Kitabı oku: «Female Beatness: Mujeres, género y poesía en la generación Beat»

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FEMALE BEATNESS

MUJERES, GÉNERO Y POESÍA

EN LA GENERACIÓN BEAT

BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS

http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html http://bibliotecajaviercoy.com

DIRECTORAS

Carme Manuel

(Universitat de València)

Elena Ortells

(Universitat Jaume I, Castelló)

FEMALE BEATNESS

MUJERES, GÉNERO Y POESÍA

EN LA GENERACIÓN BEAT

Isabel Castelao-Gómez y Natalia Carbajosa Palmero

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

Isabel Castelao-Gómez y Natalia Carbajosa Palmero

Female Beatness:

Mujeres, género y poesía en la Generación Beat

1ª edición de 2019

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-524-4

Ilustración de la cubierta: Di Prima Reads At The Gas Light

Café, Fred W. McDarrah, Premium Archive

Agradecimiento a la Facultad de Filología de UNED


Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

FEMALE BEATNESS

MUJERES, GÉNERO Y POESÍA

EN LA GENERACIÓN BEAT


© Burt Glinn/Magnum Photos/Contacto

A Sofía y Teo

A Claudia y Silvia

Índice

PRÓLOGO, A. Robert Lee

CONTEXTO TEÓRICO, LITERARIO Y CULTURAL

La expansión Beat y redefiniciones del movimiento: Mujeres escritoras de la generación Beat

El género en la crítica y en el contexto cultural y literario Beat

Poética Beat, la nueva poesía norteamericana y la poesía escrita por mujeres

COWEN, DI PRIMA, WEISS Y LEVERTOV: CUATRO POETAS DE LA GENERACIÓN BEAT

POETAS TEMPRANAS DE LA ESCENA NEOYORKINA

Elise Cowen—”Death—I’m coming”: Celebrando a la hípster Dickinsoniana

Diane di Prima—”Esta clase de pájaro vuela hacia atrás”: La poesía temprana de la legendaria poeta Beat

POETAS DIVERGENTES DE LA COSTA OESTE

ruth weiss—”yo ya estaba allí”: El descubrimiento de una precursora del jazz-beat

Denise Levertov—”The borderland”: Ser y no ser

A modo de conclusión: cuatro poetas, diversos agrupamientos, múltiples significados

Bibliografía

PRÓLOGO

En el prólogo que escribí para Out of the Shadows: Beat Women Are Not Beaten Women (2015), comenzaba con la siguiente pregunta: “Así pues, ¿en qué punto nos encontramos?” Es decir: ¿hasta dónde hemos llegado en el reconocimiento pleno de la autoría de las mujeres dentro de la lista de escritores Beat? Con esto no queremos decir que los tres pioneros, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs, junto con Gregory Corso como bufón-malabarista de palabras, Lawrence Ferlinghetti en el papel de poeta-editor de City Lights y Gary Snyder como budista y versificador de la ecología, hayan sido en cierto modo eclipsados. Pero en el tiempo transcurrido desde la América de posguerra de los cincuenta en el Greenwich Village de Nueva York y el North Beach de San Francisco hasta la era Obama-Trump, tampoco cabe duda de que ninguno de los sospechosos habituales escribió nunca desde una zona de autoría sin mujeres. Si las publicaciones Beat en algún momento parecían configurar un listado exclusivamente masculino y, por ende, blanco, la comprensión de la literatura Beat y de sus actores se ha ampliado en tiempos recientes. Y con razón.

Sea pues bienvenido este estudio a dos manos que atestigua que la escritura Beat de mujeres, en contra de su encasillamiento en papeles complementarios de musa, amante o esposa, comprende un cuerpo completo de ficción, poesía y memorias, sin olvidar el género de la performance oral o con acompañamiento de música de jazz. A menudo excluidos o mantenidos al margen, ¿quién podría sostener otra opinión a la luz de los textos escritos por mujeres, así como de la crítica académica de relevancia, de los que hoy disfrutamos? Del mismo modo que ha habido un reconocimiento de la presencia afroamericana en lo Beat, o se ha subrayado la aportación del colectivo LGTBI, el mundo Beat femenino se ha ganado por méritos propios su derecho de pertenencia. “Soy la mujer de las llaves”, dice Anne Waldman en su poema-cántico “Fast Speaking Woman”. No habla sólo en nombre de unas cuantas mujeres, sino sobre todo en el de aquellas de afiliación Beat, que tienen la llave de la identidad, la experiencia, y la poderosa llamada de su voz, con sus propios matices.

Dice aún más en favor de este estudio el hecho de que esté escrito en español y para una colección de estudios americanos en esta lengua. Isabel Castelao-Gómez y Natalia Carbajosa Palmero no sólo aportan frescura a los logros de las escritoras Beat que encarnan el salto transnacional de los estudios Beat en general. Al mismo tiempo proporcionan un mapa de trabajo y un modo de análisis particular. En este sentido, el estudio se añade sin ambages a otros hitos en el mismo campo, tanto antologías como Women of the Beat Generation: The Writers, Artists, and Muses at the Heart of a Revolution (1996) de Brenda Knight, como los títulos de Ronna Johnson y Nancy Grace Girls Who Wore Black: Women Writing the Beat Generation (2002) y Breaking the Rule of Cool: Interviewing and Reading Women Beat Writers (2004). A lo largo y ancho de Female Beatness se encuentran sonidos frescos, una nueva llamada de atención.

Este estudio no alberga dudas sobre la riqueza del ámbito explorado. Tampoco escatima recursos en el sentido del contexto. El Beat femenino se muestra así en relación con otros movimientos literarios cruciales, tales como el grupo Black Mountain, los New York Poets, el San Francisco Renaissance, la constelación Naropa-centred, o los poetas L=A=N=G=U=A=G=E. Hay también una vision bien argumentada del feminismo de segunda generación, en el que destaca el nombre de Betty Friedan, así como del cambio significativo desde el momento en que la antología The New American Poetry (1960) de Donald Allen –sin negar la importancia que tuvo– incluyera solamente cuatro mujeres. Como no podía ser de otra manera, se hace mención a las autobiografías y memorias, la escritura de diarios, de Diane di Prima, Joyce Johnson, Carolyn Cassady, Hettie Cohen y Joanne Kyger. Cada una de ellas, como el presente estudio confirma, funciona como testimonio pero también como narración versátil y completa en sí misma.

El cuarteto escogido para el estudio pormenorizado es digno de destacar. Elise Cowen, la Emily Dickinson judía, ha sido una recuperación de última hora, un triunfo póstumo. Merece el estatus con el que se aborda en Female Beatness por el atrevimiento elíptico de su poesía, los tropos de una vida vivida en el mismo filo del riesgo emocional y la mala salud. Diane di Prima, presente desde el principio, ha sido la formidable todoterreno como poeta, novelista (y no solo por la novela paródico-pornográfica Memoirs of a Beatnik, 1969), ensayista, editora y co-editora con Jones/Baraka de The Floating Bear (1961-9). Su exhaustiva vie de bohème en Recollections of My Life as a Woman (2001) cumple con creces como punto de referencia. ruth weiss, nacida en Viena, judía que huyó del nazismo, autora del ambicioso poema meditativo Desert Journal (1977), y virtuosa de la poesía y el jazz establecida en la Costa Oeste, merece ser abordada en su totalidad. En Denise Levertov, el discernimiento de las conexiones de su voz con el mundo Beat dentro del ámbito del imagismo en, por ejemplo, The Collected Poems of Denise Levertov (2013), es resuelto con autenticidad.

El hecho de haber sido invitado a escribir este breve prólogo, pergeñado en inglés y traducido por las dos autoras, ha sido un acto de generosidad a la vez que un privilegio. El contenido de Female Beatness: Mujeres, género y poesía en la Generación Beat hace perfecto honor a su título. Merece asimismo el reconocimiento de ser la primera monografía en español en su campo. La cobertura que ofrece, y la atención que presta a los textos con los que trabaja, lo sitúan en primera fila.

A. Robert Lee

Murcia, julio de 2018

“Las mujeres de la generación Beat estaban cortadas por el mismo patrón que los hombres: temerarias, airadas, asumiendo riesgos, demasiado inteligentes, inquietas, muy irregulares, igualmente [escogiendo] la vida marginal, la lucha y la oposición […]Las mujeres Beat eran rebeldes con talento y con el suficiente coraje y espíritu creativo como para dar la espalda a la buena vida que los cincuenta prometían y abrirse paso en San Francisco y el Greenwich Village, mucho antes del feminismo de segunda ola […] Esa disconformidad no era fácil. Ser soltera, poeta y artista, tener hijos de distinta raza, recorrer los caminos era doblemente escandaloso en el caso de las mujeres, y la condena social muy elevada”.

—Brenda Knight, Women of the Beat Generation

“No puedo afirmar que muchas mujeres excepcionales fueron ignoradas en mi tiempo, pero sí puedo afirmar que muchas mujeres potencialmente excepcionales terminaron muertas o dementes […] Algunas sufrieron de sobredosis y algunas se volvieron locas, y a una mujer con la que yo andaba por el Village la mataron sus padres en el 53 cuando la sometieron a un tratamiento de electrochoque … no quiero despotricar sobre casos concretos, pero la amenaza de reclusión o de algún tipo de muerte temprana era más que plausible”.

—Diane di Prima

“Veo a la joven Joyce Glassman, veintidós años, el pelo cayéndole por los hombros, toda de negro […]—medias negras, falda negra, suéter negro—pero […] no es que esté de luto por su vida. ¿Cómo iba a estarlo, cuando su sitio en la mesa era el centro mismo del universo, ese lugar en la medianoche en el que tantas cosas convergen, el único lugar vivo en América? Como mujer, ella no forma del todo parte de esta convergencia. Hecho que su emoción por estar ahí sentada le impide ver mientras las voces de los hombres, siempre los hombres, se elevan y decaen apasionadamente. . . .

Simplemente con estar ahí, se dice a sí misma, basta.

Lo que me niego a abandonar es su expectación. Sólo es su silencio lo que me gustaría dejar atrás”.

—Joyce Johnson, Minor Characters

CONTEXTO TEÓRICO, LITERARIO Y CULTURAL


83954699 'In A Beat Pad' Creditos: © Fred W. McDarrah/ Premium Archive/ Getty Images

LA EXPANSIÓN BEAT Y REDEFINICIONES DEL MOVIMIENTO: MUJERES ESCRITORAS DE LA GENERACIÓN BEAT

Crítica reciente y nuevos modelos de análisis

La fuerza centrífuga de los Beat como grupo literario, movimiento de vanguardia artístico y fenómeno social y cultural que se desarrolla desde mediados de los años cuarenta hasta principios de los sesenta en los Estados Unidos (principalmente en Nueva York, pero desde mediados de los cincuenta también en San Francisco) ha expandido su radio en la academia y en la cultura popular a lo largo de las últimas décadas del siglo XX, llegando al XXI con energía. En 2017 se publica The Cambridge Companion to the Beats, el referente académico de crítica literaria en lengua inglesa, significando la definitiva entrada de la Generación Beat como grupo literario y cultural de peso y relevancia dentro de la historia y el canon literarios.1

Aunque es a mediados de los años ochenta cuando la crítica literaria estadounidense comienza a tomarse a los Beat en serio, principalmente a través de los trabajos de Anne Charters (The Beats: Literary Bohemians in Postwar America (1983) y The Portable Beat Reader (1992)), a partir de mediados de los noventa empieza a despegar una revisión crítica interesante sobre este fenómeno literario y cultural, provocando una apertura de la enquistada visión sobre su definición, hasta entonces centrada en el núcleo duro de los escritores legendarios y popularmente conocidos (Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs) que se había mantenido desde los sesenta.

En 1996, el volumen The Beat Generation Writers de A. Robert Lee pone el énfasis en una visión de amplio espectro del fenómeno Beat, incluyendo artículos sobre escritores del círculo que hasta entonces no habían despertado gran interés como ejes activos en la definición del grupo (por ejemplo, John Clellon Holmes, Herbert Huncke, Ted Jones, Bob Kaufman), además de artículos sobre las construcciones de género en el movimiento. El libro de Lee, pionero en reivindicar la literatura de los escritores afroamericanos dentro del grupo, coincide con la publicación de Women of the Beat Generation de Brenda Knight, el primer libro dedicado a dar visibilidad a las mujeres Beat, abriendo la puerta a una literatura crítica centrada en estas mujeres escritoras a partir de entonces.

Sin embargo, es en el siglo XXI cuando vemos florecer enriquecedores estudios sobre el fenómeno Beat por su originalidad y apertura, redefiniéndolo desde parámetros antes no estudiados. En 2004, Jennie Skerl edita Reconstructing the Beats y define sus puntos de partida y objetivos de la siguiente forma: revisar las aportaciones culturales del grupo desde perspectivas críticas contemporáneas que incluyen artes visuales, sociología y antropología, música, estudios de género y etnicidad; reivindicar su lugar dentro de la historia literaria estadounidense; recontextualizarlo dentro de los movimientos de vanguardia artísticos; recuperar a escritores y escritoras de menor reconocimiento (el volumen incluye artículos sobre Joanne Kyger, ruth weiss, Lenore Kandel, Bob Kaufman o Ted Jones); y desbancar los estereotipos y clichés sobre los/las Beat, tales como que eran apolíticos, anti-intelectuales y banales, en el discurso cultural popular (Skerl 4).

En 2010, con Modern American Counter Writing: Beats, Outriders, Ethnics, Lee contribuye de nuevo a la revisión del movimiento como parte de una tradición de literatura contestataria y desde márgenes identitarios y culturales no sólo estadounidenses sino pertenecientes a la cultura occidental contemporánea. La visión del movimiento Beat como semilla contracultural que ha rebasado fronteras nacionales y temporales (es decir, no sólo con impacto y prevalencia en los Estados Unidos, o contextualizados en los años cuarenta y cincuenta) y cuya influencia es transnacional y global, se desarrolla en el revelador estudio crítico The Transnational Beat Generation (Grace y Skerl 2012).2

Nuestro objetivo en este capítulo es describir la pluralidad Beat como fenómeno cultural, grupo literario y movimiento contracultural. Esta pluralidad se ha hecho posible en gran parte por la función de desestabilización de la categoría Beat que las mujeres partícipes del movimiento llevaron a cabo con sus escritos y prácticas sociales desde sus inicios hasta nuestros días. El poderoso significante “Beat” (literalmente “golpe” en inglés, pero también “abatido o golpeado”) desprende múltiples posibilidades de alcance en significado, como una vibración en expansión de configuraciones aleatorias y caóticas, pero de coherencia estética y vital al mismo tiempo. No es de extrañar, pues, la relación directa entre el grupo Beat y el jazz experimental bebop. Es acertado, como indica Jonah Raskin, desbancar la cronología como la aproximación más correcta a este movimiento (37) por subrayar la centralidad de las figuras legendarias masculinas como únicos ejes definitorios del fenómeno (Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neil Cassady, William Burroughs, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti, o Gary Snyder), además de por mantener los modelos de análisis clásicos: el de “centro-periferia” y el de “Círculo cerrado vs. Amplio espectro” (Lawlor 2017: 26). Estos modelos interfieren en la visión del movimiento como un continuo fenomenológico diverso e inclusivo, ya que gravitan en torno a estos autores y su radio de influencia.

Los fundamentos filosóficos en los que surge la subcultura Beat, que luego se convertiría en contracultura masiva en los sesenta, se basan en la espontaneidad y la vivencia del presente (un carpe diem reflexivo, creativo y místico sobre la experiencia del momento), estudiadas en detalle en The Culture of Spontaneity: Improvisation and the Arts in Postwar America (Belgrad) y Capturing the Beat Moment: Cultural Politics and the Poetics of Presence (Mortenson). Esta nueva visión modificó la forma de entender el tiempo (instantáneo y en continuo hacer) y el espacio (enclaves urbanos de heterogeneidad individual en movimiento y constante formación) como presagios de postmodernidad. Todo ello ayuda a entender las “permutaciones y encarnaciones” (Raskin 36) del fenómeno Beat, reinscribiendo su historia y evolución desde la pluralidad y la diversidad de sujetos, prácticas y estéticas.

De la eclosión original a la vibración del sonido Beat: aspectos en torno al género

Desde la metáfora del sonido podemos distinguir dos elementos. Por un lado, el del inicio de la pulsación Beat cuya percusión se localiza en un pequeño grupo de amigos explorando la turbia vida nocturna de Times Square a mediados de la década de los cuarenta y en el mundo clandestino de la heroína. Por otro lado, está el de la vibración Beat, efervescente ya a principios de los cincuenta y paralela al grupo anterior, encarnada, como bien documenta Diane di Prima en Recollections of My Life as a Woman, por individuos bohemios y marginales que elegían salir del sistema y arroparse entre ellos en Nueva York, aún sin conocer al grupo “Beat” en cuestión.

La historia más reconocida y extendida sobre el origen de la pulsación, o eclosión Beat narra que en 1944 William Burroughs, ya amigo de Allen Ginsberg y Jack Kerouac, conoce a Herbert Huncke, quien le introduce en el submundo de drogadictos y excluidos sociales de Nueva York (ya fuera por pobreza, orientación sexual, adicción, etnicidad o elección). Allí, Burroughs se siente como en casa, viviendo desde su experiencia real, y a la vez simbólica, en los márgenes de la cultura de postguerra estadounidense, la cual disfrazada de modernidad, imponía una “individualidad” homogénea y conformista. Huncke prestó al grupo el término “beat”, expresión coloquial ya utilizada por los músicos de jazz afroamericanos durante la Segunda Guerra Mundial, que él utilizaba como referente a un ecosistema, junto a sus habitantes, fuera del sistema y de la ley, donde no se tenía que luchar contra nada porque no se pertenecía más que a una subcultura subterránea.

El término inicial sugería, según Ginsberg, ser o estar “exhausto, perceptivo, rechazado por la sociedad, a tu modo y solo, de la calle” (en Charters 1993: 583).3 Pero será Kerouac el que exprima imaginativamente el sentido de to be beat, anclándolo en una tradición de inconformismo de corte existencialista en la cultura y literatura estadounidenses. Es a él a quien debemos la contextualización del sentido de lo Beat en las circunstancias históricas que lo generan, a la vez que su descontextualización, ya que lo emplaza en un continuo cultural e imaginario que le provee de expansión. John Clellon Holmes, miembro del grupo intelectual inicial con lazos con la universidad de Columbia, rememora su famosa conversación con Kerouac en 1948, en la que éste describe qué significa ser Beat y el estado de beatness en la América de postguerra. En la conocida cita de Kerouac, el autor identifica a su grupo de amigos con los excluidos sociales o fuera de la ley y como miembros de una “generación Beat” por primera vez: “éramos una generación de furtivos. Con el reconocimiento de que no teníamos la necesidad de demostrar nada, ‘públicamente’, me refiero, una especie de hastío—quiero decir, todos sabíamos ya dónde nos encontramos—y un agotamiento con todas las formas, todas las convenciones del mundo . . . Así que, me imagino que podríamos decir que éramos una generación abatida” (en Belletto 2017(a): 4).4

John Clellon Holmes pone los cimientos de la mitificación del fenómeno Beat como revolución cultural en su artículo fundacional “This is the Beat Generation” de 1952. En este artículo, Holmes da cobertura mediática al término Beat y habla, no de un movimiento literario (todos en el grupo escribían: Kerouac ya había publicado su primera novela y el mismo Holmes ese año publica la aclamada Go), sino de una generación de jóvenes estadounidenses crecidos durante la Segunda Guerra Mundial y madurados en la guerra fría que se sienten desafiliados y en busca de valores que honrar, valores alternativos a los que les ofrecía la clase media materialista en la que viven. El crítico los considera agentes de una “revolución cultural en progreso” (en Charter 1992: xx). En 1958, en “The Philosophy of the Beat Generation”, Holmes define este sentimiento de búsqueda como una propuesta de vida marcada por la exploración de los límites de la experiencia y guiada por la pregunta: “¿Cómo debemos vivir ahora?” (en Lee, A. R. 1996: 1).

Aunque la narrativa sobre el inicio de la eclosión Beat se centró en un principio sobre todo en las aventuras dentro del crimen, las drogas y la sexualidad de este pequeño grupo de amigos, y posteriormente en el estudio literario de sus obras, lo cierto es que una primera generación de mujeres bohemias y escritoras Beat participaba igualmente en la eclosión del movimiento, aunque a un ritmo distinto y en diferentes circunstancias. Sin embargo, la inclusión de las mujeres Beat en la historia oficial del movimiento comienza a mediados de los noventa por razones de invisibilidad y elisión que iremos analizando a lo largo de este libro pero que principalmente se relacionan con la centralidad dada a la crisis de la masculinidad de postguerra, tanto en la sociedad como en los medios del momento, y con el sexismo imperante fuera y dentro de la subcultural bohemia Beat. La primera generación de mujeres Beat, nacidas en las primeras décadas del siglo XX, también participaba del sentimiento de desencanto, deseos de innovación y exploración de lo Beat, aunque su forma de ser “furtivas” al sistema y de construir respuestas al “cómo debemos vivir ahora” estaban marcadas por una imposición mucho más rígida en la sociedad sobre cómo ser mujeres y construir una feminidad normativa.5

Joan Vollmer Adams Burroughs y Edie Parker Kerouac, por ejemplo, fueron mujeres influyentes y partícipes directas del inicio de la pulsación Beat en Nueva York. Brenda Knight describe su incursión en la historia Beat por primera vez en Women of the Beat Generation (1996), y nos cuenta que ambas llegan a principios de los cuarenta a la ciudad como estudiantes universitarias. Su curiosidad por la vida nocturna y bohemia les pone en contacto con William Burroughs, Jack Kerouac, Lucien Carr y Allen Ginsberg, quienes las visitan habitualmente, e incluso viven intermitentemente en el apartamento que las dos comparten. Joan Vollmer Adams, brillante intelectual y libre de espíritu, fue amalgama y anfitriona del grupo, convirtiendo su casa en salón de amor libre y debate durante el final de la década de los cuarenta. Mantiene un matrimonio no monógamo con William Burroughs, pero la adicción de Joan a la benzedrina y del escritor a la heroína les mueve por diferentes Estados con el hijo de ambos, hasta que finalmente, en 1951, Burroughs le dispara accidentalmente en México cuando jugaban drogados a apuntar a una manzana sobre sus cabezas.

Edie Parker Kerouac, bohemia y liberada sexualmente, se casa con Jack Kerouac para sacarle de la cárcel tras ser arrestado como cómplice del asesinato de Dave Kammerer, cometido por Lucien Carr, pero se separan después de quedarse embarazada. Tras varios intentos fallidos por publicar, su escrito autobiográfico You’ll be Okay ve la luz en 2007. Carolyn Cassady, diseñadora, pintora y escritora, se casa con el icono Beat Neil Cassady y tienen dos hijos. Mantiene relaciones con Cassady y Kerouac a la vez por un tiempo, y sus memorias Off the Road (1990) narran desde el punto de vista femenino su vida en relación al círculo de Cassady, Kerouac y Ginsberg y el difícil equilibrio entre la necesidad de estabilidad, la experiencia de la movilidad geográfica y el impulso creativo. Joan Haverty Kerouac y Jack Kerouac se conocen en 1950 y se casan y divorcian en el breve período de un año tras quedarse ella embarazada y no tener el apoyo de su marido para criar a la que será la única hija del escritor. J. Haverty Kerouac escribe a lo largo de toda su vida, pero sus memorias, Nobody’s Wife: The Smart Aleck and the King of the Beats, se publican póstumamente en 2000. En ellas, la autora describe sus años bohemios en Nueva York y desmitifica la figura del escritor como pareja, marido y padre. Respecto a este último papel, cabe matizar que Jack Kerouac mantuvo una batalla legal durante diez años para desvincularse de sus responsabilidades parentales.

Desde finales de los cuarenta hasta mediados de los cincuenta, los hípsters Beat de Nueva York o la nueva bohemia, así llamada para distinguirla de la “Bohemia” de las primeras décadas del siglo XX en el Village (Johnson y Grace 7), se componían de personajes antisistema de toda índole: desde jóvenes rebeldes recién emancipados que habían abandonado las casas familiares y algunas valientes mujeres aventureras, hasta gays, lesbianas, transexuales, artistas incipientes y consagrados, criminales, personas sin techo, o radicales de izquierdas de las anteriores décadas, unidos por el enclave y reducto urbano de libertad que era el Greenwich Village y sus espacios públicos que tomaron poco a poco, no sin afrentas con la policía (Di Prima 2001:112).

El grupo legendario Beat, aún desconocido a gran escala, estaba formado, como ya hemos visto, por estudiantes o ex-estudiantes universitarios (Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Lucian Carr, John Clellon Holmes, William Burroughs), mujeres de la primera generación de escritoras Beat, autodidactas relacionados con el mundo del crimen o el psiquiátrico (Herbert Hunk, Carl Solomon, Gregory Corso), y el resto de amigos que compartían su visión contracultural, tanto existencial como artística, y que tenían como epicentros de reunión sus apartamentos y otros espacios del barrio bohemio. Pero por mucho énfasis que se haya dado a este coterie literario y grupo de amigos, como bien sugirieron Gregory Corso y Gary Snyder a posteriori, un grupo de tres o cuatro “no hacen una generación” (Lawlor 26). La etiqueta tomaría fuerza y sería adoptada por la vibración contracultural ya existente a raíz de la popularidad mediática que adquirió a mediados de la década de los cincuenta.

Este grupo de inicio de la pulsación Beat en expansión tomó como ejemplo una praxis de vida instintiva, espontánea, fiel a la experiencia intensa del límite, al sentimiento y el yo auténticos y a la necesidad de gratificación instantánea, siempre en búsqueda, movimiento y huida: los junkies, músicos de bebop, o wild kids, como hombres de frontera modernos en la carretera, fueron los modelos de “furtivos” para Kerouac y los demás. Sus valores estaban muy unidos a la masculinidad Beat, los cuales fueron asimilados y transformados por las mujeres del movimiento de formas diversas en sus vidas y obras, como sugiere Ronna Johnson: “desestabilizando las categorías de la escritura y cultura Beat y mostrando lo Beat a su manera, expandiendo funcionalmente y de alguna forma modificando discursos e imágenes del modelo a seguir, más allá de las formas de actuar y ser más familiares que buscaban los ejemplos masculinos” (2004(a): 4).6

Todos, sin embargo, mujeres y hombres, y de forma decisiva para amalgamar la esencia literaria y artística del fenómeno Beat, tomaron como influencias clave en su visión de las cosas las vidas artísticas bohemias y vanguardistas de los simbolistas franceses (Rimbaud, Proust) y otros enfants terribles, los filósofos románticos trascendentalistas (Thoreau, Emerson, Whitman), los rompedores vanguardistas europeos (dadaístas, surrealistas, etc.), los Modernistas norteamericanos y europeos (William Faulkner, James Joyce, T.S. Eliot) y los poetas avant-garde norteamericanos (Ezra Pound, W.C. Williams, Gertrude Stein, H.D.); modelos literarios de nuevo mayoritariamente masculinos y relacionados con una visión romántica del genio creativo.

La pócima alquímica Beat incluye el poder simbólico de la palabra y el arte como acción contestataria. Los miembros del grupo, muchos de ellos con formación universitaria y una gran curiosidad intelectual y literaria, consideraban que la literatura podía ser un arma para generar una nueva visión vital y artística, a la par que la experimentación con drogas, la delincuencia y la sexualidad abierta. La búsqueda de nuevos valores, en contraste con la homogeneización y el conformismo que imponía la sociedad de postguerra, inevitablemente fomentaba una nueva filosofía de vida y arte. Acudía en su ayuda la indagación por el autoconocimiento a través de las experiencias múltiples: vitales, corporales, espirituales e intelectuales.

El reducido grupo de eclosión Beat, junto a la bohemia artística del Village a principios de los cincuenta (que tras la popularidad mediática de Howl se les uniría), transformarían el significado Beat como representante, no ya de un grupo de subcultura aislado, sino de un movimiento de vanguardia artística en su plena definición, promoviendo la unión de la innovación en el arte y la formación de una nueva conciencia; arte y vida como acción política desde individuos que se identificaban como colectivo (Bürger 1984, von Hallberg 1996). De esta acertada forma es como se lleva estudiando el movimiento Beat después del resurgir crítico en la segunda mitad de los noventa, perspectiva crítica que anticipó A. Robert Lee al proponer el análisis de la relación entre arte y política, “el poder de la palabra y el poder de la acción” en la literatura y cultura Beat (1996: 7).

Dentro de esta propuesta es necesario señalar la doble labor que llevan a cabo las mujeres escritoras como experimentadoras dentro de los propios movimientos de vanguardia: “un grupo marginado dentro de una ya marginal bohemia” (Johnson 2004(a): 5),7 revelando posiciones a contracorriente al propio discurso contracultural en el que estaban inmersas. Sus prácticas vitales y estéticas de “alianzas y divergencias” a los preceptos establecidos por los grupos artísticos a los que pertenecían, generalmente masculinos, como indica Elizabeth Frost en su estudio sobre mujeres poetas dentro de las vanguardias experimentales modernistas y contemporáneas estadounidenses, reflejan valiosas tácticas de desestabilización y apertura (xiii).

Las escritoras promovían diferentes formas de formular lo Beat o experimentar beatness desde contra-narrativas y voces críticas disidentes que cuestionaban los discursos bohemios, exponiendo sus propias contradicciones, sobre todo en cuanto a los sistemas de género (Belletto 2017(b): 92). Sus obras, por lo tanto, amplían y completan la definición y el entendimiento de la formación de los Beat como grupo de vanguardia artístico, además de participar en un continuo de tradición de poesía y escritura femenina y feminista estadounidense experimental. Esta última perspectiva de inserción en un continuo de tradición de literatura escrita por mujeres no parece haber sido atendida con suficiente profundidad en la aproximación a las poetas Beat (prueba de ello es el escaso análisis comparativo que existe con mujeres poetas de otros momentos históricos y culturales), siendo un eje teórico en el presente estudio.

Para entender las transformaciones expansivas del movimiento Beat a lo largo de los cincuenta es necesario contextualizarlo, como R. Holton sugiere, dentro de un ambiente de debate intelectual sobre el rumbo hacia la extinción del individualismo y la alienación en la sociedad estadounidense de la época, lo que duplicó el impacto de la visión alternativa de vida y arte Beat en la juventud del momento. El contexto histórico y cultural del movimiento les distinguió de otras vanguardias artísticas que surgieron también en momentos de importantes transformaciones históricas (por ejemplo, los Trascendentalistas de mediados del diecinueve debido a la industralización y el capitalismo; las vanguardias europeas en torno a la primera guerra mundial), sobre todo en el elemento de los medios de comunicación. Desde el plano social y cultural, Estados Unidos vivía grandes cambios que se ponían en práctica de formas muy concretas: “El Comité de Actividades Anti-Americanas de McCarthy […], los nuevos sistemas de autopistas, […], las zonas residenciales, […] los modernos supermercados y centros comerciales [que proliferaron cuando se descubrió] que los hábitos consumidores y laborales de la clase media estadounidense podían ser manipulados” (Holton 12).8

Estas prácticas sociales de control extinguían lugares posibles de heterogeneidad donde practicar la diferencia, ya que desde la homogeneización y el conformismo se generalizó una alienación de la singularidad. La presión centrípeta de control social potenció la fuerza centrífuga de excentricidad Beat (Holton 213). Canales de escisión contraculturales hasta entonces funcionales ya no lo eran, como el discurso político (silenciado en la época) o de transgresión estética como élite intelectual (la del modernismo había sido fagotizada en la academia), dejando espacio sólo a una forma de disenso: el aparentemente “apolítico” desde lo personal, desde planteamientos y elecciones vitales diversos que irían contagiándose entre la población no conforme con las costumbres establecidas por el régimen social y cultural. Un régimen cuyos pilares eran la familia nuclear, el materialismo y el consumismo, los rígidos roles de género, la adaptación al sistema laboral capitalista y el conformismo político.

Sin embargo, como veremos en el siguiente capítulo, las formas de actuación de estos sistemas de control en cuanto a las construcciones de la masculinidad y la feminidad variaban, y por lo tanto, el origen de la alienación individual y las búsquedas de formas alternativas de heterogeneidad y disenso tuvieron connotaciones, prácticas y consecuencias sociales diferentes para los hombres y mujeres Beat del movimiento.

Por otro lado, desde el punto de vista filosófico, tanto la Segunda Guerra Mundial como la guerra fría expandieron el miedo a la muerte inminente por la bomba atómica, una experiencia humana sin precedentes que Norman Mailer describe de forma reveladora en “The White Negro” (1957). Los hípsters, según Mailer, desprovistos de esperanzas de futuro o espacios de disidencia colectiva, fueron esos individuos (varones) que aún encontraron el coraje para buscar nuevos significados de existencia. La guerra de Corea a principios de los cincuenta como consecuencia de la guerra fría potenció el clima de inseguridad y conflicto y supuso, en palabras de Kerouac, un evento decisivo para azuzar la disidencia y el desencanto, impulsando la expansión Beat (en Charters 1992: xxi).

Una vez más, sin embargo, hay que ser conscientes de que estas consecuencias culturales en relación a la guerra y su funesto impacto también fueron diferentes para los hombres y las mujeres Beat y su exploración artística y vital. No hay que olvidar, como sugiere McNeil, que los Beat escriben “en una era en la cual la masculinidad había sido explícitamente definida por el servicio en la guerra, […] imponiendo disciplina militar y poniendo el cuerpo del hombre directamente en riesgo”, y que sus nuevas formas de masculinidad alternativas incluyen modelos de búsqueda en total libertad y a través de relaciones de apoyo homosociales (187).9 De la misma forma que ocurrió con la primera guerra mundial, las mujeres estadounidenses de la década de los cincuenta experimentaron las consecuencias de la guerra desde otros parámetros: concretamente, desde la forzada vuelta a casa después de haber ocupado el espacio público y laboral por la ausencia de los hombres que luchaban en la batalla.

Lo que sí es cierto es que los Beat, hombres y mujeres, consiguen dibujar lugares para la disidencia en espacios sociales de heterogeneidad, desde el “beat” más popular de los autores masculinos hasta el female beatness de las autoras Beat como ejemplo de disidencia femenina (no del todo revelada y reconocida hasta recientemente). Aportan así posibilidad y esperanza dentro de una literatura nacional que hasta entonces mostraba la fantasía de escapatoria pero nunca proporcionaba lugares alternativos de forma clara, reiterando imágenes recurrentes de inmovilidad y enclaustramiento (Holton 14-15).10 Este espacio de identificación colectiva y libertad artística e individual a través de la visión, actitud y literatura Beat se hace público en el ámbito nacional, y de forma muy concreta, tras la lectura del poema Howl que Allen Ginsberg lleva a cabo en 1955 en la galería de arte Six Gallery de San Francisco. A Ginsberg le acompañaban el organizador del evento, el veterano Kenneth Rexroth, y varios jóvenes poetas: Gary Snyder, Michael McClure, Philip Lamantia y Philip Whalen, entre otros, además de una expectante audiencia bohemia de la Costa Oeste.

Escuchando a Ginsberg estaba también Lawrence Ferlinghetti, quien propondrá la publicación de Howl en su editorial independiente City Lights Books acto seguido. Esta lectura mítica del largo poema épico (escena que abre y vertebra la película Howl) representa un hito dentro de la expansión Beat porque generó un espacio de identificación colectiva dando fuerza, además, al movimiento Beat de la Costa Oeste, que ya florecía como parte del San Francisco Renaissance. Allen Ginsberg llega a San Francisco de la mano de una carta introductoria de William Carlos Williams, pero es el evento de “Six Poets at the Six Gallery” el que genera el catalizador entre las dos corrientes de vanguardia de la Costa Este (Beat) y la Costa Oeste (San Francisco Renaissance), que se unificarán bajo el término Beat cuando éste tome las calles tras su salto a la fama.

¿Dónde estaban las mujeres durante la lectura de Howl en la Six Gallery? Probablemente sentadas entre el público como compañeras, amigas y esposas. Habría también muchas escritoras y artistas, pero no como participantes directas dentro del elenco de poetas que iban a leer sus obras. Knight estudia y da a conocer a varias mujeres de la primera generación de escritoras Beat influyentes e instigadoras del San Francisco Renaissance, a las cuales denomina precursoras Beat. Helen Adams, de una generación anterior y de origen escocés, experimentó con la performatividad oral y la forma poética de la balada, dando relevancia a la revisión mitológica desde el género, aspecto que continuará en la poesía Beat de mujeres en las siguientes generaciones. Junto a Madeleine Gleason, poeta de la misma generación de Adams, crean estrechos vínculos con Robert Duncan, y también con Kenneth Rexroth y otros poetas experimentales de San Francisco, fundando grupos de lectura públicos, debates y festivales de poesía que inspirarán a las escuelas poéticas coetáneas y relacionadas con los Beat como el Black Mountain College. Los más jóvenes Beat reconocen su influencia, ya que, como indica Knight, son las matriarcas bárdicas que sacaron la poesía “fuera de las clases y fuera en la calle [incorporando] vida, energía y música en la escritura” (31).11

De igual forma, Mary Fabilli o Sheri Martinelli estaban presentes ya en la escena poética de San Francisco a la llegada de los Beat neoyorquinos a mediados de los cincuenta, formando parte activa en la bohemia artística. Martinelli publica “Duties of a Lady Female” en 1959, poema en prosa satírico sobre las reestructuraciones de las dinámicas de género en la época de postguerra y en la bohemia, y es conocida como musa de Ezra Pound e influencia directa de Diane di Prima. Denise Levertov, un poco más joven, representa la interrelación y solapamiento entre las poéticas experimentales que emergían en la Costa Este y se hermanaban en San Francisco, publicando con Lawrence Ferlinghetti y atendiendo tanto al florecimiento Beat como a la experimentación formalista proveniente del modernismo del grupo de Robert Duncan. A su peculiar representación poética de lo Beat se dedicará un capítulo del presente libro.

Como bien indican Johnson y Grace, Levertov y otras poetas de la primera generación Beat “estuvieron inicialmente conectadas a la estética e intereses Beat y luego se desarrollaron hacia otros movimientos” (2002:12).12 En ello radica la fuerza de su aportación, no sólo en personificar la apertura, expansión e inclusión Beat, sino también, en el caso de este grupo de poetas iniciales de San Francisco, en subrayar la relación con la vanguardia modernista estadounidense en un continuo literario de experimentación con énfasis en la identidad de género. En el límite cronológico entre la primera y segunda generación de escritoras Beat se encuentra la poeta ruth weiss. De familia inmigrante judía que consigue huir de la barbarie nazi, llegó en la década de los cuarenta a Nueva York. En continuo peregrinaje y exilio entre Estados Unidos y Europa, se asienta finalmente en la escena bohemia de San Francisco a principios de los cincuenta. El particular estilo de lectura poética performativa de weiss, imbricada en la música de jazz, impactó por su originalidad en el movimiento Beat del North Beach (barrio bohemio de San Francisco). Aunque ha sido constante y prolífica en su forma de entender la poesía y el female Beatness, sólo recientemente se está estudiando en profundidad la obra poética de weiss y a ella le dedicaremos un capítulo del presente libro también.

La juventud estadounidense, desencantada y en busca de nuevas aproximaciones a la vida a través del arte y la experiencia, vio en el fenómeno grupal incipiente, y en el mensaje que anunciaba el cuasi-profeta Ginsberg en su oratoria, una llamada colectiva. Esto fue posible gracias a acontecimientos que se desencadenaron a raíz de la publicación de Howl: el juicio por obscenidad a Ferlinghetti como responsable de su publicación (1956); la popularidad de On the Road (1957) debido a la alentadora crítica en The New York Times por Gilbert Millstein, que la consideró espejo de los nuevo tiempos por conectar la nueva literatura emergente de los Beat con la de la Generación Perdida (Lawlor 25) (además, hay que decirlo, de ensalzar los valores sexistas de la obra (McNeil 180)); la guerra mediática desatada contra los beatniks durante finales de los cincuenta, seguido de los sucesivos escándalos por juicios a obras Beat durante los sesenta (Naked Lunch de William Burroughs y The Love Book de Lenore Kandel, entre otros). Estos y otros acontecimientos, tales como los continuos asaltos policiales a lugares públicos de encuentro bohemios en la Costa Este y Oeste, convirtieron la ya imparable expansión Beat, como sugiere Jennie Skerl, en la primera contracultura masiva, mediática y multigeneracional en la historia (2).

Los practicantes del estilo de vida Beat crecieron como la espuma en la segunda mitad de los cincuenta, engrosando un colectivo que se identificaba como contracultural y transformando el inicial impulso Beat marginal de exclusión furtiva del hípster de finales de los cuarenta en otra cosa. En “The Origins of the Beat Generation”, publicado en Playboy en 1959, Kerouac define esta metamorfosis de la siguiente manera:

La palabra “beat” originalmente significaba pobre, miserable, abatido y hastiado, holgazán, triste, vagabundo. Ahora que la palabra se ha hecho oficial se la está estirando para incluir a gente que no duerme en el metro, sino que tiene un nuevo estilo, o actitud, que sólo puedo describir como una nueva moda. “La Generación Beat” se ha convertido simplemente en un eslogan o etiqueta para designar una revolución en las maneras en América. (en Lee, A. R. 1996: 1)13

Michael McClure y Diane di Prima rememoran el espacio de identificación que supuso el conocer la existencia de este grupo y su literatura. McClure, en Scratching the Beat Surface (1982), recuerda este descubrimiento asistiendo a la lectura de Howl: “Como artistas estábamos oprimidos y la gente de la nación también… Veíamos que la poesía estaba muerta—asesinada por la guerra, por la academia … Anhelábamos voz y visión … sabíamos, dentro de nosotros, que una barrera había caído, que una voz humana y un cuerpo habían sido lanzados con fuerza contra el duro muro de America” (en Charters xxviii).14 Di Prima, por otro lado, narra en Memoirs of a Beatnik el final del aislamiento de su pequeño grupo bohemio en el Village, ya que finalmente podría conocer a sus hermanos y hermanas (1969: 176). En palabras de Anatole Broyard en “Anatomy of a Hipster” (1948): “el hípster no era de ni estaba en ningún sitio….[pero] anhelaba, desde el principio, ser de y estar en alguno, [ansiando] el nacimiento de una filosofía …. de lugar” (en Holton 17).15 La creación de este espacio contracultural de referencia abierto a la heterogeneidad se convirtió en un lugar imaginario y social adaptable a reconfiguraciones Beat en la sociedad estadounidense de la segunda mitad del siglo XX.

La apertura y transformación más allá de la eclosión del sonido Beat a finales de los cuarenta protagonizada por un reducido grupo bohemio, flexibilizó las formas de ser Beat y supuso un avance ventajoso para las mujeres transgresoras del momento. Las autoras de la segunda generación de escritoras Beat, las nacidas a lo largo de la década de los treinta, expresaron en sus obras la posibilidad de modulación del nuevo espacio contracultural y la creación de nuevas posiciones críticas y subversivas en el movimiento desde su female Beatness. La expansión Beat, además, se convierte en reverberaciones de actitud beatnik igualmente valiosas hacia final de los cincuenta, ya en las dos franjas este y oeste estadounidenses, protagonizadas por jóvenes de ambos sexos con ganas de romper costumbres que se unieron al colectivo sin ser artistas o intelectuales.

La evolución Beat deriva hacia una filosofía más espiritual, política y colectiva en los hippies ya incipientes a principios de los sesenta, y finalmente, como apunta Raskin, a todo tipo de contracultura reivindicativa más allá de los setenta: punks, raperos, neohippies, etc. Todos ellos beben de los principios Beat en muchos sentidos: la escritura abierta en primera persona, la comunicación de experiencias propias sin censura, la tradición de incomformismo y disenso, o estilos de vida alternativos más allá del consumismo y otros valores ortodoxos (Raskin 49).

Interpretaciones mediáticas, percepciones artísticas y visión poética: creatividad en la escritura de mujeres Beat

El fenómeno Beat se asentó desde el principio y creció en su expansión desde los límites percibidos de separación entre la cultura normativa y la bohemia: la clara idea de aquello a lo que que no se quería pertenecer, por el lado Beat, y la certeza de la amenaza de lo transgresor, por parte de la gran mayoría de los estadounidenses de postguerra protegidos por la sociedad de bonanza y comodidad, que fueron bautizados como “Squares” (cuadrados). Por un lado, los límites de separación crearon una guerra mediática en prensa para desacreditar al los “otros” (los Beat) como lo temible y despreciable dentro de la sociedad estadounidense, dentro del discurso de “la abominación debe ser destruida”, como lo denomina Nancy M. Grace: discurso que siempre estuvo presente en la ideología e imaginario de la nación, establecido en el binarismo “good vs. evil” (2017: 64). Por otro lado, la diferencia entre los dos mundos Beat y Square definió de forma más precisa las características subculturales del grupo (estilo, moda, estética, música), que tomaron fuerza por contar con un opuesto que rechazar.

Desde que Herb Caen acuñara el término beatnik en 1958, con intención paródica, para describir a la bohemia de fin de semana del Village, centrada en una pose antisistema de rebeldía vacua y restándole profundidad cultural, filosófica y artística, el bombardeo de visiones superficiales sobre los Beat no dejó de sucederse. Norman Podhoretz (antiguo compañero de Ginsberg en Columbia), en “The Know-Nothing Bohemians” (1958), los consideraba “indecentes, violentos, racistas, solipsistas y anti-intelectuales” (en Grace 2017: 62). El discurso de caricatura llegó al extremo del famoso anuncio en el Village Voice que decía: “Añade emoción a tu fiesta de esmoquin….Alquila un beatnik. Completamente equipado: barba, gafas de sol, chaqueta militar raída” (en Belletto 2017(b): 99). En el artículo “Born 1930: The Unlost Generation” (1957), y con un genérico tercer pronombre masculino, el hípster es descrito de la siguiente forma: “Como el único inconformista extremo de su generación, el [hípster] ejerce una poderosa, aunque clandestina, atracción en los conformistas, a través de las noticias de sus delitos, su desestructurado jazz, y su emotivo lenguaje de gruñidos” (en Charters 583).16 La interpretación mediática de los beatniks, con énfasis en aspectos relacionados con el crimen, el sexo y las drogas, propició además la ausencia de crítica literaria y cultural seria sobre el fenómeno en los círculos académicos.17

El subrayar un “genérico tercer pronombre masculino” es relevante, ya que indica que las interpretaciones mediáticas del prototipo Beat describían a un específico antihéroe Beat masculino como representante de todo un colectivo que crecía ya a mediados de los cincuenta hacia la heterogeneidad. Las mujeres Beat, definidas como Beat chicks en la guerra mediática, también eran representadas de esta forma en la mayoría de las obras de autores Beat. En ambos casos eran descritas como acompañantes vestidas de negro y silenciosas al lado del hombre, objetivizadas y sexualizadas como mujeres fáciles, accesibles y sin voz. En relación a esta representación de las mujeres Beat, McNeil acertadamente considera que “el discurso de la chick, la chica atractiva, joven, sexualmente disponible y sobre todo silenciosa (‘tonta’) […] no viola ningún código de género existente, más bien abre nuevas posibilidades para el sexo sin responsabilidades […]. Sexo sin culpabilidad (ya que la verdadera ‘chick’ nunca se queja)” (McNeil 189).18

Lo cierto es que las Beat carecían de un espacio de representación y un reflejo de sus vidas reales en los medios y en las obras de los autores Beat, trasladándose así de su posición como agentes culturales y sujetos sociales a un segundo plano decorativo y sexual desde el silencio y la elisión. En este aspecto, la denominación de “narrativas parasíticas” para definir la naturaleza de opuestos encontrados en la que se desarrollaron la contracultura Beat y la normatividad aceptada (los Square), como propone Nancy Grace, parece acertada. Ambas se retroalimentaban en su reflejo de opuestos e identidades, sobre todo en el sexismo implícito en las dinámicas de género que compartían. La necesidad mutua de la mirada del otro para mantener sus propios sistemas acercaba más que desunía las narrativas de normatividad y rebeldía. Esta es la razón por la cual Steven Belletto se atreve a sugerir al principio de The Cambridge Companion to the Beats que “las brechas que separan las culturas normativa y bohemia, el mundo ‘hip’ y el ‘square’, no son tan profundas como se suele pensar: cuando hablamos de los Beat, siempre está en juego una relación dinámica entre los dos ámbitos” (2017(a): i).19

El pertenecer o no pertenecer, el insiderness vs. outsiderness de doble vía tanto para los Beat como para los llamados Square (ambos están dentro de un grupo de referencia pero fuera del opuesto) (Belletto 2017(a): 5), depende pues de un juego de percepción y oposición que también se construía dentro del propio movimiento. La percepción y valoración de la definición de lo Beat también se sustentó en artículos críticos de los propios Beat sobre el fenómeno. “The White Negro” (1957) de Norman Mailer, por ejemplo, conecta a los hípsters con la tradición afroamericana de disidencia y filosofía vitalista basada en el presente, el cuerpo, el instinto y lo primitivo para sobrevivir a la decepción de la naturaleza humana subyacente a la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. La crisis de la condición humana, considera Mailer, es superada por una filosofía de acción y pasión que los Beat practican desde lo que describe como una “psicopatía” anti-social, la cual devuelve al individuo a orígenes instintivos como principio de búsqueda de nuevos valores en contraste con el intelectualismo del existencialismo europeo.

John Clellon Holmes, en su respuesta a Mailer en “The Name of the Game” (1965), percibe a los beatniks como intelectuales y artísticos, y a los hípsters como instintivos y vitalistas. Pero ambos, dentro del compendio Beat, buscaban la definición de una nueva conciencia generada por sus propias circunstancias históricas y culturales y como reacción contra la generación anterior. Sin creer en la acción colectiva, como lo harán los hippies, los Beat, según Holmes, se centraban en un nihilismo e idealismo característicamente estadounidenses en busca de respuestas sobre la naturaleza humana, no a través de la oposición violenta y la gratificación del ego, como sugiere Mailer, sino a través de un renacer de conciencia y de valores que reflejen la autenticidad del ser. Alan Watts, en “Beat Zen, Square Zen and Zen” (1958), expande la explicación de la nueva filosofía Beat al ámbito espiritual.

El interés del movimiento por el budismo zen indica la búsqueda de valores sobre el ser y el entorno fuera de la moral judeocristiana imperante. A través del profundo autoconocimiento de los discursos culturales interiorizados, la juventud Beat, desde un romanticismo que se fija en lo ajeno o lejano, abraza la sabiduría zen que se construye desde la experiencia y la interrelación entre lo espiritual y lo material. De este modo, anticipa un postmodernismo opuesto al racionalismo en su inquietud por lo no conceptual y lo vivencial, que le facilite ser dentro del desasosiego de la fluidez, lo transitorio y la inseguridad del mundo moderno.

Estos artículos anteriores seguían negando la experiencia Beat femenina desde una autoridad masculina encubierta por una aparente “neutralidad” a la hora de definir el movimiento y sus preceptos de forma global. En sus ejercicios de interpretación y definición desatienden a sujetos y prácticas que permanecen fuera de su espacio definitorio sobre lo Beat, y por lo tanto repiten un discurso de pertenencia y no pertenencia (insiderness y outsiderness) en torno al género dentro del propio movimiento.

Por ejemplo, en relación a la conexión con los márgenes sociales, étnicos y de clase con los que la cultura afroamericana provee a la filosofía Beat, como sugiere Mailer, habría que cuestionar la condición ya de margenes sociales y culturales que asumían las mujeres por el mero hecho de serlo. Las mujeres Beat reconocían la gran influencia afroamericana dentro de la estética del movimiento, pero partían de una posición diferente para asumir modelos de marginalidad social y de clase que la de los hombres Beat que emulaban la negritud. La decisión, por ejemplo, de abandonar la universidad o sus núcleos familiares las convertía ya en transgresoras sociales y en clandestinas, marginales dentro de su propia marginalidad de género.

Como consecuencia de la guerra mediática y el énfasis que se dio a las caóticas vidas bohemias de autores Beat (es decir, episodios de drogas, experimentación sexual, vidas inestables o locura), resaltadas también en numerosos trabajos biográficos a partir de los setenta y a raíz de la muerte de Kerouac, se entiende que la nueva aproximación al movimiento desde los noventa se centre, sobre todo, en el análisis de las obras literarias, acentuando el estudio estético y poético sobre el fenómeno social y el “culto a la personalidad” de las figuras destacadas. Hilary Holladay considera que la aproximación biográfica interfiere en el estudio objetivo de las obras como artefactos literarios y oscurece una postura de autoridad de las obras Beat en el continuo de historia literaria estadounidense (152).

Sin embargo, en relación a las autoras Beat, la atención al recorrido de sus vidas como artistas y sujetos sociales es necesaria para dar a conocer su participación en la historia del movimiento, para visibilizar a autoras poco conocidas, así como para reflejar la interrelación entre creatividad y vida bohemia como mujeres, ya que este aspecto es un foco temático constante en sus obras. Las escritoras de segunda generación Beat demuestran esta necesidad de reinscribir sus vidas en la historia y completar con perspectivas, memorias, y voces propias la elisión de su participación y agencia en el movimiento a través de ficciones autobiográficas escritas años después.

Las memorias son el género literario escogido por muchas de ellas para expresar sus experiencias de female Beatness llenas de complejidades y obstáculos durante los años cincuenta. Algunas razones para ello pueden encontrarse en la retrospectiva de la madurez y la influencia de la conciencia feminista de segunda ola durante los setenta, factores que sin duda ayudaron a entender la urgencia de dar voz a su parte de la historia y posicionarse ante sus experiencias pasadas de forma distinta.20 Entre las principales memorias de escritoras Beat encontramos: Troia: Mexican Memoirs (1969) escrita por Brenda Frazer; Minor Characters: A Beat Memoir (1983) escrita por Joyce Johnson; How I Became Hettie Jones (1990) escrita por la autora del mismo nombre; y Memoirs of a Beatnik (1969) y Recollection of the My Life as a Woman (2001) escritas por Diane di Prima.21

En todas ellas, la escritura aparece como catarsis creativa, dando solución a la búsqueda identitaria durante sus años Beat. Esta búsqueda se centra sobre todo en la resolución de una complementariedad entre sus experiencias como mujeres y sus aspiraciones artísticas. Dentro de las experiencias como mujeres, las relaciones heterosexuales y sentimentales con autores Beat aparecen, en la mayoría de los casos, como centrales en su recorrido vital, por ser vínculos directos con el mundo artístico. Los caminos para ofrecer interpretaciones y percepciones de sus experiencias, del entorno en el que vivían y su participación en él son diversos: desde el enfrentamiento directo con el trauma (Frazer), hasta la sátira y la autocaricatura (Di Prima en Memoirs of a Beatnik). Sin embargo, la forma de ofrecerse un espacio en el que reescribir su historia y reinscribirse en la historia Beat es común a través de la reflexión, el recuerdo y el juego entre creatividad y realidad al reconstruir sus vidas. Además, comparten un énfasis en los hechos del día a día, las decisiones cotidianas, formas de interrelación e intimidad, deseos y obligaciones, la sexualidad, la maternidad; en otras palabras, en la identidad femenina a través de la cotidianidad y la transgresión bohemia.

Las memorias de Brenda Frazer, Troia: Mexican Memoirs (1969), son impactantes y valiosas por mostrar su experiencia como escritora y mujer del poeta Beat Ray Bremser. Juntos viajan a México, donde para subsistir y mantener al marido arrestado y a su bebé, la escritora opta por ejercer la prostitución. La inmersión en la vida clandestina de drogas y prostitución finalmente le hacen perder la custodia de su hija. Más allá de un testimonio de expiación y victimismo, Frazer se enfrenta con valentía a las experiencias dolorosas a través de una narrativa con una poderosa subjetividad individual y percepción de la condición de género. De esta forma, desnuda verdades y toma el control sobre sentimientos encontrados respecto a la maternidad y la creatividad, pero sobre todo en relación con la prostitución como sexualidad deliberada y las consecuencias de sus propias decisiones tomadas por amor. La autora, cuyo nombre es Bonnie Bremser cuando tiene estas experiencias, cambia su nombre posteriormente por el de Brenda Frazer como acto de renacimiento, quizás de la misma forma que reconstruye la percepción de un pasado al escribir su libro.

Minor Characters (1983), de Joyce Johnson, es un texto que refleja la vida de la autora en los cincuenta en Nueva York y sus relaciones con su mejor amiga, la poeta Beat Elise Cowen, con su amante Jack Kerouac (antes y en el momento de su fama) y con personajes del círculo Beat de Allen Ginsberg. Además, J. Johnson recupera presencias y artistas femeninas del entorno Beat hasta entonces casi desconocidas. En este sentido, Minor Characters amplía la naturaleza más personal o intimista que tradicionalmente se asocia al género de las memorias, convirtiéndose en una exploración de la participación de las mujeres en ese contexto histórico y cultural. Con un objetivo claramente feminista, con la característica clarividencia y limpia aserción de la escritura de Johnson, el libro da visibilidad y voz a las presencias femeninas Beat históricamente relegadas a un segundo lugar: mujeres artistas a las que irónicamente denomina “personajes secundarios”, pero que en su libro son centrales, y a las que dedica su narrativa.

Hettie Jones, poeta, escritora, y editora, narra en How I Became Hettie Jones (1990) el camino de reconstrucción de su propio “yo” como escritora Beat en los cincuenta, desde su trabajo como editora en revistas del Village y su matrimonio con el escritor afroamericano Beat LeRoi Jones, hasta su inmersión en la escena Beat de Nueva York como fundadora de la revista experimental Yugen junto a su marido. Las memorias giran en torno a un “llegar a ser” de identidad femenina Beat que madura después de la disolución del matrimonio, en el cual tuvo que superar las dificultades domésticas como madre de dos hijos y como escritora. Dificultades a las que debe enfrentarse sola, ya que deja claro que el mundo artístico masculino al que su marido pertenece, y donde empieza a adquirir reconocimiento como poeta afroamericano Beat, se desentiende de estos conflictos internos y logísticos femeninos una vez las bohemias como Jones se convierten en esposas y madres. La asertividad de la voz narrativa que encontramos ya en las primeras líneas de las memorias de Jones (cuando va a conocer a su futuro marido entrevistándole para su revista) sugiere una perspectiva de seguridad y libertad que no cesa en su desarrollo como mujer y escritora Beat, pero que afloran sólo al final de un camino de maduración y cambio.

Ésta es Hettie Cohen. Estoy sentada en un buró antiguo cuyos compartimentos están hasta arriba de manuscritos y sobres y toda la basura relacionada con la producción de revistas, y no tengo ni idea de que permanecerá conmigo años después de que me convierta en Hettie Jones.

[El editor de Record Changer se ha marchado]—dejándome a mí: Hettie Cohen, una pequeña judía morena de veintidós años de Laurelton, Queens, con un libro de bolsillo en la mano. America, de Kafka. Soy la encargada de las subscripciones y estoy a punto de entrevistar a un candidato para ser encargado de envíos. Es marzo del 57 en Greenwich Village. (Jones 1)22

La inmediatez del tono narrativo en presente, junto al sentido de retrospectiva indirecto (a través del escritorio como objeto constante y metáfora de escritura), nos hacen entender que el beat femenino o female Beatness nace y se alimenta en los años Beat, pero alcanza contundencia y expresión en gran parte de las ocasiones, y como demuestran las memorias, en un espacio y tiempo posterior a través de percepciones artísticas y personales desestabilizadoras de lo Beat.

La visión poética y la poesía parecen ser los canales expresivos más significativos para la comunicación de la percepción Beat del mundo y el arte. Así lo sugiere Holladay, quien considera que la generación Beat se compone principalmente de poetas, por lo que el estudio de sus obras debe ser desarrollado como parte de una tradición poética estadounidense que les precede y les sigue (151). Nancy Grace en The Cambridge Companion emplaza sus obras en un continuo de vanguardia modernista con influencias europeas surrealistas y dadaístas y estrechos lazos con la tradición modernista experimental americana de la mano de Ezra Pound, W.C. Williams, H.D. y Gertrude Stein, al igual que la tradición romántica Trascendentalista, hasta llegar a la poesía griega clásica. Regina Weinreich, en “Locating a Beat Aesthetic”, desgrana la innovación experimental de la poesía y prosa de autores (únicamente masculinos) Beat, estudiando la postmodernidad lingüística en Burroughs, la oratoria bárdica performativa proveniente de Whitman en Ginsberg, o la fragmentación visual y episódica de Kerouac (51-61).

Holladay relaciona el valor poético de la estética experimental Beat, además, con una intención de transcendencia que rompe con el mito de la centralidad de la personalidad autorial o experiencia personal en la poesía y obras de los autores del movimiento. Aunque Holladay conecta la transcendencia estética más allá de lo subjetivo con influencias modernistas (en especial, con T.S. Eliot), la visión poética Beat bebe también de influencias románticas y de filosofías más antiguas en torno a la labor del poeta como guía visionario bárdico (152). El poeta o la poeta Beat, como artífice de belleza y artesano de palabras, pone en práctica un poder de percepción sobre los márgenes sociales y culturales que le permite articular su propio sistema fuera del sistema, viendo la belleza en lo que mayoritariamente se consideraba falto de valor o inaceptable desde un acto interpretativo, receptivo, de introspección y compasivo. Lawlor define bien la importancia de la percepción en la construcción artística Beat reflexionando sobre la visión poética transcendental y espiritual de Kerouac en torno al estado de “beatitud” de lo marginal y excluido. Por ejemplo, en su forma de ver a Herbert Huncke, drogadicto, delincuente y perteneciente a la mísera vida marginal de la noche que aún así aprecia como “vivo, extraño, sabio y ‘beat’”: “esta apreciación de Huncke revela que lo que es Beat incluye un acto de percepción: ahí está Huncke, que exuda el estado de ser Beat, pero también está Kerouac, cuyos ojos receptivos aprecian la actitud Beat” (Lawlor 24).23

Diane di Prima también incide en una aproximación al artista y poeta, hombre o mujer, como canal de sabiduría o artesano comunicador de la belleza del mundo y la experiencia, como veremos en su capítulo: “el rol del artista como Bodhisattva. El que conforta. El compasivo […] Un obrero entre los artistas y artesanos (no es necesario distinguirlos)— no hay fama que merezca más la pena que ésta. Simplemente haver vivido y hecho tu trabajo y haber ofrecido toda la belleza, todo el bienestar que hayamos podido al mundo” (Di Prima 2001: 108-109).24

La misión, desde la visión poética Beat, es mirar con ojos éticos y estéticos todo aquello que aparentemente carece de belleza y desvelar el arte escondido en la vida, por lo que el vivir del artista Beat se doblega a la creación y percepción artísticas, casi como una vocación mística. Sin embargo, la percepción poética del mundo y el poder simbólico otorgado al lenguaje como herramienta política de cambio para los Beat, difícilmente separaba la creación de la experiencia, el cuerpo de la palabra, o la percepción del arte de la de la vida. Una visión rebelde y marginal de los dos factores: arte y vida, definió el fenómeno Beat desde sus comienzos, siendo la complicidad entre ambas categorías pieza clave de todo grupo de vanguardia. Vida y arte, o experimentación y experiencia, van ligados en la percepción Beat de los nuevos valores éticos y estéticos contenidos en su visión de vida artística bohemia contracultural, por lo que se hace necesario un análisis que incida en la interrelación entre la experimentación vanguardista literaria y la experimentación vital para atender a todas las características implícitas en la poética Beat, y en especial en la poesía de escritoras.

La segunda generación de mujeres poetas Beat comienza a escribir con modelos y preceptos literarios ya establecidos por las obras de los autores del movimiento. Aunque un poco más jóvenes y nacidas en la década de los treinta, estas poetas participan de lleno en las comunidades literarias y artísticas y el contexto cultural Beat de la Costa Este y Oeste, y entre ellas se encuentran Joanne Kyger, Lenore Kandel, Elise Cowen, Joanna McClure, Diane di Prima, o Mary Norbert Körte. Johnson y Grace definen las características de la escritura en torno al género de esta generación de poetas de esta esclarecedora forma:

No hay entre ellas una consistente articulación de principios feministas—algunas incluso rechazan perseguir la forma en la que el género pueda afectar al arte, o incluso niegan que lo haga, incluso cuando son conscientes de ellas mismas como mujeres escritoras. Pero muestran persistentemente entender la importancia de afirmarse como mujeres en las comunidades alternativas donde vivían. (13)25

Como precursoras de la segunda ola feminista estadounidense, se encuentran en un intervalo generacional hacia una abierta conciencia feminista. Aún así, reflejan asertivamente una particular visión poética desde la subjetividad femenina, construyendo críticas, reconfiguraciones y contra-narrativas a las temáticas, formas literarias y discursos de género expuestos en la poética Beat de autores varones.

Aunque participan de elementos característicos de la poética Beat, tales como la espontaneidad en la expresión, validación de la experiencia personal y un uso coloquial y extra-poético del lenguaje, sus estilos varían enormemente entre la experimentalidad formal más críptica y visual, hasta la naturalidad y apertura de una poética sonora que se centra en la respiración y ritmos corporales. Como indica Ronna Johnson en una entrevista:

Un par de ellas estaban interesadas en la composición espontánea. Pero el resto—el resto edita su trabajo. […] Los escritores Beat sentían el peso de la tradición literaria; tenían que encontrar una forma de diferenciarse de esa tradición. No creo que las mujeres sintieran esa obligación, o competición. No estaban buscando reinventar la literatura. Sus vidas y el simple hecho de escribir ya eran lo suficientemente radicales. (McLemee)26

Esta es la razón por la cual parte de la particularidad de la visión poética de esta generación de escritoras radica en su divergencia con modelos literarios mayoritariamente masculinos que marcaban la estética y ética del movimiento. Como bien indica Tim Hunt, los poetas y autores Beat se apoyaban en la autoridad del inconformismo, el individualismo y la visión transcendental de la tradición de Emerson, Whitman o Thoreau. Los románticos trascendentalistas norteamericanos creían en momentos de visión mística y de expansión espiritual del genio creativo, y para ello, como sugiere Hunt, buscaban desvincularse de responsabilidades domésticas y mundanas como podría ser las interrelaciones personales o la familia (256). Las experiencias visionarias en la creatividad romántica, además, como indica la metáfora del “ojo transparente” de Emerson, perciben el cuerpo y sus realidades traspasables por el espíritu.

De la misma forma, la expansión bárdica de Whitman implica una expresividad física abierta a lo público sin fronteras o límites y una exposición del “yo” poético sin tapujos. Las poetas Beat no se apoyaron en una tradición femenina poética (en parte porque sería estudiada y delimitada por la crítica literaria feminista a partir de los años setenta), encontrándose aisladas en la construcción de sus subjetividades poéticas y ambivalentes en cuanto a los modelos masculinos de sus compañeros. Como indican Johnson y Grace, tampoco parece haber en las poetas de segunda generación Beat transferencias con sus precursoras de la primera generación; además de ser abiertamente heterodoxas e iconoclastas en sus influencias literarias (14-15).

Los elementos novedosos y las características propias de la visión poética que desarrollan las poetas de segunda generación Beat de forma pionera incluyen, entre otras cuestiones, una posición desafiante y una intención consciente por transformar el papel femenino de musas pasivas en el de agentes subjetivos y creadores.27 Este aspecto, según Sandra Gilbert y Susan Gubar, ha marcado en gran medida la dificultad que han experimentado las mujeres al intentar inscribirse dentro de la tradición del género poético occidental, ya que para escribir desde una subjetividad poética, el “yo” lírico o trascendente debe considerarse con autoridad para erigirse como hablante de forma “asertiva, autoritativa, radiante de sentimientos poderosos al mismo tiempo que absorto en su propia consciencia” (xxii). Para convertirse en sujeto poético creador y salir del rol de musas sin voz, las poetas Beat tuvieron que practicar una subjetividad asertiva y con autoridad para la expresión, además de reflexiva, intimista y expansiva desde una experiencia femenina de silencio e invisibilidad que hacía esta iniciación más ardua, a la par que más novedosa y transgresora.

Cora Kaplan, en el ya clásico “Gender and Language”, al igual que otras críticas feministas a lo largo de las últimas décadas, vuelve a insistir sobre el acto desafiante que supone para las mujeres poetas instaurar una autoridad lingüística y simbólica en un género literario que a lo largo de la historia ha sido un metalenguaje de privilegio masculino en la cultura patriarcal occidental, de la misma forma que cualquier otro lenguaje público y de élite al que han tenido libertad de acceso sólo los varones. Las dificultades y la incompatibilidad que parecen existir entre ser poeta y mujer radican en afrontar un discurso cultural donde la subjetividad y experiencia femeninas no han tenido cabida, debiendo reescribirse desde la negociación con sus predecesores.

Dentro de los problemas acuciantes para las mujeres poetas que Kaplan expone se encuentran: “La inserción de una temática centrada en la mujer dentro de la tradición literaria masculina, los problemas derivados de la expresión de ésta en un lenguaje simbólico formal, las contradicciones entre la noción romántica del poeta como representante transcendental de una cultura unificada y el lugar dependiente y oprimido de las mujeres en esa cultura” (70).28 Por todo ello, una de las consecuencias básicas en la escritura poética de mujeres es el hecho de que “una gran proporción de poemas escritos por mujeres tratan sobre el derecho a hablar y a escribir. El deseo de escribir poesía y ficción imaginativas era y es una demanda de acceso y paridad en la ley [sistema de autoridad] y en los grupos que generan mitos en la sociedad” (Kaplan 71).29

Todos estos elementos que habitan el conflicto entre creatividad y feminidad son centrales en la escritura de la segunda generación de poetas Beat, y su resolución pasa por la práctica de estilos, visiones y temáticas diversas que se engloban dentro de los preceptos experimentales de la poética del movimiento. Es importante tener en cuenta que, como pertenecientes a una generación prefeminista, estas autoras eran muy conscientes de su necesidad de acceder al espacio poético de su comunidad literaria desde su propia voz, así como de que sus obras quedaban relegadas a una posición secundaria por un sexismo interno en su grupo de vanguardia y externo en la sociedad. Este hecho quizás es lo que hizo posible que las poetas Beat consiguieran superar de forma extraordinaria lo que Kaplan denomina the profound Split, “la profunda escisión”, o Suzanne Juhasz el double bind, “el doble nudo”, de la mujer poeta (en Gilbert y Gubar xxi): es decir, el sentimiento de una intensa incompatibilidad y contradicción entre su subjetividad femenina y su deseo creativo.

Quizás no sea demasiado osado considerar que son de las primeras poetas en la tradición norteamericana que, debido a los elementos y contextos Beat que incentivaban la expresión abierta subjetiva, la autenticidad de las experiencias y la ruptura de parámetros poéticos ortodoxos y tradicionales, no se detienen en exceso en la sombra de esta escisión y nudo y, al contrario, reinventan elementos dinámicos que dan espacio a una subjetividad poética femenina y transgresora. Este camino de tomar posiciones como agentes poéticos se hace aún más público y fructífero en la tercera generación de poetas Beat. En esta generación, siguiendo el modelo de Johnson y Grace, se incluirían poetas como Janine Pommy Vega y Anne Waldman, nacidas en la década de los cuarenta, y que sí cuentan con modelos de referencias en sus antecesoras Beat, además de estar más alejadas de la Segunda Guerra Mundial y llegar a la madurez en el ambiente colectivo de los derechos civiles y el movimiento feminista.30

La poesía de Joanne Kyger, perteneciente a la segunda generación de poetas Beat, ejemplifica estrategias de traslación desde un papel de musa pasiva a un sujeto poético femenino asertivo, utilizando la experimentación lingüística. Así, en The Tapestry and the Web, publicado en 1965, Kyger reescribe el mito de Penélope (a la espera de Ulises en la Odisea) y el género de la épica tradicionalmente masculino subrayando la agencia y el deseo femeninos. Sus poemas están en constante diálogo con sus propias experiencias como poeta bohemia, hasta el punto de unir el plano mítico y arquetípico con el de las realidades de su propia identidad.

Como otras poetas Beat, Kyger plantea el problema que entraña para las mujeres una visión de trascendencia poética masculina alejada de una realidad concreta centrada en el contexto y los vínculos cotidianos, y una inevitable identidad localizada y posicional en ella. Es por ello por lo que el “yo” poético femenino Beat, en su maniobra de inscribirse en una posición discursiva tradicionalmente asignada al varón, debe reafirmar la situación material y real de su identidad y subjetividad como forma de protesta y gesto político a través del lenguaje. La transparencia del cuerpo, o una espiritualidad que evadiera las realidades y contingencias materiales tanto sexuales como cotidianas, también cancelaría esta propuesta. Por lo tanto, la corporeidad, en el mismo plano que lo sensorial o lo doméstico, se designa como significante de identidad de la subjetividad poética femenina Beat.

Kyger estuvo inmersa en el círculo experimental poético mayoritariamente masculino de Robert Duncan y de los Beat en San Francisco, además de ser seguidora temprana del budismo zen. Esta experiencia le llevará a vivir en Japón y la India durante cuatro años con su marido, el poeta Beat Gary Snyder, donde la autora escribe The Japan and Indian Journals: 1960-1964. La particularidad de la poesía de Kyger es la simultaneidad que proyecta en torno a la espiritualidad, la naturaleza, las condiciones domésticas mundanas femeninas y el deseo de ruptura con la contención impuesta por una tradición poética y un espacio público dominado por hombres. Simultaneidad que muchas veces plasma desde el lirismo y otras desde el humor y la ironía, pero siempre desde una experimentación lingüística formal y con elementos poéticos Beat, como demuestran estos fragmentos:

I know I do not suffer more than anyone

in the whole world

But this morning I had to have first thing

2 cigarettes, half a joint,

a poached egg and corned beef hash, 1 piece toast,

2 cups of tea

Jung, Williams, shells, stones,

2 slugs rum, depression, rest of joint,

cigarette, 7 up, and it’s only 10 o’clock

Because I wanted to write a poem

Because I want something to come out of me

[…]

A home, a house. I taked with Jack Kerouac

last night. We were sitting under

A rack of clothes, as if it were a clothes

closet

[…]

The more I slow down the harder it is

to all of a sudden move again.

Smaller & smaller until the

speck inside dwindles so small

(de Desecheo Notebook en Friedman, A. 2004: 86)

Ya sé que no sufro más que otros

en el mundo entero

Pero esta mañana lo primero que me hacía falta eran

2 cigarrillos, medio porro,

un huevo escalfado y carne en conserva, una tostada.

2 tazas de té

Jung, Williams, conchas, piedras,

2 tragos de ron, depresión, el resto del porro,

cigarrillo, 7 up, y sólo son las 10

Porque quería escribir un poema

Porque quería que algo surgiera de mí

[…]

Un hogar, una casa. Anoche hablé

con Jack Kerouac. Estábamos sentados bajo

un perchero, como si fuera un armario

ropero

[…]

Cuanto más me relajo más me cuesta

volver a moverme de repente.

Cada vez más & más diminuta hasta que la

mota dentro casi desaparece

Otra poeta de la segunda generación Beat que ubica su subjetividad poética desde una identidad bien definida es Lenore Kandel. Ya desde sus primeros libros, An Exquisite Navel y A Passing Dragon (ambos de 1959) hasta The Love Book (1966) (poemario requisado y juzgado por obscenidad pornográfica), Kandel utiliza el cuerpo femenino como materia anclada al presente sexual para explorar una interconectividad con un colectivo femenino, con la naturaleza, la espiritualidad, el mundo y otros individuos. Reivindica la “beatitud” de la mujer Beat desde una visión hípster novedosa de la subjetividad femenina en “Blues for Sister Sally”: “how shall we canonize our sister who is not quite dead / who fornicates with strangers / who masturbates with needles / who is afraid of the dark and wears her long hair soft and black / against her bloodless face”; “cómo podemos canonizar a nuestra hermana que no está del todo muerta / que fornica con extraños / que se masturba con agujas / que tiene miedo a la oscuridad y lleva el pelo largo, negro y sedoso / sobre su lívida cara” (en Peabody 106). The Love Book ensalza también la “beatitud” de la sexualidad masculina y el cuerpo del varón, y la heterosexualidad como evento físico y espiritual, asumiendo la voz poética el papel de agente de deseo desde el punto de vista de una mujer.

La potencia de la voz de Kandel se encuentra en el hecho de detenerse en la minuciosidad del instante físico experimentado y revelar su fuerza de unión y vínculo interpersonal y espiritual, erradicando así fronteras de oposición entre lo femenino y lo masculino. De esta forma se genera la paradoja de que la autora socava los sistemas de género binarios que la poética Beat de autores varones frecuentemente alienta desde la expresión sexual, exponiendo la propia biología y esencia material de la sexualidad entre hombre y mujer. Como sugiere Polina Mackay en su estudio sobre la sexualidad en la literatura Beat, son las escritoras, y en particular las poetas las que, reescribiendo una perspectiva novedosa de la sexualidad femenina, consiguen introducir elementos en el discurso poético que irónicamente muestran la identidad de género como fluida, fronteriza y altamente expresiva (2017: 190). O en otras palabras, en la exposición de una marcada heterosexualidad transgresora enfocada en la interconexión y unión (o la falta de ella), estas poetas desestabilizan las diferencias entre hombres y mujeres y la concepción de una identidad de género rígida o esencialista, como muestra este fragmento de “Love-Last Poem” de Kandel:

I am not sure where I leave off, where you begin

is there a difference, here in these soft permeable membranes?

[…]

I want this, I want our bodies sleek with sweat

whispering, biting, sucking

I want the goodness of it, the way it wraps around us

and pulls us incredibly together

I want to come and come and come

with your arms holding me tight against you

I want you to explode that hot spurt of pleasure inside me

and I want to lie there with you

smelling the good smell of fuck that’s all over us

and you kiss me with that aching sweetness

and there is no end to this love

(en Peabody 104)

No estoy segura de dónde dejo de ser, dónde empiezas tú

¿es que hay diferencia, aquí en estas membranas suaves, permeables?

[…]

Esto es lo que quiero, el brillo del sudor en nuestros cuerpos

que susurran, muerden, sorben

quiero lo que tiene de bueno, el modo en que nos envuelve

e increíblemente nos acerca

me quiero correr y correr y correr

mientras me abrazas con fuerza contra ti

quiero que hagas explotar ese surtidor de placer dentro de mí

y quiero yacer aquí contigo

oliendo el buen aroma del follar que nos rodea

y me besas con esa dolorosa dulzura

y no hay final para este amor

La relación entre el yo/tú lírico como parte de un contexto erótico, espiritual o de inmediatez cotidiana a través de temáticas recurrentes de experiencia femenina, tales como la domesticidad, la maternidad, o las relaciones íntimas personales, es otra de las características de la creatividad de escritoras Beat. Alicia Ostriker denomina esta tendencia a establecer y afirmar una subjetividad poética femenina a través de la conexión con el otro en la poesía contemporánea de mujeres “el imperativo de la intimidad” (164). Mujeres poetas de la tercera generación Beat nacidas en los cuarenta, como Janine Pommy Vega y Anne Waldman, subrayan este aspecto en su poesía, llegando a un lirismo místico (en el caso de la primera) y a una visión colectiva transcendental (en el caso de la segunda) que diluyen las fronteras culturales establecidas entre los géneros y difuminan la diferencia que delimita las identidades femenina y masculina normativas. A través del vínculo, unión y conexión, ya sea de índole romántica, íntima, social o espiritual, logran una visión de la trascendencia poética diferente a la de la tradición masculina, la cual considera la desvinculación con las demandas de la realidad y las relaciones domésticas y heterosexuales necesaria para la libertad del ego creativo.

En Poems to Fernando, publicado a finales de los sesenta, Janine Pommy Vega medita sobre la experiencia de unión mística del amor romántico. Lo hace a través de recuerdos de la relación con su marido, el pintor peruano Fernando Vega, quien fallece de una sobredosis en Ibiza al poco tiempo de casarse. El libro de poemas lo publica City Lights Books al regreso del viaje catártico de la autora por Europa tras la muerte de su marido. En él mezcla, desde una voz de trovadora Beat sin ambigüedades de autoridad poética, experiencias intimistas y espirituales de conexión con paisajes naturales y con un objeto de deseo ya ausente, ensalzando la interconectividad entre el mundo, el otro y el “yo” poético. Maria Damon considera que parte de la originalidad del libro reside en el hecho de proponer una anti-ética Beat, al ensalzar la idealización romántica y la monogamia (207). Lo interesante es que Pommy Vega, a través de este aparente paso atrás, reescribe la unión del amor romántico destacando su capacidad de liberación y libertad. La voz poética se otorga la posición de agente (no de víctima) de un canto celebratorio al poder del amor entre hombre y mujer, más allá del cuerpo sexuado, y a través del viaje interior y geográfico:

And the flood will not flow over the gap in the land & the

gap be filled;

Still I receive from you what I would know, from a near

proximity:

this life for its miracle of unity, I don’t always

see/ and you show me;

Love reaches out beyond death/ & is met

in the universe

/He holds me up and trips me when I must fall.

For my love with you is deep as the space between stars

& that my song is sung before does not lessen its validity;

I speak to you, always as I would speak before or

write letters

to the space between clouds, that patch of sky—

or the sky deserting me, to that place invisible beyond me

I cannot see and do not let go,

O you know this!

(Pommy-Vega 15)

Y la riada no inundará el hueco en la tierra ni lo

colmará;

Aun así de ti recibo lo que habría de saber, de tal

proximidad:

esta vida en su milagrosa unidad, no siempre

veo / y tú me muestras;

El amor va más allá de la muerte / y se encuentra

en el universo

/Él me sostiene y me hace tropezar si he de caer.

Pues mi amor contigo es profundo como el espacio entre las estrellas

& no le quita mérito si le antecede mi canción;

a ti te hablo, siempre como hubiera hablado antes o

escrito cartas

al espacio entre las nubes, ese retazo de cielo—

o el cielo que me abandona, a ese lugar invisible más

allá de mí

no veo y no me dejo ir,

¡Oh, lo sabes!

Anne Waldman, poeta de tercera generación Beat, es conocida por su prolífica carrera y por fundar, junto a Ginsberg, la Jack Kerouac School of Disembodied Poetics, una institución para la formación literaria que incorpora los principios del espíritu Beat. Nacida en una familia bohemia en pleno Village y siempre en contacto con círculos poéticos como la Escuela de Nueva York, es a partir de los setenta cuando fusiona una estética Beat proveniente de los autores clásicos con una ideología feminista madurada en el apogeo de la segunda ola y los derechos civiles en los Estados Unidos. El “feminismo Beat” de Waldman, como Peter Puchek lo denomina, se muestra sobre todo en Fast Speaking Woman (1975), obra de composición abierta, oral y basada en la performance que expresa una consciencia expansiva de inclusión y de conexión entre la pluralidad humana (239). El objetivo que Waldman explicita en sus ensayos de alcanzar una expresión andrógina, hermafrodita, una literatura transexual, transgenérica y travestida donde sea posible una transformación más allá del género (Mackay 2017: 190), se consigue en Fast Speaking Woman dando voz a la complementariedad entre energías masculinas y femeninas a través de figuras como la diosa hindú Kali (diosa de la vida y la destrucción). Esta obra, como indica R. Johnson, paradójicamente abraza una visión de transcendencia de la identidad de género, al tiempo que muestra la gran diversidad de las identidades y experiencias femeninas concretas desde su voz poética plural, como vemos en el fragmento a continuación:

I’m the woman waiting

The woman counting moments

A moment never existed & he walks in

I’m the woman who scribes this text

long after the animals lie down

Chopping wood outside the retreat hut

Stoking the fire with my little stick

A candle lit to light a teacher’s face

I learn by books

I learn by singing

I recite the chant of one hundred syllables

I write down my messages to the world

The wind carries them invisibly,

staccato impulses to the world

I’m the woman stirring the soup pot

The woman who makes circles

with her arms

Stirring, singing this song about the

Woman-Who-Does-Things

Many actions complete themselves

& repeat

she does this

I’m the woman who does these things

many actions carry words

I say them, women-who-signifies

I light the fire

I sit like a Buddha

I feed the animals outside the door

I blow out the lamp

(Waldman en Knight 291)

Soy la mujer a la espera

La mujer que cuenta los momentos

Un momento que no ha existido y entra él

Soy la mujer que copia este texto

mucho después de que descansen las fieras

Cortando troncos junto a la cabaña de retiro

Avivando el fuego con un palo

Una vela encendida sobre el rostro de una maestra

Aprendo de los libros

Aprendo cantando

Recito el canto de las cien sílabas

Escribo mis mensajes para el mundo

El viento los lleva invisible,

los impulsa en staccato hacia el mundo

Soy la mujer que remueve la sopa

La mujer que hace círculos

con los brazos

Removiento, cantando esta canción sobre la

Mujer-Que-Hace-Cosas

Muchas acciones se completan

& repiten

esto hace ella

Soy la mujer que hace estas cosas

muchas acciones llevan palabras

yo las digo, mujer-que-significa

yo enciendo el fuego

yo me siento como un Buda

yo doy de comer a las fieras de la puerta

yo apago la luz

Como indica Puchek, Waldman “roba el lenguaje del patriarcado para ilustrar la auto-expansividad femenina” (240),31 convirtiéndose en una oradora bárdica al estilo de Whitman o Ginsberg, pero basando su visión poética de la trascendencia en la potencia de conexión que se encuentra en la fluidez entre los géneros y en la flexibilidad de identificación de las mujeres como seres plurales. Estos aspectos también se encuentran en la característica poética corporal y performativa de Waldman, que aúna expresividad visual, sonora y experimentación lingüística.

La búsqueda de una visión poética de trascendencia desde el feminismo para superar discursos rígidos binarios entre hombres y mujeres se da en una tercera generación o evolución tardía de la poesía Beat de mujeres. Las poetas anteriores trabajan para diseccionar, cuestionar y desestabilizar las formas en que estos discursos se ponen en práctica, así como las consecuencias de las mismas para su propia creatividad. Les une, sin embargo, el juego con las formas y contenidos de la tradición mayoritariamente masculina Beat para lograr su diversificación y expansión. Las percepciones de female Beatness expresadas a través de la visión poética de las mujeres de la generación Beat utilizan, modifican y expanden prácticas artísticas y preceptos éticos y estéticos asociados al movimiento. Para entender sus aproximaciones y aportaciones a las definiciones de la literatura Beat, parece acertada la teoría que la crítica literaria feminista Jan Montefiore propone respecto a tradiciones poéticas femeninas en lengua inglesa.

En Feminism and Poetry: Language, Experience, Identity in Women’s Writing, Montefiore socava la idea de las aclamadas teóricas estadounidenses Gilbert y Gubar, que sugiere que la escritura de mujeres como tradición se fundamenta en la ambivalencia y ansiedad hacia la creación. Esta aproximación sería difícil de aplicar a las poetas Beat, quienes, aunque se centran en gran medida en la paradoja entre autoridad poética y condición femenina, la sobrellevan, como hemos visto, con una asertividad de la subjetividad poética que nace de una visión pre-feminista (y plenamente feminista más adelante) y un deseo de insertarse en el círculo poético Beat como mujeres poetas.

Montefiore también desarrolla una crítica a las teorías de la reconocida poeta y feminista estadounidense Adrienne Rich, las cuales sustentan la formación de una tradición literaria propia de mujeres en la fuerza de una identificación colectiva, tanto desde solidaridad y apoyo en el ámbito social como en el imaginario poético. Las poetas Beat carecían de esta conciencia como colectivo en un principio, y sobre esto además afirman Johnson y Grace: “Esta realidad difiere dramáticamente de las experiencias de los autores Beat, cuya comunidad de apoyo mutuo estaba sólidamente establecida” (17).32 Montefiore incluye un tercer parámetro para la formación de una tradición poética femenina que desarrolla a lo largo de todo su libro y que se ajusta a la práctica de las poetas Beat: la negociación permanente a través de la contingencia y el juego con la tradición literaria o poética— generalmente masculina—a la que pertenecen y que al mismo tiempo reescriben.

Esta experimentación consciente dentro de la propia experimentación del movimiento, es decir, la suscripción y práctica de los elementos fundamentales de la vanguardia en la que se enmarcan para revelar contradicciones o brechas discursivas dentro de los mismos y practicar subversiones y contra-narrativas que expanden las definiciones del propio movimiento, es lo que Elizabeth Frost considera característica clave de una tradición de poesía experimental o vanguardista “feminista” estadounidense. Con ello, Frost marca un continuo, desde las mujeres escritoras de las vanguardias históricas de principio del siglo XX hasta las poetas experimentales L=A=N=G=U=A=G=E a finales del mismo, dentro del cual se podría inscribir a las poetas Beat.

La ambivalencia de juego entre pertenencia y divergencia, o umbral entre emulación y apropiación de discursos Beat y su alteración a través de una subjetividad y asertividad femeninas, es también considerada como la firma postmoderna de la literatura escrita por mujeres Beat, según Ronna C. Johnson. Johnson se apoya en las teorías sobre la postmodernidad de Linda Hutcheon, y aunque se refiere sólo a narrativa, su aproximación puede ser trasladada al juego de negociación en la poética Beat femenina como “un discurso literario postmoderno que ejercita maniobras oscilatorias de subversión/instauración [ya que] subvierte la hegemonía masculina Beat posicionando a la mujer como protagonista, y, revisando características esenciales de la narrativa Beat, instaura un discurso restitutivo y correctivo, la narración de una agencia femenina Beat, de deseo sexual, de autoconfianza” (2002: 73).33

En relación a la visión poética de autoras Beat, ésta es sin duda una de juego, oscilación y liminalidad o, dicho de otro modo, de ubicación en el umbral, como en una puerta de vaivén. R. Johnson lo define como the art of writing in between (el arte de escribir en el espacio entre dos cosas) en cuanto al movimiento particular entre lo público y lo privado, es decir, entre lo social o bohemio y lo doméstico y personal en sus experiencias como madres, esposas o parejas, cuestión clave y concepto teórico que serán tratados en profundidad más adelante en este estudio. Sin embargo, esta oscilación en movimiento o, si se prefiere, juego fronterizo, se puede aplicar a otros elementos poéticos, y a la naturaleza misma de la escritura de estas mujeres. Su creatividad muestra una tensión entre apertura y contención en expresión, forma y temas; por ejemplo, la que encontramos en la dualidad entre motivos de movimiento y libertad (subjetiva y espacial) en contrapartida con tropos que reflejan espacios psicológicos y reales introspectivos, de estasis o quietud, que facilitan la reflexión en cuanto a la subjetividad poética y su condición de género respecto al entorno. La oscilación entre expansión y contención también se ve en que muchas de estas poetas alternativamente se subscriben a la práctica de una poética oral o performance, característicamente Beat, y al mismo tiempo y con la misma intensidad, al enclave gráfico textual, visual y material del poema en la página.

La liminalidad también está relacionada con la compleja imbricación entre experimentación y experiencia que parece darse en el traslado de las experiencias vitales de las poetas Beat a la forma artística. Hasta la evolución de una tercera generación tardía, estas bohemias vivieron su posición en la vanguardia, en el espacio urbano bohemio y en sus comunidades literarias simultáneamente dentro y fuera, perteneciendo a ellas pero habitando en los márgenes. Una dinámica de ambigüedad que expresaron a través de una creatividad que ponía en contacto sus experiencias subjetivas, materiales, corporales y situacionales como mujeres poetas con su experimentación poética e imaginario femenino Beat.

La subjetividad poética femenina Beat parece no percibir la experiencia del mundo de una forma que permita al sujeto abrirse o trascender sin sentir e identificar la complejidad material de límites, o la localización e interrelación con los demás y el entorno. Difícilmente, por lo tanto, pueden adscribirse a un “yo” poético emersionano universal y transparente que dicte “I am everything”, o a una voz whitmanesca que insista en “I am everyone”, sin que interceda una poética de corporeidad consciente de las condiciones de género y la interconexión entre voz y cuerpo, entre el yo y el otro y las contingencias y posibilidades de su interrelacionalidad. La poética avant-garde de las mujeres Beat comparte un conocimiento contextualizado del mundo, de la subjetividad y de la identidad que imbrica arte y vida de forma intensa e inevitable, introspectiva y política, entendiendo al ser como individuo desde una condición de género ineludible, pero al tiempo capaz de expresarse a través de una creatividad abierta y plural. Su valor ha sido inscribir esta visión dentro de la expansión y la experimentación, tanto social como literaria, Beat.

EL GÉNERO EN LA CRÍTICA Y EN EL CONTEXTO CULTURAL Y LITERARIO BEAT

¿Dónde están las mujeres?: Antologías y literatura crítica sobre escritoras de la generación Beat

La revisión crítica más significativa de la Generación Beat, iniciada a mediados de los noventa, se ha centrado en la recuperación de escritoras dentro del movimiento, así como en el análisis de sus obras y roles femeninos desde la crítica de género. Las obras que abordan el estudio de las escritoras y poetas Beat han contribuido a desmantelar el modelo de análisis de “centro-periferia” centrado en las figuras masculinas paradigmáticas (como se ha sugerido en la sección anterior). Más aún, han expandido la complejidad y definiciones de este movimiento literario y cultural.

Desde el punto de vista literario, la revalorización de las escritoras Beat ha puesto de relieve diferentes temáticas, estrategias literarias, voces poéticas e incluso géneros (las memorias) particularmente femeninos que pluralizan el canon literario establecido a la vez que amplían el significado del término Beat. Pero también desde el punto de vista cultural, como bien indica Jonah Raskin, son las autoras las que han impulsado la expansión y actualización de la escritura Beat hasta nuestros días, ya que muchas de ellas siguieron escribiendo y publicando más allá de los años sesenta y setenta (41).34

Por otro lado, las mujeres Beat realizaron también una importante labor cultural y social al contextualizar la revolución del fenómeno no sólo desde la literatura, sino también desde las calles y el entorno urbano. Fueron agentes de un activismo colectivo pre-feminista al representar los grandes cambios que reivindicaban en relación a las prácticas de género, la sexualidad o la participación de las mujeres en el espacio público cultural como beatniks o Beat chicks: bohemias o chicas malas de fin de semana que se acercaban al Village de Nueva York o al North Beach de San Francisco visibilizando a la nueva mujer moderna (Starr 41).35 La diversidad en la escritura, la variedad de perspectivas sobre cómo ser y vivir lo Beat y la revolución de género que las mujeres transgresoras de las décadas de los cuarenta y cincuenta llevaron a cabo en estos enclaves contraculturales eran también parte de la agenda de la “nueva conciencia” que los Beat practicaban y propagaban. La “miopía de género” desde la crítica y los medios de comunicación (Belletto 2017(a): 11) ha desestimado hasta hace relativamente poco la relevancia que el género tenía dentro de los objetivos revolucionarios del movimiento de la mano de sus mujeres.

Diferentes actitudes ejercieron fuerza para ocultar a las escritoras y participantes del movimiento. Por un lado, el sexismo imperante del grupo inicial de la eclosión Beat o boy gang (McNeil 178), cuya inercia ignoraba el valor potencial de las obras y vidas bohemias de sus compañeras. Por otro, la centralidad que se les dio a los autores y las perspectivas masculinas en lo que a la transgresión se refiere (literaria, sexual, cultural, etc.) desde la prensa del momento, primero, y la crítica literaria después. La famosa cita de Ginsberg, donde sugiere que no hubo apenas escritoras Beat meritorias, ejemplifica las consecuencias del efecto de invisibilización de las mujeres desde dentro y fuera del grupo Beat. Justificando esta perspectiva, y desde un tono paternalista, Ginsberg añade: “allí donde hubiera una escritora fuerte, capaz de demostrar su valía, como Diane di Prima, estábamos dispuestos sin problemas a trabajar con ella y reconocerla” (en Johnson y Grace

4).36

La argumentación de Gregory Corso con respecto a la ausencia de mujeres en el canon Beat, incluida como cita introductoria en el volumen de Brenda Knight, nos sugiere una dinámica social más amplia de silenciamiento que podría también explicar el comentario de Ginsberg: “Había mujeres, allí estaban, yo las conocí, sus familias las metieron en instituciones, les dieron descargas eléctricas. En los 50 si eras hombre podías ser un rebelde, pero si eras mujer tus familias hacían que te encerraran” (en Knight 141).37

Los propios discursos de género en el contexto histórico de la postguerra americana incluían rígidos parámetros de exclusión de las mujeres dentro del ámbito público y cultural. De esta forma, se da la paradoja de que los autores Beat, consciente o inconscientemente, consolidaron la cultura contra la que se rebelaban, duplicando los discursos de género misóginos y sexistas. Esto generó, además, una característica ansiedad y ambivalencia creativa en torno a este “punto ciego” en su filosofía, por la misma contradicción que implicaba la adscripción a los preceptos culturales de los que renegaban.

Como bien explica Di Prima en una entrevista con Anne Waldman en 1978, era el macrotejido social y cultural el que silenciaba y anulaba de forma peligrosa a las mujeres bohemias Beat:

No puedo afirmar que muchas mujeres excepcionales fueron ignoradas en mi tiempo, pero sí puedo afirmar que muchas mujeres potencialmente excepcionales terminaron muertas o dementes […] Algunas sufrieron de sobredosis y algunas se volvieron locas, y a una mujer con la que yo andaba por el Village la mataron sus padres en el 53 cuando la sometieron a un tratamiento de electrochoque … no quiero despotricar sobre casos concretos, pero la amenaza de reclusión o de algún tipo de muerte temprana era más que plausible. (En McNeil 193)38

La labor de la crítica feminista para hacer aflorar las vidas y obras de las artistas Beat cobra un valor estratégico, por lo tanto, por cuanto cancela la triple dinámica de anulación de los sujetos sociales y artísticos femeninos Beat; dicha dinámica era ejercida desde el propio movimiento, desde la crítica y también desde el entramado social institucional de la época. Brenda Knight comienza en 1996 esta labor literaria “ginocrítica”, siguiendo la definición clásica de Elaine Showalter, con el primer estudio serio de las mujeres de la generación Beat: Women of the Beat Generation: The Writers, Artists and Muses at the Heart of the Revolution.39 En la introducción a la antología, Knight describe a las mujeres Beat de esta forma:

Las mujeres de la generación Beat estaban cortadas por el mismo patrón que los hombres: temerarias, airadas, asumiendo riesgos, demasiado inteligentes, inquietas, muy irregulares, igualmente [escogiendo] la vida marginal, la lucha y la oposición […] a la América idealizada de los cincuenta del confort y el dinero […] Se suponía que las mujeres de los cincuenta tenían que acomodarse en un molde como la gelatina: para ser amas de casa y madres. […] Las mujeres Beat eran rebeldes con talento y con el suficiente coraje y espíritu creativo como para dar la espalda a la buena vida que los cincuenta prometían y abrirse paso en San Francisco y el Greenwich Village, mucho antes del feminismo de segunda ola […] Esa disconformidad no era fácil. Ser soltera, poeta y artista, tener hijos de distinta raza, recorrer los caminos era doblemente escandaloso en el caso de las mujeres, y la condena social muy elevada. (3-4)40

Women of the Beat Generation alcanzó gran atención mediática y es considerada un referente dentro de los estudios Beat. El libro se divide en cuatro partes que, a su vez, se dividen en secciones dedicadas a cada una de las autoras reseñadas. La primera parte se centra en las precursoras tempranas, dos poetas y una novelista, anteriores a la generación más conocida de autoras Beat y a caballo entre el modernismo y lo Beat (Helen Adam, Jane Bowles, Madeline Gleason). La segunda parte está dedicada a las escritoras cercanas e influyentes en el grupo originario de la eclosión Beat, que Knight denomina “musas”: Joan Vollmer Adams Burroughs, Carolyn Cassady, Edie Parker Kerouac, Joan Haverty Kerouac y Eileen Kaufman. La tercera sección la dedica a “escritoras”, incluyendo a once poetas (entre otras: Diane di Prima, Elise Cowen, Joanne Kyger, Denise Levertov, Joanna McClure, Janine Pommy Vega, ruth weiss, Mary Norbert Körte, Lenore Kandel o Anne Waldman) y cuatro autoras conocidas principalmente por sus memorias (Joyce Johnson, Hettie Jones, Brenda Frazer y Jan Kerouac). La cuarta parte del libro de Knight es dedicada a dos artistas visuales Beat: Jay DeFeo y Joan Brown.

Knight presenta información sobre cada una de ellas de forma detallada, emplazándolas en la escena Beat y dando a conocer parte de sus obras, hasta entonces desconocidas, pasadas por alto o inéditas. Parte del objetivo de esta importante antología y estudio, totalmente conseguido a ojos de quienes la lee, es hacernos ver cómo estas mujeres no sólo no eran invisibles sino que, muy al contrario, fueron agentes extremadamente activos en el entramado Beat. Su presencia era constante: escribían, debatían, apoyaban económica o logísticamente a muchos de los autores y proyectos, compartían relaciones sentimentales; es decir, no eran parte secundaria del tejido cultural en construcción, sino que participaban de lleno junto a los hombres en su creación. Knight abre una ventana a estudios posteriores sobre escritoras Beat que se fundamentan en la perplejidad e indagación de los motivos que hicieron casi invisibles a estas mujeres, cuando de hecho se hallaban tan presentes en el momento de la acción. Al mismo tiempo, estos estudios se esforzaron por compensar el tiempo perdido, recuperando y visibilizando sus aportaciones, voces, obras y experiencias.

La siguiente antología, publicada un año después de la mano de Richard Peabody, A Different Beat: Writing by Women of the Beat Generation, presenta una breve descripción biográfica de las autoras incluidas, poemas de las mismas y extractos narrativos. Como indica Peabody en la introducción, la antología aspira a reflejar obras del período que va de mediados de los cincuenta hasta 1965. Aparte de las autoras que ya aparecían en la obra de Knight, introduce otras poetas desconocidas hasta el momento como parte del grupo Beat: como Carol Bergé, Sheri Martinelli, Barbara Moraff, Brigid Murnaghan o Margaret Randall. La importancia de la antología de Peabody reside precisamente en el hecho de incluir dentro de la etiqueta Beat obras de autoras que permanecieron en los márgenes del movimiento, sin lazos tan directos con las figuras centrales, comenzando por lo tanto a desbancar los principios teóricos masculinos que forman el canon literario Beat y sugiriendo una apertura de las definiciones del mismo. La objeción de la poeta Joanne Kyger a esta nueva aproximación al fenómeno femenino Beat es un ejemplo de bifurcación entre crítica y autoría, ya que ella considera que ambas antologías (Knight y Peabody) agrupan a mujeres que no necesariamente se identificaban a sí mismas como escritoras Beat o pertenecientes al movimiento, como es su caso (en Encarnación-Pinedo 163).41

El primer volumen crítico sobre escritoras Beat se publica en 2002 por parte de las académicas Ronna C. Johnson y Nancy M. Grace con el título Girls Who Wore Black: Women Writing the Beat Generation. El volumen contiene las primeras aproximaciones desde la crítica literaria y de género a las mujeres Beat y su escritura. Entre estas cuestiones se encuentran: la prevalencia del estudio de la textualidad y obra frente al énfasis tradicionalmente puesto en sus biografías como acompañantes de los autores; el reconocimiento de la diversidad implícita en la escritura Beat y dentro de las obras de las autoras; la contextualización históricocultural como base del estudio de la literatura de mujeres Beat; los elementos estéticos que comparten con los autores y que las diferencian; la distancia con el modelo filosófico masculino de héroe romántico Beat y la atención a herencias literarias propias (sobre todo del modernismo femenino); la pauta de diferentes generaciones de escritoras Beat; su posición liminal entre la subordinación y la rebeldía que las convierte en pre-feministas y puente entre un feminismo político y cultural de primera y segunda ola; el estudio de las causas de su invisibilidad con énfasis en la ética del “rule of Cool” (la cual explicaremos en la siguiente sección). Con todo ello, Johnson y Grace comienzan una trayectoria de literatura crítica sobre las particularidades y especificidades de la estética, discurso y literatura femeninas Beat.

Se debe tener en cuenta que The Beat Generation Writers, editado por A. Robert Lee en 1996, simultáneamente al volumen de Knight, ya incluye dos artículos pioneros sobre el género en relación a las mujeres escritoras y el fenómeno Beat. Helen McNeil, en “The Archeology of Gender in the Beat Generation”, presenta un estudio riguroso sobre cómo la masculinidad Beat y el sexismo ya reconocido del grupo y de la época de postguerra contribuyen a la invisibilidad de las mujeres del movimiento, mientras que el artículo de Amy L. Friedman, “ ‘I say my new name’: Women Writers of the Beat Generation” explora el binarismo de la dualidad “virgen/puta” en la representación femenina llevada a cabo por los autores Beat y se centra en la búsqueda identitaria y de una expresión literaria propia en la poesía de Bonnie Bremser (Brenda Frazer), Diane di Prima, Joanne Kyger y Joyce Johnson.

La importancia del volumen de Johnson y Grace radica, además, en el compendio de artículos desde la crítica contemporánea sobre autoras que hasta entonces carecían de un estudio serio de su obra. Así, encontramos análisis de reconocidos académicos, tanto hombres como mujeres, sobre la poesía de Helen Adam, Diane di Prima, Elise Cowen, Joanne Kyger, Janine Pommy Vega y Anne Waldman, y sobre las memorias de Joyce Johnson y Hettie Jones, además de un artículo sobre la relevancia del género autobiográfico para esta generación de escritoras.

Dos años después, en 2004, Nancy M. Grace y Ronna C. Johnson publican Breaking the Rule of Cool: Interviewing and Reading Women Beat Writers, libro en el que entrevistan a las poetas ruth weiss, Diane di Prima, Joanne Kyger, Janine Pommy Vega y Anne Waldman; a las escritoras Brenda Frazer, Hettie Jones y Joyce Johnson; y a la crítica Anne Charters. Este volumen es interesante por pasar el relevo sobre la literatura femenina Beat a las propias autoras, las cuales hablan en primera persona de sus experiencias en la bohemia contracultural, sus motivaciones artísticas y sus vidas. Podríamos decir que es una obra muy relevante por cuanto abre espacio a la voz de las mujeres Beat, abordando de lleno la controversia entre el peso de la autobiografía y la textualidad. Si bien la textualidad debe prevalecer sobre la autobiografía en los estudios literarios, en el caso de las autoras Beat, cuyas vidas han estado silenciadas durante tanto tiempo, una apreciación completa de su obra debe pasar por atender a la transgresión y rebeldía implícitas en sus propias vidas, y cómo éstas se reflejan en sus obras: aspecto que el volumen Breaking the Rule of Cool ilustra desde un enfoque de desmitificación con la voz directa de las autoras.

Por otra parte, este volumen incluye un ensayo crítico que expande la complejidad crítica de la escritura femenina Beat hacia perspectivas postmodernas dentro de los estudios de género y culturales. “Mapping Women Writers of the Beat Generation”, escrito por Ronna C. Johnson, revela lazos e interconexiones entre las diferentes generaciones de escritoras Beat e introduce el concepto de la escritura liminal o “the art of writing in between”, anteriormente mencionado, como la característica principal de la poética femenina Beat.

Dada la sensibilidad adquirida en relación a las escritoras Beat desde la crítica a partir de los trabajos seminales de la década de los noventa, no es de extrañar que los estudios sobre la expansión del canon Beat más actuales, ya expuestos en la anterior sección, incluyan la categoría de género como concepto vertebrador y las obras femeninas como parte integral y necesaria para entender las transformaciones y diversificaciones del canon Beat. Así lo hace Reconstructing the Beats, publicado también en 2004, de Jennie Skerl, en cuyo volumen cabe destacar los artículos dedicados a ruth weiss y Lenore Kandel por introducir el estudio de estas autoras dentro de la literatura crítica Beat. De la misma forma, The Transnational Beat Generation, de 2012, editado por Grace y Skerl, presenta dos interesantes capítulos; por un lado, la transnacionalidad en la obra de Brenda Frazer y por otro, un estudio comparativo entre Diane di Prima y Burroughs, valioso debido a la escasez de estudios comparativos entre autores y autoras del movimiento.

En el reciente Cambridge Companion, los ejes de identidad de género, etnicidad y otros aspectos culturales, sociales e históricos permean todas las aproximaciones literarias a las figuras conocidas, además de entenderse como parte integral de los nuevos modelos de análisis y aproximaciones al fenómeno y prácticas culturales Beat. Las Beat son centrales en los capítulos con una prevalencia de análisis social, antropológico y cultural (Raskin, Belletto) y, por supuesto, en los capítulos sobre género y sexualidad escritos por Polina Mackay y Ronna C. Johnson, que atienden a los libros de memorias y la poesía escrita por mujeres. Sin embargo, aunque se incluye un capítulo exclusivo sobre las memorias de las autoras Beat, se echan en falta capítulos dedicados expresamente al género poético y a la relación entre las Beat y la crítica literaria feminista o el feminismo estadounidense.

Una de las publicaciones críticas más recientes en inglés centrada exclusivamente en mujeres Beat es Out of the Shadows: Beat Women are not Beaten Women, del 2015, editado por Frida Forsgren y Michael J. Prince a raíz del primer congreso internacional sobre autoras del movimiento celebrado en la Universidad de Agder, Noruega. Este volumen se debe subrayar por ser el primero especializado después de una década desde Breaking the Rule of Cool, además de por su original marco teórico. En dicho marco se sugiere una visión transversal y abierta de la producción cultural y artística de mujeres Beat, mostrando también su aportación desde el cine y las artes visuales y dando a conocer la obra de artistas como Mary Karr, ruth weiss, Bernice Bing o Jay DeFeo a partir del nuevo contexto en el que se engloba la creatividad de género Beat. En este volumen encontramos interesantes artículos sobre nuevos aspectos como los estudios rigurosos sobre la autora Jane Bowles, la herencia Romántica de Diane di Prima, las memorias póstumas de Joan Haverty Kerouac o la labor editorial de Hettie Jones. Comparación y transnacionalidad se incluyen en artículos sobre cine y representación femenina, o sobre la relación entre escritoras turcas y las Beat.

Out of the Shadows presenta un espacio creativo desde el que aproximarse al “Beat femenino” o female beatness, al tiempo que expone una nueva perspectiva crítica. Como bien indica A. R. Lee en su capítulo introductorio a este volumen: “Ninguna de las escritoras en juego han sido meras transeúntes. Sus vidas, de hecho, como su autoría y su arte, en común con otros que también han faltado en el espectro Beat, pertenecen de lleno a la cuestión. Cualquier otra perspectiva más reducida no sólo sería negligente, sino algo así como irrespetuosa” (2015: 36).42 Es cierto que, aunque estamos asistiendo a la proliferación de trabajos críticos sobre mujeres Beat, aún queda trabajo de investigación por hacer para expandir, incluir, recuperar y contextualizar a muchas artistas del entorno, así como para proponer diversas aproximaciones críticas a sus obras, además de estudios comparativos e inclusivos.

Podríamos aplicar los cinco objetivos generales que Skerl propone en su volumen Reconstructing the Beats al posible recorrido futuro del estudio de las obras de las escritoras Beat y de su presencia como sujetos sociales e históricos en el movimiento: 1) Una revisión de sus obras y aportaciones desde diferentes perspectivas críticas contemporáneas que incluiría marcos teóricos actuales como feminismos postmodernos, interdisciplinaridad o la literatura comparada, algunos de ellos ya utilizados por la crítica más reciente. 2) Su ubicación dentro del continuo de tradición e historia literaria estadounidense: es decir, la relación de las obras literarias de mujeres Beat con tradiciones literarias femeninas y/o feministas anteriores y posteriores. 3) La recontextualización de las escritoras Beat dentro del contexto de la historia de las vanguardias artísticas y sus comunidades literarias y culturales, lo que Elizabeth Frost denomina la tradición de vanguardia feminista estadounidense. 4) La recuperación de figuras marginales, autoras que aún no tienen estudios sobre sus obras o que no han sido incluidas de forma sustancial como participantes de una estética y ética Beat (este aspecto es especialmente relevante en nuestro libro por ser el caso de Cowen, Levertov y weiss). En relación a este último punto, Skerl considera que para ubicar a este tipo de escritoras en el canon literario es necesaria la “atención biográfica” (4). Esta es la razón por la cual ponemos el énfasis en esclarecer el recorrido vital de las autoras incluidas en este volumen en constante relación a sus obras. 5) Como último objetivo, Skerl sugiere la crítica y socavación de estereotipos mediáticos y clichés populares que han influido en la imagen de la comunidad Beat: en el caso de las mujeres, se debe analizar la representación y construcción de las feminidades en la literatura Beat masculina, en los discursos culturales de la época y en las reconstrucciones de los mismos desde las obras de las propias autoras.43

El estudio que llevamos a cabo en este libro intenta integrar todos los elementos críticos que Skerl define, traduciéndolos al análisis de escritoras y poetas Beat. Nuestra aproximación considera sus obras desde el punto de vista estilístico, literario, temático y formal, así como su participación en el movimiento como sujetos femeninos históricos, sociales, culturales y políticos. El eje crítico que vertebra nuestro análisis de las obras de las poetas, el género y la poesía en el movimiento Beat, es la consideración de que la mayor aportación de estas escritoras se encuentra en la interrelación entre experiencia y experimentación (vital y poética), como ya se ha apuntado anteriormente, o, dicho de otro modo, la imbricación entre arte y vida.

“El problema sin nombre”, bohemias rebeldes y Beat chicks: feminidad y masculinidad a mediados del siglo XX y su reflejo en la literatura Beat

La construcción de la feminidad Beat difundida en las obras de los escritores y los medios de comunicación de la época no distaba mucho de la extendida por los roles tradicionales de las mujeres en la sociedad de postguerra estadounidense, si exceptuamos la liberalización sexual que implicaba y la pose beatnik que se les exigía para pertenecer al grupo (ropa negra, maquillaje pálido, ojos marcados, pelo suelto, impasibilidad y laconismo). Así lo deja claro Jack Kerouac en “The Origins of the Beat Generation” (1959): “el ‘cool’ (hípster) hoy es tu lacónico sabio con barba, ante una cerveza casi sin tocar, que habla bajo y borde, cuyas chicas no dicen nada y visten de negro” (nuestra cursiva) (en Johnson y Grace 1).44

La cita de Kerouac se utiliza como base para la ironía implícita en el título del aclamado volumen Girls Who Wore Black: Women Writing the Beat Generation, de Johnson y Grace, por cuanto a través de ella se destaca la estética Beat femenina (de negro), desechando la primera parte de la frase que alude a su mutismo. El libro rompe con este silencio revalorizando las obras de las autoras Beat, quienes, si bien se les restaba subjetividad como mujeres y artistas mediante la imposición de una feminidad que no habla y la falta de visibilidad, no dejaban de valerse de su propia voz y perspectiva de experiencias Beat como mujeres en sus obras y testimonios. La paradoja discursiva, no menos que el valor de reinserción dentro de la historia Beat de las memorias escritas por varias de ellas, radica en cómo representan el peso del silencio a través de la palabra como denuncia. Joyce Johnson comenta en Minor Characters:

Veo a la joven Joyce Glassman, veintidós años, el pelo cayéndole por los hombros, toda de negro […]—medias negras, falda negra, suéter negro—pero […] no es que esté de luto por su vida. ¿Cómo iba a estarlo, cuando su sitio en la mesa era el centro mismo del universo, ese lugar en la medianoche en el que tantas cosas convergen, el único lugar vivo en América? Como mujer, ella no forma del todo parte de esta convergencia. Hecho que su emoción por estar ahí sentada le impide ver mientras las voces de los hombres, siempre los hombres, se elevan y decaen apasionadamente. . . . Simplemente con estar ahí, se dice así misma, basta.

Lo que me niego a abandonar es su expectación. Sólo es su silencio lo que me gustaría dejar atrás. (Johnson, J. 261)45

Hettie Jones, en How I Became Hettie Jones, conecta este silencio impuesto en el sujeto femenino Beat con el silencio en el cual el estereotipo de feminidad de postguerra se cimenta:

Para el año 1951, cuando se nos etiquetó como la Generación Silenciosa, ya me habían recomendado callar a menudo. A los hombres no les servía una mujer habladora, me advirtieron. Lo que quería, me decían, era seguridad y movilidad de clase, que podían ser mías si aprendía a cerrar la boca. Yo sólo tenía la esperanza, con fuerza de voluntad, de asumir una nueva forma en el futuro. A diferencia de las mujeres de mi familia o de cualquiera que hubiera conocido, yo llegaría a ser—algo, cualquier cosa, lo que fuera que eso significara. (10)46

En contraste con los varones Beat, la tarea de “llegar a ser”, en el caso de Jones y otras bohemias, suponía la ruptura del silencio a través de la presencia y la palabra, ruptura que en muchos casos no se daría hasta décadas después. El estereotipo de la Beat chick, vestida de negro y en silencio, compañera del aventurero y bohemio, sexualmente liberada y normalmente proveyendo, además del descanso del guerrero o artista, un apoyo económico, convendría analizarse en paralelo con el estereotipo del ama de casa y madre de familia de los barrios residenciales de clase media. Ambas eran expectativas femeninas sustentadas por una construcción de género en el que la masculinidad y la feminidad se hallaban completamente desconectadas entre ellas y aisladas en el espacio que ocupaban. Esto fomentaba lo que desde el discurso cultural popular se ha denominado la “guerra entre los sexos”.

Betty Friedan, en el estudio sociológico y cultural The Feminine Mystique publicado a principio de los sesenta, es de las primeras en destapar el desencanto, la neurosis y el aislamiento provocado por la falta de desarrollo personal que vivían muchas mujeres estadounidenses de la década de los cincuenta, fenómeno que acuña como “el problema sin nombre”, entre otras cosas, por la negligencia mostrada desde instituciones sociales y médicas para atender a este malestar femenino. Las expectativas de la mayor parte de las mujeres de los barrios residenciales (primera generación de estudiantes universitarias en masa) se veían limitadas por la moralidad de postguerra que instaba al consumo, a ganar un sueldo secundario en la familia en algunos casos y al cuidado del hogar e hijos, mientras el marido trabajaba la mayor parte del día. Las mujeres Beat nacen de un paso más allá en esta escena. La mayoría de ellas reniega de este horizonte de feminidad y huye a las bohemias urbanas para construir, con riesgo y esfuerzo, una nueva feminidad fuera de este rígido estereotipo familiar. Con sorpresa, una vez allí, igualmente tendrían que reinventarse fuera de las expectativas de la Beat chick.

El camino del bohemio Beat era muy diferente, aunque se hallara igualmente atrapado dentro de construcciones de género binarias y opuestas. El estudio pionero sobre la masculinidad de postguerra que Barbara Ehrenreich lleva a cabo en The Hearts of Men: American Dreams and the Flight from Commitment, habla del colapso de la “ética del proveedor” (breadwinner ethic) y del “problema sin nombre” que también vivían los hombres respecto a la construcción de su masculinidad en ese momento histórico.

La crisis de la masculinidad en la postguerra americana está estrechamente ligada a la representación mediática que impulsó al héroe Beat (y su caricatura del beatnik), al éxito mediático de On the Road, y al resto de expansión popular del fenómeno Beat de la que ya hemos hablado. Ehrenreich elabora su tesis en torno al descontento masculino relacionado con los discursos que predominaban sobre la “conformidad” y sobre la “feminización de los hombres americanos” a finales de los cincuenta (34). Los rígidos estereotipos de masculinidad de la clase media se basaban en la exigencia de responsabilidad y madurez respecto a la fidelidad al trabajo corporativo y a la capacidad de abastecer a la familia nuclear consumista. Si la mujer estaba atrapada en la ética del ama de casa, el hombre lo estaba también en la ética del trabajador como engranaje del capitalismo en crecimiento.

Puesto que los discursos ideológicos anticapitalistas estaban prohibidos por relacionarse con el comunismo, el discurso cultural más aceptado como catarsis a las tensiones que sufrían los hombres de postguerra fue el referido a las mujeres. La “tiranía femenina” consistía en atrapar al hombre en el matrimonio, convirtiéndolo en esclavo del consumismo del ama de casa, usurpadora del trono de un rey del hogar que carecía de tiempo libre para ejercer su masculinidad en el espacio doméstico. Como esclavos de la familia nuclear (cuya invención se atribuía a las mujeres), los discursos populares culparon de la vulnerabilidad masculina causada por el capitalismo despiadado a la castración psicológica ejercitada por las mujeres en el matrimonio.

Como desvela McNeil, las críticas sobre los Beat en revistas como el New York Times, Esquire o Playboy a finales de los cincuenta, curiosamente se encontraban al lado de artículos donde se representaban a los hombres como la “minoría oprimida” y a las mujeres como una “amenaza interna para la libertad”, como vemos en estos fragmentos que McNeil comenta a continuación. El ascenso del poder femenino se debía a que la vida doméstica de las mujeres era ahora más fácil debido a los electrodomésticos y los hombres eran presos de sus trabajos, argumenta el artículo de la revista Times, “más tiempo, energía y libertad, conyeba más poder” (182). En cuanto al varón, éste se encontraba perdido: “ya no puede desarrollar una de las cualidades masculinas por excelencia, la creación mental (la contrapartida natural a la concepción física en la mujer) en un ambiente de absoluta libertad”; McNeil nos aclara qué subyace en ese concepto de libertad: “La libertad significa la no interferencia por parte de las mujeres” (ídem.).47

No es de extrañar, por tanto, que la reacción fuera potenciar representaciones misóginas desde la cosificación y sexualización de la mujer que silenciaran la subjetividad femenina en todos los ámbitos culturales, incluyendo el bohemio. El estudio de representaciones sexistas de la mujer en obras de autores Beat está bien documentado en variedad de artículos (entre otros, McNeil y R. Johnson (2017)). Puesto que este aspecto está más que constatado, sería novedoso aproximarse a la masculinidad Beat como generadora de posibilidades culturales, más que como silenciadora y represora, para entender la separación entre las construcciones de género en este movimiento.

Como bien indica Ehrenreich, los Beat proporcionaban a los hombres de postguerra americanos en su crisis de masculinidad un espejo que proyectaba una posible y utópica liberación, la cual al mismo tiempo criticaban encarnizadamente (en campañas de desacreditación a los beatniks como seres despreciables y violentos) por mostrarles lo que no tenían: libertad. De esta forma se les convirtió en héroes venerados y denostados, llevándoles a la popularidad a través de la prensa y los medios de comunicación.

Figuras como Kerouac, los personajes de su ficción (creados desde el modelo en vida de Neal Cassady), los beatniks caóticos, lo chicos salvajes de la carretera, habían escapado a la ética de la responsabilidad y la madurez, renegando orgullosamente de la exigencia de ser sustento o padres de familia a través de un malabar ideológico que no podía causar otra cosa que perplejidad y atracción. Los nuevos bohemios Beat entendían, más allá que sus coetáneos varones en crisis, que la subyugación no sólo estaba en la familia, las mujeres y sus exigencias de compromiso y estabilidad, sino en la esclavitud al capitalismo en el trabajo para generar consumo. Difícilmente podían deslindar a las mujeres dentro de este compendio de Moloch (como Ginsberg lo denomina), por muy bohemias que fueran: la vida familiar y, por ende, “la mujer” y su bandera de heterosexualidad monógama y de procreación, formaban parte de la amenaza de vida sometida que la nueva sociedad de postguerra tradicional y alienante representaba.

Ehrenreich considera la “rebelión Beat” de masculinidad liberada realmente original por rechazar no sólo el matrimonio, como hacía el modelo de hombre playboy, sino también el trabajo, así como por atreverse a romper la censura ideológica promovida en la sociedad hacia la autocrítica capitalista (es por ello que, a ojos del americano de a pie, los beatnik no eran más que simples comunistas). Por primera vez, la nueva masculinidad se inspiraba en una conciencia de clase que abriría la veda, por supuesto, a la sensibilidad política hacia las minorías que se desarrollará en las siguientes décadas, centrando sus modelos de hombres en los indigentes, marginados, homosexuales, trabajadores de clase baja y afroamericanos (como bien estudia Norman Mailer en “The White Negro”). El fellaheen (los campesinos), como los denominaba Kerouac, eran sujetos sociales invisibles en aquel momento. Ehrenreich analiza con lucidez cómo el héroe Beat rebelde que escapa de toda responsabilidad y su “posibilidad de irse y abandonar, sin dinero o culpa, y sin ninguna ambición excepto la de ver y hacerlo todo” (56) no había sido generado por la angustica existencial del hombre atrapado de clase media. Más bien, el nuevo bohemianismo de los Beat nacía de algo totalmente distinto: “de un submundo y una subclase invisibles desde los ‘palacios de cristal’ corporativos o las casas residenciales de ensueño. […] El hombre de clase baja que nunca había conocido lo indigno de conmutar a diario al trabajo y de las barabacoas de jardín aún parecía el último repositorio de masculinidad desafiante” (Ehrenreich 56-57).48

Lo interesante es que los Beat incluyen la práctica y ética homosexual dentro de la “homosociabilidad” que muchos de estos grupos marginales, que tomaban por modelo, ensalzaban a través de la camaradería masculina sustentada en una heterosexualidad hiperbólica y el sexismo. Aunque la bisexualidad era la práctica más común para ellos, la heterosexualidad, traducida en la estereotipada y sexualizada Beat chick como chica fácil o en la mujer-madre como amenaza de compromiso, carecía de proyección en el ethos Beat masculino. La homosexualidad, por otro lado, permitía afianzar lazos de apoyo e intimidad entre hombres donde las mujeres no tuvieran cabida. De alguna forma, el vínculo afectivo y sexual entre ellos intelectualiza y dota de sofisticación a las prácticas homosociales que llevaban a cabo (escribir, viajar, buscar aventuras y experiencias), siendo la simultaneidad entre homosexualidad y exclusividad homosocial más común en sociedades clásicas y avanzadas que en los grupos marginados de clase baja que reivindicaban por modelo.

La masculinidad Beat, como opuesto binario al espacio ocupado por la feminidad o las mujeres, también resucita mitificaciones del héroe americano del imaginario tradicional estadounidense. Como bien apunta McNeil: “Se puede argumentar que el discurso de género entre los Beats remonta históricamente al mito de la frontera Americano o del ‘chico malo,’ o puede ser visto como una continuación del motivo romántico de búsqueda o misión del género del romance” (179).49 El hombre de frontera, el colonizador de tierras salvajes, el aventurero y pionero se recontextualizan en el ethos Beat para dar libertad a los hombres en sus andanzas en la carretera. McNeil amplía la analogía al sugerir que, para los viajeros Beat, la carretera (la huida, la búsqueda, la intermitencia y el coche) representa la colonización, si bien en movimiento y en zigzag (sin intensidad de penetración), de la inmensidad del territorio estadounidense entendido como cuerpo femenino (188).

La búsqueda dentro del imaginario estadounidense pasa también por los románticos trascendentalistas (Whitman, Emerson, Thoreau, Melville), quienes reconvierten al hombre de frontera en el místico en busca de auto-conocimiento: el que rompe con la tradición y la alienación del individuo en la industralización a través de la soledad en la adversidad de la naturaleza (Thoreau); o incluso en transmisor bárdico de la autenticidad individual (Whitman). La influencia de la tradición masculina de este elenco de visionarios, artistas e intelectuales del siglo diecinueve en los escritores Beat está ampliamente reconocida.

En el capítulo anterior hablamos de la tesis de Holton acerca de cómo el movimiento Beat proporcionó salida a la crisis de alienación y a la cultura de la contención y control a través de espacios artísticos, tanto individuales como colectivos, de heterogeneidad y disidencia. A lo largo de esta sección hemos visto que estos espacios fueron claramente más ventajosos para los hombres Beat, con unas dinámicas de género que reconstruían una nueva identidad masculina basada en viejos y nuevos modelos, pero que mantenían discursos enfrentados entre los sexos y de silencio respecto al sujeto femenino.

¿Cómo reconstruyen las mujeres el ser Beat dentro de estos discursos de género del movimiento? ¿Cuáles son las características de la feminidad Beat más allá de las representaciones estereotipadas de la Beat chick (silenciada, objetivizada y sexualizada) y atendiendo a las mujeres que participaron en la contracultura como sujetos sociales, históricos y culturales? El impulso de origen para ser mujeres Beat nace de la misma visión filosófica y cultural de alienación y control de la individualidad en la sociedad de postguerra, pero dentro de la doble contención que se ejercía en las expectativas de la feminidad de los cincuenta en los Estados Unidos: por un lado, la de ser madre, esposa y cuidadora del hogar; por otro, la de no ejercer profesión o destacar intelectualmente o como sujeto autónomo. Friedan define la situación al principio de The Feminine Mystique de la siguiente forma:

En el siglo anterior, las mujeres habían luchado por el acceso a la educación superior; ahora las chicas iban a la universidad a buscar un marido. […] Al final de los 50, la tasa de natalidad en los Estados Unidos superaba la de India. […] La esposa estadounidense […] era sana, guapa, educada, estaba preocupada únicamente por su marido, sus hijos, su casa. Había encontrado la verdadera realización femenina. […] Si una mujer tenía un problema en los 50 y 60, sabía que algo debía ir mal con su matrimonio o con ella misma. ¿Qué clase de mujer era si no sentía una misteriosa satisfacción encerando el suelo de la cocina? […] Se les enseñó a sentir pena por las mujeres neuróticas, nada femeninas e infelices que querían ser poetas, médicos o presidentes. (11-16)50

Dentro del “problema sin nombre” (el sentirse vacía, incompleta o inexistente, que según la autora un médico denominó “el mál del ama de casa” (ídem.)), que Friedan refleja en su estudio pionero y que estaba llevando a muchas mujeres a la consulta del psiquiatra, el origen del conflicto no sólo se encontraba en una sociedad que contenía a la mujer en el hogar y no contemplaba otros modelos de feminidad plausibles, sino también en unas dinámicas de género entre hombres y mujeres que carecían de escucha mutua, que promovían espacios separados y modelos rígidos y tradicionales de ejercer y practicar la feminidad y la masculinidad. La forma de afianzar la individualidad para la mujer Beat dentro de esta alienación existencial en torno a los roles de género fue huir del núcleo familiar como espacio de contención y, de forma muy distinta al varón Beat, no percibir las relaciones con los hombres como dañinas o como impedimento para una búsqueda individual, sino como experimentos de alternativas a las dinámicas de género heterosexuales.

Sin embargo, los espacios para practicar la diferencia en relación a estereotipos de feminidad que se supone podría proporcionar la escena y ética Beat no se encontraban disponibles dentro de la libertad que el movimiento representaba. Las bohemias rebeldes que eligieron una forma de vida alternativa en la contracultura Beat de la Costa Este y Oeste como escritoras y artistas desafiaban políticamente el statu quo de género dentro y fuera del movimiento, ya que debían inscribir de forma novedosa y sin modelos de referencia nuevos pliegues de heterogeneidad y disidencia desde sus prácticas de vida y arte. Sus reivindicaciones eran políticamente feministas (aunque históricamente no se reconocieran como tal) porque, bajo un enfoque existencial individualista más allá del género (es decir, la búsqueda de libertad creativa del ser humano), en ellas se encontraba, por un lado, el objetivo de una reconfiguración de dinámicas de género, y por otro, una crítica a la subyugación de la mujer sobre todo al entorno doméstico y familiar tradicional, y unido a todo ello, el intento de generar nuevas formas de entender el ser mujer creadora atendiendo a la identidad de género y sexual como central. Como indica R. Johnson: “Todas las escritoras Beat expresan una crítica rebelde antisistema al lugar y el valor asignados a las mujeres en el patriarcado, y este énfasis de género es la distinción radical que enmienda la literatura beat por parte de su practicantes femeninas” (2004(a): 8).51 Aun así, hay que tener en cuenta que esta consideración del género y la feminidad como parte sustancial del female Beatness no fue inscrita ni reconocida como parte de los preceptos, prácticas, ideología e historia Beat estandarizadas, como bien indican Johnson y Grace: “hubo una indiferencia Beat al espíritu afín de rebeldía que estaba implícito en el protofeminismo de las mujeres bohemias” (5).52

Entre las características propias de las bohemias rebeldes Beat se encuentra el hecho de que muchas de ellas se enfrentaron y abandonaron a sus familias de origen, decisión vital que trunca su relación de seguridad con este nido y merma las posibilidades de inclusión en una normatividad futura: esta decisión les convertía automáticamente en marginales sociales. Di Prima lo narra en sus memorias Recollections of My Life as a Woman como un punto de no retorno. Joyce Johnson, Janine Pommy Vega, Hettie Jones, Elise Cowen o Joanne Kyger, entre otras, desafían a sus familias y se separan de ellas para empezar vidas bohemias independientes. Sin embargo, la soledad que implicaba este desafío les llevaba a crear nuevos vínculos en relaciones sentimentales con hombres Beat la mayor parte de las veces, en vez de sustentarse en fuertes redes de apoyo femeninas. En otras ocasiones, esta separación y soledad, que no remitía en sus relaciones bohemias, tenía como consecuencia desequilibrios psicológicos.

Otra particularidad es que la búsqueda de la bohemia rebelde parecía centrarse en encontrar un nuevo espacio antes que en una búsqueda existencial en la huida del viaje. Aunque muchas de ellas viajan en algún momento (Brenda Fraser, Diane di Prima, Joanne Kyger, Janine Pommy Vega) y así lo relatan en sus escritos, su primera reinvención como Beats suele ser en la ciudad como mujeres independientes. Esto define el espacio urbano contracultural como un nuevo mito de búsqueda femenino Beat, como un nuevo espacio de visibilidad del sujeto femenino artístico, en vez de la carretera y el movimiento intermitente.53 Asimismo, Joyce Johnson relata en Minor Characters cómo, aunque le hubiera gustado participar en las aventuras de carretera junto a Kerouac, esta experiencia era guardaba celosamente como masculina. La reivindicación de visibilidad de la mujer Beat como bohemia, es decir, como artista independiente en la ciudad, forma parte de su transgresión política y formación del sujeto contemporáneo femenino dentro del espacio público, tomando como precedente a las mujeres bohemias de la primera vanguardia del siglo XX.

Janet Wolff es de las primeras críticas en estudiar cómo los discursos culturales han excluido a las mujeres a lo largo de la historia occidental, y en especial a las Beat en el siglo XX, de la realidad y metáfora del viaje. Wolff considera que el viaje errático como discurso y práctica es en esencia masculina, y que la transgresión del sujeto femenino en este sentido se debe entender desde la búsqueda de espacios alternativos o localización en movimiento, es decir, como una “movilidad situacional” (128). Es por ello por lo que la aventura intermitente, de huida, de movilidad y de búsqueda de libertad se daba en las mujeres bohemias Beat de forma distinta: al cerrar las puertas de sus casas familiares de origen y en un camino de transformación o de “llegar a ser” (como incide Jones en sus memorias) que va desarrollándose en el día a día tras decisiones deliberadas y muy conscientes de sus consecuencias. Como bien indica Joyce Johnson: “La mayoría de nosotras nunca tuvo la oportunidad literalmente de echarnos a la carretera. Nuestra carretera, sin embargo, se convirtió en las extrañas vidas que llevábamos. De hecho, habíamos escogido esas vidas por razones concretas; no habíamos caído en ellas porque sí” (en Lee, A. R. 2015: 25).54

Otra característica que define la feminidad Beat es que dentro de sus objetivos en la transformación contracultural parece estar el desmantelamiento de la “guerra entre los sexos” o la distancia entre hombres y mujeres. Sus continuas relaciones con bohemios del movimiento, como esposas y compañeras que también escriben y crean, han tendido a ser interpretadas como una vulnerabilidad y tradicionalidad en sus perspectivas heterosexuales. Estas, sin embargo, deben ser reconocidas como prácticas de experimentación Beat en torno a las dinámicas heterosexuales que incluían una búsqueda de la igualdad, una reconsideración de la intimidad y la comunicación y nuevos modelos de familia, aspectos ignorados en la búsqueda de la identidad masculina Beat la mayor parte de las veces.

Lo cierto es que la dinámica binaria de opuestos de género dentro del movimiento las volvió a emplazar en papeles silenciados, y que “los papeles que llevaban a cabo—de esposa, madre, amante o musa—las oscurecía como artistas” (Johnson, R. 2004(a): 23).55 Pero fueron estos roles, entendidos desde una feminidad Beat, los que generaron espacios creativos de female Beatness en sus obras, contrarrestando ese silencio con fuertes voces que desvinculaban lo doméstico de lo tradicional y ponían la poesía al servicio de una visión transgresora dentro de las relaciones de pareja, familiares, y la maternidad:

En los muchos experimentos literarios que las escritoras Beat han llevado a cabo, lo doméstido o lo cotidiano se encuentra como material y contexto de inmersión en lo “beat” y su transformación […]. Las mujeres Beat muestran que se metieron en los papeles mandatorios de madre, esposa, amante, pero junto a la libertad sexual bohemia y a través de la perspectiva de las preocupaciones existenciales hípster, y que volcaron esta redefinición de papeles en su escritura Beat. En el arte como en la vida, las Beats liberaron los roles domésticos del enclaustramiento patriarcal y los trasladaron a la apertura y flexibilidad de la bohemia. (Johnson, R. 2004(a): 23, 26)56

Un ejemplo de la transformación de estos papeles tradicionales (esposa o compañera silenciada) y del deseo de revisar patrones y dinámicas heterosexuales se encuentra en el hecho de que las memorias y poesía de escritoras Beat, en gran medida, meditan y expresan inquietudes y aspectos de sus relaciones con sus compañeros, desafiando el predominante rule of Cool impuesto por una ética Beat masculinista. El código marcado por “la regla de la Impasibilidad” (impertubabilidad e inmutabilidad a estímulos externos) de los Beat instauraba un rechazo hacia la expresividad y los juicios emocionales, un laconismo, sobre todo en las relaciones interpersonales e íntimas; norma con la que las escritoras Beat debían jugar para pertenecer al grupo contracultural, pero que claramente diseccionaban, socavaban y criticaban en sus escritos. El rule of Cool, que implicaba una represión de las expresiones emotivas y sentimentales, se originaba en el nihilismo y desencanto de los exhaustos y desarraigados hípsters de mediados de los cuarenta que Kerouac y el núcleo de hombres Beat tomaron como modelos (Johnson y Grace 7). Sin embargo, la posibilidad de expresarse de forma auténtica, sin máscaras, en sitios públicos y colectivos (charlar en cafés, fiestas), era uno de los aspectos que las mujeres Beat del momento más valoraban, según el estudio sociológico de Wini Breines (1994).

La posición histórica de las mujeres Beat las desvincula de esta escena de desencanto existencial y nihilismo inexpresivo muy relacionado con la masculinidad y su reacción a la Segunda Guerra Mundial. Aunque arduo, las mujeres tenían ante sí un camino de libertad por recorrer nuevo y emocionante, el cual habían saboreado gracias a la reestructuración del espacio público en la guerra. La esperanza en torno a la realización personal y a la expresión subjetiva en el ámbito social y cultural (con su búsqueda de vínculo y comunicación con el “otro”) se encontraba en el impulso de sus expresiones literarias.

La feminidad Beat también incluye, como punto importante en sus transgresiones y nuevas formas de vida, la liberación sexual, entendida como la exploración de la sexualidad desde parámetros del deseo del sujeto femenino. Mientras que para los hombres Beat la promiscuidad sexual, tanto heterosexual como homosexual, como ya hemos visto, podría estar relacionada con la aversión al compromiso de la monogamia heterosexual, las mujeres Beat que abrazaban el amor libre reivindicaban desde una posición política y poética (en sus creaciones artísticas) el control de su cuerpo y deseo.

Desde el plano social y creativo, la toma de conciencia de su libertad sexual fue elemento clave para la reinvención de una individualidad, subjetividad e identidad femeninas: “Como los trabajos de estas mujeres atestiguan, la libertad sexual—la capacidad de tener cuando quisieran amantes tanto masculinos como femeninos— está en el corazón de la subjetividad femenina Beat, y también de su escritura, aunque no fue tan central como en la siguiente era de la revolución sexual” (Johnson, R. 2004(a): 14).57 Por supuesto, este espacio de reivindicación quedaba lejos de ser entendido a lo largo de los cincuenta como gesto político y como parte de los objetivos Beat femeninos (y feministas) de individualismo ante la alienación y el conformismo.

Un aspecto importante del amor libre en las obras y vidas de las mujeres Beat consiste en que, en vez de realzar la oposición entre hombres y mujeres (como ocurría a menudo en la literatura Beat masculina), se utilizaba como herramienta poética y creativa para debatir sobre las realidades de la intimidad heterosexual (Diane di Prima, Brenda Frazer), o para proponer una armonía más allá del género en la unión espiritual entre los sexos (Lenore Kandel, Anne Waldman). En ambos casos, la heterosexualidad en el imaginario Beat femenino buscaba revisiones o cancelaciones de las dinámicas de género imperantes de separación y oposición.

Desde el discurso cultural mediático y literario masculinos, la experimentación de libertad sexual de las rebeldes Beat con vidas bohemias, de las Beat chicks o de las seguidoras beatnik de fin de semana, fue utilizado para sobre-sexualizar a la mujer en detrimento de su capacidad de decisión y reivindicación política. La revalorización de las beatniks como agentes de cambio social y como precursoras de la segunda ola feminista y su revolución sexual, como argumenta la socióloga Wini Breines, es fundamental para contrarrestar el silencio y la objetivización a los que se sometió a las mujeres blancas de clase media en los años cincuenta.

Además, el gran número y la predominante presencia de mujeres Beat y beatniks (es decir, no sólo artistas, sino mujeres que seguían el estilo de vida bohemio) hizo que estas portadoras de la revolución sexual como “chicas malas” fueran figuras mayoritarias (en absoluto minoría) de transgresión social dentro la contracultura de la época, y por lo tanto protagonistas directas de la expansión del fenómeno Beat y su importancia a esferas sociológicas y extraliterarias. Como apunta Clinton Starr: “Los icónicos Ginsberg y Kerouac eran sólo dos miembros […] de un fenómeno social y cultural mucho más amplio. [Hay que] enfatizar un componente clave de la Generación Beat que ha sido ignorado. El hecho es que a finales de los 50 el grupo que seguía a los beatniks y ejercía la bohemia de fin de semana constituían la aplastante mayoría de la Generación Beat” (45), y gran parte de esa mayoría eran mujeres.58

Las consecuencias de la promiscuidad femenina en forma de embarazos no deseados no eran tan destacadas en los medios de comunicación como la violencia y el crimen con relación a los hombres Beat (Breines 1994: 384). Así, las dificultades a las que se enfrentaban las bohemias en su revolución sexual por la falta de medidas contraceptivas (legalizadas en 1972 en los Estados Unidos), la práctica regular de abortos e histerectomías clandestinos, además de las experiencias como madres solteras y/o con hijos interraciales, eran silenciadas en el discurso cultural, reduciendo así su relevancia social.

Aunque la bisexualidad formaba parte de la práctica de liberación sexual, la heterosexualidad, y la maternidad como resultado, figuran como temáticas literarias recurrentes en las obras de escritoras Beat. Si bien la maternidad no restaría fuerza a su deseo de llevar estilos de vida alternativos y artísticos, sus testimonios prueban la dificultad de vivir esta experiencia como creadoras y artistas. Sin modelos en los que apoyarse, estas mujeres se reinventaron como madres bohemias con la imaginación y sentido práctico necesarios para sobrellevar el conflicto en torno al impulso creativo y la ausencia de apoyo por parte de sus compañeros en esta labor.

Di Prima y Hettie Jones escriben en sus memorias sus perspectivas sobre la maternidad interracial (ambas tienen hijos con el escritor Beat afroamericano LeRoi Jones) y las realidades cotidianas de la difícil integración del espíritu creativo dentro de la domesticidad y el cuidado. Amy Friedman reflexiona en uno de sus artículo sobre las diferentes aproximaciones a la resolución de la tensión entre maternidad y creatividad que encuentra en las dos autoras (1998). How I Became Hettie Jones se divide significativamente en etapas de la vida de Jones en diferentes casas con su marido y a lo largo del nacimiento de sus dos hijos; en el siguiente fragmento, la autora expresa con precisión la contradicción que encuentra entre domesticidad y creatividad: “No me importaba mi vida casera. Es sólo que no podía hacer ni una maldita cosa con ella. Cómo se traducía en palabras, este patrón repetitivo de demanda y respuesta, limpio y sucio, enfermo, sano, dormido, despierto. Su único hechizo era la necesidad, y la necesidad estaba en la ciénaga más allá del cálido invernadero del deseo” (Jones en Friedman 1998: 240).59 En relación a Di Prima, Friedman contrasta su diferente forma de afrontar esta incompatibilidad y reinventarla creativamente: “[Ya que] no había forma de escapar de lo doméstico, […] era más fuerte el impulso de remodelar y expandir la urgencia femenina creadora, de dejar la locura Beat suelta por la casa, por el cuarto infantil, la cocina, la familia, y dejar que esta perspectiva fortalecedora se filtrara de nuevo de vuelta al mundo” (1998: 239).60

La maternidad generó, sin duda, desde la vida cotidiana y en la creatividad poética de las mujeres Beat, una comprensión particular y compleja de preceptos bohemios como la experimentación del presente desde la filosofía del carpe diem, la libertad sexual, la movilidad sin restricciones y la visión trascendental en el arte. Estos aspectos merecen ser estudiados en profundidad como parte del código de feminidad Beat, además de su posible reflejo creativo en la conexión, tensión y resolución entre cuerpo y palabra, interrelación yo-otro, estasis y movimiento, contención y liberación en las obras poéticas de estas autoras.

Otro aspecto que caracteriza el “beat” femenino y su construcción de identidad de género es la falta de modelos de referencia y la escasa red de apoyos en esa búsqueda de identidad y su puesta en práctica. La masculinidad Beat se basaba en modelos del imaginario estadounidense y sociales existentes (la frontera, el fellaheen, los afro-americanos). Más aún, su búsqueda de reinvención se veía reflejada en todo el discurso popular en prensa con el desprestigio y heroísmo del hombre Beat y la crisis de la masculinidad del momento, además de contar con una red de apoyo interna desde fuertes círculos homosociales, como ya hemos visto anteriormente. Las Beat caminaban hacia una experiencia de la feminidad aún por descubrir, sobre vacío y sujetas por redes de mujeres tímidamente incipientes: “Este proceso privado, interiorizado, de evolución contrasta bruscamente con el modelo de escritura más público de camaradería y grupo que promulgaban los autores Beat” (Johnson y Grace 17).61

Aunque, como revela Friedman, los compañeros sentimentales de las mujeres Beat en gran medida apoyaban sus carreras artísticas y las alentaban en su participación en el espacio público (si bien desde una actitud un tanto paternalista), el panorama cambiaba cuando se zambullían en el conflicto entre domesticidad, maternidad y creatividad. En esta situación, la red de apoyo femenino se hacía imprescindible por faltar los hombres, como sugiere Friedman en su estudio de las memorias de Jones:

El Greenwich Village se transformó en una comunidad de artistas femeninas en apuros ayudándose unas a otras en el esfuerzo del trabajo, matrimonio y maternidad. A veces, la ayuda llegaba inesperadamente […] como en el episodio en el que una anciana irlandesa espía a Jones en su lucha por llegar a casa con dos niños pequeños en un cochecito, un carro de la compra lleno de colada y papeles revueltos […] “Los hombres, no tienen ni idea de qué va esto”, le dice. “No saben y no les importa, ellos, con sus vidas, sus malditas vidas”. (239)62

Posiblemente, la falta de conciencia cultural feminista, junto con la reticencia a una confrontación entre sexos, frenó la contundencia de estas redes de apoyo, tanto en la logística doméstica como en relación al impulso creativo. Es un hecho, por ejemplo, que la mayor parte del trabajo editorial para fomentar las obras Beat radicaba en el tándem de parejas establecidas (por ejemplo, Hettie Jones y LeRoi Jones como fundadores de la revista Yugen, y Diane Di Prima y LeRoi Jones con la revista The Floating Bear).63 Un colectivo de apoyo femenino que ayudase a difundir las obras de estas poetas y escritoras hubiera supuesto una ventaja, aunque al mismo tiempo también habría puesto en peligro su inclusión dentro del movimiento.

Desde el punto de vista ideológico, y como bien indica A. R. Lee: “Beat como feminista, o al menos, como centrado en la mujer y lo femenino, fue en un momento dado considerado una contradicción” (2015: 35).64 Aunque existía una labor feminista social y política en la época de postguerra estadounidense, como refleja el trabajo sociológico de Joanne Meyerowitz, las bohemias Beat optaron por poner en práctica una revolución feminista a través de la libertad sexual, la creatividad y la construcción de familias alternativas sin cimientos ideológicos, y luchando sin apoyos contra las dificultades.

Es irrefutable que, además, se sentían atraídas por un núcleo muy potente de masculinidad Beat, y que utilizaron la energía de los modelos masculinos de formas que aún estamos estudiando. Esta centralidad de códigos masculinos Beat se ejemplifica en los modelos literarios que las escritoras Beat utilizaron de referencia, y que fueron en la mayoría de los casos, las mismas figuras de las vanguardias modernistas que para sus compañeros. No atendieron como modelo a una literatura feminista y femenina, quizás, por la ausencia aún de análisis en la crítica literaria sobre estas tradiciones. En relación a esta cuestión, Di Prima recapacita en su entrevista con Anne Waldman:

“La pregunta es, ¿está la escena literaria dominada por los hombres? Sí, y las mujeres están empezando a adquirir un sitio en ella, creo que tu generación [de Waldman, nacida a mediados de los 40] es la primera generación de mujeres que ha tenido acceso a la información que te puede hacer una escritora competente”. El elemento clave, Di Prima siguió enfatizando, era la difusión del conocimiento del oficio de poeta a poeta, y la necesidad de las mujeres de dar un paso dentro de este linaje masculino de sucesión literaria. (En Friedman 1998: 241)65

Otro elemento de atracción era los modelos de libertad y transgresión personificados por el hípster furtivo, el artista visionario y el beatnik contracultural; actitudes vitales a las que sus feminidades en construcción se amoldaron y las cuales transformaron de formas muy diversas. Se trata de modelos que encontraban en sus compañeros, amantes y maridos, pero que vivieron activamente ellas mismas. En este sentido, es acertado aproximarse a las artistas Beat no sólo como una generación de transición y propulsora del feminismo de la segunda ola estadounidense que se desarrollará en los setenta, enfocado en una ideología de mujeres culturalmente diferenciadas, sino también como participantes de una vanguardia artística y cultural que pretendía conjugar una fórmula híbrida entre lo masculino y femenino en el imaginario creativo y en la práctica vital, y por tanto un eslabón imprescindible entre la modernidad y la postmodernidad en la perspectiva de las construcciones de género. Ronna C. Johnson, en su estudio sobre el género y la postmodernidad en la generación Beat, revela esta singular aproximación postmoderna de desestabilización de identidades de género por parte de las escritoras:

Inmersa en discursos patriarcales, la Generación Beat superpuso a los escritores sobre las escritoras, fortaleciendo una disparidad reaccionaria de géneros masculino-femenino […]. Por lo tanto, aunque fueran radicales en la poética, política y sexualidad, en relación al género—el sistema de significados culturales adscritos a los sexos—los escritores canónicos Beat estaban confusos en su contraculturalidad. […] Las escritoras Beat desafiaron estas posiciones tan rígidas ejerciendo un empujón de freno proto-feminista; una insistencia en las prácticas de agencia y autonomía femenina, de igualdad de género, y de rechazo a la categoría de género en sí, caracterizó su rebelión Beat, expandiendo así el movimiento literario que la contenía. (Johnson 2017: 163)66

Mientras que la sociedad de postguerra americana mantenía discursos de género diferenciados entre las esferas masculinas y femeninas, los Beat encaminaron la subjetividad y la práctica de vida hacia la fluidez, convirtiéndose en representantes de los cambios entre la modernidad y la postmodernidad cultural que se dan a mediados del siglo XX. Gran parte de esta transformación del sujeto en tránsito hacia la postmodernidad se centra en la desestructuración de la naturaleza esencialista y reduccionista de la identidad de género. Las tendencias contradictorias que surgen en la transición de paradigma (de esencia a fluidez) son, como indica R. Johnson, parte de la idiosincrasia Beat: “la oscilación entre estas dos tendencias refleja el continuo conflicto con el género que marca la política sexual y la literatura de la Generación Beat” (2017: 165).67

Sin embargo, y aunque los autores Beat reflejaban esta tendencia postmoderna hacia la hibridación, como bien atestiguan los estudios de Mackay y Johnson sobre género y sexualidad Beat (2017), se sigue percibiendo una “ginofobia en la escritura de autores Beat [que favorece] el binarismo de género” (Johnson, R. 2017: 175).68 Son las autoras Beat las que más significativamente muestran, desde la consciencia y transgresión creativa, variaciones y alternativas a las construcciones de género en sus escritos. No es de extrañar, por lo tanto, que estas maniobras de desestabilización hayan sido atendidas y entendidas desde posturas críticas más allá de la época Beat, y que sea a partir de los noventa, con marcos teóricos post-estructuralistas y postmodernos en relación al género y al sujeto, cuando su historia y escritura se insertan como imprescindibles dentro de la revolución del movimiento.

El rechazo a unas construcciones de género de oposición entre hombres y mujeres es un elemento recurrente en la escritura de mujeres Beat. Las perspectivas que utilizan para representar esta transgresión son variadas y complejas: desde la erosión de diferencia de la que Waldman deja constancia en su objetivo de una “poética transexual” y una “transformación más allá del género” (en Mackay 2017: 190), hasta estrategias de reivindicación que critican esta división arcaica entre hombres y mujeres (o la asociación entre el sexo biológico y el comportamiento tradicional femenino y masculino), como lo hace Di Prima en su poesía desde posiciones irónicas que desvelan lo absurdo y poco práctico de este discurso. En la mayor parte de las obras de las autoras Beat existe un juego intermitente entre posibles construcciones y vivencias de la masculinidad y la feminidad, socavando posiciones fijas y asumiendo sujetos poéticos y creativos que actúan de forma “femenina” y “masculina” simultánea o alternativamente.

Como se ha visto en esta sección, tanto la feminidad como la masculinidad de postguerra se encontraban en una crisis a la que los autores y las autoras Beat atienden dentro de su agenda de transformación y búsqueda. El origen de este camino radicaba en valores comunes para los hombres y mujeres autores y participantes del movimiento Beat: la libertad de la individualidad, de la expresión artística, la experimentación vital y sexual, y la exaltación de la transgresión más allá de restricciones sociales y normativas. Sin embargo, las razones de la crisis de la masculinidad y feminidad del momento provenían de situaciones sociales y culturales distintas; los modelos de resolución también se diferenciaban, ya que la forma de mostrarlos desde los medios y la cultura distaba de ser la misma para hombres y mujeres Beat, al igual que las consecuencias de sus vidas alternativas.

La característica que vertebra el female Beatness en las obras y vidas de estas autoras es un camino de desarrollo de la invisibilidad a la presencia y del silencio a la voz, dentro de espacios culturales diversos: el espacio público de la ciudad; el espacio literario y cultural bohemio; el discurso y las realidades en las relaciones (heterosexuales o no); el imaginario y la práctica de la libertad sexual; y la centralidad como sujetos artísticos femeninos dentro de la poética Beat. Un impulso motor primordial en esta transformación reflejada en la literatura de autoras Beat, como hemos visto, es la inscripción del género, sus complejidades, reestructuraciones y posibilidades de recreación y construcción. A. Friedman, acertadamente, describe este camino de desarrollo hacia la aserción autorial y voz como navegaciones donde la capacidad de reajuste y reparación fue más que necesaria para conseguir convertir las innumerables desventajas en las vidas de estas mujeres en ventajas, y que de esta forma pudieran reclamar y conseguir su espacio como creadoras y agentes culturales activos.

El progreso y la supervivencia de las escritoras de la Generación Beat necesitaron una serie de navegaciones exitosas a través de presiones sociales—femeninas, domésticas, literarias—que demandaban remodelaciones a lo largo del camino. Su gran logro fue reutilizar la fuerza de su entorno bohemio para superar su auto-supresion. […] El corpus de trabajo real que crearon también demuestra la transición de muchas de estas mujeres de acompañantes a creadoras, de miembros de la audiencia a intérpretes en la escena. (1998: 240-241)69

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