Kitabı oku: «Caliope, agente de Nunca Jamás»

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CALÍOPE
AGENTE DE NUNCA JAMÁS
Un libro de
J. L. Flores
Ilustración y diseño de cubierta
Ángela González
Correcciones y edición
Cristian Arenós Rebolledo
Nilo Herrero Arenós
Primera edición digital septiembre de 2020
ISBN 978-84-122195-5-5
© José Luis Flores
© Loba Ediciones Ltda.
© de la presente edición
La máquina que hace PING!
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Plaza Estación, 9 Bajo 12560
Benicasim - Castellón
(España)
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(+34).670.386.111


Los subterráneos
Campanilla no era mala del todo.
A veces era buena del todo.
Pero las hadas son tan pequeñas que sólo
tienen espacio para un sentimiento a la vez.
J.M. Barrie, Peter Pan y Wendy
Los subterráneos
La mayoría dice que perdimos nuestro mundo tras la muerte de la reina. Esa es una verdad a medias. Por supuesto que nos ayudaría tener una reina, o un rey, o un líder de cualquier tipo que se interese por nosotros. Aunque, por lo que sé, nuestros viejos próceres no eran más que una gran manada de niños mimados, mucho más interesados en su poder y sus estúpidas tradiciones que en su gente.
Para no volvernos locos, o peor, mentirosos, es importante arrojar luces sobre algunos mitos. No existió nunca una reina, bella y eterna, símbolo imperecedero de nuestra raza. Los niños no lo saben: sus padres no les cuentan para cuidar el poco orgullo étnico que les queda. Lo cierto es que hubo cientos de estas regentas que desde sus tronos de cristal gobernaban una tras otra como una seguidilla de muñecas, todas ellas idénticas, moldeadas por el Consejo en las Sombras. Es esa tonta ilusión de eternidad lo que nos tiene así, quebrados, miserables.
En ningún hogar, normal o subterráneo, se enseña sobre la conquista. No nos explican cómo, en el siglo diecinueve, los humanos abrazaron la razón y arremetieron con sus bayonetas sobre los lugares donde el acero frío jamás había llegado.
Rompieron viejos tratados, quemaron poblados y plantaron sus banderas en nombre de la ciencia y la seguridad. Unas pocas islas al sur del mundo fueron nuestro santuario por un tiempo. En ellas se le permitió a la última reina morir tranquila, siempre y cuando no tuviese una heredera. Al igual que cientos de pueblos aborígenes, perdimos nuestro mundo.
Se calcula que antes de aquello éramos unos cinco millones. Cada país tomó su propia decisión según sus necesidades. En algunos se nos persiguió, mientras otros hicieron la vista gorda. La mayoría simplemente nos pidió discreción. Aun así no fuimos ajenos a los horrores de los conflictos humanos. Durante la segunda guerra mundial, un oficial de la Gestapo se ganó el título de kinderfresser por los cachorros de nuestra especie que envió a las cámaras de gases. Al finalizar la guerra, y quizás por los aportes de nuestra gente para uno y otro bando, se nos permitió existir en esta penumbra tan parecida al olvido.
Aquellos humanos que sabían de nosotros nos llamaron hadas porque nos parecíamos a sus mitos y cuentos populares, muchos de los cuales inventamos en una época más soberbia, cuando nos sentíamos superiores. Ahora preferimos simplemente ser llamados subterráneos. Es más humilde. Al menos a mí me gusta y va con mi encantadora personalidad.
En este estado de secreto prosperamos, siempre vigilados por una institución omnipresente e internacional: Nunca Jamás. A pesar de la obvia referencia a Peter Pan, la organización es un asunto muy serio. Controla estudios de cine, ligas deportivas y hasta tiene su propio banco. Ha hecho parques temáticos que le han dado trabajo a muchos subterráneos que no tienen lugar en el mundo de los humanos. ¿Qué pasaría si éstos descubren que el ratón parlante que tanto les gusta a sus hijos es efectivamente un ratón con mucho talento para el teatro? ¿Qué sería de los adolescentes si se enteran que aquellas tortugas tan buenas en las artes marciales son en realidad miembros del pueblo Kappa japonés?
Como sea, la vida del «hada» moderna está constantemente dominada por estas dos organizaciones: el Consejo en las Sombras, que cree en un pasado mejor, y la agencia Nunca Jamás que cree que nunca tuvimos un pasado... O que estaríamos más felices olvidándolo, viviendo como humanos comunes, pero la verdad es que no hay nada común en mí.
Primera parte - Un mundo oculto
PRIMERA PARTE
Un mundo oculto
La misión
I
Para el resto de los seres vivos del planeta este sería un día bello. El Verano trae vientos tibios, las noches se han vuelto agradables. La gente aprovecha para caminar, compartir con sus amados, pero yo llevo una hora y media escuchando la voz de mi jefa. Quiero irme luego, dejar la escena, pero es imposible. Isabela está sentada justo frente a la única salida. No me atrevo a pasar sobre ella. De hecho, creo que pocas personas serían capaces tan solo de intentarlo.
—¿Cuántos niños dijiste?
Mi pregunta flota en el aire un par de segundos antes de tener respuesta.
—Treinta este semestre, dos esta semana.
Habla con calma, pero está preocupada. Sé bien que ella es dura. Incluso para mí sería complejo iniciar una pelea ahora, especialmente en la librería de mi padre, mi pequeño espacio de normalidad.
—El auto está esperando, ¿vamos?
Isabela no ha terminado de hablar cuando se levanta. Es alta, quizás un metro ochenta o un poco más. Tiene el pelo cano, pero es algo prematuro llamarla anciana. El color tiene más que ver con lo que ha visto que con su edad. Con cuidado, cubre el espacio donde debería estar su ojo derecho. Incluso en términos humanos, su condición de ciclope no estropea su belleza extraterrenal. Hasta su olor parece venir de otra realidad: canela y azafrán.
Ella es la representante local de Nunca Jamás. Rige un negocio difícil. La ciudad está llena de criaturas. Subterráneos desplazados de sus lugares de origen se mezclan con humanos árabes, eslavos, griegos y coreanos. La ciudad es un crisol de colores y lenguajes. No es raro encontrarse con un viejo yastay inca en una tienda de cebiches o un kobold alemán empujando un carro lleno de calcetines recién robados. Solo hay que saber mirar y cruzar la barrera del glamur que suelen tejer los subterráneos a su alrededor.
Soy una enana frente a la corporalidad de la agente y no solo por su altura. Respiro lento, abro la puerta y acepto ponerme en ruta hacia su vehículo. Isabela avanza a paso de gigante. Me cuesta seguirle el paso a esas largas piernas y mi cojera no ayuda. No todos lo notan, pero un accidente vascular se llevó gran parte del tejido blando de mi pantorrilla derecha.
Los ingenieros de la agencia me ayudaron usando trucos viejos. Salvaron mi pierna, pero dejaron el dolor. Nuada tenía un brazo de plata; yo estoy feliz con mi pata de bronce que brilla en noches de luna llena.
El chofer nos espía con un par de ojos diminutos que brotan de su nuca. Algunos cabellos rojos amenazan su visión. Pestañea para sacárselos de encima sin usar sus manos. Cada día hay más de nosotros en la ciudad, así que ni siquiera trato de adivinar qué clase de subterráneo es.
—No tengo mucho tiempo —digo—. Debería estar con Laura. Es su cumpleaños.
Laura es mi sobrina y mi persona favorita en el mundo, la única razón porque estoy aceptando este trabajo. No quiero desilusionarla.
—Le compré un libro de hadas, uno de verdad, no una de esas cosas étnicas y humanizadas. Ya sabes, uno donde pueda ver la historia de la familia.
Isabela mueve la cabeza. Está de acuerdo. En el fondo ella es una patriota. Yo no. Soy mediasangre. Mi naturaleza es tanto subterránea como humana. El patriotismo no me es permitido, además me aburre un poquito.
La aprobación de Isabela cede terreno a la responsabilidad y retoma su postura.
—Tenemos que encontrar a los niños y parar al idiota que se los está llevando —dice sin apartar su ojo de mi rostro.
Yo sé hacer esas cosas, hacerme cargo de los asuntos turbios de la comunidad. Somos inmigrantes, somos refugiados y nuestras costumbres molestan. Además, está el hecho de que tengo un pie en cada mundo. Eso ayuda. Aunque no me aceptarían nunca como agente. Soy demasiado despeinada, demasiado... bueno, demasiado yo misma. Esos humanos no están listos para mis encantos.
El chofer se detiene abruptamente en una luz roja. La inercia hace parecer que Isabela y yo asentimos.
—Lo sé, Isabela —le digo, tratando de invocar una calma que no tengo—. Imagino que la agencia ya ha asignado a alguien para el caso.
Sé la respuesta antes de que hable, una respuesta que es una sonrisa. Aunque educada, también es una burla.
—Peter, claro.
—Claro —repito.
Todos los agentes de campo se llaman Peter, o Hook. Las mujeres, Wendy.
—Trataré de mantenerlo al margen de tu investigación, pero tienes que darnos algo, Cali, o estamos fregadas.
El vehículo se detiene. El chofer ya no me está mirando. Debe ser un guardaespaldas entrenado. Isabela sabe cómo cuidarse sola, pero vivimos en tiempos agresivos y nuestras rarezas ya no son parte de lo que nos hace fuertes.
Me dejan en el centro. La noche ya huele a sombras. Hace frío. Eso es una sorpresa para enero. Siento mi cuerpo encogerse dentro de mi ropa. Desearía haber traído otra chaqueta.
La casa de mi hermana no es grande ni ostentosa. Aun así, la envidio. Tiene un pequeño patio que le da un marco verde oscuro a un hogar dominado por el blanco pálido. Ya no hay niños jugando ahí, pero sus huellas están en todos lados.
Laura me abre la puerta antes de que alcance a golpear. Me asusta cuando hace esas cosas, pero sé que ella no lo puede evitar. Segunda Visión: así lo llamaba mi papá. La niña exuda glamur y magia, mucho más que mi hermana Urania o yo. Es algo que pone nervioso a su padre. Mal por él.
—¡Tía Cali, me encantó el regalo!
El saludo también me hiela un poco la sangre, pues aún no le he entregado nada. El libro que traigo es una recopilación publicada especialmente para niños subterráneos o parejas mixtas. Son los relatos en su versión original: los niños se pierden en oscuros bosques con árboles que se mueven. Las caperucitas son comidas por lobos y las niñas rubias por osos. Los hermanos dejan atrás a las hermanas y las bellas durmientes se quedan dormidas hasta que el tataranieto del príncipe azul las despierta. Historias de hadas del viejo mundo, pero también historias de demonios del nuevo. Hay toda una línea de textos para educar a los niños que no pasan por el filtro de los humanos.
Urania es mi hermana mayor. Le ha costado mucho salir adelante. Estoy orgullosa de ella. Ambas somos mediasangre: nuestra madre era una humana, pero papá era lo que en los cuentos llaman un trol. Era guardaespaldas y detective para el Consejo en las Sombras. Cuando mi madre murió, él nos crió solo. Nos enseñó a luchar, y con él aprendimos que no hay pelea sucia cuando te juegas el pellejo. También nos enseñó a llevar la librería y los nombres secretos de todos los clanes. Nos dejó su bestiario, un libro de campaña con cientos de recursos.
El viejo era más duro con Urania que conmigo, quizás porque veía mucho de mi madre en ella. Él tenía sus misterios y su genio. No todos lograban tolerarlo, pero era íntegro. Eso le dio cierta fama y más trabajo. Cuando dejó este mundo, mi hermana terminó mi crianza. Abandonó sus estudios y se casó con un buen hombre, cien por ciento humano.
A mí me tocó tomar el negocio de mi padre cuando cumplí dieciséis. De eso ya dos años. No me quejo. Soy buena en lo que hago y no me veo como ama de casa.
Me siento en la única silla que no está manchada con crema o pegajosa por las bebidas.
—¿Cuántos niños vinieron?
Laura me susurra la respuesta. «Doce», dice sin abrir la boca. Por la escena parece que hubiese sido un centenar. Es difícil controlar a los niños humanos, pero los subterráneos son aún peor. Si un niño comienza a lanzar bolas de fuego por la boca y otro se transforma en hipopótamo, el resultado puede ser devastador. Es por eso que la mayoría de las casas tienen inhibidores de glamur: la magia en un niño de ocho años puede ser especialmente molesta. De todas maneras, dudo que muchos subterráneos hayan venido a la fiesta.
—David no quiso invitar niños purasangre —dice mi hermana, leyendo mis pensamientos—. Cree que tenemos que separar aguas. Un cincuenta por ciento de sangre de «duende» es lo único que aguanta.
David es el padre de mi sobrina. Es trabajador y parece un tipo sensato, pero en el fondo es un idiota. Le tiene miedo a cualquier cosa fuera de lo que él llamaría «normal» y trata por todos los medios de que Laura reprima su glamur. Odia la parte trol de mi hermana y me odia a mí. Aunque sé que ama a Urania, lo más sabio es mantenerse lejos de él. La alegre vida familiar de mi hermana no es el lugar para mí.
Me quedo en el hogar feliz casi cuarenta y cinco minutos. Estoy cansada de ese falso orden. Se siente como un volcán a punto de explotar. Invento una excusa y salgo a caminar. Ya no hace frío. Algo innatural viene con rumbo a esta ciudad, pero por esta noche me hago la desentendida y me voy a dormir.
II
El sol me obliga a arrugar los párpados. Quizás me compre un par de lentes oscuros, pero creo que eso me daría una facha de detective de segunda categoría y no quiero ser tan obvia.
Alguien está robando niños. No es la primera vez. Muchos subterráneos vienen de tradiciones donde el rapto de menores es una práctica común, incluso parte de su folklore. Pero nunca han sido tantos y en tan poco tiempo. No sé si estoy enojada o asustada, pero mis manos tiemblan. Mi primer interlocutor es viejo, sabio y peligroso.
Encuentro el carrito de don Simón cerca de una fuente de agua. Es un trauco, pero no el Trauco. Para los humanos, siempre hay solo uno de cada uno de nosotros. Los mitos se hacen con personajes, no con especies. Mientras tanto, nosotros debemos seguir viviendo nuestras vidas normales, tratando de seguir las leyes lo mejor posible. Eso sí, siempre hay excepciones y yo soy buena detectándolas.
—Mi niña hermosa —dice don Simon evitando mi rostro—, no creo que hayas venido por un helado.
Su voz es rasposa, pero serena. No me tiene miedo. El hombre tiene antecedentes por secuestro de una dama, pero de eso hace más de seis años. Sé que no es culpable. La respuesta nunca es la obvia, nunca es la fácil. Esa es la regla si quieres jugar a ser detective.
—Tenemos niños desapareciendo otra vez.
Suelta un gruñido grave mientras un par de chicos de pelo enredado, ojos rapaces y cara sucia reciben sus helados.
—¿Humanos? —pregunta.
Asiento.
—Y mediasangre también.
—¿Niñas y niños? —vuelve a preguntar.
—Así es.
Puedo notar sus ojos amarillos brillando bajo su glamur. Es fuego, es ira, pero no contra mí. Está cansado de ser el sospechoso de siempre.
—No tiene nada que ver conmigo —dice—. Nunca secuestré niños. No es algo que los traucos hagamos.
—Siempre hay excepciones.
Otro gruñido. Esta vez lo he ofendido.
Bajo su apariencia de viejecillo cansado puedo ver su forma real. Mide unos noventa centímetros. Sus facciones son toscas y fuertes, similares al tronco de un árbol. Viste de quilineja, una planta nativa, y usa un sombrero cónico del mismo material. Está armado con un hacha de piedra y un bastón retorcido. Sus piernas terminan en muñones sin pies.
Ha decorado el carro con símbolos de protección. A simple vista parecen signos de origen mapuche, pero son marcas de origen chono, mucho más antiguas. Convocan espíritus animales, de la niebla y de la noche. Protección. No me lo dirá, pero está asustado.
Su raza es antigua e independiente. Se escondían en las islas del Sur hasta hace poco, un mito escondido dentro de otro. No reconocen al Consejo, pero sí temen a la agencia. Si no fuese porque los traucos odian trabajar en equipo, podrían haber tomado el control de la ciudad si quisieran. Afortunadamente, ese no es el caso.
—¿Para qué alguien querría a un niño? —pregunta el trauco—. Son sucios, pegajosos y gritones.
—Esperaba que me lo dijese usted, don Simón.
Cuando lo llamo por su nombre, baja un poco la guardia.
—Hay varios usos para ellos —continúa el viejo—. Algunos se los comen... Ya sabes, Baba Yaga y toda esa tropa de rusos. Pero si así fuese tendrías cadáveres.
—Es verdad, no tengo ni un solo cuerpo.
—A otros les gusta adoptarlos como si fuesen suyos. Las lloronas o la viudas lo hacen ¿no?
Asiento, pero descarto la idea. Las viudas de la ciudad nunca adoptan a más de un niño y debe ser de la calle. En todo caso, es una mejora en la vida del chico. Nunca he visto una llorona, pero son muchas desapariciones para ser un caso de adopción.
—Hay una tercera razón para llevarse a un niño —dice el viejo con una sonrisa maliciosa—. Vino de lágrimas. Ambrosía. Busca a los griegos. Conozco a un par de ellos que nunca superaron del todo su adicción.
A través de su glamur puedo ver una hilera de dientes afilados como los de un tiburón. Sonríe mientras busca una paleta de piña. Me la ofrece.
—¿No tienes de chocolate? —le digo para evitar la sensación de acoso que se cierne sobre mí.
—¿Le pides cosas al Trauco, Cali?
No le contesto; solo sonrío. Abro mi helado y me lo como en el camino. Siento la mirada de Simón mientras me alejo. Es fuerte y lujuriosa, pero no tiene ningún poder sobre mí. Soy la hija de mi padre, la hija de un cazador. El viejo ya no me asusta.
III
Decido esperar la noche, el momento en que mi gente se siente más libre para hablar. Además, debo atender la librería durante el día.
A veces es difícil distinguir a los locos normales de aquellos subterráneos legítimamente extraños. Conozco casos de ambos. Por ejemplo, la mujer que siempre quiere lavar tu parabrisas, el niño raro que siempre quiere hacer pipí en el mismo lugar frente a la Armería Italiana, o el viejo que siempre le grita a los árboles en Quinta Normal.
Aunque hay exhibicionistas, la mayoría de nosotros logra cubrir su apariencia con un poco de magia, inteligencia y mucho glamur. Aun así, necesitamos lugares donde podamos mostrarnos tranquilamente como somos. Debe haber una docena de ellos. Está el Wee Folk, que es básicamente un boliche de comida rápida supervisado por duendes; está el Centro Yakshini, un antro de lo más new age, con yoga, grupos de ayuda y todas esas cosas. El Houri es una pizzería atendida por sus dueños, una pareja de ratones de metro y medio. Los griegos tienen el Ethos. Ahí me dirijo ahora.
El lugar se ve bastante normal. Es bonito, con una pequeña entrada enmarcada en madera roja. Tiene corredores delgados, iluminados por una luz azulada. Está dividido en tres habitaciones y todas huelen a incienso. Es imposible ver lo que ocurre ahí.
Mi padre decía que debía tener cuidado con los griegos, pues se creen los dioses de sus tradiciones. Bueno, si yo fuese un niño que tira rayos por las manos y mis papás me llamaran Zeus, ¿qué podría pensar?
Me muevo hasta la trastienda. Un patio cubierto por un parrón bloquea la entrada de cualquier luz extraña. El lugar cumple su misión: esconder a quienes se sientan a hacer sus negocios, pero la oscuridad no logra esconder a las serpientes que se deslizan por el suelo. Son amuletos, anuladores de magia negra. Alguien está muy interesado en protegerse.
Sobre un pequeño estrado, una niña de pelo negro toca un bouzoki. A su lado, un niño de orejas puntiagudas juega con un theremin. Un par de meseras de aspecto gótico atienden las mesas. No son normales; probablemente sean mediasangre, como yo.
La cocina está llena de glamur. Los humanos que comen acá reciben al menos tres veces más calorías que las de un plato común y corriente. Un café con pastel puede acabar con el sistema circulatorio de un incauto comensal.
—¿Qué vas a comer? —me pregunta la pálida anfitriona.
Pido solamente un café y hablar con una de las dueñas. Las hermanas Antheia, Eudaimonia y Paidia poseen la concesión del lugar. Siempre se otorga a tres mujeres: así se respeta el mito. La decoración es obra de la administración anterior: Aglaea, Euphrosyne y Thalia perdieron la administración del boliche después de que cinco humanos resultaran intoxicados por un trago demasiado «glamuroso».
Las hermanas leen la fortuna a los clientes. Una usa hojas de té, otra lee la palma de la mano y la tercera lee el tarot. Cada una de ellas dice una cosa diferente. Una siempre dirá la verdad; otra esconderá el futuro detrás de acertijos y trampas; mientras que la tercera siempre mentirá. El problema es que para eso toman turnos. Nunca sabes si lo que escuchas es verdad o un engaño. No es maldad: es su naturaleza.
Antheia está sacando la suerte en un rincón. Una pequeña boa juega en sus hombros.
—Bienvenida y bien hallada —me dice con una amplia sonrisa—. Eres Cali, la hija de Durán. ¡Eres igualita a tu viejo!
Doy las gracias, aunque no estoy segura de que fuese un cumplido.
—¿Vienes a conocer tu futuro? Es muy interesante, debo decirte.
Su voz parece como un estertor doloroso, corta como un chuchillo. Sus palabras no llegan a tus oídos, sino directamente a tu alma. Es la más vieja de las tres hermanas. Es difícil adivinar su edad, pero ya ha pasado los setenta hace un buen rato.
—No —digo resistiendo la tentación—, no me interesa el futuro, pero quiero hablar de cosas importantes.
Antheia sisea una protesta. Es difícil no caer en sus trampas; intento sonar seria y firme.
—Están desapareciendo niños otra vez.
—Qué mal —dice sin interés real.
Se levanta y me da la espalda. La sigo a una pequeña cocina. Huele a incienso. Alguien trata de esconder olores. Antheia prepara un café. Le pone tanta azúcar que mi corazón salta de felicidad. Maldito vicio.
—Niños de la calle —continuo—, humanos y mediasangre hasta ahora. Es cosa de tiempo antes de que un humano meta las narices y vaya con las autoridades. ¿Qué crees que pasará con tu negocio? ¿O con todos nuestros negocios?
—¿Nuestros? —pregunta violentamente—. Niña mestiza, sea lo que sea que estás tramando, no me incumbe.
Su cabello se agita y ondula hasta formar pequeñas víboras que me amenazan.
—Tranquila. Lo único que te pido es algo de información. Este es un buen momento para compartir. Sabes que soy una cazadora, aunque sea mitad Otro. Hice un voto de discreción cuando tomé este trabajo. ¿De verdad te gustaría que Nunca Jamás mandara a sus Peters, sus Wendys o peor, sus Hooks? No dejarían piedra sobre piedra en este lugar. ¿Y qué pasa si se enteran los humanos? ¿Dónde iríamos?
Sus hombros se estremecen con el esfuerzo de no golpearme. No le gusta ser amenazada. A decir verdad, a mí no me gusta usar este recurso. Es barato y estresante. Pero funciona, de manera que sigo.
—¿Qué pasaría si culparan a los griegos? ¿Le darían este lugar a los italianos? Ya sabes, son parecidos... ¿No?
Siento su ira bullendo bajo esa apariencia de compostura. Entierra los dedos en el mesón, recordándome lo fuerte que es su linaje.
—Para —me ruega—. No es necesario que seas grosera. No sé nada de los niños, pero me ofrecieron una botella de ambrosía, vino de lágrimas.
Respiro y vuelvo a mirarla. Ella se acerca a mí. Sus serpientes hacen lo mismo, susurrando su bífida canción en mi oído. Un escalofrío recorre mi cuerpo.
—Los niños lloran, ¿sabes? Siempre hay una buena razón para hacerlo. Todas las lágrimas que un niño puede producir entre los tres y los catorce años apenas llenarían una copa de ambrosía. Cali, a mí me ofrecieron una botella. Mis hermanas no saben. Te rogaría mantener el secreto.
Hago un gesto con la mano para tranquilizarla. Una botella. Esos son muchos niños; esas son muchas lágrimas.
Las lágrimas no existen sólo en este plano. A diferencia de los subterráneos, los humanos tienen la habilidad de conectar reinos lejanos con sus emociones. Estas los llevan a mundos diversos. Desde Averno hasta Ávalon, pasando por Bajo Raíz y Barrio Sésamo. Cuando les quitas sus lágrimas, también les estás quitando la habilidad de sentir alegría, compasión y dolor. Les quitas esa conexión con los mundos distantes de donde brotan estas sensaciones.
—Ya —digo tratando de mantener la compostura—. ¿Quién podría estar ofreciendo tanta ambrosía?
Ella menea su cabeza hacia el espejo. Su imagen no se ve reflejada, pero sí la de un joven delgado sentado al fondo del patio. Está nervioso. Mueve sus manos como si fuesen impulsadas por baterías. Sus huesos son delgados, enjutos. Pareciera que se fuera a quebrar. Claramente está afectado por algún tipo de intoxicación. Tiene poco pelo y este ha perdido color.
—Es un normal —le digo a mi anfitriona.
Ella niega con la cabeza.
—No —afirma—, no es uno de nosotros, pero tampoco es un humano. Es un ser de Otoño, querida, y él no lo sabe.
Viste apretados pantalones negros que no cubren sus tobillos y una chaqueta del mismo color. Su piel está cubierta por pequeñas escaras y marcas que acusan su enfermedad.
—Si es un ser de Otoño, ¿qué hace aquí?
—Paga y se comporta bien.
—Y te ofrece contrabando.
Ella asiente.
—¿Hace cuánto? —pregunto sin dejar de mirar a mi nuevo blanco.
Ella piensa su respuesta. Casi puedo escuchar cómo la ajusta en su cabeza. No miente, pero tampoco quiere ser tan precisa.
—Dos meses atrás —dice—, un poco menos quizás.
—¿Y no pensaste que sería buena contarle a alguien? —pregunto sin dejar de pensar en las vidas que se perdieron durante ese silencio.
—¿Piensas que nadie en el Consejo ha tomado un par de copas? —pregunta ella levantando los hombros.
—El Consejo está de acuerdo con esta investigación.
—Porque la gente de la agencia lo pidió, pero el Consejo es un asunto complicado de entender...
Cuando regresamos al salón, me acomodo en una silla. Me da unos segundos para pensar. El problema es mucho más grande de lo que yo creía. No puedo reportar esto de inmediato: si alguien quiere tapar algo, nunca encontraremos a los niños. Debo terminar esta operación fuera del radar y rápido. Si hay corrupción en el Consejo... Bueno, ese será problema de Isabela y la agencia. Ya habrá tiempo para purgas o como quieran llamarlo. Ahora todo recae en mí.
Dejo el asombro y pregunto otra vez.
—¿Sabes cómo se llama?
La bruja duda y mira a su alrededor. Efectivamente hay gente observándonos. Aumento mi glamur. En unos segundos todos pierden interés en nuestra conversación. La mano de ella me acerca un nuevo café. No logré ver cuándo y cómo lo preparó. Su glamur es viejo, pero quema como el Verano. Tengo la sensación de que no me quiere contar nada más, pero no puedo perder más tiempo.
En un instante, sujeto su brazo con toda mi fuerza. Antheia suelta un quejido de sorpresa. Cuando uso mi glamur, casi no hay ninguna señal visible que me delate como un trol, pero tengo su fuerza, su agilidad y su temperamento. Me gustaría retorcerle el cuello a esta gallina, pero no lo haré.
—Es Sebastián Yau —dice en voz baja—. No encontrarás nada sobre él. No es nada especial. Vive con sus padres.
Suelto su brazo sin olvidar a los niños. La miro a la cara. Sus ojos brillan pálidos de miedo.
—El servicio en este lugar deja mucho que desear —le digo.
Salgo del local algo mareada de tanto café y azúcar. Dejo que la noche me despierte. Es hora de echar a andar algo parecido a un plan.
IV
Hasta hace poco no eran muchos. Era fácil confundirlos con adictos y otra gente que vive al margen, pero la gente de Otoño comenzó a hacerse más frecuente. Son frágiles. Sus cuerpos se consumen rápidamente. No sueñan. No esperan, ni tienen esperanzas. Su paso es rápido y su hambre devora el espacio de los sueños de otros. Comen glamur y en su lugar dejan algo muy parecido, pero corrupto: banalidad. Si se junta mucha banalidad en un plano, este se cerrará. Todo lo que viva en él se pudrirá en el mejor de los casos y se congelará en el peor.
Los subterráneos podemos ser terribles, hasta tétricos, pero siempre tenemos de nuestro lado el espíritu del Verano, el crepuscular momento en que el sol toca la tierra con el tacto más suave. Nuestros niños son la fruta verde, nuestros ancianos son duraznos maduros, uva dulce y estival.
Lo más terrible de la gente de Otoño es que, en su gran mayoría, no tienen idea de lo que son: agentes de destrucción y tristeza. Agentes del Otoño eterno que lo cubre todo, anunciando la llegada del Invierno final, en el cual todo terminará. Una de las prioridades de la agencia es detectar a estos individuos, seguirlos y procurar que vivan una buena vida, que no decaigan, que no se entreguen al Invierno. No hemos hecho un buen trabajo con Sebastián Yau que, por cierto, en estos minutos me está siguiendo.
Debí saberlo. Mi poco glamur no basta para evitar el escrutinio de una criatura del Otoño. Él se supo vigilado y decidió regresarme el favor. No me gusta el rol de presa, más por vanidad que por miedo, de manera que acelero el paso. Mi perseguidor hace lo mismo.
Espero perderlo al cruzar una avenida, pero hay poca gente afuera esta noche. Es fácil verme, de manera que me interno por callejones pequeños, que sólo conozco yo. Salto a patios interiores y trastiendas.
Mi padre me enseñó una cosa importante sobre las persecuciones: no duran mucho, pero debes escoger el terreno donde te atraparán. En este instante busco un lugar donde ya he peleado antes y, de preferencia, ganado.
Es un almacén viejo y vacío. Aún huele a pan y abarrotes. Espero a mi enemigo ahí con los ojos fijos en la única entrada. Me imagino con qué clase de golpe debo recibirlo. Quizás un buen golpe bajo o un derechazo en la mandíbula. Me acuerdo que la gente de Otoño es delicada y mi idea es no machacarlo demasiado. Respiro profundo y espero, espero y luego espero un poco más. Nada. Nadie cruza el umbral de mi pequeña trampa.
