Kitabı oku: «La magia de la vida»

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©Copyright 2019, by Isabel del Rosario Cortes Tabilo

isabelcortestabilo@gmail.com Colección Sendero de Cuentos «La magia de la vida» Cuentos chilenos, 172 páginas Segunda edición: agosto de 2019 Edita y distribuye Editorial Santa Inés Santa Inés 2430, La Campiña de Nos, San Bernardo, Santiago de Chile (56-2) 229335746 librosdelaeditorial@gmail.com Facebook: Editorial Santa Inés www.editorialsantaines.cl Registro de Propiedad Intelectual N° 196.758 ISBN: 978-956-8675-70-7 eISBN: 9789568675844 Edición Literaria: Patricia González Edición de Estilo y Ortografía: Susana Carrasco Edición Gráfica y Diseño de Portada: Benjamín Vergara Edición Electrónica: Sergio Cruz Impreso en Chile / Printed in Chile Derechos Reservados

Agradecimientos

Este don tan maravilloso, el don de las letras, se lo agradezco a Dios y la Virgen Santísima, gracia que ha sido como un puñado de luciérnagas que iluminan mi vida.

A mis padres: Benito y Noemí quienes con su amor, sencillez y esfuerzo, me dieron las alas de la fantasía para soñar, la motivación para volar en pos de mis quimeras y perseverar hasta alcanzar otra estrella, mi cuarto libro.

Quiero brindar mi más profundo agradecimiento a mi familia, especialmente a mi amado esposo Mario Araya Fritis, quien con su infinito amor me ha dejado divagar, alcanzar mis sueños, por su paciencia con mis excentricidades, y por creer en mí.

A mis tesoros más grandes con quienes Dios me ha bendecido, mis hijos: Mariana Isabel, Gabriela Noemí y Paulo Emanuel, a ellos gracias por aceptarme con mi cabeza llena de trinos, por comprender y apoyar el afán maravilloso de la vocación de escritora. Así pude fantasear mis historias y versos en otro libro, robándole quizás a ellos el lápiz del tiempo, pero tratando siempre de disfrutarlos intensamente.

A mis maravillosos hermanos: Benedicta, Julián, Rosalba, Patricia y Deisy: de quienes me siento muy dichosa, por haber vivido junto a ellos plenamente una infancia increíble, en el carrusel de fantasías, como niños soñadores, de mente sana y sobre todo felices; con espíritu guerrero para vencer las tribulaciones de la vida.

A mis amigos escritores con quienes compartimos sueños, dejando huellas de amor en nuestro desierto, que florece cada vez que editamos un libro, especialmente a Miguel Urrelo Valdivia y Daniel Ramírez Arqueros, por su perseverancia en mantener vigente nuestra agrupación.

A Amanda Fritis Soto, quien con su espíritu generoso, sin egoísmos, ha sido una verdadera maestra, un hada madrina, una madre literaria, mi amiga del alma. Me siento afortunada de ser su discípula y seguir sus huellas en el sendero de las letras.

A mi amiga de toda la vida Angélica Salas Rodríguez, gracias por compartir conmigo mi afán de las letras y su apoyo incondicional. ¡Gracias por estar conmigo siempre, en las buenas y en las malas!

A mis amigos lectores, quienes han acogido con regocijo mis obras literarias: «Un milagro en medio del sufrimiento», «Catarsis de la humanidad», «Ángeles vestidos de negro», «Una pincelada al mundo onírico», «Ángeles en un trébol de cinco hojas», y ahora estoy segura recibirán con el mismo entusiasmo esta obra la segunda edición de: «La magia de la vida».

Isabel del Rosario Cortés Tabilo Calama, 2019

Epígrafe

Amado Nervo

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,

ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

Porque veo al final de mi rudo camino,

que yo fui el arquitecto de mi propio destino.

Que si extraje la mieles o las hieles de las cosas,

fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:

cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

Cierto a mis lozanías va a seguir el invierno:

¡Más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;

más no me prometiste tú sólo noches buenas,

y en cambio tuve algunas santamente serenas.

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

¡Vida, nada me debes! ¡Vida estamos en paz!

Prólogo

El desierto del Norte Grande de nuestro país, impresiona a los ojos de los turistas por tener su belleza propia. Imponentes oteros azulados, valles con paisajes lunares, los géiseres, pequeños y coloridos pueblos, y el más hermoso y conocido oasis. «El oasis de Calama», que entre su verdor deja escuchar el murmullo de nuestro querido Río Loa. Desde esta tierra bendita nace una extraña y enigmática voz: es Isabel Cortés Tabilo, que deja oír sus figuras literarias cadenciosas, diciendo bellos poemas, envolviendo con su sortilegio de metáforas el alma de todo aquel que la escucha.

Hoy nos deleita haciéndonos entrega de su cuarto «hijo literario», como suele decir cuando lanza una nueva obra, la que estoy segura gustará por la sencillez con que se narra los cuentos y poemas, que son un bocado para aquellos amantes de la Literatura en general.

Ella desnuda su yo interior del materialismo y consumismo que nos envuelve en el tiempo actual, para dejarnos entrar en un mundo lleno de amor en todas sus expresiones y dimensiones. Su alma pletórica de palabras va hilvanando recuerdos hermosos de tiempos pasados que hoy se convierten en sus escritos.

Isabel, sabe entrelazar metáforas y amor en todas sus formas, así da vida a los poemas y cuentos, creando con la suavidad de su pluma la fuerza que mueve al universo del amor, que nos hace soñar con un orbe desprovisto de egoísmo, un mundo más amable en el que todos podamos ser felices.

Dentro de sí lleva las raíces regadas con la sangre de grandes poetas y es así que sueña, piensa y escribe con la libertad que le otorgan sus ancestros dormidos en su tierra natal, Canela, donde adormecida por el balar de las ovejas y el olor a campo con el pasto húmedo, su espíritu inquieto solía volar sobre matas de albahaca, hierba buena, y aquel fresco paño de hierbas, mojado por el mañanero rocío, que no deja de mencionar en sus escritos.

Pero Isabel sigue buscando en su mundo de musas, de mariposas azules y de hojas amarillas que tapizan los sueños, ya no sólo hace poemas sino que también incursiona en los cuentos, en los cuales se nota el crecimiento que ha tenido como escritora. Desde su primer libro al actual, podemos ver la diferencia de su madurez de esta hija dilecta de Dios, el cual le ha otorgado el don de escribir sus sueños y vivencias e inventar cuentos que en su pluma cobran vida con personajes, paisajes y tramas sacados de su productiva mente literaria.

En este su cuarto libro titulado «La magia de la vida», veremos cómo lo dice su título, que si miramos con tolerancia y amor, encontraremos en su fondo la magia que realmente nos entrega a diario la vida.

Amanda Fritis Soto Poetisa y escritora

Caminos cruzados

Nunca Lucrecia Rodríguez había comenzado un día tan nerviosa, sabía que tenía una cita aquella tarde, era una entrevista de trabajo en la Universidad Estatal, donde siempre quiso desempeñar su profesión de profesora de psicología. Ella era una mujer de estatura mediana, de ojos almendrados, pelo castaño, de cuarenta años de edad, los que no representaba por su espíritu joven. La edad le preocupaba de sobremanera, ya que siempre la presentación personal es lo más importante. Eran alrededor de las cuatro de la tarde, se vistió con su mejor tenida formal y el más exquisito perfume que encontró en su tocador.

Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, la secretaria anunció su visita al rector de la Universidad, quien era Licenciado de Filosofía, en la enseñanza superior. Un señor de cabello cano, de amplia frente, de cuarenta y cinco años de edad, alto y fornido. Él no pasaba inadvertido por sus gustos refinados, su varonil presencia y extrema afabilidad, lo que Lucrecia percibió apenas ingresó en su oficina.

—Buenas tardes señor, mi nombre es Lucrecia Rodríguez.

—Buenas tardes señorita, yo soy Pedro Morales, tome asiento por favor.

—Gracias, es usted muy amable —contestó ella, mientras se acomodada en la silla.

A Pedro Morales le encantó el desplante en la personalidad de Lucrecia, al ser ella quien saludó en primer lugar, así que empezó inmediatamente con la entrevista, inquiriendo:

—Señorita Lucrecia, esta entrevista es algo inusual, como la universidad es católica, me gustaría hacerle algunas preguntas sobre la contingencia actual. ¿Qué opina de la Ley de Divorcio?

A lo que ella respondió:

—Estoy de acuerdo don Pedro, como católica, pienso que uno se casa para toda la vida; no obstante, el mundo ha evolucionado y hay algunos casos meramente justificados, en que sí se amerita estudiar la posibilidad de un divorcio; aunque, debo hacer hincapié, que no sería necesaria una ley de divorcio, si las personas realmente conocieran el verdadero significado del amor y conocieran a Dios. Sin lugar a dudas el verdadero amor permanece para siempre, hasta que las blancas alas de la muerte los sigan uniendo en la eternidad —contestó ella muy segura.

—Lucrecia, ¿qué opina del aborto?

Sin vacilar, ella contestó:

—En cuanto al aborto, estoy totalmente en contra, la iglesia siempre va a optar por la vida, si alguien por razones de fuerza mayor no puede mantener a su hijo, lo más lógico y sensato es darlo en adopción, porque los hijos son frutos del amor y son un regalo de Dios —emitió con un dejo de nostalgia.

—¿Qué opina de los métodos anticonceptivos? —preguntó Pedro.

—Pienso que en este tiempo son necesarios, ya que hay que tener una sexualidad responsable. «Los hijos por amor se traen y por amor no se traen» —contestó ella.

A lo que Pedro Morales añadió:

—Pero hay que enaltecer los principios cristianos y no se puede bajar la escala de valores —agregó él fortaleciendo el diálogo.

—En todo caso, ese pensamiento es un poco liberal quizás, y me ha traído muchos inconvenientes; incluso, se me ha negado la comunión por tomar anticonceptivos, ya que esta decisión va en contra de la doctrina de la iglesia porque según el clero, los anticonceptivos son abortivos. No obstante, argumentan que la iglesia sólo aprueba el método natural —afirmó Lucrecia totalmente en desacuerdo con esta resolución eclesiástica.

Conversaron amenamente durante una hora aproximadamente; a medida que pasaban los minutos dejó de ser una entrevista, convirtiéndose en una amena charla, ambos se sintieron muy a gusto con aquel diálogo. Él la citó para la semana siguiente, para darle personalmente la respuesta, si el cargo de profesora de psicología en la facultad sería para ella.

Una vez que Lucrecia se retiró de la oficina de Pedro Morales, él meditó respecto a la conversación sostenida con ella, reconoció que aquella mujer que acababa de entrevistar, era demasiado inteligente y con valores que sobrepasaban su experiencia, sus pensamientos se inundaron con la esencia que emanaba esta profesora.

Pasó muy rápido la semana, Lucrecia nuevamente se arregló muy bien para ir a la Universidad a conversar con el rector, para saber si el nuevo cargo sería para ella.

Esta vez tuvo que esperar media hora, él estaba muy ocupado atendiendo a otras personas, lo cual hizo que se preocupara de sobremanera. Luego, la secretaria anunció su visita.

—Permiso, buenas tardes, don Pedro.

—Buenas tardes Lucrecia, pase, tome asiento. He estudiado los curriculum vitae, uno por uno y usted es la persona más idónea para el cargo, así es que la felicito, el puesto es suyo.

El rector le dio un apretón de manos, y le brindó la más cordial bienvenida a la facultad.

Durante este tiempo se desencadenaron una infinidad de conversaciones, algunas veces Pedro citaba a Lucrecia a su oficina, para solicitar asesoría para resolver situaciones de la Universidad.

Pasaron rápidamente dos meses, ella se sentía feliz trabajando en aquel lugar tan grato, todo fluía como un río caudaloso, los jóvenes a quienes ella impartía clases eran simpáticos, alegres y respetuosos.

Una tarde de otoño en que las hojas surcaban por alcanzar los sueños, ella fue citada nuevamente a la oficina del rector a la brevedad.

—¡Hola, señorita Lucrecia!, ¿cómo está?

—Muy bien gracias a Dios, y usted, ¿cómo está?

—Muy bien, gracias —contestó el sonriendo.

—Quería saber ¿cómo se ha sentido en el tiempo que lleva laborando con nosotros? —consultó Pedro con curiosidad.

—Me he sentido muy acogida por todos, estoy feliz haciendo lo que realmente me gusta, que es la pedagogía —contestó ella muy fascinada.

Él, poseedor de todas las situaciones, se sentía algo torpe y nervioso. Lucrecia notó esta actitud; pero en forma respetuosa aguardó silenciosamente que el rector se manifestara, luego de una fracción de segundos Pedro Morales, expresó:

—Sabe, tengo algo más que decirle, pero espero que no se lo tome a mal —confesó él.

Ella lo miraba con una curiosidad que le carcomía la mente, pensando que sería eso tan importante que aquel hombre tan simpático tenía que decirle; en el momento más inesperado sucedió algo mágico, ambos se miraron fijamente y se encandilaron; fluyó una luz misteriosa y divina, ambos bajaron la mirada sonriendo, sin entender que significaba aquello.

—Señorita Lucrecia, ¿se acuerda de la fiesta de bienvenida, en la semana mechona? —inquirió él con entusiasmo.

—Sí, lo recuerdo perfectamente, los alumnos estaban felices en su celebración —se refirió ella con exaltación.

—Lucrecia, ese día yo me sentí en el paraíso —declaró mirándola fijamente a los ojos.

—Don Pedro, ¿por qué se sintió así? —sonsacó ella con curiosidad.

—Porque estaba usted, Lucrecia —expresó con entusiasmo —Y usted, ¿cómo se sintió?

—También me sentí en el paraíso, porque estábamos todos y no faltaba nada —dijo ella con una linda sonrisa.

—Sabe Lucrecia, desde que usted llegó a la Universidad, siento que algo me pasa con usted y no sé lo que es, quizás usted podría ayudarme a descubrir lo que me pasa. Tiene que ver con los suspiros —Pedro sonrió con aquella amplia sonrisa tan seductora que lo caracterizaba.

—¿No será la presión arterial don Pedro? Como usted no es de acá... —ella se cohibió con su mirada profunda, no le quedó más remedio que bajar la vista por unos instantes.

—Pero, por favor míreme, a mí me gusta que lo haga. Debo confesar que no puedo sacarla de mi mente desde que llegó. Con cada pensamiento siento que usted aflora en todo lo que me rodea, incluso, pienso que hasta se me sale por los poros, a veces me siento inquieto —agregó cruzando sus brazos para sentirse seguro.

—¡No quiero mirarlo! Usted me pone muy nerviosa señor — expresó, esquivando su mirada, queriendo huir por unos instantes. Se daba cuenta que él estaba significando mucho en su vida.

—Lucrecia, usted no pasa desapercibida en esta universidad. ¿Sabe? Yo llevo años buscándola, es más, llegué a pensar que no existía —dijo él con tono poético.

—Tan poca fe tenía don Pedro —indicó ella con algo de picardía, prontamente sonrió y sus mejillas se ruborizaron con aquella declaración inesperada. —Don Pedro, es posible que me tenga que trasladar a otra ciudad por razones laborales de mi esposo —sentenció Lucrecia dándole un giro a la conversación descabellada que tenían ambos en ese momento.

Entonces, Pedro extendió sus manos sobre el escritorio por un breve instante, tal vez para que Lucrecia las tomara, ella se sintió incómoda y se escondió detrás de un crucifijo que estaba sobre el mesón y no pudo alcanzar sus manos. Se quedaron en silencio por una fracción de segundos esperando una señal.

—¡Por favor no se vaya!, a mí me ha hecho muy bien haberla conocido, usted lo tiene todo- dijo él rompiendo esa atmósfera de silencio e incertidumbre.

—Don Pedro, a mí también me encanta conversar con usted, a veces ni siquiera quisiera irme de su oficina, para disfrutar un poco más de su compañía, y estoy muy agradecida de la oportunidad que usted me ha brindado en la facultad —agregó ella con infinita ternura.

—Lucrecia, yo estoy enamorado de usted y no sabía cómo decírselo, usted es una persona muy especial para mí, yo pensaba que personas como usted ya no existían, además la encuentro tan formal, tan correcta.

—Don Pedro, usted es muy especial, a veces yo también me siento atraída por usted, pero soy una mujer casada, con hijos y no soy mujer de aventuras, lo único que le puedo ofrecer es una amistad sincera.

Lucrecia se despidió con un beso en la mejilla, él percibió aquel perfume que le encantaba y se quedó en su oficina ensimismado, pensando que tal vez no fue bueno haberse declarado, ya que esto podría romper la linda amistad que había entre ellos.

Esta declaración de sentimientos no fue inalterable para Lucrecia. Se formuló un sinfín de preguntas, sabiendo que las respuestas las obtendría de Dios directamente a su corazón; sin embargo, prevalecían sus valores que la hacían permanecer unida a la voluntad de Dios y sus mandamientos, decidió continuar firme en su providencia de ser fiel a su vocación de esposa, madre y como funcionaria en la Universidad.

Pasaron varios meses, Lucrecia y Pedro siguieron siendo amigos, ella no se fue de la ciudad, su marido no fue trasladado de su faena. Una tarde otoñal en que el viento soplaba deshojando el tiempo y las quimeras, tuvieron una convivencia en el salón de conferencias, a la cual ambos fueron invitados. Él y ella se sentaron frente a frente e intercambiaron algunas palabras.

—Don Pedro, ¿cómo le fue en su viaje a la capital? —preguntó ella tratando de romper el silencio.

—Bien Lucrecia, incluso traje unas fotografías que me gustaría enseñárselas.

Sacó de su bolsillo una cámara digital y comenzó a exponer a Lucrecia, unas fotos con paisajes bellísimos, con céspedes y árboles muy frondosos, de un lugar hermoso que parecía un jardín del Edén; pero a medida que Lucrecia miraba las fotografías, sintió un atisbo insistente de él, percatándose que Pedro mantenía sobre ella su profunda mirada. Desde las más finas hebras de su piel, ella sintió como un río de emociones que fluía copiosamente por su cuerpo, hasta ruborizarla por completo y sentirse muy inquieta, al verse sorprendida por él. Era evidente que Pedro Morales quería algo más, y ella no era totalmente indiferente a ese hombre fascinante, algo en él la atraía desde el primer día que cruzaron palabras y no podía seguir negando aquello.

Cierto día lúgubre, el destino conspiró en arrebatarle un ser querido, demostrando lo frágiles que son los seres humanos en esta vida. Lucrecia fue a solicitarle permiso al rector para ausentarse del trabajo algunos días.

—No hay problema Lucrecia, vaya tranquila —concedió él, sintiendo ganas de consolarla, abrazarla y besarla.

—Gracias Don Pedro, es usted muy amable.

—Lucrecia, antes que se retire, sé que no es el momento quizás adecuado, pero necesito preguntarle algo, ¿usted ha pensado respecto a nosotros? —consultó ceñido en un suspiro que le salió del alma.

—Lo de nosotros don Pedro, es imposible, aunque lo que siento por usted es fuerte —agregó ella bajando la mirada.

—¡Es imposible porque usted no quiere! ¡Yo sí quiero estar con usted! ¡Por favor, invíteme un día a su casa! Cuando no esté su marido para conversar, y sacar todo esto que tengo guardado en mi corazón para usted, déjeme visitarla, ir a bendecir su hogar, yo visito enfermos, etc. —se exaltó Pedro Morales.

—Mi casa es sagrada don Pedro, yo jamás llevaría a ningún hombre, por respeto a mi esposo y a mis hijos, acaso si usted fuese mi marido, ¿le gustaría que yo hiciera eso?

—Por supuesto que no, pero no tenemos donde más vernos. Lucrecia, yo a usted la amo desde el primer momento que nos conocimos, además nadie lo va a saber y todo el mundo lo hace —inquirió con ese dejo de aire de superioridad que lo caracterizaba.

—Don Pedro, a mí me hubiese gustado conocerlo en otro tiempo, cuando aún no estaba casada, pero eso es imposible. Que tarde nos conocimos —respondió con infinita tristeza.

—Pero por lo menos nos conocimos Lucrecia, aunque, igual me duele pensar que ni siquiera un beso nos hemos dado —expresó él pensando que tal vez ella en ese momento, se atrevería a obsequiarle un ósculo de amor como despedida.

—Nunca tuvimos tiempo de nada —contestó ella en señal de queja y resignación.

—Pero, ¡dígame entonces! En la vida eterna ¿a quién elegiría?

Él le había hablado a Lucrecia de la eternidad como algo mágico y prodigioso, más que sobrenatural divino, más allá de lo habitual para un hombre de su cargo, de su altura. Que le hablara de un amor eterno, manifestando su amor sublime, encaminado en el reino de Dios, eso era quizás lo que más le atraía de ese hombre maduro y seductor; porque ella era una mujer espiritual. Luego de pensar unos segundos su respuesta, confesó:

—Don Pedro, a veces, siento que el corazón lo tengo dividido entre usted y mi marido, pienso que si lo hubiese elegido a usted en otro tiempo sería feliz, nuestra espiritualidad en cierta forma nos hace estar unidos del alma; sin embargo, lo elegí a él hace mucho tiempo cuando nos casamos —contestó ella sinceramente.

—Para mí, usted es mi octava maravilla, ¡y no me va a sacar de su vida tan fácilmente! Porque yo no lo voy a permitir. ¡Llevo años buscándola! —respondió él, enfadado.

Lucrecia se paró precipitadamente de la silla y se despidió.

A partir de ese día ambos decidieron distanciarse, era cada vez más difícil mantener la compostura y no cometer alguna locura. Ella trabajaba normalmente, luego se retiraba a su casa; sin embargo, algo sucedía en ella que no era habitual. Comenzó a pensar en él más de lo normal. La música que estaba en boga tenían letras que la hacían fantasear con aquel amor furtivo. Él era muy caballero, era encantador, cada vez que lo encontraba en las aulas de la universidad, tenía esa sonrisa que lo iluminaba todo. Ella pensaba que era un ángel que se le había escapado a Dios; pero era un adonis prohibido.

Antes que Lucrecia retornara a la universidad, después del permiso solicitado, decidió ir a misa para orar por esta confusión que amenazaba su alma, que la confundía de sobremanera. Mientras sintió las campanas de la iglesia, su corazón le palpitaba precipitadamente. Aceleró el paso, previa genuflexión entró al templo, se persignó y casi se desmayó de la impresión, cuando vio ahí frente al altar, vestido con una sotana blanca y unos zapatos negros… Era él, no había ninguna duda, ¡Pedro Morales era un sacerdote! Quizás por eso provocaba aquella fascinación tan increíble en ella.

—¡Dios mío! Y yo que me estaba enamorando de un hombre prohibido y que además era un hombre consagrado a Dios —pensó. Dios, a quien ella amaba más que a nada en el mundo.

Lucrecia, quedó paralogizada con la mente en blanco durante varios minutos. Una vez que salió de ese estado, pensó en lo paradójica que suele ser la vida; haber encontrado a un hombre ideal, cuando estaba casada y para colmo era un sacerdote, un hombre de Dios. Mientras pensaba escuchó una oración:

Oración por la santificación de nuestros sacerdotes

¡OH! Jesús que has instituido el sacerdocio

para continuar en la tierra,

la obra divina de salvar almas,

protege a tus sacerdotes,

en el refugio de tu sagrado corazón.

Guarda sin mancha sus manos,

que a diario tocan tu sagrado cuerpo,

conserva puros sus labios con tu sangre,

haz que Preserven puros sus corazones

y no permitas que el espíritu del mundo

los contamine.

Aumenta el número de tus apóstoles,

y que el fruto de su apostolado,

sea la salvación de muchas almas

que sea su corona eterna.

Amén.

Lucrecia salió de la casa de Dios echa un mar de lamentos, pensando en mil encrucijadas de su destino, pero la oración profunda y sincera cobijaron su alma. En el refugio de sus aposentos, a solas, escribió en su diario de vida un bello poema:

Amor sublime

Navegué en el fondo de tu alma

como una musa inspiradora,

que fluye como río de sentimientos cobijados

en los espacios siderales y eternos.

Me pierdo en tu misteriosa mirada

y no existe para nosotros un buen puerto,

donde amarnos sin tregua, sin penitencias

en la infinita sinfonía del tiempo.

Florecen de tus manos blancas mil deseos

huellas de amor en nuestras almas,

vacío que estrella mi corazón dividido

siento que pierdo el rumbo de mi existir.

Arrebolados sentimientos de culpa

en el patíbulo de lo prohibido e inverosímil,

caen malogradas pasiones de melancolía

arañando mi alma de desolación.

Durante varios días hizo muchas plegarias, esperando de Dios alguna respuesta, alguna revelación, o algo; hasta que una noche tibia se rompió el manto de la incertidumbre. Tuvo una hermosa revelación: «soñó con la Virgen Santísima, la vio con sus delicados y blancos pies, pisando una serpiente larga y verdosa, en señal que fue ella quien aplastó el pecado representado en Satanás. En su cabellera larga y divina, había una corona de estrellas que iluminaban el mundo». Luego, sintió la voz del Todopoderoso, que apacible y misericordioso le decía:

—«Hija, no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados». (Lucas 6:37)

«No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Juan 11:40)

Al día siguiente despertó con un jardín de alegrías nuevas en su corazón, decidió ir a visitar nuevamente al padre y terminar definitivamente con esta situación.

—Padre, necesito hablar con usted —ordenó Lucrecia con un brillo especial en sus ojos.

—Dígame Lucrecia, ¿qué la trae por estos lares?

—Padre, siento mucha rabia, pena y desilusión por esta situación tan irregular e incómoda —contestó ella súbitamente.

—Lucrecia, si se refiere a mis hábitos pensé que usted sabía, no es secreto para nadie en la facultad.

—Dígame padre, ¿por qué la iglesia no permite que se casen? Ustedes los sacerdotes, que son los afectados y que sufren tanta soledad e incomprensiones, por qué no se organizan y le exigen al Papa que cambie esa absurda ley del celibato, que al final nadie cumple, al parecer todos viven de puras apariencias, parecen fariseos que predican y no practican, ¡viven un mundo de hipocresías! A

Jesús no le gustan los términos medios, «los quiere fríos o calientes y los tibios los vomita» —concluyó ella enfadada.

—Lucrecia, ¡cálmese por favor! Déjeme explicarle nuestra posición. La razón de que nosotros no podemos ser casados, es porque en nuestro servicio ministerial debemos dedicarnos en cuerpo y alma a la obra de Dios. Si tuviésemos familia nos desviaríamos a atender nuestros propios hogares, no a los feligreses en sus necesidades espirituales. Imagínese pues, si fuésemos casados y en plena misa nos llaman que la esposa o un hijo tuvieron un accidente, ¿cuál debería ser nuestra prioridad? —respondió él tajante y sin titubear.

—Disculpe que lo contradiga padre, pero pienso que es sólo una estrategia eclesiástica netamente económica; porque si los curas se casaran, el clero tendría que mantenerlos a ustedes, a sus familias y les saldría el doble más caro.

—Quizás usted tenga algo de razón, es la persona más cuerda que he conocido —contestó él, con un tono más relajado.

—Padre, mi filosofía de vida siempre ha sido «todo o nada», a mí no me gusta el doble estándar —agregó ella para confirmar su punto de vista.

—Lucrecia, yo nunca había conocido a alguien que tuviera tantos valores, usted fue la primera que me puso en mi lugar, quizás por eso a mí me tocó tan fuerte, a veces parece usted mi pastora tratando de enrielarme; pero igual me gustaría preguntarle ¿qué va a pasar con nosotros? —la miró profundamente con infinita dulzura.

—Padre, el tiempo de la pasión ya pasó, cuando solamente existía la atracción entre nosotros, pero ahora que hay sentimientos involucrados, el estar juntos sería para unirnos definitivamente, pareceríamos matrimonio unidos de cuerpo y alma. Eso es imposible, si usted analiza la situación ambos tenemos compromisos; además, ahora tengo todas las respuestas, usted jamás dejaría sus votos por nadie. Quizás hubiese sido bueno tener un desliz, pero yo tengo todo lo que una persona necesita para ser feliz, además con mi esposo Sebastián, me siento amada, protegida, respetada y consentida. Si doy un paso en falso, podría perderlo todo a cambio de nada —concluyó muy segura de su respuesta.

—¡Yo no soy nada! —replicó el sacerdote algo disgustado, pensando en su condición de clérigo.

—No quise decir eso, para mi usted es todo, pero ¡dígame!, ¿usted dejaría sus votos por mí? —preguntó ella muy decidida.

—No sé Lucrecia, estoy confundido, por primera vez he dudado de mi vocación, pero creo que no, si la hubiese conocido antes de tomar mis votos, me hubiese casado con usted, pero ahora no podría vivir sin honor, como un cura excomulgado.

—Para mí que usted tiene un harem, siempre está rodeado de mujeres, he escuchado algunos comentarios de que usted, tiene muchas amigas con ventaja —señaló ella con ironía.

—Para mi usted es la única, si tuviese diez, dejaría las diez por estar con usted, por eso insistía tanto en ir a visitarla, abrirle mi corazón y tener una relación seria con usted, Lucrecia —concluyó él.

—Padre, yo no puedo hacer nada, aunque quisiera, porque desde niña tengo el «Santo Temor de Dios», que no es tenerle miedo a Dios, sino el deseo de agradarlo, porque amo a Dios sobre todas las cosas, además he sido muy bendecida por él y en la biblia dice: «Que el principio de la sabiduría es el Santo Temor de Dios» —(Proverbios 1:7).

—Lucrecia, usted está más convertida que todos nosotros juntos —advirtió él con un dejo de admiración.

Después de aquella diáfana conversación, se despidieron como siempre con un beso en la mejilla y un hasta pronto.

Pedro a partir de ese día perdió la esperanza, veía que Lucrecia se había mantenido firme en su posición y no había vuelta atrás, así que buscó refugio en otros brazos. Un día fue a visitar a una amiga que era viuda desde hace varios años, ella no le era indiferente. Decidieron empezar una relación clandestina, para así acallar su afiebrada sotana, de paso calmar la tristeza del luto de su amiga, quien encontraba en él consuelo a su soledad y monotonía.

Transcurrió el tiempo y llegó fin de año, el padre Pedro estaba de cumpleaños, Lucrecia se preocupó mucho en hacerle un buen regalo, habían quedado en ser sólo buenos amigos, le obsequió un set de libros cristianos que le ayudarían con los ejemplos de vida, para la homilía de sus misas. Escribió una tarjeta muy especial para su único amigo:

«Estimado padre: Quiero desearle un feliz cumpleaños, le doy gracias a Dios por su vida, por haberlo conocido y por habernos encontrado. Quiero decirle además, que cuando se sienta triste o la soledad embargue su corazón, se acuerde de su promesa: nos reencontraremos en la vida eterna. Por eso vale la pena seguir respetando nuestros sacramentos, con la gracia de Dios. Con amor Lucrecia».

Aquel día especial, en la facultad le prepararon un cumpleaños sorpresa, chocolate con una deliciosa torta. Al final de la celebración todos se acercaron a desearle todo tipo de buenos deseos y congratulaciones, Lucrecia se acercó de las últimas, le brindó un cálido abrazo, pero él la sorprendió diciéndole al oído:

—Lucrecia, con la única persona que me gustaría estar es con usted, es la persona más especial que he conocido.

—Usted también es especial, felicidades —contestó ella con voz suave.

Ambos mantuvieron sus mejillas unidas mientras se abrazaban, y sintieron un calorcito que recorrió sus cuerpos, como un hormigueo de sensaciones nuevas e inexploradas. Ella sonrojada se alejó del salón.

Esta situación no podía continuar, había que ponerle punto final, y ninguno de los dos era capaz de decidir qué hacer. Aquella relación sentimental no tenía pies ni cabeza, simplemente no tenía ningún futuro. Lucrecia tenía muchas dudas y miedo de dilucidarlas; sin embargo, como era una mujer valiente, sacó fuerzas de flaqueza, esas que brindan las oraciones profundas y sinceras a Dios. Decidió investigar un poco con algunas amigas y conocidas de la parroquia, donde el padre Pedro oficiaba sus misas. Les preguntó derechamente, qué sabían de este párroco tan singular. Algunas coincidían que era una persona encantadora, que a más de alguna le había hecho más de alguna insinuación, y una de ellas quien casi vivía en la parroquia, confesó que ella mantenía una relación con él por más de dos años, que no lo iba a dejar porque lo amaba, y que él la visitaba casi todos los días. Además, la mayoría de las feligresas queriendo robarle un pedacito del corazón al cura, le hacían obsequios y tenían muchos detalles con él.

Lucrecia después de un torbellino de confusiones y revelaciones que zanjaban su alma, escribió en su diario de vida, unos poemas para aliviar su malogrado corazón:

Desencuentro

En el regazo del silencio y la oración

florecen sentimientos de amor y muerte,

crujir de emociones fuertes, de éxtasis

que fluyen en el crepúsculo del alma.

En la candela de un amor prohibido

cosquilleo de azúcar y mariposas azules,

bailan sensaciones exquisitas en mi mente

besos furtivos asaltan mis noches de insomnio.

El rojo desprecio de tu mirada ausente

en la vereda dúctil de lo imposible,

desencuentro de nuestros caminos cruzados

hiere mi alma estrellándola en cenizas de palabras.

Te hallaré en algún resquicio del tiempo,

te buscaré al alba sacrosanta.

Te encontraré entre sábanas blancas,

en la eternidad del cáliz de nuestras almas.

Necesitaba urgente compartir con alguien lo que le estaba sucediendo, no se le ocurría a nadie de confianza, era un tema muy delicado que no podría hablarlo con cualquiera; además, necesitaba un sabio consejo para no equivocar su destino, ella siempre trató de llevar una vida correcta. En ese momento pensó en su abuela Dora, a quien le decían de cariño Nona, quien estaba de vacaciones en la ciudad por aquellos días. Lucrecia fue muy escueta en su planteamiento, y ella escuchó atentamente la versión de su nieta.

—Nona, un día en nuestras conversaciones triviales con el padre, nos miramos de tal manera que hasta nos encandilamos, y nos reímos de la luz que proyectábamos juntos. Otra vez, estábamos dialogando; de pronto, escuchamos el timbre de salida y era como si estuviésemos hipnotizados, absortos en nuestra conversación, era como si nos adentrábamos en el alma, como si no pasara el tiempo, y nos íbamos en un éxtasis espiritual.

—Hija, te contaré una vieja historia. Hace muchos años a mediados de siglo, cuando aún los curas vestían rigurosamente de negro y el cuello romano del sacerdocio, que les daba un aire aristocrático, había un sacerdote de mediana edad, usaba unos anteojos de vidrios redondos y delgados, que le entregaban a su rostro un sello de sabiduría y quietud; pues bien, este personaje fue muy conocido en el norte de nuestro país por su singular vida. Figúrate tú, que en las misas recibía muchas miradas penetrantes, libidinosas e insistentes de la población femenina de su feligresía. Hasta que un buen día llegó una mujer joven con un niño en brazos y un niño colgando de su mano. Esta hermosa mujer de ojos color esmeralda, era nada menos que su cuñada, que fue abandonada por su marido, quien la había dejado por otra mujer, y se mandó a cambiar al sur. Ella fue a suplicarle al cura un techo para dormir, éste muy preocupado le ofreció una pieza que tenía en el patio de la parroquia donde él vivía; pero la convivencia con ella y su belleza extraordinaria, hicieron que el curita perdiera la cabeza por ella, y la hiciera suya.

Vivieron una relación de muchos años, en concubinato como una familia clandestina. Del fruto de ese amor, tan grande y verdadero engendraron una hija. Después de varios años un día en plena misa, entró una niña de cinco abriles.

—¡Papito, a la mamá se le acabó la leche! —gritó ella en su inocencia, sin siquiera imaginar el torbellino de contrariedades que traería su declaración.

El sacerdote, se levantó su sotana, sacó de su bolsillo un billete y le contestó:

—Tome mi niña, llévele a la mamá el dinero para que compre lo necesario —mientras le temblaban sus manos y la barbilla, pensando en su encrucijada.

Las viejas que eran más papistas que el Papa, alegaron indignadas de comprobar sus sospechas, pero el cura con su encanto y sabiduría, explicó:

—El cuerpo no es más que el alma, y el alma no es más que cuerpo. Somos carne y somos espíritu. La omisión del cuerpo como parte del celibato es una aberración —agregó, secándose la frente y el sudor de sus manos, mientras la gente continuaba enmudecida, por decir lo menos—. Todos los sacerdotes del mundo son alma, pero también cuerpo y todos mis sentidos barbotean como fumarola viva —concluyó el cura con un suspiro de alivio.

Esta declaración no tardó en llegar a los oídos del obispo de la ciudad, quien lo enrostró indignadísimo; sin embargo, decidió encubrir la situación ya que él tenía también amoríos con algunas concubinas de la feligresía, y esto era del dominio del sacerdote. La mayoría de los feligreses aceptaban la situación irregular de este cura, amigo de casi todos; quienes lo invitaban a los partidos de fútbol, el padrecito asistía puntualmente, y de paso alegraba su entorno. Esa era una de las razones por lo que la mayoría de la gente aceptaba, que el curita tuviera una familia escondida en el patio de aquella parroquia, además que pensaban que el celibato era inhumano. Hasta que un día removieron al obispo a la capital, y el nuevo obispo hizo investigar los rumores de este personaje, y lo destituyeron a otro país, luego de mandarlo a Roma a hablar con el Papa, por faltar gravemente a la doctrina de la iglesia. Su familia quedó a la deriva a la merced de la caridad cristiana.

—Lucrecia hija, esto ha sucedido siempre, lo que pasa es que la iglesia tapa el sol con un dedo y no todo lo que brilla es oro. Por lo menos este hombre de quien tú me has conversado, conquista a mujeres hechas y derechas, no es un pedófilo, aquellos que son como depredadores en vestiduras sagradas. Me alegra ver que eres una mujer de valores sólidos y no has caído; pero mi consejo es que te alejes inmediatamente de ese hombre inescrupuloso. Una mujer prudente se aleja del peligro, en cuanto a las vueltas que te diste a su oficina, quedas justificada por mi parte, y si te preocupa Dios, pienso que también estás perdonada, porque has luchado contra esta tentación tan grande, que tal vez es una prueba, porque tú siempre has sido muy puritana, moralista y cuadrada, pero eres un buen ser humano.

Esta información fue lapidaria para Lucrecia, quien resolvió no volver a ver nunca más al sacerdote. Así que concluyó que en vez de ir a la universidad y flaquear en su decisión de dejar el trabajo, era mejor llamarlo por teléfono para poner punto final a esta situación tan irregular, que la mantuvo muy triste y perpleja durante varios meses, y quizás ausente de su familia. Resolvió irse unos días a la playa con sus hijos, y su marido por razones laborales no podría acompañarla.

—Padre, quiero presentar la renuncia, cada vez estoy más confundida y no puedo continuar así. En todo caso gracias por la oportunidad brindada. Me iré unos días a la playa con mis niños, para desconectarme de todo —dijo muy seria.

—Y su marido, ¿no va con usted? —preguntó el padre tratando de sacarle información.

—No padre, se quedará trabajando, él no tiene vacaciones —contestó ella algo cortante.

—Lucrecia, ¡déjeme acompañarla! Como su amigo —solicitó él con ternura.

—¿Cómo se le ocurre padre? ¡No gracias! —resolvió ella tajante.

—¡Por favor, déjeme ir con usted! Sólo como amigos, a veces pienso que no la veré nunca más, y me voy arrepentir toda la vida, de no haber hecho nada por nosotros —agregó él en tono de súplica.

—Bueno, si insiste, pero sólo como amigos —contestó ella titubeando nuevamente.

—Voy hacer todo lo posible por viajar mañana, le hablaré para ponernos de acuerdo, y si por algún motivo no puedo llegar, me comprometo a llamarla por teléfono.

Lucrecia viajó al día siguiente con sus hijos, dispuesta a pasar una semana de recreación, y sobre todo encontrar la paz que añoraba su alma, como un bálsamo de rosas frescas. Todo marchó espléndidamente, ella estaba muy tranquila, pero a la vez inquieta porque su amigo cura no dio señales de vida. Como era una mujer que le hacía frente a cada problemática que le ponía la vida, a media noche con un nerviosismo que nublaba su mente, resolvió marcar el celular de él y llamarlo.

—Hola padre, ¿cómo está? —habló con un dejo de melancolía.

—Bien Lucrecia, y usted, ¿cómo lo está pasando? —contestó él sorprendido.

—Disculpe la hora, pero la duda me está matando, quería saber qué había pasado, ¿por qué no viajó? —preguntó ella decidida.

—Lucrecia, no fui, porque usted no quería que fuera, y yo jamás la voy a obligar a nada que usted no quiera hacer —respondió él con voz tenue.

—Padre, yo no quería que viniera; porque me he dado cuenta que usted es igual que todos los hombres, igual de infiel, usted al parecer hasta tiene un harem en la parroquia —ella sacó la voz que la caracterizaba y lo encaró sin ningún tipo de contemplaciones.

—Lucrecia, si yo hubiese podido elegir, la elegiría a usted, y si hubiese tenido algo que ofrecerle, lo hubiese hecho al principio cuando recién nos conocimos, usted me cautivó desde el primer momento —agregó él tratando de defenderse.

—Quizás más de alguna vez se me cruzó por la cabeza, separarme para estar con usted, pensando que era un santo, y no es así. Mi marido me ha sido infiel más de una vez, eso me ha llevado años superarlo, pero durante cinco años he visto un cambio en él; pero usted, en menos de un año ha jugado con los sentimientos de quienes lo han idealizado, y piensan que es un santo por lo que usted simboliza. ¡Usted representa a Jesús en la tierra! —concluyó enfadada.

—¿Cómo sabe tanto? ¿Tiene algún poder especial? ¿Acaso lee la mente? —preguntó él furioso a punto de cortar la llamada.

—No se puede servir a Dios y al diablo al mismo tiempo, yo creo que usted debería decidirse por ser hombre o sacerdote, y medir el daño que hace —increpó ella tratando de desenmascararlo.

—Si me hubiese tenido que casar, para estar con usted me habría casado. Lo vivido con usted igual me sirvió, para imaginarme como hubiese sido mi vida de casado, en familia y con hijos —agregó él con infinita tristeza.

—Dígame, ¿le gustó imaginarse eso? —indagó ella más tranquila.

—No le niego que me gustaría estar en el lugar de su marido, con usted incluida, y tener todo lo que tienen construido juntos; pero, ¡dígame! ¿Qué tengo que hacer para estar con usted? ¿Qué le falta? ¿Qué puedo darle yo? —inquirió en tono suplicante.

—Padre, yo de usted no quiero nada, no espero nada, y no le creo nada. Usted no cumple nada de lo que dice; ni siquiera es capaz de cumplir su compromiso con Dios, que está en todas partes. Se le olvidó el Santo Temor de Dios, y eso es gravísimo. Yo elegí a mi esposo hace mucho tiempo, y voy a seguir casada con él, voy a tratar de restaurar mi matrimonio. En todo caso lo vivido con usted me enseñó a perdonar de corazón a mi marido. Más vale diablo conocido que diablo por conocer.

Además, el estar al otro lado, en el lugar de los pecadores me enseñó a valorar mucho más a mi familia, y no juzgar a nadie, porque ahora, ¿con qué moral podría hacerlo? —concluyo extasiada.

—Lo lamento Lucrecia, en cambio yo a usted terminé creyéndole todo lo que me decía, usted me tiene, nadie me había tenido así, y nadie me había tratado como usted lo hace —replicó una vez más esperando una señal.

—Padre, yo lo traté como a un hombre, porque usted se comporta como tal —respondió asediada del coloquio tan paradójico.

—Una última pregunta Lucrecia, ¿qué hizo su esposo para conquistarla y tenerla a usted? Que es la mujer más difícil que he conocido, la más equilibrada que conozco.

—Sebastián, me escribía poemas, me cantaba canciones, cumplió todo lo que me prometió, se ganó toda mi confianza, lo más importante es que supo esperarme, respetarme y me llevó al altar para obtener la bendición de Dios —contestó ella orgullosa.

—Lucrecia, todas las canciones que canté en las convivencias de la facultad, fueron dedicadas a usted— dijo con infinita paciencia.

—¡Padre, usted no me quiere verdaderamente! —emitió con un dejo de tristeza y coraje.

—¡Sí, la quiero! Por primera vez estoy confundido entre mi vocación religiosa y usted. De lo único que estoy totalmente seguro es que usted es la persona que yo andaba buscando, y deberíamos haber asumido lo que a los dos nos pasó, por eso se me hacía eterno cuando no la veía —concluyó resignado a perderla definitivamente.

—Lo siento padre, ¡yo nunca voy a ser amante, ni de usted ni de nadie! —agregó sintiéndose una mujer digna. Aunque no siendo aquello igual se sufre, pero se sufre menos, ya que no hay consecuencias que lamentar, pensó para sus adentros.

—¿Qué me hará por enamorarla? —inquirió de nuevo esperando su castigo.

—Nada padre, usted asuma lo suyo y yo asumiré mi parte. En todo caso le doy gracias a Dios, porque nunca pasó nada entre nosotros, o me sentiría peor de lo que me siento —expresó desanimada.

—En todo caso, para mí no fue nada lo que pasó entre nosotros, para mí fue casi todo. Si hubiese pasado eso, hubiese sido todo. ¿Si con el tiempo, esto que los dos sentimos no se nos pasa, qué vamos hacer? —replicó él con un nudo en la garganta.

—No sé, yo no soy adivina padre —expresó ella con agobio.

—Sé que al final yo me voy a quedar con usted Lucrecia, la voy a esperar todo el tiempo que sea necesario, porque usted vale la pena —agregó con evidente nostalgia.

—Adiós padre, que esté bien —concluyó ella a punto de llorar.

—Adiós Lucrecia, Dios la bendiga, ojalá algún día pueda perdonarme y sobre todo entenderme —ultimó con algo de incertidumbre.

Y esa fue la última vez que hablaron, nunca más se dirigieron la palabra.

Lucrecia, un día en que las nubes rompían por llover, igual que su alma cohibida por los deseos prohibidos y por las razones que la razón no entiende, recordó un secreto de familia, que la Nona le había revelado. Ella le había dicho que en la larga vida matrimonial, muchas veces iba a sentir pasión por otras personas; sin embargo, para no ser infiel de hecho en cuerpo y alma, y evitar enfermedades sexuales, era mejor que cuando estuviera con el marido, haciendo el amor, cerrara los ojos y se imaginara en los brazos de su ruiseñor enamorado, para sacarse definitivamente las ganas y santo remedio.

Lucrecia, recordó que un día después de una fiesta de aniversario en la facultad, luego de haber compartido con su amigo sacerdote, como consecuencia de haberse seducido el uno al otro con la mirada, perenne como un amor tormentoso y prohibido. Cuando llegó aquella noche en que surcaron los sueños de mujer enamorada, llevó a cabo el consejo de la Nona. Tenía en su mente la mirada seductora de Pedro, sus manos blancas y refinadas, su olor pulcro, sobre todo su voz penetrante. Fue fácil imaginarse el romance con él. Dejarse envolver por sus brazos tan deseados, esconderse entre las sábanas ficticias, sentir su calor, sus besos, su amor y su sexo. Sintió que su voz profunda estremecía cada fibra de su alma, tenía un trinar de sensaciones, sus palabras de frenesí que aún jugaban como un carrusel fantasma en su mente, y se entregó por fin a ese amor platónico. Ese instante, de amor y locura fue mágico, se sintió en el paraíso; aunque, inmediatamente se mortificó al sentirse pecadora e infiel, sobre todo se sentía culpable de haber tenido que usar a su esposo, a quien todavía amaba, a pesar de todo; pero él ¿cuántas veces no habrá hecho lo mismo? Peor aún había sido infiel en cuerpo y alma, se preguntó a continuación, para tratar de justificarse.

Ahora bien debía seguir adelante con su vida y tratar de ser feliz, pues ahora se sentía plena y con nuevos bríos.

La abuela Nona antes de regresar a su ciudad natal, fue a despedirse de Lucrecia, para asegurarse que todo había terminado.

—Lucrecia hija, ¿cómo terminó todo con el susodicho? y ¿cómo está la familia? —preguntó con cariño y comprensión.

—¡Bien Nona! no lo he vuelto a ver, no lo he llamado nunca más y la familia mucho mejor, tratando de reencantarme de nuevo en mi matrimonio —dijo con mucho entusiasmo.

—Qué bueno hijita, te escapaste jabonada de una grande, porque por una calentura lo hubieses perdido todo y no valía la pena.

—Sí Nona, gracias a Diosito que me ayudó siempre y que por gracia de Dios soy lo que soy —contestó ella feliz.

—Hay algo que no te he dicho hija, y que creo que es necesario que tú sepas. Tal vez la atracción por la espiritualidad tan grande que tienes, lo llevas en los genes —confidenció la Nona, con certeza.

—¿Por qué Nona? ¿A qué te refieres? —inquirió ella envuelta en un manto de incertidumbre.

—Aquella niña, la que interrumpió la misa, la hija de ese cura y fruto de ese amor clandestino era yo…

—Nona, ¡no te puedo creer, qué prodigiosa tu historia!

¡Gracias por todo, eres increíble! No sé qué hubiese hecho sin ti —se abrazaron envueltas en un caudal de lágrimas.

—Tanto va el cántaro al agua, que termina por romperse—murmuró Dora mientras se alejaba tranquila de la casa de su nieta.

Tiempo después, una tarde cargada de matices crepusculares, donde la vida nunca termina de sorprender, como broche de oro, el hijo mayor de Lucrecia, de dieciocho años de edad, le confesó:

—Mamá, he sentido el llamado de Dios, me inscribí en el seminario para ser sacerdote. Espero contar con todo tu apoyo, como tú eres igual de espiritual que yo —reveló su hijo con mucho entusiasmo.

Lucrecia lo miró con sus ojos llenos de desconcierto y sentimientos encontrados, que carcomieron su frágil corazón. Lo abrazó y le contó una vieja historia…

«¡El barco donde va Jesús, puede oscilar ¡pero hundirse nunca!»

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