Kitabı oku: «305 Elizabeth Street»
305 ELIZABETH STREET

305 ELIZABETH STREET
© Iván Canet Moreno
© de la imagen de cubiertas: (Fotomontaje) littleny / Shutterstock
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Editorial La Calle
Iª edición
© Editorial La Calle, 2015.
Editado por: Editorial La Calle
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ISBN: 978-84-16164-56-1
Nota de la editorial: Editorial La Calle pertenece a Innovación y cualificación S. L.
Índice
Portada
Título
Copyright
Índice
CON LA PUERTA ABIERTA
PRÓLOGO
Primera Parte
1
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3
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6
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XXII
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XLV
Segunda Parte
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XXIII
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XLIV
XLV
Tercera Parte
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X
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EPÍLOGO
IVÁN CANET MORENO

305 ELIZABETH STREET
Introducción
Elvira C. García Vidales

Editorial La Calle
ANTEQUERA 2015
CON LA PUERTA ABIERTA
A veces pienso qué hubiera pasado con todas las palabras que he leído y he escrito durante estos tres años si el 30 de septiembre de 2012 no hubiera cogido aquel tren a Córdoba. Un tren en el que viajaban decenas de historias ansiando su llegada, y que en silencio, atravesadas por la misma secuencia de paisajes, se iban reflejando en las ventanas, confundiéndose con los rostros marcados por todo tipo de pensamientos.
No es suficiente cerrar o abrir una puerta, una maleta. Un viaje comienza cuando la búsqueda y la espera se entrelazan en nuestro interior, susurrando una hoja de ruta aún no trazada en ningún mapa, porque sólo puede existir con cada paso que damos, con cada decisión que vamos tomando…, asumiendo que, después de éste, jamás podremos volver; jamás seremos las personas que fuimos.
El calor abrazante y el olor a azahar no me sorprendieron: Córdoba no era una desconocida para mí. Pero sí lo era el Iván que conocí en ella, y todas las ciudades que lo habían construido por dentro: Alzira, Valencia, Londres y, por supuesto, Nueva York. Algo hay de búsqueda y de espera también en esos lugares que nos transforman, en esos lugares a los que viajamos. Es más, si me permiten ponerme lingüísticamente quisquillosa, me gustaría que agarrasen fuerte la palabra lugar, porque ésta es una palabra perfecta. Lugar guarda en sus posibles definiciones todas las dimensiones de un viaje: el espacio en sí y el ocupado por uno mismo, el tiempo, la prioridad, la oportunidad.
A mí, como a Iván —fíense, tendrán ocasión de comprobarlo—, nos obsesiona cómo llegamos a ellos; a los que sin saberlo siempre fueron nuestros lugares. El latido llama al latido. Una canción, un pensamiento inesperado, una conversación, la mayoría de las veces un libro, un/a autor/a, un poema —los poetas siempre están al final cuando la poesía debería ir siempre al principio.
Sea cual sea esa sutil semilla, es en ella donde empiezan a planearse las huidas —hacia delante—; huidas que esperan el encuentro con aquello que creemos buscar: ponernos a prueba, llegar al límite desconocido de la existencia. ¡Qué fina se dibuja entonces la línea que separa salir a buscar(se) y la huida! Partir —marcharse o abrirse— esconde el deseo de volver; de volver para volver a vivir. Pero nunca se puede empezar de cero, ¿no es cierto? No se puede, no, porque no se puede repetir el pasado.
Y así, entre tímidos compartires, fueron pasando las primeras semanas cordobesas. Un día de otoño, en el claustro del convento del Corpus Christi en el que convivimos juntos durante diez meses, fue Iván, lo reconozco, quien me invitó a desatender por unos minutos mis angustias creativas y a subir a uno de los inconfundibles taxis amarillos que zigzaguean por las calles de la Gran Manzana. No supe, ni quise, decirle que no —y hasta hoy.
Inesperadamente, Nueva York, la misma que no se encontraba entre mis preferencias en el pasaporte, se descubría entre luces discontinuas y cláxones desgañitados, mientras un —recién nacido— amigo de mirada aniñada y risa contagiosa me contaba las luces y las sombras de aquel lugar que nunca duerme. Lo imaginé como un gran casino que espera los sueños de miles de almas a las que atrapa, generando bajo su cielo una deuda eterna. Y donde sin embargo, a cambio, siempre ofrece la reinvención y la esperanza. La suerte, ya sabéis, tan esquiva y difícil de contentar: a veces de nuestra parte, mejor no tenerla de enemiga.
De pronto, ensimismada, ajena de nuevo en el reflejo de otra ventana, de otra secuencia de paisajes, oí aquella doble voz: <<He venido porque quiero ser escritor>>. Descolocada, volví la vista al interior del taxi. Iván me guiñaba un ojo mientras empezaba a desvanecerse en el asiento y un desconocido Robert Easly ocupaba su lugar —¿Qué hay en un nombre? Si otro nombre le damos a la rosa, con otro nombre nos dará ella su aroma. Su cuerpo estaba conformado de palabras de distintos tamaños, aunque una de ellas destacaba por bombear tinta a todas las demás desde su mano derecha: Héroes.
Robert —como Iván— había sido arrastrado hasta Nueva York (primero), hasta Córdoba (después), bombeado por esa fuerza incontenible y desbordante que te atraviesa y de la que ya no se puede escapar: las palabras. Las palabras… y sus silencios, por supuesto. Porque las palabras también callan y desaparecen, huyen, buscan, encuentran, esperan su lugar en alguna página en blanco donde ser sentido. Y aunque el/la escritor/a en ocasiones no lo comprenda, no les importa el tiempo que tarden en conseguirlo… Y créanme si les digo que para buscarlas y esperarlas hace falta amor… y libertad. Con alas del amor pasé estos muros, al amor no hay obstáculo de piedra y lo que puede amor, amor lo intenta.
Amar las palabras; a todas ellas. ¿Acaso no es inabarcablemente bello que de 27 letras puedan surgir todos los conceptos que rigen nuestra vida, nuestro lugar en el mundo? Precisamente es en los libros donde ese amor cobra su más pleno sentido porque, bajo ese código compartido, se buscan y se esperan —libremente—
quien escribe y quien lee…, conociéndose en el más intenso de los silencios, en el más silencioso de los secretos.
Tres años después, sin haber querido renunciar aún al reflejo en la ventana de este taxi —más viejos y leídos, más cómplices, más (re)queridos; eso sí— su voz al otro lado del teléfono ilumina un agosto umbrío al anunciarme que Robert y él están preparados para salir a buscar el lugar más esperado: el alma del lector/a. Por fin, después de incontables neurosis y risas histriónicas, de comas voladoras y amaneceres con sabor a resaca literaria —algunas costumbres sólo empeoran con el paso de los años— los prejuicios iban a ser abandonados en el paragüero de la entrada. Por fin.
Beat. Beat. Beat. ¡Vaya! El taxímetro reclama su parte… Discúlpenme si me he excedido, pero creo que ya es medianoche y me he dejado llevar por las palabras. Esperen, les propongo un trato: pago yo, si se bajan conmigo. Créanme —de nuevo— si les aseguro que ésta y no otra es la parada que buscaban, la parada que estaban esperando: bienvenidos/as al 305 de Elizabeth Street.
ELVIRA C. GARCÍA VIDALES
Residente de la XI Promoción de la Fundación Antonio Gala
305 Elizabeth Street
Parte del proceso de creación de esta novela
fue llevado a cabo durante la residencia del autor
en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores.

Esa noche pudimos ser héroes.
Siempre contigo en Rockland.
And you want to travel with him,
and you want to travel blind,
and you think maybe you’ll trust him,
for he’s touched your perfect body with his mind.
(Y quieres viajar con él,
quieres viajar a ciegas,
y crees que quizá confiarás en él,
porque ha tocado tu cuerpo perfecto con su mente).
Suzanne
LEONARD COHEN
PRÓLOGO
La primera vez que vi a Guido, al otro lado de la puerta de aquel maltrecho apartamento en el 305 de Elizabeth Street —y aunque sólo se tratase de un instante, apenas unos segundos que transcurrieron con la misma velocidad con la que los taxis atravesaban Times Square de noche, como pequeñas luciérnagas que zumbaban de aquí para allá y dejaban a su paso un rastro irregular de luminiscencia efímera—, no pude dejar de mirar sus ojos. De color acaramelado aunque con una diminuta y casi imperceptible veta verdosa, poseían un extraño y magnético destello que obligaba a quien se cruzaba con ellos a no desviar la mirada en ningún momento. Entonces yo acababa de desembarcar en la ciudad que nunca duerme y todavía me temblaban las piernas —desnudas y algo entumecidas, cabría apuntar— a causa de los acontecimientos a los que me había tenido que enfrentar un par de horas antes en el Washington Square Park: acontecimientos que, si bien cambiaron por completo el rumbo de mi vida, entonces se me antojaron únicamente como una amenaza que la ciudad de los rascacielos no dudaba en enviarme a gritos: «¡Vuélvete a casa, Bay Stater!».
El sonido que quizá más asocio a esa mirada de la que les estoy hablando es la voz grave de Leonard Cohen, de quien en 1979 yo no había oído hablar todavía. De pronto me viene a la memoria una habitación en penumbra y el disco New Skin for the Old Ceremony girando en el tocadiscos mientras Guido enciende un cigarrillo de marihuana de los que solía contener la bolsa de plástico que guardaba en el segundo cajón de su armario. Tumbados en la cama, los dos escuchamos los versos que el Lord Byron del Rock n’ Roll va desgranando lentamente a su querida Janis Joplin mientras dejamos que el humo del cigarrillo vaya nublando los recuerdos y las expectativas, los sueños también. Y como invocado, el magnetismo inexplicable de su mirada altera el curso de la noche, la tensión aumenta por momentos, oculta en los bolsillos de sus vaqueros negros desgastados; algunas calles más allá, las flores de hierro forjado se lamentan del frío en los balcones del Chelsea Hotel.
Ayer, después de la ceremonia, pasé de nuevo por el 305 de Elizabeth Street. La puerta de la calle estaba medio entornada y sentí curiosidad por saber quién vivía ahora en aquel lugar; así que crucé la calle, me acerqué hasta ella y empujé levemente. Al otro lado, lo que antaño solía ser el salón, con su mesa coja y su sofá desvencijado en el que solía dormir cada noche y el montón de la ropa sucia que esperaba en un rincón a que alguien la llevara a la tintorería de Mott Street, se había convertido en un taller de costura ilegal en el que se fabricaban bolsos y carteras de imitación, las mismas que cualquier turista podía encontrar por un par de dólares a lo largo de Canal Street. «¿Qué buscar?», me preguntó de repente un hombre más bien bajo y de ojos rasgados que acababa de salir de la que había sido en otros tiempos la habitación de Guido y que ahora posiblemente acogería un despacho improvisado o un pequeño almacén. Llevaba un bloc de notas en las manos y un lápiz algo grasiento le sobresalía del bolsillo de la camisa. «¿Qué buscar?», volvió a preguntarme al ver que seguía allí en la puerta, en silencio. Me di cuenta de que la pregunta adecuada no era qué estaba buscando, sino qué esperaba encontrar. Negué ligeramente con la cabeza, me di media vuelta y me alejé de allí dirigiéndome hacia Houston Street.
Caminé un par de minutos por Houston y decidí parar un taxi en la esquina con Lafayette. «¿Adónde?», preguntó secamente el conductor. «A la Ochenta y Uno con Colombus, por favor», le indiqué yo al mismo tiempo que cerraba la puerta. El taxista se puso en marcha de inmediato. Al cabo de unos semáforos en rojo me sorprendí al escuchar que en la radio empezaba a sonar Everybody Knows, de Leonard Cohen —la misma sorpresa, quizá, que la de aquella noche de camino al Bellevue cuando en la radio sonaba David Bowie y Sasha obligó al conductor a apagarla—. Extrañas coincidencias que te hacen sospechar que esta vida no va en serio. El conductor me dejó en la puerta del hotel en el que me hospedaba, le pagué la carrera y me bajé del vehículo. Tan pronto como el taxi dobló la esquina avenida abajo, el portero se acercó y me preguntó si me encontraba bien y si necesitaba ayuda. «No, gracias. No se preocupe», contesté. «Está muy pálido, señor Easly», insistió. «Hace demasiado calor», dije antes de cruzar la puerta de la entrada y perderme por el vestíbulo. Era diciembre.
Nada más llegar a la habitación me acerqué a los altavoces que me había regalado mi hijo mayor por Navidad —apenas los había estrenado— y conecté el teléfono. Busqué en la biblioteca musical del dispositivo y seleccioné Chelsea Hotel #2. La música empezó a sonar a medida que yo iba desabotonándome los puños de la camisa enfrente del espejo. «¿Qué buscar?», me dije a mí mismo al ver mi reflejo. Me dirigí al cuarto de baño y abrí el grifo de la bañera. Regresé a la habitación y lancé la camisa sobre la cama; después me acerqué a la ventana y observé Central Park. Al otro lado del parque vivía Martha. ¿Habría heredado la casa de sus padres? ¿Su estilo de vida, quizá? Leonard Cohen seguía llenando la habitación.
Te recuerdo bien… Me dirigí de nuevo hacia el cuarto de baño, me metí en la bañera y rompí a llorar.
Primera Parte
1
—Se la está follando, Robbie. No te quepa la más mínima duda —me dijo Brian con semblante serio a medida que le daba las primeras caladas a su cigarrillo.
El señor Shawn nos acababa de dejar en la puerta de la biblioteca de Pittsfield, un edificio cuya fachada de ladrillo visto y sus ventanas amarillentas por el paso del tiempo le conferían un aspecto viejo y ruinoso, con la promesa de recogernos en un par de horas y llevarnos de vuelta a casa. Brian rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó otro cigarrillo para mí. Aunque yo no había fumado nunca, no dudé ni un segundo en llevármelo a la boca. Brian se acercó con el mechero e intentó encendérmelo.
—Pégale una calada, Robbie, si no estamos haciendo el imbécil —me dijo.
El primer contacto del humo con mi garganta me produjo un extraño cosquilleo, un leve picor que me obligó a toser y, como consecuencia, el cigarrillo se cayó al suelo. Brian lo recogió con una sonrisa y me lo volvió a dar.
—Ya te acostumbrarás.
—¿De dónde los has sacado? —pregunté.
—Los guarda en la guantera del coche. No se dará ni cuenta de que le faltan un par de ellos —Brian dio tres o cuatro caladas más antes de lanzar el cigarrillo a tierra y apagarlo con la suela del zapato—. Se la está follando, Robbie —volvió a decir.
—¿A Lucy, la del quiosco? —Brian asintió. Yo también dejé caer mi cigarrillo al suelo, apenas consumido, y lo apagué—. ¿Cómo lo sabes?
—Lo sé —se limitó a responder—. Viene, se la folla en cualquier hotelucho de tres al cuarto a la entrada de la ciudad y luego regresa a casa como si nada hubiera ocurrido, con una amplia sonrisa y un ramo de rosas para mi madre. Ella las pone en vinagre, ¿sabes? Las rosas. También lo sabe.
—¿Tu madre también lo sabe? ¿Y no le dice nada? —Me sorprendió escuchar aquello. Brian se encogió de hombros.
—Mientras siga dándonos de comer... ¿Qué puede hacer además? ¿Divorciarse? ¿Quedarse sola? ¿Acaso tu madre es feliz así?
—Es distinto —respondí yo de inmediato.
—Tienes razón. Lo siento. Soy un capullo. ¿Entramos?
El vestíbulo de la biblioteca no daba mejor impresión que el exterior: apenas iluminado por un par de viejas y empolvadas lámparas de araña que colgaban temerariamente desde el techo. Tanto Brian como yo teníamos la extraña sensación de haber entrado en el lugar incorrecto, en el momento incorrecto. Por supuesto, estábamos allí porque no teníamos elección. Debíamos investigar, a petición del señor Houston, el decrépito profesor de Historia, acerca de El Motín del Té y qué relación guardaba dicho acontecimiento con los indios mohawk. El señor Shawn, el padre de Brian, al enterarse de dicha tarea, se había ofrecido rápidamente a llevarnos hasta allí en coche, ya que en Lanesborough, nuestro pueblo, no contábamos con biblioteca propia. Disponía así, según su hijo, de una excusa perfecta para perpetrar otra de sus escapadas con Lucy, la del quiosco. Por ello, dos horas más tarde, Brian no se sorprendió al ver que su padre nos esperaba a la salida con el coche en marcha, una amplia sonrisa y un ramo de rosas en el asiento del copiloto; por lo que arqueó las cejas y me susurró al oído antes de subir al vehículo: «Te lo dije».
La biblioteca estaba completamente vacía: un cementerio de libros al que ninguna viuda acudía a rezar a su difunto. Bajo una de las sucias ventanas de la pared que quedaba a la izquierda, se hallaban varios sillones de segunda mano dispuestos en un semicírculo desordenado alrededor de una pequeña mesa baja de madera. Encima de ella, descansaban algunos libros y un par de pequeñas cestas que contenían lápices de colores y folios mal recortados en cuartillas. Brian se acercó, cogió uno de los libros y se fijó en su colorida portada: Las aventuras del conejo Bunny: el huevo de pascua perdido. Se giró y me lo enseñó riéndose.
—No creo que ése sea el libro que andas buscando... —escuchamos de repente.
Brian se apresuró a dejar el libro encima de la mesa y ambos buscamos de dónde había salido aquella voz de mujer, dulce pero imponente. La señorita Taylor apareció de pronto por el estrecho pasillo que se abría entre las estanterías de baldas dobladas por el peso, cargada con más de una decena de libros apilados, y se dirigió a un pequeño escritorio; depositó allí los libros con suavidad y luego se giró para vernos. Y en ese preciso instante, aquella tarde de octubre de 1968, creo recordar que era viernes, al ver a la señorita Taylor, la bibliotecaria de Pittsfield, tuve mi primera erección.
2
El recuerdo de mi padre todavía me dolía. Poco había podido averiguar acerca de lo ocurrido aquella mañana en la que mi padre decidió abandonar esposa e hijos —a mi hermana Barbra, que por aquel entonces tenía ocho años, y a mí, con tan sólo cinco— y marcharse de Lanesborough sin decir ni adiós; y nada sabía tampoco del motivo por el que lo había hecho. Lo único que conocía de aquella historia era lo que mi madre y mi hermana me habían contado alguna vez: que se despertaron una mañana y al entrar en la cocina, se encontraron con una nota pegada en la puerta del frigorífico en la que se podía leer: «Lo siento. Lo intenté. No me odies demasiado». Mi padre se llevó con él todos los ahorros familiares que contenía el jarro de cristal que mi madre guardaba debajo del fregadero. También se llevó el coche.
Mi madre entró en un extraño estado de letargo que la mantenía en la cama más de lo que ella hubiese querido y que hizo que desatendiera el cuidado de la casa y de sus hijos; pero por fortuna tan sólo duró un par de semanas, quizá tres, y tan pronto como se dio cuenta de que llorar y dormir no iban a traer de vuelta a mi padre, se levantó de la cama y salió de casa con la intención de seguir adelante con nuestras vidas. Encontró un trabajo como ayudanta de la modista del pueblo y los domingos preparaba bizcochos que luego llevaba al restaurante de Tom Affley para que éste los vendiera allí durante la semana. «Saldremos adelante. Ya lo veréis», nos repetía cada vez que la veíamos en la mesa del comedor contando y recontando las monedas ganadas a lo largo del día. Y lo cierto es que sí salimos adelante.
A mi hermana Barbra le costó un poco más superar aquello. Aunque nunca había destacado en la escuela primaria, desde que mi padre nos abandonó, sus resultados empezaron a caer de forma alarmante, hasta el punto en que su profesora, la señora Gracey, recomendó a mi madre que Barbra repitiera curso. Un sentimiento de apatía acompañó desde entonces a mi hermana durante los años siguientes, sentimiento del que no se desprendió hasta que llegó al instituto y conoció a Carl, un bruto jugador de fútbol dos años mayor que ella, mal estudiante y peor persona. Si he de serles sincero, les diré que nunca me cayó bien. Siempre me pareció un cromañón violento y estrecho de miras, uno de esos hombres que se creen muy hombres, que beben cerveza a todas horas, escupen en la calle para acentuar su virilidad y llaman a sus mujeres muñecas mientras las sujetan por la cintura. Carl no era un buen tipo; sin embargo, yo no tenía más remedio que sonreír y guardarme estas reflexiones para mí —y para Brian—. Había visto a Barbra tan apagada durante tantos años que lo único que me importaba entonces era que fuera feliz, aun con Carl. Sin embargo, todo cambiaría aquella fría noche a la puerta de The Works. Pero será mejor que no adelante acontecimientos.
Volviendo al asunto de mi padre, y por lo que a mí respecta, al enterarme de la noticia decidí escaparme de casa. No lloré ni monté en cólera, tampoco grité ni rompí nada: simplemente, eché a correr. No sé por qué, no lo recuerdo bien —sólo tenía cinco años—, pero sí recuerdo que abrí la puerta de la calle y empecé a correr con todas mis fuerzas, sin dirección alguna, eligiendo qué ruta seguir de modo instintivo: ora giro por esta calle, ora sigo recto. No fui muy lejos, tan sólo llegué a la explanada del árbol seco antes de que mi madre me alcanzara. Cuando llegué allí, me detuve, quizá por el cansancio, y observé que había otro niño de mi edad que estaba jugando a la pelota. La pateaba contra el tronco carcomido del árbol seco y ésta rebotaba y volvía a sus pies. De repente se dio cuenta de mi presencia, cogió la pelota en la mano —una pelota marrón de cuero cosido— y se acercó a mí. Su madre estaba hablando unos metros más allá con alguna vecina y apenas le prestaba atención a su hijo. «¿Quieres jugar?», me preguntó, tendiéndome la pelota. Antes de poderle contestar, mi madre me cogió por el brazo y, dándole gracias al cielo y a no sé quién más, me dijo que estaba castigado y me pegó un tirón de oreja en dirección a casa. Mientras subía las escaleras camino de mi habitación, me di cuenta de que no había tenido la oportunidad de preguntarle a aquel niño su nombre. Yo no tenía amigos. En mi calle no había niños: sólo mujeres, algunas casadas, y el viejo señor White. Años más tarde, Brian y yo no podríamos evitar sonreír al recordar la forma en la que nos habíamos visto por primera vez.
3
Vicky —la señorita Taylor, la bibliotecaria de Pittsfield— era la mujer más guapa que yo había visto en mis doce años y medio de vida, por lo que no era de extrañar que aquella deslumbrante visión me provocara mi primera —y algo avergonzada— erección. Sus cabellos color caoba intenso descendían salvajes, pero con extraña elegancia, hasta la mitad de su espalda, formando sinuosas ondulaciones; y sus ojos negros, tan negros como el plumaje del mirlo, no dudaban en atravesarte y dejarte temblando allí mismo, enfrente de su escritorio repleto de libros y cuadernos abiertos. Tenía la piel ligeramente bronceada y su sonrisa era delicada, pero resuelta.
Aquella tarde Vicky nos ayudó a redactar nuestro trabajo para la clase de Historia del señor Houston —ya saben: El Motín del Té, los Hijos de la Libertad disfrazados de indios mohawk, Inglaterra cabreada, Boston patas arriba… Si me permiten el inciso, no me dirán que no les gustaría ver a cierta exgobernadora de Alaska y a cierta congresista de Minnesota juntas en un mismo escenario y disfrazadas de indios mohawk en defensa de la pervivencia del partido del té. Bien, será mejor que volvamos a Vicky—. Nos sentamos en dos de los sillones que estaban dispuestos en semicírculo y Vicky se llevó los libros que había encima de la mesa baja y las cestas con colores y cuartillas para que pudiéramos trabajar mejor. Mientras ella nos buscaba por las distintas estanterías manuales o enciclopedias que pudieran servirnos, Brian miraba distraído el aleteo de una abeja que entraba y salía por la ventana y yo miraba el grácil contoneo de caderas de Vicky. A pesar del tiempo que perdimos sin escribir una palabra, inmersos en nuestros pensamientos —yo además preocupado por la erección que parecía no tener intención de remitir—, la colaboración de Vicky fue de gran ayuda (incluso nos dibujó dos hombres disfrazados de mohawk, uno por cuaderno) y finalmente conseguimos un notable alto que el señor Houston nos puso a regañadientes —no éramos en absoluto sus alumnos favoritos—.
Al cabo de unos días, tan pronto como transcurrió el fin de semana, eché de menos la compañía de Vicky —no hace falta decir que tal vez también echara de menos lo que dicha compañía provocaba en mi cuerpo—, así que intenté convencer a mi madre para que me llevara a Pittsfield, ya que Brian se había prometido no volver a esa clase de tugurios —identifíquese el tugurio con la biblioteca— salvo en caso de extrema necesidad o petición, bajo amenaza de suspenso, por parte de algún miembro del profesorado. Mi madre, que siempre andaba atareada la pobre, siempre con alguna falda que coser o algún dobladillo que reparar, me dijo que ella no podía llevarme, pero que lo intentara con el viejo señor White, nuestro vecino gruñón y cascarrabias que vivía en el treinta y seis de nuestra calle. Desde que mi padre nos abandonó —hacía ya siete años— el señor White se había empezado a comportar de manera sospechosamente amable con nosotros, y por ese nosotros me refiero especialmente a mi madre, con la que coqueteaba a menudo y de forma descarada. «Se la quiere follar, Robbie», me había advertido Brian, como siempre tan observador y preciso.
Aquella tarde decidí aprovecharme de ese tonteo que mantenía el señor White con mi madre y le pedí que me llevara a Pittsfield. Él me miró fijamente, apoyado contra la jamba de la puerta de entrada de su casa —no me invitó a pasar dentro, nunca antes lo había hecho— y me dijo que no, que aquella tarde no, pero que él iba a visitar a su madre a la residencia, que estaba en Pittsfield, los miércoles y los sábados (era lunes) y que si quería podía ir con él. Me dejaría a la entrada del pueblo y luego me recogería en el mismo lugar una hora más tarde. A falta de otras alternativas mejores, accedí encantado.
Cuando el miércoles entré por la puerta de la biblioteca —la misma sensación extraña al pasar por debajo de las lámparas de araña que se mecían levemente con la brisa que entraba por las ventanas—, Vicky estaba sentada y repasando el registro de préstamos que llevaba en un cuaderno color ocre. Al escuchar mis pasos, levantó la mirada, se quitó las gafas de montura negra —no sabía que las necesitara; el viernes anterior no las llevaba puestas— y sonrió.
—Así que has vuelto, Robert. —Que yo recordara, era la primera persona en mucho tiempo que me llamaba por mi nombre completo. Todos en Lanesborough me conocían por Robbie, el pequeño e inocente Robbie. Pero para Vicky, yo no era Robbie: yo era Robert, y eso me gustó. Me gustó demasiado: tanto que tuve que colocar la mochila delante de mis piernas para ocultar una nueva erección—. ¿De qué se trata esta vez? Déjame adivinar. ¿Matemáticas? ¿Geografía?
—Nada de eso. —Sonreí, e imaginé la cara de bobo que se me habría puesto con esa sonrisa, así que volví al semblante serio y distinguido de Robert, no de Robbie, e intenté mantener la calma y la elegancia que mi nuevo estatus me requería—. Vengo para leer.
—¿Vienes para leer? —Vicky no renunció a la sonrisa—. Pues estás en el lugar idóneo. Siéntate. Te buscaré un par de libros. ¡Ah! —Sacó de repente del primer cajón una pequeña cajetilla de cartón verde repleta de galletitas hexagonales recubiertas de azúcar—. Coge una: están deliciosas. Son de frambuesa.
4
Después de un par de meses acudiendo todos los miércoles y sábados a la biblioteca de Pittsfield en el destartalado Chevrolet Camaro del señor White, a excepción de aquellas tardes en las que éste se encontraba acatarrado, o con dolor de articulaciones, o simplemente cansado; y después de haber sabido dominar mínimamente las inoportunas y automáticas erecciones que sufría cada vez que veía a Vicky —bueno, no sé si sufrir es el término correcto en este caso—, decidí pedirle a mi bibliotecaria —y era mía, puesto que rara vez la tenía que compartir con alguien más— que me dejara leer libros de verdad, porque ya estaba cansado de esa mierda de literatura para jóvenes que tenían allí. «¡Robert, los modales!», me reprendió ella.
—Está bien —accedió—. Si quieres leer libros de verdad, no seré yo quien te lo impida. Sígueme —me ordenó al mismo tiempo que se levantaba de su escritorio y se encaminaba por el pasillo central que se abría entre las hileras de estanterías.
Caminamos en silencio hasta el extremo más alejado de la puerta y una vez de frente con la última estantería —grandiosa y dividida en segmentos equidistantes, con puertecillas de cristal en cada uno de ellos, que podían cerrarse con llave a pesar de estar abiertas de par en par, con mapas enrollados y fotografías y documentos plastificados— giramos hacia la derecha y nos adentramos en uno de los estrechos pasillos laterales. Vicky se detuvo a la mitad del mismo y dio media vuelta, fijando su mirada en mí.
—Bien, empecemos por aquí. Éste es el pasillo catorce, fácilmente reconocible por el cartel que reposa ahí arriba, en el extremo de la tabla superior de la estantería —Una pequeña cartulina blanca llena de polvo indicaba un número catorce cuyas líneas empezaban a flaquear—. La biblioteca está organizada de la siguiente manera: a la derecha, las estanterías pares; a la izquierda, las impares. Aquella estantería del fondo —señaló la que acabábamos de dejar atrás, la de las puertecillas de cristal— es la estantería quince: la última. Contiene los mapas, los tratados de Cartografía, los documentos topográficos, los manuales de Geografía… No creo que sean de tu interés.
Vicky se giró hacia la estantería que teníamos delante —la catorce— y buscó con el índice un libro. Fue leyendo con gran rapidez los títulos impresos en los lomos de aquellos volúmenes encuadernados hasta que consiguió el que quería: un libro cuyas cubiertas eran rojas como la sangre y cuyo título estaba escrito en letras doradas.
—La estantería catorce alberga la literatura inglesa. Y por literatura inglesa me refiero a la vieja Inglaterra, tierra de reinas. —Vicky me entregó el libro que tenía en sus manos—. ¿Has leído Romeo y Julieta?
—¿Romeo y Julieta? ¿Pretendes que lea Romeo y Julieta? ¡Todo el mundo conoce su historia! ¡Son famosos! —me quejé yo.
—No has contestado a mi pregunta, Robert. —Vicky avanzó un par de pasos más—. Verás, hay dos tipos de lectores: los que leen para conocer la historia que se les cuenta y los que leen la historia que se les cuenta para poder conocer.
—¿Para poder conocer qué? —pregunté yo ingenuamente. Vicky sonrió. (Ella tampoco contestó a mi pregunta).
—Por supuesto, si lo prefieres, hay mucho más Shakespeare que Romeo y Julieta. Aquí tienes El Rey Lear, aquí está Macbeth, ¡cómo no! Seguido de Hamlet, aquí a su lado… El Mercader de Venecia, ¡qué gastado está! No será por su índice de préstamos, eso te lo aseguro… La tormenta…
—¿Sólo tenéis Shakespeare? —pregunté mientras observaba cada uno de los libros que me iba indicando.
—No, por supuesto que no. Aquí. —Dio un par de pasos más— está Wilde. La mitad de los libros de Wilde los tengo yo en mi escritorio. Entre nosotros te diré que soy una enamorada de Wilde. El retrato de Dorian Gray es sumamente inquietante. También tienes El abanico de Lady Windermere o La importancia de llamarse Ernesto. No, este último no está. Lo tendré yo por los cajones. ¿Sabes? Es curioso. Tenemos a Wilde en literatura inglesa, pero lo cierto es que él era irlandés. Supongo que de haber dedicado una estantería a la literatura irlandesa no habrían sabido con qué rellenarla. Sigamos.
Llegamos hasta el final de la estantería antes de detenernos de nuevo.
—Saluda a Charles Dickens, Jane Austen, Charlotte Brontë, Lewis Carroll, sir Conan Doyle… ¡Ian Fleming! Casino Royale puede gustarte. A los chicos os gustan esas cosas, ¿no? Espías, agentes especiales, chicas despampanantes, tramas ocultas…
—Bueno… —dije sin mucho convencimiento.
—Aquí abajo guardamos a los poetas. —Vicky señaló la balda inferior—. Auden. Keats. Elliot. Los poetas siempre están al final cuando la poesía debería ir siempre primero.
Giramos hacia el pasillo anterior.
—Pasillo doce: literatura europea. ¿Qué diantres…? —Vicky parecía haber visto algo en la balda superior, a la que no lograba alcanzar por mucho que estirara el brazo, mucho menos la alcanzaba yo con lo pequeño que era por aquellos entonces.
Vicky trajo consigo la escalera corrediza que había en el extremo de la estantería y subió por ella hasta que cogió un libro y me lo entregó.
—El principito, de Saint-Exupéry. Éste debería estar al alcance de todos y no allá arriba condenado al ostracismo. No dudes en leerlo. Es una pequeña joya. Y el zorro es de lo más encantador…
—¿El principito? ¿Ésta es una novela adulta?
—Querido, cuando vuelvas la próxima vez deja los prejuicios en el paragüero de la entrada —se limitó a contestar con cierta ironía mientras descendía de nuevo la escalera—. ¿Te has fijado en esos ejemplares? Robustos, excelsos… Son los clásicos, por supuesto. Cervantes y su ingenioso hidalgo, Victor Hugo y su miserable Jean Valjean, Homero y su Odiseo aventurero, Dante Alighieri y su descenso a los infiernos… Si quieres una recomendación, espera un poco antes de empezar a leer a los grandes, hasta que puedas al menos sostenerlos en las rodillas sin que éstas peligren por el peso… De lo contrario corres el riesgo de una fractura y, lo que es peor, de llegar a aborrecerlos. Y eso sí que sería una lástima. Una verdadera lástima. Los rusos están allá —señaló hacia el segmento de estantería más cercano a la pared—. Tolstói y Dostoievski. No tenemos muchos más. Por aquí no se aprecia demasiado a los rusos. Tú ya me entiendes —pero yo no la entendí. Claro que por aquel tiempo poco sabía yo de las tensiones entre Estados Unidos y Rusia, de teléfonos rojos y bahías soviéticas de cochinos.
Seguimos avanzando en nuestro particular tour por la biblioteca.
—El pasillo diez está dedicado a la literatura oriental. El resto de pasillos de la parte derecha están dedicados a la literatura norteamericana. No voy a nombrar a todos los autores que disponemos, así que ¿por qué no te das una vuelta y eliges lo que más te guste? ¡Ah, sí! ¡Gatsby!
Vicky se dirigió al pasillo número cuatro y yo la seguí. Buscó rápidamente entre los libros, como acostumbraba a hacer, sacó un volumen delgado y me lo entregó con una sonrisa.
—No hay nada más clásico y más americano que Gatsby. Scott Fitzgerald es una manera bastante buena de iniciarte en los libros de verdad. —La manera que tuvo de pronunciar libros de verdad sonó ligeramente a burla, pero una burla dulce que no me ofendió en absoluto, más bien al contrario.
Mientras Vicky se dirigía hacia su escritorio, yo me agaché a la balda inferior de aquella estantería y extraje un libro de cubiertas gastadas en negro.
—Jack Kerouac —leí en voz alta—. ¿Quién es Jack Kerouac, Vicky?
Ella se sentó en su silla y apoyó los codos encima de la mesa al mismo tiempo que esbozaba media sonrisa.
—Era cuestión de tiempo, supongo, que encontraras al señor Kerouac. No me sorprende en absoluto. Hay algo de beat en ti, y ya se sabe: el latido llama al latido.
—¿Beat? —pregunté extrañado.
Le di la vuelta al libro, que no era otro que En la carretera, y leí la pequeña sinopsis que había escrita en la contraportada, apenas un par de líneas que describían vagamente los viajes de Sal Paradise y Dean Moriarty a través del país. «La obra definitiva de la Generación beat», rezaba una cita como punto final.
—Nadie puede definir la Generación beat, Robert. Y todos aquellos que afirman lo contrario están equivocados. Créeme —Vicky respondió sin levantar los ojos de uno de sus cuadernos antes de que me diera tiempo a preguntarle—. Venga, cógelo y ven aquí que lo anote en el registro. Y coge también ése delgado que está a su lado.
—¿Cuál? —pregunté mecánicamente.
—¿Qué? Yo no te he dicho nada…
5
Recuerdo haberme llevado a casa En la carretera, de Jack Kerouac, y haberlo leído en tan sólo una semana, o semana y media. Apenas dormía por las noches, los deberes ya no me preocupaban en absoluto y me pasaba las clases del señor Houston camino de San Francisco, y luego Hollywood, y luego Texas, para volver finalmente a Nueva York y echarme de nuevo a la carretera, esta vez hacia Carolina del Norte. El director Jerrot me llamó a su despacho y se mostró preocupado porque todos los profesores le habían comunicado que mi rendimiento escolar había caído en picado en los últimos días —me imaginé a los profesores reunidos a la hora del recreo, todos con sus agendas y sus notas, escuchando al profesor Key, el de Matemáticas, que había empezado a hablar de forma alterada: «¡Qué más da que un tercio de mis alumnos haya suspendido el examen de ecuaciones! Lo importante es que Robert Easly, el chico callado de la última fila, que nunca da problemas, se ha olvidado de hacer los deberes. ¡Tenemos que actuar rápidamente! De lo contrario, las consecuencias pueden resultar catastróficas a nivel estatal, o nacional… ¡O incluso mundial!»
—Te estás volviendo majara —me comentó Brian cuando le describí la escena—. Tantos libros no te pueden hacer bien. Acabarás amargado, en una casa repleta de gatos histéricos y ninguna chica te querrá. O peor aún… acabarás siendo un marica solitario —Se rio.
—Tú sí que acabarás siendo un marica solitario. —Me defendí.
—Eso es imposible. ¿Sabes por qué? —Brian se acercó a mí hasta el punto que empecé a ponerme nervioso—. Porque si fuera marica me enamoraría de ti y entonces seríamos dos maricas, pero no solitarios —Brian soltó una tremenda carcajada, me dio un empujón y salió corriendo con la intención de que lo persiguiera.
Al llegar a casa esa misma tarde encontré a mi madre en el salón, acabando de marcar con agujas una chaquetilla de color azul claro.
—Robbie, cielo —me llamó antes de que pudiera escaparme escaleras arriba—. He hablado con el director Jerrot. Dice que los profesores están teniendo quejas acerca de tu rendimiento. ¿Qué te ocurre? Tú siempre has sido un buen estudiante. ¿Tienes algún problema? ¿Es…? ¿Es por papá?
—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! No te preocupes, mamá. No me pasa nada.
—Prométeme que te esforzarás más, hijo.
—Te lo prometo —le dije, y acto seguido me marché a mi habitación, cerré la puerta, me lancé sobre la cama, saqué En la carretera y me zambullí de nuevo, esta vez en Saint Louis, Missouri.
Cuando acabé de leer En la carretera algunos días después, supe de inmediato que quería ser escritor. Lo supe tan pronto como le di la vuelta a la última página. Después de En la carretera, llegó Aullido y otros poemas, de Allen Ginsberg, el volumen delgado que Vicky me había animado a coger de manera tan sutil. Sus versos causaron un gran impacto en mí —era la primera vez que leía algo tan descarnado, tan crudo, tan feroz— y aunque en aquellas primeras lecturas no lograba entender todo lo que leía, las páginas de dichos libros no hicieron sino reforzar mi empeño de dedicarme en cuerpo y alma a la literatura.
Le conté a Vicky, al miércoles siguiente, mi propósito de convertirme en escritor. Ella sonrió, abrió el primer cajón del escritorio, sacó la cajetilla de cartón verde que contenía las
galletas —esta vez eran de limón— y lo celebramos. Luego, antes de nuestra vuelta por las estanterías en busca de nuevas historias que leer, me deseó la mayor de las suertes.
Me pregunto si algún día encontrará algún ejemplar de esta novela y la leerá, o alguien se la leerá. Me pregunto si aún se acuerda de mí.
6
Cuando llegó la señora Strauss yo ya había podido leer muchos de los libros que me prohibiría esa vieja harpía. Todo ocurrió durante el verano de 1971. Yo ya había cumplido los quince años, había crecido bastante —lo que comúnmente se denomina pegar el estirón— y por entonces ya medía casi metro setenta y cinco. Me había empezado a salir algo de barba y me preocupaba por afeitármela cada dos o tres días, no demasiado, para que todos pudieran constatar que ya no era un niño, aunque mi madre siguiera empeñada en tratarme como tal. También había solucionado el tema de mi nombre y ahora todos me llamaban Robert, a excepción de Brian que se negaba a dejar de llamarme Robbie —y de hecho, sigue llamándome Robbie a mis 57 años de edad—. Había conocido, hacía unos meses, a una chica llamada Claire y había empezado a tontear con ella. Claire era la hija de los Spencer, uno de los matrimonios vecinos de la calle colindante, y los fines de semana salíamos a dar un paseo o, si convencíamos algún domingo al señor White para que nos llevara a Pittsfield, íbamos al teatro y luego a tomar un helado después de la representación. Solía llevarla a ver Shakespeare. Por aquel tiempo ya me había dado tiempo a leerme gran parte de su obra teatral y me gustaba la cara que se le quedaba a Claire cuando, sentados en una de las mesas de la heladería, le hablaba de tal o cual personaje o valoraba si la representación había sido fiel o no a la obra en cuestión. A ella le gustaba oírme recitar Romeo y Julieta y me lo pedía una y otra vez. Le gustaba que me acercara a su cuello y le susurrara: Con alas del amor pasé estos muros, al amor no hay obstáculo de piedra y lo que puede amor, amor lo intenta. Entonces Claire se estremecía y se giraba con discreción para besarme: casi siempre besos cortos, besos efímeros, un leve contacto entre nuestros labios que acababan separados demasiado pronto. Fue con esta cita de Romeo y Julieta con la que conseguí tocarle las tetas por primera vez. Y me gustó la experiencia, ¡vaya si me gustó!, pero lo cierto es que no pude evitar pensar en cómo sería acariciarle los pechos a Vicky.
El tercer sábado de agosto de aquel año fue cuando me lo dijo. Esperó hasta los últimos cinco minutos, cuando yo ya estaba preparándome para salir de allí.
—Espera, espera un momento… ¿Te vas? ¿Adónde? —le pregunté. No podía creer lo que acababa de escuchar. Vicky no podía irse, no podía abandonar la biblioteca. Lo único amable de aquel lugar era ella y si se marchaba…
—Seattle. Una biblioteca más grande, un horario más reducido, un mejor salario. ¡Me han dicho que hasta tienen una fotocopiadora! No me mires así… No tengo elección.
—Sí, sí que la tienes —le respondí de inmediato.
—¿Ah, sí? —respondió ella con una sonrisa.
—Puedes quedarte. Puedes implantar un sistema de cobro por libro prestado y... podemos hablar con el alcalde de Pittsfield o con quien esté al mando de todo esto y reducir tus horas de trabajo. No creo que nadie se queje, ¿no? Al fin y al cabo, no suele venir mucha gente por aquí. Y podemos también…
—Robert, Robert… —Me cogió las manos—. Me voy.
—¿Y qué pasa conmigo? —Vicky sonrió al escuchar mi pregunta.
—¿Te das cuenta de que parecemos una pareja de enamorados?
—Vicky, yo… —Tragué saliva—. Yo te quiero.
—No, Robert. Tú no me quieres. Tú sientes amor por los libros, no por mí. Yo simplemente he sido una intermediaria.
Me quedé mirando sus ojos negros por un instante. Yo sí la quería, aunque era un sentimiento distinto al que tenía por Claire, o incluso por Brian —aunque entonces no tenía muy claro si un hombre podía querer a otro hombre. Pero Brian no era un hombre: Brian era Brian. Y por Brian sentía amistad, que no amor. Con el tiempo he aprendido que no hay amor más pleno que la profunda y verdadera amistad.
Vicky buscó por encima del escritorio hasta que encontró un sobre cerrado que llevaba mi nombre como destinatario.
—Robert, esto es para ti. —Me lo entregó.
—¿Qué es? —pregunté examinándolo.
—Prométeme que no lo abrirás hasta llegar a casa. ¿Lo prometes? —Asentí—. Y ahora, vete. No querrás hacer esperar a tu vecino, ¿verdad?, ya sabes que no es de buena educación.
Vicky sonrió y así pude disfrutar de su sonrisa por última vez. Me fijé durante unos instantes en sus cabellos color caoba, alborotados sobre sus hombros, deslizándose espalda abajo, también en su piel ligeramente bronceada, en sus delicados labios, y me vino a la memoria lo que sentí la primera vez que la vi. En esta ocasión no tuve ninguna erección —por suerte el periodo de erecciones involuntarias, con la inseparable vergüenza que éstas me producían, ya había quedado atrás—, pero esa especie de electricidad que me hizo temblar enfrente de su escritorio, ese cosquilleo que me recorrió los brazos, eso sí que lo volví a sentir. Y me entristeció saber que, esta vez, se trataba de una despedida.
Cuando salí por la puerta escuché un «hasta pronto, Robert» que me sonó como un «hasta nunca, Robert» y tuve que
esforzarme por contener las ganas de llorar. No la volví a ver más. Al cabo de unos días llegó la señora Strauss, una antigua profesora de la escuela primaria de Pittsfield que había sido despedida y nadie sabía el motivo, aunque todos especulaban acerca de ello. La teoría más verosímil y que parecía ganar fuerza con el paso de los días era que la señora Strauss le había lanzado un trozo de tiza a la cabeza de uno de sus alumnos cuando éste no supo decirle la capital del estado de Nuevo México, y que luego lo había cogido por las piernas y lo había lanzado por la ventana —aunque todo el mundo suponía que esta última parte era más un adorno del narrador que un hecho probable.
La señora Strauss no tardó en limpiar el escritorio que solía ser de Vicky y en devolver las obras de Wilde a su estantería. Se deshizo de las galletas que su predecesora solía guardar en el primer cajón y, en su lugar, dejó allí dentro algunas revistas de cotilleos, una cajetilla que contenía bolsitas de té y un surtido generoso de bombones rellenos de licor. Su siguiente medida fue cerrar las ventanas —«las bibliotecas tienen que oler a cerrado», dijo—, ordenar los sillones en una línea recta cuasi perfecta —«sin orden, no hay disciplina; sin disciplina, no hay nada»— y se deshizo de las cestas que contenían los lápices de colores y las cuartillas —«aquí se viene a leer, no a dibujar»—. La primera vez que la vi sentarse en su sillón de bibliotecaria, dejar los pies encima del escritorio, escupir el chicle que estaba mascando en la papelera y llevarse un bombón relleno de licor a la boca, tuve la inequívoca sensación de que todo había cambiado. Y no para mejor.
7
Cuando el señor White me dejó en casa aquella tarde de agosto de 1971, me encontré con la desagradable sorpresa de que mi madre había organizado una cena familiar, lo que la incluía a ella, a mi hermana Barbra, a mí… y a Carl, convertido en novio oficial y nuevo miembro de la familia. Crucé el pasillo a toda velocidad y subí las escaleras de tres en tres, al mismo tiempo que le anunciaba a mi madre que no me encontraba bien y que no quería cenar. Ella subió al cabo de unos minutos a mi habitación y me insistió para que bajara y me sentara a la mesa, pero le contesté prácticamente lo mismo: que no tenía hambre y que quería estar solo. Mi madre salió de la habitación enfadada y ese enfado pareció contagiar a mi hermana, que veía en mi actitud un desplante hacia su novio. Carl, por el contrario, parecía divertirse con la situación y había adoptado el papel de jovencito encantador. «No se preocupe, señora, es la edad. A los quince años los chicos son una olla a presión. Ya se le pasará», le decía. «No sé qué hacer con él. Desde hace un tiempo está irreconocible», contestaba ella. «Ya lo verá, señora, se le pasará», repetía Carl. «Espero que lleves razón, cielo. Espero que crezca y se convierta en un jovencito tan bien educado como tú. ¡Qué feliz estoy de que tú y mi Barbra os llevéis tan bien!».
Cerré la puerta del dormitorio dando un portazo. Así que mi madre quería que me convirtiera en Carl. «¡Tal vez tenga que empezar a pinchar las ruedas de los coches de los vecinos!», grité hacia la pared. «¡Y a robar latas de cerveza de las tiendas!». Intenté controlar la respiración. Estaba tremendamente alterado y el corazón amenazaba con salirse del pecho y echar a correr calle abajo del mismo modo que había hecho yo a los cinco años. Me lancé encima de la cama y proferí un grito con todas mis fuerzas contra la almohada. Sentía rabia. No, no era rabia; más bien era frustración. Era tristeza. Era esa sensación de abandono. Era ese adiós.
Cuando volví a levantar la cabeza de la almohada, saqué del bolsillo de mi pantalón el sobre que Vicky me había entregado en la biblioteca y estuve mirándolo durante un par de minutos antes de decidirme a abrirlo. Dentro había una pequeña cuartilla como las que había dentro de las cestas que descansaban sobre la mesa baja. Vicky había escrito algo. Era un poema:
Vino para leer. Abiertos están
dos o tres libros; historiadores y poetas.
Pero apenas ha leído diez minutos
cuando los deja a un lado. Sobre un diván
duerme ahora. Ama mucho los libros
—pero tiene veintitrés años, y es hermoso;
y esta tarde el amor atravesó
su carne maravillosa, su boca.
A través de la total belleza
de su cuerpo pasó la fiebre de la voluptuosidad
sin remordimientos ridículos por la forma de ese placer…
Konstantino Kavafis
Lo leí despacio tres o cuatro veces, porque al llegar al octavo o noveno verso los ojos se me llenaban de lágrimas y tenía que detenerme y volver a empezar. Busqué algo más, alguna explicación, alguna despedida… pero allí sólo estaba el poema. Lo leí de nuevo. Vino para leer. Abiertos están dos o tres libros… Aquel miércoles, aquel primer miércoles yo había cruzado la puerta de la biblioteca buscándola a ella. Ella se pensó que tenía que hacer otro trabajo, pero no era así. ¿Qué le dije? «Vengo para leer». Ella sonrió y me preguntó: «¿Vienes para leer?». Vino para leer. De pronto me vi obligado a dejarlo encima de la mesita de noche, a apagar la luz e intentar —inútilmente— dormir un poco. Aquella noche fue larga. Aquella noche fue demasiado larga. Me visitaba, por primera vez, el desengaño.
8
Tennessee Williams, Truman Capote, Vladimir Nabokov, Henry Miller… son sólo algunos de los centenares de autores que la señora Strauss prohibió a los menores de veintiún años y cuyos libros condenó al exilio, encerrándolos en la gran estantería número quince, la de las puertecillas de cristal, que ahora estaba cerrada con llave. Por supuesto, dicha clasificación impuesta por la nueva bibliotecaria incluía a todos y cada uno de los miembros de la Generación Beat. La señora Strauss estaba convencida de que esos autores no escribían literatura, sino que eran meros propagandistas dedicados a corromper la sociedad norteamericana, empezando por los más vulnerables, es decir, los jóvenes. Y ya podían oponerse a dicho argumento los mencionados jóvenes, las asociaciones de padres, el claustro de profesores del instituto, el gobernador Sargent o el mismísimo Richard Nixon, que no conseguirían en absoluto que la señora Strauss cediera: aquella era su jurisdicción y, en aquella biblioteca, ella constituía la nueva ley. Lo cierto es que yo fui el único que se quejó de aquello —porque yo era el único que frecuentaba la biblioteca de Pittsfield de forma asidua—, así que aquella era mi guerra, que libraba en batallas diarias de quince minutos que finalizaban cuando la señora Strauss se hartaba de escucharme y se llevaba a la boca otro bombón relleno de licor, al mismo tiempo que regresaba a su revista. Hasta que una tarde, me cansé de discutir.
Era junio de 1972, el periodo escolar estaba a punto de llegar a su fin y se presentaba un prometedor y cálido verano por delante. Convencí a Brian para que me ayudara con mi plan y ambos coincidimos en utilizar «la técnica del New York Times»: un coordinado y astuto mecanismo que inventamos en el verano de 1968 y que desde entonces siempre nos había dado magníficos resultados. «Aunque por culpa de la dichosa técnica mi padre empezó a tirarse a Lucy», gruñía Brian cada vez que lo recordaba. Daños colaterales. La vida es así.
Todo salió a la perfección. Brian entró en la biblioteca y se dirigió al escritorio de la señora Strauss, que estaba inmersa en la lectura de su revista mientras con la mano izquierda removía la bolsita de té que había metido en un vaso de agua. Segundos más tarde, entré yo disimuladamente y me dirigí por el pasillo central hasta la gran estantería número quince, antaño hogar de antiguos mapas y nuevos mundos; ahora convertida en institución penitenciaria para libros peligrosos. Brian tosió con fuerza. Empezaba la acción.
—No te había oído entrar. —La señora Strauss lo miró por encima de su revista—. ¿Querías algo?
—Sí, verá, estaba interesado en leer Trópico de Cáncer, de Henry Miller. ¿No tendrá algún ejemplar en esta biblioteca, por casualidad? —preguntó Brian con tanta inocencia como fue capaz de fingir.
Yo sabía que Trópico de Cáncer era la novela que encabezaba la lista de libros prohibidos que la señora Strauss había confeccionado. La había escuchado refunfuñar mientras sostenía el ejemplar en sus manos. «¡Todavía no entiendo por qué me obligan a guardar una cosa así en esta biblioteca! ¡En qué mundo vivimos! Si fuera por mí, este libro ya estaría completamente calcinado. ¡Lástima de las revisiones trimestrales y de los inventarios! ¡Dichoso gobierno!», gritaba de camino a la estantería-jaula. Yo sabía que la simple mención del título pondría muy nerviosa a la señora Strauss, aunque no sabía por qué, ni qué tenía de especial dicha novela —ya que no había tenido la oportunidad de leerla y no sería hasta años más tarde que podría hacerlo—.
—¿Trópico de cáncer, dices? No creo que tengamos nada parecido por aquí.
—Uno de mis profesores me dijo que sí que la tenían, que él la tomó prestada de aquí hace un par de meses —respondió Brian.
—¿Un profesor, dices? ¿Qué profesor? —La señora Strauss dejó la revista encima del escritorio y le pegó un trago a su vaso de agua en el que apenas había conseguido que la bolsita del té se diluyera.
—El señor… Thompson. El señor Thompson es profesor de Literatura —el señor Thompson era, en realidad, el cartero de Lanesborough.
—Así que el profesor Thompson… Pues lo siento mucho, pero tu profesor se equivoca. En esta biblioteca no disponemos de ningún ejemplar de esa novela. —Le costó pronunciar novela—. Y ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer…
—¡Justo lo que mi profesor me advirtió que diría usted! Pues bien, también me aconsejó que debería ponerle una queja por ser usted una mala bibliotecaria. Así que quiero ponerle una queja. ¡Solicito una hoja de queja, por favor!
La señora Strauss enfureció de repente, estampó la revista contra la pared, se puso de pie de un salto y dirigió su mirada repleta de ira desatada contra Brian, que se esforzaba por disimular la media sonrisilla pícara por haber podido alterar tan fácilmente a la bibliotecaria.
—¡Escúchame bien, jovencito! ¡Esa novela es perversa! ¿Me oyes? ¡Perversa! ¡Este libro fue prohibido cuando se publicó hace años! Sólo los europeos, creo que los franceses exactamente, permitieron que se leyera; pero ya sabemos todos cómo son los franceses, ¿no? Con sus oh là là! y su asquerosa lascivia… Ahora va el Supremo y dice que no hay peligro en leerla…
—¿Y no deberíamos hacerle caso al Supremo?
—¡No! —gritó con fuerza la señora Strauss.
—Pero si el Supremo…
—¡Al diablo con el Supremo! ¿Qué sabrá el Supremo? ¡En esta biblioteca mando yo! ¡Y puedes ponerme una queja o veintiuna que no te dejaré leer Trópico de Cáncer! ¿Me has entendido, jovencito?
—Pero… —seguía discutiendo Brian.
Aproveché la fuerte discusión que ambos estaban teniendo para sacar un pañuelo del bolsillo, envolver mi puño derecho con él y propinarle un golpe contundente en uno de los bordes del cristal, que se rompió en mil esquirlas que cayeron esparcidas por todo el pasillo. Temí por un momento que la señora Strauss hubiera oído el golpe, pero supuse que no había oído nada puesto que seguía gritándole a Brian lo perversa que resultaba dicha novela de Henry Miller. Busqué rápidamente los libros y los encontré en cuestión de segundos: En la carretera y Aullido y otros poemas. ¡Ya eran míos! Pensé en llevarme alguno más, pero rechacé la idea casi de inmediato: aquello no era un robo, sino un acto de rebeldía, de desobediencia civil. Incluso se podía considerar un rescate.
Cogí los dos ejemplares y me los escondí debajo del jersey verde que mi madre me había comprado por mi último cumpleaños —a nadie pareció impresionarle que llevara jersey en pleno junio—, sujetándolos con la cintura del pantalón. Una vez ocultos, salí por el pasillo central. Seguí adelante hasta la puerta esperando el momento en que la señora Strauss me detectara y tuviera que salir corriendo, pero nada de eso ocurrió; así que un par de pasos antes de cruzarla, silbé y salí apresuradamente a la calle. Brian se disculpó brevemente con la señora Strauss y se despidió de ella, que ahora parecía no entender cómo la discusión llegaba a su fin de una forma tan abrupta, pero que agradecía poder volver a su revista y a su vaso de agua y su bolsita de té. Miré la fachada de ladrillo visto una vez más antes de alejarnos: aquella sería la última excursión a la biblioteca de Pittsfield.
—Bueno, ¿y me vas a decir ya por qué son tan importantes esos libros para ti, Robbie? —me preguntó Brian al mismo tiempo que montaba en su bicicleta, dispuesto a volver a Lanesborough. Era mejor mantener al señor White lejos de estos asuntos.
—Porque sí, Brian, porque cuando los leí por primera vez supe que quería ser escritor. —«Porque me recuerdan a Vicky», pude haber añadido, pero no lo hice.
—¿Y qué vas a hacer ahora que ya son tuyos?
9
Si bien siempre supe que llegaría el momento de abandonar Lanesborough, no fue hasta la mañana del 25 de octubre de 1978 que me despedí de mi madre y de mi hermana en la puerta de casa y subí al destartalado Chevrolet Camaro del señor White, el viejo gruñón y cascarrabias que vivía en el treinta y seis de mi calle, que tantas veces me había llevado a Pittsfield, y que ahora había accedido gustosamente a llevarme hasta Albany, desde donde cogería un autobús rumbo a Nueva York. El señor White sabía que ésta sería la última vez que subiría en su coche, y supuse que sintió una mezcolanza de nostalgia y alegría irrefrenable por perderme de vista.
Tan pronto como salimos de Lanesborough, el señor White encendió la radio y dejó que sonaran los grandes éxitos de Barry Manillow, Roberta Flack y Dolly Parton, mientras recorríamos el trayecto en silencio. Una vez dejado atrás el estado de Massachusetts y a tan sólo unos metros de incorporarnos a la Interestatal Noventa, con el río Hudson asomando y la ciudad de Albany cada vez más cerca, el señor White bajó el volumen de la radio y respiró profundamente.
—Cuando llegues a Nueva York… ¿Harás algo por mí, hijo? —me preguntó con su voz ronca sin apartar la vista de la carretera en ningún momento.
—¿Qué? —pregunté.
—Fóllatelas a todas, hijo. Fóllatelas a todas.
Después de aquella extraña petición, más aún si consideramos la escasa relación que nos unía al señor White y a mí —apenas hablábamos en los trayectos Lanesborough-Pittsfield—, volvimos al silencio al mismo tiempo que en la radio empezaba a sonar el Three times a lady, de The Commodores, que tanto me había hartado de oír durante el verano.
Llegamos pronto, todavía quedaba una hora para que saliera mi autobús, y el señor White se ofreció a invitarme a una cerveza en un bar cercano a la estación. Allí bebimos en silencio mientras en la televisión, cuya pantalla estaba cubierta de polvo, se emitía una repetición de un capítulo de All in the Family. Nos acabamos las cervezas y el señor White se acercó a la barra a pagar. Tan pronto como salimos del bar, el señor White se acercó a mí y me tendió la mano a modo de despedida, así que se la estreché.
—Recuerda lo que te he dicho en el coche —dijo.
—Claro —contesté yo.
—Y cuídate mucho, hijo. El señor White me dio un afectuoso abrazo que me cogió completamente por sorpresa. Después, se separó de mí y fingió que nada había pasado. Se acercó al coche, abrió el maletero y me entregó mi mochila sin apenas mirarme. Mientras se dirigía hacia el asiento del conductor escuché como musitaba una canción:
Wish me luck while you wave me goodbye,
cheerio, here I go, on my way.
Wish me luck while you wave me goodbye,
not a tear, but a cheer, make it gay…[1]
Una vez dentro del vehículo, el señor White arrancó y se fue.
Saqué el billete de autobús de la cartera y constaté el número del autobús, luego lo localicé y me subí en él. Decidí sentarme en la última fila. Abrí mi mochila de lona y cuero marrón y saqué mi ejemplar de En la carretera, con sus cubiertas desgastadas en negro y sus páginas arrugadas. Me vino a la memoria aquella tarde de junio, los gritos de la señora Strauss, la risa de Brian mientras pedaleábamos hacia casa, la excitación al sacar los dos libros de debajo del jersey y dejarlos encima de la cama. ¡Cuántas veces había imaginado la cara de la vieja harpía al ver la estantería número quince rota! Sonreí y abrí el libro de nuevo, dispuesto a releerlo una vez más —¿Cuántas iban ya? ¿Seis? ¿Siete? Había perdido la cuenta—. El conductor del autobús anunció que salíamos en cinco minutos. Y en diez, ya nos encontrábamos en marcha.
El viaje se hizo algo cansado pero, sinceramente, no me importó en absoluto. Todo el cansancio pareció desvanecerse tan pronto como bajé del autobús y vi los rascacielos y los taxis corriendo de un lado para otro, y las luces, y sentí toda esa vitalidad, el latido de la ciudad. BEAT. BEAT. BEAT. De repente me di cuenta de que se me había puesto dura, y no pude hacer nada más que reírme. Estaba, por fin, en Nueva York.
[1] Deséame suerte mientras me despides, adiós, allá voy, en mi camino. Deséame suerte mientras me despides, ni una lágrima, sino regocijo, haz que sea feliz...
10
Clarisse tenía razón en eso de que Nueva York era una ciudad deslumbrante, pero también peligrosa. Con el tiempo he descubierto que Clarisse siempre lleva razón —bueno, no siempre, pero sí la mayoría de las veces—. Cuando bajé de Port Authority y me perdí por Times Square —me perdí literalmente: aquello era una marabunta de rostros anónimos que corrían arriba y abajo ante la atenta e inquietante mirada de los carteles luminosos, que se me antojaban como modernas versiones del doctor T. J. Eckleburg—, no me dio la impresión de que Nueva York fuera peligrosa en absoluto, aunque supongo que estaba embriagado por la excitación del recién llegado, del que por primera vez sale de casa y se zambulle en un mar del que ha oído hablar, pero nunca ha tenido la oportunidad de bañarse en él. Pensé que, al igual que debía de ocurrir en cualquier gran urbe —San Francisco (pensé en Brian), Seattle (pensé en Vicky) o Chicago (pensé en Al Capone)—, el índice de criminalidad sería muy elevado en comparación a un pequeño pueblo como Lanesborough, que apenas aparecía en los mapas. No obstante, en el apacible y tranquilo Lanesborough también habíamos sufrido la bofetada de la fatalidad en alguna ocasión. La última vez, durante el verano de 1959 o 1960, nadie recordaba la fecha exacta, aunque el suceso parecía haber quedado grabado en la memoria de los vecinos; y las madres, incluida la mía, no dudaban en relatar a sus hijos una y otra vez lo ocurrido para asegurarse de que éstos llegaban siempre temprano a casa. A menudo pienso en la posibilidad de volver por allí, de ir puerta por puerta y decirles: «¿Saben ustedes esa historia que cuentan de Norman? Pues bien, es mentira. Una sucia y perversa mentira. Y yo les voy a contar la verdad».
El joven Norman —y aquí empieza la leyenda— era un chico simpático y amable que estudiaba el último curso de Ciencias Económicas en la Universidad de Yale; por eso, cuando aquel verano decidió regresar a casa de sus padres, todos los vecinos del pequeño Lanesborough se alegraron de volverlo a ver. «¿Cómo te va todo, chico?» «¿Qué tal los estudios?» «¿Ya has aprendido a hacerte rico?» «¿Qué tal las chicas de Connecticut?» «¿Te has echado ya novia?». Norman se reencontró asimismo con sus dos mejores amigos, que habían decidido renunciar a los estudios superiores para quedarse en el pueblo y formar una familia. Resulta, cuanto menos curioso, que nadie recuerde los nombres de estos dos amigos de Norman, aunque la gente tiende a olvidar más por necesidad que no por descuido. Aquel primer sábado que Norman pasó en Lanesborough desde su llegada de Yale, los chicos y él decidieron salir de fiesta por Pittsfield, tomar unas cervezas y salir de caza —no precisamente a la caza del venado de cola blanca, ya me entienden—. Sin embargo, Norman no regresó; al menos, no con vida.
Al salir de aquel bar —el Woody’s wood, el Black wood o simplemente el Wood, depende de quien estuviera contando la historia en ese momento—, Norman fue apaleado por tres desconocidos que salieron del oscuro callejón aledaño, armados con bates de béisbol, y de los que nunca se supo nada. Sus dos amigos intentaron evitar el linchamiento, aunque sin éxito. Cuando aquellos tres tipos se marcharon, Norman yacía en el suelo sin vida. ¿Qué enemigos podría haberse granjeado el joven y educado Norman durante su estancia en Yale?
Los amigos llevaron el cuerpo sin vida de Norman a casa de sus padres que, al abrir la puerta aquella madrugada de domingo, no pudieron creer lo que estaban viendo. Su padre destrozó de un puñetazo la ventana que daba al porche y la vecina, que era enfermera en una clínica en Dalton, uno de los pueblos cercanos, tuvo que administrarle calmantes a la madre debido al grave estado de ansiedad en el que entró. Después de horas llorando la pérdida de su hijo, tanto el padre como la madre se fueron a dormir un poco, obligados por el cansancio y por su vecina, la enfermera de Dalton. Cuando despertaron a mediodía, el cuerpo de Norman, que había estado en el sofá del comedor esperando los preparativos del funeral, había desaparecido. La madre se volvió histérica y dicen que el padre se dio a la bebida. Al cabo de una semana, desquiciados los dos, abandonaron el pueblo y no se les volvió a ver más. El recuerdo de Norman, no obstante, permanecería durante años en la memoria de los habitantes del pequeño Lanesborough.
—¿Te lo crees, Robbie? —me preguntó Brian una de esas tardes que pasábamos tendidos en la hierba de la explanada del árbol seco, mirando las nubes e intentando adivinar qué forma tenía ésta o aquella.
—¿Por qué no habría de hacerlo? —respondí ingenuo.
—A mí me suena a leyenda urbana, ya sabes, como el hombre del garfio.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro —dijo mientras arrancaba un par de briznas de hierba y las lanzaba tan lejos como podía—. ¿Quieres que hagamos algo?
—¿Qué?
—Esta noche. Tú y yo. Nos quedamos aquí y la pasamos juntos esperando que aparezca el espíritu de Norman y nos lleve con él. ¿Qué te parece? —Sonrió.
—Estás loco —le respondí yo.
—No hay huevos, ¿eh, Robbie? No pasa nada: volveremos con mamá. Los niños buenos tienen que regresar a casa antes de que anochezca, ¿no es verdad?
—De acuerdo… Hagámoslo. —Cedí.
Entonces teníamos quince años. Apenas hacía unas semanas que Vicky se había marchado a Seattle y que la vieja harpía de la señora Strauss había tomado los mandos de la biblioteca de Pittsfield, con sus revistas y sus bombones de chocolate rellenos de licor. Esa noche les mentimos a nuestros padres: mi madre pensaba que estaba durmiendo en casa de Brian y los suyos pensaban que él estaba durmiendo conmigo, cuando en realidad los dos pasamos la noche a la intemperie, sin nada más que una manta compartida que Brian había logrado meter en su mochila. Aquella noche pasé bastante miedo, sobre todo cuando el viento rompía alguna pequeña rama y ésta caía al suelo, crujiendo, y yo pensaba que alguien se acercaba para matarnos. O cuando algún insecto se metía por dentro de la pernera del pantalón. Sin embargo, nada fuera de lugar ocurrió en nuestra improvisada acampada. Antes de cerrar los ojos, Brian pasó su brazo por mi cuello y nos quedamos juntos, el uno al lado del otro. Y fue entonces cuando me besó en la mejilla y me deseó las buenas noches. Yo me quedé inmóvil, sin saber cómo reaccionar. Él se rio. A la mañana siguiente, Brian me despertó con una sonrisa triunfal. «Te lo dije, Robbie. No es más que una leyenda. Ahora ya sabes que nadie va a venir a hacernos daño por las noches». Metimos la manta de nuevo en su mochila y nos dirigimos a casa. Y fue entonces cuando conocimos el verdadero miedo, más allá de cualquier leyenda urbana: unos padres cabreados al otro lado de la puerta.
11
Times Square vibraba y yo vibraba con Times Square. Nada más pude ubicarme mínimamente, después del lógico aturdimiento inicial, decidí buscar algún lugar en el que cenar cualquier cosa y poder resguardarme de la vorágine confusa y descontrolada en la que me encontraba inmerso en aquellos instantes. Apenas había dado un par de pasos cuando, por la esquina de la Cuarenta y Dos con la Séptima, se me acercó una mujer de mediana edad —supuse que rondaría los treinta o treinta y cinco años—. Caminaba de forma provocativa, contoneándose ligeramente, con una mano apoyada en la cadera y sosteniendo con la otra un pequeño bolso de raso negro, cuya cadena metálica dorada se descolgaba casi hasta la altura de sus rodillas. Lucía un corte de pelo pixie al estilo de Mia Farrow a finales de los años sesenta y vestía con una blusa blanca holgada con los tres primeros botones desabrochados —a través de los cuales se intuía el sujetador de encaje negro—, una falda extremadamente ajustada, también negra como el bolsito y el sujetador, y unos bonitos zapatos de tacón. La mujer se detuvo a mi lado y me sonrió.
—¿Nuevo en la ciudad? —me preguntó con dulzura.
—¿Parezco nuevo? —respondí de inmediato y, prácticamente de inmediato, me arrepentí de haber contestado semejante estupidez. Debía de tener una flecha luminosa gigante encima, apuntando hacia mi cabeza, con el letrero «recién llegado» brillando con fuerza. Y luego estaba la mochila que llevaba a mis espaldas.
—Pareces… desorientado. ¿Acaso te has perdido?
La mujer abrió el bolso y sacó una cajetilla de Virginia Slims y un mechero —tampoco había espacio para mucho más allí
dentro— antes de que tuviera tiempo a contestarle. Se llevó uno de los cigarros a la boca y se lo encendió; luego, me dejó uno en los labios —supuse que rechazarlo sería de mala educación, aunque Brian me había advertido más de una vez que los Virginia Slims eran cigarrillos para mujeres y que los hombres de verdad fumaban Tareyton, como los que él solía robarle a su padre de la guantera del coche— y lo encendió también.
—Mi nombre es Daphne, pero puedes llamarme como tú quieras.
—Daphne está bien —le dije.
—¿Sabes? Yo no soy nueva en la ciudad —dijo ella mientras le pegaba una calada a su cigarrillo y dejaba que el humo escapara lentamente entre la comisura de sus labios—. De hecho, soy una excelente guía turística. ¿Quieres ver mi licencia? —Sonrió pícaramente.
—Te creo —respondí yo.
—Conozco esta ciudad a la perfección. El Empire State, el Chrysler Building, Miss Liberty, Grand Central Station, Rockefeller Center… Puedo incluso conseguirte las mejores butacas para cualquier representación de las que se encuentran en cartel ahora mismo en Broadway. Aunque también puedo enseñarte otros lugares mucho más calientes e interesantes si así lo deseas.
Daphne le pegó una última calada a su cigarrillo, lanzó la colilla al suelo y la apagó con la punta del tacón; luego, rodeó mi cuello con sus brazos y deslizó su mano derecha por mi camisa lentamente hasta que llegó a mi entrepierna.
—Vaya, vaya… Así que ya estás preparado para jugar. ¿Qué me dices? ¿Quieres que te descubra todos los secretos de mi bajo Manhattan esta noche?
—Quizá en otra ocasión —respondí tomándole la mano y apartándola de mí.
—¡Espera! Espera… ¿No quieres pasártelo bien con Daphne esta noche?
—Quizá en otro momento —dije antes de deshacerme de mi cigarrillo.
Daphne, visiblemente enfadada, no dudó en propinarme un empujón e intentó culminarlo con una bofetada que logré esquivar por centímetros.
—¡Vuélvete con tu mamá! —me gritó.
En ese preciso instante, un taxi pasó por delante de donde nos encontrábamos y se detuvo un par de metros más allá. Daphne, intuyendo que dentro de aquel vehículo se hallaba el negocio, se pegó un ligero estirón a su falda negra, se aseguró de que los tres primeros botones de su blusa blanca holgada seguían desabrochados y se dirigió, tan rápido como los zapatos de tacón le permitían, hacia aquel taxi. Un hombre abrió la puerta y desde dentro otro le silbó cuando la vio aparecer. Al cabo de unos segundos, ambos hombres le hicieron sitio en la parte trasera de aquel taxi y Daphne subió. Y mientras ellos se alejaban, yo decidí continuar mi camino por la calle Cuarenta y Dos.
12
Stewart, el Enano, se había adueñado de la esquina de la Cuarenta y Dos con la Quinta Avenida, bajo la imponente silueta de la Biblioteca Pública de Nueva York, y allí realizaba cada noche su dantesco espectáculo circense —siempre y cuando no pasara alguna patrulla de policía por delante y los agentes acabaran llevándoselo preso a comisaría, aunque a menudo lo dejaban libre en unas horas y Stewart volvía entonces a las andadas—. Aquella noche de octubre de 1978, la primera vez que vi a Stewart, un grupo de cinco hombres trajeados, empresarios supuse, le rodeaban formando un círculo y riendo a carcajadas.
—¡Hazlo otra vez, Stewart! —gritó uno de ellos.
—¡Lánzalos arriba! ¡Más arriba! —le pidió otro con entusiasmo.
Stewart era un malabarista excepcional, aunque de una forma grotesca y ordinaria —y por ello, atractiva—. A sus diminutos pies, encima de unos cartones usados y casi deshechos por la lluvia, descansaba todo un arsenal de objetos y juguetes eróticos que Stewart utilizaba en sus números para el deleite de sus fieles espectadores. Había de todo: consoladores de diferentes tamaños y colores, varias cadenas metálicas, un par de látigos de cuero, cremas lubricantes de sabor afrutado y preservativos inflados con forma de animal, que vendía al público a diez centavos la unidad como souvenir.
—¿Cuáles queréis? —preguntó Stewart.
—¡Los negros! ¡Lanza los negros! —le pidieron.
El enano se agachó, cogió tres consoladores negros y los lanzó por el aire. Aquellos hombres trajeados empezaron a abuchearle, exigiéndole una mayor proeza. Stewart soltó una carcajada aguda y estrambótica que acabó por contagiar a sus espectadores, que rieron también. Poco a poco, empezó a incorporar nuevos consoladores hasta que, para sorpresa de todos los que estábamos allí, Stewart consiguió mantener una docena de consoladores negros en el aire al mismo tiempo.
—¿Sabéis lo que quieren las mujeres de esta ciudad? ¡Lluvia de vergas!
Stewart se detuvo en seco y los consoladores empezaron a caer por todas partes. Uno de ellos golpeó en la frente a uno de los hombres, lo que provocó la carcajada en el resto de sus compañeros. El enano, continuando con el espectáculo —el espectáculo debe continuar… de lo contrario tendremos que devolverles el dinero—, cogió de encima de los cartones uno de los botes de crema lubricante y nos lo mostró de la misma forma que los magos enseñan la baraja de cartas antes de empezar con el truco de magia. Stewart abrió la tapa del envase y empezó a embadurnarse los brazos con la crema. Acto seguido, cogió una de las cadenas metálicas, la enroscó en su brazo izquierdo y la hizo pasar al derecho, y de vuelta al izquierdo, consiguiendo así unos enfurecidos aplausos.
Decidí que ya había visto suficiente, aunque sería quizá más certero afirmar que mi estómago decidió por mí, ya que cada vez tenía más hambre —y no había pegado bocado desde el almuerzo—, así que eché a andar; sin embargo, apenas me había alejado medio metro de allí cuando la cadena que Stewart estaba utilizando en ese preciso instante pasó volando por encima de mi cabeza y cayó delante de mis pies. Me quedé inmóvil durante unos segundos antes de girarme y comprobar que todos se habían vuelto en mi dirección: el enano estaba con los brazos cruzados y con gesto de pocos amigos, mientras que aquellos hombres, cinco trajeados, comentaban entre ellos en susurros y me dirigían miradas recelosas.
—¡Nadie se marcha de aquí sin ayudar a Stewart! —gritó el enano enfadado.
Saqué de inmediato la cartera del bolsillo, busqué un dime y se lo lancé a una pequeña caja de habanos apoyada contra la pared que contenía algunas monedas en su interior. Stewart, conseguido su propósito, se acercó a recoger la cadena y me dio las buenas noches cuando, de repente, agarró la pernera de mis pantalones y de un brusco tirón —jamás hubiera dicho que alguien tan pequeño pudiera tener tanta fuerza— consiguió dejarme en ropa interior allí, en medio de la calle. Me los subí de inmediato entre las carcajadas de aquellos hombres trajeados que vitoreaban al enano por «haberme dado mi merecido» y, sin pensarlo dos veces, me fui. Debo confesar que algunos segundos más tarde yo también me reí de lo ocurrido. Y es que el maldito enano, al fin y al cabo, tenía su gracia.
13
Aquel miércoles por la noche el Sam’s Diner estaba completamente vacío. Entré y me dirigí de inmediato a una de las mesas cercanas a la ventana, descargué la mochila dejándola en el suelo y me senté a esperar a que me atendieran. La única camarera del lugar, una preciosa chica afroamericana de cabellos castaños y mejillas canela, pareció no percatarse de mi presencia. Alargó la mano hacia una pequeña balda sujeta a la pared sobre la que descansaban algunas botellas medio vacías, tomó el whisky y se dirigió hacia uno de los rincones del diner; allí, medio escondido, la esperaba un viejo de mirada perdida y ropa cansada, que sostenía un vaso de cristal en las manos. La camarera le rellenó el vaso, le dijo algo que no alcancé a escuchar, y luego regresó a la barra y depositó la botella en su lugar.
—¡Estamos cerrando! —me gritó al tiempo que sacó un paño andrajoso y empezó a limpiar con él la barra. Yo me quedé donde estaba y fingí no haberla escuchado, quizá así se acercaría a mí y podría convencerla de que me sirviera algo de cenar; pero me equivoqué—. ¿No me has oído? ¡He dicho que estamos cerrando! —repitió.
Parecía enfadada, o quería parecer enfadada, pero su mirada —que apenas se cruzó en un instante con la mía— era dulce y serena. Esperé un par de segundos y luego me puse de pie, cogí la mochila, la cargué de nuevo en mi espalda y me dirigí hacia la puerta pensando que quizá tendría más suerte en otra parte. No era tan tarde, supuse, aunque no podía saberlo, ya que no llevaba reloj. Nunca me había gustado la sensación de andar atado al tiempo. De pronto, cuando ya había abierto la puerta y me disponía a salir a la calle, ella me llamó.
—¡Eh! ¡Espera! —me dijo—. Siéntate y te prepararé algo, pero no se lo digas al tío Sam.
Yo le sonreí a modo de agradecimiento y regresé de inmediato a la mesa junto a la ventana, en la que había estado sentado antes. Mientras dejaba de nuevo la mochila en el suelo, entre mis pies, me pregunté quién demonios sería el tío Sam; pero lo cierto es que poco me importaba: en aquel momento mi mayor preocupación era poder comer cualquier cosa. La camarera, que vista de cerca no me pareció que contara con muchos más años de los que tenía yo por entonces, apareció al cabo de diez minutos con un plato repleto de patatas fritas doradas, una hamburguesa con queso fundido y un refresco de cola servido en un vaso alto. Lo dejó todo encima de la mesa, se sentó enfrente de mí y esbozó una tímida sonrisa, que yo interpreté como el permiso para poder empezar a cenar.
—Come más despacio, no querrás atragantarte —me aconsejó. Luego cogió un par de servilletas de papel y me las dejó al lado del plato. Yo me llevé una a la boca y me limpié los labios—. ¿Cómo te llamas?
—Robert. Robert Easly —respondí.
—Encantada, Robert Easly. Yo soy Clarisse Johnson.
Clarisse le echó un rápido vistazo a mi mochila de lona y cuero marrón.
—Diría que no eres de por aquí. ¿Me equivoco?
—Lanesborough —contesté.
—¿Cómo dices? —se extrañó ella.
—Lanesborough. Soy de Lanesborough.
—¿Y se puede saber dónde está Lanesborough?
—En Massachusetts.
—¡Vaya! ¡Un Bay Stater! ¿Y qué has venido a hacer a la Gran Manzana? ¿Te has escapado de casa, quizá?
—No, nada de eso. —Le pegué un trago al refresco antes de continuar hablando—. He venido porque quiero ser escritor.
—¿Escritor? ¡Vaya tontería! La gente ya no lee…
Nos quedamos en silencio durante un par de minutos, lo que tardé en acabarme el plato de patatas fritas. Clarisse me miraba con atención, sin apartar la vista de mí en ningún momento, y eso empezó a ponerme nervioso.
—¿Y tú? —pregunté limpiándome de nuevo los labios con la servilleta de papel—. ¿Eres de por aquí? ¿Eres neoyorquina?
—Dímelo tú. ¿Tengo pinta de neoyorquina?
—No lo sé —respondí.
—No, no… Soy de Filadelfia.
—De Filadelfia —repetí—. ¿Y llevas mucho aquí?
—Un año, más o menos.
—¿Y qué viniste a hacer a la Gran Manzana? ¿Te escapaste de casa quizá? —le pregunté burlonamente.
—No, nada de eso… Vine porque soy estudiante de la Columbia: Literatura. Me concedieron una beca el año pasado.
Clarisse soltó una sonora carcajada. Supongo que la expresión de sorpresa que me invadió en aquel momento al escuchar aquello, expresión que se reflejó visiblemente en mi cara —boquiabierto y realmente confundido—, le debió de parecer sumamente graciosa. Lo cierto es que yo no me esperaba encontrar a una estudiante de una de las más prestigiosas universidades de la Ivy League en mi primera noche en Nueva York, y que además fuera camarera, y que además me sirviera la cena —y que además resultara ser ciertamente una auténtica belleza—. Yo le sonreí, en un absurdo intento de mostrarme menos fascinado de lo que en realidad estaba, y ella me indicó con el índice que tenía restos de queso fundido en el mentón.
—¿A quién has matado, Robert? —me preguntó de repente. Su semblante se tornó serio de pronto.
—¿Cómo dices? —respondí de inmediato, sin saber a qué venía aquella pregunta.
—Estás huyendo, de eso no hay duda. Por eso has venido a Nueva York. Todos los fugitivos se refugian en Nueva York, ¿dónde van a encontrar un lugar mejor? Aquí pueden desaparecer sin dejar rastro, convertirse en el vecino anónimo que no levanta sospechas, que se pasea por el mercado de la Sesenta y Siete Este, que saca a su perro a pasear por Central Park los sábados por la tarde. Empiezan una nueva vida, pero nunca se puede empezar de cero, ¿no es cierto, Robert? No se puede, no, porque no se puede repetir el pasado — No se puede repetir el pasado. ¿Dónde había escuchado eso antes?—. ¡Venga! ¡Confía en mí! Dime la verdad… ¿A quién has matado, Robert?
—¿Crees que soy un asesino?
—Creo que eres un pobre chico con muy mala suerte. La suerte, ya sabes, tan esquiva y difícil de contentar: a veces de nuestra parte, mejor no tenerla de enemiga… Y tú no te has llevado muy bien con ella últimamente, ¿verdad? En el momento inoportuno, en el lugar en el que nunca debiste estar. Tú ya me entiendes.
—Si te soy sincero, no sé de qué diantres estás hablando.
—¿Estás seguro? —preguntó mirándome fijamente a los ojos—. Alemania.
—¿Alemania?
—¡Alemania! —exclamó con total convencimiento— ¡Eso eres! ¡Un espía alemán!
La situación parecía volverse cada vez más absurda hasta que logré recordar dónde había escuchado lo que Clarisse acababa de decir. No se puede repetir el pasado. Y no lo había escuchado en ninguna parte, sino que lo había leído. Entonces todas las piezas del puzzle empezaron a encajar. Clarisse me estaba intentando tomar el pelo, así que respiré profundamente, me relajé —por un momento había llegado a pensar que estaba loca de remate y que no saldría vivo de aquel diner— y decidí seguirle el juego.
—Eres un espía alemán —repitió ella—. Seguro que te han enviado a nuestro país con la misión de recabar información confidencial para los servicios secretos alemanes. ¡Pero te has equivocado de lugar, chico! Nueva York mueve el dinero, pero es en Washington D.C. donde se mueven los documentos y los maletines. Dime una cosa… ¿Cuánto años tienes?
—Veintidós —respondí.
—¿Tienes veintidós años y ya trabajas para los servicios secretos alemanes? ¡Vaya! Sabes que podría acabar contigo en este mismo instante. Lo sabes, ¿no? Una llamada y estarías muerto. ¿Cuánto tiempo crees que tardarían los federales en echar la puerta abajo y rodear el restaurante? Apuesto que menos de cinco minutos. Pero en ese tiempo tú ya te habrías escapado, ¿no es cierto? Eres un experto en salir corriendo… ¿Por qué no me cuentas la verdad, Robert Easly? Si es que verdaderamente te llamas así.
—¿La verdad? —Intenté que la pregunta sonara interesante.
—Sí, la verdad —respondió Clarisse.
—La verdad es que tiene razón, señorita Johnson. —Adopté un papel más formal—. Mi nombre, como bien indica, no es
Robert Easly, y evidentemente no he venido a Nueva York para ser escritor.
Ahora era Clarisse quien se mostraba ligeramente desconcertada, puesto que no se esperaba mi reacción en absoluto. Miré a ambos lados de la mesa, fingiendo asegurarme de que nadie nos podía oír —de todos modos, ¿quién nos iba a oír, si el lugar estaba completamente vacío?—, me levanté de la silla esforzándome por contenerme la risa y me acerqué a ella, inclinándome sobre su cuello. Luego le susurré:
—Le prometo, señorita Johnson, que nada me gustaría más en este mundo que contarle qué está sucediendo, pero no creo que pueda…
—¿Por qué no? —preguntó ella algo nerviosa.
—Lo sabe muy bien, querida. Wolfsheim me mataría si lo hiciera.
Esta vez fui yo quien dejó escapar una carcajada al ver la cara de Clarisse.
—¡Será posible! —Se indignó ella—. ¿Desde cuándo los niñatos de Lanesborough leen al gran Scott Fitzgerald?
—¿Desde cuándo las atractivas camareras son estudiantes de la Columbia? —le respondí yo.
Ella se ruborizó ligeramente al escuchar mi contra-pregunta que, debo admitir, no fue más que un descarado intento de coqueteo con aquella preciosa camarera de mejillas canela. Le pregunté dónde se encontraba el aseo de caballeros y ella me indicó una puerta negra de madera, a la derecha de la barra. Mientras yo me dirigía hacia allí, Clarisse —algo herida en su orgullo, pude percibir, aunque con una sonrisa— se dispuso a recoger los platos de la mesa.
14
Cuando regresé del aseo de caballeros, Clarisse me estaba esperando en la mesa con un plato de tortitas con sirope de arce y dos pequeños tenedores, uno para cada uno. Ella ya había empezado a comer. Estuvimos hablando de literatura durante casi una hora, quizá incluso más. Ella intentaba convencerme de que la narrativa fitzgeraldiana comprendía algo más que una ostentosa obsesión por las flappers rubias, el dinero, los litros de alcohol y el jazz; no obstante, sus argumentos no lograron convencerme en absoluto. Al parecer, El Gran Gatsby era su libro favorito y Fitzgerald suponía para ella lo que Kerouac o Ginsberg suponían para mí. Sin embargo, como le dije, lo único que demostraba Fitzgerald con sus letras, especialmente en El Gran Gatsby, era una enfermiza preocupación por la distinción entre clases sociales y por las relaciones de poder que se establecían entre ricos y pobres en una América sintética y artificial.
—Al fin y al cabo— comenté— Fitzgerald es lo que es: un extraño en la alta sociedad, un invitado tal vez, pero un mero observador en todo caso. Tal vez no vestía un espantoso traje rosa para las grandes ocasiones, pero sí escribía en páginas de color crema amarillenta. Además, está esa especie de justificación por boca de Carraway cuando le grita a Gatsby eso de «usted vale tanto como todos ellos juntos». ¿En serio lo creía? Tanto Carraway como Gatsby sabían que, en realidad, seguía existiendo una delicada y casi imperceptible línea divisoria que los separaba de los Buchanan, y era esa misma línea la que tanto atormentaba al propio Fitzgerald. Él nunca se creyó su condición de rico, por muchos billetes que sirviera en bandejas de plata durante sus alocadas fiestas, y tampoco encontró la manera de mantener su opulento estilo de vida. Fitzgerald descubrió que él no era tan distinto de Gatsby y encontró la manera de justificarse a través de los actos y palabras del que, quizá, fue su personaje más querido; el más icónico, por descontado.
—¡No me puedo creer lo que estoy oyendo! ¡No me puedes decir que la obra de uno de los mejores escritores de este país es un simple ejercicio de purga de demonios interiores cuando en sus páginas está descrita toda una generación! —me replicó.
—Este lado del paraíso es un refrito de años universitarios e intento desesperado por recuperar a Zelda. El Gran Gatsby es un simple escenario. Suave es la noche es un intento de canalizar el dolor y la frustración que le provocaba la esquizofrenia que padecía su mujer. En cuanto a esa generación que nombras... Una generación perdida, como bien dijo Gertrude Stein. Una generación de niños ricos que se entregaban al exceso sin pensar en las consecuencias, ya que no podían concebir que hubiera mundo más allá de sus ojos.
Clarisse alzó los brazos en un gesto de teatralizada desesperación ante el cual no pude sino sonreír.
—Entonces, señor quiero-ser-escritor, ¿quién merece la pena ser leído?
En cierto modo, esperaba —podría decirse que incluso deseaba— que Clarisse me hiciera esa pregunta. Cogí la mochila y la dejé sobre mis rodillas. Rebusqué en su interior, entre la poca ropa que llevaba, mis dos libros, aquellos dos libros que se habían convertido en compañeros inseparables desde aquella tarde en que los rescaté de la jaula de cristal en que se había convertido aquella grandiosa estantería número quince de la biblioteca de Pittsfield. Cuando los encontré, volví a depositar la mochila en el suelo y se los entregué a Clarisse. Tenían las cubiertas gastadas y el lomo mostraba algún evidente signo de deterioro. Muchas de las páginas presentaban una pequeña doblez en la esquina superior derecha: me gustaba marcarme los pasajes que más me llamaban la atención.
—En la carretera de Kerouac y Aullido y otros poemas, de Ginsberg —leyó ella—. Interesante elección. Así que nuestro joven quiero-ser-escritor es un fiel seguidor de esos locos y zarrapastrosos beatniks que no hacían nada más que colgarse a base de benzedrina, irse a la cama con cualquiera que pasara por delante en ese momento y practicar una estúpida forma de espiritualidad oriental que carecía de todo significado o utilidad.
—Esos locos beatniks hablaron de libertad, de independencia, de identidad, de perseguir tus sueños… y eso es mucho más de lo que puedes encontrar en las páginas de tu apreciado Scott Fitzgerald, que lo único que hace es describir la falsedad, recreándose en el color del papel pintado de las paredes y el placer de tener el bolsillo repleto de posibilidades.
—¿A qué esperamos, pues, para asaltar las carreteras y tomar el país? —preguntó Clarisse en tono burlón mientras me devolvía los libros y yo los metía de nuevo en la mochila.
—Sabes que tengo razón —concluí con una sonrisa.
—¿La tienes? —se mostró escéptica.
—Lo sabes. La gran diferencia estriba en que ni Kerouac, ni Ginsberg escribieron para poder costearse un pasaje en primera clase de un tren que iba directo hacia el precipicio, ni tampoco para mantener contenta a ninguna Zelda caprichosa.
—Creo que nunca vamos a estar de acuerdo en nada, Robert Easly. —Sonrió ella.
De repente me fijé que de la pared colgaba un reloj maltratado por las horas, a escasos centímetros de la balda que sostenía las diversas botellas con bebidas alcohólicas, y me di cuenta de que ya era medianoche. Nos habíamos dejado llevar por las palabras.
—¡Vaya! ¡Qué tarde es! —exclamé sorprendido—. Tendré que marcharme ya. ¿Por casualidad no sabrás de algún lugar barato en el que pueda pasar la noche?
—Nada que esté cerca —respondió ella.
—No me importa caminar.
—En ese caso… Si bajas por la Quinta y te acercas a la zona del Village encontrarás algunas pensiones en las que por un par de dólares te prestan un colchón sobre el que dormir. No esperes nada lujoso, ni limpio. No son Park Avenue, pero quizá te sirvan hasta que encuentres algo mejor.
Le agradecí las indicaciones al mismo tiempo que cargaba de nuevo la mochila sobre mi espalda. Clarisse se acabó el último trozo de tortita.
—¿Qué te debo? —le pregunté sacando la cartera del bolsillo del pantalón.
—Otra visita. —Sonrió negándose a cobrarme la cena—. He pasado una noche bastante entretenida, Robert Easly. ¡Y pensar que estuve a punto de echarte hace un par de horas! Los clientes que suelen venir por aquí no me dejan que les hable de literatura.
—No me extraña, con el mal gusto que tienes —bromeé. Ella hizo ademán de propinarme un puñetazo en el brazo a modo de réplica.
—Si me permites el consejo, mantén siempre los ojos bien abiertos: esta ciudad puede ser deslumbrante, pero también muy peligrosa.
—Nueva York, nido de ratas —una voz ronca interrumpió nuestra conversación. El hombre a quien Clarisse había servido el whisky, y de quien yo me había olvidado por completo, seguía oculto en aquel rincón y mantenía la mirada agachada hacia el suelo y las manos alrededor de su vaso de cristal, que ahora estaba ya vacío.
—Lo tendré en cuenta, gracias —le respondí a Clarisse.
—¡Y otra cosa más! —añadió—. La próxima vez que te dejes caer por aquí, trae contigo algo de lo que escribas. Me gustaría leerte.
—¡Eso está hecho!
Sonreí por última vez esa noche, me di media vuelta y me encaminé hacia la salida. Una vez en la calle, por la ventana pude ver cómo Clarisse recogía el plato vacío con los restos de sirope de arce y lo dejaba encima de la barra; luego se dirigió hacia el hombre de la esquina. Me quedé unos minutos allí viendo cómo intentaba levantarlo y cómo lo acompañaba hacia la puerta que, supuse, conectaría con la cocina del lugar. Las luces del diner se apagaron y entonces supe que debía seguir con mi camino.
15
La voz ronca de mi vecino el señor White, el viejo gruñón y cascarrabias que vivía en el treinta y seis de mi calle, volvió a resonar con fuerza en mi cabeza a medida que me iba alejando del Sam’s Diner. «Fóllatelas a todas, hijo. Fóllatelas a todas». Pensé inevitablemente en Clarisse y en lo atractiva que me resultaba esa muchacha. Me hubiera gustado preguntarle si tenía novio —o si se acostaba con alguien, para ser más exactos; o si hubiera querido acostarse conmigo, para ser más exactos todavía—, pero sólo hablamos de Scott Fitzgerald, ¡maldita sea! De pronto nos imaginé allí, en aquel diner solitario y desértico, sin ningún viejo a cobijo en cualquier rincón. Ella y yo tumbados en el suelo entre las mesas desnudas: nadie más. Me la imaginé sentada sobre mi cintura, ligeramente inclinada mientras buscaba mis labios y los encontraba, y los mordía con delicadeza, y luego los besaba. Imaginé sus manos de caramelo desabrochándome los botones de la camisa y acariciando mi torso, segundos antes de repetir el proceso con su blusa y dejarme entrever su sujetador negro —me lo imaginé negro, quizá porque de ese mismo color era el sujetador de Daphne, aquella mujer que se dejaba cambiar el nombre con tanta facilidad—. Luego imaginé sus pechos, que serían como sus mejillas y tendrían el agradable sabor de la canela y de igual modo sería su aroma, y me dejé embelesar por ellos y quise imaginar que los acariciaba. Sin saber muy bien cómo ni por qué, la imagen de Clarisse se desvaneció y en su lugar apareció la de Claire, la hija de los Spencer, mi primera novia —si alguna vez habíamos llegado a considerarnos como tal—. Y ya no estaba en Nueva York sino de vuelta en Lanesborough, en la planta de arriba de su casa, en su habitación de paredes de color ocre rojo y cenefas con motivos florales. Sus padres se habían marchado a Greenfield a ver a una tía que estaba enferma —hora y media de viaje la ida, otro tanto la vuelta— y contábamos con la seguridad de que no iban a aparecer hasta bien entrada la noche. Le ayudé a quitarse el suéter y ella se desabrochó la falda, aunque prefirió darse la vuelta cuando llegó el momento de deshacerse de su ropa interior. Yo me quité lo que llevaba puesto y me senté en el borde de la cama, algo avergonzado —ya que era la primera vez en mucho tiempo que me quedaba desnudo delante de una mujer—, cubriendo con mis manos los genitales. Ella se volvió hacia mí de nuevo, ya sin sujetador, aunque aún llevaba las bragas, y se sentó a mi lado. Nos fuimos tumbando de manera acompasada hasta que los dos caímos encima de las sábanas y, tras unos segundos de pánico que dejaban al aire nuestra total inexperiencia en la materia, le acaricié el brazo y acerqué mi barbilla a la suya con la intención de darle un beso. Fue durante aquel verano de 1972, apenas unas semanas después del rescate de los libros presos, cuando hice el amor por primera vez.
Cuando me quise dar cuenta, ya había dejado atrás casi una decena de cruces y me encontraba justo debajo del Empire State Building y, a pesar de que se estaba haciendo demasiado tarde y sabía que debía encontrar cuanto antes algún lugar donde pasar la noche, no pude evitar detenerme unos segundos y mirar hacia arriba, sentirme insignificantemente pequeño al lado de aquel edificio descomunal. Recordé haber leído en una de las revistas que mi madre solía traer a casa del restaurante de Tom Affley, donde acudía cada domingo por la tarde con sus bizcochos para que éste los intentara vender durante la semana, que el Empire State Building había ostentado el prestigio de ser el edificio más alto del mundo hasta 1972, año en el que se vio obligado a cederle el testigo a su vecina del Downtown, la Torre Número 1 del World Trade Center. —¿No les resulta curiosa la coincidencia? A veces me gusta pensar que mientras yo perdía la virginidad, el Empire State Building perdía su preciada hegemonía. Un par de años más tarde sería la Torre Sears de Chicago —llamada ahora la Torre Willis— la que conseguiría alzarse por encima de sus competidores. La ciudad del viento se imponía a los cinco distritos.
Seguí caminando avenida abajo hasta que llegué al Madison Square Park, que dormía plácidamente, y me di de bruces con el Flatiron Building: ese extraño y señorial rascacielos de planta triangular y estilo Beaux-Arts, el primero en la ciudad; el primero en hacerle cosquillas a las nubes cuando éstas amenazaban tormenta. Y allá a lo lejos, al final de la Quinta Avenida, divisé vagamente el arco de mármol que presidía la entrada al Washington Square Park. Sentí de repente que algo no iba bien. Un repentino escalofrío me recorrió la espalda hasta llegar a los talones, y empecé a escuchar los pasos de alguien que se me acercaba por detrás. Me volví discretamente y vi que tres jóvenes estaban siguiéndome. Uno de ellos se rio en voz baja y otro dijo: «Se va a escapar». Al escuchar aquello mi respiración se aceleró y mis manos empezaron a sudar. Seguí caminando unos pasos más mientras decidía qué hacer e intentaba recuperar la calma. Pensé entonces en echarme a correr, meterme por algún callejón, despistarlos; y así lo hice. Sin embargo, un par de calles más adelante, dos chicos más aparecieron de la nada y de un empujón me lanzaron contra la pared. Uno de ellos me propinó una patada en la rodilla y caí al suelo. Los otros tres llegaron en cuestión de segundos.
—Será mejor que te mantengas tranquilo si no quieres que la cosa se ponga fea —me amenazó uno de ellos.
—Nido de ratas —recordé en un susurro las palabras de aquel viejo en su rincón.
—¿Cómo dices? —preguntó otro de ellos; pero no buscaban respuesta alguna. Me pegaron otra patada en el costado y acto seguido, haciendo caso omiso al grito de dolor que acababa de soltar, me ordenaron que me levantara.
16
Me llevaron a empujones hasta llegar al Washington Square Park y una vez allí me condujeron hacia una de las esquinas del parque. Pasamos por delante de un mendigo que descansaba acostado en uno de los bancos de madera anclados al suelo, cubierto por una sábana mugrienta y ajironada y unos cartones, que al ver lo que estaba sucediendo, no sólo no hizo nada por intentar ayudarme, sino que me mostró una cruel y desdentada sonrisa y se dio media vuelta. Me arrojaron con fuerza contra el robusto tronco de un olmo y al intentar minimizar el impacto me rasqué las palmas de las manos con la áspera corteza. Mientras discutían qué hacer conmigo, pude distinguir a los diferentes miembros de aquella banda. El más alto, un joven delgado llamado Tony que lucía una pequeña cicatriz a la altura de la ceja derecha y que todavía no había abierto la boca, era sin duda el líder. Luego estaba el Gordo —corpulento, de estatura baja—, que parecía ser el segundo de abordo, el hombre de confianza; y dos chavales que debían de ser gemelos, David y Jonah, de semejante complexión atlética e idénticos rasgos faciales. Quedaba, dos pasos por detrás de sus compañeros y con una mirada algo tímida y asustadiza, el pequeño de todos, de no más de dieciséis años supuse, cuyo nombre nadie había pronunciado aún. Tony, que mantenía una expresión hierática y los brazos cruzados, alzó ligeramente la mano izquierda y el resto se calló ipso facto. Entonces, dio un par de pasos hacia donde me encontraba, me cogió de la barbilla, me miró durante unos segundos y sonrió.
—Lástima que no hayamos traído una soga con nosotros: habrías contribuido a la historia de esta ciudad si te hubiéramos colgado del Olmo del Ahorcado.
El Gordo soltó una estrepitosa carcajada y tanto Jonah como David rieron también, aunque de forma más discreta. Tony hizo una señal con el pulgar y el Gordo se me acercó, me arrebató la mochila y se la lanzó a David, que la abrió, vació su contenido en tierra y empezó a rebuscar entre mi ropa.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Tony.
Tardé en contestar, ni siquiera creía que tuviera fuerzas o ánimo suficiente para articular una palabra en aquel momento. Jonah se me acercó, me cogió del pelo y me pegó un fuerte tirón.
—¿No has oído lo que te han preguntado? —dijo Jonah—. ¿O acaso eres sordo?
—¡William! ¡Me llamo William! —mentí.
—De acuerdo, William, vamos a explicarte cómo funcionan las cosas por aquí —dijo Tony con una voz calmada, impasible—. Es realmente sencillo, verás: nosotros damos las órdenes y tú las acatas. ¿Lo has entendido? —Esperó a que asintiera—. Ahora te vas a desnudar, pero escúchame bien: como se te ocurra hacer alguna gilipollez, ¡qué sé yo!, gritar pidiendo auxilio o salir corriendo de nuevo, te rajaremos en trocitos tan pequeños que ni los jodidos italianos de Mulberry Street van a querer tus restos para sus asquerosas pizzas. ¿Me he explicado con claridad?
Vacilé por un instante, pero la atenta mirada de Tony me obligó a empezar a desnudarme al mismo tiempo que observaba cómo, un par de metros más allá, David recogía mis dos libros de entre la ropa y los lanzaba a una papelera cercana. Me desabroche los puños, me quité la camisa y empecé a temblar, no de frío
—aunque también—, sino de miedo; y ese temblor pareció divertir a Tony y al Gordo que no me quitaban la vista de encima. David llamó a Jonah y le entregó alguna cosa y éste, siguiendo la cadena de mando, se la entregó al Gordo que finalmente se la libró a Tony. Al cabo de unos segundos, supe de qué se trataba: había guardado en uno de los bolsillos interiores de la mochila una fotografía en la que aparecíamos Barbra y yo.
—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? ¿Quién es ésta, William? —me preguntó Tony acercándome la fotografía.
—Mi… mi her… mana —contesté sin poder evitar la tartamudez.
—¿Tu hermana? ¡No me jodas! ¡Pues está bastante buena la muy zorra! —Tony se rio y le entregó de nuevo la fotografía al Gordo.
—¡Yo me la follaba! —contestó éste.
—¡Tú te follarías hasta una gallina! —replicó Jonah, seguido de una risa histérica.
—¡Ven aquí y dímelo a la cara! —le amenazó el Gordo.
—¡Eh! Nada de eso. Estamos aquí por otra cosa. ¿No es así, William? —Me miró Tony—. ¿A qué esperas? ¡Vamos! ¡El pantalón!
Me había desabrochado ya el botón de la cintura y estaba bajándome la cremallera cuando vi que David empezó a correr jubilosamente hacia Tony con un sobre de papel marrón en las manos: habían encontrado mi dinero. Aunque no lo guardaba todo allí dentro —ochenta dólares; el resto estaba distribuido entre la cartera, que la llevaba en el bolsillo del pantalón (treinta dólares), y el interior del calcetín derecho (veinte más)—, no dudaba de que era sólo cuestión de tiempo que se hicieran con el resto. Me quité el pantalón y lo dejé a un lado. Jonah se apresuró a cogerlo y empezó a buscar en los bolsillos. No le llevó ni medio minuto encontrar lo que andaba buscando.
—¿Por qué te detienes? ¡Los calcetines! ¡Fuera! —Obedecí, y Jonah, que ya se había deshecho de mis pantalones y los había lanzado al montón de ropa que David había sacado de la mochila, los cogió y sacó los veinte dólares que éstos guardaban—. Así me gusta. ¡Ahora los calzoncillos! Vamos a ver qué es lo que escondes ahí debajo. —Todos soltaron una carcajada—. ¿No me has oído? ¿Qué te pasa? ¡Ah, ya sé! Quizá necesites algo de ayuda. ¿Es eso, William? ¿Quieres ayuda? ¡Gordo! ¡Échale una mano a nuestro nuevo amigo! —le ordenó.
—Será un placer —contestó éste.
El Gordo empezó entonces a caminar hacia mí. Pensé en huir de nuevo, salir corriendo, pero me dolían demasiado las rodillas; además, estaba seguro de que me alcanzarían antes incluso de que me hubiera dado tiempo a salir a la calle. No tenía escapatoria, no podía hacer nada. El Gordo metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó una navaja de filo reluciente que debía de medir unos diez o doce centímetros y me la enseñó a modo de amenaza. Me cogió por el cuello y acercó la navaja a mi pierna, subiendo lentamente hacia mi cintura: el muy cabrón estaba dispuesto a rajarme los calzoncillos. Quise evitarlo: empecé a revolverme tanto como me era posible, pero él no dudó en presionar cada vez con más fuerza sobre mi cuello y ya casi podía notar cómo empezaba a faltarme el aire. Me vi obligado a detenerme si quería seguir respirando. El Gordo tensó el filo de la navaja contra la tela de mi ropa interior. En ese momento noté que había aflojado la presión sobre mi cuello y decidí aprovechar la ocasión, pensando que sería la última que tendría, así que le propiné un cabezazo en la nariz y éste dejó caer la navaja al suelo y retrocedió rápidamente llevándose las manos a la cara. Jonah y David soltaron sendas carcajadas burlonas. El Gordo había empezado a sangrar.
—¡Estás muerto, hijo de puta! —me gritó.
Jonah y David se apresuraron en venir a sujetar a su compañero. Tony seguía en el mismo lugar, con semblante tranquilo e inalterable.
—¡Soltadme, cabrones! ¡Estás muerto, William! ¿Me oyes, hijo de puta? ¡Estás muerto! —Confíé en que Jonah y David tuvieran suficiente fuerza para retenerlo, porque de lo contrario…
—¡Los cerdos! ¡Los cerdos! —alertó el chaval más joven, que se había mantenido al margen y en silencio hasta entonces. Comprendí que aquél, precisamente, era su cometido: avisar de presencia policial en los alrededores.
Escuchamos la sirena de un coche patrulla acercándose, quizá por la Avenida de las Américas.
—¡Mierda! Con lo bien que lo estábamos pasando —se lamentó Tony. El Gordo seguía insultándome y lanzándome amenazas—. ¡Gordo, déjalo ya!
—¡Pero Tony…! —se quejó; no obstante éste le dedicó una mirada que no dejó margen a la ambigüedad y el Gordo se quedó en silencio e intentó tranquilizarse.
—Vosotros —Tony señaló a Jonah y David, que ya habían soltado al Gordo—, ¡limpiad todo esto! ¡Rápido! Gordo… despídete de nuestro amigo William. ¡Sin navaja! —Tony le tendió la mano y éste se la entregó a regañadientes.
Jonah y David recogieron mi ropa y la mochila y la depositaron en la misma papelera en la que David había lanzado mis libros. El Gordo se acercó hacia mí y se detuvo a escasos centímetros de mi cara, me agarró de la barbilla y de un movimiento brusco me obligó a mirarlo directamente a los ojos, unos ojos inyectados en sangre que hervían anhelando venganza. Me pegó un puñetazo en el estómago que me dejó sin aliento e hizo que me cayera al suelo, retorciéndome de dolor. No contento con ello, se inclinó sobre mí y me escupió.
—Tienes suerte, William —dijo mientras la sirena del coche patrulla se escuchaba cada vez más y más cerca—. La próxima vez no tendrás tanta.
Desde el suelo, con los brazos alrededor del estómago y mordiéndome con fuerza el labio inferior en un intento por no gritar ni llorar, vi cómo Tony le devolvía la navaja al Gordo y éste pasaba el filo por sus pantalones, la cerraba y la guardaba de nuevo en su bolsillo. David se había encendido un cigarro y ahora le pegaba un par de caladas mientras jugaba con una cerilla. De repente se la acercó al cigarro y la cabeza de ésta empezó a arder. David la mantuvo entre sus dedos durante unos segundos y luego la soltó dentro de la papelera.
Tony se acercó entonces a mí y se puso en cuclillas a mi lado, con los codos apoyados en las rodillas y los brazos cruzados.
—Escúchame bien, William, ¿me escuchas? Si dices algo, vendremos a por ti. Si vas a la policía, vendremos a por ti. Si nos delatas, vendremos a por ti. Y por último (y esto es muy importante, William, así que presta atención), si nos metes en problemas, te buscaremos, te encontraremos y acabaremos contigo. ¿Y sabes qué es lo primero que te haremos? Lo primero que te haremos será arrancarte la polla y luego iremos desguazándote, cacho a cacho, hasta que no quede absolutamente nada de ti. ¿Me has entendido, William? Seguro que sí. Eres un chico listo. Tienes pinta de chico listo. ¿A quién se lo vas a contar, William?
Tony se me quedó mirando y, al ver que no le contestaba, me cogió del pelo y me pegó un tirón hacia atrás.
—Disculpa, no te he oído bien. ¿A quién se lo vas a contar, William?
—¡A nadie! ¡A nadie! —respondí.
—Eso está mejor. —Tony se puso de pie—. ¡Venga, vámonos antes de que esos cerdos nos arruinen la noche!
Los vi alejarse rápidamente hasta que desaparecieron por completo. La papelera había empezado a arder y lo único que pude pensar fue en las páginas de mis libros consumiéndose al instante, convirtiéndose en ceniza. ¿Qué había pasado? Me dolían los brazos, las piernas, el estómago; como si hubiera estado luchando durante horas encima de un cuadrilátero contra un peso pesado llamado suerte —la suerte, tan esquiva y difícil de contentar: a veces de nuestra parte, mejor no tenerla de enemiga…— y hubiera caído derrotado encima de la lona, exhausto. Toalla blanca. Vítores al campeón. Sentí que Clarisse me hablaba en susurros y me acariciaba con dulzura la espalda, pero debajo de aquel olmo de ramas desangeladas sólo estaba yo. De pronto oí las pisadas de alguien que se acercaba, alcé los ojos y me sorprendí al ver de nuevo al chico joven. Me miraba sin querer mirarme, me miraba con lástima. ¿Por qué había regresado? «Lo siento», dijo con un hilo de voz temblorosa. ¿Qué había pasado? Me sentía confuso. El chico se aproximó y me dejó en el suelo diez dólares que llevaba en la mano; luego, se esfumó. La brisa nocturna amenazaba con llevarse el dinero. No me importó. Me lo habían quitado todo. ¿Qué había pasado? Me dolían los brazos, las piernas, el estómago. La sirena del coche patrulla se había dormido. Ya no se escuchaba nada. La noche, en silencio.
17
Había transcurrido ya media hora, quizá un hora, quizá muchas más, cuando Sasha me encontró. Aquella noche, después de su actuación en The Works, Sasha decidió regresar a casa dando un paseo en vez de tomar un taxi, como acostumbraba a hacer, y al llegar a la esquina de Waverly Place con Washington Square West le pareció escuchar una especie de sollozo ahogado que le llevó a pensar que tal vez alguien necesitara su ayuda. Ese alguien era yo. Así que Sasha no dudó en entrar en el parque a pesar de la oscuridad, desobedeciendo esa voz interior que le advertía que estaba cometiendo una estupidez y que se estaba comportando de manera necia e insensata. No tardó demasiado en dar conmigo —ya que apenas me encontraba a unos metros de la acera exterior que rodeaba el parque, y de la entrada noroeste— y cuando lo hizo, arrojó de inmediato a tierra su pequeño bolso de cuero rojo decorado con piedras strass y se arrodilló enfrente de mí.
—¡Dios Santo! ¿Quién te ha hecho esto? —preguntó mientras me sujetaba por los brazos e intentaba incorporarme lentamente, al mismo tiempo que trataba de mantener la calma—. ¿Cómo te llamas, cariño?
Sasha me ayudó a sentarme y pude así apoyar mi espalda contra la agrietada corteza del tronco de aquel olmo, testigo silencioso de todo lo ocurrido. Ella se puso de pie de inmediato y empezó a andar en círculos, visiblemente alterada. Tan pronto como volvió a dirigir su mirada hacia mí, se percató de que me hallaba prácticamente desnudo, a excepción de aquellos calzoncillos blancos que ahora estaban sucios y cubiertos de tierra. Estaba temblando, ya no de miedo —aunque también—, sino de frío. Sasha se quitó rápidamente su abrigo de rojo terciopelo y me lo colocó sobre la espalda
—¿Cómo te llamas? —preguntó de nuevo; sin embargo, yo seguía siendo incapaz de responder. Por un momento llegué a pensar que nunca más podría volver a hablar—. ¿Dónde vives? ¿Eres de por aquí? ¡Qué tontería! ¡Por supuesto que no eres de por aquí! Si fueras de por aquí sabrías que éste no es un buen lugar para pasear por las noches. —Sasha respiró profundamente antes de continuar—. ¿Tienes algún lugar al que ir, alguien a quien podamos llamar? ¿Algún familiar? ¿Un amigo, quizá? Cariño, pretendo ayudarte, pero si no me contestas…
Sasha se puso a andar en círculos otra vez. Yo me agarré al tronco del olmo con todas mis fuerzas e intenté ponerme de pie, pero las rodillas no me respondieron y caí una vez más en tierra. Me sentí frustrado, completamente inútil.
—¡Espera, espera! ¡Te vas a hacer daño! —dijo ella al verme tendido en el suelo—. Déjame ayudarte.
Sasha me agarró el brazo derecho y lo pasó alrededor de su cuello; después me sujetó por la cintura, contó hasta tres —uno, dos, tres— y fue levantándome poco a poco hasta que volví a verme de pie. Las piernas me flojeaban y me sentí ligeramente mareado, además temía que de un momento a otro me viniera abajo nuevamente, pero entonces me fijé en su sonrisa, que parecía querer decirme: «Tranquilo. Te tengo», y me sentí —de un modo insólito y muy poco usual— confiado; todo lo confiado que te puedes sentir con una completa desconocida.
—No te preocupes, cariño. Te diré lo que vamos a hacer. —Me sonrió mientras se inclinaba para recoger su bolso de la tierra—. Te vas a venir conmigo a casa, ¿de acuerdo? Allí podrás descansar toda la noche y recuperarte. No puedo ofrecerte una cama, pero sí un sofá, y créeme: es realmente cómodo. Mañana, con el nuevo día, ya me dirás quién eres y cómo demonios has acabado… así, y encontraremos una solución, ¿de acuerdo? —Asentí levemente. En aquellos instantes lo único que quería era salir de aquel parque, alejarme de allí—. ¡Venga! ¡Vámonos de aquí!
Empezamos a caminar hacia la calle, y la distancia que tuvimos que recorrer se me antojó como insalvable, ya que a cada paso que daba se me iban clavando en la planta de mis pies descalzos trozos de rama o pequeñas piedras. Sasha, que se mantenía alerta para que no pisara ningún trozo de cristal ni ninguna aguja de jeringuilla usada, dejó en todo momento que me apoyara completamente en ella, y me resultó sumamente extraño la fuerza que tenía —y no sólo su fuerza me resultó extraña, sino toda ella en su conjunto: sus desgreñados cabellos rojizos color Redwood que parecían una peluca, el exceso de maquillaje, su llamativa vestimenta o el portentoso abrigo de terciopelo que ahora descansaba sobre mis hombros—. Tan pronto como llegamos a la acera, Sasha me ayudó a sentarme en el bordillo y ella esperó de pie a que pasara algún taxi por allí. Cruzaron un par de ellos con la señal de libre hacia la Sexta, pero no fue hasta media hora más tarde, quizá una hora, quizá muchas más, que un taxi se detuvo delante de nosotros. Sasha abrió la puerta y me ayudó a ponerme de pie aunque esta vez sólo tuvo que darme la mano: por suerte empezaba a encontrarme un poco mejor y ya las piernas parecían volver a funcionar. Entramos como pudimos en aquel vehículo y nada más cerrar la puerta, Sasha le indicó la dirección al taxista.
—Elizabeth con Bleecker, por favor. —Y el taxista se puso en marcha.
18
Sasha era la estrella del espectáculo, la única razón por la cual la gente acudía cada noche a The Works, el local nocturno más famoso de Christopher Street. Iban por ella, para poder disfrutar de su fantástica y prodigiosa voz mientras cantaba el Downtown, de Petula Clark, el These boots are made for walking, de Nancy Sinatra, o el Baby Love, de The Supremes. El escenario acabó convirtiéndose con el paso de los años en su hábitat natural y cuando se subía a él, el público enmudecía al instante esperando el momento en el que se decidiera a sostener de nuevo el micrófono entre sus manos. Y era en ese preciso instante cuando se desataba una locura colectiva de gritos eufóricos y rabiosos aplausos, cuando los allí reunidos coreaban al unísono su nombre y le pedían otra y otra canción más. Sin embargo, mientras nos dirigíamos camino de Elizabeth Street en aquel taxi, Sasha no me pareció en absoluto una estrella, sino más bien una auténtica chiflada.
Observé su vestido con atención y cuando se percató de que la estaba mirando, esbozó una sonrisa y me obligó a tocarlo. «De elegante satén negro, cariño. ¡Tócalo! Su tacto es magnífico, tan suave... No obstante, me pareció un poco sobrio cuando Macy me lo trajo a casa, así que decidí añadirle algunos detalles de alta costura», se rio. Esos detalles de alta costura a los que se refería resultaron ser cuatro grandes y alargadas plumas de terciopelo rojo cosidas a la cintura, a juego con la chaqueta que ahora descansaba sobre mis hombros. Y entonces me enseñó sus zapatos: verdes, enormes, con un tacón considerable. Por lo que pude apreciar, supuse que debía de calzar un par de números más que yo. «Para triunfar en el mundo del espectáculo —empezó a decir— hay que destacar, sobresalir, hay que gritarle al cielo: “¡Aquí estoy yo y he venido para quedarme!”. Hay que ser la estrella que más brilla en el firmamento (un firmamento sucio y lleno de envidiosas constelaciones, cariño). Y sobre todo, hay que mantenerse muy alerta, siempre con los ojos abiertos, y cuidar de que no se apague nunca tu luz».
Aquella noche, antes de encontrarme, Sasha había interpretado en The Works la versión de Gloria Gaynor de Reach Out, I’ll be there, de los Four Tops, y había querido salir literalmente volando a abrazar a todos los desconsolados y solitarios que habían acudido allí para verla cantar; así que cuando llegó a la segunda estrofa y mencionó aquello de flotar a la deriva, Sasha no se lo pensó dos veces y se lanzó sobre el público. Nadie la cogió. Me imaginé la escena: Sasha aterrizando contra el suelo a cámara lenta. La música seguía sonando. Cuando se levantó, volvió al escenario y acabó la canción. Luego se marchó a su camerino, un cuchitril como cualquier otro —en palabras suyas—, y se miró en el espejo. Ella era una estrella. Y aquellos cabrones desagradecidos —de nuevo, sus palabras—, no la merecían. Ella era una estrella. Y de las grandes.
19
—Me llamo Robert. Robert Easly —conseguí decir por fin.
Al escucharme hablar, Sasha se abalanzó sobre mí en un arrebato de alegría y me estrechó fuertemente entre sus brazos; un gesto que pilló desprevenido al conductor, que se sobresaltó y dio un ligero volantazo. Sasha regreso a su sitio de inmediato y tosió descaradamente a modo de queja. Seguidamente, volvió a sonreír.
—¡Yo soy Sasha! ¡Sólo Sasha! —me dijo ella.
—¿Sólo Sasha?
—Así es. Sólo Sasha. ¿Y sabes por qué me llamo así? —Negué con la cabeza. ¿Cómo pretendía que lo supiera si la acababa de conocer?—. ¡Por la gran Zsa Zsa Gabor! Aunque decidí eliminar las zetas de mi nombre, que son unas letras frías, rígidas y angulosas que en nada benefician la carrera de una gran artista como yo. Las eses, sin embargo, son distintas: voluptuosas, irradian sensualidad…
—¿Zsa Zsa Gabor? ¿Quién es Zsa Zsa Gabor? —pregunté extrañado, pues era la primera vez que escuchaba ese nombre.
—¿Que quién es Zsa Zsa Gabor? ¿Me acabas de preguntar quién es Zsa Zsa Gabor? ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡No me has podido preguntar eso! ¡Dime que no me has preguntado quién es Zsa Zsa Gabor! —Sasha abrió rápidamente su pequeño bolso y rebuscó en él hasta encontrar un minúsculo cortaúñas de metal que me entregó al segundo—. ¡Clávamela! ¡Coge esta daga y clávamela en el corazón! ¡Acaba conmigo de una vez por todas, porque si tú no eres capaz, lo haré yo!
Sasha empezó a hacer desmesurados aspavientos con las manos y me señaló en el pecho el lugar exacto donde quería que le clavara el cortaúñas, ahora reconvertido en daga. El conductor nos miró desconcertado a través del espejo retrovisor intentando adivinar qué diablos estaba pasando en la parte trasera de su vehículo. La escena me resultó tan surrealista que no puede evitar soltar una carcajada: estaba en el interior de un taxi en dirección desconocida, prácticamente desnudo, sosteniendo un cortaúñas en mi mano izquierda y con una desequilibrada mental sentada a mi lado.
—Ya era hora de que te rieras, cariño. Pensaba que la historia de mi caída del escenario lo conseguiría, pero veo que eres un hueso duro de roer —me quitó el cortaúñas y lo volvió a meter en el bolso—. Ahora en serio, ¿de verdad no sabes quién es Zsa Zsa Gabor?
—No.
—Veamos… Zsa Zsa Gabor es una de las mejores actrices que hemos tenido el privilegio de poder disfrutar, obviamente tú no, porque no la conoces, pero el resto de la población sí; además de ser una mujer de armas tomar. En cierta manera, ella y yo nos parecemos mucho: las dos somos inteligentes e ingeniosas, las dos compartimos cierta predilección por las joyas caras y a las dos se nos presuponen romances con algunos Rubirosas…
—¿Rubirosas?
—¿Es que no os enseñan nada en el colegio hoy en día?
—Fingió hallarse sumamente indignada—. Porfirio Rubirosa fue amante de Gabor durante una temporada y se le recuerda por su gran… talento —Sasha marcó entre sus dedos índices una distancia de unos treinta centímetros.
—Vaya… —no pude evitar sorprenderme.
—Tranquilo, cariño; las mujeres, por lo general, solemos conformarnos con mucho menos —dijo con una sonrisa algo
pícara—. Aunque hay algo en lo que Zsa Zsa y yo nunca, nunca nos pareceremos; algo que ella colecciona y que a mí no me interesa en absoluto…
—¿Coches de lujo?
—Maridos.
—¿Maridos?
—Zsa Zsa ha dado el «sí quiero» en siete ocasiones ya. Está el turco, el fundador de los hoteles Hilton, el actor de Eva al desnudo, el banquero… —Sasha se quedó pensativa durante unos instantes—, el empresario ése que decían que tenía petróleo también, por supuesto; el que diseñaba juguetes en Mattel y, actualmente, el abogado especializado en divorcios que conoció mientras se estaba divorciando del sexto, el de los juguetes. Es irónico que se haya casado con ella sabiendo su historial, ¿no crees? De todas formas, yo creo que éste no será ni el último ni el definitivo. Zsa Zsa es un pajarillo, y la naturaleza de los pajarillos no es la de vivir enjaulados, sino la de volar libres.
Sasha abrió de nuevo el bolso y extrajo, esta vez, un pintalabios color cereza con el que empezó a repasarse los labios.
—Cuando yo tenía más o menos tu edad… ¿Qué edad tienes, por cierto?
—Veintidós —contesté.
—Veintidós —repitió ella a medida que guardaba el pintalabios de nuevo—. Bien. Pues cuando yo tenía más o menos tu edad, fui a ver la película de John Houston acerca del Moulin Rouge. ¡París! ¡Oh, mon Dieu! Allí sí que sabían celebrar una fiesta por todo lo alto, con sus faldas al vuelo y sus cancanes y su música descontrolada y sus caballeros de buen ver. —Apoyó el cuello ligeramente sobre el reposacabezas del asiento y fijó su mirada en el techo de aquel taxi durante un par de segundos. Luego, me volvió a mirar a mí—. ¿Qué te estaba contando?
—El Moulin Rouge… —respondí sin saber muy bien hacia dónde iba aquella historia.
—¡Ah, sí! ¡La película del Moulin Rouge! Te estoy contando esto no porque se me haya ido la cabeza, cariño, sino porque en esa película actuaba la gran Zsa Zsa Gabor. Ella interpretaba el papel de Jane Avril, una de las musas que inspiraron al enano ése, el pintor… ése que tiene nombre de ciudad francesa y que siempre tomaba alguna copa de más… ¿Cómo se llamaba?
—¿Stewart? —bromeé. Sasha me miró sorprendida.
—¿De qué conoces tú a Stewart? —preguntó sorprendida.
—He presenciado uno de sus espectáculos…
—Y te ha sacado alguna moneda, ¿no? Algún día se buscará un problema gordo con la policía, aunque no es tan grave lo que hace. Hay muchas perso… ¡pero no me desvíes de la conversación, cariño, que pierdo el hilo! Veamos, ¿qué estaba diciendo?
—El enano del Moulin Rouge…
—¡Tolouse-Lautrec! ¡Eso! Se llamaba Toulouse-Lautrec. Gabor era su musa. Bueno, en realidad Jane Avril fue su musa, pero Gabor la interpretó, tú ya me entiendes. Estaba preciosa. Fue verla a ella en la gran pantalla, que en realidad era una pantalla más bien mediana, y enseguida lo supe: yo quería ser como ella, sería una musa; porque supe que yo también inspiraría a un gran artista algún día…
—¿Y lo has conseguido?
Sasha soltó una sonora carcajada.
—¡Por supuesto! ¡Cada noche inspiro a cientos de maricas desatadas!
20
El taxista detuvo el vehículo y nos anunció que ya habíamos llegado. La calle estaba bastante oscura y apenas un par de farolas permanecían encendidas; el resto se dividía entre las que no tenían bombilla, las que parecían haberse fundido y las que tenían demasiado sueño. El conductor echó una ojeada rápida al taxímetro y se giró hacia nosotros apoyando el codo sobre el respaldo de su asiento con la intención de cobrar la carrera. Sasha metió la mano por el escote de su vestido de negro satén y buscó en su sujetador un par de billetes arrugados con los que pagar el trayecto.
—Quédese con el cambio —le indicó Sasha.
—¿Cree que es correcto lo que está haciendo con el chico? —le preguntó él.
El taxista se dirigió hacia mí y me examinó de arriba abajo. De pronto me sentí profundamente incómodo ante la mirada de aquel hombre, por lo que traté de taparme tanto como pude, estirando la chaqueta de terciopelo rojo hasta las rodillas.
—¿Y qué es lo que estoy haciendo, exactamente? —preguntó Sasha.
—Usted sabrá, pero no es muy común sacar de la cama a un joven en calzoncillos para darle un paseo nocturno en taxi, ¿no cree? —El taxista volvió a mirar hacia delante y agarró el volante con las dos manos.
—¿Cómo se atreve? ¡A este chico le han pegado una paliza y lo han abandonado en el Washington Square Park! ¡Dígame usted qué haría, que habría hecho si…!
A medida que Sasha iba levantándole la voz al conductor mientras le relataba lo que me había ocurrido, empecé a sentirme algo mareado. El estómago me dio una punzada a modo de recordatorio del puñetazo que había recibido del Gordo y las rodillas empezaron a temblarme de nuevo. Hablar con Sasha me había hecho olvidar, por unos instantes, todo lo que había sucedido… pero allí estaba, otra vez, allí mismo. Abrí la puerta del taxi. Necesitaba salir. Necesitaba respirar.
—Claro, claro, no lo pongo en duda, pero uno ve tantas cosas en esta ciudad… —respondió el taxista.
—Ése es precisamente el problema de las personas como usted: que ven tantas cosas que han perdido el sentido de la humanidad. Buenas noches.
Sasha bajó del taxi y cerró con un sonoro y airado portazo. El taxista arrancó, dobló en la esquina con Houston Street y desapareció.
—¿Estás bien, cariño? —me preguntó mientras me sujetaba por la cintura.
—Sí —le contesté como pude.
Recorrimos un par de metros y entonces Sasha me señaló su casa: el 305 de Elizabeth Street; un edificio cuya fachada de color marrón se mostraba prácticamente en ruinas y escondida, quizá por pudor, tras una escalera de incendios de peldaños volados y barandillas oxidadas.
21
Aquel salón era deprimente, una especie de asilo para muebles viejos y gastados que acudían allí a agonizar lentamente y esperar el último viaje al contenedor. Las paredes, de un color inexplicable, mezcla de ocres, tonalidades amarillentas y alguna que otra pincelada de blanco, se inclinaban hacia delante y mostraban decenas de impúdicos desconchones distribuidos por toda la superficie. El suelo estaba sucio. En la pared de la izquierda, sobre un sofá desvencijado descansaban dos tazas de desayuno que habían ido vertiendo sobre los cojines, gota a gota, los restos del café que habían contenido. Olía a cerrado y la única ventana, al lado de la puerta de la entrada, parecía tener la manilla rota. Me vino a la memoria el armario de invierno que tenía la abuela Susan en su casa, aquél en el que se solían guardar las mantas y las colchas y que no se volvía a abrir hasta nueve meses más tarde.
Enfrente del sofá y no muy lejos de la pared del fondo, en la que se encontraba el acceso a un pasillo que daba al resto de la casa, había una mesa coja y encima de ella, una peluca de rizos rubio platino, unas tijeras de cocina y un par de revistas con las páginas rasgadas; alrededor de la mesa, tres sillas algo cochambrosas. Me sorprendió no encontrar ningún cuadro colgando de las paredes, sólo algunas fotografías, la mayoría paisajes y lugares emblemáticos de la ciudad, todas ellas fijadas con clavos. En la pared de la derecha, cerca de la mesa, la puerta de otra habitación, y en el rincón de debajo de ventana, se acumulaba un pequeño montón de ropa de mujer.
—¡Pasa! ¡No te quedes en la puerta! —Me invitó Sasha a entrar. Ella murmuró algo y se agachó para recoger del suelo un par de zapatos negros de tacón, uno de ellos con el tacón roto, y me los enseñó—. ¿Ves esto? Eran una verdadera obra de arte. Y eran unos de mis favoritos, además; pero me los rompió una zorra mala cuando se los intentó probar…
Cerré la puerta y Sasha dejó los zapatos y su pequeño bolso encima de la mesa.
—Bueno, ¡bienvenido a la pensión Sasha para jóvenes ovejas descarriadas! Sí, sé lo que estás pensando: que no aparento ser tan joven como en realidad soy, pero juro que es este vestido que, a pesar de lo bonito y suave que es, me hace gorda y vieja y arrugada… —Se lo estiró de la cintura, casi arrancándose las plumas de terciopelo rojo que llevaba cosidas—. De todos modos, toda mi ropa está en el tinte, así que… ¡No tenía elección! ¡Vamos! ¡No te quedes ahí parado! ¡Siéntate! Te traeré un poco de agua.
Me senté en el sofá y aparté las tazas de café dejándolas en el suelo. De repente empezaron a sucederse ante mis ojos decenas de imágenes y recuerdos que aparecían y se esfumaban a gran velocidad: el Gordo amenazándome con su navaja, Clarisse riéndose mientras sostenía con el tenedor un trozo de tortita, mi ropa ardiendo en una papelera del Washington Square Park, el interior de aquel taxi, los tipos aquellos registrando mi mochila, el sonido de la sirena del coche patrulla acercándose, aquella mujer que me ofreció un cigarrillo nada más llegar, ¡más arriba, Stewart!, ¿a quién has matado, Robert?, conocí a Dean no mucho después de que mi esposa y yo nos separamos, patatas fritas y una hamburguesa con queso fundido y un refresco de cola, ¿no se puede repetir el pasado? ¡Por supuesto que puedes!, Vicky y sus galletas de frambuesa y de limón, la señora Strauss y sus bombones rellenos de licor, el repentino abrazo del señor White en la estación de autobuses de Albany, cuando yo tenía tu edad, los pechos de Claire que nunca llegarían a ser como los pechos de Vicky, Brian, dos maricas pero no solitarios, ¡Saltaron del techo! ¡hacia la soledad! ¡despidiéndose! ¡llevando flores! ¡Hacia el río! ¡por la calle!
—¡Cariño! ¡Estás temblando! —Sasha regresó de la cocina con una jarra de agua en una mano y un vaso lleno en la otra.
Me entregó el vaso de agua y traté de beber con calma mientras intentaba recuperarme de la confusión que sentía en ese momento; dejó la jarra encima de la mesa. La peluca de rizos rubio platino, las tijeras de cocina, las revistas con las páginas rasgadas, los zapatos de tacón rotos, el bolso de cuero rojo con piedras strass… y ahora la jarra de agua. No entendía cómo la mesa podía aguantar el peso: de un momento a otro, las patas roídas de aquel mueble acabarían por ceder.
—Voy a traerte algo de ropa, así podrás ducharte y quitarte toda esa suciedad que llevas encima, ¿de acuerdo? —Asentí mientras ella abría la puerta que había enfrente del sofá y entraba en aquella habitación.
Me llevé de nuevo el vaso de agua a los labios y bebí otro trago más. Sasha no tardó en volver al salón con una camiseta, unos pantalones vaqueros, unas zapatillas negras Vans, unos calcetines y unos calzoncillos estilo slip.
—Esto es de Guido. Creo que te servirá, aunque quizá te quede un poco grande…
—¿Seguro que me puedo poner la ropa de…?
—¿Guido?
—Guido —repetí—. ¿No se molestará?
—¡En absoluto! Estará encantando de poder ayudarte. Bueno, coge todo esto y ven que te enseñe dónde está la ducha. Mientras, iré a desplumarme, que estas pequeñajas ya han trabajado lo suficiente por hoy. —Dio un par de golpes de cadera y sonrió.
—Tu chaqueta… —que aún llevaba puesta.
—¡Oh, no te preocupes por ella! ¡Déjala en el montón de la ropa sucia!
Sasha me condujo entonces al cuarto de baño por el estrecho pasillo que comunicaba el salón con la cocina y con dos habitaciones más. Cerré la puerta, dejé la ropa que me acababa de dar —la ropa de Guido, a quien yo no conocía— apoyada en el borde del lavabo y me miré en el espejo: no tenía buen aspecto en absoluto. Me acaricié levemente con las manos el contorno de los ojos, luego la frente y luego el mentón. Alargué el brazo, abrí el grifo de la ducha y dejé que el agua cayera durante un par de minutos antes de quitarme los calzoncillos sucios y meterme dentro. Cerré los ojos. Dejé que el agua se llevara por el sumidero los restos de tierra y de arena de mi pelo, de mis hombros, de mi espalda, de mis piernas. Y los recuerdos. Sasha cantaba algo al otro lado de la pared. Por fin encontré, aquella noche, un segundo de paz.
XXII
Salí de la ducha, agarré una de las toallas de algodón que descansaban encima de una pequeña cómoda de baño, al lado del lavabo, y me sequé el cuerpo. Me puse la ropa interior; los pantalones me iban bien, pero la camiseta me estaba un poco estrecha y tenía miedo de que se rasgara de un momento a otro. Las zapatillas eran un poco anchas, pero me valían. Dejé la toalla apoyada sobre el borde de la ducha y me miré de nuevo en el espejo: mucho mejor. Me arreglé el pelo con las manos y me agaché para recoger del suelo mis calzoncillos sucios; luego me los escondí en uno de los bolsillos del vaquero. Abrí la puerta y salí al salón.
Sasha todavía debía de estar desplumándose en su habitación; seguía cantando, eso sí, y la canción se escuchaba por toda la casa aunque de manera irreconocible. Me acerqué a la mesa —evité realizar otro recuento de todo lo que había encima—, cogí la jarra de agua y me llené de nuevo el vaso. Apenas me había dado tiempo a sentarme de nuevo en el sofá y a llevarme el vaso de agua a la boca cuando la puerta de la calle se abrió de repente.
—¡Vaya! ¡Parece que tenemos visita! —dijo una chica.
—Si has venido a robarnos, empieza llevándote a Sasha —se rio un chico.
Tragué rápidamente el agua que tenía en la boca y nos quedamos mirando en silencio durante un par de segundos antes de que la chica cerrara la puerta de la calle y gritara:
—¡Sasha! ¿Puedes salir un momento, por favor?
Tenía aspecto desgarbado. Sus desaliñados cabellos, negros y lacios, le caían por los hombros hasta llegar a media espalda; su rostro parecía cansado, con unas ojeras profundamente
marcadas y las mejillas algo hundidas. Vestía con una camiseta con las mangas mal cortadas y unos pantalones que lucían un roto a la altura de la rodilla izquierda. Una de sus zapatillas llevaba la suela medio despegada por la puntera y a la otra le faltaban los cordones. Me dirigió una mirada de desaprobación antes de volver a llamar a Sasha a gritos; su compañero, por el contrario, me dedicó una amplia sonrisa que me resultó ciertamente acogedora. Debajo de su ceñida camiseta, similar a la que yo llevaba puesta en aquel momento, se intuía un torso definido, al igual que sus brazos que eran fuertes y admirables. Se levantó ligeramente la camiseta mientras le decía algo a la chica y pude entonces observar un pequeño y sagitado sendero de vello negro que descendía discretamente desde su ombligo hasta la cintura de su pantalón y luego se perdía por donde la vista no alcanzaba a ver. Regresé a su rostro de mentón marcado y barba de dos días, y seguidamente me fijé en sus cabellos rubios, que los llevaba cortados a cepillo y ligeramente erectos, formando una pequeña cresta central. Y aquí el adjetivo erecto cobró significado propio en mi cuerpo ante la imagen de aquel joven, que debía de tener algunos años más que yo —ambos me parecían mayores—, y mi mayor desconcierto, por lo que no dudé en intentar disimular aquella reacción inclinándome hacia delante, dejando el vaso de agua en el suelo junto a las dos tazas de café y apoyando los brazos sobre las rodillas. No obstante, quizá lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, que eran de tonalidad ámbar oscuro, del color del caramelo, y aun así poseían un destello esmeralda y un magnetismo difícilmente explicable.
—¿Quién me busca? —Sasha apareció de pronto en el salón ataviada con un batín de cuerpo entero de color rosa y unas zapatillas blancas de andar por casa—. ¡Chicos! ¡Ya habéis vuelto!
—¿Qué hace esto en el sofá? —preguntó la chica con cierto desprecio.
—No es esto, Laura; es éste. Y se llama… —Sasha me dirigió una leve sonrisa; al parecer, se había olvidado mi nombre.
—Robert… —dije con un hilo de voz.
—¡Eso! ¡Robert! Estos son Guido y Laura. ¿Te acuerdas de los zapatos tan bonitos que te he enseñado antes, cariño? Pues aquí te presento a la zorra mala que me los rompió mientras se los probaba.
Pensé que se refería a Laura, pero en cambio la mirada de reproche atravesó el salón en dirección a Guido, que soltó una carcajada antes de acercarse al sofá y sentarse a mi lado.
—¡Encantado, chavalote! —dijo mientras me golpeaba amistosamente la espalda.
—Bueno, sí, vale. Pero, ¿quién coño es este tío y por qué está en nuestro salón? —preguntó de nuevo Laura—. No me digas que por fin te has animado a contratar a un jovencito que se encargue de saciar tus… necesidades.
—¡No digas tonterías! —le respondió.
—¡Eso, Laura, no digas tonterías! —coincidió Guido—. Sasha sabe que cuando ella quiera yo le hago un apaño…
—¡Guido, por favor! —exclamó Sasha; él se rio—. El caso es que Robert se ha encontrado con un grupo de desalmados cerca del Washington Square Park…
—¿Los Canijos? —preguntó Guido.
—Es probable —asintió Sasha—. Así que hasta que la ciudad decida sonreírle un poco a nuestro nuevo amigo, Robert se va a quedar a vivir aquí, con nosotros.
—¡Perfecto! ¡Un aliado! —Guido me pasó un brazo por la espalda y me empujó hacia él, en lo que pareció ser un efusivo abrazo.
—Yo no quiero molestar —dije—. Mañana encontraré algún lugar en el que…
—¡Sandeces! ¿Dónde vas a ir si no tienes ni un centavo en el bolsillo? Te quedas con nosotros y no hay más que hablar, ¿entendido? Por cierto, cariño —se dirigió a Guido—, te he cogido algo de ropa del armario para que se la pueda poner Robert. No te importa, ¿verdad?
—¡En absoluto! —dijo sonriéndome de nuevo.
—¡Genial! ¡Ya tenemos mascota! —exclamó Laura con sarcasmo. Luego cruzó indignada el salón, se marchó por el pasillo hacia su habitación y propinó un sonoro portazo a modo de buenas noches.
23
Guido volvió de la cocina con un par de latas Schaefer; me entregó una de ellas y luego se sentó en una de las sillas que rodeaban aquella pobre mesa coja. Sasha se había sentado a mi lado en el sofá. Lo cierto es que a mí no me apetecía nada tomarme una cerveza en aquel momento, pero después de lo amables que estaban siendo conmigo, me pareció un tanto maleducado rechazarla, así que la abrí y le pegué un trago. Estaba caliente.
—Bueno, ¿y quién eres tú? —preguntó él mientras abría la suya.
—Robert —respondí.
—Eso ya nos lo has dicho. Queremos saber quién eres, no tu nombre. Eres nuevo en la ciudad, ¿verdad? —Asentí—. ¿Y qué has venido a hacer aquí? ¿De dónde vienes? ¿Cuántos años tienes? ¿Qué es lo que buscas?
—¡Ya, Guido! ¡Ya! ¡Por el amor de Dios, lo estás aturdiendo! —lo reprendió Sasha—. ¡Me estás aturdiendo incluso a mí! —Guido se rio y se disculpó.
—Soy de Lanesborough.
—¿Lanesqué? —preguntó extrañado Guido.
—Lanesborough —repetí.
—Lanesborough, Mississippi. Ahí es donde Robert Johnson le vendió su alma al diablo, ¿no es cierto?
—No, no… Lanesborough, Massachusetts. Es un pequeño pueblo que está cerca de la frontera con el estado de Nueva York. Tengo veintidós años y he venido porque quiero convertirme en escritor.
—¿Escritor? ¡Eso es genial! ¡Un artista en el grupo! —exclamó Sasha.
—¡Eh! ¡Que yo también soy un artista! —se quejó burlonamente Guido.
—Cariño, a lo que tú haces no se le puede llamar arte…
—Te podría enseñar una agenda repleta de clientes que estarían dispuestos a rebatir esa afirmación de inmediato. —Se rio—. En cuanto a la ropa, Robert, no tengas ningún reparo a la hora de utilizar toda la que necesites. No tienes ni que pedirme permiso: entras en mi habitación —señaló con el pulgar la puerta que había detrás de él— y coges lo que más te guste; cuando se ensucie: al montón de la lavandería.
—Gracias, pero intentaré comprarme algo lo antes posible…
—Sin agobios. Si necesitas algo, sólo tienes que decirlo.
—¿Por qué… hacéis esto por mí? —pregunté.
—¿A qué te refieres? —preguntó Sasha.
—Me recoges del parque y me ofreces quedarme en tu casa a pasar la noche. Dejas que me duche y tú, Guido, me prestas tu ropa y ahora me dices que si necesito algo sólo tengo que pedirlo… No lo sé, no lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes? —Guido depositó la lata de cerveza encima de la mesa y se inclinó hacia delante.
—Porque os comportáis así conmigo, tan amables…
—¿Qué hubieras preferido: que te hubiera dejado allí tirado, que no hubiera hecho nada por ayudarte? No, no... Este mundo ya es suficientemente difícil como para no ayudarnos entre nosotros. ¿Sabes lo que nos está pasando? Nos estamos convirtiendo en gente sin corazón, sin sentimientos. ¡El egoísmo está pudriendo este país!
—¡Amén, hermana! —Se burló Guido levantando los brazos al aire.
—Pero nosotros no somos como la mayoría, no; nosotros somos una familia. ¡Y tú ya formas parte de ella, cariño, así que ve acostumbrándote!
—¿De vuestra familia? —pregunté extrañado.
—¡Claro! ¡La familia de las almas libres e inconformistas! Se ve a la legua que tú quieres pertenecer a ella. ¡Lo estás pidiendo a gritos! ¡Miembro honorario! Te daremos en los próximos días una insignia para tu chaqueta y el gorrito reglamentario.
—También se nos conoce como la familia Addams. —Se rio Guido.
—Y como buena familia americana que somos…
—Conservadora, republicana y tradicional —apuntó Guido irónicamente.
—… contamos con un acaudalado benefactor que nos ayuda a sufragar los gastos tontos del día a día.
—Como el pan, la carne, las revistas porno y las medias de rejilla.
—¿Eres rico? —le pregunté extrañado a Guido.
—Se gana bien la vida —contestó Sasha.
—Tú has venido a Nueva York a ser escritor, ¿no? —me preguntó él; yo asentí—. Pues déjame decirte, Robert, que los escritores no suelen hacerse ricos. Si quieres ganar dinero, tienes que buscarlo. ¿Y sabes dónde se esconde el dinero?
—¿Dónde? —pregunté intrigado.
—El dinero se esconde… en las carteras de los hombres aburridos.
24
Guido era prostituto: de los mejores de la ciudad. Se acostaba con hombres por dinero y disfrutaba haciéndolo; ¿qué había de malo en ello? Conocía a la perfección buena parte de los hoteles de Manhattan y sus servicios habían sido requeridos por conocidos políticos del Capitolio, que regresaban a casa durante el fin de semana para estar con sus esposas e hijos; mandatarios internacionales, que acudían a las Naciones Unidas y aprovechaban la oportunidad para conocer los atractivos de la ciudad; banqueros al cierre de la jornada, jugadores de béisbol y de baloncesto, que deseaban un poco de acción fuera de la cancha; artistas que buscaban inspiración…
—¿Por qué lo haces? —quise saber.
—¿Por qué escribes tú? —me preguntó él.
—Porque me gusta —respondí. Contarle aquella historia de la biblioteca de Pittsfield, Vicky, los beats, En la carretera, la señora Strauss, el rescate de los libros… que finalmente habían acabado calcinados en aquella papelera del Washington Square Park, no me pareció oportuno. Tampoco tenía muchas ganas de recordar.
—¡Exacto! A ti te gusta escribir al igual que a mí me gusta chupar…
—¡Guido, por Dios! ¡Sólo es un crío! —le interrumpió Sasha.
—¿Un crío? ¡Pero si apenas tiene cinco años menos que yo! ¿Sabes qué estaba haciendo yo cuando cumplí los veintidós años? Estaba en el Plaza con… bueno, eso no importa ahora. Lo que quiero decir es que yo a su edad ya tenía una reputación, una cartera de clientes asiduos y una tarifa estándar con suplementos especiales. Además, ¿qué hay de malo en chupar pollas?
—¡Guido! —se quejó de nuevo Sasha.
—¡Chupar pollas! ¡Chupar pollas! ¡Chupar pollas! ¡Vamos todos!
Guido se levantó de la silla y empezó a marchar dando vueltas por todo el salón como si fuera una majorette, lanzando su imaginario bastón metálico al aire y recogiéndolo al vuelo, haciéndolo girar mientras repetía una y otra vez su consigna. Al cabo de unos segundos, se sentó otra vez y siguió hablando.
—Como te iba diciendo, a ti te gusta escribir al igual que a mí me gusta chupar… ¿puedo decirlo ya, mamá? —Sasha lo miró con el ceño fruncido—. Los dos disfrutamos con lo que hacemos, pero sospecho que yo gano más dinero que tú. —Sonrió.
—¿Podemos volver a ser personas respetables, por favor? —pidió Sasha.
—Personas respetables… ¿Cuándo hemos sido personas respetables, Sasha? ¿Cuándo? ¡Si tú eres una drag queen cuarentona que se pasa la noche calentando a un puñado de perras en celo! ¡Dime qué tiene eso de respetable!
—Mi trabajo, cariño —remarcó la palabra trabajo—, es del todo respetable. Yo soy una señorita…
—Una señora entrada en años y carnes, querrás decir —le corrigió Guido.
Sasha enfureció de repente y buscó algo que lanzarle a la cabeza a Guido. Lo primero que vio —y lo primero que vimos también nosotros— fueron las dos tazas de café y el vaso de agua que había dejado yo en el suelo, y por un momento temí que decidiera estamparlo contra la pared o, peor aún, que decidiera abrirle una brecha en la frente al pobre Guido con él; pero no. Sasha agarró uno de los cojines y se lo lanzó con fuerza. Guido se apartó de la trayectoria del cojín y éste acabó cayendo en la mesa coja, que cada vez se veía obligada a aguantar más y más peso.
—¡Y tú eres un chulo que vende su culo por un puñado de dólares! ¡Santo cielo! ¡Mira lo que me has hecho decir!
Guido se cayó de la silla preso de un repentino ataque de risa por ver a Sasha tan descontrolada y empezó a revolverse por el suelo. Sasha se levantó del sofá, se dirigió hacia la mesa y cogió una de las revistas con las páginas rasgadas y regresó a su sitio, abanicándose. Guido dejó de reír, pero no se molestó en levantarse y se quedó tumbado en el suelo.
—Tú podrías ganarte la vida como yo. No tienes tan buen cuerpo como el mío —se levantó la camiseta y acarició sus abdominales—, pero ahora se lleva mucho tu estilo, el de joven flacucho e inocente.
Yo no era un joven flacucho como me acababa de describir Guido, aunque a su lado bien podría dar la impresión de que sí. Yo en realidad me consideraba un chico normal: no muy bajo, pero tampoco muy alto, cerca del metro ochenta —«el estirón» me duró lo que el verano de 1971—. Llevaba mis cabellos negros cortos, no tanto como los suyos, pero tampoco era ningún desgreñado melenudo. Tanto Claire como Shirley —les hablaré de Shirley más adelante— siempre me dijeron que era guapo, aunque yo siempre sostuve que Brian era mucho más guapo que yo. Eso es algo que no ha cambiado con el paso de los años: pónganme al lado de cualquier hombre y les daré un mínimo de cinco razones por las que él es más guapo que yo. Bueno, no importa: somos feos pero tenemos la música.
—Es que ésta es la temporada del raquitismo-chic. Todas las pasarelas lo están implantando en sus desfiles: París, Milán… ¡Fíjate en Laura! ¡No entiendo cómo Yves Saint Laurent no la ha llamado todavía para su colección de primavera-verano!
—¡Sasha! —Guido la miró de forma cortante y ella se calló—. Volviendo a lo que nos preocupa —se dirigió a mí—, lo único que debes tener para poder triunfar en este mundo son tres cosas.
—¿Qué cosas? —pregunté. Guido se puso de pie y se acercó a nosotros.
—Simpatía, discreción… y una buena herramienta como ésta.
Guido se agarró la entrepierna. Sasha se llevó las manos a la cara mientras negaba con la cabeza en señal de resignación. Yo me reí.
25
Guido me dio un abrazo y las buenas noches antes de marcharse a su habitación. Sasha recogió las tazas de café, el vaso de agua y la jarra, y me preguntó si quería que me trajera algo de la cocina, un vaso de leche caliente o unas galletas; luego insistió en que si me entraba hambre en mitad de la noche no dudara en levantarme y coger lo que quisiera: cereales, un sándwich, zumo de manzana… bueno, zumo de manzana no, porque se les había acabado. Le di las gracias y le dije que no se preocupara. Ella desapareció por el pasillo y regresó al cabo de unos minutos arrastrando una gran manta verde, que era incluso más grande que ella. El sofá, pese a lo desvencijado, era realmente cómodo. Coloqué los dos cojines encima de una de las sillas y me recosté apoyando la cabeza sobre uno de los reposabrazos.
—¿Seguro que no quieres nada? Creo que aún queda en la cocina un trozo del pastel de compota de melocotón que trajo Macy el lunes… —me ofreció antes de lanzarme la manta por encima y cubrirme por completo.
—Estoy bien, Sasha. Gracias —respondí—. No sé cómo voy a poder…
—¡Ni una palabra más! Esta noche, ya está todo dicho. —Sonrió ella.
—Pero…
—¡Nada! Lo que tienes que hacer ahora es dormir. Ya verás como mañana, cuando hayas descansado, lo ves todo mucho mejor. ¡De color rosa! —bromeó estirándose el batín.
Sasha se sentó por un momento en el sofá y me acarició la mejilla. Fue una sensación extraña, pero agradable.
—Cuando yo llegué a esta ciudad, hace más años de los que me gusta admitir, sentí un miedo descomunal. Estaba realmente acojonada, y por favor no le digas a Guido que he utilizado esta expresión porque de lo contrario no me lo podré quitar de encima en días. —Sonrió—. Yo también soy de un pequeño pueblo como tú, ¿sabes?
—¿Ah, sí? ¿De dónde?
—Eso no importa ahora, cariño. Lo que importa es que tienes que ser fuerte. Verás, aquí todo es rápido, violento, efímero; todo brilla más de lo normal y todo es más oscuro de lo que parece. —Sasha se quedó en silencio unos instantes—. Seguro que te has fijado ya en esa mesa. Posiblemente tiene más años que tú. Sus antiguos dueños pensaron que ya no servía para nada porque una de las patas era ligeramente más corta que las demás y se tambaleaba en exceso; por ese motivo se deshicieron de ella. La encontré hace años en un contenedor en Rivington con Chrystie, aquí a dos pasos. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ella? Que es fuerte. Quizá se tambalea, sí, pero nunca se viene abajo. Además… aquí es real.
—¿Es real? ¿Qué es real?
—Yo soy real.
La miré extrañado. Sasha se puso de pie.
—En esta ciudad yo soy quien quiero ser. Y si tú te lo propones, joven escritor, serás quien quieras ser. Buenas noches, cariño. —Se inclinó, me dio un beso en la frente, apagó la luz del salón y se fue a su habitación.
Me quedé mirando la tenue franja amarillenta que se proyectaba en el techo y que entraba por la ventana, proveniente de alguna de las farolas que todavía seguían despiertas. De vez en cuando el ruido de algún coche rompía el silencio que imperaba en el salón. Cerré los ojos e intenté dormir. La primera imagen que me vino a la mente fue aquella nevada tarde de diciembre en la que Vicky me enseñó un libro de poemas de Emily Dickinson y me leyó algunos mientras comíamos galletas de jengibre:
Bueno es soñar, pero mejor es despertar
si uno se despierta en la mañana,
si uno se despierta a medianoche mejor es
soñar con el amanecer.
No recordaba cómo seguía el poema. No importaba. De todas formas, ya me había quedado dormido.
26
El Gordo se rio, satisfecho de sí mismo, mostrándome sus dientes amarillentos y su mirada podrida. Sacó la navaja del bolsillo derecho del pantalón y empezó a jugar con ella, abriéndola y cerrándola una y otra vez, hasta que dio un paso adelante, me la acercó al cuello y repasó el contorno de mi mandíbula con el filo de la hoja. Yo intenté no pensar en nada, dejar la mente en blanco; intuía que ese psicópata era capaz de rajarme la garganta allí mismo y nadie vendría a buscarme. Allí mismo. ¿Dónde era allí mismo? No lo sabía. Sentí la respiración de ese hijo de puta en mi cara. Me agobiaba y me ahogaba. El Gordo separó la navaja de mi cara y se me quedó mirando en silencio. Noté cómo la cuerda que me mantenía atado al tronco del árbol me apretaba las muñecas cada vez con mayor fuerza. Aquél no era un olmo, quizá un tilo, aunque estaba demasiado oscuro para saberlo con certeza. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Dónde era allí? Miré a mi alrededor. No había ningún indicio de carretera ni de calle cercana. No era el Washington Square Park, sino un parque que parecía mucho más frondoso, más oscuro, más oculto. Algunos parterres descuidados y algunos bancos rotos era todo lo que podía ver a través de los árboles que me rodeaban. ¿Y dónde estaba el resto del grupo? ¿Cómo se llamaba el líder? ¿Tony? ¿Y los otros? Jonah y David. El chico. Había un chico de unos dieciséis años que se encargaba de vigilar por si llegaban los cerdos. ¿Dónde estaba? Allí no había nadie: sólo el Gordo y yo.
—Así que ya tienes amigos nuevos en la ciudad, ¿no es así, William? Bien, bien; eso está muy bien. Los amigos son muy importantes. ¿Qué sería de nosotros sin nuestros amigos? —Dejó de sonreír—. Aunque a veces hay situaciones que ni los amigos pueden llegar a comprender, ¿verdad, William? —Se me acercó un poco más. Su aliento me produjo arcadas—. ¿Saben tus amigos que te has escapado de casa?
—Suéltame o te juro que… —me escuché decir a mí mismo.
—¿Qué? ¿Qué es lo que juras? ¿Vas a gritar? ¡Hazlo! ¡Grita cuanto quieras! ¿Crees que te va a oír alguien? ¿Crees que esa vieja reinona va a venir a salvarte ahora? —El Gordo empezó a moverse de aquí para allá—. ¿Y qué le vas a decir, William? ¿Que te has marchado en mitad de la noche sin decir ni adiós? Eso no está nada bien. Ellos te han ofrecido todo lo que tú necesitabas: ropa, comida, un sofá donde dormir, un lugar en el que poder quedarte… ¿Y cómo se lo agradeces tú? ¡Te marchas! ¡Huyes! Como los cobardes. ¿Sabes lo que les pasa a los cobardes que huyen de noche, William? Que se acaban encontrando de bruces con su destino.
El Gordo clavó la navaja con un movimiento brusco en el tronco; luego, apoyó sus manos a ambos lados de mi cabeza. Yo giré la cara, no quise verlo. ¿Qué cojones estaba pasando? ¿Por qué estaba allí? ¿Dónde era allí? De repente recordé haber abierto la puerta de la calle y haber caminado sin rumbo durante un par de minutos. Un taxi. ¿Era un taxi? Todo estaba borroso. Y el Gordo se rio desde la otra parte de la ventanilla. ¡Joder! ¿Qué estaba pasando? El Gordo interrumpió mis pensamientos de repente. Me cogió de la barbilla y me obligó a mirarlo. Me ordenó que no cerrara los ojos y me advirtió que si cerraba los ojos me mataría. Y entonces me besó.
Sus labios eran ásperos, repugnantes, desagradables. Su lengua intentaba abrirse paso a través de mi boca mientras yo trataba de evitar que consiguiera ir más allá. Quise morderle. Pensé en morderle para que me dejara tranquilo, pero supe que si lo hacía habría consecuencias. El Gordo empezó a bajar su mano por mi cuerpo hasta que llegó a mi entrepierna y empezó a acariciarme. Me resistí, me revolví, quise librarme de esa jodida cuerda que me mantenía maniatado al tronco de aquel árbol. El Gordo siguió besándome, llenó mi boca con su asquerosa saliva y su aliento de alcantarilla. Me entraron ganas de vomitar. Sus manos desabrocharon el botón de mi pantalón vaquero —el pantalón vaquero de Guido—, dejó que éste cayera al suelo. Me sobó todo el paquete y se me empezó a poner dura. ¡Joder!
—¡Vaya, vaya! ¡Pero si estás bien dotado y todo! Creo que tú y yo lo vamos a pasar muy bien esta noche, William…
Empezó a lloviznar. Las gotas resbalaban por mi cara mientras el Gordo seguía sobándome la entrepierna. Las gotas me ardían. Me quemaban la piel, imprimiendo en ella pequeñas manchas oscuras. Ahora tenía cientos de ellas por todo el cuerpo. El Gordo se reía. Parecía que a él no le afectaba esa lluvia corrosiva. ¿Qué estaba pasando? El Gordo se separó de mí. Se aflojó el cinturón, se desabotonó el pantalón y se lo quitó, lanzándolo un par de metros más allá. Empezó a restregarse contra mi cuerpo. No quise pensar en nada. No quise notar su cuerpo contra el mío. La lluvia cada vez quemaba más. El Gordo se reía. La lluvia se volvió más intensa. Quemaba. Cada vez más. Cada vez más.
—¡Joder! ¡Me estoy quemando!
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