Kitabı oku: «Psiquiatría de la elipse»
Psiquiatría de la elipse. Aventuras del sujeto en creación
Ivan Darrault-Harris • Jean-Pierre Klein


Título original: Pour une psychiatrie de l’ellipse. Les aventures du sujet en création
Colección Biblioteca Universidad de Lima
Psiquiatría de la elipse. Aventuras del sujeto en creación Primera edición digital, septiembre de 2016
© Ivan Darrault-Harris, Jean-Pierre Klein, 2007
© De la edición francesa: Presses Universitaires de Limoges, 2007
© De la traducción: Desiderio Blanco
© De esta edición:
Universidad de Lima
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Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-362-5
Índice
Prefacio, de Jacques Fontanille
INTRODUCCIÓN A LA VERSIÓN ESPAÑOLA
I. La dimensión semiótica de la teoría de la elipse
II. La psicoterapia de la elipse es una ayuda de autoterapia
CAPÍTULO I. EL CAMPO ESTRUCTURANTE
El encuentro entre ciencias humanas
La ilusión interdisciplinaria
Disimetría de las posiciones
Cuatro etapas históricas
El campo estructurante
Historial de la psiquiatría de sector
El loco en la sociedad; el sector como tratamiento
Ser sí-mismo «infanto-juvenil»
Ser paciente en psiquiatría infanto-juvenil
Ser padres en psiquiatría infanto-juvenil
El niño como encarnación
La terapia como conversión
La enfermedad como figura
La dimensión social
Diversidades terapéuticas
Diversidad de los cuidantes
La nosografía evolutiva
El intersector, estructura institucional
Hacia una nueva conceptualización del ser humano
Superaciones
En resumen
De la semiótica a la psicosemiótica
Freud presemiótico
Sacar a la luz las diferencias
El «recorrido generativo»
De la literatura oral al comportamiento-discurso
Un laboratorio natural
Unidades por describir
CAPÍTULO II. KATHRYN, UNA PUESTA EN ESCENA PARA UNA RESURRECCIÓN
Del ejercicio autobiográfico a la psicoterapia clásica
La psiquiatría de la elipse
Resistencias y proyecto
Heteronomía, autonomía
Las buenas preguntas
La claridad no es forzosamente la mejor vía hacia la luz
Puesta en elipsis
La anorexia mental
La estrategia del rodeo
El desembrague enuncivo
Historia de Kathryn
Psicodramas
Juegos de marionetas
Evolución ulterior
Análisis de las formas terapéuticas propuestas
La conjunción del juego de marionetas
Elogio de la penumbra
Necesidad de las restricciones
Posiciones de enunciación
Actantes-duales
Fracaso de la interdicción y bloqueo narrativo
Ser o parecer
Análisis de la segunda escena
La confesión somática
Paralelismo con la historia «real» de Kathryn
Resurrección del destinador
La curación
Nuevo actante-dual
Retorno a la realidad
Las cinco enunciaciones
Siempre sobre el oficio
Responder en cuanto a la forma y en cuanto a la sustancia
Daniela y Nathalia
Los rodeos del cuerpo violento
Un rodeo para Elvis
Desarrollo de las sesiones
La institución contra la terapia
CAPÍTULO III. EL MARCO PARTICULAR DE LA UTOPÍA TERAPÉUTICA
Problemáticas actuales de la psiquiatría de sector
Alternativas
Configuraciones terapéuticas
La propuesta de la indicación terapéutica
Función parental y no sustitución de los padres
La anticipación de maduración
El «sentido» de la terapia
Hacia un nuevo marco terapéutico
CAPÍTULO IV. BEATRIZ O «¡BIENVENIDA LA IMAGINACIÓN, ADIÓS A LOS SUFRIMIENTOS!»
Presentación de Beatriz por su familia
Propuesta de la primera indicación terapéutica
Desarrollo de la secuencia antidepresiva
Mitología familiar
Sucesos
Necesidad del grupo de control
Las formas que nos organizan
La figura del doble
«Prescripción» de la imaginación
Espacios
Oficialización de la confusión
Lectura e ilustración de cuentos
Análisis de los dos relatos
Cuento o apólogo
Llegada de Charles Perrault
Cuentos al azar
Paso a la imaginación personal
Análisis de esta historia
Individuación de Beatriz
Disjunción realidad/imaginación y reapropiación progresiva de lo imaginario
Retorno a la mitología familiar
La última sesión
Análisis de la reinvención de la Bella y la Bestia
La relación con la escritura
La transformación de los términos
La transgresión y el castigo/maldición
El intercambio inesperado
La evasión-intermedio, la revelación final del sujeto
Lo idéntico y lo diferente
Relaciones estructurales
La buena distancia
Breve rodeo histórico-sociológico
Relato del mito original
De lo trágico a la tragedia
Culpabilidad y reproducción
Tomas de posición de la generación siguiente
Del buen uso de lo maravilloso
La metáfora del holograma
CAPÍTULO V. LA COSMOGONÍA DE YANN
Historia de Yann
Los primeros encuentros
El camino recorrido. La posición del terapeuta
Semiótica del sujeto
Análisis del «prólogo»
El cuadrado de la identidad
La fase de los dibujos
Análisis semiótico de los dibujos
Reacomodos familiares
Análisis semiótico de esos dibujos: el sujeto es liberado
El dibujo del aniversario: la identidad adquirida
La leyenda de los orígenes
Búsqueda de una nueva configuración terapéutica
Invención de historias
El zorro asceta y el conejo argumentador
La terapia como parto
Las paradojas de Winnicott
¡Liberación!
Hacia la autonomización
Última variación: del monólogo narrativo al diálogo
Ganas
Diálogos constructivos
Recapitulación
La supresión del terapeuta
El cuadrado semiótico de las intervenciones
La cuestión de la alteridad
La percepción intuitiva de la transversalidad
La cuestión de la interpretación
La terapia es un «alumbramiento»
Asunción por el cuidante de no-sujeto a sujeto
Todo arte es creador
Anexo 1
Anexo 2
CAPÍTULO VI. LA INICIACIÓN A LA FORMA
La psiquiatría de la elipse es una metodología
Los seis criterios del fin de una terapia
La terapia como creación de otros sincretismos
Uno en otro
De sincretismo en sincretismo
La cuestión de la explicitación
La elipse
La relación con el tiempo
Evocar, invocar
Ascendientes o ancestros
El cuidante es un sujeto de búsqueda
El cuidando debe reconvertirse en un sujeto de búsqueda
De la terapia al arte
La terapia es anomia
De la Creación a la creación
La terapia como creación cosmogónica
Todos somos suplicantes
Posfacio: Explicar, comprender, de Paul Ricœur
Bibliografía
Índice de conceptos y nociones
Prefacio
Casi quince años después de su primera aparición, la Psiquiatría de la elipse es reeditada hoy en día, modificada y enriquecida, disponible de nuevo para los semióticos amantes de aventuras poco comunes, para los terapeutas que se interesan por recorridos metadescriptivos y, más generalmente, para un público atraído por innovaciones interdisciplinarias en ciencias humanas.
Porque así es como se presenta de entrada este libro: como el producto de varias historias entrecruzadas. Para comenzar, la de las prácticas y de las instituciones terapéuticas, que conduce a definir progresivamente el campo de la psiquiatría «infanto-juvenil», y, en el interior de esta última, los métodos y los presupuestos de la puesta en marcha por Jean-Pierre Klein. Luego, la de la semiótica de la Escuela de París, por la cual Ivan Darrault-Harris ha tomado partido, siguiendo a Jean-Claude Coquet, para volver a trazar el recorrido en dos etapas: el de la semiótica «objetal», o sea, el de la semiótica narrativa de Greimas, y el de la semiótica «subjetal», en este caso, la semiótica del discurso desarrollada principalmente por Coquet. Y, finalmente, la historia de un encuentro y de una amistad interdisciplinarios, y el de un largo recorrido intelectual compartido entre los dos autores, Jean-Pierre Klein e Ivan Darrault-Harris. El libro da testimonio, a este respecto, de un cruce de identidades: al comienzo de la aventura, el primero era psicoterapeuta y el segundo, semiótico; al final del recorrido, las fronteras se esfuman, el terapeuta piensa como un semiótico, y el semiótico piensa como un terapeuta.
El lector sabrá perdonar mi incompetencia para apreciar los aportes de este libro, y de las prácticas que él relata, a la psicoterapia: no podría aventurarme en ese terreno, y quisiera limitarme aquí solamente a señalar algunos aportes e incidencias en lo que atañe a la semiótica misma.
La primera incidencia se refiere a la articulación entre la aproximación semiótica y la práctica terapéutica. El prólogo del libro insiste en el hecho de que esas dos disciplinas tienen objetos diferentes, y particularmente sobre el hecho de que una se halla siempre en el movimiento de una práctica en devenir, mientras que la otra debe constituir los productos de la primera en «discurso» y contentarse, en suma, con una «vida detenida». En su posfacio, y ya al final, Paul Ricœur insiste en el hecho de que la semiótica, como todo proyecto científico, «es una práctica, una práctica teórica, ciertamente, pero una práctica que, como todas las prácticas, debe ser recuperada de acuerdo con su finalidad interna» (p. 336). Dicho de otro modo, la vertiente semiótica es, en este sentido, tan «práctica» y tan «viviente» como lo vertiente terapéutica, y la primera puede ser considerada como «un arte sobre el fondo del rigor científico», lo mismo que la segunda, como lo señalan los autores en la introducción. La cuestión no es, pues, la de una diferencia de estatuto epistemológico entre un «arte riguroso» y una «ciencia incierta», sino más bien la de la «finalidad interna» de una y otra práctica, la del ajuste estratégico entre dos finalidades y la del encaje táctico entre los dos recorridos prácticos; dicho de otro modo, la diferencia es ante todo estratégica y ética.
Ahora bien, si seguimos a Paul Ricœur, la finalidad interna de la práctica semiótica consistiría en una comprensión sometida, en virtud de los medios que utiliza, a una explicación; globalmente, tendría que ver con la hermenéutica en cuanto práctica de investigación. Esto no es suficiente, sin embargo, para diferenciarla de la terapia, puesto que esta última es evidentemente (entre otras cosas) una práctica interpretativa, pero cuyos medios explicativos son, en cierto modo, alternativos y facultativos, y cuyo operador principal es el paciente mismo, como se verá en esta obra. Incluso habría que precisar: cuyo operador principal debe llegar a ser progresivamente el paciente mismo. Volcada por completo hacia el «asistido», hacia ese otro que sufre, la terapia trata de hacerlo cambiar: cambiar de discurso, cambiar de identidad, cambiar de rol, cambiar de síntomas. Pero el cambio-que-cura es, para la psiquiatría de la elipse, una verdadera actividad de traducción-interpretación; sin embargo, a diferencia de otras hermenéuticas, como la semiótica, la traducción-interpretación inducida por la terapia no recae sobre los enunciados ni sobre las estructuras significantes, sino sobre las instancias personales que las soportan. En suma, el objetivo de esas prácticas de interpretación-traducción no es la producción de un discurso sobre las transformaciones del paciente, sino el de una transformación de las instancias que el paciente construye en sus enunciaciones.
No sé si este condensado resumen será aceptable para los dos autores, pero vale la pena intentarlo: la única diferencia entre la semiótica y la terapia como prácticas hermenéuticas consiste en que una se supone que interpreta las variaciones de la correlación entre contenidos y expresiones (y que las traduce como «transformaciones de contenidos» en un metadiscurso), mientras que la otra se supone que interpreta los recorridos e interacciones entre las instancias de la praxis (y que las traduce en «metamorfosis de roles y de posiciones enunciantes» en la historia del paciente).
A partir de ahí, si por un lado admitimos que, en ese tipo de terapia, las transformaciones de contenidos pueden ser comprendidas como manifestaciones de los cambios de instancias, y si, por otro lado, admitimos correlativamente que, en ese tipo de semiótica, los cambios de instancias manifiestan cambios de contenidos, entonces, el encuentro se explica, y sobre todo, la imbricación de las dos prácticas en una sola.
Esta observación cambia sensiblemente el estatuto de las «intervenciones» del semiótico-terapeuta en el curso de la práctica terapéutica, e inversamente, las del terapeuta-semiótico en el curso de la prácticasemiótica.Enefecto,nosetrata,comoelbuensentidoloquisiera,dela intervención de una práctica descriptiva en el curso de una práctica de cuidados y de cambios; en pocas palabras, no se trata solamente de añadir la descripción a la acción, sino de aumentar la capacidad interpretativa de una acción que es ella misma una interpretación en todos los sentidos del término, incluido el sentido artístico. Se trata de llevar a buen término dos procesos interpretativos, dos aproximaciones al movimiento de la vida psíquica para reunirlos en una sola estrategia de cambio.
Porque no es posible «detener la vida», y menos aún cuando se trata de niños, que se van convirtiendo poco a poco en adolescentes, como lo recuerdan los autores en varias ocasiones: el dinamismo evolutivo es, en sí mismo, un objeto de conocimiento y de intervención, que tiene lugar incluso en ausencia de toda intervención.
La peor de las situaciones es, sin duda, aquella en que la evolución está bloqueada y se mantiene en una estricta repetición; pero incluso en esos casos extremos, la terapia funciona como el acto semiótico por excelencia, el cual consiste en suscitar la diferencia allí donde parece que ninguna diferencia se manifiesta. Suscitar la diferencia para iniciar un paradigma y relanzar una dinámica sintagmática. Y, por lo menos, como se constata en algunos de los relatos de terapia, suscitar la diferencia puede consistir en tomar a la letra la sugerencia de Saussure en el Curso de lingüística general*, a propósito de la repetición de «Messieurs! Messieurs! Messieurs!»: basta con introducir una repetición, aparentemente insignificante en sí misma, en una interacción semiótica para que la repetición por sí misma constituya una diferencia, y por eso mismo pueda producir un inicio de dinámica, la de la reanudación. Y sobre esta primera diferencia puede arrancar el recorrido terapéutico y construir el cambio.
La Psiquiatría de la elipse plantea, por lo demás, un conjunto de cuestiones embarazosas a la semiótica greimasiana (y, sin duda, a muchas otras semióticas si es que pueden percatarse de esas cuestiones). Tales cuestiones giran en torno a tres conceptos: generación, manifestación, expresión, todos ellos presentes en el Diccionario de Greimas y Courtés, y, sin embargo, muy desigualmente explotados en los trabajos semióticos. El presente libro no plantea explícitamente resolver las relaciones entre esos tres conceptos o, por lo menos, no los convierte en el objeto de una problemática separada, pero, en cambio, suscita en todo momento cuestiones o dificultades que los solicitan dos a dos, o los tres conjuntamente.
Para comenzar, la expresión. Los autores escriben aquí mismo que la terapia es una «estimulación de nuestras expresividades», pero distinguiendo bien entre las expresiones fijas, que no remiten más que a un estado singular y a una parte específica de un individuo sumergido en su propia historia semiótica, y las expresiones creativas, que son en cierto modo la marca de nuestra pertenencia a la humanidad. Dicho de otro modo, se supone un devenir propio, pero no autónomo, de las expresiones, que las libera, las estabiliza y las «humaniza» al mismo tiempo. No autónomo, porque si la expresión remite supuestamente a un contenido, se debe prestar toda la atención posible a la manera como, en este libro, los contenidos de los análisis son sistemáticamente derivados hacia mitos y temas universales de lo humano. Volveremos enseguida sobre el rol transformador del mito, pero hay que anotar al menos en este instante en qué y de qué se produce la función semiótica en la psiquiatría de la elipse: no existe función semiótica asegurada y estabilizada, es decir, en una relación congruente entre la expresión y el contenido, a no ser que la una y el otro nos permitan hacer la experiencia de nuestra parte de humanidad en devenir. En breve, la función semiótica no es aquí auténtica si no tiende hacia lo universal, o al menos hacia lo sociable y lo universalizable.
Después, la manifestación. Este concepto propuesto por Greimas ha sido muy poco utilizado, en razón, sin duda, de la dificultad que existe para distinguirla de la expresión, y sobre todo por la confusión que se establece con los niveles superficiales del recorrido generativo. Sin embargo, la referencia a Freud, en este mismo libro, es particularmente esclarecedora sobre este punto: distinguir, en efecto, apropósito del sueño, el «contenido latente» del «contenido manifiesto» no puede conducirnos a un recorrido generativo, porque, aun si el contenido manifiesto es una rearticulación de su contenido latente, no es una rearticulación isótopa, como la que exigiría un recorrido generativo stricto sensu. Además, la condensación y el desplazamiento que operan en el sueño se hacen a nivel jerárquico equivalente, puesto que los dos contenidos en cuestión, y las dos escenas que se transforman una en otra, son igualmente figurativos, del mismo nivel de elaboración semiótica. La única diferencia consiste en que una ha sido «traducida» en otra, y que solo la otra puede acceder a la manifestación a través de una producción semiótica (aquí, el sueño).
En una semiótica-objeto tratada como un texto, la confusión entre el plano de la expresión (vs. el plano del contenido) y el campo de la manifestación (vs. el campo de la inmanencia) amenaza en todo momento, porque le falta al texto el «espesor» de los modos de existencia, en el cual se mueve la práctica viviente. En cambio, en la perspectiva de una práctica en curso, la manifestación es el destino dinámico de los contenidos, de los contenidos múltiples que coexisten potencialmente en la cadena del discurso en acto, y que, en razón de la foria que los empuja, ejercen concurrentemente presiones por llegar a la manifestación. La manifestación no es, pues, ni la expresión, ni el último nivel del recorrido generativo; la manifestación es un campo de fuerzas y de maniobras donde unos contenidos ocultan o revelan otros contenidos; todos ellos coexisten en la inmanencia de la práctica discursiva y, en su competición por manifestarse, se enmascaran y se deforman recíprocamente.
Finalmente, la generación. Las figuras de manifestación resultan todas ellas de un proceso generativo, que permite pasar de las estructuras semánticas elementales a las estructuras figurativas de superficie, pasando por las estructuras narrativas. Pero si admitimos, como nos invita a hacerlo este libro, que todo proceso significante es pluriisótopo, entonces, debemos admitir también, en consecuencia, que en toda ocurrencia de discurso coexisten varios recorridos generativos paralelos y concurrentes, y la manifestación es el lugar estratégico donde se regula su competición; nociones y fenómenos como el «proyecto enunciativo», el «lapsus», el «sentido común», convocan cada uno de ellos un tipo de interacción diferente entre recorridos generativos coexistentes y concurrentes: interacciones por «contención», por fractura e irrupción inopinada, por expansión y relajamiento, etc. La «confesión» (o «reconocimiento»), sea verbal o somática (como en este libro), es el resultado también de una forma de interacción propia de la manifestación (y no de la expresión o de la generación).
La psiquiatría de la elipse obliga a tales distinciones: no basta, en efecto, con dar a otro los medios para expresar lo que siente o lo que tiene «que decir», si ese decir no es más que la manifestación forzada, o extraviada, o repetitiva, de un contenido deletéreo. Es preciso poner en marcha estrategias para desbloquear, desplazar, diversificar la manifestación, redesplegar los potenciales, a fin de que pueda acceder a una expresión más auténtica, o simplemente menos sintomática. La perspectiva generativa proporciona elementos de explicación, propone enlaces isótopos entre capas estructurales de contenidos heterogéneos, acompaña, en suma, la táctica terapéutica con su mirada a distancia y con sus jerarquías canónicas.
La generación, por su parte, asegurará el enlace entre estructuras semánticas, entre roles narrativos y entre figuras de superficie, distribuyéndolas por niveles. La manifestación gestionará los conflictos entre isotopías y entre estructuras a fin de controlar el acceso a la superficie de los discursos y de las prácticas, ofreciéndoles un campo de interacciones. La expresión proporciona figuras sensibles, canales de comunicación y modalidades de puesta en circulación y en interacción a contenidos que hayan adquirido los derechos a la manifestación, organizándolos sobre un mismo plano.
El «marco terapéutico» es la instancia donde esas tres dimensiones son articuladas. Definido por los autores como «proyecto formal» de la terapia, comparado con el templum* de los augures latinos, y figurado como «burbuja simbólica», es también glosado como «espacio-tiempo-interacción-mediación» utópico de la terapia (p. 150).
Ese marco es en cierto modo el «soporte formal» de inscripción del recorrido del cambio que va a desencadenar y al que va a acompañar. Lo que llamamos «soporte formal» es un dispositivo espacio-temporal y material, preformado según determinadas reglas y constricciones de acogida de los signos y de las figuras, y proyectado sobre la situación concreta o sobre los objetos materiales acerca de los cuales debe realizarse la producción semiótica. En el caso de la escritura o del dibujo, la naturaleza de ese soporte formal es simple y bien conocida: una superficie, límites, direcciones y espaciamientos que hacen posible saber cómo se escriben los caracteres de la escritura para que signifiquen. En el caso de la terapia, no existe, como lo señalan los autores, forma canónica, sino únicamente configuraciones ad hoc, elaboradas caso por caso. Ese marco formal fija (i) la naturaleza de las expresiones semióticas (verbales, icónicas, gestuales, rítmicas, etc.), que serán aceptadas o rechazadas; (ii) el campo y las condiciones estratégicas para la regulación de las manifestaciones de contenidos (qué contenidos serán favorecidos, cuáles serán en lo posible descartados), y, finalmente, (iii) los sistemas generativos de roles y de figuras que permitan hacer interpretables, desde un punto de vista narrativo, las interacciones y los «escenarios desconocidos» (p. 152) que ese cuadro formal debe acoger.
Unas palabras más, antes de dejar enseguida la palabra a los autores de esta obra, sobre la «elipse» de las instancias enunciantes. Dicha elipse, cuyos dos centros de referencia son el centro de «dicción» y el centro de «ficción», es por sí sola un homenaje (indirecto) a la semiótica del discurso de Jean-Claude Coquet. Por cierto, Ivan Darrault-Harris da, por lo demás, a propósito del caso de Yann, una bella demostración de las virtudes operativas de esa teoría de las instancias enunciantes, en forma de una descripción cautivante de los cambios de posiciones del no-sujeto al sujeto, del sujeto heterónomo al sujeto autónomo, cambios que esconden el conjunto del recorrido terapéutico a lo largo de varios años. Y es precisamente en el modelo de la elipse donde esa teoría muestra una de sus realizaciones más acabadas, a pesar de que la terminología utilizada, como «dicción» y «ficción», y sobre todo, «desembrague enunciativo» y «desembrague enuncivo» proviene de otros horizontes teóricos, principalmente de Greimas.
En efecto, esa insistencia sobre las instancias enunciantes, sobre la tensión entre dos polos y sobre las idas y venidas entre ellos, es propiamente subjetal: la significación viviente del discurso, y su afincamiento en la realidad de las situaciones y de los actantes enunciantes, es captada aquí en el despliegue de las posiciones subjetivas y no subjetivas en el interior de la categoría de la persona y no dentro de la estructura objetiva de los contenidos. E incluso cuando esa estructura objetiva adquiere importancia, lo hace en cuanto firma (signatura) de una nueva instancia enunciante, en cuanto manifestación de una victoria sobre la instancia precedente.
Volvamos, a título de ilustración, sobre el rol del mito y del cuento que lo conlleva: los autores se cuidan muy bien de desmarcarse de Bruno Bettelheim, quien hace del cuento y del mito los vehículos de estructuras de contenidos universales adecuados para explicar, para modificar y para identificar los comportamientos psíquicos individuales. En efecto, el mito, en este libro, solo tiene valor en cuanto tal, en cuanto género portador de los grandes problemas humanos, en cuanto modo de asunción colectiva de los relatos, y no por el detalle de los contenidos narrativos que transmite. El mito es la signatura de un recorrido de las instancias enunciantes cumplido y exitoso, puesto que, habiendo alcanzado el nivel de desembrague último en sus producciones semióticas, el paciente encuentra en el mismo instante el lugar donde su historia personal halla su sentido en su pertenencia a la humanidad. La dimensión antropológica no es valorada porque porte en ella verdades más eficaces que las que conllevan los relatos individuales, sino por ser «antropológica», porque implica una instancia colectiva universal.
El recorrido de la terapia es, pues, un recorrido entre las instancias enunciantes, y la significación que construye es la que surge del lazo y de las conversiones entre dichas instancias.
Es preciso, para comenzar, salir de la expresión personal ilusoria, del discurso en «yo», demasiado evidentemente cohibido por la neurosis o por la psicosis, es decir, por una estrategia de manifestación bloqueada, repetitiva, autorreproductiva. Como lo recuerdan los autores, «la expresión puede reducirse también a no ser más que un momento catártico de purga, pura descarga de tensiones» (p. 169). Pero lo que se busca en terapia no es la descarga de tensiones, no es la manifestación compulsiva de contenidos, no son las presiones para encontrar expresiones estereotipadas. Al contrario, gracias a la «estrategia del rodeo», uno se esfuerza en proponer modos de expresiones específicos, cuidadosamente elegidos para evitar esas manifestaciones de descarga dolosa y para suscitar en su lugar otras «más auténticas». Esa posición de enunciación «otra» es obtenida por desembrague enunciativo; pero lo que importa en la ocurrencia es poder pasar de una manifestación cerrada y no asumida, a una manifestación abierta, indecisa, y que deja alguna oportunidad para una posible asunción.
Una vez hallada una nueva vía de manifestación, gracias a modos de expresión semiótica apropiados, que desplazan o desestabilizan la instancia de la neurosis o de la psicosis, es necesario poder correlacionar ese plano de manifestación isótopa con otros planos isótopos, manifestables a su vez; y tratar, por tanto, de reconstruir una coherencia «generativa» en inmanencia. Pero para poder obtener esa coherencia generativa en las mejores condiciones posibles, es preciso situarse en los dominios semióticos, en los que es fácil de establecer, y hasta se encuentra dada ya de antemano, y, si no dada, al menos regulada por géneros y por situaciones semióticas de referencia. La etapa siguiente consiste en proyectar el conjunto de esos contenidos isótopos en otro campo de enunciación, en el campo de la «ficción», gracias a un desembrague enuncivo, el que cuenta o evoca en tercera persona, o sea, en «él». También ahí estamos a la espera de una asunción y de un tránsito a la instancia subjetiva propiamente dicha; esta es una etapa necesaria, puesto que la proyección ficcional se convierte en acto creador de una creación semiótica de la que el paciente puede finalmente reconocerse el «autor», bajo la égida de los géneros y de las formas de lo humano auténtico (en este caso, de las formas atestiguadas dentro de una cultura dada).
Una vez conquistada la posibilidad de esa posición subjetiva auténticamente humana y asumible por el paciente, el retorno a la posición de desembrague enunciativo o, lo que es lo mismo, al discurso en primera persona, en «yo», es entonces posible. Y esa última etapa, sin constricciones de géneros o de consignas ficcionales, donde el paciente puede, al fin, retornar sobre sí mismo como verdadero sujeto autónomo, es, en suma, el momento en el que el terapeuta sabe que puede y debe ocultarse (¡y también, sin duda, el semiótico!).
¿Podría intentar, para terminar, proponer una hipótesis arriesgada? Se puede advertir que el modelo propuesto por Jean-Claude Coquet, a pesar de sus capacidades heurísticas, no ha tenido y no tiene aún toda la difusión que merece; y que algunas tentativas para aplicarlo a la descripción de los textos rara vez han sido enteramente convincentes. Se podría formular la hipótesis de que ese modelo no es apropiado para el análisis textual en cuanto tal (es decir, para ser aplicado al texto como «semiótica-objeto»), sino que más bien su campo de pertinencia es el del «hacer semiótico» en general, el de la producción de sentido en acto, cualesquiera que sean los modos de expresión y las estructuras de contenido. Por eso mismo, resulta particularmente apropiado para el análisis de una práctica interpretativa y terapéutica en busca de su propio sentido.
En suma, si la significación de la terapia se sitúa principalmente en el recorrido de las instancias, en las variaciones de los enlaces y de las tensiones entre sí, y no en las transformaciones de los contenidos expresados, es porque la terapia no es precisamente un texto, sino una práctica que implica una o varias estrategias, así como tácticas y peripecias, un conjunto de actos abierto y en parte imprevisible, en busca de su propia estabilidad, al mismo tiempo que de su significación. Jean-Claude Coquet ha insistido con frecuencia sobre la diferencia del nivel de pertinencia que separa la semiótica objetal de la semiótica subjetal; y particularmente sobre la relación tan diferente que la segunda establece con la realidad. Pero, para comprender adecuadamente esa advertencia, más vale releer, por ejemplo, a Pierre Bourdieu, quien pone el acento en el carácter «objetal» o «subjetal» de tal o cual modelo semiótico.
Porque también Bourdieu reivindica una teoría «subjetiva», y despotrica contra los análisis falsa o pretendidamente «objetivos». Pero cuando uno examina lo que él entiende por «subjetivo», comprende que eso significa (i) que los actores sociales producen ellos mismos, al actuar, los modelos a los que se somete su acción (eso que él llama los «esquemas» que emergen de la práctica), y (ii) que el «sentido práctico» se puede captar en los juegos estratégicos que los actores conducen en interacción con y entre sus propios esquemas de acción. En sustancia, la acción práctica de los «actores-cuerpos» (que hay que distinguir de los «actores de papel»*) no consiste en ejecutar modelos teóricos de la acción, sino en inventarlos y en modificarlos permanentemente, y una parte esencial de la significación de su acción se debe a la manera como ellos gestionan esas fluctuaciones y al estatuto actancial que se atribuyen en el curso de estas últimas.
En suma, trátese de la «realidad» social o de la «realidad» psíquica, ambas pueden igualmente ser expresadas (eso, por supuesto, en la ocurrencia de un plano de la «expresión») como enunciados proyectados sobre un plano textual (donde serán objeto de un análisis en cuanto «semióticas-objetos»), o como praxis desplegadas en el marco formal de una escena en interacción, cuya significación total depende de los enlaces y desenlaces operados en el interior de la escena. Como esos enlaces y desenlaces son intrínsecamente portadores de valores (lo verdadero, lo auténtico, lo bello, el bienestar, etc.), las modificaciones de las relaciones entre instancias se abren entonces a la ética y a la estética.
29 de diciembre, 2006
Jacques Fontanille
Introducción a la versión española
I. LA DIMENSIÓN SEMIÓTICA DE LA TEORÍA DE LA ELIPSE
Gracias a los atentos y competentes cuidados de Desiderio Blanco, y a su generosa iniciativa, la Psiquiatría de la elipse puede expresarse y comunicarse en la lengua de Cervantes, el primer autor, tal vez, de la primera obra que se desarrolla en la doble dimensión de la narratividad y de la metanarratividad, una obra proféticamente semiótica.
Esta traducción abre, pues, las puertas del inmenso territorio hispanohablante, ya que la lengua española se ha convertido en una de las primeras del mundo, por lo que permite también hacerse comprender más allá del estricto mundo hispanoamericano, tanto en Nueva York como en São Paulo.
Esta nueva y prometedora apertura es evidentemente también la ocasión para situar la teoría de la elipse, puesto que tres ediciones sucesivas, revisadas, aumentadas y actualizadas, se han ido escalonando a partir de su aparición inicial en 1993.
Esta teoría, como lo atestiguan esas ediciones, ha atravesado dos decenios conservando su atractivo entre los psicoterapeutas, y no solamente entre los arteterapeutas, sino que ha ampliado sus lectores entre los diversos técnicos y prácticos que se ocupan de los niños y de los adolescentes: psicólogos, psiquiatras, educadores, maestros. Sin olvidar a los semiotistas, que han descubierto en ella una aplicación valiosa.
Porque su ambición consiste, por cierto, en afrontar una cuestión cuya remanencia histórica es considerable, y que reside precisamente en la transformación, en el cambio del ser humano, en especial cuando el sujeto es portador de sufrimientos psíquicos que obstaculizan más o menos gravemente su bienestar, y hasta su misma salud física, su equilibrio y su armonía relacional con su entorno familiar y social.
En solución a esta cuestión, una primera respuesta asertiva, alentadora de la teoría de la elipse, consiste en afirmar que ese cambio, que esa transformación, es posible, aunque, aquí o allá, uno choque siempre con teorías contrarias, desesperanzadoras, que pronostican la inmovilidad, el estancamiento definitivo del sujeto que sufre, condenándolo así ad vitam aeternam a la prisión de su estructura.
Por supuesto, esa posibilidad de cambio está condicionada por el cumplimiento de condiciones precisas, rigurosas, que determinan su existencia y su fuerza, así como su durabilidad.
Esas condiciones se centran en una propuesta capital hecha al paciente, la de que tiene que comprometerse, con el acompañamiento del terapeuta, en una labor cuya realización progresiva inducirá, según un proceso que encierra gran parte de misterio, el cambio tan esperado tanto por el paciente como por su entorno.
Quisiéramos, por nuestra parte, insistir sobre la dimensión semiótica de la empresa arteterapéutica, que confía en la creación, en la producción regulada de la significación.
Lo que va a determinar la elección de la propuesta de creación hecha al paciente es, en primer lugar, la identificación, casi cartográfica, de dos lugares, de dos espacios que hay que evitar: el de sus síntomas, lugar de manifestación del sufrimiento, y el de sus facilidades, el de sus desahogos, es decir, el de sus procesos bien establecidos de defensa. La psicoterapia aparece así como una suerte de navegación: el paciente y su terapeuta se hacen a la mar de común acuerdo con una hoja de ruta que evita cuidadosamente lo que hemos llamado arrecifes de Escila y Caribdis, los síntomas y las defensas.
Rápidamente se puede advertir aquí que la propuesta de creación, elaborada en una configuración terapéutica cuidadosamente diseñada, debe ser única, altamente específica y adaptada a lo que se comprende acerca de la organización psíquica del paciente, tan singular como su ADN.
Dicho esto, la teoría de la elipse justifica su apelación en la cual propone al paciente una creación que se distribuye semióticamente en torno a dos centros —los de la figura geométrica de la elipse—, que son dos lugares de enunciación: verbal para el primer centro; verbal y no verbal para el segundo.
El primer centro, que denominaremos dicción —centro de la dicción—, desde el cual el paciente enuncia, a partir del triángulo: yo, aquí, ahora, libremente en conversación con el terapeuta sobre sus sufrimientos cotidianos y sobre sus satisfacciones, sobre sus disgustos y sobre sus esperanzas, etc.
El segundo centro, que denominamos ficción, es, por el contrario, el lugar de la creación sugerida, lo cual supone otro triángulo: él, en otra parte, entonces, o sea, la expresión, la puesta en discurso desplazada, «ficcionalizada», de los sufrimientos, del malestar enunciado desde el primer centro. Y ya podemos comprender la importancia de una ausencia —aunque relativa— de control, por el paciente, del lazo que existe entre los dos centros de la elipse: Jean-Pierre Klein recuerda con frecuencia, y con razón, que conviene que la obra se desarrolle no en la oscuridad total, o con luz deslumbrante, sino más bien en la penumbra. Una «buena» distancia debe separar los dos centros de la elipse.
Teniendo en cuenta, pues, la economía psíquica del paciente, la propuesta de creación seleccionará una sustancia en el paradigma de las opciones posibles (el lenguaje, los soportes plásticos, la expresión musical, corporal, etc.) y una forma precisa (creación individual, cocreación, etc.; relato, diálogo, representación: corporal, con marionetas, entre otras). Se puede proponer también a algunos pacientes, no hábiles por el momento para crear, que escuchen un cuento, un trozo musical, o que contemplen un cuadro de pintura. Otros necesitarán la intervención cocreadora del terapeuta, o bien podrán atreverse solos a intentar el acto creativo, acompañados. En fin, algunos necesitarán asistir al proceso de creación de un tercero: pintor, ceramista, contador de cuentos, etc., o ver la creación que ha sido realizada precisamente para ellos: estamos pensando aquí en la admirable labor de Marie-Claude Joulia, pintora y escultora, con pacientes psicóticos incapaces de arriesgarse a intentar el acto de creación, acto por lo demás, con frecuencia, contraindicado en tales casos.
La teoría de la elipse conceptualiza una serie de opciones semióticas precisas, rigurosas, proponiendo lugares de enunciación complementarios y una determinación justificada de los sistemas semióticos convocados por la creación que se propone en cada caso. Recordamos en este momento la escritura entre dos —enfermo y terapeuta— de una larga novela de más de doscientas páginas con un adolescente que sufría de dislexia electiva: él detenía el dictado del texto en el momento en que le resultaba muy difícil continuar con el relato. O también de otro adolescente anoréxico severo, que producía textos desprovistos de todo afecto y al que le hemos propuesto vendarse los ojos y asociar libremente manipulando, oliendo, gustando objetos diversos, para reintroducir el cuerpo, la sensibilidad, allí donde el intelecto campeaba a sus anchas.
Ya se habrá advertido que la tarea es delicada y que demanda gran vigilancia: no se excluye que haga falta modificar a veces la propuesta de creación, si esta fuera introducida por el paciente, subrepticiamente, en su zona sintomática o de defensa.
Si la semiótica participa, pues, en la alimentación del diagnóstico y en la definición de la configuración terapéutica prevista para el paciente, se comprende que tendrá también su lugar en la evaluación del recorrido de la terapia analizando las producciones que surgen en las sesiones.
Así pues, el semiotista habrá de poner toda su atención en el mantenimiento de la «buena distancia» entre la obra creada y los centros de la elipse. En efecto, una creación demasiado próxima al primer centro, lugar de expresión del sufrimiento real, perderá su fuerza de cambio. De la misma manera, una creación demasiado alejada del dispositivo elíptico, fuera de campo, no proporcionará ninguna eficacia al proceso de transformación (caso de Beatriz, al comienzo de su terapia).
Para concluir la primera parte de esta introducción, nos permitimos adelantar un descubrimiento debido a la investigación semiótica sobre la naturaleza y el estatuto del síntoma, creación del estrato inconsciente del sujeto para sobrevivir lo menos mal posible.
El síntoma aparece como entidad semiótica de forma sincrética, amalgama densa de significaciones, cuya compactación misma impide la transformación, puesto que está condenada a la repetición compulsiva. Y, sin embargo, como se ha constatado con frecuencia, el síntoma contiene, de manera concentrada y en principio inteligible, su resolución.
En efecto, después del análisis del síntoma y del despliegue de su contenido, después del empeño puesto en el proceso de creación, se descubre que esconde unidades narrativas inextricablemente mezcladas que el trabajo de creación permitirá discriminar y poner en escena con una labor de desincretización. Esta operación, como se ve, va a confirmar la desaparición del síntoma, en una suerte de mini-big bang: estallan entonces los relatos, verbales o no verbales, dejando, en cierto modo, vacío el síntoma de su sustancia. El cambio se manifiesta, se instala, se perenniza; el sujeto abandona sus síntomas sin dejar por eso de ser sí mismo, lo cual es la condición sine qua non de una terapia exitosa, con resultados duraderos.
El semiotista no se asombrará con este descubrimiento, ya que el relato humano ha estado universalmente presente en todos los tiempos y en todas las culturas: él constituye la solución simbólica indispensable para tomarlo en cuenta y resolver las grandes contradicciones y enigmas que enfrenta toda comunidad humana. [Piénsese en la función social de los relatos míticos].
En consecuencia, no es de ningún modo inapropiado considerar que, con mucha frecuencia, la creación de tal o cual paciente (véase el caso Yann) es algo así como la invención de un mito personal de origen, de una leyenda individual que reúne en su poder resolutivo los grandes mitos de la humanidad.
Ivan Darrault-Harris
II. LA PSICOTERAPIA DE LA ELIPSE ES UNA AYUDA A LA AUTOTERAPIA
Habitualmente, en toda psicoterapia, el paciente se dirige a sí mismo gracias a un rebote sobre el cuerpo del terapeuta. Su palabra, sus gestos y su expresión le regresan después de haber pasado por el cuerpo, por el espíritu, por la comprensión, por el apoyo y por la apertura del terapeuta. La misión de este último contribuye, en el fondo, durante la vigilia del paciente, a su autoterapia, con su acompañamiento.
El profesional le devuelve sus producciones (verbales, particularmente) de una manera o de otra, en forma de comentarios, con retornos de eco (en la repetición de la frase, añadiendo un signo de interrogación, por ejemplo), en la expresión corporal con una mirada, o como en el caso de una cura psicoanalítica, con una interpretación (de cuando en cuando para romper el silencio habitual) que descubre lo que el terapeuta piensa que se agita en las profundidades del paciente.
Este terapeuta acompaña, reacciona, aconseja a veces, revela al paciente una verdad que cree conocer mejor que él.
Pero su rol está lejos de ser solo cognitivo, porque el rechazo transferencial es el motor de toda terapia. El 3 existe en psicoterapia: la transferencia es ese tercero que se interpone entre los dos actores. Cuando digo «transferencia», eso significa, es claro, tanto la transferencia como la contratransferencia, unidas en los «fenómenos transferenciales». Ellos se interponen entre las personas (o entre las representaciones que cada uno se hace del otro) como su emanación común.
Eso no impide que toda formulación del paciente esté destinada a él solo. Únicamente hay recepción, incluso de lo que él emite, a través de ese intermediario. El paciente se dirige a sí mismo por medio del otro como filtro, destinatario externo (aunque permanezca mudo) según toda suerte de figuras transferenciales complejas que se ponen en juego en ese entredós y, al mismo tiempo, en el interior de cada uno de los dos actores.
Cabe diferenciar aquí lo íntimo y la intimidad: lo íntimo es la percepción indecible de sí mismo desde el interior. Eso no puede ser comunicado a otro más que alusivamente: eso es lo que se llama la intimidad compartida con sus amigos próximos, con sus compañeros afectivos, con sus parejas amorosas, con sus terapeutas (!). Una psicoterapia es, según eso, una intimidad compartida (aunque de manera unilateral).
Lo que se propone en psiquiatría de la elipse es diferente: el terapeuta está al servicio de la generación de formas producidas por el paciente. Él no interviene en el contenido, aunque no tiene prohibido comprenderlo en alguna medida (pero no todo). La meta no es comprenderlo todo, sino que se abra a lo inanalizable que no es posible conocer, pero con lo que se puede entrar en un juego de travestimientos, por medio de la función poética del lenguaje. El terapeuta permite a la persona bajo cura (el cuidando) captar la oportunidad de dirigirse mensajes a sí misma, aunque sean enigmáticos. El terapeuta sabe que el otro está en camino de simbolizar sus tormentos y sus problemáticas secretas, pero solo se preocupa de orientarlo eventualmente hacia la forma de producción que figurativiza esas problemáticas de manera indirecta, sin apresurarse a querer comprenderlo todo, sin querer descifrar todo lo que se ha producido.
El terapeuta es garante de las reglas del juego, de las consignas, del dispositivo propuesto y de sus modificaciones eventuales. No debe precipitarse a levantar el secreto de las significaciones ocultas. Es posible que sean en parte desconocidas. Lo importante es el acto de simbolización respecto a las instancias, en gran parte inconscientes, del cuidando. Y eso puede ser suficiente.
El inconsciente productor de síntomas (ellos mismos son una creación contra algo peor) puede igualmente ser productor de sus resoluciones, también metafóricas. La metáfora, como dice Paul Ricœur, «no es el enigma, es la solución del enigma». Recordemos que solución es un término químico que se refiere a un proceso por el cual un cuerpo (en este caso, las dificultades leves o graves) se disuelve en un líquido o en un solvente adecuado (en este caso, la producción en sesión).
El inconsciente no tiene por destino único ser conscientizado. Debe ser respetado cuando pueda ser un aliado del paciente, llevándolo a proferir enunciados que conlleven respuestas sibilinas. Los terapeutas «elípticos» creen de tal manera en las posibilidades del inconsciente que le dan su voto de confianza (siempre relativo). Tienen para ello el apoyo de un acompañamiento formal, que la semiótica les ayuda a perfeccionar. Se interesan menos por el «porqué» que por el «cómo», que es la palabra clave de la fenomenología.
Si, al principio, la persona, espontáneamente o por prescripción, emite mensajes demasiado intencionales que contienen algo que sabe sobre ella, o que exponen claramente lo que quiere resolver, no habrá probablemente ninguna sorpresa, y solo se encontrará la confirmación de lo que buscamos. Si, al final, echa una mirada a lo que produce queriendo con eso penetrar a toda costa el misterio de su funcionamiento psíquico, corre el riesgo de estar en una posición demasiado exterior a sí misma. Solo se repondrá intelectualmente, y no con una recepción inocente y sensible. Lo mismo ocurre con el terapeuta, que si se coloca detrás de su oreja o de su mirada, puede transformarse en donante de lecciones de desciframiento. No se excluye que semejante situación se presente, dado el caso, bajo la forma de «sorpresa de conciencia» no buscada laboriosamente, sino que se impone con el afinamiento de la producción, cualquiera que sea, incluida la verbal. Mas esta revelación no es ni necesaria ni indispensable.
Como uno no espera eso, secundariamente el sentido vendrá tal vez a iluminar esos mensajes enigmáticos que los ejercicios [de producción] hacen emitir. Recordemos que sentido es un término polisémico, que no se reduce a la significación.
El terapeuta, que es ya metacreador (ayuda al otro a ser creador), funge aquí como un catalizador que permite por su presencia abierta que esos mensajes alcancen a su destinatario: la persona del paciente que ha sido puesta en posición de crear.
En la terapia elíptica, tal como la concebimos, el agente del rebote no es otra persona (percibida a través de las proyecciones transferenciales), sino una cosa: la producción misma, no como soporte de un trabajo interpretativo, sino como emisora de interpretaciones, en el sentido de interpelaciones indiciales, así como podemos recibir obras de arte de las que podemos decir que «nos hablan», sin poder añadir nada más.
La producción juega principalmente el rol del interlocutor. El terapeuta, por su parte, favorecerá ese ir y venir entre la persona y la producción.
Aquí también se manifiesta el inconsciente, con la diferencia de que no lo hace claramente, y de que el acompañante no es el intérprete, sino el facilitador del cara-a-cara, o mejor del cuerpo-a-cuerpo particular: el cuerpo de la persona y el cuerpo de la obra salida de la persona y que repercute sobre ella.
El rebote está ahí, y el terapeuta de la elipse no prevé generalmente nada más, sorprendido él mismo de ese ir y venir que ha favorecido.
La producción no se ha obtenido secundariamente; se genera de entrada en el encuentro con un «terapeuta de la elipse», denominación que supone otro centro, aunque esto no se diga de manera explícita. En esta terapia, la producción se interpone entre el terapeuta y la persona. Ella está ahí, virtual al comienzo, y se va constituyendo concretamente poco a poco.
«Amar no consiste en mirarse uno a otro, consiste en mirar conjuntamente en la misma dirección», afirma Saint-Exupéry sobre los ceniceros que los enamorados acostumbran a ofrecerse.
Podríamos decir que la terapia de la elipse constituye también una suerte de pareja, que no es de persona a persona, sino de los dos orientados hacia un delante que es la producción que uno de ellos va a hacer, acompañado por el otro. (¿Debemos escribir acompañado, que designa al que crea, o acompañada, que designa a la producción?).
En esta terapia, los fenómenos transferenciales existen como en psicoterapia clásica, pero se localizan en el acto de creación y sus resultados actúan como «trampas de transferencia».
Ese ir y venir que el rebote caracteriza no queda reducido al movimiento centrífugo que haría de la producción el equivalente de un test proyectivo, y el trabajo terapéutico consistiría, entonces, en comprender lo que la persona ha proyectado en la producción que sería descifrada, con el mismo derecho que los síntomas, los lapsus, los sueños, etc.
Si la proyección es la condición del trabajo que se hace en y sobre la materia para trabajar sobre sí mismo, gracias a los «desencadenadores de implicación personal», que he desarrollado en una obra reciente (2012), lo importante reside, luego, en el movimiento centrípeto de la producción a la persona, no en términos de revelación cognitiva, sino de impregnación, de impresión que le reenvía su producción, la cual, de golpe, se encuentra en la posición de otorgamiento de un rebote que permanece en el registro que ha presidido su ir: sensible, al límite de lo indecible.
Se podría pretender, entonces, que la persona se modele con su producción. Así, una creación fragmentada que, a pesar de todo, entraría en coherencia espontáneamente (no la inducimos groseramente), en virtud de necesidades formales, permitiría no hacer el diagnóstico de la fragmentación de la persona autora de la producción (test proyectivo propio de la «psicopatología de la expresión»), sino una propuesta identificatoria a la que se uniría por parecerse a ella.
La producción se convierte en la metáfora del movimiento de puesta en cohesión de la creación, o mejor, la persona se constituye como metafórica de la producción surgida de ella.
Enmarañamiento de movimientos complementarios que no pueden ponerse al servicio de la conscientización, sino que más bien instauran una circulación sensorial, sensitiva, sensual, entre el autor y la obra, bajo la mirada y la apertura del terapeuta que focaliza menos la persona en trance de crear (lo que no descuida, por supuesto) que su producción.
Dicha producción, por lo inefable que comprende, tiene algo de lo íntimo, apenas más acá de la intimidad. Porque la producción, si bien está en algún modo orientada al terapeuta, llevada por los fenómenos transferenciales hacia él, está ante todo dirigida a la persona que es el autor (el coautor con su acompañante terapeuta, que se encuentra al servicio de lo que está en germen en la producción y logra sugerirlo para hacerla avanzar un poco más).
El terapeuta se pone al servicio de ese diálogo (producción hacia la persona y viceversa) del cual es el servidor.
Este rebote va por sí mismo, forzosamente, a convertirse a su vez en nuevo rebote dirigido a la persona actualmente en cuidado y que está por venir. Hacia ella, en algún momento, la persona y el terapeuta, los dos con sus presencias complementarias, van a dirigir su atención.
Entonces la producción revelará su función introductora de la transformación de su autor, y él mismo, finalmente, podrá continuar dirigiendo su progreso sin la ayuda de su acompañante.
El rebote se ha convertido en un instrumento para ir más lejos en un trayecto no siempre controlado con rigor. El terapeuta, varado en la ribera, observa, a veces, de lejos, ese rastro que se aleja y se escapa de la intencionalidad primera.
Las ondas provocadas resuenan y vibran en la persona que continúa la acción produciendo movimientos sucesivos de rebotes renovados que le producen algo así como un renacimiento…
La persona es, en efecto, el autor de su transformación, y nosotros no somos más que sus humildes ayudantes.
De ese modo, pasa del desconocido de sí que es, al desconocido de sí que se crea.
Jean-Pierre Klein
Capítulo I
El campo estructurante
EL ENCUENTRO ENTRE CIENCIAS HUMANAS
«El hombre es una encrucijada», afirmaba Nietzsche, y la historia reciente, la de advenimiento y desarrollo de las ciencias humanas, está, de hecho, jalonada de encuentros interpersonales, interdisciplinarios más o menos fecundos.
Así, se pone como ejemplo la feliz conjunción de una antropología en busca de sí misma (C. Lévi-Strauss) y de la fonología estructural ya reconocida (R. Jakobson). Sin embargo, el encuentro con la obra de V. Propp1, tan esclarecedor para el fundador de la antropología estructural, no se abrió a un verdadero diálogo, pues el pionero ruso del análisis del relato no concitó, al parecer, todo el interés que merecían sus trabajos, a pesar de haber recibido sinceros elogios de verdaderos críticos.
En el mismo capítulo de malentendidos y de espléndidos aislamientos, habría que incluir el caso, aún actual, del difícil encuentro entre la lingüística y el psicoanálisis, disciplinas, sin embargo, perfectamente contemporáneas y gemelas en su preocupación por el mismo objeto: el lenguaje2.
LA ILUSIÓN INTERDISCIPLINARIA
¿Qué pensar, qué augurar, en estas condiciones, del encuentro entre psiquiatría y semiótica?
¿No iremos, una vezmás, a poner en escena la ilusión inter disciplinaria justamente denunciada por A. J. Greimas y J. Courtés, en su Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, a propósito de la aparición en los años cincuenta de una psico y de una sociolingüística?
Este acercamiento de dos disciplinas que han sido elaboradas de manera independiente, con miras a producir un nuevo campo científico autónomo, reposa en una ilusión, la ilusión de la interdisciplinariedad. En efecto, por poco que uno admita que una ciencia se define por sus métodos de aproximación y no por el objeto y por el dominio de aplicación, hay que ser bien ingenuo para pretender que dos metodologías, construidas separadamente, puedan ser consideradas como compatibles y homologables, cuando ya dos teorías lingüísticas y, a fortiori, dos teorías psicológicas no lo sean entre sí, si es que no pueden ser traducidas a un lenguaje formal, coherente y único3.
No trataremos nosotros de ninguna manera de intentar una «fusión» semejante entre psiquiatría y semiótica, utópica alquimia —en todo caso, en este nivel del encuentro— que no terminaría probablemente, como en los casos denunciados, más que en una dominación efectiva de una disciplina sobre la otra: así, la psicolingüística se escinde permanentemente en psicología del lenguaje o en lingüística psicológica.
Pero si rechazamos ese proyecto poco razonable de crear una nueva disciplina, una nueva aleación científica, queda aún por demostrar que la simple alianza no es deseable, posible y eventualmente fecunda, introduciendo, por ejemplo, oportunas homologaciones conceptuales. Alianza que se abra, como se podrá juzgar más adelante, al campo de una práctica renovada.
DISIMETRÍA DE LAS POSICIONES
Intuitivamente, es cierto, el psiquiatra y el semiótico traen entre manos un asunto común, el del sentido, término que engloba, entre otras cosas, la significación y la dirección. Pero esa reconfortante declaración no puede disimular todo lo que las separa, por reunidas que aparezcan en una búsqueda idéntica.
El psiquiatra, en el sentido más general del término, contrariamente al semiótico, se halla comprometido en un programa práctico de transformación: confrontado con la enfermedad mental (desde las dificultades más benignas hasta los estados psicóticos más graves), debe trabajar por el cambio positivo del sujeto-paciente, abrirle las vías para la resolución de sus problemas, hacerle posible la curación, por lo menos una mejoría, que sancione finalmente la calidad del programa. La psiquiatría afronta, pues, la infinita complejidad que encierra una multitud de fenómenos enmarañados, difícilmente delimitables y asignables a tal o cual aproximación científica.
El semiótico, como se constatará, se atiene, por razones epistemológicas evidentes, a una estricta delimitación de su objeto. Aunque este podrá parecer irrisorio al psiquiatra, que se ve constantemente obligado a encauzar una marea fenoménica multifactorial, polimorfa.
Ciertamente, el psiquiatra, incluso el tradicional, se convierte más en semiótico cuando se compromete en la lectura y en la interpretación de los signos, de los síntomas (cuya disciplina es la semeiología o semiología) que emite, conscientemente o no, el paciente a través de sus discursos verbales y no verbales; sus manifestaciones serán asimiladas a discursos, así como sus producciones en terapia, incluso cuando no son verbales.
Lo mismo que el semiótico, el psiquiatra trata de «leer», de «construir» el sentido de los discursos. Pero lo hace en la acogida directa, como destinatario, y siempre para responder a ellos, en el decir lo mismo que en el hacer (el conjunto de las prescripciones posibles): sujeto pragmático, el «Cuando decir es hacer»*, de Austin, lo caracteriza plenamente. Y lo que se denomina «interpretación» en psicoterapia no se inscribe si no se hace «acto», aunque solo sea por la revelación dinámica de un sentido oculto. Se puede, por lo demás, verificar la calidad de una revelación por el hecho de que no es únicamente mental, sino que se manifiesta corporalmente, en particular por medio de los ojos que se bañan en lágrimas o a través de los centros energéticos del sujeto.
El semiótico, por su parte, queda satisfecho con un proyecto notoriamente insuficiente, sin duda, a los ojos del psiquiatra; a saber, con la modelización del engendramiento de la significación en los discursos. ¡Hasta la interpretación parece exceder las fronteras de su campo de validez!
Aparentemente, la interfaz que enlaza las dos disciplinas es tan delgada que depende apenas de un hilo frágil, expuesto a romperse en todo momento. De un lado, un psiquiatra que pasa de un discurso «patológico» a otro, hermeneuta en tiempo real de los textos-síntomas, constructor de proyectos terapéuticos que tiene que realizar a veces con urgencia. De otro lado, un semiótico que trata de mostrar la necesidad de una detención, de una estasis (la semiótica no se ejerce, y eso es fundamental, más que sobre la vida detenida), para edificar pacientemente un simulacro del engendramiento del flujo, de la ola de significación ininterrumpida que el psiquiatra debe acoger, asumir, analizar, comprender, transformar, y eventualmente reconstituir su génesis.
Dicho esto, podrá descubrirse, más allá de las apariencias, todo un camino seguido tanto por la semiótica como por la psiquiatría, que abre un campo inesperado si, por suerte, el semiótico sale de su cognitivismo un poco solipsista, y el psiquiatra, de una práctica fundada en una concepción teórica totalizante.
CUATRO ETAPAS HISTÓRICAS
Psiquiatría y semiótica son términos complejos en el sentido de que etiquetan uninominalmente universos teóricos y metodológicos de gran complejidad y diversidad, con una carga hereditaria considerable.
Por tanto, se hace necesario precisar primero con qué recorridos, con qué opciones, una semiótica (como la de la Escuela de París) y una práctica psiquiátrica (la del sector que se dedica a los niños y adolescentes, en este caso) han podido constituir una interfaz productiva.
Podemos distinguir, históricamente, cuatro etapas que desembocaron en el encuentro del que surgió esta obra:
1. En el origen, existe una doble fundación (¿coincidencia o necesidad?): 1960 marca la oficialización por decreto de la psiquiatría de sector, que trata de romper con la tradición del asilo; en el año 1965, nace una escuela semiótica, por iniciativa de A. J. Greimas, que crea la que será llamada más tarde la Escuela de París*.
2. A partir de ahí, y paralelamente, se fueron edificando, por un lado, una práctica original (la de J.-P. Klein) en el seno de la psiquiatría de sector, y, por otro lado, una psicosemiótica en la línea de la semiótica greimasiana (la de I. Darrault-Harris).
3. Hacia 1985, tuvo lugar el encuentro inicial entre una práctica psiquiátrica infanto-juvenil alternativa a la hospitalización, a la institucionalización, y una psicosemiótica que, entretanto, se había abierto a la semiótica subjetal (propuesta por J.-C. Coquet*).
4. Finalmente, y esta obra es el producto y el testimonio, la psiquiatría de la elipse (denominación propuesta por J.-P. Klein para esta práctica psiquiátrica original) y la psicosemiótica subjetal se unen en el vivo interés que atribuyen a la creación como operador fundamental de cambio, como proceso privilegiado de transformación del sujeto.
EL CAMPO ESTRUCTURANTE
Cada práctica aparece oportunamente gracias a la evolución del pensamiento humano, y por eso no creemos que haya sido por simple azar el hecho de que la psiquiatría del niño y del adolescente y la semiótica sean prácticamente contemporáneas, con una diferencia de apenas una decena de años.
Dicho esto, durante todo el tiempo, el campo de las intervenciones en psiquiatría ha entrado en interacción con las conceptualizaciones de la locura, y se podría reconstruir brevemente la historia de esas intervenciones de la manera siguiente:
En el siglo XIX, la psiquiatría se delimitó en el marco del asilo. El psiquiatra Philippe Pinel escribió entonces: «Se ha constatado por la experiencia que los alienados casi nunca se curan en el seno de sus familias». Preconiza, pues, una «restricción extrema a permitir que los alienados se comuniquen con las personas de fuera [del asilo]».
Siguiendo esa opinión, la ley de 1938 creó el internamiento y designó el lugar de la separación espacial del individuo y del resto del mundo, sea la familia o la sociedad. La institución se pone, entonces, en primer plano. Y el pensamiento psiquiátrico correspondiente es el de la mirada clínica sobre un objeto, el loco, a partir de la cual se construyó una descripción casi «entomológica» del enfermo.
Esa definición espacial cerrada se completó con una posición «fuera del curso del tiempo», cuando los enfermos, antes de entrar en un hospital psiquiátrico del Sena, pasaban en París por la Enfermería Especial del Depósito. Es preciso citar aquí a De Clérambault, psiquiatra célebre de fines del siglo XIX, uno de los pocos maestros que Jacques Lacan ha reconocido. La instantánea de un encuentro de apenas veinte minutos con el psiquiatra orientador, que no seguirá al enfermo, autoriza la redacción de certificados en términos de «estados», como si el cuadro fuera estático.
Independientemente de ese movimiento de psiquiatría engorrosa, que debe preocuparse también de la seguridad social y de la protección de los bienes, el psicoanálisis y su práctica liberal de pago, en el laboratorio del gabinete privado, deja de lado a la mayor parte de los enfermos psicóticos y orgánicos. La teoría psicoanalítica solo se preocupa del individuo y desdeña las dimensiones sociales, políticas y económicas tanto de la terapia como de las perturbaciones.
Cada práctica contribuye así a fundar una concepción de la enfermedad mental que se sostiene en el retorno a dicha práctica. Pero el escollo reside en tomar los conceptos obtenidos como universales e inmemoriales, siendo así que reposan en un acercamiento particular duplicado por una teoría, fundados ambos en una exclusión.
HISTORIAL DE LA PSIQUIATRÍA DE SECTOR
Retomar la historia de la psiquiatría a partir del siglo XIX queda, a pesar de lo que se diga, por hacer. No podemos abordar aquí más que la de la psiquiatría pública en su revolución actual: la sectorización psiquiátrica, que no es un nuevo concepto teórico, sino una nueva metodología para la ubicación del marco terapéutico.
Algunos pretenden que hay que tomar en cuenta para eso tres generaciones a fin de explicar la ocurrencia de una patología psicótica en un individuo. Y han sido necesarias ciertamente tres generaciones, pero para llegar más bien a la aventura actual del «intersector».
La primera generación en la historia de la sectorización ha durado veinticinco años: es la de los choques fundadores. Comenzó en 1936 con la introducción de las cuarenta horas. Antes de esa fecha, los guardianes de asilo eran reclutados, como señaló Van Deventer en 19074, entre los vagabundos, los borrachos, los náufragos de la sociedad, lacayos indecorosos y musculosos que reinaban en un universo de brutalidad, de alcoholismo y de prostitución.
Los enfermeros de entonces, entre los cuales se deslizaban de manera más o menos duradera carceleros jubilados, pillos de la calle, enfermos (antiguos o no), desocupados, habitantes de la región (pero poco o nada motivados por el oficio), todos ellos pasaron, en 1936, de una condición servil a la condición de funcionarios que gozaban de una verdadera carrera. El reclutamiento había sido trastrocado. Una profesión quedaba abierta a los enfermeros en el sentido pleno del término.
El segundo choque tuvo lugar durante la guerra, entre 1939 y 1945 en Francia: la «muerte de los locos», por hambre y por frío (40 000 enfermos mentales, según unos; el doble, según otros), fue la causa reveladora que desencadenó lo que se ha llamado la «revolución psiquiátrica».
Con olor a cadáver, con enfermos edematosos, que reventaban antes de morir, los psiquiatras se encontraron frente a una alucinante patología de carencia, atroz, insoportable y vergonzosa, puesto que obligatoriamente mataba y había que mantenerla en secreto.
Eso dio lugar a un compromiso por luchar contra todas las formas de opresión. Algunos hospitales psiquiátricos, como el de San Albán, en Lozère, se convirtieron en centros de fuerte resistencia tanto psiquiátrica como política. Se sabe que Paul Éluard se refugió allí, durante un tiempo, de los nazis.
Después de la guerra, con la Liberación, la experiencia de los psiquiatras es confrontada con la experiencia de los rescatados de los campos de concentración. El universo de los campos de concentración, los enfermos rescatados lo reconocen, horrorizados, es atenuado en el asilo. En ese mundo de proscritos renace el espíritu de la Resistencia, la protesta contra la masacre del hombre por el hombre. Es el movimiento —constituido durante la Ocupación y que estalla en 1945— que cuestiona las instituciones, que dirige el interés a la relación cuidante-cuidando, que toma en serio la angustia que se padece en el tratamiento, que da origen a la noción de sector, a la reflexión sobre la terapia por el trabajo, que toma en cuenta las significaciones simbólicas de las relaciones sociales, todo eso impregnado de influencias marxistas o anarquistas, y surrealistas, marcado también por el psicoanálisis y por la fenomenología, sin olvidar las referencias al protestantismo.
El dinamismo psiquiátrico, en particular, de la «psiquiatría institucional», comienza entonces a transformar el ambiente de algunos servicios hospitalarios: los progresos son importantes, las salidas aumentan.
Pero las relaciones de la institución psiquiátrica, colocada entre el loco y la sociedad, están siempre marcadas por las situaciones siguientes: deseos de posesión, miedo a la apropiación por el otro, conflictos de autoridad y de detentación del poder, el enfermo sigue siendo considerado como un objeto, a tal punto que la situación se torna más dramática y más perturbadora respecto de la sociedad, que demanda entonces tanto represión como cuidados. De tal modo que el diálogo está siempre sostenido por la ambivalencia «apropiación-rechazo».
La psiquiatría contemporánea y aquella que porta en germen la revisión total de la noción de locura (en particular, en el trabajo de sector, en psiquiatría del niño) surgieron de ese cuestionamiento, en 1945, de las estructuras del asilo, las cuales siguen resistiéndose todavía.
La «psiquiatría institucional», con la cual la «psicoterapia institucional» de referencia psicoanalítica romperá más tarde, propuso entonces una «buena» institucionalización, percibida como medio terapéutico y opuesta a la «mala», que era vista como un factor de cronicidad.
El hospital permitió acceder al orden simbólico de las relaciones sociales y elucidar en un conjunto social estructurado lo que los psiquiatras Aymé, Rappart y Torrubia5 han llamado «la articulación entre las instancias individuales puestas en juego y las instancias colectivas, la articulación dialéctica entre alienación social y alienación mental».
Pero desde 1972, en un manual de psiquiatría6 coordinado por uno de nosotros, planteábamos la cuestión siguiente:
El problema actual de la práctica institucional es el de su nacimiento. ¿No corre el riesgo, a fuerza de reflexionar sobre la institución, y en particular sobre el hospital psiquiátrico, de perennizarla y de encerrarse en ella, quiera lo que quiera, aunque denuncie su superalienación cronicizante?
Una de las respuestas fue aportada por los psiquiatras institucionales mismos, que se encuentran en el origen de la doctrina de sector.
EL LOCO EN LA SOCIEDAD; EL SECTOR COMO TRATAMIENTO
El tercer reporte del Comité de Expertos de la Salud Mental (OMS, n.° 73) decía en 1953:
El hospital psiquiátrico ha sido por largo tiempo y sigue siendo con frecuencia el único medio de tratamiento y de asistencia psiquiátrica. El desarrollo de las técnicas y la evolución de las nociones sobre las enfermedades mentales han conducido a una diversificación de los medios de prevención, de tratamiento y de asistencia. Ese conjunto gira, no ya sobre el hospital, sino sobre el equipo médico-social.
El cuarto y quinto reporte insistían en la unidad y en la continuidad de los cuidados en una misma colectividad.
Las dificultades en la aplicación de esas propuestas, en particular, en territorios con fuerte expansión demográfica, llevaron a reconsiderar el conjunto de los problemas de la salud mental, no ya desde el ángulo de una simple asistencia psiquiátrica, sino desde la respuesta a los usuarios. Dicha respuesta, preocupada ante todo por los niños y sin ignorar a los ancianos, solo puede concebirse en cuanto adaptada a la estructura demográfica de base, es decir, en cuanto adaptada al «sector».
El sector, en la época, fue formulado como una construcción utópica, en la nostalgia de las solidaridades aldeanas y con la idealización de la ayuda mutua humanista. La visión es la del especialista que llega a la plaza pública y pregunta: «¿Qué necesita?». La cura se completa con la poscura, como complemento, y con la prevención anterior.
A partir de 1960, después de la publicación del primer decreto que reglamentaba la sectorización, comienza la segunda generación, que será corta.
Los principios esenciales del sector quedaban establecidos7:
El hospital no es más que uno de los polos de un conjunto. Ofrece servicio a un área geográfica determinada: el sector. Lo ideal sería que se implantase ante todo en el distrito o en la región («los hombres antes que las piedras») y que se articulara con médicos, pedagogos, representantes de la población, que organizase luego instituciones muy flexibles utilizando los equipos colectivos no especializados existentes, y evitando lo más posible su alejamiento del medio natural; se trata de elaborar proyectos con urbanistas, sociólogos, economistas, de abolir, en fin, toda legislación discriminatoria respecto de los enfermos mentales.
Tales principios deberían lograr su mejor concretización en el marco de un servicio público, con una programación nacional apoyada por una gestión descentralizada en la que deben participar necesariamente los usuarios y sus representantes. Una reestructuración como la planteada implica y permite una formación de nuevo cuño tanto para los médicos como para sus colaboradores.
Nosotros afirmábamos, siempre en Elementos de psiquiatría (1972):
Se trata, pues, de partir del usuario, del enfermo, inserto en el conjunto complejo de su realidad social, en lo que llamamos la comunidad, en «articulación necesaria con los órganos de la sociedad y con la acción psiquiátrica que tiene por objeto la sociedad misma en cuanto tal» (L. Bonnafé, Congreso de Madrid, 1966).
Esta definición rechaza las actividades segregativas como las consultas para alcohólicos, drogados, etc., los servicios hospitalarios unisexuales, etc., y preconiza el funcionamiento de conjuntos coherentes, de respuestas muy diversificadas, pero armoniosas entre sí y con la expresión proteiforme de las necesidades; de ahí la necesidad absoluta de un mismo equipo de curación para los diferentes polos del proceso (por ejemplo, antes, durante y después de la curación hospitalaria). La práctica de la política de sector permite una disminución y una reducción de las hospitalizaciones y una amplificación del rol del médico generalista. Multiplica las intervenciones fuera del hospital y deja entrever una práctica y, por tanto, una teorización psiquiátrica muy diferentes. Esta noción de sector tiende a transformarse actualmente en noción de psiquiatría de la comunidad, la cual parece todavía más de orden psicosociológico.
Los problemas del sector actual son la necesidad absoluta de un instrumento reflexivo instaurado desde el comienzo de su puesta en práctica para analizar, a medida que se presenten, los problemas que se planteen, y permitan asimismo obtener un nuevo saber vinculado a una práctica nueva. La dificultad mayor reside en superar el espíritu asilar y alienado dentro de las barreras sutiles del distrito o de la porción de departamento.
Es grande la tentación de introducir en ellos los imperialismos de antaño, reflejo del psicocratismo, del deseo de poder, siendo así que el sector debería constituirse en el lugar de encuentro y de interlocución de todas las instituciones generalistas, especializadas, privadas, públicas, etc. (p. 85)
Entre 1960 y 1973, los utopistas forjaron un instrumento raramente utilizado (mientras que algunos precursores comenzaron a ensayar algunas puestas en práctica) y uno de nosotros tuvo la suerte de secundarlos en sus experiencias. Pero, en la institución asilar, la mayoría de los psiquiatras y de los enfermeros se resistían al cambio (proyectos con enfermos mezclados en el hospital desencadenaron, por ejemplo, reacciones sindicales en forma de huelga general del conjunto del personal del Hospital Maison-Blanche).
La psiquiatría infanto-juvenil, por estar menos ligada a una permanencia hospitalaria de larga duración, fue la que más fácilmente pudo instalar el instrumento sectorial, cuando todo estaba por crear en ese dominio. En efecto, hasta entonces, los niños enfermos eran encomendados a los sistemas institucionales educativos, fuera del campo sanitario.
Después de toda una serie de textos reglamentarios aparecidos entre 1971 y 1974 (y con el reconocimiento por la Seguridad Social de la enfermedad mental como enfermedad de larga duración exonerada del ticket moderador), comienza la tercera generación (lamentablemente, contemporánea del comienzo de la recesión económica). Algunos psiquiatras se convierten así en actores de lo que los precursores habían pensado, realizando en cierto modo el sueño que otros habían concebido para eso. No faltaba más que un paso para que se sintieran aventureros, tanto más cuando comprometerse a actuar en ese dominio significaba roturar una tierra desconocida, con mayor razón en psiquiatría infanto-juvenil, donde todo estaba por crear. Muchos, por lo demás, no eran los herederos de la tradición asilar y hospitalaria, sino más bien los realizadores de una idea «revolucionaria», de una praxis humanitaria que correspondía a los compromisos de los años setenta. Tuvieron que inventar en situaciones inéditas, mientras que, durante ese tiempo, los psiquiatras adultos tuvieron que bregar para «desalienar» el asilo, el cual resistía con toda su inercia, a veces de manera sutil, refugiándose en nuevos hábitos que por un momento pudieron crear ilusión. Fue el caso de varios hospitales de día convertidos en pocos años en lugares de cronicización.
Es cierto que bastantes psiquiatras mantienen ese espíritu de renovación, pero se ven obligados a movilizar toda su energía personal contra las fuerzas de inercia que constituyen uno de los componentes estructurales de la institución. Los psiquiatras infanto-juveniles tienen a este respecto menos mérito, porque su práctica sobre el terreno les impide, dada su diversidad poco codificada, encerrarse en esa cronicidad contra la que ha reaccionado esa primera generación de la que ellos han surgido. Esa es la época de la creación de los «intersectores» de psiquiatría infanto-juvenil («intersectores» porque cubren el área de tres sectores de psiquiatría adulta), que definen un área geodemográfica en la que se puede actuar a favor de la salud mental de los menores. Con frecuencia, donde no había nada (o poco) hay que instalar un dispositivo completamente nuevo de cuidados y de prevención de perturbaciones psicoafectivas de los niños y de los adolescentes.
Los actores de los sectores se han inscrito así en una filiación ideológica en la que han encontrado su propia posición original, lo cual promueve el movimiento mismo de la madurez individual. Y cada cual tiene la oportunidad de seguir su propio camino de experimentación, de acuerdo con el ámbito en el que prefiera ejercer su responsabilidad (urbano, rural, provincial), según sus gustos y sus intereses, centrando su acción en algunos aspectos de la patología de la inadaptación o de la desviación: niños con dificultades escolares, lactantes, adolescentes, toxicómanos, discapacitados sensoriales con perturbaciones asociadas, niños de padres divorciados, de padres con dificultades sexuales…
El sector se convierte, de este modo, en el lugar de medida de la eficacia de la acción emprendida tanto en relación con los cuidados (y se puede hablar eventualmente de curación) como respecto de la prevención (en un proyecto de reducción del malestar).
SER SÍ-MISMO «INFANTO-JUVENIL»
Aunque sería altamente apasionante, no retomaremos aquí el historial de los orígenes de la psiquiatría infanto-juvenil, que recoge los aportes de las corrientes pedagógicas, medicales, psiquiátricas, psicológicas, médico-legales, etc.
Nos contentaremos con la historia reciente vivida por uno de nosotros, que comenzó, en 1959, a abrir camino con lo que se conocía entonces como «neuropsiquiatría del niño». Era casi una trasposición, rasgo por rasgo, de la psiquiatría clásica de adultos: descripción calcada de las enfermedades, de los síntomas, de sus supuestas causas orgánicas, de su tratamiento educativo-medicamentoso. Luego, en 1968, se promulga la separación de neurología y psiquiatría, y en 1970, nace la psiquiatría infanto-juvenil.
Se modificó también la denominación de los «prácticos», lo que determinó su transformación: se convirtieron de pronto en «psiquiatras infanto-juveniles», como si con eso regresaran a la juventud de sus clientes, mientras que esta terminaba por calificarlos en retorno. Esos prácticos están en devenir, en formación, en proceso de constitución personal; andan en busca de su identidad por conquistar y por construir en el mismo movimiento.
Notemos de paso que los prácticos de medicina son, por lo general, denominados por referencia a los órganos y a los grupos de órganos de los cuales se ocupan (gastroenterólogos, endocrinólogos), a las enfermedades o al agente patógeno que tienen que combatir (cancerólogos, parasitólogos). Los psiquiatras, los pediatras, los geriatras y los foniatras son los únicos que se denominan con la ayuda del sufijo -iatre y no -logue. Etimológicamente, eso significaría que están más comprometidos con la acción que con el discurso (habría mucho que decir a propósito de la identificación-rivalidad de los psicólogos en relación con el cuerpo médico). Todos esos «-iatres» tienen en común el hecho de dirigirse a Otro que se supone sin lenguaje y que se encuentra fuera del circuito de producción.
La edad de los clientes separa a los psiquiatras de adultos, que se llaman a veces «generalistas», de los psiquiatras «infanto-juveniles». Este vocablo marca ya un movimiento entre dos etapas: la infantil y la juvenil, de una transformación que no se detiene ahí. Inevitablemente, otra etapa va a seguir: la edad adulta. Notemos, además, que el término infanto- podría definirse como eso que ha de ser estructurado en la infancia, por su sola fuerza de transformación.
En los otros dominios de la medicina, no existe separación radical presupuesta entre el paciente y el práctico, a no ser la cura o la muerte. Y aunque las curaciones son frecuentes, las recaídas, recidivas, nuevas ocurrencias patológicas obligan a los prácticos a intervenir de nuevo.
Por el contrario, en el caso de los psiquiatras infanto-juveniles, como en el de los pediatras, no ocurre nada semejante. Llegará siempre un día en que sus pacientes desaparecerán. Pero esa ruptura no es más que muerte simbólica, y no real. Se efectúa en un proceso de vida signado por la emancipación definitiva. La desaparición solo es relativa, es un pasaje, es maduración, algo así como un rito iniciático. El campo de la práctica cubre una parte delimitada de toda una vida, cuyo éxito depende, entre otras cosas, de los cuidados practicados.
El resto de la medicina podría ser concebido bajo este modelo dinámico si se entendiera la enfermedad física como una etapa de la vida, como movimiento de maduración, a la vez en su aporte experiencial humano y por sus repercusiones corporales, por ejemplo, en el sistema defensivo inmunitario. La enfermedad se inscribiría, entonces, en todo un proceso, que influiría en la vida ulterior del sujeto, incluidas sus manifestaciones moleculares. De la misma manera, la «curación» del delirio de un adulto podría ser comprendida no como una restitutio ad integrum, sino como una integración, una metabolización de la experiencia delirante en la persona.
Lo propio de la psiquiatría infanto-juvenil reside en obligar a sus actores a insertar su encuentro en una evolución: lo que ellos viven se inscribe en una dinámica, uno de cuyos términos es el final de ese encuentro.
SER PACIENTE EN PSIQUIATRÍA INFANTO-JUVENIL
El paciente es, pues, aquí el niño. Enfant, en francés, es un término que establece una doble relación, con la edad y con la filiación. Si, por una parte, enfant remite a adulte (y marca su devenir, como acabamos de señalar), refiere también a «parientes».
Y un parámetro esencial reside en el hecho de que el paciente excepcionalmente se coloca en actitud de sujeto demandante de cuidados: incluso si su comportamiento significa un reclamo, esa profunda demanda de ayuda no es formulada como tal. La demanda viene, en efecto, casi siempre del entorno: familia, escuela, trabajadores sociales, médicos. Por largo tiempo, los psiquiatras de niños han modelado su práctica sobre la de los psiquiatras de adultos: encuentros informativos, recolección de información y de testimonios supuestamente objetivos. El trabajo se efectuaba luego con el niño; la familia solo era requerida para constataciones comparativas sobre los progresos del mismo. A lo sumo, se observaba la mayor o menor cooperación del entorno; por ejemplo, en el caso del adulto, el grado de tolerancia al enfermo formaba parte de la evaluación del pronóstico. El problema de la herencia psicológica era a veces planteado al modo de las descripciones de psiquiatría de adultos, principalmente referidas a los perfiles de las madres o de los padres «esquizofrénicos», versión modernista de las teorías de Morel sobre la degeneración.
La experiencia de la práctica conducirá a los psiquiatras infanto-juveniles a proponer como objeto de reflexión ese frecuente enigma de la perturbación que aparece en un miembro de la familia con ocasión del mejoramiento del niño. La respuesta es variable, y han salido a la luz concepciones diversas del rol de la familia, que no vamos a desarrollar aquí. El punto indiscutible consiste en que ahora se acepta que el campo de la psiquiatría infanto-juvenil no concierne más al niño aislado (incluso cuando la decisión terapéutica se dirija solo a él), sino al niño miembro de un conjunto familiar.
Por nuestra parte, la evolución de nuestra práctica nos ha llevado a renunciar, salvo pedido expreso de los padres, a reunirnos con el padre o con la madre, o con los dos juntos, sin el niño. Con frecuencia, hemos tenido que ser depositarios de terribles secretos de familia acerca de los cuales nada se podía hacer, pues el rol del terapeuta no consiste en transmitirlos al niño en lugar de los padres, ni siquiera de ordenar a los padres que los conversen con el niño, puesto que ellos habían elegido hablar en ausencia de su hijo.
Porque los padres presentan, a su vez, problemáticas personales que intervienen en las del niño. Los mismos reflejos del psiquiatra de adultos actúan en un primer tiempo: «El o los padre(s) están enfermos». ¡Esta afirmación, así planteada, abre un abanico de respuestas que va desde las simples etiquetas hasta la terapia individual de tal o cual de los padres, a veces incluso en lugar de la terapia del niño! Diversas dificultades previsibles impiden esa tentación: la primera es que esos adultos no se presentan para solicitar cuidados o ayuda para sí mismos, sino solamente para sus niños. De todas maneras, el psiquiatra se sitúa como cuidante del niño: este, aunque esté ausente, es el centro del encuentro con los padres.
La segunda dificultad consiste en que todo psiquiatra atento a sus contraactitudes se da cuenta de que toda terminología, nosográfica, semiológica, patogénica, moral o educativa (padre paranoico, madre histérica, padre dimisionario, madre fálica, padres superprotectores, etc.), significa para él mismo un rechazo agresivo de los padres y una fuerte identificación con el niño. No se produce entonces ninguna dinámica de cura, sino más bien designación fija de las responsabilidades de las perturbaciones del niño: este es negado como sujeto, reducido a no ser más que el resultado de las intenciones conscientes y de los deseos inconscientes en relación con él.
Además, como tercera dificultad, el psiquiatra se ve obligado a constatar que las problemáticas de los diferentes miembros de la familia se encadenan entre sí, se completan, formando y produciendo un conjunto familiar, entidad nueva, que no se reduce a la suma de cada uno de sus componentes, y que posee sus propias reglas, su propio funcionamiento.
La llegada de los padres como «padres» al campo de la práctica no puede desembocar más que en constataciones de este género, vayan o no acompañadas de reflexiones teóricas y/o terapéuticas en consecuencia.
SER PADRES EN PSIQUIATRÍA INFANTO-JUVENIL
Desde el momento en que se opera ese cambio de perspectiva que restablece a los padres como «padres», incluidos en un conjunto en el que el niño es otro elemento, el encuentro queda transformado.
Los padres llegan hostiles y tensos, temiendo ser catalogados y que su fracaso, designado por esa demanda, sea ratificado por un interventor externo. Esa referencia a un tercero es una oficialización de la ruptura de equilibrio y también la promesa de cambios deseados, aunque temidos. Cuando se dan cuenta de que son recibidos como «padres», de que la terapia no se ejerce ni directamente sobre ellos ni contra ellos, pueden, paradójicamente, hablar mejor de sí mismos y «revivir» con emoción sus interrelaciones en su familia de origen y en la que han creado después. El trabajo que se elabora entonces puede ser de una profundidad extrema. Lo transgeneracional se instala ahora con toda naturalidad en el centro de los encuentros con los padres.
El niño forma parte de una estructura (el grupo familiar) que no puede ser eliminada, ni siquiera cuando el práctico intenta mantenerla a distancia. El psiquiatra infanto-juvenil está, pues, conminado a trabajar con la familia, y eso constituye una de sus dimensiones mayores. Una ampliación semejante del campo de la práctica no ha sido tomada en cuenta, de manera satisfactoria, ni por el pensamiento médico clásico, ni por el pensamiento psicoanalítico tradicional. Y si actualmente lo pueden hacer, es gracias al enriquecimiento debido a los cuestionamientos de la experiencia psiquiátrica infanto-juvenil.
En efecto, la medicina tradicional aborda lo interindividual con criterios genéticos y hereditarios, complementados más tarde con el concepto de «terreno» (transmisión vertical) y con la aproximación del «contagio» (transmisión horizontal). La práctica psicoanalítica ortodoxa, fundada en la técnica de la cura-tipo en relación dual, apenas puede «evocar» el grupo familiar tal como se representa en el discurso del paciente. O bien considera al padre como un paciente por analizar.
Al contrario, en la práctica psiquiátrica infanto-juvenil, el grupo familiar manifiesta su presencia. La práctica no es asunto de un solo individuo. Este es también miembro de un grupo: ese conjunto que es el sujeto forma parte a su vez de un conjunto englobante, y, en ese sentido, podemos hablar de «terapia en volumen», discursos sobre los padres o el niño y referentes de esos discursos. Los padres y el niño se entrecruzan ellos mismos en una dramaturgia.
EL NIÑO COMO ENCARNACIÓN
El niño actúa, por una parte y a su manera, las problemáticas familiares surgidas, entre otras cosas, de las problemáticas de cada uno de sus padres. E. Lévinas, en el prefacio a la nueva edición de Le temps et l’autre8 [El tiempo y el otro], escribe: «Lo posible que se le ofrece al hijo, colocado más allá de lo que puede asumir el padre, sigue siendo suyo en cierto sentido. Precisamente, en el sentido del parentesco».
Nosotros, por nuestra parte, formularemos las cosas un poco de otra manera: lo que cada ser humano ha reprimido en lo más profundo de sí mismo se le escapa, especialmente, en dos situaciones: la elección de la pareja amorosa durable (uno se asombra con frecuencia al ver algunos emparejamientos) y, de forma aún más fuerte y más sutil a la vez, la posición parental. El niño está hecho de todo eso por mecanismos de complejidades infinitas.
Lo que escapa a los padres —algunos hablarían aquí de lo reprimido o de lo «inanalizable»— no se encuentra en estado bruto. Sufre siempre transformaciones que habrá que describir rigurosamente. El padre, por lo demás, está tentado a no reconocer esas manifestaciones como salidas de él y que reflejan de manera implícita lo más profundo, lo más oscuro, lo más oculto de su ser. Además, el tránsito del uno al otro, del padre al niño, añade la carne: el resultado se traduce en rasgos de carácter, en comportamientos, en actos, incluso en la trayectoria de un destino. No olvidemos que, por otra parte, eso que escapa al padre y no es resuelto en él, se añade y se mezcla con lo que se transmite sin conflicto. El problema se complica por el hecho de que el niño no procede de una sola persona: él encarna también, de manera disfrazada, aquello que ha escapado (podríamos hablar de proyecciones inconscientes) al otro progenitor, pues la elección recíproca de los dos padres pone en juego, como ya hemos dicho, mecanismos del mismo orden.
Los abuelos, los tíos y las tías, los hermanos y las hermanas, desempeñan también un rol en el asunto. No hace falta recordar que cierto número de factores embrollan también el panorama: constitución física en parte heredada, lugar que ocupa entre los hermanos, historia particular del embarazo, del alumbramiento, de la llegada del niño, tema astrológico que algunos pretenden tomar en serio, relacionándolo con los temas parentales…
Más aún, el niño no es más que emanación de los fantasmas (inconscientes) de sus ascendientes y colaterales, y no de los azares de su venida al mundo ni de su existencia. Es sujeto y causa de sí mismo: él es su propio autor, al «hacer» algo singular con todas las influencias, con su «genio» propio (entidad difusa a falta de una definición precisa).
Su completa realización debería consistir en encontrar el lugar original más satisfactorio en una filiación, sin que por eso se limitase a los deseos que se ejercen respecto a él y que él mismo ha interiorizado (la rebelión reaccional es tan alienada como la total conformidad).
LA TERAPIA COMO CONVERSIÓN
Partir a la búsqueda de las causalidades es aquí ilusorio, y no puede desembocar más que en reducciones. Es esa, no obstante, la tentación más habitual de la psiquiatría que, fascinada por el modelo científico medical del siglo XIX, piensa que la explicación etiológica es la vía real de la terapia.
Para continuar avanzando en nuestro propósito, dejemos de lado toda idea de causalidad (organogénica o psicogénica, por ejemplo) y constatemos que trazos psicoafectivos individuales, configuraciones de composición de pareja, perfiles de destino se repiten en lo idéntico o en la oposición, o bien sufren modificaciones; asimismo, que las problemáticas se trasladan así de una generación a otra. Hablemos, más bien, de cambio de registro, de «conversión». Queda por hacer un examen detallado de cada historia particular.
Poner al día esos mecanismos es, sin duda, científicamente interesante, pero su desvelación apenas permite modificarlos. Y se encuentran no pocas personas perfectamente capaces de describir los orígenes personales y familiares de sus dificultades, sin que eso conlleve para ellos la menor mejoría.
La terapia permite por sí misma una conversión por medio de la elaboración de un relato, ya sea que se haga, como en psiquiatría de adultos, en forma de reconstrucción legendaria contada a un analista en interrelación transferencial, o por medio de una representación institucional con múltiples actores.
En psiquiatría infanto-juvenil, el tránsito al individuo sufriente como único actor de la terapia, así como el paso a la institución como marco codificado de una neosociedad reconstituida, son, de hecho, figuras raras, y se trata de inventar cada vez la fórmula individualizada, adaptada al niño considerado como algo particular, es decir, como único.
La terapia, de todas maneras, no es una respuesta a las problemáticas del sujeto, sino una puesta en escena para acoger esas problemáticas, de tal suerte que poco a poco encuentren solución.
LA ENFERMEDAD COMO FIGURA
Los pacientes de psiquiatría infanto-juvenil son definidos con el término niños, y no con el de enfermos, como ocurre en todas las otras disciplinas médicas. Algunos hablan incluso de gosses [chiquillos] o de gamins [muchachos]. Malades [enfermos] no es más que un adjetivo, mientras que es un sustantivo para los psiquiatras de adultos como para los pediatras, que denominan a sus clientes petits malades [pequeños enfermos], donde petit es el adjetivo y malades, el sustantivo. De la misma manera, los miembros de la Educación Nacional no ven en los niños más que eleves [alumnos], en todo caso, a partir de la escolaridad obligatoria. En cambio, los psiquiatras infanto-juveniles no se colocan frente a una enfermedad, sino frente a una persona, cuyas manifestaciones no siempre han de ser inscritas en el marco de la patología. La enfermedad no resume al individuo sufriente objeto de cuidados.
Para eso se pueden aducir varias razones:
– El recurso al psiquiatra es cada vez más diversificado, y el abanico de la clientela es cada vez más abierto: comprende niños cuyas perturbaciones son mínimas, como aprendizaje esfinteriano, dificultades de relación, convivencia escolar, relación con la lectura o con la escritura, etc. Nada hay en todo eso que remita a una entidad mórbida. Muchos de esos niños son «ordinarios», como lo son nuestros propios niños o los de nuestros amigos.
– Otra razón reside en la obligación que tiene el psiquiatra público de vivir en los mismos lugares del área geográfica a la que su servicio atiende: es, por tanto, usuario de los mismos servicios que sus propios usuarios (esto es evidentemente menos cierto en las grandes metrópolis, donde están más diluidos). Así pues, es ineludible para él cruzarse con los niños que acuden a su consulta en diversos lugares públicos: las casas de jóvenes, las escuelas, las tiendas, donde esos niños no se presentan como enfermos, sino como otros niños.
LA DIMENSIÓN SOCIAL
El niño, con su familia, es de hecho incluido en el conjunto social, que se manifiesta por las intervenciones de sus diferentes actores: maestros, trabajadores sociales (asistentes sociales, educadores, puericultores, trabajadoras familiares), reeducadores de la Educación Nacional (redes de ayudas especializadas), consejeros de orientación, regidores y agentes municipales (alcalde y consejeros municipales, personal de cunas infantiles), miembros de las instancias creadas por la ley de 1975 sobre los discapacitados, agentes de la Protección Maternal Infantil, de la Ayuda Social a la Infancia, responsables de la Dirección Departamental de Asuntos Sanitarios y Sociales, jueces de infantes, servicios sociales educativos, etc. El psiquiatra infanto-juvenil tiene que tomar en cuenta todas esas intervenciones potenciales o reales. Incluso cuando ha decidido ponerlas a cierta distancia, su presencia persiste, al menos en filigrana, y no deja de recordarlas. El rechazo a comunicarse con ellas es insostenible por las proyecciones que suscitaría en los cuidantes y en el niño, quien de campo común para esos interlocutores se convertiría en campo de batalla.
Demasiadas interpelaciones exteriores van a afectar también su inserción escolar, la obtención de un lugar eventual para alimentarse, una decisión de permanencia en la institución, la situación económica de la familia. Basta con que un miembro del equipo de cuidantes participe una sola vez en tales reuniones que desembocan en una decisión de realidad (aunque dicha decisión no concierna más que a la dimensión simbólica de aquella realidad) para que todas las relaciones con todos los clientes resulten perturbadas.
Y el contrato de no-injerencia en su realidad es un caso especial, opción deliberada por parte de los cuidantes, y no aplicación sistemática de reglas establecidas.
Los psiquiatras de adultos eran tradicionalmente considerados actores sociales, sobre todo en el territorio de la exclusión (ley de 1878 que regulaba el internamiento, ley de 1968 para la protección de los bienes); su función se completaba con la persona de la asistenta social de higiene mental, encargada de la reinserción: búsqueda de un trabajo, protegido o no, acción sobre la tolerancia de la vecindad. Nada comparable a la presencia cotidiana de la dimensión social en psiquiatría pública de niños, que obliga a tener en cuenta los efectos de repercusión recíproca de las perturbaciones y de la «realidad» escolar: por ejemplo, los efectos de las perturbaciones del niño sobre su adaptación escolar, pero también los de la institución escolar sobre las perturbaciones del niño.
El sector permite también poner en evidencia que la designación de las perturbaciones en un individuo es también una manera de enmascarar esas interferencias con otras dimensiones: familiar, escolar, institucional, social.
Estas graves cuestiones se vuelven a encontrar en aquello que el intersector propone como respuestas a las necesidades.
DIVERSIDADES TERAPÉUTICAS
Frente a esos conjuntos, el intersector se ve obligado a proponer e instalar otro conjunto: uno de aproximaciones terapéuticas conducidas por un equipo de cuidantes. La práctica de psiquiatría infanto-juvenil, desde el momento en que toma en cuenta todas esas dimensiones, requiere aproximaciones terapéuticas multidimensionales diversificadas.
Las costumbres terapéuticas monodimensionales psiquiátricas solo pueden ser suficientes para cada uno de los miembros de un servicio, al menos a escala de equipo. Uno puede, a lo sumo, ejercer toda una carrera de psiquiatra de adultos aplicando únicamente el psicoanálisis o la quimioterapia, por ejemplo. El contenido de una terapia a otra será diferente, pero la estructura del encuentro con el cuidante será siempre la misma.
Con el niño, el medicamento y/o el intercambio verbal no pueden agotar el encuentro. La aproximación tiene que ser forzosamente diversificada, y no puede ser codificada según un protocolo regulado de manera estricta.
Esto es así porque la expresión del niño está lejos de ser únicamente verbal, lo cual obliga al cuidante a apelar a otros recursos: por lo menos, a usar la plastilina para modelar y el dibujo. A pesar de todos los ensayos de «leyenda» (en el sentido cartográfico del término), estos recursos son mucho menos explorados que el campo del lenguaje (en el sentido lingüístico de «conjuntos de significantes verbales»).
La posición de los cuerpos en el espacio y la duración de las sesiones tampoco pueden modelarse por las reglas precisas del encuentro con el adulto.
Del mismo modo, la configuración cuidante misma tiene que ser inventada para cada niño en particular. Y esa diversidad de propuestas terapéuticas permite hacer una elección que, por sí sola, puede ya tener sentido. De tal manera que la configuración propuesta, variable de una indicación a otra, en el espacio, en el tiempo, de acuerdo con los actores en presencia, centrada en un objeto mediador particular, que favorece tal o cual modo de expresión, es lo más importante en el tratamiento.
Tantas figuras son posibles que, por su disposición —influenciada también por lo que los cuidantes proyectan en ella de sus problemáticas personales e institucionales—, desplazan no pocos dramas familiares reprimidos, que el niño repite en su propia carne y en su comportamiento, y a su manera, a falta de una superación y de una metabolización individual y colectiva.
DIVERSIDAD DE LOS CUIDANTES
Todas las formas de cuidados son posibles, tanto porque la diversidad de cuidantes es muy importante en una complementariedad que es fuente de enriquecimientos recíprocos, como porque el modo de aproximación elegido sea el fantasma (psicoterapeuta de filiación psicoanalítica), la realidad (educador), el cuerpo (psicomotricista), la emisión vocal (ortofonista), etc. Si el equipo es un mito caro a la psiquiatría, es, no obstante, raramente realizado de hecho en un servicio de psiquiatría de adultos, que lo divide en «responsables» y en «personal de ejecución». Del mismo modo, los servicios somáticos se miden a escala médica, y sus miembros se disponen jerárquicamente en relación con ese saber.
En cambio, la pluralidad de acercamientos en psiquiatría infanto-juvenil es una necesidad, y no se puede concebir cómo un servicio podría prescindir de tal o cual interviniente. Nadie hace bajas tareas y todos son indispensables, cada cual en una función y con una competencia específicas. ¿No es esa una de las condiciones necesarias para el advenimiento de una multidisciplinariedad que no se convierta en una engañifa?
La psiquiatría, a su vez, no resume el saber. Se confronta, más bien, con intervenciones específicas que es incompetente para llevar a cabo. Si cada uno interviene según su competencia y su función, el todo se hace en nombre de un proyecto terapéutico común. En ese sentido, la práctica sectorial pública no reproduce las separaciones por niveles habituales en el dominio asociativo, el cual separa los acercamientos terapéutico, educativo, adaptativo, pedagógico, etc. La especificidad del sector reside, en cambio, en esa multiplicidad de aproximaciones reunidas en un marco unificado. Los mismos especialistas (ortofonistas, por ejemplo) son incluidos en el proyecto terapéutico desde el momento en que franquean la puerta del intersector, el cual es un dispositivo de cuidados, mientras que no pueden, quiéranlo o no, dejar de inscribirse en los cursos de capacitación «Educación Nacional», que han motivado el nacimiento de los CMPP (Centros Médico-Psico-Pedagógicos).
Si el marco es multitécnico en el nivel de la práctica, es referencial en el plano de la teoría. En el día a día se viven y se ponen en marcha situaciones que permiten experimentar una superación de diferencias teóricas pretendidamente irreductibles. Se descubren incompatibilidades, se construyen sincretismos y se refuerzan con cada éxito terapéutico. A veces, los actores del intersector se pierden en él, a veces, para reunir los trozos dispersos y hacer con ellos una teorización algo coherente; logran, ya individualmente, ya a escala de un servicio como entidad, inventar elaboraciones propias, y crear representaciones nuevas del niño y de sus trastornos. Ese esfuerzo raramente es del todo exitoso, pero permite una reflexión no estereotipada de la práctica.
No se trata, ahora, de subordinar una práctica a una concepción patogénica de la cual sería la simple aplicación, sino de crear una metodología para una práctica abierta. Eso es lo que nosotros intentamos modestamente en este libro, que no presenta una teoría más sobre el origen de los trastornos, sino más bien una metodología de la terapia y una evaluación de sus resultados.
LA NOSOGRAFÍA EVOLUTIVA
En el camino, las exclusiones rígidas y los dogmatismos amenazan con vacilar un poco. Citaremos, particularmente, la pretendida necesidad de una explicación de los trastornos para curarlos, explicación que se encontraría en las manos del terapeuta. Ahora bien, si un niño resuelve sus dificultades sin forzosamente comprender su origen, tampoco es obligatorio que el cuidante haya comprendido todo aquello que ha determinado la constitución de sus trastornos. Tendremos ocasión de volver más adelante sobre este punto fundamental.
Nos limitaremos ahora a la propuesta del diagnóstico.
Todo proceder nosográfico se basa en la descripción de entidades mórbidas que se fijan y se convierten en «estados» patológicos-tipo. El asunto no deja de recordar eso que se denomina «estado adulto», como si constituyera una etapa, un resultado no dinámico. Ser verdaderamente adulto es, por el contrario, poder conciliar en sí mismo las múltiples facetas del niño, del adolescente, del adulto, saber que es loable y no reprensible regresar de vez en cuando (es decir, jugar al retorno en una versión actual) para otras veces llegar a controlarse. Brevemente, ser adulto consiste en enriquecerse con sus posibilidades sin renegar de sus «seres» anteriores.
La psiquiatría infanto-juvenil utiliza las categorías nosográficas, pero en su dominio estas son muy variadas y han sufrido acomodos mucho más considerables que las de la psiquiatría de adultos. Por ejemplo, en menos de un siglo, los mismos niños han sido llamados: débiles mentales, dementes precoces, psicóticos, borderline o disarmónicos.
Sin duda, es capital, en nuestra opinión, distinguir entre lo que pertenece al orden de la psicosis, al orden de la neurosis y al orden de la debilidad. Pero es, con certeza, más provechoso identificar la posición del niño respecto a las categorías de sujeto, de destinador y de objeto. Uno se da cuenta entonces —como demostraremos con los ejemplos clínicos expuestos más adelante— de que el niño puede ocupar sucesivamente posiciones muy diferentes (cuando no simultáneamente). Corresponde al terapeuta, en consecuencia, responder a la posición que considere la menos patológica, es decir, la más dinámica: la veremos particularmente en la historia de Yann. Del mismo modo, un estudio lingüístico riguroso del lenguaje de los niños psicóticos permite poner en evidencia la variabilidad de sus organizaciones.
De esa manera, uno se libera progresivamente de los escritos sobre las clasificaciones totalitarias de todos los estados enfermos, marcados por el espíritu del siglo XIX.
Los acercamientos diacrónicos a la patología infanto-juvenil, a la plasticidad del cuadro clínico, al dinamismo evolutivo de las expresiones sintomáticas —espontáneamente o bajo el efecto de la terapia— demuestran la fuerza inmediata de transformación que actúa en el niño. La variabilidad —para los mismos niños— y las opciones diagnósticas —eventualmente, por los mismos cuidantes de un momento a otro— no reflejan simplemente cambios en las referencias teóricas, sino la plasticidad misma del niño. Dicha plasticidad es tal que nos lleva a pensar que los cambios de organización patológica sobrepasarían el dominio procesal para alcanzar el dominio estructural. ¿Los niños reorganizan a tal punto su economía interna como para modificar su estructura mental? La pregunta merece ser planteada. No es raro, en efecto, constatar que, después de un trabajo de cuidados importante, algunos niños no se presenten más como psicóticos o como neuróticos graves: han accedido a una organización psíquica diferente. Solo persisten algunas cicatrices como tendencias al aislamiento o trastornos de articulación, por ejemplo.
La norma para los niños asistidos en psiquiatría infanto-juvenil es, pues, el cambio: toda descripción fija del mismo cuadro clínico después de un año de cuidados debe revisar completa y profundamente las actitudes terapéuticas.
Así como el niño crece y modifica su cuerpo, las transformaciones de su economía mental son la regla. Por lo demás, es probable que el dinamismo del adulto sea también más importante de lo que se dice; la maldición de la creencia en la cronicidad de los trastornos es un factor de refuerzo de ese inmovilismo.
Ese dinamismo propio de la psiquiatría infanto-juvenil es tal que no puede dejar de plantear la cuestión del origen, de la acción preventiva que evite la organización patológica. Pero lo patológico no es en sí mismo más que una figura de un conjunto: la salud tanto individual como colectiva. La terapia, que el legislador denomina «prevención terciaria», se integra en el proyecto de «salud mental» para toda una población. Porque la acción cuidante es un medio al servicio de la salud, pero no el único.
El intersector es solicitado para acciones de prevención que, o bien conciernen a individuos atendidos en directo, o a aquellos en terapia mediatizada.
Algunos servicios sacrifican mucho en esa tarea por atender, ya sea a la formación de nodrizas, o a trabajos psicosociológicos con juegos de roles sobre la relación de los sectores sociales con la decisión, con el dinero, o a un estudio comparativo del espacio de las guarderías infantiles. Otros no se dedican a sus tareas sino excepcionalmente. Eso no tiene ninguna importancia: basta con que un solo cuidante haya participado una sola vez en una reunión de padres de alumnos sobre un tema determinado para que toda acción terapéutica quede incluida en un plan más amplio referido al bienestar del niño y del conjunto social.
Ese trabajo, en los límites, es el resultado lógico de la relativización topográfica a la que ha procedido el equipo sectorial.
EL INTERSECTOR, ESTRUCTURA INSTITUCIONAL
El sector había procedido ya a una ampliación al concebir el hospital como un polo entre otros, no forzosamente indispensable. La psiquiatría de sector efectúa, pues, una apertura y una descentralización respecto al modelo hospitalocéntrico tradicional. La psiquiatría infanto-juvenil, disponga o no de lugares propios de hospitalización, está aún más descentralizada, aunque solo sea por la necesidad de evitar las rupturas entre el niño y su familia, o de hacerlas lo más breves posible.
Si bien a los prácticos de establecimientos privados o semipúblicos, del tipo IMP (Internados Médico-Pedagógicos) les está permitido circunscribir su acción a los altos muros de la institución, el intersector, en cambio, es una estructura de varios lugares interactivos (veremos en el capítulo III que, por nuestra parte, preconizamos la existencia de un solo lugar polivalente) y no puede, en adelante, ser asilo, si no es con dificultad. Los psiquiatras de adultos pueden tal vez reivindicar la importancia del trabajo poscuración y de la asistencia ambulatoria, pero esa práctica no depende más que de su voluntad y de su compromiso casi militante: su estructura no los obliga a eso. El intersector, por el contrario, obliga a sus actores a salir del lugar del hospital para situarlos en franjas donde su poder no puede ejercerse de manera absoluta, y debe confrontarse con el de otros miembros del equipo y con los interlocutores que, exteriores al mundo de los cuidados, se ocupan de los niños.
Así, el equipo de cuidantes es llevado a ejercer en lugares diversos y en instancias múltiples: CDES (Comisión Departamental de Educación Especial)9, donde se deciden los emplazamientos en las instituciones especializadas y las atribuciones de los subsidios; las comisiones pluridisciplinarias (que reúnen a los prácticos que se ocupan de un niño, al psiquiatra infanto-juvenil y al que interviene, sea porque es el terapeuta, sea para dar su punto de vista a propósito del caso particular sin tener que cuidarlo directamente); que en tal escuela se puede encontrar un maestro, que en tal municipio se puede abrir un puesto de consulta; que tal servicio de pediatría servirá para atender cualquier pedido de urgencia para confrontación con la policía o con la justicia cuando se trate, por ejemplo, de un asunto de toxicomanía de adolescentes.
La posición de los equipos de cuidantes es, con frecuencia, difícil, porque se encuentran desgarrados —verdadero dilema— entre la entrega de informaciones sobre la familia del niño atendido, el riesgo de saber demasiado acerca de ella, la necesidad de respetar las reticencias de las familias y la obligación del secreto.
Como siempre, en las fronteras de su rol, el psiquiatra infanto-juvenil puede definir y percibir mejor la complejidad de su posición de «experimentador» en ese terreno de investigación-acción que es el intersector.
HACIA UNA NUEVA CONCEPTUALIZACIÓN DEL SER HUMANO
En un texto aparecido en la Nouvelle encyclopédie du XXe siècle10, uno de nosotros ha propuesto que la práctica de la psiquiatría infanto-juvenil encerraba en germen una nueva conceptualización del ser humano, cualesquiera que sean las diferencias teóricas e ideológicas de sus actores.
Como hemos visto, el campo del intersector es completo, puesto que es, a la vez, el del sujeto y el de su familia, donde el cliente es el niño mismo, que no se reduce a su enfermedad.
La dimensión psicológica individual se completa con las dimensiones socioeconómica y política, tanto en lo que concierne a los trastornos como a su tratamiento. Gran parte del trabajo se efectúa con los maestros, con los trabajadores sociales, con los responsables administrativos y judiciales, con el personal de las guarderías infantiles, etc.
La acción incluye la terapéutica misma en todo el proyecto preventivo; se propone como meta la salud colectiva e individual, donde el tratamiento de la enfermedad constituye un aspecto, así como el hospital es un polo de un conjunto. Las actividades de prevención primaria (en forma de intervenciones en la colectividad sin relación precisa con un enfermo designado) toman un tercio del tiempo de trabajo.
El psiquiatra está en interacción constante en el mismo servicio con otros cuidantes con aproximaciones variadas y complementarias. Todos deben inventar, además, las configuraciones curativas para cada niño particular, teniendo en cuenta que ninguna técnica reglamentada ni ningún corpus teórico pueden resumir la acción proteiforme multidisciplinaria. La jerarquía no se plantea ya de la misma manera a partir del momento en que todos son iguales ante la indicación terapéutica que puede proponer tanto un enfermero como un ortofonista, tanto un psiquiatra como el cuidante principal del niño, pues cada uno interviene según una personalidad y una competencia propias.
El dinamismo evolutivo de cada niño permite una variabilidad del cuadro, y modificaciones nosográficas que terminan con frecuencia en curaciones.
Los actores de la psiquiatría infanto-juvenil de sector, solicitados en lo más profundo en su función reparadora de la infancia, han quebrado el collar férreo del cronicismo. Demandas exigentes los obligan a inventar respuestas adecuadas al margen de toda ideología teórica que pudiera justificar una práctica unisistematizada.
El cuerpo de conocimiento es insuficiente para dar cuenta de todos los aspectos de la práctica sectorial de la psiquiatría infanto-juvenil. Dicha práctica trabaja con datos de tal complejidad que es preciso, quiérase o no, tomar, aquí y allá, una pizca de psicología, otro poco de sociología, algo de medicina, algunos datos de etología, y no poco de filosofía, de ética, de lingüística y de antropología, para forjar una elaboración personal.
Sin duda, esos actores se apoyan en los conceptos que están vigentes, pero van más allá, a veces, en forma difusa; otras veces, al contrario, distinguiendo registros y, siempre, en la interacción, descubriendo el entrecruzamiento de aquello que hasta entonces parecía distinto. Por ejemplo, la conceptualización misma de la noción de individuo, provenga del modelo medical o psicoanalítico, no es invalidada, pero revela ser una manera operativa de ver, de la misma manera que el cálculo aritmético que hemos aprendido en la escuela es relativizado como un cálculo de base 10 entre otros de base distinta. Es una figura de un conjunto que no la niega, sino que la integra: el proyector agranda su círculo, pero continúa centrado sobre el mismo punto, o bien forma una elipse por la adjunción de otro centro, o bien permanece informe, poco importa: el espacio primero queda comprendido en su interior.
Incluso aunque cada uno de los cuidantes esté vinculado a referencias teórico-prácticas precisas, tiene que dialectizar ese compromiso personal con otros prácticos del mismo equipo del intersector, que a su vez ha de insertarse en el conjunto social.
Las mismas formas se responden y se acoplan: el niño es un individuo que se constituye como sujeto, pero es también miembro de una familia, lo cual no es en absoluto antinómico. Creer que debe liberarse de esa pertenencia para convertirse en una persona es no comprender la compatibilidad, la coexistencia no exclusiva de las dos dimensiones. Él es, a la vez, el todo y la parte de otro todo, la familia. La complejidad de las relaciones de inclusión del niño en su familia puede verse también en su relación con la institución escolar, con la enfermedad, con el cuidante, en la relación del cuidante con un equipo diversificado, en la de la terapia con un proyecto global, en la del hospital con la estructura de cuidados, todo esto con una evolución que trastrueca los marcos tradicionales cuyos elementos reorganiza.
Lo más notable es que todo eso se hace no en una especulación, sino en una práctica que reclama menos una teoría nueva, una más, que una conceptualización más amplia.
SUPERACIONES
Las oposiciones clásicas no son abolidas por el momento, sino superadas. El gran secreto se desvela; algunos hablarían de la revelación del «proceso primario», de esa característica del inconsciente que, según Freud, se sitúa más acá de la sucesión temporal, de las relaciones de causalidad, del principio de no-contradicción y del tercero excluido, de la diferenciación entre negación y afirmación.
El proceso primario ignora todas esas relaciones lógicas que sostienen y soportan nuestra vida razonable. Ahora bien, el mundo, en Occidente por lo menos, nos tiende trampas sin cesar. La más difícil de rastrear es la de la alternativa, de apariencia binaria. Ante los conflictos internos del sujeto, no se trata de elegir uno de los polos del desgarro psicológico, una de las dos soluciones opuestas que parecen excluirse. En el campo de Treblinka, se decía: «Si tienes que elegir entre dos soluciones, elige siempre la tercera». Es claro que la tercera vía contiene y supera las dos primeras.
Veremos en el análisis de los contenidos de nuestras búsquedas cómo hemos podido, a partir de nuestra experiencia psiquiátrica infanto-juvenil, encontrar en la expresión deslizada en terapia (gracias a una creación ficcional, por ejemplo) una posibilidad extraordinaria de poner en escena conflictos y, de ese modo, superarlos.
A partir de un pensamiento binario, y hasta ternario, de oposiciones que se excluyen, la praxis del intersector tiende puentes, coloca los términos de otra manera. Como ejemplos de oposiciones clásicas, podemos citar: individuo/grupo/sociedad; psiquis/soma; persona/personaje; hospital/sector/estructuras intermedias; patología/salud; terapia/reeducación; etc.
La resolución de esas oposiciones de exclusión recíproca puede hacerse en la interacción con la intrincación, con la intrusión, con la fundación de nuevas categorías, con la ambivalencia, con la compatibilidad de los contrarios. Lo que cuenta es el genio sincrético del intersector que alcanza con frecuencia la polisemia, como se puede observar actualmente en el conjunto de las ciencias humanas, las cuales, por sí mismas, comienzan a superar las contradicciones: teoría/práctica, cuantificación objetivante/ aspectos cualitativos de la subjetividad.
El intersector autoriza la mezcla de las dimensiones individual, familiar, institucional y social, respecto a registros teóricos, psicológicos, sociológicos, políticos, económicos, culturales y transculturales. El compartimentalismo arbitrario de las ciencias humanas ha sido superado por la práctica de sector: comprensión individual del niñosujeto, aproximación a la familia como un todo irreductible a la suma de sus miembros, la consideración de los datos sociales y culturales que infiltran la familia y el individuo; todo eso coexiste en un cuadro complejo, pero coherente.
El niño está hecho de todas esas dimensiones; lleva en sí aquello que no ha sido resuelto por las diferentes instancias que le conciernen, forma cuerpo con esas problemáticas y responde a su manera, con un desplazamiento en el que juega su propia partida, pero remitiendo así a los otros (familia, sociedad, institución de la psiquiatría) aquello que se les ha escapado y que él ha recogido para transformarlo en su propio nivel individual.
La oposición habitual entre lo innato y lo adquirido es superada, reconstruida por el niño por medio de su propio dinamismo sincrético.
La práctica de sector infanto-juvenil cumple de este modo una función de elaboración antropológica.
EN RESUMEN
– ¿En qué se diferencia la práctica de la psiquiatría del niño de todas las otras prácticas psiquiátricas y psicoterapéuticas?
– El estatuto de la enfermedad: se dice «el niño enfermo» y no «el enfermo» como en psiquiatría de adultos. La enfermedad no es más que una figura de la identidad, lo cual modifica la conceptuación misma de lo patológico y de la estructura mental.
– La temporalidad es diferente por el hecho del dinamismo del niño que crece y, además, de la evolución del cuadro clínico. La separación de nuestro pequeño paciente, prevista aunque nada más sea por el hecho de la edad, se inscribe también en un dinamismo de vida que dinamiza nuestra aproximación que no es más que temporal.
– La demanda no procede del niño, sino de sus padres, lo que los coloca, de entrada, en el campo terapéutico de acuerdo con diversos roles. Lo cual quiere decir que la dimensión transgeneracional tiene que ser abordada de una manera o de otra.
– El psiquiatra de niños no tiene que ver solamente con los padres, está también en contacto con el entorno: familiar más amplio, social, educativo y hasta judicial. Interviene eventualmente en ese campo para influir en la realidad, «guardando siempre la valija de lo simbólico en la mano».
– La forma misma de la terapia no puede estar enteramente codificada. Varía según la edad, la patología, el contexto, la demanda. Por lo demás, los síntomas, la relación con el lenguaje, con las capacidades introspectivas, con las expresiones plásticas, lingüísticas, sonoras, corporales, deben también tomarse en cuenta para las indicaciones terapéuticas precisas, las cuales tienen que ser pensadas de acuerdo con cada caso particular.
– La toma de conciencia no siempre está en el corazón de la terapia; esta puede desarrollarse completamente o casi con un acompañamiento de creaciones o con un proyecto inscrito únicamente en la esfera educativa y reeducativa, sin renunciar por eso a lo terapéutico. La instancia de la conciencia no es el interlocutor privilegiado, pero puede ocurrir que ciertas revelaciones en la inspiración de la «sorpresa de conciencia» señalen eventualmente el camino, en el cual se desarrolla la mayor parte del tiempo en cierta penumbra, que no deja de asustar y de acrecentar las resistencias al cambio tanto del niño como de su familia.
– El psiquiatra mismo no es más que un cuidante entre otros con prácticas diferenciadas, eventualmente complementarias; este hecho permite introducir otra mirada en la fórmula «terapias plurales» y, además, desjerarquiza relativamente los roles, las funciones y las competencias.
– La hospitalización no es más que uno de los polos, no indispensable y de duración variable, de un conjunto diversificado que comprende otras propuestas institucionales, lo cual ofrece un modelo de trabajo en sector que se articula alrededor del niño de manera flexible y armoniosa.
– La práctica de la psiquiatría del niño incluye de manera intrínseca un trabajo de prevención, encuentros con los prácticos de la infancia, terapias mediatizadas, entrevistas con parejas adoptantes, formaciones de asistentes maternales, participaciones en debates con padres de alumnos, etc. Así pues, la terapia está comprendida en una mira de salud mental.
– Las teorías referenciales en la psiquiatría del niño son diversas en el interior de un mismo corpus (desde Ana Freud hasta Melanie Klein, por ejemplo), o según corpus diferentes que inundan las ciencias humanas y sociales. El práctico está obligado a inventar sus propias fórmulas a partir de todas esas influencias.
– El conjunto de esas dimensiones de la psiquiatría del niño, en las cuales podrían reconocerse todos los prácticos del campo de la salud, de la educación y reeducación, y del trabajo social con los niños, sea el ejercicio privado, público, asociativo o institucional, remite a un dinamismo particular y a una relativización de las propuestas tradicionales de la psiquiatría general.
– La psicoterapia del niño y del adolescente consiste en una simbolización acompañada. Se trata menos de una búsqueda de los orígenes en la formación de los síntomas, sueños, etc. —percibidos como símbolos por descifrar, como mecanismos y significaciones ocultas, que deben ser objeto de una concientización, resolutiva, de esas determinaciones inconscientes—, que de una simbolización en trance de hacerse, que suscite, favorezca, acompañe, en la cual puede incluso participar el terapeuta activamente. La simbolización en terapia (en el marco de la configuración transferencial, hecha de proyecciones recíprocas de todos sobre las representaciones de los otros actores de la terapia) es un acto constituyente11.
DE LA SEMIÓTICA A LA PSICOSEMIÓTICA
Vamos ahora a reconstituir brevemente el recorrido que enlaza la semiótica de la primera época (la que todavía estaba apegada al «corpus» de los mitos y de los cuentos) con la psicosemiótica, que se ocupa del comportamiento global del sujeto.
Que quede bien claro que la psicosemiótica es una rama, relativamente reciente, de la semiótica, la cual —como lo recordaba A. J. Greimas con frecuencia— surgió paradójicamente de un fiasco que terminó por dar toda una dimensión heurística a una notable confluencia: decepcionado de las perspectivas limitadas de la lexicología, reducida a la unidad-palabra, y luego, de la semántica lingüística, frástica, el fundador de la Escuela de París edificó la semiótica en la intersección misma, suerte de punto sinérgico, de los estudios folclóricos (V. Propp), de la mitología comparada (G. Dumézil) y de la antropología estructural (C. Lévi-Strauss). Como siempre, se produjo el encuentro, pero evitando exitosamente tanto la ilusión interdisciplinaria como el eclecticismo (veremos de qué manera): nacimiento de un nuevo proyecto científico que recortó en el horizonte un vasto espacio por descubrir, un poco a la manera del augur que delimitaba en el cielo el campo de futuros acontecimientos.
La edificación de la semiótica greimasiana se ha hecho después de haber constatado un doble fracaso, el de una lexicología y el de una semántica, respectivamente encerradas en los exiguos límites de la palabra y de la frase. La apertura hacia la dimensión del discurso, a partir de entonces, era necesaria, así como hacia las investigaciones situadas fuera de la lingüística, instaladas, después de largo tiempo, en los amplios dominios discursivos constituidos, por ejemplo, por los mitos y los cuentos.
Como el peligro de eclecticismo era entonces muy grande, se hacía necesario delimitar con rigor el objeto de la empresa semiótica, y tratar de integrar los aportes de esas diversas disciplinas en un modelo teórico coherente, lo cual no era nada fácil, pero que, no obstante, llegó a realizarse.
¿Cómo?
Gracias a la creación de una teoría de la significación (que se inició con la aparición, en 1966, de Semántica estructural [de A. J. Greimas]), que garantizaba la homogeneidad y la coherencia de los modelos y de los procedimientos elaborados. La teoría de la significación adoptó rápidamente una forma generativa (Du sens, 1970)* para representar el engendramiento de la significación en los discursos, en un recorrido denominado, precisamente, generativo.
Aunque el término generativo aparece algo tardíamente (en el Diccionario, 1979)*, la concepción de un modelo dispuesto en niveles sucesivos es bastante anterior, y permite la integración, en coherencia, de los aportes fundamentales, entre otros, de V. Propp y de C. Lévi-Strauss.
El análisis lévi-straussiano del mito, con un modelo acrónico, que no respeta la narratividad, le sirve para representar el nivel de las estructuras profundas (semántica y sintaxis fundamentales: cf. el cuadro en la página 80). En cambio, el análisis proppiano, estrictamente sintagmático, de la consecución de las funciones en el cuento popular nutre otro nivel del modelo, el de la sintaxis narrativa de superficie, a costa, es cierto, de un trabajo considerable de metabolización12.
FREUD PRESEMIÓTICO
Detengámonos un momento en esta representación del discurso como estratificación de componentes encastillados desde lo simple hasta lo complejo, desde lo abstracto hasta lo concreto; y sobre el despliegue de la significación a través de esos niveles sucesivos, lo cual supone diversas conversiones hasta llegar a la superficie figurativa del discurso.
El lector familiarizado con la lingüística habrá percibido aquí, inmediatamente, la referencia implícita a la gramática generativa de N. Chomsky, quien postulaba también la existencia de estructuras profundas y de estructuras superficiales, aunque en el marco limitado de la generación de frases y no de discursos.
Pero es otro el acercamiento, menos visible, el que nos proponemos explorar ahora, porque permite ilustrar la especificidad de nuestra empresa psicosemiótica. Se trata de la referencia al Freud de la Traumdeutung [La interpretación de los sueños], brevemente evocada por el Diccionario en el artículo «Psicosemiótica»:
[…] aun cuando la Traumdeutung de Freud sea un trabajo notable de análisis semiótico al pie de la letra […]13.
Comencemos por un primer rasgo, que acerca de entrada la empresa de Freud a la del semiótico: el hecho metodológico importante que consiste en situar el análisis en la dimensión del discurso. Freud, como es sabido, va en busca del sentido global de un todo discursivo, el sueño contado, que, en un primer momento, se manifiesta como algo incoherente, absurdo, ininterpretable. No va en busca de elucidaciones puntales, a nivel de la palabra, ni del sintagma, ni siquiera de la frase: precisamente, lucha contra ese proceder en la interpretación del sueño, tan extendido, contra esa «lexicología simbólica» que se limita a aplicar una clave de los sueños, un diccionario de términos fijos, a las creaciones oníricas, asignándolos exclusivamente a fragmentos discursivos.
Y si Freud trabaja, de manera muy fina, sobre tal o cual fragmento de un sueño, lo hace siempre en función de una explicación global, para mostrar que el todo tiene un sentido permanente que consiste en la realización de un deseo. El semiótico reconocerá en ese gesto una unidad narrativa familiar: sueño, cuento, mito (y terapia) coinciden justamente en la puesta en discurso de una carencia y de su liquidación.
Segundo rasgo común a los dos procederes analíticos: la construcción necesaria de niveles distintos. Freud considera desde el inicio que es estéril quedarse en el nivel manifiesto del sueño (el relato inmediato del soñador) y que es necesario prever un nivel más profundo, construido por el análisis: ese es el nivel del contenido latente, el de los pensamientos del sueño. Y es justamente ese nivel el que permite acceder a la inteligibilidad del sueño, aunque se presenta primero en el nivel manifiesto como enigmático.
Vemos, pues, cómo se ha instalado un modelo estratificado que articula dos niveles de naturaleza distinta: uno directamente perceptible e incomprensible; el otro, por construir, que se abre sobre lo inteligible.
Y Freud va aún más lejos cuando indica que «[…] un nuevo trabajo se le impone. Debe buscar cuáles son las relaciones que se establecen entre el contenido manifiesto del sueño y los pensamientos latentes, y examinar el proceso por el cual estos han producido aquel»14.
Tercera similitud, que se aprecia en el importante problema de la conversión. ¿Cómo es transferida la significación de un nivel a otro, a la vez idéntica y diferente, complejizada, concretizada, figurativizada? Porque los pensamientos profundos del sueño están contenidos, sin duda, en el sueño contado, aunque no sean directamente discernibles.
Freud culmina su modelo generativo del sueño estudiando (en el largo capítulo titulado «El trabajo del sueño») los procedimientos de conversión que dan cuenta del paso del contenido latente al contenido manifiesto del sueño. Aquí uno de sus comentarios:
Queda establecido así que la condensación y el desplazamiento son los dos factores esenciales que transforman el material de los pensamientos latentes del sueño en su contenido manifiesto15.
Y Freud muestra ampliamente, con numerosos ejemplos, cuáles son las condiciones, las sobredeterminaciones del desplazamiento y de la condensación para que puedan operar el tránsito entre contenido latente y contenido manifiesto. Freud acude a la figuración, que supone la figurabilidad (uno piensa aquí en la problemática semiótica de la figurativización), procedimiento original que hace del sueño una suerte de acertijo [rébus], que da como resultado ese fenómeno que consiste en que «una expresión abstracta y descolorida de los pensamientos del sueño se convierta en una expresión imagínica y concreta»16.
Finalmente, Freud elabora el proyecto de una reconstrucción total del engendramiento de la significación en el sueño:
Sé muy bien cuál ha de ser el modo de demostración más claro y más decisivo: escoger un sueño modelo, desarrollar la interpretación […], luego, reunir los pensamientos del sueño que han sido descubiertos y reconstruir finalmente el proceso de la formación del sueño. Habremos completado así el análisis con la síntesis17.
ACAR A LA LUZ LAS DIFERENCIAS
Una vez conocidas esas notables similitudes del proceder analítico, es preciso ahora hacer que aparezcan las especificidades de ambas aproximaciones. Para hacerlo, tomaremos un ejemplo próximo a los que presenta Freud, el sueño referido por una joven paciente —Beatriz— en el curso de la última sesión de su terapia (cf. infra, cap. IV, donde se analiza con toda amplitud este caso):
Ayer, leí La Bella y la Bestia. En la noche soñé que la Bestia era un príncipe horrible y la Bella era una tórtola.
La historia comenzó cuando la familia de la tórtola quedó en la pobreza. Toda la familia sufría la mala suerte echada por una vieja bruja. La familia la había encontrado en un bosque. Querían construir su casita en un rincón del bosque; para la bruja, el bosque era de su propiedad; por eso les echó la mala suerte. La hermana mayor, una paloma, era prisionera de un ser humano, un horrible príncipe que había dicho: «Ustedes me tienen que dar una de sus palomas para que yo libere a la otra».
La bella paloma, la hermana menor, se ofreció al canje. El príncipe comparó las dos tórtolas. Cuando vio que la más joven era la más bella, soltó a la mayor. La hermana mayor quedó libre.
La bella paloma se escapó una vez para ver a su familia, al padre, a la madre, al hijo, a la hermana mayor; pero tenía que regresar, si no el monstruo moriría [sic]. Por eso regresó. La bella paloma se transformó en princesa y el príncipe horrible en un bello príncipe.
Señalemos, primero, las diferencias externas del discurso mismo, que serán ampliamente explicitadas, puesto que se deben a la naturaleza de la opción terapéutica, la cual no corresponde a la cura analítica clásica. No se ha solicitado a la paciente ninguna asociación, y las interpretaciones finales del terapeuta son muy elípticas, oblicuas, referidas a la globalidad del sentido del sueño, respecto al conjunto de la terapia que, además, está terminando (se había convenido que esa fuese la última sesión).
Enfrentado al discurso de Beatriz, el semiótico se atendrá estrictamente al sueño contado, y eso por necesidad epistemológica (la preservación de la homogeneidad de su discurso), sin hacer intervenir tampoco las informaciones obtenidas acerca del enunciador (las cuales le permiten con frecuencia a Freud interpretar el sueño sin la ayuda del soñador).
Por lo demás, la empresa semiótica no busca, como la analítica, alguna verdad cuidadosamente disimulada, encriptada (para engañar a la censura, indica Freud), escondida en el nivel profundo, latente, sino que apunta a la construcción de un simulacro que explicite la manera como se genera la significación en el discurso [en este caso, de la paciente].
El análisis semiótico no da lugar a descubrimientos, a revelaciones de secretos, como el método analítico de interpretación de los sueños. Dicho esto, lo que hace es sacar a la luz, por construcción, aquello que no es, por definición, perceptible en la superficie del discurso. Creemos, sin embargo, que existe una articulación posible entre los resultados producidos por ambas disciplinas.
¿Pero qué hacer, dentro de la lógica del proceder del semiótico, con el «sueño» de Beatriz?
EL «RECORRIDO GENERATIVO»
En primer lugar, ilustraremos sucintamente el modelo teórico de Greimas, sin adelantar el análisis detallado que proponemos de este sueño en el capítulo IV, análisis diferente y complementario.
Paradójicamente, ese texto no será considerado a priori como sueño, sino como simple fragmento discursivo. Luego, mostraremos con el análisis su eventual especificidad para incluirlo en un género discursivo preciso. Podremos advertir, de paso, que la tipología de los discursos no es, para el semiótico, una clasificación establecida, sino que es preciso construirla. Y el «sueño» de Beatriz, terminado el análisis, aparecerá, estructuralmente, como un mito de origen, lo cual antes era débilmente legible debido a la máscara (el «sueño») elaborada por el enunciador.
Aclarado esto, el análisis semiótico, lo mismo que el de Freud, va a efectuar una inmersión desde la superficie del discurso hasta el nivel más profundo, para remontar después, por etapas, hasta el discurso concreto, manifestado.
Pero la comparación termina ahí, porque las estructuras profundas, por ejemplo, del modelo semiótico de Greimas no son de la misma naturaleza ni cumplen la misma función que el nivel latente freudiano, el de los «pensamientos» del sueño, cuya manifestación clara y consciente bloquea la censura.
En efecto, el semiótico considera el recorrido generativo de la significación en el discurso como un tránsito, por etapas sucesivas, desde lo abstracto hasta lo concreto y figurativo (en la mayor parte de los discursos), desde lo simple hasta lo complejo, al modo de una proliferación regulada, de una plusvalía de sentido, a partir de operaciones lógico-semánticas profundas elementales.
Dichas operaciones, escondidas en la «profundidad» del texto, se dejan leer en la superficie gracias a la presencia de transformaciones.
– La «pareja» inicial, formada por la Bestia («un príncipe horrible») y por la Bella («una tórtola»), pareja imposible constituida por partenaires a los que todo separa, se transforma al final del texto en una pareja ideal de complementariedad (solo la diferencia sexual, que perdura, los distingue felizmente).
– La familia, al principio bajo la dependencia total de la «bruja» (instancia de poder trascendente que se denomina «destinador» [del bien o del mal]), se libera de ese yugo gracias a la acción de la paloma menor, sujeto-héroe del relato. Lo mismo sucede con el príncipe horrible, víctima, sin duda, a su vez, de una maldición, carcelero a sueldo de la «bruja», que accede a un nuevo estatuto.
Esas transformaciones bien visibles, espectaculares, son la traza, en superficie, de operaciones profundas, situadas en niveles diferentes:
1. Primero en el nivel constituido por las acciones de los personajes, las cuales, en un nivel de abstracción mayor, se convierten en performancias vinculadas a los actantes (roles narrativos abstractos [como sujeto/objeto, destinador/destinatario, ayudante/oponente]). Nos hemos encontrado ya con el actante destinador (representado en este caso por la «bruja», figura a su vez del Destino implacable que condena para siempre a una carencia permanente), con el actante sujeto (la paloma menor, que se convierte en prisionera, que decide actuar en lugar de padecer), con el actante objeto perseguido por el sujeto (el compañero a la vez idéntico y complementario).
Porque la dinámica del relato reposa (Propp lo había mostrado ya desde 1928, en Morfología del cuento) en la tensión que se genera entre la aparición de la carencia y su liquidación. Propp había señalado también que la carencia en el cuento maravilloso era la consecuencia, la mayor parte de las veces, de la transgresión de una prohibición. Ese es el caso en el texto de Beatriz, si bien la transgresión es presentada como involuntaria, es decir, basada, de hecho, en una ignorancia.
El programa narrativo de «construcción de una casa» se paga con un fracaso cruel y con la privación de la hermana mayor. Por querer suplir la «carencia de casa», la familia incurre en una carencia infinitamente más grave y trágica, que el intercambio propuesto no hace más que perpetuar.
Vemos cómo se diseña aquí el nivel de las estructuras semionarrativas, donde se encadenan los «programas narrativos», y hasta se engastan, según una lógica sintagmática (que procede de Propp): prohibición/ transgresión; carencia/liquidación de la carencia.
Ese nivel particular es el de la sintaxis y el de la semántica narrativas.
2. Más profundamente, si se analizan semánticamente los objetos perseguidos por los sujetos —todo relato es una búsqueda—, encontramos los valores del texto, que constituyen el nivel más profundo, el armazón de base: ese nivel será representado, formalizado por el cuadrado semiótico, modelo lógico que pone en relación lógico-semántica los valores en cuestión: relaciones de contrariedad, de contradicción y de implicación. Pero ese modelo no es estático: hace aparecer un dinamismo que consiste en operaciones de afirmación y de negación de esos valores (sintaxis y semántica fundamentales). Eso significa que, incluso en el nivel de las estructuras profundas, es posible seguir el rumbo de las transformaciones del relato en términos puramente lógico-semánticos.
Presentamos como ejemplo el cuadrado semiótico que representa visualmente la articulación lógica de una categoría semántica: rico vs. pobre.

El cuadrado hace que aparezcan los siguientes tipos de relaciones:
– Relación de contrariedad entre los términos S1 y S2
– Relación de subcontrariedad entre los términos S1 y S2
– Relación de contradicción entre los términos S1 y S1; S2 y S2
– Relaciones de implicación entre los términos S2 y S1; S1 y S2
Podemos constatar que las operaciones de negación y de aserción integran los ejes de la contradicción y de la implicación.
Así, un relato simple de enriquecimiento consistirá —a nivel de las estructuras profundas— en la sucesión de dos operaciones lógico-semánticas:
– Negación de la pobreza: S2
S2
– Aserción de la riqueza: S2
S1, en forma de implicación: S1 no S2, entonces, S1.
– Negación de la riqueza: S2
S1
– Aserción de la pobreza: Si no S2, entonces, S1.
En la medida en que los términos semánticos del cuadrado son también valores axiológicos (la /riqueza/ puede ser considerada un valor positivo —en el cuento tradicional— o negativo, por ejemplo, en los textos del Nuevo Testamento), se agrupan en dos deixis [o campos semánticos]:
– La deixis positiva: S1 + S2
– La deixis negativa: S2 + S1
Dicha axiologización de los objetos, que los distribuye en valores «positivos» y «negativos», atractivos y repulsivos para los sujetos puestos en escena*, es manifiesta a primera vista en el «sueño» de Beatriz:
– La negación de los valores: animalidad, fealdad, pobreza, vileza social; y, en otro nivel, la misma operación afecta a los valores de dependencia y de diferencia.
– La afirmación de los valores lógicamente contrarios de humanidad, de belleza, de riqueza, de elevación social; de libertad y de identidad.
Esos valores y esas operaciones nos hacen recordar con toda evidencia un cuento bien conocido, La Cenicienta, con la diferencia de que, en la versión que nos ofrece Beatriz de La Bella y la Bestia, los personajes destinados a constituir una pareja se encuentran, ambos, en la posición de Cenicienta: necesitan transformarse tanto el uno como el otro, aunque esa obligación no afecte, ni en uno ni en otro, a los mismos valores:
– La Bestia, príncipe horrible, conjunto con los valores de nobleza, de riqueza, de masculinidad, debe adquirir los valores de humanidad y de belleza.
– La Bella, conjunta con la belleza, con la feminidad, debe adquirir humanidad, nobleza y riqueza.
– Ambos, además, deben adquirir la libertad (negar la dependencia) y, como resultado de las afirmaciones y negaciones precedentes, afirmar la identidad a expensas de la diferencia.
3. Finalmente, la última etapa del recorrido de la significación, los valores profundos, que es lo que está en juego en los programas narrativos realizados por los actantes, se encarnan, en el nivel de las estructuras discursivas, gracias a la enunciación. Esta operación toma a su cargo las estructuras semionarrativas, aún demasiado abstractas, para investirlas en actores, en lugares y en tiempos concretos.
La sintaxis discursiva contiene operaciones:
– De actorialización: el actante-sujeto, por ejemplo, aparece bajo los rasgos figurativos de un actor: la Bella es una paloma; como se trata de «ella» y no de un «yo», ese actor es obtenido por medio de un «desembrague enuncivo»: en esa operación, el enunciador presupuesto instala en el enunciado un «no-yo» que se manifiesta como «él» o «ella». Ese tipo de desembrague produce un discurso del que el enunciador parece ausente, un discurso que da la impresión de que se cuenta a sí mismo. Finalmente, ese actor particular está dotado de calificaciones específicas, entre ellas, la animalidad (pura invención de Beatriz, puesto que ese rasgo no se encuentra en el cuento de La Bella y la Bestia). Lo mismo sucede con todos los actores del relato, que son actantes «revestidos» figurativamente.
– De espacialización: el espacio es organizado por medio de localizaciones (el bosque, la prisión, la familia) y funciona como marco en el que se inscriben los programas de la sintaxis narrativa.
– De temporalización: el tiempo se organiza en torno a un «entonces» desembragado del «ahora» del enunciador, así como el espacio era un «en otra parte» desembragado del «aquí» de la enunciación. La operación de desembrague no recae solamente sobre la categoría de la persona (negación de un «yo» y producción de un «él/ella», «ellos/ellas», los otros), sino también sobre las categorías del tiempo (negación del «ahora» para generar un «entonces», negación del «aquí» para producir un «en otra parte»). Ese «entonces» esconde, en el relato de Beatriz, un punto de origen: el momento en que la familia cae en la pobreza. A partir de ese punto, pueden construirse un «antes» (las causas del empobrecimiento) y un «después», cuando se produce el salvataje operado por la hermana menor.
Al lado de esos procedimientos de «localización temporal», si así se puede decir, hay que poner la aspectualización, operación que convierte las performancias de la dimensión narrativa en acciones y procesos concretos. Así, la muerte de un personaje del relato puede recibir dos descripciones, según el nivel del modelo:
– A nivel de las estructuras narrativas, consistirá simplemente en la pérdida (disjunción), para un actante, del objeto-valor /vida/.
– En el nivel de las estructuras discursivas, al lado de la sintaxis discursiva, que hemos ilustrado brevemente, existe la semántica discursiva, que incluye la tematización y la figurativización. Por ejemplo, en el texto de Beatriz, uno de los valores profundos, como hemos visto, es el de «libertad». Y ese valor va a constituir «la mira del recorrido narrativo del sujeto»18, actorializado por la paloma menor. Gracias a las operaciones de espacialización, ese recorrido podrá ser tematizado como «evasión». Pero la tematización sigue todavía abstracta; hace falta, para llegar al texto, operar una conversión a un recorrido figurativo (una fuga real, corporal, fuera de los límites de la prisión) que hace justamente del discurso de Beatriz un discurso propiamente figurativo (por oposición al discurso filosófico clásico, por ejemplo).
Queda solamente elegir un lenguaje de manifestación para que la significación así generada encuentre significantes: el lenguaje oral dictado, en este caso, pero se hubiera podido recurrir igualmente al lenguaje escrito, o al dibujo, o al mimo, etc.
He aquí el esquema del recorrido generativo19, que representa el engendramiento discursivo de la significación, común según sugieren Greimas y Courtés a todo discurso posible, verbal o no verbal.
El siguiente cuadro recapitulativo del engendramiento (o generación) de la significación (su «recorrido generativo») presenta una sucesión de niveles, desde el más profundo y más abstracto (sintaxis y semántica fundamentales, formalizadas por medio del cuadrado semiótico) hasta el más superficial y concreto de los discursos manifestados en los diferentes lenguajes, verbales o no verbales.
RECORRIDO GENERATIVO

El tránsito de un nivel a otro se hace gracias a una operación fundamental de conversión: así, un valor profundo de la deixis positiva del cuadrado va a ser investido en un actante-objeto perseguido por un actante-sujeto (sintaxis y semántica narrativas de superficie). La sintaxis y la semántica discursivas, tomando a su cargo, a través de la instancia de enunciación, las estructuras semionarrativas, añadirán una plusvalía de significación al convertir los actantes en actores, introduciendo simultáneamente tiempos y espacios. La operación semántica central es la figurativización: así, un valor profundo como el /poder/ puede convertirse en actante-objeto perseguido por un actante-sujeto, e investirse finalmente en una figura, un automóvil, por ejemplo, y más concretamente aún, en un ícono: un Mercedes Benz, o el trono real del Reino Unido.
DE LA LITERATURA ORAL AL COMPORTAMIENTO-DISCURSO
El lector habrá intuido probablemente que, entre una semiótica que se ocupa de los mitos y de los cuentos y una psicosemiótica que trata de analizar el sentido del comportamiento global del sujeto, existe una gran disparidad de objetos, tanto de naturaleza como de complejidad. Y eso incluso si se admite que un proyecto científico no se define principalmente por su objeto, sino por la especificidad de sus procedimientos de investigación.
La semiótica se ha construido progresivamente gracias, paralelamente, a una extensión notable de su objeto de estudio y a una complejización correspondiente de la modelización.
Por lo que se refiere al objeto, desde Semántica estructural (1966), al lado de los cuentos maravillosos encontramos ya la gran literatura (G. Bernanos) y también producciones textuales de sesiones de terapia por medio del psicodrama20. Dos años después solamente, las «condiciones de una semiótica del mundo natural»21 introducían una extensión máxima y profética del objeto: desde esa perspectiva, se puede pensar en describir no solamente las acciones «en papel» (= en los discursos orales y escritos), sino también los comportamientos «reales».
Siguiendo ese avance audaz, los semiotistas comenzaron a abordar los discursos lingüísticos más variados: los textos religiosos (bíblicos, coránicos, védicos), los textos literarios, poéticos, históricos, científicos, filosóficos… Luego, los textos no lingüísticos: la pintura, la fotografía, la arquitectura, la música. Y también los discursos «sincréticos» como el cine, el teatro, el mimo, el circo, la televisión, los rituales folclóricos, la danza clásica, etc.
Faltaba arriesgarse con una última audacia: pasar de los discursos construidos a los discursos del mundo natural, especialmente a la gestualidad que acompaña o no al lenguaje, a la proxémica (estudio de las relaciones espaciales entre los sujetos, sometidas a variaciones culturales importantes), sobre la hipótesis de que los modelos y procedimientos precedentemente construidos permitieran abordar el comportamiento humano concebido como producción discursiva.
Subsiste, no obstante, un problema espinoso, y prioritario, que surge de la delimitación del campo de observación, de la recolección de esos discursos semánticos que brotan a cada instante en todos los lugares en que son humanamente investidos.
UN LABORATORIO NATURAL
La terapia, o más precisamente la sesión de terapia, se impone inmediatamente como un notable laboratorio natural:
– El marco-espacio temporal de la sesión está estrictamente delimitado, así como los sujetos en interacción.
– Las producciones comportamentales, consideradas como discurso, pueden ir desde lo patológico más agravado (depresión profunda, debilidad grave, psicosis o autismo, por ejemplo) hasta lo paranormal o lo normal (neurosis, dificultades transitorias).
– Las producciones en sesión pueden ser de una diversidad bastante grande, ya que los sujetos en presencia recurren a un gran número de sistemas semióticos que pueden ser movilizados: lenguaje oral y escrito, gestualidad, proxémica, dibujo, modelaje, arquitectura (construcción de espacios provisionales), música, mimo, etc.
Frente a la riqueza, la complejidad y la heterogeneidad de los significantes manifestados —el comportamiento-discurso es permanentemente de naturaleza sincrética— se abre una alternativa metodológica. O bien consideramos los significantes un poco a la manera de los instrumentos de una orquesta, en la que cada uno de ellos representa un pentagrama, y comenzamos a describir, una a una, las producciones del sujeto de acuerdo con los sistemas semióticos movilizados: lenguaje oral o escrito, mímicas, posturas, desplazamientos, etc. O bien buscamos de entrada un plano más profundo, que tenemos que construir, y que pueda ser considerado como el nivel que confiere una coherencia al conjunto de los significantes, surgidos de sustancias heterogéneas y movilizados en la superficie perceptible del comportamiento-discurso.
Solo la segunda solución puede ser elegida si se admite que el discurso comportamental del sujeto no es un puzzle, un agregado de microdiscursos yuxtapuestos, sino más bien una reverberación que surge de una orquestación que se va a construir por el análisis. Ya se ve que con esto hemos tomado un itinerario muy diferente del que trazó en algún momento la cinésica americana, la cual no planteó la hipótesis de dicho nivel, con la consecuencia principal de la fragmentación de las descripciones de la gestualidad humana: el estudio, incluso refinado, de los movimientos de las cejas hace pensar inevitablemente en los microanálisis lingüísticos que siguen desconociendo la dimensión global del discurso.
Ese nivel «latente» que hay que construir fue, en un primer momento, el de las estructuras semionarrativas solamente, y seguimos pensando que el comportamiento humano, en su globalidad, moviliza la narratividad (la cual sostiene todos los discursos verbales y no verbales): una teoría semiótica unificada de la acción sigue siendo de actualidad.
Los trabajos de J.-C. Coquet en el marco de la semiótica subjetal nos han proporcionado un indispensable nivel, diferente y complementario: el de la identidad del sujeto. Porque si el comportamiento-discurso remite, según nuestro punto de vista, a un plano generador de coherencia y de inteligibilidad, no puede ser asignado a un sujeto estático y único. La enunciación es un proceso en devenir, una continuidad cambiante, y, además, no es raro, como lo muestra la descripción de casos clínicos, que la fuente enunciante esté constituida por varias instancias subjetivas copresentes, caracterizada por una inestabilidad moviente.
Finalmente, el último y considerable problema: el comportamiento-discurso se desarrolla en el marco conversacional, en la intersubjetividad. Se trata siempre del encuentro, del choque de discursos y de la movilización de todas las dimensiones de la comunicación: fática (dimensión del contacto), informativa y sobre todo manipulatoria (en el sentido neutro, en el de hacer-hacer o hacer-creer algo a otro). Y veremos que los sujetos en presencia pueden llegar a veces a una suerte de fusión subjetal (dos sujetos que realizan conjuntamente el mismo acto), logrando una enunciación común.
UNIDADES POR DESCRIBIR
Este doble recurso teórico nos ha permitido delimitar objetos de magnitudes distintas que serán sometidos, según los casos, a un microanálisis o a un macroanálisis, recurriendo al recorrido generativo de Greimas y/o a los modelos de la subjetividad discursiva, propuestos por Coquet.
La semiótica, durante largo tiempo, ha seguido la práctica de la extracción y del microanálisis de pequeñas unidades de discurso (recordemos el célebre análisis de Los gatos de Baudelaire, por C. Lévi-Strauss y R. Jakobson, y sobre todo, el de Dos amigos de Maupassant, por Greimas22). Por nuestra parte, también aplicaremos ese tipo de análisis a una producción discursiva limitada (un dibujo, un texto dictado al terapeuta, una conversación corta). Pero señalaremos que la mira de esos microanálisis está puesta siempre en la localización de una etapa en devenir; son como un sondeo que aporta la prueba de movilidad de la identidad del sujeto-paciente.
Ese tipo de análisis es indispensable para acceder a la descripción de una unidad de rango superior, la constituida por la sesión de terapia. El caso de Kathryn mostrará todo el interés que existe en sacar a la luz las diversas posiciones de enunciación ocupadas, que son evidentemente otras tantas posiciones subjetales distintas.
La terapia en su globalidad puede constituir un objeto, lo cual presupone la elección rigurosa de un nivel de pertinencia adecuado, pues se corre el alto riesgo de perderse en la maraña de significantes que intervienen, o lo que es peor, de proceder a extracciones perfectamente arbitrarias. El caso de Yann nos dará la ocasión de intentar hacer un macroanálisis para reconstruir el recorrido del sujeto en sus avatares.
Finalmente, y eso se nos ha revelado en el encuentro con la psiquiatría de sector, es posible, y de gran valor heurístico, salir del marco de la(s) sesión(es) de terapia para tratar de describir y de analizar el proceso de constitución del marco terapéutico mismo, el cual es, por cierto, material, pero, sobre todo, marco simbólico, producido por elecciones múltiples: lugar(es), terapeuta(s), duración y número de sesiones semanales, apoyo(s), permanencia(s), etc., resultado todo eso de un «contrato» con el atendido y con su familia (se trata aquí siempre de un niño o de un adolescente).
Una semiótica de la terapia debería ser también una semiótica de la construcción del marco terapéutico, del «laboratorio natural». Tal extensión se abre a nuevos paisajes teóricos, particularmente a la mitología familiar (organización de creencias, de mitos y de leyendas que permiten la metabolización de los acontecimientos) y sus relaciones complejas con el marco terapéutico, nuevo universo donde el paciente va a poder poner en discurso aquello que no podía hacer en el universo familiar.
Capítulo II
Kathryn, puesta en escena para una resurrección
Ante un discurso patológico, ¿cuál es el estatuto del discurso que el terapeuta propone al sujeto en terapia?
Antes de examinar el discurso habitual de la persona acogida en psicoterapia, el cual se hace tradicionalmente en la modalidad de desembrague enunciativo1, quisiéramos reflexionar por un momento sobre el género literario autobiográfico.
DEL EJERCICIO AUTOBIOGRÁFICO A LA PSICOTERAPIA CLÁSICA
Contrariamente a todo lo que se ha dicho, escribir su autobiografía, o más sencillamente, escribir a partir de la propia «realidad», elegir su «realidad» para tratar de su verdad (elegir una de sus «realidades» para tratar de una de sus verdades) —en lo cual consiste en el fondo el acto de escritura— es el género más difícil que existe. El diario íntimo no interesa más que a un lector, y bajo la apariencia de sinceridad, es un juego de escritura entre el «yo ideal» y el «ideal del yo».
Ahora bien, jamás el yo [moi] es totalmente el yo [je], es la suerte de todos nosotros: «Je dis je en sachant que ce n’est pas moi» [Yo digo yo a sabiendas de que ese no soy yo (moi)], escribe Beckett en L’innommable [El innombrable]2. El /yo/ del enunciado no puede ser totalmente el /yo/ que enuncia3.
Se trata, de hecho, de la proyección del enunciador real en el enunciado: eso es lo que se llama «desembrague enunciativo», discurso en [yo, aquí, ahora] que no es más que un simulacro discursivo del enunciador en forma de narrador. El embrague total, imposible, sería: llegar a decirse totalmente a sí mismo gracias al lenguaje. A ese embrague total inalcanzable es al que aspira el poeta, no sin saber que jamás podrá lograrlo plenamente:
Ese juego insensato de escribir consiste en arrogarse, en virtud de una duda —la gota de tinta semejante a la noche sublime—, el deber de recrearlo todo, con reminiscencias, para probar que uno está bien allí donde debe estar (porque, permítanme expresar una aprensión, sigue estando en la incertidumbre).
Stéphane Mallarmé.
En la novela autobiográfica (género literario dirigido, a diferencia del diario íntimo, para destinatarios desconocidos), todo lo que está escrito le recuerda al escritor el acontecimiento real y la persona física que el personaje escrito evoca. El autor, con frecuencia, no puede hacer otra cosa sino girar en torno a sus recuerdos, a su visión retrospectiva de los otros en sus cuerpos, y hasta en sus carnes, si es que la escritura acerca de ellos pretende dar cuenta de su sentir más íntimo. Cuando intenta traducir ese pasado, no puede menos que ser alusivo, sin llegar generalmente a recrear un encuentro profundo entre el ser viviente que ha conocido y que alumbra ahora sobre el papel, y el lector que solo accede a ese pliegue de realidad a través de la subjetividad del autor, transcrita a su vez en palabras. Sus referentes se le escapan por siempre jamás.
Por otra parte, no pocas veces la realidad de referencia es tan fuerte para el autor —que ha tenido que pasarla por la escritura para purgarse de sus efectos— que no logra escribir más que en forma de metadiscurso: discurso actual sobre el discurso que el autor ha desarrollado a propósito de acontecimientos que ha vivido. El lector se encuentra así colocado en esa posición curiosa que consiste en asistir a una evocación bastante parcializada, sin haber sentido el afecto de la escena primera (no hemos escrito primitiva), carencia en torno a la cual se ha estructurado todo el texto.
Solo algunos han logrado superar ese escollo: el escrito, en esos casos, ha sabido integrar un poco de la carne del escritor, para que del dolor nazca una obra de arte que lo trascienda, sin dejar de estar anclada en dicha emoción. La autobiografía se convierte entonces en una verdadera «novela», término cuya etimología remite a una lengua popular y carnal, por oposición al latín de los clérigos. La vida del autor, sin embargo, no es del todo extraña; puede entablar una resonancia con la carne del lector que encuentra ahí experiencias semejantes a las de su propia vida: la «ficción» construida sobre la realidad ajena de otro le ofrece un espacio vacío (que no es ya una carencia) en el que puede mezclar sus propios vacíos.
La trasposición actual de la realidad pasada (por fuerza afectivamente investida, puesto que ha sido elegida como objeto de la obra) es la ocasión para efectuar un tratamiento, eventualmente resolutivo, gracias a la representación escrita de otro y a la representación escrita de sí mismo, proyectado por desembrague enunciativo en aquello que escapó de lo que pasó antaño entre otro y él.
Las situaciones terapéuticas del tipo de cura clásica no se desarrollan, como pudiera creerse, en [yo/en otra parte/en otro tiempo]. Se insertan siempre en el presente de la actualidad de la transferencia. «Hablar por cuenta propia» no es tanto, en esos casos, una introspección psicológica como la edificación de una leyenda actual de sí mismo en la reconstrucción retrospectiva de toda la historia del paciente, dándole un nuevo sentido, el cual puede acceder, sobre todo al final de la terapia, al valor de mito original de la existencia «nueva» de su autor.
Podríamos referirnos en este punto al modelo de Greimas, que propone el paso por el desembrague enuncivo [él/en otra parte/ entonces] como etapa intermedia entre el sujeto de la enunciación, entidad de partida, y el desembrague enunciativo [yo/aquí/ahora]. El sujeto en terapia se toma así por el héroe de su propia leyenda a partir de las representaciones presentes de su «realidad», recobradas en el laboratorio de la cura, suerte de retiro regular (término polisémico que significa: periódico, sometido a reglas, y lo contrario de secular). La cura, como es sabido, acude también a relatos de sueños, dándoles la misma importancia que a los discursos sobre sí mismo, y los juzga dignos de ser analizados de la misma manera. ¡Se trata también en ellos de «hablar por cuento propio»!
LA PSIQUIATRÍA DE LA ELIPSE
En psicoterapia, todo comienza por un discurso sobre sí mismo. Lo que hemos denominado «la psiquiatría de la elipse» describe una figura con dos centros: el primero funciona en desembrague enunciativo [yo/ aquí/ahora]; el segundo, en desembrague enuncivo [él/en otra parte/ entonces]. En el ir y venir entre esos dos centros se desarrolla el camino iniciático de la psicoterapia. La «psiquiatría de la elipse» se inscribe en un proyecto terapéutico, proyecto que se podría definir como «proyecto suave», que da lugar a lo imprevisto, según la terminología de Jean-Pierre Boutinet4. La relación terapéutica, respetando las defensas del otro y dentro de un proyecto global que tienda a sentirse mejor, no debe proponerse objetivos precisos que alcanzar: por ejemplo, la resolución de una confusión de fonemas, un adormecimiento psicomotor, una separación de la madre que se considera castradora, o la toma de conciencia de una problemática edípica. Las técnicas eventualmente utilizadas eligen de hecho un modo de expresión particular del sujeto, como metonimia de su globalidad.
La dimensión ética de toda práctica terapéutica debe basarse en el respeto al otro. El cuidante no debe tener un proyecto que tome al otro como un objeto, sino comprometerse en un proyecto terapéutico orientado a un «ser más» del cuidando y, en consecuencia, del cuidante. El cuidante y el cuidando se encuentran con el poeta Paul Celan, cuando escribe:
Vois comme se rétrécit le lieu où tu te tiens:
Où veux-tu aller à présent, toi en défaut d’ombres, où aller?
Monte. En tâtonnant, monte5.
[Mira cómo se contrae el lugar en que estás:
¿Adónde quieres ir ahora, tú, a falta de sombras, adónde vas a ir?
Sube. A tientas, pero sube].
Eso significa a la vez reconocer las fuerzas de «transformación constructiva» (que se nos perdone este término vago y un tanto maniqueo, pero no hemos encontrado otro mejor) presentes en la persona sometida a cuidados y, llegado cierto momento, confiar en ellas, después de haber desalojado las fuerzas de inercia y las fuerzas de destrucción.
Se trata, más bien, de actuar de tal suerte que la solución actual no sea un estorbo, sino una etapa hacia otras soluciones, nacidas de ella, más satisfactorias, tanto más porque se benefician de esa experiencia que califican de patológica, la cual no tiene por qué ser negada, sino más bien integrada para superarla. Esta posición que nosotros adoptamos no encierra ninguna apología del sufrimiento como vía de trascendencia (hay otros caminos de trascendencia distintos del dolor; tenemos, por ejemplo, el asombro o la admiración, como decía Graf Durkheim), sino que toma en cuenta el sufrimiento actual para convertirlo en factor positivo al servicio de la evolución de la persona. Hay dos clases de sufrimiento: aquel que nace de la lucha antagónica, en el sujeto mismo, entre su deseo de cambiar y sus resistencias al cambio positivo. Una vez resuelto ese conflicto interno, al menos parcialmente, surge el que viene de los otros (cuya libido se mueve ante todo hacia la destrucción o hacia la anticreación, y que trata de mantener la interacción pasada en salvaguarda de su misoneísmo), los cuales lo desean y cuestionan su economía personal. Esta observación vale igualmente para la búsqueda psicológica como para las búsquedas espirituales, éticas, políticas y creativas.
El atendido puede también alcanzar poco a poco una realización más plena de su ser, a condición de que no se dé cuenta de inmediato, pues eso podría asustarlo. Eso es lo que vamos a examinar ahora, evitando todo angelismo.
RESISTENCIAS Y PROYECTO
La terapia no es un hecho exclusivo del cuidante; lo es ante todo de la persona sometida a cuidados, a la que aquel acompaña. El cuidante debe saber cómo ponerla en marcha, lo cual es primordial; luego, cómo favorecer que se dé cuenta de aquello que lo constituye como sujeto, utilizando lo más adecuadamente sus posibilidades, a partir de sus propias fuerzas para transformar los datos actuales en un enriquecimiento de su identidad. La persona llegará así a aprovechar sus sufrimientos y sus males, puesto que están allí para ponerlos al servicio de su propio avance. En breve, «de la mierda hacer abono»…
Ese trabajo se lleva a cabo tanto en cuidante como en cuidando contra la destrucción, o contra la inercia, forma particularmente sutil y tenaz de la destrucción. Contra ella y a su pesar actúa también el atendido. El equilibrio al cual, mal que bien, llega la persona proporciona no pocas satisfacciones, o más bien evita tal cantidad de dolores que el atendido resiste a pesar de todo. Todas sus defensas se movilizan cuando uno más se acerca a ellas, o con más violencia, lo cual no impide que la práctica psicoanalítica o psiquiátrica, y lo mismo la psicológica, la psicomotriz, la psicopedagógica, la psicorreeducativa, la psicoquímica y otras, sean con frecuencia psicorrígidas y salvajes: el proceder debe tender a la inclusión del cuidando en el proyecto del terapeuta para el bienestar, supuesto, del enfermo.
HETERONOMÍA, AUTONOMÍA
Porque las resistencias y las destrucciones se encuentran igualmente en el cuidante que quiere «curar al otro» a fin de asentar su poder sobre él, en lugar de dejar que ese otro se cure por sí mismo, gracias al acompañamiento terapéutico. Este oficio, como se sabe, atrae a individuos irrisoriamente ávidos de repetir diariamente su dominio nada irrisorio sobre otro, facilitado por su fragilidad y por su vulnerabilidad. Con frecuencia, uno se siente desalentado y se pregunta si el conjunto de la práctica psicoterapéutica se justifica, dado que permite semejantes alienaciones.
Colocar al otro en posición heterónoma (situación totalmente contraria a la autonomía) no tiene salida, porque no resuelve nada; tiene que acudir siempre a la persuasión o a la fuerza directa por medio de la conversión ideológica o del encierro en asilo. Por lo demás, uno de los criterios más seguros para medir el valor de un terapeuta consiste simplemente en evaluar su facilidad o su incapacidad para declarar una terapia terminada y disolver el estado de dependencia del atendido en relación con el terapeuta. El que está para ayudar es considerado, de entrada, competente como «sujeto que puede participar en el proceso de un cambio positivo».
LAS BUENAS PREGUNTAS
Resulta ventajoso, no obstante, precisar un poco más el proyecto, intentando plantear «las buenas preguntas».
Una mujer que se preguntaba si «amaba la vida» fue conducida a plantearse la pregunta aparentemente inversa: ¿piensa que ella es amada por la vida? Ante un niño cuyos rasgos de comportamiento reproducen los de un padre enfermo mental, la mala pregunta es la que indaga por la herencia genética; la buena es la que parte de la creencia en esa herencia. La patomimia que el niño presenta es una manera de plantear la pregunta acerca de la presencia de la «tara» en él. Para un adolescente que ha sufrido un episodio de coma traumático, la pregunta puede ser: ¿cómo puede reanimar (devolver el alma a) su cuerpo que ha estado «muerto vivo» en una experiencia irrepresentable por no estar integrada a su memoria? Al contrario de ese proceso de metabolización de lo «demasiado poco», los niños víctimas de abusos sexuales son apremiados a plantear la pregunta acerca de la inserción de esos horrores en la constitución de sí mismos como sujetos de su vida afecto-sexual.
Esas preguntas son, todas, versiones más o menos afines de la búsqueda de identidad en la recreación permanente de sí mismo que representa la aventura terapéutica.
La paradoja de la terapia: dentro de una situación que plantea claramente una finalidad («estar mejor»), se apela a la noción de creación, que como sabemos después del Kant de La crítica del juicio, se define como una ausencia de «fin» (nosotros diríamos de «meta»).
Tenemos que pasar por formas creadoras con «intencionalidad cero» (J. Duvignaud)6 para ponerlas al servicio del proyecto terapéutico. Por el hecho de que la terapia se desarrolla sin meta aparente en su cuerpo, puede dar lugar a repercusiones diversas en la vida real. Toda terapia, incluso aquella que trabaja en la búsqueda de elucidaciones, debe moverse en ese campo de gratuidad aparente. Una terapia se inscribe siempre en un horizonte, pero no debe perseguir objetivos parciales: toda terapia que se fija objetivos parciales se reduce a una reeducación.
LA CLARIDAD NO ES FORZOSAMENTE LA MEJOR VÍA HACIA LA LUZ
Si la terapia consiste en el acompañamiento de la búsqueda de una persona, el problema de la metodología que conduce a la indicación de la configuración terapéutica que se propone es capital. Se trata, ante todo, de establecer el marco, las reglas del juego y el soporte para que pueda efectuarse la transformación del sujeto con, de un lado a otro, desvelamientos de sentido no tanto buscados activamente con la aplicación de esquemas preexistentes, sino porque se imponen gracias a ese dispositivo. Si la aproximación psicoterapéutica tradicional pasa por la vía real de la «concientización», por nuestra parte, no estamos seguros de que la conciencia sea la principal instancia de la transformación de la persona.
«Hacer tomar conciencia» es un acto de transmisión del saber por el cuidante que piensa que conoce mejor los interiores del atendido y, en último término, es un intento de controlarlos, dentro de una concepción que nos recuerda las tentativas de «psicocinesis», ensayos de mover los objetos a distancia. La búsqueda cognitiva forzada y laboriosa es siempre racionalización al servicio de las resistencias: «La lucidez es la gran enemiga de la revelación» (André Breton)7. En cambio, el proceder que nosotros preconizamos consiste menos en «hacer tomar conciencia» que en permitir que el paciente sea tomado por la conciencia (o por el preconsciente) en los desvelamientos que se producen en el lenguaje —y no solamente en el lenguaje verbal— según una formulación polisémica condensada: «Experimento cierto malestar al ver que la categoría del lenguaje ocupa todo el lugar»8.
La psiquiatría infanto-juvenil, esa práctica original que sigue felizmente al encuentro de sí misma, se halla cada vez menos atraída por la búsqueda exhaustiva, en el pasado, de las causas de las perturbaciones presentes del niño. Ha aprendido a preocuparse más bien de las condiciones de arranque del proceso terapéutico, el cual permite una mejor comprensión, una adecuada captación de las producciones formales, «morfologías inestables», a medida que avanza el proceso que uno de nosotros ha denominado «metapsicoterapia»9.
Asimismo, la terapia no elige ya como medio privilegiado (que casi siempre termina siendo único) la toma de conciencia por el otro de la explicación de sus dificultades actuales, según una construcción que el terapeuta habría elaborado a partir de un balance previo. ¡Mayéutica singular! Eso es lo que se llama generalmente «trabajar» tal problemática, lo cual nos lleva irresistiblemente a pensar en el «trabajo» que hace el ácido sobre la placa de cobre.
La psiquiatría que nosotros defendemos abandona la ilusión de las búsquedas de las significaciones como «vía real» de la terapia: pretende más bien «dar sentido» (fonéticamente puede oírse como «de nacimiento»*) presente a lo que ayude a la asunción de una persona como «sujeto de aquello que la atraviesa y la recorre».
Resumiendo, el problema por ahora consiste en saber ante todo qué puesta en escena conviene proponer para que el proyecto se desarrolle de la mejor manera posible.
PUESTA EN ELIPSIS
La elipsis**, cuya etimología griega y latina significa «carencia», «ausencia», consiste en la «omisión sintáctica o estilística de una o varias palabras que la mente suple de manera más o menos espontánea» (Robert). Es, por extensión, el arte de lo abreviado y de lo sobreentendido. La «psicoterapia de la elipse» transforma en cierto modo la carencia en lo sobreentendido dentro de una trama narrativa. La carencia no tiene que ser demostrada como tal. Se presenta como el elemento estructurante del programa del sujeto de búsqueda que entra en terapia. Ya se sabe que es la carencia la que hace que arranque la búsqueda del héroe de los cuentos populares.
Para nosotros, lo «sobreentendido es un esbozo» en el proyecto terapéutico (al contrario de los objetivos de concientización habituales). Si es cierto que el proyecto es definido por las buenas preguntas, hay que dejarlas, sin embargo, de lado sin intentar responderlas de inmediato. Ya se sabe que las respuestas inmediatas no son más que formulaciones de resistencias, evasiones, lugares comunes, banalizaciones y racionalizaciones. Citaremos como ejemplos de malas preguntas aquellas que se dirigen a obtener la eliminación de los síntomas.
Las buenas preguntas, una vez planteadas (y las malas eliminadas), hay que dejarlas de lado, reprimirlas en cierto modo, y crear un segundo centro para trazar la figura de la elipse (de la que se nos ha enseñado que el cálculo del perímetro no ha podido aún ser formulado matemáticamente). Recrearse pasa por una creación a partir de sí mismo que permitirá ante todo una transformación en el campo de lo simbólico, ya sea que se trate del simulacro que representa la evolución de la neurosis de transferencia considerada como construcción creativa en la representación, o de la sucesión de dibujos imaginarios, poco importa.
LA ANOREXIA MENTAL
Antes de precisar cuál es nuestra estrategia de desembrague, nos vamos a detener en la manera general de tratar a los jóvenes anoréxicos mentales, perturbación mayor de la personalidad y una de las más profundas. Lo que vamos a describir no deja de ser caricatural, tomado por lo demás de los manuales de psiquiatría en curso.
Recordemos ante todo que la alimentación consiste en destruir los alimentos para construirse a sí mismo, en /comer para vivir/. Ahora bien, la joven anoréxica rechaza aumentar la carne, y particularmente la carne sexuada: sus reglas se retrasan o no vienen más, detiene el dinamismo de su evolución. /No come/ para /no vivir/. Puede llegar incluso a /no comer/ para /morir/ cuando la caquexia se instala y los círculos viciosos metabólicos ponen en riesgo el pronóstico vital. Todo eso, con frecuencia, es «justificado» por fantasmas delirantes de envenenamiento, es decir de /no comer/ para /no morir/.
¿Cuál es la respuesta habitual que se le da a la anoréxica?
No se sitúa en la relación de la alimentación con la vida o con los cambios corporales, sexuales, por tanto, que es la buena pregunta que hay que plantear, sino en la relación de las calorías con el peso, en una suerte de desacondicionamiento-reacondicionamiento de la anoréxica.

Se trata, en primer lugar, de aislarla de manera absoluta en el hospital: nada de visitas, nada de correo, nada de luz (las ventanas se cubren con cortinas negras), eventualmente, ni levantarse de la cama (ni siquiera para las necesidades elementales). La «reeducación alimenticia», como es costumbre decir, se pone en marcha esencialmente por medio de alimentación forzada («el atracón»). El tratamiento medicamentoso se completaba antes con electrochoques y con estados de coma insulínicos (cura de Sakel, choques húmedos), que actualmente son excepcionales. El régimen pasa de 1500 a 4000 calorías diarias. La «psicoterapia» asociada se denomina «de persuasión». Un baremo estricto pone en correspondencia la adquisición de peso con el «régimen» de vida del «sujeto» (?), el cual es autorizado a levantarse para ir al baño y luego ver televisión, recibir cartas de sus parientes, recibir la visita de su madre, etc., hasta la apoteosis del permiso de la tarde.
Se ha pasado así de síntomas de la esfera oral a una terapia de la esfera anal: una obsesionalización contable de la ingesta calórica y de los kilos ganados, juego ritual sádico, metódico, que recuerda el filme de Kubrick: La naranja mecánica, aislamiento de los síntomas, que es preciso reducir violentamente.
La habitación se convierte en metonimia/metáfora del cuerpo de la anoréxica, las ingestas se hacen a base de sustancias nutritivas y los resultados se miden por el peso. El resto se desarrolla a oscuras, y la relación con el ganso por el lenguaje utilizado (el «atracón») no deja de evocar la devoración ulterior del ave cebada (suponemos que el acceso a una sexualidad exterior debe de significar algo equivalente). De ese modo, oralidad y genitalidad figuran también en sus versiones sádicas.
Se puede comprender fácilmente que las estadísticas de los éxitos del tratamiento de los anoréxicos sean tan bajas, y que su evolución se oriente generalmente hacia las recaídas, hacia las fobias alimentarias o hacia las bulimias mentales y «transformaciones psicosomáticas».
LA ESTRATEGIA DEL RODEO
Esta metodología reposa en una serie de afirmaciones negativas sobre el cuidado: el «cuidado» no consiste ni en una reeducación sintomática (como en esa lucha a brazo partido con el síntoma anoréxico) ni en una conversión del cuidando a las elaboraciones previas del cuidante, ni en una búsqueda cognitiva de la etiología de las perturbaciones, ni en un refuerzo de las defensas patológicas.
Hay que evitar siempre abordar de frente las dificultades del enfermo («ni el sol ni la muerte se pueden mirar de frente», escribía La Rochefoucault); el respeto de las defensas es la regla, pero no por eso es necesario proponer una seguidilla desprovista de sentido. Respetar las defensas no significa ir en el sentido de las sustancias que las acompañan: dar oportunidad a todos, incluido el enfermo, para no cambiar nada y salvaguardar el statu quo. Con frecuencia, la primera propuesta de cuidados que se impone al espíritu del cuidante en el primer encuentro con el paciente es de ese orden.
Para ilustrar nuestro propósito, usaremos un ejemplo más general que el problema de la anorexia: un paciente que presenta síntomas en la esfera corporal a partir de desórdenes en el registro oralalimentario, en la torpeza motriz, en el control de los esfínteres y hasta en enfermedades psicosomáticas.
La «estrategia del rodeo» contraindica una respuesta terapéutica demasiado directa en la esfera en la que se manifiestan las perturbaciones, al contrario de lo que hace el tratamiento reeducativo. En tal sentido, debe proscribirse una psicomotricidad demasiado incisiva (o una sofrología demasiado insistente, lo que antes se llamaba trabajo «a lo abrelatas» [«à l’ouvre-boîte»], que aprieta enérgicamente allí donde más duele). Eso no significa forzosamente que el psicomotricista quede excluido de la terapia. Todo lo que él hace lo hace en nombre del cuerpo; por eso mismo, debería no tocarlo, o apenas (pues una insinuación de roce es a veces demasiado ofensiva).
Se trata, en efecto, de evitar trabajar allí donde la persona ha localizado, ha materializado, ha figurado eventualmente sus dificultades, sus conflictos y sus dolores, de cualquier origen que ellos sean. No haríamos con eso más que brutalizar el síntoma y colocarnos en el origen del sufrimiento y de la resistencia, y provocar de ese modo el abandono de la terapia. Las tentaciones de salvajismo acechan en todo momento a los cuidantes, que se imaginan fácilmente cumpliendo el rol de san Miguel, lanza en ristre, en trance de derribar al dragón.
Partamos de la siguiente hipótesis: esa misma persona se encuentra «a gusto», demasiado a gusto con un lenguaje aunque sea superficial, o bien, trampa más terrible, en el «falso profundo», es decir, en la explicitación demasiado fácil de los orígenes psicológicos de sus dificultades. Esa trampa seduce de inmediato al cuidante, el cual reconoce ahí su sistema conceptual habitual. Ese puede ser, en particular, el caso de un niño en posición «histérica», que se podría esquematizar así: un «parecer según el deseo del otro» junto a un «no-ser según su propio deseo». El niño siente muy bien que el cuidante desea aplicar una psicoterapia clásica, y se comporta en consecuencia tanto en la forma (verbal) como en el contenido (introspectivo psicologizante).
La «estrategia del rodeo» proscribirá entonces una aproximación psicoterapéutica tradicional con lenguaje en primera persona, porque eso sería trabajar allí donde la persona ha centrado sus resistencias, conciliando el deseo real de progresar con la resistencia al cambio. Se corre el riesgo, en tales casos, de embragar una psicoterapia interminable, ya por evitamiento, ya, más sutilmente, porque el acopio de materiales sumamente ricos para trabajarlos, año tras año, nos conduciría a fin de cuentas a la conclusión de que nada ha cambiado. Eso tiene el agravante de que, con frecuencia, hay que llevarlo adelante con dos personas: las madres de los psicóticos sobresalen en ese ejercicio; se ofrecen en sacrificio e invaden la terapia de su hijo. Ofrecen, sesión tras sesión, sus problemáticas personales legítimas, sin duda, y hacen gastar saliva al cuidante con la ilusión de avanzar en la terapia del niño por medio de la terapia de la madre. Ninguna otra cosa se aborda que no sea en el ámbito mental; el cuerpo del niño, oculto tras el cuerpo de la madre, desaparece por completo, y el cuadro permanece intacto.
Volviendo a nuestro /sujeto/ corporal, que se expresa «demasiado fácilmente» con la separación y el aislamiento de los afectos, la prescripción de la terapia podría introducirse, por ejemplo, con una representación por medio de marionetas, como veremos más adelante; esa sería una manera de tratar del cuerpo con un lenguaje que lo resume casi totalmente, lenguaje en tercera persona con la invención de un personaje en acción y en interacción. Si el sujeto tiene más edad, otra manera de abordar el cuerpo (en particular, el femenino) podría ser un trabajo en torno al collage a través de sus representaciones. Pueden proponerse otras fórmulas adaptadas a cada persona. En los casos en que el niño exprese dificultades de relación, se evitará proponer una secuencia en grupo (terapéutico), ocasión de todos sus dolores. Asimismo, las fobias escolares no tendrán fácil solución en un clima análogo, pretendidamente más atractivo; las perturbaciones de lenguaje no deben ser tratadas forzosamente por medio de una reeducación ortofónica, etc.
Si bien el rodeo en las elaboraciones imaginarias puede indicarse siempre, eso no significa en absoluto que no pueda figurar una psicoterapia en primera persona dentro del abanico de soluciones posibles. Puede indicarse, por ejemplo, en el caso en que alguien se refugie cómodamente en sus fantasmagorías por no implicarse directamente. Una musicoterapia puede prescribirse cuando se desea el tránsito progresivo de una actitud pasiva a una actitud receptiva y, finalmente, más activa.
Para el convaleciente de un coma, en lugar de la palabra para tratar vanamente de llenar el vacío, será preferible evocar el cuerpo y la re-creación de sí-mismo, eligiendo un proceder metafórico: por ejemplo, ofreciendo retrospectivamente a ese «negro» que es el coma, colores, formas, materias de creaciones pictóricas y escultóricas, las cuales, antes que provocar recuerdos inalcanzables, actualizarán reminiscencias de sensaciones cinestésicas y coloreadas, y ayudarán a crear formas enigmáticas, de tal suerte que el coma adquiera sentido de etapa en una existencia, etapa que para algunos puede incluso convertirse en iniciación.
La «estrategia del rodeo» propone, pues, en cada caso, actuar en la conducción de las defensas a media distancia entre la expresión de los síntomas y la expresión de las resistencias, evocándolas indirectamente: se trata de proscribir un registro tabú inaccesible a la persona (trabajo en el imaginario mientras que la persona se encuentra en el paso al acto, por ejemplo, o en el lenguaje verbal mientras ella se siente incapaz de manejarlo), de respetar las defensas y dar vueltas en torno a las resistencias. Las defensas se reelaborarán ulteriormente sin mayor preocupación.
Veremos en los casos desarrollados más adelante cómo por desdeñar la estrategia del rodeo y recaer en los automatismos profesionales nos hemos visto obligados a suscitar secundariamente desplazamientos a fin de trabajar con más autenticidad. Pensamos en particular en la historia de Beatriz (capítulo IV).
A la pregunta sobre la naturaleza del cuidado, responderemos esta vez con afirmaciones positivas: el «cuidado» consiste en una representación, en el sentido teatral del término, que pone en escena las problemáticas del sujeto, permitiendo por «repetición» una escapada. La evolución de las formas así creadas produce una superación resolutiva de sus problemáticas: los cuidados se inscriben siempre en el orden de lo simbólico, aun cuando se apoyen en la realidad. Deben ser individualizados, por tanto, incontables, gracias a la búsqueda del mejor método para lograr el «cuidado» y para que haga sentido; cada respuesta terapéutica debe constituir una verdadera búsqueda-acción adaptada al caso particular. Con los niños (aunque también alguna psiquiatría de adultos se inspira en esto) el recurso a la producción imaginaria y a los lenguajes no verbales constituye una de las indicaciones más valiosas.
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