público juvenil que es, además, frecuente visitante de los drive-in, característicos de esos años de renovación automotriz y fast-food al aire libre. También los drive-in jugaron su papel en la respuesta de la industria a la competencia televisiva y cerraron cuando en la pantalla chica la difusión del material cinematográfico se fue haciendo cada vez más voluminosa.
Entre los nombres de mayor prestigio sigue en pie firme Cecil B. DeMille, autor de tres de los títulos más exitosos de la década: Sansón y Dalila, El espectáculo más grande del mundo (título que es en sí mismo una declaración de principios) y Los diez mandamientos, sumun, al lado de Ben-Hur, de las superproducciones bíblicas de esos años. El realizador de esta última, William Wyler, es asimismo, uno de los más sólidos valores de la industria. Entre sus filmes más reconocidos de los años cincuenta están La princesa que quería vivir, Horas desesperadas, La gran tentación y Horizontes de grandeza. No se queda atrás Alfred Hitchcock, que además de su enorme popularidad –capaz como ningún otro director, a excepción de DeMille, de atraer a sus películas por encima de los actores participantes– realiza varias obras maestras, como Pacto siniestro, La ventana indiscreta, De entre los muertos, Vértigo e Intriga internacional.
El enorme prestigio que va adquiriendo la obra de Hitchcock entre la crítica más lúcida proviene, en una medida significativa, de estas películas o se ve fortalecido por ellas. En estas se perciben los signos de una transformación del estilo clásico, poco advertida en ese momento, en una escritura fílmica que aporta márgenes, más o menos sutiles, de “enrarecimiento” de las atmósferas visuales y sonoras, de ambivalencia de los personajes, de “extrañamiento” del relato. Claro que eso venía de antes en su obra, incluso desde el periodo británico, pero se incrementa en el bloque que constituye la parte más enjundiosa de su carrera y que incluye, asimismo, a Psicosis, Los pájaros y Marnie, ya en los sesenta.
El estrellato se ve, en cierta medida, potenciado por la ampliación del espacio cromático. Sin duda, la estrella más perturbadora es Marilyn Monroe, que aporta una cuota de erotismo inédita en los anales del cine de la gran industria californiana. En Torrente pasional, Los caballeros las prefieren rubias, La comezón del séptimo año, no digamos en Una Eva y dos adanes, y en prácticamente todo lo que hizo en esos años, la presencia de Marilyn resultó cautivante, edificando una imagen que va a nutrir el imaginario de una generación (o más de una) en la que el cabello rubio, la expresión sugestiva del rostro y la anatomía desafiante se conjugaron de un modo realmente categórico. Varias otras rubias (naturales o no; Marilyn no lo era) contribuyeron a ese reinado: Jayne Mansfield, Zsa Zsa Gabor, Anita Ekberg, Lana Turner, la misma Kim Novak, por el lado “pecador”; Grace Kelly, Doris Day, Janet Leigh (la de los primeros años cincuenta, antes de ingresar al universo turbio de Sombras del mal y sucumbir al pecado en Psicosis) por el lado, digamos, “virtuoso”. Pero no solo de rubias vivió la producción de esos años, pues allí estaban también Elizabeth Taylor, Ava Gardner, Audrey Hepburn, Deborah Kerr, Ingrid Bergman (después de Rossellini) para demostrar que el cabello más oscuro no era un atributo desfavorecedor y que la capacidad interpretativa alcanzaba en ellas rangos muy elevados.
A los sólidos valores del pasado que mantuvieron el protagonismo masculino maduro (Gary Cooper, Cary Grant, Tyrone Power, James Stewart, Henry Fonda, Clark Gable, Spencer Tracy, Humphrey Bogart, John Wayne…) se sumaron otros que habían empezado en los años cuarenta, o que se impusieron en la década en marcha (Burt Lancaster, Kirk Douglas, Gregory Peck, Richard Widmark, Rock Hudson, Tony Curtis, Charlton Heston, Glenn Ford, Robert Mitchum, William Holden…), con lo que se constituye un destacamento actoral de primera línea que aporta una variedad de matices derivados de las diferencias de edad y de los talantes interpretativos.
Los años cincuenta se abren a los aportes escénicos del “método”, el célebre registro interpretativo procesado en el Actors Studio neoyorquino que tuvo a Lee Strasberg y Elia Kazan como sus impulsores. El método encontró en Marlon Brando a su ejecutante más aplicado, pero este fue más allá. Si Marilyn incorporó una dosis de erotismo no conocida hasta ese entonces en el frente femenino, Brando lo hizo en el masculino a su modo, rudo y vulnerable, como se puede apreciar en Un tranvía llamado deseo, El salvaje y Nido de ratas. Con Brando, varios otros incorporaron acentos neuróticos y quebradizos, con esas minipausas que los hacían pasar del estado de tensión o ansiedad al estallido violento: James Dean, Montgomery Clift, Paul Newman, Rod Steiger, Elli Wallach, Joanne Woodward, Susan Strasberg, Lee Remick. Con ellos el llamado estilo de interpretación funcional, tradicional en el desempeño de una buena porción de intérpretes norteamericanos, deja de ser lo que había sido, prácticamente el único o, al menos, el más profundamente instalado, muy por encima de las actuaciones de una más acusada raigambre teatral, también presentes en el desempeño de diversos intérpretes a lo largo de las décadas precedentes.
Con todo, esa impresión de prosperidad no puede hacer ignorar que las tendencias en términos cuantitativos apuntan a lo largo de la década a una disminución del volumen de producción que llega a 241 títulos en 1958 (en 1960 serán solo 154), así como a una reducción de la asistencia del público y un aumento en el cierre de salas (Coma, 1993, p. 43), lo que significa que los signos de esplendor exterior fueron ocultando la realidad de una crisis que se fue incubando lentamente y en la cual el incremento progresivo de la convocatoria televisiva jugó un papel de primera importancia.
Se consolida la industria en Italia
En Italia el neorrealismo experimenta sus últimos años para luego incorporarse a géneros como la comedia y el melodrama, de larga tradición en el cine peninsular. Varios de los realizadores ligados al movimiento se van desprendiendo progresivamente de él para adaptarse a las nuevas circunstancias que ofrece la industria del país, en la que van imponiéndose como los productores más importantes dos hombres que habían empujado sus primeras obras bajo el amplio paraguas del neorrealismo: Carlo Ponti y Dino de Laurentiis. El mismo Vittorio De Sica, que con Umberto D hace tal vez la última obra raigalmente neorrealista (volverá a los cauces neorrealistas con Oro de Nápoles y El techo, pero ya no es lo mismo) previamente, en Milagro en Milán, había incorporado un nivel fantástico a una historia ambientada en los suburbios pobres e inicia luego un giro en su carrera en la coproducción con Estados Unidos (nada menos que David O’Selznick de por medio), Indiscreción de una esposa (Estatione Termini), con Jennifer Jones y Montgomery Clift.
Es cierto que el melodrama no estuvo ausente de las propuestas neorrealistas, y no lo estuvo de manera particular en las que tuvo a su cargo, justamente, Vittorio De Sica, con la colaboración del guionista Cesare Zavattini, pero la inclinación hacia una modalidad distinta de melodrama, el romántico, se hace notar en Indiscreción de una esposa y, de manera muy ostensible, en la presencia protagónica de dos estrellas de Hollywood ajenas al paisaje neorrealista que solo había albergado, como excepción, a Ingrid Bergman.
La comedia, parte del melodrama y otras variantes genéricas afincadas en la cotidianidad contemporánea son expresiones de lo que el italiano Alberto Farassino (en Monterde y Riambau, 1996, p. 96) ha llamado un neorrealismo difuso que se filtra en los pliegues de los relatos, en el diseño de personajes y ambientes. Esto se prolonga hasta los primeros años sesenta, en los que un autor como Pier Paolo Pasolini retoma en sus dos primeros largos, Acattone y Mamma Roma, algunas de las fuentes melodramáticas y neorrealistas, incluida en Mamma Roma la actriz Anna Magnani, protagonista de Roma, ciudad abierta. Como más tarde retoma, a su modo, la tradición de la comedia con el protagonismo de Totò en ese notable pero extraño fin de carrera del gran humorista que es Uccellaci e uccellini (Pajaritos y pajarracos).
En 1953, Luigi Comencini impulsa el neorrealismo rosa, una variante de comedia costumbrista con toques sentimentales ligeros, en Pan, amor y fantasía, imponiendo a una de las estrellas del cine italiano que se proyecta internacionalmente con mucha fuerza en esos años. Esa estrella es Gina Lollobrigida. Unos años antes, las piernas, las caderas y la anatomía toda de Silvana Mangano (la venus botticceliana de los arrozales, en términos de Gian Piero Brunetta) (2008, p. 161) en Arroz amargo le agregaron a ese filme de denuncia social de Giuseppe De Santis un lado erótico que hasta ese entonces parecía reñido con la estética neorrealista. Arroz amargo es uno de los puntos de inflexión de esa estética, pues allí se debilita el anonimato de los intérpretes o la “desglamourización” de los actores conocidos, y no porque la imagen de la Mangano resultara glamorosa en términos del estrellato clásico, pero las incitaciones eróticas que prodigó agregan una nota que más adelante ella y otras actrices van a seguir dispensando, aportándole al cine italiano uno de sus más sólidos pergaminos en la década de 1950. A ese grupo de actrices, las llamadas maggiorate, pertenecen, además de Mangano y Lollobrigida, Silvana Pampanini, Eleonora Rossi Drago, Ivonne Sanson y la más célebre de todas, Sofía Loren. Un poco más adelante, ya hacia fines de la década, llegará Claudia Cardinale.
Pan, amor y fantasía, por otra parte, tiene como figura principal a Vittorio De Sica, quien no había dejado la actuación durante el periodo neorrealista, y que potencia en estos años una carrera interpretativa iniciada durante el periodo silente y que en los años treinta lo tuvo como uno de los galanes más carismáticos de las comedias más o menos elegantes, mal llamadas de “teléfonos blancos”.
El gestor inicial del neorrealismo, Roberto Rossellini, se aboca a un registro más intimista, aunque no reñido en absoluto con la presencia de ambientes exteriores, en la “trilogía” con Ingrid Bergman: Stromboli, Europa 51 y Viaje a Italia. El neorrealismo “interior” con que alguna vez se ha definido esta porción de su cine no es óbice para ponderar la importancia del entorno físico exterior, especialmente en Stromboli y Viaje a Italia, sin excluir un título tan legítimamente neorrealista y prepasoliniano como Francisco, el heraldo de Dios, filmado prácticamente en su integridad al aire libre. Esa trilogía no fue lo único que hizo con la Bergman, pero allí está el cogollo más inspirado del cine de Rossellini de esos primeros años cincuenta, tan reconocido por las nuevas tendencias de la crítica que en París y en otras ciudades hacía su aparición.
La industria italiana, en consonancia con el crecimiento económico del país, aumenta progresivamente su producción hasta superar los doscientos largometrajes al año y va perfilando los géneros que la hacen atractiva y que rápidamente trascienden las fronteras nacionales: la comedia, el péplum y el melodrama, principalmente, tres géneros de larga data en ese país, pero que adquieren, con nuevos intérpretes, nuevos guionistas y directores, y en un contexto distinto, un perfil relativamente novedoso. El péplum había sido uno de los pilares de la industria italiana naciente en la década de los años diez, junto a los melodramas de las divas, pero fue perdiendo prestancia en las décadas siguientes. En los años cincuenta, el color, sin precedentes en lo que se había hecho antes, incluidos La corona de hierro y Fabiola, dos de los relatos históricos más vistosos de esa cinematografía, constituye una poderosa novedad visual y facilita su difusión en un rubro que parecía monopolizado por la industria de Hollywood.
Precisamente, uno de los mayores éxitos italianos del primer quinquenio fue Ulises, de Mario Camerini, que de no ser porque está hablada en italiano, pudo pasar como una película de Estados Unidos por la presencia protagónica de Kirk Douglas y, en un segundo rol importante, Anthony Quinn. Más adelante, Hércules, de la mano de Pietro Francisci e interpretado por el norteamericano Steve Reeves, pone en marcha en 1957 una larga cadena de filmes de héroes helénicos, romanos y otros inspirados más en la mitología que en la historia, dedicados a combatir a los malvados con la fuerza de su masa muscular, dispositivo erótico, además, no visto en esa dimensión en la historia previa del espectáculo cinematográfico. El reinado del péplum va desde 1957 hasta 1964, y tiene en Vittorio Cottafavi a uno de sus más inspirados gestores, por ejemplo en La rebelión de los gladiadores. En opinión del historiador del cine Rafael de España (2009), el péplum estrictamente se sitúa entre los años 1957 y 1964, y solo en Italia (p. 167).
El neorrealismo rosa prosigue, asimismo, en comedias de parejas jóvenes a cargo de Luigi Comencini, Dino Risi y Mauro Bolognini, en las que se asienta la popularidad de Marcello Mastroianni y varios jóvenes intérpretes como Renato Salvatori, Marisa Allasio, Franco Interlengui, Lorella de Lucca. Es la década más prolífica de Totò, el inimitable cómico napolitano, notable especialmente bajo las órdenes de Steno y Monicelli en Mi amigo el ladrón. Uno de los mejores títulos de la comedia a la italiana, que anticipa el rico periodo de la década siguiente, es Los desconocidos de siempre, de Mario Monicelli, en la que Totò alterna con Mastroianni y Vittorio Gassman, un distinguido actor de teatro que se convierte en una de las figuras cómicas más identificables del cine peninsular.
En el melodrama sobresale el realizador Raffaello Mattarazzo, cuyos filmes, a cargo principalmente de Amedeo Nazzari y la voluptuosa Ivonne Sanson en los roles centrales, modulan un registro sentimental que no se contradice con un tratamiento visual más bien austero y “reposado”, salvo en La nave de las mujeres malditas, donde se permiten ciertos desbordes orgiásticos.
Algunos realizadores, menos ligados (o no ligados) a las formulaciones genéricas sobresalen en el panorama de la época. Uno de ellos es Federico Fellini, que dirige dos de los títulos más premiados en esos años: La calle y Las noches de Cabiria. Michelangelo Antonioni, por su parte, filma un primer largo, Crónica de un amor, con una modulación rítmica inusual que más tarde radicalizará, perfilándose como uno de los autores italianos más diferenciados en Las amigas y El grito. Luchino Visconti, quien junto con los dos anteriores constituirá lo que el ingenio de algún crítico llamó la “sagrada trinidad” del cine italiano, dirige Bellísima, Livia y Puente entre dos vidas. Los títulos que hacen más adelante –consagratorios en el caso de Antonioni, y podríamos decir reconsagratorios en Fellini y Visconti– los catapultan al primer peldaño de los nombres más respetados de la creación cinematográfica a escala mundial.
Tradición y novedad en Francia
La industria francesa sigue en alza y tiene algunas figuras de notoria proyección internacional, como Gerard Philippe, Martine Carol, Simone Signoret e Yves Montand, así como los ya veteranos Jean Gabin, Michele Morgan y Daniele Darrieux. Lucrecia Borgia, Nana, Madame Dubarry, las tres dirigidas por Christian-Jaque, son algunos de los éxitos de Martine Carol, la primera gran figura de un erotismo más conspicuo en el cine galo. La segunda, Brigitte Bardot, convertida en la abanderada de una sexualidad casi insolente en esos tiempos, se afirma en la segunda mitad con Y se creó la mujer, Deshojando las margaritas y Juguete de una mujer, entre otras, que causaron escándalo y provocaron dolores de cabeza a las juntas de censura de aquí y de allá. La Bardot pasa a ser la actriz que le provee las mayores ganancias a la industria. Otros intérpretes, como los cómicos Fernandel, el más popular de todos, Bourvil, Darry Cowl y Louis de Funès personalizan la vertiente humorística, abundante en la década, a la que Jacques Tati aporta la cuota autoral.
Un grupo de realizadores de experiencia, entre ellos Claude Autant-Lara, Rene Clement, Yves Allegret, Julien Duvivier, Marcel Carné y Jean Delannoy son los principales contribuyentes a la cuota artística en la línea de la ‘tradición de la calidad’, que por esos mismos años, en las páginas de la revista Arts, va a fustigar François Truffaut. Otros, como Jean Cocteau, Sacha Guitry, Jacques Tati, Jacques Becker, Jean-Pierre Melville y especialmente Jean Renoir, son los creadores respetados por la joven crítica francesa.
El gran cine de estudios vive sus últimos años. De allí proceden varios de los mejores títulos: La ronda, Madame de y Lola Montes, del alemán Max Ophuls; Casco de oro, de Becker; La carroza de oro, French Can Can y Las extrañas cosas de París, de Renoir; Orfeo, de Cocteau; Napoleón y Si París me contara, de Guitry; Las grandes maniobras, el mejor René Clair de la década. La solidez industrial del cine francés no se vio tan afectada durante la guerra y la posguerra por las circunstancias que golpearon a la industria italiana y ocasionaron el cierre por varios años de los estudios de Cinecittà; eso no se deja de percibir en el promedio de las realizaciones. Incluso algunos directores cuestionados por Truffaut realizan películas muy meritorias, como El trigo está verde o La travesía de París, de Autant Lara; El aire de Paris, de Carné; A pleno sol, de Clement; Mariana de mi juventud, de Duvivier.
En el terreno asociado a los géneros, la vertiente noir encontró realizaciones inspiradas en Grisbi, de Becker; en El salario del miedo y Las diabólicas, de Henri-Georges Clouzot; en Bob le flambeur, de Jean-Pierre Melville (clara precursora del nuevo movimiento en ciernes, especialmente en las deambulaciones callejeras); La bestia en la ciudad, de Claude Sautet, e incluso en la misma Rififí, del norteamericano Jules Dassin, una de las víctimas de la “caza de brujas”.
Sin embargo, pese a esa solidez industrial y a la difusión que las películas obtienen en el mercado internacional, en esos años se gesta un proceso de renovación que surge de las páginas de una revista especializada, Cahiers du Cinema, y de una generación joven resistente a incorporarse a la industria tradicional, muy reacia como tantas a facilitar el ingreso de jóvenes con ideas de cambio. La década, que estuvo muy animada por esa generación crítica que se formó bajo el liderazgo teórico de André Bazin, termina con los triunfos de algunas cintas que marcan un nuevo horizonte, sobre todo Los primos y El bello Sergio, de Claude Chabrol; Los 400 golpes, de Truffaut; Horas candentes, de Jean-Luc Godard, y Hiroshima mi amor, de Alain Resnais. Los tres primeros venían del equipo de Cahiers du Cinema y tuvieron una fuerte gravitación desde las páginas de esa publicación en la difusión de las nuevas concepciones del cine que allí se formulaban, desdeñando el enorme aparataje de la producción, la atadura a sólidos guiones literarios y la búsqueda de la comunicación a través de viejas fórmulas y actores consagrados. Así, la nouvelle vague, denominación que bautiza al movimiento, se va haciendo de un espacio prominente en la cinematografía francesa, rompiendo la primacía de la filmación en estudios, haciendo uso de la cámara en mano y el sonido directo, diseñando narraciones distintas a las precedentes, quebrando algunas reglas de la “sintaxis” fílmica y promoviendo la incorporación de nuevos actores de interpretación más “natural”, que luego ganarán espacios en la industria (Jean-Paul Belmondo, Anna Karina, Jean-Pierre Leaud, Jean-Claude Brialy, Gerard Blain, Bernadette Lafont). De esa manera, los nuevos cineastas propician un “reacomodo” en la industria de su país que termina por cambiar la imagen de lo que ese cine había sido en sus líneas generales hasta fines de los años cincuenta, aun cuando luego persistan algunas vertientes, pero ya no de la misma forma que antes.
Por coincidencia, los cuatro realizadores que marcan el inicio de la ‘nueva ola’, o de ese nuevo cine francés en gestación, son los que van a tener mayor resonancia y permanencia en el tiempo. Chabrol se convertirá en el más prolífico de todos, Truffaut en el más apreciado en su país y fuera de él, Godard en el más radical estéticamente. Si bien Alain Resnais no formaba parte, en rigor, de la ‘nueva ola’, se convierte, para efectos de su reconocimiento público, en una figura más de ese movimiento, pese a que no estuvo en el equipo de Cahiers du Cinema. Resnais tenía detrás de sí una larga carrera de documentalista y estaba vinculado a otro grupo de realizadores, el de la llamada rive gauche, constituido por Agnès Varda, Jacques Demy, Louis Malle y Chris Marker, grupo más cercano a las posiciones de izquierda. Resnais es uno de los que contribuye a la nueva imagen que adquiere el cine francés en el paso de los cincuenta a los sesenta, con dos filmes de apariencia y de vocación vanguardista: Hiroshima mi amor y El año pasado en Marienbad que, como Horas candentes, despiertan entusiasmos y a la vez diatribas, marcando una etapa muy fuertemente controversial en la historia del cine francés.
Justamente, otro realizador que tiene un rol significativo en los cambios y que proviene de ese último grupo es Louis Malle, el autor de Ascensor para el cadalso y Los amantes, muy polémica esta última en su momento, quien aporta un cierto grado de irrespeto a las tradiciones moralistas que, aunque con menos fuerza que en Norteamérica, también estaban presentes en el cine francés. Malle contribuye, asimismo, a levantar los bonos de dos actores que van a estar muy presentes en el cine francés de los años siguientes. Jeanne Moreau, en primerísimo lugar, y también Maurice Ronet. Algunos otros nombres, confundidos un poco en sus inicios con los representantes genuinos de la ‘nueva ola’, como los de Edouard Molinaro, Philippe de Broca o el mismo Roger Vadim, que impulsó la carrera de la Bardot y le dio un aire más atrevido al cine francés, ponen su parte en los cambios que se producen en la industria.
Ingreso del Japón al circuito internacional
El país del “sol naciente” tuvo desde la etapa silente una robusta industria que se fue asentando progresivamente después del paso a la etapa sonora, a mediados de los años treinta, menos abrupto que el que se dio en otras cinematografías forzadas a realizar el cambio. Japón se tomó su tiempo e hizo más “natural” la transición. Después de la India, Japón se convierte en la segunda cinematografía más prolífica del mundo, pero no deja de ser durante varias décadas una potencia casi encerrada en su propio territorio insular.
Como en otras partes, también en Japón las grandes productoras dominaron el panorama interno. A fines de la Segunda Guerra Mundial las majors niponas eran Toho, Shochiku, Daiei, Shintoho, a las que más adelante se suman Toei y Nikkatsu. En 1952 se realizan 250 largos, cifra que va en aumento hasta 1960, cuando se alcanza en el país la alta cifra de 547 (Tomassi, 1996, p. 359).
Rashomon, de Akira Kurosawa, obtiene el León de Oro del Festival de Venecia de 1951 y meses más tarde gana el Óscar a la mejor cinta extranjera, con lo que se convierte en la punta de lanza del ingreso del cine japonés a los países occidentales. Ingreso relativo habría que decir, pues es solo una porción de la enorme producción del Japón la que trasciende los límites de la isla y básicamente las películas jidai geki, es decir, las que se ubican en el pasado feudal, las de samuráis y espadachines, que atraen por esa poderosa e intransferible peculiaridad épica, apoyada, además, por el uso del cinemascope y con frecuencia también del color, aunque no en las cintas de Kurosawa de esta década. Este género típicamente local fue, a su modo, un equivalente del wéstern en la industria de Estados Unidos, y va a tener más adelante una clara influencia en la cinematografía italiana, así como también en la norteamericana, empezando por Siete hombres y un destino, que fue la versión en clave de wéstern de Los siete samuráis.
Las cintas policiales que se realizan con profusión en los años cincuenta moldean el género jakuza-eiga, que tiene muchos puntos de coincidencia con el noir norteamericano. En ellos se elabora una violencia comparativamente más ritual que la de sus congéneres norteamericanos, sin duda proveniente de una tradición cuyos antepasados se encontraban en las leyendas épicas. Al respecto, hay varios puentes que acercan el jidai geki y el jakuza-eiga, justamente por las raíces culturales propias de la isla asiática y que perfilan atmósferas, ritmos y coreografías violentas distintas a las de otras latitudes.
También los melodramas tuvieron una enorme acogida local y alcanzaron, aunque en un pequeño porcentaje, la distribución internacional, lo que no ocurrió con las comedias debido a probables factores idiosincráticos que afectaron otros rubros de la producción japonesa, incluidas las obras de algunos de los autores más destacados.
Más adelante, a partir de Godzilla, en 1954, la veta de las fantasías apocalípticas con gigantescos monstruos prehistóricos que renacen en el Japón contemporáneo, las kaiju-eigas, logran una inusitada resonancia internacional, al punto de que, en algunos casos, las empresas hollywoodenses, en una variante de los remakes de producciones extranjeras de éxito, incorporaban actores y escenas adicionales al original japonés y las estrenaban en remplazo de las originales1. Los monstruos gigantes japoneses, que tuvieron al realizador Ishiro Honda como su más prolífico artífice, articularon una de las vetas más prolíficas del cine de los grandes estudios. Pero la figura detrás de cámara a la que cabe destacar es el especialista en efectos especiales Eiji Tsuburaya, que es en el Japón lo que Ray Harryhausen fue para los efectos especiales de las aventuras fantásticas de la Columbia Pictures en esos años. Tsuburaya diseñó a Godzilla y a su fecunda descendencia: Rodan, Varan, Mothra, Dogora, Gidora y varios más.
La producción japonesa no se limitó a los relatos épicos, melodramas, jakuza-films y kaiju-eigas, así como tampoco Toshiro Mifune, la gran figura del cine de la isla, fue la única estrella. Hubo otros géneros y estilos menos “internacionales”, como los melodramas familiares de Yasujiro Ozu, los relatos pasionales de Mikio Naruse o las creaciones de Kenji Mizoguchi, casi siempre afincadas en el pasado, pero no a la manera de Kurosawa, sino en un registro no épico, más bien intimista, incluso cuando reunía a un grupo amplio de personajes. Con muy pocas excepciones, casi nada de eso se vio fuera de la isla o se vio mucho más tarde en festivales, ciclos de cinematecas o salas de arte.
Por otra parte, si bien ningún intérprete del cine japonés alcanzó la repercusión internacional de Mifune, ni en ese entonces ni después, hubo varios más de amplio reconocimiento allende los límites de la isla, entre ellos Tatsuya Nakadai, Masayuki Mori, Keiju Kobayashi, Ken Uehara, así como Machiko Kyo, Hideko Takamine y Hibari Misora.
Max Tessier (1999) ha señalado que el cine japonés vive entre 1950 y 1959 su ‘segunda edad de oro’ (la primera corresponde a los años veinte) (p. 36). Todo indica que, como en Estados Unidos, la producción japonesa o, al menos ese margen especialmente talentoso o creativo, alcanzó en esta década sus vallas más altas. Si bien Ozu o Mizoguchi habían hecho películas notables antes, en los años cincuenta alcanzan un alto grado de depuración, vía el refinamiento (Mizoguchi en Ugetsu, Los amantes crucificados o El intendente Sansho) o la sobriedad (Ozu en Viaje a Tokyo, Flores de equinoccio o Hierbas flotantes), pero también Naruse parece decantar un estilo de discreta elegancia en El crisantemo tardío o Nubes de verano.
Mientras que Kurosawa hace varias películas magníficas (Vivir, Los siete samuráis, La fortaleza escondida), Keinosuke Kinugasa (La puerta del infierno), Kon Ichikawa (El arpa birmana) Hiroshi Inagaki (Muhomatsu, el hombre del carrito), entre varios más, muestran, sin menoscabo de las ataduras genéricas (otro común denominador con la producción de Hollywood) el lado “autoral” de la industria japonesa, contribuyendo a esa imagen de clasicismo afianzado a medio camino de la modernidad que se percibe en la producción de estos años o, al menos, en parte de esa producción.
Inglaterra: más que corrección
François Truffaut no solo fue lapidario con la tradición de calidad en su país. También lo fue con el cine británico, lo que se resume en la frase que considera a Gran Bretaña y al cine como términos opuestos. Eso, ciertamente, no es verdad, y hay que ser muy cuidadosos a la hora de formular apreciaciones. Aun cuando se tiende a reconocer que el nivel expresivo promedio del cine británico fue más alto en el inmediato periodo de la posguerra, en los años cincuenta continúa la obra de los directores más dotados, como son los casos de David Lean, Carol Reed y el dúo Michael Powell-Emeric Pressburger, aunque se puede notar una disminución progresiva en el caso de Reed e, incluso, del tándem Powell-Pressburger. La llave y Nuestro hombre en La Habana son menos buenas que Larga es la noche, El tercer hombre o El paria de las islas en la obra de Reed, mientras que La batalla del Río de la Plata (1956) no está a la altura de sus mejores títulos de la dupla Powell-Pressburger y no parece casualidad que poco después Powell reanudara una carrera en solitario con una obra maestra del cine de horror, Tres rostros para el miedo. Antes, sin embargo, están las notables estilizaciones, entre el drama y el musical, de Las zapatillas rojas y Corazón indómito.
Después de la comedia romántica Locura de verano, filmada en Venecia, Lean da el salto a la gran producción en El puente sobre el río Kwai, la gran triunfadora en los óscares de 1957, que inicia la línea épica y grandiosa que seguirá el autor por el resto de su carrera y que le da una proyección internacional que antes no había tenido, casi a la manera de un Cecil B. DeMille del cine británico.
Es la pequeña compañía Ealing la que produce varias de sus más renombradas comedias: Oro en barras, El hombre del traje gris y, especialmente, El quinteto de la muerte, las que en Estados Unidos llamaban Guinness films (Pilard, 1998, p. 45). Alec Guinness, el protagonista de esas y de muchas otras, y no solo comedias, se convierte en una de las más respetadas figuras del cine de la isla y Alexander Mackendrick en uno de los mejores realizadores, pese a lo cual su carrera se va haciendo más esporádica con el paso de los años. Otros actores que van a tener una presencia significativa son James Mason y Jean Simmons, antes de su paso al cine norteamericano (que ya había ocurrido, entre otros, con Stewart Granger y Deborah Kerr), y que va a ser, luego, constante en las filas británicas. También son figuras con capacidad de convocatoria el consagrado Laurence Olivier así como Dirk Bogarde, Richard Attenborough, Kenneth More, Peter Finch, Jack Hawkins, Michael Craig, Richard Todd, Trevor Howard, sin que se encuentren figuras femeninas de fuste2, aun cuando la industria quiso convertir a Diana Dors en una equivalente de Marilyn Monroe, sin lograrlo, pese a los atributos físicos y a la cabellera rubia de la actriz que, no obstante, tuvo algunos buenos desempeños.
Además de la producción de la Ealing, la más notable en el género, la comedia inglesa aumenta su presencia internacional con las series dirigidas por los hermanos Ralph y Gerald Thomas (Doctor y Carry On, respectivamente) y varios de sus protagonistas se convierten en figuras conocidas: Terry-Thomas, Leslie Philips, James Robertson Justice y el joven Peter Sellers, entre algunos más. El cómico Norman Wisdom, una figura que se asienta individualmente, a diferencia de los anteriores, trasciende las fronteras de la isla. Igualmente, una cuota no desdeñable del cine de intriga criminal, dirigido entre otros por Basil Dearden y J. Lee Thompson, que más adelante se integran a la industria norteamericana, forma parte de la oferta británica. La Organización Rank (presidida por el magnate Arthur J. Rank) es la gran empresa productora y su imagen inicial con el hombre que golpea el gong parecía identificar al cine británico en su totalidad. Rank fue para el cine inglés un equivalente de Louis B. Mayer o Darryl Zanuck para el norteamericano.
El género fantástico va a obtener una inesperada repercusión internacional debido a la iniciativa de una pequeña empresa, la Hammer, que recicla las figuras clásicas de la tradición gótica que los estudios Universal habían popularizado en la década de 1930. Así, un equipo muy afiatado, con Terence Fisher, como director principal, y Peter Cushing y Christopher Lee, como figuras centrales, activa una línea de producción, sin precedentes en esa cinematografía, y con una notoria influencia en los desarrollos posteriores del género, con títulos tan logrados como los que dirigió Fisher: Drácula, La momia, Las novias de Drácula, La maldición del hombre lobo, El fantasma de la ópera, Las dos caras del Dr. Jekyl, entre otros, algunos de ellos ya a comienzos de los sesenta. Hay un precedente de la línea que se inicia con La maldición de Frankestein, del mismo Fisher, que está en las dos primeras películas de ciencia ficción del Dr. Quatermass, que dirigió Val Guest, otro artífice del fantástico, también para la misma Hammer: Pánico mortal y Vasallos del mal.
La representación latinoamericana: Argentina y México
Argentina tiene una disminución de su nivel de producción, así como un decaimiento de su presencia en el mercado extranjero. México, en cambio, sigue asentado como una gran fábrica de filmes que circulan por toda la región. La prosperidad de la década anterior se mantiene con la llegada de la nueva y tanto el melodrama arrabalero como el cabaretero y el familiar, la comedia bufa como la de situaciones mantienen su fuerza. Son producciones de 1950 las comedias La marca del zorrillo y Simbad el mareado, con Tin Tan; El siete machos y El bombero atómico, con Cantinflas; El gendarme de la esquina, con Joaquín Pardavé; El gavilán pollero, con Pedro Infante y Antonio Badú; así como los melodramas Arrabalera, Sensualidad y Víctimas del pecado, con la cubana Ninón Sevilla, para ejemplificar con títulos que pueden servir como referencia de las tendencias que se prolongan por varios años y que, pese a la aparición de la industria televisiva, van a permitir que los soportes genéricos de esa cinematografía se sostengan con fuerza durante toda la década.
Mientras que el estrellato argentino se debilita, la potencialidad de las grandes figuras mexicanas sigue incólume, aunque es afectada progresivamente, pues María Félix se traslada a Europa, donde hace varias películas en España y Francia. Pedro Infante, convertido en el ídolo indiscutible del melodrama y la comedia de situaciones y de impresionante arraigo, muere tras la caída fatal de su avión en 1957. Con anterioridad había fallecido, en 1953, Jorge Negrete, el charro cantor por excelencia. Se mantienen firmes Arturo de Córdova, Pedro Armendáriz, Dolores del Río y la argentina Libertad Lamarque, integrada desde 1946 a la industria norteña. María Félix, luego de incursionar en producciones europeas, entre ellas French Can Can, de Jean Renoir, regresa luego para proseguir su carrera en su tierra natal. Mario Moreno “Cantinflas” sigue siendo no solo la principal figura del humor urbano, sino la estrella de mayor proyección internacional de la industria mexicana. Al lado de Cantinflas, varios otros cómicos amplían la oferta humorística. Germán Valdez, “Tin Tan”, ya lo hemos mencionado, es uno de ellos, pero también son muy populares Adalberto Martínez, “Resortes”, un estupendo actor que se vio bastante estereotipado; Antonio Espino, “Clavillazo”; Viruta y Capulina, entre otros. La bella Silvia Pinal se erige como la actriz joven de mayor aceptación, mientras que el español Jorge Mistral compone roles de galán al lado de Pinal y otras jóvenes actrices.
La producción mexicana se diversifica: mientras que la comedia ranchera disminuye notoriamente, aunque tiene en Miguel Aceves Mejía a un nuevo intérprete muy solicitado, el melodrama intenta actualizarse sin mucho éxito, el policial cubre un pequeño espacio y otros subgéneros se afianzan, como el de los luchadores, con el Santo ubicado en el pedestal más alto, o los wésterns aztecas que explotan paisajes e indumentarias del norte de México.
Los relatos de terror, que tienen su mejor expresión en El vampiro y El ataúd del vampiro, abren un espacio antes poco transitado en el país del norte, mientras que Argentina aporta lo suyo en películas de Román Viñoly Barreto, como El vampiro negro o El extraño caso del hombre y la bestia. Luis Sandrini es la principal figura cómica del país platense, y en el frente femenino Nini Marshall, “Catita”; Tita Merello y Lolita Torres se mantienen entre las más populares. La comedia tiene a Pepe Iglesias, “el Zorro”, y a los cinco grandes del buen humor entre sus representantes más conocidos. En la segunda mitad de los años cincuenta aparece una actriz de impresionante anatomía, especialmente pectoral, que le aporta al cine de su país una inusitada dimensión erótica. Se trata de Isabel Sarli, dirigida invariablemente por el actor y realizador Armando Bo, su descubridor y mentor profesional. El trueno entre las hojas y Sabaleros son las primeras de una larga lista de combinaciones Bo-Sarli que seguirán en los años siguientes. Pese a las reacciones de la censura local y de otras partes, la Sarli pasa a ser la principal figura de exportación del cine de su país.
En México, las empresas de mayor poder son las tradicionales: Filmex, Clasa, Producciones Calderón, Películas Rodríguez; mientras que otra similar, la Argentina Sono Film, de la familia Mentasti, sigue siendo la más importante en el país sudamericano, más aún en los años cincuenta, pues las competidoras pierden peso o no están en condiciones de confrontarse con ella, incluso manteniendo una cartera de títulos no desdeñable. Una de las políticas que mantuvo Argentina Sono Film en estos años fue la de coproducir, precisamente con México, política iniciada en la década anterior.
En el campo de los logros creativos, los años cincuenta son los de Luis Buñuel integrado a la industria mexicana, inyectando siempre su peculiar punto de vista y diferenciándose del promedio por su talento creativo, como se puede apreciar, no ya en Los olvidados, que es una cinta excepcional, sino en Abismos de pasión, Él, La ilusión viaja en tranvía o Ensayo de un crimen, rodadas como relatos de género, pero atravesadas por la notable capacidad expresiva del aragonés.
En Argentina, Hugo del Carril hace sus mejores películas: Más allá del olvido, La quintrala y Las aguas bajan turbias, y Carlos Hugo Christensen destaca en Si muero antes despertar, No abras nunca esa puerta y Armiño negro, tres de las mejores películas de inicios de los cincuenta. Lucas Demare recupera fuerza creativa en Los isleros y Mercado de abasto. Carlos Schlieper, probablemente el mejor representante argentino de la comedia de enredo matrimonial, la que Stanley Cavell (1999) llama comedy of remarriage, demuestra su talento en Cuando besa mi marido, Arroz con leche, Esposa, último modelo y Mi mujer está loca. El prolífico Mario Soffici dirige una buena adaptación de Rosaura a las diez, una obra de Marcos Denevi, y otros títulos apreciables, como Una ventana a la vida y Barrio gris. Leopoldo Torre Nilsson se convierte en el director más apreciado por la crítica local, sobre todo a partir La casa del ángel, El secuestrador y La caída, que lo convierten en el autor por excelencia en el panorama del cine de su país y en la figura que anticipa el movimiento renovador que se concreta a inicios de la década siguiente.
Al otro lado del charco: España
En España, la tercera potencia fílmica de habla hispana, empieza a despuntar la modalidad local de un género, que contaba ya con una tradición iniciada con el sonoro, y que es la de la comedia musical, sobre todo de raíces andaluzas y folklóricas. Carmen Sevilla es una de las animadoras de este rubro del cine hispánico, como lo son también Lola Flores, Paquita Rico o Juanita Reina, y lo será más adelante la cupletista Sara Montiel, sin duda la actriz-cantante española de mayor éxito en la historia del cine hispano. Lola la piconera, La hermana San Sulpicio, Morena clara, Suspiros de Tiana, El sueño de Andalucía y La hermana alegría son algunos de los títulos de mayor acogida. El cine español empieza a trasponer sus fronteras y va encontrando espacios con una cierta variedad en la oferta. Con Bienvenido Mister Marshall, de Luis García Berlanga, un relato costumbrista de filo crítico, se abre paso una nueva generación y se obtiene un reconocimiento crítico internacional inédito en la producción peninsular, que se prolongará más adelante con Calle Mayor y Muerte de un ciclista, dirigidas por Juan Antonio Bardem, quien junto con Berlanga se revela como el realizador español de mayor vuelo creativo en esos años en que el país supera la etapa de depresión económica y relativo aislamiento experimentados en la década anterior, abriéndose a la industria y al turismo, con el régimen franquista fuertemente asentado.
Aun cuando la producción española sigue activando relatos históricos (al éxito de Locura de amor siguieron Agustina de Aragón y Alba de América), así como dramas costumbristas y comedias, es la doble veta de los niños actores y de los niños actores-cantores la que hace figurar de manera más notoria la imagen de España en las pantallas latinoamericanas y, en menor medida, europeas. Es el “jardín de infancia español”, como lo ha llamado Román Gubern (2013, p. 314) y que corresponde a una etapa de fuerte sentimiento católico en la cinematografía ibérica, “la España de la solidaridad y los buenos sentimientos”, en palabras de Alberto Elena (2001, p. 52). El niño Pablito Calvo protagoniza Marcelino, pan y vino, uno de los mayores “taquillazos” de esa cinematografía a escala mundial y un inquietante ejemplo de terror sobrenatural, más allá de las connotaciones sentimentales y religiosas de la historia. Mi tío Jacinto y Un ángel pasó por Brooklyn, también con Pablito Calvo, y dirigidas, como Marcelino, pan y vino, por el húngaro afincado en España, Ladislao Vajda, no superaron las cifras obtenidas por la primera película, pero no dejaron de tener repercusión fuera de la península ibérica. Joselito es otra de las figuras infantiles: además de intérprete era también cantor, e inicia con El pequeño ruiseñor una muy rentable serie que continúa con El ruiseñor de las cumbres, Saeta del ruiseñor y otras, y que explota el altísimo timbre vocal del “chaval”.
Por su parte, y en el filón de los melodramas musicales, Sara Montiel3 obtiene con El último cuplé y La violetera los más grandes éxitos internacionales para la industria peninsular que, en una lenta disminución en términos de boletaje, continúan en Carmen la de Ronda, Mi último tango, Pecado de amor, La bella Lola y La reina del Chantecler, y se convierte en la gran figura de la pantalla hispánica, compitiendo en popularidad, en el ámbito latinoamericano, con las grandes divas del cine de la época, sean estas norteamericanas, italianas o francesas, superando a las de América Latina en el rango del estrellato. Ninguna otra figura femenina del cine español alcanzó tal nivel de arraigo.
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