Kitabı oku: «El Tratado del Apocalipsis del beato Gregorio López (1542-1596)»
Tratado del Apocalipsis
del beato Gregorio López
(1542-1596)
(exégesis histórico profética)


Tratado del Apocalipsis
del beato Gregorio López
(1542-1596)
(exégesis histórico profética)
Ivan Kopylov

Agradecimientos
La publicación de ese libro que ofrecemos al benévolo lector fue posible gracias a la amabilidad del maestro Jaime del Arenal Fenochio, director del Centro de Estudios Interdisciplinares, A. C., quien me abrió las puertas de su institución en el periodo 2019-2020 e hizo todo lo posible para la publicación de este libro. Es un agradable deber para mí expresarle mi agradecimiento más sincero y cordial, no sólo por invitarme a desarrollar mi proyecto en el ceid, sino también por su constante interés en mi trabajo.
Asimismo, expreso mi agradecimiento a los colaboradores del ceid, Alejandro Mayagoitia Stone y Gabriela Díaz Patiño, por fomentar un agradable ambiente de trabajo y por sus útiles consejos.
Al director de Deiman, S. A. de C. V., don José Alberto Medina Flores, le externo mi agradecimiento por su amable interés en mi proyecto y por el apoyo económico a los proyectos que se desarrollan en el ceid.
A la maestra Guadalupe Jaime Mireles y a los becarios del Centro Cultural Deiman les agradezco de todo corazón su apoyo permanente en las cuestiones administrativas y por su amable asistencia técnica.
Tengo el placer y el honor de expresar mi gratitud a mis tutores, los doctores Mauricio Beuchot, Germán Viveros y Vicente Quirarte, así como a los lectores de mi investigación, los doctores Silvia Hamui Sutton y Elio Masferrer por su atenta lectura, su brillante asesoría y por fomentar mi interés por el Apocalipsis, eje temático principal de mis intereses académicos.
A mis excelentes amigas, brillantes colegas y contertulias, las maestras María Esther Guzmán Gutiérrez, Silvia Aquino López y la licenciada Angélica Arreola Medina, les agradezco de todo corazón su sincero interés y útiles sugerencias brindadas durante la creación de esta obra.
Índice
Introducción
Capítulo I Autor, fecha y estructura del libro del Apocalipsis: el paradigma profético y la realidad histórica
I.I. Gregorio López en su diálogo con la tradición: autor y fecha del libro del Apocalipsis
I.II. El sistema histórico y cronológico de Gregorio López: fecha del libro del Apocalipsis
I.III. La estructura del Apocalipsis según Gregorio López: código para su comprensión
Capítulo II El contexto histórico del discurso profético: las epístolas a las siete iglesias de Asia
II.I. El libro de la Revelación como epístola: la pluralidad del género
II.II. Las comunidades cristianas del Asia Menor, su contexto local y el problema de los “ángeles”
II.II.I. Éfeso
II.II.II. Esmirna
II.II.III. Pérgamo
II.II.IV. Tiatira
IIII.V. Sardes
II.II.VI. Filadelfia
II.II.VII. Laodicea
II.III. Lo metahistórico a través de la historia: Asia Menor y los turcos Gog y Magog
Capítulo III La profecía en la construcción de la narrativa histórica
III.I. El libro de los siete sellos como símbolo profético y visionario
III.II. La apertura de los siete sellos como contextualización histórica de las profecías
III.III. El vínculo semántico entre Apoc. 5:1 (libro sellado) y Apoc. 10 (librito agridulce)
III.IV. Los dos testigos como manifestación cíclica de la profecía
III.V. Las profecías medievales como suplemento del discurso apocalíptico
III.V.I. Hildegarda de Bingen
III.V.II. Joaquín de Fiore
III.V.III. Pseudo Metodio y Sibila Tiburtina
Capítulo IV Los falsos profetas, la oposición al profetismo y las aspiraciones proféticas verdaderas
IV.I. Los ejemplos de descalificar o abusar del profetismo: ejemplos históricos
IV.II. Babilonia y las dos Bestias: enemigos de los profetas. El número 666
IV.III. La Nueva Jerusalén como realización de las esperanzas proféticas
Conclusiones
Referencias
Índice onomástico
Introducción
El Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento, generalmente se asocia, en la conciencia de las masas, con múltiples desastres que describen el panorama aterrador del fin del mundo. Tal percepción es la base de muchos reportajes de los medios de comunicación; sobre todo en la prensa amarillista, de muchos libros, documentales y películas de ciencia ficción. En sus publicaciones, los partidarios de la teoría conspirativa manejan las imágenes y los datos del Apocalipsis de manera arbitraria para predicar los desastres tecnológicos y naturales que amenazan al género humano en nuestro tiempo o en el futuro cercano. De hecho, el libro del Apocalipsis está compuesto de los tres ciclos séptuples que desempeñan la función de los marcadores estructurales –los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas– y revelan múltiples desastres y catástrofes que no dan tregua al planeta.
Desde el principio los cuatro jinetes del Apocalipsis llevan consigo la guerra, la hambruna y la muerte, luego sigue el gran terremoto que, a su vez, ha dado lugar a otras adversidades: el agua se convierte en sangre, la estrella Ajenjo, que cayó sobre la Tierra y envenenó la tercera parte de las aguas y los ríos, luego aparece la langosta demoniaca que empezó a hacer daño a las personas que no tienen la marca de Dios en su frente. Baste recordar que a finales del siglo xx se vinculó la estrella llamada Ajenjo con la catástrofe de Chernobyl, ocurrida en 1986, dado que este topónimo significa “ajenjo” en ucraniano; en nuestros días, dentro del contexto generado por la pandemia del coronavirus, ha circulado en diversos medios una interpretación extravagante que iguala a esta langosta con el coronavirus, haciendo hincapié en la corona de las langostas. En su momento, el mismo secretario general de la onu, António Guterres, apeló a la imagen de los cuatro jinetes del Apocalipsis al caracterizar los desastres ocurridos en el mundo. El primer jinete se asocia con las tensiones geopolíticas, atentados terroristas y las migraciones descontroladas; el segundo en el cambio climático; el tercero simboliza la desconfianza creciente dentro de la sociedad humana, cuando sigue creciendo el nivel de desigualdad y las autoridades políticas van perdiendo credibilidad; el tercer jinete llamado Muerte representa el lado oscuro del progreso tecnológico, porque, según el secretario de la onu, los avances tecnológicos pueden usarse para incitar al odio, propagar información falsa e irrumpir en la vida privada de la gente.[1]
Vemos que el Apocalipsis sigue siendo un libro vigente entre los interesados del tema de la escatología. Mucha gente lo considera como un libro de presagios que tiene que dar respuestas a todas las preguntas en torno al destino final del mundo, sin tener el conocimiento apropiado acerca de la estructura de ese libro y su contexto histórico. Eso genera muchas especulaciones que aprovechan la credulidad de la gente para construir los esquemas frágiles o hasta absurdos, igualando al Anticristo con Napoleón, Hitler o Stalin, identificando la gran ramera de Babilonia con Estados Unidos de América o con la Unión Soviética, o hasta buscando en el texto del Apocalipsis los presagios de una futura guerra termonuclear.
Tales interpretaciones, en su mayor parte arbitrarias y con poca fundamentación escritural, pero muy populares entre los telepredicadores o los ocultistas de salón con la pretensión de ser clarividentes, de todos modos, tienen su propio razonamiento. De hecho, en el Apocalipsis se encuentran muchos pasajes que pueden ser interpretados como el triunfo de las fuerzas del mal. En el capítulo 13 aparece la Bestia, el aliado de otra Bestia, que es el dragón o Satanás, que al final obtiene el poder sobre todo el mundo. Todas las gentes en la tierra adoraron a la Bestia; más aún, se dice: “Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos” (Apoc. 13:7).[2] La segunda Bestia que se presenta también como el falso profeta, obliga a todos “los moradores de la tierra” que adoren a la primera Bestia, engañándoles con las señales falsas o ejerciendo la coerción económica (13:17 “y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre”).
Entonces, el punto culminante del Apocalipsis es el tema del fin del mundo; más precisamente, la descripción de las catástrofes que acompañarán los últimos tiempos, las tentaciones y las plagas que habrán de enviarse a los moradores de la tierra. Por eso se divulgó la opinión que el Apocalipsis es el libro siniestro y espeluznante que tiene que ver con los acontecimientos que habrán de pasar en el futuro remoto. Sólo algunas veces surgen los movimientos que ven el fin del mundo como algo inminente.
Hoy en día tal punto de vista resulta propio para algunas sectas escatológicas; basta recordar a los testigos de Jehová, según los cuales los “últimos días” ya empezaron en 1914 y que Jesucristo regresó y comenzó a reinar de una manera invisible. Hubo también casos más siniestros, entre los cuales destaca el suicidio de grupo cometido por los miembros de la secta estadounidense Davidianos de la Rama en 1993. Podemos considerar tales casos como marginales. De hecho, el paradigma racionalista de la historia que llegó a ser predominante a partir del siglo xviii casi no deja lugar para las especulaciones escatológicas; sin embargo, tales esperanzas han surgido en algunos periodos cruciales de la historia. Las esperanzas apocalípticas en Europa alrededor del año 1000, las Cruzadas, la Reforma que propició el surgimiento de los grupos más radicales como anabaptistas, con su sentido apocalíptico aguzado, la actualización de las búsquedas escatológicas del siglo xix, marcados por el surgimiento del movimiento de los adventistas del Séptimo Día, han reforzado los presentimientos escatológicos que se habían enriquecido por los signos de los tiempos descritos en el Apocalipsis. A veces tales presentimientos generaban las actitudes escapistas y llevaban a la ruptura con el mundo exterior. Por eso hubo cierto prejuicio en torno del libro del Apocalipsis, sobre todo entre algunos protestantes que cuestionaban la dignidad apostólica del último libro del Nuevo Testamento a partir de Erasmo y Lutero.[3] De igual manera, hoy en día mucha gente, y hasta los cristianos, se muestran escépticos en torno al Apocalipsis, considerándolo como algo impertinente o irrelevante.
Sin embargo, los investigadores modernos y los comentaristas que son herederos de una tradición plurisecular del estudio del Apocalipsis[4] tienen una opinión diferente. Conforme al mismo título del libro (ἡ ἀποκάλυψις que significa “revelación”), al autor en su iluminación profética se le revela lo que tuviera que ocurrir en la historia mundial después de la Resurrección de Jesucristo. El autor que según la tradición eclesiástica era san Juan, el apóstol y evangelista, afirma que, conforme el diseño salvífico de Dios, todo el género humano a lo largo de su historia tiene que pasar por el periodo de la lucha entre Dios y las fuerzas del mal, y luego se establecerá el reino eterno de Jesucristo. Gregory Beale define el Apocalipsis como libro de exhortación y así formula su idea general: la soberanía de Dios y de Jesucristo en redimir y juzgar lleva la gloria a los fieles, lo que implica en motivar a los santos para que adoraran a Dios, y así los atributos gloriosos de Dios se reflejan en la obediencia a su palabra.[5] Expresado de otra manera, los fieles cristianos deben tener la esperanza por someterse a la palabra de Dios y por arrepentirse de sus pecados, porque el arrepentimiento abre el camino a la reconciliación con Dios y exime de las tribulaciones que se preparan para los que no quieren obedecer a la palabra divina. En este sentido hay que admitir que la opinión del Apocalipsis como un recuento de catástrofes escatológicas es de carácter superficial; mientras el juicio que define el Apocalipsis como el libro de exhortación y esperanza, se basa en el estudio más profundo. Uno de los portavoces de tal visión ha sido el beato Gregorio López (1542-1596), uno de los primeros ermitaños novohispanos, quien afirmó la necesidad de tener la esperanza en la victoria de la bondad, lo que se manifestará en el triunfo de la ciudad celeste de la nueva Jerusalén, “que es nuestra madre, y nuestra patria, adonde nos veamos y alabemos al Señor eternamente”.[6]
El Tratado del Apocalipsis del beato Gregorio López, cuyo análisis crítico y exegético proponemos en esta obra, nos ofrece un modelo diferente no sólo de interpretar las imágenes y los símbolos del libro de la Revelación sino también propone un algoritmo para estructurar el libro, una manera de entenderlo como una composición coherente y bien ordenada. Tal enfoque, como intentamos demostrar en el marco de nuestra investigación, prefiguró muchas estrategias académicas en investigar el Apocalipsis durante los siglos xviii-xx. Por lo anterior, el Tratado de Gregorio López podría servir de contrapeso y alternativa a las interpretaciones superficiales y sectarias que siguen abundando actualmente.
La biografía de Gregorio López que según Antonio Rubial García, “ha ejercido una enorme fascinación sobre las mentes americanas y europeas desde el siglo xvi”,[7] tiene un problema controvertido y, según el mismo Antonio Rubial, “se convirtió para la Nueva España en el paradigma del ermitaño a tal grado que se llamó, sin razón, protoanacoreta e primer eremita de México”.[8] Lo dicho por Rubial “sin razón” se debe al hecho de que el primer ermitaño cuyo nombre pervivió en la memoria colectiva hasta nuestros días fue Gaspar Díez mencionado por Bernal Díaz del Castillo. Al dar un recuento breve sobre los soldados conquistadores que se encontraban en las huestes de Hernán Cortés y su destino, el cronista mencionó a algunos exsoldados que hicieron votos para entrar a la orden franciscana; sin embargo, la elección de Gaspar Díez resultó diferente, lo que relata Bernal Díaz en un fragmento que parece estar teñido de un estilo abiertamente hagiográfico, que nos recuerda los ejemplos de los ermitaños, quienes, después de haber vivido en riqueza terminaron renunciando a sus posesiones para dedicarse a la vida ascética:
Otro soldado, que se decía Gaspar Díez, natural de Castilla la Uieja, e fue rico, ansí de sus Indios, como de sus tratos, todo lo dio por Dios y se fue a los pinares de Guaxocingo, en parte muy solitaria, e hizo una hermita, e se puso en ella por hermitaño, e fue de tan buena vida, e se daua a ayunos, y disciplinas, que se paró muy flaco e debilitado, e dezían, que dormía en el suelo en unas pajas: e de que lo supo el Obispo don fray Juan de Zumárraga, le mandó que no hiziesse tan áspera vida, e tuvo tan buena fama el hermitaño Gaspar Díez, que se metieron en su compañía otros hermitaños, e todos hizieron buenas vidas, e a quatro años que allí estauan, fue Dios servido llevarle a su santa gloria.[9]
El ejemplo que acabamos de citar demuestra que las prácticas del ermitañismo, por tan escaso que sea su número, no han sido ajenas para el nuevo mundo a partir de las primeras décadas de la conquista. Siempre ha habido personas que, atraídos por los ejemplos notables de los ermitaños antiguos, sobre todo de san Pablo de Tebaida, al cual, como veremos, Gregorio López hizo unas referencias respetuosas en su obra, buscaban la vida contemplativa sin unirse a cualquier orden religiosa. Sin embargo, la vida de Gregorio López sigue prestando muchos enigmas y muchas dudas al investigador que siguen sin estar resueltos. No pretendemos dar un recuento detallado de su biografía, eso tiene que ser objeto de una investigación independiente; sin embargo, tenemos que señalar que algunos tumbos cruciales de su vida se encuentran predeterminados por la ideología mesiánica, apocalíptica y profética que profesaba.
Se sabe que Gregorio López nació en Madrid en 1542, en el seno de una familia noble, pero otros detalles acerca de la vida y procedencia de su familia siguen sin estar claros. Gregorio era su nombre verdadero que le fue dado por su patrón, san Gregorio el Taumaturgo, en cuyo día, el 4 de junio, nació el futuro ermitaño. Sin embargo, se desconoce si el apellido López fuera real; tampoco se sabía el nombre de sus padres ni la calidad de su linaje.[10] Tal extrañeza dio lugar a múltiples especulaciones, por ejemplo, que era el príncipe Carlos, hijo de Felipe II, que no se murió encarcelado en el real alcázar de Madrid, sino arrepentido de su vida decadente y cruel, marcada por el trato antipático con su propio padre, decidió cambiar profundamente su vida y dedicarse a la penitencia y la oración. Artemio de Valle-Arizpe en su biografía novelada de Gregorio López trató de justificar la hipótesis de que este último no era otro que don Carlos, el hijo de Felipe II, que terminó huyendo clandestinamente a Nueva España y se convirtió en ermitaño.[11] Según comenta Fernando Ocaranza, “así lo asegura el autor de El misterioso, novela impresa en Guadalajara en el año de 1836 y que hubiera sido mejor llamarla El arrepentido. Don Vicente Riva Palacio, en México a través de los siglos, encuentra posible que don Carlos y Gregorio López hayan sido la misma persona”.[12] Esa versión no tiene sustento, lo que demuestra el propio Ocaranza en su análisis; la discrepancia más contundente consiste en que don Carlos murió seis años después de la llegada de Gregorio López a suelo novohispano; además, la descripción física del príncipe Carlos, que al parecer padecía enfermedades mentales, contrastaba tajantemente con el perfil intelectual de Gregorio López, un erudito brillante de índole renacentista, con conocimientos excepcionales en historia, teología, geografía y medicina.[13] Sin embargo, como piensa Jesús Paniagua Pérez en su investigación reciente, “más probable podía ser que hubiese sido un hijo bastardo del monarca, al que se habría alejado de la corte, como sucedió con su supuesta hija natural, Micaela de los Ángeles, monja en el monasterio de Jesús María de México”.[14]
De todos modos, desde adolescente Gregorio era paje en la corte; era obvio que contaba con todos los requisitos para llegar a ser un noble del palacio. Sin embargo, muy pronto se cansó de la vida cortesana; varias veces se escapó a los bosques de Navarra para llevar vida solitaria, pero su padre lo obligó a regresar a la corte imperial que entonces se encontraba en Valladolid.[15] De todos modos, el joven Gregorio insistió en su derecho de seguir su vocación. Una vez desempeñó el peregrinaje al santuario de la Nuestra Señora de Guadalupe en Extremadura, en el que oyó una voz interior que le llamaba a las Indias. Así embarcó en la nave y se fue a Nueva España, a los 20 años.[16]
Gregorio López tuvo un lema personal formulado por las palabras latinas Secretum meum mihi (Mi secreto es mío). También es un enigma que sigue sin ser resuelto. Unos piensan que podría haberse referido a su supuesto origen regio (aunque no fuera el mismo príncipe Carlos, entonces, podría haber sido el hijo bastardo de monarca, como hemos visto, opción que tampoco podemos excluir por completo); otros los aplican a su supuesta heterodoxia oculta, que implicaría su criptojudaísmo, como pensaba Alfonso Toro[17] o su presunta inclinación a la doctrina de los alumbrados españoles. En torno a la imagen de Gregorio López como un criptojudío encubierto bajo la máscara de un ermitaño que se alejó de las instituciones eclesiásticas y no quiso ingresar a orden religiosa alguna, hemos dedicado una investigación especial a esa hipótesis para revelar su inconsistencia. Por supuesto, Gregorio López ha examinado en su Tratado el papel que desempeñaban los judíos convertidos en los primeros siglos del cristianismo (que según él eran “los judíos verdaderos” que plenamente justifican su nombre, porque “judíos” quiere decir “justos”) y los contrapuso a los judíos infieles que rechazaron a Jesucristo como el Mesías prometido de Israel y por eso formaron parte de la “sinagoga de Satanás”; igualmente tenía mucha conversación con el famoso criptojudío novohispano Luis de Carvajal el Mozo, pero tampoco alcanzaron algún acuerdo y terminaron rompiendo los lazos amistosos. Tales detalles no dicen nada sobre la supuesta inclinación del ermitaño al criptojudaísmo, más bien atestiguan el interés en definir las raíces hebreas del cristianismo primitivo que resultó común para muchos intelectuales del Renacimiento, como lo fue, por ejemplo, Johannes Reuchlin.[18] En torno a su conexión hipotética con los alumbrados, contamos con una investigación sólida de Álvaro Huerga, quien descubrió en el Archivo General de la Nación en México unos testimonios de los alumbrados mexicanos condenados en el proceso de 1598 (auto de fe de 1601), quienes afirmaban que Gregorio López habló de que Dios había de fundar “un nuevo estado después de la consumación del mundo” y declararon, además, que el ermitaño estaba vivamente interesado por conocer cuándo se produciría la aparición de la Jerusalén celeste, descrita en Apoc. 21:5. Según los alumbrados, la curiosidad escatológica de Gregorio López era habitual.[19] El biógrafo de Gregorio López, el padre Francisco Losa, dio un perfil completamente diferente en torno a las creencias escatológicas del ermitaño, diciendo que “se limitaba a esperar pacíficamente a que se desvelasen los misterios, sin alimentar curiosidades vanas”, pero también podría ser una redacción deliberada de Losa quien trataba de mantener a salvo la reputación del ermitaño y protegerlo de las acusaciones posibles por parte de la Inquisición.[20] Sin embargo, Álvaro Huerga llegó a la conclusión de que Gregorio López “no había sido ni un prequietista,[21] ni un alumbrado, sino un asceta y un raro ejemplar de encarnación cristiana en el nuevo mundo, donde dominaban otras fiebres: la del oro, la del poder, la de la evangelización. Es lícito concluir que su figura ‘idealizada’ determinó la ‘imagen europea’ ambivalente o biforme del anacoreta mexicano”.[22]
La única posibilidad de solventar las dudas acerca de la afiliación religiosa de Gregorio López consiste en el estudio minucioso de su Tratado que podría servir como clave para entender sus conceptos teológicos e históricos. Por desgracia, todavía carecemos de estudios de nivel monográfico que tendrían como objeto el análisis multifacético de esa obra. Lo que queremos proponer a nuestro lector es solamente el análisis de uno de los aspectos de su filosofía de la historia expresada en el Tratado, que consiste en la idea de la profecía que, además de ser uno de los pilares ideológicas de la Iglesia verdadera, se va desarrollando constantemente en el transcurso de la historia; no sólo revelando los diseños de Dios sino también marcando los puntos de la transición de lo histórico a lo metahistórico para asegurar la realización de las promesas de Dios sobre el bienestar de sus fieles que también reflejan el optimismo escatológico de los padres de la Iglesia.
Muchas veces se han dado cuenta del carácter ortodoxo de la cosmovisión y la teología de Gregorio López; uno de los primeros convencido de eso fue Juan de Palafox y Mendoza, el obispo y posteriormente virrey y capitán general de Nueva España (1600-1659), quien no sólo leyó atentamente el Tratado sino lo llevó consigo de vuelta a España y lo tenía muy cerca de sí en su lecho de muerte.[23] Dedicamos el presente libro, entre otras cosas, a la reconstrucción de las fuentes que había manejado López en componer su esquema histórico-teológico, entre las cuales destacan los comentarios de san Andrés de Cesarea y otras obras patrísticas. Lo que parecería heterodoxo sería el intento de usar la narrativa del Apocalipsis para rastrear los acontecimientos de la historia del imperio romano para fijar el episodio de la atadura de Satanás por el ángel representado por el papa Silvestre I. Eso marca el milenio que se termina en el siglo xiv; luego sigue el triunfo del imperio otomano que representa los pueblos siniestros de Gog y Magog; esos son los acontecimientos que habrán de preceder inmediatamente a la batalla final de las fuerzas del bien contra el mal.[24] Sin embargo, eso apenas parecería el milenarismo profesado por Joaquín de Fiore e incluso por sus seguidores franciscanos en el nuevo mundo;[25] no fue el milenarismo sino “temporalismo inmediato”,[26] en que, como veremos en el último capítulo de este trabajo, no se proclama la Nueva Jerusalén como una perspectiva utópica, lejana pero teóricamente alcanzable, sino como una realidad meramente espiritual y celestial.
Todas las investigaciones acerca de la biografía de Gregorio López se encuentran basadas en una fuente que es una joya de la literatura hagiográfica novohispana: La vida que el siervo de Dios Gregorio López hizo en algunos lugares de la Nueva España, escrita por el cura Francisco Losa,[27] quien, siendo también un místico, se convirtió en el amigo íntimo de Gregorio. A nuestro parecer, la vida de Gregorio López escrita por Francisco Losa corresponde no sólo con los ejemplos hagiográficos expuestos en las vidas de los santos ermitaños egipcios (en primer lugar, como lo nota Antonio Rubial García, en lo que se refiere a las prácticas ascéticas, como dormir con una piedra en vez de almohada o abstenerse totalmente de la carne, comiendo una vez al día maíz tostado o frutas silvestres),[28] sino también tienen mucho en común con los detalles biográficos de los santos latinos de la época tardoantigua y altomedieval. Por ejemplo, podemos encontrar unos detalles comunes que aproximan a Gregorio López con el obispo norteafricano de los siglos v-vi san Fulgencio de Ruspe, conocido como Augustinus abbreviatus:[29] tanto Gregorio López como san Fulgencio provenían de las familias nobles; ambos se dedicaron a la oración, abnegación, meditaciones, ayuno y vida solitaria teniendo un poco más que 20 años de edad después de un periodo corto en el servicio estatal o cortesano (Fulgencio como procurador y Gregorio como el paje de la corte castellana). Ambos poseían una educación buena y profunda, y por su cuenta aprendían muchas cosas por ser autodidactos (Fulgencio fue muy bien instruido en las letras clásicas, incluso el griego antiguo que le enseñó su madre, una noble mujer llamada Mariana; Gregorio sabía latín, geografía, medicina y otras disciplinas).Vivían ambos en el territorio no civilizado y poblado por los pueblos nómadas (Gregorio entre los chichimecas, Fulgencio entre los mauros, es decir, los bereberes); ambos establecieron unas reglas muy rigorosas de la vida solitaria.[30] Además, el estilo del padre Losa, sobrio y escueto según Rubial García,[31] más bien reproduce los recuentos biográficos de los santos latinos (como san Cipriano, san Ambrosio o el mismo san Fulgencio), tintados por el estilo de unas laudationes funebres (el género que conocemos sobre todo gracias a la biografía de Julio Agrícola escrita por Tácito) que las vidas orientales llenas de milagros, intervenciones de las fuerzas sobrenaturales etcétera. En este sentido la vida de Gregorio López continúa las tradiciones establecidas por la hagiografía latina de los siglos iii-vi. Parece curioso que el mismo cura Losa hace paralelos entre Gregorio López y los jóvenes san Gerónimo y san Hilario, aunque sin adentrarse en los detalles.[32] Este problema, que según nosotros es de mucha importancia filológica, merece un estudio aparte.
La narrativa de la vida de Gregorio López lleva todos los clichés y temas hagiográficos propios de la tradición cristiana a partir de la época tardoantigua, como, por ejemplo, el tema del puer senex, el niño anciano que no tuvo infancia.[33] La narrativa de Losa, a partir de cierto momento, aparece como testimonio de primera mano; incluso, según la nota de Rubial García, “parece que el autor llevaba un diario, ya que a menudo menciona fechas con gran exactitud”.[34]
El cargo del arzobispo Pedro Moya de Contreras, presentado en los años 1577 y 1578, fue el resultado de los rumores que provocó Gregorio López con su conducta de ermitaño, por haberse encontrado fuera de cualquier orden religiosa y con sus prácticas tan raras que habían provocado sospechas de haber profesado algún tipo de herejía. Encargó a los padres Francisco Losa y Alonso Sánchez de la Compañía de Jesús que investigaran las creencias de López; mientras tanto aquellos, “luego de examinar a Gregorio minuciosamente en materias de fe, satisfechos de su religiosidad, rindieron un informe tan cumplido en su favor, que, a consecuencia de él, el propio arzobispo hízole regalar y visitar con frecuencia”.[35]
Al llegar a México, Gregorio López alcanzó a ganar algún dinero trabajando con el escribano Eligio san Román y con el secretario Filomeno Turcios.[36] Desilusionado de la forma de vida que se llevaba en la capital del virreinato decidió irse a Zacatecas, pero unos cuantos días resultaron suficientes “para que presenciara un lance que mucho le impresionó: un día, en la plaza mayor de la ciudad de la plata y del frío, y en el momento de partir unos carros que llevaban el metal codiciado para la capital de la Nueva España, vio gran confusión, y Babilonia de pleitos, juramientos, perjurios, amenazas, riñas y pendencias, y que dos echaron mano a las espadas, y en el mismo punto se hirieron de suerte que a un mismo tiempo cayeron muertos”.[37] Entonces, de ninguna manera veía la Ciudad de México como una representación deseada de la Nueva Jerusalén, al contrario, tal vez la veía como encarnación de Babilonia por su “confusión”. Así que la decisión de López de huir a los lugares más desiertos y despoblados fue más que firme.[38]
Podemos cerciorarnos de que Gregorio López buscaba basar su religiosidad en las fuentes bíblicas, sobre todo en el Vetero Testamento que conocía profundamente, quizás eso habrá provocado las sospechas de la presunta afinidad de Gregorio López con el protestantismo.[39] Además de eso, él conocía perfectamente latín (y, como podemos suponer, también griego antiguo) y gozaba de una educación muy buena en letras clásicas, como se demuestra en nuestro análisis de algunas pasajes del Tratado de Apocalipsis. Como apunta Fernando Ocaranza, “aseguraba [Gregorio López] que jamás tuvo maestro de lengua latina, pero pudo aprenderla por sí solo y con gran prontitud, llegando a pensar que dicha lengua había sido innata en él”.[40]
Francisco Losa afirma que, además de las Sagradas Escrituras, Gregorio “leyó muchos libros de la historia eclesiástica y profana, los que podrían ayudarle a esta inteligencia”;[41] es decir, leía libros de historia sobre todo para facilitar la interpretación de las Escrituras y para elaborar y afinar su propia estrategia hermenéutica que, como hemos de ver, resultó muy peculiar. Todos los investigadores de la biografía de López unívocamente afirman que su preparación intelectual era profunda y sólida. Según Artemio de Valle-Arizpe, “el día lo ocupaba en la oración desde que quebraba la aurora y en el menudo estudio de las Sagradas Escrituras. Estaba sobre esos libros santos para subir al conocimiento de Dios. Fue consumado Gregorio López en letras divinas. Salió a solas con tanta perfección”.[42] Lamentablemente, en lo que toca a los libros de “historia profana”, ninguno de los biógrafos de Gregorio López precisó cuáles eran esos libros. De todos modos podemos reconstruir ese círculo a través de las referencias oblicuas que hace Gregorio en su Tratado. Además de Eusebio de Cesarea, ese “Heródoto de la historia eclesiástica”, López consultaba a menudo a los historiadores romanos como Suetonio, Tácito, Aurelio Víctor y Eutropio, pero eso no es todo, añade las referencias a las fuentes controvertidas y poco leídas en su tiempo, sobre todo a los Scriptores Historiae Augustae. El ejemplo más elocuente es la característica de la tolerancia religiosa del emperador Alexandro Severo que “tenía en su oratorio la imagen de Jesu-Christo, y la de Abraham”.[43] Tal característica del emperador únicamente se halla en su biografía escrita por Elio Lampridio que forma parte del corpus de los Scriptores Historiae Augustae.[44] Así que la cuestión sobre el círculo de lecturas de Gregorio López se aclara poco a poco al leer su Tratado de Apocalipsis, lo que pretendemos también hacer en el marco de nuestro análisis que proponemos en nuestro libro.
Además de sus conocimientos profundos en la historia sagrada y profana y en las Sagradas Escrituras, Gregorio López también fue conocido por su afición a la medicina. Por ejemplo, compuso su famoso Tesoro de medicinas para todas las enfermedades que contenía tanto la descripción de los síntomas de diversas enfermedades como una larga lista de plantas medicinales con sus características farmacológicas. Ese manual sirvió de guía para los pacientes que no tenían para costearse los gastos médicos.[45]
Al establecerse en el valle de Atemajac, Gregorio López empezó a llevar la vida eremítica, siguiendo el ejemplo de los ermitaños primitivos como lo era san Pablo de Tebaida; de la misma manera López trataba de realizar los modelos más paradigmáticos que describió san Atanasio de Alejandría en la Vida de san Antonio Abad.[46] Conforme a esa fuente hagiográfica, trató de revitalizar todas las prácticas ascéticas que eran propias para los padres del desierto de Nitria y por eso, a causa de su lejanía de la civilización, estaban exentos de las obligaciones de misa, confesión y comunión por vivir el Espíritu Santo en ellos y por haber recibido un especial llamado de Dios. Al principio la Inquisición interpretó mal tal posición del ermitaño, y por eso el arzobispo Pedro Moya de Contreras decidió realizar su investigación y cerciorarse de la ortodoxia de López.[47] Tenemos que señalar también que a pesar de alejarse de las instituciones eclesiásticas a manera de los ermitaños antiguos, Gregorio López mantuvo buenas relaciones con muchos clérigos y misioneros, entre los cuales destaca fray Domingo de Salazar, un distinguido misionero dominico, quien “le hizo consentir en presentarse en el convento imperial de Santo Domingo de México para que tomara el hábito de la orden, asegurándole que los frailes le recibirían con los brazos abiertos”.[48] Sin embargo, la iniciación de Gregorio López como fraile dominico se suspendió; cuando quiso vestir el hábito los superiores, sin que se conozca la causa, se negaron a concedérselo, y Gregorio regresó a su ermita para seguir llevando la misma vida.[49] De todos modos seguía manteniendo buenas relaciones con los frailes de la orden de predicadores; basta recordar que su Tratado del Apocalipsis que investigamos fue escrito por la petición de fray Juan Cobo, un misionero dominico distinguido, quien trabajó muchos años en China, aprendió el idioma y fue conocido como astrónomo.
La propuesta general que transciende la obra de Gregorio López era presentar la historia mundial como el desarrollo del diseño de Dios acerca de la humanidad a través de diversas etapas de la historia. El plan cronológico que propone el ermitaño consiste en la superposición de la narrativa apocalíptica en el panorama histórico real conforme el esquema que él mismo elaboró. Según López, los propios acontecimientos del Apocalipsis comienzan con el reinado de Trajano y acaban en los principios del siglo iv, cuando el cristianismo se legaliza por el emperador Constantino y el papa Silvestre ata a Satanás por mil años. Al terminar esos mil años, ya en el siglo xiv, aparecen los pueblos Gog y Magog para entrar en la batalla final con el pueblo de Dios, lo que conlleva al último paso de la historia que, a su vez, anuncia el triunfo de la Nueva Jerusalén celeste, el gozo y la esperanza de todos los cristianos que no habían entrado en avenencia con el mundo caído. Según señalan Josep Ignasi Saranyana y Ana de Zaballa,
Gregorio López se extiende en multitud de detalles relativos a la vida política y religiosa del bajo imperio, que conoce muy bien. Los diez cuernos de la bestia apocalíptica son los diez emperadores romanos perseguidores de los cristianos: Nerón (54-68), Domiciano (81-96), Trajano (98-117), Marco Aurelio (161-180), Septimio Severo (193-211), Maximino (235-238), Decio (249-251), Valeriano (253-260), Aureliano (270-275) y Diocleciano (284-305). Pero no sólo esto: los primeros diecisiete capítulos del Apocalipsis, es decir, hasta el anuncio de la caída de Babilonia, constituyen un relato lineal de cada una de las diez persecuciones. La caída de Babilonia (cap. XVIII) profetizaba la paz sellada entre Constantino y el papa Silvestre. La fecha de la paz, según Gregorio, sería este año de trescientos y diez y seis, poco más o menos, fecha en que habría comenzado el milenio.[50]
El sistema cronológico tan detallado fue aplicado por Gregorio López con la finalidad de delimitar la fecha provisional en que habrá de terminar el milenio, durante el cual Satanás permaneciera atado. Luego “profetiza la destrucción de los turcos otomanos, en fecha incierta, después de la cual vendrá la resurrección, el juicio y el ingreso de los justos resucitados en la patria celestial”.[51] Tal perspectiva muestra que toda la narrativa histórico-profética del Tratado viene marcada con un optimismo escatológico que coincide con las esperanzas mesiánicas de la época.
Se ha comentado que Gregorio López recibió la influencia de la filosofía de la historia expresada por Joaquín de Flore y hasta enumeró las obras del abad calabrés entre sus fuentes de inspiración.[52] No solamente se trata de la interpretación de la historia humana como diversas etapas de la historia de la salvación, sino también, aplicando una exégesis concordística del Antiguo y del Nuevo Testamento, de presentar las tres grandes etapas de la historia como correspondientes a cada persona de la Santísima Trinidad, donde la última etapa será caracterizada “por una nueva y plena comprensión espiritual de la Escritura, llamada “evangelio eterno” […]; y una nueva economía de salvación, sin signos ni figuras, que se instaurará antes del eschaton final”.[53]
En los escritos de los franciscanos españoles y novohispanos, como en el caso del fray Jerónimo de Mendieta, el optimismo escatológico alcanza su auge y se vuelve una suerte de ideología utópica. Según señala Elsa Cecilia Frost, “lo primero que llama la atención es que Mendieta, en vez de apoyarse en los textos tradicionales, parece rehuirlos”. Mendieta crea
la imagen de una monarquía universal, redondeando su interpretación con citas de los Salmos, los Evangelios y el Apocalipsis. Lo sorprendente es que tales citas no se refieren nunca a los pasajes más característicamente milenaristas. No toma en cuenta el discurso escatológico en ninguna de sus versiones y apenas si encontramos una que otra mención a la imaginería apocalíptica: batallas, dragones, ángeles, bestias, serpientes o estatuas, que acicateara la fantasía de los movimientos milenaristas durante tantos siglos. Este milenarista elitista […] parece huir deliberadamente de todas las imágenes que pueblan los escritos de los milenaristas revolucionarios”.[54]
Gregorio López, al contrario, evita caer en el extremo mostrado por fray Mendieta. Todos los desastres escatológicos descritos en el Apocalipsis, todos los “dragones, bestias y serpientes” llegan a ser objeto de unas explicaciones más atentas, profundas y fundamentadas en la base de múltiples fuentes, tanto religiosas como profanas. Además de eso, cualquier imagen apocalíptica, por más siniestra que sea, se contextualiza y se concretiza históricamente en su contexto concreto. De esta manera López busca un equilibrio interpretativo, evitando tanto el extremo del milenarismo elitista como el de los revolucionarios, convencido de que la mayoría de las profecías apocalípticas ya se habían cumplido en la época tardorromana, dentro del paradigma de la escatología realizada. Más aún, como lo veremos en el libro, el espíritu milenarista se encontrará bastante debilitado en su obra y mayormente se sustituirá por la pasión y por el estudio histórico-concreto.
Para entender las directrices básicas y los aspectos esenciales de la obra de Gregorio López como un sistema multifacético con diversas estrategias de interpretación, señalemos los enfoques generales que se han establecido en la tradición del estudio del Apocalipsis a partir del medievo. Por el término “enfoque” entendemos una estrategia hermenéutica establecida que habría de reflejar la perspectiva escatológica e histórica del libro del Apocalipsis. Según Wilhelm Bousset, la tradición académica de los estudios del Apocalipsis toma sus raíces en la época de la Contrarreforma,[55] así que el método propuesto por Gregorio López corresponde con las tendencias señaladas por Bousset y, además, como tratamos de fundamentar a lo largo de nuestro trabajo, en algunos casos López anticipó algunos hallazgos hermenéuticos hechos unos siglos después. De todos modos, la tradición académica en el pleno sentido de esa palabra, que presupondría la descripción detallada y la clasificación de los sistemas hermenéuticos pertenecientes al estudio del Apocalipsis, aparece nada más en el siglo xx Los cuatro enfoques de la interpretación del Apocalipsis son siguientes: i) preterista, ii) idealista, iii) futurista y iv) historicista.
El enfoque preterista presupone la percepción de los acontecimientos descritos en el Apocalipsis como las profecías que pertenecen a la historia cristiana de los siglos i-iv y que ya se habían cumplido. Se trata sobre todo de la destrucción del templo hierosolimitano, de le victoria del cristianismo sobre el paganismo, etcétera. El representante más conocido de ese enfoque es el comentarista español Luis Alcázar (1554-1613), por su obra La investigación del sentido arcano en el Apocalipsis (Vestigatio arcanae sensus in Apocalypsi), que fue del gusto de algunos protestantes; conviene destacar que entre las fuentes de su inspiración Alcázar menciona también a Gregorio López, lo cual demuestra la resonancia excepcional de su Tratado de este último autor. No cabe duda de que este enfoque ha mostrado su eficacia porque a pesar de la tentativa de “atar” todas las imágenes del Apocalipsis a los acontecimientos concretos, de todos modos no se quita la perspectiva escatológica común del libro. Así lo vemos en el narrativo de López: todo ya pasó; incluso el “reino milenario” ya pertenece al pasado, sin embargo, el Juicio Final y el surgimiento de la Jerusalén celeste se pospone en el futuro; las fechas del cumplimiento de aquellas profecías nadie las sabe.
El enfoque idealista ve el libro del Apocalipsis como una descripción simbólica de la lucha entre las fuerzas de Satanás y el pueblo de Dios sin tomar en cuenta vinculación alguna con el contexto histórico propio para el autor del libro de la Revelación. Muchos autores patrísticos demuestran su compromiso con este enfoque de interpretación, donde el objetivo de cada profecía se entiende no en la predicción de los acontecimientos futuros en su forma concreta (es decir, no en los vaticinios), sino en adentrarse en las perspectivas comunes y básicas, en las cuales se ubica el reino de Dios en su interrelación con el mundo terreno; en este caso, según el enfoque idealista, en el Apocalipsis no se presentan los acontecimientos de la historia futura, sino un complejo de las ideas representadas en la manera metafórica. Así que el hincapié principal se hace en el contenido meramente teológico y en la estrategia hermenéutica de descubrir el proyecto teológico del Apocalipsis sin adentrarse en los detalles históricos que han rodeado al autor (que según la tradición eclesiástica era san Juan el Teólogo y según la tradición académica podría haber sido un cristiano del siglo I venido del Asia Menor). Con todo esto resulta evidente la desventaja de ese enfoque, porque la narración del Apocalipsis se examina fuera de cualquier contexto y se reduce a un simple conjunto de generalidades de carácter teológico, pero al combinar ese enfoque con el preterista, se supera el extremo del primero.[56]
En este sentido no podemos evitar el hecho que Gregorio López, ubicándose metodológicamente dentro del enfoque preterista, lo combina con el idealista, como podemos comprobarlo, por ejemplo, en la definición genérica del Apocalipsis formulada por el propio López: el Apocalipsis “es una historia profética disfrazada con figuras”,[57] donde las profecías no se refieren al futuro remoto, sino que se ubican en su propio contexto histórico, porque “luego” comenzaron a “efectuarse”,[58] mientras que las “figuras” podrían caracterizar el contenido teológico de una profecía concreta.
El enfoque futurista tiene como objetivo la interpretación del Apocalipsis como una descripción profética de los acontecimientos que se prolongan en el futuro y se refieren al fin del mundo y de la historia. En la época de la Contrarreforma ese enfoque fue actualizado en el contexto de la polémica contra las interpretaciones protestantes y fue fundamentado por Francisco Ribera (1537-1591) en su tratado “Los comentarios en el Apocalipsis Sagrado del san Juan Apóstol y Evangelista” (In Sacram Beati Iohannis Apostoli et Evangelistae Apocalypsin Commentarii).[59] Aquí el hincapié se hace en la perspectiva escatológica más remota del libro; sin embargo, es necesario tener en cuenta que para el autor del libro de la Revelación todo el contenido de su propia visión profética da testimonio sobre el fin cercano del mundo, que corresponde con las expectativas escatológicas de las comunidades microasiáticas de los siglos i-ii.[60] Sin embargo, el enfoque futurista puede ser aplicado en una manera dialéctica, cuando uno, presentando el Apocalipsis como el libro sobre el fin futuro del mundo (que podría haberse prolongado hasta fechas más remotas), no obstante, se da cuenta sobre “el arraigo” de esa perspectiva escatológica futura en la conciencia masiva de los primeros cristianos y en las realidades históricas que los rodeaban.
Por fin, el enfoque historicista examina el Apocalipsis como una serie de profecías sobre el rumbo de la historia o bien como el cambio consecutivo de las épocas históricas a partir de Jesucristo (o de la creación del mundo) hasta el fin del mundo. El pionero de tal enfoque fue Joaquín de Flora y luego, en el siglo xiv, los principios metodológicos de ese enfoque fueron perfeccionados y elaborados por Nicolás de Lira. Según el sistema cronológico detallado por Nicolás, los siete sellos revelan la etapa histórica desde Jesucristo hasta Juliano el Apóstata; las siete trompetas significan el periodo desde Juliano hasta Mahoma; la lucha entre el dragón y la Iglesia se refieren a los tiempos desde el emperador bizantino Mauricio hasta Carlomagno; las siete redomas de la ira de Dios indican el espacio cronológico entre Carlomagno y Enrique IV de Alemania. La persecución de la Iglesia por la Bestia en el capítulo 12 está representada por la guerra entre el emperador bizantino Heraclio y el rey persa Cosroes II Parviz, el Victorioso, quien logró tomar la ciudad de Jerusalén y llevarse la reliquia de la Vera Cruz como trofeo durante los años 613-614. La primera Bestia simboliza a los hijos de Cosroes, mientras Mahoma es aquel que representa la segunda Bestia, conocida también como “falso profeta”. La profecía sobre la Nueva Jerusalén celeste cumplió con el surgimiento del reino cristiano en Jerusalén tras la reconquista de la ciudad santa en la primera Cruzada, y el milenio comenzó con la creación de las tres órdenes mendicantes.[61]
La precariedad y el carácter frágil y arbitrario de este tipo de interpretación parecen obvios. Es que en el libro de Apocalipsis nada indica que su narración como tal se tiene que entender como el esquema del desarrollo del proceso histórico. Cada representante del enfoque historicista trata de ajustar la interpretación a la mentalidad y a las necesidades intelectuales de su propia época; por eso es de esperarse que el “mapa histórico” resulta cada vez diferente y no se trata de ningún “diálogo de interpretaciones”. Sin embargo, ese enfoque despertó las búsquedas intelectuales de los comentaristas e “impregnó” las ideas hermenéuticas de generaciones posteriores. Por ejemplo, podemos decir que Gregorio López también fue influenciado por ese enfoque por haber presentado la historia de la sociedad humana como una secuencia de periodos (o mejor dicho, de “edades”) que van uno tras otro.[62]
Por una parte, parece que el Tratado de Gregorio López fue el ejercicio para fundamentar el enfoque historicista, pero más adelante veremos que en muchos aspectos López aparece como portavoz de la época preterista. Sobre todo, eso se refleja en sus intentos de definir el contexto histórico concreto de las epístolas a las siete iglesias de Asia Menor que inauguran los ciclos proféticos del libro de la Revelación. Hemos dedicado a ese problema el capítulo ii de nuestro trabajo para ver que Gregorio López como comentarista ha tomado en cuenta las circunstancias históricas de esas epístolas que fueron dirigidas a las comunidades cristianas de las siete ciudades de Asia Menor romana.
Gregorio López atribuye la fecha del Apocalipsis como perteneciente a los tiempos del emperador Domiciano (es decir, alrededor del año 95), representando la tradición patrística que se remonta a san Ireneo de Lyon. En aquellos tiempos los destinatarios de las cartas de san Juan vivían bajo la presión constante del entorno pagano. Es de notar que en Asia Menor del siglo i d.C. se extendió de una manera considerable el culto del emperador, por eso los cristianos de entonces se sentían amenazados por parte del Estado.[63] Aquellos que han renunciado a tomar parte en las ceremonias religiosas dedicadas al culto imperial podrían haber sido acusados de deslealtad, lo que podría acarrearles múltiples sanciones, que a su vez han sido parte de la experiencia laboral de los procónsules de la provincia; eso vemos en la correspondencia entre el emperador Trajano y Plinio el Joven, que desempeñó el cargo de gobernador de la provincia microasiática Bitinia.
En el Apocalipsis se transmite la espera trágica de las tribulaciones inminentes causadas por las persecuciones inevitables. Por eso san Juan hace llamamiento a los miembros de las comunidades microasiáticas a que manifiesten la valentía a “la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero” (Apoc. 3:10). Se exhorta a los fieles: “No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (2:10). Como ejemplo para seguir se menciona un cristiano llamado Antipas que fue víctima de persecuciones en la ciudad de Pérgamo (2:13).
Una opinión muy extendida es que el tema de martirio que es crucial para el Apocalipsis está vinculado con las persecuciones de Nerón que fueron el resultado de la acusación de los cristianos por el incendio de Roma. Algunos investigadores fecharon el libro del Apocalipsis en el tiempo de Nerón por las alusiones a las persecuciones nerónicas.[64] Sobre todo en relación con la imagen de la Bestia en el capítulo 13 que libra una guerra con los santos; en ese pasaje se reconocen muchos rasgos característicos del imperio romano, como sus brutales represiones. El problema del martirio se expone en Apoc. 6:9-10, donde san Juan experimenta una visión en cual Jesucristo quita el quinto sello del libro sellado y luego, bajo del altar de Dios, aparecen las almas de aquellos que perecieron por la palabra de Dios y por su testimonio que clamaban en voz alta: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?”. Como opina John Paul Heil, este es el tema clave del Apocalipsis, porque toda la narrativa subsecuente que muestra las manifestaciones de la ira de Dios es la respuesta a la pregunta de los mártires.[65]
Vemos que en el Apocalipsis se reflejó la situación contradictoria que afectó gravemente a las comunidades cristianas de Asia Menor. Acababan de pasar las persecuciones sangrientas de Nerón, la ideología estatal había propuesto la deificación del emperador, lo que implicaba exigencias severas a todas las clases sociales. Por una parte, Jesucristo resucitó y venció las fuerzas del mal, por otra, esas fuerzas demuestran su triunfo en el mundo. Eso generaba la inseguridad en el medio de los cristianos que empezaban a dudar en la veracidad del mensaje cristiano. En esas circunstancias se tuvo que reforzar la fe de la gente, por eso san Juan se encargó de dirigir sus epístolas a las comunidades microasiáticas y proponer una ideología que aclarara el tema de la soberanía de Dios en la historia. Dios aplica sus propias reglas en este mundo; los sufrimientos de los justos son necesarias para la purificación de la fe, y a pesar del triunfo temporal de las fuerzas del mal todos los malhechores serán castigados.
De hecho, la persistencia aparente del mal está enraizada en la voluntad de los seres humanos. La gente adora a la Bestia por su propia voluntad y Dios no quiere limitar ese libre albedrío (Apoc. 13:4). Adorar a la Bestia o no, ese es el problema de la decisión moral de cada persona, sea cristiana o no. Con todo eso el autor del Apocalipsis muestra con claridad que Dios dirige los rumbos de la historia social cuyo objetivo final es la salvación del género humano. Esa idea fue crucial en la obra de Gregorio López.
A lo largo de la historia Dios permite que pasen cosas malas y al mismo tiempo limita la eficacia de la maldad, y castiga a los pecadores. Los ejemplos de tales castigos se ven en el ciclo de las siete trompetas, cuyas imágenes se ven parecidas a las plagas de Egipto descritas en el libro del Éxodo (7-12). Esos castigos tienen como objetivo llevar a los pecadores a la penitencia, lo que se deduce de las palabras que concluyen ese ciclo: “Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos ni dejaron de adorar a los demonios, y a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver ni oír, ni andar; y no se arrepintieron de sus homicidios ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos” (Apoc. 9: 20-21).
El castigo inevitable de los malhechores se dibuja en las visiones escatológicas de las siete redomas de la ira de Dios que llevan las plagas a los seguidores de la Bestia. Lo mismo se revela en la visión de la condena de Babilonia, la megalópolis violenta y cosmopolita cuyos habitantes se oponen a Dios. En el capítulo 19 se describe la segunda y gloriosa venida de Jesucristo. Después de la batalla escatológica final cuya descripción detallada no está en el texto, Jesucristo supera a los enemigos por sus fuerzas y por eso todos los adversarios son aniquilados casi de inmediato: la Bestia y el falso profeta se arrojan “dentro de un lago de fuego que arde con azufre” (19:20). Gregorio López vincula esos episodios escatológicos con las persecuciones de Diocleciano que terminan con el triunfo de la Iglesia.[66]
La aparición de la ciudad celeste de la Nueva Jerusalén es el final escatológico de todo el libro que habrá de manifestar la renovación de toda la criatura. La historia humana se termina no con los desastres y las catástrofes que iban a destrozar la tierra, sino con la transformación de la propia tierra, con el triunfo de la alegría que tendrá que experimentar cualquier alma humana al entrar a la presencia de Dios. Así lo comenta Gregorio López:
Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, quieres decir, quitarles a toda cosa de pena; y el que creyere que ha de poseer tal presencia, no se le hará difícil creer esto, y no habrá más muerte, porque estarán vivos con la vida; ni tristeza, porque tendrán alegría; ni clamor, porque poseerán todo lo que pueden desear; ni dolor, porque estarán en salud, y porque esta merced ha de ser para siempre, dice: porque estas cosas primeras se fueron; de manera que no quedará de ellas más que la memoria para alegrarse de los días en que fueron humillados.[67]
Hay que notar que esa descripción escatológica no se presenta como algo remoto o perteneciente al futuro inalcanzable. Algunos elementos que describen la Nueva Jerusalén se encuentran presentes en las epístolas a las siete iglesias de Asia. Cada mensaje tiene la siguiente estructura: se señalan las virtudes y la insuficiencia de cada comunidad, se delimitan las tareas para cumplir, luego sigue la exhortación a dar testimonio al mundo con valentía y al final se da la promesa a todos que saldrán vencedores. “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén” (Apoc. 3:12), lo que es, según Gregorio López, “la visión perfecta, la cual descendió del cielo en Apóstoles y Fieles”.[68] Es decir, cada cristiano vencedor se hace partícipe de la ciudad celeste de la nueva Jerusalén y así se anticipa la plenitud escatológica del mundo futuro.
El núcleo de toda la narrativa del Apocalipsis está en la visión del Trono de Dios en el capítulo 5, cuando Jesucristo, representado como Cordero, logra abrir el misterioso libro de los siete sellos y luego todos los seres celestiales que se encuentran presentes adoran a Dios y a su cordero. Jesucristo crucificado y resucitado redimió a todo el género humano y por eso se glorificó como igual a Dios. En ese acto se ve el eje de la historia mundial, su punto focal. Para Gregorio López, con la apertura de los cinco sellos comienza el cumplimiento de las profecías escatológicas; el reinado del emperador Trajano es el periodo inicial para contextualizar la narrativa apocalíptica. No es casual que en los capítulos 4 y 5 empieza el ciclo de las visiones celestiales. Con esos enfoques dramatúrgicos se anticipa el buen final para el libro: el triunfo total de Dios y de Jesucristo descrito en el inicio del ciclo de las visiones precede a todas las etapas de las plagas apocalípticas y marca la fragilidad de la victoria temporal de las fuerzas del mal.
Una herramienta estructural parecida se aplica en el capítulo 10. El ángel fuerte “levantó su mano al cielo, y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que el tiempo no sería más, sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios se consumará, como él lo anunció a sus siervos los profetas” (10:6-7). Todo lo que el ángel había prometido, se cumplió en el siguiente capítulo, y ese momento se describe como el punto culminante: “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (11:15). Y luego: “Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo” (11:19). Resuena el himno en que se proclama el establecimiento del reino de Dios y se anticipan los siguientes acontecimientos que han de pasar, pero ya se prevé la consumación del drama escatológico y toda la subsecuente narración ya está marcada por los indicios de la realización de los diseños de Dios.
Los tres siguientes capítulos del Apocalipsis (11, 12 y 13) representan simbólicamente la persecución de la Iglesia por el dragón y la lucha entre la Bestia y el pueblo de Dios. En el contexto de la narrativa apocalíptica podemos deducir que esos acontecimientos tienen que ver con el periodo histórico desde la resurrección de Jesucristo hasta su segunda venida.[69] Gregorio López concretiza ese periodo y lo localiza cronológicamente en el reinado de los Severos, de Maximino, Decio y Valeriano. Las persecuciones de aquellos emperadores son unas de las más crueles, sin embargo, en la perspectiva celestial ya se sabe el resultado de esa lucha y se indica en el capítulo 11.
En Apoc. 11-13 se pone más atención al tema del martirio en el contexto del testimonio y la muerte de los dos testigos, cuyos cuerpos quedan tres días sin ser sepultados. Ese final parece pesimista, pero a continuación se le indica al lector que los esfuerzos de los dos testigos no han sido en vano porque rendirán buenos frutos. En el fragmento 12:11 se dice que los cristianos vencieron al diablo con la sangre del Cordero. Gregorio López hace el siguiente comentario: “Bendito sea Dios, que fue vencido el diablo acusador de nuestros hermanos los buenos, los cuales le vencieron por la gracia de Dios dada a ellos por la sangre de su hijo, y por la fe pusieron sus vidas”.[70] Lo dicho implica que el martirio es la iniciación mística por la cual los cristianos se hacen partícipes del triunfo del Cordero, que había asestado un formidable golpe a Satanás con su crucifixión voluntaria.
Para concluir, conviene mencionar que al interpretar el Apocalipsis se debe tomar en cuenta la realidad histórica del autor y sus primeros lectores; veremos, por tanto, la interpretación del contexto histórico del Apocalipsis según la interpretación de Gregorio López. De manera que el tema central del libro es la reflexión sobre el sufrimiento de los justos y la revancha de la justicia, que se manifiesta en castigar a los malhechores. La descripción de plagas, desastres y catástrofes prevalece en la narrativa del Apocalipsis, sin embargo, el punto focal del libro es la visión del Trono de Dios en Apoc. 4-5, donde surge el tema transcendental de la soberanía de Dios y su Cordero, se afirma el carácter inconvertible del diseño de Dios en torno a la historia mundial. En la perspectiva extratemporal el triunfo de Cristo en su cruz es incontrovertible y absoluto. La narrativa del Apocalipsis a partir del capítulo 6 hasta el final muestra cómo la soberanía de Jesucristo se actualiza a lo largo de la historia. Según la contextualización cronológica propuesta por Gregorio López se trata del periodo que empieza con el reinado del emperador Trajano y acaba con la cesación de las persecuciones, cuando el emperador Constantino primero legaliza el cristianismo y después convoca al Primer Concilio Ecuménico y el papa Silvestre, en representación de san Miguel Arcángel, ata a Satanás por mil años. El vector narrativo se orienta hacia la aparición de la ciudad celeste de la Nueva Jerusalén que manifiesta la revelación del Reino de Dios en toda su plenitud. Gregorio López, alejándose del optimismo escatológico excesivo expresado por algunos evangelizadores franciscanos, no propugnaba el milenarismo, según Álvaro Huerga, sino un temporalismo inmediato,[71] por eso presentó el Apocalipsis como libro de exhortación y esperanza que habrá de inspirar a aquellos que desfallecen en su lucha constante contra las fuerzas del mal. Al mismo tiempo, el libro del Apocalipsis pide a los desesperados que están a punto de perder su fe al ver invencibles las fuerzas del mal, que tengan paciencia y no pierdan la esperanza.
[1] <https://tass.com/world/1111989>.
[2] Con excepción de los casos que se mencionan, se usa la traducción de Reina-Valera.
[3] Para más referencias véase Irena Backus, “The Church Fathers and the Canonicity of Apocalypse in the Sixteenth Century”, en The Sixteenth Century Journal, 1998, vol. 29, núm. 3, pp. 651-666.
[4] El recuento detallado de la historia de la tradición comentarista del Apocalipsis se contiene en Ernest-Bernard Allo, L’Apocalypse, París, J. Gabalda, 1921, pp. ccxvi-ccxxxviii.
[5] The main idea of the Apocalypse could be roughly formulated as follows: the sovereignty of God and Christ in redeeming and judging brings them glory, which is intended to motivate saints to worship God and reflect his glorious attributes through obedience to his world. Gregory Beale, The Book of Revelation: A Commentary on the Greek Text, Grand Rapids, William B. Eerdmans Publishing Company, 2013, p. 174.
[6] Gregorio López, Tratado del Apocalipsi de san Juan, traducido del latín al castellano, con su explicación interlineal, por el venerable Gregorio López, Ministerio Apostólico, natural de esta Corte, Madrid, en la imprenta de D. Benito Cano, 1789, p. xxvi (para las siguientes referencias: Tratado…).
[7] Antonio Rubial García, La santidad controvertida. Hagiografía y conciencia criolla alrededor de los venerables no canonizados de Nueva España, México, fce, 1999, p. 96.
[8] Idem.
[9] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (reproducción facsimilar de la primera edición, Madrid, 1632), México, Porrúa, 1977, p. 244.
[10] Alfonso Toro, op. cit., p. 177.
[11] Artemio de Valle-Arizpe, Gregorio López, hijo de Felipe II: su vida y muerte en México, México, Compañía General de Ediciones, 1957.
[12] Fernando Ocaranza, Gregorio López: el hombre celestial, México, Ediciones Xóchitl, 1944, p. 23.
[13] Para conocer más argumentos, véase Ibid., pp. 23-42.
[14] Jesús Paniagua Pérez, “Gregorio López: hagiografía de un iluminista del siglo xvi en la Nueva España”, en Alessandro Musco, Giovanna Parrino (eds.), Santi, Santuari, Pellegrinaggi: Atti del seminario internazionale di studio, San Giuseppe Jato-San Cipirello, 31 agosto-4 settembre 2011, Palermo, Officina di Studi Medievali, 2014, pp. 145-146.
[15] Josep Ignasi Saranyana, Ana de Zaballa, Joaquín de Fiore y América, Pamplona, Ediciones Eunate, 1995, p. 99.
[16] Alfonso Toro, La familia Carvajal: estudio histórico sobre los judíos y la inquisición de la Nueva España en el siglo xvi, basado en documentos originales y en su mayor parte inéditos, que se conservan en el Archivo General de la Nación de la ciudad de México, vols. 1-2, México, Patria, 1944, p. 177.
[17] Ibid., p. 189.
[18] Para más referencias remitimos a nuestro trabajo: Ivan Kopylov, “¿Fue Gregorio López un cripto-judío?: intento de precisar algunos puntos controvertidos de la biografía de un ermitaño novohispano”, en Silvia Hamui Sutton (coord.), Criptojudíos, siglos xvi-xviii, México, Centro de Documentación e Investigación Judía de México, 2019, pp. 77-118.
[19] Citamos conforme a Josep Ignasi Saranyana, Ana de Zaballa, Joaquín de Fiore y América, Pamplona, Ediciones Eunate, 1995, pp. 101-102.
[20] Ibid., pp. 102-103.
[21] Sobre Gregorio López como prequietista habla José Almoina. Véase José Almoina, Rumbos heterodoxos en México, Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1947, p. 70.
[22] Citamos conforme a Josep Ignasi Saranyana, Ana de Zaballa, op. cit., p. 104.
[23] Alicia Mayer, Lutero en el Paraíso. La Nueva España en el espejo del reformador alemán, México, fce/Instituto de Investigaciones Históricas, unam, 2012, p. 202.
[24] Josep Ignasi Saranyana, Ana de Zaballa, op. cit., pp. 108-109.
[25] Para más referencias teóricas remitimos al lector al trabajo de Ana de Zaballa Beascoechea, “La discusión conceptual sobre el milenarismo en Latinoamérica”, en Anuario de historia de la Iglesia, 2001, núm. 10, pp. 353-362.
[26] Josep Ignasi Saranyana, Ana de Zaballa, op. cit., p. 104. La opinión de Álvaro Huerga en torno al no milenarismo de López se caracteriza así: “En definitiva, Huerga atribuye un temporalismo religioso, más que un milenarismo, al ermitaño Gregorio, y le exculpa de toda opinión heterodoxa, aun cuando le acusa de imprudencia por sus relaciones con los alumbrados mexicanos”. Idem.
[27] Francisco Losa, Vida del siervo de Dios Gregorio López escrita por el Padre Losa, Cura de Almas, que fue de la Iglesia de México, que fue de la Iglesia Mayor de México, y su Compañero en la Soledad; a que se añaden los Escritos del Apocalypsi, y Tesoro de Medicina, del mismo Siervo de Dios Gregorio López, que antes andaban separados de sus Vidas y se dedican Al Supremo Real Consejo de las Indias, quarta impresión, Madrid, en la Imprenta de Juan de Aritzia, 1727.
[28] Antonio Rubial García, op. cit., p. 98.
[29] Guido Stucco, God´s Eternal Gift: A History of the Catholic Doctrine of Predestination from Augustine to the Renaissance, Bloomington, Xlibris Corporation, 2009, p. 96.
[30] El análisis histórico-biográfico de la Vida de san Fulgencio, escrita por Ferrando el diácono de la Iglesia cartaginiense, en el siguiente artículo Susan T. Stevens, “The Circle of Bishop Fulgentius”, en Traditio, 1982, vol. 38, pp. 327-341.
[31] Antonio Rubial García, op. cit., p. 97.
[32] Francisco Losa, op. cit., p. 13.
[33] Antonio Rubial García, op. cit., p. 97.
[34] Ibid., p. 100.
[35] Alfonso Toro, op. cit., p. 180.
[36] Jesús Paniagua Pérez, op. cit., 146.
[37] Fernando Ocaranza, op. cit., pp. 47-48.
[38] Es significativa la observación del cura Losa sobre la amistad entre Gregorio López y los indios chichimecas y sobre los conflictos entre él y los guerreros españoles (Losa Francisco, op. cit., pp. 9, 15, 18). Todo eso podría indicar de cierto modo que Gregorio trataba de aplicar algunas estrategias de predicar entre los indígenas tratándolos como iguales con sus propios derechos naturales, como lo insistía Vasco de Quiroga (Véase José A. G. Moreira, “El pensamiento teológico de don Vasco de Quiroga”, en Pablo Richard (ed.), Raíces de la teología latinoamericana: nuevos materiales para la historia de la teología, 2a. ed., San José, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1987, pp. 44-47.
[39] Francisco Losa extrae un episodio interesante: una vez “el padre fray Juan de Santiago, de la orden de san Francisco, íntimo querido suyo, le preguntó si era cierto que sabía la Escritura de memoria: confesóle Gregorio, que sabía todo lo Historial de los libros de los Reyes y Macabeos de memoria; y lo restante del Testamento Viejo y Nuevo, ya que no sabía, de manera que pudiesse dezirlo consecutivamente, como los libros dichos, sabía y tenía muy en prompto todas quantas cosas están en la Sagrada Escritura, y en qué libro, capítulo y número. De esta verdad ay a pocos capítulos exuberantes pruebas” (Francisco Losa, op. cit., p. 25).
[40] Fernando Ocaranza, op. cit., p. 18.
[41] Francisco Losa, op. cit., p. 25.
[42] Artemio de Valle-Arizpe, op. cit., p. 49.
[43] Tratado…, p. 136.
[44] Usus vivendi eidem hic fuit: primum, si facultas esset, id est si non cum uxore cubuisset, matutinis horis in larario suo, in quo et divos principes sed optimos electos et animas sanctiores, in quis Apollonium et, quantum scriptor suorum temporum dicit, Christum, Abraham et Orpheum et huiuscemodi ceteros habebat ac maiorum effigies, rem divinam faciebat. Elio Lampridio, Vita Alexandri Severi, II, pp. 29, 65-67 [en línea], disponible en <http://penelope.uchicago.edu/Thayer/L/Roman/Texts/Historia_Augusta/Severus_Alexander/2*.html>.
[45] Fernando Ocaranza, op. cit., pp.124-128; Antonio Rubial García, op. cit., p. 118
[46] Antonio Rubial García, op. cit., p. 98.
[47] Ibid., p. 101.
[48] Alfonso Toro, op. cit., p. 178.
[49] Ibid., p. 179.
[50] Josep Ignasi Saranyana, A. de Zaballa, Joaquín de Fiore y América, Pamplona, Ediciones Eunate, 1995, pp. 107-108.
[51] Ibid., p. 107.
[52] Tratado…, p. 262.
[53] Josep Ignasi Saranyana, Ana de Zaballa, “La discusión sobre el joaquinismo novohispano en el siglo xvi en la historiografía reciente”, en Quinto centenario, 1990, núm, 16, pp. 173-190.
[54] Elsa Cecilia Frost, “El milenarismo franciscano en México y el profeta Daniel”, en Historia Mexicana, 1976, vol. 26, núm. 1, pp. 20-21.
[55] Wilhelm Bousset, Die Offenbarung Johannis, Gotinga, Vandenhoede und Ruprecht, 1906, p. 91.
[56] Véanse las características detalladas de ese enfoque en Sam Hamstra, “An Idealist View of Revelation”, en Kenneth L. Gentry, S. Hamstra, C. Marvin Pate, Robert L. Thomas, Four Views on the Book of Revelation, Grand Rapids, Zondervan, 1998, pp. 93-132.
[57] Tratado…, p. xxi.
[58] Ibid., pp. 1-2.
[59] Wilhelm Bousset, op. cit., p. 92.
[60] Richard Bauckham, The Theology of the Book of Revelation, Cambridge, Cambridge University Press, 2003, pp. 12-17.
[61] Ernest-Bernard Allo, op. cit., pp. ccxxxii-ccxxxiii; Wilhelm Bousset, op. cit., p. 83. Phillip Krey hizo la traducción inglesa de la parte del tratado de Nicolás, Postillae perpetuae in Vetus et Novum Testamentum, que se refiere al Apocalipsis. Nicholas of Lyra’s Apocalypse Сommentary, Kalamazoo, Medieval Institute Publications, 1997.
[62] Tratado…, pp. 284-287.
[63] El problema de la representación simbólica de la realidad social, política y religiosa en el Apocalipsis que afectaba a los miembros de las comunidades cristianas (sobre todo en torno al culto imperial) fue objeto de la investigación de Colin Hemer, quien dedicó su tesis doctoral a la definición del contexto local de las epístolas a las siete iglesias de Asia Menor. Véase Colin J. Hemer, The Letters to the Seven Churches of Asia in Their Local Setting, Grand Rapids, William B. Eerdmans Publishing Company, 2001.
[64] Tal posición es propia para J. Christian Wilson, “The Problem of the Domitianic Date of Revelation”, en New Testament Studies, 1993, vol. 39, núm. 4, pp. 587-605.
[65] John Paul Heil, “The Fifth Seal (Rev. 6:9-11) as a Key to the Book of Revelation”, en Biblica, 1993, vol. 74, núm. 2, pp. 220-243.
[66] Tratado…, pp. 224-238.
[67] Ibid., pp. 272-273.
[68] Ibid., pp. 30-31.
[69] Gregory K. Beale, op. cit., p. 567.
[70] Tratado…, p. 147.
[71] Véase Josep Ignasi Saranyana (ed.), Evangelización y teología en América (siglo Xvi), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1990, p. 608 (participación en el coloquio).
I
Autor, fecha y estructura del libro
del Apocalipsis: el paradigma profético
y la realidad histórica
Como hemos adelantado en la introducción, Gregorio López fue uno de los primeros autores quienes han usado el libro del Apocalipsis para polemizar contra los protestantes, aunque esos debates no hayan sido tan “visibles”. Gregorio López trata de ubicar el Apocalipsis en su propio contexto histórico, diciendo implícitamente que las imágenes tremendas de la Revelación –sobre todo de la Bestia y de la gran ramera de Babilonia– no se refieren a la Iglesia católica romana de sus tiempos, sino tienen sus explicaciones en las condiciones históricas de cuando apareció la obra en cuestión. Los primeros comentaristas de la Contrarreforma abrieron la polémica con sus reflexiones en torno al contexto histórico del libro del Apocalipsis con lo que les ha parecido un producto de una arbitrariedad hermenéutica. Wilhelm Busset creyó ya en los principios del siglo xx, cuando floreció la tradición europea del criticismo textual bíblico, que con los comentaristas de la época de la Contrarreforma inició la tradición académica del estudio del Apocalipsis.[1]
Podemos asegurar que Gregorio López atribuye el valor histórico al libro del Apocalipsis ya en las primeras páginas de su Tratado. Definiendo tal obra como género, el ermitaño la caracteriza como la historia profética disfrazada en figuras.[2] Es decir, la califica como una obra que pertenece al género de la historia y como una narración con símbolos de significado y contexto histórico fijos. López precisa que en esa historia Jesucristo, el Redentor, dejó a su Iglesia como un mensaje importante, y “particularmente a siete iglesias de Asia”; asegura además sobre “las persecuciones y trabajos, que ella había de padecer, desde el tiempo del emperador Trajano hasta el día del juicio”.[3] Eso quiere decir que el mensaje simbólico disfrazado en figuras fue dirigido a los representantes de las siete iglesias (o comunidades) de Asia cuyos feligreses debían de haber comprendido todo el contenido simbólico de aquel mensaje sin dejar lugar a dudas. El autor del libro del Apocalipsis está situado en un momento concreto de la historia, del que hablamos más adelante, pero ya a partir de la época del emperador Trajano, según Gregorio López, ya deberá de comenzar el cumplimiento de las profecías dadas por Jesucristo; se enfatiza en el mismo libro del Apocalipsis que su objetivo principal se centra en la tentativa de describir “lo que va a suceder pronto” (Ap. 1:1); mientras tanto, Gregorio López añade que todo eso ya “comenzó a efectuarse”;[4] en otras palabras, la dimensión escatológica se encontró en la situación de la interacción estrecha con la dimensión histórica sin destruir ni derrotar la historia como tal, porque el proceso histórico sigue y cada acontecimiento histórico, ubicado en su propio contexto y explicado por el comentarista novohispano, ya está marcado por su significado apocalíptico y metahistórico, representado en figuras.
Con todo eso podemos decir que Gregorio López se preocupó por muchas cosas relacionadas con el contexto histórico del Apocalipsis, lo que en lo sucesivo llegó a ser objeto de estudios múltiples por parte de los investigadores del tiempo moderno quienes se han dedicado a la crítica textual del Apocalipsis. Entre otras cosas, para nosotros son importantes las cuestiones que se refieren al problema del autor y la fecha de tal obra, a las circunstancias históricas que determinaron la aparición de este libro, porque en gran parte esas cuestiones “técnicas” nos ayudan a entender de qué manera Gregorio López valoró el contexto cronológico del libro de la Revelación y en qué medida el contexto histórico podría haber servido como una suerte de prólogo para que se desarrollara el drama escatológico en su contexto metahistórico. Además, así quedará claro cómo Gregorio López mismo dialoga con la tradición anterior, prefigurando los métodos de la tradición académica posterior.
I.I. Gregorio López en su diálogo con la tradición: autor y fecha del libro del Apocalipsis
Los primeros capítulos del Tratado de Gregorio López están marcados por el extremo laconismo de los comentarios. El texto original del libro de la Revelación está entretejido por los comentarios escasos por parte de López con el objetivo de explicar o de precisar algunos detalles para que el lector obtuviera una visión más clara de las imágenes y figuras propuestas por el autor del Apocalipsis, visionario y profeta, quien, según la definición de Gregorio López, trató de expresar sus profecías en forma de una narración histórica, en la cual cada detalle deberá de haber tenido, según el ermitaño novohispano, una referencia concreta para ubicar cada profecía en su supuesto contexto histórico.
En el primer capítulo de su Tratado Gregorio López asegura que el santo apóstol Juan, autor del cuarto Evangelio y el discípulo más amado de Jesucristo, es también autor del libro del Apocalipsis.
Apocalipsi (que quiere decir, Revelación de Jesu-Christo), el qual le dio Dios; porque la Divinidad lo reveló a la Humanidad de nuestro Redentor, para manifestar a sus siervos, los Christianos, lo que conviene al servicio de nuestro Dios, y provecho de ellos, que se haga presto, porque luego comenzó a efectuarse, y lo significó hablando, por significaciones y figuras, enviando por su ángel siervo Juan, el Evangelista, el qual dio testimonio del Verbo de Dios, en quanto a la Divinidad y testimonio de Jesu-Christo, en quanto e la Humanidad, y de todo lo que vio.[5]
Gregorio López, además, precisa el esquema de la transmisión de la Revelación divina cono una cadena continua, cuyos eslabones son: Dios [Padre] La Divinidad de Jesucristo La Humanidad de Jesucristo que abraza a todos los cristianos El autor del libro, es decir san Juan el Evangelista los destinatarios de san Juan quienes son los representantes de las comunidades cristianas de Asia Menor (de Laodicea, Esmirna, Sardis etc.). La propia palabra “apocalipsis” o “revelación” (ἀποκάλυψις en griego) nos remite a un género especial de la literatura apocalíptica propio tanto para los judíos como los cristianos de los primeros siglos d. C., aunque, como dice Baukham, no podemos afirmar con certeza si el autor del libro de la Revelación ya ha sido consciente sobre el carácter técnico de esa palabra;[6] al mismo tiempo podemos decir que en el Tratado de Gregorio López tampoco podemos encontrar alguna reflexión sobre el carácter técnico de la palabra Apocalipsis ni tampoco hay referencias a otras obras literarias, judías o cristianas; creemos que en la tradición comentarista del Renacimiento y de la Contrarreforma todavía no se veía el libro del Apocalipsis como ejemplo de un género ya establecido. Este último libro del canon neotestamentario se ha considerado como único en su género, tanto por los protestantes que trataban de repugnar su carácter canónico, como por los comentaristas católicos, cuya tarea principal era reconsiderar y subrayar la particular importancia de este Libro en la historia literaria del cristianismo.
Gregorio López, afirmando la autoría de san Juan el Teólogo, se solidariza con la tradición cristiana que se remonta a san Ireneo de Lyon, pero al mismo tiempo ignora a buena parte de los autores patrísticos que dudaban de san Juan como autor del Apocalipsis. Dionisio de Alejandría cuestionó la autoría de san Juan el Teólogo, lo que indica que dentro la misma tradición patrística hubo cierta discrepancia en torno al tema. Por su parte, Gregorio López eligió la posición más adecuada (según su propio razonamiento) para justificar su punto de vista y para destacar la figura de san Juan el Teólogo en el contexto de su concepción histórico-profética. Dirijámonos a los testimonios que se encuentran en el propio libro del Apocalipsis en torno a su autor.
El autor del libro del Apocalipsis se llama Juan a sí mismo; entonces, la obra no es anónima (cómo la mayoría de las escrituras del género apocalíptico) ni se atribuye a algún personaje mítico o histórico (como son, por ejemplo, los Apocalipsis de Baruch o de Esdras). Lo primero que conocemos de la personalidad del autor es su nombre, Juan, que se asume como “siervo de Dios”.[7] Dirigiéndose a los cristianos de Asia Menor, él se presenta como su hermano y también dice que es “participante en la tribulación, pero también en el Reyno de Dios, y en la paciencia de Jesu-Christo, fui desterrado en la isla de Pathmos por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesu-Christo”.[8] Juan presenta su libro no como una historia (ἱστορία) sino como una epístola (ἐπιστολή) destinada a las comunidades cristianas de Asia Menor, es decir, de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tyatira, Sardis, Filadelfia (en el texto de Gregorio López: Filadelpho) y Laodicea.[9] Como se indica en el texto de las epístolas a las siete iglesias,[10] el autor del Apocalipsis se muestra consciente de los asuntos, problemas y preocupaciones de cada comunidad, de sus necesidades y de los detalles de su vida interna. Eso era posible sólo a condición de que el autor haya permanecido muchos años en Asia Menor, enterándose en la vida de las comunidades con las cuales había interactuado. Eso es casi todo que podemos saber sobre la personalidad del autor basándonos en el propio texto del Apocalipsis.
Algo pueden aportar la estructura lingüística y algunas indicaciones indirectas que lleva el libro del Apocalipsis para conocer más sobre su autor. Por ejemplo, ciertas peculiaridades gramaticales y sintácticas de la obra como los calcos gramáticos propios para el idioma hebreo que prevalecen en la conciencia del autor, que mientras escribe en griego piensa en hebreo, o más bien, introduce de una manera deliberada muchas construcciones semíticas que eran características para las traducciones griegas del Vetero Testamento (sobre todo para Septuaginta), inventando de esa manera un lenguaje griego-hebraico para crear una suerte de “estilo sagrado” parecido al lenguaje del Vetero Testamento.[11] Parece oportuno suponer también que ese estilo parecido a los libros proféticos fue elegido por Juan para impactar fuertemente en la conciencia de los lectores y adquirir así más poder de persuasión al crear en la conciencia del lector asociaciones entre el texto leído y la tradición profética veterotestamentaria, con lo que el texto creado adquiere máxima autoridad y credibilidad en aquellos que lo leen. Como quiera que sea, la presencia de las construcciones semíticas en el libro son solamente indicios de la procedencia de su autor, que podría haber sido un palestino emigrante en Asia Menor y que pudo ganar mucho prestigio entre las comunidades cristianas de esa zona; de la misma manera pudo también haber sido originario de Asia Menor, quien llegó a ser un líder reconocido entre los cristianos microasiáticos. Así, la estructura lingüística de la obra en cuestión, más allá de aportar datos sobre el origen étnico del autor, nos indican una habilidad oratoria y conciencia retórica.
Se tiene que subrayar que el autor del Apocalipsis ha sido una persona destacada, distinguida y reconocida; todos lo conocían como “Juan” y sólo al mencionar su nombre se han dado cuenta de que se trataba de una persona concreta que gozó de mucho prestigio entre sus correligionarios. El mismo autor era consciente de su notoriedad: él siempre se ha llamado Juan (Ἰωάννης) sin aclaración alguna: Ἐγὼ Ἰωάννης (Apoc. 1:9); Κἁγὼ Ἰωάννης ὁ ἀκούων καὶ βλέπων ταῦτα (Apoc. 22:8). La importancia que adquirió el autor del libro podría haberse basado en su posición jerárquica y de autoridad, así como de su posición alta y su dignidad apostólica. Por eso parece evidente por qué Gregorio López no dudaba en la autoría del libro que comentaba: para él el autor del libro del Apocalipsis y san Juan el Teólogo eran la misma persona.
Sin embargo, la posibilidad de elegir esa versión como la verdad indudable presuponía el rechazo de una parte considerable de la tradición patrística cuyos representantes pensaban de otra manera en torno a la autoría del libro del Apocalipsis. Examinemos uno de los ejemplos más elocuentes, conservado en la “Histórica eclesiástica” de Eusebio de Cesarea, que, sin duda, pertenece a uno de los libros más consultados y citados por Gregorio López en su Tratado.
Uno de los autores más importantes quien cuestionó de manera argumentada la autoría de san Juan fue el obispo egipcio Dionisio, quien desempeñó el cargo de patriarca de Alejandría entre los años 248 y 264. Los argumentos de Dionisio fueron expuestos por Eusebio, así que no cabe duda de que Gregorio López los habría conocido. Como comenta Eusebio, Dionisio compuso dos libros intitulados “Sobre las promesas [de Dios]”, en donde polemizó contra un tal Nepote, un obispo egipcio quien creía que para los santos habrá de llegar el milenio de placeres carnales. Además de eso, Dionisio, según relata Eusebio, expone sus consideraciones en torno al libro del Apocalipsis y su autor. En primer lugar, él repugna los razonamientos de aquellos que veían el libro de la Revelación como herético y apócrifo, perteneciente a cierto hereje llamado Cerinto, conocido también por sus esperanzas milenaristas. Así dice Eusebio, citando la obra de Dionisio:
Hubo gente que repugnaba ese libro de una manera consciente; lo declaraban apócrifo por muchos detalles incomprensibles y por su carácter incoherente y confuso. Decían que ese libro no pertenece a san Juan y que bajo muchas capas de ignorancia no se encuentra allá ninguna revelación divina; que el autor de ese libro no fue apóstol ni siquiera pertenecía a los santos ni a los miembros de la Iglesia en total. Fue un tal Cerinto quien quiso atribuir su libro a Juan para hacerlo más noble y más digno de confianza. Aquel Cerinto fue fundador de una herejía que lleva su nombre. Según sus enseñanzas, el Reino de Cristo ha de ser terrenal y allá ha de haber todo lo que había añorado él siendo hombre muy sensual y muy carnal; él cree que el vientre y las pasiones carnales serán saciados por el exceso de la comida, la bebida y las uniones matrimoniales y también por los rituales y sacrificios que habrán de hacer más nobles todas esas pasiones.[12]
En torno a la posición del propio Dionisio, vemos que, según Eusebio, él estima mucho el libro del Apocalipsis, confesando que cada uno de sus símbolos tienen un sentido muy profundo y maravilloso.[13] También afirma que el autor del libro de verdad se llama Juan (entonces, no es un libro pseudoepígrafo) y es hombre santo e inspirado por Dios, aunque apenas podría haber sido aquel apóstol san Juan, el autor del Cuarto Evangelio y de la Epístola Conciliar, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. A esa conclusión llegó Dionisio después de haber investigado el carácter mismo de la narrativa y de la composición literaria de todas las obras atribuidas a san Juan.[14] Para fundamentar su posición, Dionisio expone los siguientes argumentos: el Cuatro Evangelio y la Epístola Conciliar tienen mucho en común no sólo en su estilo, sino también en torno a los conceptos teológicos que llevan. En ambas obras se dice sobre la Verdad, la Gracia de Dios, la Luz divina que ahuyenta las tinieblas, la alegría en Dios, el Cuerpo y la Sangre del Señor, el juicio divino y la absolución de los pecados, etcétera. Además, Dionisio subraya que ambas obras vienen marcadas de un estilo muy fino y de un lenguaje impecable que posee su autor; la composición de ambas obras está bien fundamentada y su argumentación teológica es fidedigna. Mientras tanto, en el texto del Apocalipsis se encuentran algunos errores de estilo y de gramática; además, hay palabras y construcciones léxicas de origen extranjero que afectan la calidad filológica del texto; sin embargo, Dionisio no niega el don profético del autor del libro ni pone en duda sus saberes y su calidad moral.[15] Resumiendo sus argumentaciones, Dionisio concluye que todo eso lo tiene dicho no para burlarse, sino sólo para demostrar la diferencia entre las obras atribuidas a san Juan el Evangelista.[16]
Se nota que Eusebio al citar los argumentos de Dionisio, no hace nada para polemizar con él o cuestionar sus razonamientos sino, al contrario, parece que está de acuerdo con él, aunque no lo muestra abiertamente. De todos modos, eso era de esperarse, porque a los representantes de la escuela teológica de Antioquía les fue propio el escepticismo en torno a la autoría de san Juan.[17] Los intentos de ponerla en duda también han tenido lugar en la época más temprana de la historia de la Iglesia cristiana. En primer lugar, hay que mencionar a Gayo, un escritor romano quien vivió en los siglos ii y iii y era uno de los primeros que trató de atribuir los escritos juaninos al hereje Cerinto.[18] Otro autor digno de mención es el obispo Papías de Hierápolis, según el cual el autor verdadero del Apocalipsis no fue san Juan, sino un tal “presbítero Juan”.[19] Todas las argumentaciones de aquellos escritores fueron transmitidas por Eusebio de Cesarea; mientras tanto, Gregorio López las pasa por alto, dado que para él la tarea principal es mostrar que no hay objeción posible sobre la autoría de san Juan en torno al libro del Apocalipsis. La obra en cuestión tiene la autoridad apostólica y con ésta se establece su carácter de un libro sagrado, en donde cada palabra es la Verdad santificada por el Espíritu Santo. En esa afirmación tan categórica podemos ver una polémica disimulada con Erasmo, según el cual el Apocalipsis se caracteriza por una falta de la apostolica gravitas, aunque Gregorio López se pone de acuerdo con Erasmo diciendo que el Apocalipsis es la historia profética disfrazada en figuras; la diferencia consiste en que para Gregorio López el autor del libro del Apocalipsis aparece como heredero de los profetas del antiguo Israel;[20] mientras que para Erasmo la frase quasi nihil haberet apostolicae gravitatis, sed vulgatam tantum rerum historiam figurarum involucris adumbratam (casi no tiene ninguna gravedad apostólica sino aparece como un ensayo de la historia mundial complementada con las figuras)[21] caracterizaría el bajo nivel de la argumentación teológica como tal, en donde la “alta teología” se sustituye por el caleidoscopio de las visiones incoherentes. El intento de atribuir el libro del Apocalipsis al hereje Cerinto, aunque cuestionado por Dionisio de Alejandría, no resultó ajeno para Erasmo, quien tuvo tal inclinación, aunque bien disimulada.[22] Al fin y al cabo Erasmo reconoció el valor canónico del libro del Apocalipsis, haciéndolo sobre todo por el consensus ecclesiae en torno de su atribución y el valor histórico de las visiones descritas y expuestas en el libro, aunque Erasmo insistió en el carácter no apostólico de su texto.[23]
Ahora vemos que las dudas y las observaciones críticas de la época paleocristiana, de Cayo, de Papías de Hierápolis y de Dionisio de Alejandría llegaron a ser vigentes en la época de la Reforma. Gregorio López no hace recuento polémico alguno en su obra en torno a la autoría del Apocalipsis, pero en su comentario al libro 10 podemos ver una suerte de declaración, en donde manifiesta su posición en torno a aquellos quienes quieren atribuir la autoría del Apocalipsis a Cerinto o a alguna otra persona que no sea san Juan el apóstol. Hay que notar, sin embargo, que Gregorio López conoció la argumentación de Dionisio de Alejandría. Fundamentando su concepción histórica y rastreando la historia del imperio romano en todo el libro del Apocalipsis,[24] él señala a Dionisio de Alejandría como el predecesor en torno a su método histórico-hermenéutico. Tratando de argumentar que en el libro 13 del Apocalipsis se trata de las profecías que se aplican a la época del emperador Valeriano, López cita al mismo séptimo libro de Eusebio, dedicado a Dionisio y en donde, entre otras cosas, se trata de la posición crítica del obispo alejandrino en torno del autor del libro del Apocalipsis y de su dignidad apostólica. Presentando el libro 13 del Apocalipsis como el ciclo de profecías que habrán de caracterizar la época del emperador Valeriano, Gregorio López hace referencia a Dionisio de Alejandría a través de Eusebio: “Dionisio obispo de Alejandría […] lo declaró diciendo: Valeriano es de quien fue revelado a san Juan que le fue dada la boca de blasfemias”. Se trata de la carta de Dionisio a otro obispo egipcio llamado Hermamón, en donde el Papa alejandrino dice sobre la llegada al poder de Valeriano y de su hijo Galieno: “Lo parecido fue revelado a Juan: ‘También se le dio boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses’” (Apoc. 13:5).[25]
En su comentario al capítulo 10 del Apocalipsis Gregorio López afirma que “otro Ángel fuerte” a quien vio el profeta, llegó para demostrar la dignidad apostólica del autor del libro, es decir de san Juan, para reconciliar las comunidades cristianas del Asia Menor y para combatir a los herejes con sus propias obras:
Otro ángel fuerte […] venía a reconciliar a san Juan con las iglesias de Asia, de las quales estaba apartado por haberle desterrado Domiciano a esta Isla de Pathmos; y era su rostro como el Sol, por dar a entender que les había de nacer a estas iglesias de nuevo el Sol, que ya comenzaba a oscurecerse, porque Cherintho y Hebion, dos Heresiarcas, comenzaban ya a sembrar heregías, y los pies como colunas de fuego, por dar a entender que san Juan había de ser coluna para estas iglesias, con el Evangelio que él escribió contra estos Hereges, y con la predicación y milagros que hizo.[26]
Igual que los demás citados por nosotros, este fragmento nos muestra, que Gregorio López estuvo sumamente convencido en torno de la autoría de san Juan. Le parece inadmisible cualquier opción de atribuir la autoría del libro del Apocalipsis al hereje Cerinto o a un tal “presbítero Juan” quien residía en Asia Menor y gozaba de mucho reconocimiento entre sus correligionarios, o a cualquier otra persona que no sea san Juan Apóstol y Evangelista. Más aún, el fragmento que acabamos de citar nos muestra la convicción de Gregorio López de que el Apocalipsis de ninguna manera fue el texto herético, fue dirigido (igual que el Evangelio de san Juan) en contra de los herejes, sobre todo contra Cerinto.[27] La explicación posible de ese razonamiento de Gregorio López podría consistir en que, según las enseñanzas de Cerinto, el reino milenial de Jesucristo ha de ser terrenal y lleno de muchos placeres carnales; mientras tanto, en el Apocalipsis solamente se dice sobre los mil años que Jesucristo habrá de reinar después de su segunda y gloriosa venida: quizás así, de esa manera, podría haber razonado el ermitaño. Por seguro, Gregorio López conoce las dudas de Dionisio de Alejandría sobre la autoría de san Juan, prefiriendo hacer referencias al mismo sólo cuando le pareciera oportuno.
En torno de la autoría de san Juan, López prefiere seguir la tradición patrística más antigua, cuyo representante más convencido y fuerte fue san Ireneo, obispo de Lyon, quien era discípulo del mártir Policarpo de Esmirna; éste último, a su vez, pertenecía a la generación de los “padres apostólicos” y pudo haber conocido en persona a algunos apóstoles, incluso a san Juan; además, él mismo, es decir Policarpo, era obispo de una ciudad mencionada en el Apocalipsis. san Ireneo, por su parte, siendo obispo de Lyon, pero procediendo del Asia Menor, se había mantenido muy bien informado acerca de la situación en las comunidades cristianas asiáticas y también sobre su historia; por eso él tuvo motivos para reconocer al apóstol Juan como autor del Evangelio que lleva su nombre y también como autor del libro del Apocalipsis.[28] Gregorio López lo menciona para fortalecer su hipótesis de la autoría de tal obra. Comentando el fragmento sobre los siete truenos y las siete palabras que esos truenos pronunciaron y las cuales le fue prohibido escribir a san Juan, López aclara:
Estas siete palabras debían de ser trabajos y persecuciones a estas siete iglesias, como les sucedió en tiempo de Marco Aurelio y Commodo, que padecieron persecuciones, y Policarpo, obispo de Smirna, y quizá las otras crueldades también […], y así de creer, que muchos de los Discípulos de san Juan supieron la revelación del Apocalipsi, y que vino de mano en mano todo el tiempo de las persecuciones para consuelo de los Christianos. De Irineo y Justino, Mártires, Discípulos de san Juan, se sabe que lo interpretaron.[29]
Según Gregorio López, el Apocalipsis no sólo pertenece a san Juan, sino su texto se había conservado gracias a los esfuerzos de los discípulos del apóstol, quienes lo han trasmitido generación tras generación por la cadena de la sucesión apostólica: de los apóstoles a los “padres apostólicos”, etcétera. De verdad, tanto Justino el Mártir como Ireneo de Lyon afirmaban que el libro del Apocalipsis pertenece a san Juan y tiene toda la autoridad apostólica como un libro canónico y sagrado,[30] así que parece significativo que López los hizo dignos de una mención especial.
Para concluir, notemos que la convicción firme de Gregorio López sobre la autoría de san Juan y, por consecuencia, en la dignidad apostólica del autor, nos hace afirmar que la posición del ermitaño novohispano en torno a esa cuestión es abiertamente antiprotestante (basta recordar que Lutero, por ejemplo, no reconocía el Apocalipsis como libro canónico, lo que se dice, a propósito, en el prólogo del Tratado[31]), y por eso muchas argumentaciones que tratan de presentar a Gregorio López como un luterano encubierto, pierden su valor y su carácter fidedigno.
I.II. El sistema histórico y cronológico de Gregorio López: fecha del libro del Apocalipsis
Sobre la fecha en que apareció el libro del Apocalipsis, Gregorio López también demuestra su convicción basada en la tradición patrística establecida ya en el siglo iii. San Juan el apóstol, según afirma esa tradición, experimentó sus visiones apocalípticas estando en el destierro en la isla de Patmos en los últimos años del reino del emperador Domiciano. Gregorio López lo fundamenta por su cronología de persecuciones, también basada en el Apocalipsis. Según esa cronología, hubo 10 emperadores persecutores y al momento de la aparición del libro de la Revelación, ya había pasado el reinado de los primeros dos, porque Domiciano ya estaba por morir cuando san Juan escribió su obra. Primero, Gregorio López dice en el prólogo de su Tratado:
Es de notar, que diez persecuciones generales que la Iglesia padeció, ya eran pasadas las dos, quando san Juan Evangelista escribió este Libro por mandado de nuestro Redentor, porque Nerón, que fue el primer perseguidor, ya era pasado Domiciano, que fue el segundo, el qual desterró a san Juan a la isla de Pathmos, donde escribió este Apocalipsi, murió estando desterrado aquí san Juan, y el Senado Romano le alzó el destierro, de donde volvió a Epheso.[32]
En el capítulo vi, Gregorio López da una breve explicación acerca de las circunstancias en las cuales apareció el libro de la Revelación:
Para entender mejor el principio de este libro, es de notar, que como se dixo en el prólogo de diez persecuciones generales que la Iglesia padeció de emperadores romanos, ya estaban pasadas dos, la de Nerón, que fue el primero, el qual acabó mal, porque él mismo se mató; la segunda, de Domiciano, al qual mataron los criados: éste desterró a san Juan a la isla de Pathmos, el año catorceno de su imperio, y el quinceno murió; y así fue alzado a san Juan su destierro, habiendo estado un año en la isla. Quando san Juan Evangelista escribió este libro por mandado de nuestro Redentor, porque Nerón, que fue el primer perseguidor.[33]
Es cierto que aquí Gregorio López reproduce las consideraciones que eran propias para la mayoría de los Padres de la Iglesia a partir de san Ireneo de Lyon, quien también estaba convencido en que el libro de la Revelación apareció en los últimos años del reino del emperador Domiciano, es decir, en los años 95-96. En el libro V de su tratado “Contra los herejes” Ireneo diserta sobre la personalidad del Anticristo, propone sus versiones acerca de su nombre posible y concluye sus razonamientos de la siguiente manera: “Sin embargo, no me atreveré a declarar eso como el nombre del Anticristo, sabiendo que si hubiera sido necesario anunciar su nombre abiertamente para el tiempo presente, lo declararía por aquella persona que experimentó la Revelación que aconteció no mucho antes de nuestra época, casi en nuestra propia generación (σχεδὸν ἐπὶ τῆς ἡμετέρας γενεᾶς), al final del reino de Domiciano (πρὸς τῷ τέλει τῆς Δομετιανοῦ ἀρχῆς).[34] El obispo de Petovio (actualmente Ptuj en Eslovenia) Victorino, quien murió como mártir en el año 304 durante las persecuciones de Diocleciano, se conoce también como el autor del Comentario sobre el Apocalipsis más antiguo escrito en la lengua latina. En el capítulo 10 de su obra Victorino, igual que Irineo, afirma que el libro del Apocalipsis apareció precisamente durante la época de Domiciano. En un párrafo que nos parece bastante importante, Victorino dice que san Juan fue exiliado para los trabajos forzados en las minas a la isla de Patmos (in insula Pathmos in metallo damnatus) por orden del emperador Domiciano y allí sufrió su experiencia visionaria en torno de los acontecimientos apocalípticos, y luego, cuando ya pensaba que pudiera recuperar la libertad por su vejez, aconteció el asesinato de Domiciano. Después de eso el apóstol resultó absuelto por el Senado[35] y recibió el permiso de mudarse a la ciudad de Éfeso, en donde nunca se cansó de predicar a las comunidades tanto de Éfeso, como de otras ciudades microasiáticas. Casi la misma información transmite san Jerónimo en su catálogo “Sobre hombres ilustres”, añadiendo también que después del asesinato de Domiciano sus órdenes fueron revisadas y anuladas por el Senado por su carácter demasiado cruel e ilegal. Así, por haber suavizado la ley por parte del Senado, san Juan pudo llegar a Éfeso durante el breve reino del emperador Nerva (96-98), en donde permaneció hasta la llegada al poder del emperador Trajano. Estando allá, dirigió sus mensajes pastorales a las comunidades del Asia Menor y falleció teniendo más de 90 años de edad (“en el año sexagésimo octavo después de la pasión de nuestro Señor) y fue sepultado cerca de la misma ciudad en donde residió.[36]
Parece importante que los fragmentos arriba citados del Tratado de Gregorio López reproducen de una manera similar los fragmentos de Victorino y de san Jerónimo; creo que no será desacertado decir que el ermitaño podría haber consultado esas fuentes. Al resumir la tradición anterior sobre la fecha de la aparición del Apocalipsis, el ermitaño novohispano la transmitió para las generaciones posteriores de los comentaristas. Más aun, ese punto de vista, formulado por Ireneo, Victorino y san Jerónimo, resumido por Eusebio y transmitido por López, de cierta manera permaneció incólume hasta el siglo xx. Por ejemplo, George Beasley-Murray afirma que “la tradición cristiana unánimemente representa a Domiciano como el primer perseguidor de los cristianos después de Nerón”.[37] Sin embargo, “la tradición cristiana”, a que se refiere el investigador, sólo se limita a los autores como Victorino, san Jerónimo y Eusebio. No podemos pasar por alto la importancia de aquellos autores, sin embargo, ha existido otra parte de la tradición que resultó ignorada tanto por Gregorio López como por los comentaristas de las épocas posteriores.
En primer lugar se tiene que mencionar a Clemente de Alejandría, quien escribe que el trabajo pastoral de todos los apóstoles (incluyendo lo de san Pablo) se ha terminado durante el reino de Nerón (ἡ δὲ τῶν ἀποστόλων αὐτοῦ μέχρι γε τῆς Παύλου λειτουργίας ἐπὶ Νέρωνος τελειοῦται);[38] será lógico concluir que, además de Pablo, aquí se debería agregar también el nombre de san Juan como Apóstol. Parece muy interesante la nota de Epifanio de Salamina, quien en su catálogo de herejías llamado Panarion caracteriza a aquellos que no aceptan el Apocalipsis como libro sagrado. Afirma que san Juan fue exiliado a la isla de Patmos durante el reino del emperador Claudio (προφητεύσαντος ἐν χρόνοις Κλαυδίου Καίσαρος..., ὃτε εἰς τὴν Πάτμον νῆσον ὑπῆρχεν).[39] Esa afirmación parece sorprendente, pero algunos investigadores opinan que aquí no se habla del emperador Claudio quien reinó entre 41 y 54, sino de Nerón, cuyo nombre completo es Nerón Claudio César Augusto Germánico.[40]
Los fragmentos que acabamos de citar podrían parecer poco significantes y quizás por eso Gregorio López los omite para no desviarse de la tendencia básica formulada y transmitida por Eusebio y por los comentaristas latinos del siglo iv. Mientras tanto, es curioso notar que los comentarios que ponen la fecha del Apocalipsis en el tiempo de Nerón son los más antiguos, aunque no hayan formado una rama distinta de la tradición. Sin embargo, merecen una atención especial, porque por su antigüedad y por mantenerse cronológicamente más cerca a los tiempos de san Juan, podrían haber conservado una información perdida o tergiversada por las generaciones posteriores.
Parecen significativos los datos que contiene el famoso Fragmento Muratoriano, cuyo texto, aunque conservado en un manuscrito del siglo viii descubierto por Ludovico Antonio Muratori en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, se remonta a la segunda mitad del siglo II (eso indica, entre otras cosas, la referencia a la muerte del papa Pío I como un acontecimiento reciente, o la afirmación que el Pastor de Hermas, uno de los textos más importantes de la literatura cristiana antigua, fue escrito muy recientemente, en nuestros tiempos –nuperrime temporibus nostris–, cuando el hermano de Hermas, Pío, ocupaba la sede episcopal de Roma en los años 142-157), aunque la lengua del escribano se ve como un “latín bárbaro”, muy característico para el alto medievo, con una ortografía desigual; es un ejemplo de la negligencia con la cual los escribanos medievales copiaban los textos antiguos.[41] Veamos un extracto de ese Fragmento Muratoriano en donde se menciona a san Juan como el predecesor de san Pablo apóstol:
47. […] cum ipse beatus
48. apostolus paulus sequens prodecessoris sui
49. iohannis ordine non nisi nominati sempte
50. ecclesiis scribat
[…]
56. tamen per omnem orbem terrae ecclesia
57. deffusa esse denoscitur et iohannis eni in a
58. pocalebsy licet septe eccleseis scribat
59. tamen omnibus[42]
La traducción castellana dice: “el bendito apóstol Pablo mismo, siguiendo el orden de su predecesor Juan, pero sin nombrarle, escribe a siete iglesias […]. Porque también Juan, aunque escribe a siete iglesias en el Apocalipsis, sin embargo, escribe a todas”.[43] Si según la opinión del autor anónimo del Fragmento,[44] san Pablo seguía “el orden de su predecesor Juan”, eso quiere decir que todas las obras de san Juan, incluso el Apocalipsis, fueron escritas durante los años cuando san Pablo estaba vivo. Según la cronología tradicional, san Pablo murió como mártir entre los años 64-67,[45] es decir, en los tiempos de Nerón; así que se nota que el autor del Fragmento implícitamente afirma que el Apocalipsis también fue escrito en aquellos tiempos o antes.
La opinión sobre la fecha más temprana del Apocalipsis transmitida por la tradición patrística primordial, parece significativa porque en los tiempos modernos surgieron muchos trabajos académicos bien fundamentados que sustentaban la afirmación de que el libro del Apocalipsis había sido escrito en los tiempos anteriores a Domiciano, posiblemente durante el reinado de Nerón, por eso los datos de la tradición alternativa menospreciados por Gregorio López (y no sólo por él sino hasta por algunos autores de los siglos xix-xx como J. B. Lightfoot o G. R. Beasley-Murray) resultaron pertinentes. Recientes investigaciones históricas no son concluyentes en cuanto a persecuciones a gran escala de cristianos en los tiempos de Domiciano.[46] Interesantes son los argumentos del historiador británico Leonard Thompson, quien llegó a la conclusión de que el retrato biográfico de Domiciano dibujado por Suetonio es producto de una calumnia deliberada por parte de los Antoninos quienes, a su vez, se sentían interesados en denigrar a sus antecesores, los Flavios. Los monumentos literarios de la época de Domiciano (las obras de Estacio, Quintiliano y Marcial), los documentos oficiales (incluso la correspondencia real), y la evidencia numismática (la propaganda oficial reflejada en las monedas), fueron elementos para que Thompson se convenciera de que Domiciano no obligaba a nadie a que le llamaran Dominus et deus noster (Nuestro Señor y Dios). Ese título no se refleja en las monedas acuñadas en su época y más aún, el culto imperial, que, como se sabe, siempre había sido amenaza para los cristianos por la necesidad de rendir homenaje divino al emperador, no estaba presente en comparación con lo ocurrido en épocas anteriores, así que sería una exageración hablar seriamente sobre las persecuciones graves durante su reinado.[47]
Las investigaciones modernas no fechan tajante y categóricamente el Apocalipsis con el periodo del reinado de Domiciano –datación también cuestionada por algunos representantes de la tradición patrística temprana que Gregorio López ignoró– no podemos decir si deliberadamente o no. No creemos que la convicción de Gregorio López acerca de la aparición del Apocalipsis en la época de Domiciano podría haber sido de carácter ideológico (como lo hizo en torno de la autoría del Apocalipsis para proponerse, quizá por razones políticas, abiertamente antiprotestante). Nos inclinamos porque la datación del libro corresponde a un sistema cronológico de los acontecimientos apocalípticos elaborado por el propio Gregorio López.
Para fundamentar nuestra hipótesis, nos referimos al capítulo 17, en donde, según muchos investigadores,[48] se contiene una indicación indirecta en torno a la datación del Apocalipsis: la imagen siniestra y monstruosa de la Bestia con siete cabezas, sobre las cuales estaba sentada la gran ramera de Babilonia. Juan dice que se encontró en la condición de éxtasis profética y visionaria, diciendo: “Se me llevó en el Espíritu al desierto y vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos” (Apoc. 17.3). La mujer tenía en su frente escrito lo siguiente: “Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra”; estaba “ebria de la sangre de los mártires de Jesús” (17.5-6). Subrayo que la expresión “en el Espíritu” (ἐν τῷ πνεύματι) que caracteriza la inspiración profética del autor del Apocalipsis aparece como un marcador estructural que divide el libro en cuatro partes y cada vez indica el lugar de permanencia de Juan o su desplazamiento. En Apoc. 1:10 esa expresión marca la experiencia visionaria de Juan mientras estaba en Patmos; en 4.2: su levantamiento al cielo hacia el Trono de Dios; en 17.3: su traslado al desierto; en 21.10: su subida a la montaña alta.
Los comentaristas de la época patrística y los investigadores modernos identifican a la mujer con Roma y su poder imperial. Gregorio López coincide con la tradición (tanto la anterior como la posterior) cuando dice: “La muger es Roma; la bestia vermeja, su imperio vermejo, con la sangre que derramó de Christianos”.[49] Todos los comentaristas antiguos y modernos y los investigadores académicos opinan que los siete montes sobre los cuales estaba sentada la mujer son las siete colinas de Roma, mientras Gregorio López vincula las siete cabezas de la Bestia con las siete colinas de Roma: “Estas cabezas que tantas veces has oído son siete montes, sobre los quales está asentada Roma, cuyos nombres son Capitolino, Palatino, Marmar Manapoli, Citorio Cavalo y Tarpeyo Aventino, Celio Esquilino, Viminal o Quirinal”.[50]
Luego el autor del Apocalipsis continúa: “Y son siete reyes. Cinco de ellos han caído; uno es, y el otro aún no ha venido; y cuando venga, es necesario que dure breve tiempo” (17.10). Aquí también existe una opinio communis entre todos los comentaristas e investigadores según la cual esos siete reyes representan los emperadores romanos. La cuestión es: ¿con qué personas concretas se tienen que relacionar esos siete reyes y cómo enumerarlos? ¿Qué personaje histórico encabeza la lista?
En la época romana hubo dos formas de hacer la lista de emperadores. Suetonio, el autor de la serie de biografías “Las vidas de doce Césares”, dio a Julio César el primer lugar. Este último, aunque no haya sido emperador en el sentido convencional de la palabra era el fundador de la dinastía imperial. Tácito sigue otro algoritmo, enumerando los emperadores desde Octavio Augusto. La razón de esta forma de contar parece convincente, aunque Julio César se considere como el fundador de la casa imperial; de todos modos después de su asesinato dio inicio la guerra civil y Octavio se asocia con la llegada de la paz a Roma, ya que él, según Tácito mismo, teniendo el nombre de princeps (nomine principis) recibió bajo su autoridad toda la sociedad destruida por las discordias civiles.[51]
Si aplicamos el modelo de Suetonio, los primeros cinco emperadores de la Revelación, es decir aquellos que ya “han caído”, serán Julio César, Augusto, Tiberio, Calígula y Claudio. Por lo tanto, el emperador que “es” tendrá que ser Nerón; es decir, el libro de la Revelación podría haber sido escrito en sus tiempos. Si recurrimos a Tácito y a su manera de enumerar los emperadores, los cinco que han caído tendrán que ser Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón; en este caso aquel que “es” habrá de ser Galba. Si admitimos que la herida de muerte que traía la bestia en una de sus siete cabezas en Apoc. 13:8, se refiere al suicidio de Nerón; entonces, la manera de contar los emperadores aplicada por Tácito parecerá la más razonable y justificada. Al aplicar el sistema de Tácito en la enumeración de los emperadores en Apoc. 17.10, uno llega a la conclusión de que Nerón es el quinto rey que ha caído y Galba debiera haber sido el emperador que ocupaba el trono en el tiempo cuando Juan escribió su Apocalipsis, es decir, desde junio del 68 hasta enero del 69.[52]
Ahora veamos qué modelo adopta Gregorio López en su sistema de contar los emperadores. Para entender su concepto se tiene que tomar en cuenta que López emplea un modelo de la escatología que precede al triunfo de la Iglesia, según el cual, todos o casi todos los acontecimientos apocalípticos ya se habían cumplido, nada más la segunda venida de Jesucristo y el último juicio se darían en el futuro. López no sólo rastrea toda la historia del imperio romano basado en el texto del Apocalipsis, sino también hace coincidir la historia de la Iglesia cristiana en el mundo romano como la historia de persecuciones, cuando la sangre de los mártires regía los fundamentos de la Iglesia futura, prefigurando y profetizando su triunfo en este mundo. Por eso Gregorio López especifica una reserva significativa, afirmando que no se debe empezar a contar los emperadores con Julio César ni con Augusto, lo que nos hace suponer que él sabía perfectamente sobre las formas de contar los emperadores basándose en Suetonio o Tácito para “identificar” las siete cabezas de la Bestia con los siete emperadores. Al negarse a ver a Julio César u Octaviano como aquellos que personifiquen la primera cabeza de la Bestia, López propone empezar a enumerar desde Tiberio como primer perseguidor, porque durante su reinado fue crucificado Jesucristo:
A Julio César, ni a Octaviano, no se han de contar, porque no persiguieron la Iglesia, que quando Octaviano murió, era nuestro Redentor de quince años; pues has de comenzar por Tiberio, en cuyo tiempo nuestro Redentor padeció, y Pilatos, Ministro de éste, le condeno.[53]
Empezando por Tiberio, López presenta al emperador Calígula como el segundo perseguidor de la Iglesia:
El segundo es Cayo Calígula, que aunque estos no hicieron persecución general, pero quien duda, que en particular persiguiesen como a cosa nueva y que contradecía a su idolatría.[54]
Claudio se cuenta en el Tratado como el tercer perseguidor por haber expulsado a los judíos de Roma.[55] En aquellos años los cristianos todavía no rompieron totalmente con el judaísmo; por eso los poderes podrían haber confundido los unos y los otros, y los cristianos, a su vez, podrían haber sido víctimas de la persecución de Claudio. Después sigue Nerón, que se enumera como el cuarto perseguidor y, en cierto sentido, el primer perseguidor a gran escala:
El tercero fue Claudio que echó los judíos de Roma y es de creer, que porque adoraban un solo Dios; pues también perseguiría a los Christianos por la misma causa. El cuarto fue Nerón, éste no hay que tratar, pues fue el primer perseguidor.[56]
Luego Gregorio López pasa a la figura de Vespasiano sin mencionar a los efímeros emperadores Galba, Otón y Vitelio quienes reinaron entre Nerón y Vespasiano; después sigue el emperador Tito que tampoco se cuenta entre los perseguidores porque nadie sabe si de verdad lo fue; además “le llamaron los suyos Regalo del mundo, por su noble condición”.[57]
“Uno que es” (Apoc. 17.10), según Gregorio López es Domiciano, quien desterró a san Juan a Patmos, así que vemos que Gregorio López se muestra como defensor del sistema cronológico elaborado por Ireneo de Lyon:
Pasados los cinco, dice: Uno es, conviene a saber Domiciano, el qual desterró a san Juan a Pathmos, donde escribió este libro, y el otro aún no ha venido, y quando viniere, conviénele estar breve tiempo. Éste fue Nerba, sucesor de Domiciano, que no imperó más de un año u quatro meses, y persiguió la Iglesia.[58]
En el sistema cronológico de Gregorio López resulta sorprendente su decisión de no contar a los tres que habían reinado entre Nerón y Vespasiano, es decir, a Galba, Otón y Vitelio por ser “tiranos”, es decir, quienes tomaron el poder por una rebelión.[59] Ese punto de vista, aunque no tenga que ver con las fuentes antiguas, parece haber encontrado muchas simpatías en las épocas posteriores y hasta en el siglo xx. George Beasley-Murray usa en el siglo xx un sistema cronológico igual, colocando el libro del Apocalipsis en la época de Domiciano y omitiendo a Galba, Otón y Vitelio de la lista de los emperadores porque, según él, ellos se han visto más bien cómo rebeldes, que como emperadores.[60] Esa afirmación suscitó oposición muy severa por parte de J. Christian Wilson, quien se preguntó retóricamente:
¿Cómo puede Beasley-Murray decir que Galba, Otón y Vitelio se han visto más bien como rebeldes que como emperadores? Tácito los vio como emperadores, Suetonio los vio como emperadores, Dio Casio los vio como emperadores. Durante toda la antigüedad occidental ni una sola lista de los emperadores romanos los omite, ni lo hace cualquier escritor, sea romano, griego, hebreo o cristiano. Por ejemplo, Eutropio dedica más espacio a Galba, Otón y Vitelio que a Cayo Calígula.[61]
Adela Yarbro Collins, investigadora estadounidense contemporánea, también omite a Galba, Otón y Vitelio porque reinaron muy poco tiempo y no alcanzaron a causar molestias a los santos.[62] La autora reproduce casi literalmente a Gregorio López, quien afirmó que esos tres emperadores no pueden ser contados en la lista del Apoc. 17.10 por haber reinado cada uno menos de 20 meses.[63] J. Christian Wilson cuestiona a Yarbro Collins de una manera irónica: “¿Podría alguien omitir a William Henry Harrison de la lista de los presidentes estadounidenses por haber él gobernado sólo 30 días? Mientras tanto, todos esos tres emperadores romanos han estado más tiempo en su cargo que este presidente”.[64]
No es nuestro objetivo de cuestionar, quién de los comentaristas tiene más razón en ubicar el libro del Apocalipsis en los tiempos de Nerón o Galba o en la época de Domiciano. Ambas hipótesis siguen teniendo sus defensores y seguidores. Nosotros nos inclinamos a la datación “nerónica” del Apocalipsis, porque esa posición, según nuestro parecer, tiene más validez histórica y se apoya en múltiples testimonios de las fuentes externas igual que con las indicaciones internas del mismo libro. Sin embargo, tenemos que tomar en cuenta que el razonamiento de Gregorio López, quien trató de fundamentar la tradición que se remonta a Ireneo de Lyon, ha tenido mucho peso no sólo en su tiempo, sino también se ha reiterado en las épocas posteriores, incluso en las obras de los comentaristas del siglo xx.
La pregunta es: ¿por qué para Gregorio López fue tan importante fechar el libro del Apocalipsis en los tiempos de Domiciano? Creemos que no sólo fue por querer corroborar la tradición,[65] sino por presentar a Domiciano como un eslabón de una cadena de los personajes clave, quienes habrían actuado en los procesos históricos como los protagonistas y agentes de una escatología realizada. El panorama profético y escatológico, según Gregorio López, empieza a desarrollarse a partir del reinado de Trajano[66] (para López las primeras imágenes apocalípticas, como la del primer jinete, se reflejan en los personajes históricos concretos, como lo fue el caudillo de los dacios Decébalo, por ejemplo, a partir de Trajano[67]), por eso fue importante mostrar que Domiciano era uno que es en la lista basada en Apoc. 17.10. Los primeros reyes perseguidores, a partir de Tiberio hasta Domiciano, han caído (por eso, para mostrar el carácter más siniestro de la visión sobre las siete cabezas de la Bestia, López omite tanto a los emperadores que no persiguieron a los cristianos (como Julio César, Octaviano o Tito), como aquellos que habían reinado muy poco tiempo y además, según la afirmación de López (no comprobada por las fuentes existientes), llegaron al poder por medio de una rebelión (Galba, Otón y Vitelio). Domiciano es uno que es; el otro que aún no es venido, es Nerba, pero en torno a él, es necesario que dure breve tiempo (Apoc. 17.10) su reinado, porque Nerba es aquel que deberá de haber cedido su trono a Trajano, con el cual comienzan a cumplirse las profecías apocalípticas. Para Gregorio López fue importante afirmar que el libro del Apocalipsis fue escrito en los tiempos de Domiciano, que, a su vez, resultaron los tiempos preapocalípticos: no sólo para solidarizarse con la tradición anterior,[68] cuyos representantes eran Ireneo de Lyon y Eusebio, sino también para justificar su cronología histórico-profética.
I.III. La estructura del Apocalipsis según Gregorio López: código para su comprensión
Con excepción de Victorino de Petovio, los autores patrísticos y medievales no pusieron atención en la composición y la estructura del Apocalipsis. Victorino llegó a la conclusión de que los siete cálices no siguen cronológicamente a las siete trompetas: ambos elementos presagian de forma simultánea los mismos acontecimientos. El autor repite lo mismo cuando se refiere a los cálices y a las trompetas, pero no porque los hechos ocurrieran dos veces, sino porque los cálices son el mandato para que el autor enuncie la voluntad divina, y por eso lo que tiene que ocurrir una sola vez, se dice dos veces.[69] En la poética del énfasis y la recapitulación se hacen presentes sin que el autor se refiriera explícitamente a ellos. Cada sección temática del libro inicia con el examen de acontecimientos tratados en las secciones previas.
Gregorio López resultó uno de los primeros comentaristas que postuló la cuestión de la estructura y de la composición del libro como factor clave para entender su sentido y su carácter íntegro a pesar de la complejidad de sus visiones, imágenes y profecías. Para el siglo xvi resultó característica la sistematización en muchas esferas del saber; así que el estudio del Apocalipsis no fue una excepción. López dejó observaciones en torno a la composición septenaria del libro como un marcador estructural, clave para la comprensión de la obra en su arquitectura y contenido.
La abundancia de las imágenes y visiones que van una tras otra de una manera caleidoscópica y a primera vista desordenada, todo un conjunto pleno de simbolismo numérico bien desarrollado y con las repeticiones de ciertas fórmulas y palabras clave, factores que estimularon al comentarista novohispano para buscar ciertos principios de organización del texto y hacer entender al lector que todo el desorden en la narración y en la secuencia de visiones, imágenes y profecías es sólo aparente, ya que el texto del Apocalipsis se somete a sus propias leyes de composición,[70] su propia poética que demuestra su carácter único.
Gregorio López disiente de aquellos que calificaron el Apocalipsis como una obra ininteligible y digna de interpretarse de manera alegórica, lo que presuponía una arbitrariedad interpretativa. Para López no se debía examinar cada fragmento de la manera literal y aislada, sin conexión con las demás partes del texto, poniendo atención a su contexto histórico, teológico o literario:
Común cosa es entre muchas personas de letras; quando se trata del Apocalipsis, decir que no es inteligible; a los quales pregunto: si no se ha de entender ni gozar, ¿para qué lo dio nuestro Redentor a su Iglesia? Otros lo declaran alegóricamente dexando la letra, y sin tocar en ella, porque está tan disfrazada con máscara, que no se dexa conocer, hasta que se la quitan.[71]
Gregorio López caracterizó uno de los mecanismos poéticos como factor clave para entender el texto del Apocalipsis con toda su arquitectónica. Se trata de la composición septenaria, o séptuple: “Comprehéndese todos en tres sietes, siete sellos, siete voces de trompetas, y siete redomas o plagas”.[72] Gregorio López propone la necesidad de entender el énfasis de la estructura del Apocalipsis para comprender el carácter de su mensaje teológico. Con la retórica del Apocalipsis reflejada en su estructura, el lector entra en el “laboratorio” de las ideas del autor y así termina entendiendo todos los matices de su pensamiento. Entender correctamente cualquier fragmento del libro y proponer una interpretación de sus imágenes o visiones conlleva a enfatizar las unidades estructurales, proponerlas como factores clave que dan perspectiva sobre el texto, vinculando el fragmento con su unidad estructural respectiva.
La composición septenaria resultó muy eficaz para investigar la estructura del Apocalipsis, sobre todo por el significado simbólico muy amplio del número siete que aparece como señal de la plenitud divina que se refleja en el cumplimiento de las promesas divinas en la historia. Como lo enfatiza Domingo Muñoz León: “Las principales opiniones en torno a la estructura del Apocalipsis pueden clasificarse en dos grandes grupos: estructura septenaria y estructura dramática. Dentro de la estructura dramática, unos prefieren la ordenación quiástica del material, otros la división de la parte central en dos grandes secciones”.[73]
La composición quiástica, igual que la teoría de recapitulación, cuyo predecesor fue Victorino de Petovio, resultaron necesarias para explicar diversas anormalidades e inconveniencias en la estructura del libro, así como las repeticiones de las mismas fórmulas e imágenes, o las desviaciones del curso general de la narración. Esas anormalidades impiden al lector percibir el texto del Apocalipsis como una consecuencia cronológica de los acontecimientos. No podemos dar un recuento detallado de todos los conceptos acerca de las investigaciones de la estructura del Apocalipsis; eso va más allá de las tareas de nuestra investigación; nada más demos unos ejemplos contemporáneos de las investigaciones para reflejar el significado del enfoque isagógico y exegético de Gregorio López, que en ciertos aspectos no pierde su interés a pesar del tiempo.
Los defensores de la teoría de recapitulación intentan contestar la pregunta más importante acerca de la estructura del libro del Apocalipsis: ¿cuál era la intención del autor del Apocalipsis acerca del diseño literario de su libro? ¿Su plan era exponer la consecuencia lineal de los acontecimientos; de aquellos que habrán de marcar “lo que va a suceder pronto” (Apoc. 1:1) o describir los mismos acontecimientos de maneras diferentes? Adela Yarbro Collins contestó esa pregunta de dos maneras diferentes, exponiendo su propio plan en dos respuestas posibles: habló sobre los dos ciclos grandes de visiones (two great cycles of visions), y son dos partes en que se subdivide el texto del Apocalipsis; cada ciclo puede contener las visiones paralelas, y en cada ciclo los acontecimientos se exponen en orden cronológico; al mismo tiempo, en el segundo ciclo de las visiones se da una descripción más detallada de los acontecimientos, sólo esbozados en el primero.[74]
Para Yarbro Collins también resulta importante la composición septenaria, igual que lo fue para Gregorio López. Todo el material del libro se divide en grandes partes que incluyen la serie de siete elementos. Viendo el plan del libro expuesto más adelante, nos damos cuenta de que la parte ii señalada por la investigadora, aparece como la colección de las epístolas dirigidas a las siete iglesias; las partes iii, iv y vi son combinaciones séptuples de sellos, trompetas y cálices respectivamente; las partes v y vii contienen las siete visiones no numeradas (unnumbered, según la terminología de la misma Yarbro Collins, es decir, no calculadas por el autor del Apocalipsis):
1. Prólogo 1:1-8.
Prefacio 1:1-3
Prescripciones y bendiciones (sayings) 1:4-8
[El primer ciclo de visiones: el libro sellado][75]
2. Las siete epístolas 1:9-3:22
3. Los siete sellos 4:1-8:5
4. Las siete trompetas 8:2-11.19
[El segundo ciclo de visiones: El libro abierto]
5. Las siete visiones no numeradas 12:1-15:4
6. Los siete cálices 15:1-16.20
El apéndice sobre Babilonia 17:1-19.10
7. Las siete visiones no numeradas 19.11-22:5
El apéndice sobre Jerusalén 21:9-22.5
8. Epílogo 22:6-21
Las palabras [de conclusión] 22:6-20
Las bendiciones (sayings) 22:21[76]
Así que, basándonos en el plan presentado arriba, podemos ver claramente que todo el libro de la Revelación, salvo el prólogo y el epílogo, se encuentra dividido en ciertas unidades séptuples, que, a su vez, son de mucha importancia temática y cronológica. Podemos afirmar que la intuición de Gregorio López reflejada en sus palabras “comprehéndese todos en tres sietes” es productiva y actual, ya que la composición septenaria siempre aparece como la unidad más importante.
La composición quiástica, mencionada por Domingo Muñoz León, ha sido objeto de múltiples investigaciones a pesar de su carácter cuestionable. Entre otros, basta mencionar a Elisabeth Schüssler Fiorenza, quien usó esa composición para proponer su propio esquema estructural del libro del Apocalipsis. Ese plan también contiene siete partes. Las tres últimas de ellas aparecen como paralelos estructurales a las tres primeras partes: la primera sección es correspondiente de la última, la segunda de la penúltima, etcétera. Esta propuesta estructural impide la interpretación articulada del contenido del libro y de su dramatismo; de todos modos, parece oportuno enfatizar la posición central de los capítulos 11-13 por la intensidad de persecuciones y de visiones apocalípticas (según Gregorio López, esos capítulos se refieren cronológicamente a las persecuciones de Septimio Severo, Maximino y Decio y Valeriano, respectivamente). Veamos el esquema presentado por Schüssler-Fiorenza:
A. Prólogo y salutaciones epistolares 1:1-8
El título 1:1-3
Saludos 1:4-6
Epígrafe 1: 7-8
B. La descripción retórica de las condiciones en que se encontraban las ciudades de Asia Menor 1:9 -3:22.
El autor frente a la situación 1:9-10.
La visión profética como dedicación 1:11- 20.
Las epístolas proféticas a las siete comunidades 2:1-3:22.
C. La apertura del libro sellado: el desastre del Éxodo 4:19:21; 11:15-19
El juicio celestial y el libro sellado 4:1-5:14
Las plagas cósmicas: los siete sellos 6:1-8:1
Las plagas cósmicas: las siete trompetas 8:2-9:21; 11:15-19.
D. El rollo agridulce: la guerra contra la comunidad 10:1-15:4
El ángel encargó a san Juan que profetizara 10:1-11:14
La interpretación profética 12:1-14:5
La liberación escatológica 14:6-15:4
C’. La huida de las persecuciones de Babilonia/Roma 15:5-19.10
Las plagas cósmicas: los siete cálices 15:5-16:21
Roma y su poder 17:1-18
El juicio de Roma 18:1-19:10
B’. La liberación del mal y la ciudad de Dios 19:11-22:9
La liberación de los poderes del mal 19:11-20:15
El mundo liberado por Dios 21:1-8
Otra ciudad – la capital de Dios 21:9-22.9
A’. El epílogo y la conclusión epistolar 22:10-21
Los dichos proféticos 22: 10-17
La conclusión epistolar 22: 18-21.[77]
La propuesta de estructuración resulta forzada, sobre todo por el desplazamiento de algunos fragmentos de su propio lugar a otra posición y así lograr la concordancia deseada. El fragmento 11:15-19 que describe la séptima trompeta y las voces celestiales que le siguieron, se ha llevado de la sección D a la sección C para guardar la unidad del ciclo de trompetas. Lo mismo ocurre en la sección C’, donde se inserta el fragmento 15.1 (tomado de la sección D) con el objetivo de mantener la unidad del ciclo de cálices; aquí hay que notar que esos desplazamientos resultan innecesarios; por ejemplo, no hay obstáculo para que la sección D concluyera con el final del capítulo 14. La única ventaja de la estructuración propuesta por Schlüssler-Fiorenza consiste en el intento de enfatizar el carácter excepcional del capítulo 10, en donde el ángel pasa el “rollo agridulce” a san Juan para que lo comiera y para que se llenara del espíritu profético, un motivo muy conocido por los libros proféticos veterotestamentarios.
Es evidente el carácter destacado de este capítulo sin necesidad de recurrir a los mecanismos complicados de la composición quiástica. El capítulo 10 es uno de los centrales, y es de notar que Gregorio López también lo destaca por su posición inhabitual. En el sistema cronológico lineal elaborado por López el capítulo 10 aparece como un punto de ruptura y al mismo tiempo como un nexo que vincula el capítulo 9, en donde se trataba, según el plan cronológico de López, del reinado de Marco Aurelio, Cómodo y el golpe de Estado organizado por Pertinaz, con el capítulo 11, en donde se lee sobre las persecuciones de Severo. El carácter transitorio y vinculante del capítulo 10 resulta, según el plan de Gregorio López, más evidente todavía, porque en el capítulo anterior se trataba de las plagas que causaron los falsos profetas, sobre todo Montano. El capítulo 10 aparece en este sentido como una contraposición al capítulo anterior; mientras que el capítulo 9 versa sobre los falsos profetas, en el 10 se trata la vocación profética verdadera de san Juan y se expone la genealogía de los profetas verdaderos de la Iglesia cuya sucesión se remonta al mismo san Juan: Justino el Filósofo, Policarpo de Esmirna e Ireneo de Lyon;[78] se mencionan también otros autores antiguos, como Dionisio de Alejandría, quien vinculó algunas profecías del Apocalipsis con la época del emperador Valeriano y así prefiguró el enfoque historicista elaborado posteriormente por Gregorio López.[79] San Juan mismo, según la interpretación de Gregorio López, debió de haber prefigurado la historia general de las persecuciones, porque él mismo fue víctima por parte de Cerinto y otros herejes; por eso el apóstol tuvo que comer el “rollo agridulce” para llevar a cabo su servicio profético que conlleva el riesgo de sufrir el martirio;[80] así que san Juan aparece como inspirador y predecesor de los mártires futuros, como san Policarpo de Esmirna o el discípulo de este último, san Ireneo de Lyon.
Para Gregorio López el capítulo 10 es una “bisagra cronológica”, evidente porque en el siguiente se tratará sobre las persecuciones de Septimio Severo, con las cuales, según la idea de López, se tiene que asociar la voz de la séptima trompeta; así que las de Severo marcaron la etapa final de las persecuciones como tales, pero en realidad no sucedió así, al contrario, inauguraron otros ciclos persecutorios. Gregorio López explica esa contradicción al decir que todas las profecías referentes al fin de las persecuciones en la época de Severo se referían en realidad a la cesación temporal de la tormenta; para eso sirvió el capítulo 10, para vincular las secciones anteriores del libro del Apocalipsis,
pues estos tales profetizaron,[81] que quando la séptima voz sonase, no habría más persecución por entonces, porque se acababa la de Severo, como si un Piloto dixese a los pasageros: yo os prometo que para tal hora cesará la tormenta, y no habrá más; esto se entiende para aquel día, pero no los asegura que adelante no haya otras.[82]
Un artículo detallado de Felise Tavo, “La estructura del Apocalipsis: re-examinando el problema perenne”,[83] resulta útil para nuestra investigación porque el autor terminó reconociendo que las maneras de estructurar el Apocalipsis en la base de ciertas indicaciones literarias (como son las teorías de recapitulaciones e intercalaciones) o los intentos de relacionar los fragmentos ubicados en diversas partes del libro según su contenido sustantivo (como la composición quiástica) son demasiado forzados y artificiales, no se sostienen y tampoco tienen algo que ver con el plan original del autor en torno a su propio libro. Según Felise Tavo, todas las peculiaridades del estilo y la composición del Apocalipsis deben basarse en la manera de la lectura acostumbrada en la antigüedad grecorromana, cuando cualquier libro era leído por una persona en voz alta en una reunión; mientras tanto, todas las demás personas que participaban en la asamblea escuchaban atentamente al lector.[84] Por eso el libro del Apocalipsis, igual que casi todos los demás libros antiguos, ha tenido su propio plan diseñado para ser leídos en voz alta en una asamblea (Tavo la llama “The Oral-Auricular Setting”); para eso sirven las reiteraciones, las digresiones, las partes transitivas que vinculan los fragmentos que siguen uno tras otro, las intercalaciones y otros mecanismos retóricos necesarios para fijar la atención de los oyentes o para marcar ciertos puntos que indican la transición temática.[85]
Felise Tavo usa la numeración consecutiva de las visiones proporcionada por el propio autor del Apocalipsis como herramienta para estructurar el libro y enfatizar y destacar ciertas unidades estructurales. Se puede cuestionar cualquier manera de estructurar el Apocalipsis, pero no podemos objetar lo que fue previsto por el mismo autor para numerar ciertos fragmentos y ponerlos en una fila proporcionada. En toda la composición del Apocalipsis destaca el fragmento 21:9-22:5 que describe la visión de Jerusalén celeste. Así que, según Tavo, resulta incuestionable la selección de los siguientes fragmentos como puntos de apoyo para estructurar el Apocalipsis en conjunto:
I. Las siete epístolas
II. Los siete sellos
III. Las siete trompetas
IV. Los siete cálices
V. La Nueva Jerusalén[86]
Parece significativo que después de tantas discusiones acerca de la estructura y la composición del Apocalipsis, los investigadores de la última generación, en sus trabajos más recientes (los de las primeras décadas del siglo xxi) regresan a los planes más sencillos para estructurar el libro. El plan propuesto por Felise Tavo casi no discrepa del plan que había proporcionado Gregorio López en su recomendación metodológica: “Comprehéndese todo en tres sietes”. Claro que López no enfatiza el fragmento sobre la Jerusalén celeste como el punto destacado de su plan, sin embargo, en toda la composición lo de Jerusalén celeste se ve totalmente fuera de la escala del desarrollo histórico del mundo. La época de la Jerusalén celeste, según Gregorio López, tendrá que marcar la perfección espiritual lograda por los seres humanos; será una etapa que habrá de llegar cuando “llegue a ser todo divino” en la sociedad humana, es decir, cuando la historia ceda sus posiciones a la metahistoria, marcada por la nueva época del Espíritu Santo.[87] Por eso no debemos tener duda de que el punto sobre la Jerusalén celeste tendrá que ocupar implícitamente un lugar excepcional en el plan de Gregorio López.
Felise Tavo constata que tal estructura no abarca unos fragmentos muy significativos que se han quedado sin clasificación entre las partes iii y iv y luego entre las partes iv y v del plan. Se trata de los Apoc. 12-14 y 19:11-20:15. El investigador los incorpora para formar el siguiente plan: (i) Las siete epístolas; (ii) Los siete sellos; (iii) Las siete trompetas; (iv) Los capítulos 12-14; (v) Los siete cálices; (vi) Los fragmentos 19:11-20.15; (vii) La Nueva Jerusalén. El investigador notó que esos dos fragmentos siendo incorporados con los cinco arriba señalados, forman también, a su vez, una estructura septenaria. No sólo algunos puntos del plan señalan las composiciones septenarias, como los siete sellos, las siete trompetas y los siete cálices, sino también el plan como tal representa una estructura septenaria. Parece probable que el mismo autor del Apocalipsis, apreciando mucho el número siete podría haber percibido así la estructura de su propio libro. En este caso tenemos que dar crédito a Gregorio López por su excelente intuición en poner la composición séptuple como la base de la composición del Apocalipsis. Otra cuestión es: ¿cómo se podrían estructurar los fragmentos incorporados? Según Felise Tavo, esos fragmentos podrían corresponder con aquellos que Adela Yarbro Collins calificaba como “las visiones no numeradas”.[88] El inicio de cada visión resulta marcado por las formas verbales εἶδον (“yo vi”) o ὤφθη (literalmente “fue visto”). Entonces, para el fragmento 12-14 parece oportuno destacar las siguientes visiones: i) la mujer vestida de Sol, 12:1-17; ii) el dragón, 12:3-7, iii) la bestia del mar, 13:1-10, iv) la bestia terrestre, 13:11-18; v) el Cordero y los 144 000 sellados, 14:1-5; vi) los tres ángeles, 14: 6-13, vii) el Hijo del Hombre y la cosecha en la tierra, 14:14-20. Son, entonces, siete visiones que forman parte de una composición septenaria independiente. Para otro fragmento (19:11-20:15) que corresponde al segundo ciclo de las visiones “no numeradas” (según Yarbro Collins) las mismas formas verbales se usan para distinguir las siguientes visiones: i) el jinete sobre el caballo blanco, 19:11-16; ii) la llamada al banquete del Señor, 19:17-18; iii) la batalla final, 19:19-21; iv) la atadura de Satanás, 20:1-3; v) la primera resurrección y el fin de Satanás, 20:1-3; vi) el gran trono blanco, 20:11; vii) el juicio final, 20:12-15; así que los marcadores que podrían ser usados por convención también descubren otro ciclo séptuple de las visiones.[89]
Esa ordenación de las visiones en dos fragmentos importantes nos parece pertinente y muy lógica, que Felise Tavo pone en duda, afirmando que si el autor del Apocalipsis lo hubiera considerado pertinente, lo diría a sus oyentes o lectores para fijar su atención usando ciertas construcciones retóricas, como lo hacía siempre.[90] Sin embargo, nos guiamos por ese plan porque enriquece y complementa la estructura propuesta por Gregorio López, quien, a su vez, aunque no destaca los fragmentos 12-14 y 19:11-20:15, de todos modos enfatiza la posición destacada de cada fragmento en el marco de la concepción histórico-apocalíptica del ermitaño: los capítulos 12-14 marcan una culminación de las persecuciones intensivas; además el capítulo 12, en donde se dice sobre la mujer vestida de Sol, abre una “narrativa enmarcada” sobre la Iglesia representada en la imagen de la mujer que primero huye del dragón, al que finalmente vence. El fragmento 19:11-20:15 representan las últimas etapas, en que se realizan los últimos actos del proceso histórico: el papa Silvestre representado por el ángel, ató a Satanás por mil años[91] que ya pasaron al momento de la aparición del tratado; así que ese fragmento marca el punto de transición cuando la historia cede su lugar a la metahistoria, marcada por el juicio final y por la visión de la Jerusalén celeste. Así que, aunque sin destacar especialmente esos fragmentos, podemos calificar su posición crucial en el esquema propuesto por Gregorio López.
Caracterizando su método de interpretar el libro de la Revelación, López hace hincapié en la hermenéutica histórico-simbólica, recordándonos su propia definición del Apocalipsis como historia profética disfrazada en figuras. Las figuras o parábolas no son alegorías, son símbolos que aparecen como unos signos condicionales y en su totalidad llegan a ser elementos de un código, cuyo significado ya es sabido a partir de los profetas veterotestamentarios:
Muy usado es en la Santa Escritura hablar por figuras o parábolas, como parece en la del Sembrador: grano de mostaza y levadura, y en la Estatua de quatro metales y quatro bestias; que ambas significan las quatro monarquías: los sueños de Joseph y de Faraón; y particularmente, el de Mardocheo viene a propósito, que veía dos dragones, que querían pelear, a cuyas voces se juntaron las naciones, para pelear contra los Justos, y una fuente pequeña redundó en muchas aguas. Y venido a saber, los dragones eran Mardocheo Judío, y Amán, Privado del Rey Asuero, que porque Mardocheo no le daba la adoración que él quisiera, le pretendió matar a él, y a todos los judíos, los quales eran los Justos.[92] Las naciones eran los Gentiles, que pretendieron destruir a los Judíos. La fuente pequeña, que redundó en muchas aguas, era Ester, sobrina de Mardocheo, que siendo doncella oculta, casó con Asuero, por cuya ocasión e intercesión fue librado el pueblo.[93]
Después de haber caracterizado el método simbólico para explicar las figuras del Apocalipsis, Gregorio López dice que tal método no difiere del de los libros veterotestamentarios y así caracteriza la composición del libro basada en las figuras o parábolas:
Este, pues, es el estilo del Apocalipsi, en el qual, entre otras cosas, pone una bestia con siete cabezas y diez cuernos con coronas que persigue a una Muger. La bestia es Roma con su imperio. Las siete cabezas, siete montes sobre que Roma está edificada. Los diez cuernos son coronas, diez emperadores romanos, que persiguen la Iglesia, que es la Muger, y con esto queda la puerta abierta para entender este libro.[94]
Comparando a la Bestia con Roma y su imperio y a la mujer vestida de Sol con la Iglesia que padece persecuciones, Gregorio López coincide con los Padres de la Iglesia, quienes usaban las mismas interpretaciones. Gregorio López usa el sistema tradicional de interpretación de las imágenes clave del Apocalipsis, pero proponiendo una hermenéutica histórica completamente nueva al rastrear la historia del imperio romano en la base del libro del Apocalipsis y calculando los tiempos que deberían haber precedido al reino milenial de Jesucristo y al juicio final. El plan del Apocalipsis que propone Gregorio López es conciso:
De manera, que trata de ocho persecuciones generales de romanos, que después sucedieron: y la primera es la de Trajano, en cuyo imperio comienza este libro: la última la de Diocleciano, las quales pasadas, cesó la idolatría en tiempo de Constantino Magno, y san Silvestre papa. Que fue el ángel que ató a Satanás por mil años, los quales pasados, fue desatado en Otomano, primer gran turco, que es Gog y Magog, que ha más de doscientos y setenta años que comenzó. Después de cuya destrucción, trata del Juicio; y finalmente acaba este libro en Jerusalén la Soberana, que es nuestra Madre y nuestra patria, adonde nos veamos y alabamos al Señor eternamente. Amén.[95]
Gregorio López esboza los puntos clave de su plan: la secuencia general de los acontecimientos cruciales referentes a la época de las persecuciones a partir de Trajano hasta Diocleciano. Los acontecimientos se desarrollan de una manera lineal y progresiva; los eventos de los últimos siglos ya se ven marcados de una dimensión apocalíptica y metahistórica. Todo empieza con la cesación de las persecuciones durante Constantino el Grande; esa misma época es el presagio de los periodos apocalípticos futuros. El ángel que ató a Satanás es el papa Silvestre, bajo cuyos auspicios se ha llevado a cabo el Primer Concilio Ecuménico de Nicea. Luego pasó el periodo de mil años, que de cierta manera prefigura el reino milenial de Jesucristo. Los turcos otomanos, quienes destruyeron el imperio bizantino, aparecen como Gog y Magog, así que los acontecimientos que preceden a la época de Gregorio López, es decir, al siglo xvi, ya dejan de pertenecer a la dimensión histórica, abriendo el inicio del periodo apocalíptico, cuando casi todas las profecías se cumplieron y solamente el juicio final y el establecimiento de la Jerusalén celeste se posponen al futuro. Así son las consideraciones básicas de Gregorio López en torno al libro del Apocalipsis; sin embargo, nos parece oportuno dar un recuento más detallado para entender mejor la visión y el concepto que tenía el ermitaño novohispano acerca de la composición del Apocalipsis de san Juan.
Respecto el destino del libro de la Revelación –historia profética disfrazada en figuras– Gregorio López afirma que todo el libro fue donado por Jesucristo a las siete iglesias de Asia Menor, cuyos feligreses han sido sus destinatarios y lectores: “Nuestro Redentor dexó [el libro] a su iglesia, y particularmente a siete iglesias de Asia”.[96] Según Gregorio López, el autor del Apocalipsis no escribe a cada iglesia por separado sino a todas las iglesias en conjunto; todas las epístolas aparecen como un bloque unido, fortalecido por las frases que podrían ser entendidas como unas fórmulas estables, por ejemplo, “El que tiene orejas oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”,[97] lo que quiere decir que todas las iglesias aparecen como un destinatario colectivo y eso también fortalece la hipótesis sobre la unidad estructural del libro del Apocalipsis. Es decir, las epístolas a las siete iglesias no se habían compuesto por separado para llegar a ser unidas dentro de una obra, sino desde el principio aparecieron como la parte inseparable del libro del Apocalipsis, sirviendo de preludio al drama profético y apocalíptico que ha de empezar a desarrollarse a partir de la época de Trajano, posterior a la muerte de san Juan.
Gregorio López no reconoce ni la teoría de recapitulaciones ni la composición quiástica, ni las otras composiciones que, en vez de ayudar a estructurar el Apocalipsis, solamente complican su entendimiento. Para López el Apocalipsis aparece como la descripción de los acontecimientos futuros que han de ocurrir de una manera secuencial, así que el carácter de la narración es progresivo, cuya conceptualización dramática llega a ser más profunda con el avance de cada capítulo.[98]
La lógica del Tratado del Apocalipsis nos ayuda a entender que Gregorio López divide el libro de la Revelación en dos partes dispares: después de la introducción (capítulo 1) sigue la llamada de Jesucristo que encarga a Juan llevar su mensaje a las siete iglesias (capítulos 2 y 3). A partir del capítulo 5 empiezan las profecías que, según el sistema cronológico de López, se remontan al reinado del emperador Trajano; en el capítulo 4 se incluye la descripción de la liturgia celestial delante del Trono de Dios, y en el capítulo 5 la abertura del libro sellado. Todo esto como el prefacio profético-litúrgico para prefigurar el cumplimiento de las profecías que ya “comienzan a efectuarse”.[99]
Cada imagen de los capítulos 4 y 5 destaca por su carácter simbólico. Gregorio López lo enfatiza en cada caso, comentando cada detalle referente a la liturgia celestial. Los 24 viejos sentados sobre las 24 sillas alrededor del Trono del Señor pueden ser representaciones alegóricas de los 24 libros del Viejo Testamento (aquí López hace referencia a san Jerónimo), pero también pueden ser 24 patriarcas principales (es la interpretación de López), “porque en el capítulo siguiente alaban a nuestro Redentor”.[100] Son representantes de la Iglesia veterotestamentaria y al mismo tiempo algunos detalles de su imagen se remontan a las promesas para los vencedores en la epístola a las siete iglesias.
Las piedras preciosas con las cuales estaba decorada la silla del Señor son iguales a aquellas que aparecen en la descripción de Jerusalén celeste (capítulos 21-22); las piedras concretas simbolizan las calidades de Dios mismo y las virtudes cristianas. Por ejemplo, comentando el verso 4:3: “Y en circuito de la silla, un arco del cielo semejante a vista de esmeralda”. Gregorio López anota lo siguiente: “Lo qual significa zelo que Dios tiene de nuestro bien, y por eso había de enviar luego a su Iglesia trabajos; pero de esto se sigue esperanza alegre, que es la color de esmeralda, que lo verde esperanza significa”.[101] Tal interpretación que hace hincapié en las pruebas y la recompensa futura, corrobora el carácter escatológico de los mensajes a las siete iglesias y confirma el entendimiento de las imágenes de los capítulos 4 y 5 como los símbolos de la gloria del mundo venidero. La interpretación de los cuatro animales como cuatro evangelistas es tradicional para la Iglesia como tal.[102] El libro sellado del capítulo 5, según López, “es la Providencia del Señor” y los siete sellos “son siete obras de Dios que quiere hacer o permitir en el mundo”, lo que hace pensar sobre la manifestación de la voluntad divina en el mundo, cuando los acontecimientos temporales y concretos llegan a formar parte de lo transcendental, lo que se encuentra fuera de cualquier tiempo.
La apertura del primer sello por el caballero sentado sobre el caballo blanco tuvo que significar el descubrimiento de los secretos de Dios; los truenos simbolizan la solemnidad del momento sin referirse a algo siniestro.[103] La solemnidad y la misericordia de Dios marcan las metas finales del cumplimiento de las profecías escatológicas. Con la apertura de los siguientes sellos ocurren los desastres relacionados con las persecuciones de los emperadores a partir de Trajano. En el capítulo 7 la imagen de los 144 000 simboliza los judíos que recibieron a Jesucristo como Mesías y así formaron la élite espiritual que se contrapone a la “multitud enorme”.[104] Es la prefiguración de la imagen de la Jerusalén celeste, así el autor del Apocalipsis se permite hacer una desviación del orden cronológico de las visiones, pero nada más para indicar el objetivo final del sellamiento.
Al abrirse el séptimo sello empieza el ciclo de otra composición septenaria: las siete trompetas. En los capítulos 8 y 9 se describen los desastres que siguieron después del momento, cuando el primer ángel tañó su trompeta. Gregorio López asocia esos desastres con los acontecimientos históricos del reinado de Marco Aurelio:
Todo esto acaeció y pasó en tiempo de Marco Aurelio, junto con el terremoto que dice arriba, porque hubo grande hambre, que es la tierra quemada, y árboles y verde, y hubo también pestilencia universal, inundaciones de ríos y langosta que destruía los frutos; y en la que dice mezclado con sangre, significa la persecución que este Marco Aurelio hizo a la Iglesia, que fue la quarta contando desde Nerón.[105]
El sonido de la quinta trompeta provoca la caída de la estrella sobre la tierra; según Gregorio López esa estrella es la herejía de Montano que ganó muchos seguidores en Asia Menor.[106] La séptima trompeta y la caballería del infierno que intervino después de su sonido Gregorio López la vincula con el conflicto armado en los confines orientales del imperio romano durante el reinado de Cómodo y la epidemia de peste que causó la muerte de miles de personas; así que cada imagen apocalíptica tiene una correlación histórica para Gregorio López. El capítulo 10, en donde se dice sobre el “rollo agridulce” que san Juan tuvo que comer según el mandato del ángel, se ve como una digresión, pero en el contexto del panorama más amplio vemos que las profecías siguientes pueden contemplarse como prefiguradas en aquel rollo. El motivo del rollo agridulce indica la cercanía de los cumplimientos de los acontecimientos cruciales y enfatiza la atención del comentarista en torno de las visiones siguientes.
El motivo de los “dos testigos” en el capítulo 11 se refleja en los pares de mártires que aparecen en diversas etapas de las persecuciones (como, por ejemplo, los santos Abdon y Senen),[107] y el lugar en donde los dos testigos recibieron su martirio podría haber sido no sólo Jerusalén, sino también Roma, en donde el Señor fue crucificado por segunda vez, porque allá fue crucificado san Pedro.[108] Esa interpretación puede indicar el carácter cíclico de algunas profecías que pueden cumplirse varias veces en diversas circunstancias históricas; tal entendimiento por parte de Gregorio López no es característico de la tradición anterior.
La descripción del juicio divino después del derramamiento de los siete cálices se prefigura con los capítulos 12-14, que, según Felise Tavo, podrían haber constituido una parte estructural como la serie septenaria de visiones. Gregorio López ve ese fragmento como el desarrollo sucesivo de las persecuciones, entre las cuales destacan las de Decio, Galo y Valeriano por su atrocidad. La imagen de la mujer vestida de Sol se interpreta de la manera eclesiológica: como representación personificada de la Iglesia que huye de las persecuciones de Decio y Galo personificados en el dragón apocalíptico; mientras tanto, el hijo varón que parió la mujer, es el emperador Filipo Árabe, quien restituyó la paz para la Iglesia; así que la pelea entre el dragón y la mujer tiene también su dimensión histórica y concreta.
Después de la breve restitución de la paz propuesta por Filipo Árabe, surgen las nuevas persecuciones organizadas por el emperador Valeriano, quien en el capítulo 13 está representado por la Bestia apocalíptica “con siete cabezas, y diez cuernos, y sobre sus cuernos diez coronas”.[109] Hay que notar que esa Bestia, según Gregorio López, no sólo personifica a un solo emperador y sus persecuciones, es la representación del imperio romano:
La Bestia es Roma con siete montes; y los cuernos diez emperadores perseguidores; pero aquí pone las coronas en los cuernos, arriba en las cabezas […] y dice: Y sobre sus cabezas nombre de blasfemias. Esto dice, porque los romanos que en estos montes moraban, en los quales se comprehende Roma, blasfemaban a Dios, encarneciendo de Jesu-Christo, y sus siervos, o porque apropiaba Roma a sí título que sólo a Dios pertenece.[110]
Por representar las persecuciones de un emperador concreto, Gregorio López dibuja el triunfo temporal de las fuerzas del mal. El emperador Valeriano representa una fuerza arquetípica que lleva en sí el poder imperial romano como algo opuesto a la Iglesia de Cristo. Lo mismo se puede decir sobre la segunda Bestia saliendo del mar, que, según razonamiento de Gregorio López, debe haber sido Galieno, el hijo de Valeriano, que, aunque cesó las persecuciones, continuó la promoción de los cultos paganos en el nivel oficial. Por eso no es casual que la contraposición de ambas bestias a Cristo se refleja en cualquier matiz de su propia imagen, como, por ejemplo, en Apoc. 13:3: “Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada; y se maravilló toda la tierra”. Gregorio López interpreta que Valeriano se mostró afable a los cristianos, pero engañado por un hechicero egipcio se tornó en su contra y soltó muchas represiones contra ellos; por eso se dice Y la plaga de su muerte fue curada, “como si dixera, por temor de los tormentos dexaron la fe, y llama aquí muerte, porque en recibiendo el Evangelio, muere la idolatría”.[111] En la imagen de la segunda Bestia, que para Gregorio López es Galieno, el hijo de Valeriano, destacan los dos cuernos, como de Cordero (Apoc. 13:11); es decir, la oposición de la Bestia al Cordero, o a Jesucristo, llega a ser más elocuente todavía. Gregorio López lo anota así, destacando la perversidad extrema de Galieno:
Entre las maldades que éste cometió, fue poner dos hijas en el bourdel, lo qual pinta con dos cuernos a esta bestia; y demás de esto mataba niños, y les abría las entrañas para hacer sus hechizos, y todo esto hacía por vengarse de los Christianos, y congraciarse con los romanos, dice: Y hablaba como el dragón. Ya se ha dicho como el dragón era el diablo, al qual adoraban, pues éste decía que los ídolos fuesen adorados, y los Christianos fuesen perseguidos, y esto mismo decía, y persuadía este encantador.[112]
Si el capítulo 13 revela la victoria temporal de la maldad, en el siguiente se contrapone lo bueno a lo malo, aunque, según mismo Gregorio López, ambos capítulos hablan de la misma época histórica, pero en el capítulo 14 todo se refleja desde otra perspectiva.[113] El ángel que andaba volando por el cielo y tenía el Evangelio en sus manos “para evangelizar a los que están sobre la tierra y sobre toda gente y Tribu, Lengua y Pueblo”, representa, según Gregorio López, al “papa Estéfano[114] y a Dionisio” de Alejandría que por su afán evangelizador tenían “poderío sobre todo pueblo y gente”.[115] Los santos que “guardaban los mandamientos de Dios”, simbolizan el comienzo de la gloria del mundo futuro, “porque sufriendo con paciencia los oprobios por Dios, poseerán sus ánimas, que en ellos se poseen”.[116] Después de la contraposición de las fuerzas de la maldad a las de la bondad, lógicamente sigue la descripción del juicio que habrá de sacar a los justos del mundo poseído por las fuerzas malignas. Las imágenes de la cosecha de trigo (Apoc. 14:14-16)[117] y de la vendimia (14: 17-20) confirman el entendimiento del juicio divino por López como la intervención de Dios y sus ángeles para salvaguardar a los justos, sacándolos del mundo terreno y llevándolos al viñedo del Señor,[118] en donde “por la viña se entiende la Iglesia, y por racimos las congregaciones, y por uvas los justos”.[119]
En los capítulos 15 y 16 vemos que Gregorio López hace hincapié en la convergencia de las tribulaciones temporales (que es el derramamiento de los siete cálices) con la perspectiva extratemporal, que es la manifestación del templo celesital y el reino de la gloria. Aquí podemos ver el presagio del juicio divino y de los tormentos futuros del infierno, pero también la manifestación de la misericordia de Dios, porque “las redomas de oro significan la caridad de donde proceden estas plagas”.[120] Es interesante señalar, que la cronología que propone Gregorio López no deja lugar para la teoría de recapitulación, que se basa en el paralelismo entre las series de las trompetas y los cálices (o redomas). Los desastres que debían seguir después del derramamiento de la séptima redoma todavía no han cesado, mientras tanto, la desviación aparente del capítulo 17, en donde se habla sobre la gran ramera de Babilonia sentada sobre la Bestia, habrá de referirse a la época de Aureliano, es decir, a los acontecimientos del pasado sin alguna posibilidad de volver a ocurrir; mientras tanto, los acontecimientos que siguieron al derramamiento de la séptima redoma resultaron prolongados al futuro hasta la época de la invasión de los turcos a Asia Menor. Ese fragmento es muy importante, así que lo citamos in extenso:
Y el séptimo ángel derramó su redoma en el ayre. Aquí es de notar, que las redomas pasadas se derramaron en la tierra, mar, ríos, Sol, imperio y río Eufrates; pero está en el ayre, el qual comprehende y abrasa la tierra, mar, ríos y todo lo que hay en ellos, significa que es plaga universal; y lo que es más, sola ésta ha durado muchas veces, más que todos los sellos, voces de trompetas y redomas pasadas porque todas ellas ocuparon desde Trajano, hasta este Galieno, y pasaron ciento y sesenta años, y sola esta ha durado hasta hoy mil trescientos y diez y seis años, y durará hasta el día del juicio, por lo qual se puede llamar la gran redoma: y porque hagamos un sumario de las miserias que han pasado debaxo de la potestad y jurisdicción de ella: es de notar que debaxo de ella se levantaron las persecuciones de Aureliano, y la más cruel, que fue la de Diocleciano, desde ha poco, aunque cayó la idolatría en tiempo de Constantino Magno; pero en su mismo tiempo comenzaron los arrianos, que turbaron la Iglesia trecientos años y no se habían acabado: y sale Mahoma, que fue el mayor Ante-Christo que ha tenido la Iglesia; después se levantó Gog y Magog, que es la casa othomana, que ha afligido a los Christianos; todo esto ha sido debaxo de esta gran redoma, y más lo que está por venir hasta el último día.[121]
En este fragmento vemos que, según Gregorio López, todos los siete sellos, las siete voces de trompetas y los seis cálices se refieren a los acontecimientos pasados, desde la época de Trajano hasta las últimas persecuciones romanas. Hemos visto en los planes del Apocalipsis propuestos por los investigadores como Elisabeth Schüssler Fiorenza o Adela Yarbro Collins, que el juicio sobre Babilonia está vinculado estrechamente con el motivo del derramamiento del séptimo cáliz. Sin embargo, Gregorio López divide cronológica y estructuralmente esos episodios. El juicio sobre Babilonia que, entre otras cosas, consistía en el derramamiento de la ira de Dios sobre los “reyes del Oriente”, tiene el carácter temporal y se vincula por López con los movimientos separatistas en las provincias orientales del imperio romano y con la serie de usurpaciones por parte de los Treinta Tiranos,[122] cuyas biografías, en su mayor parte ficticias, fueron compuestas por Trebelio Polión, uno de los autores de los Scriptores Historiae Augustae.[123] Mientras tanto, el derramamiento de la séptima, es decir, la última redoma en el aire marcó la serie de miserias que empezaron con el reinado de Galieno y siguen. El surgimiento de las herejías como el arrianismo que, según López, “no se había acabado”, la aparición del islam fundado por Mahoma, uno de los “anticristos” más destacados, el levantamiento de Gog y Magog colectivo que son los turcos otomanos quienes pusieron fin a la historia del cristianismo en Asia Menor; todo esto, según Gregorio López, fue consecuencia del derramamiento de la séptima redoma. Así que el principio de la escatología realizada aplicada por López no excluye el principio de la escatología prolongada, cuando cada acontecimiento apocalíptico ya pasado tiene su eco y su prolongación hasta la época contemporánea. Las consecuencias de los acontecimientos apocalípticos siguen y eso se ve hasta en el mismo texto del Apocalipsis: el juicio de Babilonia todavía no significa la derrota final de la bestia y del falso profeta. La victoria de la palabra de Dios no ha erradicado la maldad.
El derrocamiento total del diablo (Apoc. 20:10)[124] se relaciona con la derrota de los rebeldes Gog y Magog (20:7). El relato sobre estos últimos se prefigura con la descripción de los santos y los mártires que iban a reinar mil años con Jesucristo (20:4-6). Aquí entramos en un problema controvertido que ha producido múltiples debates dentro de la Iglesia y causado muchos movimientos milenaristas, condenados luego por la ortodoxia eclesiástica. No podemos entrar en el presente en los detalles, porque la cuestión del milenarismo y las interpretaciones múltiples del fragmento Apoc, 20:4-6 requiere una investigación aparte. Notemos que la dificultad de la interpretación adecuada de aquellos versos se debe a su posición ambigua en la composición del Apocalipsis. Los versos sobre el reino milenial están puestos antes del relato sobre el último juicio y por eso hacen pensar al lector que toda la información en torno al reino milenial debe referirse a nuestro mundo y no al mundo venidero, lo que dificulta el entendimiento espiritual de esa imagen como, por ejemplo, el triunfo de la Iglesia en vísperas de la esperada segunda venida de Cristo. Por otra parte, la mención de las “almas” (20:4) y la duración de mil años podría entenderse de una manera condicional: todo eso argumenta contra la interpretación literaria. Gregorio López entendió el carácter complicado de tal interpretación y ofrece su propia visión basada en la interpretación profunda de ese fragmento: “Y reynaron con Christo mil años. Estos mil años no son temporales ni limitados, como los del dragón, que fue atado por mil años, más estos años de los santos son eternos, y sin límite, como también lo son los de los malos, porque los justos irán a la vida eterna, y los malos a la pena sin fin”.[125]
Gregorio López no ofrece ninguna argumentación más profunda, pero podemos proponer una versión, según la cual la atención especial que el ermitaño ponía a los judíos convertidos que han de formar los 144 000 “sellados” y así establecer la base para una Iglesia espiritualmente renovada,[126] o bien, que López podría haber interpretado el reino como el restablecimiento espiritual del nuevo Israel (que es la Iglesia). Además, la doctrina judía intertestamentaria sobre el reino “intermediario” y la influencia de las imágenes veterotestamentarias en el relato sobre el reino milenarista también podrían haber tenido algún impacto en el entendimiento de Gregorio López. De todos modos es importante subrayar que, a pesar de haber propuesto la interpretación meramente milenarista de la atadura de Satanás por mil años, el ermitaño evitó los extremos propios para todas las doctrinas de tipo milenarista en interpretar el pasaje sobre los santos y los mártires que iban a reinar mil años con Cristo, proponiendo la explicación ortodoxa y libre de cualquier influencia herética.
Después del derrocamiento del diablo sigue la resurrección universal, que es la “resurrección segunda”. Para Gregorio López la “resurrección primera” consiste en entrar en la presencia directa de Dios, consiguiendo “la gloria esencial del ánima”; mientras tanto, “la resurrección segunda” consiste en resucitar “en los cuerpos glorificados”.[127]
La visión de la Nueva Jerusalén celeste (Apoc, 21:1-22:5) marca el punto final del cumplimiento escatológico, porque todos los seres vivos mencionados aquí ya pertenecen a otro mundo. Esa interpretación se refleja en el siguiente comentario de Gregorio López:
Y vi el cielo nuevo; y tierra nueva; no se entiende por el cielo y tierra que vemos, que esos no hay para que enmendarlos [...], pues quiere decir; vi espíritus nuevos, alumbrados, y perfectos en virtud, y vi cuerpos humanos, impasibles, hermosos, y libres de tantas miserias, como hasta aquel punto han padecido.[128]
Para Gregorio López la imagen de la Jerusalén celeste se asocia con la plenitud universal del espíritu divino. Los que habitan en esa ciudad celeste pueden ver a Dios cara a cara y pueden conversar con Él sin cesar. En el fragmento 21:13, donde se describe la planeación de la ciudad divina y se dice que “tenía esta Ciudad a Oriente tres puertas, al Poniente tres puertas, al Aquilón tres puertas, al Mediodía tres puertas”, Gregorio López ve la alusión a la Santísima Trinidad y afirma que los habitantes de la ciudad pueden contemplar el misterio de Dios trino: “Puédese entender, que todos los que habitan en estas partes, han de conocer y ver el Misterio de la Santísima Trinidad”.[129] Los 12 fundamentos de la ciudad (Apoc. 21:14) se equiparan a los fundamentos de la Iglesia, lo que quiere decir que para Gregorio López la Jerusalén celeste es la Iglesia triunfante y la esposa de Jesucristo, lo que también se refleja en el fragmento 22:17, en donde la Iglesia como la esposa en el espíritu está llamando a su esposo. Además, ese fragmento, igual que todo el capítulo 22 que cierra el libro del Apocalipsis, transmite todo el drama de la esperanza escatológica, y eso tuvo un impacto especial en la cosmovisión escatológica de propio Gregorio López quien dijo: “Estamos más cerca de este estado y patria nuestra”.[130]
Concluimos diciendo que el sistema de Gregorio López es coherente. La composición septenaria, que tiene el objetivo de revelar la actuación escatológica del Espíritu Santo y mostrar la plenitud de cumplimiento de las profecías escatológicas sigue percibiéndose como un marcador estructural y como el principio clave para entender la composición y la arquitectura del Apocalipsis, lo que hemos visto en los ejemplos de las investigaciones contemporáneas. En el sistema de Gregorio López la composición septenaria se encuentra estrechamente vinculada con la descripción cronológica lineal de los acontecimientos que vienen uno tras otro. Lamentablemente, Gregorio López presentó sus comentarios de manera que tenemos que reconstruir el plan que se puede observar a lo largo de todo el Tratado. La mayoría de las argumentaciones de López destacan por su tenor carismático y por eso son de carácter didáctico más que académicamente probatorio. Sin embargo, conviene señalar que muchas observaciones y comentarios de Gregorio López han influido en los enfoques de los comentaristas de épocas posteriores. Antes de todo, siguiendo su modelo cronológico-lineal de la composición del Apocalipsis, López ha entendido muchas imágenes del libro como basadas en un contexto histórico concreto. Por ejemplo, las imágenes de Babilonia, la Bestia y la gran ramera de Babilonia se refieren a Roma y su poder. Las siete cabezas de la Bestia simbolizan las siete colinas en donde está situada Roma, igual que sus siete emperadores. La Bestia como tal representa tanto a Roma (como imagen arquetípica del poder imperial) como a un emperador concreto cuyas persecuciones habrían de estremecer al mundo cristiano; según Gregorio López ese emperador ha de ser Valeriano. El intento de rastrear toda la historia del imperio romano en la base del Apocalipsis puede ser cuestionable, pero el interés especial de ubicar las profecías y las visiones en su contexto histórico concreto formó la base del enfoque preterista que resultó muy fructífero para las investigaciones del Apocalipsis hasta el presente.
Pasamos a las conclusiones breves. Las cuestiones isagógicas resultaron importantes para Gregorio López en delimitar la base histórica y literaria de su Tratado. La influencia de la tradición anterior también fue de mucha utilidad para el comentarista. En particular eso se aplica a la cuestión sobre la autoría del libro del Apocalipsis. Para Gregorio López fue muy importante proclamar la autoridad apostólica de la obra, oponiéndose a los protestantes, por eso él declara sin duda alguna la autoría de san Juan el Teólogo, omitiendo a aquellos representantes de la tradición patrística temprana que atribuyeron el Apocalipsis a un tal “presbítero Juan” o a cualquier persona que no sea el apóstol san Juan. En torno a la fecha de aparición del libro, López se solidariza con aquellos que dicen que el Apocalipsis fue escrito en la época de Domiciano. Esa fecha fue importante como un “punto de apoyo” para construir el sistema cronológico de la historia de las persecuciones romanas, según la cual el periodo apocalíptico habrá de empezar durante el reinado de Trajano y terminar con la atadura de Satanás por el papa Silvestre representado por el ángel. La terminación de los mil años, durante los cuales Satanás debió haber permanecido atado, habrá de marcar el periodo final de la historia que debe preceder al juicio final, pero durante el cual siguen las consecuencias desastrosas del derramamiento de la séptima redoma. Ese periodo abre nuevas oportunidades para la Iglesia y para su trabajo evangelizador; por eso parece significativo que el Tratado de Gregorio López apareció en Nueva España, en la época del afán evangelizador en el nuevo mundo. Por fin, es importante que Gregorio López fue uno de los primeros comentaristas que propuso sus propias observaciones acerca de la estructura y la composición del libro del Apocalipsis, aunque sin sistematizarlas de una manera consecuentemente ordenada. La composición septenaria como el marcador estructural más importante sigue examinándose hasta el presente; mientras tanto, la cronología lineal que considera las imágenes y visiones apocalípticas como los acontecimientos que van uno tras otro, sigue ocupando un lugar importante en muchas investigaciones. Con todo, aunque con ciertas restricciones, afirmamos que Gregorio López puede considerarse precursor de ciertas tradiciones académicas en la investigación del libro del Apocalipsis.
[1] Véase Wilhelm Bousset, Die Offenbarung Johannis, Gotinga, Vandenhoeck und Ruprecht, 1906, p. 91.
[2] Gregorio López, Tratado del Apocalipsis, p. xxi (cursivas del autor).
[3] Idem.
[4] Tratado..., p.1.
[5] Tratado…, p. 1-2. Las cursivas marcan las palabras originales del Apocalipsis; los comentarios de Gregorio López están en texto normal; ese orden se mantiene en la edición del Tratado del año 1789.
[6] Richard Baukham, The Theology of the Book of Revelation, Cambridge, Cambridge University Press, 2003, p. 1.
[7] Pongamos atención en el hecho que Gregorio López también se llama a sí mismo “el siervo de Dios”; quizás por este epíteto él quería marcar su parentesco espiritual con el autor del Apocalipsis (véase Tratado…, p. xx).
[8] Tratado…, p. 5; véase también el texto griego del Apoc. I., 1-9 en donde se justifica el destierro de Juan por su predicación de la palabra de Dios y por su testimonio por Jesús: διὰ τὸν λόγον τοῦ Θεοῦ καὶ τὴν μαρτυρίαν.
[9] Tratado…, p. 6. Sobre el carácter específico de ese género véase el capítulo “Revelation as a circular letter” en Bauckham, op. cit., p. 12-17.
[10] Analizaremos el contenido de esas epístolas y su interpretación por parte de Gregorio López en el segundo capítulo.
[11] Claudio Doglio, “Introduzione all’Apocalisse di Giovanni”, en Giuseppe Gilberti y cols. (ed.), Opera Giovannea, Torino, Elledici, 2008, pp. 141-142: Molti studiosi hanno cercato di risolverse il problema di questa “strana grammatica”, proponendo soluzioni diverse: non sembrano sufficienti le ipotesi di una semplice ignoranza della lingua greca o di un forte influsso semitico, dal momento che l’autore “mentre scrive in greco, pensa in ebraico”; è meglio pensare ad una libera scelta di Giovanni che adopera voluntariamente un linguaggio greco-ebraico, creando una specie di “stile sacro” molto vicino al linguaggio dell’ Antico Testamento.
[12] Eusebio de Cesarea, Historia ecclesiastica, VII. 25. 1-3 (traducción del autor).
[13] Ibid., VII. 25. 4-5.
[14] Ibid., VII. 25. 6-8.
[15] Ibid., V. 25. 20-21; 23-26.
[16] Ibid., V. 25 y 27.
[17] Claudio Doglio, op. cit., p. 150.
[18] Eusebio de Cesarea, op. cit., III. 28, 1-2.
[19] Ibid., III, 39-68; véase también Claudio Doglio, op. cit., p. 149.
[20] Afirmando que el Apocalipsis aparece como la herencia de la tradición profética veterotestamentaria, López muestra que en aquel libro se habrán de desarrollar los acontecimientos dramáticos, expresados en los símbolos parabólicos e imágenes figurativas que transmiten la grandeza de los planes de Dios acerca del mundo.
[21] Desiderii Erasmi Roterodami Opera Omnia… Tomus sextus complecens Novum Testamentum…, Leiden, 1703, col. 1123.
[22] Irena Backus, Reformation Readings of the Apocalypse: Geneva, Zürich and Wittenberg, Oxford, Oxford University Press, 2000, p. 27.
[23] Eadem, “The Church Fathers and Canonicity of the Apocalypse in the Sixteenth Century: Erasmus, Frans Titelmans and Theodore Beza”, en Sixteenth Century Journal, 1998, vol. XXIX, p. 655.
[24] A la filosofía de la historia de Gregorio López y a su interpretación de la historia romana a través del Apocalipsis le dedicaremos una investigación independiente.
[25] Eusebio de Cesarea, op. cit., VII.10.
[26] Tratado…, pp. 113-114.
[27] Se menciona también un tal Hebion, una figura mítica que nunca ha existido. Es un nombre inventado para fingir un fundador de una herejía de los ebionitas, cuyo nombre proviene de la palabra hebrea ebionim lo que significa “pobres”. Eran cristianos judaizantes quienes seguían observando la ley de Moisés (véase Barth Ehrmann, The Lost Christianities: The Battles for Scripture and the Faiths We Never Knew, Oxford, Oxford University Press, 2003, p. 99).
[28] Claudio Doglio, op. cit., p. 148.
[29] Tratado… pp. 116-117.
[30] Claudio Doglio, op. cit., pp. 148-149.
[31] “No le tuviese por apostólico y profético Lutero”. Tratado…, p. xxvii.
[32] Tratado…, p. xxiv.
[33] Ibid., p. 52-53.
[34] Ireneo de Lyon, Contra haereses libri quinque, V. 30. 3, en Patrologia Graeca, vol. 7, col. 1207.
[35] “Et dicit mihi: oportete te iterum prophetare populis, et linguis, et gentibus, et regibus multis”. Hoc dicit, propterea quod quando haec Johannes vidit, eran in insula Pathmos in metallo damnatus a Domitiano Caesare. Ibi ergo vidit Apocalypsin. Et cum jam senior putaret se per passionem accepturum receptionem, interfecto Domitiano, omnia judicia ejus soluta sunt. Et Johannes de metallo dimissus, sic postea tradidit hanc eamdem quam acceperat a Deo Apocalypsin. Victorinus, Scholia in Apocalypsin beati Johannis, en Patrologia Latina, vol. 5, col. 333.
[36] Interfecto autem Domitiano, et actis ejus ob nimiam crudelitatem a senatu rescissis, sub Nerva principe redit Ephesum, ibique usque ad Trajanum principem perseverans, totas Asiae fundavit rexitque Ecclesias, et confectus senio, sexagesimo octavo post passionem Domini anno mortuus, juxta eamdem urbem sepultus est. Jerónimo, De viris illustribus, cap. IX secundum post Neronem persecutionem movente Domitiano, in Patmos insulam relegatus, scripsit Apocalypsim, quam interpretatur Justinus Martyr et Irenaeus.
[37] George Raymond Beasley-Murray, The Book of Revelation, Grand Rapids, Eerdman’s, 1974, p. 38.
[38] Clemente de Alejandría, Stromata, VII. 17.
[39] Epifanio de Salamina, Adversus octoginta Haereses, opus quod inscribitur Panarium sive Arcula, LI.33, en Patrologia Latina, vol. 41, col. 949.
[40] Kenneth J. Gentry, Before Jerusalem Fell: Dating the Book of Revelation, Atlanta, American Vision, 1989, p. 104.
[41] Para más detalles véase Bruce Metzger, The Canon of the New Testament: Its Origin, Development and Significance, Oxford, Clarendon Press, 1987, pp. 191-194.
[42] El texto latino lo citamos de acuerdo con el siguiente enlace <http://www.bible-researcher.com/muratorian.html>.
[43] Traducción al castellano del Fragmento Muratoriano [en línea], disponible en <http://escrituras.tripod.com/Textos/Muratori.htm>.
[44] A veces se cree que el autor del Fragmento Muratoriano podría haber sido san Hipólito, obispo de Roma, pero Bruce Metzger refuta esta opinión afirmando que Hipólito había tenido la misma posición en torno de la autoría del Apocalipsis que san Irineo; es decir, afirmaba que el Apocalipsis fue escrito en los tiempos de Domiciano (Metzger, op. cit., pp. 193-194).
[45] “Ni los hechos ni las cartas nos hablan de la muerte de Pablo; pero existe una tradición fiable de que murió mártir durante el reinado de Nerón, bien en la misma época que Pedro (64) o un poco más tarde (67)”. Raymond E. Brown, Introducción al Nuevo Testamento, vol. II, Madrid, Trotta, 2002, p. 575.
[46] Véase William Hugh Clifford Frend, Martyrdom and Persecution in the Early Church. Study of a Conflict from Maccabees to Donatus, Oxford, Basil Blackwell, 1965, pp. 159-162. En torno a las persecuciones en contra de Flavio Clemente y su esposa Domicilla, contamos con un examen crítico por parte de J. Christian Wilson, quien se mostró escéptico acerca del carácter fidedigno de esa leyenda hagiográfica. Véase J. Christian Wilson, “The Problem of the Domitianic Date of Revelation”, en New Testament Studies, 1993, vol. 39, pp. 589-594.
[47] Leonard Thompson, The Book of Revelation: Apocalypse and Empire, Nueva York-Oxford, Oxford University Press, 1990, pp. 95-167.
[48] “The Book of Revelation provides an abundance of internal evidence for determining this date. […] The most important internal evidence for dating Revelation is the passage chapter 17”, pp. 9-11. Véase, por ejemplo, J. Christian Wilson, op. cit., pp. 597 y 599.
[49] Tratado…, p. 202.
[50] Tratado…, p. 205. Todavía permanecen inciertas las referencias como “Marmar Manapoli” y “Citorio Cavalo”. La roca Tarpeya está al costado de Capitolio, no de Aventino.
[51] Qui cuncta discordiis civilibus fessa nomine principis sub imperium accepit. Tácito, Anales, I.3:
[52] Véase J. Christian Wilson, op. cit., p. 599. Cabe señalar que ese investigador considera los meses cuando reinaba Galba como la fecha provisional de la aparición del Apocalipsis, sin embargo, se opone de manera estricta en contra de la fecha tradicional que atribuía la datación del libro de la Revelación a los tiempos de Domiciano. Según Christian Wilson, el mismo libro de la Revelación apareció en el contexto de las persecuciones de Nerón y reflejó todas las contradicciones de su época; tuvo que ser escrito durante las persecuciones de Nerón en los años 64-65, pero antes de que Nerón se suicidara en el 68. De no ser así, el Apocalipsis habrá de ser escrito antes del 70; es decir, antes de que se empezara la guerra judaica y que se destruyera el Templo de Jerusalén, en que se ve reflejada la imagen del Templo de Jerusalén celeste. Véase J. Christian Wilson, op. cit., p. 604: “Revelation would thus have been written in the latter years of the reign of Nero, after the persecution of Christians in 64-65 but before Nero’s suicide in 68. In either case Revelation was written before 70”.
[53] Tratado…, pp. 206-207.
[54] Ibid., p. 207
[55] Es la información que, entre otros autores, proporciona Suetonio: Suetonio Tranquilo, Cayo, Vida de Claudio, XXV.4.
[56] Tratado…, p. 207.
[57] Ibid., p. 208.
[58] Ibid.
[59] Ese significado de la palabra latina tyrannus fue adoptada en la época visigoda, cuando rex tyrannus se contraponía a rex legitimus y se consideraba como alguien que habría tomado el poder por una insurgencia militar sin llegar al trono de una manera legítima, por ejemplo, por sucesión; véase Céline Martin, “Tyrannus. Usurpador y rey injusto en época visigoda”, en Eleonora Dell’Elicine, P. Miceli, A. Morin (comps.), Artificios pasados. Nociones del derecho medieval, Madrid, Universidad Carlos III de Madrid, 2017, pp. 19-36.
[60] A more popular reckoning begins with Augustus (following the precedent of Tacitus) and omits the three brief reigns of Galba, Otho, and Vitellius, since they were viewed as rebels rather than emperors. George Raymond Beasley-Murray, op. cit., pp. 256-257.
[61] J. Christian Wilson, op. cit., p. 601-602 (la traducción es del autor).
[62] “The most likely hypothesis is that he began counting with Caligula and included the following emperors in sequence, omitting Galba, Otho, and Vitelius as reigning too short a time to cause trouble for the saints.” Adela Yarbro Collins, Crisis and Catharsis: The Power of the Apocalypse, Filadelfia, The Westminster Press, 1984, p. 64.
[63] Tratado…, p. 207.
[64] “Would anyone omit William Henry Harrison from the list of American presidents because he governed for only thirty days? All three of these Roman emperors were in office longer than that”. J. Christian Wilson, op. cit., p. 602.
[65] Parece interesante el comentario que hizo Gregorio López en torno al capítulo 13 del Apocalipsis, colocando su contexto histórico en las persecuciones del emperador Valeriano. Así Gregorio López se desvincula de cualquier tradición anterior. La herida que la Bestia tenía en su cabeza es alegoría de las persecuciones de Valeriano, muy afable con los cristianos primero, pero luego del engaño del hechicero egipcio se volvió hostil en contra de ellos (por eso, dice López, la llaga de la Bestia pronto apareció curada, porque Valeriano, después de un periodo corto de tolerancia, retomó las persecuciones y así regresó a su naturaleza, propia de una “bestia”). Véase Tratado…, p. 156.
[66] Hablando del emperador Nerba quien adoptó a Trajano, Gregorio López afirma que con este último se empiezan los acontecimientos apocalípticos. Véase Tratado…, p. 53: “Este Nerba adoptó por hijo para emperador a Trajano, en cuyo tiempo comienza este Apocalypsi”.
[67] Tratado…, pp. 55-56.
[68] La solidaridad por parte de Gregorio López con la tradición que se remonta a Justino el Filósofo y Mártir y a Irineo de Lyon está marcada en la página 67 del Tratado, en donde se dice (nota 1): “Justino e Irineo interpretaron el Apocalipsi, y fueron casi contemporáneos de san Juan”.
[69] Victorino de Petovio, Scholia in Apocalypsin, VIII.2.
[70] Sobre las “leyes de composición” disertó el investigador francés del Apocalipsis Ernest Bernard Allo, quien, afirmando el principio de la integridad del libro, postulaba ciertas leyes de su composición. Esa terminología no encontró el apoyo en las investigaciones posteriores; sin embargo, resultó importante por su interés acerca de la técnica de composición del libro del Apocalipsis. Véase Ernest Bernard Allo, L´Apocalypse, París, J. Gabalda, 1921, pp. lxviii-lxxxiii.
[71] Tratado…, p. xxi.
[72] Ibid., p. xxi-xxii.
[73] Domingo Muñoz León, “La estructura del Apocalipsis de Juan. Una aproximación a la luz de la composición del 4° de Esdras y del 2° de Baruc”, en Estudios bíblicos, 1985, vol. 43, pp. 126-127.
[74] Nos referimos a la tesis de doctorado que la investigadora sustentó en el 1975. Véase Adela Yarbro Collins, “The Combat Myth in the Book of Revelation”, en Harvard Dissertations on Religion, núm. 9, Missoula, Montana, Scholars Press, 1976, pp. 8-9, 10-11, 16.
[75] Los títulos que vienen entre corchetes y en cursivas no aparecen en el plan presentado en la p. 19. Aquí hemos tratado de combinar ese plan con otro, menos detallado, presentado en la p. 47.
[76] Véase Adela Yarbro Collins, op. cit., p. 19.
[77] Elisabeth Schlüssler Fiorenza, Book of Revelation: Justice and Judgment, Filadelfia, Fortress Press, 1985, pp. 170-180; Eadem, Revelation: Vision of a Just World, Filadelfia, Fortress Press, 1991, pp. 35-36.
[78] Tratado…, p. 116-117.
[79] Ibid., p. 118: “Había muchos siervos de Dios que tenían espíritu profético, como parece en Dionisio, obispo de Alejandría, que declaró ser Valeriano, por quien dixo san Juan que le fue dada boca de blasfemia”.
[80] Ibid., pp. 119-120.
[81] Se trata de aquellos que, según Gregorio López, que poseían el don profético durante las diversas etapas de la historia de la Iglesia, contando desde los primeros apóstoles.
[82] Tratado…, pp. 118-119.
[83] Felise Tavo, “The Structure of the Apocalypse. Re-Examining a Perennial Problem”, en Novum Testamentum, 2005, vol. 47, fasc. 1, pp. 47-68.
[84] A eso refiere, por ejemplo, el fragmento Apoc. 1:3, en donde se dice: “μακάριος ὁ ἀναγινώσκων καὶ οἱ ἀκούοντες τοὺς λόγους τῆς προφητείας καὶ τηροῦντες τὰ ἐν αὐτῇ γεγραμμένα, ὁ γὰρ καιρὸς ἐγγύς”. Eso corresponde con la traducción según Reina-Valera: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas, porque el tiempo está cerca”. Cabe señalar que el verbo ἀναγι(γ)νώσκω significa no sólo “leer” sino “leer en voz alta” y se refiere al proceso de la lectura pública durante la sesión de una asamblea, véase Tavo, op. cit., p. 57.
[85] Felise Tavo, op. cit., pp. 56-58.
[86] Ibid., p. 59.
[87] Tratado…, p. 283.
[88] Adela Yarbro Collins, op. cit., pp. 17-19.
[89] Felise Tavo, op. cit., p. 60.
[90] “If he wanted his hearing audience to recognize seven visions in 12-14 and again in 19:11-20:15, he probably would have told them so as he has done elsewhere”. Ibid. Lamentablemente aquí no podemos dar explicaciones sobre el problema de las “transiciones” que pone Felise Tavo para subrayar ciertos puntos de su estructuración del Apocalipsis, porque eso ya no tiene paralelo con la estructuración de Gregorio López. Sin embargo, señalemos algunos momentos que podrían parecer interesantes para el lector. Al haber caracterizado todos los siete puntos de su plan, Felise Tavo pone el problema de unos fragmentos transitorios que marcan la vinculación con el fragmento anterior y al mismo tiempo sirve de introducción al fragmento posterior, indicando también el fragmento litúrgico en donde se dice sobre la litúrgica celestial que se celebra delante el Trono del Señor; Tavo enumera por lo menos seis fragmentos que dicen sobre tal liturgia. Véase Felise Tavo, op. cit., p. 62. Por ejemplo, en el fragmento 16:17-19:10 el primer verso (es decir, 16:17) cierra la serie de los cálices; las plagas descritas en 16:18-21 aparecen como consecuencias del derramamiento del séptimo cáliz y al mismo tiempo indican la caída de Babilonia, que a su vez nos remite (en los capítulos 17-18) a la caída de Satanás en la siguiente serie de las visiones. Según nuestro parecer, esa teoría de “transiciones” parece un poco forzada por la enorme longitud de aquellos fragmentos que deberían de haber servido como “fragmentos de transición”, aunque forman un sistema ordenado y bien estructurado de la composición del Apocalipsis.
[91] Tratado…, pp. 239-246.
[92] La equiparación “judíos” igual a “justos” está basada en una falsa etimología; de todos modos, tal razonamiento tenía su propia lógica para Gregorio López. Los “justos” (tzadikim) eran los judíos que formaban parte de la Iglesia veterotestamentaria; de igual manera los “justos” son aquellos judíos que luego han recibido a Jesucristo como Mesías; precisamente esos judíos aparecen como los 144 000 “elegidos” en la visión de la Jerusalén celeste, véase Ivan Kopylov, “¿Fue Gregorio López un criptojudío?: intento de precisar algunos puntos controvertidos de la biografía de un ermitaño novohispano”, en Silvia Hamui Sutton (coord.), Criptojudíos, siglos xvi-xviii, México, Centro de Documentación e Investigación Judía de México, 2019, pp. 104-111.
[93] Tratado…, pp. xxii-xxiii.
[94] Ibid., pp. xxiii-xxiv.
[95] Tratado…, pp. xxv-xxvi.
[96] Ibid., p. xxi.
[97] Ibid., p. 35.
[98] Podemos trazar un paralelo con la metodología de un investigador católico contemporáneo, Jan Lambrecht, según el cual los acontecimientos del Apocalipsis se desarrollan en orden cronológico directo, sin recapitulaciones ni reiteraciones quiásticas. Las reiteraciones más bien tienen valor retórico para atraer la atención de los oyentes; por eso la teoría de recapitulaciones formulada por Victorino de Petovio es rechaza por Lambrecht; así que vemos que las directrices metodológicas puestas por Gregorio López y otros comentaristas de la Contrarreforma son vigentes en nuestros tiempos. Véase Jan Lambrecht, “A Structuration of Revelation 4:1-22:5”, en Collected studies on Pauline literature and on the book of Revelation, Roma, Pontificio Istituto bíblico, 2001, pp. 77-104.
[99] Tratado…, p. 37.
[100] Ibid., p. 38.
[101] Ibid., p. 37.
[102] San Marcos es representado por León “porque comenzó voz que clama en el desierto como León”; san Lucas aparece como becerro “porque comenzó del sacerdocio de Zacarías, en el qual se sacrificaba este animal”; el animal con el rostro del hombre se refiere a san Mateo, “porque comenzó de la generación humana de nuestro Redentor” y, por fin, el águila simboliza a san Juan, “escritor de este libro” (es decir, del Apocalipsis, “porque […] en el principio era el Verbo, tratando de la generación divina de nuestro Redentor”. Ibid., pp. 39-40).
[103] Ibid., p. 54
[104] Sobre eso véase nuestro trabajo, Ivan Kopylov, op. cit., pp. 104-111.
[105] Tratado…, pp. 86-87.
[106] Ibid., pp.95-96.
[107] Ibid., p. 128.
[108] Ibid., p. 127.
[109] Ibid., p. 154.
[110] Ibid.
[111] Ibid., p. 157.
[112] Ibid., p. 164.
[113] “El capítulo pasado de la bestia con cuernos, y el capítulo presente, y el porvenir, y el otro, son en tiempo del Emperador Galieno, hijo de Valeriano.” Ibid., p. 171.
[114] Se refiere al papa Esteban I (pp. 254-257), conocido por su disputa con san Cipriano, obispo de Cartago, en torno al bautismo de los herejes, y por las medidas tomadas contra los seguidores de Novaciano. Fue asesinado como mártir al celebrar la misa, cuando entraron los funcionarios del emperador y lo decapitaron.
[115] Tratado…, p. 174.
[116] Ibid., p. 177.
[117] “la hoz aguda […] es su voluntad, con la qual de presto siega los justos, que son trigo espiritual, y los pone en el granero de la Iglesia.” Ibid., p. 178.
[118] En este sentido, según el comentario de Gregorio López, “la hoz sería alguna leve enfermedad”. Ibid., p. 179.
[119] Ibid., p. 180.
[120] Ibid., p. 187.
[121] Ibid., pp. 196-198.
[122] “los reyes del Oriente” […] fue que levantaron en todas las provincias del imperio treinta Tiranos. Ibid., p. 93.
[123] Véase Giuseppe Zecchini, “I Tyranni Triginta”: La scelta de un numero, e le sue implicazioni, en Giorgio Bonamente (ed.), Historiae Augustae Colloquium Bonnense, Bari, Edipuglia, 1997, pp. 265-274.
[124] A ese derrocamiento final le precedió el atamiento del diablo por parte del papa Silvestre para el periodo de mil años. Aquí Gregorio López reproduce la leyenda hagiográfica sobre el Papa que se transmite en su Vida, según la cual el Papa logró domar a un dragón; sin embargo, al mismo tiempo López admite la interpretación espiritual de ese relato, afirmando que el dragón representaba el espíritu de idolatría, a que le puso el fin el papa Silvestre; véase Tratado…, p. 242: “San Silvestre ató al dragón material, y al espiritual, que era la idolatría”.
[125] Tratado… p. 245.
[126] Para más detalles remitimos a nuestro trabajo antes citado, Ivan Kopylov, op.cit., pp. 104-111.
[127] Ibid., p. 247; véase también p. 246: “Resurrección primera: la qual consiste en vivir el ánima a Dios por gracia, y después por gloria”.
[128] Ibid., pp. 269-270.
[129] Ibid., p. 278.
[130] Ibid., p. 293.
II
El contexto histórico
del discurso profético: las epístolas a las siete iglesias de Asia
Gregorio López delimitó y comentó las profecías y las figuras del libro del Apocalipsis, poniendo de relieve sus perspectivas escatológicas en el Tratado, que lleva la impronta de la ideología escatológica de la obra que examina, independientemente de si se trata de las profecías ya cumplidas o de los acontecimientos que han de venir. Cualquier lector o comentarista admite que en este libro se encuentran pasajes que no tienen un significado escatológico en el sentido estrecho, sobre todo en los capítulos 2 y 3, que contienen las epístolas del autor del Apocalipsis a las siete iglesias de Asia Menor. Según la opinión de la mayoría de los comentaristas, esas cartas tienen por destinatarios a las comunidades microasiáticas de entonces; son cartas pastorales que aparecen como respuesta a sus problemas y preocupaciones y a su situación en total. Es importante ver cómo Gregorio López se detiene en esos capítulos y en qué detalles pone su atención y si los ubica en su propio contexto local, porque ya hemos adelantado que el ermitaño los ve como una suerte de preludio al drama apocalíptico en total; en ellos se puede encontrar la clave para entender la mayoría de los mensajes apocalípticos, profecías o visiones.
II.I. El libro de la Revelación como epístola: la pluralidad del género
Al calificar el libro del Apocalipsis como la historia profética disfrazada en figuras, Gregorio López no pierde de vista que la obra de san Juan también viene marcada por el género epistolar. El ermitaño señala que el libro del Apocalipsis es un mensaje integral dirigido a las comunidades cristianas de Asia Menor, y que inicia con la fórmula de saludo típica para cualquier carta en la antigüedad: las siete iglesias aparecen como un destinatario colectivo (“Juan a las siete iglesias, que están en Asia, la gracia y paz”).[1] Según Richard Baukham, todo libro de la Revelación es la carta circular dirigida a las siete comunidades diferentes: de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Para Baukham, el orden de su aparición y su nombramiento puede coincidir con la ruta postal que habría de emprender cualquier mensajero al salir de Patmos en dirección a la tierra firme, empezando su viaje a través de las provincias de Asia por la ruta ya establecida.
El carácter específico de las cartas circulares consistía en que, además de su círculo especificado de lectores, el texto podría ser leído por otras personas ajenas a los destinatarios. San Pablo apóstol propone ese modelo en su carta a los colosenses: “Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros” (Col. 4:16). Con lo que la carta destinada a la comunidad de Colosas podría haber sido leída por los cristianos de otras comunidades (por ejemplo, los de Laodicea), interesados en la situación de sus hermanos. Claro que eso no cambia el hecho de que san Pablo como autor de la carta a los colosenses se ha preocupado sobre todo por los problemas específicos de la comunidad de Colosas, y los miembros de otras comunidades cristianas podrían encontrar en esa carta algo de sus propias preocupaciones y expectativas.
San Juan usa el mismo método al proponer la circulación de sus cartas a las comunidades de Asia Menor, de ahí el carácter universal e íntegro de la composición del libro del Apocalipsis como tal, donde todas las cartas forman una unidad. Para Gregorio López,[2] el autor del Apocalipsis inicia con una serie de siete mensajes dirigidos por Jesucristo mediante san Juan a las siete iglesias: “Su siervo Juan, el qual dio testimonio del Verbo de Dios, en quanto a la divinidad, y testimonio de Jesu-Christo, en quanto a la humanidad, y todo lo que vio”.[3] López propone el esquema de la Revelación como una cadena, donde los eslabones correspondientes son la hipostasis divina de Jesucristo que transmite su mensaje a la hipostasis humana de Él mismo y a través de ella a san Juan, que aparece como profeta encargado de transmitir la voluntad de Dios por su Hijo Jesucristo. Con todo lo anterior, la propia personalidad de san Juan como el autor del texto no se pierde: cada mensaje refleja los problemas de cada comunidad que el autor tenía presente. Cada comunidad se enfrentaba a diferentes problemas y trataba de solventarlos de diversas formas. Cristo por medio de san Juan se dirige directamente a cada iglesia; cada mensaje no es un texto independiente y junto con otros mensajes sirve como introducción al resto del libro de la Revelación.
Aunque los siete mensajes no son de carácter meramente escatológico y por eso se contraponen al resto del libro del Apocalipsis, los pasajes finales de los capítulos 2 y 3 que contienen las promesas a aquellos que iban a vencer después de haber soportado las condiciones duras: Jesucristo promete la salvación escatológica al “que venciere”.[4] Gregorio López subrayó la prefiguración del panorama escatológico referente al resto del libro del Apocalipsis en las promesas de los versos finales de los capítulos 2 y 3:
Yo te guardaré en la hora de la tentación, y de la batalla y trabajo, que ha de venir a tentar a todos los que habitan la redondez de la tierra, esto es, la persecución de Trajano contra los Christianos, y el terremoto, y las demás miserias.[5]
Es de notar que en el libro del Apocalipsis se omite explicar el significado de la victoria garantizada a cada comunidad cristiana por pasar todas las dificultades con paciencia. Gregorio López da su interpretación diciendo que los triunfadores van a recibir las calidades divinas por Jesucristo: primero, se les van a aumentar los dones de la fe y caridad y segundo, ellos como santos glorificados van a participar en el juicio final junto con Jesucristo, aprobando su juicio como miembros de la corte celestial. Aquí López hace un comentario cristológico, notando que los santos y los mártires van a ser partícipes de la divinidad del Salvador por imitarlo:
El que venciere y guardare hasta el fin mi obra, que es la fe y caridad, darle he poderío sobre las gentes, porque los santos enseñorearán y juzgarán las naciones, esto es, aprobando el juicio de nuestro Redentor. […] Y demás de esto, les daré una estrella de la mañana, que soy yo quanto a la humanidad, porque imitándome, les descubriré el día de mi divinidad.[6]
En el fragmento sobre las promesas a la iglesia de Filadelfia, Gregorio López aclara que los santos triunfadores van a ser partícipes de la divina gloria del mismo Jesucristo; además todos van a poseer la visión espiritual perfecta, si residen en la Nueva Jerusalén celeste:
El que venciere hacerle he columna; esto es la gloria, de mi Dios y no saldrá afuera jamás, y escribiré sobre él, con letras eternas, el nombre de mi Dios, que es eternidad de vida, verdad y todo bien, y el nombre de la ciudad de mi Dios Nueva Jerusalén, que quiere decir visión de paz, y visión perfecta, la qual descendió del cielo en apóstoles y fieles, porque el Reyno de Dios en los santos está, hasta que claramente le vean quitando el velo del cuerpo que los impide, porque mientras andan por Fe, no tienen vista. […] Y también escribiré sobre ellos mi nombre nuevo, Jesús, que quiere decir Salvador, el qual será de grande gozo a los santos, y viéndome vestido de su naturaleza, que en ella los salve.[7]
Gregorio López sostiene que la fórmula de las promesas de recompensa para aquellos que habrán de ganar la victoria reaparece en el fragmento Apoc. 21:7. Se trata del premio que se les concede a los cristianos por las persecuciones y labores: “El que venciere las batallas, de persecuciones y trabajos, poseerá esto que le he prometido, y serle he Dios, y él me será hijo”.[8] Richard Baukham afirma que esa llamada resume las exhortaciones de Jesucristo a las comunidades de Asia Menor en los capítulos 2 y 3, donde se da aliento a los cristianos para participar en las batallas espirituales en contra de las fuerzas del mal y soportar las miserias y tribulaciones descritas en la parte central del libro.[9] En el libro de la Revelación se advierte a los cristianos de Asia Menor de las adversidades que habrían de experimentar para entrar en la Nueva Jerusalén, del carácter de la batalla espiritual y de cómo tendrán que ganarla. Los mensajes iniciales a cada una de las siete iglesias alientan a las comunidades a participar en esa gran lucha y explica las consecuencias posibles de la negligencia espiritual para cada comunidad. En cada mensaje la situación se aclara desde diversas perspectivas, mientras que el resto del libro dibuja la situación apocalíptica desde una perspectiva global, como el ataque de la tiranía romana en contra de los cristianos y, en la perspectiva más amplia, como la batalla cósmica entre las fuerzas del bien y del mal, al final de la cual se establecerá el Reino de Dios.
La meta que persiguió san Juan consistió en alentar y animar a los cristianos frente a las persecuciones futuras y en formular una advertencia en torno a las caídas posibles y llamar a la penitencia a aquellos que ya se han caído, porque la perseverancia en el pecado podrá poner fin a la amistad con Jesucristo, como Gregorio López lo anota en su comentario de la carta a la iglesia de Esmirna:
Por lo qual te amonesto, que te acuerdes de dónde caes, qual es la causa de esta caída y la remedies, y junto con esto, haz penitencia, pesándote de haber dexado mi amistad y conversación, por medio de la oración: y sobre todo haz la primera obra, tornándote a la caridad pasada, si no quieres verte a ti con castigo, porque me dexaste de dar lo que más me agrada, que es el amor, en el qual consiste todo lo que debes hacer.[10]
La falta de amor y caridad en Cristo supone la caída en la idolatría igual que la tentación de seguir a los falsos profetas, como, por ejemplo, lo fue una mujer llamada Jezabel descrita en la carta a la comunidad de Tiatira (Apoc. 2: 20-23). Los castigos por la idolatría y sobre todo por la adoración a la Bestia se aplican no sólo a los enemigos de los cristianos, sino también a los cristianos mismos si ellos intentaran hacer lo mismo; si analizamos la situación con el culto imperial en Asia Menor en los tiempos de san Juan, nos damos cuenta de que ese peligro espiritual ha sido real e inminente para los cristianos que no se han mostrado firmes en su propia fe.
Al comentar el texto del Apocalipsis Gregorio López se ha dado cuenta de que los destinatarios de los mensajes de san Juan, microasiáticos del siglo i, han vivido bajo presión de su entorno pagano. Es de notar que en Asia Menor se ha difundido ampliamente el culto imperial que alcanzó su auge al tiempo en que el Apocalipsis fue escrito.
A partir de la época de Octaviano Augusto en Asia Menor se ha establecido la deificación y adoración de los emperadores que primero se han llamado “los hijos de dios” en las inscripciones votivas y luego se les atribuyeron el título de “dios” que venía acompañado de una fórmula fija “el soberano de toda la tierra y todo el mar” (πάσης γῆς καὶ θάλασσης), como se lee en una inscripción proveniente de Pérgamo.[11]
El emperador poseía los títulos de “gobernante supremo”[12] (παντοκράτωρ, más tarde ese título se le ha atribuido a Jesucristo) y “dios”.[13] Ya en la época del principado temprano hubo testimonios del culto imperial, en que al emperador se le rendía el honor junto con un dios o una diosa. Se conoce el caso del libertino llamado Tiberio Claudio Epagato que dedicó una columna al emperador Claudio (“al Tiberio Claudio, Autocrator César Sebasto Germánico”) y a la diosa Artemide.[14] Existían los grupos sacaerdotales que llevaban a cabo los ritos y ceremonias del culto imperial que, según Tácito, eran guardianes del culto del Augusto y se hacían presentes en cada casa como representantes de los colegios del culto imperial.[15]
Las ciudades de Asia Menor formalmente gozaban de su autonomía por el acuerdo de amistad y alianza (φιλία καὶ συμμαχία)[16] que tenían con el poder central de Roma, representado en las provincias por el procónsul. Por eso los magistrados municipales y los colegios sacerdotales han tratado de atestiguar su lealtad frente a los poderes romanos y obligaban a los ciudadanos a hacer lo mismo. Así queda claro que los cristianos, igual que los demás ciudadanos independientemente de su afiliación religiosa, se habían involucrado en los ritos y ceremonias del culto imperial; mayormente por obligación, pero a veces por falta de compromiso y por no estar firmemente enraizados en su fe. Al conocer bien esas circunstancias, queda claro que san Juan hace advertencias muy serias para aquellos cristianos que mostraron negligencia en torno a su religión.
En la historiografía se ha discutido muchas veces la razón de haber elegido san Juan como destinatarios de su mensaje precisamente a las ciudades de Asia Menor. Gregorio López no nos da la respuesta; de todos modos, para entender el sentido y el tono general de los siete mensajes, hay que tomar en cuenta que la mayoría de las siete ciudades eran de gran importancia en la vida política, social y obviamente religiosa de Asia Menor del siglo i. Eso implica que el culto imperial fue representado en aquellas ciudades en gran escala. Sardes, la capital de Lidia, se titula en una inscripción solemne como “la primera y la más importante ciudad en Asia y en toda Lidia.[17] En un decreto honorario la comunidad ciudadana de Filadelfia toma nota de la existencia del consejo y pueblo poderoso (ἡ κρατίστη βουλὴ καὶ δῆμος), subrayando la importancia de esas autoridades. La ciudad de Pérgamo se titula en las inscripciones dedicadas al emperador como la primera y la más importante ciudad, la capital de Asia.[18] Las ciudades de Éfeso, Esmirna y Pérgamo, a cuyos representantes ha escrito san Juan en los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis, se han llamado “las primeras” en muchas inscripciones; sus delegados tenían derecho de dirigir las procesiones en las provincias.[19] Quizás por eso san Juan, como dice Richard Baukham, considera a las siete iglesias como representantes de todas las comunidades de Asia Menor y de todo el mundo cristiano en total; eso indica el refrán “El que tiene orejas [de buen entendimiento],[20] oiga lo que el Espíritu Santo dice a las Iglesias”.[21] El autor del Apocalipsis cierra la epístola a una iglesia con estas palabras y luego pasa a la epístola para otra iglesia. Así el autor invita a todos los lectores a escuchar el mensaje dirigido a cada una de las siete iglesias; en otras palabras, la llamada de ser firme en la fe y resistir cualquier reto por parte del entorno pagano se dirige a todos los cristianos. Claro que, según Baukham, eso no disminuye el carácter específico de lo dicho en cada epístola como algo relevante para una comunidad en particular; pero al mismo tiempo cada mensaje, al describir la situación concreta de cada comunidad, presenta una variedad representativa de los problemas posibles con los cuales podría haberse enfrentado cualquier comunidad cristiana,[22] como, por ejemplo, la amenaza por parte de los paganos o los judíos, la coacción ejercida por los representantes de los poderes romanos o la actividad de los profetas o maestros calificados como “falsos”. Cada situación podría también haber tenido analogías en otros mensajes para otras comunidades, y esa peculiaridad constituye en total el carácter autosuficiente del libro del Apocalipsis; además, cada mensaje –tanto separada, como conjuntamente– sirve como la introducción a la parte principal escatológica del libro, que contiene variedad de profecías y además todos los mensajes como tales contienen las profecías que Jesucristo transmite por medio de san Juan a cada comunidad.
Parece pertinente hacer una observación importante para entender la peculiaridad de género de las epístolas a las siete iglesias y al mismo tiempo ver cómo lo entendió Gregorio López. Tradicionalmente las profecías se han transmitido en el Medio Oriente mediante las epístolas, así que con ciertas restricciones podemos hablar sobre el género de las “epístolas proféticas” o “epístolas oraculares”. Los archivos reales del reino de Mari contienen los documentos escritos en idioma acadio con la escritura cuneiforme y fechados entre los años 1800-1760 a. C. Algunos de esos documentos contienen los consejos al rey Zimri-Lim por parte de los dioses y enviados a él por los “profetas”.[23]
La Biblia hebrea ofrece ejemplos parecidos: en el segundo libro de las Crónicas 21:12-15 dice que el profeta Elías dirigió su carta al rey Joram de Judá, anunciando el juicio de Dios. Su carta se introduce con las palabras “Jehová el Dios de David tu padre ha dicho así”; eso corresponde a la fórmula profética tradicional “Así dice Dios” que antecedía los mensajes de los profetas y de igual manera con la frase “Así dice el Señor” (τάδε λέγει ὁ Κύριος)[24] que es propia para las profecías del Apocalipsis. El profeta Jeremías, que tenía a un escribano llamado Baruch, enviaba sus profecías por medio de cartas. En el capítulo 29 del libro de Jeremías se transmite la carta que el profeta envió a los cautivos de Babilonia, aconsejándoles que evitaran la idolatría y prediciéndoles su próximo regreso a su tierra y la derrota de los falsos profetas.[25]
Esos mecanismos literarios de transmisión profética en el texto fueron adoptados por el autor del Apocalipsis, quien, como hemos dicho en el capítulo anterior, ha usado las construcciones hebreas propias de la literatura profética en su texto escrito en griego. Eso confirma Klaus Berger, diciendo: “Las epístolas del libro de la Revelación se tienen que examinar como la especie de las cartas proféticas que no se han extinguido por completo”; Berger afirma que todo el texto de la Revelación aparece como una profecía o como ciclo de profecías; el género epistolar se usa como herramienta de incorporación a las profecías en el texto.[26] Para nosotros es importante tener en cuenta las opiniones de los investigadores, porque de una manera sutil sus comentarios resultaron prefigurados por Gregorio López, quien, definiendo el Apocalipsis como una historia profética, admite también la importancia del género epistolar, entendiendo también el libro de la Revelación como un mensaje dejado a todos los cristianos y particularmente a los cristianos de Asia Menor (adelantando de cierta manera las observaciones de Baukham en torno de las cartas circulares, cuando cada epístola concreta destinada a una comunidad particular podría haber sido leída también por los miembros de otras comunidades).
II.II. Las comunidades cristianas del Asia Menor, su contexto local y el problema de los “ángeles”
La importancia del Tratado de Gregorio López consiste en que, además de analizar el “universo simbólico” del libro, resultó uno de los primeros en estimar el contenido histórico, social, político y religioso en que se han encontrado las comunidades cristianas, tratando de ubicar el contenido epistolar de los capítulos 2 y 3 en su posible contexto local. Para Gregorio López fue importante rastrear la historia romana en la base del libro del Apocalipsis, presentando diversos periodos de su historia como las etapas del cumplimiento de las profecías apocalípticas. La situación en que se han encontrado las comunidades microasiáticas en el tiempo de domiciano, según López, aparece como prólogo a la historia apocalíptica que empieza en los tiempos de Trajano; por eso es importante señalar los problemas que han preocupado a los cristianos de Asia Menor para ver las raíces de las tribulaciones futuras. Cada problema que preocupaba a las comunidades microasiáticas tenía su dimensión histórica concreta, fuera el culto imperial creciente e inminente o la aparición de los falsos profetas. Gregorio López examina los detalles que tienen su valor histórico y al mismo tiempo los ve como detalles de un drama apocalíptico que se ha de desarrollar con el paso de tiempo.
La fórmula que abre cada mensaje dirigido a la comunidad cristiana de las siete ciudades es: “Al ángel de tal iglesia escribe” (Tῷ ἀγγέλῳ τῆς ἐν τῷ δεῖνι ἐκκλησίας γράψον). Como es bien sabido, el sustantivo ἄγγελος significa “mensajero”; esta palabra puede aplicarse tanto a los humanos como a los seres sobrenaturales. ¿Quiénes podrían ser “los ángeles” de las siete iglesias? Felise Tavo hizo un balance de lo que se había escrito al respecto durante muchos años de discusiones. Si se trata del mensajero humano, se podría haber tratado de tres opciones: i) el miembro de la comunidad más distinguido por su fe y por sus calidades morales, a quien san Juan dirige su mensaje; ii) un profeta de la Iglesia; iii) el obispo, es decir, el líder o funcionario administrativo de la comunidad.[27] Hay que notar que la interpretación propia para la tradición patrística caracteriza a los ángeles como seres sobrenaturales, es decir, como ángeles en el sentido más habitual para nosotros. San Andrés de Cesarea en su Comentario al Apocalypsis hace referencia a las obras de san Ireneo, afirmando que por las siete estrellas, o ángeles, hay que entender la gobernación de los órdenes angélicas en la mano de Cristo; “para designar eso, como escribe el gran Ireneo (ὁ μέγας Εἰρηναῖος γεγράφηκεν), están hechos por Dios los siete cielos y los siete ángeles, que tienen poder sobre los demás (τῶν λοιπῶν προὔχοντος).[28] Los siete candeleros de oro, mientras tanto, significan alegóricamente las siete iglesias particulares (λυχνίας [...] τὰς Ἐκκλησίας ἐνόησε), o más bien, sus ángeles de la guarda.[29]
Otra interpretación resultó propia para la tradición occidental latina. Parece interesante el ejemplo del Comentario al Apocalipsis escrito por Primasio de Hadrumeto, un obispo norteafricano que vivió en los mediados del siglo VI. Este comentarista resumió lo que se había escrito al respecto por san Agustín y Ticonio, un autor donatista, cuyos comentarios sobre el Apocalipsis resultaron importantes para la Iglesia católica a pesar de la pertenencia de este último al cisma. Los “ángeles de la Iglesia” son para Primasio los miembros distinguidos que dirigían a la comunidad: “Por los ángeles de las iglesias se tiene que entender a los instructores del pueblo (rectores populi), quienes, al gobernar cada iglesia, anuncian el verbo de la vida a todos”.[30] Tal interpretación que hacía de los “ángeles de las iglesias” jerarcas o miembros distinguidos de la comunidad, resultó característica para la tradición latina occidental. Se trata de los maestros espirituales que guiaban a los fieles. Podrían haber sido, por ejemplo, los profetas de la Iglesia; en este caso la palabra “ángel” se usa para referirse al intermediario entre Dios y la comunidad, encargado de transmitir la voluntad de Dios por medio de los dichos y visiones. De la misma manera los “ángeles” podrían haber representado a los clérigos: los obispos o miembros del colegio de los presbíteros (πρεσβυτήριον); en este caso los “ángeles” se equiparán a las “estrellas” por ser hombres doctos y eruditos.[31] Tal interpretación fue la misma en el África bizantina, donde Primasio desempeñó el cargo del obispo. Después de la caída del poder romano en esa región, las instituciones municipales urbanas se deterioraron. Los obispos, entonces, estrechamente vinculados con la aristocracia municipal, llegaron a ser patrones del municipio en donde residían y de las comunidades urbanas, casi únicos representantes del poder legítimo, de ahí el uso del término “la ciudad episcopal”.[32] Por eso ha de esperarse que un obispo africano de la época bizantina vio en los “ángeles” de las iglesias de Asia a sus propios colegas con las mismas preocupaciones y deberes cotidianos.
Fue san Agustín quien dijo que los “ángeles” de las siete iglesias de ninguna manera son seres celestiales: los ángeles que viven en el cielo no pueden pecar; mientras tanto, a los “ángeles” les regaña Jesucristo por su profeta Juan, denunciando muchos de sus pecados; así que queda claro que la palabra “ángel” se tiene que aplicar a los hombres que, según las palabras del obispo de Hipona, “no pueden vivir sin pecado” (sine peccato ese non possunt).[33] Según san Agustín, sobre los “ángeles” se tiene que sobreentender nada menos que los obispos o los presidentes de las iglesias locales (aut episcopi, aut praepositi Ecclesiarum).[34] Entonces, podemos ver que en la tradición exegética latina que se remonta a san Agustín, los “ángeles” representaban a las siete iglesias de Asia, eran sus jefes espirituales, posiblemente los presbíteros distinguidos o hasta obispos que se hacían cargo de las necesidades de su propia congregación, prestando asistencia espiritual a sus miembros.
Beda el Venerable nos ofrece un ejemplo significativo en torno a la interpretación de los “ángeles de la Iglesia” al aplicarles el término latino sacerdos, que, aunque a menudo se traduce como “sacerdote”, a partir de la Antigüedad Tardía adquirió el significado estable y terminó asociándose con el obispo, como lo podemos en la correspondencia de san Cipriano de Cartago;[35] en el siglo iv la palabra sacerdos llegó a vincularse únicamente con el obispo, lo que confirma Charle Du Cange basándose en múltiples testimonios (por ejemplo, en las cartas de san Ambrosio, donde el obispo de Milán llama sacerdos a su colega en el orden episcopal, el papa Dámaso: Sanctus Damasus Romanae Ecclesias sacerdos).[36]
En su Explanación del Apocalypsis Beda ofrece una interpretación clara e inequívoca en torno a los “ángeles de las siete iglesias” y afirma que son “sacerdotes”, es decir, obispos y aquellos que dirigen la comunidad: Beda hace referencia al libro del profeta Malaquías, en donde dice que “los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero[37] es de Jehová de los ejércitos” (Mal. 2:7).[38] Cada “ángel” de cada iglesia particular es su obispo que está a cabo: “Y escribe al ángel de la iglesia de Sardis. A ese ángel, es decir, al obispo quien resultó menos asiduo, [Jesucristo] regaña por haberlo sorprendido en malas costumbres que necesitan ser corregidas”.[39]
Unos siglos después la interpretación se mantuvo con algunos detalles nuevos. Ruperto de Deutz (†1129 o 1130), un monje valón y luego abad en la ciudad alemana de Deutz, dejó un “comentario sobre el Apocalipsis, en donde se solidarizó con los comentaristas de las generaciones anteriores y desarrolló sus argumentos en torno al problema de los “ángeles de las siete iglesias”. Según Ruperto, “los ángeles” son los jefes de las iglesias locales (praesuli Ecclesiarum). Se comparan con las estrellas no por su propia santidad, porque, siendo seres humanos, podrían haber sido oscuros por sus propios hechos pecaminosos; sin embargo, brillan por la santidad del orden presbiteral a que pertenecen (pro officio tamen lucent), lo que les hace recitar la Palabra de Dios durante las misas y celebrar los sacramentos celestes de Cristo.[40] En el caso de cada “ángel” de la Iglesia particular, Ruperto aclara que se trata de los obispos: “Ángel, es decir, el obispo de la Iglesia (Angelus, id est sacerdos Ecclesiae)”.
Lo mismo reproduce Martín de León (†1203), canónigo regular de san Agustín, un distinguido teólogo y exégeta leonés. Al constatar que “por las siete estrellas se tiene que sobreentender a los instructores de todas las iglesias, y los siete candeleros son las siete iglesias” (per septem stellas designati sunt universo rectores ómnium Ecclesairum; et candelabra septem, septem Ecclesiae sunt), Martín añade: “Por siete candeleros hay que entender aquellos que poseen el arte de predicación, pero no han entrado al orden sacerdotal, porque no son prelados”;[41] así que Martín separa los siete “ángeles” de las iglesias de los siete candeleros, afirmando que por estos últimos se tiene que sobreentender a los predicadores laicos; de todos modos, interpretando a los “ángeles” de las siete iglesias, Martín los iguala con los obispos, igual que todos los exégetas latinos tardoantiguos y medievales.[42]
Igual que san Agustín, Ticonio y Primasio, Gregorio López afirma que los “ángeles de las siete iglesias” son los obispos de las comunidades locales, quienes, como mensajeros, aparecían como intermediarios entre Dios y su comunidad, desempeñando así su función como profetas y como gobernadores: en el Apocalipsis se “llamó ángeles a los obispos, porque ángel quiere decir mensagero, y estos obispos eran mensageros de Dios, pues decían a sus iglesias los que Dios les mandaba”.[43] Mientras tanto, a diferencia de Ruperto de Deutz y de Martín de León, López no iguala a los mismos obispos con las siete estrellas para destacar su sabiduría y sus dones espirituales que deben brillar. Según el ermitaño, las siete estrellas “son los siete obispados de estas iglesias”;[44] mientras tanto, los siete candeleros de oro son “las siete iglesias adornadas de caridad”.[45] Ese razonamiento tiene su propia lógica, porque si se supone que los gobernadores y los líderes espirituales de las comunidades son los obispos, entonces las iglesias que ellos gobiernan son nada menos que los obispados o las parroquias, es decir, las comunidades autónomas que obedecen a un obispo. Tal entendimiento se corrobora con el significado estable de la propia palabra ecclesia (iglesia) que desde la Antigüedad Tardía llegó a asociarse con la parroquia, lo que confirma también el Glosario de Du Cange.[46]
Es evidente, pues, que Gregorio López pensaba en las categorías del siglo xvi, imaginándose la comunidad local microasiática como una unidad basada en la jerárquica, cuando los creyentes constituyen una comunidad jerárquica que goza de autonomía y al mismo tiempo viene dirigida por un obispo y le obedece en el sentido administrativo y espiritual. Gregorio López hace hincapié en el servicio profético de cada “ángel” de la Iglesia que, por ser mensajero de Dios, decía a su iglesia “lo que Dios mandaba”. Esa imagen del líder de una comunidad microasiática basada en los principios jerárquicos, y representada en el libro del Apocalipsis resultó actual para la historiografía moderna. Ya en la mitad del siglo xx muchos investigadores llegaron a conclusiones similares. Al respecto citamos las reflexiones de W. H. Brownlee:
Se ha afirmado de vez en cuando que el “ángel de la Iglesia” a quien está dirigida cada epístola de Rev. 2-3, es el obispo o pastor de las siete iglesias respectivas. Antes he estado en desacuerdo con esta posición, interpretando al ángel como una personificación espiritualizada de la propia Iglesia. Ahora me parece probable que Juan de Patmos se ha encontrado bajo la influencia de las imágenes del libro del profeta Malaquías 2:7[47] y Daniel 13:3 sugiriendo su propia concepción del papel sacerdotal del obispo (priestly role of the bishop). En aquellos dos pasajes el sacerdote se describe como “mensajero” (malakh en hebreo o ἄγγελος en griego).[48]
Sin embargo, ha habido mucha objeción en contra de esa opinión, dado que se ha creído que en los tiempos de san Juan las comunidades cristianas (o mejor dicho, judeocristianas) todavía no habían conocido ninguna institución jerárquica, siendo “comunidades de los iguales”. Allá hubo “igualdad y privilegios para todos”; el libro del Apocalipsis se ha leído e interpretado desde la perspectiva del fragmento del Éxodo 19:5-6, en donde Dios promete elevar al pueblo de Israel haciéndolo “un reino de sacerdotes, y gente santa”; aquí hay una correlación con el fragmento Rev. 1:6, “y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios”, así que los cristianos como nueva Israel por haberse redimido con la sangre de Cristo llega a formar parte del “reino de sacerdotes”, renovando los privilegios dados por Dios a Israel antigua.[49]
Resulta claro que en ese panorama dibujado por muchas generaciones de investigadores[50] no hay lugar para cualquier tipo de organización jerárquica. Sin embargo, durante las últimas décadas esa concepción se debilitó por las últimas investigaciones enfocadas en el problema de la presencia de ciertos órdenes de ministerio en la Iglesia primigenia, sobre todo de los profetas, los diáconos y los obispos. Los últimos ya fueron mencionados en el libro de los Hechos de los Apóstoles (28:30, por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos); su función era sustituir a los apóstoles mismos. Por cierto, los primeros obispos se han elegido principalmente por sus dones espirituales y su afán profético y evangelizador. En este contexto nos parece pertinente el razonamiento de André Lemaire que, a pesar de haber sido formulado hace casi 50 años, no ha encontrado ninguna observación seria. Lemaire afirma que los “ángeles” de las siete iglesias eran los ministros; es probable que podrían haber sido obispos, pero no se puede comprobar basándose exclusivamente en el texto de la Revelación. Según las opiniones más comunes, la noción “ángel” podría haberse referido: i) al ángel de la guarda de cada iglesia; ii) a la personificación espiritual de la comunidad; iii) al ministro de culto responsable por cada comunidad. Lemaire defiende la última posición, notando que, además de que la palabra ἄγγελος puede referirse al ser humano, los términos como κόπος (Rev. 2:2),[51] πιστός (fiel) y στέφανος (corona, Rev. 2:10), διακονία (servicio, Rev. 2.19),[52] γίνου γρηγορῶν καὶ στήρισον (“se vigilante y afirma” según Reina-Valera o “está en vela y confirma” según Gregorio López, Rev. 3:2) normalmente se refieren al ministerio de los apóstoles en la literatura neotestamentaria.[53] Con todo esto se debe encomiar la intuición exegética de Gregorio López quien, teniendo como apoyo la tradición latina tardoantigua y medieval, vio en los “ángeles de las siete iglesias” las personas humanas, los ministros de culto responsables del bienestar material y espiritual de las comunidades a su cargo. Por supuesto, esa opinión no es predominante en el discurso académico contemporáneo. Sigue vigente la concepción, según la cual el “ángel de la Iglesia” aparece como la “dimensión celestial” de aquella (heavenly dimensión of the church, según Felise Tavo[54]), el homólogo o hasta el doble espiritual (Doppelgänger) de la comunidad.[55] Vemos que esa concepción se mantiene cerca de la exégesis cristiana ortodoxa oriental, marcada por su enfoque “espiritualizado”, como lo vemos en el ejemplo del san Andrés de Cesárea. En ese contexto vemos que el esfuerzo con que Gregorio López entiende los “ángeles de las iglesias” como obispos (o los clérigos más distinguidos) aparece como uno de las primeras intenciones (que aunque no hayan sido privados de cierto carácter naïf) de ubicar los detalles de las epístolas a las siete iglesias de Asia en su contexto histórico-local. Al haber pasado siglos, este enfoque ha evolucionado considerablemente; su gran defensor ha sido William Ramsay, un conocedor excepcional de la historia y arqueología de Asia Menor cristiana. Basándose en muchos testimonios, supo mostrar que el autor de las cartas a las siete iglesias ha conocido de una manera íntima todas las necesidades de cada comunidad a que dirigía, todo el contexto en que se han encontrado los cristianos de las comunidades microasiáticas,[56] así que las epístolas de san Juan de ninguna manera era algo ficticio.
Resumiendo las discusiones de muchos siglos en torno de los ángeles de las siete iglesias, Ramsay, por un lado, admite que se trata de una figura simbólica que representa el poder, la historia, la vida y la unidad de la Iglesia; es la personificación de la presencia divina y del poder divino, reflejada en cada comunidad; es la garantía de la eficacia u vitalidad de la Iglesia.[57] Por otro lado, se reconoce que esos principios espirituales podrían haberse reflejado en una persona humana que no sólo posee altas calidades morales, sino tiene sus fallas. Jesucristo, hablando por san Juan, reprocha a los “ángeles” por la negligencia y la falta de atención pastoral, así que la terminología simbólica encubre la vida cotidiana de las comunidades cristianas, marcada no sólo por sus esperanzas escatológicas, sino también por sus preocupaciones y labores terrenales.
Ramsay reconoce de una manera cautelosa que “es vano intentar una definición rígidamente exhaustiva al significado que se adjunta al término ángel”,[58] sin embargo, es importante destacar el hallazgo hermenéutico de Gregorio López, igual que de sus predecesores, de descifrar el lenguaje simbólico y ver la “encarnación” del principio de la vitalidad de la Iglesia, personificado en la figura de un obispo como patrón de la comunidad de la cual se hacía responsable.
Roland Worth en su investigación reciente dice que la significación de los “ángeles de las siete Iglesias” podría depender de la datación que adoptemos del Apocalipsis. Si nos inclinamos a la fecha más temprana de la aparición del Apocalipsis, es decir, fecharlo con el reinado de Nerón, en este caso apenas podríamos asociar a los “ángeles” con los obispos de la ciudad, porque en aquel tiempo todavía no había una jerarquía estable. Mientras tanto, si admitimos la fecha más tardía del libro de la Revelación, es decir, de los tiempos de Domiciano (como lo hace Gregorio López), la equiparación “ángel” igual a “obispo” llega a ser más explicable.[59] Unos 10 años después de que fue escrito el Apocalipsis, la ciudad de Éfeso, en que se ha encontrado una de las comunidades “apocalípticas”, fue visitada por san Ignacio de Antioquia, quien destacó el papel extraordinario del obispo y hasta persuadió a los efesios a hacer todas las cosas en consonancia con la voluntad del obispo, aunque los miembros del colegio del presbiterado también han gozado de su participación en la administración eclesiástica.[60] Ese detalle importante también caracteriza a Gregorio López como eslabón en una cadena hermenéutica que empieza desde los primeros comentaristas latinos y termina con los investigadores modernos que disertan sobre las mismas cosas, pero aplicando los enfoques modernos en torno a la crítica del texto.
II.II.I. Éfeso
La primera epístola de las siete iglesias fue dirigida a la comunidad de Éfeso. Gregorio López no explica tal orden, sin embargo, cabe señalar la posición dominante que tenía esa ciudad entre otros municipios microasiáticos. Se conoce por su enorme santuario de Artemis que ha atraído muchos peregrinos de todo el mundo helénico. Eso favoreció al desarrollo económico de la región efesia, en donde se habían concentrado muchos recursos. San Pablo Apóstol al visitar Éfeso encontró una comunidad cristiana pequeña cuyos miembros se habían declarado ser seguidores de san Juan Bautista. Los integró a su grupo “paulino” y se detuvo en la ciudad por tres años para acrecentar esa comunidad por predicación asidua y cimentarla para que desarrollara como institución estable (Hechos 19: 1-6). También es importante notar que el emperador Domiciano mandó construir en esa ciudad un templo grande dedicado al culto del emperador, lo que también podría haber puesto en peligro la comunidad creciente.[61]
Gregorio López subraya que las palabras iniciales de la epístola al “ángel de la iglesia de Éfeso” son de Jesucristo resucitado. Ya no habla san Juan, presentándose a sus lectores, sino el mismo Jesucristo, mientras tanto san Juan toma el papel de su profeta. Lo precisa Gregorio López al comentar las palabras esto dice con las cuales inicia la epístola a la iglesia de Esmirna: “Es de notar que nuestro Redentor habla unas veces como Dios y otras como hombre […], ahora habla como Dios”.[62] De hecho, como ya dijimos, con las palabras introductorias esto dice se traduce la fórmula profética τὰδε λέγει [κύριος παντοκράτωρ] (esto dice o así dice el Señor Todopoderoso) que aparece 353 veces en la versión griega del Antiguo Testamento;[63] más concretamente, se encuentra por los menos 65 veces en el libro del profeta Ezequiel, introduciendo nuevas unidades literarias en el texto (igual que en el libro del Apocalipsis), 30 veces en Jeremías y ocho veces en el libro de Amos.[64] Según Gregory Beale, tal manera de introducir las palabras de Jesucristo enfatiza el hecho de que Él asume el papel de Dios Yahvé.[65] Desde las primeras palabras Gregorio López comenta que san Juan es el intermediario, quien transmite como profeta las palabras que le dictó Jesucristo mismo:
Al ángel, que es el obispo, de la iglesia de Epheso, escribe nuestro Redentor, nota, y manda a san Juan que escriba, esto dice, el que tiene las siete estrellas, los obispos, en su diestra, que anda en medio de los siete candeleros de oro, de las siete iglesias adornadas de caridad.[66]
Este comentario representa a Jesucristo como soberano que posee la fortuna de la iglesia de Éfeso y de las siete comunidades en total. Gregorio López también prefiguró las tendencias de las investigaciones modernas; basta señalar que el significado del original griego de la frase “tiene siete estrellas” –ὁ κρατῶν τοὺς ἑπτὰ ἀστέρας ἐν τῇ δεξιᾷ αὐτοῦ– remite a la semántica del poder, dado que el verbo κρατέω significa, entre otras cosas, “tener a alguien en posesión”, hasta “aplicando la fuerza”; así que el autor del Apocalipsis demuestra con ese léxico que Jesucristo ejerce la autoridad total y control absoluto sobre las comunidades de Asia.[67]
Es importante señalar que conforme la semántica de los siete candeleros, según Gregorio López, representan las siete iglesias o siete obispados. Aquí López continúa la tendencia que fue establecida por el autor mismo de la Revelación que en Apoc. 1:20 explicó los siete candeleros de oro (ἑπτὰ λυχνιῶν τῶν χρυσῶν) como siete iglesias (ἑπτὰ ἐκκλησίαι). La palabra λυχνία corresponde al sustantivo hebreo menorá que nos remite a aquel famoso candelabro de aceite de siete brazos que Dios mandó hacer a Moisés para el Tabernáculo (Éxodo 25:31-37) y que el rey Salomón hizo para el templo de Jerusalén (1 Reyes 7:49); así que es importante notar que el simbolismo referente a cada iglesia de Asia evoca el contexto sagrado; en otras palabras, cada comunidad junto con el obispo que le preside son sucesores del templo veterotestamentario por la gracia de Dios.[68] Tenemos que notar ese simbolismo tomando en cuenta el interés que Gregorio López tenía acerca del simbolismo hebreo y de la oportunidad de incorporar a los criptojudíos en el seno de la Iglesia católica.
Al caracterizar a Jesucristo como el Señor soberano que ejerce la plenitud de su poder sobre las iglesias de Asia, Gregorio López puntualiza las relaciones entre cada “ángel” de la Iglesia y Jesucristo, conforme a sus acciones y obras: “Es de notar que nuestro Redentor se pone títulos conforme a los que con cada uno de estos obispos trata con sus obras virtuosas y trabajos, en gobernar su iglesia, y defenderla de Hereges”.[69]
El fragmento citado es de extrema importancia, porque Gregorio López puntualizó y contextualizó el núcleo mismo del mensaje profético de los capítulos 2 y 3 del libro de la Revelación. Esa indicación del significado esencial de las epístolas depende de las palabras mismas de Jesucristo, quien, dirigiéndose a cada “ángel de la iglesia” (a partir del de Éfeso):
También sé tu paciencia en estos trabajos, y que no puedes sufrir a los malos, por qué te es penosa la vida de ellos, y tentaste a los que se dicen falsamente apóstoles, y no son, y los hallaste mentirosos, porque con diligencia los examinaste, y hallaste su doctrina contraria a la mía; y con todo esto tienes paciencia, sufriendo por mi nombre, y no desfalleciste.[70]
Llama la atención el uso particular del verbo “saber” en vez de “conocer”; podemos comparar ese fragmento con el mismo en la versión de Reina-Valera, donde se dice “Yo conozco tus obras” (Apoc. 2:2). El problema es que Gregorio López prefiere usar el análogo del verbo griego οἶδα, que se corresponde con el castellano “saber” en vez del verbo γιγνώσκω que, como regla, se transmite por “conocer”. Gregorio López prefirió sacrificar la exactitud léxica para señalar la omnisciencia divina de Jesucristo que puede indicarse sólo con el verbo “saber”, que es el análogo del verbo griego οἶδα, mientras tanto, el verbo “conocer” no indica la plenitud del saber por referirse sobre todo al campo semántico de “tener noticia”, “tener la idea o la noción de una persona o cosa”.[71] Señalamos que la divinidad de Jesucristo no se pone en duda en el Tratado de Gregorio López, así que para él era muy importante indicar su naturaleza divina por todos modos posibles, incluso por medio de léxico.
Como una fórmula general Jesucristo repite a los destinatarios de cada epístola que sabe de sus trabajos, de sus tribulaciones, de su riqueza y pobreza, de sus hallazgos y fracasos, que conoce sus cosas mejor que ellos mismos hasta no darse cuenta de sus problemas reales, por eso necesitan que les abran los ojos a la situación en que se encuentran para que sepan de su caída y para que quede claro qué deben hacer para mejorar su situación. Eso es la contextualización del mensaje profético que se refleja en el mismo texto de la Revelación, quizás por eso Gregorio López decidió dejar ese fragmento sin comentario, porque aquí todo habla por sí mismo: Jesucristo, al declarar su próxima segunda y gloriosa venida, alienta el ánimo de los cristianos de Asia Menor y da instrucciones para sus líderes espirituales, es decir, los “ángeles de las siete iglesias”, quienes no deben dar ni un paso atrás, evitando cualquier avenencia con el mundo sumergido en idolatría. Por eso es importante señalar los peligros que amenazan a los cristianos y las tareas que Jesucristo determina para los “ángeles” de las iglesias.
Como nota Pierre Prigent, en las epístolas casi no se mencionan las persecuciones como amenaza principal para los cristianos;[72] por supuesto que el culto imperial y la religión pagana representaban un peligro para los cristianos, pero esos factores de riesgo se volvieron alegoría y símbolo en otras partes del Apocalipsis. Mientras tanto, la preocupación de Jesucristo se concentra en otras cosas. La amenaza para los cristianos no sólo está en los factores externos, sino también dentro de las comunidades, enmascarando su carácter demoniaco, tomando la apariencia del cristianismo. Felise Tavo subraya que el peligro para los cristianos estaba en: (i) los retos dentro del seno de la Iglesia y (ii) los que llegan de fuera de la comunidad.[73] Los primeros retos se refieren a los trastornos en la vida espiritual comunitaria por la negligencia, falta de compromiso o por otras cosas; para curar esas enfermedades espirituales, se recomienda al “ángel de la iglesia de Éfeso” que hiciera la primera obra necesaria para reparar la unidad y el bienestar espiritual de la comunidad. ¿En qué consiste la falla del obispo de Éfeso, quien no pudo resistir bien ese reto y qué obra debería hacer? Gregorio López da una respuesta interesante: Jesucristo reprocha al “ángel de Éfeso” por haber olvidado las relaciones estrechas y personales con Dios por sus ocupaciones administrativas con que debió comprometerse como obispo y líder de la comunidad:
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