Kitabı oku: «Héroes, aventureros y cobardes»
© Jacinto Antón, 2013
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF: OEBO323
ISBN: 978-84-9006-796-3
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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Índice
PORTADA
CRÉDITOS
DEDICATORIA
CITA
PRÓLOGO
HÉROES, AVENTUREROS Y COBARDES
HISTORIA ANTIGUA
SOBRE EL ANTIGUO EGIPTO
LA OSCURA LEGIÓN DE LAS MOMIAS
PESCA EN LOS TEMPLOS SUMERGIDOS
«LA MALDICIÓN DE TUTANKAMÓN SOMOS NOSOTROS»
LA DAMA DEL OBELISCO
EL MUNDO ANTIGUO
LA DESLUMBRANTE SOMBRA DE ALEJANDRO
50 AÑOS BUSCANDO A HERODES
ASÍ LUCHABAN LOS ROMANOS
AVENTUREROS
EXPLORADORES Y AVENTUREROS
SUDOR, SANGRE Y ARENA
«¡ESE DIPLODOCUS ES MÍO!»
A LA CAZA DEL DEVORADOR DE HOMBRES
EL REGRESO DE LOS LEONES DEL TSAVO
¡ARENAS MOVEDIZAS!
CORAJE Y GLORIA DE METAL
¡EN GUARDIA!
CAPITANES Y CIENTÍFICOS
LAS MUJERES Y LOS NIÑOS, DESPUÉS
EL ARQUEÓLOGO QUE SE ENFRENTÓ A LOS PARACAIDISTAS ALEMANES
EL CORONEL PERDIDO
AL TÍBET CON LA ESVÁSTICA
ANDREW IRVINE, ALPINISTA SEGUNDO DE CORDADA
LA SAGA DE LOS AVIADORES ESTRELLADOS
TRAS LAS HUELLAS DE LAWRENCE
HISTORIAS POLARES
UN EXPLORADOR POLAR SIN TAPUJOS
EL INTRÉPIDO QUE SE INMOLÓ EN EL FRÍO
HOY TODOS SOMOS SCOTT
GRANDES ESCRITORES DE VIAJES
«CUANTO MENOS CIVILIZADA ES LA GENTE, MÁS ENCANTADORA SUELE SER»
EL VIAJERO ERA ELLA
EL ÚLTIMO ROMÁNTICO
INTRÉPIDOS DE HOY
SAFARI CON LOS MAYORES EXPERTOS EN LEONES
«LA PALABRA MIEDO NO ENTRA EN MI VOCABULARIO»
JOSÉ LUIS, EL CAZADOR DEL CAIMÁN
GUERRAS Y SOLDADOS
HÉROES VICTORIANOS Y OTROS
LOS HÚSARES DE BUDAPEST
DOS VECES HÉROE
A LA CARGA, DE MAL ROLLO
EL CUCHILLO POLACO
MEJOR EL DESHONOR QUE UNA LANZA
DE LA ESTEPA DE LOS TÁRTAROS AL SUDÁN DEL MAHDI
DE LA INDEPENDENCIA A LA SECESIÓN: GUERREROS AMERICANOS
EL ADMIRADO Y ODIADO DRAGÓN VERDE
EL FULGOR SALVAJE DE LOS PIELES ROJAS
EL MUY REBELDE Y AUDAZ FANTASMA GRIS
NO MURIÓ CON LAS BOTAS PUESTAS
GUERRAS MODERNAS
LA AGENTE QUE BURLÓ A LA GESTAPO, PERO NO AL DESTINO
VALIENTES BAJO OTRA BANDERA
«MATAR A HITLER ERA UNA CUESTIÓN DE HONOR»
LA HIJA DEL HOMBRE DE LA BOMBA
MI FAMILIA LOS HIMMLER
UN HISTORIADOR ENTRE TANQUES Y CAÑONES
LO QUE SE SIENTE AL COMBATIR Y MATAR
EL INVISIBLE CERCO DEL MIEDO
LA CENA DE LOS GOLPISTAS
EL AMBIGUO JUDAS DE LA RESISTENCIA
HOLOCAUSTO Y CAZADORES DE NAZIS
JERZY BIELECKI, ENAMORARSE EN AUSCHWITZ
«VEÍAMOS LAS LLAMAS DESDE EL BARRACÓN»
«EN AUSCHWITZ UNA PATATA ERA UN DÍA MÁS DE VIDA»
GITTA SERENY. TRAS LA PESADILLA NAZI
EL REINO ANIMAL
BICHOS
EL VUELO DEL PTERODÁCTILO
SE NOS HA MUERTO CHITA
EL LEÓN SE EXTINGUE
EL SAPO PSICODÉLICO
EL VENENO DE LA SERPIENTE
EL PÁJARO ESQUIVO
«¡BALLENA A LA VISTA, LO JURO!»
EL TERRARIO DEL ZOO: EL REINO DE LA PITÓN
ACECHAN BAJO LAS OLAS
VIRUNGA, LA CONMOVEDORA VIDA ÍNTIMA DE UNA GORILA DEL ZOO DE BARCELONA
EL AMOR DE LOS PINGÜINOS
LA ACTRIZ Y LA ELEFANTA
MUERTE DE UN HÁMSTER
SEXO HASTA LA MUERTE EN EL ACUARIO
¡QUE VIENE EL LOBO!
GRANDES CREADORES: ENCUENTROS CON CIENTÍFICOS Y ESCRITORES
LA AVENTURA DE LA CIENCIA
«YO SOLO CAZO DINOSAURIOS»
«LAS MANOS DE LA MOMIA PARECÍAN MÁS VIVAS QUE LAS MÍAS»
«LOS BONOBOS PRACTICAN SEXO EN TODAS LAS COMBINACIONES»
«NO ES FÁCIL SER UN CARROÑERO DE ÉXITO»
«LOS PULPOS SON ENCANTADORES CUANDO LOS CONOCES»
HOMBRES DE LETRAS. ENCUENTROS Y SEMBLANZAS
LORD JIM
EL CASTILLO DE LOS SUEÑOS
LAWRENCE DE ALEJANDRÍA Y EL SEXO
PARA AGUSTÍ FANCELLI
«This was the way. To follow the dream, and again to follow the dream».
JOSEPH CONRAD, Lord Jim
PRÓLOGO
Héroes, aventureros y cobardes. Sí. Y muchas más cosas: momias, serpientes, pájaros, exploraciones, historia, aviones, nazis... Un cajón de sastre de asuntos muy variados y de emociones. Eso es lo que tienen entre las manos. Una heterogénea colección de textos en la que caben el general Custer, la carga de la Brigada Ligera, la Gran Pirámide, tigres devoradores de hombres, la conquista del polo sur, el T. Rex o un traidor de la II Guerra Mundial y un calzonazos de las luchas con los zulúes, entre otros individuos poco edificantes. Este que aparece aquí, tan abigarrado, es el mundo (con algunas otras cosillas más del día) en el que vivo desde hace treinta años, desde que trabajo de periodista cultural. Bien, para ser sinceros es el universo en el que me muevo desde que tengo uso de razón. Desde que recuerdo los relatos de mi abuelo en su sillón orejero, cargando su pipa como antaño cargaba el rifle, y evocando aventuras en la selva venezolana. O los de mi añorada madre a la que de niño seguía por casa en sus quehaceres domésticos mientras ella dejaba caer como migas de oro historias sensacionales de arañas y tiburones.
Me preguntaba el otro día un compañero del diario, Carles Geli, de dónde saco ese inveterado interés por las cosas raras y remotas, por el coraje y la cobardía, por los valores y actitudes que parecen pasados de moda, por las viejas aventuras. Por los húsares y aeroplanos. Le dije, Carles no sé. Será por la memoria familiar de las antiguas haciendas en la selva, las cacerías de cocodrilos y jaguares del tío Armando, la anaconda en el jardín, el vuelo pintado de los guacamayos, los viajes de mi abuelo embajador en las cortes europeas, la muerte —¿gallarda?— de mi otro abuelo, marino y aviador, a causa de un disparo, a bordo de un portaviones. Será, continué, por las historias de mi tío abuelo, alférez en la División Azul, cada Navidad, sobre los horrores del Frente Ruso, por la relación de mi bisabuelo con los submarinos, por la serpiente venenosa que guardaba mamá de mascota cuando adolescente o la imagen que recordaba de los criados que cada noche pasaban por las habitaciones de los niños para arrancarles de los labios dormidos los vampiros aferrados a la carne suave, ahítos de sangre. En realidad hubiera sido raro que yo saliera abogado o ingeniero. O redactor de política.
Estos treinta años de periodismo en el campo de la cultura, aunque con las naturales sevicias propias de las redacciones, han sido una gozosa oportunidad para adentrarme y profundizar en todo aquello que siempre me ha interesado y apasionado. He cumplido —feliz mortal— una gran parte de mis sueños. Cuando a los nueve años mi mirada se posaba sobre los tesoros de Tutankamón en las páginas de un libro ilustrado me conjuraba para un día verlos en persona. Lo mismo con estampas de la sabana o la jungla, del desierto y el mar. Con los cromos de remotas tribus, ruinas de civilizaciones perdidas y fieras extrañas. Con la libreta y el bolígrafo en las manos he bajado luego a las tumbas donde duermen las momias, he recorrido las murallas de los grandes castillos de los cruzados, he visto cazar a los leones, enterrar un bechuana, resucitar la Biblioteca de Alejandría y despegar un cohete en la selva. Pero sobre todo he podido conocer a grandes aventureros, viajeros, arqueólogos, aviadores, marinos y hasta a verdaderos héroes.
En las páginas que siguen aparecen varios de esos personajes. Algunos llevan demasiado tempo muertos —ya se sabe, los aventureros tienen eso—. Pero a un buen puñado los he entrevistado personalmente: el piloto que rompió por primera vez la barrera del sonido, el comando que secuestró a un general nazi, el descubridor de la tumba perdida de Herodes y el último superviviente de los conjurados que trataron de matar a Hitler. Junto a ellos, he conocido también a varios de esos grandes héroes morales que son los supervivientes del Holocausto o a científicos enfrascados en gestas extraordinarias como el descubrimiento de nuevos dinosaurios, el esclarecimiento de la historia del Antiguo Egipto o lo que hace que los monos se nos parezcan tanto.
Aventureros de hoy y de ayer, famosos y desconocidos. Alejandro Magno, Lawrence de Arabia, Thesiger, Henry Marie Just de Lespinasse de Bournazel, del 22ª de spahis, que al caer en el polvo mortalmente herido por una bala tuareg exclamó: «Qué contrariedad morir así de sucio». Héroes de la cotidianeidad como el joven mordido por una víbora que afronta su miedo cada vez que pone el pie en el jardín o en el bosque. En marcado contraste, hay también muchos cobardes. El tema del valor y la cobardía siempre me ha parecido central y aparece recurrentemente en muchas de estas páginas. Estoy especialmente satisfecho de los perfiles de personajes como Bruce Ismay, el cobarde oficial del Titanic; Carey, el oficial británico que huyó mientras mataban a lanzazos al príncipe francés cuya seguridad estaba a su cargo; Reno, que entre morir con Custer o ponerse a salvo eligió (quizá muy sabiamente) lo segundo —una de las grandes frases de este libro es la que pronunció uno de los hombres a su mando durante el consejo de guerra subsiguiente: «Si nos hubiera mandado un valiente estaríamos muertos»—.
Otra gran categoría de retratos de este Héroes, aventureros y cobardes es la dedicada a los perdedores. Siento una gran simpatía y solidaridad con ellos (Oates, Scott, Mallory e Irvine...). Hay muchas lecciones que aprender en sus fracasos.
Los textos periodísticos que componen este libro —publicados todos en el diario El País— son de muy diferente clase. Hay entrevistas, reportajes, crónicas e incluso algún obituario. Temas de actualidad y otros que ni muy remotamente podían ser considerados así. Podrá parecer un batiburrillo. Como decía Miguel Strogoff, «en Sibérie messieurs, nous sommes forcés de faire un peu de tout!». Lo que les proporciona unidad a los textos y confiere un sentido a este libro es que responden todos a un mismo interés por las cosas de que les hablaba. Aquí y allá aparecen las mismas obsesiones.
Están agrupados temáticamente aunque a menudo pertenecen a épocas diferentes. Me parece de justicia empezar con el Antiguo Egipto, tanto por evidentes razones cronológicas como porque mi trabajo de periodista ha tenido mucho que ver desde el principio con ese mundo. Uno de los momentos señeros de mi vida de reportero ha sido la ocasión en que me quedé a solas con las momias de los grandes faraones mientras el responsable de su conservación se iba a por café. Por razones obvias el género elegido en tal ocasión no fue la entrevista.
En otros textos aparecen encuentros con grandes egiptólogos. Entre ellos la entrevista, esta vez sí, que le hice a la admirada decana de la disciplina Christiane Desroches Noblecourt, ya traspasada —que Isis la tenga en su gloria—. No podía faltar tampoco la entrevista con Zahi Hawass —ya dimitido— en la que conseguí una de las grandes exclusivas de mi vida de periodista: la noticia de que había reaparecido el perdido pene de Tutankamón. Parecerá —perdona Tut— un tema menor, de poca trascendencia para la política cultural, pero yo llevaba años investigando el paradero del apéndice y dar con él, bien no diré que mereciera un Pulitzer pero ahí queda.
Siguiendo en el libro verán una entrevista con el historiador Robin Lane Fox a propósito de Alejandro Magno. Es la demostración de qué privilegiado puede ser este oficio. Tienes a tu disposición a gente brillante, auténticos genios que en puridad no deberían dedicarte un minuto de su tiempo. Hablamos, entre otras muchísimas cosas maravillosas, del sexo de Alejandro: vean qué apasionante resultó. Luego descubrimos que teníamos amigos comunes, no Alejandro y yo, sino con Lane Fox: el romántico aventurero Paddy Leigh Fermor, que sale en varias otras páginas.
El capítulo de aventureros y exploradores viene bien surtido. En una memorable ocasión entrevisté, uno detrás de otro, a ¡seis veteranos de la II Guerra Mundial! Uno de ellos había volado un cuartel de la Gestapo a los mandos de su cazabombardero Thyphoon. En algunos textos aparezco yo mismo emulando a los grandes personajes, generalmente en situaciones, como no podría ser de otro modo, bastante estrafalarias: hundido en arenas movedizas, sable en mano frente a un escritor, preguntando por Lawrence en Damasco o atrapado en una nevada. Hay también, cabalgando, sioux y comanches. En algún lugar escucharán Garry Owen o se toparán con El último mohicano.
He sido especialmente afortunado por poder entrevistar a figuras señeras de la literatura de viajes. En esa categoría entra Jan Morris que es posiblemente además la persona con mayor calidad humana que he conocido. Su viaje de hombre a mujer —se sometió a una operación de cambio de sexo— es el mayor y más difícil que nadie pueda acometer. Conocerla, a Jan, ha sido una de las mejores cosas que me han ocurrido.
El capítulo de «intrépidos de hoy» trata de mostrar —por si no hubiera suficiente prueba— que la aventura y los aventureros aparecen cuando menos te lo esperas, a la vuelta de la esquina. La guerra siempre me ha interesado, por lo que tiene de experiencia devastadora y total. Desde niño me han deslumbrado con las ideas de coraje, camaradería y honor, valentía en el campo de batalla y nobleza de las armas. Historias de húsares, ulanos y dragones. La guerra es algo muy distinto: atroz, sucia, abyecta. Lo sé. Y eso sale en estas páginas. Un joven oficial habla de lo que significa combatir; locura y sangre. Pero también aparece ese mundo de lo militar propio de las novelas de aventuras, el de Las cuatro plumas, para entendernos. El contraste, la tensión, entre la infame realidad y los sueños de arrojo, de intrepidez y de medallas, da sentido a varios textos.
Como Indiana Jones yo también odio a los nazis pero me intrigan en cuanto encarnaciones extremas del mal. A ello responden los diversos artículos en que aparecen. La naturaleza y los animales siempre son una fuente inagotable de historias apasionantes. Aquí encontrarán, entre otros, una ballena inesperada, una gorila digna de Victor Hugo, un devorador de hombres reciente, lobos, y el inevitable hámster (RIP). También hay espacio para esos escritores que nos gustan especialmente: Lawrence Durrell, Conrad, Yeats...
En el proceso de selección de textos de estos treinta años de oficio han caído muchas cosas. Me duele que no salgan Heydrich —el nazi más interesante—, la entrevista con el cuidador de Flipper, el entomólogo que me habló de la marabunta, la exploradora a la que persiguió un mono rijoso o la aventura con el sapo psicodélico. Me encantará que alguien eche de menos algo.
Pero en fin, lo que hay es un buen destilado de todos estos años y visto en conjunto muestra algo que constituye mi leit motiv: hay que ver qué interesante es el mundo, y qué extraordinario. Por estas páginas transitan sobre todo la curiosidad y el asombro. Y la necesidad de glorificar la gran aventura de estar vivos. Paradójicamente, como ya he señalado, salen muchos personajes que están muertos. Al menos vivieron vidas interesantes y trazaron un surco, para bien o para mal, en el ancho mar de la memoria. Quiero creer que hay humor en este libro, también poesía. Ambos teñidos de una inevitable capa de melancolía. Contemplar vidas intensas puede hacer pensar que la tuya no lo es tanto. Pero creo más en el incentivo que provocan las grandes aventuras vitales. Este es un libro que quiere invitar a compartir grandes sueños.
Un apunte profesional. Algo que tienen todas estas historias detrás, sean del género que sean, es mucho trabajo. Lecturas, documentación, investigación. En unos tiempos en que el periodismo vive la obsesión de la rapidez, la inmediatez y el consumo acelerado, incluso en el campo de la cultura, me parece bueno romper una lanza por la labor cuidadosa, detallista y en profundidad. No hemos de cejar jamás en la búsqueda de la perfección y la excelencia, aunque eso nos aparte de los nuevos usos y de la corriente acelerada de los días.
Este libro existe gracias a mucha gente. Al director de mi diario, Javier Moreno, al director adjunto en Barcelona, Lluís Bassets, a los responsables de la sección de cultura, de El País Semanal y de las demás áreas del periódico que siempre —vaya usted a saber porqué— han confiado en mí y hasta me encargan cosas. Mi familia, mi principal apoyo, se ha resignado a convivir con alguien que invariablemente llega tarde a cenar, inunda la casa de libros y se obstina en pretender que un salacot o una tarántula son objetos de decoración. Como dijo Lichtenberg, «de todas las cosas extrañas que guardaba, la más rara resultó ser él». La editora Anik Lapointe es la principal responsable de que Héroes, aventureros y cobardes exista. Ella no desespera de que algún día escriba una novela policiaca o en su defecto la gran historia de la policía montada del Canadá (esto último es más probable). Este libro está dedicado a Agustí Fancelli, amigo y ejemplo, a cuyo lado me sentaba cuando escribí muchos de estos textos. Nunca dejaré de echarlo de menos.
Quizá les suene la pintura de la portada. Es el retrato que hizo Ambrose McEvoy de un héroe, el oficial de marina neozelandés William Edward Sanders (1883-1917), ganador de la Cruz Victoria por su valiente acción contra un submarino alemán mientras estaba al mando de un buque Q, un buque trampa británico (luego murió al ser torpedeado su barco por otro sumergible, gajes del oficio). No está ahí solo por ser el retrato de un héroe sino porque me parece que simboliza muy bien el rostro de la aventura. Para mí podría ser, con esa indumentaria y esa mirada, el mismísimo Lord Jim.
Y él, Lord Jim, está, claro, en estas páginas, tiñéndolo todo con su reflexión sobre el coraje y la cobardía, y la necesidad de redención. Con un enorme sentido de la oportunidad mientras escribo estas líneas se emite por TVE El hombre que pudo reinar. Pues cerrémoslo así. Siempre nos quedará Kafiristán.
HÉROES, AVENTUREROS Y COBARDES
HISTORIA ANTIGUA
SOBRE EL ANTIGUO EGIPTO
LA OSCURA LEGIÓN DE LAS MOMIAS
«Vi tal número de ataúdes que sentí que las piernas me temblaban». Solo puedo hacer mías las palabras del egiptólogo berlinés Émile Charles Adalbert Brugsch (1842-1930), pronunciadas cuando en un tórrido día de julio de 1881 entró en la cachette, el escondrijo de momias reales, de Deir el Bahari (DB 320). En aquella ocasión, Brugsch, en una de las grandes aventuras de la arqueología, aventuras que con momias sin duda lo son más, se dio de bruces con la flor y nata de los faraones egipcios, dispuestos como para pasar revista. Funcionarios piadosos los habían recolocado en ese sitio secreto en la propia antigüedad una vez constatado el saqueo de sus tumbas originales y tras volver a vendar las momias ultrajadas y depositarlas en nuevos sarcófagos, sin olvidarse de ponerles una útil anotación identificativa con vistas a la eternidad. Con el correr de los siglos y la inestimable colaboración de una cabra, que ayudó a revelar el escondrijo metiendo la pata en una grieta, los reyes y otras momias que les hacían compañía, hasta un total de medio centenar, fueron encontrados por la peor gente posible: los saqueadores de sepulcros Abd el Rasul. Los tres hermanos Abd el Rasul, pilladores de tumbas decimonónicos, guardaron durante años el secreto del afortunado hallazgo dedicándose a hacer un dinerillo vendiendo piezas del ajuar de las momias y ocasionalmente, parece, incluso una de estas completa. Se cree que esa desgraciada momia real fue comprada por unos viajeros británicos que, perturbados por el hedor del viejo egipcio, lo lanzaron al Nilo. Es difícil decir qué opinarían del imprevisto menú los cocodrilos.
Déjenme rebobinar y volver a la cabra antes de olvidarme para señalar la importancia de la fauna local en la historia de los descubrimientos egiptológicos. De hecho, los textos de las pirámides, en cuyo hallazgo participó precisamente Brugsch, fueron encontrados en puridad por un zorro que se introdujo a través de una cavidad entre los escombros que rodeaban la pirámide en ruinas de Pepi I en Saqqara y al que siguió un capataz árabe; tenemos también el incidente de la Tumba del Caballo (El Bab el Hosan, literalmente «la puerta del caballo»), descubierta por la montura de Howard Carter, Sultán, al caer y abrir un agujero en tierra que condujo a una más bien decepcionante cripta con una estatua de Mentuhotep I, y más recientemente está el caso de la gran necrópolis de las momias doradas de Bahariya, hallada en 1995 por... un burro.
Retomando el inicio y el temblor de piernas de Brugsch entre tantas momias reales, he de decirles que mi gran momento momia, si descartamos la vez que caí sobre un montón de ellas en una tumba destartalada y polvorienta del valle de las Reinas, con grave peligro de infección y sobre todo de infarto, fue la ocasión en que me encontré a solas rodeado de todos esos mismos faraones que tanto impresionaron al bueno del colaborador alemán de Maspero. La suerte y una gran desfachatez me permitieron un día de noviembre de 1993 colarme en la sala del Museo Egipcio de El Cairo en la que se preparaba a las momias reales para su nueva exhibición el año siguiente en vitrinas con modernos sistemas de mantenimiento. Visitaba a la sazón el museo después de haber viajado a Oxirrinco y El Fayum, y al abrirse una puerta por la que salió un funcionario distinguí dentro a Nasri Iskander, uno de los mayores especialistas mundiales en momias. No iba a dejar pasar la oportunidad. Ni corto ni perezoso, entré en la sala y me presenté vehementemente al prestigioso especialista alejandrino como conocido de Zahi Hawass, entonces responsable en alza de la zona monumental de Guiza, y como amigo de Luis Monreal, director aquellos años del Instituto Getty de Conservación (IGC); de Eduard Porta, director del proyecto de restauración de la tumba de Nefertari, y de Frank Preusser, técnico del IGC encargado precisamente de diseñar las nuevas vitrinas monitorizadas, todo lo cual no era solamente asombroso, sino cierto. Sorprendido de mis credenciales y sobre todo de mi arrebatado entusiasmo por las momias, Iskander tuvo la gentileza de presentármelas una a una. No fue un «aquí Tutmosis IV, aquí Jacinto», pero casi.
Un par estaban ya en las nuevas urnas acristaladas, pero otras, como la de Amenofis III y Ramsés V, yacían en ataúdes de madera cubiertas solo con un sencillo paño que Iskander retiró con gesto de prestidigitador para mostrármelas. Cara a cara con aquellos poderosos reyes divinos de la antigüedad, sin nada entre ellos y yo, excepto el hálito de los milenios, sentí un vértigo —síndrome de Stendhal versión Osiris— que Iskander malinterpretó como un vahído, por lo que se apresuró a preguntarme si quería un té. Imaginé torpemente la imagen para mis memorias de un té entre los faraones y asentí con la cabeza mientras me sentía incapaz de retirar la mirada de aquellos rostros nobles que contemplaron Karnak nuevecito y sin turistas. El atento estudioso salió a por las bebidas y yo me quedé ahí a solas con las momias, meditando algo ingenioso que decirles y de manera más prosaica pensando en que si una se levantaba me daba un pasmo. Cuando Iskander regresó, yo no había movido un músculo y parecía tan traspuesto que el científico pareció dudar entre darme el té o meterme también en una urna.
No resisto la tentación de explicarles que no sería la primera vez que una persona moderna se convierte en antigua momia egipcia. Está el individuo anónimo que donó su cuerpo a la ciencia en Baltimore y al que en 1994 el estudioso Bob Brier transformó paso a paso, siguiendo las directrices de los viejos egipcios recogidas por Herodoto (incluida la extracción del cerebro por la nariz), en una momia perfecta (he ahí una gran aventura póstuma). Desde hace mucho tiempo, además, existen falsificadores de momias que surten al mercado de lo que es un producto muy solicitado: si antaño las momias eran consideradas una medicina universal, la panacea para todos los males, luego pasaron a ser el indispensable souvenir que los primeros turistas se traían del país del Nilo y en la actualidad son gran atracción en los museos, que se encuentran demediados entre la demanda popular y el debate ético sobre la exhibición de lo que no dejan de ser restos humanos. La falsificación se puede hacer, y se ha hecho, metiendo debajo de las vendas cualquier cosa, pero algunos mercaderes no han dudado en emplear auténticos cadáveres (a lo Brier) para dar mejor el pego, y se cuenta que incluso se ha llegado a convertir en momia a gente viva.
Las momias, les decía, me parecen inseparables de la gran aventura arqueológica. Y es que si encontrar una tumba y abrirla ya es emocionante, que haya alguien embalsamado dentro resulta la caraba. Aunque no esté muy bien preservada. Como aquella princesa disuelta en su sarcófago o la misteriosa momia de la enigmática tumba KV 55 que Weigall encontró húmeda (?) y que al tocarle un incisivo, de tres mil años de antigüedad, se convirtió en polvo. Ya el pionero de la egiptología Viviant Denon —del que Anatole France decía aquello tan bonito de «fue valiente y apreció el peligro como la sal del placer»— se extasió con un pie de momia y se trajo de su pintoresco viaje a Lúxor una cabeza de anciana «tan bella como las Sibilas de Miguel Ángel». El propio Napoleón también metió en su equipaje de regreso de la campaña de Egipto dos testas de momia, una para Josefina, que seguramente hubiera preferido flores.
El mundo está fascinantemente lleno de momias. Las de las niñas incas sacrificadas de un mazazo, como Juanita, la Doncella de Hielo, que descansan en las montañas andinas. Las tan inesperadas de Xianjiang, caucásicas en el desierto del Taklamanjan. O las de la turba, los hombres de los pantanos, que se cuentan entre mis favoritas. Entiendo que el interés por las momias les resulte a algunos insano. Incluso amigos egiptólogos como el investigador de Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) José Manuel Galán, responsable del Proyecto Djehuty de excavación en Dra Abu el Naga, arrugan la nariz ante el brillo entusiasta que despunta en mis ojos con solo mencionarse la palabra «momia». «Las inscripciones son más importantes», me riñe Galán.
Mi primera momia, como todas mis primeras cosas, desde la muerte hasta el amor pasando por el sexo, estaba en un libro. En una vieja edición que aún conservo de En busca del pasado, de C. W. Ceram (Labor, 1959), el ínclito autor de Dioses, tumbas y sabios, que como sabrán en realidad se llamaba Kurt W. Marek y había sido corresponsal de la Propagandatruppe del Ejército alemán en la II Guerra Mundial, una buena razón para usar seudónimo, pasaba revista a toda la gran aventura arqueológica con profusión de ilustraciones. Allí descubrí de niño que la arqueología era mucho más interesante que el tren de la bruja (y aún no podía ni imaginar que las egipcias usaban como anticonceptivo estiércol de cocodrilo). Mi ilustración favorita del libro, mi verdadera primera momia, era la de un antiguo dibujo de una joven romana hallada en 1485 por obreros que excavaban en la ciudad en busca de mármol y que encontraron el cuerpo extraordinariamente bien conservado dentro de un sarcófago de piedra y recubierto de una espesa costra de sustancias aromáticas. La chica realmente era muy bella y estaba aún más desnuda que las fotos de modelos alemanas de corsetería que espiaba en la revista de moda Burda de mi madre...
La cosa está tomando un rumbo peligrosamente freudiano, así que vamos a volver a Émile Brugsch y su gran aventura con las momias en Deir el Bahari, un gran golpe de suerte de la egiptología. «Superada la emoción, examiné lo mejor que pude a la luz de mi antorcha y vi que se hallaban allí las momias de personajes reales de los dos sexos», escribió el alemán. «Me hice cargo de la situación con un gemido ahogado y me apresuré hacia el aire fresco, no fuera a desmayarme de emoción y aquel maravilloso trofeo, aún sin desvelar, se perdiera para la ciencia». Brugsch, ya ven que uno de los nuestros, había llegado de urgencia al entonces remoto paraje como sustituto de su jefe Maspero, que se hallaba en París. Tras una enérgica pesquisa seguida de un musculoso interrogatorio de los Abd el Rasul por parte del gobernador de Qena, los ladrones habían cantado y era necesario actuar con rapidez para impedir que los tesoros del escondrijo se desvanecieran. Brugsch entró en la tumba y alucinó. Había allí como si tal cosa 11 faraones del Nuevo Imperio egipcio, entre ellos estrellas históricas como Tutmosis III, Seti I y Ramsés II. Además de reinas, miembros menores de la familia real, altos sacerdotes e individuos privados. La gran suerte para la egiptología fue que los Abd el Rasul se habían dedicado a extraer y vender primero los bonitos ajuares dorados de los propietarios originales de la tumba, el sumo sacerdote de Tebas Pinudjem II y sus parientes. Dado que los grandes reyes, trasladados una y otra vez en la antigüedad, estaban de okupas en el sepulcro y metidos en ataúdes y sarcófagos de escasa calidad y privados de todo ornamento y boato, solo quien era capaz de leer sus nombres podía reconocerlos y valorarlos.
Brugsch tuvo que resolver la papeleta del vaciado rápido de la tumba —la identidad real de sus ocupantes empezaba a difundirse— y el complicado envío de los viejos reyes vía fluvial a El Cairo. Mientras el barco que trasladaba las momias surcaba el Nilo, las mujeres locales ululaban una triste despedida ancestral desde las orillas y los hombres disparaban sus armas. Para los que no la conozcan, existe una película egipcia maravillosa sobre el episodio, que recoge toda su magia y fascinación, del director Shadi Abdel Salam, The mummy (1969) —no confundir: en esta no sale Patricia Vasquez como Anck-su-Namun dándole un nuevo sentido rotundo al término arquitectura faraónica—. Al llegar al Museo de El Cairo, las momias fueron examinadas. Tutmosis III, el Napoleón egipcio, no estaba muy fino. «Su cuerpo estaba cubierto por una capa de natrón blanquecino mezclado con grasa humana grasienta al tacto, pestilente y muy cáustica», describió Maspero. Le faltaban el pene y los testículos. De Seti I le sorprendió su «dignidad varonil». De Ramsés II anotó que tenía las orejas agujereadas para llevar pendientes y una nariz semejante a las de los Borbones. A la reina Ahmose-Nefertari, que se había podrido y olía espantosamente, le faltaba la mano derecha, cortada, seguramente para robarle las pulseras.
Cuando parecía que no podía haber mayor sorpresa que encontrar esa sombría reunión de faraones, Egipto, como hace siempre, brindó otra. En 1898, 17 años después, el egiptólogo francés Victor Loret descubrió en el valle de los Reyes la tumba de Amenofis II (KV 35), que resultó contener su propio cachette de momias reales, incluidos otros nueve faraones.
Seguían faltando algunos, entre ellos Tutankamón. Y eso nos lleva, por supuesto, a la mayor aventura arqueológica de la historia, y con momia incluida, que es el hallazgo de su tumba virtualmente intacta, un hito del que este noviembre se cumplirán 90 años. Parecería que todo está dicho y explicado de ese descubrimiento, pero aún quedan cosas por aclarar y misterios por resolver. Esta ocasión del aniversario quizá nos ofrezca algunas respuestas. Por lo pronto tenemos ya un libro que repasa de manera apasionante la historia del hallazgo y nos pone al día de lo que sabemos e ignoramos del joven rey y de su descubrimiento. Se trata de Tutankhamen’s curse, de Joyce Tyldesley (Profile, 2012), arqueóloga y egiptóloga con una larga serie de títulos. No piensen por el título que la autora sea de los que creen en la célebre supuesta maldición de la tumba. ¡Qué va! Tyldesley apunta con humor que de existir maldiciones, una sería la que supone para los egiptólogos el desmesurado y distorsionante interés popular por Tutankamón, que eclipsa a todos los demás personajes y periodos de la historia del Egipto faraónico. Otra, la que supuso para Howard Carter encontrarlo, pues significó, junto a la gloria, el fin de su carrera de arqueólogo (no hizo nada más en la vida). Otra más, la del destructor turismo masivo arrastrado al valle de los Reyes por el nombre del rey dorado. Para el propio Tutankamón, la maldición fue morir joven y no alcanzar la realización de su completo destino.
Algunas precisiones que hace la autora es bueno recordarlas: el hallazgo de la tumba no fue por casualidad, sino fruto de una meticulosa planificación y un escrutinio minucioso y exhaustivo del valle: para quien supiera verlos, los indicios eran claros. Carter, no obstante, estuvo en la campaña de 1917 ¡a un metro! de la entrada, sin encontrarla entonces. La tumba es pequeñita —casi no cabía todo lo que metieron— porque no estaba diseñada para Tutankamón, sino probablemente para el que se convertiría accidentalmente en su sucesor, Ay, que, en cambio, se quedó con la que seguramente era para el joven faraón, la KV 23. El ajuar era en parte reaprovechado, muchas cosas habían sido hechas para otros personajes. No es del todo cierto que la tumba estuviera inviolada: fue saqueada al menos dos veces poco después del entierro de Tutankamón; Carter calculó, basándose en los inventarios anotados en las cajas, que hasta el 60% de las joyas depositadas fueron robadas. También le escamotearon al rey el kit de afeitar, del que solo se encontró la etiqueta; Tyldesley apunta que el pene en reposo (eterno) medía 50 milímetros: mi solidaridad masculina me hace pensar que es un error de calibrado.
Cuando Carter dio con la tumba, el descubrimiento fue extraordinario, pero en un punto se quedó a medias: podría haber sido una grandiosa tumba real como las de los otros faraones y no lo fue; maravillosa, sí, pero pequeñita. Solo queda soñar con lo que sería una de las gigantescas tumbas del valle con todo su contenido. En otro aspecto, la tumba decepcionó: no había papiros, excepto uno, mal conservado y sin apenas información, recuperado del cuerpo de la momia. Tutankamón acaso no era un chico muy leído. Tampoco apareció ninguna corona real en la tumba, es posible que fuera un objeto hereditario.
Nos sigue emocionando el relato del «día de días», el vislumbre de las «cosas maravillosas», según dijo Carter a sus compañeros al meter luz por la brecha practicada en la puerta y observar pasmado el brillo del oro por todas partes. Pero más allá del momento cosas maravillosas, hubo otros igualmente extraordinarios. Al propio Carter, habitualmente contenido, se le hizo un nudo en la garganta al observar la bellísima capilla canópica dorada. Fue emocionantísima también la apertura del gran sarcófago y la visión de la máscara dorada sobre la momia. Cosas maravillosas, sí, a espuertas, pero también cosas raras. En la tumba se hallaron objetos rituales incomprensibles y elementos tan extraños como los «fetiches de Anubis»: pieles de animales rellenas de fluido de embalsamar y colgadas de un mástil.
Hace tiempo que se sabe que Carter, un tipo difícil, con sensación perpetua de agravio —algo había: no le hicieron sir—, y Carnarvon y su hija entraron subrepticiamente en la cámara sepulcral de la tumba, que estaba sellada y a la que en puridad no podían acceder sin permiso. Tyldesley subraya que eso, aunque puede entenderse humanamente, estuvo muy mal, fue una pésima praxis arqueológica indigna de Carter. Tampoco fue bonito (ni legal) que, como está probado, Carter y Carnarvon se quedaran algunas piezas de Tutankamón para ellos. Howard Carter, al que no le interesaban una higa las momias (nadie es perfecto), maltrató innecesariamente la de Tutankamón en su prisa por desprenderlo de sus objetos.
Entre las novedades que aporta Tyldesley está la nueva investigación sobre la ropa de Tutankamón y su maniquí, que parece lucir camiseta a lo James Dean. Se ha podido reconstruir las medidas y tallas del faraón y el resultado es que tenía un cuerpo tipo pera y algo femenino, con caderas muy anchas (110 centímetros). Sobre el manido tema de la causa de la muerte, aunque se sigue y se seguirá discutiendo, parece haber cierto consenso en que pudo ser provocada por un accidente de caza. Los amplios daños en el torso sugieren, según Benson Harer, médico y profesor adjunto de Egiptología en la Universidad de San Bernardino, que acaso lo mató ¡un hipopótamo! (nunca nos cansaremos de señalar la peligrosidad de ese bicho). Tyldesley opina más bien que se accidentó cazando avestruces en su carro. Ya no está tan claro, por lo visto, que fuera cojo ni que sufriera malaria.
Un último detalle. La aventura de la tumba tiene uno de esos personajes secundarios e indignos que tanto nos gustan en el sargento inspector Richard Adamson, que aseguraba haber sido miembro del equipo de excavación y haber custodiado el recinto durante siete años pasando las noches en un saco de dormir en la cámara funeraria y poniendo música a toda potencia en un gramófono para disuadir a los posibles ladrones. El tipo no explicó su peripecia hasta que, muy convenientemente, habían muerto todos los históricos del descubrimiento y se dedicó entonces a dar conferencias sobre el tema y hasta a conceder entrevistas a los medios. Resulta, sin embargo, que hay evidencias aplastantes de que Adamson no estaba en esa época en Egipto...
PESCA EN LOS TEMPLOS SUMERGIDOS
Mientras Indiana Jones busca en las pantallas la calavera de cristal, Franck Goddio rastrea en el mar los tesoros de Alejandría. Su barco, el Princess Dudda, bajo pabellón egipcio y maltés, se balancea suavemente en la bahía de la gran ciudad de Cleopatra, Cavafis, Forster y Larry Durrell, a unos 300 metros de la costa, frente a la ajetreada Corniche en este día deslumbrante. No muy lejos está la nueva Biblioteca Alejandrina, como un ojo entrecerrado, y, acotando el viejo puerto, el promontorio de Silsileh, sobre el que en la antigüedad se extendían palacios ptolemaicos y hoy hay una base militar en la que puedes ver desde el barco una semicamuflada batería de misiles tierra-aire que hubiera sido la envidia de Alejandro Magno o César. De manera desconcertante, los cohetes apuntan a la Biblioteca.
Los trajes de buceo puestos a secar en las altas bordas del navío, con un aire al Calypso de Cousteau, parecen una tripulación fantasma. Sobre la cubierta yacen una enorme columna de granito y media tapa de un colosal sarcófago de piedra sacados del agua, ambos de época romana. «Estamos sobre la antigua península de Poseidium, en la zona de los distritos reales, ahora bajo el mar desde que en el siglo VIII todo el Portus Magnus de Alejandría se hundió por un maremoto», explica Goddio, afable y gran comunicador, que luce shorts muy cortos y un bronceado intenso, y va descalzo. El fundador del Instituto Europeo de Arqueología Submarina, una institución privada dedicada a la exploración de yacimientos sumergidos y a la exhibición de sus tesoros, que trabaja en Egipto en colaboración con el servicio de antigüedades del país (hay varios técnicos egipcios a bordo y también un representante de la Armada, bastante ligón), expone en la actualidad en Madrid parte de los hallazgos de sus pasadas campañas. Goddio explica que estamos sobre la zona en la que se levantaba un gran templo de Poseidón. Desde el barco exploran y excavan una enorme superficie equivalente a 300 hectáreas.
«¿Vais a sacar algo, Franck?», pregunta una colega de la televisión. «Sí, ayer encontramos el trozo que faltaba de la tapa del sarcófago y vamos a intentar subirlo». La afirmación es coreada con un «¡oh!» de todos los periodistas embarcados. En un momento estamos sobre la borda de babor. La grúa del barco ha soltado un cable que se hunde en el agua como el hilo de una caña de pescar. Se pone en tensión. Una nube de burbujas se forma sobre la superficie verde del mar. ¡Algo sube! Por la sombra podría ser un gran tiburón. Es un pedazo de piedra enorme. Una gran captura de granito que asciende desde las tinieblas del agua y de la historia. Estaba a ocho metros, bajo sedimentos. Los buzos de Goddio, chorreando en sus trajes de neopreno rojos, la colocan en cubierta. Goddio dirige el ensamblaje: los dos trozos encajan exactamente. Que la aparición de la losa y el espectáculo de su izamiento coincidan sospechosamente con la visita de los medios no le quita emoción al asunto. De hecho, Goddio tiene preparado mucho más en esta sensacional jornada de arqueología subacuática recreativa, y no solo porque lleva en el barco 220 de las piezas halladas durante la campaña que está a punto de finalizar (las otras 500 se han dejado en el mar, convenientemente señalizadas).
«Hay una esfinge ahí abajo y vamos a tratar de levantarla, solo para que la veáis, porque no podemos subirla a bordo, pesa demasiado y zozobraríamos». ¡Una esfinge, guau! Esa es la marca de Goddio, la imagen emblemática de su trabajo: buzos con esfinges. Vamos a por ella. La grúa vuelve a ponerse en acción. El barco se escora con el peso. Nervios. Síndrome Poseidón (el transatlántico). Aparece un bulto informe. Extraída de las aguas como una bestia escurridiza, la esfinge descabezada se mece furiosa, mascullando enigmáticas maldiciones de basalto. Cuando la vuelven a bajar es casi un alivio. Entretanto, la cubierta se ha llenado de buceadores que se multiplican contando historias. Su jefe, Jean Claude, corpulento, se quita el verdugo de goma y los plomos. Dice que allí abajo la visibilidad es muy mala, porque el agua está muy sucia —«aunque mucho mejor que cuando empezamos en el 92, entonces veías llegar el flujo de los colectores como una nube negra»—; hoy apenas dos metros, otros días ni 50 centímetros. Pasan nueve horas diarias buceando. Emplean varillas de acero para ir tanteando como tritones ciegos en el fondo. «Cuando notas tin-tin es que hay piedra dura».
Los objetos casi nunca se reconocen. «Al principio no ves nada, luego al limpiar aparece el bronce o el mármol». Goddio muestra las piezas más interesantes encontradas desde el inicio de esta campaña, el 24 de abril. Están en cubetas con agua. Extrae de una lo que parece una piedra oscura y la vuelve hacia el sol: es el asombroso retrato de un sacerdote egipcio en granito negro veteado. Parece una cabeza de momia, tal es su realismo. Viene, dice, del templo que está debajo del barco. Luego muestra otra cabeza, barbada, de mármol. Y luego un altorrelieve de un Heracles niño dormido chupándose el dedo. Otro dedo, este de bronce y enorme, es lo que exhibe luego Goddio.
«Corresponde a un coloso de nueve metros, quizá una estatua gigantesca de Poseidón perdida». El investigador muestra tres estatuillas de bronce, impresionantes, halladas también abajo (las primeras de este material que encuentran en el puerto de Alejandría) y que podrían representar al mismo dios marino. Más humilde es un pequeño vaso de cerámica, pero tiene inscrita una alucinante leyenda en griego: «Por Cristo, el mago». El objeto parece indicar una insólita mezcla de cristianismo e hidromancia y su antigüedad —siglo I— lo hace remontarse a los primerísimos tiempos del cristianismo. «A ver si va a ser el Grial», bromea alguien. Y Goddio es el primero en reír.
Las olas y las corrientes, subrayan los buceadores, convierten el fondo marino en un mundo cambiante que puede dar sorpresas cada día. Contra la indefinición de ese reino de sueños y espejismos ondulantes trabaja, campaña tras campaña, la voluntad férrea de Goddio, dispuesto a trazar en la bahía de Alejandría (en otoño bucean en Aboukir, en los yacimientos sumergidos de Canopo y Heraclion) la cartografía submarina de los reinos ahogados de los Ptolomeos y sus sucesores los romanos. Se diría una tarea imposible, sobre todo por la vastedad de ese desierto bajo el agua turbia, pero el explorador abre su ordenador en la cabina durante la comida y mientras se come un plátano muestra una asombrosa topografía virtual en la que figuran penínsulas, islas, puertos, palacios, templos, diques y calzadas desaparecidos.
Luego, desde la toldilla, frente al skyline de Alejandría punteado de alminares, señalará la apenas rizada superficie del mar a unos cientos de metros. Según él, ahí abajo está el Timonium, el retiro de Marco Antonio, y más allá la isla de Antirrodos, con un templito de Isis («construido en el siglo II antes de Cristo y destruido hacia el año 50») y un palacio real que habría pisado la mismísima Cleopatra. Localizaciones controvertidas, por supuesto, como lo ha sido durante años Goddio; pero él, sin achantarse, con una confianza en sí mismo a toda prueba, sigue haciendo otras nuevas. Es cierto que se ha vuelto más prudente; insiste en subrayar que usan el método científico de cualquier otra excavación arqueológica. Recuerda que lo que hacen cuesta mucho dinero: en el agua, subraya, excavar es siete veces más caro que en tierra. Revela que en esta campaña han descubierto una enorme estructura, «seguramente un nuevo palacio», de 110 metros de largo por 50 de ancho, en el extremo del antiguo cabo Lochias (el brazo que cerraba el puerto por el este; hoy lo que queda fuera del agua es Silsileh). La excavarán el año que viene. También han hallado este mes otros dos templos nuevos en la península hundida del Poseidium, uno de ellos probablemente consagrado a Heracles / Hércules. Se está demostrando, añade, que el recinto real (el complejo de puertos y palacios) era enorme, «y estaba más cerrado de lo que creíamos, protegido con diques y quizá con una gran cadena».
La tarde va cayendo con la embriagadora sensación de ese vino de Mareotis con el que, según sus enemigos romanos, Cleopatra se emborrachaba constantemente. Se confabulan el mar, el cielo intensamente azul y el sol recostándose al oeste de la bahía, en el lecho del faro desaparecido. El barco sigue meciéndose, acunando en su seno a las viejas piedras y bronces empapados. Esos objetos que atesoran los misterios de la antigüedad y de las profundidades para quien sepa descifrarlos.
«LA MALDICIÓN DE TUTANKAMÓN SOMOS NOSOTROS»
Zahi Hawass irradia una energía abrumadora, rayana en el exceso. Lo que seguramente es inevitable en alguien que lleva sobre sus hombros el peso de los monumentos faraónicos de la tierra del Nilo. Dotado de una capacidad organizativa colosal y de una contagiosa pasión por su trabajo, Hawass, que se ufana de escalar la pirámide de Keops en 45 minutos, ha revolucionado la política cultural egipcia con medidas radicales. «Si no se los protege con medidas extremas, los monumentos del Antiguo Egipto desaparecerán en menos de 100 años», afirma en una entrevista en El Cairo mientras al otro lado de las ventanas, decenas de garcillas (Bubulcus ibis) que han nidificado sobre unos altos eucaliptos junto al zoo de la ciudad revolotean como jeroglíficos vivientes. «La verdadera maldición de los faraones somos nosotros», sostiene.
Tras los últimos análisis que han practicado a la momia de Tutankamón ha dicho usted con mucha seguridad que no fue asesinado.
Con los datos nuevos, la teoría del golpe en la cabeza, en la que sustentaban las hipótesis de asesinato, queda descartada. Me dirá que quizá lo envenenaron. Pero nosotros nos tenemos que ceñir a las evidencias, y estas indican que no hay ninguna prueba de crimen.
¿Usted personalmente cómo cree que murió?
No lo sé, quizá tuvo una muerte normal. A veces hombres jóvenes del Antiguo Egipto tenían un ataque al corazón. Es posible que no lo descubramos jamás. El misterio de Tutankamón nunca cesará.
¿Qué sintió al abrir en enero el sarcófago de Tutankamón y tenerle cara a cara?
Sentí... no sé si lo podré explicar. La realeza está en su cara. Sentí, sí, su magia y su misterio.
Usted no es un hombre al que detengan las supersticiones, pero tuvo pesadillas con las momias de dos niños halladas en el oasis de Bahariya que le persiguieron en sueños hasta que, dice, las volvió a juntar con la del padre. ¿No ha temido la maldición de Tutankamón?
Al meterlo en el escáner el aparato se apagó, lo que puede alimentar la leyenda. A la gente le gustan esas cosas. Yo, en realidad creo que la maldición somos nosotros. En el caso de Tutankamón es obvio quién salió perdiendo cuando lo encontraron: él. Acostumbro a no afeitarme el día que voy a entrar en una tumba cerrada, pero eso lo hago porque te proteges mejor de los posibles gérmenes. Se lo recomiendo. Las momias son cuerpos y se corrompen y, por cierto, emiten un olor espantoso.
Nos tiene a todos en vilo desde que se detuvo la exploración de los misteriosos conductos de la Gran Pirámide, los mal llamados conductos de ventilación.
La Universidad de Singapur nos va a enviar un robot y lo meteremos en octubre e iremos a ver qué hay detrás de esas puertas o piedras que hemos encontrado en los conductos. Tenemos que ir despacio, pero tengo la sensación de que detrás se encuentra escondida la verdadera cámara funeraria de Keops.
¡La verdadera cámara de Keops! ¿Qué habría ahí?
El cuerpo y el ajuar del rey, que nunca han aparecido.
Otra vez, pues, «cosas maravillosas», como diría Howard Carter.
Puede ser.
Hablando de cosas maravillosas, han encontrado ustedes al revisar la momia el pene perdido de Tutankamón. Apéndice nada baladí porque esencializa no solo el fin de la poderosa dinastía tutmósida (Tutankamón, el último faraón de la familia, murió sin descendencia viva) sino el deplorable trato dado por Carter a su momia.
Sí, lo hemos encontrado, entre la arena sobre la que está depositada la momia en el sarcófago. A Carter se le cayó seguramente mientras la manipulaba.
¿Le enfurece cómo trataron a la momia?
Yo en lugar de Carter nunca le hubiera arrancado la máscara de oro como hizo él. La puso al sol para despegarla y luego empleó un cuchillo. Nunca hubiera tratado ese cuerpo así. Lo destrozaron. Fue un gran crimen.
¿Preferiría que no hubieran encontrado la tumba?
Eso no. Enriqueció nuestro conocimiento. Es uno de los grandes hallazgos de la arqueología. Hay que valorar las grandes aportaciones que Carter hizo.
A usted no le gusta que se exhiban las momias. ¿Es cierto que es partidario de retirarlas e incluso de cerrar la Mummy Room del Museo Egipcio de El Cairo?
En tres años vamos a sacar todas las momias reales de ese museo para trasladarlas al nuevo Museo Nacional de la Civilización Egipcia en Fustat, en el viejo Cairo, donde las mostraremos de una manera digna. Pero a mí, personalmente, me gustaría que esas momias volvieran a sus tumbas. Las momias no han de estar en museos, es como maltratarlas. Lo que sí vamos a hacer es escanear todas las que podamos con la máquina que usamos para Tutankamón.
Ese museo del que habla forma parte de la nueva red de centros que se proyecta.
Sí, tenemos 13 museos nuevos en marcha, estamos cambiando las ideas al respecto de lo que debe ser un museo, adaptándolas a los tiempos. No se trata solo de ver momias y ataúdes, sino de contar y hacer comprensible e interesante la historia. Entre estos nuevos museos se cuentan el Gran Museo de Egipto, en Giza, que será el mayor museo de antigüedades y albergará los 5.000 objetos de la tumba de Tutankamón actualmente en el Museo Egipcio, el Imhotep Museum en Saqqara, o el Crocodile Museum en Kom Ombo.
¿Y qué será del viejo Museo Egipcio?
Se dedicará a la historia del arte faraónico y será renovado de arriba abajo.
¿Qué opina del museo del barco solar junto a la Gran Pirámide? Es feo, ¿no?
Horrendo. Entorpece la visión de la pirámide y afea toda la vista de Giza. Mi idea es sacarlo de ahí y llevarlo a otro sitio.
Tuvo usted muchos problemas con los que denomina «piramidiotas», partidarios de la peregrina teoría de que las pirámides son más antiguas que los egipcios.
Eso ha cesado, por suerte. Afortunadamente, la gente empieza a tener más interés en lo que hacemos en Giza, como la excavación de las necrópolis de los trabajadores que construyeron las pirámides, que en esas cosas aberrantes. Fue muy malo, pero ha pasado. ¿Por qué debía permitir la acción de aficionados que se creían con derecho a perforar en las pirámides? ¡Que se vayan a hacer tonterías a sus países! Ha habido personas que se han vuelto muy locas con esas ideas, incluso oímos de algunos estadounidenses que querían suicidarse en el interior de la Gran Pirámide.
Se le ha reprochado dar tratos de favor.
Nunca cometeré el error de Carter de dar exclusivas. National Geographic Channel, por ejemplo, ha podido realizar un documental sobre el análisis a Tutankamón porque brindó la mejor oferta de financiación del escáner. Pero la información obtenida se ha distribuido a todo el mundo, y las fotos las vamos a poner en Internet.
¿Qué opina de las misiones españolas en Egipto?
Hacen muy buen trabajo.
¿Cree usted que el Valle de los Reyes está agotado?
No. La arena de Egipto esconde mucho todavía. Calculo que no hemos descubierto aún más del 30% de lo que hay en el país. En el Valle, concretamente, aún quedan tumbas reales por descubrir. Como la de Amenofis I.
Nicholas Reeves busca la tumba de Nefertiti en el Valle.
Hemos parado ese proyecto.
Lo de la supuesta momia de Nefertiti fue un chasco.
La gente lanza especulaciones como forma de hacerse famosa. Estoy harto de esas cosas. El caso que menciona es especialmente deplorable porque la momia que esa investigadora, Fletcher, identificó como la de Nefertiti es en realidad la de un hombre.
Es usted muy radical en la defensa de las antigüedades. Ha cerrado, por ejemplo, la tumba de Nefertari.
Hay que buscar un equilibrio entre las necesidades del turismo y la obligación de proteger los monumentos. Y hay que detener las excavaciones para concentrarse en la investigación y la protección de lo ya conocido.
Usted tiene fama de duro, pero es a la vez un romántico. Y, cosa extraña para un arqueólogo, ¡le tenía miedo a la oscuridad!
Lo extraño sería alguien que no le tuviera miedo a nada, ¿no le parece?
LA DAMA DEL OBELISCO
Esta entrevista empieza y acaba con un obelisco. En el inicio de la larga y fecunda carrera de la egiptóloga francesa Christiane Desroches Noblecourt (París, 1913), la gran dama de la disciplina, su faraona, la corajuda mujer que militó en la Resistencia contra los nazis, fue decisiva en el salvamento de los templos de Nubia —entre ellos el de Abu Simbel— que iban a ser anegados por la gran presa de Asuán, se ganó el respeto del general De Gaulle y ha sido capaz de escudriñar en los secretos más íntimos de la reina Hatshepsut (a la que ha dedicado un libro sensacional recién publicado en España por Edhasa), hay un obelisco. Uno de los más bellos e impresionantes. El que se alza desde 1833 en la plaza de la Concorde parisiense. Consagrado a Ramsés II y arrebatado de su emplazamiento original en el templo de Luxor por una expedición francesa, el milenario monolito despertó la pasión por Egipto de una niña a la que nada le parecía más maravilloso que ir con su abuelo a admirar los jeroglíficos grabados profundamente en la pétrea carne de granito rosa. «Eran para mí momentos excepcionales», rememora la nonagenaria pero enérgica egiptóloga, a la que una foto de 1921, de su clase del liceo Molière, muestra como una pequeña escolar de aspecto deliciosamente travieso. «Egipto estaba verdaderamente presente en mí desde entonces y me ha dado mucho durante toda mi vida. El antiguo Egipto nos ofrece un mensaje de sabiduría y belleza».
Hoy, en esta hermosa tarde de primavera que engalana París la víspera de la entrevista con madame Desroches Noblecourt, el obelisco se yergue como si quisiera horadar el cielo y su dorado piramidión estalla bajo el sol en una orgía de esplendor ramésida. Tal parece que la deportada aguja de piedra se soñara, con este tiempo radiante, de nuevo en su antigua Tebas, atalayando las procesiones sagradas de Amón y abanicada por las banderas divinas, flameantes en los largos mástiles del templo. Cruzar hacia el alto betilo sorteando los automóviles que circulan por la plaza resulta harto arriesgado, pero una visita al monumento reportará un buen puñado de puntos mañana ante Desroches Noblecourt, mujer de carácter donde las haya y presta a arrebatos de genio que han devenido legendarios (es célebre su rifirrafe con Jacqueline y Aristóteles Onassis en el Valle de las Reinas en 1974, en el curso de una agitada excursión por las tumbas).
Al pie de la gran estaca de piedra, dos voluptuosas turistas alemanas atacan con ávidos lengüetazos sendos helados, componiendo una imagen perturbadora. Quizá no es el mejor momento para recordar que en 1993 se le colocó un inmenso preservativo al obelisco en el marco de una campaña antisida. En fin, el monolito puede verse como el epicentro de la egiptología francesa, un dedo de piedra de 220 toneladas que lleva desde Champollion (incitador de su traslado) hasta Desroches Noblecourt, y que ha visto pasar (véase el estupendo Le grand voyage de l’obélisque, de Robert Solé. Seuil, 2004) las cenizas de Napoleón, los revolucionarios de la Comuna, los tanques de Leclerc y hasta al mismísimo Ramsés II, a cuya momia, de visita en París para ser sometida a tratamiento antihongos en 1976, se llevó a dar una vuelta a la Concorde por instigación de la propia Desroches Noblecourt, que en el curso de ese viaje también hizo volar al faraón —soberano prodigio— sobre las pirámides de Guiza.
«Dios perfecto, señor de las Dos-Tierras, User-maat-Ra, hijo de Ra, señor de apariciones, Ramsés-meriamón, dador de vida como Ra». El entrevistador se repite esta inscripción del obelisco como una letanía mientras, algo acongojado, asciende en el ascensor al piso de la egiptóloga en el cuco distrito 16, un reducto tradicional de la burguesía republicana parisiense. Abre la asistenta y hace pasar a un elegante saloncito donde espera de pie, con aire decidido, la famosa egiptóloga. Su apariencia de entrañable abuelita apenas disimula una personalidad tan arrolladora que parece absorber todo el espacio a su alrededor, hasta el punto de que resulta difícil percibir los detalles de la habitación. Solo más tarde se disciernen un biombo; un jardín en la terraza, con la figurita de un ibis; los retratos de su marido, André Noblecourt, y de un vicealmirante —su hermano—, y una mesa de trabajo sembrada de libros, memorias de excavaciones, fotografías (anotar que una es de la gruta sagrada del Valle de las Reinas, que ella misma descubrió e investigó, granjea una mirada aprobadora de madame Desroches Noblecourt) y algunos objetos. La estudiosa se apoya en un bastón. «Me he hecho operar la rodilla. La artrosis, no la vejez». No obstante, durante la conversación se levantará a buscar un libro y, llevada de su energía, atravesará la sala sin apoyo alguno. Sentada ante su interlocutor en una butaca tapizada de color lapislázuli, el color de los faraones, la egiptóloga adornará su inteligencia con una inesperada coquetería y cerrará un botón más de la blusa sobre el pecho.
¿Le ha mordido alguna vez una cobra?
No, nunca me ha picado ninguna serpiente. He tenido suerte. La verdad es que, pese a que la cobra Meretseger fuera la patrona de la santa cima tebana, no puedo ni verlas. Edfu, cuando excavábamos antes de la última guerra, estaba lleno de cobras. En 1940 tuvimos que limpiar de serpientes nuestro campamento en Karnak porque estaba infestado. Me convertí en una experta en suero antiofídico. A algún colega sí le picaron. Una vez me trajeron a un hombre al que le había mordido una, enorme, y al no dar resultado las curas tradicionales le sané dándole a beber whisky y haciéndole correr, algo que recordaba que mi tatarabuelo había hecho con un enfermo de escorbuto en el sitio de Sebastopol. Pasó 48 horas espantosas, pero luego me dijo: «Que Alá me perdone, pero para volver a beber eso me haría picar otra vez».
¿Sigue yendo por Egipto?
Ahora no, por la rodilla, pero antes..., ¡oh, là, là! Cuántas veces... Por todos mis trabajos, mis excavaciones [el descubrimiento de la tumba, ¡intacta!, de Sech-Sechet, la mujer del visir de Pepi I, Isi, en Edfu; el redescubrimiento de la tumba de la reina Tuyi, la madre de Ramsés II, en el Valle de las Reinas, y en los años sesenta, durante el salvamento de los monumentos de Nubia, no solo Abu Simbel, sino 24 templos y capillas. Habrá leído usted mi libro sobre ese asunto, claro [Las ruinas de Nubia. Destino, 1997]. Ah, ¡cómo salvamos la Nubia, a pesar de todo el mundo! Los norteamericanos fueron los peores. Fue terrible. Durante años prediqué en el desierto, incluso los colegas me decían: «Pierdes el tiempo. No son monumentos franceses». ¡Dios mío! Oí ese argumento tantas veces. ¡Qué estupidez pensar que uno no se puede ocupar de los monumentos egipcios porque no es egipcia! Luché por algo que me pertenecía, y por el honor de la humanidad.
¿Se acuerda de su primera visita al país del Nilo?
Una siempre se acuerda de su primera vez. Había acabado mi tesis; estaba en el Louvre, donde luego pasé 48 años y fui conservadora jefa del departamento egipcio, y en 1937 recibí una beca para ir tres meses de misión a Egipto. En esa época, la gente no viajaba mucho. Mis padres estaban enloquecidos. ¡Ir allí sola! ¡Una chica de mi edad! Hube de prometer a mi madre que llevaría siempre un casco colonial. Fui en un vapor, el Champollion, en el que coincidí con el agá Jan y el Negus, exiliado después de la conquista de Etiopía por la Italia fascista y que viajaba hacia Jerusalén. La mujer del director del Instituto Francés de El Cairo, donde me alojé a mi llegada, me dijo: «Ma petit, nunca subas a otro vagón de tren que el marcado ‘Harem’», que era solo para mujeres. Ser mujer, la primera, me reportó muchos problemas en una disciplina que era bastante misógina.
¿Cuál es su lugar favorito de Egipto?
Abu Simbel, con los templos de Ramsés II y su esposa Nefertari tallados en la roca, porque salvarlos significó una batalla sin esperanza durante tres o cuatro años.
Tutankamón, al que dedicó un libro inolvidable, traducido a 22 idiomas [Tutankamón, vida y muerte de un faraón. Noguer, 1967], ha sido siempre alguien muy importante para usted. Con el tiempo, ¿ha cambiado de opinión acerca de su muerte?
¡Ah, el pequeño Tutankamón! Mire, no tengo ni idea de qué le pasó. Hay muchas teorías, como sabe. Algunos investigadores, sobre todo ingleses, han vuelto a estudiar su momia, que había quedado muy deteriorada, quemada a causa de los ungüentos utilizados con profusión en la momificación. Han declarado que la muerte no fue natural, sino consecuencia de un accidente, porque han visto una pequeña cicatriz. Considero una locura asegurarlo con tan poca evidencia. Se ha dicho además que el accidente pudo ser provocado. Eso no tiene sentido en el contexto histórico. Las suposiciones hechas hasta ahora no están fundadas sobre pruebas y, por tanto, yo me abstengo de opinar. Es la posición científica.
Tutankamón, Ramsés II [Ramsés II: la verdadera historia. Destino, 1998] y ahora Hatshepsut, la reina misteriosa [a la que ya le dedicó un capítulo en el tan interesante La mujer en tiempos de los faraones. Editorial Complutense, 1999]. ¿Qué le ha atraído de ella?
Reconstruir la vida de una soberana egipcia muerta hace 3.500 años y cuya memoria fue perseguida (no por su sobrino, corregente y sucesor Tutmosis III, como se creía, sino por los sacerdotes de Osiris, disgustados por las reformas religiosas de la reina), era un reto muy atractivo. He descubierto a un ser excepcional. Baste con decir que, en el curso de un programa arquitectónico inteligente y refinado, hizo construir ese Versalles funerario que es el templo de Deir el Bahari; envió una aventurera y exitosa expedición al país de Punt (en el delta del Gash cerca de Eritrea), la primera gran operación comercial, científica y pacífica de que tengamos noticia; inició la tradición de entierros reales en el Valle de los Reyes, al que los egipcios antiguos no denominaban así, sino la Gran Pradera, y en su reinado se acuñó la palabra faraón. Fue el personaje más conmovedor y notable de la realeza faraónica. Su padre, el gran guerrero Tutmosis I, la preparó desde niña para el poder, para reinar —«la pondré en mi lugar», declaró en una inscripción—, y seguramente por eso, para legitimarla de cara al trono, la casó con su medio hermano Tutmosis II, un débil mental degenerado, como prueba su rostro, un tarado que murió pronto.
Tuvo un consejero muy íntimo, Senenmut, el gran intendente, que parece que era nubio.
Sí, estaba muy cerca de ella. Los títulos, las recompensas que obtuvo son formidables, insólitos. ¡Una lista de 66 cargos! Un verdadero egiptólogo no puede afirmar jamás algo de lo que no está absolutamente seguro, pero se pueden formular hipótesis basándose en los documentos. Senenmut parece haber sido soldado con Tutmosis I, y su inteligencia le impulsó hasta las más altas esferas. No hay ninguna prueba de que Hatshepsut le haya dado una preferencia íntima. Pero existe una elocuente caricatura, una inscripción erótica, que muestra a Senenmut con la reina, coronada con el jeperesh real, en una actitud que no se presta a confusión [de hecho, ejem, penetrándola por detrás]. Si me pide mi opinión, le diré que estoy seguro de que vivieron juntos, de que esa mujer formidable tuvo una aventura sentimental con su consejero. ¡Y yo la comprendo!
Usted sugiere que hubo un hijo de esa unión.
Hay un niño, Maiherpa, en el entorno real, un paje favorito de la reina que ostenta títulos que correspondían a los hijos reales. Murió joven y se le enterró en el Valle de los Reyes, un honor inexplicable. Uno de los tejidos que envolvían la momia era un lino de gran calidad con el sello de Hatshepsut. La reconstrucción mediante técnicas de los forenses policiales de la cara del muerto ha revelado rasgos nubios. Propongo la hipótesis de que ese joven era hijo de la reina y Senenmut.
Parece que, además de por Senenmut, la reina sentía gran atracción por los guepardos.
¡Yo adoro los guepardos! Desde siempre. Los he estudiado en el Jardin des Plantes, y me parece increíble que algunos egiptólogos no los identifiquen y los confundan con otros felinos, con esas largas lágrimas negras y orejas redondeadas. En las maravillosas escenas de la llegada de la expedición de Punt grabadas en el templo de Hatshepsut, en Deir el Bahari, aparecen dos guepardos, y una inscripción dice que esos animales no dejaban jamás a la reina. En mi libro, cuando reconstruyo la extraordinaria escena de la aparición de ella ante una muchedumbre en el santuario de Pajet, el Speos Artemidos de los griegos, la retrato llegando en su carro a ese verdadero mitin con sus dos guepardos corriendo al lado.
Déjeme que le diga que usted tiene una capacidad milagrosa de materializar escenas de la antigüedad, de infundir vida a los fríos relieves e inscripciones. La ceremonia funeraria de Tutankamón, la entrada en combate de Ramsés II en Kadesh o el éxtasis de Hatshepsut ante la riqueza y belleza de los productos que desembarca la expedición de Punt. ¡Casi parece uno ver a la reina embriagándose con los perfumes y resinas odoríferas!
¿Verdad? Mi hijo me dijo lo mismo. Es cierto —los textos lo señalan asombrados— que se zambulló en los ungüentos como presa de un frenesí. Eso impactó tanto a los contemporáneos que el escriba lo recogió: «Su majestad en persona, con sus propias manos, extiende el aceite por todos sus miembros. Su piel se ha transformado en electro, brilla como las estrellas».
Debía de ser bella, la reina.
Un ser de rara naturaleza, de acción excepcional, de inteligencia única y voluntad indomable. ¿Bella? Seguramente.
Del cuerpo no queda mucho. Apenas el hígado seco.
O quizá sea el bazo. Apareció en un cofre de madera de sicomoro incrustado de marfil con su sello. La tumba fue saqueada. Pero hemos encontrado algunos objetos que acompañaron a Hatshepsut al otro mundo. Cuando estaba a punto de escribir el final de mi libro fui a una inauguración en el Museo Arqueológico de Basilea, y de repente me fijé en un objeto de piedra roja en una vitrina y era ¡una cabeza de guepardo! Le pregunté al conservador de dónde provenía la pieza y resultó ser un peón del juego de senet, una especie de ajedrez, ¡con el nombre de Hatshepsut! Ah, el azar...
Parece que la reina le persiguiera.
He pasado muchos años recogiendo material sobre ella, pero nunca pensé que fuera posible escribir su historia, dada la dificultad de reunir los documentos. Fue después de escribir el libro sobre Ramsés II que mi editor me lanzó a ello sin dejarme un minuto. He intentado mantenerme ceñida a los datos, a las inscripciones, las estelas, palabra a palabra, sin dejar volar nunca la imaginación. Porque verá, no soy una escritora ni una novelista, soy egiptóloga. Explico al gran público interesado cosas que debería saber.
Volviendo al salvamento de los monumentos de Nubia, tan central en su biografía, esa empresa del traslado de los templos fue tan colosal como su propia construcción.
Mucha gente que hoy se vanagloria de haber participado en la tarea era partidaria entonces de dejar que fueran destruidos. Como los norteamericanos: hicieron todo lo posible por detenerme; me tacharon de loca y de liante, de arrastrar irresponsablemente a la Unesco. Foster Dulles, que espero que esté muerto, y el embajador de EE.UU, el señor Reinhardt, dijeron que yo tenía una imaginación pervertida. Y esos días, la CIA hacía desaparecer gente, así que eran tiempos peligrosos para quien les llevaba la contraria. No sabe cómo trataron a los egipcios esos cowboys: amenazaron al presidente Nasser, que se negó a venderse a los americanos, con que no tendría dinero de la banca internacional para la presa si no aplicaba la política que le dictaban. La política que han intentado aplicar en Irak. ¿Ha visto el resultado? ¿Cómo ha podido España ir allá?
Bueno, nos hemos marchado.
Ah, ¿por qué fueron?
El Gobierno...
Sí, ese señor al que se le llama fascista. No imagino a los españoles haciendo eso; ustedes, los más próximos a los árabes. Cuando vi que... ¿cómo se llama esa especie de...?
¿Aznar?
Aznar. Cuando vi que forzaba a España a adherirse me dije: no es posible, no es posible. España es un país de señores. Ustedes tienen un sentido del honor, incluso alguna vez exagerado. Me dije: no, no, ha sido Aznar. Los polacos, sí, ellos sí son capaces. Es más su estilo.
La verdad es que han hecho una restauración muy discutible del templo de la reina Hatshepsut en Deir el Bahari.
¡Completamente! ¿La ha visto? ¡Han hecho un plató de cine! No han entendido nada del lugar ni del monumento.
Seth era el dios egipcio del caos, la violencia, la furia y la venganza, y se le tuvo por personificación del mal. ¿No cree que hubo cierto espíritu «sethiano» en el 11-S, dirigido precisamente por un egipcio, Mohamed Atta?
En todas partes hay demonios, gente nociva. Es un asunto mucho más complicado.
Ahora está de moda considerar a Akenatón, el faraón hereje, un malvado dictador a la altura de Hitler o Stalin.
Los egiptólogos han fabricado en buena medida a Amenofis IV Akenatón, pero no lo han comprendido. Hablan de herejía o cisma, pero no es eso. Lo que trató fue de hacer evolucionar la religión egipcia, simplificándola. En lugar de hablar de dioses en plural, Akenatón comprende que todos esos seres maravillosos con cabeza de animal son manifestaciones de un único dios. No vale la pena decir que existen Horus, Ptah, Sejmet..., todos son proyecciones del mismo creador; están en el sol, la fuerza vital, atómica si quiere. No fue una revolución, fue una evolución. Akenatón se encerró en su reducto de Tell Amarna con la gente que creía que entendería su mensaje, sus discípulos. Es un primer ensayo de un pequeño Jesús. Fue ciertamente un iluminado y actuó muy deprisa. Creo que al final se trastornó. La experiencia acabó mal. Ese no es motivo para decir que no estuviera en lo correcto. No hay 36 dioses, y si Dios existe no es nuestro amigo al que le damos la mano cada día: ese es el mensaje de Akenatón. Y tiene razón.
¿Y Ramsés? ¿Cómo se le ocurrió llevarlo a volar sobre las pirámides?
Ramsés II fue el hombre de los milagros, hizo cosas asombrosas. Así que cuando el 26 de septiembre de 1976 su momia dejó el Museo de El Cairo para viajar a París, donde se la sanaría de sus problemas de hongos, me pareció oportuno pedirle al piloto que diéramos una pasada sobre las pirámides de Guiza: 3.190 años tras su muerte, el gran faraón sobrevoló esos grandes monumentos. Me pareció un hermoso símbolo.
¿Quedan muchas cosas extraordinarias por descubrir en Egipto?
Oh, sí. Aunque no podemos esperar descubrir tumbas reales todos los días. No olvide que Carter es el único que encontró una tumba de faraón intacta, y fue por azar. Hay grandes egiptólogos que se han pasado la vida buscando y no han encontrado nada. Los verdaderos descubrimientos están en la investigación científica. Hay que conocer el terreno; hacer excavaciones metódicas, profesionales. Yo he encontrado objetos de la vida cotidiana de los campesinos faraónicos en las reservas de los museos que ofrecían información inestimable, pero ¿qué se expone?: desgraciadamente, solo las grandes obras.
¿Qué se siente al penetrar en una tumba intacta, como la de Sech-Sechet?
Una emoción que no se olvida nunca. Puedes ver la huella de la última persona que pisó el lugar, en ese caso hacía más de 4.000 años.
Hábleme de De Gaulle.
El ministro de Cultura egipcio, Saroite Okacha, un amigo muy querido y un hombre remarcable, me dijo que tenía que ir a ver al general para lograr el compromiso de Francia para el salvamento de los templos. Cuando acudí a él para recabar dinero a fin de rescatar el templo de Amada, el general me riñó de entrada por haber actuado en el asunto de manera tan independiente. Pero le contesté que no había hecho más que inspirarme en su ejemplo, y mi audacia le hizo sonreír. «Tranquilícese, la suma necesaria ya está dispuesta», me dijo.
Cuando en 1967 se inauguró la exposición con los tesoros de Tutankamón en París —la primera vez que salían de Egipto—, usted, que fue la artífice, le hizo de cicerone a De Gaulle. Toda una experiencia.
Ah, estaba muy interesado en la religión egipcia; en todo lo concerniente a la civilización faraónica, pero sobre todo en ese aspecto. Tres meses después de la visita aún hacía comentarios a su gabinete sobre el tema. Cuando vio la estatua negra de tamaño natural de Tutankamón, el general dijo: «Es el hombre invisible». Siempre tenía una reflexión pertinente. Con la máscara de oro sostuvo un verdadero diálogo real. Le impresionó la copa translúcida de alabastro en forma de cáliz de loto. Le dije que representaba el renacimiento del sol. «Vaya más lejos, cuénteme», solicitó. Le expliqué el culto del fondo del templo, el más secreto. Los egipcios utilizaban imágenes materiales para explicar cosas que no lo son. Explicaban lo espiritual por lo material, empleaban lo concreto para hacer una demostración abstracta. No eran materialistas. El suyo es un simbolismo que no es estrafalario. El cristianismo debe mucho a los antiguos egipcios, más que a la tradición hebrea. En aquella visita le señalé al general la dimensión solar de la eucaristía. «Es cierto, tiene usted razón», aceptó. El general... un hombre notable, aunque no con los imbéciles, a los que no podía soportar. Nunca le llamo presidente, porque él, ¿sabe?, me condecoró en la Liberación. Es mi general, y yo, al cabo, fui su soldado, sin uniforme, y eso me hubiera costado la vida, el fusilamiento. Pero claro, uno no podía llevar uniforme en los años cuarenta en el París ocupado.
Corrió peligros entonces. Formó parte de una célula de la Resistencia. Es sabido que en una cripta del Louvre escondieron ustedes a un paracaidista inglés. Quizá así empezó la leyenda del fantasma Belfegor.
Me detuvieron a punta de pistola dos agentes de la Gestapo. Me interrogaron y me encarcelaron. Fue muy duro. Me dejaron libre unos días después por falta de pruebas. Tuve mucha suerte.
¿Conoció a Jean Moulin?
Le vi alguna vez, pero no puedo decir que le conociera.
En cambio, llegó a conocer bien a Malraux.
Yo le inicié en el secreto de los templos egipcios. Era un apasionado de la filosofía religiosa egipcia y de los símbolos. Era un simbolista de corazón.
Aquella visita al Museo de El Cairo...
Sí, fue muy divertido. Lo perdimos. Imagínese, el ministro más importante de De Gaulle. Los egipcios le habían invitado tras aquella fulgurante llamada internacional que pronunció para el salvamento de los templos de Nubia. Todo el museo estaba a su disposición y él no aparecía. Le buscamos y le hallamos por fin sentado en una pequeña sala frente a una pintura, un retrato de El Fayum. Nos dijo que siempre recordaba la mirada de la mujer retratada, que le obsesionaba, y eso fue todo lo que vio. Así era Malraux. Cuando estuvimos en el Valle de las Reinas, él solo estaba interesado en ciertas cosas. Le propuse recorrer el camino de la montaña hacia el Valle de los Reyes, que está sembrado de extraordinarios grafitos de los primeros anacoretas cristianos. Y él se entusiasmó con la idea. Su jefe de gabinete, también viejo miembro del maquis, me pidió que le disuadiera. «El ministro tiene una pierna que no le funciona. Será un desastre». Es verdad que aquellos lugares son peligrosos. Le comenté entonces a Malraux que estaba fatigada, pero él me contestó: «¡Usted sube!». Iba tan rápido que no podía seguirle, pero al llegar a la cima ya no podía caminar. Una herida de guerra, me dijo, «de cuando, tras el desembarco, trataba de reunirme con el ejército de Patton». Le cogieron entre dos policías egipcios enormes y le bajaron, mientras los ministros egipcios me abroncaban por haberle puesto en ridículo. Pero él me dijo: «Gracias, madame, por un viaje que no olvidaré jamás».
Aquello en la estantería, ¿no es una réplica de la cúspide del obelisco de la Concorde?
Sí, el piramidión, cójalo, cójalo. Lograr que se lo pusieran fue toda una batalla. Le escribí a Chirac. El mismo Champollion quería ya en su tiempo que le colocaran una copia del que debió tener originalmente. Lo conseguimos en 1998. Está mucho mejor ahora.
¿Qué le ha dado Egipto?
Ah, mucho. Egipto nos ha dejado en herencia la sabiduría antigua; ellos, los egipcios, dieron la sabiduría al mundo. La Biblia lo reconoce. Su mensaje es de sabiduría y tolerancia; no olvide el gran papel, insólito en la antigüedad, de la mujer en el mundo egipcio. La naturaleza hablaba a los egipcios; todo era una cosa de Dios, una flor que brotaba, una montaña. No era superstición, era algo físico. Eso te enseña a abrir los ojos ante ciertas cosas que antes veía sin mirarlas, sin entenderlas. Encuentro el antiguo Egipto también en el nuevo. No en el fundamentalista, sino en los viejos campesinos, que no han cambiado en miles de años. Ellos ofrecen una lección de humanidad, de serenidad y paciencia, algo muy útil para mí, que soy muy temperamental, como sabe. También he encontrado en el Egipto islámico grandes inteligencias, he tenido conversaciones muy interesantes que me han abierto el espíritu a ciertas cosas; no para adherirme, pero...
¿Volverá a Egipto?
Sí, sí, en cuanto pueda. Tengo allí muchas excavaciones, equipos, muchas cosas que atender.
Madame Desroches Noblecourt, que ya se ha impacientado con el fotógrafo —«¡deje de retratar a la vieja dama!»—, se incorpora como debía hacerlo Hatshepsut al dar por terminada una audiencia. Cabe imaginar el efecto que produciría la estudiosa de disponer además de dos guepardos a los que les hubieran retrasado —como a ella— la hora del almuerzo. Preguntarle si tiene alguna antigüedad notable para fotografiarla en sus manos ha sido un faux pas. A la mujer que abroncó en una ocasión al famoso Ludwig Borchardt, echándole en cara haberse llevado a Berlín el busto de Nefertiti, no podía sentarle muy bien la cuestión: «¡No, no, no! Nunca he cogido un objeto de categoría, durante toda mi carrera. ¡Yo soy una arqueóloga, señor!». Restablecida la paz, y no sin antes echar pestes contra Christian Jacq —su bestia negra, al que considera un saqueador de ideas ajenas y un aficionado sin talento—, acompaña a los visitantes hasta la puerta y los despide con cordialidad tras dar recuerdos para el «tímido y gentil» egiptólogo catalán Josep Padró, que fue su alumno, y preguntar por «la futura reina» doña Leticia —«¿está contenta la reina Sofía?»—. La memoria retiene una última imagen de la egiptóloga antes de que se cierre la puerta, erguida, muy recta, como si con esa actitud conjurase el peso de su edad y la nostalgia que el recuerdo del país del Nilo ha dejado a su alrededor como el limo de una inundación. Y uno, embargado de una súbita emoción, no puede dejar de pensar al verla en el noble y firme obelisco de la Concorde y en los versos que le hizo declamar Théophile Gautier a ese altivo y majestuoso gigante de piedra exiliado: «Je te pleure, ô ma vieille Egypt, / avec des larmes de granit» («Yo te lloro, oh mi viejo Egipto, / con lágrimas de granito»).
EL MUNDO ANTIGUO
LA DESLUMBRANTE SOMBRA DE ALEJANDRO
Alejandro Magno: el solo nombre lo deja a uno boquiabierto, con la mirada soñadora perdida en un horizonte infinito de grandeza, pasión y misterio. «Alejandro tenía magia, la magia de la juventud, fue un hombre de ambiciones apasionadas y no creía que nada fuera imposible», afirma Robin Lane Fox (Eton, 1946), que desborda un arrebatado y contagioso entusiasmo al hablar del personaje. El autor de Alejandro Magno. Conquistador del mundo (Acantilado), un monumental ensayo de 800 páginas devenido un clásico y que se lee compulsivamente, entre el chasquido de bronce de las sarisas, el silbido de angustia de los elefantes mutilados en el Hidaspes y el «¡Alalalalai!» de la caballería macedonia en Isos, es un historiador muy poco al uso: capaz de emocionar profundamente, dotado de un enorme sentido del humor y una calidad literaria extraordinaria. «Alejandro es mi vida», confiesa. Dice Lane Fox que el gran Alejandro nunca se aburrió ni hizo jamás nada aburrido. Leyéndolo y escuchándolo a él así parece. «La historia no es verdad solo cuando resulta aburrida», recalca.
¿Era de verdad tan valiente Alejandro, corría tantos riesgos?
Sí. Lo prueba el hecho de que sufrió muchas heridas. Esa actitud, ese valor, era crucial para sus éxitos. Alejandro siempre se pone frente al peligro. No tenía miedo.
Pero ¿se puede dirigir una batalla desde en medio de la misma, en pleno fragor, luchando al mismo tiempo?
Alejandro basaba su estrategia en movimientos rápidos, creaba un punto débil en el enemigo, un lugar de fractura y concentraba todo el ataque ahí. Empezaba con un despliegue digno del ajedrez, que mostraba y abría esa debilidad del rival. Y entonces se lanzaba liderando el ataque.
Entonces no podía revisar el plan...
No, era todo o nada. No había medias tintas. Es cierto que, recuérdelo, contaba con unas tropas enormemente profesionales y muy buenos oficiales, conducía el ejército creado, adiestrado y testado por su padre Filipo.
Pero él podía morir en cualquier momento.
Desde luego. Fue muy afortunado. Pero en la India, en el Punjab, en las murallas de Multan...
¿La misma Multan Sikh del asalto británico en 1849 tras el asesinato de Agnew y Anderson y su puñado de gurkas?
Exacto, Alejandro, en su momento, también sitió la ciudad, una fortaleza temible. Impaciente por el lento progreso de sus hombres, tomó una de las escaleras de asalto y trepó él mismo a las almenas, seguido por uno de sus veteranos que embrazaba el supuesto escudo sagrado de Aquiles, cogido por el rey en el templo de Troya. El caso es que la escalera se rompió, dejando al heroico pero irresponsable Alejandro aislado en lo alto de la muralla y casi solo en el ataque. Repartió tajos a diestro y siniestro, pero un arquero le clavó una flecha de un metro en el pecho. Imagínese la escena. Se salvó porque finalmente sus tropas pudieron reunirse con él, pero la herida fue muy grave, posiblemente le perforó un pulmón y dejó a Alejandro casi lisiado. En fin, ese era él, energía, impulso, coraje inconsciente... Si puedes ser así, ¡qué ejemplo para tus soldados! Eso explica la devoción que despertaba, única. Sus hombres lo veneraban y lo seguían a todas partes. Es cierto que no es el hombre al que confiarías tus ahorros: ¡demasiado arriesgado!, aunque podría hacerte rico...
Pierre Briant, el eminente orientalista especialista en el mundo persa, me dijo en una conversación que en realidad Alejandro luchaba muy protegido, que se arriesgaba poco, vamos.
Bah, Briant es francés. Las heridas y la naturaleza de Alejandro dicen lo contrario. ¡Briant debería haberlo visto aquel día en las murallas de la fortaleza india! Filipo era igual. Filipo está poco valorado, pero él fue el que creó el ejército que usó Alejandro, era un gran militar. Filipo y Octavio Augusto son los dos grandes organizadores del mundo antiguo.
Hablando de Filipo, conoció usted al gran Manolis Andronikos, el arqueólogo que descubrió la tumba del padre de Alejandro, uno de los grandes hallazgos del siglo XX. Era un hombre extraordinario.
Sí, estuve en 1977 con él, en Vergina, la antigua Aigai capital del reino macedónico, el mismo año del descubrimiento. ¿Ha estado allí?
Sí, con Valerio Manfredi, que se puso a declamar trozos de su novela Alexandros en el preciso lugar donde asesinaron a Filipo, en el teatro.
Vaya. Recordará la cabecita de marfil del lecho hallado en la tumba y que representa a Alejandro. Todo el ajuar funerario es asombroso. El larnax de oro con las cenizas, la coraza, las canilleras de bronce, la aljaba.
Se puso en duda el hallazgo.
Desde Estados Unidos, sobre todo, se atacó a los arqueólogos griegos y se dijo que la tumba no era la de Filipo sino la del medio hermano retrasado de Alejandro, Arrideo, hijo de Filipo y una amante tesalia, quizá una bailarina. Siempre es sano cuestionar las cosas, pero la tumba es sin duda la de Filipo.
Dice la tradición que Alejandro olía bien. Eso siempre me ha fascinado.
Se dice que desprendía un olor dulce. Pero ha de entender que no se trata de un rasgo personal, de hábitos de higiene, era algo divino, un símbolo de divinidad. Supongo que, en realidad, en batalla debía oler fatal.
Parece que era muy guapo.
¿Guapo? En las imágenes lo es. Podemos creerlo o no. Era bajo. Quizá tenía grandes ojos o los exageraría. Las mujeres lo amaban, y algunos hombres. Pero ¿no nos amarían igualmente a usted y a mí de ser nosotros también reyes poderosos?
Se le ha calificado de «el James Dean de la antigüedad», ¿qué le parece?
Tiene gracia, ¿y por qué no el Douglas Fairbanks? Algo de estrella tenía, se anticipó a Hollywood, pero Alejandro no era un actor, era un rey.
¿Cómo cree que murió?
Eso es un problema. En Alejandro nada es sencillo, ni su final. Desde que cayó enfermo hasta que murió transcurrieron dos semanas. Lo que parece un claro indicio de que no fue envenenado: hubiera sido muy arriesgado darle algo que no le matara rápidamente. La hipótesis del asesinato sirvió a los que aspiraban a sucederle para acusarse unos a otros.
Se ha propuesto que pudo morir de malaria.
¿Una sola persona de todo el ejército? Habría habido más casos. Y el patrón de la enfermedad no coincide.
¿La bebida, entonces? Parece que era un gran bebedor.
Desde luego no cuando dirigía su ejército. Una tradición achaca la muerte de Alejandro a sus vicios. Nunca he estado de acuerdo. Mi opinión es que murió por causas naturales. Alejandro era seguramente un hombre devastado por los esfuerzos. Había sufrido nueve heridas en diferentes partes del cuerpo. La verdad es que no podemos saber a ciencia cierta qué pasó. En el libro he tratado de barajar todas las hipótesis.
La tumba, el cuerpo, ¿dónde cree que están?
Era un gran mausoleo, en el área pública de Alejandría. Fue muy visitado en la antigüedad. Pero ha desaparecido. Quizá sigue ahí, bajo la ciudad moderna o en la vieja zona de los palacios que ha cubierto el agua. ¿Y dónde está, por cierto, la tumba de Hefestión, su amante? Se la concibió como uno de los monumentos más asombrosos del mundo antiguo. El monumento más grande jamás levantado para un novio.
Sorprende en Alejandro el equilibrio entre vehemencia y cálculo político.
Alejandro es impetuoso, esa es su naturaleza, pero es además muy inteligente. Es rápido en captar las situaciones: su forma de tratar a la familia de Darío, a los sacerdotes egipcios, su gesto de restaurar monumentos, la magnanimidad que muestra con el enemigo que se rinde... hay en todo ello generosidad, sin duda, pero también mucha inteligencia, mucho arte del poder. Lo que hizo de incorporar iranios a la Administración del imperio, su idea de crear un imperio de los mejores sin tener en cuenta su procedencia, fue muy inusual, y muy inteligente. También es un conquistador, claro, pero es un error verlo solo como el hombre de riesgo, el aventurero.
Venga, hablemos de su vida sexual.
A algunos historiadores les gustaría que solo hubiera amado a hombres, chicos y eunucos. Pero amó a ambos sexos. Se enamoró de Roxana y de Hefestión. Tuvo amantes apasionados, dos esposas persas más y durmió con una reina india. ¡Afortunado mortal! También se dice que se acostó con una amazona, pero dejemos eso en el terreno de la leyenda.
Entonces, lo de Alejandro como icono gay...
La realidad es más poliédrica. Era joven, vital, conquistador del mundo: podía acostarse con quien quisiera, y lo hacía. Es cierto que Hefestión fue probablemente la relación verdadera más importante de su vida.
¿Se recreaba a sí mismo Alejandro, se modelaba literariamente?
La gente lo hace. La gente cambia su vida y la modela por la literatura. Él eligió el ideal de un héroe homérico. En Troya, Alejandro hizo esperar al ejército para rendir tributo a sus modelos. Corrió desnudo hasta el sepulcro de Aquiles. El acto de un romántico. No era solo propaganda. El macedonio era un reino homérico, en el que todas esas historias estaban muy vivas. Macedonia no era Atenas.
¿Qué plan tenía? De haber podido, ¿hasta dónde hubiera ido?
Lo quería todo. Quiere ir hasta los confines del mundo. Explorar y conquistar hasta las cuatro esquinas del mundo. Va al Este pensando que el fin del mundo está en la India. Su siguiente paso era, obviamente, el Oeste. Pero su geografía era muy mala. En la India pensaba que estaba cerca de Egipto, y confundió el Hindu Kush con el Cáucaso de Prometeo.
Conquistarlo todo, pero ¿por qué?
Porque era glorioso. Por eso se da el nombre a las ciudades —él a sus más de veinte Alejandrías—. Por ser inmortal.
Había leído mucho a Homero.
Lo leyó demasiado literalmente.
¿Quería morir joven, había una búsqueda irracional de eso?
No. La gloria era más importante que la vida, pero no, no hay una pulsión de muerte en Alejandro si se refiere a eso. Tenía muchos planes. No pararía.
No dejó precisamente las cosas bien atadas. Eso que dicen que contestó en el lecho de muerte cuando le preguntaron a quién le dejaba el reino: «Al más fuerte»...
Eso son leyendas, Alejandro seguramente murió sin poder hablar. No creo que pensara mucho en su sucesión. Era muy joven. Dudo que imaginara que le fuera a pasar algo. Ese es un rasgo típico de la juventud.
¿No cree que hay algo irreductible en Alejandro, algo inexplicable?
Es posible. Pero tuvo suerte, y tres cosas que contaban mucho: ejército, oportunidad y ambición.
Su colega Bosworth, en su libro Alexander and the East (Clarendon Press, 1996), pone el acento en el horror de las campañas de Alejandro y lo describe como un verdadero genocida. Dice que tenía «una estremecedora eficiencia en la matanza».
A Bosworth no le gusta Alejandro. Alejandro no buscaba la masacre. No era un déspota al uso corrompido por sus grandes conquistas. Si te rendías había honor. Solo se mostró implacable con los que se obstinaron en resistírsele, los que cuestionaban su grandeza.
Un guerrero, un conquistador belicista, eso juega hoy contra él.
No nos gusta la conquista, los muertos; pero en el mundo de Alejandro la conquista era gloria. En mi libro hago una reinterpretación de Alejandro desde el punto de vista de su propia moralidad. No desde nuestro punto de vista moderno vegetariano y pacifista. Su identidad homérica, su identificación con Aquiles, no era irrelevante. Compartía esos valores heroicos. No tiene sentido criticar a Alejandro en relación con unos valores morales que, simplemente, entonces no existían. Hay que ver el mundo con sus ojos. Durante años estuvo de moda escribir viendo a Alejandro pequeño y no grande —¡Alejandro el Mínimo: qué error, qué estafa!—, y su imperio como un reino de terror. Pero Alejandro no era Stalin ni Hitler. Los años cincuenta proyectaron en Alejandro sus propios temores. Pero, si lees esos libros de entonces, te preguntas, ¿por qué la gente seguía a Alejandro? ¿Cómo alguien se sentiría fascinado por ese tipo? Por eso escribí mi libro, para explicarlo. Alejandro era un genio, un hombre extraordinario, como sabían todos en su tiempo. Me reprocharon que mi punto de vista era el de un inglés nostálgico del Imperio Británico. Están ciegos, no ven que Alejandro no es un imperialista ni un colonialista. Las interpretaciones cambian pero la antigüedad no, y no debemos traicionarla.
Usted es un caso único entre los historiadores de Alejandro: ha podido luchar bajo su mando, entre sus filas. ¡Eso es empirismo!
Hice de asesor de la película de Oliver Stone y durante el rodaje en Marruecos, en 2004, me dejó hacer de extra como soldado de caballería macedonio en la escena de la batalla de Gaugamela. Todos, menos yo, eran expertos jinetes, la mayoría españoles —aunque en realidad Alejandro no tuvo, claro, caballería hispánica, al revés que César, al que los compatriotas de usted le dieron grandes éxitos—. Cargué como uno más, con casco y lanza en mano. Una experiencia maravillosa, impagable para un historiador que difícilmente puede experimentar sobre el terreno el movimiento de masas militares. Mi caballo, por cierto, se llamaba Gladiador.
¿Y qué tal los persas, estaban a la altura?
Eran figurantes franceses, así que era fácil matarlos.
¿Qué le pareció la película?, aparte de su escena.
Oliver Stone admiraba mi libro pero tenía ideas propias. Se basó solo en parte en mi Alejandro Magno. Hay cosas muy interesantes, te permite entender cómo eran las batallas antiguas, la escala. Eran ejércitos enormes, como no se volvieron a ver hasta la edad moderna. Yo me encontré cuestionándome asuntos de logística en los que usualmente no caes: ¿cómo alimentaban a toda esa gente?
Alejandro ha sido carne de novela histórica. ¿Qué opina del género y de cómo lo ha tratado?
El pasado siempre es más sorprendente que la imaginación del novelista. Ellos están muy anclados en su propio mundo y se toman a menudo excesivas licencias: ¡que las cosas pasaran hace sesenta generaciones no significa que no haya que respetar los hechos! Hablamos demasiado de la corrección política y poco de la corrección cronológica. Se viola demasiado a menudo el pasado.
¿Hay alguna otra figura comparable a Alejandro?
¿En la antigüedad? Se ha sugerido que Aníbal. La comparación con Julio César es interesante, pero este no tenía la misma fuerza sobre el ejército, no era un rey. Después de la antigüedad... No. Alejandro era tan especial, tan capaz. Tenía un ojo geométrico, estupendo para el terreno, para dilucidar la forma de moverse y luchar en él. Para mí es el mejor, ¡sin duda!
50 AÑOS BUSCANDO A HERODES
Herodes el Grande estuvo aquí. Paseó entre estas mismas piedras del Foro. Contempló el esplendor de Roma. Es posible que la visión de la gran tumba en forma de túmulo que se erigió Augusto a orillas del Tíber le inspirara para construir su propio enterramiento allí lejos, en Judea, su país, bajo el despiadado sol del desierto, entre las ensangrentadas querellas de sus paisanos y el paso de hierro de las legiones.
Hoy sería inútil tratar de encontrar el rastro del denostado rey en la vieja capital de los césares, henchida de historia. Pero la violenta tormenta que se desploma sobre Roma obliga a buscar refugio, y la casualidad quiere que sea en el viejo palacio de los Doria Pamphilj, en cuyas galerías, abarrotadas de lienzos y esculturas, pende un cuadro de Ludovico Mazzolino sobre la Matanza de los inocentes.
En la parte superior de la pintura aparece Herodes, ceñudo, ordenando con gesto despótico la aberración que se desarrolla a sus pies: sus tropas acuchillan a los niños, a los que tratan de proteger, en un remolino de colores renacentistas y puñales, sus enloquecidas madres. Los truenos que sacuden el palacio ponen una nota de contundencia bíblica a la escena. Herodes, sinónimo universal de crueldad, el monstruo asesino de niños y de sus propios hijos...
En Roma se encuentra estos días un hombre que ha pasado medio siglo tras los pasos de Herodes. Alguien para el que el rey difiere radicalmente de esa imagen del monarca atroz que, según el Evangelio de Mateo, casi nos deja sin Jesucristo y del que Augusto habría dicho, según cuenta Macrobio en las Saturnalia: «Es mejor ser uno de los cerdos de Herodes que uno de sus hijos».
El arqueólogo y arquitecto israelí Ehud Netzer (Jerusalén, 1934) ha dedicado buena parte de su vida a estudiar las construcciones de Herodes (rey de Judea del 37 al 4 antes de Cristo), y desde 1972 excava, al frente de la misión de la Universidad Hebrea de Jerusalén y con apoyo de la National Geographic Society, en el Herodión (Herodium), un espectacular complejo de fortaleza y palacios, donde cree, y todo parece indicar que está en lo cierto, haber descubierto la largamente perseguida tumba del rey. La búsqueda de la tumba de Herodes es una de las grandes aventuras de la arqueología moderna, y en el empeño de Netzer por hallarla, culminado en 2007 y rematado hace unos días con más evidencias, late el mismo impulso de Schliemann, Evans y Carter. Netzer no es de natural simpático, y al preguntarle por las relaciones con los palestinos —el Herodión está en Cisjordania— se volverá algo hosco y receloso. En fin, peor sería entrevistar a Herodes.
Cincuenta años con Herodes. Habrá gente que pensará que no es una compañía muy recomendable.
No me interesa exactamente por él mismo. Me fascina por su relación con la arquitectura, por su papel personal en esta. Considero que mi aportación personal al personaje histórico de Herodes es presentarle como arquitecto, no solo como patrono de la arquitectura, sino como hombre directamente implicado en un programa de construcción a gran escala.
Herodes ¡qué gran santo patrón para los arquitectos! ¿Cree usted que era realmente un tipo tan cruel?
No soy historiador, pero habría que compararlo con los otros reyes de su tiempo, juzgarlo en su contexto histórico. Quizá la crueldad era parte del sistema.
Cierto. Recuerdo que alguien le arrancó las orejas a mordiscos a un sumo sacerdote judío para sustituirlo, porque, según el Levítico, las mutilaciones invalidaban para el cargo.
Sí, se dice eso de Antígono. Un problema es que tenemos pocas fuentes para Herodes, básicamente...
Flavio Josefo. Deberíamos poder consultar otras. Flavio Josefo era un tipo bastante ambiguo. Fue jefe rebelde judío contra los romanos y cedió de manera poco honorable la fortaleza de Jotapata tras escaquearse de un pacto de suicido en el que, por suerte para él, se dieron muerte antes todos sus compañeros. Luego se hizo muy amigo de Tito.
De hecho, Josefo es una muy buena fuente, lo ha sido para mí, como arqueólogo y como arquitecto. Su pormenorizada descripción del funeral de Herodes me ha proporcionado muchas claves sobre la tumba. Josefo y yo hacemos buen equipo.
Volvamos a la crueldad de Herodes, un tirano, un déspota.
Herodes tuvo que afrontar muchos retos en su vida. De entrada, empezó su carrera en una situación que no era fácil. Era idumeneo, un pueblo enemigo que había sido judaizado por conquista muy recientemente. Su padre, Antípatro, que murió envenenado, fue nombrado procurador de Judea por los romanos, que también apoyaron tradicionalmente a Herodes. Él era solo medio judío. Su procedencia generaba muchas antipatías, especialmente entre los seguidores de los asmoneos —los descendientes de los macabeos—, la dinastía judía reinante hasta la dominación romana. Para la aristocracia judía, Herodes era un judío de segunda clase, un parvenu. Trató de enraizarse con los asmoneos casándose con una de ellos, Mariamme, que era muy bella, con la esperanza de entrar en la familia real y que se le dejara de ver como un extranjero. De esta decisión vinieron muchos de sus grandes problemas.
Y de los de ella, porque la mató.
Sí, una tragedia; parece que la adoraba, de hecho, tras hacerla matar, en parte por celos, casi enloqueció de pena, pero Mariamme se volvió muy arrogante. La culpable fue su madre, la suegra de Herodes, Alexandra.
A la que también mató. Y al abuelo de la chica. Y al hermano pequeño, que era su cuñado.
Sí, ese joven era el sumo sacerdote Aristóbulo III. ¿Conoce la historia? Se la voy a contar. Es muy morbosa, le va a gustar. Como el viejo Hyrcanus II había quedado invalidado —porque le arrancaron las orejas, recordará—, Herodes nombró para el cargo a un oscuro sacerdote. Molesta porque la familia de los asmoneos retenía tradicionalmente el título, Alexandra, la suegra, hizo llegar a Marco Antonio, al que le gustaban los chicos tanto como las chicas, un retrato de Aristóbulo, que tenía 16 años y era muy guapo. La estrategia de Alexandra, que no dudaba en provocar el deseo de Marco Antonio por su hijo adolescente para conseguir más cuota de poder, tuvo éxito, y el romano, patrón de Herodes, hizo que este le nombrara sumo sacerdote. Herodes tuvo que transigir, pero lo hizo ahogar poco después mientras se bañaba en una piscina. Está todo en Flavio Josefo.
Pues va a convertirlo usted en un best seller...
Esa piscina, por cierto, la he excavado yo en Jericó. En fin, fue un asesinato político, en una situación imposible.
Si usted lo dice... Pero también mató Herodes a unos cuantos de sus propios hijos. Claro que tenía muchos, 15, con 10 mujeres...
Sí, hubo unos cuantos asesinatos. Al principio y al final de su reinado, de casi 40 años, un final muy trágico, cuando hizo estrangular a sus hijos Alejandro y Aristóbulo. Pero en medio paró. Hay un periodo apacible de unos veinte años que coincidió con su gran actividad como constructor.
Hay que ver lo beneficiosa que puede ser la arquitectura.
Herodes no era la persona más terrible del mundo, si no, no se entendería que le hubieran permitido los judíos reconstruir el templo de Jerusalén. Pero la posteridad se ha hecho una idea negativa de él. El propio Josefo ayudó.
Quizá no tenía más remedio porque escribía para Tito, el futuro emperador, cuya amante era Berenice, una princesa de los asmoneos a cuyo abuelo había liquidado Herodes.
Así es. Y no hay que olvidar que a la gente siempre le ha gustado leer cosas escandalosas.
¿Cree usted que ha cambiado el cliché sobre Herodes?
Mi punto de vista es diferente. Sé que Herodes entendía mucho de arquitectura. E incluso iba más allá, era un constructor, un hombre muy lógico, realista. No pensaba solo en lo bello y lo grande, sino en la funcionalidad. Era un hombre con los pies en la tierra. Y sabe qué le digo, que eso debía de reflejarse en su administración del país.
Hablemos del Herodión, ¡qué impresionante lugar!
Sí, su rasgo más espectacular, único, es esa colina cónica artificial de 90 metros con aspecto de volcán (Josefo lo comparaba con el pecho de una mujer) que envuelve en su cráter las ruinas del palacio-fortaleza de la montaña, construido en forma de cilindro con torres adosadas. Herodes hizo colocar grandes cantidades de tierra alrededor de la estructura circular para elevar la altura de la colina. Se puede ver desde algunos lugares de Jerusalén, 15 kilómetros al norte. Pero el sitio es mucho más: en el Herodión Bajo hemos excavado un complejo enorme con otro palacio, baños, una gran piscina y múltiples dependencias.
¿Qué sentido tiene todo eso en un lugar tan desértico?
En el año 40 antes de Cristo, un príncipe asmoneo conspiró con los partos, que habían arrebatado Siria a los romanos, y Herodes y su familia tuvieron que huir a marchas forzadas de Jerusalén. Fueron momentos dramáticos, la madre de Herodes cayó de su carro y, en un momento de desesperación, Herodes estuvo a punto de cometer suicidio. Se libró una batalla, una escaramuza, que el grupo en fuga logró vencer. Herodes pudo escapar entonces a Roma, donde fue nombrado rey de Judea y Galilea por el Senado. Veinte años después regresó al lugar donde había vivido aquellos acontecimientos y construyó su tumba y un palacio de verano. Lo convirtió en algo muy especial, una suerte de resort, de country club, si quiere, con todas las comodidades, un sitio estupendo, con piscinas y jardines. También construyó estructuras para su funeral, descrito por Josefo, entre ellas una gran terraza desde la que millares de personas, incluido su ejército de mercenarios, podrían seguir el cortejo.
¿Era atractivo? Así, fuerte, atlético, gran jinete, campeón de arco y jabalina, con aire de seductor árabe, lo pinta, con mucha imaginación, Stewart Perowne en su clásica biografía de 1956 Herod the Great (Sutton, 2003). Cleopatra le tiró los tejos...
Por motivos políticos. No sabemos cómo era físicamente Herodes. Respetó la norma judía contra la representación humana y no aparece ni en monedas ni en esculturas.
La tumba de Herodes le ha sido esquiva.
Excavamos durante años en su busca. Finalmente ha ido a aparecer en un lado de la colina. Ahí edificó su mausoleo, que podía verse desde Jerusalén. Encontramos el podio de esa construcción y los restos destrozados del sarcófago de Herodes y de otro. Desde el hallazgo en 2007 hemos avanzado más: ahora sabemos cómo era el mausoleo y podemos mostrar imágenes de su reconstrucción. Tenía unos 28 metros de alto y era de factura muy clásica. También hemos encontrado un sarcófago más, así que hay tres, lo que podría significar un panteón familiar.
No se han encontrado inscripciones. ¿Qué seguridad hay de que sean la tumba y el sarcófago de Herodes?
Tengo que responderle que es una cuestión abierta. No hay una respuesta al cien por cien segura.
En su momento de triunfo como arqueólogo, tras tantos años de búsqueda, ¿no es eso un poco decepcionante, un anticlímax?
No, no, en absoluto, no me interprete mal. En el año del hallazgo estaba convencido al 90% de que se trataba de la tumba, ahora lo estoy al 98%. Se trata del mausoleo de Herodes y de su sarcófago. La calidad de la piedra del sarcófago, la decoración con rosetas, el hecho mismo de su brutal destrucción a manos seguramente de los zelotes, los rebeldes radicales antirromanos que se atrincheraron en el Herodión en el 66 y consideraban a Herodes, que era un rey cliente de Roma, una marioneta romana... No tengo ninguna duda.
¿Han encontrado restos humanos?
Algunos. Muy pocos. No quiero hablar del tema. Como sabe, hay dificultades para excavar tumbas en Israel. Los judíos ortodoxos no lo permiten. No quiero problemas. Hay mucho fanatismo. No quiero que nadie vaya a destruir nada porque opine que perturbamos o profanamos restos humanos.
O sea, que sí hay restos.
En el sarcófago principal, el destrozado; en el de Herodes, no.
Hablemos de las complicaciones de la excavación. El Herodión está en zona sensible, territorio ocupado que debe ser cedido a los palestinos pero que de momento se encuentra bajo control exclusivo israelí.
En sitios como Jericó o el Herodión solo hemos podido excavar tras la guerra de 1967, cuando Israel dejó de ser un país dividido y tuvimos acceso a áreas que no habíamos podido ni visitar. El arqueólogo es víctima de las situaciones políticas en todo el mundo. Durante las dos Intifadas, en 1987 y en 2000, tuvimos que suspender los trabajos en el Herodión y se produjeron muchos robos y excavaciones sin control. También se perdió el impulso dado al lugar como objetivo turístico: los visitantes cayeron de 200.000 a 60.000.
Los palestinos les han acusado de llevarse materiales del Herodión, un yacimiento que consideran suyo.
Me incomoda hablar de este tema. Me han acusado de robar patrimonio. Eso no es así. Mientras la situación no cambie, trabajamos con arreglo a las normas que hay, y lo hacemos científicamente. Nadie sabe qué deparará el futuro.
Se les reprocha contribuir con su trabajo a justificar históricamente la posesión israelí de la zona y los asentamientos vecinos. Parece que hay interés en Israel en mostrar el Herodión como otra Massada, un símbolo nacional y religioso de la lucha de los judíos.
Todo eso es política y yo hago arqueología. Me parece que el Herodión, dada la personalidad de su creador, idumeneo, amigo de los romanos, tolerante en lo religioso, podría ser un buen ejemplo contra las barreras de todo tipo.
¿No cree usted que la arqueología en su país está demasiado pendiente de la Biblia?
Como sabe, hay una disputa intensa ahora entre los que consideran la Biblia puro folclor y los que tratan de leerla literalmente. Se discute, por ejemplo, si David y Salomón existieron. Entre nuestros arqueólogos se pueden ver, moderadas, las dos tendencias: Ben-Tor, por ejemplo, es más proclive a apoyarse en la Biblia, e Israel Finkelstein [autor de la interesante La Biblia desenterrada, Siglo XXI, 2003], a ponerla radicalmente en cuestión, a dudar del Éxodo, de la esclavitud en Egipto...
¿Qué opina personalmente?
No soy historiador. Pero le diré que, por intuición, no estoy con Finkelstein. En fin, ese no es mi periodo. La Biblia en mi periodo está OK. ¡Nadie pone en duda la existencia de Herodes!
Por la búsqueda del arca perdida ya ni le pregunto.
Eso es ciencia ficción, y en arqueología, para algunos, una manera de sacar dinero. También hay gente que encuentra tesoros en el desierto. Tampoco es mi campo.
Perdonará que le pregunte entonces por su uso de sombrero en las excavaciones.
Los medios de comunicación dijeron: «El Indiana Jones —¿se dice así?— israelí». Mire, me lo regalaron en una conferencia en Australia.
Para acabar la entrevista con el gran pecadillo de Herodes, ¿qué hay de los santos inocentes?
Mire, de entrada no está claro cuándo nació Jesús; podría ser que hubiera nacido en realidad tras la muerte de Herodes, con lo cual el episodio no tendría mucho sentido, ¿no cree? En todo caso, mi experiencia me dice que Herodes era muy realista, no parece típico de él ponerse a matar niños por una profecía.
ASÍ LUCHABAN LOS ROMANOS
La llegada de un joven recluta a una fortaleza de la segunda legión, la poderosa Legión Augusta, en la frontera del Rin, en el umbral de los hostiles bosques germanos, es el punto de arranque de una de las más emocionantes creaciones de la literatura de aventuras de los últimos tiempos. Ese recluta, Quinto Licinio Cato, y su superior y luego amigo, el curtido centurión Lucio Cornelio Macro, soldados romanos de la época del emperador Claudio (siglo I de nuestra era), viven peripecias asombrosas y afrontan tremendos peligros sirviendo bajo las águilas en diferentes campañas militares. Sus aventuras, plenas de salvajismo y violencia, pero también de valor y amistad, las cuenta el británico Simon Scarrow (Lagos, Nigeria, 1962), el último gran valor anglosajón de la narrativa histórica, en una serie de novelas de las que ya se han publicado seis en España (editorial Edhasa) con gran éxito. Scarrow describe como si hubiera presenciado las batallas entre legionarios y bárbaros, y hace que el lector experimente la vida en el ejército romano con toda su dureza. Sanguinarias batallas en las que se resbala con las tripas del vecino, emboscadas, motines, la invasión de Britania, la instrucción bajo un centurión adecuadamente llamado Bestia... El escritor es capaz de conjurar grandes escenas, pero también de evocar detalles como el rechinar de una silla de hierro sobre un suelo de mosaico. No es extraño el éxito de sus novelas si se piensa además que las legiones romanas han resucitado en nuestros días y marchan de nuevo por toda Europa merced a la proliferación de grupos de reconstrucción histórica, gente que se dedica a recrear la indumentaria, el armamento y los usos de los soldados del pasado, como la activa asociación inglesa Ermin Street Guard, que incluye caballería, o la catalana Legio Gemina de Tarragona.
La cita con Scarrow es un lugar muy pertinente: en la sección dedicada a la ocupación romana de Britania del Museo de Londres. El museo es un edificio feo y moderno rodeado de una arquitectura inhóspita. Sin embargo, guarda tesoros como la lápida de Celsus, un policía militar (speculator) de, precisamente, la Legión Augusta, o el cráneo de un legionario decapitado durante la revuelta de Buodica. Y se alza junto a los restos de la antigua muralla romana, parte de los cuales pueden observarse desde el interior del centro. El día es asquerosamente lluvioso, así que uno llega a la entrevista tan empapado como si los druidas lo hubieran arrojado al Támesis para sacrificarlo a sus ásperos dioses.
Scarrow, un individuo de aspecto insultantemente sano y juvenil, fornido, alto y duro —aunque luce unas incongruentes gafas de cristales gruesos—, observa a su interlocutor con inicial aprensión.
Perdone que le diga, así de entrada, que tiene usted aspecto de manejar con destreza el pilum, la lanza arrojadiza de los legionarios.
Lo he probado, con un grupo de reenactment, de recreación histórica. Era un arma impresionante, muy efectiva.
Que se doblaba al impactar para que no pudiera arrojártelo a su vez el enemigo.
No; verá, esa es una teoría antigua, de escuela; la realidad, al probar pila diseñados como los de los romanos, nos ha demostrado que estaban construidos así para penetrar una línea de escudos, atravesarlos y herir a los que se protegían detrás.
No hay nada como la práctica. Recuerdo a un profesor de historia griega que hacía correr desnudos a sus alumnos varones para demostrar que los atletas helénicos utilizaban algún tipo de suspensorio. El dolor de testículos hacía inolvidable la lección.
Toda la experiencia con la gente de los reenactment me ha sido fundamental para escribir con realismo. Aprendes que si una sandalia militar romana, una calligae, se raja tienes que quitártela, porque si no produce cortes en la piel. Detalles así te hacen escribir con pertinencia.
Pues no quiero imaginar cómo se documentó para la terrible escena de una de sus novelas en la que los britanos destripan a un grupo de legionarios, no sin antes castrarlos. ¿Qué cree que sorprendería más a una persona de hoy si se la dejara caer en medio de una batalla de la antigüedad?
El choque, la escala de la carnicería. Las batallas modernas son dispersas. En las antiguas, los combatientes luchaban cuerpo a cuerpo; esa proximidad, el ensañamiento, la desesperación... Incluso Waterloo, con 45.000 muertos en solo seis kilómetros cuadrados, no fue tan impresionante como debió de ser Cannae, donde murieron 60.000 romanos, la mayoría por arma blanca, en un espacio mínimo.
Se están haciendo cosas interesantes en la excavación de los lugares relacionados con la actividad militar romana.
Sí; por ejemplo, en Rochester, donde hay un importante fuerte romano (Bremenium), y donde, precisamente, está atestiguada la presencia de una cohorte de hispanos.
Pensaba en el extraño cementerio romano excavado en York: 56 esqueletos de tipos corpulentos, posiblemente legionarios, y la mitad decapitados. Parece algo de sus novelas. Nadie sabe qué les pasó a esos hombres.
En realidad, es magnífico para un novelista que no sepamos qué sucedió exactamente en el pasado; permite inventar libremente. No obstante, ir a los sitios, recorrer los antiguos escenarios históricos es muy útil; te da el sentimiento. Para mi nueva novela he estado en Jordania, con la familia, visitando las ruinas de un campamento romano.
En su quinta novela de la serie, El águila abandona Britania, hay una escena terrorífica en la que legionarios romanos exterminan a los habitantes de un poblado britano de una manera que recuerda la matanza de My Lai. ¿Pensaba en las guerras modernas, en Irak?
Es difícil no sentirse impactado por lo que ocurre en Irak, incluso cuando la propaganda del Gobierno sigue insistiendo en que hacemos una guerra preventiva, justa, cuando en verdad es una guerra senatorial. La guerra es horror y masacres de población, aunque el ejército de EE.UU. se ha empeñado desde Vietnam en la absurda teoría del blanco seguro.
¿En qué se basaba el poder de las legiones? ¿Tecnología?
No hay una razón única. Pero la primera es que eran el mayor ejército profesional de la época. El Decus Belli, el verdadero Símbolo de la Guerra encarnado. Se nos olvida muy a menudo que los legionarios eran profesionales, a diferencia de sus enemigos. Los persas, por ejemplo, se reunían en gran número, pero solo para una campaña, y luego se desmovilizaban. Los combatientes celtas eran algo más estables, pero su ética de la guerra los hacía buscar el cuerpo a cuerpo individualmente para realizar proezas heroicas conforme a su ideal. Los legionarios romanos luchaban en orden cerrado y con enorme disciplina, y eso marcaba la diferencia. La organización era además muy efectiva. El romano era un ejército muy grande, pero estructurado en unidades muy pequeñas, de menos de cien hombres.
Se les venció a veces: Aníbal; Arminio, en la selva de Teoteburgo...
Fueron excepciones. Normalmente los enemigos de los romanos parecían empeñados en presentar batalla de la mejor manera posible para el rival: grandes batallas en espacios abiertos y sin más estrategia que el ataque en masa. La forma correcta de vencer a los romanos no era plantarles cara, sino hostigar sus líneas de aprovisionamiento y someterlos a una costosa y enervante guerra de guerrillas. Así se hizo algunas veces en Britania y dio buen resultado.
En última instancia, en las batallas de la antigüedad lo que contaba era el físico: si tienes que abalanzarte sobre un tipo y matarlo a base de golpes y tajos con un arma blanca, tienes que estar en forma.
Bueno, de nuevo la profesionalidad ayuda mucho. El modo de acercarse en la batalla es muy importante. El legionario tenía mucha sangre fría, no acometía ciegamente jamás. El uso del escudo, que era de muy buen diseño y calidad, estaba perfectamente regulado. El equipamiento en general era excelente. Iban bien protegidos. Estamos acostumbrados a su imagen, pero un legionario romano era algo impresionante: casco, coraza, gran escudo. Llevaba una panoplia de armas variada y testada durante siglos. En el hombre contra hombre sucedía a menudo que el enemigo era físicamente superior, lo dice el propio Tácito comparando a los legionarios individualmente con los germanos, pero en la batalla cuentan mucho más otros factores. La instrucción, la capacidad de pelear en equipo, la calidad del armamento.
Gente correosa los legionarios...
Esa imagen homogénea y pulida de las legiones a que estamos acostumbrados es una visión de Hollywood que yo odio. La coraza musculada, por ejemplo, que se ve tanto en las películas, es un adorno muy tardío, debía de ser poco menos que una extravagancia. La única pieza básica igual que llevaban los legionarios era el escudo, el scutum, básico para la manera romana de hacer la guerra. Los escudos debían encajar para hacer la testudo, la tortuga. Algunas unidades llevaban la loriga segmentada, más fácil de manufacturar que la cota de mallas. En cuanto al resto del equipo, irían de forma más o menos semejante, pero con un alto grado de customización. Estamos hablando de profesionales que servían largos años bajo las águilas, capaces de marchar 30 kilómetros en un día con la implementa completa de campaña y los pertrechos. Irían adaptando el equipo a sus necesidades hasta un nivel de efectividad brutal. Parte del éxito de los romanos es que eran muy pragmáticos, no se dejaban sujetar por las tradiciones.
La espada no cambió.
No, el gladius era corto, lo tomaron de los hispanos. Cuando reconocían que algo funcionaba lo incorporaban a su equipo sin problemas.
En muchas cosas el ejército romano recuerda al británico de otras épocas. Lo que escribió Onasandro sobre las legiones de Quintus Veranius Nepos (motivación, etcétera) podría aplicarse a las tropas de Slim o Montgomery.
Efectivamente, muchos de mis lectores, algunos ex soldados, me lo han señalado. Había un código de unidad, honor y orgullo muy similar detrás. Eran ejércitos en el extranjero, que luchaban en primer lugar por los compañeros, con fuertes vínculos de camaradería; en segundo lugar, por su bandera —sus águilas—, y en tercero, por la misión divina de expandir su patria y el modelo de sociedad de esta.
¿Qué les animaba? Usted describe muy bien el tipo de horror cruel y sangriento que era cada lucha: cabezas que se abren como una sandía, chorros de sangre brotando de cuellos lacerados... Por no hablar del tétanos y la gangrena que aguardaban indefectiblemente a la mayoría de los heridos.
Hace poco hablaba con un oficial estadounidense y estaba deseando ir a Irak, aunque sabía el pozo de mierda que es aquello. Es un espanto, pero los militares profesionales saben que esa es su razón de ser. Los legionarios romanos conocían perfectamente la atmósfera del combate. Además, eran producto de una férrea ideología, y todas las ceremonias y tradiciones del ejército iban encaminadas a reforzarla.
Ayudaría mucho el riesgo a que los diezmaran si la legión no funcionaba, una brutal penalización que, por cierto, aparece en El águila abandona Britania...
Ese castigo existía, efectivamente. Marco Antonio, por ejemplo, diezmó dos cohortes que se arrugaron durante la invasión de Partia en el 36 antes de Cristo. Lo explica Frontinus en su Estratagemas.
¿Qué le llevó a escribir novelas de romanos?
Desde que era pequeño me atraían. En la escuela, el Kent College de Canterbury, tuve dos profesores de latín extraordinarios. Soy negado para el latín, como para todos los idiomas en general, pero me encantaba la cultura romana. Y desde siempre quise ser novelista; leía a Bernard Cornwell, Patrick O’Brian, Lindsey Davis, y eso era lo que deseaba hacer. En especial, escribir algo parecido a las novelas de Cornwell, pero ambientado en el mundo de Roma.
¿Por qué escogió la aproximación militar, y no, en cambio, no sé, el mundo de las vestales?
Siempre me ha fascinado el mundo militar. Incluso estuve a punto de alistarme en el ejército. No me refiero a las batallas, sino a ese mundo particular, cerrado, con su disciplina. Me interesaba especialmente la figura de los suboficiales, y su lenguaje propio. No me alisté finalmente porque, por supuesto, no quería ir a luchar a ningún sitio. Pero la fascinación por lo militar, por sus códigos, ha persistido, aunque me produce horror la guerra y estoy en contra de ella.
¿No cree que eso que dice es bastante contradictorio?
No. La atracción por lo militar y el espanto a la vez por la guerra es algo que sienten bastantes personas. Mire, yo viví en África de niño, por el trabajo de mi padre, y observé la guerra de cerca. El chico que ayudaba en la cocina en casa, un día cogió un machete y se fue a matar gente. La guerra saca el monstruo que llevamos dentro. Soy plenamente consciente de eso. Pero a la vez me interesan los soldados, tengo buenos amigos entre ellos. Me parece que una parte de los que se alistan son gente muy idealista, aunque, por supuesto, también hay tipos sórdidos, que a través de lo militar muestran su lado bestial. Me parece también muy interesante todo ese mundo de brillantes uniformes y desfiles cuando el propósito, en última instancia, es herir y matar a otra gente, a veces de la forma más cruel.
Sus novelas consiguen transportar al lector a la antigüedad, lo cual, en el caso de las batallas, es considerablemente acongojante.
Tengo la sensación de ver a través del papel. Cuando me dejo llevar por la historia me siento arrebatado: percibo olores, sonidos, veo imágenes. No digo que sea un médium de la antigüedad, pero esta fluye de una manera natural ante mis ojos. Me es muy útil, por supuesto; como le he dicho, toda la experiencia con la gente de los reenactments: ver cómo se monta y dispara una ballesta ayuda mucho a describirlo en los libros.
Uno de los secretos de lo bien que funcionan sus novelas es no solo la calidad de los secundarios —el emperador Claudio, el general (y futuro emperador) Vespasiano, el intrigante Narciso, el malvado (y también futuro, aunque breve, emperador) Vitelio—, sino especialmente la química entre los protagonistas: el joven, culto y nervudo Cato, demediado entre su honestidad natural y su condición de soldado, y el veterano centurión Marco, primitivo pero decente a su manera. Un tipo que cuando le preguntan qué tal es servir en las legiones en Britania, donde se ha enfrentado a la salvaje revuelta de Caractaco, responde lacónicamente: «Frío». La verdad es que usted podría ser muy bien Cato.
Es cierto que es un poco como yo. A Macro lo imagino, en cambio, con los rasgos de Bob Hoskins.
Ha necesitado cinco libros para que sus personajes llegaran a Roma. No es hasta el sexto título, La profecía del águila (recién aparecido en Edhasa), cuando Cato y Macro ponen los pies en la urbe. ¿Le daba miedo Roma?
Muchos escritores la han descrito. No haré estar a Cato y Macro mucho tiempo allí. No me interesa mezclarlos en el mundo de intriga de la capital.
Otra novedad es que no solo cambia de escenario —hasta ahora, Britania; en el nuevo título, Italia y las costas de Illyricum, en el Adriático—, sino de medio: de combates en tierra a la lucha en el mar, contra los exasperantes piratas ilirios, que se han hecho con una de las reliquias más preciadas de Roma.
Ha sido muy interesante adentrarse en la guerra naval antigua; la organización de la flota romana, la forma de maniobrar de los trirremes, el uso de las catapultas o del corvus, la plancha de abordaje. Ha sido un reto porque es un marco mucho menos conocido.
Le queda a usted una marina romana muy nelsoniana: los marinos contestan «aye, sir» a los oficiales, y el cirujano de a bordo se refiere a la lista de bajas como «la cuenta del carnicero».
Es cierto, son guiños. Pero la descripción de las naves y de la navegación es fruto de mucho trabajo documental.
En la novela nos reencontramos con el portisculus, el tipo que marcaba con un tambor el ritmo de los remeros, personaje inmortalizado en Ben-Hur.
Se le denominaba más comúnmente pausarius, porque los remeros bogaban o dejaban de hacerlo de acuerdo con sus órdenes. Y por cierto, los remeros romanos no eran todos esclavos, como muestra Hollywood, sino una mezcla en la que había hombres libres a los que se pagaba un salario.
No hay muchas mujeres en sus novelas, lo que parece lógico dado que están centradas en el mundo masculino del ejército. Pero hay alguna importante, como la madre de Macro, Portia, en La profecía del águila.
Me ha sorprendido saber que hay muchas lectoras de la serie. En Gran Bretaña y Estados Unidos son casi la mitad de mis lectores. En el nuevo libro, el séptimo, que está centrado en la rebelión de Judea, aparecerá otro carácter femenino fuerte. No tengo nada en contra de las mujeres; de hecho, me he casado con una.
A causa de La profecía del águila ha tenido una sonada bronca con la querida Lindsey Davis, a la que no le gustó que hiciera aparecer al padre de su héroe, el detective romano Marco Didio Falco, como un borracho que pega a su mujer y a sus hijos, y al propio Marco como un mocoso que «mete la nariz donde no le llaman».
Recibí varias cartas de lectores que me decían que por qué, dado que me movía en una época solo un poco anterior, no introducía una mención al detective romano de Davis, y yo, que soy un fan de Falco, lo hice como un homenaje. No podía imaginar que Lindsey Davis reaccionaría así: se puso furiosa. Tuvimos que retirar las dos páginas en que aparecía la referencia. (En la edición española se han cambiado los nombres.)
Su última novela, The eagle in the sand, transcurre en la provincia de Siria, vaya cambio de escenario...
Cato y Macro son destinados allí, en lo que más o menos es hoy Jordania, para poner orden en unas tropas indisciplinadas, pero se encuentran con una revuelta. Viajé a la zona para documentarme, con toda mi familia, y tuve la excepcional oportunidad de visitar un campamento romano que acababan de excavar. Una experiencia romana de primer orden.
Sus héroes viven en un peligro constante. Probablemente era así la vida en las legiones, pero que acaben siempre salvando la piel, incluso en situaciones tan límite, ¿no atenta contra la verosimilitud?
Es cierto, esa es una de mis principales preocupaciones. Cuando deje de ser creíble su supervivencia, acabaré la serie. De todas formas, hay que recordar que Cato y Macro son guerreros, lo normal es que afronten crisis habitualmente. Y yo espero no haber dado soluciones inverosímiles para salvarlos. Los soldados aparecen como peones sacrificables por un mando duro, despiadado, ambicioso o corrupto, o todo a la vez. Eso era así, y así sigue siendo.
¿Puede sobrevivir psicológicamente Cato, un joven culto y sensible, tras matar a tantos hombres con sus propias manos?
No lo sé. Eso depende del individuo. Conozco personas reales que llevan una vida familiar perfecta y han hecho pedacitos a gente. Con Cato, realmente no lo sé; no sé qué precio va a pagar por vivir envuelto en luchas y masacres. Un vecino mío fue soldado en la II Guerra Mundial, estuvo en Dunkerke, El Alamein, en decenas de combates terribles. Una noche, en Montecassino, salió de patrulla y fue el único del pelotón que regresó. Tardó años en hablarme de lo que había ocurrido. Creo que Cato tiene una inteligencia moral, y esa es una de sus ventajas en la batalla. Pero algún día tendrá problemas con su oficio. Lo de Macro, un tipo más simple, es más fácil.
Sus dos personajes hacen gala de un valor sorprendente, de un valor nada habitual, vamos. Son lo que se dice dos héroes de tomo y lomo.
De hecho, eso pasa en la vida real. Se puede explicar la existencia del valor, del heroísmo en la guerra, de dos maneras: unos dirán que es por fidelidad y lealtad entre compañeros; otros, porque los soldados actúan como un rebaño. El sentimiento de grupo desempeña en todo caso un papel muy importante para no salir corriendo. En el valor en batalla hay una extraña mezcla de miedo y disciplina. Sea como fuere, los soldados no se interrogan sobre el particular. Es su oficio.
¿De dónde cree que procede toda la fascinación por el mundo romano que vivimos ahora mismo? Ahí están los grupos de reenactments, que se popularizan por toda Europa; las películas de éxito como Gladiator, las series televisivas como Roma, las novelas como las suyas...
Hay algo bizarro, lejano, extraño, en el mundo romano; algo que fingimos que no entendemos y que nos sorprende, y nos atrae. La mezcla de lujo y violencia, crueldad incluso. En el fondo se trata de que nos reconocemos nosotros mismos: los romanos somos nosotros, pero con límites morales más laxos.
Simon Scarrow da muestras de nerviosismo. Pero no es porque se avecine un ataque celta, sino porque se le hace tarde para el tren de regreso a casa. Así que uno se queda con las ganas de comentar algunas cosas que han quedado en el tintero, como el uso del pesado escudo romano que se utilizaba para ultimar con su afilado borde a los enemigos caídos.
El escritor se ha ido, pero sus palabras quedan flotando entre los vestigios de antigüedad que se exponen en el museo, inyectándoles nueva vida. La sombra de un aquilifero, el soldado que cargaba el águila símbolo de cada legión, se alarga en la penumbra de las salas mientras el museo se dispone a cerrar. En el silencio resuenan los gritos de las remotas batallas de Roma y el recuerdo de Lucius Petrosidius, el portaestandarte de César que pereció por salvar su emblema en la lucha contra los eburones de Ambiorix en el año 54 antes de Cristo.
Viejas y salvajes aventuras escritas con sangre y hierro en las asombradas páginas de la historia.
AVENTUREROS
EXPLORADORES Y AVENTUREROS
SUDOR, SANGRE Y ARENA
El desierto parece un lugar vacío, pero está lleno de nombres que excitan la imaginación e inflaman nuestro espíritu de la misma manera que el sol torna incandescentes las arenas. Nombres de lugares, reales y legendarios: Wadi Rum, el Gran Mar de Arena, Zerzura, Blad el Juf («el sitio del miedo», el Hoggar), las dunas de Uruk al Shaiba, el Nefud, el fuerte Zinderneuf. Nombres de tribus hostiles y de tropas curtidas: Beni Snassen, Ait Atta —equivalentes bereberes de los comanches—, tuareg; chasseurs d’Afrique, tiralleurs du Sahara, spahis, goumiers. Y nombres de personajes: Auda, el soberbio jefe guerrero de los howaitat persuadido por Lawrence de Arabia para tomar Aqaba y del que se decía que se había comido (¡como el indio Magua!) el corazón de varios de los 75 hombres a los que mató con su propia mano; Alexine Tinne, «la sultana rubia», la primera mujer en explorar el Sáhara, muerta a manos de los tuareg Ajjer cerca del oasis de Ghat en 1869; el mayor Ralph Bagnold, creador de las patrullas del desierto (los «escorpiones» de Hugo Pratt) que volvieron loco al Afrika Korps; los hermanos Geste, cuyas luminosas sombras nos invitan con su valiente ejemplo a buscar un destino mejor —con la que está cayendo— en la Legión Extranjera. No hay escenario más grandioso para la aventura que el desierto, donde lo mejor y lo peor de los hombres, su coraje y su vergüenza, se enmarcan en la majestuosidad de los horizontes ilimitados sumidos en la eternidad de una nada abrasadora.
Como en el mar —con el que tanto comparte—, en el desierto la conquista es una empresa inútil, un empeño absurdo que se mide en vanidad y se castiga con la desesperación. También hay belleza allí, una belleza sin bondad ni dulzura, insensible e inútil, peligrosa, inhumana, hecha de espejismos, punteada de parajes inalcanzables y palmerales prohibidos. Todo esto lo he leído, claro, porque en todos los lugares en que me he acercado al desierto, en Egipto, en Túnez, en Marruecos, en Siria, apenas si he dado unos pasos en él, sobrecogido por su amenazadora inmensidad. El desierto, que deshidrata los cuerpos e incendia las almas.
¿Qué le atraía del desierto?, le pregunté una vez al gran sir Wilfred Thesiger, que atravesó con una partida de feroces beduinos Rashid, ataviado como ellos y a lomo de camello —aunque portando un volumen de Gibbon—, el terrible Empty Quartet o Rub al Khali, las grandes arenas del remoto sur de Arabia (¡y dos veces!). Me miró con lo que en él más se acercaba a la compasión y que en realidad era una versión educada del desprecio y me contestó atravesándome con aquellos ojos de curtida ave de presa: «El vacío, el espacio, el silencio, la camaradería de los bedu». Sumido en el recuerdo, pareció a punto de llorar, inexplicablemente nostálgico de aquellos días de inenarrable sed en que se enfrentaron a las arenas movedizas de Umm al Samim, «la madre del veneno», se comieron sin remilgos una camella con abscesos supurantes y disfrutaron de un paisaje en el que «dondequiera que miraras no había esperanza».
El otro día, hablando con otro viajero que sabe de desiertos, Jordi Esteva, me dijo que en Arabian sands, su gran libro, Thesiger menciona otro paraje terrible del Empty Quartet llamado muy prosaicamente por los beduinos, con perdón, el Coño de la Vieja. No recuerdo la sonora denominación, pero, claro, yo no hablo árabe como Jordi. En todo caso, el sitio no debía de ser muy visitado. Durante la II Guerra Mundial, Thesiger se adentró en el Líbico como miembro del recién nacido Special Air Service (SAS), las fuerzas especiales creadas por el capitán Stirling que eran transportadas en sus misiones de sabotaje por los merodeadores en camionetas y jeeps artillados del legendario Long Range Desert Group (LRDG) del mayor Bagnold, gran explorador antes de la contienda y experto en la física de las dunas. Thesiger, que era muy suyo, me dijo refunfuñando que aquella forma de surcar el desierto, «aislado» en el interior de un vehículo, no le gustaba. «Incluso aunque hubiéramos topado con Zerzura, el oasis y la ciudad perdidos que han sido la obsesión de todos los exploradores de ese desierto, no me habría provocado interés». Él quería ir en camello, y si no, nada, ¡ea! Otros combatientes de la época aún no se habían motorizado y andaban a lomos de esas bestias hoscas, como las unidades italianas de Meharisti, cuya épica colonial —muy desagradable para los colonizados— es similar a la de L’escadron blanc, de J. Peyré, la gran novela sobre los méharistes franceses que perseguían a los beduinos tras sus razzias.
En realidad, la primera imagen que me viene a la cabeza al pensar en la aventura del desierto no es la de sir Wilfred en su camello, ni siquiera la de T. H. Lawrence en el suyo cargando contra los turcos empuñando el revólver (con el que, por cierto, le voló la cabeza a su propia montura, Naama, en una acción desafortunada, especialmente para la camella). Ni tampoco la del conde Almásy afrontando el qibli, el viento ardiente, con su frágil Ford T o su avioncito Rupert, ni caminando en su reencarnación como Ralph Fiennes de El paciente inglés con el cuerpo de Katherine entre sus brazos junto a la cueva de los nadadores en el Wadi Sora. No, lo que visualizo en primera instancia es un pequeño fortín blanco de la Legión Extranjera francesa perdido en la inmensidad refulgente de las arenas, el puesto avanzado de Zinderneuf donde se desarrollan los episodios centrales de Beau Geste, la gran novela de P. C. Wren, en torno a la que orbita todo el imaginario del desierto. Durante años, una de mis posesiones más preciadas fue un modelo a escala de ese fuerte, marca Airfix, con su dotación de minúsculos legionarios y un montón de guerreros beduinos. Pasaba horas librando sangrientos asedios e imaginándome en las aspilleras del pequeño fortín aguardando con temor la muerte en forma de daga o bala de espingarda, con el oído atento a la corneta que anunciaría un tardío rescate.
El escritor nos dice que el fuerte se encontraba bastantes días e interminables marchas al sur de Dourgala, en el Sáhara argelino, cerca de la frontera con Marruecos, tras pasar pegando tiros el oasis de El Rassa. Allí llegan, con sus fusiles Lebel al hombro, los tres hermanos Geste —John, Michael (Beau) y Digby—, soldados de la séptima compañía del 1º Régiment Étranger, tras salir del famoso cuartel general de Sidi bel Abbès y marchar cantando Voilà du Boudin hasta Ain Sefra para proseguir hasta el desierto, «donde reinaba bastante agitación». A los chicos no les ha ido mal la instrucción: «Pronto fuimos buenos soldados gracias a nuestra inteligencia, sobriedad, educación atlética, hábitos de disciplina, conocimientos del francés y un verdadero deseo de portarnos bien». Me digo que si solo se tratara de eso, yo también haría un buen légionnaire. Por supuesto en Zinderneuf, «lugar espantoso parecido a un horno», las cosas se complican. El comandante Reouf se suicida —efecto del aislamiento, el cafard y la «enfermedad horrible», la sífilis imagino, que como no hubiera contraído de una camella en ese puesto remoto...—. También se mata su sucesor, el teniente Debussy, un alma sensible. Y asciende a responsable del puesto el malvado adjudant Lejaune, del que la novela explica que había sido expulsado del servicio del Congo belga «por las brutalidades y atrocidades que cometía y que excedían del límite fijado por los alegres oficiales del rey Leopoldo» (!). El avieso Lejaune, que blasfema como nadie («Cré bon sang de bon jour de bon malheur de bon Dieu de Dieu de sort») y al que en la famosa versión cinematográfica (1939) de Beau Geste protagonizada por Gary Cooper le cambiaron el nombre por Markoff, que ciertamente suena más siniestro, les tiene echado el ojo a los Geste, de los que se rumorea que han escapado a la Legión tras robar el zafiro Agua Azul, que llevarían encima. El momento culminante de la historia, recordarán, es el asalto al fuerte por una multitudinaria harka tuareg, con la cruel estrategia de Lejaune, digna de estos tiempos de ERE, de colocar a los legionarios muertos en las troneras para aparentar que los defensores mantienen su número pese a las bajas. La peli de William Wellman que a mí siempre me ha parecido el acabose de la iconografía legionaria resulta que se filmó en Yuma, Arizona...
P. C. Wren (1875-1941) rodeó su vida de misterio y se ha dicho que fue cazador, marinero y soldado de caballería en el ejército británico en India y que se alistó en la Legión Extranjera en Marruecos para, tras ser condecorado, desertar al pegarle a un suboficial brutal. También que fue campeón de esgrima, algo que, por decir, lo podemos decir muchos. Su gran éxito, que no repitió con ninguna de sus obras, fue Beau Geste, publicada en 1924, a la que siguieron Beau sabreur y Beau ideal (mi favorita: el protagonista no consigue a la chica, y lo que es peor, rescata a su novio). En su libro sobre la Legión Extranjera de la época colonial Our friends beneath the sands (Phoenix, 2011), Martin Windrow rastrea la biografía de Wren, que se llamaba Percy y solo después adoptó lo de Percival Christopher (P. C.), y la encuentra llena de mistificaciones. Su servicio en el ejército no fue notable y parece que pasó la mayor parte del tiempo enfermo. Pone en duda incluso que el escritor se enrolara en la Legión, pues no hay documento alguno que lo pruebe. Eso sí, admite que su información era buena, seguramente conseguida a través de algún veterano. El episodio de los tiradores póstumos de Zinderneuf, en el clímax de la novela, agárrense, ocurrió de verdad. Aparece en las memorias del legionario Frederic Martyn, un inglés, publicadas en 1911, de donde debió de tomarlo Wren. Me ha encantado saber que la segunda mujer del novelista se llamaba Isobel, como la protagonista de Beau Geste.
El libro nos explica algunas de las grandes aventuras reales de la Legión Extranjera, no sin antes subrayar el autor cómo Beau Geste significó que el legionario, con su quepis de cogotera flameante, sus pantalones blancos, su faja y su largo abrigo (en cambio, no llevaban calcetines, iban descalzos dentro de las botas engrasadas), se convirtiera en un icono de la aventura, un estereotipo de héroe popular al nivel del cowboy o el detective. Ah, la mística de la légion. «¿Qué hacías en la vida civil?», le preguntó el coronel Paul Rollet a un veterano legionario, un vieux moustache, en Sidi bel Abbès en los años veinte. «Era general, mon colonel». Tropas formadas para hacer el trabajo sucio en escenarios duros, los legionarios se enfrentaban en África a un enemigo rudo e inmisericorde que solo te cogía prisionero con la peor de las intenciones. Habían de combatir a jinetes árabes que cargaban en un tronar de cascos y rifles, relampagueando el acero de sus sables y envueltos en un flamear de ropajes. El pequeño cuadro de soldados aguantando a pie firme la embestida, esperando con serenidad el momento propicio para la descarga de sus rifles Lebel o Chasepot. En otras ocasiones, los legionarios sufrían los disparos de los hábiles tiradores rebeldes escondidos que los derribaban uno a uno con sus bushfars de largo cañón, viejas armas de chispa, pero letalmente efectivas. O la columna era objeto de pequeños y continuos ataques insidiosos durante su largo discurrir de marchas forzadas cuando la vigilancia se disolvía en la monotonía del paisaje y el ritmo hipnótico de los pasos.
En 1882, en el Sud-Oranais, en el Chott Tigri, un destacamento que incluía legionarios, spahís y goumiers, unos 250 hombres bajo el mando del comandante De Castries, afrontó casi un Little Big Horne en las dunas. Sorprendidos por los Beni Gil (!), más de un millar, los soldados combatieron en pequeños grupos tras fragmentarse la columna y solo los salvó de la aniquilación que los asaltantes se distrajeran saqueando suministros. Castries perdió un tercio de sus efectivos, entre ellos al capitán Barbier, con el que se habían ensañado: además de decapitarlo, le propinaron nueve balazos y siete heridas de sable. Las mutilaciones eran lo habitual: te castraban o te cegaban a punta de daga. Los legionarios tampoco solían coger prisioneros; en realidad, era preferible que te mataran rápido a que te dejaran vivo sin medios en el desierto.
No solo sufrían los hombres en las guerras del desierto: durante la conquista de la región del Touat, al sur del Gran Mar de Arena occidental, entre 1900 y 1903 se calcula que murieron ¡60.000 camellos! En el curso de la campaña, una columna de 400 legionarios atravesó a pie el mencionado océano de dunas doradas a 54 grados a la sombra (y no había sombra). Tras 72 días de marcha sobre uno de los terrenos más hostiles del planeta, solo se pusieron enfermos —no consta cuántos de insolación— media docena de los soldados: unos tipos duros.
En El Moungar, al norte de Zafrani, se produjo en 1900 otro de los combates épicos de la Legión. Masas de centenares de guerreros Dawi Mani cargaron contra las líneas de legionarios estirados y arrodillados que lanzaban descarga tras descarga. Pero lo que ha hecho famoso el nombre de El Moungar fue la tremenda batalla de ocho horas entre legionarios y shaambas en septiembre de 1903 que acabó en lucha cuerpo a cuerpo, en la que los beduinos, hábiles en el manejo de la espada y el cuchillo, tenían ventaja sobre los legionarios baïonnette au canon. Un gran desastre tuvo lugar en 1908 cuando los bereberes de Moulay Ahmad Lashin el Saba atacaron de madrugada el campamento desprevenido del teniente coronel Pierron en el oasis de Menabha, que estuvo a punto de convertirse en una matanza como la perpetrada por los zulúes en Isandlwana y costó 120 bajas a los franceses.
La peor masacre sufrida por las tropas francesas ocurrió cerca de Khenifra, en el Medio Atlas marroquí, donde los zaian y otras tribus bereberes atacaron la columna del teniente coronel Laverdure, que regresaba de una acción de castigo contra el campamento del caíd Moha ou Hammou el Zaiani, matando a 33 oficiales y 580 soldados y capturando ocho cañones, cuatro ametralladoras y 630 rifles. El cuerpo de Laverdure se lo llevaron para exhibirlo y lo canjearon luego por dos de las mujeres del caíd prisioneras.
Las acciones tenían su corolario de actos de valor individual. Tras un combate cerca de Ksar el Azoudj, el teniente Deze destacó el comportamiento de uno de sus hombres: «El soldado Maret fue hallado a nueve millas del campo de batalla, no habiendo comido ni bebido nada excepto su orina durante dos días, y medio desnudo; pero, aunque afiebrado, todavía conservaba su rifle, su munición y su coraje».
De entre todos los valientes luchadores del desierto déjenme destacar al oficial de caballería Henry Marie Just de Lespinasse de Bournazel, del 22º de Spahis, un aristócrata alto, rubio y guapo. En El Mers, tras recibir una herida en el cuero cabelludo que le cubrió la cara de sangre, cabalgó solo contra los bereberes que huyeron ante el Hombre Rojo (llevaba además la túnica escarlata del regimiento) pleno de baraka, al que parecía imposible matar. Tras innumerables aventuras, encontramos al capitán De Bournazel en 1932 en la operación contra el último reducto de los clanes rebeldes de los Ait Atta en el Djebel Sahro. El militar avanza a la cabeza de sus goums cuando es herido en el estómago. Trasladado moribundo a la tienda médica, el elegante jinete, dandi hasta el final, se señala las ropas ensangrentadas y desgarradas y dice al médico: «Qué contrariedad morir así de sucio, Doc».
El desierto tiene sus héroes, como ven, sus mártires (la masacrada expedición Flatters), sus santos (el padre De Foucauld, el humanista Monod) y sus pecadores (Auda, Lejaune). Incluso sus reinas (la Antinea de La Atlántida de Pierre Benoit). Pero pocos personajes rivalizan con el gran patrón de las dunas, Lawrence de Arabia.
¿Qué queda por decir de este tipo extravagante y atormentado, excepcional propagandista de sí mismo y a la vez su principal denostador, una de las personalidades más complejas y enigmáticas que ha dado el siglo XX? Abro al azar Los siete pilares de la sabiduría, que leo como otros la Biblia, y vuelvo a extasiarme con su prosa cargada de una hiriente poesía, enraizada en el barro carnal de la humanidad, pero apuntada como un rifle hacia los astros. Era Lawrence un hombre hipersensible en el que la vanidad y el ansia de fama y trascendencia luchaban a brazo partido con su miedo a la insignificancia y al rechazo. Se catapultó al peor lugar del mundo en medio de una guerra espantosa librada por las gentes más rudas para regresar sin más respuestas que las cicatrices de bala, las pesadillas y un aura de fama que juzgaba tan fraudulenta como sus vestiduras blancas —con el iqal dorado y la daga— de miembro del Estado Mayor del jerife de la Meca. «Yo no soy un hombre de acción», repetía el Emir Dinamita, el icono de la guerra en el desierto, el detonador de Feisal. Era el único capaz de sintetizar la revuelta árabe con un poema de amor. «Te amaba y por eso tomé aquellas oleadas de hombres en mis manos / y escribí mi voluntad en el cielo con las estrellas».
Lawrence me pone al borde de las lágrimas, y no es el humo de la pólvora sobrevolando la ruina de las locomotoras turcas, ni el viento del desierto cargado de arena y desengaño. Es el espectáculo de alguien que trató de ir más allá de lo que le permitía su propia naturaleza, y lo consiguió. Eso le hizo grande, pero desde luego no más feliz. En la mejor biografía de las muchas que he leído de Lawrence (¡incluso tengo una escrita por Alistair MacLean!), la de Michael Asher (Lawrence, the uncrowned king of Arabia, Viking, 1998), el autor se adentra en el alma del personaje y certifica que en el fondo había una enorme debilidad y, sorprendentemente, miedo. Se le aflojaba el vientre y se ponía enfermo invariablemente cada vez que entraba en acción. De hecho, inicialmente intentó que no lo enviaran junto a Feisal al Hejaz. Si no fuera porque suena a anatema, diríamos que era un cobarde. Y montar en camello le provocaba graves forúnculos.
Rastreándolo durante dos años no solo en los documentos, sino en los grandes escenarios de su vida (del Wadi Rum a Clouds Hill, pasando por Deraa y Damasco), Asher entiende bien a Lawrence: no en balde ha sido también soldado irregular (miembro del SAS, unidad tan imbuida del espíritu del gran genio de las incursiones), ha vivido con los beduinos y ha cruzado el Sáhara de Oeste a Este a pie y en camello. Para Asher, la explicación última de la personalidad de Thomas Edward Lawrence, Ned para la familia, radica en la relación con su madre, Sarah Lawrence, de la que heredó el cabello rubio, los ojos azules y la mandíbula proyectada, y que le pegaba al chico.
Sarah tuvo cuatro hijos ilegítimos, todos varones, con Thomas Chapman, un rico aristócrata casado que renunció a su vida anterior para, pese al escándalo, irse con ella, que era la institutriz de sus cuatro hijas. Mujer de carácter y de firmes convicciones morales y religiosas, aunque hizo lo que hizo, controlaba a sus hijos, estaba obsesionada con la pureza de estos y chocaba con la personalidad individualista, sensible, obstinada y secretista de Ned, al que administraba frecuentemente castigos físicos para doblegar su voluntad. Asher opina que el masoquismo de T. E. Lawrence y el trastorno de flagelación que padeció —tras la guerra le pagaba a un hombre llamado John Bruce para que lo azotara— no provenían de sus traumáticas experiencias bélicas, sino que estaban arraigados en su personalidad desde niño con la tendencia al autocastigo y al autodesprecio que le provocaban la conflictiva relación con su madre. Ciertamente, la guerra intensificó esas pulsiones y les ofreció un marco propicio.
Tenía un miedo terrible al dolor, pero al mismo tiempo trataba de controlarlo infligiéndoselo él mismo, lo que le daba sensación de poder. Ese masoquismo incluía una carga de exhibicionismo: no se trataba de sufrir en silencio. ¡Hay que ver qué complicados pueden ser los héroes! Lawrence desarrolló un fuerte desagrado por su cuerpo y el sentimiento de ser físicamente inadecuado. Pese a su increíble capacidad de resistencia, resultado de un obsesivo adiestramiento, se consideraba poco masculino y de hecho se le ha descrito con frecuencia como de aspecto aniñado y hasta afeminado. No le atraían los cuerpos de las mujeres, sino los de los hombres. En todo caso, tenía horror a la intimidad física del sexo. La única vez que se enamoró, según los indicios, fue de S. A., las iniciales que aparecen en la conmovedora dedicatoria de Los siete pilares de la sabiduría, y que se cree que corresponden a Salim Ahmad, apodado Dahoum, un jovencito aguador árabe al que cobró afecto durante sus excavaciones en Siria antes de la I Guerra Mundial y con el que vivió una relación muy romántica. Es difícil decir si pasaron a mayores.
A Asher le parece que mucho de lo truculento que explicó Lawrence es producto de su fantasía y ansias de martirio, y especialmente de su impulso de humillación y autodegradación, que le resultaba tranquilizador: «El hombre puede ascender a cualquier altura, pero hay un nivel animal por debajo del cual no puede ya caer». En ese sentido, el biógrafo opina que lo más probable es que la famosa historia de su tortura y violación por soldados turcos en Deraa cuando espiaba disfrazado de circasiano —episodio que explica con pelos y señales en su libro (detallando incluso que el bey turco le había metido mano y que tuvo un orgasmo mientras le golpeaban)— sea una invención. Tampoco cree que ocurriera otro de los episodios más célebres de las aventuras de Lawrence, la terrible ejecución con su revólver de Hamed el Moro, culpable de asesinar a otro miembro de la partida guerrillera. Lawrence, sostiene Asher, no tenía estómago para matar a un hombre a sangre fría. Tampoco era un sádico capaz de dar la orden de no hacer prisioneros durante el ataque a la columna turca en Tafas. En cambio, parece sí ser cierto que Lawrence regresó con gran coraje sobre sus pasos y salvó la vida a su sirviente Gassim, caído del camello durante la travesía de El al Houl, el Terror, la desolada extensión del Nefud que hubo que atravesar para atacar Aqaba (en la película de 1962 de David Lean protagonizada por Peter O’Toole, el rescatado y el ejecutado eran la misma persona, para mayor dramatismo).
Asher concluye que Lawrence contó muchas mentiras, exageró y reinventó episodios de su vida, siendo un manipulador de su propio mito. Bernard Shaw, amigo de Lawrence, apuntó que este no era, desde luego, «un monstruo de veracidad». Y llegamos a lo de los azotes pagados. Estos eran de carácter indudablemente sexual, pues se los hacía dar en el culo, con perdón, no en la espalda (¿no son las nalgas en pompa de Lawrence de Arabia un símbolo de las dunas, como lo son los pechos de la Katherine de El paciente inglés?: un desierto escondido hecho de deseos y transgresiones). La primera vez, en 1923, Bruce le propinó 12, y los latigazos le hicieron sangrar. Al acabar le pidió: «Dame otro, el de la suerte». En total, hasta 1935, el escocés lo azotó en nueve ocasiones, al menos una con otra persona presente. Lawrence experimentó el orgasmo varias veces.
Muchos de los misterios de la personalidad del coronel Lawrence quedaron sin resolver para siempre cuando murió, seis días después de sufrir un accidente con su motocicleta Brough Superior de 1.000 cc, el 13 de mayo de 1935. Es difícil decir quién fue realmente Lawrence de Arabia, pero su lucha contra el desierto y contra sí mismo refleja algunas de nuestras luces y sombras, de nuestras dudas y anhelos secretos. «Aquel crepúsculo era feroz, estimulante, bárbaro», escribió en una ocasión, «reanimaba los colores del desierto como una pincelada mientras que lo que yo ansiaba era debilidad, frescores y brumas grises, que el mundo no tuviese aquella claridad cristalina, aquella definición de lo acertado y lo equivocado».
«¡ESE DIPLODOCUS ES MÍO!»
No se puede decir que la rivalidad entre Cope y Marsh fuera por un asunto pequeño: se pelearon por dinosaurios.
Pero en la belicosa pugna por los huesos de los saurios gigantes que los enfrentó durante veinte años —bautizada como «Bone Wars» por la prensa de la época—, ambos mostraron una altura moral liliputiense, indigna de dos grandes científicos. Cayeron en lo más bajo: el engaño, la burla, el insulto, la calumnia, el soborno. Intentaron robarse uno al otro, se espiaron, destruyeron restos para que no los encontrara el rival, e incluso sus cuadrillas de buscadores de fósiles, contagiadas de la animosidad de sus jefes, llegaron a echar mano de los revólveres, que ya es forma extrema de dirimir discusiones paleontológicas...
Es cierto que eran tiempos rudos, tiempos de frontera, de Wild West, vamos. Y es que las extraordinarias vidas y larga querella de los cazadores de dinosaurios estadounidenses Cope y Marsh parecen una mezcla extravagante entre western y Parque Jurásico, una mixtura de tiranosaurio y Colt.
En efecto, pocos son los paleontólogos que pueden vanagloriarse, como Marsh, de haber sido amigos de Nube Roja, líder de los sioux oglala (que llamaba al científico Jefe Gran Hueso), y del célebre Buffalo Bill, que le hizo de explorador en una de sus expediciones —véase el entretenidísimo Cazadores de dragones, de José Luis Sanz (Ariel, 2007)—. En cuanto a Cope, que recorrió imprudentemente Montana en diligencia y mula buscando fósiles de mosasaurio mientras Caballo Loco masacraba cerquita a Custer y a sus hombres en Little Big Horne, se ganó a los indios crows asombrándoles con su dentadura postiza.
Uno de los principales casus belli entre los dos científicos tuvo como centro Como Bluff, en Wyoming, un excepcional yacimiento de dinosaurios —salían enteritos— junto a una estación del ferrocarril Union Pacific al oeste de Laramie, cerca de Medicine Bow (escenario de El Virginiano, la novela de Wister y la serie de televisión con James Drury y Doug McClure: un curioso nexo entre Trampas y los brontosaurios). La batalla de Como Bluff la ganó Marsh, que explotó el yacimiento.
Othniel Charles Marsh (Lockport, Nueva York, 1831-New Haven, Connecticut, 1899), OC para los amigos, y Edward Drinker Cope (Filadelfia, 1840-1897) fueron dos de los grandes pioneros de la paleontología en EE.UU. y sus carreras científicas poseen entidad de sobra para haberles hecho famosos individualmente. Pero es por su enemistad por lo que son universalmente recordados.
Cope y Marsh eran ambiciosos, arrogantes y vengativos, sedientos de fama y renombre. Les corroyeron los celos, la envidia y la desconfianza. La competencia sacó a relucir lo peor de ambos. Cope llegó a escribir que le gustaría ver a Marsh empalado en los cuernos de un Monoclonius sphenocerus —un ceratópsido tipo triceratops—, lo que, hay que convenir, resulta rebuscado (y doloroso). También pidió que tras su muerte le extrajeran el cerebro y lo pesaran para compararlo con el de Marsh. Por su parte, Marsh calificó a su rival de «histérico» y le sugirió que se volase la tapa de los sesos. Es fácil imaginárselos golpeándose con fémures gigantes al grito de «¡el diplodocus es mío!».
Deseaban los dos no solo vencer en la carrera por encontrar y describir nuevos y más grandes dinosaurios, sino también que el otro fracasara. Ambos perdieron a sus madres de niños, a los tres años, por si sirve de disculpa. Cope, impaciente y temperamental, pendenciero, era más brillante; Marsh, más meticuloso y fiable, y más influyente. De familias ricas, los dos disfrutaron de situaciones acomodadas y buenas rentas, que dedicaron a conseguir fósiles y a labrarse una carrera científica.
Se conocieron en Berlín en 1864, cuando viajaban por Europa para profundizar en sus conocimientos científicos (y de paso librarse de ser movilizados en la guerra de secesión). Pasaron un par de días de manera bastante amistosa y luego, ya en casa, se escribieron y visitaron algunos yacimientos juntos. Hasta se dedicaron especies. No está claro cómo empezaron a odiarse. Parece que Marsh trató de comprar unos fósiles apalabrados a Cope por el propietario de unos terrenos ricos en ellos. Por su parte, Cope invadió una zona de caza de Marsh en Kansas. En 1870, Marsh examinó un esqueleto de elasmosaurus (un plesiosaurio) montado por Cope y dijo, con recochineo, que estaba al revés: la cabeza en la cola. Cope, lógicamente ultrajado, se puso furioso. Pero Marsh tenía razón. Él mismo, sin embargo, patinó en otras ocasiones, equivocando las cabezas de dos saurópodos o bautizando a un mismo bicho con dos nombres diferentes.
El afán por conseguir dinosaurios y publicarlos antes, escamoteándole la gloria al otro, fue el detonante de una carrera enloquecida en la que ambos demostraron su falta de escrúpulos. Trataron de hacerse con los mejores yacimientos a golpe de dólares, trampa o traición. Sus cuadrillas no dudaron en emplear la violencia para conseguir o retener sus predios. Marsh llegó a dinamitar una cantera a fin de que Cope no pudiera recolectar fósiles. En última instancia, Cope se arruinó —a causa de una mala inversión en minas— y Marsh pareció triunfar. Entonces, Cope montó una campaña en la prensa contra él, denunciándole por ignorancia, plagio y por usar negros en la redacción de sus artículos científicos. La polémica salpicó a ambos.
Marsh permaneció soltero, y en la profesión corría el chascarrillo de que manejaba muchos huesos, pero nunca consiguió una costilla. Cope se casó y tuvo una hija. Parece haber sido un donjuán, y de hecho hay quien ha atribuido su muerte a la sífilis, contraída durante sus expediciones paleontológicas («Ninguna mujer estaba a salvo de Cope a menos de ocho millas», dijo de él un amigo). Otros, sin embargo, atribuyen su fallecimiento a que se automedicaba los problemas gastrointestinales ingiriendo el formaldehído de preservar especímenes.
La herencia de los dos paleontólogos es enorme. Entre ambos descubrieron y documentaron más de 130 nuevas especies de dinosaurio, incluidos los tan populares diplodocus, stegosaurus y triceratops. Lograron esqueletos completos que montados en posiciones dramáticas en los grandes museos cautivaron la imaginación de las multitudes. Fueron pioneros en sistemas de excavación y conservación. Así que puede decirse que la suya fue una rivalidad muy productiva para la ciencia. Aunque, desde luego, no un gran ejemplo.
A LA CAZA DEL DEVORADOR DE HOMBRES
El tigre es el icono por excelencia de la gran aventura con fieras, y que Simba me perdone. Reverso oscuro y elusivo del león, con el que comparte tantos aspectos simbólicos, el tigre supera a su congénere melenudo en tamaño y fuerza —es el verdadero rey de los felinos actuales—, pero además su condición de animal secreto y solitario, engastado en la oscuridad y el misterio de la selva, le otorga una calidad especial, esencial y única, frente a su gregario y solar pariente. Es fácil ver un león, pero no le es dado a todo el mundo contemplar un tigre. Yo mismo en medio siglo de vida no me he topado con ninguno, en libertad quiero decir, cautivos los he visto incluso blancos. Y no ha sido por falta de empeño. Hace años, en el norte de la India, observé sus huellas en el barro —no eran difíciles de identificar: igual que las de mi gato, pero a lo bestia, del tamaño de la mano abierta—, y en un pequeño poblado del Himalaya del Garwhal me mostraron una vez los restos de una vaca a la que había matado la noche anterior uno de esos depredadores listados; aún tiemblo al recordar que yo había pasado esa misma noche en una frágil tienda de campaña en los alrededores. El tigre seguramente prefirió la cantidad a la calidad. Siento lo de la vaca, pero es un hecho que ella no habría podido escribir este artículo. Uno de los motivos de que mi pusilánime persona se embarcara en un largo viaje senderista por esa remota zona llena de incomodidades (¡sanguijuelas!) y peligros fue precisamente recorrer los parajes del Uttarakhand en que se desarrollaron algunas de las mayores aventuras con tigres de la historia. Me refiero, claro, a las cacerías de felinos antropófagos llevadas a cabo por Jim Corbett en las primeras décadas del siglo XX.
Por circunstancias del destino o por un rasgo de carácter sin duda preocupante, los tigres asesinos han sido una de mis pasiones desde niño. De hecho, desde que en 1966, con nueve años, me compré, prefiriéndolo a Tintín y a Enid Blyton, Devoradores de hombres, de Kenneth Anderson (editorial Juventud, 1964), otro británico que se desvivió por librar de esas alimañas a las gentes de la India meridional como su compatriota Corbett lo hizo en el norte. No sé qué extraña fibra tocaron esas aventuras en mí, un chico aparentemente normal y sano, pero aquel verano, ya con toda la bibliografía de Anderson leída (La pantera negra de Sivanipalli, La llamada del tigre y Esto es la jungla), me lo pasé rastreando huellas en los pinares y encaramándome a los árboles para construir un remedo infantil de la plataforma desde la que mi héroe acechaba a las terribles fieras armado de rifle, té, paciencia y mucho valor. De allí no me hacía bajar más que mi madre, que venía a buscarme con una linterna y un vaso de Cola-Cao.
En la aleatoria y subjetiva selección de grandes aventuras que quiere ser esta serie me resulta difícil escoger mi favorita de todas las que he vivido con el bueno de Kenneth Anderson, nuestro hombre en Bangalore, un tipo que conocía, amaba y respetaba la vida salvaje —aunque tuviera que despachar a las malévolas sabandijas rayadas o moteadas que le habían cogido gusto a la carne humana—, y que era capaz de dejarte en suspenso en medio de una emocionante batida para anotar la voz del sambar o dedicar ¡tres líneas completas! a transcribir la llamada del chacal (aquí no les voy a hacer esa faena). La persecución del devorador de hombres de Segur, el anacoreta rayado de Devarayandurga, el terror listado del valle de Chamala, el tigre melenudo de Chordi —cuya caza requirió ¡cinco años!— o la tigresa de Jowlagiri («todo parecía en paz en la selva de Jowlagiri, y, sin embargo, el peligro reinaba por doquier y la muerte pertenecía oculta detrás de cada árbol») rivalizan en emoción. Oficialmente, Anderson mató siete tigres devoradores de hombres, además de ocho panteras con el mismo (mal) hábito y varios elefantes locos (!), como el de Panapatti, que gustaba de hacer papilla a la gente y en consecuencia fue declarado indeseable por el Gobierno indio, que ofreció una recompensa por él.
Sin duda, una de las más tremendas peripecias de Anderson (1910-1974) es la caza del devorador de hombres de Hosdurga-Holalkere, una zona del Estado de Mysore célebre por ser morada de tigres de desviada condición gastronómica. El reinado de terror del felino que nos ocupa comenzó con el ataque a una niña de 11 años de la que solo se encontraron unos pedazos de ropa interior desgarrada prendidos en unos espinos. De la segunda víctima, un mulero, pudo recuperarse la cabeza, los dos brazos, una pierna y el pie de la otra. El tigre tuvo luego el mal gusto de llevarse a un cazador británico que lo acechaba con un compañero, que escapó aterrorizado. Anderson siguió el rastro de sangre y encontró lo que quedaba del infortunado. Tras varios recechos infructuosos con cebos animales, el cazador lo intenta aprovechando el oportuno cadáver de otro aldeano. En medio de la noche, Anderson, tendido sobre una roca a la vista del poco tranquilizador despojo a medio devorar (¡lo que debían de ser esas veladas!), escucha un rugido de frustración cuando el tigre asesino le ataca por la espalda y falla por muy poco. Al final, Kenneth Anderson va a buscar al tigre junto a un viejo fuerte, adonde ha arrastrado y parcialmente devorado a un chico. Cuando trepa entre la maleza que cubre las murallas derrumbadas, entre la vegetación aparece la cabeza del tigre con la orejas aplastadas contra el cráneo, preparado para el salto «y las mandíbulas abiertas de par en par mostrando sus amenazadores y blancos colmillos». Una visión de agárrate. Anderson dispara. La bala penetra por la boca de la fiera en el mismo momento en que el tigre se abalanza hacia él poseído por un diabólico deseo de matar. Trata de escapar del animal rabioso. «A pesar de haberle saltado la tapa de los sesos con mi disparo, aquel tigre trató aún de alcanzarme». Anderson se da la vuelta: el tigre está a dos metros. «Casi fuera de mí a causa del terror, disparé una segunda, tercera y cuarta bala contra la bestia, y mientras, destrozada, caía de lado, yo me senté entre las ruinas, débil y tembloroso». ¡Uf!
No es la única ocasión en que nuestro héroe se salva por los pelos. La tigresa de Jowlagiri también le da caza al cazador mientras este la aguarda junto a los pobres restos de otro aldeano (¡qué duro ser campesino indio en tierra de tigres!). La fiera marra su ataque y choca contra el cañón del rifle de Anderson, el arma se dispara, el cazador la suelta y queda desarmado. La leche. Por suerte, la tigresa desaparece. Luego se verá que el disparo fortuito le ha arrancado una oreja. La bestia asesina tiene un final extravagante: Kenneth Anderson, que como Jim Corbett imita a la perfección los sonidos de la selva (al segundo, que acabó en Kenia, trataron de contratarlo a fin de que realizara sonidos animales para Las minas del rey Salomón), la atrae imitando la llamada del tigre macho en celo y le mete una bala del 405 entre los ojos. «La temible asesina de Jowlagiri había tenido un fin miserable e ignominioso, indigno de sus sangrientas hazañas, y aunque había sido un animal de presa, silencioso, salvaje y cruel, mi conciencia me acusó de haber usado un ardid muy poco noble para poner término a su vida». Hay que ver cómo son los ingleses... Les pierde la deportividad.
Llegados a este punto, a algunos de ustedes quizá les parecerá incorrecto considerar como aventura la caza y muerte de un tigre, cuando esos hermosos animales están en riesgo de extinción (quedan en libertad unos 3.200, se los cría en zoos y granjas, pero no es posible reintroducirlos en la naturaleza). No nos confundamos. Miren, yo amo a los tigres, me identifiqué de niño con el Timur de Bernard C. Rutley (Molino, 1962), y junto a la lectura de Anderson también llegó la de Bengt Berg (El tigre y el hombre, Juventud, 1958), y más recientemente, el gran estudio de Schaller The deer and the tiger (University of Chicago Press, 1984). No quisiera vivir en un mundo sin ellos, sin tigres; tampoco demasiado cerca, es cierto: un tigre adulto necesita consumir 2.260 kilos de carne al año; si no encuentra suficiente, se alimentará de ranas, macacos o cualquier cosa parecida que encuentre. Siempre les hemos temido a la par que admirado, por su poder y su estampa. La primera representación conocida de un tigre, un sello de 5.000 años de antigüedad procedente de Mohenjo-Daro, lo muestra muy expresivamente bajo un árbol en el que está encaramado un hombre. El tigre más famoso, dejando de lado a Blake, el golf y a los de Mompracem, Shere Khan, no es precisamente un santo, pero no por eso vamos a denostar a Kipling y a Walt Disney.
Déjenme recordarles que en este texto no se glorifica la literatura de shikar, de caza sin más, que ha llevado al borde del exterminio al tigre en muchos lugares (junto a la demanda de huesos y otras partes para la medicina tradicional china), sino que hablamos de devoradores de hombres, fieras peligrosísimas y resabiadas que se han cebado en las personas —uno se especializó en devorar solo niños— e impuesto un reinado de terror en regiones enteras. Se calcula que en los últimos 400 años, los tigres se han comido en Asia un millón de personas. Si un bicho así se merienda a tu padre, se te pasa el conservacionismo. Pienso en el devorador de hombres de Pegepalyam, al que Kenneth Anderson, que en puridad no era cazador profesional, sino que trabajaba como cuadro medio en una fábrica de Bangalore, no consiguió cazar y que cuando le perdió la pista, confundido con el asesino listado de Ragnagara, había devorado ya a 14 personas, 37 según otras fuentes. Ese tigre tenía la siniestra particularidad de desgarrar a sus víctimas solo con las zarpas, así que se cree que igual había sido dañado en la boca por el disparo de un furtivo o algún accidente (las minusvalías de algunos tigres explican en muchos casos su afición por los humanos en lugar de por sus presas habituales).
La historia me hace pensar, y perdonen el excurso, en el baghnak, un arma india tipo puño de hierro (de la palabra hindi para garra de tigre) que imita una zarpa y que, inventado por Shivaji, el fundador del imperio Maratha, le sirvió a este para sacarle las entrañas al general Afzul Khan, al servicio del sultanato de Bijapu, cuando aparentaba abrazarle (!). Soy incapaz de dejarles de explicar que fue tradición armar a las chicas hindúes bengalíes con este instrumento para protegerlas durante los sangrientos enfrentamientos con los musulmanes en las revueltas de Calcuta de 1946. ¡Chicas tigre!, parece sacado de una película de Jacques Tourneur. Un apunte, ya que estamos, sobre los filmes con tigres devoradores de hombres: la versión de Hollywood de los libros de Corbett Man-eaters of Kumaon, con Sabu, es muy mala; tampoco es para tirar cohetes Rampage, con Robert Mitchum persiguiendo en Malasia a un peligroso híbrido de tigre y pantera (los hay) y a Elsa Martinelli. Mi preferida es Harry Black y el tigre, en la que Stewart Granger da caza a un tigre asesino envuelto en una historia de amor y cobardía con raíces en la II Guerra Mundial.
Kenneth Anderson, que murió de cáncer de próstata en 1974 no sin antes, en un gesto que le honra, ceder su querida mascota pitón al Madras Snake Park de Rom Whitaker y realizar, ya muy enfermo pero aún con ganas de aventuras, su primer viaje de LSD (según he leído en un artículo del diario indio The Hindi), es menos conocido en general que su colega en despachar devoradores de hombres Jim Corbett. Los dos —que nacieron ambos en la India, en el seno de familias largo tiempo instaladas allí— me parecen buenos y legales tipos, aunque está de moda por lo visto vituperarlos en aras de un animalismo a ultranza (e injustamente retroactivo). A Corbett se le ha acusado de imperialista y de ser poco sensible a las realidades de los indios (pese a que parece bastante sensibilidad jugarte la vida para librarles de bichos como el leopardo de Rudraprayag, que se comió a 125 de ellos), y a Anderson, de (¡anatema!) inventarse sus historias. Se le ha reprochado también ser menos literario. A mí, qué quieren que les diga, me encanta cómo escriben los dos. No solo por la emoción de sus aventuras, sino por la pasión con que describen la naturaleza y sus bellezas, del chital al chotacabras. Ambos, Corbett y Anderson, acabaron empuñando la cámara y defendiendo posturas conservacionistas.
A Corbett, al que se le consagró el primer parque nacional de la India y el nombre de una especie de tigre (el de Indochina, Panthera tigris corbeti, reconocido como especie aparte en 1968), llegué más tarde, pero me he leído todos sus libros con fruición (en Oxford University Press hay traducción de algunos al castellano). Es cierto que sus fieras asesinas son más numerosas (mató 19 tigres y 14 leopardos) y más importantes en cuanto al volumen de sus fechorías —el tigre de Champawat, una hembra, devoró a 438 seres humanos (sí, han leído bien) hasta que cayó bajo su rifle en 1907— y la repercusión que tuvieron. También es verdad que el coronel Corbett (1875-1955) se movía aún en otra época al cazarlas. Anderson era más moderno, llevaba el té en termo y se desplazaba de una región a otra en su Studebaker.
Corbett, del que acaba de aparecer una maravillosa selección de textos inéditos, incluidas cartas, como la correspondencia que sostuvo mientras daba caza al leopardo de Rudraprayag —My Kumaon, uncollected writings (Oxford, 2012)—, estaba cerca todavía de los grandes días del Raj y la llamada edad de oro de la caza del tigre, cuando se mataron 20.000 tigres por deporte y eran varios los británicos que, aunque hoy parezca imposible, contaban en su haber (y en su conciencia) un centenar de estos hermosos felinos: el coronel Nightingale cazó 300 antes de morir alanceando una pantera a caballo; un tal George Yule, 400 en 25 años, y el famoso Gordon Cummings, 73 en dos años. En todo caso, el hombre que más tigres ha matado en la historia parece haber sido el sultán de Surguja: 1.700 (véase The life and fate of the indian tiger, de Tobias J. Lanz, Praeger, 2009). En realidad, los británicos heredaron la pasión por la caza del tigre de los maharajás y nababs, que practicaban cacerías espectaculares (hunquah). El más obsesivo con esos felinos fue sin duda Tipu Sultán, el Tigre de Mysore, que los criaba en su palacio, se sentaba en un trono en forma de tigre, enarbolaba una bandera que proclamaba la divinidad del animal, lucía ropas listadas y vistió a sus tropas —con las que combatió a los ingleses— también con uniformes de rayas. Un detalle menos simpático es que lanzaba los prisioneros a sus tigres.
Mi historia favorita de tigres de Corbett, al que, a diferencia de Anderson, no le gustaban nada las serpientes y que era además muy supersticioso y vivía con su hermana, es la de la mencionada tigresa de Champawat, su primer devorador de hombres. Cuando la fiera se llevó a una chica de 17 años, Corbett siguió el rastro de sangre y cuentas azules del collar de la víctima, a la que la tigresa portaba como una muñeca entre las fauces. Más adelante encontró un extraño objeto blanco: era una pierna. Horrorizado, se agachó y se sumió en la contemplación del miembro, perdiendo un segundo la concentración en la caza. Un sexto sentido le hizo alzarse repentinamente y encarar el rifle: la tigresa, que le estaba acechando, abortó en el último segundo su ataque, desapareciendo en la selva. Luego logró cazarla. En el estómago le encontraron los dedos de la chica, que el cazador enterró piadosamente. Semanas después, Corbett le llevó la piel del animal asesino a una mujer que había quedado muda del shock cuando la tigresa se llevó a su hermana; al ver otra vez las temidas rayas, la mujer prorrumpió en alaridos.
Aunque el número de tigres se ha reducido implacablemente, siguen dándose casos de devoradores de hombres. En Nepal, en 1997 se informó de un tigre que había matado a más de 100 personas. El devorador de hombres de Papra no es un capítulo de un libro de Corbett o Anderson, sino una noticia de 1986. En los Sunderbans, las impenetrables marismas del delta del Ganges, donde reside la mayor cantidad de tigres salvajes del mundo, entre 500 y 800, se calcula que siguen comiéndose 50 personas al año. Se ha probado de todo para disuadirlos, la gente se pone máscaras en la nuca y se han colocado espantatigres electrificados, pero el hábito persiste, seguramente por la escasez de alimento.
Lo que parecía que había acabado es la literatura de devoradores de hombres, convertida en una rareza. Pero entonces ha llegado El tigre, de John Vaillant (Debate, 2012), una sensacional historia de la caza de un tigre siberiano asesino extraordinariamente bien narrada y que combina el relato tradicional de persecución de la fiera con el ensayo zoológico, la divulgación de ciencias naturales, el libro de viajes, el género de aventuras y el de terror. Incluso hay política. Por supuesto, también tiene parte de informe forense. Es como Corbett y Anderson pasados por el Nuevo Periodismo.
El autor oyó hablar del caso, un tigre del Amur (Panthera tigris altaica) que devoró a dos personas en diciembre de 1997 y provocó el terror en toda una zona del extremo oriental de Rusia, el Territorio del Primorje, los predios de Dersu Uzala, hasta ser abatido por un abigarrado equipo integrado por policías, miembros de un organismo ruso de control de los tigres, exmilitares, furtivos e indígenas, y lo recreó en un portentoso ejercicio de periodismo y maestría narrativa. No he leído nada tan bueno en años. Vaillant, que ha entrevistado a todos los personajes (supervivientes) de la historia, muestra al animal con el rigor de un biólogo, aprovechando para explicar los problemas de conservación del tigre, locales y en toda Asia; pero a la vez, a través de los testimonios de los supersticiosos y montaraces habitantes de la zona, empapados de chamanismo, pavor y vodka, lo reviste de un aura de malignidad, inteligencia y poder sobrenaturales. La sensación es que lo que se persigue en esta tierra de chamanes y gulag es a un diabólico, brutal y vengativo asesino en serie. El personaje central del drama, dejando de lado el tigre, el zar del bosque, un bicho enorme capaz de comerse a un oso, es Yuri Trush, un émulo de Anderson y Corbett pero en ruso, que incluso vive al final una ordalía semejante a las que he contado de los otros dos cazadores, con el tigre echándosele encima y engullendo el cañón de su rifle.
Trush y sus hombres encuentran los restos de un cazador furtivo, Markov, devorado por un tigre en lo que parece un acto de represalia felina. Destaca un fémur roído. El ambiente es el mismo que en las historias de los clásicos, pero a 30 grados bajo cero y con un manto espeso de nieve. «Este era el tigre de invierno, no la criatura esbelta y lánguida de la hierba alta y los estanques de la jungla, sino el soberano de gruesas extremidades de las montañas, la nieve y la luz de la luna, esplendoroso y enorme en su soledad fría y azul». El libro está lleno de frases magníficas que recogen la esencia de la experiencia de rastrear a un devorador de hombres: «El miedo no es un pecado en la taiga, pero la cobardía sí lo es». «Lo que seguían no era un animal, sino una contradicción, un silencio que estaba hecho de carne y era invisible a la vez». «La única certeza en la huella de un tigre es: síguela el tiempo suficiente y acabarás llegando a un tigre, a no ser que el tigre llegue antes a ti». De la segunda víctima del tigre, Pochepnya, quedan apenas restos para llenar una caja de zapatos. Los sobrecogidos cazadores identifican correctamente los excrementos pálidos y sin pelos del felino caníbal. En una ocasión, el tigre aguarda a su víctima, tras irrumpir en su cabaña, acostado sobre su cama, como en un cuento infantil...
Déjenme acabar este feroz florilegio con la singular historia de la cacería de un tigre insólito. Un tigre nazi de 56 toneladas de puro malvado acero, con una coraza de 100 milímetros de espesor y, como arma, no las uñas de 10 centímetros y los caninos de 7,6 centímetros habituales, sino un letal cañón de 88 milímetros. Lo han adivinado: un tanque Panzerkampfwagen VI Tiger alemán.
Una de las grandes aventuras de la II Guerra Mundial fue la captura en el norte de África de uno de esos innovadores y carismáticos carros de combate con fama de invencibles cuya irrupción en la contienda en otoño de 1942 (en Rusia) provocó un golpe psicológico brutal en los aliados que no tenían nada que oponerles. Era el primero de la serie de supertanques de Hitler y un avanzado indicio de por dónde irían los tiros (!) de la evolución futura de los carros, hasta llegar a los Abraham y Merkava. Consciente de lo que suponía esa arma, tan simbólica como lo fue el Stuka al inicio de la guerra, Churchill ordenó que le consiguieran uno para estudiarlo, pero también para desactivar su valor propagandístico y la tigerphobia de sus tropas. Me encanta la historia porque junta los tigres de la jungla sobre los que leía de niño con el mítico tanque Tiger, una maqueta de Airfix del cual ensamblé en aquellos felices tiempos y que me ha acompañado desde entonces. Un libro recién aparecido, Catch that tiger (John Blake Publishing, 2012), revela nuevos detalles de la operación secreta liderada por el mayor Doug Lidderdale, del cuerpo de ingenieros eléctricos y mecánicos (Arte et Marte), que, junto a un puñado de valientes y echándole tantas narices como Corbett, Anderson y Trush, cazó su letal depredador.
Fue el 21 de abril. Observando que un Tiger del 504 Schwere Panzer-Abteilung (batallón de tanques pesados), con la numeración 131 en la torreta, mostraba problemas que obligaron a emerger de su interior a los tripulantes, el grupo de captura, a bordo de un tanque Churchill, les abordó. Tras un intenso combate cuerpo a cuerpo, los tanquistas alemanes cayeron y los británicos se apoderaron del tanque intacto, y lo condujeron hasta sus líneas para llevarlo después hasta Inglaterra.
El tigre de Hitler no está en el zoo de Londres, sino que puede contemplarse, como atracción principal, en el Tank Museum de Bovington, y es el único carro Tiger que aún funciona.
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