Kitabı oku: «Cultura política y subalternidad en América Latina»
CULTURA POLÍTICA Y SUBALTERNIDAD
EN AMÉRICA LATINA
Cultura política y subalternidad en América Latina/ Sanders, James; Banerjee, Ishita; Dube, Saurabh; Conde Calderón, Jorge; Prado Arellano, Luis Ervin; Murray, Pamela S.; Dotor Robayo, María Victoria. Tunja: Editorial UPTC, 2019. 200 p.
ISBN 978-958-660-358-4 (impreso)
ISBN 978-958-660-429-1 (virtual)
1. Cultura Política. 2. Subalternidad. 3. Historia Política. 4. Nación.
(Dewey 980 /21).
Primera Edición, 2019
300 ejemplares (impresos)
Cultura política y subalternidad en América Latina
ISBN 978-958-660-358-4 (impreso)
ISBN 978-958-660-429-1 (virtual)
Colección de Investigación UPTC No. 136
© James Sanders, UPTC, 2019
© Ishita Banerjee, UPTC, 2019
© Saurabh Dube, UPTC, 2019
© Jorge Conde Calderón, UPTC, 2019
© Luis Ervin Prado Arellano, UPTC, 2019
© Pamela S. Murray, UPTC, 2019
© María Victoria Dotor Robayo, UPM, 2019
© Universidad Pedagógica y Tecnológica
de Colombia, 2019
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Tertulia de pulqueria. Agustín Arrieta, 1851
Libro financiado por la Dirección de Investigaciones de la UPTC., el Doctorado y Maestría en Historia de la Uptc. Se permite la reproducción parcial o total, con la autorización expresa de los titulares del derecho de autor. Este libro es registrado en Depósito Legal, según lo establecido en la Ley 44 de 1993, el Decreto 460 de 16 de marzo de 1995, el Decreto 2150 de 1995 y el Decreto 358 de 2000.
Citación: Sanders, J., Banerjee, I., Dube, S., Conde Calderón, J., Prado Arellano, L., Murray, P. & Dotor Robayo, María Victoria. (2019). Cultura política y subalternidad en América Latina. Tunja: Editorial UPTC.
CULTURA POLÍTICA Y SUBALTERNIDAD
EN AMÉRICA LATINA
James Sanders
Ishita Banerjee
Saurabh Dube
Jorge Conde Calderón
Luis Ervin Prado Arellano
Pamela S. Murray
María Victoria Dotor Robayo

Contenido
AUTORES
PRESENTACIÓN
LA CULTURA POLÍTICA DE LOS SUBALTERNOS Y LA EVOLUCIÓN DE LA HISTORIA INTELECTUAL
Bibliografía
SUBALTERNIDAD Y GÉNERO EN LA CULTURA POLÍTICA
Subalternidad, subalterno, historia
Género, sujeto, subalterno
La experiencia y su interpretación
Subjetividad y subalternidad
A manera de conclusión
Referencias
REPENSANDO LA MODERNIDAD (Y LA NACIÓN)
Bibliografía
TUMULTOS POPULARES Y CULTURA POLÍTICA PLEBEYA EN EL NUEVO REINO DE GRANADA
Introducción
Plebe y pueblo
En voz tumultuosa, me repugnaron
El pueblo todo a una voz
Nuevo orden, desacatos antiguos
Bibliografía
INDÍGENAS, GUERRAS CIVILES Y PARTICIPACIÓN POLÍTICA. EL CASO PÁEZ EN LA PROVINCIA DE POPAYÁN, 1830-1860
Introducción
El pactismo colonial en Tierradentro y su tránsito en la república
Guerras, Paeces y participación política
Conclusión
Bibliografía
Fuentes primarias
Fuentes secundarias
MUJERES Y GÉNERO EN LA REVOLUCIÓN LIBERAL-MOSQUERISTA, C. 1859-1863
Introducción
La red mosquerista, c. 1849-60s
Las colaboradoras del General Mosquera (1860-62)
Los espacios femeninos y las estrategias sociales de Mosquera
Breve conclusión
Bibliografía
LA REVOLUCIÓN LIBERAL EN BOYACÁ 1859–1863
Movilización de identidades políticas en la contienda revolucionaria
Quiénes y por qué luchaban
Conclusiones
Bibliografía
AUTORES
James Sanders
Doctor en historia por la Universidad de Pittsburg, Estados Unidos. Profesor en el Departamento de Historia de Utah State University.
Ishita Banerjee
Doctora en historia por la Universidad de Calcuta, India. Profesora- investigadora del Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México.
Saurabh Dube
Doctor en historia por la Universidad de Cambridge.Profesor- investigador del Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México.
Jorge Conde Calderón
Doctor en historia por la Universidad Pablo De Olavide. Docente del Departamento de historia de la Universidad del Atlántico.
Luis Ervin Prado Arellano
Doctor en historia latinoamericana, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito. Docente Departamento de Historia Universidad del Cauca.
Pamela S. Murray
Doctora en historia por la Universidad de Tulane, Estados Unidos. Profesora del College of Arts and Sciences de la Universidad de Alabama at Birminghan.
María Victoria Dotor Robayo
Doctora en historia por la UPTC. Docente del Área de historia de la UPTC.
PRESENTACIÓN
En agosto de 2017 en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia se organizó el simposio Cultura Política y Subalternidad, con el objetivo de discutir y poner en cuestión los avances conceptuales, metodológicos e historiográficos sobre la participación de los sectores populares en el proceso de conformación de las naciones latinoamericanas, evento que contó con la acogida de destacados historiadores que se han ocupado de la temática, como James Sanders, Ishita Banerjee, Surabh Dubbe, Jorge Conde Calderón, Pamela Murray, Luis Ervín Prado, Cecilia Méndez, Gabriel Di Meglio, Marixa Lasso, Sergio Paolo Solano, y Mauricio Archila.
El evento se realizó con énfasis en el siglo XIX, un siglo que ha sido visto tradicionalmente como un paréntesis entre la Colonia y el siglo XX, es decir, un siglo cuya anchura y profundidad, sobretodo de su historia política, es de reciente interés y aún de escasa comprensión, y se realizó en una región tradicionalmente rural y campesina, prácticamente desconocida en la historiografía, a pesar de la hondura histórica de la que es depositaria la región.
En esta introducción quiero hacer referencia a uno de los aspectos discutidos en el marco del simposio, esto es, la dificultad para precisar su objeto. De manera indistinta, se utilizan categorías como sectores populares, los de abajo, clases bajas, plebeyos (urbanos y rurales) campesinos. Estas múltiples denominaciones evocan las diferentes tradiciones académicas que han tenido por objeto su estudio, y la larga trayectoria de estas perspectivas, desde la historiografía francesa del campesinado1, la escuela marxista inglesa con la historia desde abajo2, la microhistoria3 y las historias locales. Sin embargo, el interés actual pasa por el detonante planteado desde los estudios subalternos, al interrogar por el componente político de los grupos populares.
En este sentido, tenemos que decir que subalternidad ha sido una categoría a la vez útil y polémica, cuyo rastreo nos lleva a Antonio Gramsci4 quien utilizó el adjetivo subalterno, evocando la estructura militar y los rangos inferiores. Pero será Ranajit Guha5, y el grupo de estudios subalternos del sur de Asia quienes reinventen la subalternidad con una amplitud mayor que el concepto de clase, que piensen a los grupos populares, principalmente campesinos, como agentes conscientes y políticos6.
El éxito de esta categoría ha radicado en por lo menos dos aspectos. Primero es una categoría de carácter más amplio y flexible que el rígido concepto de clase social, introduce de manera contundente actores que habían tenido escasa y casi ninguna importancia en la tradición marxista, principalmente da una gran visibilidad a sectores campesinos. Segundo, es una categoría que renueva el análisis histórico, en la medida en que introduce el estudio de los subalternos en el campo de lo político, se trata de un concepto que inequívocamente evoca una relación con el poder, que sugiere un orden social y político jerárquico, pero que sin duda ha permitido una mayor sensibilidad con temas sobre la nación, la crítica a los nacionalismos elitistas, la apertura a un gran número de actores políticos, a quienes se había restringido la entrada en este campo, con ello contribuye al cuestionamiento sobre la inmovilidad de estos grupos, y a su comprensión como actores políticos que agencian sus intereses.
Ahora bien, pensar en una historia subalterna, o de los grupos populares, en la vertiente latinoamericana, no compromete una única tradición historiográfica, por eso la diversidad conceptual, y principalmente los esfuerzos por historizar y precisar a quiénes se refiere cuando se habla de grupos populares o sectores subalternos. En esta dirección se puede dar cuenta de una importante trayectoria en la que se resalta la participación popular. Baste indicar los iniciales trabajos de Florencia Mallón7 y Nelson Manrique8 sobre la participación campesina e indígena en la construcción nacional peruana, pasando por textos como los de Mark Thurner,9 Peter Guardino10 o Cecilia Méndez,11 entre muchos otros.
Existe cierta confluencia temporal de muchos de éstos trabajos en el siglo XIX, básicamente a partir de los estudios sobre las revoluciones de independencia, en los que se analiza la relación o tensión entre pueblo y política o pueblo y poder. Pasando luego por la segunda mitad del siglo XIX, periodos predominantemente liberales, en los que se produjeron coyunturas de politización popular alrededor de procesos electorales, pronunciamientos militares, levantamientos armados, guerras, asonadas, con lo cual, se abrieron rutas de análisis sobre la construcción de ciudadanía, el lugar de los ejércitos, y las negociaciones producto de estas participaciones políticas. También ha tenido lugar el análisis de las transgresiones frente a las formas tradicionales de concebir la participación política, en tanto la confrontación violenta no fue inusual en la construcción de las naciones, demostrando que las montoneras, guerrillas, dieron lugar a un tipo de ciudadanía republicana, el ciudadano en armas, como lo analizan las historiadoras Martha Irurozqui12 o Flavia Macías.13
El análisis de los de abajo, de sus formas de acción y participación ha irrumpido de manera considerable en el contexto latinoamericano. Con todo, aun parecen insuficientes las respuestas al por qué de la invisibilidad de los sectores populares, a su marginamiento de los grandes relatos de la historia, y los cuestionamientos sobre si es posible comprenderlos por sí mismos, aislándolos de las relaciones sociales y de poder propios de sus contextos.
Esto último nos conduce a una de las principales conclusiones del simposio para la investigación historiográfica, no se pueden aislar a los diferentes grupos subalternos, para crear sujetos idealizados, romantizados, no se puede caer en la esencialización de un grupo, en la naturalización de identidades, de lo que se trata, es de plantear problemas, que permitan, por ejemplo, pasar de su comprensión en las historias locales a las historias globales, de transformar las grandes narrativas.
De ahí que podamos indicar que la categoría de subalternidad encierra sus propias tensiones, es un concepto límite, va en busca de los subalternos para introducirlos en el discurso histórico como actores actuantes de su época, y en relación con los grandes problemas de una historia más global, por lo tanto, no se pueden constituir en objeto de estudio por sí solos, pues esto implica una nueva marginalidad, una historia separada de las grandes narrativas de la historia, por el contrario lo que se propone es la fractura de las grandes narrativas, detonarlas con la introducción de nuevos actores políticos, campesinos, mujeres, subalternos urbanos, plebeyos, que permitan construir mejores lecturas de la política, sobre la nación y sus conflictos, las formas de ciudadanía, los procesos de liberalismo y resignificación de la libertad, las transgresiones políticas.
En este sentido, Subalternidad y cultura política recoge renovadas perspectivas para la disciplina histórica, pues se enfrentan al esquivo y difícil interrogante acerca del significado político de las diversas manifestaciones, acciones y representaciones de los grupos populares, los cuales no se encuentran al margen, sino dentro de los grandes procesos y acontecimientos históricos.
James Sanders, bajo el título “La cultura política de los subalternos y la evolución de la historia intelectual”, sugiere una nueva agenda para el estudio de los sectores subalternos, o como él denomina para la historia política subalterna, que transitaría de la nueva historia política a la historia intelectual. Además, en lo que se podría indicar como apuntes para entrar en un nuevo debate, y después de varias décadas de una lectura de los aportes de los sectores populares en la construcción de la nación, Sanders se interroga por la factibilidad de encontrar un equilibrio entre una historia que le reconozca a los subalternos su importancia para influir y cambiar la cultura política de la nación y una historia de la explotación y violencia que soportaron muchos de ellos. Si bien se interroga por el equilibrio entre dos perspectivas, con ello ahonda en las complejas e irresolubles relaciones entre lo social y lo político. Sanders así mismo realiza una relectura de su propio libro, Republicanos indóciles, para enfatizar en el componente discursivo, en la concepción de ciudadanía e igualdad, de indígenas, afro-caucanos y campesinos, frente al discurso liberal de las élites.
Ishita Banerjee se ocupa de tres aspectos: subalternidad, cultura política y género, tomando como punto de referencia los más destacados trabajos al respecto en el sur de Asia, donde se introdujo el proyecto subalterno hace más de tres décadas, impactando en la renovación de la interpretación política de los grupos populares, en una compleja y más amplia comprensión de las tensiones de la modernidad. Banerjee analiza la influencia de este programa en la historiografía latinoamericana. Adicionalmente, se enfoca en el sentido que se le ha dado en los estudios de género al concepto de Subalternidad, esto en un sentido amplio, es decir, en relación no sólo con la historia sino en la interdisciplinariedad que suponen éstos estudios que buscan comprender la experiencia y la formación de subjetividades. Saurabh Dube, por su parte, presenta un provocador análisis sobre la modernidad, uno de los temas más prolíficos de los estudios del sur de Asia, en medio de lo que él denomina los encantamientos y desencantamientos de la modernidad, en torno a los cuales observa problemas y tensiones como la concepción de la temporalidad, la relación tradición-modernidad y otras antinomias que han guiado la configuración de los grupos sociales.
El siguiente grupo de trabajos responde a estudios historiográficos del caso colombiano. En primer lugar, Jorge Conde Calderón introduce el tema de los tumultos populares y la cultura política plebeya en el Nuevo Reino de Granada, en el contexto de las reformas borbónicas y la independencia. Observa cómo los campesinos con su participación colectiva crearon una política popular, mediada por sus condiciones materiales de existencia en marcos jurídicos y judiciales. Valga señalar que esta cultura política plebeya la recrea el autor en espacios locales, parroquiales, donde las juntas de vecinos se constituían en instancias de poder. Los tumultos y manifestaciones de plebeyos estudiados por Conde Calderón, le permiten ahondar en aspectos como el peso de la tradición en la cultura política popular.
Luis Ervin Prado da cuenta de la activa participación política de la comunidad étnica Páez en las primeras décadas de vida republicana, que los condujo, por ejemplo, a negociar en el marco republicano su autonomía política, una tradición que no era nueva para ellos, pero que la supieron adaptar a los cambios introducidos por la república, asumiendo una nueva actitud de resistencias, luchas y negociaciones, esta vez en código republicano y frente a las políticas liberales. En este proceso de enfrentamiento a las políticas liberales, destaca el autor el peso de los cabildos indígenas en la defensa de sus tierras comunales, así como la participación colectiva en diferentes contiendas armadas.
Pamela S. Murray, analiza la participación de la mujer en la política del siglo XIX colombiano, más precisamente en la revolución liberal mosquerista, un momento de expansión de la participación política femenina, por ejemplo, de mujeres liberales populares, o de conservadoras anticlericales. La correspondencia del general Mosquera le permite encontrar a las mujeres entre la extensa red de amigos, familiares y clientes del caudillo caucano. Murray muestra la importancia de espacios tradicionalmente excluidos del mundo político y resalta el valor de la sala de una casa o, en general, el de la vida doméstica como espacios generadores de opinión pública y escenarios en los que se amplía la política.
Finalmente, María Victoria Dotor Robayo se ocupa de la participación política boyacense durante la denominada guerra por las soberanías o guerra por el liberalismo 1859–1863. Destaca el importante movimiento liberal que se despertó en la región, equívocamente caracterizada como conservadora, pues justamente la dinámica política alrededor de la guerra, consolidó una amplia red de liberales intermedios y populares en la región, que tuvo como eje articulador el denominado tercer ejército.
No puedo finalizar esta introducción sin expresar mis agradecimientos a cada uno de los participantes en el simposio del cual es producto el presente texto. A la generosidad de James Sanders, Ishita Banerjee, Saurabh Dube, Jorge Conde Calderón, Luis Ervin Prado y Pamela S. Murray, quienes ofrecieron sus textos para esta publicación. También debo expresar mi agradecimiento a Magali Carrillo, Isidro Vanegas y el semillero del “Grupo de Investigaciones Históricas”, quienes apoyaron decididamente la realización del evento, así como la lectura y producción del presente texto.
María Victoria Dotor Robayo
1. Marc Bloch, Historia rural francesa, Barcelona, Crítica, 1978. Georges Dubby, Economía rural y vida campesina en el occidente medieval. Barcelona, Ediciones 62, 1991.
2. E. Hobsbawm, Primitive Rebels, Manchester, Manchester University Press, 1959. Edward Palmer Thompson, Costumbres en común, Jordi Beltrán y Eva Rodríguez (trad.), España, Editorial Crítica, 1995.
3. Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos, Francisco Martín (Trad.), Barcelona, Muchnik, 1981. Giovanni Levi, La herencia inmaterial. Historia de un exorcista piamontés del siglo XVII. Madrid, Editorial Nerea, 1985.
4. Bajo el enunciado de historia de la clase dominante e historia de las clases subalternas, Gramsci introduce cierta relativización de la concepción marxista de clase, al considerar la historia de las clases subalternas como episódicas y disgregadas, “hay en la actividad de estas clases una tendencia a la unificación aunque sea al menos en planos provisionales, pero esa es la parte menos visible y que sólo se demuestra después de consumada”. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. Puebla, Ediciones Era, 1999, tomo 2, p. 27
5. Ranajit Guha, “On Some Aspects of the Historiography of Colonial India”, en Ranajit Guha y Gayatri Chakravorty Spivak, eds., Selected Subaltern Studies, New York, Oxford University Press, 1988
6. Al respecto en este mismo texto los trabajos de James Sanders, “La cultura política de los subalternos y la evolución de la historia intelectual” e Ishita Banerjee, “Subalternidad y género en la cultura política”.
7. Florencia Mallon, Peasant and Nation. The Making of Postcolonial Mexico and Peru, Berkeley, University of California Press, 1995.
8. Nelson Manrique, Mercado interno y región. La sierra central 1820-1930, Lima, DESCO, 1987.
9. Mark Thurner, Políticas campesinas y haciendas andinas en la transición hacia el capitalismo: una historia etnográfica, en Etnicidades, Andrés Guerrero, comp., Quito, Flacso, 2000.
10. Peter F. Guardino, Peasants, Politics, and Formation of Mexico’s National State: Guerrero, 1800–1857, Stanford, Stanford University Press, 1996.
11. Cecilia Méndez, The Plebeian Republic: The Huanta Rebellion and the Making of the Peruvian State, 1820-1850, Durham, Duke University Press, 2005.
12. Marta Irurozqui, “¿Ciudadanos armados o traidores a la patria? Participación indígena en las revoluciones bolivianas de 1870 y 1899”, en Iconos, Revista de Ciencias Sociales, nº 26, septiembre de 2006, Quito, FLACSO, pp. 35-46.
13. Flavia Macías, Armas y política en la Argentina, Tucumán, siglo XIX, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones científicas, 2014.
LA CULTURA POLÍTICA DE LOS SUBALTERNOS Y LA EVOLUCIÓN DE LA HISTORIA INTELECTUAL
James E. Sanders
Utah State University
¿Cómo escribir una historia que incluya a la gran mayoría de personas que vivieron en el pasado?14 Por medio siglo esta pregunta ha tenido una cierta urgencia, no sólo por razones historiográficas sino también porque la respuesta ha sido considerada central en los proyectos que buscan ganar la inclusión en la sociedad de grupos sociales previamente excluidos. En la década de 1960 la historia social creció rápidamente y tuvo bastante éxito en ayudar a nuestra comprensión de muchos grupos sociales, como los esclavos, las mujeres y los obreros, especialmente en lo tocante a sus vidas cotidianas y sus labores. Sin embargo, estas personas que entraron en la historia social raramente aparecieron en la historia política, salvo en resistencia a la política dominante. Pudieron entrar en una rebelión de esclavos, en una jacquerie de campesinos o en una huelga de obreros. Pero estos actos valientes casi nunca —salvo en el caso de la Revolución Haitiana— afectaron las grandes narrativas de la historia ni fueron los motores de la historia. La política de la clase obrera era concebida contra la nación y el Estado. Por eso, en los años noventa, el proyecto de los Estudios Subalternos intentó superar algunos límites de la historia social, especialmente la falta de presencia de los grupos populares en la vida política de la nación.15 Después de discutir, brevemente, la historiografía de los Estudios Subalternos propondré que la próxima etapa de este camino es la entrada de la historia subalterna en el palacio de la historia intelectual, un palacio muy cercado con un foso ancho y profundo.
Puesto que hemos estado cultivando esa corriente que podemos llamar historia subalterna, o nueva historia política, o estudio de la formación de la nación, permítanme meditar un poco acerca de por qué seguí este sendero de los estudios subalternos en vez de practicar una historia social más tradicional que había intentado investigar. Como tantas otras historias, esta historia empezó con Marx. Asistí a uno de los últimos departamentos de historia en los Estados Unidos —la Universidad de Pittsburgh— donde el marxismo todavía era, si no dominante, sí muy animado. Y, como en la India, donde se desarrollaron los Subaltern Studies, este proyecto inicialmente formaba parte de un programa orientado a resolver algunos problemas con el marxismo y la historia de los grupos populares, especialmente grupos que no eran obreros, blancos, europeos y hombres que trabajaban en empresas industriales: en otras palabras, la gran mayoría de la gente del mundo.16 O sea, era una continuación de aquel proyecto de historia social de expandir los sujetos de la historia.
Por supuesto que ha habido una reacción contra el término subalterno, desde la derecha y la izquierda. Sin embargo, no me interesa mucho este debate sobre si debemos utilizar o no el término “subalterno”.17 Estoy interesado en los problemas intelectuales y políticos que los Estudios Subalternos desarrollaron, no en la palabra misma. La he usado simplemente porque es más inclusiva que el término clase obrera. Sin embargo, odio, y esa es la expresión precisa, una parte de los estudios subalternos y los estudios culturales, y es aquella que usa un lenguaje pretencioso e inaccesible al público. Es una ironía que tanto trabajo de los subalternistas sea incomprensible para la gran mayoría del mundo, lo cual me sucede también a mí muchas veces, como respecto al trabajo de Gayatri Spivak o aún con el Black Atlantic de Paul Gilroy.18 He empezado a usar unos términos que mis actores históricos usaron, como “popular” y “clases populares”, que para mí significan más o menos lo mismo que “subalterno”. De todas maneras, la palabra es menos importante que las perspectivas de los intelectuales que originaron los Estudios Subalternos.
Una de esas perspectivas fue el estudio de las clases medias, otro grupo que no había interesado mucho a los historiadores marxistas. Una indagación en torno a las clases medias en el contexto de los estudios subalternos seguramente le parecería errónea a algunos de nosotros. Sin embargo, Ranajit Guha, el fundador de los Subaltern Studies en la India, pensaba que en última instancia la subalternidad era una categoría relativa, una relación de poder que podía cambiar debido a las circunstancias: uno es subalterno sólo en relación a un poderoso.19 Mi último libro, The Vanguard of the Atlantic World, ha sido criticado por abandonar las clases populares o por confundir lo popular con las clases medias, pero muchas veces en la historia de las Américas —del norte y del sur— los momentos de alianza entre las clases populares y medias fueron los desafíos más potentes que debió enfrentar el
poder, y estas relaciones fueron, y son, centrales para entender la trayectoria de la nación.20
Sin embargo, creo que la razón más importante del atractivo de los estudios subalternos se encontraba en el deseo de relatar una historia de subalternos que hubieran afectado y cambiado la historia de la nación. Las historias clásicas de la resistencia popular usualmente terminaban con la derrota de las clases populares. Era una historia heroica, claro, pero una historia que iba contra el Estado y la nación y que no había dejado huellas salvo como inspiración de movimientos futuros.21 Por eso casi siempre se habían enfocado en movimientos obviamente radicales, como una rebelión de esclavos o un movimiento laboral socialista o comunista. Entonces, no había muchos estudios sobre las clases populares colombianas decimonónicas, porque no había muchas rebeliones de esclavos o movimientos socialistas en el siglo diecinueve. Sin esos movimientos, los subalternos fueron considerados apolíticos, sin interés en la nación, o tal vez sólo clientes de patrones poderosos o carne de cañón.22 Lo que impulsó los estudios subalternos fue, pues, el deseo de superar la dicotomía resistencia-acomodación para averiguar cuál había sido la política de los subalternos.
Por eso, los historiadores empezaron a preguntar, ¿cómo entraron los subalternos en la vida de la nación, sin determinar de antemano que no tenían interés en la política más allá de sus pueblos? Y, claro, esta fue la meta original de los Subaltern Studies en la India, donde el problema de la nación era la cuestión fundamental del proyecto de Ranajit Guha.23 Esta nueva historiografía ha transformado completamente nuestra comprensión del siglo diecinueve. Porque como lo dijo Tulio Halperín Donghi, el siglo diecinueve había sido considerado en la historia como “la larga espera”, entre la colonia y el siglo veinte.24 Ahora es el centro de debates históricos muy fructíferos. Aquellos estudios subalternos transformaron completamente el estudio de la política de modo que ahora es más y más difícil justificar un estudio de la política que no considere también la política subalterna.25
No obstante, aunque estas historias han dominado los debates en las últimas décadas, sus efectos en las grandes narrativas (“master narratives” en inglés) todavía son mínimos. Las historias subalternas necesitan desafiar las grandes narrativas, o sea, las narrativas hegemónicas de la historia. Durante veinte años hemos escrito numerosas historias sobre la política de los subalternos. Pero, ¿hemos visto cambios en los grandes libros sobre las historias nacionales o regionales? Por ejemplo, todas las obras de quienes hemos investigado a los subalternos, ¿cómo cambiarían El nacimiento de los países latinoamericanos de Bushnell y Macaulay o La historia contemporánea de América Latina de Tulio Halperín Donghi?26 Y, ¿de ser posible que cambiemos estas narrativas, sería factible encontrar un equilibrio entre una historia que le reconozca a los subalternos su importancia para influir y cambiar la cultura política de la nación y una historia de la explotación y la violencia que soportaron muchos subalternos? Una preocupación que tengo sobre mi propio trabajo es mi insistencia en que las clases populares han tenido algún éxito y algún peso como agentes de la historia, y, por otro lado, que en la historia política de Colombia también ha habido éxitos democráticos. Sin embargo, tal vez haya perdido de vista, u ocultado, algo importante: la historia de la represión y la violencia que las clases populares sufrieron, especialmente en sus sitios de trabajo. ¿Es posible un equilibrio, es decir, una síntesis entre la victimización y la iniciativa? ¿Cómo podemos escribir una historia que relate la represión, especialmente el poder del capitalismo, pero que también muestre las posibilidades de emancipación que existieron en el pasado? No sé la respuesta, pero creo que la unión de la historia social y la historia política puede ser un sendero fructífero. Pienso que las mejores obras son las que reúnen las historias más viejas de arrendamiento, de modelos de propiedad territorial, de género, de formas de trabajo, y, claro, de resistencia, con la nueva historia política. Este tipo de estudios lo he llamado “historia social de la política”.27
Por supuesto, este esfuerzo sólo ha comenzado, y hay mucho trabajo que nos toca hacer, pero los artículos de este volumen demuestran la fecundidad del campo. Sin embargo, aunque en la historiografía política de los subalternos hay tantas investigaciones necesarias en cuanto a la construcción del Estado y la nación, me gustaría sugerir otro sendero que la historia subalterna también necesita seguir: la historia intelectual.
¿La historia intelectual (o conceptual)? ¿No es ésta la historia más aislada, más conservadora, más tradicional? ¿Por qué queremos meternos en ella? Pues tal vez porque una historia subalterna intelectual pueda salvar la historia intelectual como salvó la historia política. Debemos recordar que en los años noventa hubo preocupación porque la historia política se estuviera muriendo, no había mucho interés en ella y la mayoría de historiadores hacían historia social e historia cultural. Era vista como un campo bastante conservador que sólo estudiaba a las élites y a los poderosos, exactamente como muchos ven hoy la historia intelectual.
Y creo que no es polémico decir que la historia intelectual ha pasado de moda y ha sido reemplazada por la historia cultural. Esa debilidad de la historia intelectual es en gran parte culpa suya. Por décadas ha sido muy conservadora en sus sujetos y sus métodos de investigación y me parece que ese tipo de historia todavía es básicamente una lista, una progresión, del pensador tal que influyó en el pensador tal, el cual influyó a su turno en el pensador fulano, y así sucesivamente. Lo que le falta a esa historia es la interacción de estas ideas con la sociedad en un sentido más amplio. Como lo ha planteado Francisco Ortega en su trabajo, la preocupación de los historiadores intelectuales ha sido si sus sujetos colombianos han entendido “correctamente” las ideas de los pensadores europeos. Ortega discute esto en lo relativo a la influencia de Jeremy Bentham en Colombia: en vez de entender cómo fue que los colombianos decimonónicos usaron las obras de Bentham para crear sus propias y originales ideas sobre el honor, el orden y la moralidad política —el propósito de Ortega en su importante libro—28 los historiadores han estado preocupados por cuáles de sus sujetos históricos entendieron “verdaderamente” a Bentham.
Esta metodología tradicional va de la mano con un eurocentrismo muy fuerte en muchas obras de historia intelectual.29 John Headley, en The Europeanization of the World: On the Origins of Human Rights and Democracy, ha insistido en que fueron Europa y Estados Unidos —y solamente Europa y Estados Unidos— donde se crearon la democracia y la idea de derechos universales. Headley desprecia todos los esfuerzos no europeos considerándolos insostenibles y sin respaldo institucional.30 Tristemente, como lo discutiremos luego, este estereotipo no es raro entre los historiadores globales y es peor aún con los historiadores de Europa o de Estados Unidos. Sin embargo, este eurocentrismo es asombrosamente común también entre algunos historiadores que estudian las tradiciones intelectuales de América Latina. Para Roberto Breña, por ejemplo, los movimientos y creaciones intelectuales más importantes del mundo hispánico empezaron en España y solo después se trasladaron a América Latina.31 La crítica profunda al eurocentrismo que tantos autores vinculados a los Subaltern Studies y los estudios pos-coloniales han hecho, me parece que no ha influido la historia intelectual de la misma manera en que ha cambiado la historia política y social.32
Junto al eurocentrismo, la otra falla de la historia intelectual es su elitismo.33 Los intelectuales que han merecido ser estudiados casi siempre son de la clase alta. 34 Los historiadores han tratado de justificar esto con la excusa de las fuentes. Solamente los educados y los alfabetizados dejaban algo escrito que permitía conocer sus pensamientos. Sin embargo, los historiadores ofrecieron las mismas excusas en los años sesenta en lo relativo a la historia social. Era imposible, decían, estudiar las vidas de esclavos o mujeres o trabajadores porque ellos no dejaron fuentes escritas.35 Claro, los historiadores simplemente no habían buscado estos recursos en los archivos —y en realidad habían muchísimos— o debían aprender nuevas maneras de leer otras fuentes para buscar en ellas la vida popular. Por supuesto, siempre queremos más y hay vacíos y la tarea es muy difícil, pero es posible hacerla. Hay que ampliar nuestro sentido de los recursos para pensar y escribir la historia intelectual. De cualquier modo, esta excusa de las fuentes encubría un estereotipo más profundo: las clases populares no tenían, y no tienen, supuestamente, pensamientos que merezcan su estudio.
Otro gran obstáculo de la historia intelectual tradicional es su obsesión con el origen de una idea o un pensamiento, como si el origen nos relatara todo. Éste no es el énfasis en la historia de la tecnología, por ejemplo.36 Si bien es importante que los alemanes Karl Benz o Gottlieb Daimler hubieran inventado el automóvil, es igualmente importante la difusión de esta tecnología por Henry Ford en Estados Unidos, porque fue la difusión la que afectó la sociedad más profundamente, no la creación inicial.37 Los historiadores en otros campos también han empezado a criticar la concepción que busca al primero en descubrir o iniciar un concepto o proceso histórico, y cómo estas búsquedas de “los primeros” han deformado —usualmente debido al eurocentrismo— la historiografía.38 Necesitamos, creo, una historia intelectual que se enfoque en las prácticas cotidianas y en cómo las ideas fueron transformadas por estas prácticas así como en las ideas en tanto que invención abstracta y en los debates doctrinales entre letrados.
Tal vez estoy planteando un argumento demasiado polémico. Los mejores historiadores de las ideas ya están transformando la historia intelectual, aunque creo que todavía se necesitan cambios profundos.39
Voy a aprovechar este ensayo para repensar dos historias intelectuales de mi primer libro, Republicanos indóciles, que Isidro Vanegas tradujo tan cuidadosa y cultamente.40 Tengo que repensarlo, porque aunque quería darle voz a los subalternos indígenas y afro-colombianos, cuando escribí este libro, hace quince años, todavía no podía aceptar o entender, completamente, las consecuencias de lo que descubrí en los archivos: no solo la contribución intelectual de esos grupos a la nación y a la política —lo cual era mi propósito— sino también que ellos hicieron una contribución a la historia intelectual. Por ejemplo, los indígenas del Cauca empezaron a desarrollar una nueva comprensión de la ciudadanía decimonónica buscando resolver un problema del concepto de ciudadanía que aún hoy enfrentan las sociedades democráticas: el choque entre las identidades particulares —muchas veces de minorías— y la identidad supuestamente universal de la ciudadanía. Los afro-colombianos del Cauca, al mismo tiempo, estuvieron redefiniendo el significado de la igualdad y su relación con el republicanismo de formas tan creativas y avanzadas como en cualquier otro lugar del mundo atlántico.
Empecemos con los indígenas del sur del Cauca.41 En el siglo diecinueve tanto a los liberales como a los conservadores les preocupaba que los indígenas no fueran aptos para ser ciudadanos. Para muchos conservadores el problema era esencialmente racial mientras que muchos liberales pensaban que cualquier problema racial podía ser resuelto mediante la “civilización”, la educación y el “blanqueamiento” de las clases bajas. El problema más grave, sin embargo, era la posición legal de los indígenas, afuera de la igualdad jurídica que era tan central a la visión de republicanismo de los liberales. Los liberales advertían que mientras los indígenas fueran gobernados por una legislación especial “no se volverían ciudadanos libres y miembros activos de una república democrática”.42 Otro liberal sostenía que el estatus especial indígena era “similar al de los menores, disipadores, dementes y sordomudos”.43 Los liberales propusieron la división de los resguardos para que los indígenas pudieran deshacerse de los rezagos de su identidad colonial que los mantenía como gente separada del resto de la sociedad. Tras eso, pensaban, podrían unirse a la sociedad republicana.
Los indígenas caucanos estaban maniatados. O aceptaban la ciudadanía liberal y abandonaban sus comunidades, sus tierras y su identidad indígena, o serían tildados de casta retardataria colonial y así excluidos de la vida política de la república. Las comunidades indígenas rechazaron la oferta maniquea de los liberales y a cambio instauraron la reclamación de una ciudadanía —y un republicanismo— que no excluía su identidad indígena sino que más bien buscaba crear un nueva formulación de la ciudadanía. En peticiones y cartas enviadas por comunidades indígenas, los líderes indígenas insistían en que eran granadinos —o colombianos— y que formaban parte de la nación, con todos los derechos adquiridos por tal estatus. El inicio usual de las peticiones incluía alguna variación de “usar el derecho de petición que la constitución concede a cada granadino”.44 Los indígenas de Jambaló, por ejemplo, hicieron notar que tenían las mismas responsabilidades que “otros ciudadanos no indígenas”, pero aseguraron que querían mantener sus tierras comunes.45 En vez de simplemente insistir en que eran ciudadanos, estrategia muy común entre los subalternos, los indígenas también argumentaron que esta ciudadanía era compatible con su visión particular de una identidad como indígenas.
Así, los indígenas de Túquerres exigieron al Estado que respetara “nuestras tradiciones [de] vivir en comunidad”, al tiempo que aseguraban que eran “ciudadanos granadinos”.46 Significativamente, indígenas de muchas parcialidades de Obando argumentaron que la nueva república había otorgado a los indígenas “la prerrogativa de representarnos y defender nuestros derechos”.47 Los derechos más importantes, por supuesto, eran la posesión de sus tierras comunes y el auto-gobierno. Otros indígenas aseguraban que eran los “republicanos, quienes proclaman la igualdad”, los que tenían el deber de proteger los resguardos.48 Los indígenas sopesaron la idea de ciudadanía de las élites colombianas e insistieron no sólo en que el indigenismo era compatible con la ciudadanía y la nación republicana, sino en que la ciudadanía, una ciudadanía indígena, les había otorgado nuevos derechos y una posición distinta frente al Estado, con los cuales podían defender sus comunidades. Los indígenas crearon un contra-discurso hacia la élite republicana, el cual no los marginaba ni los obligaba a sacrificar sus comunidades, ni sus tierras o su identidad a cambio del estatus político de ciudadanos.
Para los liberales la igualdad jurídica y el universalismo fueron centrales a su comprensión de la ciudadanía. Sin embargo, como veremos con los afro-caucanos, los indígenas crearon una nueva visión de la ciudadanía y la igualdad. Para los indígenas la igualdad consistía en una relación, no sólo con los extraños, sino con los miembros de su propia comunidad. Desde un pueblo cercano a Pasto el pequeño cabildo lo explicó de esta manera:
“Desde tiempos patriarcales hemos poseído nuestras propiedades en comunidad y hemos disfrutado de ellas en la más completa paz y armonía; no deseamos una propiedad exclusiva, porque disponemos de la común con igualdad y orden. La igualdad de nuestros derechos no deseamos que consista en la igual porción de tierras que tengamos, sino en el igual derecho que tengamos todos en la comunidad; allí hay justicia y de la justicia se desprende la igualdad”.49
La igualdad no era solamente una cuestión jurídica sino que estaba relacionada con la creación y mantenimiento de una comunidad así como con la insistencia en derechos iguales para defender esta comunidad.
En otras palabras, en el siglo diecinueve los indígenas del Cauca estuvieron pensando cómo manejar, con algún éxito, debo subrayarlo, algunos de los problemas más duros y complejos de la teoría democrática. Primero, ¿cómo pueden ser asegurados los derechos de una minoría en un sistema democrático en el que las mayorías deben tener el poder? Y, segundo, ¿cuál sería la relación entre las identidades particulares (sean de religión, de cultura, de idioma, de raza) y el universalismo de la ciudadanía republicana? Éstos son problemas que atormentan a las sociedades democráticas hoy en día, como sucede en Estados Unidos especialmente. No estoy diciendo que los indígenas caucanos hubieran resuelto estos problemas. Creo, sin embargo, que los indígenas dieron pasos muy significativos para resolverlos, en contraste con lo planteado por una historiografía vieja que dijo que a los indígenas no les interesaba la ciudadanía (porque era una creación occidental, de interés sólo para los liberales letrados o porque su identidad era sólo una entidad local, procedente de la época colonial). Cuando escribí Republicanos indóciles no podía reconocer plenamente la importancia del concepto indígena de ciudadanía, porque yo también estaba atrapado por una historiografía vieja sobre la creación de la idea de ciudadanía nacional, supuestamente creada por la revolución francesa. Quería insistir en que los subalternos habían concebido una esfera política nacional y habían actuado para crear y definir una nueva cultura política, pero no llegué a pensar la importancia de estas creaciones subalternas para la historia intelectual, para repensar la historia de la idea y la comprensión de la ciudadanía en un contexto global.
También los afro-caucanos nos muestran cómo la ausencia de la historia de los subalternos en Colombia —y otras partes de las Américas— ha ocultado un mejor discernimiento del desarrollo de la idea de igualdad en el contexto global. La historia tradicional de la igualdad se ha enfocado en los gigantes de la Ilustración y en las revoluciones de Estados Unidos y Francia. Sin embargo, como lo han demostrado Nick Nesbitt y Laurent Dubois, fue en Haití y en Guadeloupe donde se desarrolló la idea fundamental de que la igualdad era un derecho universal, en vez de un derecho perteneciente a unos pocos escogidos.50 Igualmente importante, Marixa Lasso e Isidro Vanegas han mostrado que fue en las Américas, especialmente en Colombia, donde la igualdad ganó potencia e importancia para la cultura política, en comparación tanto con Europa como con Estados Unidos.51 La Constitución de Cádiz fue efectivamente importante en el reclamo de la noción de igualdad, pero fueron los americanos quienes impulsaron e insistieron en la igualdad, fueron ellos quienes lucharon contra las limitaciones de Cádiz, y fueron ellos, en Colombia, quienes hicieron de la igualdad una parte central de la cultural política cotidiana. Fue en las sociedades del Nuevo Mundo donde se creó la igualdad como una idea central de la política.
Este proceso continuó durante el siglo diecinueve. En el Cauca, los afro-caucanos y otros liberales populares crearon su propia síntesis de la igualdad y el republicanismo. Ellos continuaron la trasformación de la igualdad, desde una esfera solamente jurídica, tal vez política, a una esfera social y económica también. Como lo he escrito en otros lugares, la igualdad fue el tropo principal del discurso político de los liberales populares.52 Sin embargo, tal vez no había alcanzado a entender cómo esos liberales populares innovaron el sentido de la igualdad. Después de la guerra de mil ochocientos setenta y seis, en una petición sorprendente, la Sociedad Democrática de Cali exigió la redistribución de la tierra, el derecho a recoger leña de los bosques y la eliminación del arrendamiento. Sus miembros, y la gente del Valle en general, dijeron, merecían estas reformas a causa de sus servicios al Partido Liberal en la reciente guerra civil:
“Aunque parezca esto una petición exagerada, no lo es, si se la sujeta al criterio de la justicia, considerando, que tienen derecho perfecto a vivir en el Cauca, en los términos expresados [es decir, sin ser arrendatarios y en su propia tierra] todos los individuos nacidos aquí o fuera, que han acudido presurosos a defender el territorio; porque, ¿cómo puede concebirse justo el que viven sin hogar los únicos que en todo tiempo han venido defendiendo el suelo que los vio nacer contra las repetidas e injustas invasiones de Antioquia, apoyadas por los que se dicen dueños de la mayor parte de los terrenos del Cauca?”.53
Ellos insistieron que los traidores ricos no debían controlar la tierra por haber ayudado al enemigo de la libertad y porque su monopolio de ella impedía la igualdad de todos los ciudadanos.
Los liberales populares merecían la tierra simplemente debido a que eran ciudadanos y, sobre todo, ciudadanos soldados, pero también debido a los nuevos significados de la igualdad que ellos mismos habían creado. Los veteranos de la Sociedad Democrática cerraron su solicitud evocando las terribles consecuencias de que se les negara lo que pedían: un retorno a la condición de esclavos, un destino cuya evasión animaba el discurso del liberalismo popular y que destruiría las esperanzas de esta nueva igualdad. Criticaban la obligación de deferencia y la pérdida de libertad, o sea una ciudadanía vacía, que conllevaría la falta de tierra. Ellos escribieron: “la tierra no puede ser ocupada en extensiones excesivas que priven a los demás miembros de la comunidad de los medios de subsistencia o los obliguen a ser esclavos de esos llamados señores feudales, que no admiten en sus supuestas propiedades territoriales sino a aquellos individuos que implícitamente les venden su independencia personal, es decir, su conciencia y su libertad, dejando de ser ciudadanos de un pueblo libre, para ser colonos o tributarios de un individuo particular”.54 Los liberales populares estaban redefiniendo la libertad. En su visión, la libertad sólo era posible con la igualdad social y económica que una redistribución de la tierra proveería (es difícil entender esto porque la importancia de la vida económica es raramente considerada por la historia intelectual de las ideas). Para los liberales populares la igualdad no consistía solamente en una igualdad de derechos jurídicos o políticos, sino que también involucraba una base económica mínima que asegurara su posición como ciudadanos independientes.
Es difícil reconocer que estos liberales populares hubieran sido la vanguardia de una historia de la igualdad. Veamos cómo uno de los más destacados historiadores de la historia global trata el problema de la igualdad y la política en el siglo diecinueve. Thomas Bender plantea que “la cuestión social” no fue parte del discurso político norteamericano, en el nivel nacional, durante el último tercio del siglo.55 En Estados Unidos se le dio el crédito al movimiento obrero por haberle abierto nuevos significados sociales a la igualdad —y que los pioneros fueron los obreros norteamericanos, sólo seguidos por los de América Latina—, significados que sólo explotaron a finales del siglo diecinueve. No obstante, en otros sitios de las Américas ya se habían desarrollado nociones sociales de la igualdad y la política, nociones que fueron centrales para la política nacional bastante antes de que lo fueran en Estados Unidos.
Aquella obra de Bender, que se subtitula America’s Place in World History, o sea “El Lugar de Estados Unidos en la Historia Global”, nos muestra los límites de la historiografía global actual. A las demás naciones de las Américas no les toca mucha parte en esta historia, salvo como víctimas de la codicia norteamericana. Creo que este estilo todavía es la norma en la mayoría de historias globales. Sin embargo, los esfuerzos de estos subalternos colombianos nos demuestran el fracaso de las grandes narrativas de la historia global, en las cuales las sociedades de América Latina sólo son espacios de colonialismo, imperialismo y resistencia (o de fracaso y estancamiento).56 América Latina aún es raramente vista como un lugar de creación intelectual, un sitio donde, al igual que en Europa y Estados Unidos, se desarrollaron en el siglo diecinueve algunas de las prácticas y los pensamientos más importantes del mundo moderno: la ciudadanía, la igualdad, el republicanismo, la democracia y la modernidad.57
Por eso necesitamos continuar el esfuerzo de escribir una nueva historia global, sin eurocentrismo y sin una división muchas veces falsa entre Estados Unidos y los otros estados de las Américas. Este proyecto es antiguo. El libro que más influyó en mí como estudiante fue The Black Jacobins de C. L. R. James, escrito en mil novecientos treinta y ocho. James insistió en que la historia haitiana era historia universal, tan importante como las revoluciones de Francia o Estados Unidos.58 Debemos continuar la obra de historia global de James, no en el sentido de comparar Colombia con Estados Unidos o Europa, sino más bien para conocer todos los sitios de creación de la política y las ideas de nuestro mundo. La gran mayoría de personas que vivía en repúblicas estaba en las Américas —no en Europa o solamente en Estados Unidos— y fueron sus experiencias, sus acciones y sus ideas las que definieron y crearon la república y la democracia en la historia del mundo.
La meta de involucrar la historia de los subalternos americanos en la historia global no es nada fácil. La mayoría de acciones de los subalternos son muy locales, y eso puede dificultar el proyecto de meterlos en una historia global: sin embargo, tampoco la mayoría de los subalternos parisienses salieron alguna vez de París y pese a ello sus historias son consideradas vitales para la historia global.
Tenemos también que luchar contra una doble moral en la historia mundial. Usualmente, como en el trabajo de alguien como David Landes, se puede justificar su ignorancia de la política de las repúblicas hispanoamericanas debido a su corrupción y sus fraudes.59 Por supuesto que había mucha corrupción y fraude. Sin embargo, los niveles de corrupción y fraude en la historia decimonónica de Estados Unidos eran espantosos. Hubo Tammany Hall, la elección de 1876 (entre Tilden y Hayes), y las más o menos abiertas mordidas de los empresarios de los ferrocarriles para controlar el Congreso. Y esto fue sólo la corrupción supuestamente ilegal, pues hubo también las restricciones contra los afro-americanos y las indígenas, aprobadas por la Corte Suprema, las cuales también fueron una forma de fraude.60 Sin embargo, aunque las historias de la democracia global reconocen estos fraudes, nunca dicen que Estados Unidos no jugó un papel importante en la historia de la democracia.
Otro ejemplo es el fracaso de la Revolución francesa. Francia tuvo, primero, un caudillo, Napoleón (sin duda era un caudillo), y después, la restauración de la monarquía en mil ochocientos catorce. Sin embargo, no hay una historia global que diga que la Revolución francesa no fue importante en la historia del republicanismo. Pero hay muchas historias globales, como las de Landes, Ferguson y Huntington, que no consideran las repúblicas de América Latina, o que solamente las describen como fracasos (aunque las repúblicas americanas raramente fracasaron a un nivel semejante al de la república francesa).61 Incluso el nuevo y celebrado libro de Jürgen Osterhammel, The Transformation of the World: A Global History of the Nineteenth Century, presenta una pintura de fracaso y estancamiento de la América Latina decimonónica, aunque usualmente América Latina simplemente no amerita un lugar en su discusión, como sucede en su sección sobre la democracia.62 Tenemos que insistir en que la historia de los subalternos en Colombia —y en todas las Américas— es una historia que importa mucho, no sólo por la historia nacional colombiana, sino también por la historia global. Es una historia que debe ocupar un lugar en los grandes debates internacionales sobre democracia, nación y capitalismo, los cuales usualmente sólo involucran otros países y otras historias.
En conclusión, como ha ocurrido un poco con la historia de la formación de la nación, con los estudios sobre la esclavitud y con la historia de la economía del mundo colonial, debemos insistir en que no sólo usemos ejemplos de la historia de Europa o Estados Unidos para entender un problema histórico o para desarrollar una teoría o un modelo de cambio histórico. Para la historia intelectual, los pensamientos subalternos demuestran, claramente, que el crecimiento y la evolución de ideas como democracia, igualdad y ciudadanía ocurrieron también por fuera de las sociedades del Atlántico norte. En los temas de la historia intelectual, ¿es más importante que los estadounidenses o los franceses hubieran sido los primeros en hablar sobre la igualdad? ¿O es más importante dónde fue que la igualdad tuvo más efectos políticos? ¿Es más importante saber dónde se dieron los primeros pronunciamientos sobre la igualdad o es más esencial la historia, en sitios como Haití y Colombia, de la transformación de la igualdad en las acepciones que usamos actualmente y con las que algunos soñamos hoy día? Por eso, pienso que la entrada de los subalternos en la historia intelectual puede revindicar la historia intelectual y puede ser una manera fructífera de incorporar la historia de Colombia y de América Latina en la historia global, y, de este modo, rescatar la historia global de su profundo provincialismo.
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14. Querría agradecer muy sinceramente a Isidro Vanegas, María Victoria Dotor, María Claudia Parada, Marixa Lasso, Francisco Ortega, los participantes en el simposio “Cultura política y subalternidad en América Latina”, y a todo el equipo del departamento de Historia de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.
15. Florencia E. Mallon, “The Promise and Dilemma of Subaltern Studies: Perspectives from Latin American History”, The American Historical Review, vol. 99, nº 5, diciembre de 1994, pp. 1491-1515.
16. Ranajit Guha y Gayatri Chakravorty Spivak, eds., Selected Subaltern Studies, New York, Oxford University Press, 1988.
17. Ileana Rodríguez, “Hegemonía y dominio: Subalternidad, un significado flotante”, en Teorías sin disciplina: Latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate, Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta, eds., México, Miguel Ángel Porrúa, 1998, pp. 101-120; El Habib Louai, “Retracing the Concept of the Subaltern from Gramsci to Spivak: Historical Developments and New Applications”, African Journal of History and Culture, vol. 4, nº 1, enero de 2012, pp. 4-8.
18. Gayatri Chakravorty Spivak, “Can the Subaltern Speak?”, en Marxism and the Interpretation of Culture, Cary Nelson y Lawrence Grossberg, eds., Urbana, University of Illinois Press, 1988, pp. 271-313; Paul Gilroy, The Black Atlantic: Modernity and Double Consciousness, Cambridge, Harvard University Press, 1993.
19. Ranajit Guha, “On Some Aspects of the Historiography of Colonial India”, en Ranajit Guha y Gayatri Chakravorty Spivak, eds., Selected Subaltern Studies, New York, Oxford University Press, 1988, p. 44.
20. James E. Sanders, The Vanguard of the Atlantic World: Creating Modernity, Nation, and Democracy in Nineteenth-Century Latin America, Durham, Duke University Press, 2014.
21. E. Bradford Burns, The Poverty of Progress: Latin America in the Nineteenth Century, Berkeley, University of California Press, 1980.
22. David Bushnell, The Making of Modern Colombia: A Nation in Spite of Itself, Berkeley, University of California Press, 1993, pp. 65, 74, 78.
23. Ranajit Guha, “On Some Aspects of the Historiography of Colonial India”, ob. cit., p. 43. Ver también Gyan Prakash, “Subaltern Studies as Post-Colonial Criticism”, The American Historical Review, vol. 99, nº 5, diciembre de 1994, p. 1476.
24. Tulio Halperín Donghi, Historia contemporánea de América Latina, Madrid, Alianza editorial, 2005, p. 135.
25. Esta historiografía ha crecido tanto que es difícil citar todas las obras. Temo que vayan a faltar muchas, así que pido disculpas por las omisiones inadvertidas: Florencia E. Mallon, Peasant and Nation: The Making of Post-Colonial Mexico and Peru, Berkeley, University of California Press, 1995; Nelson Manrique, Campesinado y nación: Las guerrillas indígenas en la guerra con Chile, Lima, Centro de Investigación y Capacitación, 1981; Gilbert M. Joseph y Daniel Nugent, eds., Everyday Forms of State Formation: Revolution and the Negotiation of Rule in Modern Mexico, Durham, Duke University Press, 1994; Marixa Lasso, Myths of Harmony: Race and Republicanism during the Age of Revolution, Colombia 1795–1831, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2007; Alfonso Múnera, El fracaso de la nación: Región, clase y raza en el Caribe colombiano (1717-1810), Bogotá, Banco de la República, 1998; Laurent Dubois, A Colony of Citizens: Revolution and Slave Emancipation in the French Caribbean, 1787–1804, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2004; Antonio Annino y François-Xavier Guerra, eds., Inventando la nación: Iberoamérica, siglo XIX,, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2003; Mónica Quijada, “From Spain to New Spain: Revisiting the Potestas Populi in Hispanic Political Thought”, Mexican Studies / Estudios Mexicanos, vol. 24, nº 2, verano de 2008, pp. 185–219; Hilda Sábato, ed., Ciudadanía política y formación de las naciones: Perspectivas históricas de América Latina, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1999; Hilda Sábato, The Many and the Few: Political Participation in Republican Buenos Aires, Stanford, Stanford University Press, 2001; Mark Thurner, From Two Republics to One Divided: Contradictions of Post-Colonial Nationmaking in Andean Peru, Durham, Duke University Press, 1997; Gabriel Di Meglio, ¡Viva el bajo pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución de Mayo y el rosismo (1810-1829), Buenos Aires, Prometeo Libros, 2013; Peter F. Guardino, The Time of Liberty: Popular Political Culture in Oaxaca, 1750–1850, Durham, Duke University Press, 2005; Elías José Palti, La invención de una legitimidad: Razón y retórica en el pensamiento mexicano del siglo XIX, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2005; Sarah C. 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26. David Bushnell y Neill Macaulay, El nacimiento de los países latinoamericanos, Madrid, Nerea, 1989; Tulio Halperín Donghi, Historia contemporánea de América Latina, ob. cit.
27. James Sanders, Republicanos indóciles. Política popular, raza y clase en Colombia, siglo XIX, traducido por Isidro Vanegas, Bogotá, Ediciones Plural, 2017, p. 17.
28. Francisco A. Ortega, Social Difference in Nineteenth-Century Spanish America: An Intellectual History, London, Bloomsbury (por aparecer).
29. Para una crítica del eurocentrismo y el elitismo de mucha de la historia conceptual, ver Francisco A. Ortega, “The Conceptual History of Independence and the Colonial Question in Spanish America”, Journal of the History of Ideas, vol. 79, nº 1, enero de 2018, p. 100.
30. John M. Headley, The Europeanization of the World: On the Origins of Human Rights and Democracy, Princeton, Princeton University Press, 2008, pp. 4-5.
31. Roberto Breña, “The Cádiz Liberal Revolution and Spanish American Independence”, en New Countries: Capitalism, Revolutions, and Nations in the Americas, 1750-1850, John Tutino, ed., Durham, Duke University Press, 2016, pp. 71-104. Ver también José María Portillo Valdés, Crisis atlántica. Autonomía e independencia en la crisis de la monarquía hispana, Madrid, Fundación Carolina / Centro de Estudios Hispánicos e Iberoamericanos / Marcial Pons Historia, 2006.
32. Para esta crítica poscolonial del eurocentrismo, ver Stuart Hall, “The West and the Rest: Discourse and Power”, en Modernity: An Introduction to Modern Societies, Stuart Hall, David Held, Don Hubert y Kenneth Thompson, eds., Cambridge, Polity Press, 1995, pp. 184-227; Aníbal Quijano, “Coloniality and Modernity / Rationality”, Cultural Studies, vol. 21, nº 2-3, marzo/mayo de 2007, pp. 168-178; Walter D. Mignolo, The Darker Side of Western Modernity: Global Futures, Decolonial Options, Durham, Duke University Press, 2011; Edward W. Said, Culture and Imperialism, New York, Knopf, 1993; Dipesh Chakrabarty, Provincializing Europe: Postcolonial Thought and Historical Difference, Princeton, Princeton University Press, 2007.
33. John Beverley, Against Literature, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1993.
34. Aunque el Cambridge School ha insistido en la necesidad de contextualizar la historia de las ideas, su enfoque todavía consiste en interpretar obras escritas en libros y ensayos, en vez interpretar las peticiones, testimonios, y acciones de grupos populares. Quentin Skinner, “Meaning and Understanding in the History of Ideas,” History and Theory, vol. 8, nº 1, 1969, pp. 3-53.
35. Acerca de la historiografía sobre la esclavitud, ver Peter J. Parish, Slavery: History and Historians, New York, Westview Press, 1989.
36. Eden Medina, Ivan da Costa Marques y Christina Holmes, eds., Beyond Imported Magic: Essays on Science, Technology, and Society in Latin America, Cambridge, The MIT Press, 2014; Eden Medina, Cybernetic Revolutionaries: Technology and Politics in Allende’s Chile, Cambridge, The MIT Press, 2011.
37. Arnulf Grübler, Technology and Global Change, Cambridge, Cambridge University Press, 1998, p. 5.
38. En inglés esta escuela de investigación se llama “firsting”, una palabra que, desgraciadamente, pertenece al argot (aunque su crítica historiográfica es muy necesaria). Ver Lauren Beck, “Firsting in Discovery and Exploration History”, Terrae Incognitae: The Journal of the Society for the History of Discoveries, vol. 49, nº 2, septiembre de 2017, pp. 109-113; Jean M. O’Brien, Firsting and Lasting: Writing Indians out of Existence in New England, Minneapolis, University of Minnesota Press, 2010.
39. Se puede ver estos debates en la revista Journal of the History of Ideas.
40. James Sanders, Republicanos indóciles; para la primera edición, James E. Sanders, Contentious Republicans: Popular Politics, Race, and Class in Nineteenth-Century Colombia, Durham, Duke University Press, 2004.
41. Ver Mauricio Archila Neira y Nidia Catherine González, Movimiento indígena caucano: Historia y política, Tunja, Sello Editorial Universidad Santo Tomás, 2010; Joanne Rappaport, Cumbe Reborn: An Andean Ethnography of History, Chicago, The University of Chicago Press, 1994; María Teresa Findji y José María Rojas, Territorio, economía y sociedad Páez, Cali, Universidad del Valle, 1985; Brett Troyan, Cauca’s Indigenous Movement in Southwestern Colombia: Land, Violence, and Ethnic Identity, Lanham, Lexington Books, 2015; Fernanda Muñoz, “Los indígenas de Pasto y la construcción del Estado. Tierras de resguardo y disputas legales, 1850-1885”, en El siglo diecinueve colombiano, Isidro Vanegas, ed., Bogotá, Ediciones Plural, 2017, pp. 191-214; Nancy P. Appelbaum, Muddied Waters: Race, Region, and Local History in Colombia, 1846-1948, Durham, Duke University Press, 2003; Alonso Valencia Llano, Dentro de la ley, fuera de la ley. Resistencias sociales y políticas en el valle del río Cauca (1830-1855), Cali, Universidad del Valle, Centro de Estudios Regionales, 2008; Marcela Echeverri, Indian and Slave Royalists in the Age of Revolution: Reform, Revolution, and Royalism in the Northern Andes, 1780-1825, Cambridge, Cambridge University Press, 2016.
42. De Anselmo Soto Arana y E. León a los diputados, Popayán, septiembre 9 de 1871, en Archivo Central del Cauca-Popayán (en adelante ACC), Archivo Muerto, paq. 112, leg. 2.
43. Eliseo Payán, “Mensaje que el Presidente del Estado Soberano del Cauca dirije a la Lejislatura en sus sesiones ordinarias de 1865”, Popayán, julio 1 de 1865, en ACC, Archivo Muerto, paq. 90, leg. 49.
44. Del cabildo pequeño de indígenas de Yascual al presidente de la asamblea provincial, Túquerres, octubre 8 de 1852, en ACC, Archivo Muerto, paq. 48, leg. 4. Otros se también se refirieron a “nuestra república”; ver Parcialidad de indígenas de Fúnes al Presidente, Pasto, julio 27 de 1882, en Archivo General de la Nación-Bogotá, Sección República, Fondo Ministerio de Industrias-Correspondencia de Baldíos, t. 4, f. 136.
45. Reporte del pequeño cabildo de indíjenas de Jambaló, Jambaló, marzo 6 de 1866, en ACC, Archivo Muerto, paq. 94, leg. 54.
46. Del alcalde mayor indígena y los cabildos pequeños de la provincia de Túquerres al presidente de la cámara de representantes, Túquerres, diciembre 30 de 1848, en Archivo del Congreso-Bogotá, 1849, Cámara, Informes de Comisiones IX, f. 184. Ver también del gobernador y regidor del pequeño cabildo indígena de Rioblanco al jefe municipal, Popayán, octubre 4 de 1878, en ACC, Archivo Muerto, paq. 140, leg. 62.
47. Del alcalde mayor indígena del municipio de Obando (con firmas de las parcialidades de Potosí, Mayasquer, Yaramal, Cumbal, Guachucal, Muellmuez, Colima, Carlosama, Caserío de Pastas, Pupiales, Anfelima, Girón, Iles, Ospina y Puerres) a la secretaría de gobierno, Ipiales, marzo 4 de 1866, en ACC, Archivo Muerto, paq. 94, leg. 54.
48. De pobladores indígenas de Cajamarca al gobernador, Cajamarca, julio 30 de 1871, en ACC, Archivo Muerto, paq. 112, leg. 29; del Cabildo de Indígenas de Guachucal y Colimba a los diputados de Guachucal, agosto 12 de 1873, en ACC, Archivo Muerto, paq. 124, leg. 6.
49. Pequeño cabildo indígena de Genoy al presidente de la legislatura, Pasto, agosto 15 de 1877, en ACC, Archivo Muerto, paq. 137, leg. 18.
50. Nick Nesbitt, Universal Emancipation: The Haitian Revolution and the Radical Enlightenment, Charlottesville, University of Virginia Press, 2008; Laurent Dubois, A Colony of Citizens, ob. cit.
51. Marixa Lasso, Myths of Harmony, ob. cit.; Isidro Vanegas Useche, Todas son iguales. Estudios sobre la democracia en Colombia, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2010.
52. James Sanders, Republicanos indóciles, ob. cit., pp. 79-94; para la historia de los afro-caucanos, ver también Margarita Pacheco, La fiesta liberal en Cali, Cali, Ediciones Universidad del Valle, 1992; Germán Colmenares, Cali: Terratenientes, mineros y comerciantes. Siglo XVIII, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1997; Germán Colmenares, Historia económica y social de Colombia II. Popayán: Una sociedad esclavista, 1680-1800, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1997; José Escorcia, Sociedad y economía en el Valle del Cauca, tomo III. Desarrollo político, social y económico, 1800-1854, Bogotá, Biblioteca Banco Popular, 1983; Alonso Valencia Llano, Estado Soberano del Cauca: Federalismo y Regeneración, Bogotá, Banco de la República, 1988; Francisco Zuluaga Ramírez, Guerrilla y Sociedad en el Patía: Una relación entre clientelismo político y la insurgencia social, Cali, Universidad del Valle, 1993; Yesenia Barragán, “Free Black Women, Slavery, and the Politics of Place in Chocó, New Granada”, Revista de Estudios Colombianos, nº 47, enero-junio de 2016, pp. 57-66; Luis Ervin Prado Arellano, Rebeliones en la provincia: La guerra de los supremos en las provincias suroccidentales y nororientales granadinas, Cali, Universidad del Valle, 2007.
53. Los infrascritos miembros de la Sociedad Democrática de Cali al presidente del Estado, Cali, junio 1 de 1877, en ACC, Archivo Muerto, paq. 137, leg. 7.
54. Los infrascritos miembros de la Sociedad Democrática de Cali al presidente del Estado, Cali, junio 1 de 1877, en ACC, Archivo Muerto, paq. 137, leg. 7.
55. Thomas Bender, A Nation among Nations: America’s Place in World History, New York, Hill and Wang, 2006, p. 256.
56. Niall Ferguson, Civilization: The West and the Rest, New York, Penguin Books, 2011; David S. Landes, The Wealth and Poverty of Nations: Why Some Are So Rich and Some So Poor, New York, W.W. Norton, 1999; Samuel P. Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, New York, Simon & Schuster, 1996, pp. 46, 149.
57. Hay una nueva ola de obras que está redefiniendo la historia de democracia en las Américas. Fernando López-Alves, “Modernization Theory Revisited: Latin America, Europe, and the US in the Nineteenth and Early Twentieth Century”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 38, nº 1, 2011, pp. 243–279; Hilda Sábato, “La reacción de América: La construcción de las repúblicas en el siglo XIX”, en Europa, América y el mundo: Tiempos históricos, Roger Chartier y Antonio Feros, eds., Madrid, Fundación Rafael del Pino, 2006, 263-279; Guy Thomson, “Mid-Nineteenth-Century Modernities in the Hispanic World”, en When Was Latin America Modern?, Nicola Miller y Stephen Hart, eds., New York, Palgrave, 2007, pp. 69-90; Lucía Sala de Touron, “Democracia en América Latina: Liberales, radicales y artesanos a mediados del siglo XIX”, Secuencia, nº 61, enero-abril de 2005, pp. 62–98; Isidro Vanegas, Todas son iguales, ob. cit.; Laurent Dubois, A Colony of Citizens, ob. cit.; Hilda Sábato, ed., Ciudadanía política y formación de las naciones; Carlos A. Forment, Democracy in Latin America, 1760-1900, vol. 1, Chicago, The University of Chicago Press, 2003; Gerardo Caetano, ed., Diccionario político y social del mundo iberoamericano, v. 2: Democracia, Madrid, Universidad del País Vasco, 2014; José Antonio Aguilar y Rafael Rojas, eds., El republicanismo en Hispanoamérica: Ensayos de historia intelectual y política, México, Fondo de Cultura Económica, 2002; James Sanders, The Vanguard of the Atlantic World, ob. cit.
58. C. L. R. James, The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution, New York, Vintage, 1963.
59. David S. Landes, The Wealth and Poverty of Nations, ob. cit., p. 313.
60. H.W. Brands, American Colossus: The Triumph of Capitalism, 1865-1900, New York, Anchor Books, 2010.
61. Niall Ferguson, Civilization, ob. cit.; David S. Landes, The Wealth and Poverty of Nations, ob. cit.; Samuel P. Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, ob. cit.
62. Jürgen Osterhammel, The Transformation of the World: A Global History of the Nineteenth Century, Princeton, Princeton University Press, 2014, pp. 593-605.
SUBALTERNIDAD Y GÉNERO EN LA CULTURA POLÍTICA
Ishita Banerjee
El Colegio de México
¿Qué significa género y subalternidad en el contexto de la cultura política? ¿Son conceptos-categorías ontológicas y epistemológicas o son perspectivas útiles que nos ayudan a aproximar los mundos sociales en que vivimos y que queremos estudiar y comprender? Siguiendo el mismo planteamiento, ¿qué entendemos por cultura política? ¿Son palabras que evocan connotaciones fijas que confieren al conjunto “cultura política” un significado auto-evidente?
Trabajos importantes y debates dentro de la disciplina de antropología y de las ciencias sociales han afirmado que la cultura es mucho más que un sistema coherente de significados conformado por creencias exclusivas e inmutables, tradiciones cerradas y costumbres distintas de cada población. La cultura se define dentro de las relaciones históricas de producción y reproducción, y emerge críticamente mediada por las configuraciones cambiantes de conceptos como género y clase/casta, raza y edad, oficio y sexualidad. Además, tales relaciones y configuraciones, basadas en el poder, envuelven diversas representaciones de dominación y de subordinación, así como las negociaciones y contestaciones de la autoridad desde distintas arenas.63 Y, dado que las relaciones, procesos y mundos cambian, las modificaciones y transformaciones yacen en el corazón de la cultura.
La política a su vez implica mucho más que relaciones de poder institucionalizado, centrado en el Estado y sus sujetos y/o el ejercicio de autoridad fundada únicamente en el control de recursos políticos y económicos. Estas relaciones de poder y de significado están expresadas a través de procesos de dominación, control y formación de sujetos. El poder, se ha comentado, no es algo desencarnado, irreprochable y totalizador que emana de un centro abstracto o es ejercido por sujetos ya formados. Por el contrario, permea todas las relaciones de la vida cotidiana e involucra una variedad de sujetos. En este sentido, la cultura y la política están hondamente vinculadas. Si la cultura está permeada por relaciones de poder, la política entonces se moldea constantemente por su aprehensión por sujetos de distinta índole, dominantes y subalternos.
Un posible e importante punto de intersección entre la subalternidad, el género y la cultura política podría ser, entonces, una aproximación a los múltiples procesos históricos, socio-políticos, económicos y sociales que rigen la formación de sujetos y que a su vez quedan registrados en la “acción” de tales sujetos como individuos o en colectividades.
Subalternidad, subalterno, historia
Antes de hablar de la “cultura política” y la subalternidad es de suma importancia analizar y explicar qué se entiende por ellas. Tomando en consideración la propuesta del simposio de discutir y poner en cuestión los avances conceptuales, metodológicos e historiográficos sobre el tema, y debido a mis propias limitaciones de conocimiento acerca de la historia y la historiografía de América Latina, intentaré traer a colación algunos trabajos importantes sobre la subalternidad en el Sur de Asia para ver si nos ayudan a comprender mejor los mundos sociales en América Latina y abrir un espacio de debate sobre las posibilidades y los límites de las disciplinas académicas.
Cabe señalar que la palabra “subalterno”, de uso común ahora en trabajos académicos y arenas no-académicas, fue introducida en la historiografía por el proyecto de “Estudios Subalternos” del Sur de Asia hace más de tres décadas.
Una preocupación por la pluralidad y la heterogeneidad en los entendimientos de los pasados y las temporalidades, así como por las prácticas de la escritura de la historia, fue crítica para el proyecto elaborado por un grupo de jóvenes historiadores encabezados por Ranajit Guha, un distinguido historiador, a comienzos de la década de 1980. Aunque separados por una generación, estos historiadores compartían una mutua sensibilidad política y ética.64 El propósito de sus discusiones era establecer una nueva agenda para la historiografía del subcontinente indio, una agenda que reconociera la centralidad de los grupos subordinados —legítimos protagonistas pero desheredados— en la construcción del pasado. Un pasado que escogieron para analizar y recuperar desde una perspectiva diferente a la del periodo colonial que incluía la lucha nacionalista (siglos xviii a xx) en India para pensar críticamente en los límites de la nación india independiente.
Una declaración programática inicial definía su propósito como un esfuerzo “para promover una discusión sistemática e informada de temas subalternos en el campo de estudios del Sur de Asia para rectificar el sesgo elitista de gran parte de la investigación y el trabajo académico”.65 Este proyecto emprendió la elaboración de la categoría de lo subalterno —que tiene el significado “de rango inferior” en el ámbito militar—, derivada de los escritos de Antonio Gramsci. En su intento de recobrar lo subalterno como el sujeto de la historia, este colectivo buscó repensar la historiografía colonial de India enfocándose en las numerosas insurgencias campesinas en el periodo colonial, integradas normalmente como la “prehistoria” de la lucha nacionalista o la prehistoria de los movimientos socialistas en la historiografía. De forma comprensible, los miembros del grupo intentaron investigar y presentar sugerentes ensayos sobre “la historia, la política, la economía y la sociología de la subalternidad” junto con las actitudes, ideologías y sistemas de fe subalternas, es decir “la cultura que informaba tal condición” de subalternidad66 para así reconstruir las variadas trayectorias y la conciencia reflejada en los movimientos de los grupos subordinados con el fin de enfatizar la autonomía y la agencia de esas comunidades. En tales obras, la categoría de “subalterno” fue usada como una metáfora del atributo general de subordinación en el Sur de Asia.
La subordinación, en palabras de Guha, es una condición cuyo espectro de definición es muy amplio, por lo que se expresará en términos de casta, clase, edad, género, ocupación o en cualquier otra forma. Guha menciona en su ensayo introductorio de Estudios Subalternos I, “Sobre algunos aspectos de la historiografía de India colonial”, que los términos “pueblo” y “clases subalternas” son usados indistintamente como sinónimos.67 Lo hace también en su obra clásica Aspectos elementales de insurgencia campesina en la India colonial (1983) y considera que “representan la diferencia demográfica entre el total de la población india y todos aquellos descritos como ‘élite’”.68
En el análisis estructuralista de Guha, el binomio antinómico de dominación-subordinación es lo que distingue lo subalterno de la “élite”. En esta categorización si lo “subalterno” es enorme y heterogéneo, el rango de “élite” también es grande y plural debido a que está compuesto tanto por los grupos pequeños de colonizadores ingleses como por una gama de élite india que “ejercían control y dominación” sobre el subalterno.
El paso importante de dividir y separar la población india con base en relaciones asimétricas de poder permitió a Guha y al grupo de los Estudios Subalternos hacer una afirmación significativa: que el subalterno era un agente consciente y político. La “conciencia” de lo subalterno era “negativa” porque tomaba al otro —el dominador— como su punto de referencia. Es su condición de ser dominado, es decir, la conciencia de estar sometido a relaciones de poder desiguales lo que lo hace consciente y político.
Para demostrar con sutileza y gran fuerza los distintos elementos de la conciencia subalterna reflejados en sus “actos políticos”, Guha analiza más de 110 casos de insurgencia campesina y tribal en un periodo de 117 años, entre 1783 y 1900, que va desde el periodo inicial colonial bajo el mandato de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales hasta el cambio a una colonia directa de la Corona británica en la segunda mitad del siglo xix. Es importante notar que para continuar con sus argumentos de que las insurgencias campesinas tenían su propia lógica, las cuales se vinculaban con sus problemas, Guha se enfoca principalmente en un periodo anterior a la inauguración formal de la lucha nacionalista anti-colonial, con frecuencia identificada con la fundación del Congreso Nacional Indio en 1885 o los movimientos organizados por los socialistas. Es significativo también que Guha y los Estudios Subalternos vieron en el campesinado —un grupo enorme de gente con diferentes y variables derechos a cultivar la tierra— el representante idóneo de lo subalterno en India colonial. Esto se debe a que las formas de desarrollo capitalista en la agricultura eran muy débiles e incipientes en el periodo anterior a 1900 y la renta formaba una gran parte del ingreso derivado de la tierra. El elemento constante en la relación de la élite indígena y la inglesa con el “campesino” era la expropiación de los excedentes de la labor del campesino no por medio de las fuerzas del mercado, sino mediante el estatus y el poder de los propietarios y terratenientes en la sociedad local y en la estructura colonial.69 En tal contexto, la insurgencia representaba un acto político supremo porque el rebelde era completamente consciente de la consecuencia de su acto. Fallido el alzamiento, el destino que le esperaba era el castigo, un despojo total de su deber moral-colectivo marcado por una subordinación incondicional a sus superiores y la muerte. No es de sorprender que cada caso de rebelión haya sido ponderado mediante un balance cauteloso de los “pros” y “contras” por parte de los insurgentes, por medio de solicitudes a los superiores para obtener justicia así como de varias reuniones con los ancianos de las aldeas. Cuando no les quedaban otras alternativas, era cuando se levantaban. Y por tal razón, era posible rastrear y captar la conciencia colectiva subalterna en momentos de insurgencia/rebelión.
En palabras de Partha Chatterjee, un miembro importante del colectivo, Guha no intentó “dibujar rostros en la multitud, como lo habían sugerido los historiadores sociales radicales de Inglaterra y Francia”.70 Para Guha los campesinos insurgentes de India colonial eran políticos, no en el sentido del ciudadano burgués individualizado de la democracia liberal. Eran sujetos políticos en masa cuya racionalidad tenía que ser buscada en la vida colectiva de la comunidad campesina. Guha encontró sus respuestas en la estructura de la conciencia rebelde.71 Su trabajo clásico se dedicó a la recuperación de los aspectos elementales de la “conciencia”, quizá rudimentaria e ingenua, de los campesinos rebeldes para entender la experiencia de insurgencia y para afirmar que no se puede escribir una historia de la insurgencia como una narrativa de eventos sin sujetos.72 En otras palabras, Guha se dio a la tarea de reconstruir la conciencia de los campesinos insurgentes para colocarlos como sujetos y agentes propios de su historia.
El trabajo de Guha y del colectivo de Estudios Subalternos marcó un parteaguas en la ampliación del concepto de lo político al sacarlo de la esfera política institucional centrada en el Estado. Según ellos, existían dos esferas dentro de la acción política en India colonial. Una formal-institucional ligada a la élite y apegada a la institución británica donde la movilización para la intervención política era vertical. La segunda, no reconocida por la historia elitista, era la de los grupos subordinados. Ésta era casi autónoma de las instituciones políticas coloniales y fue gobernada por solidaridades horizontales en cuanto a la movilización —solidaridades de casta, clan o parentesco—. Es decir, no impulsadas por líderes políticos de partidos indios que vinieron de fuera para movilizar unas masas “pasivas” e inconscientes. La movilización en la esfera informal se dirigía contra la dominación, no sólo del estado colonial, sino también de los grupos dominantes indios. La esfera informal no necesitaba de la esfera formal para existir, pero la esfera formal dependía de la cooptación de la informal.73
Criticado posteriormente por ser muy general y estructuralista, la redefinición de lo “político” cambió radicalmente el modo de abordar las insurgencias campesinas,74 que no habían sido vistas como “políticas” porque carecían de un “programa político” bien definido y una ideología, debido a que englobaban una conciencia “pre-política” y primitiva, según los protagonistas marxistas de la “historia desde abajo” de Inglaterra y Francia.75 La lucha nacionalista liderada por el Congreso Nacional Indio también vino a ser analizada desde la perspectiva subalterna, por ejemplo, las visiones de los campesinos sobre líderes como Gandhi, visiones que lo hicieron un santo y un líder político al mismo tiempo: un Mahatma (alma grande). Desde esta perspectiva novedosa se analizaron los choques entre tales percepciones y las acciones basadas en ellas, y los intentos de Gandhi y del Congreso por controlar y disciplinar a los seguidores subalternos,76 subrayando con sutileza las brechas y tensiones en la interacción de las esferas formales e informales de la política.
Más importante aún, al sostener que el campesino era consciente y político, y que vivía y compartía la misma modernidad que las élites nacionalistas, los Estudios Subalternos ofrecían “unas de las más persuasivas demostraciones de la verdad de que el tiempo de la modernidad colonial y poscolonial fue heterogéneo, que sus prácticas eran híbridas, y que lo ‘arcaico’ fue, de varias maneras significativas, constitutivo de lo moderno”.77
Es importante detenernos aquí para considerar las implicaciones que tiene para la “cultura política” de los subalternos en América Latina esta manera de comprender a los subalternos como agentes conscientes y políticos. ¿Ayudarán los análisis y aportes de los Estudios Subalternos a definir e identificar a los “subalternos” en América Latina? ¿Quiénes son los subalternos? ¿Cómo sentían y percibían su subalternidad y cómo se reflejaba tal conciencia en su cultura política? Del mismo modo, ¿cómo se caracteriza su cultura política? ¿En actos de insurgencia, en grandes movimientos sociales y políticos, o en gestos pequeños de subversión en la vida cotidiana? ¿Refleja la cultura política subalterna en América Latina una consciencia colectiva o individual? Es posible que estos planteamientos nos ayuden a abordar el tema con una conciencia y una perspectiva diferentes.
Otro aporte importante de los Estudios Subalternos residía en una lectura crítica de los archivos coloniales, en los que las lagunas y silencios, así como las declaraciones de los funcionarios y administradores coloniales, ofrecían diferentes y nuevas formas de entender los acontecimientos y procesos. Una atención minuciosa al lenguaje del administrador o el juez colonial y una conciencia de preguntar por qué escribieron de la manera en que lo escribieron, permitió a los miembros del colectivo entrar en un diálogo con el archivo en que los mismos documentos hablaban en idiomas diferentes. Además de habitar el archivo existente de una manera diferente, construyeron un archivo basado en fuentes “no canónicas, poco sofisticadas, baratas, frecuentemente no destinadas para la prensa”, literatura de canciones, baladas, folletos, periódicos locales, almanaques y variedades de historias “no archivadas” que de alguna manera sobrevivieron, para complementar, enriquecer y cambiar el archivo canónico.78
Es importante apuntar que el concepto-entidad de subalterno fue elaborado subsecuentemente como una perspectiva donde las múltiples mediaciones y diversas modalidades —social, epistémica, cultural y discursiva— que apuntalaban la producción de sujetos subalternos fueron discutidas. Un resultado importante fue el impulso de desalojar a Occidente del lugar predominante de poder y conocimiento que se refleja en trabajos sofisticados como el de Dipesh Chakrabarty, entre otros. Para dar un solo ejemplo, al plantear la pregunta “¿quién habla en nombre de los pasados indios?” en su ensayo “La poscolonialidad y el artilugio de la historia: ¿Quién habla en nombre de los pasados ‘indios’?”,79 Chakrabarty abre el debate respecto a la silenciosa pero irrevocable presencia de “Europa” como el sujeto teórico de la disciplina académica de la historia, para su reflexión crítica. No es sorprendente que tales trabajos sean considerados como aportes importantes a la teoría y la perspectiva poscolonial, aunque en su análisis, Saurabh Dube plantea que los Estudios Subalternos nacieron bajo la marca de la nación y los estudios poscoloniales bajo el signo de la colonia.80
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