Kitabı oku: «La difícil vida fácil»

La difícil vida fácil
Punto de vista editores
La difícil vida fácil
Doce testimonios sobre prostitución masculina
Iván Zaro
prólogo de luis antonio de villena
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Director editorial:
José Luis Ibáñez
Consejo asesor:
Silvano Gozzer
Alberto Vicente
© Iván Zaro, 2016
© del prólogo, Luis Antonio de Villena, 2016
© de esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2016
Todos los derechos reservados.
Primera edición: mayo 2016
Segunda edición: junio 2016
Publicado por Punto de Vista Editores
info@puntodevistaeditores.com
www.puntodevistaeditores.com
@puntodevistaed
Edición: Alex Richter-Boix
Corrección: Gabriela Torregrosa
Diseño de cubierta: Estudio Joaquín Gallego
© de la fotografía de cubierta: Joan Crisol
Modelo de cubierta: Juan Alberto Moreno
ISBN papel: 978-84-15930-91-4
ISBN digital. 978-84-15930-90-7
IBIC: JFMX, JFSK2, JFFH2
Depósito legal: M-5695-2016
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com
A M.ª Ángeles y Joaquín, mis padres,
por descubrir mi vocación por el Trabajo Social.
A Javier Mercé, mi marido,
por amarme en libertad, sin condiciones.
A los trabajadores del sexo que he conocido,
por enseñarme todo cuanto sé.
Chulos, chaperos, trabajadores del sexo
luis antonio de villena
Conocí a nuestro Iván Zaro hace bastantes años. Él, como trabajador social, entraba con otros compañeros en la noche de los bares de ambiente a repartir condones y crema lubricante como parte de una campaña de prevención antisida. Era gente bien recibida pues había una conciencia general del peligro, aunque acaso los momentos peores de la pandemia ya habían pasado. Iván hacía hincapié en entregar condones a quienes él llama noblemente en este sencillo y rico libro testimonial «trabajadores del sexo». Él sabe que detrás de la inmensa mayoría de esos chicos —es verdad que las chicas andan otro conducto— no hay mafias ni esclavismo, sino la simple y llana voluntad de un muchacho por lo general bien parecido que entiende y acepta que alquilando su cuerpo va a obtener (y habitualmente es así, sobre todo al inicio) mucho más dinero que en cualquier profesión de las llamadas «honestas». Yo he preguntado alguna vez a alguno de estos chicos —he conocido a muchos—: ¿Tú no dejarías este oficio por ser camarero, por ejemplo? Y la respuesta ha sido muy mayoritariamente unánime: No, en esto se gana más. Alguien dirá: ¿Pero se puede tener vocación de chapero? Y yo siempre contesto: Probablemente no (no estoy seguro), pero, dígame, ¿se tiene vocación de albañil, de taxista o de picador de carbón, con todos los respetos? Estoy seguro de que no hay tales vocaciones. A esos nobles trabajos —como el de chapero—, no te lleva esencialmente ninguna vocación, sino las no siempre fáciles circunstancias de la vida. Pero ser chapero, con todas sus dificultades —que el libro de Iván testimonia muy bien—, tiene un pequeño plus añadido. Puede no salir bien (y muchas veces no sale), pero esos chicos, que se levantan a mediodía o más tarde, saben que su mundo está de continuo sobrevolado por el término «placer»: tomar copas (drogas también, de cuando en cuando) y una noche larga de bares, discotecas y sexo final, en donde ellos —teóricamente— serán reyes, ídolos indiscutibles, aunque todo tenga muy frecuentemente los pies de barro. ¿Cómo no sentirse seducido por el término «placer» y su realidad en la juventud radiante?
Iván entraba a múltiples bares repartiendo condones gratis y a mí me veía muy a menudo, charlando con chicos diversos, en un bar muy famoso y variopinto en la época, el Black & White, al que todo el mundo llamaba el «Blanco y negro». Iván y yo terminábamos charlando un ratito del mundo que había alrededor, que ambos respetábamos. Así que cuando dirigí un par de temporadas un programa en RNE dirigido al colectivo LGTB, con una cierta voluntad no de cancaneo vulgar, sino de altura (el programa se llamó Las aceras de enfrente), Iván vino varias veces con algún trabajador sexual para que yo lo entrevistara.
Aunque he conocido a chicos a los que les ha ido muy bien en esa profesión (con fecha de caducidad, como modelo o jugador de fútbol), otros muchos terminan desnortados, cuando no enganchados a alguna droga o simplemente al sortilegio de la palabra «placer», que, como he dicho, no deja de sobrevolar en lo alto, muy ambigua…
Antiguamente, a estos chicos, bisexuales que un día decidían «hacerse una chapa» para luego gastarlo con la novia, se les llamaba «chulos». Era el nombre que empleaba aún, por ejemplo, Jaime Gil de Biedma. Pero a medida que fue creciendo la profesionalización —todavía muy lejos del reglamentado mundo de la prostitución femenina— estos chicos fueron «chaperos», por esa «chapa» ocasional que se hacían. Había españoles, portugueses y marroquíes, pero a partir de la caída del muro de Berlín los bares (y ciertas calles) se llenaron de chicos del este de Europa, sobre todo búlgaros y rumanos, pero asimismo rusos, polacos y aún más húngaros. Luego llegaron los latinoamericanos, cubanos, dominicanos, pero especialmente colombianos y brasileños (¡cielo santo, cuántos y qué bellos brasileños!) dotados todos de una pansexualidad muy generosa. La célebre crisis del 2009 puso fin a la abundancia, pero no al fenómeno que ahora también copa Internet y sus páginas sexuales, un ámbito, a mi antiguo entender, menos claro y eficaz que el de los bares directos…
La prostitución masculina existió en las antiguas Grecia y Roma, pero la Europa moderna (que no la desconocía, ni mucho menos) la silenció en un mundo lleno de tabúes religiosos católicos y feroz represión. Yo conocí ese mundo en La musa de los muchachos de Estratón de Sardes (siglo II) o en Cavafis antes de verlo vivo, muchas veces amigo, y de verdad, con su pléyade de dificultades o sus sueños rotos por engañosos anhelos de eternidad. El presente libro de Iván Zaro recoge veraces testimonios de cuanto acabo de decir. Su mérito: la sencilla verdad y el cálido y afectuoso respeto por tantos chicos de buena voluntad. Su mérito aún más: una singular suerte de compañerismo. Yo se lo dije a alguno: Es posible que no viajemos en el mismo piso o nivel de la nave, pero ten por seguro que el barco en que vamos es exactamente el mismo…
Como colofón antes de lo que Iván narra, déjenme reproducir un poema de mi libro Hymnica (1979), donde unos muchachos que se prostituyen, hace muchos años, pero lo esencial no cambia, se reconocen amantes. El poema se titula «Historia de madrugada». Estos chicos chaperos —como muchos de nosotros— se preguntan a menudo qué será de ellos mañana…
Se decidió y dijo que sí, que iría.
Y sonrió al decirlo. Llevaba un chaquetón
azul, y una camisa que se ceñía al cuerpo
juvenil, perfecto. Los ojos celestes y rizado el pelo.
Así es que después de esto (pensaba mientras
se dirigían al coche del anfitrión improvisado)
podría dejar la ciudad, y salir —¡ah, la emoción
del viaje!—, y pasar el verano junto al mar, lejos,
en los puertos que habita el placer —y el dinero—.
Y además tampoco iba a pasarlo mal
aquella noche. ¡Se goza tanto en el amor!
Se imaginaba ya la escena: la piel desnuda,
húmeda de sudor, sobre el lecho, entre la excitación
y la respiración acelerada, y las manos que
recorrían su cuerpo, de tacto suave (le decían)
y hermosísima adolescencia. Sí, sería estupendo.
Aunque casi seguro era, que en el momento
máximo, en la final delicia del espasmo,
la mente huiría muy lejos de allí, recordando
la noche última en la pensión aquella…
El amigo —tenía también dieciocho años— le propuso,
tras la cena, que se marchasen juntos, y mientras,
temblando, se abrazaban, el otro apagó la luz
y acariciándole, susurró al oído: ¡Ya verás qué verano!
Madrid, marzo de 2016.
Introducción
Les invito a conocer un mundo aparentemente invisible del que muy poco se ha escrito y cuya existencia pocas personas conocen en profundidad: la prostitución masculina. Es habitual el tratamiento de la prostitución desde un enfoque exclusivamente femenino, relegando la figura masculina al demandante de los servicios sexuales. En este libro toman la palabra los hombres que ejercen la prostitución y que ofertan sus servicios a hombres o mujeres. Es necesario abordar el trabajo sexual, entendido como el ejercicio de la prostitución voluntaria y libre, sin coacciones, desde una perspectiva holística y poliédrica, prestando atención a todas sus posibles manifestaciones.
Esta obra parte de los testimonios de los trabajadores del sexo, que se expresan en primera persona, recobrando así un espacio que algunos agentes sociales han venido usurpando, demostrando, en algunas ocasiones, el más absoluto desconocimiento sobre las experiencias, las aspiraciones y las reivindicaciones de las personas que ejercen la prostitución. El objetivo, por tanto, es claro y certero: ser un canal de expresión de los trabajadores del sexo. No estamos ante una obra técnica —ya publiqué con anterioridad diversos estudios y artículos sobre la materia—, sino ante una obra que pretende ser pragmática, sin necesidad de mayor validación que la propia experiencia vital de sus protagonistas. En este viaje hallarán diversos planteamientos que cada una de las personas que forman parte de este libro ha ido adquiriendo a lo largo de su trayectoria. Sus consejos nos serán de utilidad para comprender mejor la prostitución masculina.
El lector se topará con vidas silenciadas e invisibles envueltas en el estigma social. Algunos trabajadores del sexo comparten, por primera vez, sus emociones más íntimas, sus risas y sus llantos, las luces y sombras que forman parte del ser humano.
Mi labor en este trabajo ha sido la de humilde transmisor de la información, ofreciendo la infraestructura y la metodología necesarias para aproximar a los lectores al mundo de la prostitución y que puedan formarse una opinión más certera, menos oscura e invisible. Este libro ha sido elaborado con el máximo respeto y cariño hacia los hombres que ejercen la prostitución.
Llevo desarrollando mi labor como trabajador social en el ámbito de la prostitución masculina desde 2004. Dirijo un programa de atención sociosanitaria específica a los Trabajadores Masculinos del Sexo (TMS) en Madrid. Esto me ha permitido mantener un contacto directo a través de la intervención de una unidad móvil en los espacios de ejercicio de la prostitución masculina: en la calle (viví los últimos años de actividad en la histórica calle Almirante y el languidecer de la Puerta del Sol), en los locales de ocio nocturno (bares míticos que sobreviven a duras penas en medio de la crisis económica que atravesamos desde 2008), en las saunas y en los pisos gestionados por terceros, algunos desmantelados por la crisis y otros, por la justa persecución de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual.
En estos últimos años, he visto una transformación vertiginosa de la prostitución en general, especialmente la masculina, debido, en gran parte, a la presión pública para disuadir a los clientes, lo que ha tenido como consecuencia no el abandono del ejercicio de la prostitución, sino su mayor inaccesibilidad, es decir, el aumento de la vulnerabilidad de las personas que se prostituyen. Pero también por la incursión de las nuevas tecnologías y una apertura ligada a un incremento de la visibilidad del colectivo LGTB en la sociedad española, en concreto, de los hombres homo/bisexuales y de las mujeres transexuales.
En mis inicios, la diversidad cultural dentro del colectivo de trabajadores sexuales era amplia. Un gran porcentaje de hombres era extranjero, especialmente de Latinoamérica (en su mayoría de Brasil), países musulmanes (Marruecos y Argelia) y Europa del Este (Bulgaria y Rumanía). Muchos de ellos estaban en situación administrativa irregular, lo que siempre ha supuesto una mayor exclusión social, agudizada por la crisis. En la actualidad, la prostitución masculina ejercida por hombres de origen español se ha triplicado, y cada vez son más visibles en todos los espacios de ejercicio. Es probable que este hecho haya favorecido su profesionalización, tomando el trabajo sexual no como una actividad puntual, sino como una vía para obtener recursos económicos de forma prolongada en el tiempo.
Por otra parte, debido a la retirada de la sección de contactos en algunos periódicos de tirada nacional, los trabajadores sexuales han encontrado en Internet su principal medio de publicidad y negociación. A través de diferentes portales especializados, o bien mediante sus propias páginas, difunden y publicitan sus servicios con vídeos y fotografías. Incluso, en algunos casos, se hace uso de portales internacionales, lo que favorece la movilidad del colectivo a escala europea.
Asimismo, las nuevas tecnologías han estrechado la relación entre diferentes esferas dentro de la industria del sexo como la prostitución masculina y la pornografía. Algunas de las más reconocidas estrellas del porno gay han sido o son trabajadores del sexo, realizando una importante labor de visibilización. No son los únicos. Muchos otros compañeros han querido aportar su grano de arena frente a un mal común sufrido por todos: el estigma social. Recuerdo el cariño y la dedicación con la que elaboramos el primer calendario solidario para luchar contra la discriminación de los trabajadores del sexo en 2010. Contamos con importantes colaboradores, como el fotógrafo internacional Joan Crisol y la productora pornográfica de temática gay JalifStudio, quienes inmortalizaron a diversos trabajadores del sexo lejos de la sordidez y la oscuridad a las que se les asocia culturalmente. Demostraron una gran valentía y solidaridad, al igual que los protagonistas de este libro.
Mi labor y compromiso con ellos ha sido siempre potenciar sus habilidades en el cuidado de sí mismos, el establecimiento de límites y el contacto con sus emociones. Siempre he intentado que encontraran en mí a un confidente, un colaborador para activar los resortes que les permitan recorrer el camino hacia sus metas.
Tengo muy presentes a aquellos trabajadores del sexo con VIH, quienes han compartido conmigo su experiencia y junto a los cuales he recorrido, en algún momento, el proceso de la infección, las primeras analíticas, sus dudas y temores. He intentado en todo momento facilitar herramientas y trucos que lograran una mayor adherencia al tratamiento o tan sólo hablar con ellos sobre aquello que les preocupa. Ellos han aprendido a vivir con una infección crónica, han visto que nada les puede limitar y me han regalado su confianza. Con ellos he aprendido que, en muchas ocasiones, somos excesivamente duros e injustos con nosotros mismos, y que es en la adversidad cuando nos hacemos grandes, y que nunca hay que dejar de confiar en uno mismo.
Recuerdo algún caso en particular de gran éxito personal entre mis usuarios, como el de aquel trabajador del sexo que conocí hace años en la calle. Tardé meses en ganarme la confianza necesaria para que me dijera que estaba ejerciendo la prostitución, algo de lo que estaba tremendamente avergonzado. Era heterosexual, de procedencia latinoamericana y no concebía mayor tabú posible. Con el paso del tiempo, compartió conmigo su pasado. Provenía de una familia económicamente bien posicionada, estaba casado y era padre de varios niños. Había tenido un negocio próspero en España que comenzó a ir mal y, agobiado por una mala racha, comenzó a beber, esto le llevó al juego, lo que derivó en conflictos familiares y llevó al cierre del negocio y, como desenlace, a vivir en la calle. Tras muchos meses de intervención, consiguió recuperar la comunicación con su familia: su madre, mujer e hijos. Fue la primera mediación familiar que realicé en mi carrera. Él mismo se concedió una segunda oportunidad, encontrando en su familia un entorno seguro para iniciar el tratamiento de desintoxicación, abandonar la prostitución, algo que detestaba, y comenzar a trabajar aceptando que administraran sus ingresos hasta su total rehabilitación. Sólo puedo estar agradecido por haber podido compartir su experiencia y subrayar lo importantes que son las segundas oportunidades, sin rencor, con una mirada de apoyo incondicional.
También recuerdo a aquella pareja de trabajadores del sexo cuya casera los echó a la calle en plena nevada cuando descubrió que recibían a clientes en el estudio cuyo alquiler pagaban religiosamente y sin contrato. Ante esta crítica situación, intentamos buscar una solución para paliar la emergencia. Pasadas las noches gélidas, huyeron de Madrid hacia un futuro mejor. Al cabo de los años recibí un e-mail en el que me contaban lo bien que se encontraban en la actualidad. No me avergüenza decir que ese día me emocioné. Al igual que los días en que alguno de los trabajadores del sexo ha traído flores a mi despacho, sin haber mencionado nunca lo mucho que me gustan.
He de citar a los trabajadores del sexo que han colaborado conmigo dentro de los programas de atención sociosanitaria como voluntarios para prestar ayuda a sus iguales. Durante estos años he comprobado que no sólo se han liberado del estigma que pesa sobre ellos, sino que además se preocupan por fomentar el bienestar de sus compañeros de profesión. Ellos me han enseñado lo que es el compañerismo y la solidaridad.
Quiero dedicar unas palabras a aquellos usuarios que se fueron antes de tiempo. Nadie debería morir tan joven. Me gustaría mencionar a Diogo, un chico divertido, jovial y hablador. Nació el mismo día que yo, pero en diferentes puntos del globo, y el destino quiso que nos conociéramos en Madrid. Falleció en 2010 cuando ambos íbamos a cumplir treinta años. Al igual que él, compañeros como Jorge, Robison o Caio perdieron la vida, dejándome sin aliento. A todos ellos les rindo homenaje en este libro.
Los clientes también me han enseñado mucho, especialmente los que cada tarde se reúnen en la Puerta del Sol. Ellos me conectaron con la memoria histórica relatándome como en los años más fieros del azote franquista eran detenidos y maltratados por la policía por ser homosexuales. Señalan siempre la actual sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid y me dicen: «Ahí, ahí nos metían a pasar la noche mientras nos molían a palos». Se emocionaron el día de mi boda: soy el primer hombre casado con otro hombre que conocen.
Tras diez años de experiencia profesional, hago balance de todo cuanto he aprendido con los trabajadores del sexo. Me han demostrado que, por mucho que la sociedad te discrimine, siempre tienes la libertad de elegir en qué grado esto te afecta. Tienes el poder para decidir, vivir siendo fiel a ti mismo, sin necesidad de aprobaciones o palmaditas en la espalda, o ser fiel a los demás, renunciando a ser quien eres realmente. También me han motivado cada día para construir una sociedad más justa donde todos tengamos las mismas oportunidades y seamos reconocidos en nuestra dignidad.
A todos ellos mi gratitud y afecto. Me siento afortunado.
Para terminar, señalar que en cada capítulo nos centraremos en cada uno de los espacios donde se suele desarrollar la prostitución masculina, desde los locales de ocio nocturno a las saunas de clientela exclusivamente masculina; de los pisos de ejercicio gestionados por terceras personas a la prostitución callejera, con su violenta crudeza; de la prostitución a través de las nuevas tecnologías e Internet a la industria del sexo y el mundo del porno. También hablaremos con trabajadores del sexo que ofrecen servicios especiales, como el sadomasoquismo y el travestismo, descubriendo las características de cada uno de estos escenarios y de sus códigos y reglas del juego.
Finalmente, ¿hay vida más allá de la prostitución? A modo de respuesta, podrán conocer a tres hombres que decidieron abandonar el trabajo sexual. Descubrirán sus dificultades para salir de la prostitución y las secuelas que esta ha dejado en sus vidas.
Iván Zaro
Espacios de ejercicio: las voces de la experiencia
En el ámbito de la prostitución masculina, existen diversas variables que definen su heterogeneidad, como la diversidad cultural y el factor migratorio. En este sentido, Latinoamérica, Europa del Este y algunos países de África son los lugares de procedencia más habitual de los trabajadores del sexo. Sin embargo, en los últimos años esta tendencia ha variado, y se puede comprobar que el número de inmigrantes dentro del colectivo se ha reducido, mientras que el de hombres españoles se ha triplicado en todos los espacios donde se desarrolla la prostitución. Esta tendencia viene causada por la elevada tasa de paro en España, que ha provocado que hombres españoles se planteen esta alternativa como medio para obtener recursos económicos. Por otro lado, la situación de aquellas personas inmigrantes en situación administrativa irregular que continúan en la prostitución es actualmente más vulnerable que nunca.
Podemos establecer dos grandes grupos dentro de los trabajadores del sexo. El primero está formado por los hombres que ejercen la prostitución de forma puntual debido a algún tipo de emergencia o necesidad económica. El segundo grupo está formado por hombres que la ejercen de forma prolongada en el tiempo, encontrando en la prostitución su principal y, a menudo, su única vía de supervivencia. Aquellos que han hecho del trabajo sexual una actividad económica estable han contribuido a la profesionalización del sector, invirtiendo recursos para optimizar los resultados. Nos referimos al cuidado del cuerpo, al entrenamiento físico, a una correcta nutrición, a tratamientos estéticos, a sesiones de fotografía y vídeo, a la publicitación de sus servicios a través de diversos canales y medios o a la movilidad geográfica para buscar nuevos clientes. Sólo aquellos que ejercen la prostitución de forma prolongada deciden invertir en estas y otras cuestiones.
Todos los trabajadores del sexo que han ofrecido su testimonio en este libro han estado varios años ejerciendo la prostitución. Algunos comenzaron prostituyéndose de manera puntual, pero después terminaron aceptando las reglas del juego y siguieron trabajando en el sector. Esta selección persigue ofrecer al lector distintas experiencias que le permitan profundizar en las diversas realidades vividas por los trabajadores del sexo.
Otra característica unida a la prostitución es el estigma. A lo largo de las próximas páginas, verán que la invisibilidad ligada a la prostitución masculina conlleva un precio en términos de soledad o rechazo.
Los clientes entienden el mundo de la prostitución como algo lúdico, similar al ocio nocturno o al consumo de drogas. Esta realidad también se refleja en las entrevistas del libro, donde se mencionan drogas de todo tipo; algunas, como el popper y la Viagra, incluso son utilizadas como herramientas profesionales por los trabajadores del sexo.
Los hombres que ejercen la prostitución en España son uno de los colectivos más vulnerables ante el VIH, sólo por debajo del grupo formado por las trabajadoras transexuales del sexo. Las necesidades económicas, junto con el consumo de estupefacientes o el mito del amor romántico, favorecen que los hombres que ejercen la prostitución se expongan a prácticas de riesgo y a contraer diversas Infecciones de Transmisión Sexual (ITS).
Si el VIH es un tabú que requiere de la mayor de la discreciones para evitar el rechazo y la discriminación, cuando hablamos del trabajo sexual el estigma es aún mayor. El temor a ser delatado siempre planea sobre los hombres que tienen VIH y, además, ejercen la prostitución. En los siguientes capítulos, encontrarán un valiente testimonio sobre este tema.
El rechazo experimentado por las personas que ejercen la prostitución les hace vivir grandes momentos de soledad. También es común que experimenten dificultades ante la idea de mantener una relación afectiva con personas ajenas a este mundo. La elevada movilidad de los trabajadores del sexo en busca de nuevos clientes, evitando así el efecto «cara quemada», ser un «viejo conocido» frente a hombres novedosos, también supone un obstáculo para asentarse en una ciudad y tejer una red de apoyo. Otros factores que caracterizan la prostitución masculina son la competitividad, la inestabilidad de los ingresos económicos y la inseguridad a la que se enfrentan ante ciertos clientes.
La prostitución en Internet
Aunque conciso, el presente análisis descriptivo supone una aproximación inédita a la prostitución masculina a través de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en España. El tamaño de la muestra comprende a 3707 hombres que en 2015 ejercieron la prostitución a través de Internet. Todos ellos se anunciaron en la página www.telechapero.com y afirmaron ejercer la prostitución dentro del territorio nacional. Establecemos dos grupos, uno compuesto por aquellos que ejercen de forma habitual (1848 hombres) y otro, por aquellos que ejercen de forma esporádica (1859 personas). El criterio que ha permitido discriminar el ejercicio esporádico de la prostitución del habitual ha sido que el perfil del trabajador del sexo no haya sido utilizado ni actualizado en los últimos seis meses. Esto nos hace pensar que el usuario abrió el perfil para prostituirse de forma puntual, pero posteriormente no volvió a conectarse para contestar los posibles mensajes privados enviados por los clientes, actualizar datos como la movilidad o añadir nuevas fotografías. A continuación analizamos los datos que hacen referencia a los trabajadores del sexo (1848 personas) que ejercen la prostitución de forma habitual a través de dicha página de contactos.
La edad es un dato orientativo cuando abordamos estos perfiles ya que es una información autorreferida que a menudo no coincide con la edad real del individuo. Es común que la edad publicitada sea inferior a la real. Por ese motivo y con el fin de aproximarnos de forma más fidedigna a la realidad, hemos establecido los siguientes rangos de edad: 18-25, 26-35, 36-45 y más de 45 años.
Centraremos el análisis en aquellos hombres que ejercen la prostitución de forma habitual, cuya edad se encuentra entre los 18 y los 25 años en un 53% de los casos, seguidos de los que tienen entre 26 y 35 (41%), entre 36 y 45 (5%) y una edad superior a los 45 años (1%). Podemos decir que la mayor parte de los hombres que ejercen prostitución en Internet en España tienen una edad inferior a los 35 años.
Ya hemos hablado sobre el impacto que la inmigración tiene en la prostitución masculina. Podemos comprobar que esta realidad tiene una menor incidencia cuando hablamos de la prostitución a través de las TIC. En la muestra analizada se recogen hasta sesenta y cuatro nacionalidades diferentes. Sin embargo, como ya hemos señalado, la crisis económica ha multiplicado el número de hombres autóctonos que ejerce la prostitución, un 44% del total en 2015. Les siguen los hombres nacidos en Brasil (18%), Venezuela (9%) y Colombia (5%). Otras nacionalidades encontradas en los perfiles son República Dominicana, Italia y Argentina (2%), junto con Ecuador, Rumanía, México y Portugal (1%).
Comparando datos generales publicados en estudios anteriores con los obtenidos del análisis de la prostitución masculina en Internet, hay que destacar el considerable aumento de los hombres españoles (su número se ha triplicado en menos de cinco años) y el descenso de hombres de origen sudamericano, encabezando la lista los hombres nacidos en Brasil. También destaca el descenso de hombres procedentes de Marruecos. Siguen la misma proporción los hombres procedentes de otros países europeos (Italia o Portugal).
Respecto a la distribución por comunidad autónoma, encontramos que la mayoría se concentra en la Comunidad de Madrid (31%) y Cataluña (24%), seguidas por Andalucía (11%), Valencia (10%), País Vasco (4%), Islas Baleares (4%), Islas Canarias (3%) y resto de España (13%). Según la tabla de distribución, comprobamos que en la Comunidad Autónoma de Madrid se concentra la mayor parte de la prostitución masculina, seguida de Cataluña. De hecho, entre ambas comunidades se reparten más de la mitad de los hombres que ejercen la prostitución de todo el país.
El factor de la movilidad a priori puede influir en los datos sobre la comunidad autónoma en la que se ejerce la prostitución, aunque se ha comprobado que en los últimos años el número de trabajadores del sexo que viaja a través del estado para ejercer la prostitución se ha reducido considerablemente debido, en gran parte, a la delicada situación financiera. Esta realidad hace que se tienda a fijar una comunidad autónoma como lugar de residencia y de ejercicio de la prostitución.
Otra de las variables que podemos relacionar con el ejercicio habitual y profesionalizado de la prostitución es si se dispone de un lugar donde recibir al cliente o bien si sólo se realizan servicios a domicilio (reduciendo, por tanto, el número de clientes a los que poder atender). La mayor parte de los hombres anunciados en Internet disponía de instalaciones donde recibir al cliente (80%), frente a una minoría que sólo podía realizar servicios sexuales desplazándose a un hotel o al domicilio del cliente (20%). Una hipótesis relaciona ese porcentaje de hombres que carecen de espacio donde trabajar con un ejercicio puntual o menos profesionalizado.
Respecto al rol sexual y a los servicios sexuales anunciados, encontramos que un elevado porcentaje se define como versátil (35%), puede realizar o recibir penetraciones; le siguen aquellos hombres que, a pesar de ser más activos en su vida privada (26%), acceden a ser receptores de la penetración cuando están con un cliente. Un grupo considerable se define con un rol exclusivamente activo (21%), son aquellos que suelen mantener dicho rol en su vida privada y en la comercial.
Este dato no presupone la «heterosexualidad» del trabajador del sexo ya que la orientación sexual no implica la realización de determinadas prácticas con los clientes, especialmente cuando la situación económica por la que atraviesa el hombre que ejerce la prostitución es delicada o incluso extrema. Comprobamos que el porcentaje de hombres que se publicitan con un rol versátil/pasivo (8%) o exclusivamente pasivo (5%) es menor. Este hecho puede responder a una mayor demanda por parte de los clientes que solicitan ser penetrados o penetrar/ser penetrados.
Por último, encontramos los conocidos «Servicios especiales», entre los que destacan el juego de roles o intercambio erótico de poder con el rol dominante (4%) y sumiso (1%). Este tipo de servicios son minoritarios dentro de la prostitución masculina, así como en los perfiles analizados en www.telechapero.com. Cabe destacar que los trabajadores del sexo que ofrecen servicios especiales como el travestismo suelen anunciarse mayoritariamente en páginas específicas de travestis y mujeres transexuales (como, por ejemplo, www.teletravesti.com). De igual manera, amos profesionales (sumisos apenas existen) hacen uso a su vez de páginas de contactos de BDSM (como www.tuamo.net). Debido a la exclusividad de estos servicios, sus tarifas son considerablemente más elevadas que los servicios sexuales convencionales.
La prostitución callejera: desde la calle Almirante hasta la Puerta del Sol
La prostitución masculina es invisible. El sexo entre hombres en España ha sido durante mucho tiempo un delito y su práctica ha sido prohibida, perseguida y penada con multas o cárcel. En cambio, la prostitución femenina ha sido, desde tiempos inmemoriales, mucho más aceptada y generalizada, no sólo permitiéndose su visibilidad, sino incluso regularizándola. Ya en tiempos de Carlos III (1716–1788), las meretrices estaban obligadas a distinguirse del resto de mujeres mediante el uso de sayas de color pardo cortadas en picos por los bajos. Dicho atuendo pretendía facilitar el reconocimiento visual de las prostitutas, reduciendo con ello el acoso a aquellas mujeres que no ejercían dicha profesión. Es posible que el dicho popular «irse de picos pardos» tenga su origen en aquella ordenanza real. La prohibición de la prostitución masculina contrasta con la permisividad de la femenina, cuya sexualidad continúa en muchos países mermada y dirigida. A diferencia de la femenina, para sobrevivir a su veto y hostigamiento, la prostitución masculina ha tenido que hacerse invisible, imperceptible.
La discreción se desarrolló como estrategia de supervivencia y, por ello, los trabajadores del sexo carecen de una imagen predefinida ante la opinión pública. No existe un patrón que permita construir un estereotipo de hombre que se dedica a la prostitución y, sin embargo, sí nos viene a la mente rápidamente el de una prostituta. Esta ausencia se palpa en todas las esferas, no sólo en las calles de las ciudades y los medios de comunicación, sino también en la literatura académica, donde apenas encontramos títulos e investigaciones al respecto. Su discreción es tal que su invisibilidad parece ser real, los trabajadores del sexo son inexistentes a ojos de la sociedad en la que se mueven. Los hombres que ejercen la prostitución, escondidos a la ciudadanía, siguen desarrollando su actividad en paseos, plazas, parques y otros espacios públicos, de manera discreta, casi imperceptible al público, que desconoce su existencia.
Los espacios urbanos de sexo anónimo al aire libre son más conocidos: en el cruising los hombres establecen contactos y mantienen encuentros sexuales con otros hombres. Suelen ser lugares apartados y tranquilos, emplazamientos recónditos donde poder relacionarse sin llamar la atención. Sin embargo, no son áreas donde suelan ofertarse servicios sexuales.
Cada ciudad tiene sus puntos neurálgicos. En Madrid, la Puerta del Sol es el centro histórico de la prostitución masculina, a la que acuden los clientes en busca de compañía. Para entender su origen como espacio de encuentro, debemos remontarnos a 1934, cuando el Bazar X cerró sus puertas definitivamente tras sesenta años de vida. Los nuevos propietarios del local decidieron en su lugar edificar una sala de proyecciones cinematográficas, y así, un año más tarde nació el cine Carretas. Su construcción fue un gran evento para la ciudad y toda la prensa escrita se hizo eco de su inauguración, destacando la modernidad y comodidad de la nueva sala. Pero con el paso del tiempo sus instalaciones fueron degradándose y, a finales de los setenta, resguardados por la oscuridad de las proyecciones, empezaron a congregarse en su interior hombres que buscaban sexo de manera anónima y otros que ofertaban sus servicios sexuales entre las butacas de la platea. La prostitución masculina y, en menor grado, la femenina se convirtió en una práctica habitual del cine Carretas. La Puerta del Sol, a pocos metros de distancia, se convirtió a su vez en el punto de encuentro donde los hombres negociaban los servicios y los precios, y una vez que se cerraba el acuerdo, acudían al cine para realizar el servicio sexual, amparados en la lobreguez de su sala. Su reputación trascendió tanto que, incluso durante la década de los ochenta, el cine aparecía en la guía gay internacional, hasta su cierre definitivo en julio de 1995.
En la actualidad, la Puerta del Sol es el único resquicio callejero en Madrid donde la prostitución masculina sobrevive. Hace unos años, la calle Almirante, la calle Prim, así como aquellas adyacentes al paseo de Recoletos, o la calle Maestro Arbós, perpendicular a la M-30 y muy próxima a la plaza de Legazpi, servían de punto de encuentro para contactar con los clientes que llegaban en sus coches. Las remodelaciones y los cambios urbanísticos que ha sufrido la capital en la última década han hecho menguar la prostitución masculina callejera.
Los clientes que siguen buscando contactos en la Puerta del Sol suelen tener una edad avanzada, muchos de ellos son jubilados que buscan, al mismo tiempo, socializar. Se encuentran cómodos y pueden ser ellos mismos sin temor al rechazo social que les acompañó desde su despertar sexual. Más de uno reconoce que fue detenido durante la dictadura franquista al amparo de la ley de Vagos y Maleantes de 1933 (modificada por el régimen franquista el 15 de julio de 1954 para incluir en ella la represión de los homosexuales). Este tipo de clientes ha hecho de la Puerta del Sol su mundo. Dicen no encajar en los nuevos locales o barrios abiertamente sensibles al colectivo LGTB y reivindican su existencia y libertad en la misma plaza que les sirvió de abrigo desde su juventud, a pesar de que con el transcurrir de los años el ambiente ha ido transformándose.
Los que hoy ejercen la prostitución en la Puerta del Sol son generalmente inmigrantes, la mayoría procedentes de Rumanía u otros países del este de Europa, pero también hay grupos más pequeños de marroquíes y otros países africanos. La presencia de ciudadanos españoles ha sido escasa durante los últimos años, pero parecer haberse incrementado con la crisis económica desde 2008. Los trabajadores sexuales de la calle se encuentran en riesgo de exclusión social, al borde de la marginación. Cada persona acarrea unos problemas y una realidad diferente en la que se combinan la pobreza extrema, la ausencia de un hogar, la delincuencia o las adicciones. Casi todos ellos arrastran una gran carga de dificultades personales que les atan a la prostitución. En la mayoría de los casos, no tienen otra vía de ingresos y esta parece su única salida.
No es de extrañar que la orientación sexual de muchos de los hombres apostados en la Puerta del Sol sea heterosexual. No están allí por placer o deseo, sino por razones puramente económicas y por desesperanza. Esta discordancia entre su orientación sexual y la práctica de la prostitución masculina conlleva la aparición de conflictos psicológicos en algunos de ellos, que pueden degenerar en agresiones a los clientes, como una necesidad de humillarlos, no por pagar por tener sexo, sino por hacerlo con otros hombres. La homofobia es el mayor de los estigmas que sufren los clientes por parte de los que se prostituyen. La violencia no sólo es simbólica y estructural, desequilibrando las relaciones de poder entre ambas partes, sino que, en ocasiones, puede derivar en violencia física, llegando incluso a atentar contra la vida del cliente. Rara vez se denuncian los hechos debido a la lacra social que comporta la contratación de estos servicios. Los agredidos optan por el silencio.
En verano de 2011, saltó a las noticias el caso de un hombre de apenas veintiún años que asesinó a un cliente en su propio domicilio en Valdemoro. El criminal era conocido en la estación de autobuses de Méndez Álvaro, donde, además de ejercer la prostitución, llevaba a cabo hurtos entre los viajeros y sus clientes. Lo detuvieron poco más tarde en Rumanía, a donde huyó tras perpetrar el homicidio. Pocos años antes, en 2008, otro asesinato, la muerte del conocido músico Coco Ciëlo había conmocionado a la capital por la brutalidad de sus circunstancias. La víctima fue maniatada, golpeada, robada y abandonada a su suerte, hasta que murió desangrada en su lecho, por dos chicos a los que presuntamente había solicitado sus servicios sexuales. Los culpables fueron arrestados días más tarde en Barcelona cuando estaban llevando a cabo un asalto similar. La crueldad es el lenguaje cotidiano entre los que se prostituyen en la calle y, en ocasiones, dicho ensañamiento se manifiesta también con los clientes. Exponiendo estos casos de violencia no se pretende estigmatizar al colectivo, sino reflejar la complejidad de una realidad incómoda que sigue manteniéndose en las sombras y siendo invisible para ciertos sectores de la sociedad. Es necesario conocer la situación de exclusión y marginalidad de dichas personas para poder desarrollar medidas preventivas que la corrijan y acabar así con las variables que avivan su frustración y agresividad. Negarla contribuye a seguir haciendo imperceptible una realidad que no por ello deja de existir y nos convierte a todos en cómplices y responsables de dichos acontecimientos.
Es en la calle donde se localizan más casos de cronicidad dentro de la prostitución masculina. Abandonarla no es sencillo cuando se carece de los apoyos suficientes. Los que ofertan sus servicios sexuales desde las aceras pueden permanecer en ellas durante años, incluso décadas, como es el caso de Javier, un madrileño que conocí en 2004 que lleva años entre la Puerta del Sol y la calle Almirante. Nos fuimos encontrando con el transcurso del tiempo en otros escenarios donde él ejercía la prostitución hasta bien entrado el año 2010, cuando le perdí la pista. Tuve claro desde un principio que era su historia la que quería plasmar. Que era la persona adecuada para explicar la prostitución callejera en Madrid. Así que lo busqué para que relatara sus experiencias. Él es historia viva de la prostitución masculina en la capital española.
La historia de Javier, la escuela de la calle
Mi infancia, al principio, tuvo lugar en el centro de Madrid. En una familia más o menos normal, diría yo. Sólo que mi madre tenía problemas con las drogas cuando yo era pequeño, y luego mi padre murió. Mi padrastro era un borracho y siempre había muchos líos en casa. Se pegaban continuamente. No paraban de pegarse entre ellos, a mí no me tocaron, pero lo suyo era un no parar. Eso lo vi desde niño. Continuamente. Ahora, con los años, creo que eso explica que a veces yo mismo tenga un poco de agresividad. Sí, seguro que es por eso, porque lo he visto desde que era muy pequeño. Hasta el día que murió mi madre. Sólo tenía treinta y dos años. Fue entonces cuando mi familia decidió ingresarme en un colegio de curas a las afueras de Madrid. De allí, claro, yo me escapaba, y ya desde entonces empecé a callejear. Empecé a hacerme mis primeros clientes con doce años.
Recuerdo al primero de ellos, lo hice en la piscina de la Elipa. Esa persona no paraba de mirarme y de perseguirme por la piscina. Me saludaba, pero yo no le hacía ni caso, hasta que al final se acercó con una oferta: «Bueno, te voy a dar cinco mil pesetas y nos vamos ahí, a un apartado». Dije que sí, y así fue mi primera experiencia. Pero no mi primera experiencia sexual, eso no. Esa la había tenido con mi tío, el hermano de mi madre, cuando yo tenía unos diez años. Pero no fue nada, una mamada, sólo eso. No volví a repetir con mi tío, ni a tener ningún otro tipo de experiencia sexual hasta aquel día en la piscina de la Elipa. En aquella experiencia vi una salida para poder venirme a Madrid cuando yo quisiera. Fue la única salida que vi.
A pesar de desconocer aquel mundillo, creo recordar que todo fue muy rodado. Aunque, para ser sincero, ya no me acuerdo mucho, la verdad. Conocí a un chico que trabajaba en esto también, me lié con él y un día me llevó a la calle Almirante. Tendría yo entonces doce años, casi trece. Te estoy hablando del año 1992, 1993. En aquellos años la calle era un vaivén continuo de coches dando vueltas en busca de chicos. Rodaban lentamente a nuestro alrededor. Había allí chicos de todas las edades. Bisexuales. Muchos bisexuales. La mayoría de los que trabajaban de chaperos eran bisexuales. Y yonquis. También había yonquis. Muchísimos yonquis, pero en esa época no eran muy ladrones porque también trabajaban. Todo el mundo trabajaba. Eran muchos los coches que acudían allí. Eso ya cambió, hoy los coches ya no circulan alrededor de los chicos como antes, pero siguen haciéndolo con las chicas. Todo cambia.
Entonces los muchachos de Almirante eran portugueses y españoles, no había ni latinoamericanos ni rumanos. Se trabajaba desde las ocho de la tarde en adelante. Había noches en las que me hacía veinticinco mil pesetas, y otras que me hacía cincuenta mil, según el día. A veces me quedaba toda la noche para hacer dinero, y otras a lo mejor me marchaba a las dos horas. Me iba por ahí, a los bares, a las discotecas. A divertirme.
A medida que fui cogiendo experiencia, me fui quedando más tiempo. Era mucha pasta para la época, pero, claro, según la ganaba me la gastaba. Me compraba ropa. Todos los días me compraba algo. No me la lavaba: la compraba, la usaba y la tiraba. Cuando se ensuciaba, en lugar de lavarla, la tiraba, directamente. No sabía lavarla. Fíjate, yo era un niño, pero no vivía con mi familia, lo hacía en hostales o en casa de algún otro chico. Era independiente. Pero un niño. No sabía lavarme la ropa ni hacerme la comida.
Los servicios a los clientes los hacía en los mismos coches, en su casa o en alguno de los hostales que había al lado. Con el coche nos íbamos hasta detrás del museo del Prado, por la zona de los Jerónimos o cualquier calle que viéramos oscura. Aparcábamos en batería y allí mismo hacíamos lo acordado. Siempre cerca de Almirante.
Entonces Chueca era un barrio peligroso. Estaba lleno de yonquis. Para mí no era peligroso, pero sí que veía que lo era, aunque ahora también lo es. Hoy no hay una venta de droga tan descomunal como antes, pero sí que hay personas que se dedican a robar a la gente. En Almirante había chicos muy majos, y otros que a la que podían te querían sacar dos mil pesetas para drogarse. No habían trabajado y no podían pagarse su dosis, así que te robaban. Para quitarse el mono, ya sabes. Eran yonquis, les daba igual quitárselo a quien fuera. Simplemente, querían quitarte el dinero para hacerse con su dosis. En esos casos, yo les daba el dinero, claro, porque era muy sensible. Era muy joven. Yo se lo daba.
Más tarde descubrí la Puerta del Sol. Yo ya la pillé tarde. Quería dejar un poco el mundo de la noche de Almirante y empecé a ir a Sol. Pero eso al cabo de bastantes años de trabajar de noche. A Sol ya llegué con veintiuno o veintidós años, e iba a Sol como una opción más que compaginaba con la noche. A veces me iba bien, otras veces no. Solía acercarme por la tarde un rato, luego me iba a cenar y luego seguía de noche en Almirante. Pero, bueno, yo siempre he ido según me apetecía. Había días que sólo iba de tarde, otros que de noche y otros que acudía a los dos sitios. Otros días simplemente no iba, o me acercaba a la sauna, a la de Adán o a la Center, aquí abajo, a ver si salía algo.
Pero Sol no fue una buena experiencia. No para mí. Te expones a mucha gente. Todo el mundo te ve. Quema mucho. Sí que tenía mis días buenos, porque allí también se trabajaba bien, pero todo el mundo sabe lo que estás haciendo, te estás exponiendo demasiado. Sin ir más lejos, una vez me encontré a un familiar, pero al final tampoco fue una experiencia muy mala. No lo fue porque Sol es un punto de encuentro, así que no saben si estás esperando, si has quedado con alguien, o si… eso. Pero no lo pueden saber. Sol es tal vez, no sé cómo explicarme, un lugar más impersonal. No sé, no es peligroso, eso no, pero te está viendo todo el mundo. Para mí ni Almirante ni Sol eran zonas violentas. Vamos, que si te tiene que pasar algo, te pasa en cualquiera de los dos sitios. Aunque sean muy distintos.
Los chicos en ambos sitios son muy diferentes. A ver, en Sol —la verdad es que, bueno, estamos hablando de hace ya tiempo, hace seis o siete años que dejé de ir, no sé cómo estará ahora— había entonces bastantes rumanos. Se abarataron mucho los precios. La gente quería pagar muy poco, hasta que dejé de ir, claro. Tampoco voy a regalarme. Al principio la tarifa era de treinta o cuarenta euros, luego la abarataron. Ahora lo están haciendo por veinte. Además, esta gente no usa preservativo, y claro, también los hay que roban a la gente. En sus casas, entre tres los desvalijan, les pegan palizas. He tenido clientes a los que les ha pasado, me han dicho: «Pues a mí me ha pasado esto», y yo les digo: «Pues claro».
Recuerdo que a un DJ lo asesinaron. Por lo visto, la policía dice que los muchachos disfrutaron pegando a esa persona, tras robarle, y que la golpearon hasta matarla. A un cliente que tengo yo también le arrearon una paliza, pensaban que lo habían matado y lo dejaron. Pero no lo habían matado, está vivo. Pero lo pensaban, y sólo por quitarle un ordenador y dos móviles. ¡Vamos, cuatro mierdas! Que se lo pueden quitar sin matarlo, vamos, digo yo, ¿no?
Pero estas cosas no sólo sucedían en Sol, chaperos ladrones siempre ha habido en todos lados. De hecho, la calle Almirante acabó por eso. O sea, de tanto robo y tanto destrozo al final los coches ya no pasaban. La gente ya no iba. Se asustaron. El miedo lo estropeó antes de que Internet estuviese tan fuerte como lo está ahora. Creo que en 2008 o así la zona quedó muerta, muerta del todo. Ahora la cosa se ha trasladado más a Chueca. Hoy, si te sale un cliente, te puede salir caminando por Chueca. Ya no se usa tanto el coche, es más la gente que pueda salir de los bares. Que te vean, que hables con ellos y tal. Los bares de copas en el fondo son como la calle. Son muy parecidos. Sitios donde entras y sales, aunque yo ya no voy, porque me resulta una pérdida de tiempo. En la calle me siento más libre. Tengo más opciones de encontrarme a personas que en los sitios cerrados.
Probé una vez a trabajar en una plaza en un piso, aquí en Madrid, pero no me gustó. Me sentía chuleado. Les estás dando el cincuenta por ciento. No me gusta. No compensa estar dándole el cincuenta por ciento a otra persona. Quizá para viajar por España resulta interesante, pero, para aquí, no merece la pena.
He viajado a Barcelona. Estuve en Montjuic. En una zona de noche, una de esas zonas a las que acudía la gente con coches. Es más bien un punto de encuentro, como aquí en Madrid el Templo de Debod, algo así. No son precisamente zonas de trabajo, pero en todos los sitios de cruising tarde o temprano salen clientes. Al final en estos sitios siempre acabo trabajando. Ya sabes, al acabar la noche el que no liga tiene que pagar si te ofreces. Algo parecido pasa hoy en día con las aplicaciones de Internet como Grindr o Wapo. Los que no ligan y ven que eres chapero pagan. Es siempre lo mismo. Por eso existimos.
Los servicios en Sol se hacen en las pensiones cercanas. Los hostales cuestan unos diez euros, que paga el cliente, claro. Yo siempre he mirado de llevármelos a otro lado. No sé, a una sauna o, si tenían más dinero, a Clara del Rey, allí pagas por horas. Aquí en la plaza de los Cubos hay otro sitio parecido, pero este ya cuesta veinticuatro euros. Es más caro, pero dispones de un apartamento entero y te dan una copa. Según el tipo de cliente, les llevo a un sitio u otro. Todo lo que vas a hacer lo negocias antes, hablas de lo que vas y lo que no vas a hacer. Yo ahora he puesto un precio a mis servicios más cerrado. Sea lo que sea, cobro siempre lo mismo: sesenta euros. No sé, es un precio redondo. Unas diez mil pesetas. La verdad es que he congelado el precio, porque cuando todavía existía la peseta cobraba cinco mil en el coche y diez mil en casa. Hoy sigo con la tarifa de unas diez mil pesetas. Ha bajado la calidad por parte de todos, de los clientes y de los chicos.
La mayoría de los clientes te piden que los folles. Es lo clásico. Desde los chicos muy jóvenes hasta los de cincuenta o sesenta años, de todas las profesiones y clases sociales. He tenido todo tipo de clientes en la calle. ¿Casados? Eso no lo puedo saber, pero claro que sí, seguramente muchos sí estaban casados o tenían su pareja. Y resulta bastante normal que los clientes quieran consumir cocaína o GHB (éxtasis líquido). Bueno, ahora ya toman de todo. Las drogas van normalmente asociadas al sexo. Es el vicio completo. Es lo que muchos quieren. Igual que desde hace unos años parece haber una oleada retro en la que piden tener sexo sin condón. No sé si se debe a que en los vídeos porno de Internet siempre lo hacen a pelo, o porque realmente les da morbo. Yo qué sé, pero últimamente muchos quieren hacerlo sin preservativo.
También se consume Viagra. Sí, sí, yo la uso. Al principio salía carísima, la compraba en una farmacia, pero ahora te la ofrecen por todas partes tirada de precio. Siempre es bueno tenerla a mano, no siempre es necesaria, pero ayuda. A mí no me ha hecho falta utilizarla mucho, pero en ocasiones lo que hago es tomarme una antes de salir por la noche, y entonces ya voy cachondo toda la noche, y funciona con todos. Usarla te da, cómo lo diría yo, te da más seguridad.
Hoy lo más cómodo es ofertarse en Internet. Lo descubrí por casualidad, un día conocí a un señor que tenía una página de contactos y me ofreció incluirme en ella. Es el tipo de Morbo Total, así que me hice una fotos y tuve así mi primera experiencia con Internet. Y la verdad, me fue muy bien. Al tiempo que iba a Almirante, otros clientes tenían mi teléfono y me llamaban. Ahora uso la página de contactos de Grindr y otras parecidas. ¡Hay que adaptarse a las nuevas tecnologías!
¡Chapero ahora puede ser cualquiera! A través de Internet cualquiera puede decir que es chapero. No sabría decir si con la crisis económica hay más chicos prostituyéndose. Visibles no, pero al igual que yo uso Internet lo hacen muchísimos chavalines. Incluso menores de edad que lo harán en su propia casa. La calle ya no está de moda, allí no los verás. Los chaperos ya casi han desaparecido de la calle. Muchos chicos que lo hacen son amateur, que mientras su madre está fregando los platos ellos están hablando por teléfono con un cliente, comentándole sus precios. Esos chicos puede que tengan catorce años, pero es así, esto se está dando. Esto va a ser siempre así, invisible.
Pero este mundillo es una trampa, los chicos que quieran hacerlo han de saber que no se sale fácilmente, que hay que tener cuidado. Tiene algo que atrapa, no sé bien lo que es, pero atrapa. No soy el único al que le pasa, sé que lo mismo les ha sucedido a otros chicos, a mujeres y a transexuales. A todos les ha pasado. Es la salida que ves a tus problemas… y te atrapa. Es la salida, es la que ves. No ves otra.
También les pasa a las chicas, aunque con ellas no he tenido ninguna relación. No nos relacionamos. Las chicas trabajan mucho más que nosotros, siempre trabajan más. Los chaperos trabajamos menos que ellas. Ellas cobran muy poco, sobre todo las que hacen la calle. Las de los pisos ganan bien, pero las de la calle cobran poquísimo. Al igual que los chicos rumanos de la Puerta del Sol, es posible que todos ellos están explotados sexualmente. Que estén allí obligados. Los traen de vete tú a saber dónde y allí los dejan.
Hay que ser cauteloso, en la calle se está expuesto, siempre entraña peligros. Alguna vez me han llegado a tirar huevos desde los coches, otras me han pillado los skinheads, que nos hacían correr. A mí, una vez me vinieron tres chicos, tenían cierta pinta de skins, pero no le di importancia, que me dijeron: «Vete de aquí. Largo». Les pregunté que por qué me iba a tener que ir y repitieron: «¿Qué haces aquí?», a lo que repliqué que no les importaba lo que yo hacía. Volvieron con el: «¡Que te vayas de aquí! ¡Que no te queremos ver por aquí!», y luego se fueron. Yo no les hice ni caso, hasta que al cabo de unos veinte minutos aparecieron veinte de ellos corriendo desde lejos directamente hacia mí. Me apresuré a meterme en el piano bar, en el Toni, todo lo rápido que pude y me salvé por eso. Esos venían a darme. Pero mira que me avisaron. Por un lado, no fueron tan traidores, podían haberme dado directamente, pero no lo hicieron. Me avisaron, pero yo no les di importancia.
Recuerdo otra situación en la que me tuve que tirar de un coche en marcha porque no sabía a dónde me estaba llevando el cliente. No tuve otra opción que abrir la puerta, forcejear con el tipo y saltar. Me hice una cicatriz en la pierna, que luego escondí con un tatuaje. Pero nada, estas son las experiencias más raras que he tenido, por lo demás, todo bien. Lo más común es irse con alguien y que luego no te quiera pagar o que al final resulte que no tiene dinero. En esos casos les pego, claro. Cuando me hacen perder el tiempo me sienta muy mal y les pego.
Pero, bueno, también se dan situaciones divertidas. Mira, entre mis clientes he tenido de todo, incluso sacerdotes. Uno de ellos hasta olía a cera, ya sabes, a cirio, y yo le decía: «Huy, pero qué olor a cirio…». Ja, ja, ya sabes. Otro era de Palma de Mallorca. Un obispo que venía de vez en cuando a Madrid. A ese me lo hice tres veces o así, fue la segunda vez cuando me confesó que era obispo, no pude evitar decirle: «Ya decía yo que me transmitías mucha paz». Qué risa sólo recordarlo. A ese mismo lo llevé un día a las seis de la mañana a la sauna Paraíso y se espantó como si hubiese visto al mismísimo demonio. Se fue bien rápido de allí. En cuanto acabamos en la cabina, se fue corriendo.
Sé lo que es sexo por placer y lo que es sexo por dinero. He sabido diferenciarlos. Muchas veces me lo he pasado bien con gente que me ha pagado, no voy a negarlo, pero soy consciente de que me han pagado. Pero, bueno, cuando alguien me gusta siempre me entrego más. A pesar de ello, procuro mantener diferencias. Con los clientes siempre utilizo condón, aunque cada vez pidan más hacerlo a pelo. En mi vida privada el límite del preservativo me lo puedo saltar un poco, no sé si es lo ideal, pero es la verdad.
En la actualidad tengo una pareja que sabe que me dedico a esto. Bueno, lo sabe porque la primera vez, cuando nos conocimos, me contrató. Fue así como le conocí. Así que mi trabajo nunca ha supuesto un obstáculo a nuestra relación, pero a medio plazo me gustaría dejarlo para estudiar algo. Peluquería, estética, moda, no sé. Todavía no lo tengo claro, pero tengo vocación. Sabes, llevo veintidós años en la prostitución y, hombre, aunque todavía estoy bien físicamente, todo tiene su tiempo, su momento, y el mío creo que ha llegado. Todavía soy feliz cuando consigo clientes, porque me gusta hacerlos, pero cada vez son menos. Ahora tengo pareja y sé que cada vez iré haciendo menos, menos, menos, hasta que llegue el momento en el que lo dejaré.
Los pisos invisibles: proxenetismo y autogestión
Si la prostitución masculina en la calle es casi invisible, la que tiene lugar en pisos aún resulta mucho más discreta. Los pisos pueden ser autogestionados o gestionados por terceras personas. En el primer caso, son los propios trabajadores sexuales quienes atienden a los clientes y administran sus ganancias, usando como instalaciones su domicilio particular. En el segundo caso, la gestión corre a cargo de la figura del proxeneta, que obtiene ganancias directas de cada servicio sexual que se lleva a cabo en el piso de su propiedad, concretamente, suelen cobrar un cincuenta por ciento de lo abonado por el cliente.
Aunque el proxenetismo está tipificado como delito en el Código Penal español por atentar contra la libertad e indemnidad sexual, estos locales han tenido un largo recorrido en España. En Madrid, el piso más longevo cumplió cuatro décadas en 2014. No importa si el ejercicio de la prostitución es voluntario o no, el delito de proxenetismo se aplica en todos los casos, pues consiste en obtener lucro directo del ejercicio sexual de otra persona. Aún hoy en día es posible contar en España más de una veintena de locales de estas características en anuncios en prensa escrita y portales especializados en Internet. En 2006 fueron detenidas por primera vez personas por explotar sexualmente a hombres extranjeros, pero no fue hasta septiembre de 2010 cuando tuvo lugar en España la primera operación policial contra una red de trata para la explotación sexual en el ámbito de la prostitución masculina. Dicha acción consiguió desarticular la estructura y organización de proxenetas que operaban, entre otras ciudades, en Barcelona, Palma de Mallorca, Madrid y Alicante, con el cierre de varios alojamientos que se dedicaban a su explotación. En Madrid se cerraron tres pisos y en la actualidad existen, al menos, otros dos en activo.
Su funcionamiento es sencillo. Los establecimientos se anuncian a través de Internet o en la sección de contactos de la prensa, los clientes contactan con los gerentes y acuerdan una cita. En dicha cita, los trabajadores sexuales se presentan al cliente en lo que se conoce como «pasarela», donde ofrecen sus servicios. Tras conocerlos y escuchar todas las ofertas, el cliente selecciona a uno o a varios de ellos para realizar el servicio sexual, que denominan «pase». Juntos se dirigen a una habitación acondicionada para la ocasión. El pago se efectúa al gerente o al encargado del piso después de realizar el servicio. Al finalizar la jornada los chicos reciben el porcentaje pactado, que suele representar la mitad de lo pagado por el cliente. Como alternativa, el cliente puede solicitar el servicio en su domicilio u hotel, siempre con una tarifa superior e incluyendo el gasto de desplazamiento.
Los hombres que se decantan por estos espacios para ejercer la prostitución tienden a ser extranjeros recién llegados al país. Hace unos años, la mayoría eran brasileños, marroquíes y rumanos, si bien en los últimos años el número de españoles parece haber crecido. Los extranjeros y los que se inician en la prostitución encuentran en estos ambientes un entorno más seguro donde poder ganarse la vida que en las calles. En los pisos no están expuestos ni a las inclemencias climáticas, ni a la delincuencia callejera, ni a la persecución policial. Se sienten más protegidos y amparados ante cualquier dificultad que pueda surgir. Sin embargo, las estancias, que suelen denominarse «plaza», tienen un límite temporal que suele acotarse a veintiún días. Dicho límite se ha adaptado directamente de la prostitución femenina, donde se aprovechan los días de la menstruación como días de descanso y de traslado a un nuevo destino. En el caso de los hombres, pasado este tiempo pueden pactar una prórroga y quedarse unos días más en el mismo piso o abandonarlo y buscar una plaza libre en un nuevo local dentro de la misma ciudad o en cualquier otra.
La movilidad entre pisos y ciudades viene motivada por los gestores, que así pueden acoger «nuevas caras». La cuestión es poder ofrecer siempre novedades a los clientes, evitar el llamado efecto «cara quemada». El cambio es necesario para garantizar la retención de clientes y evitar pérdidas económicas. Novedades y nuevas ofertas. Capitalismo aplicado al cuerpo humano.
En grandes ciudades, como Madrid o Barcelona, existe la posibilidad de permanecer unas horas determinadas de antemano en el piso para aquellos que, teniendo una residencia en la ciudad, carecen de espacio para ejercer la prostitución. De esta manera, los gestores consiguen aumentar la oferta de servicios a los clientes sin depender de los hombres que se desplazan de piso en piso sin hogar propio.
Por regla general, los hombres que viven en los pisos no tienen que abonar el alquiler de la habitación privada de descanso, que no coincide con las otras habitaciones especiales destinadas a los clientes. Los anuncios en Internet y la prensa también suelen correr a cuenta del gestor del piso, pero cada uno suele tener libertad para anunciarse por su cuenta si lo desea. Los gastos de alimentación, ropa y otros consumibles personales sí suelen estar sufragados por cada persona. Durante la estancia, deben respetar y aceptar las normas del piso, los horarios que les marcan y sus exigencias. Suelen disponer de tres o cuatro horas libres de descanso al día para salir a la calle, pero siempre han de estar localizables por si algún cliente llama o acude al piso. Dichas exigencias generan que muchos de ellos apenas salgan a la calle durante su estancia, con lo que se encuentran desorientados en la ciudad y, por supuesto, desconocen los recursos y servicios sociales que tienen más próximos. Estos problemas aún son más exagerados entre los extranjeros, por desconocimiento de la lengua y del propio sistema en el que viven.
Este escenario de la prostitución masculina es el más inaccesible y oculto de todos ellos. Son mundos pequeños y cerrados de los que apenas se habla y, además, cuando se hace, es con muy poco conocimiento. Cuando se mencionan estos ambientes, se suelen escuchar comentarios sobre las condiciones en el interior de los pisos, de los abusos que se sufren y de su posible relación con redes que los explotan sexualmente. Pero el conocimiento sigue siendo muy limitado y apenas existen estudios sobre su funcionamiento y sus cifras reales. Y dicho oscurantismo no se limita al público general, administraciones o trabajadores sociales, sino también a aquellos hombres que voluntariamente se decantan por ingresar en ellos por primera vez. Lo hacen sin conocimiento alguno, y la experiencia puede resultar muy diferente para un nacional y para un extranjero. No es lo mismo disponer de carné de identidad o permiso de residencia, conocer el idioma y tus derechos como ciudadano o residente de un país que encontrarse en una situación irregular. Por ello hemos optado por escoger dos historias de dos hombres y dos países.
La primera es la de Joan, un chico de veinticuatro años que aparenta diecinueve. Es español y, como él mismo dice, «antes era algo exótico, uno de los pocos españoles que trabajaban en pisos, ahora está a la orden del día». Cuando me contó su historia acababa de llegar desde Palma de Mallorca a Madrid en su peregrinar habitual por los pisos del territorio nacional.
La segunda es la de Sega, un gambiano que conocí en la primavera de 2007. Me sorprendió la serenidad que irradiaba, su hablar pausado y su educación. Su testimonio refleja los problemas y dificultades a los que muchos inmigrantes se ven expuestos por encontrarse en una situación irregular y de exclusión social.
Ambas historias reflejan la vida en los pisos, su funcionamiento, cómo se obtienen las plazas, el trato con los otros compañeros, con los proxenetas que gestionan los pisos y la clientela que acude a ellos. Dos historias de supervivencia en un mundo invisible.
La historia de Joan, el exotismo de ser español
Nací en Tarragona un treinta de enero, hace ahora veinticuatro años. Mi infancia no fue buena, la he vivido mal porque mis padres fallecieron cuando yo apenas tenía dos años. Desde entonces, viví en diferentes residencias juveniles hasta que cumplí los dieciocho. Con dieciséis años, antes de salir de la residencia, trabajé en hostelería, pero al cumplir los dieciocho hice las pruebas de acceso para el Ejército. Entré, estuve en el centro de formación una noche y, al día siguiente, me salí. Porque no, aquel no era mi tipo de trabajo. No me veía allí. Y bueno, desde ahí empecé.
Un amigo que conocí fuera de la residencia, que trabajaba ya en la prostitución, me lo ofreció, y yo acepté. Me habló sobre un piso de relax que había cerca de Tarragona, y fui a ver. El primer día, claro, no tenía ni idea de nada, de lo que era hacer una pasarela. No sabía nada sobre este trabajo. De no conocer a este amigo, nunca me lo habría planteado. De no ser por él posiblemente no sabría lo que es la prostitución realmente. Bueno, eso creo. Pero aprendí, estuve con mi primer cliente allí y, en fin, hasta el día de hoy. Ya llevo seis años, siempre en pisos gestionados.
En este tiempo, he trabajado en seis o siete ciudades. Mira, he estado en Valencia, en Valladolid, he estado en Madrid, Málaga, Palma de Mallorca y en Tarragona. Ahora me estoy planteando irme una temporada a Alemania, antes de marcharme a Brasil, a trabajar en un piso también.
Cada piso tiene sus normas o, como suele decirse, su política. Pero el funcionamiento de todos ellos es similar: tú ingresas en el piso, te ponen en su página web, tú también te anuncias —por ejemplo, en milanuncios.com—, y ya está. Luego está la pasarela. Obviamente, en el piso hay muchos chicos, así que, cuando llega un cliente, todos los chicos pasamos al salón y nos vamos presentando uno a uno. Cada uno le cuenta al cliente lo que hace, lo que le gusta o lo que no. Y si te selecciona, vas a la habitación y, de lo que pague el pase que tú tengas, es decir, el cliente con el que entras en la habitación, el cincuenta por ciento es para la agencia y el otro cincuenta por ciento es para ti.
Para poder acceder a un piso, yo creo que no hay requisito alguno. Pues la verdad es que no importa si uno es guapo o feo. Lo único que hace falta es tener un cuerpo apetecible para los clientes, es decir, que les dé morbo, que les dé ganas. Pero yo he visto de todo, los he visto gordos, delgados, feos y guapos. Yo creo que este trabajo no tiene ningún requisito físico. En algunos pisos, sí que es cierto que los dueños se quieren acostar contigo a modo de prueba, pero no en todos. Eso depende de cada piso. En algunos se dice que si te acuestas con el jefe vas a trabajar más, como que hacen trampas para que el chico que acepta acostarse con él trabaje más que los demás. Pero no en todos ellos tienes que acostarte con los gerentes. Yo, por ejemplo, en los pisos en los que he estado no me han mandado acostarme con el dueño, vamos.
Hay pisos donde las plazas son máximo de veintiún días, prorrogables hasta un mes, pero hay pisos en los que la verdad es que, si tienes trabajo y te llevas bien con el dueño, te puedes quedar más tiempo. Pero habitualmente las plazas son de veintiún días. Durante este periodo, te puede tocar hacer la limpieza, o tienes restricciones a la hora de salir. Cada piso tiene sus normas, pero es cierto que en algunos te sientes como si estuvieras en la cárcel, como secuestrado, porque apenas te permiten salir. En otros puedes hacerlo sin problemas mientras lleves tu teléfono y estés disponible para cualquier caso que surja. Esto suele ser lo más común, de hecho, que te dejen salir sin problemas.
Aunque la plaza sea para veintiún días o un mes, intentamos llevarnos bien, como hermanos, como miembros de una familia. Por supuesto, siempre hay riñas, como puede haberlas entre amigos que comparten piso o hermanos que viven juntos. Entre nosotros no se da la competitividad que se da en la calle o en la sauna, en absoluto hay esa competitividad.
En los pisos, hay todo tipo de chicos. Hay mucho brasileño, y también latinos, por decirlo de alguna manera. Por lo general, es lo más sencillo para los que acaban de llegar a España. Es una manera de ganar dinero rápidamente, ¿no? Pero muchos se meten a la prostitución y en cuanto ganan un dinero se salen de ella. Es algo puntual. En general, la prostitución para los hombres no es para toda la vida, es algo puntual. Ahora, yo creo que por la crisis, o no sé por qué, ahora están metiéndose a trabajar muchos españoles. Yo mismo, antes, en Tarragona, trabajaba en hostelería por la mañana y, por la tarde, como no tenía nada que hacer, pues estaba en casa ofreciendo mis servicios como trabajador del sexo. Trabajando por libre no tienes que dar el cincuenta por ciento que el piso siempre se queda. Todo queda para ti. Pero creo que es mucho más seguro trabajar en un piso que hacerlo por libre. En un piso de chicos tienes más seguridad. No te va a pasar nada, mientras que al trabajar por libre puedes encontrarte con muchos problemas con los clientes y no tienes a nadie cerca que pueda defenderte. Además, es más discreto trabajar en un piso que hacerlo en casa. Sobre todo por los vecinos. No es que yo viva oculto, pero tampoco es que vaya pregonando por ahí a qué me dedico. Pero si a mí me preguntan, yo no reniego de lo que trabajo. En cierta manera, estoy muy orgulloso porque ni estoy robando ni cometiendo ningún delito. Estoy ahí para ganar dinero.
En una buena temporada, puede que ganes entre mil quinientos o mil seiscientos euros a la semana. Si la cosa está mal, puedes sacarte setecientos, ochocientos euros por semana. Todo depende de los trabajos que te salgan. Ten en cuenta que se trabaja veinticuatro horas, y a veces te pueden salir clientes que nosotros llamamos «de colocón». Estos pueden tirarse fácilmente trece, catorce o quince horas. Los pisos son como los puticlubs de las chicas, siempre tienen droga por si acaso llega algún cliente por sorpresa y pregunta por una dosis. No suelen tenerla físicamente por temor a posibles redadas de la policía o por si algún chico denuncia al piso. Temen que vaya la policía y encuentre algo. Pero por lo general tienen contacto con un camello que, tras una llamada, en diez minutos te tiene la droga en la puerta. Lo más frecuente es que los clientes pidan alcohol, cocaína y popper. Viagra también se consume, aunque eso ya depende del chico. Yo, por ejemplo, nunca la he tomado.
Otras veces tienes que hacer dos o tres pases diarios para llegar a una buena suma a fin de mes. Aunque sean muchas horas, eso no importa; y al acabar un servicio si quieres puedes volver a trabajar. Si quieres trabajar, trabajas, y si no, pues no lo haces. Depende del piso, sus normas y de lo que el dueño te diga. Trabajar tanto tiempo con clientes, por supuesto, desgasta, pero yo no hago nada particular. No sigo ninguna dieta especial, como lo mismo que cualquier persona. Tampoco hago mucho ejercicio. Yo creo que el secreto está en el descanso, aunque cuesta, uno allí no descansa bien, aguantas hasta que el cuerpo te dice «hasta aquí», y entonces tienes que parar. Porque se nota, se nota el estrés, y el agotamiento te acaba pasando factura. Algunos chicos consumen Viagra, pero yo nunca la he tomado.
Los servicios más demandados son el francés, la penetración, toqueteos, magreos, besos, caricias. Lo normal. A veces, servicios sadomasoquistas, pero eso ya son servicios especiales. Para ello tienen que pagar una tarifa extra. Yo he tenido servicios sadomasoquistas y en una hora de sado puedes llegar a cobrar hasta seiscientos euros. ¿Límites con los clientes? Son relativos, y va en función del cliente y la confianza que te dé, pero por lo general el único límite que pongo es que, para penetrar, ya sea yo a él o él a mí, siempre se use condón. Yo nunca he dejado de usar condón. Ese creo que es el único límite que tengo, ese y que se corran en mi boca. Eso tampoco lo acepto.
Es muy común que te pidan sexo sin condón y, claro, cuando les dices que no, te dicen: «Ay, pues un compañero tuyo aquí me acaba de decir que sí». «Pues entonces cógele a él. ¿Para qué me preguntas a mí sabiendo que te voy a decir que no? ¿Para qué me preguntas si antes él te ha dicho que sí, que lo va a hacer sin condón? Pues ahora vas y lo coges a él».
Algunos gerentes intentan obligarte a aceptar estos servicios, sobre todo si el cliente es un fijo de la casa. Ellos obviamente no te tienen ahí para perder dinero, así que, si el cliente se mete coca, te pedirán que tú te metas coca. Respecto al uso del condón, depende del dueño con el que topes. Cada uno tiene su manera de pensar y gestionar el sitio. Pero yo no, nunca he accedido a no usar condón. Otros compañeros sí, claro que otros acceden. Creo que en esos casos el cliente les da propina, les suelen ofrecer doscientos o trescientos euros de propina y, claro, por ganar más dinero lo hacen. Yo también podría haberlo hecho, pero prefiero mi salud a una propina. Por trescientos euros no voy a coger cualquier enfermedad. Cuando me entero de que un chico ha tenido sexo con un cliente sin condón, soy el primero que no entra a hacer tríos con él. Y de poder, buscaría otra «plaza» hasta que ese compañero se fuese del piso.
La mayoría de los clientes son mayores, con edades de entre cincuenta y sesenta años, casi todos ellos casados, con mujer e hijos. Hay un porcentaje grande de gay oculto, ¿no?, que tiene mujer como tapadera. Muchos son gais y así se reconocen, pero obviamente piden discreción. Pero también pueden venir solteros u hombres con pareja, pero sin estar casados ni nada. Yo he tenido clientes de veintitrés y veinticuatro años que solamente por morbo o por saber lo que se siente han pagado a un chico profesional. También he tenido clientes jóvenes de verdad y clientas femeninas. Mujeres solas no, pero muchas parejas heterosexuales que llaman, así como travestis que vienen también como clientes. Yo soy gay, pero he tenido servicios con parejas. Pensaba en el dinero, uno tiene que ser profesional para poder hacer eso. Casi siempre atendemos a hombres, pero si sale un servicio con una pareja heterosexual, pues obviamente sabes que va a ser más dinero, va a ser el doble. Cuando uno hace servicios con parejas y hace el amor con una mujer, es cuando ya se siente profesional. Porque ahí tienes que controlar mucho la mente para que no se te desempalme y poder hacerlo y correrte con una mujer. Lo bueno es que las mujeres no son tan exigentes como los hombres, no piden tantas cosas. Un hombre sí, con un hombre te toca aguantar, con un hombre obviamente sientes dolor, porque muchos de los clientes son activos, con una mujer no sientes dolor. En este sentido, la diferencia se nota mucho, es abismal.
Los clientes que atendemos son de todo tipo, sin diferencias entre los que van de pisos y los que hago por libre. Recuerdo que una vez, aquí en Madrid, trabajando en el centro, hubo una salida con alguien muy importante del Ayuntamiento de Madrid. Creo que todo el mundo le conoce, pues bueno, el servicio era para él. Esa es la profesión. También hay un piso aquí al que va siempre un cura, es sacerdote. A él le gusta, bueno, le gustaba estar con chicos. Yo también he estado con ese cliente. Se puede tirar horas, le gusta que le digas cosas como: «Mira como me follo al padre», o cosas así, todo relacionado con su mundo. Me cuesta contener la risa cuando pienso en ello, aunque ya no me impacta. Tras seis años de prostitución, he visto mucho. Claro que cuando sucede te quedas pensando: «Estoy pecando, ¿no?». Pero luego te relajas y dices: «Pues ahora estoy pecando más porque estoy con un cura».
Problemas con los clientes he tenido pocos. Se dio una ocasión en que un tipo empezó como a darme azotes, bofetadas y a escupirme. Yo eso sí que no lo aguanto, porque somos putas, pero no somos sacos de boxeo, así que le dije que parara, pero me contestó que para algo estaba pagando. Pero, vamos, que, salvo esto, nunca he tenido ningún problema. Ni siquiera entre compañeros. Con gerentes de pisos, en cambio, sí.
Las normas que imponía este hombre yo creo que eran muy bruscas. Uno está prostituyéndose en un piso, no está pagando condena en una cárcel donde te tienen encerrado y te obligan a hacer cosas. Ese es el caso. Como ninguno de los compañeros daba el paso, lo di yo, no iba a aguantar eso, ni para mí ni para la gente que se prostituye, así que le denuncié. Le denuncié y ahora a esperar el juicio. A los compañeros no les queda más remedio que callar y aguantar porque muchos vienen solos a España y no tienen a donde ir. Lo peor es que yo creo que hay muchos pisos igual que ese. Yo no aguantaría estar en un piso con esas normas. Buscaría otra «plaza», pero muchos compañeros no se van porque tienen miedo.
Con ello no quiero decir que los pisos estén mal ni nada, pero sí creo que deberían pagar sus impuestos y tener unas normas, como las de un trabajo normal. Y en el que los chicos tengan más, más, más… prevención y facilidades para cuidar su salud. Que tengan sus pruebas, que no cojan enfermedades y que vivan en condiciones dignas y no infrahumanas, como en las que vivíamos en ese piso. Hay pisos en los que duermes hacinado con el resto de chicos en la cocina, con cucarachas; en el mismo sitio donde cocinas están las camas, las literas. Muchas veces duermen dos en una cama de noventa. No tienes descanso, no tienes salud, no tienes nada. Estás viviendo en la porquería.
Pero tienes que aguantar porque has decidido ir allí para ganar dinero, ¿no? Si quieres, bien y, si no, pues vete. Los chicos lo toleran porque los dueños de los pisos te comen la cabeza, te dicen que por libre no vas a trabajar. Es verdad que hay personas que por libre no trabajan, que les es más fácil en un piso, que cuenta con su clientela fija y que te anuncia en su página web.
Muchos problemas se acabarían si la prostitución se legalizara. Yo la legalizaría, pagando impuestos y teniendo cobertura sanitaria, que los chicos tengan ante todo salud. Yo, si pudiese, me daría de alta como autónomo, como masajista, por ejemplo, pero para ello supongo que me pedirán un título que no tengo. Si existiese una ley que dejara a los trabajadores del sexo asegurarse, lo haría sin dudarlo. Con la legalización, creo que quizá nadie sería obligado a meterse cualquier tipo de sustancia en contra de su voluntad, y podría vivir en una casa limpia y no en condiciones infrahumanas. Que los pisos tengan sus controles médicos y sus inspecciones de sanidad. Entonces sí, en esas condiciones sí que se podría vivir, porque con su cuerpo y con su vida cada uno hace lo que quiere, pero aguantar las normas de según qué gerente no… que tú pongas el culo o tu polla y encima te cobren un cincuenta por ciento. Que te cobren el alquiler de la habitación, pero el cincuenta por ciento es excesivo, más cuando ellos no están poniendo su cuerpo para que el cliente pague.
Personalmente, no he conocido casos de muchachos forzados a ejercer la prostitución, pero recuerdo haber visto en televisión un programa donde decían que los había. Que los habían traído de sus países y tenían que pagar deudas. Pero yo no he conocido ningún caso, ni siquiera de chicos que tengan que trabajar para pagar deudas.
No sé, a mí la prostitución me ha permitido ganar dinero. Cuando España estaba bien, en esto sacaba mucho más dinero que en un trabajo normal como la hostelería. Es cierto, es dinero rápido. Antes te podías hacer seis, siete, ocho clientes al día. Ahora, con la crisis, menos, como mucho te haces dos o tres. Pero bueno, mis lujos y mis vicios, como el tabaco o el salir de fiesta, me los he pagado yo gracias a la prostitución. Pero a cambio genera un estrés muy fuerte. Genera ansiedad. Yo, de hecho, sufro ansiedad. Eso pasa porque estás con uno y a los cinco minutos estás con otro, a los diez, con otro, y así todo el día. Trabajas día y noche, todos los días. La vida de la prostitución envejece mucho.
Cuando yo empecé, cuando España iba bien, no había ni un español. Ni uno. Que yo haya conocido, ninguno. Ahora en cambio hay muchísimos, muchísimos, muchísimos. Yo al principio trabajaba bien porque los clientes, al ver que era español, venían más; ahora, como somos muchos, pues ya no. Ya no eres novedad por ser español. Ya no soy único.
Cuando acabas la «plaza» en un lugar, o bien hablas con algún compañero que tenga plaza fuera del piso donde te encuentras, para saber si es posible ir a su piso, o buscas en Internet. Por ejemplo, en milanuncios.com y otras páginas web suelen poner anuncios que buscan chicos para hacer «plazas». O escribes en el buscador: «Se necesita chico para piso de relax» y ahí te sale. Los periódicos nos los uso para buscar «plaza» porque no suele haber ofertas de chicos, suele ser casi todo para chicas. Pero sí que los he usado para anunciarme en la sección de contactos. Me he anunciado en sus páginas cuando trabajaba en mi apartamento, y también cuando he estado haciendo «plazas». Le pagas al dueño del piso la mitad del anuncio en el periódico y no hay problema alguno. Cada vez más periódicos están eliminando la sección de contactos, y no lo veo mal. No sé, yo mismo he tenido llamadas de niños de quince y dieciséis años que preguntan qué es lo que hago. Cuando me doy cuenta de ello y pregunto por la edad, caigo en la cuenta de que tengo que colgarles. Cada cual se busca la vida como puede, ¿no? Puedes trabajar en la prostitución y anunciarte en Internet, donde mucha gente no puede acceder. Pero, en cambio, en un periódico los niños sí lo ven. Ven tu anuncio. Tu número de móvil. Por discreción, me parece bien que dejen de publicar estas secciones.
En algunos sitios, tú pones tu propia publicidad, mientras que en otros la publicidad va incluida en el cincuenta por ciento que se quedan de cada cliente. Lo que siempre va incluido es el alojamiento. La comida ya va aparte. Con la comida cada piso se organiza de manera diferente, en algunos los compañeros hacen una colecta o un bote común de dinero y con ello se hace la compra semanal de comida para todos.
En los pisos, al igual que sucede en las saunas, también se practica el «vicio» entre nosotros cuando no hay clientes. Fue así como conocí a mi pareja actual, en un piso, y, para ser honestos, la primera vez que lo hicimos juntos, sin saber si estábamos los dos sanos, lo hicimos sin condón. Luego nos hicimos las pruebas y vimos que estábamos sanos. No teníamos nada. Ni VIH, ni hepatitis, ni nada de eso. Mi pareja anterior no se dedicaba a la prostitución, y eso es duro. Un golpe duro, la verdad, para el que no está metido en esto. Al fin y al cabo, si tu pareja está en el mismo barco, se hace más fácil, sabes que trabaja allí o incluso puede que hayáis trabajado los dos juntos. Pero, para alguien que no ha trabajado en esto, es muy duro, es muy duro… saber que tu pareja, aunque sea por dinero, está follando con viejos. Sólo por dinero, pero lo está haciendo. Tiene que ser muy duro. Así y todo, esa no fue la razón de la ruptura con aquella pareja. Estuvimos juntos cinco años, él era de Colombia y con el tiempo descubrí aspectos que no me gustaban. Hay dos cosas que no me gustan en la vida. Una es que se metan con mis padres, porque no los tengo. Y otra, que me peguen. Él cometió esos dos errores, así que, antes de seguir sufriendo, me dije: «hasta aquí». Porque, mira, una pareja puede discutir, puede decirse mil cosas, pero cuando uno llega a las manos, eso ya no. El respeto se pierde totalmente.
Con mi pareja actual el trabajo es más sencillo. A la hora de trabajar, uno va más confiado porque sabe que la otra persona entiende que lo que se hace es por trabajo. Aunque con cualquier cliente puedes sentir celos, tanto él como tú. Pero los celos son distintos, no es como pensar: «Ay, mira, yo aquí trabajando en un comercio y él está prostituyéndose». No sé, dos personas, una pareja trabajando en esto, pues... ¿cómo te diría yo?, se compenetran, saben a lo que van y cómo funciona la cosa. Los dos tienen claro que es sólo por dinero. Alguna vez, incluso hemos trabajado juntos. Le metí una vez en un trío conmigo, pero el trabajo no nos afecta como pareja. Lo que sí tenemos pensado hacer es irnos a Brasil para quitarnos totalmente de la prostitución. Tengo claro que la prostitución no es para toda la vida. Tampoco me pesa, estoy orgulloso de ello, porque nadie me mantiene, no estoy cometiendo ningún delito. Si un amigo me dijera que va a trabajar de esto, no le dejaría de lado porque yo sé lo que es vivir de esto. Yo me siento muy orgulloso de trabajar en esto.
Sin embargo, a corto plazo, me gustaría dejar la prostitución. No es que me quiera alejar porque la odie, no, eso no es, pero quiero vivir una vida normal con mi pareja y trabajar en algo legal para poder llegar al día de mañana. Llegar a ser algo. Que no me digan «el chapero», «el puto». No sé, vivir una vida normal. Sé que puede costarme, pero es algo que deseo y no creo que me arrepienta de ello, aunque tenga que ajustarme a unos horarios fijos y a un salario menor. Quien algo quiere, algo le cuesta. Cuento con que los ingresos van a ser más bajos, pero me liberaré de sentirme como usado por estar con unos y con otros; de coger una enfermedad, o de estar trasnochando cuando te llama un cliente a las cuatro de la mañana. Creo que todos los prostitutos se sienten usados, porque estás con una persona, luego con otra, y con otra, y con otra, y con otras. No estás con una persona que te agrade, que te gusta, ¿no? El sexo lo estás forzando para poder ganarte el dinero. No lo haces por placer. El sexo privado es diferente, estás con la persona que te gusta, y allí el sexo es mejor, no como con los clientes que, cuando llega uno, follas y le haces que se corra. El único interés es que se corra. Con tu pareja, aunque te puedas correr pronto, te corres feliz porque es la persona que te gusta. No es como ir cambiando de clientes, ahora con uno, ahora con otro. Este cambio, el sentirse usado, hace que muchas veces uno caiga en crisis de ansiedad. No sé, uno se para a pensar tanto en cómo es su vida realmente que aparece la crisis. Una ansiedad por la que hay chicos que han llegado a suicidarse. O muchos que están en las drogas, muchos de los que toman drogas es por la prostitución, a causa de ella.
No sé, la vida del chapero es así. No aconsejaría a nadie que se metiese en la prostitución a menos que lo necesite y que sea para bien, ¿no? Que se haga por la necesidad de ganar dinero, vale, pero no prostituirse para meterse en drogas o prostituirse por placer, no. Hasta la fecha no he conocido a nadie que se prostituya por placer. La vida del chapero es de corta duración… aunque yo ya llevo mis años.
La historia de Sega, un superviviente llegado de África
Recuerdo mi infancia y adolescencia como una época buena con mi madre, mis hermanos y mi abuela. Una infancia normal y feliz en Gambia, donde hasta los quince años. A esa edad, mi madre me mandó a Europa del Este para estudiar. No todo el mundo tiene esa oportunidad en Gambia, es caro y sólo la gente que tiene familias acomodadas se lo puede permitir. No es mi caso, yo vengo de una familia humilde, pero aproveché la posibilidad de obtener una beca de estudios. Yo tuve una beca y marché a Europa, donde estuve hasta los veintiún años estudiando bachillerato técnico y al terminarlo regresé a Gambia. Como había estudiado mecánica, empecé unas prácticas durante seis meses, pero como no me gustaba lo que había estudiado, comencé a trabajar en otras cosas. Trabajé de cocinero, después en la recepción de un consultorio médico, en hostelería, de camarero en una discoteca. Eso hice, cambiando de trabajos durante mucho tiempo.
Descubrí mi sexualidad en Gambia, pero siempre la tenía guardada para mí. El ambiente para los homosexuales era muy hostil, ahora lo es mucho más, antes lo era menos, pero ahora cada vez es peor. Cerca del noventa y cinco por ciento de la población es musulmana y la homosexualidad es ilegal. Puedes ir a la cárcel. Allí, si eres gay, no puedes salir del armario. Yo sabía que me gustaban los hombres, pero aun así tenía novia. Lo de los hombres era como algo ocasional, yo mismo no lo aceptaba muy bien. No me entendía muy bien. Pensaba que aquello no era una cosa normal. No sé, quería cambiar, ser hetero. Lo intenté, pero no, no funcionó. Como la situación en los últimos años no ha hecho sino empeorar, pues se ha vuelto más radical, venir a Europa me daba en este sentido mucha más libertad. Aunque ahora con Internet tengo que tener cuidado de lo que puedan ver de mi vida en mi país.
Llegué a España con un visado de turista que conseguí por trabajar durante un par de años en la Embajada de Eslovaquia en Gambia. Hablaba el idioma de cuando estuve allí estudiando y conseguí un trabajo de administrativo. Era un buen trabajo y se cobraba bien, pero el país tuvo que reducir sus embajadas en África y a Gambia le tocó. Sabía que iba a ser difícil encontrar otro trabajo igual y aproveché la oportunidad para volver a Europa. Tenía contactos de la embajada, así que no me resultó difícil conseguir el visado para venir a Madrid. Llegué aquí con casi treinta años y sin saber castellano, no sabía nada, todo lo aprendí aquí.
No me costó adaptarme, sinceramente, me sentí acogido. Además, ya había estado en Europa antes, siendo muy joven, así que no me costó mucho adaptarme. Claro que Europa del Este y España son diferentes, pero la adaptación fue suave, no supuso un choque enorme. Enseguida me puse a buscar trabajo, pero sin papeles es muy difícil, y tardé seis meses en encontrar trabajo con los papeles de otro chico. Primero trabajé de camarero y tras un tiempo me despidieron, por lo que empecé a trabajar en negro, sin contrato. En un hotel hice de todo, atender en la recepción, de camarero, limpieza, todo lo que se puede hacer en un hotel.
Lo de la prostitución me lo planteé cuando me quedé sin trabajo. Llevaba un tiempo sin encontrar nada y me metí por curiosidad. Me dije: «Voy a probar eso», y así empecé. Busqué en Internet sitios donde pudiese trabajar porque alguien me dijo que había casas donde podías ir y que te pagaban por ello. Encontré el primer sitio a donde ir, tenían su dirección en Internet y en su página web decían que necesitaban chicos, así que fui e hice una entrevista. Así fue como empecé.
Fue durísimo, era mi primera vez, yo tenía entonces ya treinta años y en toda mi vida nunca había imaginado que algún día iba a dedicarme a la prostitución. Nunca, nunca. De hecho, antes de venir a España, ni siquiera sabía que un chico podía ganarse la vida así. Por ejemplo, en Gambia he tenido oportunidades cuando otros hombres me han ofrecido dinero para acostarse conmigo, pero para mí aquello era una ofensa terrible. No me imaginaba que un día yo iba a hacerlo. Ni se me pasó por la cabeza. Así que al principio fue muy duro. Es muy duro aceptar a la gente con la que te acuestas. La gente es lo más duro de todo; las primeras veces vomitaba después de estar con una persona y sentía tanto asco que no paraba de llorar y llorar. Me sentía mal conmigo mismo, me sentía sucio. Sentía asco por mi persona, por practicar el sexo con una persona de ochenta años o gente horrible. Fue muy duro, muy, muy duro.
Miré de hacerme fuerte, de convencerme de que no tenía otra cosa. No tenía papeles, no tenía cerca a mi familia, no tenía a nadie que pudiese ayudarme, así que me forcé a hacerlo. Yo siempre he sido un soporte para mi familia, así que no podía quedarme sin nada que hacer y lamentarme de mí mismo. Hay personas que dependen de mí económicamente y eso me obligó a no parar entonces, no podía decir: «No, no voy a hacer nada». Cada mes tengo mucha gente esperando la ayuda económica que les doy. Mi familia depende de mí y yo también tenía que vivir, así que dejé de autocompadecerme. Después, con el tiempo, me fui adaptando. Piensas en el dinero y sigues adelante, pero cuesta. Cuesta un montón.
Entre los compañeros no encontré al principio mucha ayuda. No sé, veníamos de mundos diferentes. Ellos estaban allí para hacerlo, muchos vienen de sus países ya con la idea, llegan mentalizados, pero yo no. Cuando yo llegué a Europa nunca había pensado en ello, no tenía esa idea, no lo había hecho en mi vida. Era un mundo totalmente ajeno para mí. Muchos chicos que vienen de Latinoamérica ya han trabajado en esto en sus países y tienen la idea en la cabeza antes de venir a España. Vienen aquí para ganar dinero con la prostitución, supongo que también será difícil para algunos, pero para otros el ganar dinero y hacerse con muchos clientes es como un trofeo. Así que al principio, más que compañerismo, era competencia. Había otros que también lo pasaban mal, pero en general puedo decir que de este mundo tengo pocos amigos. Ahora tengo alguno más, pero al principio no. La mayoría de los chicos no me caían bien, eran muy malos. Ahora la cosa ha cambiado un poco, es diferente, porque ya hay gente con historias distintas, que lo hacen como yo, pero que al principio no estaban en esto. Pero bueno, también mi forma de ver la prostitución ha cambiado. Ahora mi visión es diferente.
He estado ejerciendo la prostitución unos cinco o seis años, la mayoría del tiempo en pisos. Empecé en Madrid y después cambié a Barcelona, pero también he trabajado en Internet por mi cuenta. He estado en muchos pisos, en Madrid, Barcelona, Málaga, Sevilla y Bilbao, aunque procuro no cambiar mucho de ciudad, ir de sitio en sitio es horrible, soy más de quedarme en un sitio fijo. Ya por libre, viajé también por Europa. Estuve en Alemania en pleno invierno y fue horrible, hacía mucho frío y gastaba mucho dinero en los hoteles. Después fui a Suiza, donde estuve bien, y a Francia. En Suiza hay que tener cuidado, la prostitución está muy perseguida, pero en Francia no tanto. La prostitución femenina sí que la persiguen, la de los hombres no. Es como aquí, no hay nada claro legalmente.
En los pisos el dueño se lleva el cincuenta por ciento de tu trabajo. Un cincuenta por ciento para ti y un cincuenta por ciento para el piso. Si vives allí, tienes que estar las veinticuatro horas en el piso. A veces, puedes salir un rato, para hacer compras o tomar un poco de aire, a lo mejor tienes un día libre, pero casi todo el rato tienes que estar allí, pues cuando viene un cliente todos tenemos que mostrarnos, es lo que llamamos «pasarela», para que el cliente pueda elegir al chico. Puedes negarte si te pide algo que no quieres hacer, pero no los eliges.
Es frecuente que para acceder a una plaza se tenga que tener sexo con el gerente, creo que puede decirse que es una norma general el que se aprovechen de los chicos nuevos que entran al piso. En Madrid, el dueño del piso era horrible. Luego te pagaba, pero no lo hacía como lo hacen los clientes, pagaba la mitad. Pero lo más horrible fue mi experiencia en Málaga, donde para obtener la plaza tuve que acostarme con el dueño, que estaba enfermo. No sé si tenía cáncer o qué, pero estaba en fase terminal, siempre llevaba un aparato para respirar. Acostarme con él fue horrible. Horrible.
El dinero que se puede ganar en los pisos es muy relativo. Cambia mucho, tanto puedes ganar como no ganar. En ocasiones, puedes ir y ganar mil euros, otras veces, quinientos euros, o incluso no hacerte nada. Hay gente que en el periodo de veinte días de la plaza no se hace nada. Depende mucho. Los anuncios en prensa e Internet suele sufragarlos el piso, pero en otros tienes que pagarte tú mismo los anuncios. Unos dueños son más buenos y otros más cabrones y te lo hacen pagar todo.
Trabajar en los pisos tiene sus ventajas, una es que no tienes que pagar alquiler en otro lugar y, además, si es uno con mucha clientela, se puede ganar dinero, y si hay trabajo quedarte más tiempo. Por ejemplo, cuando yo me fui de Madrid, no tenía nada, sólo algo de dinero para unos pocos días. Alquilé una habitación y allí aguanté hasta que se me acabó el dinero, luego no tenía ni a dónde ir. Nada. Y entonces encontré un piso y el dueño me dijo que podía quedarme allí. Estuve más de un mes, conseguí hacer mucho dinero y ahorrar para poder alquilar mi habitación, pagar la fianza y otras deudas. En ese sentido, los pisos son una ventaja.
Pero no todo son ventajas, no suelen ser lugares muy limpios. Se descansa poco y mal. Te pasas veinticuatro horas allí, siempre metido en ese ambiente que agota física y mentalmente. La casa siempre gana, mucho más que tú porque se queda un cincuenta por ciento sin hacer nada. Esos son los principales inconvenientes. Eso y las drogas que hay en muchos de ellos. En Madrid, donde estuve no había drogas, pero en Barcelona sí. Allí los clientes iban a drogarse y en el mismo piso se vendían las drogas. Cuanto más se drogan los clientes, más tiempo se quedan y con ello los gerentes hacen más dinero. En Sevilla, en el piso donde estuve, lo que más se consumía era cocaína. Antes los clientes se gastaban mucho dinero en los pisos. Antes de la crisis económica una persona podía permanecer en el piso veinticuatro horas, con diferentes chicos, comprando droga y gastando miles, miles de euros. Pero los clientes no son los únicos que consumen, he visto a muchas chicas transexuales engancharse, gastarse todo el dinero que ganaban en coca, hasta follar sólo por coca. He visto casos así y es triste. Mi primera experiencia con la coca fue en Madrid y fue fatal, con un cliente, pero yo no tomo, tomarla es un peligro, el peligro de hacerse adicto y pasarlo muy mal. Durante una temporada, yo bebía. Cada vez que tenía un cliente bebía para poder hacerlo, sé que otros usan drogas para eso mismo. Cuando empiezas, tienes que hacer algo, es duro, muy duro, y para hacerlo más fácil se recurre a todo tipo de drogas. Para todo el mundo es duro. Te destruye la autoestima, y si no eres capaz de saber quién eres y por qué haces lo que haces, entonces te destruyes. Por eso siempre he procurado recordar de dónde vengo, por qué hago las cosas, a dónde voy y cuáles son mis metas, pero siempre es difícil. Por suerte, las drogas no me gustan, no van conmigo. Me pongo enfermo con ellas, creo que mi cuerpo no las asimila, y eso es una suerte también. Si un día tomo drogas, me paso los tres siguientes enfermo. El alcohol sí que lo tolero, por eso bebo. No puedo decir que sea alcohólico, pero sí que bebo.
Lo que sí uso es Viagra o Cialis, sin utilizarlas muchas veces no consigues ni empalmarte. Tienes que usarlas, si no, no puedes. Por más que piensas y te esfuerzas, al final la mente lo es todo, por eso la mejor garantía es tomarla. A veces venían chicos jóvenes y con ellos no hacía falta tomar nada. Aquí en Madrid había un piso donde acudían muchos chicos jóvenes, de veinticinco o veinte años, y claro, todos queríamos pasar con ellos. Pero la mayoría de clientes son hombres casados. Yo diría que aproximadamente el setenta por ciento de los que venían eran hombres corrientes, casados, con hijos y todo eso; y luego ya hombres muy mayores, o gente que de verdad, si no pagase, no podría tener sexo, porque son muy gordos o cosas así. En ocasiones había ejecutivos, gente que está de viaje, y en contadas ocasiones gente joven y guapa con la que incluso lo pasabas bien. Puedes encontrar gente de todas las edades, desde los que rondan los treinta hasta los de cien años.
Recuerdo un piso en Barcelona donde se vendía mucha droga y que la policía debía llevar mucho tiempo vigilando. Al final, un día entraron y se llevaron a todo el mundo, por suerte en aquel momento yo no estaba allí. Es lo más cerca que he estado de tener problemas con la policía, pero me salvé. Pero miedo siempre he tenido, por ejemplo, de ir a casa de los clientes. Aquí en Madrid, cuando me enviaban en plena noche a las afueras de la ciudad a visitar a un cliente, me asustaba. Nunca sabes lo que te vas a encontrar allí. Sabes que el gerente del piso tiene los datos del cliente y la dirección en caso de que algo pase, pero eso no me quitaba el miedo. Cuando iba por mi cuenta, siempre dejaba en mi piso la dirección y el número de teléfono del contacto, todo bien escrito en mi habitación por si acaso. Esas salidas siempre me han causado pánico, pero gracias a dios nunca me ha pasado nada, pero sé que a veces sí pasan cosas.
He oído casos de chicos que se prostituyen para pagar la deuda del viaje a España. Son los «cafetones», he conocido a muchos brasileños que han venido así. Muchos «cafetones» han sido chaperos antes y se aprovechan de los chicos nuevos cobrándoles el precio del billete con intereses, ganando con ello miles de euros.
Ahora ya no escucho este tipo de historias, ya paso de ir a pisos, la última vez fue hace tres o cuatro años. Desde entonces trabajo por libre en París. Antes de la crisis, en Madrid se estaba muy bien, ganaba mucho dinero, pero ahora la gente ya no tiene tanto para gastar y se nota, pero el trabajo en Madrid o París es el mismo, los clientes son iguales en todas partes, si te pueden pagar menos, lo hacen, y si pueden aprovecharse de ti, también. Son iguales en todas partes.
La prostitución me ha permitido ser independiente económicamente y sobre todo ayudar a mi familia. Desde que vine a España, e incluso ya antes en Gambia, he ayudado a mi familia. Aquí, gracias a la prostitución he podido ayudarlos mejor. He conseguido alquilar una casa muy buena para mi madre y mis ocho hermanos, pagando su alquiler cada mes durante los últimos ocho años. También les mando dinero para la comida, así como para sus gastos de salud. Mi madre tiene una salud frágil y allí hay que pagar para todo. Cuando pienso en todo lo que he conseguido arreglar para ella, me siento mejor, creo que de otra manera no hubiese sido posible. Estuve mucho tiempo sin papeles, sin derecho a trabajar, porque yo siempre he querido salir de esto, buscar trabajo, pero sin papeles no podía hacerlo. Porque la prostitución te degrada mucho, mata la autoestima. Y no sólo eso, sino que además tienes que enfrentarte con los prejuicios de la gente. Afecta a la hora de querer establecer alguna relación. Cuando conoces a alguien con quien te sientes bien y se lo dices, ves que esto se convierte en un inconveniente. No funciona, aunque la otra persona te diga que no importa, sí, sí importa, y poco después salen los problemas. No todo el mundo lo puede aceptar, aunque al principio te digan que sí, luego al final siempre es que no, que no lo aguantan, por eso prefiero mantenerme soltero, porque no funciona. No con este trabajo. Pero los prejuicios no sólo son de los otros, enfrentarse a los propios es casi peor. No sé, nunca he podido hacer los trabajos que yo he querido hacer, así que pienso que estos años que he pasado aquí son como años no utilizados. Años inútiles en los que no he podido hacer lo que me hubiese gustado, y eso sí que duele. Machaca mucho pensar en ello, pero bueno, es la vida.
Quizá, de regularse la prostitución, sería diferente, pues en esto hay gente metida porque no encuentra otra salida, o bien que lo hace porque lo quiere hacer. Su regularización ayudaría. Yo, por ejemplo, he trabajado todos estos años y no he cotizado nunca por ello, de ser legal ya tendría diez años cotizados. Pero no es así, y eso es una putada. Si fuese legal, la gente que se dedica al trabajo sexual podría ahorrar pensando en el futuro. Esa es una de las razones por las que a corto plazo quiero encontrar un trabajo y dejar esto. Ya estoy cansado, no es estable y no es algo que me hubiese planteado. Llevo haciéndolo tantos años que ya estoy cansado. Sólo espero que la gente no me juzgue, que no juzgue a nadie. Cada uno tiene sus circunstancias.
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