Kitabı oku: «En pos de los puritanos y su piedad»

Publicado por:
Publicaciones Faro de Gracia
P.O. Box 1043
Graham, NC 27253
www.farodegracia.org ISBN: 978-1-629462-63-9
© 1990 by J. I. Packer A Quest for Godliness. Published by Crossway.
All rights reserved. Crossway, a publishing ministry of Good News Publishers, Wheaton, Illinois, 60187, USA.
© Traducción al español por Victor Velasco, Copyright 2020. Todos los Derechos Reservados. Edición, diseño de la portada y las páginas fue realizado por Francisco Adolfo Hernández Aceves.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro— excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.
Las citas marcadas por un asterisco son la traducción del autor. Las itálicas en las citas de la Escritura indican un énfasis añadido.
© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina–Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Todos los derechos reservados.
“En su libro En pos de los puritanos y su piedad, J. I. Packer nos pinta un retrato vívido de los puritanos —su piedad, su vida eclesiástica, y su impulso social— en el que provee un apasionado modelo de la vida santa a la Iglesia autocomplaciente de nuestros días. El característico estilo lúcido de Packer, junto con sus penetrantes reflexiones acerca de los cristianos del pasado, representan un gran desafío para todos los que seguimos a Cristo en esta última década del siglo XX. Así que, recomiendo este libro con todo mi corazón”. Chuck Colson
“El Dr. Packer ha logrado mezclar teología, biografía, historia, y exhortación práctica en un libro cuya lectura es muy placentera. Y por si fuera poco, el libro aborda la situación actual de la iglesia, y nos lleva a escudriñar nuestros corazones y a examinar nuestros ministerios. No importa si apenas te estás familiarizando con los puritanos o si ya son amigos tuyos desde hace mucho tiempo, En pos de los puritanos y su piedad te instruirá y te inspirará. En este libro se encuentra la comida espiritual sólida que contribuye a la madurez” Warren W. Wiersbe
En memoria de dos amigos
John Gywn–Thomas
predicador de la gracia,pastor de almas
Y
Raymond Johnston
defensor de la verdady la justicia,ambos conocían bien a los puritanos y compartieron esa sabiduría conmigo.
Él era (…) [un hombre firme],
inamovible en todo tiempo, de tal manera que aquellos que, en medio de muchas opiniones, habían perdido de vista la verdadera religión, podían mirarlo a él y ahí la encontraban.
John Geree,
The Character ofan Old English puritane,or Nonconformist [El carácter de un viejo puritano inglés, o inconformista]


Contenido
Capítulo uno • INTRODUCCIÓN
EL PERFIL DE LOS PURITANOS
Capítulo dos • POR QUÉ NECESITAMOS A LOS PURITANOS
Capítulo tres • EL PURITANISMO COMO UN MOVIMIENTO DE AVIVAMIENTO
Capítulo cuatro • LOS ESCRITOS PRÁCTICOS DE LOS PURITANOS INGLESES
LOS PURITANOS Y LA BIBLIA
Capítulo cinco • JOHN OWEN Y LA COMUNICACIÓN DE DIOS
Capítulo seis • LOS PURITANOS COMO INTÉRPRETES DE LA ESCRITURA
Capítulo siete • LA CONCIENCIA PURITANA
LOS PURITANOS Y EL EVANGELIO
Capítulo ocho • «SALVADOS POR SU SANGRE PRECIOSA»: UNA INTRODUCCIÓN A «LA MUERTE DE LA MUERTE EN LA MUERTE DE CRISTO»
Capítulo nueve • EL DESARROLLO Y EL DECLIVE DE LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN ENTRE LOS PURITANOS
Capítulo diez • LA VISIÓN PURITANA DE LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO
LOS PURITANOS Y EL ESPÍRITU SANTO
Capítulo once • EL TESTIMONIO DEL ESPÍRITU EN EL PENSAMIENTO PURITANO
Capítulo doce • LA ESPIRITUALIDAD DE JOHN OWEN
Capítulo trece • JOHN OWEN Y LOS DONES ESPIRITUALES
LA VIDA CRISTIANA PURITANA
Capítulo catorce • LOS PURITANOS Y EL DÍA DEL SEÑOR
Capítulo quince • EL ACERCAMIENTO PURITANO A LA ADORACIÓN
Capítulo dieciséis • EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA EN EL PENSAMIENTO PURITANO
LOS PURITANOS EN EL MINISTERIO
Capítulo diecisiete • LA PREDICACIÓN PURITANA
Capítulo dieciocho • EL EVANGELISMO PURITANO
Capítulo diecinueve • JONATHAN EDWARDS Y EL AVIVAMIENTO
Capítulo veinte • EPÍLOGO
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Capítulo uno
•
INTRODUCCIÓN
n una franja estrecha de la costa norte de California crecen las secuoyas gigantes, los seres vivos más grandes del planeta. Algunas secuoyas miden más de 100 metros de alto, y sus troncos pueden llegar a medir más de 18 metros de circunferencia. Éstas no tienen mucho follaje a pesar de su tamaño; toda su fuerza está en sus enormes troncos, el grosor de sus cortezas es de casi 30 centímetros, y alcanzan casi la mitad de su altura antes de comenzar a desarrollar sus ramas. Algunas secuoyas siguen con vida y continúan creciendo aún después de haber sido quemadas. En lo que respecta a su longevidad, algunas tienen muchos cientos de años, y algunas otras sobrepasan los mil años, por todas esas razones, las secuoyas son geniales (en el sentido antiguo, fuerte y estricto de esta palabra que actualmente ha perdido su valor original). Estos árboles te hacen ver como enano, haciéndote sentir tu pequeñez de una manera en la que muy pocas cosas pueden hacerlo. Muchas fueron taladas sin ninguna consideración durante los días de tala de California, sin embargo, recientemente han comenzado a ser apreciadas y preservadas, a tal grado que los parques de secuoyas están investidos de una especie de santidad. La carretera de más de 50 kilómetros que serpentea a través de los bosques de secuoyas es llamada con justa razón “La Avenida de los Gigantes”.
En ese sentido, las secuoyas me hacen pensar en los puritanos de Inglaterra, otra clase de gigantes, quienes también han comenzado a ser apreciados nuevamente en nuestros tiempos. Entre los años 1550 y 1700, estos gigantes también vivieron vidas silvestres en las cuales, espiritualmente hablando, lo más importante era crecer fuertes y resistentes al fuego y las tormentas. De la misma manera en la que las secuoyas atraen la vista porque sobrepasan a todos los demás árboles, así la santidad madura y la fortaleza experimentada de los grandes puritanos brillan ante nosotros como una especie de faro de luz, ya que sobrepasan la estatura de la mayoría de los cristianos en todas las épocas, y especialmente en esta época, en la que el aplastante colectivismo urbano hace que los cristianos occidentales a veces se sientan y se vean como hormigas en un hormiguero y como títeres movidos por cuerdas. La historia podría haber sido diferente detrás de la Cortina de Hierro o dentro de las tierras de África devastadas por el hambre y la guerra, pero en la Gran Bretaña y en Estados Unidos (las partes del mundo que mejor conozco) parece que la abundancia de las generaciones pasadas se ha encargado de convertirnos en árboles enanos y secos. Y en un contexto como este, la enseñanza y el ejemplo de los gigantes puritanos tienen mucho que decirnos.
Anteriormente, se ha estudiado la eclesiología y las políticas de los puritanos, junto con la manera concienzuda (pero reacia y con tropiezos) en la que realizaron la transición de los gremios medievales al individualismo de sus posturas inconformistas y republicanas. Pero sólo recientemente se le ha dado una atención seria y académica a la teología de los puritanos y a su espiritualidad (palabra que ellos utilizaban para referirse a la piedad). Sólo últimamente se ha hecho evidente que, entre la dividida iglesia occidental ocurrió un avivamiento devocional durante el siglo siguiente a la Reforma, y que el puritanismo fue una expresión importante (en mi opinión, la más importante) de este movimiento. Sin embargo, mi interés propio hacia los puritanos siempre se ha centrado en ese punto, y los ensayos de este libro son el fruto de más de 40 años de analizar este aspecto. Mi interés no es meramente académico, aunque mi esperanza es que tampoco sea algo menos que académico. Los gigantes puritanos me han moldeado en al menos siete formas, de manera que, la intención de los siguientes capítulos será más clara para el lector si antes de comenzar enumero estas formas, por las cuales conscientemente reconozco mi deuda para con ellos. (Sin embargo, si algún lector considera que esta información personal se vuelve un tanto tediosa, puede evitar leerla; ya que no le adjudico ninguna importancia intrínseca).
(1) Cuando tuve una especie de crisis justo después de mi conversión, John Owen me ayudó a ser realista (es decir, ni miope ni pesimista) con respecto a mi pecaminosidad continua, y me ayudó a entender la disciplina de la auto examinación y la mortificación, a la cual, junto con todos los cristianos, estoy llamado. Ya he escrito acerca de eso en otro lugar,1 y no es mi intención repetir ese tema aquí. Me conformo con decir que, sin la ayuda de Owen pude haber caído en la locura o me pude haber enredado en una especie de fanatismo místico, y estoy seguro de que mi entendimiento de la vida cristiana no hubiera sido el mismo que tengo actualmente.
(2) Algunos años después de eso, Owen (bajo la autoridad de Dios) me permitió ver cuán consistente e inequívoco es el testimonio bíblico de la soberanía y la particularidad del amor redentor de Cristo (que, por supuesto, también es el amor del Padre y del Espíritu Santo, ya que las Personas de la Trinidad siempre son uno). Las implicaciones teológicas de las palabras: “el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20); “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25); “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8); y muchos otros pasajes como esos se volvieron más claros para mí, después de algunos años de haber estado abrazando lo que ahora sé que se llama amiraldianismo, y después de cinco años, a través de un estudio de la obra de Owen The death of death in the death of Christ [La muerte de la muerte en la muerte de Cristo], se consolidó el ensayo que realicé acerca de este título y que se incluye en este libro. Me he dado cuenta de que pude haber aprendido la misma lección en sustancia a partir de los sermones de Spurgeon, de los himnos de Toplady, o de los discursos de San Bernardo acerca de Cantar de los Cantares; pero en realidad fue Owen el que me lo enseñó, y eso marcó mi cristianismo desde ese momento, y dejó una marca tan importante como la marca que me dejó el entendimiento de una realidad semejante, el cual me había llegado unos años antes, es decir, la realidad de que la religión bíblica es Dios–céntrica y no antropocéntrica. Tener un buen enfoque del amor de Cristo cambia por completo nuestra existencia.
(3) Richard Baxter me convenció hace mucho tiempo de que la meditación discursiva es una disciplina de vital importancia para la salud espiritual, ya que, a través de ella, como él mismo lo expresa, uno puede «imitar al predicador más poderoso que ha escuchado», aplicándose a uno mismo la verdad espiritual y convirtiendo esa verdad en alabanza. Esa era una opinión unánime entre los puritanos, y ahora, esa también es mi opinión. Dios sabe que soy un pobre practicante de esta sabiduría, pero cuando mi corazón está frio, al menos sé qué es lo que necesito. En la mayoría de las enseñanzas actuales acerca de la oración, la contemplación es algo que «está de moda» y hablar con uno mismo ante la presencia de Dios es algo que «pasó de moda». Yo soy suficientemente puritano como para pensar que esta moda contemplativa es, en gran medida, una reacción en contra del formalismo devocional, y que en parte se debe al anti–intelectualismo del siglo XX y al interés por el misticismo pagano, y en parte a las Escrituras, pero una vez que se abandona la forma meditativa de los Salmos, de los Padres, y específicamente de la herencia agustiniana que adoptaron los puritanos, en ese momento se pierde la ganancia. El estilo contemplativo no es el todo de la oración bíblica. De manera que, en este punto, la influencia puritana me ha puesto fuera de sintonía con las tendencias de mi época, sin embargo, creo que eso me ha beneficiado mucho.
(4) Baxter también centró mi visión del oficio pastoral del ministro ordenado. Y de la manera en la que Warfield comenta acerca de la obra de Lutero La esclavitud de la voluntad, yo digo lo mismo con respecto a la obra de Baxter El pastor renovado: sus palabras tienen manos y pies. Éstas trepan encima de ti; encuentran la manera de entrar a tu corazón y conciencia, y no hay manera de desalojarlas. Mi sentido del llamado a predicar el evangelio, enseñar la Biblia, y pastorear a las almas podría haber sido desarrollado a partir del ordinal anglicano que fue usado para mi ordenación pastoral, pero en realidad, este sentido se cristalizó en mí a través del estudio del ministerio de Baxter y de su obra El pastor renovado (o Avivado, como diríamos nosotros). Desde mis días de estudiante he sabido que yo fui llamado a ser pastor conforme a las especificaciones de Baxter, y mi subsecuente involucramiento en la realización de conferencias y escritos, simplemente me ha ayudado a definir la forma en la que debería cumplir ese llamado. Desearía haberlo hecho mejor.
(5) Los puritanos me han enseñado a ver y sentir la transitoriedad de esta vida, y a pensar en ella, con todas sus riquezas, esencialmente como el gimnasio y el vestidor en el cual nos preparamos para el cielo, y me enseñaron a considerar la disposición a morir como el primer paso para aprender a vivir. Aquí tenemos una vez más un énfasis cristiano histórico —patrístico, medieval, reformado, puritano, evangélico— del cual, el protestantismo que yo conozco se ha alejado grandemente. Los puritanos experimentaron una persecución sistemática por causa de su fe; todo lo que podemos pensar hoy con respecto a las comodidades del hogar, era algo desconocido para ellos; los medicamentos y las intervenciones quirúrgicas de su época eran muy rudimentarias; ellos no tenían aspirinas, tranquilizantes, pastillas para dormir, o antidepresivos, y de la misma manera, tampoco tenían seguro social ni seguro de vida; vivían en un mundo en el que más de la mitad de la población adulta moría a una edad joven, y más de la mitad de los niños morían en sus primeros años, un mundo en el que la enfermedad, la angustia, la incomodidad, el dolor, y la muerte eran compañeros constantes. Ellos hubieran estado perdidos si no hubieran mantenido sus ojos en el cielo, y si no se hubieran visto a sí mismos como peregrinos que viajaban a su hogar en la Ciudad Celestial. Al Dr., Johnson se le atribuye la observación de que, cuando un hombre sabe que le quedan dos semanas antes de ser llevado a la horca, su mente tiene una capacidad asombrosa para concentrarse; y en ese mismo sentido, la manera en la que la conciencia puritana reconocía que en medio de la vida nos cruzamos con la muerte, y que estamos a un solo paso de la eternidad, eso les daba una seriedad profunda y apacible, que al mismo tiempo era apasionada, en lo que respecta a los negocios de esta vida; pero eso es algo que rara vez puede ser igualado por los cristianos occidentales de este mundo opulento, sobreprotegido, y ligado a las cosas terrenales. Yo creo que muy pocos de nosotros vivimos al borde de la eternidad, de la manera consciente en la que lo hicieron los puritanos, y como resultado, sufrimos las consecuencias negativas. Porque yo creo que la extraordinaria vivacidad, o incluso la alegría (sí, alegría; como lo podrán notar en la sección de las Fuentes) con la que vivían los puritanos, son cosas que surgieron directamente del realismo inquebrantable y práctico con el cual se preparaban para la muerte, de manera que, por así decirlo, ellos siempre tenían sus maletas listas para partir. Tener en mente la muerte les permitía apreciar cada día de sus vidas, y el conocimiento de que Dios, sin consultar la opinión de ellos, con el tiempo decidiría el momento en el que su obra en esta tierra estaría completa, era algo que les daba energía para continuar con sus labores mientras Dios les siguiera concediendo el tiempo para realizarlas. A medida que me acerco a mi séptima década, con una mejor salud de la que puedo esperar, me siento más alegre de lo que puedo expresar, por causa de lo que puritanos como Bunyan y Baxter me han enseñado acerca de la muerte; era algo que necesitaba, pero los predicadores que escucho en estos días nunca hablan de eso, y pareciera que los escritores cristianos modernos no tienen ni idea acerca del tema — con la excepción de C. S. Lewis y Charles Williams, cuya visión con respecto a este y muchos otros temas es verdaderamente única en el siglo XX.
(6) Los puritanos moldearon mi identidad eclesiástica, al impartirme su visión de la integridad de la obra de Dios que ellos llamaban Reforma, lo que nosotros hoy en día probablemente llamaríamos Renovación. Actualmente, como en mis días de juventud, algunos anglicanos conservadores (yo hablo como uno de ellos) se preocupan por la ortodoxia, algunos por la liturgia y la vida corporativa, algunos por la conversión individual y la alimentación espiritual, algunos por los aspectos de la santidad personal, algunos por las estructuras centrales y congregacionales, algunos por los estándares morales, algunos por dar un testimonio social compasivo, y algunos por avivar la piedad en medio de nuestro Laodiceanismo. Pero todas esas preocupaciones se desvían, se debilitan, y en última instancia se trivializan si no se ligan unas con otras. Si se abordan de manera separada, se derrumban y se caen por la borda. A lo largo de toda mi vida he visto que eso ocurre en todos los ámbitos, tanto dentro como fuera del Anglicanismo. Los puritanos me enseñaron a tener una preocupación por todas esas cosas al mismo tiempo, como si todas se sostuvieran la una a la otra, y me demostraron que todas ellas conllevan el honor y la gloria de Dios en Su iglesia, y estoy agradecido de poder decir que dentro de mí todas esas cosas siguen juntas.
Pude haber aprendido este ideal de la renovación evangélica general de los genios reformadores de Inglaterra que siguen siendo poco apreciados tales como Thomas Cranmer o del coloso del siglo XIX, J. C. Ryle (y yo creo que con mucha dificultad lo hubiera aprendido de algún otro anglicano reciente); pero, en realidad, lo aprendí de los puritanos, pero principalmente del casi anglicano e inconformista reacio, Richard Baxter, a quien le debo tanto en otras áreas, como ya lo he mencionado anteriormente. Seguir ese rayo de luz siendo un anglicano reformado, en algunas ocupaciones me ha puesto fuera de sintonía con todo el mundo, y no digo que mi juicio en asuntos específicos siempre haya sido libre de errores, pero cuando miro hacia atrás, estoy seguro de que la dirección amplia y no sectaria que me dio Baxter fue la correcta. Así que, sigo estando agradecido por esa dirección, y espero que esa gratitud perdure hasta la eternidad.
(7) Los puritanos me hicieron entender que la teología es también espiritualidad, pues en ese sentido, ésta tiene una influencia buena o mala, positiva o negativa, en la relación o la falta de relación con Dios de los que la reciben. Si nuestra teología no aviva nuestra conciencia y ablanda nuestro corazón, endurece tanto la conciencia como el corazón; si no produce una fe comprometida, refuerza una incredulidad indiferente; si no promueve la humildad, definitivamente alimenta el orgullo. De manera que, aquellos que hacen teología en público, ya sea formalmente en un púlpito, en un podio, o por escrito; o ya sea en privado de manera informal desde un sofá, deben pensar seriamente en el efecto que sus pensamientos tendrán sobre las personas —tanto en el pueblo de Dios como en las demás personas. Los teólogos son llamados a ser como ingenieros encargados de la distribución del agua potable y del saneamiento de una ciudad; su trabajo es procurar que la verdad pura de Dios fluya abundantemente cuando se necesita, y a su vez, filtrar y eliminar toda clase de contaminante que pueda ser dañino para la salud espiritual. La lejanía sociológica que separa a los colegios, los seminarios, y las facultades de teología de la verdadera vida de iglesia, es un factor que hace más fácil olvidar esto, y en mi época, el historial de profesores profesionales en estos establecimientos ha sido bastante irregular en lo que respecta a su responsabilidad con la iglesia y con el mundo. De hecho, cualquiera podría aprender la naturaleza de esta responsabilidad a partir de los Padres, o de Lutero, o de Calvino, o incluso del estilo peculiar de Karl Barth, pero en mi caso, yo la aprendí después de observar la manera en la que los puritanos llevaban cada «doctrina» (verdad) que ellos conocían hacia su «uso» (aplicación) apropiado, como un fundamento para la vida. En retrospectiva, me parece que, gracias a esta influencia puritana, desde un inicio, todas mis afirmaciones teológicas acerca de cualquier tema han sido verdaderamente encaminadas hacia la espiritualidad (es decir, hacia la enseñanza para la vida cristiana), y ahora sufro de la incapacidad de escribir o hablar de alguna manera distinta. Y si me preguntan: ¿Eso te alegra? Sinceramente, mi respuesta es sí. Esa incapacidad es algo que puedo sufrir con alegría.
El primer libro cristiano de C. S. Lewis, que en mi opinión fue el más asombroso de sus libros, es su alegoría bunyanesca, titulada El regreso del peregrino (1933). En esta obra, describe el encanto de lo que él llamaba Dulce Deseo, y Gozo: es decir, esa sensación de trascendencia que está presente en el día a día, la cual se siente como una ráfaga que sacude el corazón, cada vez que uno experimenta y disfruta las cosas de esta vida, y que se revela a sí misma como un anhelo que no puede ser satisfecho por ninguna de las realidades creadas ni por las relaciones interpersonales, sino que sólo puede ser mitigado cuando uno se abandona a sí mismo en el amor del Creador a través de Cristo. Y como bien sabía Lewis, ese deseo brota en diferentes personas por medio de diferentes estímulos; en su caso, él habla del «aroma de una fogata, el sonido de los patos cuando vuelan, el título de la obra The Well at the World’s End[El pozo al final del mundo], el inicio del poema Kubla Khan, las telarañas matutinas a finales del verano, el sonido de las olas del mar».2 En mi caso, ninguna de esas cosas produce plenamente ese mismo efecto, sin embargo entiendo por qué otras personas experimentan esa sensación ante ellas; pero si me preguntan a mí, yo mencionaría los paisajes con árboles, las cascadas, el vapor de las locomotoras, el sabor del curry y el cangrejo, las piezas de Bach, Beethoven, Brahms, Bruckner y Wagner, algunos momentos improvisados y las maravillas arquitectónicas de mis grabaciones de las presentaciones de Wilhelm Furtwängler, Edwin Fischer, y Otto Klemperer, junto con algunas de las excelencias de Jelly–Roll Morton, Bubber Miley, y Louis Armstrong, y finalmente —la razón por la que originalmente comencé a hablar de esto— algunos de los toques retóricos que para mí son recurrentemente fascinantes de los cinco escritores que ya he mencionado: el mismo Lewis, y Williams, y (como ya lo estarán anticipando) el seráfico Baxter, el soñador Bunyan, y el colosal Owen. Aunque la forma y el contenido son distintos, están conectados, y yo los conecto aquí diciendo que al escribir como ellos escribían, pues siempre escribían con la misma calidad, estos autores saturaron de Dios sus libros para mi propio beneficio, ya que a medida que ellos me acercaban a Él me hacían quererlo cada vez más. Me parece algo peculiarmente alegre pensar que este material haya sido tan significativo para mí, tanto en su estilo como en su sustancia. Es posible que aquí tu experiencia no coincida con la mía (ya que, particularmente, el pesado lenguaje latinizado de Owen, es algo que deleita a muy pocos); sin embargo, tiene que haber algún aspecto de tu propia experiencia que te permita entender la mía, y por eso quería que comprendieras plenamente de dónde viene mi motivación para, como dicen los estadounidenses, «celebrar» a los gigantes puritanos.
Yo espero que los siguientes capítulos sean estimulantes para ti, porque en ellos te comparto los descubrimientos que durante 40 años me han estimulado personalmente. Estos ensayos no consisten solamente de historia y teología histórica; sino que, como en todas las cosas que he escrito, mi intención es promover la espiritualidad; los ensayos se enfocan en la manera en la que, desde mi punto de vista, los puritanos son gigantes en comparación con nosotros. Y en ese sentido, si buscamos crecer espiritualmente, necesitaremos la ayuda de estos gigantes. Aprender de los héroes cristianos del pasado es, en todos los sentidos, una dimensión importante de ese compañerismo edificante, que, en términos más apropiados, es llamado: la comunión de los santos. Los grandes puritanos, aunque muertos, aun nos hablan a través de sus escritos; y nos dicen cosas que necesitamos escuchar urgentemente en medio de los tiempos presentes. De manera que, en los siguientes capítulos intentaré transmitir algunas de esas cosas.
Fuentes
Gran parte del material de este libro es una reproducción o una revisión de algunos artículos que ya han sido impresos anteriormente: por esa razón habrá algunas repeticiones ocasionales.
«Por qué necesitamos a los puritanos» se basa parcialmente en un capítulo del libro de Leland Ryken, Worldly Saints [Santos del mundo] (Zondervan: Grand Rapids, 1986), p. ix–xvi.
«El puritanismo como un movimiento de avivamiento» fue publicado en la revista The Evangelical Quarterly [Publicación trimestral evangélica], LII: i (enero 1980), p. 2–16.
«Los escritos prácticos de los puritanos ingleses» surgió originalmente como una conferencia para la Biblioteca Evangélica (Evangelical Library) en 1951.
Y de entre un grupo de escritos que originalmente eran publicaciones privadas y después se convirtieron en los reportes de la conferencia anual puritan and Reformed Studies Conference surgen los siguientes ensayos: «John Owen y la comunicación de Dios» (One Steadfast High Intent, 1966, p. 17–30); «Los puritanos como intérpretes de la Escritura» (A Goodly Heritage, 1958, p. 18–26); «La conciencia puritana» (Faith and a Good Conscience, 1962, p. 18–26); «“El desarrollo y el declive de la doctrina de la justificación entre los puritanos» (By Schisms Rent Asunder, 1969, p. 18–30); «La visión puritana de la predicación del Evangelio» (How Shall they Hear?, 1959, p. 11–21); «El testimonio del Espíritu en el pensamiento puritano» (The Wisdom of our Fathers, 1956), p. 14–25; «John Owen y los dones espirituales» (Profitable for Doctrine and Reproof, 1967, p. 15–27); «Los puritanos y el día del Señor» (Servants of the Word, 1957, p. 1–12); «El enfoque puritano de la adoración» (Diversity in Unity, 1963, p. 3–14); «Jonathan Edwards y el Avivamiento» (Increasing in the Knowledge of God, 1960, p. 13–28).
Parte del material de «La espiritualidad de John Owen» fue impreso en mi introducción a la obra de John Owen, Sin and Temptation [Pecado y tentación], condensado y editado por James M. Houston (Multnomah Press: Portland, 1983), p. xvii–xxix, y otra parte fue tomada de «The puritan Idea of Communion with God [La idea puritana de la comunión con Dios]» (Press Toward the Mark, puritan and Reformed Studies Conference report, 1961, p. 5–15).
«La predicación puritana» en su forma original, fue escrito para la revista The Johnian (Lent 1956), p. 4–9.
«El evangelismo puritano» fue publicado en inglés por la editorial The Banner of Truth bajo el título puritan Evangelism, 4 (1957), p. 4–13. Una parte del material de ese capítulo proviene de mi introducción a la obra de Richard Baxter, El pastor renovado, editado por William Brown (Banner of Truth: Londres, 1974), p. 9–19.
Y finalmente, «Salvados por Su preciosa sangre» es mi introducción a la reimpresión de 1958 de la obra de John Owen, The death of death in the death of Christ [La muerte de la muerte en la muerte de Cristo] (Banner of Truth: London).
Citas
La consistencia absoluta en la reproducción de material de los siglos XVI y XVII no ha sido algo que estaba en mis planes, ni algo que se haya logrado en este libro. Los materiales se citan tal como aparecen en los libros impresos que estaba usando mientras escribía cada artículo. Así que, en los casos en los que existen reimpresiones más modernas de material puritano, generalmente las cito, pero no siempre.
EL PERFIL DE LOS PURITANOS
Capítulo dos
•
POR QUÉ NECESITAMOS
A LOS PURITANOS
1
e dice que las carreras de caballos son el deporte de los reyes. Sin embargo, el deporte de arrojarle lodo a otros tiene un mayor número de seguidores. En ese sentido, el deporte de ridiculizar a los puritanos ha sido por mucho tiempo un pasatiempo muy popular en ambos lados del Atlántico, y la mayoría de las personas todavía tiene una imagen del puritanismo que ha sido deformada por todo el lodo que se le ha arrojado, por eso es necesario remover toda esa suciedad.
De hecho, la palabra «puritano» en sí misma ya desde el principio fue una manera de arrojarles lodo. Fue acuñada en los primeros años de la década de 1560, y siempre fue utilizada como una palabra que denotaba una calumnia satírica y que servía para describir irritabilidad, censura, arrogancia, y cierta medida de hipocresía; y por encima de todo, tenía la implicación básica de un descontento de carácter religioso que era motivado por el comportamiento comprometedor y el Laodiceanismo de la Iglesia de Inglaterra, la cual era encabezada por la reina Isabel I. Después de un tiempo, esta palabra adquirió una connotación política, y se utilizaba para referirse a todo aquello que se oponía a la monarquía de los Estuardo, o para describir alguna especie de republicanismo; sin embargo, la referencia primaria de esa palabra seguía transmitiendo la idea de aquello que era visto como una forma extraña, molesta, y deforme de la religión protestante.
En Inglaterra, se le dio rienda suelta al sentimiento anti puritano en el tiempo de la Restauración, y desde ese entonces hasta ahora, es un sentimiento que ha fluido con toda libertad. En Norteamérica, este sentimiento se desató lentamente después de los días de Jonathan Edwards, y alcanzó su cenit hace cien años en la Nueva Inglaterra post–puritana. Sin embargo, durante los últimos 50 años los eruditos han estado limpiando meticulosamente el lodo, y así como los restauradores de la Capilla Sixtina han removido el barniz oscurecido de los frescos de Miguel Ángel y hoy en día éstos parecen tener colores inusuales, de la misma manera, la imagen convencional de los puritanos ha sido radicalmente renovada, al menos para aquellos que son conocedores (lamentablemente, en algunas partes del mundo el conocimiento viaja lentamente).Gracias a las enseñanzas de Perry Miller, William Haller, Marshall Knappen. Percy Scholes, Edmund Morgan, y una serie de investigadores más recientes, la gente informada ahora puede reconocer que los puritanos típicos no eran hombres salvajes, feroces, extraños, fanáticos religiosos, ni extremistas sociales, sino que eran ciudadanos sobrios, concienzudos, y cultos: personas devotas, determinadas, disciplinadas, con principios y con virtudes domésticas sobreabundantes; y no tenían defectos muy notorios, excepto su tendencia a utilizar muchas palabras para decir algo importante, ya sea a Dios o a los hombres. Y al final, eso ha clarificado la imagen de los puritanos.
Pero a pesar de esto, la sugerencia de que necesitamos a los puritanos —para nosotros que somos personas occidentales de finales del siglo XX, con toda nuestra sofisticación y con todo el dominio que tenemos tanto en las áreas sagradas como en las seculares— puede resultar ser una idea que ofenda y provoque el descontento de algunos. Y eso se debe a que no es fácil que muera la creencia de que los puritanos (aunque ciudadanos responsables) eran cómicos, patéticos, supersticiosos, ingenuos, primitivos, demasiado serios, excesivamente escrupulosos, preocupados por cosas sin importancia, e indispuestos o incapaces de relajarse. Y en ese sentido, muchos se preguntan: ¿Qué cosa que nosotros necesitamos podría ser obtenida de unos fanáticos como esos?
La respuesta se encuentra en una sola palabra: madurez. La madurez es un compuesto de sabiduría, buena voluntad, resiliencia, y creatividad. Los puritanos son un claro ejemplo de madurez; nosotros no lo somos. Nosotros somos enanos espirituales. Un líder que ha viajado por todo el mundo, y que es originario de los Estados Unidos (es importante resaltarlo), una vez declaró que él considera que el protestantismo de los Estados Unidos es abiertamente antropocéntrico, manipulador, permisivo, sentimental y orientado por la búsqueda del éxito, y que su extensión abarca 5 000 kilómetros de ancho y medio centímetro de profundidad. En contraste, los puritanos como un cuerpo eran gigantes. Eran almas grandes que servían a un Dios grande. En ellos se combinaba una pasión serena y una compasión fervorosa. Eran visionarios y prácticos, idealistas y realistas también, tenían objetivos claros y eran metódicos, tenían una gran capacidad para creer, una gran capacidad para esperar, una gran capacidad para hacer, y una gran capacidad para sufrir. Pero sus sufrimientos, en ambos lados del océano (en la vieja Inglaterra a causa de las autoridades, y en la Nueva Inglaterra a causa de las condiciones climáticas), los sazonaron y los maduraron hasta que alcanzaron una estatura heroica. Las comodidades y los lujos de nuestra época llena de abundancia no estimulan la madurez; sin embargo, la adversidad y las dificultades sí lo hacen, y las batallas de los puritanos en contra de los desiertos climáticos y espirituales en los cuales Dios los puso, fueron batallas que produjeron en ellos un carácter viril, impávido e incansable, que les permitía levantarse por encima del desánimo y los temores, lo cual los hacía verdaderos sucesores e imitadores de modelos tales como Moisés, Nehemías, Pedro después de Pentecostés, y el apóstol Pablo.
La guerra espiritual hizo que los puritanos fueran lo que eran. Ellos aceptaron el conflicto como su llamado, mirándose a sí mismos como soldados–peregrinos del Señor, igual que en la alegoría de Bunyan, y sin ninguna expectativa de ser capaces de dar un solo paso sin tener que enfrentar algún tipo de oposición. John Geree, escribió en su tratado The Character of an Old English puritane or Nonconformist [El carácter de un viejo puritano inglés, o inconformista] (1646): «Él consideró su vida entera como una guerra, en la que Cristo era su capitán, sus brazos, sus oraciones, y sus lágrimas. Su estandarte era la Cruz, y su palabra [lema] era Vincit qui patitur [aquel que sufre vencerá]».3
Los puritanos perdieron casi toda batalla pública que pelearon. Aquellos que se quedaron en Inglaterra no lograron cambiar a la Iglesia de Inglaterra como ellos lo deseaban, y no lograron avivar a la mayoría de sus seguidores, sino solo a unos cuantos, y como resultado, fueron expulsados del Anglicanismo a través de la presión deliberada que se ejerció sobre sus conciencias. Por su parte, aquellos que cruzaron el Atlántico no lograron establecer una Nueva Jerusalén en la Nueva Inglaterra; debido a que durante los primeros 50 años sus pequeñas colonias alcanzaron a sobrevivir con gran dificultad. Su permanencia estuvo pendiendo de un hilo. Pero las victorias morales y espirituales que los puritanos ganaron manteniéndose con dulzura, paz, paciencia, obediencia, y esperanza bajo frustraciones y presiones constantes que aparentemente eran imposibles de soportar, son victorias que les dan un lugar de gran honor en el salón de la fama de los creyentes, en el que Hebreos 11 es la primera galería de creyentes. Fue a partir de esta experiencia constante de ser metidos al horno que se forjó su madurez y que su sabiduría concerniente al discipulado fue refinada. George Whitefield, el evangelista, escribió lo siguiente con respecto a ellos:
Los pastores nunca escriben o predican tan bien como cuando están bajo una cruz; pues en ese momento el Espíritu de Cristo y de gloria descansa sobre ellos. Sin duda, eso fue lo que hizo que los puritanos fueran (…) antorchas tan ardientes y luminosas. Cuando fueron expulsados por la ley negra de Bartolomé [El Acta de uniformidad de 1662] y removidos de sus respectivos cargos para predicar en graneros y campos, en los caminos y en los vallados, entonces, de una manera especial, ellos escribieron y predicaron como hombres con autoridad. Y aunque muertos, todavía hablan a través de sus escritos; los cuales siguen conservando una unción especial en nuestros días.4
Esas palabras vienen del prefacio de una reimpresión de las obras de Bunyan, la cual se publicó en 1767; pero esa unción especial sigue vigente, todavía es posible sentir esa autoridad, y esa sabiduría madura sigue siendo capaz de robar el aliento, tal como lo han descubierto por sí mismos todos los que recientemente se han convertido en lectores de la literatura puritana. A través del legado de esta literatura, los puritanos pueden ayudarnos hoy en día a encaminarnos hacia la madurez que ellos conocían, y que nosotros necesitamos.
2
¿De qué maneras pueden hacer eso? Permítanme sugerir algunas maneras específicas. (1) Ellos tienen algunas lecciones para nosotros con respecto a la integración de sus vidas diarias. Como su cristianismo abarcaba todas las áreas, por esa razón toda su vida era una sola pieza. En la actualidad nosotros diríamos que el estilo de vida que ellos tenían era holístico: todo lleno de conocimiento, actividad, y deleite, todo relacionado con «el uso de las criaturas» y el desarrollo de los poderes y la creatividad personales, integrando todo en el único propósito de honrar a Dios por medio de apreciar todos Sus dones, haciendo todo con el sello de «santidad a Jehová». Para ellos no existía una separación entre lo sagrado y lo secular; toda la Creación, en lo que a ellos respectaba, era sagrada, y todas las actividades de cualquier tipo, tenían que ser santificadas, es decir, tenían que ser hechas para la gloria de Dios. Así que, en el ardor de su mentalidad celestial, los puritanos se convirtieron en hombres y mujeres ordenados, realistas, centrados, decididos, prácticos, y entregados a la oración. Debido a que veían a la vida como un todo, ellos integraron la contemplación con la acción, la adoración con el trabajo, la labor con el descanso, el amor por Dios con el amor por el prójimo y por uno mismo, la identidad personal con la identidad social, y relacionaron unas con otras las diferentes áreas del amplio espectro de responsabilidades relacionales, y todo eso de una manera meticulosamente concienzuda y bien estructurada. En ese sentido, su meticulosidad era extrema, y con eso me refiero a que era, por mucho, superior a la nuestra, sin embargo, la manera en la que combinaban de manera completa el amplio rango de responsabilidades cristianas establecidas en la Escritura era algo asombrosamente balanceado. Ellos vivían en conformidad a un «método» (o como nosotros diríamos, una «regla de vida»), ya que planeaban y proporcionaban su tiempo con cuidado, no necesariamente tratando de mantener las cosas malas afuera, sino más bien tratando de mantener todas las cosas buenas e importantes adentro —esa sabiduría era necesaria en ese tiempo, y es necesaria ahora para las personas ocupadas. De manera que, nosotros, quienes en nuestro día a día tenemos una tendencia a vivir vidas aleatorias sin ninguna planeación, y que nos involucramos en una serie de actividades que no tienen conexión estrecha, y que, por lo tanto, nos sentimos abrumados y distraídos la mayor parte del tiempo, en este punto en particular, podemos aprender bastante de los puritanos.
(2) Ellos tienen algunas lecciones para nosotros con respecto a la calidad de su experiencia espiritual. En la comunión con Dios de los puritanos, debido a que Jesucristo tenía un papel central, las Sagradas Escrituras eran de suprema importancia. Ellos consideraban a la Escritura como la Palabra de Dios que era útil para instruirlos con respecto a sus relaciones divino– humanas; y por esa razón su intención era vivir en conformidad a ella, y en este punto, ellos también fueron concienzudamente metódicos. Debido a que se reconocían a sí mismos como criaturas de pensamiento, afecto y voluntad, y debido a que entendían que el camino de Dios hacia el corazón humano (la voluntad) era a través de la cabeza humana (la mente), los puritanos practicaban la meditación discursiva y la meditación sistemática, aplicando toda la gama de verdades bíblicas a sí mismos, tal como ellos lo veían en la Escritura. La meditación puritana de las Escrituras se veía reflejada en los sermones puritanos; en la meditación, el puritano buscaba examinar y poner a prueba su corazón, estimular sus afectos para ser capaz de odiar el pecado y amar la justicia, y, por último, animarse a sí mismo por medio de las promesas de Dios, y eso era justo lo que hacía un predicador puritano desde el púlpito. Esta piedad racional, apasionada, y resuelta era una piedad concienzuda sin convertirse en obsesiva, estaba orientada por la ley sin caer en el legalismo, y expresaba la libertad cristiana sin usar la libertad como una licencia vergonzosa. Los puritanos sabían que la Escritura es la regla inalterable de santidad, y nunca le dieron lugar a olvidarse de esa verdad. Además, debido a que eran conscientes de la deshonestidad y el engaño de los corazones caídos, ellos cultivaban la humildad y la desconfianza en sí mismos, y se auto examinaban constantemente en busca de puntos ciegos en su vida espiritual y con la finalidad de detectar su maldad interna oculta. Sin embargo, esa no es razón para llamarlos mórbidos o introspectivos; ya que, ellos encontraron la disciplina de la auto examinación en la Escritura (es importante resaltar que, auto examinación no es lo mismo que introspección), junto con la disciplina de la confesión y el abandono del pecado, seguidas de la disciplina de renovar la gratitud personal hacia Cristo por Su misericordia al perdonar los pecados, y todo eso, para ellos era una gran fuente de paz interior y gozo. Hoy en día, nosotros, para nuestra propia vergüenza, sabemos que no tenemos mentes limpias, que tenemos afectos desmedidos, y voluntades inestables cuando nos acercamos a servir a Dios, y también sabemos que una y otra vez nos encontramos a nosotros mismos siendo engañados por un romanticismo irracional y emocional que se disfraza de hiper espiritualidad, pero en ese sentido, también podemos beneficiarnos del ejemplo de los puritanos, en todo lo que respecta a esa área.
(3) Ellos tienen algunas lecciones para nosotros con respecto a su pasión por la acción eficaz. A pesar de que los puritanos, como el resto de los seres humanos, tenían sus propios sueños de lo que podría y debería ser, podemos decir de manera determinante que ellos no eran el tipo de personas a las que nosotros llamaríamos «soñadores». Ellos no tenían tiempo para ser el tipo de personas ociosas y despreocupadas que esperan a que los demás cambien al mundo. Ellos eran hombres de acción con una influencia puramente reformada —eran activistas guerreros sin una pizca de confianza en sí mismos; obreros de Dios que dependían totalmente de que Dios obrara en y a través de ellos, y que siempre le daban a Dios la alabanza que Se merece por cualquier cosa que, en retrospectiva, aparentemente podía considerarse como hecha de la manera correcta; eran hombres que oraban fervorosamente para que Dios los capacitara para usar sus propias capacidades, no para su propio alarde, sino para la alabanza de Dios. Ninguno de ellos quería ser revolucionario en la Iglesia o el estado, aunque algunos de ellos terminaron siendo eso en contra de su voluntad; sin embargo, todos ellos tenían el anhelo de ser agentes de cambio eficaces para Dios, en cualquier lugar en el que fuera necesario hacer una transición del pecado a la santidad. Entonces, Cromwell y su ejército levantaban oraciones sólidas y extensas antes de cada batalla; los predicadores en privado levantaban oraciones sólidas y extensas antes de aventurarse a subir al púlpito; y los hombres laicos levantaban oraciones sólidas y extensas antes de atender cualquier asunto cotidiano (matrimonio, negocios, compras importantes, etc.). Sin embargo, hoy en día los cristianos occidentales se caracterizan por ser completamente pasivos, faltos de pasión, y me temo que, también faltos de oración; y debido a que ellos cultivan un ethos que encierra a la piedad personal en un capullo pietista, abandonan los asuntos públicos para seguir sus propios caminos, y la mayor parte de ellos no tiene ninguna expectativa de influenciar a otras personas más allá de su propio círculo cristiano. Por su parte, los puritanos oraban y se esforzaban por ver una Inglaterra y una Nueva Inglaterra santas, ya que sentían que cuando uno es negligente con sus privilegios y cuando la infidelidad reina, es cuando existe una amenaza de juicio nacional; en contraste, los cristianos modernos están dispuestos a conformarse alegremente a la respetabilidad social convencional, y una vez que lo hacen, ya no tienen necesidad de buscar algo más. Ciertamente es muy obvio que también en este punto los puritanos tienen grandes cosas que enseñarnos.
(4) Ellos tienen algunas lecciones para nosotros con respecto a su programa de estabilidad para la familia. No sería exagerado decir que los puritanos crearon la familia cristiana en el mundo de habla inglesa. La ética puritana del matrimonio no consistía en buscar una pareja a la que verdaderamente amaras con mucha pasión en ese momento, sino más bien una pareja a la que pudieras amar constantemente como a tu mejor amigo de por vida, y después proceder con la ayuda de Dios para llevar a cabo eso. La ética puritana de la crianza consistía en entrenar a los hijos en el camino en el que debían andar, cuidar de sus cuerpos y sus almas por igual, y educarlos para ser adultos sobrios, piadosos, y socialmente útiles. La ética puritana del hogar tenía como fundamento el objetivo de mantener el orden, la amabilidad, y la adoración familiar. La buena voluntad, la paciencia, la consistencia y una actitud alentadora eran vistas como las virtudes domésticas esenciales. En una época llena de incomodidades rutinarias, medicamentos rudimentarios, sin analgésicos, y con aflicciones constantes (la mayoría de las familias perdían al menos el mismo número de hijos que criaban), la esperanza de vida promedio era de menos de 30 años, y casi todos los estratos sociales sufrían dificultades económicas (con excepción de los príncipes mercantes y la nobleza terrateniente), la vida familiar era una escuela de carácter en todos los sentidos, y la fortaleza con la que los puritanos resistieron la recurrente tentación de liberar la presión a través de la violencia intrafamiliar, junto con la manera en la que honraron a Dios en sus familias a pesar de todo eso, son cosas dignas de suprema admiración. En el hogar, los puritanos demostraron ser maduros (para reiterar el término que he estado usando), ya que aceptaron las adversidades y las decepciones de manera realista, como de parte de Dios, rehusándose a sentirse intimidados por ellas. Y además en el hogar era el primer lugar en el que el puritano laico practicaba el evangelismo y el ministerio. Geree escribió: «Él se esforzó por hacer de su familia una iglesia (…) trabajando para que aquellos que nacieron en su casa, pudieran nacer de nuevo para Dios».5 En una época en la que la vida familiar se ha vuelto quebradiza, incluso entre los cristianos, una época en la que los cónyuges tienen corazones medrosos y prefieren tomar el camino de la separación antes que esforzarse por mejorar su relación, y en donde los padres narcisistas consienten a sus hijos materialmente al mismo tiempo que los descuidan espiritualmente, por esas razones, una vez más, tenemos mucho que aprender de las formas tan diferentes de los puritanos.
(5) Ellos tienen algunas lecciones para nosotros con respecto a su sentido de la dignidad humana. Gracias a que creían en un Dios grande (el Dios de las Escrituras, irreductible e indomable), ellos obtuvieron un entendimiento vívido de la grandeza de las cuestiones morales, de la eternidad, y del alma humana. La frase de Hamlet: «¡Qué obra maestra es el hombre!» refleja exactamente el sentir puritano; ya que el asombro por la individualidad humana era algo que ellos sentían profundamente. Aunque, bajo la influencia de su herencia medieval, la cual les enseñó que el error no tenía derechos, ellos no lograron tratar respetuosamente a todos y cada uno de los que diferían públicamente con respecto a sus puntos de vista; no obstante, tenían una fuerte apreciación de la dignidad del hombre como criatura hecha para ser amigo de Dios, y particularmente, tenían un fuerte sentido de apreciación de la belleza y la nobleza de la santidad humana. En el hormiguero urbano colectivo donde la mayoría de nosotros vivimos hoy en día, el sentido de la importancia eterna de cada individuo está muy erosionado, y el espíritu puritano es en este punto un remedio del cual podemos obtener grandes ganancias.
(6) Ellos tienen algunas lecciones para nosotros con respecto a su ideal de la renovación de la iglesia. Aunque debemos aclarar que, la palabra «renovación» no era la que ellos utilizaban; ellos solamente hablaban en términos de «reformación» y «reforma», sin embargo, para nuestras mentes del siglo XX estas palabras sólo se limitan a cuestiones relacionadas con elementos externos de la ortodoxia, el orden, las formas de adoración, y los códigos de disciplina de la iglesia. Pero cuando los puritanos predicaban, publicaban escritos, y oraban por una «reforma», lo que tenían en mente de hecho no era algo menor a estos elementos externos, sino que su aspiración era mucho mayor. En la edición original de la obra de Richard Baxter, El pastor renovado, en el título, la palabra «renovado» fue impresa con un tipo de letra mucho más grande que cualquier otro, y además, uno no tiene que adentrarse tanto en la lectura del libro para descubrir que, para Baxter, un pastor «reformado» no era uno que luchaba a favor del Calvinismo, sino uno cuyo ministerio hacia su gente, como predicador, maestro, catequista, y ejemplo a seguir, demostraba que él era, como diríamos nosotros, un pastor «avivado» o «renovado». La esencia de este tipo de «reforma» consistía en enriquecer el entendimiento de la verdad de Dios, despertar los afectos hacia Dios, incrementar el fervor de la devoción personal, y acrecentar el amor, el gozo, y la firmeza del propósito cristiano en el llamado y la vida personal del creyente. Y alineado con esa esencia, el ideal para la iglesia era que, a través de un clero «reformado» todos los miembros de cada congregación llegarían a ser «reformados» —es decir, guiados, por la gracia de Dios sin desorden, hacia un estado que nosotros conocemos como «avivamiento», lo cual implica ser verdadera y meticulosamente convertido, teológicamente ortodoxo y saludable, estar espiritualmente alerta y expectante, tener un carácter sabio y consistente, ser éticamente emprendedor y obediente, y tener una seguridad de salvación con humildad pero lleno de gozo. Este era el objetivo que se buscaba alcanzar a través del ministerio pastoral puritano, tanto en las parroquias inglesas como en las iglesias «reunidas» de tipo congregacionalista, las cuales se multiplicaron a mediados del siglo XVII.
En cierto sentido, esa preocupación puritana por el avivamiento espiritual en comunidad ha sido ocultada de nuestra vista por causa de su institucionalismo; ya que, si traemos a la memoria los altibajos del Metodismo inglés y del Gran Despertar, podemos pensar que el fervor del avivamiento se volvía una carga pesada para el orden establecido, mientras que los puritanos concebían la «reforma» en un nivel congregacional, y creían que ésta tenía que llegar en un estilo disciplinado a través de la predicación fiel, la catequización, y el servicio espiritual de parte del pastor. El clericalismo, con su represión en contra de la iniciativa laica, sin duda fue una limitación puritana, y una que tuvo malas consecuencias cuando el celo laico se desbordó en el ejército de Cromwell, en el movimiento cuáquero, y en el vasto submundo sectario de la época del Commonwealth; pero la otra cara de esa moneda era la nobleza del perfil de un pastor que desarrollaron los puritanos —predicador del evangelio y maestro de la Biblia, pastor y médico de las almas, catequista y consejero, entrenador y modelo de disciplina, todo en uno. De manera que, una vez más tenemos que afirmar que tenemos mucho que aprender de los ideales y las metas puritanas con respecto a la vida eclesiástica, los cuales son indudable y permanentemente correctos, y también necesitamos aprender de los estándares requeridos para el clero, los cuales son desafiantes y muy demandantes, y el cristiano moderno puede y debe considerarlos seriamente.
Existen algunas otras áreas en las que obviamente los puritanos pueden ayudarnos en la actualidad.
3
Es posible que la anterior celebración de la grandeza de los puritanos haya despertado el escepticismo de algunos. Sin embargo, como ya se había insinuado anteriormente, esta celebración concuerda totalmente con la importante reevaluación histórica del puritanismo que ha sido hecha por los círculos académicos. Hace 50 años, el estudio académico del puritanismo tuvo un momento crucial, cuando se descubrió la existencia de toda una cultura puritana, y cuando se hizo evidente que tal cultura era muy rica, que consistía en algo más que una mera serie de reacciones puritanas en contra de las facetas medievales y la cultura renacentista. En ese momento se desmintió la antigua presuposición común de que, en ambos lados del Atlántico, los puritanos se habían caracterizado por ser mórbidos, obsesivos, groseros e ignorantes. La indiferencia satírica en contra de la vida de pensamiento puritana se tornó en una impresionante y vigorosa industria académica y artesanal caracterizada por una atención comprensiva hacia los puritanos, y por una exploración de las creencias e ideales del puritanismo, y eso continúa en nuestros días. En ese sentido, Norte América marcó una pauta importante, con la publicación de cuatro libros en un periodo de dos años, los cuales fueron determinantes para asegurar que los estudios acerca de los puritanos no volverían a ser como antes. Estos libros fueron: The Rise of puritanism [El surgimiento del puritanismo] de William Haller, (Columbia University Press: Nueva York, 1938); Puritanism and Liberty[Puritanismo y libertad] de A.S.P. Woodhouse (Macmillan: Londres, 1938; Woodhouse era maestro en la universidad de Toronto); Tudor puritanism [El puritanismo de la dinastía Tudor] de M. M. Knappen (Chicago University Press: Chicago, 1939); y, The New England Mind Vol I; The Seventeenth Century [La mente de la Nueva Inglaterra. Vol. I; El siglo XVII] de Perry Miller (Harvard University Press: Cambridge, MA, 1939). Muchos libros de los años treinta y posteriores han confirmado la visión del puritanismo que se plasmó en estos cuatro volúmenes, y la imagen general que ha surgido es la siguiente.
El puritanismo era en esencia un movimiento espiritual, que se preocupaba apasionadamente por Dios y por la piedad. Comenzó en Inglaterra con William Tyndale, el traductor de la Biblia (contemporáneo de Lutero), una generación antes de que se acuñara la palabra «puritano», y continuó hasta los últimos años del siglo XVII, algunas décadas después de que la palabra «puritano» entrara en desuso. La creación del puritanismo tuvo como base el biblicismo reformador de Tyndale; la piedad del corazón y la conciencia de John Bradford ; el celo de John Knox por el honor de Dios en las iglesias nacionales; la pasión por la competencia pastoral evangélica que se ve en John Hooper, Edward Dering y Richard Greenham; la visión de la Santa Escritura como el «principio regulador» de la adoración y el orden de la iglesia que causó la expulsión de Thomas Cartwright; el calvinismo anti–romano, anti–arminiano, anti–sociniano y anti–antinomiano expuesto por John Owen y por los estándares de Westminster; el interés ético integral que alcanzó su apogeo en el monumental Christian Directory [Directorio cristiano] de Richard Baxter; y el propósito de popularizar y hacer práctica la enseñanza de la Biblia que se apoderó de Perkins, Bunyan, y muchos más. El puritanismo fue esencialmente un movimiento que buscaba la reforma de la Iglesia, la renovación pastoral, la evangelización, y el avivamiento espiritual; y, además, como una expresión directa del celo por el honor de Dios, era una cosmovisión, una filosofía cristiana total. En términos intelectuales, era un medievalismo protestante actualizado, y en términos espirituales, era un monasticismo reformado que se practicaba fuera de un convento y que no tenía votos monásticos.
El objetivo puritano era completar lo que comenzó la Reforma de Inglaterra, es decir, terminar la remodelación del culto de adoración anglicano, introducir una disciplina eclesiástica efectiva en las parroquias anglicanas, establecer la justicia en los campos políticos, domésticos y socioeconómicos, y convertir a todos los ingleses a una fe evangélica vigorosa. A través de la predicación y la enseñanza del evangelio, junto con la santificación de todas las artes, ciencias y habilidades, Inglaterra se convertiría en una tierra de santos, en un modelo y un ejemplo de la piedad corporativa, y como tal, en un medio de bendición para el mundo.
Ese fue el sueño puritano que brotó durante los reinados de Isabel, Jacobo y Carlos, floreció en el periodo del Interregno, y se marchitó en el oscuro túnel de persecución que ocurrió entre 1660 (en el periodo de la Restauración Inglesa) y 1689 (bajo la Ley de Tolerancia). Ese sueño fue el que engendró a los gigantes de los que estamos hablando en este libro.
4
Confieso que este capítulo es una defensa descarada y sin vergüenza. Pues mi propósito es comprobar que los puritanos pueden enseñarnos lecciones que nosotros urgentemente necesitamos aprender. Por eso les pido que me dejen extender un poco más el argumento que ya les he presentado.
A estas alturas ya debe ser evidente que los grandes pastores–teólogos puritanos —Owen, Baxter, Goodwin, Howe, Perkins, Sibbes, Brooks, Watson, Gurnall, Flavel, Bunyan, Manton y otros como ellos— eran hombres destacados por su poder intelectual y por su visión espiritual. En ellos, los hábitos mentales que eran fomentados por una erudición sobria estaban acompañados de un celo ardiente por Dios y un conocimiento minucioso del corazón humano. Todo el trabajo que ellos hicieron demuestra una fusión única de dones y talentos. Tanto su pensamiento como su manera de ver las cosas eran radicalmente Dios–céntricos. Su apreciación de la majestad soberana de Dios era profunda, y su reverencia al momento de utilizar la palabra escrita era profunda y constante. Eran pacientes, meticulosos, y metódicos para escudriñar las Escrituras, y su comprensión de los diversos hilos y conexiones dentro de la red de la verdad revelada era firme y clara. Ellos entendieron más ricamente los caminos de Dios con los hombres, la gloria de Cristo el Mediador, y la obra del Espíritu en el creyente y en la iglesia.
Y su conocimiento no era una mera ortodoxia teórica. Ellos buscaban «reducir a la práctica» (frase que ellos usaban) todo lo que Dios les enseñaba. Ellos ataron sus conciencias a la Palabra, disciplinándose para poner todas sus actividades bajo el escrutinio de las Escrituras, exigiendo una justificación teológica (no una mera justificación pragmática) para todo lo que hacían. Aplicaron su entendimiento de la mente de Dios a cada rama de la vida, viendo la iglesia, la familia, el estado, las artes, las ciencias, el mundo del comercio y la industria, como nada menos que las devociones del individuo, ya que las consideraban como las esferas en las que Dios debe ser servido y honrado. Ellos veían a la vida como un todo, porque ellos veían al Creador como Señor de cada una de las esferas de la vida, y su propósito era que el sello de «santidad a Jehová» pudiera ser impreso absolutamente en todas las áreas de la vida.
Pero eso no era todo. Ya que, al conocer a Dios, los puritanos también conocieron al hombre. Ellos veían al hombre, en su origen, como un ser noble hecho a la imagen de Dios para gobernar la tierra de Dios, pero en la actualidad, como un ser trágicamente embrutecido y destruido por el pecado. Por otra parte, veían al pecado a través de la triple luz de la ley, el señorío, y la santidad de Dios, y, por lo tanto, lo veían como transgresión y culpa; como rebelión y usurpación; y como impureza, corrupción e incapacidad para hacer el bien. Gracias a que veían todo eso, y al mismo tiempo conocían las formas en que el Espíritu lleva a los pecadores a la fe y a una nueva vida en Cristo, y lleva a los santos, por una parte, a crecer a la imagen de su Salvador y, por otra parte, a aprender su total dependencia de la gracia, los grandes puritanos se convirtieron en excelentes pastores. La profundidad y la unción de sus exposiciones «prácticas y experimentales» en el púlpito no era más sobresaliente que sus habilidades para estudiar y aplicar la medicina espiritual a las almas enfermas. A partir de las Escrituras, cartografiaron el terreno de la vida de fe y comunión con Dios, el cual a menudo nos parece desconcertante, pero ellos lo hicieron con gran minuciosidad (y como ejemplo podemos consultar El progreso del peregrino, para observar un diccionario geográfico ilustrado), y, además, su agudeza y sabiduría para diagnosticar el malestar espiritual y para establecer los remedios bíblicos más apropiados era algo sobresaliente. Por esa razón, ellos permanecen como los pastores clásicos del protestantismo, de la misma manera en la que hombres como Whitefield y Spurgeon tienen su lugar como los evangelistas clásicos por excelencia.
Y, en este sentido, en lo referente al frente pastoral, es donde los cristianos evangélicos de hoy necesitamos tanta ayuda. Ya que, aparentemente, en los últimos años nuestros números se han incrementado, y parece que también ha crecido un nuevo interés por las sendas antiguas de la teología evangélica. Y debemos estar agradecidos con Dios por eso. Sin embargo, no todo celo evangélico es congruente con el conocimiento, y tampoco todas las virtudes y valores de la vida cristiana bíblica aparecen siempre juntos de la manera en la que tendrían que aparecer, de manera que, parece que hay tres grupos en particular que obviamente necesitan la ayuda que los puritanos están capacitados para brindar de manera única (como lo muestran sus escritos). A estos grupos yo los llamo: los experiencialistas incansables, los intelectualistas atrincherados, y los desviacionistas inconformes. Por supuesto, estos grupos no son cuerpos de opinión organizados, sino más bien son individuos con mentalidades características, con los cuales uno se encuentra una y otra vez. Permítanme hablar de ellos en el orden mencionado.
Aquellos a los que les llamo experiencialistas incansables son de una especie muy conocida, tan conocida que a veces los observadores son tentados a definir el evangelicalismo en términos de ellos. Su actitud está caracterizada por ser azarosa y despreocupada, pero al mismo tiempo tienen una impaciencia vehemente, la cual está en busca de las novedades, el entretenimiento, y las «alturas»; además, les dan mucha mayor importancia a los sentimientos fuertes que a los pensamientos profundos. Son personas que tienen poca atracción por el estudio sólido, la auto examinación humilde, la meditación disciplinada, y el trabajo duro ordinario en sus vocaciones y en sus oraciones. Para ellos la vida cristiana es una vida de experiencias extraordinarias y emocionantes, en lugar de ser una vida de justicia racional y firme. Ellos hacen un énfasis constante en los temas del gozo, la paz, la felicidad, la satisfacción, y el descanso del alma; pero no hacen referencias balanceadas del descontento divino de Romanos 7, de la batalla de fe del Salmo 73, o de las «profundidades» de los Salmos 42, 88 y 102. Por causa de la influencia de personas como esas, la gente llega a pensar que un simple hombre extrovertido, espontáneo y alegre es un reflejo de la vida cristiana saludable, de manera que, los santos que tienen una personalidad menos optimista o un temperamento más complejo pueden llegar a sentirse confundidos porque nos son capaces de estallar en alegría en conformidad al estándar prescrito. En medio de su agitación, estos hombres exuberantes se vuelven personas crédulas que no cuestionan nada, y de acuerdo con su razonamiento, mientras más extraña y sorprendente sea su experiencia vivida, más divina, sobrenatural y espiritual será considerada, y casi nunca toman en serio la firmeza de la virtud bíblica.
Las personas que tienen estos defectos no se oponen a la idea de apelar a las técnicas de consejería especializada que han sido desarrolladas con fines pastorales, por los evangélicos extrovertidos de los últimos años; pero la vida espiritual es algo que tiene que fomentarse y la madurez espiritual tiene que ser engendrada, no por técnicas humanas sino por la verdad; de manera que, si nuestras técnicas están fundamentadas en una noción defectuosa de la verdad que hemos de trasmitir y del propósito de la misma, estas técnicas no podrán hacernos mejores pastores o mejores creyentes de lo que éramos antes. La razón por la que los experiencialistas incansables tienen una vida cristiana desequilibrada es porque han sido afectados por una forma de mundanalidad, y por un individualismo antirracional antropocéntrico, que ha convertido a la vida cristiana en un viaje hacia el ego y hacia la búsqueda de emociones. Esos santos necesitan el tipo de ministerio de maduración en el que la tradición puritana se ha especializado.
¿Cuáles son los énfasis puritanos que pueden centrar y darle una dirección correcta a los experiencialistas incansables? Para empezar, los siguientes: Primero, el énfasis en la centralidad de Dios como el requisito divino que es esencial para la disciplina de la autonegación. Segundo, la insistencia de la primacía de la mente, y la imposibilidad de obedecer una verdad bíblica que todavía no ha sido comprendida. Tercero, la necesidad constante de tener humildad, paciencia, y firmeza, y la importancia de reconocer que el principal ministerio del Espíritu Santo no es producir emociones en nosotros, sino formar en nosotros un carácter semejante al de Cristo. Cuarto, el reconocimiento de que los sentimientos suben y bajan, y que Dios constantemente nos pone a prueba, llevándonos a desiertos de simpleza emocional. Quinto, la singularización de la adoración como actividad principal de la vida. Sexto, el énfasis en nuestra necesidad de auto examinarnos constantemente a través de las Escrituras, bajo los términos establecidos por el Salmo 139:23–24. Séptimo, la comprensión de que las grandes medidas de sufrimiento santificador son parte del plan que Dios tiene para que Sus hijos crezcan en la gracia. Ninguna tradición cristiana de enseñanza administra esta medicina que purga y fortalece, con una autoridad más solemne que la de los puritanos, ya que, de acuerdo con lo que hemos visto de su propia experiencia, cuando ellos administraron para sí mismos esta medicina, a lo largo de un siglo (y aún más) formaron un tipo de cristianos que eran maravillosamente fuertes y resilientes.
Pensemos ahora en los intelectualistas atrincherados que existen en el mundo evangélico: una segunda especie muy conocida, aunque no son tan comunes como la primera. Algunos de ellos parecen ser víctimas de un temperamento inseguro y sentimientos de inferioridad, otros reaccionan por orgullo o dolor contra la locura del experiencialismo tal como lo han percibido, pero sea cual sea la fuente de su síndrome, el patrón de comportamiento que ellos manifiestan es distintivo y característico. Constantemente se presentan como cristianos rígidos, argumentativos, críticos, defensores de la verdad de Dios, para quienes la ortodoxia lo es todo. Se esfuerzan por sostener y defender su propia visión de esa verdad, ya sea calvinista o arminiana, dispensacional o pentecostal, reformista de la iglesia nacional o separatista de la Iglesia Libre, o lo que sea; ese es su principal interés, e invierten recursos sin límites en esta tarea. Existe muy poca cordialidad en ellos; relacionalmente son distantes; las experiencias no significan mucho para ellos; ganar la batalla de la corrección mental es su gran propósito. Ellos pueden ver que realmente en nuestra cultura antirracional, gobernada por los sentimientos, y que está en busca de gratificaciones instantáneas, el conocimiento conceptual de las cosas divinas está infravalorado, y, por lo tanto, buscan con pasión restaurar el equilibrio en este punto. Ellos entienden correctamente la prioridad del intelecto; sin embargo, el problema es que, cuando realizan sus interminables campañas en las que promueven su propio tipo de pensamiento correcto, lo único que pueden ofrecer es intelectualismo, ya que eso es casi todo lo que tienen, si no es que lo único. Por eso, yo también los instaría a que se expongan a la herencia puritana para que puedan madurar.
Esa última afirmación puede sonar paradójica, ya que, algún lector pudo haber notado que el perfil que acabamos de describir es idéntico a lo que todavía muchas personas identifican como el típico puritano. Pero cuando nos preguntamos cuáles son los énfasis de la tradición puritana que pueden contrarrestar el intelectualismo árido de estas personas, nos encontramos con toda una serie de puntos que necesitamos abordar. Primero, la verdadera religión requiere tanto de los afectos como del intelecto; pues en esencia, eso es lo que se presupone en la frase de Richard Baxter: «trabajo de corazón». Segundo, la verdad teológica está diseñada para ser puesta en práctica. William Perkins definió la teología como la ciencia de vivir adecuada y felizmente por siempre; por su parte, William Ames la definiría como la ciencia de vivir para Dios. Tercero, el conocimiento conceptual mata, si el individuo no pasa de conocer las nociones a conocer las realidades a las que estas nociones aluden, es decir, si no pasa de «conocer acerca de Dios» a «conocer a Dios» personalmente. Cuarto, la fe y el arrepentimiento son expuestos en una vida de amor y santidad, es decir, en una vida que se caracteriza por expresar gratitud en la buena voluntad y las buenas obras, las cuales son demandadas explícitamente en el evangelio. Quinto, el Espíritu nos es dado para guiarnos a una comunión cercana con otros en Cristo. Sexto, la disciplina de la meditación discursiva tiene el propósito de mantenernos apasionados y adorando en nuestra historia de amor con Dios. Séptimo, es algo de carácter impío y escandaloso convertirse en alborotador y causar división en la iglesia, y, generalmente, lo que lleva a los hombres a crear bandos y a provocar divisiones, no es otra cosa más que el orgullo espiritual en su forma intelectual. Los grandes puritanos eran tanto humildes y afectuosos como sobrios y prudentes, le prestaban atención tanto a las personas como a las Escrituras, y eran apasionados tanto por la paz como por la verdad. Con toda certeza, ellos habrían diagnosticado con atrofia espiritual a los cristianos intelectualistas de nuestros días, y no por causa del celo por la forma de las sanas palabras, sino por causa de su falta de celo por cualquier otra cosa; de manera que, en este caso, la fuerza de la enseñanza puritana acerca de la verdad de Dios en la vida del hombre sigue siendo potente para ayudar a esas almas a convertirse en seres humanos completos y maduros.
Finalmente, me dirijo a aquellos a quienes llamo desviacionistas inconformes, es decir, los que en cierto sentido se han dado de baja y han abandonado el movimiento evangélico moderno, muchos de los cuales ahora se han vuelto en contra de él para denunciarlo como una perversión neurótica del cristianismo. Ésta también es otra especie que todos conocemos bien. Es angustiante pensar en este tipo de personas, en primer lugar, porque hasta la fecha, su experiencia desacredita profundamente nuestro evangelicalismo, y en segundo lugar, porque el número de personas de ese tipo es muy grande. ¿Quiénes son ellos? Son personas que en algún momento de sus vidas se identificaban como evangélicos, ya sea porque fueron criados de manera evangélica o porque profesaron una conversión bajo la influencia de alguna esfera evangélica, sin embargo, ahora están desilusionados de la cosmovisión evangélica y le han dado la espalda, porque sienten que el evangelicalismo les falló. En algunos casos, es por razones intelectuales, debido a que, según el juicio de estas personas, lo que se les enseñó fue algo tan simplista que lo único que logró fue aturdir su mente, y, por otra parte, piensan que fue algo tan poco realista y desconectado de los hechos que realmente lo consideran como algo involuntariamente deshonesto. Otros lo abandonan porque fueron llevados a esperar una vida cristiana en la que gozarían de buena salud, riquezas, circunstancias libres de problemas, creyendo que serían inmunes al dolor de las heridas relacionales y las traiciones, libres de fracasos, y exentos de cometer errores o tomar malas decisiones; en pocas palabras, esperaban un lecho de rosas sobre el cual serían transportados felizmente hacia el cielo —pero todas esas grandes expectativas terminan siendo refutadas a su debido tiempo por diferentes acontecimientos. Y debido a que se encuentran heridos y molestos, sintiéndose como si hubieran sido víctimas de una especie de abuso de confianza, ahora acusan al evangelicalismo que ellos conocieron de haberles fallado y engañado, y lo abandonan con resentimiento en sus corazones; y es por pura misericordia que ellos no terminen acusando y abandonando de igual manera al mismo Dios. El evangelicalismo moderno tiene mucho que responder con respecto al número de bajas de este tipo que ha causado en los últimos años por su ingenuidad mental y sus expectativas irreales. Pero, en este punto, una vez más el evangelicalismo de los gigantes puritanos, que en este sentido es más sobrio, más profundo, y más prudente que el moderno, puede cumplir una función correctiva y terapéutica entre nosotros, si tan solo aprendemos a escuchar su mensaje.
¿Cuál es el mensaje puritano que podría servir para sanar las bajas producidas por la ingenuidad evangélica moderna? Cualquiera que esté familiarizado con los escritos de los puritanos podrá darse cuenta de que ahí podemos encontrar mucha ayuda para resolver este problema. Ya que, en primer lugar, los autores puritanos nos hablan acerca del misterio de Dios: que nuestro dios es demasiado pequeño, pero que el Dios verdadero no puede ser encerrado en una caja conceptual hecha por el hombre para ser entendido por completo; y que él fue, es y siempre será absolutamente inescrutable en Su trato con aquellos que confían en Él y lo aman, de modo que las «pérdidas y cruces», es decir, el desconcierto y la decepción en relación con las esperanzas particulares que uno ha albergado, deben ser aceptadas como un elemento recurrente de la vida de comunión con Él. En segundo lugar, ellos nos hablan acerca del amor de Dios: que éste es un amor que redime, convierte, santifica, y en última instancia glorifica a los pecadores, y que el Calvario fue el único lugar de la historia humana en el que este amor fue revelado plenamente y sin ambigüedad, y que en lo que respecta a nuestra situación propia, podemos saber con toda certeza que nada nos puede separar de ese amor (Romanos 8:38), aunque también es cierto que ninguna situación de este mundo estará completamente libre de espinos y cardos. En tercer lugar, desarrollando el tema del amor divino, los puritanos nos hablan acerca de la salvación de Dios: que el Cristo, Quien quitó nuestros pecados y nos trajo el perdón de Dios, nos está llevando a través de este mundo hacia una gloria, para la cual aún estamos siendo preparados, ya que en esta vida se nos inculca un deseo por esa gloria y se nos capacita para disfrutar de ella, y por otra parte, la santidad en esta tierra, que se manifiesta en forma de un servicio consagrado y una obediencia amorosa en las buenas y en las malas, es el camino a la felicidad en el más allá. Después de esto, en cuarto lugar ellos nos hablan del conflicto espiritual: es decir, las muchas formas en las que el mundo, la carne y el diablo buscan humillarnos; en quinto lugar, nos hablan de la protección de Dios: a través de la cual Él anula y santifica el conflicto, permitiendo que a menudo el mal toque nuestras vidas para protegernos de males mayores; y, en sexto lugar, nos hablan de la gloria de Dios: la cual es nuestro privilegio buscar, por medio de celebrar Su gracia, demostrando Su poder en medio de la confusión y la presión, resignándonos totalmente a Su buena voluntad, y haciéndole nuestro gozo y deleite en todo momento.
Al ministrarnos estas preciosas verdades bíblicas, los puritanos nos brindan los recursos que necesitamos para «sufrir las flechas y las hondas de la insultante fortuna», y también nos dan los recursos para ofrecerle a aquellos que han abandonado el evangelicalismo una visión más clara de lo que les ha sucedido, la cual puede sacarlos de su autocompasión y su resentimiento, restaurando por completo su salud espiritual. Los sermones puritanos demuestran que ese problema no es nuevo en ningún sentido; el siglo diecisiete tuvo su propia cuota de bajas espirituales, santos que habían pensado de manera simplista y que tenían expectativas poco realistas, los cuales estaban decepcionados, descontentos, abatidos y desesperados, y el ministerio de los puritanos hacia nosotros en este punto es simplemente el punto de partida para continuar con lo que ellos constantemente enfatizaban, es decir, la importancia de levantar y alentar a los espíritus heridos entre su propia gente.
Creo que, hasta este punto, la respuesta a la pregunta: ¿por qué necesitamos a los puritanos?, es bastante clara, y concluyo mi argumento en este punto. Yo, siendo una persona que está en deuda con los puritanos más que con cualquier otro teólogo que he leído, y estando consciente de que todavía los necesito, he estado tratando de persuadirte de que quizás tú también los necesitas. Y confieso que, si logro convencerte de esto, eso me llenará de alegría, principalmente porque eso obrará para tu propio bien, y para el bien de la gloria del Señor. Pero eso es algo que debo dejar en las manos de Dios. Mientras tanto, sigamos explorando la herencia puritana juntos. Pues en esta herencia todavía hay más oro por extraer del que hasta ahora he mencionado.
Capítulo tres
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EL PURITANISMO COMO UN
MOVIMIENTO DE AVIVAMIENTO
omenzaré por definir el término puritanismo y después el término avivamiento, como fundamento para lo que tengo que decir en este capítulo.
El puritanismo lo defino como ese movimiento en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII que buscó más reformas y renovaciones en la Iglesia de Inglaterra de las permitidas por el asentamiento isabelino. La palabra «puritano» como tal era un término impreciso pero definitivamente era despectivo, y entre los años 1564 y 1642 (estas fechas exactas son dadas por Thomas Fuller y Richard Baxter6) se abusó de él, siendo aplicado por lo menos a cinco grupos superpuestos de personas: primero, al clero que se mostró reticente ante algunas ceremonias y frases del Libro de oración; segundo, a los defensores del programa de reforma presbiteriana dirigido por Thomas Cartwright y por la Admonición al Parlamento de 1572; tercero, al clero y los laicos, no necesariamente inconformistas, que practicaban una piedad calvinista seria; cuarto, a los «calvinistas rígidos»7 que aprobaron el Sínodo de Dort, y fueron llamados puritanos doctrinales por otros anglicanos que no lo aprobaron; quinto, a los miembros y jurados del parlamento, y a otras personas de la nobleza que mostraron respeto público por las cosas de Dios, las leyes de Inglaterra y los derechos de las personas.8 El profesor y la señora George han argumentado que la palabra «puritano» es la «x» de un ecuación cultural y social: «no tiene ningún significado más allá del que le da el manipulador particular de un álgebra de abuso».9 Sin embargo, había una realidad específica, aunque compleja y polifacética, a la que realmente pertenecían todos estos usos del «nombre odioso». Éste fue un movimiento dirigido por el clero que durante más de un siglo se mantuvo unido, y que tenía un sentido de identidad demasiado profundo para destruir las diferencias de juicio sobre cuestiones del gobierno y la política, principalmente debido a tres cosas: La primera era un conjunto de convicciones compartidas, de carácter bíblico y calvinista, que tenían que ver, por una parte, con la fe y la práctica cristiana y, por otra parte, con la vida congregacional y el oficio pastoral. La segunda era un sentido compartido del llamado a trabajar para la gloria de Dios en la Iglesia de Inglaterra, por medio de eliminar el papismo de su adoración, la prelatura de su gobierno, y la irreligión pagana de su membresía, y así hacer realidad el patrón del Nuevo Testamento de lo que es verdadero y auténtico en lo que respecta a la vida de la iglesia.10 La tercera era una literatura compartida, catequética, evangelística y devocional, con un estilo homilético único, y con un énfasis experiencial inconfundible. De los aproximadamente cien autores de este movimiento, William Perkins, quien murió en 1602, fue el más formativo y Richard Baxter, cuya carrera como escritor devocional comenzó en 1650, con su obra: El reposo eterno de los santos, fue el más distinguido. Ese es el puritanismo que vamos a discutir.
Por otra parte, defino al avivamiento como la obra de Dios por medio de Su Espíritu, a través del cual Su Palabra lleva a los muertos espirituales hacia una fe viva en Cristo y renueva la vida interna de los cristianos, quienes inicialmente habían llevado vidas perezosas y pasivas. En el avivamiento, Dios hace nuevas las cosas viejas, dando un nuevo poder a la ley y al evangelio y una nueva conciencia espiritual a aquellos cuyos corazones y conciencias que habían sido ciegos, duros y fríos. El avivamiento anima o reanima a las iglesias o a los grupos cristianos, para que tengan un impacto espiritual y moral en sus comunidades. Es algo que consiste en una reactivación inicial, seguida de un estado de reanimación constante durante el tiempo que dure la influencia del Espíritu. Tomando los primeros capítulos de Hechos como un paradigma, y relacionándolos con el resto del Nuevo Testamento (que evidentemente es un producto de las condiciones de un avivamiento) podemos enumerar las siguientes características como signos de avivamiento: un asombroso sentido de la presencia de Dios y la verdad del Evangelio; una profunda conciencia del pecado, que conduce a un arrepentimiento profundo y lleva a las personas a abrazar sinceramente al Cristo glorificado, amoroso y perdonador; un testimonio desinhibido del poder y la gloria de Cristo, con una poderosa libertad de expresión que demuestra una poderosa libertad de espíritu; alegría en el Señor, amor por Su pueblo y miedo a pecar; y del lado de Dios, una intensificación y aceleración de la obra de la gracia para que los hombres sean abatidos por la Palabra y transformados por el Espíritu en poco tiempo, lo que hace apropiado tanto pastoral como teológicamente bautizar a los conversos adultos inmediatamente después de haber profesado la fe. Sin embargo, también es cierto que puede haber un avivamiento personal sin que exista ningún movimiento de la comunidad, y que no puede haber un movimiento de la comunidad a menos que los individuos sean avivados. No obstante, si nos apegamos al libro de los Hechos como nuestro paradigma, será necesario definir el avivamiento como un fenómeno esencialmente corporativo, en el que Dios soberanamente muestra Su mano, visita a Su pueblo, extiende Su reino y glorifica Su nombre.
2
En este punto debo señalar que, aunque estas directrices se extraen directamente de la Biblia, también son directrices puritanas en un sentido real, simplemente porque la mayoría, si no es que todas, se pueden encontrar en la teología del avivamiento esbozada por el gran Jonathan Edwards, de quien Perry Miller dijo: «El puritanismo es lo que Edwards era».11 He sostenido en otra parte que la comprensión del avivamiento que leemos en los escritos que Edwards publicó después de cumplir los treinta años, es la contribución individual más importante que Edwards tiene que hacer a la teología evangélica de hoy, y esa sigue siendo la perspectiva clásica con respecto a este tema;12 pero eso es algo que por ahora va más allá de nuestro objetivo.
Durante más de dos siglos, desde que apareció por primera vez la obra de Daniel Neal, titulada: History of the puritans [La historia de los puritanos] (cuatro volúmenes, 1732–38), se ha acostumbrado a entender el movimiento puritano en términos de la lucha de poder que hubo entre la iglesia y el estado; y esto, por supuesto, es parte de la verdad, aunque en cierto sentido deja en el aire la cuestión de los motivos puritanos. Sin embargo, el Dr. Irvonwy Morgan nos proporciona una pista de vital importancia en la siguiente cita:
Lo esencial para entender a los puritanos es comprender que ellos eran predicadores antes que cualquier otra cosa (…) En medio de todos sus esfuerzos por reformar al mundo a través de la Iglesia, y a pesar de que esos esfuerzos se vieran frustrados por los líderes de la Iglesia, la única cosa que los mantuvo unidos, que fortaleció sus esfuerzos, y que les dio motivos para persistir, fue la conciencia de que ellos estaban llamados a predicar el evangelio.13
Y yo me aventuro a sugerir que para poder tener una comprensión verdaderamente adecuada del puritanismo debemos esperar el día en el que su historia sea contada como una historia de avivamiento, una historia en la que el conflicto de la iglesia (que hasta ahora se ha tomado como la clave para la interpretación del puritanismo) tiene que ser reconocido como algo que siempre estuvo subordinado a un objetivo puritano más amplio —y por así decirlo, a un logro parcial— de ver una nación espiritualmente renovada. Pero me parece que todavía no ha llegado el día en el que esta historia pueda ser contada correctamente. Puesto que, por una parte, ya se ha comenzado con un análisis de la predicación, la enseñanza, la piedad, el trabajo pastoral y la experiencia espiritual de los puritanos,14 pero ese análisis todavía tiene mucho camino por recorrer, y por otra parte, la evaluación teológica de este material todavía está en pañales.15 Sin tomar en cuenta que, todavía no se ha logrado recopilar todo el material y las fuentes puritanas. Mi objetivo limitado en este libro simplemente es hacer creíble la afirmación de que el puritanismo era, en esencia, un movimiento de avivamiento espiritual (como el que ocurrió entre los frailes, y entre los Lolardos, y en la Reforma misma, la cual los puritanos declaradamente buscaban completar). Ya que, establecer este punto confirmaría la necesidad de estudiar el puritanismo en los términos indicados anteriormente, y tal vez, esta obra pueda convertirse en un incentivo para hacerlo. De manera que, a favor de mi argumento, expondré los siguientes tres hechos:
El primer hecho es que el avivamiento espiritual era central para lo que los puritanos profesaban estar buscando. Pero es sorprendente que este hecho ha sido resaltado muy poco, y en ocasiones ha sido ignorado por completo. ¿Por qué ha ocurrido eso? Puedo sugerir al menos tres razones: Primero, los puritanos no buscaron el avivamiento en forma aislada de su búsqueda de un orden eclesiástico más bíblico, y los historiadores profesionales y los evangélicos pietistas tienden a suponer (no sé por qué) que éstas son búsquedas distintas e incluso contrastantes, en las que los hombres no participan al mismo tiempo. En segundo lugar, la búsqueda del avivamiento puritano fue escarnecida por otras personas de la misma época, y no la consideraron como algo serio (eso es evidente, si tomamos en cuenta la historia de la palabra «puritano»), y en lo que respecta a las personas de otras épocas, podemos decir que los estudiantes modernos han sido traicionados por esa influencia, y por esa razón, tampoco han tomado en serio esa búsqueda. Y en tercer lugar, los puritanos no usaron la palabra «avivamiento» como el término técnico para lo que buscaban, sino que expresaron sus objetivos completamente en términos de «reforma». Cuando, por ejemplo, en 1656, Richard Baxter publicó su obra clásica acerca del ministerio, El pastor reformado, lo que quiso transmitir a través de la palabra «reformado» no era la idea de un pastor con doctrina calvinista (aunque sí lo daba por sentado, al menos en un sentido más amplio); en realidad, la idea que quiso transmitir era la de un pastor renovado en vigor, celo y propósito, en otras palabras, un pastor avivado, como el libro en sí mismo lo aclara. Y cuando escribió en otra parte, «Si Dios tan solo reformara el ministerio, y provocara que los ministros hicieran sus deberes con celo y fidelidad, la gente ciertamente sería reformada»,16 lo que quiso decir con «reformada» fue una vez más lo que nosotros expresaríamos al decir «avivada». Pero los historiadores y los evangélicos (una vez más, no sé por qué) conciben regularmente las palabras «reforma» y «reformación» en la iglesia, solo como una cuestión externa, es decir, la doctrina profesada públicamente y el orden establecido públicamente, sin ninguna relación con la renovación interna del corazón y de la vida; por lo tanto, olvidan las dimensiones espirituales del objetivo de la «reforma», que los reformadores y los puritanos siempre tuvieron en el corazón.
Sin embargo, si nos preguntamos por qué durante todo el reinado de Isabel, los puritanos predicaron, escribieron y solicitaron intervenciones oficiales para producir un ministerio piadoso y competente;17 por qué los puritanos introdujeron y respaldaron los «prophesyings» (reuniones para la exposición bíblica), que fueron suprimidos por la reina Isabel;18 por qué a través de conferencias e incumbencias, los puritanos trataron de establecer su propia red de predicadores eruditos y piadosos en toda Inglaterra; por qué alentaron constantemente a los ricos a financiar los gastos universitarios de los jóvenes prometedores, con la intención de que estuvieran preparados para el ministerio; por qué los puritanos feudales compraron derechos de patrocinio y las dotes (prebendas) después de 1625, hasta que William Laud se los impidió por ley;19 por qué fueron establecidos el Comité Parlamentario para Ministros Saqueados de 1642, y los Comités de Ejecutores Cromwellianos de 1654 (para desplazar al clero incompetente) y la Comisión de los Triers (para examinar los aspirantes a los titulares). En resumen, si nos preguntamos por qué la preocupación por un ministerio de calidad evangélica siempre estuvo en la cima de la lista de prioridades puritanas, como lo fue realmente), la respuesta es muy obvia. Y la podemos encontrar en las siguientes palabras de Baxter: «Todas las iglesias se levantan o caen a medida que el ministerio aumenta o disminuye (no en riquezas o grandeza mundana) sino en conocimiento, celo y habilidad para su trabajo».20 Los puritanos querían, más que nada, ver a la iglesia en Inglaterra «resucitar» espiritualmente, y vieron que esto no podría ocurrir sin un ministerio renovado.
Por lo tanto, las cosas no ocurrieron como a menudo lo insinúa William Haller21, quien da a entender que, después de 1570 el clero puritano comenzó a recurrir a la predicación y al trabajo pastoral como un medio para alcanzar su objetivo de construir una comunidad laica lo suficientemente fuerte como para asegurar los cambios en el orden de la iglesia, lo cual en ese tiempo era inalcanzable por acción directa; la verdad es más bien que, sin ir muy lejos, como el sermón de Edward Dering22 (al estilo de John Knox antes de Isabel en 1570 y antes de la Admonición de 1572) lo deja en claro, desde el punto de vista puritano, todo lo que ellos hacían con respecto al orden de la iglesia no era un fin, sino era un medio para alcanzar un fin mayor, es decir, la gloria de Dios a través de la salvación de los pecadores y la edificación de congregaciones avivadas en las que se reuniría el pueblo de Dios, y por esa razón hacían tanto énfasis en erradicar todas las cosas supersticiosas y erróneas que contristaban al Espíritu. Y cuando hablaban de la salvación de los pecadores, los puritanos no sólo se referían a su conversión, sino también al crecimiento de su salud espiritual, su fortaleza, y su obediencia consagrada, a través de la comunión mutua; en pocas palabras, su crecimiento en santidad (porque los puritanos usaron esa gran palabra en un sentido tan amplio como para incluir en ella cada aspecto y dimensión de la vida piadosa). Porque ellos sabían que la santidad de las personas de Inglaterra nunca sería una realidad sin un ministerio que fuera «poderoso», «doloroso» (laborioso) y «útil» (tres grandes características puritanas de un buen ministro). Por esa razón, durante más de un siglo, los ministros puritanos se dedicaron a la predicación y al cuidado pastoral. La causa por la que ellos luchaban no era principalmente la reestructuración de la iglesia, sino su avivamiento.
Esto nos lleva al segundo hecho, a saber, que el avivamiento personal era el tema central de la literatura devocional puritana.Aproximadamente a lo largo de cuatro quintas partes de su A Christian Directory [Directorio cristiano] (una obra de 1 143 páginas tamaño folio), la cual tiene el siguiente subtítulo en inglés: Un compendio de teología práctica y casos de conciencia. Para dirigir a los cristianos enseñándoles a utilizar su conocimiento y su fe; a mejorar las ayudas y los medios para desempeñar todas sus obligaciones; y a vencer las tentaciones y mortificar cada pecado, Baxter examina diferentes «Casos de conciencia eclesiásticos», y el caso número 174, es el siguiente: «¿Cuáles son los libros, especialmente de teología, que debería escoger una persona que, ya sea por falta de dinero o de tiempo, no puede leer mucho?» Como respuesta, Baxter enlista lo que él llama «La biblioteca más pobre o más pequeña que uno puede tolerar»: Una Biblia, una concordancia, un comentario, los catecismos, algo acerca de las doctrinas del evangelio, y «todas las obras prácticas y fervorosas que puedas conseguir de escritores ingleses». Y en ese sentido, nombra por lo menos 60 obras, todas de autores puritanos, con la excepción de tres, y después repite: «Todas las que puedas conseguir».23Y esta literatura, a la que Baxter mismo contribuyó mucho (con obras tales como su Directory[Directorio], El reposo eterno de los santos, A Call to the Unconverted [Un llamado a los inconversos], Life of Faith [La vida de fe], Dying Thoughts [Pensamientos para antes de morir], y muchas más), es la literatura en la que ahora vamos a enfocarnos.
¿Qué es lo que contenían estos libros? En su mayoría eran sermones, en los cuales se exponían las Escrituras, a través del método puritano de «doctrina, razón, y uso» (es decir, proposición, confirmación, y aplicación). Pero estos sermones eran vinculados unos con otros con la intención de formar tratados, ya que los puritanos se tomaron mucha libertad en el desarrollo de las diversas líneas de pensamiento, teológicas y aplicativas que podían estar sugeridas en el pasaje que estaban exponiendo, de manera que podían «quedarse parados» juntos frente a un texto durante semanas, tratando de extraer esas verdades. Los escritores eran llamados «fervorosos» y «prácticos» porque, tanto por escrito como desde el púlpito, usaban palabras calculadas no solo para instruir, sino para hacer que los hombres sintieran la fuerza de la verdad y para mostrarles la manera en la que debían responder ante esa verdad. El contenido de estos tratados homiléticos puede describirse generalmente, en palabras de John Downame, como: «esa parte de la Teología (…) que consiste más en experiencia y práctica que en teoría y aplicación, y que principalmente tiende hacia la santificación del corazón, más que a la instrucción del juicio y el aumento del conocimiento; y que busca que todos sean despertados a la práctica de lo que ya saben con respecto a los deberes de una vida santa, y que, a su vez pretende estimular una obediencia nueva que produzca frutos de fe».24 Las categorías específicas de libros puritanos pueden incluir:
1. Libros evangelísticos, los cuales abordan el pecado y la redención, el arrepentimiento y la fe, la conversión y la regeneración. En 1656, Thomas Goodwin y Philip Nye escribieron lo siguiente en su prefacio a la obra de Thomas Hooker, The Application of Redemption [La aplicación de la redención]: «Una de las glorias de la religión protestante es el hecho de que revivió la doctrina de la conversión salvadora, y de la nueva criatura producida por ella; pero de una manera más eminente, Dios ha otorgado el honor de esto a los pastores y predicadores de esta nación, quienes son reconocidos en el extranjero por su búsqueda y sus descubrimientos más precisos». De hecho, la teología puritana ha sido reconocida como una teología de la regeneración, debido a su orientación generalizada acerca de este tema. Hay muchos libros que tratan el tema directamente. Y sólo para nombrar unos cuantos de muchos: The Doctrine of Faith [La doctrina de la fe] de John Rogers (1627), Treatise on Faith[Tratado acerca de la fe] de Ezekiel Culverwell (1623), Treatise of the Nature and Practice of Repentance [Tratado acerca de la naturaleza y la práctica del arrepentimiento] de Perkins (1593), Bruised Reed [La caña cascada] de Richard Sibbes (1630), The New Birth [El nuevo nacimiento] de William Whateley (1618), y Method of Grace[El método de la gracia] de John Flavel (1681), todas estas obras desembocan en exhortaciones e invitaciones a buscar al Señor mientras pueda ser hallado. Además, los escritores puritanos inventaron el «despertar persuasivo»25, algo a lo que deberíamos llamar el «tratado evangelístico» (si es que la palabra «tratado» se puede usar para describir libros de cuarenta mil palabras). La obra de Baxter, A Call to the Unconverted to Turn and Live . . . from the Living God [Un llamado a los inconversos para que se vuelvan y vivan (…) por el Dios vivo] (1658), la cual vendió 20 000 copias en un año y fue traducida al francés, al holandés, y al algonquino (lengua de los pueblos amerindios), fue una obra pionera en esta área, seguida por Una guía segura al cielo de Joseph Alleine (1672), quien tomó prestado de Baxter y de la cual, según Calamy, se vendieron 70 000 copias dentro de esa misma generación.26 Además, como respuesta a una situación en la que abundaban los cristianos nominales y los «hipócritas del evangelio», los puritanos escribieron muchas obras diseñadas para romper su apariencia de religiosidad y alertarlos sobre su necesidad de la gracia renovadora. En esta clase de libros podemos catalogar obras como Mystery of Selfe–Deceiving [El misterio del autoengaño] de Daniel Dyke (1614), Parable of the Ten Virgins [La parábola de las diez vírgenes] de Thomas Shepard y The Almost Christian: or the False–Professor Tried and Cast [El casi cristiano: O el falso profeso probado y expuesto] de Matthew Meade (1662).
El análisis de este corpus de escritos evangelísticos no es posible aquí, pero se puede decir con certeza que, al declarar el evangelio de la gracia gratuita de Dios en Cristo, los puritanos no dejan nada que desear con respecto a los estándares de ninguna época anterior o posterior. Su creencia, como hijos de la Reforma, de que todos los contenidos de la Escritura tienen relación o con la ley o con el evangelio, los llevó a una exploración extremadamente rica de ambas partes. La sugerencia expresada ocasionalmente de que había algo legalista en su énfasis en la necesidad de una «obra preparatoria» de contrición y humillación por el pecado, antes de que los hombres puedan acercarse a Cristo, es bastante falsa: la única realidad que ellos estaban enfatizando (y, ciertamente, a veces lo hacían con mucho esfuerzo, en conformidad a las necesidades de sus lectores) era la realidad de que, dado que el hombre caído, está naturalmente enamorado del pecado, es psicológicamente imposible para él abrazar a Cristo de todo corazón como un Salvador, no solo por el castigo del pecado, sino por el pecado en sí mismo, y por lo tanto, no puede acercarse a Cristo si no alcanzado un estado mental que le permite odiar el pecado y anhelar su liberación. En ese sentido, la «obra preparatoria» a la que ellos se referían, era simplemente la creación de ese estado mental. En general, el relato puritano de la conversión como una obra del hombre volviéndose hacia Dios, que al mismo tiempo es una obra de Dios volviendo al hombre hacia Sí mismo, parece reflejar exactamente lo que dice el Nuevo Testamento.
2. Libros de casuística, que detallan los estándares de conducta establecidos en la ley de Dios para que los cristianos puedan vivir con una buena conciencia, sabiendo que están haciendo la voluntad de Dios. El siglo que siguió a la Reforma fue una gran época de «casos de conciencia» entre los romanos y los protestantes, pero mientras que la casuística jesuita era una guía para el sacerdote en el confesionario, la casuística de los puritanos era una guía para el cristiano común en la vida cotidiana. Perkins fue el pionero aquí, pues, por medio de la Biblia, reformó sistemáticamente la herencia medieval en los temas de la conciencia y las buenas obras; la mayoría de los contenidos de los tres volúmenes tamaño folio de sus obras (1616–1618) giran en torno a la casuística.27 El enorme Directoriode Baxter condensa dos generaciones de trabajo en este campo, y entre Perkins y Baxter hay una abundancia de libros más pequeños acerca del tema, tales como Plaine and Familiar Exposition of the Ten Commandments[Una explicación sencilla y familiar de los Diez Mandamientos] de John Dod y Thomas Cleaver (1603) (del cual existieron diecinueve ediciones en un periodo de treinta y dos años), y muchos tratados acerca de áreas particulares en donde surgieron problemas en lo que respecta la conducta correcta, tal como sucede ahora en las diferentes áreas de la vida (el matrimonio y la familia; el trabajo; las cosas ocultas; el uso de las riquezas; la administración de la verdad, etc.). Todo este material sigue siendo muy impresionante en cuanto a su profundidad de comprensión tanto de la enseñanza bíblica como de los paralogismos del corazón humano.
3. Libros de parénesis(exhortación), que eran escritos para «consolar» (es decir, fortalecer y alentar), y para dar al cristiano motivos y recursos para tener una «obediencia alegre» sobre la base de una «seguridad triunfante». En esta categoría se encuentran innumerables volúmenes que «abren» los temas del evangelio: el amor de Dios, la obra de Cristo, el ministerio renovador del Espíritu y el compromiso de salvar que es hecho al creyente por las tres personas de la Trinidad en el pacto de gracia. Me aventuro a afirmar que la riqueza de estos tratados aún no tiene paralelo, por muy anticuada y difícil que sea su forma. En esta categoría también podemos incluir a los libros que tratan directamente con la seguridad de salvación, libros diseñados para ayudar a los cristianos que se encuentran en estados de ansiedad, morbilidad y sequedad («deserción»), para que puedan discernir la autenticidad de su fe, frente a los sentimientos de desesperación, y para que estén conscientes de la realidad de su posición en la gracia ante la tentación de llegar a la conclusión de que están perdidos. Estos libros fueron escritos porque durante todo el período puritano hubo muchas almas atribuladas que necesitaban ayuda de este tipo. Ya que las preguntas: «¿Qué debo hacer para ser salvo?» «¿Seré parte del número de los escogidos?» y «¿Estaré en el estado de gracia?» eran preguntas que estaban enredadas dentro de las mentes de muchos, pero una de las principales fortalezas de los escritos pastorales de los puritanos, en lo que respecta al trato pastoral, era que tenían la habilidad de desenredar esas preguntas y aclarar las confusiones que surgían a causa de ese enredo. La obra pionera en este campo fue el Tratado de Perkins titulado: Treatise Tending unto a Declaration whether a man be in the estate of Damnation or in the estate of Grace and if he be in the first, how he may in time come out of it; if in the second, how he may discern it, and persevere in the same to the end [Un tratado que tiende a declarar si un hombre se encuentra en el estado de condenación o en el estado de gracia, y, si se encuentra en el primer estado, ayudarle a entender la manera en la que puede salir de ahí; pero si se encuentra en el segundo, que sepa la manera en la que puede estar seguro de eso y la manera en la que puede perseverar hasta el final] (1586); y por otra parte, el tratado clásico acerca del tema, quizás sea The Christian’s Great Interest[El gran interés del cristiano], la cual fue escrita por el teólogo escocés, William Guthrie, a quien John Owen admiraba mucho.
En resumen, esas eran las características de la literatura devocional puritana. Pero, por otra parte, podríamos usar El Progreso del peregrino de Bunyan como un índice pictórico para evaluar el alcance y el contenido de esa literatura. William Haller, quien, en 1938, escribió lo que hasta ahora sigue siendo la mejor introducción a esta literatura, habla de su «extraordinaria vitalidad»28, y, además, también existe una gran cantidad de testimonios contemporáneos acerca de su utilidad. Baxter mismo recuerda que, cuando él tenía alrededor de 15 años,
un pobre vendedor ambulante vino a la puerta (…) Y mi padre le compró el libro del Dr. Sibbes, The Bruised Reed [La caña cascada]. Ese libro (…) abrió ante mí la verdad del amor de Dios, y me dio un entendimiento más vívido del misterio de la redención, y de cuán grande era mi deuda para con Jesucristo (…) Después de esto, tuvimos un Siervo que tenía una pequeña porción de las obras del Sr. Perkins (que incluía: Repentance [Arrepentimiento], The Art of Living and Dying Well [El arte de vivir y morir correctamente], y The Government of the Tongue [El gobierno de la lengua]) Y la lectura de eso me instruyó de manera profunda y me afirmó en la fe (…) la lectura de la obra del Sr. Ezek. Culverwell, Treatise of Faith [Un tratado acerca de la fe] verdaderamente me hizo mucho bien, y muchos otros excelentes libros, se convirtieron en mis maestros y consoladores: Y el uso que Dios, por encima de los ministros, le dio a estos libros en beneficio de mi alma, me produjo una especie de amor excesivo por los buenos libros (…) Recuerdo al principio qué deleite para mi lectura fue el breve tratado del Sr. Perkins, Treatise of the Right Knowledge of Christ crucified [Tratado acerca del entendimiento correcto del Cristo crucificado], y su Exposition of the Creed[Exposición del credo]; porque fueron libros que me enseñaron a vivir por fe en Cristo.29
Ese es solo un ejemplo de los muchos testimonios que podríamos mencionar. Esta literatura como un conjunto es notablemente homogénea, y su propósito es constante: inducir fe, arrepentimiento, seguridad y celo gozoso en medio de una vida de peregrinaje, conflicto y buenas obras, a las que están llamados los santos; en otras palabras, su propósito era crear y mantener una condición espiritual de avivamiento personal, en toda la extensión de la palabra.
Los dos hechos que hemos visto hasta ahora, a saber, la centralidad del avivamiento en el propósito puritano y el avivamiento personal como el enfoque principal de la literatura puritana, nos conducen hacia el tercer hecho: el ministerio de los pastores puritanos, con la ayuda de Dios, dio lugar al avivamiento. Solamente en términos de avivamiento es como podemos describir adecuadamente la notable bendición que fue en aumento a lo largo del siglo XVII hasta la época de la Restauración Inglesa.
El patrón para el ministerio puritano fue establecido por las Escrituras y por el Libro de oración ordinal, que describe al clero como un grupo de personas llamadas «a ser mensajeros, vigilantes y mayordomos del Señor; a enseñar, amonestar, alimentar y mantener a la familia del Señor; y a buscar las ovejas de Cristo que están dispersas en el extranjero». Sin ir demasiado lejos, a partir de los registros hagiográficos de los ministros puritanos30 y a partir de los ideales establecidos por El pastor renovado de Baxter31 podemos ver de una manera suficientemente clara la manera en la que este llamado era entendido y puesto por obra. Muchos de los pastores eran hombres con grandes dones y con una gran unción, cuya predicación era «poderosa» en todos los sentidos y cuyo ministerio de consejería, como «médicos del alma», transformó muchas vidas trastornadas. Para ilustrar esto, y la forma en que a lo largo de los años aumentaron los frutos del ministerio fiel, aquí les presento una pequeña muestra de tres de estos hombres en acción.
Richard Greenham, un pionero pastoral, quien era titular de Dry Drayton, a casi 12 kilómetros de Cambridge, de 1570 a 1590. Él fue un hombre que trabajó extremadamente duro. Se levantaba diariamente a las cuatro; y cada lunes, martes, miércoles y viernes predicaba un sermón al amanecer, con la intención de captar la atención de su rebaño antes de que se dispersara por los campos; luego, el domingo predicaba dos veces, y además catequizaba a los niños de la parroquia cada domingo por la tarde y cada jueves por la mañana. Por las mañanas estudiaba, por las tardes visitaba a los enfermos o salía a los campos «para testificarle a sus vecinos mientras estaban en Plough». Henry Holland, su biógrafo, nos dice que, en su predicación: «Era tan comprometido y se esforzaba tanto que, su camisa generalmente estaba tan húmeda por el sudor, como si hubiera estado empapada de agua, de manera que, tan pronto como bajaba del púlpito, se veía obligado a cambiarse la ropa».32 Además, sus habilidades de consejería pastoral eran muy impresionantes. En ese sentido, Holland escribe: «Debido a que tenía una gran experiencia y una excelente facultad para aliviar y consolar las conciencias angustiadas, era buscado por personas que vivían cerca y lejos, las cuales gemían por causa de aflicciones y tentaciones espirituales (…) la fama de este médico espiritual se extendió ampliamente en el extranjero, de manera que era demandado por muchos, y el Señor se alegró tanto de bendecir su trabajo que, por su conocimiento y experiencia, muchos fueron devueltos a la alegría y al consuelo». Sus amigos esperaban que escribiera un libro sobre el arte de la consejería, pero nunca lo hizo; no obstante, transmitió gran parte de su saber a los demás de manera oral. En una carta a su obispo, describió su ministerio como: «predicar a Cristo crucificado a mí mismo y a la gente del campo»,33 y el contenido de sus obras publicadas póstumamente (un pequeño libro tamaño folio de más de 800 páginas) lo confirma. Sin embargo, a pesar de su piedad, su perspicacia, su mensaje evangélico y su trabajo duro, su ministerio fue prácticamente infructuoso. Otras personas fuera de su parroquia fueron bendecidas a través de él, pero no fue así con su propia gente. «Greenham tenía pastos verdes, pero ovejas magras», esa era una frase que circulaba entre los piadosos de la época. De acuerdo con Holland, estas fueron las palabras que Greenham le dijo a su sucesor: «No percibo que mi ministerio produzca un buen crecimiento en las familias, sólo en una de ellas».34 En la Inglaterra rural de los días de Greenham, había mucha tierra sin arar, el tiempo en el que le tocó trabajar era tiempo de siembra, pero el tiempo de cosecha todavía esperaría para el futuro.
Ahora pasemos al ejemplo de Richard Fairclough, quien era Rector de Mells (de 1647 a 1662), una aldea en Somerset, y que fue amigo del gran John Howe, quien predicó en su funeral, como Fairclough lo había solicitado en su testamento. Del sermón de Howe podemos rescatar las siguientes palabras:
Pronto se hizo evidente el tipo de estrella que había surgido(…) la cual muy pronto hizo que una aldea rural oscura se convirtiera en un lugar muy conocido, las personas de varios kilómetros a la redonda llegaban hasta ese gran punto de reunión, de manera que me asombré al mirar un auditorio tan abarrotado como el que tuve la oportunidad de mirar (…) y por lo general así fue siempre la asistencia durante su fructífero ministerio. Y, ¡oh, cuán propensa era la congregación a derretirse ante el calor de su fervor santo! Sus oraciones, sermones y otras funciones ministeriales estaban acompañados con esa extraña vivacidad afilada, y, en algunos momentos, con autoridad; pero además se dirigía hacia los demás con tal suavidad, gentileza, dulzura, y encanto, que uno pensaría que es casi imposible resistir el espíritu y el poder con el que hablaba. Y el efecto que su ministerio producía tenía una correspondencia influenciada por una medida bendita; ya que los oyentes se convirtieron en personas religiosas muy ilustradas, conocedoras, juiciosas, y reformadas. Sus labores en esa área fueron casi inimaginables. Además de sus prácticas habituales en el día del Señor, que consistían en la oración, la lectura de las Escrituras, la predicación, la catequización, la administración de los sacramentos (…) por lo general, se reunía en público de madrugada, cinco veces por semana, para orar y predicar una enseñanza expositiva acerca de alguna porción de las Escrituras (…) él siempre tuvo una congregación grande (…) Y a pesar de eso, él siempre encontraba un tiempo, no sólo para visitar a los enfermos (pues siempre que tenía ese tipo de oportunidades las aprovechaba con gran entusiasmo) sino también (de manera constante) para visitar a todas las familias a su cargo; y también buscaba un tiempo para conversar personalmente con todos los que eran capaces de esforzarse por comprender el estado actual de sus almas, y se comprometía a servirles por medio de instrucciones, reprimendas, amonestaciones, exhortaciones y estímulos adecuados para cada individuo; y realizó todo ese trabajo con la mayor destreza y placer imaginables; su corazón entero estaba entregado a esa labor (…) Cada día, durante muchos años seguidos, él acostumbraba a levantarse a las tres de la mañana, o a veces antes, para estar con Dios (lo cual era su gran deleite) mientras otros dormían.35
Este ejemplo es esencialmente igual al de Greenham: sin embargo, en ese caso el tiempo de cosecha ya estaba comenzando.
Finalmente, démosle un vistazo al ejemplo de Richard Baxter, quien ministró en Kidderminster desde 1641 hasta 1660, con una interrupción de cinco años durante la Guerra Civil. Kidderminster era un pueblo que tenía aproximadamente 2 000 adultos, y aparentemente, la mayoría de ellos fueron convertidos a través de su ministerio. Él testifica que cuando los conoció, eran «personas ignorantes, groseras, y entregadas a los placeres, debido a que casi nunca habían tenido una predicación avivada y seria entre ellos». Pero su ministerio fue bendecido de manera asombrosa.
Cuando entré por primera vez en mis labores, presté especial atención a todos los humillados, reformados o convertidos; pero cuando había trabajado mucho, le agradó a Dios que los convertidos fueran tantos, que no podía darme el tiempo para observaciones tan particulares, y después llegaron y crecieron cantidades considerables, de una manera tan inmediata que, para mí es difícil entender cómo ocurrió.
Y de esta manera Baxter narra en retrospectiva lo que aconteció después:
La congregación generalmente estaba llena, por lo que después de mi llegada nos sentimos animados a construir cinco galerías más (…) La iglesia hubiera tenido capacidad para alrededor de mil personas sin las galerías. Nuestras reuniones privadas también estaban llenas. En los días del Señor no se veía desorden en las calles, pero era posible escuchar a un centenar de familias cantando salmos y repitiendo sermones mientras uno pasaba por las calles. En pocas palabras, cuando llegué por primera vez, había aproximadamente una familia en cada calle que adoraba a Dios e invocaba Su nombre, y cuando me fui, había algunas calles en las que no había una sola familia que no adorara a Dios; y debido a que no era una mera profesión de piedad seria, podemos tener certeza de su sinceridad. Y esas familias que en otro tiempo eran las peores, siendo Hostales y Tabernas (sic) por lo regular tenían alguna persona en cada casa que aparentaba ser religiosa (…) Cuando comencé mis deberes pastorales y empecé a catequizarlos, en todo el pueblo hubo muy pocas familias que se reusaron a venir (…) [Baxter les pidió que lo visitaran en su casa]. Y muy pocas familias se fueron de mi casa sin lágrimas en sus ojos, o sin un aparente compromiso serio de vivir una vida piadosa.36
A lo que Baxter se refiere aquí es a la práctica que describe y elogia en El pastor renovado, la cual se sabe que también era practicada por Howe y Fairclough, que consistía en entrevistar sistemáticamente a las familias con el propósito de darles un trato espiritual personalizado. Baxter se reunía con las familias de esta manera a un ritmo de siete u ocho por día, dos veces a la semana, para poder atender a las 800 familias de la parroquia cada año. «Primero los escuchaba recitar las palabras del Catecismo [él utilizaba el Catecismo menor de Westminster], y después examinaba con ellos el sentido de esas palabras, finalmente, los instaba con toda la razón y la vehemencia posibles para estimular sus afectos y guiarlos a poner en práctica esas palabras. Invertía alrededor de una hora con cada familia». Su testimonio con respecto al valor de esta práctica tiene un peso enorme. «Descubrí que, hasta ahora, nunca habíamos tomado un mejor rumbo que éste, en lo que respecta a la destrucción del reino de las tinieblas. Puedo decir que esa práctica ha producido señales externas de éxito en la mayoría (…) más trascendentes que los efectos de mi predicación pública».37
Y continúa su evaluación de resultados, diciendo:
Algunos de los pobres comprendieron de manera competente el cuerpo de la teología (…) Algunos de ellos tienen tal capacidad para la oración, que muy pocos ministros pueden igualarlos (…) La gran mayoría de ellos puede orar de una manera muy admirable con sus familias, o con otros. El temperamento de sus mentes y la inocencia de sus vidas era mucho más loable que sus partes [habilidades]. Los profesos de piedad seria, eran por lo general, personas con una mente y un porte muy humildes…
Y, en 1665, pudo escribir que, a pesar de la intensa presión anti– puritana ejercida en contra de ellos, durante los años transcurridos desde que los dejó, «ninguno de ellos, que yo sepa (…) se deslizó, ni abandonó su honestidad».38 Su comentario final es: «¡Oh, qué soy yo (…) para que Dios me aliente en abundancia, cuando los reverendos Instructores de mi juventud trabajaron cincuenta años seguidos en un solo lugar y apenas pudieron decir que habían convertido una o dos de sus Parroquias!».39 Pero, durante la época del Interregno llegó el tan esperado tiempo de cosecha. Y como mi comentario final, me gustaría hacer la pregunta: ¿Acaso eso no fue un avivamiento?
En conexión con eso, el comentario de Baxter acerca de la religión durante el periodo de Cromwell es muy relevante. Esto fue escrito en 1665:
Debo presentar este testimonio fiel de aquellos tiempos, pues, hasta donde yo conocía, donde antes había un predicador piadoso y productivo, en ese entonces hubo seis o diez pastores; y si comparamos el primer caso con el segundo, supongo que hubo un aumento proporcional de personas verdaderamente piadosas (…) Aquellos lugares en los que los pastores tenían habilidades excelentes y vidas santas, los cuales tenían sed de buscar el bien de las almas, y dedicaban por completo su tiempo, su fuerza y sus propiedades, y no pensaban en dolores ni costos, esos eran lugares en los que las multitudes se convertían a la santidad seria (…) Dios bendijo maravillosamente las labores de Sus fieles ministros unánimes, pero eso no hubiera ocurrido si no se hubiera levantado la facción de los prelatistas (…) y las facciones de los sectarios vertiginosos y turbulentos, junto con la pereza y el egoísmo de muchos de los que formaban parte del ministerio, pues yo digo que, si no hubiera sido por estos impedimentos, a Inglaterra le hubiera tomado más de un cuarto de siglo lograr convertirse en una tierra de santos, en un patrón de santidad para todo el mundo, y en un inigualable paraíso en la Tierra. ¡Nunca hubo oportunidades tan perfectas para santificar a una nación, como las oportunidades que ha tenido esta tierra al ser confundida y pisoteada como hasta ahora! ¡Ay de aquellos que fueron las causas de esa tragedia! [Él se refiere aquí a los perversos eventos que sucedieron después de la Restauración Inglesa].40
Mi propósito en este estudio es tratar de presentar una afirmación creíble de que el puritanismo fue un movimiento de avivamiento. Y yo creo que la evidencia que he presentado cumple con ese propósito. Pienso que, si hacemos un estudio más profundo del ministerio puritano en la Inglaterra del siglo XVII, (de manera similar a lo que hizo Irvonwy Morgan en su libro The Godly Preachers of the Elizabethan Church, [Los predicadores piadosos de la Iglesia isabelina], eso nos permitiría concluir rotundamente que, a mediados de ese siglo, estaba ocurriendo en Inglaterra una obra de gracia, la cual era tan potente y profunda como su contraparte más conocida que ocurrió cien años después. Ciertamente, la comprensión del evangelio y los principios de su ministerio en los dos períodos fue idéntica, sin contar las rarezas particulares de la teología de John Wesley, las cuales él mismo calificó erróneamente como arminianismo, tratando de defender la tradición de la familia Wesley, pero que en realidad se podría calificar de una mejor manera como un calvinismo inconsistente.41 Los estudios recientes sobre el avivamiento evangélico han hecho evidente nuestra gran deuda para con el puritanismo;42 y George Whitefield, amigo de Jonathan Edwards (un puritano puro que nació fuera de tiempo), fue quien, en 1767, como ya lo habíamos visto, escribió: «Durante estos treinta años, he enfatizado que, a medida que la religión viva y verdadera se va avivando, ya sea en casa o en el extranjero [se refiere a la Gran Bretaña o a Estados Unidos], los buenos escritos de los antiguos puritanos (…) se vuelven cada vez más necesarios».43 Es interesante que, en 1743, Whitefield también escribió en su diario lo siguiente, acerca de su visita a Kidderminster: «Hasta este día me he sentido muy renovado después de descubrir el dulce sabor de la buena doctrina, las obras y la disciplina del Sr. Baxter».44 El movimiento puritano y el movimiento evangélico deben estudiarse juntos; sus vínculos entre sí son mucho más fuertes y numerosos de lo que a veces se cree. Evidentemente, la gran diferencia es que, debido a que después de dos generaciones el avivamiento evangélico se convirtió en algo socialmente aceptable, los hombres de la Restauración, como parte de su rechazo público al orden revolucionario, dispersaron y erradicaron sistemáticamente el fuego del cristianismo puritano. Yo creo que un estudio más detallado, basado en un conocimiento más profundo del estado de la religión en Inglaterra de la década de 1650, podría ayudarnos a tener un entendimiento más adecuado del que actualmente tenemos con respecto al juicio de Baxter cuando dijo: «Nunca hubo oportunidades tan perfectas para santificar a una nación, como las oportunidades que ha tenido esta tierra al ser confundida y pisoteada como hasta ahora».
Sin duda, en la Inglaterra puritana no ocurrió nada tan espectacular como el avivamiento de Sixmilewater en Antrim durante la década de 1620, aquel «resplandor brillante y ardiente del evangelio» como lo llamó Robert Fleming,45 cuando el extravagante James Glendinning predicó la ley con tal vehemencia que afligió grandemente a las personas, debido a que no sabía cómo predicar el evangelio, de tal manera que Robert Blair y otros tuvieron que hacerlo por él; y tampoco ocurrió nada tan asombroso como lo que pasó aquel lunes de 1631 en la parroquia de Kirk o “Shotts, cuando durante una hora y media John Livingstone predicó como nunca antes volvió a predicar, ni antes ni después, a tal grado que muchas personas testificaron que se habían convertido o que al menos sus vidas cristianas habían sido transformadas por el poder de las palabras que habían escuchado. También estoy seguro de que no hubo nada como esa inolvidable conferencia en Dedham, que tuvo lugar en algún momento de la década de 1620, en la que los 500 oyentes del gran John Rogers se sintieron abrumados por descuidar la lectura de sus Biblias, tal como lo testifica la siguiente cita de John Howe, en la cual cuenta una anécdota de lo que Thomas Goodwin, quien estaba presente en la conferencia, le contó:
Él personificó a Dios frente a las personas, diciendo: «Yo les he confiado mi Biblia por mucho tiempo (…) está en una y en otra casa cubierta de polvo y de telarañas; y ustedes no se preocupan ni por darle un vistazo a su interior. ¿Ustedes están descuidando así mi Biblia? Pues entonces ya no tendrán más mi Biblia» Y después levantó la Biblia y la retiró como si la estuviera apartando de la gente; y en ese mismo momento personificó al pueblo de Dios, se postró en sus rodillas, y clamó y suplicó con mucho fervor: «Señor, haz lo que quieras con nosotros, pero no nos quites Tu Biblia, mata a nuestros hijos, incendia nuestras casas, destruye nuestros dioses; pero déjanos Tu Biblia, llévate todo menos Tu Biblia». Seguido de eso, personificó una vez más a Dios, diciéndole a la gente: «Si eso es lo que quieren, está bien, los pondré a prueba por un tiempo; aquí tienen mi Biblia para ustedes, yo observaré cómo la utilizan, si la aman y la valoran más, si la obedecen más, si la practican más y viven más conforme a ella».
De acuerdo con el relato de John Howe, lo que ocurrió después fue que, tanto Thomas Goodwin como las demás personas presentes, en ese preciso momento se encontraban inundados en lágrimas, y cuando Goodwin salió de ahí, «se sentía tan contrito que se abrazó al cuello de su caballo y lloró sobre él durante un cuarto de hora, pues antes de eso, no tenía poder para montarse al caballo; de esa magnitud fue la impresión que, tanto en él como en las personas en general, causó la amonestación por el descuido de la Biblia»46 Sin embargo, por lo general, el avivamiento puritano parece haber sido una obra relativamente tranquila y ordenada, que estaba separada del fanatismo que surgió durante las décadas de 1640 y 1650 cuando éste se encontraba en su apogeo.
3
Si uno quiere tener una mayor luz con respecto al avivamiento puritano será necesario estudiar la teología puritana, particularmente su innovador interés y concentración en las cosas relacionadas con el ministerio del Espíritu Santo;47 y también será necesario estudiar la adoración puritana, con su énfasis en el «trabajo de corazón», la espontaneidad, el canto de himnos y salmos, la oración libre impulsada por el Espíritu, la cual está caracterizada por «familiaridad», «plenitud» y «afecto», y la predicación del pecado y la gracia de una manera «sencilla, apremiante y franca» la cual por una parte «desgarra» la conciencia y por otra parte, derrama sobre ella el bálsamo sanador del evangelio.48 La teología y la adoración puritanas, a medida que se desarrollaron, mostraron cada vez más su carácter como productos y complementos del avivamiento. Como ya se dijo anteriormente, una exploración más profunda de los anales del ministerio puritano también nos podría dar un entendimiento más fresco con respecto a este movimiento. Por ejemplo, sería fascinante aprender más acerca de hombres como Elkanah Wales, de Pudsey, quien «fue considerado como el predicador que tuvo más éxito en la conversión de almas, en todo el país», o de muchos otros como Greenham que tuvieron una mayor influencia» entre los extranjeros y los oyentes ocasionales de la que tuvieron entre su propia gente»;49 o del itinerante Henry Oasland de Bewdley, «quien viajó de un lugar a otro, predicando fervientemente y ganando muchas almas para Dios»;50 o de Thomas Tregoss de Mabe, al oeste de Cornwall, quien «afirma que su conversión ocurrió después de haberse enrolado algún tiempo en el ministerio (…) y quien también sufrió por su postura Inconformista»;51 o de Samuel Annesley, el abuelo materno de John Wesley, a quien el Parlamento «infiltró» en Cliffe (Kent) en lugar de un ministro que había sido escandaloso pero popular, y cuya congregación, resentida por el cambio, lo atacó «con varillas, trinches, y piedras; amenazándolo de muerte», pero ante esa situación, el prometió dejarlos tan pronto como estuvieran listos para aceptar a otro ministro igual que él, y tal como él lo había dicho, después de que «la gente fue grandemente reformada, y su trabajo tuvo un éxito maravilloso» mantuvo su palabra y se fue, «para no darle lugar a ninguna aparente ligereza de su parte que pudiera ser de tropiezo para sus jóvenes convertidos»;52 o de Thomas Lye, el evangelista de niños, quién todavía era recordado más de 40 años después de que su ministerio terminara, debido a «su excelente don para catequizar a los más jóvenes, a los cuales por medio de muchos artificios logró convencer de deleitarse en la obtención del conocimiento de las mejores cosas».53 Estos hombres (literalmente había cientos como ellos) fueron ministros avivados, que laboraron en tiempos de avivamiento, y sus historias nos pueden llevar directamente hacia el corazón del movimiento puritano. Lamentablemente, si incluyéramos todas esas historias, este libro sería demasiado largo. Sin embargo, mi argumento ha sido presentado y defendido, y con eso me doy por satisfecho.
Capítulo cuatro
•
LOS ESCRITOS PRÁCTICOS DE
LOS PURITANOS INGLESES
l Directorio cristiano de Richard Baxter, compuesto entre 1664–65 e impreso en 1673, de acuerdo con el juicio de los primeros editores, contiene «probablemente el mejor cuerpo de teología práctica que está disponible en nuestro idioma o en algún otro».54En su «Anuncio» preliminar, Baxter dice que lo escribió en parte para que «los ministros más jóvenes que tienen poca experiencia, puedan tener a su alcance un manual de resoluciones prácticas y direcciones acerca de los temas que deben tratar».55 Bajo el título «Casos eclesiásticos de conciencia» aborda, como se vio en el capítulo anterior, muchos asuntos prácticos en los que los ministros más jóvenes podrían necesitar orientación, y cuando responde a la pregunta 174, «¿Cuáles son los libros, especialmente de teología, que debería escoger una persona que, ya sea por falta de dinero o de tiempo, no puede leer mucho?»56 enlista lo que él consideraba «La biblioteca más pobre o más pequeña que uno puede tolerar», y con eso se refería a la colección privada de un ministro joven. Su respuesta, numerada en el estilo puritano estándar, consta de seis elementos: Una Biblia, una concordancia, un comentario, los catecismos, algo acerca de las doctrinas del evangelio, y el sexto elemento es: «todas las obras prácticas y fervorosas que puedas conseguir de escritores ingleses». Después de nombrar más de sesenta obras como esas, él repite: «Todas las que puedas conseguir».57 Tanto su repetición enfática como el tamaño de la lista58 son excepcionales. Es evidente que Baxter no tenía muchas esperanzas para los ministros jóvenes que no se sumergían en las «obras prácticas y fervorosas de los escritores ingleses».
Pero esa recomendación no la hacía únicamente para los ministros. En la carta dedicatoria de su primera obra escrita, The Saints’ Everlasting Rest [El reposo eterno de los santos] (1649; un éxito en ventas de 844 páginas, que fue reimpreso anualmente durante los primeros diez años después de su publicación), instó a su congregación de Kidderminster con las siguientes palabras: «Lean muchos escritos de nuestros teólogos antiguos y sólidos.»59 Y ahí se refería a los mismos escritores «prácticos y fervorosos». La invitación a leerlos, a menudo con recomendaciones particulares, aparece muchas veces en los libros devocionales de Baxter, los cuales fueron puestos juntos para aumentar este corpus. En el prefacio de su sermón acerca de la soberanía absoluta de Cristo (1654), Baxter escribió:
Me he esforzado por adaptar todo, o casi todo, en contenido y forma, a la capacidad de las personas del vulgo. No obstante, el contenido es muy necesario para toda clase de personas, pero lo publico principalmente para los del vulgo; y yo preferiría que este texto fuera contado entre aquellos libros que viajan de puerta en puerta por todo el país, entre la mercancía de los vendedores ambulantes, antes de que se pusiera entre los libros que se encuentran en los estantes de las librerías, o entre los libros que guardan en las bibliotecas de los teólogos eruditos. Y mi intención, si Dios me concede el tiempo y la capacidad, es diseñar de esa manera la mayoría de mis publicaciones.60
Baxter mismo, un cuarto de siglo antes, había aprendido la fe en Cristo de la obra de Sibbes, The Bruised Reed [La caña cascada], la cual compró su padre de manos de un vendedor ambulante en la puerta de su casa,61 y él no podía imaginar una mayor utilidad para sus propios libros que la de cumplir con tal ministerio. Aquí, nuevamente, podemos ver un indicador del valor tan preciado que él había encontrado en «las obras prácticas y fervorosas de los escritores ingleses».
Mi tarea en este momento es introducir o reintroducir a estos hombres ante el mundo cristiano, el cual por lo general los ha descuidado. Ya que en su época ellos fueron populares y apreciados, y después de dos siglos las personas seguían estimándolos de esa manera, pero actualmente son muy poco conocidos. El interés por el puritanismo que se ha despertado en los últimos 50 años es principalmente académico, pero parece que muy pocos creyentes están leyendo las reimpresiones puritanas que afortunadamente están disponibles hoy en día.62 Creo que esta negligencia nos ha empobrecido gravemente, y me gustaría verla llegar a su fin.
De manera que me referiré a estos «escritores ingleses prácticos y fervorosos» como puritanos, de la misma manera en la que todos los demás los llaman. Pero es importante aclarar que así es como los veían en el siglo XVIII,63 y que los autores contemporáneos no tienen la misma perspectiva. Sin embargo, es necesario resaltar que, en el campo de la teología práctica, el uso de la palabra «puritano» no corresponde con ninguna de las aplicaciones que se le daban en el periodo (1564–1642) en el que comenzó a usarse.64 Durante ese período era un insulto, el cual conllevaba uno, o los dos males, de la «iglesia pura»: el elitismo y la censura arrogante —dos formas horribles de orgullo. Esa era la carga semántica de esta palabra, la cual se aplicaba con desprecio a los que aspiraban a ser reformadores de la iglesia nacional y a las personas piadosas en general, como le ocurrió al padre de Richard Baxter, a quien sus vecinos le hacían burla llamándolo «puritano» por quedarse en su casa los domingos por la tarde para leer la Biblia y orar con su familia, en lugar de salir a bailar y jugar con el resto del pueblo.65 Aparte de los oscuros Anabaptistas de Londres, quienes, de acuerdo con el informe de John Stowe, se llamaban a sí mismos «puritanos, los corderos sin mancha del Señor»,66 nadie más reclamó ese nombre, de hecho, William Perkins, la figura paterna de estos «escritores ingleses prácticos y fervorosos» rechazó ese término como una palabra «vil».67 De manera que, es evidente que, esta palabra es inestable y difícil de manejar. R. T. Kendall observa con justicia que, «si hemos de aceptar consistentemente el término «puritano», tenemos dos opciones, o reajustar la definición para que se adapte a un hombre a la vez, o, si estamos tratando con una tradición, comenzar con una definición y terminar con otra». Kendall opta por denominar a estos hombres «prácticos y afectuosos» como: la escuela de los «predistinacionistas experimentales», lo cual es apropiado.68 Sin embargo, por comodidad, me quedaré con la descripción convencional de estos escritores, y me referiré a ellos como puritanos.
La mejor introducción a estos escritores «prácticos y afectuosos» es su historia, la cual a continuación voy a revisar de manera rápida. Ya que, ésta no es muy bien conocida. Pero lo que es más conocido es el hecho de que, a partir de 1564 la etiqueta de «puritano» aplicaba a los defensores de una reforma más externa para la Iglesia de Inglaterra; y una gran cantidad de historiadores a lo largo de dos siglos han definido al puritanismo de esa manera. G. M. Trevelyan, por ejemplo, sigue ese modelo típico cuando explica el puritanismo como «la religión de todos aquellos que deseaban “purificar” a la iglesia establecida de la mancha del papado o que buscaban adorar por separado utilizando formas de adoración más “purificadas”».69 Sin embargo, en raras ocasiones se ha reconocido que la agitación eclesiástica puritana era solo un aspecto de un movimiento religioso multifacético, cuyo principal objetivo era el evangelismo y la educación espiritual. Este movimiento pastoral, en el que los conformistas y los inconformistas, anglicanos, presbiterianos, independientes, bautistas y erastianos eran esencialmente uno, no era un movimiento espectacular, como tampoco lo son la mayoría de los movimientos pastorales. Nunca fue un movimiento con un nombre partidario, y su historia nunca se ha escrito de manera adecuada. Esa historia es una de avivamiento espiritual, que comenzó siendo pequeño, pero que a lo largo del siglo empezó a ganar más ímpetu, hasta que, las políticas de la Restauración Inglesa hicieron que éste se disolviera. En resumen, esta historia contiene los siguientes puntos.
1
Diez años después del asentamiento isabelino, la Iglesia de Inglaterra se encontraba en mal estado. En primer lugar, por causa de la falta de dinero. Las depredaciones reales y aristocráticas en la época de la Reforma habían hecho que los fondos para sostener a la Iglesia fueran tan bajos que era imposible darle sustento económico a un pastor titular. Además de eso, había falta de hombres. Las persecuciones de la reina María habían acabado con los protestantes convencidos; el Juramento de Lealtad impuesto por la reina Isabel había arrasado con los papistas convencidos; y la mayoría de los clérigos que quedaban eran hombres con capacidades muy pobres y sin convicciones claras. Se sabía que muchos de ellos llevaban una vida inmoral. Las necesidades económicas de la iglesia eran solventadas por una pluralidad de extranjeros, y los artesanos sin ninguna preparación ministerial eran ordenados al ministerio, a falta de alguien mejor, de manera que ellos únicamente leían los servicios del domingo, y durante la semana continuaban con sus oficios y sus negocios. Por esa razón, muchas iglesias permanecieron muchos años sin que se predicara un solo sermón. Ni siquiera los obispos isabelinos podían atraer al ministerio a suficientes jóvenes universitarios que ayudaran a solucionar esta podredumbre.
La ignorancia del clero rural de mediados del siglo XVI se puede juzgar a partir de los registros de la investigación del obispo Hooper sobre las condiciones en su diócesis en 1551. A esos ministros se les hicieron las siguientes preguntas:
1. ¿Cuántos mandamientos hay?
2. ¿En dónde se encuentran?
3. Repítelos.
4. ¿Cuáles son los artículos de la fe cristiana?
5. Compruébalos a través de las Escrituras.
6. Repite la oración del Padre nuestro.
7. ¿Quién nos enseñó esa oración y cómo lo sabemos?
8. ¿En dónde se encuentra esa oración?
De 311 ministros examinados, sólo 50 pudieron responder a todas las preguntas, 19 de ellos respondieron de una manera mediocre, 10 de ellos no se sabían el Padre nuestro, y 8 personas no respondieron a ninguna de las preguntas.70
Entre los años 1551 y 1570 no ocurrió nada que mejorara esa situación; sino todo lo contrario, porque como ya hemos visto, los hombres más capacitados, tanto del lado de los protestantes como del lado de los papistas, habían sido erradicados. Los únicos protagonistas competentes de la religión reformada en Inglaterra fueron los exiliados del reinado de María que regresaron, los cuales no se habían convertido en obispos ni decanos, y prácticamente todos se habían establecido en las universidades (Oxford y Cambridge) o en Londres. Y muy pocos regresaron para irse al campo. De manera que, debido a todos los cambios que ocurrieron en la religión de Inglaterra durante 20 años, era posible que la reforma doctrinal de la iglesia inglesa nunca hubiera ocurrido. En el tiempo de Eduardo VI, y también después del reinado de María, hubo algunos movimientos superficiales en dirección hacia el protestantismo en grandes sectores de la comunidad; pero para el año 1570 era evidente que esos cambios no eran nada menos que un movimiento antipapista violento. La religión de la justificación por la fe era prácticamente desconocida, y la superstición estaba extendida y arraigada entre las personas, tal como había sido en el siglo anterior. Aunque Inglaterra profesaba la religión protestante reformada y todas las personas asistían obedientemente a la iglesia los domingos (ya que era ilegal faltar a la iglesia), era una realidad que Inglaterra todavía no se había convertido.
En febrero de 1570, Edward Dering, un célebre líder puritano que predicaba ante Isabel, le habló claramente sobre este asunto.
Primero quisiera centrar su atención en sus prebendas, observe que algunas de ellas son profanadas con negociaciones, otras con reparticiones, otras son acumuladas como pensiones, otras son privadas de sus comodidades (…) Observe (…) a sus patrocinadores. Y he ahí, muchos están vendiendo sus prebendas, otros las están subcontratando, algunos las guardan para sus hijos, otros se las dan a los niños, unos las utilizan para el servicio de los hombres, y muy pocos las aprovechan para buscar pastores preparados (…) Observe a sus ministros, hay algunos de una ocupación, algunos de otra, algunos bravucones, algunos rufianes, algunos vendedores ambulantes, algunos cazadores, algunos jugadores y apostadores, algunos guías ciegos que no pueden ver, algunos perros mudos que no ladrarán…
Y, sin embargo, mientras se cometen todas estas prostituciones, usted, a quien Dios le pedirá cuentas de esto, permanece tranquila y despreocupada; dejando que los hombres hagan como mejor les parece. Debido a que todas esas cosas no afectan su propia comodidad, usted está contenta dejándolos hacer lo que quieren.71
Lo que Dering lamentó no fue la falta de ecos de Ginebra en la Iglesia de Inglaterra, sino la situación pastoral terriblemente estéril junto con el hecho de que Isabel se negara a hacer algo al respecto. En 1571, Cox escribió el siguiente testimonio de ella: «Tiene la costumbre de escuchar con la mayor paciencia los discursos amargos e hirientes;»72 y ella ciertamente se negó a dejar que las denuncias de Dering sacudieran su pasividad. La única reacción que el sermón logró en ella fue que a él se le suspendiera el permiso para predicar.
No es fácil visualizar lo que Isabel pudo haber hecho para mejorar esa situación, incluso si hubiera tenido la disposición de hacer algo; pero la realidad es que ella no quería hacer nada. Por razones políticas, ella deseaba que el clero estuviera constituido por hombres poco distinguidos, sin iniciativa, que se limitaran a seguir la corriente. Sin embargo, aquellos que estaban en busca de la conversión de Inglaterra y de la gloria de Dios en la Iglesia inglesa, no pudieron quedarse quietos igual que ella. Pero, ¿qué se requería de ellos para que alcanzaran ese avivamiento espiritual que estaban buscando? ¿Qué era lo que tenían que hacer? ¿Cuál debía ser su estrategia? Ante esas preguntas podríamos dar diferentes respuestas.
Algunos de ellos, guiados por los veteranos que habían sido exiliados por María, ya estaban haciendo campañas para remover cuatro ceremonias del Libro de oración: el sobrepelliz de los clérigos, el anillo de bodas, la práctica de marcar una cruz en la frente antes del bautismo, y la obligación de arrodillarse en la santa comunión. La objeción que ellos presentaron era que, además de la falta de aprobación de las Escrituras, esas prácticas parecían apoyar las supersticiones medievales que afirmaban que los clérigos eran sacerdotes mediadores, que el matrimonio era un sacramento, que el bautismo era mágico, y que la transubstanciación era real. Se pensaba que, si estas cosas eran quitadas, Dios sería honrado y el cristianismo básico sería apreciado mucho más.
Más adelante, en 1570, tras la destitución de Thomas Cartwright, quien tenía el título «Lady Margaret Professor of Divinity» por parte de Cambridge University, el cual fue destituido por abogar a favor del presbiterianismo en sus enseñanzas acerca del libro de los Hechos, se despertó una inquietud por «presbiterianizar» radicalmente a toda la Iglesia isabelina de Inglaterra por medio de las promulgaciones parlamentarias. Entonces, los hombres jóvenes comenzaron a liderar, y se hicieron muy evidentes la rigidez teórica y la arrogancia argumentativa, que generalmente aparecen cuando los revolucionarios juveniles están determinados a realizar algo. La famosa «Admonición al Parlamento» de John Field y Thomas Wilcocks, (que hizo que sus autores se ganaran un año en prisión) era el manifiesto de este movimiento. Ya que, también en ese escrito se insinuaba la idea de que, a través de algunos cambios, el honor de Dios y la piedad de los ingleses serían favorecidos. Edwin Sandys, arzobispo de York, había sido uno de los exiliados del reinado de María, y siempre fue un protestante valeroso, sin embargo, él veía a los agitadores presbiterianos con cierto escepticismo. En 1573, le escribió a Bullinger en Zúrich:
«Se han levantado nuevos oradores entre nosotros, jóvenes necios, quienes, al mismo tiempo que menosprecian la autoridad y no reconocen a sus superiores, están buscando derrocar y desarraigar por completo nuestra política eclesiástica (…) y se están esforzando por darnos una especie de «nueva plataforma» para la iglesia, que todavía no entiendo cómo funciona (…) para que puedas estar más familiarizado con todo el tema, recibe este resumen del asunto en cuestión, condensado en ciertos encabezados:
1. El magistrado civil no tiene autoridad en materia eclesiástica. Él es solo un miembro de la iglesia, cuyo gobierno debe estar comprometido con el clero.
2. La iglesia de Cristo no admite otro gobierno que el del presbiterio; es decir, el pastor, los ancianos y los diáconos.
3. Los nombres y la autoridad de los arzobispos, archidiáconos, cancilleres, comisarios y otros títulos y dignidades similares deben eliminarse por completo de la iglesia de Cristo.
4. Cada parroquia debería tener su propio presbiterio.
5. La elección de ministros debe estar en las manos del pueblo.
6. Los bienes, posesiones, tierras, ingresos, títulos, honores, autoridades y todas las demás cosas que les pertenecen a los obispos y a las catedrales, deberían serles quitadas desde ahora y para siempre.
7. No se le debería permitir predicar a ninguno que no sea pastor de una congregación; y éste debería predicar para su rebaño exclusivamente, y en ningún otro lugar…
Y de acuerdo con lo que Sandys declaró, nada de eso «podrá obrar para el beneficio y la paz de la iglesia, sino para su ruina y confusión. Si eliminamos la autoridad, la gente se precipitará de cabeza hacia todo lo que sea malo. Si eliminamos el patrimonio de la iglesia, al mismo tiempo estaríamos eliminando no sólo la sana enseñanza, sino la religión misma».73
Sin duda alguna, Sandys tenía razón al declarar que en la Inglaterra que el conoció, en donde la mayoría de las personas eran analfabetas y seguían estando entregadas a la ignorancia y la superstición, ese programa de reforma presbiteriana, sin importar cuales fueran sus motivos y sus justificaciones, era un programa doctrinalmente impracticable y contrario a la causa de la piedad. Lo que Inglaterra necesitaba no era el presbiterianismo sino lo que en realidad era necesario era un cuidado pastoral, es decir, que los pastores se preocuparan por atender a sus rebaños. Estos «presbiterianizadores» farfullaron intermitentemente durante los siguientes 20 años, pero no crearon una corriente de opinión sólida, y no pudieron comprobar que sus ideas eran la manera correcta para completar la búsqueda de la santificación de Inglaterra; sino todo lo contrario, y finalmente, los tratados injuriosos de Marprelate (1588–89) destruyeron la credibilidad moral de ese movimiento. ¡Burlarse de los dignatarios de la manera en la que lo hacían esos tratados, no era la fórmula para ganar almas! Fue otro evento de 1570 el que mostró un camino a seguir más fructífero.
El 24 de noviembre de ese año, el Abraham de la escuela de pastores y escritores «prácticos y afectuosos» abandonó su Mesopotamia y se dirigió hacia la tierra prometida. Su nombre era Richard Greenham y había renunciado a su beca en el Pembroke Hall de Cambridge para convertirse en ministro de Dry Drayton, a unos 12 kilómetros de la ciudad. Él fue el pastor renovado pionero (con las características que Baxter esperaría), ya que, fue el primer hombre genuinamente capaz (hasta donde podemos decir) de abordar, de una manera auténticamente apostólica, la tarea de enraizar el evangelio en la Inglaterra rural. Ya hemos hablado un poco de su trabajo.74 Él se ganó una gran reputación como consejero pastoral o (como él mismo lo concibió) médico espiritual; y para sus amigos fue algo muy lamentable que él no «dejara para la posteridad un Manual en el que comentara acerca de las enfermedades tan particulares que Dios le permitió sanar, junto con los medios que utilizó para realizar sus curaciones». La cita anterior proviene de Henry Holland, el biógrafo de Greenham, quien expandió un poco más ese tema, diciendo:
La dieta y la cura necesarias para restaurar a las almas afligidas, es un misterio muy grande, y en ese sentido, muy pocas personas han logrado trabajar para comprender y desempeñar el buen arte de la medicina espiritual, o para enseñarnos algún buen método para practicar este (…) preciado arte, y transmitirnos gran experiencia; de tal manera que el peligro es grande, pues si no conocemos las reglas y los fundamentos prácticos de este arte, podemos cometer el error de adivinar con incertidumbre cuales son los mejores remedios y discursos que se deben aplicar sobre el alma enferma. Y si un médico natural, en lo que respecta a su oficio y sus facultades, puede decir efectivamente «ars longa, vita brevis [el arte es largo, la vida es corta], cuánto más el médico espiritual puede aplicar este aforismo a ese misterio del que estamos hablando. Los sabios piadosos saben que, es mucho más difícil discernir las causas secretas que producen las mucosidades ocultas del alma; y en esa área, es mucho más peligroso proceder confiando en la mera experiencia, sin conocer este arte ni tener las habilidades necesarias (…)
Pero, este reverendo hombre de Dios, el M. [maestro] GREENHAM, toda su vida fue un hombre que trasmitió gran esperanza, y él posiblemente nos ha dado las mejores reglas para desempeñar esta misteriosa facultad…75
Greenham nunca escribió el tratado sobre dirección pastoral que sus amigos deseaban (aunque la colección de cuarenta páginas titulada «Grave Counsels and Godly Observations [Consejos serios y observaciones divinas]» de Holland, que es la primera parte de las obras de Greenham, nos muestra cuál pudo haber sido la extensión y la fuerza que hubiera tenido ese tratado); sin embargo, sí realizó la segunda mejor opción, que posiblemente fue la mejor: entrenó a muchos de los pastores de la próxima generación. Los ordenandos (aspirantes a pastor) vivían en su casa y estudiaban con él como verdaderos aprendices; y regularmente, durante la comida del mediodía, se reunía con ellos un grupo de ministros locales y visitantes de otros pueblos; de manera que, en palabras de Holland, Greenham «fue un instrumento especial en las manos de Dios para alentar y entrenar a muchos jóvenes piadosos y eruditos en el servicio sagrado de Cristo, y en la obra del ministerio».
Aunque se estableció en Dry Drayton, Greenham continuó ejerciendo una influencia considerable en la universidad, con la cual mantuvo un estrecho contacto. En 1589, estuvo en el púlpito de la iglesia parroquial universitaria de Great St. Mary’s, criticando con dureza uno de los tratados de Marprelate que hostigaba a los obispos con el argumento de que «este libro tiende a hacer el pecado ridículo, cuando debería hacerlo aborrecible». Él se opuso consistentemente a los agitadores presbiterianos de Cambridge. Les decía que su manera de actuar era «equivalente a tratar de colocar el techo antes de colocar los cimientos». «Hay algunos que, ignorando cómo reformarse a sí mismos, están hablando de reformar a la iglesia».76 «Algunos se preocupan por la disciplina de la iglesia, pero ellos mismos no son capaces de ver sus corrupciones personales».77
Toda su influencia en Cambridge se concentró en promover la religión personal y la paz dentro de la iglesia, y en hablar en contra del pecado y el cisma. Él se opuso y se resistió a todo aquello que estuviera en contra del amor cristiano y la paz, incluso cuando simpatizaba con las opiniones expresadas. En su práctica personal era un inconformista en lo que respecta a las cuatro ceremonias desagradables, y aunque simpatizaba con la visión de la reforma presbiteriana; nunca la defendió a capa y espada. Todo lo que él pedía era libertad para obedecer a su conciencia y para predicarle el evangelio a su gente. En 1573, el obispo Cox lo mandó llamar porque no había usado el sobrepelliz, y en respuesta, él escribió una explicación completa acerca de su postura. En la que se manifestó indispuesto a debatir acerca de ese tema:
Percibo por experiencia que la disensión de razones causa la alienación de los afectos. Yo creo que ese tema ya se ha debatido, y sigue siendo debatido entre los hombres piadosos eruditos, y yo, en comparación con ellos, no soy más que un simple hombre de campo, un académico joven, que durante los últimos tres años se ha encargado día con día de predicar al Cristo crucificado para sí mismo y para las personas del campo, de manera que no tengo ninguna necesidad de debatir este asunto con usted.78
Su postura al respecto nunca fue un misterio: «No puedo, ni usaré esa vestimenta, ni estaré de acuerdo con su uso, ni el uso del libro de comunión»; pero cuando fue confrontado con la pregunta: «¿Entonces cómo juzgas las acciones de hombres piadosos que creen que pueden estar de acuerdo con las ceremonias?» él no estuvo dispuesto a comprometer su integridad:
Yo reverencio a los verdaderos siervos de Dios, con sus misterios y sus vidas piadosas; yo no los juzgo en las ceremonias, porque ellos las pueden usar para el Señor, yo no quisiera ser juzgado por rechazarlos, y esto lo hago para el Señor.79
En conclusión, le recordó sutilmente al obispo que el estándar bíblico para los ministros de Cristo no depende de la conformidad a esas ceremonias. Después, él citó Mateo 7:15–16 y continuó diciendo:
Nuestro Señor celestial ha dejado la verdadera insignia, o la vestimenta común, por la cual sus verdaderos siervos serán reconocidos entre los demás (…) Este tipo de juicio, hasta ahora usted sólo lo ha aplicado en contra de mí, y yo no me sublevado; y espero que mientras yo me mantenga así, usted pueda estar contento con eso.80
En otras palabras, él simplemente estaba pidiendo ser juzgado por la calidad de su ministerio pastoral, y que se le dejara en paz para poder desempeñar su cargo. Y esa fue una característica muy marcada entre la nueva generación de pastores puritanos que fueron guiados por él entre la oscuridad espiritual de la Inglaterra rural. Algunos de ellos eran inconformistas, pero muchos estaban satisfechos con el marco existente de la iglesia establecida y la única cosa que ellos reprobaban era su falta de pastores. Así fueron hombres como Laurence Chaderton, Richard Sibbes, William Perkins, y Robert Bolton; cuya membresía de esta hermandad de maestros y médicos espirituales «prácticos y afectuosos» no se vio afectada por sus opiniones acerca de los problemas de las políticas eclesiásticas.
Durante la siguiente mitad de siglo, Cambridge produjo muchos médicos espirituales con el molde de Greenham. El Christ’s College fue su primer semillero; Dering estuvo ahí, primero como estudiante universitario, desde 1560, y después como maestro. Laurence Chaderton, quien se convirtió en protestante durante su tiempo como estudiante universitario allí, fue maestro durante casi dos décadas, antes de convertirse en el Primer Maestro del Emmanuel College, que acababa de ser fundado por Sir Walter Mildmay, en 1584. Chaderton dio una «conferencia» semanal (es decir, un sermón) en St. Clement’s Church durante 50 años, y cuando, a los 82 años, decidió dejar de predicar, recibió cartas de cuarenta clérigos que le rogaban que no lo hiciera y que testificaban que le debían su conversión a su ministerio. Fue Chaderton, a quien la audiencia le recibió sólo una vez su disculpa por haber predicado durante dos horas completas, pero Fuller testifica que, la congregación clamaba: “¡Señor, por amor a Dios, continúe, continúe!”81 Richard Rogers, «otro Greenham»,82 ministro del Wethersfield desde 1574, junto con Arthur Hildersam, predicador durante cuarenta años en Ashby–de–la–Zouch y mentor de William Gouge y John Preston, ambos fueron hombres de Cristo ; como también lo fue William Perkins, alumno de Chaderton, se convirtió cuando era estudiante ,y en 1584 comenzó a ser maestro. Paul Baynes, otro hombre de Cristo, quien sucedió a Perkins como conferenciante semanal en Great St. Andrew’s Church cuando éste murió en 1602, predicó para la conversión de Richard Sibbes, quien predicó para la conversión de John Cotton, quien predicó para la conversión de John Preston. Cuando Thomas Goodwin llegó al Christ’s College en 1613, a la edad de 12 años, este recinto universitario podía jactarse de tener a «seis maestros que eran grandes tutores, los cuales profesaban la religión del tipo más riguroso, y que después serían llamados “puritanos”».83 Un sermón de funeral acerca del arrepentimiento, predicado por Bainbridge, el maestro, muy pronto se convirtió en el instrumento humano que dio lugar a la conversión de Goodwin. De manera que, Chaderton, Rogers, Hildersam, Perkins, Gouge, Baynes, Sibbes, Cotton, Preston, y Goodwin obtuvieron el estatus de «ejemplos a seguir» como predicadores–evangelistas «prácticos y afectuosos». Así que, el movimiento de Cambridge progresó, manteniendo la profundidad espiritual y acumulando fuerza numérica durante mucho tiempo.
Lamentablemente, aunque no era de sorprenderse, los jóvenes que le siguieron la pista a estas grandes figuras patriarcales tuvieron dificultades para encontrar un cargo pastoral. Podemos imaginarnos, con justa razón, que, en esos días, muy pocos patrocinadores estaban dispuestos a ofrecer apoyo económico a los predicadores que, como era la intención de estos hombres, hablaban de una manera severa e intransigente acerca de la justicia y el arrepentimiento. En 1586, algunos estudiantes de Cambridge presentaron una petición al Parlamento, en la cual se solicitaban acciones legales con respecto a ese asunto:
Es imposible negar que ésta, nuestra Universidad, actualmente ha florecido en toda clase de buena literatura, mucho más que en cualquier otra temporada, pero gloria sea dada a Dios por ese florecimiento; sin embargo, también es imposible negar que nosotros, los que escogimos estudiar las Sagradas Escrituras y que nos hemos preparado para el santo ministerio, encontramos menos oportunidades legales para servir a la Iglesia de Dios, y se le da menos preferencia a nuestros servicios de lo que se daba en tiempos pasados, y esa es una lamentable noticia a la luz de este precioso evangelio. Justo ahora, en nuestra Universidad de Cambridge (…) hay hombres capacitados y dotados con las habilidades y dones necesarios para enseñarle a las personas ignorantes, pero esta falta de oportunidades ha sido un tema común que ha causado estragos en casi la mayoría de los rincones de esta tierra, y eso lo sabemos, en parte por experiencia, y en parte por causa de las quejas generales del pueblo, sin embargo, a causa de eso, muy pocos de nosotros tienen condiciones justas e iguales para desempeñar este oficio, y por su parte, los ministros ignorantes, la verdadera escoria del pueblo, prefirieron la ruina de miles de almas, y todo eso acarrea vergüenza para la Iglesia de Dios, y provoca la ruina absoluta del aprendizaje. Porque si nosotros mismos usamos algunos medios para obtener un cargo, la codicia de los patrocinadores es tal, y en la mayoría de los casos es tan insaciable, que no podemos esperar nada de ellos que no sea a través de simonía, perjurio, y en última instancia, una mera mendicidad. De manera que, en medio de esta gran falta de obreros, nos quedamos todo el día desocupados en la plaza, porque casi ningún hombre está dispuesto a contratarnos; así de lamentable es el estado de nuestra Iglesia en estos tiempos.84
Y aunque no se tomaron medidas oficiales al respecto; se comenzaron a hacer conferencias en muchas parroquias, para proporcionar puestos de predicación para estos jóvenes puritanos, y así la levadura del evangelio se extendió por Inglaterra durante los reinados de Isabel, Jacobo y Carlos.
2
Cada movimiento de ideas necesita su propia literatura, y el movimiento pastoral del puritanismo no se quedó atrás en esa área. En ese sentido, Perkins, un erudito con muchos dones, que tenía un estilo claro y sencillo, fue el pionero en esta literatura. En 1589, comenzó una serie de libros populares escritos en estilo de sermón para promover la piedad puritana: A treatise tending unto a declaration, whether a man be in a state of damnation, or in the estate of grace [Un tratado que busca declarar si un hombre se encuentra en el estado de condenación, o en el estado de gracia] (1589); A Golden Chain [Una cadena de oro] (1590: una proyección calvinista del plan de salvación); Spiritual Desertions [La deserción espiritual] (1591); A Case of Conscience . . . how a man may know whether he be the child of God, or no [Un caso de conciencia (…) cómo un hombre puede saber si es hijo de Dios o no] (1592); Two treatises; of the nature and practice of repentance; of the conflict of the flesh and spirit [Dos tratados; de la naturaleza y la práctica del arrepentimiento; del conflicto entre la carne y el espíritu] (1593); y muchos otros (en las obras recopiladas de Perkins, las cuales llenan tres folios, hay 47 artículos diferentes).
Otros hombres continuaron lo que Perkins inició. Richard Rogers produjo una obra extensa, Seven Treatises . . . leading and guiding to true hapiness, both in this life, and in the life to come . . . the practice of Christianity . . . in the which, more particularly true Christians may learn how to lead a godly and comfortable life every day [Siete tratados (…) que nos llevan y nos guían hacia la verdadera felicidad, tanto en esta vida como en la venidera (…) La práctica del cristianismo (…) en los cuales, de manera más particular, los cristianos pueden aprender cómo llevar una piadosa y cómoda todos los días] (1603; quinta edición, 1630; versión reducida, The Practice of Christianity [La Práctica del cristianismo], o, An Epitome of Seven Treatises [Un paradigma de siete tratados], 1618). John Downame también escribió un folio, The Christian Warfare [La guerra cristiana] (1604). Las obras de Greenham aparecieron en folio en 1599, las de Perkins entre 1608 y 1609; y las de Dering salieron a la venta en 1597. Los folios eran para los libreros de los ministros, pero para los laicos se publicaban los cuartos y los octavos (es decir, libros de bolsillo) en abundancia: Las obras separadas de Perkins, ya mencionadas; los dos libros que fueron la dote de la esposa de John Bunyan, The Plain Man’s Pathway to Heaven [El sencillo camino del hombre hacia el cielo] de Arthur Dent (1601), y The Practice of Piety [La práctica de la piedad] de Lewis Bayly (cuadragésima edición, 1640); The Ten Commandments [Los Diez Mandamientos] de John Dod y Robert Cleaver (1603; decimonovena edición, 1635); y una gran cantidad de sermones expositivos en series temáticas. Inglaterra no había tenido literatura devocional de la que valiera la pena hablar hasta que comenzó esta corriente; por lo tanto, gracias a que escribían utilizando un lenguaje laico, el mismo lenguaje que usaban al predicar, los pastores pronto pudieron captar una gran cantidad de lectores, y la influencia de sus obras publicadas en la primera mitad del siglo XVII tuvo un alcance largo y profundo.
Podemos darnos una idea del impacto que los libros puritanos tuvieron durante dos generaciones si comparamos el ministerio de Greenham en Dry Drayton con el de Baxter en Kidderminster. Greenham trabajó durante veinte años (1570–90) prácticamente sin fruto; Baxter trabajó durante catorce (1641–42, 1647–60), con un grupo de personas «que casi nunca habían tenido una predicación avivada y seria entre ellos», pero a él se le permitió ver que la mayor parte de la ciudad, que constaba de unas 800 familias y 2 000 adultos fuertes, hiciera una profesión de fe significativa. «¡Oh, qué soy yo, un gusano sin valor (…) para que Dios me aliente en abundancia, cuando los reverendos instructores de mi juventud trabajaron cincuenta años seguidos en un solo lugar y apenas pudieron decir que habían convertido una o dos de sus Parroquias!»85 Los medios utilizados fueron esencialmente los mismos en ambos casos; Baxter también podría decir con verdad que había dedicado su tiempo a «predicar al Cristo crucificado para sí mismo y para las personas del campo», tanto desde el púlpito como de manera personal con los individuos; pero la Inglaterra de Baxter, ya estaba fermentada por dos generaciones de predicaciones y escritos religiosos puritanos, de manera que era un lugar muy diferente al que le tocó a Greenham. La que antes era tierra sin arar ya había sido ablandada, las semillas ya habían sido sembradas fielmente durante varias décadas, y ahora había llegado el momento de la cosecha. En ministerios como el de Baxter, el anhelo de ver a las comunidades convertidas, que había llevado a hombres como Greenham y Rogers a sus cargos pastorales, finalmente se estaba cumpliendo.
Aunque, espiritualmente hablando, el sol de la cosecha brilló con un gran resplandor en muchas partes de Inglaterra durante la época del Commonwealth, las nubes de tormenta pronto regresaron y la historia de los «escritores ingleses prácticos y fervorosos» no termina felizmente, sino que termina en medio de sombras muy oscuras. Los puritanos que llegaron al poder en la década de 1640, a pesar de su unanimidad en lo que respecta a la religión personal, no pudieron llegar a un acuerdo unánime en las cuestiones de política (por esa razón, Cromwell tuvo que convertirse en un dictador renuente, contrario a lo que él y la mayoría de la gente deseaba). Y de la misma manera, aunque estaban en la búsqueda de la gloria de Dios en su iglesia, no pudieron ponerse de acuerdo en cuestiones eclesiásticas (por eso Cromwell tuvo que establecer una independencia abiertamente pluralista de un tipo no episcopal, no sociniano, no romano —lo cual fue del agrado de muy pocos).
Además, la excentricidad y el fanatismo vinieron a entorpecer los planes puritanos. Ya que, cuando los pastores insistían en que la conciencia debía ser controlada por la Palabra de Dios, los líderes laicos citaban las Escrituras para instar a los hombres a seguir su «luz interior». Cuando los pastores enseñaban el arte de vivir en esta tierra a la luz de la eternidad, los fanáticos soñaban con la idea de ver el reino de los cielos establecido literalmente en la Inglaterra del siglo XVII. Cuando los puritanos exaltaban el oficio pastoral afirmando que la mente de Dios era expuesta a través de las palabras del predicador, la gente, cada vez que veía a un hombre que fuera suficientemente audaz y desinhibido, lo trataba como si sus palabras y sus ideas fueran dignas de ser esparcidas en público como inspiradas por Dios. Cuando los predicadores decían que el aprendizaje sin el Espíritu Santo no producía un entendimiento de las Escrituras, las personas pensaban que la educación no era necesaria para comprender el significado de la Biblia. Y cuando los pastores puritanos, quienes tenían una formación universitaria y contaban con una verdadera erudición teológica, hablaron en contra de las tendencias de los cuáqueros, los ranters, los muggletonianos, y muchos más, las personas les decían que estaban apagando el Espíritu.
Baxter veía algo satánico en el éxito que los impresores estaban alcanzando en medio de todo eso. En 1653, el escribió: «Confieso que (…) siento preocupación por la lujosa fertilidad de la prensa libertina de los últimos tiempos, pues la considero como un designio del enemigo que tiene la intención de abrumar y sepultar (…) a aquellos escritores excelentes, acertados, y piadosos, que en otro tiempo eran leídos regularmente por las personas».86 La confusión y la inestabilidad, tanto política como espiritual, se estaban extendiendo; el avivamiento puritano se estaba consumiendo; y después de que Cromwell murió, ya nada parecía estar bajo control. Por esa razón, era inevitable que, como una reacción natural, en 1660 ocurriera la Restauración de la monarquía y de la Iglesia de Inglaterra.
Para los pastores, todo eso resultó en miseria, ya que, las leyes vengativas del Código Clarendon se encargaron de infundir miedo, expulsarlos, y reprimirlos. Y debido a que estuvieron dispuestos a mantener diligentemente sus ministerios fuera de la Iglesia de Inglaterra, eran considerados como ministros ilegales, por lo que terminaron siendo encarcelados. Ellos vieron a la Iglesia de Inglaterra rendirse ante el latitudinarismo, el legalismo, la fe ligera y la moral relajada, al mismo tiempo que el país entero imitaba ciegamente a su alegre monarca. Los grandes teólogos pastorales —John Owen, Thomas Goodwin, John Howe, Richard Baxter, Stephen Charnock— escribieron sus mejores obras durante estos años, y también las maravillosas alegorías de Bunyan fueron escritas en este periodo. Pero debido a que los pastores no podían estar totalmente de acuerdo con la afirmación de que la Iglesia de Inglaterra era una iglesia «restaurada», se les prohibió la entrada a las universidades, tanto a ellos como a los jóvenes inconformistas, y eso significaba que no podrían seguir transmitiendo sus conocimientos a otros, para preservar su especie. Por lo tanto, las organizaciones inconformistas que comenzaron a tambalearse cuando entro en vigor la Ley de Tolerancia (1689), terminaron por caer dolorosamente, y nunca más volvieron a alcanzar la estatura puritana que las había precedido. Así que, cuando John Howe, el último gigante puritano, murió en 1705, el puritanismo había terminado.
3
Entre los escritores devocionales puritanos, Richard Baxter fue reconocido desde el principio por la «celestialidad» tanto de su contenido como de su forma. La claridad y la energía, el orden y el fervor, la sabiduría y la calidez, la amplitud y la profundidad, la fidelidad ministerial y la autoridad magistral se unen en todas sus producciones «prácticas y afectuosas». De hecho, sus escritos tuvieron esa pasión impactante desde que escribió su primer libro, El reposo eterno de los santos (el cual comenzó a escribir con la intención de dirigir sus pensamientos hacia las cosas de arriba, cuando pensó que estaba en su lecho de muerte): no solo porque el libro se centra íntegramente en aquello que siempre fue esencial para la piedad que vivió y enseñó, es decir, la esperanza de gloria que fortalece el corazón, sino porque la sublime oleada de su retórica trascendió todo lo que los estilistas puritanos habían logrado hasta ese momento (1649). La prosa isabelina puritana, como la mayoría del resto de la prosa isabelina, era una prosa muy ordinaria; por su parte, los escritores de principios del siglo XVII, tales como Richard Sibbes, Robert Bolton y John Preston tenían más color y viveza; sin embargo, la elocuencia de los escritos de Baxter era tan alta que proyectaba una sombra que era capaz de cubrir a los demás escritores. Su libro «Acerca del reposo «, como él solía llamarlo, se convirtió en un éxito en ventas y, de la noche a la mañana, catapultó su prominencia como escritor de textos acerca de la vida espiritual.
James Usher, el eminente cronólogo bíblico, ex arzobispo de Armagh, tenía un mismo corazón con esta escuela de escritores «prácticos y afectuosos» y apreciaba mucho la calidad de Baxter como exponente de la verdad devocional. Al reunirse con Baxter en Londres en 1654, presentó ante él un proyecto para el avance de la religión en Inglaterra, pues consideraba que Baxter estaba totalmente capacitado para llevarlo a cabo.
En ese breve encuentro que tuve con el reverendo siervo de Cristo, el obispo Usher, todo el tiempo fue demasiado insistente para conmigo, pidiéndome que escribiera un directorio para las diversas clases de cristianos profesos, algo que pudiera servir para instruir de manera particular y precisa a cada una de estas clases; comenzando con los inconversos, luego con los bebés en Cristo, y finalmente con los cristianos sólidos; incluyendo diferentes tipos de ayudas especiales para combatir toda la gama de pecados en los cuales son propensos a caer. Por la insistencia que mostró en nuestra primer reunión, yo me di cuenta de que era algo que había estado en su mente desde antes; y le dije que, en primer lugar, muchas otras personas ya habían abundado en ese tema, y en segundo lugar, que debido a que no conocía mis debilidades, él podía tener expectativas de mí que sobrepasaban mis capacidades reales. Pero él no se quedó satisfecho con mi respuesta, y siguió insistiendo con su petición…87
Tres años después, tras la muerte de Usher, Baxter se dio a la tarea de atender esa petición. En 1657 él escribió:
…he resuelto, con la ayuda de Dios, proceder en el siguiente orden. Primero, hablaré de los pecadores inconversos e impenitentes, los cuales todavía no tienen ninguna intención de volverse a Dios (…) y para ellos, en mi opinión, es necesario utilizar un discurso persuasivo que los despierte (…) Mi siguiente objetivo es enfocarme en aquellos que ya tienen alguna intención de volverse a Dios, y en ese sentido, mi intención será dirigirlos hacia una conversión verdadera y concienzuda, evitando que se conviertan en abortivos de la fe. La tercera parte consistirá en las direcciones para los cristianos jóvenes y los más débiles, las cuales tendrán la intención de afirmarlos en la fe, edificarlos, y preservarlos. La cuarta parte, son direcciones para los cristianos distantes y propensos a apartarse, para buscar su restauración segura. Además de eso, incluyo algunas persuasiones y direcciones breves en contra de ciertos errores particulares de estos tiempos, y en contra de algunos de los pecados mortales más comunes. En cuanto a las direcciones para, las conciencias dudosas y problemáticas, ya he hablado de eso en otro lugar.88 Finalmente, la última parte está destinada más especialmente a las familias, con la intención de darles dirección en lo que respecta a las diversas relaciones de los deberes familiares.89
En esa misma línea de pensamiento, durante los siguientes años, Baxter publicó: A Treatise of Conversion [Un tratado acerca de la conversión] (1657): A Call to the Unconverted [Un llamado a los inconversos] (1658); Directions and Persuasions to a Sound Conversion [Direcciones y persuasiones para la conversión sana] (1658); Directions for Weak, Distempered Christians [Direcciones para los cristianos enfermos y débiles] (1669); Crucifying the World by the Cross of Christ [Crucificando al mundo por la cruz de Cristo] (1658); Catholic Unity[Unidad católica] (1659); Self–Denial [La autonegación] (1660); The Vain Religion of the Formal Hypocrite Detected [La religión vana del hipócrita formalista detectada] (1660); The Mischiefs of Self–ignorance[Las consecuencias dañinas de la auto ignorancia] (1662); The Divine Life[La vida divina] (1664); The Life of Faith[La vida de fe] (1670); y el vademécum familiar fue incorporado al Christian Directory [Directorio cristiano] (1673), «probablemente el mejor cuerpo de teología práctica que está disponible en nuestro idioma o en algún otro», junto con el corto Poor Man’s Family Book [Un libro para la familia del hombre humilde] (1674) y el The Catechizing of Families[La catequización de las familias] (1683). Todos estos libros son un punto culminante en la escritura devocional puritana, y puede ser un punto de partida muy útil para orientar a aquellos que buscan encontrar el camino para adentrarse en el amplio mundo de la enseñanza espiritual puritana.
4
Hasta ahora, nuestro análisis histórico nos ha mostrado cuál era el objetivo general y el carácter de las publicaciones de estos «escritores ingleses prácticos y fervorosos». Lo que ahora nos compete hacer es presentar una guía introductoria para entender más de ellos y de sus libros. Y en ese sentido, hay dos puntos generales que nos ayudarán a abordarlos de manera correcta.
Primero, debemos tener en cuenta que la teología puritana práctica era la envidia de los protestantes continentales. Ya que, debido a que tenían que defender su vida teológica en contra de la Contrarreforma romana, y por causa de las incesantes guerras que los atormentaban y los herían, las mentes de las iglesias reformadas y luteranas tuvieron que estar completamente centradas en las controversias que ocurrían a su alrededor, y, por lo tanto, nunca tuvieron la libertad para profundizar en pensamientos acerca de su vida espiritual. En la «Advertencia» de su Christian Directory [Directorio cristiano], Baxter escribió:
Hace algún tiempo, muchos teólogos extranjeros presentaron una solicitud, que fue enviada por el Sr. [John] Dury, en la cual pedían que los ingleses enviáramos un resumen de nuestra teología práctica en latín, por lo cual, doce de nuestros grandes teólogos le escribieron al obispo Usher (…) para que les enviara una forma o un método. Sin embargo, ninguno de ellos se había podido tomar un tiempo para realizar ese encargo. Se dice que el único que había iniciado esa tarea era el obispo [George] Downame, pero lamentablemente murió en el transcurso. Si esa obra hubiera sido realizada, mi trabajo estaría de sobra. Pero debido a que nadie lo ha hecho, he realizado el siguiente ensayo.90
La gran estima que las iglesias continentales tenían por la teología práctica de los puritanos se puede deducir a partir del número de traducciones que se realizaron. El libro The Practice of Piety [La práctica de la piedad] se llevó a un gran número de idiomas europeos. Las obras en inglés de Perkins fueron traducidas en latín, holandés, español, irlandés (gaélico) y galés.91 Por su parte, Baxter fue leído en lugares tan lejanos como Polonia y Hungría,92 y con respecto a las traducciones de sus obras, él escribió en 1691:
Alrededor de doce de mis obras están traducidas en la lengua alemana; y los luteranos dicen que han sido beneficiados por ellas. Algunas están traducidas al francés; una de ellas fue traducida por el Sr. John Eliot al idioma de los nativos de la Nueva Inglaterra. Multitudes de personas testifican que esas obras han sido los medios para su conversión, y que la mayoría de la información contenida en ellas ha servido para su confirmación y consolación. Y mi esperanza es que estas obras produzcan un mayor beneficio para el mundo aun cuando yo esté muerto.93
El libro que se tradujo al idioma de los nativos americanos fue Call to the Unconverted[Un llamado a los inconversos]» que contiene ese tipo de «discurso persuasivo que los despierte» y del cual Baxter escribió en otro lugar:
En poco más de un año, había unos veinte mil ejemplares que fueron impresos bajo mi consentimiento, y después de eso se imprimieron unos diez mil, sin contar muchos millares de impresiones que fueron robadas (…) Por la misericordia de Dios, he sido informado de hogares en los que casi todos los miembros de la familia han sido convertidos a través de este pequeño libro, el cual yo había publicado sin darle mucha importancia: Y por si todo eso (en Inglaterra, Escocia, e Irlanda) no fuera una misericordia suficiente para mí, Dios (a partir de que fui silenciado) ha enviado el mensaje de este libro mucho más allá de los mares; porque después de que el Sr. Eliot imprimió la Biblia en el idioma de los indios americanos, tradujo este libro (…) Pero, además, Dios lo usaría aún más; porque el Sr. Stoop, el pastor de la iglesia francesa se complació en traducirlo al elegante idioma francés e imprimirlo (…) y espero que no sea infructífero allí; ni en Alemania, donde fue impreso en holandés.94
Si nos damos cuenta de que, en su época, los escritos prácticos puritanos fueron valorados en toda Europa (¡sin mencionar Escocia y Nueva Inglaterra!) eso nos puede servir como preparación para valorar estos escritos también.
En segundo lugar, deberíamos apreciar que esta literatura devocional, aunque es «popular» en el sentido de que fue expresada de manera simple y sin presuponer ningún conocimiento técnico, eso no significa que es «popular» en un sentido que reflejara algo trivial, crudo, teológicamente inapropiado, ignorante, inmaduro, o incompetente. El esnobismo moderno del aprendizaje, a través del cual los académicos profesionales se niegan a popularizarse, produce que los que están popularizados se vean obligados a pedir disculpas por no ser académicos profesionales; pero ese no era el síndrome de los escritores del siglo XVII. Los autores puritanos eran hombres eruditos, de mente firme, bien instruidos y académicos, conforme a la tradición de Perkins, a quien Thomas Fuller declaró acertadamente como el pionero que «humilló por primera vez las altísimas especulaciones de los filósofos en lo que respecta a la práctica y a la moral»,95 pero quién en su día también era conocido en toda Europa occidental como un destacado teólogo reformado de la talla de Teodoro de Beza. Para el clero puritano era un privilegio supremo y un deber principal el poder transmitir lo que sabían acerca de Dios, y hacerlo al nivel de la gente común, tanto en sus sermones como en sus escritos, y ellos consideraban que sus escritos prácticos, principalmente el material de sermones, eran tan importantes como cualquier otra cosa que hubieran escrito.
Como todo el mundo sabe, ellos fueron grandes controversistas en cuestiones de doctrina y también en materia del orden eclesiástico, pues ellos lo consideraban esencial para sus ministerios. Ellos afirmaban que los pastores son responsables de reprender la herejía y defender la verdad, para que sus miembros no se confundan, ni se debiliten ni sufran algo peor. La verdad bíblica es algo que alimenta al alma, pero el error humano es algo que mata, por esa razón, los pastores espirituales deben proteger la sana doctrina a toda costa. Como dijo John Owen:
A ellos [los pastores] les corresponde preservar la verdad o doctrina del evangelio, la cual ha sido recibida y profesada en la Iglesia, y su obligación es defenderla de todas las oposiciones en su contra. Existe un fin principal del ministerio (…) Pero el descuido pecaminoso de esa obligación es lo que ha causado que la mayoría de las herejías destructivas y los errores infesten y arruinen la iglesia. Muchos de los que tenían la obligación de preservar íntegramente la doctrina del evangelio, en su profesión pública de la misma, han hablado «cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos». De manera que hay obispos, presbíteros, y maestros públicos, que han sido los principales promotores de herejías. Por lo tanto, esta obligación, especialmente en este momento, en el que las verdades fundamentales del evangelio están siendo impugnadas por todos lados y por todo tipo de adversarios, tiene que ser atendida de una manera muy especial.96
Pero la controversia, aunque era una necesidad dolorosa cuando surgía algún error peligroso, no tenía ningún valor en sí misma, a menos que fuera vista y utilizada como un profiláctico en contra del mal. La única forma de edificar de manera positiva era a través de la exposición directa y la aplicación práctica de la verdad. Por lo tanto, no debería considerarse extraño que los intelectuales y académicos puritanos dedicaran sus mejores esfuerzos a la escritura práctica, viendo los resultados como la corona de sus esfuerzos, y esperando que estos escritos resultaran ser más útiles que cualquier otra cosa que ellos pudieran hacer.
Al darnos cuenta de que, detrás de la elaborada simplicidad de los libros prácticos puritanos se encuentra el cuidado y la competencia de los teólogos brillantes y profundamente instruidos, deberíamos estar dispuestos a estimar en alto el verdadero valor de esta literatura.
Los libros son medios de comunicación de los autores hacia sus lectores, y lo que los autores tienen que comunicar depende directamente de quién es el autor y cuál es su esencia como persona. Existen cinco cualidades positivas que hicieron que constituyeron a los autores puritanos y que les proporcionaron los elementos para plasmar el mensaje que aún es relevante para las personas que los leen hoy en día.
En primer lugar, ellos eran, como ya lo hemos visto, médicos del alma. Ellos valoraban la verdad revelada de Dios por su poder curativo en la vida de los pecadores, y para ellos, las discusiones meramente teológicas parecían ser ajenas a la verdadera naturaleza de la teología. Perkins habló en nombre de todos ellos cuando definió a la teología como «la ciencia de vivir adecuada y felizmente por siempre».97 Y añadió, diciendo: «existe una gran bendición que surge del conocimiento de Dios (Juan 17:3)». Por lo tanto, la teología es esencialmente una cuestión práctica, y se estudia mejor cuando se le da un enfoque que tiene una finalidad práctica directa (o existencial, como diríamos nosotros). Los comentarios de Baxter con respecto a su mala salud en su adultez temprana son significativos aquí:
¡Así me mantuve durante mucho tiempo, con un oído escuchaba los pasos de la muerte acercándose, y con el otro escuchaba los cuestionamientos de una conciencia llena de dudas! y desde entonces descubrí que este método de Dios era muy sabio, y que ningún otro método era mejor para mi bien (…) Eso me llevó a escoger ese método en mis estudios, y desde ese momento comencé a descubrir sus beneficios, aunque en ese momento no me sintiera satisfecho conmigo mismo. También me llevó a buscar primero el reino de Dios y Su justicia, a darle la mayor importancia a la única cosa necesaria; y a determinar primero cuál era mi fin último; por medio de eso terminé eligiendo o rechazando otros estudios, en conformidad a ese fin: Por lo tanto, la divinidad [teología] no sólo fue parte del resto de mis estudios, como si fuera igual que todos los estudios, sino que siempre tuvo el primer lugar y el más importante. Además, eso me llevó a estudiar primero la divinidad práctica, a través de los libros más prácticos, siguiendo un orden práctico; con el propósito de instruir y reformar mi propia alma. De modo que primero me dediqué a leer una gran cantidad de nuestros tratados prácticos en inglés, antes de dedicarme a leer otros cuerpos de divinidad, con la excepción de las obras de Ursine y Amesius…98
En otra parte, Baxter recomienda el mismo orden a los demás, y al hacerlo habla en nombre de los escritores «prácticos y afectuosos» como cuerpo. Ellos afirmaban que la verdad revelada de Dios es para promover una práctica que produzca beneficios en la salud espiritual; por lo tanto, la mejor manera de estudiar esta verdad es de forma práctica; así que, los pastores deben predicar y enseñar de esa manera. La doctrina del evangelio debe ser obedecida; y la verdad no sólo debe ser reconocida, sino que debe realizarse, en el sentido de hacer lo que ésta requiere de nosotros. De manera que, el teólogo más bíblico es aquel que es el teólogo más práctico, y viceversa; y a su vez, la manera más bíblica de teologizar es a través del estilo de predicación que contenga la mayor cantidad de aplicaciones y exhortaciones prácticas.
La verdad obedecida, decían los puritanos, producirá sanación. Y esas palabras encajan correctamente con la realidad, porque todos estamos espiritualmente enfermos —enfermos por causa del pecado, el cual es una enfermedad mortal en el corazón. Los inconversos están enfermos de muerte; mientras que los que han venido a Cristo, aunque han nacido de nuevo, siguen enfermos, sin embargo, van sanando gradualmente a medida que la obra de gracia continúa avanzando en sus vidas. No obstante, la iglesia es un hospital en el que nadie se encuentra completamente sano, y todos pueden tener una recaída en cualquier momento. Los pastores no son menos debilitados que otros, por medio de la presión del mundo, la carne, y el diablo; ellos son igualmente afectados por tentaciones de las ganancias terrenales, los placeres, y el orgullo, y como lo vamos a ver más plenamente en un momento, los pastores deben reconocer que aunque son los sanadores, ellos siguen estando enfermos y heridos, por lo tanto, necesitan aplicar las medicinas de la Escritura tanto a sí mismos como a las ovejas que están a su cargo en nombre de Cristo. Todos los cristianos necesitan la verdad de las Escrituras como medicina para sus almas, en cada etapa de sus vidas, y en ese sentido, la elaboración y la aceptación de las aplicaciones prácticas son equivalentes a la administración y a la ingesta del medicamento. La capacidad de aplicar terapéuticamente la verdad de Dios implica la capacidad previa de diagnosticar enfermedades espirituales, y esa capacidad de diagnóstico se adquiere primeramente por medio de la práctica de detectar y darle seguimiento a nuestros propios pecados y debilidades, sin embargo, también puede enriquecerse por otros medios secundarios. La frecuencia con la que los pastores puritanos lamentan su propia pecaminosidad no debe menospreciarse como una convención cultural trivial; más bien, eso debe ser una garantía para nosotros, como lo fue para sus primeros oyentes y lectores, es decir, es algo que nos garantiza que estos hombres sabían de lo que estaban hablando cuando buscaban «rasgar» nuestras conciencias (frase que ellos usaban), y cuando diagnosticaban nuestras enfermedades espirituales y prescribían un régimen de directrices bíblicas para nuestra cura. El secreto de su habilidad para sondear el corazón, clavar al pecado, y mostrarnos cómo el poder sanador de Cristo puede rescatarnos del mal moral y espiritual, radicaba principalmente en su propia auto examinación y su auto conocimiento delante de Dios.
En segundo lugar, ellos eran expositores de la conciencia. Sus escritos prácticos siempre son exposiciones de las Escrituras, dirigidas a los fines que las Escrituras mismas establecen: «para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir [nutrir y entrenar] en justicia» (2 Timoteo 3:16). La hermenéutica puritana, aprendida de la Escritura misma (más precisamente, del uso que el Nuevo Testamento le da al Antiguo), era una hermenéutica que les permitía ver los siguientes aspectos: (1) cómo la palabra escrita nos muestra la naturaleza y las relaciones mutuas entre Dios y los hombres, (2) la forma en la que se vuelve real la relación de pacto de amor en Cristo, y (3) cuál es la manera de vivir una vez que esa relación es una realidad. El método expositivo puritano consistía en establecer las doctrinas —es decir, los principios concernientes a la relación en Dios y nosotros— que estaban implícitas en sus textos, para después aplicarlas. Por esa razón a los escritores se les llamaba «prácticos». Sus aplicaciones estaban dirigidas hacia la conciencia, es decir, presentaban razonamientos prácticos y autocríticos: razonamientos que nos llevan a cuestionarnos con respecto a nuestras obligaciones, nuestras deficiencias, y el estado presente de nuestra relación con Dios. Los puritanos creían que esa era la forma bíblica de exponer las Escrituras, y recurrían al Espíritu Santo en busca de la ayuda para honrar a las Escrituras: por medio de proveerle a la audiencia un buen entendimiento y una convicción de la verdad divina que está siendo expuesta, despertando en ellos un proceso de autocrítica, y proveyéndoles las respuestas apropiadas para respaldar el veredicto al que se ha llegado a través de la exposición bíblica. Estas respuestas abarcaban todas las áreas de la fe, la esperanza y el amor; el arrepentimiento, la humildad y desconfianza hacia uno mismo; la autonegación, la devoción privada y la obediencia; la alabanza, la acción de gracias, la súplica y la adoración; además de los diversos «afectos» resolutivos (no sólo oleadas de emoción pasajera, sino afectos que consolidan las inclinaciones de corazón con un énfasis experiencial) que contribuyen a la comunión y a la unión real con Dios. Su énfasis en la importancia de estos afectos resolutivos, y sus esfuerzos constantes por estimularlos y fortalecerlos (alegría, tristeza, deseo, temor, y muchos otros, todos enfocados hacia un objeto apropiado), explica por qué estos escritores eran llamados «afectuosos».
Y dentro de la hermenéutica puritana estaba incrustada una creencia, la cual había sido argumentada de una manera tan exitosa por los reformadores, que sus sucesores ingleses pudieron darla por sentada y ponerla en práctica, y esa era la creencia de que, la justificación por gracia y por fe a través de los méritos de Cristo, era como un prisma dado por Dios, a través del cual tenían que ser pasadas todas las Escrituras, para poder ver plenamente cuál era la luz y la verdad que éstas tenían para nosotros. William Tyndale, quien, en éste como en muchos otros asuntos, puede ser llamado el abuelo de la teología práctica puritana, explicó la afirmación anterior de la siguiente manera:
Por lo que estos dos puntos, es decir, la ley interpretada espiritualmente, entendiendo cómo es que aquello que no es hecho con un amor sincero desde lo profundo del corazón es un pecado condenable (…) y el hecho de que las promesas que han sido dadas al alma arrepentida que tiene sed de ellas y clama por ellas ante la misericordia paternal de Dios, sólo a través de nuestra fe, sin tener mérito alguno por nuestras obras, sino sólo por Cristo y por los méritos de Sus obras (…) yo considero que, si esos dos puntos están escritos en tu corazón, serán la llave que abrirán las Escrituras ante ti…99
Y las directrices para el estudio de las Escrituras continúan. Tyndale hace referencia a 2 Timoteo 3:16; Romanos 15:4; y 1 Corintios 10:11, y procede diciendo:
Por lo tanto, busque en las Escrituras, conforme las va leyendo, primero la ley (lo que Dios nos manda hacer); y después las promesas (…) en Cristo Jesús nuestro Señor. Luego busque ejemplos, primero de consuelo, cómo Dios purga a todos los que se someten a caminar en Sus caminos, en el purgatorio de tribulación (…) nunca queriendo que ninguno de ellos perezca, sino que se aferren a Sus promesas. Y finalmente note los ejemplos que están escritos para infundir temor a la carne, para que no pequemos; es decir, cómo es que Dios soporta a los pecadores impíos y perversos, permitiendo que continúen en su maldad (…) los cuales endurecen sus corazones contra la verdad, y como consecuencia, Dios los destruye por completo.100
Y continúa instruyendo:
para que pueda usted tomar las historias y las vidas que están contenidas en la Biblia como ejemplos seguros e indubitables de que Dios tratará con nosotros hasta el fin del mundo.101
Una vez que esos principios son aplicados, de acuerdo con Tyndale, las Escrituras se interpretarán a sí mismas: «La Escritura da cuentas de sí misma, y siempre se expone a sí misma por medio de otro texto abierto».102 La llave es la justificación por la fe, y la puerta (como es de esperarse) es la epístola a los Romanos. «Una luz y un camino hacia la Escritura completa», como Tyndale la llama, y traduce el veredicto de Lutero al respecto: «una luz brillante, y suficiente para alumbrar toda la Escritura».103 Estos principios exegéticos fueron transmitidos a la hermandad puritana por Perkins, quien estableció que, si uno comenzaba a estudiar Romanos y continuaba con el Evangelio de Juan, tenía la clave para entender toda la Biblia.104 En ese sentido, los estudios más detallados nos demuestran que, prácticamente estos principios tienen un estado axiomático en toda exégesis puritana.
Los recuentos puritanos acerca de la fe —la fe que trae justificación y por la cual los cristianos viven cada día— no son uniformes en todos los aspectos. Todos los escritores están de acuerdo en que la fe es más que una simple creencia de hechos conocidos, pero cuando intentan mostrar qué más es, sus definiciones divergen un poco. Perkins, consciente de la manera en la que los reformadores utilizaban las Escrituras para correlacionar la fe con el testimonio del Espíritu en las promesas de Dios, llegó a la conclusión de que la esencia de la fe está en la seguridad aplicativa, la cual veía como un ejercicio de la mente; Ames, su discípulo, consciente de la manera en la que los reformadores usaron la Escritura para presentar al Cristo vivo, crucificado y resucitado, como el objeto de la fe, y evidentemente influenciado por la perspectiva voluntarista de los Arminianos, con quienes debatía constantemente, concluyó que la esencia de la fe reside en recibir y confiar personalmente en Cristo a través de los términos del pacto, lo cual él veía como un ejercicio de la voluntad; y la mayoría de los recuentos puritanos que se escribieron después de Ames, y posiblemente también antes, incluyen ambos elementos.105 Pero todos los puritanos ven la fe como algo que involucra la conciencia, es decir, el juzgarse a sí mismo en la presencia de Dios a la luz de la verdad bíblica, y por lo tanto, estructuran todas sus exposiciones bíblicas con el propósito de inducir y nutrir la fe, utilizando directrices prolongadas y apelaciones a la conciencia. Un ejemplo típico de esta disciplina mental consciente en este asunto es la directriz de John Owen al comienzo de su gran y complejo tratado The Doctrine of Justification by Faith[La doctrina de la justificación por la fe]:
Es la dirección práctica de las conciencias de los hombres, en su aplicación a Dios por Jesucristo, para la liberación de la maldición debida al estado apóstata, y para la obtención de la paz para con Él (…) eso es lo único para lo cual está destinado el manejo de esta doctrina (…) Y no podemos tratar esta doctrina de manera segura o útil, sino únicamente en lo que respecta a los mismos fines para los cuales es declarada, y para los cuales se aplica en la Escritura, no debemos (…) apartarnos de atender este caso y su resolución, en todos los discursos de este asunto. Porque nuestra obligación con respecto a la función de esta doctrina es buscar la instrucción, la satisfacción, y la paz de las conciencias de los hombres, en lugar de ocuparnos en las nociones curiosas y las disputas sutiles.106
Y esto sucedía no solamente respecto a la justificación, sino que en todas las cosas, desde el principio hasta el fin, la consideración puritana del enfoque, ejercicio y fruto de la fe, se estructuraba en términos de la conciencia que recibe la Palabra de Dios, y que por Su luz, emite un juicio propio equivalente al de Dios, y considera que su propio estado delante de Él puede ser, o es en misericordia de pacto mediante Cristo. Eso explica por qué, en esa época, ellos a menudo eran llamados «experimentales», y nos aclara a qué se referían cuando hablaban de la «experiencia» cristiana. En ese sentido, no usaban esa palabra para referirse a todos los estados de conciencia y emoción como tales; la usaban con cuidadosa precisión para referirse a todo lo que está relacionado con vivir la vida de fe, a través del ejercicio de conciencia en la palabra de Dios. Y cuando hablaban acerca de la experiencia, tampoco se referían a su propia experiencia como un punto de referencia; en realidad, lo que hacían era leer la Biblia como un libro de experiencia normativa, sin dejar de considerar que también es un libro de doctrina normativa. Así que, cuando hacían eso, estaban en busca de un ideal que era un tesoro peculiar del biblicismo agustiniano, el cual estaba presente en el mismo Agustín, en San Bernardo, en los reformadores, en los puritanos originales, o en los puritanos de los últimos días tales como C. H. Spurgeon y Martyn Lloyd–Jones. De manera que, lo que los agustinos ven, en contraste con lo que otros no ven, es que aquellos documentos bíblicos en los que los escritores transmiten su enseñanza al contar su experiencia, son textos que deben establecer estándares de experiencia espiritual y estándares de verdad divina, y deben exponerse de tal manera que se enfaticen y se hagan cumplir tanto los unos como los otros. Si, en particular, la enseñanza apostólica ha de ser presentada como definitiva, también lo debe ser la experiencia apostólica, ya que los apóstoles regularmente cuentan su doctrina en términos de su efecto en sus propias vidas, y la respuesta de sus propias conciencias ante ella: una y otra vez, tanto su mensaje como su experiencia se expresan en términos que se relacionan unos con otros. (Para ilustrar esto, podemos considerar Romanos, 2 Corintios, Gálatas, Filipenses y 1 Juan como ejemplos). Aquí hay otro asunto sobre el cual es apropiado decir: lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.
En ese sentido, los puritanos eran verdaderamente ejemplares. Al estudiar las epístolas del Nuevo Testamento, los Salmos y los «ejemplos» de fe y fidelidad y sus contrapartes en ambos Testamentos, los puritanos, además de elaborar una completa serie de formulaciones de la doctrina de la gracia de Dios, también formularon una serie de experiencias distintivas que deberían resultar de cada una de esas doctrinas; y así como aprendieron a refutar herejías y corregir errores que estaban distorsionando el evangelio apostólico, también aprendieron a diagnosticar y prescribir tratamiento, no como los curanderos charlatanes (que eran «empíricos ciegos» como los llama Holland, los cuales causan estragos en el alma que son mucho más severos que los estragos causados por los curanderos corporales) sino como verdaderos médicos con una base teórica adecuada para respaldar los diagnósticos y los remedios que ofrecen. Aquellos que ven a los reformadores como quienes le han dado a la iglesia las formulaciones clásicas de la doctrina de la gracia salvadora de Dios, deberían reconocer a los puritanos como exponentes clásicos, por su comprensión de la fe y la conciencia, y por la aplicación de esa doctrina a las necesidades espirituales humanas. Si los reformadores son los teólogos clásicos, entonces los puritanos tienen que ser los guías espirituales y pastores clásicos, eso es algo que cualquiera puede descubrir casi inmediatamente después de empezar a leer sus escritos.
En tercer lugar, los puritanos eran educadores de la mente. En este punto hago referencia a su método de enseñanza. Durante los siglos XVI y XVII se le dio mucha importancia a la teoría educativa, de manera que los pastores puritanos como cuerpo tenían una técnica educativa bien planificada, y eso es justo lo que ahora vamos a explorar.
El punto de partida fue su certeza de que la mente debía ser instruida e iluminada antes de que la fe y la obediencia fueran posibles. «La ignorancia constituye casi cada error», escribió Baxter, y una de sus máximas favoritas sobre la predicación era: «primero la luz, después el calor». El calor sin luz, es decir, la pasión en el púlpito sin precisión pedagógica, no le serviría a nadie. Para ellos, si los congregantes de la iglesia demostraban una falta de disposición para aprender la fe y aceptar la instrucción de los sermones, eso era una señal segura de la falta de sinceridad que había en sus corazones. «Si alguna vez llegan a ser convertidos, esfuércense por hallar el verdadero conocimiento», le dijo Baxter a su congregación de la clase trabajadora, y cuando ellos se comportaron como las congregaciones modernas y objetaron diciendo: «nosotros no somos personas letradas, y por lo tanto, Dios no exigirá mucho conocimiento de nosotros», él respondió de la siguiente manera:
(1) Todo hombre que tenga un alma capaz de razonar debe conocer al Dios que lo creó; y saber el fin por el cual debe vivir; y conocer el camino hacia su felicidad eterna, y eso es una realidad tanto para ustedes como para los más eruditos: ¿acaso sólo los hombres letrados tienen la necesidad de que sus almas sean salvadas para que no se pierdan? (2) Dios les ha aclarado Su voluntad en Su Palabra; Él les ha dado maestros y muchas otras ayudas; para que no tengan excusa si son ignorantes; y aunque no sean eruditos tienen la obligación de saber cómo ser cristianos. Ustedes pueden encaminar sus almas hacia el cielo en su lengua materna, aunque no tengan conocimientos del hebreo o del griego; pero si permanecen en la oscuridad de la ignorancia nunca van a encontrar el camino. (3) …Por lo tanto, si ustedes creen que pueden permanecer privados del conocimiento, también pueden creer que estarán privados del amor y de toda obediencia; porque no puede haber ni amor ni obediencia sin conocimiento (…) Si en lo que respecta a la disposición de obtener el conocimiento de Dios y las cosas celestiales tuvieran la misma disposición que tienen para adquirir el conocimiento necesario para trabajar en sus negocios, entonces hoy mismo antes de que empezara el día se habrían encargado de buscar ese conocimiento, y no habrían escatimado en costos ni esfuerzos hasta que lo hubieran obtenido. Pero ustedes consideran que siete años es apenas el mínimo suficiente para aprender un oficio, y no están dispuestos a apartar un día entre siete para aprender diligentemente acerca de los asuntos de su salvación.107
Y en otra parte les dijo:
Si el cielo es algo demasiado alto como para que ustedes piensen en él, y se preparen para entrar en él, entonces también será algo demasiado alto como para que lo posean.108
Todos los puritanos consideraban que los sentimientos religiosos y las emociones piadosas sin conocimiento eran algo peor que inútil. Para ellos, sólo después de haber sentido la verdad, era posible que las emociones se volvieran de alguna manera deseables. Cuando los hombres sentían y obedecían la verdad que conocían, eso se consideraba como una obra del Espíritu de Dios, pero cuando ellos eran sacudidos por sentimientos sin conocimiento, eso era considerado como una señal segura de que el diablo estaba obrando, ya que los sentimientos divorciados del conocimiento, junto con la urgencia por actuar en la oscuridad de la mente, ambas cosas eran consideradas tan dañinas para el alma como lo era el conocimiento sin obediencia. Entonces, la enseñanza de la verdad era la tarea principal del pastor, y de la misma manera, el aprendizaje de la verdad era la tarea principal del laico.
¿Pero de qué manera debía ser enseñada la verdad? Principalmente, desde el púlpito, por medio de un análisis sistemático y una aplicación bíblica de los textos, y todo eso era abordado como declaraciones del Espíritu Santo. El método básico fue establecido por Perkins en su obra The Art of Prophecying [El arte de profetizar]. El predicador tiene la obligación de ser un siervo del texto, convirtiéndose en un simple portavoz de su mensaje. Lo primero que debe hacer es parafrasear el texto, dar la «conexión» (contexto) y señalar su estructura y sus componentes, es decir, «dividir» el pasaje: y todo eso para asegurarse de que sus lectores entiendan el significado general y el alcance que estaba en la mente del escritor bíblico. Después tiene que extraer una o más proposiciones doctrinales que están afirmadas, implicadas, presupuestas, o ejemplificadas en el texto. Por ejemplo, Arthur Hildersam a partir del Salmo 51:1–2 «plantea» las siguientes tres «doctrinas»:
Que el pueblo de Dios, cuando está en aflicción, debe correr a Dios en oración y buscar consuelo de esa manera; que el perdón del pecado es más deseable que la liberación de los juicios más grandes que nos pueden sobrevenir; que aún los mejores siervos de Dios no tienen ningún fundamento para buscar el favor de Dios para el perdón de sus pecados, sino solo el fundamento de la misericordia del Señor.109
John Owen, a partir de la segunda mitad de Romanos 8:13, plantea estas tres doctrinas:
Los creyentes más selectos, quienes tienen la seguridad de que han sido librados del poder condenatorio del pecado, aún deben ocuparse todos los días en la mortificación del poder del pecado interno; El Espíritu Santo (…) es el único suficiente para esta obra (…); El vigor, el poder y el conforte de nuestra vida espiritual dependen de nuestra mortificación de las obras de la carne.110
El libro de Baxter A Call to the Unconverted [Un llamado a los inconversos] es una extensa exposición de siete doctrinas derivadas de Ezequiel 33:11:
Es una ley inmutable de Dios, que los impíos vivirán si se vuelven; Dios se complace en la conversión y la salvación de los hombres, pero no se complace en su muerte o condenación (…); Eso es una verdad innegable, que (…) Dios (…) ha confirmado (…) solemnemente por Su juramento; El Señor reitera Sus mandamientos y persuasiones a los impíos para que se vuelvan; El Señor condesciende al razonar el caso con ellos, y les pregunta a los malvados, ¿por qué moriréis? Si después de todo esto, los malvados no se vuelven, Dios no dejará que pase mucho tiempo antes de que perezcan, pero perecerán por sí mismos (…) ellos morirán porque quisieron morir.111
Una vez que estas doctrinas eran establecidas, los predicadores procedían a «probarlas» por medio de un análisis más profundo del texto, además de apelar a otros pasajes de la Escritura; ellos también tenían la obligación de «aclarar» los posibles malentendidos y dificultades del texto y «confirmar» la veracidad del texto ante las objeciones que pudieran surgir en la mente de los oyentes. Por otra parte, los predicadores debían llevar la «doctrina» hacia la aplicación o «uso». Por lo general ellos subdividían la aplicación en varios «usos» particulares, es decir, los diferentes usos de la información, a través de los cuales la verdad se aplicaría para instruir a la mente y moldear el juicio, de modo que el hombre pudiera aprender a ajustar sus pensamientos y opiniones en conformidad a la mente revelada de Dios. Entre estos usos se encontraban: los usos de exhortación o de disuasión, mediante los cuales le mostraban al oyente qué hacer y qué no hacer a la luz de una doctrina; los usos de lamentación y persuasión, mediante los cuales el predicador intentaba que los oyentes fueran conscientes de la necedad ciega de aquellos que no responden a la gracia de Dios que era demostrada en la doctrina, con el objetivo de despertar en ellos la intención de actuar en respuesta a esta gracia; los usos de consolación, mediante los cuales la doctrina era mostrada como una respuesta a las dudas y la incertidumbre; los usos de juicio, o de auto examinación, mediante los cuales el predicador llamaba a la congregación a juzgar su propia condición espiritual a la luz de una doctrina (la cual, por ejemplo, podía declarar una de las marcas de un hombre regenerado, o alguna obligación o privilegio del cristiano); y muchos otros tipos de usos. Los detalles particulares de este método expositivo pudieron haber variado, pero siempre dentro de los conceptos de la doctrina y los usos. En ese sentido, John Owen comentó: «Si un sermón no tuviera doctrina y uso, sería un sermón muy burdo».112
La aplicación siempre debe ser relevante, de lo contrario lo único que tendríamos en los sermones sería un histrionismo hueco, y debido a que las congregaciones contienen personas con muchas condiciones espirituales diferentes, se debe presentar una amplia gama de aplicaciones constantemente. Siempre debe haber algo de aplicación para cada oyente. Perkins les ofrece a los predicadores una cuadrícula de siete partes para planificar sus aplicaciones.113 En primer lugar, él dice que el predicador se va a encontrar con «no creyentes: sin conocimiento y sin disposición a ser enseñados»; para los cuales propone la estrategia de «reprender en ellos algunos de sus pecados notorios, para que, siendo perforados y aterrados en sus corazones, se vuelvan personas con mayor disposición para ser enseñados». En segundo lugar, habla de que los «no creyentes, sin conocimiento, pero con disposición para ser enseñados», quienes necesitan ser instruidos con las doctrinas fundamentales del evangelio, de preferencia, a través del uso de las preguntas y respuestas del catecismo (un medio de instrucción puritana que tiene muchas ventajas) como ayuda complementaria después de los sermones. En tercer lugar, habla de las «personas con un poco de conocimiento y que no son humildes»: quienes necesitan escuchar la manera en la que la ley de Dios los condena. En cuarto lugar, las «personas humildes»: quienes necesitan escuchar «las doctrinas de la fe y el arrepentimiento, junto con las consolaciones del evangelio». En quinto lugar, las «personas que creen»: quienes necesitan ser cimentados en «(1) las doctrinas relacionadas con el evangelio: la justificación, la santificación y la perseverancia. (2) En la ley sin su maldición, a través de la cual se les debe enseñar a dar frutos dignos de arrepentimiento procedentes de una obediencia renovada». En sexto lugar, las «personas que han caído», ya sea con respecto a la fe o a la verdadera justicia: quienes necesitan « ser instruidos en esa doctrina de la que se han desviado hacia el error (…) siendo persuadidos e inculcados (o en un sentido, siendo azotados) tanto con la doctrina del arrepentimiento, como con un afecto fraternal». Y en séptimo lugar, menciona a «las personas mezcladas, un grupo mixto que se congrega en nuestras iglesias» (esto era cierto. La asistencia a la iglesia era requerida por la ley durante el reinado de Isabel. Existía una cuantiosa multa de un chelín para la primera vez que uno faltaba a la iglesia, la cual se incrementaba si uno repetía la ofensa de faltar. Esta ley, cuyo propósito era acabar con los recusantes católicos, provocó que los pastores tuvieran una audiencia cautiva constantemente, sin embargo, eso no quería decir que siempre fuera una audiencia despierta), ¿qué se recomienda hacer en esos casos? Que los predicadores cambien sus tipos de aplicaciones de manera constante. Luego entonces, las aplicaciones serán relevantes para varios oyentes, y así, el pozo de material para las aplicaciones nunca se quedará sin agua. Muchas formas y niveles de aplicaciones para hacer que uno «regrese a casa» (expresión utilizada por Alexander Whyte) pueden extraerse por inferencia de casi cualquier texto que el predicador esté utilizando.
Y debido a esto, y a causa de que de un mismo texto era posible derivar muchos puntos de doctrina diferentes, y además, ya que una vez que las doctrinas eran introducidas, ellos tenían la inclinación a sentir la necesidad de dar una explicación completa y exhaustiva para evitar malas interpretaciones, los predicadores puritanos podían «quedarse parados» en el mismo texto y usar ese mismo texto para muchos sermones consecutivos, y permanecer con un solo pasaje durante meses o incluso años. Ver el resultado de eso en su forma impresa es algo desalentador para el ojo moderno: el despliegue de tantos títulos y subtítulos es algo imponente, y uno termina fácilmente sintiéndose abrumado. Pero una de las razones principales por la que estas exposiciones nos dejan abrumados, es porque están controladas por un interés muy fuerte por la Biblia como un todo, con mucha más intensidad de lo que estamos acostumbrados. Mientras nosotros estamos acostumbrados a concentrar toda nuestra atención en el flujo de un solo pasaje sin hacer muchas alusiones a otras partes de las Escrituras, los expositores puritanos se esforzaban por mostrar cómo cada pasaje se refleja y se vincula con la enseñanza del resto de la Palabra de Dios. Además, una segunda razón por la que nos sentimos abrumados es porque, nuestra manera de presentar un tema es dar por sentado una ignorancia total e iniciar a construir de manera inductiva a partir de un punto de partida dado; pero los puritanos daban por sentado un conocimiento previo del tema y comenzaban a desglosarlo a través de un análisis transversal. La afirmación de Petrus Ramus, un educador protestante francés del siglo XVI, de que el análisis dicotómico era la mejor manera de entender cualquier tema, llevó a muchos puritanos a «dividir» de esa manera los textos y a explicarlos con lujo de detalle desde el púlpito, bajo el supuesto de que eso haría que todo lo que expusieran fuera claro y memorable. Confiamos que verdaderamente fue así para las personas de entonces, pero no podemos negar que para nosotros la lectura de los tratados puritanos en un inicio resulta ser muy compleja. Sin embargo, el ir anotando los encabezados mientras leemos, puede ayudarnos bastante para seguir la estructura de sus presentaciones en nuestras mentes.
Este método analítico puritano es la razón por la cual las exposiciones puritanas eran tan extensas: 6 000 páginas (en formato de cuarto) de Joseph Caryl acerca del libro de Job; más de 2 000 de John Owen (tamaño folio) acerca de la carta a los Hebreos; 152 sermones de Hildersam sobre el Salmo 51:1–7; más de 800 páginas (con letra pequeña en todas las ediciones modernas) de William Gurnall en su Tratado de Efesios 6:10–20, titulado: El cristiano con toda la armadura de Dios; ¡etcétera! Lo que llevó a los puritanos escribir de una manera tan extensa, fue su pasión por la minuciosidad al extraer todas las doctrinas y desarrollar todas las aplicaciones. Claramente, una vez que comenzaron a extraer implicaciones y aplicaciones, les resultó difícil detenerse. Sin embargo, su variedad de temas es excelente, y muy pocas veces repiten las mismas ideas, por otra parte, la sensación de que comienzan en el medio en lugar de al principio es algo que se olvida fácilmente a medida que continúas leyendo, y finalmente, una vez que atrapan tu interés es muy difícil que éste se desvanezca. Y si hubiera quienes me dijeran que no creen eso, yo les respondería: ¡Gustad y ved!
En cuarto lugar, los puritanos eran encargados de hacer cumplir la verdad. Este punto tiene que ver con la forma de sus palabras. Ellos le dieron la espalda a los aires de grandeza que se ganaban los predicadores «ingeniosos» de gran reputación en la corte o en Oxford y Cambridge. Por lo que, ellos en lugar de eso, escogían un estilo sencillo, directo, y solemne, que a su vez era vivaz y sin pretensiones, y ese era el estilo que tenían sus mensajes; pero esa sencillez estaba acompañada con poder. Perkins dio de qué hablar en Cambridge al predicar resueltamente de esta manera simple y lúcida; algunos que lo escucharon lo describieron como «un hombre vacío y estéril, y un académico insignificante y mezquino»114, pero cuando Thomas Goodwin fue a Cambridge en 1613, encontró el recuerdo del ministerio de Perkins todavía vivo, a pesar de que su muerte había ocurrido 11 años atrás. Al principio, Goodwin había propuesto en su corazón convertirse en un predicador «ingenioso» como el Dr. Senhouse de Saint John’s, cuyos sermones eran «el más eminente y variado fárrago de flores de ingenio en comparación con cualquiera de los padres, los poetas, las historias, o cualquier clase de texto que pudiera tener plasmada la elegancia del ingenio». Sin embargo, después de su conversión, renunció a tal presunción.
Llegué a tomar esta resolución como un principio de vida, que predicaría palabras íntegras y sanas, sin recurrir a los artificios y la vanidad de la elocuencia (…) Yo (…) me he mantenido en ese propósito y práctica durante estos 60 años [Goodwin estaba escribiendo esto al final de su vida]. He predicado lo que considero que ha sido verdaderamente edificante, tanto para la conversión de las almas como para prepararlos en el camino a la vida eterna.115
Eso era algo típico en esa época. Los puritanos como cuerpo tenían claro que el trabajo del predicador no era presumir su propio conocimiento, sino mostrar la gracia de Cristo, diseñando sus sermones con la intención de buscar el beneficio de otros, en lugar de buscar aplausos para sí mismo. Por lo tanto, la predicación puritana giraba en torno a las tres erres de la religión bíblica: ruina, redención, regeneración, y vestía a estas verdades del evangelio con el vestido formal de la simplicidad instruida.
En el prefacio de su Treatise on Conversion [Tratado sobre la conversión], Richard Baxter busca desarmar a los escarnecedores del «estilo sencillo» al explicar que en los sermones que constituyen su tratado «tenía el deber de predicar no solo a una audiencia popular, sino también a la parte más ignorante y torpe de la audiencia». Y después continúa:
Las palabras más sencillas son la oratoria más provechosa que se puede utilizar para tratar los asuntos de mayor importancia. Las palabras finas sirven para adornar, y las palabras delicadas, para deleitar a la gente; (…) y cuando estas dos clases de palabras se unen, para el oyente (…) o para el lector se vuelve muy difícil observar el asunto principal en medio de todos los adornos y las delicadezas, y es casi imposible hacer que la audiencia no se desvíe del tema (…) también es imposible escuchar o leer un discurso meticuloso, breve, y sentencioso, sin ser lastimado por él; porque eso a veces estorba la función del tema, y mantiene al corazón lejos de lo que es importante, y lo detiene por causa de tanta sofisticación, y hace que el corazón se vuelva tan ligero como ese estilo. Ninguna persona se porta con galantería y delicadeza cuando tiene que correr a apagar un incendio, y cuando vemos a una persona en riesgo no le pedimos que salga de ahí con palabras elocuentes. Cuando vemos que una persona cae en el fuego o en el agua, ninguno de nosotros levanta gentil y delicadamente a esa persona (…) Nunca olvidaré el placer que sintió mi alma, cuando Dios avivó mi corazón por primera vez con estos asuntos, y cuando recién ingresé a la seriedad en la religión: cuando leí un libro como el de los sermones del obispo [Lancelot] Andrewes , o cuando escuché ese tipo de predicación, no sentí vida en ella; pensé que estaban jugando con las cosas santas (…) Pero fue ese predicador sencillo y apremiante el único que parecía producir en mí una tristeza buena (…) y el hablar con vida, con luz, y con peso: y fueron ese tipo de escritos los que resultaron extremadamente placenteros y agradables para mi alma. Y sin embargo, debo confesar que, aunque en ese tiempo no podía digerir la exactitud y la sobriedad de esos mensajes como lo hago ahora, aun así, valoro la seriedad y la sencillez: y cuando estoy escuchando o leyendo, siento en mí mismo un desprecio por ese ingenio en la predicación, pues lo veo como una tontería orgullosa, que tiene un sabor a liviandad, y que tiende a evaporar verdades que tienen un peso importante, convirtiéndolas en fantasías y manteniéndolas alejadas del corazón. Así como un actor de teatro, o un bailarín de las danzas Morris, son diferentes a un soldado o a un rey, también existe una gran diferencia entre esos predicadores y los verdaderos ministros fieles de Cristo; pues debido a que estos hombres parecen más jugadores que predicadores en el púlpito, por lo general sus oyentes más bien van a jugar con un sermón en lugar de ir a escuchar un mensaje del Dios del cielo acerca de la vida o la muerte de sus almas.116
La «noble negligencia» del estilo de Baxter, que se puede ver reflejada en parte a lo largo de la cita anterior, no debe tomarse como un ejemplo determinante para indicar que la prosa puritana era de alguna manera una prosa negligente. El estilo latinizado de Owen es tortuosamente exacto, al igual que el enmarañado estilo «familiar» de Goodwin; por su parte, Baxter y Bunyan escribieron con una prosa religiosa llena de fuerza y sagacidad, de una manera tal que, desde sus días hasta la actualidad, nunca ha sido igualada, ni mucho menos superada; mientras que William Perkins, Richard Sibbes, Thomas Watson, Thomas Brooks, Thomas Manton y William Gurnall (sin tener que buscar más) son modelos de lucidez pulcra y ordenada, todos ellos salvo Perkins quien sobreabundaba en el uso de analogías e ilustraciones vívidas. Según los estándares de nuestros días, la franqueza casera de estos hombres no es considerada en lo absoluto como «elocuencia»; pero las expresiones y modismos que ellos utilizaban eran escogidos con propósitos muy bien definidos, y en ese sentido, John Flavel expresó muy bien, aunque de manera sentenciosa, las razones detrás de todo eso:
Un estilo crucificado es el adecuado para los predicadores de un Cristo crucificado (…) La prudencia escogerá las palabras más sólidas, en lugar de las más floridas (…) Las palabras no son más que sirvientes en cada asunto. Una llave de hierro, que se ajusta a la forma de la cerradura, es más útil que una llave de oro que no puede abrir la puerta del tesoro (…) La prudencia echará fuera miles de palabras refinadas y se quedará con una sola palabra que sea apta para penetrar la conciencia y alcanzar el corazón».117
Con el tiempo se hará evidente que la sencillez puritana funciona de esta manera para el lector moderno, tal como lo hizo con los lectores contemporáneos de estos predicadores. Nosotros también experimentamos los beneficios en nuestra vida personal y los vemos como un canal de la unción y el poder de Dios, y por eso podemos perdonar las fallas ocasionales en cuanto a la falta de claridad y la redundancia de sus escritos. «Confieso que mi memoria a menudo se olvida de pasajes que he escrito antes, y en ese olvido los vuelvo a escribir: pero no considero que eso sea un asunto demasiado serio», declaró Baxter con una franqueza cautivadora; «la escritura de las mismas cosas es algo seguro para el lector, y entonces, ¿por qué debería ser algo tan grave para mí?»118 ¡ante eso no hay objeción!
En quinto lugar, los puritanos eran hombres del Espíritu; amantes del Señor, guardadores de Su ley y personas que no escatimaban recursos cuando se trataba de servir a su Señor, esas tres cualidades, en todas las épocas, han sido los elementos principales de una vida verdaderamente llena del Espíritu. El pastor renovadode Baxter comienza con una advertencia hacia los pastores de Dios, que dice:
Tengan cuidado de ustedes mismos, no sea que ustedes se queden sin alcanzar esa gracia salvadora de Dios que les ofrecen a otros (…) también asegúrense de mantenerse ejercitando sus gracias de manera vigorosa y avivada, y procuren predicarse a sí mismos los sermones que están estudiando, antes de que los prediquen a otros (…) por lo tanto, velen por sus propios corazones: echen fuera las pasiones y deseos pecaminosos, y las inclinaciones mundanas; mantengan una vida de fe, amor y celo santo; pasen mucho tiempo en casa, mucho tiempo con Dios (…) tengan cuidado de ustedes mismos, no sea que sus ejemplos contradigan su doctrina (…) no sea que refuten con sus vidas lo que proclamen con sus bocas (…) Debemos estudiar lo suficientemente duro como para saber cómo vivir bien, y cómo predicar bien. Debemos pensar y repensar cuál es la mejor manera de mantener nuestras vidas ocupadas en la salvación de los hombres, y en la preparación de nuestros sermones…119
De hecho, eso fue lo que realmente hicieron los puritanos, y sus escritos testifican de la calidad de su propia vida cristiana. «Un hombre no puede predicarles bien a otras personas si no le ha predicado su sermón primeramente a su propia alma», escribió John Owen. «Y aquel que no se alimenta y se nutre digiriendo primeramente el alimento que está proveyéndole a otros, no puede esperar que esas personas sientan apetito por esa comida; y además de eso, él no puede saber si la comida que está proveyendo está envenenada, a menos que verdaderamente la haya probado por sí mismo. Si la palabra no mora con poder en nosotros, no puede pasar a través de nosotros con poder».120 Perkins dijo: «Las buenas palabras son vanas sino hay una buena vida que las respalde. Que los pastores no piensen que sus palabras de oro harán mucho bien, porque si sus vidas son vidas de plomo harán mucho daño. Así como no existe un hombre más honorable que aquel que es un pastor culto y santo, tampoco existe un hombre más despreciable y miserable en este mundo que aquel que por medio de su vida liviana y lasciva hace que su doctrina sea vituperada».121 Y con respecto a eso, Calvino habló sin rodeos, diciendo: «Si él [el predicador] no se esfuerza por ser el primero en seguir a Dios, lo mejor que le podría pasar sería que se le rompiera el cuello mientras va subiendo al púlpito».122
Los maestros puritanos entendían que eso era verdad, y por lo tanto actuaban en conformidad a ello, ya que, por encima de todas las cosas eran hombres santos, y la autoridad que conllevaban sus palabras impresas no sólo era la autoridad misma de las Escrituras como Palabra de Dios, sino también la autoridad de las Escrituras como poder de Dios aplicado a la experiencia —su propia experiencia— a través de lo que ellos reconocían como la agencia iluminadora y aplicativa del Espíritu Santo. Con respecto a la doctrina de la justificación, Owen escribió:
A aquel que la quiera tratar de la manera correcta, se le exige que pese todo lo que afirma, tanto en su propia mente como en su experiencia, y que no se atreva a sugerirle a otros algo que no es una realidad dentro de él mismo, es decir, algo que no se encuentra en los rincones más íntimos de su mente, ni en sus acercamientos más cercanos a Dios, o algo que no puede testificar como real en su experiencia cuando su corazón es sorprendido por peligros, o cuando es sumergido en profundas aflicciones, ni tampoco sugiera cosas que no ha experimentado cuando piensa en su propia muerte, o cuando piensa humildemente en la infinita distancia que hay entre él y Dios.123
Lo mismo se aplicaba, según lo percibían los puritanos, a todas las demás doctrinas. En consecuencia, los predicadores se dirigían hacia las conciencias y los corazones de otros, no sin antes aplicar a sus corazones y conciencias cada una de las verdades que iban a enseñar. De esa manera ellos pusieron en práctica la fórmula que Pablo enseña en 2 Corintios 2:17: «Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que, con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo».
La autoridad espiritual es difícil de precisar con palabras, pero la reconocemos cuando la encontramos. Es un producto compuesto de una fidelidad concienzuda a la Biblia; una percepción vívida de la realidad y la grandeza de Dios; un deseo firme de honrarlo y complacerlo; una auto examinación profunda y una autonegación radical; un gran amor por la intimidad con Cristo; una generosa compasión hacia los hombres; y una sencillez franca, enseñada por Dios y forjada por Dios, la cual es adulta en su conocimiento, pero infantil en su franqueza. El hombre de Dios tiene autoridad cuando se inclina ante la autoridad divina, y el modelo del poder de Dios en él, es como un modelo bautismal para nosotros, a través del cual aprendemos que debemos ser levantados sobrenaturalmente de las experiencias de muerte que aquejan nuestras vidas.
Los grandes puritanos siguieron este patrón en su propio día mientras luchaban contra la mala salud, las distracciones circunstanciales y las angustias, y sobre todo cuando batallaban con sus propios corazones lentos para predicar el evangelio «con vida, luz y peso»; y nosotros, que leemos tres siglos y medio después lo que ellos prepararon para sus propios púlpitos (porque, como hemos visto, la mayor parte de los materiales puritanos consiste de sermones), descubriremos que esa autoridad todavía tiene la capacidad influenciarnos. Los reformadores dejaron a la iglesia exposiciones magistrales de lo que nuestro Dios lleno de gracia hace por nosotros; mientras que el legado puritano también contiene declaraciones autoritativas de lo que ese mismo Dios hace en nosotros. Recurrir a las obras de los «escritores ingleses prácticos y fervorosos» es como entrar en un mundo nuevo; se despeja la visión, se purgan los pensamientos, se agita el corazón; uno es humillado, instruido, avivado, vigorizado, rebajado en arrepentimiento y elevado en seguridad. ¡No hay una experiencia más saludable que esa! Las iglesias y los cristianos de hoy son lamentablemente laodicenses: complacientes, somnolientos, superficiales, y tibios. Nos estamos sofocando y necesitamos ser avivados. ¿Qué podemos hacer? Abrir las ventanas de nuestras almas para dejar que entre el aire fresco del siglo XVII; creo que esa sería la cosa más sabia que podemos hacer.
LOS PURITANOS Y LA BIBLIA
Capítulo cinco
•
JOHN OWEN Y LA
COMUNICACIÓN DE DIOS
1
uién era John Owen? Su nombre ya ha aparecido en este libro (y aparecerá muchas veces más), aunque hasta el capítulo doce analizaremos su perfil de manera más amplia y detallada. Por ahora sólo me queda decir que, en la opinión general de la gente, él no es el más versátil, pero sí el más grande entre los teólogos puritanos. Si consideramos la solidez, la profundidad, la vastedad y la majestad con las que, a través de las Escrituras, exhibe los tratos de Dios para con la humanidad pecadora, no hay nadie que se le compare. En cada tema que maneja, sin contar los límites que impone sobre los sínodos y magistrados, sus escritos se encuentran en el centro de la corriente principal puritana, totalmente alineados con los estándares de Westminster y con el ideal de piedad que hemos ido desarrollando. Todos mis capítulos acerca de Owen dan evidencias que respaldan esa afirmación, tal como podrán notarlo. En sus días, Owen fue visto como el principal bastión de Inglaterra y como el mejor defensor de la ortodoxia evangélica reformada, y él no dudó que Dios le hubiera dado este papel; pero su interés radicaba en ampliar y profundizar la comprensión de las realidades confesadas por la ortodoxia, y por otra parte, todo lo que escribió está impregnado de una conciencia humilde y dispuesta a humillarse más, reconociendo que, debido a sus limitaciones (pues así lo creía sinceramente), el entendimiento que tenía hasta ese momento, aunque él lo consideraba como algo verdadero, seguía siendo deficiente. En esto, como en la mayoría de las cosas, se parecía más a Juan Calvino que a ningún otro líder puritano.
2
Si el título de mi capítulo actual se interpretara de acuerdo con el idioma Oweniano, podría tener licencia de abarcar todo el campo de la obra del Espíritu Santo al aplicar la redención: porque John Owen usó la palabra «comunicación» para referirse a cada beneficio divino que es otorgado al hombre. Sin embargo, yo me limito a utilizar esa palabra en su sentido moderno, y lo que propongo explorar es la manera en la que John Owen expone la comunicación cognitiva de Dios a los hombres; en otras palabras, su doctrina del Espíritu y la Palabra, o la manera en la que él respondería a la pregunta: ¿Cómo es que Dios nos lleva a conocerlo y a comprender el mundo de la realidad espiritual?
Evidentemente, la transmisión del entendimiento espiritual no es un fin en sí mismo; y, como Owen lo reconoce, siempre tiene que ser vista y valorada como un medio para alcanzar algo más grande: conocer a Dios y disfrutar de Él. No obstante, aunque no es un fin, es un tema en sí mismo, y se puede delimitar claramente en términos del concepto de la comunicación de la mente de Dios hacia las mentes de los hombres. De hecho, esos fueron los términos bajo los que Owen veía y discutía esa doctrina, antes que tratarla en términos de las categorías formales de revelación, inspiración, iluminación e interpretación, las cuales eran, y todavía son, las divisiones temáticas más comunes en los libros de texto de teología. Eso no significa que Owen evite por completo el uso de estas categorías, porque sí usaba esas categorías, pero lo que captaba principalmente su interés era la acción comunicativa de Dios como un todo, y lo sorprendente de su presentación es la forma orgánica en la que, al igual que Calvino, mantiene estos temas unidos dentro del contexto tan amplio y dinámico que nos provee esta doctrina que nos enseña la manera en la que Dios hace que su mente sea conocida por los pecadores.
Hasta donde yo sé, Owen nunca mencionó que, por implicación, debido a que fue creado a la imagen de Dios, el hombre tenía la capacidad de recibir y responder a las comunicaciones del Creador. Sin embargo, esto se presupone constantemente debido a que, por un lado, insiste en que la imagen de Dios en Adán era un estado conformidad responsiva a la voluntad de Dios y, por otro lado, insistía en que Dios nos da conocimiento de Su mente por medio de poner en acción nuestras mentes. Owen afirma que Dios nos instruirá en lo que respecta su mente y voluntad, por medio de las facultades racionales de nuestras almas.124 Al igual que todos los teólogos reformados de su época, y ciertamente con el respaldo de la Biblia, Owen presupone una afinidad directa y una correspondencia entre la mente de Dios y del hombre, de modo que Dios puede hablarnos con palabras, y, nosotros, dentro de los límites de Su propia revelación, podemos comprenderlo en nuestros pensamientos. Pero, obviamente, eso no quiere decir que podamos medir a Dios en ningún sentido: Dios mide al hombre, pero el hombre no es capaz de medirlo a Él. No podemos sondear el misterio de Su ser (en ese sentido, Él es totalmente incomprensible para nosotros), y hay muchas «cosas secretas» (Deuteronomio 29:29) en Su plan que no nos ha dicho; además, podemos estar completamente seguros de que, sin importar cual sea el estado actual de nuestra peregrinación, muchas de las cosas que nos ha dicho aún no las hemos entendido. Sin embargo, en la medida en que nuestros pensamientos sobre Él corresponden con lo que Él dice sobre Sí mismo, serán pensamientos verdaderos acerca de Él, y constituirán un conocimiento real de Él, y ese es un conocimiento fundamental para nuestro trato real con Él. En este sentido, Owen, al igual que Calvino, parece ser un racionalista cristiano, quien, sin pensarlo dos veces, habría condenado el irracionalismo de la idea neo–ortodoxa de un «conocimiento» de Dios que proviene de «encuentros» con Él, que no son de carácter comunicativo. Lo fundamental para nuestro conocimiento de Dios, según la opinión de Owen, radica en nuestro conocimiento acerca de Él, el cual nos es dado por Él mismo por medio de Su propio testimonio verbal.
Sin embargo, Owen, como todos los pensadores reformados convencionales, ve un problema aquí. El pecado dentro de nosotros, ese impulso anti–Dios que forma parte de la composición humana debido a que es el legado de Adán para su posteridad, tiene consecuencias noéticas y de comportamiento: ya que garantiza de manera universal una falta de respuesta a la verdad y a la realidad espiritual, lo cual el Nuevo Testamento denomina como dureza y ceguera de corazón. Por lo tanto, una instrucción más racional resulta ineficaz sobre los corazones de los hombres; solo la iluminación del Espíritu Santo, la cual abre nuestro corazón para recibir la palabra de Dios y abre la palabra de Dios para que sea clara en nuestros corazones, puede traer entendimiento, convicción y aceptación de las cosas que Dios declara. Ningún puritano tiene un sentido más agudo que Owen de la trágica oscuridad y la perversidad de la mente humana caída y, por lo tanto, de la absoluta necesidad de que el Espíritu obre tanto en el predicador o maestro como en el oyente o alumno, porque de otra manera sería imposible que ocurriera una comunicación efectiva de las cosas divinas.
Por esta razón, resulta conveniente analizar el concepto de la comunicación divina de Owen bajo los siguientes cinco encabezados: (1) la transmisión de la revelación; (2) la inspiración de la Escritura; (3) la autenticación de la Escritura; (4) el establecimiento de la fe en la Escritura; (5) la interpretación de la Escritura. Cada uno de esos encabezados cubre lo que Owen veía como un elemento distintivo de las complejas actividades a través de las cuales el Espíritu Santo introduce en nuestra mente los pensamientos que están en la mente de Dios.
Los documentos fuente en los que encontramos esas verdades, son principalmente tres. El primero, publicado en 1658, se titula: Of the Originall, Authority, Self–evidencing Light and Power of the Scriptures, with an Answer to that Enquiry, How we know the Scriptures to be the Word of God [Del origen, la autoridad, y la luz y el poder auto atestiguadores de las Escrituras, con una respuesta a la pregunta: ¿cómo sabemos que las Escrituras son la Palabra de Dios?]. El segundo y el tercero pertenecen a una serie de tratados, de los cuales, Pneumatologia: A Discourse Concerning the Holy Spirit [Pneumatología: Un discurso concerniente al Espíritu Santo] (1674) era el primero, y en el cual Owen se abre paso sistemáticamente a través de todo el material bíblico acerca de la tercera Persona de la Trinidad. Pero los dos tratados que nos interesan, el tercero y el segundo tanto de la serie de Owen como de nuestra lista de fuentes, son: The Reason of Faith: or an Answer to the Enquiry, Wherefore we believe the Scripture to be the Word of God; with the causes and nature of that Faith wherewith we do so [La razón de la fe, o una respuesta a la pregunta: ¿Por qué creemos que la Escritura es la Palabra de Dios?; con las causas y la naturaleza de la fe con la cual creemos eso] (1677), y, Causes, Ways, and Means of Understanding the Mind of God as revealed in His Word, with assurance therein: and a Declaration of the Perspicuity of the Scriptures, with the external means of the Interpretation of them [Causas, formas y medios para entender la mente de Dios como se revela en Su Palabra, con una confianza en ella: Y una declaración de la perspicuidad de las Escrituras, con los medios externos de la interpretación de ellas.] (1678).1 Todas estas obras golpearon ocasionalmente a iluministas y a teólogos racionalistas, pero principalmente tienen una inclinación hacia la polémica anti romana; Owen está escribiendo para derrocar las afirmaciones romanas, en primer lugar, la afirmación de que la fe en la Escritura como la Palabra de Dios debe basarse en la autenticación tradicional de la Iglesia y, en segundo lugar, la idea de que el cristiano común no debe intentar interpretar la Biblia por sí mismo, sino que debe dejar que la Iglesia institucional haga eso por él. El objetivo de Owen es mostrar que todo eso pertenece al oficio prometido y revelado del Espíritu Santo, y que Él se encarga de llevar al pueblo de Dios hacia la fe en la Escritura como divina, y también se encarga de llevarlos a una comprensión de la Escritura como la ley de la vida y el mensaje de salvación. Sin embargo, dado que su método para argumentar en estos tratados siempre es expositivo, mediante apelaciones a diferentes textos bíblicos, y debido a que los tratados mismos son constructivos y edificatorios en lo que respecta a su propósito principal, y además, gracias a que el toque polémico es muy tenue (como es común en los escritos de Owen, aunque era muy poco común en su época), es fácil leerlos sin pensar en su propósito controversial. Pero necesito aclarar algo, ¡no estoy diciendo que sea fácil leerlos! (estaría mintiendo); aunque sí me aventuro a decir que, el trabajo pesado que conlleva leer estos tratados desorganizados y tediosos es una labor que puede producir frutos abundantes y muy valiosos.
No hay duda de que estos temas que aborda Owen siguen siendo muy importantes en la actualidad. Pues en estos días, la doctrina de la revelación ha sido puesta en el crisol; es decir, la creencia histórica en la comunicación verbal de Dios a través de la Biblia está siendo menospreciada; ¿será posible que Owen, el teólogo británico más grande de sus días (y posiblemente el más grande de todos los tiempos), nos ayude a recuperar y restablecer esta verdad? ¿O acaso él también es vulnerable a las criticas? Una característica de la escena teológica contemporánea es la polémica de Karl Barth y algunos de sus seguidores en contra de los expositores de la ortodoxia reformada del siglo XVII, porque de acuerdo con lo que ellos afirman, estos expositores son culpables de haber abreviado su doctrina de la comunicación divina, por medio de «congelar» al Espíritu en las Escrituras. La queja que Barth plantea es que, habiendo comenzado bien afirmando el origen divino de la Escritura, estos teólogos permitieron que el racionalismo se infiltrara en su exposición bíblica y en su teología, debido a que no consideraron este asunto eficazmente, es decir, no analizándolo a través de la doctrina del Espíritu como Señor e instructor de la Palabra escrita. Pero debido a que la propia doctrina que Barth propone acerca de la Escritura, cuando habla de Su origen divino es totalmente problemática, y debido a que sus interpretaciones teológicas de la misma parecen ser impuestas al texto en lugar de ser extraídas del mismo, uno se siente tentado simplemente a replicar diciendo: «Médico, cúrate a ti mismo», y quisiéramos dejar ese asunto por la paz —pero esa es una crítica seria, que fue hecha de buena fe, de manera que, si esa crítica es válida en contra de Owen, quien, de entre todas las cosas que era, ciertamente fue uno de los teólogos reformados más importantes, eso sería una verdadera limitante para que sus escritos pudieran ayudarnos en la actualidad. ¿Pero acaso es una queja válida en contra de él? Será interesante seguir avanzando para encontrar la respuesta. Y lo que encontraremos es que, cuando esa crítica se aplica a Owen es completamente inválida, y también veremos que ese punto en el que Barth considera que la generación de Owen era deficiente, en realidad es el punto más sólido de Owen, y el que mejor dominaba.
3
Habiendo dicho eso, procedamos a ver la primera de nuestras subdivisiones: la transmisión de las revelaciones. Normalmente, Owen utilizaba la palabra «revelación» para denotar cualquier comunicación informativa directa de Dios, es decir, el dar a conocer las cosas que no podrían ser conocidas de otra manera. Tales comunicaciones, de acuerdo con él, fueron transmitidas a los receptores por medio de una voz o impresión interna, que en ocasiones era acompañada por un sueño o una visión. Owen agrupa todas las revelaciones de este tipo bajo el título de profecía, definiendo a un «profeta» como a «uno que solía recibir revelaciones divinas».125 Él afirma que los patriarcas, de Adán en adelante, que recibieron revelaciones de Dios, fueron «guiados por un espíritu profético», y pueden ser llamados profetas, tal como fue llamado Abraham en Génesis 20:7.
La transmisión de estas revelaciones fue la obra del Espíritu Santo, Quien es «el autor inmediato de toda revelación divina»,126 y a partir de las narrativas, es evidente que estas revelaciones estaban acompañadas de certeza de su origen divino. Ya que por sí mismas les daban a sus receptores la evidencia de que se trataba de un mensaje de parte de Dios, y por lo tanto, exigían lealtad y obediencia de manera absoluta, sin importar cuan inexplicable pudiera parecer su contenido, como en el caso de Abraham cuando se le dijo que sacrificara a Isaac (la naturaleza de esta cualidad auto evidenciable o autoatestiguadora será analizada más adelante). Adán, Abraham, Moisés y todos los demás a quienes vino la palabra de Dios no necesitaban preguntar cuál era la fuente del mensaje; pues ellos sabían — es decir, se encontraban en una condición de completa seguridad y eran incapaces de dudar— que provenía de Dios y actuaron en conformidad a ello. De manera que, por fe alcanzaron buen testimonio.
En la mayoría de los casos, las revelaciones dadas a los profetas no fueron principalmente para ellos, sino para otros, a quienes se les encargó que las transmitieran. Owen sabía que los profetas eran, tanto pronosticadores como comentaristas, o como él mismo dice: «los profetas son los intérpretes, los declaradores de la Palabra, la mente, la voluntad, o los oráculos de Dios para los demás».127 En la providencia de Dios, esas revelaciones, que ahora «son de uso general para la Iglesia»128, fueron plasmadas por escrito, y de esa manera, las Escrituras del Antiguo Testamento comenzaron a crecer hasta alcanzar su tamaño actual. Un proceso similar fue el que produjo el Nuevo Testamento: el Espíritu capacitó a los apóstoles para «recibir, comprender y declarar infaliblemente todo el consejo de Dios en Cristo»,129 de manera que pudieran escribir lo que sabían para la instrucción de las generaciones posteriores. En un pasaje anti romano, Owen refuerza su argumento diciendo que, un registro escrito, a diferencia de la mera tradición oral, siempre es necesario para que las revelaciones de Dios sean preservadas de la corrupción y la pérdida:
Antes de que empezara la comisión de redactar las Escrituras, Dios le había dado al mundo una prueba de eso, ya que los hombres guardaban esta revelación por tradición oral; pero en el transcurso de unos cientos de años después del diluvio, todo el conocimiento que había de Él se había perdido, tanto por causa de las artimañas de Satanás, como por la vanidad de las mentes de los hombres, la cual es indescriptible; de tal manera que, no había nada mejor que la creación de un mundo nuevo, o la erección de un nuevo estado–iglesia por medio de nuevas revelaciones, para poder restaurar ese conocimiento. Después de esa gran prueba, no sé qué cosa buena podemos esperar de la tradición oral.130
Una vez que se redactaron las Escrituras y se completó el testimonio profético y apostólico acerca de Cristo, no hubo más necesidad de revelaciones privadas de nuevas verdades, y Owen no creía en ninguna clase de revelación privada. Él se opuso al «entusiasmo» de aquellos que, al igual que los cuáqueros, pusieron su confianza en supuestas revelaciones dadas aparte de la Palabra, y que iban más allá de la enseñanza bíblica. Así que, debido a que tenían esa actitud, Owen se refería a los cuáqueros con la palabra en latín fanatici(fanáticos). Y se apresuró a aplicar contra ellos el viejo dilema de que, si sus «revelaciones privadas» concuerdan con las Escrituras, no son necesarias, y si no concuerdan, son falsas.
En todo esto, Owen siguió el camino trillado de la exposición reformada, el mismo que tomó Calvino y los que le siguieron, y no hay nada nuevo en ninguno de los puntos que presenta.
Ahora, procedamos con nuestro segundo tema: la inspiración de la Escritura. Aquí, una vez más, la línea que sigue Owen es el estándar de enseñanza reformada de su época. Él define la «inspiración» como la exhalación del Espíritu Santo a través de la cual las revelaciones son dadas, recibidas y transmitidas tanto de manera oral como escrita. Los medios humanos de la inspiración, de acuerdo con Owen, son pasivos durante el proceso, en el sentido de que no participan en el origen de la revelación: pues, aunque sus mentes están activas en un sentido psicológico, en realidad están actuando en respuesta, o, en palabras de Owen, «actúan» por el Espíritu, en otras palabras, son «inspirados [movidos] por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21). Para ilustrar eso, voy a citar parte de lo que Owen afirmó cuando estaba exponiendo el texto anterior:
El Espíritu los preparó [a los profetas] para recibir las impresiones que hizo sobre ellos, y confirmó sus memorias para que las retuvieran. Aunque en realidad, Él no iluminó y elevó sus mentes como para darles un entendimiento claro y una comprensión completa de todas las cosas que les fueron declaradas. En estas inspiraciones había cosas más profundas de lo que ellos podían indagar [Owen está pensando en la declaración de 1 Pedro 1:10–11, en la que se afirma que ni los profetas mismos entendían el significado completo de sus propias palabras cuando hablaban acerca de Cristo]. Pero sí elevó y preparó sus mentes de una manera tal que, ellos fueron capaces de recibir y retener las impresiones de las cosas que les fueron comunicadas por Él. Así como un hombre afina las cuerdas de un instrumento, para que éste sea capaz de recibir de manera correcta las impresiones de sus dedos, y pueda producir los sonidos que él pretende producir (…) de esa manera Él inspiró sus facultades, haciendo uso de ellos para expresar Sus palabras, no las palabras de ellos.131
Con lo anterior podemos comparar el relato del mismo Owen acerca de la obra del Espíritu Santo para inspirar a los redactores de las Escrituras:
Por lo tanto, hay tres cosas concurriendo en esta obra. 1. La inspiración de la mente de estos profetas, con el conocimiento y la comprensión de las cosas comunicadas hacia ellos. 2. La sugestión de palabras hacia ellos, para expresar lo que fue concebido en sus mentes. 3. La guía de sus manos, al plasmar las palabras sugeridas; o la guía de sus lenguas, al pronunciarlas a aquellos a quienes tenían la comisión de escribir; como cuando Baruc escribió la profecía que fue pronunciada por boca de Jeremías (Jeremías 36:3,8). Si alguno de estos elementos faltara, la Escritura no podría ser absoluta y completamente divina e infalible.
Sin embargo, esta integridad de la iniciativa y el control divinos no significó que las personalidades o características humanas de los escritores fueron eliminadas.
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