Kitabı oku: «Desde el huerto del Edén hasta la gloria del Cielo»

Yazı tipi:

Desde Huerto del Edén

Hasta

la Gloria del Cielo

LA SALVACIÓN DE DIOS DESPLEGADA

POR MEDIO DE LOS PACTOS

J.R. Williamson

– Dedicatorio –

Para mi querida esposa, Megan,

cuyo compañerismo y ejemplo como coheredera de la gracia de Dios

me ha hecho de esta vida una dulce jornada

en camino a las glorias del cielo.

Publicado por:

Publicaciones Faro de Gracia P.O. Box 1043 Graham, NC 27253 www.farodegracia.org

ISBN 978-1-629461-45-8

Agradecemos el permiso y la ayuda brindada por Calvary Press Publishing para traducir e imprimir este libro, From the Garden of Eden to the Glory of Heaven, al español.

© 2008, J.R. Williamson

All rights reserved. This translation of From the Garden of Eden to the Glory of Heaven first published in 2008 is published by arrangement with Calvary Press Publishing, Greenville, SC.

© 2014, Traducción por Publicaciones Faro de Gracia. Todos los derechos reservados. Traducción al español por Alberto Manuel Rogers Pimentel, la revisión por Victor García. La portada fue deseñada por Greg Warner de Small Reflections.

Ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, procesada en algún sistema que la pueda reproducir, o transmitida en alguna forma o por algún medio - electrónico, mecánico, fotocopia, cinta magnetofónica u otro - excepto para breves citas en reseñas, sin el permiso previo de los editores.

© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

Desde Huerto del Edén

Hasta

la Gloria del Cielo

LA SALVACIÓN DE DIOS DESPLEGADA

POR MEDIO DE LOS PACTOS

J.R. Williamson


Contenido

Introducción

1: Preparándonos para el Viaje

2: Creados y Caídos

3: La Promesa de Redención

4: La Bondad y la Severidad de Dios

5: Grandes y Preciosas Promesas

6: Sellados con un Juramento y una Señal

7: Extremada y Abundantemente Superior

8: Un Pueblo Santo para el Señor

9: ¿Qué Deja De Ser y Qué Permanece?

10: Cristo, Nuestro Profeta y Nuestro Sacerdote

11: Cristo, Nuestro Rey Perfecto

12: El Reino y el Templo

13: El Mensaje y los Estatutos

14: La Esposa y el Banquete

15: De Fe A Vista

Conclusión: Viviendo las Promesas

Otros títulos de Publicaciones Faro de Gracia

Reconocimientos

Varias personas han colaborado para hacer más claro y útil este título por medio de sus esfuerzos: las congregaciones de Grace Baptist Church de Missoula, Montana, y la Reformed Baptist Church of Louisville, Kentucky; los alumnos de Fiwale Bible College en Zambia, que escucharon con paciencia y evaluaron las lecciones que más tarde llegaron a ser el contenido de este libro. El contenido teológico y exegético del libro fue mejorado y clarificado en sus oraciones por medio de Sam Waldron y Bob Gonzales, que dieron bondadosamente de su tiempo. A Rebekkah Freedman (quien merece el crédito completo por Felipe el cebra) y a Marie Peterson les doy gracias por su mucha ayuda revisando la gramática y ortografía, y haciendo otras buenas sugerencias sobre muchas cosas. Al final, gracias al editor, Joe Bianchi, por su trabajo para llevar la obra a la impresión. ¡Qué todo rinda la gloria al Dios de promesa!

Introducción

La autopista 93 serpentea hacia el norte a lo largo del límite occidental del estado de Montana, a través de valles angostos y altos bosques de pinos, junto a lagos de azul fuerte y, por supuesto, a través de las escabrosas Montañas Rocosas. En los días cuando el cielo está despejado, un glorioso momento le espera si viaja rumbo al norte desde Missoula a Flathead Lake. Durante su viaje verá inmensas montañas en la distancia. A veces, las verá entre los árboles, otras veces desde un punto alto del camino. Durante el camino los panoramas aquí y allá son grandiosos, pero relativamente breves, aislados y elusivos en el principio del viaje al norte. Pero mientras se acerca al pequeño pueblo de Arlee, empieza un ascenso firme por un período prolongado. Cuando llega a la cima, verá en toda su extensión frente a usted la cordillera Misión en un majestuoso panorama. Captura la atención de tantos que hay un parqueo al lado de la carretera en la cima de la colina, para que la gente pueda salir y pararse y admirar las montañas extendidas ante ellos. Cada vez que voy allí, esa vista me mueve a admirar la maravillosa obra de la mano creadora de Dios.

Ver esas montañas ilustra cómo me sentí la primera vez que participé en un curso sobre los pactos hace muchos años con el Pastor Greg Nichols: Yo había visto piezas individuales del gran plan de redención de Dios en mi estudio de las Escrituras, pero siempre relativamente desconectados uno del otro; no los había visto juntos, en una sola imponente cordillera. Esa clase fue el vehículo que me llevó al lugar donde yo pudiese contemplar el esquema de la Escritura en un amplio recorrido, y ver como los grandes “picos” del plan de redención de Dios (los pactos) permanecen en relación del uno al otro, y con el alcance de la Escritura. Desde entonces, ha sido mi deleite el volver a estudiar los pactos una y otra vez, y de maravillarme de la gloriosa sabiduría de Dios que ellos exhiben. Este libro nació de un deseo de compartir esa perspectiva y experiencia con el pueblo de Dios. Mi gran esperanza es que leerlo lo ayude a ver con más claridad lo que Dios ha hecho planificando y realizando nuestra redención en Cristo, para que Dios sea alabado por Su maravillosa sabiduría e inigualable gracia. La obra redentora de Cristo es a la vez el mensaje central de las Escrituras y también el pegamento que une sus varias partes, trayéndolas a una armonía una con la otra. Los pactos de Dios son Sus medios de desarrollar el plan y aplicar los beneficios de Su obra redentora. De esta manera, a través de un estudio de estos pactos que encarnan la gran promesa de salvación, podremos llegar a ver más claramente cómo la Biblia encaja. Es mi oración que este libro sea un medio de promover un entendimiento más grande de la obra de redención de Dios, ¡y de esa forma una alabanza y gloria más grande para Su Hijo!

– 1 –
Preparándonos para el Viaje

Explorando Las Características y Funciones de los Pactos

“Por mí mismo he jurado,” dice Jehová…“de cierto te bendeciré…” Génesis 22:16-17

Viajar a un nuevo lugar es emocionante, pero el viaje puede ser confuso y desalentador si usted solo tiene una vaga idea de a donde se dirige, y no sabe de seguro por qué se dirige hacia allá. Esto vale también en un estudio de los pactos. Muchas veces, cuando le decía a personas que estaba trabajando en un libro sobre “los pactos,” me miraban inexpresivamente. Aunque me deseaban lo mejor, yo podía sentir que mi respuesta no había estimulado en sus mentes nada sino confusión o desconcierto. Tristemente, para muchos cristianos, “los pactos” o “el plan de redención no son siquiera términos reconocibles.

Esta ignorancia es evidencia de un problema más grande. Nuestra cultura nos sobrecarga con una información fragmentada y desconectada que raramente es procesada. Puesto que la mentalidad promedio del cristiano practicante es a menudo igualmente fragmentada y nebulosa, no siempre somos adeptos uniendo las piezas de la información. El tipo de enseñanza y predicación en muchas iglesias simplemente desciende hasta este nivel en vez de procurar elevarlo hacia un entendimiento más claro y comprensivo. Es más, cuando usted considera que la Biblia es una colección de sesenta y seis libros escrito por más de cuarenta autores, abarcando tantos siglos, la tarea de comprender la relación entre todos puede parecer absolutamente abrumadora. Pero, ésta es exactamente la razón por la que es importante para nosotros entender los pactos. Como veremos, los pactos, son señales dadas por Dios; son marcadores que nos indican cómo la historia de la redención progresa y se desarrolla. Ellos son los grandes puntos de referencia en el detallado mapa de la Biblia, manteniéndonos en curso y ayudándonos a conseguir nuestro rumbo mientras viajamos por sus páginas.

Ya que estaremos viendo los pactos a lo largo de nuestro estudio sobre cómo la Biblia encaja perfectamente, comencemos estableciendo una idea básica de lo que son los pactos, y después considerando por qué son importantes.

¿Qué buscamos

Una Definición Básica de los Pactos

EL CONCEPTO GENERAL DE LOS PACTOS

El término “pacto” es usado casi trescientas veces en las Escrituras. El término antiguo-testamentario, “berith,” es usado 266 veces y habla de un compromiso formal hecho entre dos partes. Los pactos contienen en esencia un juramento hecho ya sea por una o ambas partes. Cuando ocurre un compromiso de pacto, el término usado a menudo era “cortando” un pacto, ya que animales eran cortados y sacrificados como parte de una solemne ceremonia de compromiso con el pacto (Génesis 15:18; Éxodo 34:10; 1 Samuel 11:1), y porque los pactos frecuentemente involucraban una comida o banquete conmemorativo (cf. Génesis 26:26-30). Este compromiso coloca a las personas involucradas bajo la solemne obligación de “guardar el pacto.” (1 Reyes 8:24; Génesis 17:9-10; Éxodo 19:5 compare Génesis 21:25-34, 31:44-55; 1 Samuel 18:3-4; Josué 9:3-15, etc.). La violación de las obligaciones del pacto amenazaba el bienestar de aquel que había prometido guardarlo, particularmente si ese pacto había sido impuesto por un superior. Por ejemplo, en Jeremías 34:8-22, Dios pronuncia juicio sobre Israel por haber quebrantado el pacto y “jura” destrucción como resultado de hombres que quebrantaron el pacto con Él, o no guardaron lo que juraron delante de Él (compare Isaías 24:5; Jeremías 22:5; Salmo 95:10-11; Oseas 10:4).

Por lo tanto, en términos generales, los pactos en las Escrituras son compromisos solemnes entre dos partes, ya sea que envuelvan promesas, obligaciones o ambas. Esto es, en general, la naturaleza de los pactos que Dios ha hecho con los hombres; son compromisos bajo juramento que incluyen promesas y responsabilidades.

LOS CINCO PRINCIPALES PACTOS ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES

Las personas hacen pactos unas con otras, como en el matrimonio, y también hacen votos a Dios, en los cuales prometen fidelidad a Él. Ambos tipos de pactos son iniciados por hombres; pero en este libro, estaremos considerando un tercer tipo, los pactos en los que Dios jura a los hombres su bendición. Estos pactos anuncian y declaran ciertas bendiciones sobre los hombres, y son iniciados y definidos solo por Dios. A menudo conllevan obligaciones así como responsabilidades, pero el énfasis en estos pactos es en la promesa de Dios. Como los otros pactos que hemos mencionado, ellos incluyen un acto de Dios por el cual Él jura guardar ese pacto con Su propia vida. Hebreos explica que el juramento que Dios presta es diferente al de aquellos que prestan los hombres; no hay nada superior a Dios por lo cual Él podría jurar:

Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa. Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación. Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. (Hebreos 6:13-18; énfasis mío)

Todas las palabras de Dios son seguras y ciertas (Salmo 119:89-90). Encima de eso, Sus promesas son señaladas como infaliblemente dignas de confianza y fieles por causa de Cristo (2 Corintios. 1:20). Pero el texto está diciendo que en ciertas ocasiones, con ciertas promesas Suyas, Dios hace un juramento de confirmación. Ese juramento no hace Su Palabra más segura, ya que todo lo que Él habla es inmutablemente verdadero y eterno. Lo que sí hace el juramento es que consuela el corazón y fortalece la fe de Su pueblo.

De esta manera, en el curso de la historia, Dios ha pronunciado promesas especiales y las ha sellado con un juramento. Hay cinco pactos llamados explícitamente así en las Escrituras: el pacto con Noé, el pacto con Abraham, el Antiguo Pacto, el pacto con David; y el Nuevo Pacto. Estos cinco pactos son necesarios porque el hombre no obedeció el mandamiento de Dios en el Huerto, y ellos son la revelación de la Promesa de Redención de Dios declarada en el huerto justo después de la caída de la humanidad.

¿Cómo Son?

Marcas que Identifican a los Pactos

Ya que nuestro objetivo en este libro se limita a los principales pactos que Dios ha hecho con Su pueblo a lo largo de la historia redentora, necesitamos desarrollar un entendimiento más claro de la naturaleza de esos pactos entre Dios y la humanidad. Un estudio de los elementos comunes de todos los grandes pactos entre Dios y los hombres revela ciertas marcas inconfundibles de la mano de Dios en los pactos que Él hace con Su pueblo. Cada pacto tiene sus características particulares, pero todos comparten las siguientes marcas identificables:

Todos los pactos son distintivamente soberanos. La soberanía total de Dios es mostrada en cada pacto que Él hace con Su pueblo a través de la historia. Cada uno de los pactos que consideraremos es iniciado por Dios, no por los hombres. Dios procura activamente el bien de los hombres, aunque ellos no lo estén buscando a Él. Los términos del pacto no son elaborados entre Dios y los hombres, sino declarados sólo por Dios. A las personas no se les pide hacer un pacto con Dios; Él no se reúne con Noé, Abraham, o ninguna otra persona en la historia redentora y trata de “llegar a un acuerdo.” En otras palabras, el establecimiento de pactos en la Biblia no es como comprar una casa, donde el contrato es pasado de uno al otro por medio de un mediador hasta que todos estén de acuerdo sobre cuánto va a costar y quien se queda con el refrigerador. En vez de eso, un pacto es un decreto real: el Rey emite una declaración respecto a las bendiciones que Él conferirá a Sus súbditos y a las responsabilidades de ellos para con Él y el asunto es concluido.

Todos los pactos son relacionales. Cada uno de los pactos establece una relación entre Dios y aquellos con quienes Él hace el pacto. Ellos no son solo momentos para transmitir información; son épocas en las que se establecen relaciones que representan una nueva fase en el trato de Dios con las personas involucradas. Los pactos son marcas del desarrollo de la interacción de Dios para con Sus criaturas, y cada una impacta profundamente la relación que los recipientes tienen con el Dios vivo y verdadero.

Todos los pactos por naturaleza son de gracia. Si Dios fuera como los gobernantes humanos, la declaración anterior sobre los pactos siendo soberanos serían una causa real de preocupación. Las personas vivirían en temor, preguntándose cuál decreto descendería de los cielos sellando inalterablemente su condenación. Es verdad que los pactos contienen elementos de obligación para los hombres, pero, como veremos, cuando Dios le habla a los hombres y hace un pacto con ellos, el tema predominante es el de la gracia. Los pactos le expresan a la gente en términos comprensibles, los propósitos misericordiosos que han estado en el corazón de Dios desde antes de la fundación del mundo. Cada vez que un nuevo pacto es revelado en las Escrituras, es otra revelación más del gran diseño de Dios de hacerle bien a Su pueblo.

Todos los pactos contienen promesas de Dios. Los pactos no solo emiten el aroma de la actitud misericordiosa de Dios hacia Su pueblo, sino que contienen promesas objetivas de Dios. Si todo lo que recibiéramos de Dios fueran expresiones verbales de benignidad, ciertamente sería más de lo que merecemos, pero no ayudaría nuestra situación; no nos daría una esperanza y un futuro. Por esta razón, las promesas son el corazón de cada pacto. Ellas expresan los deseos de Dios para Su pueblo, y exponen ciertas cosas que los recipientes pueden esperar de Dios, porque Él siempre cumple Su Palabra (Hebreos 6:13-20).

Todos los pactos son sellados con un juramento. Cada uno de los pactos expresan la gracia de Dios en forma de promesas específicas para Su pueblo, y esa promesa de gracia es sellada con un juramento. Hay cientos de promesas en la Biblia, pero, como veremos en los capítulos que siguen, las promesas en los pactos tienen un lugar más formal, solemne y esencial en el plan de Dios. Cada pacto incluye un momento en el que se jura y se hace un compromiso que certifica lo que se ha prometido. A menudo envuelve una señal, una comida ceremonial, o ambas, como medio de confirmación y para hacer memoria del juramento que se ha tomado (Génesis 31:44-55). Es más, a menudo los pactos son repetidos en diferentes pasajes de las Escrituras para enfatizar su valor único entre las promesas de Dios.

En resumen, los pactos son promesas soberanas de Dios bajo juramento que crean una relación especial entre Él y aquellos con quienes Él hace el pacto con juramento. Ahora volveremos nuestra atención del “dónde” de nuestro viaje hacia el “por qué” de su función y propósito.

¿Por Qué Vamos Hacia Allá?

LA IMPORTANCIA DE LOS PACTOS

¿Qué es tan importante sobre los pactos que debemos tomarnos el tiempo para viajar a través de las Escrituras estudiando cada uno de ellos durante el camino? Por un lado, los pactos son revelados por Dios, y por lo tanto son parte de las Escritura que Dios dice que es “útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Toda la Escritura merece un estudio y consideración cuidadosa. Pero más allá del beneficio general de conocer toda las Escritura, las siguientes son otras de las razones por las que los pactos en particular merecen nuestra especial consideración.

Primero, los pactos marcan los momentos cruciales de la revelación de Dios a los hombres. Las Escrituras no nos fueron dadas todas a la vez, y tampoco fueron dadas a un ritmo lento y consistente durante un largo período de tiempo. Ellas vinieron en períodos marcados e intensos o en épocas en las cuales Dios reveló una gran cantidad de verdad sobre Sí mismo, y expuso algún otro aspecto importante de Su plan global en la salvación de la humanidad. Los pactos sirven como marcos de referencia para estos períodos y ellos son el principio organizador para las cosas que Dios nos revela en la Biblia. En otras palabras, las eras de los pactos son las grandes eras en las cuales fue dado el contenido de la Biblia. Puesto que éste es el caso, los pactos nos brindan el esquema divino de las Escrituras. En un sentido, los pactos son los grandes encabezados para el libro que llamamos la Biblia y nos dan una idea del tema de cada sección de su contenido.

Segundo, los pactos ayudan a explicar los grandes actos redentores de Dios. La Biblia contiene los siguientes tres grandes actos redentores de Dios: Él redimió a una familia del diluvio universal, Él redimió a una nación de la esclavitud en Egipto, y Él redimió a un mundo de pecadores de la destrucción por medio de Cristo. A veces podemos ser como niños en nuestro entendimiento de estos y otros eventos claves en la Biblia—conocemos la historia, y podemos contársela a otros, pero no estamos tan claros sobre lo que significa y por qué está allí. Los pactos proveen el significado para las historias más grandes de la Biblia, declarando la infalible interpretación de Dios de Sus actos redentores.

Revelación y redención siempre van juntas. Cuando Dios hace una gran obra, Él habla de antemano, preparando a la gente para lo que viene, y luego posteriormente, explicando la importancia de lo que Él ha hecho y como se aplica prácticamente a Su pueblo. Los pactos de Dios son sus herramientas interpretativas para explicar el significado de Sus actos. Por ejemplo, veremos que Dios habla a su pueblo antes del Éxodo, y luego le habla nuevamente para enseñarle la importancia de lo que había ocurrido. El pacto que Él hace con ellos está conectado a esta liberación, tal como Su pacto con Noé está conectado con su rescate del diluvio (Éxodo 19:1-6; Génesis 9:1-11). De hecho, cada uno de los pactos tiene una conexión con la obra redentora más importante—la obra de Cristo para nuestra salvación. La Biblia nos dice que Cristo viene, describe lo que Él hace, y luego nos explica y aplica la importancia de estos eventos. Los pactos juegan un papel central exponiendo las características principales de la obra redentora de Cristo, tal como veremos a lo largo de este libro.

Tercero, los pactos nos ayudan a ver la naturaleza progresiva del plan redentor de Dios. Como cristianos modernos quienes siempre han tenido una Biblia completa, podemos tener una perspectiva simplista sobre la verdad del Evangelio. Nos olvidamos que literalmente hace miles de años Dios ha estado desarrollando progresivamente un plan para salvar a los pecadores el cual fue consumado en la muerte, sepultura, y resurrección de Cristo. Un estudio de los pactos nos permite recorrer todo el trayecto desde la promesa de Dios a Adán y Eva en el Huerto hasta la inauguración del Nuevo Pacto el cual fue sellado con la sangre de Jesucristo. Nos permite ver las cosas desde la perspectiva de los hombres y mujeres que oyeron estas promesas por primera vez y nos hace apreciar de una forma más completa lo limitado de su conocimiento; pero a la vez nos muestra la unidad esencial entre su fe y la nuestra. Al mismo tiempo, vemos cuán vastos e detallados fueron los designios de Dios en la salvación de su pueblo. En este sentido, estudiar los pactos es como volver atrás y mirar fotografías de la construcción de una masiva e detallada obra maestra arquitectónica. Podemos ver cómo son el fundamento, la estructura, y las obras internas del desarrollo del reino de Dios. Esto nos ayuda a apreciar más plenamente la salvación que disfrutamos actualmente, y también maravillarnos de la sabiduría de Dios como el Diseñador del plan de redención.

Cuarto, los pactos nos permiten apreciar la centralidad de Cristo en las Escrituras. A medida que las piezas del mosaico de los pactos sean unidas en el transcurso de este libro, es mi esperanza que usted reconozca crecientemente el rostro de Cristo en el estudio de los pactos. El predicador tenía razón cuando dijo: “Así como todos los caminos conducen a Roma, así todos los textos conducen a Cristo.” Esa no es sola una manera agradable de pensar acerca de la Biblia, sino que es la regla bíblica de interpretación. Debemos esperar encontrar a Cristo en todas las Escrituras (Lucas 24:27; Juan 5:39). Si usted ama encontrar a Cristo en las Escrituras, amará estudiar los pactos. Cada uno revela una faceta diferente de Su persona y de Su obra.

Quinto, los pactos son el patrimonio y la herencia de todos los cristianos. ¡Esta es una razón poderosa para estudiar los pactos! Ellos le pertenecen por nacimiento como un hijo de Dios. En el libro de los Efesios, Pablo describe la maravilla de nuestra salvación por la libre gracia del Señor Jesucristo. Él muestra nuestra posición de muertos en nuestros pecados y enemigos de Dios, y luego describe cómo Dios nos dio vida por Su poder. Hablando primordialmente a los gentiles, (no judíos), él sigue relatando que antes de que se volviesen Cristianos, ellos estaban “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.” (Efesios. 2:12-13).

Eso significa que todos los cristianos, de cualquier trasfondo étnico o religioso, son hechos cercanos a Cristo, tanto por haber sido adoptados como por haber sido hechos herederos. ¡Estos pactos son nuestros pactos! Las bendiciones pronunciadas en los pactos son la propiedad de los descendientes espirituales de aquellos que originalmente oyeron esas promesas, y por consiguiente, estudiar los pactos puede ser como descubrir un montón de riquezas y bendiciones familiares que usted ni siquiera sabía que existían. Así como la oración de Pablo era que los efesios pudiesen comprender plenamente la altura, profundidad, y anchura del amor de Cristo, es mi oración que usted comprenda crecientemente la altura, profundidad, y anchura de la heredad que Dios ha preparado para usted como Su hijo.

Acabamos de rascar la superficie del significado e importancia de los pactos. Mientras nos movemos hacia los detalles de cada sección, las características comunes de los pactos que identificamos en este capítulo serán resaltadas y, al mismo tiempo, veremos cómo nuestra visión de la revelación progresiva del plan de redención de Dios causa tanto impacto a nuestra vida cristiana diaria y a nuestro caminar con Dios. Comenzando con los eventos claves en los primeros capítulos de la Biblia que declaran la promesa de redención, estudiaremos cada uno de los cinco grandes pactos del Antiguo Testamento, y luego seguiremos mirando el Nuevo Pacto, el cual reúne todos los demás, y muestra su cumplimiento en Cristo.

RECOMENDADOS PARA MÁS ESTUDIO:

Hendriksen, William. Survey of the Bible. [Panorama de la Biblia] Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1995.

Gonzales, Robert. “The Covenantal Context of the Fall: Did God Make a Primeval Covenant with Adam?” [El Contexto del Pacto en la Caída: ¿Hizo Dios un Pacto con Adán?] in Reformed Baptist Theological Review. 4:2 (2007): 5-32.

Coxe, Nehemiah and Owen, John. Covenant Theology from Adam to Christ. [La Teología del Pacto, Desde Adán hasta Cristo] Palmdale, CA: Reformed Baptist Academic Press, 2005.

– 2 –
Creados y Caídos

La Necesidad y El Propósito de los Pactos

He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto,pero ellos buscaron muchas perversiones. Eclesiastés 7:29

Hay formas de autoengaño que pueden llevarlo a uno a una institución mental. Si usted se cree ser Elvis, Abraham Lincoln, o Zeus el dios griego, padece de una enfermedad que lo hace incapaz de funcionar en el “mundo real.” Lo mismo es verdad si cree que es algo menos que humano, como un perro o un mono. Estas formas absurdas de comportamiento serían casi cómicas si no supiéramos que hay personas cuya salud mental está tan comprometida que realmente llegan a convencerse de su falsa identidad, y comienzan a vivir de acuerdo a ese engaño.

Aunque los dos tipos de falsa identidad que acabamos de considerar afortunadamente son raros en nuestra sociedad, hay muchas más personas viviendo con un problema de identidad de lo que usted podría percatarse a simple vista. Por todas partes a nuestro alrededor la gente está desorientada en su concepto de sí mismas. Por un lado, creen ser esencialmente animales evolucionados sin ninguna conexión con Dios o la eternidad; por el otro lado, se ven como personas esencialmente buenas, casi como dioses que controlan sus vidas y las de otros. Simultáneamente participan del estilo de vida de una bestia impulsiva y del de una reina de belleza vanidosa; son dados a las pasiones carnales, pero luego se ven sí mismas como una “diva.”

La diferencia entre estas personas y las que están en instituciones mentales es asunto de cuán consistentemente viven en su autoengaño. La mayoría de las personas no llevan a su conclusión lógica lo que creen de sí mismas, porque su cosmovisión simplemente no se puede vivir; ellas realmente no pueden vivir como si fuese verdad lo que han llegado a creer sobre la humanidad. Hay demasiadas cosas que no pueden ser explicadas, y se contradicen una con otra, por lo que se contentan solo con tener una manera borrosa e inconsistente de verse a sí mismas y a la realidad. De esa forma, sienten que no deben rendir cuentas a Dios (creyendo que no son responsables ante El), que hay propósito y significado para su existencia, y que son únicos y especiales (creyendo ser su propio “dios” o que “hay un dios dentro de cada uno de nosotros,” etc.).

Sin embargo, solo la cosmovisión cristiana de la naturaleza de la humanidad (como creada por Dios y a la vez caída en Adán) da una respuesta satisfactoria a nuestra verdadera identidad, como criaturas caídas hechas a la imagen de Dios. Es esta doble realidad la única que explica cómo podemos ser brillantes y brutales al mismo tiempo, cómo podemos diseñar edificios y administrar compañías a escala masiva, y aún así estar haciéndole daño a nuestros cuerpos con el alcohol, las drogas, el tabaco y la glotonería; cómo podemos crear tecnología para viajar de un lado del mundo al otro en cuestión de horas, y aún así estar en guerra unos con otros alrededor de toda la tierra.

Estas contradicciones brotan de dos realidades fundamentales que son la Creación y la Caída. Lo que pasó en el Huerto del Edén es crucial para entender los pactos. Es ahí donde vemos lo que originalmente Dios deseaba que el hombre fuese, y por qué el hombre necesita la intervención de Dios como se revela en los pactos para poder ser reconciliado con Él. De hecho, todo lo que se dice y hace en los cinco grandes pactos que vamos a considerar tiene el propósito de restaurar lo que se perdió antes de la Caída, o de llevar a cabo lo que fue prometido en el Huerto después de la Caída.1

En este capítulo, queremos enfocarnos en la creación del hombre, el periodo en que Dios lo probó (“prohibición”), y su fracaso ante la prueba al caer en pecado. Como hemos empezado a ver, hay dos realidades que son profundamente importantes para nuestra existencia: que somos creados a imagen de Dios, y que hemos caído en pecado y muerte. Mientras mejor entendamos estas realidades y sus implicaciones, mejor nos entenderemos a nosotros mismos, a Dios y la naturaleza de nuestra relación con Él.

La Criatura Que Lleva La Imagen

El relato de la Creación en los capítulos uno y dos de Génesis nos informa de varias características de la intención y designio original de Dios para nuestra relación con Él. En esa breve narración, descubrimos que todos los seres humanos son criaturas hechas a la imagen de Dios con cuerpos y almas diseñadas para vivir para siempre.

SOMOS CRIATURAS

La creación de la humanidad es mencionada dos veces en los dos primeros capítulos de la Biblia. Inicialmente es vista dentro del contexto de la creación del universo, donde el hombre es la corona de la obra creativa de Dios:

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. (Génesis 1:26-28; 31)

En el siguiente capítulo, la creación del hombre es descrita en más detalle. Ahí, la Escritura dice que “Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.” (Génesis 2:7). Estas son palabras un tanto familiares para nosotros, ¡pero qué monumentales son sus implicaciones! Una vista correcta o distorsionada de nuestra creación tiene peso en cada aspecto de nuestra relación con Dios; afecta fuertemente cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo vivimos nuestras vidas. El relato de la creación nos demuestra que fuimos hechos cuidadosamente por Dios según Su deseo, y que la existencia del hombre tiene un propósito e intención. También nos demuestra que nuestra creación fue inmediata; no describe un extenso proceso de creación de prueba y error, como en la teoría evolucionista, sino más bien una serie perfecta y completa de eventos creativos. Es más, de la narración aprendemos que la creación era buena, y que la formación de una criatura especial llamada “hombre,” llevó la creación a un lugar en el cual es descrita como “buena en gran manera” (Génesis 1:31).

En otras palabras, ¡desde las páginas iniciales de las Escrituras tenemos la verdad sobre nuestra naturaleza como criaturas, la cual está en conflicto directo con la cosmovisión de la mayoría de las personas con quienes vivimos y trabajamos! Aunque muchos creen en “un Dios,” pocas personas piensan de sí mismas como hechas por Dios en un acto creativo especial. Y son menos las personas que aceptan la implicación de ser criaturas hasta el punto de aceptar responsabilidad ante Dios y de rendirle cuentas.

Romanos 1:18-32 nos enseña que en realidad las personas “saben” que son criaturas hechas por Dios, pero suprimen esa verdad por causa del pecado. El mismo pasaje muestra la degradación moral que ocurre cuando rechazamos la verdad de nuestro origen; también muestra el orgullo y auto-deificación resultante de la creencia de que en algún sentido nos creamos a nosotros mismos.

Sin embargo, como cristianos, debemos ir más allá de meramente denunciar un concepto falso de nuestro origen; debemos vivir a la luz de la enseñanza bíblica de que somos criaturas hechas por Dios. Saber que usted fue creado por Dios le da una conciencia más grande de su dependencia de Él. Este es el caso particularmente cuando recordamos que no somos más que polvo sin el aliento de vida, sustentador de Dios. Mientras uno de los amigos de Job imagina el reverso del acto creativo de Dios, él hace una declaración que nos recuerda nuestra dependencia total y continua del poder sustentador de Dios como nuestro Creador: “Si Él pusiese sobre el hombre su corazón, y recogiese así su espíritu y su aliento, toda carne perecería juntamente, y el hombre volvería al polvo.” (Job 34:14-15). Sin Dios, ¡nos revertiríamos en un montón de tierra!

Nuestro estatus como criaturas nos recuerda la demencia y la necedad del orgullo, y nos pone de vuelta en nuestro lugar apropiado. Vivimos por el principio de que el Creador es el Señor; por lo tanto, Él tiene todo el derecho de mandar lo que ha formado y moldeado con Su poder creador. Cuando surgen preguntas acerca de la justicia de Dios respecto a cómo Él gobierno el mundo, Pablo ultimadamente apela al hecho de que Dios nos creó, y tiene el derecho de hacer con nosotros lo que Él quiera porque somos Sus criaturas. Respondiendo un cuestionario hipotético sobre la justicia de Dios, Pablo dice:

Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? (Romanos 9:20-21)

No deberíamos cuestionar el derecho de un escultor de hacer lo que bien le parezca con su barro en su estudio, y solo porque tengamos la capacidad dada por Dios de cuestionar al Escultor Divino no significa que Él tenga menos derecho sobre nosotros, Su barro. En realidad, ¡hay una diferencia mucho más grande entre nosotros y el infinito Dios Creador que la que hay entre un finito escultor humano y su barro! Nosotros fuimos hechos por Él, y Él tiene derecho absoluto sobre nuestras vidas para hacer con nosotros lo que sea Su voluntad (ver Salmo. 100:3).

SOMOS HECHOS A LA IMAGEN DE DIOS

Ciertamente somos criaturas, pero somos criaturas hechas a la imagen de Dios (compare Santiago 3:9) ¿Qué significa esto? Significa que como criaturas hemos sido diseñadas por Dios para llevar Su semejanza, lo que implica que en el caso del hombre, Dios estaba pintando un auto-retrato. Él había dotado al cielo de la noche con estrellas, había peinado la tierra seca con grama y árboles, y detalló finamente cada pluma, garra, mechón y piel de toda criatura viviente; todas las obras de arte dicen algo sobre el artista, y todas las cosas que Dios hizo retratan Su carácter hasta algún grado (Salmo 19:1). Pero, cuando Dios creó al hombre, Él estaba uniendo varios de Sus atributos para formar un auto-retrato vívido; la distinción entre el artista y su obra es obvia, y aún así la semejanza es innegable. Por eso, haber sido hechos a la imagen de Dios no nos hace iguales a Dios, ni nos hacen un “mini-Dios”— ¡la diferencia entre Él y nosotros es inmensurable! Aun así, la semejanza con Él en la creación es inconfundible, porque Dios el Creador nos diseñó con ciertas características que corresponden a Su “imagen.” Miremos unos cuantas.

Primero, somos criaturas morales. Fuimos creados en rectitud moral, o justicia moral. Dios es justo en Sí mismo e hizo a la humanidad recta, o positivamente santa (Eclesiastés. 7:29). El hombre no era una entidad neutral, esperando holgadamente si se volvería malo o bueno; él era una criatura positivamente buena que cayó de la bondad y justicia al pecado, la miseria y la muerte. Pero aun después de la caída, todavía somos criaturas morales, y aunque el carácter de santidad y justicia se ha perdido, la responsabilidad de santidad y justicia permanece en nosotros. La imagen de Dios es expresada aun entre los incrédulos, que aunque sean gente pecaminosa se juzgan moralmente unos a otros, mostrando que el sello original de Dios, aunque distorsionado y corrompido, permanece en sus conciencias (Romanos. 2:14-15; comp. Efesios. 4:24).

Además, somos criaturas racionales. Dios es racional en el sentido de que Él piensa, sabe y comprende. El hombre también es racional; el tiene la capacidad para el pensamiento lógico, la evaluación y el lenguaje. Desde los primeros momentos de la creación, Dios le está hablando al hombre; Él interactúa con el hombre como otro ser racional. Esta racionalidad es evidente también por el hecho de haber sido creados con la capacidad de ejercer libremente nuestra voluntad y hacer elecciones morales basadas en la revelación y la razón. Cuando Dios salva personas, Él renueva esa capacidad racional. Él vuelve a colocarla en línea con Su propósito creador original (Colosenses 3:10).

Finalmente, somos criaturas emocionales. Somos hechos a la imagen de Dios en el sentido que podemos y de hecho expresamos, odio, placer, pesar y otras emociones. Algunos escritores han sugerido que las referencias de Dios a Sus emociones simplemente son una forma de acomodarlas a nuestro entendimiento. Es verdad que a veces la Biblia utiliza un lenguaje acomodador y figuras retóricas para describir a Dios (vea el tratamiento de Génesis 6:6 en el capítulo 4), pero la Biblia sobreabunda con un lenguaje que expresa el amor, pena, preocupación, cuidado y simpatía de Dios junto con muchas otras emociones que no son presentadas para acomodarnos, sino para atribuirle a Dios ciertos rasgos de carácter. Por causa del pecado, nosotros expresamos nuestras emociones de forma incorrecta y por cosas incorrectas, y a menudo somos llevados por nuestras pasiones carnales al pecado. Sin embargo, este problema no tiene que ver con nuestro diseño. Las emociones y/o afectos justos son parte de nuestra semejanza con Dios. El problema con las emociones es nuestra distorsión pecaminosa de ellas, al igual que con nuestra creatividad u otros aspectos de nuestra semejanza con Dios ¡Alabado sea Dios pues en el mundo venidero tendremos emociones perfectas que reflejarán con precisión la perfecta capacidad emocional de Dios!

SOMOS SERES CON CUERPO-ALMA

Otra gran característica de nuestra creación es que estamos compuestos de cuerpo y alma. Fíjese cómo Dios formó a Adán del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida. No fue sino hasta que estos dos eventos sucedieron que el hombre fue llamado un “ser viviente.” La separación de estos dos implica la muerte, y la muerte es una maldición porque arranca dos cosas que originalmente fueron creadas para estar unidas inseparable y eternamente. Mientras estamos en la tierra, el pecado distorsiona el cuerpo así como el alma. Actúa particularmente contra nuestros cuerpos después que nos convertimos, para que “lo bueno que [nosotros] queremos hacer, no lo hagamos…” (Romanos 7:19). Nuestra voluntad, un aspecto de nuestra alma, es cambiada por gracia e inclinada al bien, pero nuestro cuerpo (que incluye las pasiones carnales) lucha contra la voluntad y los deseos de nuestro nuevo hombre interior (Romanos 7:22-23). Los deseos de la carne no solo inclinan nuestro espíritu renovado a pecar, sino que las limitaciones de cansancio y enfermedad nos estorban aun cuando tenemos deseos piadosos (Mateo 26:41).

Sin embargo, ya que sabemos que nuestros cuerpos eran originalmente buenos al momento de la creación, entonces hay esperanza tanto para el cuerpo como el alma. Las cosas materiales, incluyendo nuestros cuerpos, no son malas en sí mismas, pues fueron declaradas “buenas en gran manera” en la creación (Génesis 1:31). La gloria de la resurrección yace en el hecho de que aquellos que conocen al Señor tendrán un cuerpo transformado y un alma sin pecado unidos, trabajando para siempre en armonía para dar gloria a nuestro Dios Creador y Redentor (comp. Romanos 8:23).

LAS BENDICIONES Y RESPONSABILIDADES DE LA HUMANIDAD

Como resultado de nuestro estado original como criaturas hechas a la imagen de Dios con cuerpos y almas, tenemos ciertas bendiciones y responsabilidades. En nuestra relación con Dios, estas dos están estrechamente vinculadas; las cosas que Dios nos manda a hacer (nuestras responsabilidades) son “siempre para nuestro bien”—son de bendición para nosotros (comp. Deut 6:24). Si todo lo que Dios demanda de nosotros es para nuestro bien, entonces nuestro deber corre paralelo con nuestro deleite; nuestras responsabilidades son una causa de regocijo. Esto es demostrado en la introducción al mandato de la creación: “Los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos…” (Génesis 1:28). Es el pecado, y no los mandamientos de Dios, lo que nos ha hecho colocar las bendiciones y las responsabilidades en confrontación una con otra; pero en la redención, Dios restaura el deleite de hacer Su voluntad por el cual Sus leyes y mandamientos se convierten en una bendición para nosotros, como lo eran para Adán y Eva. Tomemos un inventario de las bendiciones y responsabilidades que Dios confirió a la humanidad en la creación.

Primero, el hombre ha de ser la imagen de Dios. Él ha de actuar según fue diseñado cumpliendo la función para la que fue hecho. Esta característica central de la responsabilidad del hombre no es mencionada explícitamente, pero es fuertemente insinuada. La bendición de esta responsabilidad para el hombre no puede ser exagerada. La vida del hombre no puede tener un significado e importancia más grande que el carácter de Dios. No podemos tener más satisfacción y gozo que cuando estamos siendo aquello para lo cual Dios nos hizo—los portadores de Su imagen. Toda búsqueda de excelencia fuera de Dios es un hoyo vacío en el cual son vertidos nuestro tiempo, tesoro y energía. ¿Qué valor real hay en vivir para alcanzar la excelencia en educación, atletismo, o cualquier otro campo profesional? Si esto es todo lo que hay para lograr, entonces la vida es una maldición y no una bendición (Eclesiastés 1:2-4, 14; Mateo 6:25; Santiago 4:13-14). Pero si buscamos ser aquello para lo que Dios nos hizo, y reflejar Su imagen, ¿qué objetivo más grande podríamos imaginar? Ser como Dios en amor, compasión, justicia, virtud, bondad, misericordia, gozo, contentamiento, santidad y pureza— ¡esto es bendición suprema! Otra característica de la responsabilidad de ser a la imagen de Dios es que siendo criaturas morales debemos obedecer la ley de Dios escrita en nuestros corazones. Por ejemplo, Adán no podía haber mentido y haberse salido con la suya al mentir, aun si él no comía del árbol de la ciencia del bien y del mal. Eso distorsionaría y tergiversaría la imagen de Dios porque la prueba que Dios le puso a Adán concerniente al “Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal” fue una prueba específica del compromiso general del hombre de obedecer a Dios y de andar en sumisión a Él de tal manera que reflejase Su gloria.

En segundo lugar, el hombre ha de ser fructífero y multiplicarse. Desde el principio, fue la intención de Dios ver una multitud de gente sobre esta tierra. Adán y Eva fueron los primeros en oír el mandamiento de “fructificad y multiplicaos.” El propósito era “llenar” la tierra, lo cual habla de esparcirse a través de toda la tierra numéricamente mientras llevaban consigo el mandato de atenderla, mantenerla, ordenarla y someterla. Adán y Eva habrían de ver los hijos como una bendición. No hay un número mágico de hijos que a uno se le requiera para cumplir con el mandato de la creación, pero hay una disposición requerida, y es que las parejas han de desear y buscar tener hijos (Génesis 8:17, 9:1; Salmo 127:3-5).

Una de las señales de una cultura degradada es la pérdida de un deseo, amor y cuidado piadoso hacia los niños como el que Dios tiene. Esto es evidente por la forma en la que la sociedad ve el aborto o que ve a los niños como una carga limitante a sus actividades egoístas. Ser fructífero y multiplicarse es una responsabilidad dada a toda la humanidad, pero también es una maravillosa expresión de la compasión de Dios hacia nosotros en que cada niño es un regalo del Señor y una verdadera bendición por la cual somos exhortados, mientras llevamos a cabo esta labor que imita a Dios de engendrar y criar hijos.

En tercer lugar, el hombre ha de gobernar y someter la creación de Dios. Esta regla es una expresión de la identidad del hombre como portador de la imagen de Dios, y a la vez es parte de su identidad y su responsabilidad. El gobierno y dominio de Adán comenzó a lograrse por dos eventos en el huerto: Primero, en relación a la vida vegetal de la creación antes de la caída, se le dio un segmento para cultivar. El Señor plantó un huerto especial para el hombre (Génesis 2:8). Imagínelo— ¡un huerto sin yerbas malas o espinas o cardos, una porción especialmente diseñada de una creación perfecta! El hombre fue puesto en ese huerto y le fue dada autoridad sobre él como un gerente para labrarlo y guardarlo (Génesis 2:15). Este estado de perfección en el huerto no hizo que Adán se pusiese a mecer en una hamaca y a beber limonada todo el día, sino que lo animó a trabajar. Había un bueno, significativo y grato trabajo para hacer. Adán habría de labrar y guardar ese maravilloso huerto; el estaba “a cargo” de él. En resumen, el primer hombre fue el primer gerente.

A Adán también le fue dada la tarea de nombrar todos los animales, lo cual nos indica que tuvo que usar la mente que Dios le dio para su labor en el huerto. Esto implica mucho más que llamarle “Felipe” a la cebra o “Manchitas” al Leopardo. Es muy probable que para poder nombrar a los animales hay tenido que separarlos y clasificarlos según su diversidad. Tuvo que estudiarlos y conocerlos suficientemente bien para poder designar cada uno apropiadamente. Principalmente, esta tarea demostró su dominio sobre los animales; el los definió, porque estaba a cargo de ellos.

Dios ha bendecido al hombre con el gobierno de la tierra. Sin embargo, ahora el reto es mucho más difícil. Los “espinos y cardos” de nuestros empleos y del trabajo en general son recordatorios diarios de que somos criaturas pecaminosas que diariamente necesitan la ayuda y la gracia de Dios. A pesar de las dificultades, la actitud del cristiano hacia la tierra debería ser una de mayordomía; debemos ejercer dominio al cuidar, atender y guardar el mundo con el cual Dios nos ha bendecido. Los cristianos bíblicamente informados no ven la creación como algo semejante a nosotros, pero tampoco la vemos como algo que puede ser maltratado y desperdiciado. Podemos y debemos disfrutar libremente de las cosas que Dios ha hecho (Génesis 2:16), pero debemos hacerlo responsablemente, sabiendo que cualquier cosa que tengamos en este mundo la tenemos temporalmente prestada del verdadero Gobernante y Dueño de todas las cosas. En esta responsabilidad/bendición, Dios ha abierto todo en Su creación para nuestra provisión y disfrute como un medio para estimular nuestras mentes y ejercitar nuestros cuerpos. Él ha puesto ante nosotros, literalmente, un mundo de labor fructífera.

Finalmente, el hombre ha de relacionarse y fomentar el compañerismo con sus semejantes. La última bendición/responsabilidad que Dios le confirió al hombre en su estado de inocencia fue el compañerismo. Después de darle todas las otras bendiciones, el Señor vio que el hombre todavía estaba incompleto; Él dijo: “no es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18). Por lo tanto, Dios hizo una ayuda idónea para que supliera sus necesidades, que le ayudara en la labor que Él le había asignado y que fuera compatible con él. Alguien con quien se pudiera comunicar. Ella era “de su costado,” ni más alta ni más baja que él en gloria esencial como criatura de Dios.

Adán no necesitó tomar un test de personalidad, ni un servicio de citas para poder relacionarse con su compañera. Cuando vio la hermosa creación de Dios, fue inmediatamente evidente que eran pareja: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne,” dijo él (Génesis 2:23). Él vio que ella era parte suya, y que correspondería exactamente a sus necesidades. El aislamiento de Adán fue la única cosa antes de la caída declarada como “no buena,” y por esto se nos recuerda que no es natural (podríamos hasta decir que no es humano) que un hombre esté solo y se aísle. Hay una necesidad de pertenecer, cooperar, e interactuar con otros seres humanos; sin embargo, la caída ha empañado la habilidad que el hombre tiene de percibir esa necesidad. El pecado ha distorsionado nuestra relación unos con otros, particularmente las relaciones hombre-mujer. Toda Escritura subsecuente concerniente a nuestra relación unos con otros surge de la relación que Dios estableció en la creación entre Adán y Eva (comp. 1 Corintios 11:3-9; Efesios 5:22-33). Adán también fue ordenado a “aferrarse” a ella—a estar unido y conectado a ella emocional, intelectual y físicamente por medio de una comunicación abierta y transparente. Estas bendiciones de la creación son empañadas por el pecado, pero revividas por la obra salvadora de Dios. Los creyentes tienen el privilegio de compartir estas bendiciones parcialmente por ahora ¡y plenamente cuando regrese nuestro Señor Jesucristo!

La Prueba y La Caída

Las bendiciones que hemos considerado no eran permanentes e irrevocables para Adán. Dios pronunció la prohibición de participar del árbol de la ciencia del bien y del mal, y si este mandamiento no era obedecido, Adán “ciertamente moriría,” y su desobediencia afectaría su posteridad entera (ver Génesis 2:16-17).

EL ESTADO NO PROBADO DE ADÁN

Cuando Dios puso a Adán a prueba a pesar de que ser una criatura hecha del polvo, fue nombrado “hijo de Dios” y disfrutó de una relación de favor y amor de parte de Dios (Lucas 3:38; comp. Génesis 5:1-3). Sin embargo, es claro que él era relativamente incompleto o inmaduro en cuanto a su posición delante del Señor. La existencia de una prueba nos dice que necesitaba ser confirmado o establecido en su estado presente y que no había sido probado y era inmaduro en cuanto a su justicia y su relación con Dios como hijo. El hecho de que se le prohibió comer para que no muriese nos muestra otra cosa sobre el estado tentativo de Adán; aunque era un “ser viviente,” y era sustentado en el huerto por todos los árboles de los que podía comer libremente, no tenía vida inmortal. Así como en su estado no probado era capaz de pecar, también podía morir.

Según los primeros tres capítulos de Génesis al lado del capítulo cinco de Romanos, parece que Adán ciertamente habría sido establecido y asegurado en justicia y vida si hubiese obedecido el mandamiento de Dios en la prohibición. Si hubiese sido exitoso en resistir la tentación, su posición tentativa como un hijo de Dios justo se había vuelto segura y permanente. Por lo tanto, no hemos de pensar que Adán habría tenido que resistir la tentación del fruto perpetuamente hasta que cayese. Tal como Cristo cumplió la obra de redención con “un acto de obediencia,” así Adán, si hubiera rehusado la tentación y obedecido, ciertamente habría obtenido una posición permanente de justicia para sí mismo y su simiente, así como vida eterna (Romanos 5:17-19).

Por lo tanto, el Adán no probado estaba en una encrucijada cuando Satanás le ofreció el fruto aquel día. Él podía ser objeto de la muerte a causa de su pecado, o ser establecido y asegurar su posición ante Dios, alcanzando la vida eterna sin posibilidad de que ésta le fuese revocada más tarde. Esta es la importancia del “árbol de la vida,” el cual, si Adán lo hubiese comido, le hubiese permitido “vivir para siempre” (Génesis 3:22-24; vea también Apocalipsis 2:7, 22:2, 22:14).

LA PRUEBA Y SU NATURALEZA REPRESENTATIVA

La prueba específica de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal era perfectamente apta para medir la fe y obediencia de Adán. Ya que él podía comer de cualquier otro árbol, es claro que Adán no necesitaba comer de esta fruta. La prohibición estaba enfocada en probar si Adán estaba dispuesto a creer a la Palabra de Dios y a confiar en lo que Él decía simplemente porque Él lo había dicho. Adán no podía conocer de ninguna manera los efectos de comer del árbol excepto por lo que Dios le había dicho. ¿Le creería a Dios o al enemigo? ¿Qué tan fuerte era su compromiso de obedecer a Dios quién lo había hecho y lo había colocado en este Paraíso?

Fíjese en la compasión de esta prueba. Dios comienza su advertencia haciendo que el huerto entero estuviese disponible para que el hombre comiese de él (Génesis 2:16). Adán no necesitaba comer del fruto del árbol prohibido porque había abundancia de alternativas superiores. No había carencia de placer sensual— él tenía “todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer” (Génesis 2:9). También, Dios le dio a Adán una clara advertencia de que habría serias consecuencias si comía del árbol de la ciencia del bien y del mal.

El estatus de Adán como justo y como hijo de Dios le fue dado gratuitamente, por lo que la prueba no era con el fin de que se ganase su relación con Dios o se volviese justo; el ya era justo y ya había experimentado comunión con Dios (Eclesiastés 7:29; Génesis 3:8). La prueba era con el fin de que el justo Adán obtuviese una posición justa permanente para sí mismo y su posteridad. Él estaba en el Huerto y era agradable a Dios, pero ese estatus era temporal y no permanente, personal y no corporativo. La prueba determinaría si Adán confiaría y obedecería a Dios. Si lo hacía, él, junto con toda su posteridad hubiesen tenido justicia para con Dios. En otras palabras, la negativa de Adán de comer el fruto hubiese asegurado las bendiciones que fueron prometidas implícitamente en el mandamiento de Dios.

Fíjese también en la naturaleza representativa de esta prueba. Cuando Satanás tentó a Adán con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, él estaba en el lugar de todos cuantos quienes vendrían tras él. Si él hubiera rechazado exitosamente la tentación, el estado permanente y la vida eterna que hubiese ganado en ese evento habrían sido transferidas a toda su descendencia para siempre. En ese sentido, el carácter de la fe y obediencia que se esperaban de Adán eran paralelas a las que más adelante se esperarían de Cristo, aunque, por muchas razones, lo que se demandaba de Cristo era inexpresablemente más difícil (Romanos 5:12). Por diseño de Dios, la elección y acciones de Adán en respuesta al mandamiento de Dios serían hechas en representación de toda la humanidad. Por lo tanto, puesto que él actuó a nombre nuestro, sus acciones fueron puestas en nuestra cuenta y su maldición se convirtió en nuestra maldición:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (Romanos 5:12; comp. Salmo 51:5).

“Todos pecaron,” no solo individualmente, como lo hacen en sus propias vidas, sino “en él,” como parte de los descendientes de Adán (vea el contexto de este verso). Por lo tanto, sin excepción, como resultado de la caída de Adán, todo hombre, mujer, niño y niña tiene la marca del pecado en su archivo. Todos venimos corruptos desde la matriz y caídos en Adán quien es nuestra cabeza representativa (Salmo 58:3; Romanos 3:9-18).

EL FRACASO ANTE LA PRUEBA Y EL EFECTO INMEDIATO

En el día de la caída, Adán y su esposa comenzaron a sentir las consecuencias de sus acciones, siendo la muerta la consecuencia principal. Mientras vemos lo que pasó como resultado de la caída, vemos que Adán y Eva sufrieron la muerte el día que rompieron su relación con Dios. La justicia y la vida están conectadas inseparablemente, así mismo el pecado y la muerte. De acuerdo a la advertencia que Dios había dado en Génesis 2:17, Adán perdió su justicia por desconfiar y desobedecer a Dios, y murió. Primero, murió en relación a Dios. Hasta la caída, el tenía vida en Dios y comunión con Dios, pero ese día, él quedó separado de Dios o muerto para Él. Cuando se oyó a Dios caminando en el huerto en el frescor del día, vemos la falta de vida del alma de Adán hacia Dios: ahora él está temeroso y se esconde en vez de deleitarse en la comunión con su Creador. En segundo lugar, ese día también murió físicamente. Eso no significó que ese día su cuerpo se puso instantáneamente frío e inerte, pero sí se volvió sujeto a la muerte. Él se volvió físicamente mortal el día que comió de la fruta, y de esa forma se volvió sujeto a la enfermedad, la corrupción, las lesión y en última instancia, a la muerte.

Consecuencias de la Caída

TODOS PECARON

Adán estaba actuando como representante de la humanidad, por lo que la caída tiene implicaciones para toda la humanidad en todas las edades. Comencemos con la consecuencia más obvia. La Caída del hombre trajo pecado y muerte a toda la humanidad sin excepción. Esta muerte espiritual del hombre en Adán afecta todas las partes de la gloria con que fue creado. Lo tuerce moralmente. Hace que desobedezca, distorsione, y rechace completamente las leyes de Dios (Romanos 3:12-19). Hace que su pensar y razonar se envilezcan, por lo que él anda a tientas en la oscuridad en vez de pensar clara y sensiblemente (Hechos 17:23; Romanos 1:21-22, 28; 3:10-11). La voluntad del hombre, así como era libre antes de la caída, es ahora esclava de sus pasiones pecaminosas (Romanos 8:7). No hay aspecto de la humanidad originalmente creada que no haya sido contaminado por esta caída. Ya sea moral emocional, intelectual o voluntariamente, todo compartimiento del corazón del hombre está manchado con el pecado.

Es más, como señalamos anteriormente, el día que Adán pecó, todos morimos con él porque él nos representaba. Todos nacemos separados de Dios, con las semillas de la muerte física en nosotros. Nuestra muerte espiritual es evidente por el hecho de que a los niños no hay que enseñarles a mentir, robar o quejarse, pues a temprana edad muestran los frutos de la caída (Salmo 51:5; 58:3).

Nuestra susceptibilidad a la muerte física también es dolorosamente evidente. Después del relato bíblico de la creación y la caída comenzamos a leer una y otra vez sobre la muerte. Este fenómeno no se detendrá hasta el juicio final de la humanidad, de lo cual la muerte física es un preludio y testamento (Hebreos 9:27). Cada dolor de espalda, o sensación de fatiga, virus o enfermedad, es un recordatorio de la maldición del pecado. Es más, esta maldición no solo nos impacta a nosotros, sino a todo el orden creado. Puesto que el hombre es el pináculo de la creación, él es responsable de ella. Por lo tanto, sus acciones afectan a la creación inanimada. El mundo entero es afectado por bacterias, virus, muerte de animales, y destrucción de la naturaleza a causa de la caída del hombre en pecado. La creación completa hace eco de la depresión y la aflicción que nuestro pecado ha traído al mundo (Romanos 8:19-22).

EL PLAN INMUTABLE DE DIOS

Una segunda consecuencia es que la creación y la caída juntas muestran el plan supremo de Dios para la humanidad. Aun con la tragedia de la caída, el plan de Dios en la creación permanece igual, y El lo realizará. El plan de Dios para el hombre en el Huerto no terminó en fracaso ni fue abandonado por uno mejor. Dios nunca ha tenido que ir a un plan “B” en ninguna de Sus obras; Él todavía está en el plan “A.” En el Huerto de Edén, Dios anunció Su deseo para un mundo lleno de criaturas que llevaran Su imagen y reflejarán Su gloria. A través de los pactos Él promete una multitud de descendientes que le glorificarán. Y Él está logrando esto a través de la obra de Cristo en representación de ellos (Apocalipsis 7:9-12).

En la Creación, Dios hizo al hombre recto, y en los pactos Él promete hacer un pueblo santo. Dios realiza esto conformándonos a la imagen de Cristo, su perfecto Hijo (comp. Romanos 8:29; 1 Corintios 15:49; 2 Corintios 3:18; Fil 3:21; 1 Juan 3:2). Esta restauración solo puede ocurrir a través de la obra del Hijo de Dios por nosotros. Dios está llevando a sus criaturas caídas al lugar que deseó originalmente — el de reflejar Su gloria —limpiando su récord y santificando su corazón. En el proceso, Su gracia, misericordia, sabiduría y gloria son reveladas de maneras que nunca fueron vistas en el Huerto de Edén. “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” (Romanos 11:33). A través de nuestro estudio de los pactos, veremos los temas de la creación original resurgiendo una y otra vez. De hecho, los pactos en muchas formas son acerca de Dios restaurando a Su pueblo a la pureza con la que los creó, a la tierra que preparó para ellos, y a una relación para la cual fueron originalmente creados (comp. Apocalipsis 2:7; 22:2).

Esta relación, su prueba, y su naturaleza representativa, demuestran que Dios está en control de todas las cosas, y que aún en algo tan terrible como la caída, los propósitos de Dios estaban siendo ejecutados. Irónicamente, es evidencia de la caída, y de nuestro razonamiento consecuentemente pecaminoso, que nos quejamos de los caminos de Dios y dudamos de Su sabiduría en estos asuntos. Él es el Creador Soberano, y nosotros somos meramente criaturas— criaturas hechas del polvo de la tierra. Además, somos criaturas pecaminosas que merecen la ira y el juicio de Dios. Deberíamos temer cuando vemos los efectos del pecado en la continua muerte espiritual y física que nos rodea, ¡y también debería maravillarnos ver cómo los propósitos originales de Dios se cumplen a pesar de nuestras fallas y pecados!

AFERRÁNDONOS SOLO A LA GRACIA

Otra lección de la caída es que la humanidad solo puede ser salva por gracia. La justificación fue y será algo que solo Dios puede impartirle a los hombres. Dios en Su gracia creó a Adán justo y le dio la oportunidad de ser establecido en esa justicia. Adán no pasó esa prueba; es así que todos nosotros empezamos la vida en un estado de injusticia (Romanos 3:10). Por lo tanto, tratar de ganar la salvación por obras es negar la realidad de la caída, y pretender que estamos en un estado de inocencia y no de culpabilidad, condenación y muerte. De ninguna manera podemos conseguir favor de Dios sobre la base de las obras; nuestra única esperanza es la gracia, y solo la gracia. Bendito sea Dios que, tal como veremos, ¡hay gracia abundante en las promesas de Sus pactos!

¿ES USTED REPRESENTADO POR ADÁN O CRISTO?

Finalmente, los eventos de la caída establecen el concepto de representación. Usted podría haber hecho un gesto de asombro por las declaraciones anteriores de que Adán actuó en representación de todos nosotros en el Huerto de Edén. Nuestra sumisión a Dios y confianza en Su bondad son probadas cuando leemos acerca de esta representación (Salmo 145:17; 115:3; Job 42:2-6; Romanos 9; Santiago 1:13), pero la representación actúa de ambos lados. Así como estamos “en Adán” al nacer, así podemos estar “en Cristo” y ser partícipes de Su justicia al nacer de nuevo. Esto no es posible sin el concepto de la representación.

En un sentido, Dios solo mira el récord de dos hombres: El del primer Adán y el de Cristo, el segundo y postrer Adán (1 Corintios 15:45). Aquel a quien estás unido determina tu situación delante de Dios. Donde Adán falló, Cristo obedeció, con una oposición inmensamente más grande y en un mundo caído. Su tentación en el desierto hace eco de la tentación en el huerto, y las buenas noticias son que cuando Él triunfó sobre el pecado, Su pueblo triunfó en Él. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Corintios 15:22). Toda la posteridad (física) de Adán muere en él. Pero toda la posteridad (espiritual) de Cristo será hecha viva, porque está en Él. La expiación sustitutiva de Jesucristo descansa en los principios que Dios estableció y reveló inicialmente en el Huerto del Edén. Cristo alcanzó la justicia para todos los que creen por Su obediencia perfecta al Padre (Romanos 1:16-17, 5:19). Desde la entrada del pecado, debemos tener un sustituto que alcance la justicia por nosotros, o morir bajo la maldición de nuestro representante original, el pecaminoso Adán.

Lo que Adán falló en asegurar, fue obtenido para nosotros por Jesucristo en su perfecta conformidad a la voluntad de Dios. Es la justicia de Cristo la posición que nos es dada en nuestra justificación (comp. Romanos 3:21 y sig.). Esto significa que, negativamente, a través del castigo y muerte de Jesús, nuestra culpa y transgresiones son puestas sobre El. Positivamente, significa que Su récord justo, alcanzado por Su vida perfecta, y validado en Su resurrección es transferido a nuestra cuenta. Sin el concepto de representación no tendríamos esperanza de salvación, pero puesto que un hombre ( Jesucristo) pudo representar a otros delante de Dios, tomar la condenación de ellos sobre Sí y alcanzar la justicia a su favor, ahora podemos ser librados del pecado. Por causa de la naturaleza representativa del segundo Adán, no solo la culpa del primer Adán sino nuestro récord completo de pecado y desobediencia han sido clavados a la cruz, ¡y Su justicia nos es dada! (Romanos 5:18-19; 2 Corintios 5:21; Colosenses 2:13-14)

Ahora que hemos visto la creación y la caída, espero que usted pueda ver como estas verdades proveen un trasfondo vital para la obra redentora de Dios. La caída de la humanidad nos muestra el problema y el reto que Dios abordará a lo largo de la historia de la redención, y la creación del hombre señala hacia lo que Dios está obrando, en última instancia, para lograr la restauración del hombre.

RECOMENDADOS PARA MÁS ESTUDIO:

Machen, J. Gresham. The Christian View of Man. [La Visión Cristiana del Hombre] Carlisle, PA: Banner of Truth Trust, 1937, 1995.

Pink, Arthur W. , La Soberanía de Dios, Carlisle, PA: The Banner of Truth Trust, 1986.

Sire, James W. El Universo al Lado, Libros Desafío, Grand Rapids, IL: 1997.

– 3 –
La Promesa de Redención

El Tema de los Pactos

Porque es preciso que Él reinehasta que haya puesto a todossus enemigos bajo el estrado de sus pies. 1 Corintios 15:25

Si nuestra salvación y bendiciones en Cristo fueron retratadas como un árbol que da frutos, Génesis 3:15 sería la semilla. Dice: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Esta promesa de la simiente es sembrada en la tierra de un mundo estable, establecido por el pacto con Noé. La simiente crece hasta ser un retoño tierno llamado el Pacto de Abraham. El retoño luego se convierte en un árbol que obtiene su aspecto y forma de los pactos hechos con Moisés y David. Luego, su fruto brota en el Nuevo Pacto. Donde no hay simiente, no habrá árbol, y eso hace a esta promesa de la simiente de valor inestimable para nosotros. Contiene los elementos esenciales de la promesa de redención que será revelada y expandida en las generaciones siguientes. En la misma ocasión que la maldición fue pronunciada sobre Adán y Eva, la simiente del evangelio fue sembrada, y eso es lo que queremos considerar en este capítulo.

Llegando a la Raíz

Génesis 3:15 viene después del inútil intento de Adán y Eva de encubrir su propio pecado (v.7). No es sorpresa que inmediatamente después del primer pecado, Adán y Eva hayan intentado encargarse del problema sin Dios. Su horrible sentido de culpa y vergüenza está ardiendo dentro de ellos, pero ellos no van a Dios con su pecado. En vez de eso, hacen delantales para sí mismos para esconder la desnudez de la cual ahora están conscientes. Ésta siempre es la respuesta instintiva y automática a nuestro pecado, pero es lo opuesto a lo que Dios nos manda hacer. El pecado encubierto solo crecerá y se pudrirá. Como un moho, crece mejor en lugares húmedos y oscuros. El pecado debe ser expuesto para ser eliminado; debe ser confesado para ser limpiado. Entonces Dios mismo, contra quien el pecado ha sido cometido, busca a Adán y Eva. Sus preguntas son calculadas para hacerles reconocer su condición: “¿Dónde estás tú?” “¿Has comido del árbol del que yo te mandé que no comieses?” (Génesis 3:9-11).

Habiendo sido expuesto su pecado, Adán aún no confiesa, sino que trata de poner la responsabilidad en otro sitio, diciendo: “La mujer que me diste como compañera” fue el problema (Génesis 3:12). Fíjense que cuando desviamos la responsabilidad por nuestros pecados, a fin de cuentas lo que hacemos es señalar a Dios. En vez de culparnos a nosotros mismos, culpamos a personas, circunstancias o cosas, insinuando que Dios es culpable de nuestros pecados y fracasos.

Después la mujer pasa la culpa a la serpiente. Aunque ciertamente esta no fue la respuesta correcta, el Señor convierte el traspaso de su culpabilidad en la búsqueda de la fuente del problema. Él lo usa para abordar primero la fuente de la tentación y después trata con la pareja culpable. La serpiente es el vehículo para esta tentación, y como tal, se pronuncia sobre ella una maldición específica superior a la maldición que vendrá sobre todas las criaturas como resultado de la caída. Tendrá que recorrer la tierra de la forma más humillante—sobre su pecho—y comerá el polvo de la tierra (v.14) (Más adelante los profetas pronuncian la misma maldición sobre los enemigos del Señor (Salmo 72:9; Mi 7:17). Sin embargo, la serpiente no fue la verdadera fuente del mal que rompió la paz y la pureza del Huerto del Edén. Dios expandirá la maldición para lidiar con el enemigo primario que incubó esta tentación, lo que nos lleva a la declaración de guerra del Señor contra Satanás.

La Declaración de Guerra

La promesa de redención está expresada en un lenguaje bélico en el cual se declara una enemistad y se asegura un triunfo. El enfoque de esta declaración de guerra es en el triunfo de Dios y no en el rescate del hombre. Ciertamente el hombre será rescatado, pero lo más importante es que ha habido una afrenta contra la gloria de Dios. Ésta será completamente rechazada. El diablo ha agredido la principal creación de Dios y debe enfrentar las consecuencias. La Promesa de Redención se trata de la vindicación de Dios, la inmutabilidad de Su gran plan para la humanidad y el triunfo de la simiente de la mujer sobre la serpiente.

EL INICIO DE LA ENEMISTAD

La declaración del Señor contra la serpiente abarca tres áreas de enemistad. Primero, habrá enemistad entre Satanás y la mujer. Dios no dilató el comienzo de las hostilidades con el diablo permitiendo que conquistase toda la humanidad hasta la venida de Cristo. Satanás sería combatido desde el principio, y la mujer que él atrajo al pecado sería la primera, por decirlo así, que se levantaría en armas contra él. La palabra traducida aquí como “enemistad” se refiere a odio y a un espíritu vengativo y rencoroso. No es solo oposición, sino oposición con una fuerza emocional tras ella. (Ver Números. 35:22, Ez 25:15, 35:5). Es decir, habrá una relación intensamente adversa entre Satanás y la mujer.

LA CONTINUIDAD DE LA ENEMISTAD

En segundo lugar, habrá enemistad entre dos grupos básicos de la humanidad. El mundo estará dividido mientras permanezca en su presente condición en los siguientes dos grupos: la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. A lo largo de todas las edades, estos grupos estarán en oposición uno contra el otro como enemigos irreconciliables. Aquellos que tienen el mismo corazón y disposición que la mujer no tendrán nada en común con los que son del mismo corazón y mente que el diablo para Dios (2 Corintios 6:15).

Sin embargo, los cristianos que son “la simiente de la mujer” reflejan el carácter de un Dios de gracia y misericordia (Apocalipsis 12:17), y han de amar a sus enemigos (Mateo 5:44). Esto no es cierto de la “simiente de la serpiente” (los incrédulos). Los cristianos tienen el amor divino implantado en su corazón que les hace desear que aquellos que aún están en rebelión se arrepientan de sus pecados. Aun así, esto no crea una unión artificial entre nosotros y ellos; es un amor de compasión y pena por las tinieblas y ausencia de vida que el pecado ha causado en el corazón del hombre. Sin embargo, el verdadero cristiano con un corazón como su Padre, recordará su enemistad pasada con Dios, y se compadecerá de quienes aún no se han sometido al gobierno del Salvador.

Además, leemos en las Escrituras que el enemigo de nuestras almas perseguirá (a menudo por medio de su “simiente”) a los santos de Dios a lo largo de las edades. El libro de Apocalipsis nos da varias imágenes de la oposición de Satanás al pueblo de Dios, pero hay una que particularmente evoca la declaración de guerra que ahora estamos considerando:

Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo. (Apo 12:17)

El contexto de este pasaje pone de relieve la guerra que ha habido por las edades entre estos dos grupos de la humanidad.

EL CLÍMAX DE LA ENEMISTAD

Finalmente, habrá enemistad entre Cristo y Satanás. Ésta es la suprema enemistad a la que se refiere el pasaje. Aunque el pasaje habla de descendencia en general, también señala a la descendencia de la mujer, la simiente que aplastará la cabeza de la serpiente. Todos los hijos de Eva odian a la serpiente y sus obras, pero ese odio es más profundo y fuerte en el santo corazón de Jesucristo. Las palabras de Jesús durante los principios de su ministerio terrenal revelan la severidad de esta enemistad. Cuando Satanás se ha aprovechado de Simón Pedro, Jesús le habla a la fuente del problema, dirigiéndose a su antiguo adversario con estas palabras: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” (Mateo 16:23).

Durante el ministerio terrenal de Cristo, Satanás estuvo maquinando la derrota de nuestro Salvador desde Su nacimiento hasta la víspera de su crucifixión, y en todo momento durante ese período. Los frecuentes choques entre Cristo y Satanás se intensificaron hasta llegar a la gran batalla de la cruz. Aunque la enemistad es tan vieja como la Caída, la tentación en el desierto trajo esa enemistad a la luz cuando Jesús y Satanás se enfrentaron cara a cara al principio de su ministerio. Desde ese punto en adelante, Satanás fue derrotado por la “simiente de la mujer” en cada ocasión. El echar fuera demonios ilustra la por la “simiente de la mujer” en cada ocasión. El echar fuera demonios ilustra la 29). Debido a su naturaleza, esta enemistad nunca será traída a términos de paz. Debe haber una victoria absoluta de un lado u otro. Esto nos lleva a la siguiente gran declaración en la promesa de redención.

La Promesa de Victoria

Ahora llegamos a lo que realmente es el corazón del pasaje—la simiente prometida: “Ésta [refiriéndose a la simiente de la mujer] te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” (Génesis 3:15). La promesa de la simiente del evangelio es la promesa de una simiente; ésta es la semilla de donde crecerá toda la historia de la redención, y Cristo Jesús es la sustancia de esa semilla. El es el objeto primario de la historia completa de la Biblia y verdaderamente la historia total del mundo. Hay por lo menos cuatro cosas que se nos dicen sobre esta simiente de la mujer en Génesis 3:15: la venida de la simiente, el propósito de Su misión, el sufrimiento de la simiente, y el éxito de Su misión.

LA VENIDA DE LA SIMIENTE: “LA SIMIENTE DE LA MUJER”

Primero, estas palabras comienzan a revelar la forma en que el pecado será derrotado. Nos dicen cómo la simiente vendrá al mundo. Vendrá por medio de una mujer. Dios usará la mujer a quien la serpiente engañó para traer al mundo la simiente que aplastará su cabeza. En otras palabras, los mismos seres a quienes Satanás hizo que cayesen traerán al Hombre que lo derrotará completamente. Esta promesa se repite a lo largo del Antiguo Testamento, especialmente en los profetas, y luego es confirmada en el Nuevo Testamento con la historia del nacimiento de Jesús.

Considere cómo la promesa se desarrolla en la Escritura. Primero, en Génesis capítulo tres aprendemos únicamente que una simiente de la mujer producirá la derrota de Satanás. Después, hallamos que la simiente sería de Abraham, del pueblo de Israel (Génesis 22:18). Más adelante, descubrimos que la semilla será un Rey del linaje real de David (Salmo 132:11). El carácter de este libertador es explicado aún con más claridad en los profetas, y al final del Antiguo Testamento hay imágenes de este conquistador como un Profeta, un Sacerdote, nuestro Sacrificio, un Siervo, ¡y el Dios eterno de todos! Después, en el tiempo perfecto de la historia, de acuerdo al plan de Dios, esta simiente victoriosa de la mujer nació de la Virgen María (comp. Gálatas 4:4-5; Isaías 7:14; Lucas 2:10-11; Hebreos 2:14-15). Eva no podría haber concebido un vencedor y Salvador tan poderoso como nuestro Señor Jesús. Pero ella sí sabía esto: el Vencedor sobre su enemigo vendría de su propio cuerpo. Esta breve línea resume un plan maestro que duraría miles de años en su desarrollo y cumplimiento. Señala al Hombre que fue más que un hombre, que era completamente un hombre nacido de mujer, y a la vez el eterno Hijo de Dios.

EL PROPÓSITO DE SU MISIÓN: “EL HERIRÁ”

En segundo lugar, este versículo revela el propósito de la misión del Señor Jesucristo. Él no estará en una misión diplomática, tratando de lograr paz entre la serpiente y la mujer, sino que vendrá como un hombre de guerra. De hecho, una de las cosas más conmovedoras de la vida de Cristo es lo decidido que estaba a lograr Su misión. Él nunca olvidó por un momento la razón por la que vino a esta tierra. Toda Su obra fue para cumplir la misión que se le asignó. Los fariseos y los saduceos no pudieron detenerlo, Sus amigos cercanos no pudieron disuadirlo, ni aun Su familia pudo estorbarlo. Cuando el mismo Satanás lo agredió con todo su poder, se estrelló contra el muro de la determinación de nuestro Salvador, y tuvo que irse gimiendo en derrota. Mientras Sus días sobre la tierra llegaban a su fin, la determinación de completar Su misión parecía crecer, y Él “afirmó su rostro para ir a Jerusalén,” el lugar de Su conflicto contra la Serpiente (Lucas 9:51-56). Él estaba, en un sentido correcto, consumido por Su misión. Esa misión era “deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8).

EL SUFRIMIENTO DE LA SIMIENTE: “Y TÚ LE HERIRÁSEN EL CALCAÑAR”

La promesa en Génesis 3:15 también revela que la simiente por venir sufriría para lograr la salvación; dice, “tú le herirás en el calcañar.” La forma de la derrota de Satanás no es estéril y distante como una guerra peleada en una pantalla de computadora. Requería que Cristo se hiciera humano, que fuese hecho a la semejanza de carne pecaminosa, y sufriera como hombre hasta el punto de morir, “y muerte de cruz” (Fil 2:8; comp. Hebreos 2:14-15). La ira de Dios que Cristo llevó como hombre en lugar de todo Su pueblo se requería para derrotar al enemigo de nuestras almas, ese acto es descrito en términos de “herir,” o aplastar.

Hubo un dolor indescriptible envuelto para aplastar la cabeza de la serpiente, como la misma imagen sugiere ¿Qué se sentirá pisar con el pie la cabeza de una serpiente mientras sus dientes le muerden el calcañar? Mientras más fuerte usted presione, el enemigo será aplastado más intensamente, ¡pero qué manera tan angustiosa de destruir a un enemigo! El término para “herir” sugiere una herida severa, y no simplemente una pequeña cortada o llaga. El sacrificio de nuestro Señor por los pecados le causó una herida que, por Su gracia, nosotros nunca conoceremos ni entenderemos completamente porque Él la tomó en nuestro lugar ¡Gracias sean dadas a Dios porque no quitó Su pie hasta que la victoria era segura! ¡Gracias sean dadas Dios porque terminó la obra en la cruz, que no llamó a ángeles para que lo librasen, y que El Padre no lo salvó de esta hora! Somos librados porque Cristo no aminoró Su propio dolor y sufrimiento ni aun hasta el final ¡Alabado sea el Señor por Su maravillosa gracia enviando la simiente de la mujer a sufrir así!

EL ÉXITO DE SU MISIÓN: “ESTA TE HERIRÁ EN LA CABEZA.”

Finalmente, el hecho de que las palabras de Génesis 3:15 le dicen a Satanás que su cabeza será aplastada, revela la efectividad de la misión llevada a cabo por la simiente de la mujer. Cuando la cabeza de un enemigo es aplastada, la victoria es final, y esta victoria es manifestada de muchas maneras.

Primero, está el éxito de Su misión por medio de la cruz. El éxito de la misión de Jesucristo derrotando a Satanás y redimiendo Su pueblo es anunciado triunfantemente por el apóstol Pablo cuando dice que Cristo ha quitado del medio el mal récord de nuestros delitos clavándolos en la cruz, y que habiendo “despojado a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.” (Colosenses 2:13-15). Hebreos nos dice que Él se volvió carne “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo,” (Hebreos 2:14).

El diablo tenía el “poder de la muerte” en el sentido que su tentación hizo pecar a Adán y esto trajo muerte al mundo. Él podía reclamar derechos sobre las almas de los hombres por el justo decreto de Dios. Dios había dicho, “el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Sin embargo, Cristo tomó un cuerpo para poder vencer la muerte y al diablo de un solo poderoso golpe.

Imagínese lo que significó la declaración de Génesis 3:15 para Adán y Eva. Ellos estaban oyendo la primera promesa del Evangelio que jamás se había oído, el primer rayo de esperanza que brilló en la oscuridad de su pecado y caída. Es el comienzo de la revelación del reinado victorioso de Cristo, y con estas palabras, hay certeza absoluta. En una forma terrible, la pareja culpable había aprendido que Dios era innegablemente fiel a Su palabra mientras experimentaban la muerte después de comer el fruto prohibido. A diferencia de la serpiente, todo lo que Dios les había dicho antes era plenamente verdad. Sin embargo, ahora, esa terrible experiencia de la verdad de Dios concerniente al juicio estaba siendo transferida al banco de la esperanza. Si Dios es fiel en Sus amenazas, Él es fiel en Sus promesas; si Él dice que la cabeza de la Serpiente será aplastada, será aplastada. Dios ha hablado, y por lo tanto el asunto está decidido. La cabeza del Enemigo—esa cabeza cuya boca habló esas palabras tentadoras que llevaron a la condenación de Adán y Eva— ¡será puesta bajo el poderoso pie de Jesucristo el Señor!

Segundo, note el éxito de Su misión a través de Su pueblo. Cuando leemos que la cabeza de la serpiente será aplastada por la simiente, debemos recordar el principio de unión con Cristo el cual vimos en el capítulo previo. Porque estamos unidos y conectados con El, compartimos Su victoria sobre el enemigo. Cuando Cristo preparaba a Sus discípulos para Su partida y para la venida del Espíritu, les dijo que no solamente acababa de aplastar la cabeza de la serpiente, sino que le daría a Su propio pueblo el poder y la autoridad de vencerlo:

“He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.” (Lucas 10:19).

Este pasaje no es una exhortación a manipular serpientes, como enseñan algunos, más bien parece aludir a la promesa del Evangelio aquí en Génesis Era una imagen simbólica que todos los discípulos seguramente conocerían a causa de su conocimiento del Antiguo Testamento. Aunque el pasaje enseña principalmente la invencibilidad de los apóstoles hasta que su obra fuese completada, lo hace dando esperanza en un lenguaje que señala a un reverso de lo que el hombre experimentó en el Huerto de Edén.

Una referencia más directa es hallada en la carta a los Romanos, donde Pablo exhorta a los hermanos con esta garantía: “el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies” (Romanos 16:20). Cristo ha aplastado la cabeza de la serpiente, y llama a Su pueblo a verla mientras se retuerce en el suelo en su agonía de muerte, animándonos a colocar nuestro pie sobre ella también. Esa antigua serpiente, el engañador de antaño, Satanás el dios de este mundo, ha sido vencida por Cristo y está siendo vencida por los santos de Dios. Cuando creímos en el Señor Jesucristo, nuestro pie estaba sobre su cabeza. Cada vez que vencemos el pecado por el poder del Espíritu Santo dentro de nosotros, estamos hiriendo al enemigo. Cuando un cristiano se aferra a Cristo como su única esperanza a pesar de persecución, prueba o sufrimiento, le está infringiendo heridas a su enemigo. Y cuando pasemos a la gloria, habiendo perseverado hasta el final, otra vez estaremos participando en el triunfo de Cristo, y somos hechos partícipes de la victoria con Él. Todo pecador salvado por Cristo es un trofeo de Su gracia pues ha sido arrancado del reino de las tinieblas, mostrando el triunfo de Cristo sobre Su enemigo.

Finalmente, está el éxito de Su misión en la Segunda Venida. La Segunda Venida consuma la derrota de Satanás. Cristo ahora es el triunfador sobre Satanás, pero éste todavía está “rodeando la tierra y andando por ella.” Cuando el autor a los Hebreos declara el gobierno absoluto de Cristo sobre todas las cosas, él hace esta matización: “pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas” (Hebreos 2:8). Nuestro tiempo es un tiempo entre la derrota inicial y la “limpieza” que ocurrirá cuando regrese el Señor. Es un tiempo de proclamar el mensaje de la gracia de Dios, porque el tiempo es corto entre el triunfo de la cruz y la gloria de la Segunda Venida. Como miembros del Nuevo Pacto, podemos mirar atrás hacia algunos de los aspectos del “ahora” del triunfo de Cristo, y miramos hacia adelante a algunos de los aspectos “aún no”. Satanás está destinado a engañar las naciones tal como lo hizo antes de la primera venida de Cristo y la expansión del evangelio, pero entonces, él será echado en el lago de fuego para siempre. Ahora, las puertas del infierno están siendo atacadas con los arietes del evangelio, pero entonces no se encontrará lugar en los nuevos cielos y la nueva tierra en que no quede ni una huella digital del enemigo.

Por esto es que los cristianos tienen tal esperanza en la venida de Cristo., Génesis 3:15 no se cumplirá plenamente sino hasta que Él venga. Es mucho lo que se ha hecho, pero aún estamos en espera de la destrucción del enemigo a quien el Señor “matará con el espíritu de Su boca, y destruirá con el resplandor de Su venida” (2 Tes 2:8). Anhelamos ver a Cristo reconocido por Su triunfo. Su pueblo sabe que Él reina ahora, pero queremos que el mundo entero reconozca ese reino. Buscamos ese triunfo que es presentado tan claramente en Filipenses 2:9-10:

Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;

Este evento encuentra sus raíces en esa primera declaración de guerra y en la promesa de victoria de la que Dios le habló a Satanás en presencia de Adán y Eva. Por eso decimos, ¡Ven Señor Jesús!

Al inicio de este capítulo, vimos que Génesis 3:15 es la tesis de nuestro estudio sobre los pactos. Cada pacto que estudiaremos tiene su origen y fundamento en el plan eterno de Dios el cual exalta a Su hijo en triunfo sobre el enemigo de nuestras almas. Qué bendición es ver cómo Dios habló palabras de esperanza a nuestros primeros padres mientras ellos se hallaban ante Él en su culpa y vergüenza, ¡recién caídos! Que esto nos anime a ir a Dios por misericordia y gracia cuando hayamos caído en pecado también. Además, que les recuerde a aquellos que son fácilmente desanimados en la guerra de la vida cristiana, que nuestra victoria es segura por medio de la simiente de la mujer, ¡el Señor Jesucristo!

RECOMENDADOS PARA MÁS ESTUDIO:

Robertson, O. Palmer: The Christ of the Covenants. [El Cristo de los Pactos] Philipsburg, PA: Presbyterian and Reformed, 1980.

Vos, Geerhardus. Biblical Theology: Old and New Testaments. [Teología Bíblica: El Antiguo y Nuevo Testamentos] Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans, 1948.

– 4 –
La Bondad y la Severidad de Dios

El Pacto con Noé

Jehová preside en el diluvio,Y se sienta Jehová como rey para siempre.Jehová dará poder a Su pueblo;Jehová bendecirá a su pueblo con paz. –Salmo 29:10-11

La conocida historia de Noé y el diluvio a menudo es representada por la imagen de un hombre sonriente rodeado de animalitos bonitos diciendo adiós desde la cubierta de un pequeño bote ¡Difícilmente podría haber un contraste más opuesto al relato histórico que eso! El relato bíblico del diluvio y el establecimiento del pacto de Dios con Noé, nos muestra tanto un avance aterrador del Día del Juicio como una descripción maravillosa de la liberación en Cristo. Si usted ha estado esperando pacientemente ver dónde aparece la palabra “pacto” en las Escrituras, su espera ha terminado. Dios usa el término en Génesis 6:18, y luego aparece varias veces más en Génesis capítulo nueve, donde se revela más del pacto. El primer gran pacto en la Escritura ocurre cuando Dios libra a Noé y le da promesas.

Dos Grandes Realidades

¿Qué estaba sucediendo en los días que precedieron el diluvio? ¡Exactamente aquello que Dios había hablado en el Huerto de Edén! Durante el tiempo entre Adán y Eva y los días de Noé, vemos los comienzos de la enemistad encarnizada entre las simientes abriéndose paso a través de los efectos destructivos del pecado. Primero, las dos simientes a las que Dios se había referido en Génesis 3:15 se estaban multiplicando; con la simiente piadosa de Set creciendo al lado de la de Caín; los justos y los malvados aumentaban simultáneamente. En el campo de este mundo, siempre habrá cizaña mezclada con el trigo hasta la cosecha (Mateo 13:36-43). Sobre ambos grupos la penalidad de la muerte física cae como el golpe de un tambor. Versículo tras versículo leemos: “y murió”- un eco angustiante de las palabras de advertencia del Señor (Génesis 5; vea 2:17). El hecho de que haya listas genealógicas (de lo cual tan a menudo se quejan los lectores casuales de la Escritura) nos mantiene atentos a la multiplicación de estas simientes, y a la certeza de la muerte como resultado del pecado.

En medio de este melancólico e inevitable golpe de tambor, hay un rayo de esperanza: la vida de Enoc retrata el poder de Dios obrando para romper la maldición. El hombre está condenado a muerte, pero Dios puede intervenir y librarlo de la muerte. Aquellas criaturas de Dios que son reconectadas a Él, y caminan con Él, tienen la esperanza cierta de vencer la muerte.

EL EXTREMO DE LA MALDAD DEL HOMBRE

Al llegar al sexto capítulo de Génesis, la pecaminosidad del hombre se ha incrementado tanto que parece que la simiente de la mujer ha desaparecido de la tierra. Mientras los hombres se multiplican en número, sus ofensas a Dios también se multiplican. La amplitud y universalidad de la depravación es expuesta por lo que sucede aquí. En estos primeros días, los hombres viven más, y en vez de ver la misericordia de Dios en la prolongación de su vida física, desperdician sus vidas e incrementan su maldad. Dios acorta el tiempo de vida y después leemos esta declaración clave que prepara el camino para el diluvio: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.” (Génesis 6:5).

Cuando Dios no interviene en su misericordia salvadora, los hombres siguen muertos espiritualmente y habrán de morir físicamente. Cuando Dios deja de tratar por Su Espíritu con las conciencias de los hombres y cesa de convencerlos de su mal proceder, ¿Hacia dónde se vuelve su corazón natural? Se vuelve hacia el mal y solo al mal. El corazón es una fábrica que produce pecado, corrupción y maldad a un ritmo tan alarmante que sin la gracia salvadora de Dios o los frenos externos del Espíritu Santo obrando a través de la conciencia, no habría fin. A veces pensamos, “¿cómo sería si Dios quitara Su mano de bendición de la tierra?” No tenemos que preguntar, porque Génesis 6:5 nos da la respuesta. Todos los descendientes de Adán tienen una enemistad natural hacia Dios con una inclinación a vivir sus vidas cometiendo actos de desobediencia y rebelión contra Él.

JUICIO SOBRE UN MUNDO PECAMINOSO

Por causa de este creciente mal, el juicio es pronunciado sobre el mundo: “Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón.” (Génesis 6:6). El arrepentimiento o dolor del que se habla aquí es un antropomorfismo—una frase que le atribuye a Dios algo que los hombres tienen o hacen, a fin de enfatizar un punto en particular. Aquí, el punto es demostrar que el pecado es exactamente contrario a la intención de Dios para el hombre. El pecado es no ser aquello para lo cual fuimos hechos, y no hacer aquello para lo que fuimos creados. Dios toma el pecado como algo personal; le agravia y le enoja en Su corazón, y Él expresa emocionalmente Su justo juicio contra el pecado.

Aunque hay gran paciencia en el Señor, esa paciencia es limitada por Su voluntad y propósitos soberanos. Dios no permitirá que el hombre continúe en pecado sin nunca arrepentirse, endureciendo siempre su corazón, dejándolo sin castigo y retribución. Por lo tanto, leemos la palabra de Dios a Noé concerniente al juicio y castigo sobre la tierra:

“Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra.” (Génesis 6:13)

Haber borrado la raza humana el día de la caída hubiese sido justo y correcto a la luz de la amenaza de Dios a Adán, pero en Su paciencia, Dios ha soportado la rebelión del hombre por más de mil seiscientos años. Ahora Dios determina limpiar este mundo de la contaminación que el hombre ha ocasionado en ella por su maldad. Si no hubiese sido por Noé, quien “halló gracia ante los ojos de Jehová” (Génesis 6:8), no habría humanidad. La humanidad completa se había alejado de Dios y se había corrompido, pero puesto que Dios decidió mostrarle misericordia a un hombre, hubo esperanza para la raza completa.

Génesis 6:17 nos dice que Dios usaría un diluvio para destruir la tierra. El diluvio es un retrato asombroso del juicio de Dios sobre el pecado, expresado en un acto cataclísmico de destrucción. El Apóstol Pedro declara que los hombres “ignoran voluntariamente” esta terrible y seria intervención de Dios en la historia humana porque ellos no quieren encarar las consecuencias del futuro juicio de Dios, un juicio que ellos niegan aún estando frente a estos eventos ( 2 Pedro 3:4-7). Casi toda cultura antigua tiene en sus registros la historia de un diluvio universal, y hasta un número de rasgos geológicos confirman que tal diluvio ocurrió. No obstante, como predijo Pedro, el mundo prefiere creer que “todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación.” Creer que el mundo ha existido por millones de años y que seguirá así por millones de años más es lo mejor después de decir que la tierra siempre ha existido y existirá. Intrínseco a esta visión es la idea de que, “No ha habido un gran juicio universal. Eso es solo un mito religioso para asustar a las personas y moralizarlas.” Por consiguiente, el diluvio universal es desatendido a propósito o su significado es distorsionado.

Sin embargo, la verdad es que el mundo fue creado por la poderosa palabra de Dios. Ese mundo empezó a ser poblado por hombres, y esos hombres actuaron impíamente a la vista de Dios hasta que Él intervino, destruyendo la tierra con diluvio. Ya ha ocurrido antes un juicio universal, y ocurrirá otra vez. El diluvio nos dice que Dios está dispuesto y es capaz de traer destrucción universal sobre la humanidad por nuestro pecado. Los hombres olvidan esta verdad voluntariamente, pero el cristiano debe recordarla sobriamente y traerla a su mente, para prepararse para aquel gran día.

La Vida Preservada por la Promesa del Pacto Divino

Contra este dramático trasfondo de juicio, Dios hace Su primera promesa de pacto la cual fue causa de la salvación de ocho almas en el diluvio:

“Mas estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo...” (Génesis 6:18)

Noé tuvo la posición privilegiada de ser el primero en oír a Dios decir “mas estableceré mi pacto contigo…” Combinando estas palabras con aquellas pronunciadas después del diluvio, miremos el contenido de las promesas de Dios en el Pacto con Noé:

UNA PROMESA A TODOS LOS SERES VIVIENTES

Podría sorprender a algunos saber que la primera mención de un pacto incluyó hasta a los animales. Los recipientes de este pacto son Noé, su esposa, sus hijos y sus esposas, y “toda criatura viviente” que estaba con Noé (Génesis 9:9, 15-17). Eso quiere decir que los recipientes son todos aquellos que fueron librados de la destrucción, todos aquellos que fueron salvados del diluvio mediante el refugio del arca. Los animales juegan un rol sorprendentemente grande en lo que Dios hace en este pacto; no es solo a Noé, sino también a los animales a quienes Dios recuerda al final del diluvio (8:1). Además, todos los descendientes de los recipientes iniciales de este pacto son incluidos en sus promesas, para que todas las cosas que vivían entonces y viven ahora, toda la humanidad y todas las otras criaturas, sean incluidas en este pacto.

UNA PROMESA PARA EL MUNDO

La promesa que Dios hace es una promesa triple que prepara un marco de trabajo estable para el mundo natural y civil, un escenario donde los actos redentores de Dios serán desarrollados. Es una promesa concerniente a la preservación del mundo creado, la estabilidad de días y estaciones de la tierra, y la naturaleza única del diluvio universal.

El primer aspecto de la promesa es que la creación como un todo no sufrirá nunca otra vez por los pecados de los hombres. El pecado de la humanidad tuvo un efecto cósmico que empañó toda la creación de Dios. Hasta el fin del mundo, el pecado del hombre afectará a la creación, como vimos anteriormente (Romanos. 8:19-21). En el diluvio, Dios trajo Su ira contra la creación completa por los pecados de los hombres y Su promesa es que nunca lo hará así otra vez. Sabemos que cuando Cristo venga, la creación será restaurada; ése será el supremo cumplimiento de esta promesa. Mientras tanto, hay un cumplimiento continuo de esta promesa, pues cada día que pasa Dios retiene Su ira de la tierra.

Segundo, habrá una estabilidad mundial en el orden creado: “Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche.” (Génesis 8:22). En esta promesa está contenida la implicación de que el mundo tal como está en el presente no durará para siempre, pues Él dice, “mientras la tierra permanezca…” La idea, por supuesto, es que habrá un día en el que mundo dejará de “permanecer,” por lo menos en su forma presente; pero hasta ese momento, habrá una estabilidad predecible en el mundo. Habrán temporadas de las cuales podemos depender: la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno. También se podrá depender de los días y las noches. Cada día, cuando el sol sale, es verdaderamente un testimonio de la confiabilidad de Dios (vea Jeremías 33:20, 25). El himno muy conocido, “Grande es Tu Fidelidad” expresa esta verdad:

La noche oscura, el sol y la luna

Las estaciones del año también

Unen su canto cual fieles criaturas

¡Porque eres bueno, por siempre eres fiel!

El tercer y final aspecto de la promesa es que Dios jamás destruirá otra vez toda carne y jamás volverá a traer un diluvio sobre toda la tierra (v.11). Cada vez que las inundaciones retroceden en un área dada, esta promesa está en exhibición. Nosotros nunca hemos tenido un diluvio que cubra toda la tierra desde que vivió Noé, y nunca lo tendremos— aun hasta el final de este mundo presente. De hecho, la misericordia de Dios es tan grande respecto a esta promesa que raras veces se han visto inundaciones a gran escala sobre uno o más países. Recientemente, un tsunami afectó Sri Lanka, India, y otros lugares. Mató más de 120,000 personas en un tiempo muy breve. Sin embargo, a causa de la promesa de Dios, fue un evento extraordinario. Aún así, considerando la tierra como un todo, fue una parte muy pequeña la que fue inundada. ¿Qué tan poco vemos el enojo de Dios, y qué tanto vemos su misericordia en el gobierno de este mundo? ¡Vivimos en una estabilidad relativa y en la protección que Él continúa proveyendo de un diluvio universal!

LA PROMESA SELLADA

Alguno de los pactos designan un sello o señal para conmemorar lo que Dios ha hecho para que podamos ver hacia atrás y recordar la promesa de Dios; estos son como los anillos de boda que nos hacen recordar los votos a nuestras pareja. Estas señales tienden a estar de acuerdo con la naturaleza del pacto. En el caso del Pacto con Noé, las promesas son para todos los seres vivientes. Éstas son dadas soberanamente por Dios, por lo tanto es apropiado que la señal sea visible a lo largo de toda la creación y Él la coloca en los cielos. Esa señal, por supuesto, es el arco iris.

Fíjese también que Dios dice que la señal es para que Él la vea, y que Él recordará. Cuando vemos el arco iris, éste nos recuerda que Dios recuerda. Él se ha puesto una obligación sobre Sí mismo al hacer este pacto. Ha puesto el arco iris en el cielo para decir que Él ve, recuerda, y cumplirá Su Palabra. Hay un sentido en el que cada vez que estamos mirando el arco iris, Dios está del otro lado viéndolo también y reconociendo Su promesa de nunca volver a destruir la tierra con un diluvio.

Nuevas Responsabilidades Para Un Mundo Renovado

Este pacto pone ciertas responsabilidades sobre el hombre. No son condiciones del pacto, ya que Dios hará lo que El diga ya sea que los hombres obedezcan o no estas responsabilidades. No obstante, son mandamientos que Dios da en conexión con el pacto hecho con la humanidad que fue librada del diluvio. Estas responsabilidades reafirman las palabras de Dios en la Creación y establecen la estabilidad en este mundo de pecado.

FRUCTIFICAD Y MULTIPLICAOS (TODAVÍA)

La primera directiva que Dios da es la reiteración del mandamiento de fructificar y multiplicar que fue dado primero a Adán y Eva (Génesis 9:1). En este nuevo mundo recientemente lavado y purgado de pecado, la necesidad de repoblar es especialmente urgente ya que solo quedan los pocos que sobrevivieron a la reciente destrucción. La exhortación Divina de engendrar hijos a través de la Escritura muestra Su deseo de la multiplicación de la “simiente de la mujer”. Esto es lógico ya que Dios dice que el matrimonio fue instituido en parte por Su deseo de una “descendencia para Dios” (Mal 2:15).

EL TEMOR Y PAVOR DEL HOMBRE

El Señor también le dice al hombre que: “El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra…” (Génesis 9:2). Un aspecto de esta declaración es la reiteración del llamado a los hombres a enseñorearse de todas las criaturas cuando dice “en vuestra mano son entregados.” Sin embargo, por causa de la caída, el dominio del hombre sobre las criaturas ahora genera temor y pavor. El no gobierna en paz y tranquilidad como en el Huerto. No solo la tierra no le produce tan fácilmente como antes, ¡sino que las criaturas huyen de él! El aún es responsable de sojuzgar y enseñorearse, pero es una batalla cuesta arriba hacerlo en un mundo condenado por el pecado y la muerte.

UN MENÚ EXPANDIDO

Después del diluvio, se añadieron más opciones a la dieta del hombre (9:3). Dios dice ahora que todas las criaturas vivientes son buenas para el consumo del hombre. No hay ética bíblica para las leyes dietéticas impuestas actualmente por algunos creyentes. Aunque hubo regulaciones dietéticas temporales para el pueblo de Israel, no hay fórmula secreta para una vida mejor y más saludable en ellos. El propósito primario de estas regulaciones era consagrar a la nación de Israel como un pueblo santo, separado para el Señor, lo cual fue demostrado en prácticas especiales que incluían leyes dietéticas (Levítico 11:43-47). Los judíos trataron de imponer estas leyes sobre los creyentes hace mucho tiempo, en el primer siglo, pero Jesús y los apóstoles declararon que los creyentes del Nuevo Pacto son libres de tales restricciones. Jesús enseñó que: “Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre.” (Marcos 7:18-23). Es la pureza del corazón, y no la dieta, con lo que Dios está más preocupado.

¡Si tan solo más personas se preocuparan por lo que sale de su boca al hablar y por lo que está en su corazón en vez de lo que entra por su boca y su sistema digestivo! Aún en relación a la dieta, el asunto moral se enfoca en no dar lugar a nuestras pasiones desmesuradas en vez de al tipo de alimento que comemos; un hombre podría ser “kosher” en su dieta, pero estar pecando por la cantidad de su consumo, llevándolo a glotonería y embriaguez (Proverbios 23:20-21). Hay mucho más enfoque sobre la moderación en nuestro consumo que sobre el comer ciertos tipos de carnes o vegetales. Es la glotonería y la embriaguez lo que concierne a Dios. Aún más, Él ha dispuesto la abundante variedad de Su creación para los creyentes en el Nuevo Pacto, porque “del Señor es la tierra y su plenitud” (1 Corintios 10:25-26; Hechos 10:10-15). Es una gran bendición que Dios haya puesto a nuestra disposición todo tipo de alimentos deliciosos, y esta provisión tiene su origen en el pacto de Dios con Noé.

LA SANTIDAD DE LA SANGRE

Aunque nuestro menú ha sido expandido, Dios sí hace una prohibición sobre el comer carne: la sangre del animal no ha de comerse. Esta provisión especial estableció la importancia especial de la sangre para Dios y más adelante para el pueblo especial de Dios. Desde el mismo principio de la Escritura, Dios comunicó la idea de que la vida está en la sangre. Puesto que la muerte es una imposición sobre el mundo por causa de la caída, nuestro cuidado en relación a la sangre nos ayuda a recordar esta realidad. Por lo tanto, la sangre, aún la de los animales, tiene un carácter sagrado, el cual debemos reconocer aun en la preparación de nuestros alimentos.

Además, la mención de la sangre en Génesis 9:4 sembró una semilla en el pensamiento que se volvió prominente a través del Antiguo Pacto concerniente al sacrificio de animales, y que en última instancia señalaba al sacrificio de Cristo. El derramamiento de la sangre ilustra y simboliza el derramar la vida de algo o alguien; “El derramó Su sangre por nosotros” y “El dio Su vida por nosotros” son paralelos y sinónimos por el estándar que se estableció primero aquí. Comenzó con el sacrificio de animales para vestir a Adán y Eva después de que su desnudez se convirtió en causa de vergüenza, y continuó con la sangre del justo Abel clamando desde la tierra; y ahora, en el Pacto con Noé, otra pincelada ha sido añadida al lienzo del Retrato de Dios de la Redención que está siendo revelado en el Antiguo Testamento (Génesis 3:21, 4:10). Al apartar la sangre como algo sagrado que no debía ser profanado, el Señor comienza a enfocar la atención hacia el rol especial que jugará la sangre de Cristo en la obra de la redención.

LA PENA CAPITAL

Ya que la violencia fue rampante sobre la tierra antes del diluvio, Dios ha prescrito un medio para frenar la violencia durante el tiempo que el hombre ha morado sobre la tierra. Además de la estabilidad de las estaciones en el orden creado, habrá al menos alguna medida de estabilidad civil, o estabilidad entre los hombres en sus relaciones, porque la amenaza de muerte asecha a los que matan a otros.

La razón de este requisito se deriva de lo establecido en la creación sobre las relaciones, al igual que otros aspectos del Pacto con Noé. Dios hizo al hombre a Su imagen, y aún después de la caída en el pecado, Dios tiene gran estima por los portadores de Su imagen. Nosotros fuimos creados para expresar y exponer Su imagen, y por lo tanto, Él toma muy en serio cualquier destrucción intencional de esa imagen, y requiere la muerte de todos aquellos que lo hagan. Una persona renuncia a su derecho a vivir cuando toma la vida de otra persona.

Esta fuerte respuesta a la actividad criminal tiene un efecto preservador sobre el mundo civil. La amenaza de pena capital es un fuerte elemento disuasorio. Cuando las sociedades se rehúsan a administrar este castigo oficial y justamente, eventualmente esto se revierte afectándolas por la intensa maldad que surge cuando es descuidado. Ciertamente, donde la vida es valorada, aquellos quienes toman vidas serán ejecutados, pero donde este mandamiento no es acatado, el pecado se incrementa y abunda.

El Diluvio y El Arca como Tipos

La función del Pacto con Noé es doble: instaura un mundo estable en el cual la historia del plan de Dios puede ser demostrado. También, sirve como tipo y figura de los dos grandes temas escriturales del juicio y la salvación.

LA IRA ES REAL

Primero, el diluvio de Noé retrata la ira de Dios contra el pecado. Señala la forma terriblemente repentina en la que regresará el Señor Jesús. Nos recuerda el hecho de que así como el mundo de entonces no estaba preparado, así será con la Segunda Venida.

Viene un día que lo cambiará todo. La gente estará haciendo lo que hace todos los días—comiendo juntos, yendo a fiestas, asistiendo a bodas. Luego, justo como cuando la puerta del arca se cerró y comenzaron a caer gotas de lluvia del cielo, así será en la venida de Cristo (Mateo 24:37-39). Al sonido de la trompeta, la puerta de oportunidad para venir a Cristo será cerrada; el cielo será abierto, “como un pergamino que se enrolla,” y el Hijo será revelado con los ángeles en gran gloria. Resplandecerán relámpagos desde el cielo y lloverá fuego. Habrá una conmoción tal en la tierra que infundirá temor en los corazones de los incrédulos. La gente literalmente pedirá a las piedras y a las montañas que los cubran, esperando escapar del inevitable juicio de Dios (Apocalipsis 6:14-17).

A menudo los hombres ven la estabilidad de este mundo no como una señal de paciencia y misericordia, sino de su impotencia en Dios. Ellos hacen esto a pesar de que esta bondad que le permite al hombre vivir en la tierra y retrasa el Día del Juicio debería llevarnos al arrepentimiento (Salmo 50:21; Romanos 2:14). Nos llama a prepararnos sobriamente y en oración para el juicio venidero, como hizo Noé. Es un llamado para que cada cristiano sea un “predicador de justicia” mientras todavía haya esperanza de salvación (2 Pedro 2:5; 2 Corintios 4:9-11).

DIOS ES CAPAZ DE LIBRAR Y PRESERVAR

En segundo lugar, el Pacto con Noé nos recuerda la habilidad de Dios de librar poderosamente a Su pueblo del juicio venidero. En el caso de Noé, Dios usó la brea protectora del arca. Es significativo que diga que el arca debía estar cubierta con “brea” por dentro y por fuera (Génesis 6.14). La palabra hebrea aquí habla de protección y es usada a menudo en el Antiguo Testamento para designar el aplacamiento de la ira o desagrado de Dios, mientras que su equivalente es usado más tarde para la palabra “expiación.” Cristo, como la “brea” del arca, cubre nuestro pecado y aplaca la ira de Dios contra nosotros. El es nuestra expiación y nuestra arca de refugio de la ira de Dios, nuestra seguridad del juicio en contra del pecado.

También, es alentador considerar el poder preservador de Dios obrando en proteger y guardar a Su pueblo. En un mundo donde Noé y su familia eran literalmente los únicos creyentes sobre el planeta, frente a la inimaginable oposición y presión de un mundo malvado camino a un juicio, Dios fortaleció a Noé para permanecer firme, para ser “un varón justo y perfecto en sus generaciones” (Génesis 6:9). Si Dios pudo infundir tal fortaleza y ayuda por Su Espíritu a Noé para ser justo en sus días, entonces usted y yo podemos animarnos sabiendo que Él puede hacer lo mismo por nosotros. El Señor se deleita en hacer que Su pueblo brille en la oscuridad, y en librarlo en toda clase de situaciones difíciles (Filipenses 2:14-15; 2 Pedro 2:4-5, 9). Puesto que es Dios quien derrama la ira, podemos estar seguros que El tiene el poder de salvarnos. Él tiene el control total de los diluvios más feroces, y nos puede guiar hacia lugar seguro sobre la roca de Su Hijo.

RECOMENDADOS PARA MAS ESTUDIO:

Murray, John. Principles of Conduct: Aspects of Biblical Ethics. [Principios de Conducta: Facetas de la Ética Bíblica] Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Co, 1957.

Martin, Robert P. The Death Penalty: God’s Will or Man’s Folly? [La Pena de Muerte: Voluntad de Dios o Necedad de Hombre] Avinger, TX: Simpson Publishing, 1992.

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9781629461458
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