Kitabı oku: «Ego criminal»
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A ti y a él, cuya coincidencia genética fue
mi origen.
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Un arma puede quitar una vida, un libro da origen a
muchas a través de sus personajes.
J. R. VARGAS
I
NO TODO ES LO QUE PARECE
Wuhan, China. Noviembre de 2019, el mercado local se preparaba para hacer su mejor venta de la temporada por la cercanía del Año Nuevo Chino. Las bodegas del mercado principal de la ciudad estaban a reventar con una increíble variedad de productos de todo tipo de las regiones más apartadas de China: animales que habitan en las montañas, las planicies y el mar. Estos productos pronto estarían en las mesas de las casas de los millones de habitantes de la ciudad. Toda una variedad de ingredientes cárnicos para la cocina tradicional de aquel país. Muchos de esos miembros de la fauna china terminarían en la boca de sus depredadores humanos aún estando vivos y sin cocción alguna. La coartada perfecta para asestar el golpe al gigante asiático a través de sus carnívoros gustos o, al menos, ese fue el rumor que se dejó filtrar en los círculos policiales locales, así como en algunos medios extranjeros donde se esparció la noticia con la intención de sembrar la duda y crear confusión, cuando la realidad podría ser distinta y mucho peor, ya que se podría dar el golpe al país del dragón en donde menos lo esperaran y con algún artefacto de alto consumo por parte de la población, sin importar su estatus económico.
En la última década, China comenzó a reconstruir su imperio. Pareciera que regresarían los tiempos del esplendor de sus grandes y milenarias dinastías Qin y Min. La primera de estas, autora de unir a pequeñas murallas regionales para convertirla en lo que finalmente sería uno de los símbolos de identidad y orgullo del país asiático, la Gran Muralla China, así como creadora de los Guerreros de Terracota de la tumba de Qin Shihuang con la idea de preservar su futuro. Mientras que la segunda, autora de la expulsión de los mongoles que invadieron y controlaron china por un largo periodo, además de brindar un prolongado periodo de paz y prosperidad para la nación asiática.
En el presente, la gran fábrica del mundo, China, proveía de productos y artículos a todo el globo. Prácticamente todo lo que los países necesitaban para su desarrollo: tecnología, farmacéutica, suplementos industriales, alimentos, ropa y, por supuesto, tecnología en comunicaciones y militar.
No era un secreto para ninguna nación el superávit comercial, económico y de desarrollo técnico-militar que había alcanzado este país. Las grandes potencias comenzaban a ver con preocupación el crecimiento y el desarrollo en el más amplio sentido de la palabra de en lo que se estaba convirtiéndose China, en un verdadero gigante en Asia y del mundo. Además de poseer los bonos del tesoro de los estados unidos, mediante los cuales podía tener como rehén al país más «poderoso» sobre la faz de la Tierra, mismo que estaba en su punto más crítico de endeudamiento como nunca en su historia, solo sería cosa de tiempo para que explotara la burbuja económica que llevaría al mundo a una nueva crisis de proporciones bíblicas jamás experimentada.
Lejos de Wuhan, muy lejos, en el continente americano, en lo que todavía era el imperio del Norte, meses después, una buena parte de los ciudadanos estadounidenses festejaba aún la elección de uno de los presidentes más polémicos y torpes de la historia reciente, especialmente para las relaciones diplomáticas tanto del presente como del futuro inmediato con el resto del mundo como así lo demostraría en poco tiempo. En la política interna, su recientemente nombrado líder mostraba su preferencia por los multimillonarios, decisión que ya comenzaba a calar hondo en la población menos favorecida por el sistema capitalista. El otrora «sueño americano» solo era un recuerdo, la clase trabajadora, desde hacía años había perdido la esperanza en poseer una casa y el deseo de ver a sus hijos graduados de la universidad, el acceso a la salud de primer nivel como lo fue en otros tiempos era un recuerdo, ahora solamente alcanzable para los privilegiados de ese sistema político-económico voraz.
La desesperanza se acentuó con el triunfo de John Müller en la reciente contienda electoral, el día de su elección y triunfo inesperado. Este personaje salido del empresariado depredador era la representación máxima del capitalismo decadente, los ciudadanos sintieron que se perderían los valores que habían construido a esta nación llena de libertad e impulsora de la creatividad y del ingenio de los grandes emprendedores. Tan así que sucedió lo que nunca en ocasiones anteriores: los días y semanas posteriores a la elección, comenzaron las protestas por su triunfo lleno de suspicacias y dudas respecto a la legalidad de su victoria. Al parecer, el otrora candidato John Müller no daba crédito de su propio triunfo. Acostumbrado a mandar y a salirse siempre con la suya en el mundo financiero-empresarial, ahora de presidente tendría que reaprender a negociar y a ceder en algunos asuntos en contra de su personalidad egocéntrica. En esos momentos y días de incredulidad y euforia por su logro, nunca se imaginó a lo que se enfrentaría a los pocos meses luego de ser electo.
En el país del dragón, ya era finales de diciembre y Wong Yi, norteamericano de nacimiento, pero de origen chino, había arribado a Wuhan un mes antes. Caminando, se acercaba al mercado de cárnicos con una terrible y suicida misión que llevaría a cabo en poco tiempo. Los guardias de la República Popular China rondaban todos los centros de abastecimiento de alimentos del país y las instalaciones estratégicas desde el arribo al poder de John Müller, pues sabían de su animadversión hacía el país asiático y su rechazo al desarrollo que habían logrado en tan solo una década. Sabían también que, en conversaciones privadas, lanzaba amenazas contra China por lo insoportable que le parecía conocer el nivel que habían alcanzado en lo económico y tecnológico principalmente. Y en Wuhan, provincia de Hubei, en China central, no era la excepción el increíble desarrollo que esta ciudad había logrado con el comercio, principalmente en alimentos provenientes de sus grandes lagos, extensas planicies y enormes granjas que la catapultó en pocos años a la prosperidad por ser una enorme proveedora de alimentos cárnicos. Representaba un punto estratégico para el gobierno central, de ahí, la enorme presencia de agentes del orden al servicio de su partido por todos partes para salvaguardar y cuidar la estabilidad de esta zona y consigo la del país. Por lo que, para concretar la misión, a Wong Yi le parecía una verdadera odisea cuya consecuencia al ser descubierto podría representar su ajusticiamiento público por atentar en contra del Estado.
Enero, año de la rata, mismo que corresponde al año 2020. En esos días, un mar de personas se movilizaría en las grandes ciudades para festejar el Año Nuevo Chino. Lo harían en autos, pero sobre todo en avión y en tren. Todos los servicios estarían abarrotados por las multitudes que se trasladarían a sus lugares de origen o simplemente para vacacionar en alguna otra ciudad o provincia.
La alerta estaba dada, el Gobierno, con ciertos datos de Inteligencia, estaba seguro de que se perpetraría algún atentado contra su país. No sabía dónde, por quién, ni el día. Aunque había sobradas razones que hacían pensar que vendría del continente americano. Los policías se encontraban listos para actuar con lo más avanzado en tecnología, usaban lentes con visión nocturna y con reconocimiento facial, además de pistola láser recientemente aprobadas para su uso contra ciudadanos que infringen la ley. Las autoridades del país sospechaban que podría ser un ataque químico o biológico, por lo que el Gobierno asiático estaba en alerta máxima. Se filtró un video que llegó al más alto nivel político chino donde Mark Travis, científico fanático admirador del nuevo inquilino de la Casa Blanca, le explicaba a su jefe los «beneficios» de la manipulación genética que desarrollaba él en un laboratorio de EE. UU. donde trabajaba con un arma biológica que sería parte del arsenal que podría usarse en contra de sus enemigos en caso de alguna confrontación. En este video, explicaba los pormenores de las mutaciones que le indujeron a un virus ya existente desde años atrás por medio precisamente de la manipulación genética.
Lo que no sabían los chinos era que este video solo fue un señuelo filtrado intencionalmente para distraer la atención del verdadero objetivo que tenía en su mente enferma Mark Travis, su colega y su jefe John Müller.
Wong Yi estudiaba la zona aledaña al mercado más grande de la ciudad; flujo de personas comunes, empleados y comerciantes, personal militar y policía. Al día siguiente, entró en el gran mercado, recorrió sus pasillos, observó los expendios de carnes y especialmente a los que vendían animales vivos para el consumo en casa o para «degustarlos» ahí mismo, donde tenían dispuestas mesas con los utensilios necesarios para que los comensales dieran rienda suelta a sus carnívoros y grotescos gustos.
El agente norteamericano se retiró caminando con calma para no despertar sospechas y llegó hasta el hotel Ambassador, a cinco cuadras de este lugar desde donde cumpliría su misión. Desde el décimo piso, el agente, dominaba toda la ciudad. Su suite, que abarcaba todo un piso, tenía vista privilegiada en trescientos sesenta grados. Muy útil para sus perversos planes. Esta ciudad, además de otras de China, sería el centro mundial de la atención en algunos meses más por los sucesos que ahí tendrían lugar.
Mientras tanto, en el Capitolio, el principal inquilino que lo habitaba cada día dormía menos debido a la presión ejercida por cumplirle a sus electores las promesas que en campaña les hizo, pero, sobre todo, a los grandes ricos que le financiaron y promovieron su imagen para convertirlo en presidente. Este hecho, ya le comenzaba a cobrar la factura, lo presionaban al extremo de perder el apetito y consumir somníferos para tranquilizarse, aunque fuera por un par de horas. Su Gobierno no terminaba en dar resultados en lo económico, o al menos no al nivel de las exigencias de sus patrocinadores. La economía estadounidense, aunque había crecido mínimo en poco más de dos años que llevaba su administración solo les había favorecido en todo caso a las grandes corporaciones. No así al ciudadano común. No obstante, de este relativo buen crecimiento, el presidente John Müller sabía del nivel de endeudamiento que estaba asfixiando a su país y que esto en cualquier momento terminaría en la quiebra de la endeble economía que daría al traste a su país y al mundo.
Por su parte, China cerró el año de 2019 con un crecimiento sostenido desde hacía un lustro, casi con un doce por ciento anual. Las grandes ciudades cada vez eran más prósperas, siendo un imán para los habitantes de las zonas rurales, cuya situación económica no había reflejado crecimiento alguno en los últimos quince años, siendo este un problema que podría convertirse en una bomba de tiempo para el Gobierno central chino, ya que más de mil millones de habitantes del campo no la estaba pasando bien en contraposición con los habitantes de las grandes y prósperas ciudades, donde su bonanza económica se podía comprobar con el alto nivel de vida de los citadinos y se comprobaba con la adquisición de casas cada vez más grandes, caras y con comodidades similares a las que adquirían los estadounidenses privilegiados: alberca, grandes jardines y con dos o tres autos de lujo en su garaje. Así mismo, en las grandes avenidas, infinidad de autos de lujo saturaban las arterias viales de las ciudades; igualmente, la prosperidad de los habitantes chinos se notaba con el gusto frecuente por los viajes al extranjero, esto era parte de los beneficios que les estaba trayendo el desarrollo técnico, industrial y económico que el país de la muralla había conquistado en los últimos años, aunado a las reservas económicas y de petróleo, su nulo endeudamiento exterior y la autosuficiencia alimentaria entre otros aciertos; estaba poniendo nerviosos a varios países. Especialmente al imperio del Norte y a su presidente John Müller, que no se quedaría de brazos cruzados, pues estaba acostumbrado a ganar siempre a cualquier precio y a ser el número uno en lo que emprendía y participara. Este egocentrismo ya le había causado enormes problemas diplomáticos, ya que, en reuniones de líderes del mundo, su torpe comportamiento y falta de diplomacia hacia otros jefes de estado le había hecho ganarse animadversiones innecesarias a su persona y a su país. Este personaje comenzaba a maquinar «soluciones» para frenar el peligroso desarrollo del país asiático. Su perversa mente barajaba varias opciones: ¿guerra convencional? Descartada, ya que seguro estaba de que al elegir esta opción no solo sería contra China, de inmediato intervendrían Rusia e Irán. Una guerra comercial en estos momentos de su mandato podría resultar contraproducente para su reelección, que no la descartaba. Tendría que ser algo contundente pero discreto. Tal vez una tercera opción más ad hoc con los tiempos actuales.
II
LA CIENCIA AL SERVICIO DEL MAL
En la intimidad de su despacho, el mandatario caminaba sin sosiego en el salón oval pensando en la mejor opción y en la implicación que tendría en un momento dado cualquier decisión que tomaría contra China. Lo cierto es que las cosas no podían seguir el curso que llevaban. El presidente sabía perfectamente que el poder de aquel país ya no solo era económico, en lo militar ocupaba ya la posición número dos del mundo en cuanto a número de efectivos, aviones, tanques, fragatas y submarinos con los últimos y más efectivos avances tecnológicos en este rubro. Esto, lo sentía como una amenaza para su país y tenía razón y, por si fuera poco, China era el dueño de los bonos del tesoro de los estados unidos, se apropió de estos después del debacle inmobiliario y financiero de los años 2007-2008 por parte de los Estados Unidos, mismo que tuvo que endeudarse con el país asiático para rescatar a su economía. Esto último encolerizaba y aterraba al presidente norteamericano.
En los laboratorios disfrazados de tienda de juguetes y bodega de almacenamiento de muebles en el barrio del Bronx y en el de la Misión en San Francisco, respectivamente, trabajaban a marchas forzadas en la clandestinidad el Dr. Yi, Mark Travis y Wolfang Meyer, bajo las órdenes de su jefe máximo, que se encontraba en el Capitolio barajando opciones para la guerra que se avecinaba. No sabían cuándo, pero seguros estaban que ocurriría en poco tiempo. Mientras tanto, el mundo seguía su curso hacía un cambio geopolítico inminente que se estaba dando por algunos conflictos entre Oriente Medio y Rusia y más aún por los acontecimientos que venían en camino y que muchos países ni siquiera sospechaban. En los siguientes meses nada sería igual, ocurrirían sucesos que cambiarían la historia de la humanidad tal y como se conocía hasta el momento. Rusia y Arabía Saudita se encaminaban a conflictos por la producción y el control en los precios del petróleo. Esto obviamente afectaría a todo el mundo y a su estabilidad. En la última reunión de la OPEP así quedó demostrado. El país del oso, con su rudo y carismático líder, tomarían decisiones que en poco tiempo provocarían una serie de situaciones del que ningún país saldría bien librado.
III
HUIDA Y TIEMPO DE VENGANZA
En su hotel, Wong Yi recordaba su dura infancia en el Bronx, en Nueva York, donde era discriminado por su raza, no obstante, de ser norteamericano por nacimiento era objeto de la burla de sus compañeros en la escuela de educación básica debido a sus rasgos faciales y a una deformidad con la que nació en la mano izquierda, en la cual dos de sus dedos no se desarrollaron totalmente. En el nivel medio de su educación académica le ocurrió lo mismo y, aunque era aceptado, nunca faltaban las bromas sobre sus párpados estirados y su subdesarrollada mano. Esto le generaba constantes peleas en las que demostró ser muy hábil con sus puños y piernas, no obstante, de no tener ningún entrenamiento en las artes del combate hasta esa etapa de su vida. Además, le generó un resentimiento que con el tiempo se incrementó, razón por la cual se esforzaba al máximo para ser destacado en cualquier actividad que desarrollaba y así compensar emocionalmente esta carga que le causaba ciertos conflictos y rechazo a sí mismo. Sabía que en su vida adulta tendría que sobresalir y hacer algo que lo pusiera en los reflectores de una sociedad que lo discriminaba, por lo que haría cualquier cosa para lograr su objetivo de ser una persona destacada y admirada, pero, sobre todo, una persona aceptada. Y así fue. Ya de adulto, egresado de la universidad, «casualmente» le llegó un correo por parte de su Gobierno invitándolo a «servir a su patria», situación que lo llenó de orgullo, pero de muchas dudas también: ¿Por qué él? ¿Haciendo qué? ¿Para qué? Lo sabría acudiendo al lugar que se le indicó para la entrevista. La ARC (Agencia Reclutadora de Ciudadanos), al servicio de la CIA, se encargaba de detectar talentos para los fines que así convenían a su país, y a esta agencia, que tenía las manos metidas en las escuelas para recabar información de alumnos destacados y de los que mostraban algún tipo de resentimiento social, para canalizarlos de manera «positiva» cuando, en el fondo, se trataba de un programa secreto para reclutar «patriotas» que luego de adoctrinarlos serían materia dispuesta para servir a su país en cualquier misión por peligrosa que esta fuere en pro de los intereses de Estados Unidos. Los altos niveles de aprovechamiento escolar de Wong Yi, aunados a sus constantes peleas en su centro escolar por el acoso del que era objeto, representaba exactamente lo que esta agencia buscaba en la detección de «talentos» para servir a la nación.
Años atrás, sus padres tuvieron que huir de China debido a la persecución de que fueron objeto por parte del estado, al considerar a su progenitor enemigo del Gobierno por denunciar en diferentes foros el alto gasto militar de su país cuando la población rural estaba hundida en la miseria. Siendo un hombre educado, el Dr. Yi, gozando del reconocimiento del mundo científico de su país y del extranjero, con su gran influencia, cualquier cosa que dijera sería digno de tomarse en cuenta. Esto movilizaba a ONG que simpatizaban con su visión del mundo, y las motivaba indirectamente a protestar contra el Gobierno, en este caso el de China. Esto, por supuesto, no le gustaba a la clase gobernante, al extremo de que el doctor Yi comenzó a recibir amenazas de muerte luego del discurso que dio en la universidad de Pekín, donde denunciaba con datos duros el rumbo de militarización que estaba tomando su país, con el consiguiente desvío de los recursos que originalmente serían destinados a proyectos de ciencia y agricultura, que eran prioritarios y urgentes para su nación, en lugar de una carrera armamentista que no le veía fin. Esa tarde, el señor Yi fue ovacionado de pie por los asistentes durante varios minutos, en la que había invitados de varios países democráticos del mundo desarrollado. Conferencia que le cambiaría la vida de manera negativa y lo haría huir a los Estados Unidos de América como asilado político por ser considerado «enemigo del pueblo chino» por parte de su Gobierno.
La administración de John Müller sabía que al dar asilo al Dr. Yi, en agradecimiento obtendría de él información muy valiosa de su competidor y rival autoimpuesto chino. En la historia del país del presidente abundaban los casos de desertores y refugiados políticos de otros países, mismos que a través del tiempo hicieron de esta nación americana una potencia tecnológica y militar, especialmente durante y después de la Segunda Guerra Mundial, cuando emigraron eminencia en las áreas de matemáticas y física. Por eso, el inquilino del Capitolio estaría feliz y más que dispuesto en recibir al científico chino y a su esposa.
A los pocos días, el deseo del mandatario se hizo realidad. El doctor y su esposa fueron recibidos con honores dándoles una calurosa bienvenida en el aeropuerto JFK de Nueva York.
Ya instalados, el distinguido y recién llegado huésped acudía religiosamente a su trabajo en el centro de informática y desarrollo de nuevos materiales de la universidad estatal. Trabajaba arduamente en el desarrollo de nuevos materiales para emplearlos en dispositivos electrónicos de última generación y promover la automatización de muchas de las actividades que desarrollaban los humanos con poca eficiencia en algunas industrias, especialmente en la de la salud. Contradictoriamente, dentro de sus inquietudes e iniciativas tenía la idea de instalar un laboratorio al otro lado del país donde se desarrollarían armas muy avanzadas en sociedad con otros científicos muy destacados que protegerían a su país de adopción en caso de alguna conflagración militar. Por eso, barajaba la posibilidad de instalarla en el oeste, exactamente en San Francisco, considerando su mayor cercanía a Asia, por si hubiere la necesidad del uso de esas armas en el futuro sería más rápido su desplazamiento e implementación para alcanzar sus objetivos.
Todos esos deseos de contribuir con su país de adopción en el avance tecnológico militar tenían un trasfondo de venganza para el Dr. Yi, ya que no podía olvidar el sufrimiento al que fueron sometidos sus padres durante la Gran Revolución Cultural Proletaria, promovida e implementada por Mao Zedong. Y es que sus progenitores fueron aprendidos por la Guardia Roja de Mao, acusándolos de traición al pueblo cuando en realidad se debió a la denuncia pública que hizo su progenitor en torno a los abusos del dictador contra los campesinos opositores al culto de este personaje, el cual los despojos de sus tierras que desde tiempos inmemoriales pertenecieron a sus ancestros para pasar a ser propiedad del Estado comunista del dictador, que, en su locura, terminó considerándose a sí mismo una especie de dios, ya que estaba convencido que él podía disponer de todo y de todos, en aras de su visión personal de país, que sería poderoso y perfecto si él lo dirigiera permanentemente. Para esto, y para el convencimiento de su pueblo, inició una enfermiza y constante promoción al culto de su persona. Entre los innumerables abusos que este tirano promovió a través de su Gran Revolución Cultural Proletaria se encontraba la implementación de la cámara de tortura donde sometía y torturaba a sus «detractores capitalistas», que así consideraba a todo aquel ciudadano emprendedor propietario de algún negocio por pequeño que fuese. Al mismo tiempo, y como una forma de odio hacía la religión católica, le expropió los templos existentes a esta religión durante su dictadura , que tuvo presencia desde el siglo vii en China, teniendo su gran periodo de expansión en el siglo xviii, concretamente en el año de 1840 después de la llamada guerra del Opio que vivió China para, ahí mismo, en esos santuarios y templos católicos, adoctrinar a los jóvenes para su radicalización, involucramiento y defensa de su ideología por medio de la Gran Revolución a partir de 1966, dando inicio al culto del líder más nefasto que ha tenido China en su historia. En esa etapa, los jóvenes estudiantes de nivel medio y superior que eventualmente pertenecerían a la Guardia Roja observarían y participarían de las humillaciones y tortura de todos aquellos que lícitamente poseían alguna pequeña empresa, propiedad privada, granja o se dedicaban al comercio, ya fuera al menudeo o con mayor razón de manera masiva. Todos ellos serían acusados de enriquecerse a costa del pueblo y por tener prácticas burguesas de acumulación de bienes, y por ese hecho, según ellos, merecían ser castigados y en miles de casos eliminados. Esta revolución cultural promovida por Mao desapareció o contribuyó a exterminar a aproximadamente veinte millones de personas en los diez años que duró esta pesadilla para el pueblo chino. En resumen, fueron tres décadas en las que gobernó este dictador, periodo en el cual la suma de ciudadanos que perecieron por órdenes suyas fue de alrededor de cuarenta millones de chinos, que además de la represión y asesinatos directos se debió también a la gran hambruna que prevaleció en ese país, ya que los campesinos huyeron y consigo abandonaron el campo para no ser víctimas del estado criminal que les confiscó sus tierras en algunos casos y en otros, los obligó a producir alimentos a su antojo, de acuerdo su capricho y obviamente sin libertad de elegir para sus legítimos dueños. En el campo, se inició una cacería contra los que el lunático de Mao Zedong consideraba sus opositores por estar en contra de su pésimo proyecto. Estas décadas fueron de horror y retroceso en el gran país del dragón, hasta la muerte de este asesino cacique, que soportó dos ataques al corazón, pero no el tercero, para, con esto, terminar con su deshumanizado régimen comunista que solo aportó muerte y sufrimiento a la mayoría de sus habitantes. No para él, claro, ni para sus serviles allegados. Tan así que a Mao se le conoció como «el hombre de las mil mujeres», pues llevaba una vida de sultán con todas las comodidades y excesos de la clase burguesa que en público criticaba, pero en lo privado era una mentira. La mentira del comunismo que, con el tiempo, otros líderes nefastos del mundo seguirían su criminal ejemplo y harían sufrir a millones de seres humanos.
IV
MANTENIENDO EL ENFOQUE Y LA FORMA
Sonó el despertador y Wong Yi comenzó a abrir los ojos. En el horizonte todavía se veía la luz tenue de las últimas estrellas y la luna que se resistían a desaparecer con la inminente claridad del sol que dejaba ver su presencia en el horizonte.
«Tiempo de meditación y taichí», pensó Wong Yi. En la cultura de sus padres y en la ciudad de origen de ellos, era muy común ejercitarse en cualquier lugar: la calle, la oficina, el trabajo o el hogar. Por eso, esa disciplina que practicaba la aprendió de sus progenitores, no obstante, de que él de nacimiento ya era estadounidense. En su educación y formación también le fomentaron la lealtad, el sentido de compromiso y una total e incuestionable entrega a su patria, que incluía, de ser necesario, dar su vida para servirla y protegerla; por eso era el individuo perfecto para la misión que le encomendaron en los cuarteles del Homeland Security de los Estados Unidos, en Washington D. C.
Los flexibles músculos, tendones y ligamentos del agente se estiraban al máximo sin esfuerzo aparente, sus articulaciones igual, giraban casi trescientos sesenta grados sin experimentar dolor alguno. Y su fuerza muscular quedaba de manifiesto al hacer planchas sobre los dedos pulgar, índice y medio de una de sus manos; la derecha, pues en la izquierda tenía una deformidad que se lo impedía. Su agilidad felina quedaba demostrada al hacer saltos mortales al frente y hacia atrás con poco esfuerzo. Sin embargo, su fortaleza más notoria era la mental, que adquirió con los años de entrenamiento en condiciones infrahumanas en el centro de adiestramiento de La Granja, en Virginia. Al lado de los más rudos agentes de la CIA.
Después de su acostumbrada hora de actividad física, Wong Yi tomaría su ducha con agua fría, quedando al descubierto su impresionante musculatura, también las cicatrices en su espalda y pecho por heridas recibidas en enfrentamientos en misiones anteriores en su desempeño como agente encubierto. Luego de su ducha, tomaría su acostumbrado y vital desayuno. Para después de esto, vestirse con cómoda ropa entre las cuales ocultaría una pequeña pistola, una navaja retráctil y su móvil.
Minutos después salió a la calle y, como era su costumbre debido a su entrenamiento, involuntariamente medía la distancia con sus pasos de la puerta de su suite al elevador, cronometraba el tiempo que tardaba el elevador en bajar al lobby de ahí a la recepción. Hizo lo mismo desde el lobby hasta la puerta de la calle. Ya afuera, trataba de descubrir a posibles miembros encubiertos de la MPS (Ministerio de Seguridad Pública del Estado chino) o de la policía que podrían estar observando sus pasos y movimientos.
V
EL PLAN TDCH00
En el laboratorio del Bronx, en el anonimato del lugar, el doctor Yi y su colega Mark Travis avanzaban en lo que parecía ser su más grande descubrimiento y creación para usarlo en el plan TDCH00 contra los enemigos de la nación que lo acogió y le dio una nueva oportunidad a él y a su familia. Sus muy avanzados conocimientos e iniciativa junto con sus colegas le darían la ventaja en el desarrollo de inventos bélicos. Sus brillantes conocimientos por sus doctorados en Física, Matemáticas y su conocimiento en el desarrollo de nuevos de materiales aplicados a la tecnología, aunado a su envidiable y elevado CI de 160, no tendría límites para alcanzar sus objetivos y complacer los deseos de su muy perverso jefe. El doctor Yi sabía que, de lograr a cabalidad su invento, el resto sería fácil y sus deseos y resentimientos contra el régimen de su país, que lo expulsó de la tierra que lo vio nacer, quedarían satisfechos y le sería de gran ayuda a su nuevo país y egocéntrico líder para sus nefastos propósitos.
Una noche más sin dormir para John Müller. En realidad, dormía poco, era animal nocturno en acecho de su presa, real o imaginaria. Pero, bajo esta presión que le ocasionaba su «enemigo» China, dormía menos. Se frotaba sus robustas y cuidadas manos, por la manicura que acostumbraba hacerse cada ocho días entrelazaba sus dedos y de vez en cuando los tronaba entre sí, producto de la ansiedad que le producían los acontecimientos actuales y los que podrían suscitarse de acuerdo a la decisión que tomaría en poco tiempo. Su cabello, que en otros momentos lucía muy bien peinado gracias a su equipo de imagen, que, a diario desde muy temprana hora, invertían al menos una hora para que su egocéntrico empleador quedara satisfecho para mostrarse a sus fans, ahora se encontraba descuidado y desteñido. Su respiración se percibía acelerada y en ocasiones entrecortada, su conocido mal humor ahora era insoportable. Tomaba café espresso todo el día que le traía consigo molestas úlceras, aunado al consumo de comida rápida con alto contenido calórico y conservadores que no le aportaban los nutrientes que su organismo necesitaba para la carga de trabajo que tenía a cuestas desde que asumió su responsabilidad de mandatario. Al aceptar el cargo de jefe de Estado, supuso que todo sería fácil, como manejar sus negocios donde siempre se salía con la suya. Sabía cómo presionar a sus socios, y a los que no lo eran, se iba en contra de ellos para destruirlos dependiendo de la capacidad de respuesta de sus presas, esa era la estrategia que usaba. Era un depredador en los negocios y estas mismas maneras las quería aplicar en la política. Ese estilo muy personal en el ámbito empresarial lo llevó a la cima económica y a conseguir lo que se proponía siempre. Medía a su enemigo, lo arrinconaba y… ¡pum!, daba el zarpazo como pantera. Así se hizo de muchas propiedades, entre muchos otros negocios más. Igualmente, se convirtió en el rey del transporte, con acciones en las más grandes compañías de carga de Estados Unidos, pero en política era otra cosa, y más si se enfrentaba a enemigos del mismo medio que podrían ser socios o amigos de líderes de países muy fuertes, al igual que el suyo. Tenía noticias provenientes de Asia, donde sus fuentes le informaban del gravísimo problema de salud pública que estaba por salirse de control en China y posiblemente propagarse a otros países de todo el orbe. Esto estaría por comprobarse, pero para él representaría una oportunidad de oro para usar esta situación de pantalla y desorientar a su enemigo asiático. Le vendría como anillo al dedo, como en el futuro cercano lo expresaría su colega del sur, con las trágicas consecuencias que ello implicaría con el pésimo manejo de esa pandemia que estaba en curso, pero esa sería otra historia que aprovecharía para implementar su perverso plan. Sería cosa de meses de espera para que los científicos a su servicio terminaran el dispositivo electrónico que cumpliría con su terrible misión. Su perturbada mente fantaseaba y disfrutaba por las consecuencias que sufriría el país del dragón y su población, contra quien de manera unilateral y sin previo aviso le declararía una guerra velada y generada por el odio que sentía en lo más profundo de su corazón, y a quien le cobraría las facturas por el debilitamiento y fragilidad al que se encaminaba el suyo, en lo económico principalmente. John Müller sabía que al tener de su lado las mentes más brillantes del orbe, al doctor Yi, Wolfang Meyer y Mark Travis, lograría su cometido en poco tiempo. En su rostro se dibujaba una maligna sonrisa cuando pensaba en la idea de que el primer ministro chino le pediría piedad para su país y firmara la rendición en el gran salón oval de la Casa Blanca al verse derrotado. Algo similar a la escena de la Segunda Guerra Mundial, cuando el emperador japonés Hirohito firmó la rendición de su país contra estados unidos ante el general Douglas MacArthur, a bordo del portaviones USS Missouri, después de los bombazos en Hiroshima y Nagasaki que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial. La visualización de ese hecho lo hacía alucinar, se veía a sí mismo en los periódicos, las portadas de las revistas más prestigiadas del mundo y la TV como el gran estadista que pasaría a la historia para siempre. Erguía el pecho, su cabeza, elevaba su cara y su mirada proyectando soberbia y maldad al sentir, desde su óptica, que se convertiría en el mejor presidente de la historia de su país. En su fantasía momentánea veía a las multitudes ovacionándolo a su paso en la limusina descubierta transitando por las principales avenidas de Nueva York, San Francisco y Washington. Se frotaba el rostro de la emoción y la adrenalina que su sistema endocrino vertía a su torrente sanguíneo por la emoción desbordada que le producía verse convertido en el gran guía y salvador de esa gran nación y así cumplir la misión para lo que, según él y la ideología de la los arios divinos, sería su destino aquí en la tierra.
VI
TRABAJO DE INTELIGENCIA
Al otro lado del océano, Wong Yi recorría las calles de Wuhan pletóricas de ciudadanos, cuya cifra ascendía a diez millones de habitantes en toda la zona metropolitana. Esto lo ayudaría a pasar desapercibido, o al menos así lo creía el agente. Moderna y milenaria, tradicional y actual, así es Wuhan. Excelente para hacer negocios de tecnología y farmacéutica, ahí estaba la oportunidad para hacerse rico rápidamente. Eso quedaba de manifiesto al observar en sus anchas avenidas inundadas de innumerables autos de lujo, principalmente de origen alemán. Los bares y restaurantes muy exclusivos también eran un atractivo para los turistas de toda China y del mundo. Este hecho lo aprovechó Wong Yi, quien, a su llegada a esta ciudad, argumentó que su visita se debía a buscar oportunidades de inversión en el ramo tecnológico y de la salud. Ahí mismo estaba el gran mercado para los chefs, que buscaban los ingredientes para los más exigentes y exóticos paladares. Era en ese gran centro de distribución de cárnicos de Kowloon, donde se podía encontrar todo tipo de especies animales para degustarlos vivos, si así fuese el gusto de los innumerables comensales que, de acuerdo a la cultura del país, la mayoría así los preferían, hacia allá se dirigía Wong Yi para recorrer los entornos del mercado y hacer trabajo de inteligencia, recabando datos: horas de mayor concurrencia, edades promedio de los visitantes y algo que llamó la atención sobremanera a Wong Yi: la orden que le dieron de observar el tipo de tecnología que usaban los asistentes a ese mercado para comunicarse. Esto no le cuadró al agente, y lo dejó con muchas interrogantes: ¿qué planearía su jefe máximo? ¿Esto era solo un ejercicio para futuras misiones? ¿O sería efectivamente una intervención directa y próxima, muy próxima? El enviado de Estados Unidos sabía que la orden para cualquier operación se la darían pocas horas antes, para evitar filtraciones y el fracaso de la misma, en la cual intervendría. Según su percepción, esto se trataba de algo grande, muy grande. El hermetismo con el que se estaba manejando esta misión lo tenía intrigado. Le llamaba poderosamente la atención el hecho de la supervisión directa de la autoridad máxima de su país, ya que regularmente esto se manejaba a través de su agencia, Homeland Security y la CIA. Como fuese, él estaría listo para servir a su patria, para eso lo habían preparado, pero, sobre todo, para eso lo habían entrenado y adoctrinado en sus años de reclutamiento en el centro de entrenamiento, en Virginia. Igualmente, se le había hecho la encomienda de detectar grandes lugares para llevar a cabo mega expos que reunieran a miles y miles de asistentes.
VII
GOLDEN GATE FURNITURES
La brisa húmeda se sentía en el ambiente en aquel día nublado en el puerto de San Francisco y Wolfang Meyer, como siempre antes de llegar a trabajar a su laboratorio en su importantísimo proyecto, a unas cuadras del MOMA (Museo de Arte Moderno por sus siglas en inglés), se desvió de su trayecto para comprar su acostumbrado café hecho al momento con granos mezclados, tostados y molidos del mejor producido en el mundo procedente de México y Colombia. No faltarían sus rosquillas preferidas de Rolling Pin, para él, la mejor bebida y las mejores donas de la bahía y quizá del mundo. Los incontables homeless de la Mission Avenue se protegían del crudo frío calentándose con fogatas hechas en tambos de metal, que alguna vez almacenaron petróleo proveniente de Texas y México, para soportar esa situación y su incómoda situación de calle. Algunos de ellos hacían fila para recibir comida caliente de una food truck, patrocinada por una empresa de tecnología muy cercano a Silicon Valley que hacía obras de caridad y apoyaba a grupos de arte, cultura y a algunas ONG que trabajaban en obras benéficas para ayudar a los más pobres de la ciudad. Aunque no todo era lo que parecía, entre esas decenas de homeless había varios agentes del FBI (buró federal de investigaciones) custodiando el laboratorio disfrazado de mueblería donde Wolfang Meyer realizaba sus experimentos y su futura creación. Luego de adquirir su café muy caliente, como a él le gustaba, y sus alimentos, entre los que incluyó un sándwich de jamón de pavo con queso y jugo de naranja mezclado con zarzamora, el científico caminaba absorto en sus pensamientos y en el proyecto que estaba desarrollando. Disfrutaba por anticipado de su próximo logro. Sabía que estaba cerca de cambiar la historia de varios países y quizá del mundo, y no necesariamente para bien. Esto le provocaba una sonrisa un tanto perversa en la que denotaba su personalidad narcisista y malévola. Dio un sorbo a su aromática bebida y una mordida a su suave dona mientras caminaba sobre una alcantarilla de la que emanaba vapor, por el contrastante frío del exterior cubierta con grumos de azúcar glas mezclada con canela molida y rellena de crema pastelera con frambuesa. La combinación perfecta, según su opinión. De dos mordidas tragó la dona y acto seguido se recogió su cabello pelirrojo, que el viento típico de la bahía lo había movido de su lugar. Dio otro trago a su delicioso café sintiendo como sus papilas gustativas le agradecían el gran regalo que les acababa de dar con la bebida. Volteó a ver su Audemars Piguet que marcaba el tiempo exacto para llegar a su destino: Golden Gate Furnitures. Aunque nadie lo supervisaba, pues era su propio jefe, era muy puntual, ya que como cabeza del laboratorio y, sobre todo, del proyecto, debía imponer la disciplina basado en el ejemplo a su equipo. Por lo tanto, era muy formal.
La disciplina que lo caracterizaba la adquirió en las filas de las Juventudes Nazis a las que perteneció y con las que mantenía una relación y contacto a la distancia. Este grupo sobrevivió al fin de la Segunda Guerra Mundial y a la desaparición de Hitler, ya que los mantenía vivos la ilusión y la esperanza del resurgimiento de un nuevo líder que recobraría de nuevo la grandeza aria, cuya ideología se mantenía activa y más viva que nunca hasta estos días. Ideología que profesaba y mantenía en la más grande secrecía por razones obvias. Llegó a la «mueblería» que servía de pantalla al laboratorio y caminó por un largo pasillo hasta el fondo donde se encontraba una gran puerta. Pasó su mano en el lector de huellas dactilares, luego habló para desactivar la alarma con el registro de su voz y la pesada puerta reforzada con cuatro capas de aleación de acero y titanio cedió en segundos a su paso. De inmediato, se cerró a su ingreso y el científico se colocó su bata, unos guantes y sus lentes de protección para ingresar de nueva cuenta a otro espacio de trabajo construido exclusivamente para él en total secreto, ya que se trataba de un laboratorio de desarrollo en nanotecnología y genética en el que trabajaba para el proyecto CHTD00 que simultáneamente estaban desarrollando el doctor Yi y Mark Travis con su contribución en el Bronx, Nueva York.
VIII
JOHN MÜLLER
En el este del país, exactamente en Washington D. C., John Müller convocó a su secretario de defensa y a los directores del HLS (Homeland Security) y CIA para explicarles su plan. Esto solo era un mero formalismo, ya que finalmente, como todos lo sabían, él haría su voluntad, pues su distorsionado ego no le permitiría que una decisión suya fuera en base a opiniones de sus subalternos. De ninguna manera, él estaba acostumbrado a que su palabra fuese la primera y la última y eso sería exactamente lo que se haría, desoyendo las consecuencias que una mala decisión traería para él y para la reputación de su país. Reputación que, por cierto, desde que él asumió su cargo, estaba por los suelos, pues lo suyo no era la diplomacia, lo de él era arrebatar, vociferar y dejar a un lado los modales que exigían los protocolos en las diferentes reuniones internacionales de altísimo nivel. Lo suyo era romper acuerdos previos a los que se habían comprometidos sus antecesores a respetar. Por eso, en las reuniones de la OPMRO (Organización de Países Más Ricos del Orbe) en la que participaban los países con el más alto ingreso per cápita, así como en los de la OIDIC (Organización Internacional de Intercambio Científico) era el hazmerreír, pues lo consideraban torpe, ignorante y maleducado. El presidente de los Estados Unidos quería llevar el comercio mundial hacia sus intereses político económicos que lo favorecieran a él, a sus aliados y patrocinadores de su campaña. Por eso rompió acuerdos que beneficiarían principalmente al planeta, perjudicando su economía y a la de sus promotores. En sus egoístas intereses, proponía el uso de la gasolina en los autos por treinta años más, cuando en la mayoría de los países, en cinco, ya sería historia el uso de ese combustible fósil. De no firmar una orden ejecutiva para continuar con el uso de la gasolina por tres décadas más, se afectaría a los negocios del presidente, pues se sabía que acababa de invertir una gran fortuna en explotación petrolera. Igualmente estaba en contra de la educación pública, pues aquí era donde se impartían «ideologías» contrarias a las suyas, dando por resultado el rechazo a las políticas públicas que él impulsaba. Él también rechazaba a las energías limpias y renovables, pues estas competían contra las que él impulsaba y promovía junto a sus socios.
IX
¿ABORTAR EL PLAN?
Anochecía en Wuhan, y Wong Yi regresaba a su muy confortable y moderno hotel con información muy valiosa, pero, sobre todo, con la zozobra de no saber en qué consistiría la misión que le tendrían asignada. Se abrió la puerta de su cuarto al colocar el iris de su ojo en el escáner, para acto seguido escuchar una grabación con una dulce voz femenina que le daba la bienvenida. Ya adentro, presionó en la pantalla del frigorífico el número 6 para abrir en automático una sección del mismo, donde apareció una cerveza lager Tsingtao cuyo envase se mostraba empañado por la temperatura en la que estaba reposando para su fresco contenido. La cogió con la mano derecha, y de dos sorbos, la bebió hasta el fondo. A pesar de ser todo un atleta fue débil ante esta deliciosa bebida que tomó con moderación, pues solo fue una, y es que el cansancio que experimentaba lo merecía.
Se sentó en la cama, se quitó los zapatos apoyando y empujando un talón contra otro para después dejarse caer sobre esta en las frescas y suaves sábanas de seda. Ya relajado, al cabo de unos minutos comenzó a inquietarse al sentirse observado, su instinto se lo decía: estas siendo víctima de espionaje. Su vista la clavó en el techo, después en los muros uno a uno, ¿por dónde empezar? ¿dónde sería el lugar menos obvio para instalar una diminuta cámara?, se cuestionó. Él sabía que el Gobierno del país asiático le seguía los pasos a todo extranjero de origen chino que llegaba a su territorio, pues los hacía sospechosos por ser de esa ascendencia y haber nacido en un país que consideraba hostil.
Sin mover su cabeza, pero sí sus ojos, hacía movimientos laterales que analizaban los posibles lugares donde podría estar la o las cámaras que lo estaban espiando. ¿Cuál sería el probable lugar donde se encontraría el artefacto? Hizo otro movimiento de ojos de arriba abajo, sin perder su posición horizontal que tenía tumbado en la cama, y su mirada se detuvo en el pequeño frigorífico que sospechosamente está montado sobre una plataforma en la diminuta cocina integral que tenía su suite. Contra la costumbre, el electrodoméstico no reposaba en el piso. Esto le llamó poderosamente la atención. Se incorporó y caminó hacia el mini frezeer del cual minutos antes había dispuesto de una fría y deliciosa cerveza de elaboración local. Buscó en el frente en la pequeña pantalla electrónica desde donde se manipulaba el aparato digitalmente. Había varias pequeñas luces que servían de guía para su uso: on/off, open/close, beberages, ice, etcétera. Ninguna le pareció sospechosa. Pero hubo algo que robó su atención, y esto fue la marca Pingüino. Wong Yi, por vivir en un país y sobre todo en una ciudad cosmopolita, tenía amigos desde su infancia que hablaban español y recordó que la mascota de uno de ellos de origen mexicano se llamaba así, Pingüino. Hasta aquí, todo estaba bien, pero ¿por qué un frigorífico de fabricación china tendría un nombre en español? Fijó su atención en la diéresis de la letra U de la palabra «pingüino», y tal como lo sospechó, uno de los puntos era distinto al otro. Es decir, uno era con recubrimiento plástico color plata, mientras que el otro se veía de color negro en un tono diferente al resto de la marca. Al acercar su ojo lo más posible, notó que este era de vidrio, a diferencia del resto de las letras del nombre comercial, que eran de plástico. El agente sacó desde su bota derecha una pequeña navaja que siempre llevaba consigo por si las dudas y presionó con una hoja de esta a ese punto negro de la diéresis y… ¡pum! Ahí estaba el pequeño ojo que lo espiaba. Lo jaló con su mano derecha y se desprendió este con un trozo de cable que lo conectaba a una microcámara. «¡Lo sabía!», expresó intrigado acompañado de una sonrisa que no pudo evitar. «El sabor de la victoria no tiene comparación», pensó Yi. Tendría que hacer maletas lo antes posible y llegar de improviso a otro hotel en el que sus perseguidores no tuvieran la ventaja de saber que ahí se hospedaría. Lo más rápido que pudo empacó sus pertenencias en dos maletas para salir lo antes posible del lugar. Bajó al vestíbulo y sin dar mayores explicaciones pidió la cuenta y salió apresuradamente para tomar un taxi que ya lo esperaba a la salida del hotel. El chofer manejaba rápidamente por atajos, evitando avenidas principales para evadir a sus posibles perseguidores e impedir que supieran a dónde se dirigía. El hábil conductor no era tal, tampoco el taxi, en realidad era un miembro encubierto del equipo de apoyo de Wong Yi que le proporcionaron las agencias para las cuales trabajaba, al igual que el auto. Y su misión en ese momento consistía precisamente en evitar que le siguieran los pasos a su colega para evitar riesgos al ser perseguido y en el peor de los casos atrapado. Para lograr el objetivo, tomó una calle en la que pasaría por un túnel, mismo que usaría Wong Yi para cambiar de auto, según le informó su colega, y así engañar a sus cazadores y huir de ellos, ya que los perseguirían por cielo y tierra.
Ya instalado en el nuevo hotel al otro lado de la ciudad, Yi esa noche no dormiría por estar alerta ante un posible operativo de sus enemigos para atraparlo, porque seguramente le llevarían la ventaja, pues estaba en terreno de ellos. Conocían la ciudad, contaban con cámaras de vigilancia por toda las vías y tenían personal suficiente para inmovilizarlo en poco tiempo y capturarlo si descubriesen el nuevo lugar en el que se hospedó; aun así, sin descansar suficiente durante la noche, como siempre, se levantó temprano al día siguiente para realizar su sesión de taichí, además de ejecutar su rutina de flexo elasticidad acompañado de una breve sesión de pateo al aire, tal como lo aprendió en sus clases de taekwondo, ya que habría que estar en forma siempre por aquello de las dudas. Terminó con su actividad física y preparo el té, se lo sirvió en una pequeña taza de porcelana que llevó al tocador del baño para beberlo mientras rasuraba su escasa barba y bigote, característica de los de su raza. Disfrutaba mucho el aroma que despedía el selecto té que se preparó mientras terminaba de arreglar su cara. Luego de esto, entró a la ducha para bañarse con agua fría, como era su costumbre. Este hecho lo trasladó mentalmente a los campos de entrenamientos de Virginia, en donde como parte de su preparación sometían a los futuros agentes a largos periodos de entrenamiento en los ríos de aguas heladas provenientes de las montañas de aquel lugar. Ya que debían aprender a controlar la sensación de congelamiento a través de ejercicios respiratorios y concentración mental, con técnicas adquiridas del milenario yoga. Igualmente, en ese lugar se preparaban en técnicas de lucha cuerpo a cuerpo en las diferentes modalidades de combate de Oriente. En las grandes instalaciones del complejo había construcciones urbanas en las que los futuros miembros de la CIA aprendían múltiples habilidades para saber escapar en caso necesario de una habitación o edificio, como podría ser en este caso, haciendo rapel con ayuda de las sábanas de la cama de su habitación.
X
EL DESARROLLO DEL DISPOSITIVO
Wolfang Meyer sabía que al desarrollar el virus bio cibernético que incrustaría en el nanochip, su contribución tal y como lo había concebido en su mente, el golpe para China sería devastador. El país asiático tardaría décadas en recuperar su poderío como actualmente lo tenía, pero ya sería demasiado tarde, pues su país de adopción, Estados Unidos, tendría una ventaja tecnológica difícilmente alcanzable por el país del dragón. Por su parte, el doctor Yi, en el laboratorio del Bronx, avanzaba también en lo suyo. Desarrollando la carcasa para el dispositivo con un diseño poco común, pero muy atractivo y moderno, que rebasaba lo existente hasta en ese momento. Las grandes marcas dominantes del mercado, tanto gringas como chinas, no competirían con este nuevo dispositivo y menos aún con la invasión a todos los mercados del mundo que pretendían hacer, especialmente comenzando con el Oriente, esto les daría la ventaja a los norteamericanos, y más concretamente al Gobierno de John Müller, de lograr su objetivo. El modelo de dispositivo para el mercado chino, en apariencia, sería el mismo que para el resto del mundo. Excepto por una pequeña pero gran diferencia. En estos dispositivos se insertarían nanochips invisibles al ojo humano, donde a su vez contendría el virus que haría el trabajo sucio contra el país asiático y sus habitantes. El atractivo de este dispositivo consistía en que se construiría de metales desconocidos, que además serían flexibles como si fuera silicón, fabricados en el laboratorio de Nueva York bajo la dirección de los científicos Mark Travis y el doctor Yi. Su fabricación sería muy accesible para toda la población por su bajo costo, con altísima tecnología y excelente diseño, lo cual era parte del objetivo, ya que, según cálculos de los científicos, el 90% de la población en China sería afectada en meses. Eso sería devastador. Por su parte, en su perversa psicología, Wolfang Meyer disfrutaba imaginándose el daño que su «obra maestra» causaría en ese país y con la raza que, de acuerdo a su enferma visión y a la del presidente de Estados Unidos que compartían, deberían desaparecer de la faz de la Tierra. Lo mismo que hicieron contra los judíos los nazis, a los que consideraban inferiores. Con la ideología que ciegamente aceptaba el científico adoctrinado en el nazismo asesino del pasado y en su caso del presente.
XI
TERRIBLES NOTICIAS
Las noticias que llegaban a Washington eran aterradoras para el presidente John Müller, recibió un mensaje cifrado en su correo donde leyó: Nuestro símbolo más refrescante fuera de circulación. Mismo que tradujo de inmediato en su poderosa PC, que se habilitó especialmente para él para poder descifrar los diferentes mensajes que le llegaban de su país y del mundo entero por parte de todas las agencias de inteligencia, así como de todas las embajadas norteamericanas, y cuya interpretación fue: Coca-Cola Company se declaró en quiebra. Estupefacto e inmóvil, con sus abundantes, alborotadas y arqueadas cejas y sus ojos muy abiertos, no daba crédito a lo que estaba leyendo. Carraspeó repetidamente y luego trago saliva, permaneció quieto, casi congelado por algunos segundos más. La quiebra de ese símbolo se podría interpretar como el desmoronamiento del poderío empresarial de los Estados Unidos, aunado a los miles de empleos que se perderían por la desaparición de este emporio representante de las grandes transnacionales de su país; no lo podía creer ni aceptar. Esto representaría un duro golpe en lo emocional y causaría una merma moral en el ciudadano común, el empresariado y provocaría una mala imagen global de los Estados Unidos, de su país, aunado al posible efecto domino que traería consigo esta noticia a las demás grandes empresas norteamericanas. Barajó mentalmente todas las opciones para salvar a esa gran compañía al tiempo que imaginó las implicaciones económicas que esto traería de inmediato en la bolsa de valores y el desplome en el valor de las acciones que podrían contagiar a todas las empresas yanquis, e incluso se imaginó lo inimaginable para su nación: una casi segura mega devaluación del dólar, con todas las repercusiones que esto traería para su país y para el mundo.
De inmediato, contra su costumbre, el presidente llamó con urgencia a su gabinete económico para darles la noticia. Al enterarlos de la situación, les pidió que hicieran lo propio para buscar una solución a este grave problema que estaban enfrentando como país. En pocos minutos, decidieron, en primer lugar, guardar absoluto silencio, y en segundo, ver la necesidad de rescatar de la quiebra a la marca de las gaseosas más famosa en todo el mundo con apoyo gubernamental, ya que consideraron que debían proteger a uno de sus iconos más importantes e influyentes de su país en todo el orbe. Esto podría ser la ruptura del primer eslabón de una enorme cadena de acontecimientos que seguramente afectaría a las demás empresas transnacionales de los estados unidos que, de ser así, esto sí sería un gran problema que podría representar la caída del imperio comercial de Norteamérica. John Müller sintió calosfríos en todo su cuerpo obeso tan solo de pensar en esa posibilidad. Pero su gran ego, por otra parte, se resistía a aceptar lo que sus pensamientos imaginaban. «¡No, no, no! —se repitió mentalmente—. Esto no sucederá mientras yo sea presidente. Sacaré a mi país adelante, siempre lo he hecho, por las buenas o por las malas lo haré», prometió para sí.
Por eso, urgió a sus subalternos a tomar acciones para intervenir en China, a la que culpaba de la debacle económica de su país y, además, les ordenaba cambiar el curso de la historia actual, que era muy desfavorable para el país de las barras y las estrellas respecto a China.
La reunión del mandatario con su gabinete económico avanzaba para, después de un par de horas, llegar a las siguientes conclusiones: apuntalar económicamente a las empresas más representativas del país en sus diferentes sectores: tecnología, aviación, bancaría, alimentaría, transporte terrestre y militar. Rescataría a todas las marcas conocidas mundialmente iniciando una mega campaña a nivel global a través de los medios de comunicación con su poderosa influencia que tenían en todo el orbe al mostrar en películas, noticieros y series de TV las «bondades» del sistema capitalista que su Gobierno representaba y, además, convencer de su poderío militar a través de los mismos medios impulsándolos con gran presupuesto. Usarían también a la prensa: periódicos, revistas y redes sociales; además, alentarían la realización de grandes producciones, documentales y miniseries. Estos últimos, haciendo la labor de adoctrinamiento para vender a los espectadores su american way of life, que no existía más, pero que insistiría su Gobierno en convencer a las audiencias a mantener viva la esperanza de sus ciudadanos y a los habitantes del resto del mundo en este «generoso» modo de vida, que representa a los países en desarrollo como el suyo. Tenían que insistir en ello, por así convenir a su proyecto de nación. Y además propiciar el deseo de los ciudadanos del mundo en adoptar precisamente ese estilo de vida, que consistía en el logro de objetivos materiales para su «bienestar y felicidad» mediante la adquisición de autos, motocicletas, productos de electrónica, ropa, consumo de alimentos en cadenas de restaurantes y empresas obviamente norteamericanas para engrosar las cuentas de las mismas y fortalecerlas, y a su vez contribuir con su país con el pago de impuestos, con el que obviamente un gran porcentaje de los ingresos se emplearía para gasto militar y otros asuntos no muy claros que convenían al presidente. Su preocupación de recaudar dólares era una urgencia para John Müller, ya que al declarar la guerra comercial al país asiático e imponerles altos aranceles a sus productos otrora muy competitivos, fortalecería la tendencia a consumir lo nacional y así atender y robustecer a la industria doméstica y evitar un efecto bumerán para su país. Adicionalmente, la preocupación del mandatario del «imperio del Norte», consistía en el avance de los chinos en la tecnología de la red 5G. Esto era un gran dolor de cabeza para las compañías estadounidenses, que comenzaban a rezagarse en esa carrera tecnológica. El plan TDCH00 le daría la vuelta a esa tendencia y dejaría rezagados con mucho a los asiáticos.
A la ofensiva de los norteamericanos, el país del dragón respondería de igual manera con el incremento de aranceles a uno de los productos líderes de Estados Unidos como lo es Apple en la fabricación de teléfonos inteligentes, tabletas y equipos de escritorios fabricados en aquel país.
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